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-The Project Gutenberg eBook of Napoleón en Chamartín, by Benito
-Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: Napoleón en Chamartín
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: February 8, 2022 [eBook #67360]
-
-Language: Spanish
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from
- images generously made available by The Internet
- Archive/Canadian Libraries)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN ***
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Los entrecomillados han sido convertidos en rayas iniciales de
- diálogo donde el texto adopta forma dialogada. Las restantes rayas
- han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.
-
- * Una página en blanco ha sido eliminada.
-
-
-
-
-EPISODIOS NACIONALES
-
-NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN
-
-
-
-
- Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
- furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
-
-
-Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.
-
-
-
-
- B. PÉREZ GALDÓS
- EPISODIOS NACIONALES
- PRIMERA SERIE
-
- NAPOLEÓN
- EN
- CHAMARTÍN
-
- 43.º millar.
-
- [Ilustración]
-
- MADRID
- LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
- Calle del Arenal, núm. 11.
- --
- 1907
-
-
-
-
-NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN
-
-I
-
-
-El Sr. D. Diego Hipólito Félix de Cantalicio Afán de Ribera, Alfoz,
-etc., etc., Conde de Rumblar y de Peña Horadada, hacía en Madrid la
-siguiente vida:
-
-Levantábase tarde, y después de dar cuerda a sus relojes, se ponía
-a disposición del peluquero, quien en poco más de hora y media le
-arreglaba la cabeza por fuera, que por dentro solo Dios pudiera
-hacerlo. Luego daba al reloj de su cuerpo _la cuerda del necesario
-alimento_, como decía Comella, la cual cuerda pasaba aún más allá de
-la media docena de bollos de Jesús, reblandecidos en dos onzas de
-chocolate. Incontinenti seguía la operación de vestirse y calzarse,
-no consumada a dos tirones, sino con toda aquella pausa, aplomo,
-espaciosidad y mesura que la índole de los tiempos exigía. Una vez en
-la calle, dirigía sus pasos a cierta casa de la Cuesta de la Vega,
-donde es fama que habitaba la discreta mayorazga, con cuyo linaje la
-casa de Rumblar concertara genealógico y utilitario ayuntamiento. Esta
-visita no era de larga duración, y al poco rato salía D. Diego para
-encaminarse ligero como un corzo a la calle de la Magdalena, donde
-vivía un señor de Mañara, de quien era devotísimo y fiel amigo. Los más
-de los días comían juntos, y luego leían la _Gaceta_, el _Semanario
-patriótico_, el _Memorial literario_ y cuantos papeles impresos venían
-de Valencia, Sevilla o Bayona, tarea que les entretenía hasta el
-anochecer; y por fin, a la hora en punto en que las calles de Madrid
-se tapujaban con aquel manto de simpática oscuridad que el positivismo
-alumbrador de estos tiempos ha rasgado en mil pedazos, nuestros dos
-galanes salían juntos, en luengas capas embozados, y a veces con traje
-muy distinto del que usaban durante el día. Aquí tenía principio,
-según opinión de los sesudos autores que se han ocupado de D. Diego de
-Rumblar, la verdadera existencia de aquel insigne rapazuelo, y también
-es cierto que todos los cronistas, si bien desacordes en algunos
-pormenores de estas escandalosas aventuras, están conformes en afirmar
-que siempre le acompañaba el supradicho Mañara, y que casi nunca
-dejaban de visitar a una altísima dama, la cual lo era sin duda por
-vivir en un tercer piso de la calle de la Pasión, y tenía por nombre
-la _Zaina_ o la _Zunga_, pues en este punto existe una lamentable
-discordancia entre autores, cronistas, historiógrafos y demás graves
-personas que de las hazañas de tan famosa hembra han tratado.
-
-Ante el inconveniente de aplicar a Ignacia Rejoncillos los dos apodos
-con que la apellidaban sus amigos, yo me decido a llamarla siempre la
-_Zaina_, y en verdad que ignoro por qué la aplicaron tal nombre, pues
-aunque a los caballos castaños se les llama _zainos_, no sé si esto
-cuadra a los cabellos del mismo color: ello es, sin embargo, que la
-palabreja significa también _traidor_, _falso_ y _poco seguro en el
-trato_, y falta saber si la hija del tío Rejoncillos, alias _Mano de
-Mortero_, merecía aquellos dictados, y, por lo tanto, el ser tenida por
-la flor y espejo de la _zainería_.
-
-Pero no quiero desviarme de mi principal objeto, que ahora es decir a
-cuáles sitios iba D. Diego y a cuáles no; y firme en tal propósito,
-afirmo y juro en realidad de verdad, y sin que ninguna persona honrada
-pueda desmentirme, que D. Diego y el Sr. de Mañara iban de noche a una
-reunión de masonería incipiente del género tonto, que se celebraba
-en la calle de las Tres Cruces, y a otra del género cómico fúnebre,
-que tenía su sala, si no me falta la memoria, en la calle de Atocha,
-número 11 antiguo, frente a San Sebastián. En estas reuniones, amén de
-las muchas pantomimas comunes a esta orden famosa, leíanse versos y
-se pronunciaban discursos, piezas literarias de las cuales espero dar
-alguna muestra a mis pacienzudos leyentes.
-
-Sobre todo en la calle de Atocha, donde estaba la logia _Rosa-Cruz_, el
-rito era tal, que algunas veces púseme a punto de reventar, conteniendo
-las convulsiones de mi risa, pues aquello, señores, si no era una
-jaula de graciosos locos, se le parecía como una berenjena a otra.
-En una oscurísima habitación, que alumbraban macilentas luces, toda
-colgada de negro, reuníanse los tales masones, y porque allí fuera todo
-misterioso, tenían a la cabecera un Santo Cristo acompañado del compás,
-escuadra y llana, y a la derecha mano, como si dijéramos, al lado del
-Evangelio, un esqueleto muy bien puesto en un sillón, con la cabeza
-apoyada en la mano, en ademán meditabundo, y por lo bajo un letrerito
-que decía: _Aprende a morir bien_.
-
-Debo indicar que en aquel año la masonería española era pura y
-simplemente una inocencia de nuestros abuelos, imitación sosa y sin
-gracia de lo que aquellos benditos habían oído tocante al _Grande
-Oriente Inglés_ y al _Rito Escocés_. Yo tengo para mí que antes
-de 1809, época en que los franceses establecieron formalmente la
-masonería, en España ser masón y no ser nada eran una misma cosa. Y
-no me digan que Carlos III, el Conde de Aranda, el de Campomanes y
-otros célebres personajes eran masones, pues como nunca les he tenido
-por tontos, presumo que esta afirmación es hija del celo excesivo de
-aquellos buscadores de prosélitos, que no hallándolos en torno a sí,
-llevan su banderín de recluta por los campos de la historia, para echar
-mano del mismo padre Adán, si le cogen descuidado.
-
-Después de 1809 ya es otra cosa. De aquellas dos logias infantiles, que
-yo conocí en la calle de las Tres Cruces y en la de Atocha, y donde
-se regocijaban con candorosas ceremonias unos cuantos desocupados,
-salieron la famosa logia de la _Estrella_, la de _Santa Justa patrona
-de Córcega_, la sociedad de caballeros y damas _Philocoreitas_, la de
-los _Filadelfios_ de Salamanca, la Gran Logia nacional que estuvo en
-el edificio ocupado antes por la Inquisición, la logia de Santiago
-el Mayor en Sevilla, y las de Jaén, Orense, Cádiz y otras ciudades.
-Entrometiéndome en la Gran Logia nacional, oí hablar de cosas más
-serias y graves que los discursitos _filosóficos en verso_ que le
-echaban al esqueleto de la _Rosa-Cruz_; oí hablar mucho de política,
-de igualdad; entonces fue cuando anduvo de boca en boca y llegó a ser
-muy de moda la palabra _democratismo_, que luego desapareció para
-presentarse de nuevo al cabo de medio siglo, aunque variada en su forma
-y tal vez en su significación. De la larva de aquellas logias, no es
-aventurado afirmar que salió al poco tiempo la crisálida de los clubs,
-los cuales a su vez, andando el voluble siglo, dieron de sí la mariposa
-de los comités.
-
-Pero otra vez, sin quererlo, me aparto de mi objeto, y no ha de ser
-así, sino que vuelvo atrás para deciros que el señor Conde de Rumblar,
-luego que esparcía su ánimo en aquello del esqueleto, y hablaba por
-los codos durante una hora, iba en busca de entretenimientos más
-agradables; y aquí es donde viene como anillo al dedo la ocasión de
-nombrar a la Zaina, porque a eso de las once era cuando penetraba en
-sus _salones_ el joven de que me ocupo, no acompañado solo por el
-citado Mañara, sino también por D. Luis de Santorcaz, que siempre se
-le unía en la _Rosa-Cruz_ para seguir juntos hasta la madrugada.
-
-Convendrá tener presente que no era la Zaina la única gran dama de
-aquellos aristocráticos barrios que abría de par en par las puertas de
-su casa y de su alma a nuestros tres amigos, y a fe mía que si hubiera
-yo de enumerar todas las ilustres casas de los cuarteles de San Lorenzo
-y San Millán, que por aquellos días obsequiaban a un pequeño número
-de _habitués_ (¿por qué no decirlo en francés?), llenaría de seguro
-todo este libro y medio más. Pero sin renunciar a ser cronistas de
-los saraos de aquella matritense _high life_ (¿por qué no decirlo en
-inglés?), seré muy breve por ahora, señores míos: estenme atentos, y no
-me interrumpan con exclamaciones de admiración, que me harían perder,
-mal de mi grado, el hilo del relato.
-
-Los salones de la _Zancuda_, en la calle de Ministriles, se abrían muy
-temprano, y allí había cierta grave etiqueta, con poco de fandango y
-menos de seguidillas, razón por la cual escaseaba la concurrencia.
-Era la _Zancuda_ mujer de grandes atractivos, a pesar de su feísimo
-nombre; pero no gustaba de alborotos, porque su marido, o lo que
-fuera, el señor Regodeo, era al modo de diplomático, hombre estirado,
-serio, ceñudo, y que en esto de burlar con sutilísima perspicacia las
-socaliñas de las aduanas, almojarifazgos o arbitrios de puertas, no se
-cambiaría por los más famosos de Sevilla y Ronda en el tal oficio. Don
-Diego y sus dos amigos frecuentaban poco esta casa, donde comúnmente
-se estaba como en misa.
-
-En los salones de la _Pelumbres_ (calle de la Torrecilla del Leal,
-tienda de hierro viejo) era todo animación, todo alegría, no solo por
-ser la dueña de la casa una de las mujeres más malignamente graciosas,
-más divertidas y de mejor mano para tocar las castañuelas que han
-existido a principios del siglo, sino porque allí concurrían personajes
-célebres en varias artes y oficios, tales como el distinguido
-curtidor _Tres pesetas_; el _señor Medio diente_, uno de nuestros
-más esclarecidos trajineros procedentes de las Tenerías de Toledo, y
-_Majoma_, curtidor de carne, el cual, cuando contaba sus viajes por las
-distintas cortes del mundo, tales como Melilla, Ceuta y el Peñón, les
-dejaba a todos con la boca abierta. Y como no faltaban tampoco ni la
-Narcisa, ni Menegilda, ni Alifonsa, todas tres estrellas esplendorosas
-del firmamento manolesco, la una vendedora de castañas, la otra de
-callos y caracoles, y la postrera de sal; como no se escatimaba el
-vino, ni las boleras, ni se ponía fin a los dichos, ni a la sabrosísima
-libertad en lengua y manos, D. Diego tenía sumo gusto en frecuentar
-aquella casa. Verdad es (y la historia no debe permanecer silenciosa
-en este punto) que las tertulias solían concluir con un refresco de
-palos, que, a oscuras y cual lluvia del cielo, caían de improviso sobre
-la escogida reunión; pero aquellos más bien regocijaban que afligían
-a D. Diego, el cual, ocupándose antes en darlos que en recibirlos, no
-se apuraba por unos cuantos cardenales más o menos, ni renunciaría a
-las fiestas de la _Pelumbres_, aunque llevara en sus espaldas todo el
-cónclave romano.
-
-Pues ¿y qué diré de aquellas elegantísimas y suntuosas fiestas de _Rosa
-la Naranjera_, tan célebres en toda la redondez de Madrid, que hay
-historiadores muy concienzudos que aseguran haber visto a más de un
-Príncipe traspasar los umbrales de su bodegón, calle de las Maldonadas?
-Y si esta última atrevida afirmación no fuera cierta, eslo en lo
-tocante a duques, marqueses, condes y vizcondes, de lo cual certifico,
-por haberlos visto. No digo lo mismo de Príncipes y Reyes, pues de
-estos no recuerdo más que los de copas, bastos, oros y espadas, los
-cuales no faltaban ni una noche, y con toda familiaridad y franqueza se
-dejaban llevar de mano en mano. Eso sí: digan lo que quieran la ruin
-envidia y la mala fe de los que allí se quedaron limpios como patenas,
-el banquero Juan Candil era una persona honrada, y de recomendables
-antecedentes en aquel oficio, y hartas veces decía la Naranjera que en
-su casa no se consentían trampas, razón por la cual creemos que aquel
-era juego de ley, y que cuanto se decía acerca de las diestras manos
-de Candil y de las marcas de sus mugrientos naipes era, o cavilaciones
-de los parroquianos, o efecto de esa viciada atmósfera que rodea a
-las grandes instituciones cuando se las plantea entre gente díscola
-y pendenciera. ¡Y cómo gozaba D. Diego en aquella casa! ¡Y cuánto le
-querían y mimaban, y cómo se hacían lenguas todos en alabanza de su
-liberalidad, de su desprendimiento, de su nobleza, de aquel donaire con
-que entregaba sin muestras de aflicción la cantidad perdida! A este
-afecto correspondía Rumblar con una asistencia tan puntual, que si
-fuera al aula le habría hecho en poco tiempo un segundo Aristóteles.
-
-Mas en aquella casa y en las que antes he mencionado, no se consagraba
-todo el tiempo a los reyes, sotas y demás real familia, pues siguiendo
-la general corriente de los tiempos, se hablaba mucho de política. A
-ellas iba con frecuencia, y durante sus días de vagar, el tío Mano
-de Mortero, que siempre llevaba noticias frescas. También concurría
-Pujitos, joven instruidísimo y de gran erudición, pues no dejaba de
-saber leer (aunque con pausa y cierto dejo o sonsonete), razón por
-la cual aquel esclarecido concurso estaba al tanto de las _Gacetas_
-y papeles nacionales y extranjeros, porque es de advertir que si el
-tío Mano de Mortero conocía a fondo la geografía ibérica (merced a
-sus frecuentes viajes _científicos_ para desesperación del Estado
-y quebrantamiento del fisco); si por esta circunstancia conocía
-la posición de los ejércitos beligerantes, Pujitos iba mucho más
-allá: elevábase en alas del genio, y su pensamiento cerníase en las
-vertiginosas altitudes del arte militar y diplomático, como el águila
-sobre las eminentes cumbres.
-
-Estas conversaciones no duraban toda la noche, y entre juego y juego
-solía haber bolero y manchegas, así como también algo de aquello que
-los eruditos llaman palos, y el vulgo también; pero sabido es que
-los palos son para ciertas gentes gustosísimo postre, después de los
-manjares fuertes del amor y del vino. ¡Ay! puedo asegurar que D. Diego
-era muy feliz con aquella vida.
-
-Pero el dorado alcázar, el Medina-al-Fajara, el Bagdad, la Síbaris
-y la Capua de sus impresionables sentidos, estaban en casa de la
-Zaina, aquella beldad incomparable; aquella que, al aparecer por las
-mañanas en la esquina de la calle de San Dámaso, dentro de su cajón
-de verduras, daría envidia a la misma diosa Pomona en su pedestal de
-frutas y hortalizas. ¿Y qué diremos de aquella gracia peculiar con que
-lavaba una lechuga, arrancándole las hojas de fuera con sus divinas
-manos, empedradas de anillos? ¿Qué del donaire con que hacía los
-manojitos de rábanos, que entre sus dedos racimos de corales parecían?
-¿Qué de aquella por nadie imitada habilidad para poner en orden los
-pimientos y tomates, cuya encendida grana se eclipsaba ante el rosicler
-de su cara? ¿Qué de aquel lindísimo gesto con que metía los cuartos
-en la faltriquera, olvidándose casi siempre de dar la vuelta? ¿Qué
-de aquella postura (digna de llamar la atención de Fidias) cuando
-descolgaba una sarta de ajos, que al enroscarse en sus brazos no se
-tomarían por otra cosa que por rosarios de descomunales perlas? ¿Qué de
-la destreza y soltura con que arrojaba las hojas de col sobre los usías
-que iban a requebrarla? ¿Qué de su ciencia en el vender, y su labia en
-el regateo, y su diplomacia en el engañar, que a esto y a nada más
-propendían todas y cada una de las sales y monerías de su lengua y
-ademanes? Válgame Dios, que tuvo buen gusto D. Diego al prendarse de
-aquella princesa o semidiosa, pues tal era su mérito y de tal modo y
-con tanta presteza la rodeaba de poéticos atributos la imaginación, que
-el puesto era un trono, y las lechugas ramos de olorosas yerbas, y los
-rábanos jacintos de Holanda, y los repollos abiertas magnolias, y los
-ajos cerradas azucenas, y las cebollas conjunto perfumado de todas las
-flores, así como también podía suponerse que el agujereado mandil de la
-Zaina era un rico sayal de finísima puntilla de Flandes, y el cuchillo
-de partir varita de oro para dar gusto y ocupación a las movibles
-manos, y los ochavos desparramadas joyas que los príncipes y reyes,
-de remotas tierras venidos, echaban a sus pies para rendir el fuerte
-castillo de su honestidad.
-
-¿Y qué me diréis si os aseguro que D. Diego, a pesar de sus atractivos
-y de su dinero, no había podido rendir a la Zaina? ¡Oh, inflexible ley
-de los hados, que en aquella ocasión dispusieron que la Zaina fuese
-esclava en cuerpo y alma de otro galán, al cual de antiguo mis lectores
-conocen, y no es otro que el propio D. Juan de Mañara, por segunda
-vez presentado en el escenario de estas historias! Pues sí: el Sr. de
-Mañara, como la muerte, lo mismo ponía el pie en _pauperum tabernas_
-que en _regumque turres_; y aunque era persona de alta posición por
-aquellos días, y estaba a punto de ser nombrado regidor de Madrid, sus
-preferencias en materia de costumbres y de amor íbanse del lado de lo
-que Horacio llamó _tabernas_, y en castellano podemos nombrar ahora con
-la misma palabra.
-
-
-
-
-II
-
-
-Por las noches, este caballero, lo mismo que D. Diego, después que
-salían de las logias, se vestían de majos, y... aquí viene ahora la
-coyuntura de describir la casa de la Zaina y su gente, con las fiestas
-y bailes, y el refresco aparatoso que les ponía fin; pero como aún
-me resta por manifestar un poquito de lo referente a D. Diego y a su
-vida, principal objeto que en este comienzo del libro me propuse, dejo
-aquello para después, y sigo diciendo que el hijo de Doña María, bien
-solo, bien acompañado de Santorcaz, iba de tertulia alguna vez a las
-librerías principales, que era donde más se hablaba de política.
-
-No sé si recordaré todas las tiendas de libros que había entonces
-en Madrid; pero sí puedo asegurar que casi igualaba su número al de
-las que ahora existen, y las más concurridas eran las de Hurtado,
-Villarreal, Gómez Escribano, Bengoechea, Quiroga y Burguillos (antes
-Fuentenebro), en la calle de las Carretas; la de la viuda de Ramos, en
-la Carrera de San Jerónimo; la de Collado, en la calle de la Montera;
-la de Justo Sánchez, en la de las Veneras; la de Castillo, frente a
-San Felipe el Real, y el puesto de Casanova en la Plazuela de Santo
-Domingo. En estas tiendas se reunían muchos jóvenes escritores o que
-pretendían serlo; poetas hueros o con seso, aunque estos eran los
-menos; personas más aficionadas a la conversación que a los libros,
-gente desocupada, noticieros, y muchísimos patriotas. D. Diego era
-patriota.
-
-Como yo me metía bonitamente en todas partes, también me daba una
-vuelta por las librerías, bien acompañando a D. Diego, bien solo,
-echándomelas de gran patriota, y en la de las Veneras me acuerdo
-que dije una noche muy estupendas cosas, que me valieron calurosos
-aplausos. ¡Ay! allí conocí al sombrerero Avrial y a Quintana,
-el mochuelo y el mirlo, el cisne y el ganso de aquellos tiempos
-literarios, tan turbados, tan confusos, tan varios y antitéticos en
-grandeza y pequeñez, como los políticos. Parece, en verdad, mentira
-que Moratín y Rabadán, que Comella y Meléndez hayan vivido en un mismo
-siglo. Pero España es así.
-
-Tampoco dejaba D. Diego de concurrir al teatro alguna que otra vez,
-porque era muy de patriotas el ir a la representación de las famosas
-comedias de circunstancias _La alianza de España e Inglaterra, con
-tonadilla_, y _Los patriotas de Aragón y bombeo de Zaragoza_, que en
-aquellos días se representaban con frenético éxito. Y para que nada
-faltase en el círculo de relaciones de aquel joven ilustre, también
-asomaba las narices por el cuarto de Pepilla González, actriz famosa,
-si bien un día puso punto final a sus visitas, porque le hicieron no sé
-qué ingeniosa burla.
-
-En casa de la Zaina, en casa de la Pelumbres, en la de la Naranjera,
-en la logia de _Rosa-Cruz_, en la librería de la calle de las Veneras
-y en el teatro, solíamos encontrarnos D. Diego y yo, pues, como he
-dicho, yo tenía especial empeño en seguirle a todas partes, venciendo
-para entrar en algunas la repugnancia de mi conciencia. El joven se
-franqueaba espontáneamente conmigo, y yo, mientras más me decía, más
-procuraba sacarle para que ningún escondrijo ni pliegue de su vida me
-fuese secreto. Solo cuando iba en compañía de Santorcaz me guardaba muy
-bien de preguntarle ciertas cosas.
-
-¡Pobre D. Diego, y a cuántas pruebas se vieron sujetas su impetuosa
-juventud e inexperiencia! ¡Y qué de simplezas hizo, y qué terribles
-caídas tuvieron los atrevidos saltos de su entusiasmo, y qué porrazos
-se dio con las peñas del fondo al arrojarse desaforadamente en el mar
-de la vida, creyéndolo sin arrecifes, ni sumideros, ni bajíos! ¡Y
-cuánto se encanalló, y de qué extraña manera el mayorazgo poderoso
-viose en ocasiones pobre y miserable, con la circunstancia de que
-no podía menos de sostener el pie de su lujo y representación! Como
-era tan manirroto, gastaba en una semana la renta de un año, y aquí
-de los acreedores, usureros, prestamistas, judíos y demás chupadores
-de sangre, que se bebían la de mi Condesito. Este llegó a verse muy
-afligido, pues nadie le fiaba ya el valor de una peseta; y recuerdo
-que cierta noche, cuando salíamos del teatro del Príncipe, Don Diego
-me hizo una pintura horrenda de la plenitud de sus apuros y vaciedad
-de sus bolsillos; dijo después que se iba a suicidar, y luego me llamó
-insigne varón, ilustre amigo y el más caballeroso y caritativo de los
-hombres, siendo de notar que todos estos rodeos, elipsis, metonimias o
-hipérboles, terminaron con pedirme dos reales. Dile cuatro que tenía,
-y se despidió, suplicándome que dijese algo en su favor a cierto
-prestamista llamado Cuervatón, vecino mío, pues tenía pensado darle
-un tiento al siguiente día, aunque las cantidades adeudadas subían al
-séptimo cielo. Yo le prometí interceder en su favor, y deseándole las
-buenas noches entré en mi casa.
-
-
-
-
-III
-
-
-La cual era aquella misma honrada mansión donde fui recogido, curado
-y asistido en mi penosa enfermedad del mes de mayo, y vea el lector
-cómo de manos a boca nos encontramos de nuevo en la dulce compañía del
-Gran Capitán y de su esposa, y en alegre familiaridad con el Sr. de
-Cuervatón, con Don Roque, con el lañador y respetable familia, con la
-bordadora en fino y otras personas que, si no gozan en la historia de
-celebridad apropiada a sus méritos y eminentes calidades, tendranla en
-esta relación, mal que le pese a la ruin envidia, siempre empeñada en
-rebajar los altos caracteres.
-
-Desde mi vuelta de Andalucía, yo moraba en casa de D. Santiago
-Fernández. Santorcaz no vivía ya allí, ni tampoco Juan de Dios, ni sus
-antiguos patronos sabían de su paradero, pues habiendo salido cierto
-día de agosto muy de mañana, hasta la fecha de lo que voy contando, que
-era por noviembre, no había vuelto, lo cual hacía decir a Doña Gregoria:
-
---No puede _por menos_ sino que a ese bienaventurado Sr. de Arroiz le
-ha sucedido alguna desgracia, como no se haya ido al cielo en cuerpo y
-alma, que para eso estaba.
-
-La casa (y aunque me parece que esto lo saben ustedes, no estará de más
-repetirlo) era de esas que pueden llamarse mapa universal del género
-humano, por ser un edificio compuesto de corredores, donde tenían su
-puerta numerada multitud de habitaciones pequeñas para familias pobres.
-A esto llamaban casas de Tócame Roque, no sé por qué. No lo indagaremos
-por ahora, y sepan que, en aquellos días, el que hubiera entrado en
-casa del Gran Capitán, habría visto a este en el centro de un animado
-corrillo, donde estábamos hasta ocho personas, todos buenos españoles
-o inflamados de patriótico afán por saber cómo iban las cosas de la
-guerra; habría visto con cuánta diligencia y precipitación acudían
-unos y otros en cuanto Fernández volvía de la oficina; habría visto
-cómo amorosamente preparaba Doña Gregoria el sahumado brasero, para que
-no se enfriara la concurrencia; cómo Fernández, golpeando la caja de
-rapé, tomaba un polvo, sonábase mirando a todos por encima del pañuelo,
-y luego se apresuraba a satisfacer la sed de su curiosidad en estos
-términos:
-
---La cosa va mejor de lo que se creía, y lo de Lerín no fue tan
-desgraciado como se nos quería pintar. Señores, hay que poner en
-cuarentena lo que dicen los papeles impresos, porque los diaristas
-no se cuidan más que de sorprender al público con noticiones; y como
-ninguno de ellos sabe palotada de lo que llamamos el arte de la
-guerra...
-
---Pues a mí me han dicho que lo de Lerín fue un desastre muy grande
---afirmó D. Roque--. ¡Bah! Si tenemos unos generales... De lo que
-está pasando tienen ellos la culpa, y bien sabía yo que vendríamos a
-parar a esto. Pues qué, si esos señores, en vez de estarse en Madrid
-todo el mes de septiembre mordiéndose unos a otros; si en vez de estar
-aquí diciéndose «yo soy mejor que tú», y disputándose el mando de los
-Cuerpos como perros que riñen por un hueso; si en vez de esto, digo,
-se hubieran marchado al Norte a perseguir al enemigo, ¿estarían los
-franceses tan envalentonados?
-
---Tiene razón que le sobra por los tejados el Sr. D. Roque --dijo
-la mujer del lañador--. Y yo, que no sé de guerra, le decía a mi
-marido todas las noches cuando nos acostábamos: «Mira, Norberto, los
-generales, en lugar de estar aquí y en Aranjuez, hablando mal unos de
-otros y revolviéndolo todo con sus envidias y reconcomios, debieran
-andar por toda esa tierra de Burgos y Rioja persiguiendo al francés.
-Que si Llamas manda tal tropa; que si ya no la manda Llamas, sino
-Pignatelli; que si Castaños se opone a que venga Cruz; que si Blake
-quiere ser más que Cuesta, y Cuesta más que todos; que si Palafox manda
-este Cuerpo; que si La Peña no quiere mandar el otro... en fin, cuando
-después de la batalla de Bailén creímos vernos libres de franceses,
-emperadores y reyes de copas, ahora salimos con que por estarse los
-generales mano sobre mano en Madrid, al olorcillo de la Corte, y de los
-obsequios, y de las fiestas, han dejado que los otros se arreglen bien
-y tengan dispuesto todo para darnos un susto.»
-
---Ha hablado usted como un padre de la Iglesia, señora Doña María
-Antonia --dijo con oficiosa exaltación Doña Melchora, la bordadora en
-fino--. A mis niñas les dije yo eso mismo el mes pasado. ¿No es verdad,
-Tulita; no es verdad, Rosarito? Sí, señores, esa es la pura verdad; y
-lo que yo voy viendo es que desde que empezó la guerra; desde que hubo
-aquella de venir los franceses y caer Godoy, nadie ha sabido acertar
-más que nosotras, y cuando anunciábamos lo que iba a pasar, los hombres
-graves se reían diciendo: «¿Qué entienden las mujeres de guerras ni de
-historias?» Pues vean ahora si entendemos.
-
---Tiene razón Doña Melchora --dijo el señor de Cuervatón--. También se
-reían de mí cuando anuncié lo que iba a pasar. Pero, señores, cuando
-los de arriba pierden la chaveta, como ha pasado aquí, a los tontos y a
-las mujeres corresponde el imperio del buen sentido.
-
---No obstante --dijo el Gran Capitán impaciente por poner el peso de su
-autorizado dictamen en aquella contienda--, aún no se puede hablar mal
-de esos valientes generales. Yo no les he explicado a ustedes todavía
-el plan de campaña. Es preciso que ustedes se penetren bien de esto.
-Las tropas que mandan Blake, Llamas, Castaños y Palafox, colocadas y
-extendidas desde el Ebro hasta Burgos, forman un gran semicírculo.
-Vienen los franceses: el semicírculo se cierra, convirtiéndose en
-círculo, y aquí me tienen ustedes a mi emperador cogido en una ratonera.
-
---Pero, en resumidas cuentas, ¿viene o no viene? --preguntó Doña
-Melchora.
-
---Yo creo que no --dijo el Gran Capitán, echándoselas de malicioso--.
-Y tengo para mí que todo eso que dicen los papeles acerca de lo que
-Napoleón leyó en el Senado, es pura invención. Como que hay quien dice
-que Napoleón está muy enfermo de un tumor que le ha salido en el sobaco
-izquierdo, y que ya le han sacramentado.
-
---¿Y usted es de los que dan crédito a los mil desatinos que cuentan
-los patriotas? --exclamó D. Roque levantándose de su asiento--. Aquí
-creen que se sale del paso contando mentiras y matando de calenturas o
-alfombrilla a todos nuestros enemigos.
-
---Y qué, ¿soy hombre para tragar todas las bolas que cuentan
-diariamente los papeles? --dijo el Gran Capitán, sin disimular el
-desprecio que le merecía la prensa--. Vamos a ver, ¿qué saca usted
-en limpio, Sr. D. Roque, de todas esas hojas que lee día y noche, y
-que le van a volver loco, como al bueno de Don Quijote los libros de
-caballería?
-
---Quédese cada uno en su sitio, y no se meta en los trigos ajenos
---repuso D. Roque, procurando contener su irascibilidad--, que así
-como yo no me meto jamás en las honduras del arte de la guerra, que
-no entiendo, así debe usted respetar las ciencias, que no están a su
-alcance. ¡Qué sería de la sociedad sin papeles públicos! Aquí tengo
-yo el _Semanario patriótico_ --añadió, sacando un voluminoso legajo
-de uno de los luengos bolsillos de su levitón-- que es el mejor papel
-que hasta ahora se ha escrito, y contiene cosas muy lindas, y en todo
-lo que dice no parece sino que habla por boca de Aristóteles y Platón.
-Desde que en el primer número vi aquello de _la opinión pública es
-mucho más fuerte que la autoridad malquista y los ejércitos armados_,
-les digo a ustedes francamente que el tal papelito me enamoró. Yo me
-quito el garbanzo de la boca para ahorrar los 20 reales que me cuesta
-cada trimestre; y ¿cómo no hacerlo, si este manjar del espíritu es
-tan necesario a la vida como el alimento del cuerpo? Así es que los
-miércoles por la noche no duermo, y todo es dar vueltas en la cama,
-pensando en lo que traerá el _Semanario_ al siguiente día. Los jueves
-son para mí días de delicia, y leyendo mi _Semanario_ olvídaseme el
-comer y el beber, a más de todas mis penas y tristezas, que son muchas.
-¡Y cómo trata las cuestiones! ¡Y con qué gracia le da a cada uno lo
-que es suyo! ¡Y qué sal tiene para decirle a la Francia todas sus
-picardías! ¿Pues y el paralelo que hace entre Bonaparte y Maximiliano
-Robespierre? No pierde ripio para decir a todos las verdades, y a los
-españoles les suele sacar los trapitos a la colada, como quien dice.
-En fin, señores, me entusiasma tanto, que el otro día, no pudiendo
-satisfacer mi deseo de conocer al autor de tan divino escrito, y
-averiguado que lo es un tal Manolito Quintana, me fui derecho allá,
-y abrazándole le dije: «Venga acá el extremo de toda discreción, el
-resumen de la elocuencia y del buen decir, el dechado de la lengua
-castellana, el azote de los tiranos, el heraldo del patriotismo y el
-cisne de los derechos del hombre.» A lo cual me contestó que él cumplía
-con su deber, y que agradecía tales alabanzas.
-
---¿Toda esa arenga le echó usted al buen autor del _Semanario
-patriótico_? --preguntó el Gran Capitán--. Pues en verdad digo que si
-la Junta oyera mis consejos, al punto mandaría suprimir ese y todos los
-demás papeles. ¿Para qué se quieren papeles?
-
---Hombre irracional, ¿y cómo se difunden las luces, y se propaga la
-buena doctrina, y se instruye a toda la gente del reino, chicos y
-grandes? ¡Pues flojitas verdades trae el _Semanario patriótico_!...
-Como todos dieran en leerlo con tanto fervor como yo, pronto se
-remediarían los males de la nación. Y no hay que darle vueltas,
-señores: lo que este dice es el Evangelio. ¿Quién podrá desmentir
-aquello de _el tirano es un hombre que abusa de las fuerzas de la
-sociedad, para someterla a sus pasiones propias, y así la tiranía no
-es otra cosa que la injusticia apoyada en la violencia_? ¿Qué tal?
-¿Pues y dónde me dejan ustedes aquello de los derechos _esenciales,
-sagrados e imprescriptibles_ que corresponden al hombre, y que le
-usurpa el pícaro del poder absoluto?... Nada, nada, Sr. D. Santiago,
-amigo Cuervatón, señoras y señoritas: tengan ustedes presentes
-estas palabras: «La violencia, la opresión, la credulidad, llegan
-frecuentemente a adormecer a los pueblos, a fascinar su entendimiento,
-a quebrantar en ellos los resortes de la naturaleza; pero cuando por
-favorables circunstancias abren los ojos y oyen la voz de la razón;
-cuando la necesidad les fuerza a salir de su letargo, entonces ven
-que los pretendidos derechos de sus tiranos no son sino efectos de la
-injusticia, de la fuerza o de la seducción; entonces es cuando las
-naciones, acordándose de su dignidad, ven que ellas no se han sometido
-a la autoridad sino para su bien, y que jamás han podido dar a nadie el
-derecho irrevocable de hacerlas felices.»
-
-
-
-
-IV
-
-
-Dotado de maravillosa memoria, D. Roque recitaba trozos enteros de lo
-que había leído en sus papelitos, sin mudar una sílaba. No he conocido
-varón más cándido e inofensivo que aquel fogoso lector del _Semanario_,
-comerciante que había venido muy a menos, y a la sazón, sin negocios,
-sin familia, y con poquísimo dinero, vivía en aquella casa,
-manteniéndose con su casi invisible renta. Así como el Gran Capitán oyó
-lo de _la opresión_ y _la injusticia_, con los razonamientos puestos a
-continuación, que no entendiera menos si estuvieran escritos en caldeo,
-se encaró con su amigo, y burlonamente le dijo:
-
---¿Se ha acabado la jerga? ¡Lástima que no viniera por aquí el
-padre Salmón, para que le contestase, y entre los dos se armara una
-marimonera de _distingo acá... distingo allá... necuacua... útiquis...
-reñega mayora..._ y otras palabrillas que se usan en las disputas de
-los _tiólogos_!
-
---¡Teólogos a mí! ¡A mí teólogos y con cascabeles!... ¡Y de la madera
-del padre Salmón! --exclamó D. Roque guardando el _Semanario_ en el
-almacén de sus profundas faltriqueras.
-
---Y ha de venir esta tarde Su Paternidad --dijo agridulcemente la
-menor de las hijas de Doña Melchora--, pues prometió darme una receta
-para este mal de la barriga que ha diez días tengo.
-
---Sí que vendrá --añadió la mayor--, pues quedé en pegarle dos botones
-en el cuello, y él dijo que traería la cinta azul.
-
---Pronto tendremos aquí a ese reverendo Salmón --añadió Doña
-Gregoria--, y ya tengo echada la llave a la despensa, porque para
-saqueos bastante tenemos con los de los franceses.
-
-No había concluido estas palabras la discreta esposa de Fernández,
-cuando se oyó en el patio de la casa gran ruido de voces, entre las
-cuales descollaba una cencerril, abajetada y bronca, que no era otra
-sino la de aquel lucero de la Merced, el padre Anastasio José de la
-Madre de Dios, vulgarmente conocido por padre Salmón, que este era su
-apellido, y no Salomón como algunos le llamaban, sin intención de burla.
-
---Ahí está, ahí está ese bendito --dijeron en coro las hembras de la
-reunión--. Gabriel: corre y tráele acá, porque si le cogen por su
-cuenta las del polvorista... ¡ay, qué pesadas son! Ya están llamándole
-las escofieteras. Pues no, no ha de venir sino acá.
-
-Salí para impedir que la persona del reverendo fuera secuestrada por
-cualquiera de las familias que salían a su reclamo por las diversas
-puertas que se abrían en aquellos largos corredores, y lo primero
-que vi fue al fraile rodeado de enjambre de chiquillos, los cuales,
-haciendo mil cabriolas y juegos en su derredor, le mostraban, según su
-arte propio, la satisfacción de la casa toda por verle en ella.
-
---Tomad, piojosos, tomad esas almendras fallidas, que para vosotros
-serán bocado de ángel --les decía Salmón--. ¿Y salió tu padre de la
-cárcel, Jacintillo? Y por fin, ¿llevasteis a vuestra abuela a los
-Desamparados? Dime, hijo de la Canela, ¿está el oficialillo en el
-cuarto de tu madre?... ¿Conque se os murió la gallina?
-
-Y al mismo tiempo, el antepecho del vasto corredor parecía la
-barandilla de un teatro, pues no había un palmo vacío, sino que allí
-estaba la vecindad toda, aguardando a que Su Paternidad subiese.
-
---Venga acá, Padre, que este trapalón de mi marido me quiere pegar por
-celos. Pero di, cabeza jilvanada, ¿no soy la mujer más honrada del
-mundo?
-
---Venga acá, Padre, y verá qué chocolate le tengo. ¿Pues no me está
-diciendo la capitana que Su Paternidad le comió ayer todas las magras?
-
---Venga acá, Padre, y suba pronto, que ya le apunta el diente a la
-niña. Mírale allí, cordera, resol, reina del mundo. Mírale, llámale con
-tu manecita... así, así.
-
---Venga acá, Padre, que ya parió la Zoraida cinco criaturas como cinco
-estrellas.
-
---Suba pronto, Padrito, que mi abuela pregunta si se le deben dar más
-friegas.
-
-Y así continuaban, llamándole de distintas partes, cada uno según
-para aquello que le necesitaba, y todos con tan cariñosas palabras,
-que Salmón no sabía a qué sitio volverse, ni a cuáles solicitaciones
-contestar más pronto; y saludando a un lado y otro como un matador de
-toros que en medio de la plaza hace cortesías a la redonda, mostró a
-sus amigos que su corazón no era insensible a tantas bondades. En esto
-llegué yo, y besándole la correa, le dije:
-
---Doña Melchora y sus niñas, que están en casa del Gran Capitán, me
-mandan para suplicar a Su Reverencia que tenga la magnanimidad de
-subir, que allí le aguardan también D. Roque, el Sr. de Cuervatón y
-Doña María Antonia.
-
-Pero antes que concluyera, el buen Salmón, con gran sorpresa mía, clavó
-en mí sus ojos lleno de admiración, y echándome los brazos al cuello,
-exclamó a gritos:
-
---Ven acá, portento de la sabiduría, milagro de precocidad, fruta
-temprana de las humanas letras. ¿Conque ha más de un año que te
-conozco y hasta hoy mismo he ignorado que eres un gran latino, autor
-del más famoso poema que han escrito modernas plumas? ¿Conque así te
-callabas tus méritos, picarón...? A ver, muéstrame pronto ese poema...
-¡Quién me había de decir, cuando te conocí paje de la González, que
-bajo la montera de tal gaterilla estaba el cacumen de un _Erasmus
-Roterodamensis_, de un _Picus Mirandolanus_!
-
-Turbado y confuso le contesté que sin duda Su Paternidad se equivocaba
-confundiendo mi ignorancia con la sabiduría de algún desconocido de mi
-mismo nombre, oyendo lo cual, dijo mientras subíamos la escalera:
-
---No; que lo acabo de saber por el Licenciado D. Severo Lobo, el cual
-te conoció desde el proceso del Escorial, y luego estuvo a punto de
-empapelarte, cuando el Príncipe de la Paz te quiso dar una placita en
-la Interpretación de lenguas. ¿Y tú qué culpa tenías de que el otro te
-quisiera colocar? Por lo que me han dicho, tu modestia iguala a tus
-méritos, ¡oh joven! Yo he visto la minuta en que Godoy te recomendaba;
-pero ¡qué guardado te lo tenías, raposilla!... ¿Y ahora en qué te
-ocupas? ¿Por qué no pides un hábito, por qué no eres fraile? Yo me
-encargo de catequizarte. ¿Sabes que he hablado de ti a los Padres de la
-Merced y todos quieren conocerte? A ver si te pasas por allí, rapaz,
-y ve después de la hora del refectorio. ¿Te gustan las pasas? Además
-tengo que conferenciar contigo, Horacio Flaco en ciernes y Virgilio en
-pañales; y como al salir de esta casa se me olvide hablarte (pues ya
-sabes que soy muy débil de memoria), ¿me lo recuerdas, eh?
-
-A tal punto llegaba, cuando entramos en la sala del Gran Capitán.
-Levantáronse todos, y después de besarle uno tras otro la correa,
-diéronle el asiento del centro junto al brasero.
-
---Aquí está la seda azul --dijo el mercenario, dando lo indicado a
-Tulita.
-
---Mañana mismo tendrá Su Paternidad arreglado el cuello --contestó
-la muchacha--. Veamos ahora lo que me manda para este malestar de la
-barriga, que es tal que yo no lo puedo resistir, y todas las mañanas
-me dan unas arcadas, unos mareos y bascas tan fuertes, que no me para
-dentro nada.
-
---Bendito sea el nombre de Dios --exclamó el Padre tomando un polvo de
-la caja del Gran Capitán--. A fe, Doña Melchora, que si esta matutina
-estrella de su hija de usted fuera casada, ya sabríamos el pie de que
-cojea su estómago; pero no siéndolo, y tratándose ahora de una familia
-con quien la misma honradez no podría ponerse en parangón, ordeno y
-mando que con siete palitos del árbol de Santo Domingo, cocidos en
-baño-maría, por espacio de tres credos rezados con pausa y por supuesto
-con devoción, esta niña se quedará como nueva. ¡Qué nueces frescas las
-de ayer, señora Doña Melchora; qué nueces frescas! Pero dígame, ¿qué
-santo del cielo le hizo tan rico presente? Yo no sabía que en montes
-alcarreños, asturianos ni encartados existiesen unas tan hermosas obras
-de Dios.
-
---Obsequio fue de un primo mío que es guarda de las dehesas del señor
-Duque de Altamira, en tierra de Cameros, y como, si no de buen salario,
-el pobrecito disfruta de ojos listos y manos libres, siempre nos manda
-lo mejor de aquellos castañares y nocedales.
-
---Así le hicieran canónigo --añadió Salmón--. ¿Y qué noticias, Sr. D.
-Santiago Fernández?
-
---No me digan nada, ni me calienten más la cabeza --replicó el Gran
-Capitán encubriendo, bajo la ficción de un estudiado cansancio, el
-placer que le causaba el ver sacado a plaza un tema tan de su gusto--.
-Mire Su Paternidad que estoy ya que no doy por mi cuerpo un real. ¡Qué
-ir y venir! ¡Qué jaleo! ¡Todo el día poniendo nombres en la lista, y
-haciendo recuento de cartuchos, y examinando armas, y disponiendo, y
-mandando! Aquellos señores son muy remolones, y todo lo tengo que hacer
-yo.
-
---¿Y resistiremos, si, como dicen, se nos viene encima ese monstruo,
-ese troglodita, ese antropófago, señores, que no se sacia nunca de
-devorar carne humana?
-
---¡Pues no hemos de resistir! --exclamó el Gran Capitán--. ¿Hemos de
-ser menos que los zaragozanos? Además de que yo creo que no viene.
-
---¡Y sabe Dios --dijo Doña María Antonia-- si será cierto lo que dicen
-de que allá en Rusia o Prusia le echaron unos polvitos en el cocido
-para que reventara!
-
---Como que hay quien asegura que está sacramentado y que hizo
-testamento, devolviendo todas las naciones que ha robado y abjurando de
-sus herejías.
-
---¡Oh gente ignorante y crédula! --exclamó de improviso D. Roque,
-desenvainando su cartapacio de papeles públicos--. ¡Y cómo se conoce la
-rusticidad de los que atienden más a los dichos y simplezas del vulgo
-que a la palabra impresa de los hombres doctos! Vean, vean lo que dice
-ese papel, y no hagan caso de tonterías: «Napoleón se presentó al
-Senado el 25 del pasado, y dijo que _bien pronto pondría sus banderas
-en las torres de Madrid y en las fortalezas de Lisboa_.» También cuenta
-la Gaceta, que ciento sesenta mil hombres del ejército grande están
-sobre la frontera de España, y que el Emperador dijo que _antes de fin
-de año no quedará aquí una sola aldea en insurrección_.
-
---Conque ni una sola aldea... --indicó el fraile--. Pero sabe Dios la
-intención que llevará el que ha escrito esos papeles. Lo que es por
-mí, mandaría suprimir todos los que se imprimen en España, pues para
-envolver especias, mejor es el papel no impreso y limpio, como sale de
-las fábricas.
-
---¿Pues eso qué duda tiene? --dijeron a una las dos niñas de Doña
-Melchora.
-
---Y yo --declaró como un basilisco D. Roque-- mandaría suprimir todos
-los frailes o les quitaría el hábito, dando a cada uno un fusil para
-que fueran a limpiar a España de franceses.
-
---Sin fusil lo hacemos, hermano --dijo Salmón riendo--. Lejos de
-suprimir frailes, yo los aumentaría en grado máximo, y así la mayor
-parte de los españoles vivirían gordos y contentos, y no veríamos tanto
-vagabundo mendigo por esas calles.
-
---Chúpate esa y vuelve por otra --dijo a D. Roque la menor de las hijas
-de la bordadora en fino, suponiendo al viejo completamente apabullado
-bajo el peso de aquellas incontestables razones.
-
---¿Conque más todavía? Pues sepa mi señor Salmonete --dijo D. Roque,
-llevando al último extremo su familiaridad con el fraile-- que ahora
-se va a reunir la nación en Cortes. ¿No lo quieren creer? ¡Ah! Pues no
-doy dos maravedises por lo que de Gobierno absoluto hubiere después de
-la guerra. ¡Abajo los tiranos! --añadió poniéndose en pie y alzando los
-brazos con endemoniada exaltación--. Y si hay un frailazo chocolatero
-que me desmienta, alce la voz, y venga delante de mí, que yo le reto
-a singular polémica, aunque traiga más textos que escribió Pedro
-Lombardo, y más latines y aforismos y comprobatorias y distingos que
-han eructado en diez siglos las cátedras salmantinas y complutenses.
-
---¿Y cómo había yo de ponerme a disputar con semejante pedazo de
-acebuche con nudos, más duro que roca? ¿Y de qué valdrían mis
-argumentos contra la asnal cerrazón de su mollera? --argumentó el Padre
-Salmón levantándose también de su asiento; mas no enfadado ni nervioso,
-sino riendo a todo reír, pues su humor de mantequillas era tal, que no
-se le vio colérico más que una sola vez.
-
---Pues empecemos --dijo D. Roque poniéndose verde.
-
---Empecemos --replicó Salmón restregándose las manos y haciendo después
-grotescos gestos, como de quien imita los movimientos de un grave
-predicador.
-
---No quisiéramos más para reírnos de Don Roque --dijo la mayor o la
-menor (que esto no lo tengo bien presente) de las hijas de Doña
-Melchora.
-
---Pero para restaurar nuestras fuerzas, señores y señoras mías --dijo
-Salmón--, venga ese chocolate, que aquí mi amigo D. Roque dice que no
-se puede pasar sin él.
-
---Quien no se puede pasar sin él --contestó el aludido-- es su
-magnificencia reverendísima, que en llegando a estas horas, como no
-ponga un puntal al estómago se cae rendido.
-
---Pues usted lo dice, amigo papelista eminentísimo --contestó Salmón
-dando otra vez rienda suelta a la risa--, así sea, y venga ese
-chocolate; y pues es más agradable el goce de una amena tertulia que
-el disputar, dejémonos de querellas, y pelillos a la mar, y cada uno
-piense lo que quiera, y ruede la bola, y viva Fernando VII.
-
---Es lo más conveniente, toda vez que este D. Roque está chiflado
---dijo Fernández--, y un día hemos de verle por esas calles con una
-_Gaceta_ en cada dedo.
-
---¡Pero qué graves y circunspectas están mis niñas! --añadió Salmón
-dando unas palmaditas en el hombro, no recuerdo bien si de la mayor o
-de la menor de las hijas de Doña Melchora--. Y esos piquitos de oro,
-¿por qué no echan una canción por todo lo alto, para que se nos alegren
-los espíritus?
-
---Bueno, bueno.
-
-Y una de ellas rompió al instante a cantar de esta manera:
-
- Con un albañilito
- Madre, me caso,
- Porque son de mi gusto
- Los hombres blancos.
-
---Eso tiene poca gracia --dijo Salmón--. A ver otra.
-
---Pues allá va la que está de moda:
-
- Bonaparte en los infiernos
- Tiene su silla poltrona,
- Y a su lado está Godoy
- Poniéndole la corona.
-
- Sus compañeros
- Van de dos en dos:
- Murat, Solano,
- Junot y Dupont.
-
---¡Bravo, magnífico! Doña Melchora, tiene usted dos niñas que
-envidiaría cualquier princesa. Y qué tal, ¿se gana mucho?
-
---En estos tiempos, Padrito --dijo la madre--, suele caer algún bordado
-de uniforme; pero ¿dónde se ven aquellos ternos de plata y oro, aquella
-ropa de altar que tanta ganancia nos daban antes de estas malditas
-guerras? Ya sabe su grandeza que las mejores capas pluviales, las
-mejores casullas que se han lucido en procesiones, así como las mejores
-chaquetas toreras que han brillado en plazas y redondeles, pasaron
-por estas manos. ¡Ay, quién me lo había de decir! La que bordó los
-calzones que llevaba Pepe-Hillo cuando le cogió aquel enrabiscado toro;
-la que bordó la capa que llevaba en sus santos hombros el Eminentísimo
-Cardenal de Lorenzana el día que tomó posesión, está hoy consagrada a
-miserables letras de cuello de uniforme, y a las dos o tres insignias
-de consejero, o ropón de Niño Jesús, que caen de peras a higos. ¡Buenos
-están los tiempos!
-
---Cuando esto se acabe... --dijo el fraile.
-
---¿Cómo cuando esto se acabe? --gritó de improviso D. Roque,
-interrumpiendo con muy feo gesto a su amigo--. Antes, muy antes de que
-esto se concluya se reunirá el país en Cortes. ¡Y estos alcornoques no
-lo quieren creer!
-
---Que te despeñas, Roque amigo.
-
---¿También eso lo dicen los papeles? --preguntó con mucha sorna el Gran
-Capitán.
-
---También lo dicen, sí señor. ¿Pues no lo han de decir? Y cómo se me
-ha de olvidar, si lo sé de memoria, y anoche, luego que me acosté,
-estuve recitando en voz alta aquello de... «Después de tantos años de
-abatimiento y opresión en que los leales y generosos españoles han
-sufrido mayores ultrajes y vilipendios que los salvajes africanos,
-amanecerá el glorioso día en que se reúnan los pueblos por medio de
-sus representantes para tratar del bien común. Este es el objeto con
-que se instituyeron las sociedades civiles; no el engrandecimiento de
-un solo hombre, con perjuicio de todos los demás. Reunidas aquellas es
-como puede conocerse a fondo el estado de una nación, sus recursos,
-sus necesidades y los medios que deben adoptarse para su bienestar y
-prosperidad; y donde faltan estas solemnes Asambleas, los monarcas, mal
-aconsejados, caminarán ciegamente al despotismo, tal vez contra sus
-buenos deseos.»
-
---¡Lindísimo sermón! --exclamó el Gran Capitán--. Ayer le contaba a mi
-compañero en la portería de Cuenta y Razón las extravagancias de mi
-vecino D. Roque, y me dijo que esto se llamaba _el democratismo_. ¿Es
-así, Padre?
-
---Llámese como se quiera --repuso el venerable Salmón--, lo que digo
-es que este chocolate, que ahora nos trae la señora Doña Gregoria, y
-cuyo olor se adelanta hasta nosotros anunciándonos la nobleza de lo
-que viene en el canjilón, me parece tal, que solo podría servírsele
-semejante al Sumo Pontífice.
-
---Y a la abadesa de las Huelgas de Burgos --dijo Doña Gregoria--; que
-ella y el Papa son las dos más altas personas de la cristiandad, y por
-eso se dice que si el Papa se casara, la única mujer digna de ser su
-esposa es la tal abadesa de las Huelgas.
-
---Así es --añadió Salmón, olvidándose de todo lo que no fuera el
-canjilón--; y por lo que hace a eso del _democratismo_, yo le aconsejo
-a D. Roque que se deje de tonterías y no piense en novedades, pues por
-ahora, y en muchísimos años para adelante, estamos y estaremos libres
-de ellas.
-
---Los españoles guerrean porque no quieren que los manden los franceses
---dijo la mayor de las hijas de Doña Melchora--, y también para
-defender los usos y _pláticas_ del reino contra las novelerías que
-quiere poner aquí Napoleón. Así me lo dice todos los días Paco el
-plumista, que es sargento de voluntarios.
-
---Pues a mí me dijo Simplicio Panduro, ese saladísimo paje de D.
-Gaspar Melchor de Jovellanos --añadió la otra--, que los españoles
-guerrean por echar a los franceses y por mejorar la mala condición de
-los reinos, quitando las muchas cosas malas que hay, al modo de lo que
-dice D. Roque por las noches, cuando predica a solas y a oscuras en su
-cuarto.
-
-Estas dos opiniones dieron pie a una acalorada disputa que no copio
-porque nada sacarían de ella en limpio mis lectores, toda vez que es
-público y notorio que en lo que va de siglo, la historia, la grave y
-cachazuda historia, no ha podido dilucidar la cuestión planteada por
-aquellas dos niñas, y aun hoy andan a la greña eminentes escritores
-por averiguar si decía verdad la mayor o la menor de las hijas de Doña
-Melchora.
-
-Salmón, consumido su chocolate, dijo:
-
---Conque, amiguitos, ¿me dan ustedes su venia para retirarme?
-
---¿Tan pronto, Padre? ¡Que siempre nos ha de tener Vuestra Reverencia
-con hambre de su compañía!
-
---Bastante os acompaño, hijitas mías.
-
---Pues siempre nos sabe a poco.
-
---Ya sabéis que tenemos en casa desde esta tarde _octava misión y
-solemnes cultos para desagraviar a Jesús Nazareno y a María Santísima
-de los sacrílegos insultos que han sufrido, en nuestros templos, de los
-impíos ejércitos franceses, e implorar de la Divina Misericordia que
-robustezca y ampare a nuestros soldados, y conserve y dirija en todos
-los negocios a los que nos gobiernan. Después habrá procesión a la
-Virgen de la Paloma, patrona de todo el majerío_. ¿Pero no lo sabíais,
-pajaritas volanderas? Por supuesto, que no faltaréis el día que me
-toque predicar.
-
---Antes faltará la tierra y prados en ella, como dijo el otro.
-
-Y estaba en pie para retirarse el Padre mercenario, cuando el Sr. de
-Cuervatón, que poco antes había sido llamado de su casa, donde le
-esperaba una visita, volvió dando voces; y lleno de cólera, que en los
-ojos con fulminantes rayos le centelleaba, habló así:
-
---¡No sé cómo no le ahogo!... ¡Vaya con el lindo currutaco, harto
-de ajos!... ¡Cuando creí que vendría a pagarme, viene a pedirme más
-dinero!... ¡Y ahora sale con que su señora mamá es muy rica! Miserable,
-pringoso, vestido con harapos de príncipe, ¿por qué esa señora no
-reventó antes que os pariera?
-
---¿Qué hay, Sr. de Cuervatón? ¿Qué le pasa?
-
---Que después que me estoy arruinando por favorecer con mi pequeña
-hacienda a los necesitados, he aquí que un señor Condesito de Rumblar
-o de Barrabás con pintas, me debe más de nueve mil reales, y después
-de no pagarme ni un céntimo de interés (que no son más de peseta por
-duro al mes), viene a pedirme más dinero. Canalla, catacaldos: ¿qué me
-importa que sea noble y que le vayan a caer dos mayorazgos?
-
---¿D. Diego de Rumblar? --dijo Salmón; y luego, volviéndose a mí,
-añadió--: no olvides, Gabriel, que tenemos que hablar.
-
---Pues o me paga --prosiguió Cuervatón--, o el mejor día le desnudo en
-medio del Prado delante de las damas.
-
-En esto salimos al corredor, y ¡oh, espectáculo lamentable! se ofreció
-a nuestra vista el de D. Diego azuzado en medio del patio por todos los
-chicos de la vecindad como novillo en plaza. Mujeres habladoras habían
-salido por los cien agujeros de aquella colmena, y unas con cáscaras
-de castañas, otras con palabras picantes, le mortificaban en lo moral
-y en lo físico. Especialmente la mujer de Cuervatón, que era una hidra
-con más rabos y espinas y escamas en su alma que las mitológicas en su
-cuerpo, poniéndose de pechos en el barandal, después de escupirle, le
-decía:
-
---Tío pingajo de oro, ¿tenemos nuestro dinero para mantener
-haraganes?... ¿Ahorramos nosotros para daros esa agua de bergamota de
-que apestáis? Coma usted clavos, y si es noble y espera mayorazgos,
-póngase a roer sus _jicutorias_, o coja una espuerta y vaya a vender
-arena, como hacen mis dos hijos, que aunque no les falta para comer y
-vestir como niños de príncipe, andan al trabajo de la arena desde que
-saben llevar la mano a la boca. ¡Cuidado con el señorito D. Pelagatos!
-Y dice que es Conde... Conde es él como mi abuelo. Ea, muchachos,
-rociadle un poco con la esencia de ese fango de azahar argentino que
-hay en el patio... Coged también esas cáscaras de nuez, y la ceniza de
-aquel braserillo.
-
-Los muchachos que esto oyeron, y que se habían adelantado a poner
-en ejecución _auctoritate propia_ lo del rociar, descargaron sobre
-el infeliz D. Diego, a punto que este salía, tal lluvia de inmundas
-substancias, le persiguieron tan encarnizadamente por el portal y luego
-por toda la calle del Barquillo, que daba compasión ver al infeliz
-magnate corrido, avergonzado y lloroso.
-
-El Padre Salmón, que era hombre caritativo, reprendió a los muchachos
-su grosería, y a la señora de Cuervatón su crueldad. Cuando se dispuso
-a bajar, todos se lo disputaban no queriendo dejarle de la mano: este
-le enseñaba los cinco perritos recién paridos por Zoraidilla; aquel
-le hacía tocar con el dedo el diente de la niña; uno le pedía receta
-para el dolor de muelas; otro le cantaba una seguidilla nueva, y todos
-le daban tales muestras de cariño y admiración, que bien se le podía
-considerar como el hombre más popular de su tiempo.
-
-Cuando bajaba, allí eran de oír las exclamaciones, las palmadas, los
-vítores, y de ver los besos de correa, y el pedir y dar bendiciones.
-
---¿Cuándo me receta para estos desmayillos?
-
---Ya sé de cabo a rabo la oración a San Antonio. ¿Cuándo se la echo a
-Su Paternidad?
-
---Razón tenía el Padrito en decir que el aguardiente de Chinchón
-da mejor gusto a los puches que el de Ocaña, y que no hay plato de
-lentejas sin dos ajitos machacados. Así lo hemos hecho.
-
---Padre, ¿las ranas son carne o son pescado? Porque mi abuela las comió
-el viernes y está llena de escrúpulos.
-
---¿Qué nombre le pondremos a lo que ha de venir si sale macho?
-Pondrémosle Anastasio como Su Reverendísima, en señal de agradecimiento
-por habernos ayudado a criar al mayorcito.
-
---Ya están compradas las dos velas para la Virgen de la Buena Dicha, y
-aquí Ramona las está adornando con flores y lentejuelas.
-
---Viva cientos de miles de años su magnitud sapientísima y
-empingorotadísima para alivio de estos pobres a quienes socorre.
-
-Y así continuaban hasta que el Padre salía a la calle. No: no ha
-existido hombre más popular que el Padre Salmón. Casi, casi estoy
-por asegurar que su popularidad excedió dos dedos y aun tres a la de
-Fernando VII. ¡Desventurado Salmón! ¡Oh, tú, varón felicísimo, harto
-de lisonjas, de regalos y de bienestar!; ¡oh, tú, teólogo de tumba y
-hachero, predicador burdo y de cuatro suelas, fraile mercenario que si
-no redimiste ningún cautivo, tampoco hiciste daño a nadie!; ¡oh, tú,
-hombre dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, pues no cavilaste
-jamás ni te apasionaste, ni aborreciste, ni padeciste mal alguno en
-muchos años, ni viste turbada tu apacible existencia!: ¡quién te había
-de decir entonces que aquel mismo pueblo tan solícito en vitorearte,
-en regalarte, en aplaudirte, en venerarte y adorarte como a persona
-divina, te había de coser a puñaladas veintiséis años después en la
-enfermería de tu santa casa, y cuando ya viejo, enfermo, inválido y sin
-alientos, no pensabas más que en Dios! ¡Quién te había de decir que
-aquel mismo pueblo de quien fuiste ídolo, te había de echar al cuello
-un cordel de cáñamo para arrastrarte por los profanados claustros,
-sirviendo tu antes regalado cuerpo de horrible trofeo a indecentes
-mujerzuelas! ¡Ay, lo que es el mundo y qué cosas tan atroces ofrece
-la historia! Y así es bien que digas: si buen chocolate sorbí, buenos
-palos me dieron; si buenos abrazos, y agasajos, y besos de correa
-recibí, con buen pie de puñaladas se lo cobraron.
-
-
-
-
-V
-
-
-Pero como nada de esto viene ahora al caso, voy a dar cuenta del
-asombro que me causó la conversación que inmediatamente después de
-su salida tuve con aquel popularísimo fraile; y lo ocurrido fue que,
-apoyándose en mi brazo para descargar sobre él parte del peso de su
-bien aprovechada humanidad, me dijo:
-
---Gabriel, o mejor, Sr. D. Gabriel, pues a todo un Pico de la Mirandola
-se le debe tratar con miramiento: has de saber que necesito que me
-informes detenidamente de la vida de ese D. Diego de Rumblar, en cuya
-compañía te he visto varias veces. Tú dirás que qué me importa a mí si
-el tal niño canta o llora; pero a esto te respondo que no soy yo quien
-tiene interés en saber sus malas mañas, sino una elevadísima familia,
-cuya casa frecuenta mi inutilidad las más de las tardes. Como Don Diego
-está para casar con la niña, las señoras, que ya barruntan la mala vida
-que lleva el rapaz en Madrid, están muy disgustadas. Ayer, cuando
-afirmé que le había visto en esta casa, me dijo la señora Condesa: «Por
-Dios, Padre Salmón, haga usted el favor de averiguar con qué hombres
-se junta, a qué sitios va, en qué gasta su dinero, porque si es cierto
-lo que sospechamos, antes se hundirá el cielo que entre él en nuestra
-familia.»
-
---Pues el señor Conde --le respondí-- es un poco calavera. Cosas de la
-juventud... Yo creo que se enmendará.
-
---Se enmendará. Luego es malo. Bien, Gabriel. Has dicho lo que
-necesitaba saber. ¿A dónde va por las noches? ¿Con quién se junta?
-
---Todo lo sé perfectamente --respondí--, y no da un paso sin que yo me
-entere de ello.
-
---¿De modo que podré satisfacer a la señora Condesa? ¡Oh! Bendito seas,
-que me proporcionas la ocasión de corresponder a las grandes finezas
-de la dama más hermosa de España, al menos según mi indocto parecer en
-asunto de mujeres. Mañana tengo que ir a su casa, porque has de saber
-que la señora Condesa es la que ha formado la _Congregación de lavado y
-cosido_.
-
---¿Y qué es eso?
-
---Una Junta de señoras de la nobleza para lavar y coser la ropa de los
-soldados en estas críticas circunstancias. Y no creas que es cosa
-de engañifa, sino que ellas mismas, con sus divinas manos, lavan y
-cosen. También pertenece la señora Condesa a la Junta de las _Buenas
-patricias_, en que hay damas de todas categorías, desde la duquesa
-a la escofietera. Pero esto no hace al caso, sino que mañana tengo
-que ir allá y les diré todo lo que tú me confíes. Aunque ahora se me
-ocurre que más fácil y expedito será cogerte por la mano y plantarte
-en presencia de tan alta señora para que por ti mismo y con tus buenas
-explicaderas, le des cuenta y razón de lo que desea saber.
-
---Padre, no sé si estará bien que yo vaya a esa casa --dije tratando de
-disimular la alegría que el anuncio de la visita me causara.
-
---Yendo conmigo, no tengas cuidado. Además, has de saber que la señora
-Condesa es una persona ilustradísima, y que entiende de poesía y letras
-humanas; de modo que al saber tus conocimientos en la lengua latina, es
-seguro que te recibirá bien, y aun espero que te proporcione una buena
-colocación.
-
---Eso será lo de menos, con tal que yo consiga prestar a tan buena
-señora el servicio que desea. Y dígame, Padre, ¿conoce Su Reverencia,
-por ventura, a la que va a ser mujer de D. Diego?
-
---¡Que si la conozco! Como que soy su amigo y su confidente, y desde
-que entro en la casa viene a mí saltando y brincando, y todo el día
-está «Padre Salmón por aquí, Padre Salmón por acullá.»
-
---¿Y es Vuestra Paternidad su confesor?
-
---Eso no, que lo es mi compañero y amigo el Padre Castillo, el cual va
-también todas las tardes a la casa.
-
---Y ella estará tan enamorada de D. Diego que beberá los vientos por él.
-
---Me figuro que no le puede ver ni en pintura. Es opinión general en
-la casa que la niña tiene puesto el pensamiento y el corazón en otra
-persona; pero aunque se vuelven locos, no ha sido posible dar con ella.
-El señor Marqués y su hermana no piensan más que en averiguar quién
-podrá ser ese desconocido zascandil que ha trastornado el seso a la más
-discreta y bella muchacha que ha peinado azabaches y llorado perlas
-en el mundo; y todo se vuelve averiguaciones y acechos, y observa por
-aquí y husmea por allí. La Condesa no se afana tanto y suele decir:
-«Eso se la pasará»; pero yo conozco que no las tiene todas consigo.
-He aquí la causa de que hayan querido apresurar el casamiento; pero
-aquí viene lo de que Rumblarito es un perdido y un mala cabeza, y todo
-proyecto se desbarata, y allá va el estira y afloja de las consultas:
-«¿Padre, qué haremos? ¿Padre, qué no haremos?» A cuyo apremiante
-cuestionar les contesto: «Calma, señoras mías, calma, que a mucha prisa
-gran vagar. Que mi estrella querida Doña Inés es el _super omnia_
-de la virtud, de la buena crianza, del recato, de la modestia, no
-queda duda alguna, y capaz soy de decirlo en el púlpito si me pinchan
-tanto así. Al mismo tiempo, tampoco puede dudarse que algo le hace
-cosquillas en su pensamiento, que algo como triste recuerdo o vago
-deseo la trae a mal traer, porque ¿cómo se explica aquel no hablar
-en dos días, aquel suspirar tan tierno, con la añadidura de mirar al
-suelo en ademán cogitabundo, sin que razones ni halagos, ni aun mis
-chistes escogidos, ni mis cuentos entresacados del _Tesoro de los
-dichos agudos_ la hagan pestañear?» Y oyendo estas prudentes razones,
-la Marquesa se entristece, y me vuelve a consultar, y aquí viene lo
-de: «Averígüelo el reverendo Salmón, que como tiene tanto arte para
-el confesonario y es el mayor sacador de pecados que hemos conocido,
-sabrá explorarla.» Entonces el Marqués añade: «Si por artes del demonio
-esa muchacha durante el tiempo en que vivió lejos de nosotros tuvo el
-mal gusto de enamoriscarse de algún cabrahigo de esas calles, ¿cómo es
-posible que en su nueva posición no le haya olvidado?» Y yo, lleno de
-celo por el reposo de tan ilustre familia, llamo a la niña, me la llevo
-a un rinconcito de la casa o a uno de los cenadores del jardín, y le
-tomo una mano, y se la acaricio, o le cuento dos cuentos, le digo tres
-gracias y le doy una flor, y echando a correr con estas mis pesadas
-piernazas, le digo: «A que no me cogéis», y ella vuela y me agarra
-del hábito a los tres pasos, y con estos juegos preparo su ánimo para
-la confesión de amigo, no de sacerdote, que de ella espero. Sentados
-otra vez, le digo: «Niñita mía, flor de esta casa, retoñito temprano,
-fresa de Abril, ¿queréis decirme cuál es la causa de esa melancolía?
-Vamos a ver, acá para entre los dos, pues esto no ha de salir de mí.
-Antes de que vuestro papá os recogiera, ¿amasteis a alguien?» Y al
-oír esto, los ojos se le llenan de lágrimas, echa a correr, la sigo y
-al poco trecho la veo parada, mirando al suelo y mordiendo la punta
-del pañuelo. Vuelvo a mis preguntas y nada saco en limpio, lo cual
-me desespera. Entonces la Marquesa y su hermano me preguntan si creo
-conveniente que se rompa el trato hecho con la familia de D. Diego, a
-lo cual les contesto: «Calma, señores: indagaremos primero si es cierto
-lo que del mozalbete se cuenta. Yo me encargo de hacer diligencias,
-pues varias veces le he visto entrar en cierta casa que frecuento, y
-conozco un joven que a menudo le acompaña.» Nada, hijo mío, lo dicho,
-dicho. Mañana vas allá y les cuentas todo lo que sabes _et quibusdam
-aliis_, con lo cual mi encargo queda hecho y el Rumblar desmascarado.
-
-Gran sorpresa me causó la relación del venerable mercenario, y
-cuando me separé de él prometiéndole ir en su compañía al siguiente
-día, quedeme pensando en las extrañas cosas que había oído, y muy
-dudoso acerca de si había obrado cuerdamente al comprometerme en tan
-arriesgada visita. Pero debo explicar las causas de mis dudas, así
-como el estado de mi ánimo por aquellos días, pues algo hay que mis
-lectores no deben ignorar, aunque les sean indiferentes las desdichas
-de este su humilde servidor. El palacio de mi señora la Condesa (y
-debo advertir que a la sazón vivían todos reunidos en el de la Cuesta
-de la Vega), era un asilo infranqueable para mí. Desde mi vuelta de
-Andalucía, ni por el pensamiento me pasó el poner allí los pies,
-teniendo como tenía la seguridad de una expulsión ignominiosa cual la
-de Córdoba. Entrar valiéndome de la astucia, habría sido, si posible,
-infructuoso, pues la superchería o ficción de que me valiera, no
-podrían durar sino hasta que la señora Amaranta me viese el rostro.
-Frecuentemente iba a pasear de noche por los callejones que rodean el
-palacio, y allá en lo alto del muro, la claridad de una ventana atraía
-mis miradas. Falto de la imagen de su persona, aquel cuadro de débil
-luz se me representaba como ella misma. Largas horas pasaba allí sin
-más compañía que la imagen de piedra de María Santísima de la Almudena,
-con quien en mi soledad entablaba místicos diálogos. Alumbrábame con
-sus dos faroles y me miraba compasiva. Una noche, tanto miré al palacio
-frontero a la Virgen, y con tanto arrobo contemplaba aquella ventana,
-que me entraron tentaciones de dar a conocer mi presencia al habitante
-del caserón que con semejante luz se alumbraba, habitante que, según
-mi capricho, era Inés y no otro alguno. Resolvime a ello, y tomando
-una chinita la arrojé contra los cristales: al poco rato se dibujó en
-ellos una sombra; pero esta y la luz desaparecieron pronto. Repetí el
-disparo a la noche siguiente, y catad la sombra otra vez. Pero cuando
-esperaba ver abierta la ventana y oír una voz querida ceceando dulces y
-temblorosas sílabas en el silencio de la noche, apareciose en el fondo
-del callejón, y como saliendo de las cocheras del palacio, un grupo de
-hombres en actitud hostil contra mi persona. Me puse en cobro a toda
-prisa, y no volví más.
-
-Pasó agosto, pasaron también septiembre y octubre, y aquellos noventa
-días, depositándose unos tras otros como noventa capas de tierra
-en el hoyo de mi existencia, iban sepultando ilusiones, alegrías,
-sueños, porvenir. De improviso, la diferencia de jerarquía social
-había puesto entre Inés y yo murallas inexpugnables, y para romper su
-jaula no bastaban mis fuerzas, pues no era la nueva como aquella de
-los Requejos, hecha de frágiles cañas y alambres, sino de fuertísimos
-barrotes, más que el diamante duros.
-
-Entonces comprendí claramente que yo no era nada, ni valía en el mundo
-más que un grano de anís, y esta consideración, irritándome en sumo
-grado, me infundía el mayor desprecio hacia mí mismo. ¿Por qué he
-nacido como he nacido? me preguntaba; y según es fácil comprender, no
-podía acertar con la contestación.
-
-Y después decía: el espesor y fortaleza de estas paredes son tales,
-que si toda mi vida la empleara en hacerme más sabio que Séneca, más
-valiente que el Cid y más rico que los Fúcares, aun así no podría
-romperlas. Sin embargo, tal rumbo pueden llevar las cosas, que venga un
-día en que a los Fúcares no se les pida su ejecutoria para emparentar
-con la nobleza. Pero vamos a ver, ¿cómo me las compondré para llegar
-a ser rico? ¡Oh, miserable de mí! ¿Rico quien nada tiene? Es evidente
-que no se pueden ganar dos sin tener uno... Pues estudiaré hasta que
-pierda el seso, por ver si me hago sabio... o entraré formalmente en el
-ejército, por ver si de soldado raso llego a general en estos revueltos
-tiempos...
-
-Y considerando esto, me golpeaba el cráneo, castigándole por su
-estupidez y su tardanza en dar a luz felices pensamientos. Entre tanto,
-la idea de la imposibilidad de mi dicha, de lo inútil de mis esfuerzos,
-y de la inconmensurable pequeñez a que estaba reducido, iba labrando en
-mi alma con tanta tenacidad, que bien pronto aquel laborioso gusanito
-me minó de parte a parte, me socavó, llenó de agujeros los fundamentos
-de mi entusiasmo y fe poderosa, y... ¡misericordia! todo yo caí al
-suelo.
-
-Las dificultades insuperables, la imposibilidad evidente de destruir,
-con el solo auxilio de mis dedos, aquella montaña que Dios había
-puesto en mi camino, me rendían de tal suerte, que me crucé de brazos,
-hallándome incapaz para todo. Y desde la inmensa profundidad donde
-me encontraba, decía, mirando el pedacito de cielo que difícilmente
-percibía encima de mí: «¡Oh, cielo! ¡Cuán lejos te veo, y qué bajo
-estoy, después que creí tocarte con mi mano! Pero, pues Dios ha
-dispuesto mi caída, renuncio por ahora a estar cerca de ti, y me
-arrastraré por estos oscuros fondajes, buscando un pedazo de pan
-que comer, sin más objeto ni aspiración que dar a la bestia de mi
-despreciable persona el forraje que diariamente necesita.»
-
-Así dije; mas no recuerdo si empleé las mismas palabras.
-
-¿Qué es el hombre sin ideal? Nada, absolutamente nada: cosa viva
-entregada a las eventualidades de los seres extraños, y de que todo
-depende, menos de sí misma; existencia que, como el vegetal, no puede
-escoger en la extensión de lo creado el lugar que más le gusta, y ha
-de vivir donde la casualidad quiso que brotara, sin iniciativa, sin
-movimiento, sin deseo ni temor de ir a alguna parte; ser ignorante de
-todos los caminos que llevan a mejor paraje, y para quien son iguales
-todos los días, y lo mismo el ayer que el mañana. El hombre sin ideal
-es como el mendigo cojo que, puesto en medio del camino, implora un
-día y otro la limosna del pasajero. Todos pasan, unos alegres, otros
-tristes, estos despacio, aquellos velozmente, y él, sin aspirar a
-seguirlos, ocúpase tan solo del cuarto que le niegan o del desprecio
-que le dan. Todos van y vienen, cuál para arriba, cuál para abajo,
-y él se queda siempre, pues ni tiene piernas para andar, ni tampoco
-deseos de ir más lejos. Es, pues, la vida un camino por donde mucha
-y diversa gente transita, y sobre cuyos arrecifes y descansos se
-encuentran también muchos que no andan: estos, según mi entender, son
-los que no tienen ideal alguno en la tierra, así como aquellos son los
-que lo tienen, y van tras él aprisa o con calma, aunque los más, antes
-de llegar, suelen hacer alto en la posada de la muerte, donde por lo
-pronto se acaban los viajes en este camino.
-
-Pues bien: en aquellos tres meses yo lo había perdido todo, y me
-encontraba tullido y con muletas en mitad del camino. La meditación,
-la razón, la evidencia que tenía delante, mil poderosos estímulos, me
-llevaron al siguiente resultado: renunciar completamente a Inés, si
-no en mi corazón, en lo real de la vida. Era lo justo, lo lógico, lo
-natural.
-
-Y con esto queda dicho todo lo necesario para que se comprenda la
-impresión vivísima que experimenté cuando el Padre Salmón quiso tan
-impensadamente y por tan raros caminos llevarme en presencia de la
-Condesa.
-
-«Iré, y sea lo que Dios quiera», dije para mí, ocupándome en arreglar
-el vestido que en tan solemne ocasión debía llevar sobre mi cuerpo.
-¡Oh, infeliz de mí! Era el mes de noviembre, y no tenía más traje
-decente que uno de verano, sutilísimo, a quien cuidaba más que si fuera
-las telas de mi corazón, y me lo puse, con peligro de perecer helado,
-que a tales desperfectos están expuestos los pobres. Aquello, a más de
-incómodo, era ridículo; así es que al acostarme pedí fervorosamente a
-Dios y a los santos que aclararan el día siguiente, haciéndolo como los
-de mayo, templado y hermoso; pero los de arriba no me oyeron, o sin
-duda juzgaron más atendibles las razones de los labradores, que pedían
-agua y más agua.
-
-Tomando algunas cosas que indispensables creía para la visita, salí a
-la calle tiritando, encogido, hecho un ovillo y resguardando de los
-canalones la limpieza de mi ropa; pero aun así no pude salvar sino una
-pequeña parte de mi persona. Al fin, aprovechando los claros y alguno
-que otro descanso de las llovedoras nubes, después de hacer varias
-paradas y estaciones en los portales, llegué al convento, y juntándome
-con Salmón, él muy festivo y yo más serio y pálido que si me llevaran a
-ajusticiar, nos dirigimos al palacio de Amaranta.
-
-Entramos primero en una habitación lujosísima del piso bajo, donde
-encontramos al señor diplomático en poder de su peluquero, que le
-arreglaba la cabeza con tenacillas, untos y menjurjes. Estaba el buen
-Marqués en traje ligero y abigarrado, que daba risa, y oía con mucha
-seriedad los donaires y chascarrillos del maestro, que era un redomado
-tunante. No me reconoció Su Excelencia. Acercósele el fraile: hablaron
-aparte cosas que no entendí, y después nos mandó subir, diciendo que
-arriba estaba Amaranta con el Padre Castillo, revolviendo unos libros
-que le habían traído. Subimos, pues, y sin tardanza nos introdujo un
-paje. Al punto en que Amaranta se fijó en mí, púsose pálida y ceñuda,
-demostrando la cólera que el verme allí le causaba. Pero como hábil
-cortesana, la disimuló al instante y recibió a Salmón con bondad,
-ordenándome a mí que me sentase junto a la gran copa de azófar que en
-mitad de la sala había, de lo cual colijo que ella debió de comprender
-el intenso frío que, a causa del rigor de la estación y de la
-diafanidad de mis veraniegas ropas, me mortificaba.
-
-
-
-
-VI
-
-
---Este muchacho --dijo Salmón-- enterará a usía de aquello que deseaba
-averiguar, pues todo lo sabe de la cruz a la fecha; y al mismo tiempo
-tengo el honor de decir a usía que aquí tenemos un portento de
-precocidad, un gran latino, señora, autor de cierto inédito poema, por
-quien S. A. el Príncipe de la Paz le destinaba a la Secretaría de la
-Interpretación de lenguas.
-
-El Padre Castillo volviose a mí y dijo con afabilidad:
-
---En efecto, ayer nos habló de usted el licenciado Lobo. ¿Y en qué
-aulas ha estudiado usted? ¿Querrá leernos algo de ese famoso poema?
-
-Yo le contesté que lo de mi ciencia latina era una equivocación, y que
-el licenciado Lobo me daba aquella fama usurpándola a otro.
-
---¡Oh, no!... que también, si no recuerdo mal, nos dijo que en usted
-la modestia es tanta como el talento, y que siempre que se le habla de
-estas cosas lo niega. Bien está la modestia en los jóvenes; mas no en
-tanto grado que oscurezca el mérito verdadero.
-
-Amaranta no dijo nada. El Padre Castillo pasaba revista a varios
-libros, en montón reunidos sobre la mesa, y los iba examinando uno por
-uno para dar su parecer, que era, como a continuación verá el lector,
-muy discreto. Hombre erudito, culto, ilustrado, de modales finos,
-de figura agradable y pequeña, de ideas templadas y tolerantes, que
-le hacían un poco raro y hasta exótico en su patria y tiempo, Fray
-Francisco Juan Nepomuceno de la Concepción, en los estrados conocido
-por el Padre Castillo, se diferenciaba de su cofrade, el Padre Salmón,
-en muchísimas cosas que al punto se comprenderán.
-
---Estos son los libros y papeles que han salido en los tres últimos
-meses --dijo Amaranta--. Buena remesa me han mandado hoy Doblado y
-Pérez, mis dos libreros; pero no me pesa, pues entre tantas obras malas
-y de circunstancias como aparecen en estos revueltos días, alguna habrá
-buena, y hasta las impertinentes y ridículas tienen su mérito para
-ilustrar la historia de los actuales en los venideros tiempos.
-
---Así es --indicó el Padre Castillo--. No hay obra, por mala que sea,
-que no contenga algo bueno, y hace bien vuestra grandeza en comprarlas
-todas.
-
---He leído un poco de este voluminoso papel --dijo Amaranta tomando un
-folleto que parecía recién salido de la imprenta--, y me ha causado
-mucha risa. El título es de los de legua y media. Dice así: _Manifiesto
-de los íntimos afectos de dolor, amor y ternura del augusto combatido
-corazón de nuestro invicto monarca Fernando VII, exhalados por
-triste desahogo en el seno de su estimado maestro y confesor D. Juan
-Escóiquiz, quien por estrecho encargo de S. M, lo comunica a la nación
-en un discurso_.
-
---Pues aquí veo otro --dijo Castillo hojeándole-- que si no es del
-mismo autor, lo parece. Se titula _La inocencia perseguida o las
-desgracias de Fernando VII: poesía_. Verdad que está en verso, y
-ahora es moda tratar en metro las cuestiones serias, aun aquellas
-más extrañas al arte de la poesía, como, por ejemplo, este papel que
-ahora me viene a las manos y se llama _Explicación del capítulo IX
-del Apocalipsis, aplicado según su sentido literal al extraordinario
-acontecimiento de la pérfida irrupción de España: oda por un capellán_.
-
---Y ha de saber Vuestra Reverencia que también nuestro prisionero
-monarca da en la flor de hablar en verso --dijo Amaranta con sorna--,
-pues aquí tengo la _Epístola férvida que nuestro amado soberano el Sr.
-D. Fernando VII dirige a sus queridos vasallos desde su prisión: pieza
-patética, tierna y de locución majestuosa_.
-
---Pues ¿y qué me dice la señora Condesa de este otro librito que ahora
-me cae en las manos, y lleva por nombre _La Corte de las tres nobles
-artes, ideada para el inocente Fernando VII: anacreónticas_? Y la
-primera de estas anacreónticas se encabeza así: _Reglas que contribuyen
-a que un pueblo sea sano y hermoso_. Por mi hábito de la Merced, que no
-entiendo esto del pueblo _sano y hermoso_, que se ha de conseguir por
-la Corte de las tres nobles artes, y ha de exponerse en anacreónticas.
-Con permiso de vuecencia me lo llevaré al convento para leerlo esta
-noche.
-
---Lleve también Su Paternidad este papel suelto que dice: _Lágrimas de
-un sacerdote, en dos octavas acrósticas_.
-
---Esto de los acrósticos y pentacrósticos, es juego del ingenio,
-indigno de verdaderos poetas --dijo Castillo--, y más aún de un
-sacerdote, cuyo entendimiento parecería mejor consagrado a graves
-empleos. Pero démelo acá usía, que me lo llevaré, juntamente con este
-sermón que se titula _Bonaparciana u oración, que a semejanza de las de
-Cicerón, escribió contra Bonaparte un capellán celoso de su patria_.
-Y en verdad que no anduvo modesto el tal capellancito comparándose
-con Cicerón; pero en fin, eso me prueba qué tal será la dichosa
-Bonaparciana.
-
---Por Dios, señora Condesa --dijo a esta sazón el Padre José Anastasio
-de la Madre de Dios--. Ruego a vuecencia que me deje llevar al convento
-para leerlo esta noche, este otro graciosísimo libro que se titula:
-_Las Pampiroladas, letrillas en que un compadre manifiesta a su comadre
-que en las circunstancias actuales no debe temer a la fantasma que
-aterraba a todo el mundo_. ¡Qué obra más salada! Si no queda cosa que
-no se les ocurre...
-
---También puede llevarse, pues viene muy bien al ingenio y buen humor
-de Su Paternidad --agregó Castillo--, este otro que aquí veo, y es
-_Deprecación de Lucifer a su Criador contra el tirano Napoleón y sus
-secuaces, asustado de ver entrar tantos malvados franceses en el
-infierno_. ¡Hola, hola! también está en octavas. Serán mejores que las
-de Juan Rufo, Ercilla y Ojeda.
-
---¡Oh! Este sí que es bueno. ¡Válgame nuestra santa Patrona! --exclamó
-Salmón--. Óiganme: _Seguidillas para cantar las muy leales y
-arrogantes mozas del Barquillo, Maravillas y Avapiés, el día de la
-proclamación de nuestro muy amado Rey_. ¿Me las llevo, señora Condesa?
-
---Sí, Padre; ya que está por seguidillas, aquí veo otras que le
-parecerán muy buenas. _Seguidillas que cantó el famoso Diego López de
-la Membrilla, jefe de la Mancha, después que consiguió las gloriosas
-victorias contra los franceses._
-
---El pueblo español --declaró Castillo-- es de todos los que llenan la
-tierra el más inclinado a hacer chacota y burla de los asuntos serios.
-Ni el peligro le arredra, ni los padecimientos le quitan su buen humor;
-así vemos que rodeados de guerras, muertes, miseria y exterminio,
-se entretiene en componer cantares, creyendo no ofender menos a sus
-enemigos con las sátiras punzantes que con las cortadoras espadas. ¿Y
-qué me dicen usías de este _Asalto terrible que dieron los ratones a la
-galleta de los franceses, poema en dos cantos_? ¿Qué de este _Elogio
-del Sr. D. Napoleón, por un artífice de telescopios_? ¿Qué de esta
-_Gaceta del infierno, o sea Noticia de los nuevos amores de la Pepa
-Tudó con Napoleón, y celos de Josefina_?
-
---Esas son groserías de vulgares o indecentes escritores --afirmó con
-enfado Amaranta--, pues todo el mundo sabe que ni la Tudó ha tenido
-amores con Bonaparte, ni este ha hecho nada que menoscabe su fama de
-hombre de buenas costumbres.
-
---Cierto es --dijo Castillo--; pero si usía me lo permite, le haré una
-observación, y es que el pueblo no entiende de esas metafísicas, y al
-verse engañado y oprimido por un tirano y bárbaro intruso, no debemos
-extrañar que le ridiculice y aun le injurie. El pueblo es ignorante, y
-en vano se le exige una decencia y compostura que no puede tener, razón
-por la cual yo me inclino a perdonarle estas chocarrerías si conserva
-la dignidad de su alma, donde el grande sentimiento de la patria como
-que disimula y oscurece los rencorcillos pequeños y vituperables.
-
---No me defienda usted tales chocarrerías, Padre --repuso Amaranta--.
-¿Tiene perdón de Dios este otro impreso que ahora leo? Oiga usted el
-título: _Lo que pueden cuatro borrachos, o sea despique al vil dictado
-con que se han querido oscurecer los honrados procedimientos de un
-pueblo fiel a su Religión, Rey y Patria_.
-
---La obra --dijo riendo el fraile-- tiene traza de no ser un segundo
-_Don Quijote_ ni mucho menos; pero en su mismo título hallará vuecencia
-la explicación del llamar _borrachos_ a los Bonapartes, dictado que
-tanto repugna a mi señora Condesa. Cierto que los Bonapartes no son
-borrachos, y harto sabemos que el pobre Rey José ni por pienso lo
-bebía; pero el pueblo no lo entiende así, del mismo modo que jamás
-dejó de llamarle _tuerto_, aunque harto bien pudo reparar la hermosura
-de sus dos ojos. El pueblo le llamó borracho y tuerto, sin motivo,
-es cierto; pero ¿tienen razón los franceses en llamar _insurgentes,
-bandidos y ladrones de caminos_ a los héroes que en los campos de
-batalla defienden generosamente la independencia patria?
-
---Convengo en ello --contestó Amaranta--; pero la cosa más justa si
-se hace con malas formas, parece como que se deslustra y encanalla.
-Vea usted. Para hacer una pintura de las calamidades ocasionadas por
-la guerra, no era preciso que el autor de este papel lo titulara
-_Inventario de los robos hechos por los franceses en los países donde
-han invadido sus ejércitos_.
-
---Señora, concedo que al autor se le ha ido un tanto la mano en la
-forma --dijo Castillo--; pero por lo poco que de este libro he leído,
-me parece que dice verdades como el puño.
-
---¡Y tan como el puño! --exclamó Salmón alzando los ojos de un libelo
-cuyas páginas a la ligera recorría--. Pues lo que es este que al azar
-ha caído en mis manos, tiene unas explicaderas...
-
---¿Cuál?
-
---Es de lo más gracioso y bien parlado que imaginarse puede. Su anónimo
-autor lo titula _Carta primera de un vecino de Madrid a un su amigo,
-en que le cuenta lo ocurrido después de la prisión del execrable Godoy
-hasta la vergonzosa fuga del tío Copas_. La agudeza de los dichos, la
-oportunidad de los chistes, apodos y chanzonetas es tal, que harían
-reír a la misma seriedad.
-
---¡Bonito modo de escribir la historia! Y ese palurdo vecino de Madrid,
-que sin duda será algún sacristán rapavelas o bodegonero del Rastro,
-¿qué entiende de execrables Godoyes ni otras zarandajas?
-
---¿Pues no ha de entender, señora? --dijo el Padre Castillo--. A veces
-en personas rudas y zafias se ve mejor sentido y criterio de las cosas
-que en las ilustradas, quizás por su misma ilustración desvanecidas.
-Lo que les falta es el decoro en la forma. Oiga mi señora Condesa una
-observación que quiero hacerle. Entre esta multitud de papeles, que los
-libreros de Madrid le envían para que coleccione todo lo publicado,
-hay tal balumba de despropósitos y estolideces, que sería más necio
-y simple que sus autores el que dejara de reconocerlo así. Pero en
-medio de tanta faramalla, encuentro algunos productos del ingenio que
-suspenden, cautivan y enamoran, por ser fruto espontáneo de la mente
-popular, como lo son las heroicas acciones que desde el principio de la
-guerra estamos presenciando. Vea vuecencia: aquí hay una _Convocatoria
-que a todos los pastores de España dirige un mayoral de la sierra de
-Soria para la formación de compañías de honderos_. Este es un hombre
-ignorante, cuya actividad e interés por la patria no puede menos de
-elogiarse. También merece encomios lo que ha escrito esta Doña María
-Piquer y Pravia, con el título de _¿Qué es héroe? Exhortación a los
-jóvenes españoles_, pues todo lo que tienda a encender los alientos
-de la juventud en las actuales circunstancias, es digno de aplauso.
-No le negaré tampoco los míos a estos _Cargos que hace el tribunal de
-la razón de España al Emperador de los franceses_, porque los tales
-cargos están hechos con mesura; ni tampoco a este _Engaño de Napoleón
-descubierto y castigado, obra en que se manifiesta con la mayor
-claridad la infidelidad del Emperador en sus convenios con España_,
-porque todo cuanto se diga acerca de la manera desleal y traidora con
-que nos declararon la guerra, me sabe siempre a poco. No seré tan
-benévolo con esta _Carta del licenciado Siempre y Quando al Doctor
-Mayo de 1808_, porque me repugnan las formas chocarreras en formales
-asuntos, ni daré dos higos por esta _Alegoría poética que descubre
-las iniquidades del más perjudicial y maligno hipócrita del mundo,
-Bonaparte_, porque ya dije que este afán de tratar en malos versos lo
-que está pidiendo a gritos clara y valiente prosa, me indigna y pone
-fuera de mí.
-
-
-
-
-VII
-
-
---Gracias a Dios --dijo entonces Amaranta-- que encuentro entre esta
-garrulería una obra de reconocida utilidad durante los tiempos de
-guerra. Vea Su Reverencia: _Arte universal de la guerra del Príncipe
-Raimundo de Montecuculi_.
-
---En efecto, señora: yo daría un par de abrazos y otros tantos
-apretones de manos a Quiroga y Burguillos, que son impresores y
-editores de esta gran obra. Y aquí veo otra, a cuyo autor le pondría
-yo en los cuernos de la luna, pues no conozco hoy por hoy tarea más
-meritoria que escribir un _Prontuario en que se hallan reunidas las
-obligaciones del soldado, cabo y sargento para la pronta metódica
-instrucción de las compañías_. Vea mi señora Condesa cómo también
-sacamos pepitas de oro puro del escorial de este montón que tenemos
-delante. Aquí veo la _Higiene militar o arte de conservar la salud del
-soldado en guarniciones, marchas, campamentos, hospitales, etc._ Queden
-a un lado, para que no se confundan con lo demás, y en su compañía vaya
-_El buen soldado de Dios y del Rey, libro donde se asocian las máximas
-militares con las cristianas_. Esto me parece muy del caso, pues será
-mejor soldado aquel que lleve en su corazón la fe, única fuente de
-toda heroica acción, y de la humildad y obediencia, que mantienen
-la disciplina, remedo mundano del divino orden puesto por Dios a la
-autoridad religiosa.
-
---Pues hagamos aquí un apartado de los buenos libros --dijo la Condesa
-graciosamente, reuniendo los que el fraile le indicaba.
-
---Pero tate, señora mía --dijo este--, que me parece que en ese
-departamento de las cosas buenas se ha colado _El laurel de Andalucía
-y sepulcro de Dupont_, que, aunque muy patriótica, es de las más
-necias y enfadosas comedias que se han impreso en estos tiempos. Vaya
-fuera, y lléveselo Salmón si quiere leerlo, y en su lugar póngase
-esta _Colección de proclamas, bandos, diversos estados del ejército
-y relaciones de batallas_, que por ser un conjunto de documentos
-fehacientes, será en día no lejano de grande interés para la historia,
-que en tales tesoros se alimenta y bebe la verdad, sin la cual no
-puede vivir. ¿Pero qué libro es ese que con tanta atención vuecencia
-lee?
-
---Leo --repuso la Condesa-- las _Poesías patrióticas de D. Manuel Josef
-Quintana_, que ahora salen por segunda vez a luz. Este tomo contiene la
-_Expedición de la Vacuna, las odas a Juan de Padilla, a España libre,
-al panteón del Escorial y a la Invención de la imprenta_.
-
---¡Oh! --exclamó el Padre Castillo--. Bien lo decía yo: no pepitas de
-oro, sino perlas orientales habían de aparecer entre esta balumba.
-Póngame vuecencia a ese poeta sobre las niñas de mis ojos, pues
-no me canso nunca de leerlo, y es tan grande el encanto que en mí
-producen su fogosa entonación, su grave estilo, su arrebatado estro,
-su numerosa cadencia, la gallardía de las imágenes, la verdad de los
-pensamientos, la elegancia de los símiles, la escogida casta de todas
-las voces y frases, que me olvido del apasionamiento y saña con que
-ataca institutos y personas que yo a causa de mi estado no puedo menos
-de reverenciar. Pero tal es el privilegio del arte cuando da en buenas
-manos; y es que enamora con la forma aun a los mismos a quienes no
-puede conquistar con las ideas.
-
---Quítenmelo de delante --dijo Salmón--, y no pongan a ese autor ni a
-cien leguas del de esta composición que ahora tengo en la mano: _Godoy,
-sátira por D. José Mor de Fuentes_.
-
---Pues si Su Paternidad es tan entusiasta de Mor de Fuentes, nosotros
-se lo regalamos, para que lo disfrute por los siglos de los siglos.
-¿No es verdad, señora Condesa? ¿A ver qué otro volumen es este,
-que parece recién publicado? _Poesías líricas o rimas juveniles
-por D. Juan Bautista Arriaza._ Este no debe ser despreciado, pero
-tampoco agasajado. El aprecio que conquista con su gracia y primorosa
-frivolidad, lo pierde por maldiciente, sin que tenga, como Juvenal,
-el mérito de reprender los vicios y malas costumbres. Sus mejores
-obras son las que podríamos llamar _Vejámenes_, dirigidas contra
-cómicos y poetas; y estas _Rimas juveniles_ son finas, pulcras,
-bonitas, pasajeras; pero carecen de aquella sal de la inspiración,
-sin cuyo ingrediente no hay manjar poético que se pueda traspalear.
-¿Qué hacemos, señora Condesa? ¿Se lo damos a Salmón, o se queda en el
-departamento escogido?
-
---Quédese aquí --dijo Amaranta--, aunque no sea sino porque me ha
-dedicado casi todos sus versos llamándome Clori, Belisa, Dorila, Mirta,
-Dafne, Febea y Floridiana. Y para que el reverendo Salmón no se enfade,
-le daremos el _Napoleón rabiando, casi-comedia_; el _Bonaparte sin
-máscara_, y la _Descomunal batalla de los invencibles gabachos contra
-los ratones del Retiro_, que aquí están pidiendo que Vuestra Reverencia
-les dé su dictamen.
-
---Pues vengan --dijo Salmón--, y no creo que vuestra grandeza me niegue
-este saladísimo papel, cuyo solo título hace desternillar de risa, y es
-_El juego de Fernando VII con Napoleón y Murat al tresillo, libro en el
-que baxo las voces propias del tresillo se da una idea de lo acaecido
-con nuestro augusto soberano, del orgullo de Napoleón, y concluye con
-las exclamaciones más tiernas de nuestro oprimido monarca_.
-
---Esto de decir en términos de tresillo lo que se puede expresar en
-castellano seco, me enamora --indicó Castillo.
-
---Precisamente en lo intrincado está el mérito de la invención
---observó el otro fraile--. La prosa llana se cae de las manos, y así
-no comprendo cómo Vuestra Paternidad está ahora tan embebecido en la
-lectura de ese folleto, _Gobierno pronto y reformas necesarias_.
-
---Más que por lo que dice, me interesa por lo que todos los papeles de
-esta clase indican de alteraciones y disputas para lo porvenir.
-
---Los españoles --dijo la Condesa-- no se cuidan ahora de lo porvenir.
-
---Permítame usía que le diga que está muy equivocada --repuso
-Castillo--. Observando atentamente todos los impresos que salen a luz
-(y los papeles impresos son quien más que otra cosa alguna da a conocer
-lo que piensa y anhela un pueblo cualquiera); observando, digo, esto
-que aquí tenemos, se ve que los españoles, bajo la aparente conformidad
-que nos da la guerra, estamos muy divididos, y eso se conocerá cuando
-con las paces venga el deseo de establecer las nuevas leyes que nos
-han de regir. Aquí tengo unas _Reflexiones de un español, y modo de
-organizar un Gobierno que concluya la grande obra de la eterna libertad
-y prosperidad de la nación_. No parece mal escrito, y apunta con
-timidez la idea que creo desarrolla atrevidamente este cuaderno que
-se intitula _Política popular acomodada a las circunstancias del día:
-propone la Constitución que la España necesita para cortar de raíz el
-despotismo_. Por el mismo estilo y con igual tendencia está hecho este
-otro que dice _Reflexiones de un viejo activo a un amigo suyo sobre el
-modo de establecer una Constitución_.
-
---Y por lo que veo --dijo Amaranta leyendo la portada de otro libro--,
-este trata del mismo asunto: _Manifiesto del español, ciudadano y
-soldado, donde se da conocimiento de nuestros anteriores padeceres y
-esperanzas en nosotros mismos, respecto al mundo individual_.
-
---Por San Buenaventura y los cuatro doctores, que no sé lo que ha
-querido decir ese buen hombre con lo del _mundo individual_; pero lo
-apartaremos para leerlo después.
-
---¿Y cree Vuestra Paternidad que hay divergencia de pareceres entre los
-diversos autores que tratan de política y de Constitución? --preguntó
-Amaranta.
-
---¡Oh! --exclamó Castillo--, por aquí aparece la punta de un
-impreso, en quien desde luego conozco la opinión contraria. Sí,
-señora Condesa: no hay más que leer este título, _Higiene del cuerpo
-político de España, o medicina preservativa de los males con que
-la quiere contagiar la Francia_, para comprender que este es amigo
-del despotismo. Pues ¿y dónde me deja usía estas _Conclusiones
-político-morales que ofrece a público certamen contra los herejes de
-estos tiempos un fraile gilito_? No me gusta que los regulares se
-ocupen de estos asuntos, y desearía que, concretándose a su ministerio
-de paz, aguardaran tranquilos lo que los tiempos futuros traigan de
-calamitoso para nuestro instituto. Pero no es posible contener esta
-gritería que por todos lados sale en defensa de opuestos intereses, y
-venga lo que viniere, que si Dios no lo remedia, será gordo y sonado.
-Entre tanto, póngame usía a un ladito estos libros que tratan de la
-Constitución y el despotismo, pues pienso examinarlos espaciosamente.
-¿Pero qué veo? ¿Ha puesto vuecencia en el montón escogido esos cuatro
-librillos de novelas simples? Parece mentira que en esta época empleen
-nuestros libreros su tiempo y dinero en traducir del francés tales
-majaderías... ¿A ver? _La marquesa de Brainville_, la _Etelvina_, los
-_Sibaritas_, el _Hipólito_. Vaya toda esta romancil caterva a deleitar
-al Padre Salmón, y si tarda en devolverla, mejor, que así podrá vuestra
-grandeza entretenerse en mejores lecturas.
-
---En esto de novelas andamos tan descaminados --dijo Amaranta--, que
-después de haber producido España la matriz de todas las novelas del
-mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora
-no acierta a componer una que sea mayor del tamaño de un cañamón, y
-traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores
-entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir
-con la patochada de que son hermanos.
-
---Pues para mí --dijo Salmón--, no hay más regocijada lectura que esa;
-y vengan todos para acá.
-
---Abulta bastante, señora Condesa --indicó Castillo--, el apartado de
-los que defienden la Constitución. Hágame vuestra merced otro con los
-apóstoles del despotismo, que hasta ahora parecen los menos. Pero no:
-por aquí sale un libelo titulado _Gritos de español en su rincón_, que
-al instante puedo colocar entre los del despotismo.
-
---Y aquí hay otro --dijo Amaranta-- que, si no me equivoco, también es
-del mismo estambre. Titúlase _Carta de un filósofo lugareño que sabe en
-qué vendrán a parar estas misas_.
-
---¡Magnífico! Desde que oí eso del _filósofo lugareño_, lo diputé por
-enemigo de los constitucionales. Vaya al segundo montón; y los leeremos
-a unos y a otros para saber, como dice el encabezamiento, en qué
-_vendrán a parar estas misas_. Esta lucha, señora mía, o yo me engaño
-mucho, o ahora es un juego de chicos comparada con lo que ha de venir.
-Cuando se acabe la guerra, aparecerá tan formidable y espantosa, que
-no me parece podrá apaciguarla ni aun el suave transcurso de todos los
-años de este siglo en cuyo principio vivimos. Yo que observo lo que
-pasa, veo que esa controversia está en las entrañas de la sociedad
-española, y que no se aplacará fácilmente, porque los males hondos
-quieren hondísimos remedios, y no sé yo si tendremos quien sepa aplicar
-estos con aquel tacto y prudencia que exige un enfermo por diferentes
-partes atacado de complicadas dolencias. Los españoles son hasta ahora
-valientes y honrados; pero muy fogosos en sus pasiones, y si se desatan
-en rencorosos sentimientos unos contra otros, no sé cómo se van a
-entender. Mas quédese esto al cuidado de otra generación, que la mía
-se va por la posta al otro mundo, con más prisa de lo que yo deseo.
-Y entre tanto, guárdeme usía esos dos montones de libros, que todos
-quiero leerlos. Aquí el departamento de la Constitución, a este otro
-lado el del despotismo... pero ¡pecador de mí! A vuecencia se le ha ido
-la mano, dejando que se colara en estas regiones un papelejo que desde
-su principio fue destinado al paladar de mi reverendo amigo. Afuera ese
-desvergonzado intruso.
-
---¡Ah! --exclamó Amaranta riendo--. Es un _Retrato poético del que
-vende santi barati y el sartenero victoreando al primer pepino que
-plantó un corso en tierra de España, y no ha prendido_.
-
---¡Venga acá! --dijo con gran alegría Salmón--. ¡Y cómo se escapaba esa
-joya! Al convento me lo llevo junto con este otro, que aunque no trata
-de la guerra ni de política, parece libro de recreación científica y
-de honestísimo divertimiento. Es la _Pirotécnica entretenida, curiosa
-y agradable, que contiene el método para que cada uno pueda formarse
-en su casa los cohetes, carretillas y bombas, etc., con tres láminas
-demostrativas de todas las operaciones del sublime arte de polvorista_.
-
---Y ahora, señora Condesa de mi alma --dijo el Padre Castillo
-levantándose--, ya que he molestado bastante a usía, y hecho el
-escrutinio que vuestra grandeza deseaba, me retiro, pues esta tarde
-celebra solemne rosario la Hermandad del Socorro de Nuestra Señora del
-Traspaso, y me toca predicar.
-
---Yo pertenezco a la del Rescate --indicó Amaranta--, y creo que es
-la semana que entra cuando hacemos nuestra función de desagravios. Y
-Vuestra Paternidad, Padre Salmón, ¿no predica en estas fiestas?
-
---¿Cómo no? La Real Congregación y Esclavitud de Nuestra Señora de la
-Soledad, me ha encargado dos pláticas para la semana que entra. Veremos
-qué tal salgo de ellas.
-
-El Padre Castillo, que sin duda tenía prisa, se fue, y allí quedamos
-Salmón y yo. Desde que hubo salido su compañero, tomó aquel la palabra
-y dijo:
-
---Pues como tuve el honor de indicar a usía, este muchacho sabe todo lo
-concerniente a D. Diego, a sus artimañas, trapicheos y correrías, y él
-satisfará a vuecencia mejor que cuanto yo, _relata referendo_, pudiera
-decirle. Pero ¿será cierto, señora mía, lo que al entrar me ha dicho el
-señor Marqués D. Felipe?
-
---¿Qué?
-
---Que usía ha tenido anoche la felicísima suerte de hacer confesar a
-esa linda niña todo lo que de ella queríamos saber.
-
---Así es --dijo Amaranta--. Todo me lo ha confesado.
-
---La paz de Dios sea en esta ilustre casa. ¿Dónde está ese blanco
-lirio, que la quiero felicitar por el buen acuerdo que ha tenido?
-
---Esta tarde no se la puede ver, Padre. Ya que su merced ha tenido la
-buena ocurrencia de traerme este joven, a quien supone al tanto de
-lo que quiero saber, tenga la bondad de dejarme a solas con él, para
-que la presencia de una persona grave y respetabilísima como Vuestra
-Reverencia no le impida decirme todo lo que sabe, aunque sea lo más
-secreto.
-
---Con mil amores obedeceré a usía --dijo el Padre Salmón; y con esto
-se retiró, dejándome solo con aquella estrella de la hermosura, con
-aquella deslumbradora cortesana, a quien nunca me había acercado sin
-sacar de su trato el fruto de una gran pesadumbre.
-
-
-
-
-VIII
-
-
---No ha sido una simpleza de este buen religioso lo que te ha traído
-aquí --me dijo severamente--; esto ha sido obra de tu astucia y
-malignidad.
-
---Señora --le respondí--, por mi madre juro a usía que no pensaba
-volver a esta casa, cuando el Padre Salmón se empeñó en traerme, con el
-objeto que él mismo ha manifestado.
-
---¿Y qué sabes tú de D. Diego?
-
---Yo no sé más sino aquello que no ignora nadie que le trata.
-
---D. Diego es jugador, francmasón, libertino; ¿no es cierto?
-
---Usía lo ha dicho; y si lo confirmo, no es porque me guste ni esté en
-mi condición el delatar a nadie, sino porque eso de D. Diego todo el
-mundo lo sabe.
-
---Bien: ¿y tú querrías llevarme a mí o a otra persona de esta casa a
-cualquiera de los abominables sitios que el Conde frecuenta por las
-noches, para sorprenderle allí, de modo que no pueda negarnos su falta?
-
---Eso, señora, no lo haré, aunque usía, a quien tanto respeto, me lo
-mande.
-
---¿Por qué?
-
---Porque es una fea y villana acción. Don Diego es mi amigo, y la
-traición y doblez con los amigos me repugna.
-
---Bueno --dijo Amaranta con menos severidad--. Pero me parece que tú
-eres tan necio como él, y que le llevas a la perdición, incitándole y
-adulando sus vicios.
-
---Al contrario, señora: a menudo le afeo su conducta, diciéndole que
-tal proceder es indigno de caballeros, y que al paso que deshonra su
-casa, deshonra también a aquella con quien va a emparentarse.
-
---Eso está muy bien dicho --afirmó con pesadumbre--. Lo que hace
-Rumblar no tiene perdón de Dios. ¿Y quién le acompaña en su libertinaje?
-
---El Sr. de Mañara y D. Luis de Santorcaz.
-
---¡También ese! --dijo con sobresalto y súbita transformación en su
-bello rostro--. ¿Qué hombre es ese? ¿Le conoces tú? ¿Dónde vive? ¿En
-qué se ocupa?
-
---Si he de decir verdad, aún ignoro qué clase de hombre es. Tampoco sé
-dónde vive; pero he oído que es espía de los franceses, y que estos le
-dan un sueldo para que les escriba todo lo que pasa. Esto me han dicho;
-pero no lo aseguro.
-
-Entonces Amaranta acercó su silla a la mía; mirome como quien se
-dispone a entablar relaciones de confianza, y me habló así con voz
-dulce:
-
---Gabriel, está de Dios que me prestes de vez en cuando servicios
-de esos que no se encomiendan sino a la despierta observancia y a
-la discreta malicia. ¿Querrás averiguar si D. Diego anda también en
-conspiraciones y malos pasos con ese que has llamado espía de los
-franceses?
-
---No sé si podré hacerlo, señora. Tendría que hacerme dueño de su
-confianza para abusar de ella. Por otro conducto podrá averiguarlo su
-señoría.
-
---Estás orgulloso; pero ven acá, chicuelo: ¿quién eres tú? ¿A quién
-sirves ahora?
-
---No sirvo a nadie, ni quiero servir. Por ahora soy soldado, si soldado
-es ser alguna cosa. Vivo de la paga que da el Ayuntamiento de Madrid
-a las tropas que ha levantado. Pero no tengo afición a las armas,
-y si las tomo hoy es por puro patriotismo y solo mientras dure la
-guerra. Después Dios dispondrá de mí, aunque, como no tengo riquezas,
-ni padres, ni parientes, ni papeles de nobleza, ni protección alguna,
-espero que no saldré de esta humilde esfera en que he nacido y vivo.
-
---¿Quieres que te proteja yo? ¿Necesitas algo? --me preguntó con
-bondad--. Te buscaré un buen acomodo, te socorreré, si por acaso no
-estás muy desahogado.
-
---Aunque el recibir limosnas no deshonra a nadie, antes me asparían que
-tomarlas de vuecencia.
-
---¿Por qué? Pero ¿qué pretendes tú? Yo sé que tú picas muy alto, y no
-te andas por las ramas. Vamos, Gabriel, si me abres tu corazón, si
-me confías francamente todo lo que sientes, te prometo ser benévola
-contigo. ¿Crees que no estoy al tanto de tus atrevimientos? Y si no,
-dime: ¿a qué paseas de noche por ese callejón cercano? ¿A qué arrojas
-piedrecitas a las ventanas?
-
---¿Usía me vio? --pregunté muy confuso.
-
---Sí; y aunque me causó ira, reconozco que nadie es dueño de borrar de
-un golpe lo pasado, mucho más cuando uno no es autor de la situación
-en que ahora o después se encuentra, sino que es Dios quien a ella
-le conduce. Tú tienes aspiraciones ridículas y absurdas, y ahora yo,
-renunciando a medios violentos, hablándote con templanza y sensatez,
-voy a quitártelas de la cabeza.
-
---Hable vuecencia; pero debo advertirle que no tengo ya pretensiones
-ridículas, pues todo aquello que vuecencia recordará de mi afán de ser
-generalísimo, pasó y...
-
---No me refiero a eso, y bien sabes a qué aludo, tunantuelo. No puedo
-ocultarte el disgusto que tuve cuando en Córdoba me dijiste con mucha
-ingenuidad: «Señora, Inés y yo éramos novios.» Tal despropósito,
-tratándose de mi prima, me indignó al principio; pero después me hizo
-reír. ¡Ay! cuánto he reído con esto. Por supuesto, no creas que ella se
-acuerda de ti. ¡Eres tan inferior a ella! Bien sabe Inés que si en otro
-tiempo y lugar la aparente igualdad de vuestra condición permitía que
-os estimarais, hoy el solo pensar en tal cosa es un crimen. ¡Pues si
-vieras cómo se ríe de ti y cuenta tus simplezas!... Eso sí, dice que te
-está agradecida porque dice que la salvaste de no sé qué peligro; pero
-nada más. Mi primita ha sacado tal dignidad y estimación de su linaje,
-que no digo yo con Condes, con Emperadores se casaría, y aún se juzgara
-rebajada.
-
---¡Bendito sea Dios, y cómo se mudan las personas! --dije yo,
-comprendiendo no ser cierto lo que oía.
-
---Pero si esto te digo --continuó Amaranta--, también añado que me
-intereso por ti y quiero recompensar los servicios que prestaste a Inés
-cuando estaba en la miseria: de modo que te daré lo necesario para
-que hagas fortuna con tu trabajo; mas con la condición de que has de
-marcharte de Madrid y de España mañana mismo, para no volver nunca.
-
-Oí con mucha calma estas razones que la Condesa dijo, queriendo
-aparentar una tranquilidad de espíritu que no tenía, y le contesté:
-
---¡Ay, señora, y qué mal me ha comprendido usía! Hábleme ahora
-vuecencia sin ninguna clase de artificio, pues yo, con el corazón en
-la mano, le digo que conozco muy bien quien soy y todo lo que puedo
-esperar. En mi corta vida he aprendido a conocer un poco las cosas del
-mundo, y sé que aspirar a lo que, por mi humildad, mi ignorancia y mi
-pobreza, está tan lejos de mí como el cielo de la tierra, sería una
-estupidez. No ocultaré a usía nada de lo que me ha pasado. Cuando Inés,
-quiero decir, la señorita Inés, estaba en casa del cura de Aranjuez,
-nosotros nos tuteábamos, hablando de nuestro porvenir, como si nunca
-hubiéramos de separarnos. Después, en casa de Don Mauro Requejo,
-parecía como que nuestras desgracias nos hacían querernos más. Teníamos
-mil bromas y yo le decía: «Inesilla, cuando seas Condesa, ¿me querrás
-como ahora?» Y ella me contestaba que sí, y yo me lo creía. Después,
-todo ha cambiado. Cuando fui a la guerra, yo no pensaba sino en ser
-un hombre de provecho para hacerla mi mujer; mas al mirar de cerca la
-esfera a donde ella había subido; al verme a mí mismo sin poder avanzar
-un solo peldaño en la escala de la sociedad, me entró una tristeza
-tal, que pensé morirme. Pero al fin se ha ido abriendo paso mi razón
-por entre este laberinto de atrevidas locuras, y he dicho para mí:
-«Gabriel, eres un loco en pensar que el mundo se va a volver del revés
-para darte gusto. Dios lo ha hecho así, y cuando su obra ha salido con
-tantas desigualdades, Él se sabrá por qué. Renuncia a tus vanos sueños;
-que esto y ser generalísimo de un tirón, como antes pensabas, es todo
-uno.» Al fin, señora Condesa, he llegado, a costa de grandes tristezas,
-a adquirir una resignación profunda, con cuyo auxilio ya estoy curado
-de mis atrevimientos. He renunciado a lo imposible. Si así no lo
-hubiera hecho, sería real y efectivo lo que cuentan las malas novelas
-de que se reía hace poco el Padre Castillo, y en las cuales se ve a
-una archiduquesa que se casa con un paje, y a un porquerizo enamorado
-de una emperatriz No, señora: vengamos a la realidad triste; pero
-que dicen es lo único que no engaña. Ya no tengo las aspiraciones que
-usía me supone, y no es necesario que vuecencia compre con dinero mi
-resignación ni mi alejamiento de esta casa, de Madrid y de España.
-
-Amaranta mirábame de hito en hito durante aquel mi largo discurso, y
-después habló así:
-
---Gabriel, o eres un hipócrita, o en verdad, en verdad, que me vas
-pareciendo un joven no solo discreto, sino de honradas ideas. Ya veo
-que comprendes el sentido natural y templado de las cosas, y que sabes
-enfrenar la impetuosidad y petulancia propias de la juventud.
-
---Señora, lo que he dicho a usía es la pura verdad: así me conceda Dios
-una buena muerte en mi última hora.
-
---Pues ya que me hablas con tanta franqueza, no quiero ser menos
-contigo. ¿Serás tú hombre a quien se pueda confiar un pensamiento
-delicado, un pensamiento de esos que la vulgaridad no comprende ni
-estima en su justo valor?
-
---Creo que podrá vuecencia confiarme lo que quiera.
-
---¿Lo comprenderás tú? Vamos a ver. Dices que has renunciado a que te
-ame mi prima, reconociendo la inmensa inferioridad de tu posición.
-
---Sí, señora: así es.
-
---Muy bien; pero es el caso... no sé cómo decírtelo. Al indicarte que
-te daría riquezas, quise expresar que esperaba de ti un grande, un
-extraordinario favor.
-
---Si está en mí el prestarlo, no necesito que se me dé nada. ¿Quiere
-usía que me marche? Pediré mi licencia. Pues qué, ¿acaso la señorita
-Inés se acuerda alguna vez de este miserable?
-
---Respóndeme lo que te inspire tu buena razón, Gabriel --me dijo la
-Condesa con grave acento--. Figúrate tú que a la señorita Inés se le
-pusiese en la cabeza el no querer a nadie más que a ti... no es así...
-pero va como ejemplo: figúratelo.
-
---Ya está figurado.
-
---Pues bien: ¿no te parece natural que yo y mis tíos nos opongamos a
-ello por todos los medios posibles?
-
---Sí, señora, me parece muy natural --repliqué con asombro--; pero si
-ella se empeña...
-
---Ella no se empeña... no es eso... es que... vamos, te lo diré
-francamente. Aunque no aseguro yo que Inés te ame, ni mucho menos,
-porque esto sería un gran despropósito, ocurre que... es natural
-que sienta algún afecto hacia los que fueron compañeros de sus
-desgracias... Todo es un capricho, una obcecación pueril, que se le
-pasará seguramente. ¿No crees que se le pasará?
-
---Sí, señora, pasará.
-
---Pero para que esto acabe de una vez, necesito tu ayuda. Puesto que te
-veo tan razonable, puesto que reconoces que sería en ti una estupidez
-aspirar a casarte con ella... ¡Casarte con ella! ¡qué risa! ¡un
-pelagatos como tú...! Parece esto cosa de comedia; ¿pero no te ríes tú
-también?
-
---Sí, señora, ya me estoy riendo --respondí haciéndolo de muy mala gana.
-
---Pues decía --continuó, cesando en su afectada hilaridad-- que, en
-vista de tu buen sentido, espero de ti lo que vas a oír. Repito que te
-daré lo necesario para que en otro país lejos de España puedas hacer
-una fortuna; te daré la fortuna hecha si quieres...
-
---¿Y qué he de hacer para eso?
-
---Nada... vienes aquí estos días, so color de entrar a servirme;
-tratas a Inés, y luego, durante algún tiempo, fingirás hacer las
-cosas más feas, cometer las acciones más abominables y los delitos
-que más rebajan al hombre, de modo que ella, con el espectáculo de tu
-envilecimiento, vuelva en sí del trastorno que por ti tiene y todo
-acabe. Es sumamente fácil para ti: entras aquí en mi servicio, y a
-los pocos días me robas una sortija u otra prenda cualquiera; luego
-fingimos nosotros haber descubierto tu crimen, y afeamos en público tu
-conducta; luego, si hablas con ella, me calumniarás, diciendo de mí mil
-herejías, y también hablarás mal de ella delante de alguna criada que
-venga a contárnoslo... y por este estilo harás una serie de maldades de
-esas que más envilecen a la criatura.
-
---¡Señora! --exclamé sin poder sofocar por más tiempo la ira--. Si
-usía me da toda esta casa llena de dinero, no haré lo que me pide.
-¡Cometer delante de ella una infame acción! Me dejaré matar mil veces
-antes que tal haga. Cuando éramos amigos, más temía a sus censuras que
-a mi conciencia; y si algo bueno hice, hícelo porque ella lo viera y
-me aplaudiese, que más estimaba su aprobación que todos los bienes del
-mundo. Huiré para ir a donde no me vuelva a ver; pero pensar que he de
-envilecerme delante de ella, eso jamás. Adiós, señora, me voy de aquí
---añadí levantándome--. Por segunda vez me quiere usía envolver en
-intrigas y fingimientos cortesanos en que es tan gran maestra.
-
---Aguarda --dijo deteniéndome.
-
---¿No está más en el orden natural lo que yo quiero hacer --añadí--,
-que es marcharme y no parecer más por Madrid?
-
---Eres un majadero --afirmó con despecho--. ¿Qué te cuesta hacer lo que
-te propongo? ¿Pierdes tú algo en ello? Ven acá, truhan de las calles:
-¿acaso tienes algún nombre que deslustrar o alguna posición que perder?
-¡Cuántos mejores que tú no se apresurarían a prestar este servicio por
-el aliciente de la recompensa que yo te ofrezco! ¿Pues acaso podías tú
-ni soñar con la fortunilla que te pienso ofrecer, farsantuelo? ¡Miren
-el caballerón finchado, siempre a vueltas con su honor y su conciencia,
-y su deber acá y su reputación allá!
-
---Si usía me da licencia, me retiraré --dije, resuelto a poner fin a la
-conferencia.
-
---No, aquí has de estar todavía. Por lo que veo, crees que mi primita
-se acuerda alguna vez de tus simplezas y majaderías --declaró con
-enfado--. Anda noramala, chicuelo andrajoso. ¿Piensas que creo en tus
-hipócritas declamaciones? ¿Piensas que tomo en serio los generosos
-pensamientos que con tanto arte me has manifestado, echándotela de
-caballero? ¡Oh! ¡Esto me pone fuera de mí! Yo le diré a esa antojadiza
-quién eres tú y cuáles son tus mañas. O hará lo que yo le mando
---añadió con creciente enojo-- y pensará como yo quiero que piense, o
-esa niña no es de mi sangre, no, no puede serlo. ¡Cuánta contrariedad,
-Dios mío!... No quiero verte más, Gabriel; vete de aquí... pero no,
-ven acá: tú no tienes la culpa de esto. Dime, ¿quién eres tú? ¿Dónde
-has nacido? ¿Tienes alguna noticia de tus padres?... A veces suele
-acontecer que el que se creía humilde...
-
---No espere usía --repuse sonriendo-- que de la noche a la mañana me
-caiga en herencia un gran ducado. Eso pasa algunas veces, como ha
-sucedido con Inés; pero de tales pasos de novela entran pocos en libra.
-Humilde nací, y humildísimo seré toda mi vida.
-
---Lo digo porque si tú fueras una persona decente, te sentarían bien
-esos aspavientos que has hecho --me contestó--. No lo decía por otra
-cosa, desdichadote; no te vayas a envanecer sin motivo. Vete, estoy muy
-disgustada.
-
-Y luego, olvidándose de mí para no pensar más que en sus propias
-contrariedades, exclamó así:
-
---¿Por qué, Dios mío, cuando trajiste a esa niña a nuestra casa, nos
-trajiste también esta gran pesadumbre?
-
---¿Quiere usía mucho a su hija? --le pregunté.
-
---A mi prima, querrás decir.
-
---Eso es: me equivoqué.
-
---¡Que si la quiero! Desde que entró aquí no vivo más que para ella. Es
-un santo delirio lo que siento, y si Inés me faltara, me moriría sin
-remedio. Mi desesperación consiste en que al traerla aquí no podemos
-o no sabemos darle la felicidad que ella merece. ¿Pero es acaso culpa
-nuestra?
-
---¿Y persiste vuecencia en casarla con Don Diego?
-
---¡Oh, no! D. Diego es un libertino; ya no me queda duda. Yo me opondré
-a que se case con él.
-
---Hace bien usía, y a la señorita Inés no le faltarán jóvenes de
-familia distinguida entre quienes elegir esposo. Por de pronto, señora,
-yo me atrevo a aconsejar a usía que rompa definitivamente con D. Diego.
-Las malas compañías de este joven son un peligro para la tranquilidad
-de esta casa.
-
---¿Qué quieres decir? Ahora me viene a la memoria ese hombre que hace
-poco nombraste y que me causa miedo.
-
---¿Santorcaz? Sí, señora; y ya que le nombro, voy a tener el valor de
-poner a vuecencia al corriente de ciertas asechanzas, para que esté
-prevenida. Yo asistí a la batalla de Bailén, y allí, por casualidad
-singular, vinieron a mis manos unas cartas...
-
-Amaranta se inmutó.
-
---Señora, si he sabido casualmente alguna cosa que no debía saber,
-yo juro a usía que el secreto no ha salido de mis labios ni saldrá
-mientras viva.
-
-La Condesa pareció poseída de nerviosa exaltación.
-
---¡Estás loco! --exclamó--. ¡Qué majaderías me cuentas! Ni qué tengo yo
-que ver con esas cartas ni con ese hombre.
-
---En fin, señora, aunque dé a usía un mal rato, quiero entregarle las
-dichas cartas.
-
---A ver, a ver --dijo pasando de la exaltación a una palidez intensa
-que la puso como difunta.
-
---Vea usted esta primera --dije entregándole la que ella había dirigido
-a Santorcaz.
-
---¡Esto parece un sueño! --exclamó reconociéndola--. Pero ¿cómo ha
-llegado a tus manos este papel? ¡Miserable chiquillo de las calles!
-¿Quién te mete a leer estas cosas?...
-
-Entonces le conté el suceso que me puso en posesión de aquellas
-esquelas, lo cual oyó muy atentamente, y después, oprimiéndose las
-sienes con ambas manos, exhaló lamentos dolorosos.
-
---Pues ahora vea usía esta otra que parece contestación a la
-precedente, y que no llegó a ponerse en el correo; pero que al fin
-viene a su poder, aunque tarde, por mi conducto.
-
-Leyó ávidamente la carta, y a cada rato la indignación se traslucía en
-su hermoso semblante. Cuando la hubo leído, rompiola coléricamente en
-menudos pedazos, y dijo así:
-
---¡Ese miserable me amenaza! ¡Dice que si su hija no está hoy en su
-poder lo estará mañana!
-
---Vuecencia recordará lo que ocurrió cuando la familia toda vino de
-Andalucía. Yo formaba en la escolta que acompañó a sus mercedes desde
-Bailén hasta Santa Cruz de Mudela, y contribuí a poner en fuga a la
-canalla que detuvo los coches.
-
---Eran ladrones.
-
---Sí; pero su intento no era despojar a los viajeros. Usía recordará
-que nos fue muy fácil darles una severa lección; pero lo que sin duda
-ignora es que allí estaba el Sr. de Santorcaz, escondido entre las
-cercanas malezas, pues él y no otro mandaba aquella brillante tropa de
-forajidos. Yo, que había leído la carta y además tenía sospechas por
-ciertas palabras que en Bailén oí a ese D. Luis, solicité un puesto
-en la escolta que al señor Marqués concedió el General, y en ella
-formaron también algunos de mis buenos compañeros. Pero todavía falta
-a vuecencia el leer la más curiosa de las tres cartas que en aquella
-ocasión memorable vinieron a mis manos. Aquí está, y ella le hará ver
-la infame deslealtad de un criado de su propia casa.
-
-Tomó la Condesa la carta en que Román daba a Santorcaz noticia
-circunstanciada de lo ocurrido con motivo de la legitimación de Inés;
-y mientras la leía, tan pronto la rabia hacía brotar lágrimas de sus
-ojos, como los inflamaba con vivo resplandor.
-
---Ya sospechaba yo la infidelidad de ese vil, que todo nos lo debe
---exclamó--; pero mi tía le tiene cariño y por eso sigue en la casa...
-¡Qué infamia! Pero tú, necio mozalbete, ¿para qué has leído estas
-cosas? Vete, quítate de mi presencia... no, no, ven acá: tú no eres
-culpable.
-
---Señora --respondí--, ningún nacido sabrá de mí lo que usía no quiere
-que se sepa. Yo esperaba una ocasión de entregar a vuecencia esas
-cartas, y mientras han estado en mi poder, nadie, absolutamente nadie
-más que yo las ha leído.
-
---¡Oh! ya sé lo que debo hacer para defenderme, y defender a mi hija de
-tan miserables asechanzas.
-
---Santorcaz es íntimo amigo de D. Diego, le acompaña a todas partes,
-le aconseja y le dirige. Yo he sorprendido sus conversaciones íntimas,
-y por ellas veo que el pérfido amigo y consejero de Rumblar no ha
-desistido de sus proyectos.
-
---Yo estoy trastornada, yo estoy confusa --dijo Amaranta levantándose
-de su asiento--. No, no, Gabriel, no te vayas. Tú eres un buen
-muchacho: yo quiero recompensarte de algún modo, dándote lo necesario
-para que vivas con el decoro que mereces... Pero no pienses en Inés,
-¿sabes? Es una demencia que pienses en ella. ¡Pobre hija mía! La hemos
-sacado de la miseria; la hemos dado nombre, fortuna, posición, y no
-podemos hacerla feliz. ¡Esto me vuelve loca! Cuando la veo indiferente
-a todas las distracciones que le proporcionamos; cuando veo la
-imposibilidad de hacerme amar por ella, como yo quiero que me ame;
-cuando la observo pensativa y muda, y considero que echa de menos la
-apacible estrechez y contento que disfrutaba viviendo con el cura de
-Aranjuez, me siento morir de pena y paso llorando largas horas. ¡Pobre
-hija mía! ¡Ni siquiera le puedo dar este nombre, pues hasta con los de
-casa he de guardar secreto! ¡Ella y yo somos igualmente desgraciadas!
-¿Por qué no haces lo que te propuse, Gabriel? ¿A qué vienes con humos
-caballerescos? ¿Eres acaso más que un infeliz? Pero no: tienes razón;
-no te degrades a sus ojos: tú tienes sentimientos nobles; tú eres un
-caballero, aunque no lo parezcas. Tú mereces mejor suerte; Dios no es
-justo contigo... ¡Ay! voy viendo que tú también eres muy desgraciado.
-
-Esto decía la Condesa con muestras no solo de gran dolor, sino también
-de cierta confusión mental, hija de las diversas sensaciones a que
-se había visto sometida; y sentándose luego, permaneció en silencio
-gran rato. Así estaba cuando creí sentir lejano ruido de voces en
-lo interior de la casa; rumor que apenas se percibía, y que para mí
-hubiera pasado inadvertido, a no haber corrido Amaranta súbitamente
-hacia una de las puertas, prestando atención a lo que tan débilmente se
-oía.
-
---Es mi tía --dijo después de una larga pausa--; es mi tía que no cesa
-de reñirla. Porque no quiere someterse a las majaderías de un ridículo
-maestro de baile, ni hacer dengues ante los petimetres que nos visitan,
-la tratan de este modo. ¡Y yo no puedo impedirlo, Dios mío! --añadió
-juntando las manos con mucha aflicción--. ¡Pero si no soy nada aquí,
-ni tengo autoridad alguna sobre ella! He de presenciar sus martirios,
-fingiendo aprobarlos, y estoy condenada a aplaudir las violencias, las
-intolerancias, las imposiciones, el proceder suspicaz y mezquino, que
-la hacen tan infeliz.
-
-Amaranta hizo ademán de salir; contúvose junto a la puerta; retrocedió
-luego, indicando en su marcha y ademanes una grandísima agitación.
-Después me miró con asombro, como si se hubiese olvidado de mi
-presencia y de improviso me viera.
-
---Gabriel --me dijo--. Vete, vete al punto de aquí, y no vuelvas más.
-¡Ay! ¿Por qué no querrá Dios que, en vez de ser quien eres, seas otra
-persona?
-
-La conmoción me impedía hablar, y sin decir sino medias palabras,
-despedime de ella, besándole respetuosamente las manos. Entonces
-Amaranta me tomó una de las mías, y mirándome con calma, derramando
-lágrimas de sus bellos ojos, me dijo esto, que no olvidaría aunque mil
-años viviese:
-
---Gabriel, eres un caballero; pero Dios no ha dispuesto darte el nombre
-y la condición que mereces. Si quieres darme una prueba de la nobleza
-de tus sentimientos y de la rectitud de tu juicio, prométeme que has de
-desaparecer para siempre de Madrid, y no presentarte jamás donde ella
-te vea. Se le dirá que has muerto.
-
---Señora --respondí--, ignoro si me permitirán salir de Madrid; pero
-si algo impide esta mi resolución, yo prometo a usía, por Dios que
-nos oye, salir de Madrid; y entre tanto que aquí esté, juro que no me
-presentaré a ella, ni haré por verla, ni consentiré en cosa alguna por
-la cual venga a conocer que estoy en el mundo. Este es mi deber.
-
---Tendré presente lo que me has jurado --dijo ella--. No te
-arrepentirás de tu conducta. Adiós.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Estrechome entre las suyas mis manos la Condesa, con muestras de vivo
-agradecimiento, y salí de aquella estancia y del palacio con tan
-profunda emoción, que no era dueño de mí mismo. Cuando llegué a mi
-casa, después de vagar por Madrid toda la tarde, arrojeme sobre mi
-lecho, donde en vela pasé la noche entera, revolviendo en mi mente
-las palabras del diálogo con Amaranta: llorando a veces, a veces
-profiriendo gritos de rabia, y tan excitado, que mis buenos patronos
-creyéronme atacado de violenta fiebre.
-
-A la mañana siguiente, después que rendido a la fatiga dormí con sueño
-irregular y espantoso durante algunas horas, Doña Gregoria llegose a mí
-y me despertó diciendo:
-
---¿Qué es esto? Durmiendo a las diez de la mañana. Arriba, arriba,
-mocito. ¡Y se ha acostado vestido! Vamos, que son las diez... Pero,
-chiquillo, ¿qué haces, en qué piensas? Por ahí ha pasado la quinta
-compañía de voluntarios, tan majos y tan bien puestos con sus uniformes
-nuevos, que darían envidia a un piquete de guardias walonas. ¡Ay, qué
-monísimos iban! A los franceses les dará miedo solo de verlos. Nada
-les falta, si no es fusiles, pues como en el Parque no los había, no
-se los han podido dar; pero llevan todos unos palitroques grandes que
-les caen a las mil maravillas, y de lejos parece que llevan escopetas.
-Vamos, levántese el Sr. Gabrielito: ¿no eres tú de la quinta compañía?
-Levántate, que ya dicen que está Napoleón Bonaparte a las puertas de
-Madrid, montado en una mula castaña y con la lanza en el ristre para
-venir a atacarnos.
-
---Mujer, ¿qué disparates estás diciendo? --observó el Gran Capitán--.
-Napoleón no está en Madrid, sino que parece entró ya en España y anda
-sobre Vitoria. Por cierto que dicen ha habido una batallita... Pero,
-chico, ¿no vas a coger tu fusil?
-
---Hoy mismo me voy de Madrid, señor D. Santiago.
-
---¿Que te vas de Madrid, después de alistado? Pues me gusta el valor de
-este mancebo.
-
---Es que voy a ver si me permiten pasar al ejército del Centro, que
-está en Calahorra, y creo que me lo concederán.
-
---¡Oh! no lo esperes, porque aquí, según me dijeron en la oficina,
-lo que quieren es gente y más gente, pues como algunos dan en decir
-que hay malas noticias... Yo creo que todo es cosa de los papeles
-públicos, y a mí no me digan: los papeles públicos están pagados por
-los franceses.
-
---¿Conque malas noticias?
-
---Paparruchas... En primer lugar, ahora salen con que lo de Zornoza,
-que creíamos fue una gran victoria, es una medianilla derrota, y que
-el general Blake ha tenido que escapar, refugiándose en las montañas.
-No se pueden oír estas cosas con calma, y yo mandaría que se le
-arrancara la lengua al que las repite.
-
---¡Mentiras, todo mentiras! --exclamó Doña Gregoria--. Si no sé cómo la
-Junta no manda ahorcar en la plazuela de la Cebada a todos los que se
-divierten con tales disparates.
-
---Has hablado muy bien --dijo el Gran Capitán--. Ahora han dado en
-decir que si en Espinosa de los Monteros ha habido o no ha habido una
-batalla.
-
---¿En que también hemos perdido? --preguntó Doña Gregoria.
-
---¡Así lo dicen; pero quiá! Bonito soy yo para tragarme tales bolas.
-Ahora encontré al volver de la esquina al Sr. de Santorcaz, el cual me
-lo dijo, fingiéndose muy apesadumbrado... ¡Pícaro marrullero! Como si
-no supiéramos que es espía de los franceses.
-
---¿Conque en Espinosa de los Monteros? ¿Y hemos tenido muchas pérdidas?
---pregunté yo.
-
---¿También tú? --dijo Fernández sin poder disimular el pésimo humor que
-tenía--. Te voy descubriendo que tienes muy malas mañas, Gabriel.
-
---No hagas caso de este chiquillo mal criado --dijo Doña Gregoria.
-
---Es preciso que aprendas a tener respeto a las personas mayores
---afirmó el Gran Capitán, mirándome con centelleantes ojos--. ¿Qué es
-eso de pérdidas? ¿He dicho acaso que nos han derrotado? No mil veces,
-y juro que no hay tal derrota. ¿Hombres como yo pueden dar crédito a
-las palabras de gente desconsiderada y vagabunda?
-
-Calleme por no irritar más a mi ingenuo amigo, y mientras me daban de
-almorzar, entró una visita que en mí produjo el mayor asombro. Vi que
-avanzaba haciéndome pomposos saludos, y mostrándome en feroz sonrisa su
-carnívora dentadura, un hombre de espejuelos verdes, en quien al punto
-reconocí al licenciado Lobo. Lo que más llamaba mi atención eran los
-extremos de cortesía y benevolencia que en él advertí, y el desusado
-respeto hacia mi persona que en todos sus gestos y palabras mostrara
-aquel implacable empapelador, y antes enemigo mío.
-
---¿Qué bueno por aquí, Sr. de Lobo? --díjele ofreciéndole junto a mí
-una silla en que se repantigó.
-
---Quería tener el gusto de ver al señor D. Gabriel.
-
---¿_Señor Don_ tenemos? _Malum signum._
-
---Y de poner en su conocimiento algo que le importa mucho --añadió--.
-¿Pero cómo no ha ido a verme el Sr. D. Gabriel?
-
---Ya le he encontrado a usted muchas veces en la calle, y como no ha
-tenido a bien saludarme...
-
---Es que no habré visto a usted --me contestó melosamente--. Ya sabe el
-Sr. D. Gabriel que soy más que medianamente ciego... Pues bien: como
-decía... El Gobierno ha tenido a bien remunerar los buenos servicios de
-usted.
-
---¡Mis buenos servicios! --exclamé asombrado--. ¿Y qué buenos ni malos
-servicios he prestado yo al Gobierno?
-
-El Gran Capitán y su esposa, con medio palmo de boca abierta, prestaban
-gran atención.
-
---Modestito es el joven --prosiguió Lobo con aquel artificioso sonreír,
-que le hacía más feo, si es que cabía aumento en las dimensiones
-infinitas de su fealdad--. Yo he oído que usted se lució mucho en la
-batalla de Bailén, y no sé si también en la de Trafalgar, donde parece
-que mandó un par de fragatitas o no sé si un navío.
-
-Prorrumpí en risas, y los dos ancianos, mis amigos, miráronse uno a
-otro con espontánea admiración por mis inéditas hazañas.
-
---Sí... algo de esto ha llegado a oídos del justiciero Gobierno que nos
-rige, y las Comisiones ejecutivas de la Junta se disputan cuál de ellas
-echará el pie adelante en esto del recompensar a usía.
-
---Hola, hola, ¿también soy usía? Pues esto sí que me llena de asombro.
-
---Pero sea lo que quiera, amigo mío --continuó el leguleyo--, ello es
-que se ha decidido darle a usía un empleo en América, al inmediato
-servicio del señor virrey del Perú.
-
---¿Trae usted mi nombramiento? --dije comprendiendo al fin de dónde
-venía todo aquello.
-
---No: hoy solo vengo a notificarle a usía este gran suceso, y a
-advertirle que cualquier cantidad que necesite para preparar su viaje,
-me la pida con franqueza, pues tengo orden de la... digo, del Gobierno,
-para entregar a usted lo que tenga a bien pedirme, previo recibito que
-me extenderá vuecencia.
-
---¿También soy vuecencia? --dije recreándome en la estupefacción de mis
-dos amigos.
-
---El nombramiento --prosiguió-- lo tendrá usía dentro de dos o tres
-días; pero le advierto que es voluntad de la Junta Suprema que el señor
-D. Gabriel se haga a la vela al punto para las Américas, donde pienso
-que es de gran necesidad su presencia.
-
---Bueno --repuse--; pero entre tanto, yo le ruego al Sr. de Lobo diga a
-la Junta que no me hace falta dinero, y que muchas gracias.
-
---Eso no está bien --dijo Doña Gregoria muy incomodada--. Pero, tonto,
-si te lo dan, recíbelo y guárdalo sin averiguar de dónde viene. Estas
-cosas no pasan todos los días. Apuesto a que la Junta ha sabido lo de
-tus latines y te manda allí para que enseñes esa lengua a los salvajes,
-con lo cual se convertirán todos. ¿No es verdad, Sr. de Zorro, que así
-ha de ser?
-
---No me llamo Zorro, sino Lobo --repuso este--, y hará muy bien el Sr.
-D. Gabriel en tomar lo que le haga falta, pues a su disposición lo
-tiene.
-
---Pues bien --dije yo--: vaya usted de mi parte a la señora Junta que
-le dio tan buen recado para mí, y dígale que para servir a la patria y
-al rey, yo no pensaba pasar a América, sino al ejército del Centro y de
-Aragón, en cuyo reino pienso quedarme y no volver a Madrid mientras
-viva. Para este viaje no se necesitan gastos.
-
---¿Y qué va a hacer el Sr. D. Gabriel en el ejército de Aragón? Aquello
-está mal --dijo Lobo--. Por el de la izquierda no andan mejor las
-cosas, y después de la batalla que hemos perdido en Espinosa de los
-Monteros, nuestras tropas quedan reducidas a nada, y Napoleón vendrá a
-Madrid.
-
---¡Eso será lo que tase un sastre! --exclamó el Gran Capitán echando
-chispas--. ¿Quién hace caso de los papeles?
-
---Desgraciadamente --continuó Lobo--, esa sensible derrota no puede
-ponerse en duda.
-
---Pues yo la pongo --afirmó Fernández rompiendo un plato que al alcance
-de la mano tenía sobre la mesa--. Sí, señor: yo la pongo en duda; y es
-más, yo la niego.
-
---El señor --dijo Doña Gregoria-- seguramente no sabe quién eres tú y
-el cómo y cuándo de lo bien enterado que estás de todo.
-
---Yo sé la noticia por buen conducto y aseguro que es indudable
---indicó Lobo--. El Secretario del ramo de Guerra me lo ha dicho.
-
---Buen caso hago yo del Secretario del ramo de Guerra --dijo Fernández
-amoscándose en grado supino.
-
---Vamos, no porfíes, Santiago... --añadió Doña Gregoria--. Estás más
-encarnado que pimiento de Calahorra, y no está bien que te dé el reúma
-en la cara por una batalla de más o de menos.
-
---Pues que no me falten al respeto. ¡Esto de que le insulten a uno en
-su propia casa...! --dijo Fernández dando un puñetazo en la mesa--.
-Porque digan lo que quieran, donde menos se piensa salta un espía de
-los franceses, ¡y Madrid está lleno de traidores!
-
-Asustado Lobo del enérgico ademán de Don Santiago, no quiso insistir
-en lo de la derrota, y proclamó muy alto que la batalla de Espinosa
-de los Monteros había sido ganada y reganada y vuelta a ganar por
-los españoles, oyendo lo cual se apaciguó nuestro veterano de las
-portuguesas campañas y habló así:
-
---Me parece que tiene uno autoridad para decir quién gana y quién
-pierde en esto de las batallas... y todos no entienden de achaque de
-guerra... y una acción parece derrota de diablos, hasta que viene una
-persona inteligente y la explica, y resulta victoria de ángeles... y no
-digo más, porque sé dónde me aprieta el zapato; y en Espinosa de los
-Monteros lo que hubo fue que todos los franceses echaron a correr, y el
-hi... de mala mujer que me desmienta, sabrá quién es Santiago Fernández.
-
-Dijo y levantose, cantando entre dientes un toquecillo de corneta;
-y dirigiéndose luego a donde desde lueñes edades tenía su lanza, la
-cogió, y con un paño la empezó a limpiar del cuento a la punta, dándole
-repetidas friegas, pases y frotaciones, sin atender a nosotros ni cesar
-en su militar cantinela. En tanto Lobo, que en todo pensaba menos en
-llevarle la contraria, continuó hablándome así:
-
---Ahora, Sr. D. Gabriel, me resta tocar otro punto, y es que me diga
-usted algo de su parentela y abolengo, porque es preciso sacarle una
-ejecutoria. Con diligencia, el Becerro en la mano, y un calígrafo que
-se encargue del árbol, todo está concluido en un par de días.
-
---Mi madre entiendo que lavaba la ropa de los marineros de guerra
---le contesté--, y hágamela su merced Duquesa del Lavatorio, o para
-que suene mejor de _Torre-Jabonosa_, o de _Val de Espuma_, que es un
-lindísimo título.
-
---No es broma, señor mío. Al contrario, el destino que usted lleva al
-Perú, no puede dársele sin una información de nobleza. Es cosa fácil. Y
-de su papá de usted, ¿qué noticias se pueden encontrar en la tradición
-o en la historia?
-
---¡Oh! Mi papá, Sr. de Lobo, si no mienten los pergaminos que se
-guardan en el archivo de mi casa, y están todos roídos de ratones (lo
-cual es muestra de su mucha ranciedad), fue cocinero a bordo de la
-goleta _Diana_, por lo cual le cae bien un título que suene a cosa de
-comida... pero ahora recuerdo que un mi abuelo sirvió de alquitranero
-en la Carraca, y puede usted llamarle el Archiduque de las _Hirvientes
-Breas_, o cosa así.
-
---Usted se chancea, y la cosa no es para burlas. ¿Su apellido...?
-
---Los tengo de todos colores. Mi madre era Sánchez.
-
---¡Oh! Los Sánchez vienen de Sancho Abarca.
-
---Y mi padre López.
-
---Pues ya tenemos cogidos por los cabellos a D. Diego López de Haro y a
-D. Juan López de Palacio, ese famosísimo jurisconsulto del siglo XV,
-autor de las obras _De donatione inter virum et uxorem, Allegatio in
-materia hæresis, Tractatum de primogenitura..._
-
---Pues de ese caballero vengo yo como el higo de la higuera. También me
-llamo Núñez.
-
---Por las alturas genealógicas de usted, debe de andar el juez de
-Castilla Nuño Rasura. ¿Y no hubo algún Calvo en su familia?
-
---¿Pues no ha de haber? Mi tío Juan no tenía un pelo en la cabeza.
-También me llamo _Corcho_, sí, señor: yo soy nada menos que un _Corcho_
-por los cuatro costados.
-
---Feísimo nombre del cual no podemos sacar partido. Si al menos fuera
-Corchado... pues hay en tierra de Soria un linaje de Corchados, que
-viene de la familia romana de los _Quercullus_. En lugar del _Corcho_
-le podemos poner al Sr. Gabrielillo un _Encina_ o _Del Encinar_, que le
-vendrá al pelo.
-
---A mi madre la llamaban la señora María de Araceli.
-
---¡Oh, bonitísimo! Esto de Araceli es bocado de príncipes, y más
-de cuatro se despepitarían por llevar este nombre. Suena así como
-Medinaceli, _Cœlico Metinensis_, que dijo el latino. No necesito más.
-
-A todas estas, Doña Gregoria no sabía lo que le pasaba oyendo el
-diálogo de linajes; y absorta y suspensa aguardaba en silencio en qué
-vendría a parar todo aquel belén de mis apellidos.
-
---Que es de buena sangre el niño, no lo puede negar --dijo al fin--,
-porque bien se conoce en la nobleza de su condición; que hartos hoy
-por ahí llenos de harapos, y a lo mejor salen con la novedad de que son
-hijos de un Duque. Aquí estoy yo, que tampoco doy mi brazo a torcer,
-pues los Conejos de Navalagamella no son ningún saco de paja.
-
---¿Qué Conejos son esos, señora mía?
-
---El mejor linaje de toda la tierra. Yo soy Coneja por los cuatro
-costados. El señor licenciado sabrá de qué fuentes antiguas vendrá este
-arroyo genealógico de la Conejería.
-
---Como estos gazapos --contestó el licenciado-- no vengan de aquellos
-tiempos remotísimos en que a España la llaman _cunicullaria_, es decir,
-_tierra de los conejos_, no sé de dónde pueden venir.
-
---Así debe de ser. ¿Y el Sr. D. Gabriel, de dónde viene?
-
---Eso lo dirá el Becerro. Ahora veo que este señor de Araceli no es
-cualquier cosa, y aquí en dos palotadas hemos encontrado robustas
-columnas donde apoyar la grandiosa fábrica de su alcurnia. Pero
-hablando de otra cosa, Sr. de Araceli, ¿quién me abonará los gastos de
-la saca de ejecutoria? ¿Usted o la persona que me ha dado el encargo de
-hacer estas diligencias y de ofrecer el dinero?... Porque los gastos no
-son una bicoca. Además, esta comisión tan bien desempeñada, ¿no merece
-alguna recompensa? Yo creo que la dará la señora Con... quiero decir,
-la Junta central, que es quien aquí me ha enviado.
-
---Más vale que el señor licenciado no se tome el trabajo de revolver
-papeles ni pintar árboles; pues yo no se lo he de pagar, y ese dinero
-que me ofrece tampoco lo he de tomar.
-
---Eso sí que no lo consiento --manifestó Doña Gregoria--. No ha de ser
-así. Santiago, oye lo que dice este porro.
-
---Usted lo meditará mejor --dijo el leguleyo levantándose--. En cuanto
-a mí, espero ganar algo en estos jaleos, porque, amigo mío, ¿cómo se da
-de comer a diez hijos, mujer y dos suegras? Dentro de unos días volveré
-a traer a usted el nombramiento, y un poco más tarde la ejecutoria. Y
-en cuanto al dinero, con ponerme dos letritas...
-
---Bueno --respondí, considerando que me convenía disimular por de
-pronto mis intenciones--. Yo haré lo que me parezca, y nos veremos, Sr.
-D. Severo.
-
---Adiós, mi querido e inolvidable amigo --dijo deshaciéndose en
-cumplidos--. Que esto sirva para estrechar más los lazos de la dulce
-amistad que desde ha tiempo nos profesamos.
-
---Sí, desde el Escorial.
-
---Justamente. Desde entonces le eché el ojo al Sr. de Araceli, y
-comprendiendo sus excelentes prendas, lo diputé por grande amigo mío.
-Venga un abrazo.
-
-Se lo di, y fuese tan satisfecho. Entre tanto, habían acudido a casa
-del Gran Capitán los vecinos, traídos todos por el olor de mi estupendo
-destino y del encumbramiento novelesco, que ninguno quiso creer si Doña
-Gregoria no lo jurara en nombre de todos los Conejos de Navalagamella.
-
---¿Que no lo creen ustedes? --decía el Gran Capitán a las niñas de
-Doña Melchora--. Como que me lo han hecho virrey del Perú.
-
---¡¡¡Virrey del Perú!!!
-
---Sí... y no quedó cosa que no sacó aquí ese señor de Lobo, Zorro o
-Leopardo --añadió Doña Gregoria--. Y ahora parece que está tan clara
-como la luz del sol la nobleza de este niño. ¡Si vieran ustedes la
-sarta de duques, condes y marqueses que han aparecido entre sus
-abuelos! ¡Jesús, y quién lo había de decir!... Y le dan todo el dinero
-que quiera pedir por esa boca... Como que pretenden que se vaya
-prontito para las Américas a arreglar a aquella gente, que anda toda
-revuelta... ¿No te lo decía yo, picaronazo? Alguna cosa gorda te tenía
-reservada el Señor por ese tu buen natural... ¡y que eres tú tonto en
-gracia de Dios!... Nada, nada, toda esa parentela que te ha salido
-hirviendo como garbanzos en puchero, te está muy bien merecida.
-
---Pues convídenos el señor perulero a piñones --dijo Doña Melchora.
-
---¿De modo que ya no coges el fusil? --me dijo D. Roque.
-
---Y ahora hace falta --añadió Cuervatón--. Pronto tendremos aquí a ese
-infame _córcego_.
-
---Sí, porque lo de Espinosa de los Monteros ha sido un menudo
-descalabro.
-
---¡Cómo descalabro! --exclamó furiosamente una voz, que no necesito
-decir a quién pertenecía.
-
---Sí, señor, un descalabro. Ya lo sabe todo el mundo. La retirada fue
-además desgraciadísima, y ha perecido mucha gente.
-
-D. Santiago Fernández, que ya estaba de muy mal humor, se puso en punto
-de caramelo, y después de dudar durante un rato si contestaría a tales
-insolencias con un abrumador desprecio o con enérgicas negativas,
-decidiose por lo último, diciendo:
-
---En esta casa no se consiente gente perdida, porque juro y rejuro
-que los que hablan así de la batalla de Espinosa de los Monteros,
-son espías de los franceses, y no digo más. Basta de disputas: cada
-uno meta su alma en su almario... y silencio, que aquí mando yo, y
-cuidadito con lo que se habla, que a mi no se me falta al respeto.
-
-_Conticuere omnes._
-
-
-
-
-X
-
-
-Quiere el buen orden de esta narración, que ahora deje a un lado la
-gran figura del Gran Capitán, con cuyas eminentes dimensiones se llena
-toda la historia de aquellos tiempos; que también pase en silencio, por
-ahora, no solo las hazañas que piensa realizar, sino sus admirables
-sentencias y el dictamen profundo que sobre los asuntos de la guerra
-daba; y que poniendo punto en todas estas cosas, pase a ocuparme de
-D. Diego de Rumblar. Es el caso que una noche encontrele camino de
-la calle de la Pasión, y al instante me cosí a su capa, resuelto a
-seguirle hasta la mañana, si preciso era.
-
---¡Oh, Gabriel! ¡Qué caro te vendes! Chico, toma tus dos reales. No me
-gustan deudas.
-
---¿Ya ha salido usted de apuros? No será por lo que le haya dado el Sr.
-de Cuervatón.
-
---¡Miserable usurero! No pienso pedirle más, porque ahora tengo todo
-lo que me hace falta. ¿A que no sabes quién me lo da? Pues me lo da
-Santorcaz.
-
---Eso es raro, porque yo suponía al señor D. Luis más en el caso de
-recibir que de dar.
-
---Pues ahí verás tú. Ahora tiene mucho dinero, sin que sepa yo de dónde
-le viene. Parece un potentado el tal Santorcaz. ¡Cuánto me quiere y con
-cuánto talento me indica todo lo que debo hacer! Habías de verle cómo
-me ofrece dinero y más dinero, por supuesto, dándole un recibito en
-toda regla. Ayer me prestó mil y quinientos reales que necesitaba para
-comprarle un collar de corales a la Zaina.
-
---¿Y es posible que gaste usted su dinero en tales obsequios, cuando
-tiene una tan linda novia con quien se ha de casar?...
-
---¡Qué quieres, chico! una cosa es el noviazgo, y otra es tener uno una
-mujer... pues. La Zaina me vuelve loco.
-
---¿Pero no se casa usted?
-
---¿Pues no me he de casar? Por de contado. Me parece que alguien de
-la familia se opone; pero no me apuro mientras tenga de mi parte
-a la Marquesa. El casamiento es indispensable, porque es cosa de
-conveniencia. Mi madre me dice en todas sus cartas que si no me caso
-pronto, me abrirá en canal. La boda sobre todo; pero lo cortés no quita
-a lo valiente... ¿Has conocido mujer más salada, más seductora que la
-Zaina?
-
---Pues yo he oído, y esto lo digo para que usted se ande con tiento,
-que el Sr. de Mañara es el cortejo de la Zaina.
-
---Así se dice... ¡pero a mí con esas!... Puede que en un tiempo mi
-amigo D. Juan tuviera ese capricho; pero ya no hay tal cosa.
-
---Y que D. Juan salía al amanecer de casa de la Zaina, cierto es,
-porque yo lo he visto.
-
---Nada de eso hace al caso --repuso Don Diego con petulancia--. Lo que
-es hoy, Ignacia se está muriendo por el que está dentro de esta capa.
-Ya verás esta noche cómo no me quita los ojos de encima. Además, yo sé
-que Mañara bebe los vientos por otra mujer.
-
---¿Por otra?
-
---Mejor dicho, por dos. Mañara ha vuelto a enredarse con la señora
-aquella que fue causa de un escándalo el año pasado, según oí contar,
-y además anda en tratos con la María Sánchez, hermana de la Pelumbres.
-Y que con la Zaina no tiene nada, lo prueba que anoche se pusieron de
-vuelta y media en casa de esta. ¡Bonito pañuelo de encajes, y bonita
-mantilla blanca lució en los novillos de anteayer la Pelumbres! Todo
-es regalo de Mañara, y anoche estuvieron juntos en la cazuela del
-Príncipe, y fueron después a cenar en casa de la González. De modo que
-nadie me disputa hoy a mi Zainita de mi alma.
-
-En esto llegamos a casa de la semidiosa de las coles, lechugas y
-tomates, y vímosla trasegando, de un pequeño tonel a media docena de
-botellas, una buena porción de aguardiente, al cual, como católica
-cristiana, administraba el primer sacramento con el Jordán de un botijo
-que allí cerca tenía. Lejos de ella, y a otro extremo de la salita,
-se calentaban junto a un braserillo el tío Mano de Mortero (padre de
-la Zaina), Pujitos y el simpático cortador de carne, a quien llamaban
-Majoma, los tres muy enredados en una calurosa conversación sobre los
-negocios públicos. Sin hacer caso de aquel grupo, que a su vez no lo
-hacía de los visitantes, D. Diego y yo nos fuimos derechamente a la
-Zaina, y aquí me corresponde hacer de ella la más exacta pintura que
-esté a mis cortos alcances.
-
-Era Ignacia Rejoncillos la más hermosa escultura de carne humana que
-he visto; y digo esto, no porque yo la viese jamás en aquel traje que
-suelen usar la Venus de Médicis, la de Milo ni otras marmóreas damas
-por el mismo estilo, sino porque claramente se le traslucían, a favor
-de los vestidos de entonces, la corrección, elegancia y proporcional
-forma de las distintas partes de su cuerpo; que el traje, lejos de
-afear estas femeninas esculturas, antes bien las hermosea, y más
-admirables son supuestas que vistas.
-
-Guapísima de rostro, tenía un blanco nacarado, sin que jamás se hubiese
-puesto otro afeite que el del agua clara, y unos ojos chispos, pardos,
-adormecidillos, tan pronto lánguidos como enardecidos, de esos medio
-santurrones y medio borrachos, que suelen encontrarse viajando por
-tierra de España, detrás del cajón de una plazuela, al través de
-las rejas de un convento, y para decirlo todo de una vez, lo mismo
-en cualquier paraje público que privado. Aunque algo chatilla, sus
-dientes de marfil, su linda boca (que era puerta de las insolencias),
-su garganta y cuello alabastrino, bastaban a oscurecer aquel defecto.
-Las manos no eran finas, como es de suponer; pero sí los pies, dignos
-de reales escarpines, y tenía además otro encanto particularísimo, cual
-era el de una voz suave, pastosa y blanda, cuyo son no es definible,
-y a quien daba mayor gracia lo incorrecto de la pronunciación y los
-solecismos que embutía en el discurso.
-
---Querida Zaina --le dijo amorosamente D. Diego--, anoche soñé contigo.
-
---Y yo con las monas del Retiro --contestó ella.
-
---Soñé que me querías mucho, y cuando desperté estuve llorando media
-hora al ver que todo era sueño.
-
---¿Y cuánto me quiere su merced? Lo que es yo, estoy toda muerta, y
-tengo el corazón hecho un ginovesado de tanto quererle.
-
---¡Si dijeras verdad, ingrata Proserpina, orgullosa Juno, artificiosa
-Circe! Tu corazón es de duro diamante o risco, y en vano mi amor quiere
-traspasarle con los acerados dardos de su carcaj.
-
---¿Qué motes son esos que me ha puesto, señor Conde? --exclamó la Zaina
-riendo a carcajada tendida--. ¡Puerco-espina yo! ¿Y qué es eso de los
-carcajales y de los diamantes duros?
-
---Esto lo he oído en una poesía que leyeron esta noche en la Rosa
-Cruz, y a ti te viene de molde. Dime: ¿por qué no me contestaste a la
-tiernísima carta que te escribí el otro día?
-
---¿Yo contestar, hombre de Dios? Así cuervos se lo coman. ¿Cómo he
-de contestar si no sé escribir? Allí leyeron el papel los amigos, y
-tuvieron dos horas de fiesta y risa con aquello del llagado corazón de
-su merced, y que yo era una paloma torcaz y una ruiseñora, y que me
-tiene un amor edial y pantásmico.
-
---¡Ideal y fantástico! decía la carta, lo cual significa que te quiero
-con amor puro y platónico, sin mezcla de ningún liviano apetito.
-
---¡Ande y que le den garrote! No me hable usía en lengua gringa que no
-entiendo.
-
---¿Y qué te han parecido los corales?
-
---¿Los colares? Mazníficos, como ahora se dice. Solo que ya podía usía
-haberlos acompañado de la friolera de un par de zarcillos y de una
-peineta de carey de las que hoy se usan. Y no se olvide mi Condito del
-alma que me ha prometido un coche pa dir el lunes a los novillos, ni
-de aquellas doce varas de cotonía para hacerme lo que llaman ahora un
-_savillé_. Si no, manque se güelva irmitaño y alacoreta, como dice en
-su cartapacio, no le he de querer.
-
---Todo eso tendrás, y aun mucho más --dijo D. Diego tomándole un brazo.
-
---En el ínterin, manos quietas, Sr. D. Diego, que quien es platono y
-pantásmico, como usía dice, no ha de gustar de pelliscar carne fofa
-como la mía. Pero venga acá y contésteme. ¿Se afirma en lo que anoche
-me contó del Sr. de Mañara?
-
---Punto por punto, Zainilla de mis entrañas.
-
---No es que me importe nada de lo que hace ese calaverilla --añadió la
-verdulera--, sino que una amiga mía quiere saberlo.
-
---Pues dile a tu amiga que el Sr. de Mañara no la quiere ya, porque
-está enamorado de una cierta Duquesa y de la Pelumbres, entrambas a dos.
-
---¡Duquesitas a mi! --exclamó Ignacia, haciendo un gesto aterrador con
-su derecha mano--. Si es la señora que usía nombró anoche... ya, ya
-la conozco bien. Hace dos años solía ir en ca la Primorosa con otra
-amiguita suya, Condesa o no sé qué, alta y morena, y con la Pepilla
-González, comicastra del teatro del Príncipe. ¡Pues no armaban mal
-jaleo entre las tres!... ¿Y también está con la Pelumbres?
-
---No: con su hermana Mariquilla: me equivoqué. Eso todo el barrio lo
-sabe. ¡Pues no está poco satisfecha Mariquilla! Pero deja eso que nada
-te importa, Zaina. ¿Me quieres mucho?
-
---¡Pues no le he de querer, niño --respondió la Zaina sin mirar a D.
-Diego--, si tengo el corazón que no parece sino que en él me enclavan
-alfineres!... ¿Vendrá D. Juan esta noche?
-
---¿A ti qué te va ni te viene, capullito de rosa?
-
-Diciendo esto, D. Diego volvió a extender los alevosos dedos para
-pellizcarla el brazo; pero en esto alzó la voz el tío Mano de Mortero,
-diciendo:
-
---¿Ya estamos de secreticos? A bien que el Sr. D. Diego es un caballero
-muy apersonado y principal, y viene acá con buenos fines. Nacia, no
-seas ortiguilla ni te pongas tan picona con mi señor Conde; que si su
-grandeza te quiere dar un pellizco es por ver lo que vas engordando, y
-no con intención de ser pesado. Sí, que yo iba a consentir otra cosa
-en esta casa de la mesma honradez. Pero ¿dónde están, señor Conde, las
-espuelas de plata que me prometió?
-
---Mañana, si Dios quiere, las acabará el platero --dijo D. Diego
-acercándose al grupo.
-
---¿No sabe usía las noticias que corren?
-
---Que se ha perdido una batalla en Espinosa de los Monteros.
-
---Y parece que también anda mal el ejército de Castaños, y que ya
-Napoleón va sobre Burgos.
-
---Todo eso es misa rezada --dijo Pujitos-- porque ya tenemos en
-Portugal obra de veinte mil inglesones, que manda uno a quien llaman el
-tío _Mor_.
-
---Buen tiempo viene ahora para el comercio, tío Mano --dijo Majoma--.
-Con esto de la guerra, los franceses por el lado de acá y los ingleses
-por el lado de allá, la fardería corre que es un primor.
-
---Dices bien, niñito. La raya de Portugal está hoy que es un bocado
-de ángeles, y los comerciantes de Madrid me traen ahora en palmitas.
-Además de que no falta género inglés muy barato puesto en Portugal, por
-la frontera y por las sierras de Gata y Peña de Francia no se ve un
-pícaro guarda, porque todos se han juntado a los ejércitos, de modo que
-viva mi señora la guerra mil años, y abajo Napoleón.
-
---Como venga a Madrid el infame _córcego_ --dijo Pujitos-- se va a
-quedar asombrado al ver los batallones que hemos formado acá en un
-ráscate ahí. ¿Han dido ustedes al enjercicio de hoy? ¡Válgame mi Dios y
-qué tropa! Aquello metía miedo, y si en vez de palos llegamos a tener
-fusiles, nosotros mesmos nos hubiéramos asustado de nosotros mesmos,
-echando a correr por todo el campo de Guardias palante.
-
---Pues yo no me he querido enganchar --dijo Majoma-- porque una peseta
-es poco, y si el tío Mano de Mortero me lleva a la raya, mejor estoy
-allí que en Flandes; y dejémonos de coger las armas, que por haberlas
-tomado una vez contra un alguacil, me han tenido diez años mirando a
-la Puntilla[1] y a los Farallones[2] con una cuenta de rosario en los
-pies, que si no es por la jura de mi D. Fernando VII, allá me comen los
-cínifes otros diez.
-
- [1] Cabo en la entrada de Melilla.
-
- [2] Peñasco en la entrada de Melilla.
-
---Eso no debe apesadumbrarte, Majomilla --dijo Mano de Mortero--, que
-es de personas cabales el pasear la vista por los Farallones, y testigo
-soy yo, que aunque no fui allá por el aquel de ninguna sangría mal
-dada, como tú, echáronme dos años por mor de un paseo a caballo en
-compañía de cuarenta quintales de hilo de patente, con su _Londón_ y
-todo, que metí allá por Alcañices. Pero, hijo, acá estamos todos, y
-Dios y la Virgen nos acompañen para no tener que llevar en los tobillos
-aquellas telarañas de a dos arrobas, que es el peor corte de polainas
-que he calzado en mi vida.
-
-Llamaron en esto a la puerta, y vimos entrar al Sr. de Mañara y a
-Santorcaz, el primero vestido elegantísimamente de majo, con capa de
-grana y sombrero apuntado.
-
---¡Gracias a Dios que parece su eminencia por acá! --dijo el padre de
-la Zaina acercándole una silla a Mañara.
-
---Ya sabrán ustedes que le tenemos de Regidor de Madrid --gritó
-Santorcaz.
-
---¡Regidor el Sr. de Mañara!
-
---¡Que viva mil años! --exclamaron todos.
-
---Así es. La sala de alcaldes me ha nombrado --respondió D. Juan--, y
-es probable que acepte.
-
---¿Y no se suspenderán los novillos del lunes? --preguntó con mucho
-interés Majoma.
-
---Como yo mande, habrá novillos, aunque tengamos a las puertas de la
-plaza a todos los emperadores del mundo.
-
---¡Viva el Regidor!
-
---Y dígame usía, angelito de mi alma --preguntó el tío Mano de Mortero
-con visible enternecimiento--, esos probecitos que hace dos meses están
-en la cárcel de Villa porque jugaron a la pelota con seis pellejos
-de vino por sobre las tapias de Gilimón; esos probecitos corderos,
-que son más buenos que el buen pan y más caballeros que el Cid, ¿no
-merecerán de su generosidad que les quite del mal recaudo en que se
-hallan? ¡Ay, mis queridos niños! ¡Y cómo se me aguan los ojos y se me
-arruga el corazón al verlos entre rejas! ¿Cómo no, excelentísimo señor,
-si les he criado a mis pechos y enstruido con mis liciones y enderezado
-con mis palos? No parece sino que su carne es mi carne, y mal haya el
-que los vio tan listos de piernas como de ojos por Peña de Francia, y
-ahora los ve con los brazos cruzados, entre alguaciles, carceleros y
-toda esa canalla que debería estar frita en aceite para que todo el
-mundo anduviera en regla.
-
---Sosiéguese el buen Mortero --dijo Mañara--, que si de algo vale mi
-influjo, abrazará pronto a sus amigos.
-
---¡Que suba al quinto cielo el Sr. D. Juan, y juro que le he de traer
-la mejor muda de camisas en pieza que ha tapado carne de Corregidor
-desde que el mundo es mundo! Ea, a bailar, a cantar. Nacia, trae
-aquello blanco del barrilito que apandamos en este viaje.
-
---¿No han venido Menegilda, ni Alifonsa, ni Narcisa? --preguntó
-Mañara--. Esto está más triste que un entierro. Tú, Zainilla, echa unas
-boleras para hacer boca.
-
---¡Yo, yo boleras! --repuso la Zaina con tono desapacible y mal
-humorado--. No me pide el cuerpo boleras.
-
---Échalas por amor de Dios.
-
---Digo que no me da la gana. ¿Soy figurilla de tutili-mundi?
-
---Nacia --dijo gravemente el padre de la consabida--, no se contesta
-de esa manera, y pues el señor Regidor de mi alma lo manda, cantarás,
-aunque te pudras.
-
---Un par de seguidillas al menos.
-
-La Zaina cambió de parecer, y rasgueando una guitarra, cantó:
-
- Todas las duquesitas
- De los madriles,
- No sirven pa calzarme
- Los escarpines.
- Dale que dale
- Y póngame esa liga
- Que se me cae.
-
---¡Otra, otra! Tiene en el cuerpo esta maldita Zaina toda la gracia del
-mundo.
-
-La Zaina continuó:
-
- Señora principesa
- De panza en trote,
- Las sobras que yo dejo
- Usted las coge.
- Viva quien vive.
- Le regalo ese peine
- Que no me sirve.
-
-Aquí fue el batir palmas y el patear suelos y el romper sillas, con
-tanto estruendo y algazara que no parecía sino que la casa se venía al
-suelo. La Zaina arrojó después lejos de sí la guitarra con tal fuerza,
-que aquel sensible instrumento, al dar violentamente contra una silla,
-lanzó un quejido lastimero y se le saltaron dos cuerdas. Acto continuo
-sentose junto a D. Diego. Pero la exactitud de esta narración exige que
-ahora los deje en su amoroso coloquio, ella hecha toda lenguas y él
-embobado y suspenso, para que pase a decir cómo entraron metiendo mucho
-ruido la Menegilda, la Alifonsa y la Narcisa, que con ser solo tres,
-no parecía sino que entraban por las puertas todos los demonios del
-infierno.
-
---Tarde venís, ninflas --dijo Mano.
-
---Sí, hemos estado picando lomo para las salchichas. Como esta tarde no
-lo pudimos hacer por ir al rosario... --contestó una de ellas.
-
---Pos yo, por no perder el rosario, cerré mi almacén de hierro --dijo
-otra--, y desde prima noche he tenido que andar desapartando los clavos
-de herradura de los clavos de puerta.
-
---¡Ay, qué bueno ha estado el rosario! ¿Lo has visto, Majomilla?
-
---¡Qué había de ver, si me entretuve en el Puente de Toledo, esperando
-un cinco de copas que no quería salir, y gancheando a dos payos de
-Valmojado que malditos de ellos si sudaban dos cuartos! Pero lo rezaré
-mañana, que para el bien nunca es tarde.
-
---Ende que lo supimos --dijo la Narcisa-- nos plantamos allá. Yo le
-mandé al pariente que pusiera el puchero y cuidara de los chicos, y
-pies para qué vos quiero. Este rosario lo ha sacado la Congregación de
-María Santísima del Carmen de la pirroquia de San Ginés, en rogativa
-de las presentes calamidades. Salió a las dos. ¡Qué lucimiento, qué
-devoción! Allí iban todos, desde el señor más estirado hasta el último
-comiquín, y todos con su vela. ¿No ha estado usted, Mano de Mortero?
-
---¿Qué había de ir, mujer --respondió--, si estoy aquí con el corazón
-traspasado por la pena de no haber metido mi cucharada en ese rosario?
-Pero pues mi alma lo necesita, mañana tengo de asistir a la función que
-da la Cofradía de María Santísima de los Dolores, a quien tengo ley
-por los malos pasos de que me ha sacado en bien, intercediendo con su
-divino Hijo. Creo que predica mi grande amigote el Padre Salmón.
-
---Esa función --añadió Pujitos-- es en el convento de Padres dominicos,
-y se celebra para implorar el divino auxilio por la felicidad de las
-armas de esta monarquía, salud de nuestro S. P. Pío VII y libertad de
-nuestro amado Monarca.
-
---Justo y cabal --prosiguió Mano de Mortero--; y pues hay procesión,
-pienso asistir con vela, que todos, el que más y el que menos, estamos
-llenos de pecados, y aun yo, que no hago mal a nadie, allá me voy con
-los demás; porque el justo peca tres veces, cuanti más los que no
-lo son. Por lo que a mí hace, no tengo comeniente en que Su Divina
-Majestad saque en bien los ejércitos, que españoles somos y lo debemos
-desear, ni tampoco en que le dé mucha salud y años mil a ese Sr. D.
-Pío VII; pero en lo de poner en libertad a Fernando, que es como si
-dijéramos, acabarse la guerra, por allá me lo tenga un par de añitos
-más, pues esto de la guerra, y los franceses por acá y los ingleses
-por allá, es una bendición de Dios, y un rocío celestial que el Señor
-manda a los probecitos que no tienen dónde ganarlo, si no es poniendo
-la vida en un tris y escondiendo las piezas de hilo dentro de las sacas
-de carbón, para ver de engañar al fisco, que es el demonio enemigo de
-nuestras almas.
-
---Mal patriota es el Sr. Mano --dijo enfáticamente Pujitos--, pues ni
-coge el fusil ni ruega por la libertad de nuestro amado Monarca.
-
---Diez fusiles, que no uno cogeré si es preciso, pues hartos agujeros,
-raspones y abolladuras hay en los cuerpos de los guardas, que podrán
-dar fe de cómo manejo el gatillo. También quiero y reverencio a mi
-querido Rey, pues no puedo olvidar que me apretó la mano el día que
-entró viniendo de Aranjuez, ni que le alabó a mi Zainilla el garbo
-para tocar el pandero; pero los probes somos probes, y yo pondría a mi
-Fernando en siete tronos... Hijo, dame pan y llámame tonto, y como dijo
-el otro, el abad de lo que canta yanta.
-
---Hoy no vi al Sr. de Pujitos en la formación --dijo Santorcaz
-acercándose al grupo.
-
---¿Cómo había de ir, compañero --respondió el maestro de obra prima,
-que al oírse interpelado sobre aquel asunto recibió más gusto que si
-le regalaran tres tronos europeos--; cómo había de ir si todo el día
-he estado en el Parque apartando fusiles, contando piedras de chispa y
-repasando cartuchos, tan atareado, jeñores, que tengo en los lomos una
-puntada que no me deja respirar?
-
---¿Y se defenderá Madrid?
-
---¡Pues ya! No hay muchos fusiles que digamos; pero se han reunido un
-sin fin de sables viejos, muchas lanzas, cascos antiguos del tiempo
-del rey que rabió por gachas, cacerolas que pueden servir de escudos,
-mazas que para partir cabezas de franceses serán una bendición de
-Dios, guanteletes, pinchos, asadores, llaves viejas y otras mil armas
-mortíficas.
-
---De nada servirá nuestro valor --dijo Santorcaz--, si antes no
-acabamos con todos los traidores que hay en Madrid.
-
---Lo mismo digo --afirmó Mortero.
-
---Por todas partes no se ven sino espías de los franceses, y ahora es
-ocasión de que este señor Regidor que aquí tenemos se luzca.
-
---Así es la verdad --dije yo--. Sé de muchos que se fingen muy
-patriotas, y están vendidos a los franceses. Los que hacen más
-aspavientos y dan más gritos, y más gallardean de patriotas, son los
-peores. ¿No es verdad, Santorcaz?
-
---Pues acabar con ellos.
-
---Para eso nos bastamos y nos sobramos --añadió Majoma--. Y vengan
-malos patriotas y gabachones, para dar cuenta de ellos.
-
---Personajes conozco yo --dijo Mañara-- que han de morir arrastrados,
-si Dios no lo remedia; y si llego a ser Regidor, ya nos veremos las
-caras, señores afrancesados.
-
---Esa es la gente más mala --afirmó Santorcaz con mucho desparpajo--,
-más desvergonzada y más traidora que hay; y si no ponemos mano en
-ellos, no saldremos bien de esta guerra. Porque yo sé que hay quien
-está tramando abrir las puertas de Madrid si nos ponen asedio.
-
---Pues despacharlos, y se acabó la junción --dijo Pujitos--. En mi
-compañía están tan rabiosos, que solo con decir «ese es gabacho», se le
-van encima y le quieren despedazar.
-
---Los peores --repetí yo, teniendo el gusto de que el tío Mano apoyara
-enérgicamente mi opinión-- son los que chillan y enredan, y están a
-todas horas hablando de traidores; y si no, aquí está Santorcaz, que
-conoce a la gente y lo puede decir.
-
---Así es, en efecto --repuso el francmasón algo contrariado--; pero que
-hay traidores, no tiene duda.
-
-
-
-
-XI
-
-
-D. Diego, la Zaina y las otras tres damas, no menos que esta famosas,
-habían entablado animada conversación, formando otro corrillo.
-
---No se olvide el señor Condito --dijo Menegilda-- que nos prometió
-traer una noche a su novia.
-
---Si yo no tengo novia.
-
---Sí que la tiene. ¿No es verdad, Gabriel, que tiene novia?
-
---Y más bonita que el sol --respondí acercándome.
-
---Vamos, la tengo --dijo Rumblar--; pero no la quiero, Zainilla. No te
-vayas a poner celosa.
-
---Ya estoy frita con los tales celos, niño mío --contestó la maja--.
-Pero ¿por qué no la trae aquí una noche?
-
---Antes traerá una estrella del cielo --afirmó Mañara, acercándose al
-grupo femenino.
-
---D. Diego me ha prometido traerla, y la traerá --dijo Santorcaz,
-atraído también por aquel coloquio.
-
---Sí --indicó Mañara--: la familia de ese señorito iba a permitir que
-una tan delicada doncella viniera a estas casas.
-
---¡A estas casas! --exclamó la Zaina--. ¿Estamos en algún presillo? Más
-honrada es mi casa, Sr. D. Juan, que muchas de señoras amadamadas, por
-donde usía anda en malos pasos.
-
---Calla, tonta --dijo Mañara de mal humor.
-
---Y buenas princesas ha traído usted a esta casa, y a la de la
-Pelumbres y de la Primorosa --añadió Ignacia--. Toas semos unas,
-y no lo igo por esa duquesa con quien fue hace dos noches en ca
-la Pelumbres. Alifonsa, ¿sabes quién es? ¿Te acuerdas de aquella
-duquesilla amojamada, que parece un almacén de huesos? Si D. Juan la
-trae por aquí, pondremos una fábrica de botones.
-
---¿Qué hablas ahí, zafiota, animal sin pluma? --gritó Mañara con vivo
-arrebato de ira--. Habla mejor si no quieres que con tu lengua haga una
-pantufla para azotarte la cara.
-
---¡A mí con esas el asno Regidor! --vociferó la Zaina--. Después que
-le he despreciao, después que he tenido que escupirle en la cara para
-que no anduviera tras de mí chupándose la tierra que yo pisaba, ¿ahora
-viene con esa? Con las barbas de un usía friego yo los cacharros de la
-cocina, y tripas de caballero le echo a mi gato.
-
---¡Condenada manola! --dijo Mañara cada vez más colérico--. La
-culpa tiene quien te ha dado esas alas y quien con personas bajas
-se entretiene. ¿Para qué tomas en tu ruin boca el nombre de señoras
-respetables de quien no mereces besar la suela del zapato? ¡Cuidado con
-los celitos de la niña!
-
---¿Celos yo? --chilló la maja más encendida que la grana--. ¡Por Dios,
-que me quiera usted, so pringoso: tomelo por estera y se creyó cortejo!
-
-Y diciendo esto, lanzó un salivazo en medio del corrillo.
-
---¡Miserable mujerzuela! ¡La culpa tiene quien se arrima a ti, por
-hacerte gente siquiera un día!
-
---¡Eh, eh! poco a poquito --dijo a este punto el tío Mano de Mortero,
-que de espectador indiferente de aquella escena se trocaba en actor
-de ella--. Eso de mujerzuela es de gente mal hablada, y aquí no se
-habla mal de nadie, y lo que es mi hija tiene su siempre y cuando como
-cualquier otra. Que el señor D. Juan no nos toque a la honor, porque
-a mí no me falta un saco de onzas de oro ensayadas para apedrear a
-cualquiera. Y tú, princesa mía, ¿a qué le haces tantos cocos ahora al
-Sr. de Mañara, cuando ha pocos días te chiflabas por él, y si alguna
-noche faltaba su señoría a hacerte compañía o a ayudarte a rezar el
-rosario, ponías en el cielo unos suspiros como catedrales? Anda, que
-todos son buenos, y váyase lo uno por lo otro.
-
---¿Suspiritos tenemos? --preguntó Mañara con presunción.
-
---Y si hubo suspiros --dijo Mortero--, mi hija es una persona de
-etiqueta, y los puede echar como cualquiera otra, aunque sea por el
-Rey; que si está en el cajón de verduras, es porque quiere, que su
-padre ya le ha prometido varias veces ponerla al frente de una casa de
-bebidas finas.
-
---¡Yo suspirar por ese animal! --dijo la Zaina--. Por lástima le he
-mirao una vez cuando iba al cajón a echarme flores.
-
---Eso quisieras tú; pero no se estila echar margaritas a puercos.
-
-La Zaina hizo un movimiento. El demonio fue sin duda quien llevó a
-sus irritadas manos una botella de las que en la mesa contigua había,
-y disparola con tanta fuerza contra Mañara, que a no apartarse este
-vivamente, viéramos allí partida en dos la cabeza más dura que ha
-gastado Regidor en el mundo. Levantose este furioso para castigar el
-descomedimiento de la Zaina; pero con tanta presteza acudió D. Diego
-en defensa de la verdulera, que sobre él cayeron los primeros golpes.
-Lleno de rabia al verse aporreado, arremetió contra Mañara, a punto
-que el tío Mano de Mortero empezaba a probar la exactitud de su apodo,
-repartiendo algunos puñetazos sobre tirios y troyanos. Las majas
-Narcisa, Menegilda y Alifonsa declaráronse también en guerra, por dar
-gusto a las inquietas manos, y bien pronto de todos los allí presentes
-no quedó uno que no llevase su óbolo a tal colecta de golpes y gritos.
-Era aquello una bendición de Dios, y juro que jamás habría yo metido
-mis manos en tal fregado, si no me incitara a ello una caricia que
-sentí en mitad de la espalda, hecha por mano desconocida. Y lo peor
-fue que Majoma, hombre ingenioso, inclinado siempre a sacar partido de
-tales alteraciones del orden privado, descargó varios palos sobre el
-candil que la escena iluminaba, y al punto nos vimos todos de un color.
-Aquí fue el arreciar de los puñetazos, y el esfuerzo de los gritos, y
-el rodar unos sobre otros; y si bien el peso de un cuerpo nos oprimía a
-veces, también el nuestro caía en humanas blanduras, de cuyos choques
-provenían los pellizcos, arañazos y demás proyectiles menudos. Por
-aquí se oían voces lastimeras; por allá gritos de venganza, y sobre
-toda especie de rumores, descollaba la voz estentórea del tío Mano de
-Mortero, diciendo:
-
---En mi casa no ha de haber escándalos, y el que diga que aquí se
-siente el vuelo de una mosca, miente. Vamos, amiguitos: no meter tanto
-ruido ni pegar tan recio. Esto es una broma: conque paz y pan, y
-divertámonos.
-
-Y a todas estas la vecindad se alborotaba, y en la calle deteníase la
-gente curiosa, no porque le hiciera novedad aquel ruido, sino por gozar
-de él; y se temió la intervención de la justicia, lo cual hería al Sr.
-Mano en lo más delicado de su dignidad. Por fin hubo uno que pudo dar
-con la puerta y abrirla y echarse fuera, con lo cual, habiendo entrado
-un poco de luz, pudimos vernos. Todo indicaba que íbamos a tener una
-visita alguacilesca, lo que me impulsó a coger por un brazo a D. Diego
-y echarlo conmigo afuera, y bajar a saltos la escalera hasta dar con
-nuestros cuerpos en la calle, por la que nos escurrimos sin miedo a la
-corchetería.
-
-Cuando nos vimos lejos, acortamos el paso, contemplándonos uno a otro.
-D. Diego había padecido más averías que yo en la refriega, y ostentaba
-en la cara un verdugón hecho por buena mano.
-
---¡Maldito de mí! --exclamó tentándose los bolsillos de sus calzones--.
-¿Sabes que me han quitado mis dos relojes? ¡Pues también el dinero,
-todo el dinero que llevaba!
-
---Era de suponer, Sr. D. Diego --le respondí registrándome también--,
-pues no salimos de ninguna misa cantada. Y por lo que veo, a mí también
-me han desplumado.
-
---¿Te quitaron el reloj?
-
---No, señor: el reloj no me lo han quitado ni me lo quitarán todos los
-cacos del mundo, porque no lo tengo; pero sí perdí un dinerillo; bien
-poco, por cierto.
-
---¡Dios mío! Sin relojes, sin dinero... --clamó doloridamente D.
-Diego--. ¿Con qué compraré ahora las diez y siete varas de cotonía que
-quiere la Zaina? ¿Con qué alquilaré el coche para que vaya el lunes a
-los novillos? Si Santorcaz no me presta, me moriré.
-
---Diez y siete varas de fresno, que no de cotonía, es lo que merece esa
-gentuza --le contesté--; pues es necesario estar loco o enamorado para
-poner los pies en tales casas.
-
-
-
-
-XII
-
-
-Como antes indiqué, no pude obtener licencia para salir de Madrid,
-porque la Villa, viéndose pronto en gran aprieto, cayó en la cuenta
-de que necesitaba de toda su gente para defenderse. ¿Por qué no me
-marché? ¿Quién me lo impidió? ¿Quién torció el camino de mi resolución?
-¿Quién había de ser sino aquel que por entonces era el trastornador
-de todos los proyectos, el brazo izquierdo del destino, el que a los
-grandes y a los pequeños extendía el influjo de su invasora voluntad?
-Sí: el baratero de Europa; el destronador de los Borbones y fabricante
-de reinos nuevos; el que tenía sofocada a Inglaterra, y suspensa a la
-Rusia, y abatida a la Prusia, y amedrentada al Austria, y oprimida a la
-hermosa Italia, osó también poner la mano en mi suerte, impidiéndome
-pasar a otro ejército.
-
-Es, pues, el caso, que el D. Quijote imperial y real, como algunos de
-nuestros paisanos le llamaban, no sin fundamento, había entrado en
-España a principios de noviembre con ánimos de instalar de nuevo en
-Madrid la corte botellesca. A él se le importaba poco que los españoles
-llamasen tuerto a su hermano, y fijo en el número y fuerza de nuestros
-soldados, no atendía a lo demás. Una vez puesto el pie en tierra de
-España, no le agradó mucho que el mariscal Lefebvre ganase la batalla
-de Zornoza, porque sabido es que no era de su gusto que se adquiriese
-gloria sin su presencia y consentimiento. Mandó, sin embargo, al
-Mariscal Víctor que persiguiese a nuestro desgraciado Blake, cuyas
-tropas se habían reforzado con las del Marqués de la Romana, escapadas
-de Dinamarca, y aquí tienen ustedes la batalla de Espinosa de los
-Monteros, dada en los días 10 y 11, y perdida por nosotros, por más que
-el Gran Capitán, con más celo que buen sentido, se empeñe en negarlo.
-¡Ay! No hagan ustedes caso de aquel mi honradísimo y entusiasta amigo,
-y crean a pie juntillas que lo de Espinosa fue un gran descalabro,
-aunque no sin gloria para nuestras hambrientas, desnudas y fatigadas
-tropas. Valientes oficiales perecieron allí, y grandes apuros y
-privaciones pasaron todos, sin un pedazo de pan que llevar a la boca,
-ni una venda que poner en sus heridas.
-
-Así sucumbió el ejército de la izquierda, cuyos restos, salvándose por
-las fragosidades de Liébana, recalaron por tierra de Campos, para ser
-mandados por el Marqués de la Romana. No fue más dichoso el ejército
-de Extremadura en Gamonal, cerca de Burgos, pues Bessières y Lasalle
-lo destrozaron también el mismo fatal día 10 de noviembre, y el 12
-entraba en la capital de Castilla el azote del mundo, publicando allí
-su traidor decreto de amnistía. Aún nos quedaba un ejército, el del
-Centro, que ocupaba la ribera del Ebro por Tudela: mandábalo Castaños;
-pero nadie confiaba que allí fuéramos más afortunados, porque una vez
-abierta la puerta a las calamidades, estas habían de venir unas tras
-otras a toda prisa, como suele suceder siempre en el pícaro mundo.
-También nos preparaba el cielo en el Ebro otra gran desgracia; pero a
-mediados de noviembre, cuando corrieron por Madrid las tristes nuevas
-de Espinosa y de Gamonal, aún no se había dado la batalla de Tudela.
-
-El pánico en Madrid era inmenso, y se creía segura la pronta
-presentación del corso en las inmediaciones de la capital. ¿Qué
-podía oponérsele? No quedaba más ejército que el del Centro, situado
-allá arriba a orillas del Ebro. ¿Quién detendría al invasor en su
-marcha terrible? La Junta se desesperaba, y los madrileños creían
-acudir a remediar la gravedad de las circunstancias, entusiasmándose.
-¡Ay! Después de mandar algunas tropas a los pasos de Somosierra y
-Navacerrada, ¿qué ejército de línea quedaba para defender a Madrid? Da
-pena el decirlo. Quinientos hombres.
-
-Los paisanos armados eran ciertamente muchos; pero había muy pocos
-fusiles, y de estos la mitad resultaban inútiles por falta de
-cartuchos; y ¿con qué se hacían los cartuchos, si no había pólvora? A
-esto habíamos llegado cuatro meses después de la victoria de Bailén.
-Todo al revés. Ayer barriendo a los franceses, y hoy dejándonos barrer;
-ayer poderosos y temibles, y hoy impotentes y desbandados. Contrastes
-y antítesis propias de la tierra, como el paño pardo, los garbanzos,
-el buen vino y el buen humor. ¡Oh, España, cómo se te reconoce en
-cualquier parte de tu historia, a donde se fije la vista! Y no hay
-disimulo que te encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te
-desfigure, porque a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde
-cien leguas con tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria;
-con la una mano empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra.
-
---Hola, Gabriel, ¿tú por aquí? --me dijo Pujitos en la Puerta del Sol
-el día 20 de noviembre--. Ya sabes que tenemos de Regidor a nuestro
-amigo D. Juan de Mañara. Él es el encargado de la cartuchería. ¿Tienes
-fusil?
-
---Y bueno. ¿Pero todavía no se dice nada de fortificar a Madrid, ni
-se trata de abrir fosos y levantar parapetos y abrigos, ya que a esta
-villa y corte la hicieron sin murallas ni otra defensa alguna?
-
---Todo eso se hará. Pero lo que más urge es la cartuchería y armas.
-
---¿Dónde hacen cartuchos?
-
---En varias partes. Allá junto al Colegio de Niñas de la Paz hay más
-de sesenta personas trabajando en ello noche y día.
-
---Pero de nada nos sirven los cartuchos sin armas, Sr. de Pujitos --le
-dije--. Yo conozco muchísimos hombres valientes que no tienen sino
-chuzos, pedreñales y espadas llenas de orín.
-
---Eso será nonada, y si no nos hacen traición...
-
---¡Traición!
-
---¡Sí: aquí hay muchos traidores!
-
---Ahora, como la gente anda tan exaltada, es común llamar traidores a
-los más leales patriotas.
-
---Gabriel --dijo deteniéndose en medio de la calle y asomando por
-el embozo de su capa un dedo con el cual ciceronianamente acentuaba
-sus palabras--, cuando yo lo digo, sabido me lo tengo. ¿Te acuerdas
-de lo que se habló hace noches en casa del tío Mano? ¿Te acuerdas
-cómo se puso furioso el Sr. de Santorcaz contra los traidores? Pues
-hemos descubierto que ese Sr. de Santorcaz o D. Demonio, es espía del
-_córcego_. Velay por qué estaba tan enfoguetado.
-
---No es la primera vez que lo oigo.
-
---Él les escribe cartas de lo que aquí pasa, y con el dinero que le
-dan paga gente alborotadora, que arme querellas entre la tropa. Como
-este hay muchos, y se dice que señores muy alcurniados están vendidos
-a los franceses. Pero, Gabriel, que se nos amostacen las narices, y
-veremos a dónde van a parar. Hay otros que, aunque no son traidores,
-son melindrosos, y no quieren lo que llaman _Constitución_, la cual
-se va a poner ahora pa acabar con el espotismo. ¿Sabes tú lo que es el
-espotismo? Pues el espotismo es una cosa muy mala, muy mala. A bien
-que desde que acabamos con Godoy y los lairones que con él vivían, se
-acabaron todas las picardías, y ahora, luego que demos fin a esto del
-_córcego_, los reinos de España se van a gobernar de otra manera, y
-estaremos tan bien, que no nos cambiaremos por los ángeles del cielo.
-
-Y diciendo esto, dio media vuelta y marchose lejos de mí a toda prisa.
-No tardé yo en acudir pronto a la formación de mi compañía.
-
-Ante las evidentes muestras de alarma que a todas horas se observaban
-en Madrid, mal podía el optimismo del Gran Capitán sostenerse en las
-ideales regiones donde le hemos visto cernerse, como el águila de la
-patria a quien ni el peligro ni el miedo pueden obligar a abatir su
-majestuoso vuelo. Ya no era posible negar la derrota de Espinosa, ni
-tampoco la de Gamonal, y solo los locos podrían suponer a Napoleón
-dispuesto a detenerse en su victorioso camino. Muchos días resistiose
-el fuerte espíritu de mi amigo a la evidencia de tantos descalabros;
-por muchos días sostuvo que nuestras armas victoriosas echarían a los
-franceses con su malhadado Emperador del otro lado del Bidasoa; por
-muchos días continuó atribuyendo a los papeles públicos la pérfida
-invención de aquellos absurdos acontecimientos que no cabían en su
-homérica cabeza; pero al fin la muchedumbre de las noticias malas,
-la agitación pública, el pánico de todos, la general zozobra, y el
-tumulto y laberinto de los preparativos de defensa rindieron golpe
-tras golpe el formidable castillo de su terquedad, dando en tierra
-con tantas ilusiones. El héroe no aparentó desmayar con esto, antes
-bien se reía tomando la cosa como una fiesta. Lleno de confianza en la
-capital, siempre negaba que Napoleón se atreviese a ponerse delante de
-los madrileños, y esta fue una tenacidad que le duró contra viento y
-marea hasta el 25 de noviembre, en cuya noche, al retirarse a su casa,
-preguntole Doña Gregoria, como siempre, las noticias de la tarde:
-
---Nada, mujer --repuso frotándose las manos, y promulgando con
-desdeñosas sonrisas la categórica confianza que llenaba su espíritu--.
-Nada, mujer: emperadorcito tenemos.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Y el emperadorcito salió de Burgos el 22; detúvose en Aranda el 24; el
-29 estaba en Boceguillas, y, por fin, el 30 llegó a Somosierra.
-
-En Madrid la alarma crecía en tales términos, que ya en 23 de
-noviembre se pensaba en una defensa formal, guarneciendo el circuito
-de la Corte para hacer de ella, con el valor de sus habitantes,
-una segunda Zaragoza. Era Capitán general de Castilla la Nueva el
-Marqués de Castelar, y Gobernador de la plaza D. Fernando de la Vera
-y Pantoja; pero a este no se le conceptuaba muy entendido en materias
-facultativas, y como se tratara de obras de defensa, fue nombrado
-para el caso el célebre D. Tomás de Morla, sucesor de Solano en Cádiz
-cinco meses antes; hombre feísimo de rostro, de carácter aparentemente
-enérgico, aunque en realidad muy débil. Gozaba en el conocimiento de
-la artillería de gran reputación, que aún conserva, pues sus estudios
-sirven hoy para la enseñanza de la juventud que a la guerra científica
-se consagra.
-
-Morla dirigió las obras de defensa, que consistían en grandes fosos
-abiertos fuera de las puertas de Fuencarral, Santa Bárbara, Los Pozos,
-Atocha y Recoletos; en aspillerar toda la muralla de la parte Norte;
-en desempedrar las calles de Alcalá, Carrera de San Jerónimo y calle
-de Atocha para levantar barricadas, y, por último, en fortificar el
-Retiro con trincheras y una mediana artillería, la única que teníamos,
-pues todo se reducía a unas cuantas piezas de a 6 y poquísimas de a 8.
-Esto se hizo precipitadamente a última hora; mas con tanto entusiasmo
-y determinación, que la diligencia parecía suplir con creces a la
-previsión.
-
-En las obras trabajaba todo el mundo sin reparos de clase. Las señoras,
-no contentas con afiliarse en la Congregación del _Lavado y cosido_,
-dirigieron a las autoridades una exposición en que se ofrecían a
-ayudar, _ya llevando espuertas de tierra_, ya ocupándose en lo que se
-les mandase. No es esto invento mío, y la exposición existe impresa,
-donde el incrédulo podrá verla si aún duda de la grandeza de ánimo de
-las señoras de aquel tiempo. Y al decir _señoras_, se comprende que no
-me refiero a aquellas de quienes en otro lugar de este relato tengo
-hecha mención, pues las del Rastro y Maravillas tenían especial gusto
-en pasearse por todo Madrid arrastrando un cañón entre seguidillas y
-chanzonetas: me refiero a las más altas hembras, a quienes vi empleadas
-en menesteres indignos de sus delicadas manos.
-
-De los hombres no hay que hablar, porque todos trabajábamos a porfía
-día y noche, sacando tierra de los fosos para construir los espaldones
-de la artillería. En poco tiempo quedó la calle de Alcalá tan limpia de
-guijarros como tierra de sembradura, y desde las Baronesas al Carmen
-Calzado levantamos un parapeto formidable.
-
-El personal de la defensa era el siguiente:
-
-1.º Quinientos soldados de línea que apenas bastaban para el servicio
-de las bocas de fuego. 2.º Las tropas colecticias formadas por el
-alistamiento voluntario de 7 de agosto, y a las cuales pertenecía
-un servidor de ustedes (no pasábamos de tres mil hombres). 3.º Los
-conscriptos pertenecientes a Madrid en el llamamiento de doscientos
-cincuenta mil hombres que hizo la Junta, y cuyo sorteo se verificó en
-23 de noviembre. 4.º La milicia urbana llamada _honrada_, que se formó
-por enganche voluntario el 24 del mismo mes.
-
-Voy a deciros algo de esta conscripción y de estos señores _honrados_.
-Hízose aquella llamando a las armas a todos los ciudadanos desde 16 a
-40 años, y declarando derogadas todas las excepciones que establecían
-las Reales Ordenanzas de 27 de octubre de 1800 para el reemplazo del
-ejército. Se declararon útiles los viudos con hijos; los hijosdalgo
-de Madrid; los nobles que no tuvieran más excepción que su nobleza;
-los tonsurados sin beneficio que estuviesen asignados a servicio
-eclesiástico, para cuya determinación se cubrió con un velo el Concilio
-de Trento; los que disfrutaban capellanía sin estar ordenados _in
-sacris_ (muchos de estos eran los llamados _abates_); los novicios
-de órdenes religiosas; los doctores y licenciados, que no fueran
-catedráticos con propiedad; los retirados del servicio, y los quintos
-que hubieran servido su tiempo; los hijos únicos de labradores; en una
-palabra, no se exceptuaba a rey ni a Roque.
-
-Los _honrados_ eran una milicia sedentaria creada con objeto de
-guarnecer las ciudades, para _precaver los desórdenes, reprimir los
-facinerosos, bandidos, desertores y díscolos, que, perturbando la
-pública tranquilidad, intenten saciar su ambición o su codicia_.
-
-De modo que en Madrid tuvimos en 23 de noviembre sorteo para el
-reemplazo del ejército, y algunos días después alistamiento de
-_milicianos honrados_. Aquella y esta operación se verificaban de diez
-a tres en los claustros de la Trinidad Calzada, de los Mostenses,
-de San Francisco, y en los de otros conventos situados en el punto
-más céntrico de cada cuartel, ante un alcalde de casa y corte o un
-señor regidor de Madrid, un oficial militar, un alcalde de barrio y
-un escribano. Bastaron, pues, pocos días para que las filas de la
-guarnición de Madrid se llenaran con muchos miles de hombres. A la poca
-tropa de línea y al regular número de voluntarios ya disciplinados,
-uniose la muchedumbre de quintos y la caterva de urbanos, gente toda
-muy entusiasta; pero casi en general carecían de fusiles, y estaban
-tan ignorantes de lo que habían de hacer como la madre que les echó al
-mundo.
-
-Sucedió también que los voluntarios antiguos, aquellos que desde agosto
-habían paseado presuntuosamente sus fachas uniformadas por Madrid,
-miraron con mal ojo a los _honrados_, los cuales, llamándose así,
-parecían querer resumir en su instituto toda la honradez española, y
-hablaban pestes de los antiguos. Los _honrados_ que no tenían armas,
-decían que estas debían quitarse a los antiguos que las tenían; juraban
-estos entregarlas antes a Napoleón que a los _honrados_, y en tanto
-los quintos recién sorteados, aquellos infelices viudos, nobles,
-sacristanes, novicios, beneficiados sin beneficio y demás gente antes
-exceptuada, miraban al cielo, esperando que se les pusiese en la mano
-alguna cosa con que matar. En resumen: mucha, muchísima gente de última
-hora; pocas y malas armas; ningún concierto; falta de quien supiese
-mandar, aunque fuese un hato de pavos; mucho mover de lenguas y de
-piernas; un continuo ir y venir, con la añadidura inseparable de
-gritos, amenazas y recelos mutuos, y la contera de los gallardetes,
-escarapelas, banderolas, signos, letreros y emblemas, que tanto emboban
-al pueblo de Madrid.
-
-El aspecto de uno de aquellos claustros en que se verificaba el
-alistamiento, era digno de ser eternizado por los más diestros
-pinceles. ¡Dichoso yo si con la pluma pudiera dar efímera existencia a
-uno de ellos! ¿A cuál? Todos eran igualmente pintorescos; y si alguno
-contenía mayor número de curiosidades, era el claustro de la Trinidad
-Calzada, en la calle de Atocha.
-
-En mitad de la ancha crujía estaba la mesa, donde el Regidor iba
-recibiendo los nombres, que asentaba un escribiente en barbudas
-cuartillas de papel. En su derredor resonaba tal chillería y alboroto,
-que no sé cómo el Sr. de Mañara (que era el Regidor allí presente)
-podía aguantarlo; pero inútil era el imponer silencio, porque la
-multitud de mujeres aglomeradas a la puerta, no callarían aunque el
-Espíritu Santo se lo mandara. Un pobre alguacil había sido destinado a
-sostener la debida compostura, y nunca tal hubiera intentado el infeliz
-instrumento de la justicia, porque le cogieron y le magullaron, y roto
-y molido dio vueltas por el arroyo.
-
---¿Pero qué buscan ustedes aquí? --exclamó Pujitos abriendo los brazos
-en actitud amenazadora--. Fuera mujeres, que no sirven sino de estorbo.
-Condenáas, ¿por qué no van a sacar tierra en Los Pozos?
-
---Ya hamos sacado tierra: ¡lástima que no fuera de tu sepultura!
-
---¿Pues qué queréis, demonios?
-
---¿Qué hamos de querer? ¡Fusiles, piojo! ¿Te los han dado a ti y a tu
-batallón pa quitar telarañas? Vengan acá pronto, que nosotras también
-nos alistamos.
-
---Afuera, afuera de aquí, canalla.
-
---Paz, paz --dijo desde el interior del claustro una gruesa y campanuda
-voz que al punto reconocí por la del venerable Salmón--. Haya paz, y no
-me levante ninguna el gallo.
-
-Al punto el apretado grupo de mujeres se dividió en dos, dando paso a
-la procerosa figura del mercenario, que avanzó con majestuoso paso y
-risueño continente.
-
---Aquí está el Padrito. ¡Que viva el Padre Salmón! Ven, Pujitos del
-demonio, a echarnos afuera.
-
---Arrastrao --dijo una cogiendo a Pujitos por el cuello y mostrándole
-el puño--. ¿Tus muelas han salido a misa esta mañana? ¿Quieres que
-salgan a vísperas esta tarde? Pues boquea y verás.
-
---Déjenlo, dejen en paz a ese pobre hombre --dijo socarronamente
-Salmón--, y perdónenle su gran descortesía con tan dignas señoras; que
-yo prometo que se enmendará. Ya os he dicho varias veces que si no sois
-buenas, no contéis para nada con vuestro queridito Padre Salmón. Vamos
-a ver, señoras mías, duquesas y princesas, ¿para qué os agolpáis aquí?
-
---También nosotras queremos alistarnos.
-
---Alistaros, ¡oh valientes amazonas! Pero, niñas, ¿no veis que en
-vuestras manos mejor sienta el hilo de oro y las sartas de perlas, que
-el temido alfanje damasquino? Vaya, idos a rezar, que la mujer honrada,
-la pierna quebrada y en casa.
-
---Todos esos son unos calzonazos. Nosotras hemos cargado ya muchas
-espuertas de tierra. Ahora llevamos dos cañones a Los Pozos, y queremos
-que nos los dejen disparar.
-
---Bueno, bueno, todo se hará. Cada una a su casa, y cuidado con lo que
-les tengo prevenido. Tú, Nicolasa, eres una tramposa, que en cada libra
-de carne pones dos onzas menos de peso. Tú, Bastiana, te condenarás
-por la usura de prestar a dos pesetas por duro a la gente del Rastro;
-y tú, Alifonsa, aguardentera de todos los diablos, ten entendido que
-tantas docenas de estos verás a la hora de tu muerte como cortejos
-has mantenido en vida, y no digo más por no escandalizar delante del
-público.
-
-Con estas y otras filípicas iba Salmón despejando la puerta en tales
-términos, que pronto quedó practicable; mas no por eso tornose adentro
-el popular fraile, sino que siguió adelante, diciendo a cada uno su
-palabrita y dando a besar la correa a viejos, mujeres, hombres y
-muchachos. Cuando me vio echome los brazos al cuello, saludándome con
-mucho afecto.
-
---¿Vienes a alistarte? --me dijo.
-
-En esto abalanzose hacia nosotros un hombre que besó las manos a Salmón
-con fervoroso cariño, y luego le habló así:
-
---¡Ay, mi Padrito de mi alma! ¡Gracias a Dios que este probe tiene el
-refrigerio de encontrarle y verle y hablarle, que es para él de más
-gusto que si le dieran todos los reinos del mundo limpios de fronteras!
-¿Recibió Su Paternidad las siete libras de rapé y el barrilito?
-
---Si, hijo mío, y gracias se os dan, pues sois el caballero más
-cumplidor de juramentos y palabras que conozco.
-
---Sí: que soy hombre para desairar a un Paternidad tan reverendo. Mande
-mi frailito por esa boca, que yo le traeré la Inglaterra toda, aunque
-gaste en pólvora y balas todo mi dinero.
-
---¿Y la Zainilla?
-
---¡Está malucha! La otra noche tuvimos junción en casa, y todo concluyó
-con un sainetillo de lo que llaman palos, que aquello parecía una
-gloria. La probecita niña de mis entrañas está desde esa noche que no
-come ni bebe, y manda al cielo unos suspiros que parten el corazón de
-bronce de su padre.
-
---Eres un zopenco, tío Mano --dijo Salmón--. Cuando estuve en tu casa
-el día de Difuntos... ¿recuerdas que me diste aquellos puches; que con
-el aditamento de un cierto aguardiente de Chinchón, estaban propios
-para que metiera en ellos las barbas el mismo Emperador del Sacro
-Romano Imperio?
-
---Me acuerdo, sí.
-
---Pues aquella noche te dije: «Morterillo, ándate con cuidado, que tu
-Zaina y el Sr. de Mañara están de mucho paliqueo, y míralos en aquel
-rincón con la cabeza inclinada el uno sobre el otro como dos higos
-maduros.» ¡Y cómo se le caía la baba a tu hija!
-
---Verdad es, señor; y ya sé que de ahí viene todo.
-
---Entonces te dije: «Morterillo, mucho ojo, que el Mañara quiere
-enmarañar a tu hija, y vas a perder este bocadito de ángeles que tú
-destinabas a un Veinticuatro.» ¿Acerté?
-
---¿Pues ello?... Yo no quería reñir con Mañara --dijo Mortero
-rascándose una oreja--. Verdad que él iba allá todas las noches... pero
-mi probecita niña es más inocente que una paloma.
-
---Apuesto a que el demonio ha metido el rabo en tu casa, Morterillo.
-Dices que tu hija ni come ni bebe, y da unos suspiros... ¿suspiritos?
-
---Sí; y en tres días no le he podido sacar palabra de la boca, y a
-veces heme puesto a acecharla tras la puerta de su cuarto, y cata a
-mi niñita diciendo unas palabrotas... pues... así como los cómicos en
-los teatros... Y a ratos la veía enjugándose las lágrimas, y a ratos
-echando centellas por los ojos... «Dime qué tienes, serafín de tu
-padre», le he preguntado algunas veces; pero no me contesta más que un
-poste. Anoche nos pusimos a rezar el rosario (porque yo no falto jamás
-amén a esta devota costumbre, ni en casa ni en campo raso), y ella
-empezó con mucha devoción, diciendo los santamarías con un dejo y un
-canticio meloso que llegaba al alma; pero de repente, Padrito, empieza
-a dar manotadas como una loca, rompe en mil pedazos el rosario,
-levántase, y con las manos en la cabeza, dando paseos por el cuarto,
-dice así: «Virgen de la Paloma, no puedo, no puedo.» Luego púsose el
-mantón y corrió a la calle, a donde la seguí... ¿Creerá Su Reverencia
-de mi alma que fue hasta la casa donde vive ese condenado Regidor,
-parose en la puerta, y arrimando la cabeza contra una reja, dio a
-llorar como un chiquillo? Tuve que traerla en brazos a mi casa, y al
-día siguiente no pudo ir al cajón porque cayó mala.
-
---Ya lo veo clarito: es que Mañara la tiene sorbidos los sesos, y no es
-la primera, Mortero, no es la primera; pero yo iré por allí, echarele
-un sermón a la niña, y veremos si te la curo... Pero calle... ¿no es
-aquella que asoma por allí? Sí, es ella misma. Zaina, Zainilla, ven acá.
-
---Sí, es mi flor temprana, es el lucero de su padre. Llégate aquí,
-arrastradilla --dijo el tío Mano llamando a su hija--. ¿De dónde vienes?
-
---De llevar tierra --contestó la Zaina, en cuyo semblante fresco y
-animado no se veían señales de aquel hondo pesar y exaltación que
-acababa de referir el respetable progenitor--. Ya hemos puesto tres
-cañones en la Puerta de Atocha, y están clavadas las estacas y armado
-tal ramaje de palitroques, que parece un nacimiento.
-
---¿Y para qué andas tú en esas faenas, solito de justicia? --Padre,
-échele Su Reverencia un buen sermón, o dos, si es menester, para que se
-quede en casa.
-
---Tú no tienes buena cara, Zaina --le dijo Salmón--. Tú estás triste,
-te lo conozco.
-
---¡Qué buen barruntador tenemos! ¿Y por qué estoy triste?
-
---Dime, ¿has visto por ahí al Sr. D. Juan de Mañara?
-
-La Zaina se puso pálida y cesó de reír.
-
---Ya está cogida --exclamó Salmón batiendo palmas--. Esa cara no
-miente. Mira, Ignacia, en la huerta de mi convento hay un pajarito que
-todas las mañanas viene a mi celda a contarme las picardías de las
-muchachas que conozco. ¿Sabes lo que me dijo de ti? Pues me dijo...
-
---Está más encarnada que un tomate --añadió Mano--; déjela Su
-Paternidad por ahora.
-
---¿Qué dejar? ¡Bueno soy yo!... Conque, niña, ¿ha habido gatuperio?
-Mucho cuidado con los galanes que van a casa; mucho ojo, que si me
-enfado... Fuera pecados mortales, fuera cosas malas, que entonces
-no hay lo de Padrito por acá, Padrito por allá, sino que saco unas
-disciplinas, y a zurriagazos enderezo yo a mis niñas. Conque ven acá,
-loquilla, ¿ese señor de Mañara te ha trastornado el juicio?
-
---¿A mí? --chilló la Zaina con súbita expresión de despecho, que la
-puso más arrogante y más hermosa de lo que realmente era--. ¿A mí ese
-pelón? Sé que se lustrea diciéndolo por ahí; pero que se aspere un
-poquito, que astavía tenga mucho orgullo y no me echo a perros.
-
---Vamos, no lo niegues.
-
---¿Yo? Voime al zumo, que no a las cáscaras, y sobre que no me gustan
-los usirias estirados, ni los madamos que huelen a bergamota, cuanti
-más los malinos traidores, gabachones...
-
---¡El Sr. de Mañara traidor! --exclamó con asombro el mercenario--.
-¿Cómo hablas así de un caballero tan principal y tan buen patricio, de
-ese bendito Regidor, que ahora está allí dentro alistando soldados?
-
---Traidor, más traidor que Judas --afirmó la Zaina--. ¿Y Su Reverencia
-se hace de nuevas? Pues todo el mundo lo dice, y no queda en Madrid
-quien no lo sabe.
-
---De otros lo he oído yo, pero no de Mañara --indicó Mortero.
-
---Está vendido a los franceses, y todo ese papel que hace, es por
-disimular sus maldades --dijo la Zaina--. Pero se la tienen sentenciada
-a ese pícaro, arrastrao, endino, criado del tío Copas. ¡Viva Fernando
-VII!
-
---Yo creí que estabas embobada --dijo Salmón--, y ahora veo que estás
-loca.
-
---¡Ay, mi niñita! --dijo el tío Mano--: no hables tales cosas, que
-pueden llegar a las orejas del Sr. de Mañara, y ya sabes que ando en
-empeños con él para que ponga en libertad a aquellos dos angelitos
-seráficos que están en la cárcel de Villa, Agustinillo y el Manco,
-los cuales, por diez pellejos de mal vino de Esquivias, están pasando
-el Purgatorio en vida, aunque pienso que en la otra Dios les ha de
-descontar estas penas.
-
---¡Me han de oír los sordos! --exclamó la Zaina--, que aquí no
-queremos traidores. Acabar con ellos, y Napoleón es muerto.
-
---Cuidado, muchacha --dijo Salmón--, que palabra y piedra suelta no
-tienen vuelta, y palabra en boca es lo mismo que piedra en honda.
-
---Sea lo que Dios quiera. A mí quien me la hace, me la paga.
-
---¿Ves cómo todo es el rencorcillo que te ha quedado?
-
-Iba a contestar Ignacia, cuando apareció D. Diego, y luego que aquella
-le vio, hízole entrar en el corro, diciéndole:
-
---Aquí estoy, aquí está su princesa, señor Conde; no me busque con esos
-ojazos de pájaro bobo.
-
---¿También el señor Conde te corteja, arpihuela? --preguntó el fraile,
-haciendo una reverencia a D. Diego.
-
---¡Y que le quiero más que a las niñas de mis ojos! --dijo la maja--.
-Los zarcillos son chicos, y otra vez tenga más miramiento; que a las
-señoras no se las osequia con colgajitos de a cuatro duros; y un novio
-tuve yo, que en barras de plata y oro me llevó a casa los tesoros del
-Rey.
-
-D. Diego, turbado por la presencia del mercenario, no acertaba a decir
-palabra. En cambio el Padrito se encaró con él, y campanudamente
-endilgole la siguiente homilia:
-
---Ya sé que anda el señor Conde en malos pasos, y mis señoras la
-Condesa y Marquesa lo saben también. ¿Conque es cortejo de la Zaina?
-_¡Optime, superlative!_ Sr. D. Diego. Y no lo digo porque esta sea
-ningún guiñapo, sino porque cada oveja con su pareja. ¿Qué dirá la
-señora Doña María Castro de Oro, Condesa de Rumblar, a quien no conozco
-sino para servirla; qué dirá cuando sepa los traeres de su hijo? Y
-pensar que a un jovenzuelo casquivano se le ha de dar por esposa
-aquella flor sin tacha, aquel lucero matutino, que cual oro en paño
-guardan donde usía sabe, es pensar en las nubes de antaño. ¡Pues no
-faltaba más... un Afán de Ribera metido en tales tapujos! ¿No le da a
-usted vergüenza? Y no lo digo porque frecuente la casa de este Sr. D.
-Mano de Mortero, que es persona honradísima, sino porque mi niño va
-también a casa de la Zancuda, donde se juega de lo lindo, y jóvenes muy
-acomodados conozco que han dejado allí los hígados.
-
---Verdad es --dijo Mortero--. Lo que es en mi casa, nadie se deja nada,
-como no sea el malhumor, porque a conversaciones honestas, y a lenguas
-castas, y a manos quietas, nadie nos gana; que a veces la casa parece
-un monasterio de tanto afinamiento y quinta substancia de la comenencia.
-
---Pero el Sr. D. Diego no solo frecuenta esas deshonestísimas regiones
---añadió Salmón--, sino que también va a las logias de los masones
-_infernalis espelunca_, donde se pasa la noche entre herejías y
-diabluras. ¡Veo que es aprovechado el rapazuelo! ¡Y quería la señora
-Marquesa que yo le trajese al buen caminito con sermones y consejos! No
-está la Magdalena para tafetanes, Sr. D. Diego, y yo primero arrojo el
-hábito que llevo, que decir a usía por ahí te pudras, y lléveselo el
-diablo con sus bobadas y truhanerías.
-
-Más que una mona corrido, quedose Don Diego con esta filípica,
-y de buena gana habría contestado a Salmón, vomitando todas las
-abominaciones que acerca de los frailes había aprendido ya, si no le
-detuviera la vergüenza y las muchas miradas de enojo que de distintas
-partes le observaban. Así es que solo protestando a medias palabras
-contra el _frailazo pancista_, se escurrió bonitamente entre el gentío,
-llevando consigo a la Zaina y a Mortero, que no quiso dejarle escapar
-sin previa entrega de las ofrecidas espuelas de plata.
-
-Quedémonos allí Salmón y yo, y como mi amigo oyera lo de _frailazo
-pancista_, palabras que ya en aquellos días empezaban a menudear en
-bocas populares, se enfureció y quiso seguir tras el jovenzuelo para
-reprenderle su osadía; mas el agolpamiento de la gente, junto con las
-muestras de simpatías que recibió, se lo impidieron.
-
---Temple Su Paternidad la ira --le dije--, y váyase en buen hora D.
-Diego.
-
---Tienes razón --repuso--, que _aquila non capit muscas_. Su castigo
-tendrá en ver que se queda sin novia.
-
---Pues él está tan firme en casarse --dije-- que lo da por hecho, y
-añade que llevará adelante lo del matrimonio contra viento y marea.
-
---¡Oh, qué ilusión! Pues están contentas de él mis señoras la Condesa y
-Marquesa. Y por lo que hace a la novia... Acompáñame a la Merced y te
-contaré. ¿Hablaste largo con la señora Condesa? ¿Le dijiste todo lo que
-sabes de este botarate?
-
---Un poquito, sí, señor. ¿De modo que no se casará?
-
---Lo dudo, porque si las personas mayores de la casa no le pueden ver,
-lo que es la joven... Anda esta trastornadilla después que se le han
-descubierto todos los escondrijos de su almita. Por fin lo dijo todo.
-Ya te conté que ni yo con mi gran autoridad y mis chistes y juegos, ni
-la Marquesa con su mal genio, ni el Marqués apedreándola a regalos y
-obsequios, pudimos hacerle confesar la causa de sus melancolías; pero
-al fin, apretada por su prima la señora Condesa que la ama mucho, un
-día entre lágrimas y suspiros le confesó todo.
-
---Y no resultaría nada...
-
---Nada más sino que todo aquel mal gesto y aquellas tristezas le venían
-de amar a un muchachuelo, a un perdidillo, a un cascaciruelas de esas
-calles, a quien conoció y tuvo por novio en toda regla, allá cuando
-vivía lejos de sus padres. ¡Cosa de niños! Lejos de parecerme mala,
-me parece un buen signo de virtud la firmeza de sus sentimientos, lo
-mismo en la adversa que en la próspera fortuna. Con todo, la Marquesa
-y su hermano rabian, como es natural, viendo que no pueden desencantar
-a la niña, pues lo que tiene, más parece encanto que otra cosa. Y todo
-se les vuelve decir: «Padre Salmón, ¿qué haremos? Padre Salmón ¿qué
-no haremos?» Yo me voy al cuarto de la madamita, y después de decirle
-cuatro gracias y de imitar el graznido de los cuervos, y el relincho
-de un caballo, y el rum-rum de las viejas rezando en la iglesia, con
-lo cual ella se ríe mucho, le digo: «Pero mi niña de mi corazón, ¿por
-qué no desecha vueseñoría todo pensamiento que no sea el de su actual
-grandeza? ¿Qué cosa puede apetecer ahora? ¿Le falta algo? ¿No tiene
-todas las comodidades, todos los miramientos, todos los mimos que una
-doncella puede apetecer?» A lo que me contesta que ella no desea nada,
-y después se calla. Entonces le tomo las manos, se las acaricio y le
-digo: «El pajarito de mi convento me ha contado que amasteis a un
-jovenzuelo. ¿Por qué no arrojáis esta idea de la cabeza? ¿No comprende
-usía que en una tan principal casa no pueden entrar por las puertas del
-matrimonio personas de baja condición? Seguramente que ese zascandil
-que fue vuestro novio no se acuerda para nada de mi querida niña.» Y
-ella al punto se sonríe, muda de conversación y empieza a hablar de
-otro asunto con tan buen tino y tanto talento, que a mí y al Padre
-Castillo nos deja atónitos.
-
---Pues veo que cuando dos tan buenos predicadores no la pueden quitar
-con sus buenos sermones el desencanto, encantada estará toda la vida.
-
---No, hijo; que se han intentado varios medios para quitarle eso de
-la cabeza. La Condesa díjole que el zascandil ese había muerto según
-sus averiguaciones, y la Marquesa y su hermano, tomando otro camino,
-han concertado hacerla creer que el tal desconocido jovenzuelo es
-un pícaro ladroncillo de las calles, un tramposo, estafador, a quien
-persigue la justicia por sus robos, chuladas y granujerías.
-
---¡Vive Dios! --exclamé sin poderme contener--, y que eso es mentira, y
-le romperé el alma al que me diga que es cierto.
-
---¡Cómo, muchacho! --dijo muy absorto el fraile--. ¿Pero a ti qué te va
-ni qué te viene en esa cuestión para tomarla tan a pechos?
-
---Y a todas esas, ella, ¿qué decía?
-
---Nada. Hasta hoy la verdad es que el ingenioso artificio no ha hecho
-gran efecto, y mientras la doncella sin par aparenta no darse por
-entendida, la señora Marquesa se incomoda más cada día, y a todas horas
-exclama: «Esto no puede seguir así.» Riñe con su sobrina; esta suele
-llorar, aunque en ella todo revela más paciencia que dolor, y aquí de
-la Condesa, que se pone como un basilisco en cuanto mortifican a su
-prima. Tía y sobrina se dicen cuatro cosas; yo las apaciguo, y hasta el
-otro día, que sucede lo mismo.
-
-En esto llegamos a la puerta de la Merced, y Salmón, deteniéndose, me
-dijo:
-
---¿Quieres subir? Te daré chocolate crudo y una copita.
-
---Gracias, Padre: estoy rabiando, y no tengo ganas de chocolate ni de
-copitas.
-
-Y sin más palabras, despedime de aquella lumbrera de la Iglesia para
-irme a mi casa.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Llegó con el 28 de noviembre la noticia de la batalla de Tudela,
-y una vez que se consideró deshecho nuestro ejército de Aragón y
-del Centro, ya todos vimos el sombrero de Napoleón asomando por la
-Mala de Francia. Las fortificaciones avanzaban, y en los días 27,
-28 y 29 recuerdo que menudearon bastante las que podremos llamar
-fortificaciones y armamentos espirituales, que eran las rogativas,
-rosarios, funciones de desagravios, novenas y otras devociones para
-alcanzar de la Divina Providencia, no que apartase los peligros, sino
-que enardeciera nuestros ánimos para salir victoriosos. Hubo rosario
-en San Ginés, jubileo en los Dominicos de la Pasión, solemnes cultos
-en el Carmen Calzado, y, por último, en la iglesia de Nuestra Señora
-de Gracia, sita en la Plazuela de la Cebada, se inauguró un novenario
-que fue la más popular de las devociones de aquellos días, por predicar
-allí popularísimos oradores. La gente piadosa, al par que patriota, no
-tenía tiempo para acudir a tantas partes, y vacilaba entre la iglesia
-y la trinchera. En los sermones había de todo, como es fácil suponer:
-piedad cristiana y entusiasmo bíblico en algunos púlpitos; garrulería
-en otros, con perdón sea dicho de mi respetable amigo el mercenario
-calzado a quien ustedes conocen. Los hombres, aunque lo deseáramos,
-no teníamos tiempo para frecuentar las iglesias, y especialmente los
-armados no dábamos paz a los pies ni a las manos con el frecuente
-ejercicio y ensayo de nuestra fuerza. Los soldados, los voluntarios,
-los conscriptos, los _honrados_ que tenían armas, nos confundimos
-por algunos días en comunes trabajos y preparativos, dando al olvido
-discordias importunas. Y no estaba el tiempo para andarse con juegos,
-porque ya Napoleón se nos venía encima. La temida sombra veíase por
-todas partes. Mientras existió la pueril confianza de que las tropas
-enviadas a Somosierra estorbarían el paso del tirano, menos mal: íbamos
-viviendo, alimentando nuestro espíritu con risueñas ilusiones, y
-soñando con ver hechos pedazos el poder de Bonaparte en la era del Mico.
-
-Pero el día 1.º de diciembre comenzaron a circular desde muy temprano
-rumores gravísimos acerca de la derrota del general San Juan en
-Somosierra. Echose todo el mundo a la calle en averiguación de lo
-ocurrido, y corriendo de boca en boca las nuevas, exageradas por la
-ignorancia o la mala fe, bien pronto llegó a decirse que los franceses
-estaban en Alcobendas, y hasta alguno aseguró haberlos visto paseándose
-en el Campo de Guardias. Desde el famoso 2 de mayo no había visto
-a Madrid tan agitado: corrían hombres y mujeres por las calles, y
-entonces era el lamentar la ciega confianza, el echar de menos la
-actividad y previsión propias de un pueblo realmente decidido a
-defenderse. El Gran Capitán y yo habíamos salido desde muy temprano, él
-para tomar disposiciones importantes en el Cuerpo de _honrados_ a que
-pertenecía, y yo por acudir a mi puesto, o curiosear en caso de que aún
-no se tratara de cosa formal.
-
---Lejos de acoquinarme yo, como estos gallinas --decía el Gran
-Capitán--, me animo y me gallardeo y me esponjo al saber que los
-tenemos tan cerca. Y a mí no me hablen de que el general San Juan ha
-sido derrotado. Para los que conocemos las artimañas y recovecos del
-arte de la guerra, esa dispersión de las tropas de San Juan que parece
-derrota, no es otra cosa más que un hábil movimiento para engañar a
-Napoleón, dejándole pasar el Puerto. Y si no, figúrate si será bonito
-ver a lo mejor que, cuando tranquilamente avanzan los franceses
-creyéndose seguros, aparecen como llovidas por el flanco derecho
-las tropas españolas, y me los cogen ahí sin disparar un tiro entre
-Alcobendas y San Agustín.
-
---Podrá suceder --dije yo sin manifestarle mi incredulidad--; pero
-figúrese el Sr. Fernández que no pasa nada de esto, sino que viene
-Napoleón sano y entero, y nos pone cerco. ¿Cómo saldremos de este apuro?
-
---Admirablemente --repuso--. Podrá suceder que si trae muchas,
-muchísimas tropas, vamos al decir, un par de milloncitos de hombres,
-dure el sitio dos o tres años, al cabo de los cuales tendrá que
-retirarse... porque pensar que Madrid se ha de rendir, es pensar en
-lo excusado. Y si no, pasea tus ojos por esas fortificaciones que en
-diferentes partes se han hecho en lo que el diablo se restrega un ojo;
-espacia tu vista por esos hondos fosos, por esos gruesos parapetos, por
-esos inexpugnables montones de tierra, y por esas terroríficas baterías
-de cañones de a 6; y si la admiración te da tregua a las reflexiones,
-comprenderás que es imposible tomar a Madrid, aunque Napoleón trajera
-mejor gente que aquella que fue a Portugal con el señor Marqués de
-Sarriá.
-
---Dios le oiga a usted. Por mi parte haré lo que pueda. ¿Y usted manda,
-o es mandado?
-
---Yo mando; que a ello me obligan antiguos amigos, cuya ciega confianza
-en mis conocimientos raya en fanatismo. Yo no quería mandar porque
-no me gustan papeles; pero he tenido que ceder, y entre todos hemos
-formado una compañía que ha recibido orden de operar en Los Pozos,
-sitio el más arriesgado, peligroso y temerario de este gran asedio que
-nos espera. Casi todos tenemos fusiles, y los que no, manejarán la
-lanza.
-
---¡Lanza para defender murallas! --exclamé sin poder disimular la risa.
-
---Sí, hijo: ¿qué entiendes tú de eso? Figúrate que a esos tontos se les
-ponga en la cabeza dar un asalto: ¿qué mejor cosa para impedirlo...?
-Por cierto que voy a reunir mi gente para ir a ocupar la posición, no
-sea que el señor _córcego_ quiera darnos una sorpresa con su mala fe
-acostumbrada.
-
---Ahora dejémonos llevar a la Puerta del Sol con todo ese gentío que
-allá va --dije yo--, y parece que ocurre alguna cosa grave, según
-gritan.
-
---Efectivamente; pero esa gritería es de mujeres. Sin duda esas
-valerosas matronas piden que se les den armas.
-
---Bajemos por la calle de la Montera... Por allí sube, si no me engaño,
-el Sr. de Santorcaz. Llamémosle: él sabrá lo que ocurre... ¡Eh, Sr. D.
-Luis!
-
---¿Qué hay en la Puerta del Sol, que tanto chilla la gente? --preguntó
-Fernández cuando el otro se nos acercó.
-
---Es que el pueblo pide armas y no se las quieren dar --repuso
-Santorcaz--. Es una picardía, y todos esos mandrias de la Junta deben
-ser arrastrados.
-
---¡La Junta! ¡Los señores de la Junta Central!
-
---No hablo de la Central --prosiguió Santorcaz--, que esa, si es cierto
-lo que dicen, ha acordado hoy retirarse de Aranjuez, buscando refugio
-en Andalucía. Hablo de la Juntilla que se ha formado aquí para la
-defensa de Madrid, y que está en permanencia en la casa de Correos.
-¡Aquí hay muchos traidores --añadió en voz alta--, y algunos han cogido
-dinero para entregar la plaza a los franceses! ¡Canallas de traidores!
-Ahora salimos con que se han acabado las armas y los cartuchos.
-¡Mentira! Yo sé dónde hay armas y cartuchos. ¡Nos están engañando, nos
-van a vender!
-
-Diciendo esto, se apartó de nosotros, después de lo cual seguimos
-hacia abajo, y al llegar a la Puerta del Sol vimos que estaba de
-bote en bote, llena de gente. Aquel hueco abierto en el apelmazado
-caserío de Madrid, es el corazón de la antigua villa, y a él afluye
-con precipitada congestión la sangre toda en sus ratos de cólera,
-de alegría o de miedo. La Puerta del Sol latía con furia. Hombres
-y mujeres hablaban a la vez, y a sus voces se unían actitudes y
-gestos amenazadores. La masa más inquieta, más hirviente, más loca y
-alborotadora estaba al pie de la casa de Correos.
-
---Busquemos algún conocido que nos informe de lo que aquí ha pasado
---dije, metiéndome con el Gran Capitán por lo menos apretado del gentío.
-
---Astavía no ha pasado nada --dijo un caballero que, envuelto en
-una capa, se nos apareció, y en quien al punto reconocí al señor de
-Majoma--. Astora nada; pero... ya verán.
-
---¿Qué pide esa gente?
-
---¿Qué ha de pedir? Armas y cartuchos.
-
---Ya están repartidos todos los que hay.
-
---¡A mí con esas! --exclamó el apreciable sujeto--. Ya estamos de
-traidores hasta el gañote. ¡Pillos lairones! Si no les espachamos, nos
-van a entregar a los franceses. ¡Perros gabachos! Les conozco bien, y
-se la tengo sentenciada, sí, señor; y el que diga que no son traidores,
-que se vea conmigo, porque yo soy más español que Santiago y más
-patriota que Fernando VII.
-
---Pero desde hace tiempo se sabe que la plaza tenía muy pocas armas;
-y en cuanto a los cartuchos, todos los que había y los fabricados
-en esta semana, se han repartido ya. El Sr. de Mañara ha estado ocho
-días ocupado en dirigir la fábrica de cartuchos, y ayer tarde repartió
-muchos miles en el Ave María y en la Comadre.
-
---¡No me lo nombres! --exclamó Majoma, afectando una indignación que
-más tenía de cómica que de trágica--. Ahí tienes al traidor más que
-Judas, al gabachón más que Copas... Gabriel, ¿eres tú traidor también?
-¿Estás vendido a los franceses, como ese regidorcillo hambrón? Dime que
-sí y verás... miá tú... aquí mismo te pongo en pipitoria con esto que
-traigo debajo de la capa.
-
---¿La navajita? Guarda tu coraje para mejor ocasión, Majomilla --le
-respondí--. Me parece que estás borracho.
-
---¿Borracho yo? Si no lo he probao, chico... Esta mañana me convidó el
-Sr. de Santorcaz a beber unas copas, y... por esta, que no bebí más que
-dos azumbres... ¿Qué hacer sin la calorcilla en el estómago?... Pero
-di, ¿eres tú traidor? Di que no, porque te rajo... pues yo (y se daba
-fuertes golpes en el pecho) tengo un corazón como un bronce, y soy más
-valiente que el Ciz, y nadie me tosa, si no quiere ver quién es Majoma.
-
-Y sin oír más, nos apartamos del insigne varón.
-
---Esto no me gusta --dijo Fernández--, y me parece que si la alta
-empresa que entre manos traemos no sale tan bien como debiera,
-consistirá en esta inmunda canalla motinesca, díscola y bullanguera,
-que en circunstancias tan críticas se vuelve contra sus jefes.
-Gabriel, de buena gana te digo que si nuestro D. Tomás de Morla
-nos mandase cerrar contra esta gentuza, la meteríamos en un puño
-prontamente. Y has de saber que estos perdularios chillones, más sirven
-de estorbo que de ayuda en la defensa, y verás cómo son ellos los
-primeros que se rinden.
-
-Miramos al balcón de la casa de Correos, y vimos que en él aparecía
-un hombre alto, moreno, hosco, vestido de uniforme; le vimos accionar
-hablando a la multitud; pero no pudimos oír sus palabras, porque la
-femenil chillería de abajo habría impedido oír tiros de cañón, que no
-digo humanas voces. Después aquel militar, el cual no era otro que
-D. Tomás de Morla, encogíase de hombros y cruzaba los brazos. Este
-lenguaje le entendimos mejor, y evidentemente quería decir: «No hay
-nada de lo que me pedís: se acabaron las armas y los cartuchos.»
-
-Pero la multitud se enfurecía con la negativa y le silbaba, pidiendo
-con su omnipotente antojo y volubilidad que saliese Castelar, personaje
-más conocido que Morla. Salió el Marqués de Castelar, habló sin poder
-apaciguar a sus admiradores, y repitiose el encogimiento de hombros y
-el gesto desconsolador. Aquí de los silbidos, de los gritos, de las
-amenazas; poco después el pueblo empezó a arremolinarse y a culebrear
-como dragón de mil colas que se dispone a emprender movimiento, y vimos
-que muchos se desparramaban por la calle Mayor, y que otros subían
-hacia Santa Cruz.
-
---Vamos allá a ver en qué para esto --dijo D. Santiago, apoyándose en
-mi brazo y siguiendo el general torrente--. Estos majaderos primero
-dejarán de existir que de hacer alguna atrocidad. ¿Por qué piden armas,
-si con las que hay repartidas basta y sobra? ¿A qué piden cartuchos, si
-no hay cartucho que mate más franceses que el entusiasmo español, ni
-mejor pólvora que nuestra indignación?
-
---Todo eso es verdad, Sr. D. Santiago --repuse--; pero no habría sido
-malo que la Junta Central o el Consejo, en vez de ocuparse en discutir
-sus rivalidades, hubiera depositado en Madrid unos cuantos barriles
-de indignación, de esa que se hace con salitre, carbón y azufre, que
-la otra sin esta de poco sirve. Pero aquí no ha habido previsión, ni
-iniciativa, ni actividad, ni eminentes cabezas que dirijan, sino que la
-defensa ha quedado a merced de la voluntad, de la invención y del buen
-sentido del pueblo, Sr. D. Santiago; y no llamo pueblo a esa miserable
-turba gritona que de nada sirve, sino a todos nosotros, altos y bajos,
-grandes y chicos... ¿Pero quién es aquel que corre? Es el insigne
-patriota a quien llaman Pujitos. ¡Eh... Sr. de Pujitos, lléguese acá y
-díganos lo que ocurre!
-
---Ahora va la gente hacia la calle de la Magdalena --contestó-- donde
-vive el Regidor Mañara. Esta mañana estuvimos allí: salió al balcón y
-nos dijo que los miles de cartuchos que ha fabricado los entregó ya,
-y que no hay más pólvora. ¿Van ustedes hacia el Avapiés? Por allá hay
-gran alboroto, y dicen que Mañara es un traidor, y que acá y allá.
-
---¿Y usted, qué piensa de Mañara?
-
---Mañara es hombre cabal, porque lo digo yo --afirmó Pujitos en tono
-misterioso--. Los traidores son otros y andan por allí revolviendo la
-gente y armando estas tramoyas. Gabriel, acuérdate de lo dicho. Los que
-más chillan son los piores; pero yo ando con mucho ojo, porque así me
-lo ha mandado el jefe, y como les eche la mano encima, verán quién es
-Pujitos.
-
-Siguió a toda prisa hacia la Puerta del Sol, y nosotros, atravesando
-la Plaza Mayor, entramos en la calle de Toledo, arteria de toda la
-circulación manolesca, centro de las chulerías, metrópoli de las
-gracias, bazar de las bullangas, cátedra de picardías y teatro de todas
-las barrabasadas madrileñas.
-
-Pasando luego a la calle de Embajadores, oímos de nuevo que hacia el
-Avapiés había gran marejada, por lo cual, atravesando por los Abades
-hacia el Mesón de Paredes, nos fuimos a presenciar el tumulto, que no
-era flojo, según el rumor de voces que desde lejos se oía. En efecto,
-habíase armado un zipizape que déjelo usted estar.
-
-De manos a boca tropezamos con el tío Mano de Mortero, que se llegó a
-nosotros diciendo:
-
---¡Cómo nos engañan, Gabriel! ¡Quién lo había de decir en un caballero
-tan bueno como el Sr. de Mañara!
-
---¿Pero es traidor el Sr. de Mañara? Vamos, tío Mano. ¿Usted también?
-Usted que es una persona de tantísimo talento...
-
---Es verdad, niño de mi alma; ¿pero qué quieres tú? Lo dicen por ahí.
-A mí no me consta; pero al son que me tocan bailo. Pues dicen que hay
-traidores, ¡abajo los traidores!
-
---¿Y qué dicen de Mañara?
-
---Que tiene arreglado con los franceses el entregarles la Puerta de
-Toledo.
-
---¿Y cómo lo saben?
-
---¡Qué sé yo! Pero cuando el río suena agua lleva. Yo no he de ser
-menos que los demás, y pues hay traidores, ¡abajo los traidores!
-
---¿Y la Zaina?
-
---¿Pues no la oyes? ¡Si es la que más grita en medio de la plaza!
-¡Santa Virgen! ¡Y no está poco furiosa esa leoncilla! Ahora se ha
-vuelto la patriota más patriota de todo Madrid. ¡Ay, mi Dios, qué
-nacionala tengo a mi niña!
-
-De rato en rato aumentaba el gentío en la Plazuela del Avapiés, y los
-hombres de mala facha, unidos a las mujeres más desenvueltas de los
-cercanos barrios, menudeaban sus gritos y vociferaciones de tal modo,
-que ninguna persona honrada podría ante tal espectáculo permanecer
-tranquila.
-
---Acerquémonos --me dijo Fernández--. Yo con todo mi corazón te aseguro
-que si Su Majestad, y en su Real nombre la Sala de Alcaldes de casa
-y corte, me mandase despejar este sitio, lo haría con dos lanzazos o
-sablazos, que para el caso lo mismo daría.
-
---Guárdese usted de decir en alta voz tales cosas, y acerquémonos a
-aquel grupito de damas.
-
-La Primorosa salió del grupo.
-
---¿Eh... Primorosa, qué traes por aquí? --le pregunté.
-
---¡Cachiporros! --exclamó la arpía alzando los brazos, cerrando los
-puños, y dirigiéndose a algunos hombres que la rodeaban--. ¿Pa qué
-estáis aquí? ¿No vos quieren dar cartuchos? Pues dir ca el Regidor
-y sacárselos de las asauras. ¡Él los tiene escondíos! Él los tiene
-enterraos en paquetes pa dárselos a los franceses.
-
-Entonces la Zaina, abriéndose paso, presentose en el centro del
-corrillo formado en torno a la Primorosa. Estaba la hermosa verdulera
-amoratada y ronca, con los ojos encendidos, las ropas hechas pedazos, y
-con tan fiera expresión retratada en su semblante y en toda su persona,
-que causaba espanto. En el momento de presentarse, traía un cartucho
-entre los dedos, y lo mordía, y derramaba en la palma de la mano lo que
-debía ser pólvora y resultaba ser arena.
-
-
-
-
-XV
-
-
---Los cartuchos están llenos de arena --gritó la muchacha, mostrando a
-todos aquel objeto.
-
-Y al mismo tiempo los hombres allí presentes sacaban de sus sacos
-otros cartuchos, los mordían, y, en efecto, en todos o en casi todos
-aparecía arena.
-
---¡Ese traidor nos ha dado cartuchos de arena!
-
-La terrible voz cundió por la plaza. Allí cerca había un retén de
-guardia de voluntarios. Sacaron el depósito de cartuchos, mordíanlos, y
-por cada dos o tres con pólvora, había uno con arena. Esto lo vimos el
-Gran Capitán y yo, y ambos nos quedamos mudos de indignación.
-
---Pues indudablemente ha habido traición --dije yo.
-
---¡Poner arena en los cartuchos! ¡Qué alevosía! Esto es entregar la
-patria villanamente al extranjero.
-
---El que tal ha hecho --exclamé no ocultando mi rabia-- es un miserable
-que debe ser castigado.
-
---Gabriel, no lo creí --vociferó mi amigo, derramando lágrimas de
-coraje--; no creí que hubiera españoles capaces de semejante vileza.
-No, el que tal ha hecho no es español.
-
-Y los dos, casi sin darnos cuenta de ello, hicimos coro con la rabiosa
-multitud, gritando: «¡Mueran los traidores!»
-
---¡Ese Mañara, ese ladrón! --gritaron a nuestro lado.
-
---¡Él ha sido! ¡Mueran los traidores y viva Fernando VII!
-
-¡De arena! ¡Cartuchos de arena! Esta funesta frase corrió por todo
-Madrid más rápidamente que si la llevara la electricidad. En muchas
-partes, que no en todas, pudo confirmarse la verdad de la afirmación;
-pero la ira era general, y el que había puesto arena en los cartuchos
-fue condenado a muerte por la indignación del pueblo. Mi amigo y yo
-observamos que la multitud corría en todas direcciones; pero los más
-iban hacia la Merced. Desaparecieron de nuestra vista la Pelumbres,
-el tío Mano, y desapareció también la Zaina. Corrimos por la calle de
-Jesús y María, y al llegar a la de la Magdalena, la vimos completamente
-llena de gente: todo el vecindario estaba en los balcones, y un clamor
-inmenso llenaba la vasta longitud de la calle. Hacia el centro de ella
-existía entonces, y existe aún, una casa suntuosa, pero de bastarda y
-ridícula arquitectura, por haber puesto en ella su mano D. Pedro de
-Ribera, autor de la fachada del Hospicio. A aquella casa histórica,
-residencia antes y también hoy de una respetabilísima familia, por mil
-títulos merecedora de la estimación pública, se dirigían las amenazas
-de la muchedumbre, borracha de ira. Todos querían entrar; pero las
-puertas estaban cerradas. Este obstáculo no tardó en desaparecer, y
-terribles hachazos hicieron temblar las labradas maderas de la puerta
-señorial, protegida por el ancho escudo que en esculpidos emblemas
-representaba hazañas y virtudes de otros tiempos. Mas ¿quién reparaba
-en esto? El pueblo, que ya había pisoteado en Aranjuez la real corona,
-no vacilaba en pasar por sobre la de un noble. Hicieron, pues, pedazos
-la puerta, y el pueblo entró desbordándose o invadiendo el palacio,
-como un río que rompe los diques que durante siglos le han contenido
-y se extiende por el llano con ímpetu destructor. Entraron todos, los
-que iban con algún objeto y los que no iban más que a gritar. No debía,
-pues, hacerse esperar mucho la satisfacción de la popular furia, y bien
-pronto nos quedamos helados de terror, oyendo decir:
-
---Le han matado, ya le han matado.
-
-¡Pobre y desgraciado Mañara! Ayer ídolo, ayer amigo, ayer compañero de
-la vil plebe, cuyo traje y costumbre, y hablar y modos imitaba, hoy
-inmolado por ella con barbarie inaudita, con esa cruel presteza que
-ella emplea, ¡la infame furia! en todas sus cosas.
-
-Pero lo espantoso, lo abominable, y más que abominable, vergonzoso
-para la especie humana, fue lo que ocurrió después. La plebe tiene un
-sistema especial para celebrar las exequias de sus víctimas, y consiste
-en echarles una cuerda al cuello y arrastrarlas después por las calles,
-paseando su obra criminal, sin duda para presentarse a los piadosos
-ojos en la plenitud de su execrable fealdad. Esto pasó con el cadáver
-del infeliz Regidor, a quien conocimos amante de Lesbia, amante de la
-Zaina, amante de todas, pues no hubo otro que como él prodigara su
-hermosa persona en altas y bajas aventuras; esto pasó con el cadáver
-del infeliz a quien llamo D. Juan de Mañara, no porque este fuera su
-nombre, sino porque me cuadra designarle así, para no andar trayendo
-y llevando los títulos de respetables casas por los altibajos de
-esta puntual historia. Pero apartemos los ojos; no miremos, no, ese
-despojo sangriento que por la calle de la Magdalena, y después por la
-del Avapiés abajo, arrastran en inmunda estera unos cuantos monstruos,
-hombres y mujeres tan solo en la apariencia; cerremos los oídos a sus
-infames gritos, y, sobre todo, no miremos ese destrozado cuerpo, aún
-caliente, a quien las puñaladas, los golpes, el frecuente tropezar van
-quitando la figura humana, haciendo un jirón lastimoso de lo que fue,
-de lo que era pocos minutos antes hombre gallardo y gentil, y lo que
-es más digno de consideración, hombre dichoso y amable. Y mientras
-pasa esa salvaje bacanal, ese río de sangre y de infamia y de crimen,
-meditemos sobre las mudanzas mundanas, y especialmente sobre las cosas
-populares, las más dignas de meditación y estudio.
-
-¿Era Mañara autor de la traición indudable descubierta en los cartuchos
-de arena? Histórica, no hija de nuestra invención, es la persona
-de Mañara; histórica es también su vida licenciosa, sus hábitos
-manolescos, sus aventuras y trato con la gente de los barrios bajos;
-histórica es también la Zaina, y tan históricos como la Jura en Santa
-Gadea y el compromiso de Caspe son sus amores con el Regidor, su
-abandono, sus celos, su despecho, su ira, su sed de venganza y el
-descubrimiento, fatalmente hecho por ella, de los cartuchos de arena.
-Para saber todo esto, basta leer media página de la historia mejor y
-más conocida que sobre aquellos tiempos se ha escrito. Pero ni en este
-eminente libro, ni en otro alguno, ni en boca de ningún viejo oiréis
-razones para contestar categóricamente a la pregunta que antes hice.
-¿Fue Mañara traidor? ¿Intervino él en la obra criminal de los cartuchos
-de arena?
-
-Os diré francamente que yo tampoco lo sé; pero debo advertiros que
-nunca tuve a aquel desgraciado por capaz de acción tan fea. Mañara
-pecaba de libertino, de ligero, de vano, y más que nada de enamorado.
-Jamás se distinguió en otras maldades que en las del amor, por cierto
-bien perdonables. Le conocí alevoso y traidor en cuestiones de faldas;
-pero no supe nunca que en asuntos graves faltara a las leyes del honor.
-Con estos antecedentes casi puede asegurarse que no fue Mañara autor
-de la superchería de los cartuchos. ¿Pues quién lo fue entonces? Esto
-sí que ni la historia, ni la tradición, ni los viejos, ni yo, podemos
-decíroslo. ¿No habéis observado que todos los movimientos populares
-llevan en su seno un germen de traición, cuyo misterioso origen jamás
-se descubre? En todo aquello que hace la plebe por sí y de su propio
-brutal instinto llevada, se ve tras la apariencia de la pasión un
-tejido de alevosías, de menguados intereses o de criminales engaños;
-pero ningún sutil dedo puede tocar ni determinar los hilos de esta tela
-escondida, en cuyas mallas quedan enredados y cogidos mil bárbaros
-incautos.
-
-¿Quién hizo correr la voz de la traición de Mañara? ¿Fue todo obra
-deliberada de la Zaina? La historia dice que sí; pero yo creo haber
-oído tachar de sospechoso al pobre Regidor en parajes muy distantes
-de la calle de la Pasión. Sin duda el frecuente roce con la plebe
-había desconceptuado mucho a D. Juan en la opinión de sus iguales.
-Carecía en absoluto de respetabilidad, y el que la pierde entre
-los de arriba, queriendo sustituirla con bajas amistades, que son
-siempre inconstantes, está expuesto a perderlo todo en un momento, y
-a que cualquier chispa fugaz incendie de improviso la fábrica de una
-reputación que no se funda en nada sólido.
-
-Mañara había adulado a la plebe imitándola. Con este animal no se
-juega. Es como el toro, que tanto divierte y de quien tantos se burlan;
-pero que cuando acierta a coger a uno, lo hace a las mil maravillas.
-Vimos caer a Godoy, favorito de los reyes, y ahora hemos visto caer
-a Mañara, favorito del pueblo. Todas las privanzas que no tienen por
-fundamento el mérito o la virtud, suelen acabar lo mismo. Pero nada
-hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene sobre sí el
-anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba
-Cervantes _el vano discurso del vulgo, siempre engañado_.
-
---Pero vámonos de aquí --dije a mi amigo--. ¿No oye usted lo que dicen
-esos que pasan? Dicen que los franceses han aparecido por Fuencarral.
-
---Vamos, vamos a cumplir con nuestro deber --repuso el Gran Capitán,
-siguiéndome por la calle de las Urosas--. Pero me temo que lo que debía
-ser gloriosísima jornada, va a ser cualquier cosa, gracias a esa vil
-gentualla. La traición mina la plaza. Eso de los cartuchos de arena
-me ha puesto triste, y el miserable canalla que tal hizo merece mil
-muertes.
-
-Madrid, después de inmolado Mañara, continuaba inquieto, como
-presagiando grandes males, mientras los frailes agonizantes arrancaban
-de manos del pueblo el cadáver informe. La noticia de que los franceses
-estaban a las puertas de la villa, lo hizo, sin embargo, olvidar todo,
-y corría la gente azorada y medrosa, creyendo ver asomar, al volver de
-una esquina, la figura característica del azote de Europa.
-
-
-
-
-XVI
-
-
-El Cuerpo de voluntarios a que yo pertenecía fue destinado a defender
-la Puerta de los Pozos (la misma que después se llamó de Bilbao, al
-extremo de la calle de Fuencarral), y el inmediato jardín de Bringas.
-Consistía su fortificación en un foso no muy profundo en un gran
-espaldón de tierra y piedras, a toda prisa levantado, y en seis cañones
-de a 6. La tapia, que no tenía facha de inexpugnable, como recordarán
-los que han alcanzado alguno de sus heroicos trozos, había sido
-aspillerada en toda su extensión. Iguales, poco más o menos, eran las
-fortificaciones de las vecinas Puertas de Santa Bárbara y Fuencarral.
-El sitio donde se habían levantado obras más considerables era la
-Puerta de Recoletos, monumento que ha durado hasta ayer y que no
-necesito designar topográficamente, con su Costanilla de la Veterinaria
-ni su convento de Agustinos, porque los mozuelos barbilampiños los han
-conocido. Pero volvamos a Los Pozos, puerta destinada a ser teatro
-de nuestro heroísmo, y empecemos diciendo que en la noche del 1.º
-de diciembre nos situamos allá, tan convencidos de que íbamos a ser
-atacados, que estuvimos largas horas sobre las armas, dispuestos a
-vender caras nuestras vidas. La fuerza se componía de estos elementos:
-unos sesenta soldados, que aunque no todos artilleros, hacían de
-tales por necesidad imprescindible; cuatro compañías de voluntarios
-antiguos, con los cuales mezclábase un número irregular de conscriptos,
-y como ochenta hombres de la milicia _honrada_, a quien mandaba o
-quería mandar el Gran Capitán, no sé si con el título de sargento,
-coronel o general, pues cualquiera de estos grados le cuadraría. Los
-soldados estaban fríos y con poco ánimo; los voluntarios inflamados
-en patriotismo y llenos de ilusiones; pero tan inexpertos, que no
-daban pie con bola, como vulgarmente se dice, a pesar de estar entre
-ellos el gran Pujitos; y finalmente, los _honrados_ no cabían en sí
-de entusiasmo, no obstante ser todos ellos personas de paz, y tener
-algunos buena carga de años a la espalda, especialmente los de la
-compañía, o mejor, los del grupito en que alzaba el gallo D. Santiago,
-cuya hueste se componía de respetables porteros y criados de la oficina
-de Cuenta y Razón.
-
-En cuanto a jefes, debo decir que allí no existían en todo el rigor de
-la palabra, pues si bien entre la tropa había oficiales valientes y
-entendidos, no sabían o no querían hacerse obedecer de los paisanos,
-resultando de esta desconformidad que allí cada cual hacía lo que le
-daba la gana y según su propia inspiración; y aunque mi amigo tenía
-pretensiones de imponer su autoridad, esto no pasó nunca de un conato
-de dictadura que más se inclinaba a lo cómico que a lo trágico.
-
-En cambio, reinaba gran fraternidad, y cuando avanzada la noche tuvimos
-la certeza de que no había tales franceses por los alrededores, nos
-reunimos en el jardín de Bringas, y encendida una gran hoguera,
-celebramos agradable tertulia, donde se habló de temas patrióticos con
-la verbosidad, facundia y exageración propia de españolas lenguas.
-Cuál encomiaba la defensa de Zaragoza; cuál ponía la defensa de
-Valencia contra Moncey por cima de todos los hechos de armas antiguos
-y modernos; quién decía que nada podía igualarse a lo del Bruch; quién
-encomió hasta las nubes la vuelta de las tropas de la Romana, y, por
-último, no faltó uno que, sin quitar su mérito a estas gloriosas
-acciones, pusiera sobre los cuernos de la luna cierta campaña famosa de
-Portugal en 1762.
-
-Disipado todo temor, muchas mujeres fueron a visitarnos, y entre ellas
-no faltó Doña Gregoria, ni Doña Melchora con las niñas, ni tampoco la
-señora de Cuervatón, pues ha de saberse que su marido formaba en las
-filas de los _honrados_. Para que no se crea que todos éramos gente de
-poco más o menos, añadiré que algunas altísimas damas fueron a visitar
-a sus hijos, hermanos o maridos, que allí se andaban mano a mano con
-nosotros, o como voluntarios o como sorteados.
-
-Cenamos, bebimos, cantamos, hablamos, y, por último, a todos nos vino
-el deseo de llevar adelante alguna hazaña aquella misma noche. El
-primero que emitió la idea fue D. Santiago, y al punto se la aceptó
-con alborozo, determinando hacer una exploración camino arriba hasta
-Fuencarral, por ver si realmente estaban los franceses tan cerca como
-se creía. A toda prisa se preparó la salida, y a eso de las dos de la
-madrugada nos pusimos en marcha unos doscientos hombres, en buen orden,
-mandados por un coronel de ejército.
-
---¡Qué bueno fuera --me decía Fernández-- que ahora tropezáramos con
-una avanzada enemiga y la derrotáramos en un abrir y cerrar de ojos,
-volviendo a Madrid con unos cuantos miles de prisioneros!
-
---Todo podría ser, amigo mío --le respondí--, que para la voluntad de
-Dios no hay nada imposible.
-
---Más gracioso aún sería --prosiguió-- que el bergante del Emperador
-se anduviera paseando por ahí, mirando desde lejos la gran ciudad que
-aspira a ganar, y le sorprendiéramos de sopetón, echándole mano para
-llevarle a Madrid sobre un asno foncarralero.
-
---También es posible --repuse--, y pongamos que ese señor se haya
-aburrido de estar en su campamento, y tomando una escopeta, a pesar
-de la oscuridad de la noche, se venga con un par de generales y un par
-de perros por esos trigos a levantar y correr perdices, que todos los
-monarcas suelen ser cazadores.
-
---Eso no me parece verosímil --dijo--; pero bien podría suceder que ese
-hombre, conociendo que no puede vencernos por la fuerza, intente dar al
-traste con la astucia a nuestro poderío, y se disfrace con el traje de
-un payo huevero de Alcobendas, para acercarse a nuestras formidables
-fortificaciones y estudiarlas cómodamente.
-
-Con estos y otros coloquios rebasamos más allá de la venta situada en
-lo que hoy se llama Cuatro Caminos, sin hallar alma viviente ni sentir
-rumor alguno; pero cuando estábamos cerca del camino que a mano derecha
-conduce a Chamartín, percibimos un ruido lejano que a todos nos dejó
-suspensos, pues no parecía sino que temblaba la tierra al galopar de
-millares de caballos.
-
---¡Es una avanzada de caballería! --gritó nuestro coronel--.
-Retirémonos.
-
---¿Qué es eso de retirarse? --gritó con enojo el Gran Capitán--. ¿Somos
-españoles o qué somos?
-
---No tenemos más que cuatro caballos --le dijo el jefe--. Si nos dan
-una carga, ¿qué va a ser de nosotros?
-
---¡Qué cargas ni cargas! ¡Buenos son ellos para meterse en cargamentos!
-Ea, muchachos, el que quiera seguirme que me siga: yo voy adelante.
-
-Los _muchachos_, cuyo patriotismo invocaba Fernández, eran seis o siete
-vejestorios como él, compañeros en la portería y servicio interior de
-las oficinas de Cuenta y Razón. Pero aquellos valientísimos militares,
-más duchos en el manejo de la escoba que en el de otra arma alguna,
-profesaban aquel principio, tan sabio como famoso, de que una retirada
-a tiempo es una gran victoria, y todos a una manifestaron al Gran
-Capitán que no le seguirían en tan temeraria empresa, pues hazañas sin
-cuento podrían realizar tras las fortificaciones.
-
-El escuadrón francés avanzaba, a juzgar por el acrecentamiento del
-ruido; pero no veíamos cosa alguna. Se dio orden de retirada, y para
-hacerla más a salvo, nos desviamos del camino, escurriéndonos por una
-hondonada que caía hacia la dehesa de Amaniel. D. Santiago renunció a
-regañadientes a los peligros de una lucha con los dragones que a toda
-prisa avanzaban, y me decía:
-
---Pensar que de esta manera hemos de vencer, es una necedad. En la
-guerra ha de fiarse todo a lo imprevisto, a la sorpresa y a los golpes
-de mano. ¿Qué nos costaba esperar esos caballos, sorprenderlos, matar a
-los jinetes y entrar en Madrid caballeros los que salieron peones?
-
-En esto vimos un bulto, un hombre, que saliendo precipitadamente de
-detrás de unos tejares, corrió hacia la carretera, al parecer huyendo
-de nosotros.
-
---¡Eh! ¡Un hombre! ¡Un espía!... ¡Quién vive! --gritamos, corriendo
-algunos en su persecución.
-
-Detúvose el hombre ante nosotros con muestras de tener mucho miedo,
-y entonces advertimos que su traje era el de un paleto, con ancho
-sombrero y una manta por capa. Cuando nos llegábamos a él, pareció
-vacilante e indeciso; pero al fin, oyéndonos hablar, abalanzose hacia
-nosotros, diciendo:
-
---¡Ah! Sois españoles. Gracias a Dios: ya me he salvado.
-
-Acabando de decir esto, cayó de rodillas. Pero en el mismo instante
-llegose a él con aire resuelto el Gran Capitán, y poniéndole en el
-pecho la boca de un fusil, exclamó con voz exaltada y furiosa:
-
---Dese a prisión Vuestra Majestad Imperial y Real. Bien lo decía yo;
-pero a mí no me la da usted... digo, Vuestra Majestad, que soy perro
-viejo, y harto se ve que, disfrazado con traje de paleto, se acerca
-Vuestra Majestad Imperial a nuestra gran plaza para estudiar las
-fortificaciones.
-
---Hombre de Dios --dijo el payo--, usted es loco o me toma por el
-Emperador Napoleón.
-
---¡Por quién le he de tomar, hermano! A mí no se me engaña con
-palabritas. Es Vuestra Majestad mi prisionero, y no le he de soltar
-aunque me dé siete condados. ¡Viva España y viva Fernando VII!
-
-Todos los circunstantes nos reímos, lo cual desconcertó a D. Santiago,
-y al punto el prisionero dijo levantándose:
-
---Yo, señores, soy oficial del ejército de D. Benito San Juan, y
-he asistido al desastre más funesto de esta campaña. Perdí en la
-acción de Somosierra a mi padre y a dos hermanos, y vengo huyendo
-de las guerrillas francesas que persiguen a los dispersos. Tuve que
-disfrazarme en Robregordo para evitar que me cogieran, y a pie he
-llegado hasta aquí. Pero si quieren que les diga más, denme algo que me
-sustente, pues con dos días de no probar bocado, estoy cayéndome muerto
-por instantes.
-
-Un compañero nuestro le dio a beber un trago de aguardiente, con lo
-cual tomó fuerzas y pudo seguirnos, reanimado también moralmente por
-verse en nuestra compañía. El Gran Capitán, corrido y confuso, marchaba
-silenciosamente a su lado; pero no las tenía todas consigo, y no hacía
-más que mirarle y remirarle, sospechando que si no el mismo Emperador,
-podía ser algún generalazo, o cualquier archipámpano de la corte
-imperial.
-
---Con ser tantas mis personales desdichas --dijo el desconocido--,
-pues en el campo de batalla quedaron mis dos hermanos y mi buen padre
-(que somos de un antiguo solar de tierra de Sepúlveda), todavía abruma
-mi ánimo más que nada la catástrofe nacional de que he sido testigo.
-Nosotros acudimos a tomar las armas en defensa de la patria. Felices
-mil veces los que murieron por tan santo objeto, y malhayan los que
-quedamos para contar tan gran desventura. ¿Se sabe ya en Madrid la
-derrota de San Juan? ¿Cómo se cuenta? ¿Qué se dice? Se nos tachará de
-medrosos o cobardes. ¡Oh, señores! Yo no creo que sea posible llevar
-más adelante el heroísmo. Nuestros soldados se han conducido con
-bravura portentosa, y si no vencieron, fue porque la superioridad de
-los enemigos y su mucho número lo han hecho imposible.
-
---Eso será lo que tase un sastre --dijo el Gran Capitán--. ¿Por dónde
-anda ahora San Juan? Porque yo entiendo que fingió retirarse para
-atacar después en mejor posición.
-
---¡Qué ha de fingir, hombre, qué ha de fingir! --repuso el oficial--.
-San Juan, si es que vive, andará fugitivo como yo y sin un solo soldado.
-
---Eso no puede ser, caballero. ¿Cómo se entiende? Si eso fuera cierto,
-señor mío, significaría ni más ni menos una especie de derrota.
-
---Pues ya lo creo; pero les contaré punto por punto. San Juan tomó
-buenas posiciones en el paso de Somosierra y puso una vanguardia en
-Sepúlveda. Atacaron esta los franceses anteayer de madrugada; mas no
-pudieron romper su línea y tuvieron que retirarse.
-
---¿Los franceses? Bien --dijo el Gran Capitán--. Pues si se retiraron,
-¿cómo se entiende nuestra derrota?
-
---Paciencia, señor mío, paciencia. Sepa usted que sin aparente
-motivo, aunque es fácil comprender que ha habido algo de traición, la
-vanguardia de Sepúlveda, a pesar de quedar victoriosa, se retiró a
-Segovia. Avanzaron los franceses, y nos atacaron en nuestras posiciones
-de Somosierra. Nosotros no teníamos fuerzas bastantes para defender el
-paso, y mucho menos después de la defección, o no sé cómo llamarlo,
-de la vanguardia. Sin embargo, nos resistimos toda la mañana de ayer,
-aglomerando nuestra gente en el camino, y sin disponer de fuerzas
-ligeras que flanquearan las alturas. Los franceses, que traen muchos
-soldados y cuerpos de todas clases, dispusieron guerrillas de cazadores
-que en un instante tomaron las alturas, y con un cuerpo de caballería
-polaca nos cargaron en la carretera de un modo espantoso. No puede
-formarse idea de aquel ataque sino viéndolo. Escuadrones enteros se
-estrellaban contra nuestra batería, y centenares de jinetes caían
-despeñados a los abismos que costean el camino; pero sus recursos son
-inmensos: tras un escuadrón inútilmente sacrificado, lanzaban otro
-y otro, sin que se les importara ver morir oficiales a centenares y
-generales por docenas. Con este ataque incesante combinaban el fuego de
-las tropas ligeras, desparramadas por los altos, y al fin sucumbimos
-al número, que no al valor. Los franceses se abrieron paso a costa de
-inmensas pérdidas, y luego persiguieron a los restos de nuestra tropa
-con tanto encarnizamiento, que dudo que hayan podido sobrevivir muchos.
-La mayor parte, pereciendo en aquellas fragosidades, han cumplido con
-su deber, que era defenderlas mientras tuvieran cuerpo vivo en que
-recibir una bala. No fue posible más, porque más habría sido hacer
-milagros, y estos solo Dios los hace.
-
-Calló el oficial, y todos los que le oíamos estábamos tan
-apesadumbrados y tristes con su relato, que nada le contestamos.
-Tampoco él habló más, y así silenciosos y taciturnos llegamos a
-Madrid y a nuestra Puerta de Los Pozos, donde el desgraciado tránsfuga
-halló una hoguera en que calentarse, y un bocado con que reanimar sus
-fuerzas. Todos le prodigaban solícitos cuidados, menos D. Santiago
-Fernández, el cual no podía desechar cierta comezón y desasosiego.
-
---Gabriel --me dijo, llevándome aparte--, no insisto por no parecer
-pesado; pero digan lo que quieran los demás, ese hombre que hemos
-encontrado no me gusta, y quiera Dios no tengamos que sentir; porque
-yo sé, y tú sabráslo también, que en las guerras es muy común eso
-de disfrazarse para visitar el campo enemigo y examinar a mansalva
-las fortificaciones, así como también es cosa corriente sobornar a
-algún infeliz para que, fingiéndose amigo, penetre en la plaza y haga
-circular noticias falsas que desalienten a los sitiados.
-
-Amaneció el 2 de diciembre, y a favor de las primeras luces del día se
-distinguieron fuertes columnas de caballería francesa en los cerros del
-Norte. Ya estaban allí, y no eran pocos ciertamente.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Aquella mañana fue muy alegre para nosotros, porque sin motivo alguno
-que lo justificara, nos sentíamos tan animados, que no nos cambiáramos
-por los sitiadores. El peligro había acallado por el momento todas
-las discordias, y nuestro patriotismo nos achicaba las circunstancias
-desfavorables, aumentando considerablemente las ventajosas. Todo se
-volvía gritar, dando vivas y mueras, pues nada cuesta triunfar de este
-modo con las fáciles armas de la lengua.
-
-Nos desayunamos muy contentos con lo que las mujeres del barrio, altas
-y bajas, feas y bonitas, nos traían en repletas cestas. También fue
-con la suya Doña Gregoria; mas del contenido de ella no probó bocado
-D. Santiago, porque, según decía, en los momentos supremos no debe
-embrutecerse el cuerpo con viciosos regalos.
-
-Lejos de asentir a la más mínima concupiscencia del paladar, increpó
-D. Santiago a los glotones, y luego, pasando revista a sus compañeros,
-que, desiguales en estatura, armamento y vestido, no tenían más
-uniformidad que la de su vejez, ni otro aspecto respetable que el de
-sus canas, les arengó así:
-
---Muchachos, acordaos de que todos sois unos buenos chicos, y de que
-os habéis cubierto de gloria en los reales ejércitos. Ha llegado la
-ocasión suprema, y desde el momento en que se presenta a las puertas
-de Madrid ese monstruo infame, ya no pertenecéis a vuestros hogares,
-ya no pertenecéis a la oficina de Cuenta y Razón, ya no pertenecéis
-sino a la patria. Compañeros: todos sois hombres experimentados; no
-como estos mocosos rapazuelos, que no saben coger un fusil. ¡Ya se ve!
-¡Cuándo las han visto ellos más gordas! Y basta de sermones, que ahora,
-obras y no palabras, y más vale una buena puntería que cien discursos;
-conque, compañeros: ¡viva Fernando VII! y sepan que los estima su amigo
-y seguro servidor Santiago Fernández.
-
-Esta alocución del veterano hizo reír a muchos de sus amigos, y
-casi, casi... si no fuera por temor a denigrar la memoria de varón
-tan insigne, diría que la recibieron con chistes, jácaras y todas
-las zandunguerías que son propias de los españoles, aun en apretadas
-ocasiones de la vida; pero Fernández, sin hacer caso, seguía tomando
-enérgicas disposiciones. Quiso también meter su cucharada en la
-artillería, echándoselas de gran balístico; pero le mandaron que fuera
-a rezar el rosario, insulto que le exasperó de tal manera, que, a no
-reparar en consideraciones patrióticas de gran peso, habríale abierto
-en dos tajadas la cabeza al descomedido y grosero que tal dijo.
-
-En confianza revelaré a mis lectores que el deslenguado y procaz que de
-tal modo prohibió a nuestro Gran Capitán que se acercase a los cañones,
-fue el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos, personaje de
-todas las ocasiones y de todos los sitios, a quien la suerte nos deparó
-también por compañero en aquella gran jornada.
-
-A eso de las doce nos visitó el Capitán General con D. Tomás de Morla,
-y aunque los vitoreamos hasta quedar roncos, no me pareció que estaban
-ellos muy satisfechos. Aún permanecían allí cuando distinguimos un
-gran tropel de franceses por la Mala de Francia abajo y flanqueando el
-camino. Era la avanzada del Cuerpo de Bessières que venía a intimarnos
-la rendición. Cuando el parlamentario llegó a Los Pozos, poco faltó
-para que los más belicosos y trapisondistas le despidieran a puntapiés;
-pero al fin fue recibido decorosamente, y se le contestó que no nos
-daba gana de rendirnos.
-
---Como no sea por medio de artimañas, embaucamientos o pérfidas tretas,
-semejantes a aquella del caballo de Troya, no nos rendiremos --me dijo
-Fernández--. Mira qué cabizbajo se va el oficial a dar la infausta
-nueva a su Emperador. Me parece que veo a este pateando y arrancándose
-los pelos de rabia al saber nuestra respuesta.
-
-Durante aquella tarde no volvieron parlamentarios, ni se presentó
-fuerza alguna francesa; pero a lo lejos distinguíamos el movimiento
-de las columnas tomando posiciones y estableciendo trincheras para la
-artillería, lo cual indicaba que los franceses diferían la función para
-el día 3. Durante la noche el mariscal Ney hizo otra intimación; pero
-fue hacia la parte de Recoletos o Puerta de Alcalá.
-
---¿Ves cómo no se atreven a volver acá, ni quieren más cuentas con
-nosotros? --dijo el Gran Capitán cuando lo supo--; pero allá les habrán
-contestado lindezas. Ya se ve: comprendiendo que por las armas no
-pueden nada, ponen en juego melosidades, agasajos y socaliñas. Pero
-durmamos, Gabriel, con toda tranquilidad, pues me parece que mañana
-3 tampoco habrá nada, y sabe Dios si al ver el aparato de estas
-intomables fortificaciones, habrán decidido retirarse del lado allá de
-la sierra.
-
-No necesito decir que de todo en todo se engañaba mi optimista amigo,
-pues cuando dormíamos a pierna suelta en la huerta de Bringas al calor
-de una hermosísima hoguera, nos despertaron unos tremendos cañonazos
-que retumbaban en todo Madrid con pavoroso ruido.
-
---¡A las armas! --dijo Fernández--. Levántense todos, y si cae una
-granada, arrojarse de barriga. Mi opinión es que hagamos una salida
-para ver de ponerle las peras a cuarto a esos de los cañoncitos. Mirad,
-chicos: hacia Chamberí hay una batería.
-
-Al punto nuestros artilleros, que eran mitad de línea y mitad paisanos,
-se dispusieron a la defensa; y como dos de las piezas hicieran fuego,
-no quisimos ser menos los infantes, y allá fue una descarga sin saber
-contra quién.
-
-Densa niebla envolvía la tierra, y no se percibían los lejos, lo cual
-hizo que figurándonos nosotros tener enfrente un formidable ejército,
-disparásemos cañones y fusiles en ruidosísima salva sin resultado
-alguno, pues los franceses no soñaban con atacar Los Pozos, y las
-detonaciones oídas eran las de la artillería que empezaba a embestir la
-Puerta de Recoletos.
-
---Cese el fuego --dijo nuestro jefe--. No nos atacan ni hay enemigos en
-la Mala de Francia.
-
---¿Pues cómo ha de haber? --dijo el Gran Capitán dando fuerte patada en
-el suelo--. ¿Cómo ha de haber si han huido todos?
-
---No hay tal trinchera ni cosa que lo valga en Chamberí. Los franceses
-están hacia la Fuente Castellana.
-
---A mí que no me vengan con músicas --gruñó el Gran Capitán preparando
-su arma--. Favorecidos de la niebla, esos miserables quieren
-engañarnos. Haré fuego mientras me quede un cartucho.
-
-Seguía disparando como si quisiera acribillar la espesa cortina
-de niebla, por cuyo insensato acaloramiento pronto se quedó sin
-municiones. Y como continuaran oyéndose tiros de cañón hacia nuestra
-derecha, Fernández exclamaba, volviéndose a sus amigos:
-
---Van en retirada, valientes compañeros. Gracias a vuestro arrojo
-temerario, todo se acabará felizmente.
-
-Por largo tiempo estuvimos quietos y mudos, esperando con la mayor
-ansiedad a que de una vez se nos atacara; pero pasaban horas y como no
-fuera D. Santiago, nadie veía enemigos enfrente, ni lejos ni cerca.
-Entre ocho y nueve, el fuego de cañón y de fusilería arreció tanto
-por Recoletos, que no dudamos era este sitio teatro de una vigorosa
-lucha; y al mismo tiempo, como comenzase a disiparse la niebla, vimos
-que cesaba poco a poco aquel desdeñoso abandono en que el Emperador
-nos tenía, porque corrían de oriente a poniente algunas columnas con
-apariencia de tener en respeto a las cuatro puertas septentrionales.
-
---Gracias a Dios --dijo Fernández--, que se atreven a atacarnos.
-Por detrás del parador del Norte me parece que avanza un cuerpo de
-artillería de batalla.
-
-No tardaron en romper el fuego contra las trincheras de Los Pozos,
-y nuestros seis cañones, que ya rabiaban por tomar formalmente la
-palabra, contestaron con precisión; mas para que todo fuera desastroso,
-mientras la bala rasa de sus piezas nos deterioraba los espaldones,
-nuestros proyectiles, lanzados por la carretera adelante o hacia la
-derecha, apenas llegaban hasta ellos: tan inferior era la artillería
-española en aquel trance. Entonces comenzó una lucha, que antes que
-lucha debería llamarse simulacro, harto deslucida para nosotros, pues
-más nos hubiera valido ser destrozados por el enemigo, que soportar tan
-cruel situación; y fue que los franceses nos cañoneaban desde muy lejos
-con sus piezas de superior calibre, y mientras recibíamos cada poco
-rato la visita de una bala rasa o de una granada, a nosotros no nos era
-posible hacerles daño alguno.
-
---Pero esos cobardes, canallas, ¿por qué no se acercan? --decía
-Fernández bufando de cólera--. Eso no es de caballeros, no, señor:
-cañonearnos sin piedad, destruyendo los parapetos con tanto trabajo
-levantados, y ponerse en donde no alcanzan las balas de aquí, eso no es
-de gente hidalga, y bien dicen que Napoleón ha hecho siempre la guerra
-de mala fe.
-
---¡Malditos sean! --gritó el oficial que nos mandaba--. Esta era
-ocasión para hacer una salida, si tuviéramos un puñado de gente de la
-buena que yo conozco.
-
---¿Pues y nosotros, pues y mis amigos, todos estos bravos muchachos de
-la compañía de _honrados_? --dijo el Gran Capitán dando un fuerte golpe
-en el suelo con la culata--. ¿Pues qué desean ellos, sino es salir para
-que esa canalla se marche de ahí o se ponga al alcance de nuestros
-fuegos?
-
---Lo que es eso, buenos tontos serán si lo hacen, pudiendo foguearnos a
-pecho descubierto.
-
---Saldremos, sí, saldremos --insistió mi amigo--. Muchachos, os conozco
-en la cara el ardor sublime y el generoso patriotismo que os inflama.
-Rabiando estáis por cebaros en esa gentuza. ¿Salimos, señor coronel?
-
-El coronel se rio con lástima y pena al ver la bravura del anciano. Uno
-de los _honrados_, a quienes Fernández llamaba _muchachos_, aseguró
-que no podía dar un paso porque el reúma se lo impedía; otro dijo que
-el ruido de los cañonazos le había vuelto completamente sordo, y un
-tercero se tendió en el suelo de largo a largo, lamentándose de haber
-cogido una pulmonía por razón del mucho frío y desabrigo en que toda
-la noche estuvieran. Entre los demás _honrados_, había alguna gente
-fuerte y valerosa; pero casi todos los del grupito que rodeaba a D.
-Santiago, componíase de unos Matusalenes tan mandados recoger, que daba
-compasión verles. Cuando algunas mujeres de Maravillas y del Barquillo
-vinieron tumultuosamente a Los Pozos y pidieron con gritos y chillidos
-que les dieran las armas de los ancianos, yo creo que se hizo mal en
-no acceder a su petición; y aunque todos ellos rechazaron indignados
-tan deshonrosa propuesta, sospecho que alguno pedía interiormente a la
-Virgen Santísima que lograran su objeto aquellas valientes semidiosas
-de San Antón y de la Chispería.
-
-La defensa de aquella posición continuó por espacio de más de una hora,
-sin más accidentes que los que he referido. Hacíamos fuego de cañón
-ineficazmente, y lo sufríamos de los franceses sin poder causarles
-daño. Indudablemente su intención era entretenernos, mientras se
-verificaba el ataque formal por Recoletos; y seguros de su triunfo, no
-querían sacrificar hombres inútilmente lanzándoles contra posiciones
-que al fin se habían de rendir. Cerca de las diez, el que nos mandaba
-recibió aviso de enviar a Recoletos la gente de infantería que no
-necesitase, y así lo hizo, tocándome a mí marchar entre los cien
-hombres destinados a aquella operación.
-
-Por el camino, mientras atravesamos las calles de San Opropio y de
-las Flores hasta llegar a la Plazuela de las Salesas, encontramos
-mucha gente que corría alarmadísima, dando a entender con sus gritos
-y agitación que la cosa iba mal. Extendiéndonos luego por la calle
-de los Reyes Alta[3], bajamos por la del Almirante a la Ronda de
-Recoletos, donde reinaba gran confusión. Fuerte cañoneo se oía por
-detrás de la Veterinaria, edificio que ustedes habrán conocido en el
-solar de la comenzada Biblioteca, y también por detrás de los Hornos
-de Villanueva y del Pósito, hacia la Puerta de Alcalá. El convento de
-Recoletos estaba ocupado por tropa española; pero en el momento en que
-nosotros llegamos casi toda la fuerza salía, por ser más necesaria
-fuera que dentro. En el principio del ataque, la batería puesta
-detrás de la Veterinaria rechazó con tanta energía el empuje de los
-franceses, mandados en persona por el mismo Emperador, que este tuvo
-que retroceder a toda prisa.
-
- [3] Hoy de las Salesas.
-
-Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los jardines
-y palacios del costado oriental de la Castellana; figuraos aquella casi
-desnuda planicie poblada por numerosa tropa francesa de todas armas,
-con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la Plaza de Toros,
-otro contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis completa idea de la
-situación. En el centro de aquellas tropas y en lo que hoy es parte
-de la calle de Serrano, poco más o menos entre el jardín llamado del
-Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón sereno y tranquilo,
-montado en aquel caballejo blanco que había pateado el suelo de las
-principales naciones del continente; allí estaba, sí, disponiendo los
-movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo derecho el catalejo
-con que alternativamente miraba, ya a este punto, ya al otro. Como es
-fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión; pero me lo figuraba
-y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y
-por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos
-pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia,
-cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba
-por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con
-la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces
-una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su
-tosecilla, sus mugidos, sus golpes en la barriga, sus polvos de tabaco
-y sus delgadas y finas sonrisas, el _ogro de Córcega_ nos estaba
-partiendo de medio a medio.
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-Y digo esto porque la batería de la Veterinaria, después de una defensa
-heroica, caía en poder de los franceses, precisamente en el momento en
-que llegamos, refuerzo tardío, los de la Puerta de Los Pozos. Ya no
-había nada que hacer allí. ¿Podía prolongarse aún la resistencia en
-el Retiro? Así lo creímos en el primer momento; pero no tardamos en
-perder esta ilusión, porque atacado aquel sitio por treinta cañones,
-no tardó en entregar sus débiles tapias, que lo eran de jardín y no
-de fortaleza. Así es que mientras un regimiento de voluntarios y
-otro de ejército recibían a tiros con admirable arrojo en Recoletos a
-la primer columna francesa que se destacó a apoderarse de la Puerta,
-los defensores del Retiro, faltos de recursos, de armas y de jefes,
-retrocedían al Prado, fiando la defensa a las barricadas de la calle de
-Alcalá. El momento aquel lo fue de gran pánico y de consternación; pero
-la verdad es que entre mucha gente apocada, la hubo también resuelta y
-decidida.
-
-Perdido al fin Recoletos, corrimos todos por la calle del Barquillo
-hacia la de Alcalá, y cuando llegamos, ya los franceses eran dueños
-del Pósito, del palacio de San Juan, y procuraban apoderarse de San
-Fermín y de la casa de Alcañices. Fue muy mala idea la de construir la
-gran barricada más arriba del Carmen Calzado, dejando al descubierto
-la calle del Turco y todos los edificios del extremo de aquella gran
-vía; así es que los imperiales apoderáronse fácilmente de estos, y
-abriéndose paso después por el interior a la citada calle del Turco,
-dominaron de tal modo la posición, que al cabo de un cuarto de hora
-de estéril tiroteo, vimos que era preciso buscar la nuestra un poco
-más arriba, entre Vallecas y el callejón de Sevilla. Se hacía fuego
-tenazmente desde los balcones de ambos lados de la calle, y no había
-casa alguna que no fuese improvisada fortaleza, pues la tenacidad de
-nuestros paisanos era tanta, que no les acobardaba ver la creciente
-ventaja del enemigo, su inmensa fuerza y arrogancia. La población,
-antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido
-al del 2 de mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas
-parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en
-las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que
-no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella
-enajenación popular y aquel divino estro de la guerra, que varias veces
-mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres.
-
-En medio de esta refriega se hizo la tercera intimación, y cuando
-creímos que nuestros jefes contestarían a ella mandando redoblar
-el fuego, observamos que este cesaba en la gran barricada, y que a
-todo escape corría a caballo el Marqués de Castelar hacia la casa de
-Correos, donde estaba la Junta permanente.
-
---¿Qué hay, Sr. D. Diego? --pregunté a este, viéndole venir hacia mí,
-con su escarapela de _honrado_--. No sabía que también estaba usted
-entre nosotros.
-
---He estado en el Retiro desde el amanecer --me contestó--. Pero ¿qué
-se había de hacer con tan mala y tan poca artillería?
-
---¿Pero por qué ha cesado el fuego?
-
---El Marqués de Castelar ha pedido una tregua para consultar a la
-Junta. Creo que habrá capitulación. ¿Has visto a Santorcaz?
-
---¿Yo?... Ni ganas.
-
---Pues te andaba buscando ayer tarde con mucho empeño.
-
---¿También se ha batido D. Luis?
-
---¡Vaya! en el Retiro estaba hace poco gritando como un furioso y
-jurando matar a los que nos han hecho traición. Pero luego nos ha
-aconsejado que nos retiremos a nuestras casas, porque es imposible
-pelear contra los franceses.
-
-Subía la calle arriba mucha gente del bronce, gran número de
-_honrados_, voluntarios y algunas mujeres, y por las imprecaciones que
-oí en boca de todos, se comprendía que los defensores de Madrid no
-habían recibido bien la suspensión de armas.
-
---Como que les han untao --decía un majo de trabuco y charpa.
-
---¡Que nos han vendío! --exclamaba una mujer, en quien me pareció
-reconocer a la viuda de Chinitas.
-
---Si cojo a Castelar por delante, me lo como.
-
---Ya me percataba yo que el Tomasillo Morla estaba vendido al Tuerto.
-¿Cuánto va a que él puso los cartuchos de arena?
-
---¡Más vale morir que rendirse! Canallas, cobardes: si tenéis miedo,
-quitaos de en medio, y dejadnos a nosotros.
-
---Compañeros, antes que la corte de las Españas y la mapa del mundo,
-que es Madrid, caiga en poder de los gabachones, tuertos, botelludos,
-dejémonos matar tras esas piedras.
-
---¡Que hayamos vivido para ver esto!
-
---Ni la Junta, ni el Consejo, ni los Generales, ni el Corregidor, ni
-ninguno de esos Caifases tienen tanto así de vergüenza.
-
-De este modo, en diversos estilos, expresaba el pueblo de Madrid
-su rabia, no tanto por verse casi vencido, como por echar de menos
-el amparo de las autoridades, y encontrarse solo entre un enemigo
-formidable y un poder débil, incapaz de imitar las desesperadas
-sublimidades de Zaragoza y Valencia. Así es que desde la suspensión
-de la lucha cundió el desaliento tan rápidamente, y la idea de
-una capitulación indispensable se apoderó tan pronto de todos los
-espíritus, que las armas se caían de las manos. Cercados por poderoso
-enemigo, ¿qué podía hacerse sin entusiasmo, y qué entusiasmo cabía
-allí, donde los jefes no contaban para nada con lo extraordinario, con
-lo divino, con aquella táctica ideal y no aprendida, que o detiene
-las catástrofes o las hace gloriosas, no dejando al vencedor sino lo
-material de la victoria, la posición topográfica, aquello que podrá ser
-lo principal en los hechos de un día, pero que es lo secundario y lo
-último en la historia?
-
-El pueblo español, que con presteza se inflama, con igual presteza
-se apaga, y si en una hora es fuego asolador que sube al cielo, en
-otra es ceniza que el viento arrastra y desparrama por el bajo suelo.
-Ya desde antes del sitio se preveía un mal resultado por la falta de
-precaución, la escasez de recursos y la excesiva confianza en las
-propias fuerzas, hija de recuerdos gloriosos a todas horas evocados,
-y que suelen ser altamente perjudiciales, porque todo lo que aumenta
-la petulancia, lo hace quitándoselo al verdadero valor. Lo que habían
-preparado las discordias, la impremeditación y la soberbia, rematolo
-la excesiva prudencia de autoridades timoratas, que además de no ver
-dos palmos más allá de sí mismas, no comprendieron que la capital no
-debía rendirse con menos aparato que la última aldea de Castilla. La
-presencia de Napoleón traía a aquellos pobres señores muy azorados, y
-tanto se preocuparon de sus togas, de sus posiciones, de sus fajas y de
-sus sueldos, que con todas estas telarañas ante los ojos era imposible
-que pudieran ver cosa alguna.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Diose orden de que los cuerpos ocuparan sus primitivas posiciones, y
-partí otra vez a Los Pozos, contemplando por el camino el espectáculo
-de Madrid abatido y desilusionado. En algunas partes, escenas de
-escandalosa protesta contra las autoridades, y amenazas y gritos;
-en otras, vergonzoso silencio y raras manifestaciones de la general
-angustia.
-
-Cuando llegué a la Puerta de Los Pozos, los soldados y voluntarios
-estaban en actitud un tanto sediciosa. El Gran Capitán, que continuaba
-en el jardín de Bringas, no quería creer la noticia de la próxima y ya
-inevitable capitulación.
-
---Gabriel --me dijo--, eso que cuentan no puede ser cierto, y sin duda
-es alguna estratagema de D. Tomás de Morla. ¡Cómo se miente! ¿Creerás
-que unas desvergonzadas mujeres llegaron aquí diciendo que el Prado
-y media calle de Alcalá estaban en poder de la Francia? Me dio tal
-enfado, que si no estuviera mi mujer entre las que tal insolencia
-decían, las habría atravesado de parte a parte.
-
-No quise darle un disgusto, y callé.
-
---Aquí hemos tenido un combate terrible --continuó--. Se atrevieron a
-acercarse, y esa compañía de voluntarios salió y les hizo tan terrible
-fuego, que no han vuelto a asomar las narices. En tan grande acción, no
-tuvimos más que cinco muertos y once heridos.
-
-Vi, en efecto, que Pujitos se ocupaba en acomodar estos últimos en
-las casas inmediatas con auxilio del generoso vecindario, y que
-en torno a los cinco primeros una multitud de mujeres entonaban
-estrepitoso miserere de imprecaciones y lamentos. En las cuatro puertas
-septentrionales no había ocurrido otra lucha importante que aquella que
-Fernández me refería.
-
-El cual prosiguió así:
-
---Pensar que aquí nos rendiremos, es pensar en lo imposible. Ríndase
-todo Madrid; mas no se rendirán Los Pozos. ¿No es verdad, muchachos?
-
-Los _muchachos_, sentados en el suelo del citado jardín, y a la
-redonda, despachaban unas sopas, acompañados de mujeres y chiquillos;
-y con tanta gana comían, y tal era su pachorra y tranquilidad, que no
-me parecieron dispuestos a secundar los gigantescos planes del portero
-de la oficina de Cuenta y Razón. Antes bien, el uno con su reumatismo,
-el otro con sus toses, y aquel con sus escalofríos, tenían cara de
-satisfechos por el fin de una aventara que empezó con visos de ser
-broma pesada.
-
---Pues si está de Dios que nos rindamos, nos rendiremos --dijo un
-bravo, que lo menos tenía a cuestas sesenta años y pico.
-
---Hemos hecho todo lo que exigía el honor. No es posible más --dijo
-otro--. Cuando los jefes han acordado la rendición, ya sabrán que es
-imposible resistir.
-
---Yo --añadió un tercero-- he cumplido con mi deber. Lo menos he
-disparado tres tiros.
-
---Y yo, aunque no he disparado ninguno, le cargaba la escopeta a aquel
-soldadillo del bigote rubio.
-
---Esto no se puede oír --exclamó bramando de ira D. Santiago--. Pero
-¿qué se puede esperar de unos hombres que se ponen a comer sopas,
-cuando tenemos a cien varas de nosotros al vencedor de Europa? ¡Fuera
-de aquí, almas de mazapán, cuerpos momios y sangre de arrope! ¿De qué
-os valen esas canas que estáis deshonrando? ¿De qué vuestros años,
-hasta ahora no envilecidos? ¿De qué el haber asistido a aquellas
-gloriosas campañas?... Nada, lo dicho, dicho. Se rendirá Madrid; pero
-no se rendirán Los Pozos.
-
---Mira, marido mío --dijo a esta sazón Doña Gregoria, que en unión de
-las otras vecinas había venido con un canastillo y algo de bebida para
-D. Santiago--, ya has cumplido con tu deber; ya te has portado como
-un valiente, y tan verdad es esto, que por todo Madrid andan contando
-tus hazañas, y hasta el Capitán General dicen que echó un discurso
-poniéndote por modelo de los buenos patriotas. Basta ya, y puesto que
-todo se acabó, y no hay más guerra por ahora, no seas testarudo. ¿Qué
-vas a hacer tú solo?
-
-El Gran Capitán no contestaba, y paseo arriba, paseo abajo, con el arma
-al brazo, atendía tan solo a sus agitados pensamientos.
-
---Dejémonos de tonterías, marido mío --añadió Doña Gregoria--, y vamos
-a despachar este cocidito y esta botella de vino. ¿Acaso puede Napoleón
-decir que te ha vencido? Eso no, porque buen cuidado tuvo de no asomar
-por aquí; que si tú lo llegas a coger...
-
---Quítate de mi vista, vete de aquí --gritó de improviso el veterano--;
-y no me seduzcas con tu cocidito y tu bebida, que no soy hombre que se
-entrega a la molicie en días de peligro. Afuera los cantos de sirena, y
-las seducciones del amor y los ricos manjares. No como: he dicho que no
-como, y basta. He dicho que no volveré a mi casa vencido, y no volveré.
-Se rendirá Madrid; pero yo no me rindo.
-
---¡Hay hombre más cabezudo!
-
-Entonces el Gran Capitán llamó a su mujer, y llevándola aparte conmigo
-a un rincón de la huerta de Bringas, que era donde estábamos, le habló
-así muy gravemente:
-
---Señora Doña Gregoria Conejo, ¿cuánto hace que nos casamos?
-
---Cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, si no cuento mal
---respondió absorta la anciana, sin comprender en qué pararía aquello.
-
---En estos cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, ¿le he dado
-algún disgusto a la señora Doña Gregoria Conejo?
-
---No, marido mío --respondió algo conmovida.
-
---Pues bien: si le he dado alguno, le ruego que me lo perdone, y está
-dicho todo.
-
---Tú estás loco, Santiaguillo. ¿A qué dices esas necedades?
-
---¿Tiene usted alguna queja de su marido?
-
---Yo no; y como él no la tenga de mí...
-
---Pues por mi parte --dijo el Gran Capitán con alguna emoción--, yo le
-digo a Doña Gregoria Conejo que la quiero hoy lo mismo que el día que
-nos casamos, y que todavía me parece tan guapa, tan mona y tan salada
-como cuando éramos novios, y que no tengo ninguna queja de ella, más
-que la de no haberme dado hijos, lo cual, en verdad, ha sido voluntad
-de Dios.
-
---Sí, niñito mío --respondió la vieja--; ¿pero a dónde va tanto hablar?
-
---Esto va a que te retires y me dejes, porque si no, reñimos por
-primera vez. Pero te has de ir perdonándome todo agravio que te haya
-hecho en el discurso de nuestra común vida. En mi testamento te dejo
-todo lo que poseo, que no es mucho, y además de las ocho misas que dejo
-mandadas, harás que me digan otras ocho. Y quiero que me entierren con
-mi lanza y con los dos reales que me dio Don Luis Daoiz, cuando le
-llevé las botas a la calle de la Ternera, y basta ya de palabras.
-
---¡Ay, Santa Virgen de Maravillas, que mi marido está loco y se quiere
-matar! --exclamó Doña Gregoria, echándole los brazos al cuello--.
-Santiaguillo, no digas tales simplezas... ¿Me quieres dejar viuda? ¿Qué
-es eso de testamentos y misas?
-
---He dicho que si Madrid se rinde, no se rendirán Los Pozos; y si Los
-Pozos se rinden, no se rendirá el jardín de Bringas --afirmó secamente
-el anciano, deshaciéndose de los brazos de su esposa--. ¡Atrás,
-seductora; atrás, sirena; atrás, flaqueza de mi valor!
-
---¡Bárbaro, animal! --dijo llorando la buena mujer--. ¡Este pago me
-das; así tratas a la que te ha querido tanto! Si fue ayer cuando nos
-casamos, y me parece que te estoy viendo venir con tu gorra de cuartel,
-tan garboso y tan chusco, a la reja de la casa donde yo servía... A
-ver, chiquillo, si te acuerdas de aquellas coplitas que me cantabas...
-
---Yo no estoy para coplitas, señora. Retírese usted.
-
---¡Y estar una queriendo a un hombre cincuenta años, estar una
-enamorada toda la vida y mirándose en los ojos de su marido, para
-recibir este pago!... Santiago, mira que me enfado. Vámonos a casa, y
-maldito sea el Emperador, causante de mis desgracias, y a quien vea yo
-comido de perros.
-
-Ni los ruegos, ni las amenazas, ni los artificios de su mujer,
-quebrantaron la entereza de mi ilustre amigo, el cual, resistiéndose
-a tomar alimento, por no caer en la molicie, rechazando toda idea de
-descanso, volvió a pasearse de largo a largo en la extensión de la
-huerta, arma al brazo.
-
-Y sucedió que una infinidad de chiquillos del barrio, a quienes antes
-se había prohibido introducirse allí, vencieron, por fin, con la gran
-fuerza de su curiosidad y travesura, los rigores de la guardia; se
-colaron repentinamente y en tropel; recorrieron la fortificación,
-metiendo las narices por todas partes, y tocando con sus manos los
-cañones y cureñas, gozosos de ver tan de cerca todo aquel tremendo
-aparato. Como el asedio se daba por concluido, nadie se cuidaba de
-estorbar su impertinentísima inspección y entrometimiento. Luego que
-en todo pusieron las manos, las narices y los ojos, empezaron a imitar
-a los soldados, dando gritos de guerra y marchando a compás, todo
-según en las personas mayores habían visto, y con estos militares
-aspavientos entráronse por la huerta de Bringas adelante, batiendo
-cajas, disparando tiros, soplando cornetas y relinchando al modo de
-caballos, todo hecho con la boca, en mil discordes sones que atronaban
-el espacio. Y en cuanto divisaron a D. Santiago Fernández, a quien
-los más conocían, fueron derechos a él y le rodearon, gritando entre
-saltos, brincos, cabriolas y corcovos: «¡Viva el Gran Capitán, viva el
-Grandísimo Capitán!»
-
-Visto y oído lo cual por nuestro insigne veterano, parose, y quitándose
-el sombrero hizo varios saludos y cortesías, diciendo:
-
---Gracias, mil gracias, señores míos. Ya he dicho que si Madrid se
-rinde, yo no me rindo.
-
-Las aclamaciones y los chillidos, siempre acompañados de zapatetas,
-cabriolas y vueltas de carnero, tocaron los límites del delirio.
-
---Todos vosotros sois grandes patriotas, ¿no es verdad? --prosiguió mi
-amigo--; y no como estos cobardes, corrompidos por los placeres. Ya veo
-que la juventud vale más que la edad madura, y a mi lado os quisiera
-ver, valientes españoles, defendiendo a nuestro amado Monarca.
-
-La algazara y jaleo de los muchachos al oír esto, fue tal, que no
-cabe en descripción ni en pintura, pues no parecía sino que cuantos
-angelitos engendraron los matrimonios de un siglo, estaban allí
-haciendo de las suyas. Allí vierais el correr, el atropellarse, el
-darse de coscorrones, el cantar y gritar, el batir palmas, el tirar
-coces, el correr y dar vueltas, arremolinándose en torno de mi amigo,
-cuyas piernas por largo tiempo estuvieron sin movimiento en medio de
-aquel zumbador enjambre.
-
---Tantas muestras de afecto, señores --dijo al fin--, me conmueven,
-y no las puedo considerar sino como una prueba de lo bien acogida
-que ha sido en Madrid mi conducta. Pero digan ustedes por ahí que el
-cumplimiento del deber no merece alabanzas, pues estas solo son para
-lo extraordinario y heroico. Mi deber es defender este sitio, y le
-defenderé. Conque basta ya de aclamaciones y aplausos.
-
-¡Pero que si quieres! ¡Buena familia era aquella para hacer caso de
-tales exhortaciones! Fue preciso que uno de los jefes diera orden de
-echarlos afuera, y aun así costó trabajo librar a D. Santiago de la
-ruidosa ovación. Además, quiso nuestro coronel que todas las personas
-extrañas desalojaran el recinto fortificado, y al fin, no sin esfuerzo,
-hicimos salir a las mujeres, inclusa Doña Gregoria, que se fue llorosa
-y entristecida, encargándome que no perdiese de vista a su buen marido.
-
-No sé si he dicho que por Los Pozos había pasado poco antes a caballo
-D. Tomás de Morla, camino de Chamartín, donde el Corso tenía su cuartel
-general. Largo rato duró la conferencia con el Emperador, porque el
-regreso de Morla fue muy tarde, y por cierto que, al volver, su rostro
-demudado y tenebroso demostraba que en la entrevista había habido sapos
-y culebras. Aquel gigante con corazón de niño fue tratado por Napoleón
-como un muchacho de escuela. Después se supo que el vencedor le puso
-cual no digan dueñas, sacándole a relucir el haber permitido que no se
-cumpliera la capitulación de Bailén, y amenazándole con fusilarle a él
-y a sus tropas si la población no se rendía antes de las seis de la
-mañana del día siguiente.
-
-La tarde pasó sin ningún acontecimiento militar digno de contarse. Los
-franceses ocupaban sus posiciones sin hacer fuego, y nosotros, seguros
-de que todo se daría por concluido, estábamos también quietos y en
-expectativa. La agitación en el interior de la villa, persistía; y
-según oí, numeroso gentío, nada tranquilo por cierto, llenaba la Puerta
-del Sol, con la atención fija en la casa de Correos, residencia de la
-Junta.
-
-Rendido de cansancio, el gran Pujitos tendiose en el suelo junto a mí,
-y me dijo:
-
---Ya esperaba yo esto que ha pasado. ¿No te dije que los traidores iban
-a vendernos a los franceses?
-
---Más que a la traición --respondí con mucha tristeza--, debemos
-atribuir este mal resultado a la falta de recursos para la defensa.
-
---¿Qué? --gritó el héroe con mucho enojo--. ¡Qué falta de recursos ni
-qué niño muerto! Con los voluntarios basta y sobra. Pero, hijo, contra
-traidores nada podemos, y así los vea yo podridos, y mala sarna se los
-coma. Hace poco estuvo aquí el malcarado y peor chapado Santorcaz, y
-no lo despabilé por aquello de que uno no quiere meter bulla en estas
-ocasiones; pero...
-
-Y dio un resoplido que anunciaba exterminadores proyectos contra los
-enemigos de la patria.
-
---¿Y a qué vino acá ese charlatán embaucador?
-
---A buscarte, muchacho. ¿Sabes que debes andarte con cuidado? Cuando
-le dijimos que no estabas, dio la gran patá en el suelo y apretó los
-dientes. Venían con él Majoma, Tres Pesetas y otros perdidos que ahora
-le hacen la comitiva, junto con un tal Román, que fue criado de una
-casa rica. Este, cuando oyó que no estabas y vio que Santorcaz daba
-aquella gran patá, le dijo: «Pues esta noche no se nos escapará.» ¿Qué
-tal? Mala gente es esa, Gabriel, y ya te dije que están vendidos en
-cuerpo y alma a los franceses. De modo que ahora hay que huir de ellos
-como de la sarna, porque los meterán en lo que llaman _pulicía_, que es
-al modo de alguaciles, para prender al que se les antoje.
-
---No me prenderán a mí --dije--, por lo menos mientras sea soldado.
-Después de la rendición, yo buscaré medios de que no me cojan, aunque
-la verdad, amigo Pujitos, no sé por qué me quieren mal esos señores, ni
-por qué hablan de si me escaparé o no me escaparé.
-
---Te digo que son malos más que Judas, y que ahora harán ellos migas
-con los franceses, como que todos son unos, lobos y zorros... pues, y
-a todo el que tengan entre ojos le molerán a palos, si no es que me le
-arman un trementorio de otrosíes, y me lo empapelan y me lo ponen a la
-sombra.
-
---En todo eso que ha dicho el amigo Pujitos --respondí-- hay mucho
-de verdad. Quiera Dios no nos den que sentir esos bergantes; y si en
-Madrid no podemos vivir, afuera todo el mundo, y combatamos allí donde
-sepan morir antes que rendirse a los franceses.
-
-Levantose el héroe, y poniéndose la mano en el pecho, hizo
-exclamaciones de ardiente patriotismo, después de lo cual nos separamos.
-
-Al avanzar la noche, la tropa de línea que estaba en Los Pozos recibió
-orden perentoria de internarse, y fue que cuando la Junta acordó
-formalmente la capitulación, no queriendo el Marqués de Castelar
-presenciar este hecho, ni tampoco que se rindiera la tropa, discurrió
-el escapar con ella por la Puerta de Segovia, lo que verificó con toda
-felicidad a media noche. Solos los paisanos, ¿qué esperanza quedaba?
-Para que la rendición de Madrid fuera honrosa, la diplomacia, no las
-armas, debía hacer un esfuerzo.
-
-Yo conté al Gran Capitán lo que pasaba, con la esperanza de que,
-desalentado, se retirase a su casa, como habían hecho otros pobres
-veteranos, convencidos de su inutilidad. El juró y perjuró que era
-imposible una capitulación acordada por la Junta; pero contra lo que yo
-esperaba, de repente dijo:
-
---Tengo que ir a mi casa, Gabriel: ¿quieres acompañarme?
-
---Al instante --le contesté.
-
-Y pedimos permiso al jefe, que nos lo concedió de buen grado. Era ya
-muy entrada la noche.
-
-
-
-
-XX
-
-
-Pronto llegamos a nuestra morada de la calle del Barquillo. Abrió mi
-amigo la puerta de su casa, con llave que consigo llevaba; subimos;
-abrió la entrada de su domicilio de la misma manera, y encontrámonos
-dentro de la salita, donde tantas veces me ha visto el discreto lector
-en compañía de mis amables vecinos. En la pared del fondo, donde
-desde inmemoriales tiempos tenía asiento la lanza consabida, había
-una especie de altarejo, sobre cuya tabla dos velas de cera, puestas
-en candeleros de azófar, alumbraban una imagen de la Virgen de los
-Dolores, un San Antonio y otros muchos santos de estampa, que de los
-cuatro testeros habían sido descolgados para congregarlos allí. Algunas
-cintas y lazos a falta de flores, servían de adorno al improvisado
-tabernáculo, con varios jarros y cacharros antaño lujosos y bonitos,
-pero ya perniquebrados, mancos y heridos. Delante de todo esto, estaba
-el sillón de cuero, y sentada en él Doña Gregoria, profundamente
-dormida. La pobre mujer, que de tal modo se había rendido al cansancio,
-tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, aún humedecida la cara por
-recientes lágrimas, y sus cruzadas manos indicaban que el sueño la
-había sorprendido en lo mejor de su fervorosa oración.
-
-Quedose suspenso el esposo al verla, y después me dijo:
-
---Gabriel, no hagamos ruido, porque no se despierte; que más vale que
-descanse la pobrecita.
-
-Después, llegándose a una cómoda vieja que en un rincón había, añadió
-en voz muy baja:
-
---Aquí en la tercera gaveta está mi testamento, y en esta otra todo el
-dinero que tengo ahorrado, con el cual mi mujer puede mantenerse en lo
-que le quedare de vida, que no será mucho. Voy a escribir mis últimas
-disposiciones. No chistes, ni me respondas nada.
-
-Y acto continuo sentose junto a la mesilla, y con una pluma de ganso
-mal cortada, trazó sobre un papel dos docenas de torcidas líneas.
-
---Aquí dispongo --añadió alzando la vista del papel-- que las misas me
-las digan en San Marcos, donde está enterrado D. Pedro Velarde, ese
-valiente entre todos los valientes. En cuanto a mis huesos, no dispongo
-nada, porque no se dónde caerán.
-
---¿Todavía está usted con esas manías? --dije--. Hablaré en voz alta
-para que despierte Doña Gregoria y le ponga a usted las peras a cuarto.
-
---No harás tal, porque te estrangularé, que no quiero que ella abandone
-su blando sueño para pasar amarguras. Aquí en esta primera gaveta dejo
-mi última disposición.
-
-Y luego, levantándose y acercándose de puntillas a su mujer, la
-contempló un buen espacio, pálido y conmovido. Después de un rato,
-llevome a la alcoba inmediata, y sentándose en la cama en sitio desde
-el cual, al través de la mampara medio abierta, se veía el rostro de
-Doña Gregoria iluminado por las luces del altar, hablome así:
-
---Si algo enflaquece mi ánimo, es la vista de mi inocente esposa, a
-quien voy a dejar viuda. Te confieso que al considerar esto, se me
-nublan los ojos, se me oprime el corazón y estoy a punto de dar al
-traste con toda mi fiereza. ¿No la ves desde aquí? Parece que fue ayer
-cuando nos casamos; parece que no han pasado cuarenta y cinco años,
-y se me representa con la misma celestial figura que tenía allá por
-los tiempos de Maricastaña, cuando yo iba a la reja, llevándole media
-libra de peras en el pañuelo o un par de mantecadas de Astorga. En
-todo este tiempo no me ha dado nada que sentir, y hemos vivido juntos
-como dos palomos, queriéndonos lo mismo que el primer día. ¿No la ves
-desde aquí? ¿No ves su hermosa cara, tan serena y tranquila a pesar de
-su tristeza? Yo la estoy viendo con sus cabellos de oro, con su boquita
-encarnada como un casco de granada, con sus dulces ojos azules, que al
-mirarte parece que se abre el cielo delante de los tuyos; estoy viendo
-el nácar de su tez, y su airoso y gentil cuerpecito, lo mismo que su
-garganta alabastrina. ¡Oh, Dios mío! ¡Tan hermosa, tan buena y tan
-desgraciada!
-
-Bien por efecto de la imaginación, ofuscada por aquellas palabras, bien
-porque la situación diese a Doña Gregoria ideales encantos, lo cierto
-fue que a pesar de sus blancos cabellos, de su tez arrugada y de su en
-tantas partes notoria vejez, la estaba viendo tan hermosa como el Gran
-Capitán decía. ¡Milagroso efecto del pensamiento!
-
---Mira, Gabriel: desde que nos vimos hace cincuenta años, nos quisimos;
-vernos y querernos fue todo uno, lo mismísimo que cuentan de los
-amantes de Teruel. Un lustro duró nuestro noviazgo, porque yo no tenía
-posibles; pero desde el primer día concertamos la boda. Durante aquel
-tiempo, ni riñas, ni bromicas, ni celillos. Nunca hemos tenido celos
-el uno del otro, porque desde el primer día la confianza fue nuestro
-norte. Todos me tenían envidia. ¡Ay! Cuando nos casamos fuimos tan
-felices, que no hubiéramos cambiado nuestra casa por siete imperios.
-Y desde entonces, hijo, esta felicidad no se ha alterado. ¡Ay! se me
-parte el corazón al pensar que desde mañana se acostará sola en esta
-cama, que por cuarenta y cinco años nos ha visto juntitos.
-
-Al decir esto, el Gran Capitán se llevó el pañuelo a los ojos para
-secar sus lágrimas.
-
---Vamos, amigo --le dije--: de veras no sé si reírme o enfadarme oyendo
-lo que usted dice. ¿Está loco por ventura?
-
---Si tú no comprendes esto --me contestó-- es porque eres un simplón
-y un majadero egoísta. ¿Tú sabes lo que significa cumplir uno con su
-deber? ¿Tú sabes lo que significa el honor? Y si sabes todo esto,
-¿ignoras lo que es la honra de la patria, que vale más que la propia
-honra? Escúchame bien: si me causa angustia y pesar la consideración de
-la viudez de Gregorilla, mayor, mucha mayor pena me causa el considerar
-que la capital de España se entrega a los franceses. Esto es terrible,
-esto es espantoso, y no vacilaría en dar mil vidas y en sufrir todos
-los tormentos por impedirlo. ¡España vencida por Francia! ¡España
-vencida por Napoleón! Esto es para volverse uno loco; ¡y Madrid,
-Madrid, la cabeza de todas las Españas, en poder de ese perdido! De
-modo que una nación como esta, que ha tenido debajo de la suela del
-zapato a todas las otras naciones, y especialmente a Francia; de modo
-que esta nación que antes no permitía que en la Europa se dijera una
-palabra más alta que otra, ¿ha de rendirse a cuatro troneras hambrones?
-¿Cómo puede ser eso? ¡Eche usted a los moros, descubra y conquiste
-usted toda la América, invente usted las más sabias leyes, extienda
-su imperio por todo lo descubierto de la tierra, levante los primeros
-templos y monasterios del mundo, someta usted pueblos, conquiste
-ciudades, reparta coronas, humille países, venza naciones, para luego
-caer a los pies de un miserable emperadorcillo salido de la nada,
-tramposo y embustero! Madrid no es Madrid si se rinde. Y no me vengan
-acá con que es imposible defenderse. Si no es posible defenderse, deber
-de los madrileños es dejarse morir todos en estas fuertes tapias, y
-quemar la ciudad entera, como hicieron los numantinos. ¡Ay! todos mis
-compañeros se han portado cobardemente. España está deshonrada, Madrid
-está deshonrado. No hay aquí quien sepa morir, y todos prefieren la
-mísera vida al honor.
-
---Pero cuando no se puede triunfar --le dije-- es una temeridad seguir
-peleando, y más vale guardar la vida para emplearla con éxito en mejor
-ocasión.
-
---¡Simplezas y tonterías! El honor mandaba a los madrileños morir antes
-que rendirse, y el honor nos manda a los de la Puerta de Los Pozos que
-muramos todos allí antes que entregarla.
-
---Yo no creo que estén dispuestos a ello.
-
---Pues yo lo estoy, porque mi conciencia, que es la voz de Dios, me lo
-manda. Se rendirá la Puerta; pero el jardín de Bringas está bajo mi
-mando, y el que quiera entrar en él pasará sobre mi cadáver.
-
---¡Temeridad loca y hasta ridícula!
-
---Así será para los que no tienen idea de la honra de la patria, y para
-los que no ven nada más allá de esta ruin existencia, ni nada más allá
-del pan que comen todos los días.
-
---Entregarse de ese modo a la muerte es un suicidio, y el suicidio es
-un gran pecado.
-
---No es suicidio, no. La ley ineludible de la patria me ha puesto
-en un lugar que debo defender, aun a costa de la vida. ¿Que vienen
-fuerzas superiores? ¡Pues vengan! La patria me manda esperar tranquilo,
-y la ley me veda el apartar los pies de aquel sitio. ¿No morían los
-mártires por la religión? Pues la patria es una segunda religión, y
-antes que faltar a su ley, el hombre debe morir. ¿Y qué es la muerte?
-Los necios se asustan de la muerte, porque la muerte les quita el comer
-y el gozar. ¡Mentecatos! ¿Por ventura, no son mejor comida y mejor
-goce los de la bienaventuranza eterna? Ve ahí a mi esposa. Cierto
-que me aflige dejarla; pero sé que la perderé de vista tan solo por
-algún tiempo, y que sus virtudes la llevarán luego a donde la tenga
-delante de mis ojos durante todas las eternidades, sin cuya compañía
-creo que el mismo cielo me sería fastidioso. ¡Morir! ¡Ahí es gran cosa
-morir, y apañado tienes el ojo! ¿Pues acaso el morir es mal que puede
-compararse siquiera al dolor de un rasguño recibido en la tierra? Y si
-el morir no es nada para el miserable cuerpo, ¡cuán grande y fausto
-suceso no es para nuestra alma, mayormente si por la nobleza de nuestro
-fin nos empingorotamos sobre todas las cosas nacidas! ¡Morir por la
-patria; morir en el puesto que a uno le marca su deber; morir, no por
-conquistar un pedazo de tierra, ni por un cacho de pan, ni por una baja
-ambición, sino por una cosa que no se ve, ni se toca, cual es una idea
-y un sentimiento puro! ¿No es equipararnos a los santos del cielo y
-acercarnos a Dios todo lo que acercarse puede una criatura?
-
-Dicho esto, calló. No le contesté nada, porque tanta grandeza me tenía
-anonadado.
-
-Al cabo de un buen espacio volvimos de la alcoba a la sala; acercose
-él con pasos muy quedos a Doña Gregoria, y le dio muchos besos, tan
-en flor por no despertarla, que apenas tocaban sus labios el arrugado
-cutis de la anciana.
-
-Luego enjugose las lágrimas, y dirigiendo una mirada en redondo a todos
-los objetos de la sala, me dijo con voz grave y entera:
-
---Gabriel, vamos.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-No valían razones contra él, y cuanto yo pudiera decirle habría
-sido predicar en desierto; razón por la cual determiné cesar en mi
-obstinación, reservándome el emplear después cualquier estratagema
-para impedir una desgracia. Como durante la visita a la casa había
-transcurrido mucho tiempo, cuando salimos principiaba ya a clarear
-la aurora, y advirtiendo por las calles más gente de la que en tales
-horas suele encontrarse, nos fuimos a curiosear un poco antes de
-volver a Los Pozos. Serían las seis cuando entrábamos en la calle de
-Fuencarral, y como era esta la hora señalada para la rendición, subían
-y bajaban por la citada vía numerosos grupos de hombres, armados unos,
-sin armas otros, pero todos puestos en mucha agitación. Había quien en
-alta voz declamaba contra lo capitulado, poniendo a Morla, a la Junta
-y a Castelar como ropa de pascua; otros se desahogaban insultando
-a Napoleón; muchos rompían las armas, arrojándolas al arroyo; no
-faltaba quien disparase al aire los fusiles, aumentando así la general
-inquietud, y, por último, hacia el Arco de Santa María vimos algunos
-frailes dominicos y de la Merced que, arengando a la muchedumbre,
-procuraban calmarla.
-
---Vamos, corramos a nuestro puesto --dijo Fernández--, no sea que nos
-tengan preparada una sorpresa.
-
---Aún no es la hora designada --le dije procurando entretenerle de modo
-que llegáramos tarde.
-
---¿Cómo que no? --clamó con exaltación, avivando el paso--. Corramos,
-no sea que lleguemos tarde y entreguen Los Pozos. Mal hemos hecho en
-abandonar nuestro puesto por una necia sensiblería. ¡Quién sabe lo que
-hará esa gente si no estoy yo por allí! Corramos, pues ya he dicho que
-se rendirá Madrid, que se rendirán Los Pozos, que se rendirá el jardín
-de Bringas; pero que el Gran Capitán no se rinde.
-
-Empezamos a correr, cuando detúvome de improviso un hombre que en
-opuesta dirección venía. Era Pujitos.
-
---Gabriel --me dijo muy sofocado--: vuelve atrás, no vayas a Los Pozos;
-echa a correr y escapa como puedas.
-
---¿Por qué? ¿Qué pasa? --preguntó mi amigo con la mayor zozobra--. ¿Ha
-venido Napoleón en persona?
-
---¡Qué Napoleón, ni qué Juan Lanas! --añadió Pujitos empujándome para
-que retrocediera--. Corre presto, que si llegas allá te echan mano.
-Ahora mismo han estado esos perros por ti.
-
---¿Quién?
-
---¿Quién ha de ser sino D. Luis Santorcaz, ese que llaman Román, y los
-tres o cuatro pillos que andan con ellos?
-
---¿Y a mí para qué me buscan?
-
---Para prenderte.
-
---¿Y quién es él para prenderme? --exclamé lleno de ira--. ¿Pero no
-dijeron por qué me quieren prender? ¿Qué he hecho yo?
-
---Sí dijeron, y es un aquel de traiciones que has hecho y no sé qué
-diabluras. Conque a correr. Mira que vienen. Aire a los pies y buenos
-días.
-
---¿Eh? Basta de simplezas --dijo el Gran Capitán--, y no me detengo
-más, que hago falta en otra parte.
-
-Y marchose resueltamente hacia arriba sin decir nada más. Luego que
-me quedé solo con Pujitos, proseguimos nuestro altercado, él queriendo
-obligarme a que retrocediera, y yo obstinándome en seguir, pues me
-parecía una fábula aquello de mi prisión y la mudanza de Santorcaz y
-Román en alguaciles, y sobre todo en perseguidores míos por traiciones
-que yo no había soñado en cometer. Pero al fin logró convencerme
-recordando pasados sucesos que podían explicar, ya que no justificar,
-aquel hecho como una venganza; creí prudente seguir el consejo de mi
-compañero de armas, hombre que no por ser tonto dejaba de ser honrado,
-y me escurrí a buen andar en dirección al Espíritu Santo.
-
-Cerca de la calle Ancha tuve un feliz encuentro en la aparición de mi
-reverendo amigo el fraile mercenario, que seguido de mucha gente venía
-en dirección opuesta.
-
---¿A dónde vas, Gabriel? --me dijo deteniéndome.
-
---Voy huyendo, Padre --le respondí--; huyendo de infames enemigos que
-me persiguen sin motivo alguno.
-
---¿Quién, quién es el atrevido que te acosa? --exclamó briosamente.
-
---Hombres pérfidos, hombres inicuos que han sido espías de los
-franceses, y ahora aparecen como oficiales de la justicia.
-
---¿Pero de qué justicia? ¿Quién nos manda? Sepámoslo de una vez. ¿Nos
-manda aún nuestra Sala de Alcaldes, o nos manda un bigotudo General
-francés, en nombre de Napoladrón? ¿Ha capitulado ya la plaza?
-
---No lo sé, Padre; pero es lo cierto que esos hombres me buscan para
-prenderme, y con autoridad o sin ella llevan sus reales despachos en
-toda regla, que maldito sea el que se los dio para que satisfagan
-infames venganzas personales.
-
---Vamos a ver qué es eso...
-
---No, Padre: yo no pienso ver nada más que la calle por donde corro,
-porque conozco la clase de gente en cuyas manos voy a caer.
-
---Por la Santísima Virgen del Carmen, que nadie te ha de tocar el
-pelo de la ropa, al menos yendo conmigo. Ea, señores --añadió Salmón
-volviéndose a los que le seguían--, me voy a mi casa. Se despide de
-ustedes el Padre Salmón, de la Orden de la Merced: ya no soy nada,
-hijos míos; ya no tenéis Padrito Salmón; ya no tenéis quien os
-predique, ni quien os aconseje, ni quien os diga cosas joviales. Se
-acabó todo: España es de los franceses; adiós, frailes y monjas, que a
-todos nos van a quitar de en medio, hijos míos, y no hagáis pucheros,
-que de nada valen ahora estos pucheros, pues no se defiende la religión
-con lagrimitas... No lloréis, que _tarde piache_, como dijo el otro,
-y sucumbamos. Adiós, hijos míos, que ahora os quieren hacer a todos
-herejes, y los religiosos estamos de más. Yo os echo la bendición:
-cuidado, cuidadito con los pecadillos. Y tú, joven desgraciado,
-arrímate a mí, que aún nos queda un poquillo de influjo, y nadie
-te hará nada yendo en mi compañía. Ven conmigo a la Merced, y allí
-procuraremos ponerte en salvo.
-
-Cuando marchamos juntos hacia la calle Ancha, oímos en derredor nuestro
-estentóreas y acaloradas voces de hombres y mujeres que gritaban:
-«¡Viva el Padre Salmón! ¡Muera Napoleón! ¡Muera el rey de Copas!»
-
---En mi convento estarás seguro --me dijo luego el mercenario-- hasta
-que puedas salir de Madrid. ¿Piensas salir?
-
---En cuanto pueda, Padre: no puedo ni debo estar más aquí.
-
---Haces bien: algunos compañeros míos piensan marcharse también a
-levantar por ahí el espíritu de los pueblos. Yo no saldré de Madrid,
-porque mi naturaleza es tan delicada y flatulenta, que no resiste los
-trabajos, hambres y estrecheces de una misión. A la casa de Madrid me
-atengo: ni quito ni pongo rey, y aunque dicen que el hermano de Copas
-nos quiere quitar, todo es filfa, hijito mío. Yo sé que andan por
-Madrid emisarios del Emperador, que nos hacen la mamola a cencerros
-tapados para que le rindamos pleito homenaje y transijamos con él,
-requisito indispensable para tratarnos a maravilla, por lo cual opino
-que tan bien se sirve con Pedro como con Juan, y adelante con los
-faroles, porque si tienes hogazas no pidas tortas, y si te dan la
-vaquilla acude con la soguilla, que como dijo el otro, mano que da
-mendrugo, buena es aunque sea de turco.
-
-Tan sumergido estaba yo en mis pensamientos, que no contesté a mi
-amigo, si bien mi silencio no fue parte a que dejara de seguir hablando
-por todo el trayecto, durante el cual no nos ocurrió desgracia alguna,
-ni tuvimos ningún mal encuentro.
-
---Ya estamos en casa --me dijo cuando entramos--. Sube y probarás de
-unas estaquitas de la olla de ayer que el refistolero me ha guardado
-para hoy, poniéndolas con arroz; y te advierto que en todo lo que sea
-de arroz soy una especialidad, y a mí se me debe la introducción de las
-almejas y de la canela en la paella valenciana.
-
-Entramos en su celda, donde me dejó, volviendo al poco rato con un
-cazuelillo debajo del manteo; y con esto y una botella que sacara de
-la alacena, juntamente con una cesta llena de pedazos de pan, higos,
-aceitunas, nueces, embutidos, queso, dátiles y otras viandas, aderezó
-un almuerzo que me vino de perillas.
-
---Esta misma celda en que estás, y que es la mía --me dijo mientras
-comíamos--, fue ocupada hace más de doscientos años, allá en los
-de 1620, por aquel insigne mercenario Fr. Gabriel Téllez, a quien
-generalmente se conoce por el maestro Tirso de Molina. Es fama que en
-este sitio, y quizás en esta misma mesa, escribió su célebre _Crónica
-de la Orden_, porque comedias se cree que no hizo ninguna después de
-meterse a fraile.
-
---¿No le ha dado a Vuestra Paternidad por hacer comedias? --le pregunté.
-
---Hombre, algunas he hecho, y ahí están pudriéndose en aquella alacena.
-Mas no he intentado que se representen, porque el Prior nos lo prohíbe,
-aunque son todas devotas. Una hice que no me parece mala, y se titula
-_El Santo Niño de la Guardia_. No deja de tener su sal otra que
-compuse con el rótulo de _La tutora de la iglesia y doctora de la ley_,
-toda en sonetos arreo, entreverados con lo que se llaman séptimas
-reales; y me daba tanto el naipe por estas obrillas, que enjaretaba
-dos en una semana, y si no me lo prohibieran, le hubiera echado la
-zancadilla a Bustamante, que escribió trescientas veintinueve comedias
-de santos.
-
---¿Y en qué se ocupa ahora Vuestra Paternidad?
-
---¿En qué me he de ocupar, muchacho, sino en hacer jaulas de grillos?
-¿No sabes que soy el primer jaulista de Madrid? Pues a fe que me dan
-poco trabajo las tales obras. Mira cuántas hay allí. Aquella que tiene
-tres pisos, con dos hermosísimas torres y su reloj figurado en el
-centro, es para las monjas de Constantinopla, y aquella otra redonda
-que está por concluir, para las Carmelitas Descalzas, que ha un mes me
-tienen loco con la dichosa obra.
-
-En efecto: todo un rincón de la celda estaba lleno de jaulas hechas y
-por hacer, con todos los materiales y herramientas propias de aquel
-oficio. De libros no vi sino los folletos y papeles que días antes
-recogió en casa de Amaranta.
-
---Yo soy un hombre que abomina la holgazanería --continuó Salmón--, y
-no me parezco a otros de esta misma casa que no se ocupan en maldita la
-cosa, aunque hay algunos, la verdad sea dicha, como el Padre Castillo,
-que noche y día están metidos en un mar de libros y papeles.
-
---Y en verdad, Padre --le dije--, ya que no hay cautivos que redimir,
-todos ustedes deberían pasar el tiempo en algún útil menester.
-
---Pues los hay que como no sea tirar a la barra en la huerta y jugar
-al tute en la solana, no hacen nada. Y si no, en la celda de al lado
-tienes al Padre Rubio que se pasa la vida haciendo acertijos y enigmas,
-los cuales envía a las monjas para que ellas le devuelvan la solución
-y nuevos problemas, y tienen establecidas ganancias y pérdidas para
-el que acierta y para el que yerra, las cuales pérdidas y ganancias
-consisten siempre en algo de condumio. ¡Pues y el Padre Pacho, que se
-ha dedicado a hacer punto de media, y labra unos primores...! Esto es
-andar a mujeriegas, lo cual no me gusta. Yo al menos he hecho, en lo
-tocante al arte eminentísimo de las jaulas, adelantos admirables, y
-además me dedico a la medicina, para lo cual, con aquel Dioscórides que
-está a la cabeza de mi cama tapando la escudilla, me basta y me sobra.
-
-Por estos caminos siguió nuestra conversación, hasta que me entró
-gana de dormir. Mi amigo pidió permiso al Prior para que me quedase
-allí todo el día y aun toda la noche, refugiado contra una injusta
-persecución, y me llevaron a una celda vacía, donde en lecho muy blando
-me acomodó, rindiéndome de tal modo el sueño, que hasta el siguiente
-día no di acuerdo de mí.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-Cuando me levanté y hube despachado el desayuno que con sus propias
-caritativas manos me llevó el Padre Salmón, salí al claustro alto,
-donde mi amigo me dijo:
-
---Hay grandes novedades. Ayer a eso de las diez se entregó la plaza a
-los franceses, una vez firmada la capitulación por el Emperador en su
-Cuartel general de Chamartín.
-
---¿Y ha habido algo en Los Pozos? --pregunté, acordándome pesaroso del
-Gran Capitán.
-
---Creo que es el único punto donde hubo alguna resistencia, pues
-de todos los demás se apoderó sin dificultad el general Belliard,
-Gobernador de la plaza.
-
-Salió al encuentro de Salmón un fraile pequeño y viejo, que se apoyaba
-en un palo; hombre al parecer enfermizo y de mal genio, que dijo:
-
---¿Sabe su merced, Sr. Salomón jaulista, las bases de la entrega?
-
---Hermano Palomeque, no las sé; pero creo que ha llegado Fray Agustín
-del Niño Jesús, el cual dicen tiene una copia que le suministró un
-individuo de la Junta.
-
---¿Qué, de vuelta por el claustro, Padre Palomeque? --dijo un frailito
-joven, barbilindo, ancho de cuello, pulcro de rostro, arrebolado de
-nariz, nimio de cerquillo y con cierto aire galán, el cual de improviso
-se unió a nuestro grupo.
-
---Lo que hay --contestó Palomeque con rabia, dando un fuerte bastonazo
-en el suelo-- es que anoche me han robado una gallina, de las seis
-que tenía en el corral, y ¡ay del pícaro zorrón si le descubro, que
-por nuestro santo hábito, si fuera cierta la sospecha que tengo de un
-fraile madamo y almibaradillo, yo le juro que me la ha de pagar!
-
---¡_Oh curas hominum_! ¡_Oh quantum est in rebus inane_! ¡_Oh
-cupidinitas gallinacea_! ¿Y todo ese enfado es por una polla seca y
-encanijada, con cuyo caldo se podía administrar el Bautismo?
-
---Basta de bromas; y si era encanijada, no la tenía yo para ningún
-zángano --exclamó Palomeque--. Pero a otra, y díganme de una vez en
-que términos se ha hecho esa maldita capitulación. Por ahí asoma Fray
-Agustín del Niño Jesús.
-
-Llegó, en efecto, con paso grave el tal Niño Jesús, que era un fraile
-altísimo de estatura, moreno, de pelo en pecho, de aspecto temeroso,
-ojos fieros y una voz, por raro constraste, tan infantil y atiplada,
-que parecía salir de otra garganta que la suya. Seguíanle otros dos
-frailes.
-
---Vamos a ver, señor músico, ¿qué dice esa minuta? --le preguntó el
-fraile barbilindo.
-
---Ahora lo veredes, dijo Agrages --fue la contestación del Padre
-Agustín--. Creo que Napoleón ha aceptado todos los artículos, excepto
-dos o tres de los menos importantes.
-
---El primero --dijo Salmón-- habla de la conservación de la religión
-católica, sin que se consienta otra.
-
---Justo --respondió el Niño Jesús sacando un papel--; y el segundo de
-_la libertad y seguridad de las vidas y propiedades de los vecinos
-de Madrid_. Igualmente establece el respeto a _las vidas, derechos y
-propiedades de los eclesiásticos seculares y regulares de ambos sexos,
-conservándose el respeto debido a los templos, todo con arreglo a
-nuestras leyes_.
-
---Como no lo han de cumplir --indicó Palomeque--, excusado es que lo
-digan. Siga adelante.
-
---¿Para qué ha de leer más? Lo que sigue poco interés tendrá, y apuesto
-a que habla de que si las tropas saldrán de Madrid con los honores de
-la guerra o no.
-
---Justo --dijo Fray Agustín--, y también hay otro artículo en que se
-establece que no se perseguirá a persona alguna por opinión ni escritos
-políticos.
-
---Eso está muy mal pensado y peor resuelto --dijo otro de los
-presentes, que era el Padre Rubio, fabricador y artífice de
-acertijos--, porque si no quitan de en medio a los francmasones y
-diaristas...
-
-Luego el frailito almibarado, que era nada menos que maestro de
-Teología, llegose a Salmón y le dijo:
-
---¿Se atreve Vuestra Paternidad a echar dos tantos a la barra esta
-tarde después de la siesta?
-
---¿Pues no me he de atrever? --contestó--. Y tú, Gabriel, ¿juegas a la
-barra?
-
---Este joven --dijo el maestro de Teología con bondad-- ¿es aquel
-portento de las Humanidades, aquel consumado latinista de quien Vuestra
-Merced me habló?
-
---El mismo que viste y calza, o por mejor decir, el segundo Pico de la
-Mirandola. Puede examinarlo Vuestra Merced y verá lo que son castañas.
-
-Yo repetí que no sabía palabra de latín, y que toda mi fama en dicha
-lengua provenía de una equivocación.
-
---_Modestus es_ --dijo el teólogo--. Y puesto que es usted tan gran
-latino, contésteme a esto: ¿qué quiere decir _Vino a lo que vino_?
-
---Eso no es latín, sino castellano --dijo Salmón.
-
---¡Oh! --exclamó el otro batiendo palmas--. Los dos se atascaron.
-¿Conque castellano? Pues es tan latín como el _Arma virumque_. _Vino a
-lo que vino_, o lo que es lo mismo, _vi no aloque vino_, que, traducido
-literalmente, quiere decir _con fuerza nado y me alimento con vino_.
-
---Este Fray Jacinto de los Traspasos de María es un pozo de ciencia
---dijo Salmón--. Gabriel, te atascaste.
-
---Y díganme ustedes --prosiguió el otro--, ¿qué quiere decir
-_Archiepiscopi toletani onerati sunt mulieribus_?
-
---Eso más claro es que el agua, mi señor don Teólogo --repuso Salmón--.
-Es una blasfemia y calumnia; pero valga lo que valiere, quiere decir,
-salva la intención, que los Arzobispos de Toledo están cargados de
-mujeres.
-
---¡Oh gansos, oh acémilas! Ya les cogí otra vez --dijo Fray Jacinto--.
-El _archiepiscopi_, que parece nominativo plural, es genitivo singular.
-De la palabra que suena _mulieribus_, hago dos, a saber: _muli æribus_
-y resulta: _los mulos del Arzobispo de Toledo están cargados de
-riquezas_. ¡Ajajá! Pues y lo de _tú comes caracoles_, ¿qué significa?
-
---¡Oh! No estoy para quebraderos de cabeza --replicó Salmón--. Dejemos
-eso, y ya que en el latín me ha vencido, esta tarde le venceré a la
-barra.
-
---Esta tarde no --dijo Rubio--, pues Fray Jacinto ha prometido venir
-conmigo a ver a las Constantinoplas, que están locas por conocerle.
-
---Y Castillo, ¿dónde está? --preguntó Palomeque.
-
---En misa.
-
---¡Oh, _patres conscripti_! --dijo otro fraile que vino a toda prisa
-por el claustro adelante--. ¡Grandes y estupendas novedades! Han
-llegado tres Consejeros de Castilla, y están en conferencia con el
-Prior.
-
---¿Y a qué vienen esos Consejeros del diantre?
-
---Según he olido, los manda Napoleón para que nos emboben, por ver si
-consigue que una diputación de regulares de todas las Órdenes vaya a
-cumplimentarle y hacerle _randibú_ en su cuartel de Chamartín.
-
---Antes al demonio.
-
---¿Conque _randibú_ al azote de los pueblos, al enemigo de la religión,
-al carcelero de nuestro Rey? Muy bien, tras de cornudo, aporreado,
-y vengan palos, que con besar la mano que nos los da, todo queda
-concluido.
-
---Como se han de levantar contra Napoleón hasta las piedras, y al fin
-ha de marcharse con su hermano, excusado es andarse con mieles.
-
-A esta sazón llegó el Padre Castillo que venía de decir su misa, aquel
-discreto y agudo fraile que en casa de la señora Condesa había hecho el
-expurgo de libros.
-
---Padre Castillo, ¿conque tenemos visita de Consejeros de Castilla para
-que nos humillemos ante Napoleón?
-
---No sé nada de esto.
-
---Yo estoy determinado a salir de Madrid e irme por esas provincias a
-predicar la guerra, juntando gente armada --dijo Rubio.
-
---Y yo, como me suelte por tierra del Barco de Ávila y eche allá cuatro
-sermones, levanto hasta las piedras --afirmó el Niño Jesús.
-
---Yo no me moveré de aquí --dijo Castillo--. En esta casa me mandan los
-estatutos que resida, y aquí residiré mientras no me echen. Fundose
-nuestra Orden para redimir cautivos, no para predicar guerra ni armar
-soldados.
-
---Muy bien dicho; mas tampoco se fundó para que la patearan Emperadores
-y la escupieran Juntas.
-
---Dios hará de nuestra Orden lo que fuese servido --repuso Castillo--.
-En tanto, nosotros nos estamos mejor en nuestra casa, que por montes
-y valles incitando a los hombres a matarse. Y no es que dejemos de
-ser patriotas. Más harán las oraciones de un fraile piadoso en pro
-de nuestros ejércitos, que los sermones furibundos y crueles de esos
-desgraciados que con los hábitos al cinto se han lanzado a la guerra. Y
-dígame el buen Niño Jesús, ¿le parece meritoria y digna de un cristiano
-y de un sacerdote la conducta de ese dominico que no quiero nombrar,
-y que se ha señalado por sus sanguinarias excitaciones a la matanza
-de franceses? No: nada que sea contrario a las generales leyes de la
-caridad, debe sacarnos de nuestra ordinaria vida.
-
---Con buenas retóricas se viene ahora el Padre Castillo --dijo otro de
-los presentes--. No, sino hagámonos miel para que nos papen imperiales
-moscas.
-
---Dígame --preguntó un tercero--, ¿ha oído decir el Sr. D. Librote y
-Cata-pergaminos, que Napoleón va a reducir el número de regulares a
-la tercera parte? Pues sí, eso está muy bonito. Apláudalo el Padre
-Castillo. Y nosotros veámoslo y callemos, ¿no? ¡Pues me gusta! De modo
-que si un conquistador atrevido pone en peligro nuestro instituto, lo
-daremos por bien hecho.
-
---¿Conque reducirnos a una tercera parte? --dijo Salmón--. ¡Bonita
-invención! Esas son las tan decantadas novedades de los filósofos y de
-todos esos masones a la francesa que hay ahora.
-
---No disputaré sobre si es conveniente o no reducir el número de
-conventos --dijo Castillo--. Cuestión es esta delicada y sobre la que
-se podría hablar mucho. Lo que sí afirmo es que la reducción del número
-de regulares, y las ideas de poner coto a tantas fundaciones, son
-bastantes antiguas, y se han ocupado de ello mil eminentes repúblicos.
-Ya saben todos que en el siglo pasado se ha clamoreado bastante sobre
-esto. ¿Y qué más? A principios del decimoséptimo siglo, cuando aún no
-se soñaba en enciclopedias, ni en revoluciones, ni en logias, ni en
-filosofías, personajes respetables, y entre ellos algunos españoles
-sapientísimos, se expresaron en igual sentido. Como me dedico a buscar
-papeles viejos, ¡vean mis caros hermanos la casualidad! en estos días
-he encontrado dos que vienen como de molde a terciar en esta contienda.
-
-Y al punto fue a su celda, que muy cerca estaba, y volviendo con dos
-libros viejos, los mostró a sus hermanos.
-
---Aquí están --dijo--. Uno es el _Memorial que al Rey D. Felipe III
-dio en su Consejo de Estado Fray Luis de Miranda, lector jubilado,
-de la Orden de San Francisco, acerca de la ruyna y destrucción que
-amenazaba a la república y monarquía de España, si con presteza no
-se acude al remedio_. Las causas y razones que expone, son: PRIMERA,
-_la muchedumbre de hacienda que de secular se está convirtiendo en
-eclesiástica_. SEGUNDA, _las innumerables personas que, por sus
-particulares fines, de seglares se hacen religiosos, sin aver de ello
-necesidad, antes con daño de las mismas religiones_. Esto se escribía
-en los primeros años del siglo decimoséptimo, y si el mal era cierto,
-juzguen Vuestras Paternidades si habrá aumentado, no habiendo nadie
-acudido al remedio. El otro libro se titula _Discurso del doctor
-D. Gutiérrez, Marqués de Careaga, en que intenta persuadir que la
-monarquía de España se va acabando y destruyendo a causa del estado
-eclesiástico, fundación de Religiones, Capellanías, Aniversarios y
-Mayorazgos_. Esto está impreso en 1620. De modo, hermanos míos --añadió
-con zunga el buen Castillo--, que hace doscientos años hubo quien ya
-dio en la flor de decir que éramos muchos. Ahora, pues, carísimos, cada
-uno meta la mano en su pecho, consulte a su conciencia y pregúntese a
-sí mismo si cree estar de más: _intelligenti pauca_. ¿Y esas gallinas,
-Padre Palomeque, cuántos huevos han puesto en la semana? ¿Y cómo van
-esas jaulas, Padre Salmón? ¿Qué me dice Vuestra Paternidad de aquellos
-enigmillas tan reservados que le enviaron ayer las Constantinoplas,
-Padre Rubio? ¿Halos acertado ya? ¿Y qué tal van esos toques de flauta,
-Fray Agustín del Niño Jesús?
-
-Y así fue dirigiendo a todos graciosas pullas, si bien ellos no se
-irritaban, gracias al respeto que le tenían. Con esto y con la retirada
-de Castillo se desbarató el corro, y casi todos fueron a husmear a
-la puerta de la celda del Prior por ver si descubrían cuál era la
-misteriosa comisión de los Consejeros de Castilla. Cuando Salmón y yo
-íbamos a espaciarnos un poco por la huerta, vimos un fraile anciano
-que, leyendo devotamente su libro de oraciones, se paseaba en el
-claustro bajo. Pregunté a mi amigo quién era aquel venerable sujeto, y
-me dijo:
-
---Este es el Padre Chaves, el más piadoso y recogido de todos los
-frailes de este convento, si bien me parece que es algo mentecato. No
-hace más que rezar, leer libros santos, y asistir a todos los enfermos
-de la casa. Hace catorce años que no ha salido una sola vez a la calle.
-No recibe regalos, sino aquellos que puede dar a los pobres. Apenas
-come, y cuanto le dan aquí lo guarda para repartirlo los sábados a una
-chusma que viene a la portería, porque, según dice él, ya que no puede
-redimir cautivos, quiere redimir a los que padecen la peor esclavitud
-de todas, que es la miseria. Antes te dije que era un mentecato; pero
-la verdad, hijo, Chaves es un excelente hermano.
-
---Dios ha puesto de todo en el mundo --pensé yo--; y así como no hay
-nada perfecto, tampoco hay cosa alguna que sea rematadamente mala.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-Al día siguiente, Salmón me dio muy malas noticias.
-
---¿Sabes lo que pasa, Gabriel? --me dijo entrando muy de mañana en
-la celda que se me había asignado--. Pues he sabido que el Gobierno
-francés, que ahora nos rige, ha nombrado alguacil, o como ahora dicen,
-oficial, jefe o no sé qué de policía, a ese mismo Santorcaz que quería
-prenderte. Esto tiene indignados a cuantos le conocían, y prueba a las
-claras que ya estaba vendido a los franceses desde antes del sitio.
-También es indudable que en aquellos días fue nombrado alguacil por
-la Sala de Alcaldes, sin que nadie acierte a darse cuenta de cómo
-consiguió tal cosa. Le acompaña hoy, como antes, su escuadrón de gente
-de mal vivir, que, como sabes, era la que días pasados acaloraba los
-ánimos contra los franceses en los barrios bajos, haciéndose pasar
-por ardientes patriotas. Pero di, ¿qué has hecho para que te quieran
-prender? Porque me han dicho que él y los suyos te buscan con verdadero
-frenesí, registrando todos los rincones de Madrid.
-
---En verdad que no sé en qué fundan su persecución --respondí--, pues
-por más que me devano los sesos, no puedo traer al pensamiento ninguna
-acción mía que a cien leguas se parezca a un delito. Pero esos hombres
-son muy malos, y no hay que buscar fuera de ellos la causa de sus
-maldades.
-
---Pues me han dicho que en todo el día de ayer ese Santorcaz no ha
-hecho más que prender gente sospechosa, es decir, gente a quien supone
-hostil a los franceses.
-
---Es una venganza personal --dije--, o tal vez deseo de apoderarse de
-mí para una baja intriga.
-
---¡Qué inmunda canalla! ¡Y de esta manera quiere el rey de Copas y
-su hermano hacerse amar de los españoles! Pues no es mal chubasco el
-que se nos viene encima. Dicen que Napoleón ha rasgado el acta de
-capitulación, expidiendo con fecha de ayer varios decretos contrarios a
-lo estipulado.
-
---Pues, Padre mío --dije--, veo que me es preciso huir de Madrid a toda
-prisa.
-
---¡Huir de Madrid! ¿Crees que es fácil ahora? Estate unos días más en
-esta casa, que el Prior no tendrá inconveniente en ello, y después
-veremos cómo te sacamos de la Villa. ¡Oh! Me han asegurado que la
-salida es muy difícil hasta para las ratas. Parece que la gente de
-los pueblos inmediatos a Madrid está levantada en armas. Temen los
-franceses que esto sea cosa urdida con los de aquí para favorecer
-un movimiento insurreccional dentro de la Corte, y han resuelto
-incomunicar a Madrid. La vigilancia que hay en las puertas es peor
-que de inquisidores: no dejan salir a alma viviente sin registrarle y
-darle mil vueltas; y como el viajero no lleve un papelucho que llaman
-_carta de seguridad_, expedida por esa bendita Superintendencia de
-policía, a quien vea yo comida de lobos, lo someten a un consejo de
-guerra. Conque, hijo, estás en peligro; no puedes vivir en Madrid, y
-la salida es muy difícil. ¡Ah! En este momento se me ocurre una cosa,
-y es que podemos solicitar el amparo de la señora Condesa, en cuya
-casa estuviste el otro día, la cual me han dicho que es amiga de los
-franceses.
-
---¡La señora Condesa amiga de los franceses!
-
---Quiero decir, partidaria. Su primo, el Duque de Arión, que ha pasado
-toda su vida en Francia, entró en España con Bonaparte, de quien es
-muy devoto, y actualmente está en el Cuartel general de Chamartín.
-Anteayer estuve en casa de la Condesa, y le esperaban de un día a otro.
-Como haya venido, no nos sería difícil que aquella bondadosa señora te
-consiguiese una carta de seguridad para evadirte. Entre tanto, hijo,
-aquí estás más seguro; y por sí o por no, vamos tú y yo ahora mismo
-a ver al Prior del convento, que es hombre de mucho mundo y de tanta
-trastienda, que sería capaz de pegársela al lucero del alba. Él nos
-dirá si lo que me ha ocurrido es razonable, o si hay otro medio más
-expedito para ponerte en salvo.
-
-Y sin más dimes ni diretes, llevome a la celda del Padre Prior, que en
-aquel momento había vuelto de decir su misa y despabilaba dos onzas
-de chocolate. Era el Padre Ximénez de Azofra un hombre pequeño, de
-edad madura, ojos muy vivos, sonrisa maliciosa, cortesanos modales y
-simpática conversación. Recibiome con mucha bondad; y cuando Salmón le
-expuso las apreturas en que yo me encontraba, dijo lo que sigue:
-
---En otras circunstancias, joven incauto, fácil nos habría sido
-socorreros poniéndoos al abrigo de esta casa. Pero ahora todo está al
-revés. El Gobierno intruso nos mira con muy malos ojos, y bastaría que
-le protegiéramos a usted para que se nos acusara de cómplices de la
-insurrección, que así llaman ellos a nuestra santa causa. En verdad
-que cada vez odio más a esa canalla. Ved lo que hacen ahora. Desde
-que Madrid se ha rendido, ya les ha faltado tiempo para quebrantar lo
-convenido; y si prometieron respetar las vidas, libertades y hacienda
-de este vecindario, ayer todo ha sido prender y encarcelar gentes
-honradas, a quienes se acusa de auxiliar a los insurgentes de Talavera
-y de Cuenca. Todo es sospechar, y acusar, y asustarse hasta de vanas
-sombras; y como los restos del ejército de San Juan y las tropas del
-de Castaños que se unieron al Duque del Infantado andan por estas
-inmediaciones levantando los pueblos contra los franceses, estos
-ven un espía en cada vecino de Madrid, y han resuelto impedir toda
-comunicación entre los habitantes de esta Villa y los de Ocaña, Toledo,
-Talavera e Illescas, por lo cual no permiten la entrada de los paletos,
-fruteros y verduleros, razón de la gran carestía que hoy tienen todos
-los artículos.
-
---Mala situación es esta --dijo Salmón--. ¿De modo, señor Prior de mi
-alma, que en buenos tiempos no recibiremos nada de nuestras granjas
-de Leganés, Valmojado, Casarrubuelos, Bayona de Tajuña y Santa Cruz
-del Romeral? ¡Bonito porvenir! ¿Y entonces _quid manducaverunt vel
-manducavere_?
-
---¡Oh! amigo Salmón --contestó el Prior con malicia--, aquí viene bien
-aquello de _ventorumque regat pater_, que quiere decir _viento en
-panza_, según traducía aquel gilito descalzo de quien tanto nos hemos
-reído. Es preciso hacer penitencia.
-
---Bien, retebién --exclamó Salmón bufando--. ¡Viva el Emperador de los
-franceses y Rey de Italia y protector de la confederación del Rhin! De
-esa manera conseguirá Vuestra Majestad Imperial y Real, que asada en
-parrillas vea yo, conquistar las simpatías del clero regular.
-
---No se cuida él de nuestras simpatías, amigo Salmón.
-
---Pero en resumidas cuentas, señor Padre Prior, este muchacho, de cuya
-moralidad y buen proceder respondo, necesita salir de Madrid, y no dudo
-que usted con su influencia le podrá sacar una _carta de seguridad_,
-con la cual y disfrazado...
-
---¡Qué cosas tiene Salmón! --dijo Ximénez de Azofra--. ¿Qué puedo yo
-hacer? Conque en priesa me ve, y doncellez me demanda. ¿No le he dicho
-que desconfían de los regulares, y especialmente han tomado entre ojos
-a los de esta casa?
-
---No sabía tal cosa. Al contrario: oí decir que Vuestra Paternidad es
-de los que van a Chamartín a cumplimentar a mi señor Don Caco imperial,
-rey de los pillos, y protector de la congregación del Rin... conete y
-Cortadillo.
-
---¡Yo! --exclamó Ximénez con asombro--. No he nacido para besar la mano
-que me azota. Español soy, y español seré mientras viva. He predicado
-en el púlpito de la Merced contra el Emperador, y no imitaré a los
-que siendo primero desaforados patriotas, ahora son patriotas tibios
-con vislumbres, amagos y pintas de afrancesados. Cierto es que va a
-Chamartín una diputación de todas las clases de la sociedad; cierto
-que me han invitado para ir, y vea su merced aquí la carta que sobre
-este punto el Corregidor me ha dirigido y que, de haber justicia en
-la tierra, debería ser quemada por la mano del verdugo. ¿No es una
-vergüenza que de este modo se humillen los hombres? Ayer todo era
-inquina contra el _ogro de Córcega_, todo insultarle y ponerle por
-esos suelos; hoy todas son blanduras. El mismo señor Corregidor de
-Madrid, que en su bando del 25 de noviembre decía: _La España está
-invadida por el tirano que domina en Francia, el cual ha quebrantado
-pérfidamente las santas leyes, etc._; ese mismo señor Corregidor D.
-Pedro de Mora y Lomas, caballero de la Orden de Carlos III, del Consejo
-de Su Majestad, subsecretario con ejercicio de decretos, intendente de
-los reales ejércitos y de esta provincia, corregidor de esta villa,
-subdelegado de Rentas reales, intendente de la real Regalía de Casa
-y Aposento, superintendente general de Sisas reales y municipales de
-ella, y subdelegado de Montes y Pósitos, etc., etc., pues la retahíla
-de títulos no tiene fin; ese mismo Corregidor, repito, es el que hoy
-dirige un llamamiento _ante diem_ a todos los regidores, diputados del
-Común, procurador general y personero, alcaldes de la Hermandad, Mesta
-y alguacil mayor por el estado noble, al ilustrísimo señor obispo
-auxiliar, vicarios eclesiástico y castrense, al venerable cabildo
-de señores curas y beneficiados, a los reverendos prelados de todas
-las religiones, al cuerpo colegiado de la nobleza, diputados de los
-cinco gremios mayores, y a todas las diputaciones de los sesenta y
-cuatro barrios de esta población. ¿Para qué creerán ustedes? Pues nada
-menos que para hacer presente _que la villa de Madrid habrá tenido
-el honor de ofrecerse a los pies de S. M. I. y R. para manifestarle
-el reconocimiento a la bondad e indulgencia con que ha tratado esta
-Corte, felicitarse por tener a S. M. en su seno, y expresarle que
-si lograba merecer la dignación y aprecio de S. M., se contemplaría
-dichosa_. ¿Qué tal? ¿Es este un lenguaje digno y patriótico? Además, en
-la convocatoria --añadió recorriendo con la vista el papel-- se llama
-a Napoleón _padre amoroso_, y a sus atropellos _benéficas miras_, y el
-objeto es reunir un cierto número de personas respetables que piquen
-espuelas hacia Chamartín para pedir a Bonaparte _se digne conceder la
-gracia de que vean en Madrid a su augusto hermano nuestro Rey Josef_.
-Vamos, vamos, no puedo leer más, porque tanta bajeza me saca los
-colores de la cara. Verdad es que los que esto han firmado lo han hecho
-cediendo a amenazas del comandante general M. Belliard que les pone el
-puñal al pecho; pero no por eso es disculpable, pues si no traición
-a la patria, debe imputárseles una debilidad y flaqueza que raya en
-crimen.
-
---¿De modo que usted no va a Chamartín?
-
---¿Yo? Ni por pienso. He oído que van en representación de los
-regulares el Padre Amadeo, abad de San Bernardo, y el Padre Calixto
-Núñez, abad de los Basilios. Ya se ve: ¿qué se puede esperar de esos
-infelices Benitos, tan dejados de la mano de Dios? Caerán en el garlito
-los Mínimos, algunos pobres Franciscos, los desdichados Agonizantes, no
-pocos Agustinos, todos los Gilitos, los Hospitalarios, los Donados, los
-Carmelitas descalzos, y esos infelices Afligidos, que son los mayores
-mentecatos de la cristiandad; pero la Merced sostendrá su bandera; la
-Merced no adulará Emperadores; la Merced, en unión con los Dominicos,
-desafiará el poder del tirano, contra franceses ladrones y empecatados
-españoles.
-
---Y los víveres por esas nubes, y las puertas de Madrid cerradas al
-buen vino, al rico aceite, a los huevos, a las coles, al extremeño
-tocino, y a los jamones de Candelario. Bueno, bueno: comamos ensalada
-de perejil y cañutillos de monjas mojados en agua de limón. ¡Viva la
-patria, Sr. Ximénez; viva el orgullito que nos pondrá como espátulas!
-
---Pues bien: lo que he dicho a usted --continuó el Prior-- lo he dicho
-a los que vinieron a sonsacarme; y oídas mis palabras, tratáronme con
-tal acritud, que espero grandes desdichas para nuestra Orden y nuestra
-casa. De modo que nada puedo hacer por este joven.
-
-A esto llegaban, cuando entró el Padre Castillo acompañado de otros
-dos frailes. El uno supe después que se llamaba el Padre Vargas, y
-aunque del mismo hábito y Orden, pertenecía al convento de la Trinidad
-calzada, también de mercenarios redentores de cautivos, y el otro era
-dominico, del convento de Santo Tomás, y tenía por nombre el Padre
-Luceño de Frías.
-
---Ya, ya pareció aquello --exclamó Vargas con estrepitosa voz--. Ya
-no podemos dudar de la veracidad de esos decretos, porque por ahí los
-reparten impresos, y aquí tengo un ejemplar. Todos los decretos llevan
-la fecha del 4, y son tales que podrían arder en un candil en noche de
-aquelarre.
-
---Veámoslos. ¿Es cierto que nos reducen a la tercera parte?
-
---Tan cierto que... --dijo el dominico-- no nos reducen a la tercera
-parte, sino que nos parten por el eje, Sr. D. Ximénez de Azofra.
-
---Atención, que leo --dijo Vargas, poniendo ante los ojos, de verdes
-antiparras armados, un papel impreso--. Los decretos rezan lo
-siguiente: _En nuestro Campo Imperial de Madrid a 4 de diciembre de
-1808. Napoleón Emperador de los, etc... Considerando que el Consejo
-de Castilla se ha comportado en el ejercicio de sus funciones con
-tanta debilidad como superchería... que después de haber reconocido y
-proclamado nuestros legítimos derechos al trono, ha tenido la bajeza de
-declarar que había suscrito a estos diversos actos con restricciones
-secretas y pérfidas, hemos decretado y decretamos lo siguiente: Art.
-1.º Los individuos del Consejo de Castilla quedan destituidos como
-cobardes e indignos de ser magistrados de una nación brava y generosa._
-
---Pues digo --exclamó Ximénez-- que eso está muy lindísimamente hecho.
-
---Es verdad --afirmó el dominico--, porque esos señores han estado
-jugando a dos juegos, y con todo el mundo quieren comer. Adelante.
-
---Otro --prosiguió Vargas--. _En nuestro Campo Imperial, etc...
-Napoleón, etc..._ Este no hace exposición de motivos, ni considerando
-alguno, sino que dice simplemente: _Art. 1.º El Tribunal de la
-Inquisición queda suprimido como atentatorio a la soberanía y a la
-autoridad civil. Art. 2.º Los bienes pertenecientes a la Inquisición se
-secuestrarán y reunirán a la corona de España_.
-
---Ya se ve --manifestó el dominico sin disimular su enojo--. Sin eso no
-podía pasar. Afuera Inquisición, y vengan herejes, y lluevan masones:
-¿qué les importa esto a los que no se cuidan de lo espiritual?
-
---Poco significa esto --dijo Castillo--; porque el Santo Tribunal casi
-no existe ya de hecho, abolido por la suavidad de las costumbres.
-
---Pero se conservan las fórmulas, señor mío --contestó con aspereza
-el dominico--, y las fórmulas tienen gran fuerza. Verdad es que no
-se quema, ni se descuartiza (lo cual, dicho sea de paso, es excesiva
-blandura, según estamos hoy comidos de herejía); pero hay todavía
-degradaciones y simulados tormentos, que tienen muy buen ver para los
-malos.
-
---_Item_ --prosiguió Vargas--. _Art. 1.º Un mismo individuo no puede
-poseer sino una sola encomienda._
-
---Adelante, que eso nos interesa poco.
-
---_Item. Art. 1.º El derecho feudal queda abolido en España. Art.
-2.º Toda carga personal, todos los derechos exclusivos de pesca, de
-almadrabas u otros derechos de la misma naturaleza, en ríos grandes y
-pequeños; todos los derechos sobre hornos, molinos y posadas, quedan
-suprimidos, y se permite a todos, conformándose a las leyes, dar una
-extensión libre a su industria._
-
---Eso no es nuevo --dijo Castillo--, y es lástima que nuestros
-gobernantes con su indolencia hayan permitido a los franceses el
-jactarse de promulgar una ley tan buena.
-
---Eso, eso es, ¡hágale su merced la mamola! --observó Luceño de Frías
-con el mayor desabrimiento, sentándose a horcajadas en una silla para
-apoyar los brazos en el respaldo--. Me gustan las ideas del Padre
-Castillo. Si para eso pasa Vuestra Paternidad la vida entre la polilla
-de los libros, buenas nos las dé Dios.
-
-Y sacando su tabaquera y alargando la mano hacia el Prior, añadió:
-
---Señor Ximénez, un polvito, que los duelos con rapé son menos.
-
---No lo gasto --repuso el Prior.
-
---Vamos, amigo Vargas, un polvito.
-
---No lo gasto, que eso es cosa de viejas. Aquí tengo unos cigarritos de
-la Habana, que merecen ser chupados por los ángeles del cielo. Si el
-señor Prior me da su permiso...
-
---Vengan --gritó Salmón-- esos tabaquíferos incensarios y pebetes de
-Oriente, que tan bien matan el fastidio.
-
---Allá van --dijo Vargas--. Son regalo de la señora Marquesa del
-Fresno, y fuéronme remitidos poniéndolos en la mano de un Niño Jesús,
-que me envió para que le diera una mano de pintura.
-
---Pues en lo relativo a ese decreto que acaba de leerse --dijo
-Castillo--, mi conciencia no me dicta sino alabanzas, y alabanzas le
-daré, aunque lo haya escrito el gran Tamerlán. ¿Por ventura no son
-esas las mismas ideas que han hecho célebre en toda la redondez de la
-tierra a nuestro gran Jovellanos? El mismo Conde de Floridablanca, ¿no
-intentó algo en ese asunto? Y los sabios consejeros de Carlos III, ¿no
-se dieron de cabezadas por quitar esas trabas a la industria? Todos
-sabemos que a aquel eminente Rey se le pasaron ganas de promulgar este
-decreto.
-
---¡Cosas de los jesuitas! --exclamó el dominico meciéndose en la
-silla--. Pero esos pelanduscas andan también al retortero de Napoleón,
-por ver si sacan tajada. Adelante con la lectura.
-
---Pues adelante --continuó Vargas--. _Considerando que uno de los
-establecimientos que perjudican a la prosperidad de España son
-las aduanas y registros existentes de provincia a provincia, hemos
-decretado lo siguiente: Desde 1.º de enero próximo, las aduanas y
-registros de provincia a provincia quedan suprimidos. Las aduanas se
-colocarán y establecerán en las fronteras._
-
---Tampoco eso tiene pero --observó Castillo--, y la Junta central, ya
-que pensó decretarlo, no debió esperar a que lo hicieran los franceses.
-
---También esto le parece bocadito de ángeles al reverendo Castillo
---dijo Luceño--. Medrados estamos. ¿Tratan de eso los libros de vuestra
-merced?
-
---Atención --indicó Vargas haciendo un gesto dramático-- que ahora
-viene lo gordo. _Considerando que los religiosos de las diversas
-Órdenes monásticas en España se han multiplicado con exceso; que si
-un cierto número es útil para ayudar a los ministros del altar en la
-administración de los Sacramentos, la existencia de un número demasiado
-considerable es perjudicial a la prosperidad del Estado, decretamos lo
-siguiente: Art. 1.º El número de los conventos actualmente existentes
-en España, se reducirá a una tercera parte. Esta reducción se ejecutará
-reuniendo los religiosos de muchos conventos de la misma Orden en una
-sola casa. Art. 2.º No se admitirá ningún novicio ni permitirá que
-profese ninguno, hasta que el número de religiosos se reduzca a una
-tercera parte. Art. 3.º Los regulares que quieran renunciar a la vida
-común y vivir como eclesiásticos seculares, quedan en libertad de
-salir de sus conventos. Art. 4.º Los que renuncien a la vida común,
-gozarán de una pensión que se fijará en razón de su edad, y que no
-podrá ser menor de tres mil reales ni mayor de cuatro mil. Art. 5.º Del
-fondo de los bienes de los conventos que se supriman, se tomará la suma
-necesaria para aumentar la congrua de los curas. Art. 6.º Los bienes de
-los conventos suprimidos quedarán incorporados al dominio de España,
-y aplicados a la garantía de los vales y otros efectos de la Deuda
-pública._
-
-Durante la lectura de este decreto, no se oyó en la celda de Ximénez
-otro rumor que el producido por el vuelo de una mosca, que andaba a
-vueltas tras los restos del chocolate prioral, como Bonaparte tras
-los reinos de España. Después de leído, aún duró una buena pieza el
-silencio.
-
-
-
-
-XXIV
-
-
---¡Toquen castañuelas, repiquen panderos, machaquen almireces, punteen
-vihuelas y aporreen zambombas para celebrar el talento del sabio
-legislador, harto de bazofia y comido de piojos, que sacó de su cabeza
-ese pomposo y coruscante decreto! --exclamó al fin Luceño dando un
-porrazo en el brazo del sillón y levantándose.
-
---¿Conque a la tercera parte? --dijo Salmón--. ¿De modo que de cada
-tres no ha de quedar más que uno?
-
---Eso es, y los demás a la calle, a pedir limosna, porque una pensión
-de tres mil reales para personas que han de vivir decentemente, es
-aquello de hártate, comilón, con pasa y media.
-
---Y afuera novicios.
-
---¡Y no más profesar!
-
---Y con los bienes se aumentará la congrua de los curas.
-
---También eso está bien --dijo el dominico--. Alábelo su merced, Padre
-Castillo. ¡Que nos quiten lo nuestro para darlo a los curas! ¿Quiénes
-son los curas, ni qué hacen esos zanguangos en bien de la cristiandad?
-Ya... como los curas son tan tibios patriotas... ¡Estoy que bufo!
-
---Lo mejorcito es que los bienes de los conventos suprimidos pasen al
-dominio de España.
-
---¿Qué tiene que ver España, ni San España, ni Marizápalos con esos
-bienes?
-
---¿De modo que nuestras granjas de Leganés, de Valmojado...? --preguntó
-Salmón.
-
---¡Ya se ve! De esto se ríen todos esos infelices Mínimos, Gilitos y
-Franciscos que nada tienen. A ellos, ¿qué les importa? Por eso van a
-hacerle el _como la porta bu_. Bien, retebién. Y lo mismo hacen los
-Afligidos, que son la cáfila de majaderos más desaforados que he visto.
-
---No murmurar, hermano --indicó Castillo.
-
---Dios me lo perdone --dijo Luceño--, y no lo digo por nada malo, que
-hay Afligidos de todas clases. ¿Pero creen vuestras mercedes que se
-llevará a cabo esto de las terceras partes?
-
---Yo creo que va a ser dificilillo.
-
---Pues yo temo que lo llevarán adelante --afirmó Luceño--; que esta
-mañana me ha dicho en confianza un regidor que va a Chamartín, que ya
-tienen hecho su plan, y que dentro de pocos días comenzará el restar y
-dividir, para dar principio a la demolición de los conventos.
-
---¡La demolición!
-
---Sí; que todas estas casas las destinan a oficinas del Estado, y la
-primera que va a caer hecha pedazos es este monasterio de la Merced en
-que ahora estamos.
-
---¡Cómo, la Merced! ¡Se atreverán a ello! --exclamó Ximénez de Azofra,
-dándose un golpe en la rodilla--. ¡Cómo! ¿Se atreverán a derribar
-esta casa, que lo fue del gran Tirso de Molina? ¿Y la gran devoción
-que inspira la Virgen de los Remedios, que está en una de nuestras
-capillas? ¿Pues y el sepulcro de los nietos de Hernán Cortés? No, no
-puede ser. Derriben en buen hora otras casas de religiosos; pero no
-esta por tantos títulos, además de su antigüedad, venerable.
-
---Y también está amenazada la Trinidad Calzada --apuntó Luceño-- si no
-de que la derriben, al menos de que la vacíen.
-
---Eso no puede ser --declaró Vargas--, que más glorias encierra mi
-casa que todos los demás claustros de Madrid reunidos. Díganlo si no,
-el beato Simón de Rojas y el Padre Hortensio de Paravicino, autor del
-libro _De locis theologicis_.
-
---Autor de las _Oraciones evangélicas_, de la _Historia de Felipe III_
-y de la _España probada_, querrá decir Vuestra Paternidad --indicó
-Castillo con malicia--; que el libro _De locis theologicis_, hasta los
-chicos de las calles saben que es de Melchor Cano.
-
---Tiene razón Castillo: me equivoqué. Pero sea lo que quiera, también
-tiene mi convento la honra de haber rescatado, mediante los Padres
-Bella y Gil, al inmortal Cervantes, autor del _Quijote_, Sr. Castillo,
-pues yo también entiendo algo de autores. En caso de desalojar
-conventos para oficinas, ahí está Santo Tomás, donde caben todas.
-
---¡Cómo es eso! ¡Santo Tomás! ¡Desalojar a Santo Tomás, el más
-ilustre de los conventos de Madrid! --exclamó impetuosamente el
-dominico--. ¿Y qué sería de este pueblo si le quitaran el espectáculo
-de las procesiones que de allí salen con motivo de las funciones del
-Santo Oficio? A fe que hartas casas hay en Madrid, si quieren hacer
-plazuelas, como dicen, aunque más vale que no se toque a ninguna,
-porque _setenta y dos_ conventos para una población de 160.000 almas,
-me parece que no es mucho. Las casas de religiosos apenas ocupan un
-poco más de la mitad del perímetro de esta gran villa, lo cual no es
-nada desmedido, y de todas las casas que se alzan en ella, solo _cuatro
-quintas partes_ pertenecen a conventos, memorias pías, capellanías y
-otras fundaciones.
-
---Y dígame, Luceño --preguntó Ximénez--, ¿van dominicos a la reunión
-que convoca el Corregidor?
-
---Creo que no. Según he oído, solo se prestan a ir a Chamartín el
-prepósito de San Cayetano, el abad de Montserrat, dos Agonizantes, un
-par de Franciscos, un Rector de Niñas de la Paz y un Afligido.
-
---Pues esos sacarán tajada, no lo duden vuestras mercedes. Sobre
-nosotros lloverán los decretos y las terceras partes.
-
---Mi opinión es --dijo Salmón-- que, pues cuesta bien poco ir de aquí
-a Chamartín, nada se pierde con que vayan un par de Padres, y yo me
-brindo a ello, que bueno es estar bien con todos, y el orgullo es
-pecado, y quien al cielo escupe en la cara le cae.
-
---No en mis días: de esta casa no irá nadie --aseguró Ximénez de
-Azofra--; y en cuanto a este joven, nada podemos hacer. Indigno sería
-pedir favores a quien nos trata mal, amenazándonos con terciarnos y
-partirnos como si fuéramos aranzadas de tierra. Conque busque usted
-quien le proporcione la _carta de seguridad_ para salir de Madrid.
-
---Dificilillo es --afirmó Luceño--, pues entiendo que se miran mucho
-para dar las tales _cartas_, y sin ellas no es posible dar un paso de
-puertas afuera.
-
---Sin embargo --dijo el discreto Castillo--, hay multitud de personas
-que por estar en bien con los franceses, pueden socorrer a este joven.
-¿No conoce usted ninguna persona de alta posición y de influencia?
-
---Sí, ya me ocurrió acudir a la señora Condesa --indicó Salmón--, y
-confío en que su generosidad sacará a este joven del mal empeño en que
-se ve. El señor Marqués se ha afrancesado, y dicen que va a entrar en
-la alta servidumbre del Rey José.
-
---El Sr. D. Felipe bebe los vientos por que cualquier Gobierno se
-acuerde de él --dijo Castillo--. Algo debe de haber de cierto en eso,
-pues hace tres días, después de haberse presentado a Belliard, fuese al
-Pardo, donde se ha instalado con su hija. Ayer creo que debió llegar a
-dicho real sitio el Rey José. A pesar del influjo que en la botellesca
-Corte tiene el señor Marqués, yo no me fiaría de él para ningún
-delicado asunto. De más eficacia me parece en el caso presente el señor
-Duque de Arión, pariente de esta familia y que goza de gran poder en el
-Cuartel general.
-
---¡Admirable idea! Veremos al señor Duque.
-
---No ha llegado aún a Madrid; y como no sea exponiéndose a los peligros
-de un viaje a Chamartín, este joven no podría verle.
-
---Lo mejor --añadió Salmón-- es que veamos hoy mismo a la señora
-Condesa. ¿Va hoy allá la Paternidad del Sr. Castillo?
-
---Dentro de un rato, pues la señora Marquesa me ha mandado llamar hoy
-con toda premura. Si quiere este joven venir conmigo, le llevaré.
-
---Oportunísimo --añadió Salmón--. Yo iré también. Pero, hijo, si en la
-calle acertamos a pasar por junto a esos cafres...
-
---Pues bien --dijo Ximénez--: para que vaya más seguro, yo les presto
-mi coche, que, con sus dos gallardas mulas, debe de estar ya en la
-huerta.
-
---Muy bien --declaró Salmón batiendo palmas--. Me parece buena idea la
-del coche; pero para mayor seguridad, te vestiremos de novicio. Venga
-la carroza prioral y a casa de la Condesa.
-
---Pues entrareme también en ella, y me dejarán de paso en Santo Tomás
---añadió Vargas.
-
---Pues allá voy también --dijo Luceño--, si me dejan en las Descalzas
-Reales.
-
-Y así acabó la conferencia, sin más resultas que las de mi improvisado
-disfraz de novicio y mi viaje a casa de la Condesa, donde me pasó
-lo que el lector verá a continuación si tiene paciencia para seguir
-leyendo.
-
-
-
-
-XXV
-
-
-La Condesa mostró mucho asombro al verme. Hallábase en la misma
-habitación donde algunos días antes me había recibido, y cuando
-entramos, apartose del secreter donde escribía, para venir a nuestro
-lado. Castillo principió preguntándole por la salud de todos, y luego
-en breves palabras le expuso los motivos de mi visita y de mi nuevo
-traje. Cumplida esta misión, y añadiendo que necesitaba ver a la
-señora Marquesa, pidió a Amaranta venia para pasar adentro, y con esto
-nos quedamos Salmón y yo solos con ella.
-
---Por ahí se murmura que yo soy afrancesada --dijo Amaranta--; pero
-no es cierto. Mi tío sí ha abrazado la causa del Rey José con tanto
-entusiasmo, que cuando le contradecimos en algún punto relativo a
-estas cosas, nos quiere comer a todos. Vive en el Pardo con su hija
-desde hace tres días en el mismo Palacio Real, pues el Rey intruso se
-ha empeñado en incluirle en su alta servidumbre. Está mi tío loco de
-contento, y si viene esta tarde a Madrid, como decía, yo le rogaré que
-me proporcione una _carta de seguridad_ para este mancebo.
-
---Ya estás salvo, Gabriel --exclamó el mercenario--. ¿No te dije que
-esta excelsa señora te sacaría de tan mal paso?
-
---Aún mejor puedo conseguirlo por mi primo el Duque de Arión, el cual,
-más que afrancesado, es francés puro, y si viene mañana a Madrid, como
-espero, no olvidaré este encargo.
-
---Vaya, no hay que pensar en que te echen mano --dijo Salmón
-levantándose--. Ya estás salvado, chiquillo; prostérnate ante Su
-Grandeza y dale un millón de gracias por tantas mercedes. Y ahora,
-señora Condesa, si usía me da su licencia, voy a pasar a ver a mi
-señora la Marquesa, que el otro día me habló de unos requesones, acerca
-de cuyo mérito quería saber mi voto.
-
-Nos quedamos solos Amaranta y yo, lo cual me agradó, pues deseaba
-hablar con ella sin testigos.
-
---Señora --la dije--, ¡cuánto agradezco a vuecencia esta nueva bondad!
-Ahora me cumple pedir perdón a usía por no haber salido de Madrid, como
-hubiera sido mi deseo.
-
---Estarías alistado.
-
---Justamente, y ahora que el desarme me permite salir, una persecución
-injusta, cuya razón no puedo explicarme, me detiene en Madrid, oculto
-en el convento de la Merced.
-
-En seguida contele el incidente de Santorcaz, añadiendo que el antiguo
-desleal mayordomo de la casa andaba a la zaga del flamante jefe de
-policía.
-
---Ya lo sé --me dijo Amaranta--, y he tenido miedo de que algún peligro
-amenazara nuestra casa. Por eso me alegro mucho de que Inés esté con
-mi tío en el palacio del Pardo, donde no puede ocurrirle nada malo.
-El primer día sentía yo gran zozobra; pero nosotros tenemos antiguas
-amistades y relaciones con las primeras personas del partido francés, y
-ya estoy tranquila. Nada temo de esos miserables.
-
---Me falta --dije yo--, dar las gracias a vuecencia por los otros
-favores de que me dio cuenta el licenciado Lobo. No los necesitaba para
-llevar adelante mi resolución, y sin destino en el Perú, sin ejecutoria
-de nobleza y sin promesas de dinero, sabré hacer de modo que usía no
-tenga queja alguna de mí.
-
---No --me dijo sonriendo--: el destino que solicité de la Junta, espero
-que ahora me lo conceda también el Gobierno francés, y de todas estas
-diligencias está encargado Lobo, a quien he dado cartas para Cabarrús
-y para Urquijo. Irás al Perú, tendrás tu ejecutoria de nobleza, y con
-esto y con la ayuda de Dios podrás llegar a ser un hombre de provecho.
-La conciencia me impulsa a hacer esto en pro de una persona desvalida
-que tiene derecho a mi consideración. En cambio, no olvidaré que has
-formulado una promesa, y cuanto hago por ti no es más que la recompensa
-anticipada que ganas cumpliendo lo pactado.
-
---Señora Condesa, yo cumpliré religiosamente lo prometido --le contesté
-con resolución--, y no puedo admitir la recompensa. Mi dignidad no me
-lo permite.
-
---¿Pues acaso tú tienes dignidad? --me dijo riendo--. Pero no, no debo
-reírme. ¿Por qué no habías de tenerla como otro cualquiera? La verdad
-es que los que estamos en cierta posición no vemos más que a nosotros
-mismos. En cuanto a la determinación de no aceptar nada, yo arreglaré
-las cosas de modo que aceptes.
-
-Así hablábamos cuando regresó Salmón a nuestro lado, y al punto cortó
-el hilo de nuestro coloquio, diciendo:
-
---Gran satisfacción, señora mía, me ha causado la noticia que en
-este momento acabo de oír de los autorizados labios de mi señora la
-Marquesa. La paz sea en esta casa, señora, y pues todo parece en camino
-de arreglo, bendigamos la mano de Dios.
-
---¿Habla Su Paternidad del asunto de mi prima? --dijo Amaranta--. Sí,
-ya creo que la tenemos en vías de curación.
-
---Veo que el ingeniosísimo recurso ideado por el gran entendimiento de
-vuestra merced, ha surtido su efecto. ¿Y cómo recibió la noticia? ¿Se
-turbó, derramó muchas lágrimas...? Porque en realidad, señora, decirle
-de buenas a primeras que el joven ese...
-
-Y Salmón se detuvo como hombre prudente, temiendo hablar de negocio tan
-delicado delante de un extraño.
-
---Puede Vuestra Paternidad hablar sin reticencias --dijo Amaranta con
-un tonillo que me pareció algo intencionado--, porque no estando en
-antecedentes la única persona que nos oye, poco importa...
-
---Pues preguntaba, señora, si cuando se le dijo y se le probó la muerte
-de ese joven, no mostró su pena de un modo ruidoso, con desmayos,
-gritos, lloros y demás desahogos propios de la debilidad femenina.
-
---Nada de eso, Padre --repuso Amaranta con muestras de satisfacción--.
-Al principio no lo quería creer; luego, cuando se le probó de un modo
-irrecusable, con los papelotes que trajo el licenciado Lobo, pareció
-dudarlo, y, por último, cuando yo se lo dije, aparentando sentirlo y
-doliéndome mucho de la muerte de ese infeliz, empezó a creerlo. Lo que
-más la ha convencido, fue el artificio verdaderamente teatral que puse
-en práctica para hacérselo creer. Estaban todos hablándole de este
-asunto, cuando entré de improviso, fingiendo mucho enojo porque sin
-preparación alguna le daban tan tristes noticias; arranqué de las manos
-de Lobo aquellos papeluchos, que fingían ser partidas de defunción,
-copias del libro del hospital o no sé qué, y los hice pedazos delante
-de ella. Al mismo tiempo empecé a disponer que se dieran cordiales
-y otros remedios del caso, asegurando que tenía ella mucha razón en
-sentir la muerte de aquel con quien tuvo tan honesta amistad. Esto
-hizo efecto, y después, cuando encerradas las dos en mi alcoba la
-dije: «Sosiégate: todavía puede ser que se salve. Yo te prometo que si
-vive, le verás, y quién sabe, primita mía... Puede ser, puede ser...»
-ella se afligió mucho, y yo añadí: «Es preciso tener resignación; es
-preciso aprender a padecer. Yo no quiero contrariar ya una inclinación
-tan decidida, porque antes que todo es tu felicidad. Desgraciadamente,
-Dios quiere resolver la cuestión de otro modo y llamar a ese joven a su
-seno. Esta mañana he estado en el hospital, le he visto, y la verdad...
-había pocas o ningunas esperanzas.» Y con esto aumentaba su tristeza,
-pero sin llantos ni exclamaciones. Luego yo también me puse a llorar,
-y la abracé y la di mil besos, diciéndole: «Ya ves cómo no está en mi
-mano hacerte feliz. Te aseguro que por mi parte no repararía en nada
-para conseguirlo; pero Dios lo ha dispuesto de otro modo. Procura
-calmarte y ten resignación.» Cuando esto le dije, la dejé convencida.
-¡Ay! Después su aspecto era el de la resignación. Hablaba poco y
-parecía meditar. Se ha desmejorado mucho en pocos días; pero esto se
-le pasará indudablemente. Ahora ha ido al Pardo, pues la variación de
-localidad es muy buen remedio para estas enfermedades del espíritu. Su
-manía caprichosa y ciega nos ha disgustado mucho; pero me parece que
-dentro de algún tiempo estará todo concluido.
-
---¡Oh! ¡Qué felicidad! --exclamó Salmón--. Hay un gran médico del
-dolor, que se llama el doctor Tiempo. Perdida con la idea de la muerte
-la esperanza, ese señor médico hace maravillas en un par de semanas.
-
-Yo oía este diálogo, y admiraba la extremada habilidad artística de
-aquella encantadora cortesana, tan maestra en engaños y ficciones.
-
---Ha hecho muy bien usía --continuó Salmón--, en poner en juego esos
-ingeniosos ardides que prueban su grandísimo talento. Era una cosa que
-daba vergüenza ver a mi niña enamoriscada de un haraposo de las calles,
-que sin duda es de lo más arrastrado y despreciable que han echado
-madres al mundo.
-
---¡Oh! No --dijo Amaranta con cierto énfasis jovial--. Nosotros nos
-esforzábamos en pintárselo así; pero no tiene nada de despreciable.
-Yo tengo noticias ciertas de sus antecedentes y conducta. Además de
-que ha demostrado en varias ocasiones una nobleza de sentimientos
-que no puede caber sino en personas bien nacidas, su posición es más
-que regular. Cierto es que por desgracias de familia, tan comunes en
-estos tiempos, viose reducido a la indigencia; pero está probado que
-procede de una nobilísima familia de los mejores solares de Andalucía,
-como lo acredita la ejecutoria que posee; y además, figúrese Su
-Paternidad si tendrá méritos personales, cuando la Junta central le
-dio espontáneamente un gran destino en el Perú, cuyo destino parece le
-confirmará ahora el Gobierno francés.
-
-Tuve que hacer un esfuerzo para contener la risa que asomaba a mis
-labios.
-
---Pues eso sí que no lo sabía yo. De modo que la discreta ninfa no
-había puesto sus ojos en ningún piruétano. De todos modos, bueno es
-que se haya quitado de en medio por una engañosa ficción la importuna
-memoria del empleado del Perú. Por supuesto, señora, no hay que pensar
-en D. Diego.
-
---¡Oh! No... estamos decididas. D. Diego no será de modo alguno su
-esposo, aunque renunciemos a la buena amistad de la de Rumblar. Al fin
-he convencido a mi tía, y pronto impediremos a ese joven que entre en
-esta casa. Aún viene aquí; pero tanto nos disgusta su presencia, que de
-un día a otro le vedaremos la entrada.
-
---Y ese pariente de vueseñorías --dijo el mercenario--, ese Duque
-de Arión, a quien se tiene por un joven instruidísimo, ¿no estará
-destinado a ser esposo de la joya de esta casa? Perdone usía mi
-curiosidad.
-
---No lo sé --respondió Amaranta--. No hay nada proyectado. Mi primo ha
-vivido catorce años en París: apenas nos conoce.
-
-Así continuó la conversación por un buen espacio de tiempo, cuando
-sentimos ruido de voces, y vimos que con gran estrépito y baraúnda
-entraba el diplomático, en traje de camino, y tan alegre, tan festivo,
-tan charlatán, que al punto le tuvimos por poseedor de los más altos
-secretos de Estado.
-
---Sobrina --gritó al entrar--, aquí me tienes. Pero soy el juego de la
-correhuela: cátate dentro y cátate fuera. Ahora mismo tengo que salir;
-pero si no miente mi lista, son ciento dos las personas que he de ver
-de aquí a las cuatro de la tarde. ¡Si me vuelvo loco! ¡Si no es mi
-cabeza para tantos negocios! Que vaya el señor Marqués a explorar el
-ánimo del Duque de Alba, para ver si cede o no cede; que forme el señor
-Marqués una lista de las personas de la grandeza que están dispuestas a
-acatar a José; que vea el señor Marqués al Corregidor de Madrid; que se
-dé una vuelta por los Cinco Gremios a ver si anticipan o no anticipan
-fondos; que vaya, que venga, que corra, que escriba, que aconseje, que
-consulte, que tantee... ¡Jesús, María, José! Esto no es vivir. Yo no
-quería meterme en tales faenas. Pero me han obligado, me han cogido,
-me han puesto el cordel al cuello. Cuando el Rey José dice que no
-puede hacer nada sin mí; cuando me presenta a su hermano, elogiándome
-con frases que no repito por no parecer jactancioso, no es posible
-evadirse... ¡Oh! ¡Qué belén, qué ir y venir! Nada se ha de hacer sin
-que yo diga _hágase_. Y usted, Sr. Salmón, ¿qué dice de estas cosas?
-
---¿Qué he de decir, sino que Dios le conserve a usía mil años al lado
-de ese Rey, para ver si evita lo de las terceras partes con que nos han
-amenazado?
-
---Todo se arreglará, hombre, todo se arreglará. A pesar del decreto
-de proscripción, hemos salvado la vida a Infantado, Alba, Santa Cruz
-del Viso, Medinaceli, Híjar, Fernán-Núñez, Altamira, Castel-Franco,
-Cevallos, y al Obispo de Santander, sentenciados a muerte por el
-decreto dado en Burgos el 12 de noviembre. Se les envía a Francia
-simplemente. Otras muchas cosas ha dispuesto el Emperador, modificando
-sus primitivas determinaciones; pero no las puedo decir, no; no te diré
-una palabra, sobrina, de estos delicados negocios: ya te veo sonreír...
-Ya te veo a punto de emplear las armas de tu seducción para poner sitio
-a la fortaleza de mi secreto; pero no te diré nada, no, ni una sílaba;
-ni tampoco a usted, Salmón, que me mira con esos ojazos, que revelan
-toda la concupiscencia de la curiosidad.
-
---No quiero saber nada de eso --dijo Amaranta--. ¿Y mi primita?
-
---Contentísima.
-
---¿Cómo contentísima?
-
---No, no; quiero decir, tristísima. En dos días creo que no habrá
-dicho seis palabras. Se ocupa en sus labores con una asiduidad que me
-asombra, y no hay quien la haga presentarse en el gran salón de Palacio.
-
---Ha hecho usted muy mal en dejarla sola --dijo la Condesa con cierto
-enfado.
-
---¿Y qué le ha de pasar? ¿No quedan allí los criados? ¿No está con tu
-doncella y con Serafina, que ni un instante se separa de su lado?
-
---Pero ya le dije a usted que Inés no debe quedarse sola con doncellas
-y criadas en ninguna parte --añadió Amaranta notoriamente contrariada.
-
---¿Estamos viviendo en despoblado? --dijo el Marqués riendo--. En el
-Pardo, en el mismo Palacio del Pardo, donde vive un Rey con numerosa
-servidumbre y guardia, ¿no puede quedarse sola mi hija por cuatro o
-cinco horas? ¡Si vieras qué habitación tan magnífica me han destinado
-en el piso bajo! Dan sus balcones al jardín del Mediodía, y se goza
-allí de una deliciosa vista. Ayer y hoy por la mañana, Inés salió a
-dar un paseo por el jardín. ¡Buen rato pasó la pobrecita!... ¿Pero
-cuándo vienes al Pardo? Por Dios y María Santísima, que sea pronto.
-Allí se pasan las noches deliciosamente, y no puedes figurarte cuán
-amable, cuán discreto, cuán bondadoso es el Rey José. ¡Cuánto nos
-reímos anoche! Él me preguntó: «¿Por qué dicen los españoles que soy
-borracho, cuando no bebo más que agua?» Yo me quedé un tanto cortado;
-pero disculpé a mis compatriotas como pude.
-
---Mañana --dijo Amaranta-- nos iremos mi tía y yo, pues ya, a fuerza
-de sermones, voy logrando vencer su repugnancia a los franceses. Y
-ahora que me acuerdo, tío, tiene usted que procurarme una _carta de
-seguridad_ para que pueda escaparse de Madrid una persona injustamente
-perseguida.
-
---¡Oh, no, de ningún modo! --dijo el diplomático--. Yo no oculto
-insurgentes, ni favorezco de modo alguno la insurrección. ¿Cartitas de
-seguridad? Nada, nada, sobrina, no ampares pícaros, ni protejas a los
-que se obstinan en aumentar los males de la patria. Sométanse todos a
-ese bendito Soberano que no bebe más que agua, y entonces se acabarán
-las precauciones. Es preciso sofocar la insurrección que hierve en los
-alrededores de Madrid, y hacen muy bien en no dejar salir ni una mosca.
-
---Bueno --dijo Amaranta--. Mañana ha de llegar mi primo el Duque de
-Arión, y él me dará cuantas cartas de seguridad se me antoje pedirle.
-
---¡Que viene mañana! --dijo el Marqués--. Yo le esperaba esta noche. Me
-han dicho que ya cumplió la misión que le dio el Emperador en Burgos y
-ha regresado al Cuartel general. Entrará también en la servidumbre del
-Rey José. Si llega mañana, inmediatamente os marcharéis todos juntos
-al Pardo. ¡Cuánto deseo verle! Era tamañito así cuando su madre se
-fue a vivir a París hace catorce años. Otro más travieso no vi nunca.
-Yo, jugando a todas horas con él, le inculcaba los rudimentos de la
-historia patria. ¿Me deparará Dios un excelente yerno?
-
---Veremos --repuso Amaranta--. No puedo dar mi opinión mientras no le
-trate. El Duque de Arión se ha educado en París.
-
---Educación a la francesa --dijo Salmón--. _Vade retro._ ¿Apostamos a
-que viene mi señor Duque hecho un filosofillo de tomo y lomo?
-
---¡Oh, no! --exclamó el diplomático--. Desde que supe que se había
-afiliado al bando napoleónico, le tuve por muy discreto. Su entrada
-en España con el Emperador, las difíciles comisiones que este le ha
-dado para entrar en tratos con las ciudades rebeldes, prueban... ¿pero
-qué veo?... Las dos, y yo aquí de conversación olvidando las mil
-comisiones... Adiós, sobrina; adiós, Padre Salmón y la compañía. Yo me
-vuelvo loco con tanto ir y venir... Es terrible que esos señores no
-puedan hacer nada sin uno... Adiós, adiós.
-
-Y sin cesar de hablar, salió de la habitación y de la casa
-apresuradamente.
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-Referidos estos curiosos diálogos, me cumple ahora contar de qué medio
-se valió la Condesa para facilitarme la deseada fuga. Mandome, pues,
-que volviera al día siguiente, prometiéndome tener todo concertado
-y en regla, de modo que pudiese sin pérdida de tiempo emprender la
-marcha, desafiando la vigilancia ejercida en las matritenses puertas.
-Hicimos Salmón y yo lo que se nos mandaba, y al otro día, cuando nos
-disponíamos a volver de nuevo a casa de Amaranta, llamonos el Padre
-Prior, y nos dijo:
-
---Este joven no puede estar aquí ni un día más, y esta noche misma, si
-no encuentra medio de escaparse, es fuerza que busque un asilo más
-seguro.
-
---¿Más seguro que la Merced?
-
---Sí --añadió Ximénez de Azofra--. Han venido a avisarme que se
-sospecha de los conventos, que se nos acusa de ocultar a los
-conspiradores y a los espías de los insurgentes, y parece que mañana
-mismo registrarán todas estas casas, principiando por la Merced.
-
---Por fortuna la señora Condesa te amparará hoy mismo --dijo Salmón--.
-Vamos allá sin perder un instante.
-
-Vestido de novicio y en coche, como el día anterior, fuimos a casa de
-Amaranta, y desde que nos vio entrar, díjome con semblante alegre:
-
---Mi primo el Duque de Arión ha llegado anoche, y me ha prometido
-conseguir la carta de seguridad antes de tres días.
-
---Es que yo quisiera partir esta misma noche, señora Condesa --dije.
-
---¿Esta misma noche?
-
---Tememos que esos hotentotes registren mañana nuestra casa --añadió el
-Padre Salmón.
-
---Pues es preciso hacer un esfuerzo y salir de este mal paso --indicó
-Amaranta--. La principal contrariedad consiste en que no puede uno
-fiarse de nadie. Me han asegurado que la policía francesa ha extendido
-sus ramificaciones a muchas casas principales, y que sobornando lacayos
-y pajes tiene bajo su vigilancia a las familias que juzga desafectas.
-No quisiera poner en el secreto a ningún criado, y... ¡Ah! ¿No podría
-salir con ese mismo traje de novicio?
-
---Mal vestido es, señora, para estas circunstancias --dijo Salmón--.
-Tengo entendido que el registro que se hace en las puertas es tan
-escrupuloso, que hace difícil toda superchería. A unos les hacen
-desnudar, no librándose de este vejamen ni aun las pudorosas
-doncellas y las que no lo son. Examinan con farolitos las facciones,
-confrontándolas con las notas de la carta; hacen vaciar las
-faltriqueras, y esta ceremonia se repite en dos o tres puntos, y ante
-los ojos de distintos esbirros.
-
---Un criado de casa --dijo la Condesa-- tiene carta de seguridad. Con
-ella y disfrazándose de paleto, ¿no sería fácil burlar la suspicacia de
-esa gente?
-
---Los paletos --dije yo-- son los más perseguidos y a los que primero
-detienen, porque se teme que comuniquen a los conspiradores de aquí con
-los insurgentes de fuera.
-
---En este momento --exclamó Amaranta-- me ocurre una idea salvadora.
-
-Diciendo esto llamó a un criado y mandole un recado al Duque de Arión,
-que vino sin tardanza alguna, pues residía en la propia casa. El cual
-Duque de Arión, a quien llamo así porque se me antoja, callando su
-verdadero título, que es de los más conocidos entre los de España, era
-un joven de veintidós a veintitrés años, delgado, de regular estatura,
-semblante frío y sin expresión, de modales elegantes y comedidos, como
-de persona habituada a la alta etiqueta, y sin otra cosa notable
-en su persona que la atildada perfección del vestir. Digo mal, pues
-también llamaba la atención en él un acento francés tan marcado y un
-tan incorrecto uso de nuestro lenguaje, que a veces no era posible
-oírle con seriedad. Hijo único de una señora que no nombro, y que fue
-mujer muy corrida y muy tomada en lenguas allá por los últimos años del
-siglo antecedente, marchó con ella a París a los siete años de edad y
-en tiempo del Directorio: allí se educó, permaneciendo tres lustros
-fuera de su patria. Era primo, no sé si en segundo o tercer grado, de
-los que yo llamo de Leiva; pero la Marquesa, que le había criado, casi
-le consideraba como hijo. Ya saben ustedes que este joven, a quien no
-faltaba cierta discreción y muy buenas luces, era partidario decidido
-de Bonaparte, más que por aficiones políticas, por la amistad que le
-unía al mariscal Berthier. Cuando verificó el Emperador su expedición a
-España, trájole consigo, dándole no sé qué puesto en la casa imperial.
-Desde Somosierra fuele encargada una comisión confidencial cerca de
-los vecinos acomodados de Burgos: desempeñola bien, según entendí, y
-al venir a Chamartín, después de un día de descanso, pasó a Madrid con
-objeto de abrazar a aquellos sus parientes, y con ansia también de
-visitar su posesión de Parla, donde había nacido. Llegó Arión por la
-noche, y al siguiente día tuve el honor de verle y ocurrieron sucesos
-muy notables, a consecuencia de un diálogo que no puedo menos de
-copiar, reuniendo los más oscuros recuerdos que almacena en sus antros
-sin fin mi memoria.
-
---Primito --dijo Amaranta--, me vas a hacer un favor.
-
---¡Oh! Mi querida prima --repuso Arión--, _de tout mon cœur_.
-
---Préstame, o mejor dicho, dame tu carta de seguridad. No dudo que me
-harás este obsequio, ya que has mostrado tantos deseos de obsequiarme.
-
---¡Oh, _ma belle comtesse_! --dijo el currutaco llevándose la mano al
-corazón--. Yo estoy muy obligado a vuestras bondades, y si pudiera
-exprimaros lo que siento... Mi deseo fuera que me demandaríais _quelque
-chose_ de más difícil, extraordinario y peligroso, para probaros que...
-
---Gracias por la condescendencia, primo, y excusemos galanterías. Yo
-soy una vieja. ¿Se usa en Francia que los petimetres galanteen a las
-viejas? Por aquí no ha llegado todavía esa moda; pero me parece que tú
-traes los primeros figurines de ella.
-
---¡Oh, oh!
-
---¿Y no te enfadarás si tomo tu nombre para una obra de caridad?
-Deseo facilitar la evasión de Madrid a un joven desgraciado, a quien
-persiguen miserables polizontes por satisfacer una ruin venganza.
-
---¡Oh, oh, _volontiers_! _Ma belle contesse_ es dueña de hacer lo que
-querrá con mi nombre.
-
---También me darás uno de tus vestidos, primito, ¿no es verdad? --dijo
-Amaranta con encantadora gracia y examinándome rápidamente de pies a
-cabeza--; uno de esos magníficos trajes que has traído de París, hechos
-conforme a las últimas modas, y que servirán de desconsuelo a todos los
-petimetres de por acá.
-
---¡Oh, oh, yo soy _très_ contento de daros mi _hábito_!
-
---Pues bien --dijo Amaranta con satisfacción--. Creo que podré salir
-adelante con mi invento. Al anochecer escapará este joven de Madrid con
-el menor riesgo posible.
-
-Y tomando de mano de Arión la carta de seguridad, me la dio diciéndome:
-
---Esta tarde, antes de marchar al Pardo con mi tía y mi primo, lo
-dejaré arreglado todo. Puede este joven retirarse tranquilo; y si el
-discreto Salmón tiene la bondad de pasar por aquí esta tarde, yo le
-daré las necesarias instrucciones para que todo marche a pedir de boca.
-
---Señora --dijo el fraile--, volveré al anochecer o cuando usía quiera;
-que tan a pechos he tomado este negocio como el mismo interesado.
-
---Vuelva su merced antes de las tres, pues hemos de salir para el
-Pardo temprano, por sernos preciso visitar de paso en la Moncloa a mi
-madrina, que allí reside y está enferma, aunque no de gravedad.
-
-Di yo las gracias a la Condesa por sus muchas bondades; rogome ella que
-si salía en bien, como esperaba, se lo comunicase, indicándole el sitio
-de mi residencia para enviarme nuevos testimonios de su protección,
-y con esto salimos el mercenario y yo muy satisfechos para tomar el
-camino del convento.
-
-Más tarde, cuando el fraile regresó de su segundo viaje a la misma
-casa, conocí en conjunto el plan maravilloso de Amaranta, que era digno
-ciertamente de su habilidoso y enredador talento.
-
---No he visto más graciosa invención --dijo mi amigo--. Te pones el
-vestido que te mandarán, para que puedas pasar por persona principal;
-y como tú y el señor Duque tenéis la misma estatura y talle, quedarás
-que ni pintado. Con esto y la carta de seguridad que ya tienes, esta
-noche no eres Gabriel, ni Pico de la Mirandola, sino el señor Duque de
-Arión que sale por la Puerta de Toledo para ir a su posesión de Parla.
-Asimismo estará a tu disposición un coche... ¡pero qué coche! La señora
-Condesa tiene sospechas de que alguno de su servidumbre está sobornado
-por esos indignos corchetes, y teme confiarles el secreto. Para quitar
-de en medio esa dificultad, he solicitado de una amiga que le facilite
-un _bombé_... ¡Conque en _bombé_ nada menos, chiquillo! Te advierto
-que al cochero y lacayo se les dice que eres el propio Arión; y como
-no conocen a este, es imposible que te vendan, aunque alguno fuese
-bastante malo para hacerlo. Tendrán orden de llevarte a donde tú les
-digas; pero se te aconseja que no pases más allá de Navalcarnero si
-sales por la Puerta de Segovia, o de Leganés si vas por la de Toledo,
-en cuyos puntos no creo que haya peligro. Conque, señor Duque, beso a
-usía las manos. Es imposible que sospechen nada al ver tu empaque y
-tu carta de seguridad... Ya verás cómo lejos de ponerte reparos esos
-gaznápiros, se quitarán los sombreros ante ti, y aun se brindarán a
-acompañarte hasta tu palacio de Parla. ¡Que las tenga vuecencia muy
-felices!
-
-La idea de Amaranta era de éxito casi seguro, y no tropezando con
-Santorcaz, con Román o con otro cualquiera que personalmente me
-conociese, era inevitable mi escapatoria, pues mi carta de seguridad
-llevaba el nombre de una principalísima persona, reputada por muy
-adicta a la causa francesa. Con esta confianza estuve todo el día,
-y antes del anochecer llegó un criado con el traje, el cual me caía
-que ni pintado. Era elegantísimo, y de mucho lujo por la finura del
-paño, el primor de los adornos y lo exquisito de todos sus accesorios;
-mas no era traje de corte, sino de diario traer, si bien de esos que
-por sí solos hacen resaltar sobre el vulgo a cualquiera que se los
-pone, aunque más los lleve colgados que puestos. Consistía en casaca,
-chupa y calzón de paño verde muy oscuro, con medias del mismo color;
-cuello blanco, de infinidad de randas compuesto, y un rendigot pardo
-con vueltas y solapas de pieles. Esta prenda tenía algún uso, mas aún
-conservaba muy buen ver.
-
-Cuando encajé sobre mi cuerpo aquellas prendas, todos los frailes
-vinieron a verme, y a porfía dijeron que nada podía pedirse en el arte
-y buen parecer; que el sastre, autor de tales ropas, por fuerza había
-adivinado las medidas de mi cuerpo, y que de tan linda manera vestido,
-podía echarme a buscar aventuras por las altas casas de Madrid, seguro
-de encontrar en alguna quien me mirase con agrado. A estas alabanzas
-contestaba yo con risas y bromas; pero la verdad era (y en conciencia
-no quiero ocultar esto, aunque me desfavorezca) que yo estaba un
-poquito envanecido con mi traje, y todo se me volvía dar vueltas
-ante un espejillo, pues también en los conventos los había. El más
-satisfecho de todos era Salmón, que no cesaba de hacer reverencias ante
-mí, llamándome _señor duque_; y por fin, lleváronme como en jubileo a
-la celda del Prior, el cual se rio mucho, alabando con exageración mi
-buen empaque.
-
-Vestido ya, vinieron a decir al fraile que un joven le buscaba con
-mucho empeño. Salimos los dos, y en el claustro bajo hallamos a Don
-Diego, pálido, azorado, inquieto, el cual llegose impaciente al
-mercenario, y le habló así:
-
---Padre, la Zaina se muere y quiere confesarse.
-
---¡Pobre Zainilla! --exclamó el religioso--. ¿Y qué es ello?
-
---Un mal que nadie conoce, ni se ha visto otro parecido, pues unos
-lo tienen por locura, otros por consunción, estos por reumatismo,
-y aquellos por melancolía. Lo cierto es que se muere sin remedio,
-y ahora ha dado en llorar después de dos días en que no ha hecho
-más que morderse, arrancarse los cabellos, o insultar a todos, a mí
-principalmente, llamándome necio y mentecato.
-
---¡Era usted su cortejo! --dijo con desabrimiento Salmón--. ¡Oh, entre
-qué gente anda metido el señor Conde de Rumblar!
-
---Padre, dejémonos de discusiones, y vaya pronto a confesar a la Zaina,
-que se muere, pues ahora a ratos llora mucho y habla con razón diciendo
-que quiere confesar sus pecados a Dios para irse al cielo, y a ratos le
-entra un delirio en que dice mil disparates, y manda a todos que laven
-las piedras del arroyo que están manchadas de sangre, y luego pregunta
-que cuándo acaba de pasar la estera, que ya lleva tantos años y tantos
-siglos de estar pasando por delante de sus ojos; en fin, mil desatinos
-que no son para contados.
-
---Pues voy allá al momento; pero antes pediré licencia al Prior, por
-ser ya de noche.
-
---Gabriel --me dijo Rumblar cuando nos quedamos solos en el claustro--,
-¿qué traje es ese? ¿Te has vuelto caballero?
-
---Amigo D. Diego --le contesté--, de menos nos hizo Dios.
-
---¿Y qué es de ti? No se te ve por ninguna parte. ¿Qué traes a vueltas
-con estos frailuchos?
-
---Más respeto, Sr. D. Diego, para esta buena gente --le dije--,
-siquiera porque estamos en su casa.
-
---No les puedo ver. Santorcaz, que todo lo sabe, me ha contado mil
-cuentos indecentísimos que prueban lo mala que es esta canalla. Es
-preciso acabar con ellos. De veras te digo que desde que veo un fraile
-me horripilo. Especialmente a este Salmón, a quien llamo el Padre
-Tragaldabas, no le puedo ver ni en estampa. Verdad es que él tampoco me
-adora, y seguramente es quien, intrigando en casa de la Marquesa, ha
-hecho fracasar mi proyectado casamiento.
-
---¿Ya no se casa el señor Conde? Eso no le será penoso, porque me
-parece haber oído decir a usted que no amaba mucho a la novia.
-
---Verdad es que la tal Inés no me hace mucha gracia; pero yo estoy
-decidido a que sea mi esposa, porque así conviene a mis intereses.
-¿Sabes? Santorcaz me ha dicho que todo hombre debe mirar por sus
-intereses, porque sin esto no se puede tener representación alguna en
-el mundo. Además, él, que todo lo sabe y es más listo que el demonio,
-me asegura que yo tengo talento, disposición, y estoy llamado a muy
-grandes cosas, por lo cual me dice: «D. Diego, a usted le es necesaria
-una buena posición, que le permita desplegar sus dotes.»
-
---¿Pero usted no tiene por sí una desahogada posición?
-
---Bicoca: el patrimonio de Rumblar es de esos que hacen en las ciudades
-chicas un mediano papel; pero aquí apenas puedo presentarme en quinta
-fila. Nuestra casa ha vivido desde hace tiempo con la esperanza de que
-se le incorpore ese mayorazgo de Leiva, que es uno de los primeros de
-España. Si cuando apareció Inés, como legítima heredera, mi señora
-mamá se disgustó mucho, luego que se concertó el casarnos para evitar
-pleitos y cuestiones, quedose muy satisfecha. Conque figúrate cuál
-será su rabia y la mía, ahora que las señoras Marquesa y Condesa me
-han dicho terminantemente que no hay nada de lo convenido. Mi madre,
-a quien lo escribí, me contesta furiosa, llamándome tonto y necio
-y estúpido, y amenazándome con venir a darme mil palmetazos si no
-llevo adelante el negocio de la boda, como puede hacerlo un caballero
-resuelto y de pesquis. A mí, francamente, no se me ocurre nada; pero
-para dicha mía tengo ahí a ese bendito Santorcaz, que me aconseja como
-un padre de la Iglesia, y últimamente ha discurrido el más ingenioso
-arbitrio para que las de Leiva no se burlen de mí.
-
---Yo creo que al señor Conde no le será difícil llegar al casamiento,
-y con el casamiento a la posesión del mayorazgo, con tal que esa joven
-esté dispuesta a darle su mano.
-
---Eso no, porque no estoy loco por ella, que digamos, y de buena gana
-renunciaría a todo, si exclusivamente de mí dependiera. Has de saber,
-compañero, que yo, más que todos los mayorazgos del mundo, apetezco una
-libertad sin límites para hacer lo que me dé la gana: ir a las logias,
-dar gritos en las calles cuando hay alborotos, cortejar a las mozas del
-Avapiés, echar un par de pesetas a un caballo de oros, y divertirme
-en paz y en gracia de Dios; pero Santorcaz, que es mi mejor amigo y
-mi mentor, como él dice, me tiene sujeto, y me hinca las espuelas en
-esto del mayorazgo, afeándome mi descuido en cuestión tan importante.
-Como además le debo cantidades enormes, que no sé de qué modo pagarle,
-aquí tienes el siempre y cuando de esta mi resolución mayorazguil.
-Te advierto que lo que me deslumbra y me vuelve lelo es la esperanza
-de poseer una renta de esas que le permiten a uno gastar y gastar, y
-gastar todo lo que se le antoja. ¿Hay mayor gusto, muchacho, que ir
-un día por casa de todos los amigos y convidarles a una merienda en
-el Canal, poniendo comida para más de cuatrocientas bocas, con tanta
-abundancia como en aquellas célebres bodas de Camacho? ¿Hay mayor goce
-que tomar del brazo a la Pelumbres, que es, después de la Zaina, la
-primer moza de Madrid, y salir de bureo tapaditos, y acompañarla luego
-a su casa? ¿Hay mayor gusto que visitar los interiores del teatro del
-Príncipe o de los Caños, y saber que no habrá entre aquellos lienzos
-pintados actriz española, cantarina italiana ni bailarina francesa que
-no se le rinda a uno de toda voluntad? ¿Hay mayor satisfacción que dar
-una corrida de toros, permitiendo la entrada gratis a todo el pueblo,
-pagando con doble sueldo a los lidiadores y lidiando uno mismo con un
-traje fino bordado de plata y oro? Pues esto y aún más espero tener, si
-sale bien lo que hemos tramado.
-
-Quedeme absorto y mudo, meditando en la inconmensurable degradación
-a que en pocos meses había caído aquel joven tan estrecha y
-meticulosamente educado, bajo la inspección de su rigurosa madre;
-instruido tan solo en cosas aparentemente buenas, en el temor
-excesivo a los superiores, en el desprecio de las novedades, en el
-aborrecimiento de las cosas mundanas, en el respeto a la tradición,
-en el encogimiento del espíritu; educado para ser gran señor y
-representante de todas las virtudes patriarcales. Ved a dónde había ido
-a parar su imaginación, atada durante la infancia con cien cadenas;
-ved por qué derrumbaderos tenebrosos se despeñaba salvajemente su
-voluntad, criada en el respeto; ved qué clase de pájaro atrevido salía
-de aquel huevo, empollado al calor de las mezquinas ideas del siglo
-pasado. Verdad es que cuando aquella inocente gallina sacó al mundo
-su echadura, se encontró que de los rotos cascarones salían, en vez
-de pollos, otras mil alimañas desconocidas, y la infeliz cacareó con
-angustia, sin saber quién las había engendrado.
-
---Pero si ella no le quiere a usted tampoco --dije a D. Diego--, lo que
-proyecta no será tan fácil.
-
---Eso me parecía a mí; pero Santorcaz, que sabe más que siete, me ha
-llenado la cabeza de catálogos, principiando por decirme que yo era un
-papanatas, y burlándose de mí con tanta zunga, que al fin me enfadé y
-dije: «Pues yo seré más osado que Judas, y me atreveré a cuanto hay que
-atreverse; pues ni las de Leiva, ni usted, ni nadie, se reirán de mí.»
-
---¿Y qué hace ahora el Sr. de Santorcaz?
-
---Le han hecho los franceses jefe de la policía menuda, cargo que
-desempeña a las mil maravillas. A todos los desafectos al nuevo
-Gobierno me les echa mano lindamente. Verdad es que por ahí le critican
-mucho, llamándole traidor; pero él se ríe de todo, y dice que no hay
-mejor rey que José, y que los españoles son unos animales. Esto al
-principio me enfadaba mucho; pero ya me he acostumbrado a oírselo
-decir, y yo mismo, que era antes más español que Fernando VII, ya no
-doy dos higos por España, y al son que me tocan bailo... Pero verás lo
-que tenemos proyectado. Para probarle a él y a todos sus amigos que no
-merezco esas burlas, he decidido que si Inés no se quiere casar conmigo
-voluntariamente, se casará por fuerza.
-
---Eso me parece difícil.
-
---Así lo parece, pero no lo es. Tú no tienes grandes ideas ni un
-corazón osado, como yo lo voy a tener ahora; de modo que no podrás
-comprender esto. Figúrate que consigo engañar a la muchacha y sacarla
-a hurtadillas de su casa, sin que lo adviertan tías ni primas, y
-llevármela bonitamente a donde me diese la gana por unos días...
-
---Pero eso no podrá ser, porque esa honesta joven no saldrá con usted
-de su casa, y mucho menos si, como dice, no le quiere ni pizca.
-
---Tú eres sandio, por lo que veo --me contestó con petulancia
-truhanesca--. Eso mismo me parecía a mí; pero Santorcaz y sus amigos me
-llamaron el Papamoscas de Burgos. Te advierto que es preciso tener el
-corazón echado para adelante, como dicen ellos, y atreverse a todo. Que
-Inés salga conmigo... llévela yo a una casa que tenemos preparada al
-efecto, y después su misma familia nos echará la bendición. El siglo lo
-tiene dispuesto así.
-
-Tuve que hacer un esfuerzo para refrenar la indignación que tanta
-bajeza me producía.
-
---Poco me importa --añadió-- que Inés no me ame en este momento. Yo
-estoy seguro de que se volverá loca por mí en cuanto nos tratemos con
-cierta intimidad. Todos dicen que tengo yo cierto atractivo... así...
-pues... un gancho para pescar muchachas... Solo espero a que se le pase
-la tristeza... No sé si te he contado que allá en los tiempos en que mi
-novia andaba abandonada por el mundo, tuvo por novio a un perdido, un
-raterillo, un granuja... ¡Qué cosas se ven en el mundo! Lo más raro de
-todo es que le ha guardado a su galán zarrapastroso una fidelidad de
-novela sentimental, que causa vergüenza a todos los de la casa. ¡Como
-que han tenido que hacerla creer que ese joven ha muerto, para que no
-deshonrara a la familia pensando en él!
-
---Pero nada de eso hace al caso, y cada vez veo más difícil que usted
-pueda sacar de su casa a tan honrada joven.
-
---Animal, claro es que no saldrá, si le digo a dónde la llevo; pero
-como no lo he de decir, sino que tenemos preparado un cierto artificio.
-
---¿Cuál?
-
---Ya he sobornado a Serafina, su doncella, a quien he tenido que dar
-una buena suma, y es seguro que mañana muy temprano saldrán las dos
-a dar un paseo por los jardines de Palacio, encontrándose en cierto
-sitio solitario, donde es lo más fácil del mundo poner en ejecución mi
-pensamiento. Santorcaz asegura que esto saldrá muy bien, y él es quien
-lo dispone todo, quien prepara los coches, quien ha buscado la casa,
-quien ha dado el dinero para sobornar a la sirvienta. ¡Si vieras qué
-interés tan grande se toma!
-
---Lo creo.
-
---Mañana temprano queda todo hecho. A esa hora la Marquesa está
-entregada a sus devociones, la Condesa no se habrá levantado aún, y el
-Marqués estará en el primer sueño.
-
---Sr. D. Diego --dije disimulando la ira cuanto me fue posible--,
-¿y usted no ve en eso una serie de repugnantes bajezas, infamias
-y desvergüenzas, indignas, no digo de un caballero, sino del más
-desarrapado chalán? El que es capaz de hacer esto, está destinado a
-acabar sus días en un presidio.
-
---Te hablaré francamente. Cuando Santorcaz y sus amigos me manifestaron
-su plan, sentí aquí dentro cierta repugnancia y no la ocultaré. Pero
-se rieron mucho de mí, y allí fue el llamarme zanguango, corazón de
-mirlo, hombre de alfeñique y otras injurias que me indignaron mucho. Al
-mismo tiempo, por otro lado Santorcaz me apremia para que le pague las
-grandes sumas que le debo, y que ya exceden a cinco años de renta de mi
-patrimonio. Además de esto, mi madre me manda de Bailén unas cartitas
-en que me pone como chupa de dómine. Dice que si no llevo adelante por
-cualquier medio este casamiento, soy un necio y un badulaque, y que
-pierdo y arruino a mi familia con mi dejadez y pazguatería. Hasta Don
-Paco me escribe diciéndome que seré para siempre indigno del _altísono_
-nombre de Rumblar, si no pesco ese mayorazgo, y ahí tienes... No hay
-más remedio que hacerlo. Fuera, pues, escrúpulos de monja, y adelante.
-Ahora voy a probar que soy un hombre hasta allí, capaz de todo y
-dispuesto a las más atrevidas cosas. ¿Qué te parece? ¿No apruebas mi
-conducta? ¿No te entusiasmas oyéndome?
-
---¿De modo que mañana temprano? --pregunté con más interés que D. Diego
-en aquel asunto.
-
---Al rayar el día. No sé si te he dicho que ella madruga mucho.
-Santorcaz dice que cuanto más pronto, mejor. Ninguno de la familia se
-enterará del caso, hasta que estemos en Madrid. Ya he escrito una carta
-a la Marquesa, fingiéndome muy enamorado y diciéndole que la fuerza
-irresistible de mi pasión me impele a obrar así, y otras muchas cosas
-muy bien puestas; como que la ha escrito Santorcaz... Pero, chico,
-es tarde y me retiro: quiero ver en qué para esta pobre Zaina, y si
-se muere o no se muere. La verdad es que me quería bastante, y sabe
-Dios si habré influido en su enfermedad... Como ahora me tiene loco la
-hermana de la Pepa Ramos... ¿La conoces tú? ¡Qué guapa y qué mona es!
-Adiós, me voy allá. ¿Quieres venir? ¿Qué haces aquí con esos frailucos?
-Pero dime, ¿has heredado por ventura? No te conozco. Mira que los
-frailes son muy intrigantes... adiós, adiós, que aún tengo algo que
-arreglar para mi viaje al Pardo a la madrugada.
-
-Y diciendo esto, se marchó, dejándome solo en el claustro. En este me
-paseaba yo, presa de la más grande agitación, cuando me avisaron la
-llegada del coche enviado por Amaranta para mi fuga. Al instante corrí
-a la calle, y entrando en él, pregunté al lacayo:
-
---La señora Condesa, ¿dónde está?
-
---Esta tarde ha marchado al Pardo --me contestó respetuosamente,
-sombrero en mano--. ¿A dónde quiere usía que le llevemos?
-
---Al Pardo --contesté con resolución.
-
---Dijo la señora Condesa que saldríamos por la Puerta de Toledo, camino
-de Illescas. ¿Es que quiere usía dar un rodeo?
-
---¡Al Pardo, majadero, al Pardo derecho y sin rodeos! --exclamé con
-furia--. ¿No he dicho que al Pardo? A toda prisa.
-
-Las mulas partieron a escape, llevándome camino del Real Sitio.
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-Fue detenido el coche en la Puerta de San Vicente, abrieron la
-portezuela, presenté mi carta de seguridad, y después de abrumarme
-con cumplidos y cortesías, me dejaron pasar. Sufrí nueva detención
-hacia San Antonio, y una tercera en la Puerta de Hierro. Tantas
-molestias me hicieron ver que era arriesgadísimo salir disfrazado,
-y enteramente imposible sin el documento prescrito. Pero yo pasé el
-camino felizmente, y ninguno de los que echaron su mirada importuna
-dentro de mi coche, sospechó el papel que un servidor de ustedes estaba
-representando.
-
-Iba yo en un estado de agitación indefinible, y la marcha de las mulas
-me parecía tan desproporcionada a mi febril impaciencia, que sentía
-impulsos de bajar y correr a pie, creyendo de este modo llegar más
-pronto. Arrastrado por una ciega e invencible determinación, yo la
-había formulado en estos términos sencillísimos: «Llegaré, haré por
-ver a la Condesa, informarela de la alevosa intención de D. Diego, y
-partiré después. No es preciso nada más.» Yo no pensaba en dificultades
-de ninguna clase, y las contrariedades subalternas eran despreciadas
-entonces por mi impetuosa voluntad. Tampoco atendía en manera alguna
-a mi proyectada fuga, ni me cuidaba de si iba vestido de esta o de la
-otra manera. Caer en poder de la policía, una vez llevado a efecto mi
-pensamiento, me importaba poco.
-
-Por fin, en poco más de una hora llegamos a la plaza de Palacio, donde
-vi una gran escolta de caballería y muchos coches. El cochero del
-mío azotó las mulas y las hizo penetrar por la ancha puerta hasta el
-vestíbulo de donde arranca la gran escalera. Todo lo vi iluminado, todo
-lleno de guardias españolas y francesas. Una música militar tocaba el
-himno imperial en la galería que domina la escalera. Napoleón, que
-había ido a comer con su hermano, estaba allí todavía.
-
-Figuraos que uno se muere y despierta en otro planeta, en otro mundo,
-encontrándose con forma distinta, en atmósfera diversa, en un medio
-diferente, donde crecen Fauna y Flora que no se parecen a la Flora y
-Fauna del mundo donde nació. Esta fue mi impresión: yo estaba aturdido
-y atontado. No obstante, saliendo precipitadamente del coche, pregunté
-al primer criado que se me apareció por los aposentos del señor Marqués
-de X. En el mismo instante el lacayo me decía:
-
---Venga vuecencia por aquí, que es en este piso bajo a la izquierda.
-
-Dos o tres, no sé cuántos, se apresuraron a franquearme la entrada, y
-mi lacayo, entrando delante de mí, dijo a los criados que salían a su
-encuentro:
-
---Ya está aquí el señor Duque; avisad que ha llegado el señor Duque de
-Arión.
-
-Yo no sé por dónde me llevaron; yo no sé por dónde entré; yo no sé
-en qué sitio me encontraba: yo solo sé que me vi en un recinto muy
-alumbrado y caliente, y que el diplomático, estrechándome en sus
-brazos, exclamaba:
-
---¡Picarón, gracias a Dios que te vemos!... Pero ¿por qué has venido
-tan tarde? Ya se ha acabado la comida... ¡Ah, picarón, qué alto estás!
-
-Yo balbucí algunas excusas; pero comprendiendo al punto que era preciso
-disipar aquel engaño, dije:
-
---¿No está la señora Condesa?
-
---No ha venido. Estoy solo con mi hija. Pero, chico, no tienes acento
-francés, y me dijeron que hablabas como un amolador. Ven, ven: al
-instante te voy a presentar al Rey José, que tanto desea verte. Ahí
-está el Emperador. ¡Albricias!... Ha convenido en que su hermano
-vuelva a ser Rey de España, y ya están zanjadas todas las diferencias.
-Conque ven... ven... Pero, primo, ¿cómo es eso? --añadió examinando
-mi traje--. ¿Cómo no has venido de etiqueta? Pues oiga... también te
-has venido sin relojes... Pues ¿y tus cruces, y tu Legión de Honor, tu
-Cristo de Portugal, y tu Carlos III, y tu San Mauricio y San Lázaro, y
-tu Águila Negra?
-
---Déjese usted de bromas --repliqué sin poder disimular mi
-impaciencia--. Ahora vengo para un asunto urgente y del cual depende...
-
---¿La suerte de Europa? --dijo interrumpiéndome--. Corro, corro al
-instante a ponerlo en conocimiento de Urquijo. ¿Vienes del Cuartel
-general? ¿Ha llegado allí algún correo de Francia con noticias del
-Austria?
-
---No, no es eso --repuse sin atreverme a disipar el engaño--. ¿Pero
-dice usted que no está aquí mi señora la Condesa?
-
---¿Tu prima? Esta tarde la esperábamos; pero debía pasar por la
-Moncloa, por ver a su madrina, y como esta se halla _in articulo
-mortis_, presumo que Amaranta y mi hermana habrán determinado quedarse
-allí toda la noche. ¿Vienes tú de Madrid, o directamente de Chamartín?
-
---Siento mucho --manifesté con la mayor zozobra-- que no esté aquí la
-señora Condesa.
-
---Te presentaré a mi hija, ven. Pues es lástima que no hayas venido
-de etiqueta. Cierto que tú tienes familiaridad con el Emperador, y si
-te anuncias, puedes pasar a verle con ese traje... Pero, dime, ¿qué
-noticias traes? ¿Ha llegado algún correo al Cuartel general? ¿A que
-me he salido yo con la mía?... ¿apostamos a que el Austria?... A mí
-puedes contármelo. Ya sabes que el Emperador me consulta todo... Pero,
-chico, ¿sabes que tienes una arrogante figura? Me habían dicho que
-eras... así... un poco cargado de espaldas y... la nariz chata, y un
-ojo un poco... Pero no... veo que me habían engañado. Eres mejor de
-lo que yo suponía, y lo que es tu cara... casi juraría que no me es
-desconocida... pues... que te he visto en alguna parte.
-
-Estábamos en un lujoso salón, con magníficos tapices decorado.
-Sentíase ruido de voces en las habitaciones inmediatas; pero allí
-no había nadie más que nosotros dos. El diplomático, asiendo las
-solapas de mi casaquín, me sacudía, me sofocaba, me volvía loco con
-su charlar inacabable. En vano era que yo pretendiese quitarle la
-palabra, hablando de otras cosas, y principalmente indicando algo del
-móvil de mi viaje. Aquel insensato me quitaba la palabra de la boca,
-ávido y hambriento de hablárselo él todo, y con sus gesticulaciones,
-su cotorreo sempiterno, semejante al son de una matraca, me tenía
-aturdido, colérico, nervioso.
-
---¡Ay, sobrinillo de mi alma! --continuó--. Si me confiaras las
-noticias que traes... Ya habrá llegado a tu conocimiento que yo soy
-la misma reserva... Porque no me queda duda de que tú traes algo, sí,
-señor, algo grave. Si hubieras venido a la comida, habríaslo hecho más
-temprano y con otro traje. Y no es más sino que estabas en el Cuartel
-general, y el Mayor General Berthier te envió a toda prisa con una
-comisión. A ver, dímelo a mí solo, a mí solo... ¿Vas ahora mismo a ver
-al Emperador? Si quieres, pasaré aviso al gentilhombre para que te
-introduzca. Ya han concluido de comer, y están conferenciando juntos el
-Emperador, el Rey José, el secretario Hugues Maret, Urquijo y Monseñor
-de Pradt, ex-Arzobispo de Malinas. Anda, anúnciate, subamos...
-
---Señor mío --dije bruscamente sin poder disimular ya mi impaciencia
-y desasosiego--, yo no vengo a hablar con el Emperador, ni con el Rey
-José, ni con el Arzobispo, ni tengo nada que ver con ninguno de esos
-señores. Yo vengo a...
-
-Y callé, sin atreverme a decirle el objeto de mi visita.
-
---¿Conque no está aquí la señora Condesa? --volví a preguntar después
-de una pequeña pausa.
-
---Dale con la Condesa. Que no, que no está. La esperábamos esta tarde;
-pero según entiendo, se ha detenido en la Moncloa por acompañar a su
-madrina, que se muere por momentos. Puede ser que llegue antes de media
-noche.
-
---Pues la esperaré --dije resueltamente sentándome en un sillón.
-
---Veo que Amaranta te interesa más, y es para ti de mayor importancia
-que la suerte del mundo. ¿Pero no querrás decírmelo?... Aquí en
-confianza... a mí solo --dijo sentándose junto a mí y poniéndome la
-mano en el muslo.
-
---¿Qué, hombre de Dios, qué le he de decir, si no sé nada?
-
---Pesado estás, sobrino. Para mí sería muy satisfactorio saberlo antes
-que el mismo Emperador, y poderlo decir a todos esos que están ahí
-muertos de sed por una noticia.
-
---¿Dice usted que la Condesa vendrá antes de media noche? ¿Cuánto hay
-de aquí a la Moncloa?
-
---¿Pero qué traes tú con la Amarantilla?... Todo eso es para disimular.
-Pero ven... quiero que conozcas a mi hija. Ya tendrás noticias de ella.
-¡Pobrecita! La he recogido y reconocido... Es preciso reparar de algún
-modo los errores de nuestra juventud. En París habrás oído hablar mucho
-de mí. Bastantes ruinas hay allá todavía de mi ímpetu destructor en
-materias amorosas. Pero ven... conocerás a Inés... es guapísima. No se
-ha recogido aún, y si está acostada haré que se levante.
-
---No --dije yo--: la veré mañana.
-
-Mi situación, queridos señores míos, era bastante comprometida. La
-Condesa, a quien necesitaba ver y hablar, no estaba allí. Yo no
-quería faltar al solemne compromiso contraído con ella, cuando le
-prometí no presentarme jamás a su hija; y en verdad, si Amaranta me
-hubiera sorprendido allí en compañía de Inés, todas mis explicaciones
-le habrían parecido artificios y malas artes, y la aventura de mi
-disfraz un ardid alevoso para arrebatarle aquel tesoro de su familia
-que, por la sociedad y por otras mil consideraciones, me estaba tan
-implacablemente vedado. En todo esto pensé, mientras D. Felipe de
-Pacheco y López de Barrientos me volvía loco para que le comunicara
-noticias del Cuartel general. Discurriendo rapidísimamente sobre
-aquella situación, vine a deducir que era preciso valerme del mismo
-diplomático para mi objeto, no hallándose en Palacio ninguna otra
-persona de la familia; mas para esto era también preciso no perder
-el disfraz, ni correr el velo de aquel gracioso engaño, pues si esto
-ocurría, todo acababa con echarme a la calle o ponerme a disposición de
-un alguacil. Meditando en breves términos mi plan, di principio a su
-ejecución de la siguiente manera:
-
---Después, mi querido tío, informaré a usted de todo lo que se dice en
-el Cuartel general. Por ahora quiero hablarle de otro importante asunto.
-
---¿Importante? Vamos a ver --dijo en voz baja y tan impaciente como un
-niño.
-
---Importantísimo.
-
---Ya adivino. La Inglaterra, el enemigo común...
-
---No es nada de eso. Lo que digo es que ese Condesito del Rumblar...
-¡Oh! Es un joven de malísimas costumbres.
-
---Ya lo sabemos; pero dejemos ahora a D. Diego, ¡qué majadería!
---exclamó con desagrado.
-
---Es preciso que usted esté prevenido por si...
-
-Entraron en aquel momento en la sala dos personajes vestidos de
-uniforme, uno de los cuales era español y el otro francés; pero los
-dos se expresaban en nuestra lengua. Levantámonos, y el diplomático me
-presentó gravemente a ellos, diciendo después:
-
---Por más que le pincho, nada, no suelta una palabra. Viene del Cuartel
-general, con noticias interesantísimas.
-
---¿Sube usted a ver al Emperador? --me preguntó uno de ellos.
-
---No, señor --respondí, obligado a llevar adelante la farsa--. No
-necesito ver por ahora a S. M. I.
-
---En el Cuartel general --me dijo el otro--, ¿qué se dice de la actitud
-del Emperador respecto a su hermano?
-
---¡Oh! --exclamé yo dándome importancia--: se dicen muchas cosas.
-
---¡Muchas cosas! --repitió el Marqués haciendo aspavientos.
-
---Aún no está decidido --añadió el que parecía francés-- que el
-Emperador, nuestro señor, ceda el reino de España a su hermano. ¿Qué ha
-oído usted en Chamartín? ¿Insiste Su Majestad en la idea de considerar
-a España como país conquistado?
-
---Sí, señores, como país conquistado --respondí con mucho aplomo,
-metiendo mi cucharada en los arreglos y desarreglos del mundo.
-
---La verdad es --dijo otro-- que los dos hermanos no están muy acordes.
-¿Va tomando cuerpo la idea de agregar la España al territorio de la
-Francia?
-
---Sí, señores --afirmé condoliéndome de la suerte de mi país--. España
-se unirá a Francia.
-
---¡Oh! ¡qué calamidad! --clamó D. Felipe--. No podemos en modo alguno
-seguir al servicio de la causa francesa. ¿Y se insiste en dividir a
-nuestro país en cinco virreinatos?
-
---¿Pues qué duda tiene, señores? --repuse en tono de hombre listo--.
-Pero aún se duda si serán cinco o seis.
-
---Sin embargo --indicó el que parecía francés--, yo creo que esta noche
-se reconciliarán.
-
---Por supuesto, que si el Emperador se decide a tratar a España como
-país conquistado, le mueven a ello las intrigas de Inglaterra.
-
---De Inglaterra, justo --repuse yo vivamente--. Me lo ha quitado usted
-de la boca.
-
---Y la insensata resistencia del pueblo español.
-
---Exactamente... la insensata resistencia...
-
---A pesar de todo --dijo el español--, yo dudo mucho que Napoleón pueda
-llevar adelante tan atrevido pensamiento, y menos ahora cuando corren
-rumores de que el Austria...
-
---¿Qué dicen los últimos despachos? Parece que el Austria se arma.
-
---Sí, señores --respondí yo en tono profético, misterioso y
-sibilítico--. El Austria se arma y... no diré más.
-
---Pero, hombre --apuntó el diplomático--, si aquí somos todos amigos.
-Di de una vez todo lo que sabes.
-
---Dispénsenme ustedes, señores --indiqué cortésmente--. De buena gana
-lo haría por complacer a personas tan amables; pero antes que mi deseo
-está mi deber; antes que la satisfacción de un capricho amistoso, la
-conciencia de mi discreción, cuyo inexpugnable baluarte en vano atacan
-galantes sugestiones, o arteras amabilidades. Callaré por ahora; pero
-tengan ustedes entendido que el Austria... el Austria...
-
-Los tres cortesanos se miraron, y yo examiné las pinturas del techo.
-
-De improviso entraron otros dos, a quienes igualmente me presentó mi
-augusto tío; pero aquí fui menos afortunado, porque uno de ellos, al
-saludarme, me dijo con cierta malicia:
-
---Es muy particular. Hace tres años vi en París al señor Duque
-de Arión, y no reconozco su fisonomía en la de usted. O yo estoy
-trascordado, o usted ha variado considerablemente.
-
-Por mi suerte, el diplomático se había apartado un poco, y además
-yo tuve buen cuidado de no engolfarme en conversaciones con aquel
-caballero. También quiso mi buena estrella que viniese a sacarme de
-apuros otro que llegó de repente y con gran prisa, diciendo:
-
---Señores, la conferencia va tomando carácter de altercado. Alzan mucho
-la voz, y desde el corredor de Poniente se oyen los gritos. Vamos allá
-y oiremos algo.
-
-Viérais allí cómo aquellos cortesanos corrían por los pasillos; cómo
-se escurrían por los laberintos de Palacio; cómo se precipitaban unos
-delante de otros, disputándose cuál llegaba primero a pescar una
-noticia, una voz perdida, un gesto visto al través de un resquicio,
-un accidente, un destello de reales miradas, cualquier mezquindad que
-les fuera favorable. Yo seguí tras ellos, y salí también; atravesamos
-un gran salón, donde había hasta una veintena de personas de distintos
-uniformes; internáronse en nuevos pasillos; pasaron de sala en sala,
-llegando, por último, a un largo y oscurísimo corredor que tenía
-ventanas a un angosto patio. Allí había otros cinco o seis, asomados a
-las ventanas, y muy atentos a no sé qué, pues yo no veía nada digno de
-llamar la atención. Todos se acercaban con pasos quedos, chicheaban muy
-por lo bajo, y atendían y miraban; ¿pero qué miraban y a qué atendían?
-
-El patio a que me refiero era muy estrecho. En la pared de enfrente
-había una gran ventana cuyas hojas de cristal, cerradas y por dentro
-cubiertas con una cortina de gasa, daban paso a la luz interior. Los
-gruesos cortinones de invierno estaban recogidos a un lado y otro, de
-modo que quedaba un triángulo de luz, con el ángulo más agudo en la
-parte superior. En este triángulo se dibujaban varias sombras, pero con
-toda precisión una sola, efecto de linterna mágica producido por la
-presencia de un hombre entre la luz que iluminaba aquella pieza y el
-hueco de la ventana. Movíase la sombra al tenor de los diversos grados
-de animación de la palabra, y en esta sombra y en sus irregulares
-movimientos fijaban la vista y el oído y la atención y el alma toda los
-cortesanos allí reunidos.
-
---Ahora hablan más bajo --dijo muy quedamente uno de ellos--; pero hace
-poco se han oído con claridad algunas palabras.
-
-Y alargaban los cuerpos fuera del corredor, con esperanza de que sus
-pabellones auriculares cogieran al vuelo alguna sílaba. Yo también
-atendí; pero la verdad es que allí se oía tanto como en un desierto.
-Lo que sí excitó mucho mi curiosidad, fue la sombra que ocupaba el
-centro del triángulo. Era la de un hombre rechoncho y de cabeza
-redonda, con pelo corto. Notábase el movimiento pausado de sus brazos
-al hablar, el de su cabeza al atender; notábanse claramente las señales
-de asentimiento, las negaciones vagas y las fuertes; notábanse la
-tenacidad, la duda, el ademán de la pregunta, el de la respuesta; y
-tanta era la verdad con que aquella sombra reproducía a la persona
-misma, que hasta se creía advertir en ella la sonrisa, el fruncimiento
-de cejas, el asombro y cuantos modos de lenguaje posee y usa el
-rostro humano. Unas veces la cabeza, puesta de frente, proyectaba
-en la vidriera una forma redonda; otras, volviéndose, proyectaba su
-perfil; luego veíamos que a su altura subía una mano, y distinguíamos
-perfectamente el dedo índice afianzando y dando energía a la palabra;
-después desaparecían las manos, y los brazos, juntándose a la masa
-del cuerpo, indicaban que se habían cruzado; luego transcurría mucho
-tiempo sin que la figura hiciese ademán alguno, señal de que oía o de
-que meditaba, hasta que de nuevo volvía a ponerse en acción.
-
---Miren ustedes ahora --dijo uno de los cortesanos-- cómo dice que no,
-que no y que no con la cabeza.
-
-En efecto, la sombra movió su cabeza, haciendo la señal negativa por
-espacio de algunos segundos.
-
---De seguro está diciendo que no cederá a nadie sus derechos a la
-Corona de España --indicó uno.
-
---Lo que indudablemente estará diciendo --habló otro-- es que pasará
-por todo menos por que los ingleses se metan aquí.
-
---¡Quiá! --exclamó un tercero--. Lo que debe de estar diciendo es que
-los españoles no podrán resistir mucho tiempo.
-
-Entonces la sombra movió la cabeza en señal afirmativa repetidas veces
-y con mucha insistencia, acentuando con la mano aquel movimiento.
-
---Pues ahora dice que sí, que sí y que sí --indicó uno.
-
---Sin duda habla de que son indudables sus derechos de conquista.
-
---Y de que puede disponer del trono de España como se le antoje.
-
---¡Patarata! Apuesto a que no es nada de eso, y lo que hace es asegurar
-que vencerá a los ingleses.
-
-Poco después la sombra se llevó la mano a la nariz.
-
---Toma tabaco --dijeron los cortesanos.
-
---Ya van trece veces desde que estamos aquí.
-
-Luego la sombra acercó un bulto a su cara, inclinándola después, y se
-oyó desde nuestro observatorio un lejano ronquido.
-
---¡Se suena! --exclamaron los cortesanos.
-
---¡Buena señal! --dijo uno.
-
---¡No, sino muy mala! --añadió otro.
-
-Después la sombra se levantó, y al instante confundiose entre
-otras sombras. Un momento después, separadas las demás, volvía a
-destacarse; pero ya estaba transfigurada, porque la cabeza redonda
-había desaparecido en otra mayor sombra trapezoidal. Una vez puesto el
-sombrero, se hubiera distinguido de cuantas sombras suele engendrar
-la noche, y de cuantas pueden volver de los Elíseos Campos o de los
-cristianos cementerios a pasearse por el mundo.
-
---Ya sale... --dijeron los cortesanos.
-
---Corramos al salón.
-
-Y aquello no fue correr, sino volar a la desbandada.
-
---¿No vienes al salón? --me preguntó el diplomático.
-
---¿No ve usted que no vengo de etiqueta?
-
---Es verdad; pero tú... Te advierto que el Emperador se marcha. ¿Acaso
-vienes a hablar con el Rey José?
-
---Yo no quiero ver al Emperador esta noche --le respondí--. Aunque él
-me trata con bastante intimidad, y solemos jugar un poco al tute...
-
---¡Al tute!... hombre... Eso sí que no lo sabía.
-
---Sí... Pues decía que aunque tenemos mucha confianza, y nos tratamos
-como dos amigos, no puedo presentarme así en el salón cuando los demás
-van de etiqueta. Usted no irá tampoco...
-
---¡Oh, sí! Yo voy al salón... Porque te advierto que el Emperador al
-entrar me miró, y después preguntó quién era yo. De modo que ahora...
-
---¿Pero no le ha hablado usted nunca?
-
---Te diré: lo que es hablarle... así... pues... así como estoy hablando
-ahora contigo, no... pero hemos cambiado notas, y no creas... en
-ocasiones, con la pluma en la mano, nos hemos puesto como ropa de
-pascuas.
-
---¿Usted se retirará a su aposento? Hablaremos un poco y luego me
-marcharé.
-
---¡A estas horas! No... aquí te has de quedar. No dudes que vendrá la
-Condesa mañana temprano. Hablaremos todo lo que quieras; pero después
-que yo vaya al salón y haga por ver si S. M. I. me mira otra vez, y me
-entera de todo lo que se dice... ¿Qué sabes tú si el Rey José querrá
-llamarme como anoche para que le dé un poco de conversación?
-
---Antes hablemos los dos de un asunto que nos interesa... Es cosa de
-pocas palabras.
-
---Entremos en mi cuarto --dijo llegando a la sala donde me recibió la
-vez primera.
-
---No, aquí mismo --repuse--. Ahora caigo en que tengo que marcharme en
-cuanto hablemos dos palabras.
-
---¡Qué singular! Hombre, aquí me hielo de frío. Entremos en mi cuarto.
-
-En efecto, pasamos a otra pieza, nos sentamos; pero aún no se habían
-arrellanado nuestros cuerpos en el sofá, cuando entró un criado
-diciendo:
-
---Aquí está un gentilhombre que viene a decir a usía que el señor Conde
-de Cabarrús quiere verle al momento.
-
---Al instante, corro al instante. ¡Oh, Ministro amabilísimo! --exclamó
-el diplomático con súbita e inmensa alegría--. Primo, ahí te quedas.
-Vendrá Inés a hacerte compañía.
-
---No... Que no se moleste --repliqué yo con inquietud--. Esperaré solo.
-
---Que venga la señorita Inés --dijo el diplomático al criado.
-
-El criado me miraba atentamente.
-
---Que venga mi hija --repitió el Marqués--. Dile que está aquí el señor
-Duque de Arión, su pariente; que venga al instante a hacerle compañía,
-porque el Emperador... digo, el Rey José... digo, el Ministro Cabarrús,
-me ha mandado llamar para consultarme un grave asunto.
-
-Y sin esperar más, porque su impaciencia era febril, salió, dejándome
-solo. Yo estaba tan agitado, que no me era posible apreciar la
-extensión del tiempo que iba pasando, mientras permanecía en la soledad
-de aquel cuarto, sin percibir otro ruido que el tic-tac de un reloj
-de chimenea, y el chisporroteo de los leños que en ella se quemaban.
-Yo no cabía en mí mismo de inquietud, de ansiedad y desasosiego,
-y juntamente se me representaban, en espantosa lucha, la inefable
-felicidad de ver a Inés y el pesar de mi conciencia turbada por
-quebrantar una leal promesa. A veces me parecía que los minutos corrían
-con inconcebible rapidez, y a veces que se estaban quietos delante de
-mí, mirándome como geniecillos desvergonzados. Mi espíritu, a ratos
-impaciente y lleno de amorosas ansias, me impulsaba a penetrar en
-las habitaciones interiores, buscando a la que no parecía; y a ratos
-me venían deseos de abrir la ventana, echarme por ella al jardín
-inmediato, y huir para siempre de aquella casa. Sentado estaba mal, y
-mal estaba en pie, y mal también paseándome de un ángulo a otro en la
-reducida estancia: el pulso y las sienes me latían con furia, y aquel
-violento y acompasado golpear determinó bien pronto en mí una viva
-calentura, que me inflamaba todo. Inés tardaba mucho. «Si no viene, me
-muero», dije para mí, olvidándome al fin de todas las consideraciones
-que al principio me habían hecho temer su llegada. Pasaron no sé si
-horas o minutos: solo sé que muchas ideas mías se iban quedando atrás,
-y que venían otras a sustituirlas, para marcharse luego. De este modo
-apreciaba el transcurso del tiempo. El reloj avanzó mucho, sin que Inés
-pareciese. Aquella soledad empezó a hacérseme insoportable, y la idea
-de que ella no vendría se representó en mi pensamiento, produciéndome
-un dolor inmenso. Después de mis primeras dudas, habíase entregado mi
-espíritu al gozo de suponer que vendría, y su tardanza me ponía en
-estado febril.
-
-Arrastrado por una fuerza irresistible, sin reparar en mi situación ni
-en circunstancia alguna, casi ignorando lo que hacía, abrí la pequeña
-puerta que comunicaba aquella pieza con la inmediata. Al pasar a esta,
-halleme en una sala sin luz; pero como entraba alguna claridad por
-la puerta recién abierta, pude ver por dónde andaba. Con pasos muy
-quedos atravesé aquella sala, y al ver reflejada oscuramente mi imagen
-en los espejos, sentía miedo de mí mismo. En el testero del fondo vi
-otra puerta que cedió al punto a mi mano, y encontreme en una tercera
-estancia más pequeña. Profunda oscuridad reinaba en ella; pero al poco
-tiempo de estar allí, distinguí en el fondo negro una perpendicular
-raya de luz. Al mismo tiempo creí que sonaban voces de mujer por aquel
-lado, y esto, con la débil claridad, impeliome más hacia allí. Andaba
-muy lentamente, extendiendo las manos para no tropezar con los muebles;
-andaba como un ladrón, conteniendo el aliento, apagando el ruido de los
-pasos, creyendo que hasta las oscilaciones del aire a mi tránsito iban
-a delatar mi presencia a los de la casa. Yo había perdido todo dominio
-sobre mí mismo, y en nada reparaba más que en llegar pronto a aquella
-raya luminosa, tras la cual sentía más claramente ya la voz de Inés. Al
-fin llegué. Por la estrecha rendija no se veía nada; pero se oía. Dos
-mujeres hablaban.
-
-Al poco rato una de las voces dijo algo como despidiéndose; sentí
-el ruido de una puerta, y todo quedó en completo silencio. Aguardé
-un poco. Puse luego la mano en el picaporte, y con mucha, muchísima
-lentitud, lo fui levantando, levantando, de modo que no hiciera ruido.
-Cuando me pareció bastante, empujé, y la puerta cedió; empujé más, y la
-fui abriendo poco a poco, cuidando de que no rechinara. Durante esta
-operación, toda mi sangre se paró dentro de mí. A medida que la puerta
-se abría, iba observando todo lo que había dentro de aquella estancia.
-Primero vi un lecho con cortinas blancas, luego una mesa con labores
-de mujer, y, por último, una figura puesta de rodillas delante de un
-reclinatorio. Vuelta hacia mí aquella figura, que apoyaba la frente en
-el reclinatorio, no era fácil reconocerla, pues de su cabeza no se veía
-sino el cabello; pero yo la reconocí, y era ella misma: era Inés.
-
-Avanzando resueltamente, pero siempre con pasos muy quedos, entré y me
-dirigí hacia ella.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
-Cuando Inés alzó la cabeza y me vio delante, tras un estremecimiento
-que indicaba el mayor espanto, quedose atónita, sin habla, con
-disposición a perder el sentido. La emoción me impedía al mismo tiempo
-el pronunciar algunas palabras para tranquilizarla. Mi presencia le
-causaba terror; iba a gritar sin duda.
-
---Inés, Inesilla --dije al fin--, no te asustes: soy yo, soy yo mismo.
-¿Creías tú que me había muerto? No: mírame bien, estoy vivo. No me
-tengas miedo.
-
-Diciendo esto la abrazaba, estrechándola contra mi pecho.
-
---¿Creías tú no volver a verme más? --proseguí--. Te dijeron que me
-había muerto. ¡Pícaros, cómo te engañan! Aquí estoy; no me preguntes
-cómo he venido. Yo no lo sé. Creo que Dios me ha traído por la mano
-para que nos veamos.
-
-Inés tardaba mucho en volver de aquel estupor que por algunos minutos
-pareció quitarla el conocimiento: mirábame con ojos asombrados;
-derramó algunas lágrimas, y su rostro, fluctuando entre el llanto y
-la sonrisa, revelaba en cada segundo una sensación distinta. Pasado
-un rato, fijando la atención en mi vestido, pareció profundamente
-asombrada; volvió a reír, y me interrogó con los ojos. Sus manos,
-sus brazos temblaban entre los míos de un modo alarmante, y temiendo
-que la impresión producida en su organismo por tan fuerte sorpresa
-fuera demasiado lejos, la tomé en brazos, púsela con el mayor cariño
-sobre el cercano sofá, y senteme junto a ella, procurando calmarla y
-explicándole en términos precisos mi inesperada aparición.
-
---¿Pero dónde estabas tú? --me dijo.
-
---En la habitación de tu padre. Allá me dejó cuando te llamaron, y
-allí te estaba esperando. ¿Por qué no fuiste? Mi impaciencia era tanta
-que no pude resistir, y como un ratero me metí por esas habitaciones
-hasta llegar aquí.
-
---¿Y cómo entraste en Palacio?
-
---Eso es largo de contar. Me han pasado muchas cosas, Inesilla de mi
-corazón. Yo no sé cómo he venido aquí. Había prometido no verte más ni
-hablarte; pero yo no sé por qué me encuentro a tu lado y te veo y te
-hablo. ¿Conque me creías muerto?
-
---Sí, ¡muerto! --dijo con tristeza--. Sin embargo, yo confiaba en que
-fuera mentira, y muchas veces he tenido el pensamiento de que ibas
-a venir. Anoche, ayer, ahora mismo he estado pensando en esto, y al
-quedarme sola he sentido gran zozobra creyendo verte en los espejos,
-o salir de detrás de esos armarios, o entrar por cualquiera de esas
-puertas como un fantasma. ¿Pero cómo has venido aquí? ¿De qué invención
-te has valido? Si te descubren... Estás vestido como un caballero.
-
---Sí, Inesilla --respondí besándole las manos--. Pero aunque me ves
-vestido de caballero, no creas que lo soy. Soy lo mismo que era antes,
-cuando estábamos en casa de D. Mauro: es decir, no soy nada. Tú estás
-tan por encima de mí, que debes avergonzarte de mirarme.
-
-Al oír esto, todo cambió en su espíritu, y la vi sonreír de un modo
-espontáneo y festivo, perdida ya la emoción dolorosa del primer
-momento.
-
---Yo no pensaba verte más --continué--; pero la casualidad o la
-Providencia han querido que te vea. ¡Qué desgraciados somos, o mejor
-dicho, qué desgraciado soy! Porque yo tengo que renunciar a ti, tengo
-que marcharme para no volver más. ¿No comprendes tú que ha de ser así,
-que no puede ser de otra manera? Para mí valiera más no haber nacido.
-¿Por qué te conocí? ¿Por qué te volviste gran señora? ¿Por qué Dios,
-que a ti te sacó de la humildad para traerte a los palacios, me dejó a
-mí en la miseria y en la oscuridad de mi nombre?
-
---No me has dicho todavía por qué estás vestido así --indicó con el
-mayor asombro.
-
---Nada de esto es mío, Inesilla --repliqué con profundo dolor--. Estas
-ropas son como las que se ponen los cómicos cuando salen a la escena
-vestidos de reyes. Después se las quitan y quedan hechos unos mendigos:
-lo mismo soy yo. Si ahora se descubre la farsa que me ha traído aquí,
-tus criados me echarán del Palacio ignominiosamente. No soy nadie, no
-soy nada. Yo creí que no te vería más; pero algún poder superior nos
-ha puesto esta noche juntos, y yo que he jurado ante la Condesa, tu
-prima, no verte ni hablarte más en la vida, estoy ahora a tu lado para
-decirte que te quiero y te adoro, y me muero por ti. Seré un malvado,
-un tramposo, un miserable que se burla de todas las conveniencias de
-la sociedad; pero siendo todo esto, y aún más, insisto en decir que no
-puedo dejar de quererte, aunque me lo prohíban todas las potencias de
-la tierra, y aunque entre nosotros se pusieran con la espada en la
-mano todos tus parientes y antecesores desde que el mundo es mundo.
-
-Inés parecía meditar. Después de un rato de silencio, me dijo con
-tristeza:
-
---Mis parientes son muy crueles conmigo.
-
---No, hijita mía: considera tú su posición, su nombre, lo que deben a
-la sociedad, y comprenderás que no pueden hacer otra cosa. ¿Cómo han de
-admitirme en tu familia? La idea de que me amas les causa horror, y se
-creen deshonrados con solo mirarme. Tu prima la Condesa es muy buena.
-Si tuviera tiempo para contarte los beneficios que le debo y el afecto
-que me muestra, te asombrarías.
-
---Ha llegado el caso de que yo devuelva a mi familia todo lo que me ha
-dado, y tome por mí misma lo que no ha querido darme --dijo Inés.
-
---Tú tendrás prudencia y esperarás.
-
---Hablaré francamente a mi prima. Ella me ha dicho que quiere verme
-feliz a toda costa, y es la que me defiende de las impertinencias de
-mis cinco maestros, y la que me salva de la etiqueta, que es lo que más
-aborrezco. Yo le diré que has estado aquí...
-
---No, no, por Dios; no le digas que he estado aquí. Yo debo marcharme
-ahora mismo, Inés; yo no puedo estar más a tu lado.
-
---No te has de ir --me dijo asiendo mis dos brazos para detenerme--. Yo
-se lo diré todo a mi prima; le diré que no te has muerto, que yo sé que
-no te has muerto, que nos hemos visto, y que has de volver.
-
---No, no le digas eso: desde este momento ya no merezco la benevolencia
-que ha manifestado.
-
---¡Oh! --exclamó Inés con mucha pena--. Pues entonces, ¿qué recurso nos
-queda? ¿Qué podemos hacer? ¿Cuándo vuelves tú?
-
---Nunca --le respondí, sin reparar en lo que decía, pues mi exaltación
-no me permitía formular ideas concretas sobre nada.
-
---¿Cómo nunca?
-
---Sí, volveré cuando quieras --dije, estrechándola contra mi corazón--.
-Si tú me mandas que vuelva; si tú, despreciando las resoluciones de tu
-familia, insistes en quererme lo mismo que cuando éramos dos pobres
-criaturas desamparadas, volveré, quebrantaré las promesas que hice a tu
-prima, porque ¡ay! sin duda tu prima no sabe cuánto te quiero, cuánto
-te adoro, y de qué manera nosotros nos hemos dado un juramento que
-está por encima de todos los demás. Dile que no me he muerto, ni me
-moriré, mientras tú vivas, porque no quiero ni debo morirme; dile que
-aquí estaré, mientras tú no me eches, y que antes que fueras Condesa,
-y Duquesa, y Princesa, habías resuelto casarte conmigo, que no soy
-caballero ni soy nada, aunque teniendo tu cariño no me cambio por todos
-los nobles de la tierra.
-
-Inés al oírme se animaba mucho. Encendiéronse sus mejillas, y el vivo
-resplandor de sus ojos indicó una irrupción de sensaciones agradables
-y de ideas de felicidad, que de improviso se apoderaban de su abatido
-espíritu. Tomándome la mano, me dijo:
-
---Juro que no me he de casar sino contigo, cualquiera que sea tu
-suerte, cualquiera que sea tu posición. Dicen que yo soy rica, y que
-soy noble. ¿No es esto bastante? Yo les diré que si no me quieren de
-este modo, me quiten todo lo que me han dado. Les diré que tú eres para
-mí más caballero que todos los demás, y, por último, que ninguna fuerza
-humana me obligará a dejar de quererte, porque Dios lo ha ordenado así.
-Tengamos confianza en Dios y esperemos. Lo que parece más difícil, se
-hace de pronto fácil. Yo sé, sin que nadie me lo haya enseñado, que
-cuando las cosas deben pasar, pasan, y que la voluntad de los pequeños
-suele a veces triunfar de la de los grandes.
-
-Al decir estas palabras, que indicaban, junto con un firme amor, un
-profundo sentido, Inés me mostraba la superioridad de su alma, bastante
-fuerte para poner las leyes inmortales del corazón sobre todas las
-conveniencias, preocupaciones y artificiosas leyes de la sociedad.
-
---¡Inés! --le dije, prodigándole las más tiernas muestras de cariño--.
-A pesar de estar tan alta, tú eres hoy tan desgraciada como yo; pero
-para los dos vendrán días felices y tranquilos.
-
-Yo había olvidado todo temor, las causas de mi presencia en aquel
-sitio, lo avanzado de la hora; no me acordaba de su familia, ni de
-mi fuga, ni de la policía, ni de nada; no veía más mundo que aquel
-pequeño, ¡qué digo pequeño!... aquel mundo infinito que mediaba entre
-nuestros ojos.
-
---Tú sabes y sientes mejor que yo --exclamé--; tú me señalas el camino
-que debo seguir, y lo seguiré. Te amo tanto, que querría morirme aquí
-mismo, si supiera que habías de ser para otro. Y vengan contrariedades,
-vengan orgullos, vengan obstinaciones de familia, vengan obstáculos,
-venga todo, que todo lo desprecio. ¿Qué valen cien mil coronas
-condales, y las mayores riquezas del mundo? Todo eso no será suficiente
-razón para quitarme lo que es mío, mi Inesilla de mi alma y de mi
-corazón. Si soy pobre y miserable, que lo sea: nada importa, puesto
-que, miserable y pobre, quieres tú más uno de mis cabellos que las
-coronas y tesoros de todos los duques de la tierra. ¿No es cierto? Y
-que venga ahora toda la sociedad y toda Europa, y toda la historia y
-el mundo todo a decirme que no podrás ser mía. Que vengan y yo les
-diré que se vayan a paseo, porque nosotros no necesitamos de ellos
-para nada, y nosotros valemos más que todo eso. ¿No es verdad? Cuando
-prometí a tu prima renunciar a ti, prometí lo absurdo y lo imposible,
-lo que no dependía de mi voluntad, porque el amor que nos tenemos es
-obra de Dios, es como la vida, y solo puede quitarlo el mismo que lo da.
-
-Así me expresé yo, y en este tono hablamos un poco más, y luego
-cambiamos de asunto, y seguimos departiendo en serio y en broma sobre
-mil cosas que nos ocurrían, sin acordarnos de nada que no fuera
-nosotros mismos, y menos del tiempo que iba transcurriendo a toda
-prisa. De tema en tema vino a mi pensamiento el objeto que allí me
-había llevado, y le conté el incidente de D. Diego con sus torpes y
-abominables planes. Ella se sorprendió de esto, y me dijo que nunca
-había supuesto a Rumblar tan rematadamente malo. Seguimos luego
-hablando de otros asuntos, y ella se reía de mi traje, y yo de sus
-graciosas ocurrencias, al referir las ceremonias palaciegas a que había
-asistido. Repetidas veces pasó por mi mente la idea del gran peligro
-que allí corría; pero era tan feliz, que yo propio arrojaba lejos de mí
-aquella idea importuna. Al fin entró de pronto una criada, y dijo:
-
---¿Se le ofrece a la señorita alguna cosa?
-
-Díjole Inés que no, y se fue; pero me observó de soslayo el tiempo que
-allí estuvo.
-
-Seguimos hablando, y al poco rato apareció otra criada que me miró
-mucho también, preguntando:
-
---¿Ha llamado la señorita?
-
-Y luego que esta se retiró, pareciome sentir cuchicheos y ruido de
-pasos tras de la puerta. Comuniqué a Inés mi recelo, y al punto
-convinimos en que me debía retirar. ¡Qué escándalo! Era mucho más de
-media noche. Ella misma me llevó al cuarto donde antes me había dejado
-el diplomático, y después de discutir un rato sobre lo más conveniente
-para salir en bien de aquel paso, acordamos que esperaría al Sr. D.
-Felipe, continuando, cuando volviera, el mismo papel de Duque de Arión,
-y que con cualquier pretexto saliese después, poniéndome en salvo
-antes de la mañana y hora en que necesariamente habían de llegar
-Amaranta o su tía. Despidiose Inés de mí, dándome muchas esperanzas, y
-prometiéndome que nos veríamos cuando menos lo pensase, y me quedé solo
-otra vez donde antes estaba.
-
-Cansado de esperar, quise salir; pero encontré la puerta cerrada
-por fuera, y en el mismo instante en que lo advertía, sentí que una
-mano desconocida cerraba también la que me había dado paso hacia la
-habitación de Inés. Estaba preso.
-
-Presté atención a ciertos ruidos cercanos, y percibí otra vez cuchicheo
-de voces diversas, como risas y chacota de criados y gente menuda; lo
-que acabó de revelarme el peligro en que me encontraba, y la proximidad
-de un lance desastroso. A esto había venido a parar el Duque de Arión.
-
-Oí a poco también la voz del diplomático, que algo turbada decía:
-
---Id a avisar al cuerpo de guardias. ¿Estáis seguro de que no lleva
-armas?
-
-Luego los rumores se extinguieron para resonar de nuevo hacia el cuarto
-de Inés, con voces de hombre y de mujer, confundidas en viva disputa.
-Y la voz de Inés se oyó muy cerca, aunque me fue imposible entender lo
-que decía. Lleno de congoja, mas también colérico ante la idea de que
-se me tomase por un ladrón, di golpes en la puerta con pies y manos,
-pidiendo que se me abriera, lo cual aumentó las risas del exterior.
-
---Es muy posible que lleve pistolas --dijo el diplomático--. No abráis,
-mientras no venga un pelotón de la guardia.
-
-Pero el criado a quien tan prudentes advertencias se dirigían, no hizo
-caso de ellas; abriome la puerta, y abalanzándose hacia mí con otros
-dos de su misma estofa, dijo:
-
---No te escaparás, no. A ver, registradle bien los bolsillos, y sacadle
-todo lo que lleve.
-
---Canallas --grité luchando con ellos--. Yo no me llevo nada. Ladrones
-y rateros seréis vosotros, que no yo.
-
---Creo que debéis amarrarle, muchachos --dijo el diplomático, entrando
-con gran arrojo--. Desde luego sospeché que este joven no era mi
-pariente. Por fuerza ha de tener los bolsillos llenos de alhajas:
-registradle bien. ¿Decís que estuvo en el cuarto de mi hija más de tres
-horas? Eso no puede ser, caballerito --añadió encarándose conmigo--.
-¿Quién es usted? Vive Dios que aquí hay algún misterio.
-
---Este es el que en el Escorial sirvió de paje a la señora Condesa
---dijo uno de los criados empujándome con tal fuerza, que me hizo caer
-al suelo.
-
---Este estaba en Córdoba hace seis meses, y todos los días venía a la
-puerta de casa --dijo otro dándome con el pie, una vez que caído me vio.
-
---Y es, si no me engaño, el que tiraba chinitas a la ventana --afirmó
-una criada, hundiendo sus uñas en mi carne.
-
---Me parece que le he visto en casa vestido de fraile --dijo otra
-dándome en la cabeza con las tenazas de la chimenea.
-
---Ya le conozco, y sé muy bien lo que le trae por aquí --indicó una
-tercera tirándome fuertemente del cabello.
-
---¿Conque nada menos que Duque de Arión? --dijo un lacayo dándome una
-manotada en la chupa con tanta fuerza, que me la rasgó de arriba abajo.
-
---¡Miren el Duque de papelón! ¡Pues no vino con pocos humos! --exclamó
-otro anudándome la corbata tan violentamente, que pensé morir
-estrangulado.
-
---Desnudadle en el acto.
-
---No: aguardad a que venga la autoridad --ordenó el Marqués--. ¿Conque
-es un paje de Amaranta, que fue a Córdoba, y que arrojaba chinitas
-vestido de fraile? Bien decía yo que esta cara no me era desconocida.
-¡En el Escorial, en Córdoba...! ¿Te llamas tú Gabriel? ¡Gabriel,
-Gabriel!... Conque Gabriel...
-
-Y diciendo esto, D. Felipe Pacheco y López de Barrientos dio
-algunas vueltas por la estancia, revolviendo, sin duda, en su magín
-contradictorios pensamientos. Juzgue el lector de mi martirio al verme
-entre aquellos soeces criados, cuyas almas experimentaban deliciosa
-fruición en degradar al que creyeron Duque y en pisotear mi supuesta
-nobleza y caballerosidad. Defendime al principio rabiosamente de sus
-groseros insultos; mas nada podían contra tantos mis fuerzas, por
-momentos enflaquecidas, y me entregué a las vengativas manos de aquella
-pequeña plebe irritada que no podía tolerar el encumbramiento ficticio
-de uno de los suyos. Yo creo que me habrían roto los huesos; que me
-habrían arrastrado en tropel por la casa; que me habrían arrancado
-pedazo a pedazo los vestidos, y con los vestidos la carne; que me
-habrían deshecho a pellizcos, pinchazos y rasguños, si la llegada de
-la Condesa no hubiera puesto fin de repente a la dolorosa escena de mi
-crucificación. La vi aparecer cuando ya iluminaban completamente la
-habitación las primeras luces del día, y pareciome un ángel salvador.
-La sorpresa que tal espectáculo le causó, junto con lo que a su llegada
-le contaron, habíanla puesto como fuera de sí. La ira y la compasión
-se sucedían rápidamente una tras otra en su semblante. Parecía no dar
-crédito a sus ojos; me miraba casi exánime y maltratado, y reconocía
-en mis ropas las del Duque de Arión, que ella me diera para fugarme.
-Por de pronto, a pesar de su enojo, me libró de toda aquella canalla,
-y haciendo que los criados saliesen afuera, quedose sola conmigo,
-mientras su tío iba en busca de quien me llevase a la cárcel.
-
-
-
-
-XXIX
-
-
---Señora --le dije comprendiendo con rápida penetración sus
-pensamientos en aquel instante--, no me condene vuecencia sin oírme;
-no me juzgue ingrato, desleal y mentiroso, si tan impensadamente me
-encuentra aquí.
-
---¡De qué indigna manera me has engañado! --repuso con voz turbada
-por la ira--. Jamás lo creí: yo pensé que tenías en tu baja e innoble
-alma una chispa del fuego de honor. No: tu abyecta condición se revela
-en tus actos, y no es posible esperar del miserable pilluelo de las
-calles sino doblez y maldad. Hipócrita, ¿dónde has aprendido a fingir?
-¿Cómo tu despreciable carácter, formado de todas las perfidias y malos
-intentos, ha podido disimularse con la apariencia de la sencillez
-honrada y de sentimientos nobles?
-
---Señora --respondí--, usía me tratará de otro modo cuando sepa qué
-motivos me han traído aquí.
-
---No quiero saber nada. ¿Has visto a mi hija? ¿La has hablado?
-
---Sí, señora.
-
---¡Oh! No es posible que viéndote haya dejado de comprender qué clase
-de persona eres. ¿Dónde está Inés? Que venga aquí, y si al ver este
-pillastre desarrapado que se disfraza de gran señor para llegar hasta
-ella; si al ver una palpable muestra de tu bajeza y vil condición en
-esta lastimosa figura de Duque, que magullado y roto se arrastra por el
-suelo pidiendo misericordia, persiste en creerte digno de un recuerdo,
-Inés no es lo que yo quiero que sea, no es mi hija, no es de mi sangre.
-
-Y en efecto, yo me arrastraba por el suelo, magullado y roto; y
-confundido por el anatema de la Condesa, imploraba con inconexas
-palabras que me perdonase, indicando a medias frases los hechos que
-atenuaban mi falta.
-
---Señora --exclamé prosternándome hasta tocar con mis labios los pies
-de Amaranta--, verdad es que he faltado a mi palabra. Arrójeme usía de
-aquí; entrégueme a los alguaciles; permita que me lleven a la cárcel,
-al presidio; mándeme matar si gusta; pero no me pida, no, de ningún
-modo me pida que deje de amar a Inés, porque es pedirme lo imposible
-y lo que no está en mi mano prometer. Usía me hablará de su casa y de
-todas las casas. Yo confieso mi pequeñez; yo reconozco que al lado
-de la grandeza de vuecencia soy como un grano de arena comparado con
-el tamaño de todo el mundo; yo no soy nadie, yo soy un insensato, un
-malvado, un miserable y todo lo que usía quiera que sea; pero yo no
-puedo dejar de amar a Inés. Cuando sus padres la abandonaban, yo la
-amé; cuando estaba sola en el mundo, yo fui su amigo; cuando era pobre,
-yo trabajaba para ella. Creí que su repentino cambio de fortuna la
-apartaría de mí para siempre: prometí en falso; prometí lo que no podía
-ni debía cumplir, lo que estaba fuera de mi voluntad; prometí renunciar
-a lo que siempre ha sido mío, y mi ceguera y mi error han durado hasta
-esta noche, en que la he visto y la he hablado, señora Condesa; hasta
-esta noche en que he comprendido que Inés no puede, no puede de modo
-alguno resistir el peso abrumador de su nobleza.
-
-Amaranta golpeó mi humillado rostro con sus pies. Sentí las suelas de
-sus zapatos hiriendo mi cabeza, y los encajes de sus faldas barrieron
-mi frente. La Condesa estaba frenética y cruel en su desbordada ira.
-
---¿Qué has dicho? --exclamó--. ¿Que no renuncias?... ¿Sabes que un
-miserable como tú puede desaparecer del mundo sin que el mundo lo
-advierta? ¡Despreciable gusano! ¡No te aplasto por compasión, y te
-levantas para insultarme!
-
---Yo no insulto a usía --dije--. Yo respeto y venero a la que tantos
-deseos de favorecerme ha manifestado. Vuecencia puede hacerme
-desaparecer del mundo si gusta: sin duda lo merezco. Yo prometí a
-usía no verla más, y no he cumplido mi palabra: soy un truhan y un
-miserable. Vine a este Palacio sin intención de verla; encontreme solo,
-y una fuerza irresistible, una fiebre que me devoraba lleváronme a su
-aposento, donde la vi y nos hablamos largo rato. ¡Oh! ¿Me pide usía que
-deje de amarla? No puede ser. ¿Me pide usía que no la vea más? Pues
-haga su grandeza de modo que me den la muerte, porque mientras tenga
-un solo aliento de vida y mientras me quede fuerza para arrastrarme,
-correré tras ella, la buscaré, penetraré en lo más escondido y subiré
-a lo más alto, sin ceder en esta persecución hasta que Inés no me diga
-que se ha concluido la guerra a muerte trabada entre ella y su noble
-familia.
-
---¡Oh! Quiero concluir de una vez --dijo sin poder contener su
-agitación--: que venga aquí mi hija; la traeré aquí, te verá delante
-de mí, y si todavía... No, no puede ser. ¡Dios mío! ¿Qué aberración,
-qué absurdo es este que presenciamos? Miserable mendigo --añadió
-volviéndose a mí--, vete. La culpa la tiene quien te ha dado más
-importancia de la que mereces. Inés te desprecia: si has creído otra
-cosa, te equivocas. ¿Por qué no hiciste lo que te mandé? ¿Por qué
-viniste aquí? Mereces la muerte, sí, la muerte. No soy cruel; pero
-¿acaso la vida de un indigno ser, que se perdería en el mundo sin
-que nadie lo echara de menos, debe estorbar la felicidad de toda una
-familia, debe estorbar mi reposo y echar por tierra la grandeza de una
-casa como la mía? No, no puede ser. Vete de aquí; que te lleven, que te
-arrastren como infame ladrón que eres. Si ella lo siente que lo sienta;
-si padece, que padezca. Así no se puede vivir. Seré inflexible; yo
-enseñaré a mi hija cuáles son sus deberes; yo le enseñaré el respeto
-que debe tener a su nombre, y me obedecerá, cueste lo que cueste.
-
---Deje usía --le dije--, que la maten los demás; y cuando haya
-sucumbido a las violencias, a las vejaciones y a la tiranía de sus
-parientes, quédele a la madre el consuelo de no haber puesto las manos
-en ella.
-
---¿Qué dices? ¿Qué has dicho? --preguntó Amaranta mirándome fijamente
-y cambiando por completo en un instante de tono, de actitud, de
-expresión--. ¿Qué has dicho?
-
---He dicho que usía no debe, que no puede contribuir a matarla.
-
---¡A matarla! --exclamó con estupor y como vacilando entre admitir o
-rechazar aquella idea.
-
---Sí, señora. Bien sabe usía que Inés es muy desgraciada.
-
-Vi entonces cómo se disipaba la ira en el rostro de Amaranta, cómo
-se aclaraba su semblante, cómo todo aparato de indignación y de
-biliosidad y de tirantez nerviosa desaparecía, sucediendo a aquella
-tempestad aplacada una quietud reflexiva en que al instante se sumergió
-su espíritu, lanzado desde las cimas de la cólera a los abismos de la
-meditación. Me miró largo rato, y yo la miré. Estaba profundamente
-pensativa. Estaba en poder de uno de esos invasores pensamientos que
-vienen de repente y ocupan toda el alma, que suspenden todas las
-sensaciones, y envuelven y embargan las facultades todas. Al fin, sin
-pestañear, sin apartar los ojos de mí, sin hacer movimiento alguno,
-exhaló un profundo suspiro y después dijo:
-
---Sí, mi hija es muy desgraciada.
-
-No era sin duda la primera vez que a sí misma se decía aquellas
-palabras.
-
-Sentada en el sofá, apoyó la barba en los dedos pulgar e índice, y el
-codo en el brazo del sillón, y así estuvo largo espacio de tiempo.
-Me parece que la estoy mirando. ¡Cuán hermosa y cuán imponente y
-subyugadora! _¡Digna concha de tal perla!_ como ha dicho, no por cierto
-refiriéndose a esta, sino a otra, un gran poeta contemporáneo.
-
-Alzó luego la vista, y me examinó atentamente; ¡pero de qué modo, con
-cuánto interés me miraba! De sus ojos había desaparecido el rayo de la
-indignación que antes la hacía tan terrible. Yo no me atrevía a decir
-nada. Una dulce sensibilidad embargaba mi espíritu.
-
-Amaranta, esclava de su pensamiento, volvió a repetir:
-
---¡Oh! sí: mi hija es muy desgraciada, y yo no puedo hacerla feliz.
-
-Dicho esto, me miró con cierta perplejidad. En sus ojos se retrataba
-una viva compasión hacia mi persona, quizás algún sentimiento más
-favorable. Al principio creí engañarme; pero mi corazón, con su
-misterioso lenguaje, me indicó que habían cambiado de súbito los
-sentimientos de la Condesa respecto a mí. De mi pecho pugnaban por
-desbordarse los míos.
-
-Acerqueme a ella y me dijo:
-
---¿Qué has hablado con Inés? ¿Qué te ha dicho?
-
-No le pude contestar de otro modo que arrojándome de rodillas a sus
-pies. Pero ella repitió la pregunta intentando con sus manos alzar mi
-frente, que se había adherido con fuerza a sus rodillas.
-
---Señora --le contesté al fin--, me ha dicho la verdad; me ha dicho que
-a nadie puede amar más que a mí.
-
-Yo besaba sus manos, y la sentí llorar.
-
-Duró poco tiempo aquella situación. Sentimos gran ruido de voces;
-abriose la puerta, y en el dintel apareció la Marquesa, terrorífica,
-abrumadora de cólera y de severidad. Con ella venían el diplomático,
-D. Diego, el verdadero Duque de Arión, algunos criados y soldados de
-la guardia. Amaranta no dijo nada, ni yo tampoco. La actitud en que
-nos encontraron debió sorprenderles más que la noticia de que había un
-ladrón en la casa, y estoy seguro de que cada individuo de la familia
-interpretaba de un modo distinto aquella escena. En cuanto a esto, mis
-lectores verán más adelante algo que les interesará.
-
-Como en opinión de la servidumbre yo era un ladronzuelo, vino gente
-de la policía, y cuando Santorcaz penetró en la habitación y ordenó
-a los suyos que se apoderaran de mí, huyeron con el rápido paso del
-terror las dos nobles damas. La algazara de aquel momento no me impidió
-percibir lejanos gritos y alteradas voces de mujer en las cuadras
-interiores. Un oficial de la guardia francesa, llamado a última hora
-no sé por quién, echó de Palacio de un modo algo despreciativo a
-alguaciles y alguacilado, tratándonos a todos como a gente de perversa
-ralea.
-
-
-
-
-XXX
-
-
-No tengáis compasión de mí al verme en esta cuerda ignominiosa,
-enracimado con otros veinte infelices. No somos ladrones, ni asesinos,
-ni falsificadores; somos patriotas, insurgentes de aquella gran
-epopeya, y nos llevan a Francia. Felizmente no se cumplió en nosotros
-aquel consejo del capitán del siglo, que decía a su hermano: _Ahorcad
-unos cuantos pillos, y esto hará mucho efecto_. Por lo que pasó
-después, se ha venido a conocer que también Álvarez el de Gerona
-entraba en el número de los pillos. No nos ahorcaron, pues aún vivo
-para contarlo; y cuando digo que no me tengáis compasión, es porque,
-después de preso, la policía no me supuso otra criminalidad que la
-traición a la causa francesa, y me juzgó bastante castigado con el
-destierro.
-
---Bien sé yo que no eres ladrón --me dijo Santorcaz en Madrid cuando
-me ponían en la cuerda que estrechaba en cordial apretón las cuarenta
-manos de los insurgentes--; pero eres un vil soplón y entrometido, a
-quien es preciso poner a cien leguas de Madrid. Si te dieras a partido
-y quisieras ser mi amigo, yo te conseguiría un puesto en la policía,
-con tal que me sirvieses bien en este negocio.
-
-No con palabras, porque no las merecía, sino con una mirada de
-desprecio, le contesté, y estuve después meditando sobre mi suerte,
-hasta que la cuerda se movió y los cuarenta pies de aquella serpiente
-humana se pusieron en marcha. Éramos los _pillos_ que el Gobierno
-francés, demasiado generoso, no había querido ahorcar, y se nos mandaba
-a Francia. Con nosotros iba el gran poeta Cienfuegos. Isidoro Máiquez y
-Sánchez Barbero fueron poco después, aunque no ensartados.
-
-Al dar los primeros pasos, miré al que iba a mi derecha, atado su codo
-al mío. ¡Oh, ventura sin igual! Era D. Roque, el lector de periódicos.
-
---¡Ah, Sr. D. Roque! --le dije--. ¿También habla de esto el _Semanario
-patriótico_?
-
---Queridísimo Gabriel, Dios nos ha puesto juntos en la desgracia como
-en la prosperidad. Paciencia, y que la Virgen nos deje ver algún día a
-nuestra inolvidable villa.
-
---¿Por qué le destierran a usted?
-
---Hijo, por una calaverada. Cometí la indiscreción de decir en un
-paraje público que nuestro desgraciado vecino D. Santiago Fernández era
-un héroe no menos grande que los de la antigüedad, y podía compararse a
-Codro, Leónidas, Horacio Cocles, Mucio Scévola, y al mismo Catón por la
-entereza de su ánimo. ¿No lo crees tú así?
-
---¿Murió nuestro amigo?
-
---Sí: cuando el general Belliard fue a tomar posesión de Los Pozos,
-todos entregaron las armas. D. Santiago continuaba encerrado en el
-jardín de Bringas. ¿Qué pensarás que hizo? Pues por la mañana, al
-volver de su casa, amontonó toda la leña puesta allí para calentarnos.
-Ya recordarás que también había una gran cantidad de madera vieja de
-la casa que han derribado en la esquina. Pues con aquellos materiales
-y la leña hizo un gran parapeto en el rincón del fondo, donde estaba
-el gallinero vacío, y púsose dentro de su improvisada fortaleza.
-Derribaron los franceses la puerta del jardín, y cuando vieron aquel
-monte de madera, de cuyo interior salía una hueca voz diciendo: «_Se
-rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el Gran Capitán no se
-rinde_», tuvieron al que tal decía por loco y diéronse a reír. Pero
-Fernández había puesto dentro una buena cantidad de cartuchos, y dale
-que le das, empieza a hacer fuego por las aberturas y resquicios de
-su montón de leña. Los franceses, que se vieron heridos (y alguno
-de ellos murió), arremetieron contra el gallinero, destruyendo los
-parapetos de madera vieja. Fernández no cesaba de hacerles fuego desde
-adentro. Pero cátate que a lo mejor empieza a salir humo, y luego
-llamas que crecieron rápidamente, y la ronca voz del defensor del
-gallinero gritaba: «_Viva España; mueran los franceses y el granuja de
-Napoleón._»
-
-Mandó el oficial que se apartase la madera para sacar a aquel
-desgraciado, que sin duda excitaba su admiración; pero Fernández
-gritó de nuevo: «_Se rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el
-Gran Capitán no se rinde_», hasta que cesó la voz, y las llamas,
-extendiéndose vorazmente, destruyéronlo todo. La inmensa hoguera estuvo
-humeando todo el día. Cuando aquello se acabó, buscaron el cuerpo; pero
-estaba hecho ceniza.
-
-Calló D. Roque, y en el mismo instante el que nos conducía por la Mala
-de Francia mandó que hiciéramos alto. Al detenernos vimos que por el
-camino y hacia Chamartín venían algunos coches y gran número de jinetes
-con deslumbradores uniformes. Era el Emperador que volvía de su visita
-al Palacio de Madrid y caminaba hacia su Cuartel. Iba en coche, y al
-pasar, nuestro guía y los soldados que nos custodiaban mandáronnos que
-le diéramos vivas. Fue preciso repartir algunos culatazos para que
-obedeciéramos, y cuando el grande hombre pasó, algunos le saludaron.
-Sin duda por estas y otras ovaciones de la misma clase, escribía
-con fecha 17 de diciembre: «_En las poblaciones por donde paso, me
-manifiestan mucha simpatía y admiración._»
-
---Acabe usted de contarme la muerte de nuestro amigo--, dije a D. Roque
-una vez que pasó la procesión.
-
---Ya no queda nada --repuso--, sino que con toda su grandeza y poder,
-el hombre que acaba de pasar no llega ni con mucho a la inmensa altura
-del Gran Capitán. Algunos han dicho que nuestro amigo estaba loco; pero
-ese que ahí va, ¿está en su sano juicio?
-
- Enero de 1874.
-
-
-FIN DE «NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN»
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN ***
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-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
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-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
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-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
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-U.S. federal laws and your state's laws.
-
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-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation's website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
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-Literary Archive Foundation
-
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-increasing the number of public domain and licensed works that can be
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-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
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-
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-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
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-
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-
-This website includes information about Project Gutenberg-tm,
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-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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-<body class="formato">
-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<p style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>Napoleón en Chamartín</span>, by Benito Pérez Galdós</p>
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
-</div>
-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>Napoleón en Chamartín</span></p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Benito Pérez Galdós</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: February 8, 2022 [eBook #67360]</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p>
- <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries)</p>
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN</span> ***</div>
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <h1 class="faux">Napoleón en Chamartín</h1>
-</div>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
-
- <li>Los entrecomillados han sido convertidos en rayas iniciales de diálogo
- donde el texto adopta forma dialogada. Las restantes rayas han sido
- espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.</li>
-
- <li>Una página en blanco ha sido eliminada.</li>
- </ul>
-</div>
-
-
-<div class="screenonly x-ebookmaker-drop">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
- style="width: 26em; height: auto;"
- src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <p class="lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <hr class="tir" />
- <p class="fs140 lh150 ws1">NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <div class="legal">
- <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda
- hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que
- no lleven el sello del autor.</p>
- </div>
-
- <div class="mt4">
- <hr class="fil" />
- <p class="centra smaller">Imprenta de los Sucesores de Hernando, Quintana, 33.</p>
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
- <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p>
- <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <p class="lh150 ws1">PRIMERA SERIE</p>
- <hr class="fil" />
-
- <p class="fs300 g0 mt05">NAPOLEÓN</p>
- <p class="smaller mt1">EN</p>
- <p class="fs175 g0 mt05">CHAMARTÍN</p>
-
- <hr class="tir" />
- <p class="fs110 negr ws1 mt1">43.º millar.</p>
-
- <div class="figcenter mt3">
- <img src="images/logo.jpg"
- style="width: 5em; height: auto;"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
-
- <p class="fs110 g1 mt3">MADRID</p>
- <p class="smaller ws1">LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO</p>
- <p class="smaller ws1">Calle del Arenal, núm. 11.</p>
- <p class="negr">—</p>
- <p class="negr g0">1907</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <p class="centra ws1 fs140">NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN</p>
- <hr class="tir" />
- <h2 class="nobreak">I</h2>
-</div>
-
-<p>El Sr. D. Diego Hipólito Félix de Cantalicio Afán de Ribera,
-Alfoz, etc., etc., Conde de Rumblar y de Peña Horadada, hacía en Madrid
-la siguiente vida:</p>
-
-<p>Levantábase tarde, y después de dar cuerda a sus relojes, se
-ponía a disposición del peluquero, quien en poco más de hora y media
-le arreglaba la cabeza por fuera, que por dentro solo Dios pudiera
-hacerlo. Luego daba al reloj de su cuerpo <i>la cuerda del necesario
-alimento</i>, como decía Comella, la cual cuerda pasaba aún más allá
-de la media docena de bollos de Jesús, reblandecidos en dos onzas de
-chocolate. Incontinenti seguía la operación de vestirse y calzarse,
-no consumada a dos tirones, sino con toda aquella pausa, aplomo,
-espaciosidad y mesura que la índole de los tiempos exigía. Una vez en
-la calle, dirigía sus pasos a cierta casa de la Cuesta de la Vega,
-donde es fama que habitaba la discreta mayorazga, con cuyo linaje
-la casa de Rumblar concertara<span class="pagenum" id="Page_6">p.
-6</span> genealógico y utilitario ayuntamiento. Esta visita no era
-de larga duración, y al poco rato salía D. Diego para encaminarse
-ligero como un corzo a la calle de la Magdalena, donde vivía un señor
-de Mañara, de quien era devotísimo y fiel amigo. Los más de los
-días comían juntos, y luego leían la <i>Gaceta</i>, el <i>Semanario
-patriótico</i>, el <i>Memorial literario</i> y cuantos papeles impresos
-venían de Valencia, Sevilla o Bayona, tarea que les entretenía hasta el
-anochecer; y por fin, a la hora en punto en que las calles de Madrid
-se tapujaban con aquel manto de simpática oscuridad que el positivismo
-alumbrador de estos tiempos ha rasgado en mil pedazos, nuestros dos
-galanes salían juntos, en luengas capas embozados, y a veces con traje
-muy distinto del que usaban durante el día. Aquí tenía principio,
-según opinión de los sesudos autores que se han ocupado de D. Diego
-de Rumblar, la verdadera existencia de aquel insigne rapazuelo, y
-también es cierto que todos los cronistas, si bien desacordes en
-algunos pormenores de estas escandalosas aventuras, están conformes
-en afirmar que siempre le acompañaba el supradicho Mañara, y que casi
-nunca dejaban de visitar a una altísima dama, la cual lo era sin duda
-por vivir en un tercer piso de la calle de la Pasión, y tenía por
-nombre la <i>Zaina</i> o la <i>Zunga</i>, pues en este punto existe
-una lamentable discordancia entre autores, cronistas, historiógrafos
-y demás graves personas que de las hazañas de tan famosa hembra han
-tratado.</p>
-
-<p>Ante el inconveniente de aplicar a Ignacia<span class="pagenum"
-id="Page_7">p. 7</span> Rejoncillos los dos apodos con que la
-apellidaban sus amigos, yo me decido a llamarla siempre la
-<i>Zaina</i>, y en verdad que ignoro por qué la aplicaron tal nombre,
-pues aunque a los caballos castaños se les llama <i>zainos</i>, no sé
-si esto cuadra a los cabellos del mismo color: ello es, sin embargo,
-que la palabreja significa también <i>traidor</i>, <i>falso</i>
-y <i>poco seguro en el trato</i>, y falta saber si la hija del
-tío Rejoncillos, alias <i>Mano de Mortero</i>, merecía aquellos
-dictados, y, por lo tanto, el ser tenida por la flor y espejo de la
-<i>zainería</i>.</p>
-
-<p>Pero no quiero desviarme de mi principal objeto, que ahora es decir
-a cuáles sitios iba D. Diego y a cuáles no; y firme en tal propósito,
-afirmo y juro en realidad de verdad, y sin que ninguna persona honrada
-pueda desmentirme, que D. Diego y el Sr. de Mañara iban de noche a una
-reunión de masonería incipiente del género tonto, que se celebraba
-en la calle de las Tres Cruces, y a otra del género cómico fúnebre,
-que tenía su sala, si no me falta la memoria, en la calle de Atocha,
-número 11 antiguo, frente a San Sebastián. En estas reuniones, amén de
-las muchas pantomimas comunes a esta orden famosa, leíanse versos y
-se pronunciaban discursos, piezas literarias de las cuales espero dar
-alguna muestra a mis pacienzudos leyentes.</p>
-
-<p>Sobre todo en la calle de Atocha, donde estaba la logia
-<i>Rosa-Cruz</i>, el rito era tal, que algunas veces púseme a punto
-de reventar, conteniendo las convulsiones de mi risa, pues aquello,
-señores, si no era una jaula de graciosos<span class="pagenum"
-id="Page_8">p. 8</span> locos, se le parecía como una berenjena a otra.
-En una oscurísima habitación, que alumbraban macilentas luces, toda
-colgada de negro, reuníanse los tales masones, y porque allí fuera todo
-misterioso, tenían a la cabecera un Santo Cristo acompañado del compás,
-escuadra y llana, y a la derecha mano, como si dijéramos, al lado del
-Evangelio, un esqueleto muy bien puesto en un sillón, con la cabeza
-apoyada en la mano, en ademán meditabundo, y por lo bajo un letrerito
-que decía: <i>Aprende a morir bien</i>.</p>
-
-<p>Debo indicar que en aquel año la masonería española era pura y
-simplemente una inocencia de nuestros abuelos, imitación sosa y sin
-gracia de lo que aquellos benditos habían oído tocante al <i>Grande
-Oriente Inglés</i> y al <i>Rito Escocés</i>. Yo tengo para mí que
-antes de 1809, época en que los franceses establecieron formalmente
-la masonería, en España ser masón y no ser nada eran una misma cosa.
-Y no me digan que Carlos III, el Conde de Aranda, el de Campomanes y
-otros célebres personajes eran masones, pues como nunca les he tenido
-por tontos, presumo que esta afirmación es hija del celo excesivo de
-aquellos buscadores de prosélitos, que no hallándolos en torno a sí,
-llevan su banderín de recluta por los campos de la historia, para echar
-mano del mismo padre Adán, si le cogen descuidado.</p>
-
-<p>Después de 1809 ya es otra cosa. De aquellas dos logias infantiles,
-que yo conocí en la calle de las Tres Cruces y en la de Atocha, y
-donde se regocijaban con candorosas ceremonias<span class="pagenum"
-id="Page_9">p. 9</span> unos cuantos desocupados, salieron la
-famosa logia de la <i>Estrella</i>, la de <i>Santa Justa patrona de
-Córcega</i>, la sociedad de caballeros y damas <i>Philocoreitas</i>,
-la de los <i>Filadelfios</i> de Salamanca, la Gran Logia nacional que
-estuvo en el edificio ocupado antes por la Inquisición, la logia de
-Santiago el Mayor en Sevilla, y las de Jaén, Orense, Cádiz y otras
-ciudades. Entrometiéndome en la Gran Logia nacional, oí hablar de cosas
-más serias y graves que los discursitos <i>filosóficos en verso</i>
-que le echaban al esqueleto de la <i>Rosa-Cruz</i>; oí hablar mucho
-de política, de igualdad; entonces fue cuando anduvo de boca en boca
-y llegó a ser muy de moda la palabra <i>democratismo</i>, que luego
-desapareció para presentarse de nuevo al cabo de medio siglo, aunque
-variada en su forma y tal vez en su significación. De la larva de
-aquellas logias, no es aventurado afirmar que salió al poco tiempo la
-crisálida de los clubs, los cuales a su vez, andando el voluble siglo,
-dieron de sí la mariposa de los comités.</p>
-
-<p>Pero otra vez, sin quererlo, me aparto de mi objeto, y no ha de ser
-así, sino que vuelvo atrás para deciros que el señor Conde de Rumblar,
-luego que esparcía su ánimo en aquello del esqueleto, y hablaba por
-los codos durante una hora, iba en busca de entretenimientos más
-agradables; y aquí es donde viene como anillo al dedo la ocasión de
-nombrar a la Zaina, porque a eso de las once era cuando penetraba en
-sus <i>salones</i> el joven de que me ocupo, no acompañado solo por
-el citado Mañara, sino también por D. Luis de Santorcaz, que<span
-class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span> siempre se le unía en la
-<i>Rosa-Cruz</i> para seguir juntos hasta la madrugada.</p>
-
-<p>Convendrá tener presente que no era la Zaina la única gran dama de
-aquellos aristocráticos barrios que abría de par en par las puertas de
-su casa y de su alma a nuestros tres amigos, y a fe mía que si hubiera
-yo de enumerar todas las ilustres casas de los cuarteles de San Lorenzo
-y San Millán, que por aquellos días obsequiaban a un pequeño número de
-<i>habitués</i> (¿por qué no decirlo en francés?), llenaría de seguro
-todo este libro y medio más. Pero sin renunciar a ser cronistas de los
-saraos de aquella matritense <i>high life</i> (¿por qué no decirlo en
-inglés?), seré muy breve por ahora, señores míos: estenme atentos, y no
-me interrumpan con exclamaciones de admiración, que me harían perder,
-mal de mi grado, el hilo del relato.</p>
-
-<p>Los salones de la <i>Zancuda</i>, en la calle de Ministriles, se
-abrían muy temprano, y allí había cierta grave etiqueta, con poco
-de fandango y menos de seguidillas, razón por la cual escaseaba la
-concurrencia. Era la <i>Zancuda</i> mujer de grandes atractivos, a
-pesar de su feísimo nombre; pero no gustaba de alborotos, porque su
-marido, o lo que fuera, el señor Regodeo, era al modo de diplomático,
-hombre estirado, serio, ceñudo, y que en esto de burlar con sutilísima
-perspicacia las socaliñas de las aduanas, almojarifazgos o arbitrios
-de puertas, no se cambiaría por los más famosos de Sevilla y Ronda
-en el tal oficio. Don Diego y sus dos amigos frecuentaban poco<span
-class="pagenum" id="Page_11">p. 11</span> esta casa, donde comúnmente
-se estaba como en misa.</p>
-
-<p>En los salones de la <i>Pelumbres</i> (calle de la Torrecilla del
-Leal, tienda de hierro viejo) era todo animación, todo alegría, no
-solo por ser la dueña de la casa una de las mujeres más malignamente
-graciosas, más divertidas y de mejor mano para tocar las castañuelas
-que han existido a principios del siglo, sino porque allí concurrían
-personajes célebres en varias artes y oficios, tales como el
-distinguido curtidor <i>Tres pesetas</i>; el <i>señor Medio diente</i>,
-uno de nuestros más esclarecidos trajineros procedentes de las Tenerías
-de Toledo, y <i>Majoma</i>, curtidor de carne, el cual, cuando contaba
-sus viajes por las distintas cortes del mundo, tales como Melilla,
-Ceuta y el Peñón, les dejaba a todos con la boca abierta. Y como no
-faltaban tampoco ni la Narcisa, ni Menegilda, ni Alifonsa, todas tres
-estrellas esplendorosas del firmamento manolesco, la una vendedora de
-castañas, la otra de callos y caracoles, y la postrera de sal; como no
-se escatimaba el vino, ni las boleras, ni se ponía fin a los dichos, ni
-a la sabrosísima libertad en lengua y manos, D. Diego tenía sumo gusto
-en frecuentar aquella casa. Verdad es (y la historia no debe permanecer
-silenciosa en este punto) que las tertulias solían concluir con un
-refresco de palos, que, a oscuras y cual lluvia del cielo, caían de
-improviso sobre la escogida reunión; pero aquellos más bien regocijaban
-que afligían a D. Diego, el cual, ocupándose antes en darlos que en
-recibirlos, no se apuraba por unos cuantos cardenales más o<span
-class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> menos, ni renunciaría a las
-fiestas de la <i>Pelumbres</i>, aunque llevara en sus espaldas todo el
-cónclave romano.</p>
-
-<p>Pues ¿y qué diré de aquellas elegantísimas y suntuosas fiestas de
-<i>Rosa la Naranjera</i>, tan célebres en toda la redondez de Madrid,
-que hay historiadores muy concienzudos que aseguran haber visto a más
-de un Príncipe traspasar los umbrales de su bodegón, calle de las
-Maldonadas? Y si esta última atrevida afirmación no fuera cierta,
-eslo en lo tocante a duques, marqueses, condes y vizcondes, de lo
-cual certifico, por haberlos visto. No digo lo mismo de Príncipes y
-Reyes, pues de estos no recuerdo más que los de copas, bastos, oros y
-espadas, los cuales no faltaban ni una noche, y con toda familiaridad
-y franqueza se dejaban llevar de mano en mano. Eso sí: digan lo que
-quieran la ruin envidia y la mala fe de los que allí se quedaron
-limpios como patenas, el banquero Juan Candil era una persona honrada,
-y de recomendables antecedentes en aquel oficio, y hartas veces decía
-la Naranjera que en su casa no se consentían trampas, razón por la
-cual creemos que aquel era juego de ley, y que cuanto se decía acerca
-de las diestras manos de Candil y de las marcas de sus mugrientos
-naipes era, o cavilaciones de los parroquianos, o efecto de esa viciada
-atmósfera que rodea a las grandes instituciones cuando se las plantea
-entre gente díscola y pendenciera. ¡Y cómo gozaba D. Diego en aquella
-casa! ¡Y cuánto le querían y mimaban, y cómo se hacían lenguas todos
-en alabanza<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> de su
-liberalidad, de su desprendimiento, de su nobleza, de aquel donaire con
-que entregaba sin muestras de aflicción la cantidad perdida! A este
-afecto correspondía Rumblar con una asistencia tan puntual, que si
-fuera al aula le habría hecho en poco tiempo un segundo Aristóteles.</p>
-
-<p>Mas en aquella casa y en las que antes he mencionado, no se
-consagraba todo el tiempo a los reyes, sotas y demás real familia,
-pues siguiendo la general corriente de los tiempos, se hablaba mucho
-de política. A ellas iba con frecuencia, y durante sus días de vagar,
-el tío Mano de Mortero, que siempre llevaba noticias frescas. También
-concurría Pujitos, joven instruidísimo y de gran erudición, pues no
-dejaba de saber leer (aunque con pausa y cierto dejo o sonsonete),
-razón por la cual aquel esclarecido concurso estaba al tanto de las
-<i>Gacetas</i> y papeles nacionales y extranjeros, porque es de
-advertir que si el tío Mano de Mortero conocía a fondo la geografía
-ibérica (merced a sus frecuentes viajes <i>científicos</i> para
-desesperación del Estado y quebrantamiento del fisco); si por esta
-circunstancia conocía la posición de los ejércitos beligerantes,
-Pujitos iba mucho más allá: elevábase en alas del genio, y su
-pensamiento cerníase en las vertiginosas altitudes del arte militar y
-diplomático, como el águila sobre las eminentes cumbres.</p>
-
-<p>Estas conversaciones no duraban toda la noche, y entre juego y juego
-solía haber bolero y manchegas, así como también algo de aquello que
-los eruditos llaman palos, y el<span class="pagenum" id="Page_14">p.
-14</span> vulgo también; pero sabido es que los palos son para ciertas
-gentes gustosísimo postre, después de los manjares fuertes del amor y
-del vino. ¡Ay! puedo asegurar que D. Diego era muy feliz con aquella
-vida.</p>
-
-<p>Pero el dorado alcázar, el Medina-al-Fajara, el Bagdad, la Síbaris
-y la Capua de sus impresionables sentidos, estaban en casa de la
-Zaina, aquella beldad incomparable; aquella que, al aparecer por las
-mañanas en la esquina de la calle de San Dámaso, dentro de su cajón
-de verduras, daría envidia a la misma diosa Pomona en su pedestal de
-frutas y hortalizas. ¿Y qué diremos de aquella gracia peculiar con que
-lavaba una lechuga, arrancándole las hojas de fuera con sus divinas
-manos, empedradas de anillos? ¿Qué del donaire con que hacía los
-manojitos de rábanos, que entre sus dedos racimos de corales parecían?
-¿Qué de aquella por nadie imitada habilidad para poner en orden los
-pimientos y tomates, cuya encendida grana se eclipsaba ante el rosicler
-de su cara? ¿Qué de aquel lindísimo gesto con que metía los cuartos
-en la faltriquera, olvidándose casi siempre de dar la vuelta? ¿Qué
-de aquella postura (digna de llamar la atención de Fidias) cuando
-descolgaba una sarta de ajos, que al enroscarse en sus brazos no se
-tomarían por otra cosa que por rosarios de descomunales perlas? ¿Qué de
-la destreza y soltura con que arrojaba las hojas de col sobre los usías
-que iban a requebrarla? ¿Qué de su ciencia en el vender, y su labia
-en el regateo, y su diplomacia en el engañar, que a esto y a<span
-class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span> nada más propendían todas
-y cada una de las sales y monerías de su lengua y ademanes? Válgame
-Dios, que tuvo buen gusto D. Diego al prendarse de aquella princesa o
-semidiosa, pues tal era su mérito y de tal modo y con tanta presteza
-la rodeaba de poéticos atributos la imaginación, que el puesto era un
-trono, y las lechugas ramos de olorosas yerbas, y los rábanos jacintos
-de Holanda, y los repollos abiertas magnolias, y los ajos cerradas
-azucenas, y las cebollas conjunto perfumado de todas las flores, así
-como también podía suponerse que el agujereado mandil de la Zaina era
-un rico sayal de finísima puntilla de Flandes, y el cuchillo de partir
-varita de oro para dar gusto y ocupación a las movibles manos, y los
-ochavos desparramadas joyas que los príncipes y reyes, de remotas
-tierras venidos, echaban a sus pies para rendir el fuerte castillo de
-su honestidad.</p>
-
-<p>¿Y qué me diréis si os aseguro que D. Diego, a pesar de sus
-atractivos y de su dinero, no había podido rendir a la Zaina? ¡Oh,
-inflexible ley de los hados, que en aquella ocasión dispusieron que la
-Zaina fuese esclava en cuerpo y alma de otro galán, al cual de antiguo
-mis lectores conocen, y no es otro que el propio D. Juan de Mañara, por
-segunda vez presentado en el escenario de estas historias! Pues sí: el
-Sr. de Mañara, como la muerte, lo mismo ponía el pie en <i>pauperum
-tabernas</i> que en <i>regumque turres</i>; y aunque era persona de
-alta posición por aquellos días, y estaba a punto de ser nombrado
-regidor de Madrid, sus<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span>
-preferencias en materia de costumbres y de amor íbanse del lado de lo
-que Horacio llamó <i>tabernas</i>, y en castellano podemos nombrar
-ahora con la misma palabra.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2">
- <h2 class="nobreak g0">II</h2>
-</div>
-
-<p>Por las noches, este caballero, lo mismo que D. Diego, después que
-salían de las logias, se vestían de majos, y... aquí viene ahora la
-coyuntura de describir la casa de la Zaina y su gente, con las fiestas
-y bailes, y el refresco aparatoso que les ponía fin; pero como aún
-me resta por manifestar un poquito de lo referente a D. Diego y a su
-vida, principal objeto que en este comienzo del libro me propuse, dejo
-aquello para después, y sigo diciendo que el hijo de Doña María, bien
-solo, bien acompañado de Santorcaz, iba de tertulia alguna vez a las
-librerías principales, que era donde más se hablaba de política.</p>
-
-<p>No sé si recordaré todas las tiendas de libros que había entonces
-en Madrid; pero sí puedo asegurar que casi igualaba su número al de
-las que ahora existen, y las más concurridas eran las de Hurtado,
-Villarreal, Gómez Escribano, Bengoechea, Quiroga y Burguillos (antes
-Fuentenebro), en la calle de las Carretas; la de la viuda de Ramos,
-en la Carrera de San Jerónimo; la de Collado, en la calle de<span
-class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> la Montera; la de Justo
-Sánchez, en la de las Veneras; la de Castillo, frente a San Felipe
-el Real, y el puesto de Casanova en la Plazuela de Santo Domingo. En
-estas tiendas se reunían muchos jóvenes escritores o que pretendían
-serlo; poetas hueros o con seso, aunque estos eran los menos; personas
-más aficionadas a la conversación que a los libros, gente desocupada,
-noticieros, y muchísimos patriotas. D. Diego era patriota.</p>
-
-<p>Como yo me metía bonitamente en todas partes, también me daba una
-vuelta por las librerías, bien acompañando a D. Diego, bien solo,
-echándomelas de gran patriota, y en la de las Veneras me acuerdo
-que dije una noche muy estupendas cosas, que me valieron calurosos
-aplausos. ¡Ay! allí conocí al sombrerero Avrial y a Quintana,
-el mochuelo y el mirlo, el cisne y el ganso de aquellos tiempos
-literarios, tan turbados, tan confusos, tan varios y antitéticos en
-grandeza y pequeñez, como los políticos. Parece, en verdad, mentira
-que Moratín y Rabadán, que Comella y Meléndez hayan vivido en un mismo
-siglo. Pero España es así.</p>
-
-<p>Tampoco dejaba D. Diego de concurrir al teatro alguna que otra vez,
-porque era muy de patriotas el ir a la representación de las famosas
-comedias de circunstancias <i>La alianza de España e Inglaterra, con
-tonadilla</i>, y <i>Los patriotas de Aragón y bombeo de Zaragoza</i>,
-que en aquellos días se representaban con frenético éxito. Y para que
-nada faltase en el círculo de relaciones de aquel joven ilustre,<span
-class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> también asomaba las narices
-por el cuarto de Pepilla González, actriz famosa, si bien un día puso
-punto final a sus visitas, porque le hicieron no sé qué ingeniosa
-burla.</p>
-
-<p>En casa de la Zaina, en casa de la Pelumbres, en la de la Naranjera,
-en la logia de <i>Rosa-Cruz</i>, en la librería de la calle de las
-Veneras y en el teatro, solíamos encontrarnos D. Diego y yo, pues,
-como he dicho, yo tenía especial empeño en seguirle a todas partes,
-venciendo para entrar en algunas la repugnancia de mi conciencia. El
-joven se franqueaba espontáneamente conmigo, y yo, mientras más me
-decía, más procuraba sacarle para que ningún escondrijo ni pliegue de
-su vida me fuese secreto. Solo cuando iba en compañía de Santorcaz me
-guardaba muy bien de preguntarle ciertas cosas.</p>
-
-<p>¡Pobre D. Diego, y a cuántas pruebas se vieron sujetas su impetuosa
-juventud e inexperiencia! ¡Y qué de simplezas hizo, y qué terribles
-caídas tuvieron los atrevidos saltos de su entusiasmo, y qué porrazos
-se dio con las peñas del fondo al arrojarse desaforadamente en el mar
-de la vida, creyéndolo sin arrecifes, ni sumideros, ni bajíos! ¡Y
-cuánto se encanalló, y de qué extraña manera el mayorazgo poderoso
-viose en ocasiones pobre y miserable, con la circunstancia de que no
-podía menos de sostener el pie de su lujo y representación! Como era
-tan manirroto, gastaba en una semana la renta de un año, y aquí de
-los acreedores, usureros, prestamistas, judíos y demás chupadores de
-sangre, que se<span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span> bebían
-la de mi Condesito. Este llegó a verse muy afligido, pues nadie le
-fiaba ya el valor de una peseta; y recuerdo que cierta noche, cuando
-salíamos del teatro del Príncipe, Don Diego me hizo una pintura
-horrenda de la plenitud de sus apuros y vaciedad de sus bolsillos; dijo
-después que se iba a suicidar, y luego me llamó insigne varón, ilustre
-amigo y el más caballeroso y caritativo de los hombres, siendo de notar
-que todos estos rodeos, elipsis, metonimias o hipérboles, terminaron
-con pedirme dos reales. Dile cuatro que tenía, y se despidió,
-suplicándome que dijese algo en su favor a cierto prestamista llamado
-Cuervatón, vecino mío, pues tenía pensado darle un tiento al siguiente
-día, aunque las cantidades adeudadas subían al séptimo cielo. Yo le
-prometí interceder en su favor, y deseándole las buenas noches entré en
-mi casa.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3">
- <h2 class="nobreak g0">III</h2>
-</div>
-
-<p>La cual era aquella misma honrada mansión donde fui recogido, curado
-y asistido en mi penosa enfermedad del mes de mayo, y vea el lector
-cómo de manos a boca nos encontramos de nuevo en la dulce compañía del
-Gran Capitán y de su esposa, y en alegre familiaridad con el Sr. de
-Cuervatón, con Don Roque, con el lañador y respetable familia,<span
-class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> con la bordadora en fino y
-otras personas que, si no gozan en la historia de celebridad apropiada
-a sus méritos y eminentes calidades, tendranla en esta relación, mal
-que le pese a la ruin envidia, siempre empeñada en rebajar los altos
-caracteres.</p>
-
-<p>Desde mi vuelta de Andalucía, yo moraba en casa de D. Santiago
-Fernández. Santorcaz no vivía ya allí, ni tampoco Juan de Dios, ni sus
-antiguos patronos sabían de su paradero, pues habiendo salido cierto
-día de agosto muy de mañana, hasta la fecha de lo que voy contando,
-que era por noviembre, no había vuelto, lo cual hacía decir a Doña
-Gregoria:</p>
-
-<p>—No puede <i>por menos</i> sino que a ese bienaventurado Sr. de
-Arroiz le ha sucedido alguna desgracia, como no se haya ido al cielo en
-cuerpo y alma, que para eso estaba.</p>
-
-<p>La casa (y aunque me parece que esto lo saben ustedes, no estará
-de más repetirlo) era de esas que pueden llamarse mapa universal del
-género humano, por ser un edificio compuesto de corredores, donde
-tenían su puerta numerada multitud de habitaciones pequeñas para
-familias pobres. A esto llamaban casas de Tócame Roque, no sé por qué.
-No lo indagaremos por ahora, y sepan que, en aquellos días, el que
-hubiera entrado en casa del Gran Capitán, habría visto a este en el
-centro de un animado corrillo, donde estábamos hasta ocho personas,
-todos buenos españoles o inflamados de patriótico afán por saber cómo
-iban las cosas de la guerra; habría visto con cuánta diligencia y
-precipitación acudían<span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>
-unos y otros en cuanto Fernández volvía de la oficina; habría visto
-cómo amorosamente preparaba Doña Gregoria el sahumado brasero, para que
-no se enfriara la concurrencia; cómo Fernández, golpeando la caja de
-rapé, tomaba un polvo, sonábase mirando a todos por encima del pañuelo,
-y luego se apresuraba a satisfacer la sed de su curiosidad en estos
-términos:</p>
-
-<p>—La cosa va mejor de lo que se creía, y lo de Lerín no fue tan
-desgraciado como se nos quería pintar. Señores, hay que poner en
-cuarentena lo que dicen los papeles impresos, porque los diaristas
-no se cuidan más que de sorprender al público con noticiones; y como
-ninguno de ellos sabe palotada de lo que llamamos el arte de la
-guerra...</p>
-
-<p>—Pues a mí me han dicho que lo de Lerín fue un desastre muy grande
-—afirmó D. Roque—. ¡Bah! Si tenemos unos generales... De lo que está
-pasando tienen ellos la culpa, y bien sabía yo que vendríamos a parar
-a esto. Pues qué, si esos señores, en vez de estarse en Madrid todo
-el mes de septiembre mordiéndose unos a otros; si en vez de estar
-aquí diciéndose «yo soy mejor que tú», y disputándose el mando de los
-Cuerpos como perros que riñen por un hueso; si en vez de esto, digo,
-se hubieran marchado al Norte a perseguir al enemigo, ¿estarían los
-franceses tan envalentonados?</p>
-
-<p>—Tiene razón que le sobra por los tejados el Sr. D. Roque —dijo
-la mujer del lañador—. Y yo, que no sé de guerra, le decía a mi
-marido<span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span> todas las noches
-cuando nos acostábamos: «Mira, Norberto, los generales, en lugar de
-estar aquí y en Aranjuez, hablando mal unos de otros y revolviéndolo
-todo con sus envidias y reconcomios, debieran andar por toda esa tierra
-de Burgos y Rioja persiguiendo al francés. Que si Llamas manda tal
-tropa; que si ya no la manda Llamas, sino Pignatelli; que si Castaños
-se opone a que venga Cruz; que si Blake quiere ser más que Cuesta,
-y Cuesta más que todos; que si Palafox manda este Cuerpo; que si La
-Peña no quiere mandar el otro... en fin, cuando después de la batalla
-de Bailén creímos vernos libres de franceses, emperadores y reyes de
-copas, ahora salimos con que por estarse los generales mano sobre mano
-en Madrid, al olorcillo de la Corte, y de los obsequios, y de las
-fiestas, han dejado que los otros se arreglen bien y tengan dispuesto
-todo para darnos un susto.»</p>
-
-<p>—Ha hablado usted como un padre de la Iglesia, señora Doña María
-Antonia —dijo con oficiosa exaltación Doña Melchora, la bordadora en
-fino—. A mis niñas les dije yo eso mismo el mes pasado. ¿No es verdad,
-Tulita; no es verdad, Rosarito? Sí, señores, esa es la pura verdad; y
-lo que yo voy viendo es que desde que empezó la guerra; desde que hubo
-aquella de venir los franceses y caer Godoy, nadie ha sabido acertar
-más que nosotras, y cuando anunciábamos lo que iba a pasar, los hombres
-graves se reían diciendo: «¿Qué entienden las mujeres de guerras ni de
-historias?» Pues vean ahora si entendemos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span>—Tiene razón Doña
-Melchora —dijo el señor de Cuervatón—. También se reían de mí cuando
-anuncié lo que iba a pasar. Pero, señores, cuando los de arriba
-pierden la chaveta, como ha pasado aquí, a los tontos y a las mujeres
-corresponde el imperio del buen sentido.</p>
-
-<p>—No obstante —dijo el Gran Capitán impaciente por poner el peso
-de su autorizado dictamen en aquella contienda—, aún no se puede
-hablar mal de esos valientes generales. Yo no les he explicado
-a ustedes todavía el plan de campaña. Es preciso que ustedes se
-penetren bien de esto. Las tropas que mandan Blake, Llamas, Castaños
-y Palafox, colocadas y extendidas desde el Ebro hasta Burgos, forman
-un gran semicírculo. Vienen los franceses: el semicírculo se cierra,
-convirtiéndose en círculo, y aquí me tienen ustedes a mi emperador
-cogido en una ratonera.</p>
-
-<p>—Pero, en resumidas cuentas, ¿viene o no viene? —preguntó Doña
-Melchora.</p>
-
-<p>—Yo creo que no —dijo el Gran Capitán, echándoselas de malicioso—.
-Y tengo para mí que todo eso que dicen los papeles acerca de lo que
-Napoleón leyó en el Senado, es pura invención. Como que hay quien dice
-que Napoleón está muy enfermo de un tumor que le ha salido en el sobaco
-izquierdo, y que ya le han sacramentado.</p>
-
-<p>—¿Y usted es de los que dan crédito a los mil desatinos que
-cuentan los patriotas? —exclamó D. Roque levantándose de su asiento—.
-Aquí creen que se sale del paso contando<span class="pagenum"
-id="Page_24">p. 24</span> mentiras y matando de calenturas o
-alfombrilla a todos nuestros enemigos.</p>
-
-<p>—Y qué, ¿soy hombre para tragar todas las bolas que cuentan
-diariamente los papeles? —dijo el Gran Capitán, sin disimular el
-desprecio que le merecía la prensa—. Vamos a ver, ¿qué saca usted
-en limpio, Sr. D. Roque, de todas esas hojas que lee día y noche, y
-que le van a volver loco, como al bueno de Don Quijote los libros de
-caballería?</p>
-
-<p>—Quédese cada uno en su sitio, y no se meta en los trigos ajenos
-—repuso D. Roque, procurando contener su irascibilidad—, que así
-como yo no me meto jamás en las honduras del arte de la guerra, que
-no entiendo, así debe usted respetar las ciencias, que no están a su
-alcance. ¡Qué sería de la sociedad sin papeles públicos! Aquí tengo
-yo el <i>Semanario patriótico</i> —añadió, sacando un voluminoso
-legajo de uno de los luengos bolsillos de su levitón— que es el mejor
-papel que hasta ahora se ha escrito, y contiene cosas muy lindas, y
-en todo lo que dice no parece sino que habla por boca de Aristóteles
-y Platón. Desde que en el primer número vi aquello de <i>la opinión
-pública es mucho más fuerte que la autoridad malquista y los ejércitos
-armados</i>, les digo a ustedes francamente que el tal papelito me
-enamoró. Yo me quito el garbanzo de la boca para ahorrar los 20 reales
-que me cuesta cada trimestre; y ¿cómo no hacerlo, si este manjar del
-espíritu es tan necesario a la vida como el alimento del cuerpo? Así
-es que los miércoles por la noche no duermo, y<span class="pagenum"
-id="Page_25">p. 25</span> todo es dar vueltas en la cama, pensando en
-lo que traerá el <i>Semanario</i> al siguiente día. Los jueves son para
-mí días de delicia, y leyendo mi <i>Semanario</i> olvídaseme el comer
-y el beber, a más de todas mis penas y tristezas, que son muchas. ¡Y
-cómo trata las cuestiones! ¡Y con qué gracia le da a cada uno lo que es
-suyo! ¡Y qué sal tiene para decirle a la Francia todas sus picardías!
-¿Pues y el paralelo que hace entre Bonaparte y Maximiliano Robespierre?
-No pierde ripio para decir a todos las verdades, y a los españoles les
-suele sacar los trapitos a la colada, como quien dice. En fin, señores,
-me entusiasma tanto, que el otro día, no pudiendo satisfacer mi deseo
-de conocer al autor de tan divino escrito, y averiguado que lo es un
-tal Manolito Quintana, me fui derecho allá, y abrazándole le dije:
-«Venga acá el extremo de toda discreción, el resumen de la elocuencia
-y del buen decir, el dechado de la lengua castellana, el azote de los
-tiranos, el heraldo del patriotismo y el cisne de los derechos del
-hombre.» A lo cual me contestó que él cumplía con su deber, y que
-agradecía tales alabanzas.</p>
-
-<p>—¿Toda esa arenga le echó usted al buen autor del <i>Semanario
-patriótico</i>? —preguntó el Gran Capitán—. Pues en verdad digo que si
-la Junta oyera mis consejos, al punto mandaría suprimir ese y todos los
-demás papeles. ¿Para qué se quieren papeles?</p>
-
-<p>—Hombre irracional, ¿y cómo se difunden las luces, y se propaga
-la buena doctrina, y se instruye a toda la gente del reino, chicos
-y grandes? ¡Pues flojitas verdades trae el <i>Semanario<span
-class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> patriótico</i>!... Como todos
-dieran en leerlo con tanto fervor como yo, pronto se remediarían los
-males de la nación. Y no hay que darle vueltas, señores: lo que este
-dice es el Evangelio. ¿Quién podrá desmentir aquello de <i>el tirano es
-un hombre que abusa de las fuerzas de la sociedad, para someterla a sus
-pasiones propias, y así la tiranía no es otra cosa que la injusticia
-apoyada en la violencia</i>? ¿Qué tal? ¿Pues y dónde me dejan ustedes
-aquello de los derechos <i>esenciales, sagrados e imprescriptibles</i>
-que corresponden al hombre, y que le usurpa el pícaro del poder
-absoluto?... Nada, nada, Sr. D. Santiago, amigo Cuervatón, señoras y
-señoritas: tengan ustedes presentes estas palabras: «La violencia,
-la opresión, la credulidad, llegan frecuentemente a adormecer a los
-pueblos, a fascinar su entendimiento, a quebrantar en ellos los
-resortes de la naturaleza; pero cuando por favorables circunstancias
-abren los ojos y oyen la voz de la razón; cuando la necesidad les
-fuerza a salir de su letargo, entonces ven que los pretendidos derechos
-de sus tiranos no son sino efectos de la injusticia, de la fuerza o
-de la seducción; entonces es cuando las naciones, acordándose de su
-dignidad, ven que ellas no se han sometido a la autoridad sino para
-su bien, y que jamás han podido dar a nadie el derecho irrevocable de
-hacerlas felices.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">IV</h2>
-</div>
-
-<p>Dotado de maravillosa memoria, D. Roque recitaba trozos enteros
-de lo que había leído en sus papelitos, sin mudar una sílaba. No he
-conocido varón más cándido e inofensivo que aquel fogoso lector del
-<i>Semanario</i>, comerciante que había venido muy a menos, y a la
-sazón, sin negocios, sin familia, y con poquísimo dinero, vivía en
-aquella casa, manteniéndose con su casi invisible renta. Así como el
-Gran Capitán oyó lo de <i>la opresión</i> y <i>la injusticia</i>, con
-los razonamientos puestos a continuación, que no entendiera menos si
-estuvieran escritos en caldeo, se encaró con su amigo, y burlonamente
-le dijo:</p>
-
-<p>—¿Se ha acabado la jerga? ¡Lástima que no viniera por aquí el
-padre Salmón, para que le contestase, y entre los dos se armara
-una marimonera de <i>distingo acá... distingo allá... necuacua...
-útiquis... reñega mayora...</i> y otras palabrillas que se usan en las
-disputas de los <i>tiólogos</i>!</p>
-
-<p>—¡Teólogos a mí! ¡A mí teólogos y con cascabeles!... ¡Y de la madera
-del padre Salmón! —exclamó D. Roque guardando el <i>Semanario</i> en el
-almacén de sus profundas faltriqueras.</p>
-
-<p>—Y ha de venir esta tarde Su Paternidad<span class="pagenum"
-id="Page_28">p. 28</span> —dijo agridulcemente la menor de las hijas
-de Doña Melchora—, pues prometió darme una receta para este mal de la
-barriga que ha diez días tengo.</p>
-
-<p>—Sí que vendrá —añadió la mayor—, pues quedé en pegarle dos botones
-en el cuello, y él dijo que traería la cinta azul.</p>
-
-<p>—Pronto tendremos aquí a ese reverendo Salmón —añadió Doña
-Gregoria—, y ya tengo echada la llave a la despensa, porque para
-saqueos bastante tenemos con los de los franceses.</p>
-
-<p>No había concluido estas palabras la discreta esposa de Fernández,
-cuando se oyó en el patio de la casa gran ruido de voces, entre las
-cuales descollaba una cencerril, abajetada y bronca, que no era otra
-sino la de aquel lucero de la Merced, el padre Anastasio José de la
-Madre de Dios, vulgarmente conocido por padre Salmón, que este era
-su apellido, y no Salomón como algunos le llamaban, sin intención de
-burla.</p>
-
-<p>—Ahí está, ahí está ese bendito —dijeron en coro las hembras de la
-reunión—. Gabriel: corre y tráele acá, porque si le cogen por su cuenta
-las del polvorista... ¡ay, qué pesadas son! Ya están llamándole las
-escofieteras. Pues no, no ha de venir sino acá.</p>
-
-<p>Salí para impedir que la persona del reverendo fuera secuestrada por
-cualquiera de las familias que salían a su reclamo por las diversas
-puertas que se abrían en aquellos largos corredores, y lo primero
-que vi fue al fraile rodeado de enjambre de chiquillos, los<span
-class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> cuales, haciendo mil
-cabriolas y juegos en su derredor, le mostraban, según su arte propio,
-la satisfacción de la casa toda por verle en ella.</p>
-
-<p>—Tomad, piojosos, tomad esas almendras fallidas, que para vosotros
-serán bocado de ángel —les decía Salmón—. ¿Y salió tu padre de la
-cárcel, Jacintillo? Y por fin, ¿llevasteis a vuestra abuela a los
-Desamparados? Dime, hijo de la Canela, ¿está el oficialillo en el
-cuarto de tu madre?... ¿Conque se os murió la gallina?</p>
-
-<p>Y al mismo tiempo, el antepecho del vasto corredor parecía la
-barandilla de un teatro, pues no había un palmo vacío, sino que allí
-estaba la vecindad toda, aguardando a que Su Paternidad subiese.</p>
-
-<p>—Venga acá, Padre, que este trapalón de mi marido me quiere pegar
-por celos. Pero di, cabeza jilvanada, ¿no soy la mujer más honrada del
-mundo?</p>
-
-<p>—Venga acá, Padre, y verá qué chocolate le tengo. ¿Pues no me
-está diciendo la capitana que Su Paternidad le comió ayer todas las
-magras?</p>
-
-<p>—Venga acá, Padre, y suba pronto, que ya le apunta el diente a la
-niña. Mírale allí, cordera, resol, reina del mundo. Mírale, llámale con
-tu manecita... así, así.</p>
-
-<p>—Venga acá, Padre, que ya parió la Zoraida cinco criaturas como
-cinco estrellas.</p>
-
-<p>—Suba pronto, Padrito, que mi abuela pregunta si se le deben dar más
-friegas.</p>
-
-<p>Y así continuaban, llamándole de distintas<span class="pagenum"
-id="Page_30">p. 30</span> partes, cada uno según para aquello que le
-necesitaba, y todos con tan cariñosas palabras, que Salmón no sabía a
-qué sitio volverse, ni a cuáles solicitaciones contestar más pronto; y
-saludando a un lado y otro como un matador de toros que en medio de la
-plaza hace cortesías a la redonda, mostró a sus amigos que su corazón
-no era insensible a tantas bondades. En esto llegué yo, y besándole la
-correa, le dije:</p>
-
-<p>—Doña Melchora y sus niñas, que están en casa del Gran Capitán,
-me mandan para suplicar a Su Reverencia que tenga la magnanimidad de
-subir, que allí le aguardan también D. Roque, el Sr. de Cuervatón y
-Doña María Antonia.</p>
-
-<p>Pero antes que concluyera, el buen Salmón, con gran sorpresa mía,
-clavó en mí sus ojos lleno de admiración, y echándome los brazos al
-cuello, exclamó a gritos:</p>
-
-<p>—Ven acá, portento de la sabiduría, milagro de precocidad, fruta
-temprana de las humanas letras. ¿Conque ha más de un año que te
-conozco y hasta hoy mismo he ignorado que eres un gran latino, autor
-del más famoso poema que han escrito modernas plumas? ¿Conque así te
-callabas tus méritos, picarón...? A ver, muéstrame pronto ese poema...
-¡Quién me había de decir, cuando te conocí paje de la González, que
-bajo la montera de tal gaterilla estaba el cacumen de un <i>Erasmus
-Roterodamensis</i>, de un <i>Picus Mirandolanus</i>!</p>
-
-<p>Turbado y confuso le contesté que sin duda<span class="pagenum"
-id="Page_31">p. 31</span> Su Paternidad se equivocaba confundiendo mi
-ignorancia con la sabiduría de algún desconocido de mi mismo nombre,
-oyendo lo cual, dijo mientras subíamos la escalera:</p>
-
-<p>—No; que lo acabo de saber por el Licenciado D. Severo Lobo, el
-cual te conoció desde el proceso del Escorial, y luego estuvo a punto
-de empapelarte, cuando el Príncipe de la Paz te quiso dar una placita
-en la Interpretación de lenguas. ¿Y tú qué culpa tenías de que el otro
-te quisiera colocar? Por lo que me han dicho, tu modestia iguala a tus
-méritos, ¡oh joven! Yo he visto la minuta en que Godoy te recomendaba;
-pero ¡qué guardado te lo tenías, raposilla!... ¿Y ahora en qué te
-ocupas? ¿Por qué no pides un hábito, por qué no eres fraile? Yo me
-encargo de catequizarte. ¿Sabes que he hablado de ti a los Padres de la
-Merced y todos quieren conocerte? A ver si te pasas por allí, rapaz,
-y ve después de la hora del refectorio. ¿Te gustan las pasas? Además
-tengo que conferenciar contigo, Horacio Flaco en ciernes y Virgilio en
-pañales; y como al salir de esta casa se me olvide hablarte (pues ya
-sabes que soy muy débil de memoria), ¿me lo recuerdas, eh?</p>
-
-<p>A tal punto llegaba, cuando entramos en la sala del Gran Capitán.
-Levantáronse todos, y después de besarle uno tras otro la correa,
-diéronle el asiento del centro junto al brasero.</p>
-
-<p>—Aquí está la seda azul —dijo el mercenario, dando lo indicado a
-Tulita.</p>
-
-<p>—Mañana mismo tendrá Su Paternidad<span class="pagenum"
-id="Page_32">p. 32</span> arreglado el cuello —contestó la muchacha—.
-Veamos ahora lo que me manda para este malestar de la barriga, que
-es tal que yo no lo puedo resistir, y todas las mañanas me dan unas
-arcadas, unos mareos y bascas tan fuertes, que no me para dentro
-nada.</p>
-
-<p>—Bendito sea el nombre de Dios —exclamó el Padre tomando un polvo de
-la caja del Gran Capitán—. A fe, Doña Melchora, que si esta matutina
-estrella de su hija de usted fuera casada, ya sabríamos el pie de que
-cojea su estómago; pero no siéndolo, y tratándose ahora de una familia
-con quien la misma honradez no podría ponerse en parangón, ordeno y
-mando que con siete palitos del árbol de Santo Domingo, cocidos en
-baño-maría, por espacio de tres credos rezados con pausa y por supuesto
-con devoción, esta niña se quedará como nueva. ¡Qué nueces frescas las
-de ayer, señora Doña Melchora; qué nueces frescas! Pero dígame, ¿qué
-santo del cielo le hizo tan rico presente? Yo no sabía que en montes
-alcarreños, asturianos ni encartados existiesen unas tan hermosas obras
-de Dios.</p>
-
-<p>—Obsequio fue de un primo mío que es guarda de las dehesas del señor
-Duque de Altamira, en tierra de Cameros, y como, si no de buen salario,
-el pobrecito disfruta de ojos listos y manos libres, siempre nos manda
-lo mejor de aquellos castañares y nocedales.</p>
-
-<p>—Así le hicieran canónigo —añadió Salmón—. ¿Y qué noticias, Sr. D.
-Santiago Fernández?</p>
-
-<p>—No me digan nada, ni me calienten más<span class="pagenum"
-id="Page_33">p. 33</span> la cabeza —replicó el Gran Capitán
-encubriendo, bajo la ficción de un estudiado cansancio, el placer
-que le causaba el ver sacado a plaza un tema tan de su gusto—. Mire
-Su Paternidad que estoy ya que no doy por mi cuerpo un real. ¡Qué ir
-y venir! ¡Qué jaleo! ¡Todo el día poniendo nombres en la lista, y
-haciendo recuento de cartuchos, y examinando armas, y disponiendo, y
-mandando! Aquellos señores son muy remolones, y todo lo tengo que hacer
-yo.</p>
-
-<p>—¿Y resistiremos, si, como dicen, se nos viene encima ese monstruo,
-ese troglodita, ese antropófago, señores, que no se sacia nunca de
-devorar carne humana?</p>
-
-<p>—¡Pues no hemos de resistir! —exclamó el Gran Capitán—. ¿Hemos de
-ser menos que los zaragozanos? Además de que yo creo que no viene.</p>
-
-<p>—¡Y sabe Dios —dijo Doña María Antonia— si será cierto lo que dicen
-de que allá en Rusia o Prusia le echaron unos polvitos en el cocido
-para que reventara!</p>
-
-<p>—Como que hay quien asegura que está sacramentado y que hizo
-testamento, devolviendo todas las naciones que ha robado y abjurando de
-sus herejías.</p>
-
-<p>—¡Oh gente ignorante y crédula! —exclamó de improviso D. Roque,
-desenvainando su cartapacio de papeles públicos—. ¡Y cómo se conoce la
-rusticidad de los que atienden más a los dichos y simplezas del vulgo
-que a la palabra impresa de los hombres doctos! Vean, vean lo que
-dice ese papel, y no hagan caso<span class="pagenum" id="Page_34">p.
-34</span> de tonterías: «Napoleón se presentó al Senado el 25 del
-pasado, y dijo que <i>bien pronto pondría sus banderas en las torres de
-Madrid y en las fortalezas de Lisboa</i>.» También cuenta la Gaceta,
-que ciento sesenta mil hombres del ejército grande están sobre la
-frontera de España, y que el Emperador dijo que <i>antes de fin de año
-no quedará aquí una sola aldea en insurrección</i>.</p>
-
-<p>—Conque ni una sola aldea... —indicó el fraile—. Pero sabe Dios la
-intención que llevará el que ha escrito esos papeles. Lo que es por
-mí, mandaría suprimir todos los que se imprimen en España, pues para
-envolver especias, mejor es el papel no impreso y limpio, como sale de
-las fábricas.</p>
-
-<p>—¿Pues eso qué duda tiene? —dijeron a una las dos niñas de Doña
-Melchora.</p>
-
-<p>—Y yo —declaró como un basilisco D. Roque— mandaría suprimir todos
-los frailes o les quitaría el hábito, dando a cada uno un fusil para
-que fueran a limpiar a España de franceses.</p>
-
-<p>—Sin fusil lo hacemos, hermano —dijo Salmón riendo—. Lejos de
-suprimir frailes, yo los aumentaría en grado máximo, y así la mayor
-parte de los españoles vivirían gordos y contentos, y no veríamos tanto
-vagabundo mendigo por esas calles.</p>
-
-<p>—Chúpate esa y vuelve por otra —dijo a D. Roque la menor de las
-hijas de la bordadora en fino, suponiendo al viejo completamente
-apabullado bajo el peso de aquellas incontestables razones.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>—¿Conque más todavía?
-Pues sepa mi señor Salmonete —dijo D. Roque, llevando al último extremo
-su familiaridad con el fraile— que ahora se va a reunir la nación en
-Cortes. ¿No lo quieren creer? ¡Ah! Pues no doy dos maravedises por
-lo que de Gobierno absoluto hubiere después de la guerra. ¡Abajo los
-tiranos! —añadió poniéndose en pie y alzando los brazos con endemoniada
-exaltación—. Y si hay un frailazo chocolatero que me desmienta, alce
-la voz, y venga delante de mí, que yo le reto a singular polémica,
-aunque traiga más textos que escribió Pedro Lombardo, y más latines y
-aforismos y comprobatorias y distingos que han eructado en diez siglos
-las cátedras salmantinas y complutenses.</p>
-
-<p>—¿Y cómo había yo de ponerme a disputar con semejante pedazo
-de acebuche con nudos, más duro que roca? ¿Y de qué valdrían mis
-argumentos contra la asnal cerrazón de su mollera? —argumentó el Padre
-Salmón levantándose también de su asiento; mas no enfadado ni nervioso,
-sino riendo a todo reír, pues su humor de mantequillas era tal, que no
-se le vio colérico más que una sola vez.</p>
-
-<p>—Pues empecemos —dijo D. Roque poniéndose verde.</p>
-
-<p>—Empecemos —replicó Salmón restregándose las manos y haciendo
-después grotescos gestos, como de quien imita los movimientos de un
-grave predicador.</p>
-
-<p>—No quisiéramos más para reírnos de Don Roque —dijo la mayor o la
-menor (que esto<span class="pagenum" id="Page_36">p. 36</span> no lo
-tengo bien presente) de las hijas de Doña Melchora.</p>
-
-<p>—Pero para restaurar nuestras fuerzas, señores y señoras mías —dijo
-Salmón—, venga ese chocolate, que aquí mi amigo D. Roque dice que no se
-puede pasar sin él.</p>
-
-<p>—Quien no se puede pasar sin él —contestó el aludido— es su
-magnificencia reverendísima, que en llegando a estas horas, como no
-ponga un puntal al estómago se cae rendido.</p>
-
-<p>—Pues usted lo dice, amigo papelista eminentísimo —contestó
-Salmón dando otra vez rienda suelta a la risa—, así sea, y venga ese
-chocolate; y pues es más agradable el goce de una amena tertulia que
-el disputar, dejémonos de querellas, y pelillos a la mar, y cada uno
-piense lo que quiera, y ruede la bola, y viva Fernando VII.</p>
-
-<p>—Es lo más conveniente, toda vez que este D. Roque está chiflado
-—dijo Fernández—, y un día hemos de verle por esas calles con una
-<i>Gaceta</i> en cada dedo.</p>
-
-<p>—¡Pero qué graves y circunspectas están mis niñas! —añadió Salmón
-dando unas palmaditas en el hombro, no recuerdo bien si de la mayor o
-de la menor de las hijas de Doña Melchora—. Y esos piquitos de oro,
-¿por qué no echan una canción por todo lo alto, para que se nos alegren
-los espíritus?</p>
-
-<p>—Bueno, bueno.</p>
-
-<p>Y una de ellas rompió al instante a cantar de esta manera:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2"><span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>Con un albañilito</div>
- <div class="verse indent0">Madre, me caso,</div>
- <div class="verse indent0">Porque son de mi gusto</div>
- <div class="verse indent0">Los hombres blancos.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>—Eso tiene poca gracia —dijo Salmón—. A ver otra.</p>
-
-<p>—Pues allá va la que está de moda:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Bonaparte en los infiernos</div>
- <div class="verse indent0">Tiene su silla poltrona,</div>
- <div class="verse indent0">Y a su lado está Godoy</div>
- <div class="verse indent0">Poniéndole la corona.</div>
- <div class="verse indent4">Sus compañeros</div>
- <div class="verse indent2">Van de dos en dos:</div>
- <div class="verse indent2">Murat, Solano,</div>
- <div class="verse indent2">Junot y Dupont.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>—¡Bravo, magnífico! Doña Melchora, tiene usted dos niñas que
-envidiaría cualquier princesa. Y qué tal, ¿se gana mucho?</p>
-
-<p>—En estos tiempos, Padrito —dijo la madre—, suele caer algún bordado
-de uniforme; pero ¿dónde se ven aquellos ternos de plata y oro, aquella
-ropa de altar que tanta ganancia nos daban antes de estas malditas
-guerras? Ya sabe su grandeza que las mejores capas pluviales, las
-mejores casullas que se han lucido en procesiones, así como las mejores
-chaquetas toreras que han brillado en plazas y redondeles, pasaron
-por estas manos. ¡Ay, quién me lo había de decir! La que bordó los
-calzones que llevaba Pepe-Hillo cuando le cogió aquel enrabiscado toro;
-la que bordó la capa que llevaba en sus santos hombros el Eminentísimo
-Cardenal de Lorenzana el día que tomó posesión, está hoy consagrada a
-miserables<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> letras de
-cuello de uniforme, y a las dos o tres insignias de consejero, o ropón
-de Niño Jesús, que caen de peras a higos. ¡Buenos están los tiempos!</p>
-
-<p>—Cuando esto se acabe... —dijo el fraile.</p>
-
-<p>—¿Cómo cuando esto se acabe? —gritó de improviso D. Roque,
-interrumpiendo con muy feo gesto a su amigo—. Antes, muy antes de que
-esto se concluya se reunirá el país en Cortes. ¡Y estos alcornoques no
-lo quieren creer!</p>
-
-<p>—Que te despeñas, Roque amigo.</p>
-
-<p>—¿También eso lo dicen los papeles? —preguntó con mucha sorna el
-Gran Capitán.</p>
-
-<p>—También lo dicen, sí señor. ¿Pues no lo han de decir? Y cómo se
-me ha de olvidar, si lo sé de memoria, y anoche, luego que me acosté,
-estuve recitando en voz alta aquello de... «Después de tantos años de
-abatimiento y opresión en que los leales y generosos españoles han
-sufrido mayores ultrajes y vilipendios que los salvajes africanos,
-amanecerá el glorioso día en que se reúnan los pueblos por medio de
-sus representantes para tratar del bien común. Este es el objeto con
-que se instituyeron las sociedades civiles; no el engrandecimiento de
-un solo hombre, con perjuicio de todos los demás. Reunidas aquellas es
-como puede conocerse a fondo el estado de una nación, sus recursos,
-sus necesidades y los medios que deben adoptarse para su bienestar y
-prosperidad; y donde faltan estas solemnes Asambleas, los monarcas, mal
-aconsejados, caminarán ciegamente al despotismo, tal vez contra sus
-buenos deseos.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>—¡Lindísimo sermón!
-—exclamó el Gran Capitán—. Ayer le contaba a mi compañero en la
-portería de Cuenta y Razón las extravagancias de mi vecino D. Roque, y
-me dijo que esto se llamaba <i>el democratismo</i>. ¿Es así, Padre?</p>
-
-<p>—Llámese como se quiera —repuso el venerable Salmón—, lo que digo
-es que este chocolate, que ahora nos trae la señora Doña Gregoria, y
-cuyo olor se adelanta hasta nosotros anunciándonos la nobleza de lo
-que viene en el canjilón, me parece tal, que solo podría servírsele
-semejante al Sumo Pontífice.</p>
-
-<p>—Y a la abadesa de las Huelgas de Burgos —dijo Doña Gregoria—; que
-ella y el Papa son las dos más altas personas de la cristiandad, y por
-eso se dice que si el Papa se casara, la única mujer digna de ser su
-esposa es la tal abadesa de las Huelgas.</p>
-
-<p>—Así es —añadió Salmón, olvidándose de todo lo que no fuera el
-canjilón—; y por lo que hace a eso del <i>democratismo</i>, yo le
-aconsejo a D. Roque que se deje de tonterías y no piense en novedades,
-pues por ahora, y en muchísimos años para adelante, estamos y estaremos
-libres de ellas.</p>
-
-<p>—Los españoles guerrean porque no quieren que los manden los
-franceses —dijo la mayor de las hijas de Doña Melchora—, y también para
-defender los usos y <i>pláticas</i> del reino contra las novelerías
-que quiere poner aquí Napoleón. Así me lo dice todos los días Paco el
-plumista, que es sargento de voluntarios.</p>
-
-<p>—Pues a mí me dijo Simplicio Panduro, ese<span class="pagenum"
-id="Page_40">p. 40</span> saladísimo paje de D. Gaspar Melchor de
-Jovellanos —añadió la otra—, que los españoles guerrean por echar a los
-franceses y por mejorar la mala condición de los reinos, quitando las
-muchas cosas malas que hay, al modo de lo que dice D. Roque por las
-noches, cuando predica a solas y a oscuras en su cuarto.</p>
-
-<p>Estas dos opiniones dieron pie a una acalorada disputa que no copio
-porque nada sacarían de ella en limpio mis lectores, toda vez que es
-público y notorio que en lo que va de siglo, la historia, la grave y
-cachazuda historia, no ha podido dilucidar la cuestión planteada por
-aquellas dos niñas, y aun hoy andan a la greña eminentes escritores
-por averiguar si decía verdad la mayor o la menor de las hijas de Doña
-Melchora.</p>
-
-<p>Salmón, consumido su chocolate, dijo:</p>
-
-<p>—Conque, amiguitos, ¿me dan ustedes su venia para retirarme?</p>
-
-<p>—¿Tan pronto, Padre? ¡Que siempre nos ha de tener Vuestra Reverencia
-con hambre de su compañía!</p>
-
-<p>—Bastante os acompaño, hijitas mías.</p>
-
-<p>—Pues siempre nos sabe a poco.</p>
-
-<p>—Ya sabéis que tenemos en casa desde esta tarde <i>octava misión y
-solemnes cultos para desagraviar a Jesús Nazareno y a María Santísima
-de los sacrílegos insultos que han sufrido, en nuestros templos, de
-los impíos ejércitos franceses, e implorar de la Divina Misericordia
-que robustezca y ampare a nuestros soldados, y conserve y dirija en
-todos los negocios a los que nos gobiernan. Después habrá procesión
-a la Virgen de<span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> la
-Paloma, patrona de todo el majerío</i>. ¿Pero no lo sabíais, pajaritas
-volanderas? Por supuesto, que no faltaréis el día que me toque
-predicar.</p>
-
-<p>—Antes faltará la tierra y prados en ella, como dijo el otro.</p>
-
-<p>Y estaba en pie para retirarse el Padre mercenario, cuando el Sr.
-de Cuervatón, que poco antes había sido llamado de su casa, donde le
-esperaba una visita, volvió dando voces; y lleno de cólera, que en los
-ojos con fulminantes rayos le centelleaba, habló así:</p>
-
-<p>—¡No sé cómo no le ahogo!... ¡Vaya con el lindo currutaco, harto
-de ajos!... ¡Cuando creí que vendría a pagarme, viene a pedirme más
-dinero!... ¡Y ahora sale con que su señora mamá es muy rica! Miserable,
-pringoso, vestido con harapos de príncipe, ¿por qué esa señora no
-reventó antes que os pariera?</p>
-
-<p>—¿Qué hay, Sr. de Cuervatón? ¿Qué le pasa?</p>
-
-<p>—Que después que me estoy arruinando por favorecer con mi pequeña
-hacienda a los necesitados, he aquí que un señor Condesito de Rumblar
-o de Barrabás con pintas, me debe más de nueve mil reales, y después
-de no pagarme ni un céntimo de interés (que no son más de peseta por
-duro al mes), viene a pedirme más dinero. Canalla, catacaldos: ¿qué me
-importa que sea noble y que le vayan a caer dos mayorazgos?</p>
-
-<p>—¿D. Diego de Rumblar? —dijo Salmón; y luego, volviéndose a mí,
-añadió—: no olvides, Gabriel, que tenemos que hablar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_42">p. 42</span>—Pues o me paga
-—prosiguió Cuervatón—, o el mejor día le desnudo en medio del Prado
-delante de las damas.</p>
-
-<p>En esto salimos al corredor, y ¡oh, espectáculo lamentable! se
-ofreció a nuestra vista el de D. Diego azuzado en medio del patio
-por todos los chicos de la vecindad como novillo en plaza. Mujeres
-habladoras habían salido por los cien agujeros de aquella colmena,
-y unas con cáscaras de castañas, otras con palabras picantes, le
-mortificaban en lo moral y en lo físico. Especialmente la mujer de
-Cuervatón, que era una hidra con más rabos y espinas y escamas en su
-alma que las mitológicas en su cuerpo, poniéndose de pechos en el
-barandal, después de escupirle, le decía:</p>
-
-<p>—Tío pingajo de oro, ¿tenemos nuestro dinero para mantener
-haraganes?... ¿Ahorramos nosotros para daros esa agua de bergamota de
-que apestáis? Coma usted clavos, y si es noble y espera mayorazgos,
-póngase a roer sus <i>jicutorias</i>, o coja una espuerta y vaya a
-vender arena, como hacen mis dos hijos, que aunque no les falta para
-comer y vestir como niños de príncipe, andan al trabajo de la arena
-desde que saben llevar la mano a la boca. ¡Cuidado con el señorito
-D. Pelagatos! Y dice que es Conde... Conde es él como mi abuelo. Ea,
-muchachos, rociadle un poco con la esencia de ese fango de azahar
-argentino que hay en el patio... Coged también esas cáscaras de nuez, y
-la ceniza de aquel braserillo.</p>
-
-<p>Los muchachos que esto oyeron, y que se<span class="pagenum"
-id="Page_43">p. 43</span> habían adelantado a poner en ejecución
-<i>auctoritate propia</i> lo del rociar, descargaron sobre el infeliz
-D. Diego, a punto que este salía, tal lluvia de inmundas substancias,
-le persiguieron tan encarnizadamente por el portal y luego por toda la
-calle del Barquillo, que daba compasión ver al infeliz magnate corrido,
-avergonzado y lloroso.</p>
-
-<p>El Padre Salmón, que era hombre caritativo, reprendió a los
-muchachos su grosería, y a la señora de Cuervatón su crueldad. Cuando
-se dispuso a bajar, todos se lo disputaban no queriendo dejarle de
-la mano: este le enseñaba los cinco perritos recién paridos por
-Zoraidilla; aquel le hacía tocar con el dedo el diente de la niña; uno
-le pedía receta para el dolor de muelas; otro le cantaba una seguidilla
-nueva, y todos le daban tales muestras de cariño y admiración, que bien
-se le podía considerar como el hombre más popular de su tiempo.</p>
-
-<p>Cuando bajaba, allí eran de oír las exclamaciones, las palmadas, los
-vítores, y de ver los besos de correa, y el pedir y dar bendiciones.</p>
-
-<p>—¿Cuándo me receta para estos desmayillos?</p>
-
-<p>—Ya sé de cabo a rabo la oración a San Antonio. ¿Cuándo se la echo a
-Su Paternidad?</p>
-
-<p>—Razón tenía el Padrito en decir que el aguardiente de Chinchón
-da mejor gusto a los puches que el de Ocaña, y que no hay plato de
-lentejas sin dos ajitos machacados. Así lo hemos hecho.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_44">p. 44</span>—Padre, ¿las ranas
-son carne o son pescado? Porque mi abuela las comió el viernes y está
-llena de escrúpulos.</p>
-
-<p>—¿Qué nombre le pondremos a lo que ha de venir si sale macho?
-Pondrémosle Anastasio como Su Reverendísima, en señal de agradecimiento
-por habernos ayudado a criar al mayorcito.</p>
-
-<p>—Ya están compradas las dos velas para la Virgen de la Buena Dicha,
-y aquí Ramona las está adornando con flores y lentejuelas.</p>
-
-<p>—Viva cientos de miles de años su magnitud sapientísima y
-empingorotadísima para alivio de estos pobres a quienes socorre.</p>
-
-<p>Y así continuaban hasta que el Padre salía a la calle. No: no ha
-existido hombre más popular que el Padre Salmón. Casi, casi estoy
-por asegurar que su popularidad excedió dos dedos y aun tres a la de
-Fernando VII. ¡Desventurado Salmón! ¡Oh, tú, varón felicísimo, harto
-de lisonjas, de regalos y de bienestar!; ¡oh, tú, teólogo de tumba y
-hachero, predicador burdo y de cuatro suelas, fraile mercenario que si
-no redimiste ningún cautivo, tampoco hiciste daño a nadie!; ¡oh, tú,
-hombre dichoso sobre todos los dichosos de la tierra, pues no cavilaste
-jamás ni te apasionaste, ni aborreciste, ni padeciste mal alguno en
-muchos años, ni viste turbada tu apacible existencia!: ¡quién te había
-de decir entonces que aquel mismo pueblo tan solícito en vitorearte,
-en regalarte, en aplaudirte, en venerarte y adorarte como a persona
-divina, te había de<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span>
-coser a puñaladas veintiséis años después en la enfermería de tu santa
-casa, y cuando ya viejo, enfermo, inválido y sin alientos, no pensabas
-más que en Dios! ¡Quién te había de decir que aquel mismo pueblo de
-quien fuiste ídolo, te había de echar al cuello un cordel de cáñamo
-para arrastrarte por los profanados claustros, sirviendo tu antes
-regalado cuerpo de horrible trofeo a indecentes mujerzuelas! ¡Ay, lo
-que es el mundo y qué cosas tan atroces ofrece la historia! Y así es
-bien que digas: si buen chocolate sorbí, buenos palos me dieron; si
-buenos abrazos, y agasajos, y besos de correa recibí, con buen pie de
-puñaladas se lo cobraron.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5">
- <h2 class="nobreak">V</h2>
-</div>
-
-<p>Pero como nada de esto viene ahora al caso, voy a dar cuenta del
-asombro que me causó la conversación que inmediatamente después de
-su salida tuve con aquel popularísimo fraile; y lo ocurrido fue que,
-apoyándose en mi brazo para descargar sobre él parte del peso de su
-bien aprovechada humanidad, me dijo:</p>
-
-<p>—Gabriel, o mejor, Sr. D. Gabriel, pues a todo un Pico de la
-Mirandola se le debe tratar con miramiento: has de saber que necesito
-que me informes detenidamente de la vida de ese D. Diego de Rumblar,
-en cuya compañía te he visto varias veces. Tú dirás que qué me importa
-a mí si el tal niño canta o llora; pero a esto te respondo que no soy
-yo quien tiene<span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span> interés
-en saber sus malas mañas, sino una elevadísima familia, cuya casa
-frecuenta mi inutilidad las más de las tardes. Como Don Diego está
-para casar con la niña, las señoras, que ya barruntan la mala vida que
-lleva el rapaz en Madrid, están muy disgustadas. Ayer, cuando afirmé
-que le había visto en esta casa, me dijo la señora Condesa: «Por Dios,
-Padre Salmón, haga usted el favor de averiguar con qué hombres se
-junta, a qué sitios va, en qué gasta su dinero, porque si es cierto
-lo que sospechamos, antes se hundirá el cielo que entre él en nuestra
-familia.»</p>
-
-<p>—Pues el señor Conde —le respondí— es un poco calavera. Cosas de la
-juventud... Yo creo que se enmendará.</p>
-
-<p>—Se enmendará. Luego es malo. Bien, Gabriel. Has dicho lo que
-necesitaba saber. ¿A dónde va por las noches? ¿Con quién se junta?</p>
-
-<p>—Todo lo sé perfectamente —respondí—, y no da un paso sin que yo me
-entere de ello.</p>
-
-<p>—¿De modo que podré satisfacer a la señora Condesa? ¡Oh! Bendito
-seas, que me proporcionas la ocasión de corresponder a las grandes
-finezas de la dama más hermosa de España, al menos según mi indocto
-parecer en asunto de mujeres. Mañana tengo que ir a su casa, porque has
-de saber que la señora Condesa es la que ha formado la <i>Congregación
-de lavado y cosido</i>.</p>
-
-<p>—¿Y qué es eso?</p>
-
-<p>—Una Junta de señoras de la nobleza para lavar y coser la ropa
-de los soldados en estas críticas circunstancias. Y no creas que es
-cosa<span class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> de engañifa,
-sino que ellas mismas, con sus divinas manos, lavan y cosen.
-También pertenece la señora Condesa a la Junta de las <i>Buenas
-patricias</i>, en que hay damas de todas categorías, desde la duquesa
-a la escofietera. Pero esto no hace al caso, sino que mañana tengo
-que ir allá y les diré todo lo que tú me confíes. Aunque ahora se me
-ocurre que más fácil y expedito será cogerte por la mano y plantarte
-en presencia de tan alta señora para que por ti mismo y con tus buenas
-explicaderas, le des cuenta y razón de lo que desea saber.</p>
-
-<p>—Padre, no sé si estará bien que yo vaya a esa casa —dije tratando
-de disimular la alegría que el anuncio de la visita me causara.</p>
-
-<p>—Yendo conmigo, no tengas cuidado. Además, has de saber que la
-señora Condesa es una persona ilustradísima, y que entiende de poesía
-y letras humanas; de modo que al saber tus conocimientos en la lengua
-latina, es seguro que te recibirá bien, y aun espero que te proporcione
-una buena colocación.</p>
-
-<p>—Eso será lo de menos, con tal que yo consiga prestar a tan buena
-señora el servicio que desea. Y dígame, Padre, ¿conoce Su Reverencia,
-por ventura, a la que va a ser mujer de D. Diego?</p>
-
-<p>—¡Que si la conozco! Como que soy su amigo y su confidente, y desde
-que entro en la casa viene a mí saltando y brincando, y todo el día
-está «Padre Salmón por aquí, Padre Salmón por acullá.»</p>
-
-<p>—¿Y es Vuestra Paternidad su confesor?</p>
-
-<p>—Eso no, que lo es mi compañero y amigo<span class="pagenum"
-id="Page_48">p. 48</span> el Padre Castillo, el cual va también todas
-las tardes a la casa.</p>
-
-<p>—Y ella estará tan enamorada de D. Diego que beberá los vientos por
-él.</p>
-
-<p>—Me figuro que no le puede ver ni en pintura. Es opinión general
-en la casa que la niña tiene puesto el pensamiento y el corazón en
-otra persona; pero aunque se vuelven locos, no ha sido posible dar con
-ella. El señor Marqués y su hermana no piensan más que en averiguar
-quién podrá ser ese desconocido zascandil que ha trastornado el seso
-a la más discreta y bella muchacha que ha peinado azabaches y llorado
-perlas en el mundo; y todo se vuelve averiguaciones y acechos, y
-observa por aquí y husmea por allí. La Condesa no se afana tanto y
-suele decir: «Eso se la pasará»; pero yo conozco que no las tiene
-todas consigo. He aquí la causa de que hayan querido apresurar el
-casamiento; pero aquí viene lo de que Rumblarito es un perdido y un
-mala cabeza, y todo proyecto se desbarata, y allá va el estira y afloja
-de las consultas: «¿Padre, qué haremos? ¿Padre, qué no haremos?» A
-cuyo apremiante cuestionar les contesto: «Calma, señoras mías, calma,
-que a mucha prisa gran vagar. Que mi estrella querida Doña Inés es el
-<i>super omnia</i> de la virtud, de la buena crianza, del recato, de la
-modestia, no queda duda alguna, y capaz soy de decirlo en el púlpito si
-me pinchan tanto así. Al mismo tiempo, tampoco puede dudarse que algo
-le hace cosquillas en su pensamiento, que algo como triste recuerdo
-o vago deseo la trae a mal traer, porque ¿cómo<span class="pagenum"
-id="Page_49">p. 49</span> se explica aquel no hablar en dos días, aquel
-suspirar tan tierno, con la añadidura de mirar al suelo en ademán
-cogitabundo, sin que razones ni halagos, ni aun mis chistes escogidos,
-ni mis cuentos entresacados del <i>Tesoro de los dichos agudos</i> la
-hagan pestañear?» Y oyendo estas prudentes razones, la Marquesa se
-entristece, y me vuelve a consultar, y aquí viene lo de: «Averígüelo
-el reverendo Salmón, que como tiene tanto arte para el confesonario y
-es el mayor sacador de pecados que hemos conocido, sabrá explorarla.»
-Entonces el Marqués añade: «Si por artes del demonio esa muchacha
-durante el tiempo en que vivió lejos de nosotros tuvo el mal gusto de
-enamoriscarse de algún cabrahigo de esas calles, ¿cómo es posible que
-en su nueva posición no le haya olvidado?» Y yo, lleno de celo por
-el reposo de tan ilustre familia, llamo a la niña, me la llevo a un
-rinconcito de la casa o a uno de los cenadores del jardín, y le tomo
-una mano, y se la acaricio, o le cuento dos cuentos, le digo tres
-gracias y le doy una flor, y echando a correr con estas mis pesadas
-piernazas, le digo: «A que no me cogéis», y ella vuela y me agarra
-del hábito a los tres pasos, y con estos juegos preparo su ánimo para
-la confesión de amigo, no de sacerdote, que de ella espero. Sentados
-otra vez, le digo: «Niñita mía, flor de esta casa, retoñito temprano,
-fresa de Abril, ¿queréis decirme cuál es la causa de esa melancolía?
-Vamos a ver, acá para entre los dos, pues esto no ha de salir de mí.
-Antes de que vuestro papá os recogiera, ¿amasteis a alguien?»<span
-class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> Y al oír esto, los ojos se
-le llenan de lágrimas, echa a correr, la sigo y al poco trecho la veo
-parada, mirando al suelo y mordiendo la punta del pañuelo. Vuelvo a
-mis preguntas y nada saco en limpio, lo cual me desespera. Entonces la
-Marquesa y su hermano me preguntan si creo conveniente que se rompa
-el trato hecho con la familia de D. Diego, a lo cual les contesto:
-«Calma, señores: indagaremos primero si es cierto lo que del mozalbete
-se cuenta. Yo me encargo de hacer diligencias, pues varias veces le he
-visto entrar en cierta casa que frecuento, y conozco un joven que a
-menudo le acompaña.» Nada, hijo mío, lo dicho, dicho. Mañana vas allá y
-les cuentas todo lo que sabes <i>et quibusdam aliis</i>, con lo cual mi
-encargo queda hecho y el Rumblar desmascarado.</p>
-
-<p>Gran sorpresa me causó la relación del venerable mercenario, y
-cuando me separé de él prometiéndole ir en su compañía al siguiente
-día, quedeme pensando en las extrañas cosas que había oído, y muy
-dudoso acerca de si había obrado cuerdamente al comprometerme en tan
-arriesgada visita. Pero debo explicar las causas de mis dudas, así como
-el estado de mi ánimo por aquellos días, pues algo hay que mis lectores
-no deben ignorar, aunque les sean indiferentes las desdichas de este su
-humilde servidor. El palacio de mi señora la Condesa (y debo advertir
-que a la sazón vivían todos reunidos en el de la Cuesta de la Vega),
-era un asilo infranqueable para mí. Desde mi vuelta de Andalucía, ni
-por el pensamiento me<span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>
-pasó el poner allí los pies, teniendo como tenía la seguridad de una
-expulsión ignominiosa cual la de Córdoba. Entrar valiéndome de la
-astucia, habría sido, si posible, infructuoso, pues la superchería o
-ficción de que me valiera, no podrían durar sino hasta que la señora
-Amaranta me viese el rostro. Frecuentemente iba a pasear de noche por
-los callejones que rodean el palacio, y allá en lo alto del muro, la
-claridad de una ventana atraía mis miradas. Falto de la imagen de su
-persona, aquel cuadro de débil luz se me representaba como ella misma.
-Largas horas pasaba allí sin más compañía que la imagen de piedra de
-María Santísima de la Almudena, con quien en mi soledad entablaba
-místicos diálogos. Alumbrábame con sus dos faroles y me miraba
-compasiva. Una noche, tanto miré al palacio frontero a la Virgen, y con
-tanto arrobo contemplaba aquella ventana, que me entraron tentaciones
-de dar a conocer mi presencia al habitante del caserón que con
-semejante luz se alumbraba, habitante que, según mi capricho, era Inés
-y no otro alguno. Resolvime a ello, y tomando una chinita la arrojé
-contra los cristales: al poco rato se dibujó en ellos una sombra; pero
-esta y la luz desaparecieron pronto. Repetí el disparo a la noche
-siguiente, y catad la sombra otra vez. Pero cuando esperaba ver abierta
-la ventana y oír una voz querida ceceando dulces y temblorosas sílabas
-en el silencio de la noche, apareciose en el fondo del callejón, y como
-saliendo de las cocheras del palacio, un grupo de hombres en<span
-class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> actitud hostil contra mi
-persona. Me puse en cobro a toda prisa, y no volví más.</p>
-
-<p>Pasó agosto, pasaron también septiembre y octubre, y aquellos
-noventa días, depositándose unos tras otros como noventa capas de
-tierra en el hoyo de mi existencia, iban sepultando ilusiones,
-alegrías, sueños, porvenir. De improviso, la diferencia de jerarquía
-social había puesto entre Inés y yo murallas inexpugnables, y para
-romper su jaula no bastaban mis fuerzas, pues no era la nueva como
-aquella de los Requejos, hecha de frágiles cañas y alambres, sino de
-fuertísimos barrotes, más que el diamante duros.</p>
-
-<p>Entonces comprendí claramente que yo no era nada, ni valía en el
-mundo más que un grano de anís, y esta consideración, irritándome en
-sumo grado, me infundía el mayor desprecio hacia mí mismo. ¿Por qué he
-nacido como he nacido? me preguntaba; y según es fácil comprender, no
-podía acertar con la contestación.</p>
-
-<p>Y después decía: el espesor y fortaleza de estas paredes son tales,
-que si toda mi vida la empleara en hacerme más sabio que Séneca, más
-valiente que el Cid y más rico que los Fúcares, aun así no podría
-romperlas. Sin embargo, tal rumbo pueden llevar las cosas, que venga un
-día en que a los Fúcares no se les pida su ejecutoria para emparentar
-con la nobleza. Pero vamos a ver, ¿cómo me las compondré para llegar
-a ser rico? ¡Oh, miserable de mí! ¿Rico quien nada tiene? Es evidente
-que no se pueden ganar dos sin tener uno...<span class="pagenum"
-id="Page_53">p. 53</span> Pues estudiaré hasta que pierda el seso, por
-ver si me hago sabio... o entraré formalmente en el ejército, por ver
-si de soldado raso llego a general en estos revueltos tiempos...</p>
-
-<p>Y considerando esto, me golpeaba el cráneo, castigándole por su
-estupidez y su tardanza en dar a luz felices pensamientos. Entre tanto,
-la idea de la imposibilidad de mi dicha, de lo inútil de mis esfuerzos,
-y de la inconmensurable pequeñez a que estaba reducido, iba labrando en
-mi alma con tanta tenacidad, que bien pronto aquel laborioso gusanito
-me minó de parte a parte, me socavó, llenó de agujeros los fundamentos
-de mi entusiasmo y fe poderosa, y... ¡misericordia! todo yo caí al
-suelo.</p>
-
-<p>Las dificultades insuperables, la imposibilidad evidente de
-destruir, con el solo auxilio de mis dedos, aquella montaña que
-Dios había puesto en mi camino, me rendían de tal suerte, que me
-crucé de brazos, hallándome incapaz para todo. Y desde la inmensa
-profundidad donde me encontraba, decía, mirando el pedacito de cielo
-que difícilmente percibía encima de mí: «¡Oh, cielo! ¡Cuán lejos te
-veo, y qué bajo estoy, después que creí tocarte con mi mano! Pero,
-pues Dios ha dispuesto mi caída, renuncio por ahora a estar cerca de
-ti, y me arrastraré por estos oscuros fondajes, buscando un pedazo de
-pan que comer, sin más objeto ni aspiración que dar a la bestia de mi
-despreciable persona el forraje que diariamente necesita.»</p>
-
-<p>Así dije; mas no recuerdo si empleé las mismas palabras.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span>¿Qué es el hombre
-sin ideal? Nada, absolutamente nada: cosa viva entregada a las
-eventualidades de los seres extraños, y de que todo depende, menos
-de sí misma; existencia que, como el vegetal, no puede escoger en la
-extensión de lo creado el lugar que más le gusta, y ha de vivir donde
-la casualidad quiso que brotara, sin iniciativa, sin movimiento,
-sin deseo ni temor de ir a alguna parte; ser ignorante de todos los
-caminos que llevan a mejor paraje, y para quien son iguales todos los
-días, y lo mismo el ayer que el mañana. El hombre sin ideal es como el
-mendigo cojo que, puesto en medio del camino, implora un día y otro la
-limosna del pasajero. Todos pasan, unos alegres, otros tristes, estos
-despacio, aquellos velozmente, y él, sin aspirar a seguirlos, ocúpase
-tan solo del cuarto que le niegan o del desprecio que le dan. Todos van
-y vienen, cuál para arriba, cuál para abajo, y él se queda siempre,
-pues ni tiene piernas para andar, ni tampoco deseos de ir más lejos.
-Es, pues, la vida un camino por donde mucha y diversa gente transita,
-y sobre cuyos arrecifes y descansos se encuentran también muchos que
-no andan: estos, según mi entender, son los que no tienen ideal alguno
-en la tierra, así como aquellos son los que lo tienen, y van tras él
-aprisa o con calma, aunque los más, antes de llegar, suelen hacer alto
-en la posada de la muerte, donde por lo pronto se acaban los viajes en
-este camino.</p>
-
-<p>Pues bien: en aquellos tres meses yo lo había perdido todo, y me
-encontraba tullido y<span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span>
-con muletas en mitad del camino. La meditación, la razón, la evidencia
-que tenía delante, mil poderosos estímulos, me llevaron al siguiente
-resultado: renunciar completamente a Inés, si no en mi corazón, en lo
-real de la vida. Era lo justo, lo lógico, lo natural.</p>
-
-<p>Y con esto queda dicho todo lo necesario para que se comprenda la
-impresión vivísima que experimenté cuando el Padre Salmón quiso tan
-impensadamente y por tan raros caminos llevarme en presencia de la
-Condesa.</p>
-
-<p>«Iré, y sea lo que Dios quiera», dije para mí, ocupándome en
-arreglar el vestido que en tan solemne ocasión debía llevar sobre
-mi cuerpo. ¡Oh, infeliz de mí! Era el mes de noviembre, y no tenía
-más traje decente que uno de verano, sutilísimo, a quien cuidaba más
-que si fuera las telas de mi corazón, y me lo puse, con peligro de
-perecer helado, que a tales desperfectos están expuestos los pobres.
-Aquello, a más de incómodo, era ridículo; así es que al acostarme pedí
-fervorosamente a Dios y a los santos que aclararan el día siguiente,
-haciéndolo como los de mayo, templado y hermoso; pero los de arriba
-no me oyeron, o sin duda juzgaron más atendibles las razones de los
-labradores, que pedían agua y más agua.</p>
-
-<p>Tomando algunas cosas que indispensables creía para la visita,
-salí a la calle tiritando, encogido, hecho un ovillo y resguardando
-de los canalones la limpieza de mi ropa; pero aun así no pude salvar
-sino una pequeña parte de mi persona. Al fin, aprovechando los claros
-y alguno que otro descanso de las llovedoras<span class="pagenum"
-id="Page_56">p. 56</span> nubes, después de hacer varias paradas y
-estaciones en los portales, llegué al convento, y juntándome con
-Salmón, él muy festivo y yo más serio y pálido que si me llevaran a
-ajusticiar, nos dirigimos al palacio de Amaranta.</p>
-
-<p>Entramos primero en una habitación lujosísima del piso bajo, donde
-encontramos al señor diplomático en poder de su peluquero, que le
-arreglaba la cabeza con tenacillas, untos y menjurjes. Estaba el buen
-Marqués en traje ligero y abigarrado, que daba risa, y oía con mucha
-seriedad los donaires y chascarrillos del maestro, que era un redomado
-tunante. No me reconoció Su Excelencia. Acercósele el fraile: hablaron
-aparte cosas que no entendí, y después nos mandó subir, diciendo que
-arriba estaba Amaranta con el Padre Castillo, revolviendo unos libros
-que le habían traído. Subimos, pues, y sin tardanza nos introdujo un
-paje. Al punto en que Amaranta se fijó en mí, púsose pálida y ceñuda,
-demostrando la cólera que el verme allí le causaba. Pero como hábil
-cortesana, la disimuló al instante y recibió a Salmón con bondad,
-ordenándome a mí que me sentase junto a la gran copa de azófar que en
-mitad de la sala había, de lo cual colijo que ella debió de comprender
-el intenso frío que, a causa del rigor de la estación y de la
-diafanidad de mis veraniegas ropas, me mortificaba.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_57">p. 57</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">VI</h2>
-</div>
-
-<p>—Este muchacho —dijo Salmón— enterará a usía de aquello que deseaba
-averiguar, pues todo lo sabe de la cruz a la fecha; y al mismo tiempo
-tengo el honor de decir a usía que aquí tenemos un portento de
-precocidad, un gran latino, señora, autor de cierto inédito poema, por
-quien S. A. el Príncipe de la Paz le destinaba a la Secretaría de la
-Interpretación de lenguas.</p>
-
-<p>El Padre Castillo volviose a mí y dijo con afabilidad:</p>
-
-<p>—En efecto, ayer nos habló de usted el licenciado Lobo. ¿Y en qué
-aulas ha estudiado usted? ¿Querrá leernos algo de ese famoso poema?</p>
-
-<p>Yo le contesté que lo de mi ciencia latina era una equivocación, y
-que el licenciado Lobo me daba aquella fama usurpándola a otro.</p>
-
-<p>—¡Oh, no!... que también, si no recuerdo mal, nos dijo que en usted
-la modestia es tanta como el talento, y que siempre que se le habla de
-estas cosas lo niega. Bien está la modestia en los jóvenes; mas no en
-tanto grado que oscurezca el mérito verdadero.</p>
-
-<p>Amaranta no dijo nada. El Padre Castillo pasaba revista a varios
-libros, en montón reunidos sobre la mesa, y los iba examinando uno por
-uno para dar su parecer, que era, como a continuación verá el lector,
-muy discreto. Hombre erudito, culto, ilustrado, de modales<span
-class="pagenum" id="Page_58">p. 58</span> finos, de figura agradable y
-pequeña, de ideas templadas y tolerantes, que le hacían un poco raro
-y hasta exótico en su patria y tiempo, Fray Francisco Juan Nepomuceno
-de la Concepción, en los estrados conocido por el Padre Castillo, se
-diferenciaba de su cofrade, el Padre Salmón, en muchísimas cosas que al
-punto se comprenderán.</p>
-
-<p>—Estos son los libros y papeles que han salido en los tres últimos
-meses —dijo Amaranta—. Buena remesa me han mandado hoy Doblado y Pérez,
-mis dos libreros; pero no me pesa, pues entre tantas obras malas y de
-circunstancias como aparecen en estos revueltos días, alguna habrá
-buena, y hasta las impertinentes y ridículas tienen su mérito para
-ilustrar la historia de los actuales en los venideros tiempos.</p>
-
-<p>—Así es —indicó el Padre Castillo—. No hay obra, por mala que sea,
-que no contenga algo bueno, y hace bien vuestra grandeza en comprarlas
-todas.</p>
-
-<p>—He leído un poco de este voluminoso papel —dijo Amaranta tomando
-un folleto que parecía recién salido de la imprenta—, y me ha
-causado mucha risa. El título es de los de legua y media. Dice así:
-<i>Manifiesto de los íntimos afectos de dolor, amor y ternura del
-augusto combatido corazón de nuestro invicto monarca Fernando VII,
-exhalados por triste desahogo en el seno de su estimado maestro y
-confesor D. Juan Escóiquiz, quien por estrecho encargo de S. M, lo
-comunica a la nación en un discurso</i>.</p>
-
-<p>—Pues aquí veo otro —dijo Castillo hojeándole— que<span
-class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span> si no es del mismo autor,
-lo parece. Se titula <i>La inocencia perseguida o las desgracias de
-Fernando VII: poesía</i>. Verdad que está en verso, y ahora es moda
-tratar en metro las cuestiones serias, aun aquellas más extrañas al
-arte de la poesía, como, por ejemplo, este papel que ahora me viene a
-las manos y se llama <i>Explicación del capítulo IX del Apocalipsis,
-aplicado según su sentido literal al extraordinario acontecimiento de
-la pérfida irrupción de España: oda por un capellán</i>.</p>
-
-<p>—Y ha de saber Vuestra Reverencia que también nuestro prisionero
-monarca da en la flor de hablar en verso —dijo Amaranta con sorna—,
-pues aquí tengo la <i>Epístola férvida que nuestro amado soberano el
-Sr. D. Fernando VII dirige a sus queridos vasallos desde su prisión:
-pieza patética, tierna y de locución majestuosa</i>.</p>
-
-<p>—Pues ¿y qué me dice la señora Condesa de este otro librito que
-ahora me cae en las manos, y lleva por nombre <i>La Corte de las tres
-nobles artes, ideada para el inocente Fernando VII: anacreónticas</i>?
-Y la primera de estas anacreónticas se encabeza así: <i>Reglas que
-contribuyen a que un pueblo sea sano y hermoso</i>. Por mi hábito de
-la Merced, que no entiendo esto del pueblo <i>sano y hermoso</i>, que
-se ha de conseguir por la Corte de las tres nobles artes, y ha de
-exponerse en anacreónticas. Con permiso de vuecencia me lo llevaré al
-convento para leerlo esta noche.</p>
-
-<p>—Lleve también Su Paternidad este papel suelto que dice: <i>Lágrimas
-de un sacerdote, en dos octavas acrósticas</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>—Esto de los
-acrósticos y pentacrósticos, es juego del ingenio, indigno de
-verdaderos poetas —dijo Castillo—, y más aún de un sacerdote, cuyo
-entendimiento parecería mejor consagrado a graves empleos. Pero démelo
-acá usía, que me lo llevaré, juntamente con este sermón que se titula
-<i>Bonaparciana u oración, que a semejanza de las de Cicerón, escribió
-contra Bonaparte un capellán celoso de su patria</i>. Y en verdad que
-no anduvo modesto el tal capellancito comparándose con Cicerón; pero en
-fin, eso me prueba qué tal será la dichosa Bonaparciana.</p>
-
-<p>—Por Dios, señora Condesa —dijo a esta sazón el Padre José Anastasio
-de la Madre de Dios—. Ruego a vuecencia que me deje llevar al convento
-para leerlo esta noche, este otro graciosísimo libro que se titula:
-<i>Las Pampiroladas, letrillas en que un compadre manifiesta a su
-comadre que en las circunstancias actuales no debe temer a la fantasma
-que aterraba a todo el mundo</i>. ¡Qué obra más salada! Si no queda
-cosa que no se les ocurre...</p>
-
-<p>—También puede llevarse, pues viene muy bien al ingenio y buen
-humor de Su Paternidad —agregó Castillo—, este otro que aquí veo, y
-es <i>Deprecación de Lucifer a su Criador contra el tirano Napoleón y
-sus secuaces, asustado de ver entrar tantos malvados franceses en el
-infierno</i>. ¡Hola, hola! también está en octavas. Serán mejores que
-las de Juan Rufo, Ercilla y Ojeda.</p>
-
-<p>—¡Oh! Este sí que es bueno. ¡Válgame nuestra santa Patrona! —exclamó
-Salmón—. Óiganme:<span class="pagenum" id="Page_61">p. 61</span>
-<i>Seguidillas para cantar las muy leales y arrogantes mozas del
-Barquillo, Maravillas y Avapiés, el día de la proclamación de nuestro
-muy amado Rey</i>. ¿Me las llevo, señora Condesa?</p>
-
-<p>—Sí, Padre; ya que está por seguidillas, aquí veo otras que le
-parecerán muy buenas. <i>Seguidillas que cantó el famoso Diego López de
-la Membrilla, jefe de la Mancha, después que consiguió las gloriosas
-victorias contra los franceses.</i></p>
-
-<p>—El pueblo español —declaró Castillo— es de todos los que llenan la
-tierra el más inclinado a hacer chacota y burla de los asuntos serios.
-Ni el peligro le arredra, ni los padecimientos le quitan su buen humor;
-así vemos que rodeados de guerras, muertes, miseria y exterminio,
-se entretiene en componer cantares, creyendo no ofender menos a sus
-enemigos con las sátiras punzantes que con las cortadoras espadas. ¿Y
-qué me dicen usías de este <i>Asalto terrible que dieron los ratones
-a la galleta de los franceses, poema en dos cantos</i>? ¿Qué de este
-<i>Elogio del Sr. D. Napoleón, por un artífice de telescopios</i>? ¿Qué
-de esta <i>Gaceta del infierno, o sea Noticia de los nuevos amores de
-la Pepa Tudó con Napoleón, y celos de Josefina</i>?</p>
-
-<p>—Esas son groserías de vulgares o indecentes escritores —afirmó con
-enfado Amaranta—, pues todo el mundo sabe que ni la Tudó ha tenido
-amores con Bonaparte, ni este ha hecho nada que menoscabe su fama de
-hombre de buenas costumbres.</p>
-
-<p>—Cierto es —dijo Castillo—; pero si usía me lo permite, le haré una
-observación, y es que<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span>
-el pueblo no entiende de esas metafísicas, y al verse engañado y
-oprimido por un tirano y bárbaro intruso, no debemos extrañar que le
-ridiculice y aun le injurie. El pueblo es ignorante, y en vano se le
-exige una decencia y compostura que no puede tener, razón por la cual
-yo me inclino a perdonarle estas chocarrerías si conserva la dignidad
-de su alma, donde el grande sentimiento de la patria como que disimula
-y oscurece los rencorcillos pequeños y vituperables.</p>
-
-<p>—No me defienda usted tales chocarrerías, Padre —repuso Amaranta—.
-¿Tiene perdón de Dios este otro impreso que ahora leo? Oiga usted
-el título: <i>Lo que pueden cuatro borrachos, o sea despique al vil
-dictado con que se han querido oscurecer los honrados procedimientos de
-un pueblo fiel a su Religión, Rey y Patria</i>.</p>
-
-<p>—La obra —dijo riendo el fraile— tiene traza de no ser un segundo
-<i>Don Quijote</i> ni mucho menos; pero en su mismo título hallará
-vuecencia la explicación del llamar <i>borrachos</i> a los Bonapartes,
-dictado que tanto repugna a mi señora Condesa. Cierto que los
-Bonapartes no son borrachos, y harto sabemos que el pobre Rey José
-ni por pienso lo bebía; pero el pueblo no lo entiende así, del mismo
-modo que jamás dejó de llamarle <i>tuerto</i>, aunque harto bien pudo
-reparar la hermosura de sus dos ojos. El pueblo le llamó borracho y
-tuerto, sin motivo, es cierto; pero ¿tienen razón los franceses en
-llamar <i>insurgentes, bandidos y ladrones de caminos</i> a los héroes
-que en los campos de<span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span>
-batalla defienden generosamente la independencia patria?</p>
-
-<p>—Convengo en ello —contestó Amaranta—; pero la cosa más justa si
-se hace con malas formas, parece como que se deslustra y encanalla.
-Vea usted. Para hacer una pintura de las calamidades ocasionadas por
-la guerra, no era preciso que el autor de este papel lo titulara
-<i>Inventario de los robos hechos por los franceses en los países donde
-han invadido sus ejércitos</i>.</p>
-
-<p>—Señora, concedo que al autor se le ha ido un tanto la mano en la
-forma —dijo Castillo—; pero por lo poco que de este libro he leído, me
-parece que dice verdades como el puño.</p>
-
-<p>—¡Y tan como el puño! —exclamó Salmón alzando los ojos de un libelo
-cuyas páginas a la ligera recorría—. Pues lo que es este que al azar ha
-caído en mis manos, tiene unas explicaderas...</p>
-
-<p>—¿Cuál?</p>
-
-<p>—Es de lo más gracioso y bien parlado que imaginarse puede. Su
-anónimo autor lo titula <i>Carta primera de un vecino de Madrid a un su
-amigo, en que le cuenta lo ocurrido después de la prisión del execrable
-Godoy hasta la vergonzosa fuga del tío Copas</i>. La agudeza de los
-dichos, la oportunidad de los chistes, apodos y chanzonetas es tal, que
-harían reír a la misma seriedad.</p>
-
-<p>—¡Bonito modo de escribir la historia! Y ese palurdo vecino de
-Madrid, que sin duda será algún sacristán rapavelas o bodegonero del
-Rastro, ¿qué entiende de execrables Godoyes ni otras zarandajas?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span>—¿Pues no ha de
-entender, señora? —dijo el Padre Castillo—. A veces en personas rudas
-y zafias se ve mejor sentido y criterio de las cosas que en las
-ilustradas, quizás por su misma ilustración desvanecidas. Lo que les
-falta es el decoro en la forma. Oiga mi señora Condesa una observación
-que quiero hacerle. Entre esta multitud de papeles, que los libreros
-de Madrid le envían para que coleccione todo lo publicado, hay tal
-balumba de despropósitos y estolideces, que sería más necio y simple
-que sus autores el que dejara de reconocerlo así. Pero en medio de
-tanta faramalla, encuentro algunos productos del ingenio que suspenden,
-cautivan y enamoran, por ser fruto espontáneo de la mente popular,
-como lo son las heroicas acciones que desde el principio de la guerra
-estamos presenciando. Vea vuecencia: aquí hay una <i>Convocatoria
-que a todos los pastores de España dirige un mayoral de la sierra
-de Soria para la formación de compañías de honderos</i>. Este es un
-hombre ignorante, cuya actividad e interés por la patria no puede menos
-de elogiarse. También merece encomios lo que ha escrito esta Doña
-María Piquer y Pravia, con el título de <i>¿Qué es héroe? Exhortación
-a los jóvenes españoles</i>, pues todo lo que tienda a encender los
-alientos de la juventud en las actuales circunstancias, es digno de
-aplauso. No le negaré tampoco los míos a estos <i>Cargos que hace el
-tribunal de la razón de España al Emperador de los franceses</i>,
-porque los tales cargos están hechos con mesura; ni tampoco a este
-<i>Engaño de Napoleón descubierto y castigado,<span class="pagenum"
-id="Page_65">p. 65</span> obra en que se manifiesta con la mayor
-claridad la infidelidad del Emperador en sus convenios con España</i>,
-porque todo cuanto se diga acerca de la manera desleal y traidora con
-que nos declararon la guerra, me sabe siempre a poco. No seré tan
-benévolo con esta <i>Carta del licenciado Siempre y Quando al Doctor
-Mayo de 1808</i>, porque me repugnan las formas chocarreras en formales
-asuntos, ni daré dos higos por esta <i>Alegoría poética que descubre
-las iniquidades del más perjudicial y maligno hipócrita del mundo,
-Bonaparte</i>, porque ya dije que este afán de tratar en malos versos
-lo que está pidiendo a gritos clara y valiente prosa, me indigna y pone
-fuera de mí.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch7">
- <h2 class="nobreak g0">VII</h2>
-</div>
-
-<p>—Gracias a Dios —dijo entonces Amaranta— que encuentro entre esta
-garrulería una obra de reconocida utilidad durante los tiempos de
-guerra. Vea Su Reverencia: <i>Arte universal de la guerra del Príncipe
-Raimundo de Montecuculi</i>.</p>
-
-<p>—En efecto, señora: yo daría un par de abrazos y otros tantos
-apretones de manos a Quiroga y Burguillos, que son impresores y
-editores de esta gran obra. Y aquí veo otra, a cuyo autor le pondría
-yo en los cuernos de la luna, pues no conozco hoy por hoy tarea más
-meritoria que escribir un <i>Prontuario en que se<span class="pagenum"
-id="Page_66">p. 66</span> hallan reunidas las obligaciones del
-soldado, cabo y sargento para la pronta metódica instrucción de las
-compañías</i>. Vea mi señora Condesa cómo también sacamos pepitas
-de oro puro del escorial de este montón que tenemos delante. Aquí
-veo la <i>Higiene militar o arte de conservar la salud del soldado
-en guarniciones, marchas, campamentos, hospitales, etc.</i> Queden
-a un lado, para que no se confundan con lo demás, y en su compañía
-vaya <i>El buen soldado de Dios y del Rey, libro donde se asocian las
-máximas militares con las cristianas</i>. Esto me parece muy del caso,
-pues será mejor soldado aquel que lleve en su corazón la fe, única
-fuente de toda heroica acción, y de la humildad y obediencia, que
-mantienen la disciplina, remedo mundano del divino orden puesto por
-Dios a la autoridad religiosa.</p>
-
-<p>—Pues hagamos aquí un apartado de los buenos libros —dijo la Condesa
-graciosamente, reuniendo los que el fraile le indicaba.</p>
-
-<p>—Pero tate, señora mía —dijo este—, que me parece que en ese
-departamento de las cosas buenas se ha colado <i>El laurel de Andalucía
-y sepulcro de Dupont</i>, que, aunque muy patriótica, es de las más
-necias y enfadosas comedias que se han impreso en estos tiempos.
-Vaya fuera, y lléveselo Salmón si quiere leerlo, y en su lugar
-póngase esta <i>Colección de proclamas, bandos, diversos estados del
-ejército y relaciones de batallas</i>, que por ser un conjunto de
-documentos fehacientes, será en día no lejano de grande interés para la
-historia, que en tales tesoros se alimenta y bebe la verdad, sin<span
-class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> la cual no puede vivir. ¿Pero
-qué libro es ese que con tanta atención vuecencia lee?</p>
-
-<p>—Leo —repuso la Condesa— las <i>Poesías patrióticas de D. Manuel
-Josef Quintana</i>, que ahora salen por segunda vez a luz. Este tomo
-contiene la <i>Expedición de la Vacuna, las odas a Juan de Padilla,
-a España libre, al panteón del Escorial y a la Invención de la
-imprenta</i>.</p>
-
-<p>—¡Oh! —exclamó el Padre Castillo—. Bien lo decía yo: no pepitas de
-oro, sino perlas orientales habían de aparecer entre esta balumba.
-Póngame vuecencia a ese poeta sobre las niñas de mis ojos, pues
-no me canso nunca de leerlo, y es tan grande el encanto que en mí
-producen su fogosa entonación, su grave estilo, su arrebatado estro,
-su numerosa cadencia, la gallardía de las imágenes, la verdad de los
-pensamientos, la elegancia de los símiles, la escogida casta de todas
-las voces y frases, que me olvido del apasionamiento y saña con que
-ataca institutos y personas que yo a causa de mi estado no puedo menos
-de reverenciar. Pero tal es el privilegio del arte cuando da en buenas
-manos; y es que enamora con la forma aun a los mismos a quienes no
-puede conquistar con las ideas.</p>
-
-<p>—Quítenmelo de delante —dijo Salmón—, y no pongan a ese autor ni
-a cien leguas del de esta composición que ahora tengo en la mano:
-<i>Godoy, sátira por D. José Mor de Fuentes</i>.</p>
-
-<p>—Pues si Su Paternidad es tan entusiasta de Mor de Fuentes,
-nosotros se lo regalamos, para que lo disfrute por los siglos de los
-siglos. ¿No es verdad, señora Condesa? ¿A ver<span class="pagenum"
-id="Page_68">p. 68</span> qué otro volumen es este, que parece recién
-publicado? <i>Poesías líricas o rimas juveniles por D. Juan Bautista
-Arriaza.</i> Este no debe ser despreciado, pero tampoco agasajado. El
-aprecio que conquista con su gracia y primorosa frivolidad, lo pierde
-por maldiciente, sin que tenga, como Juvenal, el mérito de reprender
-los vicios y malas costumbres. Sus mejores obras son las que podríamos
-llamar <i>Vejámenes</i>, dirigidas contra cómicos y poetas; y estas
-<i>Rimas juveniles</i> son finas, pulcras, bonitas, pasajeras; pero
-carecen de aquella sal de la inspiración, sin cuyo ingrediente no hay
-manjar poético que se pueda traspalear. ¿Qué hacemos, señora Condesa?
-¿Se lo damos a Salmón, o se queda en el departamento escogido?</p>
-
-<p>—Quédese aquí —dijo Amaranta—, aunque no sea sino porque me ha
-dedicado casi todos sus versos llamándome Clori, Belisa, Dorila, Mirta,
-Dafne, Febea y Floridiana. Y para que el reverendo Salmón no se enfade,
-le daremos el <i>Napoleón rabiando, casi-comedia</i>; el <i>Bonaparte
-sin máscara</i>, y la <i>Descomunal batalla de los invencibles gabachos
-contra los ratones del Retiro</i>, que aquí están pidiendo que Vuestra
-Reverencia les dé su dictamen.</p>
-
-<p>—Pues vengan —dijo Salmón—, y no creo que vuestra grandeza me niegue
-este saladísimo papel, cuyo solo título hace desternillar de risa,
-y es <i>El juego de Fernando VII con Napoleón y Murat al tresillo,
-libro en el que baxo las voces propias del tresillo se da una idea de
-lo acaecido con nuestro augusto soberano, del orgullo de Napoleón, y
-concluye con las exclamaciones<span class="pagenum" id="Page_69">p.
-69</span> más tiernas de nuestro oprimido monarca</i>.</p>
-
-<p>—Esto de decir en términos de tresillo lo que se puede expresar en
-castellano seco, me enamora —indicó Castillo.</p>
-
-<p>—Precisamente en lo intrincado está el mérito de la invención
-—observó el otro fraile—. La prosa llana se cae de las manos, y
-así no comprendo cómo Vuestra Paternidad está ahora tan embebecido
-en la lectura de ese folleto, <i>Gobierno pronto y reformas
-necesarias</i>.</p>
-
-<p>—Más que por lo que dice, me interesa por lo que todos los papeles
-de esta clase indican de alteraciones y disputas para lo porvenir.</p>
-
-<p>—Los españoles —dijo la Condesa— no se cuidan ahora de lo
-porvenir.</p>
-
-<p>—Permítame usía que le diga que está muy equivocada —repuso
-Castillo—. Observando atentamente todos los impresos que salen a luz (y
-los papeles impresos son quien más que otra cosa alguna da a conocer
-lo que piensa y anhela un pueblo cualquiera); observando, digo, esto
-que aquí tenemos, se ve que los españoles, bajo la aparente conformidad
-que nos da la guerra, estamos muy divididos, y eso se conocerá cuando
-con las paces venga el deseo de establecer las nuevas leyes que nos
-han de regir. Aquí tengo unas <i>Reflexiones de un español, y modo de
-organizar un Gobierno que concluya la grande obra de la eterna libertad
-y prosperidad de la nación</i>. No parece mal escrito, y apunta con
-timidez la idea que creo desarrolla atrevidamente este cuaderno que se
-intitula <i>Política popular acomodada a las circunstancias del día:
-propone la Constitución que la España necesita<span class="pagenum"
-id="Page_70">p. 70</span> para cortar de raíz el despotismo</i>. Por
-el mismo estilo y con igual tendencia está hecho este otro que dice
-<i>Reflexiones de un viejo activo a un amigo suyo sobre el modo de
-establecer una Constitución</i>.</p>
-
-<p>—Y por lo que veo —dijo Amaranta leyendo la portada de otro libro—,
-este trata del mismo asunto: <i>Manifiesto del español, ciudadano y
-soldado, donde se da conocimiento de nuestros anteriores padeceres y
-esperanzas en nosotros mismos, respecto al mundo individual</i>.</p>
-
-<p>—Por San Buenaventura y los cuatro doctores, que no sé lo que ha
-querido decir ese buen hombre con lo del <i>mundo individual</i>; pero
-lo apartaremos para leerlo después.</p>
-
-<p>—¿Y cree Vuestra Paternidad que hay divergencia de pareceres
-entre los diversos autores que tratan de política y de Constitución?
-—preguntó Amaranta.</p>
-
-<p>—¡Oh! —exclamó Castillo—, por aquí aparece la punta de un impreso,
-en quien desde luego conozco la opinión contraria. Sí, señora
-Condesa: no hay más que leer este título, <i>Higiene del cuerpo
-político de España, o medicina preservativa de los males con que la
-quiere contagiar la Francia</i>, para comprender que este es amigo
-del despotismo. Pues ¿y dónde me deja usía estas <i>Conclusiones
-político-morales que ofrece a público certamen contra los herejes de
-estos tiempos un fraile gilito</i>? No me gusta que los regulares
-se ocupen de estos asuntos, y desearía que, concretándose a su
-ministerio de paz, aguardaran tranquilos lo que los tiempos futuros
-traigan de calamitoso para nuestro instituto.<span class="pagenum"
-id="Page_71">p. 71</span> Pero no es posible contener esta gritería que
-por todos lados sale en defensa de opuestos intereses, y venga lo que
-viniere, que si Dios no lo remedia, será gordo y sonado. Entre tanto,
-póngame usía a un ladito estos libros que tratan de la Constitución y
-el despotismo, pues pienso examinarlos espaciosamente. ¿Pero qué veo?
-¿Ha puesto vuecencia en el montón escogido esos cuatro librillos de
-novelas simples? Parece mentira que en esta época empleen nuestros
-libreros su tiempo y dinero en traducir del francés tales majaderías...
-¿A ver? <i>La marquesa de Brainville</i>, la <i>Etelvina</i>, los
-<i>Sibaritas</i>, el <i>Hipólito</i>. Vaya toda esta romancil caterva
-a deleitar al Padre Salmón, y si tarda en devolverla, mejor, que así
-podrá vuestra grandeza entretenerse en mejores lecturas.</p>
-
-<p>—En esto de novelas andamos tan descaminados —dijo Amaranta—, que
-después de haber producido España la matriz de todas las novelas del
-mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora
-no acierta a componer una que sea mayor del tamaño de un cañamón, y
-traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores
-entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir
-con la patochada de que son hermanos.</p>
-
-<p>—Pues para mí —dijo Salmón—, no hay más regocijada lectura que esa;
-y vengan todos para acá.</p>
-
-<p>—Abulta bastante, señora Condesa —indicó Castillo—, el apartado de
-los que defienden la<span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span>
-Constitución. Hágame vuestra merced otro con los apóstoles del
-despotismo, que hasta ahora parecen los menos. Pero no: por aquí sale
-un libelo titulado <i>Gritos de español en su rincón</i>, que al
-instante puedo colocar entre los del despotismo.</p>
-
-<p>—Y aquí hay otro —dijo Amaranta— que, si no me equivoco, también es
-del mismo estambre. Titúlase <i>Carta de un filósofo lugareño que sabe
-en qué vendrán a parar estas misas</i>.</p>
-
-<p>—¡Magnífico! Desde que oí eso del <i>filósofo lugareño</i>, lo
-diputé por enemigo de los constitucionales. Vaya al segundo montón; y
-los leeremos a unos y a otros para saber, como dice el encabezamiento,
-en qué <i>vendrán a parar estas misas</i>. Esta lucha, señora mía, o
-yo me engaño mucho, o ahora es un juego de chicos comparada con lo
-que ha de venir. Cuando se acabe la guerra, aparecerá tan formidable
-y espantosa, que no me parece podrá apaciguarla ni aun el suave
-transcurso de todos los años de este siglo en cuyo principio vivimos.
-Yo que observo lo que pasa, veo que esa controversia está en las
-entrañas de la sociedad española, y que no se aplacará fácilmente,
-porque los males hondos quieren hondísimos remedios, y no sé yo
-si tendremos quien sepa aplicar estos con aquel tacto y prudencia
-que exige un enfermo por diferentes partes atacado de complicadas
-dolencias. Los españoles son hasta ahora valientes y honrados;
-pero muy fogosos en sus pasiones, y si se desatan en rencorosos
-sentimientos unos contra otros, no sé cómo se van a entender. Mas<span
-class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span> quédese esto al cuidado de
-otra generación, que la mía se va por la posta al otro mundo, con
-más prisa de lo que yo deseo. Y entre tanto, guárdeme usía esos dos
-montones de libros, que todos quiero leerlos. Aquí el departamento de
-la Constitución, a este otro lado el del despotismo... pero ¡pecador de
-mí! A vuecencia se le ha ido la mano, dejando que se colara en estas
-regiones un papelejo que desde su principio fue destinado al paladar de
-mi reverendo amigo. Afuera ese desvergonzado intruso.</p>
-
-<p>—¡Ah! —exclamó Amaranta riendo—. Es un <i>Retrato poético del que
-vende santi barati y el sartenero victoreando al primer pepino que
-plantó un corso en tierra de España, y no ha prendido</i>.</p>
-
-<p>—¡Venga acá! —dijo con gran alegría Salmón—. ¡Y cómo se escapaba esa
-joya! Al convento me lo llevo junto con este otro, que aunque no trata
-de la guerra ni de política, parece libro de recreación científica
-y de honestísimo divertimiento. Es la <i>Pirotécnica entretenida,
-curiosa y agradable, que contiene el método para que cada uno pueda
-formarse en su casa los cohetes, carretillas y bombas, etc., con tres
-láminas demostrativas de todas las operaciones del sublime arte de
-polvorista</i>.</p>
-
-<p>—Y ahora, señora Condesa de mi alma —dijo el Padre Castillo
-levantándose—, ya que he molestado bastante a usía, y hecho el
-escrutinio que vuestra grandeza deseaba, me retiro, pues esta tarde
-celebra solemne rosario la Hermandad del Socorro de Nuestra Señora del
-Traspaso, y me toca predicar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span>—Yo pertenezco a la
-del Rescate —indicó Amaranta—, y creo que es la semana que entra cuando
-hacemos nuestra función de desagravios. Y Vuestra Paternidad, Padre
-Salmón, ¿no predica en estas fiestas?</p>
-
-<p>—¿Cómo no? La Real Congregación y Esclavitud de Nuestra Señora de la
-Soledad, me ha encargado dos pláticas para la semana que entra. Veremos
-qué tal salgo de ellas.</p>
-
-<p>El Padre Castillo, que sin duda tenía prisa, se fue, y allí quedamos
-Salmón y yo. Desde que hubo salido su compañero, tomó aquel la palabra
-y dijo:</p>
-
-<p>—Pues como tuve el honor de indicar a usía, este muchacho sabe todo
-lo concerniente a D. Diego, a sus artimañas, trapicheos y correrías, y
-él satisfará a vuecencia mejor que cuanto yo, <i>relata referendo</i>,
-pudiera decirle. Pero ¿será cierto, señora mía, lo que al entrar me ha
-dicho el señor Marqués D. Felipe?</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Que usía ha tenido anoche la felicísima suerte de hacer confesar a
-esa linda niña todo lo que de ella queríamos saber.</p>
-
-<p>—Así es —dijo Amaranta—. Todo me lo ha confesado.</p>
-
-<p>—La paz de Dios sea en esta ilustre casa. ¿Dónde está ese blanco
-lirio, que la quiero felicitar por el buen acuerdo que ha tenido?</p>
-
-<p>—Esta tarde no se la puede ver, Padre. Ya que su merced ha tenido
-la buena ocurrencia de traerme este joven, a quien supone al tanto de
-lo que quiero saber, tenga la bondad de dejarme a solas con él, para
-que la presencia de<span class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> una
-persona grave y respetabilísima como Vuestra Reverencia no le impida
-decirme todo lo que sabe, aunque sea lo más secreto.</p>
-
-<p>—Con mil amores obedeceré a usía —dijo el Padre Salmón; y con esto
-se retiró, dejándome solo con aquella estrella de la hermosura, con
-aquella deslumbradora cortesana, a quien nunca me había acercado sin
-sacar de su trato el fruto de una gran pesadumbre.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch8">
- <h2 class="nobreak g0">VIII</h2>
-</div>
-
-<p>—No ha sido una simpleza de este buen religioso lo que te ha
-traído aquí —me dijo severamente—; esto ha sido obra de tu astucia y
-malignidad.</p>
-
-<p>—Señora —le respondí—, por mi madre juro a usía que no pensaba
-volver a esta casa, cuando el Padre Salmón se empeñó en traerme, con el
-objeto que él mismo ha manifestado.</p>
-
-<p>—¿Y qué sabes tú de D. Diego?</p>
-
-<p>—Yo no sé más sino aquello que no ignora nadie que le trata.</p>
-
-<p>—D. Diego es jugador, francmasón, libertino; ¿no es cierto?</p>
-
-<p>—Usía lo ha dicho; y si lo confirmo, no es porque me guste ni esté
-en mi condición el delatar a nadie, sino porque eso de D. Diego todo el
-mundo lo sabe.</p>
-
-<p>—Bien: ¿y tú querrías llevarme a mí o a<span class="pagenum"
-id="Page_76">p. 76</span> otra persona de esta casa a cualquiera de
-los abominables sitios que el Conde frecuenta por las noches, para
-sorprenderle allí, de modo que no pueda negarnos su falta?</p>
-
-<p>—Eso, señora, no lo haré, aunque usía, a quien tanto respeto, me lo
-mande.</p>
-
-<p>—¿Por qué?</p>
-
-<p>—Porque es una fea y villana acción. Don Diego es mi amigo, y la
-traición y doblez con los amigos me repugna.</p>
-
-<p>—Bueno —dijo Amaranta con menos severidad—. Pero me parece que tú
-eres tan necio como él, y que le llevas a la perdición, incitándole y
-adulando sus vicios.</p>
-
-<p>—Al contrario, señora: a menudo le afeo su conducta, diciéndole que
-tal proceder es indigno de caballeros, y que al paso que deshonra su
-casa, deshonra también a aquella con quien va a emparentarse.</p>
-
-<p>—Eso está muy bien dicho —afirmó con pesadumbre—. Lo que hace
-Rumblar no tiene perdón de Dios. ¿Y quién le acompaña en su
-libertinaje?</p>
-
-<p>—El Sr. de Mañara y D. Luis de Santorcaz.</p>
-
-<p>—¡También ese! —dijo con sobresalto y súbita transformación en su
-bello rostro—. ¿Qué hombre es ese? ¿Le conoces tú? ¿Dónde vive? ¿En qué
-se ocupa?</p>
-
-<p>—Si he de decir verdad, aún ignoro qué clase de hombre es. Tampoco
-sé dónde vive; pero he oído que es espía de los franceses, y que estos
-le dan un sueldo para que les escriba todo lo que pasa. Esto me han
-dicho; pero no lo aseguro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span>Entonces Amaranta
-acercó su silla a la mía; mirome como quien se dispone a entablar
-relaciones de confianza, y me habló así con voz dulce:</p>
-
-<p>—Gabriel, está de Dios que me prestes de vez en cuando servicios
-de esos que no se encomiendan sino a la despierta observancia y a
-la discreta malicia. ¿Querrás averiguar si D. Diego anda también en
-conspiraciones y malos pasos con ese que has llamado espía de los
-franceses?</p>
-
-<p>—No sé si podré hacerlo, señora. Tendría que hacerme dueño de su
-confianza para abusar de ella. Por otro conducto podrá averiguarlo su
-señoría.</p>
-
-<p>—Estás orgulloso; pero ven acá, chicuelo: ¿quién eres tú? ¿A quién
-sirves ahora?</p>
-
-<p>—No sirvo a nadie, ni quiero servir. Por ahora soy soldado, si
-soldado es ser alguna cosa. Vivo de la paga que da el Ayuntamiento
-de Madrid a las tropas que ha levantado. Pero no tengo afición a las
-armas, y si las tomo hoy es por puro patriotismo y solo mientras
-dure la guerra. Después Dios dispondrá de mí, aunque, como no tengo
-riquezas, ni padres, ni parientes, ni papeles de nobleza, ni protección
-alguna, espero que no saldré de esta humilde esfera en que he nacido y
-vivo.</p>
-
-<p>—¿Quieres que te proteja yo? ¿Necesitas algo? —me preguntó con
-bondad—. Te buscaré un buen acomodo, te socorreré, si por acaso no
-estás muy desahogado.</p>
-
-<p>—Aunque el recibir limosnas no deshonra a nadie, antes me asparían
-que tomarlas de vuecencia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span>—¿Por qué? Pero ¿qué
-pretendes tú? Yo sé que tú picas muy alto, y no te andas por las ramas.
-Vamos, Gabriel, si me abres tu corazón, si me confías francamente todo
-lo que sientes, te prometo ser benévola contigo. ¿Crees que no estoy al
-tanto de tus atrevimientos? Y si no, dime: ¿a qué paseas de noche por
-ese callejón cercano? ¿A qué arrojas piedrecitas a las ventanas?</p>
-
-<p>—¿Usía me vio? —pregunté muy confuso.</p>
-
-<p>—Sí; y aunque me causó ira, reconozco que nadie es dueño de borrar
-de un golpe lo pasado, mucho más cuando uno no es autor de la situación
-en que ahora o después se encuentra, sino que es Dios quien a ella
-le conduce. Tú tienes aspiraciones ridículas y absurdas, y ahora yo,
-renunciando a medios violentos, hablándote con templanza y sensatez,
-voy a quitártelas de la cabeza.</p>
-
-<p>—Hable vuecencia; pero debo advertirle que no tengo ya pretensiones
-ridículas, pues todo aquello que vuecencia recordará de mi afán de ser
-generalísimo, pasó y...</p>
-
-<p>—No me refiero a eso, y bien sabes a qué aludo, tunantuelo. No
-puedo ocultarte el disgusto que tuve cuando en Córdoba me dijiste con
-mucha ingenuidad: «Señora, Inés y yo éramos novios.» Tal despropósito,
-tratándose de mi prima, me indignó al principio; pero después me hizo
-reír. ¡Ay! cuánto he reído con esto. Por supuesto, no creas que ella se
-acuerda de ti. ¡Eres tan inferior a ella! Bien sabe Inés que si en otro
-tiempo y lugar la aparente igualdad de vuestra condición permitía que
-os<span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span> estimarais, hoy el
-solo pensar en tal cosa es un crimen. ¡Pues si vieras cómo se ríe de ti
-y cuenta tus simplezas!... Eso sí, dice que te está agradecida porque
-dice que la salvaste de no sé qué peligro; pero nada más. Mi primita
-ha sacado tal dignidad y estimación de su linaje, que no digo yo con
-Condes, con Emperadores se casaría, y aún se juzgara rebajada.</p>
-
-<p>—¡Bendito sea Dios, y cómo se mudan las personas! —dije yo,
-comprendiendo no ser cierto lo que oía.</p>
-
-<p>—Pero si esto te digo —continuó Amaranta—, también añado que me
-intereso por ti y quiero recompensar los servicios que prestaste a Inés
-cuando estaba en la miseria: de modo que te daré lo necesario para
-que hagas fortuna con tu trabajo; mas con la condición de que has de
-marcharte de Madrid y de España mañana mismo, para no volver nunca.</p>
-
-<p>Oí con mucha calma estas razones que la Condesa dijo, queriendo
-aparentar una tranquilidad de espíritu que no tenía, y le contesté:</p>
-
-<p>—¡Ay, señora, y qué mal me ha comprendido usía! Hábleme ahora
-vuecencia sin ninguna clase de artificio, pues yo, con el corazón en
-la mano, le digo que conozco muy bien quien soy y todo lo que puedo
-esperar. En mi corta vida he aprendido a conocer un poco las cosas
-del mundo, y sé que aspirar a lo que, por mi humildad, mi ignorancia
-y mi pobreza, está tan lejos de mí como el cielo de la tierra, sería
-una estupidez. No ocultaré a usía nada de lo que me ha pasado. Cuando
-Inés, quiero decir,<span class="pagenum" id="Page_80">p. 80</span>
-la señorita Inés, estaba en casa del cura de Aranjuez, nosotros nos
-tuteábamos, hablando de nuestro porvenir, como si nunca hubiéramos de
-separarnos. Después, en casa de Don Mauro Requejo, parecía como que
-nuestras desgracias nos hacían querernos más. Teníamos mil bromas y yo
-le decía: «Inesilla, cuando seas Condesa, ¿me querrás como ahora?» Y
-ella me contestaba que sí, y yo me lo creía. Después, todo ha cambiado.
-Cuando fui a la guerra, yo no pensaba sino en ser un hombre de provecho
-para hacerla mi mujer; mas al mirar de cerca la esfera a donde ella
-había subido; al verme a mí mismo sin poder avanzar un solo peldaño
-en la escala de la sociedad, me entró una tristeza tal, que pensé
-morirme. Pero al fin se ha ido abriendo paso mi razón por entre este
-laberinto de atrevidas locuras, y he dicho para mí: «Gabriel, eres
-un loco en pensar que el mundo se va a volver del revés para darte
-gusto. Dios lo ha hecho así, y cuando su obra ha salido con tantas
-desigualdades, Él se sabrá por qué. Renuncia a tus vanos sueños; que
-esto y ser generalísimo de un tirón, como antes pensabas, es todo uno.»
-Al fin, señora Condesa, he llegado, a costa de grandes tristezas, a
-adquirir una resignación profunda, con cuyo auxilio ya estoy curado
-de mis atrevimientos. He renunciado a lo imposible. Si así no lo
-hubiera hecho, sería real y efectivo lo que cuentan las malas novelas
-de que se reía hace poco el Padre Castillo, y en las cuales se ve a
-una archiduquesa que se casa con un paje, y a un porquerizo enamorado
-de una emperatriz<span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span> No,
-señora: vengamos a la realidad triste; pero que dicen es lo único
-que no engaña. Ya no tengo las aspiraciones que usía me supone, y no
-es necesario que vuecencia compre con dinero mi resignación ni mi
-alejamiento de esta casa, de Madrid y de España.</p>
-
-<p>Amaranta mirábame de hito en hito durante aquel mi largo discurso, y
-después habló así:</p>
-
-<p>—Gabriel, o eres un hipócrita, o en verdad, en verdad, que me vas
-pareciendo un joven no solo discreto, sino de honradas ideas. Ya veo
-que comprendes el sentido natural y templado de las cosas, y que sabes
-enfrenar la impetuosidad y petulancia propias de la juventud.</p>
-
-<p>—Señora, lo que he dicho a usía es la pura verdad: así me conceda
-Dios una buena muerte en mi última hora.</p>
-
-<p>—Pues ya que me hablas con tanta franqueza, no quiero ser menos
-contigo. ¿Serás tú hombre a quien se pueda confiar un pensamiento
-delicado, un pensamiento de esos que la vulgaridad no comprende ni
-estima en su justo valor?</p>
-
-<p>—Creo que podrá vuecencia confiarme lo que quiera.</p>
-
-<p>—¿Lo comprenderás tú? Vamos a ver. Dices que has renunciado a que te
-ame mi prima, reconociendo la inmensa inferioridad de tu posición.</p>
-
-<p>—Sí, señora: así es.</p>
-
-<p>—Muy bien; pero es el caso... no sé cómo decírtelo. Al indicarte
-que te daría riquezas, quise expresar que esperaba de ti un grande, un
-extraordinario favor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span>—Si está en mí el
-prestarlo, no necesito que se me dé nada. ¿Quiere usía que me marche?
-Pediré mi licencia. Pues qué, ¿acaso la señorita Inés se acuerda alguna
-vez de este miserable?</p>
-
-<p>—Respóndeme lo que te inspire tu buena razón, Gabriel —me dijo la
-Condesa con grave acento—. Figúrate tú que a la señorita Inés se le
-pusiese en la cabeza el no querer a nadie más que a ti... no es así...
-pero va como ejemplo: figúratelo.</p>
-
-<p>—Ya está figurado.</p>
-
-<p>—Pues bien: ¿no te parece natural que yo y mis tíos nos opongamos a
-ello por todos los medios posibles?</p>
-
-<p>—Sí, señora, me parece muy natural —repliqué con asombro—; pero si
-ella se empeña...</p>
-
-<p>—Ella no se empeña... no es eso... es que... vamos, te lo diré
-francamente. Aunque no aseguro yo que Inés te ame, ni mucho menos,
-porque esto sería un gran despropósito, ocurre que... es natural
-que sienta algún afecto hacia los que fueron compañeros de sus
-desgracias... Todo es un capricho, una obcecación pueril, que se le
-pasará seguramente. ¿No crees que se le pasará?</p>
-
-<p>—Sí, señora, pasará.</p>
-
-<p>—Pero para que esto acabe de una vez, necesito tu ayuda. Puesto
-que te veo tan razonable, puesto que reconoces que sería en ti una
-estupidez aspirar a casarte con ella... ¡Casarte con ella! ¡qué risa!
-¡un pelagatos como tú...! Parece esto cosa de comedia; ¿pero no te ríes
-tú también?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_83">p. 83</span>—Sí, señora, ya me
-estoy riendo —respondí haciéndolo de muy mala gana.</p>
-
-<p>—Pues decía —continuó, cesando en su afectada hilaridad— que, en
-vista de tu buen sentido, espero de ti lo que vas a oír. Repito que te
-daré lo necesario para que en otro país lejos de España puedas hacer
-una fortuna; te daré la fortuna hecha si quieres...</p>
-
-<p>—¿Y qué he de hacer para eso?</p>
-
-<p>—Nada... vienes aquí estos días, so color de entrar a servirme;
-tratas a Inés, y luego, durante algún tiempo, fingirás hacer las
-cosas más feas, cometer las acciones más abominables y los delitos
-que más rebajan al hombre, de modo que ella, con el espectáculo de tu
-envilecimiento, vuelva en sí del trastorno que por ti tiene y todo
-acabe. Es sumamente fácil para ti: entras aquí en mi servicio, y a
-los pocos días me robas una sortija u otra prenda cualquiera; luego
-fingimos nosotros haber descubierto tu crimen, y afeamos en público tu
-conducta; luego, si hablas con ella, me calumniarás, diciendo de mí mil
-herejías, y también hablarás mal de ella delante de alguna criada que
-venga a contárnoslo... y por este estilo harás una serie de maldades de
-esas que más envilecen a la criatura.</p>
-
-<p>—¡Señora! —exclamé sin poder sofocar por más tiempo la ira—. Si usía
-me da toda esta casa llena de dinero, no haré lo que me pide. ¡Cometer
-delante de ella una infame acción! Me dejaré matar mil veces antes
-que tal haga. Cuando éramos amigos, más temía a sus censuras que a mi
-conciencia; y si algo<span class="pagenum" id="Page_84">p. 84</span>
-bueno hice, hícelo porque ella lo viera y me aplaudiese, que más
-estimaba su aprobación que todos los bienes del mundo. Huiré para ir a
-donde no me vuelva a ver; pero pensar que he de envilecerme delante de
-ella, eso jamás. Adiós, señora, me voy de aquí —añadí levantándome—.
-Por segunda vez me quiere usía envolver en intrigas y fingimientos
-cortesanos en que es tan gran maestra.</p>
-
-<p>—Aguarda —dijo deteniéndome.</p>
-
-<p>—¿No está más en el orden natural lo que yo quiero hacer —añadí—,
-que es marcharme y no parecer más por Madrid?</p>
-
-<p>—Eres un majadero —afirmó con despecho—. ¿Qué te cuesta hacer lo que
-te propongo? ¿Pierdes tú algo en ello? Ven acá, truhan de las calles:
-¿acaso tienes algún nombre que deslustrar o alguna posición que perder?
-¡Cuántos mejores que tú no se apresurarían a prestar este servicio por
-el aliciente de la recompensa que yo te ofrezco! ¿Pues acaso podías tú
-ni soñar con la fortunilla que te pienso ofrecer, farsantuelo? ¡Miren
-el caballerón finchado, siempre a vueltas con su honor y su conciencia,
-y su deber acá y su reputación allá!</p>
-
-<p>—Si usía me da licencia, me retiraré —dije, resuelto a poner fin a
-la conferencia.</p>
-
-<p>—No, aquí has de estar todavía. Por lo que veo, crees que mi primita
-se acuerda alguna vez de tus simplezas y majaderías —declaró con
-enfado—. Anda noramala, chicuelo andrajoso. ¿Piensas que creo en tus
-hipócritas declamaciones? ¿Piensas que tomo en serio los generosos
-pensamientos que con tanto arte<span class="pagenum" id="Page_85">p.
-85</span> me has manifestado, echándotela de caballero? ¡Oh! ¡Esto me
-pone fuera de mí! Yo le diré a esa antojadiza quién eres tú y cuáles
-son tus mañas. O hará lo que yo le mando —añadió con creciente enojo—
-y pensará como yo quiero que piense, o esa niña no es de mi sangre,
-no, no puede serlo. ¡Cuánta contrariedad, Dios mío!... No quiero verte
-más, Gabriel; vete de aquí... pero no, ven acá: tú no tienes la culpa
-de esto. Dime, ¿quién eres tú? ¿Dónde has nacido? ¿Tienes alguna
-noticia de tus padres?... A veces suele acontecer que el que se creía
-humilde...</p>
-
-<p>—No espere usía —repuse sonriendo— que de la noche a la mañana me
-caiga en herencia un gran ducado. Eso pasa algunas veces, como ha
-sucedido con Inés; pero de tales pasos de novela entran pocos en libra.
-Humilde nací, y humildísimo seré toda mi vida.</p>
-
-<p>—Lo digo porque si tú fueras una persona decente, te sentarían bien
-esos aspavientos que has hecho —me contestó—. No lo decía por otra
-cosa, desdichadote; no te vayas a envanecer sin motivo. Vete, estoy muy
-disgustada.</p>
-
-<p>Y luego, olvidándose de mí para no pensar más que en sus propias
-contrariedades, exclamó así:</p>
-
-<p>—¿Por qué, Dios mío, cuando trajiste a esa niña a nuestra casa, nos
-trajiste también esta gran pesadumbre?</p>
-
-<p>—¿Quiere usía mucho a su hija? —le pregunté.</p>
-
-<p>—A mi prima, querrás decir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_86">p. 86</span>—Eso es: me
-equivoqué.</p>
-
-<p>—¡Que si la quiero! Desde que entró aquí no vivo más que para ella.
-Es un santo delirio lo que siento, y si Inés me faltara, me moriría sin
-remedio. Mi desesperación consiste en que al traerla aquí no podemos
-o no sabemos darle la felicidad que ella merece. ¿Pero es acaso culpa
-nuestra?</p>
-
-<p>—¿Y persiste vuecencia en casarla con Don Diego?</p>
-
-<p>—¡Oh, no! D. Diego es un libertino; ya no me queda duda. Yo me
-opondré a que se case con él.</p>
-
-<p>—Hace bien usía, y a la señorita Inés no le faltarán jóvenes de
-familia distinguida entre quienes elegir esposo. Por de pronto, señora,
-yo me atrevo a aconsejar a usía que rompa definitivamente con D. Diego.
-Las malas compañías de este joven son un peligro para la tranquilidad
-de esta casa.</p>
-
-<p>—¿Qué quieres decir? Ahora me viene a la memoria ese hombre que hace
-poco nombraste y que me causa miedo.</p>
-
-<p>—¿Santorcaz? Sí, señora; y ya que le nombro, voy a tener el valor
-de poner a vuecencia al corriente de ciertas asechanzas, para que esté
-prevenida. Yo asistí a la batalla de Bailén, y allí, por casualidad
-singular, vinieron a mis manos unas cartas...</p>
-
-<p>Amaranta se inmutó.</p>
-
-<p>—Señora, si he sabido casualmente alguna cosa que no debía saber,
-yo juro a usía que el secreto no ha salido de mis labios ni saldrá
-mientras viva.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_87">p. 87</span>La Condesa pareció
-poseída de nerviosa exaltación.</p>
-
-<p>—¡Estás loco! —exclamó—. ¡Qué majaderías me cuentas! Ni qué tengo yo
-que ver con esas cartas ni con ese hombre.</p>
-
-<p>—En fin, señora, aunque dé a usía un mal rato, quiero entregarle las
-dichas cartas.</p>
-
-<p>—A ver, a ver —dijo pasando de la exaltación a una palidez intensa
-que la puso como difunta.</p>
-
-<p>—Vea usted esta primera —dije entregándole la que ella había
-dirigido a Santorcaz.</p>
-
-<p>—¡Esto parece un sueño! —exclamó reconociéndola—. Pero ¿cómo ha
-llegado a tus manos este papel? ¡Miserable chiquillo de las calles!
-¿Quién te mete a leer estas cosas?...</p>
-
-<p>Entonces le conté el suceso que me puso en posesión de aquellas
-esquelas, lo cual oyó muy atentamente, y después, oprimiéndose las
-sienes con ambas manos, exhaló lamentos dolorosos.</p>
-
-<p>—Pues ahora vea usía esta otra que parece contestación a la
-precedente, y que no llegó a ponerse en el correo; pero que al fin
-viene a su poder, aunque tarde, por mi conducto.</p>
-
-<p>Leyó ávidamente la carta, y a cada rato la indignación se traslucía
-en su hermoso semblante. Cuando la hubo leído, rompiola coléricamente
-en menudos pedazos, y dijo así:</p>
-
-<p>—¡Ese miserable me amenaza! ¡Dice que si su hija no está hoy en su
-poder lo estará mañana!</p>
-
-<p>—Vuecencia recordará lo que ocurrió cuando la familia toda vino de
-Andalucía. Yo formaba en la escolta que acompañó a sus mercedes<span
-class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> desde Bailén hasta Santa Cruz
-de Mudela, y contribuí a poner en fuga a la canalla que detuvo los
-coches.</p>
-
-<p>—Eran ladrones.</p>
-
-<p>—Sí; pero su intento no era despojar a los viajeros. Usía recordará
-que nos fue muy fácil darles una severa lección; pero lo que sin duda
-ignora es que allí estaba el Sr. de Santorcaz, escondido entre las
-cercanas malezas, pues él y no otro mandaba aquella brillante tropa de
-forajidos. Yo, que había leído la carta y además tenía sospechas por
-ciertas palabras que en Bailén oí a ese D. Luis, solicité un puesto
-en la escolta que al señor Marqués concedió el General, y en ella
-formaron también algunos de mis buenos compañeros. Pero todavía falta
-a vuecencia el leer la más curiosa de las tres cartas que en aquella
-ocasión memorable vinieron a mis manos. Aquí está, y ella le hará ver
-la infame deslealtad de un criado de su propia casa.</p>
-
-<p>Tomó la Condesa la carta en que Román daba a Santorcaz noticia
-circunstanciada de lo ocurrido con motivo de la legitimación de Inés;
-y mientras la leía, tan pronto la rabia hacía brotar lágrimas de sus
-ojos, como los inflamaba con vivo resplandor.</p>
-
-<p>—Ya sospechaba yo la infidelidad de ese vil, que todo nos lo debe
-—exclamó—; pero mi tía le tiene cariño y por eso sigue en la casa...
-¡Qué infamia! Pero tú, necio mozalbete, ¿para qué has leído estas
-cosas? Vete, quítate de mi presencia... no, no, ven acá: tú no eres
-culpable.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span>—Señora —respondí—,
-ningún nacido sabrá de mí lo que usía no quiere que se sepa. Yo
-esperaba una ocasión de entregar a vuecencia esas cartas, y mientras
-han estado en mi poder, nadie, absolutamente nadie más que yo las ha
-leído.</p>
-
-<p>—¡Oh! ya sé lo que debo hacer para defenderme, y defender a mi hija
-de tan miserables asechanzas.</p>
-
-<p>—Santorcaz es íntimo amigo de D. Diego, le acompaña a todas partes,
-le aconseja y le dirige. Yo he sorprendido sus conversaciones íntimas,
-y por ellas veo que el pérfido amigo y consejero de Rumblar no ha
-desistido de sus proyectos.</p>
-
-<p>—Yo estoy trastornada, yo estoy confusa —dijo Amaranta levantándose
-de su asiento—. No, no, Gabriel, no te vayas. Tú eres un buen muchacho:
-yo quiero recompensarte de algún modo, dándote lo necesario para que
-vivas con el decoro que mereces... Pero no pienses en Inés, ¿sabes?
-Es una demencia que pienses en ella. ¡Pobre hija mía! La hemos sacado
-de la miseria; la hemos dado nombre, fortuna, posición, y no podemos
-hacerla feliz. ¡Esto me vuelve loca! Cuando la veo indiferente a todas
-las distracciones que le proporcionamos; cuando veo la imposibilidad
-de hacerme amar por ella, como yo quiero que me ame; cuando la observo
-pensativa y muda, y considero que echa de menos la apacible estrechez
-y contento que disfrutaba viviendo con el cura de Aranjuez, me siento
-morir de pena y paso llorando largas horas. ¡Pobre hija mía! ¡Ni
-siquiera le<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> puedo dar
-este nombre, pues hasta con los de casa he de guardar secreto! ¡Ella y
-yo somos igualmente desgraciadas! ¿Por qué no haces lo que te propuse,
-Gabriel? ¿A qué vienes con humos caballerescos? ¿Eres acaso más que un
-infeliz? Pero no: tienes razón; no te degrades a sus ojos: tú tienes
-sentimientos nobles; tú eres un caballero, aunque no lo parezcas. Tú
-mereces mejor suerte; Dios no es justo contigo... ¡Ay! voy viendo que
-tú también eres muy desgraciado.</p>
-
-<p>Esto decía la Condesa con muestras no solo de gran dolor, sino
-también de cierta confusión mental, hija de las diversas sensaciones a
-que se había visto sometida; y sentándose luego, permaneció en silencio
-gran rato. Así estaba cuando creí sentir lejano ruido de voces en
-lo interior de la casa; rumor que apenas se percibía, y que para mí
-hubiera pasado inadvertido, a no haber corrido Amaranta súbitamente
-hacia una de las puertas, prestando atención a lo que tan débilmente se
-oía.</p>
-
-<p>—Es mi tía —dijo después de una larga pausa—; es mi tía que no cesa
-de reñirla. Porque no quiere someterse a las majaderías de un ridículo
-maestro de baile, ni hacer dengues ante los petimetres que nos visitan,
-la tratan de este modo. ¡Y yo no puedo impedirlo, Dios mío! —añadió
-juntando las manos con mucha aflicción—. ¡Pero si no soy nada aquí,
-ni tengo autoridad alguna sobre ella! He de presenciar sus martirios,
-fingiendo aprobarlos, y estoy condenada a aplaudir las violencias, las
-intolerancias, las imposiciones, el proceder<span class="pagenum"
-id="Page_91">p. 91</span> suspicaz y mezquino, que la hacen tan
-infeliz.</p>
-
-<p>Amaranta hizo ademán de salir; contúvose junto a la puerta;
-retrocedió luego, indicando en su marcha y ademanes una grandísima
-agitación. Después me miró con asombro, como si se hubiese olvidado de
-mi presencia y de improviso me viera.</p>
-
-<p>—Gabriel —me dijo—. Vete, vete al punto de aquí, y no vuelvas más.
-¡Ay! ¿Por qué no querrá Dios que, en vez de ser quien eres, seas otra
-persona?</p>
-
-<p>La conmoción me impedía hablar, y sin decir sino medias palabras,
-despedime de ella, besándole respetuosamente las manos. Entonces
-Amaranta me tomó una de las mías, y mirándome con calma, derramando
-lágrimas de sus bellos ojos, me dijo esto, que no olvidaría aunque mil
-años viviese:</p>
-
-<p>—Gabriel, eres un caballero; pero Dios no ha dispuesto darte el
-nombre y la condición que mereces. Si quieres darme una prueba de la
-nobleza de tus sentimientos y de la rectitud de tu juicio, prométeme
-que has de desaparecer para siempre de Madrid, y no presentarte jamás
-donde ella te vea. Se le dirá que has muerto.</p>
-
-<p>—Señora —respondí—, ignoro si me permitirán salir de Madrid; pero
-si algo impide esta mi resolución, yo prometo a usía, por Dios que
-nos oye, salir de Madrid; y entre tanto que aquí esté, juro que no me
-presentaré a ella, ni haré por verla, ni consentiré en cosa alguna por
-la cual venga a conocer que estoy en el mundo. Este es mi deber.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span>—Tendré presente
-lo que me has jurado —dijo ella—. No te arrepentirás de tu conducta.
-Adiós.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch9">
- <h2 class="nobreak g0">IX</h2>
-</div>
-
-<p>Estrechome entre las suyas mis manos la Condesa, con muestras de
-vivo agradecimiento, y salí de aquella estancia y del palacio con tan
-profunda emoción, que no era dueño de mí mismo. Cuando llegué a mi
-casa, después de vagar por Madrid toda la tarde, arrojeme sobre mi
-lecho, donde en vela pasé la noche entera, revolviendo en mi mente
-las palabras del diálogo con Amaranta: llorando a veces, a veces
-profiriendo gritos de rabia, y tan excitado, que mis buenos patronos
-creyéronme atacado de violenta fiebre.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, después que rendido a la fatiga dormí con
-sueño irregular y espantoso durante algunas horas, Doña Gregoria
-llegose a mí y me despertó diciendo:</p>
-
-<p>—¿Qué es esto? Durmiendo a las diez de la mañana. Arriba, arriba,
-mocito. ¡Y se ha acostado vestido! Vamos, que son las diez... Pero,
-chiquillo, ¿qué haces, en qué piensas? Por ahí ha pasado la quinta
-compañía de voluntarios, tan majos y tan bien puestos con sus uniformes
-nuevos, que darían envidia a un piquete de guardias walonas. ¡Ay,
-qué monísimos iban!<span class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span>
-A los franceses les dará miedo solo de verlos. Nada les falta, si no
-es fusiles, pues como en el Parque no los había, no se los han podido
-dar; pero llevan todos unos palitroques grandes que les caen a las mil
-maravillas, y de lejos parece que llevan escopetas. Vamos, levántese el
-Sr. Gabrielito: ¿no eres tú de la quinta compañía? Levántate, que ya
-dicen que está Napoleón Bonaparte a las puertas de Madrid, montado en
-una mula castaña y con la lanza en el ristre para venir a atacarnos.</p>
-
-<p>—Mujer, ¿qué disparates estás diciendo? —observó el Gran Capitán—.
-Napoleón no está en Madrid, sino que parece entró ya en España y anda
-sobre Vitoria. Por cierto que dicen ha habido una batallita... Pero,
-chico, ¿no vas a coger tu fusil?</p>
-
-<p>—Hoy mismo me voy de Madrid, señor D. Santiago.</p>
-
-<p>—¿Que te vas de Madrid, después de alistado? Pues me gusta el valor
-de este mancebo.</p>
-
-<p>—Es que voy a ver si me permiten pasar al ejército del Centro, que
-está en Calahorra, y creo que me lo concederán.</p>
-
-<p>—¡Oh! no lo esperes, porque aquí, según me dijeron en la oficina,
-lo que quieren es gente y más gente, pues como algunos dan en decir
-que hay malas noticias... Yo creo que todo es cosa de los papeles
-públicos, y a mí no me digan: los papeles públicos están pagados por
-los franceses.</p>
-
-<p>—¿Conque malas noticias?</p>
-
-<p>—Paparruchas... En primer lugar, ahora salen con que lo de Zornoza,
-que creíamos fue<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> una
-gran victoria, es una medianilla derrota, y que el general Blake ha
-tenido que escapar, refugiándose en las montañas. No se pueden oír
-estas cosas con calma, y yo mandaría que se le arrancara la lengua al
-que las repite.</p>
-
-<p>—¡Mentiras, todo mentiras! —exclamó Doña Gregoria—. Si no sé cómo la
-Junta no manda ahorcar en la plazuela de la Cebada a todos los que se
-divierten con tales disparates.</p>
-
-<p>—Has hablado muy bien —dijo el Gran Capitán—. Ahora han dado en
-decir que si en Espinosa de los Monteros ha habido o no ha habido una
-batalla.</p>
-
-<p>—¿En que también hemos perdido? —preguntó Doña Gregoria.</p>
-
-<p>—¡Así lo dicen; pero quiá! Bonito soy yo para tragarme tales bolas.
-Ahora encontré al volver de la esquina al Sr. de Santorcaz, el cual me
-lo dijo, fingiéndose muy apesadumbrado... ¡Pícaro marrullero! Como si
-no supiéramos que es espía de los franceses.</p>
-
-<p>—¿Conque en Espinosa de los Monteros? ¿Y hemos tenido muchas
-pérdidas? —pregunté yo.</p>
-
-<p>—¿También tú? —dijo Fernández sin poder disimular el pésimo humor
-que tenía—. Te voy descubriendo que tienes muy malas mañas, Gabriel.</p>
-
-<p>—No hagas caso de este chiquillo mal criado —dijo Doña Gregoria.</p>
-
-<p>—Es preciso que aprendas a tener respeto a las personas mayores
-—afirmó el Gran Capitán, mirándome con centelleantes ojos—. ¿Qué
-es eso de pérdidas? ¿He dicho acaso que nos<span class="pagenum"
-id="Page_95">p. 95</span> han derrotado? No mil veces, y juro que no
-hay tal derrota. ¿Hombres como yo pueden dar crédito a las palabras de
-gente desconsiderada y vagabunda?</p>
-
-<p>Calleme por no irritar más a mi ingenuo amigo, y mientras me daban
-de almorzar, entró una visita que en mí produjo el mayor asombro.
-Vi que avanzaba haciéndome pomposos saludos, y mostrándome en feroz
-sonrisa su carnívora dentadura, un hombre de espejuelos verdes, en
-quien al punto reconocí al licenciado Lobo. Lo que más llamaba mi
-atención eran los extremos de cortesía y benevolencia que en él
-advertí, y el desusado respeto hacia mi persona que en todos sus gestos
-y palabras mostrara aquel implacable empapelador, y antes enemigo
-mío.</p>
-
-<p>—¿Qué bueno por aquí, Sr. de Lobo? —díjele ofreciéndole junto a mí
-una silla en que se repantigó.</p>
-
-<p>—Quería tener el gusto de ver al señor D. Gabriel.</p>
-
-<p>—¿<i>Señor Don</i> tenemos? <i>Malum signum.</i></p>
-
-<p>—Y de poner en su conocimiento algo que le importa mucho —añadió—.
-¿Pero cómo no ha ido a verme el Sr. D. Gabriel?</p>
-
-<p>—Ya le he encontrado a usted muchas veces en la calle, y como no ha
-tenido a bien saludarme...</p>
-
-<p>—Es que no habré visto a usted —me contestó melosamente—. Ya sabe el
-Sr. D. Gabriel que soy más que medianamente ciego... Pues bien: como
-decía... El Gobierno ha tenido a bien remunerar los buenos servicios de
-usted.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span>—¡Mis buenos
-servicios! —exclamé asombrado—. ¿Y qué buenos ni malos servicios he
-prestado yo al Gobierno?</p>
-
-<p>El Gran Capitán y su esposa, con medio palmo de boca abierta,
-prestaban gran atención.</p>
-
-<p>—Modestito es el joven —prosiguió Lobo con aquel artificioso
-sonreír, que le hacía más feo, si es que cabía aumento en las
-dimensiones infinitas de su fealdad—. Yo he oído que usted se lució
-mucho en la batalla de Bailén, y no sé si también en la de Trafalgar,
-donde parece que mandó un par de fragatitas o no sé si un navío.</p>
-
-<p>Prorrumpí en risas, y los dos ancianos, mis amigos, miráronse uno a
-otro con espontánea admiración por mis inéditas hazañas.</p>
-
-<p>—Sí... algo de esto ha llegado a oídos del justiciero Gobierno que
-nos rige, y las Comisiones ejecutivas de la Junta se disputan cuál de
-ellas echará el pie adelante en esto del recompensar a usía.</p>
-
-<p>—Hola, hola, ¿también soy usía? Pues esto sí que me llena de
-asombro.</p>
-
-<p>—Pero sea lo que quiera, amigo mío —continuó el leguleyo—, ello es
-que se ha decidido darle a usía un empleo en América, al inmediato
-servicio del señor virrey del Perú.</p>
-
-<p>—¿Trae usted mi nombramiento? —dije comprendiendo al fin de dónde
-venía todo aquello.</p>
-
-<p>—No: hoy solo vengo a notificarle a usía este gran suceso, y a
-advertirle que cualquier cantidad que necesite para preparar su
-viaje,<span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span> me la pida con
-franqueza, pues tengo orden de la... digo, del Gobierno, para entregar
-a usted lo que tenga a bien pedirme, previo recibito que me extenderá
-vuecencia.</p>
-
-<p>—¿También soy vuecencia? —dije recreándome en la estupefacción de
-mis dos amigos.</p>
-
-<p>—El nombramiento —prosiguió— lo tendrá usía dentro de dos o tres
-días; pero le advierto que es voluntad de la Junta Suprema que el señor
-D. Gabriel se haga a la vela al punto para las Américas, donde pienso
-que es de gran necesidad su presencia.</p>
-
-<p>—Bueno —repuse—; pero entre tanto, yo le ruego al Sr. de Lobo diga a
-la Junta que no me hace falta dinero, y que muchas gracias.</p>
-
-<p>—Eso no está bien —dijo Doña Gregoria muy incomodada—. Pero, tonto,
-si te lo dan, recíbelo y guárdalo sin averiguar de dónde viene. Estas
-cosas no pasan todos los días. Apuesto a que la Junta ha sabido lo de
-tus latines y te manda allí para que enseñes esa lengua a los salvajes,
-con lo cual se convertirán todos. ¿No es verdad, Sr. de Zorro, que así
-ha de ser?</p>
-
-<p>—No me llamo Zorro, sino Lobo —repuso este—, y hará muy bien el Sr.
-D. Gabriel en tomar lo que le haga falta, pues a su disposición lo
-tiene.</p>
-
-<p>—Pues bien —dije yo—: vaya usted de mi parte a la señora Junta
-que le dio tan buen recado para mí, y dígale que para servir a la
-patria y al rey, yo no pensaba pasar a América, sino al ejército del
-Centro y de Aragón, en cuyo reino pienso quedarme y no volver a<span
-class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> Madrid mientras viva. Para
-este viaje no se necesitan gastos.</p>
-
-<p>—¿Y qué va a hacer el Sr. D. Gabriel en el ejército de Aragón?
-Aquello está mal —dijo Lobo—. Por el de la izquierda no andan mejor las
-cosas, y después de la batalla que hemos perdido en Espinosa de los
-Monteros, nuestras tropas quedan reducidas a nada, y Napoleón vendrá a
-Madrid.</p>
-
-<p>—¡Eso será lo que tase un sastre! —exclamó el Gran Capitán echando
-chispas—. ¿Quién hace caso de los papeles?</p>
-
-<p>—Desgraciadamente —continuó Lobo—, esa sensible derrota no puede
-ponerse en duda.</p>
-
-<p>—Pues yo la pongo —afirmó Fernández rompiendo un plato que al
-alcance de la mano tenía sobre la mesa—. Sí, señor: yo la pongo en
-duda; y es más, yo la niego.</p>
-
-<p>—El señor —dijo Doña Gregoria— seguramente no sabe quién eres tú y
-el cómo y cuándo de lo bien enterado que estás de todo.</p>
-
-<p>—Yo sé la noticia por buen conducto y aseguro que es indudable
-—indicó Lobo—. El Secretario del ramo de Guerra me lo ha dicho.</p>
-
-<p>—Buen caso hago yo del Secretario del ramo de Guerra —dijo Fernández
-amoscándose en grado supino.</p>
-
-<p>—Vamos, no porfíes, Santiago... —añadió Doña Gregoria—. Estás más
-encarnado que pimiento de Calahorra, y no está bien que te dé el reúma
-en la cara por una batalla de más o de menos.</p>
-
-<p>—Pues que no me falten al respeto. ¡Esto de que le insulten a uno
-en su propia casa...!<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span>
-—dijo Fernández dando un puñetazo en la mesa—. Porque digan lo que
-quieran, donde menos se piensa salta un espía de los franceses, ¡y
-Madrid está lleno de traidores!</p>
-
-<p>Asustado Lobo del enérgico ademán de Don Santiago, no quiso insistir
-en lo de la derrota, y proclamó muy alto que la batalla de Espinosa
-de los Monteros había sido ganada y reganada y vuelta a ganar por
-los españoles, oyendo lo cual se apaciguó nuestro veterano de las
-portuguesas campañas y habló así:</p>
-
-<p>—Me parece que tiene uno autoridad para decir quién gana y quién
-pierde en esto de las batallas... y todos no entienden de achaque de
-guerra... y una acción parece derrota de diablos, hasta que viene una
-persona inteligente y la explica, y resulta victoria de ángeles... y
-no digo más, porque sé dónde me aprieta el zapato; y en Espinosa de
-los Monteros lo que hubo fue que todos los franceses echaron a correr,
-y el hi... de mala mujer que me desmienta, sabrá quién es Santiago
-Fernández.</p>
-
-<p>Dijo y levantose, cantando entre dientes un toquecillo de corneta;
-y dirigiéndose luego a donde desde lueñes edades tenía su lanza, la
-cogió, y con un paño la empezó a limpiar del cuento a la punta, dándole
-repetidas friegas, pases y frotaciones, sin atender a nosotros ni cesar
-en su militar cantinela. En tanto Lobo, que en todo pensaba menos en
-llevarle la contraria, continuó hablándome así:</p>
-
-<p>—Ahora, Sr. D. Gabriel, me resta tocar otro punto, y es que me diga
-usted algo de su parentela y abolengo, porque es preciso sacarle<span
-class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> una ejecutoria. Con
-diligencia, el Becerro en la mano, y un calígrafo que se encargue del
-árbol, todo está concluido en un par de días.</p>
-
-<p>—Mi madre entiendo que lavaba la ropa de los marineros de guerra —le
-contesté—, y hágamela su merced Duquesa del Lavatorio, o para que suene
-mejor de <i>Torre-Jabonosa</i>, o de <i>Val de Espuma</i>, que es un
-lindísimo título.</p>
-
-<p>—No es broma, señor mío. Al contrario, el destino que usted lleva al
-Perú, no puede dársele sin una información de nobleza. Es cosa fácil. Y
-de su papá de usted, ¿qué noticias se pueden encontrar en la tradición
-o en la historia?</p>
-
-<p>—¡Oh! Mi papá, Sr. de Lobo, si no mienten los pergaminos que se
-guardan en el archivo de mi casa, y están todos roídos de ratones
-(lo cual es muestra de su mucha ranciedad), fue cocinero a bordo de
-la goleta <i>Diana</i>, por lo cual le cae bien un título que suene
-a cosa de comida... pero ahora recuerdo que un mi abuelo sirvió de
-alquitranero en la Carraca, y puede usted llamarle el Archiduque de las
-<i>Hirvientes Breas</i>, o cosa así.</p>
-
-<p>—Usted se chancea, y la cosa no es para burlas. ¿Su apellido...?</p>
-
-<p>—Los tengo de todos colores. Mi madre era Sánchez.</p>
-
-<p>—¡Oh! Los Sánchez vienen de Sancho Abarca.</p>
-
-<p>—Y mi padre López.</p>
-
-<p>—Pues ya tenemos cogidos por los cabellos a D. Diego López de
-Haro y a D. Juan López de Palacio, ese famosísimo jurisconsulto
-del<span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span> siglo <span
-class="allsmcap">XV</span>, autor de las obras <i>De donatione
-inter virum et uxorem, Allegatio in materia hæresis, Tractatum de
-primogenitura...</i></p>
-
-<p>—Pues de ese caballero vengo yo como el higo de la higuera. También
-me llamo Núñez.</p>
-
-<p>—Por las alturas genealógicas de usted, debe de andar el juez de
-Castilla Nuño Rasura. ¿Y no hubo algún Calvo en su familia?</p>
-
-<p>—¿Pues no ha de haber? Mi tío Juan no tenía un pelo en la cabeza.
-También me llamo <i>Corcho</i>, sí, señor: yo soy nada menos que un
-<i>Corcho</i> por los cuatro costados.</p>
-
-<p>—Feísimo nombre del cual no podemos sacar partido. Si al menos
-fuera Corchado... pues hay en tierra de Soria un linaje de Corchados,
-que viene de la familia romana de los <i>Quercullus</i>. En lugar del
-<i>Corcho</i> le podemos poner al Sr. Gabrielillo un <i>Encina</i> o
-<i>Del Encinar</i>, que le vendrá al pelo.</p>
-
-<p>—A mi madre la llamaban la señora María de Araceli.</p>
-
-<p>—¡Oh, bonitísimo! Esto de Araceli es bocado de príncipes, y más
-de cuatro se despepitarían por llevar este nombre. Suena así como
-Medinaceli, <i>Cœlico Metinensis</i>, que dijo el latino. No necesito
-más.</p>
-
-<p>A todas estas, Doña Gregoria no sabía lo que le pasaba oyendo el
-diálogo de linajes; y absorta y suspensa aguardaba en silencio en qué
-vendría a parar todo aquel belén de mis apellidos.</p>
-
-<p>—Que es de buena sangre el niño, no lo puede negar —dijo al fin—,
-porque bien se conoce en la nobleza de su condición; que hartos<span
-class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span> hoy por ahí llenos de
-harapos, y a lo mejor salen con la novedad de que son hijos de un
-Duque. Aquí estoy yo, que tampoco doy mi brazo a torcer, pues los
-Conejos de Navalagamella no son ningún saco de paja.</p>
-
-<p>—¿Qué Conejos son esos, señora mía?</p>
-
-<p>—El mejor linaje de toda la tierra. Yo soy Coneja por los cuatro
-costados. El señor licenciado sabrá de qué fuentes antiguas vendrá este
-arroyo genealógico de la Conejería.</p>
-
-<p>—Como estos gazapos —contestó el licenciado— no vengan de aquellos
-tiempos remotísimos en que a España la llaman <i>cunicullaria</i>, es
-decir, <i>tierra de los conejos</i>, no sé de dónde pueden venir.</p>
-
-<p>—Así debe de ser. ¿Y el Sr. D. Gabriel, de dónde viene?</p>
-
-<p>—Eso lo dirá el Becerro. Ahora veo que este señor de Araceli no
-es cualquier cosa, y aquí en dos palotadas hemos encontrado robustas
-columnas donde apoyar la grandiosa fábrica de su alcurnia. Pero
-hablando de otra cosa, Sr. de Araceli, ¿quién me abonará los gastos de
-la saca de ejecutoria? ¿Usted o la persona que me ha dado el encargo de
-hacer estas diligencias y de ofrecer el dinero?... Porque los gastos no
-son una bicoca. Además, esta comisión tan bien desempeñada, ¿no merece
-alguna recompensa? Yo creo que la dará la señora Con... quiero decir,
-la Junta central, que es quien aquí me ha enviado.</p>
-
-<p>—Más vale que el señor licenciado no se tome el trabajo de revolver
-papeles ni pintar árboles; pues yo no se lo he de pagar, y ese<span
-class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span> dinero que me ofrece
-tampoco lo he de tomar.</p>
-
-<p>—Eso sí que no lo consiento —manifestó Doña Gregoria—. No ha de ser
-así. Santiago, oye lo que dice este porro.</p>
-
-<p>—Usted lo meditará mejor —dijo el leguleyo levantándose—. En cuanto
-a mí, espero ganar algo en estos jaleos, porque, amigo mío, ¿cómo se da
-de comer a diez hijos, mujer y dos suegras? Dentro de unos días volveré
-a traer a usted el nombramiento, y un poco más tarde la ejecutoria. Y
-en cuanto al dinero, con ponerme dos letritas...</p>
-
-<p>—Bueno —respondí, considerando que me convenía disimular por de
-pronto mis intenciones—. Yo haré lo que me parezca, y nos veremos, Sr.
-D. Severo.</p>
-
-<p>—Adiós, mi querido e inolvidable amigo —dijo deshaciéndose en
-cumplidos—. Que esto sirva para estrechar más los lazos de la dulce
-amistad que desde ha tiempo nos profesamos.</p>
-
-<p>—Sí, desde el Escorial.</p>
-
-<p>—Justamente. Desde entonces le eché el ojo al Sr. de Araceli, y
-comprendiendo sus excelentes prendas, lo diputé por grande amigo mío.
-Venga un abrazo.</p>
-
-<p>Se lo di, y fuese tan satisfecho. Entre tanto, habían acudido a
-casa del Gran Capitán los vecinos, traídos todos por el olor de mi
-estupendo destino y del encumbramiento novelesco, que ninguno quiso
-creer si Doña Gregoria no lo jurara en nombre de todos los Conejos de
-Navalagamella.</p>
-
-<p>—¿Que no lo creen ustedes? —decía el Gran<span class="pagenum"
-id="Page_104">p. 104</span> Capitán a las niñas de Doña Melchora—. Como
-que me lo han hecho virrey del Perú.</p>
-
-<p>—¡¡¡Virrey del Perú!!!</p>
-
-<p>—Sí... y no quedó cosa que no sacó aquí ese señor de Lobo, Zorro o
-Leopardo —añadió Doña Gregoria—. Y ahora parece que está tan clara como
-la luz del sol la nobleza de este niño. ¡Si vieran ustedes la sarta
-de duques, condes y marqueses que han aparecido entre sus abuelos!
-¡Jesús, y quién lo había de decir!... Y le dan todo el dinero que
-quiera pedir por esa boca... Como que pretenden que se vaya prontito
-para las Américas a arreglar a aquella gente, que anda toda revuelta...
-¿No te lo decía yo, picaronazo? Alguna cosa gorda te tenía reservada
-el Señor por ese tu buen natural... ¡y que eres tú tonto en gracia de
-Dios!... Nada, nada, toda esa parentela que te ha salido hirviendo como
-garbanzos en puchero, te está muy bien merecida.</p>
-
-<p>—Pues convídenos el señor perulero a piñones —dijo Doña Melchora.</p>
-
-<p>—¿De modo que ya no coges el fusil? —me dijo D. Roque.</p>
-
-<p>—Y ahora hace falta —añadió Cuervatón—. Pronto tendremos aquí a ese
-infame <i>córcego</i>.</p>
-
-<p>—Sí, porque lo de Espinosa de los Monteros ha sido un menudo
-descalabro.</p>
-
-<p>—¡Cómo descalabro! —exclamó furiosamente una voz, que no necesito
-decir a quién pertenecía.</p>
-
-<p>—Sí, señor, un descalabro. Ya lo sabe todo el mundo. La retirada fue
-además desgraciadísima, y ha perecido mucha gente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span>D. Santiago
-Fernández, que ya estaba de muy mal humor, se puso en punto de
-caramelo, y después de dudar durante un rato si contestaría a tales
-insolencias con un abrumador desprecio o con enérgicas negativas,
-decidiose por lo último, diciendo:</p>
-
-<p>—En esta casa no se consiente gente perdida, porque juro y rejuro
-que los que hablan así de la batalla de Espinosa de los Monteros,
-son espías de los franceses, y no digo más. Basta de disputas: cada
-uno meta su alma en su almario... y silencio, que aquí mando yo, y
-cuidadito con lo que se habla, que a mi no se me falta al respeto.</p>
-
-<p><i>Conticuere omnes.</i></p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch10">
- <h2 class="nobreak">X</h2>
-</div>
-
-<p>Quiere el buen orden de esta narración, que ahora deje a un lado la
-gran figura del Gran Capitán, con cuyas eminentes dimensiones se llena
-toda la historia de aquellos tiempos; que también pase en silencio, por
-ahora, no solo las hazañas que piensa realizar, sino sus admirables
-sentencias y el dictamen profundo que sobre los asuntos de la guerra
-daba; y que poniendo punto en todas estas cosas, pase a ocuparme de
-D. Diego de Rumblar. Es el caso que una noche encontrele camino de
-la calle de la Pasión, y al instante me cosí a<span class="pagenum"
-id="Page_106">p. 106</span> su capa, resuelto a seguirle hasta la
-mañana, si preciso era.</p>
-
-<p>—¡Oh, Gabriel! ¡Qué caro te vendes! Chico, toma tus dos reales. No
-me gustan deudas.</p>
-
-<p>—¿Ya ha salido usted de apuros? No será por lo que le haya dado el
-Sr. de Cuervatón.</p>
-
-<p>—¡Miserable usurero! No pienso pedirle más, porque ahora tengo todo
-lo que me hace falta. ¿A que no sabes quién me lo da? Pues me lo da
-Santorcaz.</p>
-
-<p>—Eso es raro, porque yo suponía al señor D. Luis más en el caso de
-recibir que de dar.</p>
-
-<p>—Pues ahí verás tú. Ahora tiene mucho dinero, sin que sepa yo de
-dónde le viene. Parece un potentado el tal Santorcaz. ¡Cuánto me quiere
-y con cuánto talento me indica todo lo que debo hacer! Habías de verle
-cómo me ofrece dinero y más dinero, por supuesto, dándole un recibito
-en toda regla. Ayer me prestó mil y quinientos reales que necesitaba
-para comprarle un collar de corales a la Zaina.</p>
-
-<p>—¿Y es posible que gaste usted su dinero en tales obsequios, cuando
-tiene una tan linda novia con quien se ha de casar?...</p>
-
-<p>—¡Qué quieres, chico! una cosa es el noviazgo, y otra es tener uno
-una mujer... pues. La Zaina me vuelve loco.</p>
-
-<p>—¿Pero no se casa usted?</p>
-
-<p>—¿Pues no me he de casar? Por de contado. Me parece que alguien
-de la familia se opone; pero no me apuro mientras tenga de mi parte
-a la Marquesa. El casamiento es indispensable, porque es cosa de
-conveniencia.<span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span> Mi
-madre me dice en todas sus cartas que si no me caso pronto, me abrirá
-en canal. La boda sobre todo; pero lo cortés no quita a lo valiente...
-¿Has conocido mujer más salada, más seductora que la Zaina?</p>
-
-<p>—Pues yo he oído, y esto lo digo para que usted se ande con tiento,
-que el Sr. de Mañara es el cortejo de la Zaina.</p>
-
-<p>—Así se dice... ¡pero a mí con esas!... Puede que en un tiempo mi
-amigo D. Juan tuviera ese capricho; pero ya no hay tal cosa.</p>
-
-<p>—Y que D. Juan salía al amanecer de casa de la Zaina, cierto es,
-porque yo lo he visto.</p>
-
-<p>—Nada de eso hace al caso —repuso Don Diego con petulancia—. Lo que
-es hoy, Ignacia se está muriendo por el que está dentro de esta capa.
-Ya verás esta noche cómo no me quita los ojos de encima. Además, yo sé
-que Mañara bebe los vientos por otra mujer.</p>
-
-<p>—¿Por otra?</p>
-
-<p>—Mejor dicho, por dos. Mañara ha vuelto a enredarse con la señora
-aquella que fue causa de un escándalo el año pasado, según oí contar,
-y además anda en tratos con la María Sánchez, hermana de la Pelumbres.
-Y que con la Zaina no tiene nada, lo prueba que anoche se pusieron de
-vuelta y media en casa de esta. ¡Bonito pañuelo de encajes, y bonita
-mantilla blanca lució en los novillos de anteayer la Pelumbres! Todo
-es regalo de Mañara, y anoche estuvieron juntos en la cazuela del
-Príncipe, y fueron después a cenar en casa de la González. De modo que
-nadie me disputa hoy a mi Zainita de mi alma.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span>En esto llegamos
-a casa de la semidiosa de las coles, lechugas y tomates, y vímosla
-trasegando, de un pequeño tonel a media docena de botellas, una buena
-porción de aguardiente, al cual, como católica cristiana, administraba
-el primer sacramento con el Jordán de un botijo que allí cerca tenía.
-Lejos de ella, y a otro extremo de la salita, se calentaban junto a
-un braserillo el tío Mano de Mortero (padre de la Zaina), Pujitos y
-el simpático cortador de carne, a quien llamaban Majoma, los tres muy
-enredados en una calurosa conversación sobre los negocios públicos. Sin
-hacer caso de aquel grupo, que a su vez no lo hacía de los visitantes,
-D. Diego y yo nos fuimos derechamente a la Zaina, y aquí me corresponde
-hacer de ella la más exacta pintura que esté a mis cortos alcances.</p>
-
-<p>Era Ignacia Rejoncillos la más hermosa escultura de carne humana que
-he visto; y digo esto, no porque yo la viese jamás en aquel traje que
-suelen usar la Venus de Médicis, la de Milo ni otras marmóreas damas
-por el mismo estilo, sino porque claramente se le traslucían, a favor
-de los vestidos de entonces, la corrección, elegancia y proporcional
-forma de las distintas partes de su cuerpo; que el traje, lejos de
-afear estas femeninas esculturas, antes bien las hermosea, y más
-admirables son supuestas que vistas.</p>
-
-<p>Guapísima de rostro, tenía un blanco nacarado, sin que jamás se
-hubiese puesto otro afeite que el del agua clara, y unos ojos chispos,
-pardos, adormecidillos, tan pronto lánguidos<span class="pagenum"
-id="Page_109">p. 109</span> como enardecidos, de esos medio santurrones
-y medio borrachos, que suelen encontrarse viajando por tierra de
-España, detrás del cajón de una plazuela, al través de las rejas de
-un convento, y para decirlo todo de una vez, lo mismo en cualquier
-paraje público que privado. Aunque algo chatilla, sus dientes de
-marfil, su linda boca (que era puerta de las insolencias), su garganta
-y cuello alabastrino, bastaban a oscurecer aquel defecto. Las manos
-no eran finas, como es de suponer; pero sí los pies, dignos de reales
-escarpines, y tenía además otro encanto particularísimo, cual era el de
-una voz suave, pastosa y blanda, cuyo son no es definible, y a quien
-daba mayor gracia lo incorrecto de la pronunciación y los solecismos
-que embutía en el discurso.</p>
-
-<p>—Querida Zaina —le dijo amorosamente D. Diego—, anoche soñé
-contigo.</p>
-
-<p>—Y yo con las monas del Retiro —contestó ella.</p>
-
-<p>—Soñé que me querías mucho, y cuando desperté estuve llorando media
-hora al ver que todo era sueño.</p>
-
-<p>—¿Y cuánto me quiere su merced? Lo que es yo, estoy toda muerta, y
-tengo el corazón hecho un ginovesado de tanto quererle.</p>
-
-<p>—¡Si dijeras verdad, ingrata Proserpina, orgullosa Juno, artificiosa
-Circe! Tu corazón es de duro diamante o risco, y en vano mi amor quiere
-traspasarle con los acerados dardos de su carcaj.</p>
-
-<p>—¿Qué motes son esos que me ha puesto, señor Conde? —exclamó la
-Zaina riendo a carcajada<span class="pagenum" id="Page_110">p.
-110</span> tendida—. ¡Puerco-espina yo! ¿Y qué es eso de los carcajales
-y de los diamantes duros?</p>
-
-<p>—Esto lo he oído en una poesía que leyeron esta noche en la Rosa
-Cruz, y a ti te viene de molde. Dime: ¿por qué no me contestaste a la
-tiernísima carta que te escribí el otro día?</p>
-
-<p>—¿Yo contestar, hombre de Dios? Así cuervos se lo coman. ¿Cómo he
-de contestar si no sé escribir? Allí leyeron el papel los amigos, y
-tuvieron dos horas de fiesta y risa con aquello del llagado corazón de
-su merced, y que yo era una paloma torcaz y una ruiseñora, y que me
-tiene un amor edial y pantásmico.</p>
-
-<p>—¡Ideal y fantástico! decía la carta, lo cual significa que te
-quiero con amor puro y platónico, sin mezcla de ningún liviano
-apetito.</p>
-
-<p>—¡Ande y que le den garrote! No me hable usía en lengua gringa que
-no entiendo.</p>
-
-<p>—¿Y qué te han parecido los corales?</p>
-
-<p>—¿Los colares? Mazníficos, como ahora se dice. Solo que ya podía
-usía haberlos acompañado de la friolera de un par de zarcillos y de una
-peineta de carey de las que hoy se usan. Y no se olvide mi Condito del
-alma que me ha prometido un coche pa dir el lunes a los novillos, ni
-de aquellas doce varas de cotonía para hacerme lo que llaman ahora un
-<i>savillé</i>. Si no, manque se güelva irmitaño y alacoreta, como dice
-en su cartapacio, no le he de querer.</p>
-
-<p>—Todo eso tendrás, y aun mucho más —dijo D. Diego tomándole un
-brazo.</p>
-
-<p>—En el ínterin, manos quietas, Sr. D. Diego, que quien es platono y
-pantásmico, como usía dice, no ha de gustar de pelliscar carne<span
-class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span> fofa como la mía. Pero
-venga acá y contésteme. ¿Se afirma en lo que anoche me contó del Sr. de
-Mañara?</p>
-
-<p>—Punto por punto, Zainilla de mis entrañas.</p>
-
-<p>—No es que me importe nada de lo que hace ese calaverilla —añadió la
-verdulera—, sino que una amiga mía quiere saberlo.</p>
-
-<p>—Pues dile a tu amiga que el Sr. de Mañara no la quiere ya, porque
-está enamorado de una cierta Duquesa y de la Pelumbres, entrambas a
-dos.</p>
-
-<p>—¡Duquesitas a mi! —exclamó Ignacia, haciendo un gesto aterrador
-con su derecha mano—. Si es la señora que usía nombró anoche... ya, ya
-la conozco bien. Hace dos años solía ir en ca la Primorosa con otra
-amiguita suya, Condesa o no sé qué, alta y morena, y con la Pepilla
-González, comicastra del teatro del Príncipe. ¡Pues no armaban mal
-jaleo entre las tres!... ¿Y también está con la Pelumbres?</p>
-
-<p>—No: con su hermana Mariquilla: me equivoqué. Eso todo el barrio lo
-sabe. ¡Pues no está poco satisfecha Mariquilla! Pero deja eso que nada
-te importa, Zaina. ¿Me quieres mucho?</p>
-
-<p>—¡Pues no le he de querer, niño —respondió la Zaina sin mirar a D.
-Diego—, si tengo el corazón que no parece sino que en él me enclavan
-alfineres!... ¿Vendrá D. Juan esta noche?</p>
-
-<p>—¿A ti qué te va ni te viene, capullito de rosa?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>Diciendo esto, D.
-Diego volvió a extender los alevosos dedos para pellizcarla el brazo;
-pero en esto alzó la voz el tío Mano de Mortero, diciendo:</p>
-
-<p>—¿Ya estamos de secreticos? A bien que el Sr. D. Diego es un
-caballero muy apersonado y principal, y viene acá con buenos fines.
-Nacia, no seas ortiguilla ni te pongas tan picona con mi señor Conde;
-que si su grandeza te quiere dar un pellizco es por ver lo que vas
-engordando, y no con intención de ser pesado. Sí, que yo iba a
-consentir otra cosa en esta casa de la mesma honradez. Pero ¿dónde
-están, señor Conde, las espuelas de plata que me prometió?</p>
-
-<p>—Mañana, si Dios quiere, las acabará el platero —dijo D. Diego
-acercándose al grupo.</p>
-
-<p>—¿No sabe usía las noticias que corren?</p>
-
-<p>—Que se ha perdido una batalla en Espinosa de los Monteros.</p>
-
-<p>—Y parece que también anda mal el ejército de Castaños, y que ya
-Napoleón va sobre Burgos.</p>
-
-<p>—Todo eso es misa rezada —dijo Pujitos— porque ya tenemos en
-Portugal obra de veinte mil inglesones, que manda uno a quien llaman el
-tío <i>Mor</i>.</p>
-
-<p>—Buen tiempo viene ahora para el comercio, tío Mano —dijo Majoma—.
-Con esto de la guerra, los franceses por el lado de acá y los ingleses
-por el lado de allá, la fardería corre que es un primor.</p>
-
-<p>—Dices bien, niñito. La raya de Portugal está hoy que es un bocado
-de ángeles, y los<span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span>
-comerciantes de Madrid me traen ahora en palmitas. Además de que no
-falta género inglés muy barato puesto en Portugal, por la frontera y
-por las sierras de Gata y Peña de Francia no se ve un pícaro guarda,
-porque todos se han juntado a los ejércitos, de modo que viva mi señora
-la guerra mil años, y abajo Napoleón.</p>
-
-<p>—Como venga a Madrid el infame <i>córcego</i> —dijo Pujitos— se va
-a quedar asombrado al ver los batallones que hemos formado acá en un
-ráscate ahí. ¿Han dido ustedes al enjercicio de hoy? ¡Válgame mi Dios y
-qué tropa! Aquello metía miedo, y si en vez de palos llegamos a tener
-fusiles, nosotros mesmos nos hubiéramos asustado de nosotros mesmos,
-echando a correr por todo el campo de Guardias palante.</p>
-
-<p>—Pues yo no me he querido enganchar —dijo Majoma— porque una peseta
-es poco, y si el tío Mano de Mortero me lleva a la raya, mejor estoy
-allí que en Flandes; y dejémonos de coger las armas, que por haberlas
-tomado una vez contra un alguacil, me han tenido diez años mirando a la
-Puntilla<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>
-y a los Farallones<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a> con una cuenta de rosario en los pies, que
-si no es por la jura de mi D. Fernando VII, allá me comen los cínifes
-otros diez.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Cabo en
-la entrada de Melilla.</p>
-
-</div>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Peñasco
-en la entrada de Melilla.</p>
-
-</div>
-
-<p>—Eso no debe apesadumbrarte, Majomilla —dijo Mano de Mortero—,
-que es de personas cabales el pasear la vista por los Farallones,
-y testigo soy yo, que aunque no fui allá por<span class="pagenum"
-id="Page_114">p. 114</span> el aquel de ninguna sangría mal dada, como
-tú, echáronme dos años por mor de un paseo a caballo en compañía de
-cuarenta quintales de hilo de patente, con su <i>Londón</i> y todo, que
-metí allá por Alcañices. Pero, hijo, acá estamos todos, y Dios y la
-Virgen nos acompañen para no tener que llevar en los tobillos aquellas
-telarañas de a dos arrobas, que es el peor corte de polainas que he
-calzado en mi vida.</p>
-
-<p>Llamaron en esto a la puerta, y vimos entrar al Sr. de Mañara y a
-Santorcaz, el primero vestido elegantísimamente de majo, con capa de
-grana y sombrero apuntado.</p>
-
-<p>—¡Gracias a Dios que parece su eminencia por acá! —dijo el padre de
-la Zaina acercándole una silla a Mañara.</p>
-
-<p>—Ya sabrán ustedes que le tenemos de Regidor de Madrid —gritó
-Santorcaz.</p>
-
-<p>—¡Regidor el Sr. de Mañara!</p>
-
-<p>—¡Que viva mil años! —exclamaron todos.</p>
-
-<p>—Así es. La sala de alcaldes me ha nombrado —respondió D. Juan—, y
-es probable que acepte.</p>
-
-<p>—¿Y no se suspenderán los novillos del lunes? —preguntó con mucho
-interés Majoma.</p>
-
-<p>—Como yo mande, habrá novillos, aunque tengamos a las puertas de la
-plaza a todos los emperadores del mundo.</p>
-
-<p>—¡Viva el Regidor!</p>
-
-<p>—Y dígame usía, angelito de mi alma —preguntó el tío Mano de Mortero
-con visible enternecimiento—, esos probecitos que hace dos meses están
-en la cárcel de Villa porque jugaron a la pelota con seis pellejos de
-vino<span class="pagenum" id="Page_115">p. 115</span> por sobre las
-tapias de Gilimón; esos probecitos corderos, que son más buenos que el
-buen pan y más caballeros que el Cid, ¿no merecerán de su generosidad
-que les quite del mal recaudo en que se hallan? ¡Ay, mis queridos
-niños! ¡Y cómo se me aguan los ojos y se me arruga el corazón al verlos
-entre rejas! ¿Cómo no, excelentísimo señor, si les he criado a mis
-pechos y enstruido con mis liciones y enderezado con mis palos? No
-parece sino que su carne es mi carne, y mal haya el que los vio tan
-listos de piernas como de ojos por Peña de Francia, y ahora los ve con
-los brazos cruzados, entre alguaciles, carceleros y toda esa canalla
-que debería estar frita en aceite para que todo el mundo anduviera en
-regla.</p>
-
-<p>—Sosiéguese el buen Mortero —dijo Mañara—, que si de algo vale mi
-influjo, abrazará pronto a sus amigos.</p>
-
-<p>—¡Que suba al quinto cielo el Sr. D. Juan, y juro que le he de traer
-la mejor muda de camisas en pieza que ha tapado carne de Corregidor
-desde que el mundo es mundo! Ea, a bailar, a cantar. Nacia, trae
-aquello blanco del barrilito que apandamos en este viaje.</p>
-
-<p>—¿No han venido Menegilda, ni Alifonsa, ni Narcisa? —preguntó
-Mañara—. Esto está más triste que un entierro. Tú, Zainilla, echa unas
-boleras para hacer boca.</p>
-
-<p>—¡Yo, yo boleras! —repuso la Zaina con tono desapacible y mal
-humorado—. No me pide el cuerpo boleras.</p>
-
-<p>—Échalas por amor de Dios.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span>—Digo que no me da
-la gana. ¿Soy figurilla de tutili-mundi?</p>
-
-<p>—Nacia —dijo gravemente el padre de la consabida—, no se contesta
-de esa manera, y pues el señor Regidor de mi alma lo manda, cantarás,
-aunque te pudras.</p>
-
-<p>—Un par de seguidillas al menos.</p>
-
-<p>La Zaina cambió de parecer, y rasgueando una guitarra, cantó:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Todas las duquesitas</div>
- <div class="verse indent0">De los madriles,</div>
- <div class="verse indent0">No sirven pa calzarme</div>
- <div class="verse indent0">Los escarpines.</div>
- <div class="verse indent2">Dale que dale</div>
- <div class="verse indent2">Y póngame esa liga</div>
- <div class="verse indent2">Que se me cae.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>—¡Otra, otra! Tiene en el cuerpo esta maldita Zaina toda la gracia
-del mundo.</p>
-
-<p>La Zaina continuó:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Señora principesa</div>
- <div class="verse indent0">De panza en trote,</div>
- <div class="verse indent0">Las sobras que yo dejo</div>
- <div class="verse indent0">Usted las coge.</div>
- <div class="verse indent2">Viva quien vive.</div>
- <div class="verse indent2">Le regalo ese peine</div>
- <div class="verse indent2">Que no me sirve.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Aquí fue el batir palmas y el patear suelos y el romper sillas, con
-tanto estruendo y algazara que no parecía sino que la casa se venía al
-suelo. La Zaina arrojó después lejos de sí la guitarra con tal fuerza,
-que aquel sensible instrumento, al dar violentamente contra una<span
-class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> silla, lanzó un quejido
-lastimero y se le saltaron dos cuerdas. Acto continuo sentose junto
-a D. Diego. Pero la exactitud de esta narración exige que ahora los
-deje en su amoroso coloquio, ella hecha toda lenguas y él embobado y
-suspenso, para que pase a decir cómo entraron metiendo mucho ruido la
-Menegilda, la Alifonsa y la Narcisa, que con ser solo tres, no parecía
-sino que entraban por las puertas todos los demonios del infierno.</p>
-
-<p>—Tarde venís, ninflas —dijo Mano.</p>
-
-<p>—Sí, hemos estado picando lomo para las salchichas. Como esta tarde
-no lo pudimos hacer por ir al rosario... —contestó una de ellas.</p>
-
-<p>—Pos yo, por no perder el rosario, cerré mi almacén de hierro —dijo
-otra—, y desde prima noche he tenido que andar desapartando los clavos
-de herradura de los clavos de puerta.</p>
-
-<p>—¡Ay, qué bueno ha estado el rosario! ¿Lo has visto, Majomilla?</p>
-
-<p>—¡Qué había de ver, si me entretuve en el Puente de Toledo,
-esperando un cinco de copas que no quería salir, y gancheando a dos
-payos de Valmojado que malditos de ellos si sudaban dos cuartos! Pero
-lo rezaré mañana, que para el bien nunca es tarde.</p>
-
-<p>—Ende que lo supimos —dijo la Narcisa— nos plantamos allá. Yo le
-mandé al pariente que pusiera el puchero y cuidara de los chicos, y
-pies para qué vos quiero. Este rosario lo ha sacado la Congregación
-de María Santísima del Carmen de la pirroquia de San Ginés, en<span
-class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span> rogativa de las presentes
-calamidades. Salió a las dos. ¡Qué lucimiento, qué devoción! Allí iban
-todos, desde el señor más estirado hasta el último comiquín, y todos
-con su vela. ¿No ha estado usted, Mano de Mortero?</p>
-
-<p>—¿Qué había de ir, mujer —respondió—, si estoy aquí con el corazón
-traspasado por la pena de no haber metido mi cucharada en ese rosario?
-Pero pues mi alma lo necesita, mañana tengo de asistir a la función que
-da la Cofradía de María Santísima de los Dolores, a quien tengo ley
-por los malos pasos de que me ha sacado en bien, intercediendo con su
-divino Hijo. Creo que predica mi grande amigote el Padre Salmón.</p>
-
-<p>—Esa función —añadió Pujitos— es en el convento de Padres dominicos,
-y se celebra para implorar el divino auxilio por la felicidad de las
-armas de esta monarquía, salud de nuestro S. P. Pío VII y libertad de
-nuestro amado Monarca.</p>
-
-<p>—Justo y cabal —prosiguió Mano de Mortero—; y pues hay procesión,
-pienso asistir con vela, que todos, el que más y el que menos, estamos
-llenos de pecados, y aun yo, que no hago mal a nadie, allá me voy con
-los demás; porque el justo peca tres veces, cuanti más los que no
-lo son. Por lo que a mí hace, no tengo comeniente en que Su Divina
-Majestad saque en bien los ejércitos, que españoles somos y lo debemos
-desear, ni tampoco en que le dé mucha salud y años mil a ese Sr. D.
-Pío VII; pero en lo de poner en libertad a Fernando, que es como si
-dijéramos, acabarse la guerra,<span class="pagenum" id="Page_119">p.
-119</span> por allá me lo tenga un par de añitos más, pues esto de
-la guerra, y los franceses por acá y los ingleses por allá, es una
-bendición de Dios, y un rocío celestial que el Señor manda a los
-probecitos que no tienen dónde ganarlo, si no es poniendo la vida en un
-tris y escondiendo las piezas de hilo dentro de las sacas de carbón,
-para ver de engañar al fisco, que es el demonio enemigo de nuestras
-almas.</p>
-
-<p>—Mal patriota es el Sr. Mano —dijo enfáticamente Pujitos—, pues ni
-coge el fusil ni ruega por la libertad de nuestro amado Monarca.</p>
-
-<p>—Diez fusiles, que no uno cogeré si es preciso, pues hartos
-agujeros, raspones y abolladuras hay en los cuerpos de los guardas, que
-podrán dar fe de cómo manejo el gatillo. También quiero y reverencio
-a mi querido Rey, pues no puedo olvidar que me apretó la mano el día
-que entró viniendo de Aranjuez, ni que le alabó a mi Zainilla el garbo
-para tocar el pandero; pero los probes somos probes, y yo pondría a mi
-Fernando en siete tronos... Hijo, dame pan y llámame tonto, y como dijo
-el otro, el abad de lo que canta yanta.</p>
-
-<p>—Hoy no vi al Sr. de Pujitos en la formación —dijo Santorcaz
-acercándose al grupo.</p>
-
-<p>—¿Cómo había de ir, compañero —respondió el maestro de obra prima,
-que al oírse interpelado sobre aquel asunto recibió más gusto que
-si le regalaran tres tronos europeos—; cómo había de ir si todo el
-día he estado en el Parque apartando fusiles, contando piedras de
-chispa y repasando cartuchos, tan atareado,<span class="pagenum"
-id="Page_120">p. 120</span> jeñores, que tengo en los lomos una puntada
-que no me deja respirar?</p>
-
-<p>—¿Y se defenderá Madrid?</p>
-
-<p>—¡Pues ya! No hay muchos fusiles que digamos; pero se han reunido
-un sin fin de sables viejos, muchas lanzas, cascos antiguos del tiempo
-del rey que rabió por gachas, cacerolas que pueden servir de escudos,
-mazas que para partir cabezas de franceses serán una bendición de
-Dios, guanteletes, pinchos, asadores, llaves viejas y otras mil armas
-mortíficas.</p>
-
-<p>—De nada servirá nuestro valor —dijo Santorcaz—, si antes no
-acabamos con todos los traidores que hay en Madrid.</p>
-
-<p>—Lo mismo digo —afirmó Mortero.</p>
-
-<p>—Por todas partes no se ven sino espías de los franceses, y ahora es
-ocasión de que este señor Regidor que aquí tenemos se luzca.</p>
-
-<p>—Así es la verdad —dije yo—. Sé de muchos que se fingen muy
-patriotas, y están vendidos a los franceses. Los que hacen más
-aspavientos y dan más gritos, y más gallardean de patriotas, son los
-peores. ¿No es verdad, Santorcaz?</p>
-
-<p>—Pues acabar con ellos.</p>
-
-<p>—Para eso nos bastamos y nos sobramos —añadió Majoma—. Y vengan
-malos patriotas y gabachones, para dar cuenta de ellos.</p>
-
-<p>—Personajes conozco yo —dijo Mañara— que han de morir arrastrados,
-si Dios no lo remedia; y si llego a ser Regidor, ya nos veremos las
-caras, señores afrancesados.</p>
-
-<p>—Esa es la gente más mala —afirmó Santorcaz<span class="pagenum"
-id="Page_121">p. 121</span> con mucho desparpajo—, más desvergonzada
-y más traidora que hay; y si no ponemos mano en ellos, no saldremos
-bien de esta guerra. Porque yo sé que hay quien está tramando abrir las
-puertas de Madrid si nos ponen asedio.</p>
-
-<p>—Pues despacharlos, y se acabó la junción —dijo Pujitos—. En mi
-compañía están tan rabiosos, que solo con decir «ese es gabacho», se le
-van encima y le quieren despedazar.</p>
-
-<p>—Los peores —repetí yo, teniendo el gusto de que el tío Mano apoyara
-enérgicamente mi opinión— son los que chillan y enredan, y están a
-todas horas hablando de traidores; y si no, aquí está Santorcaz, que
-conoce a la gente y lo puede decir.</p>
-
-<p>—Así es, en efecto —repuso el francmasón algo contrariado—; pero que
-hay traidores, no tiene duda.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch11">
- <h2 class="nobreak g0">XI</h2>
-</div>
-
-<p>D. Diego, la Zaina y las otras tres damas, no menos que esta
-famosas, habían entablado animada conversación, formando otro
-corrillo.</p>
-
-<p>—No se olvide el señor Condito —dijo Menegilda— que nos prometió
-traer una noche a su novia.</p>
-
-<p>—Si yo no tengo novia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span>—Sí que la tiene.
-¿No es verdad, Gabriel, que tiene novia?</p>
-
-<p>—Y más bonita que el sol —respondí acercándome.</p>
-
-<p>—Vamos, la tengo —dijo Rumblar—; pero no la quiero, Zainilla. No te
-vayas a poner celosa.</p>
-
-<p>—Ya estoy frita con los tales celos, niño mío —contestó la maja—.
-Pero ¿por qué no la trae aquí una noche?</p>
-
-<p>—Antes traerá una estrella del cielo —afirmó Mañara, acercándose al
-grupo femenino.</p>
-
-<p>—D. Diego me ha prometido traerla, y la traerá —dijo Santorcaz,
-atraído también por aquel coloquio.</p>
-
-<p>—Sí —indicó Mañara—: la familia de ese señorito iba a permitir que
-una tan delicada doncella viniera a estas casas.</p>
-
-<p>—¡A estas casas! —exclamó la Zaina—. ¿Estamos en algún presillo? Más
-honrada es mi casa, Sr. D. Juan, que muchas de señoras amadamadas, por
-donde usía anda en malos pasos.</p>
-
-<p>—Calla, tonta —dijo Mañara de mal humor.</p>
-
-<p>—Y buenas princesas ha traído usted a esta casa, y a la de la
-Pelumbres y de la Primorosa —añadió Ignacia—. Toas semos unas, y no lo
-igo por esa duquesa con quien fue hace dos noches en ca la Pelumbres.
-Alifonsa, ¿sabes quién es? ¿Te acuerdas de aquella duquesilla
-amojamada, que parece un almacén de huesos? Si D. Juan la trae por
-aquí, pondremos una fábrica de botones.</p>
-
-<p>—¿Qué hablas ahí, zafiota, animal sin pluma? —gritó<span
-class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span> Mañara con vivo arrebato
-de ira—. Habla mejor si no quieres que con tu lengua haga una pantufla
-para azotarte la cara.</p>
-
-<p>—¡A mí con esas el asno Regidor! —vociferó la Zaina—. Después que
-le he despreciao, después que he tenido que escupirle en la cara para
-que no anduviera tras de mí chupándose la tierra que yo pisaba, ¿ahora
-viene con esa? Con las barbas de un usía friego yo los cacharros de la
-cocina, y tripas de caballero le echo a mi gato.</p>
-
-<p>—¡Condenada manola! —dijo Mañara cada vez más colérico—. La
-culpa tiene quien te ha dado esas alas y quien con personas bajas
-se entretiene. ¿Para qué tomas en tu ruin boca el nombre de señoras
-respetables de quien no mereces besar la suela del zapato? ¡Cuidado con
-los celitos de la niña!</p>
-
-<p>—¿Celos yo? —chilló la maja más encendida que la grana—. ¡Por
-Dios, que me quiera usted, so pringoso: tomelo por estera y se creyó
-cortejo!</p>
-
-<p>Y diciendo esto, lanzó un salivazo en medio del corrillo.</p>
-
-<p>—¡Miserable mujerzuela! ¡La culpa tiene quien se arrima a ti, por
-hacerte gente siquiera un día!</p>
-
-<p>—¡Eh, eh! poco a poquito —dijo a este punto el tío Mano de Mortero,
-que de espectador indiferente de aquella escena se trocaba en actor
-de ella—. Eso de mujerzuela es de gente mal hablada, y aquí no se
-habla mal de nadie, y lo que es mi hija tiene su siempre y cuando como
-cualquier otra. Que el señor<span class="pagenum" id="Page_124">p.
-124</span> D. Juan no nos toque a la honor, porque a mí no me falta
-un saco de onzas de oro ensayadas para apedrear a cualquiera. Y tú,
-princesa mía, ¿a qué le haces tantos cocos ahora al Sr. de Mañara,
-cuando ha pocos días te chiflabas por él, y si alguna noche faltaba su
-señoría a hacerte compañía o a ayudarte a rezar el rosario, ponías en
-el cielo unos suspiros como catedrales? Anda, que todos son buenos, y
-váyase lo uno por lo otro.</p>
-
-<p>—¿Suspiritos tenemos? —preguntó Mañara con presunción.</p>
-
-<p>—Y si hubo suspiros —dijo Mortero—, mi hija es una persona de
-etiqueta, y los puede echar como cualquiera otra, aunque sea por el
-Rey; que si está en el cajón de verduras, es porque quiere, que su
-padre ya le ha prometido varias veces ponerla al frente de una casa de
-bebidas finas.</p>
-
-<p>—¡Yo suspirar por ese animal! —dijo la Zaina—. Por lástima le he
-mirao una vez cuando iba al cajón a echarme flores.</p>
-
-<p>—Eso quisieras tú; pero no se estila echar margaritas a puercos.</p>
-
-<p>La Zaina hizo un movimiento. El demonio fue sin duda quien llevó a
-sus irritadas manos una botella de las que en la mesa contigua había,
-y disparola con tanta fuerza contra Mañara, que a no apartarse este
-vivamente, viéramos allí partida en dos la cabeza más dura que ha
-gastado Regidor en el mundo. Levantose este furioso para castigar el
-descomedimiento de la Zaina; pero con tanta presteza acudió D. Diego
-en defensa de la<span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span>
-verdulera, que sobre él cayeron los primeros golpes. Lleno de rabia al
-verse aporreado, arremetió contra Mañara, a punto que el tío Mano de
-Mortero empezaba a probar la exactitud de su apodo, repartiendo algunos
-puñetazos sobre tirios y troyanos. Las majas Narcisa, Menegilda y
-Alifonsa declaráronse también en guerra, por dar gusto a las inquietas
-manos, y bien pronto de todos los allí presentes no quedó uno que no
-llevase su óbolo a tal colecta de golpes y gritos. Era aquello una
-bendición de Dios, y juro que jamás habría yo metido mis manos en tal
-fregado, si no me incitara a ello una caricia que sentí en mitad de la
-espalda, hecha por mano desconocida. Y lo peor fue que Majoma, hombre
-ingenioso, inclinado siempre a sacar partido de tales alteraciones del
-orden privado, descargó varios palos sobre el candil que la escena
-iluminaba, y al punto nos vimos todos de un color. Aquí fue el arreciar
-de los puñetazos, y el esfuerzo de los gritos, y el rodar unos sobre
-otros; y si bien el peso de un cuerpo nos oprimía a veces, también
-el nuestro caía en humanas blanduras, de cuyos choques provenían los
-pellizcos, arañazos y demás proyectiles menudos. Por aquí se oían
-voces lastimeras; por allá gritos de venganza, y sobre toda especie
-de rumores, descollaba la voz estentórea del tío Mano de Mortero,
-diciendo:</p>
-
-<p>—En mi casa no ha de haber escándalos, y el que diga que aquí se
-siente el vuelo de una mosca, miente. Vamos, amiguitos: no meter
-tanto ruido ni pegar tan recio. Esto es una<span class="pagenum"
-id="Page_126">p. 126</span> broma: conque paz y pan, y divertámonos.</p>
-
-<p>Y a todas estas la vecindad se alborotaba, y en la calle deteníase
-la gente curiosa, no porque le hiciera novedad aquel ruido, sino por
-gozar de él; y se temió la intervención de la justicia, lo cual hería
-al Sr. Mano en lo más delicado de su dignidad. Por fin hubo uno que
-pudo dar con la puerta y abrirla y echarse fuera, con lo cual, habiendo
-entrado un poco de luz, pudimos vernos. Todo indicaba que íbamos a
-tener una visita alguacilesca, lo que me impulsó a coger por un brazo a
-D. Diego y echarlo conmigo afuera, y bajar a saltos la escalera hasta
-dar con nuestros cuerpos en la calle, por la que nos escurrimos sin
-miedo a la corchetería.</p>
-
-<p>Cuando nos vimos lejos, acortamos el paso, contemplándonos uno a
-otro. D. Diego había padecido más averías que yo en la refriega, y
-ostentaba en la cara un verdugón hecho por buena mano.</p>
-
-<p>—¡Maldito de mí! —exclamó tentándose los bolsillos de sus calzones—.
-¿Sabes que me han quitado mis dos relojes? ¡Pues también el dinero,
-todo el dinero que llevaba!</p>
-
-<p>—Era de suponer, Sr. D. Diego —le respondí registrándome también—,
-pues no salimos de ninguna misa cantada. Y por lo que veo, a mí también
-me han desplumado.</p>
-
-<p>—¿Te quitaron el reloj?</p>
-
-<p>—No, señor: el reloj no me lo han quitado ni me lo quitarán todos
-los cacos del mundo, porque no lo tengo; pero sí perdí un dinerillo;
-bien poco, por cierto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span>—¡Dios mío! Sin
-relojes, sin dinero... —clamó doloridamente D. Diego—. ¿Con qué
-compraré ahora las diez y siete varas de cotonía que quiere la Zaina?
-¿Con qué alquilaré el coche para que vaya el lunes a los novillos? Si
-Santorcaz no me presta, me moriré.</p>
-
-<p>—Diez y siete varas de fresno, que no de cotonía, es lo que merece
-esa gentuza —le contesté—; pues es necesario estar loco o enamorado
-para poner los pies en tales casas.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch12">
- <h2 class="nobreak g0">XII</h2>
-</div>
-
-<p>Como antes indiqué, no pude obtener licencia para salir de Madrid,
-porque la Villa, viéndose pronto en gran aprieto, cayó en la cuenta
-de que necesitaba de toda su gente para defenderse. ¿Por qué no me
-marché? ¿Quién me lo impidió? ¿Quién torció el camino de mi resolución?
-¿Quién había de ser sino aquel que por entonces era el trastornador
-de todos los proyectos, el brazo izquierdo del destino, el que a los
-grandes y a los pequeños extendía el influjo de su invasora voluntad?
-Sí: el baratero de Europa; el destronador de los Borbones y fabricante
-de reinos nuevos; el que tenía sofocada a Inglaterra, y suspensa a la
-Rusia, y abatida a la Prusia, y amedrentada al Austria, y oprimida a
-la hermosa Italia,<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span>
-osó también poner la mano en mi suerte, impidiéndome pasar a otro
-ejército.</p>
-
-<p>Es, pues, el caso, que el D. Quijote imperial y real, como algunos
-de nuestros paisanos le llamaban, no sin fundamento, había entrado en
-España a principios de noviembre con ánimos de instalar de nuevo en
-Madrid la corte botellesca. A él se le importaba poco que los españoles
-llamasen tuerto a su hermano, y fijo en el número y fuerza de nuestros
-soldados, no atendía a lo demás. Una vez puesto el pie en tierra de
-España, no le agradó mucho que el mariscal Lefebvre ganase la batalla
-de Zornoza, porque sabido es que no era de su gusto que se adquiriese
-gloria sin su presencia y consentimiento. Mandó, sin embargo, al
-Mariscal Víctor que persiguiese a nuestro desgraciado Blake, cuyas
-tropas se habían reforzado con las del Marqués de la Romana, escapadas
-de Dinamarca, y aquí tienen ustedes la batalla de Espinosa de los
-Monteros, dada en los días 10 y 11, y perdida por nosotros, por más que
-el Gran Capitán, con más celo que buen sentido, se empeñe en negarlo.
-¡Ay! No hagan ustedes caso de aquel mi honradísimo y entusiasta amigo,
-y crean a pie juntillas que lo de Espinosa fue un gran descalabro,
-aunque no sin gloria para nuestras hambrientas, desnudas y fatigadas
-tropas. Valientes oficiales perecieron allí, y grandes apuros y
-privaciones pasaron todos, sin un pedazo de pan que llevar a la boca,
-ni una venda que poner en sus heridas.</p>
-
-<p>Así sucumbió el ejército de la izquierda,<span class="pagenum"
-id="Page_129">p. 129</span> cuyos restos, salvándose por las
-fragosidades de Liébana, recalaron por tierra de Campos, para ser
-mandados por el Marqués de la Romana. No fue más dichoso el ejército
-de Extremadura en Gamonal, cerca de Burgos, pues Bessières y Lasalle
-lo destrozaron también el mismo fatal día 10 de noviembre, y el 12
-entraba en la capital de Castilla el azote del mundo, publicando allí
-su traidor decreto de amnistía. Aún nos quedaba un ejército, el del
-Centro, que ocupaba la ribera del Ebro por Tudela: mandábalo Castaños;
-pero nadie confiaba que allí fuéramos más afortunados, porque una vez
-abierta la puerta a las calamidades, estas habían de venir unas tras
-otras a toda prisa, como suele suceder siempre en el pícaro mundo.
-También nos preparaba el cielo en el Ebro otra gran desgracia; pero a
-mediados de noviembre, cuando corrieron por Madrid las tristes nuevas
-de Espinosa y de Gamonal, aún no se había dado la batalla de Tudela.</p>
-
-<p>El pánico en Madrid era inmenso, y se creía segura la pronta
-presentación del corso en las inmediaciones de la capital. ¿Qué
-podía oponérsele? No quedaba más ejército que el del Centro, situado
-allá arriba a orillas del Ebro. ¿Quién detendría al invasor en su
-marcha terrible? La Junta se desesperaba, y los madrileños creían
-acudir a remediar la gravedad de las circunstancias, entusiasmándose.
-¡Ay! Después de mandar algunas tropas a los pasos de Somosierra y
-Navacerrada, ¿qué ejército de línea quedaba para defender a Madrid? Da
-pena el decirlo. Quinientos hombres.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>Los paisanos
-armados eran ciertamente muchos; pero había muy pocos fusiles, y de
-estos la mitad resultaban inútiles por falta de cartuchos; y ¿con qué
-se hacían los cartuchos, si no había pólvora? A esto habíamos llegado
-cuatro meses después de la victoria de Bailén. Todo al revés. Ayer
-barriendo a los franceses, y hoy dejándonos barrer; ayer poderosos
-y temibles, y hoy impotentes y desbandados. Contrastes y antítesis
-propias de la tierra, como el paño pardo, los garbanzos, el buen vino
-y el buen humor. ¡Oh, España, cómo se te reconoce en cualquier parte
-de tu historia, a donde se fije la vista! Y no hay disimulo que te
-encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te desfigure, porque
-a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde cien leguas con
-tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria; con la una mano
-empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra.</p>
-
-<p>—Hola, Gabriel, ¿tú por aquí? —me dijo Pujitos en la Puerta del Sol
-el día 20 de noviembre—. Ya sabes que tenemos de Regidor a nuestro
-amigo D. Juan de Mañara. Él es el encargado de la cartuchería. ¿Tienes
-fusil?</p>
-
-<p>—Y bueno. ¿Pero todavía no se dice nada de fortificar a Madrid, ni
-se trata de abrir fosos y levantar parapetos y abrigos, ya que a esta
-villa y corte la hicieron sin murallas ni otra defensa alguna?</p>
-
-<p>—Todo eso se hará. Pero lo que más urge es la cartuchería y
-armas.</p>
-
-<p>—¿Dónde hacen cartuchos?</p>
-
-<p>—En varias partes. Allá junto al Colegio de<span class="pagenum"
-id="Page_131">p. 131</span> Niñas de la Paz hay más de sesenta personas
-trabajando en ello noche y día.</p>
-
-<p>—Pero de nada nos sirven los cartuchos sin armas, Sr. de Pujitos
-—le dije—. Yo conozco muchísimos hombres valientes que no tienen sino
-chuzos, pedreñales y espadas llenas de orín.</p>
-
-<p>—Eso será nonada, y si no nos hacen traición...</p>
-
-<p>—¡Traición!</p>
-
-<p>—¡Sí: aquí hay muchos traidores!</p>
-
-<p>—Ahora, como la gente anda tan exaltada, es común llamar traidores a
-los más leales patriotas.</p>
-
-<p>—Gabriel —dijo deteniéndose en medio de la calle y asomando por
-el embozo de su capa un dedo con el cual ciceronianamente acentuaba
-sus palabras—, cuando yo lo digo, sabido me lo tengo. ¿Te acuerdas
-de lo que se habló hace noches en casa del tío Mano? ¿Te acuerdas
-cómo se puso furioso el Sr. de Santorcaz contra los traidores? Pues
-hemos descubierto que ese Sr. de Santorcaz o D. Demonio, es espía del
-<i>córcego</i>. Velay por qué estaba tan enfoguetado.</p>
-
-<p>—No es la primera vez que lo oigo.</p>
-
-<p>—Él les escribe cartas de lo que aquí pasa, y con el dinero que le
-dan paga gente alborotadora, que arme querellas entre la tropa. Como
-este hay muchos, y se dice que señores muy alcurniados están vendidos
-a los franceses. Pero, Gabriel, que se nos amostacen las narices, y
-veremos a dónde van a parar. Hay otros que, aunque no son traidores,
-son melindrosos, y no quieren lo que llaman <i>Constitución</i>,<span
-class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span> la cual se va a poner
-ahora pa acabar con el espotismo. ¿Sabes tú lo que es el espotismo?
-Pues el espotismo es una cosa muy mala, muy mala. A bien que desde que
-acabamos con Godoy y los lairones que con él vivían, se acabaron todas
-las picardías, y ahora, luego que demos fin a esto del <i>córcego</i>,
-los reinos de España se van a gobernar de otra manera, y estaremos tan
-bien, que no nos cambiaremos por los ángeles del cielo.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, dio media vuelta y marchose lejos de mí a toda
-prisa. No tardé yo en acudir pronto a la formación de mi compañía.</p>
-
-<p>Ante las evidentes muestras de alarma que a todas horas se
-observaban en Madrid, mal podía el optimismo del Gran Capitán
-sostenerse en las ideales regiones donde le hemos visto cernerse, como
-el águila de la patria a quien ni el peligro ni el miedo pueden obligar
-a abatir su majestuoso vuelo. Ya no era posible negar la derrota de
-Espinosa, ni tampoco la de Gamonal, y solo los locos podrían suponer
-a Napoleón dispuesto a detenerse en su victorioso camino. Muchos días
-resistiose el fuerte espíritu de mi amigo a la evidencia de tantos
-descalabros; por muchos días sostuvo que nuestras armas victoriosas
-echarían a los franceses con su malhadado Emperador del otro lado del
-Bidasoa; por muchos días continuó atribuyendo a los papeles públicos la
-pérfida invención de aquellos absurdos acontecimientos que no cabían
-en su homérica cabeza; pero al fin la muchedumbre de las noticias
-malas, la agitación pública, el pánico de todos, la general<span
-class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span> zozobra, y el tumulto y
-laberinto de los preparativos de defensa rindieron golpe tras golpe
-el formidable castillo de su terquedad, dando en tierra con tantas
-ilusiones. El héroe no aparentó desmayar con esto, antes bien se reía
-tomando la cosa como una fiesta. Lleno de confianza en la capital,
-siempre negaba que Napoleón se atreviese a ponerse delante de los
-madrileños, y esta fue una tenacidad que le duró contra viento y marea
-hasta el 25 de noviembre, en cuya noche, al retirarse a su casa,
-preguntole Doña Gregoria, como siempre, las noticias de la tarde:</p>
-
-<p>—Nada, mujer —repuso frotándose las manos, y promulgando con
-desdeñosas sonrisas la categórica confianza que llenaba su espíritu—.
-Nada, mujer: emperadorcito tenemos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch13">
- <h2 class="nobreak g0">XIII</h2>
-</div>
-
-<p>Y el emperadorcito salió de Burgos el 22; detúvose en Aranda el 24;
-el 29 estaba en Boceguillas, y, por fin, el 30 llegó a Somosierra.</p>
-
-<p>En Madrid la alarma crecía en tales términos, que ya en 23 de
-noviembre se pensaba en una defensa formal, guarneciendo el circuito
-de la Corte para hacer de ella, con el valor de sus habitantes, una
-segunda Zaragoza.<span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span>
-Era Capitán general de Castilla la Nueva el Marqués de Castelar, y
-Gobernador de la plaza D. Fernando de la Vera y Pantoja; pero a este
-no se le conceptuaba muy entendido en materias facultativas, y como
-se tratara de obras de defensa, fue nombrado para el caso el célebre
-D. Tomás de Morla, sucesor de Solano en Cádiz cinco meses antes;
-hombre feísimo de rostro, de carácter aparentemente enérgico, aunque
-en realidad muy débil. Gozaba en el conocimiento de la artillería de
-gran reputación, que aún conserva, pues sus estudios sirven hoy para la
-enseñanza de la juventud que a la guerra científica se consagra.</p>
-
-<p>Morla dirigió las obras de defensa, que consistían en grandes fosos
-abiertos fuera de las puertas de Fuencarral, Santa Bárbara, Los Pozos,
-Atocha y Recoletos; en aspillerar toda la muralla de la parte Norte;
-en desempedrar las calles de Alcalá, Carrera de San Jerónimo y calle
-de Atocha para levantar barricadas, y, por último, en fortificar el
-Retiro con trincheras y una mediana artillería, la única que teníamos,
-pues todo se reducía a unas cuantas piezas de a 6 y poquísimas de a 8.
-Esto se hizo precipitadamente a última hora; mas con tanto entusiasmo
-y determinación, que la diligencia parecía suplir con creces a la
-previsión.</p>
-
-<p>En las obras trabajaba todo el mundo sin reparos de clase. Las
-señoras, no contentas con afiliarse en la Congregación del <i>Lavado
-y cosido</i>, dirigieron a las autoridades una exposición en que
-se ofrecían a ayudar, <i>ya llevando espuertas de tierra</i>, ya
-ocupándose en lo que se<span class="pagenum" id="Page_135">p.
-135</span> les mandase. No es esto invento mío, y la exposición existe
-impresa, donde el incrédulo podrá verla si aún duda de la grandeza
-de ánimo de las señoras de aquel tiempo. Y al decir <i>señoras</i>,
-se comprende que no me refiero a aquellas de quienes en otro lugar
-de este relato tengo hecha mención, pues las del Rastro y Maravillas
-tenían especial gusto en pasearse por todo Madrid arrastrando un cañón
-entre seguidillas y chanzonetas: me refiero a las más altas hembras, a
-quienes vi empleadas en menesteres indignos de sus delicadas manos.</p>
-
-<p>De los hombres no hay que hablar, porque todos trabajábamos a porfía
-día y noche, sacando tierra de los fosos para construir los espaldones
-de la artillería. En poco tiempo quedó la calle de Alcalá tan limpia de
-guijarros como tierra de sembradura, y desde las Baronesas al Carmen
-Calzado levantamos un parapeto formidable.</p>
-
-<p>El personal de la defensa era el siguiente:</p>
-
-<p>1.º Quinientos soldados de línea que apenas bastaban para el
-servicio de las bocas de fuego. 2.º Las tropas colecticias formadas por
-el alistamiento voluntario de 7 de agosto, y a las cuales pertenecía
-un servidor de ustedes (no pasábamos de tres mil hombres). 3.º Los
-conscriptos pertenecientes a Madrid en el llamamiento de doscientos
-cincuenta mil hombres que hizo la Junta, y cuyo sorteo se verificó en
-23 de noviembre. 4.º La milicia urbana llamada <i>honrada</i>, que se
-formó por enganche voluntario el 24 del mismo mes.</p>
-
-<p>Voy a deciros algo de esta conscripción y<span class="pagenum"
-id="Page_136">p. 136</span> de estos señores <i>honrados</i>. Hízose
-aquella llamando a las armas a todos los ciudadanos desde 16 a 40 años,
-y declarando derogadas todas las excepciones que establecían las Reales
-Ordenanzas de 27 de octubre de 1800 para el reemplazo del ejército. Se
-declararon útiles los viudos con hijos; los hijosdalgo de Madrid; los
-nobles que no tuvieran más excepción que su nobleza; los tonsurados
-sin beneficio que estuviesen asignados a servicio eclesiástico, para
-cuya determinación se cubrió con un velo el Concilio de Trento; los que
-disfrutaban capellanía sin estar ordenados <i>in sacris</i> (muchos
-de estos eran los llamados <i>abates</i>); los novicios de órdenes
-religiosas; los doctores y licenciados, que no fueran catedráticos
-con propiedad; los retirados del servicio, y los quintos que hubieran
-servido su tiempo; los hijos únicos de labradores; en una palabra, no
-se exceptuaba a rey ni a Roque.</p>
-
-<p>Los <i>honrados</i> eran una milicia sedentaria creada con objeto
-de guarnecer las ciudades, para <i>precaver los desórdenes, reprimir
-los facinerosos, bandidos, desertores y díscolos, que, perturbando la
-pública tranquilidad, intenten saciar su ambición o su codicia</i>.</p>
-
-<p>De modo que en Madrid tuvimos en 23 de noviembre sorteo para
-el reemplazo del ejército, y algunos días después alistamiento de
-<i>milicianos honrados</i>. Aquella y esta operación se verificaban de
-diez a tres en los claustros de la Trinidad Calzada, de los Mostenses,
-de San Francisco, y en los de otros conventos situados en el punto más
-céntrico<span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> de cada
-cuartel, ante un alcalde de casa y corte o un señor regidor de Madrid,
-un oficial militar, un alcalde de barrio y un escribano. Bastaron,
-pues, pocos días para que las filas de la guarnición de Madrid se
-llenaran con muchos miles de hombres. A la poca tropa de línea y al
-regular número de voluntarios ya disciplinados, uniose la muchedumbre
-de quintos y la caterva de urbanos, gente toda muy entusiasta; pero
-casi en general carecían de fusiles, y estaban tan ignorantes de lo que
-habían de hacer como la madre que les echó al mundo.</p>
-
-<p>Sucedió también que los voluntarios antiguos, aquellos que desde
-agosto habían paseado presuntuosamente sus fachas uniformadas por
-Madrid, miraron con mal ojo a los <i>honrados</i>, los cuales,
-llamándose así, parecían querer resumir en su instituto toda
-la honradez española, y hablaban pestes de los antiguos. Los
-<i>honrados</i> que no tenían armas, decían que estas debían quitarse
-a los antiguos que las tenían; juraban estos entregarlas antes a
-Napoleón que a los <i>honrados</i>, y en tanto los quintos recién
-sorteados, aquellos infelices viudos, nobles, sacristanes, novicios,
-beneficiados sin beneficio y demás gente antes exceptuada, miraban al
-cielo, esperando que se les pusiese en la mano alguna cosa con que
-matar. En resumen: mucha, muchísima gente de última hora; pocas y malas
-armas; ningún concierto; falta de quien supiese mandar, aunque fuese
-un hato de pavos; mucho mover de lenguas y de piernas; un continuo
-ir y venir,<span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span> con
-la añadidura inseparable de gritos, amenazas y recelos mutuos, y la
-contera de los gallardetes, escarapelas, banderolas, signos, letreros y
-emblemas, que tanto emboban al pueblo de Madrid.</p>
-
-<p>El aspecto de uno de aquellos claustros en que se verificaba
-el alistamiento, era digno de ser eternizado por los más diestros
-pinceles. ¡Dichoso yo si con la pluma pudiera dar efímera existencia a
-uno de ellos! ¿A cuál? Todos eran igualmente pintorescos; y si alguno
-contenía mayor número de curiosidades, era el claustro de la Trinidad
-Calzada, en la calle de Atocha.</p>
-
-<p>En mitad de la ancha crujía estaba la mesa, donde el Regidor iba
-recibiendo los nombres, que asentaba un escribiente en barbudas
-cuartillas de papel. En su derredor resonaba tal chillería y alboroto,
-que no sé cómo el Sr. de Mañara (que era el Regidor allí presente)
-podía aguantarlo; pero inútil era el imponer silencio, porque la
-multitud de mujeres aglomeradas a la puerta, no callarían aunque el
-Espíritu Santo se lo mandara. Un pobre alguacil había sido destinado a
-sostener la debida compostura, y nunca tal hubiera intentado el infeliz
-instrumento de la justicia, porque le cogieron y le magullaron, y roto
-y molido dio vueltas por el arroyo.</p>
-
-<p>—¿Pero qué buscan ustedes aquí? —exclamó Pujitos abriendo los brazos
-en actitud amenazadora—. Fuera mujeres, que no sirven sino de estorbo.
-Condenáas, ¿por qué no van a sacar tierra en Los Pozos?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span>—Ya hamos sacado
-tierra: ¡lástima que no fuera de tu sepultura!</p>
-
-<p>—¿Pues qué queréis, demonios?</p>
-
-<p>—¿Qué hamos de querer? ¡Fusiles, piojo! ¿Te los han dado a ti y a tu
-batallón pa quitar telarañas? Vengan acá pronto, que nosotras también
-nos alistamos.</p>
-
-<p>—Afuera, afuera de aquí, canalla.</p>
-
-<p>—Paz, paz —dijo desde el interior del claustro una gruesa y
-campanuda voz que al punto reconocí por la del venerable Salmón—. Haya
-paz, y no me levante ninguna el gallo.</p>
-
-<p>Al punto el apretado grupo de mujeres se dividió en dos, dando paso
-a la procerosa figura del mercenario, que avanzó con majestuoso paso y
-risueño continente.</p>
-
-<p>—Aquí está el Padrito. ¡Que viva el Padre Salmón! Ven, Pujitos del
-demonio, a echarnos afuera.</p>
-
-<p>—Arrastrao —dijo una cogiendo a Pujitos por el cuello y mostrándole
-el puño—. ¿Tus muelas han salido a misa esta mañana? ¿Quieres que
-salgan a vísperas esta tarde? Pues boquea y verás.</p>
-
-<p>—Déjenlo, dejen en paz a ese pobre hombre —dijo socarronamente
-Salmón—, y perdónenle su gran descortesía con tan dignas señoras; que
-yo prometo que se enmendará. Ya os he dicho varias veces que si no
-sois buenas, no contéis para nada con vuestro queridito Padre Salmón.
-Vamos a ver, señoras mías, duquesas y princesas, ¿para qué os agolpáis
-aquí?</p>
-
-<p>—También nosotras queremos alistarnos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span>—Alistaros, ¡oh
-valientes amazonas! Pero, niñas, ¿no veis que en vuestras manos mejor
-sienta el hilo de oro y las sartas de perlas, que el temido alfanje
-damasquino? Vaya, idos a rezar, que la mujer honrada, la pierna
-quebrada y en casa.</p>
-
-<p>—Todos esos son unos calzonazos. Nosotras hemos cargado ya muchas
-espuertas de tierra. Ahora llevamos dos cañones a Los Pozos, y queremos
-que nos los dejen disparar.</p>
-
-<p>—Bueno, bueno, todo se hará. Cada una a su casa, y cuidado con
-lo que les tengo prevenido. Tú, Nicolasa, eres una tramposa, que en
-cada libra de carne pones dos onzas menos de peso. Tú, Bastiana, te
-condenarás por la usura de prestar a dos pesetas por duro a la gente
-del Rastro; y tú, Alifonsa, aguardentera de todos los diablos, ten
-entendido que tantas docenas de estos verás a la hora de tu muerte
-como cortejos has mantenido en vida, y no digo más por no escandalizar
-delante del público.</p>
-
-<p>Con estas y otras filípicas iba Salmón despejando la puerta en
-tales términos, que pronto quedó practicable; mas no por eso tornose
-adentro el popular fraile, sino que siguió adelante, diciendo a cada
-uno su palabrita y dando a besar la correa a viejos, mujeres, hombres y
-muchachos. Cuando me vio echome los brazos al cuello, saludándome con
-mucho afecto.</p>
-
-<p>—¿Vienes a alistarte? —me dijo.</p>
-
-<p>En esto abalanzose hacia nosotros un hombre que besó las manos a
-Salmón con fervoroso cariño, y luego le habló así:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span>—¡Ay, mi Padrito
-de mi alma! ¡Gracias a Dios que este probe tiene el refrigerio de
-encontrarle y verle y hablarle, que es para él de más gusto que si le
-dieran todos los reinos del mundo limpios de fronteras! ¿Recibió Su
-Paternidad las siete libras de rapé y el barrilito?</p>
-
-<p>—Si, hijo mío, y gracias se os dan, pues sois el caballero más
-cumplidor de juramentos y palabras que conozco.</p>
-
-<p>—Sí: que soy hombre para desairar a un Paternidad tan reverendo.
-Mande mi frailito por esa boca, que yo le traeré la Inglaterra toda,
-aunque gaste en pólvora y balas todo mi dinero.</p>
-
-<p>—¿Y la Zainilla?</p>
-
-<p>—¡Está malucha! La otra noche tuvimos junción en casa, y todo
-concluyó con un sainetillo de lo que llaman palos, que aquello parecía
-una gloria. La probecita niña de mis entrañas está desde esa noche que
-no come ni bebe, y manda al cielo unos suspiros que parten el corazón
-de bronce de su padre.</p>
-
-<p>—Eres un zopenco, tío Mano —dijo Salmón—. Cuando estuve en tu casa
-el día de Difuntos... ¿recuerdas que me diste aquellos puches; que con
-el aditamento de un cierto aguardiente de Chinchón, estaban propios
-para que metiera en ellos las barbas el mismo Emperador del Sacro
-Romano Imperio?</p>
-
-<p>—Me acuerdo, sí.</p>
-
-<p>—Pues aquella noche te dije: «Morterillo, ándate con cuidado, que
-tu Zaina y el Sr. de Mañara están de mucho paliqueo, y míralos<span
-class="pagenum" id="Page_142">p. 142</span> en aquel rincón con la
-cabeza inclinada el uno sobre el otro como dos higos maduros.» ¡Y cómo
-se le caía la baba a tu hija!</p>
-
-<p>—Verdad es, señor; y ya sé que de ahí viene todo.</p>
-
-<p>—Entonces te dije: «Morterillo, mucho ojo, que el Mañara quiere
-enmarañar a tu hija, y vas a perder este bocadito de ángeles que tú
-destinabas a un Veinticuatro.» ¿Acerté?</p>
-
-<p>—¿Pues ello?... Yo no quería reñir con Mañara —dijo Mortero
-rascándose una oreja—. Verdad que él iba allá todas las noches... pero
-mi probecita niña es más inocente que una paloma.</p>
-
-<p>—Apuesto a que el demonio ha metido el rabo en tu casa,
-Morterillo. Dices que tu hija ni come ni bebe, y da unos suspiros...
-¿suspiritos?</p>
-
-<p>—Sí; y en tres días no le he podido sacar palabra de la boca, y a
-veces heme puesto a acecharla tras la puerta de su cuarto, y cata a
-mi niñita diciendo unas palabrotas... pues... así como los cómicos en
-los teatros... Y a ratos la veía enjugándose las lágrimas, y a ratos
-echando centellas por los ojos... «Dime qué tienes, serafín de tu
-padre», le he preguntado algunas veces; pero no me contesta más que
-un poste. Anoche nos pusimos a rezar el rosario (porque yo no falto
-jamás amén a esta devota costumbre, ni en casa ni en campo raso), y
-ella empezó con mucha devoción, diciendo los santamarías con un dejo
-y un canticio meloso que llegaba al alma; pero de repente, Padrito,
-empieza a dar manotadas como una<span class="pagenum" id="Page_143">p.
-143</span> loca, rompe en mil pedazos el rosario, levántase, y con las
-manos en la cabeza, dando paseos por el cuarto, dice así: «Virgen de
-la Paloma, no puedo, no puedo.» Luego púsose el mantón y corrió a la
-calle, a donde la seguí... ¿Creerá Su Reverencia de mi alma que fue
-hasta la casa donde vive ese condenado Regidor, parose en la puerta, y
-arrimando la cabeza contra una reja, dio a llorar como un chiquillo?
-Tuve que traerla en brazos a mi casa, y al día siguiente no pudo ir al
-cajón porque cayó mala.</p>
-
-<p>—Ya lo veo clarito: es que Mañara la tiene sorbidos los sesos, y
-no es la primera, Mortero, no es la primera; pero yo iré por allí,
-echarele un sermón a la niña, y veremos si te la curo... Pero calle...
-¿no es aquella que asoma por allí? Sí, es ella misma. Zaina, Zainilla,
-ven acá.</p>
-
-<p>—Sí, es mi flor temprana, es el lucero de su padre. Llégate aquí,
-arrastradilla —dijo el tío Mano llamando a su hija—. ¿De dónde
-vienes?</p>
-
-<p>—De llevar tierra —contestó la Zaina, en cuyo semblante fresco y
-animado no se veían señales de aquel hondo pesar y exaltación que
-acababa de referir el respetable progenitor—. Ya hemos puesto tres
-cañones en la Puerta de Atocha, y están clavadas las estacas y armado
-tal ramaje de palitroques, que parece un nacimiento.</p>
-
-<p>—¿Y para qué andas tú en esas faenas, solito de justicia? —Padre,
-échele Su Reverencia un buen sermón, o dos, si es menester, para que se
-quede en casa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>—Tú no tienes buena
-cara, Zaina —le dijo Salmón—. Tú estás triste, te lo conozco.</p>
-
-<p>—¡Qué buen barruntador tenemos! ¿Y por qué estoy triste?</p>
-
-<p>—Dime, ¿has visto por ahí al Sr. D. Juan de Mañara?</p>
-
-<p>La Zaina se puso pálida y cesó de reír.</p>
-
-<p>—Ya está cogida —exclamó Salmón batiendo palmas—. Esa cara no
-miente. Mira, Ignacia, en la huerta de mi convento hay un pajarito que
-todas las mañanas viene a mi celda a contarme las picardías de las
-muchachas que conozco. ¿Sabes lo que me dijo de ti? Pues me dijo...</p>
-
-<p>—Está más encarnada que un tomate —añadió Mano—; déjela Su
-Paternidad por ahora.</p>
-
-<p>—¿Qué dejar? ¡Bueno soy yo!... Conque, niña, ¿ha habido gatuperio?
-Mucho cuidado con los galanes que van a casa; mucho ojo, que si me
-enfado... Fuera pecados mortales, fuera cosas malas, que entonces
-no hay lo de Padrito por acá, Padrito por allá, sino que saco unas
-disciplinas, y a zurriagazos enderezo yo a mis niñas. Conque ven acá,
-loquilla, ¿ese señor de Mañara te ha trastornado el juicio?</p>
-
-<p>—¿A mí? —chilló la Zaina con súbita expresión de despecho, que la
-puso más arrogante y más hermosa de lo que realmente era—. ¿A mí ese
-pelón? Sé que se lustrea diciéndolo por ahí; pero que se aspere un
-poquito, que astavía tenga mucho orgullo y no me echo a perros.</p>
-
-<p>—Vamos, no lo niegues.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span>—¿Yo? Voime al
-zumo, que no a las cáscaras, y sobre que no me gustan los usirias
-estirados, ni los madamos que huelen a bergamota, cuanti más los
-malinos traidores, gabachones...</p>
-
-<p>—¡El Sr. de Mañara traidor! —exclamó con asombro el mercenario—.
-¿Cómo hablas así de un caballero tan principal y tan buen patricio, de
-ese bendito Regidor, que ahora está allí dentro alistando soldados?</p>
-
-<p>—Traidor, más traidor que Judas —afirmó la Zaina—. ¿Y Su Reverencia
-se hace de nuevas? Pues todo el mundo lo dice, y no queda en Madrid
-quien no lo sabe.</p>
-
-<p>—De otros lo he oído yo, pero no de Mañara —indicó Mortero.</p>
-
-<p>—Está vendido a los franceses, y todo ese papel que hace, es por
-disimular sus maldades —dijo la Zaina—. Pero se la tienen sentenciada
-a ese pícaro, arrastrao, endino, criado del tío Copas. ¡Viva Fernando
-VII!</p>
-
-<p>—Yo creí que estabas embobada —dijo Salmón—, y ahora veo que estás
-loca.</p>
-
-<p>—¡Ay, mi niñita! —dijo el tío Mano—: no hables tales cosas, que
-pueden llegar a las orejas del Sr. de Mañara, y ya sabes que ando en
-empeños con él para que ponga en libertad a aquellos dos angelitos
-seráficos que están en la cárcel de Villa, Agustinillo y el Manco,
-los cuales, por diez pellejos de mal vino de Esquivias, están pasando
-el Purgatorio en vida, aunque pienso que en la otra Dios les ha de
-descontar estas penas.</p>
-
-<p>—¡Me han de oír los sordos! —exclamó la<span class="pagenum"
-id="Page_146">p. 146</span> Zaina—, que aquí no queremos traidores.
-Acabar con ellos, y Napoleón es muerto.</p>
-
-<p>—Cuidado, muchacha —dijo Salmón—, que palabra y piedra suelta no
-tienen vuelta, y palabra en boca es lo mismo que piedra en honda.</p>
-
-<p>—Sea lo que Dios quiera. A mí quien me la hace, me la paga.</p>
-
-<p>—¿Ves cómo todo es el rencorcillo que te ha quedado?</p>
-
-<p>Iba a contestar Ignacia, cuando apareció D. Diego, y luego que
-aquella le vio, hízole entrar en el corro, diciéndole:</p>
-
-<p>—Aquí estoy, aquí está su princesa, señor Conde; no me busque con
-esos ojazos de pájaro bobo.</p>
-
-<p>—¿También el señor Conde te corteja, arpihuela? —preguntó el fraile,
-haciendo una reverencia a D. Diego.</p>
-
-<p>—¡Y que le quiero más que a las niñas de mis ojos! —dijo la maja—.
-Los zarcillos son chicos, y otra vez tenga más miramiento; que a las
-señoras no se las osequia con colgajitos de a cuatro duros; y un novio
-tuve yo, que en barras de plata y oro me llevó a casa los tesoros del
-Rey.</p>
-
-<p>D. Diego, turbado por la presencia del mercenario, no acertaba a
-decir palabra. En cambio el Padrito se encaró con él, y campanudamente
-endilgole la siguiente homilia:</p>
-
-<p>—Ya sé que anda el señor Conde en malos pasos, y mis señoras la
-Condesa y Marquesa lo saben también. ¿Conque es cortejo de la Zaina?
-<i>¡Optime, superlative!</i> Sr. D. Diego. Y no<span class="pagenum"
-id="Page_147">p. 147</span> lo digo porque esta sea ningún guiñapo,
-sino porque cada oveja con su pareja. ¿Qué dirá la señora Doña María
-Castro de Oro, Condesa de Rumblar, a quien no conozco sino para
-servirla; qué dirá cuando sepa los traeres de su hijo? Y pensar que a
-un jovenzuelo casquivano se le ha de dar por esposa aquella flor sin
-tacha, aquel lucero matutino, que cual oro en paño guardan donde usía
-sabe, es pensar en las nubes de antaño. ¡Pues no faltaba más... un Afán
-de Ribera metido en tales tapujos! ¿No le da a usted vergüenza? Y no
-lo digo porque frecuente la casa de este Sr. D. Mano de Mortero, que
-es persona honradísima, sino porque mi niño va también a casa de la
-Zancuda, donde se juega de lo lindo, y jóvenes muy acomodados conozco
-que han dejado allí los hígados.</p>
-
-<p>—Verdad es —dijo Mortero—. Lo que es en mi casa, nadie se deja
-nada, como no sea el malhumor, porque a conversaciones honestas, y a
-lenguas castas, y a manos quietas, nadie nos gana; que a veces la casa
-parece un monasterio de tanto afinamiento y quinta substancia de la
-comenencia.</p>
-
-<p>—Pero el Sr. D. Diego no solo frecuenta esas deshonestísimas
-regiones —añadió Salmón—, sino que también va a las logias de los
-masones <i>infernalis espelunca</i>, donde se pasa la noche entre
-herejías y diabluras. ¡Veo que es aprovechado el rapazuelo! ¡Y quería
-la señora Marquesa que yo le trajese al buen caminito con sermones
-y consejos! No está la Magdalena para tafetanes, Sr. D. Diego, y yo
-primero arrojo el hábito que llevo, que decir<span class="pagenum"
-id="Page_148">p. 148</span> a usía por ahí te pudras, y lléveselo el
-diablo con sus bobadas y truhanerías.</p>
-
-<p>Más que una mona corrido, quedose Don Diego con esta filípica,
-y de buena gana habría contestado a Salmón, vomitando todas las
-abominaciones que acerca de los frailes había aprendido ya, si no le
-detuviera la vergüenza y las muchas miradas de enojo que de distintas
-partes le observaban. Así es que solo protestando a medias palabras
-contra el <i>frailazo pancista</i>, se escurrió bonitamente entre el
-gentío, llevando consigo a la Zaina y a Mortero, que no quiso dejarle
-escapar sin previa entrega de las ofrecidas espuelas de plata.</p>
-
-<p>Quedémonos allí Salmón y yo, y como mi amigo oyera lo de <i>frailazo
-pancista</i>, palabras que ya en aquellos días empezaban a menudear en
-bocas populares, se enfureció y quiso seguir tras el jovenzuelo para
-reprenderle su osadía; mas el agolpamiento de la gente, junto con las
-muestras de simpatías que recibió, se lo impidieron.</p>
-
-<p>—Temple Su Paternidad la ira —le dije—, y váyase en buen hora D.
-Diego.</p>
-
-<p>—Tienes razón —repuso—, que <i>aquila non capit muscas</i>. Su
-castigo tendrá en ver que se queda sin novia.</p>
-
-<p>—Pues él está tan firme en casarse —dije— que lo da por hecho, y
-añade que llevará adelante lo del matrimonio contra viento y marea.</p>
-
-<p>—¡Oh, qué ilusión! Pues están contentas de él mis señoras la Condesa
-y Marquesa. Y por lo que hace a la novia... Acompáñame a la<span
-class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span> Merced y te contaré.
-¿Hablaste largo con la señora Condesa? ¿Le dijiste todo lo que sabes de
-este botarate?</p>
-
-<p>—Un poquito, sí, señor. ¿De modo que no se casará?</p>
-
-<p>—Lo dudo, porque si las personas mayores de la casa no le pueden
-ver, lo que es la joven... Anda esta trastornadilla después que se le
-han descubierto todos los escondrijos de su almita. Por fin lo dijo
-todo. Ya te conté que ni yo con mi gran autoridad y mis chistes y
-juegos, ni la Marquesa con su mal genio, ni el Marqués apedreándola
-a regalos y obsequios, pudimos hacerle confesar la causa de sus
-melancolías; pero al fin, apretada por su prima la señora Condesa que
-la ama mucho, un día entre lágrimas y suspiros le confesó todo.</p>
-
-<p>—Y no resultaría nada...</p>
-
-<p>—Nada más sino que todo aquel mal gesto y aquellas tristezas le
-venían de amar a un muchachuelo, a un perdidillo, a un cascaciruelas
-de esas calles, a quien conoció y tuvo por novio en toda regla, allá
-cuando vivía lejos de sus padres. ¡Cosa de niños! Lejos de parecerme
-mala, me parece un buen signo de virtud la firmeza de sus sentimientos,
-lo mismo en la adversa que en la próspera fortuna. Con todo, la
-Marquesa y su hermano rabian, como es natural, viendo que no pueden
-desencantar a la niña, pues lo que tiene, más parece encanto que otra
-cosa. Y todo se les vuelve decir: «Padre Salmón, ¿qué haremos? Padre
-Salmón ¿qué no haremos?» Yo me voy al cuarto de la madamita, y después
-de decirle cuatro gracias<span class="pagenum" id="Page_150">p.
-150</span> y de imitar el graznido de los cuervos, y el relincho de
-un caballo, y el rum-rum de las viejas rezando en la iglesia, con lo
-cual ella se ríe mucho, le digo: «Pero mi niña de mi corazón, ¿por
-qué no desecha vueseñoría todo pensamiento que no sea el de su actual
-grandeza? ¿Qué cosa puede apetecer ahora? ¿Le falta algo? ¿No tiene
-todas las comodidades, todos los miramientos, todos los mimos que una
-doncella puede apetecer?» A lo que me contesta que ella no desea nada,
-y después se calla. Entonces le tomo las manos, se las acaricio y le
-digo: «El pajarito de mi convento me ha contado que amasteis a un
-jovenzuelo. ¿Por qué no arrojáis esta idea de la cabeza? ¿No comprende
-usía que en una tan principal casa no pueden entrar por las puertas del
-matrimonio personas de baja condición? Seguramente que ese zascandil
-que fue vuestro novio no se acuerda para nada de mi querida niña.» Y
-ella al punto se sonríe, muda de conversación y empieza a hablar de
-otro asunto con tan buen tino y tanto talento, que a mí y al Padre
-Castillo nos deja atónitos.</p>
-
-<p>—Pues veo que cuando dos tan buenos predicadores no la pueden
-quitar con sus buenos sermones el desencanto, encantada estará toda la
-vida.</p>
-
-<p>—No, hijo; que se han intentado varios medios para quitarle eso de
-la cabeza. La Condesa díjole que el zascandil ese había muerto según
-sus averiguaciones, y la Marquesa y su hermano, tomando otro camino,
-han concertado hacerla creer que el tal desconocido jovenzuelo<span
-class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> es un pícaro ladroncillo de
-las calles, un tramposo, estafador, a quien persigue la justicia por
-sus robos, chuladas y granujerías.</p>
-
-<p>—¡Vive Dios! —exclamé sin poderme contener—, y que eso es mentira, y
-le romperé el alma al que me diga que es cierto.</p>
-
-<p>—¡Cómo, muchacho! —dijo muy absorto el fraile—. ¿Pero a ti qué te va
-ni qué te viene en esa cuestión para tomarla tan a pechos?</p>
-
-<p>—Y a todas esas, ella, ¿qué decía?</p>
-
-<p>—Nada. Hasta hoy la verdad es que el ingenioso artificio no ha hecho
-gran efecto, y mientras la doncella sin par aparenta no darse por
-entendida, la señora Marquesa se incomoda más cada día, y a todas horas
-exclama: «Esto no puede seguir así.» Riñe con su sobrina; esta suele
-llorar, aunque en ella todo revela más paciencia que dolor, y aquí de
-la Condesa, que se pone como un basilisco en cuanto mortifican a su
-prima. Tía y sobrina se dicen cuatro cosas; yo las apaciguo, y hasta el
-otro día, que sucede lo mismo.</p>
-
-<p>En esto llegamos a la puerta de la Merced, y Salmón, deteniéndose,
-me dijo:</p>
-
-<p>—¿Quieres subir? Te daré chocolate crudo y una copita.</p>
-
-<p>—Gracias, Padre: estoy rabiando, y no tengo ganas de chocolate ni de
-copitas.</p>
-
-<p>Y sin más palabras, despedime de aquella lumbrera de la Iglesia para
-irme a mi casa.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch14">
- <p><span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XIV</h2>
-</div>
-
-<p>Llegó con el 28 de noviembre la noticia de la batalla de Tudela,
-y una vez que se consideró deshecho nuestro ejército de Aragón y
-del Centro, ya todos vimos el sombrero de Napoleón asomando por la
-Mala de Francia. Las fortificaciones avanzaban, y en los días 27,
-28 y 29 recuerdo que menudearon bastante las que podremos llamar
-fortificaciones y armamentos espirituales, que eran las rogativas,
-rosarios, funciones de desagravios, novenas y otras devociones para
-alcanzar de la Divina Providencia, no que apartase los peligros, sino
-que enardeciera nuestros ánimos para salir victoriosos. Hubo rosario
-en San Ginés, jubileo en los Dominicos de la Pasión, solemnes cultos
-en el Carmen Calzado, y, por último, en la iglesia de Nuestra Señora
-de Gracia, sita en la Plazuela de la Cebada, se inauguró un novenario
-que fue la más popular de las devociones de aquellos días, por predicar
-allí popularísimos oradores. La gente piadosa, al par que patriota, no
-tenía tiempo para acudir a tantas partes, y vacilaba entre la iglesia
-y la trinchera. En los sermones había de todo, como es fácil suponer:
-piedad cristiana y entusiasmo bíblico en algunos púlpitos; garrulería
-en otros, con perdón sea<span class="pagenum" id="Page_153">p.
-153</span> dicho de mi respetable amigo el mercenario calzado a quien
-ustedes conocen. Los hombres, aunque lo deseáramos, no teníamos tiempo
-para frecuentar las iglesias, y especialmente los armados no dábamos
-paz a los pies ni a las manos con el frecuente ejercicio y ensayo de
-nuestra fuerza. Los soldados, los voluntarios, los conscriptos, los
-<i>honrados</i> que tenían armas, nos confundimos por algunos días en
-comunes trabajos y preparativos, dando al olvido discordias importunas.
-Y no estaba el tiempo para andarse con juegos, porque ya Napoleón se
-nos venía encima. La temida sombra veíase por todas partes. Mientras
-existió la pueril confianza de que las tropas enviadas a Somosierra
-estorbarían el paso del tirano, menos mal: íbamos viviendo, alimentando
-nuestro espíritu con risueñas ilusiones, y soñando con ver hechos
-pedazos el poder de Bonaparte en la era del Mico.</p>
-
-<p>Pero el día 1.º de diciembre comenzaron a circular desde muy
-temprano rumores gravísimos acerca de la derrota del general San
-Juan en Somosierra. Echose todo el mundo a la calle en averiguación
-de lo ocurrido, y corriendo de boca en boca las nuevas, exageradas
-por la ignorancia o la mala fe, bien pronto llegó a decirse que los
-franceses estaban en Alcobendas, y hasta alguno aseguró haberlos visto
-paseándose en el Campo de Guardias. Desde el famoso 2 de mayo no había
-visto a Madrid tan agitado: corrían hombres y mujeres por las calles,
-y entonces era el lamentar la ciega confianza, el echar de menos la
-actividad<span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span> y previsión
-propias de un pueblo realmente decidido a defenderse. El Gran Capitán
-y yo habíamos salido desde muy temprano, él para tomar disposiciones
-importantes en el Cuerpo de <i>honrados</i> a que pertenecía, y yo por
-acudir a mi puesto, o curiosear en caso de que aún no se tratara de
-cosa formal.</p>
-
-<p>—Lejos de acoquinarme yo, como estos gallinas —decía el Gran
-Capitán—, me animo y me gallardeo y me esponjo al saber que los tenemos
-tan cerca. Y a mí no me hablen de que el general San Juan ha sido
-derrotado. Para los que conocemos las artimañas y recovecos del arte de
-la guerra, esa dispersión de las tropas de San Juan que parece derrota,
-no es otra cosa más que un hábil movimiento para engañar a Napoleón,
-dejándole pasar el Puerto. Y si no, figúrate si será bonito ver a lo
-mejor que, cuando tranquilamente avanzan los franceses creyéndose
-seguros, aparecen como llovidas por el flanco derecho las tropas
-españolas, y me los cogen ahí sin disparar un tiro entre Alcobendas y
-San Agustín.</p>
-
-<p>—Podrá suceder —dije yo sin manifestarle mi incredulidad—; pero
-figúrese el Sr. Fernández que no pasa nada de esto, sino que viene
-Napoleón sano y entero, y nos pone cerco. ¿Cómo saldremos de este
-apuro?</p>
-
-<p>—Admirablemente —repuso—. Podrá suceder que si trae muchas,
-muchísimas tropas, vamos al decir, un par de milloncitos de hombres,
-dure el sitio dos o tres años, al cabo de los cuales tendrá que
-retirarse... porque pensar<span class="pagenum" id="Page_155">p.
-155</span> que Madrid se ha de rendir, es pensar en lo excusado. Y si
-no, pasea tus ojos por esas fortificaciones que en diferentes partes se
-han hecho en lo que el diablo se restrega un ojo; espacia tu vista por
-esos hondos fosos, por esos gruesos parapetos, por esos inexpugnables
-montones de tierra, y por esas terroríficas baterías de cañones de a
-6; y si la admiración te da tregua a las reflexiones, comprenderás que
-es imposible tomar a Madrid, aunque Napoleón trajera mejor gente que
-aquella que fue a Portugal con el señor Marqués de Sarriá.</p>
-
-<p>—Dios le oiga a usted. Por mi parte haré lo que pueda. ¿Y usted
-manda, o es mandado?</p>
-
-<p>—Yo mando; que a ello me obligan antiguos amigos, cuya ciega
-confianza en mis conocimientos raya en fanatismo. Yo no quería mandar
-porque no me gustan papeles; pero he tenido que ceder, y entre todos
-hemos formado una compañía que ha recibido orden de operar en Los
-Pozos, sitio el más arriesgado, peligroso y temerario de este gran
-asedio que nos espera. Casi todos tenemos fusiles, y los que no,
-manejarán la lanza.</p>
-
-<p>—¡Lanza para defender murallas! —exclamé sin poder disimular la
-risa.</p>
-
-<p>—Sí, hijo: ¿qué entiendes tú de eso? Figúrate que a esos tontos
-se les ponga en la cabeza dar un asalto: ¿qué mejor cosa para
-impedirlo...? Por cierto que voy a reunir mi gente para ir a ocupar la
-posición, no sea que el señor <i>córcego</i> quiera darnos una sorpresa
-con su mala fe acostumbrada.</p>
-
-<p>—Ahora dejémonos llevar a la Puerta del<span class="pagenum"
-id="Page_156">p. 156</span> Sol con todo ese gentío que allá va —dije
-yo—, y parece que ocurre alguna cosa grave, según gritan.</p>
-
-<p>—Efectivamente; pero esa gritería es de mujeres. Sin duda esas
-valerosas matronas piden que se les den armas.</p>
-
-<p>—Bajemos por la calle de la Montera... Por allí sube, si no me
-engaño, el Sr. de Santorcaz. Llamémosle: él sabrá lo que ocurre... ¡Eh,
-Sr. D. Luis!</p>
-
-<p>—¿Qué hay en la Puerta del Sol, que tanto chilla la gente? —preguntó
-Fernández cuando el otro se nos acercó.</p>
-
-<p>—Es que el pueblo pide armas y no se las quieren dar —repuso
-Santorcaz—. Es una picardía, y todos esos mandrias de la Junta deben
-ser arrastrados.</p>
-
-<p>—¡La Junta! ¡Los señores de la Junta Central!</p>
-
-<p>—No hablo de la Central —prosiguió Santorcaz—, que esa, si es cierto
-lo que dicen, ha acordado hoy retirarse de Aranjuez, buscando refugio
-en Andalucía. Hablo de la Juntilla que se ha formado aquí para la
-defensa de Madrid, y que está en permanencia en la casa de Correos.
-¡Aquí hay muchos traidores —añadió en voz alta—, y algunos han cogido
-dinero para entregar la plaza a los franceses! ¡Canallas de traidores!
-Ahora salimos con que se han acabado las armas y los cartuchos.
-¡Mentira! Yo sé dónde hay armas y cartuchos. ¡Nos están engañando, nos
-van a vender!</p>
-
-<p>Diciendo esto, se apartó de nosotros, después de lo cual seguimos
-hacia abajo, y al llegar<span class="pagenum" id="Page_157">p.
-157</span> a la Puerta del Sol vimos que estaba de bote en bote, llena
-de gente. Aquel hueco abierto en el apelmazado caserío de Madrid, es el
-corazón de la antigua villa, y a él afluye con precipitada congestión
-la sangre toda en sus ratos de cólera, de alegría o de miedo. La Puerta
-del Sol latía con furia. Hombres y mujeres hablaban a la vez, y a sus
-voces se unían actitudes y gestos amenazadores. La masa más inquieta,
-más hirviente, más loca y alborotadora estaba al pie de la casa de
-Correos.</p>
-
-<p>—Busquemos algún conocido que nos informe de lo que aquí ha pasado
-—dije, metiéndome con el Gran Capitán por lo menos apretado del
-gentío.</p>
-
-<p>—Astavía no ha pasado nada —dijo un caballero que, envuelto en
-una capa, se nos apareció, y en quien al punto reconocí al señor de
-Majoma—. Astora nada; pero... ya verán.</p>
-
-<p>—¿Qué pide esa gente?</p>
-
-<p>—¿Qué ha de pedir? Armas y cartuchos.</p>
-
-<p>—Ya están repartidos todos los que hay.</p>
-
-<p>—¡A mí con esas! —exclamó el apreciable sujeto—. Ya estamos de
-traidores hasta el gañote. ¡Pillos lairones! Si no les espachamos, nos
-van a entregar a los franceses. ¡Perros gabachos! Les conozco bien, y
-se la tengo sentenciada, sí, señor; y el que diga que no son traidores,
-que se vea conmigo, porque yo soy más español que Santiago y más
-patriota que Fernando VII.</p>
-
-<p>—Pero desde hace tiempo se sabe que la plaza tenía muy pocas armas;
-y en cuanto a los cartuchos, todos los que había y los fabricados<span
-class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span> en esta semana, se han
-repartido ya. El Sr. de Mañara ha estado ocho días ocupado en dirigir
-la fábrica de cartuchos, y ayer tarde repartió muchos miles en el Ave
-María y en la Comadre.</p>
-
-<p>—¡No me lo nombres! —exclamó Majoma, afectando una indignación que
-más tenía de cómica que de trágica—. Ahí tienes al traidor más que
-Judas, al gabachón más que Copas... Gabriel, ¿eres tú traidor también?
-¿Estás vendido a los franceses, como ese regidorcillo hambrón? Dime que
-sí y verás... miá tú... aquí mismo te pongo en pipitoria con esto que
-traigo debajo de la capa.</p>
-
-<p>—¿La navajita? Guarda tu coraje para mejor ocasión, Majomilla —le
-respondí—. Me parece que estás borracho.</p>
-
-<p>—¿Borracho yo? Si no lo he probao, chico... Esta mañana me convidó
-el Sr. de Santorcaz a beber unas copas, y... por esta, que no bebí más
-que dos azumbres... ¿Qué hacer sin la calorcilla en el estómago?...
-Pero di, ¿eres tú traidor? Di que no, porque te rajo... pues yo (y se
-daba fuertes golpes en el pecho) tengo un corazón como un bronce, y soy
-más valiente que el Ciz, y nadie me tosa, si no quiere ver quién es
-Majoma.</p>
-
-<p>Y sin oír más, nos apartamos del insigne varón.</p>
-
-<p>—Esto no me gusta —dijo Fernández—, y me parece que si la alta
-empresa que entre manos traemos no sale tan bien como debiera,
-consistirá en esta inmunda canalla motinesca, díscola y bullanguera,
-que en circunstancias<span class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span>
-tan críticas se vuelve contra sus jefes. Gabriel, de buena gana te
-digo que si nuestro D. Tomás de Morla nos mandase cerrar contra esta
-gentuza, la meteríamos en un puño prontamente. Y has de saber que
-estos perdularios chillones, más sirven de estorbo que de ayuda en la
-defensa, y verás cómo son ellos los primeros que se rinden.</p>
-
-<p>Miramos al balcón de la casa de Correos, y vimos que en él aparecía
-un hombre alto, moreno, hosco, vestido de uniforme; le vimos accionar
-hablando a la multitud; pero no pudimos oír sus palabras, porque la
-femenil chillería de abajo habría impedido oír tiros de cañón, que no
-digo humanas voces. Después aquel militar, el cual no era otro que
-D. Tomás de Morla, encogíase de hombros y cruzaba los brazos. Este
-lenguaje le entendimos mejor, y evidentemente quería decir: «No hay
-nada de lo que me pedís: se acabaron las armas y los cartuchos.»</p>
-
-<p>Pero la multitud se enfurecía con la negativa y le silbaba, pidiendo
-con su omnipotente antojo y volubilidad que saliese Castelar, personaje
-más conocido que Morla. Salió el Marqués de Castelar, habló sin poder
-apaciguar a sus admiradores, y repitiose el encogimiento de hombros y
-el gesto desconsolador. Aquí de los silbidos, de los gritos, de las
-amenazas; poco después el pueblo empezó a arremolinarse y a culebrear
-como dragón de mil colas que se dispone a emprender movimiento, y vimos
-que muchos se desparramaban por la calle Mayor, y que otros subían
-hacia Santa Cruz.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span>—Vamos allá a ver
-en qué para esto —dijo D. Santiago, apoyándose en mi brazo y siguiendo
-el general torrente—. Estos majaderos primero dejarán de existir que
-de hacer alguna atrocidad. ¿Por qué piden armas, si con las que hay
-repartidas basta y sobra? ¿A qué piden cartuchos, si no hay cartucho
-que mate más franceses que el entusiasmo español, ni mejor pólvora que
-nuestra indignación?</p>
-
-<p>—Todo eso es verdad, Sr. D. Santiago —repuse—; pero no habría sido
-malo que la Junta Central o el Consejo, en vez de ocuparse en discutir
-sus rivalidades, hubiera depositado en Madrid unos cuantos barriles
-de indignación, de esa que se hace con salitre, carbón y azufre, que
-la otra sin esta de poco sirve. Pero aquí no ha habido previsión, ni
-iniciativa, ni actividad, ni eminentes cabezas que dirijan, sino que la
-defensa ha quedado a merced de la voluntad, de la invención y del buen
-sentido del pueblo, Sr. D. Santiago; y no llamo pueblo a esa miserable
-turba gritona que de nada sirve, sino a todos nosotros, altos y bajos,
-grandes y chicos... ¿Pero quién es aquel que corre? Es el insigne
-patriota a quien llaman Pujitos. ¡Eh... Sr. de Pujitos, lléguese acá y
-díganos lo que ocurre!</p>
-
-<p>—Ahora va la gente hacia la calle de la Magdalena —contestó— donde
-vive el Regidor Mañara. Esta mañana estuvimos allí: salió al balcón
-y nos dijo que los miles de cartuchos que ha fabricado los entregó
-ya, y que no hay más pólvora. ¿Van ustedes hacia el Avapiés? Por allá
-hay gran alboroto, y dicen<span class="pagenum" id="Page_161">p.
-161</span> que Mañara es un traidor, y que acá y allá.</p>
-
-<p>—¿Y usted, qué piensa de Mañara?</p>
-
-<p>—Mañara es hombre cabal, porque lo digo yo —afirmó Pujitos en tono
-misterioso—. Los traidores son otros y andan por allí revolviendo la
-gente y armando estas tramoyas. Gabriel, acuérdate de lo dicho. Los que
-más chillan son los piores; pero yo ando con mucho ojo, porque así me
-lo ha mandado el jefe, y como les eche la mano encima, verán quién es
-Pujitos.</p>
-
-<p>Siguió a toda prisa hacia la Puerta del Sol, y nosotros, atravesando
-la Plaza Mayor, entramos en la calle de Toledo, arteria de toda la
-circulación manolesca, centro de las chulerías, metrópoli de las
-gracias, bazar de las bullangas, cátedra de picardías y teatro de todas
-las barrabasadas madrileñas.</p>
-
-<p>Pasando luego a la calle de Embajadores, oímos de nuevo que hacia el
-Avapiés había gran marejada, por lo cual, atravesando por los Abades
-hacia el Mesón de Paredes, nos fuimos a presenciar el tumulto, que no
-era flojo, según el rumor de voces que desde lejos se oía. En efecto,
-habíase armado un zipizape que déjelo usted estar.</p>
-
-<p>De manos a boca tropezamos con el tío Mano de Mortero, que se llegó
-a nosotros diciendo:</p>
-
-<p>—¡Cómo nos engañan, Gabriel! ¡Quién lo había de decir en un
-caballero tan bueno como el Sr. de Mañara!</p>
-
-<p>—¿Pero es traidor el Sr. de Mañara? Vamos, tío Mano. ¿Usted también?
-Usted que es una persona de tantísimo talento...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span>—Es verdad, niño
-de mi alma; ¿pero qué quieres tú? Lo dicen por ahí. A mí no me consta;
-pero al son que me tocan bailo. Pues dicen que hay traidores, ¡abajo
-los traidores!</p>
-
-<p>—¿Y qué dicen de Mañara?</p>
-
-<p>—Que tiene arreglado con los franceses el entregarles la Puerta de
-Toledo.</p>
-
-<p>—¿Y cómo lo saben?</p>
-
-<p>—¡Qué sé yo! Pero cuando el río suena agua lleva. Yo no he de ser
-menos que los demás, y pues hay traidores, ¡abajo los traidores!</p>
-
-<p>—¿Y la Zaina?</p>
-
-<p>—¿Pues no la oyes? ¡Si es la que más grita en medio de la plaza!
-¡Santa Virgen! ¡Y no está poco furiosa esa leoncilla! Ahora se ha
-vuelto la patriota más patriota de todo Madrid. ¡Ay, mi Dios, qué
-nacionala tengo a mi niña!</p>
-
-<p>De rato en rato aumentaba el gentío en la Plazuela del Avapiés, y
-los hombres de mala facha, unidos a las mujeres más desenvueltas de los
-cercanos barrios, menudeaban sus gritos y vociferaciones de tal modo,
-que ninguna persona honrada podría ante tal espectáculo permanecer
-tranquila.</p>
-
-<p>—Acerquémonos —me dijo Fernández—. Yo con todo mi corazón te aseguro
-que si Su Majestad, y en su Real nombre la Sala de Alcaldes de casa
-y corte, me mandase despejar este sitio, lo haría con dos lanzazos o
-sablazos, que para el caso lo mismo daría.</p>
-
-<p>—Guárdese usted de decir en alta voz tales cosas, y acerquémonos a
-aquel grupito de damas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span>La Primorosa salió
-del grupo.</p>
-
-<p>—¿Eh... Primorosa, qué traes por aquí? —le pregunté.</p>
-
-<p>—¡Cachiporros! —exclamó la arpía alzando los brazos, cerrando los
-puños, y dirigiéndose a algunos hombres que la rodeaban—. ¿Pa qué
-estáis aquí? ¿No vos quieren dar cartuchos? Pues dir ca el Regidor
-y sacárselos de las asauras. ¡Él los tiene escondíos! Él los tiene
-enterraos en paquetes pa dárselos a los franceses.</p>
-
-<p>Entonces la Zaina, abriéndose paso, presentose en el centro del
-corrillo formado en torno a la Primorosa. Estaba la hermosa verdulera
-amoratada y ronca, con los ojos encendidos, las ropas hechas pedazos, y
-con tan fiera expresión retratada en su semblante y en toda su persona,
-que causaba espanto. En el momento de presentarse, traía un cartucho
-entre los dedos, y lo mordía, y derramaba en la palma de la mano lo que
-debía ser pólvora y resultaba ser arena.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch15">
- <h2 class="nobreak g0">XV</h2>
-</div>
-
-<p>—Los cartuchos están llenos de arena —gritó la muchacha, mostrando a
-todos aquel objeto.</p>
-
-<p>Y al mismo tiempo los hombres allí presentes sacaban de sus sacos
-otros cartuchos,<span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span> los
-mordían, y, en efecto, en todos o en casi todos aparecía arena.</p>
-
-<p>—¡Ese traidor nos ha dado cartuchos de arena!</p>
-
-<p>La terrible voz cundió por la plaza. Allí cerca había un retén de
-guardia de voluntarios. Sacaron el depósito de cartuchos, mordíanlos, y
-por cada dos o tres con pólvora, había uno con arena. Esto lo vimos el
-Gran Capitán y yo, y ambos nos quedamos mudos de indignación.</p>
-
-<p>—Pues indudablemente ha habido traición —dije yo.</p>
-
-<p>—¡Poner arena en los cartuchos! ¡Qué alevosía! Esto es entregar la
-patria villanamente al extranjero.</p>
-
-<p>—El que tal ha hecho —exclamé no ocultando mi rabia— es un miserable
-que debe ser castigado.</p>
-
-<p>—Gabriel, no lo creí —vociferó mi amigo, derramando lágrimas de
-coraje—; no creí que hubiera españoles capaces de semejante vileza. No,
-el que tal ha hecho no es español.</p>
-
-<p>Y los dos, casi sin darnos cuenta de ello, hicimos coro con la
-rabiosa multitud, gritando: «¡Mueran los traidores!»</p>
-
-<p>—¡Ese Mañara, ese ladrón! —gritaron a nuestro lado.</p>
-
-<p>—¡Él ha sido! ¡Mueran los traidores y viva Fernando VII!</p>
-
-<p>¡De arena! ¡Cartuchos de arena! Esta funesta frase corrió por todo
-Madrid más rápidamente que si la llevara la electricidad. En muchas
-partes, que no en todas, pudo confirmarse<span class="pagenum"
-id="Page_165">p. 165</span> la verdad de la afirmación; pero la ira era
-general, y el que había puesto arena en los cartuchos fue condenado
-a muerte por la indignación del pueblo. Mi amigo y yo observamos que
-la multitud corría en todas direcciones; pero los más iban hacia la
-Merced. Desaparecieron de nuestra vista la Pelumbres, el tío Mano, y
-desapareció también la Zaina. Corrimos por la calle de Jesús y María,
-y al llegar a la de la Magdalena, la vimos completamente llena de
-gente: todo el vecindario estaba en los balcones, y un clamor inmenso
-llenaba la vasta longitud de la calle. Hacia el centro de ella existía
-entonces, y existe aún, una casa suntuosa, pero de bastarda y ridícula
-arquitectura, por haber puesto en ella su mano D. Pedro de Ribera,
-autor de la fachada del Hospicio. A aquella casa histórica, residencia
-antes y también hoy de una respetabilísima familia, por mil títulos
-merecedora de la estimación pública, se dirigían las amenazas de la
-muchedumbre, borracha de ira. Todos querían entrar; pero las puertas
-estaban cerradas. Este obstáculo no tardó en desaparecer, y terribles
-hachazos hicieron temblar las labradas maderas de la puerta señorial,
-protegida por el ancho escudo que en esculpidos emblemas representaba
-hazañas y virtudes de otros tiempos. Mas ¿quién reparaba en esto? El
-pueblo, que ya había pisoteado en Aranjuez la real corona, no vacilaba
-en pasar por sobre la de un noble. Hicieron, pues, pedazos la puerta,
-y el pueblo entró desbordándose o invadiendo el palacio, como un río
-que rompe<span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> los diques
-que durante siglos le han contenido y se extiende por el llano con
-ímpetu destructor. Entraron todos, los que iban con algún objeto y los
-que no iban más que a gritar. No debía, pues, hacerse esperar mucho la
-satisfacción de la popular furia, y bien pronto nos quedamos helados de
-terror, oyendo decir:</p>
-
-<p>—Le han matado, ya le han matado.</p>
-
-<p>¡Pobre y desgraciado Mañara! Ayer ídolo, ayer amigo, ayer compañero
-de la vil plebe, cuyo traje y costumbre, y hablar y modos imitaba, hoy
-inmolado por ella con barbarie inaudita, con esa cruel presteza que
-ella emplea, ¡la infame furia! en todas sus cosas.</p>
-
-<p>Pero lo espantoso, lo abominable, y más que abominable, vergonzoso
-para la especie humana, fue lo que ocurrió después. La plebe tiene un
-sistema especial para celebrar las exequias de sus víctimas, y consiste
-en echarles una cuerda al cuello y arrastrarlas después por las calles,
-paseando su obra criminal, sin duda para presentarse a los piadosos
-ojos en la plenitud de su execrable fealdad. Esto pasó con el cadáver
-del infeliz Regidor, a quien conocimos amante de Lesbia, amante de la
-Zaina, amante de todas, pues no hubo otro que como él prodigara su
-hermosa persona en altas y bajas aventuras; esto pasó con el cadáver
-del infeliz a quien llamo D. Juan de Mañara, no porque este fuera su
-nombre, sino porque me cuadra designarle así, para no andar trayendo
-y llevando los títulos de respetables casas por los altibajos de esta
-puntual historia. Pero apartemos los ojos; no miremos, no,<span
-class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> ese despojo sangriento
-que por la calle de la Magdalena, y después por la del Avapiés abajo,
-arrastran en inmunda estera unos cuantos monstruos, hombres y mujeres
-tan solo en la apariencia; cerremos los oídos a sus infames gritos, y,
-sobre todo, no miremos ese destrozado cuerpo, aún caliente, a quien las
-puñaladas, los golpes, el frecuente tropezar van quitando la figura
-humana, haciendo un jirón lastimoso de lo que fue, de lo que era pocos
-minutos antes hombre gallardo y gentil, y lo que es más digno de
-consideración, hombre dichoso y amable. Y mientras pasa esa salvaje
-bacanal, ese río de sangre y de infamia y de crimen, meditemos sobre
-las mudanzas mundanas, y especialmente sobre las cosas populares, las
-más dignas de meditación y estudio.</p>
-
-<p>¿Era Mañara autor de la traición indudable descubierta en los
-cartuchos de arena? Histórica, no hija de nuestra invención, es la
-persona de Mañara; histórica es también su vida licenciosa, sus
-hábitos manolescos, sus aventuras y trato con la gente de los barrios
-bajos; histórica es también la Zaina, y tan históricos como la Jura en
-Santa Gadea y el compromiso de Caspe son sus amores con el Regidor,
-su abandono, sus celos, su despecho, su ira, su sed de venganza y el
-descubrimiento, fatalmente hecho por ella, de los cartuchos de arena.
-Para saber todo esto, basta leer media página de la historia mejor
-y más conocida que sobre aquellos tiempos se ha escrito. Pero ni en
-este eminente libro, ni en otro alguno, ni en boca de ningún viejo
-oiréis razones para contestar<span class="pagenum" id="Page_168">p.
-168</span> categóricamente a la pregunta que antes hice. ¿Fue Mañara
-traidor? ¿Intervino él en la obra criminal de los cartuchos de
-arena?</p>
-
-<p>Os diré francamente que yo tampoco lo sé; pero debo advertiros que
-nunca tuve a aquel desgraciado por capaz de acción tan fea. Mañara
-pecaba de libertino, de ligero, de vano, y más que nada de enamorado.
-Jamás se distinguió en otras maldades que en las del amor, por cierto
-bien perdonables. Le conocí alevoso y traidor en cuestiones de faldas;
-pero no supe nunca que en asuntos graves faltara a las leyes del honor.
-Con estos antecedentes casi puede asegurarse que no fue Mañara autor
-de la superchería de los cartuchos. ¿Pues quién lo fue entonces? Esto
-sí que ni la historia, ni la tradición, ni los viejos, ni yo, podemos
-decíroslo. ¿No habéis observado que todos los movimientos populares
-llevan en su seno un germen de traición, cuyo misterioso origen jamás
-se descubre? En todo aquello que hace la plebe por sí y de su propio
-brutal instinto llevada, se ve tras la apariencia de la pasión un
-tejido de alevosías, de menguados intereses o de criminales engaños;
-pero ningún sutil dedo puede tocar ni determinar los hilos de esta tela
-escondida, en cuyas mallas quedan enredados y cogidos mil bárbaros
-incautos.</p>
-
-<p>¿Quién hizo correr la voz de la traición de Mañara? ¿Fue todo obra
-deliberada de la Zaina? La historia dice que sí; pero yo creo haber
-oído tachar de sospechoso al pobre Regidor en parajes muy distantes
-de la calle de la Pasión. Sin duda el frecuente roce con la plebe
-había<span class="pagenum" id="Page_169">p. 169</span> desconceptuado
-mucho a D. Juan en la opinión de sus iguales. Carecía en absoluto de
-respetabilidad, y el que la pierde entre los de arriba, queriendo
-sustituirla con bajas amistades, que son siempre inconstantes, está
-expuesto a perderlo todo en un momento, y a que cualquier chispa fugaz
-incendie de improviso la fábrica de una reputación que no se funda en
-nada sólido.</p>
-
-<p>Mañara había adulado a la plebe imitándola. Con este animal no se
-juega. Es como el toro, que tanto divierte y de quien tantos se burlan;
-pero que cuando acierta a coger a uno, lo hace a las mil maravillas.
-Vimos caer a Godoy, favorito de los reyes, y ahora hemos visto caer
-a Mañara, favorito del pueblo. Todas las privanzas que no tienen por
-fundamento el mérito o la virtud, suelen acabar lo mismo. Pero nada
-hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene sobre sí el
-anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba
-Cervantes <i>el vano discurso del vulgo, siempre engañado</i>.</p>
-
-<p>—Pero vámonos de aquí —dije a mi amigo—. ¿No oye usted lo que
-dicen esos que pasan? Dicen que los franceses han aparecido por
-Fuencarral.</p>
-
-<p>—Vamos, vamos a cumplir con nuestro deber —repuso el Gran Capitán,
-siguiéndome por la calle de las Urosas—. Pero me temo que lo que debía
-ser gloriosísima jornada, va a ser cualquier cosa, gracias a esa vil
-gentualla. La traición mina la plaza. Eso de los cartuchos de arena me
-ha puesto triste, y el miserable<span class="pagenum" id="Page_170">p.
-170</span> canalla que tal hizo merece mil muertes.</p>
-
-<p>Madrid, después de inmolado Mañara, continuaba inquieto, como
-presagiando grandes males, mientras los frailes agonizantes arrancaban
-de manos del pueblo el cadáver informe. La noticia de que los franceses
-estaban a las puertas de la villa, lo hizo, sin embargo, olvidar todo,
-y corría la gente azorada y medrosa, creyendo ver asomar, al volver de
-una esquina, la figura característica del azote de Europa.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch16">
- <h2 class="nobreak g0">XVI</h2>
-</div>
-
-<p>El Cuerpo de voluntarios a que yo pertenecía fue destinado a
-defender la Puerta de los Pozos (la misma que después se llamó de
-Bilbao, al extremo de la calle de Fuencarral), y el inmediato jardín
-de Bringas. Consistía su fortificación en un foso no muy profundo en
-un gran espaldón de tierra y piedras, a toda prisa levantado, y en
-seis cañones de a 6. La tapia, que no tenía facha de inexpugnable,
-como recordarán los que han alcanzado alguno de sus heroicos trozos,
-había sido aspillerada en toda su extensión. Iguales, poco más o menos,
-eran las fortificaciones de las vecinas Puertas de Santa Bárbara y
-Fuencarral. El sitio donde se habían levantado obras más considerables
-era la Puerta de Recoletos, monumento<span class="pagenum"
-id="Page_171">p. 171</span> que ha durado hasta ayer y que no necesito
-designar topográficamente, con su Costanilla de la Veterinaria ni
-su convento de Agustinos, porque los mozuelos barbilampiños los han
-conocido. Pero volvamos a Los Pozos, puerta destinada a ser teatro
-de nuestro heroísmo, y empecemos diciendo que en la noche del 1.º
-de diciembre nos situamos allá, tan convencidos de que íbamos a ser
-atacados, que estuvimos largas horas sobre las armas, dispuestos a
-vender caras nuestras vidas. La fuerza se componía de estos elementos:
-unos sesenta soldados, que aunque no todos artilleros, hacían de
-tales por necesidad imprescindible; cuatro compañías de voluntarios
-antiguos, con los cuales mezclábase un número irregular de conscriptos,
-y como ochenta hombres de la milicia <i>honrada</i>, a quien mandaba
-o quería mandar el Gran Capitán, no sé si con el título de sargento,
-coronel o general, pues cualquiera de estos grados le cuadraría. Los
-soldados estaban fríos y con poco ánimo; los voluntarios inflamados en
-patriotismo y llenos de ilusiones; pero tan inexpertos, que no daban
-pie con bola, como vulgarmente se dice, a pesar de estar entre ellos
-el gran Pujitos; y finalmente, los <i>honrados</i> no cabían en sí
-de entusiasmo, no obstante ser todos ellos personas de paz, y tener
-algunos buena carga de años a la espalda, especialmente los de la
-compañía, o mejor, los del grupito en que alzaba el gallo D. Santiago,
-cuya hueste se componía de respetables porteros y criados de la oficina
-de Cuenta y Razón.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span>En cuanto a jefes,
-debo decir que allí no existían en todo el rigor de la palabra, pues si
-bien entre la tropa había oficiales valientes y entendidos, no sabían
-o no querían hacerse obedecer de los paisanos, resultando de esta
-desconformidad que allí cada cual hacía lo que le daba la gana y según
-su propia inspiración; y aunque mi amigo tenía pretensiones de imponer
-su autoridad, esto no pasó nunca de un conato de dictadura que más se
-inclinaba a lo cómico que a lo trágico.</p>
-
-<p>En cambio, reinaba gran fraternidad, y cuando avanzada la noche
-tuvimos la certeza de que no había tales franceses por los alrededores,
-nos reunimos en el jardín de Bringas, y encendida una gran hoguera,
-celebramos agradable tertulia, donde se habló de temas patrióticos con
-la verbosidad, facundia y exageración propia de españolas lenguas.
-Cuál encomiaba la defensa de Zaragoza; cuál ponía la defensa de
-Valencia contra Moncey por cima de todos los hechos de armas antiguos
-y modernos; quién decía que nada podía igualarse a lo del Bruch; quién
-encomió hasta las nubes la vuelta de las tropas de la Romana, y, por
-último, no faltó uno que, sin quitar su mérito a estas gloriosas
-acciones, pusiera sobre los cuernos de la luna cierta campaña famosa de
-Portugal en 1762.</p>
-
-<p>Disipado todo temor, muchas mujeres fueron a visitarnos, y entre
-ellas no faltó Doña Gregoria, ni Doña Melchora con las niñas, ni
-tampoco la señora de Cuervatón, pues ha de saberse que su marido
-formaba en las filas de<span class="pagenum" id="Page_173">p.
-173</span> los <i>honrados</i>. Para que no se crea que todos éramos
-gente de poco más o menos, añadiré que algunas altísimas damas fueron
-a visitar a sus hijos, hermanos o maridos, que allí se andaban mano a
-mano con nosotros, o como voluntarios o como sorteados.</p>
-
-<p>Cenamos, bebimos, cantamos, hablamos, y, por último, a todos nos
-vino el deseo de llevar adelante alguna hazaña aquella misma noche. El
-primero que emitió la idea fue D. Santiago, y al punto se la aceptó
-con alborozo, determinando hacer una exploración camino arriba hasta
-Fuencarral, por ver si realmente estaban los franceses tan cerca como
-se creía. A toda prisa se preparó la salida, y a eso de las dos de la
-madrugada nos pusimos en marcha unos doscientos hombres, en buen orden,
-mandados por un coronel de ejército.</p>
-
-<p>—¡Qué bueno fuera —me decía Fernández— que ahora tropezáramos con
-una avanzada enemiga y la derrotáramos en un abrir y cerrar de ojos,
-volviendo a Madrid con unos cuantos miles de prisioneros!</p>
-
-<p>—Todo podría ser, amigo mío —le respondí—, que para la voluntad de
-Dios no hay nada imposible.</p>
-
-<p>—Más gracioso aún sería —prosiguió— que el bergante del Emperador
-se anduviera paseando por ahí, mirando desde lejos la gran ciudad que
-aspira a ganar, y le sorprendiéramos de sopetón, echándole mano para
-llevarle a Madrid sobre un asno foncarralero.</p>
-
-<p>—También es posible —repuse—, y pongamos que ese señor se haya
-aburrido de estar<span class="pagenum" id="Page_174">p. 174</span> en
-su campamento, y tomando una escopeta, a pesar de la oscuridad de la
-noche, se venga con un par de generales y un par de perros por esos
-trigos a levantar y correr perdices, que todos los monarcas suelen ser
-cazadores.</p>
-
-<p>—Eso no me parece verosímil —dijo—; pero bien podría suceder que ese
-hombre, conociendo que no puede vencernos por la fuerza, intente dar al
-traste con la astucia a nuestro poderío, y se disfrace con el traje de
-un payo huevero de Alcobendas, para acercarse a nuestras formidables
-fortificaciones y estudiarlas cómodamente.</p>
-
-<p>Con estos y otros coloquios rebasamos más allá de la venta situada
-en lo que hoy se llama Cuatro Caminos, sin hallar alma viviente ni
-sentir rumor alguno; pero cuando estábamos cerca del camino que a mano
-derecha conduce a Chamartín, percibimos un ruido lejano que a todos nos
-dejó suspensos, pues no parecía sino que temblaba la tierra al galopar
-de millares de caballos.</p>
-
-<p>—¡Es una avanzada de caballería! —gritó nuestro coronel—.
-Retirémonos.</p>
-
-<p>—¿Qué es eso de retirarse? —gritó con enojo el Gran Capitán—. ¿Somos
-españoles o qué somos?</p>
-
-<p>—No tenemos más que cuatro caballos —le dijo el jefe—. Si nos dan
-una carga, ¿qué va a ser de nosotros?</p>
-
-<p>—¡Qué cargas ni cargas! ¡Buenos son ellos para meterse en
-cargamentos! Ea, muchachos, el que quiera seguirme que me siga: yo voy
-adelante.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>Los
-<i>muchachos</i>, cuyo patriotismo invocaba Fernández, eran seis
-o siete vejestorios como él, compañeros en la portería y servicio
-interior de las oficinas de Cuenta y Razón. Pero aquellos valientísimos
-militares, más duchos en el manejo de la escoba que en el de otra arma
-alguna, profesaban aquel principio, tan sabio como famoso, de que una
-retirada a tiempo es una gran victoria, y todos a una manifestaron al
-Gran Capitán que no le seguirían en tan temeraria empresa, pues hazañas
-sin cuento podrían realizar tras las fortificaciones.</p>
-
-<p>El escuadrón francés avanzaba, a juzgar por el acrecentamiento del
-ruido; pero no veíamos cosa alguna. Se dio orden de retirada, y para
-hacerla más a salvo, nos desviamos del camino, escurriéndonos por una
-hondonada que caía hacia la dehesa de Amaniel. D. Santiago renunció a
-regañadientes a los peligros de una lucha con los dragones que a toda
-prisa avanzaban, y me decía:</p>
-
-<p>—Pensar que de esta manera hemos de vencer, es una necedad. En la
-guerra ha de fiarse todo a lo imprevisto, a la sorpresa y a los golpes
-de mano. ¿Qué nos costaba esperar esos caballos, sorprenderlos, matar a
-los jinetes y entrar en Madrid caballeros los que salieron peones?</p>
-
-<p>En esto vimos un bulto, un hombre, que saliendo precipitadamente de
-detrás de unos tejares, corrió hacia la carretera, al parecer huyendo
-de nosotros.</p>
-
-<p>—¡Eh! ¡Un hombre! ¡Un espía!... ¡Quién<span class="pagenum"
-id="Page_176">p. 176</span> vive! —gritamos, corriendo algunos en su
-persecución.</p>
-
-<p>Detúvose el hombre ante nosotros con muestras de tener mucho miedo,
-y entonces advertimos que su traje era el de un paleto, con ancho
-sombrero y una manta por capa. Cuando nos llegábamos a él, pareció
-vacilante e indeciso; pero al fin, oyéndonos hablar, abalanzose hacia
-nosotros, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Ah! Sois españoles. Gracias a Dios: ya me he salvado.</p>
-
-<p>Acabando de decir esto, cayó de rodillas. Pero en el mismo instante
-llegose a él con aire resuelto el Gran Capitán, y poniéndole en el
-pecho la boca de un fusil, exclamó con voz exaltada y furiosa:</p>
-
-<p>—Dese a prisión Vuestra Majestad Imperial y Real. Bien lo decía yo;
-pero a mí no me la da usted... digo, Vuestra Majestad, que soy perro
-viejo, y harto se ve que, disfrazado con traje de paleto, se acerca
-Vuestra Majestad Imperial a nuestra gran plaza para estudiar las
-fortificaciones.</p>
-
-<p>—Hombre de Dios —dijo el payo—, usted es loco o me toma por el
-Emperador Napoleón.</p>
-
-<p>—¡Por quién le he de tomar, hermano! A mí no se me engaña con
-palabritas. Es Vuestra Majestad mi prisionero, y no le he de soltar
-aunque me dé siete condados. ¡Viva España y viva Fernando VII!</p>
-
-<p>Todos los circunstantes nos reímos, lo cual desconcertó a D.
-Santiago, y al punto el prisionero dijo levantándose:</p>
-
-<p>—Yo, señores, soy oficial del ejército de<span class="pagenum"
-id="Page_177">p. 177</span> D. Benito San Juan, y he asistido al
-desastre más funesto de esta campaña. Perdí en la acción de Somosierra
-a mi padre y a dos hermanos, y vengo huyendo de las guerrillas
-francesas que persiguen a los dispersos. Tuve que disfrazarme en
-Robregordo para evitar que me cogieran, y a pie he llegado hasta aquí.
-Pero si quieren que les diga más, denme algo que me sustente, pues con
-dos días de no probar bocado, estoy cayéndome muerto por instantes.</p>
-
-<p>Un compañero nuestro le dio a beber un trago de aguardiente, con lo
-cual tomó fuerzas y pudo seguirnos, reanimado también moralmente por
-verse en nuestra compañía. El Gran Capitán, corrido y confuso, marchaba
-silenciosamente a su lado; pero no las tenía todas consigo, y no hacía
-más que mirarle y remirarle, sospechando que si no el mismo Emperador,
-podía ser algún generalazo, o cualquier archipámpano de la corte
-imperial.</p>
-
-<p>—Con ser tantas mis personales desdichas —dijo el desconocido—,
-pues en el campo de batalla quedaron mis dos hermanos y mi buen padre
-(que somos de un antiguo solar de tierra de Sepúlveda), todavía abruma
-mi ánimo más que nada la catástrofe nacional de que he sido testigo.
-Nosotros acudimos a tomar las armas en defensa de la patria. Felices
-mil veces los que murieron por tan santo objeto, y malhayan los que
-quedamos para contar tan gran desventura. ¿Se sabe ya en Madrid la
-derrota de San Juan? ¿Cómo se cuenta? ¿Qué se dice? Se nos tachará de
-medrosos o cobardes. ¡Oh, señores! Yo no creo que sea posible llevar
-más<span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span> adelante el
-heroísmo. Nuestros soldados se han conducido con bravura portentosa, y
-si no vencieron, fue porque la superioridad de los enemigos y su mucho
-número lo han hecho imposible.</p>
-
-<p>—Eso será lo que tase un sastre —dijo el Gran Capitán—. ¿Por dónde
-anda ahora San Juan? Porque yo entiendo que fingió retirarse para
-atacar después en mejor posición.</p>
-
-<p>—¡Qué ha de fingir, hombre, qué ha de fingir! —repuso el oficial—.
-San Juan, si es que vive, andará fugitivo como yo y sin un solo
-soldado.</p>
-
-<p>—Eso no puede ser, caballero. ¿Cómo se entiende? Si eso fuera
-cierto, señor mío, significaría ni más ni menos una especie de
-derrota.</p>
-
-<p>—Pues ya lo creo; pero les contaré punto por punto. San Juan tomó
-buenas posiciones en el paso de Somosierra y puso una vanguardia en
-Sepúlveda. Atacaron esta los franceses anteayer de madrugada; mas no
-pudieron romper su línea y tuvieron que retirarse.</p>
-
-<p>—¿Los franceses? Bien —dijo el Gran Capitán—. Pues si se retiraron,
-¿cómo se entiende nuestra derrota?</p>
-
-<p>—Paciencia, señor mío, paciencia. Sepa usted que sin aparente
-motivo, aunque es fácil comprender que ha habido algo de traición, la
-vanguardia de Sepúlveda, a pesar de quedar victoriosa, se retiró a
-Segovia. Avanzaron los franceses, y nos atacaron en nuestras posiciones
-de Somosierra. Nosotros no teníamos fuerzas bastantes para defender
-el paso, y mucho menos después de la defección, o no sé cómo<span
-class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span> llamarlo, de la vanguardia.
-Sin embargo, nos resistimos toda la mañana de ayer, aglomerando
-nuestra gente en el camino, y sin disponer de fuerzas ligeras que
-flanquearan las alturas. Los franceses, que traen muchos soldados y
-cuerpos de todas clases, dispusieron guerrillas de cazadores que en
-un instante tomaron las alturas, y con un cuerpo de caballería polaca
-nos cargaron en la carretera de un modo espantoso. No puede formarse
-idea de aquel ataque sino viéndolo. Escuadrones enteros se estrellaban
-contra nuestra batería, y centenares de jinetes caían despeñados a
-los abismos que costean el camino; pero sus recursos son inmensos:
-tras un escuadrón inútilmente sacrificado, lanzaban otro y otro, sin
-que se les importara ver morir oficiales a centenares y generales por
-docenas. Con este ataque incesante combinaban el fuego de las tropas
-ligeras, desparramadas por los altos, y al fin sucumbimos al número,
-que no al valor. Los franceses se abrieron paso a costa de inmensas
-pérdidas, y luego persiguieron a los restos de nuestra tropa con tanto
-encarnizamiento, que dudo que hayan podido sobrevivir muchos. La mayor
-parte, pereciendo en aquellas fragosidades, han cumplido con su deber,
-que era defenderlas mientras tuvieran cuerpo vivo en que recibir una
-bala. No fue posible más, porque más habría sido hacer milagros, y
-estos solo Dios los hace.</p>
-
-<p>Calló el oficial, y todos los que le oíamos estábamos tan
-apesadumbrados y tristes con su relato, que nada le contestamos.
-Tampoco<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> él habló
-más, y así silenciosos y taciturnos llegamos a Madrid y a nuestra
-Puerta de Los Pozos, donde el desgraciado tránsfuga halló una hoguera
-en que calentarse, y un bocado con que reanimar sus fuerzas. Todos le
-prodigaban solícitos cuidados, menos D. Santiago Fernández, el cual no
-podía desechar cierta comezón y desasosiego.</p>
-
-<p>—Gabriel —me dijo, llevándome aparte—, no insisto por no parecer
-pesado; pero digan lo que quieran los demás, ese hombre que hemos
-encontrado no me gusta, y quiera Dios no tengamos que sentir; porque
-yo sé, y tú sabráslo también, que en las guerras es muy común eso
-de disfrazarse para visitar el campo enemigo y examinar a mansalva
-las fortificaciones, así como también es cosa corriente sobornar a
-algún infeliz para que, fingiéndose amigo, penetre en la plaza y haga
-circular noticias falsas que desalienten a los sitiados.</p>
-
-<p>Amaneció el 2 de diciembre, y a favor de las primeras luces del día
-se distinguieron fuertes columnas de caballería francesa en los cerros
-del Norte. Ya estaban allí, y no eran pocos ciertamente.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch17">
- <h2 class="nobreak g0">XVII</h2>
-</div>
-
-<p>Aquella mañana fue muy alegre para nosotros, porque sin motivo
-alguno que lo justificara, nos sentíamos tan animados, que no
-nos<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span> cambiáramos por
-los sitiadores. El peligro había acallado por el momento todas las
-discordias, y nuestro patriotismo nos achicaba las circunstancias
-desfavorables, aumentando considerablemente las ventajosas. Todo se
-volvía gritar, dando vivas y mueras, pues nada cuesta triunfar de este
-modo con las fáciles armas de la lengua.</p>
-
-<p>Nos desayunamos muy contentos con lo que las mujeres del barrio,
-altas y bajas, feas y bonitas, nos traían en repletas cestas. También
-fue con la suya Doña Gregoria; mas del contenido de ella no probó
-bocado D. Santiago, porque, según decía, en los momentos supremos no
-debe embrutecerse el cuerpo con viciosos regalos.</p>
-
-<p>Lejos de asentir a la más mínima concupiscencia del paladar, increpó
-D. Santiago a los glotones, y luego, pasando revista a sus compañeros,
-que, desiguales en estatura, armamento y vestido, no tenían más
-uniformidad que la de su vejez, ni otro aspecto respetable que el de
-sus canas, les arengó así:</p>
-
-<p>—Muchachos, acordaos de que todos sois unos buenos chicos, y de que
-os habéis cubierto de gloria en los reales ejércitos. Ha llegado la
-ocasión suprema, y desde el momento en que se presenta a las puertas de
-Madrid ese monstruo infame, ya no pertenecéis a vuestros hogares, ya
-no pertenecéis a la oficina de Cuenta y Razón, ya no pertenecéis sino
-a la patria. Compañeros: todos sois hombres experimentados; no como
-estos mocosos rapazuelos, que no saben coger un fusil. ¡Ya se ve!<span
-class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> ¡Cuándo las han visto
-ellos más gordas! Y basta de sermones, que ahora, obras y no palabras,
-y más vale una buena puntería que cien discursos; conque, compañeros:
-¡viva Fernando VII! y sepan que los estima su amigo y seguro servidor
-Santiago Fernández.</p>
-
-<p>Esta alocución del veterano hizo reír a muchos de sus amigos, y
-casi, casi... si no fuera por temor a denigrar la memoria de varón
-tan insigne, diría que la recibieron con chistes, jácaras y todas
-las zandunguerías que son propias de los españoles, aun en apretadas
-ocasiones de la vida; pero Fernández, sin hacer caso, seguía tomando
-enérgicas disposiciones. Quiso también meter su cucharada en la
-artillería, echándoselas de gran balístico; pero le mandaron que fuera
-a rezar el rosario, insulto que le exasperó de tal manera, que, a no
-reparar en consideraciones patrióticas de gran peso, habríale abierto
-en dos tajadas la cabeza al descomedido y grosero que tal dijo.</p>
-
-<p>En confianza revelaré a mis lectores que el deslenguado y procaz
-que de tal modo prohibió a nuestro Gran Capitán que se acercase a los
-cañones, fue el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos,
-personaje de todas las ocasiones y de todos los sitios, a quien la
-suerte nos deparó también por compañero en aquella gran jornada.</p>
-
-<p>A eso de las doce nos visitó el Capitán General con D. Tomás de
-Morla, y aunque los vitoreamos hasta quedar roncos, no me pareció que
-estaban ellos muy satisfechos. Aún permanecían allí cuando distinguimos
-un gran<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> tropel de
-franceses por la Mala de Francia abajo y flanqueando el camino. Era la
-avanzada del Cuerpo de Bessières que venía a intimarnos la rendición.
-Cuando el parlamentario llegó a Los Pozos, poco faltó para que los más
-belicosos y trapisondistas le despidieran a puntapiés; pero al fin
-fue recibido decorosamente, y se le contestó que no nos daba gana de
-rendirnos.</p>
-
-<p>—Como no sea por medio de artimañas, embaucamientos o pérfidas
-tretas, semejantes a aquella del caballo de Troya, no nos rendiremos
-—me dijo Fernández—. Mira qué cabizbajo se va el oficial a dar la
-infausta nueva a su Emperador. Me parece que veo a este pateando y
-arrancándose los pelos de rabia al saber nuestra respuesta.</p>
-
-<p>Durante aquella tarde no volvieron parlamentarios, ni se presentó
-fuerza alguna francesa; pero a lo lejos distinguíamos el movimiento
-de las columnas tomando posiciones y estableciendo trincheras para la
-artillería, lo cual indicaba que los franceses diferían la función para
-el día 3. Durante la noche el mariscal Ney hizo otra intimación; pero
-fue hacia la parte de Recoletos o Puerta de Alcalá.</p>
-
-<p>—¿Ves cómo no se atreven a volver acá, ni quieren más cuentas con
-nosotros? —dijo el Gran Capitán cuando lo supo—; pero allá les habrán
-contestado lindezas. Ya se ve: comprendiendo que por las armas no
-pueden nada, ponen en juego melosidades, agasajos y socaliñas. Pero
-durmamos, Gabriel, con toda tranquilidad, pues me parece que mañana 3
-tampoco<span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span> habrá nada,
-y sabe Dios si al ver el aparato de estas intomables fortificaciones,
-habrán decidido retirarse del lado allá de la sierra.</p>
-
-<p>No necesito decir que de todo en todo se engañaba mi optimista
-amigo, pues cuando dormíamos a pierna suelta en la huerta de Bringas
-al calor de una hermosísima hoguera, nos despertaron unos tremendos
-cañonazos que retumbaban en todo Madrid con pavoroso ruido.</p>
-
-<p>—¡A las armas! —dijo Fernández—. Levántense todos, y si cae una
-granada, arrojarse de barriga. Mi opinión es que hagamos una salida
-para ver de ponerle las peras a cuarto a esos de los cañoncitos. Mirad,
-chicos: hacia Chamberí hay una batería.</p>
-
-<p>Al punto nuestros artilleros, que eran mitad de línea y mitad
-paisanos, se dispusieron a la defensa; y como dos de las piezas
-hicieran fuego, no quisimos ser menos los infantes, y allá fue una
-descarga sin saber contra quién.</p>
-
-<p>Densa niebla envolvía la tierra, y no se percibían los lejos, lo
-cual hizo que figurándonos nosotros tener enfrente un formidable
-ejército, disparásemos cañones y fusiles en ruidosísima salva sin
-resultado alguno, pues los franceses no soñaban con atacar Los Pozos,
-y las detonaciones oídas eran las de la artillería que empezaba a
-embestir la Puerta de Recoletos.</p>
-
-<p>—Cese el fuego —dijo nuestro jefe—. No nos atacan ni hay enemigos en
-la Mala de Francia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_185">p. 185</span>—¿Pues cómo ha de
-haber? —dijo el Gran Capitán dando fuerte patada en el suelo—. ¿Cómo ha
-de haber si han huido todos?</p>
-
-<p>—No hay tal trinchera ni cosa que lo valga en Chamberí. Los
-franceses están hacia la Fuente Castellana.</p>
-
-<p>—A mí que no me vengan con músicas —gruñó el Gran Capitán preparando
-su arma—. Favorecidos de la niebla, esos miserables quieren engañarnos.
-Haré fuego mientras me quede un cartucho.</p>
-
-<p>Seguía disparando como si quisiera acribillar la espesa cortina
-de niebla, por cuyo insensato acaloramiento pronto se quedó sin
-municiones. Y como continuaran oyéndose tiros de cañón hacia nuestra
-derecha, Fernández exclamaba, volviéndose a sus amigos:</p>
-
-<p>—Van en retirada, valientes compañeros. Gracias a vuestro arrojo
-temerario, todo se acabará felizmente.</p>
-
-<p>Por largo tiempo estuvimos quietos y mudos, esperando con la
-mayor ansiedad a que de una vez se nos atacara; pero pasaban horas y
-como no fuera D. Santiago, nadie veía enemigos enfrente, ni lejos ni
-cerca. Entre ocho y nueve, el fuego de cañón y de fusilería arreció
-tanto por Recoletos, que no dudamos era este sitio teatro de una
-vigorosa lucha; y al mismo tiempo, como comenzase a disiparse la
-niebla, vimos que cesaba poco a poco aquel desdeñoso abandono en que
-el Emperador nos tenía, porque corrían de oriente a poniente algunas
-columnas con apariencia de tener en respeto a las cuatro puertas
-septentrionales.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span>—Gracias a Dios
-—dijo Fernández—, que se atreven a atacarnos. Por detrás del parador
-del Norte me parece que avanza un cuerpo de artillería de batalla.</p>
-
-<p>No tardaron en romper el fuego contra las trincheras de Los Pozos,
-y nuestros seis cañones, que ya rabiaban por tomar formalmente la
-palabra, contestaron con precisión; mas para que todo fuera desastroso,
-mientras la bala rasa de sus piezas nos deterioraba los espaldones,
-nuestros proyectiles, lanzados por la carretera adelante o hacia la
-derecha, apenas llegaban hasta ellos: tan inferior era la artillería
-española en aquel trance. Entonces comenzó una lucha, que antes que
-lucha debería llamarse simulacro, harto deslucida para nosotros, pues
-más nos hubiera valido ser destrozados por el enemigo, que soportar tan
-cruel situación; y fue que los franceses nos cañoneaban desde muy lejos
-con sus piezas de superior calibre, y mientras recibíamos cada poco
-rato la visita de una bala rasa o de una granada, a nosotros no nos era
-posible hacerles daño alguno.</p>
-
-<p>—Pero esos cobardes, canallas, ¿por qué no se acercan? —decía
-Fernández bufando de cólera—. Eso no es de caballeros, no, señor:
-cañonearnos sin piedad, destruyendo los parapetos con tanto trabajo
-levantados, y ponerse en donde no alcanzan las balas de aquí, eso no es
-de gente hidalga, y bien dicen que Napoleón ha hecho siempre la guerra
-de mala fe.</p>
-
-<p>—¡Malditos sean! —gritó el oficial que nos<span class="pagenum"
-id="Page_187">p. 187</span> mandaba—. Esta era ocasión para hacer una
-salida, si tuviéramos un puñado de gente de la buena que yo conozco.</p>
-
-<p>—¿Pues y nosotros, pues y mis amigos, todos estos bravos muchachos
-de la compañía de <i>honrados</i>? —dijo el Gran Capitán dando un
-fuerte golpe en el suelo con la culata—. ¿Pues qué desean ellos, sino
-es salir para que esa canalla se marche de ahí o se ponga al alcance de
-nuestros fuegos?</p>
-
-<p>—Lo que es eso, buenos tontos serán si lo hacen, pudiendo foguearnos
-a pecho descubierto.</p>
-
-<p>—Saldremos, sí, saldremos —insistió mi amigo—. Muchachos, os conozco
-en la cara el ardor sublime y el generoso patriotismo que os inflama.
-Rabiando estáis por cebaros en esa gentuza. ¿Salimos, señor coronel?</p>
-
-<p>El coronel se rio con lástima y pena al ver la bravura del
-anciano. Uno de los <i>honrados</i>, a quienes Fernández llamaba
-<i>muchachos</i>, aseguró que no podía dar un paso porque el reúma se
-lo impedía; otro dijo que el ruido de los cañonazos le había vuelto
-completamente sordo, y un tercero se tendió en el suelo de largo
-a largo, lamentándose de haber cogido una pulmonía por razón del
-mucho frío y desabrigo en que toda la noche estuvieran. Entre los
-demás <i>honrados</i>, había alguna gente fuerte y valerosa; pero
-casi todos los del grupito que rodeaba a D. Santiago, componíase de
-unos Matusalenes tan mandados recoger, que daba compasión verles.
-Cuando algunas mujeres de Maravillas y del Barquillo vinieron<span
-class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span> tumultuosamente a Los Pozos
-y pidieron con gritos y chillidos que les dieran las armas de los
-ancianos, yo creo que se hizo mal en no acceder a su petición; y aunque
-todos ellos rechazaron indignados tan deshonrosa propuesta, sospecho
-que alguno pedía interiormente a la Virgen Santísima que lograran su
-objeto aquellas valientes semidiosas de San Antón y de la Chispería.</p>
-
-<p>La defensa de aquella posición continuó por espacio de más de una
-hora, sin más accidentes que los que he referido. Hacíamos fuego
-de cañón ineficazmente, y lo sufríamos de los franceses sin poder
-causarles daño. Indudablemente su intención era entretenernos, mientras
-se verificaba el ataque formal por Recoletos; y seguros de su triunfo,
-no querían sacrificar hombres inútilmente lanzándoles contra posiciones
-que al fin se habían de rendir. Cerca de las diez, el que nos mandaba
-recibió aviso de enviar a Recoletos la gente de infantería que no
-necesitase, y así lo hizo, tocándome a mí marchar entre los cien
-hombres destinados a aquella operación.</p>
-
-<p>Por el camino, mientras atravesamos las calles de San Opropio y
-de las Flores hasta llegar a la Plazuela de las Salesas, encontramos
-mucha gente que corría alarmadísima, dando a entender con sus
-gritos y agitación que la cosa iba mal. Extendiéndonos luego por
-la calle de los Reyes Alta<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3"
-class="fnanchor">[3]</a>, bajamos por la del Almirante a la Ronda
-de Recoletos,<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span>
-donde reinaba gran confusión. Fuerte cañoneo se oía por detrás de la
-Veterinaria, edificio que ustedes habrán conocido en el solar de la
-comenzada Biblioteca, y también por detrás de los Hornos de Villanueva
-y del Pósito, hacia la Puerta de Alcalá. El convento de Recoletos
-estaba ocupado por tropa española; pero en el momento en que nosotros
-llegamos casi toda la fuerza salía, por ser más necesaria fuera que
-dentro. En el principio del ataque, la batería puesta detrás de la
-Veterinaria rechazó con tanta energía el empuje de los franceses,
-mandados en persona por el mismo Emperador, que este tuvo que
-retroceder a toda prisa.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> Hoy de
-las Salesas.</p>
-
-</div>
-
-<p>Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los
-jardines y palacios del costado oriental de la Castellana; figuraos
-aquella casi desnuda planicie poblada por numerosa tropa francesa de
-todas armas, con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la
-Plaza de Toros, otro contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis
-completa idea de la situación. En el centro de aquellas tropas y en
-lo que hoy es parte de la calle de Serrano, poco más o menos entre el
-jardín llamado del Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón
-sereno y tranquilo, montado en aquel caballejo blanco que había pateado
-el suelo de las principales naciones del continente; allí estaba, sí,
-disponiendo los movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo
-derecho el catalejo con que alternativamente miraba, ya a este punto,
-ya al otro. Como es fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión;
-pero<span class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span> me lo figuraba
-y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y
-por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos
-pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia,
-cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba
-por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con
-la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces
-una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su
-tosecilla, sus mugidos, sus golpes en la barriga, sus polvos de tabaco
-y sus delgadas y finas sonrisas, el <i>ogro de Córcega</i> nos estaba
-partiendo de medio a medio.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch18">
- <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2>
-</div>
-
-<p>Y digo esto porque la batería de la Veterinaria, después de una
-defensa heroica, caía en poder de los franceses, precisamente en el
-momento en que llegamos, refuerzo tardío, los de la Puerta de Los
-Pozos. Ya no había nada que hacer allí. ¿Podía prolongarse aún la
-resistencia en el Retiro? Así lo creímos en el primer momento; pero
-no tardamos en perder esta ilusión, porque atacado aquel sitio por
-treinta cañones, no tardó en entregar sus débiles tapias, que lo
-eran de jardín y no de fortaleza. Así es que mientras un regimiento
-de<span class="pagenum" id="Page_191">p. 191</span> voluntarios y
-otro de ejército recibían a tiros con admirable arrojo en Recoletos a
-la primer columna francesa que se destacó a apoderarse de la Puerta,
-los defensores del Retiro, faltos de recursos, de armas y de jefes,
-retrocedían al Prado, fiando la defensa a las barricadas de la calle de
-Alcalá. El momento aquel lo fue de gran pánico y de consternación; pero
-la verdad es que entre mucha gente apocada, la hubo también resuelta y
-decidida.</p>
-
-<p>Perdido al fin Recoletos, corrimos todos por la calle del Barquillo
-hacia la de Alcalá, y cuando llegamos, ya los franceses eran dueños
-del Pósito, del palacio de San Juan, y procuraban apoderarse de San
-Fermín y de la casa de Alcañices. Fue muy mala idea la de construir la
-gran barricada más arriba del Carmen Calzado, dejando al descubierto
-la calle del Turco y todos los edificios del extremo de aquella gran
-vía; así es que los imperiales apoderáronse fácilmente de estos, y
-abriéndose paso después por el interior a la citada calle del Turco,
-dominaron de tal modo la posición, que al cabo de un cuarto de hora
-de estéril tiroteo, vimos que era preciso buscar la nuestra un poco
-más arriba, entre Vallecas y el callejón de Sevilla. Se hacía fuego
-tenazmente desde los balcones de ambos lados de la calle, y no había
-casa alguna que no fuese improvisada fortaleza, pues la tenacidad de
-nuestros paisanos era tanta, que no les acobardaba ver la creciente
-ventaja del enemigo, su inmensa fuerza y arrogancia. La población,
-antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un<span
-class="pagenum" id="Page_192">p. 192</span> furor parecido al del
-2 de mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales
-de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas
-invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían
-de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación
-popular y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no
-comprender en paisanos y menos en mujeres.</p>
-
-<p>En medio de esta refriega se hizo la tercera intimación, y cuando
-creímos que nuestros jefes contestarían a ella mandando redoblar
-el fuego, observamos que este cesaba en la gran barricada, y que a
-todo escape corría a caballo el Marqués de Castelar hacia la casa de
-Correos, donde estaba la Junta permanente.</p>
-
-<p>—¿Qué hay, Sr. D. Diego? —pregunté a este, viéndole venir hacia mí,
-con su escarapela de <i>honrado</i>—. No sabía que también estaba usted
-entre nosotros.</p>
-
-<p>—He estado en el Retiro desde el amanecer —me contestó—. Pero ¿qué
-se había de hacer con tan mala y tan poca artillería?</p>
-
-<p>—¿Pero por qué ha cesado el fuego?</p>
-
-<p>—El Marqués de Castelar ha pedido una tregua para consultar a la
-Junta. Creo que habrá capitulación. ¿Has visto a Santorcaz?</p>
-
-<p>—¿Yo?... Ni ganas.</p>
-
-<p>—Pues te andaba buscando ayer tarde con mucho empeño.</p>
-
-<p>—¿También se ha batido D. Luis?</p>
-
-<p>—¡Vaya! en el Retiro estaba hace poco gritando como un furioso
-y jurando matar a los que nos han hecho traición. Pero luego nos
-ha<span class="pagenum" id="Page_193">p. 193</span> aconsejado que
-nos retiremos a nuestras casas, porque es imposible pelear contra los
-franceses.</p>
-
-<p>Subía la calle arriba mucha gente del bronce, gran número de
-<i>honrados</i>, voluntarios y algunas mujeres, y por las imprecaciones
-que oí en boca de todos, se comprendía que los defensores de Madrid no
-habían recibido bien la suspensión de armas.</p>
-
-<p>—Como que les han untao —decía un majo de trabuco y charpa.</p>
-
-<p>—¡Que nos han vendío! —exclamaba una mujer, en quien me pareció
-reconocer a la viuda de Chinitas.</p>
-
-<p>—Si cojo a Castelar por delante, me lo como.</p>
-
-<p>—Ya me percataba yo que el Tomasillo Morla estaba vendido al Tuerto.
-¿Cuánto va a que él puso los cartuchos de arena?</p>
-
-<p>—¡Más vale morir que rendirse! Canallas, cobardes: si tenéis miedo,
-quitaos de en medio, y dejadnos a nosotros.</p>
-
-<p>—Compañeros, antes que la corte de las Españas y la mapa del mundo,
-que es Madrid, caiga en poder de los gabachones, tuertos, botelludos,
-dejémonos matar tras esas piedras.</p>
-
-<p>—¡Que hayamos vivido para ver esto!</p>
-
-<p>—Ni la Junta, ni el Consejo, ni los Generales, ni el Corregidor, ni
-ninguno de esos Caifases tienen tanto así de vergüenza.</p>
-
-<p>De este modo, en diversos estilos, expresaba el pueblo de Madrid
-su rabia, no tanto por verse casi vencido, como por echar de menos
-el amparo de las autoridades, y encontrarse<span class="pagenum"
-id="Page_194">p. 194</span> solo entre un enemigo formidable y un poder
-débil, incapaz de imitar las desesperadas sublimidades de Zaragoza
-y Valencia. Así es que desde la suspensión de la lucha cundió el
-desaliento tan rápidamente, y la idea de una capitulación indispensable
-se apoderó tan pronto de todos los espíritus, que las armas se caían
-de las manos. Cercados por poderoso enemigo, ¿qué podía hacerse sin
-entusiasmo, y qué entusiasmo cabía allí, donde los jefes no contaban
-para nada con lo extraordinario, con lo divino, con aquella táctica
-ideal y no aprendida, que o detiene las catástrofes o las hace
-gloriosas, no dejando al vencedor sino lo material de la victoria, la
-posición topográfica, aquello que podrá ser lo principal en los hechos
-de un día, pero que es lo secundario y lo último en la historia?</p>
-
-<p>El pueblo español, que con presteza se inflama, con igual presteza
-se apaga, y si en una hora es fuego asolador que sube al cielo, en
-otra es ceniza que el viento arrastra y desparrama por el bajo suelo.
-Ya desde antes del sitio se preveía un mal resultado por la falta de
-precaución, la escasez de recursos y la excesiva confianza en las
-propias fuerzas, hija de recuerdos gloriosos a todas horas evocados,
-y que suelen ser altamente perjudiciales, porque todo lo que aumenta
-la petulancia, lo hace quitándoselo al verdadero valor. Lo que habían
-preparado las discordias, la impremeditación y la soberbia, rematolo la
-excesiva prudencia de autoridades timoratas, que además de no ver dos
-palmos más allá de sí mismas,<span class="pagenum" id="Page_195">p.
-195</span> no comprendieron que la capital no debía rendirse con menos
-aparato que la última aldea de Castilla. La presencia de Napoleón traía
-a aquellos pobres señores muy azorados, y tanto se preocuparon de sus
-togas, de sus posiciones, de sus fajas y de sus sueldos, que con todas
-estas telarañas ante los ojos era imposible que pudieran ver cosa
-alguna.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch19">
- <h2 class="nobreak g0">XIX</h2>
-</div>
-
-<p>Diose orden de que los cuerpos ocuparan sus primitivas posiciones, y
-partí otra vez a Los Pozos, contemplando por el camino el espectáculo
-de Madrid abatido y desilusionado. En algunas partes, escenas de
-escandalosa protesta contra las autoridades, y amenazas y gritos;
-en otras, vergonzoso silencio y raras manifestaciones de la general
-angustia.</p>
-
-<p>Cuando llegué a la Puerta de Los Pozos, los soldados y voluntarios
-estaban en actitud un tanto sediciosa. El Gran Capitán, que continuaba
-en el jardín de Bringas, no quería creer la noticia de la próxima y ya
-inevitable capitulación.</p>
-
-<p>—Gabriel —me dijo—, eso que cuentan no puede ser cierto, y sin duda
-es alguna estratagema de D. Tomás de Morla. ¡Cómo se miente! ¿Creerás
-que unas desvergonzadas mujeres llegaron aquí diciendo que el Prado y
-media<span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span> calle de Alcalá
-estaban en poder de la Francia? Me dio tal enfado, que si no estuviera
-mi mujer entre las que tal insolencia decían, las habría atravesado de
-parte a parte.</p>
-
-<p>No quise darle un disgusto, y callé.</p>
-
-<p>—Aquí hemos tenido un combate terrible —continuó—. Se atrevieron a
-acercarse, y esa compañía de voluntarios salió y les hizo tan terrible
-fuego, que no han vuelto a asomar las narices. En tan grande acción, no
-tuvimos más que cinco muertos y once heridos.</p>
-
-<p>Vi, en efecto, que Pujitos se ocupaba en acomodar estos últimos
-en las casas inmediatas con auxilio del generoso vecindario, y que
-en torno a los cinco primeros una multitud de mujeres entonaban
-estrepitoso miserere de imprecaciones y lamentos. En las cuatro puertas
-septentrionales no había ocurrido otra lucha importante que aquella que
-Fernández me refería.</p>
-
-<p>El cual prosiguió así:</p>
-
-<p>—Pensar que aquí nos rendiremos, es pensar en lo imposible. Ríndase
-todo Madrid; mas no se rendirán Los Pozos. ¿No es verdad, muchachos?</p>
-
-<p>Los <i>muchachos</i>, sentados en el suelo del citado jardín, y a la
-redonda, despachaban unas sopas, acompañados de mujeres y chiquillos;
-y con tanta gana comían, y tal era su pachorra y tranquilidad, que no
-me parecieron dispuestos a secundar los gigantescos planes del portero
-de la oficina de Cuenta y Razón. Antes bien, el uno con su reumatismo,
-el otro con sus toses, y aquel con sus escalofríos, tenían<span
-class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> cara de satisfechos por el
-fin de una aventara que empezó con visos de ser broma pesada.</p>
-
-<p>—Pues si está de Dios que nos rindamos, nos rendiremos —dijo un
-bravo, que lo menos tenía a cuestas sesenta años y pico.</p>
-
-<p>—Hemos hecho todo lo que exigía el honor. No es posible más —dijo
-otro—. Cuando los jefes han acordado la rendición, ya sabrán que es
-imposible resistir.</p>
-
-<p>—Yo —añadió un tercero— he cumplido con mi deber. Lo menos he
-disparado tres tiros.</p>
-
-<p>—Y yo, aunque no he disparado ninguno, le cargaba la escopeta a
-aquel soldadillo del bigote rubio.</p>
-
-<p>—Esto no se puede oír —exclamó bramando de ira D. Santiago—. Pero
-¿qué se puede esperar de unos hombres que se ponen a comer sopas,
-cuando tenemos a cien varas de nosotros al vencedor de Europa? ¡Fuera
-de aquí, almas de mazapán, cuerpos momios y sangre de arrope! ¿De qué
-os valen esas canas que estáis deshonrando? ¿De qué vuestros años,
-hasta ahora no envilecidos? ¿De qué el haber asistido a aquellas
-gloriosas campañas?... Nada, lo dicho, dicho. Se rendirá Madrid; pero
-no se rendirán Los Pozos.</p>
-
-<p>—Mira, marido mío —dijo a esta sazón Doña Gregoria, que en unión
-de las otras vecinas había venido con un canastillo y algo de bebida
-para D. Santiago—, ya has cumplido con tu deber; ya te has portado como
-un valiente, y tan verdad es esto, que por todo Madrid andan contando
-tus hazañas, y hasta el Capitán<span class="pagenum" id="Page_198">p.
-198</span> General dicen que echó un discurso poniéndote por modelo de
-los buenos patriotas. Basta ya, y puesto que todo se acabó, y no hay
-más guerra por ahora, no seas testarudo. ¿Qué vas a hacer tú solo?</p>
-
-<p>El Gran Capitán no contestaba, y paseo arriba, paseo abajo, con el
-arma al brazo, atendía tan solo a sus agitados pensamientos.</p>
-
-<p>—Dejémonos de tonterías, marido mío —añadió Doña Gregoria—, y vamos
-a despachar este cocidito y esta botella de vino. ¿Acaso puede Napoleón
-decir que te ha vencido? Eso no, porque buen cuidado tuvo de no asomar
-por aquí; que si tú lo llegas a coger...</p>
-
-<p>—Quítate de mi vista, vete de aquí —gritó de improviso el veterano—;
-y no me seduzcas con tu cocidito y tu bebida, que no soy hombre que se
-entrega a la molicie en días de peligro. Afuera los cantos de sirena, y
-las seducciones del amor y los ricos manjares. No como: he dicho que no
-como, y basta. He dicho que no volveré a mi casa vencido, y no volveré.
-Se rendirá Madrid; pero yo no me rindo.</p>
-
-<p>—¡Hay hombre más cabezudo!</p>
-
-<p>Entonces el Gran Capitán llamó a su mujer, y llevándola aparte
-conmigo a un rincón de la huerta de Bringas, que era donde estábamos,
-le habló así muy gravemente:</p>
-
-<p>—Señora Doña Gregoria Conejo, ¿cuánto hace que nos casamos?</p>
-
-<p>—Cuarenta y cinco años, tres meses y nueve días, si no cuento
-mal —respondió absorta la anciana, sin comprender en qué pararía
-aquello.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>—En estos cuarenta
-y cinco años, tres meses y nueve días, ¿le he dado algún disgusto a la
-señora Doña Gregoria Conejo?</p>
-
-<p>—No, marido mío —respondió algo conmovida.</p>
-
-<p>—Pues bien: si le he dado alguno, le ruego que me lo perdone, y está
-dicho todo.</p>
-
-<p>—Tú estás loco, Santiaguillo. ¿A qué dices esas necedades?</p>
-
-<p>—¿Tiene usted alguna queja de su marido?</p>
-
-<p>—Yo no; y como él no la tenga de mí...</p>
-
-<p>—Pues por mi parte —dijo el Gran Capitán con alguna emoción—, yo le
-digo a Doña Gregoria Conejo que la quiero hoy lo mismo que el día que
-nos casamos, y que todavía me parece tan guapa, tan mona y tan salada
-como cuando éramos novios, y que no tengo ninguna queja de ella, más
-que la de no haberme dado hijos, lo cual, en verdad, ha sido voluntad
-de Dios.</p>
-
-<p>—Sí, niñito mío —respondió la vieja—; ¿pero a dónde va tanto
-hablar?</p>
-
-<p>—Esto va a que te retires y me dejes, porque si no, reñimos por
-primera vez. Pero te has de ir perdonándome todo agravio que te haya
-hecho en el discurso de nuestra común vida. En mi testamento te dejo
-todo lo que poseo, que no es mucho, y además de las ocho misas que dejo
-mandadas, harás que me digan otras ocho. Y quiero que me entierren con
-mi lanza y con los dos reales que me dio Don Luis Daoiz, cuando le
-llevé las botas a la calle de la Ternera, y basta ya de palabras.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span>—¡Ay, Santa Virgen
-de Maravillas, que mi marido está loco y se quiere matar! —exclamó Doña
-Gregoria, echándole los brazos al cuello—. Santiaguillo, no digas tales
-simplezas... ¿Me quieres dejar viuda? ¿Qué es eso de testamentos y
-misas?</p>
-
-<p>—He dicho que si Madrid se rinde, no se rendirán Los Pozos; y si Los
-Pozos se rinden, no se rendirá el jardín de Bringas —afirmó secamente
-el anciano, deshaciéndose de los brazos de su esposa—. ¡Atrás,
-seductora; atrás, sirena; atrás, flaqueza de mi valor!</p>
-
-<p>—¡Bárbaro, animal! —dijo llorando la buena mujer—. ¡Este pago me
-das; así tratas a la que te ha querido tanto! Si fue ayer cuando
-nos casamos, y me parece que te estoy viendo venir con tu gorra de
-cuartel, tan garboso y tan chusco, a la reja de la casa donde yo
-servía... A ver, chiquillo, si te acuerdas de aquellas coplitas que me
-cantabas...</p>
-
-<p>—Yo no estoy para coplitas, señora. Retírese usted.</p>
-
-<p>—¡Y estar una queriendo a un hombre cincuenta años, estar una
-enamorada toda la vida y mirándose en los ojos de su marido, para
-recibir este pago!... Santiago, mira que me enfado. Vámonos a casa, y
-maldito sea el Emperador, causante de mis desgracias, y a quien vea yo
-comido de perros.</p>
-
-<p>Ni los ruegos, ni las amenazas, ni los artificios de su mujer,
-quebrantaron la entereza de mi ilustre amigo, el cual, resistiéndose
-a tomar alimento, por no caer en la molicie, rechazando toda idea de
-descanso, volvió a pasearse<span class="pagenum" id="Page_201">p.
-201</span> de largo a largo en la extensión de la huerta, arma al
-brazo.</p>
-
-<p>Y sucedió que una infinidad de chiquillos del barrio, a quienes
-antes se había prohibido introducirse allí, vencieron, por fin, con la
-gran fuerza de su curiosidad y travesura, los rigores de la guardia;
-se colaron repentinamente y en tropel; recorrieron la fortificación,
-metiendo las narices por todas partes, y tocando con sus manos los
-cañones y cureñas, gozosos de ver tan de cerca todo aquel tremendo
-aparato. Como el asedio se daba por concluido, nadie se cuidaba de
-estorbar su impertinentísima inspección y entrometimiento. Luego que
-en todo pusieron las manos, las narices y los ojos, empezaron a imitar
-a los soldados, dando gritos de guerra y marchando a compás, todo
-según en las personas mayores habían visto, y con estos militares
-aspavientos entráronse por la huerta de Bringas adelante, batiendo
-cajas, disparando tiros, soplando cornetas y relinchando al modo de
-caballos, todo hecho con la boca, en mil discordes sones que atronaban
-el espacio. Y en cuanto divisaron a D. Santiago Fernández, a quien
-los más conocían, fueron derechos a él y le rodearon, gritando entre
-saltos, brincos, cabriolas y corcovos: «¡Viva el Gran Capitán, viva el
-Grandísimo Capitán!»</p>
-
-<p>Visto y oído lo cual por nuestro insigne veterano, parose, y
-quitándose el sombrero hizo varios saludos y cortesías, diciendo:</p>
-
-<p>—Gracias, mil gracias, señores míos. Ya he dicho que si Madrid se
-rinde, yo no me rindo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span>Las aclamaciones y
-los chillidos, siempre acompañados de zapatetas, cabriolas y vueltas de
-carnero, tocaron los límites del delirio.</p>
-
-<p>—Todos vosotros sois grandes patriotas, ¿no es verdad? —prosiguió mi
-amigo—; y no como estos cobardes, corrompidos por los placeres. Ya veo
-que la juventud vale más que la edad madura, y a mi lado os quisiera
-ver, valientes españoles, defendiendo a nuestro amado Monarca.</p>
-
-<p>La algazara y jaleo de los muchachos al oír esto, fue tal, que no
-cabe en descripción ni en pintura, pues no parecía sino que cuantos
-angelitos engendraron los matrimonios de un siglo, estaban allí
-haciendo de las suyas. Allí vierais el correr, el atropellarse, el
-darse de coscorrones, el cantar y gritar, el batir palmas, el tirar
-coces, el correr y dar vueltas, arremolinándose en torno de mi amigo,
-cuyas piernas por largo tiempo estuvieron sin movimiento en medio de
-aquel zumbador enjambre.</p>
-
-<p>—Tantas muestras de afecto, señores —dijo al fin—, me conmueven,
-y no las puedo considerar sino como una prueba de lo bien acogida
-que ha sido en Madrid mi conducta. Pero digan ustedes por ahí que el
-cumplimiento del deber no merece alabanzas, pues estas solo son para
-lo extraordinario y heroico. Mi deber es defender este sitio, y le
-defenderé. Conque basta ya de aclamaciones y aplausos.</p>
-
-<p>¡Pero que si quieres! ¡Buena familia era aquella para hacer caso
-de tales exhortaciones! Fue preciso que uno de los jefes diera orden
-de echarlos afuera, y aun así costó trabajo<span class="pagenum"
-id="Page_203">p. 203</span> librar a D. Santiago de la ruidosa
-ovación. Además, quiso nuestro coronel que todas las personas extrañas
-desalojaran el recinto fortificado, y al fin, no sin esfuerzo, hicimos
-salir a las mujeres, inclusa Doña Gregoria, que se fue llorosa
-y entristecida, encargándome que no perdiese de vista a su buen
-marido.</p>
-
-<p>No sé si he dicho que por Los Pozos había pasado poco antes a
-caballo D. Tomás de Morla, camino de Chamartín, donde el Corso tenía
-su cuartel general. Largo rato duró la conferencia con el Emperador,
-porque el regreso de Morla fue muy tarde, y por cierto que, al volver,
-su rostro demudado y tenebroso demostraba que en la entrevista había
-habido sapos y culebras. Aquel gigante con corazón de niño fue tratado
-por Napoleón como un muchacho de escuela. Después se supo que el
-vencedor le puso cual no digan dueñas, sacándole a relucir el haber
-permitido que no se cumpliera la capitulación de Bailén, y amenazándole
-con fusilarle a él y a sus tropas si la población no se rendía antes de
-las seis de la mañana del día siguiente.</p>
-
-<p>La tarde pasó sin ningún acontecimiento militar digno de contarse.
-Los franceses ocupaban sus posiciones sin hacer fuego, y nosotros,
-seguros de que todo se daría por concluido, estábamos también quietos y
-en expectativa. La agitación en el interior de la villa, persistía; y
-según oí, numeroso gentío, nada tranquilo por cierto, llenaba la Puerta
-del Sol, con la atención fija en la casa de Correos, residencia de la
-Junta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span>Rendido de
-cansancio, el gran Pujitos tendiose en el suelo junto a mí, y me
-dijo:</p>
-
-<p>—Ya esperaba yo esto que ha pasado. ¿No te dije que los traidores
-iban a vendernos a los franceses?</p>
-
-<p>—Más que a la traición —respondí con mucha tristeza—, debemos
-atribuir este mal resultado a la falta de recursos para la defensa.</p>
-
-<p>—¿Qué? —gritó el héroe con mucho enojo—. ¡Qué falta de recursos ni
-qué niño muerto! Con los voluntarios basta y sobra. Pero, hijo, contra
-traidores nada podemos, y así los vea yo podridos, y mala sarna se los
-coma. Hace poco estuvo aquí el malcarado y peor chapado Santorcaz, y
-no lo despabilé por aquello de que uno no quiere meter bulla en estas
-ocasiones; pero...</p>
-
-<p>Y dio un resoplido que anunciaba exterminadores proyectos contra los
-enemigos de la patria.</p>
-
-<p>—¿Y a qué vino acá ese charlatán embaucador?</p>
-
-<p>—A buscarte, muchacho. ¿Sabes que debes andarte con cuidado? Cuando
-le dijimos que no estabas, dio la gran patá en el suelo y apretó los
-dientes. Venían con él Majoma, Tres Pesetas y otros perdidos que ahora
-le hacen la comitiva, junto con un tal Román, que fue criado de una
-casa rica. Este, cuando oyó que no estabas y vio que Santorcaz daba
-aquella gran patá, le dijo: «Pues esta noche no se nos escapará.» ¿Qué
-tal? Mala gente es esa, Gabriel, y ya te dije que están vendidos en
-cuerpo y alma a los franceses. De modo que ahora<span class="pagenum"
-id="Page_205">p. 205</span> hay que huir de ellos como de la sarna,
-porque los meterán en lo que llaman <i>pulicía</i>, que es al modo de
-alguaciles, para prender al que se les antoje.</p>
-
-<p>—No me prenderán a mí —dije—, por lo menos mientras sea soldado.
-Después de la rendición, yo buscaré medios de que no me cojan, aunque
-la verdad, amigo Pujitos, no sé por qué me quieren mal esos señores, ni
-por qué hablan de si me escaparé o no me escaparé.</p>
-
-<p>—Te digo que son malos más que Judas, y que ahora harán ellos migas
-con los franceses, como que todos son unos, lobos y zorros... pues, y
-a todo el que tengan entre ojos le molerán a palos, si no es que me le
-arman un trementorio de otrosíes, y me lo empapelan y me lo ponen a la
-sombra.</p>
-
-<p>—En todo eso que ha dicho el amigo Pujitos —respondí— hay mucho
-de verdad. Quiera Dios no nos den que sentir esos bergantes; y si en
-Madrid no podemos vivir, afuera todo el mundo, y combatamos allí donde
-sepan morir antes que rendirse a los franceses.</p>
-
-<p>Levantose el héroe, y poniéndose la mano en el pecho, hizo
-exclamaciones de ardiente patriotismo, después de lo cual nos
-separamos.</p>
-
-<p>Al avanzar la noche, la tropa de línea que estaba en Los Pozos
-recibió orden perentoria de internarse, y fue que cuando la Junta
-acordó formalmente la capitulación, no queriendo el Marqués de Castelar
-presenciar este hecho, ni tampoco que se rindiera la tropa, discurrió
-el escapar con ella por la Puerta de Segovia, lo que verificó con
-toda felicidad a media noche.<span class="pagenum" id="Page_206">p.
-206</span> Solos los paisanos, ¿qué esperanza quedaba? Para que la
-rendición de Madrid fuera honrosa, la diplomacia, no las armas, debía
-hacer un esfuerzo.</p>
-
-<p>Yo conté al Gran Capitán lo que pasaba, con la esperanza de que,
-desalentado, se retirase a su casa, como habían hecho otros pobres
-veteranos, convencidos de su inutilidad. El juró y perjuró que era
-imposible una capitulación acordada por la Junta; pero contra lo que yo
-esperaba, de repente dijo:</p>
-
-<p>—Tengo que ir a mi casa, Gabriel: ¿quieres acompañarme?</p>
-
-<p>—Al instante —le contesté.</p>
-
-<p>Y pedimos permiso al jefe, que nos lo concedió de buen grado. Era ya
-muy entrada la noche.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch20">
- <h2 class="nobreak g0">XX</h2>
-</div>
-
-<p>Pronto llegamos a nuestra morada de la calle del Barquillo. Abrió
-mi amigo la puerta de su casa, con llave que consigo llevaba; subimos;
-abrió la entrada de su domicilio de la misma manera, y encontrámonos
-dentro de la salita, donde tantas veces me ha visto el discreto lector
-en compañía de mis amables vecinos. En la pared del fondo, donde
-desde inmemoriales tiempos tenía asiento la lanza consabida, había
-una especie de altarejo, sobre<span class="pagenum" id="Page_207">p.
-207</span> cuya tabla dos velas de cera, puestas en candeleros de
-azófar, alumbraban una imagen de la Virgen de los Dolores, un San
-Antonio y otros muchos santos de estampa, que de los cuatro testeros
-habían sido descolgados para congregarlos allí. Algunas cintas y lazos
-a falta de flores, servían de adorno al improvisado tabernáculo,
-con varios jarros y cacharros antaño lujosos y bonitos, pero ya
-perniquebrados, mancos y heridos. Delante de todo esto, estaba el
-sillón de cuero, y sentada en él Doña Gregoria, profundamente dormida.
-La pobre mujer, que de tal modo se había rendido al cansancio, tenía la
-cabeza inclinada sobre el pecho, aún humedecida la cara por recientes
-lágrimas, y sus cruzadas manos indicaban que el sueño la había
-sorprendido en lo mejor de su fervorosa oración.</p>
-
-<p>Quedose suspenso el esposo al verla, y después me dijo:</p>
-
-<p>—Gabriel, no hagamos ruido, porque no se despierte; que más vale que
-descanse la pobrecita.</p>
-
-<p>Después, llegándose a una cómoda vieja que en un rincón había,
-añadió en voz muy baja:</p>
-
-<p>—Aquí en la tercera gaveta está mi testamento, y en esta otra todo
-el dinero que tengo ahorrado, con el cual mi mujer puede mantenerse
-en lo que le quedare de vida, que no será mucho. Voy a escribir mis
-últimas disposiciones. No chistes, ni me respondas nada.</p>
-
-<p>Y acto continuo sentose junto a la mesilla, y con una pluma de ganso
-mal cortada, trazó<span class="pagenum" id="Page_208">p. 208</span>
-sobre un papel dos docenas de torcidas líneas.</p>
-
-<p>—Aquí dispongo —añadió alzando la vista del papel— que las misas me
-las digan en San Marcos, donde está enterrado D. Pedro Velarde, ese
-valiente entre todos los valientes. En cuanto a mis huesos, no dispongo
-nada, porque no se dónde caerán.</p>
-
-<p>—¿Todavía está usted con esas manías? —dije—. Hablaré en voz alta
-para que despierte Doña Gregoria y le ponga a usted las peras a
-cuarto.</p>
-
-<p>—No harás tal, porque te estrangularé, que no quiero que ella
-abandone su blando sueño para pasar amarguras. Aquí en esta primera
-gaveta dejo mi última disposición.</p>
-
-<p>Y luego, levantándose y acercándose de puntillas a su mujer, la
-contempló un buen espacio, pálido y conmovido. Después de un rato,
-llevome a la alcoba inmediata, y sentándose en la cama en sitio desde
-el cual, al través de la mampara medio abierta, se veía el rostro de
-Doña Gregoria iluminado por las luces del altar, hablome así:</p>
-
-<p>—Si algo enflaquece mi ánimo, es la vista de mi inocente esposa,
-a quien voy a dejar viuda. Te confieso que al considerar esto, se me
-nublan los ojos, se me oprime el corazón y estoy a punto de dar al
-traste con toda mi fiereza. ¿No la ves desde aquí? Parece que fue ayer
-cuando nos casamos; parece que no han pasado cuarenta y cinco años,
-y se me representa con la misma celestial figura que tenía allá por
-los tiempos de Maricastaña, cuando yo iba a la reja, llevándole media
-libra de<span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> peras en
-el pañuelo o un par de mantecadas de Astorga. En todo este tiempo no
-me ha dado nada que sentir, y hemos vivido juntos como dos palomos,
-queriéndonos lo mismo que el primer día. ¿No la ves desde aquí? ¿No ves
-su hermosa cara, tan serena y tranquila a pesar de su tristeza? Yo la
-estoy viendo con sus cabellos de oro, con su boquita encarnada como un
-casco de granada, con sus dulces ojos azules, que al mirarte parece que
-se abre el cielo delante de los tuyos; estoy viendo el nácar de su tez,
-y su airoso y gentil cuerpecito, lo mismo que su garganta alabastrina.
-¡Oh, Dios mío! ¡Tan hermosa, tan buena y tan desgraciada!</p>
-
-<p>Bien por efecto de la imaginación, ofuscada por aquellas palabras,
-bien porque la situación diese a Doña Gregoria ideales encantos, lo
-cierto fue que a pesar de sus blancos cabellos, de su tez arrugada y de
-su en tantas partes notoria vejez, la estaba viendo tan hermosa como el
-Gran Capitán decía. ¡Milagroso efecto del pensamiento!</p>
-
-<p>—Mira, Gabriel: desde que nos vimos hace cincuenta años, nos
-quisimos; vernos y querernos fue todo uno, lo mismísimo que cuentan de
-los amantes de Teruel. Un lustro duró nuestro noviazgo, porque yo no
-tenía posibles; pero desde el primer día concertamos la boda. Durante
-aquel tiempo, ni riñas, ni bromicas, ni celillos. Nunca hemos tenido
-celos el uno del otro, porque desde el primer día la confianza fue
-nuestro norte. Todos me tenían envidia. ¡Ay! Cuando nos casamos fuimos
-tan felices, que no hubiéramos cambiado nuestra<span class="pagenum"
-id="Page_210">p. 210</span> casa por siete imperios. Y desde entonces,
-hijo, esta felicidad no se ha alterado. ¡Ay! se me parte el corazón al
-pensar que desde mañana se acostará sola en esta cama, que por cuarenta
-y cinco años nos ha visto juntitos.</p>
-
-<p>Al decir esto, el Gran Capitán se llevó el pañuelo a los ojos para
-secar sus lágrimas.</p>
-
-<p>—Vamos, amigo —le dije—: de veras no sé si reírme o enfadarme oyendo
-lo que usted dice. ¿Está loco por ventura?</p>
-
-<p>—Si tú no comprendes esto —me contestó— es porque eres un simplón
-y un majadero egoísta. ¿Tú sabes lo que significa cumplir uno con su
-deber? ¿Tú sabes lo que significa el honor? Y si sabes todo esto,
-¿ignoras lo que es la honra de la patria, que vale más que la propia
-honra? Escúchame bien: si me causa angustia y pesar la consideración de
-la viudez de Gregorilla, mayor, mucha mayor pena me causa el considerar
-que la capital de España se entrega a los franceses. Esto es terrible,
-esto es espantoso, y no vacilaría en dar mil vidas y en sufrir todos
-los tormentos por impedirlo. ¡España vencida por Francia! ¡España
-vencida por Napoleón! Esto es para volverse uno loco; ¡y Madrid,
-Madrid, la cabeza de todas las Españas, en poder de ese perdido! De
-modo que una nación como esta, que ha tenido debajo de la suela del
-zapato a todas las otras naciones, y especialmente a Francia; de modo
-que esta nación que antes no permitía que en la Europa se dijera una
-palabra más alta que otra, ¿ha de rendirse a cuatro troneras hambrones?
-¿Cómo puede ser eso? ¡Eche<span class="pagenum" id="Page_211">p.
-211</span> usted a los moros, descubra y conquiste usted toda la
-América, invente usted las más sabias leyes, extienda su imperio
-por todo lo descubierto de la tierra, levante los primeros templos
-y monasterios del mundo, someta usted pueblos, conquiste ciudades,
-reparta coronas, humille países, venza naciones, para luego caer a
-los pies de un miserable emperadorcillo salido de la nada, tramposo
-y embustero! Madrid no es Madrid si se rinde. Y no me vengan acá con
-que es imposible defenderse. Si no es posible defenderse, deber de los
-madrileños es dejarse morir todos en estas fuertes tapias, y quemar la
-ciudad entera, como hicieron los numantinos. ¡Ay! todos mis compañeros
-se han portado cobardemente. España está deshonrada, Madrid está
-deshonrado. No hay aquí quien sepa morir, y todos prefieren la mísera
-vida al honor.</p>
-
-<p>—Pero cuando no se puede triunfar —le dije— es una temeridad seguir
-peleando, y más vale guardar la vida para emplearla con éxito en mejor
-ocasión.</p>
-
-<p>—¡Simplezas y tonterías! El honor mandaba a los madrileños morir
-antes que rendirse, y el honor nos manda a los de la Puerta de Los
-Pozos que muramos todos allí antes que entregarla.</p>
-
-<p>—Yo no creo que estén dispuestos a ello.</p>
-
-<p>—Pues yo lo estoy, porque mi conciencia, que es la voz de Dios, me
-lo manda. Se rendirá la Puerta; pero el jardín de Bringas está bajo mi
-mando, y el que quiera entrar en él pasará sobre mi cadáver.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span>—¡Temeridad loca y
-hasta ridícula!</p>
-
-<p>—Así será para los que no tienen idea de la honra de la patria, y
-para los que no ven nada más allá de esta ruin existencia, ni nada más
-allá del pan que comen todos los días.</p>
-
-<p>—Entregarse de ese modo a la muerte es un suicidio, y el suicidio es
-un gran pecado.</p>
-
-<p>—No es suicidio, no. La ley ineludible de la patria me ha puesto
-en un lugar que debo defender, aun a costa de la vida. ¿Que vienen
-fuerzas superiores? ¡Pues vengan! La patria me manda esperar tranquilo,
-y la ley me veda el apartar los pies de aquel sitio. ¿No morían los
-mártires por la religión? Pues la patria es una segunda religión, y
-antes que faltar a su ley, el hombre debe morir. ¿Y qué es la muerte?
-Los necios se asustan de la muerte, porque la muerte les quita el comer
-y el gozar. ¡Mentecatos! ¿Por ventura, no son mejor comida y mejor
-goce los de la bienaventuranza eterna? Ve ahí a mi esposa. Cierto que
-me aflige dejarla; pero sé que la perderé de vista tan solo por algún
-tiempo, y que sus virtudes la llevarán luego a donde la tenga delante
-de mis ojos durante todas las eternidades, sin cuya compañía creo que
-el mismo cielo me sería fastidioso. ¡Morir! ¡Ahí es gran cosa morir, y
-apañado tienes el ojo! ¿Pues acaso el morir es mal que puede compararse
-siquiera al dolor de un rasguño recibido en la tierra? Y si el morir
-no es nada para el miserable cuerpo, ¡cuán grande y fausto suceso no
-es para nuestra alma, mayormente si por la nobleza de nuestro fin nos
-empingorotamos sobre todas las cosas nacidas!<span class="pagenum"
-id="Page_213">p. 213</span> ¡Morir por la patria; morir en el puesto
-que a uno le marca su deber; morir, no por conquistar un pedazo de
-tierra, ni por un cacho de pan, ni por una baja ambición, sino por una
-cosa que no se ve, ni se toca, cual es una idea y un sentimiento puro!
-¿No es equipararnos a los santos del cielo y acercarnos a Dios todo lo
-que acercarse puede una criatura?</p>
-
-<p>Dicho esto, calló. No le contesté nada, porque tanta grandeza me
-tenía anonadado.</p>
-
-<p>Al cabo de un buen espacio volvimos de la alcoba a la sala; acercose
-él con pasos muy quedos a Doña Gregoria, y le dio muchos besos, tan
-en flor por no despertarla, que apenas tocaban sus labios el arrugado
-cutis de la anciana.</p>
-
-<p>Luego enjugose las lágrimas, y dirigiendo una mirada en redondo a
-todos los objetos de la sala, me dijo con voz grave y entera:</p>
-
-<p>—Gabriel, vamos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch21">
- <h2 class="nobreak g0">XXI</h2>
-</div>
-
-<p>No valían razones contra él, y cuanto yo pudiera decirle habría
-sido predicar en desierto; razón por la cual determiné cesar en mi
-obstinación, reservándome el emplear después cualquier estratagema para
-impedir una desgracia. Como durante la visita a la casa había<span
-class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span> transcurrido mucho tiempo,
-cuando salimos principiaba ya a clarear la aurora, y advirtiendo por
-las calles más gente de la que en tales horas suele encontrarse, nos
-fuimos a curiosear un poco antes de volver a Los Pozos. Serían las
-seis cuando entrábamos en la calle de Fuencarral, y como era esta la
-hora señalada para la rendición, subían y bajaban por la citada vía
-numerosos grupos de hombres, armados unos, sin armas otros, pero todos
-puestos en mucha agitación. Había quien en alta voz declamaba contra
-lo capitulado, poniendo a Morla, a la Junta y a Castelar como ropa de
-pascua; otros se desahogaban insultando a Napoleón; muchos rompían las
-armas, arrojándolas al arroyo; no faltaba quien disparase al aire los
-fusiles, aumentando así la general inquietud, y, por último, hacia el
-Arco de Santa María vimos algunos frailes dominicos y de la Merced que,
-arengando a la muchedumbre, procuraban calmarla.</p>
-
-<p>—Vamos, corramos a nuestro puesto —dijo Fernández—, no sea que nos
-tengan preparada una sorpresa.</p>
-
-<p>—Aún no es la hora designada —le dije procurando entretenerle de
-modo que llegáramos tarde.</p>
-
-<p>—¿Cómo que no? —clamó con exaltación, avivando el paso—. Corramos,
-no sea que lleguemos tarde y entreguen Los Pozos. Mal hemos hecho en
-abandonar nuestro puesto por una necia sensiblería. ¡Quién sabe lo que
-hará esa gente si no estoy yo por allí! Corramos, pues ya he dicho
-que se rendirá Madrid, que<span class="pagenum" id="Page_215">p.
-215</span> se rendirán Los Pozos, que se rendirá el jardín de Bringas;
-pero que el Gran Capitán no se rinde.</p>
-
-<p>Empezamos a correr, cuando detúvome de improviso un hombre que en
-opuesta dirección venía. Era Pujitos.</p>
-
-<p>—Gabriel —me dijo muy sofocado—: vuelve atrás, no vayas a Los Pozos;
-echa a correr y escapa como puedas.</p>
-
-<p>—¿Por qué? ¿Qué pasa? —preguntó mi amigo con la mayor zozobra—. ¿Ha
-venido Napoleón en persona?</p>
-
-<p>—¡Qué Napoleón, ni qué Juan Lanas! —añadió Pujitos empujándome para
-que retrocediera—. Corre presto, que si llegas allá te echan mano.
-Ahora mismo han estado esos perros por ti.</p>
-
-<p>—¿Quién?</p>
-
-<p>—¿Quién ha de ser sino D. Luis Santorcaz, ese que llaman Román, y
-los tres o cuatro pillos que andan con ellos?</p>
-
-<p>—¿Y a mí para qué me buscan?</p>
-
-<p>—Para prenderte.</p>
-
-<p>—¿Y quién es él para prenderme? —exclamé lleno de ira—. ¿Pero no
-dijeron por qué me quieren prender? ¿Qué he hecho yo?</p>
-
-<p>—Sí dijeron, y es un aquel de traiciones que has hecho y no sé qué
-diabluras. Conque a correr. Mira que vienen. Aire a los pies y buenos
-días.</p>
-
-<p>—¿Eh? Basta de simplezas —dijo el Gran Capitán—, y no me detengo
-más, que hago falta en otra parte.</p>
-
-<p>Y marchose resueltamente hacia arriba sin<span class="pagenum"
-id="Page_216">p. 216</span> decir nada más. Luego que me quedé solo con
-Pujitos, proseguimos nuestro altercado, él queriendo obligarme a que
-retrocediera, y yo obstinándome en seguir, pues me parecía una fábula
-aquello de mi prisión y la mudanza de Santorcaz y Román en alguaciles,
-y sobre todo en perseguidores míos por traiciones que yo no había
-soñado en cometer. Pero al fin logró convencerme recordando pasados
-sucesos que podían explicar, ya que no justificar, aquel hecho como una
-venganza; creí prudente seguir el consejo de mi compañero de armas,
-hombre que no por ser tonto dejaba de ser honrado, y me escurrí a buen
-andar en dirección al Espíritu Santo.</p>
-
-<p>Cerca de la calle Ancha tuve un feliz encuentro en la aparición de
-mi reverendo amigo el fraile mercenario, que seguido de mucha gente
-venía en dirección opuesta.</p>
-
-<p>—¿A dónde vas, Gabriel? —me dijo deteniéndome.</p>
-
-<p>—Voy huyendo, Padre —le respondí—; huyendo de infames enemigos que
-me persiguen sin motivo alguno.</p>
-
-<p>—¿Quién, quién es el atrevido que te acosa? —exclamó briosamente.</p>
-
-<p>—Hombres pérfidos, hombres inicuos que han sido espías de los
-franceses, y ahora aparecen como oficiales de la justicia.</p>
-
-<p>—¿Pero de qué justicia? ¿Quién nos manda? Sepámoslo de una vez. ¿Nos
-manda aún nuestra Sala de Alcaldes, o nos manda un bigotudo General
-francés, en nombre de Napoladrón? ¿Ha capitulado ya la plaza?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span>—No lo sé, Padre;
-pero es lo cierto que esos hombres me buscan para prenderme, y con
-autoridad o sin ella llevan sus reales despachos en toda regla, que
-maldito sea el que se los dio para que satisfagan infames venganzas
-personales.</p>
-
-<p>—Vamos a ver qué es eso...</p>
-
-<p>—No, Padre: yo no pienso ver nada más que la calle por donde corro,
-porque conozco la clase de gente en cuyas manos voy a caer.</p>
-
-<p>—Por la Santísima Virgen del Carmen, que nadie te ha de tocar el
-pelo de la ropa, al menos yendo conmigo. Ea, señores —añadió Salmón
-volviéndose a los que le seguían—, me voy a mi casa. Se despide de
-ustedes el Padre Salmón, de la Orden de la Merced: ya no soy nada,
-hijos míos; ya no tenéis Padrito Salmón; ya no tenéis quien os
-predique, ni quien os aconseje, ni quien os diga cosas joviales. Se
-acabó todo: España es de los franceses; adiós, frailes y monjas,
-que a todos nos van a quitar de en medio, hijos míos, y no hagáis
-pucheros, que de nada valen ahora estos pucheros, pues no se defiende
-la religión con lagrimitas... No lloréis, que <i>tarde piache</i>,
-como dijo el otro, y sucumbamos. Adiós, hijos míos, que ahora os
-quieren hacer a todos herejes, y los religiosos estamos de más. Yo os
-echo la bendición: cuidado, cuidadito con los pecadillos. Y tú, joven
-desgraciado, arrímate a mí, que aún nos queda un poquillo de influjo,
-y nadie te hará nada yendo en mi compañía. Ven conmigo a la Merced, y
-allí procuraremos ponerte en salvo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span>Cuando marchamos
-juntos hacia la calle Ancha, oímos en derredor nuestro estentóreas y
-acaloradas voces de hombres y mujeres que gritaban: «¡Viva el Padre
-Salmón! ¡Muera Napoleón! ¡Muera el rey de Copas!»</p>
-
-<p>—En mi convento estarás seguro —me dijo luego el mercenario— hasta
-que puedas salir de Madrid. ¿Piensas salir?</p>
-
-<p>—En cuanto pueda, Padre: no puedo ni debo estar más aquí.</p>
-
-<p>—Haces bien: algunos compañeros míos piensan marcharse también a
-levantar por ahí el espíritu de los pueblos. Yo no saldré de Madrid,
-porque mi naturaleza es tan delicada y flatulenta, que no resiste los
-trabajos, hambres y estrecheces de una misión. A la casa de Madrid me
-atengo: ni quito ni pongo rey, y aunque dicen que el hermano de Copas
-nos quiere quitar, todo es filfa, hijito mío. Yo sé que andan por
-Madrid emisarios del Emperador, que nos hacen la mamola a cencerros
-tapados para que le rindamos pleito homenaje y transijamos con él,
-requisito indispensable para tratarnos a maravilla, por lo cual opino
-que tan bien se sirve con Pedro como con Juan, y adelante con los
-faroles, porque si tienes hogazas no pidas tortas, y si te dan la
-vaquilla acude con la soguilla, que como dijo el otro, mano que da
-mendrugo, buena es aunque sea de turco.</p>
-
-<p>Tan sumergido estaba yo en mis pensamientos, que no contesté a
-mi amigo, si bien mi silencio no fue parte a que dejara de seguir
-hablando por todo el trayecto, durante el cual<span class="pagenum"
-id="Page_219">p. 219</span> no nos ocurrió desgracia alguna, ni tuvimos
-ningún mal encuentro.</p>
-
-<p>—Ya estamos en casa —me dijo cuando entramos—. Sube y probarás de
-unas estaquitas de la olla de ayer que el refistolero me ha guardado
-para hoy, poniéndolas con arroz; y te advierto que en todo lo que sea
-de arroz soy una especialidad, y a mí se me debe la introducción de las
-almejas y de la canela en la paella valenciana.</p>
-
-<p>Entramos en su celda, donde me dejó, volviendo al poco rato con un
-cazuelillo debajo del manteo; y con esto y una botella que sacara de
-la alacena, juntamente con una cesta llena de pedazos de pan, higos,
-aceitunas, nueces, embutidos, queso, dátiles y otras viandas, aderezó
-un almuerzo que me vino de perillas.</p>
-
-<p>—Esta misma celda en que estás, y que es la mía —me dijo mientras
-comíamos—, fue ocupada hace más de doscientos años, allá en los
-de 1620, por aquel insigne mercenario Fr. Gabriel Téllez, a quien
-generalmente se conoce por el maestro Tirso de Molina. Es fama que en
-este sitio, y quizás en esta misma mesa, escribió su célebre <i>Crónica
-de la Orden</i>, porque comedias se cree que no hizo ninguna después de
-meterse a fraile.</p>
-
-<p>—¿No le ha dado a Vuestra Paternidad por hacer comedias? —le
-pregunté.</p>
-
-<p>—Hombre, algunas he hecho, y ahí están pudriéndose en aquella
-alacena. Mas no he intentado que se representen, porque el Prior nos lo
-prohíbe, aunque son todas devotas. Una hice que no me parece mala, y se
-titula <i>El<span class="pagenum" id="Page_220">p. 220</span> Santo
-Niño de la Guardia</i>. No deja de tener su sal otra que compuse con
-el rótulo de <i>La tutora de la iglesia y doctora de la ley</i>, toda
-en sonetos arreo, entreverados con lo que se llaman séptimas reales; y
-me daba tanto el naipe por estas obrillas, que enjaretaba dos en una
-semana, y si no me lo prohibieran, le hubiera echado la zancadilla a
-Bustamante, que escribió trescientas veintinueve comedias de santos.</p>
-
-<p>—¿Y en qué se ocupa ahora Vuestra Paternidad?</p>
-
-<p>—¿En qué me he de ocupar, muchacho, sino en hacer jaulas de grillos?
-¿No sabes que soy el primer jaulista de Madrid? Pues a fe que me dan
-poco trabajo las tales obras. Mira cuántas hay allí. Aquella que tiene
-tres pisos, con dos hermosísimas torres y su reloj figurado en el
-centro, es para las monjas de Constantinopla, y aquella otra redonda
-que está por concluir, para las Carmelitas Descalzas, que ha un mes me
-tienen loco con la dichosa obra.</p>
-
-<p>En efecto: todo un rincón de la celda estaba lleno de jaulas hechas
-y por hacer, con todos los materiales y herramientas propias de aquel
-oficio. De libros no vi sino los folletos y papeles que días antes
-recogió en casa de Amaranta.</p>
-
-<p>—Yo soy un hombre que abomina la holgazanería —continuó Salmón—, y
-no me parezco a otros de esta misma casa que no se ocupan en maldita la
-cosa, aunque hay algunos, la verdad sea dicha, como el Padre Castillo,
-que noche y día están metidos en un mar de libros y papeles.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span>—Y en verdad, Padre
-—le dije—, ya que no hay cautivos que redimir, todos ustedes deberían
-pasar el tiempo en algún útil menester.</p>
-
-<p>—Pues los hay que como no sea tirar a la barra en la huerta y jugar
-al tute en la solana, no hacen nada. Y si no, en la celda de al lado
-tienes al Padre Rubio que se pasa la vida haciendo acertijos y enigmas,
-los cuales envía a las monjas para que ellas le devuelvan la solución
-y nuevos problemas, y tienen establecidas ganancias y pérdidas para
-el que acierta y para el que yerra, las cuales pérdidas y ganancias
-consisten siempre en algo de condumio. ¡Pues y el Padre Pacho, que se
-ha dedicado a hacer punto de media, y labra unos primores...! Esto es
-andar a mujeriegas, lo cual no me gusta. Yo al menos he hecho, en lo
-tocante al arte eminentísimo de las jaulas, adelantos admirables, y
-además me dedico a la medicina, para lo cual, con aquel Dioscórides
-que está a la cabeza de mi cama tapando la escudilla, me basta y me
-sobra.</p>
-
-<p>Por estos caminos siguió nuestra conversación, hasta que me entró
-gana de dormir. Mi amigo pidió permiso al Prior para que me quedase
-allí todo el día y aun toda la noche, refugiado contra una injusta
-persecución, y me llevaron a una celda vacía, donde en lecho muy blando
-me acomodó, rindiéndome de tal modo el sueño, que hasta el siguiente
-día no di acuerdo de mí.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch22">
- <p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXII</h2>
-</div>
-
-<p>Cuando me levanté y hube despachado el desayuno que con sus propias
-caritativas manos me llevó el Padre Salmón, salí al claustro alto,
-donde mi amigo me dijo:</p>
-
-<p>—Hay grandes novedades. Ayer a eso de las diez se entregó la plaza a
-los franceses, una vez firmada la capitulación por el Emperador en su
-Cuartel general de Chamartín.</p>
-
-<p>—¿Y ha habido algo en Los Pozos? —pregunté, acordándome pesaroso del
-Gran Capitán.</p>
-
-<p>—Creo que es el único punto donde hubo alguna resistencia, pues
-de todos los demás se apoderó sin dificultad el general Belliard,
-Gobernador de la plaza.</p>
-
-<p>Salió al encuentro de Salmón un fraile pequeño y viejo, que se
-apoyaba en un palo; hombre al parecer enfermizo y de mal genio, que
-dijo:</p>
-
-<p>—¿Sabe su merced, Sr. Salomón jaulista, las bases de la entrega?</p>
-
-<p>—Hermano Palomeque, no las sé; pero creo que ha llegado Fray Agustín
-del Niño Jesús, el cual dicen tiene una copia que le suministró un
-individuo de la Junta.</p>
-
-<p>—¿Qué, de vuelta por el claustro, Padre Palomeque? —dijo un frailito
-joven, barbilindo,<span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span>
-ancho de cuello, pulcro de rostro, arrebolado de nariz, nimio de
-cerquillo y con cierto aire galán, el cual de improviso se unió a
-nuestro grupo.</p>
-
-<p>—Lo que hay —contestó Palomeque con rabia, dando un fuerte bastonazo
-en el suelo— es que anoche me han robado una gallina, de las seis que
-tenía en el corral, y ¡ay del pícaro zorrón si le descubro, que por
-nuestro santo hábito, si fuera cierta la sospecha que tengo de un
-fraile madamo y almibaradillo, yo le juro que me la ha de pagar!</p>
-
-<p>—¡<i>Oh curas hominum</i>! ¡<i>Oh quantum est in rebus inane</i>!
-¡<i>Oh cupidinitas gallinacea</i>! ¿Y todo ese enfado es por una polla
-seca y encanijada, con cuyo caldo se podía administrar el Bautismo?</p>
-
-<p>—Basta de bromas; y si era encanijada, no la tenía yo para ningún
-zángano —exclamó Palomeque—. Pero a otra, y díganme de una vez en que
-términos se ha hecho esa maldita capitulación. Por ahí asoma Fray
-Agustín del Niño Jesús.</p>
-
-<p>Llegó, en efecto, con paso grave el tal Niño Jesús, que era un
-fraile altísimo de estatura, moreno, de pelo en pecho, de aspecto
-temeroso, ojos fieros y una voz, por raro constraste, tan infantil y
-atiplada, que parecía salir de otra garganta que la suya. Seguíanle
-otros dos frailes.</p>
-
-<p>—Vamos a ver, señor músico, ¿qué dice esa minuta? —le preguntó el
-fraile barbilindo.</p>
-
-<p>—Ahora lo veredes, dijo Agrages —fue la contestación del Padre
-Agustín—. Creo que<span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>
-Napoleón ha aceptado todos los artículos, excepto dos o tres de los
-menos importantes.</p>
-
-<p>—El primero —dijo Salmón— habla de la conservación de la religión
-católica, sin que se consienta otra.</p>
-
-<p>—Justo —respondió el Niño Jesús sacando un papel—; y el segundo de
-<i>la libertad y seguridad de las vidas y propiedades de los vecinos de
-Madrid</i>. Igualmente establece el respeto a <i>las vidas, derechos y
-propiedades de los eclesiásticos seculares y regulares de ambos sexos,
-conservándose el respeto debido a los templos, todo con arreglo a
-nuestras leyes</i>.</p>
-
-<p>—Como no lo han de cumplir —indicó Palomeque—, excusado es que lo
-digan. Siga adelante.</p>
-
-<p>—¿Para qué ha de leer más? Lo que sigue poco interés tendrá, y
-apuesto a que habla de que si las tropas saldrán de Madrid con los
-honores de la guerra o no.</p>
-
-<p>—Justo —dijo Fray Agustín—, y también hay otro artículo en que se
-establece que no se perseguirá a persona alguna por opinión ni escritos
-políticos.</p>
-
-<p>—Eso está muy mal pensado y peor resuelto —dijo otro de los
-presentes, que era el Padre Rubio, fabricador y artífice de acertijos—,
-porque si no quitan de en medio a los francmasones y diaristas...</p>
-
-<p>Luego el frailito almibarado, que era nada menos que maestro de
-Teología, llegose a Salmón y le dijo:</p>
-
-<p>—¿Se atreve Vuestra Paternidad a echar dos tantos a la barra esta
-tarde después de la siesta?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_225">p. 225</span>—¿Pues no me he de
-atrever? —contestó—. Y tú, Gabriel, ¿juegas a la barra?</p>
-
-<p>—Este joven —dijo el maestro de Teología con bondad— ¿es aquel
-portento de las Humanidades, aquel consumado latinista de quien Vuestra
-Merced me habló?</p>
-
-<p>—El mismo que viste y calza, o por mejor decir, el segundo Pico
-de la Mirandola. Puede examinarlo Vuestra Merced y verá lo que son
-castañas.</p>
-
-<p>Yo repetí que no sabía palabra de latín, y que toda mi fama en dicha
-lengua provenía de una equivocación.</p>
-
-<p>—<i>Modestus es</i> —dijo el teólogo—. Y puesto que es usted tan
-gran latino, contésteme a esto: ¿qué quiere decir <i>Vino a lo que
-vino</i>?</p>
-
-<p>—Eso no es latín, sino castellano —dijo Salmón.</p>
-
-<p>—¡Oh! —exclamó el otro batiendo palmas—. Los dos se atascaron.
-¿Conque castellano? Pues es tan latín como el <i>Arma virumque</i>.
-<i>Vino a lo que vino</i>, o lo que es lo mismo, <i>vi no aloque
-vino</i>, que, traducido literalmente, quiere decir <i>con fuerza nado
-y me alimento con vino</i>.</p>
-
-<p>—Este Fray Jacinto de los Traspasos de María es un pozo de ciencia
-—dijo Salmón—. Gabriel, te atascaste.</p>
-
-<p>—Y díganme ustedes —prosiguió el otro—, ¿qué quiere decir
-<i>Archiepiscopi toletani onerati sunt mulieribus</i>?</p>
-
-<p>—Eso más claro es que el agua, mi señor don Teólogo —repuso
-Salmón—. Es una blasfemia y calumnia; pero valga lo que valiere,<span
-class="pagenum" id="Page_226">p. 226</span> quiere decir, salva la
-intención, que los Arzobispos de Toledo están cargados de mujeres.</p>
-
-<p>—¡Oh gansos, oh acémilas! Ya les cogí otra vez —dijo Fray Jacinto—.
-El <i>archiepiscopi</i>, que parece nominativo plural, es genitivo
-singular. De la palabra que suena <i>mulieribus</i>, hago dos, a saber:
-<i>muli æribus</i> y resulta: <i>los mulos del Arzobispo de Toledo
-están cargados de riquezas</i>. ¡Ajajá! Pues y lo de <i>tú comes
-caracoles</i>, ¿qué significa?</p>
-
-<p>—¡Oh! No estoy para quebraderos de cabeza —replicó Salmón—. Dejemos
-eso, y ya que en el latín me ha vencido, esta tarde le venceré a la
-barra.</p>
-
-<p>—Esta tarde no —dijo Rubio—, pues Fray Jacinto ha prometido venir
-conmigo a ver a las Constantinoplas, que están locas por conocerle.</p>
-
-<p>—Y Castillo, ¿dónde está? —preguntó Palomeque.</p>
-
-<p>—En misa.</p>
-
-<p>—¡Oh, <i>patres conscripti</i>! —dijo otro fraile que vino a toda
-prisa por el claustro adelante—. ¡Grandes y estupendas novedades! Han
-llegado tres Consejeros de Castilla, y están en conferencia con el
-Prior.</p>
-
-<p>—¿Y a qué vienen esos Consejeros del diantre?</p>
-
-<p>—Según he olido, los manda Napoleón para que nos emboben, por ver si
-consigue que una diputación de regulares de todas las Órdenes vaya a
-cumplimentarle y hacerle <i>randibú</i> en su cuartel de Chamartín.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span>—Antes al
-demonio.</p>
-
-<p>—¿Conque <i>randibú</i> al azote de los pueblos, al enemigo de la
-religión, al carcelero de nuestro Rey? Muy bien, tras de cornudo,
-aporreado, y vengan palos, que con besar la mano que nos los da, todo
-queda concluido.</p>
-
-<p>—Como se han de levantar contra Napoleón hasta las piedras, y al fin
-ha de marcharse con su hermano, excusado es andarse con mieles.</p>
-
-<p>A esta sazón llegó el Padre Castillo que venía de decir su misa,
-aquel discreto y agudo fraile que en casa de la señora Condesa había
-hecho el expurgo de libros.</p>
-
-<p>—Padre Castillo, ¿conque tenemos visita de Consejeros de Castilla
-para que nos humillemos ante Napoleón?</p>
-
-<p>—No sé nada de esto.</p>
-
-<p>—Yo estoy determinado a salir de Madrid e irme por esas provincias a
-predicar la guerra, juntando gente armada —dijo Rubio.</p>
-
-<p>—Y yo, como me suelte por tierra del Barco de Ávila y eche allá
-cuatro sermones, levanto hasta las piedras —afirmó el Niño Jesús.</p>
-
-<p>—Yo no me moveré de aquí —dijo Castillo—. En esta casa me mandan los
-estatutos que resida, y aquí residiré mientras no me echen. Fundose
-nuestra Orden para redimir cautivos, no para predicar guerra ni armar
-soldados.</p>
-
-<p>—Muy bien dicho; mas tampoco se fundó para que la patearan
-Emperadores y la escupieran Juntas.</p>
-
-<p>—Dios hará de nuestra Orden lo que fuese<span class="pagenum"
-id="Page_228">p. 228</span> servido —repuso Castillo—. En tanto,
-nosotros nos estamos mejor en nuestra casa, que por montes y valles
-incitando a los hombres a matarse. Y no es que dejemos de ser
-patriotas. Más harán las oraciones de un fraile piadoso en pro de
-nuestros ejércitos, que los sermones furibundos y crueles de esos
-desgraciados que con los hábitos al cinto se han lanzado a la guerra. Y
-dígame el buen Niño Jesús, ¿le parece meritoria y digna de un cristiano
-y de un sacerdote la conducta de ese dominico que no quiero nombrar,
-y que se ha señalado por sus sanguinarias excitaciones a la matanza
-de franceses? No: nada que sea contrario a las generales leyes de la
-caridad, debe sacarnos de nuestra ordinaria vida.</p>
-
-<p>—Con buenas retóricas se viene ahora el Padre Castillo —dijo otro de
-los presentes—. No, sino hagámonos miel para que nos papen imperiales
-moscas.</p>
-
-<p>—Dígame —preguntó un tercero—, ¿ha oído decir el Sr. D. Librote y
-Cata-pergaminos, que Napoleón va a reducir el número de regulares a
-la tercera parte? Pues sí, eso está muy bonito. Apláudalo el Padre
-Castillo. Y nosotros veámoslo y callemos, ¿no? ¡Pues me gusta! De modo
-que si un conquistador atrevido pone en peligro nuestro instituto, lo
-daremos por bien hecho.</p>
-
-<p>—¿Conque reducirnos a una tercera parte? —dijo Salmón—. ¡Bonita
-invención! Esas son las tan decantadas novedades de los filósofos y de
-todos esos masones a la francesa que hay ahora.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span>—No disputaré
-sobre si es conveniente o no reducir el número de conventos —dijo
-Castillo—. Cuestión es esta delicada y sobre la que se podría hablar
-mucho. Lo que sí afirmo es que la reducción del número de regulares, y
-las ideas de poner coto a tantas fundaciones, son bastantes antiguas,
-y se han ocupado de ello mil eminentes repúblicos. Ya saben todos
-que en el siglo pasado se ha clamoreado bastante sobre esto. ¿Y qué
-más? A principios del decimoséptimo siglo, cuando aún no se soñaba en
-enciclopedias, ni en revoluciones, ni en logias, ni en filosofías,
-personajes respetables, y entre ellos algunos españoles sapientísimos,
-se expresaron en igual sentido. Como me dedico a buscar papeles viejos,
-¡vean mis caros hermanos la casualidad! en estos días he encontrado dos
-que vienen como de molde a terciar en esta contienda.</p>
-
-<p>Y al punto fue a su celda, que muy cerca estaba, y volviendo con dos
-libros viejos, los mostró a sus hermanos.</p>
-
-<p>—Aquí están —dijo—. Uno es el <i>Memorial que al Rey D. Felipe III
-dio en su Consejo de Estado Fray Luis de Miranda, lector jubilado,
-de la Orden de San Francisco, acerca de la ruyna y destrucción que
-amenazaba a la república y monarquía de España, si con presteza
-no se acude al remedio</i>. Las causas y razones que expone, son:
-<span class="smcap">Primera</span>, <i>la muchedumbre de hacienda
-que de secular se está convirtiendo en eclesiástica</i>. <span
-class="smcap">Segunda</span>, <i>las innumerables personas que, por
-sus particulares fines, de seglares se hacen religiosos, sin aver de
-ello necesidad,<span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span>
-antes con daño de las mismas religiones</i>. Esto se escribía en los
-primeros años del siglo decimoséptimo, y si el mal era cierto, juzguen
-Vuestras Paternidades si habrá aumentado, no habiendo nadie acudido al
-remedio. El otro libro se titula <i>Discurso del doctor D. Gutiérrez,
-Marqués de Careaga, en que intenta persuadir que la monarquía de
-España se va acabando y destruyendo a causa del estado eclesiástico,
-fundación de Religiones, Capellanías, Aniversarios y Mayorazgos</i>.
-Esto está impreso en 1620. De modo, hermanos míos —añadió con zunga
-el buen Castillo—, que hace doscientos años hubo quien ya dio en la
-flor de decir que éramos muchos. Ahora, pues, carísimos, cada uno meta
-la mano en su pecho, consulte a su conciencia y pregúntese a sí mismo
-si cree estar de más: <i>intelligenti pauca</i>. ¿Y esas gallinas,
-Padre Palomeque, cuántos huevos han puesto en la semana? ¿Y cómo van
-esas jaulas, Padre Salmón? ¿Qué me dice Vuestra Paternidad de aquellos
-enigmillas tan reservados que le enviaron ayer las Constantinoplas,
-Padre Rubio? ¿Halos acertado ya? ¿Y qué tal van esos toques de flauta,
-Fray Agustín del Niño Jesús?</p>
-
-<p>Y así fue dirigiendo a todos graciosas pullas, si bien ellos no
-se irritaban, gracias al respeto que le tenían. Con esto y con la
-retirada de Castillo se desbarató el corro, y casi todos fueron a
-husmear a la puerta de la celda del Prior por ver si descubrían cuál
-era la misteriosa comisión de los Consejeros de Castilla. Cuando Salmón
-y yo íbamos a espaciarnos un<span class="pagenum" id="Page_231">p.
-231</span> poco por la huerta, vimos un fraile anciano que, leyendo
-devotamente su libro de oraciones, se paseaba en el claustro bajo.
-Pregunté a mi amigo quién era aquel venerable sujeto, y me dijo:</p>
-
-<p>—Este es el Padre Chaves, el más piadoso y recogido de todos los
-frailes de este convento, si bien me parece que es algo mentecato. No
-hace más que rezar, leer libros santos, y asistir a todos los enfermos
-de la casa. Hace catorce años que no ha salido una sola vez a la calle.
-No recibe regalos, sino aquellos que puede dar a los pobres. Apenas
-come, y cuanto le dan aquí lo guarda para repartirlo los sábados a una
-chusma que viene a la portería, porque, según dice él, ya que no puede
-redimir cautivos, quiere redimir a los que padecen la peor esclavitud
-de todas, que es la miseria. Antes te dije que era un mentecato; pero
-la verdad, hijo, Chaves es un excelente hermano.</p>
-
-<p>—Dios ha puesto de todo en el mundo —pensé yo—; y así como no hay
-nada perfecto, tampoco hay cosa alguna que sea rematadamente mala.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch23">
- <p><span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2>
-</div>
-
-<p>Al día siguiente, Salmón me dio muy malas noticias.</p>
-
-<p>—¿Sabes lo que pasa, Gabriel? —me dijo entrando muy de mañana en
-la celda que se me había asignado—. Pues he sabido que el Gobierno
-francés, que ahora nos rige, ha nombrado alguacil, o como ahora dicen,
-oficial, jefe o no sé qué de policía, a ese mismo Santorcaz que quería
-prenderte. Esto tiene indignados a cuantos le conocían, y prueba a las
-claras que ya estaba vendido a los franceses desde antes del sitio.
-También es indudable que en aquellos días fue nombrado alguacil por
-la Sala de Alcaldes, sin que nadie acierte a darse cuenta de cómo
-consiguió tal cosa. Le acompaña hoy, como antes, su escuadrón de gente
-de mal vivir, que, como sabes, era la que días pasados acaloraba los
-ánimos contra los franceses en los barrios bajos, haciéndose pasar
-por ardientes patriotas. Pero di, ¿qué has hecho para que te quieran
-prender? Porque me han dicho que él y los suyos te buscan con verdadero
-frenesí, registrando todos los rincones de Madrid.</p>
-
-<p>—En verdad que no sé en qué fundan su persecución —respondí—, pues
-por más que me devano los sesos, no puedo traer al pensamiento<span
-class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> ninguna acción mía que a
-cien leguas se parezca a un delito. Pero esos hombres son muy malos, y
-no hay que buscar fuera de ellos la causa de sus maldades.</p>
-
-<p>—Pues me han dicho que en todo el día de ayer ese Santorcaz no ha
-hecho más que prender gente sospechosa, es decir, gente a quien supone
-hostil a los franceses.</p>
-
-<p>—Es una venganza personal —dije—, o tal vez deseo de apoderarse de
-mí para una baja intriga.</p>
-
-<p>—¡Qué inmunda canalla! ¡Y de esta manera quiere el rey de Copas
-y su hermano hacerse amar de los españoles! Pues no es mal chubasco
-el que se nos viene encima. Dicen que Napoleón ha rasgado el acta de
-capitulación, expidiendo con fecha de ayer varios decretos contrarios a
-lo estipulado.</p>
-
-<p>—Pues, Padre mío —dije—, veo que me es preciso huir de Madrid a toda
-prisa.</p>
-
-<p>—¡Huir de Madrid! ¿Crees que es fácil ahora? Estate unos días más
-en esta casa, que el Prior no tendrá inconveniente en ello, y después
-veremos cómo te sacamos de la Villa. ¡Oh! Me han asegurado que la
-salida es muy difícil hasta para las ratas. Parece que la gente de
-los pueblos inmediatos a Madrid está levantada en armas. Temen los
-franceses que esto sea cosa urdida con los de aquí para favorecer
-un movimiento insurreccional dentro de la Corte, y han resuelto
-incomunicar a Madrid. La vigilancia que hay en las puertas es peor
-que de inquisidores: no dejan salir a alma viviente sin registrarle y
-darle mil vueltas; y como el<span class="pagenum" id="Page_234">p.
-234</span> viajero no lleve un papelucho que llaman <i>carta de
-seguridad</i>, expedida por esa bendita Superintendencia de policía,
-a quien vea yo comida de lobos, lo someten a un consejo de guerra.
-Conque, hijo, estás en peligro; no puedes vivir en Madrid, y la
-salida es muy difícil. ¡Ah! En este momento se me ocurre una cosa,
-y es que podemos solicitar el amparo de la señora Condesa, en cuya
-casa estuviste el otro día, la cual me han dicho que es amiga de los
-franceses.</p>
-
-<p>—¡La señora Condesa amiga de los franceses!</p>
-
-<p>—Quiero decir, partidaria. Su primo, el Duque de Arión, que ha
-pasado toda su vida en Francia, entró en España con Bonaparte, de quien
-es muy devoto, y actualmente está en el Cuartel general de Chamartín.
-Anteayer estuve en casa de la Condesa, y le esperaban de un día a otro.
-Como haya venido, no nos sería difícil que aquella bondadosa señora te
-consiguiese una carta de seguridad para evadirte. Entre tanto, hijo,
-aquí estás más seguro; y por sí o por no, vamos tú y yo ahora mismo
-a ver al Prior del convento, que es hombre de mucho mundo y de tanta
-trastienda, que sería capaz de pegársela al lucero del alba. Él nos
-dirá si lo que me ha ocurrido es razonable, o si hay otro medio más
-expedito para ponerte en salvo.</p>
-
-<p>Y sin más dimes ni diretes, llevome a la celda del Padre Prior,
-que en aquel momento había vuelto de decir su misa y despabilaba
-dos onzas de chocolate. Era el Padre Ximénez<span class="pagenum"
-id="Page_235">p. 235</span> de Azofra un hombre pequeño, de edad
-madura, ojos muy vivos, sonrisa maliciosa, cortesanos modales y
-simpática conversación. Recibiome con mucha bondad; y cuando Salmón le
-expuso las apreturas en que yo me encontraba, dijo lo que sigue:</p>
-
-<p>—En otras circunstancias, joven incauto, fácil nos habría sido
-socorreros poniéndoos al abrigo de esta casa. Pero ahora todo está al
-revés. El Gobierno intruso nos mira con muy malos ojos, y bastaría que
-le protegiéramos a usted para que se nos acusara de cómplices de la
-insurrección, que así llaman ellos a nuestra santa causa. En verdad
-que cada vez odio más a esa canalla. Ved lo que hacen ahora. Desde
-que Madrid se ha rendido, ya les ha faltado tiempo para quebrantar lo
-convenido; y si prometieron respetar las vidas, libertades y hacienda
-de este vecindario, ayer todo ha sido prender y encarcelar gentes
-honradas, a quienes se acusa de auxiliar a los insurgentes de Talavera
-y de Cuenca. Todo es sospechar, y acusar, y asustarse hasta de vanas
-sombras; y como los restos del ejército de San Juan y las tropas del
-de Castaños que se unieron al Duque del Infantado andan por estas
-inmediaciones levantando los pueblos contra los franceses, estos
-ven un espía en cada vecino de Madrid, y han resuelto impedir toda
-comunicación entre los habitantes de esta Villa y los de Ocaña, Toledo,
-Talavera e Illescas, por lo cual no permiten la entrada de los paletos,
-fruteros y verduleros, razón de la gran carestía que hoy tienen todos
-los artículos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span>—Mala situación es
-esta —dijo Salmón—. ¿De modo, señor Prior de mi alma, que en buenos
-tiempos no recibiremos nada de nuestras granjas de Leganés, Valmojado,
-Casarrubuelos, Bayona de Tajuña y Santa Cruz del Romeral? ¡Bonito
-porvenir! ¿Y entonces <i>quid manducaverunt vel manducavere</i>?</p>
-
-<p>—¡Oh! amigo Salmón —contestó el Prior con malicia—, aquí viene bien
-aquello de <i>ventorumque regat pater</i>, que quiere decir <i>viento
-en panza</i>, según traducía aquel gilito descalzo de quien tanto nos
-hemos reído. Es preciso hacer penitencia.</p>
-
-<p>—Bien, retebién —exclamó Salmón bufando—. ¡Viva el Emperador de los
-franceses y Rey de Italia y protector de la confederación del Rhin! De
-esa manera conseguirá Vuestra Majestad Imperial y Real, que asada en
-parrillas vea yo, conquistar las simpatías del clero regular.</p>
-
-<p>—No se cuida él de nuestras simpatías, amigo Salmón.</p>
-
-<p>—Pero en resumidas cuentas, señor Padre Prior, este muchacho, de
-cuya moralidad y buen proceder respondo, necesita salir de Madrid, y
-no dudo que usted con su influencia le podrá sacar una <i>carta de
-seguridad</i>, con la cual y disfrazado...</p>
-
-<p>—¡Qué cosas tiene Salmón! —dijo Ximénez de Azofra—. ¿Qué puedo yo
-hacer? Conque en priesa me ve, y doncellez me demanda. ¿No le he dicho
-que desconfían de los regulares, y especialmente han tomado entre ojos
-a los de esta casa?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span>—No sabía tal
-cosa. Al contrario: oí decir que Vuestra Paternidad es de los que
-van a Chamartín a cumplimentar a mi señor Don Caco imperial, rey
-de los pillos, y protector de la congregación del Rin... conete y
-Cortadillo.</p>
-
-<p>—¡Yo! —exclamó Ximénez con asombro—. No he nacido para besar la mano
-que me azota. Español soy, y español seré mientras viva. He predicado
-en el púlpito de la Merced contra el Emperador, y no imitaré a los
-que siendo primero desaforados patriotas, ahora son patriotas tibios
-con vislumbres, amagos y pintas de afrancesados. Cierto es que va a
-Chamartín una diputación de todas las clases de la sociedad; cierto
-que me han invitado para ir, y vea su merced aquí la carta que sobre
-este punto el Corregidor me ha dirigido y que, de haber justicia en
-la tierra, debería ser quemada por la mano del verdugo. ¿No es una
-vergüenza que de este modo se humillen los hombres? Ayer todo era
-inquina contra el <i>ogro de Córcega</i>, todo insultarle y ponerle
-por esos suelos; hoy todas son blanduras. El mismo señor Corregidor de
-Madrid, que en su bando del 25 de noviembre decía: <i>La España está
-invadida por el tirano que domina en Francia, el cual ha quebrantado
-pérfidamente las santas leyes, etc.</i>; ese mismo señor Corregidor
-D. Pedro de Mora y Lomas, caballero de la Orden de Carlos III, del
-Consejo de Su Majestad, subsecretario con ejercicio de decretos,
-intendente de los reales ejércitos y de esta provincia, corregidor
-de esta villa, subdelegado de Rentas reales,<span class="pagenum"
-id="Page_238">p. 238</span> intendente de la real Regalía de Casa y
-Aposento, superintendente general de Sisas reales y municipales de
-ella, y subdelegado de Montes y Pósitos, etc., etc., pues la retahíla
-de títulos no tiene fin; ese mismo Corregidor, repito, es el que hoy
-dirige un llamamiento <i>ante diem</i> a todos los regidores, diputados
-del Común, procurador general y personero, alcaldes de la Hermandad,
-Mesta y alguacil mayor por el estado noble, al ilustrísimo señor obispo
-auxiliar, vicarios eclesiástico y castrense, al venerable cabildo
-de señores curas y beneficiados, a los reverendos prelados de todas
-las religiones, al cuerpo colegiado de la nobleza, diputados de los
-cinco gremios mayores, y a todas las diputaciones de los sesenta y
-cuatro barrios de esta población. ¿Para qué creerán ustedes? Pues nada
-menos que para hacer presente <i>que la villa de Madrid habrá tenido
-el honor de ofrecerse a los pies de S. M. I. y R. para manifestarle
-el reconocimiento a la bondad e indulgencia con que ha tratado esta
-Corte, felicitarse por tener a S. M. en su seno, y expresarle que
-si lograba merecer la dignación y aprecio de S. M., se contemplaría
-dichosa</i>. ¿Qué tal? ¿Es este un lenguaje digno y patriótico? Además,
-en la convocatoria —añadió recorriendo con la vista el papel— se llama
-a Napoleón <i>padre amoroso</i>, y a sus atropellos <i>benéficas
-miras</i>, y el objeto es reunir un cierto número de personas
-respetables que piquen espuelas hacia Chamartín para pedir a Bonaparte
-<i>se digne conceder la gracia de que vean en Madrid a su augusto
-hermano nuestro Rey Josef</i>. Vamos, vamos, no<span class="pagenum"
-id="Page_239">p. 239</span> puedo leer más, porque tanta bajeza me
-saca los colores de la cara. Verdad es que los que esto han firmado lo
-han hecho cediendo a amenazas del comandante general M. Belliard que
-les pone el puñal al pecho; pero no por eso es disculpable, pues si no
-traición a la patria, debe imputárseles una debilidad y flaqueza que
-raya en crimen.</p>
-
-<p>—¿De modo que usted no va a Chamartín?</p>
-
-<p>—¿Yo? Ni por pienso. He oído que van en representación de los
-regulares el Padre Amadeo, abad de San Bernardo, y el Padre Calixto
-Núñez, abad de los Basilios. Ya se ve: ¿qué se puede esperar de esos
-infelices Benitos, tan dejados de la mano de Dios? Caerán en el garlito
-los Mínimos, algunos pobres Franciscos, los desdichados Agonizantes, no
-pocos Agustinos, todos los Gilitos, los Hospitalarios, los Donados, los
-Carmelitas descalzos, y esos infelices Afligidos, que son los mayores
-mentecatos de la cristiandad; pero la Merced sostendrá su bandera; la
-Merced no adulará Emperadores; la Merced, en unión con los Dominicos,
-desafiará el poder del tirano, contra franceses ladrones y empecatados
-españoles.</p>
-
-<p>—Y los víveres por esas nubes, y las puertas de Madrid cerradas al
-buen vino, al rico aceite, a los huevos, a las coles, al extremeño
-tocino, y a los jamones de Candelario. Bueno, bueno: comamos ensalada
-de perejil y cañutillos de monjas mojados en agua de limón. ¡Viva
-la patria, Sr. Ximénez; viva el orgullito que nos pondrá como
-espátulas!</p>
-
-<p>—Pues bien: lo que he dicho a usted —continuó<span class="pagenum"
-id="Page_240">p. 240</span> el Prior— lo he dicho a los que vinieron
-a sonsacarme; y oídas mis palabras, tratáronme con tal acritud, que
-espero grandes desdichas para nuestra Orden y nuestra casa. De modo que
-nada puedo hacer por este joven.</p>
-
-<p>A esto llegaban, cuando entró el Padre Castillo acompañado de otros
-dos frailes. El uno supe después que se llamaba el Padre Vargas, y
-aunque del mismo hábito y Orden, pertenecía al convento de la Trinidad
-calzada, también de mercenarios redentores de cautivos, y el otro era
-dominico, del convento de Santo Tomás, y tenía por nombre el Padre
-Luceño de Frías.</p>
-
-<p>—Ya, ya pareció aquello —exclamó Vargas con estrepitosa voz—. Ya
-no podemos dudar de la veracidad de esos decretos, porque por ahí los
-reparten impresos, y aquí tengo un ejemplar. Todos los decretos llevan
-la fecha del 4, y son tales que podrían arder en un candil en noche de
-aquelarre.</p>
-
-<p>—Veámoslos. ¿Es cierto que nos reducen a la tercera parte?</p>
-
-<p>—Tan cierto que... —dijo el dominico— no nos reducen a la tercera
-parte, sino que nos parten por el eje, Sr. D. Ximénez de Azofra.</p>
-
-<p>—Atención, que leo —dijo Vargas, poniendo ante los ojos, de verdes
-antiparras armados, un papel impreso—. Los decretos rezan lo siguiente:
-<i>En nuestro Campo Imperial de Madrid a 4 de diciembre de 1808.
-Napoleón Emperador de los, etc... Considerando que el Consejo de
-Castilla se ha comportado en el ejercicio de sus funciones con tanta
-debilidad como superchería...<span class="pagenum" id="Page_241">p.
-241</span> que después de haber reconocido y proclamado nuestros
-legítimos derechos al trono, ha tenido la bajeza de declarar que había
-suscrito a estos diversos actos con restricciones secretas y pérfidas,
-hemos decretado y decretamos lo siguiente: Art. 1.º Los individuos del
-Consejo de Castilla quedan destituidos como cobardes e indignos de ser
-magistrados de una nación brava y generosa.</i></p>
-
-<p>—Pues digo —exclamó Ximénez— que eso está muy lindísimamente
-hecho.</p>
-
-<p>—Es verdad —afirmó el dominico—, porque esos señores han estado
-jugando a dos juegos, y con todo el mundo quieren comer. Adelante.</p>
-
-<p>—Otro —prosiguió Vargas—. <i>En nuestro Campo Imperial, etc...
-Napoleón, etc...</i> Este no hace exposición de motivos, ni
-considerando alguno, sino que dice simplemente: <i>Art. 1.º El Tribunal
-de la Inquisición queda suprimido como atentatorio a la soberanía y a
-la autoridad civil. Art. 2.º Los bienes pertenecientes a la Inquisición
-se secuestrarán y reunirán a la corona de España</i>.</p>
-
-<p>—Ya se ve —manifestó el dominico sin disimular su enojo—. Sin eso no
-podía pasar. Afuera Inquisición, y vengan herejes, y lluevan masones:
-¿qué les importa esto a los que no se cuidan de lo espiritual?</p>
-
-<p>—Poco significa esto —dijo Castillo—; porque el Santo Tribunal casi
-no existe ya de hecho, abolido por la suavidad de las costumbres.</p>
-
-<p>—Pero se conservan las fórmulas, señor mío —contestó con aspereza
-el dominico—, y las fórmulas tienen gran fuerza. Verdad es<span
-class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span> que no se quema, ni se
-descuartiza (lo cual, dicho sea de paso, es excesiva blandura, según
-estamos hoy comidos de herejía); pero hay todavía degradaciones y
-simulados tormentos, que tienen muy buen ver para los malos.</p>
-
-<p>—<i>Item</i> —prosiguió Vargas—. <i>Art. 1.º Un mismo individuo no
-puede poseer sino una sola encomienda.</i></p>
-
-<p>—Adelante, que eso nos interesa poco.</p>
-
-<p>—<i>Item. Art. 1.º El derecho feudal queda abolido en España. Art.
-2.º Toda carga personal, todos los derechos exclusivos de pesca, de
-almadrabas u otros derechos de la misma naturaleza, en ríos grandes y
-pequeños; todos los derechos sobre hornos, molinos y posadas, quedan
-suprimidos, y se permite a todos, conformándose a las leyes, dar una
-extensión libre a su industria.</i></p>
-
-<p>—Eso no es nuevo —dijo Castillo—, y es lástima que nuestros
-gobernantes con su indolencia hayan permitido a los franceses el
-jactarse de promulgar una ley tan buena.</p>
-
-<p>—Eso, eso es, ¡hágale su merced la mamola! —observó Luceño de Frías
-con el mayor desabrimiento, sentándose a horcajadas en una silla para
-apoyar los brazos en el respaldo—. Me gustan las ideas del Padre
-Castillo. Si para eso pasa Vuestra Paternidad la vida entre la polilla
-de los libros, buenas nos las dé Dios.</p>
-
-<p>Y sacando su tabaquera y alargando la mano hacia el Prior,
-añadió:</p>
-
-<p>—Señor Ximénez, un polvito, que los duelos con rapé son menos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span>—No lo gasto
-—repuso el Prior.</p>
-
-<p>—Vamos, amigo Vargas, un polvito.</p>
-
-<p>—No lo gasto, que eso es cosa de viejas. Aquí tengo unos cigarritos
-de la Habana, que merecen ser chupados por los ángeles del cielo. Si el
-señor Prior me da su permiso...</p>
-
-<p>—Vengan —gritó Salmón— esos tabaquíferos incensarios y pebetes de
-Oriente, que tan bien matan el fastidio.</p>
-
-<p>—Allá van —dijo Vargas—. Son regalo de la señora Marquesa del
-Fresno, y fuéronme remitidos poniéndolos en la mano de un Niño Jesús,
-que me envió para que le diera una mano de pintura.</p>
-
-<p>—Pues en lo relativo a ese decreto que acaba de leerse —dijo
-Castillo—, mi conciencia no me dicta sino alabanzas, y alabanzas le
-daré, aunque lo haya escrito el gran Tamerlán. ¿Por ventura no son
-esas las mismas ideas que han hecho célebre en toda la redondez de la
-tierra a nuestro gran Jovellanos? El mismo Conde de Floridablanca, ¿no
-intentó algo en ese asunto? Y los sabios consejeros de Carlos III, ¿no
-se dieron de cabezadas por quitar esas trabas a la industria? Todos
-sabemos que a aquel eminente Rey se le pasaron ganas de promulgar este
-decreto.</p>
-
-<p>—¡Cosas de los jesuitas! —exclamó el dominico meciéndose en la
-silla—. Pero esos pelanduscas andan también al retortero de Napoleón,
-por ver si sacan tajada. Adelante con la lectura.</p>
-
-<p>—Pues adelante —continuó Vargas—. <i>Considerando que uno de los
-establecimientos que<span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span>
-perjudican a la prosperidad de España son las aduanas y registros
-existentes de provincia a provincia, hemos decretado lo siguiente:
-Desde 1.º de enero próximo, las aduanas y registros de provincia a
-provincia quedan suprimidos. Las aduanas se colocarán y establecerán en
-las fronteras.</i></p>
-
-<p>—Tampoco eso tiene pero —observó Castillo—, y la Junta central,
-ya que pensó decretarlo, no debió esperar a que lo hicieran los
-franceses.</p>
-
-<p>—También esto le parece bocadito de ángeles al reverendo Castillo
-—dijo Luceño—. Medrados estamos. ¿Tratan de eso los libros de vuestra
-merced?</p>
-
-<p>—Atención —indicó Vargas haciendo un gesto dramático— que ahora
-viene lo gordo. <i>Considerando que los religiosos de las diversas
-Órdenes monásticas en España se han multiplicado con exceso; que si
-un cierto número es útil para ayudar a los ministros del altar en la
-administración de los Sacramentos, la existencia de un número demasiado
-considerable es perjudicial a la prosperidad del Estado, decretamos lo
-siguiente: Art. 1.º El número de los conventos actualmente existentes
-en España, se reducirá a una tercera parte. Esta reducción se ejecutará
-reuniendo los religiosos de muchos conventos de la misma Orden en una
-sola casa. Art. 2.º No se admitirá ningún novicio ni permitirá que
-profese ninguno, hasta que el número de religiosos se reduzca a una
-tercera parte. Art. 3.º Los regulares que quieran renunciar a la vida
-común y vivir como eclesiásticos seculares, quedan en libertad<span
-class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> de salir de sus conventos.
-Art. 4.º Los que renuncien a la vida común, gozarán de una pensión que
-se fijará en razón de su edad, y que no podrá ser menor de tres mil
-reales ni mayor de cuatro mil. Art. 5.º Del fondo de los bienes de los
-conventos que se supriman, se tomará la suma necesaria para aumentar la
-congrua de los curas. Art. 6.º Los bienes de los conventos suprimidos
-quedarán incorporados al dominio de España, y aplicados a la garantía
-de los vales y otros efectos de la Deuda pública.</i></p>
-
-<p>Durante la lectura de este decreto, no se oyó en la celda de Ximénez
-otro rumor que el producido por el vuelo de una mosca, que andaba a
-vueltas tras los restos del chocolate prioral, como Bonaparte tras
-los reinos de España. Después de leído, aún duró una buena pieza el
-silencio.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch24">
- <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2>
-</div>
-
-<p>—¡Toquen castañuelas, repiquen panderos, machaquen almireces,
-punteen vihuelas y aporreen zambombas para celebrar el talento del
-sabio legislador, harto de bazofia y comido de piojos, que sacó de su
-cabeza ese pomposo y coruscante decreto! —exclamó al fin Luceño dando
-un porrazo en el brazo del sillón y levantándose.</p>
-
-<p>—¿Conque a la tercera parte? —dijo Salmón—. ¿De<span
-class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> modo que de cada tres no ha
-de quedar más que uno?</p>
-
-<p>—Eso es, y los demás a la calle, a pedir limosna, porque una pensión
-de tres mil reales para personas que han de vivir decentemente, es
-aquello de hártate, comilón, con pasa y media.</p>
-
-<p>—Y afuera novicios.</p>
-
-<p>—¡Y no más profesar!</p>
-
-<p>—Y con los bienes se aumentará la congrua de los curas.</p>
-
-<p>—También eso está bien —dijo el dominico—. Alábelo su merced, Padre
-Castillo. ¡Que nos quiten lo nuestro para darlo a los curas! ¿Quiénes
-son los curas, ni qué hacen esos zanguangos en bien de la cristiandad?
-Ya... como los curas son tan tibios patriotas... ¡Estoy que bufo!</p>
-
-<p>—Lo mejorcito es que los bienes de los conventos suprimidos pasen al
-dominio de España.</p>
-
-<p>—¿Qué tiene que ver España, ni San España, ni Marizápalos con esos
-bienes?</p>
-
-<p>—¿De modo que nuestras granjas de Leganés, de Valmojado...?
-—preguntó Salmón.</p>
-
-<p>—¡Ya se ve! De esto se ríen todos esos infelices Mínimos, Gilitos y
-Franciscos que nada tienen. A ellos, ¿qué les importa? Por eso van a
-hacerle el <i>como la porta bu</i>. Bien, retebién. Y lo mismo hacen
-los Afligidos, que son la cáfila de majaderos más desaforados que he
-visto.</p>
-
-<p>—No murmurar, hermano —indicó Castillo.</p>
-
-<p>—Dios me lo perdone —dijo Luceño—, y no<span class="pagenum"
-id="Page_247">p. 247</span> lo digo por nada malo, que hay Afligidos de
-todas clases. ¿Pero creen vuestras mercedes que se llevará a cabo esto
-de las terceras partes?</p>
-
-<p>—Yo creo que va a ser dificilillo.</p>
-
-<p>—Pues yo temo que lo llevarán adelante —afirmó Luceño—; que esta
-mañana me ha dicho en confianza un regidor que va a Chamartín, que ya
-tienen hecho su plan, y que dentro de pocos días comenzará el restar y
-dividir, para dar principio a la demolición de los conventos.</p>
-
-<p>—¡La demolición!</p>
-
-<p>—Sí; que todas estas casas las destinan a oficinas del Estado, y la
-primera que va a caer hecha pedazos es este monasterio de la Merced en
-que ahora estamos.</p>
-
-<p>—¡Cómo, la Merced! ¡Se atreverán a ello! —exclamó Ximénez de Azofra,
-dándose un golpe en la rodilla—. ¡Cómo! ¿Se atreverán a derribar
-esta casa, que lo fue del gran Tirso de Molina? ¿Y la gran devoción
-que inspira la Virgen de los Remedios, que está en una de nuestras
-capillas? ¿Pues y el sepulcro de los nietos de Hernán Cortés? No, no
-puede ser. Derriben en buen hora otras casas de religiosos; pero no
-esta por tantos títulos, además de su antigüedad, venerable.</p>
-
-<p>—Y también está amenazada la Trinidad Calzada —apuntó Luceño— si no
-de que la derriben, al menos de que la vacíen.</p>
-
-<p>—Eso no puede ser —declaró Vargas—, que más glorias encierra mi
-casa que todos los demás claustros de Madrid reunidos. Díganlo si no,
-el beato Simón de Rojas y el Padre Hortensio<span class="pagenum"
-id="Page_248">p. 248</span> de Paravicino, autor del libro <i>De locis
-theologicis</i>.</p>
-
-<p>—Autor de las <i>Oraciones evangélicas</i>, de la <i>Historia de
-Felipe III</i> y de la <i>España probada</i>, querrá decir Vuestra
-Paternidad —indicó Castillo con malicia—; que el libro <i>De locis
-theologicis</i>, hasta los chicos de las calles saben que es de Melchor
-Cano.</p>
-
-<p>—Tiene razón Castillo: me equivoqué. Pero sea lo que quiera,
-también tiene mi convento la honra de haber rescatado, mediante los
-Padres Bella y Gil, al inmortal Cervantes, autor del <i>Quijote</i>,
-Sr. Castillo, pues yo también entiendo algo de autores. En caso de
-desalojar conventos para oficinas, ahí está Santo Tomás, donde caben
-todas.</p>
-
-<p>—¡Cómo es eso! ¡Santo Tomás! ¡Desalojar a Santo Tomás, el más
-ilustre de los conventos de Madrid! —exclamó impetuosamente el
-dominico—. ¿Y qué sería de este pueblo si le quitaran el espectáculo
-de las procesiones que de allí salen con motivo de las funciones del
-Santo Oficio? A fe que hartas casas hay en Madrid, si quieren hacer
-plazuelas, como dicen, aunque más vale que no se toque a ninguna,
-porque <i>setenta y dos</i> conventos para una población de 160.000
-almas, me parece que no es mucho. Las casas de religiosos apenas ocupan
-un poco más de la mitad del perímetro de esta gran villa, lo cual no
-es nada desmedido, y de todas las casas que se alzan en ella, solo
-<i>cuatro quintas partes</i> pertenecen a conventos, memorias pías,
-capellanías y otras fundaciones.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span>—Y dígame, Luceño
-—preguntó Ximénez—, ¿van dominicos a la reunión que convoca el
-Corregidor?</p>
-
-<p>—Creo que no. Según he oído, solo se prestan a ir a Chamartín el
-prepósito de San Cayetano, el abad de Montserrat, dos Agonizantes, un
-par de Franciscos, un Rector de Niñas de la Paz y un Afligido.</p>
-
-<p>—Pues esos sacarán tajada, no lo duden vuestras mercedes. Sobre
-nosotros lloverán los decretos y las terceras partes.</p>
-
-<p>—Mi opinión es —dijo Salmón— que, pues cuesta bien poco ir de aquí
-a Chamartín, nada se pierde con que vayan un par de Padres, y yo me
-brindo a ello, que bueno es estar bien con todos, y el orgullo es
-pecado, y quien al cielo escupe en la cara le cae.</p>
-
-<p>—No en mis días: de esta casa no irá nadie —aseguró Ximénez de
-Azofra—; y en cuanto a este joven, nada podemos hacer. Indigno sería
-pedir favores a quien nos trata mal, amenazándonos con terciarnos y
-partirnos como si fuéramos aranzadas de tierra. Conque busque usted
-quien le proporcione la <i>carta de seguridad</i> para salir de
-Madrid.</p>
-
-<p>—Dificilillo es —afirmó Luceño—, pues entiendo que se miran mucho
-para dar las tales <i>cartas</i>, y sin ellas no es posible dar un paso
-de puertas afuera.</p>
-
-<p>—Sin embargo —dijo el discreto Castillo—, hay multitud de personas
-que por estar en bien con los franceses, pueden socorrer a este joven.
-¿No conoce usted ninguna persona de alta posición y de influencia?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span>—Sí, ya me
-ocurrió acudir a la señora Condesa —indicó Salmón—, y confío en que
-su generosidad sacará a este joven del mal empeño en que se ve. El
-señor Marqués se ha afrancesado, y dicen que va a entrar en la alta
-servidumbre del Rey José.</p>
-
-<p>—El Sr. D. Felipe bebe los vientos por que cualquier Gobierno se
-acuerde de él —dijo Castillo—. Algo debe de haber de cierto en eso,
-pues hace tres días, después de haberse presentado a Belliard, fuese al
-Pardo, donde se ha instalado con su hija. Ayer creo que debió llegar a
-dicho real sitio el Rey José. A pesar del influjo que en la botellesca
-Corte tiene el señor Marqués, yo no me fiaría de él para ningún
-delicado asunto. De más eficacia me parece en el caso presente el señor
-Duque de Arión, pariente de esta familia y que goza de gran poder en el
-Cuartel general.</p>
-
-<p>—¡Admirable idea! Veremos al señor Duque.</p>
-
-<p>—No ha llegado aún a Madrid; y como no sea exponiéndose a los
-peligros de un viaje a Chamartín, este joven no podría verle.</p>
-
-<p>—Lo mejor —añadió Salmón— es que veamos hoy mismo a la señora
-Condesa. ¿Va hoy allá la Paternidad del Sr. Castillo?</p>
-
-<p>—Dentro de un rato, pues la señora Marquesa me ha mandado llamar hoy
-con toda premura. Si quiere este joven venir conmigo, le llevaré.</p>
-
-<p>—Oportunísimo —añadió Salmón—. Yo iré también. Pero, hijo, si en la
-calle acertamos a pasar por junto a esos cafres...</p>
-
-<p>—Pues bien —dijo Ximénez—: para que<span class="pagenum"
-id="Page_251">p. 251</span> vaya más seguro, yo les presto mi coche,
-que, con sus dos gallardas mulas, debe de estar ya en la huerta.</p>
-
-<p>—Muy bien —declaró Salmón batiendo palmas—. Me parece buena idea la
-del coche; pero para mayor seguridad, te vestiremos de novicio. Venga
-la carroza prioral y a casa de la Condesa.</p>
-
-<p>—Pues entrareme también en ella, y me dejarán de paso en Santo Tomás
-—añadió Vargas.</p>
-
-<p>—Pues allá voy también —dijo Luceño—, si me dejan en las Descalzas
-Reales.</p>
-
-<p>Y así acabó la conferencia, sin más resultas que las de mi
-improvisado disfraz de novicio y mi viaje a casa de la Condesa, donde
-me pasó lo que el lector verá a continuación si tiene paciencia para
-seguir leyendo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch25">
- <h2 class="nobreak g0">XXV</h2>
-</div>
-
-<p>La Condesa mostró mucho asombro al verme. Hallábase en la misma
-habitación donde algunos días antes me había recibido, y cuando
-entramos, apartose del secreter donde escribía, para venir a nuestro
-lado. Castillo principió preguntándole por la salud de todos, y
-luego en breves palabras le expuso los motivos de mi visita y de mi
-nuevo traje. Cumplida esta misión, y añadiendo que necesitaba<span
-class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> ver a la señora Marquesa,
-pidió a Amaranta venia para pasar adentro, y con esto nos quedamos
-Salmón y yo solos con ella.</p>
-
-<p>—Por ahí se murmura que yo soy afrancesada —dijo Amaranta—; pero
-no es cierto. Mi tío sí ha abrazado la causa del Rey José con tanto
-entusiasmo, que cuando le contradecimos en algún punto relativo a
-estas cosas, nos quiere comer a todos. Vive en el Pardo con su hija
-desde hace tres días en el mismo Palacio Real, pues el Rey intruso se
-ha empeñado en incluirle en su alta servidumbre. Está mi tío loco de
-contento, y si viene esta tarde a Madrid, como decía, yo le rogaré que
-me proporcione una <i>carta de seguridad</i> para este mancebo.</p>
-
-<p>—Ya estás salvo, Gabriel —exclamó el mercenario—. ¿No te dije que
-esta excelsa señora te sacaría de tan mal paso?</p>
-
-<p>—Aún mejor puedo conseguirlo por mi primo el Duque de Arión, el
-cual, más que afrancesado, es francés puro, y si viene mañana a Madrid,
-como espero, no olvidaré este encargo.</p>
-
-<p>—Vaya, no hay que pensar en que te echen mano —dijo Salmón
-levantándose—. Ya estás salvado, chiquillo; prostérnate ante Su
-Grandeza y dale un millón de gracias por tantas mercedes. Y ahora,
-señora Condesa, si usía me da su licencia, voy a pasar a ver a mi
-señora la Marquesa, que el otro día me habló de unos requesones, acerca
-de cuyo mérito quería saber mi voto.</p>
-
-<p>Nos quedamos solos Amaranta y yo, lo cual<span class="pagenum"
-id="Page_253">p. 253</span> me agradó, pues deseaba hablar con ella sin
-testigos.</p>
-
-<p>—Señora —la dije—, ¡cuánto agradezco a vuecencia esta nueva bondad!
-Ahora me cumple pedir perdón a usía por no haber salido de Madrid, como
-hubiera sido mi deseo.</p>
-
-<p>—Estarías alistado.</p>
-
-<p>—Justamente, y ahora que el desarme me permite salir, una
-persecución injusta, cuya razón no puedo explicarme, me detiene en
-Madrid, oculto en el convento de la Merced.</p>
-
-<p>En seguida contele el incidente de Santorcaz, añadiendo que el
-antiguo desleal mayordomo de la casa andaba a la zaga del flamante jefe
-de policía.</p>
-
-<p>—Ya lo sé —me dijo Amaranta—, y he tenido miedo de que algún peligro
-amenazara nuestra casa. Por eso me alegro mucho de que Inés esté con
-mi tío en el palacio del Pardo, donde no puede ocurrirle nada malo.
-El primer día sentía yo gran zozobra; pero nosotros tenemos antiguas
-amistades y relaciones con las primeras personas del partido francés, y
-ya estoy tranquila. Nada temo de esos miserables.</p>
-
-<p>—Me falta —dije yo—, dar las gracias a vuecencia por los otros
-favores de que me dio cuenta el licenciado Lobo. No los necesitaba para
-llevar adelante mi resolución, y sin destino en el Perú, sin ejecutoria
-de nobleza y sin promesas de dinero, sabré hacer de modo que usía no
-tenga queja alguna de mí.</p>
-
-<p>—No —me dijo sonriendo—: el destino que solicité de la Junta,
-espero que ahora me lo conceda también el Gobierno francés, y de<span
-class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> todas estas diligencias
-está encargado Lobo, a quien he dado cartas para Cabarrús y para
-Urquijo. Irás al Perú, tendrás tu ejecutoria de nobleza, y con esto
-y con la ayuda de Dios podrás llegar a ser un hombre de provecho. La
-conciencia me impulsa a hacer esto en pro de una persona desvalida
-que tiene derecho a mi consideración. En cambio, no olvidaré que has
-formulado una promesa, y cuanto hago por ti no es más que la recompensa
-anticipada que ganas cumpliendo lo pactado.</p>
-
-<p>—Señora Condesa, yo cumpliré religiosamente lo prometido —le
-contesté con resolución—, y no puedo admitir la recompensa. Mi dignidad
-no me lo permite.</p>
-
-<p>—¿Pues acaso tú tienes dignidad? —me dijo riendo—. Pero no, no debo
-reírme. ¿Por qué no habías de tenerla como otro cualquiera? La verdad
-es que los que estamos en cierta posición no vemos más que a nosotros
-mismos. En cuanto a la determinación de no aceptar nada, yo arreglaré
-las cosas de modo que aceptes.</p>
-
-<p>Así hablábamos cuando regresó Salmón a nuestro lado, y al punto
-cortó el hilo de nuestro coloquio, diciendo:</p>
-
-<p>—Gran satisfacción, señora mía, me ha causado la noticia que en
-este momento acabo de oír de los autorizados labios de mi señora la
-Marquesa. La paz sea en esta casa, señora, y pues todo parece en camino
-de arreglo, bendigamos la mano de Dios.</p>
-
-<p>—¿Habla Su Paternidad del asunto de mi prima? —dijo Amaranta—. Sí,
-ya creo que la tenemos en vías de curación.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span>—Veo que el
-ingeniosísimo recurso ideado por el gran entendimiento de vuestra
-merced, ha surtido su efecto. ¿Y cómo recibió la noticia? ¿Se turbó,
-derramó muchas lágrimas...? Porque en realidad, señora, decirle de
-buenas a primeras que el joven ese...</p>
-
-<p>Y Salmón se detuvo como hombre prudente, temiendo hablar de negocio
-tan delicado delante de un extraño.</p>
-
-<p>—Puede Vuestra Paternidad hablar sin reticencias —dijo Amaranta con
-un tonillo que me pareció algo intencionado—, porque no estando en
-antecedentes la única persona que nos oye, poco importa...</p>
-
-<p>—Pues preguntaba, señora, si cuando se le dijo y se le probó
-la muerte de ese joven, no mostró su pena de un modo ruidoso, con
-desmayos, gritos, lloros y demás desahogos propios de la debilidad
-femenina.</p>
-
-<p>—Nada de eso, Padre —repuso Amaranta con muestras de satisfacción—.
-Al principio no lo quería creer; luego, cuando se le probó de un modo
-irrecusable, con los papelotes que trajo el licenciado Lobo, pareció
-dudarlo, y, por último, cuando yo se lo dije, aparentando sentirlo y
-doliéndome mucho de la muerte de ese infeliz, empezó a creerlo. Lo
-que más la ha convencido, fue el artificio verdaderamente teatral que
-puse en práctica para hacérselo creer. Estaban todos hablándole de
-este asunto, cuando entré de improviso, fingiendo mucho enojo porque
-sin preparación alguna le daban tan tristes noticias; arranqué de las
-manos de Lobo aquellos papeluchos, que fingían<span class="pagenum"
-id="Page_256">p. 256</span> ser partidas de defunción, copias del
-libro del hospital o no sé qué, y los hice pedazos delante de ella.
-Al mismo tiempo empecé a disponer que se dieran cordiales y otros
-remedios del caso, asegurando que tenía ella mucha razón en sentir la
-muerte de aquel con quien tuvo tan honesta amistad. Esto hizo efecto,
-y después, cuando encerradas las dos en mi alcoba la dije: «Sosiégate:
-todavía puede ser que se salve. Yo te prometo que si vive, le verás,
-y quién sabe, primita mía... Puede ser, puede ser...» ella se afligió
-mucho, y yo añadí: «Es preciso tener resignación; es preciso aprender
-a padecer. Yo no quiero contrariar ya una inclinación tan decidida,
-porque antes que todo es tu felicidad. Desgraciadamente, Dios quiere
-resolver la cuestión de otro modo y llamar a ese joven a su seno. Esta
-mañana he estado en el hospital, le he visto, y la verdad... había
-pocas o ningunas esperanzas.» Y con esto aumentaba su tristeza, pero
-sin llantos ni exclamaciones. Luego yo también me puse a llorar, y la
-abracé y la di mil besos, diciéndole: «Ya ves cómo no está en mi mano
-hacerte feliz. Te aseguro que por mi parte no repararía en nada para
-conseguirlo; pero Dios lo ha dispuesto de otro modo. Procura calmarte
-y ten resignación.» Cuando esto le dije, la dejé convencida. ¡Ay!
-Después su aspecto era el de la resignación. Hablaba poco y parecía
-meditar. Se ha desmejorado mucho en pocos días; pero esto se le pasará
-indudablemente. Ahora ha ido al Pardo, pues la variación de localidad
-es muy buen remedio para<span class="pagenum" id="Page_257">p.
-257</span> estas enfermedades del espíritu. Su manía caprichosa y ciega
-nos ha disgustado mucho; pero me parece que dentro de algún tiempo
-estará todo concluido.</p>
-
-<p>—¡Oh! ¡Qué felicidad! —exclamó Salmón—. Hay un gran médico del
-dolor, que se llama el doctor Tiempo. Perdida con la idea de la muerte
-la esperanza, ese señor médico hace maravillas en un par de semanas.</p>
-
-<p>Yo oía este diálogo, y admiraba la extremada habilidad artística de
-aquella encantadora cortesana, tan maestra en engaños y ficciones.</p>
-
-<p>—Ha hecho muy bien usía —continuó Salmón—, en poner en juego esos
-ingeniosos ardides que prueban su grandísimo talento. Era una cosa que
-daba vergüenza ver a mi niña enamoriscada de un haraposo de las calles,
-que sin duda es de lo más arrastrado y despreciable que han echado
-madres al mundo.</p>
-
-<p>—¡Oh! No —dijo Amaranta con cierto énfasis jovial—. Nosotros nos
-esforzábamos en pintárselo así; pero no tiene nada de despreciable.
-Yo tengo noticias ciertas de sus antecedentes y conducta. Además de
-que ha demostrado en varias ocasiones una nobleza de sentimientos
-que no puede caber sino en personas bien nacidas, su posición es más
-que regular. Cierto es que por desgracias de familia, tan comunes en
-estos tiempos, viose reducido a la indigencia; pero está probado que
-procede de una nobilísima familia de los mejores solares de Andalucía,
-como lo acredita la ejecutoria que posee; y además, figúrese<span
-class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span> Su Paternidad si tendrá
-méritos personales, cuando la Junta central le dio espontáneamente un
-gran destino en el Perú, cuyo destino parece le confirmará ahora el
-Gobierno francés.</p>
-
-<p>Tuve que hacer un esfuerzo para contener la risa que asomaba a mis
-labios.</p>
-
-<p>—Pues eso sí que no lo sabía yo. De modo que la discreta ninfa no
-había puesto sus ojos en ningún piruétano. De todos modos, bueno es
-que se haya quitado de en medio por una engañosa ficción la importuna
-memoria del empleado del Perú. Por supuesto, señora, no hay que pensar
-en D. Diego.</p>
-
-<p>—¡Oh! No... estamos decididas. D. Diego no será de modo alguno su
-esposo, aunque renunciemos a la buena amistad de la de Rumblar. Al fin
-he convencido a mi tía, y pronto impediremos a ese joven que entre en
-esta casa. Aún viene aquí; pero tanto nos disgusta su presencia, que de
-un día a otro le vedaremos la entrada.</p>
-
-<p>—Y ese pariente de vueseñorías —dijo el mercenario—, ese Duque
-de Arión, a quien se tiene por un joven instruidísimo, ¿no estará
-destinado a ser esposo de la joya de esta casa? Perdone usía mi
-curiosidad.</p>
-
-<p>—No lo sé —respondió Amaranta—. No hay nada proyectado. Mi primo ha
-vivido catorce años en París: apenas nos conoce.</p>
-
-<p>Así continuó la conversación por un buen espacio de tiempo, cuando
-sentimos ruido de voces, y vimos que con gran estrépito y baraúnda
-entraba el diplomático, en traje de camino,<span class="pagenum"
-id="Page_259">p. 259</span> y tan alegre, tan festivo, tan charlatán,
-que al punto le tuvimos por poseedor de los más altos secretos de
-Estado.</p>
-
-<p>—Sobrina —gritó al entrar—, aquí me tienes. Pero soy el juego de la
-correhuela: cátate dentro y cátate fuera. Ahora mismo tengo que salir;
-pero si no miente mi lista, son ciento dos las personas que he de ver
-de aquí a las cuatro de la tarde. ¡Si me vuelvo loco! ¡Si no es mi
-cabeza para tantos negocios! Que vaya el señor Marqués a explorar el
-ánimo del Duque de Alba, para ver si cede o no cede; que forme el señor
-Marqués una lista de las personas de la grandeza que están dispuestas a
-acatar a José; que vea el señor Marqués al Corregidor de Madrid; que se
-dé una vuelta por los Cinco Gremios a ver si anticipan o no anticipan
-fondos; que vaya, que venga, que corra, que escriba, que aconseje, que
-consulte, que tantee... ¡Jesús, María, José! Esto no es vivir. Yo no
-quería meterme en tales faenas. Pero me han obligado, me han cogido,
-me han puesto el cordel al cuello. Cuando el Rey José dice que no
-puede hacer nada sin mí; cuando me presenta a su hermano, elogiándome
-con frases que no repito por no parecer jactancioso, no es posible
-evadirse... ¡Oh! ¡Qué belén, qué ir y venir! Nada se ha de hacer sin
-que yo diga <i>hágase</i>. Y usted, Sr. Salmón, ¿qué dice de estas
-cosas?</p>
-
-<p>—¿Qué he de decir, sino que Dios le conserve a usía mil años al lado
-de ese Rey, para ver si evita lo de las terceras partes con que nos han
-amenazado?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_260">p. 260</span>—Todo se arreglará,
-hombre, todo se arreglará. A pesar del decreto de proscripción, hemos
-salvado la vida a Infantado, Alba, Santa Cruz del Viso, Medinaceli,
-Híjar, Fernán-Núñez, Altamira, Castel-Franco, Cevallos, y al Obispo de
-Santander, sentenciados a muerte por el decreto dado en Burgos el 12
-de noviembre. Se les envía a Francia simplemente. Otras muchas cosas
-ha dispuesto el Emperador, modificando sus primitivas determinaciones;
-pero no las puedo decir, no; no te diré una palabra, sobrina, de
-estos delicados negocios: ya te veo sonreír... Ya te veo a punto de
-emplear las armas de tu seducción para poner sitio a la fortaleza de mi
-secreto; pero no te diré nada, no, ni una sílaba; ni tampoco a usted,
-Salmón, que me mira con esos ojazos, que revelan toda la concupiscencia
-de la curiosidad.</p>
-
-<p>—No quiero saber nada de eso —dijo Amaranta—. ¿Y mi primita?</p>
-
-<p>—Contentísima.</p>
-
-<p>—¿Cómo contentísima?</p>
-
-<p>—No, no; quiero decir, tristísima. En dos días creo que no habrá
-dicho seis palabras. Se ocupa en sus labores con una asiduidad que
-me asombra, y no hay quien la haga presentarse en el gran salón de
-Palacio.</p>
-
-<p>—Ha hecho usted muy mal en dejarla sola —dijo la Condesa con cierto
-enfado.</p>
-
-<p>—¿Y qué le ha de pasar? ¿No quedan allí los criados? ¿No está con tu
-doncella y con Serafina, que ni un instante se separa de su lado?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span>—Pero ya le dije a
-usted que Inés no debe quedarse sola con doncellas y criadas en ninguna
-parte —añadió Amaranta notoriamente contrariada.</p>
-
-<p>—¿Estamos viviendo en despoblado? —dijo el Marqués riendo—. En el
-Pardo, en el mismo Palacio del Pardo, donde vive un Rey con numerosa
-servidumbre y guardia, ¿no puede quedarse sola mi hija por cuatro o
-cinco horas? ¡Si vieras qué habitación tan magnífica me han destinado
-en el piso bajo! Dan sus balcones al jardín del Mediodía, y se goza
-allí de una deliciosa vista. Ayer y hoy por la mañana, Inés salió a
-dar un paseo por el jardín. ¡Buen rato pasó la pobrecita!... ¿Pero
-cuándo vienes al Pardo? Por Dios y María Santísima, que sea pronto.
-Allí se pasan las noches deliciosamente, y no puedes figurarte cuán
-amable, cuán discreto, cuán bondadoso es el Rey José. ¡Cuánto nos
-reímos anoche! Él me preguntó: «¿Por qué dicen los españoles que soy
-borracho, cuando no bebo más que agua?» Yo me quedé un tanto cortado;
-pero disculpé a mis compatriotas como pude.</p>
-
-<p>—Mañana —dijo Amaranta— nos iremos mi tía y yo, pues ya, a fuerza
-de sermones, voy logrando vencer su repugnancia a los franceses. Y
-ahora que me acuerdo, tío, tiene usted que procurarme una <i>carta
-de seguridad</i> para que pueda escaparse de Madrid una persona
-injustamente perseguida.</p>
-
-<p>—¡Oh, no, de ningún modo! —dijo el diplomático—. Yo no oculto
-insurgentes, ni favorezco de modo alguno la insurrección.
-¿Cartitas<span class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span> de
-seguridad? Nada, nada, sobrina, no ampares pícaros, ni protejas a los
-que se obstinan en aumentar los males de la patria. Sométanse todos a
-ese bendito Soberano que no bebe más que agua, y entonces se acabarán
-las precauciones. Es preciso sofocar la insurrección que hierve en
-los alrededores de Madrid, y hacen muy bien en no dejar salir ni una
-mosca.</p>
-
-<p>—Bueno —dijo Amaranta—. Mañana ha de llegar mi primo el Duque
-de Arión, y él me dará cuantas cartas de seguridad se me antoje
-pedirle.</p>
-
-<p>—¡Que viene mañana! —dijo el Marqués—. Yo le esperaba esta noche. Me
-han dicho que ya cumplió la misión que le dio el Emperador en Burgos y
-ha regresado al Cuartel general. Entrará también en la servidumbre del
-Rey José. Si llega mañana, inmediatamente os marcharéis todos juntos
-al Pardo. ¡Cuánto deseo verle! Era tamañito así cuando su madre se
-fue a vivir a París hace catorce años. Otro más travieso no vi nunca.
-Yo, jugando a todas horas con él, le inculcaba los rudimentos de la
-historia patria. ¿Me deparará Dios un excelente yerno?</p>
-
-<p>—Veremos —repuso Amaranta—. No puedo dar mi opinión mientras no le
-trate. El Duque de Arión se ha educado en París.</p>
-
-<p>—Educación a la francesa —dijo Salmón—. <i>Vade retro.</i>
-¿Apostamos a que viene mi señor Duque hecho un filosofillo de tomo y
-lomo?</p>
-
-<p>—¡Oh, no! —exclamó el diplomático—. Desde que supe que se había
-afiliado al bando<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span>
-napoleónico, le tuve por muy discreto. Su entrada en España con el
-Emperador, las difíciles comisiones que este le ha dado para entrar
-en tratos con las ciudades rebeldes, prueban... ¿pero qué veo?... Las
-dos, y yo aquí de conversación olvidando las mil comisiones... Adiós,
-sobrina; adiós, Padre Salmón y la compañía. Yo me vuelvo loco con tanto
-ir y venir... Es terrible que esos señores no puedan hacer nada sin
-uno... Adiós, adiós.</p>
-
-<p>Y sin cesar de hablar, salió de la habitación y de la casa
-apresuradamente.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch26">
- <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2>
-</div>
-
-<p>Referidos estos curiosos diálogos, me cumple ahora contar de
-qué medio se valió la Condesa para facilitarme la deseada fuga.
-Mandome, pues, que volviera al día siguiente, prometiéndome tener
-todo concertado y en regla, de modo que pudiese sin pérdida de
-tiempo emprender la marcha, desafiando la vigilancia ejercida en las
-matritenses puertas. Hicimos Salmón y yo lo que se nos mandaba, y al
-otro día, cuando nos disponíamos a volver de nuevo a casa de Amaranta,
-llamonos el Padre Prior, y nos dijo:</p>
-
-<p>—Este joven no puede estar aquí ni un día más, y esta noche misma,
-si no encuentra<span class="pagenum" id="Page_264">p. 264</span> medio
-de escaparse, es fuerza que busque un asilo más seguro.</p>
-
-<p>—¿Más seguro que la Merced?</p>
-
-<p>—Sí —añadió Ximénez de Azofra—. Han venido a avisarme que se
-sospecha de los conventos, que se nos acusa de ocultar a los
-conspiradores y a los espías de los insurgentes, y parece que mañana
-mismo registrarán todas estas casas, principiando por la Merced.</p>
-
-<p>—Por fortuna la señora Condesa te amparará hoy mismo —dijo Salmón—.
-Vamos allá sin perder un instante.</p>
-
-<p>Vestido de novicio y en coche, como el día anterior, fuimos a
-casa de Amaranta, y desde que nos vio entrar, díjome con semblante
-alegre:</p>
-
-<p>—Mi primo el Duque de Arión ha llegado anoche, y me ha prometido
-conseguir la carta de seguridad antes de tres días.</p>
-
-<p>—Es que yo quisiera partir esta misma noche, señora Condesa
-—dije.</p>
-
-<p>—¿Esta misma noche?</p>
-
-<p>—Tememos que esos hotentotes registren mañana nuestra casa —añadió
-el Padre Salmón.</p>
-
-<p>—Pues es preciso hacer un esfuerzo y salir de este mal paso —indicó
-Amaranta—. La principal contrariedad consiste en que no puede uno
-fiarse de nadie. Me han asegurado que la policía francesa ha extendido
-sus ramificaciones a muchas casas principales, y que sobornando lacayos
-y pajes tiene bajo su vigilancia a las familias que juzga desafectas.
-No<span class="pagenum" id="Page_265">p. 265</span> quisiera poner en
-el secreto a ningún criado, y... ¡Ah! ¿No podría salir con ese mismo
-traje de novicio?</p>
-
-<p>—Mal vestido es, señora, para estas circunstancias —dijo Salmón—.
-Tengo entendido que el registro que se hace en las puertas es tan
-escrupuloso, que hace difícil toda superchería. A unos les hacen
-desnudar, no librándose de este vejamen ni aun las pudorosas
-doncellas y las que no lo son. Examinan con farolitos las facciones,
-confrontándolas con las notas de la carta; hacen vaciar las
-faltriqueras, y esta ceremonia se repite en dos o tres puntos, y ante
-los ojos de distintos esbirros.</p>
-
-<p>—Un criado de casa —dijo la Condesa— tiene carta de seguridad. Con
-ella y disfrazándose de paleto, ¿no sería fácil burlar la suspicacia de
-esa gente?</p>
-
-<p>—Los paletos —dije yo— son los más perseguidos y a los que primero
-detienen, porque se teme que comuniquen a los conspiradores de aquí con
-los insurgentes de fuera.</p>
-
-<p>—En este momento —exclamó Amaranta— me ocurre una idea salvadora.</p>
-
-<p>Diciendo esto llamó a un criado y mandole un recado al Duque
-de Arión, que vino sin tardanza alguna, pues residía en la propia
-casa. El cual Duque de Arión, a quien llamo así porque se me antoja,
-callando su verdadero título, que es de los más conocidos entre los
-de España, era un joven de veintidós a veintitrés años, delgado,
-de regular estatura, semblante frío y sin expresión, de modales
-elegantes y comedidos, como de persona habituada<span class="pagenum"
-id="Page_266">p. 266</span> a la alta etiqueta, y sin otra cosa notable
-en su persona que la atildada perfección del vestir. Digo mal, pues
-también llamaba la atención en él un acento francés tan marcado y un
-tan incorrecto uso de nuestro lenguaje, que a veces no era posible
-oírle con seriedad. Hijo único de una señora que no nombro, y que fue
-mujer muy corrida y muy tomada en lenguas allá por los últimos años del
-siglo antecedente, marchó con ella a París a los siete años de edad y
-en tiempo del Directorio: allí se educó, permaneciendo tres lustros
-fuera de su patria. Era primo, no sé si en segundo o tercer grado, de
-los que yo llamo de Leiva; pero la Marquesa, que le había criado, casi
-le consideraba como hijo. Ya saben ustedes que este joven, a quien no
-faltaba cierta discreción y muy buenas luces, era partidario decidido
-de Bonaparte, más que por aficiones políticas, por la amistad que le
-unía al mariscal Berthier. Cuando verificó el Emperador su expedición a
-España, trájole consigo, dándole no sé qué puesto en la casa imperial.
-Desde Somosierra fuele encargada una comisión confidencial cerca de
-los vecinos acomodados de Burgos: desempeñola bien, según entendí, y
-al venir a Chamartín, después de un día de descanso, pasó a Madrid con
-objeto de abrazar a aquellos sus parientes, y con ansia también de
-visitar su posesión de Parla, donde había nacido. Llegó Arión por la
-noche, y al siguiente día tuve el honor de verle y ocurrieron sucesos
-muy notables, a consecuencia de un diálogo que no puedo menos de
-copiar,<span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span> reuniendo los
-más oscuros recuerdos que almacena en sus antros sin fin mi memoria.</p>
-
-<p>—Primito —dijo Amaranta—, me vas a hacer un favor.</p>
-
-<p>—¡Oh! Mi querida prima —repuso Arión—, <i>de tout mon cœur</i>.</p>
-
-<p>—Préstame, o mejor dicho, dame tu carta de seguridad. No dudo
-que me harás este obsequio, ya que has mostrado tantos deseos de
-obsequiarme.</p>
-
-<p>—¡Oh, <i>ma belle comtesse</i>! —dijo el currutaco llevándose la
-mano al corazón—. Yo estoy muy obligado a vuestras bondades, y si
-pudiera exprimaros lo que siento... Mi deseo fuera que me demandaríais
-<i>quelque chose</i> de más difícil, extraordinario y peligroso, para
-probaros que...</p>
-
-<p>—Gracias por la condescendencia, primo, y excusemos galanterías. Yo
-soy una vieja. ¿Se usa en Francia que los petimetres galanteen a las
-viejas? Por aquí no ha llegado todavía esa moda; pero me parece que tú
-traes los primeros figurines de ella.</p>
-
-<p>—¡Oh, oh!</p>
-
-<p>—¿Y no te enfadarás si tomo tu nombre para una obra de caridad?
-Deseo facilitar la evasión de Madrid a un joven desgraciado, a quien
-persiguen miserables polizontes por satisfacer una ruin venganza.</p>
-
-<p>—¡Oh, oh, <i>volontiers</i>! <i>Ma belle contesse</i> es dueña de
-hacer lo que querrá con mi nombre.</p>
-
-<p>—También me darás uno de tus vestidos, primito, ¿no es verdad?
-—dijo Amaranta con encantadora gracia y examinándome rápidamente<span
-class="pagenum" id="Page_268">p. 268</span> de pies a cabeza—; uno de
-esos magníficos trajes que has traído de París, hechos conforme a las
-últimas modas, y que servirán de desconsuelo a todos los petimetres de
-por acá.</p>
-
-<p>—¡Oh, oh, yo soy <i>très</i> contento de daros mi <i>hábito</i>!</p>
-
-<p>—Pues bien —dijo Amaranta con satisfacción—. Creo que podré salir
-adelante con mi invento. Al anochecer escapará este joven de Madrid con
-el menor riesgo posible.</p>
-
-<p>Y tomando de mano de Arión la carta de seguridad, me la dio
-diciéndome:</p>
-
-<p>—Esta tarde, antes de marchar al Pardo con mi tía y mi primo, lo
-dejaré arreglado todo. Puede este joven retirarse tranquilo; y si el
-discreto Salmón tiene la bondad de pasar por aquí esta tarde, yo le
-daré las necesarias instrucciones para que todo marche a pedir de
-boca.</p>
-
-<p>—Señora —dijo el fraile—, volveré al anochecer o cuando usía quiera;
-que tan a pechos he tomado este negocio como el mismo interesado.</p>
-
-<p>—Vuelva su merced antes de las tres, pues hemos de salir para el
-Pardo temprano, por sernos preciso visitar de paso en la Moncloa a mi
-madrina, que allí reside y está enferma, aunque no de gravedad.</p>
-
-<p>Di yo las gracias a la Condesa por sus muchas bondades; rogome ella
-que si salía en bien, como esperaba, se lo comunicase, indicándole
-el sitio de mi residencia para enviarme nuevos testimonios de su
-protección, y con<span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span>
-esto salimos el mercenario y yo muy satisfechos para tomar el camino
-del convento.</p>
-
-<p>Más tarde, cuando el fraile regresó de su segundo viaje a la misma
-casa, conocí en conjunto el plan maravilloso de Amaranta, que era digno
-ciertamente de su habilidoso y enredador talento.</p>
-
-<p>—No he visto más graciosa invención —dijo mi amigo—. Te pones el
-vestido que te mandarán, para que puedas pasar por persona principal;
-y como tú y el señor Duque tenéis la misma estatura y talle, quedarás
-que ni pintado. Con esto y la carta de seguridad que ya tienes, esta
-noche no eres Gabriel, ni Pico de la Mirandola, sino el señor Duque de
-Arión que sale por la Puerta de Toledo para ir a su posesión de Parla.
-Asimismo estará a tu disposición un coche... ¡pero qué coche! La señora
-Condesa tiene sospechas de que alguno de su servidumbre está sobornado
-por esos indignos corchetes, y teme confiarles el secreto. Para quitar
-de en medio esa dificultad, he solicitado de una amiga que le facilite
-un <i>bombé</i>... ¡Conque en <i>bombé</i> nada menos, chiquillo! Te
-advierto que al cochero y lacayo se les dice que eres el propio Arión;
-y como no conocen a este, es imposible que te vendan, aunque alguno
-fuese bastante malo para hacerlo. Tendrán orden de llevarte a donde tú
-les digas; pero se te aconseja que no pases más allá de Navalcarnero si
-sales por la Puerta de Segovia, o de Leganés si vas por la de Toledo,
-en cuyos puntos no creo que haya peligro. Conque, señor Duque, beso
-a usía las manos.<span class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span>
-Es imposible que sospechen nada al ver tu empaque y tu carta de
-seguridad... Ya verás cómo lejos de ponerte reparos esos gaznápiros, se
-quitarán los sombreros ante ti, y aun se brindarán a acompañarte hasta
-tu palacio de Parla. ¡Que las tenga vuecencia muy felices!</p>
-
-<p>La idea de Amaranta era de éxito casi seguro, y no tropezando
-con Santorcaz, con Román o con otro cualquiera que personalmente me
-conociese, era inevitable mi escapatoria, pues mi carta de seguridad
-llevaba el nombre de una principalísima persona, reputada por muy
-adicta a la causa francesa. Con esta confianza estuve todo el día,
-y antes del anochecer llegó un criado con el traje, el cual me caía
-que ni pintado. Era elegantísimo, y de mucho lujo por la finura del
-paño, el primor de los adornos y lo exquisito de todos sus accesorios;
-mas no era traje de corte, sino de diario traer, si bien de esos que
-por sí solos hacen resaltar sobre el vulgo a cualquiera que se los
-pone, aunque más los lleve colgados que puestos. Consistía en casaca,
-chupa y calzón de paño verde muy oscuro, con medias del mismo color;
-cuello blanco, de infinidad de randas compuesto, y un rendigot pardo
-con vueltas y solapas de pieles. Esta prenda tenía algún uso, mas aún
-conservaba muy buen ver.</p>
-
-<p>Cuando encajé sobre mi cuerpo aquellas prendas, todos los frailes
-vinieron a verme, y a porfía dijeron que nada podía pedirse en el arte
-y buen parecer; que el sastre, autor de tales ropas, por fuerza había
-adivinado las medidas<span class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span>
-de mi cuerpo, y que de tan linda manera vestido, podía echarme a buscar
-aventuras por las altas casas de Madrid, seguro de encontrar en alguna
-quien me mirase con agrado. A estas alabanzas contestaba yo con risas
-y bromas; pero la verdad era (y en conciencia no quiero ocultar esto,
-aunque me desfavorezca) que yo estaba un poquito envanecido con mi
-traje, y todo se me volvía dar vueltas ante un espejillo, pues también
-en los conventos los había. El más satisfecho de todos era Salmón, que
-no cesaba de hacer reverencias ante mí, llamándome <i>señor duque</i>;
-y por fin, lleváronme como en jubileo a la celda del Prior, el cual se
-rio mucho, alabando con exageración mi buen empaque.</p>
-
-<p>Vestido ya, vinieron a decir al fraile que un joven le buscaba
-con mucho empeño. Salimos los dos, y en el claustro bajo hallamos a
-Don Diego, pálido, azorado, inquieto, el cual llegose impaciente al
-mercenario, y le habló así:</p>
-
-<p>—Padre, la Zaina se muere y quiere confesarse.</p>
-
-<p>—¡Pobre Zainilla! —exclamó el religioso—. ¿Y qué es ello?</p>
-
-<p>—Un mal que nadie conoce, ni se ha visto otro parecido, pues unos
-lo tienen por locura, otros por consunción, estos por reumatismo,
-y aquellos por melancolía. Lo cierto es que se muere sin remedio,
-y ahora ha dado en llorar después de dos días en que no ha hecho
-más que morderse, arrancarse los cabellos, o insultar a todos, a mí
-principalmente, llamándome necio y mentecato.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_272">p. 272</span>—¡Era usted su
-cortejo! —dijo con desabrimiento Salmón—. ¡Oh, entre qué gente anda
-metido el señor Conde de Rumblar!</p>
-
-<p>—Padre, dejémonos de discusiones, y vaya pronto a confesar a la
-Zaina, que se muere, pues ahora a ratos llora mucho y habla con razón
-diciendo que quiere confesar sus pecados a Dios para irse al cielo, y a
-ratos le entra un delirio en que dice mil disparates, y manda a todos
-que laven las piedras del arroyo que están manchadas de sangre, y luego
-pregunta que cuándo acaba de pasar la estera, que ya lleva tantos años
-y tantos siglos de estar pasando por delante de sus ojos; en fin, mil
-desatinos que no son para contados.</p>
-
-<p>—Pues voy allá al momento; pero antes pediré licencia al Prior, por
-ser ya de noche.</p>
-
-<p>—Gabriel —me dijo Rumblar cuando nos quedamos solos en el claustro—,
-¿qué traje es ese? ¿Te has vuelto caballero?</p>
-
-<p>—Amigo D. Diego —le contesté—, de menos nos hizo Dios.</p>
-
-<p>—¿Y qué es de ti? No se te ve por ninguna parte. ¿Qué traes a
-vueltas con estos frailuchos?</p>
-
-<p>—Más respeto, Sr. D. Diego, para esta buena gente —le dije—,
-siquiera porque estamos en su casa.</p>
-
-<p>—No les puedo ver. Santorcaz, que todo lo sabe, me ha contado mil
-cuentos indecentísimos que prueban lo mala que es esta canalla. Es
-preciso acabar con ellos. De veras te digo que desde que veo un fraile
-me horripilo. Especialmente a este Salmón, a quien llamo el<span
-class="pagenum" id="Page_273">p. 273</span> Padre Tragaldabas, no
-le puedo ver ni en estampa. Verdad es que él tampoco me adora, y
-seguramente es quien, intrigando en casa de la Marquesa, ha hecho
-fracasar mi proyectado casamiento.</p>
-
-<p>—¿Ya no se casa el señor Conde? Eso no le será penoso, porque me
-parece haber oído decir a usted que no amaba mucho a la novia.</p>
-
-<p>—Verdad es que la tal Inés no me hace mucha gracia; pero yo estoy
-decidido a que sea mi esposa, porque así conviene a mis intereses.
-¿Sabes? Santorcaz me ha dicho que todo hombre debe mirar por sus
-intereses, porque sin esto no se puede tener representación alguna en
-el mundo. Además, él, que todo lo sabe y es más listo que el demonio,
-me asegura que yo tengo talento, disposición, y estoy llamado a muy
-grandes cosas, por lo cual me dice: «D. Diego, a usted le es necesaria
-una buena posición, que le permita desplegar sus dotes.»</p>
-
-<p>—¿Pero usted no tiene por sí una desahogada posición?</p>
-
-<p>—Bicoca: el patrimonio de Rumblar es de esos que hacen en las
-ciudades chicas un mediano papel; pero aquí apenas puedo presentarme en
-quinta fila. Nuestra casa ha vivido desde hace tiempo con la esperanza
-de que se le incorpore ese mayorazgo de Leiva, que es uno de los
-primeros de España. Si cuando apareció Inés, como legítima heredera,
-mi señora mamá se disgustó mucho, luego que se concertó el casarnos
-para evitar pleitos y cuestiones, quedose muy satisfecha. Conque<span
-class="pagenum" id="Page_274">p. 274</span> figúrate cuál será su
-rabia y la mía, ahora que las señoras Marquesa y Condesa me han dicho
-terminantemente que no hay nada de lo convenido. Mi madre, a quien lo
-escribí, me contesta furiosa, llamándome tonto y necio y estúpido, y
-amenazándome con venir a darme mil palmetazos si no llevo adelante
-el negocio de la boda, como puede hacerlo un caballero resuelto y de
-pesquis. A mí, francamente, no se me ocurre nada; pero para dicha mía
-tengo ahí a ese bendito Santorcaz, que me aconseja como un padre de la
-Iglesia, y últimamente ha discurrido el más ingenioso arbitrio para que
-las de Leiva no se burlen de mí.</p>
-
-<p>—Yo creo que al señor Conde no le será difícil llegar al casamiento,
-y con el casamiento a la posesión del mayorazgo, con tal que esa joven
-esté dispuesta a darle su mano.</p>
-
-<p>—Eso no, porque no estoy loco por ella, que digamos, y de buena gana
-renunciaría a todo, si exclusivamente de mí dependiera. Has de saber,
-compañero, que yo, más que todos los mayorazgos del mundo, apetezco una
-libertad sin límites para hacer lo que me dé la gana: ir a las logias,
-dar gritos en las calles cuando hay alborotos, cortejar a las mozas del
-Avapiés, echar un par de pesetas a un caballo de oros, y divertirme
-en paz y en gracia de Dios; pero Santorcaz, que es mi mejor amigo y
-mi mentor, como él dice, me tiene sujeto, y me hinca las espuelas en
-esto del mayorazgo, afeándome mi descuido en cuestión tan importante.
-Como además le debo<span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span>
-cantidades enormes, que no sé de qué modo pagarle, aquí tienes el
-siempre y cuando de esta mi resolución mayorazguil. Te advierto que lo
-que me deslumbra y me vuelve lelo es la esperanza de poseer una renta
-de esas que le permiten a uno gastar y gastar, y gastar todo lo que
-se le antoja. ¿Hay mayor gusto, muchacho, que ir un día por casa de
-todos los amigos y convidarles a una merienda en el Canal, poniendo
-comida para más de cuatrocientas bocas, con tanta abundancia como en
-aquellas célebres bodas de Camacho? ¿Hay mayor goce que tomar del
-brazo a la Pelumbres, que es, después de la Zaina, la primer moza de
-Madrid, y salir de bureo tapaditos, y acompañarla luego a su casa? ¿Hay
-mayor gusto que visitar los interiores del teatro del Príncipe o de
-los Caños, y saber que no habrá entre aquellos lienzos pintados actriz
-española, cantarina italiana ni bailarina francesa que no se le rinda
-a uno de toda voluntad? ¿Hay mayor satisfacción que dar una corrida
-de toros, permitiendo la entrada gratis a todo el pueblo, pagando con
-doble sueldo a los lidiadores y lidiando uno mismo con un traje fino
-bordado de plata y oro? Pues esto y aún más espero tener, si sale bien
-lo que hemos tramado.</p>
-
-<p>Quedeme absorto y mudo, meditando en la inconmensurable degradación
-a que en pocos meses había caído aquel joven tan estrecha y
-meticulosamente educado, bajo la inspección de su rigurosa madre;
-instruido tan solo en cosas aparentemente buenas, en el temor
-excesivo<span class="pagenum" id="Page_276">p. 276</span> a los
-superiores, en el desprecio de las novedades, en el aborrecimiento de
-las cosas mundanas, en el respeto a la tradición, en el encogimiento
-del espíritu; educado para ser gran señor y representante de todas las
-virtudes patriarcales. Ved a dónde había ido a parar su imaginación,
-atada durante la infancia con cien cadenas; ved por qué derrumbaderos
-tenebrosos se despeñaba salvajemente su voluntad, criada en el respeto;
-ved qué clase de pájaro atrevido salía de aquel huevo, empollado al
-calor de las mezquinas ideas del siglo pasado. Verdad es que cuando
-aquella inocente gallina sacó al mundo su echadura, se encontró que
-de los rotos cascarones salían, en vez de pollos, otras mil alimañas
-desconocidas, y la infeliz cacareó con angustia, sin saber quién las
-había engendrado.</p>
-
-<p>—Pero si ella no le quiere a usted tampoco —dije a D. Diego—, lo que
-proyecta no será tan fácil.</p>
-
-<p>—Eso me parecía a mí; pero Santorcaz, que sabe más que siete, me ha
-llenado la cabeza de catálogos, principiando por decirme que yo era un
-papanatas, y burlándose de mí con tanta zunga, que al fin me enfadé y
-dije: «Pues yo seré más osado que Judas, y me atreveré a cuanto hay
-que atreverse; pues ni las de Leiva, ni usted, ni nadie, se reirán de
-mí.»</p>
-
-<p>—¿Y qué hace ahora el Sr. de Santorcaz?</p>
-
-<p>—Le han hecho los franceses jefe de la policía menuda, cargo que
-desempeña a las mil maravillas. A todos los desafectos al nuevo<span
-class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span> Gobierno me les echa
-mano lindamente. Verdad es que por ahí le critican mucho, llamándole
-traidor; pero él se ríe de todo, y dice que no hay mejor rey que José,
-y que los españoles son unos animales. Esto al principio me enfadaba
-mucho; pero ya me he acostumbrado a oírselo decir, y yo mismo, que era
-antes más español que Fernando VII, ya no doy dos higos por España,
-y al son que me tocan bailo... Pero verás lo que tenemos proyectado.
-Para probarle a él y a todos sus amigos que no merezco esas burlas, he
-decidido que si Inés no se quiere casar conmigo voluntariamente, se
-casará por fuerza.</p>
-
-<p>—Eso me parece difícil.</p>
-
-<p>—Así lo parece, pero no lo es. Tú no tienes grandes ideas ni un
-corazón osado, como yo lo voy a tener ahora; de modo que no podrás
-comprender esto. Figúrate que consigo engañar a la muchacha y sacarla
-a hurtadillas de su casa, sin que lo adviertan tías ni primas, y
-llevármela bonitamente a donde me diese la gana por unos días...</p>
-
-<p>—Pero eso no podrá ser, porque esa honesta joven no saldrá con usted
-de su casa, y mucho menos si, como dice, no le quiere ni pizca.</p>
-
-<p>—Tú eres sandio, por lo que veo —me contestó con petulancia
-truhanesca—. Eso mismo me parecía a mí; pero Santorcaz y sus amigos
-me llamaron el Papamoscas de Burgos. Te advierto que es preciso tener
-el corazón echado para adelante, como dicen ellos, y atreverse a
-todo. Que Inés salga conmigo... llévela yo a<span class="pagenum"
-id="Page_278">p. 278</span> una casa que tenemos preparada al efecto,
-y después su misma familia nos echará la bendición. El siglo lo tiene
-dispuesto así.</p>
-
-<p>Tuve que hacer un esfuerzo para refrenar la indignación que tanta
-bajeza me producía.</p>
-
-<p>—Poco me importa —añadió— que Inés no me ame en este momento. Yo
-estoy seguro de que se volverá loca por mí en cuanto nos tratemos con
-cierta intimidad. Todos dicen que tengo yo cierto atractivo... así...
-pues... un gancho para pescar muchachas... Solo espero a que se le pase
-la tristeza... No sé si te he contado que allá en los tiempos en que mi
-novia andaba abandonada por el mundo, tuvo por novio a un perdido, un
-raterillo, un granuja... ¡Qué cosas se ven en el mundo! Lo más raro de
-todo es que le ha guardado a su galán zarrapastroso una fidelidad de
-novela sentimental, que causa vergüenza a todos los de la casa. ¡Como
-que han tenido que hacerla creer que ese joven ha muerto, para que no
-deshonrara a la familia pensando en él!</p>
-
-<p>—Pero nada de eso hace al caso, y cada vez veo más difícil que usted
-pueda sacar de su casa a tan honrada joven.</p>
-
-<p>—Animal, claro es que no saldrá, si le digo a dónde la llevo;
-pero como no lo he de decir, sino que tenemos preparado un cierto
-artificio.</p>
-
-<p>—¿Cuál?</p>
-
-<p>—Ya he sobornado a Serafina, su doncella, a quien he tenido que dar
-una buena suma, y es seguro que mañana muy temprano saldrán las dos a
-dar un paseo por los jardines<span class="pagenum" id="Page_279">p.
-279</span> de Palacio, encontrándose en cierto sitio solitario, donde
-es lo más fácil del mundo poner en ejecución mi pensamiento. Santorcaz
-asegura que esto saldrá muy bien, y él es quien lo dispone todo, quien
-prepara los coches, quien ha buscado la casa, quien ha dado el dinero
-para sobornar a la sirvienta. ¡Si vieras qué interés tan grande se
-toma!</p>
-
-<p>—Lo creo.</p>
-
-<p>—Mañana temprano queda todo hecho. A esa hora la Marquesa está
-entregada a sus devociones, la Condesa no se habrá levantado aún, y el
-Marqués estará en el primer sueño.</p>
-
-<p>—Sr. D. Diego —dije disimulando la ira cuanto me fue posible—,
-¿y usted no ve en eso una serie de repugnantes bajezas, infamias
-y desvergüenzas, indignas, no digo de un caballero, sino del más
-desarrapado chalán? El que es capaz de hacer esto, está destinado a
-acabar sus días en un presidio.</p>
-
-<p>—Te hablaré francamente. Cuando Santorcaz y sus amigos me
-manifestaron su plan, sentí aquí dentro cierta repugnancia y no la
-ocultaré. Pero se rieron mucho de mí, y allí fue el llamarme zanguango,
-corazón de mirlo, hombre de alfeñique y otras injurias que me
-indignaron mucho. Al mismo tiempo, por otro lado Santorcaz me apremia
-para que le pague las grandes sumas que le debo, y que ya exceden a
-cinco años de renta de mi patrimonio. Además de esto, mi madre me manda
-de Bailén unas cartitas en que me pone como chupa de dómine. Dice que
-si no llevo adelante por cualquier medio este casamiento, soy un necio
-y<span class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span> un badulaque, y
-que pierdo y arruino a mi familia con mi dejadez y pazguatería. Hasta
-Don Paco me escribe diciéndome que seré para siempre indigno del
-<i>altísono</i> nombre de Rumblar, si no pesco ese mayorazgo, y ahí
-tienes... No hay más remedio que hacerlo. Fuera, pues, escrúpulos de
-monja, y adelante. Ahora voy a probar que soy un hombre hasta allí,
-capaz de todo y dispuesto a las más atrevidas cosas. ¿Qué te parece?
-¿No apruebas mi conducta? ¿No te entusiasmas oyéndome?</p>
-
-<p>—¿De modo que mañana temprano? —pregunté con más interés que D.
-Diego en aquel asunto.</p>
-
-<p>—Al rayar el día. No sé si te he dicho que ella madruga mucho.
-Santorcaz dice que cuanto más pronto, mejor. Ninguno de la familia se
-enterará del caso, hasta que estemos en Madrid. Ya he escrito una carta
-a la Marquesa, fingiéndome muy enamorado y diciéndole que la fuerza
-irresistible de mi pasión me impele a obrar así, y otras muchas cosas
-muy bien puestas; como que la ha escrito Santorcaz... Pero, chico,
-es tarde y me retiro: quiero ver en qué para esta pobre Zaina, y si
-se muere o no se muere. La verdad es que me quería bastante, y sabe
-Dios si habré influido en su enfermedad... Como ahora me tiene loco la
-hermana de la Pepa Ramos... ¿La conoces tú? ¡Qué guapa y qué mona es!
-Adiós, me voy allá. ¿Quieres venir? ¿Qué haces aquí con esos frailucos?
-Pero dime, ¿has heredado por ventura? No te conozco. Mira que los
-frailes son muy intrigantes... adiós, adiós, que aún tengo algo<span
-class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span> que arreglar para mi viaje
-al Pardo a la madrugada.</p>
-
-<p>Y diciendo esto, se marchó, dejándome solo en el claustro. En este
-me paseaba yo, presa de la más grande agitación, cuando me avisaron la
-llegada del coche enviado por Amaranta para mi fuga. Al instante corrí
-a la calle, y entrando en él, pregunté al lacayo:</p>
-
-<p>—La señora Condesa, ¿dónde está?</p>
-
-<p>—Esta tarde ha marchado al Pardo —me contestó respetuosamente,
-sombrero en mano—. ¿A dónde quiere usía que le llevemos?</p>
-
-<p>—Al Pardo —contesté con resolución.</p>
-
-<p>—Dijo la señora Condesa que saldríamos por la Puerta de Toledo,
-camino de Illescas. ¿Es que quiere usía dar un rodeo?</p>
-
-<p>—¡Al Pardo, majadero, al Pardo derecho y sin rodeos! —exclamé con
-furia—. ¿No he dicho que al Pardo? A toda prisa.</p>
-
-<p>Las mulas partieron a escape, llevándome camino del Real Sitio.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch27">
- <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2>
-</div>
-
-<p>Fue detenido el coche en la Puerta de San Vicente, abrieron la
-portezuela, presenté mi carta de seguridad, y después de abrumarme
-con cumplidos y cortesías, me dejaron pasar. Sufrí nueva detención
-hacia San Antonio, y una tercera en la Puerta de Hierro. Tantas
-molestias<span class="pagenum" id="Page_282">p. 282</span> me hicieron
-ver que era arriesgadísimo salir disfrazado, y enteramente imposible
-sin el documento prescrito. Pero yo pasé el camino felizmente, y
-ninguno de los que echaron su mirada importuna dentro de mi coche,
-sospechó el papel que un servidor de ustedes estaba representando.</p>
-
-<p>Iba yo en un estado de agitación indefinible, y la marcha de las
-mulas me parecía tan desproporcionada a mi febril impaciencia, que
-sentía impulsos de bajar y correr a pie, creyendo de este modo llegar
-más pronto. Arrastrado por una ciega e invencible determinación, yo la
-había formulado en estos términos sencillísimos: «Llegaré, haré por
-ver a la Condesa, informarela de la alevosa intención de D. Diego, y
-partiré después. No es preciso nada más.» Yo no pensaba en dificultades
-de ninguna clase, y las contrariedades subalternas eran despreciadas
-entonces por mi impetuosa voluntad. Tampoco atendía en manera alguna
-a mi proyectada fuga, ni me cuidaba de si iba vestido de esta o de la
-otra manera. Caer en poder de la policía, una vez llevado a efecto mi
-pensamiento, me importaba poco.</p>
-
-<p>Por fin, en poco más de una hora llegamos a la plaza de Palacio,
-donde vi una gran escolta de caballería y muchos coches. El cochero del
-mío azotó las mulas y las hizo penetrar por la ancha puerta hasta el
-vestíbulo de donde arranca la gran escalera. Todo lo vi iluminado, todo
-lleno de guardias españolas y francesas. Una música militar tocaba el
-himno<span class="pagenum" id="Page_283">p. 283</span> imperial en la
-galería que domina la escalera. Napoleón, que había ido a comer con su
-hermano, estaba allí todavía.</p>
-
-<p>Figuraos que uno se muere y despierta en otro planeta, en otro
-mundo, encontrándose con forma distinta, en atmósfera diversa, en un
-medio diferente, donde crecen Fauna y Flora que no se parecen a la
-Flora y Fauna del mundo donde nació. Esta fue mi impresión: yo estaba
-aturdido y atontado. No obstante, saliendo precipitadamente del coche,
-pregunté al primer criado que se me apareció por los aposentos del
-señor Marqués de X. En el mismo instante el lacayo me decía:</p>
-
-<p>—Venga vuecencia por aquí, que es en este piso bajo a la
-izquierda.</p>
-
-<p>Dos o tres, no sé cuántos, se apresuraron a franquearme la entrada,
-y mi lacayo, entrando delante de mí, dijo a los criados que salían a su
-encuentro:</p>
-
-<p>—Ya está aquí el señor Duque; avisad que ha llegado el señor Duque
-de Arión.</p>
-
-<p>Yo no sé por dónde me llevaron; yo no sé por dónde entré; yo no
-sé en qué sitio me encontraba: yo solo sé que me vi en un recinto
-muy alumbrado y caliente, y que el diplomático, estrechándome en sus
-brazos, exclamaba:</p>
-
-<p>—¡Picarón, gracias a Dios que te vemos!... Pero ¿por qué has venido
-tan tarde? Ya se ha acabado la comida... ¡Ah, picarón, qué alto
-estás!</p>
-
-<p>Yo balbucí algunas excusas; pero comprendiendo al punto que era
-preciso disipar aquel engaño, dije:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_284">p. 284</span>—¿No está la señora
-Condesa?</p>
-
-<p>—No ha venido. Estoy solo con mi hija. Pero, chico, no tienes acento
-francés, y me dijeron que hablabas como un amolador. Ven, ven: al
-instante te voy a presentar al Rey José, que tanto desea verte. Ahí
-está el Emperador. ¡Albricias!... Ha convenido en que su hermano vuelva
-a ser Rey de España, y ya están zanjadas todas las diferencias. Conque
-ven... ven... Pero, primo, ¿cómo es eso? —añadió examinando mi traje—.
-¿Cómo no has venido de etiqueta? Pues oiga... también te has venido
-sin relojes... Pues ¿y tus cruces, y tu Legión de Honor, tu Cristo de
-Portugal, y tu Carlos III, y tu San Mauricio y San Lázaro, y tu Águila
-Negra?</p>
-
-<p>—Déjese usted de bromas —repliqué sin poder disimular mi
-impaciencia—. Ahora vengo para un asunto urgente y del cual
-depende...</p>
-
-<p>—¿La suerte de Europa? —dijo interrumpiéndome—. Corro, corro al
-instante a ponerlo en conocimiento de Urquijo. ¿Vienes del Cuartel
-general? ¿Ha llegado allí algún correo de Francia con noticias del
-Austria?</p>
-
-<p>—No, no es eso —repuse sin atreverme a disipar el engaño—. ¿Pero
-dice usted que no está aquí mi señora la Condesa?</p>
-
-<p>—¿Tu prima? Esta tarde la esperábamos; pero debía pasar por la
-Moncloa, por ver a su madrina, y como esta se halla <i>in articulo
-mortis</i>, presumo que Amaranta y mi hermana habrán determinado
-quedarse allí toda la noche. ¿Vienes tú de Madrid, o directamente de
-Chamartín?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_285">p. 285</span>—Siento mucho
-—manifesté con la mayor zozobra— que no esté aquí la señora Condesa.</p>
-
-<p>—Te presentaré a mi hija, ven. Pues es lástima que no hayas venido
-de etiqueta. Cierto que tú tienes familiaridad con el Emperador, y si
-te anuncias, puedes pasar a verle con ese traje... Pero, dime, ¿qué
-noticias traes? ¿Ha llegado algún correo al Cuartel general? ¿A que
-me he salido yo con la mía?... ¿apostamos a que el Austria?... A mí
-puedes contármelo. Ya sabes que el Emperador me consulta todo... Pero,
-chico, ¿sabes que tienes una arrogante figura? Me habían dicho que
-eras... así... un poco cargado de espaldas y... la nariz chata, y un
-ojo un poco... Pero no... veo que me habían engañado. Eres mejor de
-lo que yo suponía, y lo que es tu cara... casi juraría que no me es
-desconocida... pues... que te he visto en alguna parte.</p>
-
-<p>Estábamos en un lujoso salón, con magníficos tapices decorado.
-Sentíase ruido de voces en las habitaciones inmediatas; pero allí
-no había nadie más que nosotros dos. El diplomático, asiendo las
-solapas de mi casaquín, me sacudía, me sofocaba, me volvía loco con
-su charlar inacabable. En vano era que yo pretendiese quitarle la
-palabra, hablando de otras cosas, y principalmente indicando algo del
-móvil de mi viaje. Aquel insensato me quitaba la palabra de la boca,
-ávido y hambriento de hablárselo él todo, y con sus gesticulaciones,
-su cotorreo sempiterno, semejante al son de una matraca, me tenía
-aturdido, colérico, nervioso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_286">p. 286</span>—¡Ay, sobrinillo de
-mi alma! —continuó—. Si me confiaras las noticias que traes... Ya habrá
-llegado a tu conocimiento que yo soy la misma reserva... Porque no me
-queda duda de que tú traes algo, sí, señor, algo grave. Si hubieras
-venido a la comida, habríaslo hecho más temprano y con otro traje. Y
-no es más sino que estabas en el Cuartel general, y el Mayor General
-Berthier te envió a toda prisa con una comisión. A ver, dímelo a mí
-solo, a mí solo... ¿Vas ahora mismo a ver al Emperador? Si quieres,
-pasaré aviso al gentilhombre para que te introduzca. Ya han concluido
-de comer, y están conferenciando juntos el Emperador, el Rey José, el
-secretario Hugues Maret, Urquijo y Monseñor de Pradt, ex-Arzobispo de
-Malinas. Anda, anúnciate, subamos...</p>
-
-<p>—Señor mío —dije bruscamente sin poder disimular ya mi impaciencia
-y desasosiego—, yo no vengo a hablar con el Emperador, ni con el Rey
-José, ni con el Arzobispo, ni tengo nada que ver con ninguno de esos
-señores. Yo vengo a...</p>
-
-<p>Y callé, sin atreverme a decirle el objeto de mi visita.</p>
-
-<p>—¿Conque no está aquí la señora Condesa? —volví a preguntar después
-de una pequeña pausa.</p>
-
-<p>—Dale con la Condesa. Que no, que no está. La esperábamos esta
-tarde; pero según entiendo, se ha detenido en la Moncloa por acompañar
-a su madrina, que se muere por momentos. Puede ser que llegue antes de
-media noche.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_287">p. 287</span>—Pues la esperaré
-—dije resueltamente sentándome en un sillón.</p>
-
-<p>—Veo que Amaranta te interesa más, y es para ti de mayor importancia
-que la suerte del mundo. ¿Pero no querrás decírmelo?... Aquí en
-confianza... a mí solo —dijo sentándose junto a mí y poniéndome la mano
-en el muslo.</p>
-
-<p>—¿Qué, hombre de Dios, qué le he de decir, si no sé nada?</p>
-
-<p>—Pesado estás, sobrino. Para mí sería muy satisfactorio saberlo
-antes que el mismo Emperador, y poderlo decir a todos esos que están
-ahí muertos de sed por una noticia.</p>
-
-<p>—¿Dice usted que la Condesa vendrá antes de media noche? ¿Cuánto hay
-de aquí a la Moncloa?</p>
-
-<p>—¿Pero qué traes tú con la Amarantilla?... Todo eso es para
-disimular. Pero ven... quiero que conozcas a mi hija. Ya tendrás
-noticias de ella. ¡Pobrecita! La he recogido y reconocido... Es preciso
-reparar de algún modo los errores de nuestra juventud. En París habrás
-oído hablar mucho de mí. Bastantes ruinas hay allá todavía de mi ímpetu
-destructor en materias amorosas. Pero ven... conocerás a Inés... es
-guapísima. No se ha recogido aún, y si está acostada haré que se
-levante.</p>
-
-<p>—No —dije yo—: la veré mañana.</p>
-
-<p>Mi situación, queridos señores míos, era bastante comprometida. La
-Condesa, a quien necesitaba ver y hablar, no estaba allí. Yo no quería
-faltar al solemne compromiso contraído con ella, cuando le prometí
-no presentarme<span class="pagenum" id="Page_288">p. 288</span>
-jamás a su hija; y en verdad, si Amaranta me hubiera sorprendido allí
-en compañía de Inés, todas mis explicaciones le habrían parecido
-artificios y malas artes, y la aventura de mi disfraz un ardid alevoso
-para arrebatarle aquel tesoro de su familia que, por la sociedad y por
-otras mil consideraciones, me estaba tan implacablemente vedado. En
-todo esto pensé, mientras D. Felipe de Pacheco y López de Barrientos
-me volvía loco para que le comunicara noticias del Cuartel general.
-Discurriendo rapidísimamente sobre aquella situación, vine a deducir
-que era preciso valerme del mismo diplomático para mi objeto, no
-hallándose en Palacio ninguna otra persona de la familia; mas para
-esto era también preciso no perder el disfraz, ni correr el velo de
-aquel gracioso engaño, pues si esto ocurría, todo acababa con echarme
-a la calle o ponerme a disposición de un alguacil. Meditando en
-breves términos mi plan, di principio a su ejecución de la siguiente
-manera:</p>
-
-<p>—Después, mi querido tío, informaré a usted de todo lo que se dice
-en el Cuartel general. Por ahora quiero hablarle de otro importante
-asunto.</p>
-
-<p>—¿Importante? Vamos a ver —dijo en voz baja y tan impaciente como un
-niño.</p>
-
-<p>—Importantísimo.</p>
-
-<p>—Ya adivino. La Inglaterra, el enemigo común...</p>
-
-<p>—No es nada de eso. Lo que digo es que ese Condesito del Rumblar...
-¡Oh! Es un joven de malísimas costumbres.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span>—Ya lo sabemos;
-pero dejemos ahora a D. Diego, ¡qué majadería! —exclamó con
-desagrado.</p>
-
-<p>—Es preciso que usted esté prevenido por si...</p>
-
-<p>Entraron en aquel momento en la sala dos personajes vestidos de
-uniforme, uno de los cuales era español y el otro francés; pero los
-dos se expresaban en nuestra lengua. Levantámonos, y el diplomático me
-presentó gravemente a ellos, diciendo después:</p>
-
-<p>—Por más que le pincho, nada, no suelta una palabra. Viene del
-Cuartel general, con noticias interesantísimas.</p>
-
-<p>—¿Sube usted a ver al Emperador? —me preguntó uno de ellos.</p>
-
-<p>—No, señor —respondí, obligado a llevar adelante la farsa—. No
-necesito ver por ahora a S. M. I.</p>
-
-<p>—En el Cuartel general —me dijo el otro—, ¿qué se dice de la actitud
-del Emperador respecto a su hermano?</p>
-
-<p>—¡Oh! —exclamé yo dándome importancia—: se dicen muchas cosas.</p>
-
-<p>—¡Muchas cosas! —repitió el Marqués haciendo aspavientos.</p>
-
-<p>—Aún no está decidido —añadió el que parecía francés— que el
-Emperador, nuestro señor, ceda el reino de España a su hermano. ¿Qué ha
-oído usted en Chamartín? ¿Insiste Su Majestad en la idea de considerar
-a España como país conquistado?</p>
-
-<p>—Sí, señores, como país conquistado —respondí con mucho aplomo,
-metiendo mi cucharada<span class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span>
-en los arreglos y desarreglos del mundo.</p>
-
-<p>—La verdad es —dijo otro— que los dos hermanos no están muy acordes.
-¿Va tomando cuerpo la idea de agregar la España al territorio de la
-Francia?</p>
-
-<p>—Sí, señores —afirmé condoliéndome de la suerte de mi país—. España
-se unirá a Francia.</p>
-
-<p>—¡Oh! ¡qué calamidad! —clamó D. Felipe—. No podemos en modo alguno
-seguir al servicio de la causa francesa. ¿Y se insiste en dividir a
-nuestro país en cinco virreinatos?</p>
-
-<p>—¿Pues qué duda tiene, señores? —repuse en tono de hombre listo—.
-Pero aún se duda si serán cinco o seis.</p>
-
-<p>—Sin embargo —indicó el que parecía francés—, yo creo que esta noche
-se reconciliarán.</p>
-
-<p>—Por supuesto, que si el Emperador se decide a tratar a España como
-país conquistado, le mueven a ello las intrigas de Inglaterra.</p>
-
-<p>—De Inglaterra, justo —repuse yo vivamente—. Me lo ha quitado usted
-de la boca.</p>
-
-<p>—Y la insensata resistencia del pueblo español.</p>
-
-<p>—Exactamente... la insensata resistencia...</p>
-
-<p>—A pesar de todo —dijo el español—, yo dudo mucho que Napoleón pueda
-llevar adelante tan atrevido pensamiento, y menos ahora cuando corren
-rumores de que el Austria...</p>
-
-<p>—¿Qué dicen los últimos despachos? Parece que el Austria se arma.</p>
-
-<p>—Sí, señores —respondí yo en tono profético, misterioso y
-sibilítico—. El Austria se arma y... no diré más.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_291">p. 291</span>—Pero, hombre
-—apuntó el diplomático—, si aquí somos todos amigos. Di de una vez todo
-lo que sabes.</p>
-
-<p>—Dispénsenme ustedes, señores —indiqué cortésmente—. De buena gana
-lo haría por complacer a personas tan amables; pero antes que mi deseo
-está mi deber; antes que la satisfacción de un capricho amistoso, la
-conciencia de mi discreción, cuyo inexpugnable baluarte en vano atacan
-galantes sugestiones, o arteras amabilidades. Callaré por ahora; pero
-tengan ustedes entendido que el Austria... el Austria...</p>
-
-<p>Los tres cortesanos se miraron, y yo examiné las pinturas del
-techo.</p>
-
-<p>De improviso entraron otros dos, a quienes igualmente me presentó mi
-augusto tío; pero aquí fui menos afortunado, porque uno de ellos, al
-saludarme, me dijo con cierta malicia:</p>
-
-<p>—Es muy particular. Hace tres años vi en París al señor Duque
-de Arión, y no reconozco su fisonomía en la de usted. O yo estoy
-trascordado, o usted ha variado considerablemente.</p>
-
-<p>Por mi suerte, el diplomático se había apartado un poco, y además
-yo tuve buen cuidado de no engolfarme en conversaciones con aquel
-caballero. También quiso mi buena estrella que viniese a sacarme de
-apuros otro que llegó de repente y con gran prisa, diciendo:</p>
-
-<p>—Señores, la conferencia va tomando carácter de altercado. Alzan
-mucho la voz, y desde el corredor de Poniente se oyen los gritos. Vamos
-allá y oiremos algo.</p>
-
-<p>Viérais allí cómo aquellos cortesanos corrían<span class="pagenum"
-id="Page_292">p. 292</span> por los pasillos; cómo se escurrían por
-los laberintos de Palacio; cómo se precipitaban unos delante de
-otros, disputándose cuál llegaba primero a pescar una noticia, una
-voz perdida, un gesto visto al través de un resquicio, un accidente,
-un destello de reales miradas, cualquier mezquindad que les fuera
-favorable. Yo seguí tras ellos, y salí también; atravesamos un gran
-salón, donde había hasta una veintena de personas de distintos
-uniformes; internáronse en nuevos pasillos; pasaron de sala en sala,
-llegando, por último, a un largo y oscurísimo corredor que tenía
-ventanas a un angosto patio. Allí había otros cinco o seis, asomados
-a las ventanas, y muy atentos a no sé qué, pues yo no veía nada digno
-de llamar la atención. Todos se acercaban con pasos quedos, chicheaban
-muy por lo bajo, y atendían y miraban; ¿pero qué miraban y a qué
-atendían?</p>
-
-<p>El patio a que me refiero era muy estrecho. En la pared de enfrente
-había una gran ventana cuyas hojas de cristal, cerradas y por dentro
-cubiertas con una cortina de gasa, daban paso a la luz interior. Los
-gruesos cortinones de invierno estaban recogidos a un lado y otro, de
-modo que quedaba un triángulo de luz, con el ángulo más agudo en la
-parte superior. En este triángulo se dibujaban varias sombras, pero con
-toda precisión una sola, efecto de linterna mágica producido por la
-presencia de un hombre entre la luz que iluminaba aquella pieza y el
-hueco de la ventana. Movíase la sombra al tenor de los diversos<span
-class="pagenum" id="Page_293">p. 293</span> grados de animación de la
-palabra, y en esta sombra y en sus irregulares movimientos fijaban
-la vista y el oído y la atención y el alma toda los cortesanos allí
-reunidos.</p>
-
-<p>—Ahora hablan más bajo —dijo muy quedamente uno de ellos—; pero hace
-poco se han oído con claridad algunas palabras.</p>
-
-<p>Y alargaban los cuerpos fuera del corredor, con esperanza de
-que sus pabellones auriculares cogieran al vuelo alguna sílaba. Yo
-también atendí; pero la verdad es que allí se oía tanto como en un
-desierto. Lo que sí excitó mucho mi curiosidad, fue la sombra que
-ocupaba el centro del triángulo. Era la de un hombre rechoncho y de
-cabeza redonda, con pelo corto. Notábase el movimiento pausado de sus
-brazos al hablar, el de su cabeza al atender; notábanse claramente las
-señales de asentimiento, las negaciones vagas y las fuertes; notábanse
-la tenacidad, la duda, el ademán de la pregunta, el de la respuesta;
-y tanta era la verdad con que aquella sombra reproducía a la persona
-misma, que hasta se creía advertir en ella la sonrisa, el fruncimiento
-de cejas, el asombro y cuantos modos de lenguaje posee y usa el
-rostro humano. Unas veces la cabeza, puesta de frente, proyectaba
-en la vidriera una forma redonda; otras, volviéndose, proyectaba su
-perfil; luego veíamos que a su altura subía una mano, y distinguíamos
-perfectamente el dedo índice afianzando y dando energía a la palabra;
-después desaparecían las manos, y los brazos, juntándose a la masa
-del cuerpo, indicaban que se habían cruzado; luego transcurría<span
-class="pagenum" id="Page_294">p. 294</span> mucho tiempo sin que la
-figura hiciese ademán alguno, señal de que oía o de que meditaba, hasta
-que de nuevo volvía a ponerse en acción.</p>
-
-<p>—Miren ustedes ahora —dijo uno de los cortesanos— cómo dice que no,
-que no y que no con la cabeza.</p>
-
-<p>En efecto, la sombra movió su cabeza, haciendo la señal negativa por
-espacio de algunos segundos.</p>
-
-<p>—De seguro está diciendo que no cederá a nadie sus derechos a la
-Corona de España —indicó uno.</p>
-
-<p>—Lo que indudablemente estará diciendo —habló otro— es que pasará
-por todo menos por que los ingleses se metan aquí.</p>
-
-<p>—¡Quiá! —exclamó un tercero—. Lo que debe de estar diciendo es que
-los españoles no podrán resistir mucho tiempo.</p>
-
-<p>Entonces la sombra movió la cabeza en señal afirmativa repetidas
-veces y con mucha insistencia, acentuando con la mano aquel
-movimiento.</p>
-
-<p>—Pues ahora dice que sí, que sí y que sí —indicó uno.</p>
-
-<p>—Sin duda habla de que son indudables sus derechos de conquista.</p>
-
-<p>—Y de que puede disponer del trono de España como se le antoje.</p>
-
-<p>—¡Patarata! Apuesto a que no es nada de eso, y lo que hace es
-asegurar que vencerá a los ingleses.</p>
-
-<p>Poco después la sombra se llevó la mano a la nariz.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span>—Toma tabaco
-—dijeron los cortesanos.</p>
-
-<p>—Ya van trece veces desde que estamos aquí.</p>
-
-<p>Luego la sombra acercó un bulto a su cara, inclinándola después, y
-se oyó desde nuestro observatorio un lejano ronquido.</p>
-
-<p>—¡Se suena! —exclamaron los cortesanos.</p>
-
-<p>—¡Buena señal! —dijo uno.</p>
-
-<p>—¡No, sino muy mala! —añadió otro.</p>
-
-<p>Después la sombra se levantó, y al instante confundiose entre
-otras sombras. Un momento después, separadas las demás, volvía a
-destacarse; pero ya estaba transfigurada, porque la cabeza redonda
-había desaparecido en otra mayor sombra trapezoidal. Una vez puesto el
-sombrero, se hubiera distinguido de cuantas sombras suele engendrar
-la noche, y de cuantas pueden volver de los Elíseos Campos o de los
-cristianos cementerios a pasearse por el mundo.</p>
-
-<p>—Ya sale... —dijeron los cortesanos.</p>
-
-<p>—Corramos al salón.</p>
-
-<p>Y aquello no fue correr, sino volar a la desbandada.</p>
-
-<p>—¿No vienes al salón? —me preguntó el diplomático.</p>
-
-<p>—¿No ve usted que no vengo de etiqueta?</p>
-
-<p>—Es verdad; pero tú... Te advierto que el Emperador se marcha.
-¿Acaso vienes a hablar con el Rey José?</p>
-
-<p>—Yo no quiero ver al Emperador esta noche —le respondí—. Aunque él
-me trata con bastante intimidad, y solemos jugar un poco al tute...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_296">p. 296</span>—¡Al tute!...
-hombre... Eso sí que no lo sabía.</p>
-
-<p>—Sí... Pues decía que aunque tenemos mucha confianza, y nos tratamos
-como dos amigos, no puedo presentarme así en el salón cuando los demás
-van de etiqueta. Usted no irá tampoco...</p>
-
-<p>—¡Oh, sí! Yo voy al salón... Porque te advierto que el Emperador
-al entrar me miró, y después preguntó quién era yo. De modo que
-ahora...</p>
-
-<p>—¿Pero no le ha hablado usted nunca?</p>
-
-<p>—Te diré: lo que es hablarle... así... pues... así como estoy
-hablando ahora contigo, no... pero hemos cambiado notas, y no creas...
-en ocasiones, con la pluma en la mano, nos hemos puesto como ropa de
-pascuas.</p>
-
-<p>—¿Usted se retirará a su aposento? Hablaremos un poco y luego me
-marcharé.</p>
-
-<p>—¡A estas horas! No... aquí te has de quedar. No dudes que vendrá la
-Condesa mañana temprano. Hablaremos todo lo que quieras; pero después
-que yo vaya al salón y haga por ver si S. M. I. me mira otra vez, y me
-entera de todo lo que se dice... ¿Qué sabes tú si el Rey José querrá
-llamarme como anoche para que le dé un poco de conversación?</p>
-
-<p>—Antes hablemos los dos de un asunto que nos interesa... Es cosa de
-pocas palabras.</p>
-
-<p>—Entremos en mi cuarto —dijo llegando a la sala donde me recibió la
-vez primera.</p>
-
-<p>—No, aquí mismo —repuse—. Ahora caigo en que tengo que marcharme en
-cuanto hablemos dos palabras.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_297">p. 297</span>—¡Qué singular!
-Hombre, aquí me hielo de frío. Entremos en mi cuarto.</p>
-
-<p>En efecto, pasamos a otra pieza, nos sentamos; pero aún no se
-habían arrellanado nuestros cuerpos en el sofá, cuando entró un criado
-diciendo:</p>
-
-<p>—Aquí está un gentilhombre que viene a decir a usía que el señor
-Conde de Cabarrús quiere verle al momento.</p>
-
-<p>—Al instante, corro al instante. ¡Oh, Ministro amabilísimo! —exclamó
-el diplomático con súbita e inmensa alegría—. Primo, ahí te quedas.
-Vendrá Inés a hacerte compañía.</p>
-
-<p>—No... Que no se moleste —repliqué yo con inquietud—. Esperaré
-solo.</p>
-
-<p>—Que venga la señorita Inés —dijo el diplomático al criado.</p>
-
-<p>El criado me miraba atentamente.</p>
-
-<p>—Que venga mi hija —repitió el Marqués—. Dile que está aquí el señor
-Duque de Arión, su pariente; que venga al instante a hacerle compañía,
-porque el Emperador... digo, el Rey José... digo, el Ministro Cabarrús,
-me ha mandado llamar para consultarme un grave asunto.</p>
-
-<p>Y sin esperar más, porque su impaciencia era febril, salió,
-dejándome solo. Yo estaba tan agitado, que no me era posible apreciar
-la extensión del tiempo que iba pasando, mientras permanecía en la
-soledad de aquel cuarto, sin percibir otro ruido que el tic-tac de
-un reloj de chimenea, y el chisporroteo de los leños que en ella
-se quemaban. Yo no cabía en mí mismo de inquietud, de ansiedad y
-desasosiego, y<span class="pagenum" id="Page_298">p. 298</span>
-juntamente se me representaban, en espantosa lucha, la inefable
-felicidad de ver a Inés y el pesar de mi conciencia turbada por
-quebrantar una leal promesa. A veces me parecía que los minutos corrían
-con inconcebible rapidez, y a veces que se estaban quietos delante de
-mí, mirándome como geniecillos desvergonzados. Mi espíritu, a ratos
-impaciente y lleno de amorosas ansias, me impulsaba a penetrar en
-las habitaciones interiores, buscando a la que no parecía; y a ratos
-me venían deseos de abrir la ventana, echarme por ella al jardín
-inmediato, y huir para siempre de aquella casa. Sentado estaba mal, y
-mal estaba en pie, y mal también paseándome de un ángulo a otro en la
-reducida estancia: el pulso y las sienes me latían con furia, y aquel
-violento y acompasado golpear determinó bien pronto en mí una viva
-calentura, que me inflamaba todo. Inés tardaba mucho. «Si no viene, me
-muero», dije para mí, olvidándome al fin de todas las consideraciones
-que al principio me habían hecho temer su llegada. Pasaron no sé si
-horas o minutos: solo sé que muchas ideas mías se iban quedando atrás,
-y que venían otras a sustituirlas, para marcharse luego. De este modo
-apreciaba el transcurso del tiempo. El reloj avanzó mucho, sin que Inés
-pareciese. Aquella soledad empezó a hacérseme insoportable, y la idea
-de que ella no vendría se representó en mi pensamiento, produciéndome
-un dolor inmenso. Después de mis primeras dudas, habíase entregado mi
-espíritu al gozo de suponer que vendría, y su tardanza me ponía en
-estado febril.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_299">p. 299</span>Arrastrado por una
-fuerza irresistible, sin reparar en mi situación ni en circunstancia
-alguna, casi ignorando lo que hacía, abrí la pequeña puerta que
-comunicaba aquella pieza con la inmediata. Al pasar a esta, halleme
-en una sala sin luz; pero como entraba alguna claridad por la puerta
-recién abierta, pude ver por dónde andaba. Con pasos muy quedos
-atravesé aquella sala, y al ver reflejada oscuramente mi imagen en
-los espejos, sentía miedo de mí mismo. En el testero del fondo vi
-otra puerta que cedió al punto a mi mano, y encontreme en una tercera
-estancia más pequeña. Profunda oscuridad reinaba en ella; pero al poco
-tiempo de estar allí, distinguí en el fondo negro una perpendicular
-raya de luz. Al mismo tiempo creí que sonaban voces de mujer por aquel
-lado, y esto, con la débil claridad, impeliome más hacia allí. Andaba
-muy lentamente, extendiendo las manos para no tropezar con los muebles;
-andaba como un ladrón, conteniendo el aliento, apagando el ruido de los
-pasos, creyendo que hasta las oscilaciones del aire a mi tránsito iban
-a delatar mi presencia a los de la casa. Yo había perdido todo dominio
-sobre mí mismo, y en nada reparaba más que en llegar pronto a aquella
-raya luminosa, tras la cual sentía más claramente ya la voz de Inés. Al
-fin llegué. Por la estrecha rendija no se veía nada; pero se oía. Dos
-mujeres hablaban.</p>
-
-<p>Al poco rato una de las voces dijo algo como despidiéndose; sentí el
-ruido de una puerta,<span class="pagenum" id="Page_300">p. 300</span>
-y todo quedó en completo silencio. Aguardé un poco. Puse luego la mano
-en el picaporte, y con mucha, muchísima lentitud, lo fui levantando,
-levantando, de modo que no hiciera ruido. Cuando me pareció bastante,
-empujé, y la puerta cedió; empujé más, y la fui abriendo poco a poco,
-cuidando de que no rechinara. Durante esta operación, toda mi sangre
-se paró dentro de mí. A medida que la puerta se abría, iba observando
-todo lo que había dentro de aquella estancia. Primero vi un lecho con
-cortinas blancas, luego una mesa con labores de mujer, y, por último,
-una figura puesta de rodillas delante de un reclinatorio. Vuelta hacia
-mí aquella figura, que apoyaba la frente en el reclinatorio, no era
-fácil reconocerla, pues de su cabeza no se veía sino el cabello; pero
-yo la reconocí, y era ella misma: era Inés.</p>
-
-<p>Avanzando resueltamente, pero siempre con pasos muy quedos, entré y
-me dirigí hacia ella.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch28">
- <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2>
-</div>
-
-<p>Cuando Inés alzó la cabeza y me vio delante, tras un estremecimiento
-que indicaba el mayor espanto, quedose atónita, sin habla, con
-disposición a perder el sentido. La emoción me impedía al mismo tiempo
-el pronunciar<span class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span> algunas
-palabras para tranquilizarla. Mi presencia le causaba terror; iba a
-gritar sin duda.</p>
-
-<p>—Inés, Inesilla —dije al fin—, no te asustes: soy yo, soy yo mismo.
-¿Creías tú que me había muerto? No: mírame bien, estoy vivo. No me
-tengas miedo.</p>
-
-<p>Diciendo esto la abrazaba, estrechándola contra mi pecho.</p>
-
-<p>—¿Creías tú no volver a verme más? —proseguí—. Te dijeron que me
-había muerto. ¡Pícaros, cómo te engañan! Aquí estoy; no me preguntes
-cómo he venido. Yo no lo sé. Creo que Dios me ha traído por la mano
-para que nos veamos.</p>
-
-<p>Inés tardaba mucho en volver de aquel estupor que por algunos
-minutos pareció quitarla el conocimiento: mirábame con ojos asombrados;
-derramó algunas lágrimas, y su rostro, fluctuando entre el llanto y
-la sonrisa, revelaba en cada segundo una sensación distinta. Pasado
-un rato, fijando la atención en mi vestido, pareció profundamente
-asombrada; volvió a reír, y me interrogó con los ojos. Sus manos,
-sus brazos temblaban entre los míos de un modo alarmante, y temiendo
-que la impresión producida en su organismo por tan fuerte sorpresa
-fuera demasiado lejos, la tomé en brazos, púsela con el mayor cariño
-sobre el cercano sofá, y senteme junto a ella, procurando calmarla y
-explicándole en términos precisos mi inesperada aparición.</p>
-
-<p>—¿Pero dónde estabas tú? —me dijo.</p>
-
-<p>—En la habitación de tu padre. Allá me<span class="pagenum"
-id="Page_302">p. 302</span> dejó cuando te llamaron, y allí te estaba
-esperando. ¿Por qué no fuiste? Mi impaciencia era tanta que no pude
-resistir, y como un ratero me metí por esas habitaciones hasta llegar
-aquí.</p>
-
-<p>—¿Y cómo entraste en Palacio?</p>
-
-<p>—Eso es largo de contar. Me han pasado muchas cosas, Inesilla de mi
-corazón. Yo no sé cómo he venido aquí. Había prometido no verte más ni
-hablarte; pero yo no sé por qué me encuentro a tu lado y te veo y te
-hablo. ¿Conque me creías muerto?</p>
-
-<p>—Sí, ¡muerto! —dijo con tristeza—. Sin embargo, yo confiaba en que
-fuera mentira, y muchas veces he tenido el pensamiento de que ibas
-a venir. Anoche, ayer, ahora mismo he estado pensando en esto, y al
-quedarme sola he sentido gran zozobra creyendo verte en los espejos,
-o salir de detrás de esos armarios, o entrar por cualquiera de esas
-puertas como un fantasma. ¿Pero cómo has venido aquí? ¿De qué invención
-te has valido? Si te descubren... Estás vestido como un caballero.</p>
-
-<p>—Sí, Inesilla —respondí besándole las manos—. Pero aunque me ves
-vestido de caballero, no creas que lo soy. Soy lo mismo que era antes,
-cuando estábamos en casa de D. Mauro: es decir, no soy nada. Tú estás
-tan por encima de mí, que debes avergonzarte de mirarme.</p>
-
-<p>Al oír esto, todo cambió en su espíritu, y la vi sonreír de un
-modo espontáneo y festivo, perdida ya la emoción dolorosa del primer
-momento.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_303">p. 303</span>—Yo no pensaba
-verte más —continué—; pero la casualidad o la Providencia han querido
-que te vea. ¡Qué desgraciados somos, o mejor dicho, qué desgraciado
-soy! Porque yo tengo que renunciar a ti, tengo que marcharme para no
-volver más. ¿No comprendes tú que ha de ser así, que no puede ser de
-otra manera? Para mí valiera más no haber nacido. ¿Por qué te conocí?
-¿Por qué te volviste gran señora? ¿Por qué Dios, que a ti te sacó de la
-humildad para traerte a los palacios, me dejó a mí en la miseria y en
-la oscuridad de mi nombre?</p>
-
-<p>—No me has dicho todavía por qué estás vestido así —indicó con el
-mayor asombro.</p>
-
-<p>—Nada de esto es mío, Inesilla —repliqué con profundo dolor—. Estas
-ropas son como las que se ponen los cómicos cuando salen a la escena
-vestidos de reyes. Después se las quitan y quedan hechos unos mendigos:
-lo mismo soy yo. Si ahora se descubre la farsa que me ha traído aquí,
-tus criados me echarán del Palacio ignominiosamente. No soy nadie, no
-soy nada. Yo creí que no te vería más; pero algún poder superior nos
-ha puesto esta noche juntos, y yo que he jurado ante la Condesa, tu
-prima, no verte ni hablarte más en la vida, estoy ahora a tu lado para
-decirte que te quiero y te adoro, y me muero por ti. Seré un malvado,
-un tramposo, un miserable que se burla de todas las conveniencias de
-la sociedad; pero siendo todo esto, y aún más, insisto en decir que no
-puedo dejar de quererte, aunque me lo prohíban todas las potencias de
-la tierra, y<span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span> aunque
-entre nosotros se pusieran con la espada en la mano todos tus parientes
-y antecesores desde que el mundo es mundo.</p>
-
-<p>Inés parecía meditar. Después de un rato de silencio, me dijo con
-tristeza:</p>
-
-<p>—Mis parientes son muy crueles conmigo.</p>
-
-<p>—No, hijita mía: considera tú su posición, su nombre, lo que deben a
-la sociedad, y comprenderás que no pueden hacer otra cosa. ¿Cómo han de
-admitirme en tu familia? La idea de que me amas les causa horror, y se
-creen deshonrados con solo mirarme. Tu prima la Condesa es muy buena.
-Si tuviera tiempo para contarte los beneficios que le debo y el afecto
-que me muestra, te asombrarías.</p>
-
-<p>—Ha llegado el caso de que yo devuelva a mi familia todo lo que me
-ha dado, y tome por mí misma lo que no ha querido darme —dijo Inés.</p>
-
-<p>—Tú tendrás prudencia y esperarás.</p>
-
-<p>—Hablaré francamente a mi prima. Ella me ha dicho que quiere verme
-feliz a toda costa, y es la que me defiende de las impertinencias de
-mis cinco maestros, y la que me salva de la etiqueta, que es lo que más
-aborrezco. Yo le diré que has estado aquí...</p>
-
-<p>—No, no, por Dios; no le digas que he estado aquí. Yo debo marcharme
-ahora mismo, Inés; yo no puedo estar más a tu lado.</p>
-
-<p>—No te has de ir —me dijo asiendo mis dos brazos para detenerme—. Yo
-se lo diré todo a mi prima; le diré que no te has muerto, que yo sé que
-no te has muerto, que nos hemos visto, y que has de volver.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span>—No, no le
-digas eso: desde este momento ya no merezco la benevolencia que ha
-manifestado.</p>
-
-<p>—¡Oh! —exclamó Inés con mucha pena—. Pues entonces, ¿qué recurso nos
-queda? ¿Qué podemos hacer? ¿Cuándo vuelves tú?</p>
-
-<p>—Nunca —le respondí, sin reparar en lo que decía, pues mi exaltación
-no me permitía formular ideas concretas sobre nada.</p>
-
-<p>—¿Cómo nunca?</p>
-
-<p>—Sí, volveré cuando quieras —dije, estrechándola contra mi corazón—.
-Si tú me mandas que vuelva; si tú, despreciando las resoluciones de tu
-familia, insistes en quererme lo mismo que cuando éramos dos pobres
-criaturas desamparadas, volveré, quebrantaré las promesas que hice a tu
-prima, porque ¡ay! sin duda tu prima no sabe cuánto te quiero, cuánto
-te adoro, y de qué manera nosotros nos hemos dado un juramento que
-está por encima de todos los demás. Dile que no me he muerto, ni me
-moriré, mientras tú vivas, porque no quiero ni debo morirme; dile que
-aquí estaré, mientras tú no me eches, y que antes que fueras Condesa,
-y Duquesa, y Princesa, habías resuelto casarte conmigo, que no soy
-caballero ni soy nada, aunque teniendo tu cariño no me cambio por todos
-los nobles de la tierra.</p>
-
-<p>Inés al oírme se animaba mucho. Encendiéronse sus mejillas, y
-el vivo resplandor de sus ojos indicó una irrupción de sensaciones
-agradables y de ideas de felicidad, que de improviso se apoderaban de
-su abatido espíritu. Tomándome la mano, me dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_306">p. 306</span>—Juro que no me he
-de casar sino contigo, cualquiera que sea tu suerte, cualquiera que
-sea tu posición. Dicen que yo soy rica, y que soy noble. ¿No es esto
-bastante? Yo les diré que si no me quieren de este modo, me quiten todo
-lo que me han dado. Les diré que tú eres para mí más caballero que
-todos los demás, y, por último, que ninguna fuerza humana me obligará a
-dejar de quererte, porque Dios lo ha ordenado así. Tengamos confianza
-en Dios y esperemos. Lo que parece más difícil, se hace de pronto
-fácil. Yo sé, sin que nadie me lo haya enseñado, que cuando las cosas
-deben pasar, pasan, y que la voluntad de los pequeños suele a veces
-triunfar de la de los grandes.</p>
-
-<p>Al decir estas palabras, que indicaban, junto con un firme amor, un
-profundo sentido, Inés me mostraba la superioridad de su alma, bastante
-fuerte para poner las leyes inmortales del corazón sobre todas las
-conveniencias, preocupaciones y artificiosas leyes de la sociedad.</p>
-
-<p>—¡Inés! —le dije, prodigándole las más tiernas muestras de cariño—.
-A pesar de estar tan alta, tú eres hoy tan desgraciada como yo; pero
-para los dos vendrán días felices y tranquilos.</p>
-
-<p>Yo había olvidado todo temor, las causas de mi presencia en aquel
-sitio, lo avanzado de la hora; no me acordaba de su familia, ni de
-mi fuga, ni de la policía, ni de nada; no veía más mundo que aquel
-pequeño, ¡qué digo pequeño!... aquel mundo infinito que mediaba entre
-nuestros ojos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_307">p. 307</span>—Tú sabes y sientes
-mejor que yo —exclamé—; tú me señalas el camino que debo seguir, y lo
-seguiré. Te amo tanto, que querría morirme aquí mismo, si supiera que
-habías de ser para otro. Y vengan contrariedades, vengan orgullos,
-vengan obstinaciones de familia, vengan obstáculos, venga todo, que
-todo lo desprecio. ¿Qué valen cien mil coronas condales, y las mayores
-riquezas del mundo? Todo eso no será suficiente razón para quitarme
-lo que es mío, mi Inesilla de mi alma y de mi corazón. Si soy pobre y
-miserable, que lo sea: nada importa, puesto que, miserable y pobre,
-quieres tú más uno de mis cabellos que las coronas y tesoros de todos
-los duques de la tierra. ¿No es cierto? Y que venga ahora toda la
-sociedad y toda Europa, y toda la historia y el mundo todo a decirme
-que no podrás ser mía. Que vengan y yo les diré que se vayan a paseo,
-porque nosotros no necesitamos de ellos para nada, y nosotros valemos
-más que todo eso. ¿No es verdad? Cuando prometí a tu prima renunciar
-a ti, prometí lo absurdo y lo imposible, lo que no dependía de mi
-voluntad, porque el amor que nos tenemos es obra de Dios, es como la
-vida, y solo puede quitarlo el mismo que lo da.</p>
-
-<p>Así me expresé yo, y en este tono hablamos un poco más, y luego
-cambiamos de asunto, y seguimos departiendo en serio y en broma sobre
-mil cosas que nos ocurrían, sin acordarnos de nada que no fuera
-nosotros mismos, y menos del tiempo que iba transcurriendo a toda
-prisa. De tema en tema vino a mi pensamiento<span class="pagenum"
-id="Page_308">p. 308</span> el objeto que allí me había llevado, y le
-conté el incidente de D. Diego con sus torpes y abominables planes.
-Ella se sorprendió de esto, y me dijo que nunca había supuesto a
-Rumblar tan rematadamente malo. Seguimos luego hablando de otros
-asuntos, y ella se reía de mi traje, y yo de sus graciosas ocurrencias,
-al referir las ceremonias palaciegas a que había asistido. Repetidas
-veces pasó por mi mente la idea del gran peligro que allí corría;
-pero era tan feliz, que yo propio arrojaba lejos de mí aquella idea
-importuna. Al fin entró de pronto una criada, y dijo:</p>
-
-<p>—¿Se le ofrece a la señorita alguna cosa?</p>
-
-<p>Díjole Inés que no, y se fue; pero me observó de soslayo el tiempo
-que allí estuvo.</p>
-
-<p>Seguimos hablando, y al poco rato apareció otra criada que me miró
-mucho también, preguntando:</p>
-
-<p>—¿Ha llamado la señorita?</p>
-
-<p>Y luego que esta se retiró, pareciome sentir cuchicheos y ruido
-de pasos tras de la puerta. Comuniqué a Inés mi recelo, y al punto
-convinimos en que me debía retirar. ¡Qué escándalo! Era mucho más de
-media noche. Ella misma me llevó al cuarto donde antes me había dejado
-el diplomático, y después de discutir un rato sobre lo más conveniente
-para salir en bien de aquel paso, acordamos que esperaría al Sr. D.
-Felipe, continuando, cuando volviera, el mismo papel de Duque de Arión,
-y que con cualquier pretexto saliese después, poniéndome en salvo
-antes de la mañana y hora en que necesariamente habían de llegar<span
-class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span> Amaranta o su tía.
-Despidiose Inés de mí, dándome muchas esperanzas, y prometiéndome que
-nos veríamos cuando menos lo pensase, y me quedé solo otra vez donde
-antes estaba.</p>
-
-<p>Cansado de esperar, quise salir; pero encontré la puerta cerrada
-por fuera, y en el mismo instante en que lo advertía, sentí que una
-mano desconocida cerraba también la que me había dado paso hacia la
-habitación de Inés. Estaba preso.</p>
-
-<p>Presté atención a ciertos ruidos cercanos, y percibí otra vez
-cuchicheo de voces diversas, como risas y chacota de criados y gente
-menuda; lo que acabó de revelarme el peligro en que me encontraba, y la
-proximidad de un lance desastroso. A esto había venido a parar el Duque
-de Arión.</p>
-
-<p>Oí a poco también la voz del diplomático, que algo turbada decía:</p>
-
-<p>—Id a avisar al cuerpo de guardias. ¿Estáis seguro de que no lleva
-armas?</p>
-
-<p>Luego los rumores se extinguieron para resonar de nuevo hacia el
-cuarto de Inés, con voces de hombre y de mujer, confundidas en viva
-disputa. Y la voz de Inés se oyó muy cerca, aunque me fue imposible
-entender lo que decía. Lleno de congoja, mas también colérico ante la
-idea de que se me tomase por un ladrón, di golpes en la puerta con pies
-y manos, pidiendo que se me abriera, lo cual aumentó las risas del
-exterior.</p>
-
-<p>—Es muy posible que lleve pistolas —dijo el diplomático—. No abráis,
-mientras no venga un pelotón de la guardia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_310">p. 310</span>Pero el criado a
-quien tan prudentes advertencias se dirigían, no hizo caso de ellas;
-abriome la puerta, y abalanzándose hacia mí con otros dos de su misma
-estofa, dijo:</p>
-
-<p>—No te escaparás, no. A ver, registradle bien los bolsillos, y
-sacadle todo lo que lleve.</p>
-
-<p>—Canallas —grité luchando con ellos—. Yo no me llevo nada. Ladrones
-y rateros seréis vosotros, que no yo.</p>
-
-<p>—Creo que debéis amarrarle, muchachos —dijo el diplomático,
-entrando con gran arrojo—. Desde luego sospeché que este joven no era
-mi pariente. Por fuerza ha de tener los bolsillos llenos de alhajas:
-registradle bien. ¿Decís que estuvo en el cuarto de mi hija más de tres
-horas? Eso no puede ser, caballerito —añadió encarándose conmigo—.
-¿Quién es usted? Vive Dios que aquí hay algún misterio.</p>
-
-<p>—Este es el que en el Escorial sirvió de paje a la señora Condesa
-—dijo uno de los criados empujándome con tal fuerza, que me hizo caer
-al suelo.</p>
-
-<p>—Este estaba en Córdoba hace seis meses, y todos los días venía a
-la puerta de casa —dijo otro dándome con el pie, una vez que caído me
-vio.</p>
-
-<p>—Y es, si no me engaño, el que tiraba chinitas a la ventana —afirmó
-una criada, hundiendo sus uñas en mi carne.</p>
-
-<p>—Me parece que le he visto en casa vestido de fraile —dijo otra
-dándome en la cabeza con las tenazas de la chimenea.</p>
-
-<p>—Ya le conozco, y sé muy bien lo que le<span class="pagenum"
-id="Page_311">p. 311</span> trae por aquí —indicó una tercera tirándome
-fuertemente del cabello.</p>
-
-<p>—¿Conque nada menos que Duque de Arión? —dijo un lacayo dándome
-una manotada en la chupa con tanta fuerza, que me la rasgó de arriba
-abajo.</p>
-
-<p>—¡Miren el Duque de papelón! ¡Pues no vino con pocos humos!
-—exclamó otro anudándome la corbata tan violentamente, que pensé morir
-estrangulado.</p>
-
-<p>—Desnudadle en el acto.</p>
-
-<p>—No: aguardad a que venga la autoridad —ordenó el Marqués—. ¿Conque
-es un paje de Amaranta, que fue a Córdoba, y que arrojaba chinitas
-vestido de fraile? Bien decía yo que esta cara no me era desconocida.
-¡En el Escorial, en Córdoba...! ¿Te llamas tú Gabriel? ¡Gabriel,
-Gabriel!... Conque Gabriel...</p>
-
-<p>Y diciendo esto, D. Felipe Pacheco y López de Barrientos dio
-algunas vueltas por la estancia, revolviendo, sin duda, en su magín
-contradictorios pensamientos. Juzgue el lector de mi martirio al verme
-entre aquellos soeces criados, cuyas almas experimentaban deliciosa
-fruición en degradar al que creyeron Duque y en pisotear mi supuesta
-nobleza y caballerosidad. Defendime al principio rabiosamente de sus
-groseros insultos; mas nada podían contra tantos mis fuerzas, por
-momentos enflaquecidas, y me entregué a las vengativas manos de aquella
-pequeña plebe irritada que no podía tolerar el encumbramiento ficticio
-de uno de los suyos. Yo creo que me habrían roto los huesos; que me
-habrían<span class="pagenum" id="Page_312">p. 312</span> arrastrado
-en tropel por la casa; que me habrían arrancado pedazo a pedazo los
-vestidos, y con los vestidos la carne; que me habrían deshecho a
-pellizcos, pinchazos y rasguños, si la llegada de la Condesa no hubiera
-puesto fin de repente a la dolorosa escena de mi crucificación. La
-vi aparecer cuando ya iluminaban completamente la habitación las
-primeras luces del día, y pareciome un ángel salvador. La sorpresa que
-tal espectáculo le causó, junto con lo que a su llegada le contaron,
-habíanla puesto como fuera de sí. La ira y la compasión se sucedían
-rápidamente una tras otra en su semblante. Parecía no dar crédito a sus
-ojos; me miraba casi exánime y maltratado, y reconocía en mis ropas las
-del Duque de Arión, que ella me diera para fugarme. Por de pronto, a
-pesar de su enojo, me libró de toda aquella canalla, y haciendo que los
-criados saliesen afuera, quedose sola conmigo, mientras su tío iba en
-busca de quien me llevase a la cárcel.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch29">
- <h2 class="nobreak g0">XXIX</h2>
-</div>
-
-<p>—Señora —le dije comprendiendo con rápida penetración sus
-pensamientos en aquel instante—, no me condene vuecencia sin oírme;
-no me juzgue ingrato, desleal y mentiroso, si tan impensadamente me
-encuentra aquí.</p>
-
-<p>—¡De qué indigna manera me has engañado! —repuso<span
-class="pagenum" id="Page_313">p. 313</span> con voz turbada por la
-ira—. Jamás lo creí: yo pensé que tenías en tu baja e innoble alma una
-chispa del fuego de honor. No: tu abyecta condición se revela en tus
-actos, y no es posible esperar del miserable pilluelo de las calles
-sino doblez y maldad. Hipócrita, ¿dónde has aprendido a fingir? ¿Cómo
-tu despreciable carácter, formado de todas las perfidias y malos
-intentos, ha podido disimularse con la apariencia de la sencillez
-honrada y de sentimientos nobles?</p>
-
-<p>—Señora —respondí—, usía me tratará de otro modo cuando sepa qué
-motivos me han traído aquí.</p>
-
-<p>—No quiero saber nada. ¿Has visto a mi hija? ¿La has hablado?</p>
-
-<p>—Sí, señora.</p>
-
-<p>—¡Oh! No es posible que viéndote haya dejado de comprender qué
-clase de persona eres. ¿Dónde está Inés? Que venga aquí, y si al ver
-este pillastre desarrapado que se disfraza de gran señor para llegar
-hasta ella; si al ver una palpable muestra de tu bajeza y vil condición
-en esta lastimosa figura de Duque, que magullado y roto se arrastra
-por el suelo pidiendo misericordia, persiste en creerte digno de un
-recuerdo, Inés no es lo que yo quiero que sea, no es mi hija, no es de
-mi sangre.</p>
-
-<p>Y en efecto, yo me arrastraba por el suelo, magullado y roto; y
-confundido por el anatema de la Condesa, imploraba con inconexas
-palabras que me perdonase, indicando a medias frases los hechos que
-atenuaban mi falta.</p>
-
-<p>—Señora —exclamé prosternándome hasta<span class="pagenum"
-id="Page_314">p. 314</span> tocar con mis labios los pies de
-Amaranta—, verdad es que he faltado a mi palabra. Arrójeme usía de
-aquí; entrégueme a los alguaciles; permita que me lleven a la cárcel,
-al presidio; mándeme matar si gusta; pero no me pida, no, de ningún
-modo me pida que deje de amar a Inés, porque es pedirme lo imposible
-y lo que no está en mi mano prometer. Usía me hablará de su casa y de
-todas las casas. Yo confieso mi pequeñez; yo reconozco que al lado
-de la grandeza de vuecencia soy como un grano de arena comparado con
-el tamaño de todo el mundo; yo no soy nadie, yo soy un insensato, un
-malvado, un miserable y todo lo que usía quiera que sea; pero yo no
-puedo dejar de amar a Inés. Cuando sus padres la abandonaban, yo la
-amé; cuando estaba sola en el mundo, yo fui su amigo; cuando era pobre,
-yo trabajaba para ella. Creí que su repentino cambio de fortuna la
-apartaría de mí para siempre: prometí en falso; prometí lo que no podía
-ni debía cumplir, lo que estaba fuera de mi voluntad; prometí renunciar
-a lo que siempre ha sido mío, y mi ceguera y mi error han durado hasta
-esta noche, en que la he visto y la he hablado, señora Condesa; hasta
-esta noche en que he comprendido que Inés no puede, no puede de modo
-alguno resistir el peso abrumador de su nobleza.</p>
-
-<p>Amaranta golpeó mi humillado rostro con sus pies. Sentí las suelas
-de sus zapatos hiriendo mi cabeza, y los encajes de sus faldas
-barrieron mi frente. La Condesa estaba frenética y cruel en su
-desbordada ira.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_315">p. 315</span>—¿Qué has dicho?
-—exclamó—. ¿Que no renuncias?... ¿Sabes que un miserable como tú puede
-desaparecer del mundo sin que el mundo lo advierta? ¡Despreciable
-gusano! ¡No te aplasto por compasión, y te levantas para insultarme!</p>
-
-<p>—Yo no insulto a usía —dije—. Yo respeto y venero a la que tantos
-deseos de favorecerme ha manifestado. Vuecencia puede hacerme
-desaparecer del mundo si gusta: sin duda lo merezco. Yo prometí a
-usía no verla más, y no he cumplido mi palabra: soy un truhan y un
-miserable. Vine a este Palacio sin intención de verla; encontreme solo,
-y una fuerza irresistible, una fiebre que me devoraba lleváronme a su
-aposento, donde la vi y nos hablamos largo rato. ¡Oh! ¿Me pide usía que
-deje de amarla? No puede ser. ¿Me pide usía que no la vea más? Pues
-haga su grandeza de modo que me den la muerte, porque mientras tenga
-un solo aliento de vida y mientras me quede fuerza para arrastrarme,
-correré tras ella, la buscaré, penetraré en lo más escondido y subiré
-a lo más alto, sin ceder en esta persecución hasta que Inés no me diga
-que se ha concluido la guerra a muerte trabada entre ella y su noble
-familia.</p>
-
-<p>—¡Oh! Quiero concluir de una vez —dijo sin poder contener su
-agitación—: que venga aquí mi hija; la traeré aquí, te verá delante de
-mí, y si todavía... No, no puede ser. ¡Dios mío! ¿Qué aberración, qué
-absurdo es este que presenciamos? Miserable mendigo —añadió volviéndose
-a mí—, vete. La culpa la tiene quien te<span class="pagenum"
-id="Page_316">p. 316</span> ha dado más importancia de la que mereces.
-Inés te desprecia: si has creído otra cosa, te equivocas. ¿Por qué no
-hiciste lo que te mandé? ¿Por qué viniste aquí? Mereces la muerte, sí,
-la muerte. No soy cruel; pero ¿acaso la vida de un indigno ser, que se
-perdería en el mundo sin que nadie lo echara de menos, debe estorbar
-la felicidad de toda una familia, debe estorbar mi reposo y echar por
-tierra la grandeza de una casa como la mía? No, no puede ser. Vete de
-aquí; que te lleven, que te arrastren como infame ladrón que eres. Si
-ella lo siente que lo sienta; si padece, que padezca. Así no se puede
-vivir. Seré inflexible; yo enseñaré a mi hija cuáles son sus deberes;
-yo le enseñaré el respeto que debe tener a su nombre, y me obedecerá,
-cueste lo que cueste.</p>
-
-<p>—Deje usía —le dije—, que la maten los demás; y cuando haya
-sucumbido a las violencias, a las vejaciones y a la tiranía de sus
-parientes, quédele a la madre el consuelo de no haber puesto las manos
-en ella.</p>
-
-<p>—¿Qué dices? ¿Qué has dicho? —preguntó Amaranta mirándome fijamente
-y cambiando por completo en un instante de tono, de actitud, de
-expresión—. ¿Qué has dicho?</p>
-
-<p>—He dicho que usía no debe, que no puede contribuir a matarla.</p>
-
-<p>—¡A matarla! —exclamó con estupor y como vacilando entre admitir o
-rechazar aquella idea.</p>
-
-<p>—Sí, señora. Bien sabe usía que Inés es muy desgraciada.</p>
-
-<p>Vi entonces cómo se disipaba la ira en el rostro de Amaranta, cómo
-se aclaraba su semblante,<span class="pagenum" id="Page_317">p.
-317</span> cómo todo aparato de indignación y de biliosidad y de
-tirantez nerviosa desaparecía, sucediendo a aquella tempestad aplacada
-una quietud reflexiva en que al instante se sumergió su espíritu,
-lanzado desde las cimas de la cólera a los abismos de la meditación. Me
-miró largo rato, y yo la miré. Estaba profundamente pensativa. Estaba
-en poder de uno de esos invasores pensamientos que vienen de repente y
-ocupan toda el alma, que suspenden todas las sensaciones, y envuelven y
-embargan las facultades todas. Al fin, sin pestañear, sin apartar los
-ojos de mí, sin hacer movimiento alguno, exhaló un profundo suspiro y
-después dijo:</p>
-
-<p>—Sí, mi hija es muy desgraciada.</p>
-
-<p>No era sin duda la primera vez que a sí misma se decía aquellas
-palabras.</p>
-
-<p>Sentada en el sofá, apoyó la barba en los dedos pulgar e índice,
-y el codo en el brazo del sillón, y así estuvo largo espacio de
-tiempo. Me parece que la estoy mirando. ¡Cuán hermosa y cuán
-imponente y subyugadora! <i>¡Digna concha de tal perla!</i> como ha
-dicho, no por cierto refiriéndose a esta, sino a otra, un gran poeta
-contemporáneo.</p>
-
-<p>Alzó luego la vista, y me examinó atentamente; ¡pero de qué modo,
-con cuánto interés me miraba! De sus ojos había desaparecido el rayo
-de la indignación que antes la hacía tan terrible. Yo no me atrevía a
-decir nada. Una dulce sensibilidad embargaba mi espíritu.</p>
-
-<p>Amaranta, esclava de su pensamiento, volvió a repetir:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_318">p. 318</span>—¡Oh! sí: mi hija
-es muy desgraciada, y yo no puedo hacerla feliz.</p>
-
-<p>Dicho esto, me miró con cierta perplejidad. En sus ojos se retrataba
-una viva compasión hacia mi persona, quizás algún sentimiento más
-favorable. Al principio creí engañarme; pero mi corazón, con su
-misterioso lenguaje, me indicó que habían cambiado de súbito los
-sentimientos de la Condesa respecto a mí. De mi pecho pugnaban por
-desbordarse los míos.</p>
-
-<p>Acerqueme a ella y me dijo:</p>
-
-<p>—¿Qué has hablado con Inés? ¿Qué te ha dicho?</p>
-
-<p>No le pude contestar de otro modo que arrojándome de rodillas a sus
-pies. Pero ella repitió la pregunta intentando con sus manos alzar mi
-frente, que se había adherido con fuerza a sus rodillas.</p>
-
-<p>—Señora —le contesté al fin—, me ha dicho la verdad; me ha dicho que
-a nadie puede amar más que a mí.</p>
-
-<p>Yo besaba sus manos, y la sentí llorar.</p>
-
-<p>Duró poco tiempo aquella situación. Sentimos gran ruido de voces;
-abriose la puerta, y en el dintel apareció la Marquesa, terrorífica,
-abrumadora de cólera y de severidad. Con ella venían el diplomático,
-D. Diego, el verdadero Duque de Arión, algunos criados y soldados de
-la guardia. Amaranta no dijo nada, ni yo tampoco. La actitud en que
-nos encontraron debió sorprenderles más que la noticia de que había un
-ladrón en la casa, y estoy seguro de que cada individuo de la familia
-interpretaba de un modo distinto aquella escena.<span class="pagenum"
-id="Page_319">p. 319</span> En cuanto a esto, mis lectores verán más
-adelante algo que les interesará.</p>
-
-<p>Como en opinión de la servidumbre yo era un ladronzuelo, vino gente
-de la policía, y cuando Santorcaz penetró en la habitación y ordenó
-a los suyos que se apoderaran de mí, huyeron con el rápido paso del
-terror las dos nobles damas. La algazara de aquel momento no me impidió
-percibir lejanos gritos y alteradas voces de mujer en las cuadras
-interiores. Un oficial de la guardia francesa, llamado a última hora
-no sé por quién, echó de Palacio de un modo algo despreciativo a
-alguaciles y alguacilado, tratándonos a todos como a gente de perversa
-ralea.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch30">
- <h2 class="nobreak g0">XXX</h2>
-</div>
-
-<p>No tengáis compasión de mí al verme en esta cuerda ignominiosa,
-enracimado con otros veinte infelices. No somos ladrones, ni asesinos,
-ni falsificadores; somos patriotas, insurgentes de aquella gran
-epopeya, y nos llevan a Francia. Felizmente no se cumplió en nosotros
-aquel consejo del capitán del siglo, que decía a su hermano: <i>Ahorcad
-unos cuantos pillos, y esto hará mucho efecto</i>. Por lo que pasó
-después, se ha venido a conocer que también Álvarez el de Gerona
-entraba en el número de los pillos. No nos ahorcaron, pues<span
-class="pagenum" id="Page_320">p. 320</span> aún vivo para contarlo; y
-cuando digo que no me tengáis compasión, es porque, después de preso,
-la policía no me supuso otra criminalidad que la traición a la causa
-francesa, y me juzgó bastante castigado con el destierro.</p>
-
-<p>—Bien sé yo que no eres ladrón —me dijo Santorcaz en Madrid cuando
-me ponían en la cuerda que estrechaba en cordial apretón las cuarenta
-manos de los insurgentes—; pero eres un vil soplón y entrometido, a
-quien es preciso poner a cien leguas de Madrid. Si te dieras a partido
-y quisieras ser mi amigo, yo te conseguiría un puesto en la policía,
-con tal que me sirvieses bien en este negocio.</p>
-
-<p>No con palabras, porque no las merecía, sino con una mirada de
-desprecio, le contesté, y estuve después meditando sobre mi suerte,
-hasta que la cuerda se movió y los cuarenta pies de aquella serpiente
-humana se pusieron en marcha. Éramos los <i>pillos</i> que el Gobierno
-francés, demasiado generoso, no había querido ahorcar, y se nos mandaba
-a Francia. Con nosotros iba el gran poeta Cienfuegos. Isidoro Máiquez y
-Sánchez Barbero fueron poco después, aunque no ensartados.</p>
-
-<p>Al dar los primeros pasos, miré al que iba a mi derecha, atado
-su codo al mío. ¡Oh, ventura sin igual! Era D. Roque, el lector de
-periódicos.</p>
-
-<p>—¡Ah, Sr. D. Roque! —le dije—. ¿También habla de esto el
-<i>Semanario patriótico</i>?</p>
-
-<p>—Queridísimo Gabriel, Dios nos ha puesto juntos en la desgracia como
-en la prosperidad.<span class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span>
-Paciencia, y que la Virgen nos deje ver algún día a nuestra inolvidable
-villa.</p>
-
-<p>—¿Por qué le destierran a usted?</p>
-
-<p>—Hijo, por una calaverada. Cometí la indiscreción de decir en un
-paraje público que nuestro desgraciado vecino D. Santiago Fernández era
-un héroe no menos grande que los de la antigüedad, y podía compararse a
-Codro, Leónidas, Horacio Cocles, Mucio Scévola, y al mismo Catón por la
-entereza de su ánimo. ¿No lo crees tú así?</p>
-
-<p>—¿Murió nuestro amigo?</p>
-
-<p>—Sí: cuando el general Belliard fue a tomar posesión de Los Pozos,
-todos entregaron las armas. D. Santiago continuaba encerrado en el
-jardín de Bringas. ¿Qué pensarás que hizo? Pues por la mañana, al
-volver de su casa, amontonó toda la leña puesta allí para calentarnos.
-Ya recordarás que también había una gran cantidad de madera vieja de
-la casa que han derribado en la esquina. Pues con aquellos materiales
-y la leña hizo un gran parapeto en el rincón del fondo, donde estaba
-el gallinero vacío, y púsose dentro de su improvisada fortaleza.
-Derribaron los franceses la puerta del jardín, y cuando vieron aquel
-monte de madera, de cuyo interior salía una hueca voz diciendo: «<i>Se
-rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el Gran Capitán no se
-rinde</i>», tuvieron al que tal decía por loco y diéronse a reír. Pero
-Fernández había puesto dentro una buena cantidad de cartuchos, y dale
-que le das, empieza a hacer fuego por las aberturas y resquicios de
-su montón de leña.<span class="pagenum" id="Page_322">p. 322</span>
-Los franceses, que se vieron heridos (y alguno de ellos murió),
-arremetieron contra el gallinero, destruyendo los parapetos de madera
-vieja. Fernández no cesaba de hacerles fuego desde adentro. Pero cátate
-que a lo mejor empieza a salir humo, y luego llamas que crecieron
-rápidamente, y la ronca voz del defensor del gallinero gritaba:
-«<i>Viva España; mueran los franceses y el granuja de Napoleón.</i>»</p>
-
-<p>Mandó el oficial que se apartase la madera para sacar a aquel
-desgraciado, que sin duda excitaba su admiración; pero Fernández
-gritó de nuevo: «<i>Se rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el
-Gran Capitán no se rinde</i>», hasta que cesó la voz, y las llamas,
-extendiéndose vorazmente, destruyéronlo todo. La inmensa hoguera estuvo
-humeando todo el día. Cuando aquello se acabó, buscaron el cuerpo; pero
-estaba hecho ceniza.</p>
-
-<p>Calló D. Roque, y en el mismo instante el que nos conducía por la
-Mala de Francia mandó que hiciéramos alto. Al detenernos vimos que por
-el camino y hacia Chamartín venían algunos coches y gran número de
-jinetes con deslumbradores uniformes. Era el Emperador que volvía de su
-visita al Palacio de Madrid y caminaba hacia su Cuartel. Iba en coche,
-y al pasar, nuestro guía y los soldados que nos custodiaban mandáronnos
-que le diéramos vivas. Fue preciso repartir algunos culatazos para que
-obedeciéramos, y cuando el grande hombre pasó, algunos le saludaron.
-Sin duda por estas y otras ovaciones de la misma clase, escribía con
-fecha 17 de diciembre: «<i>En las poblaciones<span class="pagenum"
-id="Page_323">p. 323</span> por donde paso, me manifiestan mucha
-simpatía y admiración.</i>»</p>
-
-<p>—Acabe usted de contarme la muerte de nuestro amigo—, dije a D.
-Roque una vez que pasó la procesión.</p>
-
-<p>—Ya no queda nada —repuso—, sino que con toda su grandeza y poder,
-el hombre que acaba de pasar no llega ni con mucho a la inmensa altura
-del Gran Capitán. Algunos han dicho que nuestro amigo estaba loco; pero
-ese que ahí va, ¿está en su sano juicio?</p>
-
-<p class="smaller mt2">Enero de 1874.</p>
-
-
-<p class="fin">FIN DE «NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<hr class="full" />
-
-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN</span> ***</div>
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
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-Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
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-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-</div>
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-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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-goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg&#8482; and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
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-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
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-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
-visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
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-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
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-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
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-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
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-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
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-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
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-</div>
-
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