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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: Napoleón en Chamartín - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: February 8, 2022 [eBook #67360] - -Language: Spanish - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from - images generously made available by The Internet - Archive/Canadian Libraries) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN *** - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. - - * Los entrecomillados han sido convertidos en rayas iniciales de - diálogo donde el texto adopta forma dialogada. Las restantes rayas - han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos. - - * Una página en blanco ha sido eliminada. - - - - -EPISODIOS NACIONALES - -NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN - - - - - Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán - furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor. - - -Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33. - - - - - B. PÉREZ GALDÓS - EPISODIOS NACIONALES - PRIMERA SERIE - - NAPOLEÓN - EN - CHAMARTÍN - - 43.º millar. - - [Ilustración] - - MADRID - LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO - Calle del Arenal, núm. 11. - -- - 1907 - - - - -NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN - -I - - -El Sr. D. Diego Hipólito Félix de Cantalicio Afán de Ribera, Alfoz, -etc., etc., Conde de Rumblar y de Peña Horadada, hacía en Madrid la -siguiente vida: - -Levantábase tarde, y después de dar cuerda a sus relojes, se ponía -a disposición del peluquero, quien en poco más de hora y media le -arreglaba la cabeza por fuera, que por dentro solo Dios pudiera -hacerlo. Luego daba al reloj de su cuerpo _la cuerda del necesario -alimento_, como decía Comella, la cual cuerda pasaba aún más allá de -la media docena de bollos de Jesús, reblandecidos en dos onzas de -chocolate. Incontinenti seguía la operación de vestirse y calzarse, -no consumada a dos tirones, sino con toda aquella pausa, aplomo, -espaciosidad y mesura que la índole de los tiempos exigía. Una vez en -la calle, dirigía sus pasos a cierta casa de la Cuesta de la Vega, -donde es fama que habitaba la discreta mayorazga, con cuyo linaje la -casa de Rumblar concertara genealógico y utilitario ayuntamiento. Esta -visita no era de larga duración, y al poco rato salía D. Diego para -encaminarse ligero como un corzo a la calle de la Magdalena, donde -vivía un señor de Mañara, de quien era devotísimo y fiel amigo. Los más -de los días comían juntos, y luego leían la _Gaceta_, el _Semanario -patriótico_, el _Memorial literario_ y cuantos papeles impresos venían -de Valencia, Sevilla o Bayona, tarea que les entretenía hasta el -anochecer; y por fin, a la hora en punto en que las calles de Madrid -se tapujaban con aquel manto de simpática oscuridad que el positivismo -alumbrador de estos tiempos ha rasgado en mil pedazos, nuestros dos -galanes salían juntos, en luengas capas embozados, y a veces con traje -muy distinto del que usaban durante el día. Aquí tenía principio, -según opinión de los sesudos autores que se han ocupado de D. Diego de -Rumblar, la verdadera existencia de aquel insigne rapazuelo, y también -es cierto que todos los cronistas, si bien desacordes en algunos -pormenores de estas escandalosas aventuras, están conformes en afirmar -que siempre le acompañaba el supradicho Mañara, y que casi nunca -dejaban de visitar a una altísima dama, la cual lo era sin duda por -vivir en un tercer piso de la calle de la Pasión, y tenía por nombre -la _Zaina_ o la _Zunga_, pues en este punto existe una lamentable -discordancia entre autores, cronistas, historiógrafos y demás graves -personas que de las hazañas de tan famosa hembra han tratado. - -Ante el inconveniente de aplicar a Ignacia Rejoncillos los dos apodos -con que la apellidaban sus amigos, yo me decido a llamarla siempre la -_Zaina_, y en verdad que ignoro por qué la aplicaron tal nombre, pues -aunque a los caballos castaños se les llama _zainos_, no sé si esto -cuadra a los cabellos del mismo color: ello es, sin embargo, que la -palabreja significa también _traidor_, _falso_ y _poco seguro en el -trato_, y falta saber si la hija del tío Rejoncillos, alias _Mano de -Mortero_, merecía aquellos dictados, y, por lo tanto, el ser tenida por -la flor y espejo de la _zainería_. - -Pero no quiero desviarme de mi principal objeto, que ahora es decir a -cuáles sitios iba D. Diego y a cuáles no; y firme en tal propósito, -afirmo y juro en realidad de verdad, y sin que ninguna persona honrada -pueda desmentirme, que D. Diego y el Sr. de Mañara iban de noche a una -reunión de masonería incipiente del género tonto, que se celebraba -en la calle de las Tres Cruces, y a otra del género cómico fúnebre, -que tenía su sala, si no me falta la memoria, en la calle de Atocha, -número 11 antiguo, frente a San Sebastián. En estas reuniones, amén de -las muchas pantomimas comunes a esta orden famosa, leíanse versos y -se pronunciaban discursos, piezas literarias de las cuales espero dar -alguna muestra a mis pacienzudos leyentes. - -Sobre todo en la calle de Atocha, donde estaba la logia _Rosa-Cruz_, el -rito era tal, que algunas veces púseme a punto de reventar, conteniendo -las convulsiones de mi risa, pues aquello, señores, si no era una -jaula de graciosos locos, se le parecía como una berenjena a otra. -En una oscurísima habitación, que alumbraban macilentas luces, toda -colgada de negro, reuníanse los tales masones, y porque allí fuera todo -misterioso, tenían a la cabecera un Santo Cristo acompañado del compás, -escuadra y llana, y a la derecha mano, como si dijéramos, al lado del -Evangelio, un esqueleto muy bien puesto en un sillón, con la cabeza -apoyada en la mano, en ademán meditabundo, y por lo bajo un letrerito -que decía: _Aprende a morir bien_. - -Debo indicar que en aquel año la masonería española era pura y -simplemente una inocencia de nuestros abuelos, imitación sosa y sin -gracia de lo que aquellos benditos habían oído tocante al _Grande -Oriente Inglés_ y al _Rito Escocés_. Yo tengo para mí que antes -de 1809, época en que los franceses establecieron formalmente la -masonería, en España ser masón y no ser nada eran una misma cosa. Y -no me digan que Carlos III, el Conde de Aranda, el de Campomanes y -otros célebres personajes eran masones, pues como nunca les he tenido -por tontos, presumo que esta afirmación es hija del celo excesivo de -aquellos buscadores de prosélitos, que no hallándolos en torno a sí, -llevan su banderín de recluta por los campos de la historia, para echar -mano del mismo padre Adán, si le cogen descuidado. - -Después de 1809 ya es otra cosa. De aquellas dos logias infantiles, que -yo conocí en la calle de las Tres Cruces y en la de Atocha, y donde -se regocijaban con candorosas ceremonias unos cuantos desocupados, -salieron la famosa logia de la _Estrella_, la de _Santa Justa patrona -de Córcega_, la sociedad de caballeros y damas _Philocoreitas_, la de -los _Filadelfios_ de Salamanca, la Gran Logia nacional que estuvo en -el edificio ocupado antes por la Inquisición, la logia de Santiago -el Mayor en Sevilla, y las de Jaén, Orense, Cádiz y otras ciudades. -Entrometiéndome en la Gran Logia nacional, oí hablar de cosas más -serias y graves que los discursitos _filosóficos en verso_ que le -echaban al esqueleto de la _Rosa-Cruz_; oí hablar mucho de política, -de igualdad; entonces fue cuando anduvo de boca en boca y llegó a ser -muy de moda la palabra _democratismo_, que luego desapareció para -presentarse de nuevo al cabo de medio siglo, aunque variada en su forma -y tal vez en su significación. De la larva de aquellas logias, no es -aventurado afirmar que salió al poco tiempo la crisálida de los clubs, -los cuales a su vez, andando el voluble siglo, dieron de sí la mariposa -de los comités. - -Pero otra vez, sin quererlo, me aparto de mi objeto, y no ha de ser -así, sino que vuelvo atrás para deciros que el señor Conde de Rumblar, -luego que esparcía su ánimo en aquello del esqueleto, y hablaba por -los codos durante una hora, iba en busca de entretenimientos más -agradables; y aquí es donde viene como anillo al dedo la ocasión de -nombrar a la Zaina, porque a eso de las once era cuando penetraba en -sus _salones_ el joven de que me ocupo, no acompañado solo por el -citado Mañara, sino también por D. Luis de Santorcaz, que siempre se -le unía en la _Rosa-Cruz_ para seguir juntos hasta la madrugada. - -Convendrá tener presente que no era la Zaina la única gran dama de -aquellos aristocráticos barrios que abría de par en par las puertas de -su casa y de su alma a nuestros tres amigos, y a fe mía que si hubiera -yo de enumerar todas las ilustres casas de los cuarteles de San Lorenzo -y San Millán, que por aquellos días obsequiaban a un pequeño número -de _habitués_ (¿por qué no decirlo en francés?), llenaría de seguro -todo este libro y medio más. Pero sin renunciar a ser cronistas de -los saraos de aquella matritense _high life_ (¿por qué no decirlo en -inglés?), seré muy breve por ahora, señores míos: estenme atentos, y no -me interrumpan con exclamaciones de admiración, que me harían perder, -mal de mi grado, el hilo del relato. - -Los salones de la _Zancuda_, en la calle de Ministriles, se abrían muy -temprano, y allí había cierta grave etiqueta, con poco de fandango y -menos de seguidillas, razón por la cual escaseaba la concurrencia. -Era la _Zancuda_ mujer de grandes atractivos, a pesar de su feísimo -nombre; pero no gustaba de alborotos, porque su marido, o lo que -fuera, el señor Regodeo, era al modo de diplomático, hombre estirado, -serio, ceñudo, y que en esto de burlar con sutilísima perspicacia las -socaliñas de las aduanas, almojarifazgos o arbitrios de puertas, no se -cambiaría por los más famosos de Sevilla y Ronda en el tal oficio. Don -Diego y sus dos amigos frecuentaban poco esta casa, donde comúnmente -se estaba como en misa. - -En los salones de la _Pelumbres_ (calle de la Torrecilla del Leal, -tienda de hierro viejo) era todo animación, todo alegría, no solo por -ser la dueña de la casa una de las mujeres más malignamente graciosas, -más divertidas y de mejor mano para tocar las castañuelas que han -existido a principios del siglo, sino porque allí concurrían personajes -célebres en varias artes y oficios, tales como el distinguido -curtidor _Tres pesetas_; el _señor Medio diente_, uno de nuestros -más esclarecidos trajineros procedentes de las Tenerías de Toledo, y -_Majoma_, curtidor de carne, el cual, cuando contaba sus viajes por las -distintas cortes del mundo, tales como Melilla, Ceuta y el Peñón, les -dejaba a todos con la boca abierta. Y como no faltaban tampoco ni la -Narcisa, ni Menegilda, ni Alifonsa, todas tres estrellas esplendorosas -del firmamento manolesco, la una vendedora de castañas, la otra de -callos y caracoles, y la postrera de sal; como no se escatimaba el -vino, ni las boleras, ni se ponía fin a los dichos, ni a la sabrosísima -libertad en lengua y manos, D. Diego tenía sumo gusto en frecuentar -aquella casa. Verdad es (y la historia no debe permanecer silenciosa -en este punto) que las tertulias solían concluir con un refresco de -palos, que, a oscuras y cual lluvia del cielo, caían de improviso sobre -la escogida reunión; pero aquellos más bien regocijaban que afligían -a D. Diego, el cual, ocupándose antes en darlos que en recibirlos, no -se apuraba por unos cuantos cardenales más o menos, ni renunciaría a -las fiestas de la _Pelumbres_, aunque llevara en sus espaldas todo el -cónclave romano. - -Pues ¿y qué diré de aquellas elegantísimas y suntuosas fiestas de _Rosa -la Naranjera_, tan célebres en toda la redondez de Madrid, que hay -historiadores muy concienzudos que aseguran haber visto a más de un -Príncipe traspasar los umbrales de su bodegón, calle de las Maldonadas? -Y si esta última atrevida afirmación no fuera cierta, eslo en lo -tocante a duques, marqueses, condes y vizcondes, de lo cual certifico, -por haberlos visto. No digo lo mismo de Príncipes y Reyes, pues de -estos no recuerdo más que los de copas, bastos, oros y espadas, los -cuales no faltaban ni una noche, y con toda familiaridad y franqueza se -dejaban llevar de mano en mano. Eso sí: digan lo que quieran la ruin -envidia y la mala fe de los que allí se quedaron limpios como patenas, -el banquero Juan Candil era una persona honrada, y de recomendables -antecedentes en aquel oficio, y hartas veces decía la Naranjera que en -su casa no se consentían trampas, razón por la cual creemos que aquel -era juego de ley, y que cuanto se decía acerca de las diestras manos -de Candil y de las marcas de sus mugrientos naipes era, o cavilaciones -de los parroquianos, o efecto de esa viciada atmósfera que rodea a -las grandes instituciones cuando se las plantea entre gente díscola -y pendenciera. ¡Y cómo gozaba D. Diego en aquella casa! ¡Y cuánto le -querían y mimaban, y cómo se hacían lenguas todos en alabanza de su -liberalidad, de su desprendimiento, de su nobleza, de aquel donaire con -que entregaba sin muestras de aflicción la cantidad perdida! A este -afecto correspondía Rumblar con una asistencia tan puntual, que si -fuera al aula le habría hecho en poco tiempo un segundo Aristóteles. - -Mas en aquella casa y en las que antes he mencionado, no se consagraba -todo el tiempo a los reyes, sotas y demás real familia, pues siguiendo -la general corriente de los tiempos, se hablaba mucho de política. A -ellas iba con frecuencia, y durante sus días de vagar, el tío Mano -de Mortero, que siempre llevaba noticias frescas. También concurría -Pujitos, joven instruidísimo y de gran erudición, pues no dejaba de -saber leer (aunque con pausa y cierto dejo o sonsonete), razón por -la cual aquel esclarecido concurso estaba al tanto de las _Gacetas_ -y papeles nacionales y extranjeros, porque es de advertir que si el -tío Mano de Mortero conocía a fondo la geografía ibérica (merced a -sus frecuentes viajes _científicos_ para desesperación del Estado -y quebrantamiento del fisco); si por esta circunstancia conocía -la posición de los ejércitos beligerantes, Pujitos iba mucho más -allá: elevábase en alas del genio, y su pensamiento cerníase en las -vertiginosas altitudes del arte militar y diplomático, como el águila -sobre las eminentes cumbres. - -Estas conversaciones no duraban toda la noche, y entre juego y juego -solía haber bolero y manchegas, así como también algo de aquello que -los eruditos llaman palos, y el vulgo también; pero sabido es que -los palos son para ciertas gentes gustosísimo postre, después de los -manjares fuertes del amor y del vino. ¡Ay! puedo asegurar que D. Diego -era muy feliz con aquella vida. - -Pero el dorado alcázar, el Medina-al-Fajara, el Bagdad, la Síbaris -y la Capua de sus impresionables sentidos, estaban en casa de la -Zaina, aquella beldad incomparable; aquella que, al aparecer por las -mañanas en la esquina de la calle de San Dámaso, dentro de su cajón -de verduras, daría envidia a la misma diosa Pomona en su pedestal de -frutas y hortalizas. ¿Y qué diremos de aquella gracia peculiar con que -lavaba una lechuga, arrancándole las hojas de fuera con sus divinas -manos, empedradas de anillos? ¿Qué del donaire con que hacía los -manojitos de rábanos, que entre sus dedos racimos de corales parecían? -¿Qué de aquella por nadie imitada habilidad para poner en orden los -pimientos y tomates, cuya encendida grana se eclipsaba ante el rosicler -de su cara? ¿Qué de aquel lindísimo gesto con que metía los cuartos -en la faltriquera, olvidándose casi siempre de dar la vuelta? ¿Qué -de aquella postura (digna de llamar la atención de Fidias) cuando -descolgaba una sarta de ajos, que al enroscarse en sus brazos no se -tomarían por otra cosa que por rosarios de descomunales perlas? ¿Qué de -la destreza y soltura con que arrojaba las hojas de col sobre los usías -que iban a requebrarla? ¿Qué de su ciencia en el vender, y su labia en -el regateo, y su diplomacia en el engañar, que a esto y a nada más -propendían todas y cada una de las sales y monerías de su lengua y -ademanes? Válgame Dios, que tuvo buen gusto D. Diego al prendarse de -aquella princesa o semidiosa, pues tal era su mérito y de tal modo y -con tanta presteza la rodeaba de poéticos atributos la imaginación, que -el puesto era un trono, y las lechugas ramos de olorosas yerbas, y los -rábanos jacintos de Holanda, y los repollos abiertas magnolias, y los -ajos cerradas azucenas, y las cebollas conjunto perfumado de todas las -flores, así como también podía suponerse que el agujereado mandil de la -Zaina era un rico sayal de finísima puntilla de Flandes, y el cuchillo -de partir varita de oro para dar gusto y ocupación a las movibles -manos, y los ochavos desparramadas joyas que los príncipes y reyes, -de remotas tierras venidos, echaban a sus pies para rendir el fuerte -castillo de su honestidad. - -¿Y qué me diréis si os aseguro que D. Diego, a pesar de sus atractivos -y de su dinero, no había podido rendir a la Zaina? ¡Oh, inflexible ley -de los hados, que en aquella ocasión dispusieron que la Zaina fuese -esclava en cuerpo y alma de otro galán, al cual de antiguo mis lectores -conocen, y no es otro que el propio D. Juan de Mañara, por segunda -vez presentado en el escenario de estas historias! Pues sí: el Sr. de -Mañara, como la muerte, lo mismo ponía el pie en _pauperum tabernas_ -que en _regumque turres_; y aunque era persona de alta posición por -aquellos días, y estaba a punto de ser nombrado regidor de Madrid, sus -preferencias en materia de costumbres y de amor íbanse del lado de lo -que Horacio llamó _tabernas_, y en castellano podemos nombrar ahora con -la misma palabra. - - - - -II - - -Por las noches, este caballero, lo mismo que D. Diego, después que -salían de las logias, se vestían de majos, y... aquí viene ahora la -coyuntura de describir la casa de la Zaina y su gente, con las fiestas -y bailes, y el refresco aparatoso que les ponía fin; pero como aún -me resta por manifestar un poquito de lo referente a D. Diego y a su -vida, principal objeto que en este comienzo del libro me propuse, dejo -aquello para después, y sigo diciendo que el hijo de Doña María, bien -solo, bien acompañado de Santorcaz, iba de tertulia alguna vez a las -librerías principales, que era donde más se hablaba de política. - -No sé si recordaré todas las tiendas de libros que había entonces -en Madrid; pero sí puedo asegurar que casi igualaba su número al de -las que ahora existen, y las más concurridas eran las de Hurtado, -Villarreal, Gómez Escribano, Bengoechea, Quiroga y Burguillos (antes -Fuentenebro), en la calle de las Carretas; la de la viuda de Ramos, en -la Carrera de San Jerónimo; la de Collado, en la calle de la Montera; -la de Justo Sánchez, en la de las Veneras; la de Castillo, frente a -San Felipe el Real, y el puesto de Casanova en la Plazuela de Santo -Domingo. En estas tiendas se reunían muchos jóvenes escritores o que -pretendían serlo; poetas hueros o con seso, aunque estos eran los -menos; personas más aficionadas a la conversación que a los libros, -gente desocupada, noticieros, y muchísimos patriotas. D. Diego era -patriota. - -Como yo me metía bonitamente en todas partes, también me daba una -vuelta por las librerías, bien acompañando a D. Diego, bien solo, -echándomelas de gran patriota, y en la de las Veneras me acuerdo -que dije una noche muy estupendas cosas, que me valieron calurosos -aplausos. ¡Ay! allí conocí al sombrerero Avrial y a Quintana, -el mochuelo y el mirlo, el cisne y el ganso de aquellos tiempos -literarios, tan turbados, tan confusos, tan varios y antitéticos en -grandeza y pequeñez, como los políticos. Parece, en verdad, mentira -que Moratín y Rabadán, que Comella y Meléndez hayan vivido en un mismo -siglo. Pero España es así. - -Tampoco dejaba D. Diego de concurrir al teatro alguna que otra vez, -porque era muy de patriotas el ir a la representación de las famosas -comedias de circunstancias _La alianza de España e Inglaterra, con -tonadilla_, y _Los patriotas de Aragón y bombeo de Zaragoza_, que en -aquellos días se representaban con frenético éxito. Y para que nada -faltase en el círculo de relaciones de aquel joven ilustre, también -asomaba las narices por el cuarto de Pepilla González, actriz famosa, -si bien un día puso punto final a sus visitas, porque le hicieron no sé -qué ingeniosa burla. - -En casa de la Zaina, en casa de la Pelumbres, en la de la Naranjera, -en la logia de _Rosa-Cruz_, en la librería de la calle de las Veneras -y en el teatro, solíamos encontrarnos D. Diego y yo, pues, como he -dicho, yo tenía especial empeño en seguirle a todas partes, venciendo -para entrar en algunas la repugnancia de mi conciencia. El joven se -franqueaba espontáneamente conmigo, y yo, mientras más me decía, más -procuraba sacarle para que ningún escondrijo ni pliegue de su vida me -fuese secreto. Solo cuando iba en compañía de Santorcaz me guardaba muy -bien de preguntarle ciertas cosas. - -¡Pobre D. Diego, y a cuántas pruebas se vieron sujetas su impetuosa -juventud e inexperiencia! ¡Y qué de simplezas hizo, y qué terribles -caídas tuvieron los atrevidos saltos de su entusiasmo, y qué porrazos -se dio con las peñas del fondo al arrojarse desaforadamente en el mar -de la vida, creyéndolo sin arrecifes, ni sumideros, ni bajíos! ¡Y -cuánto se encanalló, y de qué extraña manera el mayorazgo poderoso -viose en ocasiones pobre y miserable, con la circunstancia de que -no podía menos de sostener el pie de su lujo y representación! Como -era tan manirroto, gastaba en una semana la renta de un año, y aquí -de los acreedores, usureros, prestamistas, judíos y demás chupadores -de sangre, que se bebían la de mi Condesito. Este llegó a verse muy -afligido, pues nadie le fiaba ya el valor de una peseta; y recuerdo -que cierta noche, cuando salíamos del teatro del Príncipe, Don Diego -me hizo una pintura horrenda de la plenitud de sus apuros y vaciedad -de sus bolsillos; dijo después que se iba a suicidar, y luego me llamó -insigne varón, ilustre amigo y el más caballeroso y caritativo de los -hombres, siendo de notar que todos estos rodeos, elipsis, metonimias o -hipérboles, terminaron con pedirme dos reales. Dile cuatro que tenía, -y se despidió, suplicándome que dijese algo en su favor a cierto -prestamista llamado Cuervatón, vecino mío, pues tenía pensado darle -un tiento al siguiente día, aunque las cantidades adeudadas subían al -séptimo cielo. Yo le prometí interceder en su favor, y deseándole las -buenas noches entré en mi casa. - - - - -III - - -La cual era aquella misma honrada mansión donde fui recogido, curado -y asistido en mi penosa enfermedad del mes de mayo, y vea el lector -cómo de manos a boca nos encontramos de nuevo en la dulce compañía del -Gran Capitán y de su esposa, y en alegre familiaridad con el Sr. de -Cuervatón, con Don Roque, con el lañador y respetable familia, con la -bordadora en fino y otras personas que, si no gozan en la historia de -celebridad apropiada a sus méritos y eminentes calidades, tendranla en -esta relación, mal que le pese a la ruin envidia, siempre empeñada en -rebajar los altos caracteres. - -Desde mi vuelta de Andalucía, yo moraba en casa de D. Santiago -Fernández. Santorcaz no vivía ya allí, ni tampoco Juan de Dios, ni sus -antiguos patronos sabían de su paradero, pues habiendo salido cierto -día de agosto muy de mañana, hasta la fecha de lo que voy contando, que -era por noviembre, no había vuelto, lo cual hacía decir a Doña Gregoria: - ---No puede _por menos_ sino que a ese bienaventurado Sr. de Arroiz le -ha sucedido alguna desgracia, como no se haya ido al cielo en cuerpo y -alma, que para eso estaba. - -La casa (y aunque me parece que esto lo saben ustedes, no estará de más -repetirlo) era de esas que pueden llamarse mapa universal del género -humano, por ser un edificio compuesto de corredores, donde tenían su -puerta numerada multitud de habitaciones pequeñas para familias pobres. -A esto llamaban casas de Tócame Roque, no sé por qué. No lo indagaremos -por ahora, y sepan que, en aquellos días, el que hubiera entrado en -casa del Gran Capitán, habría visto a este en el centro de un animado -corrillo, donde estábamos hasta ocho personas, todos buenos españoles -o inflamados de patriótico afán por saber cómo iban las cosas de la -guerra; habría visto con cuánta diligencia y precipitación acudían -unos y otros en cuanto Fernández volvía de la oficina; habría visto -cómo amorosamente preparaba Doña Gregoria el sahumado brasero, para que -no se enfriara la concurrencia; cómo Fernández, golpeando la caja de -rapé, tomaba un polvo, sonábase mirando a todos por encima del pañuelo, -y luego se apresuraba a satisfacer la sed de su curiosidad en estos -términos: - ---La cosa va mejor de lo que se creía, y lo de Lerín no fue tan -desgraciado como se nos quería pintar. Señores, hay que poner en -cuarentena lo que dicen los papeles impresos, porque los diaristas -no se cuidan más que de sorprender al público con noticiones; y como -ninguno de ellos sabe palotada de lo que llamamos el arte de la -guerra... - ---Pues a mí me han dicho que lo de Lerín fue un desastre muy grande ---afirmó D. Roque--. ¡Bah! Si tenemos unos generales... De lo que -está pasando tienen ellos la culpa, y bien sabía yo que vendríamos a -parar a esto. Pues qué, si esos señores, en vez de estarse en Madrid -todo el mes de septiembre mordiéndose unos a otros; si en vez de estar -aquí diciéndose «yo soy mejor que tú», y disputándose el mando de los -Cuerpos como perros que riñen por un hueso; si en vez de esto, digo, -se hubieran marchado al Norte a perseguir al enemigo, ¿estarían los -franceses tan envalentonados? - ---Tiene razón que le sobra por los tejados el Sr. D. Roque --dijo -la mujer del lañador--. Y yo, que no sé de guerra, le decía a mi -marido todas las noches cuando nos acostábamos: «Mira, Norberto, los -generales, en lugar de estar aquí y en Aranjuez, hablando mal unos de -otros y revolviéndolo todo con sus envidias y reconcomios, debieran -andar por toda esa tierra de Burgos y Rioja persiguiendo al francés. -Que si Llamas manda tal tropa; que si ya no la manda Llamas, sino -Pignatelli; que si Castaños se opone a que venga Cruz; que si Blake -quiere ser más que Cuesta, y Cuesta más que todos; que si Palafox manda -este Cuerpo; que si La Peña no quiere mandar el otro... en fin, cuando -después de la batalla de Bailén creímos vernos libres de franceses, -emperadores y reyes de copas, ahora salimos con que por estarse los -generales mano sobre mano en Madrid, al olorcillo de la Corte, y de los -obsequios, y de las fiestas, han dejado que los otros se arreglen bien -y tengan dispuesto todo para darnos un susto.» - ---Ha hablado usted como un padre de la Iglesia, señora Doña María -Antonia --dijo con oficiosa exaltación Doña Melchora, la bordadora en -fino--. A mis niñas les dije yo eso mismo el mes pasado. ¿No es verdad, -Tulita; no es verdad, Rosarito? Sí, señores, esa es la pura verdad; y -lo que yo voy viendo es que desde que empezó la guerra; desde que hubo -aquella de venir los franceses y caer Godoy, nadie ha sabido acertar -más que nosotras, y cuando anunciábamos lo que iba a pasar, los hombres -graves se reían diciendo: «¿Qué entienden las mujeres de guerras ni de -historias?» Pues vean ahora si entendemos. - ---Tiene razón Doña Melchora --dijo el señor de Cuervatón--. También se -reían de mí cuando anuncié lo que iba a pasar. Pero, señores, cuando -los de arriba pierden la chaveta, como ha pasado aquí, a los tontos y a -las mujeres corresponde el imperio del buen sentido. - ---No obstante --dijo el Gran Capitán impaciente por poner el peso de su -autorizado dictamen en aquella contienda--, aún no se puede hablar mal -de esos valientes generales. Yo no les he explicado a ustedes todavía -el plan de campaña. Es preciso que ustedes se penetren bien de esto. -Las tropas que mandan Blake, Llamas, Castaños y Palafox, colocadas y -extendidas desde el Ebro hasta Burgos, forman un gran semicírculo. -Vienen los franceses: el semicírculo se cierra, convirtiéndose en -círculo, y aquí me tienen ustedes a mi emperador cogido en una ratonera. - ---Pero, en resumidas cuentas, ¿viene o no viene? --preguntó Doña -Melchora. - ---Yo creo que no --dijo el Gran Capitán, echándoselas de malicioso--. -Y tengo para mí que todo eso que dicen los papeles acerca de lo que -Napoleón leyó en el Senado, es pura invención. Como que hay quien dice -que Napoleón está muy enfermo de un tumor que le ha salido en el sobaco -izquierdo, y que ya le han sacramentado. - ---¿Y usted es de los que dan crédito a los mil desatinos que cuentan -los patriotas? --exclamó D. Roque levantándose de su asiento--. Aquí -creen que se sale del paso contando mentiras y matando de calenturas o -alfombrilla a todos nuestros enemigos. - ---Y qué, ¿soy hombre para tragar todas las bolas que cuentan -diariamente los papeles? --dijo el Gran Capitán, sin disimular el -desprecio que le merecía la prensa--. Vamos a ver, ¿qué saca usted -en limpio, Sr. D. Roque, de todas esas hojas que lee día y noche, y -que le van a volver loco, como al bueno de Don Quijote los libros de -caballería? - ---Quédese cada uno en su sitio, y no se meta en los trigos ajenos ---repuso D. Roque, procurando contener su irascibilidad--, que así -como yo no me meto jamás en las honduras del arte de la guerra, que -no entiendo, así debe usted respetar las ciencias, que no están a su -alcance. ¡Qué sería de la sociedad sin papeles públicos! Aquí tengo -yo el _Semanario patriótico_ --añadió, sacando un voluminoso legajo -de uno de los luengos bolsillos de su levitón-- que es el mejor papel -que hasta ahora se ha escrito, y contiene cosas muy lindas, y en todo -lo que dice no parece sino que habla por boca de Aristóteles y Platón. -Desde que en el primer número vi aquello de _la opinión pública es -mucho más fuerte que la autoridad malquista y los ejércitos armados_, -les digo a ustedes francamente que el tal papelito me enamoró. Yo me -quito el garbanzo de la boca para ahorrar los 20 reales que me cuesta -cada trimestre; y ¿cómo no hacerlo, si este manjar del espíritu es -tan necesario a la vida como el alimento del cuerpo? Así es que los -miércoles por la noche no duermo, y todo es dar vueltas en la cama, -pensando en lo que traerá el _Semanario_ al siguiente día. Los jueves -son para mí días de delicia, y leyendo mi _Semanario_ olvídaseme el -comer y el beber, a más de todas mis penas y tristezas, que son muchas. -¡Y cómo trata las cuestiones! ¡Y con qué gracia le da a cada uno lo -que es suyo! ¡Y qué sal tiene para decirle a la Francia todas sus -picardías! ¿Pues y el paralelo que hace entre Bonaparte y Maximiliano -Robespierre? No pierde ripio para decir a todos las verdades, y a los -españoles les suele sacar los trapitos a la colada, como quien dice. -En fin, señores, me entusiasma tanto, que el otro día, no pudiendo -satisfacer mi deseo de conocer al autor de tan divino escrito, y -averiguado que lo es un tal Manolito Quintana, me fui derecho allá, -y abrazándole le dije: «Venga acá el extremo de toda discreción, el -resumen de la elocuencia y del buen decir, el dechado de la lengua -castellana, el azote de los tiranos, el heraldo del patriotismo y el -cisne de los derechos del hombre.» A lo cual me contestó que él cumplía -con su deber, y que agradecía tales alabanzas. - ---¿Toda esa arenga le echó usted al buen autor del _Semanario -patriótico_? --preguntó el Gran Capitán--. Pues en verdad digo que si -la Junta oyera mis consejos, al punto mandaría suprimir ese y todos los -demás papeles. ¿Para qué se quieren papeles? - ---Hombre irracional, ¿y cómo se difunden las luces, y se propaga la -buena doctrina, y se instruye a toda la gente del reino, chicos y -grandes? ¡Pues flojitas verdades trae el _Semanario patriótico_!... -Como todos dieran en leerlo con tanto fervor como yo, pronto se -remediarían los males de la nación. Y no hay que darle vueltas, -señores: lo que este dice es el Evangelio. ¿Quién podrá desmentir -aquello de _el tirano es un hombre que abusa de las fuerzas de la -sociedad, para someterla a sus pasiones propias, y así la tiranía no -es otra cosa que la injusticia apoyada en la violencia_? ¿Qué tal? -¿Pues y dónde me dejan ustedes aquello de los derechos _esenciales, -sagrados e imprescriptibles_ que corresponden al hombre, y que le -usurpa el pícaro del poder absoluto?... Nada, nada, Sr. D. Santiago, -amigo Cuervatón, señoras y señoritas: tengan ustedes presentes -estas palabras: «La violencia, la opresión, la credulidad, llegan -frecuentemente a adormecer a los pueblos, a fascinar su entendimiento, -a quebrantar en ellos los resortes de la naturaleza; pero cuando por -favorables circunstancias abren los ojos y oyen la voz de la razón; -cuando la necesidad les fuerza a salir de su letargo, entonces ven -que los pretendidos derechos de sus tiranos no son sino efectos de la -injusticia, de la fuerza o de la seducción; entonces es cuando las -naciones, acordándose de su dignidad, ven que ellas no se han sometido -a la autoridad sino para su bien, y que jamás han podido dar a nadie el -derecho irrevocable de hacerlas felices.» - - - - -IV - - -Dotado de maravillosa memoria, D. Roque recitaba trozos enteros de lo -que había leído en sus papelitos, sin mudar una sílaba. No he conocido -varón más cándido e inofensivo que aquel fogoso lector del _Semanario_, -comerciante que había venido muy a menos, y a la sazón, sin negocios, -sin familia, y con poquísimo dinero, vivía en aquella casa, -manteniéndose con su casi invisible renta. Así como el Gran Capitán oyó -lo de _la opresión_ y _la injusticia_, con los razonamientos puestos a -continuación, que no entendiera menos si estuvieran escritos en caldeo, -se encaró con su amigo, y burlonamente le dijo: - ---¿Se ha acabado la jerga? ¡Lástima que no viniera por aquí el -padre Salmón, para que le contestase, y entre los dos se armara una -marimonera de _distingo acá... distingo allá... necuacua... útiquis... -reñega mayora..._ y otras palabrillas que se usan en las disputas de -los _tiólogos_! - ---¡Teólogos a mí! ¡A mí teólogos y con cascabeles!... ¡Y de la madera -del padre Salmón! --exclamó D. Roque guardando el _Semanario_ en el -almacén de sus profundas faltriqueras. - ---Y ha de venir esta tarde Su Paternidad --dijo agridulcemente la -menor de las hijas de Doña Melchora--, pues prometió darme una receta -para este mal de la barriga que ha diez días tengo. - ---Sí que vendrá --añadió la mayor--, pues quedé en pegarle dos botones -en el cuello, y él dijo que traería la cinta azul. - ---Pronto tendremos aquí a ese reverendo Salmón --añadió Doña -Gregoria--, y ya tengo echada la llave a la despensa, porque para -saqueos bastante tenemos con los de los franceses. - -No había concluido estas palabras la discreta esposa de Fernández, -cuando se oyó en el patio de la casa gran ruido de voces, entre las -cuales descollaba una cencerril, abajetada y bronca, que no era otra -sino la de aquel lucero de la Merced, el padre Anastasio José de la -Madre de Dios, vulgarmente conocido por padre Salmón, que este era su -apellido, y no Salomón como algunos le llamaban, sin intención de burla. - ---Ahí está, ahí está ese bendito --dijeron en coro las hembras de la -reunión--. Gabriel: corre y tráele acá, porque si le cogen por su -cuenta las del polvorista... ¡ay, qué pesadas son! Ya están llamándole -las escofieteras. Pues no, no ha de venir sino acá. - -Salí para impedir que la persona del reverendo fuera secuestrada por -cualquiera de las familias que salían a su reclamo por las diversas -puertas que se abrían en aquellos largos corredores, y lo primero -que vi fue al fraile rodeado de enjambre de chiquillos, los cuales, -haciendo mil cabriolas y juegos en su derredor, le mostraban, según su -arte propio, la satisfacción de la casa toda por verle en ella. - ---Tomad, piojosos, tomad esas almendras fallidas, que para vosotros -serán bocado de ángel --les decía Salmón--. ¿Y salió tu padre de la -cárcel, Jacintillo? Y por fin, ¿llevasteis a vuestra abuela a los -Desamparados? Dime, hijo de la Canela, ¿está el oficialillo en el -cuarto de tu madre?... ¿Conque se os murió la gallina? - -Y al mismo tiempo, el antepecho del vasto corredor parecía la -barandilla de un teatro, pues no había un palmo vacío, sino que allí -estaba la vecindad toda, aguardando a que Su Paternidad subiese. - ---Venga acá, Padre, que este trapalón de mi marido me quiere pegar por -celos. Pero di, cabeza jilvanada, ¿no soy la mujer más honrada del -mundo? - ---Venga acá, Padre, y verá qué chocolate le tengo. ¿Pues no me está -diciendo la capitana que Su Paternidad le comió ayer todas las magras? - ---Venga acá, Padre, y suba pronto, que ya le apunta el diente a la -niña. Mírale allí, cordera, resol, reina del mundo. Mírale, llámale con -tu manecita... así, así. - ---Venga acá, Padre, que ya parió la Zoraida cinco criaturas como cinco -estrellas. - ---Suba pronto, Padrito, que mi abuela pregunta si se le deben dar más -friegas. - -Y así continuaban, llamándole de distintas partes, cada uno según -para aquello que le necesitaba, y todos con tan cariñosas palabras, -que Salmón no sabía a qué sitio volverse, ni a cuáles solicitaciones -contestar más pronto; y saludando a un lado y otro como un matador de -toros que en medio de la plaza hace cortesías a la redonda, mostró a -sus amigos que su corazón no era insensible a tantas bondades. En esto -llegué yo, y besándole la correa, le dije: - ---Doña Melchora y sus niñas, que están en casa del Gran Capitán, me -mandan para suplicar a Su Reverencia que tenga la magnanimidad de -subir, que allí le aguardan también D. Roque, el Sr. de Cuervatón y -Doña María Antonia. - -Pero antes que concluyera, el buen Salmón, con gran sorpresa mía, clavó -en mí sus ojos lleno de admiración, y echándome los brazos al cuello, -exclamó a gritos: - ---Ven acá, portento de la sabiduría, milagro de precocidad, fruta -temprana de las humanas letras. ¿Conque ha más de un año que te -conozco y hasta hoy mismo he ignorado que eres un gran latino, autor -del más famoso poema que han escrito modernas plumas? ¿Conque así te -callabas tus méritos, picarón...? A ver, muéstrame pronto ese poema... -¡Quién me había de decir, cuando te conocí paje de la González, que -bajo la montera de tal gaterilla estaba el cacumen de un _Erasmus -Roterodamensis_, de un _Picus Mirandolanus_! - -Turbado y confuso le contesté que sin duda Su Paternidad se equivocaba -confundiendo mi ignorancia con la sabiduría de algún desconocido de mi -mismo nombre, oyendo lo cual, dijo mientras subíamos la escalera: - ---No; que lo acabo de saber por el Licenciado D. Severo Lobo, el cual -te conoció desde el proceso del Escorial, y luego estuvo a punto de -empapelarte, cuando el Príncipe de la Paz te quiso dar una placita en -la Interpretación de lenguas. ¿Y tú qué culpa tenías de que el otro te -quisiera colocar? Por lo que me han dicho, tu modestia iguala a tus -méritos, ¡oh joven! Yo he visto la minuta en que Godoy te recomendaba; -pero ¡qué guardado te lo tenías, raposilla!... ¿Y ahora en qué te -ocupas? ¿Por qué no pides un hábito, por qué no eres fraile? Yo me -encargo de catequizarte. ¿Sabes que he hablado de ti a los Padres de la -Merced y todos quieren conocerte? A ver si te pasas por allí, rapaz, -y ve después de la hora del refectorio. ¿Te gustan las pasas? Además -tengo que conferenciar contigo, Horacio Flaco en ciernes y Virgilio en -pañales; y como al salir de esta casa se me olvide hablarte (pues ya -sabes que soy muy débil de memoria), ¿me lo recuerdas, eh? - -A tal punto llegaba, cuando entramos en la sala del Gran Capitán. -Levantáronse todos, y después de besarle uno tras otro la correa, -diéronle el asiento del centro junto al brasero. - ---Aquí está la seda azul --dijo el mercenario, dando lo indicado a -Tulita. - ---Mañana mismo tendrá Su Paternidad arreglado el cuello --contestó -la muchacha--. Veamos ahora lo que me manda para este malestar de la -barriga, que es tal que yo no lo puedo resistir, y todas las mañanas -me dan unas arcadas, unos mareos y bascas tan fuertes, que no me para -dentro nada. - ---Bendito sea el nombre de Dios --exclamó el Padre tomando un polvo de -la caja del Gran Capitán--. A fe, Doña Melchora, que si esta matutina -estrella de su hija de usted fuera casada, ya sabríamos el pie de que -cojea su estómago; pero no siéndolo, y tratándose ahora de una familia -con quien la misma honradez no podría ponerse en parangón, ordeno y -mando que con siete palitos del árbol de Santo Domingo, cocidos en -baño-maría, por espacio de tres credos rezados con pausa y por supuesto -con devoción, esta niña se quedará como nueva. ¡Qué nueces frescas las -de ayer, señora Doña Melchora; qué nueces frescas! Pero dígame, ¿qué -santo del cielo le hizo tan rico presente? Yo no sabía que en montes -alcarreños, asturianos ni encartados existiesen unas tan hermosas obras -de Dios. - ---Obsequio fue de un primo mío que es guarda de las dehesas del señor -Duque de Altamira, en tierra de Cameros, y como, si no de buen salario, -el pobrecito disfruta de ojos listos y manos libres, siempre nos manda -lo mejor de aquellos castañares y nocedales. - ---Así le hicieran canónigo --añadió Salmón--. ¿Y qué noticias, Sr. D. -Santiago Fernández? - ---No me digan nada, ni me calienten más la cabeza --replicó el Gran -Capitán encubriendo, bajo la ficción de un estudiado cansancio, el -placer que le causaba el ver sacado a plaza un tema tan de su gusto--. -Mire Su Paternidad que estoy ya que no doy por mi cuerpo un real. ¡Qué -ir y venir! ¡Qué jaleo! ¡Todo el día poniendo nombres en la lista, y -haciendo recuento de cartuchos, y examinando armas, y disponiendo, y -mandando! Aquellos señores son muy remolones, y todo lo tengo que hacer -yo. - ---¿Y resistiremos, si, como dicen, se nos viene encima ese monstruo, -ese troglodita, ese antropófago, señores, que no se sacia nunca de -devorar carne humana? - ---¡Pues no hemos de resistir! --exclamó el Gran Capitán--. ¿Hemos de -ser menos que los zaragozanos? Además de que yo creo que no viene. - ---¡Y sabe Dios --dijo Doña María Antonia-- si será cierto lo que dicen -de que allá en Rusia o Prusia le echaron unos polvitos en el cocido -para que reventara! - ---Como que hay quien asegura que está sacramentado y que hizo -testamento, devolviendo todas las naciones que ha robado y abjurando de -sus herejías. - ---¡Oh gente ignorante y crédula! --exclamó de improviso D. Roque, -desenvainando su cartapacio de papeles públicos--. ¡Y cómo se conoce la -rusticidad de los que atienden más a los dichos y simplezas del vulgo -que a la palabra impresa de los hombres doctos! Vean, vean lo que dice -ese papel, y no hagan caso de tonterías: «Napoleón se presentó al -Senado el 25 del pasado, y dijo que _bien pronto pondría sus banderas -en las torres de Madrid y en las fortalezas de Lisboa_.» También cuenta -la Gaceta, que ciento sesenta mil hombres del ejército grande están -sobre la frontera de España, y que el Emperador dijo que _antes de fin -de año no quedará aquí una sola aldea en insurrección_. - ---Conque ni una sola aldea... --indicó el fraile--. Pero sabe Dios la -intención que llevará el que ha escrito esos papeles. Lo que es por -mí, mandaría suprimir todos los que se imprimen en España, pues para -envolver especias, mejor es el papel no impreso y limpio, como sale de -las fábricas. - ---¿Pues eso qué duda tiene? --dijeron a una las dos niñas de Doña -Melchora. - ---Y yo --declaró como un basilisco D. Roque-- mandaría suprimir todos -los frailes o les quitaría el hábito, dando a cada uno un fusil para -que fueran a limpiar a España de franceses. - ---Sin fusil lo hacemos, hermano --dijo Salmón riendo--. Lejos de -suprimir frailes, yo los aumentaría en grado máximo, y así la mayor -parte de los españoles vivirían gordos y contentos, y no veríamos tanto -vagabundo mendigo por esas calles. - ---Chúpate esa y vuelve por otra --dijo a D. Roque la menor de las hijas -de la bordadora en fino, suponiendo al viejo completamente apabullado -bajo el peso de aquellas incontestables razones. - ---¿Conque más todavía? Pues sepa mi señor Salmonete --dijo D. Roque, -llevando al último extremo su familiaridad con el fraile-- que ahora -se va a reunir la nación en Cortes. ¿No lo quieren creer? ¡Ah! Pues no -doy dos maravedises por lo que de Gobierno absoluto hubiere después de -la guerra. ¡Abajo los tiranos! --añadió poniéndose en pie y alzando los -brazos con endemoniada exaltación--. Y si hay un frailazo chocolatero -que me desmienta, alce la voz, y venga delante de mí, que yo le reto -a singular polémica, aunque traiga más textos que escribió Pedro -Lombardo, y más latines y aforismos y comprobatorias y distingos que -han eructado en diez siglos las cátedras salmantinas y complutenses. - ---¿Y cómo había yo de ponerme a disputar con semejante pedazo de -acebuche con nudos, más duro que roca? ¿Y de qué valdrían mis -argumentos contra la asnal cerrazón de su mollera? --argumentó el Padre -Salmón levantándose también de su asiento; mas no enfadado ni nervioso, -sino riendo a todo reír, pues su humor de mantequillas era tal, que no -se le vio colérico más que una sola vez. - ---Pues empecemos --dijo D. Roque poniéndose verde. - ---Empecemos --replicó Salmón restregándose las manos y haciendo después -grotescos gestos, como de quien imita los movimientos de un grave -predicador. - ---No quisiéramos más para reírnos de Don Roque --dijo la mayor o la -menor (que esto no lo tengo bien presente) de las hijas de Doña -Melchora. - ---Pero para restaurar nuestras fuerzas, señores y señoras mías --dijo -Salmón--, venga ese chocolate, que aquí mi amigo D. Roque dice que no -se puede pasar sin él. - ---Quien no se puede pasar sin él --contestó el aludido-- es su -magnificencia reverendísima, que en llegando a estas horas, como no -ponga un puntal al estómago se cae rendido. - ---Pues usted lo dice, amigo papelista eminentísimo --contestó Salmón -dando otra vez rienda suelta a la risa--, así sea, y venga ese -chocolate; y pues es más agradable el goce de una amena tertulia que -el disputar, dejémonos de querellas, y pelillos a la mar, y cada uno -piense lo que quiera, y ruede la bola, y viva Fernando VII. - ---Es lo más conveniente, toda vez que este D. Roque está chiflado ---dijo Fernández--, y un día hemos de verle por esas calles con una -_Gaceta_ en cada dedo. - ---¡Pero qué graves y circunspectas están mis niñas! --añadió Salmón -dando unas palmaditas en el hombro, no recuerdo bien si de la mayor o -de la menor de las hijas de Doña Melchora--. Y esos piquitos de oro, -¿por qué no echan una canción por todo lo alto, para que se nos alegren -los espíritus? - ---Bueno, bueno. - -Y una de ellas rompió al instante a cantar de esta manera: - - Con un albañilito - Madre, me caso, - Porque son de mi gusto - Los hombres blancos. - ---Eso tiene poca gracia --dijo Salmón--. A ver otra. - ---Pues allá va la que está de moda: - - Bonaparte en los infiernos - Tiene su silla poltrona, - Y a su lado está Godoy - Poniéndole la corona. - - Sus compañeros - Van de dos en dos: - Murat, Solano, - Junot y Dupont. - ---¡Bravo, magnífico! Doña Melchora, tiene usted dos niñas que -envidiaría cualquier princesa. Y qué tal, ¿se gana mucho? - ---En estos tiempos, Padrito --dijo la madre--, suele caer algún bordado -de uniforme; pero ¿dónde se ven aquellos ternos de plata y oro, aquella -ropa de altar que tanta ganancia nos daban antes de estas malditas -guerras? Ya sabe su grandeza que las mejores capas pluviales, las -mejores casullas que se han lucido en procesiones, así como las mejores -chaquetas toreras que han brillado en plazas y redondeles, pasaron -por estas manos. ¡Ay, quién me lo había de decir! La que bordó los -calzones que llevaba Pepe-Hillo cuando le cogió aquel enrabiscado toro; -la que bordó la capa que llevaba en sus santos hombros el Eminentísimo -Cardenal de Lorenzana el día que tomó posesión, está hoy consagrada a -miserables letras de cuello de uniforme, y a las dos o tres insignias -de consejero, o ropón de Niño Jesús, que caen de peras a higos. ¡Buenos -están los tiempos! - ---Cuando esto se acabe... --dijo el fraile. - ---¿Cómo cuando esto se acabe? --gritó de improviso D. Roque, -interrumpiendo con muy feo gesto a su amigo--. Antes, muy antes de que -esto se concluya se reunirá el país en Cortes. ¡Y estos alcornoques no -lo quieren creer! - ---Que te despeñas, Roque amigo. - ---¿También eso lo dicen los papeles? --preguntó con mucha sorna el Gran -Capitán. - ---También lo dicen, sí señor. ¿Pues no lo han de decir? Y cómo se me -ha de olvidar, si lo sé de memoria, y anoche, luego que me acosté, -estuve recitando en voz alta aquello de... «Después de tantos años de -abatimiento y opresión en que los leales y generosos españoles han -sufrido mayores ultrajes y vilipendios que los salvajes africanos, -amanecerá el glorioso día en que se reúnan los pueblos por medio de -sus representantes para tratar del bien común. Este es el objeto con -que se instituyeron las sociedades civiles; no el engrandecimiento de -un solo hombre, con perjuicio de todos los demás. Reunidas aquellas es -como puede conocerse a fondo el estado de una nación, sus recursos, -sus necesidades y los medios que deben adoptarse para su bienestar y -prosperidad; y donde faltan estas solemnes Asambleas, los monarcas, mal -aconsejados, caminarán ciegamente al despotismo, tal vez contra sus -buenos deseos.» - ---¡Lindísimo sermón! --exclamó el Gran Capitán--. Ayer le contaba a mi -compañero en la portería de Cuenta y Razón las extravagancias de mi -vecino D. Roque, y me dijo que esto se llamaba _el democratismo_. ¿Es -así, Padre? - ---Llámese como se quiera --repuso el venerable Salmón--, lo que digo -es que este chocolate, que ahora nos trae la señora Doña Gregoria, y -cuyo olor se adelanta hasta nosotros anunciándonos la nobleza de lo -que viene en el canjilón, me parece tal, que solo podría servírsele -semejante al Sumo Pontífice. - ---Y a la abadesa de las Huelgas de Burgos --dijo Doña Gregoria--; que -ella y el Papa son las dos más altas personas de la cristiandad, y por -eso se dice que si el Papa se casara, la única mujer digna de ser su -esposa es la tal abadesa de las Huelgas. - ---Así es --añadió Salmón, olvidándose de todo lo que no fuera el -canjilón--; y por lo que hace a eso del _democratismo_, yo le aconsejo -a D. Roque que se deje de tonterías y no piense en novedades, pues por -ahora, y en muchísimos años para adelante, estamos y estaremos libres -de ellas. - ---Los españoles guerrean porque no quieren que los manden los franceses ---dijo la mayor de las hijas de Doña Melchora--, y también para -defender los usos y _pláticas_ del reino contra las novelerías que -quiere poner aquí Napoleón. Así me lo dice todos los días Paco el -plumista, que es sargento de voluntarios. - ---Pues a mí me dijo Simplicio Panduro, ese saladísimo paje de D. -Gaspar Melchor de Jovellanos --añadió la otra--, que los españoles -guerrean por echar a los franceses y por mejorar la mala condición de -los reinos, quitando las muchas cosas malas que hay, al modo de lo que -dice D. Roque por las noches, cuando predica a solas y a oscuras en su -cuarto. - -Estas dos opiniones dieron pie a una acalorada disputa que no copio -porque nada sacarían de ella en limpio mis lectores, toda vez que es -público y notorio que en lo que va de siglo, la historia, la grave y -cachazuda historia, no ha podido dilucidar la cuestión planteada por -aquellas dos niñas, y aun hoy andan a la greña eminentes escritores -por averiguar si decía verdad la mayor o la menor de las hijas de Doña -Melchora. - -Salmón, consumido su chocolate, dijo: - ---Conque, amiguitos, ¿me dan ustedes su venia para retirarme? - ---¿Tan pronto, Padre? ¡Que siempre nos ha de tener Vuestra Reverencia -con hambre de su compañía! - ---Bastante os acompaño, hijitas mías. - ---Pues siempre nos sabe a poco. - ---Ya sabéis que tenemos en casa desde esta tarde _octava misión y -solemnes cultos para desagraviar a Jesús Nazareno y a María Santísima -de los sacrílegos insultos que han sufrido, en nuestros templos, de los -impíos ejércitos franceses, e implorar de la Divina Misericordia que -robustezca y ampare a nuestros soldados, y conserve y dirija en todos -los negocios a los que nos gobiernan. Después habrá procesión a la -Virgen de la Paloma, patrona de todo el majerío_. ¿Pero no lo sabíais, -pajaritas volanderas? Por supuesto, que no faltaréis el día que me -toque predicar. - ---Antes faltará la tierra y prados en ella, como dijo el otro. - -Y estaba en pie para retirarse el Padre mercenario, cuando el Sr. de -Cuervatón, que poco antes había sido llamado de su casa, donde le -esperaba una visita, volvió dando voces; y lleno de cólera, que en los -ojos con fulminantes rayos le centelleaba, habló así: - ---¡No sé cómo no le ahogo!... ¡Vaya con el lindo currutaco, harto -de ajos!... ¡Cuando creí que vendría a pagarme, viene a pedirme más -dinero!... ¡Y ahora sale con que su señora mamá es muy rica! Miserable, -pringoso, vestido con harapos de príncipe, ¿por qué esa señora no -reventó antes que os pariera? - ---¿Qué hay, Sr. de Cuervatón? ¿Qué le pasa? - ---Que después que me estoy arruinando por favorecer con mi pequeña -hacienda a los necesitados, he aquí que un señor Condesito de Rumblar -o de Barrabás con pintas, me debe más de nueve mil reales, y después -de no pagarme ni un céntimo de interés (que no son más de peseta por -duro al mes), viene a pedirme más dinero. Canalla, catacaldos: ¿qué me -importa que sea noble y que le vayan a caer dos mayorazgos? - ---¿D. Diego de Rumblar? --dijo Salmón; y luego, volviéndose a mí, -añadió--: no olvides, Gabriel, que tenemos que hablar. - ---Pues o me paga --prosiguió Cuervatón--, o el mejor día le desnudo en -medio del Prado delante de las damas. - -En esto salimos al corredor, y ¡oh, espectáculo lamentable! se ofreció -a nuestra vista el de D. Diego azuzado en medio del patio por todos los -chicos de la vecindad como novillo en plaza. Mujeres habladoras habían -salido por los cien agujeros de aquella colmena, y unas con cáscaras -de castañas, otras con palabras picantes, le mortificaban en lo moral -y en lo físico. Especialmente la mujer de Cuervatón, que era una hidra -con más rabos y espinas y escamas en su alma que las mitológicas en su -cuerpo, poniéndose de pechos en el barandal, después de escupirle, le -decía: - ---Tío pingajo de oro, ¿tenemos nuestro dinero para mantener -haraganes?... ¿Ahorramos nosotros para daros esa agua de bergamota de -que apestáis? Coma usted clavos, y si es noble y espera mayorazgos, -póngase a roer sus _jicutorias_, o coja una espuerta y vaya a vender -arena, como hacen mis dos hijos, que aunque no les falta para comer y -vestir como niños de príncipe, andan al trabajo de la arena desde que -saben llevar la mano a la boca. ¡Cuidado con el señorito D. Pelagatos! -Y dice que es Conde... Conde es él como mi abuelo. Ea, muchachos, -rociadle un poco con la esencia de ese fango de azahar argentino que -hay en el patio... Coged también esas cáscaras de nuez, y la ceniza de -aquel braserillo. - -Los muchachos que esto oyeron, y que se habían adelantado a poner -en ejecución _auctoritate propia_ lo del rociar, descargaron sobre -el infeliz D. Diego, a punto que este salía, tal lluvia de inmundas -substancias, le persiguieron tan encarnizadamente por el portal y luego -por toda la calle del Barquillo, que daba compasión ver al infeliz -magnate corrido, avergonzado y lloroso. - -El Padre Salmón, que era hombre caritativo, reprendió a los muchachos -su grosería, y a la señora de Cuervatón su crueldad. Cuando se dispuso -a bajar, todos se lo disputaban no queriendo dejarle de la mano: este -le enseñaba los cinco perritos recién paridos por Zoraidilla; aquel -le hacía tocar con el dedo el diente de la niña; uno le pedía receta -para el dolor de muelas; otro le cantaba una seguidilla nueva, y todos -le daban tales muestras de cariño y admiración, que bien se le podía -considerar como el hombre más popular de su tiempo. - -Cuando bajaba, allí eran de oír las exclamaciones, las palmadas, los -vítores, y de ver los besos de correa, y el pedir y dar bendiciones. - ---¿Cuándo me receta para estos desmayillos? - ---Ya sé de cabo a rabo la oración a San Antonio. ¿Cuándo se la echo a -Su Paternidad? - ---Razón tenía el Padrito en decir que el aguardiente de Chinchón -da mejor gusto a los puches que el de Ocaña, y que no hay plato de -lentejas sin dos ajitos machacados. Así lo hemos hecho. - ---Padre, ¿las ranas son carne o son pescado? Porque mi abuela las comió -el viernes y está llena de escrúpulos. - ---¿Qué nombre le pondremos a lo que ha de venir si sale macho? -Pondrémosle Anastasio como Su Reverendísima, en señal de agradecimiento -por habernos ayudado a criar al mayorcito. - ---Ya están compradas las dos velas para la Virgen de la Buena Dicha, y -aquí Ramona las está adornando con flores y lentejuelas. - ---Viva cientos de miles de años su magnitud sapientísima y -empingorotadísima para alivio de estos pobres a quienes socorre. - -Y así continuaban hasta que el Padre salía a la calle. No: no ha -existido hombre más popular que el Padre Salmón. Casi, casi estoy -por asegurar que su popularidad excedió dos dedos y aun tres a la de -Fernando VII. ¡Desventurado Salmón! ¡Oh, tú, varón felicísimo, harto -de lisonjas, de regalos y de bienestar!; ¡oh, tú, teólogo de tumba y -hachero, predicador burdo y de cuatro suelas, fraile mercenario que si -no redimiste ningún cautivo, tampoco hiciste daño a nadie!; ¡oh, tú, -hombre dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, pues no cavilaste -jamás ni te apasionaste, ni aborreciste, ni padeciste mal alguno en -muchos años, ni viste turbada tu apacible existencia!: ¡quién te había -de decir entonces que aquel mismo pueblo tan solícito en vitorearte, -en regalarte, en aplaudirte, en venerarte y adorarte como a persona -divina, te había de coser a puñaladas veintiséis años después en la -enfermería de tu santa casa, y cuando ya viejo, enfermo, inválido y sin -alientos, no pensabas más que en Dios! ¡Quién te había de decir que -aquel mismo pueblo de quien fuiste ídolo, te había de echar al cuello -un cordel de cáñamo para arrastrarte por los profanados claustros, -sirviendo tu antes regalado cuerpo de horrible trofeo a indecentes -mujerzuelas! ¡Ay, lo que es el mundo y qué cosas tan atroces ofrece -la historia! Y así es bien que digas: si buen chocolate sorbí, buenos -palos me dieron; si buenos abrazos, y agasajos, y besos de correa -recibí, con buen pie de puñaladas se lo cobraron. - - - - -V - - -Pero como nada de esto viene ahora al caso, voy a dar cuenta del -asombro que me causó la conversación que inmediatamente después de -su salida tuve con aquel popularísimo fraile; y lo ocurrido fue que, -apoyándose en mi brazo para descargar sobre él parte del peso de su -bien aprovechada humanidad, me dijo: - ---Gabriel, o mejor, Sr. D. Gabriel, pues a todo un Pico de la Mirandola -se le debe tratar con miramiento: has de saber que necesito que me -informes detenidamente de la vida de ese D. Diego de Rumblar, en cuya -compañía te he visto varias veces. Tú dirás que qué me importa a mí si -el tal niño canta o llora; pero a esto te respondo que no soy yo quien -tiene interés en saber sus malas mañas, sino una elevadísima familia, -cuya casa frecuenta mi inutilidad las más de las tardes. Como Don Diego -está para casar con la niña, las señoras, que ya barruntan la mala vida -que lleva el rapaz en Madrid, están muy disgustadas. Ayer, cuando -afirmé que le había visto en esta casa, me dijo la señora Condesa: «Por -Dios, Padre Salmón, haga usted el favor de averiguar con qué hombres -se junta, a qué sitios va, en qué gasta su dinero, porque si es cierto -lo que sospechamos, antes se hundirá el cielo que entre él en nuestra -familia.» - ---Pues el señor Conde --le respondí-- es un poco calavera. Cosas de la -juventud... Yo creo que se enmendará. - ---Se enmendará. Luego es malo. Bien, Gabriel. Has dicho lo que -necesitaba saber. ¿A dónde va por las noches? ¿Con quién se junta? - ---Todo lo sé perfectamente --respondí--, y no da un paso sin que yo me -entere de ello. - ---¿De modo que podré satisfacer a la señora Condesa? ¡Oh! Bendito seas, -que me proporcionas la ocasión de corresponder a las grandes finezas -de la dama más hermosa de España, al menos según mi indocto parecer en -asunto de mujeres. Mañana tengo que ir a su casa, porque has de saber -que la señora Condesa es la que ha formado la _Congregación de lavado y -cosido_. - ---¿Y qué es eso? - ---Una Junta de señoras de la nobleza para lavar y coser la ropa de los -soldados en estas críticas circunstancias. Y no creas que es cosa -de engañifa, sino que ellas mismas, con sus divinas manos, lavan y -cosen. También pertenece la señora Condesa a la Junta de las _Buenas -patricias_, en que hay damas de todas categorías, desde la duquesa -a la escofietera. Pero esto no hace al caso, sino que mañana tengo -que ir allá y les diré todo lo que tú me confíes. Aunque ahora se me -ocurre que más fácil y expedito será cogerte por la mano y plantarte -en presencia de tan alta señora para que por ti mismo y con tus buenas -explicaderas, le des cuenta y razón de lo que desea saber. - ---Padre, no sé si estará bien que yo vaya a esa casa --dije tratando de -disimular la alegría que el anuncio de la visita me causara. - ---Yendo conmigo, no tengas cuidado. Además, has de saber que la señora -Condesa es una persona ilustradísima, y que entiende de poesía y letras -humanas; de modo que al saber tus conocimientos en la lengua latina, es -seguro que te recibirá bien, y aun espero que te proporcione una buena -colocación. - ---Eso será lo de menos, con tal que yo consiga prestar a tan buena -señora el servicio que desea. Y dígame, Padre, ¿conoce Su Reverencia, -por ventura, a la que va a ser mujer de D. Diego? - ---¡Que si la conozco! Como que soy su amigo y su confidente, y desde -que entro en la casa viene a mí saltando y brincando, y todo el día -está «Padre Salmón por aquí, Padre Salmón por acullá.» - ---¿Y es Vuestra Paternidad su confesor? - ---Eso no, que lo es mi compañero y amigo el Padre Castillo, el cual va -también todas las tardes a la casa. - ---Y ella estará tan enamorada de D. Diego que beberá los vientos por él. - ---Me figuro que no le puede ver ni en pintura. Es opinión general en -la casa que la niña tiene puesto el pensamiento y el corazón en otra -persona; pero aunque se vuelven locos, no ha sido posible dar con ella. -El señor Marqués y su hermana no piensan más que en averiguar quién -podrá ser ese desconocido zascandil que ha trastornado el seso a la más -discreta y bella muchacha que ha peinado azabaches y llorado perlas -en el mundo; y todo se vuelve averiguaciones y acechos, y observa por -aquí y husmea por allí. La Condesa no se afana tanto y suele decir: -«Eso se la pasará»; pero yo conozco que no las tiene todas consigo. -He aquí la causa de que hayan querido apresurar el casamiento; pero -aquí viene lo de que Rumblarito es un perdido y un mala cabeza, y todo -proyecto se desbarata, y allá va el estira y afloja de las consultas: -«¿Padre, qué haremos? ¿Padre, qué no haremos?» A cuyo apremiante -cuestionar les contesto: «Calma, señoras mías, calma, que a mucha prisa -gran vagar. Que mi estrella querida Doña Inés es el _super omnia_ -de la virtud, de la buena crianza, del recato, de la modestia, no -queda duda alguna, y capaz soy de decirlo en el púlpito si me pinchan -tanto así. Al mismo tiempo, tampoco puede dudarse que algo le hace -cosquillas en su pensamiento, que algo como triste recuerdo o vago -deseo la trae a mal traer, porque ¿cómo se explica aquel no hablar -en dos días, aquel suspirar tan tierno, con la añadidura de mirar al -suelo en ademán cogitabundo, sin que razones ni halagos, ni aun mis -chistes escogidos, ni mis cuentos entresacados del _Tesoro de los -dichos agudos_ la hagan pestañear?» Y oyendo estas prudentes razones, -la Marquesa se entristece, y me vuelve a consultar, y aquí viene lo -de: «Averígüelo el reverendo Salmón, que como tiene tanto arte para -el confesonario y es el mayor sacador de pecados que hemos conocido, -sabrá explorarla.» Entonces el Marqués añade: «Si por artes del demonio -esa muchacha durante el tiempo en que vivió lejos de nosotros tuvo el -mal gusto de enamoriscarse de algún cabrahigo de esas calles, ¿cómo es -posible que en su nueva posición no le haya olvidado?» Y yo, lleno de -celo por el reposo de tan ilustre familia, llamo a la niña, me la llevo -a un rinconcito de la casa o a uno de los cenadores del jardín, y le -tomo una mano, y se la acaricio, o le cuento dos cuentos, le digo tres -gracias y le doy una flor, y echando a correr con estas mis pesadas -piernazas, le digo: «A que no me cogéis», y ella vuela y me agarra -del hábito a los tres pasos, y con estos juegos preparo su ánimo para -la confesión de amigo, no de sacerdote, que de ella espero. Sentados -otra vez, le digo: «Niñita mía, flor de esta casa, retoñito temprano, -fresa de Abril, ¿queréis decirme cuál es la causa de esa melancolía? -Vamos a ver, acá para entre los dos, pues esto no ha de salir de mí. -Antes de que vuestro papá os recogiera, ¿amasteis a alguien?» Y al -oír esto, los ojos se le llenan de lágrimas, echa a correr, la sigo y -al poco trecho la veo parada, mirando al suelo y mordiendo la punta -del pañuelo. Vuelvo a mis preguntas y nada saco en limpio, lo cual -me desespera. Entonces la Marquesa y su hermano me preguntan si creo -conveniente que se rompa el trato hecho con la familia de D. Diego, a -lo cual les contesto: «Calma, señores: indagaremos primero si es cierto -lo que del mozalbete se cuenta. Yo me encargo de hacer diligencias, -pues varias veces le he visto entrar en cierta casa que frecuento, y -conozco un joven que a menudo le acompaña.» Nada, hijo mío, lo dicho, -dicho. Mañana vas allá y les cuentas todo lo que sabes _et quibusdam -aliis_, con lo cual mi encargo queda hecho y el Rumblar desmascarado. - -Gran sorpresa me causó la relación del venerable mercenario, y -cuando me separé de él prometiéndole ir en su compañía al siguiente -día, quedeme pensando en las extrañas cosas que había oído, y muy -dudoso acerca de si había obrado cuerdamente al comprometerme en tan -arriesgada visita. Pero debo explicar las causas de mis dudas, así -como el estado de mi ánimo por aquellos días, pues algo hay que mis -lectores no deben ignorar, aunque les sean indiferentes las desdichas -de este su humilde servidor. El palacio de mi señora la Condesa (y -debo advertir que a la sazón vivían todos reunidos en el de la Cuesta -de la Vega), era un asilo infranqueable para mí. Desde mi vuelta de -Andalucía, ni por el pensamiento me pasó el poner allí los pies, -teniendo como tenía la seguridad de una expulsión ignominiosa cual la -de Córdoba. Entrar valiéndome de la astucia, habría sido, si posible, -infructuoso, pues la superchería o ficción de que me valiera, no -podrían durar sino hasta que la señora Amaranta me viese el rostro. -Frecuentemente iba a pasear de noche por los callejones que rodean el -palacio, y allá en lo alto del muro, la claridad de una ventana atraía -mis miradas. Falto de la imagen de su persona, aquel cuadro de débil -luz se me representaba como ella misma. Largas horas pasaba allí sin -más compañía que la imagen de piedra de María Santísima de la Almudena, -con quien en mi soledad entablaba místicos diálogos. Alumbrábame con -sus dos faroles y me miraba compasiva. Una noche, tanto miré al palacio -frontero a la Virgen, y con tanto arrobo contemplaba aquella ventana, -que me entraron tentaciones de dar a conocer mi presencia al habitante -del caserón que con semejante luz se alumbraba, habitante que, según -mi capricho, era Inés y no otro alguno. Resolvime a ello, y tomando -una chinita la arrojé contra los cristales: al poco rato se dibujó en -ellos una sombra; pero esta y la luz desaparecieron pronto. Repetí el -disparo a la noche siguiente, y catad la sombra otra vez. Pero cuando -esperaba ver abierta la ventana y oír una voz querida ceceando dulces y -temblorosas sílabas en el silencio de la noche, apareciose en el fondo -del callejón, y como saliendo de las cocheras del palacio, un grupo de -hombres en actitud hostil contra mi persona. Me puse en cobro a toda -prisa, y no volví más. - -Pasó agosto, pasaron también septiembre y octubre, y aquellos noventa -días, depositándose unos tras otros como noventa capas de tierra -en el hoyo de mi existencia, iban sepultando ilusiones, alegrías, -sueños, porvenir. De improviso, la diferencia de jerarquía social -había puesto entre Inés y yo murallas inexpugnables, y para romper su -jaula no bastaban mis fuerzas, pues no era la nueva como aquella de -los Requejos, hecha de frágiles cañas y alambres, sino de fuertísimos -barrotes, más que el diamante duros. - -Entonces comprendí claramente que yo no era nada, ni valía en el mundo -más que un grano de anís, y esta consideración, irritándome en sumo -grado, me infundía el mayor desprecio hacia mí mismo. ¿Por qué he -nacido como he nacido? me preguntaba; y según es fácil comprender, no -podía acertar con la contestación. - -Y después decía: el espesor y fortaleza de estas paredes son tales, -que si toda mi vida la empleara en hacerme más sabio que Séneca, más -valiente que el Cid y más rico que los Fúcares, aun así no podría -romperlas. Sin embargo, tal rumbo pueden llevar las cosas, que venga un -día en que a los Fúcares no se les pida su ejecutoria para emparentar -con la nobleza. Pero vamos a ver, ¿cómo me las compondré para llegar -a ser rico? ¡Oh, miserable de mí! ¿Rico quien nada tiene? Es evidente -que no se pueden ganar dos sin tener uno... Pues estudiaré hasta que -pierda el seso, por ver si me hago sabio... o entraré formalmente en el -ejército, por ver si de soldado raso llego a general en estos revueltos -tiempos... - -Y considerando esto, me golpeaba el cráneo, castigándole por su -estupidez y su tardanza en dar a luz felices pensamientos. Entre tanto, -la idea de la imposibilidad de mi dicha, de lo inútil de mis esfuerzos, -y de la inconmensurable pequeñez a que estaba reducido, iba labrando en -mi alma con tanta tenacidad, que bien pronto aquel laborioso gusanito -me minó de parte a parte, me socavó, llenó de agujeros los fundamentos -de mi entusiasmo y fe poderosa, y... ¡misericordia! todo yo caí al -suelo. - -Las dificultades insuperables, la imposibilidad evidente de destruir, -con el solo auxilio de mis dedos, aquella montaña que Dios había -puesto en mi camino, me rendían de tal suerte, que me crucé de brazos, -hallándome incapaz para todo. Y desde la inmensa profundidad donde -me encontraba, decía, mirando el pedacito de cielo que difícilmente -percibía encima de mí: «¡Oh, cielo! ¡Cuán lejos te veo, y qué bajo -estoy, después que creí tocarte con mi mano! Pero, pues Dios ha -dispuesto mi caída, renuncio por ahora a estar cerca de ti, y me -arrastraré por estos oscuros fondajes, buscando un pedazo de pan -que comer, sin más objeto ni aspiración que dar a la bestia de mi -despreciable persona el forraje que diariamente necesita.» - -Así dije; mas no recuerdo si empleé las mismas palabras. - -¿Qué es el hombre sin ideal? Nada, absolutamente nada: cosa viva -entregada a las eventualidades de los seres extraños, y de que todo -depende, menos de sí misma; existencia que, como el vegetal, no puede -escoger en la extensión de lo creado el lugar que más le gusta, y ha -de vivir donde la casualidad quiso que brotara, sin iniciativa, sin -movimiento, sin deseo ni temor de ir a alguna parte; ser ignorante de -todos los caminos que llevan a mejor paraje, y para quien son iguales -todos los días, y lo mismo el ayer que el mañana. El hombre sin ideal -es como el mendigo cojo que, puesto en medio del camino, implora un -día y otro la limosna del pasajero. Todos pasan, unos alegres, otros -tristes, estos despacio, aquellos velozmente, y él, sin aspirar a -seguirlos, ocúpase tan solo del cuarto que le niegan o del desprecio -que le dan. Todos van y vienen, cuál para arriba, cuál para abajo, -y él se queda siempre, pues ni tiene piernas para andar, ni tampoco -deseos de ir más lejos. Es, pues, la vida un camino por donde mucha -y diversa gente transita, y sobre cuyos arrecifes y descansos se -encuentran también muchos que no andan: estos, según mi entender, son -los que no tienen ideal alguno en la tierra, así como aquellos son los -que lo tienen, y van tras él aprisa o con calma, aunque los más, antes -de llegar, suelen hacer alto en la posada de la muerte, donde por lo -pronto se acaban los viajes en este camino. - -Pues bien: en aquellos tres meses yo lo había perdido todo, y me -encontraba tullido y con muletas en mitad del camino. La meditación, -la razón, la evidencia que tenía delante, mil poderosos estímulos, me -llevaron al siguiente resultado: renunciar completamente a Inés, si -no en mi corazón, en lo real de la vida. Era lo justo, lo lógico, lo -natural. - -Y con esto queda dicho todo lo necesario para que se comprenda la -impresión vivísima que experimenté cuando el Padre Salmón quiso tan -impensadamente y por tan raros caminos llevarme en presencia de la -Condesa. - -«Iré, y sea lo que Dios quiera», dije para mí, ocupándome en arreglar -el vestido que en tan solemne ocasión debía llevar sobre mi cuerpo. -¡Oh, infeliz de mí! Era el mes de noviembre, y no tenía más traje -decente que uno de verano, sutilísimo, a quien cuidaba más que si fuera -las telas de mi corazón, y me lo puse, con peligro de perecer helado, -que a tales desperfectos están expuestos los pobres. Aquello, a más de -incómodo, era ridículo; así es que al acostarme pedí fervorosamente a -Dios y a los santos que aclararan el día siguiente, haciéndolo como los -de mayo, templado y hermoso; pero los de arriba no me oyeron, o sin -duda juzgaron más atendibles las razones de los labradores, que pedían -agua y más agua. - -Tomando algunas cosas que indispensables creía para la visita, salí a -la calle tiritando, encogido, hecho un ovillo y resguardando de los -canalones la limpieza de mi ropa; pero aun así no pude salvar sino una -pequeña parte de mi persona. Al fin, aprovechando los claros y alguno -que otro descanso de las llovedoras nubes, después de hacer varias -paradas y estaciones en los portales, llegué al convento, y juntándome -con Salmón, él muy festivo y yo más serio y pálido que si me llevaran a -ajusticiar, nos dirigimos al palacio de Amaranta. - -Entramos primero en una habitación lujosísima del piso bajo, donde -encontramos al señor diplomático en poder de su peluquero, que le -arreglaba la cabeza con tenacillas, untos y menjurjes. Estaba el buen -Marqués en traje ligero y abigarrado, que daba risa, y oía con mucha -seriedad los donaires y chascarrillos del maestro, que era un redomado -tunante. No me reconoció Su Excelencia. Acercósele el fraile: hablaron -aparte cosas que no entendí, y después nos mandó subir, diciendo que -arriba estaba Amaranta con el Padre Castillo, revolviendo unos libros -que le habían traído. Subimos, pues, y sin tardanza nos introdujo un -paje. Al punto en que Amaranta se fijó en mí, púsose pálida y ceñuda, -demostrando la cólera que el verme allí le causaba. Pero como hábil -cortesana, la disimuló al instante y recibió a Salmón con bondad, -ordenándome a mí que me sentase junto a la gran copa de azófar que en -mitad de la sala había, de lo cual colijo que ella debió de comprender -el intenso frío que, a causa del rigor de la estación y de la -diafanidad de mis veraniegas ropas, me mortificaba. - - - - -VI - - ---Este muchacho --dijo Salmón-- enterará a usía de aquello que deseaba -averiguar, pues todo lo sabe de la cruz a la fecha; y al mismo tiempo -tengo el honor de decir a usía que aquí tenemos un portento de -precocidad, un gran latino, señora, autor de cierto inédito poema, por -quien S. A. el Príncipe de la Paz le destinaba a la Secretaría de la -Interpretación de lenguas. - -El Padre Castillo volviose a mí y dijo con afabilidad: - ---En efecto, ayer nos habló de usted el licenciado Lobo. ¿Y en qué -aulas ha estudiado usted? ¿Querrá leernos algo de ese famoso poema? - -Yo le contesté que lo de mi ciencia latina era una equivocación, y que -el licenciado Lobo me daba aquella fama usurpándola a otro. - ---¡Oh, no!... que también, si no recuerdo mal, nos dijo que en usted -la modestia es tanta como el talento, y que siempre que se le habla de -estas cosas lo niega. Bien está la modestia en los jóvenes; mas no en -tanto grado que oscurezca el mérito verdadero. - -Amaranta no dijo nada. El Padre Castillo pasaba revista a varios -libros, en montón reunidos sobre la mesa, y los iba examinando uno por -uno para dar su parecer, que era, como a continuación verá el lector, -muy discreto. Hombre erudito, culto, ilustrado, de modales finos, -de figura agradable y pequeña, de ideas templadas y tolerantes, que -le hacían un poco raro y hasta exótico en su patria y tiempo, Fray -Francisco Juan Nepomuceno de la Concepción, en los estrados conocido -por el Padre Castillo, se diferenciaba de su cofrade, el Padre Salmón, -en muchísimas cosas que al punto se comprenderán. - ---Estos son los libros y papeles que han salido en los tres últimos -meses --dijo Amaranta--. Buena remesa me han mandado hoy Doblado y -Pérez, mis dos libreros; pero no me pesa, pues entre tantas obras malas -y de circunstancias como aparecen en estos revueltos días, alguna habrá -buena, y hasta las impertinentes y ridículas tienen su mérito para -ilustrar la historia de los actuales en los venideros tiempos. - ---Así es --indicó el Padre Castillo--. No hay obra, por mala que sea, -que no contenga algo bueno, y hace bien vuestra grandeza en comprarlas -todas. - ---He leído un poco de este voluminoso papel --dijo Amaranta tomando un -folleto que parecía recién salido de la imprenta--, y me ha causado -mucha risa. El título es de los de legua y media. Dice así: _Manifiesto -de los íntimos afectos de dolor, amor y ternura del augusto combatido -corazón de nuestro invicto monarca Fernando VII, exhalados por -triste desahogo en el seno de su estimado maestro y confesor D. Juan -Escóiquiz, quien por estrecho encargo de S. M, lo comunica a la nación -en un discurso_. - ---Pues aquí veo otro --dijo Castillo hojeándole-- que si no es del -mismo autor, lo parece. Se titula _La inocencia perseguida o las -desgracias de Fernando VII: poesía_. Verdad que está en verso, y -ahora es moda tratar en metro las cuestiones serias, aun aquellas -más extrañas al arte de la poesía, como, por ejemplo, este papel que -ahora me viene a las manos y se llama _Explicación del capítulo IX -del Apocalipsis, aplicado según su sentido literal al extraordinario -acontecimiento de la pérfida irrupción de España: oda por un capellán_. - ---Y ha de saber Vuestra Reverencia que también nuestro prisionero -monarca da en la flor de hablar en verso --dijo Amaranta con sorna--, -pues aquí tengo la _Epístola férvida que nuestro amado soberano el Sr. -D. Fernando VII dirige a sus queridos vasallos desde su prisión: pieza -patética, tierna y de locución majestuosa_. - ---Pues ¿y qué me dice la señora Condesa de este otro librito que ahora -me cae en las manos, y lleva por nombre _La Corte de las tres nobles -artes, ideada para el inocente Fernando VII: anacreónticas_? Y la -primera de estas anacreónticas se encabeza así: _Reglas que contribuyen -a que un pueblo sea sano y hermoso_. Por mi hábito de la Merced, que no -entiendo esto del pueblo _sano y hermoso_, que se ha de conseguir por -la Corte de las tres nobles artes, y ha de exponerse en anacreónticas. -Con permiso de vuecencia me lo llevaré al convento para leerlo esta -noche. - ---Lleve también Su Paternidad este papel suelto que dice: _Lágrimas de -un sacerdote, en dos octavas acrósticas_. - ---Esto de los acrósticos y pentacrósticos, es juego del ingenio, -indigno de verdaderos poetas --dijo Castillo--, y más aún de un -sacerdote, cuyo entendimiento parecería mejor consagrado a graves -empleos. Pero démelo acá usía, que me lo llevaré, juntamente con este -sermón que se titula _Bonaparciana u oración, que a semejanza de las de -Cicerón, escribió contra Bonaparte un capellán celoso de su patria_. -Y en verdad que no anduvo modesto el tal capellancito comparándose -con Cicerón; pero en fin, eso me prueba qué tal será la dichosa -Bonaparciana. - ---Por Dios, señora Condesa --dijo a esta sazón el Padre José Anastasio -de la Madre de Dios--. Ruego a vuecencia que me deje llevar al convento -para leerlo esta noche, este otro graciosísimo libro que se titula: -_Las Pampiroladas, letrillas en que un compadre manifiesta a su comadre -que en las circunstancias actuales no debe temer a la fantasma que -aterraba a todo el mundo_. ¡Qué obra más salada! Si no queda cosa que -no se les ocurre... - ---También puede llevarse, pues viene muy bien al ingenio y buen humor -de Su Paternidad --agregó Castillo--, este otro que aquí veo, y es -_Deprecación de Lucifer a su Criador contra el tirano Napoleón y sus -secuaces, asustado de ver entrar tantos malvados franceses en el -infierno_. ¡Hola, hola! también está en octavas. Serán mejores que las -de Juan Rufo, Ercilla y Ojeda. - ---¡Oh! Este sí que es bueno. ¡Válgame nuestra santa Patrona! --exclamó -Salmón--. Óiganme: _Seguidillas para cantar las muy leales y -arrogantes mozas del Barquillo, Maravillas y Avapiés, el día de la -proclamación de nuestro muy amado Rey_. ¿Me las llevo, señora Condesa? - ---Sí, Padre; ya que está por seguidillas, aquí veo otras que le -parecerán muy buenas. _Seguidillas que cantó el famoso Diego López de -la Membrilla, jefe de la Mancha, después que consiguió las gloriosas -victorias contra los franceses._ - ---El pueblo español --declaró Castillo-- es de todos los que llenan la -tierra el más inclinado a hacer chacota y burla de los asuntos serios. -Ni el peligro le arredra, ni los padecimientos le quitan su buen humor; -así vemos que rodeados de guerras, muertes, miseria y exterminio, -se entretiene en componer cantares, creyendo no ofender menos a sus -enemigos con las sátiras punzantes que con las cortadoras espadas. ¿Y -qué me dicen usías de este _Asalto terrible que dieron los ratones a la -galleta de los franceses, poema en dos cantos_? ¿Qué de este _Elogio -del Sr. D. Napoleón, por un artífice de telescopios_? ¿Qué de esta -_Gaceta del infierno, o sea Noticia de los nuevos amores de la Pepa -Tudó con Napoleón, y celos de Josefina_? - ---Esas son groserías de vulgares o indecentes escritores --afirmó con -enfado Amaranta--, pues todo el mundo sabe que ni la Tudó ha tenido -amores con Bonaparte, ni este ha hecho nada que menoscabe su fama de -hombre de buenas costumbres. - ---Cierto es --dijo Castillo--; pero si usía me lo permite, le haré una -observación, y es que el pueblo no entiende de esas metafísicas, y al -verse engañado y oprimido por un tirano y bárbaro intruso, no debemos -extrañar que le ridiculice y aun le injurie. El pueblo es ignorante, y -en vano se le exige una decencia y compostura que no puede tener, razón -por la cual yo me inclino a perdonarle estas chocarrerías si conserva -la dignidad de su alma, donde el grande sentimiento de la patria como -que disimula y oscurece los rencorcillos pequeños y vituperables. - ---No me defienda usted tales chocarrerías, Padre --repuso Amaranta--. -¿Tiene perdón de Dios este otro impreso que ahora leo? Oiga usted el -título: _Lo que pueden cuatro borrachos, o sea despique al vil dictado -con que se han querido oscurecer los honrados procedimientos de un -pueblo fiel a su Religión, Rey y Patria_. - ---La obra --dijo riendo el fraile-- tiene traza de no ser un segundo -_Don Quijote_ ni mucho menos; pero en su mismo título hallará vuecencia -la explicación del llamar _borrachos_ a los Bonapartes, dictado que -tanto repugna a mi señora Condesa. Cierto que los Bonapartes no son -borrachos, y harto sabemos que el pobre Rey José ni por pienso lo -bebía; pero el pueblo no lo entiende así, del mismo modo que jamás -dejó de llamarle _tuerto_, aunque harto bien pudo reparar la hermosura -de sus dos ojos. El pueblo le llamó borracho y tuerto, sin motivo, -es cierto; pero ¿tienen razón los franceses en llamar _insurgentes, -bandidos y ladrones de caminos_ a los héroes que en los campos de -batalla defienden generosamente la independencia patria? - ---Convengo en ello --contestó Amaranta--; pero la cosa más justa si -se hace con malas formas, parece como que se deslustra y encanalla. -Vea usted. Para hacer una pintura de las calamidades ocasionadas por -la guerra, no era preciso que el autor de este papel lo titulara -_Inventario de los robos hechos por los franceses en los países donde -han invadido sus ejércitos_. - ---Señora, concedo que al autor se le ha ido un tanto la mano en la -forma --dijo Castillo--; pero por lo poco que de este libro he leído, -me parece que dice verdades como el puño. - ---¡Y tan como el puño! --exclamó Salmón alzando los ojos de un libelo -cuyas páginas a la ligera recorría--. Pues lo que es este que al azar -ha caído en mis manos, tiene unas explicaderas... - ---¿Cuál? - ---Es de lo más gracioso y bien parlado que imaginarse puede. Su anónimo -autor lo titula _Carta primera de un vecino de Madrid a un su amigo, -en que le cuenta lo ocurrido después de la prisión del execrable Godoy -hasta la vergonzosa fuga del tío Copas_. La agudeza de los dichos, la -oportunidad de los chistes, apodos y chanzonetas es tal, que harían -reír a la misma seriedad. - ---¡Bonito modo de escribir la historia! Y ese palurdo vecino de Madrid, -que sin duda será algún sacristán rapavelas o bodegonero del Rastro, -¿qué entiende de execrables Godoyes ni otras zarandajas? - ---¿Pues no ha de entender, señora? --dijo el Padre Castillo--. A veces -en personas rudas y zafias se ve mejor sentido y criterio de las cosas -que en las ilustradas, quizás por su misma ilustración desvanecidas. -Lo que les falta es el decoro en la forma. Oiga mi señora Condesa una -observación que quiero hacerle. Entre esta multitud de papeles, que los -libreros de Madrid le envían para que coleccione todo lo publicado, -hay tal balumba de despropósitos y estolideces, que sería más necio -y simple que sus autores el que dejara de reconocerlo así. Pero en -medio de tanta faramalla, encuentro algunos productos del ingenio que -suspenden, cautivan y enamoran, por ser fruto espontáneo de la mente -popular, como lo son las heroicas acciones que desde el principio de la -guerra estamos presenciando. Vea vuecencia: aquí hay una _Convocatoria -que a todos los pastores de España dirige un mayoral de la sierra de -Soria para la formación de compañías de honderos_. Este es un hombre -ignorante, cuya actividad e interés por la patria no puede menos de -elogiarse. También merece encomios lo que ha escrito esta Doña María -Piquer y Pravia, con el título de _¿Qué es héroe? Exhortación a los -jóvenes españoles_, pues todo lo que tienda a encender los alientos -de la juventud en las actuales circunstancias, es digno de aplauso. -No le negaré tampoco los míos a estos _Cargos que hace el tribunal de -la razón de España al Emperador de los franceses_, porque los tales -cargos están hechos con mesura; ni tampoco a este _Engaño de Napoleón -descubierto y castigado, obra en que se manifiesta con la mayor -claridad la infidelidad del Emperador en sus convenios con España_, -porque todo cuanto se diga acerca de la manera desleal y traidora con -que nos declararon la guerra, me sabe siempre a poco. No seré tan -benévolo con esta _Carta del licenciado Siempre y Quando al Doctor -Mayo de 1808_, porque me repugnan las formas chocarreras en formales -asuntos, ni daré dos higos por esta _Alegoría poética que descubre -las iniquidades del más perjudicial y maligno hipócrita del mundo, -Bonaparte_, porque ya dije que este afán de tratar en malos versos lo -que está pidiendo a gritos clara y valiente prosa, me indigna y pone -fuera de mí. - - - - -VII - - ---Gracias a Dios --dijo entonces Amaranta-- que encuentro entre esta -garrulería una obra de reconocida utilidad durante los tiempos de -guerra. Vea Su Reverencia: _Arte universal de la guerra del Príncipe -Raimundo de Montecuculi_. - ---En efecto, señora: yo daría un par de abrazos y otros tantos -apretones de manos a Quiroga y Burguillos, que son impresores y -editores de esta gran obra. Y aquí veo otra, a cuyo autor le pondría -yo en los cuernos de la luna, pues no conozco hoy por hoy tarea más -meritoria que escribir un _Prontuario en que se hallan reunidas las -obligaciones del soldado, cabo y sargento para la pronta metódica -instrucción de las compañías_. Vea mi señora Condesa cómo también -sacamos pepitas de oro puro del escorial de este montón que tenemos -delante. Aquí veo la _Higiene militar o arte de conservar la salud del -soldado en guarniciones, marchas, campamentos, hospitales, etc._ Queden -a un lado, para que no se confundan con lo demás, y en su compañía vaya -_El buen soldado de Dios y del Rey, libro donde se asocian las máximas -militares con las cristianas_. Esto me parece muy del caso, pues será -mejor soldado aquel que lleve en su corazón la fe, única fuente de -toda heroica acción, y de la humildad y obediencia, que mantienen -la disciplina, remedo mundano del divino orden puesto por Dios a la -autoridad religiosa. - ---Pues hagamos aquí un apartado de los buenos libros --dijo la Condesa -graciosamente, reuniendo los que el fraile le indicaba. - ---Pero tate, señora mía --dijo este--, que me parece que en ese -departamento de las cosas buenas se ha colado _El laurel de Andalucía -y sepulcro de Dupont_, que, aunque muy patriótica, es de las más -necias y enfadosas comedias que se han impreso en estos tiempos. Vaya -fuera, y lléveselo Salmón si quiere leerlo, y en su lugar póngase -esta _Colección de proclamas, bandos, diversos estados del ejército -y relaciones de batallas_, que por ser un conjunto de documentos -fehacientes, será en día no lejano de grande interés para la historia, -que en tales tesoros se alimenta y bebe la verdad, sin la cual no -puede vivir. ¿Pero qué libro es ese que con tanta atención vuecencia -lee? - ---Leo --repuso la Condesa-- las _Poesías patrióticas de D. Manuel Josef -Quintana_, que ahora salen por segunda vez a luz. Este tomo contiene la -_Expedición de la Vacuna, las odas a Juan de Padilla, a España libre, -al panteón del Escorial y a la Invención de la imprenta_. - ---¡Oh! --exclamó el Padre Castillo--. Bien lo decía yo: no pepitas de -oro, sino perlas orientales habían de aparecer entre esta balumba. -Póngame vuecencia a ese poeta sobre las niñas de mis ojos, pues -no me canso nunca de leerlo, y es tan grande el encanto que en mí -producen su fogosa entonación, su grave estilo, su arrebatado estro, -su numerosa cadencia, la gallardía de las imágenes, la verdad de los -pensamientos, la elegancia de los símiles, la escogida casta de todas -las voces y frases, que me olvido del apasionamiento y saña con que -ataca institutos y personas que yo a causa de mi estado no puedo menos -de reverenciar. Pero tal es el privilegio del arte cuando da en buenas -manos; y es que enamora con la forma aun a los mismos a quienes no -puede conquistar con las ideas. - ---Quítenmelo de delante --dijo Salmón--, y no pongan a ese autor ni a -cien leguas del de esta composición que ahora tengo en la mano: _Godoy, -sátira por D. José Mor de Fuentes_. - ---Pues si Su Paternidad es tan entusiasta de Mor de Fuentes, nosotros -se lo regalamos, para que lo disfrute por los siglos de los siglos. -¿No es verdad, señora Condesa? ¿A ver qué otro volumen es este, -que parece recién publicado? _Poesías líricas o rimas juveniles -por D. Juan Bautista Arriaza._ Este no debe ser despreciado, pero -tampoco agasajado. El aprecio que conquista con su gracia y primorosa -frivolidad, lo pierde por maldiciente, sin que tenga, como Juvenal, -el mérito de reprender los vicios y malas costumbres. Sus mejores -obras son las que podríamos llamar _Vejámenes_, dirigidas contra -cómicos y poetas; y estas _Rimas juveniles_ son finas, pulcras, -bonitas, pasajeras; pero carecen de aquella sal de la inspiración, -sin cuyo ingrediente no hay manjar poético que se pueda traspalear. -¿Qué hacemos, señora Condesa? ¿Se lo damos a Salmón, o se queda en el -departamento escogido? - ---Quédese aquí --dijo Amaranta--, aunque no sea sino porque me ha -dedicado casi todos sus versos llamándome Clori, Belisa, Dorila, Mirta, -Dafne, Febea y Floridiana. Y para que el reverendo Salmón no se enfade, -le daremos el _Napoleón rabiando, casi-comedia_; el _Bonaparte sin -máscara_, y la _Descomunal batalla de los invencibles gabachos contra -los ratones del Retiro_, que aquí están pidiendo que Vuestra Reverencia -les dé su dictamen. - ---Pues vengan --dijo Salmón--, y no creo que vuestra grandeza me niegue -este saladísimo papel, cuyo solo título hace desternillar de risa, y es -_El juego de Fernando VII con Napoleón y Murat al tresillo, libro en el -que baxo las voces propias del tresillo se da una idea de lo acaecido -con nuestro augusto soberano, del orgullo de Napoleón, y concluye con -las exclamaciones más tiernas de nuestro oprimido monarca_. - ---Esto de decir en términos de tresillo lo que se puede expresar en -castellano seco, me enamora --indicó Castillo. - ---Precisamente en lo intrincado está el mérito de la invención ---observó el otro fraile--. La prosa llana se cae de las manos, y así -no comprendo cómo Vuestra Paternidad está ahora tan embebecido en la -lectura de ese folleto, _Gobierno pronto y reformas necesarias_. - ---Más que por lo que dice, me interesa por lo que todos los papeles de -esta clase indican de alteraciones y disputas para lo porvenir. - ---Los españoles --dijo la Condesa-- no se cuidan ahora de lo porvenir. - ---Permítame usía que le diga que está muy equivocada --repuso -Castillo--. Observando atentamente todos los impresos que salen a luz -(y los papeles impresos son quien más que otra cosa alguna da a conocer -lo que piensa y anhela un pueblo cualquiera); observando, digo, esto -que aquí tenemos, se ve que los españoles, bajo la aparente conformidad -que nos da la guerra, estamos muy divididos, y eso se conocerá cuando -con las paces venga el deseo de establecer las nuevas leyes que nos -han de regir. Aquí tengo unas _Reflexiones de un español, y modo de -organizar un Gobierno que concluya la grande obra de la eterna libertad -y prosperidad de la nación_. No parece mal escrito, y apunta con -timidez la idea que creo desarrolla atrevidamente este cuaderno que -se intitula _Política popular acomodada a las circunstancias del día: -propone la Constitución que la España necesita para cortar de raíz el -despotismo_. Por el mismo estilo y con igual tendencia está hecho este -otro que dice _Reflexiones de un viejo activo a un amigo suyo sobre el -modo de establecer una Constitución_. - ---Y por lo que veo --dijo Amaranta leyendo la portada de otro libro--, -este trata del mismo asunto: _Manifiesto del español, ciudadano y -soldado, donde se da conocimiento de nuestros anteriores padeceres y -esperanzas en nosotros mismos, respecto al mundo individual_. - ---Por San Buenaventura y los cuatro doctores, que no sé lo que ha -querido decir ese buen hombre con lo del _mundo individual_; pero lo -apartaremos para leerlo después. - ---¿Y cree Vuestra Paternidad que hay divergencia de pareceres entre los -diversos autores que tratan de política y de Constitución? --preguntó -Amaranta. - ---¡Oh! --exclamó Castillo--, por aquí aparece la punta de un -impreso, en quien desde luego conozco la opinión contraria. Sí, -señora Condesa: no hay más que leer este título, _Higiene del cuerpo -político de España, o medicina preservativa de los males con que -la quiere contagiar la Francia_, para comprender que este es amigo -del despotismo. Pues ¿y dónde me deja usía estas _Conclusiones -político-morales que ofrece a público certamen contra los herejes de -estos tiempos un fraile gilito_? No me gusta que los regulares se -ocupen de estos asuntos, y desearía que, concretándose a su ministerio -de paz, aguardaran tranquilos lo que los tiempos futuros traigan de -calamitoso para nuestro instituto. Pero no es posible contener esta -gritería que por todos lados sale en defensa de opuestos intereses, y -venga lo que viniere, que si Dios no lo remedia, será gordo y sonado. -Entre tanto, póngame usía a un ladito estos libros que tratan de la -Constitución y el despotismo, pues pienso examinarlos espaciosamente. -¿Pero qué veo? ¿Ha puesto vuecencia en el montón escogido esos cuatro -librillos de novelas simples? Parece mentira que en esta época empleen -nuestros libreros su tiempo y dinero en traducir del francés tales -majaderías... ¿A ver? _La marquesa de Brainville_, la _Etelvina_, los -_Sibaritas_, el _Hipólito_. Vaya toda esta romancil caterva a deleitar -al Padre Salmón, y si tarda en devolverla, mejor, que así podrá vuestra -grandeza entretenerse en mejores lecturas. - ---En esto de novelas andamos tan descaminados --dijo Amaranta--, que -después de haber producido España la matriz de todas las novelas del -mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora -no acierta a componer una que sea mayor del tamaño de un cañamón, y -traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores -entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir -con la patochada de que son hermanos. - ---Pues para mí --dijo Salmón--, no hay más regocijada lectura que esa; -y vengan todos para acá. - ---Abulta bastante, señora Condesa --indicó Castillo--, el apartado de -los que defienden la Constitución. Hágame vuestra merced otro con los -apóstoles del despotismo, que hasta ahora parecen los menos. Pero no: -por aquí sale un libelo titulado _Gritos de español en su rincón_, que -al instante puedo colocar entre los del despotismo. - ---Y aquí hay otro --dijo Amaranta-- que, si no me equivoco, también es -del mismo estambre. Titúlase _Carta de un filósofo lugareño que sabe en -qué vendrán a parar estas misas_. - ---¡Magnífico! Desde que oí eso del _filósofo lugareño_, lo diputé por -enemigo de los constitucionales. Vaya al segundo montón; y los leeremos -a unos y a otros para saber, como dice el encabezamiento, en qué -_vendrán a parar estas misas_. Esta lucha, señora mía, o yo me engaño -mucho, o ahora es un juego de chicos comparada con lo que ha de venir. -Cuando se acabe la guerra, aparecerá tan formidable y espantosa, que -no me parece podrá apaciguarla ni aun el suave transcurso de todos los -años de este siglo en cuyo principio vivimos. Yo que observo lo que -pasa, veo que esa controversia está en las entrañas de la sociedad -española, y que no se aplacará fácilmente, porque los males hondos -quieren hondísimos remedios, y no sé yo si tendremos quien sepa aplicar -estos con aquel tacto y prudencia que exige un enfermo por diferentes -partes atacado de complicadas dolencias. Los españoles son hasta ahora -valientes y honrados; pero muy fogosos en sus pasiones, y si se desatan -en rencorosos sentimientos unos contra otros, no sé cómo se van a -entender. Mas quédese esto al cuidado de otra generación, que la mía -se va por la posta al otro mundo, con más prisa de lo que yo deseo. -Y entre tanto, guárdeme usía esos dos montones de libros, que todos -quiero leerlos. Aquí el departamento de la Constitución, a este otro -lado el del despotismo... pero ¡pecador de mí! A vuecencia se le ha ido -la mano, dejando que se colara en estas regiones un papelejo que desde -su principio fue destinado al paladar de mi reverendo amigo. Afuera ese -desvergonzado intruso. - ---¡Ah! --exclamó Amaranta riendo--. Es un _Retrato poético del que -vende santi barati y el sartenero victoreando al primer pepino que -plantó un corso en tierra de España, y no ha prendido_. - ---¡Venga acá! --dijo con gran alegría Salmón--. ¡Y cómo se escapaba esa -joya! Al convento me lo llevo junto con este otro, que aunque no trata -de la guerra ni de política, parece libro de recreación científica y -de honestísimo divertimiento. Es la _Pirotécnica entretenida, curiosa -y agradable, que contiene el método para que cada uno pueda formarse -en su casa los cohetes, carretillas y bombas, etc., con tres láminas -demostrativas de todas las operaciones del sublime arte de polvorista_. - ---Y ahora, señora Condesa de mi alma --dijo el Padre Castillo -levantándose--, ya que he molestado bastante a usía, y hecho el -escrutinio que vuestra grandeza deseaba, me retiro, pues esta tarde -celebra solemne rosario la Hermandad del Socorro de Nuestra Señora del -Traspaso, y me toca predicar. - ---Yo pertenezco a la del Rescate --indicó Amaranta--, y creo que es -la semana que entra cuando hacemos nuestra función de desagravios. Y -Vuestra Paternidad, Padre Salmón, ¿no predica en estas fiestas? - ---¿Cómo no? La Real Congregación y Esclavitud de Nuestra Señora de la -Soledad, me ha encargado dos pláticas para la semana que entra. Veremos -qué tal salgo de ellas. - -El Padre Castillo, que sin duda tenía prisa, se fue, y allí quedamos -Salmón y yo. Desde que hubo salido su compañero, tomó aquel la palabra -y dijo: - ---Pues como tuve el honor de indicar a usía, este muchacho sabe todo lo -concerniente a D. Diego, a sus artimañas, trapicheos y correrías, y él -satisfará a vuecencia mejor que cuanto yo, _relata referendo_, pudiera -decirle. Pero ¿será cierto, señora mía, lo que al entrar me ha dicho el -señor Marqués D. Felipe? - ---¿Qué? - ---Que usía ha tenido anoche la felicísima suerte de hacer confesar a -esa linda niña todo lo que de ella queríamos saber. - ---Así es --dijo Amaranta--. Todo me lo ha confesado. - ---La paz de Dios sea en esta ilustre casa. ¿Dónde está ese blanco -lirio, que la quiero felicitar por el buen acuerdo que ha tenido? - ---Esta tarde no se la puede ver, Padre. Ya que su merced ha tenido la -buena ocurrencia de traerme este joven, a quien supone al tanto de -lo que quiero saber, tenga la bondad de dejarme a solas con él, para -que la presencia de una persona grave y respetabilísima como Vuestra -Reverencia no le impida decirme todo lo que sabe, aunque sea lo más -secreto. - ---Con mil amores obedeceré a usía --dijo el Padre Salmón; y con esto -se retiró, dejándome solo con aquella estrella de la hermosura, con -aquella deslumbradora cortesana, a quien nunca me había acercado sin -sacar de su trato el fruto de una gran pesadumbre. - - - - -VIII - - ---No ha sido una simpleza de este buen religioso lo que te ha traído -aquí --me dijo severamente--; esto ha sido obra de tu astucia y -malignidad. - ---Señora --le respondí--, por mi madre juro a usía que no pensaba -volver a esta casa, cuando el Padre Salmón se empeñó en traerme, con el -objeto que él mismo ha manifestado. - ---¿Y qué sabes tú de D. Diego? - ---Yo no sé más sino aquello que no ignora nadie que le trata. - ---D. Diego es jugador, francmasón, libertino; ¿no es cierto? - ---Usía lo ha dicho; y si lo confirmo, no es porque me guste ni esté en -mi condición el delatar a nadie, sino porque eso de D. Diego todo el -mundo lo sabe. - ---Bien: ¿y tú querrías llevarme a mí o a otra persona de esta casa a -cualquiera de los abominables sitios que el Conde frecuenta por las -noches, para sorprenderle allí, de modo que no pueda negarnos su falta? - ---Eso, señora, no lo haré, aunque usía, a quien tanto respeto, me lo -mande. - ---¿Por qué? - ---Porque es una fea y villana acción. Don Diego es mi amigo, y la -traición y doblez con los amigos me repugna. - ---Bueno --dijo Amaranta con menos severidad--. Pero me parece que tú -eres tan necio como él, y que le llevas a la perdición, incitándole y -adulando sus vicios. - ---Al contrario, señora: a menudo le afeo su conducta, diciéndole que -tal proceder es indigno de caballeros, y que al paso que deshonra su -casa, deshonra también a aquella con quien va a emparentarse. - ---Eso está muy bien dicho --afirmó con pesadumbre--. Lo que hace -Rumblar no tiene perdón de Dios. ¿Y quién le acompaña en su libertinaje? - ---El Sr. de Mañara y D. Luis de Santorcaz. - ---¡También ese! --dijo con sobresalto y súbita transformación en su -bello rostro--. ¿Qué hombre es ese? ¿Le conoces tú? ¿Dónde vive? ¿En -qué se ocupa? - ---Si he de decir verdad, aún ignoro qué clase de hombre es. Tampoco sé -dónde vive; pero he oído que es espía de los franceses, y que estos le -dan un sueldo para que les escriba todo lo que pasa. Esto me han dicho; -pero no lo aseguro. - -Entonces Amaranta acercó su silla a la mía; mirome como quien se -dispone a entablar relaciones de confianza, y me habló así con voz -dulce: - ---Gabriel, está de Dios que me prestes de vez en cuando servicios -de esos que no se encomiendan sino a la despierta observancia y a -la discreta malicia. ¿Querrás averiguar si D. Diego anda también en -conspiraciones y malos pasos con ese que has llamado espía de los -franceses? - ---No sé si podré hacerlo, señora. Tendría que hacerme dueño de su -confianza para abusar de ella. Por otro conducto podrá averiguarlo su -señoría. - ---Estás orgulloso; pero ven acá, chicuelo: ¿quién eres tú? ¿A quién -sirves ahora? - ---No sirvo a nadie, ni quiero servir. Por ahora soy soldado, si soldado -es ser alguna cosa. Vivo de la paga que da el Ayuntamiento de Madrid -a las tropas que ha levantado. Pero no tengo afición a las armas, -y si las tomo hoy es por puro patriotismo y solo mientras dure la -guerra. Después Dios dispondrá de mí, aunque, como no tengo riquezas, -ni padres, ni parientes, ni papeles de nobleza, ni protección alguna, -espero que no saldré de esta humilde esfera en que he nacido y vivo. - ---¿Quieres que te proteja yo? ¿Necesitas algo? --me preguntó con -bondad--. Te buscaré un buen acomodo, te socorreré, si por acaso no -estás muy desahogado. - ---Aunque el recibir limosnas no deshonra a nadie, antes me asparían que -tomarlas de vuecencia. - ---¿Por qué? Pero ¿qué pretendes tú? Yo sé que tú picas muy alto, y no -te andas por las ramas. Vamos, Gabriel, si me abres tu corazón, si -me confías francamente todo lo que sientes, te prometo ser benévola -contigo. ¿Crees que no estoy al tanto de tus atrevimientos? Y si no, -dime: ¿a qué paseas de noche por ese callejón cercano? ¿A qué arrojas -piedrecitas a las ventanas? - ---¿Usía me vio? --pregunté muy confuso. - ---Sí; y aunque me causó ira, reconozco que nadie es dueño de borrar de -un golpe lo pasado, mucho más cuando uno no es autor de la situación -en que ahora o después se encuentra, sino que es Dios quien a ella -le conduce. Tú tienes aspiraciones ridículas y absurdas, y ahora yo, -renunciando a medios violentos, hablándote con templanza y sensatez, -voy a quitártelas de la cabeza. - ---Hable vuecencia; pero debo advertirle que no tengo ya pretensiones -ridículas, pues todo aquello que vuecencia recordará de mi afán de ser -generalísimo, pasó y... - ---No me refiero a eso, y bien sabes a qué aludo, tunantuelo. No puedo -ocultarte el disgusto que tuve cuando en Córdoba me dijiste con mucha -ingenuidad: «Señora, Inés y yo éramos novios.» Tal despropósito, -tratándose de mi prima, me indignó al principio; pero después me hizo -reír. ¡Ay! cuánto he reído con esto. Por supuesto, no creas que ella se -acuerda de ti. ¡Eres tan inferior a ella! Bien sabe Inés que si en otro -tiempo y lugar la aparente igualdad de vuestra condición permitía que -os estimarais, hoy el solo pensar en tal cosa es un crimen. ¡Pues si -vieras cómo se ríe de ti y cuenta tus simplezas!... Eso sí, dice que te -está agradecida porque dice que la salvaste de no sé qué peligro; pero -nada más. Mi primita ha sacado tal dignidad y estimación de su linaje, -que no digo yo con Condes, con Emperadores se casaría, y aún se juzgara -rebajada. - ---¡Bendito sea Dios, y cómo se mudan las personas! --dije yo, -comprendiendo no ser cierto lo que oía. - ---Pero si esto te digo --continuó Amaranta--, también añado que me -intereso por ti y quiero recompensar los servicios que prestaste a Inés -cuando estaba en la miseria: de modo que te daré lo necesario para -que hagas fortuna con tu trabajo; mas con la condición de que has de -marcharte de Madrid y de España mañana mismo, para no volver nunca. - -Oí con mucha calma estas razones que la Condesa dijo, queriendo -aparentar una tranquilidad de espíritu que no tenía, y le contesté: - ---¡Ay, señora, y qué mal me ha comprendido usía! Hábleme ahora -vuecencia sin ninguna clase de artificio, pues yo, con el corazón en -la mano, le digo que conozco muy bien quien soy y todo lo que puedo -esperar. En mi corta vida he aprendido a conocer un poco las cosas del -mundo, y sé que aspirar a lo que, por mi humildad, mi ignorancia y mi -pobreza, está tan lejos de mí como el cielo de la tierra, sería una -estupidez. No ocultaré a usía nada de lo que me ha pasado. Cuando Inés, -quiero decir, la señorita Inés, estaba en casa del cura de Aranjuez, -nosotros nos tuteábamos, hablando de nuestro porvenir, como si nunca -hubiéramos de separarnos. Después, en casa de Don Mauro Requejo, -parecía como que nuestras desgracias nos hacían querernos más. Teníamos -mil bromas y yo le decía: «Inesilla, cuando seas Condesa, ¿me querrás -como ahora?» Y ella me contestaba que sí, y yo me lo creía. Después, -todo ha cambiado. Cuando fui a la guerra, yo no pensaba sino en ser -un hombre de provecho para hacerla mi mujer; mas al mirar de cerca la -esfera a donde ella había subido; al verme a mí mismo sin poder avanzar -un solo peldaño en la escala de la sociedad, me entró una tristeza -tal, que pensé morirme. Pero al fin se ha ido abriendo paso mi razón -por entre este laberinto de atrevidas locuras, y he dicho para mí: -«Gabriel, eres un loco en pensar que el mundo se va a volver del revés -para darte gusto. Dios lo ha hecho así, y cuando su obra ha salido con -tantas desigualdades, Él se sabrá por qué. Renuncia a tus vanos sueños; -que esto y ser generalísimo de un tirón, como antes pensabas, es todo -uno.» Al fin, señora Condesa, he llegado, a costa de grandes tristezas, -a adquirir una resignación profunda, con cuyo auxilio ya estoy curado -de mis atrevimientos. He renunciado a lo imposible. Si así no lo -hubiera hecho, sería real y efectivo lo que cuentan las malas novelas -de que se reía hace poco el Padre Castillo, y en las cuales se ve a -una archiduquesa que se casa con un paje, y a un porquerizo enamorado -de una emperatriz No, señora: vengamos a la realidad triste; pero -que dicen es lo único que no engaña. Ya no tengo las aspiraciones que -usía me supone, y no es necesario que vuecencia compre con dinero mi -resignación ni mi alejamiento de esta casa, de Madrid y de España. - -Amaranta mirábame de hito en hito durante aquel mi largo discurso, y -después habló así: - ---Gabriel, o eres un hipócrita, o en verdad, en verdad, que me vas -pareciendo un joven no solo discreto, sino de honradas ideas. Ya veo -que comprendes el sentido natural y templado de las cosas, y que sabes -enfrenar la impetuosidad y petulancia propias de la juventud. - ---Señora, lo que he dicho a usía es la pura verdad: así me conceda Dios -una buena muerte en mi última hora. - ---Pues ya que me hablas con tanta franqueza, no quiero ser menos -contigo. ¿Serás tú hombre a quien se pueda confiar un pensamiento -delicado, un pensamiento de esos que la vulgaridad no comprende ni -estima en su justo valor? - ---Creo que podrá vuecencia confiarme lo que quiera. - ---¿Lo comprenderás tú? Vamos a ver. Dices que has renunciado a que te -ame mi prima, reconociendo la inmensa inferioridad de tu posición. - ---Sí, señora: así es. - ---Muy bien; pero es el caso... no sé cómo decírtelo. Al indicarte que -te daría riquezas, quise expresar que esperaba de ti un grande, un -extraordinario favor. - ---Si está en mí el prestarlo, no necesito que se me dé nada. ¿Quiere -usía que me marche? Pediré mi licencia. Pues qué, ¿acaso la señorita -Inés se acuerda alguna vez de este miserable? - ---Respóndeme lo que te inspire tu buena razón, Gabriel --me dijo la -Condesa con grave acento--. Figúrate tú que a la señorita Inés se le -pusiese en la cabeza el no querer a nadie más que a ti... no es así... -pero va como ejemplo: figúratelo. - ---Ya está figurado. - ---Pues bien: ¿no te parece natural que yo y mis tíos nos opongamos a -ello por todos los medios posibles? - ---Sí, señora, me parece muy natural --repliqué con asombro--; pero si -ella se empeña... - ---Ella no se empeña... no es eso... es que... vamos, te lo diré -francamente. Aunque no aseguro yo que Inés te ame, ni mucho menos, -porque esto sería un gran despropósito, ocurre que... es natural -que sienta algún afecto hacia los que fueron compañeros de sus -desgracias... Todo es un capricho, una obcecación pueril, que se le -pasará seguramente. ¿No crees que se le pasará? - ---Sí, señora, pasará. - ---Pero para que esto acabe de una vez, necesito tu ayuda. Puesto que te -veo tan razonable, puesto que reconoces que sería en ti una estupidez -aspirar a casarte con ella... ¡Casarte con ella! ¡qué risa! ¡un -pelagatos como tú...! Parece esto cosa de comedia; ¿pero no te ríes tú -también? - ---Sí, señora, ya me estoy riendo --respondí haciéndolo de muy mala gana. - ---Pues decía --continuó, cesando en su afectada hilaridad-- que, en -vista de tu buen sentido, espero de ti lo que vas a oír. Repito que te -daré lo necesario para que en otro país lejos de España puedas hacer -una fortuna; te daré la fortuna hecha si quieres... - ---¿Y qué he de hacer para eso? - ---Nada... vienes aquí estos días, so color de entrar a servirme; -tratas a Inés, y luego, durante algún tiempo, fingirás hacer las -cosas más feas, cometer las acciones más abominables y los delitos -que más rebajan al hombre, de modo que ella, con el espectáculo de tu -envilecimiento, vuelva en sí del trastorno que por ti tiene y todo -acabe. Es sumamente fácil para ti: entras aquí en mi servicio, y a -los pocos días me robas una sortija u otra prenda cualquiera; luego -fingimos nosotros haber descubierto tu crimen, y afeamos en público tu -conducta; luego, si hablas con ella, me calumniarás, diciendo de mí mil -herejías, y también hablarás mal de ella delante de alguna criada que -venga a contárnoslo... y por este estilo harás una serie de maldades de -esas que más envilecen a la criatura. - ---¡Señora! --exclamé sin poder sofocar por más tiempo la ira--. Si -usía me da toda esta casa llena de dinero, no haré lo que me pide. -¡Cometer delante de ella una infame acción! Me dejaré matar mil veces -antes que tal haga. Cuando éramos amigos, más temía a sus censuras que -a mi conciencia; y si algo bueno hice, hícelo porque ella lo viera y -me aplaudiese, que más estimaba su aprobación que todos los bienes del -mundo. Huiré para ir a donde no me vuelva a ver; pero pensar que he de -envilecerme delante de ella, eso jamás. Adiós, señora, me voy de aquí ---añadí levantándome--. Por segunda vez me quiere usía envolver en -intrigas y fingimientos cortesanos en que es tan gran maestra. - ---Aguarda --dijo deteniéndome. - ---¿No está más en el orden natural lo que yo quiero hacer --añadí--, -que es marcharme y no parecer más por Madrid? - ---Eres un majadero --afirmó con despecho--. ¿Qué te cuesta hacer lo que -te propongo? ¿Pierdes tú algo en ello? Ven acá, truhan de las calles: -¿acaso tienes algún nombre que deslustrar o alguna posición que perder? -¡Cuántos mejores que tú no se apresurarían a prestar este servicio por -el aliciente de la recompensa que yo te ofrezco! ¿Pues acaso podías tú -ni soñar con la fortunilla que te pienso ofrecer, farsantuelo? ¡Miren -el caballerón finchado, siempre a vueltas con su honor y su conciencia, -y su deber acá y su reputación allá! - ---Si usía me da licencia, me retiraré --dije, resuelto a poner fin a la -conferencia. - ---No, aquí has de estar todavía. Por lo que veo, crees que mi primita -se acuerda alguna vez de tus simplezas y majaderías --declaró con -enfado--. Anda noramala, chicuelo andrajoso. ¿Piensas que creo en tus -hipócritas declamaciones? ¿Piensas que tomo en serio los generosos -pensamientos que con tanto arte me has manifestado, echándotela de -caballero? ¡Oh! ¡Esto me pone fuera de mí! Yo le diré a esa antojadiza -quién eres tú y cuáles son tus mañas. O hará lo que yo le mando ---añadió con creciente enojo-- y pensará como yo quiero que piense, o -esa niña no es de mi sangre, no, no puede serlo. ¡Cuánta contrariedad, -Dios mío!... No quiero verte más, Gabriel; vete de aquí... pero no, -ven acá: tú no tienes la culpa de esto. Dime, ¿quién eres tú? ¿Dónde -has nacido? ¿Tienes alguna noticia de tus padres?... A veces suele -acontecer que el que se creía humilde... - ---No espere usía --repuse sonriendo-- que de la noche a la mañana me -caiga en herencia un gran ducado. Eso pasa algunas veces, como ha -sucedido con Inés; pero de tales pasos de novela entran pocos en libra. -Humilde nací, y humildísimo seré toda mi vida. - ---Lo digo porque si tú fueras una persona decente, te sentarían bien -esos aspavientos que has hecho --me contestó--. No lo decía por otra -cosa, desdichadote; no te vayas a envanecer sin motivo. Vete, estoy muy -disgustada. - -Y luego, olvidándose de mí para no pensar más que en sus propias -contrariedades, exclamó así: - ---¿Por qué, Dios mío, cuando trajiste a esa niña a nuestra casa, nos -trajiste también esta gran pesadumbre? - ---¿Quiere usía mucho a su hija? --le pregunté. - ---A mi prima, querrás decir. - ---Eso es: me equivoqué. - ---¡Que si la quiero! Desde que entró aquí no vivo más que para ella. Es -un santo delirio lo que siento, y si Inés me faltara, me moriría sin -remedio. Mi desesperación consiste en que al traerla aquí no podemos -o no sabemos darle la felicidad que ella merece. ¿Pero es acaso culpa -nuestra? - ---¿Y persiste vuecencia en casarla con Don Diego? - ---¡Oh, no! D. Diego es un libertino; ya no me queda duda. Yo me opondré -a que se case con él. - ---Hace bien usía, y a la señorita Inés no le faltarán jóvenes de -familia distinguida entre quienes elegir esposo. Por de pronto, señora, -yo me atrevo a aconsejar a usía que rompa definitivamente con D. Diego. -Las malas compañías de este joven son un peligro para la tranquilidad -de esta casa. - ---¿Qué quieres decir? Ahora me viene a la memoria ese hombre que hace -poco nombraste y que me causa miedo. - ---¿Santorcaz? Sí, señora; y ya que le nombro, voy a tener el valor de -poner a vuecencia al corriente de ciertas asechanzas, para que esté -prevenida. Yo asistí a la batalla de Bailén, y allí, por casualidad -singular, vinieron a mis manos unas cartas... - -Amaranta se inmutó. - ---Señora, si he sabido casualmente alguna cosa que no debía saber, -yo juro a usía que el secreto no ha salido de mis labios ni saldrá -mientras viva. - -La Condesa pareció poseída de nerviosa exaltación. - ---¡Estás loco! --exclamó--. ¡Qué majaderías me cuentas! Ni qué tengo yo -que ver con esas cartas ni con ese hombre. - ---En fin, señora, aunque dé a usía un mal rato, quiero entregarle las -dichas cartas. - ---A ver, a ver --dijo pasando de la exaltación a una palidez intensa -que la puso como difunta. - ---Vea usted esta primera --dije entregándole la que ella había dirigido -a Santorcaz. - ---¡Esto parece un sueño! --exclamó reconociéndola--. Pero ¿cómo ha -llegado a tus manos este papel? ¡Miserable chiquillo de las calles! -¿Quién te mete a leer estas cosas?... - -Entonces le conté el suceso que me puso en posesión de aquellas -esquelas, lo cual oyó muy atentamente, y después, oprimiéndose las -sienes con ambas manos, exhaló lamentos dolorosos. - ---Pues ahora vea usía esta otra que parece contestación a la -precedente, y que no llegó a ponerse en el correo; pero que al fin -viene a su poder, aunque tarde, por mi conducto. - -Leyó ávidamente la carta, y a cada rato la indignación se traslucía en -su hermoso semblante. Cuando la hubo leído, rompiola coléricamente en -menudos pedazos, y dijo así: - ---¡Ese miserable me amenaza! ¡Dice que si su hija no está hoy en su -poder lo estará mañana! - ---Vuecencia recordará lo que ocurrió cuando la familia toda vino de -Andalucía. Yo formaba en la escolta que acompañó a sus mercedes desde -Bailén hasta Santa Cruz de Mudela, y contribuí a poner en fuga a la -canalla que detuvo los coches. - ---Eran ladrones. - ---Sí; pero su intento no era despojar a los viajeros. Usía recordará -que nos fue muy fácil darles una severa lección; pero lo que sin duda -ignora es que allí estaba el Sr. de Santorcaz, escondido entre las -cercanas malezas, pues él y no otro mandaba aquella brillante tropa de -forajidos. Yo, que había leído la carta y además tenía sospechas por -ciertas palabras que en Bailén oí a ese D. Luis, solicité un puesto -en la escolta que al señor Marqués concedió el General, y en ella -formaron también algunos de mis buenos compañeros. Pero todavía falta -a vuecencia el leer la más curiosa de las tres cartas que en aquella -ocasión memorable vinieron a mis manos. Aquí está, y ella le hará ver -la infame deslealtad de un criado de su propia casa. - -Tomó la Condesa la carta en que Román daba a Santorcaz noticia -circunstanciada de lo ocurrido con motivo de la legitimación de Inés; -y mientras la leía, tan pronto la rabia hacía brotar lágrimas de sus -ojos, como los inflamaba con vivo resplandor. - ---Ya sospechaba yo la infidelidad de ese vil, que todo nos lo debe ---exclamó--; pero mi tía le tiene cariño y por eso sigue en la casa... -¡Qué infamia! Pero tú, necio mozalbete, ¿para qué has leído estas -cosas? Vete, quítate de mi presencia... no, no, ven acá: tú no eres -culpable. - ---Señora --respondí--, ningún nacido sabrá de mí lo que usía no quiere -que se sepa. Yo esperaba una ocasión de entregar a vuecencia esas -cartas, y mientras han estado en mi poder, nadie, absolutamente nadie -más que yo las ha leído. - ---¡Oh! ya sé lo que debo hacer para defenderme, y defender a mi hija de -tan miserables asechanzas. - ---Santorcaz es íntimo amigo de D. Diego, le acompaña a todas partes, -le aconseja y le dirige. Yo he sorprendido sus conversaciones íntimas, -y por ellas veo que el pérfido amigo y consejero de Rumblar no ha -desistido de sus proyectos. - ---Yo estoy trastornada, yo estoy confusa --dijo Amaranta levantándose -de su asiento--. No, no, Gabriel, no te vayas. Tú eres un buen -muchacho: yo quiero recompensarte de algún modo, dándote lo necesario -para que vivas con el decoro que mereces... Pero no pienses en Inés, -¿sabes? Es una demencia que pienses en ella. ¡Pobre hija mía! La hemos -sacado de la miseria; la hemos dado nombre, fortuna, posición, y no -podemos hacerla feliz. ¡Esto me vuelve loca! Cuando la veo indiferente -a todas las distracciones que le proporcionamos; cuando veo la -imposibilidad de hacerme amar por ella, como yo quiero que me ame; -cuando la observo pensativa y muda, y considero que echa de menos la -apacible estrechez y contento que disfrutaba viviendo con el cura de -Aranjuez, me siento morir de pena y paso llorando largas horas. ¡Pobre -hija mía! ¡Ni siquiera le puedo dar este nombre, pues hasta con los de -casa he de guardar secreto! ¡Ella y yo somos igualmente desgraciadas! -¿Por qué no haces lo que te propuse, Gabriel? ¿A qué vienes con humos -caballerescos? ¿Eres acaso más que un infeliz? Pero no: tienes razón; -no te degrades a sus ojos: tú tienes sentimientos nobles; tú eres un -caballero, aunque no lo parezcas. Tú mereces mejor suerte; Dios no es -justo contigo... ¡Ay! voy viendo que tú también eres muy desgraciado. - -Esto decía la Condesa con muestras no solo de gran dolor, sino también -de cierta confusión mental, hija de las diversas sensaciones a que -se había visto sometida; y sentándose luego, permaneció en silencio -gran rato. Así estaba cuando creí sentir lejano ruido de voces en -lo interior de la casa; rumor que apenas se percibía, y que para mí -hubiera pasado inadvertido, a no haber corrido Amaranta súbitamente -hacia una de las puertas, prestando atención a lo que tan débilmente se -oía. - ---Es mi tía --dijo después de una larga pausa--; es mi tía que no cesa -de reñirla. Porque no quiere someterse a las majaderías de un ridículo -maestro de baile, ni hacer dengues ante los petimetres que nos visitan, -la tratan de este modo. ¡Y yo no puedo impedirlo, Dios mío! --añadió -juntando las manos con mucha aflicción--. ¡Pero si no soy nada aquí, -ni tengo autoridad alguna sobre ella! He de presenciar sus martirios, -fingiendo aprobarlos, y estoy condenada a aplaudir las violencias, las -intolerancias, las imposiciones, el proceder suspicaz y mezquino, que -la hacen tan infeliz. - -Amaranta hizo ademán de salir; contúvose junto a la puerta; retrocedió -luego, indicando en su marcha y ademanes una grandísima agitación. -Después me miró con asombro, como si se hubiese olvidado de mi -presencia y de improviso me viera. - ---Gabriel --me dijo--. Vete, vete al punto de aquí, y no vuelvas más. -¡Ay! ¿Por qué no querrá Dios que, en vez de ser quien eres, seas otra -persona? - -La conmoción me impedía hablar, y sin decir sino medias palabras, -despedime de ella, besándole respetuosamente las manos. Entonces -Amaranta me tomó una de las mías, y mirándome con calma, derramando -lágrimas de sus bellos ojos, me dijo esto, que no olvidaría aunque mil -años viviese: - ---Gabriel, eres un caballero; pero Dios no ha dispuesto darte el nombre -y la condición que mereces. Si quieres darme una prueba de la nobleza -de tus sentimientos y de la rectitud de tu juicio, prométeme que has de -desaparecer para siempre de Madrid, y no presentarte jamás donde ella -te vea. Se le dirá que has muerto. - ---Señora --respondí--, ignoro si me permitirán salir de Madrid; pero -si algo impide esta mi resolución, yo prometo a usía, por Dios que -nos oye, salir de Madrid; y entre tanto que aquí esté, juro que no me -presentaré a ella, ni haré por verla, ni consentiré en cosa alguna por -la cual venga a conocer que estoy en el mundo. Este es mi deber. - ---Tendré presente lo que me has jurado --dijo ella--. No te -arrepentirás de tu conducta. Adiós. - - - - -IX - - -Estrechome entre las suyas mis manos la Condesa, con muestras de vivo -agradecimiento, y salí de aquella estancia y del palacio con tan -profunda emoción, que no era dueño de mí mismo. Cuando llegué a mi -casa, después de vagar por Madrid toda la tarde, arrojeme sobre mi -lecho, donde en vela pasé la noche entera, revolviendo en mi mente -las palabras del diálogo con Amaranta: llorando a veces, a veces -profiriendo gritos de rabia, y tan excitado, que mis buenos patronos -creyéronme atacado de violenta fiebre. - -A la mañana siguiente, después que rendido a la fatiga dormí con sueño -irregular y espantoso durante algunas horas, Doña Gregoria llegose a mí -y me despertó diciendo: - ---¿Qué es esto? Durmiendo a las diez de la mañana. Arriba, arriba, -mocito. ¡Y se ha acostado vestido! Vamos, que son las diez... Pero, -chiquillo, ¿qué haces, en qué piensas? Por ahí ha pasado la quinta -compañía de voluntarios, tan majos y tan bien puestos con sus uniformes -nuevos, que darían envidia a un piquete de guardias walonas. ¡Ay, qué -monísimos iban! A los franceses les dará miedo solo de verlos. Nada -les falta, si no es fusiles, pues como en el Parque no los había, no -se los han podido dar; pero llevan todos unos palitroques grandes que -les caen a las mil maravillas, y de lejos parece que llevan escopetas. -Vamos, levántese el Sr. Gabrielito: ¿no eres tú de la quinta compañía? -Levántate, que ya dicen que está Napoleón Bonaparte a las puertas de -Madrid, montado en una mula castaña y con la lanza en el ristre para -venir a atacarnos. - ---Mujer, ¿qué disparates estás diciendo? --observó el Gran Capitán--. -Napoleón no está en Madrid, sino que parece entró ya en España y anda -sobre Vitoria. Por cierto que dicen ha habido una batallita... Pero, -chico, ¿no vas a coger tu fusil? - ---Hoy mismo me voy de Madrid, señor D. Santiago. - ---¿Que te vas de Madrid, después de alistado? Pues me gusta el valor de -este mancebo. - ---Es que voy a ver si me permiten pasar al ejército del Centro, que -está en Calahorra, y creo que me lo concederán. - ---¡Oh! no lo esperes, porque aquí, según me dijeron en la oficina, -lo que quieren es gente y más gente, pues como algunos dan en decir -que hay malas noticias... Yo creo que todo es cosa de los papeles -públicos, y a mí no me digan: los papeles públicos están pagados por -los franceses. - ---¿Conque malas noticias? - ---Paparruchas... En primer lugar, ahora salen con que lo de Zornoza, -que creíamos fue una gran victoria, es una medianilla derrota, y que -el general Blake ha tenido que escapar, refugiándose en las montañas. -No se pueden oír estas cosas con calma, y yo mandaría que se le -arrancara la lengua al que las repite. - ---¡Mentiras, todo mentiras! --exclamó Doña Gregoria--. Si no sé cómo la -Junta no manda ahorcar en la plazuela de la Cebada a todos los que se -divierten con tales disparates. - ---Has hablado muy bien --dijo el Gran Capitán--. Ahora han dado en -decir que si en Espinosa de los Monteros ha habido o no ha habido una -batalla. - ---¿En que también hemos perdido? --preguntó Doña Gregoria. - ---¡Así lo dicen; pero quiá! Bonito soy yo para tragarme tales bolas. -Ahora encontré al volver de la esquina al Sr. de Santorcaz, el cual me -lo dijo, fingiéndose muy apesadumbrado... ¡Pícaro marrullero! Como si -no supiéramos que es espía de los franceses. - ---¿Conque en Espinosa de los Monteros? ¿Y hemos tenido muchas pérdidas? ---pregunté yo. - ---¿También tú? --dijo Fernández sin poder disimular el pésimo humor que -tenía--. Te voy descubriendo que tienes muy malas mañas, Gabriel. - ---No hagas caso de este chiquillo mal criado --dijo Doña Gregoria. - ---Es preciso que aprendas a tener respeto a las personas mayores ---afirmó el Gran Capitán, mirándome con centelleantes ojos--. ¿Qué es -eso de pérdidas? ¿He dicho acaso que nos han derrotado? No mil veces, -y juro que no hay tal derrota. ¿Hombres como yo pueden dar crédito a -las palabras de gente desconsiderada y vagabunda? - -Calleme por no irritar más a mi ingenuo amigo, y mientras me daban de -almorzar, entró una visita que en mí produjo el mayor asombro. Vi que -avanzaba haciéndome pomposos saludos, y mostrándome en feroz sonrisa su -carnívora dentadura, un hombre de espejuelos verdes, en quien al punto -reconocí al licenciado Lobo. Lo que más llamaba mi atención eran los -extremos de cortesía y benevolencia que en él advertí, y el desusado -respeto hacia mi persona que en todos sus gestos y palabras mostrara -aquel implacable empapelador, y antes enemigo mío. - ---¿Qué bueno por aquí, Sr. de Lobo? --díjele ofreciéndole junto a mí -una silla en que se repantigó. - ---Quería tener el gusto de ver al señor D. Gabriel. - ---¿_Señor Don_ tenemos? _Malum signum._ - ---Y de poner en su conocimiento algo que le importa mucho --añadió--. -¿Pero cómo no ha ido a verme el Sr. D. Gabriel? - ---Ya le he encontrado a usted muchas veces en la calle, y como no ha -tenido a bien saludarme... - ---Es que no habré visto a usted --me contestó melosamente--. Ya sabe el -Sr. D. Gabriel que soy más que medianamente ciego... Pues bien: como -decía... El Gobierno ha tenido a bien remunerar los buenos servicios de -usted. - ---¡Mis buenos servicios! --exclamé asombrado--. ¿Y qué buenos ni malos -servicios he prestado yo al Gobierno? - -El Gran Capitán y su esposa, con medio palmo de boca abierta, prestaban -gran atención. - ---Modestito es el joven --prosiguió Lobo con aquel artificioso sonreír, -que le hacía más feo, si es que cabía aumento en las dimensiones -infinitas de su fealdad--. Yo he oído que usted se lució mucho en la -batalla de Bailén, y no sé si también en la de Trafalgar, donde parece -que mandó un par de fragatitas o no sé si un navío. - -Prorrumpí en risas, y los dos ancianos, mis amigos, miráronse uno a -otro con espontánea admiración por mis inéditas hazañas. - ---Sí... algo de esto ha llegado a oídos del justiciero Gobierno que nos -rige, y las Comisiones ejecutivas de la Junta se disputan cuál de ellas -echará el pie adelante en esto del recompensar a usía. - ---Hola, hola, ¿también soy usía? Pues esto sí que me llena de asombro. - ---Pero sea lo que quiera, amigo mío --continuó el leguleyo--, ello es -que se ha decidido darle a usía un empleo en América, al inmediato -servicio del señor virrey del Perú. - ---¿Trae usted mi nombramiento? --dije comprendiendo al fin de dónde -venía todo aquello. - ---No: hoy solo vengo a notificarle a usía este gran suceso, y a -advertirle que cualquier cantidad que necesite para preparar su viaje, -me la pida con franqueza, pues tengo orden de la... digo, del Gobierno, -para entregar a usted lo que tenga a bien pedirme, previo recibito que -me extenderá vuecencia. - ---¿También soy vuecencia? --dije recreándome en la estupefacción de mis -dos amigos. - ---El nombramiento --prosiguió-- lo tendrá usía dentro de dos o tres -días; pero le advierto que es voluntad de la Junta Suprema que el señor -D. Gabriel se haga a la vela al punto para las Américas, donde pienso -que es de gran necesidad su presencia. - ---Bueno --repuse--; pero entre tanto, yo le ruego al Sr. de Lobo diga a -la Junta que no me hace falta dinero, y que muchas gracias. - ---Eso no está bien --dijo Doña Gregoria muy incomodada--. Pero, tonto, -si te lo dan, recíbelo y guárdalo sin averiguar de dónde viene. Estas -cosas no pasan todos los días. Apuesto a que la Junta ha sabido lo de -tus latines y te manda allí para que enseñes esa lengua a los salvajes, -con lo cual se convertirán todos. ¿No es verdad, Sr. de Zorro, que así -ha de ser? - ---No me llamo Zorro, sino Lobo --repuso este--, y hará muy bien el Sr. -D. Gabriel en tomar lo que le haga falta, pues a su disposición lo -tiene. - ---Pues bien --dije yo--: vaya usted de mi parte a la señora Junta que -le dio tan buen recado para mí, y dígale que para servir a la patria y -al rey, yo no pensaba pasar a América, sino al ejército del Centro y de -Aragón, en cuyo reino pienso quedarme y no volver a Madrid mientras -viva. Para este viaje no se necesitan gastos. - ---¿Y qué va a hacer el Sr. D. Gabriel en el ejército de Aragón? Aquello -está mal --dijo Lobo--. Por el de la izquierda no andan mejor las -cosas, y después de la batalla que hemos perdido en Espinosa de los -Monteros, nuestras tropas quedan reducidas a nada, y Napoleón vendrá a -Madrid. - ---¡Eso será lo que tase un sastre! --exclamó el Gran Capitán echando -chispas--. ¿Quién hace caso de los papeles? - ---Desgraciadamente --continuó Lobo--, esa sensible derrota no puede -ponerse en duda. - ---Pues yo la pongo --afirmó Fernández rompiendo un plato que al alcance -de la mano tenía sobre la mesa--. Sí, señor: yo la pongo en duda; y es -más, yo la niego. - ---El señor --dijo Doña Gregoria-- seguramente no sabe quién eres tú y -el cómo y cuándo de lo bien enterado que estás de todo. - ---Yo sé la noticia por buen conducto y aseguro que es indudable ---indicó Lobo--. El Secretario del ramo de Guerra me lo ha dicho. - ---Buen caso hago yo del Secretario del ramo de Guerra --dijo Fernández -amoscándose en grado supino. - ---Vamos, no porfíes, Santiago... --añadió Doña Gregoria--. Estás más -encarnado que pimiento de Calahorra, y no está bien que te dé el reúma -en la cara por una batalla de más o de menos. - ---Pues que no me falten al respeto. ¡Esto de que le insulten a uno en -su propia casa...! --dijo Fernández dando un puñetazo en la mesa--. -Porque digan lo que quieran, donde menos se piensa salta un espía de -los franceses, ¡y Madrid está lleno de traidores! - -Asustado Lobo del enérgico ademán de Don Santiago, no quiso insistir -en lo de la derrota, y proclamó muy alto que la batalla de Espinosa -de los Monteros había sido ganada y reganada y vuelta a ganar por -los españoles, oyendo lo cual se apaciguó nuestro veterano de las -portuguesas campañas y habló así: - ---Me parece que tiene uno autoridad para decir quién gana y quién -pierde en esto de las batallas... y todos no entienden de achaque de -guerra... y una acción parece derrota de diablos, hasta que viene una -persona inteligente y la explica, y resulta victoria de ángeles... y no -digo más, porque sé dónde me aprieta el zapato; y en Espinosa de los -Monteros lo que hubo fue que todos los franceses echaron a correr, y el -hi... de mala mujer que me desmienta, sabrá quién es Santiago Fernández. - -Dijo y levantose, cantando entre dientes un toquecillo de corneta; -y dirigiéndose luego a donde desde lueñes edades tenía su lanza, la -cogió, y con un paño la empezó a limpiar del cuento a la punta, dándole -repetidas friegas, pases y frotaciones, sin atender a nosotros ni cesar -en su militar cantinela. En tanto Lobo, que en todo pensaba menos en -llevarle la contraria, continuó hablándome así: - ---Ahora, Sr. D. Gabriel, me resta tocar otro punto, y es que me diga -usted algo de su parentela y abolengo, porque es preciso sacarle una -ejecutoria. Con diligencia, el Becerro en la mano, y un calígrafo que -se encargue del árbol, todo está concluido en un par de días. - ---Mi madre entiendo que lavaba la ropa de los marineros de guerra ---le contesté--, y hágamela su merced Duquesa del Lavatorio, o para -que suene mejor de _Torre-Jabonosa_, o de _Val de Espuma_, que es un -lindísimo título. - ---No es broma, señor mío. Al contrario, el destino que usted lleva al -Perú, no puede dársele sin una información de nobleza. Es cosa fácil. Y -de su papá de usted, ¿qué noticias se pueden encontrar en la tradición -o en la historia? - ---¡Oh! Mi papá, Sr. de Lobo, si no mienten los pergaminos que se -guardan en el archivo de mi casa, y están todos roídos de ratones (lo -cual es muestra de su mucha ranciedad), fue cocinero a bordo de la -goleta _Diana_, por lo cual le cae bien un título que suene a cosa de -comida... pero ahora recuerdo que un mi abuelo sirvió de alquitranero -en la Carraca, y puede usted llamarle el Archiduque de las _Hirvientes -Breas_, o cosa así. - ---Usted se chancea, y la cosa no es para burlas. ¿Su apellido...? - ---Los tengo de todos colores. Mi madre era Sánchez. - ---¡Oh! Los Sánchez vienen de Sancho Abarca. - ---Y mi padre López. - ---Pues ya tenemos cogidos por los cabellos a D. Diego López de Haro y a -D. Juan López de Palacio, ese famosísimo jurisconsulto del siglo XV, -autor de las obras _De donatione inter virum et uxorem, Allegatio in -materia hæresis, Tractatum de primogenitura..._ - ---Pues de ese caballero vengo yo como el higo de la higuera. También me -llamo Núñez. - ---Por las alturas genealógicas de usted, debe de andar el juez de -Castilla Nuño Rasura. ¿Y no hubo algún Calvo en su familia? - ---¿Pues no ha de haber? Mi tío Juan no tenía un pelo en la cabeza. -También me llamo _Corcho_, sí, señor: yo soy nada menos que un _Corcho_ -por los cuatro costados. - ---Feísimo nombre del cual no podemos sacar partido. Si al menos fuera -Corchado... pues hay en tierra de Soria un linaje de Corchados, que -viene de la familia romana de los _Quercullus_. En lugar del _Corcho_ -le podemos poner al Sr. Gabrielillo un _Encina_ o _Del Encinar_, que le -vendrá al pelo. - ---A mi madre la llamaban la señora María de Araceli. - ---¡Oh, bonitísimo! Esto de Araceli es bocado de príncipes, y más -de cuatro se despepitarían por llevar este nombre. Suena así como -Medinaceli, _Cœlico Metinensis_, que dijo el latino. No necesito más. - -A todas estas, Doña Gregoria no sabía lo que le pasaba oyendo el -diálogo de linajes; y absorta y suspensa aguardaba en silencio en qué -vendría a parar todo aquel belén de mis apellidos. - ---Que es de buena sangre el niño, no lo puede negar --dijo al fin--, -porque bien se conoce en la nobleza de su condición; que hartos hoy -por ahí llenos de harapos, y a lo mejor salen con la novedad de que son -hijos de un Duque. Aquí estoy yo, que tampoco doy mi brazo a torcer, -pues los Conejos de Navalagamella no son ningún saco de paja. - ---¿Qué Conejos son esos, señora mía? - ---El mejor linaje de toda la tierra. Yo soy Coneja por los cuatro -costados. El señor licenciado sabrá de qué fuentes antiguas vendrá este -arroyo genealógico de la Conejería. - ---Como estos gazapos --contestó el licenciado-- no vengan de aquellos -tiempos remotísimos en que a España la llaman _cunicullaria_, es decir, -_tierra de los conejos_, no sé de dónde pueden venir. - ---Así debe de ser. ¿Y el Sr. D. Gabriel, de dónde viene? - ---Eso lo dirá el Becerro. Ahora veo que este señor de Araceli no es -cualquier cosa, y aquí en dos palotadas hemos encontrado robustas -columnas donde apoyar la grandiosa fábrica de su alcurnia. Pero -hablando de otra cosa, Sr. de Araceli, ¿quién me abonará los gastos de -la saca de ejecutoria? ¿Usted o la persona que me ha dado el encargo de -hacer estas diligencias y de ofrecer el dinero?... Porque los gastos no -son una bicoca. Además, esta comisión tan bien desempeñada, ¿no merece -alguna recompensa? Yo creo que la dará la señora Con... quiero decir, -la Junta central, que es quien aquí me ha enviado. - ---Más vale que el señor licenciado no se tome el trabajo de revolver -papeles ni pintar árboles; pues yo no se lo he de pagar, y ese dinero -que me ofrece tampoco lo he de tomar. - ---Eso sí que no lo consiento --manifestó Doña Gregoria--. No ha de ser -así. Santiago, oye lo que dice este porro. - ---Usted lo meditará mejor --dijo el leguleyo levantándose--. En cuanto -a mí, espero ganar algo en estos jaleos, porque, amigo mío, ¿cómo se da -de comer a diez hijos, mujer y dos suegras? Dentro de unos días volveré -a traer a usted el nombramiento, y un poco más tarde la ejecutoria. Y -en cuanto al dinero, con ponerme dos letritas... - ---Bueno --respondí, considerando que me convenía disimular por de -pronto mis intenciones--. Yo haré lo que me parezca, y nos veremos, Sr. -D. Severo. - ---Adiós, mi querido e inolvidable amigo --dijo deshaciéndose en -cumplidos--. Que esto sirva para estrechar más los lazos de la dulce -amistad que desde ha tiempo nos profesamos. - ---Sí, desde el Escorial. - ---Justamente. Desde entonces le eché el ojo al Sr. de Araceli, y -comprendiendo sus excelentes prendas, lo diputé por grande amigo mío. -Venga un abrazo. - -Se lo di, y fuese tan satisfecho. Entre tanto, habían acudido a casa -del Gran Capitán los vecinos, traídos todos por el olor de mi estupendo -destino y del encumbramiento novelesco, que ninguno quiso creer si Doña -Gregoria no lo jurara en nombre de todos los Conejos de Navalagamella. - ---¿Que no lo creen ustedes? --decía el Gran Capitán a las niñas de -Doña Melchora--. Como que me lo han hecho virrey del Perú. - ---¡¡¡Virrey del Perú!!! - ---Sí... y no quedó cosa que no sacó aquí ese señor de Lobo, Zorro o -Leopardo --añadió Doña Gregoria--. Y ahora parece que está tan clara -como la luz del sol la nobleza de este niño. ¡Si vieran ustedes la -sarta de duques, condes y marqueses que han aparecido entre sus -abuelos! ¡Jesús, y quién lo había de decir!... Y le dan todo el dinero -que quiera pedir por esa boca... Como que pretenden que se vaya -prontito para las Américas a arreglar a aquella gente, que anda toda -revuelta... ¿No te lo decía yo, picaronazo? Alguna cosa gorda te tenía -reservada el Señor por ese tu buen natural... ¡y que eres tú tonto en -gracia de Dios!... Nada, nada, toda esa parentela que te ha salido -hirviendo como garbanzos en puchero, te está muy bien merecida. - ---Pues convídenos el señor perulero a piñones --dijo Doña Melchora. - ---¿De modo que ya no coges el fusil? --me dijo D. Roque. - ---Y ahora hace falta --añadió Cuervatón--. Pronto tendremos aquí a ese -infame _córcego_. - ---Sí, porque lo de Espinosa de los Monteros ha sido un menudo -descalabro. - ---¡Cómo descalabro! --exclamó furiosamente una voz, que no necesito -decir a quién pertenecía. - ---Sí, señor, un descalabro. Ya lo sabe todo el mundo. La retirada fue -además desgraciadísima, y ha perecido mucha gente. - -D. Santiago Fernández, que ya estaba de muy mal humor, se puso en punto -de caramelo, y después de dudar durante un rato si contestaría a tales -insolencias con un abrumador desprecio o con enérgicas negativas, -decidiose por lo último, diciendo: - ---En esta casa no se consiente gente perdida, porque juro y rejuro -que los que hablan así de la batalla de Espinosa de los Monteros, -son espías de los franceses, y no digo más. Basta de disputas: cada -uno meta su alma en su almario... y silencio, que aquí mando yo, y -cuidadito con lo que se habla, que a mi no se me falta al respeto. - -_Conticuere omnes._ - - - - -X - - -Quiere el buen orden de esta narración, que ahora deje a un lado la -gran figura del Gran Capitán, con cuyas eminentes dimensiones se llena -toda la historia de aquellos tiempos; que también pase en silencio, por -ahora, no solo las hazañas que piensa realizar, sino sus admirables -sentencias y el dictamen profundo que sobre los asuntos de la guerra -daba; y que poniendo punto en todas estas cosas, pase a ocuparme de -D. Diego de Rumblar. Es el caso que una noche encontrele camino de -la calle de la Pasión, y al instante me cosí a su capa, resuelto a -seguirle hasta la mañana, si preciso era. - ---¡Oh, Gabriel! ¡Qué caro te vendes! Chico, toma tus dos reales. No me -gustan deudas. - ---¿Ya ha salido usted de apuros? No será por lo que le haya dado el Sr. -de Cuervatón. - ---¡Miserable usurero! No pienso pedirle más, porque ahora tengo todo -lo que me hace falta. ¿A que no sabes quién me lo da? Pues me lo da -Santorcaz. - ---Eso es raro, porque yo suponía al señor D. Luis más en el caso de -recibir que de dar. - ---Pues ahí verás tú. Ahora tiene mucho dinero, sin que sepa yo de dónde -le viene. Parece un potentado el tal Santorcaz. ¡Cuánto me quiere y con -cuánto talento me indica todo lo que debo hacer! Habías de verle cómo -me ofrece dinero y más dinero, por supuesto, dándole un recibito en -toda regla. Ayer me prestó mil y quinientos reales que necesitaba para -comprarle un collar de corales a la Zaina. - ---¿Y es posible que gaste usted su dinero en tales obsequios, cuando -tiene una tan linda novia con quien se ha de casar?... - ---¡Qué quieres, chico! una cosa es el noviazgo, y otra es tener uno una -mujer... pues. La Zaina me vuelve loco. - ---¿Pero no se casa usted? - ---¿Pues no me he de casar? Por de contado. Me parece que alguien de -la familia se opone; pero no me apuro mientras tenga de mi parte -a la Marquesa. El casamiento es indispensable, porque es cosa de -conveniencia. Mi madre me dice en todas sus cartas que si no me caso -pronto, me abrirá en canal. La boda sobre todo; pero lo cortés no quita -a lo valiente... ¿Has conocido mujer más salada, más seductora que la -Zaina? - ---Pues yo he oído, y esto lo digo para que usted se ande con tiento, -que el Sr. de Mañara es el cortejo de la Zaina. - ---Así se dice... ¡pero a mí con esas!... Puede que en un tiempo mi -amigo D. Juan tuviera ese capricho; pero ya no hay tal cosa. - ---Y que D. Juan salía al amanecer de casa de la Zaina, cierto es, -porque yo lo he visto. - ---Nada de eso hace al caso --repuso Don Diego con petulancia--. Lo que -es hoy, Ignacia se está muriendo por el que está dentro de esta capa. -Ya verás esta noche cómo no me quita los ojos de encima. Además, yo sé -que Mañara bebe los vientos por otra mujer. - ---¿Por otra? - ---Mejor dicho, por dos. Mañara ha vuelto a enredarse con la señora -aquella que fue causa de un escándalo el año pasado, según oí contar, -y además anda en tratos con la María Sánchez, hermana de la Pelumbres. -Y que con la Zaina no tiene nada, lo prueba que anoche se pusieron de -vuelta y media en casa de esta. ¡Bonito pañuelo de encajes, y bonita -mantilla blanca lució en los novillos de anteayer la Pelumbres! Todo -es regalo de Mañara, y anoche estuvieron juntos en la cazuela del -Príncipe, y fueron después a cenar en casa de la González. De modo que -nadie me disputa hoy a mi Zainita de mi alma. - -En esto llegamos a casa de la semidiosa de las coles, lechugas y -tomates, y vímosla trasegando, de un pequeño tonel a media docena de -botellas, una buena porción de aguardiente, al cual, como católica -cristiana, administraba el primer sacramento con el Jordán de un botijo -que allí cerca tenía. Lejos de ella, y a otro extremo de la salita, -se calentaban junto a un braserillo el tío Mano de Mortero (padre de -la Zaina), Pujitos y el simpático cortador de carne, a quien llamaban -Majoma, los tres muy enredados en una calurosa conversación sobre los -negocios públicos. Sin hacer caso de aquel grupo, que a su vez no lo -hacía de los visitantes, D. Diego y yo nos fuimos derechamente a la -Zaina, y aquí me corresponde hacer de ella la más exacta pintura que -esté a mis cortos alcances. - -Era Ignacia Rejoncillos la más hermosa escultura de carne humana que -he visto; y digo esto, no porque yo la viese jamás en aquel traje que -suelen usar la Venus de Médicis, la de Milo ni otras marmóreas damas -por el mismo estilo, sino porque claramente se le traslucían, a favor -de los vestidos de entonces, la corrección, elegancia y proporcional -forma de las distintas partes de su cuerpo; que el traje, lejos de -afear estas femeninas esculturas, antes bien las hermosea, y más -admirables son supuestas que vistas. - -Guapísima de rostro, tenía un blanco nacarado, sin que jamás se hubiese -puesto otro afeite que el del agua clara, y unos ojos chispos, pardos, -adormecidillos, tan pronto lánguidos como enardecidos, de esos medio -santurrones y medio borrachos, que suelen encontrarse viajando por -tierra de España, detrás del cajón de una plazuela, al través de -las rejas de un convento, y para decirlo todo de una vez, lo mismo -en cualquier paraje público que privado. Aunque algo chatilla, sus -dientes de marfil, su linda boca (que era puerta de las insolencias), -su garganta y cuello alabastrino, bastaban a oscurecer aquel defecto. -Las manos no eran finas, como es de suponer; pero sí los pies, dignos -de reales escarpines, y tenía además otro encanto particularísimo, cual -era el de una voz suave, pastosa y blanda, cuyo son no es definible, -y a quien daba mayor gracia lo incorrecto de la pronunciación y los -solecismos que embutía en el discurso. - ---Querida Zaina --le dijo amorosamente D. Diego--, anoche soñé contigo. - ---Y yo con las monas del Retiro --contestó ella. - ---Soñé que me querías mucho, y cuando desperté estuve llorando media -hora al ver que todo era sueño. - ---¿Y cuánto me quiere su merced? Lo que es yo, estoy toda muerta, y -tengo el corazón hecho un ginovesado de tanto quererle. - ---¡Si dijeras verdad, ingrata Proserpina, orgullosa Juno, artificiosa -Circe! Tu corazón es de duro diamante o risco, y en vano mi amor quiere -traspasarle con los acerados dardos de su carcaj. - ---¿Qué motes son esos que me ha puesto, señor Conde? --exclamó la Zaina -riendo a carcajada tendida--. ¡Puerco-espina yo! ¿Y qué es eso de los -carcajales y de los diamantes duros? - ---Esto lo he oído en una poesía que leyeron esta noche en la Rosa -Cruz, y a ti te viene de molde. Dime: ¿por qué no me contestaste a la -tiernísima carta que te escribí el otro día? - ---¿Yo contestar, hombre de Dios? Así cuervos se lo coman. ¿Cómo he -de contestar si no sé escribir? Allí leyeron el papel los amigos, y -tuvieron dos horas de fiesta y risa con aquello del llagado corazón de -su merced, y que yo era una paloma torcaz y una ruiseñora, y que me -tiene un amor edial y pantásmico. - ---¡Ideal y fantástico! decía la carta, lo cual significa que te quiero -con amor puro y platónico, sin mezcla de ningún liviano apetito. - ---¡Ande y que le den garrote! No me hable usía en lengua gringa que no -entiendo. - ---¿Y qué te han parecido los corales? - ---¿Los colares? Mazníficos, como ahora se dice. Solo que ya podía usía -haberlos acompañado de la friolera de un par de zarcillos y de una -peineta de carey de las que hoy se usan. Y no se olvide mi Condito del -alma que me ha prometido un coche pa dir el lunes a los novillos, ni -de aquellas doce varas de cotonía para hacerme lo que llaman ahora un -_savillé_. Si no, manque se güelva irmitaño y alacoreta, como dice en -su cartapacio, no le he de querer. - ---Todo eso tendrás, y aun mucho más --dijo D. Diego tomándole un brazo. - ---En el ínterin, manos quietas, Sr. D. Diego, que quien es platono y -pantásmico, como usía dice, no ha de gustar de pelliscar carne fofa -como la mía. Pero venga acá y contésteme. ¿Se afirma en lo que anoche -me contó del Sr. de Mañara? - ---Punto por punto, Zainilla de mis entrañas. - ---No es que me importe nada de lo que hace ese calaverilla --añadió la -verdulera--, sino que una amiga mía quiere saberlo. - ---Pues dile a tu amiga que el Sr. de Mañara no la quiere ya, porque -está enamorado de una cierta Duquesa y de la Pelumbres, entrambas a dos. - ---¡Duquesitas a mi! --exclamó Ignacia, haciendo un gesto aterrador con -su derecha mano--. Si es la señora que usía nombró anoche... ya, ya -la conozco bien. Hace dos años solía ir en ca la Primorosa con otra -amiguita suya, Condesa o no sé qué, alta y morena, y con la Pepilla -González, comicastra del teatro del Príncipe. ¡Pues no armaban mal -jaleo entre las tres!... ¿Y también está con la Pelumbres? - ---No: con su hermana Mariquilla: me equivoqué. Eso todo el barrio lo -sabe. ¡Pues no está poco satisfecha Mariquilla! Pero deja eso que nada -te importa, Zaina. ¿Me quieres mucho? - ---¡Pues no le he de querer, niño --respondió la Zaina sin mirar a D. -Diego--, si tengo el corazón que no parece sino que en él me enclavan -alfineres!... ¿Vendrá D. Juan esta noche? - ---¿A ti qué te va ni te viene, capullito de rosa? - -Diciendo esto, D. Diego volvió a extender los alevosos dedos para -pellizcarla el brazo; pero en esto alzó la voz el tío Mano de Mortero, -diciendo: - ---¿Ya estamos de secreticos? A bien que el Sr. D. Diego es un caballero -muy apersonado y principal, y viene acá con buenos fines. Nacia, no -seas ortiguilla ni te pongas tan picona con mi señor Conde; que si su -grandeza te quiere dar un pellizco es por ver lo que vas engordando, y -no con intención de ser pesado. Sí, que yo iba a consentir otra cosa -en esta casa de la mesma honradez. Pero ¿dónde están, señor Conde, las -espuelas de plata que me prometió? - ---Mañana, si Dios quiere, las acabará el platero --dijo D. Diego -acercándose al grupo. - ---¿No sabe usía las noticias que corren? - ---Que se ha perdido una batalla en Espinosa de los Monteros. - ---Y parece que también anda mal el ejército de Castaños, y que ya -Napoleón va sobre Burgos. - ---Todo eso es misa rezada --dijo Pujitos-- porque ya tenemos en -Portugal obra de veinte mil inglesones, que manda uno a quien llaman el -tío _Mor_. - ---Buen tiempo viene ahora para el comercio, tío Mano --dijo Majoma--. -Con esto de la guerra, los franceses por el lado de acá y los ingleses -por el lado de allá, la fardería corre que es un primor. - ---Dices bien, niñito. La raya de Portugal está hoy que es un bocado -de ángeles, y los comerciantes de Madrid me traen ahora en palmitas. -Además de que no falta género inglés muy barato puesto en Portugal, por -la frontera y por las sierras de Gata y Peña de Francia no se ve un -pícaro guarda, porque todos se han juntado a los ejércitos, de modo que -viva mi señora la guerra mil años, y abajo Napoleón. - ---Como venga a Madrid el infame _córcego_ --dijo Pujitos-- se va a -quedar asombrado al ver los batallones que hemos formado acá en un -ráscate ahí. ¿Han dido ustedes al enjercicio de hoy? ¡Válgame mi Dios y -qué tropa! Aquello metía miedo, y si en vez de palos llegamos a tener -fusiles, nosotros mesmos nos hubiéramos asustado de nosotros mesmos, -echando a correr por todo el campo de Guardias palante. - ---Pues yo no me he querido enganchar --dijo Majoma-- porque una peseta -es poco, y si el tío Mano de Mortero me lleva a la raya, mejor estoy -allí que en Flandes; y dejémonos de coger las armas, que por haberlas -tomado una vez contra un alguacil, me han tenido diez años mirando a -la Puntilla[1] y a los Farallones[2] con una cuenta de rosario en los -pies, que si no es por la jura de mi D. Fernando VII, allá me comen los -cínifes otros diez. - - [1] Cabo en la entrada de Melilla. - - [2] Peñasco en la entrada de Melilla. - ---Eso no debe apesadumbrarte, Majomilla --dijo Mano de Mortero--, que -es de personas cabales el pasear la vista por los Farallones, y testigo -soy yo, que aunque no fui allá por el aquel de ninguna sangría mal -dada, como tú, echáronme dos años por mor de un paseo a caballo en -compañía de cuarenta quintales de hilo de patente, con su _Londón_ y -todo, que metí allá por Alcañices. Pero, hijo, acá estamos todos, y -Dios y la Virgen nos acompañen para no tener que llevar en los tobillos -aquellas telarañas de a dos arrobas, que es el peor corte de polainas -que he calzado en mi vida. - -Llamaron en esto a la puerta, y vimos entrar al Sr. de Mañara y a -Santorcaz, el primero vestido elegantísimamente de majo, con capa de -grana y sombrero apuntado. - ---¡Gracias a Dios que parece su eminencia por acá! --dijo el padre de -la Zaina acercándole una silla a Mañara. - ---Ya sabrán ustedes que le tenemos de Regidor de Madrid --gritó -Santorcaz. - ---¡Regidor el Sr. de Mañara! - ---¡Que viva mil años! --exclamaron todos. - ---Así es. La sala de alcaldes me ha nombrado --respondió D. Juan--, y -es probable que acepte. - ---¿Y no se suspenderán los novillos del lunes? --preguntó con mucho -interés Majoma. - ---Como yo mande, habrá novillos, aunque tengamos a las puertas de la -plaza a todos los emperadores del mundo. - ---¡Viva el Regidor! - ---Y dígame usía, angelito de mi alma --preguntó el tío Mano de Mortero -con visible enternecimiento--, esos probecitos que hace dos meses están -en la cárcel de Villa porque jugaron a la pelota con seis pellejos -de vino por sobre las tapias de Gilimón; esos probecitos corderos, -que son más buenos que el buen pan y más caballeros que el Cid, ¿no -merecerán de su generosidad que les quite del mal recaudo en que se -hallan? ¡Ay, mis queridos niños! ¡Y cómo se me aguan los ojos y se me -arruga el corazón al verlos entre rejas! ¿Cómo no, excelentísimo señor, -si les he criado a mis pechos y enstruido con mis liciones y enderezado -con mis palos? No parece sino que su carne es mi carne, y mal haya el -que los vio tan listos de piernas como de ojos por Peña de Francia, y -ahora los ve con los brazos cruzados, entre alguaciles, carceleros y -toda esa canalla que debería estar frita en aceite para que todo el -mundo anduviera en regla. - ---Sosiéguese el buen Mortero --dijo Mañara--, que si de algo vale mi -influjo, abrazará pronto a sus amigos. - ---¡Que suba al quinto cielo el Sr. D. Juan, y juro que le he de traer -la mejor muda de camisas en pieza que ha tapado carne de Corregidor -desde que el mundo es mundo! Ea, a bailar, a cantar. Nacia, trae -aquello blanco del barrilito que apandamos en este viaje. - ---¿No han venido Menegilda, ni Alifonsa, ni Narcisa? --preguntó -Mañara--. Esto está más triste que un entierro. Tú, Zainilla, echa unas -boleras para hacer boca. - ---¡Yo, yo boleras! --repuso la Zaina con tono desapacible y mal -humorado--. No me pide el cuerpo boleras. - ---Échalas por amor de Dios. - ---Digo que no me da la gana. ¿Soy figurilla de tutili-mundi? - ---Nacia --dijo gravemente el padre de la consabida--, no se contesta -de esa manera, y pues el señor Regidor de mi alma lo manda, cantarás, -aunque te pudras. - ---Un par de seguidillas al menos. - -La Zaina cambió de parecer, y rasgueando una guitarra, cantó: - - Todas las duquesitas - De los madriles, - No sirven pa calzarme - Los escarpines. - Dale que dale - Y póngame esa liga - Que se me cae. - ---¡Otra, otra! Tiene en el cuerpo esta maldita Zaina toda la gracia del -mundo. - -La Zaina continuó: - - Señora principesa - De panza en trote, - Las sobras que yo dejo - Usted las coge. - Viva quien vive. - Le regalo ese peine - Que no me sirve. - -Aquí fue el batir palmas y el patear suelos y el romper sillas, con -tanto estruendo y algazara que no parecía sino que la casa se venía al -suelo. La Zaina arrojó después lejos de sí la guitarra con tal fuerza, -que aquel sensible instrumento, al dar violentamente contra una silla, -lanzó un quejido lastimero y se le saltaron dos cuerdas. Acto continuo -sentose junto a D. Diego. Pero la exactitud de esta narración exige que -ahora los deje en su amoroso coloquio, ella hecha toda lenguas y él -embobado y suspenso, para que pase a decir cómo entraron metiendo mucho -ruido la Menegilda, la Alifonsa y la Narcisa, que con ser solo tres, -no parecía sino que entraban por las puertas todos los demonios del -infierno. - ---Tarde venís, ninflas --dijo Mano. - ---Sí, hemos estado picando lomo para las salchichas. Como esta tarde no -lo pudimos hacer por ir al rosario... --contestó una de ellas. - ---Pos yo, por no perder el rosario, cerré mi almacén de hierro --dijo -otra--, y desde prima noche he tenido que andar desapartando los clavos -de herradura de los clavos de puerta. - ---¡Ay, qué bueno ha estado el rosario! ¿Lo has visto, Majomilla? - ---¡Qué había de ver, si me entretuve en el Puente de Toledo, esperando -un cinco de copas que no quería salir, y gancheando a dos payos de -Valmojado que malditos de ellos si sudaban dos cuartos! Pero lo rezaré -mañana, que para el bien nunca es tarde. - ---Ende que lo supimos --dijo la Narcisa-- nos plantamos allá. Yo le -mandé al pariente que pusiera el puchero y cuidara de los chicos, y -pies para qué vos quiero. Este rosario lo ha sacado la Congregación de -María Santísima del Carmen de la pirroquia de San Ginés, en rogativa -de las presentes calamidades. Salió a las dos. ¡Qué lucimiento, qué -devoción! Allí iban todos, desde el señor más estirado hasta el último -comiquín, y todos con su vela. ¿No ha estado usted, Mano de Mortero? - ---¿Qué había de ir, mujer --respondió--, si estoy aquí con el corazón -traspasado por la pena de no haber metido mi cucharada en ese rosario? -Pero pues mi alma lo necesita, mañana tengo de asistir a la función que -da la Cofradía de María Santísima de los Dolores, a quien tengo ley -por los malos pasos de que me ha sacado en bien, intercediendo con su -divino Hijo. Creo que predica mi grande amigote el Padre Salmón. - ---Esa función --añadió Pujitos-- es en el convento de Padres dominicos, -y se celebra para implorar el divino auxilio por la felicidad de las -armas de esta monarquía, salud de nuestro S. P. Pío VII y libertad de -nuestro amado Monarca. - ---Justo y cabal --prosiguió Mano de Mortero--; y pues hay procesión, -pienso asistir con vela, que todos, el que más y el que menos, estamos -llenos de pecados, y aun yo, que no hago mal a nadie, allá me voy con -los demás; porque el justo peca tres veces, cuanti más los que no -lo son. Por lo que a mí hace, no tengo comeniente en que Su Divina -Majestad saque en bien los ejércitos, que españoles somos y lo debemos -desear, ni tampoco en que le dé mucha salud y años mil a ese Sr. D. -Pío VII; pero en lo de poner en libertad a Fernando, que es como si -dijéramos, acabarse la guerra, por allá me lo tenga un par de añitos -más, pues esto de la guerra, y los franceses por acá y los ingleses -por allá, es una bendición de Dios, y un rocío celestial que el Señor -manda a los probecitos que no tienen dónde ganarlo, si no es poniendo -la vida en un tris y escondiendo las piezas de hilo dentro de las sacas -de carbón, para ver de engañar al fisco, que es el demonio enemigo de -nuestras almas. - ---Mal patriota es el Sr. Mano --dijo enfáticamente Pujitos--, pues ni -coge el fusil ni ruega por la libertad de nuestro amado Monarca. - ---Diez fusiles, que no uno cogeré si es preciso, pues hartos agujeros, -raspones y abolladuras hay en los cuerpos de los guardas, que podrán -dar fe de cómo manejo el gatillo. También quiero y reverencio a mi -querido Rey, pues no puedo olvidar que me apretó la mano el día que -entró viniendo de Aranjuez, ni que le alabó a mi Zainilla el garbo -para tocar el pandero; pero los probes somos probes, y yo pondría a mi -Fernando en siete tronos... Hijo, dame pan y llámame tonto, y como dijo -el otro, el abad de lo que canta yanta. - ---Hoy no vi al Sr. de Pujitos en la formación --dijo Santorcaz -acercándose al grupo. - ---¿Cómo había de ir, compañero --respondió el maestro de obra prima, -que al oírse interpelado sobre aquel asunto recibió más gusto que si -le regalaran tres tronos europeos--; cómo había de ir si todo el día -he estado en el Parque apartando fusiles, contando piedras de chispa y -repasando cartuchos, tan atareado, jeñores, que tengo en los lomos una -puntada que no me deja respirar? - ---¿Y se defenderá Madrid? - ---¡Pues ya! No hay muchos fusiles que digamos; pero se han reunido un -sin fin de sables viejos, muchas lanzas, cascos antiguos del tiempo -del rey que rabió por gachas, cacerolas que pueden servir de escudos, -mazas que para partir cabezas de franceses serán una bendición de -Dios, guanteletes, pinchos, asadores, llaves viejas y otras mil armas -mortíficas. - ---De nada servirá nuestro valor --dijo Santorcaz--, si antes no -acabamos con todos los traidores que hay en Madrid. - ---Lo mismo digo --afirmó Mortero. - ---Por todas partes no se ven sino espías de los franceses, y ahora es -ocasión de que este señor Regidor que aquí tenemos se luzca. - ---Así es la verdad --dije yo--. Sé de muchos que se fingen muy -patriotas, y están vendidos a los franceses. Los que hacen más -aspavientos y dan más gritos, y más gallardean de patriotas, son los -peores. ¿No es verdad, Santorcaz? - ---Pues acabar con ellos. - ---Para eso nos bastamos y nos sobramos --añadió Majoma--. Y vengan -malos patriotas y gabachones, para dar cuenta de ellos. - ---Personajes conozco yo --dijo Mañara-- que han de morir arrastrados, -si Dios no lo remedia; y si llego a ser Regidor, ya nos veremos las -caras, señores afrancesados. - ---Esa es la gente más mala --afirmó Santorcaz con mucho desparpajo--, -más desvergonzada y más traidora que hay; y si no ponemos mano en -ellos, no saldremos bien de esta guerra. Porque yo sé que hay quien -está tramando abrir las puertas de Madrid si nos ponen asedio. - ---Pues despacharlos, y se acabó la junción --dijo Pujitos--. En mi -compañía están tan rabiosos, que solo con decir «ese es gabacho», se le -van encima y le quieren despedazar. - ---Los peores --repetí yo, teniendo el gusto de que el tío Mano apoyara -enérgicamente mi opinión-- son los que chillan y enredan, y están a -todas horas hablando de traidores; y si no, aquí está Santorcaz, que -conoce a la gente y lo puede decir. - ---Así es, en efecto --repuso el francmasón algo contrariado--; pero que -hay traidores, no tiene duda. - - - - -XI - - -D. Diego, la Zaina y las otras tres damas, no menos que esta famosas, -habían entablado animada conversación, formando otro corrillo. - ---No se olvide el señor Condito --dijo Menegilda-- que nos prometió -traer una noche a su novia. - ---Si yo no tengo novia. - ---Sí que la tiene. ¿No es verdad, Gabriel, que tiene novia? - ---Y más bonita que el sol --respondí acercándome. - ---Vamos, la tengo --dijo Rumblar--; pero no la quiero, Zainilla. No te -vayas a poner celosa. - ---Ya estoy frita con los tales celos, niño mío --contestó la maja--. -Pero ¿por qué no la trae aquí una noche? - ---Antes traerá una estrella del cielo --afirmó Mañara, acercándose al -grupo femenino. - ---D. Diego me ha prometido traerla, y la traerá --dijo Santorcaz, -atraído también por aquel coloquio. - ---Sí --indicó Mañara--: la familia de ese señorito iba a permitir que -una tan delicada doncella viniera a estas casas. - ---¡A estas casas! --exclamó la Zaina--. ¿Estamos en algún presillo? Más -honrada es mi casa, Sr. D. Juan, que muchas de señoras amadamadas, por -donde usía anda en malos pasos. - ---Calla, tonta --dijo Mañara de mal humor. - ---Y buenas princesas ha traído usted a esta casa, y a la de la -Pelumbres y de la Primorosa --añadió Ignacia--. Toas semos unas, -y no lo igo por esa duquesa con quien fue hace dos noches en ca -la Pelumbres. Alifonsa, ¿sabes quién es? ¿Te acuerdas de aquella -duquesilla amojamada, que parece un almacén de huesos? Si D. Juan la -trae por aquí, pondremos una fábrica de botones. - ---¿Qué hablas ahí, zafiota, animal sin pluma? --gritó Mañara con vivo -arrebato de ira--. Habla mejor si no quieres que con tu lengua haga una -pantufla para azotarte la cara. - ---¡A mí con esas el asno Regidor! --vociferó la Zaina--. Después que -le he despreciao, después que he tenido que escupirle en la cara para -que no anduviera tras de mí chupándose la tierra que yo pisaba, ¿ahora -viene con esa? Con las barbas de un usía friego yo los cacharros de la -cocina, y tripas de caballero le echo a mi gato. - ---¡Condenada manola! --dijo Mañara cada vez más colérico--. La -culpa tiene quien te ha dado esas alas y quien con personas bajas -se entretiene. ¿Para qué tomas en tu ruin boca el nombre de señoras -respetables de quien no mereces besar la suela del zapato? ¡Cuidado con -los celitos de la niña! - ---¿Celos yo? --chilló la maja más encendida que la grana--. ¡Por Dios, -que me quiera usted, so pringoso: tomelo por estera y se creyó cortejo! - -Y diciendo esto, lanzó un salivazo en medio del corrillo. - ---¡Miserable mujerzuela! ¡La culpa tiene quien se arrima a ti, por -hacerte gente siquiera un día! - ---¡Eh, eh! poco a poquito --dijo a este punto el tío Mano de Mortero, -que de espectador indiferente de aquella escena se trocaba en actor -de ella--. Eso de mujerzuela es de gente mal hablada, y aquí no se -habla mal de nadie, y lo que es mi hija tiene su siempre y cuando como -cualquier otra. Que el señor D. Juan no nos toque a la honor, porque -a mí no me falta un saco de onzas de oro ensayadas para apedrear a -cualquiera. Y tú, princesa mía, ¿a qué le haces tantos cocos ahora al -Sr. de Mañara, cuando ha pocos días te chiflabas por él, y si alguna -noche faltaba su señoría a hacerte compañía o a ayudarte a rezar el -rosario, ponías en el cielo unos suspiros como catedrales? Anda, que -todos son buenos, y váyase lo uno por lo otro. - ---¿Suspiritos tenemos? --preguntó Mañara con presunción. - ---Y si hubo suspiros --dijo Mortero--, mi hija es una persona de -etiqueta, y los puede echar como cualquiera otra, aunque sea por el -Rey; que si está en el cajón de verduras, es porque quiere, que su -padre ya le ha prometido varias veces ponerla al frente de una casa de -bebidas finas. - ---¡Yo suspirar por ese animal! --dijo la Zaina--. Por lástima le he -mirao una vez cuando iba al cajón a echarme flores. - ---Eso quisieras tú; pero no se estila echar margaritas a puercos. - -La Zaina hizo un movimiento. El demonio fue sin duda quien llevó a -sus irritadas manos una botella de las que en la mesa contigua había, -y disparola con tanta fuerza contra Mañara, que a no apartarse este -vivamente, viéramos allí partida en dos la cabeza más dura que ha -gastado Regidor en el mundo. Levantose este furioso para castigar el -descomedimiento de la Zaina; pero con tanta presteza acudió D. Diego -en defensa de la verdulera, que sobre él cayeron los primeros golpes. -Lleno de rabia al verse aporreado, arremetió contra Mañara, a punto -que el tío Mano de Mortero empezaba a probar la exactitud de su apodo, -repartiendo algunos puñetazos sobre tirios y troyanos. Las majas -Narcisa, Menegilda y Alifonsa declaráronse también en guerra, por dar -gusto a las inquietas manos, y bien pronto de todos los allí presentes -no quedó uno que no llevase su óbolo a tal colecta de golpes y gritos. -Era aquello una bendición de Dios, y juro que jamás habría yo metido -mis manos en tal fregado, si no me incitara a ello una caricia que -sentí en mitad de la espalda, hecha por mano desconocida. Y lo peor -fue que Majoma, hombre ingenioso, inclinado siempre a sacar partido de -tales alteraciones del orden privado, descargó varios palos sobre el -candil que la escena iluminaba, y al punto nos vimos todos de un color. -Aquí fue el arreciar de los puñetazos, y el esfuerzo de los gritos, y -el rodar unos sobre otros; y si bien el peso de un cuerpo nos oprimía a -veces, también el nuestro caía en humanas blanduras, de cuyos choques -provenían los pellizcos, arañazos y demás proyectiles menudos. Por -aquí se oían voces lastimeras; por allá gritos de venganza, y sobre -toda especie de rumores, descollaba la voz estentórea del tío Mano de -Mortero, diciendo: - ---En mi casa no ha de haber escándalos, y el que diga que aquí se -siente el vuelo de una mosca, miente. Vamos, amiguitos: no meter tanto -ruido ni pegar tan recio. Esto es una broma: conque paz y pan, y -divertámonos. - -Y a todas estas la vecindad se alborotaba, y en la calle deteníase la -gente curiosa, no porque le hiciera novedad aquel ruido, sino por gozar -de él; y se temió la intervención de la justicia, lo cual hería al Sr. -Mano en lo más delicado de su dignidad. Por fin hubo uno que pudo dar -con la puerta y abrirla y echarse fuera, con lo cual, habiendo entrado -un poco de luz, pudimos vernos. Todo indicaba que íbamos a tener una -visita alguacilesca, lo que me impulsó a coger por un brazo a D. Diego -y echarlo conmigo afuera, y bajar a saltos la escalera hasta dar con -nuestros cuerpos en la calle, por la que nos escurrimos sin miedo a la -corchetería. - -Cuando nos vimos lejos, acortamos el paso, contemplándonos uno a otro. -D. Diego había padecido más averías que yo en la refriega, y ostentaba -en la cara un verdugón hecho por buena mano. - ---¡Maldito de mí! --exclamó tentándose los bolsillos de sus calzones--. -¿Sabes que me han quitado mis dos relojes? ¡Pues también el dinero, -todo el dinero que llevaba! - ---Era de suponer, Sr. D. Diego --le respondí registrándome también--, -pues no salimos de ninguna misa cantada. Y por lo que veo, a mí también -me han desplumado. - ---¿Te quitaron el reloj? - ---No, señor: el reloj no me lo han quitado ni me lo quitarán todos los -cacos del mundo, porque no lo tengo; pero sí perdí un dinerillo; bien -poco, por cierto. - ---¡Dios mío! Sin relojes, sin dinero... --clamó doloridamente D. -Diego--. ¿Con qué compraré ahora las diez y siete varas de cotonía que -quiere la Zaina? ¿Con qué alquilaré el coche para que vaya el lunes a -los novillos? Si Santorcaz no me presta, me moriré. - ---Diez y siete varas de fresno, que no de cotonía, es lo que merece esa -gentuza --le contesté--; pues es necesario estar loco o enamorado para -poner los pies en tales casas. - - - - -XII - - -Como antes indiqué, no pude obtener licencia para salir de Madrid, -porque la Villa, viéndose pronto en gran aprieto, cayó en la cuenta -de que necesitaba de toda su gente para defenderse. ¿Por qué no me -marché? ¿Quién me lo impidió? ¿Quién torció el camino de mi resolución? -¿Quién había de ser sino aquel que por entonces era el trastornador -de todos los proyectos, el brazo izquierdo del destino, el que a los -grandes y a los pequeños extendía el influjo de su invasora voluntad? -Sí: el baratero de Europa; el destronador de los Borbones y fabricante -de reinos nuevos; el que tenía sofocada a Inglaterra, y suspensa a la -Rusia, y abatida a la Prusia, y amedrentada al Austria, y oprimida a la -hermosa Italia, osó también poner la mano en mi suerte, impidiéndome -pasar a otro ejército. - -Es, pues, el caso, que el D. Quijote imperial y real, como algunos de -nuestros paisanos le llamaban, no sin fundamento, había entrado en -España a principios de noviembre con ánimos de instalar de nuevo en -Madrid la corte botellesca. A él se le importaba poco que los españoles -llamasen tuerto a su hermano, y fijo en el número y fuerza de nuestros -soldados, no atendía a lo demás. Una vez puesto el pie en tierra de -España, no le agradó mucho que el mariscal Lefebvre ganase la batalla -de Zornoza, porque sabido es que no era de su gusto que se adquiriese -gloria sin su presencia y consentimiento. Mandó, sin embargo, al -Mariscal Víctor que persiguiese a nuestro desgraciado Blake, cuyas -tropas se habían reforzado con las del Marqués de la Romana, escapadas -de Dinamarca, y aquí tienen ustedes la batalla de Espinosa de los -Monteros, dada en los días 10 y 11, y perdida por nosotros, por más que -el Gran Capitán, con más celo que buen sentido, se empeñe en negarlo. -¡Ay! No hagan ustedes caso de aquel mi honradísimo y entusiasta amigo, -y crean a pie juntillas que lo de Espinosa fue un gran descalabro, -aunque no sin gloria para nuestras hambrientas, desnudas y fatigadas -tropas. Valientes oficiales perecieron allí, y grandes apuros y -privaciones pasaron todos, sin un pedazo de pan que llevar a la boca, -ni una venda que poner en sus heridas. - -Así sucumbió el ejército de la izquierda, cuyos restos, salvándose por -las fragosidades de Liébana, recalaron por tierra de Campos, para ser -mandados por el Marqués de la Romana. No fue más dichoso el ejército -de Extremadura en Gamonal, cerca de Burgos, pues Bessières y Lasalle -lo destrozaron también el mismo fatal día 10 de noviembre, y el 12 -entraba en la capital de Castilla el azote del mundo, publicando allí -su traidor decreto de amnistía. Aún nos quedaba un ejército, el del -Centro, que ocupaba la ribera del Ebro por Tudela: mandábalo Castaños; -pero nadie confiaba que allí fuéramos más afortunados, porque una vez -abierta la puerta a las calamidades, estas habían de venir unas tras -otras a toda prisa, como suele suceder siempre en el pícaro mundo. -También nos preparaba el cielo en el Ebro otra gran desgracia; pero a -mediados de noviembre, cuando corrieron por Madrid las tristes nuevas -de Espinosa y de Gamonal, aún no se había dado la batalla de Tudela. - -El pánico en Madrid era inmenso, y se creía segura la pronta -presentación del corso en las inmediaciones de la capital. ¿Qué -podía oponérsele? No quedaba más ejército que el del Centro, situado -allá arriba a orillas del Ebro. ¿Quién detendría al invasor en su -marcha terrible? La Junta se desesperaba, y los madrileños creían -acudir a remediar la gravedad de las circunstancias, entusiasmándose. -¡Ay! Después de mandar algunas tropas a los pasos de Somosierra y -Navacerrada, ¿qué ejército de línea quedaba para defender a Madrid? Da -pena el decirlo. Quinientos hombres. - -Los paisanos armados eran ciertamente muchos; pero había muy pocos -fusiles, y de estos la mitad resultaban inútiles por falta de -cartuchos; y ¿con qué se hacían los cartuchos, si no había pólvora? A -esto habíamos llegado cuatro meses después de la victoria de Bailén. -Todo al revés. Ayer barriendo a los franceses, y hoy dejándonos barrer; -ayer poderosos y temibles, y hoy impotentes y desbandados. Contrastes -y antítesis propias de la tierra, como el paño pardo, los garbanzos, -el buen vino y el buen humor. ¡Oh, España, cómo se te reconoce en -cualquier parte de tu historia, a donde se fije la vista! Y no hay -disimulo que te encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te -desfigure, porque a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde -cien leguas con tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria; -con la una mano empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra. - ---Hola, Gabriel, ¿tú por aquí? --me dijo Pujitos en la Puerta del Sol -el día 20 de noviembre--. Ya sabes que tenemos de Regidor a nuestro -amigo D. Juan de Mañara. Él es el encargado de la cartuchería. ¿Tienes -fusil? - ---Y bueno. ¿Pero todavía no se dice nada de fortificar a Madrid, ni -se trata de abrir fosos y levantar parapetos y abrigos, ya que a esta -villa y corte la hicieron sin murallas ni otra defensa alguna? - ---Todo eso se hará. Pero lo que más urge es la cartuchería y armas. - ---¿Dónde hacen cartuchos? - ---En varias partes. Allá junto al Colegio de Niñas de la Paz hay más -de sesenta personas trabajando en ello noche y día. - ---Pero de nada nos sirven los cartuchos sin armas, Sr. de Pujitos --le -dije--. Yo conozco muchísimos hombres valientes que no tienen sino -chuzos, pedreñales y espadas llenas de orín. - ---Eso será nonada, y si no nos hacen traición... - ---¡Traición! - ---¡Sí: aquí hay muchos traidores! - ---Ahora, como la gente anda tan exaltada, es común llamar traidores a -los más leales patriotas. - ---Gabriel --dijo deteniéndose en medio de la calle y asomando por -el embozo de su capa un dedo con el cual ciceronianamente acentuaba -sus palabras--, cuando yo lo digo, sabido me lo tengo. ¿Te acuerdas -de lo que se habló hace noches en casa del tío Mano? ¿Te acuerdas -cómo se puso furioso el Sr. de Santorcaz contra los traidores? Pues -hemos descubierto que ese Sr. de Santorcaz o D. Demonio, es espía del -_córcego_. Velay por qué estaba tan enfoguetado. - ---No es la primera vez que lo oigo. - ---Él les escribe cartas de lo que aquí pasa, y con el dinero que le -dan paga gente alborotadora, que arme querellas entre la tropa. Como -este hay muchos, y se dice que señores muy alcurniados están vendidos -a los franceses. Pero, Gabriel, que se nos amostacen las narices, y -veremos a dónde van a parar. Hay otros que, aunque no son traidores, -son melindrosos, y no quieren lo que llaman _Constitución_, la cual -se va a poner ahora pa acabar con el espotismo. ¿Sabes tú lo que es el -espotismo? Pues el espotismo es una cosa muy mala, muy mala. A bien -que desde que acabamos con Godoy y los lairones que con él vivían, se -acabaron todas las picardías, y ahora, luego que demos fin a esto del -_córcego_, los reinos de España se van a gobernar de otra manera, y -estaremos tan bien, que no nos cambiaremos por los ángeles del cielo. - -Y diciendo esto, dio media vuelta y marchose lejos de mí a toda prisa. -No tardé yo en acudir pronto a la formación de mi compañía. - -Ante las evidentes muestras de alarma que a todas horas se observaban -en Madrid, mal podía el optimismo del Gran Capitán sostenerse en las -ideales regiones donde le hemos visto cernerse, como el águila de la -patria a quien ni el peligro ni el miedo pueden obligar a abatir su -majestuoso vuelo. Ya no era posible negar la derrota de Espinosa, ni -tampoco la de Gamonal, y solo los locos podrían suponer a Napoleón -dispuesto a detenerse en su victorioso camino. Muchos días resistiose -el fuerte espíritu de mi amigo a la evidencia de tantos descalabros; -por muchos días sostuvo que nuestras armas victoriosas echarían a los -franceses con su malhadado Emperador del otro lado del Bidasoa; por -muchos días continuó atribuyendo a los papeles públicos la pérfida -invención de aquellos absurdos acontecimientos que no cabían en su -homérica cabeza; pero al fin la muchedumbre de las noticias malas, -la agitación pública, el pánico de todos, la general zozobra, y el -tumulto y laberinto de los preparativos de defensa rindieron golpe -tras golpe el formidable castillo de su terquedad, dando en tierra -con tantas ilusiones. El héroe no aparentó desmayar con esto, antes -bien se reía tomando la cosa como una fiesta. Lleno de confianza en la -capital, siempre negaba que Napoleón se atreviese a ponerse delante de -los madrileños, y esta fue una tenacidad que le duró contra viento y -marea hasta el 25 de noviembre, en cuya noche, al retirarse a su casa, -preguntole Doña Gregoria, como siempre, las noticias de la tarde: - ---Nada, mujer --repuso frotándose las manos, y promulgando con -desdeñosas sonrisas la categórica confianza que llenaba su espíritu--. -Nada, mujer: emperadorcito tenemos. - - - - -XIII - - -Y el emperadorcito salió de Burgos el 22; detúvose en Aranda el 24; el -29 estaba en Boceguillas, y, por fin, el 30 llegó a Somosierra. - -En Madrid la alarma crecía en tales términos, que ya en 23 de -noviembre se pensaba en una defensa formal, guarneciendo el circuito -de la Corte para hacer de ella, con el valor de sus habitantes, -una segunda Zaragoza. Era Capitán general de Castilla la Nueva el -Marqués de Castelar, y Gobernador de la plaza D. Fernando de la Vera -y Pantoja; pero a este no se le conceptuaba muy entendido en materias -facultativas, y como se tratara de obras de defensa, fue nombrado -para el caso el célebre D. Tomás de Morla, sucesor de Solano en Cádiz -cinco meses antes; hombre feísimo de rostro, de carácter aparentemente -enérgico, aunque en realidad muy débil. Gozaba en el conocimiento de -la artillería de gran reputación, que aún conserva, pues sus estudios -sirven hoy para la enseñanza de la juventud que a la guerra científica -se consagra. - -Morla dirigió las obras de defensa, que consistían en grandes fosos -abiertos fuera de las puertas de Fuencarral, Santa Bárbara, Los Pozos, -Atocha y Recoletos; en aspillerar toda la muralla de la parte Norte; -en desempedrar las calles de Alcalá, Carrera de San Jerónimo y calle -de Atocha para levantar barricadas, y, por último, en fortificar el -Retiro con trincheras y una mediana artillería, la única que teníamos, -pues todo se reducía a unas cuantas piezas de a 6 y poquísimas de a 8. -Esto se hizo precipitadamente a última hora; mas con tanto entusiasmo -y determinación, que la diligencia parecía suplir con creces a la -previsión. - -En las obras trabajaba todo el mundo sin reparos de clase. Las señoras, -no contentas con afiliarse en la Congregación del _Lavado y cosido_, -dirigieron a las autoridades una exposición en que se ofrecían a -ayudar, _ya llevando espuertas de tierra_, ya ocupándose en lo que se -les mandase. No es esto invento mío, y la exposición existe impresa, -donde el incrédulo podrá verla si aún duda de la grandeza de ánimo de -las señoras de aquel tiempo. Y al decir _señoras_, se comprende que no -me refiero a aquellas de quienes en otro lugar de este relato tengo -hecha mención, pues las del Rastro y Maravillas tenían especial gusto -en pasearse por todo Madrid arrastrando un cañón entre seguidillas y -chanzonetas: me refiero a las más altas hembras, a quienes vi empleadas -en menesteres indignos de sus delicadas manos. - -De los hombres no hay que hablar, porque todos trabajábamos a porfía -día y noche, sacando tierra de los fosos para construir los espaldones -de la artillería. En poco tiempo quedó la calle de Alcalá tan limpia de -guijarros como tierra de sembradura, y desde las Baronesas al Carmen -Calzado levantamos un parapeto formidable. - -El personal de la defensa era el siguiente: - -1.º Quinientos soldados de línea que apenas bastaban para el servicio -de las bocas de fuego. 2.º Las tropas colecticias formadas por el -alistamiento voluntario de 7 de agosto, y a las cuales pertenecía -un servidor de ustedes (no pasábamos de tres mil hombres). 3.º Los -conscriptos pertenecientes a Madrid en el llamamiento de doscientos -cincuenta mil hombres que hizo la Junta, y cuyo sorteo se verificó en -23 de noviembre. 4.º La milicia urbana llamada _honrada_, que se formó -por enganche voluntario el 24 del mismo mes. - -Voy a deciros algo de esta conscripción y de estos señores _honrados_. -Hízose aquella llamando a las armas a todos los ciudadanos desde 16 a -40 años, y declarando derogadas todas las excepciones que establecían -las Reales Ordenanzas de 27 de octubre de 1800 para el reemplazo del -ejército. Se declararon útiles los viudos con hijos; los hijosdalgo -de Madrid; los nobles que no tuvieran más excepción que su nobleza; -los tonsurados sin beneficio que estuviesen asignados a servicio -eclesiástico, para cuya determinación se cubrió con un velo el Concilio -de Trento; los que disfrutaban capellanía sin estar ordenados _in -sacris_ (muchos de estos eran los llamados _abates_); los novicios -de órdenes religiosas; los doctores y licenciados, que no fueran -catedráticos con propiedad; los retirados del servicio, y los quintos -que hubieran servido su tiempo; los hijos únicos de labradores; en una -palabra, no se exceptuaba a rey ni a Roque. - -Los _honrados_ eran una milicia sedentaria creada con objeto de -guarnecer las ciudades, para _precaver los desórdenes, reprimir los -facinerosos, bandidos, desertores y díscolos, que, perturbando la -pública tranquilidad, intenten saciar su ambición o su codicia_. - -De modo que en Madrid tuvimos en 23 de noviembre sorteo para el -reemplazo del ejército, y algunos días después alistamiento de -_milicianos honrados_. Aquella y esta operación se verificaban de diez -a tres en los claustros de la Trinidad Calzada, de los Mostenses, -de San Francisco, y en los de otros conventos situados en el punto -más céntrico de cada cuartel, ante un alcalde de casa y corte o un -señor regidor de Madrid, un oficial militar, un alcalde de barrio y -un escribano. Bastaron, pues, pocos días para que las filas de la -guarnición de Madrid se llenaran con muchos miles de hombres. A la poca -tropa de línea y al regular número de voluntarios ya disciplinados, -uniose la muchedumbre de quintos y la caterva de urbanos, gente toda -muy entusiasta; pero casi en general carecían de fusiles, y estaban -tan ignorantes de lo que habían de hacer como la madre que les echó al -mundo. - -Sucedió también que los voluntarios antiguos, aquellos que desde agosto -habían paseado presuntuosamente sus fachas uniformadas por Madrid, -miraron con mal ojo a los _honrados_, los cuales, llamándose así, -parecían querer resumir en su instituto toda la honradez española, y -hablaban pestes de los antiguos. Los _honrados_ que no tenían armas, -decían que estas debían quitarse a los antiguos que las tenían; juraban -estos entregarlas antes a Napoleón que a los _honrados_, y en tanto -los quintos recién sorteados, aquellos infelices viudos, nobles, -sacristanes, novicios, beneficiados sin beneficio y demás gente antes -exceptuada, miraban al cielo, esperando que se les pusiese en la mano -alguna cosa con que matar. En resumen: mucha, muchísima gente de última -hora; pocas y malas armas; ningún concierto; falta de quien supiese -mandar, aunque fuese un hato de pavos; mucho mover de lenguas y de -piernas; un continuo ir y venir, con la añadidura inseparable de -gritos, amenazas y recelos mutuos, y la contera de los gallardetes, -escarapelas, banderolas, signos, letreros y emblemas, que tanto emboban -al pueblo de Madrid. - -El aspecto de uno de aquellos claustros en que se verificaba el -alistamiento, era digno de ser eternizado por los más diestros -pinceles. ¡Dichoso yo si con la pluma pudiera dar efímera existencia a -uno de ellos! ¿A cuál? Todos eran igualmente pintorescos; y si alguno -contenía mayor número de curiosidades, era el claustro de la Trinidad -Calzada, en la calle de Atocha. - -En mitad de la ancha crujía estaba la mesa, donde el Regidor iba -recibiendo los nombres, que asentaba un escribiente en barbudas -cuartillas de papel. En su derredor resonaba tal chillería y alboroto, -que no sé cómo el Sr. de Mañara (que era el Regidor allí presente) -podía aguantarlo; pero inútil era el imponer silencio, porque la -multitud de mujeres aglomeradas a la puerta, no callarían aunque el -Espíritu Santo se lo mandara. Un pobre alguacil había sido destinado a -sostener la debida compostura, y nunca tal hubiera intentado el infeliz -instrumento de la justicia, porque le cogieron y le magullaron, y roto -y molido dio vueltas por el arroyo. - ---¿Pero qué buscan ustedes aquí? --exclamó Pujitos abriendo los brazos -en actitud amenazadora--. Fuera mujeres, que no sirven sino de estorbo. -Condenáas, ¿por qué no van a sacar tierra en Los Pozos? - ---Ya hamos sacado tierra: ¡lástima que no fuera de tu sepultura! - ---¿Pues qué queréis, demonios? - ---¿Qué hamos de querer? ¡Fusiles, piojo! ¿Te los han dado a ti y a tu -batallón pa quitar telarañas? Vengan acá pronto, que nosotras también -nos alistamos. - ---Afuera, afuera de aquí, canalla. - ---Paz, paz --dijo desde el interior del claustro una gruesa y campanuda -voz que al punto reconocí por la del venerable Salmón--. Haya paz, y no -me levante ninguna el gallo. - -Al punto el apretado grupo de mujeres se dividió en dos, dando paso a -la procerosa figura del mercenario, que avanzó con majestuoso paso y -risueño continente. - ---Aquí está el Padrito. ¡Que viva el Padre Salmón! Ven, Pujitos del -demonio, a echarnos afuera. - ---Arrastrao --dijo una cogiendo a Pujitos por el cuello y mostrándole -el puño--. ¿Tus muelas han salido a misa esta mañana? ¿Quieres que -salgan a vísperas esta tarde? Pues boquea y verás. - ---Déjenlo, dejen en paz a ese pobre hombre --dijo socarronamente -Salmón--, y perdónenle su gran descortesía con tan dignas señoras; que -yo prometo que se enmendará. Ya os he dicho varias veces que si no sois -buenas, no contéis para nada con vuestro queridito Padre Salmón. Vamos -a ver, señoras mías, duquesas y princesas, ¿para qué os agolpáis aquí? - ---También nosotras queremos alistarnos. - ---Alistaros, ¡oh valientes amazonas! Pero, niñas, ¿no veis que en -vuestras manos mejor sienta el hilo de oro y las sartas de perlas, que -el temido alfanje damasquino? Vaya, idos a rezar, que la mujer honrada, -la pierna quebrada y en casa. - ---Todos esos son unos calzonazos. Nosotras hemos cargado ya muchas -espuertas de tierra. Ahora llevamos dos cañones a Los Pozos, y queremos -que nos los dejen disparar. - ---Bueno, bueno, todo se hará. Cada una a su casa, y cuidado con lo que -les tengo prevenido. Tú, Nicolasa, eres una tramposa, que en cada libra -de carne pones dos onzas menos de peso. Tú, Bastiana, te condenarás -por la usura de prestar a dos pesetas por duro a la gente del Rastro; -y tú, Alifonsa, aguardentera de todos los diablos, ten entendido que -tantas docenas de estos verás a la hora de tu muerte como cortejos -has mantenido en vida, y no digo más por no escandalizar delante del -público. - -Con estas y otras filípicas iba Salmón despejando la puerta en tales -términos, que pronto quedó practicable; mas no por eso tornose adentro -el popular fraile, sino que siguió adelante, diciendo a cada uno su -palabrita y dando a besar la correa a viejos, mujeres, hombres y -muchachos. Cuando me vio echome los brazos al cuello, saludándome con -mucho afecto. - ---¿Vienes a alistarte? --me dijo. - -En esto abalanzose hacia nosotros un hombre que besó las manos a Salmón -con fervoroso cariño, y luego le habló así: - ---¡Ay, mi Padrito de mi alma! ¡Gracias a Dios que este probe tiene el -refrigerio de encontrarle y verle y hablarle, que es para él de más -gusto que si le dieran todos los reinos del mundo limpios de fronteras! -¿Recibió Su Paternidad las siete libras de rapé y el barrilito? - ---Si, hijo mío, y gracias se os dan, pues sois el caballero más -cumplidor de juramentos y palabras que conozco. - ---Sí: que soy hombre para desairar a un Paternidad tan reverendo. Mande -mi frailito por esa boca, que yo le traeré la Inglaterra toda, aunque -gaste en pólvora y balas todo mi dinero. - ---¿Y la Zainilla? - ---¡Está malucha! La otra noche tuvimos junción en casa, y todo concluyó -con un sainetillo de lo que llaman palos, que aquello parecía una -gloria. La probecita niña de mis entrañas está desde esa noche que no -come ni bebe, y manda al cielo unos suspiros que parten el corazón de -bronce de su padre. - ---Eres un zopenco, tío Mano --dijo Salmón--. Cuando estuve en tu casa -el día de Difuntos... ¿recuerdas que me diste aquellos puches; que con -el aditamento de un cierto aguardiente de Chinchón, estaban propios -para que metiera en ellos las barbas el mismo Emperador del Sacro -Romano Imperio? - ---Me acuerdo, sí. - ---Pues aquella noche te dije: «Morterillo, ándate con cuidado, que tu -Zaina y el Sr. de Mañara están de mucho paliqueo, y míralos en aquel -rincón con la cabeza inclinada el uno sobre el otro como dos higos -maduros.» ¡Y cómo se le caía la baba a tu hija! - ---Verdad es, señor; y ya sé que de ahí viene todo. - ---Entonces te dije: «Morterillo, mucho ojo, que el Mañara quiere -enmarañar a tu hija, y vas a perder este bocadito de ángeles que tú -destinabas a un Veinticuatro.» ¿Acerté? - ---¿Pues ello?... Yo no quería reñir con Mañara --dijo Mortero -rascándose una oreja--. Verdad que él iba allá todas las noches... pero -mi probecita niña es más inocente que una paloma. - ---Apuesto a que el demonio ha metido el rabo en tu casa, Morterillo. -Dices que tu hija ni come ni bebe, y da unos suspiros... ¿suspiritos? - ---Sí; y en tres días no le he podido sacar palabra de la boca, y a -veces heme puesto a acecharla tras la puerta de su cuarto, y cata a -mi niñita diciendo unas palabrotas... pues... así como los cómicos en -los teatros... Y a ratos la veía enjugándose las lágrimas, y a ratos -echando centellas por los ojos... «Dime qué tienes, serafín de tu -padre», le he preguntado algunas veces; pero no me contesta más que un -poste. Anoche nos pusimos a rezar el rosario (porque yo no falto jamás -amén a esta devota costumbre, ni en casa ni en campo raso), y ella -empezó con mucha devoción, diciendo los santamarías con un dejo y un -canticio meloso que llegaba al alma; pero de repente, Padrito, empieza -a dar manotadas como una loca, rompe en mil pedazos el rosario, -levántase, y con las manos en la cabeza, dando paseos por el cuarto, -dice así: «Virgen de la Paloma, no puedo, no puedo.» Luego púsose el -mantón y corrió a la calle, a donde la seguí... ¿Creerá Su Reverencia -de mi alma que fue hasta la casa donde vive ese condenado Regidor, -parose en la puerta, y arrimando la cabeza contra una reja, dio a -llorar como un chiquillo? Tuve que traerla en brazos a mi casa, y al -día siguiente no pudo ir al cajón porque cayó mala. - ---Ya lo veo clarito: es que Mañara la tiene sorbidos los sesos, y no es -la primera, Mortero, no es la primera; pero yo iré por allí, echarele -un sermón a la niña, y veremos si te la curo... Pero calle... ¿no es -aquella que asoma por allí? Sí, es ella misma. Zaina, Zainilla, ven acá. - ---Sí, es mi flor temprana, es el lucero de su padre. Llégate aquí, -arrastradilla --dijo el tío Mano llamando a su hija--. ¿De dónde vienes? - ---De llevar tierra --contestó la Zaina, en cuyo semblante fresco y -animado no se veían señales de aquel hondo pesar y exaltación que -acababa de referir el respetable progenitor--. Ya hemos puesto tres -cañones en la Puerta de Atocha, y están clavadas las estacas y armado -tal ramaje de palitroques, que parece un nacimiento. - ---¿Y para qué andas tú en esas faenas, solito de justicia? --Padre, -échele Su Reverencia un buen sermón, o dos, si es menester, para que se -quede en casa. - ---Tú no tienes buena cara, Zaina --le dijo Salmón--. Tú estás triste, -te lo conozco. - ---¡Qué buen barruntador tenemos! ¿Y por qué estoy triste? - ---Dime, ¿has visto por ahí al Sr. D. Juan de Mañara? - -La Zaina se puso pálida y cesó de reír. - ---Ya está cogida --exclamó Salmón batiendo palmas--. Esa cara no -miente. Mira, Ignacia, en la huerta de mi convento hay un pajarito que -todas las mañanas viene a mi celda a contarme las picardías de las -muchachas que conozco. ¿Sabes lo que me dijo de ti? Pues me dijo... - ---Está más encarnada que un tomate --añadió Mano--; déjela Su -Paternidad por ahora. - ---¿Qué dejar? ¡Bueno soy yo!... Conque, niña, ¿ha habido gatuperio? -Mucho cuidado con los galanes que van a casa; mucho ojo, que si me -enfado... Fuera pecados mortales, fuera cosas malas, que entonces -no hay lo de Padrito por acá, Padrito por allá, sino que saco unas -disciplinas, y a zurriagazos enderezo yo a mis niñas. Conque ven acá, -loquilla, ¿ese señor de Mañara te ha trastornado el juicio? - ---¿A mí? --chilló la Zaina con súbita expresión de despecho, que la -puso más arrogante y más hermosa de lo que realmente era--. ¿A mí ese -pelón? Sé que se lustrea diciéndolo por ahí; pero que se aspere un -poquito, que astavía tenga mucho orgullo y no me echo a perros. - ---Vamos, no lo niegues. - ---¿Yo? Voime al zumo, que no a las cáscaras, y sobre que no me gustan -los usirias estirados, ni los madamos que huelen a bergamota, cuanti -más los malinos traidores, gabachones... - ---¡El Sr. de Mañara traidor! --exclamó con asombro el mercenario--. -¿Cómo hablas así de un caballero tan principal y tan buen patricio, de -ese bendito Regidor, que ahora está allí dentro alistando soldados? - ---Traidor, más traidor que Judas --afirmó la Zaina--. ¿Y Su Reverencia -se hace de nuevas? Pues todo el mundo lo dice, y no queda en Madrid -quien no lo sabe. - ---De otros lo he oído yo, pero no de Mañara --indicó Mortero. - ---Está vendido a los franceses, y todo ese papel que hace, es por -disimular sus maldades --dijo la Zaina--. Pero se la tienen sentenciada -a ese pícaro, arrastrao, endino, criado del tío Copas. ¡Viva Fernando -VII! - ---Yo creí que estabas embobada --dijo Salmón--, y ahora veo que estás -loca. - ---¡Ay, mi niñita! --dijo el tío Mano--: no hables tales cosas, que -pueden llegar a las orejas del Sr. de Mañara, y ya sabes que ando en -empeños con él para que ponga en libertad a aquellos dos angelitos -seráficos que están en la cárcel de Villa, Agustinillo y el Manco, -los cuales, por diez pellejos de mal vino de Esquivias, están pasando -el Purgatorio en vida, aunque pienso que en la otra Dios les ha de -descontar estas penas. - ---¡Me han de oír los sordos! --exclamó la Zaina--, que aquí no -queremos traidores. Acabar con ellos, y Napoleón es muerto. - ---Cuidado, muchacha --dijo Salmón--, que palabra y piedra suelta no -tienen vuelta, y palabra en boca es lo mismo que piedra en honda. - ---Sea lo que Dios quiera. A mí quien me la hace, me la paga. - ---¿Ves cómo todo es el rencorcillo que te ha quedado? - -Iba a contestar Ignacia, cuando apareció D. Diego, y luego que aquella -le vio, hízole entrar en el corro, diciéndole: - ---Aquí estoy, aquí está su princesa, señor Conde; no me busque con esos -ojazos de pájaro bobo. - ---¿También el señor Conde te corteja, arpihuela? --preguntó el fraile, -haciendo una reverencia a D. Diego. - ---¡Y que le quiero más que a las niñas de mis ojos! --dijo la maja--. -Los zarcillos son chicos, y otra vez tenga más miramiento; que a las -señoras no se las osequia con colgajitos de a cuatro duros; y un novio -tuve yo, que en barras de plata y oro me llevó a casa los tesoros del -Rey. - -D. Diego, turbado por la presencia del mercenario, no acertaba a decir -palabra. En cambio el Padrito se encaró con él, y campanudamente -endilgole la siguiente homilia: - ---Ya sé que anda el señor Conde en malos pasos, y mis señoras la -Condesa y Marquesa lo saben también. ¿Conque es cortejo de la Zaina? -_¡Optime, superlative!_ Sr. D. Diego. Y no lo digo porque esta sea -ningún guiñapo, sino porque cada oveja con su pareja. ¿Qué dirá la -señora Doña María Castro de Oro, Condesa de Rumblar, a quien no conozco -sino para servirla; qué dirá cuando sepa los traeres de su hijo? Y -pensar que a un jovenzuelo casquivano se le ha de dar por esposa -aquella flor sin tacha, aquel lucero matutino, que cual oro en paño -guardan donde usía sabe, es pensar en las nubes de antaño. ¡Pues no -faltaba más... un Afán de Ribera metido en tales tapujos! ¿No le da a -usted vergüenza? Y no lo digo porque frecuente la casa de este Sr. D. -Mano de Mortero, que es persona honradísima, sino porque mi niño va -también a casa de la Zancuda, donde se juega de lo lindo, y jóvenes muy -acomodados conozco que han dejado allí los hígados. - ---Verdad es --dijo Mortero--. Lo que es en mi casa, nadie se deja nada, -como no sea el malhumor, porque a conversaciones honestas, y a lenguas -castas, y a manos quietas, nadie nos gana; que a veces la casa parece -un monasterio de tanto afinamiento y quinta substancia de la comenencia. - ---Pero el Sr. D. Diego no solo frecuenta esas deshonestísimas regiones ---añadió Salmón--, sino que también va a las logias de los masones -_infernalis espelunca_, donde se pasa la noche entre herejías y -diabluras. ¡Veo que es aprovechado el rapazuelo! ¡Y quería la señora -Marquesa que yo le trajese al buen caminito con sermones y consejos! No -está la Magdalena para tafetanes, Sr. D. Diego, y yo primero arrojo el -hábito que llevo, que decir a usía por ahí te pudras, y lléveselo el -diablo con sus bobadas y truhanerías. - -Más que una mona corrido, quedose Don Diego con esta filípica, -y de buena gana habría contestado a Salmón, vomitando todas las -abominaciones que acerca de los frailes había aprendido ya, si no le -detuviera la vergüenza y las muchas miradas de enojo que de distintas -partes le observaban. Así es que solo protestando a medias palabras -contra el _frailazo pancista_, se escurrió bonitamente entre el gentío, -llevando consigo a la Zaina y a Mortero, que no quiso dejarle escapar -sin previa entrega de las ofrecidas espuelas de plata. - -Quedémonos allí Salmón y yo, y como mi amigo oyera lo de _frailazo -pancista_, palabras que ya en aquellos días empezaban a menudear en -bocas populares, se enfureció y quiso seguir tras el jovenzuelo para -reprenderle su osadía; mas el agolpamiento de la gente, junto con las -muestras de simpatías que recibió, se lo impidieron. - ---Temple Su Paternidad la ira --le dije--, y váyase en buen hora D. -Diego. - ---Tienes razón --repuso--, que _aquila non capit muscas_. Su castigo -tendrá en ver que se queda sin novia. - ---Pues él está tan firme en casarse --dije-- que lo da por hecho, y -añade que llevará adelante lo del matrimonio contra viento y marea. - ---¡Oh, qué ilusión! Pues están contentas de él mis señoras la Condesa y -Marquesa. Y por lo que hace a la novia... Acompáñame a la Merced y te -contaré. ¿Hablaste largo con la señora Condesa? ¿Le dijiste todo lo que -sabes de este botarate? - ---Un poquito, sí, señor. ¿De modo que no se casará? - ---Lo dudo, porque si las personas mayores de la casa no le pueden ver, -lo que es la joven... Anda esta trastornadilla después que se le han -descubierto todos los escondrijos de su almita. Por fin lo dijo todo. -Ya te conté que ni yo con mi gran autoridad y mis chistes y juegos, ni -la Marquesa con su mal genio, ni el Marqués apedreándola a regalos y -obsequios, pudimos hacerle confesar la causa de sus melancolías; pero -al fin, apretada por su prima la señora Condesa que la ama mucho, un -día entre lágrimas y suspiros le confesó todo. - ---Y no resultaría nada... - ---Nada más sino que todo aquel mal gesto y aquellas tristezas le venían -de amar a un muchachuelo, a un perdidillo, a un cascaciruelas de esas -calles, a quien conoció y tuvo por novio en toda regla, allá cuando -vivía lejos de sus padres. ¡Cosa de niños! Lejos de parecerme mala, -me parece un buen signo de virtud la firmeza de sus sentimientos, lo -mismo en la adversa que en la próspera fortuna. Con todo, la Marquesa -y su hermano rabian, como es natural, viendo que no pueden desencantar -a la niña, pues lo que tiene, más parece encanto que otra cosa. Y todo -se les vuelve decir: «Padre Salmón, ¿qué haremos? Padre Salmón ¿qué -no haremos?» Yo me voy al cuarto de la madamita, y después de decirle -cuatro gracias y de imitar el graznido de los cuervos, y el relincho -de un caballo, y el rum-rum de las viejas rezando en la iglesia, con -lo cual ella se ríe mucho, le digo: «Pero mi niña de mi corazón, ¿por -qué no desecha vueseñoría todo pensamiento que no sea el de su actual -grandeza? ¿Qué cosa puede apetecer ahora? ¿Le falta algo? ¿No tiene -todas las comodidades, todos los miramientos, todos los mimos que una -doncella puede apetecer?» A lo que me contesta que ella no desea nada, -y después se calla. Entonces le tomo las manos, se las acaricio y le -digo: «El pajarito de mi convento me ha contado que amasteis a un -jovenzuelo. ¿Por qué no arrojáis esta idea de la cabeza? ¿No comprende -usía que en una tan principal casa no pueden entrar por las puertas del -matrimonio personas de baja condición? Seguramente que ese zascandil -que fue vuestro novio no se acuerda para nada de mi querida niña.» Y -ella al punto se sonríe, muda de conversación y empieza a hablar de -otro asunto con tan buen tino y tanto talento, que a mí y al Padre -Castillo nos deja atónitos. - ---Pues veo que cuando dos tan buenos predicadores no la pueden quitar -con sus buenos sermones el desencanto, encantada estará toda la vida. - ---No, hijo; que se han intentado varios medios para quitarle eso de -la cabeza. La Condesa díjole que el zascandil ese había muerto según -sus averiguaciones, y la Marquesa y su hermano, tomando otro camino, -han concertado hacerla creer que el tal desconocido jovenzuelo es -un pícaro ladroncillo de las calles, un tramposo, estafador, a quien -persigue la justicia por sus robos, chuladas y granujerías. - ---¡Vive Dios! --exclamé sin poderme contener--, y que eso es mentira, y -le romperé el alma al que me diga que es cierto. - ---¡Cómo, muchacho! --dijo muy absorto el fraile--. ¿Pero a ti qué te va -ni qué te viene en esa cuestión para tomarla tan a pechos? - ---Y a todas esas, ella, ¿qué decía? - ---Nada. Hasta hoy la verdad es que el ingenioso artificio no ha hecho -gran efecto, y mientras la doncella sin par aparenta no darse por -entendida, la señora Marquesa se incomoda más cada día, y a todas horas -exclama: «Esto no puede seguir así.» Riñe con su sobrina; esta suele -llorar, aunque en ella todo revela más paciencia que dolor, y aquí de -la Condesa, que se pone como un basilisco en cuanto mortifican a su -prima. Tía y sobrina se dicen cuatro cosas; yo las apaciguo, y hasta el -otro día, que sucede lo mismo. - -En esto llegamos a la puerta de la Merced, y Salmón, deteniéndose, me -dijo: - ---¿Quieres subir? Te daré chocolate crudo y una copita. - ---Gracias, Padre: estoy rabiando, y no tengo ganas de chocolate ni de -copitas. - -Y sin más palabras, despedime de aquella lumbrera de la Iglesia para -irme a mi casa. - - - - -XIV - - -Llegó con el 28 de noviembre la noticia de la batalla de Tudela, -y una vez que se consideró deshecho nuestro ejército de Aragón y -del Centro, ya todos vimos el sombrero de Napoleón asomando por la -Mala de Francia. Las fortificaciones avanzaban, y en los días 27, -28 y 29 recuerdo que menudearon bastante las que podremos llamar -fortificaciones y armamentos espirituales, que eran las rogativas, -rosarios, funciones de desagravios, novenas y otras devociones para -alcanzar de la Divina Providencia, no que apartase los peligros, sino -que enardeciera nuestros ánimos para salir victoriosos. Hubo rosario -en San Ginés, jubileo en los Dominicos de la Pasión, solemnes cultos -en el Carmen Calzado, y, por último, en la iglesia de Nuestra Señora -de Gracia, sita en la Plazuela de la Cebada, se inauguró un novenario -que fue la más popular de las devociones de aquellos días, por predicar -allí popularísimos oradores. La gente piadosa, al par que patriota, no -tenía tiempo para acudir a tantas partes, y vacilaba entre la iglesia -y la trinchera. En los sermones había de todo, como es fácil suponer: -piedad cristiana y entusiasmo bíblico en algunos púlpitos; garrulería -en otros, con perdón sea dicho de mi respetable amigo el mercenario -calzado a quien ustedes conocen. Los hombres, aunque lo deseáramos, -no teníamos tiempo para frecuentar las iglesias, y especialmente los -armados no dábamos paz a los pies ni a las manos con el frecuente -ejercicio y ensayo de nuestra fuerza. Los soldados, los voluntarios, -los conscriptos, los _honrados_ que tenían armas, nos confundimos -por algunos días en comunes trabajos y preparativos, dando al olvido -discordias importunas. Y no estaba el tiempo para andarse con juegos, -porque ya Napoleón se nos venía encima. La temida sombra veíase por -todas partes. Mientras existió la pueril confianza de que las tropas -enviadas a Somosierra estorbarían el paso del tirano, menos mal: íbamos -viviendo, alimentando nuestro espíritu con risueñas ilusiones, y -soñando con ver hechos pedazos el poder de Bonaparte en la era del Mico. - -Pero el día 1.º de diciembre comenzaron a circular desde muy temprano -rumores gravísimos acerca de la derrota del general San Juan en -Somosierra. Echose todo el mundo a la calle en averiguación de lo -ocurrido, y corriendo de boca en boca las nuevas, exageradas por la -ignorancia o la mala fe, bien pronto llegó a decirse que los franceses -estaban en Alcobendas, y hasta alguno aseguró haberlos visto paseándose -en el Campo de Guardias. Desde el famoso 2 de mayo no había visto -a Madrid tan agitado: corrían hombres y mujeres por las calles, y -entonces era el lamentar la ciega confianza, el echar de menos la -actividad y previsión propias de un pueblo realmente decidido a -defenderse. El Gran Capitán y yo habíamos salido desde muy temprano, él -para tomar disposiciones importantes en el Cuerpo de _honrados_ a que -pertenecía, y yo por acudir a mi puesto, o curiosear en caso de que aún -no se tratara de cosa formal. - ---Lejos de acoquinarme yo, como estos gallinas --decía el Gran -Capitán--, me animo y me gallardeo y me esponjo al saber que los -tenemos tan cerca. Y a mí no me hablen de que el general San Juan ha -sido derrotado. Para los que conocemos las artimañas y recovecos del -arte de la guerra, esa dispersión de las tropas de San Juan que parece -derrota, no es otra cosa más que un hábil movimiento para engañar a -Napoleón, dejándole pasar el Puerto. Y si no, figúrate si será bonito -ver a lo mejor que, cuando tranquilamente avanzan los franceses -creyéndose seguros, aparecen como llovidas por el flanco derecho -las tropas españolas, y me los cogen ahí sin disparar un tiro entre -Alcobendas y San Agustín. - ---Podrá suceder --dije yo sin manifestarle mi incredulidad--; pero -figúrese el Sr. Fernández que no pasa nada de esto, sino que viene -Napoleón sano y entero, y nos pone cerco. ¿Cómo saldremos de este apuro? - ---Admirablemente --repuso--. Podrá suceder que si trae muchas, -muchísimas tropas, vamos al decir, un par de milloncitos de hombres, -dure el sitio dos o tres años, al cabo de los cuales tendrá que -retirarse... porque pensar que Madrid se ha de rendir, es pensar en -lo excusado. Y si no, pasea tus ojos por esas fortificaciones que en -diferentes partes se han hecho en lo que el diablo se restrega un ojo; -espacia tu vista por esos hondos fosos, por esos gruesos parapetos, por -esos inexpugnables montones de tierra, y por esas terroríficas baterías -de cañones de a 6; y si la admiración te da tregua a las reflexiones, -comprenderás que es imposible tomar a Madrid, aunque Napoleón trajera -mejor gente que aquella que fue a Portugal con el señor Marqués de -Sarriá. - ---Dios le oiga a usted. Por mi parte haré lo que pueda. ¿Y usted manda, -o es mandado? - ---Yo mando; que a ello me obligan antiguos amigos, cuya ciega confianza -en mis conocimientos raya en fanatismo. Yo no quería mandar porque -no me gustan papeles; pero he tenido que ceder, y entre todos hemos -formado una compañía que ha recibido orden de operar en Los Pozos, -sitio el más arriesgado, peligroso y temerario de este gran asedio que -nos espera. Casi todos tenemos fusiles, y los que no, manejarán la -lanza. - ---¡Lanza para defender murallas! --exclamé sin poder disimular la risa. - ---Sí, hijo: ¿qué entiendes tú de eso? Figúrate que a esos tontos se les -ponga en la cabeza dar un asalto: ¿qué mejor cosa para impedirlo...? -Por cierto que voy a reunir mi gente para ir a ocupar la posición, no -sea que el señor _córcego_ quiera darnos una sorpresa con su mala fe -acostumbrada. - ---Ahora dejémonos llevar a la Puerta del Sol con todo ese gentío que -allá va --dije yo--, y parece que ocurre alguna cosa grave, según -gritan. - ---Efectivamente; pero esa gritería es de mujeres. Sin duda esas -valerosas matronas piden que se les den armas. - ---Bajemos por la calle de la Montera... Por allí sube, si no me engaño, -el Sr. de Santorcaz. Llamémosle: él sabrá lo que ocurre... ¡Eh, Sr. D. -Luis! - ---¿Qué hay en la Puerta del Sol, que tanto chilla la gente? --preguntó -Fernández cuando el otro se nos acercó. - ---Es que el pueblo pide armas y no se las quieren dar --repuso -Santorcaz--. Es una picardía, y todos esos mandrias de la Junta deben -ser arrastrados. - ---¡La Junta! ¡Los señores de la Junta Central! - ---No hablo de la Central --prosiguió Santorcaz--, que esa, si es cierto -lo que dicen, ha acordado hoy retirarse de Aranjuez, buscando refugio -en Andalucía. Hablo de la Juntilla que se ha formado aquí para la -defensa de Madrid, y que está en permanencia en la casa de Correos. -¡Aquí hay muchos traidores --añadió en voz alta--, y algunos han cogido -dinero para entregar la plaza a los franceses! ¡Canallas de traidores! -Ahora salimos con que se han acabado las armas y los cartuchos. -¡Mentira! Yo sé dónde hay armas y cartuchos. ¡Nos están engañando, nos -van a vender! - -Diciendo esto, se apartó de nosotros, después de lo cual seguimos -hacia abajo, y al llegar a la Puerta del Sol vimos que estaba de -bote en bote, llena de gente. Aquel hueco abierto en el apelmazado -caserío de Madrid, es el corazón de la antigua villa, y a él afluye -con precipitada congestión la sangre toda en sus ratos de cólera, -de alegría o de miedo. La Puerta del Sol latía con furia. Hombres -y mujeres hablaban a la vez, y a sus voces se unían actitudes y -gestos amenazadores. La masa más inquieta, más hirviente, más loca y -alborotadora estaba al pie de la casa de Correos. - ---Busquemos algún conocido que nos informe de lo que aquí ha pasado ---dije, metiéndome con el Gran Capitán por lo menos apretado del gentío. - ---Astavía no ha pasado nada --dijo un caballero que, envuelto en -una capa, se nos apareció, y en quien al punto reconocí al señor de -Majoma--. Astora nada; pero... ya verán. - ---¿Qué pide esa gente? - ---¿Qué ha de pedir? Armas y cartuchos. - ---Ya están repartidos todos los que hay. - ---¡A mí con esas! --exclamó el apreciable sujeto--. Ya estamos de -traidores hasta el gañote. ¡Pillos lairones! Si no les espachamos, nos -van a entregar a los franceses. ¡Perros gabachos! Les conozco bien, y -se la tengo sentenciada, sí, señor; y el que diga que no son traidores, -que se vea conmigo, porque yo soy más español que Santiago y más -patriota que Fernando VII. - ---Pero desde hace tiempo se sabe que la plaza tenía muy pocas armas; -y en cuanto a los cartuchos, todos los que había y los fabricados -en esta semana, se han repartido ya. El Sr. de Mañara ha estado ocho -días ocupado en dirigir la fábrica de cartuchos, y ayer tarde repartió -muchos miles en el Ave María y en la Comadre. - ---¡No me lo nombres! --exclamó Majoma, afectando una indignación que -más tenía de cómica que de trágica--. Ahí tienes al traidor más que -Judas, al gabachón más que Copas... Gabriel, ¿eres tú traidor también? -¿Estás vendido a los franceses, como ese regidorcillo hambrón? Dime que -sí y verás... miá tú... aquí mismo te pongo en pipitoria con esto que -traigo debajo de la capa. - ---¿La navajita? Guarda tu coraje para mejor ocasión, Majomilla --le -respondí--. Me parece que estás borracho. - ---¿Borracho yo? Si no lo he probao, chico... Esta mañana me convidó el -Sr. de Santorcaz a beber unas copas, y... por esta, que no bebí más que -dos azumbres... ¿Qué hacer sin la calorcilla en el estómago?... Pero -di, ¿eres tú traidor? Di que no, porque te rajo... pues yo (y se daba -fuertes golpes en el pecho) tengo un corazón como un bronce, y soy más -valiente que el Ciz, y nadie me tosa, si no quiere ver quién es Majoma. - -Y sin oír más, nos apartamos del insigne varón. - ---Esto no me gusta --dijo Fernández--, y me parece que si la alta -empresa que entre manos traemos no sale tan bien como debiera, -consistirá en esta inmunda canalla motinesca, díscola y bullanguera, -que en circunstancias tan críticas se vuelve contra sus jefes. -Gabriel, de buena gana te digo que si nuestro D. Tomás de Morla -nos mandase cerrar contra esta gentuza, la meteríamos en un puño -prontamente. Y has de saber que estos perdularios chillones, más sirven -de estorbo que de ayuda en la defensa, y verás cómo son ellos los -primeros que se rinden. - -Miramos al balcón de la casa de Correos, y vimos que en él aparecía -un hombre alto, moreno, hosco, vestido de uniforme; le vimos accionar -hablando a la multitud; pero no pudimos oír sus palabras, porque la -femenil chillería de abajo habría impedido oír tiros de cañón, que no -digo humanas voces. Después aquel militar, el cual no era otro que -D. Tomás de Morla, encogíase de hombros y cruzaba los brazos. Este -lenguaje le entendimos mejor, y evidentemente quería decir: «No hay -nada de lo que me pedís: se acabaron las armas y los cartuchos.» - -Pero la multitud se enfurecía con la negativa y le silbaba, pidiendo -con su omnipotente antojo y volubilidad que saliese Castelar, personaje -más conocido que Morla. Salió el Marqués de Castelar, habló sin poder -apaciguar a sus admiradores, y repitiose el encogimiento de hombros y -el gesto desconsolador. Aquí de los silbidos, de los gritos, de las -amenazas; poco después el pueblo empezó a arremolinarse y a culebrear -como dragón de mil colas que se dispone a emprender movimiento, y vimos -que muchos se desparramaban por la calle Mayor, y que otros subían -hacia Santa Cruz. - ---Vamos allá a ver en qué para esto --dijo D. Santiago, apoyándose en -mi brazo y siguiendo el general torrente--. Estos majaderos primero -dejarán de existir que de hacer alguna atrocidad. ¿Por qué piden armas, -si con las que hay repartidas basta y sobra? ¿A qué piden cartuchos, si -no hay cartucho que mate más franceses que el entusiasmo español, ni -mejor pólvora que nuestra indignación? - ---Todo eso es verdad, Sr. D. Santiago --repuse--; pero no habría sido -malo que la Junta Central o el Consejo, en vez de ocuparse en discutir -sus rivalidades, hubiera depositado en Madrid unos cuantos barriles -de indignación, de esa que se hace con salitre, carbón y azufre, que -la otra sin esta de poco sirve. Pero aquí no ha habido previsión, ni -iniciativa, ni actividad, ni eminentes cabezas que dirijan, sino que la -defensa ha quedado a merced de la voluntad, de la invención y del buen -sentido del pueblo, Sr. D. Santiago; y no llamo pueblo a esa miserable -turba gritona que de nada sirve, sino a todos nosotros, altos y bajos, -grandes y chicos... ¿Pero quién es aquel que corre? Es el insigne -patriota a quien llaman Pujitos. ¡Eh... Sr. de Pujitos, lléguese acá y -díganos lo que ocurre! - ---Ahora va la gente hacia la calle de la Magdalena --contestó-- donde -vive el Regidor Mañara. Esta mañana estuvimos allí: salió al balcón y -nos dijo que los miles de cartuchos que ha fabricado los entregó ya, -y que no hay más pólvora. ¿Van ustedes hacia el Avapiés? Por allá hay -gran alboroto, y dicen que Mañara es un traidor, y que acá y allá. - ---¿Y usted, qué piensa de Mañara? - ---Mañara es hombre cabal, porque lo digo yo --afirmó Pujitos en tono -misterioso--. Los traidores son otros y andan por allí revolviendo la -gente y armando estas tramoyas. Gabriel, acuérdate de lo dicho. Los que -más chillan son los piores; pero yo ando con mucho ojo, porque así me -lo ha mandado el jefe, y como les eche la mano encima, verán quién es -Pujitos. - -Siguió a toda prisa hacia la Puerta del Sol, y nosotros, atravesando -la Plaza Mayor, entramos en la calle de Toledo, arteria de toda la -circulación manolesca, centro de las chulerías, metrópoli de las -gracias, bazar de las bullangas, cátedra de picardías y teatro de todas -las barrabasadas madrileñas. - -Pasando luego a la calle de Embajadores, oímos de nuevo que hacia el -Avapiés había gran marejada, por lo cual, atravesando por los Abades -hacia el Mesón de Paredes, nos fuimos a presenciar el tumulto, que no -era flojo, según el rumor de voces que desde lejos se oía. En efecto, -habíase armado un zipizape que déjelo usted estar. - -De manos a boca tropezamos con el tío Mano de Mortero, que se llegó a -nosotros diciendo: - ---¡Cómo nos engañan, Gabriel! ¡Quién lo había de decir en un caballero -tan bueno como el Sr. de Mañara! - ---¿Pero es traidor el Sr. de Mañara? Vamos, tío Mano. ¿Usted también? -Usted que es una persona de tantísimo talento... - ---Es verdad, niño de mi alma; ¿pero qué quieres tú? Lo dicen por ahí. -A mí no me consta; pero al son que me tocan bailo. Pues dicen que hay -traidores, ¡abajo los traidores! - ---¿Y qué dicen de Mañara? - ---Que tiene arreglado con los franceses el entregarles la Puerta de -Toledo. - ---¿Y cómo lo saben? - ---¡Qué sé yo! Pero cuando el río suena agua lleva. Yo no he de ser -menos que los demás, y pues hay traidores, ¡abajo los traidores! - ---¿Y la Zaina? - ---¿Pues no la oyes? ¡Si es la que más grita en medio de la plaza! -¡Santa Virgen! ¡Y no está poco furiosa esa leoncilla! Ahora se ha -vuelto la patriota más patriota de todo Madrid. ¡Ay, mi Dios, qué -nacionala tengo a mi niña! - -De rato en rato aumentaba el gentío en la Plazuela del Avapiés, y los -hombres de mala facha, unidos a las mujeres más desenvueltas de los -cercanos barrios, menudeaban sus gritos y vociferaciones de tal modo, -que ninguna persona honrada podría ante tal espectáculo permanecer -tranquila. - ---Acerquémonos --me dijo Fernández--. Yo con todo mi corazón te aseguro -que si Su Majestad, y en su Real nombre la Sala de Alcaldes de casa -y corte, me mandase despejar este sitio, lo haría con dos lanzazos o -sablazos, que para el caso lo mismo daría. - ---Guárdese usted de decir en alta voz tales cosas, y acerquémonos a -aquel grupito de damas. - -La Primorosa salió del grupo. - ---¿Eh... Primorosa, qué traes por aquí? --le pregunté. - ---¡Cachiporros! --exclamó la arpía alzando los brazos, cerrando los -puños, y dirigiéndose a algunos hombres que la rodeaban--. ¿Pa qué -estáis aquí? ¿No vos quieren dar cartuchos? Pues dir ca el Regidor -y sacárselos de las asauras. ¡Él los tiene escondíos! Él los tiene -enterraos en paquetes pa dárselos a los franceses. - -Entonces la Zaina, abriéndose paso, presentose en el centro del -corrillo formado en torno a la Primorosa. Estaba la hermosa verdulera -amoratada y ronca, con los ojos encendidos, las ropas hechas pedazos, y -con tan fiera expresión retratada en su semblante y en toda su persona, -que causaba espanto. En el momento de presentarse, traía un cartucho -entre los dedos, y lo mordía, y derramaba en la palma de la mano lo que -debía ser pólvora y resultaba ser arena. - - - - -XV - - ---Los cartuchos están llenos de arena --gritó la muchacha, mostrando a -todos aquel objeto. - -Y al mismo tiempo los hombres allí presentes sacaban de sus sacos -otros cartuchos, los mordían, y, en efecto, en todos o en casi todos -aparecía arena. - ---¡Ese traidor nos ha dado cartuchos de arena! - -La terrible voz cundió por la plaza. Allí cerca había un retén de -guardia de voluntarios. Sacaron el depósito de cartuchos, mordíanlos, y -por cada dos o tres con pólvora, había uno con arena. Esto lo vimos el -Gran Capitán y yo, y ambos nos quedamos mudos de indignación. - ---Pues indudablemente ha habido traición --dije yo. - ---¡Poner arena en los cartuchos! ¡Qué alevosía! Esto es entregar la -patria villanamente al extranjero. - ---El que tal ha hecho --exclamé no ocultando mi rabia-- es un miserable -que debe ser castigado. - ---Gabriel, no lo creí --vociferó mi amigo, derramando lágrimas de -coraje--; no creí que hubiera españoles capaces de semejante vileza. -No, el que tal ha hecho no es español. - -Y los dos, casi sin darnos cuenta de ello, hicimos coro con la rabiosa -multitud, gritando: «¡Mueran los traidores!» - ---¡Ese Mañara, ese ladrón! --gritaron a nuestro lado. - ---¡Él ha sido! ¡Mueran los traidores y viva Fernando VII! - -¡De arena! ¡Cartuchos de arena! Esta funesta frase corrió por todo -Madrid más rápidamente que si la llevara la electricidad. En muchas -partes, que no en todas, pudo confirmarse la verdad de la afirmación; -pero la ira era general, y el que había puesto arena en los cartuchos -fue condenado a muerte por la indignación del pueblo. Mi amigo y yo -observamos que la multitud corría en todas direcciones; pero los más -iban hacia la Merced. Desaparecieron de nuestra vista la Pelumbres, -el tío Mano, y desapareció también la Zaina. Corrimos por la calle de -Jesús y María, y al llegar a la de la Magdalena, la vimos completamente -llena de gente: todo el vecindario estaba en los balcones, y un clamor -inmenso llenaba la vasta longitud de la calle. Hacia el centro de ella -existía entonces, y existe aún, una casa suntuosa, pero de bastarda y -ridícula arquitectura, por haber puesto en ella su mano D. Pedro de -Ribera, autor de la fachada del Hospicio. A aquella casa histórica, -residencia antes y también hoy de una respetabilísima familia, por mil -títulos merecedora de la estimación pública, se dirigían las amenazas -de la muchedumbre, borracha de ira. Todos querían entrar; pero las -puertas estaban cerradas. Este obstáculo no tardó en desaparecer, y -terribles hachazos hicieron temblar las labradas maderas de la puerta -señorial, protegida por el ancho escudo que en esculpidos emblemas -representaba hazañas y virtudes de otros tiempos. Mas ¿quién reparaba -en esto? El pueblo, que ya había pisoteado en Aranjuez la real corona, -no vacilaba en pasar por sobre la de un noble. Hicieron, pues, pedazos -la puerta, y el pueblo entró desbordándose o invadiendo el palacio, -como un río que rompe los diques que durante siglos le han contenido -y se extiende por el llano con ímpetu destructor. Entraron todos, los -que iban con algún objeto y los que no iban más que a gritar. No debía, -pues, hacerse esperar mucho la satisfacción de la popular furia, y bien -pronto nos quedamos helados de terror, oyendo decir: - ---Le han matado, ya le han matado. - -¡Pobre y desgraciado Mañara! Ayer ídolo, ayer amigo, ayer compañero de -la vil plebe, cuyo traje y costumbre, y hablar y modos imitaba, hoy -inmolado por ella con barbarie inaudita, con esa cruel presteza que -ella emplea, ¡la infame furia! en todas sus cosas. - -Pero lo espantoso, lo abominable, y más que abominable, vergonzoso -para la especie humana, fue lo que ocurrió después. La plebe tiene un -sistema especial para celebrar las exequias de sus víctimas, y consiste -en echarles una cuerda al cuello y arrastrarlas después por las calles, -paseando su obra criminal, sin duda para presentarse a los piadosos -ojos en la plenitud de su execrable fealdad. Esto pasó con el cadáver -del infeliz Regidor, a quien conocimos amante de Lesbia, amante de la -Zaina, amante de todas, pues no hubo otro que como él prodigara su -hermosa persona en altas y bajas aventuras; esto pasó con el cadáver -del infeliz a quien llamo D. Juan de Mañara, no porque este fuera su -nombre, sino porque me cuadra designarle así, para no andar trayendo -y llevando los títulos de respetables casas por los altibajos de -esta puntual historia. Pero apartemos los ojos; no miremos, no, ese -despojo sangriento que por la calle de la Magdalena, y después por la -del Avapiés abajo, arrastran en inmunda estera unos cuantos monstruos, -hombres y mujeres tan solo en la apariencia; cerremos los oídos a sus -infames gritos, y, sobre todo, no miremos ese destrozado cuerpo, aún -caliente, a quien las puñaladas, los golpes, el frecuente tropezar van -quitando la figura humana, haciendo un jirón lastimoso de lo que fue, -de lo que era pocos minutos antes hombre gallardo y gentil, y lo que -es más digno de consideración, hombre dichoso y amable. Y mientras -pasa esa salvaje bacanal, ese río de sangre y de infamia y de crimen, -meditemos sobre las mudanzas mundanas, y especialmente sobre las cosas -populares, las más dignas de meditación y estudio. - -¿Era Mañara autor de la traición indudable descubierta en los cartuchos -de arena? Histórica, no hija de nuestra invención, es la persona -de Mañara; histórica es también su vida licenciosa, sus hábitos -manolescos, sus aventuras y trato con la gente de los barrios bajos; -histórica es también la Zaina, y tan históricos como la Jura en Santa -Gadea y el compromiso de Caspe son sus amores con el Regidor, su -abandono, sus celos, su despecho, su ira, su sed de venganza y el -descubrimiento, fatalmente hecho por ella, de los cartuchos de arena. -Para saber todo esto, basta leer media página de la historia mejor y -más conocida que sobre aquellos tiempos se ha escrito. Pero ni en este -eminente libro, ni en otro alguno, ni en boca de ningún viejo oiréis -razones para contestar categóricamente a la pregunta que antes hice. -¿Fue Mañara traidor? ¿Intervino él en la obra criminal de los cartuchos -de arena? - -Os diré francamente que yo tampoco lo sé; pero debo advertiros que -nunca tuve a aquel desgraciado por capaz de acción tan fea. Mañara -pecaba de libertino, de ligero, de vano, y más que nada de enamorado. -Jamás se distinguió en otras maldades que en las del amor, por cierto -bien perdonables. Le conocí alevoso y traidor en cuestiones de faldas; -pero no supe nunca que en asuntos graves faltara a las leyes del honor. -Con estos antecedentes casi puede asegurarse que no fue Mañara autor -de la superchería de los cartuchos. ¿Pues quién lo fue entonces? Esto -sí que ni la historia, ni la tradición, ni los viejos, ni yo, podemos -decíroslo. ¿No habéis observado que todos los movimientos populares -llevan en su seno un germen de traición, cuyo misterioso origen jamás -se descubre? En todo aquello que hace la plebe por sí y de su propio -brutal instinto llevada, se ve tras la apariencia de la pasión un -tejido de alevosías, de menguados intereses o de criminales engaños; -pero ningún sutil dedo puede tocar ni determinar los hilos de esta tela -escondida, en cuyas mallas quedan enredados y cogidos mil bárbaros -incautos. - -¿Quién hizo correr la voz de la traición de Mañara? ¿Fue todo obra -deliberada de la Zaina? La historia dice que sí; pero yo creo haber -oído tachar de sospechoso al pobre Regidor en parajes muy distantes -de la calle de la Pasión. Sin duda el frecuente roce con la plebe -había desconceptuado mucho a D. Juan en la opinión de sus iguales. -Carecía en absoluto de respetabilidad, y el que la pierde entre -los de arriba, queriendo sustituirla con bajas amistades, que son -siempre inconstantes, está expuesto a perderlo todo en un momento, y -a que cualquier chispa fugaz incendie de improviso la fábrica de una -reputación que no se funda en nada sólido. - -Mañara había adulado a la plebe imitándola. Con este animal no se -juega. Es como el toro, que tanto divierte y de quien tantos se burlan; -pero que cuando acierta a coger a uno, lo hace a las mil maravillas. -Vimos caer a Godoy, favorito de los reyes, y ahora hemos visto caer -a Mañara, favorito del pueblo. Todas las privanzas que no tienen por -fundamento el mérito o la virtud, suelen acabar lo mismo. Pero nada -hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene sobre sí el -anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba -Cervantes _el vano discurso del vulgo, siempre engañado_. - ---Pero vámonos de aquí --dije a mi amigo--. ¿No oye usted lo que dicen -esos que pasan? Dicen que los franceses han aparecido por Fuencarral. - ---Vamos, vamos a cumplir con nuestro deber --repuso el Gran Capitán, -siguiéndome por la calle de las Urosas--. Pero me temo que lo que debía -ser gloriosísima jornada, va a ser cualquier cosa, gracias a esa vil -gentualla. La traición mina la plaza. Eso de los cartuchos de arena -me ha puesto triste, y el miserable canalla que tal hizo merece mil -muertes. - -Madrid, después de inmolado Mañara, continuaba inquieto, como -presagiando grandes males, mientras los frailes agonizantes arrancaban -de manos del pueblo el cadáver informe. La noticia de que los franceses -estaban a las puertas de la villa, lo hizo, sin embargo, olvidar todo, -y corría la gente azorada y medrosa, creyendo ver asomar, al volver de -una esquina, la figura característica del azote de Europa. - - - - -XVI - - -El Cuerpo de voluntarios a que yo pertenecía fue destinado a defender -la Puerta de los Pozos (la misma que después se llamó de Bilbao, al -extremo de la calle de Fuencarral), y el inmediato jardín de Bringas. -Consistía su fortificación en un foso no muy profundo en un gran -espaldón de tierra y piedras, a toda prisa levantado, y en seis cañones -de a 6. La tapia, que no tenía facha de inexpugnable, como recordarán -los que han alcanzado alguno de sus heroicos trozos, había sido -aspillerada en toda su extensión. Iguales, poco más o menos, eran las -fortificaciones de las vecinas Puertas de Santa Bárbara y Fuencarral. -El sitio donde se habían levantado obras más considerables era la -Puerta de Recoletos, monumento que ha durado hasta ayer y que no -necesito designar topográficamente, con su Costanilla de la Veterinaria -ni su convento de Agustinos, porque los mozuelos barbilampiños los han -conocido. Pero volvamos a Los Pozos, puerta destinada a ser teatro -de nuestro heroísmo, y empecemos diciendo que en la noche del 1.º -de diciembre nos situamos allá, tan convencidos de que íbamos a ser -atacados, que estuvimos largas horas sobre las armas, dispuestos a -vender caras nuestras vidas. La fuerza se componía de estos elementos: -unos sesenta soldados, que aunque no todos artilleros, hacían de -tales por necesidad imprescindible; cuatro compañías de voluntarios -antiguos, con los cuales mezclábase un número irregular de conscriptos, -y como ochenta hombres de la milicia _honrada_, a quien mandaba o -quería mandar el Gran Capitán, no sé si con el título de sargento, -coronel o general, pues cualquiera de estos grados le cuadraría. Los -soldados estaban fríos y con poco ánimo; los voluntarios inflamados -en patriotismo y llenos de ilusiones; pero tan inexpertos, que no -daban pie con bola, como vulgarmente se dice, a pesar de estar entre -ellos el gran Pujitos; y finalmente, los _honrados_ no cabían en sí -de entusiasmo, no obstante ser todos ellos personas de paz, y tener -algunos buena carga de años a la espalda, especialmente los de la -compañía, o mejor, los del grupito en que alzaba el gallo D. Santiago, -cuya hueste se componía de respetables porteros y criados de la oficina -de Cuenta y Razón. - -En cuanto a jefes, debo decir que allí no existían en todo el rigor de -la palabra, pues si bien entre la tropa había oficiales valientes y -entendidos, no sabían o no querían hacerse obedecer de los paisanos, -resultando de esta desconformidad que allí cada cual hacía lo que le -daba la gana y según su propia inspiración; y aunque mi amigo tenía -pretensiones de imponer su autoridad, esto no pasó nunca de un conato -de dictadura que más se inclinaba a lo cómico que a lo trágico. - -En cambio, reinaba gran fraternidad, y cuando avanzada la noche tuvimos -la certeza de que no había tales franceses por los alrededores, nos -reunimos en el jardín de Bringas, y encendida una gran hoguera, -celebramos agradable tertulia, donde se habló de temas patrióticos con -la verbosidad, facundia y exageración propia de españolas lenguas. -Cuál encomiaba la defensa de Zaragoza; cuál ponía la defensa de -Valencia contra Moncey por cima de todos los hechos de armas antiguos -y modernos; quién decía que nada podía igualarse a lo del Bruch; quién -encomió hasta las nubes la vuelta de las tropas de la Romana, y, por -último, no faltó uno que, sin quitar su mérito a estas gloriosas -acciones, pusiera sobre los cuernos de la luna cierta campaña famosa de -Portugal en 1762. - -Disipado todo temor, muchas mujeres fueron a visitarnos, y entre ellas -no faltó Doña Gregoria, ni Doña Melchora con las niñas, ni tampoco la -señora de Cuervatón, pues ha de saberse que su marido formaba en las -filas de los _honrados_. Para que no se crea que todos éramos gente de -poco más o menos, añadiré que algunas altísimas damas fueron a visitar -a sus hijos, hermanos o maridos, que allí se andaban mano a mano con -nosotros, o como voluntarios o como sorteados. - -Cenamos, bebimos, cantamos, hablamos, y, por último, a todos nos vino -el deseo de llevar adelante alguna hazaña aquella misma noche. El -primero que emitió la idea fue D. Santiago, y al punto se la aceptó -con alborozo, determinando hacer una exploración camino arriba hasta -Fuencarral, por ver si realmente estaban los franceses tan cerca como -se creía. A toda prisa se preparó la salida, y a eso de las dos de la -madrugada nos pusimos en marcha unos doscientos hombres, en buen orden, -mandados por un coronel de ejército. - ---¡Qué bueno fuera --me decía Fernández-- que ahora tropezáramos con -una avanzada enemiga y la derrotáramos en un abrir y cerrar de ojos, -volviendo a Madrid con unos cuantos miles de prisioneros! - ---Todo podría ser, amigo mío --le respondí--, que para la voluntad de -Dios no hay nada imposible. - ---Más gracioso aún sería --prosiguió-- que el bergante del Emperador -se anduviera paseando por ahí, mirando desde lejos la gran ciudad que -aspira a ganar, y le sorprendiéramos de sopetón, echándole mano para -llevarle a Madrid sobre un asno foncarralero. - ---También es posible --repuse--, y pongamos que ese señor se haya -aburrido de estar en su campamento, y tomando una escopeta, a pesar -de la oscuridad de la noche, se venga con un par de generales y un par -de perros por esos trigos a levantar y correr perdices, que todos los -monarcas suelen ser cazadores. - ---Eso no me parece verosímil --dijo--; pero bien podría suceder que ese -hombre, conociendo que no puede vencernos por la fuerza, intente dar al -traste con la astucia a nuestro poderío, y se disfrace con el traje de -un payo huevero de Alcobendas, para acercarse a nuestras formidables -fortificaciones y estudiarlas cómodamente. - -Con estos y otros coloquios rebasamos más allá de la venta situada en -lo que hoy se llama Cuatro Caminos, sin hallar alma viviente ni sentir -rumor alguno; pero cuando estábamos cerca del camino que a mano derecha -conduce a Chamartín, percibimos un ruido lejano que a todos nos dejó -suspensos, pues no parecía sino que temblaba la tierra al galopar de -millares de caballos. - ---¡Es una avanzada de caballería! --gritó nuestro coronel--. -Retirémonos. - ---¿Qué es eso de retirarse? --gritó con enojo el Gran Capitán--. ¿Somos -españoles o qué somos? - ---No tenemos más que cuatro caballos --le dijo el jefe--. Si nos dan -una carga, ¿qué va a ser de nosotros? - ---¡Qué cargas ni cargas! ¡Buenos son ellos para meterse en cargamentos! -Ea, muchachos, el que quiera seguirme que me siga: yo voy adelante. - -Los _muchachos_, cuyo patriotismo invocaba Fernández, eran seis o siete -vejestorios como él, compañeros en la portería y servicio interior de -las oficinas de Cuenta y Razón. Pero aquellos valientísimos militares, -más duchos en el manejo de la escoba que en el de otra arma alguna, -profesaban aquel principio, tan sabio como famoso, de que una retirada -a tiempo es una gran victoria, y todos a una manifestaron al Gran -Capitán que no le seguirían en tan temeraria empresa, pues hazañas sin -cuento podrían realizar tras las fortificaciones. - -El escuadrón francés avanzaba, a juzgar por el acrecentamiento del -ruido; pero no veíamos cosa alguna. Se dio orden de retirada, y para -hacerla más a salvo, nos desviamos del camino, escurriéndonos por una -hondonada que caía hacia la dehesa de Amaniel. D. Santiago renunció a -regañadientes a los peligros de una lucha con los dragones que a toda -prisa avanzaban, y me decía: - ---Pensar que de esta manera hemos de vencer, es una necedad. En la -guerra ha de fiarse todo a lo imprevisto, a la sorpresa y a los golpes -de mano. ¿Qué nos costaba esperar esos caballos, sorprenderlos, matar a -los jinetes y entrar en Madrid caballeros los que salieron peones? - -En esto vimos un bulto, un hombre, que saliendo precipitadamente de -detrás de unos tejares, corrió hacia la carretera, al parecer huyendo -de nosotros. - ---¡Eh! ¡Un hombre! ¡Un espía!... ¡Quién vive! --gritamos, corriendo -algunos en su persecución. - -Detúvose el hombre ante nosotros con muestras de tener mucho miedo, -y entonces advertimos que su traje era el de un paleto, con ancho -sombrero y una manta por capa. Cuando nos llegábamos a él, pareció -vacilante e indeciso; pero al fin, oyéndonos hablar, abalanzose hacia -nosotros, diciendo: - ---¡Ah! Sois españoles. Gracias a Dios: ya me he salvado. - -Acabando de decir esto, cayó de rodillas. Pero en el mismo instante -llegose a él con aire resuelto el Gran Capitán, y poniéndole en el -pecho la boca de un fusil, exclamó con voz exaltada y furiosa: - ---Dese a prisión Vuestra Majestad Imperial y Real. Bien lo decía yo; -pero a mí no me la da usted... digo, Vuestra Majestad, que soy perro -viejo, y harto se ve que, disfrazado con traje de paleto, se acerca -Vuestra Majestad Imperial a nuestra gran plaza para estudiar las -fortificaciones. - ---Hombre de Dios --dijo el payo--, usted es loco o me toma por el -Emperador Napoleón. - ---¡Por quién le he de tomar, hermano! A mí no se me engaña con -palabritas. Es Vuestra Majestad mi prisionero, y no le he de soltar -aunque me dé siete condados. ¡Viva España y viva Fernando VII! - -Todos los circunstantes nos reímos, lo cual desconcertó a D. Santiago, -y al punto el prisionero dijo levantándose: - ---Yo, señores, soy oficial del ejército de D. Benito San Juan, y -he asistido al desastre más funesto de esta campaña. Perdí en la -acción de Somosierra a mi padre y a dos hermanos, y vengo huyendo -de las guerrillas francesas que persiguen a los dispersos. Tuve que -disfrazarme en Robregordo para evitar que me cogieran, y a pie he -llegado hasta aquí. Pero si quieren que les diga más, denme algo que me -sustente, pues con dos días de no probar bocado, estoy cayéndome muerto -por instantes. - -Un compañero nuestro le dio a beber un trago de aguardiente, con lo -cual tomó fuerzas y pudo seguirnos, reanimado también moralmente por -verse en nuestra compañía. El Gran Capitán, corrido y confuso, marchaba -silenciosamente a su lado; pero no las tenía todas consigo, y no hacía -más que mirarle y remirarle, sospechando que si no el mismo Emperador, -podía ser algún generalazo, o cualquier archipámpano de la corte -imperial. - ---Con ser tantas mis personales desdichas --dijo el desconocido--, -pues en el campo de batalla quedaron mis dos hermanos y mi buen padre -(que somos de un antiguo solar de tierra de Sepúlveda), todavía abruma -mi ánimo más que nada la catástrofe nacional de que he sido testigo. -Nosotros acudimos a tomar las armas en defensa de la patria. Felices -mil veces los que murieron por tan santo objeto, y malhayan los que -quedamos para contar tan gran desventura. ¿Se sabe ya en Madrid la -derrota de San Juan? ¿Cómo se cuenta? ¿Qué se dice? Se nos tachará de -medrosos o cobardes. ¡Oh, señores! Yo no creo que sea posible llevar -más adelante el heroísmo. Nuestros soldados se han conducido con -bravura portentosa, y si no vencieron, fue porque la superioridad de -los enemigos y su mucho número lo han hecho imposible. - ---Eso será lo que tase un sastre --dijo el Gran Capitán--. ¿Por dónde -anda ahora San Juan? Porque yo entiendo que fingió retirarse para -atacar después en mejor posición. - ---¡Qué ha de fingir, hombre, qué ha de fingir! --repuso el oficial--. -San Juan, si es que vive, andará fugitivo como yo y sin un solo soldado. - ---Eso no puede ser, caballero. ¿Cómo se entiende? Si eso fuera cierto, -señor mío, significaría ni más ni menos una especie de derrota. - ---Pues ya lo creo; pero les contaré punto por punto. San Juan tomó -buenas posiciones en el paso de Somosierra y puso una vanguardia en -Sepúlveda. Atacaron esta los franceses anteayer de madrugada; mas no -pudieron romper su línea y tuvieron que retirarse. - ---¿Los franceses? Bien --dijo el Gran Capitán--. Pues si se retiraron, -¿cómo se entiende nuestra derrota? - ---Paciencia, señor mío, paciencia. Sepa usted que sin aparente -motivo, aunque es fácil comprender que ha habido algo de traición, la -vanguardia de Sepúlveda, a pesar de quedar victoriosa, se retiró a -Segovia. Avanzaron los franceses, y nos atacaron en nuestras posiciones -de Somosierra. Nosotros no teníamos fuerzas bastantes para defender el -paso, y mucho menos después de la defección, o no sé cómo llamarlo, -de la vanguardia. Sin embargo, nos resistimos toda la mañana de ayer, -aglomerando nuestra gente en el camino, y sin disponer de fuerzas -ligeras que flanquearan las alturas. Los franceses, que traen muchos -soldados y cuerpos de todas clases, dispusieron guerrillas de cazadores -que en un instante tomaron las alturas, y con un cuerpo de caballería -polaca nos cargaron en la carretera de un modo espantoso. No puede -formarse idea de aquel ataque sino viéndolo. Escuadrones enteros se -estrellaban contra nuestra batería, y centenares de jinetes caían -despeñados a los abismos que costean el camino; pero sus recursos son -inmensos: tras un escuadrón inútilmente sacrificado, lanzaban otro -y otro, sin que se les importara ver morir oficiales a centenares y -generales por docenas. Con este ataque incesante combinaban el fuego de -las tropas ligeras, desparramadas por los altos, y al fin sucumbimos -al número, que no al valor. Los franceses se abrieron paso a costa de -inmensas pérdidas, y luego persiguieron a los restos de nuestra tropa -con tanto encarnizamiento, que dudo que hayan podido sobrevivir muchos. -La mayor parte, pereciendo en aquellas fragosidades, han cumplido con -su deber, que era defenderlas mientras tuvieran cuerpo vivo en que -recibir una bala. No fue posible más, porque más habría sido hacer -milagros, y estos solo Dios los hace. - -Calló el oficial, y todos los que le oíamos estábamos tan -apesadumbrados y tristes con su relato, que nada le contestamos. -Tampoco él habló más, y así silenciosos y taciturnos llegamos a -Madrid y a nuestra Puerta de Los Pozos, donde el desgraciado tránsfuga -halló una hoguera en que calentarse, y un bocado con que reanimar sus -fuerzas. Todos le prodigaban solícitos cuidados, menos D. Santiago -Fernández, el cual no podía desechar cierta comezón y desasosiego. - ---Gabriel --me dijo, llevándome aparte--, no insisto por no parecer -pesado; pero digan lo que quieran los demás, ese hombre que hemos -encontrado no me gusta, y quiera Dios no tengamos que sentir; porque -yo sé, y tú sabráslo también, que en las guerras es muy común eso -de disfrazarse para visitar el campo enemigo y examinar a mansalva -las fortificaciones, así como también es cosa corriente sobornar a -algún infeliz para que, fingiéndose amigo, penetre en la plaza y haga -circular noticias falsas que desalienten a los sitiados. - -Amaneció el 2 de diciembre, y a favor de las primeras luces del día se -distinguieron fuertes columnas de caballería francesa en los cerros del -Norte. Ya estaban allí, y no eran pocos ciertamente. - - - - -XVII - - -Aquella mañana fue muy alegre para nosotros, porque sin motivo alguno -que lo justificara, nos sentíamos tan animados, que no nos cambiáramos -por los sitiadores. El peligro había acallado por el momento todas -las discordias, y nuestro patriotismo nos achicaba las circunstancias -desfavorables, aumentando considerablemente las ventajosas. Todo se -volvía gritar, dando vivas y mueras, pues nada cuesta triunfar de este -modo con las fáciles armas de la lengua. - -Nos desayunamos muy contentos con lo que las mujeres del barrio, altas -y bajas, feas y bonitas, nos traían en repletas cestas. También fue -con la suya Doña Gregoria; mas del contenido de ella no probó bocado -D. Santiago, porque, según decía, en los momentos supremos no debe -embrutecerse el cuerpo con viciosos regalos. - -Lejos de asentir a la más mínima concupiscencia del paladar, increpó -D. Santiago a los glotones, y luego, pasando revista a sus compañeros, -que, desiguales en estatura, armamento y vestido, no tenían más -uniformidad que la de su vejez, ni otro aspecto respetable que el de -sus canas, les arengó así: - ---Muchachos, acordaos de que todos sois unos buenos chicos, y de que -os habéis cubierto de gloria en los reales ejércitos. Ha llegado la -ocasión suprema, y desde el momento en que se presenta a las puertas -de Madrid ese monstruo infame, ya no pertenecéis a vuestros hogares, -ya no pertenecéis a la oficina de Cuenta y Razón, ya no pertenecéis -sino a la patria. Compañeros: todos sois hombres experimentados; no -como estos mocosos rapazuelos, que no saben coger un fusil. ¡Ya se ve! -¡Cuándo las han visto ellos más gordas! Y basta de sermones, que ahora, -obras y no palabras, y más vale una buena puntería que cien discursos; -conque, compañeros: ¡viva Fernando VII! y sepan que los estima su amigo -y seguro servidor Santiago Fernández. - -Esta alocución del veterano hizo reír a muchos de sus amigos, y -casi, casi... si no fuera por temor a denigrar la memoria de varón -tan insigne, diría que la recibieron con chistes, jácaras y todas -las zandunguerías que son propias de los españoles, aun en apretadas -ocasiones de la vida; pero Fernández, sin hacer caso, seguía tomando -enérgicas disposiciones. Quiso también meter su cucharada en la -artillería, echándoselas de gran balístico; pero le mandaron que fuera -a rezar el rosario, insulto que le exasperó de tal manera, que, a no -reparar en consideraciones patrióticas de gran peso, habríale abierto -en dos tajadas la cabeza al descomedido y grosero que tal dijo. - -En confianza revelaré a mis lectores que el deslenguado y procaz que de -tal modo prohibió a nuestro Gran Capitán que se acercase a los cañones, -fue el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos, personaje de -todas las ocasiones y de todos los sitios, a quien la suerte nos deparó -también por compañero en aquella gran jornada. - -A eso de las doce nos visitó el Capitán General con D. Tomás de Morla, -y aunque los vitoreamos hasta quedar roncos, no me pareció que estaban -ellos muy satisfechos. Aún permanecían allí cuando distinguimos un -gran tropel de franceses por la Mala de Francia abajo y flanqueando el -camino. Era la avanzada del Cuerpo de Bessières que venía a intimarnos -la rendición. Cuando el parlamentario llegó a Los Pozos, poco faltó -para que los más belicosos y trapisondistas le despidieran a puntapiés; -pero al fin fue recibido decorosamente, y se le contestó que no nos -daba gana de rendirnos. - ---Como no sea por medio de artimañas, embaucamientos o pérfidas tretas, -semejantes a aquella del caballo de Troya, no nos rendiremos --me dijo -Fernández--. Mira qué cabizbajo se va el oficial a dar la infausta -nueva a su Emperador. Me parece que veo a este pateando y arrancándose -los pelos de rabia al saber nuestra respuesta. - -Durante aquella tarde no volvieron parlamentarios, ni se presentó -fuerza alguna francesa; pero a lo lejos distinguíamos el movimiento -de las columnas tomando posiciones y estableciendo trincheras para la -artillería, lo cual indicaba que los franceses diferían la función para -el día 3. Durante la noche el mariscal Ney hizo otra intimación; pero -fue hacia la parte de Recoletos o Puerta de Alcalá. - ---¿Ves cómo no se atreven a volver acá, ni quieren más cuentas con -nosotros? --dijo el Gran Capitán cuando lo supo--; pero allá les habrán -contestado lindezas. Ya se ve: comprendiendo que por las armas no -pueden nada, ponen en juego melosidades, agasajos y socaliñas. Pero -durmamos, Gabriel, con toda tranquilidad, pues me parece que mañana -3 tampoco habrá nada, y sabe Dios si al ver el aparato de estas -intomables fortificaciones, habrán decidido retirarse del lado allá de -la sierra. - -No necesito decir que de todo en todo se engañaba mi optimista amigo, -pues cuando dormíamos a pierna suelta en la huerta de Bringas al calor -de una hermosísima hoguera, nos despertaron unos tremendos cañonazos -que retumbaban en todo Madrid con pavoroso ruido. - ---¡A las armas! --dijo Fernández--. Levántense todos, y si cae una -granada, arrojarse de barriga. Mi opinión es que hagamos una salida -para ver de ponerle las peras a cuarto a esos de los cañoncitos. Mirad, -chicos: hacia Chamberí hay una batería. - -Al punto nuestros artilleros, que eran mitad de línea y mitad paisanos, -se dispusieron a la defensa; y como dos de las piezas hicieran fuego, -no quisimos ser menos los infantes, y allá fue una descarga sin saber -contra quién. - -Densa niebla envolvía la tierra, y no se percibían los lejos, lo cual -hizo que figurándonos nosotros tener enfrente un formidable ejército, -disparásemos cañones y fusiles en ruidosísima salva sin resultado -alguno, pues los franceses no soñaban con atacar Los Pozos, y las -detonaciones oídas eran las de la artillería que empezaba a embestir la -Puerta de Recoletos. - ---Cese el fuego --dijo nuestro jefe--. No nos atacan ni hay enemigos en -la Mala de Francia. - ---¿Pues cómo ha de haber? --dijo el Gran Capitán dando fuerte patada en -el suelo--. ¿Cómo ha de haber si han huido todos? - ---No hay tal trinchera ni cosa que lo valga en Chamberí. Los franceses -están hacia la Fuente Castellana. - ---A mí que no me vengan con músicas --gruñó el Gran Capitán preparando -su arma--. Favorecidos de la niebla, esos miserables quieren -engañarnos. Haré fuego mientras me quede un cartucho. - -Seguía disparando como si quisiera acribillar la espesa cortina -de niebla, por cuyo insensato acaloramiento pronto se quedó sin -municiones. Y como continuaran oyéndose tiros de cañón hacia nuestra -derecha, Fernández exclamaba, volviéndose a sus amigos: - ---Van en retirada, valientes compañeros. Gracias a vuestro arrojo -temerario, todo se acabará felizmente. - -Por largo tiempo estuvimos quietos y mudos, esperando con la mayor -ansiedad a que de una vez se nos atacara; pero pasaban horas y como no -fuera D. Santiago, nadie veía enemigos enfrente, ni lejos ni cerca. -Entre ocho y nueve, el fuego de cañón y de fusilería arreció tanto -por Recoletos, que no dudamos era este sitio teatro de una vigorosa -lucha; y al mismo tiempo, como comenzase a disiparse la niebla, vimos -que cesaba poco a poco aquel desdeñoso abandono en que el Emperador -nos tenía, porque corrían de oriente a poniente algunas columnas con -apariencia de tener en respeto a las cuatro puertas septentrionales. - ---Gracias a Dios --dijo Fernández--, que se atreven a atacarnos. -Por detrás del parador del Norte me parece que avanza un cuerpo de -artillería de batalla. - -No tardaron en romper el fuego contra las trincheras de Los Pozos, -y nuestros seis cañones, que ya rabiaban por tomar formalmente la -palabra, contestaron con precisión; mas para que todo fuera desastroso, -mientras la bala rasa de sus piezas nos deterioraba los espaldones, -nuestros proyectiles, lanzados por la carretera adelante o hacia la -derecha, apenas llegaban hasta ellos: tan inferior era la artillería -española en aquel trance. Entonces comenzó una lucha, que antes que -lucha debería llamarse simulacro, harto deslucida para nosotros, pues -más nos hubiera valido ser destrozados por el enemigo, que soportar tan -cruel situación; y fue que los franceses nos cañoneaban desde muy lejos -con sus piezas de superior calibre, y mientras recibíamos cada poco -rato la visita de una bala rasa o de una granada, a nosotros no nos era -posible hacerles daño alguno. - ---Pero esos cobardes, canallas, ¿por qué no se acercan? --decía -Fernández bufando de cólera--. Eso no es de caballeros, no, señor: -cañonearnos sin piedad, destruyendo los parapetos con tanto trabajo -levantados, y ponerse en donde no alcanzan las balas de aquí, eso no es -de gente hidalga, y bien dicen que Napoleón ha hecho siempre la guerra -de mala fe. - ---¡Malditos sean! --gritó el oficial que nos mandaba--. Esta era -ocasión para hacer una salida, si tuviéramos un puñado de gente de la -buena que yo conozco. - ---¿Pues y nosotros, pues y mis amigos, todos estos bravos muchachos de -la compañía de _honrados_? --dijo el Gran Capitán dando un fuerte golpe -en el suelo con la culata--. ¿Pues qué desean ellos, sino es salir para -que esa canalla se marche de ahí o se ponga al alcance de nuestros -fuegos? - ---Lo que es eso, buenos tontos serán si lo hacen, pudiendo foguearnos a -pecho descubierto. - ---Saldremos, sí, saldremos --insistió mi amigo--. Muchachos, os conozco -en la cara el ardor sublime y el generoso patriotismo que os inflama. -Rabiando estáis por cebaros en esa gentuza. ¿Salimos, señor coronel? - -El coronel se rio con lástima y pena al ver la bravura del anciano. Uno -de los _honrados_, a quienes Fernández llamaba _muchachos_, aseguró -que no podía dar un paso porque el reúma se lo impedía; otro dijo que -el ruido de los cañonazos le había vuelto completamente sordo, y un -tercero se tendió en el suelo de largo a largo, lamentándose de haber -cogido una pulmonía por razón del mucho frío y desabrigo en que toda -la noche estuvieran. Entre los demás _honrados_, había alguna gente -fuerte y valerosa; pero casi todos los del grupito que rodeaba a D. -Santiago, componíase de unos Matusalenes tan mandados recoger, que daba -compasión verles. Cuando algunas mujeres de Maravillas y del Barquillo -vinieron tumultuosamente a Los Pozos y pidieron con gritos y chillidos -que les dieran las armas de los ancianos, yo creo que se hizo mal en -no acceder a su petición; y aunque todos ellos rechazaron indignados -tan deshonrosa propuesta, sospecho que alguno pedía interiormente a la -Virgen Santísima que lograran su objeto aquellas valientes semidiosas -de San Antón y de la Chispería. - -La defensa de aquella posición continuó por espacio de más de una hora, -sin más accidentes que los que he referido. Hacíamos fuego de cañón -ineficazmente, y lo sufríamos de los franceses sin poder causarles -daño. Indudablemente su intención era entretenernos, mientras se -verificaba el ataque formal por Recoletos; y seguros de su triunfo, no -querían sacrificar hombres inútilmente lanzándoles contra posiciones -que al fin se habían de rendir. Cerca de las diez, el que nos mandaba -recibió aviso de enviar a Recoletos la gente de infantería que no -necesitase, y así lo hizo, tocándome a mí marchar entre los cien -hombres destinados a aquella operación. - -Por el camino, mientras atravesamos las calles de San Opropio y de -las Flores hasta llegar a la Plazuela de las Salesas, encontramos -mucha gente que corría alarmadísima, dando a entender con sus gritos -y agitación que la cosa iba mal. Extendiéndonos luego por la calle -de los Reyes Alta[3], bajamos por la del Almirante a la Ronda de -Recoletos, donde reinaba gran confusión. Fuerte cañoneo se oía por -detrás de la Veterinaria, edificio que ustedes habrán conocido en el -solar de la comenzada Biblioteca, y también por detrás de los Hornos -de Villanueva y del Pósito, hacia la Puerta de Alcalá. El convento de -Recoletos estaba ocupado por tropa española; pero en el momento en que -nosotros llegamos casi toda la fuerza salía, por ser más necesaria -fuera que dentro. En el principio del ataque, la batería puesta -detrás de la Veterinaria rechazó con tanta energía el empuje de los -franceses, mandados en persona por el mismo Emperador, que este tuvo -que retroceder a toda prisa. - - [3] Hoy de las Salesas. - -Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los jardines -y palacios del costado oriental de la Castellana; figuraos aquella casi -desnuda planicie poblada por numerosa tropa francesa de todas armas, -con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la Plaza de Toros, -otro contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis completa idea de la -situación. En el centro de aquellas tropas y en lo que hoy es parte -de la calle de Serrano, poco más o menos entre el jardín llamado del -Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón sereno y tranquilo, -montado en aquel caballejo blanco que había pateado el suelo de las -principales naciones del continente; allí estaba, sí, disponiendo los -movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo derecho el catalejo -con que alternativamente miraba, ya a este punto, ya al otro. Como es -fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión; pero me lo figuraba -y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y -por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos -pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia, -cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba -por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con -la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces -una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su -tosecilla, sus mugidos, sus golpes en la barriga, sus polvos de tabaco -y sus delgadas y finas sonrisas, el _ogro de Córcega_ nos estaba -partiendo de medio a medio. - - - - -XVIII - - -Y digo esto porque la batería de la Veterinaria, después de una defensa -heroica, caía en poder de los franceses, precisamente en el momento en -que llegamos, refuerzo tardío, los de la Puerta de Los Pozos. Ya no -había nada que hacer allí. ¿Podía prolongarse aún la resistencia en -el Retiro? Así lo creímos en el primer momento; pero no tardamos en -perder esta ilusión, porque atacado aquel sitio por treinta cañones, -no tardó en entregar sus débiles tapias, que lo eran de jardín y no -de fortaleza. Así es que mientras un regimiento de voluntarios y -otro de ejército recibían a tiros con admirable arrojo en Recoletos a -la primer columna francesa que se destacó a apoderarse de la Puerta, -los defensores del Retiro, faltos de recursos, de armas y de jefes, -retrocedían al Prado, fiando la defensa a las barricadas de la calle de -Alcalá. El momento aquel lo fue de gran pánico y de consternación; pero -la verdad es que entre mucha gente apocada, la hubo también resuelta y -decidida. - -Perdido al fin Recoletos, corrimos todos por la calle del Barquillo -hacia la de Alcalá, y cuando llegamos, ya los franceses eran dueños -del Pósito, del palacio de San Juan, y procuraban apoderarse de San -Fermín y de la casa de Alcañices. Fue muy mala idea la de construir la -gran barricada más arriba del Carmen Calzado, dejando al descubierto -la calle del Turco y todos los edificios del extremo de aquella gran -vía; así es que los imperiales apoderáronse fácilmente de estos, y -abriéndose paso después por el interior a la citada calle del Turco, -dominaron de tal modo la posición, que al cabo de un cuarto de hora -de estéril tiroteo, vimos que era preciso buscar la nuestra un poco -más arriba, entre Vallecas y el callejón de Sevilla. Se hacía fuego -tenazmente desde los balcones de ambos lados de la calle, y no había -casa alguna que no fuese improvisada fortaleza, pues la tenacidad de -nuestros paisanos era tanta, que no les acobardaba ver la creciente -ventaja del enemigo, su inmensa fuerza y arrogancia. La población, -antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido -al del 2 de mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas -parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en -las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que -no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella -enajenación popular y aquel divino estro de la guerra, que varias veces -mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres. - -En medio de esta refriega se hizo la tercera intimación, y cuando -creímos que nuestros jefes contestarían a ella mandando redoblar -el fuego, observamos que este cesaba en la gran barricada, y que a -todo escape corría a caballo el Marqués de Castelar hacia la casa de -Correos, donde estaba la Junta permanente. - ---¿Qué hay, Sr. D. Diego? --pregunté a este, viéndole venir hacia mí, -con su escarapela de _honrado_--. No sabía que también estaba usted -entre nosotros. - ---He estado en el Retiro desde el amanecer --me contestó--. Pero ¿qué -se había de hacer con tan mala y tan poca artillería? - ---¿Pero por qué ha cesado el fuego? - ---El Marqués de Castelar ha pedido una tregua para consultar a la -Junta. Creo que habrá capitulación. ¿Has visto a Santorcaz? - ---¿Yo?... Ni ganas. - ---Pues te andaba buscando ayer tarde con mucho empeño. - ---¿También se ha batido D. Luis? - ---¡Vaya! en el Retiro estaba hace poco gritando como un furioso y -jurando matar a los que nos han hecho traición. Pero luego nos ha -aconsejado que nos retiremos a nuestras casas, porque es imposible -pelear contra los franceses. - -Subía la calle arriba mucha gente del bronce, gran número de -_honrados_, voluntarios y algunas mujeres, y por las imprecaciones que -oí en boca de todos, se comprendía que los defensores de Madrid no -habían recibido bien la suspensión de armas. - ---Como que les han untao --decía un majo de trabuco y charpa. - ---¡Que nos han vendío! --exclamaba una mujer, en quien me pareció -reconocer a la viuda de Chinitas. - ---Si cojo a Castelar por delante, me lo como. - ---Ya me percataba yo que el Tomasillo Morla estaba vendido al Tuerto. -¿Cuánto va a que él puso los cartuchos de arena? - ---¡Más vale morir que rendirse! Canallas, cobardes: si tenéis miedo, -quitaos de en medio, y dejadnos a nosotros. - ---Compañeros, antes que la corte de las Españas y la mapa del mundo, -que es Madrid, caiga en poder de los gabachones, tuertos, botelludos, -dejémonos matar tras esas piedras. - ---¡Que hayamos vivido para ver esto! - ---Ni la Junta, ni el Consejo, ni los Generales, ni el Corregidor, ni -ninguno de esos Caifases tienen tanto así de vergüenza. - -De este modo, en diversos estilos, expresaba el pueblo de Madrid -su rabia, no tanto por verse casi vencido, como por echar de menos -el amparo de las autoridades, y encontrarse solo entre un enemigo -formidable y un poder débil, incapaz de imitar las desesperadas -sublimidades de Zaragoza y Valencia. Así es que desde la suspensión -de la lucha cundió el desaliento tan rápidamente, y la idea de -una capitulación indispensable se apoderó tan pronto de todos los -espíritus, que las armas se caían de las manos. Cercados por poderoso -enemigo, ¿qué podía hacerse sin entusiasmo, y qué entusiasmo cabía -allí, donde los jefes no contaban para nada con lo extraordinario, con -lo divino, con aquella táctica ideal y no aprendida, que o detiene -las catástrofes o las hace gloriosas, no dejando al vencedor sino lo -material de la victoria, la posición topográfica, aquello que podrá ser -lo principal en los hechos de un día, pero que es lo secundario y lo -último en la historia? - -El pueblo español, que con presteza se inflama, con igual presteza -se apaga, y si en una hora es fuego asolador que sube al cielo, en -otra es ceniza que el viento arrastra y desparrama por el bajo suelo. -Ya desde antes del sitio se preveía un mal resultado por la falta de -precaución, la escasez de recursos y la excesiva confianza en las -propias fuerzas, hija de recuerdos gloriosos a todas horas evocados, -y que suelen ser altamente perjudiciales, porque todo lo que aumenta -la petulancia, lo hace quitándoselo al verdadero valor. Lo que habían -preparado las discordias, la impremeditación y la soberbia, rematolo -la excesiva prudencia de autoridades timoratas, que además de no ver -dos palmos más allá de sí mismas, no comprendieron que la capital no -debía rendirse con menos aparato que la última aldea de Castilla. La -presencia de Napoleón traía a aquellos pobres señores muy azorados, y -tanto se preocuparon de sus togas, de sus posiciones, de sus fajas y de -sus sueldos, que con todas estas telarañas ante los ojos era imposible -que pudieran ver cosa alguna. - - - - -XIX - - -Diose orden de que los cuerpos ocuparan sus primitivas posiciones, y -partí otra vez a Los Pozos, contemplando por el camino el espectáculo -de Madrid abatido y desilusionado. En algunas partes, escenas de -escandalosa protesta contra las autoridades, y amenazas y gritos; -en otras, vergonzoso silencio y raras manifestaciones de la general -angustia. - -Cuando llegué a la Puerta de Los Pozos, los soldados y voluntarios -estaban en actitud un tanto sediciosa. El Gran Capitán, que continuaba -en el jardín de Bringas, no quería creer la noticia de la próxima y ya -inevitable capitulación. - ---Gabriel --me dijo--, eso que cuentan no puede ser cierto, y sin duda -es alguna estratagema de D. Tomás de Morla. ¡Cómo se miente! ¿Creerás -que unas desvergonzadas mujeres llegaron aquí diciendo que el Prado -y media calle de Alcalá estaban en poder de la Francia? Me dio tal -enfado, que si no estuviera mi mujer entre las que tal insolencia -decían, las habría atravesado de parte a parte. - -No quise darle un disgusto, y callé. - ---Aquí hemos tenido un combate terrible --continuó--. Se atrevieron a -acercarse, y esa compañía de voluntarios salió y les hizo tan terrible -fuego, que no han vuelto a asomar las narices. En tan grande acción, no -tuvimos más que cinco muertos y once heridos. - -Vi, en efecto, que Pujitos se ocupaba en acomodar estos últimos en -las casas inmediatas con auxilio del generoso vecindario, y que -en torno a los cinco primeros una multitud de mujeres entonaban -estrepitoso miserere de imprecaciones y lamentos. En las cuatro puertas -septentrionales no había ocurrido otra lucha importante que aquella que -Fernández me refería. - -El cual prosiguió así: - ---Pensar que aquí nos rendiremos, es pensar en lo imposible. Ríndase -todo Madrid; mas no se rendirán Los Pozos. ¿No es verdad, muchachos? - -Los _muchachos_, sentados en el suelo del citado jardín, y a la -redonda, despachaban unas sopas, acompañados de mujeres y chiquillos; -y con tanta gana comían, y tal era su pachorra y tranquilidad, que no -me parecieron dispuestos a secundar los gigantescos planes del portero -de la oficina de Cuenta y Razón. Antes bien, el uno con su reumatismo, -el otro con sus toses, y aquel con sus escalofríos, tenían cara de -satisfechos por el fin de una aventara que empezó con visos de ser -broma pesada. - ---Pues si está de Dios que nos rindamos, nos rendiremos --dijo un -bravo, que lo menos tenía a cuestas sesenta años y pico. - ---Hemos hecho todo lo que exigía el honor. No es posible más --dijo -otro--. Cuando los jefes han acordado la rendición, ya sabrán que es -imposible resistir. - ---Yo --añadió un tercero-- he cumplido con mi deber. Lo menos he -disparado tres tiros. - ---Y yo, aunque no he disparado ninguno, le cargaba la escopeta a aquel -soldadillo del bigote rubio. - ---Esto no se puede oír --exclamó bramando de ira D. Santiago--. Pero -¿qué se puede esperar de unos hombres que se ponen a comer sopas, -cuando tenemos a cien varas de nosotros al vencedor de Europa? ¡Fuera -de aquí, almas de mazapán, cuerpos momios y sangre de arrope! ¿De qué -os valen esas canas que estáis deshonrando? ¿De qué vuestros años, -hasta ahora no envilecidos? ¿De qué el haber asistido a aquellas -gloriosas campañas?... Nada, lo dicho, dicho. Se rendirá Madrid; pero -no se rendirán Los Pozos. - ---Mira, marido mío --dijo a esta sazón Doña Gregoria, que en unión de -las otras vecinas había venido con un canastillo y algo de bebida para -D. Santiago--, ya has cumplido con tu deber; ya te has portado como -un valiente, y tan verdad es esto, que por todo Madrid andan contando -tus hazañas, y hasta el Capitán General dicen que echó un discurso -poniéndote por modelo de los buenos patriotas. Basta ya, y puesto que -todo se acabó, y no hay más guerra por ahora, no seas testarudo. ¿Qué -vas a hacer tú solo? - -El Gran Capitán no contestaba, y paseo arriba, paseo abajo, con el arma -al brazo, atendía tan solo a sus agitados pensamientos. - ---Dejémonos de tonterías, marido mío --añadió Doña Gregoria--, y vamos -a despachar este cocidito y esta botella de vino. ¿Acaso puede Napoleón -decir que te ha vencido? Eso no, porque buen cuidado tuvo de no asomar -por aquí; que si tú lo llegas a coger... - ---Quítate de mi vista, vete de aquí --gritó de improviso el veterano--; -y no me seduzcas con tu cocidito y tu bebida, que no soy hombre que se -entrega a la molicie en días de peligro. Afuera los cantos de sirena, y -las seducciones del amor y los ricos manjares. No como: he dicho que no -como, y basta. He dicho que no volveré a mi casa vencido, y no volveré. -Se rendirá Madrid; pero yo no me rindo. - ---¡Hay hombre más cabezudo! - -Entonces el Gran Capitán llamó a su mujer, y llevándola aparte conmigo -a un rincón de la huerta de Bringas, que era donde estábamos, le habló -así muy gravemente: - ---Señora Doña Gregoria Conejo, ¿cuánto hace que nos casamos? - ---Cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, si no cuento mal ---respondió absorta la anciana, sin comprender en qué pararía aquello. - ---En estos cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, ¿le he dado -algún disgusto a la señora Doña Gregoria Conejo? - ---No, marido mío --respondió algo conmovida. - ---Pues bien: si le he dado alguno, le ruego que me lo perdone, y está -dicho todo. - ---Tú estás loco, Santiaguillo. ¿A qué dices esas necedades? - ---¿Tiene usted alguna queja de su marido? - ---Yo no; y como él no la tenga de mí... - ---Pues por mi parte --dijo el Gran Capitán con alguna emoción--, yo le -digo a Doña Gregoria Conejo que la quiero hoy lo mismo que el día que -nos casamos, y que todavía me parece tan guapa, tan mona y tan salada -como cuando éramos novios, y que no tengo ninguna queja de ella, más -que la de no haberme dado hijos, lo cual, en verdad, ha sido voluntad -de Dios. - ---Sí, niñito mío --respondió la vieja--; ¿pero a dónde va tanto hablar? - ---Esto va a que te retires y me dejes, porque si no, reñimos por -primera vez. Pero te has de ir perdonándome todo agravio que te haya -hecho en el discurso de nuestra común vida. En mi testamento te dejo -todo lo que poseo, que no es mucho, y además de las ocho misas que dejo -mandadas, harás que me digan otras ocho. Y quiero que me entierren con -mi lanza y con los dos reales que me dio Don Luis Daoiz, cuando le -llevé las botas a la calle de la Ternera, y basta ya de palabras. - ---¡Ay, Santa Virgen de Maravillas, que mi marido está loco y se quiere -matar! --exclamó Doña Gregoria, echándole los brazos al cuello--. -Santiaguillo, no digas tales simplezas... ¿Me quieres dejar viuda? ¿Qué -es eso de testamentos y misas? - ---He dicho que si Madrid se rinde, no se rendirán Los Pozos; y si Los -Pozos se rinden, no se rendirá el jardín de Bringas --afirmó secamente -el anciano, deshaciéndose de los brazos de su esposa--. ¡Atrás, -seductora; atrás, sirena; atrás, flaqueza de mi valor! - ---¡Bárbaro, animal! --dijo llorando la buena mujer--. ¡Este pago me -das; así tratas a la que te ha querido tanto! Si fue ayer cuando nos -casamos, y me parece que te estoy viendo venir con tu gorra de cuartel, -tan garboso y tan chusco, a la reja de la casa donde yo servía... A -ver, chiquillo, si te acuerdas de aquellas coplitas que me cantabas... - ---Yo no estoy para coplitas, señora. Retírese usted. - ---¡Y estar una queriendo a un hombre cincuenta años, estar una -enamorada toda la vida y mirándose en los ojos de su marido, para -recibir este pago!... Santiago, mira que me enfado. Vámonos a casa, y -maldito sea el Emperador, causante de mis desgracias, y a quien vea yo -comido de perros. - -Ni los ruegos, ni las amenazas, ni los artificios de su mujer, -quebrantaron la entereza de mi ilustre amigo, el cual, resistiéndose -a tomar alimento, por no caer en la molicie, rechazando toda idea de -descanso, volvió a pasearse de largo a largo en la extensión de la -huerta, arma al brazo. - -Y sucedió que una infinidad de chiquillos del barrio, a quienes antes -se había prohibido introducirse allí, vencieron, por fin, con la gran -fuerza de su curiosidad y travesura, los rigores de la guardia; se -colaron repentinamente y en tropel; recorrieron la fortificación, -metiendo las narices por todas partes, y tocando con sus manos los -cañones y cureñas, gozosos de ver tan de cerca todo aquel tremendo -aparato. Como el asedio se daba por concluido, nadie se cuidaba de -estorbar su impertinentísima inspección y entrometimiento. Luego que -en todo pusieron las manos, las narices y los ojos, empezaron a imitar -a los soldados, dando gritos de guerra y marchando a compás, todo -según en las personas mayores habían visto, y con estos militares -aspavientos entráronse por la huerta de Bringas adelante, batiendo -cajas, disparando tiros, soplando cornetas y relinchando al modo de -caballos, todo hecho con la boca, en mil discordes sones que atronaban -el espacio. Y en cuanto divisaron a D. Santiago Fernández, a quien -los más conocían, fueron derechos a él y le rodearon, gritando entre -saltos, brincos, cabriolas y corcovos: «¡Viva el Gran Capitán, viva el -Grandísimo Capitán!» - -Visto y oído lo cual por nuestro insigne veterano, parose, y quitándose -el sombrero hizo varios saludos y cortesías, diciendo: - ---Gracias, mil gracias, señores míos. Ya he dicho que si Madrid se -rinde, yo no me rindo. - -Las aclamaciones y los chillidos, siempre acompañados de zapatetas, -cabriolas y vueltas de carnero, tocaron los límites del delirio. - ---Todos vosotros sois grandes patriotas, ¿no es verdad? --prosiguió mi -amigo--; y no como estos cobardes, corrompidos por los placeres. Ya veo -que la juventud vale más que la edad madura, y a mi lado os quisiera -ver, valientes españoles, defendiendo a nuestro amado Monarca. - -La algazara y jaleo de los muchachos al oír esto, fue tal, que no -cabe en descripción ni en pintura, pues no parecía sino que cuantos -angelitos engendraron los matrimonios de un siglo, estaban allí -haciendo de las suyas. Allí vierais el correr, el atropellarse, el -darse de coscorrones, el cantar y gritar, el batir palmas, el tirar -coces, el correr y dar vueltas, arremolinándose en torno de mi amigo, -cuyas piernas por largo tiempo estuvieron sin movimiento en medio de -aquel zumbador enjambre. - ---Tantas muestras de afecto, señores --dijo al fin--, me conmueven, -y no las puedo considerar sino como una prueba de lo bien acogida -que ha sido en Madrid mi conducta. Pero digan ustedes por ahí que el -cumplimiento del deber no merece alabanzas, pues estas solo son para -lo extraordinario y heroico. Mi deber es defender este sitio, y le -defenderé. Conque basta ya de aclamaciones y aplausos. - -¡Pero que si quieres! ¡Buena familia era aquella para hacer caso de -tales exhortaciones! Fue preciso que uno de los jefes diera orden de -echarlos afuera, y aun así costó trabajo librar a D. Santiago de la -ruidosa ovación. Además, quiso nuestro coronel que todas las personas -extrañas desalojaran el recinto fortificado, y al fin, no sin esfuerzo, -hicimos salir a las mujeres, inclusa Doña Gregoria, que se fue llorosa -y entristecida, encargándome que no perdiese de vista a su buen marido. - -No sé si he dicho que por Los Pozos había pasado poco antes a caballo -D. Tomás de Morla, camino de Chamartín, donde el Corso tenía su cuartel -general. Largo rato duró la conferencia con el Emperador, porque el -regreso de Morla fue muy tarde, y por cierto que, al volver, su rostro -demudado y tenebroso demostraba que en la entrevista había habido sapos -y culebras. Aquel gigante con corazón de niño fue tratado por Napoleón -como un muchacho de escuela. Después se supo que el vencedor le puso -cual no digan dueñas, sacándole a relucir el haber permitido que no se -cumpliera la capitulación de Bailén, y amenazándole con fusilarle a él -y a sus tropas si la población no se rendía antes de las seis de la -mañana del día siguiente. - -La tarde pasó sin ningún acontecimiento militar digno de contarse. Los -franceses ocupaban sus posiciones sin hacer fuego, y nosotros, seguros -de que todo se daría por concluido, estábamos también quietos y en -expectativa. La agitación en el interior de la villa, persistía; y -según oí, numeroso gentío, nada tranquilo por cierto, llenaba la Puerta -del Sol, con la atención fija en la casa de Correos, residencia de la -Junta. - -Rendido de cansancio, el gran Pujitos tendiose en el suelo junto a mí, -y me dijo: - ---Ya esperaba yo esto que ha pasado. ¿No te dije que los traidores iban -a vendernos a los franceses? - ---Más que a la traición --respondí con mucha tristeza--, debemos -atribuir este mal resultado a la falta de recursos para la defensa. - ---¿Qué? --gritó el héroe con mucho enojo--. ¡Qué falta de recursos ni -qué niño muerto! Con los voluntarios basta y sobra. Pero, hijo, contra -traidores nada podemos, y así los vea yo podridos, y mala sarna se los -coma. Hace poco estuvo aquí el malcarado y peor chapado Santorcaz, y -no lo despabilé por aquello de que uno no quiere meter bulla en estas -ocasiones; pero... - -Y dio un resoplido que anunciaba exterminadores proyectos contra los -enemigos de la patria. - ---¿Y a qué vino acá ese charlatán embaucador? - ---A buscarte, muchacho. ¿Sabes que debes andarte con cuidado? Cuando -le dijimos que no estabas, dio la gran patá en el suelo y apretó los -dientes. Venían con él Majoma, Tres Pesetas y otros perdidos que ahora -le hacen la comitiva, junto con un tal Román, que fue criado de una -casa rica. Este, cuando oyó que no estabas y vio que Santorcaz daba -aquella gran patá, le dijo: «Pues esta noche no se nos escapará.» ¿Qué -tal? Mala gente es esa, Gabriel, y ya te dije que están vendidos en -cuerpo y alma a los franceses. De modo que ahora hay que huir de ellos -como de la sarna, porque los meterán en lo que llaman _pulicía_, que es -al modo de alguaciles, para prender al que se les antoje. - ---No me prenderán a mí --dije--, por lo menos mientras sea soldado. -Después de la rendición, yo buscaré medios de que no me cojan, aunque -la verdad, amigo Pujitos, no sé por qué me quieren mal esos señores, ni -por qué hablan de si me escaparé o no me escaparé. - ---Te digo que son malos más que Judas, y que ahora harán ellos migas -con los franceses, como que todos son unos, lobos y zorros... pues, y -a todo el que tengan entre ojos le molerán a palos, si no es que me le -arman un trementorio de otrosíes, y me lo empapelan y me lo ponen a la -sombra. - ---En todo eso que ha dicho el amigo Pujitos --respondí-- hay mucho -de verdad. Quiera Dios no nos den que sentir esos bergantes; y si en -Madrid no podemos vivir, afuera todo el mundo, y combatamos allí donde -sepan morir antes que rendirse a los franceses. - -Levantose el héroe, y poniéndose la mano en el pecho, hizo -exclamaciones de ardiente patriotismo, después de lo cual nos separamos. - -Al avanzar la noche, la tropa de línea que estaba en Los Pozos recibió -orden perentoria de internarse, y fue que cuando la Junta acordó -formalmente la capitulación, no queriendo el Marqués de Castelar -presenciar este hecho, ni tampoco que se rindiera la tropa, discurrió -el escapar con ella por la Puerta de Segovia, lo que verificó con toda -felicidad a media noche. Solos los paisanos, ¿qué esperanza quedaba? -Para que la rendición de Madrid fuera honrosa, la diplomacia, no las -armas, debía hacer un esfuerzo. - -Yo conté al Gran Capitán lo que pasaba, con la esperanza de que, -desalentado, se retirase a su casa, como habían hecho otros pobres -veteranos, convencidos de su inutilidad. El juró y perjuró que era -imposible una capitulación acordada por la Junta; pero contra lo que yo -esperaba, de repente dijo: - ---Tengo que ir a mi casa, Gabriel: ¿quieres acompañarme? - ---Al instante --le contesté. - -Y pedimos permiso al jefe, que nos lo concedió de buen grado. Era ya -muy entrada la noche. - - - - -XX - - -Pronto llegamos a nuestra morada de la calle del Barquillo. Abrió mi -amigo la puerta de su casa, con llave que consigo llevaba; subimos; -abrió la entrada de su domicilio de la misma manera, y encontrámonos -dentro de la salita, donde tantas veces me ha visto el discreto lector -en compañía de mis amables vecinos. En la pared del fondo, donde -desde inmemoriales tiempos tenía asiento la lanza consabida, había -una especie de altarejo, sobre cuya tabla dos velas de cera, puestas -en candeleros de azófar, alumbraban una imagen de la Virgen de los -Dolores, un San Antonio y otros muchos santos de estampa, que de los -cuatro testeros habían sido descolgados para congregarlos allí. Algunas -cintas y lazos a falta de flores, servían de adorno al improvisado -tabernáculo, con varios jarros y cacharros antaño lujosos y bonitos, -pero ya perniquebrados, mancos y heridos. Delante de todo esto, estaba -el sillón de cuero, y sentada en él Doña Gregoria, profundamente -dormida. La pobre mujer, que de tal modo se había rendido al cansancio, -tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, aún humedecida la cara por -recientes lágrimas, y sus cruzadas manos indicaban que el sueño la -había sorprendido en lo mejor de su fervorosa oración. - -Quedose suspenso el esposo al verla, y después me dijo: - ---Gabriel, no hagamos ruido, porque no se despierte; que más vale que -descanse la pobrecita. - -Después, llegándose a una cómoda vieja que en un rincón había, añadió -en voz muy baja: - ---Aquí en la tercera gaveta está mi testamento, y en esta otra todo el -dinero que tengo ahorrado, con el cual mi mujer puede mantenerse en lo -que le quedare de vida, que no será mucho. Voy a escribir mis últimas -disposiciones. No chistes, ni me respondas nada. - -Y acto continuo sentose junto a la mesilla, y con una pluma de ganso -mal cortada, trazó sobre un papel dos docenas de torcidas líneas. - ---Aquí dispongo --añadió alzando la vista del papel-- que las misas me -las digan en San Marcos, donde está enterrado D. Pedro Velarde, ese -valiente entre todos los valientes. En cuanto a mis huesos, no dispongo -nada, porque no se dónde caerán. - ---¿Todavía está usted con esas manías? --dije--. Hablaré en voz alta -para que despierte Doña Gregoria y le ponga a usted las peras a cuarto. - ---No harás tal, porque te estrangularé, que no quiero que ella abandone -su blando sueño para pasar amarguras. Aquí en esta primera gaveta dejo -mi última disposición. - -Y luego, levantándose y acercándose de puntillas a su mujer, la -contempló un buen espacio, pálido y conmovido. Después de un rato, -llevome a la alcoba inmediata, y sentándose en la cama en sitio desde -el cual, al través de la mampara medio abierta, se veía el rostro de -Doña Gregoria iluminado por las luces del altar, hablome así: - ---Si algo enflaquece mi ánimo, es la vista de mi inocente esposa, a -quien voy a dejar viuda. Te confieso que al considerar esto, se me -nublan los ojos, se me oprime el corazón y estoy a punto de dar al -traste con toda mi fiereza. ¿No la ves desde aquí? Parece que fue ayer -cuando nos casamos; parece que no han pasado cuarenta y cinco años, -y se me representa con la misma celestial figura que tenía allá por -los tiempos de Maricastaña, cuando yo iba a la reja, llevándole media -libra de peras en el pañuelo o un par de mantecadas de Astorga. En -todo este tiempo no me ha dado nada que sentir, y hemos vivido juntos -como dos palomos, queriéndonos lo mismo que el primer día. ¿No la ves -desde aquí? ¿No ves su hermosa cara, tan serena y tranquila a pesar de -su tristeza? Yo la estoy viendo con sus cabellos de oro, con su boquita -encarnada como un casco de granada, con sus dulces ojos azules, que al -mirarte parece que se abre el cielo delante de los tuyos; estoy viendo -el nácar de su tez, y su airoso y gentil cuerpecito, lo mismo que su -garganta alabastrina. ¡Oh, Dios mío! ¡Tan hermosa, tan buena y tan -desgraciada! - -Bien por efecto de la imaginación, ofuscada por aquellas palabras, bien -porque la situación diese a Doña Gregoria ideales encantos, lo cierto -fue que a pesar de sus blancos cabellos, de su tez arrugada y de su en -tantas partes notoria vejez, la estaba viendo tan hermosa como el Gran -Capitán decía. ¡Milagroso efecto del pensamiento! - ---Mira, Gabriel: desde que nos vimos hace cincuenta años, nos quisimos; -vernos y querernos fue todo uno, lo mismísimo que cuentan de los -amantes de Teruel. Un lustro duró nuestro noviazgo, porque yo no tenía -posibles; pero desde el primer día concertamos la boda. Durante aquel -tiempo, ni riñas, ni bromicas, ni celillos. Nunca hemos tenido celos -el uno del otro, porque desde el primer día la confianza fue nuestro -norte. Todos me tenían envidia. ¡Ay! Cuando nos casamos fuimos tan -felices, que no hubiéramos cambiado nuestra casa por siete imperios. -Y desde entonces, hijo, esta felicidad no se ha alterado. ¡Ay! se me -parte el corazón al pensar que desde mañana se acostará sola en esta -cama, que por cuarenta y cinco años nos ha visto juntitos. - -Al decir esto, el Gran Capitán se llevó el pañuelo a los ojos para -secar sus lágrimas. - ---Vamos, amigo --le dije--: de veras no sé si reírme o enfadarme oyendo -lo que usted dice. ¿Está loco por ventura? - ---Si tú no comprendes esto --me contestó-- es porque eres un simplón -y un majadero egoísta. ¿Tú sabes lo que significa cumplir uno con su -deber? ¿Tú sabes lo que significa el honor? Y si sabes todo esto, -¿ignoras lo que es la honra de la patria, que vale más que la propia -honra? Escúchame bien: si me causa angustia y pesar la consideración de -la viudez de Gregorilla, mayor, mucha mayor pena me causa el considerar -que la capital de España se entrega a los franceses. Esto es terrible, -esto es espantoso, y no vacilaría en dar mil vidas y en sufrir todos -los tormentos por impedirlo. ¡España vencida por Francia! ¡España -vencida por Napoleón! Esto es para volverse uno loco; ¡y Madrid, -Madrid, la cabeza de todas las Españas, en poder de ese perdido! De -modo que una nación como esta, que ha tenido debajo de la suela del -zapato a todas las otras naciones, y especialmente a Francia; de modo -que esta nación que antes no permitía que en la Europa se dijera una -palabra más alta que otra, ¿ha de rendirse a cuatro troneras hambrones? -¿Cómo puede ser eso? ¡Eche usted a los moros, descubra y conquiste -usted toda la América, invente usted las más sabias leyes, extienda -su imperio por todo lo descubierto de la tierra, levante los primeros -templos y monasterios del mundo, someta usted pueblos, conquiste -ciudades, reparta coronas, humille países, venza naciones, para luego -caer a los pies de un miserable emperadorcillo salido de la nada, -tramposo y embustero! Madrid no es Madrid si se rinde. Y no me vengan -acá con que es imposible defenderse. Si no es posible defenderse, deber -de los madrileños es dejarse morir todos en estas fuertes tapias, y -quemar la ciudad entera, como hicieron los numantinos. ¡Ay! todos mis -compañeros se han portado cobardemente. España está deshonrada, Madrid -está deshonrado. No hay aquí quien sepa morir, y todos prefieren la -mísera vida al honor. - ---Pero cuando no se puede triunfar --le dije-- es una temeridad seguir -peleando, y más vale guardar la vida para emplearla con éxito en mejor -ocasión. - ---¡Simplezas y tonterías! El honor mandaba a los madrileños morir antes -que rendirse, y el honor nos manda a los de la Puerta de Los Pozos que -muramos todos allí antes que entregarla. - ---Yo no creo que estén dispuestos a ello. - ---Pues yo lo estoy, porque mi conciencia, que es la voz de Dios, me lo -manda. Se rendirá la Puerta; pero el jardín de Bringas está bajo mi -mando, y el que quiera entrar en él pasará sobre mi cadáver. - ---¡Temeridad loca y hasta ridícula! - ---Así será para los que no tienen idea de la honra de la patria, y para -los que no ven nada más allá de esta ruin existencia, ni nada más allá -del pan que comen todos los días. - ---Entregarse de ese modo a la muerte es un suicidio, y el suicidio es -un gran pecado. - ---No es suicidio, no. La ley ineludible de la patria me ha puesto -en un lugar que debo defender, aun a costa de la vida. ¿Que vienen -fuerzas superiores? ¡Pues vengan! La patria me manda esperar tranquilo, -y la ley me veda el apartar los pies de aquel sitio. ¿No morían los -mártires por la religión? Pues la patria es una segunda religión, y -antes que faltar a su ley, el hombre debe morir. ¿Y qué es la muerte? -Los necios se asustan de la muerte, porque la muerte les quita el comer -y el gozar. ¡Mentecatos! ¿Por ventura, no son mejor comida y mejor -goce los de la bienaventuranza eterna? Ve ahí a mi esposa. Cierto -que me aflige dejarla; pero sé que la perderé de vista tan solo por -algún tiempo, y que sus virtudes la llevarán luego a donde la tenga -delante de mis ojos durante todas las eternidades, sin cuya compañía -creo que el mismo cielo me sería fastidioso. ¡Morir! ¡Ahí es gran cosa -morir, y apañado tienes el ojo! ¿Pues acaso el morir es mal que puede -compararse siquiera al dolor de un rasguño recibido en la tierra? Y si -el morir no es nada para el miserable cuerpo, ¡cuán grande y fausto -suceso no es para nuestra alma, mayormente si por la nobleza de nuestro -fin nos empingorotamos sobre todas las cosas nacidas! ¡Morir por la -patria; morir en el puesto que a uno le marca su deber; morir, no por -conquistar un pedazo de tierra, ni por un cacho de pan, ni por una baja -ambición, sino por una cosa que no se ve, ni se toca, cual es una idea -y un sentimiento puro! ¿No es equipararnos a los santos del cielo y -acercarnos a Dios todo lo que acercarse puede una criatura? - -Dicho esto, calló. No le contesté nada, porque tanta grandeza me tenía -anonadado. - -Al cabo de un buen espacio volvimos de la alcoba a la sala; acercose -él con pasos muy quedos a Doña Gregoria, y le dio muchos besos, tan -en flor por no despertarla, que apenas tocaban sus labios el arrugado -cutis de la anciana. - -Luego enjugose las lágrimas, y dirigiendo una mirada en redondo a todos -los objetos de la sala, me dijo con voz grave y entera: - ---Gabriel, vamos. - - - - -XXI - - -No valían razones contra él, y cuanto yo pudiera decirle habría -sido predicar en desierto; razón por la cual determiné cesar en mi -obstinación, reservándome el emplear después cualquier estratagema -para impedir una desgracia. Como durante la visita a la casa había -transcurrido mucho tiempo, cuando salimos principiaba ya a clarear -la aurora, y advirtiendo por las calles más gente de la que en tales -horas suele encontrarse, nos fuimos a curiosear un poco antes de -volver a Los Pozos. Serían las seis cuando entrábamos en la calle de -Fuencarral, y como era esta la hora señalada para la rendición, subían -y bajaban por la citada vía numerosos grupos de hombres, armados unos, -sin armas otros, pero todos puestos en mucha agitación. Había quien en -alta voz declamaba contra lo capitulado, poniendo a Morla, a la Junta -y a Castelar como ropa de pascua; otros se desahogaban insultando -a Napoleón; muchos rompían las armas, arrojándolas al arroyo; no -faltaba quien disparase al aire los fusiles, aumentando así la general -inquietud, y, por último, hacia el Arco de Santa María vimos algunos -frailes dominicos y de la Merced que, arengando a la muchedumbre, -procuraban calmarla. - ---Vamos, corramos a nuestro puesto --dijo Fernández--, no sea que nos -tengan preparada una sorpresa. - ---Aún no es la hora designada --le dije procurando entretenerle de modo -que llegáramos tarde. - ---¿Cómo que no? --clamó con exaltación, avivando el paso--. Corramos, -no sea que lleguemos tarde y entreguen Los Pozos. Mal hemos hecho en -abandonar nuestro puesto por una necia sensiblería. ¡Quién sabe lo que -hará esa gente si no estoy yo por allí! Corramos, pues ya he dicho que -se rendirá Madrid, que se rendirán Los Pozos, que se rendirá el jardín -de Bringas; pero que el Gran Capitán no se rinde. - -Empezamos a correr, cuando detúvome de improviso un hombre que en -opuesta dirección venía. Era Pujitos. - ---Gabriel --me dijo muy sofocado--: vuelve atrás, no vayas a Los Pozos; -echa a correr y escapa como puedas. - ---¿Por qué? ¿Qué pasa? --preguntó mi amigo con la mayor zozobra--. ¿Ha -venido Napoleón en persona? - ---¡Qué Napoleón, ni qué Juan Lanas! --añadió Pujitos empujándome para -que retrocediera--. Corre presto, que si llegas allá te echan mano. -Ahora mismo han estado esos perros por ti. - ---¿Quién? - ---¿Quién ha de ser sino D. Luis Santorcaz, ese que llaman Román, y los -tres o cuatro pillos que andan con ellos? - ---¿Y a mí para qué me buscan? - ---Para prenderte. - ---¿Y quién es él para prenderme? --exclamé lleno de ira--. ¿Pero no -dijeron por qué me quieren prender? ¿Qué he hecho yo? - ---Sí dijeron, y es un aquel de traiciones que has hecho y no sé qué -diabluras. Conque a correr. Mira que vienen. Aire a los pies y buenos -días. - ---¿Eh? Basta de simplezas --dijo el Gran Capitán--, y no me detengo -más, que hago falta en otra parte. - -Y marchose resueltamente hacia arriba sin decir nada más. Luego que -me quedé solo con Pujitos, proseguimos nuestro altercado, él queriendo -obligarme a que retrocediera, y yo obstinándome en seguir, pues me -parecía una fábula aquello de mi prisión y la mudanza de Santorcaz y -Román en alguaciles, y sobre todo en perseguidores míos por traiciones -que yo no había soñado en cometer. Pero al fin logró convencerme -recordando pasados sucesos que podían explicar, ya que no justificar, -aquel hecho como una venganza; creí prudente seguir el consejo de mi -compañero de armas, hombre que no por ser tonto dejaba de ser honrado, -y me escurrí a buen andar en dirección al Espíritu Santo. - -Cerca de la calle Ancha tuve un feliz encuentro en la aparición de mi -reverendo amigo el fraile mercenario, que seguido de mucha gente venía -en dirección opuesta. - ---¿A dónde vas, Gabriel? --me dijo deteniéndome. - ---Voy huyendo, Padre --le respondí--; huyendo de infames enemigos que -me persiguen sin motivo alguno. - ---¿Quién, quién es el atrevido que te acosa? --exclamó briosamente. - ---Hombres pérfidos, hombres inicuos que han sido espías de los -franceses, y ahora aparecen como oficiales de la justicia. - ---¿Pero de qué justicia? ¿Quién nos manda? Sepámoslo de una vez. ¿Nos -manda aún nuestra Sala de Alcaldes, o nos manda un bigotudo General -francés, en nombre de Napoladrón? ¿Ha capitulado ya la plaza? - ---No lo sé, Padre; pero es lo cierto que esos hombres me buscan para -prenderme, y con autoridad o sin ella llevan sus reales despachos en -toda regla, que maldito sea el que se los dio para que satisfagan -infames venganzas personales. - ---Vamos a ver qué es eso... - ---No, Padre: yo no pienso ver nada más que la calle por donde corro, -porque conozco la clase de gente en cuyas manos voy a caer. - ---Por la Santísima Virgen del Carmen, que nadie te ha de tocar el -pelo de la ropa, al menos yendo conmigo. Ea, señores --añadió Salmón -volviéndose a los que le seguían--, me voy a mi casa. Se despide de -ustedes el Padre Salmón, de la Orden de la Merced: ya no soy nada, -hijos míos; ya no tenéis Padrito Salmón; ya no tenéis quien os -predique, ni quien os aconseje, ni quien os diga cosas joviales. Se -acabó todo: España es de los franceses; adiós, frailes y monjas, que a -todos nos van a quitar de en medio, hijos míos, y no hagáis pucheros, -que de nada valen ahora estos pucheros, pues no se defiende la religión -con lagrimitas... No lloréis, que _tarde piache_, como dijo el otro, -y sucumbamos. Adiós, hijos míos, que ahora os quieren hacer a todos -herejes, y los religiosos estamos de más. Yo os echo la bendición: -cuidado, cuidadito con los pecadillos. Y tú, joven desgraciado, -arrímate a mí, que aún nos queda un poquillo de influjo, y nadie -te hará nada yendo en mi compañía. Ven conmigo a la Merced, y allí -procuraremos ponerte en salvo. - -Cuando marchamos juntos hacia la calle Ancha, oímos en derredor nuestro -estentóreas y acaloradas voces de hombres y mujeres que gritaban: -«¡Viva el Padre Salmón! ¡Muera Napoleón! ¡Muera el rey de Copas!» - ---En mi convento estarás seguro --me dijo luego el mercenario-- hasta -que puedas salir de Madrid. ¿Piensas salir? - ---En cuanto pueda, Padre: no puedo ni debo estar más aquí. - ---Haces bien: algunos compañeros míos piensan marcharse también a -levantar por ahí el espíritu de los pueblos. Yo no saldré de Madrid, -porque mi naturaleza es tan delicada y flatulenta, que no resiste los -trabajos, hambres y estrecheces de una misión. A la casa de Madrid me -atengo: ni quito ni pongo rey, y aunque dicen que el hermano de Copas -nos quiere quitar, todo es filfa, hijito mío. Yo sé que andan por -Madrid emisarios del Emperador, que nos hacen la mamola a cencerros -tapados para que le rindamos pleito homenaje y transijamos con él, -requisito indispensable para tratarnos a maravilla, por lo cual opino -que tan bien se sirve con Pedro como con Juan, y adelante con los -faroles, porque si tienes hogazas no pidas tortas, y si te dan la -vaquilla acude con la soguilla, que como dijo el otro, mano que da -mendrugo, buena es aunque sea de turco. - -Tan sumergido estaba yo en mis pensamientos, que no contesté a mi -amigo, si bien mi silencio no fue parte a que dejara de seguir hablando -por todo el trayecto, durante el cual no nos ocurrió desgracia alguna, -ni tuvimos ningún mal encuentro. - ---Ya estamos en casa --me dijo cuando entramos--. Sube y probarás de -unas estaquitas de la olla de ayer que el refistolero me ha guardado -para hoy, poniéndolas con arroz; y te advierto que en todo lo que sea -de arroz soy una especialidad, y a mí se me debe la introducción de las -almejas y de la canela en la paella valenciana. - -Entramos en su celda, donde me dejó, volviendo al poco rato con un -cazuelillo debajo del manteo; y con esto y una botella que sacara de -la alacena, juntamente con una cesta llena de pedazos de pan, higos, -aceitunas, nueces, embutidos, queso, dátiles y otras viandas, aderezó -un almuerzo que me vino de perillas. - ---Esta misma celda en que estás, y que es la mía --me dijo mientras -comíamos--, fue ocupada hace más de doscientos años, allá en los -de 1620, por aquel insigne mercenario Fr. Gabriel Téllez, a quien -generalmente se conoce por el maestro Tirso de Molina. Es fama que en -este sitio, y quizás en esta misma mesa, escribió su célebre _Crónica -de la Orden_, porque comedias se cree que no hizo ninguna después de -meterse a fraile. - ---¿No le ha dado a Vuestra Paternidad por hacer comedias? --le pregunté. - ---Hombre, algunas he hecho, y ahí están pudriéndose en aquella alacena. -Mas no he intentado que se representen, porque el Prior nos lo prohíbe, -aunque son todas devotas. Una hice que no me parece mala, y se titula -_El Santo Niño de la Guardia_. No deja de tener su sal otra que -compuse con el rótulo de _La tutora de la iglesia y doctora de la ley_, -toda en sonetos arreo, entreverados con lo que se llaman séptimas -reales; y me daba tanto el naipe por estas obrillas, que enjaretaba -dos en una semana, y si no me lo prohibieran, le hubiera echado la -zancadilla a Bustamante, que escribió trescientas veintinueve comedias -de santos. - ---¿Y en qué se ocupa ahora Vuestra Paternidad? - ---¿En qué me he de ocupar, muchacho, sino en hacer jaulas de grillos? -¿No sabes que soy el primer jaulista de Madrid? Pues a fe que me dan -poco trabajo las tales obras. Mira cuántas hay allí. Aquella que tiene -tres pisos, con dos hermosísimas torres y su reloj figurado en el -centro, es para las monjas de Constantinopla, y aquella otra redonda -que está por concluir, para las Carmelitas Descalzas, que ha un mes me -tienen loco con la dichosa obra. - -En efecto: todo un rincón de la celda estaba lleno de jaulas hechas y -por hacer, con todos los materiales y herramientas propias de aquel -oficio. De libros no vi sino los folletos y papeles que días antes -recogió en casa de Amaranta. - ---Yo soy un hombre que abomina la holgazanería --continuó Salmón--, y -no me parezco a otros de esta misma casa que no se ocupan en maldita la -cosa, aunque hay algunos, la verdad sea dicha, como el Padre Castillo, -que noche y día están metidos en un mar de libros y papeles. - ---Y en verdad, Padre --le dije--, ya que no hay cautivos que redimir, -todos ustedes deberían pasar el tiempo en algún útil menester. - ---Pues los hay que como no sea tirar a la barra en la huerta y jugar -al tute en la solana, no hacen nada. Y si no, en la celda de al lado -tienes al Padre Rubio que se pasa la vida haciendo acertijos y enigmas, -los cuales envía a las monjas para que ellas le devuelvan la solución -y nuevos problemas, y tienen establecidas ganancias y pérdidas para -el que acierta y para el que yerra, las cuales pérdidas y ganancias -consisten siempre en algo de condumio. ¡Pues y el Padre Pacho, que se -ha dedicado a hacer punto de media, y labra unos primores...! Esto es -andar a mujeriegas, lo cual no me gusta. Yo al menos he hecho, en lo -tocante al arte eminentísimo de las jaulas, adelantos admirables, y -además me dedico a la medicina, para lo cual, con aquel Dioscórides que -está a la cabeza de mi cama tapando la escudilla, me basta y me sobra. - -Por estos caminos siguió nuestra conversación, hasta que me entró -gana de dormir. Mi amigo pidió permiso al Prior para que me quedase -allí todo el día y aun toda la noche, refugiado contra una injusta -persecución, y me llevaron a una celda vacía, donde en lecho muy blando -me acomodó, rindiéndome de tal modo el sueño, que hasta el siguiente -día no di acuerdo de mí. - - - - -XXII - - -Cuando me levanté y hube despachado el desayuno que con sus propias -caritativas manos me llevó el Padre Salmón, salí al claustro alto, -donde mi amigo me dijo: - ---Hay grandes novedades. Ayer a eso de las diez se entregó la plaza a -los franceses, una vez firmada la capitulación por el Emperador en su -Cuartel general de Chamartín. - ---¿Y ha habido algo en Los Pozos? --pregunté, acordándome pesaroso del -Gran Capitán. - ---Creo que es el único punto donde hubo alguna resistencia, pues -de todos los demás se apoderó sin dificultad el general Belliard, -Gobernador de la plaza. - -Salió al encuentro de Salmón un fraile pequeño y viejo, que se apoyaba -en un palo; hombre al parecer enfermizo y de mal genio, que dijo: - ---¿Sabe su merced, Sr. Salomón jaulista, las bases de la entrega? - ---Hermano Palomeque, no las sé; pero creo que ha llegado Fray Agustín -del Niño Jesús, el cual dicen tiene una copia que le suministró un -individuo de la Junta. - ---¿Qué, de vuelta por el claustro, Padre Palomeque? --dijo un frailito -joven, barbilindo, ancho de cuello, pulcro de rostro, arrebolado de -nariz, nimio de cerquillo y con cierto aire galán, el cual de improviso -se unió a nuestro grupo. - ---Lo que hay --contestó Palomeque con rabia, dando un fuerte bastonazo -en el suelo-- es que anoche me han robado una gallina, de las seis -que tenía en el corral, y ¡ay del pícaro zorrón si le descubro, que -por nuestro santo hábito, si fuera cierta la sospecha que tengo de un -fraile madamo y almibaradillo, yo le juro que me la ha de pagar! - ---¡_Oh curas hominum_! ¡_Oh quantum est in rebus inane_! ¡_Oh -cupidinitas gallinacea_! ¿Y todo ese enfado es por una polla seca y -encanijada, con cuyo caldo se podía administrar el Bautismo? - ---Basta de bromas; y si era encanijada, no la tenía yo para ningún -zángano --exclamó Palomeque--. Pero a otra, y díganme de una vez en -que términos se ha hecho esa maldita capitulación. Por ahí asoma Fray -Agustín del Niño Jesús. - -Llegó, en efecto, con paso grave el tal Niño Jesús, que era un fraile -altísimo de estatura, moreno, de pelo en pecho, de aspecto temeroso, -ojos fieros y una voz, por raro constraste, tan infantil y atiplada, -que parecía salir de otra garganta que la suya. Seguíanle otros dos -frailes. - ---Vamos a ver, señor músico, ¿qué dice esa minuta? --le preguntó el -fraile barbilindo. - ---Ahora lo veredes, dijo Agrages --fue la contestación del Padre -Agustín--. Creo que Napoleón ha aceptado todos los artículos, excepto -dos o tres de los menos importantes. - ---El primero --dijo Salmón-- habla de la conservación de la religión -católica, sin que se consienta otra. - ---Justo --respondió el Niño Jesús sacando un papel--; y el segundo de -_la libertad y seguridad de las vidas y propiedades de los vecinos -de Madrid_. Igualmente establece el respeto a _las vidas, derechos y -propiedades de los eclesiásticos seculares y regulares de ambos sexos, -conservándose el respeto debido a los templos, todo con arreglo a -nuestras leyes_. - ---Como no lo han de cumplir --indicó Palomeque--, excusado es que lo -digan. Siga adelante. - ---¿Para qué ha de leer más? Lo que sigue poco interés tendrá, y apuesto -a que habla de que si las tropas saldrán de Madrid con los honores de -la guerra o no. - ---Justo --dijo Fray Agustín--, y también hay otro artículo en que se -establece que no se perseguirá a persona alguna por opinión ni escritos -políticos. - ---Eso está muy mal pensado y peor resuelto --dijo otro de los -presentes, que era el Padre Rubio, fabricador y artífice de -acertijos--, porque si no quitan de en medio a los francmasones y -diaristas... - -Luego el frailito almibarado, que era nada menos que maestro de -Teología, llegose a Salmón y le dijo: - ---¿Se atreve Vuestra Paternidad a echar dos tantos a la barra esta -tarde después de la siesta? - ---¿Pues no me he de atrever? --contestó--. Y tú, Gabriel, ¿juegas a la -barra? - ---Este joven --dijo el maestro de Teología con bondad-- ¿es aquel -portento de las Humanidades, aquel consumado latinista de quien Vuestra -Merced me habló? - ---El mismo que viste y calza, o por mejor decir, el segundo Pico de la -Mirandola. Puede examinarlo Vuestra Merced y verá lo que son castañas. - -Yo repetí que no sabía palabra de latín, y que toda mi fama en dicha -lengua provenía de una equivocación. - ---_Modestus es_ --dijo el teólogo--. Y puesto que es usted tan gran -latino, contésteme a esto: ¿qué quiere decir _Vino a lo que vino_? - ---Eso no es latín, sino castellano --dijo Salmón. - ---¡Oh! --exclamó el otro batiendo palmas--. Los dos se atascaron. -¿Conque castellano? Pues es tan latín como el _Arma virumque_. _Vino a -lo que vino_, o lo que es lo mismo, _vi no aloque vino_, que, traducido -literalmente, quiere decir _con fuerza nado y me alimento con vino_. - ---Este Fray Jacinto de los Traspasos de María es un pozo de ciencia ---dijo Salmón--. Gabriel, te atascaste. - ---Y díganme ustedes --prosiguió el otro--, ¿qué quiere decir -_Archiepiscopi toletani onerati sunt mulieribus_? - ---Eso más claro es que el agua, mi señor don Teólogo --repuso Salmón--. -Es una blasfemia y calumnia; pero valga lo que valiere, quiere decir, -salva la intención, que los Arzobispos de Toledo están cargados de -mujeres. - ---¡Oh gansos, oh acémilas! Ya les cogí otra vez --dijo Fray Jacinto--. -El _archiepiscopi_, que parece nominativo plural, es genitivo singular. -De la palabra que suena _mulieribus_, hago dos, a saber: _muli æribus_ -y resulta: _los mulos del Arzobispo de Toledo están cargados de -riquezas_. ¡Ajajá! Pues y lo de _tú comes caracoles_, ¿qué significa? - ---¡Oh! No estoy para quebraderos de cabeza --replicó Salmón--. Dejemos -eso, y ya que en el latín me ha vencido, esta tarde le venceré a la -barra. - ---Esta tarde no --dijo Rubio--, pues Fray Jacinto ha prometido venir -conmigo a ver a las Constantinoplas, que están locas por conocerle. - ---Y Castillo, ¿dónde está? --preguntó Palomeque. - ---En misa. - ---¡Oh, _patres conscripti_! --dijo otro fraile que vino a toda prisa -por el claustro adelante--. ¡Grandes y estupendas novedades! Han -llegado tres Consejeros de Castilla, y están en conferencia con el -Prior. - ---¿Y a qué vienen esos Consejeros del diantre? - ---Según he olido, los manda Napoleón para que nos emboben, por ver si -consigue que una diputación de regulares de todas las Órdenes vaya a -cumplimentarle y hacerle _randibú_ en su cuartel de Chamartín. - ---Antes al demonio. - ---¿Conque _randibú_ al azote de los pueblos, al enemigo de la religión, -al carcelero de nuestro Rey? Muy bien, tras de cornudo, aporreado, -y vengan palos, que con besar la mano que nos los da, todo queda -concluido. - ---Como se han de levantar contra Napoleón hasta las piedras, y al fin -ha de marcharse con su hermano, excusado es andarse con mieles. - -A esta sazón llegó el Padre Castillo que venía de decir su misa, aquel -discreto y agudo fraile que en casa de la señora Condesa había hecho el -expurgo de libros. - ---Padre Castillo, ¿conque tenemos visita de Consejeros de Castilla para -que nos humillemos ante Napoleón? - ---No sé nada de esto. - ---Yo estoy determinado a salir de Madrid e irme por esas provincias a -predicar la guerra, juntando gente armada --dijo Rubio. - ---Y yo, como me suelte por tierra del Barco de Ávila y eche allá cuatro -sermones, levanto hasta las piedras --afirmó el Niño Jesús. - ---Yo no me moveré de aquí --dijo Castillo--. En esta casa me mandan los -estatutos que resida, y aquí residiré mientras no me echen. Fundose -nuestra Orden para redimir cautivos, no para predicar guerra ni armar -soldados. - ---Muy bien dicho; mas tampoco se fundó para que la patearan Emperadores -y la escupieran Juntas. - ---Dios hará de nuestra Orden lo que fuese servido --repuso Castillo--. -En tanto, nosotros nos estamos mejor en nuestra casa, que por montes -y valles incitando a los hombres a matarse. Y no es que dejemos de -ser patriotas. Más harán las oraciones de un fraile piadoso en pro -de nuestros ejércitos, que los sermones furibundos y crueles de esos -desgraciados que con los hábitos al cinto se han lanzado a la guerra. Y -dígame el buen Niño Jesús, ¿le parece meritoria y digna de un cristiano -y de un sacerdote la conducta de ese dominico que no quiero nombrar, -y que se ha señalado por sus sanguinarias excitaciones a la matanza -de franceses? No: nada que sea contrario a las generales leyes de la -caridad, debe sacarnos de nuestra ordinaria vida. - ---Con buenas retóricas se viene ahora el Padre Castillo --dijo otro de -los presentes--. No, sino hagámonos miel para que nos papen imperiales -moscas. - ---Dígame --preguntó un tercero--, ¿ha oído decir el Sr. D. Librote y -Cata-pergaminos, que Napoleón va a reducir el número de regulares a -la tercera parte? Pues sí, eso está muy bonito. Apláudalo el Padre -Castillo. Y nosotros veámoslo y callemos, ¿no? ¡Pues me gusta! De modo -que si un conquistador atrevido pone en peligro nuestro instituto, lo -daremos por bien hecho. - ---¿Conque reducirnos a una tercera parte? --dijo Salmón--. ¡Bonita -invención! Esas son las tan decantadas novedades de los filósofos y de -todos esos masones a la francesa que hay ahora. - ---No disputaré sobre si es conveniente o no reducir el número de -conventos --dijo Castillo--. Cuestión es esta delicada y sobre la que -se podría hablar mucho. Lo que sí afirmo es que la reducción del número -de regulares, y las ideas de poner coto a tantas fundaciones, son -bastantes antiguas, y se han ocupado de ello mil eminentes repúblicos. -Ya saben todos que en el siglo pasado se ha clamoreado bastante sobre -esto. ¿Y qué más? A principios del decimoséptimo siglo, cuando aún no -se soñaba en enciclopedias, ni en revoluciones, ni en logias, ni en -filosofías, personajes respetables, y entre ellos algunos españoles -sapientísimos, se expresaron en igual sentido. Como me dedico a buscar -papeles viejos, ¡vean mis caros hermanos la casualidad! en estos días -he encontrado dos que vienen como de molde a terciar en esta contienda. - -Y al punto fue a su celda, que muy cerca estaba, y volviendo con dos -libros viejos, los mostró a sus hermanos. - ---Aquí están --dijo--. Uno es el _Memorial que al Rey D. Felipe III -dio en su Consejo de Estado Fray Luis de Miranda, lector jubilado, -de la Orden de San Francisco, acerca de la ruyna y destrucción que -amenazaba a la república y monarquía de España, si con presteza no -se acude al remedio_. Las causas y razones que expone, son: PRIMERA, -_la muchedumbre de hacienda que de secular se está convirtiendo en -eclesiástica_. SEGUNDA, _las innumerables personas que, por sus -particulares fines, de seglares se hacen religiosos, sin aver de ello -necesidad, antes con daño de las mismas religiones_. Esto se escribía -en los primeros años del siglo decimoséptimo, y si el mal era cierto, -juzguen Vuestras Paternidades si habrá aumentado, no habiendo nadie -acudido al remedio. El otro libro se titula _Discurso del doctor -D. Gutiérrez, Marqués de Careaga, en que intenta persuadir que la -monarquía de España se va acabando y destruyendo a causa del estado -eclesiástico, fundación de Religiones, Capellanías, Aniversarios y -Mayorazgos_. Esto está impreso en 1620. De modo, hermanos míos --añadió -con zunga el buen Castillo--, que hace doscientos años hubo quien ya -dio en la flor de decir que éramos muchos. Ahora, pues, carísimos, cada -uno meta la mano en su pecho, consulte a su conciencia y pregúntese a -sí mismo si cree estar de más: _intelligenti pauca_. ¿Y esas gallinas, -Padre Palomeque, cuántos huevos han puesto en la semana? ¿Y cómo van -esas jaulas, Padre Salmón? ¿Qué me dice Vuestra Paternidad de aquellos -enigmillas tan reservados que le enviaron ayer las Constantinoplas, -Padre Rubio? ¿Halos acertado ya? ¿Y qué tal van esos toques de flauta, -Fray Agustín del Niño Jesús? - -Y así fue dirigiendo a todos graciosas pullas, si bien ellos no se -irritaban, gracias al respeto que le tenían. Con esto y con la retirada -de Castillo se desbarató el corro, y casi todos fueron a husmear a -la puerta de la celda del Prior por ver si descubrían cuál era la -misteriosa comisión de los Consejeros de Castilla. Cuando Salmón y yo -íbamos a espaciarnos un poco por la huerta, vimos un fraile anciano -que, leyendo devotamente su libro de oraciones, se paseaba en el -claustro bajo. Pregunté a mi amigo quién era aquel venerable sujeto, y -me dijo: - ---Este es el Padre Chaves, el más piadoso y recogido de todos los -frailes de este convento, si bien me parece que es algo mentecato. No -hace más que rezar, leer libros santos, y asistir a todos los enfermos -de la casa. Hace catorce años que no ha salido una sola vez a la calle. -No recibe regalos, sino aquellos que puede dar a los pobres. Apenas -come, y cuanto le dan aquí lo guarda para repartirlo los sábados a una -chusma que viene a la portería, porque, según dice él, ya que no puede -redimir cautivos, quiere redimir a los que padecen la peor esclavitud -de todas, que es la miseria. Antes te dije que era un mentecato; pero -la verdad, hijo, Chaves es un excelente hermano. - ---Dios ha puesto de todo en el mundo --pensé yo--; y así como no hay -nada perfecto, tampoco hay cosa alguna que sea rematadamente mala. - - - - -XXIII - - -Al día siguiente, Salmón me dio muy malas noticias. - ---¿Sabes lo que pasa, Gabriel? --me dijo entrando muy de mañana en -la celda que se me había asignado--. Pues he sabido que el Gobierno -francés, que ahora nos rige, ha nombrado alguacil, o como ahora dicen, -oficial, jefe o no sé qué de policía, a ese mismo Santorcaz que quería -prenderte. Esto tiene indignados a cuantos le conocían, y prueba a las -claras que ya estaba vendido a los franceses desde antes del sitio. -También es indudable que en aquellos días fue nombrado alguacil por -la Sala de Alcaldes, sin que nadie acierte a darse cuenta de cómo -consiguió tal cosa. Le acompaña hoy, como antes, su escuadrón de gente -de mal vivir, que, como sabes, era la que días pasados acaloraba los -ánimos contra los franceses en los barrios bajos, haciéndose pasar -por ardientes patriotas. Pero di, ¿qué has hecho para que te quieran -prender? Porque me han dicho que él y los suyos te buscan con verdadero -frenesí, registrando todos los rincones de Madrid. - ---En verdad que no sé en qué fundan su persecución --respondí--, pues -por más que me devano los sesos, no puedo traer al pensamiento ninguna -acción mía que a cien leguas se parezca a un delito. Pero esos hombres -son muy malos, y no hay que buscar fuera de ellos la causa de sus -maldades. - ---Pues me han dicho que en todo el día de ayer ese Santorcaz no ha -hecho más que prender gente sospechosa, es decir, gente a quien supone -hostil a los franceses. - ---Es una venganza personal --dije--, o tal vez deseo de apoderarse de -mí para una baja intriga. - ---¡Qué inmunda canalla! ¡Y de esta manera quiere el rey de Copas y -su hermano hacerse amar de los españoles! Pues no es mal chubasco el -que se nos viene encima. Dicen que Napoleón ha rasgado el acta de -capitulación, expidiendo con fecha de ayer varios decretos contrarios a -lo estipulado. - ---Pues, Padre mío --dije--, veo que me es preciso huir de Madrid a toda -prisa. - ---¡Huir de Madrid! ¿Crees que es fácil ahora? Estate unos días más en -esta casa, que el Prior no tendrá inconveniente en ello, y después -veremos cómo te sacamos de la Villa. ¡Oh! Me han asegurado que la -salida es muy difícil hasta para las ratas. Parece que la gente de -los pueblos inmediatos a Madrid está levantada en armas. Temen los -franceses que esto sea cosa urdida con los de aquí para favorecer -un movimiento insurreccional dentro de la Corte, y han resuelto -incomunicar a Madrid. La vigilancia que hay en las puertas es peor -que de inquisidores: no dejan salir a alma viviente sin registrarle y -darle mil vueltas; y como el viajero no lleve un papelucho que llaman -_carta de seguridad_, expedida por esa bendita Superintendencia de -policía, a quien vea yo comida de lobos, lo someten a un consejo de -guerra. Conque, hijo, estás en peligro; no puedes vivir en Madrid, y -la salida es muy difícil. ¡Ah! En este momento se me ocurre una cosa, -y es que podemos solicitar el amparo de la señora Condesa, en cuya -casa estuviste el otro día, la cual me han dicho que es amiga de los -franceses. - ---¡La señora Condesa amiga de los franceses! - ---Quiero decir, partidaria. Su primo, el Duque de Arión, que ha pasado -toda su vida en Francia, entró en España con Bonaparte, de quien es -muy devoto, y actualmente está en el Cuartel general de Chamartín. -Anteayer estuve en casa de la Condesa, y le esperaban de un día a otro. -Como haya venido, no nos sería difícil que aquella bondadosa señora te -consiguiese una carta de seguridad para evadirte. Entre tanto, hijo, -aquí estás más seguro; y por sí o por no, vamos tú y yo ahora mismo -a ver al Prior del convento, que es hombre de mucho mundo y de tanta -trastienda, que sería capaz de pegársela al lucero del alba. Él nos -dirá si lo que me ha ocurrido es razonable, o si hay otro medio más -expedito para ponerte en salvo. - -Y sin más dimes ni diretes, llevome a la celda del Padre Prior, que en -aquel momento había vuelto de decir su misa y despabilaba dos onzas -de chocolate. Era el Padre Ximénez de Azofra un hombre pequeño, de -edad madura, ojos muy vivos, sonrisa maliciosa, cortesanos modales y -simpática conversación. Recibiome con mucha bondad; y cuando Salmón le -expuso las apreturas en que yo me encontraba, dijo lo que sigue: - ---En otras circunstancias, joven incauto, fácil nos habría sido -socorreros poniéndoos al abrigo de esta casa. Pero ahora todo está al -revés. El Gobierno intruso nos mira con muy malos ojos, y bastaría que -le protegiéramos a usted para que se nos acusara de cómplices de la -insurrección, que así llaman ellos a nuestra santa causa. En verdad -que cada vez odio más a esa canalla. Ved lo que hacen ahora. Desde -que Madrid se ha rendido, ya les ha faltado tiempo para quebrantar lo -convenido; y si prometieron respetar las vidas, libertades y hacienda -de este vecindario, ayer todo ha sido prender y encarcelar gentes -honradas, a quienes se acusa de auxiliar a los insurgentes de Talavera -y de Cuenca. Todo es sospechar, y acusar, y asustarse hasta de vanas -sombras; y como los restos del ejército de San Juan y las tropas del -de Castaños que se unieron al Duque del Infantado andan por estas -inmediaciones levantando los pueblos contra los franceses, estos -ven un espía en cada vecino de Madrid, y han resuelto impedir toda -comunicación entre los habitantes de esta Villa y los de Ocaña, Toledo, -Talavera e Illescas, por lo cual no permiten la entrada de los paletos, -fruteros y verduleros, razón de la gran carestía que hoy tienen todos -los artículos. - ---Mala situación es esta --dijo Salmón--. ¿De modo, señor Prior de mi -alma, que en buenos tiempos no recibiremos nada de nuestras granjas -de Leganés, Valmojado, Casarrubuelos, Bayona de Tajuña y Santa Cruz -del Romeral? ¡Bonito porvenir! ¿Y entonces _quid manducaverunt vel -manducavere_? - ---¡Oh! amigo Salmón --contestó el Prior con malicia--, aquí viene bien -aquello de _ventorumque regat pater_, que quiere decir _viento en -panza_, según traducía aquel gilito descalzo de quien tanto nos hemos -reído. Es preciso hacer penitencia. - ---Bien, retebién --exclamó Salmón bufando--. ¡Viva el Emperador de los -franceses y Rey de Italia y protector de la confederación del Rhin! De -esa manera conseguirá Vuestra Majestad Imperial y Real, que asada en -parrillas vea yo, conquistar las simpatías del clero regular. - ---No se cuida él de nuestras simpatías, amigo Salmón. - ---Pero en resumidas cuentas, señor Padre Prior, este muchacho, de cuya -moralidad y buen proceder respondo, necesita salir de Madrid, y no dudo -que usted con su influencia le podrá sacar una _carta de seguridad_, -con la cual y disfrazado... - ---¡Qué cosas tiene Salmón! --dijo Ximénez de Azofra--. ¿Qué puedo yo -hacer? Conque en priesa me ve, y doncellez me demanda. ¿No le he dicho -que desconfían de los regulares, y especialmente han tomado entre ojos -a los de esta casa? - ---No sabía tal cosa. Al contrario: oí decir que Vuestra Paternidad es -de los que van a Chamartín a cumplimentar a mi señor Don Caco imperial, -rey de los pillos, y protector de la congregación del Rin... conete y -Cortadillo. - ---¡Yo! --exclamó Ximénez con asombro--. No he nacido para besar la mano -que me azota. Español soy, y español seré mientras viva. He predicado -en el púlpito de la Merced contra el Emperador, y no imitaré a los -que siendo primero desaforados patriotas, ahora son patriotas tibios -con vislumbres, amagos y pintas de afrancesados. Cierto es que va a -Chamartín una diputación de todas las clases de la sociedad; cierto -que me han invitado para ir, y vea su merced aquí la carta que sobre -este punto el Corregidor me ha dirigido y que, de haber justicia en -la tierra, debería ser quemada por la mano del verdugo. ¿No es una -vergüenza que de este modo se humillen los hombres? Ayer todo era -inquina contra el _ogro de Córcega_, todo insultarle y ponerle por -esos suelos; hoy todas son blanduras. El mismo señor Corregidor de -Madrid, que en su bando del 25 de noviembre decía: _La España está -invadida por el tirano que domina en Francia, el cual ha quebrantado -pérfidamente las santas leyes, etc._; ese mismo señor Corregidor D. -Pedro de Mora y Lomas, caballero de la Orden de Carlos III, del Consejo -de Su Majestad, subsecretario con ejercicio de decretos, intendente de -los reales ejércitos y de esta provincia, corregidor de esta villa, -subdelegado de Rentas reales, intendente de la real Regalía de Casa -y Aposento, superintendente general de Sisas reales y municipales de -ella, y subdelegado de Montes y Pósitos, etc., etc., pues la retahíla -de títulos no tiene fin; ese mismo Corregidor, repito, es el que hoy -dirige un llamamiento _ante diem_ a todos los regidores, diputados del -Común, procurador general y personero, alcaldes de la Hermandad, Mesta -y alguacil mayor por el estado noble, al ilustrísimo señor obispo -auxiliar, vicarios eclesiástico y castrense, al venerable cabildo -de señores curas y beneficiados, a los reverendos prelados de todas -las religiones, al cuerpo colegiado de la nobleza, diputados de los -cinco gremios mayores, y a todas las diputaciones de los sesenta y -cuatro barrios de esta población. ¿Para qué creerán ustedes? Pues nada -menos que para hacer presente _que la villa de Madrid habrá tenido -el honor de ofrecerse a los pies de S. M. I. y R. para manifestarle -el reconocimiento a la bondad e indulgencia con que ha tratado esta -Corte, felicitarse por tener a S. M. en su seno, y expresarle que -si lograba merecer la dignación y aprecio de S. M., se contemplaría -dichosa_. ¿Qué tal? ¿Es este un lenguaje digno y patriótico? Además, en -la convocatoria --añadió recorriendo con la vista el papel-- se llama -a Napoleón _padre amoroso_, y a sus atropellos _benéficas miras_, y el -objeto es reunir un cierto número de personas respetables que piquen -espuelas hacia Chamartín para pedir a Bonaparte _se digne conceder la -gracia de que vean en Madrid a su augusto hermano nuestro Rey Josef_. -Vamos, vamos, no puedo leer más, porque tanta bajeza me saca los -colores de la cara. Verdad es que los que esto han firmado lo han hecho -cediendo a amenazas del comandante general M. Belliard que les pone el -puñal al pecho; pero no por eso es disculpable, pues si no traición -a la patria, debe imputárseles una debilidad y flaqueza que raya en -crimen. - ---¿De modo que usted no va a Chamartín? - ---¿Yo? Ni por pienso. He oído que van en representación de los -regulares el Padre Amadeo, abad de San Bernardo, y el Padre Calixto -Núñez, abad de los Basilios. Ya se ve: ¿qué se puede esperar de esos -infelices Benitos, tan dejados de la mano de Dios? Caerán en el garlito -los Mínimos, algunos pobres Franciscos, los desdichados Agonizantes, no -pocos Agustinos, todos los Gilitos, los Hospitalarios, los Donados, los -Carmelitas descalzos, y esos infelices Afligidos, que son los mayores -mentecatos de la cristiandad; pero la Merced sostendrá su bandera; la -Merced no adulará Emperadores; la Merced, en unión con los Dominicos, -desafiará el poder del tirano, contra franceses ladrones y empecatados -españoles. - ---Y los víveres por esas nubes, y las puertas de Madrid cerradas al -buen vino, al rico aceite, a los huevos, a las coles, al extremeño -tocino, y a los jamones de Candelario. Bueno, bueno: comamos ensalada -de perejil y cañutillos de monjas mojados en agua de limón. ¡Viva la -patria, Sr. Ximénez; viva el orgullito que nos pondrá como espátulas! - ---Pues bien: lo que he dicho a usted --continuó el Prior-- lo he dicho -a los que vinieron a sonsacarme; y oídas mis palabras, tratáronme con -tal acritud, que espero grandes desdichas para nuestra Orden y nuestra -casa. De modo que nada puedo hacer por este joven. - -A esto llegaban, cuando entró el Padre Castillo acompañado de otros -dos frailes. El uno supe después que se llamaba el Padre Vargas, y -aunque del mismo hábito y Orden, pertenecía al convento de la Trinidad -calzada, también de mercenarios redentores de cautivos, y el otro era -dominico, del convento de Santo Tomás, y tenía por nombre el Padre -Luceño de Frías. - ---Ya, ya pareció aquello --exclamó Vargas con estrepitosa voz--. Ya -no podemos dudar de la veracidad de esos decretos, porque por ahí los -reparten impresos, y aquí tengo un ejemplar. Todos los decretos llevan -la fecha del 4, y son tales que podrían arder en un candil en noche de -aquelarre. - ---Veámoslos. ¿Es cierto que nos reducen a la tercera parte? - ---Tan cierto que... --dijo el dominico-- no nos reducen a la tercera -parte, sino que nos parten por el eje, Sr. D. Ximénez de Azofra. - ---Atención, que leo --dijo Vargas, poniendo ante los ojos, de verdes -antiparras armados, un papel impreso--. Los decretos rezan lo -siguiente: _En nuestro Campo Imperial de Madrid a 4 de diciembre de -1808. Napoleón Emperador de los, etc... Considerando que el Consejo -de Castilla se ha comportado en el ejercicio de sus funciones con -tanta debilidad como superchería... que después de haber reconocido y -proclamado nuestros legítimos derechos al trono, ha tenido la bajeza de -declarar que había suscrito a estos diversos actos con restricciones -secretas y pérfidas, hemos decretado y decretamos lo siguiente: Art. -1.º Los individuos del Consejo de Castilla quedan destituidos como -cobardes e indignos de ser magistrados de una nación brava y generosa._ - ---Pues digo --exclamó Ximénez-- que eso está muy lindísimamente hecho. - ---Es verdad --afirmó el dominico--, porque esos señores han estado -jugando a dos juegos, y con todo el mundo quieren comer. Adelante. - ---Otro --prosiguió Vargas--. _En nuestro Campo Imperial, etc... -Napoleón, etc..._ Este no hace exposición de motivos, ni considerando -alguno, sino que dice simplemente: _Art. 1.º El Tribunal de la -Inquisición queda suprimido como atentatorio a la soberanía y a la -autoridad civil. Art. 2.º Los bienes pertenecientes a la Inquisición se -secuestrarán y reunirán a la corona de España_. - ---Ya se ve --manifestó el dominico sin disimular su enojo--. Sin eso no -podía pasar. Afuera Inquisición, y vengan herejes, y lluevan masones: -¿qué les importa esto a los que no se cuidan de lo espiritual? - ---Poco significa esto --dijo Castillo--; porque el Santo Tribunal casi -no existe ya de hecho, abolido por la suavidad de las costumbres. - ---Pero se conservan las fórmulas, señor mío --contestó con aspereza -el dominico--, y las fórmulas tienen gran fuerza. Verdad es que no -se quema, ni se descuartiza (lo cual, dicho sea de paso, es excesiva -blandura, según estamos hoy comidos de herejía); pero hay todavía -degradaciones y simulados tormentos, que tienen muy buen ver para los -malos. - ---_Item_ --prosiguió Vargas--. _Art. 1.º Un mismo individuo no puede -poseer sino una sola encomienda._ - ---Adelante, que eso nos interesa poco. - ---_Item. Art. 1.º El derecho feudal queda abolido en España. Art. -2.º Toda carga personal, todos los derechos exclusivos de pesca, de -almadrabas u otros derechos de la misma naturaleza, en ríos grandes y -pequeños; todos los derechos sobre hornos, molinos y posadas, quedan -suprimidos, y se permite a todos, conformándose a las leyes, dar una -extensión libre a su industria._ - ---Eso no es nuevo --dijo Castillo--, y es lástima que nuestros -gobernantes con su indolencia hayan permitido a los franceses el -jactarse de promulgar una ley tan buena. - ---Eso, eso es, ¡hágale su merced la mamola! --observó Luceño de Frías -con el mayor desabrimiento, sentándose a horcajadas en una silla para -apoyar los brazos en el respaldo--. Me gustan las ideas del Padre -Castillo. Si para eso pasa Vuestra Paternidad la vida entre la polilla -de los libros, buenas nos las dé Dios. - -Y sacando su tabaquera y alargando la mano hacia el Prior, añadió: - ---Señor Ximénez, un polvito, que los duelos con rapé son menos. - ---No lo gasto --repuso el Prior. - ---Vamos, amigo Vargas, un polvito. - ---No lo gasto, que eso es cosa de viejas. Aquí tengo unos cigarritos de -la Habana, que merecen ser chupados por los ángeles del cielo. Si el -señor Prior me da su permiso... - ---Vengan --gritó Salmón-- esos tabaquíferos incensarios y pebetes de -Oriente, que tan bien matan el fastidio. - ---Allá van --dijo Vargas--. Son regalo de la señora Marquesa del -Fresno, y fuéronme remitidos poniéndolos en la mano de un Niño Jesús, -que me envió para que le diera una mano de pintura. - ---Pues en lo relativo a ese decreto que acaba de leerse --dijo -Castillo--, mi conciencia no me dicta sino alabanzas, y alabanzas le -daré, aunque lo haya escrito el gran Tamerlán. ¿Por ventura no son -esas las mismas ideas que han hecho célebre en toda la redondez de la -tierra a nuestro gran Jovellanos? El mismo Conde de Floridablanca, ¿no -intentó algo en ese asunto? Y los sabios consejeros de Carlos III, ¿no -se dieron de cabezadas por quitar esas trabas a la industria? Todos -sabemos que a aquel eminente Rey se le pasaron ganas de promulgar este -decreto. - ---¡Cosas de los jesuitas! --exclamó el dominico meciéndose en la -silla--. Pero esos pelanduscas andan también al retortero de Napoleón, -por ver si sacan tajada. Adelante con la lectura. - ---Pues adelante --continuó Vargas--. _Considerando que uno de los -establecimientos que perjudican a la prosperidad de España son -las aduanas y registros existentes de provincia a provincia, hemos -decretado lo siguiente: Desde 1.º de enero próximo, las aduanas y -registros de provincia a provincia quedan suprimidos. Las aduanas se -colocarán y establecerán en las fronteras._ - ---Tampoco eso tiene pero --observó Castillo--, y la Junta central, ya -que pensó decretarlo, no debió esperar a que lo hicieran los franceses. - ---También esto le parece bocadito de ángeles al reverendo Castillo ---dijo Luceño--. Medrados estamos. ¿Tratan de eso los libros de vuestra -merced? - ---Atención --indicó Vargas haciendo un gesto dramático-- que ahora -viene lo gordo. _Considerando que los religiosos de las diversas -Órdenes monásticas en España se han multiplicado con exceso; que si -un cierto número es útil para ayudar a los ministros del altar en la -administración de los Sacramentos, la existencia de un número demasiado -considerable es perjudicial a la prosperidad del Estado, decretamos lo -siguiente: Art. 1.º El número de los conventos actualmente existentes -en España, se reducirá a una tercera parte. Esta reducción se ejecutará -reuniendo los religiosos de muchos conventos de la misma Orden en una -sola casa. Art. 2.º No se admitirá ningún novicio ni permitirá que -profese ninguno, hasta que el número de religiosos se reduzca a una -tercera parte. Art. 3.º Los regulares que quieran renunciar a la vida -común y vivir como eclesiásticos seculares, quedan en libertad de -salir de sus conventos. Art. 4.º Los que renuncien a la vida común, -gozarán de una pensión que se fijará en razón de su edad, y que no -podrá ser menor de tres mil reales ni mayor de cuatro mil. Art. 5.º Del -fondo de los bienes de los conventos que se supriman, se tomará la suma -necesaria para aumentar la congrua de los curas. Art. 6.º Los bienes de -los conventos suprimidos quedarán incorporados al dominio de España, -y aplicados a la garantía de los vales y otros efectos de la Deuda -pública._ - -Durante la lectura de este decreto, no se oyó en la celda de Ximénez -otro rumor que el producido por el vuelo de una mosca, que andaba a -vueltas tras los restos del chocolate prioral, como Bonaparte tras -los reinos de España. Después de leído, aún duró una buena pieza el -silencio. - - - - -XXIV - - ---¡Toquen castañuelas, repiquen panderos, machaquen almireces, punteen -vihuelas y aporreen zambombas para celebrar el talento del sabio -legislador, harto de bazofia y comido de piojos, que sacó de su cabeza -ese pomposo y coruscante decreto! --exclamó al fin Luceño dando un -porrazo en el brazo del sillón y levantándose. - ---¿Conque a la tercera parte? --dijo Salmón--. ¿De modo que de cada -tres no ha de quedar más que uno? - ---Eso es, y los demás a la calle, a pedir limosna, porque una pensión -de tres mil reales para personas que han de vivir decentemente, es -aquello de hártate, comilón, con pasa y media. - ---Y afuera novicios. - ---¡Y no más profesar! - ---Y con los bienes se aumentará la congrua de los curas. - ---También eso está bien --dijo el dominico--. Alábelo su merced, Padre -Castillo. ¡Que nos quiten lo nuestro para darlo a los curas! ¿Quiénes -son los curas, ni qué hacen esos zanguangos en bien de la cristiandad? -Ya... como los curas son tan tibios patriotas... ¡Estoy que bufo! - ---Lo mejorcito es que los bienes de los conventos suprimidos pasen al -dominio de España. - ---¿Qué tiene que ver España, ni San España, ni Marizápalos con esos -bienes? - ---¿De modo que nuestras granjas de Leganés, de Valmojado...? --preguntó -Salmón. - ---¡Ya se ve! De esto se ríen todos esos infelices Mínimos, Gilitos y -Franciscos que nada tienen. A ellos, ¿qué les importa? Por eso van a -hacerle el _como la porta bu_. Bien, retebién. Y lo mismo hacen los -Afligidos, que son la cáfila de majaderos más desaforados que he visto. - ---No murmurar, hermano --indicó Castillo. - ---Dios me lo perdone --dijo Luceño--, y no lo digo por nada malo, que -hay Afligidos de todas clases. ¿Pero creen vuestras mercedes que se -llevará a cabo esto de las terceras partes? - ---Yo creo que va a ser dificilillo. - ---Pues yo temo que lo llevarán adelante --afirmó Luceño--; que esta -mañana me ha dicho en confianza un regidor que va a Chamartín, que ya -tienen hecho su plan, y que dentro de pocos días comenzará el restar y -dividir, para dar principio a la demolición de los conventos. - ---¡La demolición! - ---Sí; que todas estas casas las destinan a oficinas del Estado, y la -primera que va a caer hecha pedazos es este monasterio de la Merced en -que ahora estamos. - ---¡Cómo, la Merced! ¡Se atreverán a ello! --exclamó Ximénez de Azofra, -dándose un golpe en la rodilla--. ¡Cómo! ¿Se atreverán a derribar -esta casa, que lo fue del gran Tirso de Molina? ¿Y la gran devoción -que inspira la Virgen de los Remedios, que está en una de nuestras -capillas? ¿Pues y el sepulcro de los nietos de Hernán Cortés? No, no -puede ser. Derriben en buen hora otras casas de religiosos; pero no -esta por tantos títulos, además de su antigüedad, venerable. - ---Y también está amenazada la Trinidad Calzada --apuntó Luceño-- si no -de que la derriben, al menos de que la vacíen. - ---Eso no puede ser --declaró Vargas--, que más glorias encierra mi -casa que todos los demás claustros de Madrid reunidos. Díganlo si no, -el beato Simón de Rojas y el Padre Hortensio de Paravicino, autor del -libro _De locis theologicis_. - ---Autor de las _Oraciones evangélicas_, de la _Historia de Felipe III_ -y de la _España probada_, querrá decir Vuestra Paternidad --indicó -Castillo con malicia--; que el libro _De locis theologicis_, hasta los -chicos de las calles saben que es de Melchor Cano. - ---Tiene razón Castillo: me equivoqué. Pero sea lo que quiera, también -tiene mi convento la honra de haber rescatado, mediante los Padres -Bella y Gil, al inmortal Cervantes, autor del _Quijote_, Sr. Castillo, -pues yo también entiendo algo de autores. En caso de desalojar -conventos para oficinas, ahí está Santo Tomás, donde caben todas. - ---¡Cómo es eso! ¡Santo Tomás! ¡Desalojar a Santo Tomás, el más -ilustre de los conventos de Madrid! --exclamó impetuosamente el -dominico--. ¿Y qué sería de este pueblo si le quitaran el espectáculo -de las procesiones que de allí salen con motivo de las funciones del -Santo Oficio? A fe que hartas casas hay en Madrid, si quieren hacer -plazuelas, como dicen, aunque más vale que no se toque a ninguna, -porque _setenta y dos_ conventos para una población de 160.000 almas, -me parece que no es mucho. Las casas de religiosos apenas ocupan un -poco más de la mitad del perímetro de esta gran villa, lo cual no es -nada desmedido, y de todas las casas que se alzan en ella, solo _cuatro -quintas partes_ pertenecen a conventos, memorias pías, capellanías y -otras fundaciones. - ---Y dígame, Luceño --preguntó Ximénez--, ¿van dominicos a la reunión -que convoca el Corregidor? - ---Creo que no. Según he oído, solo se prestan a ir a Chamartín el -prepósito de San Cayetano, el abad de Montserrat, dos Agonizantes, un -par de Franciscos, un Rector de Niñas de la Paz y un Afligido. - ---Pues esos sacarán tajada, no lo duden vuestras mercedes. Sobre -nosotros lloverán los decretos y las terceras partes. - ---Mi opinión es --dijo Salmón-- que, pues cuesta bien poco ir de aquí -a Chamartín, nada se pierde con que vayan un par de Padres, y yo me -brindo a ello, que bueno es estar bien con todos, y el orgullo es -pecado, y quien al cielo escupe en la cara le cae. - ---No en mis días: de esta casa no irá nadie --aseguró Ximénez de -Azofra--; y en cuanto a este joven, nada podemos hacer. Indigno sería -pedir favores a quien nos trata mal, amenazándonos con terciarnos y -partirnos como si fuéramos aranzadas de tierra. Conque busque usted -quien le proporcione la _carta de seguridad_ para salir de Madrid. - ---Dificilillo es --afirmó Luceño--, pues entiendo que se miran mucho -para dar las tales _cartas_, y sin ellas no es posible dar un paso de -puertas afuera. - ---Sin embargo --dijo el discreto Castillo--, hay multitud de personas -que por estar en bien con los franceses, pueden socorrer a este joven. -¿No conoce usted ninguna persona de alta posición y de influencia? - ---Sí, ya me ocurrió acudir a la señora Condesa --indicó Salmón--, y -confío en que su generosidad sacará a este joven del mal empeño en que -se ve. El señor Marqués se ha afrancesado, y dicen que va a entrar en -la alta servidumbre del Rey José. - ---El Sr. D. Felipe bebe los vientos por que cualquier Gobierno se -acuerde de él --dijo Castillo--. Algo debe de haber de cierto en eso, -pues hace tres días, después de haberse presentado a Belliard, fuese al -Pardo, donde se ha instalado con su hija. Ayer creo que debió llegar a -dicho real sitio el Rey José. A pesar del influjo que en la botellesca -Corte tiene el señor Marqués, yo no me fiaría de él para ningún -delicado asunto. De más eficacia me parece en el caso presente el señor -Duque de Arión, pariente de esta familia y que goza de gran poder en el -Cuartel general. - ---¡Admirable idea! Veremos al señor Duque. - ---No ha llegado aún a Madrid; y como no sea exponiéndose a los peligros -de un viaje a Chamartín, este joven no podría verle. - ---Lo mejor --añadió Salmón-- es que veamos hoy mismo a la señora -Condesa. ¿Va hoy allá la Paternidad del Sr. Castillo? - ---Dentro de un rato, pues la señora Marquesa me ha mandado llamar hoy -con toda premura. Si quiere este joven venir conmigo, le llevaré. - ---Oportunísimo --añadió Salmón--. Yo iré también. Pero, hijo, si en la -calle acertamos a pasar por junto a esos cafres... - ---Pues bien --dijo Ximénez--: para que vaya más seguro, yo les presto -mi coche, que, con sus dos gallardas mulas, debe de estar ya en la -huerta. - ---Muy bien --declaró Salmón batiendo palmas--. Me parece buena idea la -del coche; pero para mayor seguridad, te vestiremos de novicio. Venga -la carroza prioral y a casa de la Condesa. - ---Pues entrareme también en ella, y me dejarán de paso en Santo Tomás ---añadió Vargas. - ---Pues allá voy también --dijo Luceño--, si me dejan en las Descalzas -Reales. - -Y así acabó la conferencia, sin más resultas que las de mi improvisado -disfraz de novicio y mi viaje a casa de la Condesa, donde me pasó -lo que el lector verá a continuación si tiene paciencia para seguir -leyendo. - - - - -XXV - - -La Condesa mostró mucho asombro al verme. Hallábase en la misma -habitación donde algunos días antes me había recibido, y cuando -entramos, apartose del secreter donde escribía, para venir a nuestro -lado. Castillo principió preguntándole por la salud de todos, y luego -en breves palabras le expuso los motivos de mi visita y de mi nuevo -traje. Cumplida esta misión, y añadiendo que necesitaba ver a la -señora Marquesa, pidió a Amaranta venia para pasar adentro, y con esto -nos quedamos Salmón y yo solos con ella. - ---Por ahí se murmura que yo soy afrancesada --dijo Amaranta--; pero -no es cierto. Mi tío sí ha abrazado la causa del Rey José con tanto -entusiasmo, que cuando le contradecimos en algún punto relativo a -estas cosas, nos quiere comer a todos. Vive en el Pardo con su hija -desde hace tres días en el mismo Palacio Real, pues el Rey intruso se -ha empeñado en incluirle en su alta servidumbre. Está mi tío loco de -contento, y si viene esta tarde a Madrid, como decía, yo le rogaré que -me proporcione una _carta de seguridad_ para este mancebo. - ---Ya estás salvo, Gabriel --exclamó el mercenario--. ¿No te dije que -esta excelsa señora te sacaría de tan mal paso? - ---Aún mejor puedo conseguirlo por mi primo el Duque de Arión, el cual, -más que afrancesado, es francés puro, y si viene mañana a Madrid, como -espero, no olvidaré este encargo. - ---Vaya, no hay que pensar en que te echen mano --dijo Salmón -levantándose--. Ya estás salvado, chiquillo; prostérnate ante Su -Grandeza y dale un millón de gracias por tantas mercedes. Y ahora, -señora Condesa, si usía me da su licencia, voy a pasar a ver a mi -señora la Marquesa, que el otro día me habló de unos requesones, acerca -de cuyo mérito quería saber mi voto. - -Nos quedamos solos Amaranta y yo, lo cual me agradó, pues deseaba -hablar con ella sin testigos. - ---Señora --la dije--, ¡cuánto agradezco a vuecencia esta nueva bondad! -Ahora me cumple pedir perdón a usía por no haber salido de Madrid, como -hubiera sido mi deseo. - ---Estarías alistado. - ---Justamente, y ahora que el desarme me permite salir, una persecución -injusta, cuya razón no puedo explicarme, me detiene en Madrid, oculto -en el convento de la Merced. - -En seguida contele el incidente de Santorcaz, añadiendo que el antiguo -desleal mayordomo de la casa andaba a la zaga del flamante jefe de -policía. - ---Ya lo sé --me dijo Amaranta--, y he tenido miedo de que algún peligro -amenazara nuestra casa. Por eso me alegro mucho de que Inés esté con -mi tío en el palacio del Pardo, donde no puede ocurrirle nada malo. -El primer día sentía yo gran zozobra; pero nosotros tenemos antiguas -amistades y relaciones con las primeras personas del partido francés, y -ya estoy tranquila. Nada temo de esos miserables. - ---Me falta --dije yo--, dar las gracias a vuecencia por los otros -favores de que me dio cuenta el licenciado Lobo. No los necesitaba para -llevar adelante mi resolución, y sin destino en el Perú, sin ejecutoria -de nobleza y sin promesas de dinero, sabré hacer de modo que usía no -tenga queja alguna de mí. - ---No --me dijo sonriendo--: el destino que solicité de la Junta, espero -que ahora me lo conceda también el Gobierno francés, y de todas estas -diligencias está encargado Lobo, a quien he dado cartas para Cabarrús -y para Urquijo. Irás al Perú, tendrás tu ejecutoria de nobleza, y con -esto y con la ayuda de Dios podrás llegar a ser un hombre de provecho. -La conciencia me impulsa a hacer esto en pro de una persona desvalida -que tiene derecho a mi consideración. En cambio, no olvidaré que has -formulado una promesa, y cuanto hago por ti no es más que la recompensa -anticipada que ganas cumpliendo lo pactado. - ---Señora Condesa, yo cumpliré religiosamente lo prometido --le contesté -con resolución--, y no puedo admitir la recompensa. Mi dignidad no me -lo permite. - ---¿Pues acaso tú tienes dignidad? --me dijo riendo--. Pero no, no debo -reírme. ¿Por qué no habías de tenerla como otro cualquiera? La verdad -es que los que estamos en cierta posición no vemos más que a nosotros -mismos. En cuanto a la determinación de no aceptar nada, yo arreglaré -las cosas de modo que aceptes. - -Así hablábamos cuando regresó Salmón a nuestro lado, y al punto cortó -el hilo de nuestro coloquio, diciendo: - ---Gran satisfacción, señora mía, me ha causado la noticia que en -este momento acabo de oír de los autorizados labios de mi señora la -Marquesa. La paz sea en esta casa, señora, y pues todo parece en camino -de arreglo, bendigamos la mano de Dios. - ---¿Habla Su Paternidad del asunto de mi prima? --dijo Amaranta--. Sí, -ya creo que la tenemos en vías de curación. - ---Veo que el ingeniosísimo recurso ideado por el gran entendimiento de -vuestra merced, ha surtido su efecto. ¿Y cómo recibió la noticia? ¿Se -turbó, derramó muchas lágrimas...? Porque en realidad, señora, decirle -de buenas a primeras que el joven ese... - -Y Salmón se detuvo como hombre prudente, temiendo hablar de negocio tan -delicado delante de un extraño. - ---Puede Vuestra Paternidad hablar sin reticencias --dijo Amaranta con -un tonillo que me pareció algo intencionado--, porque no estando en -antecedentes la única persona que nos oye, poco importa... - ---Pues preguntaba, señora, si cuando se le dijo y se le probó la muerte -de ese joven, no mostró su pena de un modo ruidoso, con desmayos, -gritos, lloros y demás desahogos propios de la debilidad femenina. - ---Nada de eso, Padre --repuso Amaranta con muestras de satisfacción--. -Al principio no lo quería creer; luego, cuando se le probó de un modo -irrecusable, con los papelotes que trajo el licenciado Lobo, pareció -dudarlo, y, por último, cuando yo se lo dije, aparentando sentirlo y -doliéndome mucho de la muerte de ese infeliz, empezó a creerlo. Lo que -más la ha convencido, fue el artificio verdaderamente teatral que puse -en práctica para hacérselo creer. Estaban todos hablándole de este -asunto, cuando entré de improviso, fingiendo mucho enojo porque sin -preparación alguna le daban tan tristes noticias; arranqué de las manos -de Lobo aquellos papeluchos, que fingían ser partidas de defunción, -copias del libro del hospital o no sé qué, y los hice pedazos delante -de ella. Al mismo tiempo empecé a disponer que se dieran cordiales -y otros remedios del caso, asegurando que tenía ella mucha razón en -sentir la muerte de aquel con quien tuvo tan honesta amistad. Esto -hizo efecto, y después, cuando encerradas las dos en mi alcoba la -dije: «Sosiégate: todavía puede ser que se salve. Yo te prometo que si -vive, le verás, y quién sabe, primita mía... Puede ser, puede ser...» -ella se afligió mucho, y yo añadí: «Es preciso tener resignación; es -preciso aprender a padecer. Yo no quiero contrariar ya una inclinación -tan decidida, porque antes que todo es tu felicidad. Desgraciadamente, -Dios quiere resolver la cuestión de otro modo y llamar a ese joven a su -seno. Esta mañana he estado en el hospital, le he visto, y la verdad... -había pocas o ningunas esperanzas.» Y con esto aumentaba su tristeza, -pero sin llantos ni exclamaciones. Luego yo también me puse a llorar, -y la abracé y la di mil besos, diciéndole: «Ya ves cómo no está en mi -mano hacerte feliz. Te aseguro que por mi parte no repararía en nada -para conseguirlo; pero Dios lo ha dispuesto de otro modo. Procura -calmarte y ten resignación.» Cuando esto le dije, la dejé convencida. -¡Ay! Después su aspecto era el de la resignación. Hablaba poco y -parecía meditar. Se ha desmejorado mucho en pocos días; pero esto se -le pasará indudablemente. Ahora ha ido al Pardo, pues la variación de -localidad es muy buen remedio para estas enfermedades del espíritu. Su -manía caprichosa y ciega nos ha disgustado mucho; pero me parece que -dentro de algún tiempo estará todo concluido. - ---¡Oh! ¡Qué felicidad! --exclamó Salmón--. Hay un gran médico del -dolor, que se llama el doctor Tiempo. Perdida con la idea de la muerte -la esperanza, ese señor médico hace maravillas en un par de semanas. - -Yo oía este diálogo, y admiraba la extremada habilidad artística de -aquella encantadora cortesana, tan maestra en engaños y ficciones. - ---Ha hecho muy bien usía --continuó Salmón--, en poner en juego esos -ingeniosos ardides que prueban su grandísimo talento. Era una cosa que -daba vergüenza ver a mi niña enamoriscada de un haraposo de las calles, -que sin duda es de lo más arrastrado y despreciable que han echado -madres al mundo. - ---¡Oh! No --dijo Amaranta con cierto énfasis jovial--. Nosotros nos -esforzábamos en pintárselo así; pero no tiene nada de despreciable. -Yo tengo noticias ciertas de sus antecedentes y conducta. Además de -que ha demostrado en varias ocasiones una nobleza de sentimientos -que no puede caber sino en personas bien nacidas, su posición es más -que regular. Cierto es que por desgracias de familia, tan comunes en -estos tiempos, viose reducido a la indigencia; pero está probado que -procede de una nobilísima familia de los mejores solares de Andalucía, -como lo acredita la ejecutoria que posee; y además, figúrese Su -Paternidad si tendrá méritos personales, cuando la Junta central le -dio espontáneamente un gran destino en el Perú, cuyo destino parece le -confirmará ahora el Gobierno francés. - -Tuve que hacer un esfuerzo para contener la risa que asomaba a mis -labios. - ---Pues eso sí que no lo sabía yo. De modo que la discreta ninfa no -había puesto sus ojos en ningún piruétano. De todos modos, bueno es -que se haya quitado de en medio por una engañosa ficción la importuna -memoria del empleado del Perú. Por supuesto, señora, no hay que pensar -en D. Diego. - ---¡Oh! No... estamos decididas. D. Diego no será de modo alguno su -esposo, aunque renunciemos a la buena amistad de la de Rumblar. Al fin -he convencido a mi tía, y pronto impediremos a ese joven que entre en -esta casa. Aún viene aquí; pero tanto nos disgusta su presencia, que de -un día a otro le vedaremos la entrada. - ---Y ese pariente de vueseñorías --dijo el mercenario--, ese Duque -de Arión, a quien se tiene por un joven instruidísimo, ¿no estará -destinado a ser esposo de la joya de esta casa? Perdone usía mi -curiosidad. - ---No lo sé --respondió Amaranta--. No hay nada proyectado. Mi primo ha -vivido catorce años en París: apenas nos conoce. - -Así continuó la conversación por un buen espacio de tiempo, cuando -sentimos ruido de voces, y vimos que con gran estrépito y baraúnda -entraba el diplomático, en traje de camino, y tan alegre, tan festivo, -tan charlatán, que al punto le tuvimos por poseedor de los más altos -secretos de Estado. - ---Sobrina --gritó al entrar--, aquí me tienes. Pero soy el juego de la -correhuela: cátate dentro y cátate fuera. Ahora mismo tengo que salir; -pero si no miente mi lista, son ciento dos las personas que he de ver -de aquí a las cuatro de la tarde. ¡Si me vuelvo loco! ¡Si no es mi -cabeza para tantos negocios! Que vaya el señor Marqués a explorar el -ánimo del Duque de Alba, para ver si cede o no cede; que forme el señor -Marqués una lista de las personas de la grandeza que están dispuestas a -acatar a José; que vea el señor Marqués al Corregidor de Madrid; que se -dé una vuelta por los Cinco Gremios a ver si anticipan o no anticipan -fondos; que vaya, que venga, que corra, que escriba, que aconseje, que -consulte, que tantee... ¡Jesús, María, José! Esto no es vivir. Yo no -quería meterme en tales faenas. Pero me han obligado, me han cogido, -me han puesto el cordel al cuello. Cuando el Rey José dice que no -puede hacer nada sin mí; cuando me presenta a su hermano, elogiándome -con frases que no repito por no parecer jactancioso, no es posible -evadirse... ¡Oh! ¡Qué belén, qué ir y venir! Nada se ha de hacer sin -que yo diga _hágase_. Y usted, Sr. Salmón, ¿qué dice de estas cosas? - ---¿Qué he de decir, sino que Dios le conserve a usía mil años al lado -de ese Rey, para ver si evita lo de las terceras partes con que nos han -amenazado? - ---Todo se arreglará, hombre, todo se arreglará. A pesar del decreto -de proscripción, hemos salvado la vida a Infantado, Alba, Santa Cruz -del Viso, Medinaceli, Híjar, Fernán-Núñez, Altamira, Castel-Franco, -Cevallos, y al Obispo de Santander, sentenciados a muerte por el -decreto dado en Burgos el 12 de noviembre. Se les envía a Francia -simplemente. Otras muchas cosas ha dispuesto el Emperador, modificando -sus primitivas determinaciones; pero no las puedo decir, no; no te diré -una palabra, sobrina, de estos delicados negocios: ya te veo sonreír... -Ya te veo a punto de emplear las armas de tu seducción para poner sitio -a la fortaleza de mi secreto; pero no te diré nada, no, ni una sílaba; -ni tampoco a usted, Salmón, que me mira con esos ojazos, que revelan -toda la concupiscencia de la curiosidad. - ---No quiero saber nada de eso --dijo Amaranta--. ¿Y mi primita? - ---Contentísima. - ---¿Cómo contentísima? - ---No, no; quiero decir, tristísima. En dos días creo que no habrá -dicho seis palabras. Se ocupa en sus labores con una asiduidad que me -asombra, y no hay quien la haga presentarse en el gran salón de Palacio. - ---Ha hecho usted muy mal en dejarla sola --dijo la Condesa con cierto -enfado. - ---¿Y qué le ha de pasar? ¿No quedan allí los criados? ¿No está con tu -doncella y con Serafina, que ni un instante se separa de su lado? - ---Pero ya le dije a usted que Inés no debe quedarse sola con doncellas -y criadas en ninguna parte --añadió Amaranta notoriamente contrariada. - ---¿Estamos viviendo en despoblado? --dijo el Marqués riendo--. En el -Pardo, en el mismo Palacio del Pardo, donde vive un Rey con numerosa -servidumbre y guardia, ¿no puede quedarse sola mi hija por cuatro o -cinco horas? ¡Si vieras qué habitación tan magnífica me han destinado -en el piso bajo! Dan sus balcones al jardín del Mediodía, y se goza -allí de una deliciosa vista. Ayer y hoy por la mañana, Inés salió a -dar un paseo por el jardín. ¡Buen rato pasó la pobrecita!... ¿Pero -cuándo vienes al Pardo? Por Dios y María Santísima, que sea pronto. -Allí se pasan las noches deliciosamente, y no puedes figurarte cuán -amable, cuán discreto, cuán bondadoso es el Rey José. ¡Cuánto nos -reímos anoche! Él me preguntó: «¿Por qué dicen los españoles que soy -borracho, cuando no bebo más que agua?» Yo me quedé un tanto cortado; -pero disculpé a mis compatriotas como pude. - ---Mañana --dijo Amaranta-- nos iremos mi tía y yo, pues ya, a fuerza -de sermones, voy logrando vencer su repugnancia a los franceses. Y -ahora que me acuerdo, tío, tiene usted que procurarme una _carta de -seguridad_ para que pueda escaparse de Madrid una persona injustamente -perseguida. - ---¡Oh, no, de ningún modo! --dijo el diplomático--. Yo no oculto -insurgentes, ni favorezco de modo alguno la insurrección. ¿Cartitas de -seguridad? Nada, nada, sobrina, no ampares pícaros, ni protejas a los -que se obstinan en aumentar los males de la patria. Sométanse todos a -ese bendito Soberano que no bebe más que agua, y entonces se acabarán -las precauciones. Es preciso sofocar la insurrección que hierve en los -alrededores de Madrid, y hacen muy bien en no dejar salir ni una mosca. - ---Bueno --dijo Amaranta--. Mañana ha de llegar mi primo el Duque de -Arión, y él me dará cuantas cartas de seguridad se me antoje pedirle. - ---¡Que viene mañana! --dijo el Marqués--. Yo le esperaba esta noche. Me -han dicho que ya cumplió la misión que le dio el Emperador en Burgos y -ha regresado al Cuartel general. Entrará también en la servidumbre del -Rey José. Si llega mañana, inmediatamente os marcharéis todos juntos -al Pardo. ¡Cuánto deseo verle! Era tamañito así cuando su madre se -fue a vivir a París hace catorce años. Otro más travieso no vi nunca. -Yo, jugando a todas horas con él, le inculcaba los rudimentos de la -historia patria. ¿Me deparará Dios un excelente yerno? - ---Veremos --repuso Amaranta--. No puedo dar mi opinión mientras no le -trate. El Duque de Arión se ha educado en París. - ---Educación a la francesa --dijo Salmón--. _Vade retro._ ¿Apostamos a -que viene mi señor Duque hecho un filosofillo de tomo y lomo? - ---¡Oh, no! --exclamó el diplomático--. Desde que supe que se había -afiliado al bando napoleónico, le tuve por muy discreto. Su entrada -en España con el Emperador, las difíciles comisiones que este le ha -dado para entrar en tratos con las ciudades rebeldes, prueban... ¿pero -qué veo?... Las dos, y yo aquí de conversación olvidando las mil -comisiones... Adiós, sobrina; adiós, Padre Salmón y la compañía. Yo me -vuelvo loco con tanto ir y venir... Es terrible que esos señores no -puedan hacer nada sin uno... Adiós, adiós. - -Y sin cesar de hablar, salió de la habitación y de la casa -apresuradamente. - - - - -XXVI - - -Referidos estos curiosos diálogos, me cumple ahora contar de qué medio -se valió la Condesa para facilitarme la deseada fuga. Mandome, pues, -que volviera al día siguiente, prometiéndome tener todo concertado -y en regla, de modo que pudiese sin pérdida de tiempo emprender la -marcha, desafiando la vigilancia ejercida en las matritenses puertas. -Hicimos Salmón y yo lo que se nos mandaba, y al otro día, cuando nos -disponíamos a volver de nuevo a casa de Amaranta, llamonos el Padre -Prior, y nos dijo: - ---Este joven no puede estar aquí ni un día más, y esta noche misma, si -no encuentra medio de escaparse, es fuerza que busque un asilo más -seguro. - ---¿Más seguro que la Merced? - ---Sí --añadió Ximénez de Azofra--. Han venido a avisarme que se -sospecha de los conventos, que se nos acusa de ocultar a los -conspiradores y a los espías de los insurgentes, y parece que mañana -mismo registrarán todas estas casas, principiando por la Merced. - ---Por fortuna la señora Condesa te amparará hoy mismo --dijo Salmón--. -Vamos allá sin perder un instante. - -Vestido de novicio y en coche, como el día anterior, fuimos a casa de -Amaranta, y desde que nos vio entrar, díjome con semblante alegre: - ---Mi primo el Duque de Arión ha llegado anoche, y me ha prometido -conseguir la carta de seguridad antes de tres días. - ---Es que yo quisiera partir esta misma noche, señora Condesa --dije. - ---¿Esta misma noche? - ---Tememos que esos hotentotes registren mañana nuestra casa --añadió el -Padre Salmón. - ---Pues es preciso hacer un esfuerzo y salir de este mal paso --indicó -Amaranta--. La principal contrariedad consiste en que no puede uno -fiarse de nadie. Me han asegurado que la policía francesa ha extendido -sus ramificaciones a muchas casas principales, y que sobornando lacayos -y pajes tiene bajo su vigilancia a las familias que juzga desafectas. -No quisiera poner en el secreto a ningún criado, y... ¡Ah! ¿No podría -salir con ese mismo traje de novicio? - ---Mal vestido es, señora, para estas circunstancias --dijo Salmón--. -Tengo entendido que el registro que se hace en las puertas es tan -escrupuloso, que hace difícil toda superchería. A unos les hacen -desnudar, no librándose de este vejamen ni aun las pudorosas -doncellas y las que no lo son. Examinan con farolitos las facciones, -confrontándolas con las notas de la carta; hacen vaciar las -faltriqueras, y esta ceremonia se repite en dos o tres puntos, y ante -los ojos de distintos esbirros. - ---Un criado de casa --dijo la Condesa-- tiene carta de seguridad. Con -ella y disfrazándose de paleto, ¿no sería fácil burlar la suspicacia de -esa gente? - ---Los paletos --dije yo-- son los más perseguidos y a los que primero -detienen, porque se teme que comuniquen a los conspiradores de aquí con -los insurgentes de fuera. - ---En este momento --exclamó Amaranta-- me ocurre una idea salvadora. - -Diciendo esto llamó a un criado y mandole un recado al Duque de Arión, -que vino sin tardanza alguna, pues residía en la propia casa. El cual -Duque de Arión, a quien llamo así porque se me antoja, callando su -verdadero título, que es de los más conocidos entre los de España, era -un joven de veintidós a veintitrés años, delgado, de regular estatura, -semblante frío y sin expresión, de modales elegantes y comedidos, como -de persona habituada a la alta etiqueta, y sin otra cosa notable -en su persona que la atildada perfección del vestir. Digo mal, pues -también llamaba la atención en él un acento francés tan marcado y un -tan incorrecto uso de nuestro lenguaje, que a veces no era posible -oírle con seriedad. Hijo único de una señora que no nombro, y que fue -mujer muy corrida y muy tomada en lenguas allá por los últimos años del -siglo antecedente, marchó con ella a París a los siete años de edad y -en tiempo del Directorio: allí se educó, permaneciendo tres lustros -fuera de su patria. Era primo, no sé si en segundo o tercer grado, de -los que yo llamo de Leiva; pero la Marquesa, que le había criado, casi -le consideraba como hijo. Ya saben ustedes que este joven, a quien no -faltaba cierta discreción y muy buenas luces, era partidario decidido -de Bonaparte, más que por aficiones políticas, por la amistad que le -unía al mariscal Berthier. Cuando verificó el Emperador su expedición a -España, trájole consigo, dándole no sé qué puesto en la casa imperial. -Desde Somosierra fuele encargada una comisión confidencial cerca de -los vecinos acomodados de Burgos: desempeñola bien, según entendí, y -al venir a Chamartín, después de un día de descanso, pasó a Madrid con -objeto de abrazar a aquellos sus parientes, y con ansia también de -visitar su posesión de Parla, donde había nacido. Llegó Arión por la -noche, y al siguiente día tuve el honor de verle y ocurrieron sucesos -muy notables, a consecuencia de un diálogo que no puedo menos de -copiar, reuniendo los más oscuros recuerdos que almacena en sus antros -sin fin mi memoria. - ---Primito --dijo Amaranta--, me vas a hacer un favor. - ---¡Oh! Mi querida prima --repuso Arión--, _de tout mon cœur_. - ---Préstame, o mejor dicho, dame tu carta de seguridad. No dudo que me -harás este obsequio, ya que has mostrado tantos deseos de obsequiarme. - ---¡Oh, _ma belle comtesse_! --dijo el currutaco llevándose la mano al -corazón--. Yo estoy muy obligado a vuestras bondades, y si pudiera -exprimaros lo que siento... Mi deseo fuera que me demandaríais _quelque -chose_ de más difícil, extraordinario y peligroso, para probaros que... - ---Gracias por la condescendencia, primo, y excusemos galanterías. Yo -soy una vieja. ¿Se usa en Francia que los petimetres galanteen a las -viejas? Por aquí no ha llegado todavía esa moda; pero me parece que tú -traes los primeros figurines de ella. - ---¡Oh, oh! - ---¿Y no te enfadarás si tomo tu nombre para una obra de caridad? -Deseo facilitar la evasión de Madrid a un joven desgraciado, a quien -persiguen miserables polizontes por satisfacer una ruin venganza. - ---¡Oh, oh, _volontiers_! _Ma belle contesse_ es dueña de hacer lo que -querrá con mi nombre. - ---También me darás uno de tus vestidos, primito, ¿no es verdad? --dijo -Amaranta con encantadora gracia y examinándome rápidamente de pies a -cabeza--; uno de esos magníficos trajes que has traído de París, hechos -conforme a las últimas modas, y que servirán de desconsuelo a todos los -petimetres de por acá. - ---¡Oh, oh, yo soy _très_ contento de daros mi _hábito_! - ---Pues bien --dijo Amaranta con satisfacción--. Creo que podré salir -adelante con mi invento. Al anochecer escapará este joven de Madrid con -el menor riesgo posible. - -Y tomando de mano de Arión la carta de seguridad, me la dio diciéndome: - ---Esta tarde, antes de marchar al Pardo con mi tía y mi primo, lo -dejaré arreglado todo. Puede este joven retirarse tranquilo; y si el -discreto Salmón tiene la bondad de pasar por aquí esta tarde, yo le -daré las necesarias instrucciones para que todo marche a pedir de boca. - ---Señora --dijo el fraile--, volveré al anochecer o cuando usía quiera; -que tan a pechos he tomado este negocio como el mismo interesado. - ---Vuelva su merced antes de las tres, pues hemos de salir para el -Pardo temprano, por sernos preciso visitar de paso en la Moncloa a mi -madrina, que allí reside y está enferma, aunque no de gravedad. - -Di yo las gracias a la Condesa por sus muchas bondades; rogome ella que -si salía en bien, como esperaba, se lo comunicase, indicándole el sitio -de mi residencia para enviarme nuevos testimonios de su protección, -y con esto salimos el mercenario y yo muy satisfechos para tomar el -camino del convento. - -Más tarde, cuando el fraile regresó de su segundo viaje a la misma -casa, conocí en conjunto el plan maravilloso de Amaranta, que era digno -ciertamente de su habilidoso y enredador talento. - ---No he visto más graciosa invención --dijo mi amigo--. Te pones el -vestido que te mandarán, para que puedas pasar por persona principal; -y como tú y el señor Duque tenéis la misma estatura y talle, quedarás -que ni pintado. Con esto y la carta de seguridad que ya tienes, esta -noche no eres Gabriel, ni Pico de la Mirandola, sino el señor Duque de -Arión que sale por la Puerta de Toledo para ir a su posesión de Parla. -Asimismo estará a tu disposición un coche... ¡pero qué coche! La señora -Condesa tiene sospechas de que alguno de su servidumbre está sobornado -por esos indignos corchetes, y teme confiarles el secreto. Para quitar -de en medio esa dificultad, he solicitado de una amiga que le facilite -un _bombé_... ¡Conque en _bombé_ nada menos, chiquillo! Te advierto -que al cochero y lacayo se les dice que eres el propio Arión; y como -no conocen a este, es imposible que te vendan, aunque alguno fuese -bastante malo para hacerlo. Tendrán orden de llevarte a donde tú les -digas; pero se te aconseja que no pases más allá de Navalcarnero si -sales por la Puerta de Segovia, o de Leganés si vas por la de Toledo, -en cuyos puntos no creo que haya peligro. Conque, señor Duque, beso a -usía las manos. Es imposible que sospechen nada al ver tu empaque y -tu carta de seguridad... Ya verás cómo lejos de ponerte reparos esos -gaznápiros, se quitarán los sombreros ante ti, y aun se brindarán a -acompañarte hasta tu palacio de Parla. ¡Que las tenga vuecencia muy -felices! - -La idea de Amaranta era de éxito casi seguro, y no tropezando con -Santorcaz, con Román o con otro cualquiera que personalmente me -conociese, era inevitable mi escapatoria, pues mi carta de seguridad -llevaba el nombre de una principalísima persona, reputada por muy -adicta a la causa francesa. Con esta confianza estuve todo el día, -y antes del anochecer llegó un criado con el traje, el cual me caía -que ni pintado. Era elegantísimo, y de mucho lujo por la finura del -paño, el primor de los adornos y lo exquisito de todos sus accesorios; -mas no era traje de corte, sino de diario traer, si bien de esos que -por sí solos hacen resaltar sobre el vulgo a cualquiera que se los -pone, aunque más los lleve colgados que puestos. Consistía en casaca, -chupa y calzón de paño verde muy oscuro, con medias del mismo color; -cuello blanco, de infinidad de randas compuesto, y un rendigot pardo -con vueltas y solapas de pieles. Esta prenda tenía algún uso, mas aún -conservaba muy buen ver. - -Cuando encajé sobre mi cuerpo aquellas prendas, todos los frailes -vinieron a verme, y a porfía dijeron que nada podía pedirse en el arte -y buen parecer; que el sastre, autor de tales ropas, por fuerza había -adivinado las medidas de mi cuerpo, y que de tan linda manera vestido, -podía echarme a buscar aventuras por las altas casas de Madrid, seguro -de encontrar en alguna quien me mirase con agrado. A estas alabanzas -contestaba yo con risas y bromas; pero la verdad era (y en conciencia -no quiero ocultar esto, aunque me desfavorezca) que yo estaba un -poquito envanecido con mi traje, y todo se me volvía dar vueltas -ante un espejillo, pues también en los conventos los había. El más -satisfecho de todos era Salmón, que no cesaba de hacer reverencias ante -mí, llamándome _señor duque_; y por fin, lleváronme como en jubileo a -la celda del Prior, el cual se rio mucho, alabando con exageración mi -buen empaque. - -Vestido ya, vinieron a decir al fraile que un joven le buscaba con -mucho empeño. Salimos los dos, y en el claustro bajo hallamos a Don -Diego, pálido, azorado, inquieto, el cual llegose impaciente al -mercenario, y le habló así: - ---Padre, la Zaina se muere y quiere confesarse. - ---¡Pobre Zainilla! --exclamó el religioso--. ¿Y qué es ello? - ---Un mal que nadie conoce, ni se ha visto otro parecido, pues unos -lo tienen por locura, otros por consunción, estos por reumatismo, -y aquellos por melancolía. Lo cierto es que se muere sin remedio, -y ahora ha dado en llorar después de dos días en que no ha hecho -más que morderse, arrancarse los cabellos, o insultar a todos, a mí -principalmente, llamándome necio y mentecato. - ---¡Era usted su cortejo! --dijo con desabrimiento Salmón--. ¡Oh, entre -qué gente anda metido el señor Conde de Rumblar! - ---Padre, dejémonos de discusiones, y vaya pronto a confesar a la Zaina, -que se muere, pues ahora a ratos llora mucho y habla con razón diciendo -que quiere confesar sus pecados a Dios para irse al cielo, y a ratos le -entra un delirio en que dice mil disparates, y manda a todos que laven -las piedras del arroyo que están manchadas de sangre, y luego pregunta -que cuándo acaba de pasar la estera, que ya lleva tantos años y tantos -siglos de estar pasando por delante de sus ojos; en fin, mil desatinos -que no son para contados. - ---Pues voy allá al momento; pero antes pediré licencia al Prior, por -ser ya de noche. - ---Gabriel --me dijo Rumblar cuando nos quedamos solos en el claustro--, -¿qué traje es ese? ¿Te has vuelto caballero? - ---Amigo D. Diego --le contesté--, de menos nos hizo Dios. - ---¿Y qué es de ti? No se te ve por ninguna parte. ¿Qué traes a vueltas -con estos frailuchos? - ---Más respeto, Sr. D. Diego, para esta buena gente --le dije--, -siquiera porque estamos en su casa. - ---No les puedo ver. Santorcaz, que todo lo sabe, me ha contado mil -cuentos indecentísimos que prueban lo mala que es esta canalla. Es -preciso acabar con ellos. De veras te digo que desde que veo un fraile -me horripilo. Especialmente a este Salmón, a quien llamo el Padre -Tragaldabas, no le puedo ver ni en estampa. Verdad es que él tampoco me -adora, y seguramente es quien, intrigando en casa de la Marquesa, ha -hecho fracasar mi proyectado casamiento. - ---¿Ya no se casa el señor Conde? Eso no le será penoso, porque me -parece haber oído decir a usted que no amaba mucho a la novia. - ---Verdad es que la tal Inés no me hace mucha gracia; pero yo estoy -decidido a que sea mi esposa, porque así conviene a mis intereses. -¿Sabes? Santorcaz me ha dicho que todo hombre debe mirar por sus -intereses, porque sin esto no se puede tener representación alguna en -el mundo. Además, él, que todo lo sabe y es más listo que el demonio, -me asegura que yo tengo talento, disposición, y estoy llamado a muy -grandes cosas, por lo cual me dice: «D. Diego, a usted le es necesaria -una buena posición, que le permita desplegar sus dotes.» - ---¿Pero usted no tiene por sí una desahogada posición? - ---Bicoca: el patrimonio de Rumblar es de esos que hacen en las ciudades -chicas un mediano papel; pero aquí apenas puedo presentarme en quinta -fila. Nuestra casa ha vivido desde hace tiempo con la esperanza de que -se le incorpore ese mayorazgo de Leiva, que es uno de los primeros de -España. Si cuando apareció Inés, como legítima heredera, mi señora -mamá se disgustó mucho, luego que se concertó el casarnos para evitar -pleitos y cuestiones, quedose muy satisfecha. Conque figúrate cuál -será su rabia y la mía, ahora que las señoras Marquesa y Condesa me -han dicho terminantemente que no hay nada de lo convenido. Mi madre, -a quien lo escribí, me contesta furiosa, llamándome tonto y necio -y estúpido, y amenazándome con venir a darme mil palmetazos si no -llevo adelante el negocio de la boda, como puede hacerlo un caballero -resuelto y de pesquis. A mí, francamente, no se me ocurre nada; pero -para dicha mía tengo ahí a ese bendito Santorcaz, que me aconseja como -un padre de la Iglesia, y últimamente ha discurrido el más ingenioso -arbitrio para que las de Leiva no se burlen de mí. - ---Yo creo que al señor Conde no le será difícil llegar al casamiento, -y con el casamiento a la posesión del mayorazgo, con tal que esa joven -esté dispuesta a darle su mano. - ---Eso no, porque no estoy loco por ella, que digamos, y de buena gana -renunciaría a todo, si exclusivamente de mí dependiera. Has de saber, -compañero, que yo, más que todos los mayorazgos del mundo, apetezco una -libertad sin límites para hacer lo que me dé la gana: ir a las logias, -dar gritos en las calles cuando hay alborotos, cortejar a las mozas del -Avapiés, echar un par de pesetas a un caballo de oros, y divertirme -en paz y en gracia de Dios; pero Santorcaz, que es mi mejor amigo y -mi mentor, como él dice, me tiene sujeto, y me hinca las espuelas en -esto del mayorazgo, afeándome mi descuido en cuestión tan importante. -Como además le debo cantidades enormes, que no sé de qué modo pagarle, -aquí tienes el siempre y cuando de esta mi resolución mayorazguil. -Te advierto que lo que me deslumbra y me vuelve lelo es la esperanza -de poseer una renta de esas que le permiten a uno gastar y gastar, y -gastar todo lo que se le antoja. ¿Hay mayor gusto, muchacho, que ir -un día por casa de todos los amigos y convidarles a una merienda en -el Canal, poniendo comida para más de cuatrocientas bocas, con tanta -abundancia como en aquellas célebres bodas de Camacho? ¿Hay mayor goce -que tomar del brazo a la Pelumbres, que es, después de la Zaina, la -primer moza de Madrid, y salir de bureo tapaditos, y acompañarla luego -a su casa? ¿Hay mayor gusto que visitar los interiores del teatro del -Príncipe o de los Caños, y saber que no habrá entre aquellos lienzos -pintados actriz española, cantarina italiana ni bailarina francesa que -no se le rinda a uno de toda voluntad? ¿Hay mayor satisfacción que dar -una corrida de toros, permitiendo la entrada gratis a todo el pueblo, -pagando con doble sueldo a los lidiadores y lidiando uno mismo con un -traje fino bordado de plata y oro? Pues esto y aún más espero tener, si -sale bien lo que hemos tramado. - -Quedeme absorto y mudo, meditando en la inconmensurable degradación -a que en pocos meses había caído aquel joven tan estrecha y -meticulosamente educado, bajo la inspección de su rigurosa madre; -instruido tan solo en cosas aparentemente buenas, en el temor -excesivo a los superiores, en el desprecio de las novedades, en el -aborrecimiento de las cosas mundanas, en el respeto a la tradición, -en el encogimiento del espíritu; educado para ser gran señor y -representante de todas las virtudes patriarcales. Ved a dónde había ido -a parar su imaginación, atada durante la infancia con cien cadenas; -ved por qué derrumbaderos tenebrosos se despeñaba salvajemente su -voluntad, criada en el respeto; ved qué clase de pájaro atrevido salía -de aquel huevo, empollado al calor de las mezquinas ideas del siglo -pasado. Verdad es que cuando aquella inocente gallina sacó al mundo -su echadura, se encontró que de los rotos cascarones salían, en vez -de pollos, otras mil alimañas desconocidas, y la infeliz cacareó con -angustia, sin saber quién las había engendrado. - ---Pero si ella no le quiere a usted tampoco --dije a D. Diego--, lo que -proyecta no será tan fácil. - ---Eso me parecía a mí; pero Santorcaz, que sabe más que siete, me ha -llenado la cabeza de catálogos, principiando por decirme que yo era un -papanatas, y burlándose de mí con tanta zunga, que al fin me enfadé y -dije: «Pues yo seré más osado que Judas, y me atreveré a cuanto hay que -atreverse; pues ni las de Leiva, ni usted, ni nadie, se reirán de mí.» - ---¿Y qué hace ahora el Sr. de Santorcaz? - ---Le han hecho los franceses jefe de la policía menuda, cargo que -desempeña a las mil maravillas. A todos los desafectos al nuevo -Gobierno me les echa mano lindamente. Verdad es que por ahí le critican -mucho, llamándole traidor; pero él se ríe de todo, y dice que no hay -mejor rey que José, y que los españoles son unos animales. Esto al -principio me enfadaba mucho; pero ya me he acostumbrado a oírselo -decir, y yo mismo, que era antes más español que Fernando VII, ya no -doy dos higos por España, y al son que me tocan bailo... Pero verás lo -que tenemos proyectado. Para probarle a él y a todos sus amigos que no -merezco esas burlas, he decidido que si Inés no se quiere casar conmigo -voluntariamente, se casará por fuerza. - ---Eso me parece difícil. - ---Así lo parece, pero no lo es. Tú no tienes grandes ideas ni un -corazón osado, como yo lo voy a tener ahora; de modo que no podrás -comprender esto. Figúrate que consigo engañar a la muchacha y sacarla -a hurtadillas de su casa, sin que lo adviertan tías ni primas, y -llevármela bonitamente a donde me diese la gana por unos días... - ---Pero eso no podrá ser, porque esa honesta joven no saldrá con usted -de su casa, y mucho menos si, como dice, no le quiere ni pizca. - ---Tú eres sandio, por lo que veo --me contestó con petulancia -truhanesca--. Eso mismo me parecía a mí; pero Santorcaz y sus amigos me -llamaron el Papamoscas de Burgos. Te advierto que es preciso tener el -corazón echado para adelante, como dicen ellos, y atreverse a todo. Que -Inés salga conmigo... llévela yo a una casa que tenemos preparada al -efecto, y después su misma familia nos echará la bendición. El siglo lo -tiene dispuesto así. - -Tuve que hacer un esfuerzo para refrenar la indignación que tanta -bajeza me producía. - ---Poco me importa --añadió-- que Inés no me ame en este momento. Yo -estoy seguro de que se volverá loca por mí en cuanto nos tratemos con -cierta intimidad. Todos dicen que tengo yo cierto atractivo... así... -pues... un gancho para pescar muchachas... Solo espero a que se le pase -la tristeza... No sé si te he contado que allá en los tiempos en que mi -novia andaba abandonada por el mundo, tuvo por novio a un perdido, un -raterillo, un granuja... ¡Qué cosas se ven en el mundo! Lo más raro de -todo es que le ha guardado a su galán zarrapastroso una fidelidad de -novela sentimental, que causa vergüenza a todos los de la casa. ¡Como -que han tenido que hacerla creer que ese joven ha muerto, para que no -deshonrara a la familia pensando en él! - ---Pero nada de eso hace al caso, y cada vez veo más difícil que usted -pueda sacar de su casa a tan honrada joven. - ---Animal, claro es que no saldrá, si le digo a dónde la llevo; pero -como no lo he de decir, sino que tenemos preparado un cierto artificio. - ---¿Cuál? - ---Ya he sobornado a Serafina, su doncella, a quien he tenido que dar -una buena suma, y es seguro que mañana muy temprano saldrán las dos -a dar un paseo por los jardines de Palacio, encontrándose en cierto -sitio solitario, donde es lo más fácil del mundo poner en ejecución mi -pensamiento. Santorcaz asegura que esto saldrá muy bien, y él es quien -lo dispone todo, quien prepara los coches, quien ha buscado la casa, -quien ha dado el dinero para sobornar a la sirvienta. ¡Si vieras qué -interés tan grande se toma! - ---Lo creo. - ---Mañana temprano queda todo hecho. A esa hora la Marquesa está -entregada a sus devociones, la Condesa no se habrá levantado aún, y el -Marqués estará en el primer sueño. - ---Sr. D. Diego --dije disimulando la ira cuanto me fue posible--, -¿y usted no ve en eso una serie de repugnantes bajezas, infamias -y desvergüenzas, indignas, no digo de un caballero, sino del más -desarrapado chalán? El que es capaz de hacer esto, está destinado a -acabar sus días en un presidio. - ---Te hablaré francamente. Cuando Santorcaz y sus amigos me manifestaron -su plan, sentí aquí dentro cierta repugnancia y no la ocultaré. Pero -se rieron mucho de mí, y allí fue el llamarme zanguango, corazón de -mirlo, hombre de alfeñique y otras injurias que me indignaron mucho. Al -mismo tiempo, por otro lado Santorcaz me apremia para que le pague las -grandes sumas que le debo, y que ya exceden a cinco años de renta de mi -patrimonio. Además de esto, mi madre me manda de Bailén unas cartitas -en que me pone como chupa de dómine. Dice que si no llevo adelante por -cualquier medio este casamiento, soy un necio y un badulaque, y que -pierdo y arruino a mi familia con mi dejadez y pazguatería. Hasta Don -Paco me escribe diciéndome que seré para siempre indigno del _altísono_ -nombre de Rumblar, si no pesco ese mayorazgo, y ahí tienes... No hay -más remedio que hacerlo. Fuera, pues, escrúpulos de monja, y adelante. -Ahora voy a probar que soy un hombre hasta allí, capaz de todo y -dispuesto a las más atrevidas cosas. ¿Qué te parece? ¿No apruebas mi -conducta? ¿No te entusiasmas oyéndome? - ---¿De modo que mañana temprano? --pregunté con más interés que D. Diego -en aquel asunto. - ---Al rayar el día. No sé si te he dicho que ella madruga mucho. -Santorcaz dice que cuanto más pronto, mejor. Ninguno de la familia se -enterará del caso, hasta que estemos en Madrid. Ya he escrito una carta -a la Marquesa, fingiéndome muy enamorado y diciéndole que la fuerza -irresistible de mi pasión me impele a obrar así, y otras muchas cosas -muy bien puestas; como que la ha escrito Santorcaz... Pero, chico, -es tarde y me retiro: quiero ver en qué para esta pobre Zaina, y si -se muere o no se muere. La verdad es que me quería bastante, y sabe -Dios si habré influido en su enfermedad... Como ahora me tiene loco la -hermana de la Pepa Ramos... ¿La conoces tú? ¡Qué guapa y qué mona es! -Adiós, me voy allá. ¿Quieres venir? ¿Qué haces aquí con esos frailucos? -Pero dime, ¿has heredado por ventura? No te conozco. Mira que los -frailes son muy intrigantes... adiós, adiós, que aún tengo algo que -arreglar para mi viaje al Pardo a la madrugada. - -Y diciendo esto, se marchó, dejándome solo en el claustro. En este me -paseaba yo, presa de la más grande agitación, cuando me avisaron la -llegada del coche enviado por Amaranta para mi fuga. Al instante corrí -a la calle, y entrando en él, pregunté al lacayo: - ---La señora Condesa, ¿dónde está? - ---Esta tarde ha marchado al Pardo --me contestó respetuosamente, -sombrero en mano--. ¿A dónde quiere usía que le llevemos? - ---Al Pardo --contesté con resolución. - ---Dijo la señora Condesa que saldríamos por la Puerta de Toledo, camino -de Illescas. ¿Es que quiere usía dar un rodeo? - ---¡Al Pardo, majadero, al Pardo derecho y sin rodeos! --exclamé con -furia--. ¿No he dicho que al Pardo? A toda prisa. - -Las mulas partieron a escape, llevándome camino del Real Sitio. - - - - -XXVII - - -Fue detenido el coche en la Puerta de San Vicente, abrieron la -portezuela, presenté mi carta de seguridad, y después de abrumarme -con cumplidos y cortesías, me dejaron pasar. Sufrí nueva detención -hacia San Antonio, y una tercera en la Puerta de Hierro. Tantas -molestias me hicieron ver que era arriesgadísimo salir disfrazado, -y enteramente imposible sin el documento prescrito. Pero yo pasé el -camino felizmente, y ninguno de los que echaron su mirada importuna -dentro de mi coche, sospechó el papel que un servidor de ustedes estaba -representando. - -Iba yo en un estado de agitación indefinible, y la marcha de las mulas -me parecía tan desproporcionada a mi febril impaciencia, que sentía -impulsos de bajar y correr a pie, creyendo de este modo llegar más -pronto. Arrastrado por una ciega e invencible determinación, yo la -había formulado en estos términos sencillísimos: «Llegaré, haré por -ver a la Condesa, informarela de la alevosa intención de D. Diego, y -partiré después. No es preciso nada más.» Yo no pensaba en dificultades -de ninguna clase, y las contrariedades subalternas eran despreciadas -entonces por mi impetuosa voluntad. Tampoco atendía en manera alguna -a mi proyectada fuga, ni me cuidaba de si iba vestido de esta o de la -otra manera. Caer en poder de la policía, una vez llevado a efecto mi -pensamiento, me importaba poco. - -Por fin, en poco más de una hora llegamos a la plaza de Palacio, donde -vi una gran escolta de caballería y muchos coches. El cochero del -mío azotó las mulas y las hizo penetrar por la ancha puerta hasta el -vestíbulo de donde arranca la gran escalera. Todo lo vi iluminado, todo -lleno de guardias españolas y francesas. Una música militar tocaba el -himno imperial en la galería que domina la escalera. Napoleón, que -había ido a comer con su hermano, estaba allí todavía. - -Figuraos que uno se muere y despierta en otro planeta, en otro mundo, -encontrándose con forma distinta, en atmósfera diversa, en un medio -diferente, donde crecen Fauna y Flora que no se parecen a la Flora y -Fauna del mundo donde nació. Esta fue mi impresión: yo estaba aturdido -y atontado. No obstante, saliendo precipitadamente del coche, pregunté -al primer criado que se me apareció por los aposentos del señor Marqués -de X. En el mismo instante el lacayo me decía: - ---Venga vuecencia por aquí, que es en este piso bajo a la izquierda. - -Dos o tres, no sé cuántos, se apresuraron a franquearme la entrada, y -mi lacayo, entrando delante de mí, dijo a los criados que salían a su -encuentro: - ---Ya está aquí el señor Duque; avisad que ha llegado el señor Duque de -Arión. - -Yo no sé por dónde me llevaron; yo no sé por dónde entré; yo no sé -en qué sitio me encontraba: yo solo sé que me vi en un recinto muy -alumbrado y caliente, y que el diplomático, estrechándome en sus -brazos, exclamaba: - ---¡Picarón, gracias a Dios que te vemos!... Pero ¿por qué has venido -tan tarde? Ya se ha acabado la comida... ¡Ah, picarón, qué alto estás! - -Yo balbucí algunas excusas; pero comprendiendo al punto que era preciso -disipar aquel engaño, dije: - ---¿No está la señora Condesa? - ---No ha venido. Estoy solo con mi hija. Pero, chico, no tienes acento -francés, y me dijeron que hablabas como un amolador. Ven, ven: al -instante te voy a presentar al Rey José, que tanto desea verte. Ahí -está el Emperador. ¡Albricias!... Ha convenido en que su hermano -vuelva a ser Rey de España, y ya están zanjadas todas las diferencias. -Conque ven... ven... Pero, primo, ¿cómo es eso? --añadió examinando -mi traje--. ¿Cómo no has venido de etiqueta? Pues oiga... también te -has venido sin relojes... Pues ¿y tus cruces, y tu Legión de Honor, tu -Cristo de Portugal, y tu Carlos III, y tu San Mauricio y San Lázaro, y -tu Águila Negra? - ---Déjese usted de bromas --repliqué sin poder disimular mi -impaciencia--. Ahora vengo para un asunto urgente y del cual depende... - ---¿La suerte de Europa? --dijo interrumpiéndome--. Corro, corro al -instante a ponerlo en conocimiento de Urquijo. ¿Vienes del Cuartel -general? ¿Ha llegado allí algún correo de Francia con noticias del -Austria? - ---No, no es eso --repuse sin atreverme a disipar el engaño--. ¿Pero -dice usted que no está aquí mi señora la Condesa? - ---¿Tu prima? Esta tarde la esperábamos; pero debía pasar por la -Moncloa, por ver a su madrina, y como esta se halla _in articulo -mortis_, presumo que Amaranta y mi hermana habrán determinado quedarse -allí toda la noche. ¿Vienes tú de Madrid, o directamente de Chamartín? - ---Siento mucho --manifesté con la mayor zozobra-- que no esté aquí la -señora Condesa. - ---Te presentaré a mi hija, ven. Pues es lástima que no hayas venido -de etiqueta. Cierto que tú tienes familiaridad con el Emperador, y si -te anuncias, puedes pasar a verle con ese traje... Pero, dime, ¿qué -noticias traes? ¿Ha llegado algún correo al Cuartel general? ¿A que -me he salido yo con la mía?... ¿apostamos a que el Austria?... A mí -puedes contármelo. Ya sabes que el Emperador me consulta todo... Pero, -chico, ¿sabes que tienes una arrogante figura? Me habían dicho que -eras... así... un poco cargado de espaldas y... la nariz chata, y un -ojo un poco... Pero no... veo que me habían engañado. Eres mejor de -lo que yo suponía, y lo que es tu cara... casi juraría que no me es -desconocida... pues... que te he visto en alguna parte. - -Estábamos en un lujoso salón, con magníficos tapices decorado. -Sentíase ruido de voces en las habitaciones inmediatas; pero allí -no había nadie más que nosotros dos. El diplomático, asiendo las -solapas de mi casaquín, me sacudía, me sofocaba, me volvía loco con -su charlar inacabable. En vano era que yo pretendiese quitarle la -palabra, hablando de otras cosas, y principalmente indicando algo del -móvil de mi viaje. Aquel insensato me quitaba la palabra de la boca, -ávido y hambriento de hablárselo él todo, y con sus gesticulaciones, -su cotorreo sempiterno, semejante al son de una matraca, me tenía -aturdido, colérico, nervioso. - ---¡Ay, sobrinillo de mi alma! --continuó--. Si me confiaras las -noticias que traes... Ya habrá llegado a tu conocimiento que yo soy -la misma reserva... Porque no me queda duda de que tú traes algo, sí, -señor, algo grave. Si hubieras venido a la comida, habríaslo hecho más -temprano y con otro traje. Y no es más sino que estabas en el Cuartel -general, y el Mayor General Berthier te envió a toda prisa con una -comisión. A ver, dímelo a mí solo, a mí solo... ¿Vas ahora mismo a ver -al Emperador? Si quieres, pasaré aviso al gentilhombre para que te -introduzca. Ya han concluido de comer, y están conferenciando juntos el -Emperador, el Rey José, el secretario Hugues Maret, Urquijo y Monseñor -de Pradt, ex-Arzobispo de Malinas. Anda, anúnciate, subamos... - ---Señor mío --dije bruscamente sin poder disimular ya mi impaciencia -y desasosiego--, yo no vengo a hablar con el Emperador, ni con el Rey -José, ni con el Arzobispo, ni tengo nada que ver con ninguno de esos -señores. Yo vengo a... - -Y callé, sin atreverme a decirle el objeto de mi visita. - ---¿Conque no está aquí la señora Condesa? --volví a preguntar después -de una pequeña pausa. - ---Dale con la Condesa. Que no, que no está. La esperábamos esta tarde; -pero según entiendo, se ha detenido en la Moncloa por acompañar a su -madrina, que se muere por momentos. Puede ser que llegue antes de media -noche. - ---Pues la esperaré --dije resueltamente sentándome en un sillón. - ---Veo que Amaranta te interesa más, y es para ti de mayor importancia -que la suerte del mundo. ¿Pero no querrás decírmelo?... Aquí en -confianza... a mí solo --dijo sentándose junto a mí y poniéndome la -mano en el muslo. - ---¿Qué, hombre de Dios, qué le he de decir, si no sé nada? - ---Pesado estás, sobrino. Para mí sería muy satisfactorio saberlo antes -que el mismo Emperador, y poderlo decir a todos esos que están ahí -muertos de sed por una noticia. - ---¿Dice usted que la Condesa vendrá antes de media noche? ¿Cuánto hay -de aquí a la Moncloa? - ---¿Pero qué traes tú con la Amarantilla?... Todo eso es para disimular. -Pero ven... quiero que conozcas a mi hija. Ya tendrás noticias de ella. -¡Pobrecita! La he recogido y reconocido... Es preciso reparar de algún -modo los errores de nuestra juventud. En París habrás oído hablar mucho -de mí. Bastantes ruinas hay allá todavía de mi ímpetu destructor en -materias amorosas. Pero ven... conocerás a Inés... es guapísima. No se -ha recogido aún, y si está acostada haré que se levante. - ---No --dije yo--: la veré mañana. - -Mi situación, queridos señores míos, era bastante comprometida. La -Condesa, a quien necesitaba ver y hablar, no estaba allí. Yo no -quería faltar al solemne compromiso contraído con ella, cuando le -prometí no presentarme jamás a su hija; y en verdad, si Amaranta me -hubiera sorprendido allí en compañía de Inés, todas mis explicaciones -le habrían parecido artificios y malas artes, y la aventura de mi -disfraz un ardid alevoso para arrebatarle aquel tesoro de su familia -que, por la sociedad y por otras mil consideraciones, me estaba tan -implacablemente vedado. En todo esto pensé, mientras D. Felipe de -Pacheco y López de Barrientos me volvía loco para que le comunicara -noticias del Cuartel general. Discurriendo rapidísimamente sobre -aquella situación, vine a deducir que era preciso valerme del mismo -diplomático para mi objeto, no hallándose en Palacio ninguna otra -persona de la familia; mas para esto era también preciso no perder -el disfraz, ni correr el velo de aquel gracioso engaño, pues si esto -ocurría, todo acababa con echarme a la calle o ponerme a disposición de -un alguacil. Meditando en breves términos mi plan, di principio a su -ejecución de la siguiente manera: - ---Después, mi querido tío, informaré a usted de todo lo que se dice en -el Cuartel general. Por ahora quiero hablarle de otro importante asunto. - ---¿Importante? Vamos a ver --dijo en voz baja y tan impaciente como un -niño. - ---Importantísimo. - ---Ya adivino. La Inglaterra, el enemigo común... - ---No es nada de eso. Lo que digo es que ese Condesito del Rumblar... -¡Oh! Es un joven de malísimas costumbres. - ---Ya lo sabemos; pero dejemos ahora a D. Diego, ¡qué majadería! ---exclamó con desagrado. - ---Es preciso que usted esté prevenido por si... - -Entraron en aquel momento en la sala dos personajes vestidos de -uniforme, uno de los cuales era español y el otro francés; pero los -dos se expresaban en nuestra lengua. Levantámonos, y el diplomático me -presentó gravemente a ellos, diciendo después: - ---Por más que le pincho, nada, no suelta una palabra. Viene del Cuartel -general, con noticias interesantísimas. - ---¿Sube usted a ver al Emperador? --me preguntó uno de ellos. - ---No, señor --respondí, obligado a llevar adelante la farsa--. No -necesito ver por ahora a S. M. I. - ---En el Cuartel general --me dijo el otro--, ¿qué se dice de la actitud -del Emperador respecto a su hermano? - ---¡Oh! --exclamé yo dándome importancia--: se dicen muchas cosas. - ---¡Muchas cosas! --repitió el Marqués haciendo aspavientos. - ---Aún no está decidido --añadió el que parecía francés-- que el -Emperador, nuestro señor, ceda el reino de España a su hermano. ¿Qué ha -oído usted en Chamartín? ¿Insiste Su Majestad en la idea de considerar -a España como país conquistado? - ---Sí, señores, como país conquistado --respondí con mucho aplomo, -metiendo mi cucharada en los arreglos y desarreglos del mundo. - ---La verdad es --dijo otro-- que los dos hermanos no están muy acordes. -¿Va tomando cuerpo la idea de agregar la España al territorio de la -Francia? - ---Sí, señores --afirmé condoliéndome de la suerte de mi país--. España -se unirá a Francia. - ---¡Oh! ¡qué calamidad! --clamó D. Felipe--. No podemos en modo alguno -seguir al servicio de la causa francesa. ¿Y se insiste en dividir a -nuestro país en cinco virreinatos? - ---¿Pues qué duda tiene, señores? --repuse en tono de hombre listo--. -Pero aún se duda si serán cinco o seis. - ---Sin embargo --indicó el que parecía francés--, yo creo que esta noche -se reconciliarán. - ---Por supuesto, que si el Emperador se decide a tratar a España como -país conquistado, le mueven a ello las intrigas de Inglaterra. - ---De Inglaterra, justo --repuse yo vivamente--. Me lo ha quitado usted -de la boca. - ---Y la insensata resistencia del pueblo español. - ---Exactamente... la insensata resistencia... - ---A pesar de todo --dijo el español--, yo dudo mucho que Napoleón pueda -llevar adelante tan atrevido pensamiento, y menos ahora cuando corren -rumores de que el Austria... - ---¿Qué dicen los últimos despachos? Parece que el Austria se arma. - ---Sí, señores --respondí yo en tono profético, misterioso y -sibilítico--. El Austria se arma y... no diré más. - ---Pero, hombre --apuntó el diplomático--, si aquí somos todos amigos. -Di de una vez todo lo que sabes. - ---Dispénsenme ustedes, señores --indiqué cortésmente--. De buena gana -lo haría por complacer a personas tan amables; pero antes que mi deseo -está mi deber; antes que la satisfacción de un capricho amistoso, la -conciencia de mi discreción, cuyo inexpugnable baluarte en vano atacan -galantes sugestiones, o arteras amabilidades. Callaré por ahora; pero -tengan ustedes entendido que el Austria... el Austria... - -Los tres cortesanos se miraron, y yo examiné las pinturas del techo. - -De improviso entraron otros dos, a quienes igualmente me presentó mi -augusto tío; pero aquí fui menos afortunado, porque uno de ellos, al -saludarme, me dijo con cierta malicia: - ---Es muy particular. Hace tres años vi en París al señor Duque -de Arión, y no reconozco su fisonomía en la de usted. O yo estoy -trascordado, o usted ha variado considerablemente. - -Por mi suerte, el diplomático se había apartado un poco, y además -yo tuve buen cuidado de no engolfarme en conversaciones con aquel -caballero. También quiso mi buena estrella que viniese a sacarme de -apuros otro que llegó de repente y con gran prisa, diciendo: - ---Señores, la conferencia va tomando carácter de altercado. Alzan mucho -la voz, y desde el corredor de Poniente se oyen los gritos. Vamos allá -y oiremos algo. - -Viérais allí cómo aquellos cortesanos corrían por los pasillos; cómo -se escurrían por los laberintos de Palacio; cómo se precipitaban unos -delante de otros, disputándose cuál llegaba primero a pescar una -noticia, una voz perdida, un gesto visto al través de un resquicio, -un accidente, un destello de reales miradas, cualquier mezquindad que -les fuera favorable. Yo seguí tras ellos, y salí también; atravesamos -un gran salón, donde había hasta una veintena de personas de distintos -uniformes; internáronse en nuevos pasillos; pasaron de sala en sala, -llegando, por último, a un largo y oscurísimo corredor que tenía -ventanas a un angosto patio. Allí había otros cinco o seis, asomados a -las ventanas, y muy atentos a no sé qué, pues yo no veía nada digno de -llamar la atención. Todos se acercaban con pasos quedos, chicheaban muy -por lo bajo, y atendían y miraban; ¿pero qué miraban y a qué atendían? - -El patio a que me refiero era muy estrecho. En la pared de enfrente -había una gran ventana cuyas hojas de cristal, cerradas y por dentro -cubiertas con una cortina de gasa, daban paso a la luz interior. Los -gruesos cortinones de invierno estaban recogidos a un lado y otro, de -modo que quedaba un triángulo de luz, con el ángulo más agudo en la -parte superior. En este triángulo se dibujaban varias sombras, pero con -toda precisión una sola, efecto de linterna mágica producido por la -presencia de un hombre entre la luz que iluminaba aquella pieza y el -hueco de la ventana. Movíase la sombra al tenor de los diversos grados -de animación de la palabra, y en esta sombra y en sus irregulares -movimientos fijaban la vista y el oído y la atención y el alma toda los -cortesanos allí reunidos. - ---Ahora hablan más bajo --dijo muy quedamente uno de ellos--; pero hace -poco se han oído con claridad algunas palabras. - -Y alargaban los cuerpos fuera del corredor, con esperanza de que sus -pabellones auriculares cogieran al vuelo alguna sílaba. Yo también -atendí; pero la verdad es que allí se oía tanto como en un desierto. -Lo que sí excitó mucho mi curiosidad, fue la sombra que ocupaba el -centro del triángulo. Era la de un hombre rechoncho y de cabeza -redonda, con pelo corto. Notábase el movimiento pausado de sus brazos -al hablar, el de su cabeza al atender; notábanse claramente las señales -de asentimiento, las negaciones vagas y las fuertes; notábanse la -tenacidad, la duda, el ademán de la pregunta, el de la respuesta; y -tanta era la verdad con que aquella sombra reproducía a la persona -misma, que hasta se creía advertir en ella la sonrisa, el fruncimiento -de cejas, el asombro y cuantos modos de lenguaje posee y usa el -rostro humano. Unas veces la cabeza, puesta de frente, proyectaba -en la vidriera una forma redonda; otras, volviéndose, proyectaba su -perfil; luego veíamos que a su altura subía una mano, y distinguíamos -perfectamente el dedo índice afianzando y dando energía a la palabra; -después desaparecían las manos, y los brazos, juntándose a la masa -del cuerpo, indicaban que se habían cruzado; luego transcurría mucho -tiempo sin que la figura hiciese ademán alguno, señal de que oía o de -que meditaba, hasta que de nuevo volvía a ponerse en acción. - ---Miren ustedes ahora --dijo uno de los cortesanos-- cómo dice que no, -que no y que no con la cabeza. - -En efecto, la sombra movió su cabeza, haciendo la señal negativa por -espacio de algunos segundos. - ---De seguro está diciendo que no cederá a nadie sus derechos a la -Corona de España --indicó uno. - ---Lo que indudablemente estará diciendo --habló otro-- es que pasará -por todo menos por que los ingleses se metan aquí. - ---¡Quiá! --exclamó un tercero--. Lo que debe de estar diciendo es que -los españoles no podrán resistir mucho tiempo. - -Entonces la sombra movió la cabeza en señal afirmativa repetidas veces -y con mucha insistencia, acentuando con la mano aquel movimiento. - ---Pues ahora dice que sí, que sí y que sí --indicó uno. - ---Sin duda habla de que son indudables sus derechos de conquista. - ---Y de que puede disponer del trono de España como se le antoje. - ---¡Patarata! Apuesto a que no es nada de eso, y lo que hace es asegurar -que vencerá a los ingleses. - -Poco después la sombra se llevó la mano a la nariz. - ---Toma tabaco --dijeron los cortesanos. - ---Ya van trece veces desde que estamos aquí. - -Luego la sombra acercó un bulto a su cara, inclinándola después, y se -oyó desde nuestro observatorio un lejano ronquido. - ---¡Se suena! --exclamaron los cortesanos. - ---¡Buena señal! --dijo uno. - ---¡No, sino muy mala! --añadió otro. - -Después la sombra se levantó, y al instante confundiose entre -otras sombras. Un momento después, separadas las demás, volvía a -destacarse; pero ya estaba transfigurada, porque la cabeza redonda -había desaparecido en otra mayor sombra trapezoidal. Una vez puesto el -sombrero, se hubiera distinguido de cuantas sombras suele engendrar -la noche, y de cuantas pueden volver de los Elíseos Campos o de los -cristianos cementerios a pasearse por el mundo. - ---Ya sale... --dijeron los cortesanos. - ---Corramos al salón. - -Y aquello no fue correr, sino volar a la desbandada. - ---¿No vienes al salón? --me preguntó el diplomático. - ---¿No ve usted que no vengo de etiqueta? - ---Es verdad; pero tú... Te advierto que el Emperador se marcha. ¿Acaso -vienes a hablar con el Rey José? - ---Yo no quiero ver al Emperador esta noche --le respondí--. Aunque él -me trata con bastante intimidad, y solemos jugar un poco al tute... - ---¡Al tute!... hombre... Eso sí que no lo sabía. - ---Sí... Pues decía que aunque tenemos mucha confianza, y nos tratamos -como dos amigos, no puedo presentarme así en el salón cuando los demás -van de etiqueta. Usted no irá tampoco... - ---¡Oh, sí! Yo voy al salón... Porque te advierto que el Emperador al -entrar me miró, y después preguntó quién era yo. De modo que ahora... - ---¿Pero no le ha hablado usted nunca? - ---Te diré: lo que es hablarle... así... pues... así como estoy hablando -ahora contigo, no... pero hemos cambiado notas, y no creas... en -ocasiones, con la pluma en la mano, nos hemos puesto como ropa de -pascuas. - ---¿Usted se retirará a su aposento? Hablaremos un poco y luego me -marcharé. - ---¡A estas horas! No... aquí te has de quedar. No dudes que vendrá la -Condesa mañana temprano. Hablaremos todo lo que quieras; pero después -que yo vaya al salón y haga por ver si S. M. I. me mira otra vez, y me -entera de todo lo que se dice... ¿Qué sabes tú si el Rey José querrá -llamarme como anoche para que le dé un poco de conversación? - ---Antes hablemos los dos de un asunto que nos interesa... Es cosa de -pocas palabras. - ---Entremos en mi cuarto --dijo llegando a la sala donde me recibió la -vez primera. - ---No, aquí mismo --repuse--. Ahora caigo en que tengo que marcharme en -cuanto hablemos dos palabras. - ---¡Qué singular! Hombre, aquí me hielo de frío. Entremos en mi cuarto. - -En efecto, pasamos a otra pieza, nos sentamos; pero aún no se habían -arrellanado nuestros cuerpos en el sofá, cuando entró un criado -diciendo: - ---Aquí está un gentilhombre que viene a decir a usía que el señor Conde -de Cabarrús quiere verle al momento. - ---Al instante, corro al instante. ¡Oh, Ministro amabilísimo! --exclamó -el diplomático con súbita e inmensa alegría--. Primo, ahí te quedas. -Vendrá Inés a hacerte compañía. - ---No... Que no se moleste --repliqué yo con inquietud--. Esperaré solo. - ---Que venga la señorita Inés --dijo el diplomático al criado. - -El criado me miraba atentamente. - ---Que venga mi hija --repitió el Marqués--. Dile que está aquí el señor -Duque de Arión, su pariente; que venga al instante a hacerle compañía, -porque el Emperador... digo, el Rey José... digo, el Ministro Cabarrús, -me ha mandado llamar para consultarme un grave asunto. - -Y sin esperar más, porque su impaciencia era febril, salió, dejándome -solo. Yo estaba tan agitado, que no me era posible apreciar la -extensión del tiempo que iba pasando, mientras permanecía en la soledad -de aquel cuarto, sin percibir otro ruido que el tic-tac de un reloj -de chimenea, y el chisporroteo de los leños que en ella se quemaban. -Yo no cabía en mí mismo de inquietud, de ansiedad y desasosiego, -y juntamente se me representaban, en espantosa lucha, la inefable -felicidad de ver a Inés y el pesar de mi conciencia turbada por -quebrantar una leal promesa. A veces me parecía que los minutos corrían -con inconcebible rapidez, y a veces que se estaban quietos delante de -mí, mirándome como geniecillos desvergonzados. Mi espíritu, a ratos -impaciente y lleno de amorosas ansias, me impulsaba a penetrar en -las habitaciones interiores, buscando a la que no parecía; y a ratos -me venían deseos de abrir la ventana, echarme por ella al jardín -inmediato, y huir para siempre de aquella casa. Sentado estaba mal, y -mal estaba en pie, y mal también paseándome de un ángulo a otro en la -reducida estancia: el pulso y las sienes me latían con furia, y aquel -violento y acompasado golpear determinó bien pronto en mí una viva -calentura, que me inflamaba todo. Inés tardaba mucho. «Si no viene, me -muero», dije para mí, olvidándome al fin de todas las consideraciones -que al principio me habían hecho temer su llegada. Pasaron no sé si -horas o minutos: solo sé que muchas ideas mías se iban quedando atrás, -y que venían otras a sustituirlas, para marcharse luego. De este modo -apreciaba el transcurso del tiempo. El reloj avanzó mucho, sin que Inés -pareciese. Aquella soledad empezó a hacérseme insoportable, y la idea -de que ella no vendría se representó en mi pensamiento, produciéndome -un dolor inmenso. Después de mis primeras dudas, habíase entregado mi -espíritu al gozo de suponer que vendría, y su tardanza me ponía en -estado febril. - -Arrastrado por una fuerza irresistible, sin reparar en mi situación ni -en circunstancia alguna, casi ignorando lo que hacía, abrí la pequeña -puerta que comunicaba aquella pieza con la inmediata. Al pasar a esta, -halleme en una sala sin luz; pero como entraba alguna claridad por -la puerta recién abierta, pude ver por dónde andaba. Con pasos muy -quedos atravesé aquella sala, y al ver reflejada oscuramente mi imagen -en los espejos, sentía miedo de mí mismo. En el testero del fondo vi -otra puerta que cedió al punto a mi mano, y encontreme en una tercera -estancia más pequeña. Profunda oscuridad reinaba en ella; pero al poco -tiempo de estar allí, distinguí en el fondo negro una perpendicular -raya de luz. Al mismo tiempo creí que sonaban voces de mujer por aquel -lado, y esto, con la débil claridad, impeliome más hacia allí. Andaba -muy lentamente, extendiendo las manos para no tropezar con los muebles; -andaba como un ladrón, conteniendo el aliento, apagando el ruido de los -pasos, creyendo que hasta las oscilaciones del aire a mi tránsito iban -a delatar mi presencia a los de la casa. Yo había perdido todo dominio -sobre mí mismo, y en nada reparaba más que en llegar pronto a aquella -raya luminosa, tras la cual sentía más claramente ya la voz de Inés. Al -fin llegué. Por la estrecha rendija no se veía nada; pero se oía. Dos -mujeres hablaban. - -Al poco rato una de las voces dijo algo como despidiéndose; sentí -el ruido de una puerta, y todo quedó en completo silencio. Aguardé -un poco. Puse luego la mano en el picaporte, y con mucha, muchísima -lentitud, lo fui levantando, levantando, de modo que no hiciera ruido. -Cuando me pareció bastante, empujé, y la puerta cedió; empujé más, y la -fui abriendo poco a poco, cuidando de que no rechinara. Durante esta -operación, toda mi sangre se paró dentro de mí. A medida que la puerta -se abría, iba observando todo lo que había dentro de aquella estancia. -Primero vi un lecho con cortinas blancas, luego una mesa con labores -de mujer, y, por último, una figura puesta de rodillas delante de un -reclinatorio. Vuelta hacia mí aquella figura, que apoyaba la frente en -el reclinatorio, no era fácil reconocerla, pues de su cabeza no se veía -sino el cabello; pero yo la reconocí, y era ella misma: era Inés. - -Avanzando resueltamente, pero siempre con pasos muy quedos, entré y me -dirigí hacia ella. - - - - -XXVIII - - -Cuando Inés alzó la cabeza y me vio delante, tras un estremecimiento -que indicaba el mayor espanto, quedose atónita, sin habla, con -disposición a perder el sentido. La emoción me impedía al mismo tiempo -el pronunciar algunas palabras para tranquilizarla. Mi presencia le -causaba terror; iba a gritar sin duda. - ---Inés, Inesilla --dije al fin--, no te asustes: soy yo, soy yo mismo. -¿Creías tú que me había muerto? No: mírame bien, estoy vivo. No me -tengas miedo. - -Diciendo esto la abrazaba, estrechándola contra mi pecho. - ---¿Creías tú no volver a verme más? --proseguí--. Te dijeron que me -había muerto. ¡Pícaros, cómo te engañan! Aquí estoy; no me preguntes -cómo he venido. Yo no lo sé. Creo que Dios me ha traído por la mano -para que nos veamos. - -Inés tardaba mucho en volver de aquel estupor que por algunos minutos -pareció quitarla el conocimiento: mirábame con ojos asombrados; -derramó algunas lágrimas, y su rostro, fluctuando entre el llanto y -la sonrisa, revelaba en cada segundo una sensación distinta. Pasado -un rato, fijando la atención en mi vestido, pareció profundamente -asombrada; volvió a reír, y me interrogó con los ojos. Sus manos, -sus brazos temblaban entre los míos de un modo alarmante, y temiendo -que la impresión producida en su organismo por tan fuerte sorpresa -fuera demasiado lejos, la tomé en brazos, púsela con el mayor cariño -sobre el cercano sofá, y senteme junto a ella, procurando calmarla y -explicándole en términos precisos mi inesperada aparición. - ---¿Pero dónde estabas tú? --me dijo. - ---En la habitación de tu padre. Allá me dejó cuando te llamaron, y -allí te estaba esperando. ¿Por qué no fuiste? Mi impaciencia era tanta -que no pude resistir, y como un ratero me metí por esas habitaciones -hasta llegar aquí. - ---¿Y cómo entraste en Palacio? - ---Eso es largo de contar. Me han pasado muchas cosas, Inesilla de mi -corazón. Yo no sé cómo he venido aquí. Había prometido no verte más ni -hablarte; pero yo no sé por qué me encuentro a tu lado y te veo y te -hablo. ¿Conque me creías muerto? - ---Sí, ¡muerto! --dijo con tristeza--. Sin embargo, yo confiaba en que -fuera mentira, y muchas veces he tenido el pensamiento de que ibas -a venir. Anoche, ayer, ahora mismo he estado pensando en esto, y al -quedarme sola he sentido gran zozobra creyendo verte en los espejos, -o salir de detrás de esos armarios, o entrar por cualquiera de esas -puertas como un fantasma. ¿Pero cómo has venido aquí? ¿De qué invención -te has valido? Si te descubren... Estás vestido como un caballero. - ---Sí, Inesilla --respondí besándole las manos--. Pero aunque me ves -vestido de caballero, no creas que lo soy. Soy lo mismo que era antes, -cuando estábamos en casa de D. Mauro: es decir, no soy nada. Tú estás -tan por encima de mí, que debes avergonzarte de mirarme. - -Al oír esto, todo cambió en su espíritu, y la vi sonreír de un modo -espontáneo y festivo, perdida ya la emoción dolorosa del primer -momento. - ---Yo no pensaba verte más --continué--; pero la casualidad o la -Providencia han querido que te vea. ¡Qué desgraciados somos, o mejor -dicho, qué desgraciado soy! Porque yo tengo que renunciar a ti, tengo -que marcharme para no volver más. ¿No comprendes tú que ha de ser así, -que no puede ser de otra manera? Para mí valiera más no haber nacido. -¿Por qué te conocí? ¿Por qué te volviste gran señora? ¿Por qué Dios, -que a ti te sacó de la humildad para traerte a los palacios, me dejó a -mí en la miseria y en la oscuridad de mi nombre? - ---No me has dicho todavía por qué estás vestido así --indicó con el -mayor asombro. - ---Nada de esto es mío, Inesilla --repliqué con profundo dolor--. Estas -ropas son como las que se ponen los cómicos cuando salen a la escena -vestidos de reyes. Después se las quitan y quedan hechos unos mendigos: -lo mismo soy yo. Si ahora se descubre la farsa que me ha traído aquí, -tus criados me echarán del Palacio ignominiosamente. No soy nadie, no -soy nada. Yo creí que no te vería más; pero algún poder superior nos -ha puesto esta noche juntos, y yo que he jurado ante la Condesa, tu -prima, no verte ni hablarte más en la vida, estoy ahora a tu lado para -decirte que te quiero y te adoro, y me muero por ti. Seré un malvado, -un tramposo, un miserable que se burla de todas las conveniencias de -la sociedad; pero siendo todo esto, y aún más, insisto en decir que no -puedo dejar de quererte, aunque me lo prohíban todas las potencias de -la tierra, y aunque entre nosotros se pusieran con la espada en la -mano todos tus parientes y antecesores desde que el mundo es mundo. - -Inés parecía meditar. Después de un rato de silencio, me dijo con -tristeza: - ---Mis parientes son muy crueles conmigo. - ---No, hijita mía: considera tú su posición, su nombre, lo que deben a -la sociedad, y comprenderás que no pueden hacer otra cosa. ¿Cómo han de -admitirme en tu familia? La idea de que me amas les causa horror, y se -creen deshonrados con solo mirarme. Tu prima la Condesa es muy buena. -Si tuviera tiempo para contarte los beneficios que le debo y el afecto -que me muestra, te asombrarías. - ---Ha llegado el caso de que yo devuelva a mi familia todo lo que me ha -dado, y tome por mí misma lo que no ha querido darme --dijo Inés. - ---Tú tendrás prudencia y esperarás. - ---Hablaré francamente a mi prima. Ella me ha dicho que quiere verme -feliz a toda costa, y es la que me defiende de las impertinencias de -mis cinco maestros, y la que me salva de la etiqueta, que es lo que más -aborrezco. Yo le diré que has estado aquí... - ---No, no, por Dios; no le digas que he estado aquí. Yo debo marcharme -ahora mismo, Inés; yo no puedo estar más a tu lado. - ---No te has de ir --me dijo asiendo mis dos brazos para detenerme--. Yo -se lo diré todo a mi prima; le diré que no te has muerto, que yo sé que -no te has muerto, que nos hemos visto, y que has de volver. - ---No, no le digas eso: desde este momento ya no merezco la benevolencia -que ha manifestado. - ---¡Oh! --exclamó Inés con mucha pena--. Pues entonces, ¿qué recurso nos -queda? ¿Qué podemos hacer? ¿Cuándo vuelves tú? - ---Nunca --le respondí, sin reparar en lo que decía, pues mi exaltación -no me permitía formular ideas concretas sobre nada. - ---¿Cómo nunca? - ---Sí, volveré cuando quieras --dije, estrechándola contra mi corazón--. -Si tú me mandas que vuelva; si tú, despreciando las resoluciones de tu -familia, insistes en quererme lo mismo que cuando éramos dos pobres -criaturas desamparadas, volveré, quebrantaré las promesas que hice a tu -prima, porque ¡ay! sin duda tu prima no sabe cuánto te quiero, cuánto -te adoro, y de qué manera nosotros nos hemos dado un juramento que -está por encima de todos los demás. Dile que no me he muerto, ni me -moriré, mientras tú vivas, porque no quiero ni debo morirme; dile que -aquí estaré, mientras tú no me eches, y que antes que fueras Condesa, -y Duquesa, y Princesa, habías resuelto casarte conmigo, que no soy -caballero ni soy nada, aunque teniendo tu cariño no me cambio por todos -los nobles de la tierra. - -Inés al oírme se animaba mucho. Encendiéronse sus mejillas, y el vivo -resplandor de sus ojos indicó una irrupción de sensaciones agradables -y de ideas de felicidad, que de improviso se apoderaban de su abatido -espíritu. Tomándome la mano, me dijo: - ---Juro que no me he de casar sino contigo, cualquiera que sea tu -suerte, cualquiera que sea tu posición. Dicen que yo soy rica, y que -soy noble. ¿No es esto bastante? Yo les diré que si no me quieren de -este modo, me quiten todo lo que me han dado. Les diré que tú eres para -mí más caballero que todos los demás, y, por último, que ninguna fuerza -humana me obligará a dejar de quererte, porque Dios lo ha ordenado así. -Tengamos confianza en Dios y esperemos. Lo que parece más difícil, se -hace de pronto fácil. Yo sé, sin que nadie me lo haya enseñado, que -cuando las cosas deben pasar, pasan, y que la voluntad de los pequeños -suele a veces triunfar de la de los grandes. - -Al decir estas palabras, que indicaban, junto con un firme amor, un -profundo sentido, Inés me mostraba la superioridad de su alma, bastante -fuerte para poner las leyes inmortales del corazón sobre todas las -conveniencias, preocupaciones y artificiosas leyes de la sociedad. - ---¡Inés! --le dije, prodigándole las más tiernas muestras de cariño--. -A pesar de estar tan alta, tú eres hoy tan desgraciada como yo; pero -para los dos vendrán días felices y tranquilos. - -Yo había olvidado todo temor, las causas de mi presencia en aquel -sitio, lo avanzado de la hora; no me acordaba de su familia, ni de -mi fuga, ni de la policía, ni de nada; no veía más mundo que aquel -pequeño, ¡qué digo pequeño!... aquel mundo infinito que mediaba entre -nuestros ojos. - ---Tú sabes y sientes mejor que yo --exclamé--; tú me señalas el camino -que debo seguir, y lo seguiré. Te amo tanto, que querría morirme aquí -mismo, si supiera que habías de ser para otro. Y vengan contrariedades, -vengan orgullos, vengan obstinaciones de familia, vengan obstáculos, -venga todo, que todo lo desprecio. ¿Qué valen cien mil coronas -condales, y las mayores riquezas del mundo? Todo eso no será suficiente -razón para quitarme lo que es mío, mi Inesilla de mi alma y de mi -corazón. Si soy pobre y miserable, que lo sea: nada importa, puesto -que, miserable y pobre, quieres tú más uno de mis cabellos que las -coronas y tesoros de todos los duques de la tierra. ¿No es cierto? Y -que venga ahora toda la sociedad y toda Europa, y toda la historia y -el mundo todo a decirme que no podrás ser mía. Que vengan y yo les -diré que se vayan a paseo, porque nosotros no necesitamos de ellos -para nada, y nosotros valemos más que todo eso. ¿No es verdad? Cuando -prometí a tu prima renunciar a ti, prometí lo absurdo y lo imposible, -lo que no dependía de mi voluntad, porque el amor que nos tenemos es -obra de Dios, es como la vida, y solo puede quitarlo el mismo que lo da. - -Así me expresé yo, y en este tono hablamos un poco más, y luego -cambiamos de asunto, y seguimos departiendo en serio y en broma sobre -mil cosas que nos ocurrían, sin acordarnos de nada que no fuera -nosotros mismos, y menos del tiempo que iba transcurriendo a toda -prisa. De tema en tema vino a mi pensamiento el objeto que allí me -había llevado, y le conté el incidente de D. Diego con sus torpes y -abominables planes. Ella se sorprendió de esto, y me dijo que nunca -había supuesto a Rumblar tan rematadamente malo. Seguimos luego -hablando de otros asuntos, y ella se reía de mi traje, y yo de sus -graciosas ocurrencias, al referir las ceremonias palaciegas a que había -asistido. Repetidas veces pasó por mi mente la idea del gran peligro -que allí corría; pero era tan feliz, que yo propio arrojaba lejos de mí -aquella idea importuna. Al fin entró de pronto una criada, y dijo: - ---¿Se le ofrece a la señorita alguna cosa? - -Díjole Inés que no, y se fue; pero me observó de soslayo el tiempo que -allí estuvo. - -Seguimos hablando, y al poco rato apareció otra criada que me miró -mucho también, preguntando: - ---¿Ha llamado la señorita? - -Y luego que esta se retiró, pareciome sentir cuchicheos y ruido de -pasos tras de la puerta. Comuniqué a Inés mi recelo, y al punto -convinimos en que me debía retirar. ¡Qué escándalo! Era mucho más de -media noche. Ella misma me llevó al cuarto donde antes me había dejado -el diplomático, y después de discutir un rato sobre lo más conveniente -para salir en bien de aquel paso, acordamos que esperaría al Sr. D. -Felipe, continuando, cuando volviera, el mismo papel de Duque de Arión, -y que con cualquier pretexto saliese después, poniéndome en salvo -antes de la mañana y hora en que necesariamente habían de llegar -Amaranta o su tía. Despidiose Inés de mí, dándome muchas esperanzas, y -prometiéndome que nos veríamos cuando menos lo pensase, y me quedé solo -otra vez donde antes estaba. - -Cansado de esperar, quise salir; pero encontré la puerta cerrada -por fuera, y en el mismo instante en que lo advertía, sentí que una -mano desconocida cerraba también la que me había dado paso hacia la -habitación de Inés. Estaba preso. - -Presté atención a ciertos ruidos cercanos, y percibí otra vez cuchicheo -de voces diversas, como risas y chacota de criados y gente menuda; lo -que acabó de revelarme el peligro en que me encontraba, y la proximidad -de un lance desastroso. A esto había venido a parar el Duque de Arión. - -Oí a poco también la voz del diplomático, que algo turbada decía: - ---Id a avisar al cuerpo de guardias. ¿Estáis seguro de que no lleva -armas? - -Luego los rumores se extinguieron para resonar de nuevo hacia el cuarto -de Inés, con voces de hombre y de mujer, confundidas en viva disputa. -Y la voz de Inés se oyó muy cerca, aunque me fue imposible entender lo -que decía. Lleno de congoja, mas también colérico ante la idea de que -se me tomase por un ladrón, di golpes en la puerta con pies y manos, -pidiendo que se me abriera, lo cual aumentó las risas del exterior. - ---Es muy posible que lleve pistolas --dijo el diplomático--. No abráis, -mientras no venga un pelotón de la guardia. - -Pero el criado a quien tan prudentes advertencias se dirigían, no hizo -caso de ellas; abriome la puerta, y abalanzándose hacia mí con otros -dos de su misma estofa, dijo: - ---No te escaparás, no. A ver, registradle bien los bolsillos, y sacadle -todo lo que lleve. - ---Canallas --grité luchando con ellos--. Yo no me llevo nada. Ladrones -y rateros seréis vosotros, que no yo. - ---Creo que debéis amarrarle, muchachos --dijo el diplomático, entrando -con gran arrojo--. Desde luego sospeché que este joven no era mi -pariente. Por fuerza ha de tener los bolsillos llenos de alhajas: -registradle bien. ¿Decís que estuvo en el cuarto de mi hija más de tres -horas? Eso no puede ser, caballerito --añadió encarándose conmigo--. -¿Quién es usted? Vive Dios que aquí hay algún misterio. - ---Este es el que en el Escorial sirvió de paje a la señora Condesa ---dijo uno de los criados empujándome con tal fuerza, que me hizo caer -al suelo. - ---Este estaba en Córdoba hace seis meses, y todos los días venía a la -puerta de casa --dijo otro dándome con el pie, una vez que caído me vio. - ---Y es, si no me engaño, el que tiraba chinitas a la ventana --afirmó -una criada, hundiendo sus uñas en mi carne. - ---Me parece que le he visto en casa vestido de fraile --dijo otra -dándome en la cabeza con las tenazas de la chimenea. - ---Ya le conozco, y sé muy bien lo que le trae por aquí --indicó una -tercera tirándome fuertemente del cabello. - ---¿Conque nada menos que Duque de Arión? --dijo un lacayo dándome una -manotada en la chupa con tanta fuerza, que me la rasgó de arriba abajo. - ---¡Miren el Duque de papelón! ¡Pues no vino con pocos humos! --exclamó -otro anudándome la corbata tan violentamente, que pensé morir -estrangulado. - ---Desnudadle en el acto. - ---No: aguardad a que venga la autoridad --ordenó el Marqués--. ¿Conque -es un paje de Amaranta, que fue a Córdoba, y que arrojaba chinitas -vestido de fraile? Bien decía yo que esta cara no me era desconocida. -¡En el Escorial, en Córdoba...! ¿Te llamas tú Gabriel? ¡Gabriel, -Gabriel!... Conque Gabriel... - -Y diciendo esto, D. Felipe Pacheco y López de Barrientos dio -algunas vueltas por la estancia, revolviendo, sin duda, en su magín -contradictorios pensamientos. Juzgue el lector de mi martirio al verme -entre aquellos soeces criados, cuyas almas experimentaban deliciosa -fruición en degradar al que creyeron Duque y en pisotear mi supuesta -nobleza y caballerosidad. Defendime al principio rabiosamente de sus -groseros insultos; mas nada podían contra tantos mis fuerzas, por -momentos enflaquecidas, y me entregué a las vengativas manos de aquella -pequeña plebe irritada que no podía tolerar el encumbramiento ficticio -de uno de los suyos. Yo creo que me habrían roto los huesos; que me -habrían arrastrado en tropel por la casa; que me habrían arrancado -pedazo a pedazo los vestidos, y con los vestidos la carne; que me -habrían deshecho a pellizcos, pinchazos y rasguños, si la llegada de -la Condesa no hubiera puesto fin de repente a la dolorosa escena de mi -crucificación. La vi aparecer cuando ya iluminaban completamente la -habitación las primeras luces del día, y pareciome un ángel salvador. -La sorpresa que tal espectáculo le causó, junto con lo que a su llegada -le contaron, habíanla puesto como fuera de sí. La ira y la compasión -se sucedían rápidamente una tras otra en su semblante. Parecía no dar -crédito a sus ojos; me miraba casi exánime y maltratado, y reconocía -en mis ropas las del Duque de Arión, que ella me diera para fugarme. -Por de pronto, a pesar de su enojo, me libró de toda aquella canalla, -y haciendo que los criados saliesen afuera, quedose sola conmigo, -mientras su tío iba en busca de quien me llevase a la cárcel. - - - - -XXIX - - ---Señora --le dije comprendiendo con rápida penetración sus -pensamientos en aquel instante--, no me condene vuecencia sin oírme; -no me juzgue ingrato, desleal y mentiroso, si tan impensadamente me -encuentra aquí. - ---¡De qué indigna manera me has engañado! --repuso con voz turbada -por la ira--. Jamás lo creí: yo pensé que tenías en tu baja e innoble -alma una chispa del fuego de honor. No: tu abyecta condición se revela -en tus actos, y no es posible esperar del miserable pilluelo de las -calles sino doblez y maldad. Hipócrita, ¿dónde has aprendido a fingir? -¿Cómo tu despreciable carácter, formado de todas las perfidias y malos -intentos, ha podido disimularse con la apariencia de la sencillez -honrada y de sentimientos nobles? - ---Señora --respondí--, usía me tratará de otro modo cuando sepa qué -motivos me han traído aquí. - ---No quiero saber nada. ¿Has visto a mi hija? ¿La has hablado? - ---Sí, señora. - ---¡Oh! No es posible que viéndote haya dejado de comprender qué clase -de persona eres. ¿Dónde está Inés? Que venga aquí, y si al ver este -pillastre desarrapado que se disfraza de gran señor para llegar hasta -ella; si al ver una palpable muestra de tu bajeza y vil condición en -esta lastimosa figura de Duque, que magullado y roto se arrastra por el -suelo pidiendo misericordia, persiste en creerte digno de un recuerdo, -Inés no es lo que yo quiero que sea, no es mi hija, no es de mi sangre. - -Y en efecto, yo me arrastraba por el suelo, magullado y roto; y -confundido por el anatema de la Condesa, imploraba con inconexas -palabras que me perdonase, indicando a medias frases los hechos que -atenuaban mi falta. - ---Señora --exclamé prosternándome hasta tocar con mis labios los pies -de Amaranta--, verdad es que he faltado a mi palabra. Arrójeme usía de -aquí; entrégueme a los alguaciles; permita que me lleven a la cárcel, -al presidio; mándeme matar si gusta; pero no me pida, no, de ningún -modo me pida que deje de amar a Inés, porque es pedirme lo imposible -y lo que no está en mi mano prometer. Usía me hablará de su casa y de -todas las casas. Yo confieso mi pequeñez; yo reconozco que al lado -de la grandeza de vuecencia soy como un grano de arena comparado con -el tamaño de todo el mundo; yo no soy nadie, yo soy un insensato, un -malvado, un miserable y todo lo que usía quiera que sea; pero yo no -puedo dejar de amar a Inés. Cuando sus padres la abandonaban, yo la -amé; cuando estaba sola en el mundo, yo fui su amigo; cuando era pobre, -yo trabajaba para ella. Creí que su repentino cambio de fortuna la -apartaría de mí para siempre: prometí en falso; prometí lo que no podía -ni debía cumplir, lo que estaba fuera de mi voluntad; prometí renunciar -a lo que siempre ha sido mío, y mi ceguera y mi error han durado hasta -esta noche, en que la he visto y la he hablado, señora Condesa; hasta -esta noche en que he comprendido que Inés no puede, no puede de modo -alguno resistir el peso abrumador de su nobleza. - -Amaranta golpeó mi humillado rostro con sus pies. Sentí las suelas de -sus zapatos hiriendo mi cabeza, y los encajes de sus faldas barrieron -mi frente. La Condesa estaba frenética y cruel en su desbordada ira. - ---¿Qué has dicho? --exclamó--. ¿Que no renuncias?... ¿Sabes que un -miserable como tú puede desaparecer del mundo sin que el mundo lo -advierta? ¡Despreciable gusano! ¡No te aplasto por compasión, y te -levantas para insultarme! - ---Yo no insulto a usía --dije--. Yo respeto y venero a la que tantos -deseos de favorecerme ha manifestado. Vuecencia puede hacerme -desaparecer del mundo si gusta: sin duda lo merezco. Yo prometí a -usía no verla más, y no he cumplido mi palabra: soy un truhan y un -miserable. Vine a este Palacio sin intención de verla; encontreme solo, -y una fuerza irresistible, una fiebre que me devoraba lleváronme a su -aposento, donde la vi y nos hablamos largo rato. ¡Oh! ¿Me pide usía que -deje de amarla? No puede ser. ¿Me pide usía que no la vea más? Pues -haga su grandeza de modo que me den la muerte, porque mientras tenga -un solo aliento de vida y mientras me quede fuerza para arrastrarme, -correré tras ella, la buscaré, penetraré en lo más escondido y subiré -a lo más alto, sin ceder en esta persecución hasta que Inés no me diga -que se ha concluido la guerra a muerte trabada entre ella y su noble -familia. - ---¡Oh! Quiero concluir de una vez --dijo sin poder contener su -agitación--: que venga aquí mi hija; la traeré aquí, te verá delante -de mí, y si todavía... No, no puede ser. ¡Dios mío! ¿Qué aberración, -qué absurdo es este que presenciamos? Miserable mendigo --añadió -volviéndose a mí--, vete. La culpa la tiene quien te ha dado más -importancia de la que mereces. Inés te desprecia: si has creído otra -cosa, te equivocas. ¿Por qué no hiciste lo que te mandé? ¿Por qué -viniste aquí? Mereces la muerte, sí, la muerte. No soy cruel; pero -¿acaso la vida de un indigno ser, que se perdería en el mundo sin -que nadie lo echara de menos, debe estorbar la felicidad de toda una -familia, debe estorbar mi reposo y echar por tierra la grandeza de una -casa como la mía? No, no puede ser. Vete de aquí; que te lleven, que te -arrastren como infame ladrón que eres. Si ella lo siente que lo sienta; -si padece, que padezca. Así no se puede vivir. Seré inflexible; yo -enseñaré a mi hija cuáles son sus deberes; yo le enseñaré el respeto -que debe tener a su nombre, y me obedecerá, cueste lo que cueste. - ---Deje usía --le dije--, que la maten los demás; y cuando haya -sucumbido a las violencias, a las vejaciones y a la tiranía de sus -parientes, quédele a la madre el consuelo de no haber puesto las manos -en ella. - ---¿Qué dices? ¿Qué has dicho? --preguntó Amaranta mirándome fijamente -y cambiando por completo en un instante de tono, de actitud, de -expresión--. ¿Qué has dicho? - ---He dicho que usía no debe, que no puede contribuir a matarla. - ---¡A matarla! --exclamó con estupor y como vacilando entre admitir o -rechazar aquella idea. - ---Sí, señora. Bien sabe usía que Inés es muy desgraciada. - -Vi entonces cómo se disipaba la ira en el rostro de Amaranta, cómo -se aclaraba su semblante, cómo todo aparato de indignación y de -biliosidad y de tirantez nerviosa desaparecía, sucediendo a aquella -tempestad aplacada una quietud reflexiva en que al instante se sumergió -su espíritu, lanzado desde las cimas de la cólera a los abismos de la -meditación. Me miró largo rato, y yo la miré. Estaba profundamente -pensativa. Estaba en poder de uno de esos invasores pensamientos que -vienen de repente y ocupan toda el alma, que suspenden todas las -sensaciones, y envuelven y embargan las facultades todas. Al fin, sin -pestañear, sin apartar los ojos de mí, sin hacer movimiento alguno, -exhaló un profundo suspiro y después dijo: - ---Sí, mi hija es muy desgraciada. - -No era sin duda la primera vez que a sí misma se decía aquellas -palabras. - -Sentada en el sofá, apoyó la barba en los dedos pulgar e índice, y el -codo en el brazo del sillón, y así estuvo largo espacio de tiempo. -Me parece que la estoy mirando. ¡Cuán hermosa y cuán imponente y -subyugadora! _¡Digna concha de tal perla!_ como ha dicho, no por cierto -refiriéndose a esta, sino a otra, un gran poeta contemporáneo. - -Alzó luego la vista, y me examinó atentamente; ¡pero de qué modo, con -cuánto interés me miraba! De sus ojos había desaparecido el rayo de la -indignación que antes la hacía tan terrible. Yo no me atrevía a decir -nada. Una dulce sensibilidad embargaba mi espíritu. - -Amaranta, esclava de su pensamiento, volvió a repetir: - ---¡Oh! sí: mi hija es muy desgraciada, y yo no puedo hacerla feliz. - -Dicho esto, me miró con cierta perplejidad. En sus ojos se retrataba -una viva compasión hacia mi persona, quizás algún sentimiento más -favorable. Al principio creí engañarme; pero mi corazón, con su -misterioso lenguaje, me indicó que habían cambiado de súbito los -sentimientos de la Condesa respecto a mí. De mi pecho pugnaban por -desbordarse los míos. - -Acerqueme a ella y me dijo: - ---¿Qué has hablado con Inés? ¿Qué te ha dicho? - -No le pude contestar de otro modo que arrojándome de rodillas a sus -pies. Pero ella repitió la pregunta intentando con sus manos alzar mi -frente, que se había adherido con fuerza a sus rodillas. - ---Señora --le contesté al fin--, me ha dicho la verdad; me ha dicho que -a nadie puede amar más que a mí. - -Yo besaba sus manos, y la sentí llorar. - -Duró poco tiempo aquella situación. Sentimos gran ruido de voces; -abriose la puerta, y en el dintel apareció la Marquesa, terrorífica, -abrumadora de cólera y de severidad. Con ella venían el diplomático, -D. Diego, el verdadero Duque de Arión, algunos criados y soldados de -la guardia. Amaranta no dijo nada, ni yo tampoco. La actitud en que -nos encontraron debió sorprenderles más que la noticia de que había un -ladrón en la casa, y estoy seguro de que cada individuo de la familia -interpretaba de un modo distinto aquella escena. En cuanto a esto, mis -lectores verán más adelante algo que les interesará. - -Como en opinión de la servidumbre yo era un ladronzuelo, vino gente -de la policía, y cuando Santorcaz penetró en la habitación y ordenó -a los suyos que se apoderaran de mí, huyeron con el rápido paso del -terror las dos nobles damas. La algazara de aquel momento no me impidió -percibir lejanos gritos y alteradas voces de mujer en las cuadras -interiores. Un oficial de la guardia francesa, llamado a última hora -no sé por quién, echó de Palacio de un modo algo despreciativo a -alguaciles y alguacilado, tratándonos a todos como a gente de perversa -ralea. - - - - -XXX - - -No tengáis compasión de mí al verme en esta cuerda ignominiosa, -enracimado con otros veinte infelices. No somos ladrones, ni asesinos, -ni falsificadores; somos patriotas, insurgentes de aquella gran -epopeya, y nos llevan a Francia. Felizmente no se cumplió en nosotros -aquel consejo del capitán del siglo, que decía a su hermano: _Ahorcad -unos cuantos pillos, y esto hará mucho efecto_. Por lo que pasó -después, se ha venido a conocer que también Álvarez el de Gerona -entraba en el número de los pillos. No nos ahorcaron, pues aún vivo -para contarlo; y cuando digo que no me tengáis compasión, es porque, -después de preso, la policía no me supuso otra criminalidad que la -traición a la causa francesa, y me juzgó bastante castigado con el -destierro. - ---Bien sé yo que no eres ladrón --me dijo Santorcaz en Madrid cuando -me ponían en la cuerda que estrechaba en cordial apretón las cuarenta -manos de los insurgentes--; pero eres un vil soplón y entrometido, a -quien es preciso poner a cien leguas de Madrid. Si te dieras a partido -y quisieras ser mi amigo, yo te conseguiría un puesto en la policía, -con tal que me sirvieses bien en este negocio. - -No con palabras, porque no las merecía, sino con una mirada de -desprecio, le contesté, y estuve después meditando sobre mi suerte, -hasta que la cuerda se movió y los cuarenta pies de aquella serpiente -humana se pusieron en marcha. Éramos los _pillos_ que el Gobierno -francés, demasiado generoso, no había querido ahorcar, y se nos mandaba -a Francia. Con nosotros iba el gran poeta Cienfuegos. Isidoro Máiquez y -Sánchez Barbero fueron poco después, aunque no ensartados. - -Al dar los primeros pasos, miré al que iba a mi derecha, atado su codo -al mío. ¡Oh, ventura sin igual! Era D. Roque, el lector de periódicos. - ---¡Ah, Sr. D. Roque! --le dije--. ¿También habla de esto el _Semanario -patriótico_? - ---Queridísimo Gabriel, Dios nos ha puesto juntos en la desgracia como -en la prosperidad. Paciencia, y que la Virgen nos deje ver algún día a -nuestra inolvidable villa. - ---¿Por qué le destierran a usted? - ---Hijo, por una calaverada. Cometí la indiscreción de decir en un -paraje público que nuestro desgraciado vecino D. Santiago Fernández era -un héroe no menos grande que los de la antigüedad, y podía compararse a -Codro, Leónidas, Horacio Cocles, Mucio Scévola, y al mismo Catón por la -entereza de su ánimo. ¿No lo crees tú así? - ---¿Murió nuestro amigo? - ---Sí: cuando el general Belliard fue a tomar posesión de Los Pozos, -todos entregaron las armas. D. Santiago continuaba encerrado en el -jardín de Bringas. ¿Qué pensarás que hizo? Pues por la mañana, al -volver de su casa, amontonó toda la leña puesta allí para calentarnos. -Ya recordarás que también había una gran cantidad de madera vieja de -la casa que han derribado en la esquina. Pues con aquellos materiales -y la leña hizo un gran parapeto en el rincón del fondo, donde estaba -el gallinero vacío, y púsose dentro de su improvisada fortaleza. -Derribaron los franceses la puerta del jardín, y cuando vieron aquel -monte de madera, de cuyo interior salía una hueca voz diciendo: «_Se -rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el Gran Capitán no se -rinde_», tuvieron al que tal decía por loco y diéronse a reír. Pero -Fernández había puesto dentro una buena cantidad de cartuchos, y dale -que le das, empieza a hacer fuego por las aberturas y resquicios de -su montón de leña. Los franceses, que se vieron heridos (y alguno -de ellos murió), arremetieron contra el gallinero, destruyendo los -parapetos de madera vieja. Fernández no cesaba de hacerles fuego desde -adentro. Pero cátate que a lo mejor empieza a salir humo, y luego -llamas que crecieron rápidamente, y la ronca voz del defensor del -gallinero gritaba: «_Viva España; mueran los franceses y el granuja de -Napoleón._» - -Mandó el oficial que se apartase la madera para sacar a aquel -desgraciado, que sin duda excitaba su admiración; pero Fernández -gritó de nuevo: «_Se rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el -Gran Capitán no se rinde_», hasta que cesó la voz, y las llamas, -extendiéndose vorazmente, destruyéronlo todo. La inmensa hoguera estuvo -humeando todo el día. Cuando aquello se acabó, buscaron el cuerpo; pero -estaba hecho ceniza. - -Calló D. Roque, y en el mismo instante el que nos conducía por la Mala -de Francia mandó que hiciéramos alto. Al detenernos vimos que por el -camino y hacia Chamartín venían algunos coches y gran número de jinetes -con deslumbradores uniformes. Era el Emperador que volvía de su visita -al Palacio de Madrid y caminaba hacia su Cuartel. Iba en coche, y al -pasar, nuestro guía y los soldados que nos custodiaban mandáronnos que -le diéramos vivas. Fue preciso repartir algunos culatazos para que -obedeciéramos, y cuando el grande hombre pasó, algunos le saludaron. -Sin duda por estas y otras ovaciones de la misma clase, escribía -con fecha 17 de diciembre: «_En las poblaciones por donde paso, me -manifiestan mucha simpatía y admiración._» - ---Acabe usted de contarme la muerte de nuestro amigo--, dije a D. Roque -una vez que pasó la procesión. - ---Ya no queda nada --repuso--, sino que con toda su grandeza y poder, -el hombre que acaba de pasar no llega ni con mucho a la inmensa altura -del Gran Capitán. Algunos han dicho que nuestro amigo estaba loco; pero -ese que ahí va, ¿está en su sano juicio? - - Enero de 1874. - - -FIN DE «NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN» - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. 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Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our website which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This website includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/67360-0.zip b/old/67360-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 18af902..0000000 --- a/old/67360-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/67360-h.zip b/old/67360-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 0f6e767..0000000 --- a/old/67360-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/67360-h/67360-h.htm b/old/67360-h/67360-h.htm deleted file mode 100644 index 3ba0460..0000000 --- a/old/67360-h/67360-h.htm +++ /dev/null @@ -1,9843 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; 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font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>Napoleón en Chamartín</span>, by Benito Pérez Galdós</p> -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. 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Las restantes rayas han sido - espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.</li> - - <li>Una página en blanco ha sido eliminada.</li> - </ul> -</div> - - -<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - style="width: 26em; height: auto;" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> - <p class="lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> - <hr class="tir" /> - <p class="fs140 lh150 ws1">NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt6"> - <div class="legal"> - <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda - hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que - no lleven el sello del autor.</p> - </div> - - <div class="mt4"> - <hr class="fil" /> - <p class="centra smaller">Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.</p> - </div> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> - <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p> - <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> - <p class="lh150 ws1">PRIMERA SERIE</p> - <hr class="fil" /> - - <p class="fs300 g0 mt05">NAPOLEÓN</p> - <p class="smaller mt1">EN</p> - <p class="fs175 g0 mt05">CHAMARTÍN</p> - - <hr class="tir" /> - <p class="fs110 negr ws1 mt1">43.º millar.</p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - style="width: 5em; height: auto;" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - - <p class="fs110 g1 mt3">MADRID</p> - <p class="smaller ws1">LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO</p> - <p class="smaller ws1">Calle del Arenal, núm. 11.</p> - <p class="negr">—</p> - <p class="negr g0">1907</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> - <p class="centra ws1 fs140">NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN</p> - <hr class="tir" /> - <h2 class="nobreak">I</h2> -</div> - -<p>El Sr. D. Diego Hipólito Félix de Cantalicio Afán de Ribera, -Alfoz, etc., etc., Conde de Rumblar y de Peña Horadada, hacía en Madrid -la siguiente vida:</p> - -<p>Levantábase tarde, y después de dar cuerda a sus relojes, se -ponía a disposición del peluquero, quien en poco más de hora y media -le arreglaba la cabeza por fuera, que por dentro solo Dios pudiera -hacerlo. Luego daba al reloj de su cuerpo <i>la cuerda del necesario -alimento</i>, como decía Comella, la cual cuerda pasaba aún más allá -de la media docena de bollos de Jesús, reblandecidos en dos onzas de -chocolate. Incontinenti seguía la operación de vestirse y calzarse, -no consumada a dos tirones, sino con toda aquella pausa, aplomo, -espaciosidad y mesura que la índole de los tiempos exigía. Una vez en -la calle, dirigía sus pasos a cierta casa de la Cuesta de la Vega, -donde es fama que habitaba la discreta mayorazga, con cuyo linaje -la casa de Rumblar concertara<span class="pagenum" id="Page_6">p. -6</span> genealógico y utilitario ayuntamiento. Esta visita no era -de larga duración, y al poco rato salía D. Diego para encaminarse -ligero como un corzo a la calle de la Magdalena, donde vivía un señor -de Mañara, de quien era devotísimo y fiel amigo. Los más de los -días comían juntos, y luego leían la <i>Gaceta</i>, el <i>Semanario -patriótico</i>, el <i>Memorial literario</i> y cuantos papeles impresos -venían de Valencia, Sevilla o Bayona, tarea que les entretenía hasta el -anochecer; y por fin, a la hora en punto en que las calles de Madrid -se tapujaban con aquel manto de simpática oscuridad que el positivismo -alumbrador de estos tiempos ha rasgado en mil pedazos, nuestros dos -galanes salían juntos, en luengas capas embozados, y a veces con traje -muy distinto del que usaban durante el día. Aquí tenía principio, -según opinión de los sesudos autores que se han ocupado de D. Diego -de Rumblar, la verdadera existencia de aquel insigne rapazuelo, y -también es cierto que todos los cronistas, si bien desacordes en -algunos pormenores de estas escandalosas aventuras, están conformes -en afirmar que siempre le acompañaba el supradicho Mañara, y que casi -nunca dejaban de visitar a una altísima dama, la cual lo era sin duda -por vivir en un tercer piso de la calle de la Pasión, y tenía por -nombre la <i>Zaina</i> o la <i>Zunga</i>, pues en este punto existe -una lamentable discordancia entre autores, cronistas, historiógrafos -y demás graves personas que de las hazañas de tan famosa hembra han -tratado.</p> - -<p>Ante el inconveniente de aplicar a Ignacia<span class="pagenum" -id="Page_7">p. 7</span> Rejoncillos los dos apodos con que la -apellidaban sus amigos, yo me decido a llamarla siempre la -<i>Zaina</i>, y en verdad que ignoro por qué la aplicaron tal nombre, -pues aunque a los caballos castaños se les llama <i>zainos</i>, no sé -si esto cuadra a los cabellos del mismo color: ello es, sin embargo, -que la palabreja significa también <i>traidor</i>, <i>falso</i> -y <i>poco seguro en el trato</i>, y falta saber si la hija del -tío Rejoncillos, alias <i>Mano de Mortero</i>, merecía aquellos -dictados, y, por lo tanto, el ser tenida por la flor y espejo de la -<i>zainería</i>.</p> - -<p>Pero no quiero desviarme de mi principal objeto, que ahora es decir -a cuáles sitios iba D. Diego y a cuáles no; y firme en tal propósito, -afirmo y juro en realidad de verdad, y sin que ninguna persona honrada -pueda desmentirme, que D. Diego y el Sr. de Mañara iban de noche a una -reunión de masonería incipiente del género tonto, que se celebraba -en la calle de las Tres Cruces, y a otra del género cómico fúnebre, -que tenía su sala, si no me falta la memoria, en la calle de Atocha, -número 11 antiguo, frente a San Sebastián. En estas reuniones, amén de -las muchas pantomimas comunes a esta orden famosa, leíanse versos y -se pronunciaban discursos, piezas literarias de las cuales espero dar -alguna muestra a mis pacienzudos leyentes.</p> - -<p>Sobre todo en la calle de Atocha, donde estaba la logia -<i>Rosa-Cruz</i>, el rito era tal, que algunas veces púseme a punto -de reventar, conteniendo las convulsiones de mi risa, pues aquello, -señores, si no era una jaula de graciosos<span class="pagenum" -id="Page_8">p. 8</span> locos, se le parecía como una berenjena a otra. -En una oscurísima habitación, que alumbraban macilentas luces, toda -colgada de negro, reuníanse los tales masones, y porque allí fuera todo -misterioso, tenían a la cabecera un Santo Cristo acompañado del compás, -escuadra y llana, y a la derecha mano, como si dijéramos, al lado del -Evangelio, un esqueleto muy bien puesto en un sillón, con la cabeza -apoyada en la mano, en ademán meditabundo, y por lo bajo un letrerito -que decía: <i>Aprende a morir bien</i>.</p> - -<p>Debo indicar que en aquel año la masonería española era pura y -simplemente una inocencia de nuestros abuelos, imitación sosa y sin -gracia de lo que aquellos benditos habían oído tocante al <i>Grande -Oriente Inglés</i> y al <i>Rito Escocés</i>. Yo tengo para mí que -antes de 1809, época en que los franceses establecieron formalmente -la masonería, en España ser masón y no ser nada eran una misma cosa. -Y no me digan que Carlos III, el Conde de Aranda, el de Campomanes y -otros célebres personajes eran masones, pues como nunca les he tenido -por tontos, presumo que esta afirmación es hija del celo excesivo de -aquellos buscadores de prosélitos, que no hallándolos en torno a sí, -llevan su banderín de recluta por los campos de la historia, para echar -mano del mismo padre Adán, si le cogen descuidado.</p> - -<p>Después de 1809 ya es otra cosa. De aquellas dos logias infantiles, -que yo conocí en la calle de las Tres Cruces y en la de Atocha, y -donde se regocijaban con candorosas ceremonias<span class="pagenum" -id="Page_9">p. 9</span> unos cuantos desocupados, salieron la -famosa logia de la <i>Estrella</i>, la de <i>Santa Justa patrona de -Córcega</i>, la sociedad de caballeros y damas <i>Philocoreitas</i>, -la de los <i>Filadelfios</i> de Salamanca, la Gran Logia nacional que -estuvo en el edificio ocupado antes por la Inquisición, la logia de -Santiago el Mayor en Sevilla, y las de Jaén, Orense, Cádiz y otras -ciudades. Entrometiéndome en la Gran Logia nacional, oí hablar de cosas -más serias y graves que los discursitos <i>filosóficos en verso</i> -que le echaban al esqueleto de la <i>Rosa-Cruz</i>; oí hablar mucho -de política, de igualdad; entonces fue cuando anduvo de boca en boca -y llegó a ser muy de moda la palabra <i>democratismo</i>, que luego -desapareció para presentarse de nuevo al cabo de medio siglo, aunque -variada en su forma y tal vez en su significación. De la larva de -aquellas logias, no es aventurado afirmar que salió al poco tiempo la -crisálida de los clubs, los cuales a su vez, andando el voluble siglo, -dieron de sí la mariposa de los comités.</p> - -<p>Pero otra vez, sin quererlo, me aparto de mi objeto, y no ha de ser -así, sino que vuelvo atrás para deciros que el señor Conde de Rumblar, -luego que esparcía su ánimo en aquello del esqueleto, y hablaba por -los codos durante una hora, iba en busca de entretenimientos más -agradables; y aquí es donde viene como anillo al dedo la ocasión de -nombrar a la Zaina, porque a eso de las once era cuando penetraba en -sus <i>salones</i> el joven de que me ocupo, no acompañado solo por -el citado Mañara, sino también por D. Luis de Santorcaz, que<span -class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span> siempre se le unía en la -<i>Rosa-Cruz</i> para seguir juntos hasta la madrugada.</p> - -<p>Convendrá tener presente que no era la Zaina la única gran dama de -aquellos aristocráticos barrios que abría de par en par las puertas de -su casa y de su alma a nuestros tres amigos, y a fe mía que si hubiera -yo de enumerar todas las ilustres casas de los cuarteles de San Lorenzo -y San Millán, que por aquellos días obsequiaban a un pequeño número de -<i>habitués</i> (¿por qué no decirlo en francés?), llenaría de seguro -todo este libro y medio más. Pero sin renunciar a ser cronistas de los -saraos de aquella matritense <i>high life</i> (¿por qué no decirlo en -inglés?), seré muy breve por ahora, señores míos: estenme atentos, y no -me interrumpan con exclamaciones de admiración, que me harían perder, -mal de mi grado, el hilo del relato.</p> - -<p>Los salones de la <i>Zancuda</i>, en la calle de Ministriles, se -abrían muy temprano, y allí había cierta grave etiqueta, con poco -de fandango y menos de seguidillas, razón por la cual escaseaba la -concurrencia. Era la <i>Zancuda</i> mujer de grandes atractivos, a -pesar de su feísimo nombre; pero no gustaba de alborotos, porque su -marido, o lo que fuera, el señor Regodeo, era al modo de diplomático, -hombre estirado, serio, ceñudo, y que en esto de burlar con sutilísima -perspicacia las socaliñas de las aduanas, almojarifazgos o arbitrios -de puertas, no se cambiaría por los más famosos de Sevilla y Ronda -en el tal oficio. Don Diego y sus dos amigos frecuentaban poco<span -class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span> esta casa, donde comúnmente -se estaba como en misa.</p> - -<p>En los salones de la <i>Pelumbres</i> (calle de la Torrecilla del -Leal, tienda de hierro viejo) era todo animación, todo alegría, no -solo por ser la dueña de la casa una de las mujeres más malignamente -graciosas, más divertidas y de mejor mano para tocar las castañuelas -que han existido a principios del siglo, sino porque allí concurrían -personajes célebres en varias artes y oficios, tales como el -distinguido curtidor <i>Tres pesetas</i>; el <i>señor Medio diente</i>, -uno de nuestros más esclarecidos trajineros procedentes de las Tenerías -de Toledo, y <i>Majoma</i>, curtidor de carne, el cual, cuando contaba -sus viajes por las distintas cortes del mundo, tales como Melilla, -Ceuta y el Peñón, les dejaba a todos con la boca abierta. Y como no -faltaban tampoco ni la Narcisa, ni Menegilda, ni Alifonsa, todas tres -estrellas esplendorosas del firmamento manolesco, la una vendedora de -castañas, la otra de callos y caracoles, y la postrera de sal; como no -se escatimaba el vino, ni las boleras, ni se ponía fin a los dichos, ni -a la sabrosísima libertad en lengua y manos, D. Diego tenía sumo gusto -en frecuentar aquella casa. Verdad es (y la historia no debe permanecer -silenciosa en este punto) que las tertulias solían concluir con un -refresco de palos, que, a oscuras y cual lluvia del cielo, caían de -improviso sobre la escogida reunión; pero aquellos más bien regocijaban -que afligían a D. Diego, el cual, ocupándose antes en darlos que en -recibirlos, no se apuraba por unos cuantos cardenales más o<span -class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> menos, ni renunciaría a las -fiestas de la <i>Pelumbres</i>, aunque llevara en sus espaldas todo el -cónclave romano.</p> - -<p>Pues ¿y qué diré de aquellas elegantísimas y suntuosas fiestas de -<i>Rosa la Naranjera</i>, tan célebres en toda la redondez de Madrid, -que hay historiadores muy concienzudos que aseguran haber visto a más -de un Príncipe traspasar los umbrales de su bodegón, calle de las -Maldonadas? Y si esta última atrevida afirmación no fuera cierta, -eslo en lo tocante a duques, marqueses, condes y vizcondes, de lo -cual certifico, por haberlos visto. No digo lo mismo de Príncipes y -Reyes, pues de estos no recuerdo más que los de copas, bastos, oros y -espadas, los cuales no faltaban ni una noche, y con toda familiaridad -y franqueza se dejaban llevar de mano en mano. Eso sí: digan lo que -quieran la ruin envidia y la mala fe de los que allí se quedaron -limpios como patenas, el banquero Juan Candil era una persona honrada, -y de recomendables antecedentes en aquel oficio, y hartas veces decía -la Naranjera que en su casa no se consentían trampas, razón por la -cual creemos que aquel era juego de ley, y que cuanto se decía acerca -de las diestras manos de Candil y de las marcas de sus mugrientos -naipes era, o cavilaciones de los parroquianos, o efecto de esa viciada -atmósfera que rodea a las grandes instituciones cuando se las plantea -entre gente díscola y pendenciera. ¡Y cómo gozaba D. Diego en aquella -casa! ¡Y cuánto le querían y mimaban, y cómo se hacían lenguas todos -en alabanza<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> de su -liberalidad, de su desprendimiento, de su nobleza, de aquel donaire con -que entregaba sin muestras de aflicción la cantidad perdida! A este -afecto correspondía Rumblar con una asistencia tan puntual, que si -fuera al aula le habría hecho en poco tiempo un segundo Aristóteles.</p> - -<p>Mas en aquella casa y en las que antes he mencionado, no se -consagraba todo el tiempo a los reyes, sotas y demás real familia, -pues siguiendo la general corriente de los tiempos, se hablaba mucho -de política. A ellas iba con frecuencia, y durante sus días de vagar, -el tío Mano de Mortero, que siempre llevaba noticias frescas. También -concurría Pujitos, joven instruidísimo y de gran erudición, pues no -dejaba de saber leer (aunque con pausa y cierto dejo o sonsonete), -razón por la cual aquel esclarecido concurso estaba al tanto de las -<i>Gacetas</i> y papeles nacionales y extranjeros, porque es de -advertir que si el tío Mano de Mortero conocía a fondo la geografía -ibérica (merced a sus frecuentes viajes <i>científicos</i> para -desesperación del Estado y quebrantamiento del fisco); si por esta -circunstancia conocía la posición de los ejércitos beligerantes, -Pujitos iba mucho más allá: elevábase en alas del genio, y su -pensamiento cerníase en las vertiginosas altitudes del arte militar y -diplomático, como el águila sobre las eminentes cumbres.</p> - -<p>Estas conversaciones no duraban toda la noche, y entre juego y juego -solía haber bolero y manchegas, así como también algo de aquello que -los eruditos llaman palos, y el<span class="pagenum" id="Page_14">p. -14</span> vulgo también; pero sabido es que los palos son para ciertas -gentes gustosísimo postre, después de los manjares fuertes del amor y -del vino. ¡Ay! puedo asegurar que D. Diego era muy feliz con aquella -vida.</p> - -<p>Pero el dorado alcázar, el Medina-al-Fajara, el Bagdad, la Síbaris -y la Capua de sus impresionables sentidos, estaban en casa de la -Zaina, aquella beldad incomparable; aquella que, al aparecer por las -mañanas en la esquina de la calle de San Dámaso, dentro de su cajón -de verduras, daría envidia a la misma diosa Pomona en su pedestal de -frutas y hortalizas. ¿Y qué diremos de aquella gracia peculiar con que -lavaba una lechuga, arrancándole las hojas de fuera con sus divinas -manos, empedradas de anillos? ¿Qué del donaire con que hacía los -manojitos de rábanos, que entre sus dedos racimos de corales parecían? -¿Qué de aquella por nadie imitada habilidad para poner en orden los -pimientos y tomates, cuya encendida grana se eclipsaba ante el rosicler -de su cara? ¿Qué de aquel lindísimo gesto con que metía los cuartos -en la faltriquera, olvidándose casi siempre de dar la vuelta? ¿Qué -de aquella postura (digna de llamar la atención de Fidias) cuando -descolgaba una sarta de ajos, que al enroscarse en sus brazos no se -tomarían por otra cosa que por rosarios de descomunales perlas? ¿Qué de -la destreza y soltura con que arrojaba las hojas de col sobre los usías -que iban a requebrarla? ¿Qué de su ciencia en el vender, y su labia -en el regateo, y su diplomacia en el engañar, que a esto y a<span -class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span> nada más propendían todas -y cada una de las sales y monerías de su lengua y ademanes? Válgame -Dios, que tuvo buen gusto D. Diego al prendarse de aquella princesa o -semidiosa, pues tal era su mérito y de tal modo y con tanta presteza -la rodeaba de poéticos atributos la imaginación, que el puesto era un -trono, y las lechugas ramos de olorosas yerbas, y los rábanos jacintos -de Holanda, y los repollos abiertas magnolias, y los ajos cerradas -azucenas, y las cebollas conjunto perfumado de todas las flores, así -como también podía suponerse que el agujereado mandil de la Zaina era -un rico sayal de finísima puntilla de Flandes, y el cuchillo de partir -varita de oro para dar gusto y ocupación a las movibles manos, y los -ochavos desparramadas joyas que los príncipes y reyes, de remotas -tierras venidos, echaban a sus pies para rendir el fuerte castillo de -su honestidad.</p> - -<p>¿Y qué me diréis si os aseguro que D. Diego, a pesar de sus -atractivos y de su dinero, no había podido rendir a la Zaina? ¡Oh, -inflexible ley de los hados, que en aquella ocasión dispusieron que la -Zaina fuese esclava en cuerpo y alma de otro galán, al cual de antiguo -mis lectores conocen, y no es otro que el propio D. Juan de Mañara, por -segunda vez presentado en el escenario de estas historias! Pues sí: el -Sr. de Mañara, como la muerte, lo mismo ponía el pie en <i>pauperum -tabernas</i> que en <i>regumque turres</i>; y aunque era persona de -alta posición por aquellos días, y estaba a punto de ser nombrado -regidor de Madrid, sus<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> -preferencias en materia de costumbres y de amor íbanse del lado de lo -que Horacio llamó <i>tabernas</i>, y en castellano podemos nombrar -ahora con la misma palabra.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch2"> - <h2 class="nobreak g0">II</h2> -</div> - -<p>Por las noches, este caballero, lo mismo que D. Diego, después que -salían de las logias, se vestían de majos, y... aquí viene ahora la -coyuntura de describir la casa de la Zaina y su gente, con las fiestas -y bailes, y el refresco aparatoso que les ponía fin; pero como aún -me resta por manifestar un poquito de lo referente a D. Diego y a su -vida, principal objeto que en este comienzo del libro me propuse, dejo -aquello para después, y sigo diciendo que el hijo de Doña María, bien -solo, bien acompañado de Santorcaz, iba de tertulia alguna vez a las -librerías principales, que era donde más se hablaba de política.</p> - -<p>No sé si recordaré todas las tiendas de libros que había entonces -en Madrid; pero sí puedo asegurar que casi igualaba su número al de -las que ahora existen, y las más concurridas eran las de Hurtado, -Villarreal, Gómez Escribano, Bengoechea, Quiroga y Burguillos (antes -Fuentenebro), en la calle de las Carretas; la de la viuda de Ramos, -en la Carrera de San Jerónimo; la de Collado, en la calle de<span -class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> la Montera; la de Justo -Sánchez, en la de las Veneras; la de Castillo, frente a San Felipe -el Real, y el puesto de Casanova en la Plazuela de Santo Domingo. En -estas tiendas se reunían muchos jóvenes escritores o que pretendían -serlo; poetas hueros o con seso, aunque estos eran los menos; personas -más aficionadas a la conversación que a los libros, gente desocupada, -noticieros, y muchísimos patriotas. D. Diego era patriota.</p> - -<p>Como yo me metía bonitamente en todas partes, también me daba una -vuelta por las librerías, bien acompañando a D. Diego, bien solo, -echándomelas de gran patriota, y en la de las Veneras me acuerdo -que dije una noche muy estupendas cosas, que me valieron calurosos -aplausos. ¡Ay! allí conocí al sombrerero Avrial y a Quintana, -el mochuelo y el mirlo, el cisne y el ganso de aquellos tiempos -literarios, tan turbados, tan confusos, tan varios y antitéticos en -grandeza y pequeñez, como los políticos. Parece, en verdad, mentira -que Moratín y Rabadán, que Comella y Meléndez hayan vivido en un mismo -siglo. Pero España es así.</p> - -<p>Tampoco dejaba D. Diego de concurrir al teatro alguna que otra vez, -porque era muy de patriotas el ir a la representación de las famosas -comedias de circunstancias <i>La alianza de España e Inglaterra, con -tonadilla</i>, y <i>Los patriotas de Aragón y bombeo de Zaragoza</i>, -que en aquellos días se representaban con frenético éxito. Y para que -nada faltase en el círculo de relaciones de aquel joven ilustre,<span -class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> también asomaba las narices -por el cuarto de Pepilla González, actriz famosa, si bien un día puso -punto final a sus visitas, porque le hicieron no sé qué ingeniosa -burla.</p> - -<p>En casa de la Zaina, en casa de la Pelumbres, en la de la Naranjera, -en la logia de <i>Rosa-Cruz</i>, en la librería de la calle de las -Veneras y en el teatro, solíamos encontrarnos D. Diego y yo, pues, -como he dicho, yo tenía especial empeño en seguirle a todas partes, -venciendo para entrar en algunas la repugnancia de mi conciencia. El -joven se franqueaba espontáneamente conmigo, y yo, mientras más me -decía, más procuraba sacarle para que ningún escondrijo ni pliegue de -su vida me fuese secreto. Solo cuando iba en compañía de Santorcaz me -guardaba muy bien de preguntarle ciertas cosas.</p> - -<p>¡Pobre D. Diego, y a cuántas pruebas se vieron sujetas su impetuosa -juventud e inexperiencia! ¡Y qué de simplezas hizo, y qué terribles -caídas tuvieron los atrevidos saltos de su entusiasmo, y qué porrazos -se dio con las peñas del fondo al arrojarse desaforadamente en el mar -de la vida, creyéndolo sin arrecifes, ni sumideros, ni bajíos! ¡Y -cuánto se encanalló, y de qué extraña manera el mayorazgo poderoso -viose en ocasiones pobre y miserable, con la circunstancia de que no -podía menos de sostener el pie de su lujo y representación! Como era -tan manirroto, gastaba en una semana la renta de un año, y aquí de -los acreedores, usureros, prestamistas, judíos y demás chupadores de -sangre, que se<span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span> bebían -la de mi Condesito. Este llegó a verse muy afligido, pues nadie le -fiaba ya el valor de una peseta; y recuerdo que cierta noche, cuando -salíamos del teatro del Príncipe, Don Diego me hizo una pintura -horrenda de la plenitud de sus apuros y vaciedad de sus bolsillos; dijo -después que se iba a suicidar, y luego me llamó insigne varón, ilustre -amigo y el más caballeroso y caritativo de los hombres, siendo de notar -que todos estos rodeos, elipsis, metonimias o hipérboles, terminaron -con pedirme dos reales. Dile cuatro que tenía, y se despidió, -suplicándome que dijese algo en su favor a cierto prestamista llamado -Cuervatón, vecino mío, pues tenía pensado darle un tiento al siguiente -día, aunque las cantidades adeudadas subían al séptimo cielo. Yo le -prometí interceder en su favor, y deseándole las buenas noches entré en -mi casa.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch3"> - <h2 class="nobreak g0">III</h2> -</div> - -<p>La cual era aquella misma honrada mansión donde fui recogido, curado -y asistido en mi penosa enfermedad del mes de mayo, y vea el lector -cómo de manos a boca nos encontramos de nuevo en la dulce compañía del -Gran Capitán y de su esposa, y en alegre familiaridad con el Sr. de -Cuervatón, con Don Roque, con el lañador y respetable familia,<span -class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> con la bordadora en fino y -otras personas que, si no gozan en la historia de celebridad apropiada -a sus méritos y eminentes calidades, tendranla en esta relación, mal -que le pese a la ruin envidia, siempre empeñada en rebajar los altos -caracteres.</p> - -<p>Desde mi vuelta de Andalucía, yo moraba en casa de D. Santiago -Fernández. Santorcaz no vivía ya allí, ni tampoco Juan de Dios, ni sus -antiguos patronos sabían de su paradero, pues habiendo salido cierto -día de agosto muy de mañana, hasta la fecha de lo que voy contando, -que era por noviembre, no había vuelto, lo cual hacía decir a Doña -Gregoria:</p> - -<p>—No puede <i>por menos</i> sino que a ese bienaventurado Sr. de -Arroiz le ha sucedido alguna desgracia, como no se haya ido al cielo en -cuerpo y alma, que para eso estaba.</p> - -<p>La casa (y aunque me parece que esto lo saben ustedes, no estará -de más repetirlo) era de esas que pueden llamarse mapa universal del -género humano, por ser un edificio compuesto de corredores, donde -tenían su puerta numerada multitud de habitaciones pequeñas para -familias pobres. A esto llamaban casas de Tócame Roque, no sé por qué. -No lo indagaremos por ahora, y sepan que, en aquellos días, el que -hubiera entrado en casa del Gran Capitán, habría visto a este en el -centro de un animado corrillo, donde estábamos hasta ocho personas, -todos buenos españoles o inflamados de patriótico afán por saber cómo -iban las cosas de la guerra; habría visto con cuánta diligencia y -precipitación acudían<span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span> -unos y otros en cuanto Fernández volvía de la oficina; habría visto -cómo amorosamente preparaba Doña Gregoria el sahumado brasero, para que -no se enfriara la concurrencia; cómo Fernández, golpeando la caja de -rapé, tomaba un polvo, sonábase mirando a todos por encima del pañuelo, -y luego se apresuraba a satisfacer la sed de su curiosidad en estos -términos:</p> - -<p>—La cosa va mejor de lo que se creía, y lo de Lerín no fue tan -desgraciado como se nos quería pintar. Señores, hay que poner en -cuarentena lo que dicen los papeles impresos, porque los diaristas -no se cuidan más que de sorprender al público con noticiones; y como -ninguno de ellos sabe palotada de lo que llamamos el arte de la -guerra...</p> - -<p>—Pues a mí me han dicho que lo de Lerín fue un desastre muy grande -—afirmó D. Roque—. ¡Bah! Si tenemos unos generales... De lo que está -pasando tienen ellos la culpa, y bien sabía yo que vendríamos a parar -a esto. Pues qué, si esos señores, en vez de estarse en Madrid todo -el mes de septiembre mordiéndose unos a otros; si en vez de estar -aquí diciéndose «yo soy mejor que tú», y disputándose el mando de los -Cuerpos como perros que riñen por un hueso; si en vez de esto, digo, -se hubieran marchado al Norte a perseguir al enemigo, ¿estarían los -franceses tan envalentonados?</p> - -<p>—Tiene razón que le sobra por los tejados el Sr. D. Roque —dijo -la mujer del lañador—. Y yo, que no sé de guerra, le decía a mi -marido<span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> todas las noches -cuando nos acostábamos: «Mira, Norberto, los generales, en lugar de -estar aquí y en Aranjuez, hablando mal unos de otros y revolviéndolo -todo con sus envidias y reconcomios, debieran andar por toda esa tierra -de Burgos y Rioja persiguiendo al francés. Que si Llamas manda tal -tropa; que si ya no la manda Llamas, sino Pignatelli; que si Castaños -se opone a que venga Cruz; que si Blake quiere ser más que Cuesta, -y Cuesta más que todos; que si Palafox manda este Cuerpo; que si La -Peña no quiere mandar el otro... en fin, cuando después de la batalla -de Bailén creímos vernos libres de franceses, emperadores y reyes de -copas, ahora salimos con que por estarse los generales mano sobre mano -en Madrid, al olorcillo de la Corte, y de los obsequios, y de las -fiestas, han dejado que los otros se arreglen bien y tengan dispuesto -todo para darnos un susto.»</p> - -<p>—Ha hablado usted como un padre de la Iglesia, señora Doña María -Antonia —dijo con oficiosa exaltación Doña Melchora, la bordadora en -fino—. A mis niñas les dije yo eso mismo el mes pasado. ¿No es verdad, -Tulita; no es verdad, Rosarito? Sí, señores, esa es la pura verdad; y -lo que yo voy viendo es que desde que empezó la guerra; desde que hubo -aquella de venir los franceses y caer Godoy, nadie ha sabido acertar -más que nosotras, y cuando anunciábamos lo que iba a pasar, los hombres -graves se reían diciendo: «¿Qué entienden las mujeres de guerras ni de -historias?» Pues vean ahora si entendemos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span>—Tiene razón Doña -Melchora —dijo el señor de Cuervatón—. También se reían de mí cuando -anuncié lo que iba a pasar. Pero, señores, cuando los de arriba -pierden la chaveta, como ha pasado aquí, a los tontos y a las mujeres -corresponde el imperio del buen sentido.</p> - -<p>—No obstante —dijo el Gran Capitán impaciente por poner el peso -de su autorizado dictamen en aquella contienda—, aún no se puede -hablar mal de esos valientes generales. Yo no les he explicado -a ustedes todavía el plan de campaña. Es preciso que ustedes se -penetren bien de esto. Las tropas que mandan Blake, Llamas, Castaños -y Palafox, colocadas y extendidas desde el Ebro hasta Burgos, forman -un gran semicírculo. Vienen los franceses: el semicírculo se cierra, -convirtiéndose en círculo, y aquí me tienen ustedes a mi emperador -cogido en una ratonera.</p> - -<p>—Pero, en resumidas cuentas, ¿viene o no viene? —preguntó Doña -Melchora.</p> - -<p>—Yo creo que no —dijo el Gran Capitán, echándoselas de malicioso—. -Y tengo para mí que todo eso que dicen los papeles acerca de lo que -Napoleón leyó en el Senado, es pura invención. Como que hay quien dice -que Napoleón está muy enfermo de un tumor que le ha salido en el sobaco -izquierdo, y que ya le han sacramentado.</p> - -<p>—¿Y usted es de los que dan crédito a los mil desatinos que -cuentan los patriotas? —exclamó D. Roque levantándose de su asiento—. -Aquí creen que se sale del paso contando<span class="pagenum" -id="Page_24">p. 24</span> mentiras y matando de calenturas o -alfombrilla a todos nuestros enemigos.</p> - -<p>—Y qué, ¿soy hombre para tragar todas las bolas que cuentan -diariamente los papeles? —dijo el Gran Capitán, sin disimular el -desprecio que le merecía la prensa—. Vamos a ver, ¿qué saca usted -en limpio, Sr. D. Roque, de todas esas hojas que lee día y noche, y -que le van a volver loco, como al bueno de Don Quijote los libros de -caballería?</p> - -<p>—Quédese cada uno en su sitio, y no se meta en los trigos ajenos -—repuso D. Roque, procurando contener su irascibilidad—, que así -como yo no me meto jamás en las honduras del arte de la guerra, que -no entiendo, así debe usted respetar las ciencias, que no están a su -alcance. ¡Qué sería de la sociedad sin papeles públicos! Aquí tengo -yo el <i>Semanario patriótico</i> —añadió, sacando un voluminoso -legajo de uno de los luengos bolsillos de su levitón— que es el mejor -papel que hasta ahora se ha escrito, y contiene cosas muy lindas, y -en todo lo que dice no parece sino que habla por boca de Aristóteles -y Platón. Desde que en el primer número vi aquello de <i>la opinión -pública es mucho más fuerte que la autoridad malquista y los ejércitos -armados</i>, les digo a ustedes francamente que el tal papelito me -enamoró. Yo me quito el garbanzo de la boca para ahorrar los 20 reales -que me cuesta cada trimestre; y ¿cómo no hacerlo, si este manjar del -espíritu es tan necesario a la vida como el alimento del cuerpo? Así -es que los miércoles por la noche no duermo, y<span class="pagenum" -id="Page_25">p. 25</span> todo es dar vueltas en la cama, pensando en -lo que traerá el <i>Semanario</i> al siguiente día. Los jueves son para -mí días de delicia, y leyendo mi <i>Semanario</i> olvídaseme el comer -y el beber, a más de todas mis penas y tristezas, que son muchas. ¡Y -cómo trata las cuestiones! ¡Y con qué gracia le da a cada uno lo que es -suyo! ¡Y qué sal tiene para decirle a la Francia todas sus picardías! -¿Pues y el paralelo que hace entre Bonaparte y Maximiliano Robespierre? -No pierde ripio para decir a todos las verdades, y a los españoles les -suele sacar los trapitos a la colada, como quien dice. En fin, señores, -me entusiasma tanto, que el otro día, no pudiendo satisfacer mi deseo -de conocer al autor de tan divino escrito, y averiguado que lo es un -tal Manolito Quintana, me fui derecho allá, y abrazándole le dije: -«Venga acá el extremo de toda discreción, el resumen de la elocuencia -y del buen decir, el dechado de la lengua castellana, el azote de los -tiranos, el heraldo del patriotismo y el cisne de los derechos del -hombre.» A lo cual me contestó que él cumplía con su deber, y que -agradecía tales alabanzas.</p> - -<p>—¿Toda esa arenga le echó usted al buen autor del <i>Semanario -patriótico</i>? —preguntó el Gran Capitán—. Pues en verdad digo que si -la Junta oyera mis consejos, al punto mandaría suprimir ese y todos los -demás papeles. ¿Para qué se quieren papeles?</p> - -<p>—Hombre irracional, ¿y cómo se difunden las luces, y se propaga -la buena doctrina, y se instruye a toda la gente del reino, chicos -y grandes? ¡Pues flojitas verdades trae el <i>Semanario<span -class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> patriótico</i>!... Como todos -dieran en leerlo con tanto fervor como yo, pronto se remediarían los -males de la nación. Y no hay que darle vueltas, señores: lo que este -dice es el Evangelio. ¿Quién podrá desmentir aquello de <i>el tirano es -un hombre que abusa de las fuerzas de la sociedad, para someterla a sus -pasiones propias, y así la tiranía no es otra cosa que la injusticia -apoyada en la violencia</i>? ¿Qué tal? ¿Pues y dónde me dejan ustedes -aquello de los derechos <i>esenciales, sagrados e imprescriptibles</i> -que corresponden al hombre, y que le usurpa el pícaro del poder -absoluto?... Nada, nada, Sr. D. Santiago, amigo Cuervatón, señoras y -señoritas: tengan ustedes presentes estas palabras: «La violencia, -la opresión, la credulidad, llegan frecuentemente a adormecer a los -pueblos, a fascinar su entendimiento, a quebrantar en ellos los -resortes de la naturaleza; pero cuando por favorables circunstancias -abren los ojos y oyen la voz de la razón; cuando la necesidad les -fuerza a salir de su letargo, entonces ven que los pretendidos derechos -de sus tiranos no son sino efectos de la injusticia, de la fuerza o -de la seducción; entonces es cuando las naciones, acordándose de su -dignidad, ven que ellas no se han sometido a la autoridad sino para -su bien, y que jamás han podido dar a nadie el derecho irrevocable de -hacerlas felices.»</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span></p> - <h2 class="nobreak g0">IV</h2> -</div> - -<p>Dotado de maravillosa memoria, D. Roque recitaba trozos enteros -de lo que había leído en sus papelitos, sin mudar una sílaba. No he -conocido varón más cándido e inofensivo que aquel fogoso lector del -<i>Semanario</i>, comerciante que había venido muy a menos, y a la -sazón, sin negocios, sin familia, y con poquísimo dinero, vivía en -aquella casa, manteniéndose con su casi invisible renta. Así como el -Gran Capitán oyó lo de <i>la opresión</i> y <i>la injusticia</i>, con -los razonamientos puestos a continuación, que no entendiera menos si -estuvieran escritos en caldeo, se encaró con su amigo, y burlonamente -le dijo:</p> - -<p>—¿Se ha acabado la jerga? ¡Lástima que no viniera por aquí el -padre Salmón, para que le contestase, y entre los dos se armara -una marimonera de <i>distingo acá... distingo allá... necuacua... -útiquis... reñega mayora...</i> y otras palabrillas que se usan en las -disputas de los <i>tiólogos</i>!</p> - -<p>—¡Teólogos a mí! ¡A mí teólogos y con cascabeles!... ¡Y de la madera -del padre Salmón! —exclamó D. Roque guardando el <i>Semanario</i> en el -almacén de sus profundas faltriqueras.</p> - -<p>—Y ha de venir esta tarde Su Paternidad<span class="pagenum" -id="Page_28">p. 28</span> —dijo agridulcemente la menor de las hijas -de Doña Melchora—, pues prometió darme una receta para este mal de la -barriga que ha diez días tengo.</p> - -<p>—Sí que vendrá —añadió la mayor—, pues quedé en pegarle dos botones -en el cuello, y él dijo que traería la cinta azul.</p> - -<p>—Pronto tendremos aquí a ese reverendo Salmón —añadió Doña -Gregoria—, y ya tengo echada la llave a la despensa, porque para -saqueos bastante tenemos con los de los franceses.</p> - -<p>No había concluido estas palabras la discreta esposa de Fernández, -cuando se oyó en el patio de la casa gran ruido de voces, entre las -cuales descollaba una cencerril, abajetada y bronca, que no era otra -sino la de aquel lucero de la Merced, el padre Anastasio José de la -Madre de Dios, vulgarmente conocido por padre Salmón, que este era -su apellido, y no Salomón como algunos le llamaban, sin intención de -burla.</p> - -<p>—Ahí está, ahí está ese bendito —dijeron en coro las hembras de la -reunión—. Gabriel: corre y tráele acá, porque si le cogen por su cuenta -las del polvorista... ¡ay, qué pesadas son! Ya están llamándole las -escofieteras. Pues no, no ha de venir sino acá.</p> - -<p>Salí para impedir que la persona del reverendo fuera secuestrada por -cualquiera de las familias que salían a su reclamo por las diversas -puertas que se abrían en aquellos largos corredores, y lo primero -que vi fue al fraile rodeado de enjambre de chiquillos, los<span -class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> cuales, haciendo mil -cabriolas y juegos en su derredor, le mostraban, según su arte propio, -la satisfacción de la casa toda por verle en ella.</p> - -<p>—Tomad, piojosos, tomad esas almendras fallidas, que para vosotros -serán bocado de ángel —les decía Salmón—. ¿Y salió tu padre de la -cárcel, Jacintillo? Y por fin, ¿llevasteis a vuestra abuela a los -Desamparados? Dime, hijo de la Canela, ¿está el oficialillo en el -cuarto de tu madre?... ¿Conque se os murió la gallina?</p> - -<p>Y al mismo tiempo, el antepecho del vasto corredor parecía la -barandilla de un teatro, pues no había un palmo vacío, sino que allí -estaba la vecindad toda, aguardando a que Su Paternidad subiese.</p> - -<p>—Venga acá, Padre, que este trapalón de mi marido me quiere pegar -por celos. Pero di, cabeza jilvanada, ¿no soy la mujer más honrada del -mundo?</p> - -<p>—Venga acá, Padre, y verá qué chocolate le tengo. ¿Pues no me -está diciendo la capitana que Su Paternidad le comió ayer todas las -magras?</p> - -<p>—Venga acá, Padre, y suba pronto, que ya le apunta el diente a la -niña. Mírale allí, cordera, resol, reina del mundo. Mírale, llámale con -tu manecita... así, así.</p> - -<p>—Venga acá, Padre, que ya parió la Zoraida cinco criaturas como -cinco estrellas.</p> - -<p>—Suba pronto, Padrito, que mi abuela pregunta si se le deben dar más -friegas.</p> - -<p>Y así continuaban, llamándole de distintas<span class="pagenum" -id="Page_30">p. 30</span> partes, cada uno según para aquello que le -necesitaba, y todos con tan cariñosas palabras, que Salmón no sabía a -qué sitio volverse, ni a cuáles solicitaciones contestar más pronto; y -saludando a un lado y otro como un matador de toros que en medio de la -plaza hace cortesías a la redonda, mostró a sus amigos que su corazón -no era insensible a tantas bondades. En esto llegué yo, y besándole la -correa, le dije:</p> - -<p>—Doña Melchora y sus niñas, que están en casa del Gran Capitán, -me mandan para suplicar a Su Reverencia que tenga la magnanimidad de -subir, que allí le aguardan también D. Roque, el Sr. de Cuervatón y -Doña María Antonia.</p> - -<p>Pero antes que concluyera, el buen Salmón, con gran sorpresa mía, -clavó en mí sus ojos lleno de admiración, y echándome los brazos al -cuello, exclamó a gritos:</p> - -<p>—Ven acá, portento de la sabiduría, milagro de precocidad, fruta -temprana de las humanas letras. ¿Conque ha más de un año que te -conozco y hasta hoy mismo he ignorado que eres un gran latino, autor -del más famoso poema que han escrito modernas plumas? ¿Conque así te -callabas tus méritos, picarón...? A ver, muéstrame pronto ese poema... -¡Quién me había de decir, cuando te conocí paje de la González, que -bajo la montera de tal gaterilla estaba el cacumen de un <i>Erasmus -Roterodamensis</i>, de un <i>Picus Mirandolanus</i>!</p> - -<p>Turbado y confuso le contesté que sin duda<span class="pagenum" -id="Page_31">p. 31</span> Su Paternidad se equivocaba confundiendo mi -ignorancia con la sabiduría de algún desconocido de mi mismo nombre, -oyendo lo cual, dijo mientras subíamos la escalera:</p> - -<p>—No; que lo acabo de saber por el Licenciado D. Severo Lobo, el -cual te conoció desde el proceso del Escorial, y luego estuvo a punto -de empapelarte, cuando el Príncipe de la Paz te quiso dar una placita -en la Interpretación de lenguas. ¿Y tú qué culpa tenías de que el otro -te quisiera colocar? Por lo que me han dicho, tu modestia iguala a tus -méritos, ¡oh joven! Yo he visto la minuta en que Godoy te recomendaba; -pero ¡qué guardado te lo tenías, raposilla!... ¿Y ahora en qué te -ocupas? ¿Por qué no pides un hábito, por qué no eres fraile? Yo me -encargo de catequizarte. ¿Sabes que he hablado de ti a los Padres de la -Merced y todos quieren conocerte? A ver si te pasas por allí, rapaz, -y ve después de la hora del refectorio. ¿Te gustan las pasas? Además -tengo que conferenciar contigo, Horacio Flaco en ciernes y Virgilio en -pañales; y como al salir de esta casa se me olvide hablarte (pues ya -sabes que soy muy débil de memoria), ¿me lo recuerdas, eh?</p> - -<p>A tal punto llegaba, cuando entramos en la sala del Gran Capitán. -Levantáronse todos, y después de besarle uno tras otro la correa, -diéronle el asiento del centro junto al brasero.</p> - -<p>—Aquí está la seda azul —dijo el mercenario, dando lo indicado a -Tulita.</p> - -<p>—Mañana mismo tendrá Su Paternidad<span class="pagenum" -id="Page_32">p. 32</span> arreglado el cuello —contestó la muchacha—. -Veamos ahora lo que me manda para este malestar de la barriga, que -es tal que yo no lo puedo resistir, y todas las mañanas me dan unas -arcadas, unos mareos y bascas tan fuertes, que no me para dentro -nada.</p> - -<p>—Bendito sea el nombre de Dios —exclamó el Padre tomando un polvo de -la caja del Gran Capitán—. A fe, Doña Melchora, que si esta matutina -estrella de su hija de usted fuera casada, ya sabríamos el pie de que -cojea su estómago; pero no siéndolo, y tratándose ahora de una familia -con quien la misma honradez no podría ponerse en parangón, ordeno y -mando que con siete palitos del árbol de Santo Domingo, cocidos en -baño-maría, por espacio de tres credos rezados con pausa y por supuesto -con devoción, esta niña se quedará como nueva. ¡Qué nueces frescas las -de ayer, señora Doña Melchora; qué nueces frescas! Pero dígame, ¿qué -santo del cielo le hizo tan rico presente? Yo no sabía que en montes -alcarreños, asturianos ni encartados existiesen unas tan hermosas obras -de Dios.</p> - -<p>—Obsequio fue de un primo mío que es guarda de las dehesas del señor -Duque de Altamira, en tierra de Cameros, y como, si no de buen salario, -el pobrecito disfruta de ojos listos y manos libres, siempre nos manda -lo mejor de aquellos castañares y nocedales.</p> - -<p>—Así le hicieran canónigo —añadió Salmón—. ¿Y qué noticias, Sr. D. -Santiago Fernández?</p> - -<p>—No me digan nada, ni me calienten más<span class="pagenum" -id="Page_33">p. 33</span> la cabeza —replicó el Gran Capitán -encubriendo, bajo la ficción de un estudiado cansancio, el placer -que le causaba el ver sacado a plaza un tema tan de su gusto—. Mire -Su Paternidad que estoy ya que no doy por mi cuerpo un real. ¡Qué ir -y venir! ¡Qué jaleo! ¡Todo el día poniendo nombres en la lista, y -haciendo recuento de cartuchos, y examinando armas, y disponiendo, y -mandando! Aquellos señores son muy remolones, y todo lo tengo que hacer -yo.</p> - -<p>—¿Y resistiremos, si, como dicen, se nos viene encima ese monstruo, -ese troglodita, ese antropófago, señores, que no se sacia nunca de -devorar carne humana?</p> - -<p>—¡Pues no hemos de resistir! —exclamó el Gran Capitán—. ¿Hemos de -ser menos que los zaragozanos? Además de que yo creo que no viene.</p> - -<p>—¡Y sabe Dios —dijo Doña María Antonia— si será cierto lo que dicen -de que allá en Rusia o Prusia le echaron unos polvitos en el cocido -para que reventara!</p> - -<p>—Como que hay quien asegura que está sacramentado y que hizo -testamento, devolviendo todas las naciones que ha robado y abjurando de -sus herejías.</p> - -<p>—¡Oh gente ignorante y crédula! —exclamó de improviso D. Roque, -desenvainando su cartapacio de papeles públicos—. ¡Y cómo se conoce la -rusticidad de los que atienden más a los dichos y simplezas del vulgo -que a la palabra impresa de los hombres doctos! Vean, vean lo que -dice ese papel, y no hagan caso<span class="pagenum" id="Page_34">p. -34</span> de tonterías: «Napoleón se presentó al Senado el 25 del -pasado, y dijo que <i>bien pronto pondría sus banderas en las torres de -Madrid y en las fortalezas de Lisboa</i>.» También cuenta la Gaceta, -que ciento sesenta mil hombres del ejército grande están sobre la -frontera de España, y que el Emperador dijo que <i>antes de fin de año -no quedará aquí una sola aldea en insurrección</i>.</p> - -<p>—Conque ni una sola aldea... —indicó el fraile—. Pero sabe Dios la -intención que llevará el que ha escrito esos papeles. Lo que es por -mí, mandaría suprimir todos los que se imprimen en España, pues para -envolver especias, mejor es el papel no impreso y limpio, como sale de -las fábricas.</p> - -<p>—¿Pues eso qué duda tiene? —dijeron a una las dos niñas de Doña -Melchora.</p> - -<p>—Y yo —declaró como un basilisco D. Roque— mandaría suprimir todos -los frailes o les quitaría el hábito, dando a cada uno un fusil para -que fueran a limpiar a España de franceses.</p> - -<p>—Sin fusil lo hacemos, hermano —dijo Salmón riendo—. Lejos de -suprimir frailes, yo los aumentaría en grado máximo, y así la mayor -parte de los españoles vivirían gordos y contentos, y no veríamos tanto -vagabundo mendigo por esas calles.</p> - -<p>—Chúpate esa y vuelve por otra —dijo a D. Roque la menor de las -hijas de la bordadora en fino, suponiendo al viejo completamente -apabullado bajo el peso de aquellas incontestables razones.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>—¿Conque más todavía? -Pues sepa mi señor Salmonete —dijo D. Roque, llevando al último extremo -su familiaridad con el fraile— que ahora se va a reunir la nación en -Cortes. ¿No lo quieren creer? ¡Ah! Pues no doy dos maravedises por -lo que de Gobierno absoluto hubiere después de la guerra. ¡Abajo los -tiranos! —añadió poniéndose en pie y alzando los brazos con endemoniada -exaltación—. Y si hay un frailazo chocolatero que me desmienta, alce -la voz, y venga delante de mí, que yo le reto a singular polémica, -aunque traiga más textos que escribió Pedro Lombardo, y más latines y -aforismos y comprobatorias y distingos que han eructado en diez siglos -las cátedras salmantinas y complutenses.</p> - -<p>—¿Y cómo había yo de ponerme a disputar con semejante pedazo -de acebuche con nudos, más duro que roca? ¿Y de qué valdrían mis -argumentos contra la asnal cerrazón de su mollera? —argumentó el Padre -Salmón levantándose también de su asiento; mas no enfadado ni nervioso, -sino riendo a todo reír, pues su humor de mantequillas era tal, que no -se le vio colérico más que una sola vez.</p> - -<p>—Pues empecemos —dijo D. Roque poniéndose verde.</p> - -<p>—Empecemos —replicó Salmón restregándose las manos y haciendo -después grotescos gestos, como de quien imita los movimientos de un -grave predicador.</p> - -<p>—No quisiéramos más para reírnos de Don Roque —dijo la mayor o la -menor (que esto<span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> no lo -tengo bien presente) de las hijas de Doña Melchora.</p> - -<p>—Pero para restaurar nuestras fuerzas, señores y señoras mías —dijo -Salmón—, venga ese chocolate, que aquí mi amigo D. Roque dice que no se -puede pasar sin él.</p> - -<p>—Quien no se puede pasar sin él —contestó el aludido— es su -magnificencia reverendísima, que en llegando a estas horas, como no -ponga un puntal al estómago se cae rendido.</p> - -<p>—Pues usted lo dice, amigo papelista eminentísimo —contestó -Salmón dando otra vez rienda suelta a la risa—, así sea, y venga ese -chocolate; y pues es más agradable el goce de una amena tertulia que -el disputar, dejémonos de querellas, y pelillos a la mar, y cada uno -piense lo que quiera, y ruede la bola, y viva Fernando VII.</p> - -<p>—Es lo más conveniente, toda vez que este D. Roque está chiflado -—dijo Fernández—, y un día hemos de verle por esas calles con una -<i>Gaceta</i> en cada dedo.</p> - -<p>—¡Pero qué graves y circunspectas están mis niñas! —añadió Salmón -dando unas palmaditas en el hombro, no recuerdo bien si de la mayor o -de la menor de las hijas de Doña Melchora—. Y esos piquitos de oro, -¿por qué no echan una canción por todo lo alto, para que se nos alegren -los espíritus?</p> - -<p>—Bueno, bueno.</p> - -<p>Y una de ellas rompió al instante a cantar de esta manera:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2"><span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>Con un albañilito</div> - <div class="verse indent0">Madre, me caso,</div> - <div class="verse indent0">Porque son de mi gusto</div> - <div class="verse indent0">Los hombres blancos.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>—Eso tiene poca gracia —dijo Salmón—. A ver otra.</p> - -<p>—Pues allá va la que está de moda:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">Bonaparte en los infiernos</div> - <div class="verse indent0">Tiene su silla poltrona,</div> - <div class="verse indent0">Y a su lado está Godoy</div> - <div class="verse indent0">Poniéndole la corona.</div> - <div class="verse indent4">Sus compañeros</div> - <div class="verse indent2">Van de dos en dos:</div> - <div class="verse indent2">Murat, Solano,</div> - <div class="verse indent2">Junot y Dupont.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>—¡Bravo, magnífico! Doña Melchora, tiene usted dos niñas que -envidiaría cualquier princesa. Y qué tal, ¿se gana mucho?</p> - -<p>—En estos tiempos, Padrito —dijo la madre—, suele caer algún bordado -de uniforme; pero ¿dónde se ven aquellos ternos de plata y oro, aquella -ropa de altar que tanta ganancia nos daban antes de estas malditas -guerras? Ya sabe su grandeza que las mejores capas pluviales, las -mejores casullas que se han lucido en procesiones, así como las mejores -chaquetas toreras que han brillado en plazas y redondeles, pasaron -por estas manos. ¡Ay, quién me lo había de decir! La que bordó los -calzones que llevaba Pepe-Hillo cuando le cogió aquel enrabiscado toro; -la que bordó la capa que llevaba en sus santos hombros el Eminentísimo -Cardenal de Lorenzana el día que tomó posesión, está hoy consagrada a -miserables<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> letras de -cuello de uniforme, y a las dos o tres insignias de consejero, o ropón -de Niño Jesús, que caen de peras a higos. ¡Buenos están los tiempos!</p> - -<p>—Cuando esto se acabe... —dijo el fraile.</p> - -<p>—¿Cómo cuando esto se acabe? —gritó de improviso D. Roque, -interrumpiendo con muy feo gesto a su amigo—. Antes, muy antes de que -esto se concluya se reunirá el país en Cortes. ¡Y estos alcornoques no -lo quieren creer!</p> - -<p>—Que te despeñas, Roque amigo.</p> - -<p>—¿También eso lo dicen los papeles? —preguntó con mucha sorna el -Gran Capitán.</p> - -<p>—También lo dicen, sí señor. ¿Pues no lo han de decir? Y cómo se -me ha de olvidar, si lo sé de memoria, y anoche, luego que me acosté, -estuve recitando en voz alta aquello de... «Después de tantos años de -abatimiento y opresión en que los leales y generosos españoles han -sufrido mayores ultrajes y vilipendios que los salvajes africanos, -amanecerá el glorioso día en que se reúnan los pueblos por medio de -sus representantes para tratar del bien común. Este es el objeto con -que se instituyeron las sociedades civiles; no el engrandecimiento de -un solo hombre, con perjuicio de todos los demás. Reunidas aquellas es -como puede conocerse a fondo el estado de una nación, sus recursos, -sus necesidades y los medios que deben adoptarse para su bienestar y -prosperidad; y donde faltan estas solemnes Asambleas, los monarcas, mal -aconsejados, caminarán ciegamente al despotismo, tal vez contra sus -buenos deseos.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>—¡Lindísimo sermón! -—exclamó el Gran Capitán—. Ayer le contaba a mi compañero en la -portería de Cuenta y Razón las extravagancias de mi vecino D. Roque, y -me dijo que esto se llamaba <i>el democratismo</i>. ¿Es así, Padre?</p> - -<p>—Llámese como se quiera —repuso el venerable Salmón—, lo que digo -es que este chocolate, que ahora nos trae la señora Doña Gregoria, y -cuyo olor se adelanta hasta nosotros anunciándonos la nobleza de lo -que viene en el canjilón, me parece tal, que solo podría servírsele -semejante al Sumo Pontífice.</p> - -<p>—Y a la abadesa de las Huelgas de Burgos —dijo Doña Gregoria—; que -ella y el Papa son las dos más altas personas de la cristiandad, y por -eso se dice que si el Papa se casara, la única mujer digna de ser su -esposa es la tal abadesa de las Huelgas.</p> - -<p>—Así es —añadió Salmón, olvidándose de todo lo que no fuera el -canjilón—; y por lo que hace a eso del <i>democratismo</i>, yo le -aconsejo a D. Roque que se deje de tonterías y no piense en novedades, -pues por ahora, y en muchísimos años para adelante, estamos y estaremos -libres de ellas.</p> - -<p>—Los españoles guerrean porque no quieren que los manden los -franceses —dijo la mayor de las hijas de Doña Melchora—, y también para -defender los usos y <i>pláticas</i> del reino contra las novelerías -que quiere poner aquí Napoleón. Así me lo dice todos los días Paco el -plumista, que es sargento de voluntarios.</p> - -<p>—Pues a mí me dijo Simplicio Panduro, ese<span class="pagenum" -id="Page_40">p. 40</span> saladísimo paje de D. Gaspar Melchor de -Jovellanos —añadió la otra—, que los españoles guerrean por echar a los -franceses y por mejorar la mala condición de los reinos, quitando las -muchas cosas malas que hay, al modo de lo que dice D. Roque por las -noches, cuando predica a solas y a oscuras en su cuarto.</p> - -<p>Estas dos opiniones dieron pie a una acalorada disputa que no copio -porque nada sacarían de ella en limpio mis lectores, toda vez que es -público y notorio que en lo que va de siglo, la historia, la grave y -cachazuda historia, no ha podido dilucidar la cuestión planteada por -aquellas dos niñas, y aun hoy andan a la greña eminentes escritores -por averiguar si decía verdad la mayor o la menor de las hijas de Doña -Melchora.</p> - -<p>Salmón, consumido su chocolate, dijo:</p> - -<p>—Conque, amiguitos, ¿me dan ustedes su venia para retirarme?</p> - -<p>—¿Tan pronto, Padre? ¡Que siempre nos ha de tener Vuestra Reverencia -con hambre de su compañía!</p> - -<p>—Bastante os acompaño, hijitas mías.</p> - -<p>—Pues siempre nos sabe a poco.</p> - -<p>—Ya sabéis que tenemos en casa desde esta tarde <i>octava misión y -solemnes cultos para desagraviar a Jesús Nazareno y a María Santísima -de los sacrílegos insultos que han sufrido, en nuestros templos, de -los impíos ejércitos franceses, e implorar de la Divina Misericordia -que robustezca y ampare a nuestros soldados, y conserve y dirija en -todos los negocios a los que nos gobiernan. Después habrá procesión -a la Virgen de<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> la -Paloma, patrona de todo el majerío</i>. ¿Pero no lo sabíais, pajaritas -volanderas? Por supuesto, que no faltaréis el día que me toque -predicar.</p> - -<p>—Antes faltará la tierra y prados en ella, como dijo el otro.</p> - -<p>Y estaba en pie para retirarse el Padre mercenario, cuando el Sr. -de Cuervatón, que poco antes había sido llamado de su casa, donde le -esperaba una visita, volvió dando voces; y lleno de cólera, que en los -ojos con fulminantes rayos le centelleaba, habló así:</p> - -<p>—¡No sé cómo no le ahogo!... ¡Vaya con el lindo currutaco, harto -de ajos!... ¡Cuando creí que vendría a pagarme, viene a pedirme más -dinero!... ¡Y ahora sale con que su señora mamá es muy rica! Miserable, -pringoso, vestido con harapos de príncipe, ¿por qué esa señora no -reventó antes que os pariera?</p> - -<p>—¿Qué hay, Sr. de Cuervatón? ¿Qué le pasa?</p> - -<p>—Que después que me estoy arruinando por favorecer con mi pequeña -hacienda a los necesitados, he aquí que un señor Condesito de Rumblar -o de Barrabás con pintas, me debe más de nueve mil reales, y después -de no pagarme ni un céntimo de interés (que no son más de peseta por -duro al mes), viene a pedirme más dinero. Canalla, catacaldos: ¿qué me -importa que sea noble y que le vayan a caer dos mayorazgos?</p> - -<p>—¿D. Diego de Rumblar? —dijo Salmón; y luego, volviéndose a mí, -añadió—: no olvides, Gabriel, que tenemos que hablar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>—Pues o me paga -—prosiguió Cuervatón—, o el mejor día le desnudo en medio del Prado -delante de las damas.</p> - -<p>En esto salimos al corredor, y ¡oh, espectáculo lamentable! se -ofreció a nuestra vista el de D. Diego azuzado en medio del patio -por todos los chicos de la vecindad como novillo en plaza. Mujeres -habladoras habían salido por los cien agujeros de aquella colmena, -y unas con cáscaras de castañas, otras con palabras picantes, le -mortificaban en lo moral y en lo físico. Especialmente la mujer de -Cuervatón, que era una hidra con más rabos y espinas y escamas en su -alma que las mitológicas en su cuerpo, poniéndose de pechos en el -barandal, después de escupirle, le decía:</p> - -<p>—Tío pingajo de oro, ¿tenemos nuestro dinero para mantener -haraganes?... ¿Ahorramos nosotros para daros esa agua de bergamota de -que apestáis? Coma usted clavos, y si es noble y espera mayorazgos, -póngase a roer sus <i>jicutorias</i>, o coja una espuerta y vaya a -vender arena, como hacen mis dos hijos, que aunque no les falta para -comer y vestir como niños de príncipe, andan al trabajo de la arena -desde que saben llevar la mano a la boca. ¡Cuidado con el señorito -D. Pelagatos! Y dice que es Conde... Conde es él como mi abuelo. Ea, -muchachos, rociadle un poco con la esencia de ese fango de azahar -argentino que hay en el patio... Coged también esas cáscaras de nuez, y -la ceniza de aquel braserillo.</p> - -<p>Los muchachos que esto oyeron, y que se<span class="pagenum" -id="Page_43">p. 43</span> habían adelantado a poner en ejecución -<i>auctoritate propia</i> lo del rociar, descargaron sobre el infeliz -D. Diego, a punto que este salía, tal lluvia de inmundas substancias, -le persiguieron tan encarnizadamente por el portal y luego por toda la -calle del Barquillo, que daba compasión ver al infeliz magnate corrido, -avergonzado y lloroso.</p> - -<p>El Padre Salmón, que era hombre caritativo, reprendió a los -muchachos su grosería, y a la señora de Cuervatón su crueldad. Cuando -se dispuso a bajar, todos se lo disputaban no queriendo dejarle de -la mano: este le enseñaba los cinco perritos recién paridos por -Zoraidilla; aquel le hacía tocar con el dedo el diente de la niña; uno -le pedía receta para el dolor de muelas; otro le cantaba una seguidilla -nueva, y todos le daban tales muestras de cariño y admiración, que bien -se le podía considerar como el hombre más popular de su tiempo.</p> - -<p>Cuando bajaba, allí eran de oír las exclamaciones, las palmadas, los -vítores, y de ver los besos de correa, y el pedir y dar bendiciones.</p> - -<p>—¿Cuándo me receta para estos desmayillos?</p> - -<p>—Ya sé de cabo a rabo la oración a San Antonio. ¿Cuándo se la echo a -Su Paternidad?</p> - -<p>—Razón tenía el Padrito en decir que el aguardiente de Chinchón -da mejor gusto a los puches que el de Ocaña, y que no hay plato de -lentejas sin dos ajitos machacados. Así lo hemos hecho.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>—Padre, ¿las ranas -son carne o son pescado? Porque mi abuela las comió el viernes y está -llena de escrúpulos.</p> - -<p>—¿Qué nombre le pondremos a lo que ha de venir si sale macho? -Pondrémosle Anastasio como Su Reverendísima, en señal de agradecimiento -por habernos ayudado a criar al mayorcito.</p> - -<p>—Ya están compradas las dos velas para la Virgen de la Buena Dicha, -y aquí Ramona las está adornando con flores y lentejuelas.</p> - -<p>—Viva cientos de miles de años su magnitud sapientísima y -empingorotadísima para alivio de estos pobres a quienes socorre.</p> - -<p>Y así continuaban hasta que el Padre salía a la calle. No: no ha -existido hombre más popular que el Padre Salmón. Casi, casi estoy -por asegurar que su popularidad excedió dos dedos y aun tres a la de -Fernando VII. ¡Desventurado Salmón! ¡Oh, tú, varón felicísimo, harto -de lisonjas, de regalos y de bienestar!; ¡oh, tú, teólogo de tumba y -hachero, predicador burdo y de cuatro suelas, fraile mercenario que si -no redimiste ningún cautivo, tampoco hiciste daño a nadie!; ¡oh, tú, -hombre dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, pues no cavilaste -jamás ni te apasionaste, ni aborreciste, ni padeciste mal alguno en -muchos años, ni viste turbada tu apacible existencia!: ¡quién te había -de decir entonces que aquel mismo pueblo tan solícito en vitorearte, -en regalarte, en aplaudirte, en venerarte y adorarte como a persona -divina, te había de<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> -coser a puñaladas veintiséis años después en la enfermería de tu santa -casa, y cuando ya viejo, enfermo, inválido y sin alientos, no pensabas -más que en Dios! ¡Quién te había de decir que aquel mismo pueblo de -quien fuiste ídolo, te había de echar al cuello un cordel de cáñamo -para arrastrarte por los profanados claustros, sirviendo tu antes -regalado cuerpo de horrible trofeo a indecentes mujerzuelas! ¡Ay, lo -que es el mundo y qué cosas tan atroces ofrece la historia! Y así es -bien que digas: si buen chocolate sorbí, buenos palos me dieron; si -buenos abrazos, y agasajos, y besos de correa recibí, con buen pie de -puñaladas se lo cobraron.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch5"> - <h2 class="nobreak">V</h2> -</div> - -<p>Pero como nada de esto viene ahora al caso, voy a dar cuenta del -asombro que me causó la conversación que inmediatamente después de -su salida tuve con aquel popularísimo fraile; y lo ocurrido fue que, -apoyándose en mi brazo para descargar sobre él parte del peso de su -bien aprovechada humanidad, me dijo:</p> - -<p>—Gabriel, o mejor, Sr. D. Gabriel, pues a todo un Pico de la -Mirandola se le debe tratar con miramiento: has de saber que necesito -que me informes detenidamente de la vida de ese D. Diego de Rumblar, -en cuya compañía te he visto varias veces. Tú dirás que qué me importa -a mí si el tal niño canta o llora; pero a esto te respondo que no soy -yo quien tiene<span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span> interés -en saber sus malas mañas, sino una elevadísima familia, cuya casa -frecuenta mi inutilidad las más de las tardes. Como Don Diego está -para casar con la niña, las señoras, que ya barruntan la mala vida que -lleva el rapaz en Madrid, están muy disgustadas. Ayer, cuando afirmé -que le había visto en esta casa, me dijo la señora Condesa: «Por Dios, -Padre Salmón, haga usted el favor de averiguar con qué hombres se -junta, a qué sitios va, en qué gasta su dinero, porque si es cierto -lo que sospechamos, antes se hundirá el cielo que entre él en nuestra -familia.»</p> - -<p>—Pues el señor Conde —le respondí— es un poco calavera. Cosas de la -juventud... Yo creo que se enmendará.</p> - -<p>—Se enmendará. Luego es malo. Bien, Gabriel. Has dicho lo que -necesitaba saber. ¿A dónde va por las noches? ¿Con quién se junta?</p> - -<p>—Todo lo sé perfectamente —respondí—, y no da un paso sin que yo me -entere de ello.</p> - -<p>—¿De modo que podré satisfacer a la señora Condesa? ¡Oh! Bendito -seas, que me proporcionas la ocasión de corresponder a las grandes -finezas de la dama más hermosa de España, al menos según mi indocto -parecer en asunto de mujeres. Mañana tengo que ir a su casa, porque has -de saber que la señora Condesa es la que ha formado la <i>Congregación -de lavado y cosido</i>.</p> - -<p>—¿Y qué es eso?</p> - -<p>—Una Junta de señoras de la nobleza para lavar y coser la ropa -de los soldados en estas críticas circunstancias. Y no creas que es -cosa<span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> de engañifa, -sino que ellas mismas, con sus divinas manos, lavan y cosen. -También pertenece la señora Condesa a la Junta de las <i>Buenas -patricias</i>, en que hay damas de todas categorías, desde la duquesa -a la escofietera. Pero esto no hace al caso, sino que mañana tengo -que ir allá y les diré todo lo que tú me confíes. Aunque ahora se me -ocurre que más fácil y expedito será cogerte por la mano y plantarte -en presencia de tan alta señora para que por ti mismo y con tus buenas -explicaderas, le des cuenta y razón de lo que desea saber.</p> - -<p>—Padre, no sé si estará bien que yo vaya a esa casa —dije tratando -de disimular la alegría que el anuncio de la visita me causara.</p> - -<p>—Yendo conmigo, no tengas cuidado. Además, has de saber que la -señora Condesa es una persona ilustradísima, y que entiende de poesía -y letras humanas; de modo que al saber tus conocimientos en la lengua -latina, es seguro que te recibirá bien, y aun espero que te proporcione -una buena colocación.</p> - -<p>—Eso será lo de menos, con tal que yo consiga prestar a tan buena -señora el servicio que desea. Y dígame, Padre, ¿conoce Su Reverencia, -por ventura, a la que va a ser mujer de D. Diego?</p> - -<p>—¡Que si la conozco! Como que soy su amigo y su confidente, y desde -que entro en la casa viene a mí saltando y brincando, y todo el día -está «Padre Salmón por aquí, Padre Salmón por acullá.»</p> - -<p>—¿Y es Vuestra Paternidad su confesor?</p> - -<p>—Eso no, que lo es mi compañero y amigo<span class="pagenum" -id="Page_48">p. 48</span> el Padre Castillo, el cual va también todas -las tardes a la casa.</p> - -<p>—Y ella estará tan enamorada de D. Diego que beberá los vientos por -él.</p> - -<p>—Me figuro que no le puede ver ni en pintura. Es opinión general -en la casa que la niña tiene puesto el pensamiento y el corazón en -otra persona; pero aunque se vuelven locos, no ha sido posible dar con -ella. El señor Marqués y su hermana no piensan más que en averiguar -quién podrá ser ese desconocido zascandil que ha trastornado el seso -a la más discreta y bella muchacha que ha peinado azabaches y llorado -perlas en el mundo; y todo se vuelve averiguaciones y acechos, y -observa por aquí y husmea por allí. La Condesa no se afana tanto y -suele decir: «Eso se la pasará»; pero yo conozco que no las tiene -todas consigo. He aquí la causa de que hayan querido apresurar el -casamiento; pero aquí viene lo de que Rumblarito es un perdido y un -mala cabeza, y todo proyecto se desbarata, y allá va el estira y afloja -de las consultas: «¿Padre, qué haremos? ¿Padre, qué no haremos?» A -cuyo apremiante cuestionar les contesto: «Calma, señoras mías, calma, -que a mucha prisa gran vagar. Que mi estrella querida Doña Inés es el -<i>super omnia</i> de la virtud, de la buena crianza, del recato, de la -modestia, no queda duda alguna, y capaz soy de decirlo en el púlpito si -me pinchan tanto así. Al mismo tiempo, tampoco puede dudarse que algo -le hace cosquillas en su pensamiento, que algo como triste recuerdo -o vago deseo la trae a mal traer, porque ¿cómo<span class="pagenum" -id="Page_49">p. 49</span> se explica aquel no hablar en dos días, aquel -suspirar tan tierno, con la añadidura de mirar al suelo en ademán -cogitabundo, sin que razones ni halagos, ni aun mis chistes escogidos, -ni mis cuentos entresacados del <i>Tesoro de los dichos agudos</i> la -hagan pestañear?» Y oyendo estas prudentes razones, la Marquesa se -entristece, y me vuelve a consultar, y aquí viene lo de: «Averígüelo -el reverendo Salmón, que como tiene tanto arte para el confesonario y -es el mayor sacador de pecados que hemos conocido, sabrá explorarla.» -Entonces el Marqués añade: «Si por artes del demonio esa muchacha -durante el tiempo en que vivió lejos de nosotros tuvo el mal gusto de -enamoriscarse de algún cabrahigo de esas calles, ¿cómo es posible que -en su nueva posición no le haya olvidado?» Y yo, lleno de celo por -el reposo de tan ilustre familia, llamo a la niña, me la llevo a un -rinconcito de la casa o a uno de los cenadores del jardín, y le tomo -una mano, y se la acaricio, o le cuento dos cuentos, le digo tres -gracias y le doy una flor, y echando a correr con estas mis pesadas -piernazas, le digo: «A que no me cogéis», y ella vuela y me agarra -del hábito a los tres pasos, y con estos juegos preparo su ánimo para -la confesión de amigo, no de sacerdote, que de ella espero. Sentados -otra vez, le digo: «Niñita mía, flor de esta casa, retoñito temprano, -fresa de Abril, ¿queréis decirme cuál es la causa de esa melancolía? -Vamos a ver, acá para entre los dos, pues esto no ha de salir de mí. -Antes de que vuestro papá os recogiera, ¿amasteis a alguien?»<span -class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> Y al oír esto, los ojos se -le llenan de lágrimas, echa a correr, la sigo y al poco trecho la veo -parada, mirando al suelo y mordiendo la punta del pañuelo. Vuelvo a -mis preguntas y nada saco en limpio, lo cual me desespera. Entonces la -Marquesa y su hermano me preguntan si creo conveniente que se rompa -el trato hecho con la familia de D. Diego, a lo cual les contesto: -«Calma, señores: indagaremos primero si es cierto lo que del mozalbete -se cuenta. Yo me encargo de hacer diligencias, pues varias veces le he -visto entrar en cierta casa que frecuento, y conozco un joven que a -menudo le acompaña.» Nada, hijo mío, lo dicho, dicho. Mañana vas allá y -les cuentas todo lo que sabes <i>et quibusdam aliis</i>, con lo cual mi -encargo queda hecho y el Rumblar desmascarado.</p> - -<p>Gran sorpresa me causó la relación del venerable mercenario, y -cuando me separé de él prometiéndole ir en su compañía al siguiente -día, quedeme pensando en las extrañas cosas que había oído, y muy -dudoso acerca de si había obrado cuerdamente al comprometerme en tan -arriesgada visita. Pero debo explicar las causas de mis dudas, así como -el estado de mi ánimo por aquellos días, pues algo hay que mis lectores -no deben ignorar, aunque les sean indiferentes las desdichas de este su -humilde servidor. El palacio de mi señora la Condesa (y debo advertir -que a la sazón vivían todos reunidos en el de la Cuesta de la Vega), -era un asilo infranqueable para mí. Desde mi vuelta de Andalucía, ni -por el pensamiento me<span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span> -pasó el poner allí los pies, teniendo como tenía la seguridad de una -expulsión ignominiosa cual la de Córdoba. Entrar valiéndome de la -astucia, habría sido, si posible, infructuoso, pues la superchería o -ficción de que me valiera, no podrían durar sino hasta que la señora -Amaranta me viese el rostro. Frecuentemente iba a pasear de noche por -los callejones que rodean el palacio, y allá en lo alto del muro, la -claridad de una ventana atraía mis miradas. Falto de la imagen de su -persona, aquel cuadro de débil luz se me representaba como ella misma. -Largas horas pasaba allí sin más compañía que la imagen de piedra de -María Santísima de la Almudena, con quien en mi soledad entablaba -místicos diálogos. Alumbrábame con sus dos faroles y me miraba -compasiva. Una noche, tanto miré al palacio frontero a la Virgen, y con -tanto arrobo contemplaba aquella ventana, que me entraron tentaciones -de dar a conocer mi presencia al habitante del caserón que con -semejante luz se alumbraba, habitante que, según mi capricho, era Inés -y no otro alguno. Resolvime a ello, y tomando una chinita la arrojé -contra los cristales: al poco rato se dibujó en ellos una sombra; pero -esta y la luz desaparecieron pronto. Repetí el disparo a la noche -siguiente, y catad la sombra otra vez. Pero cuando esperaba ver abierta -la ventana y oír una voz querida ceceando dulces y temblorosas sílabas -en el silencio de la noche, apareciose en el fondo del callejón, y como -saliendo de las cocheras del palacio, un grupo de hombres en<span -class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> actitud hostil contra mi -persona. Me puse en cobro a toda prisa, y no volví más.</p> - -<p>Pasó agosto, pasaron también septiembre y octubre, y aquellos -noventa días, depositándose unos tras otros como noventa capas de -tierra en el hoyo de mi existencia, iban sepultando ilusiones, -alegrías, sueños, porvenir. De improviso, la diferencia de jerarquía -social había puesto entre Inés y yo murallas inexpugnables, y para -romper su jaula no bastaban mis fuerzas, pues no era la nueva como -aquella de los Requejos, hecha de frágiles cañas y alambres, sino de -fuertísimos barrotes, más que el diamante duros.</p> - -<p>Entonces comprendí claramente que yo no era nada, ni valía en el -mundo más que un grano de anís, y esta consideración, irritándome en -sumo grado, me infundía el mayor desprecio hacia mí mismo. ¿Por qué he -nacido como he nacido? me preguntaba; y según es fácil comprender, no -podía acertar con la contestación.</p> - -<p>Y después decía: el espesor y fortaleza de estas paredes son tales, -que si toda mi vida la empleara en hacerme más sabio que Séneca, más -valiente que el Cid y más rico que los Fúcares, aun así no podría -romperlas. Sin embargo, tal rumbo pueden llevar las cosas, que venga un -día en que a los Fúcares no se les pida su ejecutoria para emparentar -con la nobleza. Pero vamos a ver, ¿cómo me las compondré para llegar -a ser rico? ¡Oh, miserable de mí! ¿Rico quien nada tiene? Es evidente -que no se pueden ganar dos sin tener uno...<span class="pagenum" -id="Page_53">p. 53</span> Pues estudiaré hasta que pierda el seso, por -ver si me hago sabio... o entraré formalmente en el ejército, por ver -si de soldado raso llego a general en estos revueltos tiempos...</p> - -<p>Y considerando esto, me golpeaba el cráneo, castigándole por su -estupidez y su tardanza en dar a luz felices pensamientos. Entre tanto, -la idea de la imposibilidad de mi dicha, de lo inútil de mis esfuerzos, -y de la inconmensurable pequeñez a que estaba reducido, iba labrando en -mi alma con tanta tenacidad, que bien pronto aquel laborioso gusanito -me minó de parte a parte, me socavó, llenó de agujeros los fundamentos -de mi entusiasmo y fe poderosa, y... ¡misericordia! todo yo caí al -suelo.</p> - -<p>Las dificultades insuperables, la imposibilidad evidente de -destruir, con el solo auxilio de mis dedos, aquella montaña que -Dios había puesto en mi camino, me rendían de tal suerte, que me -crucé de brazos, hallándome incapaz para todo. Y desde la inmensa -profundidad donde me encontraba, decía, mirando el pedacito de cielo -que difícilmente percibía encima de mí: «¡Oh, cielo! ¡Cuán lejos te -veo, y qué bajo estoy, después que creí tocarte con mi mano! Pero, -pues Dios ha dispuesto mi caída, renuncio por ahora a estar cerca de -ti, y me arrastraré por estos oscuros fondajes, buscando un pedazo de -pan que comer, sin más objeto ni aspiración que dar a la bestia de mi -despreciable persona el forraje que diariamente necesita.»</p> - -<p>Así dije; mas no recuerdo si empleé las mismas palabras.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span>¿Qué es el hombre -sin ideal? Nada, absolutamente nada: cosa viva entregada a las -eventualidades de los seres extraños, y de que todo depende, menos -de sí misma; existencia que, como el vegetal, no puede escoger en la -extensión de lo creado el lugar que más le gusta, y ha de vivir donde -la casualidad quiso que brotara, sin iniciativa, sin movimiento, -sin deseo ni temor de ir a alguna parte; ser ignorante de todos los -caminos que llevan a mejor paraje, y para quien son iguales todos los -días, y lo mismo el ayer que el mañana. El hombre sin ideal es como el -mendigo cojo que, puesto en medio del camino, implora un día y otro la -limosna del pasajero. Todos pasan, unos alegres, otros tristes, estos -despacio, aquellos velozmente, y él, sin aspirar a seguirlos, ocúpase -tan solo del cuarto que le niegan o del desprecio que le dan. Todos van -y vienen, cuál para arriba, cuál para abajo, y él se queda siempre, -pues ni tiene piernas para andar, ni tampoco deseos de ir más lejos. -Es, pues, la vida un camino por donde mucha y diversa gente transita, -y sobre cuyos arrecifes y descansos se encuentran también muchos que -no andan: estos, según mi entender, son los que no tienen ideal alguno -en la tierra, así como aquellos son los que lo tienen, y van tras él -aprisa o con calma, aunque los más, antes de llegar, suelen hacer alto -en la posada de la muerte, donde por lo pronto se acaban los viajes en -este camino.</p> - -<p>Pues bien: en aquellos tres meses yo lo había perdido todo, y me -encontraba tullido y<span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span> -con muletas en mitad del camino. La meditación, la razón, la evidencia -que tenía delante, mil poderosos estímulos, me llevaron al siguiente -resultado: renunciar completamente a Inés, si no en mi corazón, en lo -real de la vida. Era lo justo, lo lógico, lo natural.</p> - -<p>Y con esto queda dicho todo lo necesario para que se comprenda la -impresión vivísima que experimenté cuando el Padre Salmón quiso tan -impensadamente y por tan raros caminos llevarme en presencia de la -Condesa.</p> - -<p>«Iré, y sea lo que Dios quiera», dije para mí, ocupándome en -arreglar el vestido que en tan solemne ocasión debía llevar sobre -mi cuerpo. ¡Oh, infeliz de mí! Era el mes de noviembre, y no tenía -más traje decente que uno de verano, sutilísimo, a quien cuidaba más -que si fuera las telas de mi corazón, y me lo puse, con peligro de -perecer helado, que a tales desperfectos están expuestos los pobres. -Aquello, a más de incómodo, era ridículo; así es que al acostarme pedí -fervorosamente a Dios y a los santos que aclararan el día siguiente, -haciéndolo como los de mayo, templado y hermoso; pero los de arriba -no me oyeron, o sin duda juzgaron más atendibles las razones de los -labradores, que pedían agua y más agua.</p> - -<p>Tomando algunas cosas que indispensables creía para la visita, -salí a la calle tiritando, encogido, hecho un ovillo y resguardando -de los canalones la limpieza de mi ropa; pero aun así no pude salvar -sino una pequeña parte de mi persona. Al fin, aprovechando los claros -y alguno que otro descanso de las llovedoras<span class="pagenum" -id="Page_56">p. 56</span> nubes, después de hacer varias paradas y -estaciones en los portales, llegué al convento, y juntándome con -Salmón, él muy festivo y yo más serio y pálido que si me llevaran a -ajusticiar, nos dirigimos al palacio de Amaranta.</p> - -<p>Entramos primero en una habitación lujosísima del piso bajo, donde -encontramos al señor diplomático en poder de su peluquero, que le -arreglaba la cabeza con tenacillas, untos y menjurjes. Estaba el buen -Marqués en traje ligero y abigarrado, que daba risa, y oía con mucha -seriedad los donaires y chascarrillos del maestro, que era un redomado -tunante. No me reconoció Su Excelencia. Acercósele el fraile: hablaron -aparte cosas que no entendí, y después nos mandó subir, diciendo que -arriba estaba Amaranta con el Padre Castillo, revolviendo unos libros -que le habían traído. Subimos, pues, y sin tardanza nos introdujo un -paje. Al punto en que Amaranta se fijó en mí, púsose pálida y ceñuda, -demostrando la cólera que el verme allí le causaba. Pero como hábil -cortesana, la disimuló al instante y recibió a Salmón con bondad, -ordenándome a mí que me sentase junto a la gran copa de azófar que en -mitad de la sala había, de lo cual colijo que ella debió de comprender -el intenso frío que, a causa del rigor de la estación y de la -diafanidad de mis veraniegas ropas, me mortificaba.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span></p> - <h2 class="nobreak g0">VI</h2> -</div> - -<p>—Este muchacho —dijo Salmón— enterará a usía de aquello que deseaba -averiguar, pues todo lo sabe de la cruz a la fecha; y al mismo tiempo -tengo el honor de decir a usía que aquí tenemos un portento de -precocidad, un gran latino, señora, autor de cierto inédito poema, por -quien S. A. el Príncipe de la Paz le destinaba a la Secretaría de la -Interpretación de lenguas.</p> - -<p>El Padre Castillo volviose a mí y dijo con afabilidad:</p> - -<p>—En efecto, ayer nos habló de usted el licenciado Lobo. ¿Y en qué -aulas ha estudiado usted? ¿Querrá leernos algo de ese famoso poema?</p> - -<p>Yo le contesté que lo de mi ciencia latina era una equivocación, y -que el licenciado Lobo me daba aquella fama usurpándola a otro.</p> - -<p>—¡Oh, no!... que también, si no recuerdo mal, nos dijo que en usted -la modestia es tanta como el talento, y que siempre que se le habla de -estas cosas lo niega. Bien está la modestia en los jóvenes; mas no en -tanto grado que oscurezca el mérito verdadero.</p> - -<p>Amaranta no dijo nada. El Padre Castillo pasaba revista a varios -libros, en montón reunidos sobre la mesa, y los iba examinando uno por -uno para dar su parecer, que era, como a continuación verá el lector, -muy discreto. Hombre erudito, culto, ilustrado, de modales<span -class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span> finos, de figura agradable y -pequeña, de ideas templadas y tolerantes, que le hacían un poco raro -y hasta exótico en su patria y tiempo, Fray Francisco Juan Nepomuceno -de la Concepción, en los estrados conocido por el Padre Castillo, se -diferenciaba de su cofrade, el Padre Salmón, en muchísimas cosas que al -punto se comprenderán.</p> - -<p>—Estos son los libros y papeles que han salido en los tres últimos -meses —dijo Amaranta—. Buena remesa me han mandado hoy Doblado y Pérez, -mis dos libreros; pero no me pesa, pues entre tantas obras malas y de -circunstancias como aparecen en estos revueltos días, alguna habrá -buena, y hasta las impertinentes y ridículas tienen su mérito para -ilustrar la historia de los actuales en los venideros tiempos.</p> - -<p>—Así es —indicó el Padre Castillo—. No hay obra, por mala que sea, -que no contenga algo bueno, y hace bien vuestra grandeza en comprarlas -todas.</p> - -<p>—He leído un poco de este voluminoso papel —dijo Amaranta tomando -un folleto que parecía recién salido de la imprenta—, y me ha -causado mucha risa. El título es de los de legua y media. Dice así: -<i>Manifiesto de los íntimos afectos de dolor, amor y ternura del -augusto combatido corazón de nuestro invicto monarca Fernando VII, -exhalados por triste desahogo en el seno de su estimado maestro y -confesor D. Juan Escóiquiz, quien por estrecho encargo de S. M, lo -comunica a la nación en un discurso</i>.</p> - -<p>—Pues aquí veo otro —dijo Castillo hojeándole— que<span -class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span> si no es del mismo autor, -lo parece. Se titula <i>La inocencia perseguida o las desgracias de -Fernando VII: poesía</i>. Verdad que está en verso, y ahora es moda -tratar en metro las cuestiones serias, aun aquellas más extrañas al -arte de la poesía, como, por ejemplo, este papel que ahora me viene a -las manos y se llama <i>Explicación del capítulo IX del Apocalipsis, -aplicado según su sentido literal al extraordinario acontecimiento de -la pérfida irrupción de España: oda por un capellán</i>.</p> - -<p>—Y ha de saber Vuestra Reverencia que también nuestro prisionero -monarca da en la flor de hablar en verso —dijo Amaranta con sorna—, -pues aquí tengo la <i>Epístola férvida que nuestro amado soberano el -Sr. D. Fernando VII dirige a sus queridos vasallos desde su prisión: -pieza patética, tierna y de locución majestuosa</i>.</p> - -<p>—Pues ¿y qué me dice la señora Condesa de este otro librito que -ahora me cae en las manos, y lleva por nombre <i>La Corte de las tres -nobles artes, ideada para el inocente Fernando VII: anacreónticas</i>? -Y la primera de estas anacreónticas se encabeza así: <i>Reglas que -contribuyen a que un pueblo sea sano y hermoso</i>. Por mi hábito de -la Merced, que no entiendo esto del pueblo <i>sano y hermoso</i>, que -se ha de conseguir por la Corte de las tres nobles artes, y ha de -exponerse en anacreónticas. Con permiso de vuecencia me lo llevaré al -convento para leerlo esta noche.</p> - -<p>—Lleve también Su Paternidad este papel suelto que dice: <i>Lágrimas -de un sacerdote, en dos octavas acrósticas</i>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>—Esto de los -acrósticos y pentacrósticos, es juego del ingenio, indigno de -verdaderos poetas —dijo Castillo—, y más aún de un sacerdote, cuyo -entendimiento parecería mejor consagrado a graves empleos. Pero démelo -acá usía, que me lo llevaré, juntamente con este sermón que se titula -<i>Bonaparciana u oración, que a semejanza de las de Cicerón, escribió -contra Bonaparte un capellán celoso de su patria</i>. Y en verdad que -no anduvo modesto el tal capellancito comparándose con Cicerón; pero en -fin, eso me prueba qué tal será la dichosa Bonaparciana.</p> - -<p>—Por Dios, señora Condesa —dijo a esta sazón el Padre José Anastasio -de la Madre de Dios—. Ruego a vuecencia que me deje llevar al convento -para leerlo esta noche, este otro graciosísimo libro que se titula: -<i>Las Pampiroladas, letrillas en que un compadre manifiesta a su -comadre que en las circunstancias actuales no debe temer a la fantasma -que aterraba a todo el mundo</i>. ¡Qué obra más salada! Si no queda -cosa que no se les ocurre...</p> - -<p>—También puede llevarse, pues viene muy bien al ingenio y buen -humor de Su Paternidad —agregó Castillo—, este otro que aquí veo, y -es <i>Deprecación de Lucifer a su Criador contra el tirano Napoleón y -sus secuaces, asustado de ver entrar tantos malvados franceses en el -infierno</i>. ¡Hola, hola! también está en octavas. Serán mejores que -las de Juan Rufo, Ercilla y Ojeda.</p> - -<p>—¡Oh! Este sí que es bueno. ¡Válgame nuestra santa Patrona! —exclamó -Salmón—. Óiganme:<span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span> -<i>Seguidillas para cantar las muy leales y arrogantes mozas del -Barquillo, Maravillas y Avapiés, el día de la proclamación de nuestro -muy amado Rey</i>. ¿Me las llevo, señora Condesa?</p> - -<p>—Sí, Padre; ya que está por seguidillas, aquí veo otras que le -parecerán muy buenas. <i>Seguidillas que cantó el famoso Diego López de -la Membrilla, jefe de la Mancha, después que consiguió las gloriosas -victorias contra los franceses.</i></p> - -<p>—El pueblo español —declaró Castillo— es de todos los que llenan la -tierra el más inclinado a hacer chacota y burla de los asuntos serios. -Ni el peligro le arredra, ni los padecimientos le quitan su buen humor; -así vemos que rodeados de guerras, muertes, miseria y exterminio, -se entretiene en componer cantares, creyendo no ofender menos a sus -enemigos con las sátiras punzantes que con las cortadoras espadas. ¿Y -qué me dicen usías de este <i>Asalto terrible que dieron los ratones -a la galleta de los franceses, poema en dos cantos</i>? ¿Qué de este -<i>Elogio del Sr. D. Napoleón, por un artífice de telescopios</i>? ¿Qué -de esta <i>Gaceta del infierno, o sea Noticia de los nuevos amores de -la Pepa Tudó con Napoleón, y celos de Josefina</i>?</p> - -<p>—Esas son groserías de vulgares o indecentes escritores —afirmó con -enfado Amaranta—, pues todo el mundo sabe que ni la Tudó ha tenido -amores con Bonaparte, ni este ha hecho nada que menoscabe su fama de -hombre de buenas costumbres.</p> - -<p>—Cierto es —dijo Castillo—; pero si usía me lo permite, le haré una -observación, y es que<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> -el pueblo no entiende de esas metafísicas, y al verse engañado y -oprimido por un tirano y bárbaro intruso, no debemos extrañar que le -ridiculice y aun le injurie. El pueblo es ignorante, y en vano se le -exige una decencia y compostura que no puede tener, razón por la cual -yo me inclino a perdonarle estas chocarrerías si conserva la dignidad -de su alma, donde el grande sentimiento de la patria como que disimula -y oscurece los rencorcillos pequeños y vituperables.</p> - -<p>—No me defienda usted tales chocarrerías, Padre —repuso Amaranta—. -¿Tiene perdón de Dios este otro impreso que ahora leo? Oiga usted -el título: <i>Lo que pueden cuatro borrachos, o sea despique al vil -dictado con que se han querido oscurecer los honrados procedimientos de -un pueblo fiel a su Religión, Rey y Patria</i>.</p> - -<p>—La obra —dijo riendo el fraile— tiene traza de no ser un segundo -<i>Don Quijote</i> ni mucho menos; pero en su mismo título hallará -vuecencia la explicación del llamar <i>borrachos</i> a los Bonapartes, -dictado que tanto repugna a mi señora Condesa. Cierto que los -Bonapartes no son borrachos, y harto sabemos que el pobre Rey José -ni por pienso lo bebía; pero el pueblo no lo entiende así, del mismo -modo que jamás dejó de llamarle <i>tuerto</i>, aunque harto bien pudo -reparar la hermosura de sus dos ojos. El pueblo le llamó borracho y -tuerto, sin motivo, es cierto; pero ¿tienen razón los franceses en -llamar <i>insurgentes, bandidos y ladrones de caminos</i> a los héroes -que en los campos de<span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span> -batalla defienden generosamente la independencia patria?</p> - -<p>—Convengo en ello —contestó Amaranta—; pero la cosa más justa si -se hace con malas formas, parece como que se deslustra y encanalla. -Vea usted. Para hacer una pintura de las calamidades ocasionadas por -la guerra, no era preciso que el autor de este papel lo titulara -<i>Inventario de los robos hechos por los franceses en los países donde -han invadido sus ejércitos</i>.</p> - -<p>—Señora, concedo que al autor se le ha ido un tanto la mano en la -forma —dijo Castillo—; pero por lo poco que de este libro he leído, me -parece que dice verdades como el puño.</p> - -<p>—¡Y tan como el puño! —exclamó Salmón alzando los ojos de un libelo -cuyas páginas a la ligera recorría—. Pues lo que es este que al azar ha -caído en mis manos, tiene unas explicaderas...</p> - -<p>—¿Cuál?</p> - -<p>—Es de lo más gracioso y bien parlado que imaginarse puede. Su -anónimo autor lo titula <i>Carta primera de un vecino de Madrid a un su -amigo, en que le cuenta lo ocurrido después de la prisión del execrable -Godoy hasta la vergonzosa fuga del tío Copas</i>. La agudeza de los -dichos, la oportunidad de los chistes, apodos y chanzonetas es tal, que -harían reír a la misma seriedad.</p> - -<p>—¡Bonito modo de escribir la historia! Y ese palurdo vecino de -Madrid, que sin duda será algún sacristán rapavelas o bodegonero del -Rastro, ¿qué entiende de execrables Godoyes ni otras zarandajas?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span>—¿Pues no ha de -entender, señora? —dijo el Padre Castillo—. A veces en personas rudas -y zafias se ve mejor sentido y criterio de las cosas que en las -ilustradas, quizás por su misma ilustración desvanecidas. Lo que les -falta es el decoro en la forma. Oiga mi señora Condesa una observación -que quiero hacerle. Entre esta multitud de papeles, que los libreros -de Madrid le envían para que coleccione todo lo publicado, hay tal -balumba de despropósitos y estolideces, que sería más necio y simple -que sus autores el que dejara de reconocerlo así. Pero en medio de -tanta faramalla, encuentro algunos productos del ingenio que suspenden, -cautivan y enamoran, por ser fruto espontáneo de la mente popular, -como lo son las heroicas acciones que desde el principio de la guerra -estamos presenciando. Vea vuecencia: aquí hay una <i>Convocatoria -que a todos los pastores de España dirige un mayoral de la sierra -de Soria para la formación de compañías de honderos</i>. Este es un -hombre ignorante, cuya actividad e interés por la patria no puede menos -de elogiarse. También merece encomios lo que ha escrito esta Doña -María Piquer y Pravia, con el título de <i>¿Qué es héroe? Exhortación -a los jóvenes españoles</i>, pues todo lo que tienda a encender los -alientos de la juventud en las actuales circunstancias, es digno de -aplauso. No le negaré tampoco los míos a estos <i>Cargos que hace el -tribunal de la razón de España al Emperador de los franceses</i>, -porque los tales cargos están hechos con mesura; ni tampoco a este -<i>Engaño de Napoleón descubierto y castigado,<span class="pagenum" -id="Page_65">p. 65</span> obra en que se manifiesta con la mayor -claridad la infidelidad del Emperador en sus convenios con España</i>, -porque todo cuanto se diga acerca de la manera desleal y traidora con -que nos declararon la guerra, me sabe siempre a poco. No seré tan -benévolo con esta <i>Carta del licenciado Siempre y Quando al Doctor -Mayo de 1808</i>, porque me repugnan las formas chocarreras en formales -asuntos, ni daré dos higos por esta <i>Alegoría poética que descubre -las iniquidades del más perjudicial y maligno hipócrita del mundo, -Bonaparte</i>, porque ya dije que este afán de tratar en malos versos -lo que está pidiendo a gritos clara y valiente prosa, me indigna y pone -fuera de mí.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch7"> - <h2 class="nobreak g0">VII</h2> -</div> - -<p>—Gracias a Dios —dijo entonces Amaranta— que encuentro entre esta -garrulería una obra de reconocida utilidad durante los tiempos de -guerra. Vea Su Reverencia: <i>Arte universal de la guerra del Príncipe -Raimundo de Montecuculi</i>.</p> - -<p>—En efecto, señora: yo daría un par de abrazos y otros tantos -apretones de manos a Quiroga y Burguillos, que son impresores y -editores de esta gran obra. Y aquí veo otra, a cuyo autor le pondría -yo en los cuernos de la luna, pues no conozco hoy por hoy tarea más -meritoria que escribir un <i>Prontuario en que se<span class="pagenum" -id="Page_66">p. 66</span> hallan reunidas las obligaciones del -soldado, cabo y sargento para la pronta metódica instrucción de las -compañías</i>. Vea mi señora Condesa cómo también sacamos pepitas -de oro puro del escorial de este montón que tenemos delante. Aquí -veo la <i>Higiene militar o arte de conservar la salud del soldado -en guarniciones, marchas, campamentos, hospitales, etc.</i> Queden -a un lado, para que no se confundan con lo demás, y en su compañía -vaya <i>El buen soldado de Dios y del Rey, libro donde se asocian las -máximas militares con las cristianas</i>. Esto me parece muy del caso, -pues será mejor soldado aquel que lleve en su corazón la fe, única -fuente de toda heroica acción, y de la humildad y obediencia, que -mantienen la disciplina, remedo mundano del divino orden puesto por -Dios a la autoridad religiosa.</p> - -<p>—Pues hagamos aquí un apartado de los buenos libros —dijo la Condesa -graciosamente, reuniendo los que el fraile le indicaba.</p> - -<p>—Pero tate, señora mía —dijo este—, que me parece que en ese -departamento de las cosas buenas se ha colado <i>El laurel de Andalucía -y sepulcro de Dupont</i>, que, aunque muy patriótica, es de las más -necias y enfadosas comedias que se han impreso en estos tiempos. -Vaya fuera, y lléveselo Salmón si quiere leerlo, y en su lugar -póngase esta <i>Colección de proclamas, bandos, diversos estados del -ejército y relaciones de batallas</i>, que por ser un conjunto de -documentos fehacientes, será en día no lejano de grande interés para la -historia, que en tales tesoros se alimenta y bebe la verdad, sin<span -class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> la cual no puede vivir. ¿Pero -qué libro es ese que con tanta atención vuecencia lee?</p> - -<p>—Leo —repuso la Condesa— las <i>Poesías patrióticas de D. Manuel -Josef Quintana</i>, que ahora salen por segunda vez a luz. Este tomo -contiene la <i>Expedición de la Vacuna, las odas a Juan de Padilla, -a España libre, al panteón del Escorial y a la Invención de la -imprenta</i>.</p> - -<p>—¡Oh! —exclamó el Padre Castillo—. Bien lo decía yo: no pepitas de -oro, sino perlas orientales habían de aparecer entre esta balumba. -Póngame vuecencia a ese poeta sobre las niñas de mis ojos, pues -no me canso nunca de leerlo, y es tan grande el encanto que en mí -producen su fogosa entonación, su grave estilo, su arrebatado estro, -su numerosa cadencia, la gallardía de las imágenes, la verdad de los -pensamientos, la elegancia de los símiles, la escogida casta de todas -las voces y frases, que me olvido del apasionamiento y saña con que -ataca institutos y personas que yo a causa de mi estado no puedo menos -de reverenciar. Pero tal es el privilegio del arte cuando da en buenas -manos; y es que enamora con la forma aun a los mismos a quienes no -puede conquistar con las ideas.</p> - -<p>—Quítenmelo de delante —dijo Salmón—, y no pongan a ese autor ni -a cien leguas del de esta composición que ahora tengo en la mano: -<i>Godoy, sátira por D. José Mor de Fuentes</i>.</p> - -<p>—Pues si Su Paternidad es tan entusiasta de Mor de Fuentes, -nosotros se lo regalamos, para que lo disfrute por los siglos de los -siglos. ¿No es verdad, señora Condesa? ¿A ver<span class="pagenum" -id="Page_68">p. 68</span> qué otro volumen es este, que parece recién -publicado? <i>Poesías líricas o rimas juveniles por D. Juan Bautista -Arriaza.</i> Este no debe ser despreciado, pero tampoco agasajado. El -aprecio que conquista con su gracia y primorosa frivolidad, lo pierde -por maldiciente, sin que tenga, como Juvenal, el mérito de reprender -los vicios y malas costumbres. Sus mejores obras son las que podríamos -llamar <i>Vejámenes</i>, dirigidas contra cómicos y poetas; y estas -<i>Rimas juveniles</i> son finas, pulcras, bonitas, pasajeras; pero -carecen de aquella sal de la inspiración, sin cuyo ingrediente no hay -manjar poético que se pueda traspalear. ¿Qué hacemos, señora Condesa? -¿Se lo damos a Salmón, o se queda en el departamento escogido?</p> - -<p>—Quédese aquí —dijo Amaranta—, aunque no sea sino porque me ha -dedicado casi todos sus versos llamándome Clori, Belisa, Dorila, Mirta, -Dafne, Febea y Floridiana. Y para que el reverendo Salmón no se enfade, -le daremos el <i>Napoleón rabiando, casi-comedia</i>; el <i>Bonaparte -sin máscara</i>, y la <i>Descomunal batalla de los invencibles gabachos -contra los ratones del Retiro</i>, que aquí están pidiendo que Vuestra -Reverencia les dé su dictamen.</p> - -<p>—Pues vengan —dijo Salmón—, y no creo que vuestra grandeza me niegue -este saladísimo papel, cuyo solo título hace desternillar de risa, -y es <i>El juego de Fernando VII con Napoleón y Murat al tresillo, -libro en el que baxo las voces propias del tresillo se da una idea de -lo acaecido con nuestro augusto soberano, del orgullo de Napoleón, y -concluye con las exclamaciones<span class="pagenum" id="Page_69">p. -69</span> más tiernas de nuestro oprimido monarca</i>.</p> - -<p>—Esto de decir en términos de tresillo lo que se puede expresar en -castellano seco, me enamora —indicó Castillo.</p> - -<p>—Precisamente en lo intrincado está el mérito de la invención -—observó el otro fraile—. La prosa llana se cae de las manos, y -así no comprendo cómo Vuestra Paternidad está ahora tan embebecido -en la lectura de ese folleto, <i>Gobierno pronto y reformas -necesarias</i>.</p> - -<p>—Más que por lo que dice, me interesa por lo que todos los papeles -de esta clase indican de alteraciones y disputas para lo porvenir.</p> - -<p>—Los españoles —dijo la Condesa— no se cuidan ahora de lo -porvenir.</p> - -<p>—Permítame usía que le diga que está muy equivocada —repuso -Castillo—. Observando atentamente todos los impresos que salen a luz (y -los papeles impresos son quien más que otra cosa alguna da a conocer -lo que piensa y anhela un pueblo cualquiera); observando, digo, esto -que aquí tenemos, se ve que los españoles, bajo la aparente conformidad -que nos da la guerra, estamos muy divididos, y eso se conocerá cuando -con las paces venga el deseo de establecer las nuevas leyes que nos -han de regir. Aquí tengo unas <i>Reflexiones de un español, y modo de -organizar un Gobierno que concluya la grande obra de la eterna libertad -y prosperidad de la nación</i>. No parece mal escrito, y apunta con -timidez la idea que creo desarrolla atrevidamente este cuaderno que se -intitula <i>Política popular acomodada a las circunstancias del día: -propone la Constitución que la España necesita<span class="pagenum" -id="Page_70">p. 70</span> para cortar de raíz el despotismo</i>. Por -el mismo estilo y con igual tendencia está hecho este otro que dice -<i>Reflexiones de un viejo activo a un amigo suyo sobre el modo de -establecer una Constitución</i>.</p> - -<p>—Y por lo que veo —dijo Amaranta leyendo la portada de otro libro—, -este trata del mismo asunto: <i>Manifiesto del español, ciudadano y -soldado, donde se da conocimiento de nuestros anteriores padeceres y -esperanzas en nosotros mismos, respecto al mundo individual</i>.</p> - -<p>—Por San Buenaventura y los cuatro doctores, que no sé lo que ha -querido decir ese buen hombre con lo del <i>mundo individual</i>; pero -lo apartaremos para leerlo después.</p> - -<p>—¿Y cree Vuestra Paternidad que hay divergencia de pareceres -entre los diversos autores que tratan de política y de Constitución? -—preguntó Amaranta.</p> - -<p>—¡Oh! —exclamó Castillo—, por aquí aparece la punta de un impreso, -en quien desde luego conozco la opinión contraria. Sí, señora -Condesa: no hay más que leer este título, <i>Higiene del cuerpo -político de España, o medicina preservativa de los males con que la -quiere contagiar la Francia</i>, para comprender que este es amigo -del despotismo. Pues ¿y dónde me deja usía estas <i>Conclusiones -político-morales que ofrece a público certamen contra los herejes de -estos tiempos un fraile gilito</i>? No me gusta que los regulares -se ocupen de estos asuntos, y desearía que, concretándose a su -ministerio de paz, aguardaran tranquilos lo que los tiempos futuros -traigan de calamitoso para nuestro instituto.<span class="pagenum" -id="Page_71">p. 71</span> Pero no es posible contener esta gritería que -por todos lados sale en defensa de opuestos intereses, y venga lo que -viniere, que si Dios no lo remedia, será gordo y sonado. Entre tanto, -póngame usía a un ladito estos libros que tratan de la Constitución y -el despotismo, pues pienso examinarlos espaciosamente. ¿Pero qué veo? -¿Ha puesto vuecencia en el montón escogido esos cuatro librillos de -novelas simples? Parece mentira que en esta época empleen nuestros -libreros su tiempo y dinero en traducir del francés tales majaderías... -¿A ver? <i>La marquesa de Brainville</i>, la <i>Etelvina</i>, los -<i>Sibaritas</i>, el <i>Hipólito</i>. Vaya toda esta romancil caterva -a deleitar al Padre Salmón, y si tarda en devolverla, mejor, que así -podrá vuestra grandeza entretenerse en mejores lecturas.</p> - -<p>—En esto de novelas andamos tan descaminados —dijo Amaranta—, que -después de haber producido España la matriz de todas las novelas del -mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora -no acierta a componer una que sea mayor del tamaño de un cañamón, y -traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores -entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir -con la patochada de que son hermanos.</p> - -<p>—Pues para mí —dijo Salmón—, no hay más regocijada lectura que esa; -y vengan todos para acá.</p> - -<p>—Abulta bastante, señora Condesa —indicó Castillo—, el apartado de -los que defienden la<span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> -Constitución. Hágame vuestra merced otro con los apóstoles del -despotismo, que hasta ahora parecen los menos. Pero no: por aquí sale -un libelo titulado <i>Gritos de español en su rincón</i>, que al -instante puedo colocar entre los del despotismo.</p> - -<p>—Y aquí hay otro —dijo Amaranta— que, si no me equivoco, también es -del mismo estambre. Titúlase <i>Carta de un filósofo lugareño que sabe -en qué vendrán a parar estas misas</i>.</p> - -<p>—¡Magnífico! Desde que oí eso del <i>filósofo lugareño</i>, lo -diputé por enemigo de los constitucionales. Vaya al segundo montón; y -los leeremos a unos y a otros para saber, como dice el encabezamiento, -en qué <i>vendrán a parar estas misas</i>. Esta lucha, señora mía, o -yo me engaño mucho, o ahora es un juego de chicos comparada con lo -que ha de venir. Cuando se acabe la guerra, aparecerá tan formidable -y espantosa, que no me parece podrá apaciguarla ni aun el suave -transcurso de todos los años de este siglo en cuyo principio vivimos. -Yo que observo lo que pasa, veo que esa controversia está en las -entrañas de la sociedad española, y que no se aplacará fácilmente, -porque los males hondos quieren hondísimos remedios, y no sé yo -si tendremos quien sepa aplicar estos con aquel tacto y prudencia -que exige un enfermo por diferentes partes atacado de complicadas -dolencias. Los españoles son hasta ahora valientes y honrados; -pero muy fogosos en sus pasiones, y si se desatan en rencorosos -sentimientos unos contra otros, no sé cómo se van a entender. Mas<span -class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span> quédese esto al cuidado de -otra generación, que la mía se va por la posta al otro mundo, con -más prisa de lo que yo deseo. Y entre tanto, guárdeme usía esos dos -montones de libros, que todos quiero leerlos. Aquí el departamento de -la Constitución, a este otro lado el del despotismo... pero ¡pecador de -mí! A vuecencia se le ha ido la mano, dejando que se colara en estas -regiones un papelejo que desde su principio fue destinado al paladar de -mi reverendo amigo. Afuera ese desvergonzado intruso.</p> - -<p>—¡Ah! —exclamó Amaranta riendo—. Es un <i>Retrato poético del que -vende santi barati y el sartenero victoreando al primer pepino que -plantó un corso en tierra de España, y no ha prendido</i>.</p> - -<p>—¡Venga acá! —dijo con gran alegría Salmón—. ¡Y cómo se escapaba esa -joya! Al convento me lo llevo junto con este otro, que aunque no trata -de la guerra ni de política, parece libro de recreación científica -y de honestísimo divertimiento. Es la <i>Pirotécnica entretenida, -curiosa y agradable, que contiene el método para que cada uno pueda -formarse en su casa los cohetes, carretillas y bombas, etc., con tres -láminas demostrativas de todas las operaciones del sublime arte de -polvorista</i>.</p> - -<p>—Y ahora, señora Condesa de mi alma —dijo el Padre Castillo -levantándose—, ya que he molestado bastante a usía, y hecho el -escrutinio que vuestra grandeza deseaba, me retiro, pues esta tarde -celebra solemne rosario la Hermandad del Socorro de Nuestra Señora del -Traspaso, y me toca predicar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span>—Yo pertenezco a la -del Rescate —indicó Amaranta—, y creo que es la semana que entra cuando -hacemos nuestra función de desagravios. Y Vuestra Paternidad, Padre -Salmón, ¿no predica en estas fiestas?</p> - -<p>—¿Cómo no? La Real Congregación y Esclavitud de Nuestra Señora de la -Soledad, me ha encargado dos pláticas para la semana que entra. Veremos -qué tal salgo de ellas.</p> - -<p>El Padre Castillo, que sin duda tenía prisa, se fue, y allí quedamos -Salmón y yo. Desde que hubo salido su compañero, tomó aquel la palabra -y dijo:</p> - -<p>—Pues como tuve el honor de indicar a usía, este muchacho sabe todo -lo concerniente a D. Diego, a sus artimañas, trapicheos y correrías, y -él satisfará a vuecencia mejor que cuanto yo, <i>relata referendo</i>, -pudiera decirle. Pero ¿será cierto, señora mía, lo que al entrar me ha -dicho el señor Marqués D. Felipe?</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Que usía ha tenido anoche la felicísima suerte de hacer confesar a -esa linda niña todo lo que de ella queríamos saber.</p> - -<p>—Así es —dijo Amaranta—. Todo me lo ha confesado.</p> - -<p>—La paz de Dios sea en esta ilustre casa. ¿Dónde está ese blanco -lirio, que la quiero felicitar por el buen acuerdo que ha tenido?</p> - -<p>—Esta tarde no se la puede ver, Padre. Ya que su merced ha tenido -la buena ocurrencia de traerme este joven, a quien supone al tanto de -lo que quiero saber, tenga la bondad de dejarme a solas con él, para -que la presencia de<span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> una -persona grave y respetabilísima como Vuestra Reverencia no le impida -decirme todo lo que sabe, aunque sea lo más secreto.</p> - -<p>—Con mil amores obedeceré a usía —dijo el Padre Salmón; y con esto -se retiró, dejándome solo con aquella estrella de la hermosura, con -aquella deslumbradora cortesana, a quien nunca me había acercado sin -sacar de su trato el fruto de una gran pesadumbre.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch8"> - <h2 class="nobreak g0">VIII</h2> -</div> - -<p>—No ha sido una simpleza de este buen religioso lo que te ha -traído aquí —me dijo severamente—; esto ha sido obra de tu astucia y -malignidad.</p> - -<p>—Señora —le respondí—, por mi madre juro a usía que no pensaba -volver a esta casa, cuando el Padre Salmón se empeñó en traerme, con el -objeto que él mismo ha manifestado.</p> - -<p>—¿Y qué sabes tú de D. Diego?</p> - -<p>—Yo no sé más sino aquello que no ignora nadie que le trata.</p> - -<p>—D. Diego es jugador, francmasón, libertino; ¿no es cierto?</p> - -<p>—Usía lo ha dicho; y si lo confirmo, no es porque me guste ni esté -en mi condición el delatar a nadie, sino porque eso de D. Diego todo el -mundo lo sabe.</p> - -<p>—Bien: ¿y tú querrías llevarme a mí o a<span class="pagenum" -id="Page_76">p. 76</span> otra persona de esta casa a cualquiera de -los abominables sitios que el Conde frecuenta por las noches, para -sorprenderle allí, de modo que no pueda negarnos su falta?</p> - -<p>—Eso, señora, no lo haré, aunque usía, a quien tanto respeto, me lo -mande.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque es una fea y villana acción. Don Diego es mi amigo, y la -traición y doblez con los amigos me repugna.</p> - -<p>—Bueno —dijo Amaranta con menos severidad—. Pero me parece que tú -eres tan necio como él, y que le llevas a la perdición, incitándole y -adulando sus vicios.</p> - -<p>—Al contrario, señora: a menudo le afeo su conducta, diciéndole que -tal proceder es indigno de caballeros, y que al paso que deshonra su -casa, deshonra también a aquella con quien va a emparentarse.</p> - -<p>—Eso está muy bien dicho —afirmó con pesadumbre—. Lo que hace -Rumblar no tiene perdón de Dios. ¿Y quién le acompaña en su -libertinaje?</p> - -<p>—El Sr. de Mañara y D. Luis de Santorcaz.</p> - -<p>—¡También ese! —dijo con sobresalto y súbita transformación en su -bello rostro—. ¿Qué hombre es ese? ¿Le conoces tú? ¿Dónde vive? ¿En qué -se ocupa?</p> - -<p>—Si he de decir verdad, aún ignoro qué clase de hombre es. Tampoco -sé dónde vive; pero he oído que es espía de los franceses, y que estos -le dan un sueldo para que les escriba todo lo que pasa. Esto me han -dicho; pero no lo aseguro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span>Entonces Amaranta -acercó su silla a la mía; mirome como quien se dispone a entablar -relaciones de confianza, y me habló así con voz dulce:</p> - -<p>—Gabriel, está de Dios que me prestes de vez en cuando servicios -de esos que no se encomiendan sino a la despierta observancia y a -la discreta malicia. ¿Querrás averiguar si D. Diego anda también en -conspiraciones y malos pasos con ese que has llamado espía de los -franceses?</p> - -<p>—No sé si podré hacerlo, señora. Tendría que hacerme dueño de su -confianza para abusar de ella. Por otro conducto podrá averiguarlo su -señoría.</p> - -<p>—Estás orgulloso; pero ven acá, chicuelo: ¿quién eres tú? ¿A quién -sirves ahora?</p> - -<p>—No sirvo a nadie, ni quiero servir. Por ahora soy soldado, si -soldado es ser alguna cosa. Vivo de la paga que da el Ayuntamiento -de Madrid a las tropas que ha levantado. Pero no tengo afición a las -armas, y si las tomo hoy es por puro patriotismo y solo mientras -dure la guerra. Después Dios dispondrá de mí, aunque, como no tengo -riquezas, ni padres, ni parientes, ni papeles de nobleza, ni protección -alguna, espero que no saldré de esta humilde esfera en que he nacido y -vivo.</p> - -<p>—¿Quieres que te proteja yo? ¿Necesitas algo? —me preguntó con -bondad—. Te buscaré un buen acomodo, te socorreré, si por acaso no -estás muy desahogado.</p> - -<p>—Aunque el recibir limosnas no deshonra a nadie, antes me asparían -que tomarlas de vuecencia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span>—¿Por qué? Pero ¿qué -pretendes tú? Yo sé que tú picas muy alto, y no te andas por las ramas. -Vamos, Gabriel, si me abres tu corazón, si me confías francamente todo -lo que sientes, te prometo ser benévola contigo. ¿Crees que no estoy al -tanto de tus atrevimientos? Y si no, dime: ¿a qué paseas de noche por -ese callejón cercano? ¿A qué arrojas piedrecitas a las ventanas?</p> - -<p>—¿Usía me vio? —pregunté muy confuso.</p> - -<p>—Sí; y aunque me causó ira, reconozco que nadie es dueño de borrar -de un golpe lo pasado, mucho más cuando uno no es autor de la situación -en que ahora o después se encuentra, sino que es Dios quien a ella -le conduce. Tú tienes aspiraciones ridículas y absurdas, y ahora yo, -renunciando a medios violentos, hablándote con templanza y sensatez, -voy a quitártelas de la cabeza.</p> - -<p>—Hable vuecencia; pero debo advertirle que no tengo ya pretensiones -ridículas, pues todo aquello que vuecencia recordará de mi afán de ser -generalísimo, pasó y...</p> - -<p>—No me refiero a eso, y bien sabes a qué aludo, tunantuelo. No -puedo ocultarte el disgusto que tuve cuando en Córdoba me dijiste con -mucha ingenuidad: «Señora, Inés y yo éramos novios.» Tal despropósito, -tratándose de mi prima, me indignó al principio; pero después me hizo -reír. ¡Ay! cuánto he reído con esto. Por supuesto, no creas que ella se -acuerda de ti. ¡Eres tan inferior a ella! Bien sabe Inés que si en otro -tiempo y lugar la aparente igualdad de vuestra condición permitía que -os<span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> estimarais, hoy el -solo pensar en tal cosa es un crimen. ¡Pues si vieras cómo se ríe de ti -y cuenta tus simplezas!... Eso sí, dice que te está agradecida porque -dice que la salvaste de no sé qué peligro; pero nada más. Mi primita -ha sacado tal dignidad y estimación de su linaje, que no digo yo con -Condes, con Emperadores se casaría, y aún se juzgara rebajada.</p> - -<p>—¡Bendito sea Dios, y cómo se mudan las personas! —dije yo, -comprendiendo no ser cierto lo que oía.</p> - -<p>—Pero si esto te digo —continuó Amaranta—, también añado que me -intereso por ti y quiero recompensar los servicios que prestaste a Inés -cuando estaba en la miseria: de modo que te daré lo necesario para -que hagas fortuna con tu trabajo; mas con la condición de que has de -marcharte de Madrid y de España mañana mismo, para no volver nunca.</p> - -<p>Oí con mucha calma estas razones que la Condesa dijo, queriendo -aparentar una tranquilidad de espíritu que no tenía, y le contesté:</p> - -<p>—¡Ay, señora, y qué mal me ha comprendido usía! Hábleme ahora -vuecencia sin ninguna clase de artificio, pues yo, con el corazón en -la mano, le digo que conozco muy bien quien soy y todo lo que puedo -esperar. En mi corta vida he aprendido a conocer un poco las cosas -del mundo, y sé que aspirar a lo que, por mi humildad, mi ignorancia -y mi pobreza, está tan lejos de mí como el cielo de la tierra, sería -una estupidez. No ocultaré a usía nada de lo que me ha pasado. Cuando -Inés, quiero decir,<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span> -la señorita Inés, estaba en casa del cura de Aranjuez, nosotros nos -tuteábamos, hablando de nuestro porvenir, como si nunca hubiéramos de -separarnos. Después, en casa de Don Mauro Requejo, parecía como que -nuestras desgracias nos hacían querernos más. Teníamos mil bromas y yo -le decía: «Inesilla, cuando seas Condesa, ¿me querrás como ahora?» Y -ella me contestaba que sí, y yo me lo creía. Después, todo ha cambiado. -Cuando fui a la guerra, yo no pensaba sino en ser un hombre de provecho -para hacerla mi mujer; mas al mirar de cerca la esfera a donde ella -había subido; al verme a mí mismo sin poder avanzar un solo peldaño -en la escala de la sociedad, me entró una tristeza tal, que pensé -morirme. Pero al fin se ha ido abriendo paso mi razón por entre este -laberinto de atrevidas locuras, y he dicho para mí: «Gabriel, eres -un loco en pensar que el mundo se va a volver del revés para darte -gusto. Dios lo ha hecho así, y cuando su obra ha salido con tantas -desigualdades, Él se sabrá por qué. Renuncia a tus vanos sueños; que -esto y ser generalísimo de un tirón, como antes pensabas, es todo uno.» -Al fin, señora Condesa, he llegado, a costa de grandes tristezas, a -adquirir una resignación profunda, con cuyo auxilio ya estoy curado -de mis atrevimientos. He renunciado a lo imposible. Si así no lo -hubiera hecho, sería real y efectivo lo que cuentan las malas novelas -de que se reía hace poco el Padre Castillo, y en las cuales se ve a -una archiduquesa que se casa con un paje, y a un porquerizo enamorado -de una emperatriz<span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> No, -señora: vengamos a la realidad triste; pero que dicen es lo único -que no engaña. Ya no tengo las aspiraciones que usía me supone, y no -es necesario que vuecencia compre con dinero mi resignación ni mi -alejamiento de esta casa, de Madrid y de España.</p> - -<p>Amaranta mirábame de hito en hito durante aquel mi largo discurso, y -después habló así:</p> - -<p>—Gabriel, o eres un hipócrita, o en verdad, en verdad, que me vas -pareciendo un joven no solo discreto, sino de honradas ideas. Ya veo -que comprendes el sentido natural y templado de las cosas, y que sabes -enfrenar la impetuosidad y petulancia propias de la juventud.</p> - -<p>—Señora, lo que he dicho a usía es la pura verdad: así me conceda -Dios una buena muerte en mi última hora.</p> - -<p>—Pues ya que me hablas con tanta franqueza, no quiero ser menos -contigo. ¿Serás tú hombre a quien se pueda confiar un pensamiento -delicado, un pensamiento de esos que la vulgaridad no comprende ni -estima en su justo valor?</p> - -<p>—Creo que podrá vuecencia confiarme lo que quiera.</p> - -<p>—¿Lo comprenderás tú? Vamos a ver. Dices que has renunciado a que te -ame mi prima, reconociendo la inmensa inferioridad de tu posición.</p> - -<p>—Sí, señora: así es.</p> - -<p>—Muy bien; pero es el caso... no sé cómo decírtelo. Al indicarte -que te daría riquezas, quise expresar que esperaba de ti un grande, un -extraordinario favor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span>—Si está en mí el -prestarlo, no necesito que se me dé nada. ¿Quiere usía que me marche? -Pediré mi licencia. Pues qué, ¿acaso la señorita Inés se acuerda alguna -vez de este miserable?</p> - -<p>—Respóndeme lo que te inspire tu buena razón, Gabriel —me dijo la -Condesa con grave acento—. Figúrate tú que a la señorita Inés se le -pusiese en la cabeza el no querer a nadie más que a ti... no es así... -pero va como ejemplo: figúratelo.</p> - -<p>—Ya está figurado.</p> - -<p>—Pues bien: ¿no te parece natural que yo y mis tíos nos opongamos a -ello por todos los medios posibles?</p> - -<p>—Sí, señora, me parece muy natural —repliqué con asombro—; pero si -ella se empeña...</p> - -<p>—Ella no se empeña... no es eso... es que... vamos, te lo diré -francamente. Aunque no aseguro yo que Inés te ame, ni mucho menos, -porque esto sería un gran despropósito, ocurre que... es natural -que sienta algún afecto hacia los que fueron compañeros de sus -desgracias... Todo es un capricho, una obcecación pueril, que se le -pasará seguramente. ¿No crees que se le pasará?</p> - -<p>—Sí, señora, pasará.</p> - -<p>—Pero para que esto acabe de una vez, necesito tu ayuda. Puesto -que te veo tan razonable, puesto que reconoces que sería en ti una -estupidez aspirar a casarte con ella... ¡Casarte con ella! ¡qué risa! -¡un pelagatos como tú...! Parece esto cosa de comedia; ¿pero no te ríes -tú también?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span>—Sí, señora, ya me -estoy riendo —respondí haciéndolo de muy mala gana.</p> - -<p>—Pues decía —continuó, cesando en su afectada hilaridad— que, en -vista de tu buen sentido, espero de ti lo que vas a oír. Repito que te -daré lo necesario para que en otro país lejos de España puedas hacer -una fortuna; te daré la fortuna hecha si quieres...</p> - -<p>—¿Y qué he de hacer para eso?</p> - -<p>—Nada... vienes aquí estos días, so color de entrar a servirme; -tratas a Inés, y luego, durante algún tiempo, fingirás hacer las -cosas más feas, cometer las acciones más abominables y los delitos -que más rebajan al hombre, de modo que ella, con el espectáculo de tu -envilecimiento, vuelva en sí del trastorno que por ti tiene y todo -acabe. Es sumamente fácil para ti: entras aquí en mi servicio, y a -los pocos días me robas una sortija u otra prenda cualquiera; luego -fingimos nosotros haber descubierto tu crimen, y afeamos en público tu -conducta; luego, si hablas con ella, me calumniarás, diciendo de mí mil -herejías, y también hablarás mal de ella delante de alguna criada que -venga a contárnoslo... y por este estilo harás una serie de maldades de -esas que más envilecen a la criatura.</p> - -<p>—¡Señora! —exclamé sin poder sofocar por más tiempo la ira—. Si usía -me da toda esta casa llena de dinero, no haré lo que me pide. ¡Cometer -delante de ella una infame acción! Me dejaré matar mil veces antes -que tal haga. Cuando éramos amigos, más temía a sus censuras que a mi -conciencia; y si algo<span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span> -bueno hice, hícelo porque ella lo viera y me aplaudiese, que más -estimaba su aprobación que todos los bienes del mundo. Huiré para ir a -donde no me vuelva a ver; pero pensar que he de envilecerme delante de -ella, eso jamás. Adiós, señora, me voy de aquí —añadí levantándome—. -Por segunda vez me quiere usía envolver en intrigas y fingimientos -cortesanos en que es tan gran maestra.</p> - -<p>—Aguarda —dijo deteniéndome.</p> - -<p>—¿No está más en el orden natural lo que yo quiero hacer —añadí—, -que es marcharme y no parecer más por Madrid?</p> - -<p>—Eres un majadero —afirmó con despecho—. ¿Qué te cuesta hacer lo que -te propongo? ¿Pierdes tú algo en ello? Ven acá, truhan de las calles: -¿acaso tienes algún nombre que deslustrar o alguna posición que perder? -¡Cuántos mejores que tú no se apresurarían a prestar este servicio por -el aliciente de la recompensa que yo te ofrezco! ¿Pues acaso podías tú -ni soñar con la fortunilla que te pienso ofrecer, farsantuelo? ¡Miren -el caballerón finchado, siempre a vueltas con su honor y su conciencia, -y su deber acá y su reputación allá!</p> - -<p>—Si usía me da licencia, me retiraré —dije, resuelto a poner fin a -la conferencia.</p> - -<p>—No, aquí has de estar todavía. Por lo que veo, crees que mi primita -se acuerda alguna vez de tus simplezas y majaderías —declaró con -enfado—. Anda noramala, chicuelo andrajoso. ¿Piensas que creo en tus -hipócritas declamaciones? ¿Piensas que tomo en serio los generosos -pensamientos que con tanto arte<span class="pagenum" id="Page_85">p. -85</span> me has manifestado, echándotela de caballero? ¡Oh! ¡Esto me -pone fuera de mí! Yo le diré a esa antojadiza quién eres tú y cuáles -son tus mañas. O hará lo que yo le mando —añadió con creciente enojo— -y pensará como yo quiero que piense, o esa niña no es de mi sangre, -no, no puede serlo. ¡Cuánta contrariedad, Dios mío!... No quiero verte -más, Gabriel; vete de aquí... pero no, ven acá: tú no tienes la culpa -de esto. Dime, ¿quién eres tú? ¿Dónde has nacido? ¿Tienes alguna -noticia de tus padres?... A veces suele acontecer que el que se creía -humilde...</p> - -<p>—No espere usía —repuse sonriendo— que de la noche a la mañana me -caiga en herencia un gran ducado. Eso pasa algunas veces, como ha -sucedido con Inés; pero de tales pasos de novela entran pocos en libra. -Humilde nací, y humildísimo seré toda mi vida.</p> - -<p>—Lo digo porque si tú fueras una persona decente, te sentarían bien -esos aspavientos que has hecho —me contestó—. No lo decía por otra -cosa, desdichadote; no te vayas a envanecer sin motivo. Vete, estoy muy -disgustada.</p> - -<p>Y luego, olvidándose de mí para no pensar más que en sus propias -contrariedades, exclamó así:</p> - -<p>—¿Por qué, Dios mío, cuando trajiste a esa niña a nuestra casa, nos -trajiste también esta gran pesadumbre?</p> - -<p>—¿Quiere usía mucho a su hija? —le pregunté.</p> - -<p>—A mi prima, querrás decir.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span>—Eso es: me -equivoqué.</p> - -<p>—¡Que si la quiero! Desde que entró aquí no vivo más que para ella. -Es un santo delirio lo que siento, y si Inés me faltara, me moriría sin -remedio. Mi desesperación consiste en que al traerla aquí no podemos -o no sabemos darle la felicidad que ella merece. ¿Pero es acaso culpa -nuestra?</p> - -<p>—¿Y persiste vuecencia en casarla con Don Diego?</p> - -<p>—¡Oh, no! D. Diego es un libertino; ya no me queda duda. Yo me -opondré a que se case con él.</p> - -<p>—Hace bien usía, y a la señorita Inés no le faltarán jóvenes de -familia distinguida entre quienes elegir esposo. Por de pronto, señora, -yo me atrevo a aconsejar a usía que rompa definitivamente con D. Diego. -Las malas compañías de este joven son un peligro para la tranquilidad -de esta casa.</p> - -<p>—¿Qué quieres decir? Ahora me viene a la memoria ese hombre que hace -poco nombraste y que me causa miedo.</p> - -<p>—¿Santorcaz? Sí, señora; y ya que le nombro, voy a tener el valor -de poner a vuecencia al corriente de ciertas asechanzas, para que esté -prevenida. Yo asistí a la batalla de Bailén, y allí, por casualidad -singular, vinieron a mis manos unas cartas...</p> - -<p>Amaranta se inmutó.</p> - -<p>—Señora, si he sabido casualmente alguna cosa que no debía saber, -yo juro a usía que el secreto no ha salido de mis labios ni saldrá -mientras viva.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>La Condesa pareció -poseída de nerviosa exaltación.</p> - -<p>—¡Estás loco! —exclamó—. ¡Qué majaderías me cuentas! Ni qué tengo yo -que ver con esas cartas ni con ese hombre.</p> - -<p>—En fin, señora, aunque dé a usía un mal rato, quiero entregarle las -dichas cartas.</p> - -<p>—A ver, a ver —dijo pasando de la exaltación a una palidez intensa -que la puso como difunta.</p> - -<p>—Vea usted esta primera —dije entregándole la que ella había -dirigido a Santorcaz.</p> - -<p>—¡Esto parece un sueño! —exclamó reconociéndola—. Pero ¿cómo ha -llegado a tus manos este papel? ¡Miserable chiquillo de las calles! -¿Quién te mete a leer estas cosas?...</p> - -<p>Entonces le conté el suceso que me puso en posesión de aquellas -esquelas, lo cual oyó muy atentamente, y después, oprimiéndose las -sienes con ambas manos, exhaló lamentos dolorosos.</p> - -<p>—Pues ahora vea usía esta otra que parece contestación a la -precedente, y que no llegó a ponerse en el correo; pero que al fin -viene a su poder, aunque tarde, por mi conducto.</p> - -<p>Leyó ávidamente la carta, y a cada rato la indignación se traslucía -en su hermoso semblante. Cuando la hubo leído, rompiola coléricamente -en menudos pedazos, y dijo así:</p> - -<p>—¡Ese miserable me amenaza! ¡Dice que si su hija no está hoy en su -poder lo estará mañana!</p> - -<p>—Vuecencia recordará lo que ocurrió cuando la familia toda vino de -Andalucía. Yo formaba en la escolta que acompañó a sus mercedes<span -class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> desde Bailén hasta Santa Cruz -de Mudela, y contribuí a poner en fuga a la canalla que detuvo los -coches.</p> - -<p>—Eran ladrones.</p> - -<p>—Sí; pero su intento no era despojar a los viajeros. Usía recordará -que nos fue muy fácil darles una severa lección; pero lo que sin duda -ignora es que allí estaba el Sr. de Santorcaz, escondido entre las -cercanas malezas, pues él y no otro mandaba aquella brillante tropa de -forajidos. Yo, que había leído la carta y además tenía sospechas por -ciertas palabras que en Bailén oí a ese D. Luis, solicité un puesto -en la escolta que al señor Marqués concedió el General, y en ella -formaron también algunos de mis buenos compañeros. Pero todavía falta -a vuecencia el leer la más curiosa de las tres cartas que en aquella -ocasión memorable vinieron a mis manos. Aquí está, y ella le hará ver -la infame deslealtad de un criado de su propia casa.</p> - -<p>Tomó la Condesa la carta en que Román daba a Santorcaz noticia -circunstanciada de lo ocurrido con motivo de la legitimación de Inés; -y mientras la leía, tan pronto la rabia hacía brotar lágrimas de sus -ojos, como los inflamaba con vivo resplandor.</p> - -<p>—Ya sospechaba yo la infidelidad de ese vil, que todo nos lo debe -—exclamó—; pero mi tía le tiene cariño y por eso sigue en la casa... -¡Qué infamia! Pero tú, necio mozalbete, ¿para qué has leído estas -cosas? Vete, quítate de mi presencia... no, no, ven acá: tú no eres -culpable.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span>—Señora —respondí—, -ningún nacido sabrá de mí lo que usía no quiere que se sepa. Yo -esperaba una ocasión de entregar a vuecencia esas cartas, y mientras -han estado en mi poder, nadie, absolutamente nadie más que yo las ha -leído.</p> - -<p>—¡Oh! ya sé lo que debo hacer para defenderme, y defender a mi hija -de tan miserables asechanzas.</p> - -<p>—Santorcaz es íntimo amigo de D. Diego, le acompaña a todas partes, -le aconseja y le dirige. Yo he sorprendido sus conversaciones íntimas, -y por ellas veo que el pérfido amigo y consejero de Rumblar no ha -desistido de sus proyectos.</p> - -<p>—Yo estoy trastornada, yo estoy confusa —dijo Amaranta levantándose -de su asiento—. No, no, Gabriel, no te vayas. Tú eres un buen muchacho: -yo quiero recompensarte de algún modo, dándote lo necesario para que -vivas con el decoro que mereces... Pero no pienses en Inés, ¿sabes? -Es una demencia que pienses en ella. ¡Pobre hija mía! La hemos sacado -de la miseria; la hemos dado nombre, fortuna, posición, y no podemos -hacerla feliz. ¡Esto me vuelve loca! Cuando la veo indiferente a todas -las distracciones que le proporcionamos; cuando veo la imposibilidad -de hacerme amar por ella, como yo quiero que me ame; cuando la observo -pensativa y muda, y considero que echa de menos la apacible estrechez -y contento que disfrutaba viviendo con el cura de Aranjuez, me siento -morir de pena y paso llorando largas horas. ¡Pobre hija mía! ¡Ni -siquiera le<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> puedo dar -este nombre, pues hasta con los de casa he de guardar secreto! ¡Ella y -yo somos igualmente desgraciadas! ¿Por qué no haces lo que te propuse, -Gabriel? ¿A qué vienes con humos caballerescos? ¿Eres acaso más que un -infeliz? Pero no: tienes razón; no te degrades a sus ojos: tú tienes -sentimientos nobles; tú eres un caballero, aunque no lo parezcas. Tú -mereces mejor suerte; Dios no es justo contigo... ¡Ay! voy viendo que -tú también eres muy desgraciado.</p> - -<p>Esto decía la Condesa con muestras no solo de gran dolor, sino -también de cierta confusión mental, hija de las diversas sensaciones a -que se había visto sometida; y sentándose luego, permaneció en silencio -gran rato. Así estaba cuando creí sentir lejano ruido de voces en -lo interior de la casa; rumor que apenas se percibía, y que para mí -hubiera pasado inadvertido, a no haber corrido Amaranta súbitamente -hacia una de las puertas, prestando atención a lo que tan débilmente se -oía.</p> - -<p>—Es mi tía —dijo después de una larga pausa—; es mi tía que no cesa -de reñirla. Porque no quiere someterse a las majaderías de un ridículo -maestro de baile, ni hacer dengues ante los petimetres que nos visitan, -la tratan de este modo. ¡Y yo no puedo impedirlo, Dios mío! —añadió -juntando las manos con mucha aflicción—. ¡Pero si no soy nada aquí, -ni tengo autoridad alguna sobre ella! He de presenciar sus martirios, -fingiendo aprobarlos, y estoy condenada a aplaudir las violencias, las -intolerancias, las imposiciones, el proceder<span class="pagenum" -id="Page_91">p. 91</span> suspicaz y mezquino, que la hacen tan -infeliz.</p> - -<p>Amaranta hizo ademán de salir; contúvose junto a la puerta; -retrocedió luego, indicando en su marcha y ademanes una grandísima -agitación. Después me miró con asombro, como si se hubiese olvidado de -mi presencia y de improviso me viera.</p> - -<p>—Gabriel —me dijo—. Vete, vete al punto de aquí, y no vuelvas más. -¡Ay! ¿Por qué no querrá Dios que, en vez de ser quien eres, seas otra -persona?</p> - -<p>La conmoción me impedía hablar, y sin decir sino medias palabras, -despedime de ella, besándole respetuosamente las manos. Entonces -Amaranta me tomó una de las mías, y mirándome con calma, derramando -lágrimas de sus bellos ojos, me dijo esto, que no olvidaría aunque mil -años viviese:</p> - -<p>—Gabriel, eres un caballero; pero Dios no ha dispuesto darte el -nombre y la condición que mereces. Si quieres darme una prueba de la -nobleza de tus sentimientos y de la rectitud de tu juicio, prométeme -que has de desaparecer para siempre de Madrid, y no presentarte jamás -donde ella te vea. Se le dirá que has muerto.</p> - -<p>—Señora —respondí—, ignoro si me permitirán salir de Madrid; pero -si algo impide esta mi resolución, yo prometo a usía, por Dios que -nos oye, salir de Madrid; y entre tanto que aquí esté, juro que no me -presentaré a ella, ni haré por verla, ni consentiré en cosa alguna por -la cual venga a conocer que estoy en el mundo. Este es mi deber.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span>—Tendré presente -lo que me has jurado —dijo ella—. No te arrepentirás de tu conducta. -Adiós.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch9"> - <h2 class="nobreak g0">IX</h2> -</div> - -<p>Estrechome entre las suyas mis manos la Condesa, con muestras de -vivo agradecimiento, y salí de aquella estancia y del palacio con tan -profunda emoción, que no era dueño de mí mismo. Cuando llegué a mi -casa, después de vagar por Madrid toda la tarde, arrojeme sobre mi -lecho, donde en vela pasé la noche entera, revolviendo en mi mente -las palabras del diálogo con Amaranta: llorando a veces, a veces -profiriendo gritos de rabia, y tan excitado, que mis buenos patronos -creyéronme atacado de violenta fiebre.</p> - -<p>A la mañana siguiente, después que rendido a la fatiga dormí con -sueño irregular y espantoso durante algunas horas, Doña Gregoria -llegose a mí y me despertó diciendo:</p> - -<p>—¿Qué es esto? Durmiendo a las diez de la mañana. Arriba, arriba, -mocito. ¡Y se ha acostado vestido! Vamos, que son las diez... Pero, -chiquillo, ¿qué haces, en qué piensas? Por ahí ha pasado la quinta -compañía de voluntarios, tan majos y tan bien puestos con sus uniformes -nuevos, que darían envidia a un piquete de guardias walonas. ¡Ay, -qué monísimos iban!<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> -A los franceses les dará miedo solo de verlos. Nada les falta, si no -es fusiles, pues como en el Parque no los había, no se los han podido -dar; pero llevan todos unos palitroques grandes que les caen a las mil -maravillas, y de lejos parece que llevan escopetas. Vamos, levántese el -Sr. Gabrielito: ¿no eres tú de la quinta compañía? Levántate, que ya -dicen que está Napoleón Bonaparte a las puertas de Madrid, montado en -una mula castaña y con la lanza en el ristre para venir a atacarnos.</p> - -<p>—Mujer, ¿qué disparates estás diciendo? —observó el Gran Capitán—. -Napoleón no está en Madrid, sino que parece entró ya en España y anda -sobre Vitoria. Por cierto que dicen ha habido una batallita... Pero, -chico, ¿no vas a coger tu fusil?</p> - -<p>—Hoy mismo me voy de Madrid, señor D. Santiago.</p> - -<p>—¿Que te vas de Madrid, después de alistado? Pues me gusta el valor -de este mancebo.</p> - -<p>—Es que voy a ver si me permiten pasar al ejército del Centro, que -está en Calahorra, y creo que me lo concederán.</p> - -<p>—¡Oh! no lo esperes, porque aquí, según me dijeron en la oficina, -lo que quieren es gente y más gente, pues como algunos dan en decir -que hay malas noticias... Yo creo que todo es cosa de los papeles -públicos, y a mí no me digan: los papeles públicos están pagados por -los franceses.</p> - -<p>—¿Conque malas noticias?</p> - -<p>—Paparruchas... En primer lugar, ahora salen con que lo de Zornoza, -que creíamos fue<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> una -gran victoria, es una medianilla derrota, y que el general Blake ha -tenido que escapar, refugiándose en las montañas. No se pueden oír -estas cosas con calma, y yo mandaría que se le arrancara la lengua al -que las repite.</p> - -<p>—¡Mentiras, todo mentiras! —exclamó Doña Gregoria—. Si no sé cómo la -Junta no manda ahorcar en la plazuela de la Cebada a todos los que se -divierten con tales disparates.</p> - -<p>—Has hablado muy bien —dijo el Gran Capitán—. Ahora han dado en -decir que si en Espinosa de los Monteros ha habido o no ha habido una -batalla.</p> - -<p>—¿En que también hemos perdido? —preguntó Doña Gregoria.</p> - -<p>—¡Así lo dicen; pero quiá! Bonito soy yo para tragarme tales bolas. -Ahora encontré al volver de la esquina al Sr. de Santorcaz, el cual me -lo dijo, fingiéndose muy apesadumbrado... ¡Pícaro marrullero! Como si -no supiéramos que es espía de los franceses.</p> - -<p>—¿Conque en Espinosa de los Monteros? ¿Y hemos tenido muchas -pérdidas? —pregunté yo.</p> - -<p>—¿También tú? —dijo Fernández sin poder disimular el pésimo humor -que tenía—. Te voy descubriendo que tienes muy malas mañas, Gabriel.</p> - -<p>—No hagas caso de este chiquillo mal criado —dijo Doña Gregoria.</p> - -<p>—Es preciso que aprendas a tener respeto a las personas mayores -—afirmó el Gran Capitán, mirándome con centelleantes ojos—. ¿Qué -es eso de pérdidas? ¿He dicho acaso que nos<span class="pagenum" -id="Page_95">p. 95</span> han derrotado? No mil veces, y juro que no -hay tal derrota. ¿Hombres como yo pueden dar crédito a las palabras de -gente desconsiderada y vagabunda?</p> - -<p>Calleme por no irritar más a mi ingenuo amigo, y mientras me daban -de almorzar, entró una visita que en mí produjo el mayor asombro. -Vi que avanzaba haciéndome pomposos saludos, y mostrándome en feroz -sonrisa su carnívora dentadura, un hombre de espejuelos verdes, en -quien al punto reconocí al licenciado Lobo. Lo que más llamaba mi -atención eran los extremos de cortesía y benevolencia que en él -advertí, y el desusado respeto hacia mi persona que en todos sus gestos -y palabras mostrara aquel implacable empapelador, y antes enemigo -mío.</p> - -<p>—¿Qué bueno por aquí, Sr. de Lobo? —díjele ofreciéndole junto a mí -una silla en que se repantigó.</p> - -<p>—Quería tener el gusto de ver al señor D. Gabriel.</p> - -<p>—¿<i>Señor Don</i> tenemos? <i>Malum signum.</i></p> - -<p>—Y de poner en su conocimiento algo que le importa mucho —añadió—. -¿Pero cómo no ha ido a verme el Sr. D. Gabriel?</p> - -<p>—Ya le he encontrado a usted muchas veces en la calle, y como no ha -tenido a bien saludarme...</p> - -<p>—Es que no habré visto a usted —me contestó melosamente—. Ya sabe el -Sr. D. Gabriel que soy más que medianamente ciego... Pues bien: como -decía... El Gobierno ha tenido a bien remunerar los buenos servicios de -usted.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>—¡Mis buenos -servicios! —exclamé asombrado—. ¿Y qué buenos ni malos servicios he -prestado yo al Gobierno?</p> - -<p>El Gran Capitán y su esposa, con medio palmo de boca abierta, -prestaban gran atención.</p> - -<p>—Modestito es el joven —prosiguió Lobo con aquel artificioso -sonreír, que le hacía más feo, si es que cabía aumento en las -dimensiones infinitas de su fealdad—. Yo he oído que usted se lució -mucho en la batalla de Bailén, y no sé si también en la de Trafalgar, -donde parece que mandó un par de fragatitas o no sé si un navío.</p> - -<p>Prorrumpí en risas, y los dos ancianos, mis amigos, miráronse uno a -otro con espontánea admiración por mis inéditas hazañas.</p> - -<p>—Sí... algo de esto ha llegado a oídos del justiciero Gobierno que -nos rige, y las Comisiones ejecutivas de la Junta se disputan cuál de -ellas echará el pie adelante en esto del recompensar a usía.</p> - -<p>—Hola, hola, ¿también soy usía? Pues esto sí que me llena de -asombro.</p> - -<p>—Pero sea lo que quiera, amigo mío —continuó el leguleyo—, ello es -que se ha decidido darle a usía un empleo en América, al inmediato -servicio del señor virrey del Perú.</p> - -<p>—¿Trae usted mi nombramiento? —dije comprendiendo al fin de dónde -venía todo aquello.</p> - -<p>—No: hoy solo vengo a notificarle a usía este gran suceso, y a -advertirle que cualquier cantidad que necesite para preparar su -viaje,<span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span> me la pida con -franqueza, pues tengo orden de la... digo, del Gobierno, para entregar -a usted lo que tenga a bien pedirme, previo recibito que me extenderá -vuecencia.</p> - -<p>—¿También soy vuecencia? —dije recreándome en la estupefacción de -mis dos amigos.</p> - -<p>—El nombramiento —prosiguió— lo tendrá usía dentro de dos o tres -días; pero le advierto que es voluntad de la Junta Suprema que el señor -D. Gabriel se haga a la vela al punto para las Américas, donde pienso -que es de gran necesidad su presencia.</p> - -<p>—Bueno —repuse—; pero entre tanto, yo le ruego al Sr. de Lobo diga a -la Junta que no me hace falta dinero, y que muchas gracias.</p> - -<p>—Eso no está bien —dijo Doña Gregoria muy incomodada—. Pero, tonto, -si te lo dan, recíbelo y guárdalo sin averiguar de dónde viene. Estas -cosas no pasan todos los días. Apuesto a que la Junta ha sabido lo de -tus latines y te manda allí para que enseñes esa lengua a los salvajes, -con lo cual se convertirán todos. ¿No es verdad, Sr. de Zorro, que así -ha de ser?</p> - -<p>—No me llamo Zorro, sino Lobo —repuso este—, y hará muy bien el Sr. -D. Gabriel en tomar lo que le haga falta, pues a su disposición lo -tiene.</p> - -<p>—Pues bien —dije yo—: vaya usted de mi parte a la señora Junta -que le dio tan buen recado para mí, y dígale que para servir a la -patria y al rey, yo no pensaba pasar a América, sino al ejército del -Centro y de Aragón, en cuyo reino pienso quedarme y no volver a<span -class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> Madrid mientras viva. Para -este viaje no se necesitan gastos.</p> - -<p>—¿Y qué va a hacer el Sr. D. Gabriel en el ejército de Aragón? -Aquello está mal —dijo Lobo—. Por el de la izquierda no andan mejor las -cosas, y después de la batalla que hemos perdido en Espinosa de los -Monteros, nuestras tropas quedan reducidas a nada, y Napoleón vendrá a -Madrid.</p> - -<p>—¡Eso será lo que tase un sastre! —exclamó el Gran Capitán echando -chispas—. ¿Quién hace caso de los papeles?</p> - -<p>—Desgraciadamente —continuó Lobo—, esa sensible derrota no puede -ponerse en duda.</p> - -<p>—Pues yo la pongo —afirmó Fernández rompiendo un plato que al -alcance de la mano tenía sobre la mesa—. Sí, señor: yo la pongo en -duda; y es más, yo la niego.</p> - -<p>—El señor —dijo Doña Gregoria— seguramente no sabe quién eres tú y -el cómo y cuándo de lo bien enterado que estás de todo.</p> - -<p>—Yo sé la noticia por buen conducto y aseguro que es indudable -—indicó Lobo—. El Secretario del ramo de Guerra me lo ha dicho.</p> - -<p>—Buen caso hago yo del Secretario del ramo de Guerra —dijo Fernández -amoscándose en grado supino.</p> - -<p>—Vamos, no porfíes, Santiago... —añadió Doña Gregoria—. Estás más -encarnado que pimiento de Calahorra, y no está bien que te dé el reúma -en la cara por una batalla de más o de menos.</p> - -<p>—Pues que no me falten al respeto. ¡Esto de que le insulten a uno -en su propia casa...!<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span> -—dijo Fernández dando un puñetazo en la mesa—. Porque digan lo que -quieran, donde menos se piensa salta un espía de los franceses, ¡y -Madrid está lleno de traidores!</p> - -<p>Asustado Lobo del enérgico ademán de Don Santiago, no quiso insistir -en lo de la derrota, y proclamó muy alto que la batalla de Espinosa -de los Monteros había sido ganada y reganada y vuelta a ganar por -los españoles, oyendo lo cual se apaciguó nuestro veterano de las -portuguesas campañas y habló así:</p> - -<p>—Me parece que tiene uno autoridad para decir quién gana y quién -pierde en esto de las batallas... y todos no entienden de achaque de -guerra... y una acción parece derrota de diablos, hasta que viene una -persona inteligente y la explica, y resulta victoria de ángeles... y -no digo más, porque sé dónde me aprieta el zapato; y en Espinosa de -los Monteros lo que hubo fue que todos los franceses echaron a correr, -y el hi... de mala mujer que me desmienta, sabrá quién es Santiago -Fernández.</p> - -<p>Dijo y levantose, cantando entre dientes un toquecillo de corneta; -y dirigiéndose luego a donde desde lueñes edades tenía su lanza, la -cogió, y con un paño la empezó a limpiar del cuento a la punta, dándole -repetidas friegas, pases y frotaciones, sin atender a nosotros ni cesar -en su militar cantinela. En tanto Lobo, que en todo pensaba menos en -llevarle la contraria, continuó hablándome así:</p> - -<p>—Ahora, Sr. D. Gabriel, me resta tocar otro punto, y es que me diga -usted algo de su parentela y abolengo, porque es preciso sacarle<span -class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> una ejecutoria. Con -diligencia, el Becerro en la mano, y un calígrafo que se encargue del -árbol, todo está concluido en un par de días.</p> - -<p>—Mi madre entiendo que lavaba la ropa de los marineros de guerra —le -contesté—, y hágamela su merced Duquesa del Lavatorio, o para que suene -mejor de <i>Torre-Jabonosa</i>, o de <i>Val de Espuma</i>, que es un -lindísimo título.</p> - -<p>—No es broma, señor mío. Al contrario, el destino que usted lleva al -Perú, no puede dársele sin una información de nobleza. Es cosa fácil. Y -de su papá de usted, ¿qué noticias se pueden encontrar en la tradición -o en la historia?</p> - -<p>—¡Oh! Mi papá, Sr. de Lobo, si no mienten los pergaminos que se -guardan en el archivo de mi casa, y están todos roídos de ratones -(lo cual es muestra de su mucha ranciedad), fue cocinero a bordo de -la goleta <i>Diana</i>, por lo cual le cae bien un título que suene -a cosa de comida... pero ahora recuerdo que un mi abuelo sirvió de -alquitranero en la Carraca, y puede usted llamarle el Archiduque de las -<i>Hirvientes Breas</i>, o cosa así.</p> - -<p>—Usted se chancea, y la cosa no es para burlas. ¿Su apellido...?</p> - -<p>—Los tengo de todos colores. Mi madre era Sánchez.</p> - -<p>—¡Oh! Los Sánchez vienen de Sancho Abarca.</p> - -<p>—Y mi padre López.</p> - -<p>—Pues ya tenemos cogidos por los cabellos a D. Diego López de -Haro y a D. Juan López de Palacio, ese famosísimo jurisconsulto -del<span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span> siglo <span -class="allsmcap">XV</span>, autor de las obras <i>De donatione -inter virum et uxorem, Allegatio in materia hæresis, Tractatum de -primogenitura...</i></p> - -<p>—Pues de ese caballero vengo yo como el higo de la higuera. También -me llamo Núñez.</p> - -<p>—Por las alturas genealógicas de usted, debe de andar el juez de -Castilla Nuño Rasura. ¿Y no hubo algún Calvo en su familia?</p> - -<p>—¿Pues no ha de haber? Mi tío Juan no tenía un pelo en la cabeza. -También me llamo <i>Corcho</i>, sí, señor: yo soy nada menos que un -<i>Corcho</i> por los cuatro costados.</p> - -<p>—Feísimo nombre del cual no podemos sacar partido. Si al menos -fuera Corchado... pues hay en tierra de Soria un linaje de Corchados, -que viene de la familia romana de los <i>Quercullus</i>. En lugar del -<i>Corcho</i> le podemos poner al Sr. Gabrielillo un <i>Encina</i> o -<i>Del Encinar</i>, que le vendrá al pelo.</p> - -<p>—A mi madre la llamaban la señora María de Araceli.</p> - -<p>—¡Oh, bonitísimo! Esto de Araceli es bocado de príncipes, y más -de cuatro se despepitarían por llevar este nombre. Suena así como -Medinaceli, <i>Cœlico Metinensis</i>, que dijo el latino. No necesito -más.</p> - -<p>A todas estas, Doña Gregoria no sabía lo que le pasaba oyendo el -diálogo de linajes; y absorta y suspensa aguardaba en silencio en qué -vendría a parar todo aquel belén de mis apellidos.</p> - -<p>—Que es de buena sangre el niño, no lo puede negar —dijo al fin—, -porque bien se conoce en la nobleza de su condición; que hartos<span -class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span> hoy por ahí llenos de -harapos, y a lo mejor salen con la novedad de que son hijos de un -Duque. Aquí estoy yo, que tampoco doy mi brazo a torcer, pues los -Conejos de Navalagamella no son ningún saco de paja.</p> - -<p>—¿Qué Conejos son esos, señora mía?</p> - -<p>—El mejor linaje de toda la tierra. Yo soy Coneja por los cuatro -costados. El señor licenciado sabrá de qué fuentes antiguas vendrá este -arroyo genealógico de la Conejería.</p> - -<p>—Como estos gazapos —contestó el licenciado— no vengan de aquellos -tiempos remotísimos en que a España la llaman <i>cunicullaria</i>, es -decir, <i>tierra de los conejos</i>, no sé de dónde pueden venir.</p> - -<p>—Así debe de ser. ¿Y el Sr. D. Gabriel, de dónde viene?</p> - -<p>—Eso lo dirá el Becerro. Ahora veo que este señor de Araceli no -es cualquier cosa, y aquí en dos palotadas hemos encontrado robustas -columnas donde apoyar la grandiosa fábrica de su alcurnia. Pero -hablando de otra cosa, Sr. de Araceli, ¿quién me abonará los gastos de -la saca de ejecutoria? ¿Usted o la persona que me ha dado el encargo de -hacer estas diligencias y de ofrecer el dinero?... Porque los gastos no -son una bicoca. Además, esta comisión tan bien desempeñada, ¿no merece -alguna recompensa? Yo creo que la dará la señora Con... quiero decir, -la Junta central, que es quien aquí me ha enviado.</p> - -<p>—Más vale que el señor licenciado no se tome el trabajo de revolver -papeles ni pintar árboles; pues yo no se lo he de pagar, y ese<span -class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span> dinero que me ofrece -tampoco lo he de tomar.</p> - -<p>—Eso sí que no lo consiento —manifestó Doña Gregoria—. No ha de ser -así. Santiago, oye lo que dice este porro.</p> - -<p>—Usted lo meditará mejor —dijo el leguleyo levantándose—. En cuanto -a mí, espero ganar algo en estos jaleos, porque, amigo mío, ¿cómo se da -de comer a diez hijos, mujer y dos suegras? Dentro de unos días volveré -a traer a usted el nombramiento, y un poco más tarde la ejecutoria. Y -en cuanto al dinero, con ponerme dos letritas...</p> - -<p>—Bueno —respondí, considerando que me convenía disimular por de -pronto mis intenciones—. Yo haré lo que me parezca, y nos veremos, Sr. -D. Severo.</p> - -<p>—Adiós, mi querido e inolvidable amigo —dijo deshaciéndose en -cumplidos—. Que esto sirva para estrechar más los lazos de la dulce -amistad que desde ha tiempo nos profesamos.</p> - -<p>—Sí, desde el Escorial.</p> - -<p>—Justamente. Desde entonces le eché el ojo al Sr. de Araceli, y -comprendiendo sus excelentes prendas, lo diputé por grande amigo mío. -Venga un abrazo.</p> - -<p>Se lo di, y fuese tan satisfecho. Entre tanto, habían acudido a -casa del Gran Capitán los vecinos, traídos todos por el olor de mi -estupendo destino y del encumbramiento novelesco, que ninguno quiso -creer si Doña Gregoria no lo jurara en nombre de todos los Conejos de -Navalagamella.</p> - -<p>—¿Que no lo creen ustedes? —decía el Gran<span class="pagenum" -id="Page_104">p. 104</span> Capitán a las niñas de Doña Melchora—. Como -que me lo han hecho virrey del Perú.</p> - -<p>—¡¡¡Virrey del Perú!!!</p> - -<p>—Sí... y no quedó cosa que no sacó aquí ese señor de Lobo, Zorro o -Leopardo —añadió Doña Gregoria—. Y ahora parece que está tan clara como -la luz del sol la nobleza de este niño. ¡Si vieran ustedes la sarta -de duques, condes y marqueses que han aparecido entre sus abuelos! -¡Jesús, y quién lo había de decir!... Y le dan todo el dinero que -quiera pedir por esa boca... Como que pretenden que se vaya prontito -para las Américas a arreglar a aquella gente, que anda toda revuelta... -¿No te lo decía yo, picaronazo? Alguna cosa gorda te tenía reservada -el Señor por ese tu buen natural... ¡y que eres tú tonto en gracia de -Dios!... Nada, nada, toda esa parentela que te ha salido hirviendo como -garbanzos en puchero, te está muy bien merecida.</p> - -<p>—Pues convídenos el señor perulero a piñones —dijo Doña Melchora.</p> - -<p>—¿De modo que ya no coges el fusil? —me dijo D. Roque.</p> - -<p>—Y ahora hace falta —añadió Cuervatón—. Pronto tendremos aquí a ese -infame <i>córcego</i>.</p> - -<p>—Sí, porque lo de Espinosa de los Monteros ha sido un menudo -descalabro.</p> - -<p>—¡Cómo descalabro! —exclamó furiosamente una voz, que no necesito -decir a quién pertenecía.</p> - -<p>—Sí, señor, un descalabro. Ya lo sabe todo el mundo. La retirada fue -además desgraciadísima, y ha perecido mucha gente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span>D. Santiago -Fernández, que ya estaba de muy mal humor, se puso en punto de -caramelo, y después de dudar durante un rato si contestaría a tales -insolencias con un abrumador desprecio o con enérgicas negativas, -decidiose por lo último, diciendo:</p> - -<p>—En esta casa no se consiente gente perdida, porque juro y rejuro -que los que hablan así de la batalla de Espinosa de los Monteros, -son espías de los franceses, y no digo más. Basta de disputas: cada -uno meta su alma en su almario... y silencio, que aquí mando yo, y -cuidadito con lo que se habla, que a mi no se me falta al respeto.</p> - -<p><i>Conticuere omnes.</i></p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch10"> - <h2 class="nobreak">X</h2> -</div> - -<p>Quiere el buen orden de esta narración, que ahora deje a un lado la -gran figura del Gran Capitán, con cuyas eminentes dimensiones se llena -toda la historia de aquellos tiempos; que también pase en silencio, por -ahora, no solo las hazañas que piensa realizar, sino sus admirables -sentencias y el dictamen profundo que sobre los asuntos de la guerra -daba; y que poniendo punto en todas estas cosas, pase a ocuparme de -D. Diego de Rumblar. Es el caso que una noche encontrele camino de -la calle de la Pasión, y al instante me cosí a<span class="pagenum" -id="Page_106">p. 106</span> su capa, resuelto a seguirle hasta la -mañana, si preciso era.</p> - -<p>—¡Oh, Gabriel! ¡Qué caro te vendes! Chico, toma tus dos reales. No -me gustan deudas.</p> - -<p>—¿Ya ha salido usted de apuros? No será por lo que le haya dado el -Sr. de Cuervatón.</p> - -<p>—¡Miserable usurero! No pienso pedirle más, porque ahora tengo todo -lo que me hace falta. ¿A que no sabes quién me lo da? Pues me lo da -Santorcaz.</p> - -<p>—Eso es raro, porque yo suponía al señor D. Luis más en el caso de -recibir que de dar.</p> - -<p>—Pues ahí verás tú. Ahora tiene mucho dinero, sin que sepa yo de -dónde le viene. Parece un potentado el tal Santorcaz. ¡Cuánto me quiere -y con cuánto talento me indica todo lo que debo hacer! Habías de verle -cómo me ofrece dinero y más dinero, por supuesto, dándole un recibito -en toda regla. Ayer me prestó mil y quinientos reales que necesitaba -para comprarle un collar de corales a la Zaina.</p> - -<p>—¿Y es posible que gaste usted su dinero en tales obsequios, cuando -tiene una tan linda novia con quien se ha de casar?...</p> - -<p>—¡Qué quieres, chico! una cosa es el noviazgo, y otra es tener uno -una mujer... pues. La Zaina me vuelve loco.</p> - -<p>—¿Pero no se casa usted?</p> - -<p>—¿Pues no me he de casar? Por de contado. Me parece que alguien -de la familia se opone; pero no me apuro mientras tenga de mi parte -a la Marquesa. El casamiento es indispensable, porque es cosa de -conveniencia.<span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span> Mi -madre me dice en todas sus cartas que si no me caso pronto, me abrirá -en canal. La boda sobre todo; pero lo cortés no quita a lo valiente... -¿Has conocido mujer más salada, más seductora que la Zaina?</p> - -<p>—Pues yo he oído, y esto lo digo para que usted se ande con tiento, -que el Sr. de Mañara es el cortejo de la Zaina.</p> - -<p>—Así se dice... ¡pero a mí con esas!... Puede que en un tiempo mi -amigo D. Juan tuviera ese capricho; pero ya no hay tal cosa.</p> - -<p>—Y que D. Juan salía al amanecer de casa de la Zaina, cierto es, -porque yo lo he visto.</p> - -<p>—Nada de eso hace al caso —repuso Don Diego con petulancia—. Lo que -es hoy, Ignacia se está muriendo por el que está dentro de esta capa. -Ya verás esta noche cómo no me quita los ojos de encima. Además, yo sé -que Mañara bebe los vientos por otra mujer.</p> - -<p>—¿Por otra?</p> - -<p>—Mejor dicho, por dos. Mañara ha vuelto a enredarse con la señora -aquella que fue causa de un escándalo el año pasado, según oí contar, -y además anda en tratos con la María Sánchez, hermana de la Pelumbres. -Y que con la Zaina no tiene nada, lo prueba que anoche se pusieron de -vuelta y media en casa de esta. ¡Bonito pañuelo de encajes, y bonita -mantilla blanca lució en los novillos de anteayer la Pelumbres! Todo -es regalo de Mañara, y anoche estuvieron juntos en la cazuela del -Príncipe, y fueron después a cenar en casa de la González. De modo que -nadie me disputa hoy a mi Zainita de mi alma.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span>En esto llegamos -a casa de la semidiosa de las coles, lechugas y tomates, y vímosla -trasegando, de un pequeño tonel a media docena de botellas, una buena -porción de aguardiente, al cual, como católica cristiana, administraba -el primer sacramento con el Jordán de un botijo que allí cerca tenía. -Lejos de ella, y a otro extremo de la salita, se calentaban junto a -un braserillo el tío Mano de Mortero (padre de la Zaina), Pujitos y -el simpático cortador de carne, a quien llamaban Majoma, los tres muy -enredados en una calurosa conversación sobre los negocios públicos. Sin -hacer caso de aquel grupo, que a su vez no lo hacía de los visitantes, -D. Diego y yo nos fuimos derechamente a la Zaina, y aquí me corresponde -hacer de ella la más exacta pintura que esté a mis cortos alcances.</p> - -<p>Era Ignacia Rejoncillos la más hermosa escultura de carne humana que -he visto; y digo esto, no porque yo la viese jamás en aquel traje que -suelen usar la Venus de Médicis, la de Milo ni otras marmóreas damas -por el mismo estilo, sino porque claramente se le traslucían, a favor -de los vestidos de entonces, la corrección, elegancia y proporcional -forma de las distintas partes de su cuerpo; que el traje, lejos de -afear estas femeninas esculturas, antes bien las hermosea, y más -admirables son supuestas que vistas.</p> - -<p>Guapísima de rostro, tenía un blanco nacarado, sin que jamás se -hubiese puesto otro afeite que el del agua clara, y unos ojos chispos, -pardos, adormecidillos, tan pronto lánguidos<span class="pagenum" -id="Page_109">p. 109</span> como enardecidos, de esos medio santurrones -y medio borrachos, que suelen encontrarse viajando por tierra de -España, detrás del cajón de una plazuela, al través de las rejas de -un convento, y para decirlo todo de una vez, lo mismo en cualquier -paraje público que privado. Aunque algo chatilla, sus dientes de -marfil, su linda boca (que era puerta de las insolencias), su garganta -y cuello alabastrino, bastaban a oscurecer aquel defecto. Las manos -no eran finas, como es de suponer; pero sí los pies, dignos de reales -escarpines, y tenía además otro encanto particularísimo, cual era el de -una voz suave, pastosa y blanda, cuyo son no es definible, y a quien -daba mayor gracia lo incorrecto de la pronunciación y los solecismos -que embutía en el discurso.</p> - -<p>—Querida Zaina —le dijo amorosamente D. Diego—, anoche soñé -contigo.</p> - -<p>—Y yo con las monas del Retiro —contestó ella.</p> - -<p>—Soñé que me querías mucho, y cuando desperté estuve llorando media -hora al ver que todo era sueño.</p> - -<p>—¿Y cuánto me quiere su merced? Lo que es yo, estoy toda muerta, y -tengo el corazón hecho un ginovesado de tanto quererle.</p> - -<p>—¡Si dijeras verdad, ingrata Proserpina, orgullosa Juno, artificiosa -Circe! Tu corazón es de duro diamante o risco, y en vano mi amor quiere -traspasarle con los acerados dardos de su carcaj.</p> - -<p>—¿Qué motes son esos que me ha puesto, señor Conde? —exclamó la -Zaina riendo a carcajada<span class="pagenum" id="Page_110">p. -110</span> tendida—. ¡Puerco-espina yo! ¿Y qué es eso de los carcajales -y de los diamantes duros?</p> - -<p>—Esto lo he oído en una poesía que leyeron esta noche en la Rosa -Cruz, y a ti te viene de molde. Dime: ¿por qué no me contestaste a la -tiernísima carta que te escribí el otro día?</p> - -<p>—¿Yo contestar, hombre de Dios? Así cuervos se lo coman. ¿Cómo he -de contestar si no sé escribir? Allí leyeron el papel los amigos, y -tuvieron dos horas de fiesta y risa con aquello del llagado corazón de -su merced, y que yo era una paloma torcaz y una ruiseñora, y que me -tiene un amor edial y pantásmico.</p> - -<p>—¡Ideal y fantástico! decía la carta, lo cual significa que te -quiero con amor puro y platónico, sin mezcla de ningún liviano -apetito.</p> - -<p>—¡Ande y que le den garrote! No me hable usía en lengua gringa que -no entiendo.</p> - -<p>—¿Y qué te han parecido los corales?</p> - -<p>—¿Los colares? Mazníficos, como ahora se dice. Solo que ya podía -usía haberlos acompañado de la friolera de un par de zarcillos y de una -peineta de carey de las que hoy se usan. Y no se olvide mi Condito del -alma que me ha prometido un coche pa dir el lunes a los novillos, ni -de aquellas doce varas de cotonía para hacerme lo que llaman ahora un -<i>savillé</i>. Si no, manque se güelva irmitaño y alacoreta, como dice -en su cartapacio, no le he de querer.</p> - -<p>—Todo eso tendrás, y aun mucho más —dijo D. Diego tomándole un -brazo.</p> - -<p>—En el ínterin, manos quietas, Sr. D. Diego, que quien es platono y -pantásmico, como usía dice, no ha de gustar de pelliscar carne<span -class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span> fofa como la mía. Pero -venga acá y contésteme. ¿Se afirma en lo que anoche me contó del Sr. de -Mañara?</p> - -<p>—Punto por punto, Zainilla de mis entrañas.</p> - -<p>—No es que me importe nada de lo que hace ese calaverilla —añadió la -verdulera—, sino que una amiga mía quiere saberlo.</p> - -<p>—Pues dile a tu amiga que el Sr. de Mañara no la quiere ya, porque -está enamorado de una cierta Duquesa y de la Pelumbres, entrambas a -dos.</p> - -<p>—¡Duquesitas a mi! —exclamó Ignacia, haciendo un gesto aterrador -con su derecha mano—. Si es la señora que usía nombró anoche... ya, ya -la conozco bien. Hace dos años solía ir en ca la Primorosa con otra -amiguita suya, Condesa o no sé qué, alta y morena, y con la Pepilla -González, comicastra del teatro del Príncipe. ¡Pues no armaban mal -jaleo entre las tres!... ¿Y también está con la Pelumbres?</p> - -<p>—No: con su hermana Mariquilla: me equivoqué. Eso todo el barrio lo -sabe. ¡Pues no está poco satisfecha Mariquilla! Pero deja eso que nada -te importa, Zaina. ¿Me quieres mucho?</p> - -<p>—¡Pues no le he de querer, niño —respondió la Zaina sin mirar a D. -Diego—, si tengo el corazón que no parece sino que en él me enclavan -alfineres!... ¿Vendrá D. Juan esta noche?</p> - -<p>—¿A ti qué te va ni te viene, capullito de rosa?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>Diciendo esto, D. -Diego volvió a extender los alevosos dedos para pellizcarla el brazo; -pero en esto alzó la voz el tío Mano de Mortero, diciendo:</p> - -<p>—¿Ya estamos de secreticos? A bien que el Sr. D. Diego es un -caballero muy apersonado y principal, y viene acá con buenos fines. -Nacia, no seas ortiguilla ni te pongas tan picona con mi señor Conde; -que si su grandeza te quiere dar un pellizco es por ver lo que vas -engordando, y no con intención de ser pesado. Sí, que yo iba a -consentir otra cosa en esta casa de la mesma honradez. Pero ¿dónde -están, señor Conde, las espuelas de plata que me prometió?</p> - -<p>—Mañana, si Dios quiere, las acabará el platero —dijo D. Diego -acercándose al grupo.</p> - -<p>—¿No sabe usía las noticias que corren?</p> - -<p>—Que se ha perdido una batalla en Espinosa de los Monteros.</p> - -<p>—Y parece que también anda mal el ejército de Castaños, y que ya -Napoleón va sobre Burgos.</p> - -<p>—Todo eso es misa rezada —dijo Pujitos— porque ya tenemos en -Portugal obra de veinte mil inglesones, que manda uno a quien llaman el -tío <i>Mor</i>.</p> - -<p>—Buen tiempo viene ahora para el comercio, tío Mano —dijo Majoma—. -Con esto de la guerra, los franceses por el lado de acá y los ingleses -por el lado de allá, la fardería corre que es un primor.</p> - -<p>—Dices bien, niñito. La raya de Portugal está hoy que es un bocado -de ángeles, y los<span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span> -comerciantes de Madrid me traen ahora en palmitas. Además de que no -falta género inglés muy barato puesto en Portugal, por la frontera y -por las sierras de Gata y Peña de Francia no se ve un pícaro guarda, -porque todos se han juntado a los ejércitos, de modo que viva mi señora -la guerra mil años, y abajo Napoleón.</p> - -<p>—Como venga a Madrid el infame <i>córcego</i> —dijo Pujitos— se va -a quedar asombrado al ver los batallones que hemos formado acá en un -ráscate ahí. ¿Han dido ustedes al enjercicio de hoy? ¡Válgame mi Dios y -qué tropa! Aquello metía miedo, y si en vez de palos llegamos a tener -fusiles, nosotros mesmos nos hubiéramos asustado de nosotros mesmos, -echando a correr por todo el campo de Guardias palante.</p> - -<p>—Pues yo no me he querido enganchar —dijo Majoma— porque una peseta -es poco, y si el tío Mano de Mortero me lleva a la raya, mejor estoy -allí que en Flandes; y dejémonos de coger las armas, que por haberlas -tomado una vez contra un alguacil, me han tenido diez años mirando a la -Puntilla<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a> -y a los Farallones<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" -class="fnanchor">[2]</a> con una cuenta de rosario en los pies, que -si no es por la jura de mi D. Fernando VII, allá me comen los cínifes -otros diez.</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Cabo en -la entrada de Melilla.</p> - -</div> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Peñasco -en la entrada de Melilla.</p> - -</div> - -<p>—Eso no debe apesadumbrarte, Majomilla —dijo Mano de Mortero—, -que es de personas cabales el pasear la vista por los Farallones, -y testigo soy yo, que aunque no fui allá por<span class="pagenum" -id="Page_114">p. 114</span> el aquel de ninguna sangría mal dada, como -tú, echáronme dos años por mor de un paseo a caballo en compañía de -cuarenta quintales de hilo de patente, con su <i>Londón</i> y todo, que -metí allá por Alcañices. Pero, hijo, acá estamos todos, y Dios y la -Virgen nos acompañen para no tener que llevar en los tobillos aquellas -telarañas de a dos arrobas, que es el peor corte de polainas que he -calzado en mi vida.</p> - -<p>Llamaron en esto a la puerta, y vimos entrar al Sr. de Mañara y a -Santorcaz, el primero vestido elegantísimamente de majo, con capa de -grana y sombrero apuntado.</p> - -<p>—¡Gracias a Dios que parece su eminencia por acá! —dijo el padre de -la Zaina acercándole una silla a Mañara.</p> - -<p>—Ya sabrán ustedes que le tenemos de Regidor de Madrid —gritó -Santorcaz.</p> - -<p>—¡Regidor el Sr. de Mañara!</p> - -<p>—¡Que viva mil años! —exclamaron todos.</p> - -<p>—Así es. La sala de alcaldes me ha nombrado —respondió D. Juan—, y -es probable que acepte.</p> - -<p>—¿Y no se suspenderán los novillos del lunes? —preguntó con mucho -interés Majoma.</p> - -<p>—Como yo mande, habrá novillos, aunque tengamos a las puertas de la -plaza a todos los emperadores del mundo.</p> - -<p>—¡Viva el Regidor!</p> - -<p>—Y dígame usía, angelito de mi alma —preguntó el tío Mano de Mortero -con visible enternecimiento—, esos probecitos que hace dos meses están -en la cárcel de Villa porque jugaron a la pelota con seis pellejos de -vino<span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span> por sobre las -tapias de Gilimón; esos probecitos corderos, que son más buenos que el -buen pan y más caballeros que el Cid, ¿no merecerán de su generosidad -que les quite del mal recaudo en que se hallan? ¡Ay, mis queridos -niños! ¡Y cómo se me aguan los ojos y se me arruga el corazón al verlos -entre rejas! ¿Cómo no, excelentísimo señor, si les he criado a mis -pechos y enstruido con mis liciones y enderezado con mis palos? No -parece sino que su carne es mi carne, y mal haya el que los vio tan -listos de piernas como de ojos por Peña de Francia, y ahora los ve con -los brazos cruzados, entre alguaciles, carceleros y toda esa canalla -que debería estar frita en aceite para que todo el mundo anduviera en -regla.</p> - -<p>—Sosiéguese el buen Mortero —dijo Mañara—, que si de algo vale mi -influjo, abrazará pronto a sus amigos.</p> - -<p>—¡Que suba al quinto cielo el Sr. D. Juan, y juro que le he de traer -la mejor muda de camisas en pieza que ha tapado carne de Corregidor -desde que el mundo es mundo! Ea, a bailar, a cantar. Nacia, trae -aquello blanco del barrilito que apandamos en este viaje.</p> - -<p>—¿No han venido Menegilda, ni Alifonsa, ni Narcisa? —preguntó -Mañara—. Esto está más triste que un entierro. Tú, Zainilla, echa unas -boleras para hacer boca.</p> - -<p>—¡Yo, yo boleras! —repuso la Zaina con tono desapacible y mal -humorado—. No me pide el cuerpo boleras.</p> - -<p>—Échalas por amor de Dios.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span>—Digo que no me da -la gana. ¿Soy figurilla de tutili-mundi?</p> - -<p>—Nacia —dijo gravemente el padre de la consabida—, no se contesta -de esa manera, y pues el señor Regidor de mi alma lo manda, cantarás, -aunque te pudras.</p> - -<p>—Un par de seguidillas al menos.</p> - -<p>La Zaina cambió de parecer, y rasgueando una guitarra, cantó:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">Todas las duquesitas</div> - <div class="verse indent0">De los madriles,</div> - <div class="verse indent0">No sirven pa calzarme</div> - <div class="verse indent0">Los escarpines.</div> - <div class="verse indent2">Dale que dale</div> - <div class="verse indent2">Y póngame esa liga</div> - <div class="verse indent2">Que se me cae.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>—¡Otra, otra! Tiene en el cuerpo esta maldita Zaina toda la gracia -del mundo.</p> - -<p>La Zaina continuó:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">Señora principesa</div> - <div class="verse indent0">De panza en trote,</div> - <div class="verse indent0">Las sobras que yo dejo</div> - <div class="verse indent0">Usted las coge.</div> - <div class="verse indent2">Viva quien vive.</div> - <div class="verse indent2">Le regalo ese peine</div> - <div class="verse indent2">Que no me sirve.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Aquí fue el batir palmas y el patear suelos y el romper sillas, con -tanto estruendo y algazara que no parecía sino que la casa se venía al -suelo. La Zaina arrojó después lejos de sí la guitarra con tal fuerza, -que aquel sensible instrumento, al dar violentamente contra una<span -class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> silla, lanzó un quejido -lastimero y se le saltaron dos cuerdas. Acto continuo sentose junto -a D. Diego. Pero la exactitud de esta narración exige que ahora los -deje en su amoroso coloquio, ella hecha toda lenguas y él embobado y -suspenso, para que pase a decir cómo entraron metiendo mucho ruido la -Menegilda, la Alifonsa y la Narcisa, que con ser solo tres, no parecía -sino que entraban por las puertas todos los demonios del infierno.</p> - -<p>—Tarde venís, ninflas —dijo Mano.</p> - -<p>—Sí, hemos estado picando lomo para las salchichas. Como esta tarde -no lo pudimos hacer por ir al rosario... —contestó una de ellas.</p> - -<p>—Pos yo, por no perder el rosario, cerré mi almacén de hierro —dijo -otra—, y desde prima noche he tenido que andar desapartando los clavos -de herradura de los clavos de puerta.</p> - -<p>—¡Ay, qué bueno ha estado el rosario! ¿Lo has visto, Majomilla?</p> - -<p>—¡Qué había de ver, si me entretuve en el Puente de Toledo, -esperando un cinco de copas que no quería salir, y gancheando a dos -payos de Valmojado que malditos de ellos si sudaban dos cuartos! Pero -lo rezaré mañana, que para el bien nunca es tarde.</p> - -<p>—Ende que lo supimos —dijo la Narcisa— nos plantamos allá. Yo le -mandé al pariente que pusiera el puchero y cuidara de los chicos, y -pies para qué vos quiero. Este rosario lo ha sacado la Congregación -de María Santísima del Carmen de la pirroquia de San Ginés, en<span -class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span> rogativa de las presentes -calamidades. Salió a las dos. ¡Qué lucimiento, qué devoción! Allí iban -todos, desde el señor más estirado hasta el último comiquín, y todos -con su vela. ¿No ha estado usted, Mano de Mortero?</p> - -<p>—¿Qué había de ir, mujer —respondió—, si estoy aquí con el corazón -traspasado por la pena de no haber metido mi cucharada en ese rosario? -Pero pues mi alma lo necesita, mañana tengo de asistir a la función que -da la Cofradía de María Santísima de los Dolores, a quien tengo ley -por los malos pasos de que me ha sacado en bien, intercediendo con su -divino Hijo. Creo que predica mi grande amigote el Padre Salmón.</p> - -<p>—Esa función —añadió Pujitos— es en el convento de Padres dominicos, -y se celebra para implorar el divino auxilio por la felicidad de las -armas de esta monarquía, salud de nuestro S. P. Pío VII y libertad de -nuestro amado Monarca.</p> - -<p>—Justo y cabal —prosiguió Mano de Mortero—; y pues hay procesión, -pienso asistir con vela, que todos, el que más y el que menos, estamos -llenos de pecados, y aun yo, que no hago mal a nadie, allá me voy con -los demás; porque el justo peca tres veces, cuanti más los que no -lo son. Por lo que a mí hace, no tengo comeniente en que Su Divina -Majestad saque en bien los ejércitos, que españoles somos y lo debemos -desear, ni tampoco en que le dé mucha salud y años mil a ese Sr. D. -Pío VII; pero en lo de poner en libertad a Fernando, que es como si -dijéramos, acabarse la guerra,<span class="pagenum" id="Page_119">p. -119</span> por allá me lo tenga un par de añitos más, pues esto de -la guerra, y los franceses por acá y los ingleses por allá, es una -bendición de Dios, y un rocío celestial que el Señor manda a los -probecitos que no tienen dónde ganarlo, si no es poniendo la vida en un -tris y escondiendo las piezas de hilo dentro de las sacas de carbón, -para ver de engañar al fisco, que es el demonio enemigo de nuestras -almas.</p> - -<p>—Mal patriota es el Sr. Mano —dijo enfáticamente Pujitos—, pues ni -coge el fusil ni ruega por la libertad de nuestro amado Monarca.</p> - -<p>—Diez fusiles, que no uno cogeré si es preciso, pues hartos -agujeros, raspones y abolladuras hay en los cuerpos de los guardas, que -podrán dar fe de cómo manejo el gatillo. También quiero y reverencio -a mi querido Rey, pues no puedo olvidar que me apretó la mano el día -que entró viniendo de Aranjuez, ni que le alabó a mi Zainilla el garbo -para tocar el pandero; pero los probes somos probes, y yo pondría a mi -Fernando en siete tronos... Hijo, dame pan y llámame tonto, y como dijo -el otro, el abad de lo que canta yanta.</p> - -<p>—Hoy no vi al Sr. de Pujitos en la formación —dijo Santorcaz -acercándose al grupo.</p> - -<p>—¿Cómo había de ir, compañero —respondió el maestro de obra prima, -que al oírse interpelado sobre aquel asunto recibió más gusto que -si le regalaran tres tronos europeos—; cómo había de ir si todo el -día he estado en el Parque apartando fusiles, contando piedras de -chispa y repasando cartuchos, tan atareado,<span class="pagenum" -id="Page_120">p. 120</span> jeñores, que tengo en los lomos una puntada -que no me deja respirar?</p> - -<p>—¿Y se defenderá Madrid?</p> - -<p>—¡Pues ya! No hay muchos fusiles que digamos; pero se han reunido -un sin fin de sables viejos, muchas lanzas, cascos antiguos del tiempo -del rey que rabió por gachas, cacerolas que pueden servir de escudos, -mazas que para partir cabezas de franceses serán una bendición de -Dios, guanteletes, pinchos, asadores, llaves viejas y otras mil armas -mortíficas.</p> - -<p>—De nada servirá nuestro valor —dijo Santorcaz—, si antes no -acabamos con todos los traidores que hay en Madrid.</p> - -<p>—Lo mismo digo —afirmó Mortero.</p> - -<p>—Por todas partes no se ven sino espías de los franceses, y ahora es -ocasión de que este señor Regidor que aquí tenemos se luzca.</p> - -<p>—Así es la verdad —dije yo—. Sé de muchos que se fingen muy -patriotas, y están vendidos a los franceses. Los que hacen más -aspavientos y dan más gritos, y más gallardean de patriotas, son los -peores. ¿No es verdad, Santorcaz?</p> - -<p>—Pues acabar con ellos.</p> - -<p>—Para eso nos bastamos y nos sobramos —añadió Majoma—. Y vengan -malos patriotas y gabachones, para dar cuenta de ellos.</p> - -<p>—Personajes conozco yo —dijo Mañara— que han de morir arrastrados, -si Dios no lo remedia; y si llego a ser Regidor, ya nos veremos las -caras, señores afrancesados.</p> - -<p>—Esa es la gente más mala —afirmó Santorcaz<span class="pagenum" -id="Page_121">p. 121</span> con mucho desparpajo—, más desvergonzada -y más traidora que hay; y si no ponemos mano en ellos, no saldremos -bien de esta guerra. Porque yo sé que hay quien está tramando abrir las -puertas de Madrid si nos ponen asedio.</p> - -<p>—Pues despacharlos, y se acabó la junción —dijo Pujitos—. En mi -compañía están tan rabiosos, que solo con decir «ese es gabacho», se le -van encima y le quieren despedazar.</p> - -<p>—Los peores —repetí yo, teniendo el gusto de que el tío Mano apoyara -enérgicamente mi opinión— son los que chillan y enredan, y están a -todas horas hablando de traidores; y si no, aquí está Santorcaz, que -conoce a la gente y lo puede decir.</p> - -<p>—Así es, en efecto —repuso el francmasón algo contrariado—; pero que -hay traidores, no tiene duda.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch11"> - <h2 class="nobreak g0">XI</h2> -</div> - -<p>D. Diego, la Zaina y las otras tres damas, no menos que esta -famosas, habían entablado animada conversación, formando otro -corrillo.</p> - -<p>—No se olvide el señor Condito —dijo Menegilda— que nos prometió -traer una noche a su novia.</p> - -<p>—Si yo no tengo novia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span>—Sí que la tiene. -¿No es verdad, Gabriel, que tiene novia?</p> - -<p>—Y más bonita que el sol —respondí acercándome.</p> - -<p>—Vamos, la tengo —dijo Rumblar—; pero no la quiero, Zainilla. No te -vayas a poner celosa.</p> - -<p>—Ya estoy frita con los tales celos, niño mío —contestó la maja—. -Pero ¿por qué no la trae aquí una noche?</p> - -<p>—Antes traerá una estrella del cielo —afirmó Mañara, acercándose al -grupo femenino.</p> - -<p>—D. Diego me ha prometido traerla, y la traerá —dijo Santorcaz, -atraído también por aquel coloquio.</p> - -<p>—Sí —indicó Mañara—: la familia de ese señorito iba a permitir que -una tan delicada doncella viniera a estas casas.</p> - -<p>—¡A estas casas! —exclamó la Zaina—. ¿Estamos en algún presillo? Más -honrada es mi casa, Sr. D. Juan, que muchas de señoras amadamadas, por -donde usía anda en malos pasos.</p> - -<p>—Calla, tonta —dijo Mañara de mal humor.</p> - -<p>—Y buenas princesas ha traído usted a esta casa, y a la de la -Pelumbres y de la Primorosa —añadió Ignacia—. Toas semos unas, y no lo -igo por esa duquesa con quien fue hace dos noches en ca la Pelumbres. -Alifonsa, ¿sabes quién es? ¿Te acuerdas de aquella duquesilla -amojamada, que parece un almacén de huesos? Si D. Juan la trae por -aquí, pondremos una fábrica de botones.</p> - -<p>—¿Qué hablas ahí, zafiota, animal sin pluma? —gritó<span -class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> Mañara con vivo arrebato -de ira—. Habla mejor si no quieres que con tu lengua haga una pantufla -para azotarte la cara.</p> - -<p>—¡A mí con esas el asno Regidor! —vociferó la Zaina—. Después que -le he despreciao, después que he tenido que escupirle en la cara para -que no anduviera tras de mí chupándose la tierra que yo pisaba, ¿ahora -viene con esa? Con las barbas de un usía friego yo los cacharros de la -cocina, y tripas de caballero le echo a mi gato.</p> - -<p>—¡Condenada manola! —dijo Mañara cada vez más colérico—. La -culpa tiene quien te ha dado esas alas y quien con personas bajas -se entretiene. ¿Para qué tomas en tu ruin boca el nombre de señoras -respetables de quien no mereces besar la suela del zapato? ¡Cuidado con -los celitos de la niña!</p> - -<p>—¿Celos yo? —chilló la maja más encendida que la grana—. ¡Por -Dios, que me quiera usted, so pringoso: tomelo por estera y se creyó -cortejo!</p> - -<p>Y diciendo esto, lanzó un salivazo en medio del corrillo.</p> - -<p>—¡Miserable mujerzuela! ¡La culpa tiene quien se arrima a ti, por -hacerte gente siquiera un día!</p> - -<p>—¡Eh, eh! poco a poquito —dijo a este punto el tío Mano de Mortero, -que de espectador indiferente de aquella escena se trocaba en actor -de ella—. Eso de mujerzuela es de gente mal hablada, y aquí no se -habla mal de nadie, y lo que es mi hija tiene su siempre y cuando como -cualquier otra. Que el señor<span class="pagenum" id="Page_124">p. -124</span> D. Juan no nos toque a la honor, porque a mí no me falta -un saco de onzas de oro ensayadas para apedrear a cualquiera. Y tú, -princesa mía, ¿a qué le haces tantos cocos ahora al Sr. de Mañara, -cuando ha pocos días te chiflabas por él, y si alguna noche faltaba su -señoría a hacerte compañía o a ayudarte a rezar el rosario, ponías en -el cielo unos suspiros como catedrales? Anda, que todos son buenos, y -váyase lo uno por lo otro.</p> - -<p>—¿Suspiritos tenemos? —preguntó Mañara con presunción.</p> - -<p>—Y si hubo suspiros —dijo Mortero—, mi hija es una persona de -etiqueta, y los puede echar como cualquiera otra, aunque sea por el -Rey; que si está en el cajón de verduras, es porque quiere, que su -padre ya le ha prometido varias veces ponerla al frente de una casa de -bebidas finas.</p> - -<p>—¡Yo suspirar por ese animal! —dijo la Zaina—. Por lástima le he -mirao una vez cuando iba al cajón a echarme flores.</p> - -<p>—Eso quisieras tú; pero no se estila echar margaritas a puercos.</p> - -<p>La Zaina hizo un movimiento. El demonio fue sin duda quien llevó a -sus irritadas manos una botella de las que en la mesa contigua había, -y disparola con tanta fuerza contra Mañara, que a no apartarse este -vivamente, viéramos allí partida en dos la cabeza más dura que ha -gastado Regidor en el mundo. Levantose este furioso para castigar el -descomedimiento de la Zaina; pero con tanta presteza acudió D. Diego -en defensa de la<span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span> -verdulera, que sobre él cayeron los primeros golpes. Lleno de rabia al -verse aporreado, arremetió contra Mañara, a punto que el tío Mano de -Mortero empezaba a probar la exactitud de su apodo, repartiendo algunos -puñetazos sobre tirios y troyanos. Las majas Narcisa, Menegilda y -Alifonsa declaráronse también en guerra, por dar gusto a las inquietas -manos, y bien pronto de todos los allí presentes no quedó uno que no -llevase su óbolo a tal colecta de golpes y gritos. Era aquello una -bendición de Dios, y juro que jamás habría yo metido mis manos en tal -fregado, si no me incitara a ello una caricia que sentí en mitad de la -espalda, hecha por mano desconocida. Y lo peor fue que Majoma, hombre -ingenioso, inclinado siempre a sacar partido de tales alteraciones del -orden privado, descargó varios palos sobre el candil que la escena -iluminaba, y al punto nos vimos todos de un color. Aquí fue el arreciar -de los puñetazos, y el esfuerzo de los gritos, y el rodar unos sobre -otros; y si bien el peso de un cuerpo nos oprimía a veces, también -el nuestro caía en humanas blanduras, de cuyos choques provenían los -pellizcos, arañazos y demás proyectiles menudos. Por aquí se oían -voces lastimeras; por allá gritos de venganza, y sobre toda especie -de rumores, descollaba la voz estentórea del tío Mano de Mortero, -diciendo:</p> - -<p>—En mi casa no ha de haber escándalos, y el que diga que aquí se -siente el vuelo de una mosca, miente. Vamos, amiguitos: no meter -tanto ruido ni pegar tan recio. Esto es una<span class="pagenum" -id="Page_126">p. 126</span> broma: conque paz y pan, y divertámonos.</p> - -<p>Y a todas estas la vecindad se alborotaba, y en la calle deteníase -la gente curiosa, no porque le hiciera novedad aquel ruido, sino por -gozar de él; y se temió la intervención de la justicia, lo cual hería -al Sr. Mano en lo más delicado de su dignidad. Por fin hubo uno que -pudo dar con la puerta y abrirla y echarse fuera, con lo cual, habiendo -entrado un poco de luz, pudimos vernos. Todo indicaba que íbamos a -tener una visita alguacilesca, lo que me impulsó a coger por un brazo a -D. Diego y echarlo conmigo afuera, y bajar a saltos la escalera hasta -dar con nuestros cuerpos en la calle, por la que nos escurrimos sin -miedo a la corchetería.</p> - -<p>Cuando nos vimos lejos, acortamos el paso, contemplándonos uno a -otro. D. Diego había padecido más averías que yo en la refriega, y -ostentaba en la cara un verdugón hecho por buena mano.</p> - -<p>—¡Maldito de mí! —exclamó tentándose los bolsillos de sus calzones—. -¿Sabes que me han quitado mis dos relojes? ¡Pues también el dinero, -todo el dinero que llevaba!</p> - -<p>—Era de suponer, Sr. D. Diego —le respondí registrándome también—, -pues no salimos de ninguna misa cantada. Y por lo que veo, a mí también -me han desplumado.</p> - -<p>—¿Te quitaron el reloj?</p> - -<p>—No, señor: el reloj no me lo han quitado ni me lo quitarán todos -los cacos del mundo, porque no lo tengo; pero sí perdí un dinerillo; -bien poco, por cierto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span>—¡Dios mío! Sin -relojes, sin dinero... —clamó doloridamente D. Diego—. ¿Con qué -compraré ahora las diez y siete varas de cotonía que quiere la Zaina? -¿Con qué alquilaré el coche para que vaya el lunes a los novillos? Si -Santorcaz no me presta, me moriré.</p> - -<p>—Diez y siete varas de fresno, que no de cotonía, es lo que merece -esa gentuza —le contesté—; pues es necesario estar loco o enamorado -para poner los pies en tales casas.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch12"> - <h2 class="nobreak g0">XII</h2> -</div> - -<p>Como antes indiqué, no pude obtener licencia para salir de Madrid, -porque la Villa, viéndose pronto en gran aprieto, cayó en la cuenta -de que necesitaba de toda su gente para defenderse. ¿Por qué no me -marché? ¿Quién me lo impidió? ¿Quién torció el camino de mi resolución? -¿Quién había de ser sino aquel que por entonces era el trastornador -de todos los proyectos, el brazo izquierdo del destino, el que a los -grandes y a los pequeños extendía el influjo de su invasora voluntad? -Sí: el baratero de Europa; el destronador de los Borbones y fabricante -de reinos nuevos; el que tenía sofocada a Inglaterra, y suspensa a la -Rusia, y abatida a la Prusia, y amedrentada al Austria, y oprimida a -la hermosa Italia,<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> -osó también poner la mano en mi suerte, impidiéndome pasar a otro -ejército.</p> - -<p>Es, pues, el caso, que el D. Quijote imperial y real, como algunos -de nuestros paisanos le llamaban, no sin fundamento, había entrado en -España a principios de noviembre con ánimos de instalar de nuevo en -Madrid la corte botellesca. A él se le importaba poco que los españoles -llamasen tuerto a su hermano, y fijo en el número y fuerza de nuestros -soldados, no atendía a lo demás. Una vez puesto el pie en tierra de -España, no le agradó mucho que el mariscal Lefebvre ganase la batalla -de Zornoza, porque sabido es que no era de su gusto que se adquiriese -gloria sin su presencia y consentimiento. Mandó, sin embargo, al -Mariscal Víctor que persiguiese a nuestro desgraciado Blake, cuyas -tropas se habían reforzado con las del Marqués de la Romana, escapadas -de Dinamarca, y aquí tienen ustedes la batalla de Espinosa de los -Monteros, dada en los días 10 y 11, y perdida por nosotros, por más que -el Gran Capitán, con más celo que buen sentido, se empeñe en negarlo. -¡Ay! No hagan ustedes caso de aquel mi honradísimo y entusiasta amigo, -y crean a pie juntillas que lo de Espinosa fue un gran descalabro, -aunque no sin gloria para nuestras hambrientas, desnudas y fatigadas -tropas. Valientes oficiales perecieron allí, y grandes apuros y -privaciones pasaron todos, sin un pedazo de pan que llevar a la boca, -ni una venda que poner en sus heridas.</p> - -<p>Así sucumbió el ejército de la izquierda,<span class="pagenum" -id="Page_129">p. 129</span> cuyos restos, salvándose por las -fragosidades de Liébana, recalaron por tierra de Campos, para ser -mandados por el Marqués de la Romana. No fue más dichoso el ejército -de Extremadura en Gamonal, cerca de Burgos, pues Bessières y Lasalle -lo destrozaron también el mismo fatal día 10 de noviembre, y el 12 -entraba en la capital de Castilla el azote del mundo, publicando allí -su traidor decreto de amnistía. Aún nos quedaba un ejército, el del -Centro, que ocupaba la ribera del Ebro por Tudela: mandábalo Castaños; -pero nadie confiaba que allí fuéramos más afortunados, porque una vez -abierta la puerta a las calamidades, estas habían de venir unas tras -otras a toda prisa, como suele suceder siempre en el pícaro mundo. -También nos preparaba el cielo en el Ebro otra gran desgracia; pero a -mediados de noviembre, cuando corrieron por Madrid las tristes nuevas -de Espinosa y de Gamonal, aún no se había dado la batalla de Tudela.</p> - -<p>El pánico en Madrid era inmenso, y se creía segura la pronta -presentación del corso en las inmediaciones de la capital. ¿Qué -podía oponérsele? No quedaba más ejército que el del Centro, situado -allá arriba a orillas del Ebro. ¿Quién detendría al invasor en su -marcha terrible? La Junta se desesperaba, y los madrileños creían -acudir a remediar la gravedad de las circunstancias, entusiasmándose. -¡Ay! Después de mandar algunas tropas a los pasos de Somosierra y -Navacerrada, ¿qué ejército de línea quedaba para defender a Madrid? Da -pena el decirlo. Quinientos hombres.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>Los paisanos -armados eran ciertamente muchos; pero había muy pocos fusiles, y de -estos la mitad resultaban inútiles por falta de cartuchos; y ¿con qué -se hacían los cartuchos, si no había pólvora? A esto habíamos llegado -cuatro meses después de la victoria de Bailén. Todo al revés. Ayer -barriendo a los franceses, y hoy dejándonos barrer; ayer poderosos -y temibles, y hoy impotentes y desbandados. Contrastes y antítesis -propias de la tierra, como el paño pardo, los garbanzos, el buen vino -y el buen humor. ¡Oh, España, cómo se te reconoce en cualquier parte -de tu historia, a donde se fije la vista! Y no hay disimulo que te -encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te desfigure, porque -a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde cien leguas con -tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria; con la una mano -empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra.</p> - -<p>—Hola, Gabriel, ¿tú por aquí? —me dijo Pujitos en la Puerta del Sol -el día 20 de noviembre—. Ya sabes que tenemos de Regidor a nuestro -amigo D. Juan de Mañara. Él es el encargado de la cartuchería. ¿Tienes -fusil?</p> - -<p>—Y bueno. ¿Pero todavía no se dice nada de fortificar a Madrid, ni -se trata de abrir fosos y levantar parapetos y abrigos, ya que a esta -villa y corte la hicieron sin murallas ni otra defensa alguna?</p> - -<p>—Todo eso se hará. Pero lo que más urge es la cartuchería y -armas.</p> - -<p>—¿Dónde hacen cartuchos?</p> - -<p>—En varias partes. Allá junto al Colegio de<span class="pagenum" -id="Page_131">p. 131</span> Niñas de la Paz hay más de sesenta personas -trabajando en ello noche y día.</p> - -<p>—Pero de nada nos sirven los cartuchos sin armas, Sr. de Pujitos -—le dije—. Yo conozco muchísimos hombres valientes que no tienen sino -chuzos, pedreñales y espadas llenas de orín.</p> - -<p>—Eso será nonada, y si no nos hacen traición...</p> - -<p>—¡Traición!</p> - -<p>—¡Sí: aquí hay muchos traidores!</p> - -<p>—Ahora, como la gente anda tan exaltada, es común llamar traidores a -los más leales patriotas.</p> - -<p>—Gabriel —dijo deteniéndose en medio de la calle y asomando por -el embozo de su capa un dedo con el cual ciceronianamente acentuaba -sus palabras—, cuando yo lo digo, sabido me lo tengo. ¿Te acuerdas -de lo que se habló hace noches en casa del tío Mano? ¿Te acuerdas -cómo se puso furioso el Sr. de Santorcaz contra los traidores? Pues -hemos descubierto que ese Sr. de Santorcaz o D. Demonio, es espía del -<i>córcego</i>. Velay por qué estaba tan enfoguetado.</p> - -<p>—No es la primera vez que lo oigo.</p> - -<p>—Él les escribe cartas de lo que aquí pasa, y con el dinero que le -dan paga gente alborotadora, que arme querellas entre la tropa. Como -este hay muchos, y se dice que señores muy alcurniados están vendidos -a los franceses. Pero, Gabriel, que se nos amostacen las narices, y -veremos a dónde van a parar. Hay otros que, aunque no son traidores, -son melindrosos, y no quieren lo que llaman <i>Constitución</i>,<span -class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span> la cual se va a poner -ahora pa acabar con el espotismo. ¿Sabes tú lo que es el espotismo? -Pues el espotismo es una cosa muy mala, muy mala. A bien que desde que -acabamos con Godoy y los lairones que con él vivían, se acabaron todas -las picardías, y ahora, luego que demos fin a esto del <i>córcego</i>, -los reinos de España se van a gobernar de otra manera, y estaremos tan -bien, que no nos cambiaremos por los ángeles del cielo.</p> - -<p>Y diciendo esto, dio media vuelta y marchose lejos de mí a toda -prisa. No tardé yo en acudir pronto a la formación de mi compañía.</p> - -<p>Ante las evidentes muestras de alarma que a todas horas se -observaban en Madrid, mal podía el optimismo del Gran Capitán -sostenerse en las ideales regiones donde le hemos visto cernerse, como -el águila de la patria a quien ni el peligro ni el miedo pueden obligar -a abatir su majestuoso vuelo. Ya no era posible negar la derrota de -Espinosa, ni tampoco la de Gamonal, y solo los locos podrían suponer -a Napoleón dispuesto a detenerse en su victorioso camino. Muchos días -resistiose el fuerte espíritu de mi amigo a la evidencia de tantos -descalabros; por muchos días sostuvo que nuestras armas victoriosas -echarían a los franceses con su malhadado Emperador del otro lado del -Bidasoa; por muchos días continuó atribuyendo a los papeles públicos la -pérfida invención de aquellos absurdos acontecimientos que no cabían -en su homérica cabeza; pero al fin la muchedumbre de las noticias -malas, la agitación pública, el pánico de todos, la general<span -class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span> zozobra, y el tumulto y -laberinto de los preparativos de defensa rindieron golpe tras golpe -el formidable castillo de su terquedad, dando en tierra con tantas -ilusiones. El héroe no aparentó desmayar con esto, antes bien se reía -tomando la cosa como una fiesta. Lleno de confianza en la capital, -siempre negaba que Napoleón se atreviese a ponerse delante de los -madrileños, y esta fue una tenacidad que le duró contra viento y marea -hasta el 25 de noviembre, en cuya noche, al retirarse a su casa, -preguntole Doña Gregoria, como siempre, las noticias de la tarde:</p> - -<p>—Nada, mujer —repuso frotándose las manos, y promulgando con -desdeñosas sonrisas la categórica confianza que llenaba su espíritu—. -Nada, mujer: emperadorcito tenemos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch13"> - <h2 class="nobreak g0">XIII</h2> -</div> - -<p>Y el emperadorcito salió de Burgos el 22; detúvose en Aranda el 24; -el 29 estaba en Boceguillas, y, por fin, el 30 llegó a Somosierra.</p> - -<p>En Madrid la alarma crecía en tales términos, que ya en 23 de -noviembre se pensaba en una defensa formal, guarneciendo el circuito -de la Corte para hacer de ella, con el valor de sus habitantes, una -segunda Zaragoza.<span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span> -Era Capitán general de Castilla la Nueva el Marqués de Castelar, y -Gobernador de la plaza D. Fernando de la Vera y Pantoja; pero a este -no se le conceptuaba muy entendido en materias facultativas, y como -se tratara de obras de defensa, fue nombrado para el caso el célebre -D. Tomás de Morla, sucesor de Solano en Cádiz cinco meses antes; -hombre feísimo de rostro, de carácter aparentemente enérgico, aunque -en realidad muy débil. Gozaba en el conocimiento de la artillería de -gran reputación, que aún conserva, pues sus estudios sirven hoy para la -enseñanza de la juventud que a la guerra científica se consagra.</p> - -<p>Morla dirigió las obras de defensa, que consistían en grandes fosos -abiertos fuera de las puertas de Fuencarral, Santa Bárbara, Los Pozos, -Atocha y Recoletos; en aspillerar toda la muralla de la parte Norte; -en desempedrar las calles de Alcalá, Carrera de San Jerónimo y calle -de Atocha para levantar barricadas, y, por último, en fortificar el -Retiro con trincheras y una mediana artillería, la única que teníamos, -pues todo se reducía a unas cuantas piezas de a 6 y poquísimas de a 8. -Esto se hizo precipitadamente a última hora; mas con tanto entusiasmo -y determinación, que la diligencia parecía suplir con creces a la -previsión.</p> - -<p>En las obras trabajaba todo el mundo sin reparos de clase. Las -señoras, no contentas con afiliarse en la Congregación del <i>Lavado -y cosido</i>, dirigieron a las autoridades una exposición en que -se ofrecían a ayudar, <i>ya llevando espuertas de tierra</i>, ya -ocupándose en lo que se<span class="pagenum" id="Page_135">p. -135</span> les mandase. No es esto invento mío, y la exposición existe -impresa, donde el incrédulo podrá verla si aún duda de la grandeza -de ánimo de las señoras de aquel tiempo. Y al decir <i>señoras</i>, -se comprende que no me refiero a aquellas de quienes en otro lugar -de este relato tengo hecha mención, pues las del Rastro y Maravillas -tenían especial gusto en pasearse por todo Madrid arrastrando un cañón -entre seguidillas y chanzonetas: me refiero a las más altas hembras, a -quienes vi empleadas en menesteres indignos de sus delicadas manos.</p> - -<p>De los hombres no hay que hablar, porque todos trabajábamos a porfía -día y noche, sacando tierra de los fosos para construir los espaldones -de la artillería. En poco tiempo quedó la calle de Alcalá tan limpia de -guijarros como tierra de sembradura, y desde las Baronesas al Carmen -Calzado levantamos un parapeto formidable.</p> - -<p>El personal de la defensa era el siguiente:</p> - -<p>1.º Quinientos soldados de línea que apenas bastaban para el -servicio de las bocas de fuego. 2.º Las tropas colecticias formadas por -el alistamiento voluntario de 7 de agosto, y a las cuales pertenecía -un servidor de ustedes (no pasábamos de tres mil hombres). 3.º Los -conscriptos pertenecientes a Madrid en el llamamiento de doscientos -cincuenta mil hombres que hizo la Junta, y cuyo sorteo se verificó en -23 de noviembre. 4.º La milicia urbana llamada <i>honrada</i>, que se -formó por enganche voluntario el 24 del mismo mes.</p> - -<p>Voy a deciros algo de esta conscripción y<span class="pagenum" -id="Page_136">p. 136</span> de estos señores <i>honrados</i>. Hízose -aquella llamando a las armas a todos los ciudadanos desde 16 a 40 años, -y declarando derogadas todas las excepciones que establecían las Reales -Ordenanzas de 27 de octubre de 1800 para el reemplazo del ejército. Se -declararon útiles los viudos con hijos; los hijosdalgo de Madrid; los -nobles que no tuvieran más excepción que su nobleza; los tonsurados -sin beneficio que estuviesen asignados a servicio eclesiástico, para -cuya determinación se cubrió con un velo el Concilio de Trento; los que -disfrutaban capellanía sin estar ordenados <i>in sacris</i> (muchos -de estos eran los llamados <i>abates</i>); los novicios de órdenes -religiosas; los doctores y licenciados, que no fueran catedráticos -con propiedad; los retirados del servicio, y los quintos que hubieran -servido su tiempo; los hijos únicos de labradores; en una palabra, no -se exceptuaba a rey ni a Roque.</p> - -<p>Los <i>honrados</i> eran una milicia sedentaria creada con objeto -de guarnecer las ciudades, para <i>precaver los desórdenes, reprimir -los facinerosos, bandidos, desertores y díscolos, que, perturbando la -pública tranquilidad, intenten saciar su ambición o su codicia</i>.</p> - -<p>De modo que en Madrid tuvimos en 23 de noviembre sorteo para -el reemplazo del ejército, y algunos días después alistamiento de -<i>milicianos honrados</i>. Aquella y esta operación se verificaban de -diez a tres en los claustros de la Trinidad Calzada, de los Mostenses, -de San Francisco, y en los de otros conventos situados en el punto más -céntrico<span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> de cada -cuartel, ante un alcalde de casa y corte o un señor regidor de Madrid, -un oficial militar, un alcalde de barrio y un escribano. Bastaron, -pues, pocos días para que las filas de la guarnición de Madrid se -llenaran con muchos miles de hombres. A la poca tropa de línea y al -regular número de voluntarios ya disciplinados, uniose la muchedumbre -de quintos y la caterva de urbanos, gente toda muy entusiasta; pero -casi en general carecían de fusiles, y estaban tan ignorantes de lo que -habían de hacer como la madre que les echó al mundo.</p> - -<p>Sucedió también que los voluntarios antiguos, aquellos que desde -agosto habían paseado presuntuosamente sus fachas uniformadas por -Madrid, miraron con mal ojo a los <i>honrados</i>, los cuales, -llamándose así, parecían querer resumir en su instituto toda -la honradez española, y hablaban pestes de los antiguos. Los -<i>honrados</i> que no tenían armas, decían que estas debían quitarse -a los antiguos que las tenían; juraban estos entregarlas antes a -Napoleón que a los <i>honrados</i>, y en tanto los quintos recién -sorteados, aquellos infelices viudos, nobles, sacristanes, novicios, -beneficiados sin beneficio y demás gente antes exceptuada, miraban al -cielo, esperando que se les pusiese en la mano alguna cosa con que -matar. En resumen: mucha, muchísima gente de última hora; pocas y malas -armas; ningún concierto; falta de quien supiese mandar, aunque fuese -un hato de pavos; mucho mover de lenguas y de piernas; un continuo -ir y venir,<span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span> con -la añadidura inseparable de gritos, amenazas y recelos mutuos, y la -contera de los gallardetes, escarapelas, banderolas, signos, letreros y -emblemas, que tanto emboban al pueblo de Madrid.</p> - -<p>El aspecto de uno de aquellos claustros en que se verificaba -el alistamiento, era digno de ser eternizado por los más diestros -pinceles. ¡Dichoso yo si con la pluma pudiera dar efímera existencia a -uno de ellos! ¿A cuál? Todos eran igualmente pintorescos; y si alguno -contenía mayor número de curiosidades, era el claustro de la Trinidad -Calzada, en la calle de Atocha.</p> - -<p>En mitad de la ancha crujía estaba la mesa, donde el Regidor iba -recibiendo los nombres, que asentaba un escribiente en barbudas -cuartillas de papel. En su derredor resonaba tal chillería y alboroto, -que no sé cómo el Sr. de Mañara (que era el Regidor allí presente) -podía aguantarlo; pero inútil era el imponer silencio, porque la -multitud de mujeres aglomeradas a la puerta, no callarían aunque el -Espíritu Santo se lo mandara. Un pobre alguacil había sido destinado a -sostener la debida compostura, y nunca tal hubiera intentado el infeliz -instrumento de la justicia, porque le cogieron y le magullaron, y roto -y molido dio vueltas por el arroyo.</p> - -<p>—¿Pero qué buscan ustedes aquí? —exclamó Pujitos abriendo los brazos -en actitud amenazadora—. Fuera mujeres, que no sirven sino de estorbo. -Condenáas, ¿por qué no van a sacar tierra en Los Pozos?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span>—Ya hamos sacado -tierra: ¡lástima que no fuera de tu sepultura!</p> - -<p>—¿Pues qué queréis, demonios?</p> - -<p>—¿Qué hamos de querer? ¡Fusiles, piojo! ¿Te los han dado a ti y a tu -batallón pa quitar telarañas? Vengan acá pronto, que nosotras también -nos alistamos.</p> - -<p>—Afuera, afuera de aquí, canalla.</p> - -<p>—Paz, paz —dijo desde el interior del claustro una gruesa y -campanuda voz que al punto reconocí por la del venerable Salmón—. Haya -paz, y no me levante ninguna el gallo.</p> - -<p>Al punto el apretado grupo de mujeres se dividió en dos, dando paso -a la procerosa figura del mercenario, que avanzó con majestuoso paso y -risueño continente.</p> - -<p>—Aquí está el Padrito. ¡Que viva el Padre Salmón! Ven, Pujitos del -demonio, a echarnos afuera.</p> - -<p>—Arrastrao —dijo una cogiendo a Pujitos por el cuello y mostrándole -el puño—. ¿Tus muelas han salido a misa esta mañana? ¿Quieres que -salgan a vísperas esta tarde? Pues boquea y verás.</p> - -<p>—Déjenlo, dejen en paz a ese pobre hombre —dijo socarronamente -Salmón—, y perdónenle su gran descortesía con tan dignas señoras; que -yo prometo que se enmendará. Ya os he dicho varias veces que si no -sois buenas, no contéis para nada con vuestro queridito Padre Salmón. -Vamos a ver, señoras mías, duquesas y princesas, ¿para qué os agolpáis -aquí?</p> - -<p>—También nosotras queremos alistarnos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span>—Alistaros, ¡oh -valientes amazonas! Pero, niñas, ¿no veis que en vuestras manos mejor -sienta el hilo de oro y las sartas de perlas, que el temido alfanje -damasquino? Vaya, idos a rezar, que la mujer honrada, la pierna -quebrada y en casa.</p> - -<p>—Todos esos son unos calzonazos. Nosotras hemos cargado ya muchas -espuertas de tierra. Ahora llevamos dos cañones a Los Pozos, y queremos -que nos los dejen disparar.</p> - -<p>—Bueno, bueno, todo se hará. Cada una a su casa, y cuidado con -lo que les tengo prevenido. Tú, Nicolasa, eres una tramposa, que en -cada libra de carne pones dos onzas menos de peso. Tú, Bastiana, te -condenarás por la usura de prestar a dos pesetas por duro a la gente -del Rastro; y tú, Alifonsa, aguardentera de todos los diablos, ten -entendido que tantas docenas de estos verás a la hora de tu muerte -como cortejos has mantenido en vida, y no digo más por no escandalizar -delante del público.</p> - -<p>Con estas y otras filípicas iba Salmón despejando la puerta en -tales términos, que pronto quedó practicable; mas no por eso tornose -adentro el popular fraile, sino que siguió adelante, diciendo a cada -uno su palabrita y dando a besar la correa a viejos, mujeres, hombres y -muchachos. Cuando me vio echome los brazos al cuello, saludándome con -mucho afecto.</p> - -<p>—¿Vienes a alistarte? —me dijo.</p> - -<p>En esto abalanzose hacia nosotros un hombre que besó las manos a -Salmón con fervoroso cariño, y luego le habló así:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span>—¡Ay, mi Padrito -de mi alma! ¡Gracias a Dios que este probe tiene el refrigerio de -encontrarle y verle y hablarle, que es para él de más gusto que si le -dieran todos los reinos del mundo limpios de fronteras! ¿Recibió Su -Paternidad las siete libras de rapé y el barrilito?</p> - -<p>—Si, hijo mío, y gracias se os dan, pues sois el caballero más -cumplidor de juramentos y palabras que conozco.</p> - -<p>—Sí: que soy hombre para desairar a un Paternidad tan reverendo. -Mande mi frailito por esa boca, que yo le traeré la Inglaterra toda, -aunque gaste en pólvora y balas todo mi dinero.</p> - -<p>—¿Y la Zainilla?</p> - -<p>—¡Está malucha! La otra noche tuvimos junción en casa, y todo -concluyó con un sainetillo de lo que llaman palos, que aquello parecía -una gloria. La probecita niña de mis entrañas está desde esa noche que -no come ni bebe, y manda al cielo unos suspiros que parten el corazón -de bronce de su padre.</p> - -<p>—Eres un zopenco, tío Mano —dijo Salmón—. Cuando estuve en tu casa -el día de Difuntos... ¿recuerdas que me diste aquellos puches; que con -el aditamento de un cierto aguardiente de Chinchón, estaban propios -para que metiera en ellos las barbas el mismo Emperador del Sacro -Romano Imperio?</p> - -<p>—Me acuerdo, sí.</p> - -<p>—Pues aquella noche te dije: «Morterillo, ándate con cuidado, que -tu Zaina y el Sr. de Mañara están de mucho paliqueo, y míralos<span -class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span> en aquel rincón con la -cabeza inclinada el uno sobre el otro como dos higos maduros.» ¡Y cómo -se le caía la baba a tu hija!</p> - -<p>—Verdad es, señor; y ya sé que de ahí viene todo.</p> - -<p>—Entonces te dije: «Morterillo, mucho ojo, que el Mañara quiere -enmarañar a tu hija, y vas a perder este bocadito de ángeles que tú -destinabas a un Veinticuatro.» ¿Acerté?</p> - -<p>—¿Pues ello?... Yo no quería reñir con Mañara —dijo Mortero -rascándose una oreja—. Verdad que él iba allá todas las noches... pero -mi probecita niña es más inocente que una paloma.</p> - -<p>—Apuesto a que el demonio ha metido el rabo en tu casa, -Morterillo. Dices que tu hija ni come ni bebe, y da unos suspiros... -¿suspiritos?</p> - -<p>—Sí; y en tres días no le he podido sacar palabra de la boca, y a -veces heme puesto a acecharla tras la puerta de su cuarto, y cata a -mi niñita diciendo unas palabrotas... pues... así como los cómicos en -los teatros... Y a ratos la veía enjugándose las lágrimas, y a ratos -echando centellas por los ojos... «Dime qué tienes, serafín de tu -padre», le he preguntado algunas veces; pero no me contesta más que -un poste. Anoche nos pusimos a rezar el rosario (porque yo no falto -jamás amén a esta devota costumbre, ni en casa ni en campo raso), y -ella empezó con mucha devoción, diciendo los santamarías con un dejo -y un canticio meloso que llegaba al alma; pero de repente, Padrito, -empieza a dar manotadas como una<span class="pagenum" id="Page_143">p. -143</span> loca, rompe en mil pedazos el rosario, levántase, y con las -manos en la cabeza, dando paseos por el cuarto, dice así: «Virgen de -la Paloma, no puedo, no puedo.» Luego púsose el mantón y corrió a la -calle, a donde la seguí... ¿Creerá Su Reverencia de mi alma que fue -hasta la casa donde vive ese condenado Regidor, parose en la puerta, y -arrimando la cabeza contra una reja, dio a llorar como un chiquillo? -Tuve que traerla en brazos a mi casa, y al día siguiente no pudo ir al -cajón porque cayó mala.</p> - -<p>—Ya lo veo clarito: es que Mañara la tiene sorbidos los sesos, y -no es la primera, Mortero, no es la primera; pero yo iré por allí, -echarele un sermón a la niña, y veremos si te la curo... Pero calle... -¿no es aquella que asoma por allí? Sí, es ella misma. Zaina, Zainilla, -ven acá.</p> - -<p>—Sí, es mi flor temprana, es el lucero de su padre. Llégate aquí, -arrastradilla —dijo el tío Mano llamando a su hija—. ¿De dónde -vienes?</p> - -<p>—De llevar tierra —contestó la Zaina, en cuyo semblante fresco y -animado no se veían señales de aquel hondo pesar y exaltación que -acababa de referir el respetable progenitor—. Ya hemos puesto tres -cañones en la Puerta de Atocha, y están clavadas las estacas y armado -tal ramaje de palitroques, que parece un nacimiento.</p> - -<p>—¿Y para qué andas tú en esas faenas, solito de justicia? —Padre, -échele Su Reverencia un buen sermón, o dos, si es menester, para que se -quede en casa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>—Tú no tienes buena -cara, Zaina —le dijo Salmón—. Tú estás triste, te lo conozco.</p> - -<p>—¡Qué buen barruntador tenemos! ¿Y por qué estoy triste?</p> - -<p>—Dime, ¿has visto por ahí al Sr. D. Juan de Mañara?</p> - -<p>La Zaina se puso pálida y cesó de reír.</p> - -<p>—Ya está cogida —exclamó Salmón batiendo palmas—. Esa cara no -miente. Mira, Ignacia, en la huerta de mi convento hay un pajarito que -todas las mañanas viene a mi celda a contarme las picardías de las -muchachas que conozco. ¿Sabes lo que me dijo de ti? Pues me dijo...</p> - -<p>—Está más encarnada que un tomate —añadió Mano—; déjela Su -Paternidad por ahora.</p> - -<p>—¿Qué dejar? ¡Bueno soy yo!... Conque, niña, ¿ha habido gatuperio? -Mucho cuidado con los galanes que van a casa; mucho ojo, que si me -enfado... Fuera pecados mortales, fuera cosas malas, que entonces -no hay lo de Padrito por acá, Padrito por allá, sino que saco unas -disciplinas, y a zurriagazos enderezo yo a mis niñas. Conque ven acá, -loquilla, ¿ese señor de Mañara te ha trastornado el juicio?</p> - -<p>—¿A mí? —chilló la Zaina con súbita expresión de despecho, que la -puso más arrogante y más hermosa de lo que realmente era—. ¿A mí ese -pelón? Sé que se lustrea diciéndolo por ahí; pero que se aspere un -poquito, que astavía tenga mucho orgullo y no me echo a perros.</p> - -<p>—Vamos, no lo niegues.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>—¿Yo? Voime al -zumo, que no a las cáscaras, y sobre que no me gustan los usirias -estirados, ni los madamos que huelen a bergamota, cuanti más los -malinos traidores, gabachones...</p> - -<p>—¡El Sr. de Mañara traidor! —exclamó con asombro el mercenario—. -¿Cómo hablas así de un caballero tan principal y tan buen patricio, de -ese bendito Regidor, que ahora está allí dentro alistando soldados?</p> - -<p>—Traidor, más traidor que Judas —afirmó la Zaina—. ¿Y Su Reverencia -se hace de nuevas? Pues todo el mundo lo dice, y no queda en Madrid -quien no lo sabe.</p> - -<p>—De otros lo he oído yo, pero no de Mañara —indicó Mortero.</p> - -<p>—Está vendido a los franceses, y todo ese papel que hace, es por -disimular sus maldades —dijo la Zaina—. Pero se la tienen sentenciada -a ese pícaro, arrastrao, endino, criado del tío Copas. ¡Viva Fernando -VII!</p> - -<p>—Yo creí que estabas embobada —dijo Salmón—, y ahora veo que estás -loca.</p> - -<p>—¡Ay, mi niñita! —dijo el tío Mano—: no hables tales cosas, que -pueden llegar a las orejas del Sr. de Mañara, y ya sabes que ando en -empeños con él para que ponga en libertad a aquellos dos angelitos -seráficos que están en la cárcel de Villa, Agustinillo y el Manco, -los cuales, por diez pellejos de mal vino de Esquivias, están pasando -el Purgatorio en vida, aunque pienso que en la otra Dios les ha de -descontar estas penas.</p> - -<p>—¡Me han de oír los sordos! —exclamó la<span class="pagenum" -id="Page_146">p. 146</span> Zaina—, que aquí no queremos traidores. -Acabar con ellos, y Napoleón es muerto.</p> - -<p>—Cuidado, muchacha —dijo Salmón—, que palabra y piedra suelta no -tienen vuelta, y palabra en boca es lo mismo que piedra en honda.</p> - -<p>—Sea lo que Dios quiera. A mí quien me la hace, me la paga.</p> - -<p>—¿Ves cómo todo es el rencorcillo que te ha quedado?</p> - -<p>Iba a contestar Ignacia, cuando apareció D. Diego, y luego que -aquella le vio, hízole entrar en el corro, diciéndole:</p> - -<p>—Aquí estoy, aquí está su princesa, señor Conde; no me busque con -esos ojazos de pájaro bobo.</p> - -<p>—¿También el señor Conde te corteja, arpihuela? —preguntó el fraile, -haciendo una reverencia a D. Diego.</p> - -<p>—¡Y que le quiero más que a las niñas de mis ojos! —dijo la maja—. -Los zarcillos son chicos, y otra vez tenga más miramiento; que a las -señoras no se las osequia con colgajitos de a cuatro duros; y un novio -tuve yo, que en barras de plata y oro me llevó a casa los tesoros del -Rey.</p> - -<p>D. Diego, turbado por la presencia del mercenario, no acertaba a -decir palabra. En cambio el Padrito se encaró con él, y campanudamente -endilgole la siguiente homilia:</p> - -<p>—Ya sé que anda el señor Conde en malos pasos, y mis señoras la -Condesa y Marquesa lo saben también. ¿Conque es cortejo de la Zaina? -<i>¡Optime, superlative!</i> Sr. D. Diego. Y no<span class="pagenum" -id="Page_147">p. 147</span> lo digo porque esta sea ningún guiñapo, -sino porque cada oveja con su pareja. ¿Qué dirá la señora Doña María -Castro de Oro, Condesa de Rumblar, a quien no conozco sino para -servirla; qué dirá cuando sepa los traeres de su hijo? Y pensar que a -un jovenzuelo casquivano se le ha de dar por esposa aquella flor sin -tacha, aquel lucero matutino, que cual oro en paño guardan donde usía -sabe, es pensar en las nubes de antaño. ¡Pues no faltaba más... un Afán -de Ribera metido en tales tapujos! ¿No le da a usted vergüenza? Y no -lo digo porque frecuente la casa de este Sr. D. Mano de Mortero, que -es persona honradísima, sino porque mi niño va también a casa de la -Zancuda, donde se juega de lo lindo, y jóvenes muy acomodados conozco -que han dejado allí los hígados.</p> - -<p>—Verdad es —dijo Mortero—. Lo que es en mi casa, nadie se deja -nada, como no sea el malhumor, porque a conversaciones honestas, y a -lenguas castas, y a manos quietas, nadie nos gana; que a veces la casa -parece un monasterio de tanto afinamiento y quinta substancia de la -comenencia.</p> - -<p>—Pero el Sr. D. Diego no solo frecuenta esas deshonestísimas -regiones —añadió Salmón—, sino que también va a las logias de los -masones <i>infernalis espelunca</i>, donde se pasa la noche entre -herejías y diabluras. ¡Veo que es aprovechado el rapazuelo! ¡Y quería -la señora Marquesa que yo le trajese al buen caminito con sermones -y consejos! No está la Magdalena para tafetanes, Sr. D. Diego, y yo -primero arrojo el hábito que llevo, que decir<span class="pagenum" -id="Page_148">p. 148</span> a usía por ahí te pudras, y lléveselo el -diablo con sus bobadas y truhanerías.</p> - -<p>Más que una mona corrido, quedose Don Diego con esta filípica, -y de buena gana habría contestado a Salmón, vomitando todas las -abominaciones que acerca de los frailes había aprendido ya, si no le -detuviera la vergüenza y las muchas miradas de enojo que de distintas -partes le observaban. Así es que solo protestando a medias palabras -contra el <i>frailazo pancista</i>, se escurrió bonitamente entre el -gentío, llevando consigo a la Zaina y a Mortero, que no quiso dejarle -escapar sin previa entrega de las ofrecidas espuelas de plata.</p> - -<p>Quedémonos allí Salmón y yo, y como mi amigo oyera lo de <i>frailazo -pancista</i>, palabras que ya en aquellos días empezaban a menudear en -bocas populares, se enfureció y quiso seguir tras el jovenzuelo para -reprenderle su osadía; mas el agolpamiento de la gente, junto con las -muestras de simpatías que recibió, se lo impidieron.</p> - -<p>—Temple Su Paternidad la ira —le dije—, y váyase en buen hora D. -Diego.</p> - -<p>—Tienes razón —repuso—, que <i>aquila non capit muscas</i>. Su -castigo tendrá en ver que se queda sin novia.</p> - -<p>—Pues él está tan firme en casarse —dije— que lo da por hecho, y -añade que llevará adelante lo del matrimonio contra viento y marea.</p> - -<p>—¡Oh, qué ilusión! Pues están contentas de él mis señoras la Condesa -y Marquesa. Y por lo que hace a la novia... Acompáñame a la<span -class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span> Merced y te contaré. -¿Hablaste largo con la señora Condesa? ¿Le dijiste todo lo que sabes de -este botarate?</p> - -<p>—Un poquito, sí, señor. ¿De modo que no se casará?</p> - -<p>—Lo dudo, porque si las personas mayores de la casa no le pueden -ver, lo que es la joven... Anda esta trastornadilla después que se le -han descubierto todos los escondrijos de su almita. Por fin lo dijo -todo. Ya te conté que ni yo con mi gran autoridad y mis chistes y -juegos, ni la Marquesa con su mal genio, ni el Marqués apedreándola -a regalos y obsequios, pudimos hacerle confesar la causa de sus -melancolías; pero al fin, apretada por su prima la señora Condesa que -la ama mucho, un día entre lágrimas y suspiros le confesó todo.</p> - -<p>—Y no resultaría nada...</p> - -<p>—Nada más sino que todo aquel mal gesto y aquellas tristezas le -venían de amar a un muchachuelo, a un perdidillo, a un cascaciruelas -de esas calles, a quien conoció y tuvo por novio en toda regla, allá -cuando vivía lejos de sus padres. ¡Cosa de niños! Lejos de parecerme -mala, me parece un buen signo de virtud la firmeza de sus sentimientos, -lo mismo en la adversa que en la próspera fortuna. Con todo, la -Marquesa y su hermano rabian, como es natural, viendo que no pueden -desencantar a la niña, pues lo que tiene, más parece encanto que otra -cosa. Y todo se les vuelve decir: «Padre Salmón, ¿qué haremos? Padre -Salmón ¿qué no haremos?» Yo me voy al cuarto de la madamita, y después -de decirle cuatro gracias<span class="pagenum" id="Page_150">p. -150</span> y de imitar el graznido de los cuervos, y el relincho de -un caballo, y el rum-rum de las viejas rezando en la iglesia, con lo -cual ella se ríe mucho, le digo: «Pero mi niña de mi corazón, ¿por -qué no desecha vueseñoría todo pensamiento que no sea el de su actual -grandeza? ¿Qué cosa puede apetecer ahora? ¿Le falta algo? ¿No tiene -todas las comodidades, todos los miramientos, todos los mimos que una -doncella puede apetecer?» A lo que me contesta que ella no desea nada, -y después se calla. Entonces le tomo las manos, se las acaricio y le -digo: «El pajarito de mi convento me ha contado que amasteis a un -jovenzuelo. ¿Por qué no arrojáis esta idea de la cabeza? ¿No comprende -usía que en una tan principal casa no pueden entrar por las puertas del -matrimonio personas de baja condición? Seguramente que ese zascandil -que fue vuestro novio no se acuerda para nada de mi querida niña.» Y -ella al punto se sonríe, muda de conversación y empieza a hablar de -otro asunto con tan buen tino y tanto talento, que a mí y al Padre -Castillo nos deja atónitos.</p> - -<p>—Pues veo que cuando dos tan buenos predicadores no la pueden -quitar con sus buenos sermones el desencanto, encantada estará toda la -vida.</p> - -<p>—No, hijo; que se han intentado varios medios para quitarle eso de -la cabeza. La Condesa díjole que el zascandil ese había muerto según -sus averiguaciones, y la Marquesa y su hermano, tomando otro camino, -han concertado hacerla creer que el tal desconocido jovenzuelo<span -class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> es un pícaro ladroncillo de -las calles, un tramposo, estafador, a quien persigue la justicia por -sus robos, chuladas y granujerías.</p> - -<p>—¡Vive Dios! —exclamé sin poderme contener—, y que eso es mentira, y -le romperé el alma al que me diga que es cierto.</p> - -<p>—¡Cómo, muchacho! —dijo muy absorto el fraile—. ¿Pero a ti qué te va -ni qué te viene en esa cuestión para tomarla tan a pechos?</p> - -<p>—Y a todas esas, ella, ¿qué decía?</p> - -<p>—Nada. Hasta hoy la verdad es que el ingenioso artificio no ha hecho -gran efecto, y mientras la doncella sin par aparenta no darse por -entendida, la señora Marquesa se incomoda más cada día, y a todas horas -exclama: «Esto no puede seguir así.» Riñe con su sobrina; esta suele -llorar, aunque en ella todo revela más paciencia que dolor, y aquí de -la Condesa, que se pone como un basilisco en cuanto mortifican a su -prima. Tía y sobrina se dicen cuatro cosas; yo las apaciguo, y hasta el -otro día, que sucede lo mismo.</p> - -<p>En esto llegamos a la puerta de la Merced, y Salmón, deteniéndose, -me dijo:</p> - -<p>—¿Quieres subir? Te daré chocolate crudo y una copita.</p> - -<p>—Gracias, Padre: estoy rabiando, y no tengo ganas de chocolate ni de -copitas.</p> - -<p>Y sin más palabras, despedime de aquella lumbrera de la Iglesia para -irme a mi casa.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch14"> - <p><span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XIV</h2> -</div> - -<p>Llegó con el 28 de noviembre la noticia de la batalla de Tudela, -y una vez que se consideró deshecho nuestro ejército de Aragón y -del Centro, ya todos vimos el sombrero de Napoleón asomando por la -Mala de Francia. Las fortificaciones avanzaban, y en los días 27, -28 y 29 recuerdo que menudearon bastante las que podremos llamar -fortificaciones y armamentos espirituales, que eran las rogativas, -rosarios, funciones de desagravios, novenas y otras devociones para -alcanzar de la Divina Providencia, no que apartase los peligros, sino -que enardeciera nuestros ánimos para salir victoriosos. Hubo rosario -en San Ginés, jubileo en los Dominicos de la Pasión, solemnes cultos -en el Carmen Calzado, y, por último, en la iglesia de Nuestra Señora -de Gracia, sita en la Plazuela de la Cebada, se inauguró un novenario -que fue la más popular de las devociones de aquellos días, por predicar -allí popularísimos oradores. La gente piadosa, al par que patriota, no -tenía tiempo para acudir a tantas partes, y vacilaba entre la iglesia -y la trinchera. En los sermones había de todo, como es fácil suponer: -piedad cristiana y entusiasmo bíblico en algunos púlpitos; garrulería -en otros, con perdón sea<span class="pagenum" id="Page_153">p. -153</span> dicho de mi respetable amigo el mercenario calzado a quien -ustedes conocen. Los hombres, aunque lo deseáramos, no teníamos tiempo -para frecuentar las iglesias, y especialmente los armados no dábamos -paz a los pies ni a las manos con el frecuente ejercicio y ensayo de -nuestra fuerza. Los soldados, los voluntarios, los conscriptos, los -<i>honrados</i> que tenían armas, nos confundimos por algunos días en -comunes trabajos y preparativos, dando al olvido discordias importunas. -Y no estaba el tiempo para andarse con juegos, porque ya Napoleón se -nos venía encima. La temida sombra veíase por todas partes. Mientras -existió la pueril confianza de que las tropas enviadas a Somosierra -estorbarían el paso del tirano, menos mal: íbamos viviendo, alimentando -nuestro espíritu con risueñas ilusiones, y soñando con ver hechos -pedazos el poder de Bonaparte en la era del Mico.</p> - -<p>Pero el día 1.º de diciembre comenzaron a circular desde muy -temprano rumores gravísimos acerca de la derrota del general San -Juan en Somosierra. Echose todo el mundo a la calle en averiguación -de lo ocurrido, y corriendo de boca en boca las nuevas, exageradas -por la ignorancia o la mala fe, bien pronto llegó a decirse que los -franceses estaban en Alcobendas, y hasta alguno aseguró haberlos visto -paseándose en el Campo de Guardias. Desde el famoso 2 de mayo no había -visto a Madrid tan agitado: corrían hombres y mujeres por las calles, -y entonces era el lamentar la ciega confianza, el echar de menos la -actividad<span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span> y previsión -propias de un pueblo realmente decidido a defenderse. El Gran Capitán -y yo habíamos salido desde muy temprano, él para tomar disposiciones -importantes en el Cuerpo de <i>honrados</i> a que pertenecía, y yo por -acudir a mi puesto, o curiosear en caso de que aún no se tratara de -cosa formal.</p> - -<p>—Lejos de acoquinarme yo, como estos gallinas —decía el Gran -Capitán—, me animo y me gallardeo y me esponjo al saber que los tenemos -tan cerca. Y a mí no me hablen de que el general San Juan ha sido -derrotado. Para los que conocemos las artimañas y recovecos del arte de -la guerra, esa dispersión de las tropas de San Juan que parece derrota, -no es otra cosa más que un hábil movimiento para engañar a Napoleón, -dejándole pasar el Puerto. Y si no, figúrate si será bonito ver a lo -mejor que, cuando tranquilamente avanzan los franceses creyéndose -seguros, aparecen como llovidas por el flanco derecho las tropas -españolas, y me los cogen ahí sin disparar un tiro entre Alcobendas y -San Agustín.</p> - -<p>—Podrá suceder —dije yo sin manifestarle mi incredulidad—; pero -figúrese el Sr. Fernández que no pasa nada de esto, sino que viene -Napoleón sano y entero, y nos pone cerco. ¿Cómo saldremos de este -apuro?</p> - -<p>—Admirablemente —repuso—. Podrá suceder que si trae muchas, -muchísimas tropas, vamos al decir, un par de milloncitos de hombres, -dure el sitio dos o tres años, al cabo de los cuales tendrá que -retirarse... porque pensar<span class="pagenum" id="Page_155">p. -155</span> que Madrid se ha de rendir, es pensar en lo excusado. Y si -no, pasea tus ojos por esas fortificaciones que en diferentes partes se -han hecho en lo que el diablo se restrega un ojo; espacia tu vista por -esos hondos fosos, por esos gruesos parapetos, por esos inexpugnables -montones de tierra, y por esas terroríficas baterías de cañones de a -6; y si la admiración te da tregua a las reflexiones, comprenderás que -es imposible tomar a Madrid, aunque Napoleón trajera mejor gente que -aquella que fue a Portugal con el señor Marqués de Sarriá.</p> - -<p>—Dios le oiga a usted. Por mi parte haré lo que pueda. ¿Y usted -manda, o es mandado?</p> - -<p>—Yo mando; que a ello me obligan antiguos amigos, cuya ciega -confianza en mis conocimientos raya en fanatismo. Yo no quería mandar -porque no me gustan papeles; pero he tenido que ceder, y entre todos -hemos formado una compañía que ha recibido orden de operar en Los -Pozos, sitio el más arriesgado, peligroso y temerario de este gran -asedio que nos espera. Casi todos tenemos fusiles, y los que no, -manejarán la lanza.</p> - -<p>—¡Lanza para defender murallas! —exclamé sin poder disimular la -risa.</p> - -<p>—Sí, hijo: ¿qué entiendes tú de eso? Figúrate que a esos tontos -se les ponga en la cabeza dar un asalto: ¿qué mejor cosa para -impedirlo...? Por cierto que voy a reunir mi gente para ir a ocupar la -posición, no sea que el señor <i>córcego</i> quiera darnos una sorpresa -con su mala fe acostumbrada.</p> - -<p>—Ahora dejémonos llevar a la Puerta del<span class="pagenum" -id="Page_156">p. 156</span> Sol con todo ese gentío que allá va —dije -yo—, y parece que ocurre alguna cosa grave, según gritan.</p> - -<p>—Efectivamente; pero esa gritería es de mujeres. Sin duda esas -valerosas matronas piden que se les den armas.</p> - -<p>—Bajemos por la calle de la Montera... Por allí sube, si no me -engaño, el Sr. de Santorcaz. Llamémosle: él sabrá lo que ocurre... ¡Eh, -Sr. D. Luis!</p> - -<p>—¿Qué hay en la Puerta del Sol, que tanto chilla la gente? —preguntó -Fernández cuando el otro se nos acercó.</p> - -<p>—Es que el pueblo pide armas y no se las quieren dar —repuso -Santorcaz—. Es una picardía, y todos esos mandrias de la Junta deben -ser arrastrados.</p> - -<p>—¡La Junta! ¡Los señores de la Junta Central!</p> - -<p>—No hablo de la Central —prosiguió Santorcaz—, que esa, si es cierto -lo que dicen, ha acordado hoy retirarse de Aranjuez, buscando refugio -en Andalucía. Hablo de la Juntilla que se ha formado aquí para la -defensa de Madrid, y que está en permanencia en la casa de Correos. -¡Aquí hay muchos traidores —añadió en voz alta—, y algunos han cogido -dinero para entregar la plaza a los franceses! ¡Canallas de traidores! -Ahora salimos con que se han acabado las armas y los cartuchos. -¡Mentira! Yo sé dónde hay armas y cartuchos. ¡Nos están engañando, nos -van a vender!</p> - -<p>Diciendo esto, se apartó de nosotros, después de lo cual seguimos -hacia abajo, y al llegar<span class="pagenum" id="Page_157">p. -157</span> a la Puerta del Sol vimos que estaba de bote en bote, llena -de gente. Aquel hueco abierto en el apelmazado caserío de Madrid, es el -corazón de la antigua villa, y a él afluye con precipitada congestión -la sangre toda en sus ratos de cólera, de alegría o de miedo. La Puerta -del Sol latía con furia. Hombres y mujeres hablaban a la vez, y a sus -voces se unían actitudes y gestos amenazadores. La masa más inquieta, -más hirviente, más loca y alborotadora estaba al pie de la casa de -Correos.</p> - -<p>—Busquemos algún conocido que nos informe de lo que aquí ha pasado -—dije, metiéndome con el Gran Capitán por lo menos apretado del -gentío.</p> - -<p>—Astavía no ha pasado nada —dijo un caballero que, envuelto en -una capa, se nos apareció, y en quien al punto reconocí al señor de -Majoma—. Astora nada; pero... ya verán.</p> - -<p>—¿Qué pide esa gente?</p> - -<p>—¿Qué ha de pedir? Armas y cartuchos.</p> - -<p>—Ya están repartidos todos los que hay.</p> - -<p>—¡A mí con esas! —exclamó el apreciable sujeto—. Ya estamos de -traidores hasta el gañote. ¡Pillos lairones! Si no les espachamos, nos -van a entregar a los franceses. ¡Perros gabachos! Les conozco bien, y -se la tengo sentenciada, sí, señor; y el que diga que no son traidores, -que se vea conmigo, porque yo soy más español que Santiago y más -patriota que Fernando VII.</p> - -<p>—Pero desde hace tiempo se sabe que la plaza tenía muy pocas armas; -y en cuanto a los cartuchos, todos los que había y los fabricados<span -class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span> en esta semana, se han -repartido ya. El Sr. de Mañara ha estado ocho días ocupado en dirigir -la fábrica de cartuchos, y ayer tarde repartió muchos miles en el Ave -María y en la Comadre.</p> - -<p>—¡No me lo nombres! —exclamó Majoma, afectando una indignación que -más tenía de cómica que de trágica—. Ahí tienes al traidor más que -Judas, al gabachón más que Copas... Gabriel, ¿eres tú traidor también? -¿Estás vendido a los franceses, como ese regidorcillo hambrón? Dime que -sí y verás... miá tú... aquí mismo te pongo en pipitoria con esto que -traigo debajo de la capa.</p> - -<p>—¿La navajita? Guarda tu coraje para mejor ocasión, Majomilla —le -respondí—. Me parece que estás borracho.</p> - -<p>—¿Borracho yo? Si no lo he probao, chico... Esta mañana me convidó -el Sr. de Santorcaz a beber unas copas, y... por esta, que no bebí más -que dos azumbres... ¿Qué hacer sin la calorcilla en el estómago?... -Pero di, ¿eres tú traidor? Di que no, porque te rajo... pues yo (y se -daba fuertes golpes en el pecho) tengo un corazón como un bronce, y soy -más valiente que el Ciz, y nadie me tosa, si no quiere ver quién es -Majoma.</p> - -<p>Y sin oír más, nos apartamos del insigne varón.</p> - -<p>—Esto no me gusta —dijo Fernández—, y me parece que si la alta -empresa que entre manos traemos no sale tan bien como debiera, -consistirá en esta inmunda canalla motinesca, díscola y bullanguera, -que en circunstancias<span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span> -tan críticas se vuelve contra sus jefes. Gabriel, de buena gana te -digo que si nuestro D. Tomás de Morla nos mandase cerrar contra esta -gentuza, la meteríamos en un puño prontamente. Y has de saber que -estos perdularios chillones, más sirven de estorbo que de ayuda en la -defensa, y verás cómo son ellos los primeros que se rinden.</p> - -<p>Miramos al balcón de la casa de Correos, y vimos que en él aparecía -un hombre alto, moreno, hosco, vestido de uniforme; le vimos accionar -hablando a la multitud; pero no pudimos oír sus palabras, porque la -femenil chillería de abajo habría impedido oír tiros de cañón, que no -digo humanas voces. Después aquel militar, el cual no era otro que -D. Tomás de Morla, encogíase de hombros y cruzaba los brazos. Este -lenguaje le entendimos mejor, y evidentemente quería decir: «No hay -nada de lo que me pedís: se acabaron las armas y los cartuchos.»</p> - -<p>Pero la multitud se enfurecía con la negativa y le silbaba, pidiendo -con su omnipotente antojo y volubilidad que saliese Castelar, personaje -más conocido que Morla. Salió el Marqués de Castelar, habló sin poder -apaciguar a sus admiradores, y repitiose el encogimiento de hombros y -el gesto desconsolador. Aquí de los silbidos, de los gritos, de las -amenazas; poco después el pueblo empezó a arremolinarse y a culebrear -como dragón de mil colas que se dispone a emprender movimiento, y vimos -que muchos se desparramaban por la calle Mayor, y que otros subían -hacia Santa Cruz.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span>—Vamos allá a ver -en qué para esto —dijo D. Santiago, apoyándose en mi brazo y siguiendo -el general torrente—. Estos majaderos primero dejarán de existir que -de hacer alguna atrocidad. ¿Por qué piden armas, si con las que hay -repartidas basta y sobra? ¿A qué piden cartuchos, si no hay cartucho -que mate más franceses que el entusiasmo español, ni mejor pólvora que -nuestra indignación?</p> - -<p>—Todo eso es verdad, Sr. D. Santiago —repuse—; pero no habría sido -malo que la Junta Central o el Consejo, en vez de ocuparse en discutir -sus rivalidades, hubiera depositado en Madrid unos cuantos barriles -de indignación, de esa que se hace con salitre, carbón y azufre, que -la otra sin esta de poco sirve. Pero aquí no ha habido previsión, ni -iniciativa, ni actividad, ni eminentes cabezas que dirijan, sino que la -defensa ha quedado a merced de la voluntad, de la invención y del buen -sentido del pueblo, Sr. D. Santiago; y no llamo pueblo a esa miserable -turba gritona que de nada sirve, sino a todos nosotros, altos y bajos, -grandes y chicos... ¿Pero quién es aquel que corre? Es el insigne -patriota a quien llaman Pujitos. ¡Eh... Sr. de Pujitos, lléguese acá y -díganos lo que ocurre!</p> - -<p>—Ahora va la gente hacia la calle de la Magdalena —contestó— donde -vive el Regidor Mañara. Esta mañana estuvimos allí: salió al balcón -y nos dijo que los miles de cartuchos que ha fabricado los entregó -ya, y que no hay más pólvora. ¿Van ustedes hacia el Avapiés? Por allá -hay gran alboroto, y dicen<span class="pagenum" id="Page_161">p. -161</span> que Mañara es un traidor, y que acá y allá.</p> - -<p>—¿Y usted, qué piensa de Mañara?</p> - -<p>—Mañara es hombre cabal, porque lo digo yo —afirmó Pujitos en tono -misterioso—. Los traidores son otros y andan por allí revolviendo la -gente y armando estas tramoyas. Gabriel, acuérdate de lo dicho. Los que -más chillan son los piores; pero yo ando con mucho ojo, porque así me -lo ha mandado el jefe, y como les eche la mano encima, verán quién es -Pujitos.</p> - -<p>Siguió a toda prisa hacia la Puerta del Sol, y nosotros, atravesando -la Plaza Mayor, entramos en la calle de Toledo, arteria de toda la -circulación manolesca, centro de las chulerías, metrópoli de las -gracias, bazar de las bullangas, cátedra de picardías y teatro de todas -las barrabasadas madrileñas.</p> - -<p>Pasando luego a la calle de Embajadores, oímos de nuevo que hacia el -Avapiés había gran marejada, por lo cual, atravesando por los Abades -hacia el Mesón de Paredes, nos fuimos a presenciar el tumulto, que no -era flojo, según el rumor de voces que desde lejos se oía. En efecto, -habíase armado un zipizape que déjelo usted estar.</p> - -<p>De manos a boca tropezamos con el tío Mano de Mortero, que se llegó -a nosotros diciendo:</p> - -<p>—¡Cómo nos engañan, Gabriel! ¡Quién lo había de decir en un -caballero tan bueno como el Sr. de Mañara!</p> - -<p>—¿Pero es traidor el Sr. de Mañara? Vamos, tío Mano. ¿Usted también? -Usted que es una persona de tantísimo talento...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span>—Es verdad, niño -de mi alma; ¿pero qué quieres tú? Lo dicen por ahí. A mí no me consta; -pero al son que me tocan bailo. Pues dicen que hay traidores, ¡abajo -los traidores!</p> - -<p>—¿Y qué dicen de Mañara?</p> - -<p>—Que tiene arreglado con los franceses el entregarles la Puerta de -Toledo.</p> - -<p>—¿Y cómo lo saben?</p> - -<p>—¡Qué sé yo! Pero cuando el río suena agua lleva. Yo no he de ser -menos que los demás, y pues hay traidores, ¡abajo los traidores!</p> - -<p>—¿Y la Zaina?</p> - -<p>—¿Pues no la oyes? ¡Si es la que más grita en medio de la plaza! -¡Santa Virgen! ¡Y no está poco furiosa esa leoncilla! Ahora se ha -vuelto la patriota más patriota de todo Madrid. ¡Ay, mi Dios, qué -nacionala tengo a mi niña!</p> - -<p>De rato en rato aumentaba el gentío en la Plazuela del Avapiés, y -los hombres de mala facha, unidos a las mujeres más desenvueltas de los -cercanos barrios, menudeaban sus gritos y vociferaciones de tal modo, -que ninguna persona honrada podría ante tal espectáculo permanecer -tranquila.</p> - -<p>—Acerquémonos —me dijo Fernández—. Yo con todo mi corazón te aseguro -que si Su Majestad, y en su Real nombre la Sala de Alcaldes de casa -y corte, me mandase despejar este sitio, lo haría con dos lanzazos o -sablazos, que para el caso lo mismo daría.</p> - -<p>—Guárdese usted de decir en alta voz tales cosas, y acerquémonos a -aquel grupito de damas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span>La Primorosa salió -del grupo.</p> - -<p>—¿Eh... Primorosa, qué traes por aquí? —le pregunté.</p> - -<p>—¡Cachiporros! —exclamó la arpía alzando los brazos, cerrando los -puños, y dirigiéndose a algunos hombres que la rodeaban—. ¿Pa qué -estáis aquí? ¿No vos quieren dar cartuchos? Pues dir ca el Regidor -y sacárselos de las asauras. ¡Él los tiene escondíos! Él los tiene -enterraos en paquetes pa dárselos a los franceses.</p> - -<p>Entonces la Zaina, abriéndose paso, presentose en el centro del -corrillo formado en torno a la Primorosa. Estaba la hermosa verdulera -amoratada y ronca, con los ojos encendidos, las ropas hechas pedazos, y -con tan fiera expresión retratada en su semblante y en toda su persona, -que causaba espanto. En el momento de presentarse, traía un cartucho -entre los dedos, y lo mordía, y derramaba en la palma de la mano lo que -debía ser pólvora y resultaba ser arena.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch15"> - <h2 class="nobreak g0">XV</h2> -</div> - -<p>—Los cartuchos están llenos de arena —gritó la muchacha, mostrando a -todos aquel objeto.</p> - -<p>Y al mismo tiempo los hombres allí presentes sacaban de sus sacos -otros cartuchos,<span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span> los -mordían, y, en efecto, en todos o en casi todos aparecía arena.</p> - -<p>—¡Ese traidor nos ha dado cartuchos de arena!</p> - -<p>La terrible voz cundió por la plaza. Allí cerca había un retén de -guardia de voluntarios. Sacaron el depósito de cartuchos, mordíanlos, y -por cada dos o tres con pólvora, había uno con arena. Esto lo vimos el -Gran Capitán y yo, y ambos nos quedamos mudos de indignación.</p> - -<p>—Pues indudablemente ha habido traición —dije yo.</p> - -<p>—¡Poner arena en los cartuchos! ¡Qué alevosía! Esto es entregar la -patria villanamente al extranjero.</p> - -<p>—El que tal ha hecho —exclamé no ocultando mi rabia— es un miserable -que debe ser castigado.</p> - -<p>—Gabriel, no lo creí —vociferó mi amigo, derramando lágrimas de -coraje—; no creí que hubiera españoles capaces de semejante vileza. No, -el que tal ha hecho no es español.</p> - -<p>Y los dos, casi sin darnos cuenta de ello, hicimos coro con la -rabiosa multitud, gritando: «¡Mueran los traidores!»</p> - -<p>—¡Ese Mañara, ese ladrón! —gritaron a nuestro lado.</p> - -<p>—¡Él ha sido! ¡Mueran los traidores y viva Fernando VII!</p> - -<p>¡De arena! ¡Cartuchos de arena! Esta funesta frase corrió por todo -Madrid más rápidamente que si la llevara la electricidad. En muchas -partes, que no en todas, pudo confirmarse<span class="pagenum" -id="Page_165">p. 165</span> la verdad de la afirmación; pero la ira era -general, y el que había puesto arena en los cartuchos fue condenado -a muerte por la indignación del pueblo. Mi amigo y yo observamos que -la multitud corría en todas direcciones; pero los más iban hacia la -Merced. Desaparecieron de nuestra vista la Pelumbres, el tío Mano, y -desapareció también la Zaina. Corrimos por la calle de Jesús y María, -y al llegar a la de la Magdalena, la vimos completamente llena de -gente: todo el vecindario estaba en los balcones, y un clamor inmenso -llenaba la vasta longitud de la calle. Hacia el centro de ella existía -entonces, y existe aún, una casa suntuosa, pero de bastarda y ridícula -arquitectura, por haber puesto en ella su mano D. Pedro de Ribera, -autor de la fachada del Hospicio. A aquella casa histórica, residencia -antes y también hoy de una respetabilísima familia, por mil títulos -merecedora de la estimación pública, se dirigían las amenazas de la -muchedumbre, borracha de ira. Todos querían entrar; pero las puertas -estaban cerradas. Este obstáculo no tardó en desaparecer, y terribles -hachazos hicieron temblar las labradas maderas de la puerta señorial, -protegida por el ancho escudo que en esculpidos emblemas representaba -hazañas y virtudes de otros tiempos. Mas ¿quién reparaba en esto? El -pueblo, que ya había pisoteado en Aranjuez la real corona, no vacilaba -en pasar por sobre la de un noble. Hicieron, pues, pedazos la puerta, -y el pueblo entró desbordándose o invadiendo el palacio, como un río -que rompe<span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> los diques -que durante siglos le han contenido y se extiende por el llano con -ímpetu destructor. Entraron todos, los que iban con algún objeto y los -que no iban más que a gritar. No debía, pues, hacerse esperar mucho la -satisfacción de la popular furia, y bien pronto nos quedamos helados de -terror, oyendo decir:</p> - -<p>—Le han matado, ya le han matado.</p> - -<p>¡Pobre y desgraciado Mañara! Ayer ídolo, ayer amigo, ayer compañero -de la vil plebe, cuyo traje y costumbre, y hablar y modos imitaba, hoy -inmolado por ella con barbarie inaudita, con esa cruel presteza que -ella emplea, ¡la infame furia! en todas sus cosas.</p> - -<p>Pero lo espantoso, lo abominable, y más que abominable, vergonzoso -para la especie humana, fue lo que ocurrió después. La plebe tiene un -sistema especial para celebrar las exequias de sus víctimas, y consiste -en echarles una cuerda al cuello y arrastrarlas después por las calles, -paseando su obra criminal, sin duda para presentarse a los piadosos -ojos en la plenitud de su execrable fealdad. Esto pasó con el cadáver -del infeliz Regidor, a quien conocimos amante de Lesbia, amante de la -Zaina, amante de todas, pues no hubo otro que como él prodigara su -hermosa persona en altas y bajas aventuras; esto pasó con el cadáver -del infeliz a quien llamo D. Juan de Mañara, no porque este fuera su -nombre, sino porque me cuadra designarle así, para no andar trayendo -y llevando los títulos de respetables casas por los altibajos de esta -puntual historia. Pero apartemos los ojos; no miremos, no,<span -class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> ese despojo sangriento -que por la calle de la Magdalena, y después por la del Avapiés abajo, -arrastran en inmunda estera unos cuantos monstruos, hombres y mujeres -tan solo en la apariencia; cerremos los oídos a sus infames gritos, y, -sobre todo, no miremos ese destrozado cuerpo, aún caliente, a quien las -puñaladas, los golpes, el frecuente tropezar van quitando la figura -humana, haciendo un jirón lastimoso de lo que fue, de lo que era pocos -minutos antes hombre gallardo y gentil, y lo que es más digno de -consideración, hombre dichoso y amable. Y mientras pasa esa salvaje -bacanal, ese río de sangre y de infamia y de crimen, meditemos sobre -las mudanzas mundanas, y especialmente sobre las cosas populares, las -más dignas de meditación y estudio.</p> - -<p>¿Era Mañara autor de la traición indudable descubierta en los -cartuchos de arena? Histórica, no hija de nuestra invención, es la -persona de Mañara; histórica es también su vida licenciosa, sus -hábitos manolescos, sus aventuras y trato con la gente de los barrios -bajos; histórica es también la Zaina, y tan históricos como la Jura en -Santa Gadea y el compromiso de Caspe son sus amores con el Regidor, -su abandono, sus celos, su despecho, su ira, su sed de venganza y el -descubrimiento, fatalmente hecho por ella, de los cartuchos de arena. -Para saber todo esto, basta leer media página de la historia mejor -y más conocida que sobre aquellos tiempos se ha escrito. Pero ni en -este eminente libro, ni en otro alguno, ni en boca de ningún viejo -oiréis razones para contestar<span class="pagenum" id="Page_168">p. -168</span> categóricamente a la pregunta que antes hice. ¿Fue Mañara -traidor? ¿Intervino él en la obra criminal de los cartuchos de -arena?</p> - -<p>Os diré francamente que yo tampoco lo sé; pero debo advertiros que -nunca tuve a aquel desgraciado por capaz de acción tan fea. Mañara -pecaba de libertino, de ligero, de vano, y más que nada de enamorado. -Jamás se distinguió en otras maldades que en las del amor, por cierto -bien perdonables. Le conocí alevoso y traidor en cuestiones de faldas; -pero no supe nunca que en asuntos graves faltara a las leyes del honor. -Con estos antecedentes casi puede asegurarse que no fue Mañara autor -de la superchería de los cartuchos. ¿Pues quién lo fue entonces? Esto -sí que ni la historia, ni la tradición, ni los viejos, ni yo, podemos -decíroslo. ¿No habéis observado que todos los movimientos populares -llevan en su seno un germen de traición, cuyo misterioso origen jamás -se descubre? En todo aquello que hace la plebe por sí y de su propio -brutal instinto llevada, se ve tras la apariencia de la pasión un -tejido de alevosías, de menguados intereses o de criminales engaños; -pero ningún sutil dedo puede tocar ni determinar los hilos de esta tela -escondida, en cuyas mallas quedan enredados y cogidos mil bárbaros -incautos.</p> - -<p>¿Quién hizo correr la voz de la traición de Mañara? ¿Fue todo obra -deliberada de la Zaina? La historia dice que sí; pero yo creo haber -oído tachar de sospechoso al pobre Regidor en parajes muy distantes -de la calle de la Pasión. Sin duda el frecuente roce con la plebe -había<span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span> desconceptuado -mucho a D. Juan en la opinión de sus iguales. Carecía en absoluto de -respetabilidad, y el que la pierde entre los de arriba, queriendo -sustituirla con bajas amistades, que son siempre inconstantes, está -expuesto a perderlo todo en un momento, y a que cualquier chispa fugaz -incendie de improviso la fábrica de una reputación que no se funda en -nada sólido.</p> - -<p>Mañara había adulado a la plebe imitándola. Con este animal no se -juega. Es como el toro, que tanto divierte y de quien tantos se burlan; -pero que cuando acierta a coger a uno, lo hace a las mil maravillas. -Vimos caer a Godoy, favorito de los reyes, y ahora hemos visto caer -a Mañara, favorito del pueblo. Todas las privanzas que no tienen por -fundamento el mérito o la virtud, suelen acabar lo mismo. Pero nada -hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene sobre sí el -anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba -Cervantes <i>el vano discurso del vulgo, siempre engañado</i>.</p> - -<p>—Pero vámonos de aquí —dije a mi amigo—. ¿No oye usted lo que -dicen esos que pasan? Dicen que los franceses han aparecido por -Fuencarral.</p> - -<p>—Vamos, vamos a cumplir con nuestro deber —repuso el Gran Capitán, -siguiéndome por la calle de las Urosas—. Pero me temo que lo que debía -ser gloriosísima jornada, va a ser cualquier cosa, gracias a esa vil -gentualla. La traición mina la plaza. Eso de los cartuchos de arena me -ha puesto triste, y el miserable<span class="pagenum" id="Page_170">p. -170</span> canalla que tal hizo merece mil muertes.</p> - -<p>Madrid, después de inmolado Mañara, continuaba inquieto, como -presagiando grandes males, mientras los frailes agonizantes arrancaban -de manos del pueblo el cadáver informe. La noticia de que los franceses -estaban a las puertas de la villa, lo hizo, sin embargo, olvidar todo, -y corría la gente azorada y medrosa, creyendo ver asomar, al volver de -una esquina, la figura característica del azote de Europa.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch16"> - <h2 class="nobreak g0">XVI</h2> -</div> - -<p>El Cuerpo de voluntarios a que yo pertenecía fue destinado a -defender la Puerta de los Pozos (la misma que después se llamó de -Bilbao, al extremo de la calle de Fuencarral), y el inmediato jardín -de Bringas. Consistía su fortificación en un foso no muy profundo en -un gran espaldón de tierra y piedras, a toda prisa levantado, y en -seis cañones de a 6. La tapia, que no tenía facha de inexpugnable, -como recordarán los que han alcanzado alguno de sus heroicos trozos, -había sido aspillerada en toda su extensión. Iguales, poco más o menos, -eran las fortificaciones de las vecinas Puertas de Santa Bárbara y -Fuencarral. El sitio donde se habían levantado obras más considerables -era la Puerta de Recoletos, monumento<span class="pagenum" -id="Page_171">p. 171</span> que ha durado hasta ayer y que no necesito -designar topográficamente, con su Costanilla de la Veterinaria ni -su convento de Agustinos, porque los mozuelos barbilampiños los han -conocido. Pero volvamos a Los Pozos, puerta destinada a ser teatro -de nuestro heroísmo, y empecemos diciendo que en la noche del 1.º -de diciembre nos situamos allá, tan convencidos de que íbamos a ser -atacados, que estuvimos largas horas sobre las armas, dispuestos a -vender caras nuestras vidas. La fuerza se componía de estos elementos: -unos sesenta soldados, que aunque no todos artilleros, hacían de -tales por necesidad imprescindible; cuatro compañías de voluntarios -antiguos, con los cuales mezclábase un número irregular de conscriptos, -y como ochenta hombres de la milicia <i>honrada</i>, a quien mandaba -o quería mandar el Gran Capitán, no sé si con el título de sargento, -coronel o general, pues cualquiera de estos grados le cuadraría. Los -soldados estaban fríos y con poco ánimo; los voluntarios inflamados en -patriotismo y llenos de ilusiones; pero tan inexpertos, que no daban -pie con bola, como vulgarmente se dice, a pesar de estar entre ellos -el gran Pujitos; y finalmente, los <i>honrados</i> no cabían en sí -de entusiasmo, no obstante ser todos ellos personas de paz, y tener -algunos buena carga de años a la espalda, especialmente los de la -compañía, o mejor, los del grupito en que alzaba el gallo D. Santiago, -cuya hueste se componía de respetables porteros y criados de la oficina -de Cuenta y Razón.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span>En cuanto a jefes, -debo decir que allí no existían en todo el rigor de la palabra, pues si -bien entre la tropa había oficiales valientes y entendidos, no sabían -o no querían hacerse obedecer de los paisanos, resultando de esta -desconformidad que allí cada cual hacía lo que le daba la gana y según -su propia inspiración; y aunque mi amigo tenía pretensiones de imponer -su autoridad, esto no pasó nunca de un conato de dictadura que más se -inclinaba a lo cómico que a lo trágico.</p> - -<p>En cambio, reinaba gran fraternidad, y cuando avanzada la noche -tuvimos la certeza de que no había tales franceses por los alrededores, -nos reunimos en el jardín de Bringas, y encendida una gran hoguera, -celebramos agradable tertulia, donde se habló de temas patrióticos con -la verbosidad, facundia y exageración propia de españolas lenguas. -Cuál encomiaba la defensa de Zaragoza; cuál ponía la defensa de -Valencia contra Moncey por cima de todos los hechos de armas antiguos -y modernos; quién decía que nada podía igualarse a lo del Bruch; quién -encomió hasta las nubes la vuelta de las tropas de la Romana, y, por -último, no faltó uno que, sin quitar su mérito a estas gloriosas -acciones, pusiera sobre los cuernos de la luna cierta campaña famosa de -Portugal en 1762.</p> - -<p>Disipado todo temor, muchas mujeres fueron a visitarnos, y entre -ellas no faltó Doña Gregoria, ni Doña Melchora con las niñas, ni -tampoco la señora de Cuervatón, pues ha de saberse que su marido -formaba en las filas de<span class="pagenum" id="Page_173">p. -173</span> los <i>honrados</i>. Para que no se crea que todos éramos -gente de poco más o menos, añadiré que algunas altísimas damas fueron -a visitar a sus hijos, hermanos o maridos, que allí se andaban mano a -mano con nosotros, o como voluntarios o como sorteados.</p> - -<p>Cenamos, bebimos, cantamos, hablamos, y, por último, a todos nos -vino el deseo de llevar adelante alguna hazaña aquella misma noche. El -primero que emitió la idea fue D. Santiago, y al punto se la aceptó -con alborozo, determinando hacer una exploración camino arriba hasta -Fuencarral, por ver si realmente estaban los franceses tan cerca como -se creía. A toda prisa se preparó la salida, y a eso de las dos de la -madrugada nos pusimos en marcha unos doscientos hombres, en buen orden, -mandados por un coronel de ejército.</p> - -<p>—¡Qué bueno fuera —me decía Fernández— que ahora tropezáramos con -una avanzada enemiga y la derrotáramos en un abrir y cerrar de ojos, -volviendo a Madrid con unos cuantos miles de prisioneros!</p> - -<p>—Todo podría ser, amigo mío —le respondí—, que para la voluntad de -Dios no hay nada imposible.</p> - -<p>—Más gracioso aún sería —prosiguió— que el bergante del Emperador -se anduviera paseando por ahí, mirando desde lejos la gran ciudad que -aspira a ganar, y le sorprendiéramos de sopetón, echándole mano para -llevarle a Madrid sobre un asno foncarralero.</p> - -<p>—También es posible —repuse—, y pongamos que ese señor se haya -aburrido de estar<span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> en -su campamento, y tomando una escopeta, a pesar de la oscuridad de la -noche, se venga con un par de generales y un par de perros por esos -trigos a levantar y correr perdices, que todos los monarcas suelen ser -cazadores.</p> - -<p>—Eso no me parece verosímil —dijo—; pero bien podría suceder que ese -hombre, conociendo que no puede vencernos por la fuerza, intente dar al -traste con la astucia a nuestro poderío, y se disfrace con el traje de -un payo huevero de Alcobendas, para acercarse a nuestras formidables -fortificaciones y estudiarlas cómodamente.</p> - -<p>Con estos y otros coloquios rebasamos más allá de la venta situada -en lo que hoy se llama Cuatro Caminos, sin hallar alma viviente ni -sentir rumor alguno; pero cuando estábamos cerca del camino que a mano -derecha conduce a Chamartín, percibimos un ruido lejano que a todos nos -dejó suspensos, pues no parecía sino que temblaba la tierra al galopar -de millares de caballos.</p> - -<p>—¡Es una avanzada de caballería! —gritó nuestro coronel—. -Retirémonos.</p> - -<p>—¿Qué es eso de retirarse? —gritó con enojo el Gran Capitán—. ¿Somos -españoles o qué somos?</p> - -<p>—No tenemos más que cuatro caballos —le dijo el jefe—. Si nos dan -una carga, ¿qué va a ser de nosotros?</p> - -<p>—¡Qué cargas ni cargas! ¡Buenos son ellos para meterse en -cargamentos! Ea, muchachos, el que quiera seguirme que me siga: yo voy -adelante.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>Los -<i>muchachos</i>, cuyo patriotismo invocaba Fernández, eran seis -o siete vejestorios como él, compañeros en la portería y servicio -interior de las oficinas de Cuenta y Razón. Pero aquellos valientísimos -militares, más duchos en el manejo de la escoba que en el de otra arma -alguna, profesaban aquel principio, tan sabio como famoso, de que una -retirada a tiempo es una gran victoria, y todos a una manifestaron al -Gran Capitán que no le seguirían en tan temeraria empresa, pues hazañas -sin cuento podrían realizar tras las fortificaciones.</p> - -<p>El escuadrón francés avanzaba, a juzgar por el acrecentamiento del -ruido; pero no veíamos cosa alguna. Se dio orden de retirada, y para -hacerla más a salvo, nos desviamos del camino, escurriéndonos por una -hondonada que caía hacia la dehesa de Amaniel. D. Santiago renunció a -regañadientes a los peligros de una lucha con los dragones que a toda -prisa avanzaban, y me decía:</p> - -<p>—Pensar que de esta manera hemos de vencer, es una necedad. En la -guerra ha de fiarse todo a lo imprevisto, a la sorpresa y a los golpes -de mano. ¿Qué nos costaba esperar esos caballos, sorprenderlos, matar a -los jinetes y entrar en Madrid caballeros los que salieron peones?</p> - -<p>En esto vimos un bulto, un hombre, que saliendo precipitadamente de -detrás de unos tejares, corrió hacia la carretera, al parecer huyendo -de nosotros.</p> - -<p>—¡Eh! ¡Un hombre! ¡Un espía!... ¡Quién<span class="pagenum" -id="Page_176">p. 176</span> vive! —gritamos, corriendo algunos en su -persecución.</p> - -<p>Detúvose el hombre ante nosotros con muestras de tener mucho miedo, -y entonces advertimos que su traje era el de un paleto, con ancho -sombrero y una manta por capa. Cuando nos llegábamos a él, pareció -vacilante e indeciso; pero al fin, oyéndonos hablar, abalanzose hacia -nosotros, diciendo:</p> - -<p>—¡Ah! Sois españoles. Gracias a Dios: ya me he salvado.</p> - -<p>Acabando de decir esto, cayó de rodillas. Pero en el mismo instante -llegose a él con aire resuelto el Gran Capitán, y poniéndole en el -pecho la boca de un fusil, exclamó con voz exaltada y furiosa:</p> - -<p>—Dese a prisión Vuestra Majestad Imperial y Real. Bien lo decía yo; -pero a mí no me la da usted... digo, Vuestra Majestad, que soy perro -viejo, y harto se ve que, disfrazado con traje de paleto, se acerca -Vuestra Majestad Imperial a nuestra gran plaza para estudiar las -fortificaciones.</p> - -<p>—Hombre de Dios —dijo el payo—, usted es loco o me toma por el -Emperador Napoleón.</p> - -<p>—¡Por quién le he de tomar, hermano! A mí no se me engaña con -palabritas. Es Vuestra Majestad mi prisionero, y no le he de soltar -aunque me dé siete condados. ¡Viva España y viva Fernando VII!</p> - -<p>Todos los circunstantes nos reímos, lo cual desconcertó a D. -Santiago, y al punto el prisionero dijo levantándose:</p> - -<p>—Yo, señores, soy oficial del ejército de<span class="pagenum" -id="Page_177">p. 177</span> D. Benito San Juan, y he asistido al -desastre más funesto de esta campaña. Perdí en la acción de Somosierra -a mi padre y a dos hermanos, y vengo huyendo de las guerrillas -francesas que persiguen a los dispersos. Tuve que disfrazarme en -Robregordo para evitar que me cogieran, y a pie he llegado hasta aquí. -Pero si quieren que les diga más, denme algo que me sustente, pues con -dos días de no probar bocado, estoy cayéndome muerto por instantes.</p> - -<p>Un compañero nuestro le dio a beber un trago de aguardiente, con lo -cual tomó fuerzas y pudo seguirnos, reanimado también moralmente por -verse en nuestra compañía. El Gran Capitán, corrido y confuso, marchaba -silenciosamente a su lado; pero no las tenía todas consigo, y no hacía -más que mirarle y remirarle, sospechando que si no el mismo Emperador, -podía ser algún generalazo, o cualquier archipámpano de la corte -imperial.</p> - -<p>—Con ser tantas mis personales desdichas —dijo el desconocido—, -pues en el campo de batalla quedaron mis dos hermanos y mi buen padre -(que somos de un antiguo solar de tierra de Sepúlveda), todavía abruma -mi ánimo más que nada la catástrofe nacional de que he sido testigo. -Nosotros acudimos a tomar las armas en defensa de la patria. Felices -mil veces los que murieron por tan santo objeto, y malhayan los que -quedamos para contar tan gran desventura. ¿Se sabe ya en Madrid la -derrota de San Juan? ¿Cómo se cuenta? ¿Qué se dice? Se nos tachará de -medrosos o cobardes. ¡Oh, señores! Yo no creo que sea posible llevar -más<span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span> adelante el -heroísmo. Nuestros soldados se han conducido con bravura portentosa, y -si no vencieron, fue porque la superioridad de los enemigos y su mucho -número lo han hecho imposible.</p> - -<p>—Eso será lo que tase un sastre —dijo el Gran Capitán—. ¿Por dónde -anda ahora San Juan? Porque yo entiendo que fingió retirarse para -atacar después en mejor posición.</p> - -<p>—¡Qué ha de fingir, hombre, qué ha de fingir! —repuso el oficial—. -San Juan, si es que vive, andará fugitivo como yo y sin un solo -soldado.</p> - -<p>—Eso no puede ser, caballero. ¿Cómo se entiende? Si eso fuera -cierto, señor mío, significaría ni más ni menos una especie de -derrota.</p> - -<p>—Pues ya lo creo; pero les contaré punto por punto. San Juan tomó -buenas posiciones en el paso de Somosierra y puso una vanguardia en -Sepúlveda. Atacaron esta los franceses anteayer de madrugada; mas no -pudieron romper su línea y tuvieron que retirarse.</p> - -<p>—¿Los franceses? Bien —dijo el Gran Capitán—. Pues si se retiraron, -¿cómo se entiende nuestra derrota?</p> - -<p>—Paciencia, señor mío, paciencia. Sepa usted que sin aparente -motivo, aunque es fácil comprender que ha habido algo de traición, la -vanguardia de Sepúlveda, a pesar de quedar victoriosa, se retiró a -Segovia. Avanzaron los franceses, y nos atacaron en nuestras posiciones -de Somosierra. Nosotros no teníamos fuerzas bastantes para defender -el paso, y mucho menos después de la defección, o no sé cómo<span -class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> llamarlo, de la vanguardia. -Sin embargo, nos resistimos toda la mañana de ayer, aglomerando -nuestra gente en el camino, y sin disponer de fuerzas ligeras que -flanquearan las alturas. Los franceses, que traen muchos soldados y -cuerpos de todas clases, dispusieron guerrillas de cazadores que en -un instante tomaron las alturas, y con un cuerpo de caballería polaca -nos cargaron en la carretera de un modo espantoso. No puede formarse -idea de aquel ataque sino viéndolo. Escuadrones enteros se estrellaban -contra nuestra batería, y centenares de jinetes caían despeñados a -los abismos que costean el camino; pero sus recursos son inmensos: -tras un escuadrón inútilmente sacrificado, lanzaban otro y otro, sin -que se les importara ver morir oficiales a centenares y generales por -docenas. Con este ataque incesante combinaban el fuego de las tropas -ligeras, desparramadas por los altos, y al fin sucumbimos al número, -que no al valor. Los franceses se abrieron paso a costa de inmensas -pérdidas, y luego persiguieron a los restos de nuestra tropa con tanto -encarnizamiento, que dudo que hayan podido sobrevivir muchos. La mayor -parte, pereciendo en aquellas fragosidades, han cumplido con su deber, -que era defenderlas mientras tuvieran cuerpo vivo en que recibir una -bala. No fue posible más, porque más habría sido hacer milagros, y -estos solo Dios los hace.</p> - -<p>Calló el oficial, y todos los que le oíamos estábamos tan -apesadumbrados y tristes con su relato, que nada le contestamos. -Tampoco<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> él habló -más, y así silenciosos y taciturnos llegamos a Madrid y a nuestra -Puerta de Los Pozos, donde el desgraciado tránsfuga halló una hoguera -en que calentarse, y un bocado con que reanimar sus fuerzas. Todos le -prodigaban solícitos cuidados, menos D. Santiago Fernández, el cual no -podía desechar cierta comezón y desasosiego.</p> - -<p>—Gabriel —me dijo, llevándome aparte—, no insisto por no parecer -pesado; pero digan lo que quieran los demás, ese hombre que hemos -encontrado no me gusta, y quiera Dios no tengamos que sentir; porque -yo sé, y tú sabráslo también, que en las guerras es muy común eso -de disfrazarse para visitar el campo enemigo y examinar a mansalva -las fortificaciones, así como también es cosa corriente sobornar a -algún infeliz para que, fingiéndose amigo, penetre en la plaza y haga -circular noticias falsas que desalienten a los sitiados.</p> - -<p>Amaneció el 2 de diciembre, y a favor de las primeras luces del día -se distinguieron fuertes columnas de caballería francesa en los cerros -del Norte. Ya estaban allí, y no eran pocos ciertamente.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch17"> - <h2 class="nobreak g0">XVII</h2> -</div> - -<p>Aquella mañana fue muy alegre para nosotros, porque sin motivo -alguno que lo justificara, nos sentíamos tan animados, que no -nos<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span> cambiáramos por -los sitiadores. El peligro había acallado por el momento todas las -discordias, y nuestro patriotismo nos achicaba las circunstancias -desfavorables, aumentando considerablemente las ventajosas. Todo se -volvía gritar, dando vivas y mueras, pues nada cuesta triunfar de este -modo con las fáciles armas de la lengua.</p> - -<p>Nos desayunamos muy contentos con lo que las mujeres del barrio, -altas y bajas, feas y bonitas, nos traían en repletas cestas. También -fue con la suya Doña Gregoria; mas del contenido de ella no probó -bocado D. Santiago, porque, según decía, en los momentos supremos no -debe embrutecerse el cuerpo con viciosos regalos.</p> - -<p>Lejos de asentir a la más mínima concupiscencia del paladar, increpó -D. Santiago a los glotones, y luego, pasando revista a sus compañeros, -que, desiguales en estatura, armamento y vestido, no tenían más -uniformidad que la de su vejez, ni otro aspecto respetable que el de -sus canas, les arengó así:</p> - -<p>—Muchachos, acordaos de que todos sois unos buenos chicos, y de que -os habéis cubierto de gloria en los reales ejércitos. Ha llegado la -ocasión suprema, y desde el momento en que se presenta a las puertas de -Madrid ese monstruo infame, ya no pertenecéis a vuestros hogares, ya -no pertenecéis a la oficina de Cuenta y Razón, ya no pertenecéis sino -a la patria. Compañeros: todos sois hombres experimentados; no como -estos mocosos rapazuelos, que no saben coger un fusil. ¡Ya se ve!<span -class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> ¡Cuándo las han visto -ellos más gordas! Y basta de sermones, que ahora, obras y no palabras, -y más vale una buena puntería que cien discursos; conque, compañeros: -¡viva Fernando VII! y sepan que los estima su amigo y seguro servidor -Santiago Fernández.</p> - -<p>Esta alocución del veterano hizo reír a muchos de sus amigos, y -casi, casi... si no fuera por temor a denigrar la memoria de varón -tan insigne, diría que la recibieron con chistes, jácaras y todas -las zandunguerías que son propias de los españoles, aun en apretadas -ocasiones de la vida; pero Fernández, sin hacer caso, seguía tomando -enérgicas disposiciones. Quiso también meter su cucharada en la -artillería, echándoselas de gran balístico; pero le mandaron que fuera -a rezar el rosario, insulto que le exasperó de tal manera, que, a no -reparar en consideraciones patrióticas de gran peso, habríale abierto -en dos tajadas la cabeza al descomedido y grosero que tal dijo.</p> - -<p>En confianza revelaré a mis lectores que el deslenguado y procaz -que de tal modo prohibió a nuestro Gran Capitán que se acercase a los -cañones, fue el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos, -personaje de todas las ocasiones y de todos los sitios, a quien la -suerte nos deparó también por compañero en aquella gran jornada.</p> - -<p>A eso de las doce nos visitó el Capitán General con D. Tomás de -Morla, y aunque los vitoreamos hasta quedar roncos, no me pareció que -estaban ellos muy satisfechos. Aún permanecían allí cuando distinguimos -un gran<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> tropel de -franceses por la Mala de Francia abajo y flanqueando el camino. Era la -avanzada del Cuerpo de Bessières que venía a intimarnos la rendición. -Cuando el parlamentario llegó a Los Pozos, poco faltó para que los más -belicosos y trapisondistas le despidieran a puntapiés; pero al fin -fue recibido decorosamente, y se le contestó que no nos daba gana de -rendirnos.</p> - -<p>—Como no sea por medio de artimañas, embaucamientos o pérfidas -tretas, semejantes a aquella del caballo de Troya, no nos rendiremos -—me dijo Fernández—. Mira qué cabizbajo se va el oficial a dar la -infausta nueva a su Emperador. Me parece que veo a este pateando y -arrancándose los pelos de rabia al saber nuestra respuesta.</p> - -<p>Durante aquella tarde no volvieron parlamentarios, ni se presentó -fuerza alguna francesa; pero a lo lejos distinguíamos el movimiento -de las columnas tomando posiciones y estableciendo trincheras para la -artillería, lo cual indicaba que los franceses diferían la función para -el día 3. Durante la noche el mariscal Ney hizo otra intimación; pero -fue hacia la parte de Recoletos o Puerta de Alcalá.</p> - -<p>—¿Ves cómo no se atreven a volver acá, ni quieren más cuentas con -nosotros? —dijo el Gran Capitán cuando lo supo—; pero allá les habrán -contestado lindezas. Ya se ve: comprendiendo que por las armas no -pueden nada, ponen en juego melosidades, agasajos y socaliñas. Pero -durmamos, Gabriel, con toda tranquilidad, pues me parece que mañana 3 -tampoco<span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> habrá nada, -y sabe Dios si al ver el aparato de estas intomables fortificaciones, -habrán decidido retirarse del lado allá de la sierra.</p> - -<p>No necesito decir que de todo en todo se engañaba mi optimista -amigo, pues cuando dormíamos a pierna suelta en la huerta de Bringas -al calor de una hermosísima hoguera, nos despertaron unos tremendos -cañonazos que retumbaban en todo Madrid con pavoroso ruido.</p> - -<p>—¡A las armas! —dijo Fernández—. Levántense todos, y si cae una -granada, arrojarse de barriga. Mi opinión es que hagamos una salida -para ver de ponerle las peras a cuarto a esos de los cañoncitos. Mirad, -chicos: hacia Chamberí hay una batería.</p> - -<p>Al punto nuestros artilleros, que eran mitad de línea y mitad -paisanos, se dispusieron a la defensa; y como dos de las piezas -hicieran fuego, no quisimos ser menos los infantes, y allá fue una -descarga sin saber contra quién.</p> - -<p>Densa niebla envolvía la tierra, y no se percibían los lejos, lo -cual hizo que figurándonos nosotros tener enfrente un formidable -ejército, disparásemos cañones y fusiles en ruidosísima salva sin -resultado alguno, pues los franceses no soñaban con atacar Los Pozos, -y las detonaciones oídas eran las de la artillería que empezaba a -embestir la Puerta de Recoletos.</p> - -<p>—Cese el fuego —dijo nuestro jefe—. No nos atacan ni hay enemigos en -la Mala de Francia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span>—¿Pues cómo ha de -haber? —dijo el Gran Capitán dando fuerte patada en el suelo—. ¿Cómo ha -de haber si han huido todos?</p> - -<p>—No hay tal trinchera ni cosa que lo valga en Chamberí. Los -franceses están hacia la Fuente Castellana.</p> - -<p>—A mí que no me vengan con músicas —gruñó el Gran Capitán preparando -su arma—. Favorecidos de la niebla, esos miserables quieren engañarnos. -Haré fuego mientras me quede un cartucho.</p> - -<p>Seguía disparando como si quisiera acribillar la espesa cortina -de niebla, por cuyo insensato acaloramiento pronto se quedó sin -municiones. Y como continuaran oyéndose tiros de cañón hacia nuestra -derecha, Fernández exclamaba, volviéndose a sus amigos:</p> - -<p>—Van en retirada, valientes compañeros. Gracias a vuestro arrojo -temerario, todo se acabará felizmente.</p> - -<p>Por largo tiempo estuvimos quietos y mudos, esperando con la -mayor ansiedad a que de una vez se nos atacara; pero pasaban horas y -como no fuera D. Santiago, nadie veía enemigos enfrente, ni lejos ni -cerca. Entre ocho y nueve, el fuego de cañón y de fusilería arreció -tanto por Recoletos, que no dudamos era este sitio teatro de una -vigorosa lucha; y al mismo tiempo, como comenzase a disiparse la -niebla, vimos que cesaba poco a poco aquel desdeñoso abandono en que -el Emperador nos tenía, porque corrían de oriente a poniente algunas -columnas con apariencia de tener en respeto a las cuatro puertas -septentrionales.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span>—Gracias a Dios -—dijo Fernández—, que se atreven a atacarnos. Por detrás del parador -del Norte me parece que avanza un cuerpo de artillería de batalla.</p> - -<p>No tardaron en romper el fuego contra las trincheras de Los Pozos, -y nuestros seis cañones, que ya rabiaban por tomar formalmente la -palabra, contestaron con precisión; mas para que todo fuera desastroso, -mientras la bala rasa de sus piezas nos deterioraba los espaldones, -nuestros proyectiles, lanzados por la carretera adelante o hacia la -derecha, apenas llegaban hasta ellos: tan inferior era la artillería -española en aquel trance. Entonces comenzó una lucha, que antes que -lucha debería llamarse simulacro, harto deslucida para nosotros, pues -más nos hubiera valido ser destrozados por el enemigo, que soportar tan -cruel situación; y fue que los franceses nos cañoneaban desde muy lejos -con sus piezas de superior calibre, y mientras recibíamos cada poco -rato la visita de una bala rasa o de una granada, a nosotros no nos era -posible hacerles daño alguno.</p> - -<p>—Pero esos cobardes, canallas, ¿por qué no se acercan? —decía -Fernández bufando de cólera—. Eso no es de caballeros, no, señor: -cañonearnos sin piedad, destruyendo los parapetos con tanto trabajo -levantados, y ponerse en donde no alcanzan las balas de aquí, eso no es -de gente hidalga, y bien dicen que Napoleón ha hecho siempre la guerra -de mala fe.</p> - -<p>—¡Malditos sean! —gritó el oficial que nos<span class="pagenum" -id="Page_187">p. 187</span> mandaba—. Esta era ocasión para hacer una -salida, si tuviéramos un puñado de gente de la buena que yo conozco.</p> - -<p>—¿Pues y nosotros, pues y mis amigos, todos estos bravos muchachos -de la compañía de <i>honrados</i>? —dijo el Gran Capitán dando un -fuerte golpe en el suelo con la culata—. ¿Pues qué desean ellos, sino -es salir para que esa canalla se marche de ahí o se ponga al alcance de -nuestros fuegos?</p> - -<p>—Lo que es eso, buenos tontos serán si lo hacen, pudiendo foguearnos -a pecho descubierto.</p> - -<p>—Saldremos, sí, saldremos —insistió mi amigo—. Muchachos, os conozco -en la cara el ardor sublime y el generoso patriotismo que os inflama. -Rabiando estáis por cebaros en esa gentuza. ¿Salimos, señor coronel?</p> - -<p>El coronel se rio con lástima y pena al ver la bravura del -anciano. Uno de los <i>honrados</i>, a quienes Fernández llamaba -<i>muchachos</i>, aseguró que no podía dar un paso porque el reúma se -lo impedía; otro dijo que el ruido de los cañonazos le había vuelto -completamente sordo, y un tercero se tendió en el suelo de largo -a largo, lamentándose de haber cogido una pulmonía por razón del -mucho frío y desabrigo en que toda la noche estuvieran. Entre los -demás <i>honrados</i>, había alguna gente fuerte y valerosa; pero -casi todos los del grupito que rodeaba a D. Santiago, componíase de -unos Matusalenes tan mandados recoger, que daba compasión verles. -Cuando algunas mujeres de Maravillas y del Barquillo vinieron<span -class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span> tumultuosamente a Los Pozos -y pidieron con gritos y chillidos que les dieran las armas de los -ancianos, yo creo que se hizo mal en no acceder a su petición; y aunque -todos ellos rechazaron indignados tan deshonrosa propuesta, sospecho -que alguno pedía interiormente a la Virgen Santísima que lograran su -objeto aquellas valientes semidiosas de San Antón y de la Chispería.</p> - -<p>La defensa de aquella posición continuó por espacio de más de una -hora, sin más accidentes que los que he referido. Hacíamos fuego -de cañón ineficazmente, y lo sufríamos de los franceses sin poder -causarles daño. Indudablemente su intención era entretenernos, mientras -se verificaba el ataque formal por Recoletos; y seguros de su triunfo, -no querían sacrificar hombres inútilmente lanzándoles contra posiciones -que al fin se habían de rendir. Cerca de las diez, el que nos mandaba -recibió aviso de enviar a Recoletos la gente de infantería que no -necesitase, y así lo hizo, tocándome a mí marchar entre los cien -hombres destinados a aquella operación.</p> - -<p>Por el camino, mientras atravesamos las calles de San Opropio y -de las Flores hasta llegar a la Plazuela de las Salesas, encontramos -mucha gente que corría alarmadísima, dando a entender con sus -gritos y agitación que la cosa iba mal. Extendiéndonos luego por -la calle de los Reyes Alta<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" -class="fnanchor">[3]</a>, bajamos por la del Almirante a la Ronda -de Recoletos,<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> -donde reinaba gran confusión. Fuerte cañoneo se oía por detrás de la -Veterinaria, edificio que ustedes habrán conocido en el solar de la -comenzada Biblioteca, y también por detrás de los Hornos de Villanueva -y del Pósito, hacia la Puerta de Alcalá. El convento de Recoletos -estaba ocupado por tropa española; pero en el momento en que nosotros -llegamos casi toda la fuerza salía, por ser más necesaria fuera que -dentro. En el principio del ataque, la batería puesta detrás de la -Veterinaria rechazó con tanta energía el empuje de los franceses, -mandados en persona por el mismo Emperador, que este tuvo que -retroceder a toda prisa.</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Hoy de -las Salesas.</p> - -</div> - -<p>Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los -jardines y palacios del costado oriental de la Castellana; figuraos -aquella casi desnuda planicie poblada por numerosa tropa francesa de -todas armas, con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la -Plaza de Toros, otro contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis -completa idea de la situación. En el centro de aquellas tropas y en -lo que hoy es parte de la calle de Serrano, poco más o menos entre el -jardín llamado del Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón -sereno y tranquilo, montado en aquel caballejo blanco que había pateado -el suelo de las principales naciones del continente; allí estaba, sí, -disponiendo los movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo -derecho el catalejo con que alternativamente miraba, ya a este punto, -ya al otro. Como es fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión; -pero<span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span> me lo figuraba -y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y -por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos -pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia, -cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba -por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con -la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces -una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su -tosecilla, sus mugidos, sus golpes en la barriga, sus polvos de tabaco -y sus delgadas y finas sonrisas, el <i>ogro de Córcega</i> nos estaba -partiendo de medio a medio.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch18"> - <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2> -</div> - -<p>Y digo esto porque la batería de la Veterinaria, después de una -defensa heroica, caía en poder de los franceses, precisamente en el -momento en que llegamos, refuerzo tardío, los de la Puerta de Los -Pozos. Ya no había nada que hacer allí. ¿Podía prolongarse aún la -resistencia en el Retiro? Así lo creímos en el primer momento; pero -no tardamos en perder esta ilusión, porque atacado aquel sitio por -treinta cañones, no tardó en entregar sus débiles tapias, que lo -eran de jardín y no de fortaleza. Así es que mientras un regimiento -de<span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span> voluntarios y -otro de ejército recibían a tiros con admirable arrojo en Recoletos a -la primer columna francesa que se destacó a apoderarse de la Puerta, -los defensores del Retiro, faltos de recursos, de armas y de jefes, -retrocedían al Prado, fiando la defensa a las barricadas de la calle de -Alcalá. El momento aquel lo fue de gran pánico y de consternación; pero -la verdad es que entre mucha gente apocada, la hubo también resuelta y -decidida.</p> - -<p>Perdido al fin Recoletos, corrimos todos por la calle del Barquillo -hacia la de Alcalá, y cuando llegamos, ya los franceses eran dueños -del Pósito, del palacio de San Juan, y procuraban apoderarse de San -Fermín y de la casa de Alcañices. Fue muy mala idea la de construir la -gran barricada más arriba del Carmen Calzado, dejando al descubierto -la calle del Turco y todos los edificios del extremo de aquella gran -vía; así es que los imperiales apoderáronse fácilmente de estos, y -abriéndose paso después por el interior a la citada calle del Turco, -dominaron de tal modo la posición, que al cabo de un cuarto de hora -de estéril tiroteo, vimos que era preciso buscar la nuestra un poco -más arriba, entre Vallecas y el callejón de Sevilla. Se hacía fuego -tenazmente desde los balcones de ambos lados de la calle, y no había -casa alguna que no fuese improvisada fortaleza, pues la tenacidad de -nuestros paisanos era tanta, que no les acobardaba ver la creciente -ventaja del enemigo, su inmensa fuerza y arrogancia. La población, -antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un<span -class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> furor parecido al del -2 de mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales -de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas -invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían -de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación -popular y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no -comprender en paisanos y menos en mujeres.</p> - -<p>En medio de esta refriega se hizo la tercera intimación, y cuando -creímos que nuestros jefes contestarían a ella mandando redoblar -el fuego, observamos que este cesaba en la gran barricada, y que a -todo escape corría a caballo el Marqués de Castelar hacia la casa de -Correos, donde estaba la Junta permanente.</p> - -<p>—¿Qué hay, Sr. D. Diego? —pregunté a este, viéndole venir hacia mí, -con su escarapela de <i>honrado</i>—. No sabía que también estaba usted -entre nosotros.</p> - -<p>—He estado en el Retiro desde el amanecer —me contestó—. Pero ¿qué -se había de hacer con tan mala y tan poca artillería?</p> - -<p>—¿Pero por qué ha cesado el fuego?</p> - -<p>—El Marqués de Castelar ha pedido una tregua para consultar a la -Junta. Creo que habrá capitulación. ¿Has visto a Santorcaz?</p> - -<p>—¿Yo?... Ni ganas.</p> - -<p>—Pues te andaba buscando ayer tarde con mucho empeño.</p> - -<p>—¿También se ha batido D. Luis?</p> - -<p>—¡Vaya! en el Retiro estaba hace poco gritando como un furioso -y jurando matar a los que nos han hecho traición. Pero luego nos -ha<span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span> aconsejado que -nos retiremos a nuestras casas, porque es imposible pelear contra los -franceses.</p> - -<p>Subía la calle arriba mucha gente del bronce, gran número de -<i>honrados</i>, voluntarios y algunas mujeres, y por las imprecaciones -que oí en boca de todos, se comprendía que los defensores de Madrid no -habían recibido bien la suspensión de armas.</p> - -<p>—Como que les han untao —decía un majo de trabuco y charpa.</p> - -<p>—¡Que nos han vendío! —exclamaba una mujer, en quien me pareció -reconocer a la viuda de Chinitas.</p> - -<p>—Si cojo a Castelar por delante, me lo como.</p> - -<p>—Ya me percataba yo que el Tomasillo Morla estaba vendido al Tuerto. -¿Cuánto va a que él puso los cartuchos de arena?</p> - -<p>—¡Más vale morir que rendirse! Canallas, cobardes: si tenéis miedo, -quitaos de en medio, y dejadnos a nosotros.</p> - -<p>—Compañeros, antes que la corte de las Españas y la mapa del mundo, -que es Madrid, caiga en poder de los gabachones, tuertos, botelludos, -dejémonos matar tras esas piedras.</p> - -<p>—¡Que hayamos vivido para ver esto!</p> - -<p>—Ni la Junta, ni el Consejo, ni los Generales, ni el Corregidor, ni -ninguno de esos Caifases tienen tanto así de vergüenza.</p> - -<p>De este modo, en diversos estilos, expresaba el pueblo de Madrid -su rabia, no tanto por verse casi vencido, como por echar de menos -el amparo de las autoridades, y encontrarse<span class="pagenum" -id="Page_194">p. 194</span> solo entre un enemigo formidable y un poder -débil, incapaz de imitar las desesperadas sublimidades de Zaragoza -y Valencia. Así es que desde la suspensión de la lucha cundió el -desaliento tan rápidamente, y la idea de una capitulación indispensable -se apoderó tan pronto de todos los espíritus, que las armas se caían -de las manos. Cercados por poderoso enemigo, ¿qué podía hacerse sin -entusiasmo, y qué entusiasmo cabía allí, donde los jefes no contaban -para nada con lo extraordinario, con lo divino, con aquella táctica -ideal y no aprendida, que o detiene las catástrofes o las hace -gloriosas, no dejando al vencedor sino lo material de la victoria, la -posición topográfica, aquello que podrá ser lo principal en los hechos -de un día, pero que es lo secundario y lo último en la historia?</p> - -<p>El pueblo español, que con presteza se inflama, con igual presteza -se apaga, y si en una hora es fuego asolador que sube al cielo, en -otra es ceniza que el viento arrastra y desparrama por el bajo suelo. -Ya desde antes del sitio se preveía un mal resultado por la falta de -precaución, la escasez de recursos y la excesiva confianza en las -propias fuerzas, hija de recuerdos gloriosos a todas horas evocados, -y que suelen ser altamente perjudiciales, porque todo lo que aumenta -la petulancia, lo hace quitándoselo al verdadero valor. Lo que habían -preparado las discordias, la impremeditación y la soberbia, rematolo la -excesiva prudencia de autoridades timoratas, que además de no ver dos -palmos más allá de sí mismas,<span class="pagenum" id="Page_195">p. -195</span> no comprendieron que la capital no debía rendirse con menos -aparato que la última aldea de Castilla. La presencia de Napoleón traía -a aquellos pobres señores muy azorados, y tanto se preocuparon de sus -togas, de sus posiciones, de sus fajas y de sus sueldos, que con todas -estas telarañas ante los ojos era imposible que pudieran ver cosa -alguna.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch19"> - <h2 class="nobreak g0">XIX</h2> -</div> - -<p>Diose orden de que los cuerpos ocuparan sus primitivas posiciones, y -partí otra vez a Los Pozos, contemplando por el camino el espectáculo -de Madrid abatido y desilusionado. En algunas partes, escenas de -escandalosa protesta contra las autoridades, y amenazas y gritos; -en otras, vergonzoso silencio y raras manifestaciones de la general -angustia.</p> - -<p>Cuando llegué a la Puerta de Los Pozos, los soldados y voluntarios -estaban en actitud un tanto sediciosa. El Gran Capitán, que continuaba -en el jardín de Bringas, no quería creer la noticia de la próxima y ya -inevitable capitulación.</p> - -<p>—Gabriel —me dijo—, eso que cuentan no puede ser cierto, y sin duda -es alguna estratagema de D. Tomás de Morla. ¡Cómo se miente! ¿Creerás -que unas desvergonzadas mujeres llegaron aquí diciendo que el Prado y -media<span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span> calle de Alcalá -estaban en poder de la Francia? Me dio tal enfado, que si no estuviera -mi mujer entre las que tal insolencia decían, las habría atravesado de -parte a parte.</p> - -<p>No quise darle un disgusto, y callé.</p> - -<p>—Aquí hemos tenido un combate terrible —continuó—. Se atrevieron a -acercarse, y esa compañía de voluntarios salió y les hizo tan terrible -fuego, que no han vuelto a asomar las narices. En tan grande acción, no -tuvimos más que cinco muertos y once heridos.</p> - -<p>Vi, en efecto, que Pujitos se ocupaba en acomodar estos últimos -en las casas inmediatas con auxilio del generoso vecindario, y que -en torno a los cinco primeros una multitud de mujeres entonaban -estrepitoso miserere de imprecaciones y lamentos. En las cuatro puertas -septentrionales no había ocurrido otra lucha importante que aquella que -Fernández me refería.</p> - -<p>El cual prosiguió así:</p> - -<p>—Pensar que aquí nos rendiremos, es pensar en lo imposible. Ríndase -todo Madrid; mas no se rendirán Los Pozos. ¿No es verdad, muchachos?</p> - -<p>Los <i>muchachos</i>, sentados en el suelo del citado jardín, y a la -redonda, despachaban unas sopas, acompañados de mujeres y chiquillos; -y con tanta gana comían, y tal era su pachorra y tranquilidad, que no -me parecieron dispuestos a secundar los gigantescos planes del portero -de la oficina de Cuenta y Razón. Antes bien, el uno con su reumatismo, -el otro con sus toses, y aquel con sus escalofríos, tenían<span -class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> cara de satisfechos por el -fin de una aventara que empezó con visos de ser broma pesada.</p> - -<p>—Pues si está de Dios que nos rindamos, nos rendiremos —dijo un -bravo, que lo menos tenía a cuestas sesenta años y pico.</p> - -<p>—Hemos hecho todo lo que exigía el honor. No es posible más —dijo -otro—. Cuando los jefes han acordado la rendición, ya sabrán que es -imposible resistir.</p> - -<p>—Yo —añadió un tercero— he cumplido con mi deber. Lo menos he -disparado tres tiros.</p> - -<p>—Y yo, aunque no he disparado ninguno, le cargaba la escopeta a -aquel soldadillo del bigote rubio.</p> - -<p>—Esto no se puede oír —exclamó bramando de ira D. Santiago—. Pero -¿qué se puede esperar de unos hombres que se ponen a comer sopas, -cuando tenemos a cien varas de nosotros al vencedor de Europa? ¡Fuera -de aquí, almas de mazapán, cuerpos momios y sangre de arrope! ¿De qué -os valen esas canas que estáis deshonrando? ¿De qué vuestros años, -hasta ahora no envilecidos? ¿De qué el haber asistido a aquellas -gloriosas campañas?... Nada, lo dicho, dicho. Se rendirá Madrid; pero -no se rendirán Los Pozos.</p> - -<p>—Mira, marido mío —dijo a esta sazón Doña Gregoria, que en unión -de las otras vecinas había venido con un canastillo y algo de bebida -para D. Santiago—, ya has cumplido con tu deber; ya te has portado como -un valiente, y tan verdad es esto, que por todo Madrid andan contando -tus hazañas, y hasta el Capitán<span class="pagenum" id="Page_198">p. -198</span> General dicen que echó un discurso poniéndote por modelo de -los buenos patriotas. Basta ya, y puesto que todo se acabó, y no hay -más guerra por ahora, no seas testarudo. ¿Qué vas a hacer tú solo?</p> - -<p>El Gran Capitán no contestaba, y paseo arriba, paseo abajo, con el -arma al brazo, atendía tan solo a sus agitados pensamientos.</p> - -<p>—Dejémonos de tonterías, marido mío —añadió Doña Gregoria—, y vamos -a despachar este cocidito y esta botella de vino. ¿Acaso puede Napoleón -decir que te ha vencido? Eso no, porque buen cuidado tuvo de no asomar -por aquí; que si tú lo llegas a coger...</p> - -<p>—Quítate de mi vista, vete de aquí —gritó de improviso el veterano—; -y no me seduzcas con tu cocidito y tu bebida, que no soy hombre que se -entrega a la molicie en días de peligro. Afuera los cantos de sirena, y -las seducciones del amor y los ricos manjares. No como: he dicho que no -como, y basta. He dicho que no volveré a mi casa vencido, y no volveré. -Se rendirá Madrid; pero yo no me rindo.</p> - -<p>—¡Hay hombre más cabezudo!</p> - -<p>Entonces el Gran Capitán llamó a su mujer, y llevándola aparte -conmigo a un rincón de la huerta de Bringas, que era donde estábamos, -le habló así muy gravemente:</p> - -<p>—Señora Doña Gregoria Conejo, ¿cuánto hace que nos casamos?</p> - -<p>—Cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, si no cuento -mal —respondió absorta la anciana, sin comprender en qué pararía -aquello.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>—En estos cuarenta -y cinco años, tres meses y nueve días, ¿le he dado algún disgusto a la -señora Doña Gregoria Conejo?</p> - -<p>—No, marido mío —respondió algo conmovida.</p> - -<p>—Pues bien: si le he dado alguno, le ruego que me lo perdone, y está -dicho todo.</p> - -<p>—Tú estás loco, Santiaguillo. ¿A qué dices esas necedades?</p> - -<p>—¿Tiene usted alguna queja de su marido?</p> - -<p>—Yo no; y como él no la tenga de mí...</p> - -<p>—Pues por mi parte —dijo el Gran Capitán con alguna emoción—, yo le -digo a Doña Gregoria Conejo que la quiero hoy lo mismo que el día que -nos casamos, y que todavía me parece tan guapa, tan mona y tan salada -como cuando éramos novios, y que no tengo ninguna queja de ella, más -que la de no haberme dado hijos, lo cual, en verdad, ha sido voluntad -de Dios.</p> - -<p>—Sí, niñito mío —respondió la vieja—; ¿pero a dónde va tanto -hablar?</p> - -<p>—Esto va a que te retires y me dejes, porque si no, reñimos por -primera vez. Pero te has de ir perdonándome todo agravio que te haya -hecho en el discurso de nuestra común vida. En mi testamento te dejo -todo lo que poseo, que no es mucho, y además de las ocho misas que dejo -mandadas, harás que me digan otras ocho. Y quiero que me entierren con -mi lanza y con los dos reales que me dio Don Luis Daoiz, cuando le -llevé las botas a la calle de la Ternera, y basta ya de palabras.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span>—¡Ay, Santa Virgen -de Maravillas, que mi marido está loco y se quiere matar! —exclamó Doña -Gregoria, echándole los brazos al cuello—. Santiaguillo, no digas tales -simplezas... ¿Me quieres dejar viuda? ¿Qué es eso de testamentos y -misas?</p> - -<p>—He dicho que si Madrid se rinde, no se rendirán Los Pozos; y si Los -Pozos se rinden, no se rendirá el jardín de Bringas —afirmó secamente -el anciano, deshaciéndose de los brazos de su esposa—. ¡Atrás, -seductora; atrás, sirena; atrás, flaqueza de mi valor!</p> - -<p>—¡Bárbaro, animal! —dijo llorando la buena mujer—. ¡Este pago me -das; así tratas a la que te ha querido tanto! Si fue ayer cuando -nos casamos, y me parece que te estoy viendo venir con tu gorra de -cuartel, tan garboso y tan chusco, a la reja de la casa donde yo -servía... A ver, chiquillo, si te acuerdas de aquellas coplitas que me -cantabas...</p> - -<p>—Yo no estoy para coplitas, señora. Retírese usted.</p> - -<p>—¡Y estar una queriendo a un hombre cincuenta años, estar una -enamorada toda la vida y mirándose en los ojos de su marido, para -recibir este pago!... Santiago, mira que me enfado. Vámonos a casa, y -maldito sea el Emperador, causante de mis desgracias, y a quien vea yo -comido de perros.</p> - -<p>Ni los ruegos, ni las amenazas, ni los artificios de su mujer, -quebrantaron la entereza de mi ilustre amigo, el cual, resistiéndose -a tomar alimento, por no caer en la molicie, rechazando toda idea de -descanso, volvió a pasearse<span class="pagenum" id="Page_201">p. -201</span> de largo a largo en la extensión de la huerta, arma al -brazo.</p> - -<p>Y sucedió que una infinidad de chiquillos del barrio, a quienes -antes se había prohibido introducirse allí, vencieron, por fin, con la -gran fuerza de su curiosidad y travesura, los rigores de la guardia; -se colaron repentinamente y en tropel; recorrieron la fortificación, -metiendo las narices por todas partes, y tocando con sus manos los -cañones y cureñas, gozosos de ver tan de cerca todo aquel tremendo -aparato. Como el asedio se daba por concluido, nadie se cuidaba de -estorbar su impertinentísima inspección y entrometimiento. Luego que -en todo pusieron las manos, las narices y los ojos, empezaron a imitar -a los soldados, dando gritos de guerra y marchando a compás, todo -según en las personas mayores habían visto, y con estos militares -aspavientos entráronse por la huerta de Bringas adelante, batiendo -cajas, disparando tiros, soplando cornetas y relinchando al modo de -caballos, todo hecho con la boca, en mil discordes sones que atronaban -el espacio. Y en cuanto divisaron a D. Santiago Fernández, a quien -los más conocían, fueron derechos a él y le rodearon, gritando entre -saltos, brincos, cabriolas y corcovos: «¡Viva el Gran Capitán, viva el -Grandísimo Capitán!»</p> - -<p>Visto y oído lo cual por nuestro insigne veterano, parose, y -quitándose el sombrero hizo varios saludos y cortesías, diciendo:</p> - -<p>—Gracias, mil gracias, señores míos. Ya he dicho que si Madrid se -rinde, yo no me rindo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span>Las aclamaciones y -los chillidos, siempre acompañados de zapatetas, cabriolas y vueltas de -carnero, tocaron los límites del delirio.</p> - -<p>—Todos vosotros sois grandes patriotas, ¿no es verdad? —prosiguió mi -amigo—; y no como estos cobardes, corrompidos por los placeres. Ya veo -que la juventud vale más que la edad madura, y a mi lado os quisiera -ver, valientes españoles, defendiendo a nuestro amado Monarca.</p> - -<p>La algazara y jaleo de los muchachos al oír esto, fue tal, que no -cabe en descripción ni en pintura, pues no parecía sino que cuantos -angelitos engendraron los matrimonios de un siglo, estaban allí -haciendo de las suyas. Allí vierais el correr, el atropellarse, el -darse de coscorrones, el cantar y gritar, el batir palmas, el tirar -coces, el correr y dar vueltas, arremolinándose en torno de mi amigo, -cuyas piernas por largo tiempo estuvieron sin movimiento en medio de -aquel zumbador enjambre.</p> - -<p>—Tantas muestras de afecto, señores —dijo al fin—, me conmueven, -y no las puedo considerar sino como una prueba de lo bien acogida -que ha sido en Madrid mi conducta. Pero digan ustedes por ahí que el -cumplimiento del deber no merece alabanzas, pues estas solo son para -lo extraordinario y heroico. Mi deber es defender este sitio, y le -defenderé. Conque basta ya de aclamaciones y aplausos.</p> - -<p>¡Pero que si quieres! ¡Buena familia era aquella para hacer caso -de tales exhortaciones! Fue preciso que uno de los jefes diera orden -de echarlos afuera, y aun así costó trabajo<span class="pagenum" -id="Page_203">p. 203</span> librar a D. Santiago de la ruidosa -ovación. Además, quiso nuestro coronel que todas las personas extrañas -desalojaran el recinto fortificado, y al fin, no sin esfuerzo, hicimos -salir a las mujeres, inclusa Doña Gregoria, que se fue llorosa -y entristecida, encargándome que no perdiese de vista a su buen -marido.</p> - -<p>No sé si he dicho que por Los Pozos había pasado poco antes a -caballo D. Tomás de Morla, camino de Chamartín, donde el Corso tenía -su cuartel general. Largo rato duró la conferencia con el Emperador, -porque el regreso de Morla fue muy tarde, y por cierto que, al volver, -su rostro demudado y tenebroso demostraba que en la entrevista había -habido sapos y culebras. Aquel gigante con corazón de niño fue tratado -por Napoleón como un muchacho de escuela. Después se supo que el -vencedor le puso cual no digan dueñas, sacándole a relucir el haber -permitido que no se cumpliera la capitulación de Bailén, y amenazándole -con fusilarle a él y a sus tropas si la población no se rendía antes de -las seis de la mañana del día siguiente.</p> - -<p>La tarde pasó sin ningún acontecimiento militar digno de contarse. -Los franceses ocupaban sus posiciones sin hacer fuego, y nosotros, -seguros de que todo se daría por concluido, estábamos también quietos y -en expectativa. La agitación en el interior de la villa, persistía; y -según oí, numeroso gentío, nada tranquilo por cierto, llenaba la Puerta -del Sol, con la atención fija en la casa de Correos, residencia de la -Junta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span>Rendido de -cansancio, el gran Pujitos tendiose en el suelo junto a mí, y me -dijo:</p> - -<p>—Ya esperaba yo esto que ha pasado. ¿No te dije que los traidores -iban a vendernos a los franceses?</p> - -<p>—Más que a la traición —respondí con mucha tristeza—, debemos -atribuir este mal resultado a la falta de recursos para la defensa.</p> - -<p>—¿Qué? —gritó el héroe con mucho enojo—. ¡Qué falta de recursos ni -qué niño muerto! Con los voluntarios basta y sobra. Pero, hijo, contra -traidores nada podemos, y así los vea yo podridos, y mala sarna se los -coma. Hace poco estuvo aquí el malcarado y peor chapado Santorcaz, y -no lo despabilé por aquello de que uno no quiere meter bulla en estas -ocasiones; pero...</p> - -<p>Y dio un resoplido que anunciaba exterminadores proyectos contra los -enemigos de la patria.</p> - -<p>—¿Y a qué vino acá ese charlatán embaucador?</p> - -<p>—A buscarte, muchacho. ¿Sabes que debes andarte con cuidado? Cuando -le dijimos que no estabas, dio la gran patá en el suelo y apretó los -dientes. Venían con él Majoma, Tres Pesetas y otros perdidos que ahora -le hacen la comitiva, junto con un tal Román, que fue criado de una -casa rica. Este, cuando oyó que no estabas y vio que Santorcaz daba -aquella gran patá, le dijo: «Pues esta noche no se nos escapará.» ¿Qué -tal? Mala gente es esa, Gabriel, y ya te dije que están vendidos en -cuerpo y alma a los franceses. De modo que ahora<span class="pagenum" -id="Page_205">p. 205</span> hay que huir de ellos como de la sarna, -porque los meterán en lo que llaman <i>pulicía</i>, que es al modo de -alguaciles, para prender al que se les antoje.</p> - -<p>—No me prenderán a mí —dije—, por lo menos mientras sea soldado. -Después de la rendición, yo buscaré medios de que no me cojan, aunque -la verdad, amigo Pujitos, no sé por qué me quieren mal esos señores, ni -por qué hablan de si me escaparé o no me escaparé.</p> - -<p>—Te digo que son malos más que Judas, y que ahora harán ellos migas -con los franceses, como que todos son unos, lobos y zorros... pues, y -a todo el que tengan entre ojos le molerán a palos, si no es que me le -arman un trementorio de otrosíes, y me lo empapelan y me lo ponen a la -sombra.</p> - -<p>—En todo eso que ha dicho el amigo Pujitos —respondí— hay mucho -de verdad. Quiera Dios no nos den que sentir esos bergantes; y si en -Madrid no podemos vivir, afuera todo el mundo, y combatamos allí donde -sepan morir antes que rendirse a los franceses.</p> - -<p>Levantose el héroe, y poniéndose la mano en el pecho, hizo -exclamaciones de ardiente patriotismo, después de lo cual nos -separamos.</p> - -<p>Al avanzar la noche, la tropa de línea que estaba en Los Pozos -recibió orden perentoria de internarse, y fue que cuando la Junta -acordó formalmente la capitulación, no queriendo el Marqués de Castelar -presenciar este hecho, ni tampoco que se rindiera la tropa, discurrió -el escapar con ella por la Puerta de Segovia, lo que verificó con -toda felicidad a media noche.<span class="pagenum" id="Page_206">p. -206</span> Solos los paisanos, ¿qué esperanza quedaba? Para que la -rendición de Madrid fuera honrosa, la diplomacia, no las armas, debía -hacer un esfuerzo.</p> - -<p>Yo conté al Gran Capitán lo que pasaba, con la esperanza de que, -desalentado, se retirase a su casa, como habían hecho otros pobres -veteranos, convencidos de su inutilidad. El juró y perjuró que era -imposible una capitulación acordada por la Junta; pero contra lo que yo -esperaba, de repente dijo:</p> - -<p>—Tengo que ir a mi casa, Gabriel: ¿quieres acompañarme?</p> - -<p>—Al instante —le contesté.</p> - -<p>Y pedimos permiso al jefe, que nos lo concedió de buen grado. Era ya -muy entrada la noche.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch20"> - <h2 class="nobreak g0">XX</h2> -</div> - -<p>Pronto llegamos a nuestra morada de la calle del Barquillo. Abrió -mi amigo la puerta de su casa, con llave que consigo llevaba; subimos; -abrió la entrada de su domicilio de la misma manera, y encontrámonos -dentro de la salita, donde tantas veces me ha visto el discreto lector -en compañía de mis amables vecinos. En la pared del fondo, donde -desde inmemoriales tiempos tenía asiento la lanza consabida, había -una especie de altarejo, sobre<span class="pagenum" id="Page_207">p. -207</span> cuya tabla dos velas de cera, puestas en candeleros de -azófar, alumbraban una imagen de la Virgen de los Dolores, un San -Antonio y otros muchos santos de estampa, que de los cuatro testeros -habían sido descolgados para congregarlos allí. Algunas cintas y lazos -a falta de flores, servían de adorno al improvisado tabernáculo, -con varios jarros y cacharros antaño lujosos y bonitos, pero ya -perniquebrados, mancos y heridos. Delante de todo esto, estaba el -sillón de cuero, y sentada en él Doña Gregoria, profundamente dormida. -La pobre mujer, que de tal modo se había rendido al cansancio, tenía la -cabeza inclinada sobre el pecho, aún humedecida la cara por recientes -lágrimas, y sus cruzadas manos indicaban que el sueño la había -sorprendido en lo mejor de su fervorosa oración.</p> - -<p>Quedose suspenso el esposo al verla, y después me dijo:</p> - -<p>—Gabriel, no hagamos ruido, porque no se despierte; que más vale que -descanse la pobrecita.</p> - -<p>Después, llegándose a una cómoda vieja que en un rincón había, -añadió en voz muy baja:</p> - -<p>—Aquí en la tercera gaveta está mi testamento, y en esta otra todo -el dinero que tengo ahorrado, con el cual mi mujer puede mantenerse -en lo que le quedare de vida, que no será mucho. Voy a escribir mis -últimas disposiciones. No chistes, ni me respondas nada.</p> - -<p>Y acto continuo sentose junto a la mesilla, y con una pluma de ganso -mal cortada, trazó<span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span> -sobre un papel dos docenas de torcidas líneas.</p> - -<p>—Aquí dispongo —añadió alzando la vista del papel— que las misas me -las digan en San Marcos, donde está enterrado D. Pedro Velarde, ese -valiente entre todos los valientes. En cuanto a mis huesos, no dispongo -nada, porque no se dónde caerán.</p> - -<p>—¿Todavía está usted con esas manías? —dije—. Hablaré en voz alta -para que despierte Doña Gregoria y le ponga a usted las peras a -cuarto.</p> - -<p>—No harás tal, porque te estrangularé, que no quiero que ella -abandone su blando sueño para pasar amarguras. Aquí en esta primera -gaveta dejo mi última disposición.</p> - -<p>Y luego, levantándose y acercándose de puntillas a su mujer, la -contempló un buen espacio, pálido y conmovido. Después de un rato, -llevome a la alcoba inmediata, y sentándose en la cama en sitio desde -el cual, al través de la mampara medio abierta, se veía el rostro de -Doña Gregoria iluminado por las luces del altar, hablome así:</p> - -<p>—Si algo enflaquece mi ánimo, es la vista de mi inocente esposa, -a quien voy a dejar viuda. Te confieso que al considerar esto, se me -nublan los ojos, se me oprime el corazón y estoy a punto de dar al -traste con toda mi fiereza. ¿No la ves desde aquí? Parece que fue ayer -cuando nos casamos; parece que no han pasado cuarenta y cinco años, -y se me representa con la misma celestial figura que tenía allá por -los tiempos de Maricastaña, cuando yo iba a la reja, llevándole media -libra de<span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> peras en -el pañuelo o un par de mantecadas de Astorga. En todo este tiempo no -me ha dado nada que sentir, y hemos vivido juntos como dos palomos, -queriéndonos lo mismo que el primer día. ¿No la ves desde aquí? ¿No ves -su hermosa cara, tan serena y tranquila a pesar de su tristeza? Yo la -estoy viendo con sus cabellos de oro, con su boquita encarnada como un -casco de granada, con sus dulces ojos azules, que al mirarte parece que -se abre el cielo delante de los tuyos; estoy viendo el nácar de su tez, -y su airoso y gentil cuerpecito, lo mismo que su garganta alabastrina. -¡Oh, Dios mío! ¡Tan hermosa, tan buena y tan desgraciada!</p> - -<p>Bien por efecto de la imaginación, ofuscada por aquellas palabras, -bien porque la situación diese a Doña Gregoria ideales encantos, lo -cierto fue que a pesar de sus blancos cabellos, de su tez arrugada y de -su en tantas partes notoria vejez, la estaba viendo tan hermosa como el -Gran Capitán decía. ¡Milagroso efecto del pensamiento!</p> - -<p>—Mira, Gabriel: desde que nos vimos hace cincuenta años, nos -quisimos; vernos y querernos fue todo uno, lo mismísimo que cuentan de -los amantes de Teruel. Un lustro duró nuestro noviazgo, porque yo no -tenía posibles; pero desde el primer día concertamos la boda. Durante -aquel tiempo, ni riñas, ni bromicas, ni celillos. Nunca hemos tenido -celos el uno del otro, porque desde el primer día la confianza fue -nuestro norte. Todos me tenían envidia. ¡Ay! Cuando nos casamos fuimos -tan felices, que no hubiéramos cambiado nuestra<span class="pagenum" -id="Page_210">p. 210</span> casa por siete imperios. Y desde entonces, -hijo, esta felicidad no se ha alterado. ¡Ay! se me parte el corazón al -pensar que desde mañana se acostará sola en esta cama, que por cuarenta -y cinco años nos ha visto juntitos.</p> - -<p>Al decir esto, el Gran Capitán se llevó el pañuelo a los ojos para -secar sus lágrimas.</p> - -<p>—Vamos, amigo —le dije—: de veras no sé si reírme o enfadarme oyendo -lo que usted dice. ¿Está loco por ventura?</p> - -<p>—Si tú no comprendes esto —me contestó— es porque eres un simplón -y un majadero egoísta. ¿Tú sabes lo que significa cumplir uno con su -deber? ¿Tú sabes lo que significa el honor? Y si sabes todo esto, -¿ignoras lo que es la honra de la patria, que vale más que la propia -honra? Escúchame bien: si me causa angustia y pesar la consideración de -la viudez de Gregorilla, mayor, mucha mayor pena me causa el considerar -que la capital de España se entrega a los franceses. Esto es terrible, -esto es espantoso, y no vacilaría en dar mil vidas y en sufrir todos -los tormentos por impedirlo. ¡España vencida por Francia! ¡España -vencida por Napoleón! Esto es para volverse uno loco; ¡y Madrid, -Madrid, la cabeza de todas las Españas, en poder de ese perdido! De -modo que una nación como esta, que ha tenido debajo de la suela del -zapato a todas las otras naciones, y especialmente a Francia; de modo -que esta nación que antes no permitía que en la Europa se dijera una -palabra más alta que otra, ¿ha de rendirse a cuatro troneras hambrones? -¿Cómo puede ser eso? ¡Eche<span class="pagenum" id="Page_211">p. -211</span> usted a los moros, descubra y conquiste usted toda la -América, invente usted las más sabias leyes, extienda su imperio -por todo lo descubierto de la tierra, levante los primeros templos -y monasterios del mundo, someta usted pueblos, conquiste ciudades, -reparta coronas, humille países, venza naciones, para luego caer a -los pies de un miserable emperadorcillo salido de la nada, tramposo -y embustero! Madrid no es Madrid si se rinde. Y no me vengan acá con -que es imposible defenderse. Si no es posible defenderse, deber de los -madrileños es dejarse morir todos en estas fuertes tapias, y quemar la -ciudad entera, como hicieron los numantinos. ¡Ay! todos mis compañeros -se han portado cobardemente. España está deshonrada, Madrid está -deshonrado. No hay aquí quien sepa morir, y todos prefieren la mísera -vida al honor.</p> - -<p>—Pero cuando no se puede triunfar —le dije— es una temeridad seguir -peleando, y más vale guardar la vida para emplearla con éxito en mejor -ocasión.</p> - -<p>—¡Simplezas y tonterías! El honor mandaba a los madrileños morir -antes que rendirse, y el honor nos manda a los de la Puerta de Los -Pozos que muramos todos allí antes que entregarla.</p> - -<p>—Yo no creo que estén dispuestos a ello.</p> - -<p>—Pues yo lo estoy, porque mi conciencia, que es la voz de Dios, me -lo manda. Se rendirá la Puerta; pero el jardín de Bringas está bajo mi -mando, y el que quiera entrar en él pasará sobre mi cadáver.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span>—¡Temeridad loca y -hasta ridícula!</p> - -<p>—Así será para los que no tienen idea de la honra de la patria, y -para los que no ven nada más allá de esta ruin existencia, ni nada más -allá del pan que comen todos los días.</p> - -<p>—Entregarse de ese modo a la muerte es un suicidio, y el suicidio es -un gran pecado.</p> - -<p>—No es suicidio, no. La ley ineludible de la patria me ha puesto -en un lugar que debo defender, aun a costa de la vida. ¿Que vienen -fuerzas superiores? ¡Pues vengan! La patria me manda esperar tranquilo, -y la ley me veda el apartar los pies de aquel sitio. ¿No morían los -mártires por la religión? Pues la patria es una segunda religión, y -antes que faltar a su ley, el hombre debe morir. ¿Y qué es la muerte? -Los necios se asustan de la muerte, porque la muerte les quita el comer -y el gozar. ¡Mentecatos! ¿Por ventura, no son mejor comida y mejor -goce los de la bienaventuranza eterna? Ve ahí a mi esposa. Cierto que -me aflige dejarla; pero sé que la perderé de vista tan solo por algún -tiempo, y que sus virtudes la llevarán luego a donde la tenga delante -de mis ojos durante todas las eternidades, sin cuya compañía creo que -el mismo cielo me sería fastidioso. ¡Morir! ¡Ahí es gran cosa morir, y -apañado tienes el ojo! ¿Pues acaso el morir es mal que puede compararse -siquiera al dolor de un rasguño recibido en la tierra? Y si el morir -no es nada para el miserable cuerpo, ¡cuán grande y fausto suceso no -es para nuestra alma, mayormente si por la nobleza de nuestro fin nos -empingorotamos sobre todas las cosas nacidas!<span class="pagenum" -id="Page_213">p. 213</span> ¡Morir por la patria; morir en el puesto -que a uno le marca su deber; morir, no por conquistar un pedazo de -tierra, ni por un cacho de pan, ni por una baja ambición, sino por una -cosa que no se ve, ni se toca, cual es una idea y un sentimiento puro! -¿No es equipararnos a los santos del cielo y acercarnos a Dios todo lo -que acercarse puede una criatura?</p> - -<p>Dicho esto, calló. No le contesté nada, porque tanta grandeza me -tenía anonadado.</p> - -<p>Al cabo de un buen espacio volvimos de la alcoba a la sala; acercose -él con pasos muy quedos a Doña Gregoria, y le dio muchos besos, tan -en flor por no despertarla, que apenas tocaban sus labios el arrugado -cutis de la anciana.</p> - -<p>Luego enjugose las lágrimas, y dirigiendo una mirada en redondo a -todos los objetos de la sala, me dijo con voz grave y entera:</p> - -<p>—Gabriel, vamos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch21"> - <h2 class="nobreak g0">XXI</h2> -</div> - -<p>No valían razones contra él, y cuanto yo pudiera decirle habría -sido predicar en desierto; razón por la cual determiné cesar en mi -obstinación, reservándome el emplear después cualquier estratagema para -impedir una desgracia. Como durante la visita a la casa había<span -class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> transcurrido mucho tiempo, -cuando salimos principiaba ya a clarear la aurora, y advirtiendo por -las calles más gente de la que en tales horas suele encontrarse, nos -fuimos a curiosear un poco antes de volver a Los Pozos. Serían las -seis cuando entrábamos en la calle de Fuencarral, y como era esta la -hora señalada para la rendición, subían y bajaban por la citada vía -numerosos grupos de hombres, armados unos, sin armas otros, pero todos -puestos en mucha agitación. Había quien en alta voz declamaba contra -lo capitulado, poniendo a Morla, a la Junta y a Castelar como ropa de -pascua; otros se desahogaban insultando a Napoleón; muchos rompían las -armas, arrojándolas al arroyo; no faltaba quien disparase al aire los -fusiles, aumentando así la general inquietud, y, por último, hacia el -Arco de Santa María vimos algunos frailes dominicos y de la Merced que, -arengando a la muchedumbre, procuraban calmarla.</p> - -<p>—Vamos, corramos a nuestro puesto —dijo Fernández—, no sea que nos -tengan preparada una sorpresa.</p> - -<p>—Aún no es la hora designada —le dije procurando entretenerle de -modo que llegáramos tarde.</p> - -<p>—¿Cómo que no? —clamó con exaltación, avivando el paso—. Corramos, -no sea que lleguemos tarde y entreguen Los Pozos. Mal hemos hecho en -abandonar nuestro puesto por una necia sensiblería. ¡Quién sabe lo que -hará esa gente si no estoy yo por allí! Corramos, pues ya he dicho -que se rendirá Madrid, que<span class="pagenum" id="Page_215">p. -215</span> se rendirán Los Pozos, que se rendirá el jardín de Bringas; -pero que el Gran Capitán no se rinde.</p> - -<p>Empezamos a correr, cuando detúvome de improviso un hombre que en -opuesta dirección venía. Era Pujitos.</p> - -<p>—Gabriel —me dijo muy sofocado—: vuelve atrás, no vayas a Los Pozos; -echa a correr y escapa como puedas.</p> - -<p>—¿Por qué? ¿Qué pasa? —preguntó mi amigo con la mayor zozobra—. ¿Ha -venido Napoleón en persona?</p> - -<p>—¡Qué Napoleón, ni qué Juan Lanas! —añadió Pujitos empujándome para -que retrocediera—. Corre presto, que si llegas allá te echan mano. -Ahora mismo han estado esos perros por ti.</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—¿Quién ha de ser sino D. Luis Santorcaz, ese que llaman Román, y -los tres o cuatro pillos que andan con ellos?</p> - -<p>—¿Y a mí para qué me buscan?</p> - -<p>—Para prenderte.</p> - -<p>—¿Y quién es él para prenderme? —exclamé lleno de ira—. ¿Pero no -dijeron por qué me quieren prender? ¿Qué he hecho yo?</p> - -<p>—Sí dijeron, y es un aquel de traiciones que has hecho y no sé qué -diabluras. Conque a correr. Mira que vienen. Aire a los pies y buenos -días.</p> - -<p>—¿Eh? Basta de simplezas —dijo el Gran Capitán—, y no me detengo -más, que hago falta en otra parte.</p> - -<p>Y marchose resueltamente hacia arriba sin<span class="pagenum" -id="Page_216">p. 216</span> decir nada más. Luego que me quedé solo con -Pujitos, proseguimos nuestro altercado, él queriendo obligarme a que -retrocediera, y yo obstinándome en seguir, pues me parecía una fábula -aquello de mi prisión y la mudanza de Santorcaz y Román en alguaciles, -y sobre todo en perseguidores míos por traiciones que yo no había -soñado en cometer. Pero al fin logró convencerme recordando pasados -sucesos que podían explicar, ya que no justificar, aquel hecho como una -venganza; creí prudente seguir el consejo de mi compañero de armas, -hombre que no por ser tonto dejaba de ser honrado, y me escurrí a buen -andar en dirección al Espíritu Santo.</p> - -<p>Cerca de la calle Ancha tuve un feliz encuentro en la aparición de -mi reverendo amigo el fraile mercenario, que seguido de mucha gente -venía en dirección opuesta.</p> - -<p>—¿A dónde vas, Gabriel? —me dijo deteniéndome.</p> - -<p>—Voy huyendo, Padre —le respondí—; huyendo de infames enemigos que -me persiguen sin motivo alguno.</p> - -<p>—¿Quién, quién es el atrevido que te acosa? —exclamó briosamente.</p> - -<p>—Hombres pérfidos, hombres inicuos que han sido espías de los -franceses, y ahora aparecen como oficiales de la justicia.</p> - -<p>—¿Pero de qué justicia? ¿Quién nos manda? Sepámoslo de una vez. ¿Nos -manda aún nuestra Sala de Alcaldes, o nos manda un bigotudo General -francés, en nombre de Napoladrón? ¿Ha capitulado ya la plaza?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span>—No lo sé, Padre; -pero es lo cierto que esos hombres me buscan para prenderme, y con -autoridad o sin ella llevan sus reales despachos en toda regla, que -maldito sea el que se los dio para que satisfagan infames venganzas -personales.</p> - -<p>—Vamos a ver qué es eso...</p> - -<p>—No, Padre: yo no pienso ver nada más que la calle por donde corro, -porque conozco la clase de gente en cuyas manos voy a caer.</p> - -<p>—Por la Santísima Virgen del Carmen, que nadie te ha de tocar el -pelo de la ropa, al menos yendo conmigo. Ea, señores —añadió Salmón -volviéndose a los que le seguían—, me voy a mi casa. Se despide de -ustedes el Padre Salmón, de la Orden de la Merced: ya no soy nada, -hijos míos; ya no tenéis Padrito Salmón; ya no tenéis quien os -predique, ni quien os aconseje, ni quien os diga cosas joviales. Se -acabó todo: España es de los franceses; adiós, frailes y monjas, -que a todos nos van a quitar de en medio, hijos míos, y no hagáis -pucheros, que de nada valen ahora estos pucheros, pues no se defiende -la religión con lagrimitas... No lloréis, que <i>tarde piache</i>, -como dijo el otro, y sucumbamos. Adiós, hijos míos, que ahora os -quieren hacer a todos herejes, y los religiosos estamos de más. Yo os -echo la bendición: cuidado, cuidadito con los pecadillos. Y tú, joven -desgraciado, arrímate a mí, que aún nos queda un poquillo de influjo, -y nadie te hará nada yendo en mi compañía. Ven conmigo a la Merced, y -allí procuraremos ponerte en salvo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>Cuando marchamos -juntos hacia la calle Ancha, oímos en derredor nuestro estentóreas y -acaloradas voces de hombres y mujeres que gritaban: «¡Viva el Padre -Salmón! ¡Muera Napoleón! ¡Muera el rey de Copas!»</p> - -<p>—En mi convento estarás seguro —me dijo luego el mercenario— hasta -que puedas salir de Madrid. ¿Piensas salir?</p> - -<p>—En cuanto pueda, Padre: no puedo ni debo estar más aquí.</p> - -<p>—Haces bien: algunos compañeros míos piensan marcharse también a -levantar por ahí el espíritu de los pueblos. Yo no saldré de Madrid, -porque mi naturaleza es tan delicada y flatulenta, que no resiste los -trabajos, hambres y estrecheces de una misión. A la casa de Madrid me -atengo: ni quito ni pongo rey, y aunque dicen que el hermano de Copas -nos quiere quitar, todo es filfa, hijito mío. Yo sé que andan por -Madrid emisarios del Emperador, que nos hacen la mamola a cencerros -tapados para que le rindamos pleito homenaje y transijamos con él, -requisito indispensable para tratarnos a maravilla, por lo cual opino -que tan bien se sirve con Pedro como con Juan, y adelante con los -faroles, porque si tienes hogazas no pidas tortas, y si te dan la -vaquilla acude con la soguilla, que como dijo el otro, mano que da -mendrugo, buena es aunque sea de turco.</p> - -<p>Tan sumergido estaba yo en mis pensamientos, que no contesté a -mi amigo, si bien mi silencio no fue parte a que dejara de seguir -hablando por todo el trayecto, durante el cual<span class="pagenum" -id="Page_219">p. 219</span> no nos ocurrió desgracia alguna, ni tuvimos -ningún mal encuentro.</p> - -<p>—Ya estamos en casa —me dijo cuando entramos—. Sube y probarás de -unas estaquitas de la olla de ayer que el refistolero me ha guardado -para hoy, poniéndolas con arroz; y te advierto que en todo lo que sea -de arroz soy una especialidad, y a mí se me debe la introducción de las -almejas y de la canela en la paella valenciana.</p> - -<p>Entramos en su celda, donde me dejó, volviendo al poco rato con un -cazuelillo debajo del manteo; y con esto y una botella que sacara de -la alacena, juntamente con una cesta llena de pedazos de pan, higos, -aceitunas, nueces, embutidos, queso, dátiles y otras viandas, aderezó -un almuerzo que me vino de perillas.</p> - -<p>—Esta misma celda en que estás, y que es la mía —me dijo mientras -comíamos—, fue ocupada hace más de doscientos años, allá en los -de 1620, por aquel insigne mercenario Fr. Gabriel Téllez, a quien -generalmente se conoce por el maestro Tirso de Molina. Es fama que en -este sitio, y quizás en esta misma mesa, escribió su célebre <i>Crónica -de la Orden</i>, porque comedias se cree que no hizo ninguna después de -meterse a fraile.</p> - -<p>—¿No le ha dado a Vuestra Paternidad por hacer comedias? —le -pregunté.</p> - -<p>—Hombre, algunas he hecho, y ahí están pudriéndose en aquella -alacena. Mas no he intentado que se representen, porque el Prior nos lo -prohíbe, aunque son todas devotas. Una hice que no me parece mala, y se -titula <i>El<span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span> Santo -Niño de la Guardia</i>. No deja de tener su sal otra que compuse con -el rótulo de <i>La tutora de la iglesia y doctora de la ley</i>, toda -en sonetos arreo, entreverados con lo que se llaman séptimas reales; y -me daba tanto el naipe por estas obrillas, que enjaretaba dos en una -semana, y si no me lo prohibieran, le hubiera echado la zancadilla a -Bustamante, que escribió trescientas veintinueve comedias de santos.</p> - -<p>—¿Y en qué se ocupa ahora Vuestra Paternidad?</p> - -<p>—¿En qué me he de ocupar, muchacho, sino en hacer jaulas de grillos? -¿No sabes que soy el primer jaulista de Madrid? Pues a fe que me dan -poco trabajo las tales obras. Mira cuántas hay allí. Aquella que tiene -tres pisos, con dos hermosísimas torres y su reloj figurado en el -centro, es para las monjas de Constantinopla, y aquella otra redonda -que está por concluir, para las Carmelitas Descalzas, que ha un mes me -tienen loco con la dichosa obra.</p> - -<p>En efecto: todo un rincón de la celda estaba lleno de jaulas hechas -y por hacer, con todos los materiales y herramientas propias de aquel -oficio. De libros no vi sino los folletos y papeles que días antes -recogió en casa de Amaranta.</p> - -<p>—Yo soy un hombre que abomina la holgazanería —continuó Salmón—, y -no me parezco a otros de esta misma casa que no se ocupan en maldita la -cosa, aunque hay algunos, la verdad sea dicha, como el Padre Castillo, -que noche y día están metidos en un mar de libros y papeles.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span>—Y en verdad, Padre -—le dije—, ya que no hay cautivos que redimir, todos ustedes deberían -pasar el tiempo en algún útil menester.</p> - -<p>—Pues los hay que como no sea tirar a la barra en la huerta y jugar -al tute en la solana, no hacen nada. Y si no, en la celda de al lado -tienes al Padre Rubio que se pasa la vida haciendo acertijos y enigmas, -los cuales envía a las monjas para que ellas le devuelvan la solución -y nuevos problemas, y tienen establecidas ganancias y pérdidas para -el que acierta y para el que yerra, las cuales pérdidas y ganancias -consisten siempre en algo de condumio. ¡Pues y el Padre Pacho, que se -ha dedicado a hacer punto de media, y labra unos primores...! Esto es -andar a mujeriegas, lo cual no me gusta. Yo al menos he hecho, en lo -tocante al arte eminentísimo de las jaulas, adelantos admirables, y -además me dedico a la medicina, para lo cual, con aquel Dioscórides -que está a la cabeza de mi cama tapando la escudilla, me basta y me -sobra.</p> - -<p>Por estos caminos siguió nuestra conversación, hasta que me entró -gana de dormir. Mi amigo pidió permiso al Prior para que me quedase -allí todo el día y aun toda la noche, refugiado contra una injusta -persecución, y me llevaron a una celda vacía, donde en lecho muy blando -me acomodó, rindiéndome de tal modo el sueño, que hasta el siguiente -día no di acuerdo de mí.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch22"> - <p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXII</h2> -</div> - -<p>Cuando me levanté y hube despachado el desayuno que con sus propias -caritativas manos me llevó el Padre Salmón, salí al claustro alto, -donde mi amigo me dijo:</p> - -<p>—Hay grandes novedades. Ayer a eso de las diez se entregó la plaza a -los franceses, una vez firmada la capitulación por el Emperador en su -Cuartel general de Chamartín.</p> - -<p>—¿Y ha habido algo en Los Pozos? —pregunté, acordándome pesaroso del -Gran Capitán.</p> - -<p>—Creo que es el único punto donde hubo alguna resistencia, pues -de todos los demás se apoderó sin dificultad el general Belliard, -Gobernador de la plaza.</p> - -<p>Salió al encuentro de Salmón un fraile pequeño y viejo, que se -apoyaba en un palo; hombre al parecer enfermizo y de mal genio, que -dijo:</p> - -<p>—¿Sabe su merced, Sr. Salomón jaulista, las bases de la entrega?</p> - -<p>—Hermano Palomeque, no las sé; pero creo que ha llegado Fray Agustín -del Niño Jesús, el cual dicen tiene una copia que le suministró un -individuo de la Junta.</p> - -<p>—¿Qué, de vuelta por el claustro, Padre Palomeque? —dijo un frailito -joven, barbilindo,<span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> -ancho de cuello, pulcro de rostro, arrebolado de nariz, nimio de -cerquillo y con cierto aire galán, el cual de improviso se unió a -nuestro grupo.</p> - -<p>—Lo que hay —contestó Palomeque con rabia, dando un fuerte bastonazo -en el suelo— es que anoche me han robado una gallina, de las seis que -tenía en el corral, y ¡ay del pícaro zorrón si le descubro, que por -nuestro santo hábito, si fuera cierta la sospecha que tengo de un -fraile madamo y almibaradillo, yo le juro que me la ha de pagar!</p> - -<p>—¡<i>Oh curas hominum</i>! ¡<i>Oh quantum est in rebus inane</i>! -¡<i>Oh cupidinitas gallinacea</i>! ¿Y todo ese enfado es por una polla -seca y encanijada, con cuyo caldo se podía administrar el Bautismo?</p> - -<p>—Basta de bromas; y si era encanijada, no la tenía yo para ningún -zángano —exclamó Palomeque—. Pero a otra, y díganme de una vez en que -términos se ha hecho esa maldita capitulación. Por ahí asoma Fray -Agustín del Niño Jesús.</p> - -<p>Llegó, en efecto, con paso grave el tal Niño Jesús, que era un -fraile altísimo de estatura, moreno, de pelo en pecho, de aspecto -temeroso, ojos fieros y una voz, por raro constraste, tan infantil y -atiplada, que parecía salir de otra garganta que la suya. Seguíanle -otros dos frailes.</p> - -<p>—Vamos a ver, señor músico, ¿qué dice esa minuta? —le preguntó el -fraile barbilindo.</p> - -<p>—Ahora lo veredes, dijo Agrages —fue la contestación del Padre -Agustín—. Creo que<span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span> -Napoleón ha aceptado todos los artículos, excepto dos o tres de los -menos importantes.</p> - -<p>—El primero —dijo Salmón— habla de la conservación de la religión -católica, sin que se consienta otra.</p> - -<p>—Justo —respondió el Niño Jesús sacando un papel—; y el segundo de -<i>la libertad y seguridad de las vidas y propiedades de los vecinos de -Madrid</i>. Igualmente establece el respeto a <i>las vidas, derechos y -propiedades de los eclesiásticos seculares y regulares de ambos sexos, -conservándose el respeto debido a los templos, todo con arreglo a -nuestras leyes</i>.</p> - -<p>—Como no lo han de cumplir —indicó Palomeque—, excusado es que lo -digan. Siga adelante.</p> - -<p>—¿Para qué ha de leer más? Lo que sigue poco interés tendrá, y -apuesto a que habla de que si las tropas saldrán de Madrid con los -honores de la guerra o no.</p> - -<p>—Justo —dijo Fray Agustín—, y también hay otro artículo en que se -establece que no se perseguirá a persona alguna por opinión ni escritos -políticos.</p> - -<p>—Eso está muy mal pensado y peor resuelto —dijo otro de los -presentes, que era el Padre Rubio, fabricador y artífice de acertijos—, -porque si no quitan de en medio a los francmasones y diaristas...</p> - -<p>Luego el frailito almibarado, que era nada menos que maestro de -Teología, llegose a Salmón y le dijo:</p> - -<p>—¿Se atreve Vuestra Paternidad a echar dos tantos a la barra esta -tarde después de la siesta?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span>—¿Pues no me he de -atrever? —contestó—. Y tú, Gabriel, ¿juegas a la barra?</p> - -<p>—Este joven —dijo el maestro de Teología con bondad— ¿es aquel -portento de las Humanidades, aquel consumado latinista de quien Vuestra -Merced me habló?</p> - -<p>—El mismo que viste y calza, o por mejor decir, el segundo Pico -de la Mirandola. Puede examinarlo Vuestra Merced y verá lo que son -castañas.</p> - -<p>Yo repetí que no sabía palabra de latín, y que toda mi fama en dicha -lengua provenía de una equivocación.</p> - -<p>—<i>Modestus es</i> —dijo el teólogo—. Y puesto que es usted tan -gran latino, contésteme a esto: ¿qué quiere decir <i>Vino a lo que -vino</i>?</p> - -<p>—Eso no es latín, sino castellano —dijo Salmón.</p> - -<p>—¡Oh! —exclamó el otro batiendo palmas—. Los dos se atascaron. -¿Conque castellano? Pues es tan latín como el <i>Arma virumque</i>. -<i>Vino a lo que vino</i>, o lo que es lo mismo, <i>vi no aloque -vino</i>, que, traducido literalmente, quiere decir <i>con fuerza nado -y me alimento con vino</i>.</p> - -<p>—Este Fray Jacinto de los Traspasos de María es un pozo de ciencia -—dijo Salmón—. Gabriel, te atascaste.</p> - -<p>—Y díganme ustedes —prosiguió el otro—, ¿qué quiere decir -<i>Archiepiscopi toletani onerati sunt mulieribus</i>?</p> - -<p>—Eso más claro es que el agua, mi señor don Teólogo —repuso -Salmón—. Es una blasfemia y calumnia; pero valga lo que valiere,<span -class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span> quiere decir, salva la -intención, que los Arzobispos de Toledo están cargados de mujeres.</p> - -<p>—¡Oh gansos, oh acémilas! Ya les cogí otra vez —dijo Fray Jacinto—. -El <i>archiepiscopi</i>, que parece nominativo plural, es genitivo -singular. De la palabra que suena <i>mulieribus</i>, hago dos, a saber: -<i>muli æribus</i> y resulta: <i>los mulos del Arzobispo de Toledo -están cargados de riquezas</i>. ¡Ajajá! Pues y lo de <i>tú comes -caracoles</i>, ¿qué significa?</p> - -<p>—¡Oh! No estoy para quebraderos de cabeza —replicó Salmón—. Dejemos -eso, y ya que en el latín me ha vencido, esta tarde le venceré a la -barra.</p> - -<p>—Esta tarde no —dijo Rubio—, pues Fray Jacinto ha prometido venir -conmigo a ver a las Constantinoplas, que están locas por conocerle.</p> - -<p>—Y Castillo, ¿dónde está? —preguntó Palomeque.</p> - -<p>—En misa.</p> - -<p>—¡Oh, <i>patres conscripti</i>! —dijo otro fraile que vino a toda -prisa por el claustro adelante—. ¡Grandes y estupendas novedades! Han -llegado tres Consejeros de Castilla, y están en conferencia con el -Prior.</p> - -<p>—¿Y a qué vienen esos Consejeros del diantre?</p> - -<p>—Según he olido, los manda Napoleón para que nos emboben, por ver si -consigue que una diputación de regulares de todas las Órdenes vaya a -cumplimentarle y hacerle <i>randibú</i> en su cuartel de Chamartín.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span>—Antes al -demonio.</p> - -<p>—¿Conque <i>randibú</i> al azote de los pueblos, al enemigo de la -religión, al carcelero de nuestro Rey? Muy bien, tras de cornudo, -aporreado, y vengan palos, que con besar la mano que nos los da, todo -queda concluido.</p> - -<p>—Como se han de levantar contra Napoleón hasta las piedras, y al fin -ha de marcharse con su hermano, excusado es andarse con mieles.</p> - -<p>A esta sazón llegó el Padre Castillo que venía de decir su misa, -aquel discreto y agudo fraile que en casa de la señora Condesa había -hecho el expurgo de libros.</p> - -<p>—Padre Castillo, ¿conque tenemos visita de Consejeros de Castilla -para que nos humillemos ante Napoleón?</p> - -<p>—No sé nada de esto.</p> - -<p>—Yo estoy determinado a salir de Madrid e irme por esas provincias a -predicar la guerra, juntando gente armada —dijo Rubio.</p> - -<p>—Y yo, como me suelte por tierra del Barco de Ávila y eche allá -cuatro sermones, levanto hasta las piedras —afirmó el Niño Jesús.</p> - -<p>—Yo no me moveré de aquí —dijo Castillo—. En esta casa me mandan los -estatutos que resida, y aquí residiré mientras no me echen. Fundose -nuestra Orden para redimir cautivos, no para predicar guerra ni armar -soldados.</p> - -<p>—Muy bien dicho; mas tampoco se fundó para que la patearan -Emperadores y la escupieran Juntas.</p> - -<p>—Dios hará de nuestra Orden lo que fuese<span class="pagenum" -id="Page_228">p. 228</span> servido —repuso Castillo—. En tanto, -nosotros nos estamos mejor en nuestra casa, que por montes y valles -incitando a los hombres a matarse. Y no es que dejemos de ser -patriotas. Más harán las oraciones de un fraile piadoso en pro de -nuestros ejércitos, que los sermones furibundos y crueles de esos -desgraciados que con los hábitos al cinto se han lanzado a la guerra. Y -dígame el buen Niño Jesús, ¿le parece meritoria y digna de un cristiano -y de un sacerdote la conducta de ese dominico que no quiero nombrar, -y que se ha señalado por sus sanguinarias excitaciones a la matanza -de franceses? No: nada que sea contrario a las generales leyes de la -caridad, debe sacarnos de nuestra ordinaria vida.</p> - -<p>—Con buenas retóricas se viene ahora el Padre Castillo —dijo otro de -los presentes—. No, sino hagámonos miel para que nos papen imperiales -moscas.</p> - -<p>—Dígame —preguntó un tercero—, ¿ha oído decir el Sr. D. Librote y -Cata-pergaminos, que Napoleón va a reducir el número de regulares a -la tercera parte? Pues sí, eso está muy bonito. Apláudalo el Padre -Castillo. Y nosotros veámoslo y callemos, ¿no? ¡Pues me gusta! De modo -que si un conquistador atrevido pone en peligro nuestro instituto, lo -daremos por bien hecho.</p> - -<p>—¿Conque reducirnos a una tercera parte? —dijo Salmón—. ¡Bonita -invención! Esas son las tan decantadas novedades de los filósofos y de -todos esos masones a la francesa que hay ahora.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span>—No disputaré -sobre si es conveniente o no reducir el número de conventos —dijo -Castillo—. Cuestión es esta delicada y sobre la que se podría hablar -mucho. Lo que sí afirmo es que la reducción del número de regulares, y -las ideas de poner coto a tantas fundaciones, son bastantes antiguas, -y se han ocupado de ello mil eminentes repúblicos. Ya saben todos -que en el siglo pasado se ha clamoreado bastante sobre esto. ¿Y qué -más? A principios del decimoséptimo siglo, cuando aún no se soñaba en -enciclopedias, ni en revoluciones, ni en logias, ni en filosofías, -personajes respetables, y entre ellos algunos españoles sapientísimos, -se expresaron en igual sentido. Como me dedico a buscar papeles viejos, -¡vean mis caros hermanos la casualidad! en estos días he encontrado dos -que vienen como de molde a terciar en esta contienda.</p> - -<p>Y al punto fue a su celda, que muy cerca estaba, y volviendo con dos -libros viejos, los mostró a sus hermanos.</p> - -<p>—Aquí están —dijo—. Uno es el <i>Memorial que al Rey D. Felipe III -dio en su Consejo de Estado Fray Luis de Miranda, lector jubilado, -de la Orden de San Francisco, acerca de la ruyna y destrucción que -amenazaba a la república y monarquía de España, si con presteza -no se acude al remedio</i>. Las causas y razones que expone, son: -<span class="smcap">Primera</span>, <i>la muchedumbre de hacienda -que de secular se está convirtiendo en eclesiástica</i>. <span -class="smcap">Segunda</span>, <i>las innumerables personas que, por -sus particulares fines, de seglares se hacen religiosos, sin aver de -ello necesidad,<span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span> -antes con daño de las mismas religiones</i>. Esto se escribía en los -primeros años del siglo decimoséptimo, y si el mal era cierto, juzguen -Vuestras Paternidades si habrá aumentado, no habiendo nadie acudido al -remedio. El otro libro se titula <i>Discurso del doctor D. Gutiérrez, -Marqués de Careaga, en que intenta persuadir que la monarquía de -España se va acabando y destruyendo a causa del estado eclesiástico, -fundación de Religiones, Capellanías, Aniversarios y Mayorazgos</i>. -Esto está impreso en 1620. De modo, hermanos míos —añadió con zunga -el buen Castillo—, que hace doscientos años hubo quien ya dio en la -flor de decir que éramos muchos. Ahora, pues, carísimos, cada uno meta -la mano en su pecho, consulte a su conciencia y pregúntese a sí mismo -si cree estar de más: <i>intelligenti pauca</i>. ¿Y esas gallinas, -Padre Palomeque, cuántos huevos han puesto en la semana? ¿Y cómo van -esas jaulas, Padre Salmón? ¿Qué me dice Vuestra Paternidad de aquellos -enigmillas tan reservados que le enviaron ayer las Constantinoplas, -Padre Rubio? ¿Halos acertado ya? ¿Y qué tal van esos toques de flauta, -Fray Agustín del Niño Jesús?</p> - -<p>Y así fue dirigiendo a todos graciosas pullas, si bien ellos no -se irritaban, gracias al respeto que le tenían. Con esto y con la -retirada de Castillo se desbarató el corro, y casi todos fueron a -husmear a la puerta de la celda del Prior por ver si descubrían cuál -era la misteriosa comisión de los Consejeros de Castilla. Cuando Salmón -y yo íbamos a espaciarnos un<span class="pagenum" id="Page_231">p. -231</span> poco por la huerta, vimos un fraile anciano que, leyendo -devotamente su libro de oraciones, se paseaba en el claustro bajo. -Pregunté a mi amigo quién era aquel venerable sujeto, y me dijo:</p> - -<p>—Este es el Padre Chaves, el más piadoso y recogido de todos los -frailes de este convento, si bien me parece que es algo mentecato. No -hace más que rezar, leer libros santos, y asistir a todos los enfermos -de la casa. Hace catorce años que no ha salido una sola vez a la calle. -No recibe regalos, sino aquellos que puede dar a los pobres. Apenas -come, y cuanto le dan aquí lo guarda para repartirlo los sábados a una -chusma que viene a la portería, porque, según dice él, ya que no puede -redimir cautivos, quiere redimir a los que padecen la peor esclavitud -de todas, que es la miseria. Antes te dije que era un mentecato; pero -la verdad, hijo, Chaves es un excelente hermano.</p> - -<p>—Dios ha puesto de todo en el mundo —pensé yo—; y así como no hay -nada perfecto, tampoco hay cosa alguna que sea rematadamente mala.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch23"> - <p><span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2> -</div> - -<p>Al día siguiente, Salmón me dio muy malas noticias.</p> - -<p>—¿Sabes lo que pasa, Gabriel? —me dijo entrando muy de mañana en -la celda que se me había asignado—. Pues he sabido que el Gobierno -francés, que ahora nos rige, ha nombrado alguacil, o como ahora dicen, -oficial, jefe o no sé qué de policía, a ese mismo Santorcaz que quería -prenderte. Esto tiene indignados a cuantos le conocían, y prueba a las -claras que ya estaba vendido a los franceses desde antes del sitio. -También es indudable que en aquellos días fue nombrado alguacil por -la Sala de Alcaldes, sin que nadie acierte a darse cuenta de cómo -consiguió tal cosa. Le acompaña hoy, como antes, su escuadrón de gente -de mal vivir, que, como sabes, era la que días pasados acaloraba los -ánimos contra los franceses en los barrios bajos, haciéndose pasar -por ardientes patriotas. Pero di, ¿qué has hecho para que te quieran -prender? Porque me han dicho que él y los suyos te buscan con verdadero -frenesí, registrando todos los rincones de Madrid.</p> - -<p>—En verdad que no sé en qué fundan su persecución —respondí—, pues -por más que me devano los sesos, no puedo traer al pensamiento<span -class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> ninguna acción mía que a -cien leguas se parezca a un delito. Pero esos hombres son muy malos, y -no hay que buscar fuera de ellos la causa de sus maldades.</p> - -<p>—Pues me han dicho que en todo el día de ayer ese Santorcaz no ha -hecho más que prender gente sospechosa, es decir, gente a quien supone -hostil a los franceses.</p> - -<p>—Es una venganza personal —dije—, o tal vez deseo de apoderarse de -mí para una baja intriga.</p> - -<p>—¡Qué inmunda canalla! ¡Y de esta manera quiere el rey de Copas -y su hermano hacerse amar de los españoles! Pues no es mal chubasco -el que se nos viene encima. Dicen que Napoleón ha rasgado el acta de -capitulación, expidiendo con fecha de ayer varios decretos contrarios a -lo estipulado.</p> - -<p>—Pues, Padre mío —dije—, veo que me es preciso huir de Madrid a toda -prisa.</p> - -<p>—¡Huir de Madrid! ¿Crees que es fácil ahora? Estate unos días más -en esta casa, que el Prior no tendrá inconveniente en ello, y después -veremos cómo te sacamos de la Villa. ¡Oh! Me han asegurado que la -salida es muy difícil hasta para las ratas. Parece que la gente de -los pueblos inmediatos a Madrid está levantada en armas. Temen los -franceses que esto sea cosa urdida con los de aquí para favorecer -un movimiento insurreccional dentro de la Corte, y han resuelto -incomunicar a Madrid. La vigilancia que hay en las puertas es peor -que de inquisidores: no dejan salir a alma viviente sin registrarle y -darle mil vueltas; y como el<span class="pagenum" id="Page_234">p. -234</span> viajero no lleve un papelucho que llaman <i>carta de -seguridad</i>, expedida por esa bendita Superintendencia de policía, -a quien vea yo comida de lobos, lo someten a un consejo de guerra. -Conque, hijo, estás en peligro; no puedes vivir en Madrid, y la -salida es muy difícil. ¡Ah! En este momento se me ocurre una cosa, -y es que podemos solicitar el amparo de la señora Condesa, en cuya -casa estuviste el otro día, la cual me han dicho que es amiga de los -franceses.</p> - -<p>—¡La señora Condesa amiga de los franceses!</p> - -<p>—Quiero decir, partidaria. Su primo, el Duque de Arión, que ha -pasado toda su vida en Francia, entró en España con Bonaparte, de quien -es muy devoto, y actualmente está en el Cuartel general de Chamartín. -Anteayer estuve en casa de la Condesa, y le esperaban de un día a otro. -Como haya venido, no nos sería difícil que aquella bondadosa señora te -consiguiese una carta de seguridad para evadirte. Entre tanto, hijo, -aquí estás más seguro; y por sí o por no, vamos tú y yo ahora mismo -a ver al Prior del convento, que es hombre de mucho mundo y de tanta -trastienda, que sería capaz de pegársela al lucero del alba. Él nos -dirá si lo que me ha ocurrido es razonable, o si hay otro medio más -expedito para ponerte en salvo.</p> - -<p>Y sin más dimes ni diretes, llevome a la celda del Padre Prior, -que en aquel momento había vuelto de decir su misa y despabilaba -dos onzas de chocolate. Era el Padre Ximénez<span class="pagenum" -id="Page_235">p. 235</span> de Azofra un hombre pequeño, de edad -madura, ojos muy vivos, sonrisa maliciosa, cortesanos modales y -simpática conversación. Recibiome con mucha bondad; y cuando Salmón le -expuso las apreturas en que yo me encontraba, dijo lo que sigue:</p> - -<p>—En otras circunstancias, joven incauto, fácil nos habría sido -socorreros poniéndoos al abrigo de esta casa. Pero ahora todo está al -revés. El Gobierno intruso nos mira con muy malos ojos, y bastaría que -le protegiéramos a usted para que se nos acusara de cómplices de la -insurrección, que así llaman ellos a nuestra santa causa. En verdad -que cada vez odio más a esa canalla. Ved lo que hacen ahora. Desde -que Madrid se ha rendido, ya les ha faltado tiempo para quebrantar lo -convenido; y si prometieron respetar las vidas, libertades y hacienda -de este vecindario, ayer todo ha sido prender y encarcelar gentes -honradas, a quienes se acusa de auxiliar a los insurgentes de Talavera -y de Cuenca. Todo es sospechar, y acusar, y asustarse hasta de vanas -sombras; y como los restos del ejército de San Juan y las tropas del -de Castaños que se unieron al Duque del Infantado andan por estas -inmediaciones levantando los pueblos contra los franceses, estos -ven un espía en cada vecino de Madrid, y han resuelto impedir toda -comunicación entre los habitantes de esta Villa y los de Ocaña, Toledo, -Talavera e Illescas, por lo cual no permiten la entrada de los paletos, -fruteros y verduleros, razón de la gran carestía que hoy tienen todos -los artículos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span>—Mala situación es -esta —dijo Salmón—. ¿De modo, señor Prior de mi alma, que en buenos -tiempos no recibiremos nada de nuestras granjas de Leganés, Valmojado, -Casarrubuelos, Bayona de Tajuña y Santa Cruz del Romeral? ¡Bonito -porvenir! ¿Y entonces <i>quid manducaverunt vel manducavere</i>?</p> - -<p>—¡Oh! amigo Salmón —contestó el Prior con malicia—, aquí viene bien -aquello de <i>ventorumque regat pater</i>, que quiere decir <i>viento -en panza</i>, según traducía aquel gilito descalzo de quien tanto nos -hemos reído. Es preciso hacer penitencia.</p> - -<p>—Bien, retebién —exclamó Salmón bufando—. ¡Viva el Emperador de los -franceses y Rey de Italia y protector de la confederación del Rhin! De -esa manera conseguirá Vuestra Majestad Imperial y Real, que asada en -parrillas vea yo, conquistar las simpatías del clero regular.</p> - -<p>—No se cuida él de nuestras simpatías, amigo Salmón.</p> - -<p>—Pero en resumidas cuentas, señor Padre Prior, este muchacho, de -cuya moralidad y buen proceder respondo, necesita salir de Madrid, y -no dudo que usted con su influencia le podrá sacar una <i>carta de -seguridad</i>, con la cual y disfrazado...</p> - -<p>—¡Qué cosas tiene Salmón! —dijo Ximénez de Azofra—. ¿Qué puedo yo -hacer? Conque en priesa me ve, y doncellez me demanda. ¿No le he dicho -que desconfían de los regulares, y especialmente han tomado entre ojos -a los de esta casa?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span>—No sabía tal -cosa. Al contrario: oí decir que Vuestra Paternidad es de los que -van a Chamartín a cumplimentar a mi señor Don Caco imperial, rey -de los pillos, y protector de la congregación del Rin... conete y -Cortadillo.</p> - -<p>—¡Yo! —exclamó Ximénez con asombro—. No he nacido para besar la mano -que me azota. Español soy, y español seré mientras viva. He predicado -en el púlpito de la Merced contra el Emperador, y no imitaré a los -que siendo primero desaforados patriotas, ahora son patriotas tibios -con vislumbres, amagos y pintas de afrancesados. Cierto es que va a -Chamartín una diputación de todas las clases de la sociedad; cierto -que me han invitado para ir, y vea su merced aquí la carta que sobre -este punto el Corregidor me ha dirigido y que, de haber justicia en -la tierra, debería ser quemada por la mano del verdugo. ¿No es una -vergüenza que de este modo se humillen los hombres? Ayer todo era -inquina contra el <i>ogro de Córcega</i>, todo insultarle y ponerle -por esos suelos; hoy todas son blanduras. El mismo señor Corregidor de -Madrid, que en su bando del 25 de noviembre decía: <i>La España está -invadida por el tirano que domina en Francia, el cual ha quebrantado -pérfidamente las santas leyes, etc.</i>; ese mismo señor Corregidor -D. Pedro de Mora y Lomas, caballero de la Orden de Carlos III, del -Consejo de Su Majestad, subsecretario con ejercicio de decretos, -intendente de los reales ejércitos y de esta provincia, corregidor -de esta villa, subdelegado de Rentas reales,<span class="pagenum" -id="Page_238">p. 238</span> intendente de la real Regalía de Casa y -Aposento, superintendente general de Sisas reales y municipales de -ella, y subdelegado de Montes y Pósitos, etc., etc., pues la retahíla -de títulos no tiene fin; ese mismo Corregidor, repito, es el que hoy -dirige un llamamiento <i>ante diem</i> a todos los regidores, diputados -del Común, procurador general y personero, alcaldes de la Hermandad, -Mesta y alguacil mayor por el estado noble, al ilustrísimo señor obispo -auxiliar, vicarios eclesiástico y castrense, al venerable cabildo -de señores curas y beneficiados, a los reverendos prelados de todas -las religiones, al cuerpo colegiado de la nobleza, diputados de los -cinco gremios mayores, y a todas las diputaciones de los sesenta y -cuatro barrios de esta población. ¿Para qué creerán ustedes? Pues nada -menos que para hacer presente <i>que la villa de Madrid habrá tenido -el honor de ofrecerse a los pies de S. M. I. y R. para manifestarle -el reconocimiento a la bondad e indulgencia con que ha tratado esta -Corte, felicitarse por tener a S. M. en su seno, y expresarle que -si lograba merecer la dignación y aprecio de S. M., se contemplaría -dichosa</i>. ¿Qué tal? ¿Es este un lenguaje digno y patriótico? Además, -en la convocatoria —añadió recorriendo con la vista el papel— se llama -a Napoleón <i>padre amoroso</i>, y a sus atropellos <i>benéficas -miras</i>, y el objeto es reunir un cierto número de personas -respetables que piquen espuelas hacia Chamartín para pedir a Bonaparte -<i>se digne conceder la gracia de que vean en Madrid a su augusto -hermano nuestro Rey Josef</i>. Vamos, vamos, no<span class="pagenum" -id="Page_239">p. 239</span> puedo leer más, porque tanta bajeza me -saca los colores de la cara. Verdad es que los que esto han firmado lo -han hecho cediendo a amenazas del comandante general M. Belliard que -les pone el puñal al pecho; pero no por eso es disculpable, pues si no -traición a la patria, debe imputárseles una debilidad y flaqueza que -raya en crimen.</p> - -<p>—¿De modo que usted no va a Chamartín?</p> - -<p>—¿Yo? Ni por pienso. He oído que van en representación de los -regulares el Padre Amadeo, abad de San Bernardo, y el Padre Calixto -Núñez, abad de los Basilios. Ya se ve: ¿qué se puede esperar de esos -infelices Benitos, tan dejados de la mano de Dios? Caerán en el garlito -los Mínimos, algunos pobres Franciscos, los desdichados Agonizantes, no -pocos Agustinos, todos los Gilitos, los Hospitalarios, los Donados, los -Carmelitas descalzos, y esos infelices Afligidos, que son los mayores -mentecatos de la cristiandad; pero la Merced sostendrá su bandera; la -Merced no adulará Emperadores; la Merced, en unión con los Dominicos, -desafiará el poder del tirano, contra franceses ladrones y empecatados -españoles.</p> - -<p>—Y los víveres por esas nubes, y las puertas de Madrid cerradas al -buen vino, al rico aceite, a los huevos, a las coles, al extremeño -tocino, y a los jamones de Candelario. Bueno, bueno: comamos ensalada -de perejil y cañutillos de monjas mojados en agua de limón. ¡Viva -la patria, Sr. Ximénez; viva el orgullito que nos pondrá como -espátulas!</p> - -<p>—Pues bien: lo que he dicho a usted —continuó<span class="pagenum" -id="Page_240">p. 240</span> el Prior— lo he dicho a los que vinieron -a sonsacarme; y oídas mis palabras, tratáronme con tal acritud, que -espero grandes desdichas para nuestra Orden y nuestra casa. De modo que -nada puedo hacer por este joven.</p> - -<p>A esto llegaban, cuando entró el Padre Castillo acompañado de otros -dos frailes. El uno supe después que se llamaba el Padre Vargas, y -aunque del mismo hábito y Orden, pertenecía al convento de la Trinidad -calzada, también de mercenarios redentores de cautivos, y el otro era -dominico, del convento de Santo Tomás, y tenía por nombre el Padre -Luceño de Frías.</p> - -<p>—Ya, ya pareció aquello —exclamó Vargas con estrepitosa voz—. Ya -no podemos dudar de la veracidad de esos decretos, porque por ahí los -reparten impresos, y aquí tengo un ejemplar. Todos los decretos llevan -la fecha del 4, y son tales que podrían arder en un candil en noche de -aquelarre.</p> - -<p>—Veámoslos. ¿Es cierto que nos reducen a la tercera parte?</p> - -<p>—Tan cierto que... —dijo el dominico— no nos reducen a la tercera -parte, sino que nos parten por el eje, Sr. D. Ximénez de Azofra.</p> - -<p>—Atención, que leo —dijo Vargas, poniendo ante los ojos, de verdes -antiparras armados, un papel impreso—. Los decretos rezan lo siguiente: -<i>En nuestro Campo Imperial de Madrid a 4 de diciembre de 1808. -Napoleón Emperador de los, etc... Considerando que el Consejo de -Castilla se ha comportado en el ejercicio de sus funciones con tanta -debilidad como superchería...<span class="pagenum" id="Page_241">p. -241</span> que después de haber reconocido y proclamado nuestros -legítimos derechos al trono, ha tenido la bajeza de declarar que había -suscrito a estos diversos actos con restricciones secretas y pérfidas, -hemos decretado y decretamos lo siguiente: Art. 1.º Los individuos del -Consejo de Castilla quedan destituidos como cobardes e indignos de ser -magistrados de una nación brava y generosa.</i></p> - -<p>—Pues digo —exclamó Ximénez— que eso está muy lindísimamente -hecho.</p> - -<p>—Es verdad —afirmó el dominico—, porque esos señores han estado -jugando a dos juegos, y con todo el mundo quieren comer. Adelante.</p> - -<p>—Otro —prosiguió Vargas—. <i>En nuestro Campo Imperial, etc... -Napoleón, etc...</i> Este no hace exposición de motivos, ni -considerando alguno, sino que dice simplemente: <i>Art. 1.º El Tribunal -de la Inquisición queda suprimido como atentatorio a la soberanía y a -la autoridad civil. Art. 2.º Los bienes pertenecientes a la Inquisición -se secuestrarán y reunirán a la corona de España</i>.</p> - -<p>—Ya se ve —manifestó el dominico sin disimular su enojo—. Sin eso no -podía pasar. Afuera Inquisición, y vengan herejes, y lluevan masones: -¿qué les importa esto a los que no se cuidan de lo espiritual?</p> - -<p>—Poco significa esto —dijo Castillo—; porque el Santo Tribunal casi -no existe ya de hecho, abolido por la suavidad de las costumbres.</p> - -<p>—Pero se conservan las fórmulas, señor mío —contestó con aspereza -el dominico—, y las fórmulas tienen gran fuerza. Verdad es<span -class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> que no se quema, ni se -descuartiza (lo cual, dicho sea de paso, es excesiva blandura, según -estamos hoy comidos de herejía); pero hay todavía degradaciones y -simulados tormentos, que tienen muy buen ver para los malos.</p> - -<p>—<i>Item</i> —prosiguió Vargas—. <i>Art. 1.º Un mismo individuo no -puede poseer sino una sola encomienda.</i></p> - -<p>—Adelante, que eso nos interesa poco.</p> - -<p>—<i>Item. Art. 1.º El derecho feudal queda abolido en España. Art. -2.º Toda carga personal, todos los derechos exclusivos de pesca, de -almadrabas u otros derechos de la misma naturaleza, en ríos grandes y -pequeños; todos los derechos sobre hornos, molinos y posadas, quedan -suprimidos, y se permite a todos, conformándose a las leyes, dar una -extensión libre a su industria.</i></p> - -<p>—Eso no es nuevo —dijo Castillo—, y es lástima que nuestros -gobernantes con su indolencia hayan permitido a los franceses el -jactarse de promulgar una ley tan buena.</p> - -<p>—Eso, eso es, ¡hágale su merced la mamola! —observó Luceño de Frías -con el mayor desabrimiento, sentándose a horcajadas en una silla para -apoyar los brazos en el respaldo—. Me gustan las ideas del Padre -Castillo. Si para eso pasa Vuestra Paternidad la vida entre la polilla -de los libros, buenas nos las dé Dios.</p> - -<p>Y sacando su tabaquera y alargando la mano hacia el Prior, -añadió:</p> - -<p>—Señor Ximénez, un polvito, que los duelos con rapé son menos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span>—No lo gasto -—repuso el Prior.</p> - -<p>—Vamos, amigo Vargas, un polvito.</p> - -<p>—No lo gasto, que eso es cosa de viejas. Aquí tengo unos cigarritos -de la Habana, que merecen ser chupados por los ángeles del cielo. Si el -señor Prior me da su permiso...</p> - -<p>—Vengan —gritó Salmón— esos tabaquíferos incensarios y pebetes de -Oriente, que tan bien matan el fastidio.</p> - -<p>—Allá van —dijo Vargas—. Son regalo de la señora Marquesa del -Fresno, y fuéronme remitidos poniéndolos en la mano de un Niño Jesús, -que me envió para que le diera una mano de pintura.</p> - -<p>—Pues en lo relativo a ese decreto que acaba de leerse —dijo -Castillo—, mi conciencia no me dicta sino alabanzas, y alabanzas le -daré, aunque lo haya escrito el gran Tamerlán. ¿Por ventura no son -esas las mismas ideas que han hecho célebre en toda la redondez de la -tierra a nuestro gran Jovellanos? El mismo Conde de Floridablanca, ¿no -intentó algo en ese asunto? Y los sabios consejeros de Carlos III, ¿no -se dieron de cabezadas por quitar esas trabas a la industria? Todos -sabemos que a aquel eminente Rey se le pasaron ganas de promulgar este -decreto.</p> - -<p>—¡Cosas de los jesuitas! —exclamó el dominico meciéndose en la -silla—. Pero esos pelanduscas andan también al retortero de Napoleón, -por ver si sacan tajada. Adelante con la lectura.</p> - -<p>—Pues adelante —continuó Vargas—. <i>Considerando que uno de los -establecimientos que<span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span> -perjudican a la prosperidad de España son las aduanas y registros -existentes de provincia a provincia, hemos decretado lo siguiente: -Desde 1.º de enero próximo, las aduanas y registros de provincia a -provincia quedan suprimidos. Las aduanas se colocarán y establecerán en -las fronteras.</i></p> - -<p>—Tampoco eso tiene pero —observó Castillo—, y la Junta central, -ya que pensó decretarlo, no debió esperar a que lo hicieran los -franceses.</p> - -<p>—También esto le parece bocadito de ángeles al reverendo Castillo -—dijo Luceño—. Medrados estamos. ¿Tratan de eso los libros de vuestra -merced?</p> - -<p>—Atención —indicó Vargas haciendo un gesto dramático— que ahora -viene lo gordo. <i>Considerando que los religiosos de las diversas -Órdenes monásticas en España se han multiplicado con exceso; que si -un cierto número es útil para ayudar a los ministros del altar en la -administración de los Sacramentos, la existencia de un número demasiado -considerable es perjudicial a la prosperidad del Estado, decretamos lo -siguiente: Art. 1.º El número de los conventos actualmente existentes -en España, se reducirá a una tercera parte. Esta reducción se ejecutará -reuniendo los religiosos de muchos conventos de la misma Orden en una -sola casa. Art. 2.º No se admitirá ningún novicio ni permitirá que -profese ninguno, hasta que el número de religiosos se reduzca a una -tercera parte. Art. 3.º Los regulares que quieran renunciar a la vida -común y vivir como eclesiásticos seculares, quedan en libertad<span -class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> de salir de sus conventos. -Art. 4.º Los que renuncien a la vida común, gozarán de una pensión que -se fijará en razón de su edad, y que no podrá ser menor de tres mil -reales ni mayor de cuatro mil. Art. 5.º Del fondo de los bienes de los -conventos que se supriman, se tomará la suma necesaria para aumentar la -congrua de los curas. Art. 6.º Los bienes de los conventos suprimidos -quedarán incorporados al dominio de España, y aplicados a la garantía -de los vales y otros efectos de la Deuda pública.</i></p> - -<p>Durante la lectura de este decreto, no se oyó en la celda de Ximénez -otro rumor que el producido por el vuelo de una mosca, que andaba a -vueltas tras los restos del chocolate prioral, como Bonaparte tras -los reinos de España. Después de leído, aún duró una buena pieza el -silencio.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch24"> - <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2> -</div> - -<p>—¡Toquen castañuelas, repiquen panderos, machaquen almireces, -punteen vihuelas y aporreen zambombas para celebrar el talento del -sabio legislador, harto de bazofia y comido de piojos, que sacó de su -cabeza ese pomposo y coruscante decreto! —exclamó al fin Luceño dando -un porrazo en el brazo del sillón y levantándose.</p> - -<p>—¿Conque a la tercera parte? —dijo Salmón—. ¿De<span -class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> modo que de cada tres no ha -de quedar más que uno?</p> - -<p>—Eso es, y los demás a la calle, a pedir limosna, porque una pensión -de tres mil reales para personas que han de vivir decentemente, es -aquello de hártate, comilón, con pasa y media.</p> - -<p>—Y afuera novicios.</p> - -<p>—¡Y no más profesar!</p> - -<p>—Y con los bienes se aumentará la congrua de los curas.</p> - -<p>—También eso está bien —dijo el dominico—. Alábelo su merced, Padre -Castillo. ¡Que nos quiten lo nuestro para darlo a los curas! ¿Quiénes -son los curas, ni qué hacen esos zanguangos en bien de la cristiandad? -Ya... como los curas son tan tibios patriotas... ¡Estoy que bufo!</p> - -<p>—Lo mejorcito es que los bienes de los conventos suprimidos pasen al -dominio de España.</p> - -<p>—¿Qué tiene que ver España, ni San España, ni Marizápalos con esos -bienes?</p> - -<p>—¿De modo que nuestras granjas de Leganés, de Valmojado...? -—preguntó Salmón.</p> - -<p>—¡Ya se ve! De esto se ríen todos esos infelices Mínimos, Gilitos y -Franciscos que nada tienen. A ellos, ¿qué les importa? Por eso van a -hacerle el <i>como la porta bu</i>. Bien, retebién. Y lo mismo hacen -los Afligidos, que son la cáfila de majaderos más desaforados que he -visto.</p> - -<p>—No murmurar, hermano —indicó Castillo.</p> - -<p>—Dios me lo perdone —dijo Luceño—, y no<span class="pagenum" -id="Page_247">p. 247</span> lo digo por nada malo, que hay Afligidos de -todas clases. ¿Pero creen vuestras mercedes que se llevará a cabo esto -de las terceras partes?</p> - -<p>—Yo creo que va a ser dificilillo.</p> - -<p>—Pues yo temo que lo llevarán adelante —afirmó Luceño—; que esta -mañana me ha dicho en confianza un regidor que va a Chamartín, que ya -tienen hecho su plan, y que dentro de pocos días comenzará el restar y -dividir, para dar principio a la demolición de los conventos.</p> - -<p>—¡La demolición!</p> - -<p>—Sí; que todas estas casas las destinan a oficinas del Estado, y la -primera que va a caer hecha pedazos es este monasterio de la Merced en -que ahora estamos.</p> - -<p>—¡Cómo, la Merced! ¡Se atreverán a ello! —exclamó Ximénez de Azofra, -dándose un golpe en la rodilla—. ¡Cómo! ¿Se atreverán a derribar -esta casa, que lo fue del gran Tirso de Molina? ¿Y la gran devoción -que inspira la Virgen de los Remedios, que está en una de nuestras -capillas? ¿Pues y el sepulcro de los nietos de Hernán Cortés? No, no -puede ser. Derriben en buen hora otras casas de religiosos; pero no -esta por tantos títulos, además de su antigüedad, venerable.</p> - -<p>—Y también está amenazada la Trinidad Calzada —apuntó Luceño— si no -de que la derriben, al menos de que la vacíen.</p> - -<p>—Eso no puede ser —declaró Vargas—, que más glorias encierra mi -casa que todos los demás claustros de Madrid reunidos. Díganlo si no, -el beato Simón de Rojas y el Padre Hortensio<span class="pagenum" -id="Page_248">p. 248</span> de Paravicino, autor del libro <i>De locis -theologicis</i>.</p> - -<p>—Autor de las <i>Oraciones evangélicas</i>, de la <i>Historia de -Felipe III</i> y de la <i>España probada</i>, querrá decir Vuestra -Paternidad —indicó Castillo con malicia—; que el libro <i>De locis -theologicis</i>, hasta los chicos de las calles saben que es de Melchor -Cano.</p> - -<p>—Tiene razón Castillo: me equivoqué. Pero sea lo que quiera, -también tiene mi convento la honra de haber rescatado, mediante los -Padres Bella y Gil, al inmortal Cervantes, autor del <i>Quijote</i>, -Sr. Castillo, pues yo también entiendo algo de autores. En caso de -desalojar conventos para oficinas, ahí está Santo Tomás, donde caben -todas.</p> - -<p>—¡Cómo es eso! ¡Santo Tomás! ¡Desalojar a Santo Tomás, el más -ilustre de los conventos de Madrid! —exclamó impetuosamente el -dominico—. ¿Y qué sería de este pueblo si le quitaran el espectáculo -de las procesiones que de allí salen con motivo de las funciones del -Santo Oficio? A fe que hartas casas hay en Madrid, si quieren hacer -plazuelas, como dicen, aunque más vale que no se toque a ninguna, -porque <i>setenta y dos</i> conventos para una población de 160.000 -almas, me parece que no es mucho. Las casas de religiosos apenas ocupan -un poco más de la mitad del perímetro de esta gran villa, lo cual no -es nada desmedido, y de todas las casas que se alzan en ella, solo -<i>cuatro quintas partes</i> pertenecen a conventos, memorias pías, -capellanías y otras fundaciones.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span>—Y dígame, Luceño -—preguntó Ximénez—, ¿van dominicos a la reunión que convoca el -Corregidor?</p> - -<p>—Creo que no. Según he oído, solo se prestan a ir a Chamartín el -prepósito de San Cayetano, el abad de Montserrat, dos Agonizantes, un -par de Franciscos, un Rector de Niñas de la Paz y un Afligido.</p> - -<p>—Pues esos sacarán tajada, no lo duden vuestras mercedes. Sobre -nosotros lloverán los decretos y las terceras partes.</p> - -<p>—Mi opinión es —dijo Salmón— que, pues cuesta bien poco ir de aquí -a Chamartín, nada se pierde con que vayan un par de Padres, y yo me -brindo a ello, que bueno es estar bien con todos, y el orgullo es -pecado, y quien al cielo escupe en la cara le cae.</p> - -<p>—No en mis días: de esta casa no irá nadie —aseguró Ximénez de -Azofra—; y en cuanto a este joven, nada podemos hacer. Indigno sería -pedir favores a quien nos trata mal, amenazándonos con terciarnos y -partirnos como si fuéramos aranzadas de tierra. Conque busque usted -quien le proporcione la <i>carta de seguridad</i> para salir de -Madrid.</p> - -<p>—Dificilillo es —afirmó Luceño—, pues entiendo que se miran mucho -para dar las tales <i>cartas</i>, y sin ellas no es posible dar un paso -de puertas afuera.</p> - -<p>—Sin embargo —dijo el discreto Castillo—, hay multitud de personas -que por estar en bien con los franceses, pueden socorrer a este joven. -¿No conoce usted ninguna persona de alta posición y de influencia?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span>—Sí, ya me -ocurrió acudir a la señora Condesa —indicó Salmón—, y confío en que -su generosidad sacará a este joven del mal empeño en que se ve. El -señor Marqués se ha afrancesado, y dicen que va a entrar en la alta -servidumbre del Rey José.</p> - -<p>—El Sr. D. Felipe bebe los vientos por que cualquier Gobierno se -acuerde de él —dijo Castillo—. Algo debe de haber de cierto en eso, -pues hace tres días, después de haberse presentado a Belliard, fuese al -Pardo, donde se ha instalado con su hija. Ayer creo que debió llegar a -dicho real sitio el Rey José. A pesar del influjo que en la botellesca -Corte tiene el señor Marqués, yo no me fiaría de él para ningún -delicado asunto. De más eficacia me parece en el caso presente el señor -Duque de Arión, pariente de esta familia y que goza de gran poder en el -Cuartel general.</p> - -<p>—¡Admirable idea! Veremos al señor Duque.</p> - -<p>—No ha llegado aún a Madrid; y como no sea exponiéndose a los -peligros de un viaje a Chamartín, este joven no podría verle.</p> - -<p>—Lo mejor —añadió Salmón— es que veamos hoy mismo a la señora -Condesa. ¿Va hoy allá la Paternidad del Sr. Castillo?</p> - -<p>—Dentro de un rato, pues la señora Marquesa me ha mandado llamar hoy -con toda premura. Si quiere este joven venir conmigo, le llevaré.</p> - -<p>—Oportunísimo —añadió Salmón—. Yo iré también. Pero, hijo, si en la -calle acertamos a pasar por junto a esos cafres...</p> - -<p>—Pues bien —dijo Ximénez—: para que<span class="pagenum" -id="Page_251">p. 251</span> vaya más seguro, yo les presto mi coche, -que, con sus dos gallardas mulas, debe de estar ya en la huerta.</p> - -<p>—Muy bien —declaró Salmón batiendo palmas—. Me parece buena idea la -del coche; pero para mayor seguridad, te vestiremos de novicio. Venga -la carroza prioral y a casa de la Condesa.</p> - -<p>—Pues entrareme también en ella, y me dejarán de paso en Santo Tomás -—añadió Vargas.</p> - -<p>—Pues allá voy también —dijo Luceño—, si me dejan en las Descalzas -Reales.</p> - -<p>Y así acabó la conferencia, sin más resultas que las de mi -improvisado disfraz de novicio y mi viaje a casa de la Condesa, donde -me pasó lo que el lector verá a continuación si tiene paciencia para -seguir leyendo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch25"> - <h2 class="nobreak g0">XXV</h2> -</div> - -<p>La Condesa mostró mucho asombro al verme. Hallábase en la misma -habitación donde algunos días antes me había recibido, y cuando -entramos, apartose del secreter donde escribía, para venir a nuestro -lado. Castillo principió preguntándole por la salud de todos, y -luego en breves palabras le expuso los motivos de mi visita y de mi -nuevo traje. Cumplida esta misión, y añadiendo que necesitaba<span -class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> ver a la señora Marquesa, -pidió a Amaranta venia para pasar adentro, y con esto nos quedamos -Salmón y yo solos con ella.</p> - -<p>—Por ahí se murmura que yo soy afrancesada —dijo Amaranta—; pero -no es cierto. Mi tío sí ha abrazado la causa del Rey José con tanto -entusiasmo, que cuando le contradecimos en algún punto relativo a -estas cosas, nos quiere comer a todos. Vive en el Pardo con su hija -desde hace tres días en el mismo Palacio Real, pues el Rey intruso se -ha empeñado en incluirle en su alta servidumbre. Está mi tío loco de -contento, y si viene esta tarde a Madrid, como decía, yo le rogaré que -me proporcione una <i>carta de seguridad</i> para este mancebo.</p> - -<p>—Ya estás salvo, Gabriel —exclamó el mercenario—. ¿No te dije que -esta excelsa señora te sacaría de tan mal paso?</p> - -<p>—Aún mejor puedo conseguirlo por mi primo el Duque de Arión, el -cual, más que afrancesado, es francés puro, y si viene mañana a Madrid, -como espero, no olvidaré este encargo.</p> - -<p>—Vaya, no hay que pensar en que te echen mano —dijo Salmón -levantándose—. Ya estás salvado, chiquillo; prostérnate ante Su -Grandeza y dale un millón de gracias por tantas mercedes. Y ahora, -señora Condesa, si usía me da su licencia, voy a pasar a ver a mi -señora la Marquesa, que el otro día me habló de unos requesones, acerca -de cuyo mérito quería saber mi voto.</p> - -<p>Nos quedamos solos Amaranta y yo, lo cual<span class="pagenum" -id="Page_253">p. 253</span> me agradó, pues deseaba hablar con ella sin -testigos.</p> - -<p>—Señora —la dije—, ¡cuánto agradezco a vuecencia esta nueva bondad! -Ahora me cumple pedir perdón a usía por no haber salido de Madrid, como -hubiera sido mi deseo.</p> - -<p>—Estarías alistado.</p> - -<p>—Justamente, y ahora que el desarme me permite salir, una -persecución injusta, cuya razón no puedo explicarme, me detiene en -Madrid, oculto en el convento de la Merced.</p> - -<p>En seguida contele el incidente de Santorcaz, añadiendo que el -antiguo desleal mayordomo de la casa andaba a la zaga del flamante jefe -de policía.</p> - -<p>—Ya lo sé —me dijo Amaranta—, y he tenido miedo de que algún peligro -amenazara nuestra casa. Por eso me alegro mucho de que Inés esté con -mi tío en el palacio del Pardo, donde no puede ocurrirle nada malo. -El primer día sentía yo gran zozobra; pero nosotros tenemos antiguas -amistades y relaciones con las primeras personas del partido francés, y -ya estoy tranquila. Nada temo de esos miserables.</p> - -<p>—Me falta —dije yo—, dar las gracias a vuecencia por los otros -favores de que me dio cuenta el licenciado Lobo. No los necesitaba para -llevar adelante mi resolución, y sin destino en el Perú, sin ejecutoria -de nobleza y sin promesas de dinero, sabré hacer de modo que usía no -tenga queja alguna de mí.</p> - -<p>—No —me dijo sonriendo—: el destino que solicité de la Junta, -espero que ahora me lo conceda también el Gobierno francés, y de<span -class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> todas estas diligencias -está encargado Lobo, a quien he dado cartas para Cabarrús y para -Urquijo. Irás al Perú, tendrás tu ejecutoria de nobleza, y con esto -y con la ayuda de Dios podrás llegar a ser un hombre de provecho. La -conciencia me impulsa a hacer esto en pro de una persona desvalida -que tiene derecho a mi consideración. En cambio, no olvidaré que has -formulado una promesa, y cuanto hago por ti no es más que la recompensa -anticipada que ganas cumpliendo lo pactado.</p> - -<p>—Señora Condesa, yo cumpliré religiosamente lo prometido —le -contesté con resolución—, y no puedo admitir la recompensa. Mi dignidad -no me lo permite.</p> - -<p>—¿Pues acaso tú tienes dignidad? —me dijo riendo—. Pero no, no debo -reírme. ¿Por qué no habías de tenerla como otro cualquiera? La verdad -es que los que estamos en cierta posición no vemos más que a nosotros -mismos. En cuanto a la determinación de no aceptar nada, yo arreglaré -las cosas de modo que aceptes.</p> - -<p>Así hablábamos cuando regresó Salmón a nuestro lado, y al punto -cortó el hilo de nuestro coloquio, diciendo:</p> - -<p>—Gran satisfacción, señora mía, me ha causado la noticia que en -este momento acabo de oír de los autorizados labios de mi señora la -Marquesa. La paz sea en esta casa, señora, y pues todo parece en camino -de arreglo, bendigamos la mano de Dios.</p> - -<p>—¿Habla Su Paternidad del asunto de mi prima? —dijo Amaranta—. Sí, -ya creo que la tenemos en vías de curación.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span>—Veo que el -ingeniosísimo recurso ideado por el gran entendimiento de vuestra -merced, ha surtido su efecto. ¿Y cómo recibió la noticia? ¿Se turbó, -derramó muchas lágrimas...? Porque en realidad, señora, decirle de -buenas a primeras que el joven ese...</p> - -<p>Y Salmón se detuvo como hombre prudente, temiendo hablar de negocio -tan delicado delante de un extraño.</p> - -<p>—Puede Vuestra Paternidad hablar sin reticencias —dijo Amaranta con -un tonillo que me pareció algo intencionado—, porque no estando en -antecedentes la única persona que nos oye, poco importa...</p> - -<p>—Pues preguntaba, señora, si cuando se le dijo y se le probó -la muerte de ese joven, no mostró su pena de un modo ruidoso, con -desmayos, gritos, lloros y demás desahogos propios de la debilidad -femenina.</p> - -<p>—Nada de eso, Padre —repuso Amaranta con muestras de satisfacción—. -Al principio no lo quería creer; luego, cuando se le probó de un modo -irrecusable, con los papelotes que trajo el licenciado Lobo, pareció -dudarlo, y, por último, cuando yo se lo dije, aparentando sentirlo y -doliéndome mucho de la muerte de ese infeliz, empezó a creerlo. Lo -que más la ha convencido, fue el artificio verdaderamente teatral que -puse en práctica para hacérselo creer. Estaban todos hablándole de -este asunto, cuando entré de improviso, fingiendo mucho enojo porque -sin preparación alguna le daban tan tristes noticias; arranqué de las -manos de Lobo aquellos papeluchos, que fingían<span class="pagenum" -id="Page_256">p. 256</span> ser partidas de defunción, copias del -libro del hospital o no sé qué, y los hice pedazos delante de ella. -Al mismo tiempo empecé a disponer que se dieran cordiales y otros -remedios del caso, asegurando que tenía ella mucha razón en sentir la -muerte de aquel con quien tuvo tan honesta amistad. Esto hizo efecto, -y después, cuando encerradas las dos en mi alcoba la dije: «Sosiégate: -todavía puede ser que se salve. Yo te prometo que si vive, le verás, -y quién sabe, primita mía... Puede ser, puede ser...» ella se afligió -mucho, y yo añadí: «Es preciso tener resignación; es preciso aprender -a padecer. Yo no quiero contrariar ya una inclinación tan decidida, -porque antes que todo es tu felicidad. Desgraciadamente, Dios quiere -resolver la cuestión de otro modo y llamar a ese joven a su seno. Esta -mañana he estado en el hospital, le he visto, y la verdad... había -pocas o ningunas esperanzas.» Y con esto aumentaba su tristeza, pero -sin llantos ni exclamaciones. Luego yo también me puse a llorar, y la -abracé y la di mil besos, diciéndole: «Ya ves cómo no está en mi mano -hacerte feliz. Te aseguro que por mi parte no repararía en nada para -conseguirlo; pero Dios lo ha dispuesto de otro modo. Procura calmarte -y ten resignación.» Cuando esto le dije, la dejé convencida. ¡Ay! -Después su aspecto era el de la resignación. Hablaba poco y parecía -meditar. Se ha desmejorado mucho en pocos días; pero esto se le pasará -indudablemente. Ahora ha ido al Pardo, pues la variación de localidad -es muy buen remedio para<span class="pagenum" id="Page_257">p. -257</span> estas enfermedades del espíritu. Su manía caprichosa y ciega -nos ha disgustado mucho; pero me parece que dentro de algún tiempo -estará todo concluido.</p> - -<p>—¡Oh! ¡Qué felicidad! —exclamó Salmón—. Hay un gran médico del -dolor, que se llama el doctor Tiempo. Perdida con la idea de la muerte -la esperanza, ese señor médico hace maravillas en un par de semanas.</p> - -<p>Yo oía este diálogo, y admiraba la extremada habilidad artística de -aquella encantadora cortesana, tan maestra en engaños y ficciones.</p> - -<p>—Ha hecho muy bien usía —continuó Salmón—, en poner en juego esos -ingeniosos ardides que prueban su grandísimo talento. Era una cosa que -daba vergüenza ver a mi niña enamoriscada de un haraposo de las calles, -que sin duda es de lo más arrastrado y despreciable que han echado -madres al mundo.</p> - -<p>—¡Oh! No —dijo Amaranta con cierto énfasis jovial—. Nosotros nos -esforzábamos en pintárselo así; pero no tiene nada de despreciable. -Yo tengo noticias ciertas de sus antecedentes y conducta. Además de -que ha demostrado en varias ocasiones una nobleza de sentimientos -que no puede caber sino en personas bien nacidas, su posición es más -que regular. Cierto es que por desgracias de familia, tan comunes en -estos tiempos, viose reducido a la indigencia; pero está probado que -procede de una nobilísima familia de los mejores solares de Andalucía, -como lo acredita la ejecutoria que posee; y además, figúrese<span -class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> Su Paternidad si tendrá -méritos personales, cuando la Junta central le dio espontáneamente un -gran destino en el Perú, cuyo destino parece le confirmará ahora el -Gobierno francés.</p> - -<p>Tuve que hacer un esfuerzo para contener la risa que asomaba a mis -labios.</p> - -<p>—Pues eso sí que no lo sabía yo. De modo que la discreta ninfa no -había puesto sus ojos en ningún piruétano. De todos modos, bueno es -que se haya quitado de en medio por una engañosa ficción la importuna -memoria del empleado del Perú. Por supuesto, señora, no hay que pensar -en D. Diego.</p> - -<p>—¡Oh! No... estamos decididas. D. Diego no será de modo alguno su -esposo, aunque renunciemos a la buena amistad de la de Rumblar. Al fin -he convencido a mi tía, y pronto impediremos a ese joven que entre en -esta casa. Aún viene aquí; pero tanto nos disgusta su presencia, que de -un día a otro le vedaremos la entrada.</p> - -<p>—Y ese pariente de vueseñorías —dijo el mercenario—, ese Duque -de Arión, a quien se tiene por un joven instruidísimo, ¿no estará -destinado a ser esposo de la joya de esta casa? Perdone usía mi -curiosidad.</p> - -<p>—No lo sé —respondió Amaranta—. No hay nada proyectado. Mi primo ha -vivido catorce años en París: apenas nos conoce.</p> - -<p>Así continuó la conversación por un buen espacio de tiempo, cuando -sentimos ruido de voces, y vimos que con gran estrépito y baraúnda -entraba el diplomático, en traje de camino,<span class="pagenum" -id="Page_259">p. 259</span> y tan alegre, tan festivo, tan charlatán, -que al punto le tuvimos por poseedor de los más altos secretos de -Estado.</p> - -<p>—Sobrina —gritó al entrar—, aquí me tienes. Pero soy el juego de la -correhuela: cátate dentro y cátate fuera. Ahora mismo tengo que salir; -pero si no miente mi lista, son ciento dos las personas que he de ver -de aquí a las cuatro de la tarde. ¡Si me vuelvo loco! ¡Si no es mi -cabeza para tantos negocios! Que vaya el señor Marqués a explorar el -ánimo del Duque de Alba, para ver si cede o no cede; que forme el señor -Marqués una lista de las personas de la grandeza que están dispuestas a -acatar a José; que vea el señor Marqués al Corregidor de Madrid; que se -dé una vuelta por los Cinco Gremios a ver si anticipan o no anticipan -fondos; que vaya, que venga, que corra, que escriba, que aconseje, que -consulte, que tantee... ¡Jesús, María, José! Esto no es vivir. Yo no -quería meterme en tales faenas. Pero me han obligado, me han cogido, -me han puesto el cordel al cuello. Cuando el Rey José dice que no -puede hacer nada sin mí; cuando me presenta a su hermano, elogiándome -con frases que no repito por no parecer jactancioso, no es posible -evadirse... ¡Oh! ¡Qué belén, qué ir y venir! Nada se ha de hacer sin -que yo diga <i>hágase</i>. Y usted, Sr. Salmón, ¿qué dice de estas -cosas?</p> - -<p>—¿Qué he de decir, sino que Dios le conserve a usía mil años al lado -de ese Rey, para ver si evita lo de las terceras partes con que nos han -amenazado?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span>—Todo se arreglará, -hombre, todo se arreglará. A pesar del decreto de proscripción, hemos -salvado la vida a Infantado, Alba, Santa Cruz del Viso, Medinaceli, -Híjar, Fernán-Núñez, Altamira, Castel-Franco, Cevallos, y al Obispo de -Santander, sentenciados a muerte por el decreto dado en Burgos el 12 -de noviembre. Se les envía a Francia simplemente. Otras muchas cosas -ha dispuesto el Emperador, modificando sus primitivas determinaciones; -pero no las puedo decir, no; no te diré una palabra, sobrina, de -estos delicados negocios: ya te veo sonreír... Ya te veo a punto de -emplear las armas de tu seducción para poner sitio a la fortaleza de mi -secreto; pero no te diré nada, no, ni una sílaba; ni tampoco a usted, -Salmón, que me mira con esos ojazos, que revelan toda la concupiscencia -de la curiosidad.</p> - -<p>—No quiero saber nada de eso —dijo Amaranta—. ¿Y mi primita?</p> - -<p>—Contentísima.</p> - -<p>—¿Cómo contentísima?</p> - -<p>—No, no; quiero decir, tristísima. En dos días creo que no habrá -dicho seis palabras. Se ocupa en sus labores con una asiduidad que -me asombra, y no hay quien la haga presentarse en el gran salón de -Palacio.</p> - -<p>—Ha hecho usted muy mal en dejarla sola —dijo la Condesa con cierto -enfado.</p> - -<p>—¿Y qué le ha de pasar? ¿No quedan allí los criados? ¿No está con tu -doncella y con Serafina, que ni un instante se separa de su lado?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span>—Pero ya le dije a -usted que Inés no debe quedarse sola con doncellas y criadas en ninguna -parte —añadió Amaranta notoriamente contrariada.</p> - -<p>—¿Estamos viviendo en despoblado? —dijo el Marqués riendo—. En el -Pardo, en el mismo Palacio del Pardo, donde vive un Rey con numerosa -servidumbre y guardia, ¿no puede quedarse sola mi hija por cuatro o -cinco horas? ¡Si vieras qué habitación tan magnífica me han destinado -en el piso bajo! Dan sus balcones al jardín del Mediodía, y se goza -allí de una deliciosa vista. Ayer y hoy por la mañana, Inés salió a -dar un paseo por el jardín. ¡Buen rato pasó la pobrecita!... ¿Pero -cuándo vienes al Pardo? Por Dios y María Santísima, que sea pronto. -Allí se pasan las noches deliciosamente, y no puedes figurarte cuán -amable, cuán discreto, cuán bondadoso es el Rey José. ¡Cuánto nos -reímos anoche! Él me preguntó: «¿Por qué dicen los españoles que soy -borracho, cuando no bebo más que agua?» Yo me quedé un tanto cortado; -pero disculpé a mis compatriotas como pude.</p> - -<p>—Mañana —dijo Amaranta— nos iremos mi tía y yo, pues ya, a fuerza -de sermones, voy logrando vencer su repugnancia a los franceses. Y -ahora que me acuerdo, tío, tiene usted que procurarme una <i>carta -de seguridad</i> para que pueda escaparse de Madrid una persona -injustamente perseguida.</p> - -<p>—¡Oh, no, de ningún modo! —dijo el diplomático—. Yo no oculto -insurgentes, ni favorezco de modo alguno la insurrección. -¿Cartitas<span class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span> de -seguridad? Nada, nada, sobrina, no ampares pícaros, ni protejas a los -que se obstinan en aumentar los males de la patria. Sométanse todos a -ese bendito Soberano que no bebe más que agua, y entonces se acabarán -las precauciones. Es preciso sofocar la insurrección que hierve en -los alrededores de Madrid, y hacen muy bien en no dejar salir ni una -mosca.</p> - -<p>—Bueno —dijo Amaranta—. Mañana ha de llegar mi primo el Duque -de Arión, y él me dará cuantas cartas de seguridad se me antoje -pedirle.</p> - -<p>—¡Que viene mañana! —dijo el Marqués—. Yo le esperaba esta noche. Me -han dicho que ya cumplió la misión que le dio el Emperador en Burgos y -ha regresado al Cuartel general. Entrará también en la servidumbre del -Rey José. Si llega mañana, inmediatamente os marcharéis todos juntos -al Pardo. ¡Cuánto deseo verle! Era tamañito así cuando su madre se -fue a vivir a París hace catorce años. Otro más travieso no vi nunca. -Yo, jugando a todas horas con él, le inculcaba los rudimentos de la -historia patria. ¿Me deparará Dios un excelente yerno?</p> - -<p>—Veremos —repuso Amaranta—. No puedo dar mi opinión mientras no le -trate. El Duque de Arión se ha educado en París.</p> - -<p>—Educación a la francesa —dijo Salmón—. <i>Vade retro.</i> -¿Apostamos a que viene mi señor Duque hecho un filosofillo de tomo y -lomo?</p> - -<p>—¡Oh, no! —exclamó el diplomático—. Desde que supe que se había -afiliado al bando<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span> -napoleónico, le tuve por muy discreto. Su entrada en España con el -Emperador, las difíciles comisiones que este le ha dado para entrar -en tratos con las ciudades rebeldes, prueban... ¿pero qué veo?... Las -dos, y yo aquí de conversación olvidando las mil comisiones... Adiós, -sobrina; adiós, Padre Salmón y la compañía. Yo me vuelvo loco con tanto -ir y venir... Es terrible que esos señores no puedan hacer nada sin -uno... Adiós, adiós.</p> - -<p>Y sin cesar de hablar, salió de la habitación y de la casa -apresuradamente.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch26"> - <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2> -</div> - -<p>Referidos estos curiosos diálogos, me cumple ahora contar de -qué medio se valió la Condesa para facilitarme la deseada fuga. -Mandome, pues, que volviera al día siguiente, prometiéndome tener -todo concertado y en regla, de modo que pudiese sin pérdida de -tiempo emprender la marcha, desafiando la vigilancia ejercida en las -matritenses puertas. Hicimos Salmón y yo lo que se nos mandaba, y al -otro día, cuando nos disponíamos a volver de nuevo a casa de Amaranta, -llamonos el Padre Prior, y nos dijo:</p> - -<p>—Este joven no puede estar aquí ni un día más, y esta noche misma, -si no encuentra<span class="pagenum" id="Page_264">p. 264</span> medio -de escaparse, es fuerza que busque un asilo más seguro.</p> - -<p>—¿Más seguro que la Merced?</p> - -<p>—Sí —añadió Ximénez de Azofra—. Han venido a avisarme que se -sospecha de los conventos, que se nos acusa de ocultar a los -conspiradores y a los espías de los insurgentes, y parece que mañana -mismo registrarán todas estas casas, principiando por la Merced.</p> - -<p>—Por fortuna la señora Condesa te amparará hoy mismo —dijo Salmón—. -Vamos allá sin perder un instante.</p> - -<p>Vestido de novicio y en coche, como el día anterior, fuimos a -casa de Amaranta, y desde que nos vio entrar, díjome con semblante -alegre:</p> - -<p>—Mi primo el Duque de Arión ha llegado anoche, y me ha prometido -conseguir la carta de seguridad antes de tres días.</p> - -<p>—Es que yo quisiera partir esta misma noche, señora Condesa -—dije.</p> - -<p>—¿Esta misma noche?</p> - -<p>—Tememos que esos hotentotes registren mañana nuestra casa —añadió -el Padre Salmón.</p> - -<p>—Pues es preciso hacer un esfuerzo y salir de este mal paso —indicó -Amaranta—. La principal contrariedad consiste en que no puede uno -fiarse de nadie. Me han asegurado que la policía francesa ha extendido -sus ramificaciones a muchas casas principales, y que sobornando lacayos -y pajes tiene bajo su vigilancia a las familias que juzga desafectas. -No<span class="pagenum" id="Page_265">p. 265</span> quisiera poner en -el secreto a ningún criado, y... ¡Ah! ¿No podría salir con ese mismo -traje de novicio?</p> - -<p>—Mal vestido es, señora, para estas circunstancias —dijo Salmón—. -Tengo entendido que el registro que se hace en las puertas es tan -escrupuloso, que hace difícil toda superchería. A unos les hacen -desnudar, no librándose de este vejamen ni aun las pudorosas -doncellas y las que no lo son. Examinan con farolitos las facciones, -confrontándolas con las notas de la carta; hacen vaciar las -faltriqueras, y esta ceremonia se repite en dos o tres puntos, y ante -los ojos de distintos esbirros.</p> - -<p>—Un criado de casa —dijo la Condesa— tiene carta de seguridad. Con -ella y disfrazándose de paleto, ¿no sería fácil burlar la suspicacia de -esa gente?</p> - -<p>—Los paletos —dije yo— son los más perseguidos y a los que primero -detienen, porque se teme que comuniquen a los conspiradores de aquí con -los insurgentes de fuera.</p> - -<p>—En este momento —exclamó Amaranta— me ocurre una idea salvadora.</p> - -<p>Diciendo esto llamó a un criado y mandole un recado al Duque -de Arión, que vino sin tardanza alguna, pues residía en la propia -casa. El cual Duque de Arión, a quien llamo así porque se me antoja, -callando su verdadero título, que es de los más conocidos entre los -de España, era un joven de veintidós a veintitrés años, delgado, -de regular estatura, semblante frío y sin expresión, de modales -elegantes y comedidos, como de persona habituada<span class="pagenum" -id="Page_266">p. 266</span> a la alta etiqueta, y sin otra cosa notable -en su persona que la atildada perfección del vestir. Digo mal, pues -también llamaba la atención en él un acento francés tan marcado y un -tan incorrecto uso de nuestro lenguaje, que a veces no era posible -oírle con seriedad. Hijo único de una señora que no nombro, y que fue -mujer muy corrida y muy tomada en lenguas allá por los últimos años del -siglo antecedente, marchó con ella a París a los siete años de edad y -en tiempo del Directorio: allí se educó, permaneciendo tres lustros -fuera de su patria. Era primo, no sé si en segundo o tercer grado, de -los que yo llamo de Leiva; pero la Marquesa, que le había criado, casi -le consideraba como hijo. Ya saben ustedes que este joven, a quien no -faltaba cierta discreción y muy buenas luces, era partidario decidido -de Bonaparte, más que por aficiones políticas, por la amistad que le -unía al mariscal Berthier. Cuando verificó el Emperador su expedición a -España, trájole consigo, dándole no sé qué puesto en la casa imperial. -Desde Somosierra fuele encargada una comisión confidencial cerca de -los vecinos acomodados de Burgos: desempeñola bien, según entendí, y -al venir a Chamartín, después de un día de descanso, pasó a Madrid con -objeto de abrazar a aquellos sus parientes, y con ansia también de -visitar su posesión de Parla, donde había nacido. Llegó Arión por la -noche, y al siguiente día tuve el honor de verle y ocurrieron sucesos -muy notables, a consecuencia de un diálogo que no puedo menos de -copiar,<span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span> reuniendo los -más oscuros recuerdos que almacena en sus antros sin fin mi memoria.</p> - -<p>—Primito —dijo Amaranta—, me vas a hacer un favor.</p> - -<p>—¡Oh! Mi querida prima —repuso Arión—, <i>de tout mon cœur</i>.</p> - -<p>—Préstame, o mejor dicho, dame tu carta de seguridad. No dudo -que me harás este obsequio, ya que has mostrado tantos deseos de -obsequiarme.</p> - -<p>—¡Oh, <i>ma belle comtesse</i>! —dijo el currutaco llevándose la -mano al corazón—. Yo estoy muy obligado a vuestras bondades, y si -pudiera exprimaros lo que siento... Mi deseo fuera que me demandaríais -<i>quelque chose</i> de más difícil, extraordinario y peligroso, para -probaros que...</p> - -<p>—Gracias por la condescendencia, primo, y excusemos galanterías. Yo -soy una vieja. ¿Se usa en Francia que los petimetres galanteen a las -viejas? Por aquí no ha llegado todavía esa moda; pero me parece que tú -traes los primeros figurines de ella.</p> - -<p>—¡Oh, oh!</p> - -<p>—¿Y no te enfadarás si tomo tu nombre para una obra de caridad? -Deseo facilitar la evasión de Madrid a un joven desgraciado, a quien -persiguen miserables polizontes por satisfacer una ruin venganza.</p> - -<p>—¡Oh, oh, <i>volontiers</i>! <i>Ma belle contesse</i> es dueña de -hacer lo que querrá con mi nombre.</p> - -<p>—También me darás uno de tus vestidos, primito, ¿no es verdad? -—dijo Amaranta con encantadora gracia y examinándome rápidamente<span -class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span> de pies a cabeza—; uno de -esos magníficos trajes que has traído de París, hechos conforme a las -últimas modas, y que servirán de desconsuelo a todos los petimetres de -por acá.</p> - -<p>—¡Oh, oh, yo soy <i>très</i> contento de daros mi <i>hábito</i>!</p> - -<p>—Pues bien —dijo Amaranta con satisfacción—. Creo que podré salir -adelante con mi invento. Al anochecer escapará este joven de Madrid con -el menor riesgo posible.</p> - -<p>Y tomando de mano de Arión la carta de seguridad, me la dio -diciéndome:</p> - -<p>—Esta tarde, antes de marchar al Pardo con mi tía y mi primo, lo -dejaré arreglado todo. Puede este joven retirarse tranquilo; y si el -discreto Salmón tiene la bondad de pasar por aquí esta tarde, yo le -daré las necesarias instrucciones para que todo marche a pedir de -boca.</p> - -<p>—Señora —dijo el fraile—, volveré al anochecer o cuando usía quiera; -que tan a pechos he tomado este negocio como el mismo interesado.</p> - -<p>—Vuelva su merced antes de las tres, pues hemos de salir para el -Pardo temprano, por sernos preciso visitar de paso en la Moncloa a mi -madrina, que allí reside y está enferma, aunque no de gravedad.</p> - -<p>Di yo las gracias a la Condesa por sus muchas bondades; rogome ella -que si salía en bien, como esperaba, se lo comunicase, indicándole -el sitio de mi residencia para enviarme nuevos testimonios de su -protección, y con<span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span> -esto salimos el mercenario y yo muy satisfechos para tomar el camino -del convento.</p> - -<p>Más tarde, cuando el fraile regresó de su segundo viaje a la misma -casa, conocí en conjunto el plan maravilloso de Amaranta, que era digno -ciertamente de su habilidoso y enredador talento.</p> - -<p>—No he visto más graciosa invención —dijo mi amigo—. Te pones el -vestido que te mandarán, para que puedas pasar por persona principal; -y como tú y el señor Duque tenéis la misma estatura y talle, quedarás -que ni pintado. Con esto y la carta de seguridad que ya tienes, esta -noche no eres Gabriel, ni Pico de la Mirandola, sino el señor Duque de -Arión que sale por la Puerta de Toledo para ir a su posesión de Parla. -Asimismo estará a tu disposición un coche... ¡pero qué coche! La señora -Condesa tiene sospechas de que alguno de su servidumbre está sobornado -por esos indignos corchetes, y teme confiarles el secreto. Para quitar -de en medio esa dificultad, he solicitado de una amiga que le facilite -un <i>bombé</i>... ¡Conque en <i>bombé</i> nada menos, chiquillo! Te -advierto que al cochero y lacayo se les dice que eres el propio Arión; -y como no conocen a este, es imposible que te vendan, aunque alguno -fuese bastante malo para hacerlo. Tendrán orden de llevarte a donde tú -les digas; pero se te aconseja que no pases más allá de Navalcarnero si -sales por la Puerta de Segovia, o de Leganés si vas por la de Toledo, -en cuyos puntos no creo que haya peligro. Conque, señor Duque, beso -a usía las manos.<span class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span> -Es imposible que sospechen nada al ver tu empaque y tu carta de -seguridad... Ya verás cómo lejos de ponerte reparos esos gaznápiros, se -quitarán los sombreros ante ti, y aun se brindarán a acompañarte hasta -tu palacio de Parla. ¡Que las tenga vuecencia muy felices!</p> - -<p>La idea de Amaranta era de éxito casi seguro, y no tropezando -con Santorcaz, con Román o con otro cualquiera que personalmente me -conociese, era inevitable mi escapatoria, pues mi carta de seguridad -llevaba el nombre de una principalísima persona, reputada por muy -adicta a la causa francesa. Con esta confianza estuve todo el día, -y antes del anochecer llegó un criado con el traje, el cual me caía -que ni pintado. Era elegantísimo, y de mucho lujo por la finura del -paño, el primor de los adornos y lo exquisito de todos sus accesorios; -mas no era traje de corte, sino de diario traer, si bien de esos que -por sí solos hacen resaltar sobre el vulgo a cualquiera que se los -pone, aunque más los lleve colgados que puestos. Consistía en casaca, -chupa y calzón de paño verde muy oscuro, con medias del mismo color; -cuello blanco, de infinidad de randas compuesto, y un rendigot pardo -con vueltas y solapas de pieles. Esta prenda tenía algún uso, mas aún -conservaba muy buen ver.</p> - -<p>Cuando encajé sobre mi cuerpo aquellas prendas, todos los frailes -vinieron a verme, y a porfía dijeron que nada podía pedirse en el arte -y buen parecer; que el sastre, autor de tales ropas, por fuerza había -adivinado las medidas<span class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span> -de mi cuerpo, y que de tan linda manera vestido, podía echarme a buscar -aventuras por las altas casas de Madrid, seguro de encontrar en alguna -quien me mirase con agrado. A estas alabanzas contestaba yo con risas -y bromas; pero la verdad era (y en conciencia no quiero ocultar esto, -aunque me desfavorezca) que yo estaba un poquito envanecido con mi -traje, y todo se me volvía dar vueltas ante un espejillo, pues también -en los conventos los había. El más satisfecho de todos era Salmón, que -no cesaba de hacer reverencias ante mí, llamándome <i>señor duque</i>; -y por fin, lleváronme como en jubileo a la celda del Prior, el cual se -rio mucho, alabando con exageración mi buen empaque.</p> - -<p>Vestido ya, vinieron a decir al fraile que un joven le buscaba -con mucho empeño. Salimos los dos, y en el claustro bajo hallamos a -Don Diego, pálido, azorado, inquieto, el cual llegose impaciente al -mercenario, y le habló así:</p> - -<p>—Padre, la Zaina se muere y quiere confesarse.</p> - -<p>—¡Pobre Zainilla! —exclamó el religioso—. ¿Y qué es ello?</p> - -<p>—Un mal que nadie conoce, ni se ha visto otro parecido, pues unos -lo tienen por locura, otros por consunción, estos por reumatismo, -y aquellos por melancolía. Lo cierto es que se muere sin remedio, -y ahora ha dado en llorar después de dos días en que no ha hecho -más que morderse, arrancarse los cabellos, o insultar a todos, a mí -principalmente, llamándome necio y mentecato.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_272">p. 272</span>—¡Era usted su -cortejo! —dijo con desabrimiento Salmón—. ¡Oh, entre qué gente anda -metido el señor Conde de Rumblar!</p> - -<p>—Padre, dejémonos de discusiones, y vaya pronto a confesar a la -Zaina, que se muere, pues ahora a ratos llora mucho y habla con razón -diciendo que quiere confesar sus pecados a Dios para irse al cielo, y a -ratos le entra un delirio en que dice mil disparates, y manda a todos -que laven las piedras del arroyo que están manchadas de sangre, y luego -pregunta que cuándo acaba de pasar la estera, que ya lleva tantos años -y tantos siglos de estar pasando por delante de sus ojos; en fin, mil -desatinos que no son para contados.</p> - -<p>—Pues voy allá al momento; pero antes pediré licencia al Prior, por -ser ya de noche.</p> - -<p>—Gabriel —me dijo Rumblar cuando nos quedamos solos en el claustro—, -¿qué traje es ese? ¿Te has vuelto caballero?</p> - -<p>—Amigo D. Diego —le contesté—, de menos nos hizo Dios.</p> - -<p>—¿Y qué es de ti? No se te ve por ninguna parte. ¿Qué traes a -vueltas con estos frailuchos?</p> - -<p>—Más respeto, Sr. D. Diego, para esta buena gente —le dije—, -siquiera porque estamos en su casa.</p> - -<p>—No les puedo ver. Santorcaz, que todo lo sabe, me ha contado mil -cuentos indecentísimos que prueban lo mala que es esta canalla. Es -preciso acabar con ellos. De veras te digo que desde que veo un fraile -me horripilo. Especialmente a este Salmón, a quien llamo el<span -class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span> Padre Tragaldabas, no -le puedo ver ni en estampa. Verdad es que él tampoco me adora, y -seguramente es quien, intrigando en casa de la Marquesa, ha hecho -fracasar mi proyectado casamiento.</p> - -<p>—¿Ya no se casa el señor Conde? Eso no le será penoso, porque me -parece haber oído decir a usted que no amaba mucho a la novia.</p> - -<p>—Verdad es que la tal Inés no me hace mucha gracia; pero yo estoy -decidido a que sea mi esposa, porque así conviene a mis intereses. -¿Sabes? Santorcaz me ha dicho que todo hombre debe mirar por sus -intereses, porque sin esto no se puede tener representación alguna en -el mundo. Además, él, que todo lo sabe y es más listo que el demonio, -me asegura que yo tengo talento, disposición, y estoy llamado a muy -grandes cosas, por lo cual me dice: «D. Diego, a usted le es necesaria -una buena posición, que le permita desplegar sus dotes.»</p> - -<p>—¿Pero usted no tiene por sí una desahogada posición?</p> - -<p>—Bicoca: el patrimonio de Rumblar es de esos que hacen en las -ciudades chicas un mediano papel; pero aquí apenas puedo presentarme en -quinta fila. Nuestra casa ha vivido desde hace tiempo con la esperanza -de que se le incorpore ese mayorazgo de Leiva, que es uno de los -primeros de España. Si cuando apareció Inés, como legítima heredera, -mi señora mamá se disgustó mucho, luego que se concertó el casarnos -para evitar pleitos y cuestiones, quedose muy satisfecha. Conque<span -class="pagenum" id="Page_274">p. 274</span> figúrate cuál será su -rabia y la mía, ahora que las señoras Marquesa y Condesa me han dicho -terminantemente que no hay nada de lo convenido. Mi madre, a quien lo -escribí, me contesta furiosa, llamándome tonto y necio y estúpido, y -amenazándome con venir a darme mil palmetazos si no llevo adelante -el negocio de la boda, como puede hacerlo un caballero resuelto y de -pesquis. A mí, francamente, no se me ocurre nada; pero para dicha mía -tengo ahí a ese bendito Santorcaz, que me aconseja como un padre de la -Iglesia, y últimamente ha discurrido el más ingenioso arbitrio para que -las de Leiva no se burlen de mí.</p> - -<p>—Yo creo que al señor Conde no le será difícil llegar al casamiento, -y con el casamiento a la posesión del mayorazgo, con tal que esa joven -esté dispuesta a darle su mano.</p> - -<p>—Eso no, porque no estoy loco por ella, que digamos, y de buena gana -renunciaría a todo, si exclusivamente de mí dependiera. Has de saber, -compañero, que yo, más que todos los mayorazgos del mundo, apetezco una -libertad sin límites para hacer lo que me dé la gana: ir a las logias, -dar gritos en las calles cuando hay alborotos, cortejar a las mozas del -Avapiés, echar un par de pesetas a un caballo de oros, y divertirme -en paz y en gracia de Dios; pero Santorcaz, que es mi mejor amigo y -mi mentor, como él dice, me tiene sujeto, y me hinca las espuelas en -esto del mayorazgo, afeándome mi descuido en cuestión tan importante. -Como además le debo<span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span> -cantidades enormes, que no sé de qué modo pagarle, aquí tienes el -siempre y cuando de esta mi resolución mayorazguil. Te advierto que lo -que me deslumbra y me vuelve lelo es la esperanza de poseer una renta -de esas que le permiten a uno gastar y gastar, y gastar todo lo que -se le antoja. ¿Hay mayor gusto, muchacho, que ir un día por casa de -todos los amigos y convidarles a una merienda en el Canal, poniendo -comida para más de cuatrocientas bocas, con tanta abundancia como en -aquellas célebres bodas de Camacho? ¿Hay mayor goce que tomar del -brazo a la Pelumbres, que es, después de la Zaina, la primer moza de -Madrid, y salir de bureo tapaditos, y acompañarla luego a su casa? ¿Hay -mayor gusto que visitar los interiores del teatro del Príncipe o de -los Caños, y saber que no habrá entre aquellos lienzos pintados actriz -española, cantarina italiana ni bailarina francesa que no se le rinda -a uno de toda voluntad? ¿Hay mayor satisfacción que dar una corrida -de toros, permitiendo la entrada gratis a todo el pueblo, pagando con -doble sueldo a los lidiadores y lidiando uno mismo con un traje fino -bordado de plata y oro? Pues esto y aún más espero tener, si sale bien -lo que hemos tramado.</p> - -<p>Quedeme absorto y mudo, meditando en la inconmensurable degradación -a que en pocos meses había caído aquel joven tan estrecha y -meticulosamente educado, bajo la inspección de su rigurosa madre; -instruido tan solo en cosas aparentemente buenas, en el temor -excesivo<span class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span> a los -superiores, en el desprecio de las novedades, en el aborrecimiento de -las cosas mundanas, en el respeto a la tradición, en el encogimiento -del espíritu; educado para ser gran señor y representante de todas las -virtudes patriarcales. Ved a dónde había ido a parar su imaginación, -atada durante la infancia con cien cadenas; ved por qué derrumbaderos -tenebrosos se despeñaba salvajemente su voluntad, criada en el respeto; -ved qué clase de pájaro atrevido salía de aquel huevo, empollado al -calor de las mezquinas ideas del siglo pasado. Verdad es que cuando -aquella inocente gallina sacó al mundo su echadura, se encontró que -de los rotos cascarones salían, en vez de pollos, otras mil alimañas -desconocidas, y la infeliz cacareó con angustia, sin saber quién las -había engendrado.</p> - -<p>—Pero si ella no le quiere a usted tampoco —dije a D. Diego—, lo que -proyecta no será tan fácil.</p> - -<p>—Eso me parecía a mí; pero Santorcaz, que sabe más que siete, me ha -llenado la cabeza de catálogos, principiando por decirme que yo era un -papanatas, y burlándose de mí con tanta zunga, que al fin me enfadé y -dije: «Pues yo seré más osado que Judas, y me atreveré a cuanto hay -que atreverse; pues ni las de Leiva, ni usted, ni nadie, se reirán de -mí.»</p> - -<p>—¿Y qué hace ahora el Sr. de Santorcaz?</p> - -<p>—Le han hecho los franceses jefe de la policía menuda, cargo que -desempeña a las mil maravillas. A todos los desafectos al nuevo<span -class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span> Gobierno me les echa -mano lindamente. Verdad es que por ahí le critican mucho, llamándole -traidor; pero él se ríe de todo, y dice que no hay mejor rey que José, -y que los españoles son unos animales. Esto al principio me enfadaba -mucho; pero ya me he acostumbrado a oírselo decir, y yo mismo, que era -antes más español que Fernando VII, ya no doy dos higos por España, -y al son que me tocan bailo... Pero verás lo que tenemos proyectado. -Para probarle a él y a todos sus amigos que no merezco esas burlas, he -decidido que si Inés no se quiere casar conmigo voluntariamente, se -casará por fuerza.</p> - -<p>—Eso me parece difícil.</p> - -<p>—Así lo parece, pero no lo es. Tú no tienes grandes ideas ni un -corazón osado, como yo lo voy a tener ahora; de modo que no podrás -comprender esto. Figúrate que consigo engañar a la muchacha y sacarla -a hurtadillas de su casa, sin que lo adviertan tías ni primas, y -llevármela bonitamente a donde me diese la gana por unos días...</p> - -<p>—Pero eso no podrá ser, porque esa honesta joven no saldrá con usted -de su casa, y mucho menos si, como dice, no le quiere ni pizca.</p> - -<p>—Tú eres sandio, por lo que veo —me contestó con petulancia -truhanesca—. Eso mismo me parecía a mí; pero Santorcaz y sus amigos -me llamaron el Papamoscas de Burgos. Te advierto que es preciso tener -el corazón echado para adelante, como dicen ellos, y atreverse a -todo. Que Inés salga conmigo... llévela yo a<span class="pagenum" -id="Page_278">p. 278</span> una casa que tenemos preparada al efecto, -y después su misma familia nos echará la bendición. El siglo lo tiene -dispuesto así.</p> - -<p>Tuve que hacer un esfuerzo para refrenar la indignación que tanta -bajeza me producía.</p> - -<p>—Poco me importa —añadió— que Inés no me ame en este momento. Yo -estoy seguro de que se volverá loca por mí en cuanto nos tratemos con -cierta intimidad. Todos dicen que tengo yo cierto atractivo... así... -pues... un gancho para pescar muchachas... Solo espero a que se le pase -la tristeza... No sé si te he contado que allá en los tiempos en que mi -novia andaba abandonada por el mundo, tuvo por novio a un perdido, un -raterillo, un granuja... ¡Qué cosas se ven en el mundo! Lo más raro de -todo es que le ha guardado a su galán zarrapastroso una fidelidad de -novela sentimental, que causa vergüenza a todos los de la casa. ¡Como -que han tenido que hacerla creer que ese joven ha muerto, para que no -deshonrara a la familia pensando en él!</p> - -<p>—Pero nada de eso hace al caso, y cada vez veo más difícil que usted -pueda sacar de su casa a tan honrada joven.</p> - -<p>—Animal, claro es que no saldrá, si le digo a dónde la llevo; -pero como no lo he de decir, sino que tenemos preparado un cierto -artificio.</p> - -<p>—¿Cuál?</p> - -<p>—Ya he sobornado a Serafina, su doncella, a quien he tenido que dar -una buena suma, y es seguro que mañana muy temprano saldrán las dos a -dar un paseo por los jardines<span class="pagenum" id="Page_279">p. -279</span> de Palacio, encontrándose en cierto sitio solitario, donde -es lo más fácil del mundo poner en ejecución mi pensamiento. Santorcaz -asegura que esto saldrá muy bien, y él es quien lo dispone todo, quien -prepara los coches, quien ha buscado la casa, quien ha dado el dinero -para sobornar a la sirvienta. ¡Si vieras qué interés tan grande se -toma!</p> - -<p>—Lo creo.</p> - -<p>—Mañana temprano queda todo hecho. A esa hora la Marquesa está -entregada a sus devociones, la Condesa no se habrá levantado aún, y el -Marqués estará en el primer sueño.</p> - -<p>—Sr. D. Diego —dije disimulando la ira cuanto me fue posible—, -¿y usted no ve en eso una serie de repugnantes bajezas, infamias -y desvergüenzas, indignas, no digo de un caballero, sino del más -desarrapado chalán? El que es capaz de hacer esto, está destinado a -acabar sus días en un presidio.</p> - -<p>—Te hablaré francamente. Cuando Santorcaz y sus amigos me -manifestaron su plan, sentí aquí dentro cierta repugnancia y no la -ocultaré. Pero se rieron mucho de mí, y allí fue el llamarme zanguango, -corazón de mirlo, hombre de alfeñique y otras injurias que me -indignaron mucho. Al mismo tiempo, por otro lado Santorcaz me apremia -para que le pague las grandes sumas que le debo, y que ya exceden a -cinco años de renta de mi patrimonio. Además de esto, mi madre me manda -de Bailén unas cartitas en que me pone como chupa de dómine. Dice que -si no llevo adelante por cualquier medio este casamiento, soy un necio -y<span class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> un badulaque, y -que pierdo y arruino a mi familia con mi dejadez y pazguatería. Hasta -Don Paco me escribe diciéndome que seré para siempre indigno del -<i>altísono</i> nombre de Rumblar, si no pesco ese mayorazgo, y ahí -tienes... No hay más remedio que hacerlo. Fuera, pues, escrúpulos de -monja, y adelante. Ahora voy a probar que soy un hombre hasta allí, -capaz de todo y dispuesto a las más atrevidas cosas. ¿Qué te parece? -¿No apruebas mi conducta? ¿No te entusiasmas oyéndome?</p> - -<p>—¿De modo que mañana temprano? —pregunté con más interés que D. -Diego en aquel asunto.</p> - -<p>—Al rayar el día. No sé si te he dicho que ella madruga mucho. -Santorcaz dice que cuanto más pronto, mejor. Ninguno de la familia se -enterará del caso, hasta que estemos en Madrid. Ya he escrito una carta -a la Marquesa, fingiéndome muy enamorado y diciéndole que la fuerza -irresistible de mi pasión me impele a obrar así, y otras muchas cosas -muy bien puestas; como que la ha escrito Santorcaz... Pero, chico, -es tarde y me retiro: quiero ver en qué para esta pobre Zaina, y si -se muere o no se muere. La verdad es que me quería bastante, y sabe -Dios si habré influido en su enfermedad... Como ahora me tiene loco la -hermana de la Pepa Ramos... ¿La conoces tú? ¡Qué guapa y qué mona es! -Adiós, me voy allá. ¿Quieres venir? ¿Qué haces aquí con esos frailucos? -Pero dime, ¿has heredado por ventura? No te conozco. Mira que los -frailes son muy intrigantes... adiós, adiós, que aún tengo algo<span -class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span> que arreglar para mi viaje -al Pardo a la madrugada.</p> - -<p>Y diciendo esto, se marchó, dejándome solo en el claustro. En este -me paseaba yo, presa de la más grande agitación, cuando me avisaron la -llegada del coche enviado por Amaranta para mi fuga. Al instante corrí -a la calle, y entrando en él, pregunté al lacayo:</p> - -<p>—La señora Condesa, ¿dónde está?</p> - -<p>—Esta tarde ha marchado al Pardo —me contestó respetuosamente, -sombrero en mano—. ¿A dónde quiere usía que le llevemos?</p> - -<p>—Al Pardo —contesté con resolución.</p> - -<p>—Dijo la señora Condesa que saldríamos por la Puerta de Toledo, -camino de Illescas. ¿Es que quiere usía dar un rodeo?</p> - -<p>—¡Al Pardo, majadero, al Pardo derecho y sin rodeos! —exclamé con -furia—. ¿No he dicho que al Pardo? A toda prisa.</p> - -<p>Las mulas partieron a escape, llevándome camino del Real Sitio.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch27"> - <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2> -</div> - -<p>Fue detenido el coche en la Puerta de San Vicente, abrieron la -portezuela, presenté mi carta de seguridad, y después de abrumarme -con cumplidos y cortesías, me dejaron pasar. Sufrí nueva detención -hacia San Antonio, y una tercera en la Puerta de Hierro. Tantas -molestias<span class="pagenum" id="Page_282">p. 282</span> me hicieron -ver que era arriesgadísimo salir disfrazado, y enteramente imposible -sin el documento prescrito. Pero yo pasé el camino felizmente, y -ninguno de los que echaron su mirada importuna dentro de mi coche, -sospechó el papel que un servidor de ustedes estaba representando.</p> - -<p>Iba yo en un estado de agitación indefinible, y la marcha de las -mulas me parecía tan desproporcionada a mi febril impaciencia, que -sentía impulsos de bajar y correr a pie, creyendo de este modo llegar -más pronto. Arrastrado por una ciega e invencible determinación, yo la -había formulado en estos términos sencillísimos: «Llegaré, haré por -ver a la Condesa, informarela de la alevosa intención de D. Diego, y -partiré después. No es preciso nada más.» Yo no pensaba en dificultades -de ninguna clase, y las contrariedades subalternas eran despreciadas -entonces por mi impetuosa voluntad. Tampoco atendía en manera alguna -a mi proyectada fuga, ni me cuidaba de si iba vestido de esta o de la -otra manera. Caer en poder de la policía, una vez llevado a efecto mi -pensamiento, me importaba poco.</p> - -<p>Por fin, en poco más de una hora llegamos a la plaza de Palacio, -donde vi una gran escolta de caballería y muchos coches. El cochero del -mío azotó las mulas y las hizo penetrar por la ancha puerta hasta el -vestíbulo de donde arranca la gran escalera. Todo lo vi iluminado, todo -lleno de guardias españolas y francesas. Una música militar tocaba el -himno<span class="pagenum" id="Page_283">p. 283</span> imperial en la -galería que domina la escalera. Napoleón, que había ido a comer con su -hermano, estaba allí todavía.</p> - -<p>Figuraos que uno se muere y despierta en otro planeta, en otro -mundo, encontrándose con forma distinta, en atmósfera diversa, en un -medio diferente, donde crecen Fauna y Flora que no se parecen a la -Flora y Fauna del mundo donde nació. Esta fue mi impresión: yo estaba -aturdido y atontado. No obstante, saliendo precipitadamente del coche, -pregunté al primer criado que se me apareció por los aposentos del -señor Marqués de X. En el mismo instante el lacayo me decía:</p> - -<p>—Venga vuecencia por aquí, que es en este piso bajo a la -izquierda.</p> - -<p>Dos o tres, no sé cuántos, se apresuraron a franquearme la entrada, -y mi lacayo, entrando delante de mí, dijo a los criados que salían a su -encuentro:</p> - -<p>—Ya está aquí el señor Duque; avisad que ha llegado el señor Duque -de Arión.</p> - -<p>Yo no sé por dónde me llevaron; yo no sé por dónde entré; yo no -sé en qué sitio me encontraba: yo solo sé que me vi en un recinto -muy alumbrado y caliente, y que el diplomático, estrechándome en sus -brazos, exclamaba:</p> - -<p>—¡Picarón, gracias a Dios que te vemos!... Pero ¿por qué has venido -tan tarde? Ya se ha acabado la comida... ¡Ah, picarón, qué alto -estás!</p> - -<p>Yo balbucí algunas excusas; pero comprendiendo al punto que era -preciso disipar aquel engaño, dije:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_284">p. 284</span>—¿No está la señora -Condesa?</p> - -<p>—No ha venido. Estoy solo con mi hija. Pero, chico, no tienes acento -francés, y me dijeron que hablabas como un amolador. Ven, ven: al -instante te voy a presentar al Rey José, que tanto desea verte. Ahí -está el Emperador. ¡Albricias!... Ha convenido en que su hermano vuelva -a ser Rey de España, y ya están zanjadas todas las diferencias. Conque -ven... ven... Pero, primo, ¿cómo es eso? —añadió examinando mi traje—. -¿Cómo no has venido de etiqueta? Pues oiga... también te has venido -sin relojes... Pues ¿y tus cruces, y tu Legión de Honor, tu Cristo de -Portugal, y tu Carlos III, y tu San Mauricio y San Lázaro, y tu Águila -Negra?</p> - -<p>—Déjese usted de bromas —repliqué sin poder disimular mi -impaciencia—. Ahora vengo para un asunto urgente y del cual -depende...</p> - -<p>—¿La suerte de Europa? —dijo interrumpiéndome—. Corro, corro al -instante a ponerlo en conocimiento de Urquijo. ¿Vienes del Cuartel -general? ¿Ha llegado allí algún correo de Francia con noticias del -Austria?</p> - -<p>—No, no es eso —repuse sin atreverme a disipar el engaño—. ¿Pero -dice usted que no está aquí mi señora la Condesa?</p> - -<p>—¿Tu prima? Esta tarde la esperábamos; pero debía pasar por la -Moncloa, por ver a su madrina, y como esta se halla <i>in articulo -mortis</i>, presumo que Amaranta y mi hermana habrán determinado -quedarse allí toda la noche. ¿Vienes tú de Madrid, o directamente de -Chamartín?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_285">p. 285</span>—Siento mucho -—manifesté con la mayor zozobra— que no esté aquí la señora Condesa.</p> - -<p>—Te presentaré a mi hija, ven. Pues es lástima que no hayas venido -de etiqueta. Cierto que tú tienes familiaridad con el Emperador, y si -te anuncias, puedes pasar a verle con ese traje... Pero, dime, ¿qué -noticias traes? ¿Ha llegado algún correo al Cuartel general? ¿A que -me he salido yo con la mía?... ¿apostamos a que el Austria?... A mí -puedes contármelo. Ya sabes que el Emperador me consulta todo... Pero, -chico, ¿sabes que tienes una arrogante figura? Me habían dicho que -eras... así... un poco cargado de espaldas y... la nariz chata, y un -ojo un poco... Pero no... veo que me habían engañado. Eres mejor de -lo que yo suponía, y lo que es tu cara... casi juraría que no me es -desconocida... pues... que te he visto en alguna parte.</p> - -<p>Estábamos en un lujoso salón, con magníficos tapices decorado. -Sentíase ruido de voces en las habitaciones inmediatas; pero allí -no había nadie más que nosotros dos. El diplomático, asiendo las -solapas de mi casaquín, me sacudía, me sofocaba, me volvía loco con -su charlar inacabable. En vano era que yo pretendiese quitarle la -palabra, hablando de otras cosas, y principalmente indicando algo del -móvil de mi viaje. Aquel insensato me quitaba la palabra de la boca, -ávido y hambriento de hablárselo él todo, y con sus gesticulaciones, -su cotorreo sempiterno, semejante al son de una matraca, me tenía -aturdido, colérico, nervioso.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_286">p. 286</span>—¡Ay, sobrinillo de -mi alma! —continuó—. Si me confiaras las noticias que traes... Ya habrá -llegado a tu conocimiento que yo soy la misma reserva... Porque no me -queda duda de que tú traes algo, sí, señor, algo grave. Si hubieras -venido a la comida, habríaslo hecho más temprano y con otro traje. Y -no es más sino que estabas en el Cuartel general, y el Mayor General -Berthier te envió a toda prisa con una comisión. A ver, dímelo a mí -solo, a mí solo... ¿Vas ahora mismo a ver al Emperador? Si quieres, -pasaré aviso al gentilhombre para que te introduzca. Ya han concluido -de comer, y están conferenciando juntos el Emperador, el Rey José, el -secretario Hugues Maret, Urquijo y Monseñor de Pradt, ex-Arzobispo de -Malinas. Anda, anúnciate, subamos...</p> - -<p>—Señor mío —dije bruscamente sin poder disimular ya mi impaciencia -y desasosiego—, yo no vengo a hablar con el Emperador, ni con el Rey -José, ni con el Arzobispo, ni tengo nada que ver con ninguno de esos -señores. Yo vengo a...</p> - -<p>Y callé, sin atreverme a decirle el objeto de mi visita.</p> - -<p>—¿Conque no está aquí la señora Condesa? —volví a preguntar después -de una pequeña pausa.</p> - -<p>—Dale con la Condesa. Que no, que no está. La esperábamos esta -tarde; pero según entiendo, se ha detenido en la Moncloa por acompañar -a su madrina, que se muere por momentos. Puede ser que llegue antes de -media noche.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_287">p. 287</span>—Pues la esperaré -—dije resueltamente sentándome en un sillón.</p> - -<p>—Veo que Amaranta te interesa más, y es para ti de mayor importancia -que la suerte del mundo. ¿Pero no querrás decírmelo?... Aquí en -confianza... a mí solo —dijo sentándose junto a mí y poniéndome la mano -en el muslo.</p> - -<p>—¿Qué, hombre de Dios, qué le he de decir, si no sé nada?</p> - -<p>—Pesado estás, sobrino. Para mí sería muy satisfactorio saberlo -antes que el mismo Emperador, y poderlo decir a todos esos que están -ahí muertos de sed por una noticia.</p> - -<p>—¿Dice usted que la Condesa vendrá antes de media noche? ¿Cuánto hay -de aquí a la Moncloa?</p> - -<p>—¿Pero qué traes tú con la Amarantilla?... Todo eso es para -disimular. Pero ven... quiero que conozcas a mi hija. Ya tendrás -noticias de ella. ¡Pobrecita! La he recogido y reconocido... Es preciso -reparar de algún modo los errores de nuestra juventud. En París habrás -oído hablar mucho de mí. Bastantes ruinas hay allá todavía de mi ímpetu -destructor en materias amorosas. Pero ven... conocerás a Inés... es -guapísima. No se ha recogido aún, y si está acostada haré que se -levante.</p> - -<p>—No —dije yo—: la veré mañana.</p> - -<p>Mi situación, queridos señores míos, era bastante comprometida. La -Condesa, a quien necesitaba ver y hablar, no estaba allí. Yo no quería -faltar al solemne compromiso contraído con ella, cuando le prometí -no presentarme<span class="pagenum" id="Page_288">p. 288</span> -jamás a su hija; y en verdad, si Amaranta me hubiera sorprendido allí -en compañía de Inés, todas mis explicaciones le habrían parecido -artificios y malas artes, y la aventura de mi disfraz un ardid alevoso -para arrebatarle aquel tesoro de su familia que, por la sociedad y por -otras mil consideraciones, me estaba tan implacablemente vedado. En -todo esto pensé, mientras D. Felipe de Pacheco y López de Barrientos -me volvía loco para que le comunicara noticias del Cuartel general. -Discurriendo rapidísimamente sobre aquella situación, vine a deducir -que era preciso valerme del mismo diplomático para mi objeto, no -hallándose en Palacio ninguna otra persona de la familia; mas para -esto era también preciso no perder el disfraz, ni correr el velo de -aquel gracioso engaño, pues si esto ocurría, todo acababa con echarme -a la calle o ponerme a disposición de un alguacil. Meditando en -breves términos mi plan, di principio a su ejecución de la siguiente -manera:</p> - -<p>—Después, mi querido tío, informaré a usted de todo lo que se dice -en el Cuartel general. Por ahora quiero hablarle de otro importante -asunto.</p> - -<p>—¿Importante? Vamos a ver —dijo en voz baja y tan impaciente como un -niño.</p> - -<p>—Importantísimo.</p> - -<p>—Ya adivino. La Inglaterra, el enemigo común...</p> - -<p>—No es nada de eso. Lo que digo es que ese Condesito del Rumblar... -¡Oh! Es un joven de malísimas costumbres.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span>—Ya lo sabemos; -pero dejemos ahora a D. Diego, ¡qué majadería! —exclamó con -desagrado.</p> - -<p>—Es preciso que usted esté prevenido por si...</p> - -<p>Entraron en aquel momento en la sala dos personajes vestidos de -uniforme, uno de los cuales era español y el otro francés; pero los -dos se expresaban en nuestra lengua. Levantámonos, y el diplomático me -presentó gravemente a ellos, diciendo después:</p> - -<p>—Por más que le pincho, nada, no suelta una palabra. Viene del -Cuartel general, con noticias interesantísimas.</p> - -<p>—¿Sube usted a ver al Emperador? —me preguntó uno de ellos.</p> - -<p>—No, señor —respondí, obligado a llevar adelante la farsa—. No -necesito ver por ahora a S. M. I.</p> - -<p>—En el Cuartel general —me dijo el otro—, ¿qué se dice de la actitud -del Emperador respecto a su hermano?</p> - -<p>—¡Oh! —exclamé yo dándome importancia—: se dicen muchas cosas.</p> - -<p>—¡Muchas cosas! —repitió el Marqués haciendo aspavientos.</p> - -<p>—Aún no está decidido —añadió el que parecía francés— que el -Emperador, nuestro señor, ceda el reino de España a su hermano. ¿Qué ha -oído usted en Chamartín? ¿Insiste Su Majestad en la idea de considerar -a España como país conquistado?</p> - -<p>—Sí, señores, como país conquistado —respondí con mucho aplomo, -metiendo mi cucharada<span class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span> -en los arreglos y desarreglos del mundo.</p> - -<p>—La verdad es —dijo otro— que los dos hermanos no están muy acordes. -¿Va tomando cuerpo la idea de agregar la España al territorio de la -Francia?</p> - -<p>—Sí, señores —afirmé condoliéndome de la suerte de mi país—. España -se unirá a Francia.</p> - -<p>—¡Oh! ¡qué calamidad! —clamó D. Felipe—. No podemos en modo alguno -seguir al servicio de la causa francesa. ¿Y se insiste en dividir a -nuestro país en cinco virreinatos?</p> - -<p>—¿Pues qué duda tiene, señores? —repuse en tono de hombre listo—. -Pero aún se duda si serán cinco o seis.</p> - -<p>—Sin embargo —indicó el que parecía francés—, yo creo que esta noche -se reconciliarán.</p> - -<p>—Por supuesto, que si el Emperador se decide a tratar a España como -país conquistado, le mueven a ello las intrigas de Inglaterra.</p> - -<p>—De Inglaterra, justo —repuse yo vivamente—. Me lo ha quitado usted -de la boca.</p> - -<p>—Y la insensata resistencia del pueblo español.</p> - -<p>—Exactamente... la insensata resistencia...</p> - -<p>—A pesar de todo —dijo el español—, yo dudo mucho que Napoleón pueda -llevar adelante tan atrevido pensamiento, y menos ahora cuando corren -rumores de que el Austria...</p> - -<p>—¿Qué dicen los últimos despachos? Parece que el Austria se arma.</p> - -<p>—Sí, señores —respondí yo en tono profético, misterioso y -sibilítico—. El Austria se arma y... no diré más.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_291">p. 291</span>—Pero, hombre -—apuntó el diplomático—, si aquí somos todos amigos. Di de una vez todo -lo que sabes.</p> - -<p>—Dispénsenme ustedes, señores —indiqué cortésmente—. De buena gana -lo haría por complacer a personas tan amables; pero antes que mi deseo -está mi deber; antes que la satisfacción de un capricho amistoso, la -conciencia de mi discreción, cuyo inexpugnable baluarte en vano atacan -galantes sugestiones, o arteras amabilidades. Callaré por ahora; pero -tengan ustedes entendido que el Austria... el Austria...</p> - -<p>Los tres cortesanos se miraron, y yo examiné las pinturas del -techo.</p> - -<p>De improviso entraron otros dos, a quienes igualmente me presentó mi -augusto tío; pero aquí fui menos afortunado, porque uno de ellos, al -saludarme, me dijo con cierta malicia:</p> - -<p>—Es muy particular. Hace tres años vi en París al señor Duque -de Arión, y no reconozco su fisonomía en la de usted. O yo estoy -trascordado, o usted ha variado considerablemente.</p> - -<p>Por mi suerte, el diplomático se había apartado un poco, y además -yo tuve buen cuidado de no engolfarme en conversaciones con aquel -caballero. También quiso mi buena estrella que viniese a sacarme de -apuros otro que llegó de repente y con gran prisa, diciendo:</p> - -<p>—Señores, la conferencia va tomando carácter de altercado. Alzan -mucho la voz, y desde el corredor de Poniente se oyen los gritos. Vamos -allá y oiremos algo.</p> - -<p>Viérais allí cómo aquellos cortesanos corrían<span class="pagenum" -id="Page_292">p. 292</span> por los pasillos; cómo se escurrían por -los laberintos de Palacio; cómo se precipitaban unos delante de -otros, disputándose cuál llegaba primero a pescar una noticia, una -voz perdida, un gesto visto al través de un resquicio, un accidente, -un destello de reales miradas, cualquier mezquindad que les fuera -favorable. Yo seguí tras ellos, y salí también; atravesamos un gran -salón, donde había hasta una veintena de personas de distintos -uniformes; internáronse en nuevos pasillos; pasaron de sala en sala, -llegando, por último, a un largo y oscurísimo corredor que tenía -ventanas a un angosto patio. Allí había otros cinco o seis, asomados -a las ventanas, y muy atentos a no sé qué, pues yo no veía nada digno -de llamar la atención. Todos se acercaban con pasos quedos, chicheaban -muy por lo bajo, y atendían y miraban; ¿pero qué miraban y a qué -atendían?</p> - -<p>El patio a que me refiero era muy estrecho. En la pared de enfrente -había una gran ventana cuyas hojas de cristal, cerradas y por dentro -cubiertas con una cortina de gasa, daban paso a la luz interior. Los -gruesos cortinones de invierno estaban recogidos a un lado y otro, de -modo que quedaba un triángulo de luz, con el ángulo más agudo en la -parte superior. En este triángulo se dibujaban varias sombras, pero con -toda precisión una sola, efecto de linterna mágica producido por la -presencia de un hombre entre la luz que iluminaba aquella pieza y el -hueco de la ventana. Movíase la sombra al tenor de los diversos<span -class="pagenum" id="Page_293">p. 293</span> grados de animación de la -palabra, y en esta sombra y en sus irregulares movimientos fijaban -la vista y el oído y la atención y el alma toda los cortesanos allí -reunidos.</p> - -<p>—Ahora hablan más bajo —dijo muy quedamente uno de ellos—; pero hace -poco se han oído con claridad algunas palabras.</p> - -<p>Y alargaban los cuerpos fuera del corredor, con esperanza de -que sus pabellones auriculares cogieran al vuelo alguna sílaba. Yo -también atendí; pero la verdad es que allí se oía tanto como en un -desierto. Lo que sí excitó mucho mi curiosidad, fue la sombra que -ocupaba el centro del triángulo. Era la de un hombre rechoncho y de -cabeza redonda, con pelo corto. Notábase el movimiento pausado de sus -brazos al hablar, el de su cabeza al atender; notábanse claramente las -señales de asentimiento, las negaciones vagas y las fuertes; notábanse -la tenacidad, la duda, el ademán de la pregunta, el de la respuesta; -y tanta era la verdad con que aquella sombra reproducía a la persona -misma, que hasta se creía advertir en ella la sonrisa, el fruncimiento -de cejas, el asombro y cuantos modos de lenguaje posee y usa el -rostro humano. Unas veces la cabeza, puesta de frente, proyectaba -en la vidriera una forma redonda; otras, volviéndose, proyectaba su -perfil; luego veíamos que a su altura subía una mano, y distinguíamos -perfectamente el dedo índice afianzando y dando energía a la palabra; -después desaparecían las manos, y los brazos, juntándose a la masa -del cuerpo, indicaban que se habían cruzado; luego transcurría<span -class="pagenum" id="Page_294">p. 294</span> mucho tiempo sin que la -figura hiciese ademán alguno, señal de que oía o de que meditaba, hasta -que de nuevo volvía a ponerse en acción.</p> - -<p>—Miren ustedes ahora —dijo uno de los cortesanos— cómo dice que no, -que no y que no con la cabeza.</p> - -<p>En efecto, la sombra movió su cabeza, haciendo la señal negativa por -espacio de algunos segundos.</p> - -<p>—De seguro está diciendo que no cederá a nadie sus derechos a la -Corona de España —indicó uno.</p> - -<p>—Lo que indudablemente estará diciendo —habló otro— es que pasará -por todo menos por que los ingleses se metan aquí.</p> - -<p>—¡Quiá! —exclamó un tercero—. Lo que debe de estar diciendo es que -los españoles no podrán resistir mucho tiempo.</p> - -<p>Entonces la sombra movió la cabeza en señal afirmativa repetidas -veces y con mucha insistencia, acentuando con la mano aquel -movimiento.</p> - -<p>—Pues ahora dice que sí, que sí y que sí —indicó uno.</p> - -<p>—Sin duda habla de que son indudables sus derechos de conquista.</p> - -<p>—Y de que puede disponer del trono de España como se le antoje.</p> - -<p>—¡Patarata! Apuesto a que no es nada de eso, y lo que hace es -asegurar que vencerá a los ingleses.</p> - -<p>Poco después la sombra se llevó la mano a la nariz.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span>—Toma tabaco -—dijeron los cortesanos.</p> - -<p>—Ya van trece veces desde que estamos aquí.</p> - -<p>Luego la sombra acercó un bulto a su cara, inclinándola después, y -se oyó desde nuestro observatorio un lejano ronquido.</p> - -<p>—¡Se suena! —exclamaron los cortesanos.</p> - -<p>—¡Buena señal! —dijo uno.</p> - -<p>—¡No, sino muy mala! —añadió otro.</p> - -<p>Después la sombra se levantó, y al instante confundiose entre -otras sombras. Un momento después, separadas las demás, volvía a -destacarse; pero ya estaba transfigurada, porque la cabeza redonda -había desaparecido en otra mayor sombra trapezoidal. Una vez puesto el -sombrero, se hubiera distinguido de cuantas sombras suele engendrar -la noche, y de cuantas pueden volver de los Elíseos Campos o de los -cristianos cementerios a pasearse por el mundo.</p> - -<p>—Ya sale... —dijeron los cortesanos.</p> - -<p>—Corramos al salón.</p> - -<p>Y aquello no fue correr, sino volar a la desbandada.</p> - -<p>—¿No vienes al salón? —me preguntó el diplomático.</p> - -<p>—¿No ve usted que no vengo de etiqueta?</p> - -<p>—Es verdad; pero tú... Te advierto que el Emperador se marcha. -¿Acaso vienes a hablar con el Rey José?</p> - -<p>—Yo no quiero ver al Emperador esta noche —le respondí—. Aunque él -me trata con bastante intimidad, y solemos jugar un poco al tute...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_296">p. 296</span>—¡Al tute!... -hombre... Eso sí que no lo sabía.</p> - -<p>—Sí... Pues decía que aunque tenemos mucha confianza, y nos tratamos -como dos amigos, no puedo presentarme así en el salón cuando los demás -van de etiqueta. Usted no irá tampoco...</p> - -<p>—¡Oh, sí! Yo voy al salón... Porque te advierto que el Emperador -al entrar me miró, y después preguntó quién era yo. De modo que -ahora...</p> - -<p>—¿Pero no le ha hablado usted nunca?</p> - -<p>—Te diré: lo que es hablarle... así... pues... así como estoy -hablando ahora contigo, no... pero hemos cambiado notas, y no creas... -en ocasiones, con la pluma en la mano, nos hemos puesto como ropa de -pascuas.</p> - -<p>—¿Usted se retirará a su aposento? Hablaremos un poco y luego me -marcharé.</p> - -<p>—¡A estas horas! No... aquí te has de quedar. No dudes que vendrá la -Condesa mañana temprano. Hablaremos todo lo que quieras; pero después -que yo vaya al salón y haga por ver si S. M. I. me mira otra vez, y me -entera de todo lo que se dice... ¿Qué sabes tú si el Rey José querrá -llamarme como anoche para que le dé un poco de conversación?</p> - -<p>—Antes hablemos los dos de un asunto que nos interesa... Es cosa de -pocas palabras.</p> - -<p>—Entremos en mi cuarto —dijo llegando a la sala donde me recibió la -vez primera.</p> - -<p>—No, aquí mismo —repuse—. Ahora caigo en que tengo que marcharme en -cuanto hablemos dos palabras.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_297">p. 297</span>—¡Qué singular! -Hombre, aquí me hielo de frío. Entremos en mi cuarto.</p> - -<p>En efecto, pasamos a otra pieza, nos sentamos; pero aún no se -habían arrellanado nuestros cuerpos en el sofá, cuando entró un criado -diciendo:</p> - -<p>—Aquí está un gentilhombre que viene a decir a usía que el señor -Conde de Cabarrús quiere verle al momento.</p> - -<p>—Al instante, corro al instante. ¡Oh, Ministro amabilísimo! —exclamó -el diplomático con súbita e inmensa alegría—. Primo, ahí te quedas. -Vendrá Inés a hacerte compañía.</p> - -<p>—No... Que no se moleste —repliqué yo con inquietud—. Esperaré -solo.</p> - -<p>—Que venga la señorita Inés —dijo el diplomático al criado.</p> - -<p>El criado me miraba atentamente.</p> - -<p>—Que venga mi hija —repitió el Marqués—. Dile que está aquí el señor -Duque de Arión, su pariente; que venga al instante a hacerle compañía, -porque el Emperador... digo, el Rey José... digo, el Ministro Cabarrús, -me ha mandado llamar para consultarme un grave asunto.</p> - -<p>Y sin esperar más, porque su impaciencia era febril, salió, -dejándome solo. Yo estaba tan agitado, que no me era posible apreciar -la extensión del tiempo que iba pasando, mientras permanecía en la -soledad de aquel cuarto, sin percibir otro ruido que el tic-tac de -un reloj de chimenea, y el chisporroteo de los leños que en ella -se quemaban. Yo no cabía en mí mismo de inquietud, de ansiedad y -desasosiego, y<span class="pagenum" id="Page_298">p. 298</span> -juntamente se me representaban, en espantosa lucha, la inefable -felicidad de ver a Inés y el pesar de mi conciencia turbada por -quebrantar una leal promesa. A veces me parecía que los minutos corrían -con inconcebible rapidez, y a veces que se estaban quietos delante de -mí, mirándome como geniecillos desvergonzados. Mi espíritu, a ratos -impaciente y lleno de amorosas ansias, me impulsaba a penetrar en -las habitaciones interiores, buscando a la que no parecía; y a ratos -me venían deseos de abrir la ventana, echarme por ella al jardín -inmediato, y huir para siempre de aquella casa. Sentado estaba mal, y -mal estaba en pie, y mal también paseándome de un ángulo a otro en la -reducida estancia: el pulso y las sienes me latían con furia, y aquel -violento y acompasado golpear determinó bien pronto en mí una viva -calentura, que me inflamaba todo. Inés tardaba mucho. «Si no viene, me -muero», dije para mí, olvidándome al fin de todas las consideraciones -que al principio me habían hecho temer su llegada. Pasaron no sé si -horas o minutos: solo sé que muchas ideas mías se iban quedando atrás, -y que venían otras a sustituirlas, para marcharse luego. De este modo -apreciaba el transcurso del tiempo. El reloj avanzó mucho, sin que Inés -pareciese. Aquella soledad empezó a hacérseme insoportable, y la idea -de que ella no vendría se representó en mi pensamiento, produciéndome -un dolor inmenso. Después de mis primeras dudas, habíase entregado mi -espíritu al gozo de suponer que vendría, y su tardanza me ponía en -estado febril.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_299">p. 299</span>Arrastrado por una -fuerza irresistible, sin reparar en mi situación ni en circunstancia -alguna, casi ignorando lo que hacía, abrí la pequeña puerta que -comunicaba aquella pieza con la inmediata. Al pasar a esta, halleme -en una sala sin luz; pero como entraba alguna claridad por la puerta -recién abierta, pude ver por dónde andaba. Con pasos muy quedos -atravesé aquella sala, y al ver reflejada oscuramente mi imagen en -los espejos, sentía miedo de mí mismo. En el testero del fondo vi -otra puerta que cedió al punto a mi mano, y encontreme en una tercera -estancia más pequeña. Profunda oscuridad reinaba en ella; pero al poco -tiempo de estar allí, distinguí en el fondo negro una perpendicular -raya de luz. Al mismo tiempo creí que sonaban voces de mujer por aquel -lado, y esto, con la débil claridad, impeliome más hacia allí. Andaba -muy lentamente, extendiendo las manos para no tropezar con los muebles; -andaba como un ladrón, conteniendo el aliento, apagando el ruido de los -pasos, creyendo que hasta las oscilaciones del aire a mi tránsito iban -a delatar mi presencia a los de la casa. Yo había perdido todo dominio -sobre mí mismo, y en nada reparaba más que en llegar pronto a aquella -raya luminosa, tras la cual sentía más claramente ya la voz de Inés. Al -fin llegué. Por la estrecha rendija no se veía nada; pero se oía. Dos -mujeres hablaban.</p> - -<p>Al poco rato una de las voces dijo algo como despidiéndose; sentí el -ruido de una puerta,<span class="pagenum" id="Page_300">p. 300</span> -y todo quedó en completo silencio. Aguardé un poco. Puse luego la mano -en el picaporte, y con mucha, muchísima lentitud, lo fui levantando, -levantando, de modo que no hiciera ruido. Cuando me pareció bastante, -empujé, y la puerta cedió; empujé más, y la fui abriendo poco a poco, -cuidando de que no rechinara. Durante esta operación, toda mi sangre -se paró dentro de mí. A medida que la puerta se abría, iba observando -todo lo que había dentro de aquella estancia. Primero vi un lecho con -cortinas blancas, luego una mesa con labores de mujer, y, por último, -una figura puesta de rodillas delante de un reclinatorio. Vuelta hacia -mí aquella figura, que apoyaba la frente en el reclinatorio, no era -fácil reconocerla, pues de su cabeza no se veía sino el cabello; pero -yo la reconocí, y era ella misma: era Inés.</p> - -<p>Avanzando resueltamente, pero siempre con pasos muy quedos, entré y -me dirigí hacia ella.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch28"> - <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2> -</div> - -<p>Cuando Inés alzó la cabeza y me vio delante, tras un estremecimiento -que indicaba el mayor espanto, quedose atónita, sin habla, con -disposición a perder el sentido. La emoción me impedía al mismo tiempo -el pronunciar<span class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span> algunas -palabras para tranquilizarla. Mi presencia le causaba terror; iba a -gritar sin duda.</p> - -<p>—Inés, Inesilla —dije al fin—, no te asustes: soy yo, soy yo mismo. -¿Creías tú que me había muerto? No: mírame bien, estoy vivo. No me -tengas miedo.</p> - -<p>Diciendo esto la abrazaba, estrechándola contra mi pecho.</p> - -<p>—¿Creías tú no volver a verme más? —proseguí—. Te dijeron que me -había muerto. ¡Pícaros, cómo te engañan! Aquí estoy; no me preguntes -cómo he venido. Yo no lo sé. Creo que Dios me ha traído por la mano -para que nos veamos.</p> - -<p>Inés tardaba mucho en volver de aquel estupor que por algunos -minutos pareció quitarla el conocimiento: mirábame con ojos asombrados; -derramó algunas lágrimas, y su rostro, fluctuando entre el llanto y -la sonrisa, revelaba en cada segundo una sensación distinta. Pasado -un rato, fijando la atención en mi vestido, pareció profundamente -asombrada; volvió a reír, y me interrogó con los ojos. Sus manos, -sus brazos temblaban entre los míos de un modo alarmante, y temiendo -que la impresión producida en su organismo por tan fuerte sorpresa -fuera demasiado lejos, la tomé en brazos, púsela con el mayor cariño -sobre el cercano sofá, y senteme junto a ella, procurando calmarla y -explicándole en términos precisos mi inesperada aparición.</p> - -<p>—¿Pero dónde estabas tú? —me dijo.</p> - -<p>—En la habitación de tu padre. Allá me<span class="pagenum" -id="Page_302">p. 302</span> dejó cuando te llamaron, y allí te estaba -esperando. ¿Por qué no fuiste? Mi impaciencia era tanta que no pude -resistir, y como un ratero me metí por esas habitaciones hasta llegar -aquí.</p> - -<p>—¿Y cómo entraste en Palacio?</p> - -<p>—Eso es largo de contar. Me han pasado muchas cosas, Inesilla de mi -corazón. Yo no sé cómo he venido aquí. Había prometido no verte más ni -hablarte; pero yo no sé por qué me encuentro a tu lado y te veo y te -hablo. ¿Conque me creías muerto?</p> - -<p>—Sí, ¡muerto! —dijo con tristeza—. Sin embargo, yo confiaba en que -fuera mentira, y muchas veces he tenido el pensamiento de que ibas -a venir. Anoche, ayer, ahora mismo he estado pensando en esto, y al -quedarme sola he sentido gran zozobra creyendo verte en los espejos, -o salir de detrás de esos armarios, o entrar por cualquiera de esas -puertas como un fantasma. ¿Pero cómo has venido aquí? ¿De qué invención -te has valido? Si te descubren... Estás vestido como un caballero.</p> - -<p>—Sí, Inesilla —respondí besándole las manos—. Pero aunque me ves -vestido de caballero, no creas que lo soy. Soy lo mismo que era antes, -cuando estábamos en casa de D. Mauro: es decir, no soy nada. Tú estás -tan por encima de mí, que debes avergonzarte de mirarme.</p> - -<p>Al oír esto, todo cambió en su espíritu, y la vi sonreír de un -modo espontáneo y festivo, perdida ya la emoción dolorosa del primer -momento.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_303">p. 303</span>—Yo no pensaba -verte más —continué—; pero la casualidad o la Providencia han querido -que te vea. ¡Qué desgraciados somos, o mejor dicho, qué desgraciado -soy! Porque yo tengo que renunciar a ti, tengo que marcharme para no -volver más. ¿No comprendes tú que ha de ser así, que no puede ser de -otra manera? Para mí valiera más no haber nacido. ¿Por qué te conocí? -¿Por qué te volviste gran señora? ¿Por qué Dios, que a ti te sacó de la -humildad para traerte a los palacios, me dejó a mí en la miseria y en -la oscuridad de mi nombre?</p> - -<p>—No me has dicho todavía por qué estás vestido así —indicó con el -mayor asombro.</p> - -<p>—Nada de esto es mío, Inesilla —repliqué con profundo dolor—. Estas -ropas son como las que se ponen los cómicos cuando salen a la escena -vestidos de reyes. Después se las quitan y quedan hechos unos mendigos: -lo mismo soy yo. Si ahora se descubre la farsa que me ha traído aquí, -tus criados me echarán del Palacio ignominiosamente. No soy nadie, no -soy nada. Yo creí que no te vería más; pero algún poder superior nos -ha puesto esta noche juntos, y yo que he jurado ante la Condesa, tu -prima, no verte ni hablarte más en la vida, estoy ahora a tu lado para -decirte que te quiero y te adoro, y me muero por ti. Seré un malvado, -un tramposo, un miserable que se burla de todas las conveniencias de -la sociedad; pero siendo todo esto, y aún más, insisto en decir que no -puedo dejar de quererte, aunque me lo prohíban todas las potencias de -la tierra, y<span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span> aunque -entre nosotros se pusieran con la espada en la mano todos tus parientes -y antecesores desde que el mundo es mundo.</p> - -<p>Inés parecía meditar. Después de un rato de silencio, me dijo con -tristeza:</p> - -<p>—Mis parientes son muy crueles conmigo.</p> - -<p>—No, hijita mía: considera tú su posición, su nombre, lo que deben a -la sociedad, y comprenderás que no pueden hacer otra cosa. ¿Cómo han de -admitirme en tu familia? La idea de que me amas les causa horror, y se -creen deshonrados con solo mirarme. Tu prima la Condesa es muy buena. -Si tuviera tiempo para contarte los beneficios que le debo y el afecto -que me muestra, te asombrarías.</p> - -<p>—Ha llegado el caso de que yo devuelva a mi familia todo lo que me -ha dado, y tome por mí misma lo que no ha querido darme —dijo Inés.</p> - -<p>—Tú tendrás prudencia y esperarás.</p> - -<p>—Hablaré francamente a mi prima. Ella me ha dicho que quiere verme -feliz a toda costa, y es la que me defiende de las impertinencias de -mis cinco maestros, y la que me salva de la etiqueta, que es lo que más -aborrezco. Yo le diré que has estado aquí...</p> - -<p>—No, no, por Dios; no le digas que he estado aquí. Yo debo marcharme -ahora mismo, Inés; yo no puedo estar más a tu lado.</p> - -<p>—No te has de ir —me dijo asiendo mis dos brazos para detenerme—. Yo -se lo diré todo a mi prima; le diré que no te has muerto, que yo sé que -no te has muerto, que nos hemos visto, y que has de volver.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span>—No, no le -digas eso: desde este momento ya no merezco la benevolencia que ha -manifestado.</p> - -<p>—¡Oh! —exclamó Inés con mucha pena—. Pues entonces, ¿qué recurso nos -queda? ¿Qué podemos hacer? ¿Cuándo vuelves tú?</p> - -<p>—Nunca —le respondí, sin reparar en lo que decía, pues mi exaltación -no me permitía formular ideas concretas sobre nada.</p> - -<p>—¿Cómo nunca?</p> - -<p>—Sí, volveré cuando quieras —dije, estrechándola contra mi corazón—. -Si tú me mandas que vuelva; si tú, despreciando las resoluciones de tu -familia, insistes en quererme lo mismo que cuando éramos dos pobres -criaturas desamparadas, volveré, quebrantaré las promesas que hice a tu -prima, porque ¡ay! sin duda tu prima no sabe cuánto te quiero, cuánto -te adoro, y de qué manera nosotros nos hemos dado un juramento que -está por encima de todos los demás. Dile que no me he muerto, ni me -moriré, mientras tú vivas, porque no quiero ni debo morirme; dile que -aquí estaré, mientras tú no me eches, y que antes que fueras Condesa, -y Duquesa, y Princesa, habías resuelto casarte conmigo, que no soy -caballero ni soy nada, aunque teniendo tu cariño no me cambio por todos -los nobles de la tierra.</p> - -<p>Inés al oírme se animaba mucho. Encendiéronse sus mejillas, y -el vivo resplandor de sus ojos indicó una irrupción de sensaciones -agradables y de ideas de felicidad, que de improviso se apoderaban de -su abatido espíritu. Tomándome la mano, me dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_306">p. 306</span>—Juro que no me he -de casar sino contigo, cualquiera que sea tu suerte, cualquiera que -sea tu posición. Dicen que yo soy rica, y que soy noble. ¿No es esto -bastante? Yo les diré que si no me quieren de este modo, me quiten todo -lo que me han dado. Les diré que tú eres para mí más caballero que -todos los demás, y, por último, que ninguna fuerza humana me obligará a -dejar de quererte, porque Dios lo ha ordenado así. Tengamos confianza -en Dios y esperemos. Lo que parece más difícil, se hace de pronto -fácil. Yo sé, sin que nadie me lo haya enseñado, que cuando las cosas -deben pasar, pasan, y que la voluntad de los pequeños suele a veces -triunfar de la de los grandes.</p> - -<p>Al decir estas palabras, que indicaban, junto con un firme amor, un -profundo sentido, Inés me mostraba la superioridad de su alma, bastante -fuerte para poner las leyes inmortales del corazón sobre todas las -conveniencias, preocupaciones y artificiosas leyes de la sociedad.</p> - -<p>—¡Inés! —le dije, prodigándole las más tiernas muestras de cariño—. -A pesar de estar tan alta, tú eres hoy tan desgraciada como yo; pero -para los dos vendrán días felices y tranquilos.</p> - -<p>Yo había olvidado todo temor, las causas de mi presencia en aquel -sitio, lo avanzado de la hora; no me acordaba de su familia, ni de -mi fuga, ni de la policía, ni de nada; no veía más mundo que aquel -pequeño, ¡qué digo pequeño!... aquel mundo infinito que mediaba entre -nuestros ojos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_307">p. 307</span>—Tú sabes y sientes -mejor que yo —exclamé—; tú me señalas el camino que debo seguir, y lo -seguiré. Te amo tanto, que querría morirme aquí mismo, si supiera que -habías de ser para otro. Y vengan contrariedades, vengan orgullos, -vengan obstinaciones de familia, vengan obstáculos, venga todo, que -todo lo desprecio. ¿Qué valen cien mil coronas condales, y las mayores -riquezas del mundo? Todo eso no será suficiente razón para quitarme -lo que es mío, mi Inesilla de mi alma y de mi corazón. Si soy pobre y -miserable, que lo sea: nada importa, puesto que, miserable y pobre, -quieres tú más uno de mis cabellos que las coronas y tesoros de todos -los duques de la tierra. ¿No es cierto? Y que venga ahora toda la -sociedad y toda Europa, y toda la historia y el mundo todo a decirme -que no podrás ser mía. Que vengan y yo les diré que se vayan a paseo, -porque nosotros no necesitamos de ellos para nada, y nosotros valemos -más que todo eso. ¿No es verdad? Cuando prometí a tu prima renunciar -a ti, prometí lo absurdo y lo imposible, lo que no dependía de mi -voluntad, porque el amor que nos tenemos es obra de Dios, es como la -vida, y solo puede quitarlo el mismo que lo da.</p> - -<p>Así me expresé yo, y en este tono hablamos un poco más, y luego -cambiamos de asunto, y seguimos departiendo en serio y en broma sobre -mil cosas que nos ocurrían, sin acordarnos de nada que no fuera -nosotros mismos, y menos del tiempo que iba transcurriendo a toda -prisa. De tema en tema vino a mi pensamiento<span class="pagenum" -id="Page_308">p. 308</span> el objeto que allí me había llevado, y le -conté el incidente de D. Diego con sus torpes y abominables planes. -Ella se sorprendió de esto, y me dijo que nunca había supuesto a -Rumblar tan rematadamente malo. Seguimos luego hablando de otros -asuntos, y ella se reía de mi traje, y yo de sus graciosas ocurrencias, -al referir las ceremonias palaciegas a que había asistido. Repetidas -veces pasó por mi mente la idea del gran peligro que allí corría; -pero era tan feliz, que yo propio arrojaba lejos de mí aquella idea -importuna. Al fin entró de pronto una criada, y dijo:</p> - -<p>—¿Se le ofrece a la señorita alguna cosa?</p> - -<p>Díjole Inés que no, y se fue; pero me observó de soslayo el tiempo -que allí estuvo.</p> - -<p>Seguimos hablando, y al poco rato apareció otra criada que me miró -mucho también, preguntando:</p> - -<p>—¿Ha llamado la señorita?</p> - -<p>Y luego que esta se retiró, pareciome sentir cuchicheos y ruido -de pasos tras de la puerta. Comuniqué a Inés mi recelo, y al punto -convinimos en que me debía retirar. ¡Qué escándalo! Era mucho más de -media noche. Ella misma me llevó al cuarto donde antes me había dejado -el diplomático, y después de discutir un rato sobre lo más conveniente -para salir en bien de aquel paso, acordamos que esperaría al Sr. D. -Felipe, continuando, cuando volviera, el mismo papel de Duque de Arión, -y que con cualquier pretexto saliese después, poniéndome en salvo -antes de la mañana y hora en que necesariamente habían de llegar<span -class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span> Amaranta o su tía. -Despidiose Inés de mí, dándome muchas esperanzas, y prometiéndome que -nos veríamos cuando menos lo pensase, y me quedé solo otra vez donde -antes estaba.</p> - -<p>Cansado de esperar, quise salir; pero encontré la puerta cerrada -por fuera, y en el mismo instante en que lo advertía, sentí que una -mano desconocida cerraba también la que me había dado paso hacia la -habitación de Inés. Estaba preso.</p> - -<p>Presté atención a ciertos ruidos cercanos, y percibí otra vez -cuchicheo de voces diversas, como risas y chacota de criados y gente -menuda; lo que acabó de revelarme el peligro en que me encontraba, y la -proximidad de un lance desastroso. A esto había venido a parar el Duque -de Arión.</p> - -<p>Oí a poco también la voz del diplomático, que algo turbada decía:</p> - -<p>—Id a avisar al cuerpo de guardias. ¿Estáis seguro de que no lleva -armas?</p> - -<p>Luego los rumores se extinguieron para resonar de nuevo hacia el -cuarto de Inés, con voces de hombre y de mujer, confundidas en viva -disputa. Y la voz de Inés se oyó muy cerca, aunque me fue imposible -entender lo que decía. Lleno de congoja, mas también colérico ante la -idea de que se me tomase por un ladrón, di golpes en la puerta con pies -y manos, pidiendo que se me abriera, lo cual aumentó las risas del -exterior.</p> - -<p>—Es muy posible que lleve pistolas —dijo el diplomático—. No abráis, -mientras no venga un pelotón de la guardia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_310">p. 310</span>Pero el criado a -quien tan prudentes advertencias se dirigían, no hizo caso de ellas; -abriome la puerta, y abalanzándose hacia mí con otros dos de su misma -estofa, dijo:</p> - -<p>—No te escaparás, no. A ver, registradle bien los bolsillos, y -sacadle todo lo que lleve.</p> - -<p>—Canallas —grité luchando con ellos—. Yo no me llevo nada. Ladrones -y rateros seréis vosotros, que no yo.</p> - -<p>—Creo que debéis amarrarle, muchachos —dijo el diplomático, -entrando con gran arrojo—. Desde luego sospeché que este joven no era -mi pariente. Por fuerza ha de tener los bolsillos llenos de alhajas: -registradle bien. ¿Decís que estuvo en el cuarto de mi hija más de tres -horas? Eso no puede ser, caballerito —añadió encarándose conmigo—. -¿Quién es usted? Vive Dios que aquí hay algún misterio.</p> - -<p>—Este es el que en el Escorial sirvió de paje a la señora Condesa -—dijo uno de los criados empujándome con tal fuerza, que me hizo caer -al suelo.</p> - -<p>—Este estaba en Córdoba hace seis meses, y todos los días venía a -la puerta de casa —dijo otro dándome con el pie, una vez que caído me -vio.</p> - -<p>—Y es, si no me engaño, el que tiraba chinitas a la ventana —afirmó -una criada, hundiendo sus uñas en mi carne.</p> - -<p>—Me parece que le he visto en casa vestido de fraile —dijo otra -dándome en la cabeza con las tenazas de la chimenea.</p> - -<p>—Ya le conozco, y sé muy bien lo que le<span class="pagenum" -id="Page_311">p. 311</span> trae por aquí —indicó una tercera tirándome -fuertemente del cabello.</p> - -<p>—¿Conque nada menos que Duque de Arión? —dijo un lacayo dándome -una manotada en la chupa con tanta fuerza, que me la rasgó de arriba -abajo.</p> - -<p>—¡Miren el Duque de papelón! ¡Pues no vino con pocos humos! -—exclamó otro anudándome la corbata tan violentamente, que pensé morir -estrangulado.</p> - -<p>—Desnudadle en el acto.</p> - -<p>—No: aguardad a que venga la autoridad —ordenó el Marqués—. ¿Conque -es un paje de Amaranta, que fue a Córdoba, y que arrojaba chinitas -vestido de fraile? Bien decía yo que esta cara no me era desconocida. -¡En el Escorial, en Córdoba...! ¿Te llamas tú Gabriel? ¡Gabriel, -Gabriel!... Conque Gabriel...</p> - -<p>Y diciendo esto, D. Felipe Pacheco y López de Barrientos dio -algunas vueltas por la estancia, revolviendo, sin duda, en su magín -contradictorios pensamientos. Juzgue el lector de mi martirio al verme -entre aquellos soeces criados, cuyas almas experimentaban deliciosa -fruición en degradar al que creyeron Duque y en pisotear mi supuesta -nobleza y caballerosidad. Defendime al principio rabiosamente de sus -groseros insultos; mas nada podían contra tantos mis fuerzas, por -momentos enflaquecidas, y me entregué a las vengativas manos de aquella -pequeña plebe irritada que no podía tolerar el encumbramiento ficticio -de uno de los suyos. Yo creo que me habrían roto los huesos; que me -habrían<span class="pagenum" id="Page_312">p. 312</span> arrastrado -en tropel por la casa; que me habrían arrancado pedazo a pedazo los -vestidos, y con los vestidos la carne; que me habrían deshecho a -pellizcos, pinchazos y rasguños, si la llegada de la Condesa no hubiera -puesto fin de repente a la dolorosa escena de mi crucificación. La -vi aparecer cuando ya iluminaban completamente la habitación las -primeras luces del día, y pareciome un ángel salvador. La sorpresa que -tal espectáculo le causó, junto con lo que a su llegada le contaron, -habíanla puesto como fuera de sí. La ira y la compasión se sucedían -rápidamente una tras otra en su semblante. Parecía no dar crédito a sus -ojos; me miraba casi exánime y maltratado, y reconocía en mis ropas las -del Duque de Arión, que ella me diera para fugarme. Por de pronto, a -pesar de su enojo, me libró de toda aquella canalla, y haciendo que los -criados saliesen afuera, quedose sola conmigo, mientras su tío iba en -busca de quien me llevase a la cárcel.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch29"> - <h2 class="nobreak g0">XXIX</h2> -</div> - -<p>—Señora —le dije comprendiendo con rápida penetración sus -pensamientos en aquel instante—, no me condene vuecencia sin oírme; -no me juzgue ingrato, desleal y mentiroso, si tan impensadamente me -encuentra aquí.</p> - -<p>—¡De qué indigna manera me has engañado! —repuso<span -class="pagenum" id="Page_313">p. 313</span> con voz turbada por la -ira—. Jamás lo creí: yo pensé que tenías en tu baja e innoble alma una -chispa del fuego de honor. No: tu abyecta condición se revela en tus -actos, y no es posible esperar del miserable pilluelo de las calles -sino doblez y maldad. Hipócrita, ¿dónde has aprendido a fingir? ¿Cómo -tu despreciable carácter, formado de todas las perfidias y malos -intentos, ha podido disimularse con la apariencia de la sencillez -honrada y de sentimientos nobles?</p> - -<p>—Señora —respondí—, usía me tratará de otro modo cuando sepa qué -motivos me han traído aquí.</p> - -<p>—No quiero saber nada. ¿Has visto a mi hija? ¿La has hablado?</p> - -<p>—Sí, señora.</p> - -<p>—¡Oh! No es posible que viéndote haya dejado de comprender qué -clase de persona eres. ¿Dónde está Inés? Que venga aquí, y si al ver -este pillastre desarrapado que se disfraza de gran señor para llegar -hasta ella; si al ver una palpable muestra de tu bajeza y vil condición -en esta lastimosa figura de Duque, que magullado y roto se arrastra -por el suelo pidiendo misericordia, persiste en creerte digno de un -recuerdo, Inés no es lo que yo quiero que sea, no es mi hija, no es de -mi sangre.</p> - -<p>Y en efecto, yo me arrastraba por el suelo, magullado y roto; y -confundido por el anatema de la Condesa, imploraba con inconexas -palabras que me perdonase, indicando a medias frases los hechos que -atenuaban mi falta.</p> - -<p>—Señora —exclamé prosternándome hasta<span class="pagenum" -id="Page_314">p. 314</span> tocar con mis labios los pies de -Amaranta—, verdad es que he faltado a mi palabra. Arrójeme usía de -aquí; entrégueme a los alguaciles; permita que me lleven a la cárcel, -al presidio; mándeme matar si gusta; pero no me pida, no, de ningún -modo me pida que deje de amar a Inés, porque es pedirme lo imposible -y lo que no está en mi mano prometer. Usía me hablará de su casa y de -todas las casas. Yo confieso mi pequeñez; yo reconozco que al lado -de la grandeza de vuecencia soy como un grano de arena comparado con -el tamaño de todo el mundo; yo no soy nadie, yo soy un insensato, un -malvado, un miserable y todo lo que usía quiera que sea; pero yo no -puedo dejar de amar a Inés. Cuando sus padres la abandonaban, yo la -amé; cuando estaba sola en el mundo, yo fui su amigo; cuando era pobre, -yo trabajaba para ella. Creí que su repentino cambio de fortuna la -apartaría de mí para siempre: prometí en falso; prometí lo que no podía -ni debía cumplir, lo que estaba fuera de mi voluntad; prometí renunciar -a lo que siempre ha sido mío, y mi ceguera y mi error han durado hasta -esta noche, en que la he visto y la he hablado, señora Condesa; hasta -esta noche en que he comprendido que Inés no puede, no puede de modo -alguno resistir el peso abrumador de su nobleza.</p> - -<p>Amaranta golpeó mi humillado rostro con sus pies. Sentí las suelas -de sus zapatos hiriendo mi cabeza, y los encajes de sus faldas -barrieron mi frente. La Condesa estaba frenética y cruel en su -desbordada ira.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_315">p. 315</span>—¿Qué has dicho? -—exclamó—. ¿Que no renuncias?... ¿Sabes que un miserable como tú puede -desaparecer del mundo sin que el mundo lo advierta? ¡Despreciable -gusano! ¡No te aplasto por compasión, y te levantas para insultarme!</p> - -<p>—Yo no insulto a usía —dije—. Yo respeto y venero a la que tantos -deseos de favorecerme ha manifestado. Vuecencia puede hacerme -desaparecer del mundo si gusta: sin duda lo merezco. Yo prometí a -usía no verla más, y no he cumplido mi palabra: soy un truhan y un -miserable. Vine a este Palacio sin intención de verla; encontreme solo, -y una fuerza irresistible, una fiebre que me devoraba lleváronme a su -aposento, donde la vi y nos hablamos largo rato. ¡Oh! ¿Me pide usía que -deje de amarla? No puede ser. ¿Me pide usía que no la vea más? Pues -haga su grandeza de modo que me den la muerte, porque mientras tenga -un solo aliento de vida y mientras me quede fuerza para arrastrarme, -correré tras ella, la buscaré, penetraré en lo más escondido y subiré -a lo más alto, sin ceder en esta persecución hasta que Inés no me diga -que se ha concluido la guerra a muerte trabada entre ella y su noble -familia.</p> - -<p>—¡Oh! Quiero concluir de una vez —dijo sin poder contener su -agitación—: que venga aquí mi hija; la traeré aquí, te verá delante de -mí, y si todavía... No, no puede ser. ¡Dios mío! ¿Qué aberración, qué -absurdo es este que presenciamos? Miserable mendigo —añadió volviéndose -a mí—, vete. La culpa la tiene quien te<span class="pagenum" -id="Page_316">p. 316</span> ha dado más importancia de la que mereces. -Inés te desprecia: si has creído otra cosa, te equivocas. ¿Por qué no -hiciste lo que te mandé? ¿Por qué viniste aquí? Mereces la muerte, sí, -la muerte. No soy cruel; pero ¿acaso la vida de un indigno ser, que se -perdería en el mundo sin que nadie lo echara de menos, debe estorbar -la felicidad de toda una familia, debe estorbar mi reposo y echar por -tierra la grandeza de una casa como la mía? No, no puede ser. Vete de -aquí; que te lleven, que te arrastren como infame ladrón que eres. Si -ella lo siente que lo sienta; si padece, que padezca. Así no se puede -vivir. Seré inflexible; yo enseñaré a mi hija cuáles son sus deberes; -yo le enseñaré el respeto que debe tener a su nombre, y me obedecerá, -cueste lo que cueste.</p> - -<p>—Deje usía —le dije—, que la maten los demás; y cuando haya -sucumbido a las violencias, a las vejaciones y a la tiranía de sus -parientes, quédele a la madre el consuelo de no haber puesto las manos -en ella.</p> - -<p>—¿Qué dices? ¿Qué has dicho? —preguntó Amaranta mirándome fijamente -y cambiando por completo en un instante de tono, de actitud, de -expresión—. ¿Qué has dicho?</p> - -<p>—He dicho que usía no debe, que no puede contribuir a matarla.</p> - -<p>—¡A matarla! —exclamó con estupor y como vacilando entre admitir o -rechazar aquella idea.</p> - -<p>—Sí, señora. Bien sabe usía que Inés es muy desgraciada.</p> - -<p>Vi entonces cómo se disipaba la ira en el rostro de Amaranta, cómo -se aclaraba su semblante,<span class="pagenum" id="Page_317">p. -317</span> cómo todo aparato de indignación y de biliosidad y de -tirantez nerviosa desaparecía, sucediendo a aquella tempestad aplacada -una quietud reflexiva en que al instante se sumergió su espíritu, -lanzado desde las cimas de la cólera a los abismos de la meditación. Me -miró largo rato, y yo la miré. Estaba profundamente pensativa. Estaba -en poder de uno de esos invasores pensamientos que vienen de repente y -ocupan toda el alma, que suspenden todas las sensaciones, y envuelven y -embargan las facultades todas. Al fin, sin pestañear, sin apartar los -ojos de mí, sin hacer movimiento alguno, exhaló un profundo suspiro y -después dijo:</p> - -<p>—Sí, mi hija es muy desgraciada.</p> - -<p>No era sin duda la primera vez que a sí misma se decía aquellas -palabras.</p> - -<p>Sentada en el sofá, apoyó la barba en los dedos pulgar e índice, -y el codo en el brazo del sillón, y así estuvo largo espacio de -tiempo. Me parece que la estoy mirando. ¡Cuán hermosa y cuán -imponente y subyugadora! <i>¡Digna concha de tal perla!</i> como ha -dicho, no por cierto refiriéndose a esta, sino a otra, un gran poeta -contemporáneo.</p> - -<p>Alzó luego la vista, y me examinó atentamente; ¡pero de qué modo, -con cuánto interés me miraba! De sus ojos había desaparecido el rayo -de la indignación que antes la hacía tan terrible. Yo no me atrevía a -decir nada. Una dulce sensibilidad embargaba mi espíritu.</p> - -<p>Amaranta, esclava de su pensamiento, volvió a repetir:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_318">p. 318</span>—¡Oh! sí: mi hija -es muy desgraciada, y yo no puedo hacerla feliz.</p> - -<p>Dicho esto, me miró con cierta perplejidad. En sus ojos se retrataba -una viva compasión hacia mi persona, quizás algún sentimiento más -favorable. Al principio creí engañarme; pero mi corazón, con su -misterioso lenguaje, me indicó que habían cambiado de súbito los -sentimientos de la Condesa respecto a mí. De mi pecho pugnaban por -desbordarse los míos.</p> - -<p>Acerqueme a ella y me dijo:</p> - -<p>—¿Qué has hablado con Inés? ¿Qué te ha dicho?</p> - -<p>No le pude contestar de otro modo que arrojándome de rodillas a sus -pies. Pero ella repitió la pregunta intentando con sus manos alzar mi -frente, que se había adherido con fuerza a sus rodillas.</p> - -<p>—Señora —le contesté al fin—, me ha dicho la verdad; me ha dicho que -a nadie puede amar más que a mí.</p> - -<p>Yo besaba sus manos, y la sentí llorar.</p> - -<p>Duró poco tiempo aquella situación. Sentimos gran ruido de voces; -abriose la puerta, y en el dintel apareció la Marquesa, terrorífica, -abrumadora de cólera y de severidad. Con ella venían el diplomático, -D. Diego, el verdadero Duque de Arión, algunos criados y soldados de -la guardia. Amaranta no dijo nada, ni yo tampoco. La actitud en que -nos encontraron debió sorprenderles más que la noticia de que había un -ladrón en la casa, y estoy seguro de que cada individuo de la familia -interpretaba de un modo distinto aquella escena.<span class="pagenum" -id="Page_319">p. 319</span> En cuanto a esto, mis lectores verán más -adelante algo que les interesará.</p> - -<p>Como en opinión de la servidumbre yo era un ladronzuelo, vino gente -de la policía, y cuando Santorcaz penetró en la habitación y ordenó -a los suyos que se apoderaran de mí, huyeron con el rápido paso del -terror las dos nobles damas. La algazara de aquel momento no me impidió -percibir lejanos gritos y alteradas voces de mujer en las cuadras -interiores. Un oficial de la guardia francesa, llamado a última hora -no sé por quién, echó de Palacio de un modo algo despreciativo a -alguaciles y alguacilado, tratándonos a todos como a gente de perversa -ralea.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch30"> - <h2 class="nobreak g0">XXX</h2> -</div> - -<p>No tengáis compasión de mí al verme en esta cuerda ignominiosa, -enracimado con otros veinte infelices. No somos ladrones, ni asesinos, -ni falsificadores; somos patriotas, insurgentes de aquella gran -epopeya, y nos llevan a Francia. Felizmente no se cumplió en nosotros -aquel consejo del capitán del siglo, que decía a su hermano: <i>Ahorcad -unos cuantos pillos, y esto hará mucho efecto</i>. Por lo que pasó -después, se ha venido a conocer que también Álvarez el de Gerona -entraba en el número de los pillos. No nos ahorcaron, pues<span -class="pagenum" id="Page_320">p. 320</span> aún vivo para contarlo; y -cuando digo que no me tengáis compasión, es porque, después de preso, -la policía no me supuso otra criminalidad que la traición a la causa -francesa, y me juzgó bastante castigado con el destierro.</p> - -<p>—Bien sé yo que no eres ladrón —me dijo Santorcaz en Madrid cuando -me ponían en la cuerda que estrechaba en cordial apretón las cuarenta -manos de los insurgentes—; pero eres un vil soplón y entrometido, a -quien es preciso poner a cien leguas de Madrid. Si te dieras a partido -y quisieras ser mi amigo, yo te conseguiría un puesto en la policía, -con tal que me sirvieses bien en este negocio.</p> - -<p>No con palabras, porque no las merecía, sino con una mirada de -desprecio, le contesté, y estuve después meditando sobre mi suerte, -hasta que la cuerda se movió y los cuarenta pies de aquella serpiente -humana se pusieron en marcha. Éramos los <i>pillos</i> que el Gobierno -francés, demasiado generoso, no había querido ahorcar, y se nos mandaba -a Francia. Con nosotros iba el gran poeta Cienfuegos. Isidoro Máiquez y -Sánchez Barbero fueron poco después, aunque no ensartados.</p> - -<p>Al dar los primeros pasos, miré al que iba a mi derecha, atado -su codo al mío. ¡Oh, ventura sin igual! Era D. Roque, el lector de -periódicos.</p> - -<p>—¡Ah, Sr. D. Roque! —le dije—. ¿También habla de esto el -<i>Semanario patriótico</i>?</p> - -<p>—Queridísimo Gabriel, Dios nos ha puesto juntos en la desgracia como -en la prosperidad.<span class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span> -Paciencia, y que la Virgen nos deje ver algún día a nuestra inolvidable -villa.</p> - -<p>—¿Por qué le destierran a usted?</p> - -<p>—Hijo, por una calaverada. Cometí la indiscreción de decir en un -paraje público que nuestro desgraciado vecino D. Santiago Fernández era -un héroe no menos grande que los de la antigüedad, y podía compararse a -Codro, Leónidas, Horacio Cocles, Mucio Scévola, y al mismo Catón por la -entereza de su ánimo. ¿No lo crees tú así?</p> - -<p>—¿Murió nuestro amigo?</p> - -<p>—Sí: cuando el general Belliard fue a tomar posesión de Los Pozos, -todos entregaron las armas. D. Santiago continuaba encerrado en el -jardín de Bringas. ¿Qué pensarás que hizo? Pues por la mañana, al -volver de su casa, amontonó toda la leña puesta allí para calentarnos. -Ya recordarás que también había una gran cantidad de madera vieja de -la casa que han derribado en la esquina. Pues con aquellos materiales -y la leña hizo un gran parapeto en el rincón del fondo, donde estaba -el gallinero vacío, y púsose dentro de su improvisada fortaleza. -Derribaron los franceses la puerta del jardín, y cuando vieron aquel -monte de madera, de cuyo interior salía una hueca voz diciendo: «<i>Se -rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el Gran Capitán no se -rinde</i>», tuvieron al que tal decía por loco y diéronse a reír. Pero -Fernández había puesto dentro una buena cantidad de cartuchos, y dale -que le das, empieza a hacer fuego por las aberturas y resquicios de -su montón de leña.<span class="pagenum" id="Page_322">p. 322</span> -Los franceses, que se vieron heridos (y alguno de ellos murió), -arremetieron contra el gallinero, destruyendo los parapetos de madera -vieja. Fernández no cesaba de hacerles fuego desde adentro. Pero cátate -que a lo mejor empieza a salir humo, y luego llamas que crecieron -rápidamente, y la ronca voz del defensor del gallinero gritaba: -«<i>Viva España; mueran los franceses y el granuja de Napoleón.</i>»</p> - -<p>Mandó el oficial que se apartase la madera para sacar a aquel -desgraciado, que sin duda excitaba su admiración; pero Fernández -gritó de nuevo: «<i>Se rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el -Gran Capitán no se rinde</i>», hasta que cesó la voz, y las llamas, -extendiéndose vorazmente, destruyéronlo todo. La inmensa hoguera estuvo -humeando todo el día. Cuando aquello se acabó, buscaron el cuerpo; pero -estaba hecho ceniza.</p> - -<p>Calló D. Roque, y en el mismo instante el que nos conducía por la -Mala de Francia mandó que hiciéramos alto. Al detenernos vimos que por -el camino y hacia Chamartín venían algunos coches y gran número de -jinetes con deslumbradores uniformes. Era el Emperador que volvía de su -visita al Palacio de Madrid y caminaba hacia su Cuartel. Iba en coche, -y al pasar, nuestro guía y los soldados que nos custodiaban mandáronnos -que le diéramos vivas. Fue preciso repartir algunos culatazos para que -obedeciéramos, y cuando el grande hombre pasó, algunos le saludaron. -Sin duda por estas y otras ovaciones de la misma clase, escribía con -fecha 17 de diciembre: «<i>En las poblaciones<span class="pagenum" -id="Page_323">p. 323</span> por donde paso, me manifiestan mucha -simpatía y admiración.</i>»</p> - -<p>—Acabe usted de contarme la muerte de nuestro amigo—, dije a D. -Roque una vez que pasó la procesión.</p> - -<p>—Ya no queda nada —repuso—, sino que con toda su grandeza y poder, -el hombre que acaba de pasar no llega ni con mucho a la inmensa altura -del Gran Capitán. Algunos han dicho que nuestro amigo estaba loco; pero -ese que ahí va, ¿está en su sano juicio?</p> - -<p class="smaller mt2">Enero de 1874.</p> - - -<p class="fin">FIN DE «NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<hr class="full" /> - -<div lang='en' xml:lang='en'> -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN</span> ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin:0.83em 0; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE<br /> -<span style='font-size:smaller'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</span> -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. 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Information about the Mission of Project Gutenberg™ -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s -goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg™ and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. 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Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread -public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Most people start at our website which has the main PG search -facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This website includes information about Project Gutenberg™, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. -</div> - -</div> -</div> -</body> -</html> diff --git a/old/67360-h/images/cover.jpg b/old/67360-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 0967c4e..0000000 --- a/old/67360-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67360-h/images/logo.jpg b/old/67360-h/images/logo.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 3957043..0000000 --- a/old/67360-h/images/logo.jpg +++ /dev/null |
