summaryrefslogtreecommitdiff
diff options
context:
space:
mode:
authornfenwick <nfenwick@pglaf.org>2025-02-04 11:31:18 -0800
committernfenwick <nfenwick@pglaf.org>2025-02-04 11:31:18 -0800
commitbe4ec7419e44bf37da11e068dbfe982d5c12e0f8 (patch)
tree7f011620b0db4d7a1f7f06312067c17915dda37d
parent89bc7938dba03a78da5e230b9591f359e6ac2f4f (diff)
NormalizeHEADmain
-rw-r--r--.gitattributes4
-rw-r--r--LICENSE.txt11
-rw-r--r--README.md2
-rw-r--r--old/63810-0.txt11233
-rw-r--r--old/63810-0.zipbin243278 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/63810-h.zipbin428779 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/63810-h/63810-h.htm11215
-rw-r--r--old/63810-h/images/cover.jpgbin52060 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/63810-h/images/inside-back.jpgbin53679 -> 0 bytes
-rw-r--r--old/63810-h/images/inside-front.jpgbin68808 -> 0 bytes
10 files changed, 17 insertions, 22448 deletions
diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes
new file mode 100644
index 0000000..d7b82bc
--- /dev/null
+++ b/.gitattributes
@@ -0,0 +1,4 @@
+*.txt text eol=lf
+*.htm text eol=lf
+*.html text eol=lf
+*.md text eol=lf
diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt
new file mode 100644
index 0000000..6312041
--- /dev/null
+++ b/LICENSE.txt
@@ -0,0 +1,11 @@
+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
+metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be
+in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES.
+
+Procedures for determining public domain status are described in
+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
+
+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
+this eBook outside of the United States should confirm copyright
+status under the laws that apply to them.
diff --git a/README.md b/README.md
new file mode 100644
index 0000000..de78897
--- /dev/null
+++ b/README.md
@@ -0,0 +1,2 @@
+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
+eBook #63810 (https://www.gutenberg.org/ebooks/63810)
diff --git a/old/63810-0.txt b/old/63810-0.txt
deleted file mode 100644
index 6682840..0000000
--- a/old/63810-0.txt
+++ /dev/null
@@ -1,11233 +0,0 @@
-The Project Gutenberg EBook of La vuelta al mundo de un novelista; vol.
-1/3, by Vincente Blasco Ibáñez
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this ebook.
-
-Title: La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3
-
-Author: Vincente Blasco Ibáñez
-
-Release Date: November 19, 2020 [EBook #63810]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Chuck Greif, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes and the
- Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VUELTA AL MUNDO DE UN
-NOVELISTA; VOL. 1/3 ***
-
-
-
-
- LA VUELTA AL MUNDO,
- DE UN NOVELISTA
-
-
-
-
- VICENTE BLASCO IBAÑEZ
-
-
- LA VUELTA AL MUNDO,
- DE UN NOVELISTA
-
- TOMO I
-
- ESTADOS UNIDOS.--CUBA.--PANAMÁ.--HAWAI.
- JAPÓN.--COREA.--MANCHURIA.
-
- 80,000 EJEMPLARES
-
- PROMETEO
- Germanías, 33.--VALENCIA
- (Published in Spain)
- 1924
-
-
- ES PROPIEDAD.--Reservados todos
- los derechos de reproducción, traducción
- y adaptación.
-
- Copyright 1924, by V. Blasco Ibáñez.
-
-
-
-
- LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA
-
-
-
-
-I
-
-EN EL JARDÍN DE MENTÓN
-
-
-Una de las primeras mañanas del otoño de 1923. Estoy sentado en un banco
-de mi jardín de Mentón. Árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y
-peces, parecen esta mañana completamente distintos á los que veo
-diariamente.
-
-Algo sobrenatural anima cuanto me rodea, como si durante la noche se
-hubiesen trastornado los ritmos y los valores de la vida. El jardín me
-habla. Esto no es extraordinario. También los muebles nos hablan en las
-habitaciones cerradas cuando estamos á solas con ellos, en momentos
-críticos de nuestra existencia. En fuerza de mirar las cosas inanimadas
-y los seres de vida rudimentaria, acabamos por poner en ellos una parte
-de nosotros mismos, con los ojos y con el pensamiento. Luego, cuando las
-emociones nos empequeñecen y necesitamos consejo ó auxilio, este mundo
-familiar y al mismo tiempo extraño nos devuelve de golpe el préstamo que
-le hicimos, día á día.
-
-Balancean los túneles de rosales sus flores recién abiertas por la
-primavera otoñal. Pájaros de todas clases sostienen una lucha sonora de
-gorjeos flautinos en las alturas de la arboleda, oasis aéreo que les
-sirve de refugio contra los aguiluchos y gavilanes diurnos ó las aves de
-presa de la noche, ocultas en la vecina muralla, roja y gigantesca, de
-los Alpes Marítimos. Los peces colean inquietos en el agua cargada de
-sol, como si persiguiesen á sus mismas sombras que se deslizan por el
-fondo verdoso de estanques y fuentes. Cantan los surtidores al desgranar
-en el aire sus sartas de blandas perlas. Los abanicos verdes de plátanos
-y palmeras dejan caer las últimas lágrimas del rocío matinal. Y toda
-esta naturaleza cándida, fresca y pueril como la luz rosada de la
-aurora, me pregunta á coro:
-
---¿Por qué te vas?... ¿Es que te encuentras mal entre nosotros?...
-
-Vuelvo mis ojos por toda respuesta hacia el mar violeta, que tiembla
-bajo los flechazos del sol más allá de la columnata de árboles.
-
-Todo lo que me rodea sigue hablándome con lenguas aéreas, vegetales ó
-acuáticas. Cada uno dice algo diferente, pero sus voces se confunden y
-unifican en la misma dirección, como los diversos temas de una sinfonía.
-
---Quédate--dice la orquesta murmurante del jardín--; vas á perder
-nuestras flores y nuestros frutos, los dulces atardeceres del otoño, la
-compañía serena y luminosa de los libros. El plátano tropical, que sólo
-fructifica en contados lugares de Europa, descuelga para ti, en este
-rincón asoleado, entre el mar y la montaña, sus pesados racimos. Si te
-alejas, otro comerá los encorvados frutos, ahora verdes y luego dorados,
-que lentamente van cociendo bajo el fuego solar su pulpa de miel.
-
-»Ya se hinchan los capullos en las lilas de camelias, no pudiendo
-contener el estallido de sus colores luminosos. Pronto se abrirán,
-dando paso á sus flores sin perfume, pero deslumbradoras de bella
-majestad, como diosas que nunca sonrieron. Y tú no verás esta milagrosa
-floración, preparada durante el resto del año como una apoteosis
-teatral.
-
-»Perderás también las fiestas invernales de la Costa Azul, que atraen á
-los felices de la tierra: el Carnaval de Niza, las óperas y conciertos
-de Monte-Carlo, las regatas, los bailes en hoteles enormes como
-alcázares de leyenda, las batallas de flores. Vas á renunciar á las
-dulces horas vespertinas en tu biblioteca, cuando la luz filtrándose á
-través de las apretadas hojas toma un color verdoso de profundidad
-submarina, y tú tienes que seguir leyendo junto á uno de los ventanales
-con invisible tela de alambre, que esfuma suavemente el paisaje, deja
-entrar nuestro aliento perfumado y cierra el paso á los insectos que
-procrea nuestra incansable fecundidad... ¿Por qué te marchas? ¿Qué
-inquietud te espolea hacia lo desconocido, volviendo tu espalda á la
-risueña paz en que te envolvemos...?
-
-Alguien acaba de llegar con silencioso paso, sentándose junto á mí, en
-el banco de azulejos que representan antiguas danzas valencianas.
-
-Nadie mas que yo puede verle. Lo conozco. Me ha seguido siempre como un
-esclavo, compañero de penas é ilusiones, que llevase el pie metido en el
-otro extremo de mi cadena.
-
-Acabo de sentir ese desdoblamiento interior que todos conocemos en
-momentos difíciles de nuestra vida. Es una mitad de mí mismo lo que
-acaba de sentarse á mi lado. Su rostro es agresivo y hablan por su boca
-la duda y la ironía.
-
-Sus primeras palabras son para reproducir la misma pregunta que
-continúan repitiendo tenazmente los rumores del jardín. Pero mi otro yo
-me habla con menos miramientos.
-
---¿Por qué te vas? ¿Qué puedes conseguir realizando tu infantil deseo de
-hacer un viaje alrededor del mundo?...
-
-»Si sientes curiosidad por conocer los pueblos lejanos, no tienes mas
-que entrar en tu biblioteca, que está á pocos pasos. Allí, entre veinte
-mil volúmenes, encontrarás muchos que, con la ayuda de la imaginación,
-te harán ver ciudades y paisajes tal vez más interesantes que cual son
-en la realidad.
-
-»Se comprende el viajero de siglos remotos, un Benjamín de Tudela, un
-Marco Polo. Iban á descubrir y á contemplar lo que nadie había visto, y
-para obtener este resultado bien valían la pena cuantos sufrimientos y
-aventuras tuvieron que arrostrar. Pero ahora, un hombre amigo de la
-lectura no necesita moverse para conocer los países. A centenares se han
-molestado otros hombres para él, realizando dichos viajes y
-escribiéndolos después.
-
-Intento contestar á mi propio fantasma, pero éste continúa hablando, con
-un tono cada vez más severo.
-
---Piensa en los peligros. Tú ya no eres joven, bien lo sabes; pero como
-todos los imaginativos, procuras olvidarlo y te empeñas en trastornar
-los períodos fijos de la vida, prolongando los entusiasmos, las
-ilusiones y las credulidades pasionales de los veinte años.
-
-»Es cierto que el progreso humano da cada vez mayor seguridad á los que
-se pasean por la tierra, disminuyendo los naufragios y las colisiones
-terrestres. Pero existen las enfermedades, los rudos cambios de clima,
-las epidemias que resultan permanentes en los pueblos-hormigueros de
-Asia, el cólera, la peste bubónica, el vómito negro... Recuerda también
-las catástrofes ciegas é injustas de una naturaleza que nos ignora. Hace
-un mes, un temblor de tierra casi ha borrado las principales ciudades
-del Japón, adonde tú quieres ir. En unos minutos ha suprimido más de un
-millón de vidas.
-
-»¿Quién eres tú para lanzarte á través de mares y continentes, con la
-misma tranquilidad que te paseas por los rincones floridos de tu jardín?
-Unos cuantos kilos de sangre, de músculos y huesos, que para
-distinguirse de otros paquetes semejantes ostenta un rótulo propio, como
-todos ellos; un amontonamiento provisional de células que se llama
-Blasco Ibáñez, y tiene una memoria que le permite acordarse de los
-hechos pasados y sacar deducciones de ellos que le guíen en el presente
-y le sirvan de base para fantasear sobre el porvenir. La tierra no sabe
-que existes, como ignora igualmente á los mil ochocientos millones de
-parásitos de tu misma especie que viven sobre su costra. Basta que se
-estremezca su epidermis en los lugares predispuestos á este pequeño
-escalofrío, para que cambie el equilibrio político del mundo. ¡Y tú te
-confías á la bondad de este globo, que cuando siente de vez en cuando la
-picazón producida por las agitaciones, las guerras ó los grandes
-trabajos de los humanos, pasa sobre nosotros el peine de sus
-cataclismos!...
-
-»No olvides que te restan menos años de existencia que los que llevas ya
-vividos, y lo prudente es quedarse quieto en el rincón planetario donde
-transcurrió la mayor parte de tu historia individual y en el que tienes
-relativamente asegurada la tranquila prolongación de esa misma
-existencia. Lo más cuerdo en el hombre--piense como piense--es alargar
-su vida por todos los medios defensivos y conservadores que encuentre á
-su alcance.
-
-»¡Si á lo menos pudiéramos conseguir viajando el olvido de nuestras
-penas!... Pero acuérdate de Horacio: «La negra preocupación monta á la
-grupa del jinete.» Por eso, según el poeta latino, aunque te instales
-en el buque más veloz y éste navegue sin descanso por todos los mares,
-las mismas cosas que te afligen aquí irán contigo alrededor del planeta.
-
-Como finalmente mi hostil compañero hace una pausa, yo me apresuro á
-hablar.
-
---Ahora es el momento propicio para mi viaje. Si tardo en emprenderlo
-vendrá la vejez, y con ella los achaques que debilitan nuestros órganos
-vitales y agarrotan reumáticamente nuestros músculos.
-
-»Hay que conocer por completo la casa en que hemos vivido, antes de que
-la muerte nos eche de ella. Recuerda que desde mis primeras lecturas de
-muchacho sentí el deseo de ver el mundo, y no quiero marcharme de él sin
-haber visitado su redondez. Ten en cuenta además la voluptuosidad del
-movimiento, las embriagueces de la acción, la ardiente curiosidad de
-contemplar de cerca, con los propios ojos, lo que se leyó en los libros.
-Tal vez sufra grandes desilusiones y lo que imaginé sobre las páginas
-impresas resulte más hermoso que la realidad. Pero siempre me quedará el
-placer de haber llevado una existencia bohemia á través del mundo.
-
-»Piensa que voy á atravesar ocho mares, de un extremo á otro--el Océano
-Atlántico, el mar de las Antillas, el Océano Pacífico, el mar del Japón
-y el de la China, el Océano Índico, el mar Rojo, el Mediterráneo--; que
-voy á navegar por los tres cursos fluviales más famosos de la historia
-humana, cuyas aguas sirvieron de leche maternal á las primeras
-civilizaciones: el río Amarillo, el Ganges y el Nilo. Deseo ver razas,
-costumbres y ciudades distintas de esta Europa, cuyos pueblos,
-monótonamente unificados, sólo se diferencian por el odio que inspira la
-vanidad patriótica, por la guerra y la política. Si tardo unos años, me
-será imposible emprender este viaje. ¿Y tú te opones--evocando y
-agrandando peligros--á que realice el mayor deseo de mi vida?...
-
-Mi otro yo sonríe irónicamente, y se extiende por su rostro la palidez
-verdosa de la envidia. Ha desistido de infundirme la duda que ablanda
-nuestra voluntad y nos hace abandonar los propósitos más firmes. Adivino
-que ahora va á someter mi proyecto á una crítica mordaz.
-
---Tu viaje es demasiado rápido--dice con mansedumbre hipócrita--. Si
-durase varios años, tal vez sería respetable; pero ¡dar la vuelta al
-mundo en unos cuantos meses! ¿Qué vas á ver? ¿Qué podrás contar?...
-
-»Bien sé que el perfeccionamiento de los medios de comunicación agranda
-ahora considerablemente el valor de los días y los años. Julio Verne
-relató como empresa extraordinaria un viaje alrededor del mundo en
-ochenta días. Hoy se puede dar la vuelta á nuestro planeta en menos
-tiempo. Tú vas á emplear en ello seis meses, pero de todos modos verás
-personas y cosas como en una representación cinematográfica. Sólo podrás
-apreciar el aspecto exterior de los pueblos; no alcanzarás á poseer el
-más leve destello de su alma. ¿Para qué cansarte por tan mediocre
-resultado?...
-
-A mi vez creo llegado el momento de hablar duramente.
-
---El valor del tiempo está en relación con las facultades del que
-observa. Los días de viaje de algunos valen más que los años y los años
-de otros. Acuérdate del viaje de Chateaubriand por América. Los
-críticos, al estudiarlo ahora minuciosamente, con arreglo á las fechas,
-han demostrado de modo indiscutible que sólo pudo visitar los
-alrededores de Nueva York y Filadelfia, ciudades que estaban casi en
-formación, dentro de los Estados Unidos nacientes. Ni vió el Niágara, ni
-pudo navegar por el Misisipí; pero esto no le impidió dejar de ellos
-descripciones que muchos aprecian como insustituíbles. Además, trajo de
-allá la novela _Átala_, que ha hecho suspirar de emoción á varias
-generaciones, y con ella el empuje inicial del movimiento romántico, así
-como ciertos procedimientos descriptivos que después de pasado más de un
-siglo todavía emplea la literatura contemporánea.
-
-»El artista sólo necesita ver una parte de la verdad. El resto de la
-verdad lo adivina por inducción, y las torres afiligranadas que levanta
-con su fantasía son casi siempre más fuertes y duraderas que los
-edificios de mazacote, escrupulosamente cimentados, que construye la
-grisácea realidad. ¿Quién puede, además, marcar dónde terminan los
-límites de una exacta observación? Muchas veces, después de vivir
-largamente en un país, cuando nos marchamos de él, saturados de su
-esencia y creyendo que ya lo sabemos todo, es cuando nos ofrece las
-facetas más inesperadas y nuevas.
-
-»Me bastan esos meses de que hablas para que mi viaje resulte
-interesante. Un hombre de nuestra época, si es aficionado á los libros,
-sabe de antemano gracias á sus lecturas lo que va á ver cuando emprende
-un viaje, y sólo necesita comprobar por medio de sus ojos, con una
-visión puramente individual, lo que tantas veces contempló
-imaginativamente en las hojas de los volúmenes impresos.
-
-»Tú olvidas, además, cómo somos muchos novelistas. Nuestra observación
-resulta instintiva. Observamos contra nuestra voluntad. Somos aparatos
-fotográficos con el objetivo siempre abierto y tomamos cuanto nos rodea
-de un modo maquinal. Esto hace que lo que no vemos en el primer momento
-ya no logramos verlo después, por más que nos esforcemos.
-
-»Yo he escrito novelas cuya acción se desarrolla en ciudades que sólo
-vi durante unos días, y muchos lectores se imaginaron, después de
-conocer mis descripciones, que había vivido en ellas meses y aun años.
-Somos como ciertos tiradores «repentistas», que si se entretienen mucho
-en apuntar no dan en el blanco. Necesitan tirar instintivamente,
-guiándose por la voluntad más que por los ojos.
-
-»No todos los que describen la vida usan los mismos procedimientos para
-romper la coraza invisible que nos opone la realidad, deseosa de que no
-la cautivemos. Unos proceden pacientemente, con una labor lenta de
-perforación. Yo soy de los que producen por explosión. Mi trabajo
-resulta semejante al del torpedo que parte vertiginosamente: unas veces
-toca en el blanco deseado, otras se pierde sin éxito en el vacío; pero
-cuando estalla, lo hace con una brevedad instantánea y tumultuosa.
-
-»Sólo voy á viajar como novelista. No pienso escribir estudios políticos
-ni económicos sobre los países por donde pase. Contaré lo que vea y lo
-contaré á mi modo, como el que describe las personas y los paisajes de
-una fábula novelesca, sólo que ahora los seres y las cosas conservarán
-los mismos nombres que llevan en la realidad.
-
-»En cuanto al alma de los pueblos y de los individuos, permíteme que no
-dé gran importancia á esa manoseada y acomodaticia objeción. ¿Quién
-puede marcar el plazo de meses ó de años que es necesario para conocer
-el alma de una nación ó una raza?... ¿Basta la vida entera de un
-escritor para completar plenamente tal estudio?... ¿No ha ocurrido más
-de una vez que, por adivinación genial, un simple observador de paso ha
-visto lo que no alcanzaron á descubrir otros después de larguísimos y
-miopes estudios?...
-
-»Resultan tan complejas las almas, que no llegan á ser bien conocidas ni
-aun de sus mismos poseedores, así sean colectividades ó personas.
-Recuerda el caso de Lafcadio Hearn, el gran novelista norteamericano. Su
-pueblo predilecto fué el Japón. En sus libros sobre este país han bebido
-y hasta han robado numerosos autores. En el Japón vivió catorce años
-seguidos; aprendió su idioma perfectamente; casó con una japonesa; se
-hizo maestro de escuela para estudiar en los pequeños nipones el génesis
-de la psicología de los amarillos; y sin embargo, á la hora de su muerte
-confesó con una franqueza melancólica: «El alma de los japoneses
-continúa siendo un misterio para mí.»
-
-»Respetemos el misterio de las almas extrañas, ya que ninguno de
-nosotros logrará conocer jamás el misterio de la propia alma, que tantas
-veces nos sorprende con sus decisiones inesperadas. Ese misterio eterno
-es el que da interés inagotable á la existencia humana. Si un día,
-blancos y cobrizos, rojos y negros, conociésemos perfectamente nuestras
-almas, la vida perdería sus mejores emociones, y nuestra historia
-resultaría aburridísima, con la monotonía de las cosas esperadas é
-invariables.
-
-»Unas palabras más, y termino, malhumorado compañero. Dure lo que dure,
-mi viaje siempre resultará más interesante que la inmovilidad en este
-rincón agradable de la tierra. Mejor es dar la vuelta al mundo en unos
-cuantos meses, que no darla nunca.
-
-»Debo confesar que en este periplo mundial que preparo hay un poquito de
-orgullo literario. Algunos marinos y diplomáticos españoles realizaron
-viajes de circunnavegación del planeta; pero fueron viajes que pueden
-llamarse «oficiales», con observaciones y curiosidades casi siempre de
-carácter profesional. Después que el judío hispánico Benjamín de Tudela
-salió en el siglo XII (hace ochocientos años) á explorar el mundo
-conocido de oídas por los hombres de la Edad Media, y consignó en un
-libro sus correrías hasta la India, yo voy á ser uno de los contadísimos
-escritores españoles que habrán repetido espontáneamente la misma
-empresa, aunque con ello no haré mas que imitar lo que realizan todos
-los años buen número de autores ingleses y norteamericanos y de damas de
-los mismos países aficionadas á la literatura. Pretendo escribir un
-libro que encierre en sus páginas el rebullir de los pueblos-colmenas
-del Extremo Oriente; la soledad majestuosa de los océanos, guardadores
-de las fuerzas renovadoras del planeta; la melancolía histórica de las
-grandes civilizaciones, muertas ó agonizantes.
-
-Después que digo esto se abre un largo silencio. El jardín va acallando
-sus rumores bajo la pesadez del sol, cada vez más alto. Mi interlocutor
-calla también.
-
---¿Tienes algo más que decirme?--le pregunto.
-
-Él insiste en su mutismo, enfurruñado y hostil; un silencio de
-adversario que se confiesa vencido momentáneamente, pero pone su
-confianza en la fatalidad, esperando que le ayudará en lo futuro.
-
---Entonces, ahí te quedas. Te dejo sobre este banco, como algo que me
-estorba para seguir adelante... ¡Empiece el viaje!
-
-
-
-
-II
-
-LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE
-
- En un corral acuático del Hudson.--Himnos, bailes, aclamaciones y
- banderas.--Nueva York de día y de noche.--Las obras gigantescas de
- su Municipio.--Nueva York ciudad de arte.--Desde lo más alto de un
- «rascacielos».--El «Franconia» emprende su viaje.--«¡Adiós los que
- vais á dar la vuelta á la tierra!»--¿Quién de nosotros pagará el
- tributo á la Aventura?
-
-
-La orquesta del _Franconia_ entona de pronto un himno patriótico que
-tiene la lentitud religiosa de un salmo.
-
-Las gentes dejan de reir y de gritar; las cabezas se descubren; cesa el
-mutuo envío de serpentinas entre las cubiertas del buque y la multitud,
-superpuesta en tres largas masas, que ha venido á presenciar su partida.
-Se interrumpe momentáneamente el espesamiento de la trama de cintas
-multicolores tendida del muro de acero móvil de la nave al muro sólido
-de hierro y madera, cuyas raíces se hunden en el lecho subfluvial.
-
-Estamos en un patio de agua, de gran profundidad. Este patio lo forman
-las espaldas de un edificio enorme de hierro, y dos alas de igual
-construcción que avanzan sobre la llanura líquida varios centenares de
-metros. El fondo de este rectángulo está abierto y se ven pasar por él
-incesantemente--como por el espacio practicable de una decoración
-teatral--gigantescos trasatlánticos de varias chimeneas; veleros de
-cinco ó seis palos, desnudos de lona, que siguen á un remolcador negro,
-inquieto y rumoroso como un mosquito acuático; incansables
-transbordadores, verdaderos alcázares flotantes, que llevan de una
-orilla á otra, en sus diversos pisos, muchedumbres, masas de automóviles
-y pesados vehículos industriales.
-
-El _Franconia_, paquebote de 20.000 toneladas, recientemente construído
-por la Compañía Cunard, va á hacer su primer viaje alrededor del mundo,
-y está amarrado modestamente en este patio, junto á otro buque de
-parecidas dimensiones que apoya sus pasarelas en los ventanales del ala
-opuesta. Nuestro anclaje es en el río Hudson, una de las dos ramas del
-puerto de Nueva York, centro convergente de navegación para más de la
-mitad de la tierra.
-
-La orilla del río queda invisible en muchos kilómetros bajo los palacios
-de madera y acero de las más célebres compañías navieras. Son edificios
-con enormes salones, á cuyo final se ven las personas tan empequeñecidas
-por la distancia, que parecen de otra humanidad. Tienen depósitos
-capaces de recibir de una vez la carga de varios buques llegados á un
-tiempo de Europa; ascensores que admiten en cada viaje una muchedumbre;
-plataformas rodantes que suben ó bajan por sus pendientes todos los
-paquetes de un incesante tráfico. Y á espaldas de estas construcciones
-interminables avanzan perpendicularmente en el río otros edificios,
-aprisionando el agua en rectángulos donde se refugian los buques para
-hacer tranquilamente sus operaciones de carga ó de rejuvenecimiento.
-
-Los trasatlánticos más famosos de todos los mares sólo logran asomar los
-extremos de palos y chimeneas sobre sus tejados. Flotas enormes de
-comercio permanecen casi inadvertidas en estos patios marítimos, como
-las bestias en los corrales de una granja.
-
-Se extinguen en el aire las últimas notas del himno reposado y místico,
-las cabezas se cubren, y estalla un coro de gritos junto á los costados
-del _Franconia_. Algunas señoras llegadas de los Estados del interior
-para despedir á sus amigos que van á dar la vuelta al mundo, sacan
-repentinamente banderas nacionales de estrellas y rayas, y
-sosteniéndolas con ambas manos, las dejan aletear bajo las ondulaciones
-del fresco viento del río. Vuelan otra vez las serpentinas de papel y se
-hace más densa la telaraña de colores que une frágilmente el buque á los
-tres pisos del muro cercano.
-
-Me despido de los numerosos periodistas--en gran parte mujeres--que han
-venido á pedirme la última interviú sobre los más diversos é inesperados
-temas. El grupo de fotógrafos de diarios y revistas me somete á las
-postreras «instantáneas» en traje de viajero.
-
-La orquesta ha emprendido una serie ascendente de _fox-trots_ y otras
-danzas americanas. La muchedumbre grita en el buque y en los férreos
-ventanales de enfrente, excitada por el ritmo de tal música. Algunas
-parejas impacientes empiezan á bailar en las diversas cubiertas. Los
-sillones alineados en los paseos de á bordo guardan ramos de flores,
-enormes como gavillas de trigo, y cajas de dulces que abultan cual si
-fuesen maletas.
-
-Momentáneamente libre, subo al último puente intentando ver una vez más,
-por encima de los tejados del vasto embarcadero, los remates aéreos de
-Nueva York. Esta contemplación es para mí una de las visiones más
-extraordinarias que pueden gozarse sobre la corteza terrestre.
-
-Cuando vi á Nueva York por primera vez me imaginé caído en otro mundo,
-en un planeta de gentes que habían logrado vencer las leyes de la
-gravitación y jugueteaban con ellas. Contemplando los grupos de
-«rascacielos», edificios tan altos que muchas veces hunden su cumbre en
-los vapores de la atmósfera, los creí por un momento obras de gigantes,
-algo extraordinario y quimérico, más allá de las limitadas fuerzas de
-nuestra especie. Luego, al considerar que eran creación de pobres
-hombres como nosotros, con iguales debilidades é ilusiones, sentí
-orgullo de pertenecer al género humano, que, no obstante su debilidad
-física, puede realizar, gracias á su inteligencia, tales maravillas.
-
-Para mí, Nueva York es una de las ciudades más hermosas de la tierra;
-hermosa á su modo, con una belleza colosal, soberbia, audazmente
-despreciadora de muchos cánones estéticos venerados en el viejo mundo
-con la inmutabilidad de los dogmas religiosos.
-
-No digo que este arte, especialmente americano, deba servir de modelo al
-resto de la tierra, ni deseo que todas las ciudades sean como Nueva
-York. La vida es la variedad. Igualmente resulta desesperante encontrar
-en todas las latitudes falsas catedrales góticas ó imitaciones del
-Partenón. Pero me enorgullece como hombre la existencia de un Nueva York
-con sus audaces edificios, atropelladores de los obstáculos que
-esclavizaron durante siglos al constructor; con sus torres gigantescas
-que después de hincar las raíces en profundidades no alcanzadas por los
-árboles archicentenarios se lanzan en busca del cielo.
-
-Hay en el viejo mundo construcciones tan altas como las de Nueva York,
-pero aisladas y excepcionales. Lo que en Europa representa una altura
-extraordinaria, que atrae la peregrinación de los admiradores, es aquí
-el nivel corriente de los edificios principales de un barrio. La torre
-Eiffel todavía resulta actualmente más alta que los «rascacielos»
-norteamericanos. Pero esta torre es un andamiaje metálico, algo que
-parece provisional, sin la majestad imponente y sólida de los edificios
-neoyorkinos.
-
-La gran metrópoli del mundo moderno ha creado un arte, leal reflejo de
-su concepción de la vida. Es algo grandioso, atrevido, rectilíneo, que
-hace pensar en el empuje sobrehumano de los inventores, los cuales
-solamente realizan sus descubrimientos atropellando los respetos,
-disciplinas y convenciones que encadenan á sus contemporáneos.
-
-Los artistas que abominan del ferrocarril por su fealdad, pero llorarían
-de pena si los obligasen á viajar á pie, como en otros tiempos; los que
-ensalzan las sobriedades poéticas de la vida primitiva en habitaciones
-con prosaica luz eléctrica, calefacción central y vulgares aparatos
-higiénicos, cuando quieren sintetizar lo horrible de la vida moderna,
-nombran á Nueva York, que los más de ellos sólo conocen por referencias.
-Y el rebaño panurguesco de los _snobs_, para simular delicadezas
-estéticas, maldice igualmente un arte vigoroso y franco, reflejo
-característico del pueblo que más estupendos milagros lleva realizados
-en la época presente por su deseo de mejorar nuestra existencia
-material.
-
-Esta ciudad que parece construída para otra raza más grande que la
-humana hace pensar en Babilonia, en Tebas, en todas las aglomeraciones
-enormes de la historia antigua, tales como nos imaginamos que debieron
-ser y como indudablemente no fueron nunca.
-
-Hay calles en Nueva York que apreciarían en Europa como de aceptable
-anchura y parecen aquí modestos callejones, profundas grietas, á cuyo
-fondo no podrá llegar nunca el sol. Tan enorme es la altura de sus
-edificaciones laterales, que obliga á elevar los ojos, echando atrás la
-cabeza con una violencia precursora del vértigo.
-
-La imaginación se resiste en el primer instante á concebir tales
-construcciones como obra de los humanos. Más bien las cree algo anterior
-á la presencia de nuestra especie sobre el planeta. Recuerda también á
-ciertas montañas que horadaron y ahuecaron los trogloditas en los siglos
-más obscuros de la Historia, convirtiéndolas en templos subterráneos ó
-en ciudades-cuevas.
-
-Cuando llega la noche no hay aglomeración humana, no la ha habido nunca,
-que ofrezca el aspecto mágico de esta urbe, en cuyo seno fué sujetado y
-domado el cuerpo impalpable de la electricidad, encadenándolo para
-siempre á las necesidades del hombre.
-
-Los grandes edificios, con sus millares de ventanas iluminadas, son
-inmensos tableros de ajedrez, rojos y negros, que se estiran hacia las
-nubes. Las quimeras soñadas por los cuentistas orientales se realizan en
-esta metrópoli que muchos creen inaccesible á toda sensación de belleza.
-Sobre los tejados, el anuncio industrial crea un mundo fantástico que
-parece lanzar un reto á las exigencias de la realidad y á la tranquila
-sucesión de las horas. Las hadas nocturnas de Nueva York, volando en
-alturas sólo frecuentadas en otras partes por las águilas, van colgando
-del negro terciopelo del espacio figuras y adornos de fuego, pavos
-reales de plumaje multicolor, tropas de duendes que gesticulan mirando á
-las estrellas ó les guiñan un ojo maliciosamente, mujeres de luz que,
-sentadas en un columpio, se balancean con la cabellera suelta por encima
-de los astros; toda una fauna y una flora de _Las mil y una noches_,
-nacida regularmente con los primeros latidos de la luz sideral y que se
-borra con la aurora, haciendo levantar sus cabezas á la muchedumbre
-circulante por las profundas grietas de las avenidas, orladas de puntos
-de luz.
-
-Hasta hace poco, Londres era la ciudad más grande del mundo. Ahora la
-ha sobrepasado Nueva York. El eje de la historia humana, que durante
-siglos fué trasladándose de una á otra nación, siempre dentro de Europa,
-ha cruzado el mar, y está actualmente en la ribera occidental atlántica.
-
-Asombra el movimiento de este centro humano, su riqueza, su actividad.
-La Aduana de Nueva York percibe mayores tributos que muchos gobiernos
-europeos de importancia. El director de su puerto, simple funcionario
-municipal, tiene una actuación más amplia y poderosa que la de muchos
-ministros de Marina.
-
-Hablando con un individuo del Municipio de Nueva York, noté la sonrisa
-de conmiseración con que comentaba los trabajos enormes realizados por
-el gobierno americano en el canal de Panamá. El Ayuntamiento de Nueva
-York acomete empresas más difíciles y más costosas que el famoso canal,
-sin darse importancia, sin ruido de publicidad, como si emprendiese una
-vulgar operación de policía urbana. El lecho del Hudson, en cuyas
-profundas aguas anclan los buques más grandes del mundo, lo ha perforado
-repetidas veces para líneas férreas y tubos de «metropolitano» que ponen
-en comunicación á Nueva York, por debajo de este obstáculo que parecía
-invencible, con la orilla fronteriza, perteneciente al inmediato Estado
-de Nueva Jersey.
-
-Como Nueva York ocupa una isla, tiene al otro lado un brazo de mar que
-la separa de Brooklyn, simple barrio, más grande que muchas capitales
-célebres de Europa. Para unir ambas orillas se construyó hace años el
-famoso puente de Brooklyn, maravilla de la industria humana, que hizo
-hablar al mundo entero en el momento de su inauguración.
-
-La primera vez que estuve en Nueva York me apresuré á visitar el puente
-del que tanto oí hablar en mi niñez. Noté que todos lo mencionaban con
-indiferencia, como algo que ha sido célebre y ve luego arrebatada su
-fama por otras novedades.
-
-Al pasar por él me expliqué tal frialdad. El puente de Brooklyn ya no es
-una maravilla única. Casi resulta una vejez en este país donde todo
-cambia en el curso de diez años. Vi desde su larguísima y múltiple
-plataforma otros puentes más audaces y más hermosos, tendiéndose como
-brazos férreos de una orilla á otra y dejando entrever por los
-filamentos de sus redes colgantes un deslizamiento continuo de trenes,
-tranvías, automóviles y filas de peatones, iguales por la distancia á
-una leve hilera de puntos.
-
-Los llamados «rascacielos» ofrecen desde su meseta superior un
-espectáculo inolvidable. Los dos cursos acuáticos que se deslizan por
-ambos lados de la ciudad, estrechándola como un triángulo para
-confundirse pasado su vértice en la bahía enorme, están arados sin
-descanso por las quillas de innúmeras embarcaciones que se entrecruzan y
-se alejan. Tienen la densidad pululante de los insectos primaverales que
-se mueven tejiendo una tela invisible sobre la superficie de las charcas
-olvidadas. Los dos brazos líquidos, á causa del incesante movimiento de
-sus buques, ofrecen el aspecto de esas grandes avenidas en las que van y
-vienen sin reposo centenares de automóviles.
-
-Varios puentes de más de un kilómetro de longitud se lanzan sobre el
-agua de azul grisáceo, como barras de tinta china pendientes de
-filamentos sutiles, para que resbale sobre su cara superior, de ribera á
-ribera, todo un mundo microscópico. En la bahía, limitada por costas
-gibosas como lomos de cachalote, la isla que sirve de zócalo á la
-estatua de la Libertad parece un juguete, un pisapapeles, flotando sobre
-las aguas.
-
-Son docenas, son á veces más de cien, los buques de diversos calados y
-arboladuras que llegan de todos los puntos cardinales de la tierra ó
-abren el abanico de sus rumbos hacia horizontes misteriosos, detrás de
-cuyo telón de brumas se ocultan nuevas costas y nuevos puertos. Parece
-que no quede en el planeta otra tierra que ésta y el resto de la
-humanidad viva sobre buques, necesitando venir á descansar sus pies
-sobre el único fragmento de corteza sólida.
-
-Desde tal altura los ojos abarcan kilómetros y kilómetros de superficie
-terrestre sin encontrar un campo, algo que recuerde la vida rústica, que
-es la de la mayoría de los humanos. Se ven arboledas enormes, pero son
-de parques, de barrios-jardines, y estas islas de verdura se hallan
-encerradas por el oleaje de tejados que se pierde en el horizonte y del
-que emergen como picos submarinos las masas cuadrangulares de los
-«rascacielos».
-
-Cada uno de dichos edificios es un mundo, más grande y complicado que
-los mayores paquebotes. Para completar su semejanza con uno de estos
-cosmos flotantes, todos ellos tienen una enorme máquina de vapor
-destinada á las necesidades comunes de calefacción, alumbrado, etcétera,
-añadiendo su chimenea torrentes de humo blanco á las inmediatas nubes.
-Aun en días serenos, cuando el cielo es límpido y la bahía toma un color
-azul de Mediterráneo, existe sobre la ciudad una ligera neblina dorada
-por el sol: el vapor que lanzan los «rascacielos» por sus tubos de
-trasatlántico.
-
-Cuando cierra la noche, los propietarios de estos edificios inmensos
-iluminan su terraza final ó los templetes que les sirven de remate con
-focos invisibles de potente luz, azulados, verdes ó rojos. La masa del
-edificio sube y sube en la sombra, pues transcurridas las primeras horas
-de la noche quedan cerradas sus filas de ventanas. Pero allá en lo
-alto, cual islas quiméricas que flotasen sobre las tinieblas del sueño,
-ve el transeunte los remates luminosos de las torres. Como guardan
-ocultos sus focos eléctricos, parecen bañados por una manga luminosa, de
-trayectoria invisible, que viene de un sol oculto en la noche, más allá
-de nuestras pobres miradas.
-
-Muge por última vez el _Franconia_, anunciando que va á partir. La
-orquesta es cada vez más incoherente y estrepitosa en sus ritmos
-danzantes. Cantan á gritos los músicos, pareciéndoles poco los
-instrumentos para su ruidosa función. La muchedumbre saluda con
-aclamaciones los movimientos preliminares de la partida del buque.
-
-Ya han sido retiradas las pasarelas que lo unían á los tres pisos del
-embarcadero de la Cunard.
-
-Sus primeros movimientos estiran y rompen la telaraña de cintas que ha
-ido tejiéndose en el espacio libre. Empiezan á flotar en el agua muerta
-grandes bolas de papeles de colores. Se agitan brazos, pañuelos y
-banderas. Cada vez es más ancha la faja líquida entre la pared inmóvil
-del edificio y la pared metálica del vapor, que al moverse despierta al
-agua, haciéndola huir por sus costados.
-
-El _Franconia_ inicia su marcha retrocediendo. Resbala lentamente por la
-popa, fuera del corral acuático. Quiere salir al Hudson, donde virará,
-poniendo su proa hacia mares más azules, hacia cielos limpios de la
-neblina que esfuma en estos momentos las altas torres de Nueva York,
-dándolas un aspecto de recortes de papel gris sobre un fondo de otro
-gris más pálido.
-
-Corre la muchedumbre hacia los balconajes terminales del embarcadero que
-avanzan sobre las aguas libres. Allí son los últimos saludos, los
-mayores alaridos de despedida, las agitaciones más epilépticas de
-brazos, sombreros y lienzos de colores. Saludan la popa del navío que
-se desliza junto á ellos; después la estructura central de este pueblo
-flotante; últimamente, la proa que se aleja, se detiene poco después,
-como si reflexionase, y acaba por ladearse, recobrando su verdadero
-funcionamiento, que es el de avanzar partiendo las aguas.
-
-«¡Adiós los que vais á dar la vuelta á la tierra!», parece gritar con su
-confuso vocerío la muchedumbre que llena los balconajes inmóviles.
-Dentro del buque todas las barandas de las cubiertas están orladas de
-gente. Hasta los tripulantes y la numerosa servidumbre se asoma á las
-barandillas para presenciar esta despedida.
-
-La música continúa sonando, con una cadencia que incita á mover los
-pies. Las parejas, por momentos más numerosas, bailan y bailan. Una idea
-fúnebre me obsesiona en medio del sonoro regocijo. ¿A quién le tocará
-morir de todos los que vamos en este buque, amos y servidores?...
-
-Porque es indudable que alguno de nosotros va á quedar en el camino. No
-se da la vuelta al planeta, desafiando tantos mares, tantos países de
-fiebre y la inadaptación á tan diversas temperaturas, sin que alguien
-caiga. La Aventura, diosa seductora y cruel, acepta la aproximación de
-sus devotos, pero exigiéndoles el tributo de alguna víctima.
-
-La parte más interesante de Nueva York se desarrolla de pronto ante mis
-ojos, el vértice del triángulo, la llamada ciudad baja, donde están los
-Bancos, las oficinas célebres.
-
-Edificios de numerosos pisos, que en otra parte serían admirados como
-gigantescas construcciones, se encogen aquí, con la humildad de una
-casita rústica, al pie de los palacios-montañas.
-
-¡Adiós, ciudad en la que todo es desmesurado, más allá de las
-ordinarias dimensiones humanas, virtudes y defectos, generosidades y
-miserias; donde todo se renueva incesantemente y el desinterés heroico
-sucede al egoísmo brutal, así como la triunfante verdad reemplaza al
-testarudo error!
-
-¡Adiós, urbe de los milagros, patria de magos, creadores de los más
-asombrosos inventos de nuestro siglo; poetas de la acción, que
-despreciasteis la palabra «imposible», trabajando con la fe de los
-antiguos alquimistas para transmutar el ensueño quimérico en realidad
-luminosa!
-
-¡Adiós, Nueva York, que venciste á la noche!
-
-
-
-
-III
-
-MI CASA ERRANTE
-
- Un vapor sin polvo de carbón.--Desde la quilla á la última
- cubierta.--La piscina del «Franconia».--Las mujeres de la
- tripulación.--Mi celda blanca.--Preparándome, como un actor, á
- cambiar de traje.--Lo que comieron Magallanes y sus compañeros, y
- lo que comemos nosotros.
-
-
-Dedico mis primeros días de navegación á conocer, hasta en sus últimos
-recovecos, la casa errante que debo habitar durante algunos meses.
-
-La mueven dos turbinas que dan noventa revoluciones por minuto. Su
-marcha es cuando menos de 18 millas. Su casco, que representa 20.000
-toneladas de desplazamiento, se hunde en el mar nueve metros y se eleva
-sobre la superficie acuática trece: la altura de una casa de varios
-pisos.
-
-A pesar de su importancia náutica y de su gran velocidad, sólo tiene una
-chimenea, y ésta permanece con la enorme boca limpia de vapores la mayor
-parte de la jornada. Las máquinas del _Franconia_ no conocen el carbón.
-El combustible de este buque nuevo es el petróleo bruto, llamado
-_mazout_. Su marcha sólo va seguida excepcionalmente por un denso
-penacho de humo. Durante horas y horas avanza por el espacio eternamente
-virginal de los océanos, sin ensuciar el azul cristalino del cielo y el
-azul compacto de las aguas. Un leve tul rojizo se escapa ligeramente por
-un borde de su chimenea, una voluta de humo químico, transparente como
-una blonda, que se disuelve en el espacio á los pocos metros.
-
-Tiene la marcha regular y continua de los organismos alimentados
-mecánicamente. No hay altibajos ni vacilaciones en su avance; no depende
-de fogoneros que, encorvados ante sus rojas entrañas, aflojen el paleo
-alimentador durante las tempestades ó los grandes calores. Las calderas
-se nutren por espita y no por brazo; el chorro líquido las mantiene, no
-el golpe de pala. Y este gran progreso de la mecánica naval ha tardado
-mucho en ser admitido, como todos los adelantos, y aún encuentra
-resistencias tradicionales. Ha sido preciso que lo adoptase la marina
-militar, por exigencias de la última guerra, para que los dueños de las
-flotas de comercio reconociesen las ventajas del petróleo como alimento
-de la máquina naval.
-
-Este buque hace acopio de combustible con una simple manga, igual á las
-de riego, en el transcurso de pocas horas, en medio de un silencio
-absoluto, sin necesitar los rosarios de esclavos de los puertos,
-tiznados y gritones, que juran al ir y venir entre la ribera y el vapor
-con la espuerta de carbón al hombro, ensucian el buque, obligan en los
-países cálidos á tener cerrados los ventanos para que no entre el polvo
-de la hulla, y turban el sueño ó la tranquilidad de los pasajeros.
-
-Seis veces vamos á llenar los depósitos de petróleo durante nuestra
-vuelta á la tierra: en San Francisco, Honolulu, Hong-Kong, Colombo,
-Bombay y Gibraltar. Estos depósitos contienen 3.000 toneladas de
-petróleo, ¡Qué hoguera inmensa en la soledad oceánica! ¡Qué llamarada de
-volcán, si llegara á inflamarse el lago diabólico, negro y dormido, que
-llevamos debajo de nuestros pies!...
-
-Gracias á este combustible, las máquinas se mantienen en una limpieza
-escrupulosa, igual á la de los salones del buque. El metal brilla en
-ellas con la blanca transparencia de la plata, sin el menor rastro de
-hollín. Durante el viaje desciendo varias veces á lo más hondo de la
-maquinaria, desde la cubierta superior á la quilla, unos veintidós
-metros, por escaleras de acero. Voy vestido de blanco, con el ligero
-traje que imponen las altas temperaturas del Trópico, y salgo sin una
-mancha de estas cavernas de la mecánica, que en otros buques chorrean
-grasa y por más que se extreme en ellas la limpieza tienen siempre un
-pegajoso empañamiento de polvo de carbón.
-
-Aquí basta un muchacho con un alambre rematado por una estopa ardiente,
-para poner en actividad calderas enormes. Introduce por un agujero este
-aparato rudimentario, igual al que se emplea para encender los faroles
-de gas, da vuelta á una espita, é inmediatamente arde el chorro
-petrolífero, provocando con rapidez la presión tubular.
-
-La velocidad regulada, continua, siempre igual, motiva grandes
-equivocaciones en el curso del viaje. Pero tales errores resultan
-agradables, pues son por exceso, no por defecto. Siempre llegamos á los
-puertos varias horas antes de la hora anunciada. En las travesías largas
-ganamos un día y hasta dos sobre la fecha fijada de antemano.
-
-Como el _Franconia_ no fué construído con una finalidad comercial y sus
-ingenieros sólo tuvieron que preocuparse de las comodidades necesarias
-en un viaje alrededor del mundo, carece de las enormes y obscuras
-bodegas que absorben la mayor parte de los cascos flotantes. Hay
-salones, dormitorios y numerosas dependencias para el bienestar general
-más abajo de la línea de flotación, en los mismos lugares que
-permanecen abarrotados por las cosas y son inaccesibles á las personas
-en otros buques. Por esto el _Franconia_, con sus 20.000 toneladas,
-parece más grande que muchos vapores de superior desplazamiento.
-
-Yo he llegado pocos días antes á Nueva York en el _Mauritania_, uno de
-los tranvías gigantescos del mar que trasladan á las gentes
-continuamente de una acera á otra, en la gran calle del Atlántico. Su
-tonelaje casi es doble que el del _Franconia_ y el número de sus
-pasajeros enormemente superior. Y sin embargo, las gentes se encontraban
-en él con más facilidad. En este buque que va á dar la vuelta al mundo,
-los trescientos excursionistas nos buscamos á veces horas enteras sin
-tropezarnos.
-
-Desde la quilla á la última cubierta todo ha sido aprovechado para el
-viajero. Exceptuando el espacio que ocupan las máquinas y los almacenes
-de víveres, el resto del vaso flotante es para las personas.
-
-En lo más profundo de la nave, é iluminado noche y día por lámparas
-encerradas en tazones de alabastro, están el gimnasio, con sus aparatos
-complicados y sus corceles y camellos de madera que trotan al impulso de
-fuerzas eléctricas; los salones de paredes blancas, que parecen de
-porcelana, donde señoritas y caballeros juegan á la pelota ó se entregan
-á otros deportes modernos, y la famosa piscina, una piscina pompeyana de
-varios metros de profundidad, en la que pueden bracear los nadadores
-como en un lago.
-
-Sus orillas son de mármol; robustas y acanaladas columnas, rojas y
-blancas, de estilo greco-romano, sostienen su techumbre; los esbeltos
-lampadarios de metal y alabastro recuerdan las «villas» de los patricios
-de Roma; grandes relieves de bronce verdoso incrustados en las paredes
-representan atletas y amazonas ejecutando las suertes de los Juegos
-Olímpicos.
-
-En días de tranquila navegación hay que hacer un esfuerzo mental para
-convencerse de que esta piscina tiene debajo de su concavidad los
-abismos del Océano. Solamente cuando su agua se desplaza de un lado á
-otro con tumultuoso oleaje, salpicando á los que están en sus marmóreas
-riberas, es cuando recordamos, no obstante su aspecto inconmovible y sus
-duras materias de apariencia terrestre, que va montada en algo frágil, á
-merced del empellón gigantesco de elementos inquietos é invisibles.
-
-Varios ascensores ponen en comunicación esta profundidad, siempre
-iluminada por una luz de veladuras lácteas, con los pisos superiores en
-pleno aire, donde están los salones de conversación, de danza, de
-escritura y lectura, de conferencias y de proyecciones cinematográficas,
-así como los dedicados al juego y al consumo de bebidas.
-
-Dos comedores iguales á los de un hotel tienen en su centro una cúpula,
-que triplica la capacidad del ambiente respirable, y en esta cúpula hay
-balconajes donde se instala la orquesta, dividida en dos secciones, á
-las horas de la nutrición.
-
-Cerca de quinientos hombres tripulan el buque, la mayor parte de ellos
-domésticos, destinados á servir nuestras mesas y asear nuestros
-dormitorios. Como dentro de él la mecánica sustituye al brazo en todo lo
-posible, no necesita de muchos marineros ni maquinistas. Cincuenta y
-tres hombres bastan para el funcionamiento y limpieza de sus potentes
-mecanismos. La tropa de fogoneros, que es siempre la más numerosa en los
-vapores, está sustituída aquí por unos cuantos muchachos que abren ó
-cierran las espitas del petróleo.
-
-Treinta y seis mujeres con gorrito y delantal blancos--inglesas
-románticas muchas de ellas, que se engancharon porque sentían deseos de
-dar la vuelta al mundo--acuden á la llamada del timbre con un aire de
-actrices disfrazadas de domésticas, porque así lo exige su papel, y las
-horas libres de trabajo las dedican á una lectura incesante de novelas.
-Algunas de estas _misses_, cuando hay fiesta á bordo bajan durante el
-banquete al balcón de la música en ambos comedores, y acompañadas por la
-orquesta cantan antiguas canciones inglesas ó americanas, si es noche de
-conmemoración patriótica, y otras veces romanzas sentimentales.
-
-Hay otras mujeres á bordo, obreras despeinadas y sin uniforme, que
-trabajan en el lavado y planchado, y únicamente pueden ser vistas cuando
-el pasajero curioso se aventura en la parte del buque ocupada por las
-cocinas, los talleres y los camarotes del personal.
-
-En los grandes trasatlánticos que van de Europa á América sólo se
-atiende á la manutención y al sueño del pasajero. La travesía dura menos
-de una semana. La ropa sucia se guarda para las lavanderas terrestres.
-Son ómnibus marítimos organizados para acarrear la mayor cantidad de
-gente en el menos tiempo posible. Se encuentra en ellos un asiento en
-una mesa, una cama, y nada más. A la semana siguiente, otro viajero
-ocupará el mismo sitio.
-
-Aquí la travesía durará varios meses. La vida de tierra, con sus
-exigencias higiénicas, va á prolongarse sobre los desiertos azules del
-Océano, y un taller enorme de lavado y planchado que funciona en la popa
-del buque completa nuestra limpieza corporal, entretenida todas las
-mañanas por cincuenta cuartos de baño.
-
-La ropa sucia pasa á través de un sinnúmero de máquinas, tan ingeniosas
-como terribles. Sale de ellas blanca, deslumbrante, pero adornada muchas
-veces por una sucesión de rasgaduras simétricas, que tienen la
-regularidad de los desperfectos causados mecánicamente, y además con
-los botones hechos añicos. Pero vamos á pasar dos veces en nuestro viaje
-la línea ecuatorial, vamos á vivir semanas y semanas en mares y tierras
-del Trópico, donde hay que usar trajes tan sutiles que parecen
-fabricados con telarañas blancas, y el sudor obliga á cambiar esta ropa
-dos ó tres veces al día. Por eso debemos aceptar con agradecimiento el
-auxilio de unos aparatos que trabajan con más velocidad que el brazo
-humano, y sufrir pacientemente sus «ropicidios».
-
-Vivo en un camarote amplio, situado en el centro del _Franconia_. Los
-hay á docenas más lujosos que el mío en este paquebote donde van tantas
-gentes ricas. Muchos ostentan sus paredes tapizadas de seda y muebles
-excesivamente mullidos: una decoración dulzona y tierna de bombonera.
-Los tabiques de mi celda son simplemente barnizados de blanco, pero
-tiene unas dimensiones superiores á las normales en las viviendas
-marítimas, y puedo pasearme por ella en momentos de meditación.
-
-Además, en esta parte del buque gozo de un silencio y una paz
-conventuales. Dos ventanos redondos y de extraordinaria abertura dan
-entrada á un doble chorro de luz azul y rojiza, que en alta mar irisa la
-blancura del camarote, como si fuese el interior de una concha-perla.
-Cuando el buque queda inmóvil en los puertos, los dos ventanos proyectan
-en el techo un par de redondeles temblorosos que reflejan el palpitar de
-las aguas invisibles. A ciertas horas, lo mismo que si fuesen sombras
-chinescas, atraviesan estos círculos de linterna mágica barquitas negras
-movidas por remeros liliputienses, reducción óptica de los indígenas que
-mueven abajo sus lanchas, junto al muro férreo de la nave, y cuyo
-vocerío de tumulto llega hasta mí.
-
-Entre las dos aberturas tengo una mesa que resulta enorme para un
-buque, y procede de una oficina de la última cubierta. Una butaca
-lujosa, arrebatada de un salón, me sirve de asiento de trabajo. En la
-pared de acero hay una cavidad rectangular que, gracias á unas tablas,
-se ha convertido en biblioteca.
-
-Me ocupo en instalarme durante los primeros días con la minuciosidad del
-que ha cambiado de domicilio y no piensa repetir en mucho tiempo tan
-molesta operación. La celda grande y blanca va á ser mi casa por algunos
-meses, los más preciosos de mi vida, los más rellenos de
-acontecimientos, sorpresas é interesantes episodios. Estas paredes tal
-vez presencien el nacimiento y la formación de un nuevo hombre que
-reemplazará al que acaba de instalarse entre ellas.
-
-En el curso del viaje abandonaré varias veces el buque, en el Japón, en
-la China, en las islas oceánicas, en la India, en Egipto, y adivino que
-al regresar á este camarote sentiré la alegría del que retorna á su
-verdadera casa después de una vida errante de aventuras y riesgos.
-Volveré á encontrar en él mis libros, mis papeles, todo lo que traigo
-conmigo de Europa y me recuerda mi existencia anterior. También saldrán
-á mi encuentro los ensueños, las quimeras con que habré ido poblando, en
-los largos y monótonos días de navegación, los rincones de estas cuatro
-paredes blancas.
-
-Procuro arreglar mi ropa metódicamente, lo que no es empresa fácil.
-Vamos á ir rebotando de un clima á otro; saltaremos bruscamente de los
-fríos del Norte al calor de las zonas tropicales, volviendo días después
-á países de llanuras nevadas. Necesito tener á mano vestidos de todas
-las estaciones, colocados en buen orden, como los trajes de un actor que
-ha de cambiar de vestimenta en cada entreacto. Y cuelgo por series, para
-ser usados dentro del mismo mes, trajes de invierno, de primavera y de
-verano. Dos gabanes de pieles quedan vecinos á media docena de
-trajecitos blancos, de tejido tan sutil, que no son mas que un
-convencionalismo indumentario para no ir con las carnes al aire, como un
-salvaje.
-
-Un oficial administrativo del buque, Mr. Green, inglés sonriente, grueso
-de cuerpo, amable de maneras y de carácter regocijado, me enseña un
-documento interesante. Es el jefe inmediato de los _maître d’hotel_ que
-dirigen los dos comedores, de todos los criados que sirven las mesas y
-cuidan los camarotes, del ejército de cocineros y marmitones que
-preparan la extraordinaria y múltiple nutrición de este pueblo flotante,
-y además guarda y administra los depósitos de víveres.
-
-En el _Franconia_ comemos seis veces al día. Tres comidas fuertes: el
-_breakfast_, desayuno con varios platos, de las ocho á las diez de la
-mañana; el _lunch_, almuerzo, á la una de la tarde, y el _dinner_, la
-comida solemne, á las siete, en traje de etiqueta. Además tres
-refrigerios, compuestos de diversas especies comestibles y líquidas: el
-caldo de las diez de la mañana, con su escolta de cosas sólidas; el té
-de las cinco de la tarde, con variadas tentaciones de pastelería y
-confitería, y la cena fiambre de las once de la noche, para los que se
-quedan á bailar en los salones de la última cubierta.
-
-La invención y perfeccionamiento de la cámara frigorífica han
-revolucionado la vida del mar. Hoy, los emigrantes amontonados en la
-proa de un buque gozan de comodidades que no conocieron, hace unas
-docenas de años, los monarcas más poderosos de la tierra, cuando
-viajaban en sus yates ó en los acorazados de sus flotas. La conservación
-de alimentos animales y vegetales, así como la de plantas y flores, es
-casi perfecta, merced á las diversas y apropiadas gradaciones de
-temperatura en los depósitos frigoríficos.
-
-Leo la lista que me enseña Mr. Green. Es un resumen de las cantidades de
-víveres que hemos embarcado en Nueva York.
-
-No puedo examinarla toda, pues resulta interminable; pero me fijo en
-algunas de dichas cantidades, y creo estar leyendo una página de la
-famosa novela de Rabelais, una descripción de las gigantescas hazañas
-gastronómicas de Gargantúa ó Pantagruel.
-
-Llevamos á bordo 50 toneladas de carne de buey, 20 toneladas de cordero
-y otras tantas de cerdo, 1.000 jamones, 3.000 pollos, 195.000 huevos, 10
-toneladas de mantequilla, 100 toneladas de patatas, 90.000 manzanas,
-65.000 naranjas, 22.000 _grape-fruits_, especie de toronja dulceamarga,
-sin la cual el norteamericano no comprende el placer del desayuno, 54
-toneladas de azúcar, 7 toneladas de café, 4 toneladas de te, 6 toneladas
-de helados americanos de las mejores fábricas de los Estados Unidos,
-duros y consistentes como el mármol, saturados de perfumes de frutas y
-flores, iguales á los que compra el público, envueltos en un papel, en
-los teatros de Nueva York. Además, una máquina especial fabrica para
-nosotros diariamente una tonelada de hielo, con agua previamente
-esterilizada.
-
-Me es imposible seguir leyendo. Adivino las magnificencias de las
-cantidades restantes. En esta casa movible que vagabundea por las
-soledades marítimas del planeta vivimos y comemos como en los grandes
-hoteles de Londres y Nueva York. La única diferencia es que aquí comemos
-más y la mesa ofrece mayor abundancia que en los «Palaces» terrestres.
-
-La primera noche que me pongo el _smoking_--uniforme indispensable en
-las comidas--y me siento á una mesa para tres personas (las tres únicas
-que son de lengua española en todo el pasaje del _Franconia_), sufro
-una sorpresa, que en el primer momento casi me parece ofensiva.
-
-Uno de los numerosos platos marcados en la minuta es pollo guisado á no
-sé qué estilo. Los camareros cumplen su servicio con una rapidez
-ceremoniosa, y cuando llega el momento de servir el plato indicado se
-presenta uno de ellos con una gran cazuela de plata, hace una reverencia
-y levanta la tapadera. Para tres personas... ¡tres pollos enteros! Yo
-protesto con cierta indignación. ¡Por quién nos han tomado!... Bueno es
-que sirvan con largueza, pero tanta generosidad casi resulta insultante.
-
-La enorme lista de víveres que me muestra el _steward_ en jefe no es
-definitiva: sólo representa el mantenimiento de una parte del viaje. En
-todos los grandes puertos será renovada con especialidades alimenticias
-del país y víveres iguales, pero frescos.
-
-Recuerdo á Magallanes y sus compañeros en el primer viaje alrededor del
-mundo.
-
-Explorando las costas de la América del Sur sufrieron grandes tormentas,
-pero les fué posible renovar sus provisiones comprando á las tribus
-ribereñas del Brasil pan de cazabe, cerdos pecarís, gallinetas
-americanas, batatas y plátanos. Pero luego de haber descubierto el
-famoso estrecho, al desembocar en el Mar Grande que llamaron Pacífico,
-empezó para ellos la parte más difícil de su viaje. Tres meses y veinte
-días navegaron por el inmenso Océano sin ver tierra ni probar ningún
-alimento fresco.
-
-El italiano Pigafetta, cronista de esta expedición, rematada
-gloriosamente por el vasco Del Cano, dice así:
-
-«La galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con
-gusanos, que habían devorado toda la substancia, y que tenía un hedor
-insoportable por estar empapada en orines de rata. El agua que nos
-veíamos obligados á beber era igualmente pútrida y hedionda.
-
-»Para no morir de hambre llegamos al terrible trance de comer pedazos
-del cuero con que se había recubierto el palo mayor para impedir que la
-madera rozase las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol
-y á los vientos, estaba tan duro que había que remojarle en el mar
-durante cuatro ó cinco días para ablandarle un poco, y en seguida lo
-cocíamos y lo comíamos.
-
-»Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación á serrín de madera
-como única comida, pues hasta las ratas llegaron á ser un manjar tan
-caro que se pagaba cada una á medio ducado...»
-
-Siento necesidad de volver á leer la lista del encargado de los víveres
-en el _Franconia_.
-
-
-
-
-IV
-
-LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN
-
- El Estado Mayor del viaje.--Más mujeres que hombres.--Cordial
- familiaridad norteamericana.--La española que conoció tres
- Papas.--El cocinero escultor.--Las Frinés de la piscina y la
- tranquilidad de sus compañeros de natación.--En el canal de
- Bahama.--La hermosa costa de la Florida.
-
-
-La «American Express», sociedad de Nueva York que dirije este viaje, ha
-montado en la penúltima cubierta una oficina que ocupa varios salones.
-
-En este centro hay un Banco, con mostrador de caoba, rejas de bronce y
-cajas de valores, graciosa reducción de los grandes establecimientos
-terrestres de igual género. El telégrafo inalámbrico le trae todas las
-mañanas la cotización de las diversas monedas, para que los viajeros
-puedan cambiar su dinero. Además admite cheques sobre todas las plazas
-del mundo, abre créditos, guarda depósitos, realiza cobros por medio del
-telégrafo en el otro lado de la tierra, cumple cuantos encargos
-financieros se le quieran confiar.
-
-Hay un director del viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria
-todas las vías de comunicación existentes en el planeta, con sus
-innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por sus trabajos 12.000
-dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de
-gobierno en Europa. Tiene á sus órdenes un Estado Mayor de veinticuatro
-funcionarios, retribuídos también con largueza. Unos son antiguos
-profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y
-lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros,
-simples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones
-menos conocidas de la China y la India, norteamericanos enérgicos é
-instruídos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta
-expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías á los pequeños grupos de
-viajeros que abandonando el buque se lancen á través de las naciones
-asiáticas.
-
-Lo primero que se nota al ir conociendo las gentes que ocupan el
-_Franconia_ es la preponderancia numérica de las mujeres sobre los
-hombres. Esto no es extraordinario, pues en los Estados Unidos todo lo
-que significa vulgarización literaria, cultivo de las artes ó simple
-curiosidad intelectual, ve acudir inmediatamente un público compuesto en
-su mayor parte de elemento femenino. Además, la mujer norteamericana,
-intrépida y ansiosa de saber, disfruta en su vida de familia de una
-completa independencia.
-
-Vienen en el buque muchas esposas y muchas solteras que viajan solas.
-Los maridos ó los padres continúan en los Estados Unidos, prisioneros de
-sus negocios comerciales ó de sus profesiones científicas. Los
-compañeros de viaje son generalmente ingenieros ó banqueros en ciudades
-del interior, sesudos varones que, después de esforzarse para conseguir
-una fortuna, creen llegado el momento de descansar por unos meses, dando
-la vuelta á la tierra.
-
-Cruzo mi saludo con algunos viejos de aire modesto y tímido,
-mediocremente vestidos. Los creo tenderos de alguna pequeña ciudad
-perdida en los vastísimos Estados del centro de la gran República.
-Luego, en el curso de nuestro periplo, leyendo los periódicos que
-mencionan á todas las personas notables de la expedición, me entero de
-que estos pobres señores son presidentes de compañías eléctricas
-célebres en la tierra entera, de grandes ferrocarriles, de empresas
-metalúrgicas, en una palabra, hombres que cuentan su fortuna por
-millones de dólares y al traducirla en cifras necesitan emplear dos
-unidades y á veces tres.
-
-Nunca en mi vida anterior he vivido entre personas tan joviales, tan
-sencillas, tan ecuánimes en sus gustos y afectos. Creo que durante el
-resto de mi existencia me acordaré siempre de su agradable compañía.
-
-En otro buque y con otras gentes hubiese sido imposible vivir varios
-meses sin rivalidades, disputas y murmuraciones agresivas. La monótona
-existencia en las soledades del Océano acaba por despertar y excitar lo
-peor que llevamos en nosotros. Por eso, en las antiguas navegaciones, lo
-primero que hacía el maestre de la nave al darse ésta á la vela, era
-recoger las espadas de los viajeros. Además, las ofensas recibidas
-durante la navegación, así como los desafíos concertados, se
-consideraban sin valor alguno al saltar á tierra. En el _Franconia_ han
-transcurrido semanas y meses sin que se alterase una sola vez la
-afectuosidad sincera, la llaneza sonriente de tantas señoras y
-señoritas, y de tantos hombres de negocios, ingenuos y entusiastas como
-niños grandes.
-
-Casi todos los pasajeros proceden de los Estados Unidos. Sólo figuran en
-esta expedición tres viajeras inglesas y dos de lengua española. Éstas
-son una distinguida dama de la América del Sur y su doncella, que hace
-años la sigue á todas partes y es de un pueblo cerca de Burgos.
-Casilda--así se llama la española--ha visto mucho en Europa, y al contar
-sus impresiones del viejo mundo, las resume en las tres visitas que
-hizo al Vaticano acompañando á su señora, chilena.
-
---Yo he conocido tres Papas--dice con orgullo.
-
-Ahora va á conocer algo más, la redondez del planeta, y se mueve en el
-buque con curiosidad, con cierta desconfianza, pero sin miedo. Sólo se
-había embarcado en un vaporcito suizo del lago Lemán. La primera vez que
-ha puesto sus plantas en unas tablas movidas por el Océano, ha sido
-simplemente para dar la vuelta entera á nuestro planeta, y continúa tal
-viaje sin mostrar grandes asombros.
-
-A mí no me extraña esta serenidad, pues recuerdo el origen de los héroes
-del descubrimiento y la conquista de América. Muchos de ellos salieron
-de pueblos de Castilla y de Extremadura, donde las gentes sólo de oídas
-conocen la misteriosa existencia del mar.
-
-Otro español va á bordo del _Franconia_, un joven cocinero, llamado
-Antonio, valenciano, que trabaja desde los años de la guerra en los
-buques de la Compañía Cunard. Me hace saber su existencia bautizando
-todos los días con títulos de mis novelas algunos de los platos que
-figuran en la extensa lista. Él mismo va por las mañanas á la imprenta
-del buque, para que los tipógrafos ingleses no desfiguren con disparates
-ortográficos las palabras españolas. En el curso del viaje mi mesa atrae
-las miradas admirativas de los vecinos por los adornos que figuran en su
-centro. Este valenciano de gorro blanco es escultor por instinto, y
-trabaja, valiéndose de un hierro candente, los bloques de hielo que con
-tanta abundancia produce la máquina especial del _Franconia_. Esculpe
-cisnes que parecen de cristal de roca, fortalezas de albos torreones,
-grandes canastillas de artística labor, y después de llenar con frutas y
-flores la cavidad de sus obras de hielo, las coloca en mi mesa, siendo
-su frescura inapreciable regalo cuando navegamos en los trópicos ó
-atravesamos la línea ecuatorial.
-
-Durante los primeros días forman grupos los pasajeros caprichosamente, y
-estos grupos, una vez consolidados, entablan relaciones amistosas,
-como los pueblos cuando se sienten atraídos por una simpatía
-sentimental. Las diversiones comunes del buque--bailes, cinematógrafo y
-conferencias--facilitan la aproximación.
-
-Nadie se levanta tarde en el _Franconia_. Los más de sus ocupantes son
-aficionados á los deportes y recibieron en la escuela una educación
-activa y vigorosa. Al salir el sol se rejuvenece el barco todas las
-mañanas. Los pasajeros más madrugadores encuentran ya húmedo y
-reluciente el suelo de sus diversas cubiertas. El mar parece que sonríe
-y balbucea como un niño. El cielo y el Océano tienen la pueril alegría
-de la aurora. Es el momento de los ejercicios gimnásticos para fomentar
-la agilidad corporal; de las abluciones y nataciones que mantienen la
-limpieza higiénica de la piel.
-
-A dicha hora el pasaje parece componerse únicamente de hombres. Si se
-entreabren las batas de baño sólo se ven pantalones, en los corredores y
-en el ascensor. Todas las mujeres llevan pijamas masculinos.
-
-Las más jóvenes menosprecian la inmersión en los lujosos cuartos de baño
-y bajan á la piscina, en lo más profundo del buque, para hacer un alarde
-elegante de sus habilidades natatorias.
-
-Hombres y mujeres se entregan al deporte acuático con tranquila
-camaradería, sin que nadie parezca acordarse de que existe en el mundo
-una dualidad de sexos. Las muchachas norteamericanas, grandes, esbeltas,
-largas de piernas, con una hermosura gimnástica, llevan por toda
-vestimenta un traje de baño cortísimo--lo necesario nada más para cubrir
-la parte media de su cuerpo--y una especie de tirantes que se unen
-sobre sus hombros. Sólo piensan en suprimir estorbos para moverse con
-más soltura. No se les ocurre que esta ligereza de ropas pueda excitar
-la atención de los varones que nadan en la misma piscina; y si lo
-piensan, se lo callan.
-
-A los hombres, aparentemente, no parece interesarles de manera
-extraordinaria unas desnudeces á cuya vista están acostumbrados. Me
-acuerdo de la avidez óptica que altera con frecuencia la tranquilidad
-varonil en los pueblos llamados latinos. Basta que una pierna femenina
-muestre algunos centímetros más de lo legislado por la moda, para que
-los pescuezos de muchos hombres se estiren, ansiando ver tan
-extraordinario espectáculo de más cerca, y para que sus ojos se
-revuelvan en las órbitas, inquietos y saltones.
-
-Las Frinés nadadoras se despojan aquí tranquilamente de su manto blanco,
-quedando sin otro tapujo que la mancha azul ó negra de punto de seda que
-cubre la sección abdominal de su desnudez; y sin embargo, el respetable
-areópago masculino sentado en las orillas marmóreas de la piscina no se
-altera ni concentra sus miradas en la seductora aparición. El interés es
-únicamente para la que nada mejor, y un estrépito de alegres chapuzones,
-llamamientos y risas sube desde el fondo del buque á las últimas
-cubiertas.
-
-Al salir de Nueva York cruzamos un mar poblado de buques. Muchos de
-ellos son «petroleros» y llevan su chimenea, su máquina y sus camarotes
-en la popa, para dejar libre todo el resto del casco á los grandes
-aljibes llenos del peligroso líquido que transportan. Un día después, el
-mar está menos frecuentado. Ha ido esparciéndose en el infinito la
-aglomeración naval que se forma cerca de Nueva York. El agua es más
-azul; el sol más radiante. Se ve que vamos hacia el Trópico.
-
-Al llegar el ocaso, hora de las visiones caprichosas y mágicas, el sol,
-que se mantiene muy alto, lejos de la línea del mar, parece una naranja
-gigantesca inmovilizada en el vacío, contra todas las leyes de la
-gravitación. Su color pasa del oro amarillo al oro ensangrentado. Se
-ensombrece por abajo, va palideciendo, sin descender para ocultarse,
-como otras veces, detrás del mar. Se debilita poco á poco y acaba por
-extinguirse, siempre inmóvil en lo alto. Es una nubecilla redonda y
-roja... Luego, nada. Estando en la capital de Méjico presencié muchas
-veces esta puesta de sol fenomenal, en la que el astro se extingue en
-pleno cielo, sin descender á la línea del horizonte, sin ocultarse
-detrás del mar ó las montañas.
-
-Cambia el tiempo; el mar empieza á agitarse durante la noche, y al día
-siguiente el horizonte es gris y las olas obscuras. Se nota la
-proximidad del canal de Bahama. El Atlántico se inquieta y se encrespa
-al sentirse oprimido entre la costa de los Estados Unidos y la cadena de
-las islas bahámicas, tierras avanzadas de las Antillas.
-
-Sopla un viento fuerte que levanta polvo líquido de las crestas de las
-olas. Todas ellas, al avanzar hacia el buque en líneas interminables,
-llevan sobre su filo un penacho de humo blanquísimo que el viento estira
-hacia atrás. La luz intermitente del sol, surgiendo de pronto entre las
-nubes, atraviesa este polvo acuático y lo descompone, matizando su
-blancura con los colores del iris.
-
-Cuando languidece la tarde, el _Franconia_, á pesar de su triple quilla
-y todas las precauciones de sus constructores para defenderle de los
-embates del mar, se mueve de un modo extraordinario.
-
-Otra vez se ha cubierto el cielo de obscuros nubarrones, pero el sol
-antes de huir los perfora, lanzando á través de ellos un chorro de oro
-color de limón, que corta la atmósfera como la manga de luz de un
-aparato cinematográfico. Luego, rompiendo con su peso la bolsa de nubes
-que le aprisiona, cae en la línea del horizonte, y al tocarla se estira
-lo mismo que si el Océano lo sometiese á una enorme succión. Ya no es
-redondo, se prolonga por abajo y parece un aeróstato de seda escarlata.
-Repentinamente se apaga, y la noche cae sobre nosotros de un modo
-fulminante, como si estallase, cubriendo el mundo con una explosión de
-sombras.
-
-Todos los pasajeros están acostumbrados á los viajes por mar, y la
-agitación del canal de Bahama no perturba la vida ordinaria del buque.
-Lo mismo que en las noches anteriores, la popa está cubierta con una
-tienda de lienzo rayado y grupos de banderas para que la gente baile.
-Las más de las parejas han danzado mucho en las travesías de América á
-Europa, más rudas y tempestuosas.
-
-Los profesores contratados por la «American Express» dan sus
-conferencias en el gran salón, con proyecciones cinematográficas,
-describiendo la vida y costumbres de los primeros puertos que vamos á
-visitar: la Habana y Panamá. Grupos de esbeltas muchachas, abandonando
-momentáneamente el baile, se divierten en marchar por las cubiertas
-superiores, contra el furioso viento que arremolina sus vestidos,
-dándolas una remota semejanza con la descabezada Victoria de Samotracia.
-De vez en cuando una ola más impetuosa choca con el muro férreo del
-buque por su parte de proa, lo escala, asoma sobre la barandilla una
-cabellera de espumas fosforescente en la noche y esparce al sacudirla
-rociadas de sal líquida. Las jóvenes chillan, ríen y saltan sobre los
-regueros que esta aspersión del Océano hace correr sobre el suelo.
-
-A la mañana siguiente, el mar tiene en su color y en su ambiente algo
-que puede llamarse paradisíaco. Marcha el buque á gran velocidad,
-alcanzando y dejando atrás á otros vapores menos rápidos, y sin embargo
-parece inmóvil.
-
-Una costa se extiende paralelamente al _Franconia_. Vemos una línea
-amarilla de arena y detrás otra línea verde obscura, formada de bosques.
-Los pueblecitos son blancos y con un campanario, como los de Andalucía.
-
-Navegamos ante la Florida, antigua tierra española. Aquí está la ciudad
-de San Agustín, la más antigua de los Estados Unidos, fundada por el
-conquistador Menéndez de Avilés. Aquí vino mucho antes Ponce de León,
-desde su gobierno de Puerto Rico, en busca de la «Fuente de la
-Juventud»--eterna esperanza de los hombres--, para que diese nueva savia
-á su cuerpo, quebrantado por enfermedades y heridas. Aquí trabajaron,
-lucharon y murieron centenares y centenares de españoles, por implantar
-la civilización cristiana, un siglo antes de que los primeros ingleses
-desembarcasen en lo que son hoy los Estados Unidos.
-
-Voy descubriendo edificios altísimos que á tal distancia me parecen
-fábricas. Al examinarlos con unos anteojos potentes me convenzo de que
-son hoteles con jardines de palmeras y cocoteros: los famosísimos
-hoteles de la Florida, los más caros y elegantes de la tierra, que
-albergan durante el invierno á los archimillonarios de Nueva York y
-Chicago.
-
-El mar toma el tono verde de las aguas poco profundas. Según avanzamos,
-se va poblando de isletas redondas como escudos y ribeteadas de
-cocoteros. Son los cayos. Sobre algunas tierras á flor de agua, que no
-pueden verse de lejos, se alzan andamiajes, semejantes por su estructura
-á la torre Eiffel, aunque de más modestas proporciones y con las
-cúspides ocupadas por faros.
-
-Algo revolotea de pronto ante mis ojos: una mariposa de colores, roja,
-negra y dorada. Ha volado hasta el buque desde la hermosa tierra que
-desarrolla ante nosotros su lomo sinuoso y verde, con altos ramilletes
-de árboles.
-
-Un perfume primaveral se desliza á través de la respiración salada del
-Atlántico. Es el aliento que nos envía, junto con sus pintados insectos,
-una costa que por algo recibió su florido nombre.
-
-Nos sorprende la noche ocupados en la contemplación de esta península
-avanzada de los Estados Unidos. Al amanecer el día siguiente, nuestra
-curiosidad inquieta de viajeros y la lentitud con que avanza el buque,
-después de tres días y medio de marcha veloz, nos empujan á todos á las
-últimas cubiertas.
-
-Vemos una costa, pero ahora es por la proa; y en ella casas, jardines,
-edificios industriales, las avanzadas de una ciudad importante.
-Graciosos veleros, dedicados al cabotaje, se deslizan entre nosotros y
-la orilla, cortando con sus lonas blancas la penumbra azulada del
-amanecer.
-
-Al aumentar la luz vamos encontrando con los ojos la boca de un puerto,
-arboladuras de buques sobre sus aguas interiores, una colina junto á su
-entrada, y en la cumbre de ella un viejo castillo.
-
-El sol que acaba de nacer asoma su disco de oro tierno por detrás de una
-torre, que lo corta, durante algunos segundos, como una barra de tinta.
-
-Este castillo se llama «El Morro», y el puerto que tenemos enfrente es
-la Habana.
-
-
-
-
-V
-
-LA ISLA DEL AZÚCAR
-
- Cuba imaginada por un niño.--Los monstruos guardadores de la puerta
- del Paraíso.--Habana «la Alegre».--Los periódicos y los
- casinos.--Dinero abundante y pródigamente gastado.--Butacas de
- teatro á cien pesos por noche.--Los nuevos barrios de la
- Habana.--Mis habitaciones de «huésped de honor».--Si duermo en
- ellas, pierdo mi viaje alrededor del mundo.--Los bailes de máscaras
- del «Franconia».--El coronel vendedor de periódicos.--Mi
- enfermedad.
-
-
-En mi niñez, cuando la isla de Cuba era aún tierra española, no podía
-oir hablar de la Habana sin que me agitase un sentimiento contradictorio
-de admiración y de terror.
-
-Era para mí el país del azúcar una ciudad encantada, como las de los
-cuentos infantiles, donde las casan debían ser de caramelo y no había
-mas que agacharse para comer tierra cristalina y dulce. Además, todos
-volvían de allá trayendo onzas de oro y hablaban de negritos como los
-que había yo visto danzar, desnudos y graciosos, en las funciones de
-teatro. Pero la entrada de este paraíso era estrechísima y la guardaban
-terribles monstruos, siendo el más carnicero de todos el llamado vómito
-negro. Muchas veces escuché la noticia de haber muerto en la isla
-lejana, hermosa y mortífera, personas á las que conocí fuertes y
-animosas en el momento de partir.
-
-Ahora hace años que desapareció para siempre lo que me infundía enorme
-terror al pensar en Cuba. En cambio subsiste, cada vez más amplificada
-por el progreso, la riqueza de la isla que tanto admiré en mis
-infantiles fantasías.
-
-Los norteamericanos, al ocuparla por algún tiempo, se dedicaron al
-exterminio del mosquito propagador de la fiebre mortal y al saneamiento
-de las tierras encharcadas. Luego, los médicos extranjeros y los del
-país, igualmente notables, han acabado por suprimir las antiguas
-enfermedades que tan insegura hacían la vida de los viajeros antes de su
-aclimatación. Hoy, la más grande de las Antillas es país de salubridad
-regular y constante, y la Habana una de las ciudades más higiénicas de
-la tierra.
-
-Su prosperidad económica ha ido desarrollándose en proporciones enormes,
-como su higiene pública. La producción actual de azúcar y tabaco casi
-dobla la de pasados tiempos. Su riqueza ha resultado algunas veces
-excesiva y perniciosa, dando origen á reacciones de pobreza, como en
-otros países jóvenes, de vertiginoso crecimiento.
-
-Si fuese preciso dar un sobrenombre á la capital de Cuba, como los
-ostentan pueblos y héroes en los poemas homéricos, se la podría llamar
-Habana «la Alegre». Es una ciudad que sonríe al que llega, sin que pueda
-decirse con certeza dónde está su sonrisa.
-
-Guarda cierto aspecto andaluz de antigua urbe colonial, construída con
-arreglo al patrón enviado de Madrid por el Consejo de Indias. La
-influencia poderosa de la vecina República de los Estados Unidos, las
-comodidades de su civilización material, no han modificado aún su
-fisonomía aseñorada y tranquila de país con tradiciones de raza y un
-pasado histórico.
-
-Los nuevos monumentos en honor de sus héroes que adornan plazas y paseos
-resultan desiguales artísticamente: unos son dignos de respeto, otros
-lamentables, como obras de confitería tierna. Los parques recién
-trazados y los nuevos barrios del ensanche de la ciudad resultan
-magníficos, y parecen recordar los sucesivos chaparrones de abrumadora
-riqueza que han caído sobre este país en los últimos treinta años.
-
-La alegría de la Habana, más que en sus paseos, en sus edificaciones y
-en el movimiento animado de sus calles, hay que buscarla en el carácter
-de las gentes; en la franqueza de los cubanos, que algunas veces parece
-excesiva á los extranjeros; en la belleza de sus mujeres,
-interesantemente pálidas y con enormes ojos.
-
-He estado dos veces en la Habana por breve tiempo, y en ambas visitas,
-más que la hermosura de la ciudad atrajeron mi atención dos
-manifestaciones características de su vida pública que no tienen nada
-semejante en ningún otro país. Los periódicos de la Habana y los casinos
-de la Habana son algo excepcional.
-
-Un día entero necesité para ir visitando las redacciones de los diarios
-más importantes, y no pude verlas todas. Unas ocupan enormes casas
-coloniales que son casi palacios; otras, edificios propios de reciente
-construcción. Tienen talleres vastísimos y máquinas de múltiple
-funcionamiento, como los primeros diarios de Nueva York. No existe una
-diferencia considerable entre los periódicos más célebres de los Estados
-Unidos y los de la capital de Cuba. Además se publican numerosos
-_magazines_ y revistas especiales... Y como la población de la isla no
-llega á tres millones de seres, se pregunta uno dónde están los lectores
-necesarios para esta prensa, digna por su número, su calidad y su
-fuerza, de un país de veinticinco ó treinta millones de habitantes.
-
-Las asociaciones de la Habana pueden competir por su lujo con los clubs
-más célebres de la tierra. El comercio, compuesto casi en su totalidad
-de españoles, considera obra patriótica la continuación y
-desenvolvimiento de sus casinos, anteriores á la independencia del país.
-
-Ya están olvidadas las antiguas luchas entre peninsulares y cubanos.
-Ahora, unos y otros sienten igual interés por la prosperidad de la isla.
-Además, los hijos de los españoles son cubanos, y dentro de las antiguas
-sociedades se van confundiendo todos, sin diferencias de origen.
-
-A las organizaciones españolas pertenecen los edificios más grandes y
-ostentosos de la ciudad. El Círculo de Dependientes de Comercio tiene
-40.000 socios, residentes en la Habana. No creo que en Europa ni en los
-Estados Unidos exista un club tan numeroso.
-
-El Círculo Gallego es un palacio que guarda en su interior uno de los
-teatros más grandes de la ciudad. El Casino Español, resumen de las
-aspiraciones de las diversas sociedades hispánicas con título
-provincial, posee un salón de mármoles diversos traídos de España y de
-estucos policromos, que parece el salón del trono en un palacio real.
-
-Todas estas sociedades, uniendo lo útil á lo ostentoso, mantienen en los
-alrededores de la Habana hospitales y sanatorios, instalados con tanta
-largueza y tales innovaciones, que de muchas partes vienen á estudiarlos
-como modelos.
-
-Se nota en la Habana, á las pocas horas de vivir en ella, que es ciudad
-abundante en dinero. Pero otras ciudades revelan igualmente riqueza y no
-tienen el aspecto atrayente y simpático de ésta. Es que Habana «la
-Alegre» además de tener dinero lo gasta con una tranquilidad y un
-descuido rayanos en el derroche. Sus teatros son numerosos y están
-siempre llenos. Sus cafés y sus bailes nunca carecen de público. Aquí
-fué donde Caruso y otros cantantes, pagados de un modo inverosímil,
-obtuvieron sus más altas remuneraciones. En la Ópera de la Habana ha
-llegado á costar una butaca cien pesos oro por noche. Tan irritante
-pareció á algunos este despilfarro, que protestaron de él bárbaramente,
-arrojando una bomba en plena función.
-
-En los escaparates de sus tiendas se ven las telas más caras y ricas.
-Las mujeres visten con un lujo en apariencia sencillo, para no salirse
-de las reglas del buen gusto, pero en realidad costosísimo.
-
-Fuera de la Habana, en los nuevos barrios, son cada vez más numerosos
-los palacetes particulares. La antigua arquitectura española, con el
-aditamento de las comodidades de la vida norteamericana, es generalmente
-la de tales edificios. La jardinería del Trópico da una nota de
-originalidad á estas construcciones, que recuerdan á la vez los patios
-de Sevilla y los palacios de madera de Long Island.
-
-Para el ciudadano de los Estados Unidos descontento silenciosamente de
-ciertas leyes de su país, la Habana ofrece un atractivo especial. Es una
-ciudad á las puertas de su patria, donde no impera el llamado «régimen
-seco». Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida,
-para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un _bar_ en
-cada calle. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni
-tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La
-embriaguez puede ser franca, libre y continua. Pero como es tierra de
-dinero abundante, derramado con mano pródiga, los hoteles resultan
-carísimos, así como los otros gastos de viaje, y sólo los ricos pueden
-pasar el canal de la Florida para venir á emborracharse bajo la bandera
-cubana.
-
-Me veo recibido cariñosamente en esta amada ciudad de habla española. El
-Municipio me ha declarado su huésped, comisionando al escritor Rafael
-Conte, antiguo amigo mío, para que me dirija y me guarde durante el
-tiempo que permanezca en la Habana. Simpáticos periodistas de incansable
-y sonriente preguntar, jóvenes escritores que revelan su talento en las
-curiosidades literarias y las paradojas de su conversación, me acompañan
-en mis visitas á las redacciones de los diarios y en los dos banquetes
-amistosos y sin ceremonia con que soy obsequiado, á mediodía y por la
-noche.
-
-Presencio la belleza del crepúsculo tropical en una lujosa «villa» de
-las afueras, donde vive con su esposa el joven conde del Rivero, hijo
-del célebre fundador de _El Diario de la Marina_.
-
-Como el Ayuntamiento ha reservado para mí las mejores habitaciones del
-Hotel Sevilla--el más caro de la ciudad--, mi amigo Conte se esfuerza
-por convencerme de que debo quedarme en ellas, volviendo al buque en las
-primeras horas de la mañana siguiente. Sería mal interpretado que
-prescindiese yo de usar dichas habitaciones después de haber sido
-declarado «huésped de honor».
-
-A la una de la madrugada discutimos frente al hotel si debo ó no dormir
-en tierra. Siento un dolor insistente en una pierna, cierta torpeza
-muscular que hace cada vez más pesados sus movimientos. La necesidad de
-un pronto descanso me impulsa á admitir las objeciones de mi amigo, pero
-cuando entro en el hotel para acostarme, tropiezo con un compañero del
-_Franconia_.
-
-Es un joven norteamericano, de buenas maneras, un bailarín incansable,
-que sale del _dancing_ del hotel. En el buque se muestra sobrio; pero
-aquí, por seguir la rutina de muchos de sus compatriotas y para
-convencerse de que verdaderamente está en un país libre, se ha
-embriagado de un modo lastimoso. Me abraza como si viese á un hermano,
-intenta besarme, enternecido por el encuentro, y me dice que nosotros
-dos somos los únicos del _Franconia_ que estamos en tierra. Todos los
-otros se fueron á media noche. El buque zarpará al amanecer, y no á las
-diez de la mañana como se había anunciado.
-
-Corremos al puerto, solitario y silencioso á esta hora avanzada, y el
-amigo Conte consigue que una lancha del gobierno nos lleve hasta el
-_Franconia_, que tiene apagadas la mayor parte de sus luces y parece
-dormido... Si ocupo mi cama de honor en el hotel, termina mi viaje
-alrededor del mundo en la primera escala.
-
-Cuando al día siguiente despierto, en mi camarote, el buque está
-navegando hace ya varias horas. Las costas de Cuba se han esfumado en el
-horizonte. Nos rodea el hermoso mar de las Antillas, en el cual logra
-descender la luz á grandes profundidades, dando una claridad dorada á
-las aguas azules.
-
-Los viajeros, después de haber pasado un día en tierra, parecen
-encontrar nuevos atractivos á la vida marítima. En la última cubierta
-juegan grupos de señoritas vestidas de blanco y raqueta en mano,
-interrumpiendo con risotadas los incidentes de su deporte. Otras empujan
-discos de madera con una pala, á través de rectángulos trazados con tiza
-en el suelo. Más allá arrojan anillas de cuerda para que se introduzcan
-en un espigón, ó pelotas enormes que deben entrar por una manga de red.
-El suelo se estremece con los galopes de esta juventud de faldas cortas
-con menudos pliegues, perseguida por otra juventud que usa camisa de
-cuello abierto y pantalones de franela.
-
-Las señoras hablan del próximo baile de máscaras, el primero de la
-travesía, que va á ser entre la Habana y Panamá. Cada una guarda el
-secreto de los disfraces ocultos en sus maletas.
-
-Antes de empezar nuestro viaje, los expertos que lo dirigen, para evitar
-errores y olvidos, nos han dado una lista de lo que debemos llevar con
-nosotros, y en ella figuran como artículos indispensables un traje de
-baño para la gran piscina y varios disfraces para los bailes de
-máscaras. Esto último es tan importante como dos pares de gafas negras
-de recambio para los países ardientes que vamos á visitar. Con dos
-disfraces hay bastante por el momento. Al llegar á los países del
-Extremo Oriente todos comprarán vestimentas japonesas, chinas ó
-indostánicas, y los últimos bailes van á ser los más ostentosos y
-originales.
-
-Entre estas gentes simpáticas, de trato llano, propensas á la risa, y
-que no necesitan para alegrarse de grandes complicaciones, las hay
-dispuestas á disfrazarse á todas horas para regocijo de sus compañeros.
-El día antes de la llegada á Cuba ha sido domingo. En las ciudades de
-los Estados Unidos el domingo es el día en que se venden más periódicos.
-Los grandes diarios publican ediciones extraordinarias, de ochenta ó
-cien páginas, con novelas completas y resúmenes de todas las materias
-que pueden interesar á cada lector. Desde el amanecer, los vendedores
-vocean en las calles la enorme edición dominical.
-
-También en el primer domingo, á bordo del _Franconia_, una voz ronca
-empieza á gritar por los corredores los títulos de varias publicaciones
-célebres de Nueva York, como si estuviésemos aún en la metrópoli
-americana. Las gentes se asoman en traje de dormir á las puertas de sus
-camarotes. El vendedor callejero es un _gentleman_ casi de dos metros de
-estatura, un millonario procedente de los Estados del Sur, al que
-llaman todos «coronel» por tener este grado en la milicia cívica de su
-ciudad.
-
-Se ha disfrazado de pilluelo y ofrece gravemente periódicos viejos á
-todos los que se asoman á las puertas. Los más celebran con una risa,
-que puede llamarse americana por lo espontánea y pronta, esta
-excentricidad del personaje. Uno de sus compatriotas permanece serio y
-le mira con extrañeza, no pudiendo comprender tal conducta.
-
---Si no se ríe usted un poco, voy á llorar de pena--dice el falso
-vendedor de periódicos.
-
-Y tan cómico resulta el gesto con que el hombretón inicia su llanto
-infantil, que el otro se ve obligado á reir como los demás.
-
-Yo no podré presenciar el primer baile de máscaras del _Franconia_. En
-varios días no veré otra cosa que las paredes de mi camarote.
-
-A las pocas horas de alejarnos de la Habana he quedado clavado en mi
-lecho por una parálisis de la pierna izquierda. El médico de á bordo
-declara que es una ciática, tal vez á consecuencia de la atmósfera
-húmeda del mar. Luego pensamos los dos que bien puede ser por una
-imprudencia en el aireamiento de mi habitación.
-
-El _Franconia_ no tiene ventiladores á uso antiguo, con hélices de
-molesto y tenaz abejorreo. Cada camarote posee dos pequeñas esferas de
-bronce, metidas en alvéolos del mismo metal. Estos ojos dorados, cuando
-tienen el agujero de su negra pupila hacia adentro é invisible,
-permanecen inactivos. Pero basta volverlos, para que de ambos orificios
-surja una manga silenciosa y fría que cambia el ambiente del camarote
-con sus pequeños huracanes. Durante el anclaje en los puertos, los
-mosquitos de agua muerta que se introducen por los ventanos se ven
-obligados á retroceder, volviéndose con rabiosos zumbidos por donde
-vinieron. Los dos chorros mudos los voltean con su ímpetu, lo mismo que
-un aeroplano pillado por una tormenta, y les hacen huir finalmente al
-otro lado de la pared del buque.
-
-He pasado una noche entera con ambos ventiladores enfilados hacia mi
-cama. La proximidad del calor de Cuba me hizo emplear este
-refrescamiento imprudente. Mientras dormía, las dos mangas de helado
-viento, que hacen funciones de mosquitero, cayeron horas y horas sobre
-el lugar de mi cuerpo donde ahora siento el llamado nudo ciático.
-
---Tiene usted para algunos días--dice el médico inglés, moviendo la
-cabeza--. Habrá que emplear los rayos violeta... No intente moverse.
-
-¡Bien empieza el viaje alrededor del mundo!
-
-
-
-
-VI
-
-LA ZANJA ENTRE LOS DOS OCÉANOS
-
- Dos escalinatas de agua y una meseta lacustre.--Las fuerzas
- eléctricas del canal de Panamá.--La zona norteamericana y su
- guarnición.--El lago de Gatún y el Paso de Culebra.--La enorme
- afluencia de buques.--Cómo los norteamericanos «perdieron el
- tiempo» antes de reanudar las obras.--El buen negocio del
- canal.--La prontitud de su limpieza.--Los bosques de sus
- orillas.--Panamá la Verde.
-
-
-Después de tres días de continua navegación, aminora su marcha el
-_Franconia_, y yo, con doloroso esfuerzo, consigo ir hasta un ventano de
-mi camarote.
-
-Una orilla verde avanza por el costado del buque, cada vez más cercana,
-y adivino que otra semejante debo ir angostándose por el lado opuesto,
-como la boca de un embudo. Vamos á ver una de las obras más prodigiosas
-realizadas por la mano del hombre; vamos á entrar en el canal de Panamá.
-
-Reanuda su marcha el vapor, lentamente, y pasamos de la navegación entre
-orillas de tierra y árboles al deslizamiento junto á fuertes malecones
-de mampostería, con varias casas de máquinas. Cables eléctricos de
-enorme potencia se apoyan en los brazos en cruz de una sucesión de
-columnas de cemento, que por su robustez recuerdan los pilares de la
-arquitectura egipcia. Esta fuerza va á hacernos atravesar la zanja
-acuática que corta todo un continente, pasando nuestro buque del
-segundo mar de la tierra al más grande de todos.
-
-Puede describirse concisamente el canal de Panamá diciendo que es una
-escalinata acuática. Resulta más interesante y complicado que el
-monótono canal de Suez. Además, sus orillas tienen la lujuriante
-vegetación del Trópico, y las selvas panameñas, eternamente frescas, son
-algo más atractivas que los polvorientos arenales de Egipto.
-
-Para pasar del Atlántico al Pacífico ó hacer el mismo trayecto en
-sentido inverso, los buques tienen que subir una escalinata de esclusas,
-navegar por un lago alto, que es como una meseta, y volver á descender
-por la escalinata del lado opuesto.
-
-Al llegar por el Atlántico encontramos el antiguo puerto de Colón,
-importante cuando no existía el canal. Aquí desembarcaban los viajeros,
-y tomando un ferrocarril á través del istmo, iban en unas cuantas horas
-á la ciudad de Panamá, para volver á embarcarse en el Pacífico. Ahora
-pasamos de largo ante Colón, como la mayoría de los buques, y el antiguo
-ferrocarril ha perdido también su importancia interoceánica,
-descendiendo á ser una simple vía interior, que sólo utilizan los del
-país.
-
-El _Franconia_ va á subir la escalinata del lado del Atlántico, ó sea
-las esclusas de Gatún. Estas esclusas están superpuestas en tres tramos,
-y además son dobles para que puedan ir ascendiendo dos buques á un mismo
-tiempo.
-
-Cuando el nuestro se introduce en la primera esclusa penetra en la otra
-gemela un vapor más pequeño con rumbo á Nueva Zelandia. Los pasajeros de
-ambos barcos, que van á seguir tan opuestas direcciones cuando lleguen
-al Pacífico, se hablan sin esfuerzo alguno de cubierta á cubierta, pues
-sólo están separados por unos cuantos metros.
-
-El funcionamiento de las esclusas es maravilloso por su rapidez; tiene
-la velocidad casi instantánea de las mutaciones escénicas; los buques
-ascienden, como los personajes de teatro, por un escotillón. Sube el
-nivel del agua vertiginosamente en las cerradas balsas cuadrangulares, y
-los dos buques se elevan sobre la superficie marítima en la que flotaban
-poco antes. Su ascensión aumenta al pasar al segundo rellano acuático,
-luego al tercero, quedando finalmente á unos veinticinco metros sobre el
-nivel del mar.
-
-Estas esclusas tienen más de 300 metros de longitud, 33 de ancho y 21 de
-profundidad, dimensiones que permiten ampliamente el paso de los navíos
-más enormes construídos hasta el presente. Unas locomóviles eléctricas
-tiran de los buques desde la ribera y los guían á través de las
-esclusas. Como éstas se hallan superpuestas formando tres rellanos, los
-pequeños demonios eléctricos corren por los taludes desafiando las leyes
-de la gravedad, saltan, se agarran al suelo como insectos, trepan casi
-verticalmente para pasar de un plano á otro.
-
-Nada de humo ni de mugidos de vapor. Se adivina en torno la presencia de
-una fuerza silenciosa é irresistible, semejante á las energías que laten
-ocultas en la corteza terrestre. El manojo de cables que corre á un lado
-y á otro del canal guarda y regula las energías producidas por enormes
-fábricas de flúido eléctrico.
-
-Vemos en las orillas estos edificios y otras construcciones destinadas á
-las necesidades del continuo tránsito: depósitos de carbón y de
-petróleo, atarazanas, talleres de fundición y de reparaciones, depósitos
-de útiles marítimos, almacenes frigoríficos, mataderos, fábricas de
-hielo, enormes lavanderías. Algunos grupos de edificios están cerca de
-los muelles de acero y hormigón; otros se alzan tierra adentro, medio
-ocultos por los bosques de cocoteros y palmeras. Los buques que cruzan
-el canal pueden ser reparados antes de lanzarse á uno de los dos Océanos
-y proveerse igualmente de toda clase de abastecimientos.
-
-En los sitios tenidos por estratégicos hay aglomeraciones de casas de
-madera con extensas galerías, sobre cuyas techumbres flota la bandera de
-los Estados Unidos. Son cuarteles-pueblos, donde viven los militares
-norteamericanos y sus familias, con todas las comodidades y amplitudes
-que da la gran República á sus defensores, además de pagarlos
-espléndidamente.
-
-Ocho mil hombres guarnecen el canal, y durante la última guerra llegaron
-á ser trece mil. Las baterías invisibles que defienden sus dos bocas
-están artilladas con las piezas más enormes conocidas hasta el presente.
-Las tropas acuarteladas en las dos orillas no salen nunca de la zona que
-pertenece á los Estados Unidos, cinco millas por cada lado. La pequeña
-República de Panamá lleva una existencia independiente y digna, sin
-sufrir intrusiones ni arrogancias de las autoridades americanas del
-canal. Éstas se limitan á vigilar y guardar este paso interoceánico tan
-precioso para la seguridad de su propio país y jamás saltan los límites
-territoriales que marcó un tratado. Muy al contrario de lo que creen
-muchos, tal vecindad resulta provechosa á los panameños, pues algo gana
-el pobre cuando tiene intereses comunes con un rico, y el continuo trato
-de ellos con los americanos influye visiblemente en la cultura y el
-progreso de la nación.
-
-Después de las tres esclusas de Gatún, el _Franconia_ entra en el lago
-de este nombre. El famoso río Chagres, que tanto utilizaron los
-españoles durante tres siglos, cuando pasaban el istmo para ir al Perú y
-á Chile, ha sido embalsado por los constructores del canal, deteniendo
-sus aguas para hacer más alto el nivel del lago y dar mayor profundidad
-á su navegación. Dicho lago se extiende con más ó menos amplitud 38
-kilómetros, hasta llegar á Gamboa, siendo la parte del canal que menos
-esfuerzos ha costado. En ella, más que excavar, lo necesario fué inundar
-las tierras.
-
-Es en Gamboa donde empieza la obra más difícil y terrible, el corte de
-la cordillera, columna vertebral del istmo, el famoso Paso de Culebra,
-donde tantos hombres perecieron. Este desfiladero acuático se extiende
-hasta las esclusas llamadas de Pedro Miguel, por el nombre de un pueblo
-cercano, y aquí termina la meseta y empieza la escalinata del lado
-opuesto. Nuestra nave descenderá allí un tramo, ó sea las esclusas de
-Pedro Miguel, bajando al lago de Miraflores, que está todavía á 16
-metros sobre el mar. Al final de este lago las esclusas de Miraflores lo
-harán descender al nivel del Pacífico, y navegando 13 kilómetros en una
-vía sin obstáculos, pasará por la moderna ciudad de Balboa, donde los
-norteamericanos tienen establecidos los centros más importantes del
-canal, y por la antigua ciudad de Panamá, cortando al fin con su proa
-las aguas del más grande de los Océanos, después de una travesía que
-sólo dura unas ocho horas.
-
-Están reglamentadas tan minuciosamente las funciones necesarias para el
-paso de los buques, sin un movimiento inútil, sin desperdiciar un
-minuto, que el tráfico resulta incesante en esta avenida interoceánica.
-Cuando la flota de guerra de los Estados Unidos--única que rivaliza con
-la de Inglaterra--pasó hace poco tiempo el canal de Panamá, bastaron
-veinticuatro horas para que docenas de enormes acorazados, con su
-acompañamiento de cruceros y torpederos, se trasladasen del Atlántico al
-Pacífico, viaje que antes les costaba semanas y semanas de navegación,
-dando la vuelta á toda la América del Sur por el cabo de Hornos.
-
-Avanzamos con lentitud, pero continuamente, por esta zanja enorme de
-agua dulce tendida como un guión entre los dos Océanos. Formamos parte
-de la doble fila de buques que va y viene por ambas orillas, como los
-carruajes marchan al paso por una calle, rozando las dos aceras. Los
-nombres de estos buques, su procedencia y su destino, indican la
-importancia y la necesidad de una obra que ha cambiado la geografía y el
-comercio del mundo. Vapores tan grandes como el nuestro van directamente
-de Londres ó de Nueva York á las repúblicas de lengua española que
-florecen en las orillas del Pacífico y antes sólo podían estar en
-contacto con el resto de la tierra valiéndose del rodeo enorme por el
-estrecho de Magallanes ó del penoso transbordo en el istmo de Panamá,
-todavía intacto.
-
-Las grandes islas oceánicas han tomado igualmente esta ruta que las
-aproxima á Europa. Vemos pasar, cerca de nosotros, buques que vienen de
-Nueva Zelandia, de Australia ó de los archipiélagos esporádicos de la
-Oceanía. El Callao y Valparaíso, gracias á este canal, han perdido
-varios días de distancia entre ellos y los puertos del viejo mundo.
-
-Al ver los cortes que los hombres tuvieron que abrir en la montaña para
-dar paso á las aguas, resurgen en mi memoria los incidentes dramáticos
-de la construcción del canal. Todos saben la historia de esta gran
-empresa dirigida por Lesseps, el cual quiso repetir en el istmo
-americano su gloriosa obra de Suez. Pero aquí la hazaña geográfica se
-convirtió en escandaloso negocio. El «gran francés», agotado
-mentalmente á causa de sus muchos años, fué conducido á la deshonra por
-financieros sin conciencia, y el nombre de Panamá quedó como sinónimo de
-estafa colosal, de corrupción de los poderes públicos. Tal empresa, que
-sirvió de pretexto en París para negocios delictuosos, realizó aquí
-obras importantes que aprovecharon luego los americanos, aunque muchas
-de ellas habían sido ejecutadas con imprevisión notoria y con desprecio
-de la vida del hombre.
-
-Existe en la ciudad de Panamá un monumento á la gloria de Lesseps y
-varios sabios franceses que fueron sus precursores ó colaboradores en
-este proyecto; entre ellos los marinos Bonaparte Wyse y Reclús, hermano
-del célebre geógrafo. Pero al mismo tiempo se acuerdan los panameños de
-la manera imprudente y mortífera con que los ingenieros franceses
-empezaron la realización de sus obras. Con una vehemencia que algunos
-llamarían «latina», sólo pensaron en el trabajo, olvidando las
-precauciones necesarias para asegurar su continuación.
-
-El material humano era abundante y fácil de renovar. Atraídos por los
-jornales enormes, llegaron cavadores de todas partes, amontonándose en
-campamentos recién formados sobre terrenos vírgenes, donde sólo el
-natural del país puede vivir, por una larga aclimatación. De estos
-extranjeros venidos para trabajar muchos fueron españoles: el excedente
-de la emigración á las vecinas Repúblicas hispano-americanas.
-
-Cuanto más grande fué la aglomeración de obreros, más enorme resultó la
-mortandad. Hoy, al recordar aquella época, se mencionan cifras de
-víctimas que parecen fantásticas. El vómito negro y otras enfermedades
-tropicales se cebaron en este amontonamiento humano. El corte de la
-espina dorsal del istmo podría rellenarse, según afirman algunos, con
-los cadáveres que costaron los primeros intentos de dicha obra. El Paso
-de Culebra adquirió una celebridad terrorífica en todo el mundo.
-
-Al fin, los trabajos iniciados por la compañía francesa en 1882 se
-paralizaron á causa de su quiebra escandalosa. En 1904 los
-norteamericanos aceptaron la empresa de abrir el canal, adquiriendo con
-extraordinaria baratura los materiales traídos por sus antecesores.
-Todavía he visto yo en el Paso de Culebra poderosas dragas que son de la
-época francesa.
-
-En lo último que pensaron los norteamericanos fué en abrir el canal.
-Consideraron más urgente estudiar el medio de que los hombres trabajasen
-con seguridad, cambiando las condiciones higiénicas del terreno. Se
-dedicaron, como en Cuba, á la destrucción del mosquito transmisor de la
-llamada fiebre amarilla. Luego--y esto fué lo más importante--realizaron
-obras enormes para purificar las aguas destinadas al consumo humano y
-sus trabajadores no tuvieran que beber el líquido tóxico de charcas y
-arroyos, como en la época anterior. Sólo después de «perder su tiempo»
-en estos preparativos minuciosos, el gobierno de los Estados Unidos
-emprendió la obra, consiguiendo terminarla en un plazo relativamente
-breve y sin pérdida notoria de gente.
-
-Necesitó dos años de preparación nada más y ocho de trabajo para
-realizar esta empresa de interés universal. En los primeros días de
-Agosto de 1914 pudo ya abrirse al comercio del mundo esta vía que iba á
-cambiar sus derroteros. Pero en aquella fecha acababa de estallar la
-guerra europea y nadie fijó su atención en tal acontecimiento, que cada
-vez será más famoso, con el curso de los siglos, en la historia del
-progreso humano. Muchos combates célebres de la última guerra quedarán
-olvidados, como tantas y tantas batallas de la antigüedad, mientras que
-las relaciones entre los hombres futuros y su vida política girarán en
-torno á este canal que ha partido el nuevo mundo, atrayendo con sus dos
-bocas el movimiento de todos los pueblos de la tierra.
-
-El éxito financiero de esta obra, que en realidad sólo tiene cuatro años
-de existencia--fué inaugurada oficialmente el 12 de Julio de 1920--, es
-la más clara demostración de su importancia. No es una compañía
-comercial de los Estados Unidos la que costeó las obras; fué el gobierno
-establecido en Wáshington.
-
-Como el canal tenía una importancia política y de seguridad para la
-República de la Unión, su gobierno se lanzó á realizar la obra, sin
-ocurrírsele ni por un momento ver en tal empresa un éxito económico.
-Nunca creyó en posibles ganancias. Lo único que le interesaba, costase
-lo que costase, era poder trasladar rápidamente su flota de un Océano á
-otro y poner en contacto marítimo los Estados atlánticos del Este, donde
-se concentra la vida nacional, con los Estados del Pacífico, que aún se
-hallan en el desarrollo de la adolescencia.
-
-Pero á los ricos todo les resulta negocio. El gobierno de Wáshington
-invirtió en el canal aproximadamente 350 millones de dólares, y á partir
-de su inauguración vió con asombro que acudían, pidiendo paso, buques de
-todos los pueblos de la tierra. Hoy, á los cuatro años de existencia, le
-produce 2 millones de dólares mensualmente, 24 millones de dólares al
-año, lo que da un interés muy respetable al capital que empleó con un
-fin puramente defensivo y sin espera de ganancia.
-
-Todo buque tributa al paso un dólar por tonelada. El _Franconia_, para
-llevarnos del Atlántico al Pacífico, ha tenido que pagar 20.000 dólares
-por un viaje de unas cuantas horas, y creo que con otros gastos
-accesorios la suma llegó á 25.000.
-
-A pesar del enorme peaje, la afluencia naval es cada vez más densa. Los
-norteamericanos, que lo conciben todo en grande, con el pensamiento
-puesto en las necesidades del porvenir, se equivocaron, quedándose
-cortos al calcular las dimensiones del canal. Éste empieza á resultar de
-una modestia inadmisible para un pueblo que ama la vida amplia y los
-movimientos desembarazados y fáciles. Pronto se reanudarán las obras
-para dar más anchura á las esclusas y los pasos angostos, y en vez de
-dos filas de buques se deslizarán al mismo tiempo cuatro, doblándose el
-movimiento de la avenida interoceánica.
-
-En los cortes de la montaña son continuos los desprendimientos de una
-tierra roja y compacta, que parece piedra adormecida en mitad de su
-solidificación. Los desprendimientos se repiten con frecuencia, y así
-seguirá ocurriendo hasta que los taludes de las orillas adquieran la
-estabilidad de las obras viejas. Pero los batallones de trabajadores
-negros, mandados por ingenieros y contramaestres blancos, que forman la
-policía del canal, velan día y noche, montados en locomotoras y dragas,
-para acudir inmediatamente á barrer los residuos del desprendimiento.
-
-Nos anuncian en mitad del lago de Gatún que el tránsito del canal va á
-retardarse para nosotros unas cuantas horas. Acaba de ocurrir un
-desprendimiento en el Paso de Culebra, y un buque del calado del
-_Franconia_ no puede seguir adelante sin que el dragado ahueque el fondo
-del estrecho.
-
-Nos sentamos á almorzar, resignados á una larga espera en este lago, que
-resulta agradable gracias al fresco vientecillo que levanta el buque al
-desplazarse, pero cuyas aguas parecen arder cuando aquél se detiene y
-vuelve á restablecerse la calma bochornosa del Trópico.
-
-Atraídos por la novedad del viaje marítimo entre bosques y montañas, he
-salido de mi camarote apoyado en un bastón, y arrastro la paralítica
-pierna por salones y cubiertas, huyendo de los espacios faltos de techo
-que reciben la caricia cáustica del sol. Nos divierte ver cómo asoman su
-lomo mal esculpido los caimanes del lago. Varios aviones de la
-guarnición americana del canal pasan tan bajos junto al buque, que
-podemos ver cómo sus tripulantes responden por señas á nuestros
-saludos... Una hora después vuelve á reanudar su marcha el _Franconia_.
-Todo está reparado, y pasamos lentamente entre dos filas de dragas
-enormes, que acaban de limpiar el fondo con la rapidez del que ejecuta
-un trabajo habitual.
-
-Seguimos la navegación entre altas riberas cubiertas de bosques. El filo
-de estas orillas es muchas veces superior al piso más alto del buque.
-Corren por ellas numerosas bandas de negras, monstruosamente gordas, con
-nariz aplastada y ojos de impúdico fuego. Llevan banastas sobre sus
-cabezas con pirámides de cocos frescos y racimos de plátanos. Como el
-vapor avanza lentamente, ellas lo siguen al trote y nos arrojan sus
-frutos, gritándonos al mismo tiempo en un inglés de negro: «_¡Money!...
-¡money!_»
-
-Por la orilla baja, de espesa vegetación, siguiendo un sendero que
-abrieron junto al agua sus pies descalzos, corren enjambres de negritos,
-cabezudos, con las negras lanas cortadas en forma de solideo, la panza
-enorme al aire, un saliente de carne en el lugar del ombligo y otro
-mayor que tiembla más abajo al compás del trote.
-
-Todo este mundo de ébano y marfil, que salta y grita, mostrando sus
-luminosas dentaduras, vive en chozas cónicas de paja, cuyos remates
-asoman sobre el apretado ramaje de la selva.
-
-No son del país. La gente de Panamá nunca ha tenido la tez tan obscura.
-Son familias de Jamaica cuyos varones están contratados en los trabajos
-del canal.
-
-¿Cómo describir con palabras la exuberancia de este paisaje eternamente
-verde?... Su colorido resulta monótono porque se desarrolla siempre
-dentro del mismo tono, y sin embargo sus variedades son infinitas.
-
-Hay otros países donde parece que todo queda dicho con anotar que su
-color es verde. En Panamá, esta palabra resulta pobre, inexpresiva,
-débil. Hay que repetir sin cansarse: verde, verde, verde, verde...
-
-La tierra, roja ó del mismo color negruzco que la piel del elefante ó el
-tronco de la higuera, apenas si se deja ver como los filamentos de una
-red entre masas de vegetación de eterna frescura.
-
-Nunca creí que un mismo color pudiera descomponerse en tantas
-gradaciones. Veo el verde amarillento y charolado de las hojas de los
-plátanos; el verde obscuro y metálico de otros árboles y arbustos. Hay
-verde de óxido, verde luminoso de piedra preciosa, verde suave de mar
-adormecido, verde dorado, como debió ser el de ondinas y sirenas.
-
-Unas flores rojas, enormes, como estrellas incandescentes, abren sus
-puntas en el misterio de las profundidades verdes. ¿Quién podría decirme
-su nombre?...
-
-De las marañas de la selva brotan tropeles de mariposas. Revolotean
-formando nubes sobre el buque, se cuelan por todas partes como enjambres
-de moscas, se dejan aprisionar con la torpeza de la inocencia.
-
-Loros y monos hacen estremecerse las ramas de los árboles, siguiendo con
-saltos invisibles la lenta marcha del buque á través de los bosques.
-
-¡Oh, Panamá la Verde!...
-
-
-
-
-VII
-
-PANAMÁ LA VERDE
-
- El novelesco Balboa.--Su descubrimiento del Mar del Sur.--El primer
- europeo que se embarcó en el Pacífico.--Mortandad de colonizadores
- al pasar el istmo de Panamá.--El primitivo proyecto del canal
- ideado por los españoles.--El saqueo de Panamá la Vieja por los
- piratas.--Me bajan en andas para visitar la ciudad.--El presidente
- Porras y la juventud intelectual.--Las escuelas de Panamá.--Versos
- en la noche.--De una acera á otra.
-
-
-El primer descubridor de las costas atlánticas de Panamá fué Rodrigo de
-Bastidas, un escribano de Sevilla que abandonando sus legajos se dedicó
-á navegante. Fué tal el entusiasmo aventurero en España después del
-primer viaje de Colón y los Pinzones, que, según dijo un escritor de
-aquella época, «hasta los sastres quisieron meterse á descubridores».
-
-Colón navegó después frente á las mismas costas. Empezaba á dudar que
-las tierras encontradas por él fuesen las de Cipango y Catay (el Japón y
-la China), y buscaba un estrecho, un callejón marítimo que le permitiese
-pasar al otro lado, donde presentía un nuevo mar y el Asia tan buscada.
-Con este objeto tanteó la costa, esperando dar con un canal que sólo
-debía existir cuatro siglos después, y hecho por industria humana.
-
-Sucesivas expediciones de españoles se establecieron en esta tierra,
-fundando Santa María la Antigua de Darién, Nombre de Dios, Portobelo y
-otras poblaciones famosas en la historia de la colonización. Uno de los
-héroes más extraordinarios de tal epopeya geográfica surge en Panamá,
-Vasco Núñez de Balboa, personaje de novelesca vida, superior á Cortés y
-á Pizarro, pero que tuvo la desgracia de morir joven, sin encontrar las
-riquezas que éstos en sus descubrimientos. Mas á pesar de su corta
-existencia, sirvió al progreso humano mejor que los conquistadores de
-Méjico y del Perú, encontrando el llamado Mar del Sur, que años después
-bautizó Magallanes con el impropio nombre de Pacífico.
-
-Las altas y fragosas montañas del istmo me hacen recordar los episodios
-del descubrimiento de Balboa. Con ciento noventa españoles y algunos
-indios, salió en Septiembre de 1513 de la ciudad de Darién para
-convencerse de si era cierta la existencia de un mar en la otra
-vertiente de la cordillera. Tan difícil era la marcha á través de ríos y
-bosques, que para hacer diez leguas necesitaba cuatro días. Tuvieron que
-reñir, además, con las tribus belicosas del istmo, que usaban «flechas
-de hierba», ó sea envenenadas.
-
-Un cacique amigo afirmó á Balboa la existencia del misterioso mar,
-señalándole una montaña lejana desde cuya cumbre podría verlo. Otros
-indios le dieron prendas de oro, muy bien trabajadas, traídas de los
-países del gran mar que iba buscando, y añadieron que en este mar había
-grandes barcos con velas, parecidos á los de los españoles. Se referían
-indudablemente al Perú, y es posible que de no ser decapitado, años
-después, Balboa, por su rival el gobernador Pedrarias, habría continuado
-sus exploraciones por el Pacífico, descubriendo el Imperio de los Incas,
-en vez de Pizarro, que vivía á sus órdenes como obscuro lugarteniente.
-
-Cuando la partida de españoles, batallando con los indígenas, llegó á
-la cumbre de la citada montaña, veintiséis días después de haber salido
-de Darién, todos pudieron ver la inmensidad del mar deseado. El
-sacerdote Andrés Varas, capellán de la expedición, entonó un _Te Deum_,
-que sus compañeros oyeron de rodillas. Después colocaron en aquel paraje
-una cruz, hecha con dos troncos de árbol, sobre un montón de piedras.
-
-Para bajar hasta las playas del nuevo Océano tuvieron que reñir nuevos
-combates con las tribus de esta vertiente. Un destacamento enviado por
-Balboa á explorar el país llegó antes que él á la costa, y su jefe,
-llamado Alonso Martín, se apresuró á embarcarse en una canoa de indios,
-haciéndose dar por sus hombres un testimonio de que era el primer
-europeo que navegaba en estas aguas, llamadas por unos Mar del Sur y por
-otros Mar Grande. Luego envió aviso á Balboa para que siguiese el mismo
-camino hasta la costa.
-
-Los hombres de la expedición, entusiasmados por el descubrimiento de
-este Océano misterioso, bebieron en sus manos el agua cargada de sal.
-Balboa, cubierto con su armadura, la espada en una mano y en la otra un
-estandarte que tenía pintada la imagen de la Virgen, entró en él hasta
-las rodillas y tomó posesión de su inmensidad en nombre de los soberanos
-de Castilla.
-
-Fué durante muchos años la travesía del istmo un trayecto en extremo
-penoso que debían arrostrar inevitablemente los que iban de España á las
-Indias del Pacífico. La fama de las grandes riquezas del Perú hizo pasar
-por Panamá la corriente humana más numerosa de la conquista, y tales
-eran las dificultades del camino, que en menos de medio siglo
-sucumbieron 40.000 españoles, sin que tan gran mortandad desalentase á
-los aventureros. Al desembarcar en la costa atlántica remontaban sobre
-lentas barcazas el río Chagres hasta Cruces, y luego seguían un penoso
-camino por las montañas para llegar á la ciudad de Panamá. Otros
-marchaban por la vía de Portobelo, que era no menos peligrosa.
-
-Tan enormes penalidades en el cruzamiento del istmo atrajeron la
-atención de inteligentes españoles de aquella época, haciéndoles trazar
-proyectos para un nuevo paso interoceánico, que fueron presentados á la
-corte de España. En estos proyectos, la apertura del istmo de Panamá era
-casi igual á la forma que tiene actualmente. Aprovechaban el curso del
-río Chagres, cortando luego la cordillera en los mismos sitios escogidos
-por los ingenieros modernos. Los estudios de los españoles á principios
-del siglo XVI han servido indudablemente de base á los que acometieron
-la obra á fines del siglo XIX.
-
-La España de aquella época, abrumada por una grandeza fatal, teniendo
-que atender al gobierno de medio mundo, no podía acometer una obra tan
-gigantesca, solamente posible con el auxilio de los progresos
-industriales de nuestro tiempo. Pero escritores de entonces, como Gomara
-y otros tratadistas de América, la creyeron factible, afirmando
-jactanciosamente que un rey de España tenía riquezas y poder de sobra
-para atreverse á empresas todavía más difíciles. En aquellos años de
-continuos descubrimientos y maravillosas conquistas, que vieron á muchos
-soldados obscuros apoderarse de reinos enormes, todo parecía hacedero.
-
-Durante tres siglos de dominación española, la rica ciudad de Panamá fué
-el centro distribuidor de lo que hoy se llama América del Sur. Las
-flotas de España desembarcaban sus cargamentos en Portobelo, y á través
-del istmo pasaban éstos á Panamá, residencia de los altos empleados de
-la Hacienda española. De Panamá salían expediciones para el Perú, alto y
-bajo; para Chile; para Tucumán y Córdoba, en lo que es hoy República
-Argentina y las expediciones de vuelta desde los citados países á la
-metrópoli seguían el mismo camino.
-
-Tanta era la importancia de la ciudad de Panamá, que los piratas
-ingleses y franceses, guarecidos en el mar de las Antillas para robar
-las posesiones españolas, hicieron una expedición contra ella,
-capitaneados por Morgan, famoso bandido del mar, al que ennobleció luego
-Inglaterra. En aquellos siglos la política inglesa no fué un modelo de
-lealtad. Los reyes de Londres ajustaron repetidas veces tratados de paz
-con los reyes de Madrid, y al mismo tiempo dejaban que muchos
-aventureros de su país se dedicasen á la profesión de piratas, saqueando
-las ciudades españolas de América, indefensas ó descuidadas. Y si no
-caían prisioneros y eran ahorcados, les daba títulos nobiliarios y
-puestos públicos al volver á Inglaterra cargados de riquezas.
-
-A cierta distancia de la ciudad de Panamá existen las ruinas de la vieja
-Panamá, robada é incendiada por los filibusteros que pasaron el istmo,
-dirigidos por Morgan. Estas ruinas ofrecen hoy un aspecto interesante,
-pues las ha embellecido la extraordinaria vegetación del Trópico,
-cubriéndolas en parte con su follaje. Las más de las casas del antiguo
-Panamá eran de madera, y desaparecieron completamente; pero la catedral
-y los edificios del gobierno, por ser de mampostería, sobrevivieron al
-incendio. Entre las murallas todavía en pie de los caserones que en
-otros siglos guardaron las remesas de oro del Perú y de Chile, en espera
-de la flota real, han crecido ramajes gigantescos, como sólo pueden
-verse en estas tierras. La torre de la catedral, tapizada de plantas
-trepadoras, recuerda las eternas ruinas que sirvieron de escenario á
-tantos episodios de la literatura romántica.
-
-He visto los restos de Panamá la Vieja á la hora más favorable para
-estas visitas. Acababa de cerrar la noche. Árboles enormes extendían sus
-masas, como borrones de tinta, sobre la lámina celeste acribillada de
-puntos de luz. Los faros de nuestro automóvil subieron y bajaron,
-abarcando en sus mangas luminosas los restos de la antigua ciudad
-española. Así vimos surgir del misterio de la noche, con un resplandor
-purpúreo de incendio, el campanario de la derruída catedral y las
-murallas todavía en pie de las casas del gobierno. Antes había visto á
-la luz del sol la actual ciudad de Panamá, la que fundaron los españoles
-en sitio más favorable para la defensa, después del saqueo de los
-piratas, y que es hoy capital de la joven República que lleva su nombre.
-
-En las primeras horas de la tarde se detiene el _Franconia_ en las
-esclusas de Pedro Miguel. Los pasajeros van á descender aquí para
-visitar la ciudad y las poblaciones recientemente creadas en la zona
-interoceánica.
-
-Horas antes ha subido al buque un joven colombiano que es intérprete
-español de las oficinas del canal. Las autoridades norteamericanas
-tienen expertos en todos los idiomas del mundo civilizado, y los envían
-á los buques que pasan, para comodidad de capitanes y pasajeros. Este
-intérprete viene á saludarme en nombre del gobernador americano del
-canal, y con él llegan otros empleados nacidos en los Estados Unidos,
-pero aficionados á la lectura de libros en español, que desean conocerme
-personalmente. Me dicen que en las esclusas van á recibirme una comisión
-enviada por el gobierno de Panamá y un grupo numeroso de españoles.
-Además, el presidente de la República me espera en su palacio á la hora
-del té.
-
-Escucho estas noticias medio tendido en un sillón de cubierta. ¡Cómo
-moverme, con una pierna que no obedece á mi voluntad!... Pero en Pedro
-Miguel, donde empiezan á descender los pasajeros del _Franconia_, veo
-muchos señores que me aguardan y también á lo lejos, en la tierra firme,
-varios automóviles adornados con banderas de España y de Panamá. Pienso
-que tal vez no podré volver nunca á esta tierra, tan hermosa por su
-vegetación, tan interesante por sus recuerdos históricos, y sentiré
-remordimiento de no haberla visitado á causa de una enfermedad olvidada
-ya entonces.
-
-Miro mi pierna como á un enemigo que necesito vencer. Debo bajar á
-tierra, como los otros pasajeros, que no pueden sentir por Panamá el
-mismo interés que yo. Desciendo del buque en andas, lo mismo que una
-imagen de procesión, sentado en una silla de junco sostenida por dos
-gruesos bambús. Estos bambús los apoyan en sus hombros cuatro camareros
-ingleses. Así me llevan por las pasarelas de las esclusas hasta los
-automóviles embanderados.
-
-Emprendemos la marcha, formando una larga comitiva de vehículos, y la
-novedad y variedad de las impresiones que voy recibiendo me hacen
-olvidar mis torturas físicas. Los caminos de Panamá se hallan tan bien
-cuidados, que puede correrse por ellos como en una avenida asfaltada.
-Pasamos por barrios que habitan los negros empleados en el canal. Sus
-casas son á modo de grandes jaulas. Tienen enormes aberturas para su
-refrescamiento por medio del aire, con cierres de tela metálica que las
-defienden de los insectos.
-
-Dentro de la capital llama inmediatamente mi atención la limpieza y
-regularidad de su pavimento. Es de ladrillos rojos puestos de canto,
-duros como la piedra, cristalizados, sin que un tránsito continuo cause
-en ellos desgastes visibles.
-
-Panamá guarda un aspecto de antigua colonia española, pero elegante,
-aristocrático. Fué una ciudad de ricos comerciantes, con sucursales en
-Lima y otros mercados de la América del Sur; de oidores y altos
-empleados de la Península. Los edificios algo antiguos tienen balcones
-de madera de gran vuelo, que son á modo de salones adosados á las casas,
-pues en ellos pasaban las señoras la mayor parte del día y recibían sus
-visitas. La catedral hace recordar los templos andaluces. La antigua
-muralla, empleada como paseo en su parte alta, atestigua que Panamá
-tiene varios siglos y una historia propia.
-
-El palacio del presidente de la República es pequeño, pero está situado
-frente á uno de los puntos de vista más hermosos que puede ofrecer el
-Pacífico. Su construcción ofrece una mezcla interesante. Tiene algo de
-árabe, como recuerdo de la madre España, y mucho de un estilo que
-pudiera llamarse panameño. El patio central del edificio brilla con
-suave resplandor, semejante á la luz nacarada de los bajos fondos del
-Océano en las horas meridianas, cuando la luz solar desciende
-verticalmente. Columnas, arcos y muros están hechos de pequeños
-fragmentos de concha-perla. No hay que olvidar que el famoso
-Archipiélago de las Perlas, tan mencionado en la historia de América,
-está á pocos kilómetros de aquí, en el golfo que tiende su curva ante el
-palacio, y cuyas aguas azules cortan el arco de su puerta.
-
-En el centro del patio hay una fuente también de nácar, y en ella varias
-muestras de la fauna nacional. Sumidas en el agua veo algunas tortugas,
-de las que dan la fina concha llamada carey. Dos garzas domesticadas
-permanecen inmóviles y pensativas en el borde del tazón, como dos ibis
-empequeñecidos.
-
-Me recibe el Presidente con una cortesía familiar y aseñorada al mismo
-tiempo. Es el doctor Belisario Porras, hombre de gran experiencia
-política, que ha escrito además con galanura estudios interesantes
-sobre la historia moderna de su país. Me anima cariñosamente á subir al
-último piso, desde cuya terraza se goza una vista muy interesante de la
-ciudad y el golfo. En los frescos salones inmediatos á dicha terraza es
-donde se reunen las señoras á la hora del té, en esta tierra tropical.
-Me ofrece su brazo y poco á poco voy realizando la penosa ascensión.
-
-Encuentro arriba elegantes damas norteamericanas, esposas ó hijas de los
-altos empleados del canal y de los jefes y oficiales de su guarnición.
-Mezcladas con ellas hay numerosas señoras de Panamá, que guardan en su
-hermosura y en la gracia de palabras y ademanes mucho del origen español
-de sus abuelas.
-
-Desde esta altura me va explicando y señalando el Presidente todo lo
-notable que lleva hecho la joven República de Panamá, absteniéndose de
-recordar que es él quien ha tomado las más de tales iniciativas. Veo de
-lejos y á vista de pájaro lo que luego voy á contemplar de cerca, en un
-rápido viaje por los alrededores: el gran hospital, único en el mundo,
-destinado al estudio de las enfermedades tropicales; los diversos
-edificios dedicados á la enseñanza; el monumento á la gloria de Vasco
-Núñez de Balboa, que dentro de pocos meses va á ser inaugurado.
-
-Se nota en Panamá un espíritu de imparcialidad histórica, de gratitud al
-pasado, que extiende su influencia hasta los extranjeros. El gobierno
-del país elevó espontáneamente este monumento al descubridor del
-Pacífico. Los norteamericanos, al crear en su zona una ciudad paralela á
-la de Panamá, la han dado el nombre de Balboa. Una de las plazas más
-hermosas de la capital se llama de España, y se alza en el centro de
-ella la estatua de Cervantes.
-
-El presidente Porras, tal vez por ser escritor, tiene en torno de él,
-como colaboradores políticos, á muchos jóvenes dedicados á las Letras.
-Bajo su gobierno la instrucción pública se ha ido desarrollando con una
-rapidez y una amplitud como sólo pueden verse en los Estados Unidos.
-
-Un catedrático, joven y de gran talento, Octavio Méndez Pereira, es el
-director de Instrucción pública, que secunda y ejecuta los planes
-educativos del Presidente. Voy conociendo á varios poetas jóvenes, de un
-sentimentalismo sincero y con una visión intelectual siempre clara y
-precisa, que desempeñan igualmente altos cargos públicos.
-
-Apoyado en un bastón y arrastrando la pierna, me despido de la
-distinguida esposa del Presidente y las damas norteamericanas y
-panameñas que han venido para conocer al autor de _Los cuatro jinetes
-del Apocalipsis_ y sólo han visto á una especie de inválido que no puede
-dar un paso sin pedir apoyo y hacer gestos de dolor.
-
-Sentado otra vez en el automóvil, vuelvo á contemplar las cosas con el
-optimismo del que descansa unos momentos luego de haber sufrido
-enervantes dolores.
-
-Fuera de la ciudad me interesa otra vez la flor enorme y roja, abierta
-como una estrella de fuego, que se destaca sobre el verde infinito de la
-vegetación. Pregunto cómo se llama á Méndez Pereira, y éste sonríe.
-
---No sé su nombre científico--dice vacilando--; pero aquí la gente del
-país la llama... «papo de la reina».
-
-¡Yo que esperaba un nombre dulce y poético!... Luego pienso que el vulgo
-ha asociado siempre la idea de grandeza con la de majestad real, y por
-eso, al querer dar nombre á esta flor sanguínea y desmesuradamente
-abierta, sólo pudo pensar en... la flor de una reina.
-
-Entrada ya la noche, mis compañeros de Letras, que son directores
-generales, subsecretarios de ministerio ó desempeñan otros altos empleos
-en esta pequeña y tranquila República, presidida por un escritor, me
-llevan á comer al club principal de la ciudad.
-
-Este hermoso edificio tiene por un lado las antiguas murallas españolas
-y en su fachada opuesta los balconajes dan sobre el maravilloso
-espectáculo del golfo. La comida es suntuosa. La gente rica de Panamá
-sabe vivir bien por tradición, adoptando además los usos elegantes de
-los viajeros de todos los países que pasan por su canal.
-
-A los postres, mis nuevos amigos me recitan sus versos, y lo que tal vez
-resultaría inoportuno y penoso en otros lugares, proporciona aquí un
-verdadero placer. Al otro lado de la floreada mesa y la baranda de la
-galería, extiende el Pacífico su obscura y murmurante superficie,
-poblada de luces de buques y de reflejos serpenteantes de astros. Y en
-esta penumbra, agitada por el aliento oceánico, que parece traernos la
-respiración de mundos que viven al otro lado de la tierra, suenan las
-voces de los poetas expresando sus melancolías amorosas ó su lealtad
-patriótica; el amor á la mujer pálida, de grandes ojos, aterciopelada y
-olorosa como la noche del Trópico; la fidelidad á la tierra natal, que
-cuanto más pequeña es, con más entusiasmo la defendemos.
-
-Cerca de media noche vamos en busca del _Franconia_, que flota ya en las
-aguas del Pacífico, á la salida del canal. Corre el automóvil á través
-de parques públicos, exuberantes como selvas; atravesamos poblaciones
-limpias, ordenadas, de monótona regularidad, todas ellas con casitas
-entre jardines, iguales á las que existen en La Florida ó en California.
-Son los barrios de la ciudad de Balboa. En lo alto de una colina se
-destaca sobre el firmamento, ocultando con su masa obscura numerosas
-constelaciones, un edificio que parece interminable, el de las oficinas
-del gobierno del canal.
-
-La ciudad de Panamá queda topográficamente dentro de las diez millas que
-se concedieron á los norteamericanos para la defensa de sus obras, pero
-como era lógico, ha conservado una absoluta independencia. Penetra sin
-embargo hondamente en dicha zona, y á causa de ello, en una sección de
-sus afueras, basta caminar unos cuantos metros para haber saltado de la
-República de Panamá con sus leyes de nación libre y soberana á la
-República de los Estados Unidos con su legislación federal, discutida y
-votada en el Capitolio de Wáshington.
-
-En una esquina es delito beber líquidos alcohólicos, y se castiga con
-severas penas llevar una botella de vino, como si fuese un arma
-prohibida. En la esquina de enfrente, el comerciante español, chino ó
-griego, tiene abierta su tienda de bebidas ó su café.
-
-El trabajador norteamericano, el soldado, el marinero, y quién sabe si
-algunas veces el policía encargado de la observancia de las leyes, no
-tienen mas que dar unos cuantos pasos fuera de la acera, y al llegar á
-la acera de enfrente, les es lícito emborracharse hasta caer al suelo,
-revolcándose en él cuanto quieran con absoluta libertad.
-
-
-
-
-VIII
-
-LAS COSTAS DEL PACÍFICO
-
- Los tres colores del Trópico.--Envidiando á Robinsón.--La madrastra
- Naturaleza.--Desfile de tortugas.--Las malas costumbres de la
- guerra.--La «Nao de Acapulco».--Cómo los galeones del virreinato de
- Méjico atravesaban el Pacífico.--50.000 pares de medias de seda en
- cada viaje.--El centinela que se durmió en la muralla de Manila y
- despertó en la plaza Mayor de Méjico.--El protestantismo y el
- canto.--Temporal frente á Los Ángeles.
-
-
-Después de Panamá empiezan las navegaciones más extensas del viaje
-alrededor del mundo.
-
-Cuando lleguemos á Asia, las escalas serán cortas; bastará un par de
-días para que el buque haga la travesía entre dos puertos célebres. El
-más viejo de los continentes tiene encima de su costra los grupos más
-densos de humanidad; pueblos que bullen como colmenas, mares interiores,
-golfos, estrechos é islas, en cuyas orillas son incontables las
-ciudades. Aquí estamos en la inmensa soledad del Pacífico, donde las
-olas deben rodar sobre la superficie de medio planeta para ir de una
-ribera á otra.
-
-Necesitamos tres navegaciones algo largas, comparadas con las del resto
-del viaje, para salvar el más extenso de los Océanos; de Panamá á San
-Francisco ocho días, siguiendo las costas de la América Central, Méjico
-y California; de San Francisco á las islas de Hawai, archipiélago
-solitario en mitad del Pacífico, seis días; y desde ellas al Japón,
-diez.
-
-Al salir de Panamá, la serena y luminosa esplendidez del Pacífico
-tropical nos envuelve durante una semana. El mundo parece tricromo, como
-si no existiesen en él otros colores que el azul, el verde y el blanco.
-El cielo es eternamente azul; las aguas de un verde dorado y clarísimo,
-que mantiene su transparencia á enormes profundidades; las crestas de
-las olas, al levantarse como cascadas invertidas en los arrecifes de las
-islas, tienen, lo mismo que las nubes, una blancura inmaculada, que
-parece de los primeros días del planeta, cuando la vida animal aún no
-había contaminado la pureza de los primitivos ensayos de la creación.
-Las costas de la tierra firme y las islas de graciosos nombres
-españoles, inventados por los navegantes del descubrimiento, no añaden
-ningún color nuevo. Todas son verdes como el mar, pero de un verde más
-obscuro, semejante al de los óxidos metálicos.
-
-El suelo desaparece bajo la arrolladora vegetación. Lianas y matorrales
-luchan trabando sus brazos retorcidos, y por encima de esta selva en
-muda batalla, cortan el aire graciosos y aéreos ramilletes de palmeras y
-cocoteros. En la orilla, cabos é islotes están festoneados con una doble
-fila de plátanos.
-
-Muchos, al contemplar acodados en la cubierta esta Naturaleza libre, en
-la que solamente muy de tarde en tarde alcanzamos á ver con los anteojos
-marítimos alguna hormiga de paso vertical, que es un hombre, sienten
-deseos envidiosos de repetir la aventura de Robinsón. ¡Qué felicidad
-vivir en una de estas islas que ignoran el invierno, donde los árboles
-dan espontáneamente sus frutos alimenticios de azucarada pulpa, y el
-agua cristalina se pierde cayendo por el acantilado en hilos de
-plata!... Ricas damas acostumbradas á todos los refinamientos de la
-civilización se sienten de pronto con un alma primitiva, y fantasean
-sobre la poética existencia que puede llevarse en estos lugares
-esplendorosos, saboreando las ventajas de un salvajismo dulce.
-
-Yo que he vivido en terrenos desiertos de América, sufriendo las
-penalidades del colonizador, quiebro con mi pesimismo tales ilusiones.
-Sé por experiencia que la Naturaleza sólo es madre cuando el hombre la
-ha vencido y esclavizado, haciéndola saber que existe. Donde los humanos
-no la pisotearon en masa durante siglos y no la golpean y desgarran
-todos los años con millares de brazos y de máquinas, es una madrastra
-que nos ignora y nos abruma bajo sus exuberancias crueles, más aún que á
-los seres inferiores, mejor preparados para amoldarse á sus asperezas.
-
-Dejo de contemplar las islas de lujuriante vegetación. Prefiero el
-espectáculo del mar con la fauna innúmera que hierve en sus entrañas. En
-el Pacífico puede uno persuadirse, por observación directa, de que la
-vida marítima es infinitamente superior en intensidad á la terrestre.
-Como toda vida empezó á formarse en el mar y procede de él, es en los
-Océanos donde queda más numerosa y latente. Los que, acostumbrándonos al
-mar flúido de la atmósfera trepamos por las sinuosidades de la corteza
-terrestre recién enfriada, fuimos menos numerosos que los que
-permanecieron para siempre á nuestras espaldas, no queriendo abandonar
-el elemento originario.
-
-En los mares de Europa, devastados por una pesca excesiva y empobrecidos
-por la aridez creciente de sus fondos, resulta difícil convencerse de la
-posibilidad de esta hipótesis científica. En el Pacífico tropical,
-frente á las costas de la América del Centro, el agua parece hervir con
-el chisporroteo de las bandas de peces que huyen ante la proa del buque.
-Algunos, al saltar fuera del agua, dan varias vueltas en el aire,
-muestran su panza blanca, y se dejan caer cómicamente de costado, con
-una gracia de payaso torpe.
-
-Durante las horas meridianas, van desfilando sobre la llanura verde y
-dorada, con la tranquilidad que proporciona la ignorancia del peligro,
-largas hileras de tortugas. Son enormes y llevan á flor de agua su duro
-escudo de carey, isla flotante en la que vienen á descansar las aves
-marinas vagabundas, mientras por abajo mueven sus patas rugosas de
-lagarto y su cabeza de serpiente tonta.
-
-Atraídos por la novedad de estos blancos, el comandante y los oficiales
-que están en el puente empiezan á tirar sobre ellas con pistolas y
-carabinas. Muchas damas americanas pertenecientes á sociedades
-protectoras de animales protestan con indignación, y al poco rato cesa
-el tiroteo.
-
-Esta carnicería inútil es una consecuencia de la guerra reciente. En el
-_Franconia_, desde el primer jefe al último camarero, todos llevan en el
-pecho condecoraciones militares. Se han batido sobre el mar en navíos de
-combate, ó han arrostrado en buques mercantes el torpedazo mortal
-durante cinco años. El criado que me sirve á la mesa naufragó dos veces
-por haber echado á pique los submarinos alemanes los barcos en que iba.
-Los más de sus camaradas pueden contar aventuras semejantes. Acaban de
-atravesar un período de la historia humana en que el hombre daba caza al
-hombre, lo mismo que en los tiempos prehistóricos, y matar era función
-diaria y natural. Y en este Océano tranquilo, luminoso, dulce, al ver
-junto á los costados del buque el confiado desfile de unos animales
-enormes y pacíficos, lo primero que se les ocurre es echar mano á sus
-armas de fuego, por la satisfacción vanidosa de comprobar y lucir sus
-habilidades de tirador.
-
-Cuando cesan los disparos, vuelven las tortugas á continuar su viaje por
-las dos bandas del buque, con la tenacidad de las hormigas que reanudan
-su procesión después de la pisada catastrófica del viandante. El Océano
-refleja el cielo como un espejo de suave color de turquesa, y repite en
-su fondo las nubes del horizonte cual si fuesen leves empañamientos de
-su cristal.
-
-Para acortar la navegación nos separamos de tierra, y durante unos días
-sólo vemos mar y cielo en torno del buque; pero sabemos que vamos
-navegando ante Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala, á más de
-cien millas de su litoral.
-
-He cesado de sufrir la cosquilla ardiente de los rayos violeta, que
-parecen freir la carne. Ya puedo marchar por todo el buque apoyado en un
-bastón. El nudo ciático se ha deshecho y la pierna recobra poco á poco
-su funcionamiento normal. La vida vuelve á parecerme interesante.
-
-Una mañana surgen montañas ante la proa. Son las costas de Méjico. La
-tierra sale á nuestro encuentro, y vamos á seguirla, con ligeros
-eclipses, hasta California. Va pasando por el costado de estribor una
-sierra altísima, que aún parece más enorme al descender directamente al
-mar sin que nada la encubra. En su ribera se alzan sobre las aguas dos
-montañitas redondas y graciosas, como dos pechos femeninos. Deben ser de
-gran altura, y sin embargo parecen algo pueril y frágil, dos juguetes,
-en comparación con la cordillera que se yergue detrás cubriendo gran
-parte del cielo.
-
-En una de estas montañitas hay un mástil de telegrafía inalámbrica. En
-la cumbre de la otra, un viejo castillo. Es Acapulco.
-
-Este nombre sólo significará para muchos lectores el de un modesto
-puerto mejicano, si es que lo han oído alguna vez. Tal ignorancia nada
-tiene de extraordinaria, pues la gran mayoría de los españoles cultos
-también se hallan en el mismo caso. Y sin embargo, durante tres siglos
-Acapulco fué uno de los puertos más importantes de la colonización
-española, y la llamada «Nao de Acapulco» el servicio marítimo más
-regular, más extenso y audaz que existía en el mundo.
-
-Sabido es que Magallanes, después de encontrar el paso que lleva su
-nombre, buscó al lanzarse en el Pacífico el famoso archipiélago titulado
-de la Especiería, á causa de sus abundantes especias: el llamado
-«Maluco» por los geógrafos de entonces, ó sea las actuales Molucas,
-propiedad de los holandeses. En aquellos tiempos eran los portugueses
-los que explotaban dichas islas, pero Carlos V envió la expedición de
-Magallanes porque éste y su camarada el cosmógrafo Rui Falero le
-hicieron ver que el Maluco correspondía á sus dominios, á causa de
-haberse trasladado, de acuerdo con Portugal, trescientas leguas hacia
-Occidente la antigua línea de demarcación trazada por el Papa de arriba
-á abajo del planeta, dividiendo los nuevos descubrimientos entre
-portugueses á Oriente y españoles á Occidente.
-
-Pero Magallanes murió combatiendo á un reyezuelo de una de las islas que
-después fueron llamadas Filipinas, sus principales capitanes perecieron
-asesinados á traición en un banquete de otro reyezuelo, y el último
-buque de la flota, bajo el mando de Sebastián del Cano, tuvo que
-volverse á España, dando vuelta á toda la redondez del planeta por
-primera vez en la historia humana, pero sin haber tomado posesión del
-Maluco.
-
-Años después, Legazpi cimentó y organizó la conquista de Filipinas, y
-aunque España no fué dueña nunca de las islas de las Especias, pudo
-establecer cerca de ellas un mercado para su adquisición, que fué
-Manila. Entonces empezó la importancia interoceánica del puerto de
-Acapulco. Las naves españolas no podían hacer un tráfico regular con
-Filipinas siguiendo todo el contorno de África y de Asia. Tampoco
-resultaba comercial repetir la hazaña de Magallanes pasando por el
-estrecho que lleva su nombre. Esta navegación, que exigía años, sólo
-podía realizarla entonces un descubridor ó un pirata. Era preciso
-acortar el camino con la colonia oceánica, y el gobierno de Madrid se
-aprovechó de la comunicación que tenía establecida con Méjico,
-prolongándola á través del Pacífico.
-
-Los primeros galeones para Manila salieron del Perú porque los vientos
-normales favorecían la navegación desde el Callao; pero en cambio, el
-viaje de vuelta resultaba difícil por ser los vientos contrarios. La
-ruta fué modificada, y estos galeones se trasladaron al virreinato de
-Méjico, saliendo del puerto de Acapulco por resultar más favorables las
-corrientes atmosféricas del hemisferio Norte, á la ida y á la vuelta.
-
-El gobierno y los comerciantes de la metrópoli enviaban sus pliegos
-oficiales y sus órdenes de compra á Méjico, y el correo, atravesando el
-país de Este á Oeste--lo que no era siempre fácil, pues abundaban los
-bandoleros y las partidas de indios bravos--, lo llevaba todo al puerto
-de Acapulco, en el Pacífico. Allí encontraba á la famosa «Nao», que
-solía ser un buque de los más grandes de su época: un galeón de 1.500
-toneladas, algo extraordinario, como un _dreadnaught_ ó un trasatlántico
-gigantesco de nuestra época.
-
-El virrey de Méjico tenía á sus órdenes dos ó tres naves de esta
-especie. Salía un galeón por año para las Filipinas y á veces dos, según
-las necesidades del comercio.
-
-Poco á poco dejaron de traer especias de la colonia oceánica, pues los
-portugueses y holandeses se las procuraban á Europa por la ruta de
-Oriente. Era la China la que abastecía con sus riquezas el mercado de
-Manila. Más de 20.000 chinos vivían en dicha ciudad como mercaderes,
-orfebres y tejedores de seda. La famosa «Nao», al llegar procedente de
-Acapulco, se abarrotaba de telas de la India, muselinas pintadas,
-mantones bordados, obras de plata, y especialmente de medias de seda. En
-cada viaje llevaba cuando menos 50.000 pares. La media de seda era en
-las ricas ciudades de la América española el mayor de los lujos. Las
-damas de Méjico y de Lima, que se tapaban la cara con la mantilla para
-aumentar el misterio de sus ojos, llevando al mismo tiempo su hueca
-falda tan corta como la de una bailadora, solían cambiar de medias tres
-veces al día.
-
-Al navegar de Manila á Acapulco, resultaba tan enorme el cargamento de
-la «Nao», que gran parte de sus cañones quedaban desmontados y guardados
-en la bodega para dejar más amplio espacio en los entrepuentes. Su
-tripulación de soldados y artilleros era menos numerosa en esta
-travesía. Además, los piratas no podían sentirse tentados por el
-abordaje de un navío que sólo llevaba riquezas comerciales, fáciles de
-robar en cualquier puerto asiático, y muy voluminosas.
-
-El famoso galeón excitaba la codicia de los ladrones del mar en su viaje
-de vuelta, de Acapulco á Manila. En esta travesía apenas llevaba
-cargamento; pero todos los cañones iban montados, la tripulación estaba
-completa, y además el gobierno aprovechaba el viaje para enviar soldados
-á la guarnición de Manila. La «Nao de Acapulco» llevaba entonces 600
-combatientes y á veces más. Sus pasajeros eran contados mercaderes en
-relación con los comerciantes de Manila, que emprendían tan enorme viaje
-para hacer nuevos tratos con ellos.
-
-La vida á bordo del galeón era la de un buque de guerra. Al llegar á los
-archipiélagos oceánicos había vigías en las islas de Guan y de Batan,
-que le avisaban por medio de llamaradas si el mar estaba libre ó si
-algún pirata inglés navegaba desde meses antes por estos pasos, en
-espera de la famosa «Nao». En tal caso, el capitán, que tenía título de
-general, anclaba en cualquier bahía segura del archipiélago filipino,
-echaba su cargamento á tierra, así como una parte de sus cañones y
-soldados, y en esta posición terrestre y defensiva aguardaba la noticia
-de que el camino estaba libre.
-
-El cargamento de regreso, que apenas ocupaba una parte de la cala, era
-el más necesitado de defensa. Consistía en dos ó tres millones de duros
-que enviaban los comerciantes de América á los de Filipinas como precio
-de sus artículos: cajones llenos de piezas de plata, brillantes y recién
-acuñadas en las Casas de Moneda de Méjico. Hubo piratas que pasaron dos
-años vagando en el Pacífico con la esperanza de sorprender á la «Nao de
-Acapulco», y alguno de ellos lo consiguió, enriqueciéndose en pocas
-horas.
-
-Hasta el siglo XVIII se mantuvo esta navegación. La «Nao» salía de
-Manila en el mes de Julio y llegaba á Acapulco en Diciembre ó Enero.
-Esta era la travesía más larga. Luego, en Marzo, emprendía la vuelta á
-Manila, llegando á mediados de Junio. Un año aproximadamente invertía en
-su viaje redondo de ida y vuelta.
-
-Este comercio con Filipinas, á través de las posesiones españolas de
-América, enriqueció durante tres siglos los palacios de Méjico y Lima,
-dejando en ellos gran cantidad de sederías, obras de orfebrería y
-porcelanas.
-
-Muchos capitanes españoles al regresar de Filipinas se quedaron en
-Méjico y el Perú, ó sea en mitad de su camino, como si les faltase
-fuerzas para abandonar del todo un mundo nuevo, volviendo á la sociedad
-reglamentada, ceremoniosa y rutinaria de la península natal. En la
-ciudad de Puebla (Méjico) vive la religiosa memoria de la llamada «China
-poblana», una princesita china que vino de Manila en la «Nao de
-Acapulco», y convertida al catolicismo acabó por morir en olor de
-santidad.
-
-Con la afición característica de los mestizos á creer en brujerías,
-milagros y relatos mágicos, el populacho mejicano siempre que inventaba
-algo inverosímil escogía como lugar de acción la remota ciudad de
-Manila, de donde aportaban los galeones de Acapulco tantas cosas
-maravillosas, tejidas y labradas.
-
-Allá por los últimos años del siglo XVII, los vecinos de la ciudad de
-Méjico, al ir á la catedral para oir misa en las primeras horas de la
-mañana, vieron á un soldado que se paseaba con el fusil al hombro por la
-plaza Mayor, como si estuviese de centinela. Por ser esto una novedad
-inexplicable, las autoridades hicieron llamar al soldado, y éste miró
-con asombro en torno de él, cual si despertase, no conociendo lo que le
-rodeaba. Luego dijo tranquilamente que era de la guarnición de Manila, y
-la noche anterior lo había colocado su sargento de centinela en la
-muralla de dicha ciudad, siéndole imposible comprender cómo se veía
-horas después en Méjico. La mitad de una noche había bastado á brujas y
-demonios para llevarle en volandas de un lado á otro del Pacífico, sobre
-la curva de una mitad de la tierra.
-
-El populacho que deseaba ver al centinela de Manila, creyendo á ojos
-cerrados en tal viaje, no consiguió su objeto. La Inquisición se había
-incautado del impostor, y tal vez lo embarcó de veras á Filipinas en el
-primer envío de soldados, para que hiciese centinela otra vez en los
-muros de Manila y repitiese su asombroso vuelo.
-
-Perdemos de vista las montañas de Acapulco, y al día siguiente, frente
-al puerto de Manzanillo, la tierra se aleja de nosotros y queda abierta
-la boca del profundo golfo de California, que en los primeros años de su
-descubrimiento por los pilotos al servicio de Hernán Cortés, fué llamado
-unas veces mar Bermejo y otras mar de Cortés. Es tan enorme la boca del
-golfo, que tardaremos cerca de un día en pasarla, llegando al otro
-extremo, ó sea al vértice de la península llamada Baja California.
-
-Navegamos sin vestigio alguno de tierra, como si estuviésemos en alta
-mar, y durante las primeras horas de la noche se anima el _Franconia_
-con las luces extraordinarias, la música, el vocerío y los trajes
-multicolores de un baile de máscaras, precedido de un desfile por las
-diversas cubiertas. Es la víspera de una de las fiestas más
-tradicionales del pueblo norteamericano, el famoso _Thanksgiving Day_
-(el Día del Agradecimiento).
-
-En la mañana siguiente vemos el litoral de la Baja California, pero
-navegamos lejos de él por ser costa sucia, como dicen los marinos, á
-causa de sus bajos y arrecifes. Bahías, cabos é islotes conservan aún
-los nombres que les fué dando el piloto Sebastián Vizcaíno, gran
-explorador de la costa de California y fundador de Monterrey, cerca de
-San Francisco. Los más son nombres de santos. Eran entonces tan
-frecuentes los descubrimientos, que los navegantes españoles necesitaban
-valerse del calendario para rotular las nuevas tierras, escogiendo el
-nombre del santo del día. Otras veces inventaban el título con arreglo á
-los adornos naturales del país, á su fauna ó al propio estado de su
-ánimo. En el fondo del horizonte veo esfumados por la distancia dos
-grupos de montañas, á las que dió Vizcaíno los títulos que aún
-conservan: isla de Cedros é isla Bonita.
-
-Por la noche es la verdadera fiesta del _Thanksgiving Day_, la comida de
-gala, con gran profusión de banderas, luces y cánticos patrióticos.
-Luego, en los salones de arriba, estos norteamericanos entusiastas creen
-que es su deber seguir cantando á coro, y resucitan canciones antiguas
-ligadas á los episodios de su historia, desde Wáshington á Lincoln.
-
-Todos cantan bien, y cada uno toma, instintivamente, el tono que mejor
-corresponde á su voz en este conjunto coral. Se nota que han pasado por
-las escuelas de su país, donde se canta mucho. Los más pertenecen á la
-religión protestante, que exige el cántico á todos sus fieles. Por algo
-Lutero fué hábil flautista y muchos apóstoles de la reforma religiosa
-expertos músicos. También por la misma causa los himnos nacionales de
-todos los países protestantes tienen la lentitud majestuosa de los
-salmos.
-
-Hemos salido ya de la zona tropical. Volvemos á buscar los trajes de
-invierno que llevábamos en Nueva York y empezamos á repeler en Cuba,
-olvidándolos completamente al llegar á Panamá, como algo quimérico que
-jamás volveríamos á usar.
-
-El Océano toma un color azul plomizo; el horizonte es denso y gris. En
-mitad del día consigue el sol perforar las nubes y corta la atmósfera
-brumosa con un largo triángulo de luz que parece artificial. Las olas
-rompen contra las murallas del buque, levantando nubes de polvo líquido
-que durante las breves apariciones solares reflejan en sus facetas las
-tintas del arco iris.
-
-A pesar de su majestuosa estabilidad, el _Franconia_ danza como un
-tapón de corcho sobre las aguas lívidas. Vemos lejos á otros buques, que
-se ocultan de pronto cual si los hubiesen tragado las olas, y vuelven á
-reaparecer más allá, con saltos de animal asustado, que sacan del mar
-toda su proa ó muestran el color rojizo de su vientre.
-
-Afrontamos un temporal, poco temible á bordo de un buque como el
-_Franconia_, pero molesto para las funciones normales de la vida. Este
-oleaje tempestuoso es ante un golfo en cuyo remate está la famosa ciudad
-de Los Ángeles, punto de reunión durante el invierno de las gentes ricas
-y desocupadas de los Estados Unidos.
-
-Yo que conozco Los Ángeles contemplo el horizonte gris, como si pudiese
-ver á través de sus brumas la costa californiana, con sus huertos de
-naranjos y sus enormes hoteles; la isla de Santa Catalina, de inagotable
-pesca, cuyas barcas tienen un fondo de cristal para sorprender los
-misterios de los bosques submarinos; las avenidas de la ciudad,
-compuestas de palacios modernos; los túneles de porcelana brillante que
-prolongan estas calles á través de las colinas.
-
-Hoy es el primer día de Diciembre. Los Ángeles debe tener ya toda su
-animación invernal, y nosotros estamos frente á ella--á 100 millas de
-distancia mar adentro--, reflejando con nuestras vacilaciones de muñeco
-desarticulado los rudos vaivenes que la tormenta hace sufrir al buque.
-Es como si atravesásemos una tempestad mediterránea á la altura del
-Casino de Monte-Carlo ó del Paseo de los Ingleses de Niza.
-
-Al salir del golfo de Los Ángeles se va serenando el mar. Un cabo surge
-en el horizonte llevando sobre su lomo un pequeño pueblo. Es Punta
-Argüello, primer pedazo de los Estados Unidos que vemos en el Pacífico,
-y que ostenta un nombre español.
-
-Una antena enorme de telegrafía sin hilos, un andamiaje piramidal á
-estilo de la Torre Eiffel, se alza sobre el dorso del cabo, y en torno
-de ella se agrupan varios edificios. Éstos son distintos á los que
-pudimos ver de tarde en tarde, en ocho días de navegación, frente á las
-costas centroamericanas y mejicanas: casas de un solo piso, largas y
-bajas, horizontales, como si se hubiesen tendido en el suelo.
-
-Aquí los edificios son de una verticalidad audaz; todos de varios pisos,
-con el tejado rojo que parece flamear, y las paredes blancas; el
-atrevimiento norteamericano unido á la gracia fresca y juvenil de la
-California.
-
-Empezamos á costear otra civilización, otra manera de apreciar la vida.
-
-
-
-
-IX
-
-EL SECRETO DE LA ESFINGE AZUL
-
- San Francisco y sus bellezas.--El Barrio Chino.--Sus antiguos
- laberintos subterráneos.--Su aspecto actual.--Influencia de este
- barrio en la proclamación de la República china.--La propaganda en
- las calles.--Las farmacias chinas y sus estrafalarios remedios.--El
- «Franconia» adquiere nueva vida.--Los duendes de mi camarote.--La
- ola que no va á ninguna parte.--Una isla roja que sólo se deja ver
- unos minutos.--La esfinge azul y el secreto de sus
- estremecimientos.--La Atlántida del Pacífico.
-
-
-Yo he contado en una de mis novelas, _La reina Calafia_, cómo la gran
-bahía de San Francisco, después de mantenerse oculta dos siglos para los
-marinos, se presentó inesperadamente ante los ojos de don Gaspar de
-Portolá, coronel español de caballería, que la descubrió por la parte de
-tierra.
-
-La ciudad de San Francisco, nacida en las orillas de esta bahía, que es
-un pequeño mar interior con varias islas, puede llamarse la capital
-americana del Pacífico. El canal de Panamá le ha causado algún daño;
-pero todavía, para los puertos de Asia, es San Francisco el mayor centro
-de navegación en la orilla de enfrente.
-
-Los que desembarcan en sus muelles sin conocer las audacias de la
-construcción norteamericana admiran su esplendor. Los que llegan por el
-Este, habiendo visitado antes otras ciudades de los Estados Unidos, ven
-en San Francisco una imitación de Nueva York. Pero á pesar de la
-uniformidad de todas las urbes de la gran República, ésta conserva una
-fisonomía especial que revela sus orígenes de antigua tierra española y
-de país de oro al que acudieron hace medio siglo todos los aventureros
-del mundo.
-
-Sus alrededores ofrecen parques y paseos de una vegetación esplendorosa
-que parece montada sobre el límite divisorio de la zona tropical y la
-fría, participando de ambas floras. El llamado «Presidio», que guarda
-aún su nombre castellano por ser el lugar donde estaba el antiguo
-fuerte, presidiado por soldados españoles, es un parque frondoso, con
-árboles casi seculares. Desde sus praderas puede verse en días serenos,
-á través de las columnatas de troncos, el admirable panorama de la
-bahía, bordeada de ciudades nuevas, y la Puerta de Oro (_Golden Gate_),
-desfiladero marítimo que le sirve de entrada.
-
-Se prolongan los paseos por la costa, frente al mar libre. Sobre los
-escollos se ven enormes orugas rojizas que son en realidad lobos
-marinos, viejos, monstruosos, de pesada obesidad. Hasta aquí llegan
-estos habitantes de los mares fríos en sus excursiones hacia las aguas
-del Sur.
-
-Como una cuña verde metida entre el Océano y la gran ciudad, se extiende
-el parque de Golden Gate, uno de los paseos más admirables de América.
-Numerosos monumentos pueblan con un mundo de figuras metálicas ó
-marmóreas sus avenidas de verde eterno.
-
-En su parte más céntrica, un fraile de bronce se alza sobre su pedestal
-con una cruz en la mano. Es el religioso mallorquín Junípero Serra,
-primer colonizador de la Alta California, que dió á la ciudad el nombre
-de San Francisco, patrón de su orden.
-
-Frente á él, dos hombres, espada en mano, se arrodillan ante un busto
-gigantesco que lleva gorguera rizada y barba puntiaguda. Son don Quijote
-y Sancho haciendo acatamiento al novelista que los creó. Dos vecinos de
-San Francisco de origen español, antiguos oficiales de Ingenieros que
-emigraron á California en 1870, don Juan Cebrián y don Ensebio Molera,
-iniciaron la erección de dicho monumento á la gloria de Cervantes y del
-primer idioma europeo que se habló en esta tierra, y los californianos
-que no quieren olvidar el origen de su patria les secundaron en tal
-empresa.
-
-Lo más original en San Francisco para el viajero que no conoce Asia es
-visitar su famoso Barrio Chino. Antes del terremoto de 1906, que lo
-arruinó completamente, el _China Town_ de San Francisco era un lugar
-misterioso sobre el que se fantaseaba mucho, haciéndolo escenario de
-dramas y novelas terroríficas. El terremoto dejó descubierto un segundo
-barrio subterráneo, de habitaciones superpuestas y corredores
-intrincados: un hormiguero para desorientar al policía más astuto. En
-realidad, el profundo laberinto servía para ocultar fumaderos de opio y
-casas de juego, las dos pasiones de los chinos á la antigua.
-
-Hoy, dicho barrio ha sido reconstruído, sin dejar en él nada misterioso.
-Guarda de su origen la arquitectura graciosa de sus fachadas y la
-riqueza asiática de sus tiendas. Algunos de sus bazares son tan
-abundantes y ricos como los de Pekín.
-
-El chino de San Francisco va vestido lo mismo que un norteamericano. La
-nueva República china, al permitir que sus ciudadanos puedan
-desprenderse del adorno tradicional de la trenza, facilitó dicha
-transformación. Las mujeres del _China Town_ aún guardan el antiguo
-traje con pantalones, porque facilita sin duda sus trabajos domésticos,
-pero sólo las más ancianas conservan los pies desfigurados y diminutos
-que he visto luego en el ex Imperio Celeste. En días de fiesta, cuando
-salen á paseo con su _gentleman_ amarillo y de ojos oblicuos, todas
-llevan sombrero y abrigo de pieles, y hasta usan grandes anteojos con
-montura de concha, sin duda porque esto les da cierta semejanza con las
-profesoras norteamericanas, mandarinas de las letras.
-
-De este barrio salieron muchos jóvenes que hoy son generales y
-personajes políticos en la República china. Aquí se familiarizaron con
-las instituciones democráticas de los Estados Unidos, atravesando luego
-el Pacífico para implantarlas en su país. Sin el _China Town_ de San
-Francisco no hubiera sido posible que el Imperio más tradicionalista y
-absoluto de la tierra pasase de un salto á ser República.
-
-Una juventud de chinos inquietos, vestidos á la moda americana, con un
-estilógrafo en el bolsillo superior de la chaqueta, una insignia en la
-solapa y el pelo largo y charolado, á estilo de bailarín de _dancing_,
-se dedica por la noche, después de las horas de trabajo, á instruir al
-populacho amarillo.
-
-En mi primera visita á San Francisco vi uno de estos mítines de
-propaganda china en medio de la calle. Tres chinitos barrigudos y
-graciosos, con ese encanto de los amarillos y los negros cuando están
-aún en la infancia, sostenían tres banderas: la de los Estados Unidos,
-la del Estado de California y la de la República china. Un _gentleman_
-bien trajeado y de ojos oblicuos, subido en una tribuna portátil,
-hablaba á un centenar de compatriotas, obreros del puerto y de las
-fábricas, sucios de carbón, vestidos como los mecánicos, pero que
-indudablemente se habían cortado la trenza poco tiempo antes.
-
-Cuando me cansé de la gesticulación ardorosa y las palabras
-ininteligibles del orador, hice preguntar á uno de los oyentes cuál era
-el objeto del discurso.
-
---Habla--me contestó--para demostrar que los chinos somos superiores á
-los japoneses. El Japón es un Imperio donde el hombre no es libre, y en
-China tenemos ahora la República.
-
-A pesar de las tendencias modernas y revolucionarias del _China Town_,
-las tiendas que venden á sus habitantes los artículos de primera
-necesidad guardan un aspecto raro y repulsivo para los blancos, que nos
-hace recordar muchas originalidades de este pueblo leídas en los libros.
-En los despachos de comestibles hay aves secas y ahumadas como el jamón,
-y otros alimentos acartonados cubiertos de polvo y de moscas. Los olores
-y el aspecto de las cosas revelan una manera completamente distinta de
-apreciar la alimentación y un olfato lamentablemente invertido con
-relación al nuestro.
-
-Las farmacias abundan mucho en el barrio. Son el lugar de reunión de los
-vecinos. Todas ellas ofrecen asiento á los tertulianos, que charlan y
-fuman mientras el boticario, con unas antiparras enormes ante los ojitos
-oblicuos, lee ó medita, como un alquimista antiguo en su laboratorio.
-Estas farmacias se dan á conocer por unas celosías de madera tallada y
-dorada que adornan en forma de arco el fondo de la tienda, muestras
-perfectas del arte chino, en cuyos ramajes se enroscan dragones
-quiméricos y crecen flores misteriosas. En sus escaparates hay culebras
-secas. Según parece, este reptil, rallado y pulverizado, entra en muchas
-de las combinaciones de la farmacopea china.
-
-Mientras conversan los tertulianos, fumando sus pipas largas y de
-pequeñísimo hogar, los mancebos de la botica abren y cierran varias
-cuchillas fijas en caballetes de madera, cortando incesantemente una
-especie de achicorias verdes y blancas. Deben ser de gran consumo, pues
-en todas las farmacias al llegar la noche los dependientes se entregan á
-dicho trabajo, para tener pronto el remedio al día siguiente. Estos
-vegetales cuestan caros, por ser traídos de la misma China. Únicamente
-allá pueden encontrarse sobre los montículos de tierra de las tumbas, y
-como crecen junto á los féretros con el zumo de los antepasados, poseen
-un poder milagroso para curar la tisis.
-
-Me limito á enterarme de estas curiosidades farmacéuticas, pero no oso
-reirme de ellas. Sé que hace tres siglos nada más era admitido en Europa
-que un ratón asado puesto sobre las heridas de arcabuz y de cañón las
-curaba inmediatamente, y cierta piedra extraída de la cabeza de las
-grandes serpientes, llamada «piedra bezoar», tenía un poder tan
-milagroso contra toda clase de enfermedades y venenos, que el emperador
-Carlos V se hizo traer una de América.
-
-Todavía en las naciones europeas existen hoy brujas y curanderos que
-emplean clandestinamente una farmacopea más repugnante. Dejemos en paz á
-los boticarios chinos. Sus recetas estrafalarias sólo significan que su
-ciencia se detuvo en el mismo lugar donde estábamos nosotros hace unos
-pocos cientos de años.
-
-Llegan al _Franconia_ los últimos pasajeros para el viaje alrededor del
-mundo. Unos son de San Francisco ó de Los Ángeles. Otros, necesitando
-quince días más para sus negocios, renunciaron á visitar Cuba y Panamá y
-llegan directamente de Nueva York, atravesando en ferrocarril toda la
-anchura de los Estados Unidos.
-
-Terminan los banquetes y recepciones con que los propagandistas de la
-metrópoli californiana han querido obsequiar á los viajeros del
-_Franconia_, y otra vez vuelve á partir éste las aguas del Pacífico.
-
-Ahora ya no seguimos una costa; vamos á cruzar el más grande de los
-Océanos, de una ribera á otra, navegando por su desierto azul durante
-medio mes, sin otra escala que el archipiélago solitario de Hawai.
-
-En la primera noche de esta navegación el buque empieza á moverse con
-una inquietud que no había mostrado hasta ahora. Ha adquirido una vida
-nueva y ruidosa. Se retuerce como un animal bajo el empellón continuo
-del oleaje; suspira, lanza quejidos, silba. El viento muge entre
-cordajes y mástiles; luego brama, con ecos metálicos en los embudos de
-los ventiladores y el abismo de la chimenea. Las cosas inanimadas
-parecen haber poblado su interior con espíritus inquietos. Mi camarote,
-mudo hasta ahora, cobija en cada rincón blanco un duende que se divierte
-haciendo chacolotear maderas y hierros, con una estridencia que me
-enerva y corta mi sueño.
-
-Al día siguiente, este buque que nos parecía grandioso, sólido y estable
-como una catedral, sigue balanceándose, aporreado por el mar, con una
-fuerza sorda, disimulada, sin aparato terrorífico. La ola larga hasta
-perderse de vista y con suaves pendientes pilla al barco por un costado,
-lo asalta durante su marcha, lo levanta, pasa por debajo de él, abriendo
-un abismo azul que deja descubierta la curva de su vientre, y se escapa
-por el lado opuesto.
-
-Es la ola del Pacífico, moviéndose en la inmensidad sin un fin
-apreciable; la ola que no va á ninguna parte y corre todo el planeta, de
-un polo á otro, sin levantar espuma, sin hacer ruido, sin chocar con
-obstáculos, pues las islas oceánicas, olvidadas en sus soledades, son
-como granos de polvo caídos en un torbellino, como estrellas diseminadas
-en el firmamento.
-
-Estas olas tienen la energía ciega, el silencio feroz, la inconsciencia
-sorda de las fuerzas naturales. Pasan junto á nosotros ignorándonos. No
-conocen al hombre. Son diferentes á la ondulación intensamente salada
-del Mediterráneo ó á las corrientes acuáticas del Nilo y el Ganges, que
-arrullaron la cuna de las primeras civilizaciones y las dieron á beber
-con sus pechos maternales. Es la ola de los primeros tiempos del
-planeta, cuando aún no había nacido el hombre. Y ahora, en los tiempos
-modernos, sólo ha visto pequeños grupos humanos, pueblos rudimentarios,
-acampados en islas que son picachos de volcanes y que aún se hallan en
-los primeros crecimientos de la infancia.
-
-En días sucesivos, el mar, que es de un gris azulado y metálico, se va
-iluminando hasta adquirir la claridad esmeraldina de los mares
-tropicales. El movimiento de las olas disminuye. Hay horas en que el
-Pacífico parece una llanura, sin otra ondulación que las leves arrugas
-inevitables en toda inmensidad. Y sin embargo, el buque sigue moviéndose
-extraordinariamente, sacudido por fuerzas ocultas.
-
-El Océano, en estos días monótonos de navegación, sólo puede ofrecer dos
-espectáculos: la salida del sol y su ocaso. Un atardecer corremos todos
-á la proa para contemplar una tierra inesperada. Sabemos que esto no es
-posible, pues aún estamos lejos de Hawai, pero nuestros ojos parecen
-repeler la verdad. El ocaso nos perturba y nos engaña con una de sus
-fantasmagorías prodigiosas.
-
-Frente á la proa, en el fondo del horizonte, se alza una isla de
-brillante rojo, cual si transparentase un fuego interior. Vemos en ella
-una ciudad gigantesca, una especie de Nueva York, con altos edificios
-grises ribeteados de oro vivo. Tendida en lo alto, como si la cobijase,
-hay una nube larga que se inflama con el mismo resplandor de la ciudad
-y semeja un dragón de fuego. Con la rapidez casi instantánea de los
-crepúsculos tropicales, se apaga de pronto la isla y su urbe fantástica,
-partiéndose en vedijas de vapor que traga el horizonte. El Océano, antes
-de entregarse á la noche, toma un color de rosa obscuro, un rosa de
-sangre seca, que parece reflejar vastos bancos de coral ocultos en sus
-profundidades. Y en esta inmensa llanura purpúrea que se va
-obscureciendo, las hélices dejan un camino blanco y verde, un surco de
-esmeralda líquida y de espuma.
-
-Transcurren los días sin que veamos un buque ni una tierra. Creemos
-vagar sin rumbo por el desierto marino, como si la vida humana hubiese
-terminado en todo el globo y fuésemos nosotros los únicos supervivientes
-de la universal catástrofe.
-
-Contemplamos en el mapa la enormidad del Pacífico, que ocupa toda una
-cara de nuestro planeta. En torno á la inmensa cazuela oceánica existe
-una cadena circular de volcanes. Por todas partes chimeneas del hervor
-central: en las costas de las dos Américas, desde la Tierra del Fuego á
-Alaska; en el archipiélago japonés; en las riberas de la China y las
-islas oceánicas.
-
-La tierra tiembla frecuentemente en las orillas del Pacífico. Otros
-temblores, tal vez más grandes, pasan inadvertidos al agitar su lecho
-submarino, á miles de metros de profundidad. Las islas que emergen de
-sus llanuras solitarias son conos de fuego en incesante derrame, ó
-cráteres adormecidos desde los tiempos de su descubrimiento por el
-hombre, pero que pueden volver á sus vómitos ígneos, pues los siglos
-valen menos que segundos en la vida telúrica de nuestro planeta.
-
-Este Océano está formado indudablemente por una depresión de la corteza
-terrestre, que no es uniforme y sólida, sino fragmentaria y flotante,
-como un mosaico de escorias frías sobre el denso globo de materias
-ardientes, núcleo de nuestro planeta. Tal vez el encogimiento y la caída
-de tal costra, hasta formar el fondo actual del Pacífico, dejaron mal
-soldados sus bordes con los bordes de las costas limítrofes, y las masas
-de agua que se filtran por tales grietas, deslizándose hasta la gran
-masa del fuego central, crean gigantescas evaporaciones, cuya explosión
-origina los frecuentes temblores de sus orillas. ¿Quién pudiera conocer
-el misterio de este mar, esfinge de cara azul que extiende sus garras de
-uno á otro polo?... ¿Llegará á adivinarse un día la historia de los
-pueblos que existieron donde hoy ruedan sus olas; de las montañas que se
-plegaron en sentido inverso, convirtiéndose al desplomarse en embudos y
-simas de la profundidad oceánica?...
-
-Porque es indudable que en este Océano, donde ahora se navega semanas y
-semanas sin ver otra cosa que agua, y las tierras esporádicas son picos
-de volcanes que ascienden rectamente muchos miles de metros desde el
-fondo, existieron en otra época masas continentales ó largas cadenas de
-islas que sirvieron de puentes á los pueblos emigradores de Asia.
-
-La desaparición de una Atlántida es más segura en el Pacífico que en el
-Atlántico. Los pueblos de Europa no ofrecen ninguna semejanza étnica con
-los de América. Jamás vinieron tribus del llamado Nuevo Mundo á juntarse
-con las nuestras en los tiempos prehistóricos. En cambio, resulta
-asombroso el parecido de muchos indígenas americanos con ciertos pueblos
-asiáticos.
-
-Después de viajar por Asia, yo que he vivido en diferentes naciones de
-América no puedo comprender cómo se ha dudado y discutido tantos años
-sobre el origen remoto de las razas americanas. La pura observación del
-viajero basta para adquirir el convencimiento de que la mayor parte de
-los pueblos indígenas de América proceden de Asia.
-
-En el Japón, en la China, en los archipiélagos poblados por la raza
-malaya, he encontrado la misma sonrisa, los mismos gestos instintivos y
-no estudiados, iguales miradas, reflejo misterioso del alma, que vi en
-los campos de la Argentina todavía no invadidos por la emigración
-blanca, en las muchedumbres mestizas de Chile, y más aún en el numeroso
-populacho de Méjico.
-
-Hay un tipo de indio americano--especialmente en la América del Norte--,
-de nariz exageradamente aguileña y cara huesuda y larga de caballo, que
-no he visto en otra parte y tal vez pueda ser autóctono. Pero los demás
-indígenas americanos, de color cobrizo, ojos oblicuos y sonrisa que
-puede llamarse «incomprensible», son remotos descendientes de las
-emigraciones llegadas de Asia, no sabemos de qué modo, pero
-indudablemente á través del Pacífico.
-
-Por algo los primeros conquistadores españoles, con ese instinto certero
-de la ignorancia, que adivina muchas veces por inducción, mejor que el
-paciente estudio, al explorar ciertas regiones de América apodaron á los
-indígenas, según su sexo, «el chino» ó «la china».
-
-Y estos nombres aún se usan corrientemente en la actualidad.
-
-
-
-
-X
-
-EL ARCHIPIÉLAGO DEL AMOR
-
- Islas perdidas en la inmensidad del Pacífico.--Los
- redescubrimientos del capitán Cook y el olvido de sus
- predecesores.--Los pilotos de España conocen Hawai doscientos años
- antes de la llegada de Cook.--Kamehamea I, «Napoleón de
- Oceanía».--El amor libre coronado de flores.--Los terribles
- decretos de la viuda arrepentida.--Los hawaianos pierden el interés
- de vivir en unas islas regidas por la moral de los
- blancos.--Maravillosas costas de Hawai.--Las romanzas de un pueblo
- de músicos.
-
-
-Cuando se examina la carta de navegar del Océano Pacífico, llama
-inmediatamente la atención un entrecruzamiento de líneas que cubre su
-parte superior. Son como los rayos de una rueda, como los filamentos de
-una telaraña, y el centro de esta periferia de líneas, que significan
-para los pilotos rumbos de navegación, se halla en el archipiélago de
-Hawai.
-
-La parte inferior de dicha carta está espolvoreada de puntos, islas
-diseminadas en la inmensidad oceánica, como las estrellas en el cielo.
-Arriba, la soledad azul es uniforme y absoluta. En un espacio de miles y
-miles de millas, sólo se ven unos cuantos puntitos agrupados: el
-archipiélago de Hawai. Más de 2.000 millas le separan de las costas de
-América, más de 3.000 de las del Japón, y para llegar hasta los
-continentes oceánicos de Australia y Nueva Zelandia--las tierras más
-importantes que tiene al Sur--, es necesario navegar 5.000 millas,
-cortar los dos trópicos y la línea ecuatorial, avanzando mucho en el
-otro casquete del globo.
-
-Estas islas solitarias son lugar de obligado descanso para todos los
-buques que salen de las costas de América, de Asia ó de Australia, y se
-encuentran en el puerto de Honolulu, el más importante de Hawai. Todas
-ellas, con sus diversas extensiones, no son mas que remates de montañas
-volcánicas emergidas del fondo del Océano; cúspides fértiles, por los
-elementos químicos de su tierra y por la temperatura del Trópico, que
-descansan sobre un pedestal sumido en el agua 7.000 ú 8.000 metros.
-
-Su hermosura es innegable y deja en los visitantes un recuerdo firme;
-pero aún parece agrandarse por la relatividad de las circunstancias,
-pues el viajero llega á ellas después de haber atravesado las monotonías
-de un océano desierto.
-
-Muchos marinos, al hablar de sus viajes por el Pacífico, exclaman con
-melancolía:
-
---¡Ah, Hawai!... ¡El incomparable puerto de Honolulu!...
-
-Actualmente, á pesar de lo rápida que resulta la navegación á vapor y de
-las comodidades que ofrece un paquebote moderno, la presencia de este
-archipiélago, después de una semana de travesía solitaria, es acogida
-con entusiasmo. Hay que imaginarse cómo celebrarían los navegantes á
-vela, después de varios meses de aislamiento, la aparición de estas
-islas surgidas en mitad del Pacífico y descritas como un edén de paz y
-dulces placeres por los que las visitaron antes.
-
-Todos los vapores se dirigen ahora á Honolulu, en la isla Oahu, y esto
-es lo único que ven los viajeros durante su escala en el archipiélago
-polinésico. Nosotros, antes de Honolulu, visitamos la isla de Hawai, la
-mayor de todas y, sin embargo, la menos frecuentada por la navegación
-regular. En ella están los cráteres más altos de esta tierra volcánica,
-y el Kilauea, lago de fuego en ebullición, que no tiene nada comparable
-en todo el mundo conocido.
-
-Este archipiélago fué redescubierto en el siglo XVIII por el famoso
-capitán Cook. Como los ingleses se dedicaron á los descubrimientos
-geográficos con más de un siglo de retraso, cuando ya españoles y
-portugueses habían explorado la redondez del planeta, creyeron oportuno
-exagerar el valor indiscutible de las navegaciones de Cook, hablando de
-ellas como si no tuviesen precedente alguno en Oceanía.
-
-El famoso capitán Cook fué más sincero que muchos de sus compatriotas, y
-en los relatos que dejó escritos de sus viajes menciona varias veces á
-los descubridores españoles que le precedieron más de siglo y medio en
-el descubrimiento de muchos archipiélagos del Pacífico. Hasta cuenta
-haber encontrado en poder de los indígenas de una isla espadas viejas
-que procedían de los antiguos marinos españoles.
-
-Los autores ingleses nunca se han acordado de los precursores de su
-ilustre compatriota, de Álvaro de Mendaña, Quirós, Torres y otros
-pilotos españoles y portugueses, que dieron á muchas islas y estrechos
-de Oceanía los nombres ibéricos que ostentan aún ó sus propios
-apellidos.
-
-Con el archipiélago de Hawai ocurre lo mismo. Al hablar de él se afirma,
-como algo indiscutible, que fué Cook el primero que lo descubrió.
-Algunos autores más escrupulosos llegan á decir de una manera vaga que
-mucho antes del viaje del mencionado explorador habían llegado á Hawai
-unos náufragos españoles, pero no añaden á esto ni una palabra.
-
-Confieso que tampoco sabía yo más que estos autores cuando desembarqué
-en Hawai, y por ello quedé sorprendido al encontrar en las tradiciones y
-los museos de estas islas numerosos recuerdos que hacen referencia al
-primer descubrimiento realizado por los españoles. Los habitantes
-actuales del archipiélago polinésico, á pesar de que muchos de ellos
-tienen un origen británico por ser norteamericanos, gustan de hacer
-retroceder las fronteras de su pasado, la antigüedad histórica de su
-tierra de adopción, y esto, unido á ciertos descubrimientos
-arqueológicos, les ha permitido reconstruir los tiempos anteriores á la
-llegada de Cook, en 1778.
-
-Dos siglos antes, según las tradiciones del país transmitidas de
-generación en generación, pusieron sus pies en la costa de Hawai los
-primeros blancos, procedentes de España. Hernán Cortés, al verse
-desposeído del gobierno de Méjico por Carlos V, se dedicó á hacer
-exploraciones en el Océano Pacífico, con la esperanza de encontrar
-nuevas tierras. Él fué el primero que construyó buques en la orilla
-americana de este mar, consumiendo tal empresa gran parte de su fortuna.
-
-Una escuadra compuesta de tres barcos: el _Florida_, el _Santiago_ y el
-_Espíritu Santo_, bajo el mando de Álvaro Saavedra, fué enviada por
-Cortés en busca de las famosas islas de la Especiería; pero las
-tempestades del Pacífico la disolvieron, tragándose dos de las naves. Un
-capitán español y su hermana pudieron llegar con otros náufragos á una
-de las actuales islas de Hawai, siendo acogidos hospitalariamente por
-sus habitantes.
-
-Estos españoles tuvieron que amoldarse á su nueva existencia,
-presintiendo que jamás volverían los suyos á buscarles en tierras tan
-lejanas é ignoradas, y casaron en el país, llegando á ser guerreros
-poderosos. A principios del siglo XIX, en tiempos del emperador
-Kamehamea I, el «Napoleón de Oceanía», algunos de los caudillos que le
-secundaban en sus conquistas exhibían como título de suprema nobleza el
-ser descendientes del capitán español ó de su hermana, llegados al país
-dos siglos antes.
-
-Las tradiciones de Hawai no mencionan nuevas arribadas de españoles;
-pero hace veinte años, al abrirse los cimientos de un edificio fuera de
-Honolulu, fué encontrado un gran busto, obra de escultor indígena, hecho
-con la fidelidad minuciosa y un poco caricatural de las imágenes divinas
-de la Polinesia. Este valioso hallazgo arqueológico se apresuró á
-adquirirlo el cónsul alemán de Hawai, y está ahora en un museo de
-Berlín.
-
-Yo vi una copia en yeso que existe en el Museo Bisop de Honolulu, sin
-conocer previamente su origen y su título, é inmediatamente atrajo mi
-atención, excitando luego mi asombro. Entre las numerosas divinidades
-hawaianas de larga nariz y prominente mandíbula, semejantes por su
-tallado grotesco á las célebres imágenes de la Isla de Pascuas, me fijé
-en una cabeza con melenas, bigote, perilla y gola rizada. Es obra
-grosera y primitiva, sus facciones están ensanchadas, pero semeja
-reflejar, á través de un espejo deformatorio, cualquiera de los hidalgos
-pintados por el Greco ó por Velázquez.
-
-El catálogo del museo me demostró la exactitud de tal semejanza. La obra
-se titula: «Capitán de buque español, esculpido por un artista del
-país».
-
-Afirman las tradiciones que el capitán representado por el escultor
-indígena es el mismo que llegó á Hawai como náufrago. Esto no es
-verosímil. Un hombre que salió á tierra nadando con sus compañeros de
-infortunio no podía guardar la gola rizada, la capa y todos los detalles
-indumentarios que se adivinan en el resto de dicha escultura. Además, el
-marino español del busto más bien parece del siglo XVII que de la época
-de Cortés.
-
-El modelo fué indudablemente uno de los muchos capitanes de galeón que,
-al ir á Filipinas desde Acapulco, ó al regreso, se vieron obligados á
-tocar en el archipiélago de Hawai. Éste se halla un poco más arriba de
-la ruta seguida habitualmente por la «Nao de Acapulco», mas al regreso
-de Manila los vientos reinantes hacían navegar á los galeones muy al
-Norte, poniendo la proa al cabo Mendocino, en la California. Además, con
-la ayuda de la máquina de vapor es posible fijar un rumbo marítimo, casi
-lo mismo que una ruta terrestre; pero en la navegación á vela la
-voluntad del hombre tiene que ser esclava de las fuerzas caprichosas del
-mar y del viento. Más al Norte que Hawai está el Japón, y sin embargo,
-don Rodrigo de Vivero, al cesar en su gobierno de Filipinas y volver á
-España, se vió desviado de su rumbo por una tempestad y arrastrado á las
-costas japonesas, siendo el segundo navegante europeo que pisó dichas
-islas, después del portugués Méndez Pinto.
-
-Es casi seguro que los galeones de Acapulco, en su viaje anual á Manila,
-tocaron siempre que les fué conveniente en el archipiélago de Hawai,
-bien conocido por sus pilotos.
-
-Juan Gaetano, navegante español, estuvo en varias de estas islas en
-1555. Un pirata inglés, luego de sorprender y robar á uno de los navíos
-de Acapulco en el siglo siguiente, llevó á Londres una carta de
-navegación encontrada en el camarote del capitán. En esta carta
-figuraban las islas de Hawai, muy cerca de la ruta normal que debían
-seguir los buques españoles en su viaje á Filipinas. Un error de
-situación las colocaba algunos grados más allá de su verdadera latitud,
-pero todas ellas figuraban en el mapa con los nombres que les había dado
-el piloto Gaetano en su primera expedición. Hawai era llamada «la Mesa»;
-Mahui, «la Desgraciada», y las islas más pequeñas tenían la
-denominación común de «los Monjes».
-
-Los marinos, en aquella época de guerras y piraterías, procuraban
-guardar los descubrimientos en absoluto secreto, para aprovechamiento de
-su país. Por esta razón los españoles callaron durante dos siglos la
-existencia de Hawai, que podían utilizar como refugio en mitad de su
-camino á las Filipinas, aunque estuviese dicho archipiélago algo al
-margen de su ruta.
-
-Otros descubrimientos de archipiélagos oceánicos realizados por los
-españoles resultaron infructuosos al convertirse poco á poco en un
-secreto únicamente conocido por los navegantes. El poder colonial de
-España era entonces tan extenso, que unos cuantos grupos de islas de
-vida salvaje, perdidas en las inmensidades del Pacífico, poco podían
-interesar á una nación poseedora de la mayor parte de América y de las
-Filipinas. Las otras potencias de aquellos siglos, á pesar de su deseo
-de adquirir colonias, tampoco se preocuparon de poseer estos
-archipiélagos oceánicos, numerosos, diminutos y esparcidos como puñados
-de arena. Sólo en época modernísima, al finalizar la primera mitad del
-siglo XIX, empezó á dejarse sentir la influencia civilizadora de los
-países cristianos en las numerosas islas del Pacífico, muchas de las
-cuales aparecen erróneamente como descubiertas por el capitán Cook y no
-visitadas antes por ningún otro marino.
-
-Cook dió al actual archipiélago de Hawai el título de Islas Sándwich, en
-honor del ministro inglés del mismo nombre. Los indígenas, que á su
-llegada vivían aún divididos en tribus hostiles, le recibieron con
-veneración, como un enviado de su dios Lono; pero esto no impidió que lo
-matasen al intervenir en una riña entre sus marineros y los naturales.
-
-Antes de morir pudo conocer á un joven guerrero, llamado Kamehamea, que
-empezaba su carrera de caudillo. Éste fué el gran héroe del país, y su
-estatua moderna figura en uno de los paseos de Honolulu. De 1784 á 1819
-emprendió una serie de empresas militares y civilizadoras
-extraordinarias, repitiendo dentro de su pequeño mundo oceánico las
-aventuras heroicas que realizaban al mismo tiempo en el hemisferio
-opuesto del planeta los generales de la República francesa y Napoleón
-con sus lugartenientes.
-
-Creó una flota de canoas de guerra, y fué pasando de isla en isla para
-vencer á sus reyezuelos, convirtiendo al fin en un imperio el
-archipiélago de Hawai. Convencido de la superioridad de los blancos,
-buscó el apoyo de Vancouver y otros marinos ingleses exploradores del
-Pacífico, comprándoles cañones y un barco viejo de guerra. Luego,
-aprovechándose de la gran facilidad del pueblo canaco para aprender las
-artes de los extranjeros y copiar sus obras, llegó á construir buques
-semejantes á los de los blancos. Ensanchó y fortificó á Honolulu,
-capital creada por él, y al morir, en 1819, proyectaba nada menos que la
-travesía de una gran parte del Pacífico con todo su ejército, para ir al
-otro lado de la línea ecuatorial á conquistar la isla de Taití y otros
-archipiélagos del Pacífico del Sur.
-
-Su largo reinado fué una mezcla de aprendizajes de civilización y viejas
-costumbres que se resistían á perecer. En tiempos de Kamehamea, los
-personajes de la corte se esforzaban por imitar los trajes y costumbres
-de los europeos, y al mismo tiempo, sus sacerdotes, unos brujos
-adivinos, seguían realizando sacrificios humanos. Cuando murió el
-emperador, los funcionarios más importantes, para atestiguar su pena, de
-acuerdo con los antiguos ritos, se arrancaron los dientes y se quemaron
-la cara.
-
-La esposa de Kamehamea, mujer sensual y enérgica, que había dado muchos
-disgustos al emperador con sus infidelidades matrimoniales, quedó como
-regente del reino é hizo una revolución en las costumbres, modificando
-para siempre el aspecto original del archipiélago. Esta reina, llamada
-Kahumano, había sido en su juventud muy ligera y tornadiza en amores, lo
-que nada tenía de extraordinario por lo que diré más adelante. Mostraba
-además la rara particularidad de gustarle siempre los reyezuelos y los
-guerreros enemigos de su marido. El victorioso Kamehamea iba matando en
-los combates á sus rivales, pero su esposa se daba igual prisa en
-reemplazarlos. El marino Vancouver, durante su permanencia en Hawai,
-tuvo que intervenir amigablemente para reanudar las buenas relaciones
-entre los dos cónyuges reales.
-
-Cuando la esposa de Kamehamea se vió al frente del reino, era ya vieja;
-sus pasiones empezaban á enfriarse, y además iban llegando al país
-muchos blancos que no eran marinos, sino misioneros ingleses y
-norteamericanos, disputándose entre ellos el honor de convertirla al
-cristianismo.
-
-Hasta entonces las islas de Hawai habían sido el archipiélago del amor,
-como Taití y otras tierras de costumbres fáciles y sexualidad libre,
-ignorantes de nuestros escrúpulos morales. Para toda mujer de Hawai era
-motivo de orgullo poder mostrar una larga lista de amantes. Los hombres
-procuraban casarse con una hembra cuya belleza fuese apreciada y
-elogiada por todos sus amigos, á causa de no guardar ya ningún secreto
-para ellos. El acto carnal no tenía nada de pecaminoso en esta vida
-primitiva. El amor libre iba acompañado de cantos, bailes, versos y
-coronas de flores. Las fiestas públicas acababan en voluptuosidades
-generales sin tapujo alguno, como si con ellas se cumpliese un rito en
-honor de la Naturaleza.
-
-La viuda de Kamehamea, triste por su decadencia física y rodeada de
-misioneros, abominó de todo lo que había amenizado y embellecido su
-juventud, y fué dando decretos, en los cuales se castigaba el adulterio
-ó la simple fornicación fuera del matrimonio, con la pérdida de los
-bienes y un año de cadena, luego de ser azotados los dos culpables en la
-plaza pública. En caso de reincidencia eran sumergidos en el mar, y
-únicamente se les sacaba del agua cuando estaban próximos á morir. Si
-después de esta prueba horrible volvían á sentirse tentados por el
-demonio de la impureza, «serán decapitados--decía el edicto--, según la
-ley de Dios».
-
-El resultado de tal moralización á estilo draconiano fué que el
-archipiélago empezó á despoblarse. El gobierno tuvo que importar chinos
-y japoneses para que los campos no quedasen incultos. El canaco, que
-sólo comprendía la existencia con un collar de flores sobre el pecho,
-una guitarra en las manos y una mujer que bailase la _hula_ moviendo las
-caderas, sin más vestido que un faldellín de fibras vegetales, al ver
-que le privaban para siempre del amor libre y variado, prefirió morirse.
-
-Al mismo tiempo que la severa moral cristiana, fueron penetrando en las
-islas otras innovaciones de los blancos: el alcohol, las enfermedades
-venéreas, el afán del dinero; y estas calamidades aceleraron la general
-mortandad. Hoy, sólo una pequeña parte de los habitantes del
-archipiélago son descendientes de los antiguos canacos, súbditos de
-Kamehamea. América y Asia han enviado la mayor parte de la población
-actual, y junto con los japoneses, chinos y norteamericanos,
-existen--particularmente en la isla de Hawai, donde abundan los ingenios
-de azúcar--muchos portugueses y cierto número de españoles, venidos de
-las Repúblicas de la América del Sur.
-
-De los tiempos paradisíacos del archipiélago, sólo han conservado los
-hawaianos sus aficiones á las flores y á la música. Esta disposición de
-todos ellos para la música es conocida en el mundo entero. Actualmente
-constituye una industria, y en las ciudades importantes, así como en las
-estaciones de moda invernales y veraniegas, se encuentran orquestas de
-hawaianos, músicos de tez de canela, con pantalones blancos, camisa de
-igual color y un collar sobre el pecho de papeles amarillos y rojos
-apretados como un cordón. Este es un símbolo de los antiguos collares de
-flores, que sólo se usan ya en las grandes fiestas.
-
-La música hawaiana se halla extendida igualmente por el mundo, pero hay
-que oirla en el archipiélago, donde conserva su antigua melancolía
-amorosa y no ha sido desfigurada por las exigencias del baile en los
-modernos _dancings_. Todo canaco de alguna cultura es poeta y músico.
-Algunas de sus reinas fueron grandes improvisadoras de romanzas, así
-como las damas de su corte.
-
-Cuando Kamehamea II, saliendo de la tutela de su austera madre, subió al
-trono, quiso conocer el mundo de los blancos, tan admirado por su padre,
-y adoptó la audaz resolución de hacer un viaje á Londres. Esto fué en
-1824, y un viaje en buque de vela de Hawai á las islas Británicas por el
-cabo de Hornos representaba un año de navegación.
-
-El vecindario de Honolulu fué bajando al puerto, asombrado y lloroso,
-por la aventura que emprendían sus monarcas. Casi no los reconoció. El
-hijo de Kamehamea iba vestido de húsar inglés, y su esposa llevaba un
-traje rojo de terciopelo, de cola larguísima, con sombrero enorme de
-igual género, indumentaria de otros climas, que la hacía sudar
-copiosamente.
-
-Como todos lloraban, la reina, al subir al buque, reclamó silencio, y
-empezó á cantar una romanza compuesta por ella, expresando el dolor de
-su partida y la confianza en su regreso. Ninguno de los dos volvió á sus
-poéticas islas. Meses después de su llegada á Londres, murieron de
-melancolía bajo un cielo brumoso. Se extinguieron poco á poco, con el
-dulce y humilde asombro de un par de pájaros tropicales trasladados
-bruscamente á un país de nieve.
-
-Me imagino cómo recordarían ambos desterrados los paisajes de sus islas
-nativas, que tan profundamente se fijan en la memoria del viajero.
-
-Estoy en la proa del _Franconia_ viendo cómo sube y se dilata, llenando
-todo el horizonte, una muralla que tiene por remates cimas y pitones de
-rocas volcánicas. Es la isla de Hawai que ha dado su nombre al antiguo
-archipiélago de Sándwich.
-
-El mar tiene un azul luminoso en esta mañana del Trópico. Todos vamos
-otra vez vestidos de blanco. Se ven fragmentos del paisaje insular
-teñidos de un verde claro de tierra cultivada, pero más de la mitad de
-la isla, no obstante el esplendor matinal, permanece envuelta en nubes
-de plata sombría. Son los vapores del Mauna Kea, el volcán más grande y
-más alto, heridos por los rayos del sol.
-
-Según nos aproximamos, las montañas, que tenían de lejos un color gris
-de lava, se van haciendo verdes. El Mauna Kea queda á un lado con su
-brumoso sudario, y vemos al fin la verdadera fisonomía de la isla.
-
-Las vertientes son antiguas cascadas de lava petrificada, pero en las
-arrugas tortuosas de sus barrancos crece una compacta arboleda. Entre
-estos cordones de verde obscuro se extienden grandes declives de verde
-esmeralda: las plantaciones de caña de azúcar. Algunas de ellas, por
-estar la caña en flor, aparecen moteadas de un blanco sonrosado.
-
-Navega el _Franconia_ cerca de la costa, todo lo que es prudente en un
-archipiélago volcánico donde surgen de pronto arrecifes y pequeños
-islotes y vuelven á desaparecer poco después, sin dar tiempo á que los
-marquen en las cartas de navegar. Unas veces la costa es vertical hasta
-una altura de centenares de metros; otras avanza en pequeños cabos de
-lomo redondo ó agudo. Las nieves de las montañas del interior descienden
-hasta la costa al liquidarse, y caen en el Océano como cables blancos y
-espumosos de incesante volteo. Vistos de cerca, estos torrentes deben
-ser de una energía enorme, que se pierde sin provecho para nadie. Es tan
-escasa la gente en las islas, que á pesar de que pertenecen ahora á los
-Estados Unidos--primera potencia industrial del mundo--, nadie piensa en
-aprovechar tales fuerzas.
-
-Al pie del acantilado, muchos peñascos están perforados por las olas, en
-forma de cuevas ó de pórticos. Apenas puede verse el color negruzco de
-la piedra, lo mismo á orillas del mar que en las cumbres. El Trópico
-cubre la áspera lava con una vegetación eternamente primaveral. De lejos
-parece sutil pelusa verde, levísimo musgo, y sólo cuando vemos moverse
-en estas praderas insectos diminutos que son vehículos ó caballos, nos
-damos cuenta de las proporciones del falso césped.
-
-Se abre á ras del mar la barrera montañosa en valles triangulares. Se
-ven en ellos casas de madera entre grupos de palmeras; pero los
-edificios, cuando no los miramos con anteojos, parecen guijarros, y los
-árboles simples matas. Un ferrocarril sigue la costa, salvando las
-cortaduras de valles y desaguaderos sobre largos viaductos, unos
-sólidos, otros colgantes. En las playas ruedan incesantemente dos líneas
-de olas gigantescas. Hay ante ellas unas estacadas de pilotes de piedra;
-pero no son obra del hombre, sino fragmentos verticales de murallas de
-coral rotas por el tenaz ariete de las aguas. La doble hilera de
-rompientes se hincha, avanza, transparentando la luz como un muro de
-esmeralda, y se desploma entre los retorcimientos de su cabellera de
-espumas.
-
-Sigue avanzando el _Franconia_ con dirección al invisible puerto de
-Hilo, capital de la isla. Un gran remolcador ha venido á su encuentro, y
-le precede después para señalar el rumbo seguro en este mar abundante en
-peligros y emboscadas, menos frecuentado que el de Honolulu.
-
-Empezamos á ver pueblos en la costa. Son en realidad bosques por las
-gallardas arboledas que se alzan entre los edificios. Estas casas,
-vistas de lejos, ofrecen un aspecto japonés, á causa de la forma de sus
-techos.
-
-La isla expele humo por todas partes. Arriba, los conos de sus volcanes
-están envueltos en una nube siempre renovada. Al nivel del mar, los
-acantilados lanzan una respiración blanca. Todos los ángulos entrantes,
-roídos por las olas, tienen una grieta volcánica de continua exhalación.
-Es un humo tenue, casi transparente, que parece embellecer el paisaje
-con un adorno inesperado. Pero esta corona de chorros de humo que se
-prolonga en torno de la isla entera resulta inquietante y amenazadora.
-Contrasta con el esplendoroso terciopelo verde, moteado de oro, que
-invade sus tierras en declive y sólo deja de cubrir las alturas de los
-cráteres, donde la lava permanece desnuda.
-
-Al atardecer doblamos un cabo y se abre ante nosotros una bahía en cuyo
-fondo hay poblaciones diseminadas, grupos de techos sombreados por
-cocoteros y palmeras.
-
-Un vaporcito viene hacia nosotros tripulado por hombres vestidos de
-blanco. Esta embarcación deja detrás de ella una melodía de voces é
-instrumentos. Atenuada por las inmensidades del Océano y del cielo,
-tiene la fragilidad sonora, cristalina é inocente de las viejas cajas de
-música. Es Hawai, el antiguo Hawai de los collares de flores, de los
-cantos de amor, de las danzas voluptuosas y las poesías improvisadas,
-que sale á nuestro encuentro.
-
-Echan una escala desde el buque y trepan por ella, ágiles pero con
-voluntaria lentitud, los músicos de pantalón blanco y collar en el
-pecho. Tienen la mesurada gravedad de los que van á cumplir una función
-patriótica. Tras de ellos suben varios periodistas del país, que desean
-verme.
-
-Forma grupo la orquesta en una de las cubiertas. Se compone de violines,
-de guitarras, que tocan los hawaianos acostándolas en una rodilla para
-pellizcarlas á estilo de salterio, y de un guitarrito que puede
-guardarse en un bolsillo y es el verdadero instrumento nacional. Algunos
-pasajeros, conocedores del archipiélago por anteriores viajes, esperan
-con avidez esta música.
-
-Van á tocar el _Aloha_ (pronunciar _Aloja_), título que quiere decir
-indistintamente «Adiós» y «Bien venido». Los conferencistas del
-_Franconia_ nos han explicado en noches anteriores que el idioma de
-Hawai sólo consta de treinta y dos palabras, y una misma palabra
-significa cosas diversas, según su colocación en la frase. Las letras
-las pronuncian todas, y esta pronunciación, según los citados
-conferencistas, se parece á la española más que á ninguna otra lengua.
-Tal pobreza aparente de palabras no ha impedido á los hawaianos ser
-poetas en los momentos importantes de su vida. Ahora _Aloha_ significa
-«Bien venido».
-
-Empieza la música y empieza igualmente el encanto adormecedor, suave,
-«poético»--no puede emplearse otra palabra más exacta--, que nos va á
-acompañar todo el tiempo que permaneceremos en el archipiélago,
-siguiéndonos de una isla á otra.
-
-En este momento, mientras escribo las presentes líneas, siento la
-influencia, la obsesión de la música hawaiana que empieza á sonar en mi
-memoria. El que ha oído el _Aloha_ y otra romanza titulada _El collar de
-las islas_, las canturrea siempre en los momentos que ensueña despierto,
-y se considera infeliz cuando no puede recordarlas.
-
-No es música enérgica y violenta, como la de muchos pueblos primitivos;
-tampoco es el lamento temblón y monótono de las razas orientales. Tiene
-un sentimentalismo delicado, que pudiéramos llamar literario; es la
-romanza lánguida y añorante de una gente de musicalidad superior. No
-entran en ella muchas notas, y sin embargo se repite sin fatiga,
-deseando llegar á su final por el placer de cantarla de nuevo.
-
-De todos los músicos del mundo civilizado, el único que viene á la
-memoria al escuchar estos _Lieder_ amorosos del antiguo Hawai es
-Schúbert.
-
-
-
-
-XI
-
-EL LAGO DE FUEGO
-
- Las mujeres de Hawai, superiores á los hombres.--El cinematógrafo
- en el archipiélago.--El baile de las «hulas» y los actuales tapujos
- impuestos por la autoridad.--El paganismo de la reina
- Lilinu-Kalami.--Las selvas de helechos.--El cráter-lago del
- Kilauea.--El guarda del volcán.--Nocturno rojo.--Una calefacción
- nunca vista.
-
-
-Como llegamos en la tarde de un domingo, todo el vecindario de Hilo está
-en los muelles. Además, la presencia de un buque del tonelaje del
-_Franconia_ representa un suceso para la isla de Hawai. Los grandes
-paquebotes del Pacífico pasan de largo y no se detienen hasta Honolulu,
-que está á doce horas para ellos, pero á dos ó tres días de distancia
-para los habitantes de la antigua Hawai, obligados á valerse de pequeños
-vapores que hacen escala en varias islas del archipiélago antes de
-llegar á su capital.
-
-En el puerto de Hilo sólo vemos anclados algunos veleros de gran cabida
-y cinco ó seis palos, como únicamente pueden encontrarse en los
-desiertos del Atlántico y el Pacífico ó en sus bahías insulares. Vienen
-á cargar maderas olorosas. El sándalo ya no es abundante, pero en
-tiempos de Kamehamea I y sus inmediatos sucesores fué la principal
-riqueza del país y su único artículo de exportación. Cada vez que el
-belicoso emperador necesitaba dinero para sus guerras hacía una corta de
-sándalo, y acudían inmediatamente flotillas de juncos chinos, de
-arquitectura y velamen medioeval, para llevarse la preciosa madera.
-
-Los muelles y los terrenos inmediatos al puerto están ennegrecidos por
-el rebullir de la muchedumbre que espera y por numerosos automóviles. En
-muchas tierras oceánicas fué extraordinaria la facilidad con que el
-indígena adoptó las comodidades más elementales del progreso. Los
-antiguos habitantes de Hawai, aunque celebraban sacrificios humanos,
-nunca fueron antropófagos; pero en otras islas puede decirse que los
-naturales han saltado de la pierna de misionero asada al manejo del Ford
-y la pluma estilográfica. En Hilo, todo comerciante, empleado ó modesto
-tendero tiene su automóvil. Además, son numerosos los chófers con
-vehículo propio que se dedican al servicio público.
-
-Al llegar á esta primera escala después de América, nos salen al
-encuentro la Oceanía con sus razas de origen malayo y el Asia con toda
-la variedad de sus pueblos emigrantes. La vestimenta es uniforme; todos
-van á la moda norteamericana, con telas ligeras y colores claros, pero
-los rostros ofrecen una enorme variedad, á causa de los diversos
-orígenes de los habitantes, canacos, chinos, japoneses, americanos y de
-varias procedencias europeas.
-
-La policía empuja al gentío para que deje un espacio libre ante el
-_Franconia_, y éste se adosa poco á poco al más extenso de los muelles,
-cubriéndolo todo con su alto muro de acero perforado de ventanos.
-
-Hay un grupo de muchachas, en mitad de este vacío, vestidas de blanco,
-de rosa, de azul, que llevan en sus brazos cientos de collares,
-encarnados y amarillos. Son hawaianas que guardan las costumbres del
-país y vienen á dar la bienvenida á los viajeros, colocándole á cada
-uno su correspondiente collar, con arreglo á la tradición. Todas ellas
-saben los bailes de las antiguas _hulas_, y han organizado para esta
-noche un festival hawaiano, que nos hará conocer los cantos y las danzas
-de los tiempos idílicos, anteriores á la austera viuda de Kamehamea.
-
-Son jóvenes esbeltas, ligeras, de sueltos y graciosos movimientos. Se
-adivina en su paso y en las posiciones que toman al quedar inmóviles la
-agilidad saludable de sus cuerpos. Unas son bronceadas, como las
-antiguas canacas; otras, pálidas y casi rubias por el cruzamiento de los
-blancos con sus madres y abuelas.
-
-Cuando digo bronceadas hablando de las hawaianas--como más adelante, al
-describir las mujeres de Java--, entiéndase que aludo al bronce dorado y
-luminoso, al bronce claro y limpio que tiene casi la misma tonalidad del
-oro; no al bronce sucio, obscuro y de tonos verdosos. La tez de algunas
-de estas jóvenes parece brillar como los objetos metálicos recién
-pulidos por una violenta frotación. Sus cuerpos de gallardía gimnástica
-se revelan á través de sus ligeras vestimentas, como los de las griegas
-que tomaban parte en los Juegos Olímpicos.
-
-Todas ellas circulan por el muelle coqueteando con los hombres, y son
-las primeras que entran en el buque, mirándolo todo con graciosa
-audacia. Luego empiezan á meter sus collares por las cabezas de los
-viajeros, tratando á señoras y señores como si fuesen amigos, conocidos
-por ellas toda su vida.
-
-En Hawai la mujer se ha considerado siempre superior al hombre, tal vez
-porque, en los pasados tiempos de comunismo amoroso y voluptuosidad
-libre, se vió muy solicitada y pudo escoger y mandar. Ya hemos dicho
-cómo el heroico Kamehamea pasó su vida engañado y dominado por su
-esposa. Todos los súbditos debieron vivir en igual dependencia que su
-emperador.
-
-Hoy las mujeres de Hawai son de costumbres regulares y virtuosas, ni más
-ni menos que en los otros países, pero conservan por tradición cierta
-superioridad directiva sobre el hombre. Además, esa educación
-fomentadora de la energía, que adquiere el sexo femenino en todo país
-donde implantan los Estados Unidos sus escuelas, contribuye á aumentar
-dicha independencia.
-
-Tres de las jóvenes, siguiendo las indicaciones de los periodistas que
-salieron al encuentro del buque, vienen á mí para colocarme tres
-collares sobre los hombros, saludando en inglés con palabras de
-exagerado elogio al autor de _Los cuatro jinetes del Apocalipsis_. Otras
-de sus compañeras no osan acercarse y me sonríen desde lejos.
-
---¿Pero es que todas estas señoritas--pregunto á uno de los
-periodistas--han leído mi novela?...
-
-Sonríe el interpelado con incredulidad. Tal vez unas cuantas de ellas
-conocen mi libro, que está en todas las bibliotecas públicas de la isla.
-Abundan en Hawai las librerías populares. Las dos preocupaciones del
-norteamericano son la higiene y la educación, y cuando se posesiona de
-un país, lo primero que hace es combatir las enfermedades contagiosas y
-abrir escuelas y bibliotecas.
-
---Lo que puedo afirmar--continúa el periodista--es que todas las
-muchachas de la isla han admirado el _film_ sacado de su novela.
-
-El cinematógrafo es en Hawai una diversión permanente. Sólo de tarde en
-tarde llega alguna compañía dramática de los Estados Unidos ó de actores
-del Japón, para los numerosos compatriotas suyos que existen en el
-archipiélago. El llamado «teatro mudo» funciona todas las noches,
-repitiendo sobre unas tierras perdidas en la inmensidad del Pacífico lo
-mismo que ocurre en muchas ciudades provinciales de los continentes
-europeo y americano. Las muchachas copian gestos y trajes de las
-heroínas cinematográficas, y los jóvenes hacen idénticas imitaciones. Al
-llegar yo al archipiélago comentaban los periódicos burlonamente la
-afición creciente de la juventud hawaiana á usar sombreros á la española
-y patillas cortas, como Rodolfo Valentino, el famoso protagonista del
-«film» _Sangre y arena_, hecho en los Estados Unidos.
-
-Cuando cierra la noche vamos á la ciudad de Hilo, que está algo distante
-del puerto, para asistir al festival hawaiano. Éste se celebra en un
-teatro japonés, casi igual á los demás teatros, con la única
-particularidad de tener más de ancho que de profundo. Las filas de
-asientos son poco numerosas y en cambio larguísimas; el escenario tiene
-una gran latitud y poco fondo.
-
-Empieza á caer una lluvia fina y tibia, el refrescamiento diario de los
-países tropicales, que gozan de una vegetación exuberante. Los caminos
-de asfalto brillan como espejos negros, reproduciendo invertidas en su
-fondo las columnas del alumbrado público con sus globos de luz láctea y
-los cocoteros en apretada alineación á ambos lados de la ruta. La tierra
-exhala el olor punzante y fecundo del guano. Es el rudo perfume de un
-suelo de rápida putrefacción vegetal, en el que se mezclan y descomponen
-incesantemente el humus, la lluvia, el sol y la lava desmenuzada, para
-engendrar sin descanso nuevas vidas y nuevas muertes.
-
-La representación dura tres horas. Todos hemos llegado dispuestos á
-aguantar cortésmente un espectáculo monótono, y salimos de ella
-interesados y complacidos.
-
-Ya no pueden presentarse en público las actuales bailarinas hawaianas
-como las _hulas_ de otros tiempos. Éstas llevaban por todo traje un
-faldellín de fibras que se esparcía y volaba en torno á sus piernas y su
-vientre, un collar de flores sobre el desnudo pecho, una corona en la
-cabeza... y nada más. Las autoridades del país, en nombre de la moral
-cristiana, han exigido ahora que debajo del traje de _hula_ usado por
-las bailarinas modernas se pongan éstas una camisa de seda, que las tapa
-del cuello á las rodillas. Aun con tal aditamento pudoroso y
-antiestético, la danza resulta interesante.
-
-La hawaiana agita sus caderas y todo el resto de su cuerpo con una
-voluptuosidad que pudiéramos llamar distinguida y natural. No es la
-contorsión de la falsa odalisca, la llamada «danza del vientre»,
-movimiento lascivo de las carnes propio de un lugar cerrado, de un
-ambiente de alcoba. La _hula_ contonea sus caderas como agitan sus colas
-las aves del Trópico al pasar de rama en rama; su faldellín de fibras se
-extiende con la rotación de un abanico de plumas, y cuando salta,
-tronzando sus menudos pasos, recuerda los movimientos de un pavito real.
-Hay incitación voluptuosa en la gracia con que se balancea sobre la
-punta de sus pies, en la pasión con que mueve la parte media de su
-cuerpo; pero es una voluptuosidad de aire libre que hace pensar en los
-profundos misterios de las selvas, en la animación rumorosa de toda una
-naturaleza, personas, animales y plantas, entregándose á la santa obra
-de la fecundidad.
-
-Desfilan por el escenario varias orquestas de músicos expertos, pero se
-ve que todos ellos han viajado por muchos países, amenizando las noches
-de _dancings_ y restoranes de lujo. Creyendo agradarnos más, intercalan
-entre las danzas hawaianas _fox-trots_ y otros bailes de moda. Son
-músicos gordos, lustrosos, bien trajeados, que han bebido indudablemente
-mucho champaña en sus correrías por el mundo.
-
-Yo prefiero la orquesta que vino al encuentro de nuestro buque y no ha
-subido al escenario, permaneciendo abajo, en el lugar que ocupan
-habitualmente los músicos en los teatros. Se compone de jóvenes
-melancólicos, enfermizos y modestos, que parecen cumplir su función sin
-salir de un ensueño. Cuando no hay nadie en la escena tocan y tocan,
-volviendo finalmente á su romanza favorita _El collar de las islas_. El
-público aplaude, y ellos permanecen inmóviles, como si fuesen sordos; no
-vuelven siquiera la cabeza para dar gracias.
-
-Cuando cesan de tocar ponen un codo en una rodilla, apoyan la cara en
-una mano y quedan meditabundos é indiferentes á lo que les rodea.
-Parecen la representación del antiguo Hawai, que insiste en adormecerse
-con su música melancólica. Protestan con su silencio de los extranjeros
-que modificaron la vida del país, quitándole su independencia. Como la
-mayor parte de sus decadentes compatriotas, estos jóvenes esbeltos y
-finos parecen amenazados por la tisis.
-
-Los artistas hawaianos han compuesto dos pequeñas óperas, valiéndose de
-antiguas canciones. En una de ellas, Kamehamea joven, representado por
-un tenor de voz dulcísima, ve pasar las nueve islas del archipiélago:
-nueve bailarinas que ejecutan las diversas danzas canacas y le cubren de
-flores. El emperador, lanza en mano, va vestido como en su estatua de
-Honolulu, con una especie de gorro frigio ó casco griego, hecho de
-pequeñas plumas rojas y amarillas, y un amplio manto del mismo género é
-idénticos colores.
-
-La segunda ópera se titula _Una tarde en el jardín de la reina
-Lilinu-Kalami_. Esta reina fué la última de Hawai, y vivió destronada
-muchos años, casi hasta nuestra época. ¡Pobre Lilinu-Kalami!...
-
-Al morir sin herederos, en 1874, el último descendiente de Kamehamea,
-las islas de Hawai eligieron rey á David Kalakaua, uno de los personajes
-más nobles del archipiélago. El nuevo rey hizo un viaje á los Estados
-Unidos para estrechar las relaciones con esta República. Luego pasó á
-Europa con el propósito de estudiar sus adelantos y trasladarlos á su
-tierra. Pero murió al poco tiempo, y su hermana Lilinu-Kalami fué
-elegida reina.
-
-Con la intrepidez de las mujeres hawaianas, se rebeló al verse en el
-trono contra la influencia dominadora de las gentes extranjeras
-avecindadas en las islas. Los misioneros evangélicos eran los que
-dirigían verdaderamente al país, y ella, por seguir sus propios gustos y
-por fortalecer el espíritu nacional, fomentó la resurrección de las
-tradiciones y fiestas del antiguo archipiélago gobernado por Kamehamea.
-
-Lilinu-Kalami escribía versos y componía romanzas. Su corte la formaban
-mujeres aficionadas á la poesía y al baile. Una tropa de _hulas_
-hermosísimas iba con ella á todas partes. Sus tardes en el jardín de
-Honolulu eran de continuas danzas, que servían de pretexto al mismo
-tiempo para intrigas amorosas.
-
-Los misioneros gritaron contra esta resurrección del paganismo hawaiano,
-y como eran los verdaderos dueños del país, destronaron fácilmente á la
-dulce Lilinu-Kalami, que no quiso intentar ninguna resistencia. Aún
-vivió largos años en un palacio de Honolulu, propiedad suya, que hoy
-ocupa el gobernador, nombrado por el presidente de los Estados Unidos.
-Los viajeros de alguna importancia, al pasar por Honolulu, visitaban á
-la ex reina, viéndola rodeada por una corte fiel de bailarinas y músicos
-poetas, que la acompañaron en su desgracia hasta el último momento.
-
-Como Hilo es la ciudad del archipiélago que mantiene más tenazmente la
-memoria de la antigua independencia, dedica una especie de culto á la
-última soberana del país. Todos cantan una romanza melancólica que
-compuso Lilinu-Kalami después de su destronamiento. Los músicos jóvenes
-y tristes la tocan repetidas veces durante la representación. Cuando
-ésta termina se ponen de pie todos á la vez y rompen á tocar con sus
-instrumentos el antiguo himno de Hawai. El público, compuesto de
-norteamericanos, se levanta espontáneamente para escuchar con respeto
-este himno de una nación que ya no existe y cuyo territorio han ocupado
-ellos para siempre.
-
-Los músicos, mientras tocan, volviendo sus espaldas á los espectadores,
-parecen decir:
-
---Somos débiles y cada vez seremos menos. Nuestra raza está condenada á
-desaparecer; pero mientras exista, queremos que no se olvide lo que
-fuimos.
-
-Y los norteamericanos los miran con simpatía é interés. Algunos más
-conocedores de la historia del país, luego de escuchar el himno
-justifican la ocupación de las islas de Hawai.
-
-Después del destronamiento de Lilinu-Kalami, el archipiélago se
-constituyó en República; pero como los nuevos gobernantes eran todos
-norteamericanos por origen ó por educación, acabaron pidiendo en 1898 el
-ser anexionados á los Estados Unidos. La independencia del país no podía
-mantenerse más tiempo. De no ocupar los norteamericanos las islas de
-Hawai, se hubiese apoderado de ellas el Japón. Cada año aumentaba de un
-modo alarmante la cantidad de japoneses residentes en el país. Aun hoy,
-después de haberse cortado en parte esta corriente emigratoria, resulta
-considerable la población japonesa.
-
-Al día siguiente vamos á visitar, en el interior de la isla, la más
-interesante de sus curiosidades: el volcán de Kilauea, que es en
-realidad un lago de fuego, distinto á todos los cráteres conocidos. Como
-ocurre en muchas islas de enorme altura, se salta aquí, en el transcurso
-de unas horas, del calor al frío, de la vegetación tropical á la de la
-zona templada ó de los países nevados.
-
-Dejamos atrás las plantaciones de caña de azúcar á orillas del mar, los
-bosques de cocoteros y lianas floridas, las aldeas de japoneses vestidos
-á lo norteamericano. El automóvil rueda varias horas por caminos
-excelentes pero de violentos zigzags que escalan las alturas. Cambia la
-vegetación según va cambiando la atmósfera. Al aire pesado y densamente
-oloroso de las plantaciones próximas al Océano sucede un vientecillo
-sutil y fresco que parece agrandar la cabida de los pulmones.
-
-Entramos en la región templada y fría, que el gobierno ha convertido en
-Parque Nacional. La vegetación se compone especialmente de helechos,
-pero enormes, de proporciones monstruosas, con una exuberancia propia
-del Trópico, pero de un Trópico alto, ventoso y en constante humedad. La
-luz del sol se hace verde al filtrarse por la interminable bóveda que
-forman las hojas tiernas de estos helechos fuera de las proporciones
-ordinarias. Al avanzar por los senderos, vemos que el suelo de lava
-pulverizada es puro barro, á causa de la humedad de invernáculo que
-destilan continuamente las plantas.
-
-Los guardianes del parque, jinetes elegantemente uniformados, que llevan
-sombrero de _cow-boy_ puntiagudo, con cuatro abolladuras, nos van
-mostrando los cráteres muertos. Estos embudos de rocas basálticas
-quemadas fueron negros, pero un clima fecundo los ha cubierto de
-vegetación.
-
-Subimos otra vez al automóvil, y saliendo de los túneles verdes,
-empezamos á atravesar una meseta árida y desierta, de muchos kilómetros
-de extensión. Son campos de lava formados por los derrames del volcán;
-un oleaje petrificado, negro, de brillo metálico. A trechos, varios
-cartelitos impresos marcan la fecha de cada erupción. Algunas capas,
-iguales en apariencia á las otras, datan solamente de hace seis años.
-
-Vemos lava por todas partes, y sin embargo, nuestros ojos no encuentran
-el volcán. Como estamos acostumbrados á los cráteres en cono, á montañas
-que vomitan fuego, no podemos adivinar dónde está la boca volcánica en
-esta llanura situada á enorme altitud, pero que visualmente tiene la
-horizontalidad de una playa. Han abierto á pico un camino en las capas
-eruptivas, y los automóviles se balancean rudamente por la
-inconsistencia del suelo. A veces se rompe la costra negra y la rueda
-cae en una oquedad que guarda el color herrumbroso y rojizo de la lava,
-aislada durante su enfriamiento del contacto atmosférico.
-
-Se llega en automóvil hasta el mismo cráter del Kilauea. Sólo resulta
-visible cuando se está á pocos pasos de su boca, enorme rasgadura de un
-kilómetro.
-
-Es un lago hundido en la peña, una depresión de paredes verticales. Ni
-humo ni olor. A seis metros de profundidad, se mueve un barro negro con
-incesante oleaje. Este color negro es falso y únicamente existe á las
-horas de sol vertical. En realidad, ni aun en tales momentos es
-permanente su negrura. Se abren en la inquieta superficie grandes
-agujeros rojos que se hinchan después en forma de burbujas y arrojan
-surtidores de fuego. Éstos suben como el chorro de una fuente ó se abren
-en forma de ramillete. El barro ígneo se parte en otros lugares,
-formando grietas que serpentean como anguilas purpúreas. A ratos se
-levanta en tumefacciones enormes que acaban por reventar, expeliendo su
-piel negra formada de escorias y dejando al descubierto el abceso rojo,
-que se eleva unos instantes y vuelve á caer.
-
-En ciertos momentos parece que un monstruo, sumido en el fuego como si
-fuese su elemento natural, patalea para salir del lago, levantando la
-trompa, las patas ó la grupa poderosa y ardiente.
-
-No hay mas que ligeras humaredas sobre esta cuba enorme; pero tales
-vapores, como ya dije, abundan en toda la isla. El suelo de las orillas
-quema un poco y no se pueden descansar mucho tiempo los pies en el mismo
-lugar. Al sentarse en una roca, cerca de los bordes, se percibe un
-temblor profundo, sordo, disimulado, que se transmite á la parte del
-cuerpo apoyada en la piedra...
-
-Pero todo permanece tranquilo en torno nuestro, como si estuviéramos
-junto á un lago, en un ameno jardín. Sólo el calor que sale de la enorme
-cavidad nos hace recordar que lo que se mueve abajo es fuego y no agua.
-Parece inverosímil que este lago sea un cráter que eleva con frecuencia
-el nivel de su líquido ígneo, lanzando rectamente, á través del espacio,
-una columna de trescientos metros de vapores y materias inflamadas. Al
-mismo tiempo, una cascada de fuego salta fuera de sus bordes,
-extendiendo nuevas capas de lava sobre una extensión hasta de cuarenta
-kilómetros.
-
-Con el aire satisfecho del propietario que muestra su jardín, se pasea
-en torno al volcán un hombre de pequeña estatura. Su rostro está tan
-desfigurado por el calor, que en realidad no se sabe á qué raza
-pertenece. Lo mismo puede ser canaco que un blanco transformado por el
-ambiente. Lleva cuarenta y dos años de guardar el Kilauea, y conoce el
-curso de sus cóleras ruidosas, la variedad de sus caprichos, la
-mansedumbre hipócrita de sus largos reposos. Este Nibelungo del volcán
-tiene las barbillas canas, los ojos inflamados, y el rostro tan curtido
-y con profundas arrugas que parece rajado á cuchilladas.
-
-Nos dice dónde hay que colocarse para estar en seguridad. Las orillas
-del cráter se desfiguran con frecuentes desprendimientos. En algunos
-sitios el muro del lago se mantiene vertical; en otros está en declive,
-á causa de recientes derrumbes; más allá avanza en equilibrio inestable,
-roído inferiormente por la ola de fuego, que va abriendo un socavón.
-Puede derrumbarse de un momento á otro, arrastrando á, los imprudentes
-que se asoman, sin saber lo que tienen debajo de sus pies.
-
-Habla el guarda con cariño de las bellezas de su volcán, único en toda
-la tierra que se deja contemplar de cerca, sin expeler vapores azufrados
-que hacen llorar, sin nubes de humo asfixiante que obligan á,
-retroceder.
-
---De día--añade--es menos interesante. El sol impide ver el fuego. ¡Si
-ustedes volviesen en plena noche!...
-
-Volveremos para ver al Kilauea en todo su esplendor. A seis kilómetros
-de su cráter, más allá de la zona que invaden las lavas, está el
-«Volcano House», hotel elegante, servido por japoneses y con lujosos
-bazares; una residencia de verano para los plantadores de caña y los
-funcionarios norteamericanos que necesitan huir del calor excesivo y la
-atmósfera abrumadora de la costa. Tomamos el té de media tarde y comemos
-á las siete en este hotel, escuchando otra vez las romanzas hawaianas de
-la misma orquesta de jóvenes melancólicos, que parece seguirnos á todas
-partes.
-
-El «Volcano House» está rodeado de jardines frondosos que expelen humo
-por grietas invisibles, como todos los bellos paisajes de Hawai. El
-fuego planetario avisa su presencia á través del suelo de esta isla que
-goza una primavera de doce meses, no ve nunca sus árboles desnudos y
-sustenta las hermosuras naturales más dulces y tranquilas de la
-tierra... ¡Y pensar que este paraíso puede desaparecer en unos cuantos
-minutos de cólera subterránea, borrándose sobre la superficie del
-Océano, como algo soñado que no existió nunca!...
-
-En plena noche volvemos á través de los campos de lava. Brillan como
-pajuelas de plata las aristas de las olas negras y petrificadas
-reflejando los faros de los automóviles. Una especie de aurora boreal
-enrojece el fondo del horizonte y nos sirve de guía.
-
-Es una claridad roja, semejante á la de un incendio; pero un incendio
-inmenso, sólo comparable al de una ciudad que ardiese entera. Cuando nos
-aproximamos al lago de fuego las luces de los automóviles palidecen,
-hasta parecer unos redondeles opacos pintados de amarillo. En cambio,
-personas y cosas quedan envueltas en un esplendor purpúreo que nos
-permite vernos igual que en pleno día.
-
-El Kilauea tal vez está lo mismo que en la primera visita, pero de noche
-se impone á nosotros con una emoción más honda, nos parece más
-inquietante, como si estuviera preparando un estallido y fuese á saltar
-en oleadas de fuego más allá de los bordes de su cráter.
-
-Todo el fondo de barro ígneo se muestra agitado por la ebullición. La
-costra ligeramente negra transparenta el fuego lo mismo que un tul.
-Luego se rasga dando paso á fuentes y cúpulas mayores y más luminosas
-que las del día. Las anguilas ardientes son ahora monstruosas boas y
-levantan enjambres de chispas al ondular sus anillos.
-
-Un calor infernal sale del lago. Las paredes de roca, al reflejar esta
-superficie ígnea, parecen arder interiormente. Un grupo de nubes blancas
-se ha inmovilizado sobre el cráter, enrojeciéndose como vedijas de
-algodón empapadas en sangre. Más allá de este reflejo celeste, que es
-rojo en su parte céntrica y rosado en sus bordes, la noche tropical
-extiende su azul profundo perforado por la punción laminosa de los
-astros. Un cuarto de luna, llevando á remolque un diamante estelar,
-eleva poco á poco su mansa navegación por el océano astronómico.
-
-Guiado por un isleño de origen portugués que maneja nuestro automóvil,
-voy en busca del peñasco que me sirvió de asiento al principio de la
-tarde. El gnomo guardador del volcán nos sale al paso para que sigamos
-una dirección opuesta. Ya no existe el asiento, ni la orilla en que
-pusimos nuestros pies. Según dice el guardián, cayeron al fondo del
-cráter á las pocas horas, mientras tomábamos el té escuchando á los
-músicos en el «Volcano Housse».
-
-Ocupamos otro lugar, después que el hombrecillo requemado nos jura por
-su experiencia que estaremos en él con toda seguridad. Transcurre para
-nosotros más de una hora con la rapidez de contados minutos. Bien
-conocida es la atracción del fuego, la somnolencia meditativa que se
-apodera de nosotros cuando tomamos asiento junto á un hogar y seguimos
-con los ojos las caprichosas evoluciones de las llamas. Es necesario un
-esfuerzo enorme para salir de esta absorbente contemplación.
-
-En los bordes del Kilauea se siente la misma somnolencia contemplativa,
-pero con el agrandamiento propio de la diversidad de proporciones. Es
-necesario que los guías nos recuerden que estamos en un sitio desierto,
-en plena noche, y á cuatro horas de automóvil de la ciudad de Hilo, para
-que nos decidamos á renunciar á este espectáculo, único en el mundo, que
-tal vez no volveremos á ver nunca.
-
-Al pasar por última vez ante el «Volcano Housse», digo adiós al director
-del Parque Nacional.
-
-Es un mocetón norteamericano, grande, fuerte, de amable sonrisa, que
-recorre á caballo incesantemente los bosques de _koas_ (árboles
-gigantescos del país), las selvas húmedas, los cráteres secos, los
-volcanes que echan humo y el lago de fuego líquido, contenidos en sus
-dominios. Lleva un elegante uniforme de mosquetero, como los guardianes
-que están bajo su mando, y cuando desmonta del caballo, con una ligereza
-de jinete de cinematógrafo, es para entrar en su oficina, situada frente
-al hotel.
-
-Creo que tampoco volveré á ver un edificio tan original é interesante.
-No es mas que una graciosa casa de madera, como muchas habitaciones
-campestres de los Estados Unidos, elevada un par de metros sobre el
-suelo y con una galería cubierta que se extiende por sus cuatro
-fachadas.
-
-El director del Parque, entre mis dos visitas al volcán, me ha hecho
-entrar en esta oficina, igual á todas las de los Estados Unidos. La
-bandera de las rayas y las estrellas ondea sobre el frontón triangular
-de la casa. Dentro veo los retratos de Wáshington y de Lincoln, grandes
-tableros de dibujo, mapas del Parque fijos en las paredes, diseños de
-los cráteres, estadísticas de sus erupciones, muestras de vegetales y
-minerales.
-
-Después que el simpático jinete de botas amarillas y resonantes espuelas
-me muestra todo esto, añade con simplicidad:
-
---Lo que tal vez le interesará un poco es la calefacción de mi vivienda.
-Aunque usted ha viajado mucho, bien puede ser que no conozca nada
-semejante.
-
-Salimos del edificio. Cerca de la pequeña escalinata de su puerta, hay
-una grieta profunda entre dos peñascos: una especie de chimenea natural
-que desciende recta en el suelo.
-
---La he sondeado más de cien pies--sigue diciendo--, sin encontrar el
-fondo. Es un respiradero del volcán que derramaba antes su calor sin
-provecho para nadie. Va usted á ver.
-
-Y veo que mueve una palanca de madera tallada groseramente, para
-levantar una pequeña compuerta, también de madera, que obstruye la
-grieta.
-
-Volvemos al interior de la oficina, y su temperatura empieza á elevarse
-por momentos. Al poco rato la atmósfera es para hacernos sudar. El calor
-de la grieta subterránea, siguiendo un conducto de albañilería, pasa por
-debajo de toda la casa y se pierde finalmente, saliendo por la techumbre
-á través de una chimenea de ladrillos.
-
---Esto lo he inventado yo--añade con orgullo--. Ahora no es agradable,
-pero en invierno, cuando cae nieve y sopla el huracán de las alturas, da
-gusto estar aquí.
-
-Miro con asombro á este hombre que somete los volcanes al servicio de su
-oficina, y duerme tranquilo todas las noches sobre el gigantesco
-hornillo generador de una calefacción inapagable y gratuita.
-
-
-
-
-XII
-
-LA CIUDAD FLORIDA
-
- Los nadadores de Honolulu.--Las casas jardineadas de los
- empleados.--El mundo fantástico del Acuario.--Los
- peces-hombres.--La playa elegante de Vaikiki.--Nataciones en
- Diciembre.--Los saltadores de olas.--El gigantesco árbol del «Moana
- Hotel».--El niño del sombrero.--Almuerzo en la Asociación de la
- Prensa, con más mujeres que hombres.--El palacio de
- Lilinu-Kalami.--Los dos Jardineros.--El collar de la reina.--La
- señorita que por primera vez en su vida habla con un español.
-
-
-Un largo estremecimiento musical corre sobre el lomo turquesa del mar.
-Ante nuestros ojos se extiende la isla de Oahu, que unos llaman la isla
-Encantada y otros la isla Florida.
-
-Van surgiendo en el horizonte los altos edificios blancos de la moderna
-Honolulu; luego numerosos barracones de muelles y embarcaderos, sobre
-cuyos tejados asoman sus mástiles y chimeneas los enormes paquebotes,
-cruceros mercantes del Pacífico. Más allá de la ciudad comercial se
-extienden los barrios de la ciudad-jardín, con su vegetación más
-abundante en flores que hojas.
-
-Los campos cultivados en líneas rectas, semejantes á las del viñedo,
-producen la piña dulce, llamada ananás. La mayor parte de esta piña que
-se consume en el mundo procede de Honolulu. Hay aquí fábricas
-importantes que la cortan en rodajas y la encierran en botes con su
-meloso líquido, exportándola á los más lejanos extremos de la tierra.
-
-Detrás de las huertas en suave declive se eleva rápidamente la montaña
-volcánica, vestida por la arboleda tropical. En las cumbres de roca
-pelada, que son cráteres apagados, se enredan las nubes, deteniendo su
-carrera atmosférica. La isla está iluminada en su parte baja por el
-dorado sol de la tarde, y al mismo tiempo, arriba, un grupo de nubes
-plomizas ensombrece las montañas. Por encima del toldo de vapores que
-derrama su lluvia sobre las cumbres, traza la luz solar un extenso arco
-iris, y éste va de un extremo á otro de la isla, como una campana de
-cristal multicolor guardadora de un objeto delicado y precioso.
-
-Se aproxima el estremecimiento musical, que parece rizar el dorso de las
-aguas. Dos remolcadores hacen evoluciones ante la proa del _Franconia_.
-Uno de ellos va repleto de músicos con uniforme militar. Es la Banda
-Municipal de Honolulu que sale á nuestro encuentro para darnos la
-bienvenida, entonando como es de ritual el _Aloha_ y _El collar de las
-islas_. Pero esta vez son instrumentos metálicos los que interpretan la
-música del país, suavizados por la sordina que impone la inmensidad del
-mar.
-
-En el otro vaporcito hay varios grupos de jóvenes vestidas con alegres
-colores y que agitan sus brazos cargados de collares. Son señoritas de
-Honolulu, casi todas de raza blanca, hijas de europeos y norteamericanos
-establecidos en el país. Llevan sombrero y van vestidas á la última
-moda. No tienen el aire tradicional ni los rostros medio canacos de las
-muchachas de Hilo, que gustan de ir con la cabeza destocada. Además, los
-collares de Honolulu son de flores naturales, por abundar más la
-jardinería en esta isla que en la de Hawai.
-
-Dos aviones militares de la defensa del archipiélago revolotean sobre
-nuestro buque con la estridencia característica de los potentes motores
-norteamericanos.
-
-Cuando nos aproximamos al puerto, una nueva representación de Honolulu
-viene á unirse á las que nos han dado la bienvenida navegando en el mar
-ó en la atmósfera. Varios enjambres de nadadores se zambullen y vuelven
-á emerger ante la proa de nuestra nave, angustiándonos con el temor de
-ver partido á uno de ellos bajo el tremendo espolonazo. Otros nadan en
-fila junto á los flancos del buque, gritando al mismo tiempo á los
-viajeros asomados en las bordas. El _Franconia_ marcha despacio buscando
-la entrada del puerto; pero sabida es la desarmonía de proporciones
-entre las limitadas energías del hombre y la fuerza gigantesca que mueve
-á estos palacios de acero. La lentitud de un paquebote representa una
-velocidad enorme para el brazo humano, y sin embargo ninguno de estos
-tritones se queda atrás; todos se mantienen junto al buque, cortando el
-agua como delfines.
-
-Es frecuente ver en los puertos enjambres de nadadores que piden á
-gritos les echen unas monedas para perseguirlas en la profundidad
-acuática; pero son siempre chicuelos, más ágiles que veloces en su
-natación. Los de Honolulu son todos hombres, canacos en su mayor parte,
-y algunos japoneses; atletas de cara fea y cuerpos admirables, en los
-que se armoniza la exuberancia de los músculos con la corrección de las
-líneas. Como de sol á sol entran en el puerto de Honolulu numerosos
-buques para descansar unas horas nada más y volver á partir, estos
-nadadores pasan el día entero en el agua, acompañando á los que se van y
-saludando á los que llegan, en espera de unas monedas solicitadas á
-gritos.
-
-En ninguna parte he oído voces como las de estos bárbaros nadadores. Al
-escucharlas por primera vez no podíamos explicarnos la procedencia de
-tales gritos. Parece imposible que sus rugidos de vibración metálica
-puedan salir de la estrecha caja de un pecho humano. Para describirlos
-exactamente habría que decir que todos ellos rugen como una campana
-enorme que en vez de repiques y volteos pudiese lanzar rugidos.
-
-Somos esperados en el muelle con coronas de flores y nuevas músicas, La
-Asociación de la Prensa de Honolulu, que organizó hace pocos años en
-Hawai un Congreso universal de periodistas, viene á saludarme, y sus
-representantes, siguiendo los usos del país, me colocan un gran collar
-de rosas sobre los hombros. Luego me enseñan la ciudad.
-
-Su parte céntrica es obra de la iniciativa norteamericana y sólo data de
-unos veinte años aproximadamente. Tiene una Casa de Correos enorme, que
-recibe y cambia la correspondencia de tres continentes, América, Asia y
-Australia, pasando los sacos de cartas de unos buques á otros; tiene
-edificios de muchos pisos, calles rectas y cuidadosamente asfaltadas,
-aceras amplias, grandes tiendas, y su aspecto general es el de una
-ciudad del interior de los Estados Unidos.
-
-Pero la influencia norteamericana se limita á la construcción,
-recobrando la capital polinésica su aspecto característico en todo lo
-referente á la vida. En los almacenes grandes ó modestos, los
-dependientes y muchas veces los amos son japoneses, chinos, malayos ó
-indostánicos. Los rótulos de las tiendas, junto á las palabras en inglés
-ostentan otras en idiomas incomprensibles y alfabetos exóticos, de
-formas pintorescas. El movimiento en las calles está regulado
-escrupulosamente por la policía, pues abundan con exceso los
-automóviles; pero estos agentes, que ocupan una especie de púlpito
-sombreado por enorme quitasol y agitan sus brazos como directores de
-orquesta para que avancen ó retrocedan los vehículos, son todos ellos
-canacos, de cara de ídolo y una obesidad que parece va á hacer saltar
-con su desbordamiento grasoso los botones del uniforme.
-
-Después de las avenidas de altos edificios empiezan á desarrollarse las
-calles-paseos en una extensión de muchos kilómetros. Cada vivienda se
-halla enclavada en el centro de un jardín. Una faja de vegetación separa
-las casas de la calle. Muchas de ellas, por ser de ricos, abundan en
-columnas y estatuas, reproduciendo los estilos de Europa. Otras de
-elegancia graciosa son de madera: los llamados _bengalows_.
-
-Se adivina que en este país el jardín representa más que la casa, pues
-la dulzura de un clima siempre clemente permite la vida al aire libre.
-Las ventanas son enormes. Los salones y comedores sólo tienen pared en
-el fondo, y las tres caras restantes, que dan al jardín, están abiertas,
-con simples columnas que sostienen el techo. Las plantas se expanden sin
-límites en esta tierra fecunda en flores. Hasta los árboles de las
-avenidas parecen gigantescos ramilletes.
-
-Muchas de estas casas floridas excitan mi admiración. Deben vivir en
-ellas poetas, delicados artistas, solitarios de silenciosas
-meditaciones. En Europa, uno de estos edificios pequeños, con las
-paredes tapizadas de rosas y estrellas purpúreas, que hasta tienen en
-las cornisas vasos colgantes con chorros de flores, representaría un
-paraíso para el intelectual que lograse poseerlo. Mis acompañantes me
-explican que la mayor parte de estas casas están ocupadas por empleados
-de Banco, contramaestres de fábricas ú obreros especialistas, que en su
-país tendrían que habitar un compartimiento de los horribles edificios
-destinados á las gentes de sueldo modesto, Indudablemente deben
-sentirse felices en su jardín, eternamente esplendoroso, pero me
-abstengo de preguntarlo. ¡Quién sabe! El hombre ambiciona siempre lo que
-no tiene y sólo ve la felicidad allí donde él no se encuentra.
-
-Ansío visitar el jardín submarino de Honolulu luego de haber admirado
-las esplendideces vegetales de su suelo. El Acuario de la ciudad es
-célebre en el mundo por las especies del Pacífico que guarda y no pueden
-encontrarse en ningún otro mar.
-
-Paso más de una hora contemplando con asombro las variedades animales de
-una vida profunda y misteriosa que tiene por escenario los abismos
-mayores de nuestro planeta y nunca ha sido vista de cerca por el hombre.
-No hay colores sobre la tierra que puedan ser comparados con los que
-ostentan los habitantes de las simas abisales. En las profundidades del
-Océano el color es tierno, eternamente jugoso, con una luz interior,
-como las pinceladas recientes que aún no han sido secadas y
-ensombrecidas por la influencia atmosférica.
-
-Veo peces rayados como la cebra, manchados como el tigre, melenudos como
-el león. Unos flotan lo mismo que plumas verdes ó doradas; otros imitan
-las rugosidades y la inmovilidad de la piedra; más allá mueven sus
-múltiples faldellines de gasa, como bailarinas del profundo escenario
-oceánico, al que nunca llega el sol, y donde monstruos de luminosos
-tentáculos sirven de lámparas, emitiendo una claridad fosfórica. Los hay
-que tienen la cabeza relinchante de un caballo y hacen corvetas en el
-agua, como los corceles del paganismo marítimo montados por las
-Nereidas.
-
-Otros animales que son la especialidad del Pacífico despiertan en mí un
-sentimiento de miedo y al mismo tiempo de humildad. Tienen cara de
-hombre, pero de un parecido exacto, sin que sea necesario valerse de la
-fantasía para extremar tal semejanza. Su nariz se despega del rostro, lo
-mismo que la nuestra; su boca es humana, pero con el mentón entrante de
-los degenerados. Sus ojos, al aproximarse al cristal, nos miran con una
-expresión que parece reflejar los sentimientos brutales de un alma
-rudimentaria. Son como futuros hombres que se hubiesen inmovilizado en
-forma de peces, sin poder continuar su evolución; hombres de rostro
-feroz, de mirada dura, de instintos egoístas y crueles, que únicamente
-viven para perseguir, matar, comer y reproducirse. Nos recuerdan á
-nuestros remotísimos abuelos que atravesaron los incalculables siglos de
-la prehistoria repartiendo peñascazos y golpes de tronco para inaugurar
-la supremacía de la especie humana sobre el resto de la creación.
-
-En este Acuario, viendo cómo evolucionan en sus cajas de cristal los
-seres multicolores arrancados á las profundidades oceánicas, se duda un
-poco de nuestra superioridad y nuestro orgullo.
-
-Cada uno de nosotros cree instintivamente que es el centro del universo,
-y todo cuanto existe en torno de él, animales, plantas y minerales, fué
-creado para el placer de sus sentidos ó la satisfacción de sus deseos. Y
-estos habitantes del Pacífico, infinitamente más numerosos que nosotros,
-nos ignoran como nosotros los ignoramos. Cazan, guerrean, hacen el amor,
-se suceden en el disfrute de la inmensidad oceánica, luciendo sus
-maravillosos colores y sus formas bizarras para ellos mismos. No saben
-que existe el hombre, con todas sus vanidades, con su historia
-orgullosa, que tiene por reducido escenario unos cuantos bullones de
-costra sólida emergidos de la inmensidad del mar.
-
-Cerca del Acuario está Vaikiki, la playa elegante de Honolulu, y en
-ella el «Moana Hotel», famoso en los Estados Unidos. Todo extranjero que
-llega á la isla necesita bañarse en esta playa, pues al volver á su
-país, los conocedores del archipiélago le preguntarán si ha nadado en
-Vaikiki. Este es un mar tropical, mas no por esto deja de resultar
-molesto lanzarse á él en pleno mes de Diciembre. Pero mis compañeros de
-viaje, entre dos olas, hacen elogios de la tibieza del mar, aunque
-algunos de ellos castañetean los dientes. Las damas, con ligerísimos
-trajes de baño, se lanzan igualmente al agua, interesadas por los
-ejercicios náuticos de los canacos.
-
-El mayor atractivo de esta playa es el que ofrecen los juegos de los
-saltadores de olas. Los antiguos hawaianos aprendían desde su niñez á
-sostenerse de pie sobre una tabla elíptica de dos metros, especie de
-patín acuático, que podían llevar á cuestas, como un escudo de madera,
-utilizándolo para el paso de ríos y estrechos marítimos. Puestos de
-bruces sobre esta tabla, mueven pies y manos con un ritmo de tortuga,
-avanzando rápidamente sobre las aguas tranquilas. Si hay olas, se ponen
-derechos sobre el escudo, con admirable equilibrio, como si sus pies
-estuviesen soldados á la madera, y se dejan llevar por la fuerza de las
-rompientes.
-
-Desde la playa vemos filas de hombres erguidos sobre el agua, que vienen
-hacia nosotros con la rapidez de la ola. Como la tabla no se ve, parece
-que marchan lo mismo que Jesús en el lago de Tiberíades. Son estatuas de
-carne sobre un pedestal de espuma. Corren sin mover los pies; cortan el
-aire por el impulso de la rompiente, hasta que ésta se extingue, y el
-nadador, falto de empuje, cae por inercia fuera de su tabla.
-
-Algunas damas norteamericanas reman en estrechísimas piraguas que se
-sostienen gracias á otra más pequeña, en forma de balancín, unida por
-dos medios arcos de bambú. Su remo es la pagaya, pala corta movida con
-las dos manos. Juegan á pasar sobre las rompientes en esta embarcación
-frágil, quedando durante algunos segundos bajo la espuma de las olas. En
-las mismas piraguas van canacos casi desnudos, como en los tiempos de
-Kamehamea, contrastando la obscuridad de sus carnes con la blancura de
-piernas y brazos de las remadoras, no más vestidas que sus compañeros de
-pagaya.
-
-Al sentarme en el jardín del «Moana Hotel» para contemplar estos juegos
-náuticos, empiezo á sentir en mi olfato cierta embriaguez, como si
-estuviese en la tienda de un gran perfumista. Miro los árboles y los
-arbustos cargados de flores, pero me doy cuenta de que su aromática
-respiración es algo más sutil y discreto que la esencia vigorosa
-esparcida por todo el hotel. Uno de mis compañeros me explica el
-misterio de este perfume que se ha enseñoreado del edificio. Algunas
-maderas del «Moana» son de puro sándalo, cortadas en bosques de la isla
-que Kamehamea no llegó á explotar, y su perfume algo más sincero y
-auténtico que el sándalo preparado por el arte de los perfumistas.
-
-El jardín es un rectángulo comprendido entre el cuerpo principal del
-edificio, sus dos alas y el mar. En los lados hay filas de plantas con
-flores, pero todo el resto del jardín lo ocupa un solo árbol, un _koa_,
-que cubre con su cúpula muchas docenas de mesas.
-
-Nunca he visto en un lugar frecuentado y «civilizado» un árbol tan
-enorme. Su tronco es en realidad una agrupación de troncos, como los
-haces de columnas apretadas que forman las pilastras de las catedrales
-góticas; su ramaje toca las ventanas del hotel, que están muy lejos, y
-se esparce hasta la orilla del mar.
-
-Cierra la noche, y el árbol extraordinario adquiere por industria humana
-un aspecto irreal. Hay ocultas en su complicada frondosidad centenares
-de lamparillas eléctricas de diversos colores, y todo él brilla como si
-colgasen de sus ramas frutos quiméricos de un jardín de ensueño.
-
-En el interior del hotel suenan orquestas y cantos. Ha empezado el gran
-banquete que la ciudad de Honolulu da á los viajeros del _Franconia_ y
-tendrá por final un baile de gala. Llegan militares y funcionarios
-vistiendo uniformes de ceremonia. Las damas del país se presentan
-descocadas y con pañolones de Manila para abrigarse al bajar al jardín.
-
-Permanezco bajo el _koa_, prefiriendo estar solo. Contemplo el mar con
-sus olas fosforescentes que surgen del negro horizonte, se agrandan al
-avanzar y vienen á deshacerse en la arena húmeda de la playa, sobre el
-reflejo cabrilleante de las ventanas del hotel y las bombillas
-eléctricas del ramaje. Me gusta ser el único que disfruta la frescura
-luminosa de este coloso vegetal, viendo en torno de mí tantas mesas y
-sillas vacías.
-
-De pronto se sienta á mis pies un niño casi desnudo, cuyos miembros,
-algo flacos, tienen un color rojizo de canela. Me saluda con una sonrisa
-que hace brillar los diamantes negros de sus pupilas y todo el marfil de
-sus dientes. Luego señala su sombrero, el cual contrasta, por su
-amplitud y adornos, con la mediocridad de su vestidura, un simple harapo
-que le sirve de taparrabos. Adivino su proposición formulada en
-hawaiano. Por medio dólar me fabricará inmediatamente un sombrero igual
-al suyo.
-
-Este sombrero es una obra de arte digna de respeto, hecho con palma
-verde, formando sus mallas una sucesión de conchas desde el vértice al
-borde de las alas, y llevando en el lugar de la cinta una corona de
-puntas cimbreantes. Acepto la proposición, y el canaquito vuelve á
-sentarse á mis pies con una rama verde de palmera que empieza á
-manipular, cantando entre dientes una especie de romanza. No intercala
-nada en su obra. La misma palma con sus retorcimientos sirve para todo.
-Ella da la copa del sombrero, las alas, y sus puntiagudos remates acaban
-por formar la corona de penachos que lo circunda.
-
-Sigo maravillado el trabajo de estas manos infantiles y hábiles. Bajo un
-árbol cargado de luz eléctrica y ante unas ventanas que dejan escapar
-rumores de banquete y música de baile, renuevan el arte adquirido en
-medio de las selvas, durante siglos y siglos, por los remotos y salvajes
-abuelos. A los diez minutos el pequeño artista me ofrece sonriendo su
-obra con una mano y extiende la otra para tomar el medio dólar.
-
-El sombrero del «Moana» me ha seguido en toda mi vuelta al mundo, y me
-recordará siempre la noche pasada en uno de los hoteles más famosos de
-la tierra, bajo un árbol grande como un palacio, frente á un mar de olas
-brillantes cual si fuesen de fósforo, y aspirando el perfume de ensueño
-que exhalaba dicho edificio por los poros de sus maderas.
-
-Al día siguiente asisto al almuerzo con que me obsequia la Asociación de
-la Prensa. Aunque estoy acostumbrado á la preponderancia femenina en los
-Estados Unidos y todos los países influenciados por su liberal
-educación, me asombra ver cómo en torno á las diversas mesas son mucho
-más numerosas las mujeres que los hombres.
-
-En las islas de Hawai la aristocracia es actualmente universitaria.
-Quiero decir con esto que la verdadera distinción para la mujer consiste
-en el estudio de una carrera, y más aún en el ejercicio de la enseñanza.
-La Universidad de Honolulu tiene tantas estudiantas como estudiantes, y
-los mejores edificios de la ciudad, rodeados de jardines, son las
-escuelas públicas. Los diarios del país cuentan los triunfos
-universitarios de las mujeres ó la tenacidad con que ejercitan el
-profesorado en la misma sección que los diarios de otros países dedican
-á descripciones de trajes y relatos de fiestas mundanas.
-
-Todas estas señoritas de Honolulu, lo mismo las hijas de blancos que las
-mestizas de canacos, procuran mantener las tradicionales costumbres del
-país en lo que tienen de artísticas ó pintorescas. Un cantante de pura
-raza hawaiana, admirado como el mejor tenor de las islas, se levanta
-repetidas veces en el curso del banquete para entonar junto al piano las
-romanzas más populares con una expresión apasionada que hace comprender
-el sentido de los versos polinésicos. Un mallorquín, antiguo bajo del
-Teatro Real de Madrid, don Joaquín Vanrell, que dirige una escuela de
-música en Honolulu y es el único español residente en la ciudad, canta
-con una maestría de viejo artista algunas arias españolas de los tiempos
-del romanticismo.
-
-Al sentarnos á la mesa, todos hemos encontrado sobre la servilleta un
-collar de flores. Hay que seguir los ritos del paganismo hawaiano, el
-cual sólo comprendía los placeres de la mesa, del canto y del amor con
-acompañamiento de flores.
-
-Mi collar, presente de la Asociación de la Prensa, es enorme. Casi llega
-á mis rodillas, y está formado con pétalos blancos de una especie de
-clavel de las islas, cuyo perfume resulta aún más intenso y embriagador
-que el sándalo. Esta flor, cuyo nombre no recuerdo, abunda poco, lo que
-la hace muy buscada y carísima. Al salir á la calle, después del
-banquete, conservando mi collar, lo mismo que todos los invitados,
-algunas mujeres vuelven sus cabezas sonriendo y admiran la boa florida
-que llevo sobre el pecho, como algo extraordinario que sólo pueden ver
-de tarde en tarde. Unas canacas jóvenes, de gracioso atrevimiento, ponen
-su rostro sobre mi pecho, aspiran el perfume y me dicen sonriendo
-palabras incomprensibles que deben ser agradables.
-
-Durante el banquete está sentada á mi derecha la esposa del gobernador
-del archipiélago de Hawai, una dama norteamericana de gran cultura
-literaria. Su hija y varias amigas de ella permanecen entre las
-numerosas jóvenes que ocupan por completo varias mesas.
-
-Una escritora de Australia asiste al banquete. El Pacífico, á pesar de
-su inmensidad, proporciona con frecuencia estos encuentros. Los de
-Australia ó los de Hawai, si desean hacer un viaje para distraerse, se
-van á la acera de enfrente, á la tierra más inmediata, cinco mil millas
-de distancia, varias semanas de navegación, atravesando una mitad del
-hemisferio en que viven.
-
-Cuando llega la hora de los brindis, con un vaso de agua, pues esta
-tierra es de los Estados Unidos é impera en ella el «régimen seco»,
-muchos de los asistentes pronuncian discursos ó breves salutaciones. Las
-jóvenes son las que hablan más, obligadas por las peticiones del
-público, y yo pronuncio finalmente una arenga en español, que sólo
-entienden el profesor de literatura de la Universidad y algunas
-señoritas que pasaron por su aula. Pero el antiguo bajo del Teatro Real
-llora escuchándome. Se creía perdido como Robinsón en este archipiélago,
-donde lleva muchos años sin hablar mas que inglés, é inesperadamente se
-ve asistiendo á una fiesta en honor de un español y escuchando un
-discurso en la lengua de su patria.
-
-A la salida, la esposa del gobernador me invita á tomar el té, horas
-después, en su casa. Ésta resulta interesante por haber sido el palacio
-en que vivió destronada la reina Lilinu-Kalami.
-
-El día anterior he visto la estatua de bronce, verdoso y dorado,
-representando á Kamehamea I, frente al antiguo palacio de los
-emperadores de Hawai. Me enseñan á un viejo canaco, de cara rugosa y
-barbillas blancas, que monta la guardia voluntariamente hace más de
-veinte años ante la estatua de Kamehamea. Llega al romper el día y se
-sienta frente al monumento de su emperador. A las horas de comer
-desaparece, y vuelve á ocupar el sitio poco después, no abandonando su
-silenciosa contemplación hasta que cierra la noche. Los norteamericanos,
-que aman las actitudes originales, consideran con simpatía á este canaco
-leal. Los del país, modificados por la vida moderna, le miran con cierto
-enojo, considerando ridícula para su raza esta fidelidad perruna. El
-viejo no conoce ciertamente la verdadera historia de Kamehamea; sólo
-sabe que fué grande y victorioso, que en su tiempo los extranjeros no
-mandaban en Hawai, y ello basta para que adore todos los días al
-emperador dorado y verde, esperando que alguna vez se transformará en
-carne, volviendo al archipiélago como un Mesías.
-
-Yo he visto en realidad el manto y el gorro que llevaba Kamehamea en su
-monumento. Están en el Museo Bisop, el mismo que guarda el vaciado en
-yeso del busto del capitán español. Los mantos de los emperadores de
-Hawai son la gran curiosidad artística de la isla y se habla de ellos en
-todo buque cuando Honolulu empieza á asomar su blancura sobre el Océano.
-Estos mantos--lo mismo que la tiara imperial en forma de gorro
-frigio--están fabricados con plumitas de unos pájaros diminutos. Como
-estos pájaros eran únicamente de dos colores, rojo y amarillo, la
-vestidura imperial parece hecha de pedazos de bandera española.
-Examinados los mantos de cerca, maravilla el cálculo de los millones de
-pájaros que fué preciso matar para la fabricación de estas vestiduras
-reales.
-
-El gobernador de Hawai, nombrado por los Estados Unidos, no habita el
-palacio de los emperadores. Éste lo ocupan solamente las oficinas
-públicas. El gobernador reside en la llamada Casa de Wáshington, ó sea
-el palacio donde murió Lilinu-Kalami. Esta mansión, ostentosa para la
-época en que fué construída--el primer tercio del siglo XIX--, la hizo
-un norteamericano enriquecido en el país. Cuando la hubo terminado,
-dándole el nombre de Casa de Wáshington, se preocupó de su amueblamiento
-y creyó oportuno ir en persona á adquirirlo en el Japón y la China. Como
-en aquellos tiempos no había buques de vapor ni líneas de navegación,
-fletó una fragata para hacer el viaje á Asia, y nadie supo más de él ni
-de sus marineros. Mucho después, Lilinu-Kalami, que aún no era reina,
-adquirió este palacio para habitarlo.
-
-Admiro los salones por su aireamiento y su amplitud. Algunos de ellos
-están completamente abiertos por dos de sus lados y en vez de paredes
-tienen columnas y también gradas que les ponen en perpetua comunicación
-con el jardín. Sus muebles chinos y japoneses empiezan á adquirir cierto
-aspecto respetable de antigüedad, que les coloca aparte de los objetos
-de pacotilla producidos por el Extremo Oriente en nuestros tiempos.
-Muchos de estos muebles fueron regalos que el Japón y la China enviaron
-á la reina de Hawai. Todo lo de esta casa, en las habitaciones de
-recepción y en el comedor, procede de Lilinu-Kalami. Los gobernadores lo
-han respetado, dejándolo como en el tiempo de la reina.
-
-La esposa del gobernador quiere mostrarme los últimos supervivientes de
-aquella época. Son los jardineros de Lilinu-Kalami, un matrimonio de
-viejecitos que sigue en el palacio, tranquilos los dos y bien cuidados,
-cual si formasen parte de su mobiliario. Entran en el gran salón,
-conmovidos y llorosos, como siempre que vuelven á esta parte del
-edificio, creyendo que van á ver de pronto á su antigua señora.
-
-La vieja va vestida de blanco con gran pulcritud; escotada, los brazos
-desnudos, la falda muy amplia, siguiendo tal vez las modas juveniles de
-su reina. El viejo es un caballero canaco con _smoking_ blanco y corbata
-negra. A pesar de sus años conserva un gran dominio sobre sus emociones,
-y únicamente brilla en sus ojos una acuosidad contenida. Su mujer, más
-vehemente, llora, al mismo tiempo que le tiemblan las manos.
-
-Hace la gobernadora mi presentación.
-
---Este señor ama mucho á vuestra reina y va á escribir sobre ella.
-
---¡Oh, la reina!--gimotea la vieja.
-
-Me besa una mano y mira después con ojos devotos un gran retrato al óleo
-de Lilinu-Kalami que está en el fondo del salón y la representa en sus
-buenos tiempos de reina viuda, cuando las _hulas_ bailaban en el
-inmediato jardín y ella pedía consejos á sus favoritos.
-
-Es una dama de frescas redondeces y sonrisa bonachona, vestida con un
-traje elegante de recepción. Tiene el escote abultado y partido por el
-arranque de dos hemisferios firmes; los brazos redondos, y una doble
-raya horizontal en el carnoso cuello: la majestad regia de hace tres
-cuartos de siglo representada por Victoria de Inglaterra, Isabel II de
-España y otras soberanas de aquella época.
-
-Se conmueve la viejecita de tal modo viendo á su antigua señora, que el
-marido tiene que abrazarla protectoramente y se la lleva hacia el
-jardín. Media hora después vuelven los dos ancianos con un regalo para
-mí: un collar que acaban de hacerme con la flor amada por Lilinu-Kalami.
-Esta flor, puramente hawaiana, es una violeta de pétalos recogidos, dura
-como un fruto.
-
-El collar embriagador de claveles que llevo sobre el pecho morirá, pero
-este de Lilinu-Kalami es eterno. Sus flores al secarse se endurecen, y
-podré guardarlo siempre como un rosario oloroso.
-
-Con el pecho adornado por la doble sarta de flores continúo mi visita á
-la esposa del que es actualmente soberano del archipiélago por soberanía
-delegada.
-
-La hija del gobernador y una amiga suya se interesan mucho por el pasado
-de esta tierra en que nacieron. Ambas proceden de norteamericanos; la
-hija del gobernador es morena y esbelta como una californiana; su amiga,
-una nieta de Mr. Hyde Rice, notable escritor que ha recogido todas las
-tradiciones del país y vive siempre en la isla de Hawai, es rubia y con
-ojos azules. Pero las dos nacieron en el archipiélago y tienen en su
-belleza blanca algo de exótico que las hace más interesantes.
-
-Al despedirme, la joven que ha venido de Hawai á pasar unos días con su
-amiga y conoce á fondo la historia del país, por sus lecturas y por las
-lecciones de su abuelo, me dice á guisa de adiós:
-
---Celebro haber hablado, por primera vez en mi vida, con un español.
-Siempre me interesó España, tan lejos de nosotros y tan unida á nuestros
-orígenes. Hawai es más antigua en la historia de lo que suponen muchos.
-Tiene dos siglos más de existencia, porque todos sabemos aquí que los
-navegantes españoles fueron los primeros blancos que pisaron sus costas,
-los primeros enviados de la civilización europea.
-
-
-
-
-XIII
-
-LA SEMANA SIN LUNES
-
- Navegando al margen de la tempestad.--Bailes, juegos y asistencia á
- la escuela.--Carreras de caballos en el buque.--La libertad
- religiosa de los norteamericanos.--El cura democrático de
- Minnesota.--El Mesías de Los Ángeles.--Dejamos de vivir un día
- entero.--Caen en las aguas del Pacífico veinticuatro horas de
- nuestra existencia.--¿Qué habrá sido de mis amigos del Japón?...
-
-
-Empieza á anochecer cuando salimos de Honolulu. Flotan en todas las
-barandas del buque manojos de cintas multicolores. Son los restos del
-tejido de serpentinas que se formó entre el paquebote y el embarcadero
-durante una larga despedida.
-
-Grita la muchedumbre en los muelles, agitando sombreros y pañuelos. Se
-oye, cada vez más lejos y por última vez, la romanza _El collar de las
-islas_, entonada por la música de la ciudad. Un tropel de nadadores nos
-sigue hasta fuera del puerto. Pero el _Franconia_ acelera su marcha y
-los tritones canacos y japoneses acaban por quedarse atrás, esforzándose
-por sacar medio cuerpo fuera del agua y darnos el último adiós con sus
-manoteos y sus rugidos metálicos. Pasamos entre dos filas de boyas que
-empiezan á iluminarse, marcando el canal que deben seguir los buques de
-calado enorme.
-
-Cuando cierra la noche, Honolulu brilla en el fondo del horizonte como
-un collar de diamantes desgranado, y esta visión resucita en mi memoria
-el recuerdo de Valparaíso, el gran puerto de Chile, que vi hace muchos
-años. Después que mis compañeros de viaje se sacian de contemplar las
-hileras de luces, cada vez más pequeñas y lejanas, concentran su
-atención en la vida de á bordo, preparándose para una travesía que será
-la más larga del viaje.
-
-Durante diez días sólo veremos cielo y agua. Ni una isla, tal vez ni un
-buque, por ser esta la parte menos frecuentada del Pacífico. En Honolulu
-los tripulantes de un gran vapor japonés nos han dado malas noticias.
-Reina un larguísimo temporal entre Hawai y las costas del Japón. Ellos,
-como expertos hombres de mar, nos presagian un viaje penoso. Algunos
-pasajeros que han dado la vuelta al mundo otra vez recuerdan que el mal
-llamado Pacífico, en esta sección de su inmensidad se muestra siempre
-áspero.
-
-Pasamos una mala noche navegando entre nuevas islas del archipiélago de
-Hawai, pero al día siguiente empieza á mejorarse el tiempo.
-
-El capitán Melson es tenido entre los marinos de Inglaterra por muy
-hábil para sortear las tormentas, evitando molestias á sus pasajeros.
-Como el _Franconia_ no tiene las prisas de un paquebote mercante y
-cuenta con las velocidades máximas de su máquina para resarcirse de las
-pérdidas de tiempo, nos apartamos del rumbo ordinario, que es donde
-reina ahora la tempestad, y en vez de subir inmediatamente hacia el
-Noroeste en busca del Japón, seguimos por el interior del mar tropical,
-como si nos dirigiésemos á las Filipinas. De este modo pasamos la mayor
-parte de la travesía dentro de un mar tranquilo y tibio, vestidos de
-verano, cual si navegásemos hacia un país del Trópico.
-
-Seguimos el empuje favorable de la corriente ecuatorial del Pacífico
-Norte, prolongación de la que nace en las costas japonesas y da vuelta
-ante las costas de California, volviendo al mismo sitio de su origen;
-corriente que recibe el nombre japonés de Kuro Sivo (el Río Negro), á
-causa del color de sus aguas. Dos días antes de llegar al Japón es
-cuando el _Franconia_ pondrá proa al Noroeste é iremos hacia el puerto
-de Yokohama, pasando casi instantáneamente del verano al invierno.
-
-Antes de este cambio de rumbo navegamos por unas aguas verdes,
-luminosas, de fauna abundante, como las que vimos en las costas de la
-América Central. Únicamente por el Norte se muestra el horizonte gris y
-brumoso. Adivinamos la tempestad que asalta detrás de la niebla
-lejanísima á los buques de itinerario fijo, y sentimos una satisfacción
-egoísta al pensar que nosotros, como desocupados que pueden ir adonde
-quieren, sin prisa alguna, vamos sorteando los rigores atmosféricos.
-
-Transcurren lentos días sin que el mar siempre desierto pueda ofrecernos
-otros espectáculos que la salida y la puesta del sol. Todas nuestras
-observaciones y deseos se concentran en la vida interior del buque, y
-apenas nos fijamos en el Océano. El _Franconia_ cobija una actividad
-intensa que no volverá á repetirse en el resto del viaje. Las
-diversiones son incesantes; la orquesta trabaja más que nunca; todas las
-tardes hay conciertos, todas las noches baile.
-
-Los profesores de la «American Express» dan conferencias con
-proyecciones cinematográficas sobre el Japón y la Corea, los dos
-primeros países que vamos á visitar. Muchos de nosotros creemos haber
-vuelto, en una regresión juvenil, á nuestros tiempos de estudiante.
-Vamos á clase todas las mañanas. Dos maestros de lenguas orientales dan
-lecciones de japonés y de chino, y aprendemos unas docenas de palabras
-en ambos idiomas que nos permitirán pedir modestamente las cosas más
-elementales para nuestra existencia.
-
-Muchos días hay _Forum_, una especie de mitin presidido por el director
-del viaje, en el que todos pueden pedir la palabra para exponer sus
-dudas ó solicitar aclaraciones. Una señora pregunta si hay que llevar
-mucho abrigo en el Japón; otra desea saber los precios corrientes de los
-objetos artísticos y qué almacenes de Tokío son los que roban menos al
-viajero; una, más allá, pide consejos higiénicos para precaverse de las
-enfermedades del país... Y así continúan, con la curiosidad del pueblo
-americano por saberlo todo, formulando preguntas y preguntas. Unas veces
-contesta el presidente; otras, los mismos pasajeros que, por sus
-estudios ó por viajes anteriores, pueden ilustrar á sus vecinos.
-
-Todas las mañanas, á primera hora, este pueblo marítimo desfila por un
-salón en cuyas paredes están fijos los avisos de las fiestas del día y
-reuniones instructivas, así como noticias importantes de lo ocurrido en
-la tierra durante las últimas veinticuatro horas, transmitidas por la
-telegrafía sin hilos.
-
-Las gentes se agrupan con arreglo á sus aficiones deportivas ó sus ideas
-religiosas y filantrópicas. Hay anuncios solicitando una cuarta persona
-para jugar al _bridge_. Muchas tardes se celebran torneos de dicho
-juego, que apasionan extraordinariamente á las señoras.
-
-Otro juego, de moda reciente, rivaliza con el _bridge_. Es de origen
-chino; unos le llaman _Mah Jong_ y otros _Pung Chow_. Las pasajeras van
-de un lado á otro con la caja de sándalo contenedora de sus piezas de
-marfil. Estas fichas tienen nombres extraordinariamente poéticos; pero,
-según parece, el tal jueguecito chino es más temible que la ruleta para
-devorar el dinero.
-
-Dos veces por semana hay carreras de caballos en la última cubierta,
-con todas las ceremonias y preliminares de este deporte nacional en los
-países de lengua inglesa. El establecimiento tipográfico del buque
-imprime una lista con los nombres y particularidades de los caballos,
-algunos de los cuales llevan de vez en cuando mis apellidos. En las
-cubiertas de paseo se venden billetes para los que deseen apostar.
-
-Los caballos son juguetes de madera, corceles del tamaño de un conejo de
-Indias, con aun _jockeys_ de distintos colores. El suelo de la cubierta
-tiene un séxtuple semicírculo, dividido en casillas numeradas, todo ello
-hecho con tiza. Los seis jinetes esperan en fila la señal de partir. La
-campana llama al público indicando que va á empezar la carrera, lo mismo
-que en los hipódromos. Una señorita, escogida por su belleza ó su
-elegancia, es la encargada de arrojar por el suelo un dado enorme; y con
-arreglo al número que permanece visible, el caballo agraciado va
-avanzando tantas casillas como marca la cifra.
-
-Este público sencillo y entusiasta se enardece como si estuviese
-presenciando una carrera en Londres ó en Nueva York. Además, casi todos
-han apostado dinero, lo mismo hombres que mujeres. Los dólares salen de
-los bolsillos en forma de pelotas de papel arrugado. Cada uno grita para
-celebrar los avances de su favorito. Desde las cubiertas inferiores es
-fácil imaginarse que se vive en tierra, oyendo á lo lejos los rugidos de
-un hipódromo.
-
-Un grupo de pasajeros francmasones fija un anuncio en el salón llamando
-á los compañeros de viaje que sean «hermanos», para constituir con ellos
-una logia en el _Franconia_ mientras dure el viaje. El primer acto de la
-nueva logia, dos días después, es una suscripción general pidiéndonos
-dinero á todos para los hombres que trabajan en lo más hondo del buque
-alimentando las máquinas.
-
-Algunos viajeros son pastores de las diversas confesiones del
-cristianismo reformado, y al dar la vuelta al mundo, desean visitar las
-misiones que han establecido sus correligionarios en China y el Japón.
-Otro, procedente de Minnesota--uno de los Estados más interiores y
-tranquilos de los Estados Unidos--, es un sacerdote católico muy joven,
-grande de estatura, fuerte, con serena franqueza en su mirada y sus
-ademanes. Tiene el aspecto de un boxeador simpático. Su cabellera espesa
-y dura, cortada á estilo norteamericano, se alza sobre su cráneo como
-una cresta ó una tiara. Nunca ha salido de su país, y desea ver el
-mundo, como los demás; pero lo que á él le interesa especialmente es
-conocer Jerusalén y Roma. En vez de buscar dichas ciudades por la parte
-de Oriente, siguiendo el camino más corto, va simplemente á ellas dando
-vuelta á la tierra entera.
-
-Es un creyente fervoroso y sincero, pero sin intransigencias; un
-representante del catolicismo á estilo de los Estados Unidos, que es
-allá la religión más democrática y algunas veces la más demagógica, por
-figurar en ella muchos emigrantes pobres, á los que amarga su fracaso en
-un país de ricos.
-
-Como dice la misa todas las mañanas á las siete, en uno de los salones
-de baile, algunas señoras de gustos aristocráticos que son católicas le
-piden que la retrase á las ocho ó las nueve, pues les resulta penoso
-levantarse tan pronto. Pero el joven sacerdote, con su aire de boxeador
-casto, poco sensible á los remilgos femeninos, contesta que él celebra
-su misa para los irlandeses, camareros y marineros del buque, y éstos
-sólo pueden oirla á las siete, antes de empezar su servicio.
-
---Levántense temprano--termina diciendo--. Ustedes nada tienen que
-hacer, y yo por complacerlas no voy á dejar sin misa á los que trabajan.
-
-Hay en el _Franconia_ otro representante del espíritu religioso más
-original y extraordinario. Es un joven de veintiocho años, cuya estatura
-casi alcanza á dos metros. Su cabeza es interesante, con ojos rasgados,
-algo femeninos, y luengas y rizadas melenas. El cuerpo está deformado
-por una obesidad impropia de su juventud. Tiene gran vientre y caderas
-amplísimas; pero á pesar de su desbordamiento adiposo se entrega con
-frecuencia á deportes violentos que agitan su cabellera rizada y una
-gran cruz pendiente sobre su pecho.
-
-Este joven es nada menos que el fundador de una religión, y embarcó en
-San Francisco por tener su sede en Los Ángeles, hermosa ciudad de ricos
-y desocupados, prontos á aceptar todo lo nuevo que les parezca
-interesante.
-
-En este buque, poblado de personas que se acostumbraron desde la escuela
-á respetar todas las creencias, nadie se extraña ni hace objeto de burla
-el viajar con el fundador de una nueva religión. Raro es el año en que
-dejan de surgir varias en los Estados Unidos, y aunque las más
-desaparecen con igual facilidad, algunas sobreviven y adquieren una
-fuerza considerable. El pueblo norteamericano se preocupa como ningún
-otro del problema religioso, tal vez á causa de su curiosidad nativa que
-le hace pensar frecuentemente en el misterio de la muerte y en lo que
-puede encontrarse después de ella.
-
-Al norteamericano no le extraña ninguna doctrina religiosa, y es incapaz
-de burlarse de ella por extravagante que parezca á los demás. Lo único
-que no puede concebir es que se viva sin una religión, sea la que sea;
-lo que no llegará á imitar nunca es la tolerante y sonriente
-incredulidad que tanto abunda en Europa.
-
-Cuando yo comento la exagerada juventud de dicho profeta, varias damas
-me contestan que todos los fundadores de religiones empezaron á propagar
-sus doctrinas antes de los treinta años.
-
-Este Mesías de Los Ángeles ha sido seminarista católico, pero abandonó
-su carrera para intentar la estupenda obra de unir todas las religiones
-en una sola, entresacando lo mejor de cada dogma: algo semejante al
-«esperanto» en la lingüística. El fondo de su doctrina es el
-cristianismo, pero añadiendo la reencarnación del alma, proclamada por
-muchas religiones del Extremo Oriente. Admira á Buda, y hace este viaje
-para ver de cerca el culto búdico, en el Japón y la China, hablando con
-sus principales representantes.
-
-Una mañana da una conferencia en el gran salón sobre Buda y su doctrina,
-y asisten á ella, en lugar preferente, los pastores protestantes y el
-sacerdote católico. Es un espectáculo característico de la vida
-norteamericana que los «latinos», violentos é intolerantes, no podemos
-concebir, y extraña á nuestros ojos cuando lo presenciamos.
-
-A la salida de la conferencia pretendo que el sacerdote católico
-abandone su cortés tolerancia é inicio para conseguirlo algunas críticas
-sobre lo que ha dicho el conferencista. Pero no me sigue, y, muy al
-contrario, contesta con una tranquilidad de hombre respetuoso para las
-creencias ajenas:
-
---Si piensa sinceramente lo que dice, allá él, aunque yo le considere en
-el error. Lo importante es que crea en Dios y en las leyes eternas de la
-moral.
-
-Los pastores protestantes, aunque no saludan al inventor religioso, le
-miran sin animosidad cuando pasa ante ellos llevando sobre su pecho la
-insignia de su alta jerarquía: una cruz de oro con una estrella
-superpuesta de plata y piedras preciosas, joya ritual de gran valor
-ideada por él y que deben haberle regalado sus devotas de Los Ángeles.
-
-Un poco antes de la mitad de nuestra navegación, estando entre Hawai y
-el archipiélago japonés, nos ocurre algo extraordinario que sólo pueden
-conocer los que hayan dado la vuelta al mundo. Todos los pasajeros y
-tripulantes del _Franconia_ perdemos un día de nuestra vida; mejor
-dicho, dejamos de vivir veinticuatro horas de nuestra existencia, que
-caen al mar sin ser utilizadas.
-
-Esto merece una explicación. El lector tal vez recuerde una novela de
-Julio Verne, _La vuelta al mundo en ochenta días_, que hizo las delicias
-de nuestra infancia. El protagonista Phileas Fox, al volver á su casa de
-Londres, cree perdida su apuesta por haber pasado ochenta y un días en
-su viaje alrededor del mundo, cuando el plazo convenido era de ochenta.
-Mas al mirar su almanaque de pared ve que no es jueves, como él creía,
-sino miércoles.
-
-El héroe de esta novela lleva ganado un día sobre los demás hombres
-porque ha hecho el viaje de Occidente á Oriente, al revés que nosotros.
-Los pasajeros del _Franconia_ vamos de Oriente á Occidente, ó sea
-siguiendo el aparente curso del sol. Pero como éste viaja más aprisa que
-nosotros, cada día perdemos una hora.
-
-Ya llevamos perdidas, con arreglo al meridiano inglés de Greenwich, que
-es el que rige la vida del mar, unas doce horas desde que emprendimos
-nuestro viaje, y de continuar así, al haber dado la vuelta entera á la
-tierra, nos ocurriría lo que á Sebastián del Cano y sus compañeros en la
-primera circunnavegación del planeta. Cuando hambrientos y con la nave
-destrozada tocaron estos héroes en las islas de Cabo Verde, vieron con
-asombro que los habitantes del país vivían en un jueves, cuando ellos,
-según el diario de á bordo, estaban todavía en un miércoles.
-
-En igual confusión nos veríamos nosotros, si las leyes modernas que
-regulan la vida marítima no hubiesen establecido una costumbre para
-corregir tal desarreglo. Cuando en las cercanías de Hawai se llega al
-meridiano 180, antípoda del meridiano de Greenwich, si el buque va hacia
-Asia los tripulantes suprimen un día, y si viene hacia América, ó sea en
-dirección contraria, viven un mismo día dos veces.
-
-Por eso yo tengo en mi existencia un día que no he vivido, una semana
-que careció de lunes. El 17 de Diciembre de 1923 fué una realidad para
-todos los habitantes del planeta, menos para los que íbamos en el
-_Franconia_. Saltamos del domingo 16 al martes 18, arrancando de una
-sola vez dos hojas del almanaque.
-
-En verdad pasamos el meridiano 180 el día 16, pero dicha fecha era
-domingo, y está admitida una pequeña superchería geográfica en los
-buques, para que no se perjudique la religiosidad dominical. El domingo
-es el único día de la semana exento de supresión, evitando de tal modo
-que los navegantes se vean privados de servicio religioso.
-
-Al principio no se pensó en esto, y según cuentan las gentes de mar, tal
-omisión dió motivo á incidentes graciosos. A veces iba en el buque algún
-reverendo misionero que preparaba cuidadosamente un sermón para el
-próximo domingo, con el noble propósito de convertir á muchos pecadores
-y pecadoras, compañeros suyos de viaje. Y al levantarse en la mañana de
-dicha fecha, se enteraba con asombro de que no había domingo, por haber
-saltado todos, tripulantes y pasajeros, de un sábado á un lunes, y tenía
-que guardarse su sermón.
-
-Según nos aproximamos á las costas japonesas va enfriándose la
-temperatura y se agranda en mi interior una inquietud que viene
-acompañándome desde Europa.
-
-Hace cuatro meses, á fines de Agosto, estando en mi casa de Mentón,
-recibí una carta suscrita por dos profesores japoneses que han traducido
-algunas de mis novelas. Se habían enterado de mi próximo viaje y me
-anunciaban, con su fina cortesía nipona, un cariñoso recibimiento y
-varias fiestas en mi honor, cuando llegase á su país.
-
-Seis días después, el 1.° de Septiembre, circuló por el mundo la noticia
-del gran temblor de tierra que ha destruído completamente á Yokohama y
-quebrantado á Tokío y otras ciudades japonesas. Nunca en los siglos
-conocidos de la historia humana ocurrió una catástrofe tan enorme y que
-causase tantas víctimas.
-
-Marcho hacia el Japón sin haber recibido noticia alguna de allá, después
-del cataclismo. Por la noche miro ansiosamente hacia el punto del
-horizonte donde creo que están ocultas las islas japonesas.
-
-¿Vivirán aún Hirosada Nagata, Shiduo Kasai y otros traductores míos?...
-¿Encontraré á mis amigos japoneses en el muelle destruído de Yokohama, ó
-saldrá á recibirme la noticia de su muerte?...
-
-
-
-
-XIV
-
-LOS RESTOS DEL CATACLISMO
-
- Después de diez días de soledad oceánica.--Aparición matinal del
- Fuji.--Los marinos de la bahía de Tokío.--Carabelas con motor.--La
- antinomia japonesa.--Enorme destrucción de Yokohama.--La ciudad
- como fué y como la vemos.--Llegada de mis amigos.--La «koruma» y el
- caballo humano.--El engaño de la noche en Yokohama.--Vamos en busca
- del verdadero Japón.
-
-
-Al cerrar la noche, un buque pasa por la línea del horizonte, y esto es
-para nuestros ojos un suceso extraordinario. Llevamos diez días de
-navegación, sin que nada altere la monotonía del mar. Este paquebote, de
-una Compañía que hace el servicio entre el Japón y Canadá, representa
-para nosotros una certidumbre de que la humanidad no ha dejado de
-existir. Es la vida de nuestra especie, la historia humana, que vienen
-otra vez á tomarnos.
-
-Todos sentimos un deseo vehemente de pisar tierra. Muchos no pueden
-ocultar su alegría al darse cuenta de que sólo nos separan del Japón
-unas cuantas horas nocturnas y al amanecer veremos la línea dentellada
-de sus costas, en vez de la horizontalidad azul del Pacífico. Los más se
-levantan con las primeras luces del día y suben á las cubiertas,
-arrebujados en abrigos de invierno que tuvieron que buscar
-apresuradamente. El cambio de temperatura ha sido casi instantáneo. El
-frío parece influir en el aspecto del mar. Se entenebrece el espacio
-con una bruma que es en realidad polvo acuático arrancado á las olas por
-el viento. Al salir el sol se forma delante del buque un gran arco iris,
-que por sus colores recuerda la pintura de los artistas japoneses.
-
-Huyen de tierra las olas para perderse en las soledades del Pacífico.
-Vienen al encuentro de nuestro buque y se alejan hacia la inmensidad
-oceánica. Todas ellas, al recibir de frente los rayos casi horizontales
-de un sol todavía bajo, brillan como si fuesen de oro en su parte
-cóncava, mientras la convexidad de su lomo es de un verde obscuro y
-tempestuoso.
-
-Un grito de curiosidad y admiración circula de pronto por las cubiertas,
-saludando un descubrimiento. Acaban de rasgarse y disolverse los vapores
-del horizonte, el cielo queda limpio, y á enorme altura vemos una
-especie de nube sonrosada y triangular que refleja la luz del sol. Todos
-la reconocemos. Es el célebre Fuji-Yama (Monte Fuji), el volcán
-desmochado y con eterna esclavina de nieve que aparece en tantas
-estampas y tantos biombos y abanicos japoneses, como resumen de las
-bellezas de la tierra nipona.
-
-No conozco montaña que dé una sensación de abrumadora enormidad como
-este volcán, situado en el país de la pequeñez graciosa, de las casitas
-que parecen juguetes, de los paisajes creados para muñecas. Muchas cimas
-famosas de los Andes y del Himalaya no despiertan la misma admiración,
-por estar rodeadas de una escalinata descendente de montañas secundarias
-que disimulan su altitud. El Fuji no tiene á su alrededor nada que le
-encubra. Corta el horizonte con los perfiles completos de sus laderas,
-desde la base hasta el cono truncado de su cumbre, en otro tiempo
-puntiaguda y ahora horizontal, por haber volado parte de su cráter una
-remotísima erupción. Las montañas que le rodean y las costas inmediatas
-nos parecen muy bajas. El gigante vive en un aislamiento orgulloso,
-acaparando la mayor parte del horizonte, envuelto en su manteleta de
-nieves, que se acorta ó crece según las estaciones del año,
-prolongándose en onduladas franjas.
-
-Entramos en la dilatada bahía de Tokío donde está Yokohama. Este mar
-interior tiene en lo más profundo de su curva la capital del Japón; pero
-como las aguas cerca de Tokío carecen de la profundidad necesaria para
-los buques modernos, los japoneses establecieron, diez y ocho millas más
-al Oeste, en una pobre aldea de pescadores llamada Yokohama, un puerto
-que fué poco después uno de los núcleos del comercio del mundo, al
-abrirse el país á la vida internacional.
-
-Esta bahía tiene á un lado Tokío, en el centro Yokohama, y al Oeste,
-fuera de su boca, la derruída ciudad de Kamakura. Hace siglos figuró
-como capital del Imperio. Ahora, Kamakura sólo interesa por sus viejos
-templos, perdidos entre la vegetación de bosques y jardines. Éstos
-cubren á su vez un suelo que fué el de antiguas plazas y avenidas.
-Detrás de Kamakura se alza la mole del monte Fuji á más de 4.000 metros
-sobre el nivel del mar, tocado con su caperuza de escamas de nieve, que
-los poetas del país comparan á los pétalos de la flor del loto.
-
-Vemos unos islotes pequeños, casi á flor de agua, semejantes al
-caparazón redondo de las tortugas. Todos ellos están fortificados con
-baterías de cúpula. Nuestro paquebote navega lentamente entre enjambres
-de barcos menores. Sale á nuestro encuentro, por primera vez, la
-pintoresca antinomia, la contradicción original y violenta que nos
-acompañará siempre en este país. Es la mezcla del pasado y el presente,
-de una tradición orgullosa que no quiere morir, considerándose superior
-á todo lo extranjero, y de un afán habilidoso por apropiarse é imitar lo
-que ha producido y puede producir en lo futuro ese mismo extranjero tan
-despreciado.
-
-Las más de las embarcaciones son buques veleros de forma arcaica, con la
-popa alta y la proa baja, lo mismo que las antiguas carabelas. Algunas
-hasta conservan el velamen de piezas superpuestas y plegables, como las
-persianas ó los abanicos, igual que se ve en las estampas japonesas. Sus
-tripulantes van vestidos con un kimono obscuro y llevan el pelo recogido
-sobre el cogote, á estilo mujeril. Otros usan sombrero en forma de
-sombrilla, chaqueta corta de mangas perdidas, y llevan las piernas
-desnudas, con un simple pañizuelo entre ellas que los sirve de
-calzoncillo. Pero toda esta marina de otros siglos ha colocado en sus
-barcas de pesca ó de cabotaje motores de petróleo, que suplen las
-ausencias del viento. En algunos vaporcitos blancos, de reciente
-construcción, el capitán, erguido en el puente y con el kimono batido
-por el viento, parece escapado de una lámina de las antiguas historias
-de piratas.
-
-Pasamos junto al arsenal de Yokohama. Eclipsando en parte las techumbres
-de los astilleros, ocho grandes acorazados lanzan el humo de sus
-chimeneas, y otra vez sentimos extrañeza al pensar que estas formidables
-máquinas de guerra, copiadas de los países occidentales y que
-consiguieron muchas veces la victoria, pertenecen á estos hombres que al
-verse solos en sus casas ó en sus buques se visten como se vestían sus
-ascendientes hace siglos, imitando todos los gestos de su vida remota.
-
-El cielo es azul y ha quedado limpio de nubes, brilla el sol, pero según
-nos aproximamos á la costa aumenta la frialdad de un viento que parece
-su respiración. Estamos á fines de Diciembre y nos hemos alejado de
-nuestro océano tropical. Además, el frío es siempre más intenso en la
-tierra que en el mar.
-
-Flotan sobre las aguas verdes y amarillentas de la bahía anchas fajas
-blancas, que parecen espumas de ola cristalizadas y fijas. Son grupos de
-gaviotas encarnizándose en bancos invisibles de peces. La gran cantidad
-de barcas pescadoras que pasan junto á nosotros, izando sus velas de
-persiana ó de lienzo blanco á rayas negras, revelan la fauna abundante
-de este mar interior.
-
-Grupos de vapores anclados forman islas de mástiles y chimeneas. Nos
-deslizamos por las tortuosas avenidas que deja libres este
-amontonamiento de buques inmóviles. Entre los barrios flotantes van y
-vienen otros barcos más pequeños, que se pegan á sus costados para
-recibir sus cargamentos ó suministrarles agua y carbón.
-
-Al dejar atrás esta ciudad flotante que cabecea sobre sus áncoras
-descubrimos Yokohama de un extremo á otro, sin que nada nos impida
-apreciar de golpe el aspecto de su desolación inmensa.
-
-Yo he visto Reims después de varios meses de bombardeo; he visitado
-durante la última guerra poblaciones destruídas sistemáticamente por la
-invasión alemana; pero el horror de esta ciudad enorme sacudida en sus
-cimientos por los temblores del suelo y consumida luego por las llamas
-es mucho más impresionante y doloroso. El hombre, á pesar de sus
-maldades científicas, no puede realizar en años la labor destructiva que
-una naturaleza inconsciente obra en el transcurso de unos minutos.
-
-Vemos filas interminables de almacenes y fábricas que sostuvieron hace
-cuatro meses una techumbre y ahora no son mas que tapias de corral
-derruídas. No hay nada que corte el horizonte verticalmente, ni una
-torre, ni una casa de dos pisos. Todo está por el suelo. Ninguna obra
-se atreve á ir más allá de la estatura humana. Algunos muros chamuscados
-por el incendio, que parecen simples cercas, los van señalando los
-viajeros que conocieron Yokohama antes del terremoto. Allí estaban los
-grandes Bancos, los almacenes de múltiples pisos á imitación de los de
-Nuera York, varios hoteles iguales por sus comodidades á los «Palaces»
-más famosos.
-
-Yokohama tenía su Gran Hotel, construcción altísima que era un motivo de
-orgullo para la ciudad. Los que presenciaron el cataclismo se valen
-siempre de la misma imagen para describir su destrucción. Desapareció
-como los helados en forma de pirámide que se sirven á los postres de una
-comida y son cortados en rodajas por el cuchillo de los comensales. Al
-sacudirlo el estremecimiento telúrico, un cuchillo invisible lo fué
-partiendo en pedazos, y éstos cayeron uno sobre otro, llevando cada cual
-en las celdillas de su interior una agitación de pobres insectos humanos
-aullando de miedo ó enmudecidos por el espanto.
-
-Los que conocieron el Yokohama de hace cuatro meses recuerdan los
-esplendores de sus grandes calles, embellecidas por el comercio. Aquí
-estaban las mejores tiendas del Japón, joyerías, depósitos de perlas, de
-sedas, de alhajas. Además, por ser puerto terminal de las grandes líneas
-de navegación, algunos de sus barrios tenían la alegría ruidosa y
-pintoresca que gozaron siempre los lugares marítimos famosos, desde la
-más remota antigüedad. Había calles enteras de teatros, de
-cinematógrafos, de casas de té, abundantes en bailarinas y cantoras, y
-de otros establecimientos con mujeres pintadas vistiendo kimonos
-floridos y esperando en la puerta el momento de la servidumbre sexual,
-con la tranquilidad propia de un país que, hasta hace pocos años,
-consideró la prostitución industria útil, sin deshonra para las
-familias de las hembras que la ejerciesen.
-
-Europeos y americanos establecidos en Yokohama habían cubierto sus
-alrededores de graciosas casitas con jardín. Sobre las colinas había
-numerosos templos budistas y sintoístas, venerables y tranquilos como
-los de Kamakura. El pueblo japonés, gustoso de vivir entre flores,
-improvisaba minúsculos jardines en todos los rincones de tierra
-encontrados á su alcance, por pequeños que fuesen. Muchachas del país,
-_musmés_ frágiles como muñecas, con peinado enorme y un lazo en forma de
-almohadilla á continuación de la espalda, sonreían al transeunte,
-cantando con suave voz de gatita á las puertas de sus casas de juguete,
-mientras tañían una diminuta guitarra de largo mástil... Y todas las
-prosperidades y riquezas de un comercio enorme, todas las flores,
-sonrisas y cánticos de una vida dulce, quedaron suprimidos en menos de
-media hora.
-
-Ardió casi instantáneamente la ciudad por el centro, por todos sus
-extremos. Un ciclón trasladó las llamas á enormes distancias sobre esta
-aglomeración de barrios formados con edificios de madera y papel. Las
-grandes construcciones de cemento y metal, partidas por el temblor,
-cayeron igualmente en el brasero. Se inflamaron en inmensa llamarada los
-gigantescos depósitos de gas y de petróleo. Algunos buques brillaron en
-pleno día como antorchas movibles, huyendo á toda máquina de su contacto
-mortal los otros que habían conseguido librarse de las llamas. Cegadas
-por el fuego, ennegrecidas por el humo, se arrojaron á miles las gentes
-en el mar, pidiendo socorro á las lanchas repletas y hundidas casi hasta
-sus bordas, que iban de un lado á otro, no pudiendo recoger tantos
-fugitivos.
-
-Los que vieron Yokohama en otro tiempo y contemplan ahora sus ruinas
-desde el buque, dicen todos lo mismo:
-
---Ha sido más horrible que lo imaginábamos...
-
-El gobierno japonés, procediendo de un modo opuesto á los gobiernos
-occidentales, tuvo empeño en ocultar desde el primer momento la magnitud
-de la catástrofe. Ha preferido remediar por sí mismo su desgracia, antes
-que inspirar á los otros pueblos una compasión molesta para su orgullo.
-
-Varias lanchas de vapor se pegan á nuestro buque y un grupo numeroso de
-japoneses me busca por las diversas cubiertas. Los más de ellos son
-periodistas, preguntones y ágiles, venidos de Tokío, y que se valen de
-la máquina fotográfica lo mismo que un reportero norteamericano. Con
-ellos llegan varios profesores de la Universidad que se dedican á la
-enseñanza de las lenguas europeas, y entre los cuales figuran mis
-traductores.
-
-Ninguno de ellos ha muerto. Como la gran catástrofe ocurrió el 1.° de
-Septiembre, época en que se ven más frecuentadas las playas de moda y
-las estaciones balnearias de la montaña, las gentes de cierta posición
-social libraron sus vidas. El pueblo, retenido en las ciudades de la
-costa por su trabajo, y los comerciantes modestos, sufrieron la mayor
-mortandad.
-
-Todos mis amigos son japoneses, pero hablan fácilmente el español. Unos
-lo han estudiado sin salir del país; otros estuvieron en Filipinas ó
-vivieron largas temporadas en las Repúblicas sudamericanas del Pacífico.
-Llegan con ellos dos europeos: don José Muñoz, profesor de lengua y
-literatura españolas en la Universidad de Tokío, y un joven portugués
-muy inteligente, llamado Pinto, que enseña á los estudiantes japoneses
-la lengua y la literatura de su país.
-
-Es al bajar á tierra cuando me doy cuenta de la inmensidad de la
-catástrofe. Los antiguos muelles sólo existen á trechos. El temblor los
-hizo pedazos. Unos fragmentos rodaron al fondo de las aguas; otros han
-quedado aislados, y hay que ir pasando con lentitud por varios puentes
-de madera á lo largo de estos islotes informes de mampostería.
-
-Vemos á través del verde cristal oceánico las moles sumergidas del
-muelle, y entre sus masas hierros retorcidos, ruedas de automóviles,
-pedazos de camión y de grúa, materias aplastadas y multicolores, de
-diversas formas, que se van unificando bajo la capa vegetal creada por
-las aguas. Los japoneses, con sus ojos impasibles, su eterna sonrisa y
-su voz dulce que parece dar una sencillez infantil á las palabras más
-graves, me explican la escena horripilante que se desarrolló en este
-muelle.
-
-Ocurrió el temblor en el momento que iba á partir un gran paquebote para
-la América del Sur. Eran numerosos los viajeros importantes, y había
-acudido mucha gente á despedirlos. El muelle estaba cubierto de
-automóviles. Muchas personas huyeron sin saber lo que hacían; otras se
-refugiaron en los buques. Los que se quedaron en los muelles, creyendo
-estar más seguros, perecieron todos.
-
-Mis amigos me señalan en el fondo del agua objetos informes que oprimen
-con su peso los bloques rotos del muelle, y asoman por sus costados.
-Allí están centenares y centenares de cadáveres. La tenacidad con que
-las bandas de peces, grandes y chicos, acuden á estos restos de la
-catástrofe revela la existencia de un enorme pudridero humano.
-
-Nadie puede pensar por el momento en poner remedio á tal abandono. El
-cataclismo ha ido más allá de las fuerzas del hombre. En las calles de
-Yokohama y de Tokío hubo que amontonar los cadáveres á miles y rociarlos
-con petróleo para que el fuego los consumiese, sin aguardar á
-identificaciones. Bien se hallan estos otros en su tumba marítima.
-
---Además, la tierra sigue temblando con alguna frecuencia--me dice uno
-de los periodistas--, y ¡quién sabe cuándo llegará la verdadera hora de
-proceder á la reconstitución de lo destruído!...
-
-Estas palabras de mi acompañante las recordé pocas semanas después,
-estando en China. La tierra volvió á temblar en Yokohama, así como el
-fondo de su bahía. Yo pude aún pasar sobre los restos del antiguo
-muelle, partido en islotes que estaban unidos por puentes de tablas.
-Poco después, un nuevo temblor hizo que el mar se tragase completamente
-este muelle que pisé al desembarcar.
-
-Corremos las calles de la ciudad montados en _koruma_. El lector sabe
-indudablemente lo que es este vehículo, cochecito de un solo asiento,
-con ruedas muy altas y ligeras, del que tira un hombre uncido á sus
-varas.
-
-Por primera vez uso este medio de locomoción, venciendo la repugnancia
-que nos inspira á los occidentales. Pero en todos los países asiáticos
-es el más usual, y casi siempre sustituye el hombre á los cuadrúpedos en
-sus sistemas de tracción. Resulta más barato y más abundante que el
-caballo ó el buey. Al principio siento remordimiento viéndome llevado
-por un semejante mío que trota como una bestia. Poco á poco me
-acostumbro al nuevo medio de circulación, como les ocurre á todos los
-occidentales, y al final le encuentro ciertas ventajas. Es agradable ir
-de un lado á otro con un caballo inteligente al que puedo hablar, y que
-algunas veces, dejando sobre el borde de la acera las varas ligeras de
-su vehículo, entra conmigo en templos y almacenes, sirviéndome de guía
-é intérprete.
-
-En Yokohama hay que valerse de la _koruma_, por ser más cómoda que el
-automóvil. Las calles están todavía rajadas por grietas profundas y con
-montones enormes de escombros. En algunos sitios se ha abierto el suelo
-en profundos embudos, como si hubiesen estallado sobre él grandes
-obuses. Las ondulaciones telúricas dejaron hondos rastros de sus
-inexplicables caprichos. Hay calles en que se abrió la tierra, y después
-de tragar á la muchedumbre fugitiva volvió á cerrarse como un escotillón
-de teatro, sin dejar señal alguna de su humano devoramiento. Más allá se
-partió solamente en grietas; pero al cerrarse éstas, sujetaron, como
-trampas para cazar lobos, las piernas humanas; y las víctimas retenidas
-por la sorda tenaza vieron llegar hasta ellas el incendio, ardiendo como
-cirios.
-
-Pero la vida es más fuerte que las cóleras de la Naturaleza. El instinto
-de conservación la hace renacer, como las vegetaciones que se extienden
-sobre los escombros de los cataclismos.
-
-Una muchedumbre enorme ha vuelto á instalarse en la ciudad desaparecida,
-acampando entre las ruinas de sus casas. Si el gobierno diese permiso
-para reconstruirlas, estarían terminadas hace ya tiempo, pues la casa
-japonesa, toda de madera y tabiques de papel, es fácil de improvisar.
-Además, el japonés, hábil de manos y con gran espíritu práctico, no
-pierde el tiempo en lamentaciones y procura rehacer lo antes posible el
-curso normal de su existencia. Hay que recordar cómo dos días después de
-la gran catástrofe los Bancos de Tokío volvieron á abrir sus oficinas y
-el comercio continuó sus negocios. Pero el gobierno está estudiando un
-nuevo sistema de construcción, con el propósito de impedir que el
-incendio siga á los temblores; y mientras no autorice la edificación
-definitiva, las gentes viven en barracas de paja y tiendas de lona.
-
-Como Yokohama conserva su vecindario de antes, aunque considerablemente
-disminuído por la catástrofe, la mayor parte de los servicios públicos
-han sido reanudados con una prontitud que tiene algo de cómica, á pesar
-de la tristeza del ambiente. No hay casas, pero hay personas; y para
-comodidad de éstas se ha restablecido por completo el alumbrado de las
-calles y el servicio de tranvías.
-
-Sobre las grietas enormes que parten el suelo pasan rieles sostenidos
-por caballetes de madera. Entre los montones de escombros que guardan
-aún restos humanos se yerguen troncos de pino sostenedores de cables
-eléctricos y de lámparas.
-
-Al volver á la ciudad en plena noche, después de vagar por sus
-alrededores, se imagina uno que el relato de la catástrofe, repetido por
-todos, es una mentira colectiva. El cielo está intensamente rojo, pero
-tal resplandor no es de incendio, sino el simple reflejo de los miles y
-miles de luces de la gran ciudad, que todas las noches, al quedar bajo
-las sombras, parece no haber sufrido ninguna destrucción. Desde las
-alturas inmediatas se la adivina tal como fué por el trazado de las
-luces, que marcan la amplitud de sus grandes avenidas, así como las
-fajas más modestas de sus calles laterales. Las filas entrecruzadas de
-puntos brillantes hacen creer en la existencia de una gran urbe sobre un
-suelo que en realidad sólo mantiene ruinas.
-
-A la media hora de pasear en _koruma_ por Yokohama me siento tristemente
-aburrido. Estamos en un cementerio lleno de gentes; pero un cementerio
-sin panteones y sin vegetación, de paredes chamuscadas, montones de
-cascote y anchas zanjas con agua putrefacta.
-
-Los hombres que trabajan en las calles, aunque son japoneses, tienen un
-aspecto casi occidental. Llevan gorras y pantalones azules, iguales á
-los que usan los jornaleros de Europa; hasta emplean para el manejo de
-sus herramientas guantes de mosquetero, como los trabajadores de Nueva
-York. Las familias acampadas van vestidas igualmente, con una mezcolanza
-de prendas del país y europeas. No se ve el Japón por ninguna parte.
-
-Al frente de nuestro grupo va un profesor llamado Kanazawa, que ha sido
-comisionado por el Ministerio de Negocios Extranjeros para guiarme y
-acompañarme mientras esté en el Japón. Este señor, que conoce su país
-como muy pocos, es autor de un Diccionario japonés-español, y ha vivido
-en Chile, Perú y otros países americanos de lengua española. Muestra una
-inteligencia muy ágil, y su cortesía resulta extraordinaria aun en este
-país donde los hombres pueden ser considerados como los más corteses de
-la tierra.
-
-Adivina sin duda en mis ojos la decepción y el tedio al repetir nuestros
-paseos por esta tierra de ruinas, cuando ya se ha extinguido el interés
-que inspiran las primeras impresiones de horror. Comprende que ha
-llegado el momento de hacerme ver el Japón, y después de procurarse un
-automóvil--lo que no es fácil en una ciudad cubierta de escombros--, da
-sus órdenes al conductor:
-
---Vamos á Kamakura.
-
-
-
-
-XV
-
-LA DULCE ESFINGE DE KAMAKURA
-
- Origen divino del pueblo japonés.--La vanidosa hermosura de la
- diosa del Sol y las barbaridades de su hermano y esposo.--El Espejo
- y el Sable.--Una dinastía de 2.600 años.--El feudalismo
- japonés.--Los daimios y sus fieles samurais.--La corte de Kioto la
- Santa.--Los «Generalísimos» de Kamakura.--Kio-To y To-Kio.--El
- Camino de Kamakura.--Ante la imagen del Gran Buda.--La diosa de la
- Misericordia.--Un gigante divino de bronce sumido en la noche.--Lo
- que dice la sonrisa de la Esfinge dulce.
-
-
-El pueblo japonés es de origen divino. De ahí su orgullo inmutable, que
-data de veinticinco siglos.
-
-Los principios de su mitología resultan obscuros y complicados. Vagan en
-su limbo muchos dioses de historia y atribuciones inciertas. Los
-primeros conocidos son Izanagui y su esposa Izanami. Este matrimonio de
-dioses era tan inocente que ignoraba el amor, y fueron dos pájaros los
-que se lo enseñaron. Por eso los representa la imaginería japonesa
-contemplando atentos la lección de la pareja alada.
-
-El resultado de sus amores fué unas veces geográfico y otras carnal. La
-divina Izanami dió á luz varios dioses; pero también surgieron de sus
-entrañas las ocho islas grandes del Japón con su cortejo de numerosas
-islitas.
-
-Al arrojar al mundo el dios del Fuego, murió á consecuencia de este
-parto ígneo, y su marido quiso recobrarla penetrando en el reino de los
-muertos, como Orfeo, el divino cantor, fué en busca de su difunta
-Eurídice. Después de numerosos combates para abrirse paso, el valeroso
-Izanagui rescató á su esposa; pero al abrazarla lo hizo con tanto
-entusiasmo, que rompió uno de los dientes de su peineta, y la majestuosa
-diosa se transformó en un amasijo de carnes putrefactas, cayendo al
-suelo. Para purificarse de tal contacto el viudo se bañó en un torrente,
-y de cada una de las piezas de su vestidura, abandonada en la orilla,
-fué surgiendo un dios. Además, de su ojo izquierdo nació Amatérasu, la
-diosa del Sol; de su ojo derecho, el dios de la Luna, y de su nariz,
-Susanoo, el Hércules de la mitología japonesa, más violento aún que éste
-en sus hazañas guerreras y sus acometividades amorosas.
-
-Del acoplamiento de la hermosa Amatérasu y del agresivo Susanoo
-descienden los actuales emperadores del Japón. Como estos dioses eran
-hermanos, resulta extremadamente inmoral para los occidentales el origen
-divino de los soberanos japoneses; pero bueno es recordar que en los
-primeros tiempos de la creación, explicados por los libros santos del
-cristianismo y por los de otras religiones antiguas de Europa, existe
-igualmente el incesto. Los hijos de Adán, para perpetuar la especie,
-tuvieron que unirse con sus hermanas, las hijas de Eva. Los dioses
-escandinavos aparecen igualmente en los poemas, aprovechados
-musicalmente por Wágner, dando vida á hijos é hijas, que se ayuntan para
-crear los primeros hombres.
-
-Los amores y las rencillas de la diosa del Sol con su hermano el
-Hércules japonés ocupan gran parte de la mitología nipona. Susanoo era
-de carácter tan violento, que al disputar una vez con su hermana arrojó
-un caballo muerto sobre el telar en que tejía ésta, rompiendo su labor,
-Amatérasu, ofendida, fué á ocultarse en una gruta, y el mundo de los
-dioses quedó consternado por esta fuga, que privaba á la tierra de su
-luz solar. Pero uno de ellos, que sin duda representaba la Astucia y era
-experto conocedor de la vanidad femenina, llevó á una diosa subalterna
-de gran belleza frente á la entrada de dicha gruta, tapada con enormes
-piedras.
-
-Todos los dioses formaron una orquesta con coros, y al son de la música
-y los cánticos la diosa empezó á danzar. A cada vuelta hacía caer una
-prenda de su vestido, y el coro de dioses elogiaba con entusiasmo el
-esplendor de las formas desnudas que iban apareciendo paulatinamente al
-desprenderse los velos.
-
-Amatérasu, que escuchaba oculta tales alabanzas, se sintió celosa al
-enterarse de que existía una mujer más hermosa que ella, y fué separando
-poco á poco las piedras de la entrada para ver si realmente merecía la
-otra tales homenajes. El astuto dios, que esperaba este momento, agarró
-las piedras entreabiertas y las echó abajo, tirando de Amatérasu hasta
-ponerla frente á la deidad desnuda. En el primer instante tuvo que
-reconocer con cierto dolor la belleza de su rival. Luego le dieron un
-espejo de mano para que se contemplase, y recobró su tranquilidad al
-convencerse de que era más hermosa que la otra. Esto la puso de buen
-humor, y accedió á desistir de su aislamiento, volviendo otra vez á
-iluminar el mundo.
-
-Susanoo fué expulsado del cielo para que no molestase más á su hermana,
-y recibió el imperio de los mares, matando en ellos un dragón de ocho
-cabezas y otras bestias maléficas con un sable encantado. Un nieto de
-Susanoo y Amatérasu fué el primer Mikado ó emperador del Japón que
-registra la Historia, llamado Jimmuteno. De él descienden en línea
-directa los soberanos del pueblo japonés que han venido sucediéndose en
-el trono durante 2.600 años.
-
-Las dinastías reales de Europa se consideran antiquísimas al poseer una
-historia de unos cuantos cientos de años, y no son mas que familias de
-advenedizos comparadas con la lista cronológica del Mikado, que ocupa
-sin ninguna interrupción veintiséis siglos. Además, todos los monarcas
-tienen un origen puramente humano. El fundador de una familia real es
-siempre algún aventurero heroico ó un político astuto y de suerte.
-Únicamente descienden de dioses los emperadores del Japón. Su primer
-antepasado tuvo por abuelos á la diosa del Sol y al dios del Valor.
-
-Se comprende la veneración inconmovible, la fe sólida, más allá de todo
-raciocinio, que el pueblo japonés ha sentido durante miles de años por
-sus emperadores. Esta adhesión aún persiste en los soldados, en los
-campesinos, en todas las clases sociales que no han sido influenciadas
-por la crítica y la duda que aportaron á su país el progreso material y
-las ciencias de los pueblos occidentales. La devoción del japonés por el
-Mikado puede compararse, como dice Brieux, á la que habría sentido hasta
-hace poco cualquier pueblo de Europa cuyos reyes fuesen descendientes
-directos de Jesucristo.
-
-Los emblemas del emperador japonés son un espejo de mano, un sable y una
-joya. El espejo de mano es el mismo que los dioses entregaron á
-Amatérasu para que contemplase su belleza.
-
-Cuando la diosa regaló á su nieto Jimmuteno las islas del Japón,
-nombrándole para siempre emperador de ellas, le entregó los tres Tesoros
-Sagrados: el Espejo, el Sable y la Joya, diciéndole que éstos eran los
-signos de su dignidad soberana y debía transmitirlos á sus
-descendientes. «Tú y los hijos de tus hijos consideraréis este Espejo
-como si fuese mi propia persona.»
-
-El Espejo Sagrado y el Sable Sagrado vienen existiendo desde entonces, y
-cada vez que se proclama un nuevo emperador, la ceremonia más
-interesante de la entronización es el viaje del monarca á un templo
-antiguo de Isé, donde están ambos objetos. Ni el mismo emperador logra
-conocerlos. Queda á solas con ellos, pero no los ve ni los toca. Hace
-muchos siglos que fueron envueltos en telas de seda, y cada vez que
-éstas envejecen, los sacerdotes añaden por encima otras nuevas, siendo
-después de tantas renovaciones unos paquetes informes de tejidos, cuyo
-contenido hay que imaginarse con ayuda de la fe.
-
-No adoran en realidad los japoneses á sus antiguos dioses por su poder
-omnipotente, como lo hacen otros pueblos. Los veneran porque fueron los
-creadores del Japón, y este origen divino del país es un motivo de
-orgullo para todos ellos. Al deificar de este modo á su patria, se
-adoran á sí mismos.
-
-Ha acabado el pueblo por ver en el espejo y el sable dos símbolos de la
-eternidad de la vida, incesantemente renovada. La forma de los dos
-objetos, uno oval y otro prolongado, ha hecho que se les considere como
-emblemas, femenino y masculino, de la procreación. Hasta hace poco
-tiempo, en las romerías al templo de Isé, los vendedores de objetos
-devotos ofrecían espejitos y sables que imitaban los órganos de la
-sexualidad. No hay que olvidar que muchas hazañas del hermano de
-Amatérasu fueron simplemente empresas voluptuosas, dignas de asombro por
-su repetición, y que su nombre de Susanoo significa el «Macho
-Impetuoso».
-
-En los 2.600 años de la historia del Mikado no hay un solo
-destronamiento. La autoridad de los emperadores disminuye ó aumenta
-según las revueltas intestinas y las coaliciones de sus feudatarios,
-pero siempre la persona del Mikado es respetada como algo sacro, aunque
-se la deje en transitorio olvido. La capital más antigua del país fué
-Osaka, ciudad que figura ahora como el centro más rico y laborioso de la
-industria japonesa. Pero el Mikado, al vivir en ella, estaba bajo la
-influencia de los daimios, señores feudales, dueños de las ricas tierras
-de arroz, que vivían encerrados en sus castillos con tropas de fieles
-samurais.
-
-Esta Edad Media feudal ha durado casi hasta nuestros días, pues fué en
-1870 cuando el penúltimo emperador, al reformar enteramente el país,
-acabó con ella.
-
-Los samurais eran hidalgos pobres y belicosos que servían á las órdenes
-de los opulentos daimios. Tenían por emblema la flor del cerezo,
-«hermosa y de corta duración». Deseaban una vida abundante en gloria y
-voluptuosidades, pero breve. Los valientes no deben vivir mucho. Todos
-habían hecho pacto con la muerte y consideraban la vejez como una
-decadencia vergonzosa.
-
-En tiempo de paz viajaban por el Japón buscando combates. Cuando llegaba
-á sus oídos la fama de algún samurai valeroso, residente en otra
-provincia, iban á su encuentro para proponerle un duelo á muerte. Si
-creían haber perdido la estima de su señor ó de sus camaradas, se abrían
-el vientre en presencia de ellos, rogando al amigo más íntimo que
-hiciese volar su cabeza al mismo tiempo con un golpe de uno de los dos
-sables que todos ellos llevaban en la cintura. Esta ceremonia mortal era
-el famoso _Hara-Kiri_.
-
-Hay que imaginarse las guerras civiles, las batallas desordenadas,
-ruidosas y confusas que libraron los daimios entre ellos, durante siglos
-y siglos, acaudillando sus tropas de samurais. Todos los caprichos
-diabólicos de un artista delirante los realizaron estos guerreros en el
-adorno defensivo de sus personas. Se cubrían con armaduras de láminas
-superpuestas, negras ó de reflejos verdes y azules, como los coseletes
-de los insectos. Llevaban en la cabeza yelmos rematados por cuernos y
-sobre el rostro máscaras de acero que eran una reproducción del hocico
-del tigre ó de la hiena. Otras veces, estos antifaces metálicos,
-adornados con bigotes, imitaban el rictus espantable de los demonios.
-
-Guerreros de brazos cortos, pero extremadamente vigorosos, inferían al
-reñir heridas enormes. Sus armas de acero hábilmente templado tenían á
-la vez el filo de una navaja de afeitar y el peso de una maza, separando
-de un solo golpe la cabeza de los hombros, el brazo ó la pierna de su
-tronco correspondiente. Sus encuentros eran choques en desorden, avances
-impetuosos de jinetes y arqueros, iguales á las invasiones de langostas,
-arrasando completamente las tierras del enemigo.
-
-Los daimios, no obstante su orgullo, jamás osaron suplantar al
-emperador, por ser éste de origen divino, pero con frecuencia
-pretendieron imponerle su voluntad. El Mikado, para librarse de tal
-influencia, abandonó Osaka, y el Japón tuvo una segunda capital, que fué
-Kioto.
-
-Aquí empezó el mayor eclipse de su historia. Para defenderse del
-feudalismo absorbente de los daimios escogió á uno de ellos,
-confiriéndole el poder ejecutivo y conservando únicamente su majestad
-histórica. Esta especie de ministro universal tomó el titulo de
-Shogun, que quiere decir «Generalísimo». Él aceptaba todas las
-responsabilidades, incluso la de los desastres, y de este modo el
-principio divino del Mikado quedaba fuera de toda discusión.
-
-El Shogunato, que empezó en el siglo XII y tuvo su apogeo en el XVI, ha
-durado hasta nuestra época, pues fué destruído en 1868. El Mikado no
-tuvo que preocuparse en su nueva residencia mas que de los asuntos
-religiosos, y entonces fué cuando la segunda capital japonesa tomó su
-carácter teocrático y vió levantarse en su recinto los templos más
-grandes, recibiendo el nombre de Kioto la Santa.
-
-Rodeado de una corte numerosa, acabó el emperador por preocuparse
-únicamente de las intrigas de su palacio y de su harén. Los soberanos,
-además de la emperatriz y de doce esposas secundarias, tenían un número
-infinito de concubinas. Sus aduladores palaciegos los convencieron de
-que no debían mostrarse nunca en público, por ser personajes de origen
-divino. En nuestra época, el innovador Mutsu-Hito fué el primer Mikado
-que se dejó ver por sus súbditos; pero aun actualmente sólo muy de tarde
-en tarde pueden los japoneses contemplar de cerca á su monarca.
-
-El antiguo palacio imperial de Kioto acabó por ser una ciudad dentro de
-la ciudad. Sus jardines con bosques y lagos llegaron á abarcar quince
-leguas de circuito. En torno al emperador vivían 40.000 personas. Pero
-estos soberanos, que habían abdicado su autoridad en el «Generalísimo»,
-sólo intervenían en querellas teológicas.
-
-A los Shogunes les fué imposible permanecer en una vecindad íntima con
-el Mikado. Victoriosos en la guerra, poderosos en la paz, habiendo
-sujetado á los revoltosos daimios, necesitaban tener una corte propia, y
-se trasladaron á la ciudad de Kamakura, engrandeciéndola durante tres
-siglos. El Japón tuvo entonces dos capitales: la imperial y religiosa,
-que era Kioto, y la gubernativa, donde funcionaban las verdaderas
-autoridades, Kamakura, en la entrada de la bahía que entonces se llamaba
-de Yedo.
-
-Las dos cortes vivían sin rivalidades. Los Shogunes engrandecieron el
-país valiéndose de un procedimiento que en otras naciones ha resultado
-nefasto, ó sea aislándolo del resto del mundo. Yeyazú, el más grande de
-los Shogunes, que muchos comparan á Pericles por el período glorioso de
-su gobierno, cerró los puertos del Japón á todos los extranjeros,
-durando tal medida doscientos cincuenta años. En este período no hubo
-guerras y prosperaron las industrias, formándose definitivamente el arte
-del Japón.
-
-En 1853, el comodoro Parry, de los Estados Unidos, al frente de una
-escuadra, exigió al Shogun de entonces que abriese los puertos del
-Imperio, viéndose éste obligado á ceder. Los daimios, guardadores de las
-tradiciones, se sublevaron contra el gobernante, haciéndolo responsable
-de la invasión de los extranjeros. Hubo una guerra civil, y el Shogunato
-pereció, después de setecientos años de gobierno. Entonces, el Mikado,
-que había vivido obscuramente durante siete siglos como una autoridad
-divina y decorativa, intervino á su vez en la política, dominando á la
-nobleza y recobrando sus antiguas prerrogativas.
-
-Mutsu-Hito, el penúltimo emperador, cuyo reinado duró medio siglo, hizo
-la más asombrosa de las revoluciones, modernizando el Japón y
-obligándolo á adoptar en pocos años todas las costumbres y progresos del
-mundo de Occidente. Este nuevo período, que puede llamarse el de «la
-resurrección del Mikado», exigía una nueva capital, y fué la enorme
-ciudad de Yedo la escogida por el progresivo emperador, pero cambiando
-su nombre. Yedo se llamó Tokío, en honor de Kioto la Santa, que durante
-siete siglos había sido la residencia del Mikado. To-Kio no es mas que
-la palabra Kio-To con una transposición de sílabas.
-
-Vamos á Kamakura, antigua capital de los Shogunes, que al trasladarse
-éstos á Yedo empezó á decaer, siendo arruinada finalmente durante la
-guerra de los daimios contra el Shogunato.
-
-Las ciudades japonesas se destruían antes con tanta facilidad como se
-edificaban. La madera, el lienzo y el papel eran sus únicos materiales
-de construcción, hasta que se instalaron los extranjeros en el país hace
-cincuenta años. Kamakura, al perder para siempre sus protectores, no fué
-reedificada, y sólo quedan de su antiguo esplendor ruinosas pagodas
-diseminadas en bosques y colinas, que sirvieron de emplazamiento á la
-antigua capital.
-
-Lo más célebre en ella es el _Daibutsu_ ó Gran Buda, imagen la más
-completa y hermosa que existe del divino Gautama.
-
-Sigue nuestro automóvil las sinuosidades de un camino que á trechos
-serpentea por la costa y más allá se hunde entre colinas cultivadas. El
-agricultor japonés merece el nombre de jardinero por la habilidad y
-limpieza de su minucioso trabajo, y sabe aprovechar hasta la parcela más
-ínfima del suelo. Las islas son pequeñas en relación con los millones de
-habitantes que deben mantener, y no hay que dejar improductiva una
-pulgada de la tierra nacional.
-
-Barrancos y cañadas sirven para el cultivo del arroz, y aparecen
-divididos en pequeños bancales superpuestos como los peldaños de una
-escalinata, cayendo el agua lentamente de una meseta á otra. Las
-vertientes están cubiertas de arboleda. Asoman los kakis sus bolas de
-oro entre el follaje que los nutre y sostiene.
-
-Atravesamos muchos caseríos antes de llegar á Kamakura. La población del
-Japón es muy densa. Los grupos urbanos casi se tocan, pues entre pueblo
-y pueblo hay rosarios de casitas á lo largo de los caminos ó sobre las
-crestas de las colinas.
-
-Los niños parecen surgir del suelo con la hirviente profusión de las
-bandas de insectos. Son niños dobles, pues toda pequeña _musmé_[B],
-apenas tiene seis ó siete años, lleva en una especie de capuchón, sobre
-su espalda, á un hermanito que llora, come ó duerme, mientras ella se
-mueve de un lado á otro para trabajar ó jugar. Como han dicho algunos
-viajeros, todos los niños del Japón parecen de dos cabezas. Además, las
-madres llevan también el último _musko_ sujeto á su espalda, como si
-formase parte de su organismo, y con este fardo, del que únicamente se
-libran al llegar la noche, hacen sus compras, visitan á las vecinas,
-pasean por los caminos y hasta juegan partidas de pelota. Es una
-procreación desbordante que sale al encuentro del viajero y le rodea á
-todas horas.
-
-Como un buque que partiese con su proa densos bancos de peces, nuestro
-automóvil abre grupos vociferantes de _muskos_, panzuditos, mofletudos,
-de ojos estirados y oblicuos que apenas logran entreabrirse y parecen
-dos líneas trazadas con tinta china. Unos llevan el pelo cortado en
-flequillo sobre la frente y melenas lacias semejantes á largas orejas.
-Otros muestran el cráneo aureolado por numerosas trenzas, erguidas y
-duras como las púas de un erizo. Todos saludan á gritos, agitando
-banderitas japonesas de papel, ó sonríen haciendo reverencias, pues este
-es un pueblo meticulosamente bien educado desde la infancia. Pero hay no
-sé qué en la sonrisa de los pequeños que hace sospechar la oculta y
-secreta convicción, adquirida en la escuela desde las primeras
-lecciones, de que el Imperio japonés es el pueblo más superior de la
-tierra y algún día obtendrá la hegemonía que le pertenece por su origen
-divino.
-
-Pasamos entre una doble fila de casitas, pequeñas tiendas de té ó de
-imágenes religiosas, establecimientos que únicamente se ven frecuentados
-en días de peregrinación. Es todo lo que resta de la antigua Kamakura.
-Luego vamos á visitar el _Daibutsu_.
-
-La imagen del Gran Buda estaba antes en el interior de un templo; pero
-el edificio fué destruído y sólo queda un pórtico con dos capillas
-laterales que contienen dos espantables imágenes, la una roja y la otra
-azul: el dios del Trueno y el dios del Viento. En muchos templos
-japoneses se encuentra á la entrada esta pareja de divinidades de ojos
-saltones é iracundos, risa feroz, dientes carnívoros y brazos levantados
-con expresión amenazante. Los colocan para poner el edificio bajo su
-protección y que no lo devore el fuego ó lo destruya el huracán.
-
-Resulta irónica la supervivencia de esta portada, pues al otro lado de
-ella sólo se encuentran piedras y árboles. El Gran Buda está rodeado de
-un jardín y tiene á sus espaldas los declives de tres colinas sombreadas
-por esos cedros japoneses, retorcidos armoniosamente en forma de
-candelabros verdes, que ornan los paisajes y estampas.
-
-Es una imagen grande como una torre, una escultura de bronce que tiene
-veinticinco metros de altura. El sacro personaje está sentado, con las
-piernas cruzadas y las manos juntas, en la posición hierática que
-recomienda el budismo para la meditación. Si se pusiera de pie, sería
-más grande que todas las colinas inmediatas. De poder ver sus ojos,
-sentado como está, contemplaría el mar por encima de los jardines y las
-casas que existen entre él y la costa.
-
-Empieza á atardecer, y el sol moribundo dora suavemente por uno de sus
-lados esta figura colosal. El _Daibutsu_ es verdaderamente hermoso.
-Tiene en su rostro una calma dulce y sonriente, que acaba por penetrar
-en el alma del que lo contempla. No es obra japonesa. Lo fundieron, hace
-cuatro siglos, artistas venidos de la China. Este origen representa para
-los japoneses el más indiscutible de los méritos. El Japón se reconoce
-discípulo de la China; de ella tomó sus primeras lecciones de
-civilización y su arte copió mucho tiempo el de los chinos.
-
-El rostro de Buda tiene cierto hieratismo oriental, especialmente en sus
-orejas, exageradas y algo caídas; pero el resto de sus facciones muestra
-una expresión de paz y de misterio, que impone respeto y hasta un poco
-de miedo religioso. ¡Cuán lejos estamos aquí del vulgo occidental, que
-llama Buda á toda imagen venida del Extremo Oriente, hasta á los dioses
-gordos, panzudos y joviales de los chinos!...
-
-Este dios de bronce verdoso, dejando caer su sonrisa enigmática desde
-una altura de torre, tiene algo de esfinge, pero de esfinge dulce y
-melancólica, que parece guardar, como un depósito doloroso, el triste
-secreto de nuestros destinos. Inventor de una moral que recuerda la del
-cristianismo--siendo 600 años anterior al nacimiento de Jesús--, tiene
-millones de adoradores en el Japón y en la China, pero cada vez se ve
-más olvidado en la India, su patria. En esto se asemeja también á
-Cristo, que nació en Judea y, sin embargo, es entre los judíos donde su
-doctrina conquistó menos adeptos.
-
-Pasa rápidamente por mi memoria la vida legendaria del príncipe Gautama
-mientras contemplo su imagen, en la que pone el sol sus últimos
-temblores áureos. Su padre le recluyó en un palacio inmenso, entre
-centenares de mujeres, danzarinas y músicas, proporcionándole las
-mayores voluptuosidades para que no conociese el dolor. Mas un día, al
-escapar de su encierro, vió un enfermo al borde de un camino. En otra
-huída encontró á un viejo decrépito, que marchaba encorvado y trémulo,
-como una caricatura de la existencia. En la tercera excursión se cruzó
-con un entierro. Así supo que existían la Enfermedad, la Vejez y la
-Muerte, últimas señoras del hombre que salen á buscarnos, sea cual sea
-el sendero que sigamos en el jardín de nuestra vida. Y el príncipe
-Gautama, reconociendo la fragilidad de los placeres materiales, abominó
-de las riquezas y se lanzó por el mundo á predicar la humildad y el
-renunciamiento, dándole sus discípulos el santo nombre de Buda.
-
-Empieza el crepúsculo y todavía debemos visitar en la cumbre de una
-colina inmediata el templo venerable de Kuanon, la diosa de la
-Misericordia.
-
-Este templo consiguió sobrevivir á la ciudad, pero es de madera, tiene
-varios siglos de existencia, y parece carcomido, frágil, hueco en el
-interior de sus tablazones, como los navíos abandonados para siempre en
-el rincón de un puerto.
-
-Los servidores del santuario son japoneses de cabeza esférica y pequeña,
-enormes gafas de concha y rostro descarnado, de intensa palidez. Tienen
-todos ellos una expresión de sacristanes fanáticos. Se comprenden las
-enérgicas disposiciones de los Shogunes contra los bonzos budistas, que
-muchas veces perturbaron la vida del país con sus intrigas políticas y
-sus intentos de sublevación popular.
-
-Sobre la meseta de la colina donde está el templo aún es posible ver los
-objetos á la luz azulada del crepúsculo. Más allá de la puerta del
-edificio caemos en la noche.
-
-Avanzamos por su lóbrego interior, siguiendo las oscilaciones de la luz
-roja y difusa que esparce un farolón llevado por uno de los bonzos.
-Vemos altares dorados que surgen un momento de la sombra y vuelven á
-hundirse apresurados en ella. Lo interesante está al otro lado del
-tabique de madera que corta el edificio enfrente de la puerta.
-
-En este segundo templo, á la altura de nuestros ojos, sobre una mesa
-dorada, vemos unos pies gigantescos, de la longitud de un hombre. El
-bonzo cuelga su farol de un gancho que se balancea al final de una
-cuerda, tira del otro extremo de ella, y la luz roja, con lenta
-ascensión, va iluminando por secciones las rodillas de la diosa, las
-piernas, el vientre, los pechos, y á doce metros de altura su rostro con
-una sonrisa fija y sin vida.
-
-Es una imagen policroma y tallada groseramente, como las que hacían en
-la Edad Media cristiana del gigante San Cristóbal. Tiene el mérito de su
-enormidad, aunque no es tan grande como el _Daibutsu_ sentado. Hace
-sonreir como una obra infantil, mientras que el Buda de bronce impone
-respeto y hace pensar.
-
-Compramos al bonzo varios rollos de papel de arroz con imágenes grabadas
-en madera y milagrosas oraciones: un pretexto para darle un _yen_ (un
-dólar japonés), que desde nuestra llegada está atrayendo su mano
-huesuda, con movimientos instintivos de los dedos. Cuando salimos del
-templo ya es de noche. Vemos otros santuarios budistas y sintoístas.
-Entramos en una casa de té, quitándonos los zapatos en sus gradas de
-madera para no ensuciar la esterilla fina que en toda vivienda nipona
-sirve de asiento, de mesa, de mantel y de cama, al mismo tiempo que de
-alfombra.
-
-Antes de subir al automóvil quiero contemplar por última vez el
-_Daibutsu_ de Kamakura, el más grande y hermoso de todos los Budas. No
-lo veré más, y es una de las contadísimas obras humanas que hay que
-guardar en la memoria, para decir con orgullo: «Yo lo he visto».
-
-Llego hasta la portada de los dos dioses, horripilantes é iracundos. El
-dios humano que se alza en el fondo como una montaña, abruma á estos dos
-mascarones mitológicos, convirtiéndolos en despreciables mamarrachos.
-
-Avanzo con pasos leves por la avenida enarenada que conduce hasta el pie
-de la imagen colosal. El basamento, hecho de bloques de granito, ha sido
-removido por el último temblor. Los sillares se salieron de sus alvéolos
-y están separados por grietas profundas. Pero el hombre-dios sigue en su
-inmovilidad pensativa y sonriente, con el dorso encorvado y los ojos
-triangulares perdidos en el infinito.
-
-Al final de su espalda hay una puerta, que antes se abría para el
-viajero. El interior de la imagen es hueco y sirve de santuario á una
-docena de estatuas de Buda más pequeñas. Después del reciente cataclismo
-ha sido prohibida la entrada en el cuerpo del dios.
-
-De hombros abajo está sumido en la obscuridad rumorosa y fresca del
-jardín. Se oye un canto de agua invisible: algún arroyuelo trivial y
-juguetón que se desliza por las sinuosidades minúsculas de la jardinería
-japonesa, pasando al través de puentes de muñecas, cayendo en cascadas
-de juguete acuático. La tierra y su vegetación de árboles candelabros,
-de arbustos recortados en formas casi humanas, parecen respirar la
-alegría serena y reposada de la paz.
-
-El rostro de bronce se destaca sobre la lobreguez celeste, reflejando
-una luz de origen incierto. Tal vez viene del mar, invisible para
-nosotros; tal vez desciende de las estrellas que empiezan á temblar en
-lo alto y envían su resplandor difuso para que la sonrisa sobrehumana
-del gigante en meditación no se borre un momento, triunfando de la
-noche.
-
-Creo adivinar el secreto de esta sonrisa, el misterio de la esfinge
-dulce que atrae á los hombres con su melancolía, en vez de asustarlos,
-como su hermana de piedra hundida en los arenales de Egipto.
-
---Vivid en paz--dice--, pobres siervos de la Dolencia, de la Vejez y de
-la Muerte. Amaos los unos á los otros. No aumentéis la miseria del mundo
-declarando precisa y eterna una divinidad fatal, inventada por vosotros:
-la Guerra.
-
-
-
-
-XVI
-
-LA NOCHEBUENA EN EL JAPÓN
-
- Los Japoneses disfrazados de europeos.--Bozales higiénicos.--La
- gorra del estudiante.--Las calles de Tokío.--Los tres colores del
- Japón.--Las interminables cortesías.--Los cinco peinados de la
- japonesa.--Almuerzo en el restorán Koyokan.--La ceremonia de la
- hospitalidad.--El baile de las «geishas».--Mi conferencia en el
- salón de fiestas del «Hochi».--Concierto orquestal.--La cena de
- Nochebuena ante un jardín liliputiense.--Salto asombroso de la
- música japonesa.
-
-
-Un tren especial debe llevarnos á Tokío, pero no es empresa fácil
-encontrarlo en la gran estación de Yokohama.
-
-El terremoto ha quebrantado sus muelles y abierto profundas zanjas en
-las vías, reparándose provisionalmente todo esto con puentes de madera
-que dificultan la circulación. Además, en las primeras horas de la
-mañana afluye de todas partes una verdadera muchedumbre para trasladarse
-á la capital. Muchos empleados y negociantes viven en Yokohama y hacen
-diariamente este viaje de treinta minutos para ir á su trabajo,
-volviendo al cerrar la noche á su casita junto al mar.
-
-Siguiendo las indicaciones erróneas de un hombre con gorra galoneada,
-nos metemos en un vagón de primera clase, y poco después se llena éste
-de japoneses que van á Tokío. Estamos en un tren ómnibus de los que
-parten cada quince minutos. Cuando pretendemos salir nos es imposible
-conseguirlo. Una masa compacta de hombres agarrados á las anillas
-blancas del techo ó apoyados en las espaldas de los vecinos obstruye las
-dos puertas.
-
-Resulta admirable la agilidad del japonés. Siempre encuentra el medio de
-deslizarse entre los obstáculos, instalándose finalmente donde parecía
-imposible que pudiese caber uno más. Parte el tren, y lo mismo los que
-ocupan las banquetas que los que se sostienen de pie, reflejando en su
-balanceo los vaivenes del vagón, sacan de su bolsillo un periódico y
-empiezan á leer.
-
-Me fijo en el aspecto de estos nipones modernizados que viven una
-existencia occidental. Son todos ellos simpáticos, pero considero
-imposible encontrar una burguesía más fea de rostro y que vaya más
-grotescamente vestida.
-
-Al adoptar el traje del blanco se han olvidado de aprender la armonía
-del indumento, los matices del color y de la línea. Se colocan sobre el
-cuerpo lo que en su opinión puede dar mayor señorío á la persona, no
-temiendo al resultado de tales mezcolanzas. Los más usan nuestro
-sombrero flexible, pero metido hasta las orejas y sin ningún
-abollamiento gracioso. Otros prefieren el hongo de copa dura y redonda,
-pero á continuación de este tocado europeo llevan el kimono nacional y
-encima de él un macferlán de corte inglés ó un gabán con trabilla,
-hechura norteamericana. Algunos después de esta mezcla vuelven á ser
-occidentales en sus extremidades, usando gruesos borceguíes. Los más
-llevan el pie desnudo ó metido en un calcetín japonés con dedos, lo
-mismo que un guante, y su calzado consiste en dos tablitas horizontales
-sostenidas cada una de ellas por otras dos tablitas verticales, dos
-pequeños bancos sujetos por una correa entre el dedo gordo y el
-siguiente, que dejan el talón completamente suelto, lo que hace que cada
-paso vaya acompañado en los terrenos duros de un ruidoso chap-chap.
-
-Hasta los que visten completamente á lo occidental tienen en sus
-ademanes algo de torpe y cohibido, como si fuesen disfrazados. Se
-adivina que todos ellos, al volver de noche á sus casas, se quedan en
-kimono, sentándose en el suelo para cenar, lo mismo que sus antepasados,
-y con este aspecto resultarán tal vez más gallardos é interesantes.
-
-La mayoría de los japoneses son de estatura mediocre, pero al mismo
-tiempo de complexión vigorosa, lo que les hace parecer algo rechonchos,
-con los miembros cortos y fuertes. Dos defectos físicos y sus remedios
-inventados por el hombre blanco, los ha aceptado el japonés de la clase
-media como adornos personales: la miopía y la caries dental. Los más
-llevan gafas de concha, redondas y de grueso armazón, que se sostienen
-dificultosamente sobre su aplastada nariz, y al sonreir muestran una
-dentadura con numerosos refuerzos de oro. Hay en esto cierta
-satisfacción infantil, que hace dudar si todos, absolutamente todos,
-tenían una necesidad ineludible de acudir en busca del óptico ó del
-dentista.
-
-En los últimos años otra moda higiénica ha venido á aumentar la fealdad
-del japonés moderno. Desde que pisé esta tierra llamó mi atención la
-gran cantidad de hombres con un emplasto negro ó blanco sobre la nariz
-sostenido por dos elásticos sujetos á las orejas. Me inquietó ver tanto
-canceroso con la nariz roída y afortunadamente oculta. Luego, al
-encontrar muchedumbres enteras con la horrible cataplasma en mitad del
-rostro, no pude concebir que toda una nación estuviese atacada del
-cáncer. Pregunté, y supe que, para evitar la _grippe_, el japonés se
-coloca en invierno uno de estos bozales con gotas antisépticas, y así va
-tranquilamente todo el día haciendo sus visitas ó realizando sus
-negocios. Es imposible llevar más lejos la despreocupación de la
-estética personal y el deseo inconsciente de afearse.
-
-Sin embargo, estos varones de traje disparatado y contrastes grotescos
-son de una cortesía exquisita en sus saludos, de una amabilidad en su
-sonrisa, que conquistan desde el primer momento al extranjero. El
-japonés, cuando quiere expresar su afecto ó su admiración, no conoce el
-miedo al ridículo, que tanto cohibe y enfría la exterioridad de nuestros
-sentimientos.
-
-Uno de los que leen de pie me mira de pronto con interés y vuelve á
-fijarse en su periódico, como si estableciese una comparación. Yo he
-visto desde mucho antes que en todos los diarios que leen los viajeros
-figuran varios retratos míos. Sonríe mi compañero de viaje con una
-satisfacción pueril al convencerse de que, efectivamente, soy yo el que
-aparece en su periódico, y soltando la anilla que le sirve de sostén
-lleva ambas manos á sus rodillas y se inclina todo lo que puede,
-saludándome. Los otros, sin que circule palabra alguna, por una especie
-de aviso telepático, van fijándose igualmente en mí para compararme con
-la imagen de sus papeles, y repiten el saludo é idénticas sonrisas,
-teniendo yo que contestar con los mismos ademanes á tales extremos de la
-cortesía japonesa.
-
-Así llegamos á la estación de Tokío, ó mejor dicho, á una de sus varias
-estaciones, pues esta ciudad de dos millones de habitantes se halla muy
-esparcida, ocupando un perímetro tan grande como el de Londres.
-
-Los estudiantes de la Escuela de Lenguas me esperan en un muelle
-distante, que era el destinado para la llegada del tren especial, y al
-enterarse de que estoy en el lado opuesto de la estación, acuden
-corriendo.
-
-Todos llevan la gorra de colegial, que acompaña al japonés desde la
-escuela de primeras letras hasta las más altas clases universitarias. Un
-signo dorado en el frente de la gorra indica el estudio especial y la
-categoría de cada alumno. Hasta en los caminos más apartados del Japón
-he encontrado pequeños _muskos_ con un kimono azul á redondeles blancos
-por toda vestimenta, descalzos, el pelo cortado en franja, lo mismo que
-los chicuelos que figuran en los abanicos, pero llevando con orgullo en
-su cabeza la gorra de colegial á estilo de Occidente.
-
-Los estudiantes de la Universidad de Tokío que vienen á recibirme tienen
-un aspecto indumentario menos incoherente que el de los burgueses que
-ocupaban el vagón. Sólo alguno que otro lleva kimono bajo su gabán azul
-y calza zuecos. Casi todos van vestidos como un estudiante europeo,
-guardando bajo el brazo un paquete de libros.
-
-Han venido á recibirme, é inmediatamente volverán á sus clases. Se
-adivina en todos ellos una voluntad laboriosa y tenaz, un deseo de
-conseguir lo que se han propuesto, terminando cuanto antes su carrera.
-Me entregan un gran ramo de flores y un álbum ilustrado por artistas
-célebres que contiene las firmas de todos ellos. Después de este
-recibimiento visito con unos cuantos amigos las principales avenidas y
-paseos de Tokío.
-
-Mi primera impresión de la capital japonesa se afirma y se agranda en
-los días sucesivos. El terremoto causó aquí tantas víctimas como en
-Yokohama, pero los edificios sufrieron menos. Hay barrios enteros, los
-más ricos, en los que apenas se nota la reciente catástrofe. Edificios
-altísimos construídos á estilo de los Estados Unidos se mantienen sin
-ningún desperfecto visible. Otros siguen de pie, con hondas grietas en
-sus fachadas, cubiertas de andamios recientemente para su reparación.
-
-Fué en los barrios apartados, compuestos de casitas de madera, donde el
-incendio produjo mayores daños. Además, ocurrió la gran catástrofe de la
-explanada de Hifukusho, en la que perecieron 40.000 personas, y de la
-que hablaré más adelante. Muchos centros oficiales están cerrados por
-tener que hacerse en ellos grandes reparaciones. La Universidad de Tokío
-y sus escuelas anexas están instaladas ahora en barracones, á causa de
-que todos sus cuerpos de edificios fueron consumidos por el incendio.
-Los museos aún no han sido abiertos... Pero la actividad japonesa sigue
-animando las calles de Tokío, como si todos hubiesen olvidado ya el
-recuerdo de la catástrofe.
-
-Muchas de ellas ofrecen un aspecto de fiesta. Como se aproxima el primer
-día del año, los vecinos las han adornado con arcos de verdura, gran
-profusión de banderas y guirnaldas de faroles de papel. Las muestras
-extraordinarias con que se cubren las tiendas al llegar esta época de
-compras y regalos contribuyen al general hermoseamiento. El misterioso
-alfabeto japonés extiende sus letras en los anuncios, como si fuesen
-jeroglíficos artísticos trazados únicamente para placer de nuestros ojos
-en rótulos y banderas.
-
-La muchedumbre es pintoresca, aunque no tan multicolor como nos la
-imaginamos en Occidente antes de conocer el Japón. Los kimonos floreados
-y de brillantes tintas sólo se ven en las representaciones de teatro ó
-en las casas de mujeres públicas del barrio llamado Yosywara. El Japón,
-en su vida histórica, sólo ha tenido tres colores: el negro, usado en
-las ceremonias palatinas por el emperador y sus cortesanos y que las
-clases elevadas guardan aún; el rojo, que fué el de la nobleza media, y
-el azul, usado por la burguesía y el pueblo.
-
-Hoy el azul continúa siendo el color de la muchedumbre. Los carreteros,
-los portafardos, los que recomponen las calles ó tiran de los vehículos
-como bestias uncidas, todos llevan chaqueta azul de amplias mangas, con
-la espalda escrita de blanco. No hay hombre del pueblo que no lleve en
-el dorso un jeroglífico, semejante al blasón que ostentaban en igual
-lugar de su cuerpo las gentes de la Edad Media occidental. Pero estos
-jeroglíficos que nos parecen obras de arte son simplemente rótulos que
-indican las más de las veces para qué compañía trabaja el obrero ó en
-qué barrio reside. La policía procura mantener el uso de esta vestimenta
-de los antiguos tiempos. Gracias á ella, si alguien comete una acción
-delictuosa es fácil reconocerlo, pues al huir muestra el nombre blanco
-sobre su espalda azul.
-
-Se nota la escasez de animales de tiro. No se ven otros caballos que los
-del ejército. El automóvil ha sido una solución para las industrias
-necesitadas de arrastre. El buey japonés, pequeñito, gracioso y de
-aspecto algo frágil, no abunda en las calles de Tokío. Tira en yunta de
-reducidas carretas, sin que el boyero le obligue á grandes esfuerzos, y
-está tan bien cuidado que hasta lleva unas bonitas sandalias de esparto
-sostenidas por una correa en mitad de la pezuña, á semejanza de las que
-usan las personas.
-
-Son los hombres de espalda blasonada los que hacen todos los trabajos
-que en otros países están reservados á las bestias. Tiran en filas de
-grandes carros ó se uncen á sus varas. Juntas con ellos se ven mujeres
-sucias, sudorosas, deformadas por el esfuerzo, que parecen tan hombres
-como los otros. Deslizándose entre los automóviles, tranvías, ómnibus y
-grandes vehículos cargados de fardos, pasan veloces los _kurumayas_
-tirando de su ligero carruajito de un solo asiento, montado sobre ruedas
-de goma ligeras y altísimas, que le dan el aspecto de una araña de
-sutiles patas. Los caballos humanos de la _koruma_ gritan incesantemente
-para avisar su paso, y muchas veces enganchan con una rueda al ciclista
-que viene en dirección opuesta. Nada de malas palabras ni de peleas. El
-que ha rodado por el suelo se levanta, apresurándose á saludar y dar
-excusas al otro, que hace lo mismo desde mucho antes.
-
-Las calles de Tokío, exceptuando las avenidas principales, tienen un
-suelo desigual. Me dicen que esto es á consecuencia del temblor, que
-rompió el asfalto; pero veo muchas de ellas, lejos del centro, en las
-que no ha existido jamás pavimentación de ninguna clase. Esto no impide
-que sobre el barro, partido en profundos relejes y peligrosos badenes,
-circule incesantemente el movimiento vital de la enorme Tokío.
-
-El Japón, que en realidad no es rico, sostiene un ejército y una flota
-enormes, necesitando invertir en el mantenimiento de tales fuerzas tres
-cuartas partes de sus ingresos. Le preocupan más sus medios ofensivos y
-defensivos que el ornato y la higiene de sus ciudades. Además, los
-japoneses no temen el barro, como los europeos. Llevan los pies montados
-en pequeños bancos, lo que les permite pasar sobre charcos y lodazales
-sin que sus plantas se humedezcan.
-
-En las aceras de asfalto el paso de los transeuntes sostiene un continuo
-chacoloteo. Por encima del estrépito de los vehículos y los gritos de la
-muchedumbre resuena como un acompañamiento incesante, sirviendo de fondo
-á los demás ruidos, el chap-chap de miles y miles de pies, que al
-moverse levantan con los dedos su calzado de madera y vuelven á dejarlo
-caer. Los recién llegados al país necesitan acostumbrarse á este
-traqueteo que puede llamarse nacional. A las tres de la mañana empieza á
-sonar en las aceras de Tokío y no termina hasta horas avanzadas de la
-noche. Únicamente en las calles no pavimentadas y en las casitas de las
-afueras puede vivirse libre de este calzado ruidoso, incompatible con
-las vías modernas, chapadas de piedra ó de asfalto.
-
-Las mujeres y las niñas circulan por los barrios populares llevando al
-hijo ó al hermanito acostado en su espalda. En algunos terrenos baldíos,
-las japonesas, siempre con la cabeza del pequeñuelo pegada á su cogote,
-juegan á la pelota ó al volante. Los _muskos_ vuelan cometas que son
-flores caprichosas ó espantables dragones de papel.
-
-Al encontrarse en una acera dos damas de la clase media se desarrolla en
-todo su esplendor la tradicional cortesía japonesa. Con los brazos
-cruzados sobre el pecho empiezan las dos á hacerse reverencias, doblando
-el cuerpo exageradamente. Procuran inclinarse á un lado para que sus
-cabezas no choquen, y así continúan los extremados arqueamientos de sus
-saludos, diez veces, quince, y más. Cuando se deciden á poner término á
-tales amabilidades se alejan en distintas direcciones; pero de pronto
-una de ellas vuelve los ojos, la otra hace lo mismo, y girando ambas
-sobre sus talones quedan otra vez frente á frente, repitiendo á mayor
-distancia sus doblegamientos de espinazo, mientras los transeuntes
-siguen adelante sin fijarse en esta cortesía interminable, que es para
-ellos algo ordinario.
-
-La situación social de cada mujer se conoce por su peinado. La etiqueta
-japonesa creó cinco maneras de peinarse, para que los hombres no sufran
-equivocaciones al sentir interés por alguna de ellas. Hay el peinado de
-las niñas de cinco á siete años; el llamado _Momo-ware_, que es para las
-muchachas de diez á quince; el _Sokuhatsu_, que puede llamarse de las
-intelectuales, pues sólo lo usan las estudiantes y las artistas; el
-_Shimada_, que es el de las solteras después de los diez y seis años, y
-el _Maru-wage_, de las casadas, que resulta el más abundante en las
-calles.
-
-Un peinado japonés es algo complicado, dificultoso, monumental. El
-edificio de negros cabellos queda tan compacto y brillante, que parece
-de laca. Las mujeres generalmente sólo rehacen este peinado por entero
-una vez á la semana. Los otros días atienden á su alisamiento y brillo,
-dándole un baño de aceite de camelia. Yo he visto á las japonesas en los
-trenes durmiendo boca abajo, con la frente sobre los brazos cruzados,
-para mantener intacto su peinado. En sus casas se tienden de espaldas
-sobre la esterilla que les sirve de cama, y su cabecera es un banquito
-con un semicírculo, en el que descansan el cuello. Gracias á esta
-almohada de madera, el monumento capilar queda en alto, sin ningún
-contacto que lo deforme.
-
-El primer día que paso en Tokío es el de Nochebuena en los países
-cristianos, pero aquí no tiene otro valor que ser uno de los anteriores
-á la fiesta de primero de año. Recordaré siempre este día por las
-numerosas ocupaciones y honoríficos agasajos que tuvo para mí. A las
-doce me obsequiaron con un almuerzo puramente japonés en el restorán
-Koyokan, establecimiento famoso en Tokío por sus fiestas, al que asisten
-los antiguos daimios y los personajes políticos mantenedores de las
-costumbres antiguas.
-
-Es una agrupación de casas de madera, con techos ligeros y tabiques de
-papel, en el centro de un hermoso jardín. Los japoneses llenan de
-piedras sus jardines y construyen sus edificios de madera y de papel.
-En los almacenes de flores venden piedras especiales, muy caras, para el
-adorno de los jardines, que son buscadísimas por los conocedores. Hasta
-las linternas que dan luz por la noche á los viejos paseos y á las
-avenidas de los santuarios son de piedra: unas capillitas de granito
-sobre pedestales en forma de torreón, que reciben el nombre de _toro_, y
-en cuyo interior, con puntiagudo remate de pagoda, se coloca una pequeña
-lámpara. En cambio, los edificios se componen simplemente de una
-plataforma de madera á medio metro del suelo, varios postes para
-sostener la techumbre de tablazón, y numerosos biombos, de lienzo ó de
-papel, como paredes.
-
-La madera nunca la pintan los japoneses. El lujo es conservarla como si
-acabase de salir del almacén del carpintero. Esto, unido á la monotonía
-de los tabiques blancos y al color amarillo de la esterilla que cubre el
-suelo, da un aspecto de pobreza á toda casa tradicional. Un biombo
-pintado alegra á veces con sus colores esta uniformidad amarilla y
-blanca. Los salones no tienen otros muebles que una mesita del tamaño de
-uno de nuestros taburetes, con alguna flor, y el pequeño altar de los
-Antepasados. En el suelo hay unos cojines obscuros para sentarse, y nada
-más.
-
-Entro en los salones del elegante Koyokan luego de haberme quitado los
-zapatos en las gradas que dan acceso al edificio. Me acompaña un español
-muy conocido en el Japón, el coronel Herrera, agregado militar de la
-Legación de España, que ha pasado gran parte de su vida en este país y
-asistió á la guerra con Rusia, así como á otras operaciones del ejército
-japonés. Los militares del Japón lo consideran como un compañero de
-armas.
-
-En el comedor de gala encuentro numerosos personajes que han querido
-organizar este almuerzo para que conozca yo la cocina tradicional y las
-danzas y ceremonias del país. Algunos de ellos han estado en España y en
-casi todas las repúblicas americanas de origen español, hablando
-correctamente nuestra lengua.
-
-El organizador de la fiesta, mi amigo Utiyama, es uno de los hombres más
-inteligentes y cosmopolitas del Japón moderno. Ha viajado mucho como
-diplomático, y es ahora secretario del ministro de Relaciones
-Exteriores. Me va presentando á los demás invitados, altos funcionarios
-de dicho Ministerio, profesores de Universidad, diplomáticos,
-periodistas célebres. El señor Arajiro Miura, antiguo secretario de la
-Legación del Japón en Madrid, habla el español de tal modo, que al
-pronunciar un discurso al final del almuerzo, todos los de lengua
-española le miramos asombrados por la facilidad y la corrección de sus
-palabras.
-
-Aprecio la diferencia de aspectos entre los japoneses de clase superior
-que han viajado, poniéndose en contacto con los occidentales, y los que
-nunca salieron del país. Todos estos _gentlemen_ amarillos llevan su
-ropa con una distinción europea y son menos feos que los otros. Algunos
-parecen sudamericanos de origen mestizo, y apenas sí un ligero
-fruncimiento de sus párpados y la tirantez de su cutis revelan el origen
-asiático.
-
-Por amor á lo pintoresco y lo exótico, no diré la mentira enorme de que
-me parece agradable la cocina japonesa. Además, á los pocos segundos de
-estar sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, empiezo á sentir
-los dolores de un lento y creciente suplicio. Colocan delante de cada
-uno de nosotros una mesita que es en realidad un pequeño banco y apenas
-si levanta dos palmos del suelo. Sobre este taburete de laca, las
-pequeñas criadas, sonrientes y graciosas como gatitas, van depositando
-platos no más grandes que tazas y con los manjares en tan exigua
-cantidad, que nuestro banquete parece una comida de muñecas.
-
-Para mí basta con lo que me dan, y pasaría seguramente un mal rato si me
-obligasen á comerlo por entero después de probarlo. Voy conociendo el
-sabor del pescado enteramente crudo, tal como lo sacan de las
-profundidades oceánicas, de la médula de bambú aderezada con vinagre, y
-otros platos cuya composición me abstengo de preguntar. Mi única defensa
-nutritiva es un tazón lleno de arroz hervido, que hace las veces de pan.
-
-Frente á cada uno de nosotros hay una _musmé_ sentada en el suelo, que
-nos mira sonriendo mientras comemos. Mete sus zarpitas en la mesilla
-para que todo se mantenga en un orden perfecto ó pide con dulces
-maullidos á sus compañeras que traigan lo que falta. Se cuida además de
-escanciar el _saké_, aguardiente hecho de arroz, que es el vino de los
-japoneses.
-
-Mientras mis compañeros de estera, sentados como los antiguos sastres,
-almuerzan tranquilamente, manejando los dos palillos que les sirven de
-tenedor, yo me limito á comer arroz sólido y beber arroz fermentado,
-cambiando á cada momento de postura para que las piernas entumecidas
-recobren un poco la vida de la circulación. En este momento envidio á
-los que respiran, jadeantes y sofocados, después de una carrera
-violenta. ¡Quién pudiera levantarse y echar á correr!...
-
-A los postres se desarrolla una ceremonia tradicional. Utiyama, como
-organizador del almuerzo, viene á sentarse frente á mi mesita, en el
-mismo lugar que ocupaba la _musmé_ poco antes. En todo banquete japonés
-el anfitrión hace esto, como un acto de estima y respeto por su invitado
-principal.
-
---¿Me concederá usted--dice--el alto honor de permitirme que beba en su
-copa?
-
-Conozco el ritual de esta ceremonia. La copa es simplemente una jicarita
-de porcelana, que se sostiene al beber con la palma de la mano. La
-sumerjo en un tazón de agua que tenemos todos en la mesilla para nuestra
-propia limpieza, y luego de haberla secado con una servilleta de papel
-se la ofrezco á mi anfitrión llena de _saké_. Éste la bebe con grandes
-extremos de agradecimiento por el honor que le dispensa su primer
-invitado.
-
-Debo advertir que Utiyama muestra una gravedad sincera. Ya no es el
-ingenioso y sonriente conversador que recuerda sus viajes por Europa y
-América, su vida en Madrid, sus impresiones en las corridas de toros.
-Tiene una seriedad de sacerdote oficiante al cumplir este rito de la
-hospitalidad antigua. Le veo sentado en el suelo, con elegante chaqué
-gris, chaleco de viso blanco y una corbata que adorna una gruesa perla,
-pero al mismo tiempo vive en mi imaginación cubierto con un kimono
-negro, el pelo recogido sobre el cogote, y dos sables cruzados en la
-cintura, igual que iban vestidos sus ascendientes.
-
-Después, otros comensales notables vienen á sentarse en el mismo sitio,
-y yo les sirvo la copa llena de _saké_, repitiendo la ceremonia
-tradicional.
-
-Por primera vez, luego de la catástrofe, se permite una comida con
-músicas y danzas. Como sólo puedo permanecer aquí unos días y desean que
-conozca los antiguos bailes, los organizadores del banquete han obtenido
-un permiso para alterar el duelo público.
-
-Ya he dicho que los edificios japoneses se componen de una sucesión de
-tabiques movibles, bastidores ligeros de madera y papel. Con facilidad
-se le pueden quitar á una casa todos sus muros laterales, dejándola
-convertida en simple sombraje. En su interior ocurre lo mismo. Añadiendo
-mamparas se crean nuevas habitaciones. Descorriéndolas se agrandan las
-piezas hasta formar un salón que se extiende de un lado á otro del
-edificio.
-
-Vemos cómo se pliega el tabique del fondo de nuestro comedor y aparece
-otro salón sobre cuya tarima están sentadas en hilera varias mujeres con
-kimonos floreados y multicolores. Son la orquesta que acompañará las
-danzas.
-
-Estas jóvenes van pintadas de blanco, pero un blanco lácteo y espeso,
-máscara que las uniforma, haciéndolas á todas semejantes. Los ojitos
-largos, oblicuos y casi cerrados, trazan dos líneas de carbón en dicha
-blancura. Un redondelito rojo y sangriento, igual á una cereza, indica
-el lugar de la boca. Y sobre este rostro de muñeca se eleva el peinado
-enorme, monumental, brillante, como un casco de laca negra.
-
-Sus instrumentos son guitarras de mango larguísimo con tres cuerdas y
-una caja no más grande que un tazón, ó tamboriles puestos en el suelo,
-que repiquetean con dos palillos ágiles. Esta música causa extrañeza,
-así como los cánticos estridentes que se elevan sobre tal
-acompañamiento; pero minutos después empiezo á salir de mi
-desorientación auricular y voy adivinando las exóticas melodías, como el
-que pasa de la luz á las tinieblas y acostumbrándose á ellas acaba por
-vislumbrar poco á poco lo que le rodea.
-
-Por una puerta lateral empiezan á salir de costado seis danzarinas, con
-pasos lentos y menudos, moviendo al mismo tiempo sus abanicos. Llevan
-kimonos azules y plateados de gran suntuosidad. Sus caras sonrientes é
-inmóviles son violentamente blancas, con dos toques negros y uno rojo.
-Van pintadas con más exageración aún que las músicas. Se mueven
-lentamente hacia la derecha, luego hacia la izquierda, con una gracia
-tímida é infantil, pero se adivina al mismo tiempo en ellas algo de
-refinado que hace sospechar exóticas perversiones. Son las _geishas_
-célebres sobre las cuales tanto se ha escrito y tanto se ha exagerado.
-Lo que más admiro en las seis bailarinas azules y plateadas es su
-estatura. Me he acostumbrado ya á la pequeñez de la mujer japonesa. En
-las calles todas parecen, por su talla mediocre y su flacura extremada,
-niñas á las que faltan varios años de crecimiento.
-
-Las danzarinas famosas del Koyokan me recuerdan por su cuerpo aventajado
-á las mujeres de Europa, y esto las hace más interesantes á mis ojos.
-Pero me doy cuenta de pronto que estoy sentado en el suelo y las veo de
-abajo á arriba, como se ve á las actrices en los teatros, posición
-favorable que aumenta su estatura y la majestad de su porte. Tal vez una
-de las causas del poderío que ejerce la _geisha_ sobre el hombre del
-país consiste en que éste la contempla sentado y teniendo que levantar
-los ojos. Cuando termina el baile y consigo al fin ponerme de pie, veo
-que todas estas beldades, escandalosamente pintadas, con runruneos y
-gracias felinas de muñequita frágil, no me llegan al hombro.
-
-El resto del día está lleno de ocupaciones para mí. A las dos de la
-tarde se ha reunido un público de estudiantes, de escritores y
-aficionados á la literatura, en el gran salón de fiestas del diario
-_Hochi_, uno de los más importantes de Tokío. Este diario ocupa un
-«rascacielos» como los de Nueva York, en el que no ha causado el
-terremoto ningún desperfecto. La sala de fiestas está en el último piso,
-desde el cual se goza una vista á vuelo de pájaro sobre gran parte de la
-inmensa Tokío. Como los locales universitarios fueron destrozados por el
-cataclismo, es aquí donde una tarde entera se va á hablar de España, de
-su literatura y de mi persona, ante una concurrencia toda de japoneses.
-Para ellos es tan nueva y tan rara la materia, como lo sería para un
-público occidental un discurso sobre literatura japonesa. Y sin embargo,
-el salón, vasto como un teatro, ve ocupados todos sus asientos y mucho
-gentío de pie.
-
-El profesor Nagata tuvo que abandonar nuestro almuerzo á las dos para
-irse al salón del _Hochi_ que ya está repleto de público. Durante un par
-de horas habla de la novela española, de mi vida particular y literaria,
-de mis obras, algunas de las cuales han sido traducidas por él. Pero
-esto nada tiene de raro, pues su discurso lo pronuncia en japonés y
-todos pueden entenderle.
-
-A las cuatro llego yo para dar una conferencia sobre «El arte de hacer
-novelas», y esto ya es más extraordinario, pues hablo en español. Una
-parte del público, compuesta de estudiantes y de japoneses que viajaron
-por la América del Sur, me entiende y aplaude al final de todos los
-párrafos. El resto muestra una atención reflexiva, pretendiendo
-comprender mis palabras, reteniéndolas en su memoria para convencerse
-luego de si las ha adivinado ó no. Cuando termino, el profesor Shizuo
-Kasai, otro traductor de mis libros, empieza la tarea de repetir en
-japonés á este público atento y estudioso todo lo que yo he dicho, frase
-por frase.
-
-Como esto va á durar otras dos horas, me escapo con el coronel Herrera y
-varios amigos, para visitar la elegante casita que tiene este
-compatriota en las cercanías del templo de Meiji-Jinju, levantado en
-memoria del penúltimo emperador. A las seis volvemos al salón del
-_Hochi_, donde aún va á celebrarse otro acto para mí. Es un concierto
-dado por la mejor orquesta de la capital y en cuyo programa figuran, á
-la vez, obras de Wágner, de Debussy, y dos sinfonías de Yamata, el
-primer músico moderno del Japón.
-
-Encuentro en dicho concierto el mismo público que ha escuchado las
-conferencias de la tarde. Estos hombres y mujeres, siempre atentos, con
-expresión meditativa, ocupan su sitio desde las dos de la tarde... y son
-las ocho de la noche.
-
-Termina la jornada con un banquete á la europea en el Hotel Imperial,
-obsequio de los propietarios y principales redactores del _Hochi_. El
-presidente y el vicepresidente de este diario, los señores Machida y
-Ohta, me presentan á los comensales, entre los que figura Syusei Tokuda,
-el gran novelista del Japón. Los más van vestidos de frac, pero algunos
-profesores se presentan con el kimono negro de seda, que es el traje de
-ceremonia de los japoneses distinguidos.
-
-La mesa, elegantemente servida, ocupa un comedor aparte en este hotel
-enorme, de construcción bizarra é incoherente, obra del «modernismo»
-alemán. El centro de esta mesa, por la que pasan los mejores platos
-europeos, es un pequeño jardín japonés de un metro de longitud, con
-árboles pigmeos que tienen tal vez más años de existencia que nosotros,
-rumorosas cascadas, praderas de musgo natural, y peces vivos del tamaño
-de alfileres diminutos, nadando en lagos no más grandes que la palma de
-la mano.
-
-Hablamos del Japón y de Europa con todo el reposo y los miramientos
-propios de una conversación entre nipones, cuya cortesía es algo
-refinado que va más allá de la nuestra y nos obliga á medir las palabras
-y á reflexionar mucho antes de emitir un pensamiento. Mientras tanto,
-suenan fuera del comedor martillazos, gritos báquicos y risotadas.
-Varios europeos residentes en Tokío están armando el árbol de Navidad y
-se preparan para la cena clásica tomando numerosos aperitivos.
-
-Tengo á mi lado al maestro Yamada. Horas antes he visto dirigir á este
-compositor, todavía joven, una orquesta de más de ochenta profesores,
-todos ellos excelentes y obedeciendo á la batuta, con una precisión que
-recuerda la de las orquestas alemanas.
-
-¡Y pensar que este pueblo hace cincuenta años no sabía lo que era un
-violín, ni conocía otra música que la de las _geishas_ que he escuchado
-á la hora del almuerzo!...
-
-
-
-
-XVII
-
-PASEANDO POR TOKÍO
-
- Las fiestas florales del año.--«Geishas» y japonesas
- honestas.--Cómo se casan los japoneses.--El amor fuera de casa.--El
- paraíso de los maridos.--Opiniones de un moralista japonés sobre
- las mujeres.--La esclavitud femenina.--Contradicciones del pudor
- japonés.--Las mancebías del Yosywara.--Hembras expuestas en
- escaparates.--15.000 muchachas quemadas.--La gran catástrofe de la
- explanada de Hifukusho.--Un brasero de 40.000 personas.--Ágil
- agonía de las madres japonesas.--Un policía que imita á los
- samurais.
-
-
-Por observación directa y por las explicaciones de mis amigos japoneses,
-voy conociendo algo del alma de este pueblo, compleja y contradictoria,
-pues se funden en ella las tradiciones de 2.600 años y los
-transformismos violentos de un progreso que sólo tiene medio siglo y ha
-copiado casi de golpe los adelantos materiales del mundo occidental.
-
-El japonés es de un positivismo áspero, prefiere las empresas prácticas,
-de utilidad inmediata, y al mismo tiempo adora con fervor de poeta los
-esplendores primaverales de la Naturaleza.
-
-Las flores en el Japón apenas tienen perfume, algunas carecen
-completamente de él, y sin embargo ningún país de la tierra ama como
-éste la floricultura. Toda japonesa bien educada aprende el arte de
-hacer ramilletes, como una señorita occidental aprende el piano ó la
-acuarela. No hay japonés que á la vista de un grupo de flores no quede
-inmóvil, en actitud reflexiva, lo mismo que un visitante de los museos
-de Europa ante un cuadro famoso. Hasta el bajo pueblo da su opinión
-sobre los matices y combinaciones de un ramillete, pues todos conocen
-desde la escuela el simbolismo y la armonía de las flores.
-
-En el curso del año las principales fiestas populares están
-reglamentadas y escalonadas por las sucesivas floraciones de arbustos y
-árboles. El japonés abarca en su veneración todas las flores, dedicando
-mayor predilección á las de los árboles, casi inadvertidas en otros
-países, que á la de los arbustos, más conocidas y apreciadas en el
-Occidente. Cuando al iniciarse la primavera florecen los cerezos, se
-organizan fiestas de un extremo á otro del Japón, que duran mientras
-existe dicha flor. Al pie de los árboles se congregan las muchedumbres
-para presenciar el _Miyaco-Odori_, la «Danza de los Cerezos», y estas
-romerías dan motivo á un consumo enorme de _saké_, pues el pueblo se
-embriaga por tradición, como lo hicieron sus ascendientes durante siglos
-para glorificar la vuelta de la primavera.
-
-Antes de la fiesta de los cerezos ha sido la de los ciruelos, en
-realidad la primera del año, pues dichos árboles florecen cuando las
-nieves empiezan á fundirse. Luego se suceden las otras fiestas florales,
-con acompañamiento de tacitas de _saké_, músicas y bailes de _geishas_.
-En Mayo es la fiesta de las peonías, que no son aquí inodoras, como en
-el resto de la tierra, gracias á los floricultores nipones que
-consiguieron darlas un ligero perfume de rosa. Después son festejadas
-las glicinas de largos racimos, y las azaleas, que abundan mucho en los
-campos. En el curso del verano dedican su alegre glorificación á los
-iris, á los lotos, y al empezar el otoño se celebra la fiesta de la flor
-que pudiéramos llamar nacional, pues simboliza al Japón en el resto del
-mundo, la crisantema, de infinitas variedades.
-
-Además, el japonés festeja en el otoño el follaje de ciertos árboles que
-toma diversas tintas, como si sus hojas fuesen flores. Hay árboles que
-dan frutos en otros países y aquí se cultivan únicamente por su
-floración. En los ramilletes japoneses figuran como delicados
-componentes la flor del melocotonero, del peral, del ciruelo, del
-albaricoquero. Estas flores son infecundas; no contienen la esperanza de
-ningún fruto. Nacieron simplemente para lucir una belleza virgen y jamás
-conocerán la procreación.
-
-Todo el que llega á este país con la memoria llena de lecturas
-literarias pregunta por las _geishas_, desea verlas, creyendo que son la
-representación femenina del país. Es algo semejante á lo que ocurre en
-España cuando los extranjeros desean ver gitanas, creyendo que todas las
-españolas son la Carmen de Merimée, ó á la candidez de ciertos
-visitantes de París, que se imaginan conocer á la mujer francesa porque
-conversaron y bebieron con las danzarinas nocturnas de Montmartre.
-
-Algunos escritores europeos, después de cohabitar en un puerto del Japón
-con una _musmé_ de alquiler, la han exaltado y glorificado con su genio
-artístico, hasta hacer de ella el símbolo de la feminidad nipona.
-
-Esto es hermoso, pero completamente falso. En el Japón existen la
-esposa, la madre, la hija, mujeres de resignadas y virtuosas costumbres,
-que forman la inmensa mayoría de la población femenina, y existe
-igualmente la _geisha_, cada vez menos numerosa y más decadente, que es
-la bailarina y la música de los lugares de diversión.
-
-Esta especie de cocota nipona fué en otros tiempos, antes de que el
-Japón adoptase las costumbres occidentales, algo así como una
-institución nacional, destinada á satisfacer necesidades psicológicas
-más que físicas.
-
-Para explicar esto con más claridad, necesito decir que en el Japón no
-existe el amor como lo entendemos los occidentales, y si alguna vez
-llega á nacer, es de un modo dramático é ilegal, fuera de la casa, al
-margen del matrimonio. El japonés constituye su familia bajo la
-dirección indiscutible de sus padres, que lo casan sin tomarse la
-molestia de consultar su opinión. Lo mismo los casaron á ellos é
-igualmente fueron contrayendo matrimonio sus remotos ascendientes en el
-curso de siglos y siglos.
-
-Un amigo mío, profesor de lenguas europeas, me cuenta el breve y
-estupendo diálogo que tuvo hace pocos días con uno de sus discípulos.
-
---Mañana no podré venir á tomar mi lección, maestro, porque me caso.
-
-Acoge el profesor con extrañeza tal noticia. Nunca le había hablado su
-alumno de noviazgos. ¿Cómo ha guardado esto en secreto hasta el último
-momento?... ¿Quién va á ser su esposa?...
-
---No sé--contesta el joven--. No la conozco. Todo lo han arreglado mis
-padres, y fué ayer cuando me dijeron que debo casarme mañana.
-
-El japonés somete á su esposa á un régimen despótico, con arreglo á la
-tradición, y ésta le obedece en todo, sin la más leve protesta. Es
-posible entre ellos un plácido compañerismo, un afecto tranquilo y
-fraterno, pero no el amor tal como se ve en novelas y dramas. Por esta
-razón la literatura occidental sólo empieza á ser comprendida un poco
-por los japoneses que viven á la moderna y han viajado. Los demás, al
-leer obras célebres en Europa que sistemáticamente tienen por base el
-amor, levantan los hombros y sonríen como en presencia de algo infantil,
-indigno de respeto.
-
-La _geisha_ ha representado siempre para el padre de familia japonés la
-poesía de la vida, lo imprevisto y complicado que hace sufrir y
-proporciona deleite al mismo tiempo; en una palabra, el amor. Tiene en
-su casa varias mujeres, por el privilegio de la poligamia, pero éstas
-son abejas obscuras y laboriosas, dedicadas á la buena marcha del hogar.
-La _geisha_ es como la hetaira griega, y á semejanza de los atenienses
-del tiempo de Pericles, el daimio, el samurai ó el simple mercader han
-despreciado muchas veces á las hembras tranquilas y obedientes de su
-casa para ir en busca de la danzarina letrada, ingeniosa, maestra de
-buenas maneras y gran recitadora de versos.
-
-Los principios de la carrera de _geisha_ no son fáciles. Hay colegios
-especiales que las toman á los siete años, enseñándolas todo lo que
-puede hacer valer particularmente sus gracias y sirve para seducir á los
-hombres. Aprenden á tocar la guitarra, ejercitan sus voces, retienen en
-su memoria los pequeños poemas célebres, que ascienden á centenares, y
-sus maestras les enseñan además el arte de encontrar respuesta pronta é
-ingeniosa á las demandas masculinas. Su gran habilidad es la danza, sin
-saltos ni contorsiones, compuesta de actitudes que tienen algo de
-rituales, transmitidas á través de los siglos. Sólo á los catorce ó
-quince años salen de estos colegios, gobernados por una disciplina
-severa, para intervenir en los banquetes y alegrarlos con su presencia.
-
-En realidad, la _geisha_ no fué nunca una prostituída. Su verdadera
-misión es divertir á los comensales con su belleza y sus palabras. Todas
-ellas guardan las tradiciones de la cortesía japonesa, y han mantenido
-en los hombres, con su fino trato, la etiqueta y el mesurado lenguaje de
-otros tiempos.
-
-Las esposas quedaron siempre en el hogar conyugal, mientras el marido
-comía en la casa de té con las _geishas_. Algunas veces, si las mujeres
-legítimas asistían á tales banquetes, el marido no se mostraba
-intimidado por su presencia, y seguía acariciando familiarmente á las
-bailarinas, sin que esto pareciese extraordinario.
-
-Afirman los tradicionalistas que la _geisha_ es una profesional honesta
-y no va más allá de sus danzas, sus cantos y sus versos, evitando
-relaciones sexuales con sus clientes. Y añaden que éstos, por su parte,
-se contentan con la presencia y la conversación de las agradables
-muchachas. Tal vez haya sido así en muchas ocasiones, y los occidentales
-pequemos de maliciosos al no comprender unas orgías tan desinteresadas y
-puras. Mas no es menos cierto que algunas veces el japonés se enamora
-verdaderamente de la _geisha_, y como ésta es maestra en el arte de
-enardecer al hombre manteniéndolo á distancia y muestra una voracidad
-imprevisora y alegre para el derroche del dinero, tales relaciones duran
-años y años, perdiendo el enamorado en ellas toda su fortuna y hasta
-acaba suicidándose.
-
-Así como muchos llaman á los Estados Unidos «el paraíso de las mujeres»
-por la influencia enorme que ejercen éstas en la vida privada y en la
-pública, el Japón puede titularse «el paraíso de los maridos». Las leyes
-escritas, las costumbres, la jerarquía social, la organización de la
-familia, todo fué fabricado para los hombres. La mujer es la esclava del
-esposo, y éste ha tenido la habilidad de moldear durante siglos y siglos
-el pensamiento femenino de un modo tan hábil, que la pobre hembra
-todavía muestra agradecimiento porque la mantiene al lado de él y se
-esfuerza por adivinar su voluntad, cumpliéndola inmediatamente.
-
-Todas las japonesas á estilo antiguo adoran á su esposo como un dios, le
-obedecen sabiendo que no puede equivocarse, y la menor protesta femenina
-equivaldría á un sacrilegio. Al mismo tiempo se consideran felices
-porque el marido se digna aceptar su sacrificio.
-
-Vieron en su infancia cómo su madre se prosternaba ante el padre;
-aprendieron en el propio hogar que las mujeres son infinitamente
-inferiores al hombre, y por eso acogen con agradecimiento inmenso la
-menor muestra de consideración que se dignen darles. El japonés, por su
-lado, desde los primeros años de su niñez aprende con el ejemplo de sus
-mayores que la hembra sólo ha venido al mundo para servir al varón y
-procurarle placeres materiales. Así se comprende que la poligamia
-japonesa haya sido más tranquila y disciplinada que la de los
-musulmanes. Las esposas marcharon siempre de común acuerdo, como devotas
-unidas por el deseo de rendir culto á un mismo dios, sin las peleas y
-rivalidades de las reclusas del harén.
-
-Es la tradición la que ha reglamentado la vida matrimonial. Sin embargo,
-existe un código escrito de los deberes de la mujer, que redactó en el
-siglo XVII un moralista llamado Kaibara. En él se dice que las mujeres
-«nacen con los defectos de la indocilidad, el eterno descontento, la
-murmuración, los celos y la escasez de inteligencia», lo que las hace
-inferiores al hombre, y por ello es legítimo y oportuno que éste las
-someta á una dirección vigorosa.
-
-Según Kaibara, la mujer no debe tener dioses propios y mirará siempre á
-su marido como único dios, adorándolo al mismo tiempo que le sirve. El
-esposo debe ser su único cielo... Y como si reglamentase las ceremonias
-de un culto, añade que la esposa debe vestirse con humildad, adornarse
-únicamente para inspirar deseos á su marido, levantarse la primera y
-acostarse la última, y mientras el esposo duerme la siesta ella debe
-trabajar.
-
-Al casarse, el japonés pone á su esposa bajo la vigilancia y dirección
-de su propia madre, la cual, recordando lo que hicieron con ella,
-procura imponer á la recién llegada las mismas disciplinas que aguantó
-bajo la dominación de su suegra.
-
-Todo esto es el Japón antiguo, el matrimonio tal como existió durante
-miles de años y como subsiste aún en el campo y las ciudades de
-provincia. Pero al adoptar el país los adelantos materiales de
-Occidente, copiando sus costumbres, esta constitución tiránica de la
-familia, dentro de la cual las esposas no son más que domésticas de
-clase superior, empieza á modificarse de un modo alarmante para los
-guardadores de la tradición.
-
-El militar japonés uniformado como los de Occidente, el diplomático y el
-alto funcionario puestos de frac, han tenido que llevar sus esposas á
-las fiestas de la corte imperial y á las de las Legaciones, vestidas á
-la moda europea. Esto que al principio fué tolerado por los maridos como
-un disfraz necesario, porque así convenía á la nueva existencia del
-Japón y porque lo ordenaba el emperador, ha ido modificando el alma
-femenina con un lento goteo corrosivo y disolvente.
-
-Existen ya en las altas clases muchas japonesas que no toleran la
-poligamia, conocen los celos, expresándolos francamente, y se niegan á
-continuar la esclavitud resignada y agradecida de sus abuelas. Con el
-transcurso del tiempo, este conflicto familiar--que es el tema de muchas
-novelas japonesas modernas--irá aumentando y se extenderá á todas las
-clases sociales. Se comprende dicha transformación después que las
-japonesas han conocido de cerca la existencia más independiente y digna
-de las mujeres blancas, especialmente de las norteamericanas. Los
-esclavos--como dice Brieux[C]--sólo encuentran tolerable su situación
-mientras viven con seres de su misma clase, y se consideran desgraciados
-si ven de cerca á los que gozan de plena libertad.
-
-La evolución industrial del país contribuye rápidamente á las
-transformaciones de la mujer. Ésta es ahora obrera en las fábricas,
-escribe á máquina en las oficinas, desempeña empleos en almacenes y
-tiendas, así como en muchas administraciones del gobierno, y al ganar su
-vida puede existir independientemente, sin el apoyo del hombre, que ya
-no es para ella el «dios único» recomendado por Kaibara. Si se casan y
-quedan viudas, no realizarán seguramente lo que exigía este venerable
-moralista, «pintarse los dientes de negro, cortarse los cabellos,
-afeitarse las cejas, hacerse feas para no inspirar tentación á ningún
-otro hombre».
-
-Sin embargo, las mujeres que no son ricas y carecen de una profesión
-para ganarse el arroz continúan sometidas al despotismo marital, á
-estilo antiguo. Temen que su esposo pida el divorcio, pues rara vez el
-hombre deja de ser atendido por los tribunales cuando desea repeler á
-una de sus cónyuges. Los motivos de divorcio son numerosísimos en el
-Japón, y entre ellos figuran _que la esposa no obedezca las órdenes de
-la suegra; que muestre celos del marido; que se enfade con él,
-profiriendo palabras descorteses_. Si tales motivos rigiesen en los
-demás países, inútil es decir que ya estarían disueltos casi todos los
-matrimonios de la tierra.
-
-Es diversa la moralidad del pueblo japonés á la de las naciones
-occidentales, y ofrece un aspecto contradictorio, de difícil explicación
-para nosotros. Lo mismo ocurre con su pudor, que en todas partes es una
-consecuencia de la moral imperante.
-
-No mostrará en público la mujer japonesa una línea de sus piernas ni una
-parte de su pecho. El escote y los brazos desnudos de las occidentales,
-vestidas con trajes de ceremonia, le parecen algo desvergonzado é
-inaudito. Las _geishas_ van envueltas siempre en suntuosos kimonos,
-cerrados sobre el cuello y que descienden hasta sus manos y sus pies. En
-el Yosywara, barrio de placer de las principales ciudades japonesas, las
-rameras se mostraban hasta hace poco en escaparates á la parte exterior
-de los burdeles, pero todas ellas, llevando su rostro pintado como una
-máscara, permanecían con aire pudibundo envueltas hasta los talones en
-pesadísimas vestiduras bordadas de plata y oro.
-
-Al mismo tiempo, este es el país donde hombres y mujeres toman el baño
-en público. Los tenderos, para no abandonar su establecimiento, tienen
-una bañera debajo del mostrador, medio tonel, dentro del cual permanecen
-en cuclillas. Si entra un parroquiano, se ponen de pie para servirle, y
-la tendera muestra sonriente, con tranquilo impudor, sus exiguas
-amenidades superiores, limitándose á colocar delante de ellas una
-servilleta de papel menos grande que la palma de la mano. En los hoteles
-á estilo del país, las criadas asisten al baño de los viajeros, y á su
-vez, se muestran con la mayor tranquilidad cuando salen casi desnudas
-del mismo lugar.
-
-Como la mujer fué considerada siempre inferior al hombre, no mereciendo
-ningún aprecio moral, la prostitución ha sido tenida hasta hace poco
-como una industria femenina, sin consecuencias para el honor de las
-familias.
-
-Los padres vendían sus hijas á las grandes casas del Yosywara. Las
-familias decentes, cuando salían á paseo por la noche, se encaminaban á
-dicho barrio, á causa de la animación de sus calles esplendorosamente
-iluminadas y á la enorme cantidad de teatros y establecimientos de danza
-confundidos con las mancebías en este lugar de placeres. Las hijas de
-buena familia saludaban á sus amigas que, vistiendo kimonos de regia
-suntuosidad, se mostraban en los escaparates, esperando la orden de un
-cliente. Luego conversaban con ellas, sin ninguna extrañeza,
-considerando natural este cambio de situación.
-
-El penúltimo emperador, que tantas reformas hizo en medio siglo de
-reinado, para dar un aspecto moderno á su país, tuvo que prohibir por
-una ley, en 1870, que los padres siguieran vendiendo sus hijas á las
-traficantes del Yosywara. Pero hay quien dice que no por eso se han
-cortado definitivamente las relaciones entre algunas familias y las
-casas de lenocinio.
-
-Yo he visto los Yosywaras de otras ciudades japonesas, pero no el de
-Tokío, pues lo destruyó completamente el incendio hace tres meses, al
-ocurrir el último terremoto.
-
-Me enseñan fotografías de este lugar alegre después de la catástrofe.
-Como todos sus palacios de paredes policromas y aleros salientes,
-cubiertos de inscripciones doradas, de linternas y banderolas, eran
-construídos con madera y lienzo, ardieron en unos minutos, abrasando á
-sus habitantes y cerrando el paso á los que huían. Sobre los tizones
-apagados veo pirámides de cadáveres desnudos, y confundidos de tal modo,
-que no se puede adivinar el sexo de cada uno de ellos. Únicamente
-sabiendo la extremada delgadez y la pequeña estatura de la japonesa,
-pueden reconocerse como cuerpos femeninos unos cadáveres que en el
-primer momento parecen de muchachos.
-
-Quince mil huéspedas existían en el Yosywara de Tokío en el momento del
-incendio. Ya no se permite en los de otras ciudades que las mujeres se
-exhiban en escaparates sobre la calle. Éstos se abren ahora en el zaguán
-de la casa, y el transeunte no tiene mas que pasar un pie sobre el
-umbral para ver las mercancías expuestas en el interior. Lo que
-permanece sobre las fachadas de dichos establecimientos es una hilera de
-fotografías de tamaño más que natural, representando en trajes de
-_geishas_ y con grandes flores sobre las sienes á las pensionistas del
-establecimiento.
-
-Debo decir que estas jóvenes muestran una corrección pudorosa en la
-práctica de su industria. Esperan el momento de ejercerla
-tranquilamente, sin un ademán excitante, sin una palabra deshonesta, sin
-mostrar siquiera uno de sus pies. Su rostro guarda una sonrisa inmóvil,
-y están como encogidas dentro de sus vestiduras brillantes y gruesas de
-imagen sagrada. Es verdad que aunque quisieran ser descocadas en sus
-palabras no podrían conseguirlo. El idioma es el principal apoyo de la
-cortesía y las buenas maneras de este pueblo. La lengua japonesa no
-tiene palabras para insultar á un enemigo ni para expresar obscenidades.
-Todo su diccionario es un manual de buena educación.
-
-El mortífero incendio del Yosywara, con sus 15.000 mujeres carbonizadas,
-me hace recordar una catástrofe mayor, ocurrida en otro de los barrios
-de Tokío.
-
-Me muestran numerosas fotografías de la explanada de Hifukusho, donde
-perecieron 40.000 personas quemadas ó aplastadas. Al temblar la tierra
-huyeron las familias de sus viviendas, aglomerándose en los lugares
-descubiertos, plazas, paseos, terrenos baldíos. Esta explanada de
-Hifukusho, de unas cincuenta hectáreas, abierta en plena ciudad, y que
-tenía una cerca de planchas de cinc para ser utilizada por los
-militares, fué el sitio adonde afluyeron los habitantes de todos los
-barrios limítrofes. Los hombres arrastraban carretillas llevando en
-ellas sus mejores muebles; otros corrían doblados bajo el peso de fardos
-de ropa hechos apresuradamente. Las mujeres tiraban de filas de niños,
-gritando para atraer á los rezagados.
-
-Un guardia de policía vigilaba su entrada. En el primer momento, fiel á
-su consigna, intentó oponerse al avance de la muchedumbre. Pero ésta fué
-engrosando, la tierra repetía sus temblores, gritaban las mujeres,
-lloraban los niños, y el policía, conmovido por el peligro general,
-acabó por olvidarse de su deber, dejándolos pasar. Al poco rato 40.000
-personas se aglomeraban dentro de la explanada con sus carretones,
-muebles y fardos, tan estrechamente, que no podían moverse. Pero una
-alegría egoísta les hizo reir y bromear. En este espacio libre se
-consideraban salvos y seguros, mientras empezaba á arder Tokío.
-
-Las llamas se fueron extendiendo por el horizonte y avanzaron como dos
-brazos rojos, hasta juntarse, cerrando toda salida. Esto no consiguió
-que la gran masa de refugiados perdiese su buen humor. El incendio
-estaba lejos y no podía llegar hasta ellos en una explanada
-completamente descubierta.
-
-De pronto sopló el ciclón, completando la obra del terremoto y del
-incendio. Las llamas verticales se inclinaron bajo el impetuoso bufido,
-con una horizontalidad destructora. La succión atmosférica aumentó el
-ardor de los inmensos braseros. Llovieron maderas encendidas,
-arrastradas á enormes distancias. Se elevó la atmósfera á una
-temperatura de horno, y las planchas metálicas de la cerca se
-enrojecieron, quemando á cuantos se aproximaban á ellas. Se arremolinó
-la enorme masa humana en este espacio, cada vez más angustioso para sus
-pulmones. Le era imposible moverse; le faltaba aire para respirar;
-llovía fuego.
-
-Los más perecieron quemados vivos. Algunos, con el empuje de la
-desesperación, marcharon ágilmente sobre la muchedumbre, poniendo los
-pies en sus apretadas cabezas. Pero morían también al llegar á las
-vallas enrojecidas, ó más allá, junto á la línea de edificios
-llameantes.
-
-Algunos testigos lejanos de la catástrofe describen un espectáculo
-inaudito, que presenciaron repetidas veces. Por el enorme calentamiento
-del aire ó por las succiones del ciclón, las personas subían ardiendo á
-través de la atmósfera lo mismo que cohetes voladores, cayendo poco
-después en un brasero crepitante de grasa cuyos tizones eran cuerpos
-humanos.
-
-Cuando extinguido el incendio se procedió á la limpieza de la explanada
-de Hifukusho, los fúnebres exploradores tuvieron que recoger con palas y
-carretillas las cenizas de esta inmensa hoguera.
-
-Más abajo de la costra de cuerpos carbonizados fueron encontrando otros
-cadáveres enteros, que habían perecido por aplastamiento y sofocación.
-Los de arriba les habían derribado y pateado para abrirse paso, sin
-conseguir otra cosa que morir á su vez ardiendo.
-
-La capa inferior de muertos estaba compuesta de mujeres, de niños, de
-ancianos. Debajo de ella se encontraron varios pequeñuelos que
-respiraban aún y fueron devueltos á la vida.
-
-Sus madres, pobres mujercitas amarillas, se habían arqueado sobre ellos,
-con instintiva precaución, procurando mantenerlos intactos hasta el
-último momento bajo sus cuerpos agonizantes.
-
-El policía no fué de los muertos, pero como buen japonés creyó necesario
-expiar su olvido de la disciplina, su tolerancia misericordiosa, que
-había abierto las puertas de la eternidad á 40.000 personas.
-
-Y fiel á la tradición del _Hara-Kiri_, se rajó el vientre con su
-machete, echándose las tripas afuera, como un antiguo samurai.
-
-
-
-
-XVIII
-
-LOS DOS SHOGUNES DE NIKO
-
- Muchos templos y poca religiosidad.--La cortesía con todos los
- dioses.--Única religión verdadera del japonés.--Los muertos
- mandan.--Todos los japoneses acaban siendo dioses.--El
- sintoísmo.--Las tumbas de los dos Shogunes.--El Pericles
- japonés.--Sus máximas morales.--San Francisco Javier.--El consejo
- que le dan los japoneses.--Fácil difusión del
- cristianismo.--Inquietud de los Shogunes.--Miedo al Papa y al rey
- de España.--Se cierra el Japón por 250 años.--Persecuciones y
- martirios de los misioneros.--Camino de Niko.--La buena educación
- de una caja de comida.--Un regalo de cuarenta kilómetros de árboles
- gigantescos.
-
-
-Abandono por unas semanas mi camarote del _Franconia_.
-
-Voy á correr la parte más interesante del interior del Japón. Luego un
-buque del país me llevará á Fusán, puerto de Corea, atravesaré este ex
-reino que los japoneses se han apropiado, seguiré á través de la
-Manchuria, que ocupan igualmente con un carácter temporal, entraré en
-China, viviré en Pekín, y cruzando gran parte del Imperio Celeste,
-convertido hoy en República, llegaré á Shanghai, donde me esperará el
-paquebote con mi dormitorio flotante lleno de libros y recuerdos.
-
-Primeramente voy hacia el Norte en mi viaje por el Japón, alejándome de
-la ruta que debo seguir después. No quiero irme de este país sin conocer
-Niko, la Sagrada Montaña de Niko, el monumento fúnebre más suntuoso y
-artístico que posee el Japón.
-
-En la tierra nipona abundan templos y santuarios. Contemplando el
-paisaje desde las ventanillas del tren, cada vez que veo un grupo de
-árboles sé que á continuación asomarán entre el follaje los tejados de
-un templo budista ó sintoísta. Todos ofrecen un exterior interesante,
-más por la vegetación que los rodea que por su arquitectura. Si
-arrasasen los grupos de árboles y de arbustos floridos, parecerían
-muchos de ellos miserables barracas.
-
-Tal abundancia de templos no supone que el pueblo japonés sea
-extremadamente religioso. Por una contradicción de su carácter complejo,
-los japoneses son el pueblo de la tierra que posee más templos y al
-mismo tiempo el de menos religiosidad. Tal vez provenga esto de su
-cortesía extremada, que les aconseja asociarse á toda manifestación
-pública en honor de un gran personaje, sea hombre ó sea dios.
-
-Los japoneses de clase superior, los letrados, fueron siempre discípulos
-de Confucio--como sus maestros los intelectuales chinos--, ó sea,
-racionalistas propensos á la incredulidad, no profesando ninguna de las
-religiones positivas. El pueblo, en cambio, las venera todas, sin
-establecer entre ellas ninguna diferencia.
-
-La verdadera religión original del país fué el culto de los _Kamis_, de
-los Antepasados, que ha servido de base al moderno sintoísmo.
-
-Durante muchos siglos esta religión veneró con sencillez los dioses de
-la mitología japonesa, de que ya hablamos, únicamente por ser padres del
-Japón; mas al despojarse el Mikado de su poder político para cederlo á
-los Shogunes, fué extremando su autoridad religiosa en su retiro de
-Kioto, convirtiéndose finalmente en una especie de pontífice, que
-confirió la dignidad de altos sacerdotes á sus cortesanos.
-
-En los tiempos modernos el culto de los _Kamis_ ha ido tomando un
-carácter más concreto, hasta ser la religión patriótica del sintoísmo,
-única que respetan verdaderamente los japoneses. Yo he visto reir á
-familias enteras, regocijadas por los enormes Budas de majestuosa
-fealdad que existen en los templos de algunas ciudades. Igualmente ríen
-de muchas creencias antiguas, pero ninguno se permitirá la más ligera
-broma sobre el altar de los Antepasados que cada cual tiene en su casa,
-ni sobre el sintoísmo, culto de la patria japonesa.
-
-El budismo, que penetró en el país á mediados del siglo VI, siguiendo la
-influencia de la civilización china, se ha corrompido mucho por la
-avaricia y el lujo de sus sacerdotes, dividiéndose hasta contar treinta
-y cinco sectas diferentes. Las boncerías ó conventos budistas se
-convirtieron en lugares de prostitución. Muchos de sus templos estaban
-rodeados hasta hace poco de las llamadas casas de té. Una peregrinación
-budista era una especie de Carnaval, abundante en desenfrenos carnales.
-Los Shogunes tuvieron que reprimir muchas veces los escándalos de los
-bonzos y los desórdenes provocados por ellos.
-
-Al adoptar el Japón en nuestra época los progresos y usos de Occidente,
-necesitó como medida defensiva resucitar su antigua religión nacional,
-algo olvidada, y el culto de los _Kamis_ tomó el nombre de sintoísmo.
-Este culto es algo superior que se sobrepone á las otras creencias y
-resulta compatible con todas ellas.
-
-Un nipón puede ser budista, cristiano y hasta ateo, ejerciendo al mismo
-tiempo el culto sintoísta. En japonés, _shinto_ significa «Camino de los
-dioses», y el nombre resulta apropiado, pues todos al morir en el Japón
-emprenden el camino para convertirse en dios.
-
-El sintoísmo es la religión de los muertos; pero los muertos japoneses
-no apartan sus espíritus de la tierra. En las demás religiones,
-cristianismo, mahometismo, etcétera, que proclaman la inmortalidad del
-alma, ésta, al separarse del cuerpo, va á habitar determinadas regiones,
-de felicidad ó de expiación, celestiales ó infernales, lejos de nuestro
-mundo. Para los japoneses, las almas de los muertos no se alejan de
-nuestro planeta. Siguen en él, con una existencia invisible para
-nuestros ojos, pero material, como el aire ó como el fuego. Viven
-alrededor de sus descendientes, les acompañan dentro de sus casas,
-residen en el altarcito de los Antepasados, y el japonés les ofrece
-arroz y _saké_, los saluda todas las mañanas y los consulta en momentos
-graves de su existencia. Cree firmemente que «los muertos mandan» porque
-son más numerosos que los vivos, y aglomerando sus experiencias saben
-más que éstos.
-
-Los que aún están dentro de la vida se engañan cuando creen que sus
-actos son producto espontáneo de su voluntad. Los muertos les empujan
-sin que ellos lo sepan y les sugieren sus acciones. La devoción á la
-memoria de los Antepasados es, según los moralistas japoneses, «el
-resorte de todas las virtudes».
-
-Cuando el almirante Togo destruyó la flota rusa, asegurando con ello el
-triunfo definitivo de su país, el viejo emperador envió la siguiente
-alocución á las tripulaciones: «Gracias á vuestra lealtad y vuestra
-bravura he podido contestar dignamente á las preguntas que me dirigían
-los espíritus de mis Antepasados.» Y al oir tales palabras, los marinos
-japoneses lloraron de emoción.
-
-Este sintoísmo que acabo de describir en una forma sumaria,
-prescindiendo de las complicaciones y sutilezas niponas, es más grosero
-y material en el bajo pueblo, predispuesto siempre á las
-supersticiones. Los templos sintoístas, al tener sacerdocio y culto
-oficiales, adoptaron poco á poco muchas ceremonias de los bonzos. Los
-japoneses, al entrar en un templo sintoísta, dan dos palmadas para que
-acudan los dioses á escucharles, si acaso están distraídos ó ausentes.
-Otras veces tiran de una cuerda al extremo de una campana, para atraer
-de igual modo la atención divina. Pero lo mismo el campesino y el
-marinero predispuestos á las ofrendas y los llamamientos para ablandar á
-los espíritus, que los letrados de incredulidad confuciana, todos, al
-ser sintoístas, adoran á su patria, único país de la tierra de origen
-divino, cuyos soberanos son nietos de los dioses, y con ello se adoran á
-sí mismos.
-
-No hay japonés que no se considere en el camino que conduce á la
-divinidad, seguro de que cuando muera sus herederos le rendirán culto en
-el altar de familia. El agente de policía que reglamenta la circulación
-de los vehículos en la calle, el vendedor de frutas ó el campesino que
-pasan con un largo bambú sobre un hombro del que penden dos banastas, el
-viejo que tira de la _koruma_, el militar que va á caballo, el marinero
-que pesca en el Mar Interior tripulando un barco de forma arcaica, todos
-serán dioses con el curso del tiempo, y después de su muerte vivirán en
-la atmósfera, cerca de sus familias, influyendo en las acciones futuras
-de éstas, como los Antepasados dictan en la actualidad sus propias
-acciones. Los remotos descendientes se prosternarán ante su imagen
-invisible antes de emprender un viaje, implorando su protección, y al
-volver harán lo mismo para darle gracias. Quemarán varillas de incienso
-ante su altar, como él las quema ahora en honor de remotísimos abuelos,
-cuyos nombres desconoce, pero de cuya existencia divina no duda un
-momento.
-
-La Sagrada Montaña de Niko adonde yo voy está cubierta de templos de
-distintos ritos, y sin embargo las muchedumbres de peregrinos que la
-frecuentan todos los años sienten fundidas sus almas por una absoluta
-unidad religiosa y acuden á ella para venerar el espíritu de dos grandes
-muertos, dos Shogunes de la dinastía Tukagawa, llamados Yeyasu y
-Yemitsu, que hicieron la grandeza del Japón.
-
-Yeyasu, el más célebre, sujetó para siempre á los señores feudales,
-abriendo una era de paz y progreso que duró 250 años. Muchos
-historiadores le llaman «el Pericles japonés».
-
-Bajo su gobierno, en el siglo XVI, florecieron los poetas y pintores más
-notables del país. Estableció relaciones comerciales con los otros
-pueblos de Asia y las repúblicas mercantiles de Europa. Siguió
-atentamente lo que ocurría en América, viendo extenderse la conquista y
-la colonización españolas desde más arriba del golfo de Méjico al cabo
-de Hornos.
-
-Este hombre de guerra, que venció en los combates á la revoltosa
-aristocracia de los daimios, fué al mismo tiempo un filósofo y ha dejado
-sabias máximas que repiten todavía las familias.
-
-«La perseverancia es la base de la eterna felicidad.»
-
-«El hombre que sólo ha visto la cumbre y no conoce las amarguras del
-valle no puede llamarse hombre.»
-
-«La vida es un fardo muy pesado, pero no debes lamentarte de que te
-desuelle la espalda.»
-
-«Necio es el que se deja marear por las vanidades humanas.»
-
-«La culpa de nuestros males debemos atribuirla á nosotros mismos.»
-
-«Todo en exceso causa pena, y es preferible que falte á que sobre.»
-
-Cuenta Lafcadio Hearn que cuando Yeyasu, después de sus victorias, era
-dueño absoluto del Imperio, lo sorprendió una mañana uno de sus
-servidores sacudiendo un viejo kimono de seda para conservarlo.
-
---No creas--dijo--que hago esto por el valor de la prenda, sino por
-respeto al trabajo de la pobre mujer que la fabricó con largos
-esfuerzos. Si al usar las cosas no recordamos el tiempo y las penas que
-ha costado su producción, esta falta de respeto nos coloca al nivel de
-las bestias.
-
-Otra vez se negó á admitir unos vestidos nuevos que le ofrecía su mujer,
-añadiendo así:
-
---Cuando pienso en las multitudes que me rodean y en las generaciones
-que vendrán después, creo mi deber vivir económicamente, pues si
-despilfarro le quito á alguien la parte que le corresponde.
-
-Al morir Yeyasu y ser enterrado en la Sagrada Montaña de Niko, la
-gratitud nacional transformó aquélla en monumento patriótico. Los
-templos se han amontonado en sus laderas, formando una escolta eterna á
-la tumba del célebre Shogun y á la de Yemitsu, su digno sucesor. Todos
-los años, en primavera, acuden miles de peregrinos desde las provincias
-más lejanas del Imperio para celebrar la memoria de estos gobernantes.
-
-Guarda de ellos el pueblo un recuerdo casi legendario, haciendo de su
-época el período de mayor felicidad nacional. Y sin embargo, bajo su
-gobierno se cerró el Japón á los europeos, quedando aislado dos siglos y
-medio del resto del mundo. También en el período del segundo de los dos
-Tukagawa se inició la cruel persecución contra el cristianismo,
-ordenándose horribles suplicios, en los que perecieron tantos misioneros
-mártires de su fe.
-
-El primer propagandista del cristianismo que penetró en el Japón fué un
-español, San Francisco Javier. Al conocer por el marino portugués Méndez
-Pinto la existencia de este Imperio idólatra y misterioso que acababa de
-descubrir, el misionero navarro se creyó escogido por Dios para
-evangelizar dicha tierra.
-
-Nadie le opuso obstáculos en sus correrías por el archipiélago. La
-primera descripción de Kioto la hizo él durante su permanencia en esta
-capital teocrática. El Shogun que gobernaba entonces el Imperio acogió
-con escéptica bondad la llegada del propagandista de una nueva religión.
-
---Será una secta más--dijo--que tendremos en el país.
-
-La gente instruída escuchó atentamente, con su cortesía tradicional, las
-predicaciones del futuro santo. Luego algunos letrados le dieron la
-siguiente respuesta, digna de su tolerancia confucista:
-
---Nuestros maestros son los chinos. De su país nos han llegado las
-artes, la literatura, la filosofía, el budismo. No pierda el tiempo
-predicándonos á nosotros. Vaya á la China, y si convence á las gentes de
-allá, seguiremos el mismo camino sin necesidad de misioneros.
-
-Este consejo hizo honda impresión en San Francisco Javier, y desde
-entonces sólo pensó en la conquista espiritual de la China. Abandonó el
-Japón, volviendo á las misiones portuguesas de la India, y allí se
-dedicó al estudio del idioma chino y á reunir amistades para entrar
-libremente en el vasto Imperio. Pero cuando al fin pudo emprender el
-viaje á Cantón, tuvieron que desembarcarlo en una de las numerosas islas
-de la bahía de Hong-Kong, donde murió.
-
-Detrás de él empezaron á llegar al Japón otros misioneros, que
-obtuvieron rápidos éxitos con sus predicaciones. El pueblo japonés había
-admitido la doctrina budista y no necesitaba hacer un esfuerzo enorme
-para aceptar el cristianismo. En pocos años la nueva religión llegó á
-contar 200.000 adeptos. Uno de los misioneros españoles consiguió que el
-príncipe de Sendai, feudatario del Mikado, enviase una embajada al Papa.
-Ésta fué recibida en Roma y en la corte de Madrid con ostentosas
-ceremonias, creyendo todos, por la confusión geográfica de aquellos
-tiempos, que venía en nombre del emperador del Japón.
-
-Fué además aquel período el de mayores guerras entre los daimios
-ingobernables y el Shogunato, empeñado en establecer el orden y la
-unidad nacional.
-
-El avisado Yeyasu, vencedor definitivo del feudalismo, vió un peligro
-político en la nueva religión.
-
-Pretendían emplearla los daimios más rebeldes como un medio para
-resucitar la guerra. La vanidad patriótica y el excesivo celo religioso
-de algunos misioneros, que no se recataban en mostrar públicamente su
-amistad con los rebeldes, aumentaron los recelos del Shogun. Éste seguía
-con inquietud el engrandecimiento de los reyes de España, dueños de la
-mayor parte de América y poseedores de las Filipinas, casi á las puertas
-del Japón. Varias veces llegaron hasta sus oídos palabras arrogantes
-proferidas por españoles religiosos ú hombres de mar. No consideraban
-empresa imposible que algún día el rey de las Españas enviase una flota
-á estas islas, como las había enviado á tantos países remotos.
-
-Además, el Shogunato, al adquirir informes de la vida de Europa,
-consideró con cierto miedo al Papa. La suspicacia japonesa sintióse
-inquieta al saber que el jefe de la nueva religión, establecido en Roma,
-llevaba tres coronas en su tiara y tenía potestad divina para quitar los
-reinos á unos monarcas, dándoselos á otros para que sostuviesen la fe.
-
-Los misioneros cristianos, en su mayor parte españoles, parecían á los
-Shogunes más peligrosos por su energía y su afán de sacrificio que los
-corrompidos bonzos, domeñados por ellos para siempre. Eran unos
-conquistadores tan audaces y duros como sus compatriotas que se habían
-adueñado de América. Se valían de la palabra y del sacrificio pasivo,
-como los otros de la espada.
-
-En tiempos de Yemitsu, el segundo Tukagawa enterrado en Niko, se ordenó
-la expulsión de todos los misioneros, la supresión del culto cristiano,
-y quedaron cerrados los puertos á todo buque que no fuese japonés,
-aislándose el Imperio del resto de la tierra. Ningún natural del país
-pudo salir de él y se prohibió bajo penas severas el aprender las
-lenguas occidentales.
-
-Volvieron los misioneros ocultamente, arrostrando los tremendos castigos
-con que les amenazaban, y empezó el largo martirologio japonés de
-jesuítas, franciscanos y otras órdenes religiosas.
-
-Los holandeses fueron los únicos blancos que obtuvieron permiso para
-hacer un pequeño comercio con el Japón, pero á costa de enormes
-humillaciones. Vivían acorralados en el exiguo islote de Décima, cerca
-de Nagasaki, y sólo podían traficar después de haber demostrado que no
-eran cristianos, para lo cual los sometían á varios actos blasfematorios
-y á otras ceremonias en las que infamaban los más altos símbolos del
-cristianismo. Muchos de estos mercaderes podían hacerlo sin
-remordimiento, pues en realidad eran judíos de origen español ó
-portugués nacionalizados en Holanda.
-
-Llevo varias horas de viaje en el tren. Llegaremos á Niko muy entrada la
-noche, y creo oportuno comprar un _bento_ para comer en el vagón.
-
-El _bento_ es una caja de madera blanca llena de comestibles, que venden
-en todas las estaciones. El arroz hervido está en una cajita de cartón
-con los correspondientes palillos para comerlo. Los otros manjares van
-envueltos en papeles de seda, con la prolijidad y limpieza de un pueblo
-de grandes embaladores. Además, me entregan una tetera de barro rojo con
-su tacita, para que remoje mi banquete á la japonesa con la bebida
-nacional.
-
-Se muestra la exquisita cortesía nipona hasta en la preparación de esta
-cena comprada. El papel de seda que envuelve la caja lleva el siguiente
-saludo, que me traduce un amigo: «Sabemos que el presente _bento_ es
-indigno de usted, pero sírvase aceptarlo por bondad.»
-
-Este arte del embalaje, que igualmente poseen los chinos, se muestra en
-todos los bultos que llevan mis compañeros de vagón. El japonés no
-necesita comprar maletas. Cuando las usa, son de ligerísimo tejido de
-paja. Por regla general, se fabrica él mismo su equipaje con hojas de
-papel é hilos, siendo asombrosas la solidez y la gracia que sabe dar á
-sus envoltorios.
-
-Ha cerrado la noche, borrándose los paisajes en los cristales de las
-ventanillas. Ahora son opacos y reflejan las luces interiores, así como
-nuestros rostros, algo caricaturescos por el incesante movimiento. Un
-amigo japonés, para distraerme, me va relatando las cinco grandes
-fiestas anuales del Japón, llamadas _goséquis_.
-
-La primera es la del principio de año. Antes correspondía á nuestro
-primero de Febrero, pero el penúltimo emperador, deseoso de unificar la
-vida de su país con la del Occidente, decretó en 1873 que el año del
-Japón debía empezar con el nuestro.
-
-Ahora solemnizan los japoneses el primero de Enero con visitas de
-felicitación y aguinaldos, que consisten especialmente en abanicos.
-Algunos tradicionalistas regalan, á estilo antiguo, un cucurucho de
-papel que contiene un pedazo de pescado seco. La segunda fiesta es la de
-las Muñecas, dedicada á las _musmés_. La tercera la de las Banderas, y
-es la fiesta de los muchachos. La cuarta se llama de las Linternas y
-Lámparas, y tiene por escenario las hermosas noches del verano. La
-quinta es la de las Crisantemas, y en este día las familias deshojan
-dichas flores sobre las tazas de té ó las copas de _saké_.
-
-Luego volvemos á hablar de los dos gloriosos Shogunes, y de cómo,
-después de muertos, el pueblo en masa contribuyó al embellecimiento de
-la Sagrada Montaña que guarda sus tumbas.
-
-Un noble de aquella época tuvo una iniciativa, digna de este país que
-tanto ama los árboles y las flores. Dejó que los demás elevasen templos
-ó bordeasen las avenidas de la montaña con largas filas de linternas de
-piedra sobre pedestales, llamadas _toros_.
-
-Otros admiradores de los dos Shogunes levantaron á la entrada de los
-caminos esas portadas japonesas, compuestas de dos enormes troncos
-cilíndricos que se remontan en suave disminución y sostienen un dintel
-de gruesos maderos, rematado horizontalmente por dos puntas ligeramente
-encorvadas como cuernos. (Tales arcos reciben el nombre de _toris_.)
-
-El original donador, que era un daimio arruinado, ofreció plantar de
-criptomerios diez leguas del camino que conduce á Niko, y para que no le
-acusasen de tacaño, los plantó á corta distancia unos de otros. El
-criptomerio llega á adquirir gigantescas proporciones: es el cedro del
-Japón.
-
-Los de Niko llevan ya trescientos años de crecimiento. Sus troncos se
-tocan, y este camino de 40 kilómetros entre dos vallas de árboles
-apretados resulta una de las maravillas más interesantes de la tierra.
-
-
-
-
-XIX
-
-AL PIE DE LA MONTAÑA SAGRADA
-
- Niko en la noche.--El canto infinito de la Montaña Sagrada.--La
- temperatura inexplicable del Japón.--Nieve y plantas
- tropicales.--La desnudez japonesa.--Junto al brasero del
- anticuario.--El sereno de las castañuelas.--El amanecer en un hotel
- del interior del Japón.--El Puente Sagrado.--Cómo una enorme
- serpiente roja se doblegó en arco para servir á un
- santo.--Murmullos de agua y musgos invasores.--Los árboles
- casamenteros.
-
-
-Llegamos á Niko en la espesa sombra de la noche, á merced de nuestros
-guías, sin saber adónde nos llevan.
-
-Mucho antes vimos desde la ventanilla una muralla de ébano que iba
-extendiéndose ante el tren en sentido inverso para perderse en la
-obscuridad: el famoso camino de los criptomerios. Esta enorme cerca
-vegetal se interrumpe en las cercanías del pueblo; la han echado abajo
-para la edificación de nuevas casas.
-
-Niko, cuyo nombre repiten todos en el Japón, es simplemente una aldea;
-menos que esto, una calle única; dos filas de casas á ambos lados del
-camino que conduce á la Montaña Sagrada. Estos edificios tienen sus
-puertas y ventanas enrojecidas por la luz cuando pasamos ante ellos
-sentados en veloces _korumas_. Son hospederías puramente japonesas para
-los peregrinos que llegan en la primavera y el estío; alojamientos donde
-los huéspedes comen sentados en el suelo y duermen sobre una esterilla
-con almohada de madera. En las otras casas hay tiendas de «recuerdos»
-para los visitantes, y como éstos no abundan en el invierno, sus dueños
-venden pieles de oso negro cazado en las montañas próximas.
-
-Nos llevan al Hotel Kanaya, el alojamiento más importante, compuesto de
-numerosos edificios y un vasto jardín, especie de pueblo aparte dentro
-de Niko. Estos edificios son en su parte baja iguales á los grandes
-hoteles de Occidente. Su dueño actual, último representante de una
-dinastía de Kanayas que empezaron siendo guías de la Montaña Sagrada,
-muestra orgulloso un álbum con las firmas del heredero de la corona de
-Inglaterra y otros visitantes célebres del Japón que vinieron á alojarse
-en su establecimiento. Los pisos superiores tienen las comodidades
-europeas; pero una parte del mueblaje, la disposición de las
-habitaciones y su servidumbre puramente nipona hacen recordar al viajero
-que se halla en el centro de una isla del Extremo Oriente.
-
-Acompañando á una señora vuelvo al pueblecito de Niko, para lo cual
-descendemos á pie la suave colina ocupada por el «Kanaya Hotel». Son las
-diez de la noche, ya están cerradas las tiendas, pero un guía nos habla
-de cierto almacén de antigüedades abierto hasta después de media noche
-para que los viajeros puedan dedicar en absoluto el día siguiente á la
-visita de los mausoleos. Marchamos por caminos desconocidos, en la
-penumbra azul de una noche suavemente iluminada por un cuarto de luna.
-Esta luz sólo se esparce por la parte alta del paisaje. Abajo se
-extienden murallas de compacta sombra, las arboledas centenarias de la
-Montaña Sagrada, que llegan hasta aquí.
-
-Vemos entre las dos masas negras una especie de nube blanca é inmóvil.
-Es una cumbre nevada, que brilla como si fuese de plata en el misterio
-de la noche. Sobre esta cúspide parpadean las estrellas. Canta el agua
-por todas partes. El recuerdo de Niko queda en la memoria acompañado de
-una orquesta rumorosa de arroyos temblones.
-
-Avanzamos entre dos filas de árboles gigantescos, por la orilla de un
-río que salta sobre su cauce de piedras en continuas cascadas. Los
-fulgores perdidos de las estrellas hacen brillar estas caídas líquidas
-con azuladas fosforescencias. A las voces graves del agua glacial
-desplomándose en grandes masas vienen á unirse los gorgoritos femeninos
-de las fuentes salidas de las peñas y los vagidos infantiles de ocultos
-arroyuelos deslizándose bajo el musgo en delgadas láminas. La Montaña
-Sagrada guarda invisible entre los bosques de su cumbre un gran lago que
-deja caer sus excedentes hacia el valle. Este rezumamiento la cubre con
-regio manto vegetal y la arrulla al mismo tiempo con el poético murmullo
-del agua corriente.
-
-Canta la Sagrada Montaña en el misterio de la noche, canta en la
-penumbra verdosa del día, cuando el sol apenas logra deslizar algunas
-flechas entre el follaje de sus cedros. Un coro de mil voces líquidas
-acompaña en sordina los gorjeos de los pájaros de sus espesuras.
-
-La noche es fría, pero con un frío que puede llamarse japonés. No
-anonada, como el de otros países, ni impulsa á refugiarse bajo un techo.
-En plena noche hace sentir el deseo de caminar. Es un frío que excita la
-actividad y pica la epidermis con dulces cosquilleos. La temperatura del
-Japón resulta inexplicable para el recién llegado. El país está lejos
-del Trópico, en una latitud igual á la de muchas tierras que sufren
-rudos inviernos; hay nieve, se hiela el agua durante la noche, y sin
-embargo, el bambú alcanza proporciones enormes y crecen árboles y
-arbustos de los países cálidos.
-
-Los hombres muestran igual contradicción, entre su modo de vivir y los
-rigores de la temperatura que los rodea. El agricultor japonés va medio
-desnudo en invierno. Algunas veces trabaja en los campos ó tira de una
-carreta en los caminos, sin más vestidura que un sombrero y un vendaje
-que pasa bajo su vientre, como una concesión á la decencia, haciendo las
-veces de hoja de parra. Los niños, al ir á la escuela, sólo llevan un
-kimono delgadísimo de cretona negra á redondeles blancos. Las piernas
-desnudas que asoman por debajo de él son coriáceas y azuladas por el
-frío. Acostumbrado el japonés desde pequeño á la ablución glacial y la
-ropa ligera, apenas conoce el tormento de las temperaturas bajas. Todo
-su cuerpo, hasta en las partes más delicadas y secretas, tiene la misma
-curtimbre que la epidermis de nuestro rostro. En los japoneses que no
-han copiado aún el traje occidental, «todo es cara», desde la frente á
-las puntas de los pies.
-
-Marchamos por este camino solitario, en las afueras de una población que
-no conocemos, y sólo de tarde en tarde se desliza junto á nosotros algún
-varón con kimono y peinado antiguo, que parece escapado de una vieja
-estampa japonesa. Y sin embargo, no sentimos inquietud. La Sagrada
-Montaña, con su arboleda rumorosa de tres siglos y su coro interminable
-de voces acuáticas, da una sensación de paz mística, de inocente
-seguridad. Parece imposible que pueda existir aquí la violencia.
-
-Una fila de casitas de madera y lienzo empieza á extenderse ante el río.
-El guía llama á una de ellas, cuyas ventanas de papel transparentan la
-luz interior. Se corre el biombo de la puerta y subimos los peldaños que
-conducen á la plataforma, sobre la cual está asentado todo edificio
-japonés. Como este almacén recibe muchas visitas de occidentales, no hay
-que despojarse del calzado al entrar en él. Su dueño ha tendido sobre
-la esterilla de paja tradicional que cubre la tablazón del suelo ricos
-tapices de la China y la India, para que no contaminen aquélla nuestros
-zapatos.
-
-Permanecemos hasta media noche viendo las cosas preciosas que estos
-mercaderes corteses, bien hablados y abundosos en saludos, sacan de
-grandes cofres que esparcen un viejo olor de sándalo. Sobre los muebles
-se forman pilas de kimonos con todos los colores del iris, bordados de
-animales y flores fantásticas. Unas linternas de papel iluminan con
-suave luz las diversas habitaciones de esta tienda. La calma de la noche
-con su rumoroso cortejo de cascadas y arroyos penetra en el cerrado
-edificio á través de las paredes. El suelo de madera tiembla y se queja
-bajo nuestros pasos.
-
---Aún tengo algo mejor--dice el dueño en inglés, haciendo nuevas
-reverencias.
-
-Y extrae de cualquier rincón una vestidura maravillosa, mostrándola con
-sonrisa tentadora á la dama que ha llegado en plena noche para comprar.
-
-Como yo no he de adquirir ninguna de estas prendas femeninas, la dueña
-del establecimiento cuida de mí, con el extremado interés de la cortesía
-japonesa.
-
-Me ha hecho sentar sobre dos cojines en la esterilla doméstica, junto á
-un brasero de bronce sostenido por tres dragones, cuyas brasas esparcen
-dulce calor. Habla continuamente, mostrando su dentadura chapada de oro.
-No entiendo sus palabras, pero adivino por su gesto que son hiperbólicas
-expresiones de modestia y gratitud porque me digno honrar su vivienda
-con mi visita; las mismas que dice á todos los occidentales, con una
-sinceridad y una sonrisa que obligan á creer en ellas.
-
-Transcurre el tiempo, y como la burguesa nipona ya no sabe qué decir,
-vuelve á llenar una pequeña pipa, cuyo contenido consume en pocas
-chupadas, y repite varias veces la operación, dando golpes en el borde
-del brasero para expeler las cenizas.
-
-Un choque incesante de tabletas de madera se une á los rumores de la
-noche. Viene de lejos; pasa junto á la casa, por el otro lado de los
-tabiques de lienzo, madera y papel; se va perdiendo al sumirse en la
-lejanía nocturna. La tendera adivina mi curiosidad con sus ojillos
-ágiles y pide al guía que traduzca sus explicaciones. Es un vigilante
-nocturno el que acaba de pasar. En el Japón Central, lejos de las
-ciudades modernizadas de la costa, las gentes conservan aún muchas
-costumbres antiguas, y una de ellas es que el sereno anuncie su paso
-chocando dos tabletas que lleva en su diestra, á guisa de castañuelas.
-Así hace saber su presencia á los vecinos que aún están despiertos, pero
-avisa igualmente á los malhechores para que escapen.
-
-A la mañana siguiente veo cómo la puerta de mi habitación, que he
-cerrado por dentro antes de acostarme, se va abriendo con suave
-facilidad. Una criadita nipona, que por su estatura parece de ocho años
-y tiene cara y gestos de mujer, entra con trotecito ratonil.
-
---¡_O hayo_!--dice la muñeca, sonriendo al notar mi confusión de
-durmiente bruscamente despertado.
-
-Luego descorre los cortinajes enormes que cubren dos muros enteros de mi
-cuarto, y me doy cuenta de que éste es en realidad una especie de
-mirador ó galería encristalada. Sólo unos visillos en la parte baja de
-los vidrios impiden que me vean los huéspedes de las otras habitaciones.
-Por la parte superior alcanzan los ojos gran parte de los tejados del
-hotel y las frondosas copas de los criptomerios que lo rodean.
-
-Lo primero que entra por los vidrios empañados es el canto general del
-agua. Ha llovido durante la noche. Los techos brillan como si fuesen de
-laca, las hojas de los árboles sacuden sus últimas gotas.
-
-En los hoteles japoneses, si no se da orden en contrario, las ágiles y
-sonrientes criaditas se presentan poco después de amanecer para servir
-una taza de té al viajero todavía en la cama. Veo entrar pasados algunos
-minutos á un mozo con un cubo de carbón y gruesos guantes de lana
-blanca, que carga la chimenea y le prende fuego, servicio oportuno, pues
-las dos vidrieras enormes, al mismo tiempo que me permiten ver el
-paisaje desde el lecho, dejan penetrar el frío agudo del alba. Ha
-empezado ya el movimiento en el hotel. Las japonesitas entran y salen
-para efectuar la limpieza de la habitación, repitiendo cada una al
-presentarse el mismo saludo sonriente: «¡_O hayo_!» (¡Buenos días!).
-
-Ninguna de ellas se asusta de que el huésped baje de la cama ligero de
-ropas y proceda en su presencia á los actos de la higiene matinal. El
-pudor de la japonesa no ve en esto nada extraordinario.
-
-Poco tiempo después emprendo mi peregrinación á la Montaña Sagrada.
-
-Un río, el mismo que seguí anoche sin verlo, separa á ésta del pueblo de
-Niko. En la penumbra azul de las primeras horas diurnas suenan ahora las
-voces de sus frías cascadas más alegremente y con menos misterio,
-elevándose sobre cada una de ellas columnas de vapor blanco.
-
-Dos puentes arqueados se tienden de orilla á orilla. El mayor es de
-piedra, y fué construído para que las muchedumbres devotas pudiesen
-llegar á la Santa Montaña en sus peregrinaciones. El otro es el Puente
-Sagrado, y sólo lo pisa el emperador. Tiene adornos de bronce color de
-oro y el rojo brillante de su laca parece absorber la luz.
-
-Hace muchos siglos, cuando la Santa Montaña era un lugar abrupto donde
-vivían dedicados á la meditación numerosos ascetas, llegó á orillas de
-este río un sacerdote budista de grandes virtudes, ansioso de quedarse
-para siempre en tal desierto. El río le cortó el paso, y al lamentar á
-gritos la presencia de este obstáculo que no le permitía recogerse en el
-santo lugar, surgió de la arboleda inmediata una enorme serpiente roja,
-y tendiéndose entre las dos orillas se arqueó en la misma forma de los
-puentes japoneses para que el sagrado personaje pasase sobre su lomo. Al
-pisar la ribera opuesta volvió el bonzo sus ojos para dar gracias al
-monstruo benéfico, pero éste acababa de disolverse hecho humo.
-
-En memoria de tal prodigio construyeron los emperadores el Puente
-Sagrado, cuyo color y arqueamiento recuerdan á la serpiente roja. Por
-aquí pasaban los antiguos Mikados en sus procesiones á la Montaña
-Sagrada, precedidos de una escolta de guerreros de dos sables, que
-hacían volar las cabezas de los imprudentes cuando no se echaban de
-bruces en el suelo y pretendían ver al nieto de los dioses.
-
-Me entretengo en examinar el puente, laqueado y dorado como un mueble
-japonés. Dos fuertes estribos de granito surgiendo de las entrañas
-espumosas del río afirman la estabilidad de este viaducto elegante, tan
-frágil en apariencia que parece va á mecerlo el viento como una hamaca
-de curva invertida.
-
-Se acerca á mí un fotógrafo que va con kimono negro y ha abrigado su
-máquina, de una lluvia finísima, bajo enorme paraguas de papel. Pasa el
-día junto al puente rojo retratando á los compatriotas que llegan de
-todo el archipiélago para conocer la Montaña Sagrada. «Quien no ha visto
-Niko--dice un refrán japonés--, que no use la palabra «maravilla».
-
-Varios niños con kimono á redondeles y las piernas lívidas de frío pasan
-hacia una escuela inmediata. Al ver que el fotógrafo se dispone á
-trabajar, hacen alto, me sonríen con sus caras de luna llena, contraen
-los ojitos oblicuos, hasta no ser éstos mas que delgadas rayas, y se van
-aproximando poco á poco, humildes y suplicantes. Desean retratarse
-conmigo. Nunca verán la fotografía, pero les parece algo extraordinario,
-que los coloca por encima de todos sus camaradas, alinearse ante un
-aparato fotográfico al lado de un occidental.
-
-Mientras los más tímidos miran á distancia, tres de ellos se colocan á
-mi lado, esperando con una tiesura militar el término de la importante
-operación.
-
-Más allá del puente de los peregrinos empieza á desarrollarse la
-incomparable majestad vegetal de la Montaña Sagrada. Los árboles se
-apoyan unos en otros, como si fuesen arbustos, escalando la atmósfera
-tumultuosamente para buscar el aire libre y la luz.
-
-No sé cómo será en verano este paisaje santo, cuando llegan las grandes
-peregrinaciones y se desarrolla una larguísima procesión en honor de los
-Shogunes. Durante los meses del invierno, el sol únicamente consigue
-tocar el suelo de las avenidas más amplias. En el resto de la Selva
-Sagrada se pierden sus rayos entre el ramaje eternamente fresco de una
-arboleda que cuenta varios siglos, mucho más vieja que los criptomerios
-tricentenarios del camino que conduce á Niko.
-
-Se avanza por las sendas laterales bajo una luz verdosa igual á la de
-los fondos submarinos. Las ramas forman cúpula, y solamente en algunos
-espacios más abiertos se puede ver el cielo como si se contemplase desde
-el fondo de un pozo.
-
-Los cedros japoneses, altos y rectilíneos, parecen obeliscos. Son
-iguales á las columnas de las portadas sacras llamadas _toris_. Al
-avanzar por las suaves pendientes se van columbrando los esplendores que
-la religiosidad acumuló en este lugar. Asoma entre el ramaje la punta de
-una torre formada por varias pequeñas pagodas superpuestas; más allá un
-grupo de linternas de granito cubiertas de musgo ó una imagen solitaria
-de Buda con una aureola á su espalda en forma de almendra, que parece el
-respaldo de un sillón.
-
-En esta selva siempre húmeda, las dos notas repetidas incesantemente son
-el canto del agua y el verde aterciopelamiento del musgo que cubre las
-piedras, los troncos de los árboles, las bases graníticas de las
-pagodas, los patios enlosados, los pavimentos de los caminos, los
-peldaños de las escalinatas. Este paño vegetal, tejido por el tiempo y
-la humedad, lo invade todo sin obstáculos. Los bonzos guardadores de la
-Montaña Sagrada lo respetan como si fuese algo litúrgico, y ayudan á su
-conservación, limpiándolo de insectos, rastrillándolo, como un jardinero
-inglés puede cuidar el césped de su parque.
-
-Antes de llegar al mausoleo en memoria de Yeyasu, compuesto de diversos
-templos escalonados en mesetas, hay algunos santuarios que son como
-avanzadas de las construcciones ocultas más arriba, entre los cedros.
-Estos primeros templos serían admirables en otro lugar; aquí resultan
-secundarios y pobres. Oímos los cánticos y los repiques de timbal de los
-bonzos que oran en su interior; pero, siguiendo los consejos del guía,
-continuamos adelante.
-
-Al lado del camino hay pinos y cedros enanos, que dan sombra á pequeñas
-imágenes de Buda ó de la diosa de la Misericordia, la Kuanon japonesa,
-que equivale á la Avaló-Kistesvara de los indostánicos.
-
-Estos pequeños arbustos tienen en sus ramas unos papelitos de arroz,
-hábilmente plegado, como las papillotas con que en otros tiempos
-preparaban las mujeres los rizos de su peinado. Todos ellos contienen
-peticiones á la divinidad. Mis acompañantes afirman que los más son de
-muchachas que escriben en ellos su nombre y su dirección, pidiendo á los
-dioses un buen marido.
-
-De este modo, los tímidos ó los que no tienen padres que les busquen
-esposa pueden saber quiénes son las _musmés_ que ansían casarse, y el
-arbusto sagrado sirve de agente matrimonial.
-
-
-
-
-XX
-
-LA SELVA DE LAS PAGODAS DE ORO
-
- El mausoleo del Shogun Yeyasu.--La Puerta del Día.--Los gestos de
- los Tres Monos.--Oro, oro, siempre oro.--Los dos sargentos
- japoneses.--El templo carcomido y sus bonzos pobres.--Ceremonia
- sintoísta en la soledad de la selva.--La sacerdotisa de sotana roja
- baila «El camino de los Dioses».--Me pierdo en las espesuras de la
- Santa Montaña.--«¡Arigató!»--Lucha de cortesías con un japonés.
-
-
-Dos divinidades horribles, iguales á las de Kamakura, guardan la portada
-del mausoleo de Yeyasu; dos figurones, uno rojo y otro azul, con rostros
-aterrorizantes, que son los dioses del Viento y del Trueno. Pero aquí la
-puerta llamada de los Elementos no se abre en el vacío. Da entrada á un
-recinto cercado de santuarios, con filas de _toros_, que ya no son de
-granito, sino de bronce, prodigiosamente cincelados y vaciados.
-
-Necesito hacer una advertencia para que el lector se imagine más ó menos
-aproximadamente este famoso monumento japonés. Sus templos no son de
-gran altura. En todo el Extremo Oriente, los edificios religiosos, así
-como los palacios, constan de un solo piso. Ninguno alcanza la altitud
-de las construcciones de Europa, hechas de piedra, y menos de las
-audaces torres de acero y cemento de la arquitectura norteamericana. Los
-materiales de construcción empleados en estas pagodas fueron el granito
-como simple basamento, que apenas se eleva medio metro sobre el suelo, y
-después la madera. Hasta las columnas policromas son en su interior
-troncos de árbol perfectamente redondos. Pero la madera está trabajada
-hasta parecer una celosía ligerísima, casi un encaje, ó tiene cubierta
-la superficie de sus planos con lacas multicolores y mucho oro.
-
-El aspecto de los templos de la Montaña Sagrada puede ser condensado en
-una breve enumeración descriptiva: columnas y muros de laca roja
-obscura, un rojo de sangre cuajada; figuras policromas, verdes, azules,
-rosadas, y sobre todo esto, oro, oro, oro, oro... Cuantas gradaciones de
-color puede tener el precioso metal se hallan aquí, en los templos
-elevados por el entusiasmo y la gratitud de todo un pueblo. Hay oros
-verdes, rojos, limón, rosa y bronce, pero con una densidad y una fijeza
-que desafía el roimiento de los años.
-
-El budismo y el sintoísmo, confundidos en la Sagrada Montaña, dejan
-perplejo al visitante sobre el carácter de cada templo. En ninguno de
-ellos hay imágenes corpóreas. Los muros, todos de oro, tienen flores ó
-animales fantásticos, graciosamente contorneados sobre este fondo
-brillante por un pincel ligero, mojado en bermellón, violeta ó azul.
-
-En todas las pagodas nos salen al paso bonzos vestidos de verde y de
-blanco para ofrecernos papeles de arroz con imágenes é inscripciones
-ininteligibles. Veo junto á las puertas de los templos grandes vasijas
-de bronce llenas de agua. Sirven para las necesidades del culto y para
-los incendios. En Niko, el agua de estos vasos enormes y cincelados
-tiene en esta mañana fría una gruesa lámina de hielo, que se ha
-desprendido de la pared metálica, y flota, guardando la forma redonda
-del recipiente.
-
-Ascendemos por una escalinata de granito á la segunda meseta. Se entra
-en ella á través de la llamada Puerta del Día, obra famosa en todo el
-Japón, que puede considerarse como lo mejor de la Montaña Sagrada.
-
-Según las tradiciones, seiscientos escultores trabajaron en ella durante
-diez y seis años. No asombra por su grandeza; lo extraordinario es la
-abundancia y prolijidad de sus detalles escultóricos. Un mundo de
-pequeñas figuras, agrupadas en múltiples escenas, cubre pilastras,
-capiteles y cornisas, siendo todas ellas policromas, y conservando una
-frescura luminosa, como si las hubiesen pintado días antes.
-
-Detrás de la Puerta del Día se encuentran los templos más renombrados.
-El de los Monos es célebre por tres animales de esta especie que figuran
-en su frontón. Uno se tapa los oídos, otro los ojos, y el tercero hace
-un ademán de silencio, indicando con tales posturas que no debemos
-escuchar, ver ni hablar cosas que propaguen el mal. Un templo inmediato,
-el de los Elefantes, está adornado con imágenes de estos animales, y los
-hay también que glorifican á otras bestias. Todo en ellos es de colores
-brillantes, frescos, con el charolado luminoso de la laca. Tienen estas
-construcciones algo de pueril, de fiesta de muñecas; parecen en el
-primer momento frívolos y frágiles, pero seducen luego con la atracción
-exótica é irresistible que ejerce el arte japonés.
-
-Estas mesetas bordeadas de templos son tan extensas que sólo se hallan
-pavimentadas en su parte central con baldosas de granito, quedando el
-resto bajo una capa de piedras sueltas. En los bordes de dichos caminos
-se alinean los _toros_ de roca ó de bronce, unas veces en fila simple,
-otras en hilera doble.
-
-Todavía se sube por escalinatas de piedra á una tercera y una cuarta
-explanada, igualmente cubiertas de templos, y en el fondo de la última
-se alza la más grande de las pagodas, el «Esplendor de Oriente», sin
-ninguna imagen divina. Sólo tiene una mesa para las ofrendas á los
-Antepasados, pero toda ella es de oro... ¡Siempre el oro!
-
-Una estrecha escalera de granito se aparta de estos recintos suntuosos
-para remontarse á través de la vegetación. En la cumbre, al final de
-ella, hay otro templo, y detrás un corte vertical de la roca con una
-puerta de bronce que no se abre nunca. Al otro lado de esta lámina
-metálica es donde reposa simplemente dentro de una caverna el hombre
-amarillo en cuyo honor se han acumulado abajo tantas magnificencias.
-
-Paralelo á este mausoleo existe en la misma ladera de la montaña una
-segunda aglomeración de templos en honor de Yemitsu. Son no menos
-brillantes y bien conservados que los del primer Shogun, pero la tumba
-de éste atrae con preferencia á los visitantes.
-
-Fatigados del esplendor de tanto oro, de la artística fragilidad de unas
-paredes tan primorosamente talladas que parece van á temblar al menor
-soplo del viento cual si fuesen de telarañas, sentimos un vivo deseo de
-perdernos en las revueltas de la selva. Seguimos una avenida solitaria,
-en la que trabajan algunos barrenderos vestidos de kimono. Todos mueven
-á un tiempo, con militar precisión, sus escobas de ramaje, amontonando
-las hojas secas. El sol está muy alto, y únicamente á esta hora casi
-meridiana consigue pasar como una lluvia finísima entre el follaje de
-los criptomerios seculares.
-
-En esta avenida, otro fotógrafo, vestido igualmente de kimono y con un
-paraguas de papel sobre su máquina, se prepara á retratar á dos
-sargentos. Son unos mocetones vigorosos, de estatura mediocre en otros
-países, mas aquí extraordinariamente aventajada dentro de un ejército
-de soldados bravos pero chiquitines. Al ver que nos fijamos en sus
-personas, sonríen cortésmente, y no pudiendo ofrecernos otra cosa, nos
-invitan á que nos retratemos con ellos.
-
-El fotógrafo se ve obligado á exigirles que se pongan serios. Ríen como
-niños, pareciéndoles aventura muy graciosa fotografiarse con una señora
-rubia y dos hombres blancos. Han venido sin duda de alguna guarnición
-lejana, aprovechando una licencia, para conocer las maravillas de Niko.
-Cuando abandonen el ejército y vuelvan á sus campos se acordarán siempre
-de esta peregrinación y de los tres occidentales sin nombre que
-conocieron unos minutos nada más y han quedado para siempre con ellos en
-la misma fotografía.
-
-Repetidas veces volvemos á encontrarlos en el curso de la mañana al
-pasear por la selva. Como existe entre nosotros el obstáculo del idioma,
-se limitan á enseñarnos los dientes, con pequeños rugidos de amistad, y
-siguen adelante.
-
-Observo lo que hacen estos modestos representantes del Japón moderno,
-que copió del mundo occidental todas las perfecciones tácticas y
-mecánicas para hacer la guerra y difundir la muerte. Van de una pagoda á
-otra, con el deseo de no marcharse sin haberlas visitado todas. Quedan
-erguidos un momento al pie de cada escalinata; se llevan una mano á la
-visera de su gorra; luego se quitan los pesados zapatos de ordenanza y
-penetran respetuosamente en el templo, no sin haber tirado antes la
-cuerda del pequeño esquilón que hay en la portada para avisar á los
-dioses su visita. Si no encuentran campana, dan dos palmadas y entran,
-para volver á salir momentos después.
-
-Yo creo que no se enteran de si el santuario es budista ó sintoísta.
-Para ellos resulta lo mismo. Si en la Sagrada Montaña hubiese capillas
-cristianas, las visitarían seguramente con la misma tranquilidad
-respetuosa. Les basta que cada edificio sea un lugar frecuentado por las
-gentes desde hace siglos y permitido por el Mikado. No necesitan más
-para adorar al habitante invisible de la santa construcción.
-
-Mis compañeros regresan al hotel y yo marcho solo por los caminos verdes
-y rumorosos. El sol dora sus cimas, mientras abajo persiste la luz
-vagorosa y suave, de profundidad acuática. Siguiendo las inquietas
-siluetas de dos venados juguetones salidos de la espesura, que trotan
-sin miedo cerca de mí, acostumbrados al respeto de los transeuntes,
-desemboco de pronto en una explanada silenciosa.
-
-Debe ser uno de los lugares menos frecuentados de la selva. Estoy, sin
-embargo, cerca de la gran avenida que conduce al mausoleo de Yeyasu.
-Sobre las copas de los árboles veo asomar la flecha terminal de una
-torre que un rico samurai elevó en honor del gran Shogun. Más bien que
-torre, es una superposición de cinco pagodas de laca roja, montadas una
-sobre otra y cada vez más pequeñas. Sus aleros salientes, encorvados en
-las puntas, forman una escalinata aérea.
-
-En esta explanada de poco tránsito veo un templo enorme de madera, mal
-cuidado, que me atrae con la seducción de las cosas viejas, cuya
-decrepitud revela un pasado glorioso. Aquí los oros y las lacas ya no
-brillan. En algunas columnas la costra coloreada y luminosa se ha
-desprendido, viéndose la rugosidad obscura de su madera interior.
-
-Junto al templo hay una barraca que sirve de boncería. Unos sacerdotes
-jóvenes, con perfil agudo de fanático, se meten en la casa, sorprendidos
-y molestados por la inesperada presencia de un occidental.
-
-Adivino que estoy ante un verdadero templo de la Sagrada Montaña, al
-margen de la gran corriente de viajeros que la visita. Estos bonzos
-tienen un aspecto menos cortés y sonriente que los otros instalados en
-los santuarios del doble mausoleo de los Shogunes. Parecen muy pobres y
-ásperamente altivos. Deben odiar al extranjero, y no tenderán la mano,
-como los sacerdotes de arriba, para mostrar su pagoda.
-
-Se abren las hojas de papel de una ventana y veo un rostro femenino: una
-mujer carillena, con grietas concéntricas en torno á los ojos y la boca.
-Pero estos ojos, grandes, expresivos, casi horizontales, no parecen de
-japonesa. Su rostro me hace pensar en una manzana inverniza, gorda,
-obscurecida por el tiempo y de piel arrugada. Como es hembra sonríe,
-hasta para expresar sorpresa ó molestia. Lleva los dientes cubiertos de
-oro, pero sin duda masca betel, y éste ha obscurecido el metal, dándole
-la opacidad del cobre.
-
-Me paseo en la explanada, fingiendo interés por los árboles que la
-bordean. Subo la escalinata del templo, pero no me atrevo á pisar su
-último peldaño, en el que se apoyan los troncos-columnas sostenedores de
-la techumbre. Todo su interior queda visible. Sólo hay en él algunos
-biombos blancos con inscripciones niponas y una mesa dorada en el
-centro, que guarda ciertos objetos dedicados indudablemente al culto.
-
-Vuelvo á descender y continúo mis lentos paseos. Me avisa un instinto
-obscuro que debo permanecer aquí, en espera de algo extraordinario.
-Adivino entre las hojas entornadas de las ventanas de papel ojos que me
-espían con la esperanza de verme lejos. Transcurre el tiempo, y al fin
-aparece en el interior del santuario una especie de insecto enorme,
-blanco de cuerpo, las alas verdes y la cabeza negra. Es un bonzo, que
-acaba de llegar por una galería cubierta que une la casa de los
-sacerdotes con el templo.
-
-Va de un lado á otro, como un sacristán que prepara lo necesario para
-una ceremonia litúrgica. Luego resuena un golpe metálico de _gong_. Es
-la campana anunciando los oficios á una concurrencia de fieles que no ha
-de llegar nunca; pero el llamamiento se repite todos los días por
-exigencia ritual, excitando el canto de los pájaros en la arboleda
-inmediata, atrayendo la inocente curiosidad de los ciervos de la selva.
-
-Adivino la indignación que provoca mi persona. Me han visto llegar en el
-momento preciso de su ceremonia. Tal vez la han retrasado para librarse
-de mi odiosa presencia. Convencidos de mi tenacidad toman la resolución
-de ignorarme, y á partir de tal momento me reconozco inferior á ellos.
-No existo. Estos sacerdotes repiten sus palabras y ademanes de todos los
-días convencidos de que solamente tienen á sus espaldas la arboleda, con
-sus enjambres de pájaros y sus cuadrúpedos dulces.
-
-Se repite el golpe de _gong_. Dos bonzos entran en la pagoda, abierta
-por ambos frentes, y á través de cuyas columnas pasa la brisa de la
-selva esparciendo rumores de actividad alada y perfumes vegetales.
-
-Llevan una vestidura blanca, semejante al alba de los sacerdotes
-católicos; encima una dalmática verde de mangas cuadradas, y en la
-cabeza un gorrito negro de dos puntas, en forma de tejadillo, con una
-borla en su frente, igual al antiguo gorro de cuartel de los militares.
-Se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas, á un lado de la mesa
-que hace veces de altar.
-
-Aprovechando el ambiente de indiferencia que me envuelve, empiezo á
-subir con paso lento y manso la sagrada escalinata, pero de pronto
-experimento una gran sorpresa. La mujer que me miró por la ventana
-entra en el templo, vestida de un modo extraordinario, como sacerdotisa
-que va á tomar parte en la ceremonia. Lleva una sotana roja, idéntica á
-la de los monaguillos en nuestras catedrales, y encima un roquete blanco
-y rizado, que también recuerda el de los pequeños servidores del culto
-católico. Lo exótico de su indumentaria está en la cabeza. Sobre su
-brillante peinado japonés, esta cincuentona sacerdotal ostenta un lazo
-enorme, como el que usan las alsacianas, pero enteramente blanco. Además
-lleva al hombro un bastón del que penden numerosas tiras de papel: algo
-semejante á los espantamoscas de fabricación casera.
-
-La ingrata no me mira, no sonríe, me ignora completamente, como los
-hostiles sacerdotes. Se sienta en el suelo frente á la mesa, de espaldas
-á mí, que me he inmovilizado en el penúltimo escalón. Al borde del
-siguiente empieza la esterilla fina del templo, que sólo puede pisarse
-con los pies descalzos, como los llevan los dos oficiantes y la mujer de
-la sotana roja.
-
-El más viejo de los bonzos usa anteojos enormes, es de nariz aguileña, y
-tiene cierta semejanza con muchos sacerdotes europeos. Posee la misma
-expresión de fe religiosa, áspera é intransigente, idéntica delgadez
-ascética, de mejillas hundidas y afilada nariz, que se observan en los
-retratos de algunos monjes célebres. Sostiene con su diestra una paleta
-de madera algo encorvada, que por su forma y su tamaño parece un
-calzador para hombres de triple tamaño natural. Debe ser la insignia
-litúrgica del primer oficiante. El segundo sacerdote, mucho más joven,
-romo y con pómulos salientes, recita una oración larguísima.
-
-De pronto la interrumpe para incorporarse sobre las plantas de sus pies.
-Luego marcha en cuclillas, casi arrastrando sus posaderas por el suelo,
-y desaparece detrás de un biombo. Inmediatamente torna á presentarse
-llevando una especie de frutero dorado, que coloca en la mesa. Vuelve á
-su recitación y á marchar del mismo modo, rasando el suelo, y trae un
-segundo plato en forma de copa, para dejarlo sobre el altar. Por tres
-veces realiza dicho viaje, depositando sus ofrendas en honor de los
-Antepasados.
-
-Me doy cuenta de que estoy presenciando una ceremonia del culto
-sintoísta en toda su pureza, como no puede verse en ninguna ciudad, sin
-público alguno, dirigiéndose los sacerdotes á las sombras augustas de
-los dos Shogunes en honor de los cuales se elevó este templo hace
-siglos. Los tres platos-copas deben contener arroz, _saké_ y tal vez
-perfumes.
-
-Cuando termina el ofertorio, el sacerdote principal guarda su paleta en
-la faja y saca de ésta una especie de abanico de madera, que es en
-realidad una sucesión de tabletas unidas por hilos, como una pequeña
-persiana. Las láminas de sándalo están escritas, y el sacerdote empieza
-á leer en voz alta el libro sagrado. Al terminar su lectura se abre un
-larguísimo silencio, en el que suenan más fuertes los chillidos de los
-pájaros. Se persiguen por el interior del templo ó revolotean bajo sus
-aleros, familiarizados con una ceremonia que se repite todos los días.
-
-Tuerzo un momento la cabeza, adivinando una presencia extraordinaria
-abajo, en la explanada. Son los dos ciervos, que han vuelto, y
-aprovechando la quietud de este terreno despejado, se persiguen
-juguetones, y alzándose sobre las patas traseras, restriegan sus
-cornudas frentes.
-
-La sacerdotisa se ha mantenido inmóvil durante el largo ofertorio. Me
-hace recordar á Parsifal, el héroe de Wágner, cuando permanece más de
-medio acto de espaldas al público, presenciando la lenta ceremonia del
-Santo Graal. Calla el sacerdote orante, se guarda en la faja el
-libro-persiana, y suena á continuación un sordo y lejanísimo trueno.
-
-Ha empezado el otro bonzo á golpear con ambas manos un timbal que yo no
-había visto. Presiento que va á desarrollarse lo mejor de la ceremonia.
-La sacerdotisa de la sotana roja se levanta del suelo, lentamente, con
-un movimiento ondulatorio, lo mismo que las cobras surgen del
-enrollamiento de su cuerpo, balanceando la cabeza al compás de la flauta
-del encantador. Ya está de pie y empieza á dar vueltas por la pagoda,
-siguiendo el ritmo del monótono tamborileo.
-
-Horas antes he visto arriba, en uno de los templos del Shogun, las
-danzarinas sagradas, que esperan la ofrenda del viajero para bailar de
-un modo automático. Ésta no pide nada, no espera nada. Ni siquiera tiene
-un público, pues yo soy el único que la contempla y ella no quiere
-verme. Ha sacado de entre los pliegues de su roquete blanco un abanico
-de igual color, y lo mueve cadenciosamente mientras marcha á un lado y á
-otro, con el rostro grave, los ojos en éxtasis, y estremecidos sus pies
-de ligereza infantil.
-
-Esta danza en honor de los Antepasados debe guardar una significación
-simbólica que yo no comprendo. Luego creo adivinarla al oir cómo acelera
-sus redobles el timbal, imitando el trote de un caballo, la marcha
-ordenada de una hueste, algo que significa camino y viaje. Al mismo
-tiempo, la boncesa se pone en un hombro el palo de las cintas blancas,
-como si fuese un bastón de viajero, y mueve el brazo izquierdo,
-acompañando sus pasos largos, lo mismo que si emprendiese un avance de
-horas, de años, de siglos. Esta danza debe expresar «El camino de los
-Dioses», base de la religión sintoísta, el sendero más allá de la tumba
-que sigue todo japonés para encontrar á su término una vida nueva de
-personaje divino.
-
-Acelera sus ritmos el timbal de un modo vertiginoso, y la danzarina ya
-no marcha cadenciosamente: corre, da saltos, se enardece con su propio
-movimiento. El vértigo va apoderándose de ella, hasta que al fin se
-desploma como un insecto rojo, abriendo sobre el suelo las alas blancas
-de sus brazos. Tendida de bruces, se nota el jadear de su costillaje
-dorsal, se adivina la respiración de su rostro invisible. El sacerdote
-se levanta, ella hace lo mismo, repentinamente serenada, y los tres
-salen en fila del templo, por el pasillo que conduce á la boncería.
-
-Quedo solo y avergonzado por esta indiferencia hostil. Ni la más leve
-mirada de los seis ojos oblicuos antes de alejarse. Hasta los dos
-venados han huído de la plazoleta. Creo llegado el momento de
-desaparecer á mi vez, y me alejo del carcomido templo sin saber adónde
-voy, siguiendo al azar todo camino que se abre ante mis pasos.
-
-Al poco tiempo me doy cuenta de que me he extraviado en la Selva
-Sagrada, y no podré salir de ella sin ayuda.
-
-Encuentro pequeños santuarios, cerrados y silenciosos, que no había
-visto antes. Todos los caminos parecen iguales. Sólo se diferencian por
-la estabilidad de su suelo. Las avenidas anchas, á cuyo fondo desciende
-el sol, son de una tierra ligeramente húmeda, en la que se puede marchar
-fácilmente. Los senderos estrechos están empapados aún por la lluvia de
-la noche anterior, y la tierra pegajosa forma en torno de los pies bolas
-enormes de barro, patas grises de elefante.
-
-Convencido de que cada vez me extraviaré más si continúo andando, espero
-junto á un Buda de piedra roída, nimbo ojival y zócalo de musgo, el
-tránsito de algún japonés que se apiade de mí. En lo alto de las
-murallas verdes, los rayos del sol indican que ya ha pasado el mediodía.
-Pienso con envidia en mis amigos, que estarán almorzando á esta hora.
-
-Se presenta el hombre providencial: un japonés vestido á la antigua, con
-kimono obscuro á redondeles blancos y zuecos en forma de banquitos.
-
---¿Kanaya Hotel?--pregunto con telegráfica concisión para que me
-entienda.
-
-Él sonríe, y con una mímica precisa me va indicando la marcha que debo
-seguir: primeramente un sendero á mi izquierda, luego otro á la derecha,
-hasta que llegue al río.
-
-Siento necesidad de expresarle mi agradecimiento en una forma
-extraordinaria, la mejor que pueda encontrar. El desprecio con que me
-trataron los bonzos me ha hecho humilde, con un encogimiento cortés de
-asiático. Apoyo las manos en mis rodillas, luego me inclino como si
-fuera á echarme de cabeza en el suelo, y digo por dos veces:
-
---_¡Arigató! ¡arigató!_...
-
-Es una de las palabritas que aprendí en el buque: «¡Muchas gracias!», en
-japonés.
-
-Mi salvador, sorprendido y agradablemente impresionado al oirme hablar
-en su idioma, lanza una risotada que en Europa resultaría ofensiva. Pero
-el japonés ríe siempre; considera el gesto triste, cuando se dirige á un
-extranjero, como algo incompatible con la buena crianza. La risa
-acompaña sus más diversas y contradictorias manifestaciones. Es igual al
-silbido del norteamericano, que le sirve indistintamente para expresar
-su entusiasmo ó su protesta. Yo he visto japoneses reir mientras me
-explicaban los horrores del terremoto en Yokohama y Tokío. Pero su risa
-era una cortesía, y á través de ella se dejaba adivinar la emoción
-profunda del narrador.
-
-Ríe este transeunte de satisfacción, halagado en su vanidad patriótica,
-porque cree encontrar un occidental que conoce su lengua. Empieza á
-hablarme, mientras hace profundas reverencias, con la certeza de que
-puedo entender su facundia creciente. Yo no hago otra cosa que repetir
-mis doblegamientos á la japonesa y mi única palabra de gratitud. Calla
-al fin, convencido de mi ignorancia, mas no por esto cesan sus
-cortesías.
-
-Uno de los dos se cansa antes que el otro de encorvar su espinazo... Al
-fin, me veo siguiendo la dirección indicada por él. Vuelvo mis ojos para
-contemplar por última vez á este hombre de risa franca y alegría
-infantil que me ha socorrido cortésmente, cuyo nombre ignoro, y al que
-no volveré á ver nunca en mi existencia.
-
-Está inmóvil en medio del sendero, y al notar que le miro, se inclina
-otra vez, reanudando sus ceremoniosos saludos. Yo hago lo mismo... Y
-todavía cruzamos una media docena de reverencias, queriendo cada cual
-ser el último.
-
-No se me ocurre sonreir, ni aun en el momento presente, al recordar tal
-escena. Las cosas de nuestra vida son grotescas ó no lo son, según su
-ambiente.
-
-Todas estas manifestaciones, de una buena crianza refinada hasta el
-exceso, se desarrollaron en el corazón de la gran isla japonesa, en la
-famosa Montaña Sagrada, en Niko la de las maravillas, teniendo por
-únicos testigos árboles de trescientos años, oyendo cantar las mil voces
-del agua sobre una tierra cubierta de pagodas y de musgos.
-
-
-
-
-XXI
-
-KIOTO LA SANTA
-
- El camino de los criptomerios.--Una maravilla que va á
- desaparecer.--Historia heroica de los cuarenta y siete
- samurais.--Zapatillas gratuitas en el tren.--Las pagodas de
- Kioto.--Cuatro cables de pelos de mujer.--Las ceremonias del culto
- budista y su rara semejanza con las del culto católico.--El
- tradicionalismo de Kioto.--Un perro xenófobo.--Las calles del
- alegre Yosywara.--Los teatros.--Actrices-hombres.--Mi encuentro
- ante un cinematógrafo.
-
-
-Salimos de Niko por el camino de los criptomerios, yendo á tomar el tren
-en una estación situada á diez kilómetros. No queremos marcharnos de
-este país sagrado sin recorrer la cuarta parte de un camino que no tiene
-semejante en el resto de la tierra.
-
-Para prolongar el espectáculo prescindimos del automóvil que nos ofrecen
-en el hotel y vamos en _koruma_. Los conductores están descansados y se
-han puesto ligeros de ropa para tirar mejor, conservando únicamente la
-chaqueta azul de mangas perdidas y el vendaje entre las piernas,
-desnudas y musculosas.
-
-Corremos por un camino hondo, entre dos filas de obscuros obeliscos
-vegetales, que casi se tocan. Un tránsito de tres siglos ha ido
-profundizándolo, y por encima de nuestras cabezas vemos las tortuosas
-raíces de los cedros gigantescos. El verdadero tronco empieza más
-arriba. A pesar de sus proporciones extraordinarias, estos árboles
-venerables tiemblan con el más leve estremecimiento atmosférico. Tienen
-la inseguridad de los dientes viejos en torno á cuyas raíces se ha ido
-descarnando la encía.
-
-Muchos cayeron, y hay en la doble hilera grandes claros, viéndose á
-través de tales ventanas la campiña dorada por el sol de la tarde. Otros
-están aún de cuerpo presente, y hay que pasar por debajo de ellos, á
-causa de hallarse tendidos como una pasarela entre los dos ribazos. Nos
-dicen que los derribó hace poco uno de los tifones ó tornados que
-devastan todos los años el archipiélago japonés.
-
-De tarde en tarde se interrumpe el desfile de colosos vegetales, y
-salimos de la penumbra vespertina que reina entre ellos. En estos
-espacios libres hay aldeas con acequias surcadas por escuadrillas de
-patos, vetustos santuarios de piedra rematados por tejadillos que tienen
-sus angulosidades en forma de cuerno, cementerios cuyas estelas copian
-la forma de los hongos.
-
-Una sensación de inseguridad y peligro nos acompaña mientras avanzamos
-entre los cedros tricentenarios y sus raíces casi descuajadas. Es una
-inquietud igual á la del visitante de un viejo palacio con muros
-rajados, cuyos pisos tiemblan y se encorvan bajo los pasos. No obstante
-tal molestia, el espectáculo majestuoso que ofrece esta arboleda secular
-de cuarenta kilómetros, escalando las colinas y descendiendo á los
-valles hasta perderse en el infinito, es algo extraordinario que puede
-llamarse «único».
-
-Se entristece el viajero al pensar que todo esto desaparecerá dentro de
-algunos años. Los cedros caen, sin que nadie los reemplace. La enorme
-línea de criptomerios ya está desportillada, con numerosos vacíos, como
-una dentadura vieja. Viendo los grupos de niños japoneses que se
-muestran en lo alto de los ribazos y agitan una banderita de su nación,
-gritándonos «¡_Banzai_!», pienso que cuando lleguen á mi edad ya no
-existirá esta doble muralla vegetal, que es una de las maravillas de la
-tierra. Yo no lo veré más, pero he llegado á tiempo para admirarla con
-mis ojos. Los que vivan en la mitad del siglo actual sólo la conocerán
-de oídas, por los recuerdos de los ancianos de entonces.
-
-Paso un día en Tokío antes de seguir mi viaje á las ciudades del Este
-del Japón. Quiero visitar, por curiosidad literaria, una vieja pagoda de
-sus alrededores, donde se suicidaron heroicamente los cuarenta y siete
-samurais.
-
-Algunos lectores tal vez no conozcan esta historia de honor y de
-heroísmo, que es para los japoneses algo así como el Romancero del Cid
-para los españoles.
-
-En la primera mitad del siglo XVII, el cortesano Kotsuké, amigo del
-emperador, después de haber insultado al príncipe Akao, negándose á
-darle una satisfacción por las armas, consiguió, gracias á su situación
-influyente de palaciego, que el Mikado condenase á muerte á este
-príncipe bueno, atribuyéndole un delito del que era inocente. Cuarenta y
-siete samurais, compañeros y vasallos fieles del ejecutado, juraron
-vengarle á costa de la vida si era necesario, y abandonando sus casas,
-sus esposas é hijos, se dedicaron á preparar y realizar tal designio con
-una tenacidad inaudita, guardando su secreto durante veinte años.
-
-El traidor Kotsuké, sospechando los planes de estos hidalgos que
-permanecían invisibles, pasó muchísimo tiempo inquieto y en perpetua
-defensiva, rodeado de un pequeño ejército de guerreros á sueldo y
-habitando siempre palacios fortificados. Pero al transcurrir veinte años
-sus desconfianzas se adormecieron, dejó de creer en la existencia de
-los vengadores, y una noche de invierno, cuando dormía en su palacio, ya
-mal guardado, vió aparecer á los cuarenta y siete samurais en torno de
-su lecho, con sus dos sables atravesados en la cintura, con sus yelmos y
-corazas que imitaban hocicos de fiera y coseletes de insecto.
-
-Sin olvidar las reglas de la cortesía japonesa y con las ceremonias
-propias del caso, recordaron al traidor sus crímenes y le cortaron luego
-la cabeza, llevándola á la tumba de Akao, situada en la pagoda que yo
-visito. Antes se cuidaron de lavarla en una pequeña fuente inmediata á
-dicho templo. Los cuarenta y siete fueron después en busca de sus jueces
-y éstos los condenaron á muerte, de acuerdo con la ley; pero admirando
-al mismo tiempo su fidelidad, les concedieron que se matasen ellos
-mismos abriéndose el vientre.
-
-Después de haberse dado el beso de despedida, tomaron asiento en las
-gradas de la pagoda, cerca de la tumba de su señor, y fueron haciéndose
-tranquilamente el _Hara-Kiri_. Otros samurais, compañeros de armas, les
-dieron en el pescuezo el sablazo decapitante, al mismo tiempo que cada
-uno de ellos se rajaba el vientre con su puñal, echando afuera las
-entrañas... Y cuarenta y siete cuerpos rodaron por las gradas con los
-estertores de la agonía, esparciendo una cascada de sangre.
-
-Hoy sólo resta de dicha tragedia las tumbas de sus protagonistas junto á
-una pagoda de madera obscura y carcomida. Cerca de su escalinata se ve
-la fuente musgosa, donde lavaron los vengadores la cabeza del traidor.
-Ningún japonés introducirá en esta agua sus brazos ni sus piernas. Los
-cuarenta y siete fueron declarados por el Mikado, años después, santos y
-mártires, y desde entonces su historia es escuchada por todos los niños
-del Japón. Muchas familias van en romería á las tumbas de estos héroes
-de poema, que supieron morir en masa, con el suicidio horrible de las
-antiguas gentes de honor.
-
-Paso una noche en el tren entre Tokío y Kioto. Recorro los diversos
-vagones para ver cómo viajan los japoneses.
-
-Hombres y mujeres se despojan á las pocas horas de sus disfraces
-occidentales y visten el kimono, librándose igualmente del calzado. Les
-fatiga sentarse como nosotros. Deben sentir un cansancio semejante al
-que sufren los blancos cuando las circunstancias los obligan á colocarse
-en el suelo con los muslos cruzados. Todos los japoneses suben
-finalmente sus piernas sobre la banqueta y se instalan como lo exige su
-comodidad, ó sea poniéndolas en cruz y apoyando las posaderas en sus
-talones. Así los asientos parecen estantes de vitrina con figuras de
-porcelana, que mueven las cabezas siguiendo los vaivenes del tren.
-
-Todos los vagones tienen en su pasillo central unos embudos que dan
-sobre la vía. Esto facilita el barrido que los empleados deben repetir
-con frecuencia. Al mantener los viajeros sus pies sobre las banquetas,
-poco les importa la suciedad del suelo, y éste se va cubriendo de
-mondaduras de frutas y de papeles impregnados de grasa, que han servido
-de envoltura á los _bentos_.
-
-En el vagón-dormitorio, apenas cierra la noche, el empleado se preocupa
-de nuestros pies. Como este es un país de gran higiene «pedestre», donde
-se marcha sin zapatos en todo lugar cubierto, sea templo ó simple
-vivienda particular, las gentes no gustan de permanecer muchas horas con
-sus extremidades calzadas. El servidor del vagón me ofrece unas
-zapatillas de lana blanca, escrupulosamente limpias. Luego hace igual
-regalo á los otros ocupantes del coche. La compañía del ferrocarril, al
-mismo tiempo que vende una cama al viajero, le proporciona las
-zapatillas.
-
-Cuando despierto, cerca de Kioto, veo la llanura dividida en campos de
-arroz, pequeños y bien trabajados. El agua encharcada parece reir bajo
-el sol con sus estremecimientos luminosos. Más allá, los campos son de
-hortalizas, pero siempre en reducidas parcelas, alineadas y cuidadas
-como un jardín. Es una agricultura meticulosa que puede llamarse de
-miniatura. Se abren en el horizonte las copas azules de varios lagos
-entre colinas cubiertas de bosquecillos. Todo es pequeño, gracioso,
-frágil, y sin embargo, revela una observación de siglos, una voluntad
-tenaz, para conseguir que el suelo dé los mayores rendimientos.
-
-Visitamos las grandes pagodas en nuestras primeras correrías por Kioto.
-
-Esta ciudad es la capital del budismo en el Japón, y tal vez ninguna del
-Extremo Oriente siente como ella la influencia de dicho culto religioso.
-Debo añadir que las doctrinas del dulce Gautama fueron modificadas por
-los bonzos, desfigurándose hasta el punto de no guardar mas que un
-ligero recuerdo de sus principios originales.
-
-Dentro de Kioto existen muchísimas sectas del budismo, pero esto no
-impide que los intérpretes y comentadores más importantes de la teología
-budista vivan aquí. Hubo una época en que llegó á tener 3.893 templos y
-santuarios dedicados al citado culto. El número actual tal vez sea
-inferior en muy poco. A esto hay que añadir 2.500 templos y santuarios
-del culto sintoísta. Con razón los japoneses han llamado siempre á esta
-ciudad Kioto la Santa.
-
-Visitamos en las primeras horas de la mañana la más grande de las
-pagodas, que es como una catedral del budismo. Cuando San Francisco
-Javier visitó Kioto ya existía este templo. En realidad, es una
-agrupación de diversas pagodas dentro de una cerca común, pero separadas
-por vastísimos patios enlosados de granito.
-
-Los edificios, todos de madera, tienen piezas gigantescas de carpintería
-como las que se empleaban para la construcción de los antiguos navíos.
-Las techumbres presentan también la robustez y las dimensiones de
-grandes barcos puestos con la quilla en alto, cuya parte interior ha
-sido dorada y trabajada por pacientes artistas durante siglos. Troncos
-de árboles enormes sirven de columnas para sostener estas techumbres,
-altísimas y monumentales si se las compara con la ligereza y la pequeñez
-graciosa de otras construcciones del país.
-
-Todo fué cubierto de lacas y de oro, pero la pátina de los edificios
-religiosos encerrados en una ciudad y que se ven visitados diariamente
-por muchedumbres ha obscurecido el esplendor de dichas pagodas. Guardan
-todas ellas un aire de majestuosa vejez. Detrás del estuco se presiente
-la madera carcomida. Algunas pilastras redondas tienen herido su revoque
-y muestran por las desconchaduras el armazón hueco de su interior,
-formado con duelas y aros, como un tonel.
-
-En una galería cubierta que une á dos de las pagodas me muestran cuatro
-cables enrollados y negros, mucho más grandes que los que se ven en los
-puertos. Son como boas de los tiempos prehistóricos, más allá de las
-proporciones de los reptiles actuales. Luego, un bonzo me explica con
-cierta vanidad la naturaleza y origen de estos cuatro cilindros.
-Sirvieron para subir á lo alto de la techumbre de la gran pagoda los
-maderos más pesados, y están tejidos los cuatro con pelos de mujer.
-
-Examino los rollos enormes y reconozco que únicamente el pelo de las
-japonesas, duro, áspero y muy grueso, puede haber producido estas
-maromas irrompibles, cayo diámetro casi es igual al de una pierna de
-atleta. Cada uno de los cables tiene cien metros de longitud, lo que
-desorienta y asombra al calcular cuántos miles y miles de mujeres
-devotas necesitaron cortarse la cabellera para contribuir á esta obra.
-
-Penetramos en el más importante de los santuarios de la gran pagoda. He
-leído muchos estudios sobre las semejanzas entre las ceremonias del
-budismo y las del culto católico, pero cuando las cosas se conocen de
-cerca, con una visión directa, dan la impresión de lo inesperado y de lo
-nuevo, por más que antes nos lo hayan hecho conocer los libros.
-
-Creo estar asistiendo á una misa cantada en un templo católico de España
-ó de Italia, en las primeras horas matinales, cuando una parte de la
-asistencia está compuesta de mujeres que vuelven del mercado. Veo
-numerosas japonesas sentadas en el suelo y guardando cerca de ellas el
-cesto de comestibles repleto de compras recientes. Rezan todas ellas en
-voz baja, y para mí sus palabras ininteligibles suenan siempre lo mismo:
-«_la-la... la-la_».
-
-Al otro lado de una verja, rodeando el altar mayor, en el que está Buda
-con un lirio en la mano, veo dos filas de bonzos que cantan sus oficios.
-Están colocados de un modo ritual, que me recuerda las grandes misas del
-domingo presenciadas en mi niñez. Estos cánticos budistas tienen un
-ritmo y unas modulaciones que no causan extrañeza al oído. Son música
-conocida. Recuerdan los que hemos escuchado en Occidente, como los
-plagios musicales resucitan la existencia de la obra original, aunque la
-tengamos olvidada.
-
-A un lado del altar están los oficiantes, tres bonzos vestidos de
-blanco, llevando sobre los hombros un pedazo de tela dorada con rosas
-multicolores, igual, absolutamente igual en su tejido á las capas
-litúrgicas de los sacerdotes católicos. La única diferencia es de
-confección. En Occidente, estas telas son cortadas y cosidas para formar
-con ellas vestiduras de un tipo ritual, mientras que los bonzos las
-colocan sobre sus hombros sin modificarlas, tal como las adquieren,
-recién salidas de los famosos telares de Kioto.
-
-Vuelvo á notar, como en Niko, una semejanza física entre algunos de
-estos bonzos y muchos sacerdotes europeos. Los hay de pura raza
-japonesa, con una fealdad asiática, y son los más. Pero otros de nariz
-aguileña, grandes anteojos y cierta gordura fresca, pálida y lustrosa,
-de varón que lleva una vida sedentaria y se mantiene á cubierto de la
-intemperie, recuerdan á muchos clérigos españoles, franceses é
-italianos. Debo añadir que esta misma semejanza la he encontrado entre
-los bracmanes de la India, como si la identidad de las funciones crease
-con el curso de los siglos un tipo sacerdotal común á toda la tierra.
-
-Mientras cantan los bonzos sus oficios, contemplo los adornos de esta
-pagoda majestuosa. En las cornisas hay figuras humanas multicolores, de
-hermosas y sonrosadas carnes, tañendo diversos instrumentos de música.
-Son los «tomines», ángeles del budismo, también de rara semejanza con
-los ángeles de la religión católica, llevando las mismas alas é iguales
-rostros afeminados; pero los del budismo son menos ambiguos y tienen
-francamente formas de mujer.
-
-Algo se mueve en lo alto, entre las tallas é imágenes. Mi vista se
-acostumbra á la semiobscuridad de las naves, y distingo numerosos ojos
-que brillan como pequeños diamantes. Luego unas envolturas de pelo
-obscuro avanzan con ligero trotecillo por los salientes arquitectónicos.
-Legiones de ratas habitan estos navíos sagrados, y salen de sus
-escondrijos atraídas sin duda por el olor de los comestibles que llevan
-en sus cestos las devotas comadres y por los cánticos de los bonzos que
-están en el coro.
-
-Veo que el oficiante principal se halla ahora derecho ante el altar, de
-espaldas á los fieles, con las dos manos al nivel de su cabeza, gesto
-idéntico á otro que he presenciado muchas veces. Luego se vuelve de
-frente á los devotos y agita las manos como si los bendijese, mientras
-susurra palabras ininteligibles.
-
-Me marcho. No quiero ver más un espectáculo que carece para mí del
-atractivo de la novedad. ¡Las sorpresas del Asia!... Indudablemente
-estos bonzos han copiado de los misioneros sus gestos litúrgicos. Luego
-pienso que su religión es seis siglos más antigua que el cristianismo, y
-cuando llegó aquí San Francisco Javier ya tenían cerca de dos mil años
-las ceremonias que acabo de presenciar.
-
-En los patios del templo vuelan grandes bandas de palomas. A veces
-cubren espacios enormes con una capa movediza de plumas y arrullos.
-Luego, al elevarse asustadas por una presencia extraordinaria, blanquean
-todo un alero, obscuro y carcomido, de estas pagodas vetustas.
-
-Kioto es una de las poblaciones más grandes del Japón, pero se mantiene
-al margen de la reforma occidental, iniciada hace medio siglo. En ella
-los inventos modernos no hacen mas que deslizarse. Los hijos del país
-los emplean si les son útiles, pero siguen fieles á la tradición.
-
-Esta ciudad, que es la más japonesa de todas, sirve de refugio á las
-viejas artes. Aquí viven en pequeños talleres de familia los pintores,
-bordadores, tejedores y orfebres más célebres. Cuando las otras
-poblaciones necesitan un objeto precioso que simbolize el arte del
-país, lo encargan á Kioto.
-
-Algunas calles están atravesadas por canales, en los que navegan
-barcazas de comercio, y sobre cuya superficie se elevan puentes
-desmesuradamente arqueados. En los almacenes, los vendedores van todos
-con kimono negro. Una cortesía para el comprador, como si los tenderos
-de Occidente fuesen todos vestidos de frac.
-
-En sus vías, mejor empedradas que las de otras ciudades japonesas,
-apenas se ven extranjeros. Todos los transeuntes van vestidos con
-arreglo á la tradición. El europeo se siente abandonado al circular por
-Kioto, como si estuviese á una distancia infinita de su mundo. Al mismo
-tiempo se da cuenta de su inferioridad con relación á los que pasan
-junto á él. Todos le sonríen por cortesía, pero indudablemente se creen
-superiores.
-
-Un animal nos hace ver de pronto la magnitud de nuestro aislamiento y la
-extrañeza que despierta nuestra presencia, marchando á pie por unas
-calles frecuentadas sólo por japoneses. No abundan los perros en la
-ciudad, pero cerca de un puente nos cruzamos con uno de pelo rojo y
-grandes colmillos. Voy en compañía de una señora, y ninguno de los dos
-nos hemos fijado en este animal. Él, al vernos, atraviesa la calle,
-enfurecido por una rabia agresiva, y pretende mordernos. Algunos
-transeuntes se interponen cortésmente y lo alejan. Luego sonríen,
-explicando su cólera. No está acostumbrado á los occidentales, y su
-presencia le inspira una xenofobia acometedora. En Kioto la Santa, los
-extranjeros van siempre en automóviles ó en _korumas_. Muy pocos marchan
-á pie.
-
-Cae la noche y nos extraviamos en unas calles que empiezan á cubrirse de
-guirnaldas de luces, y sobre cuyos edificios, dorados y esculpidos,
-aletean enormes banderas.
-
-Todos ellos están destinados al público. Son teatros, cinematógrafos,
-casas de té ó de danzas. En algunos vemos sobre la fachada una fila de
-grandes fotografías de muchachas. Nos hemos metido sin saberlo en el
-Yosywara de Kioto.
-
-A cada momento va engrosando la concurrencia en las calles. Todos, al
-abandonar su trabajo, vienen á este barrio de diversión, donde
-permanecerán hasta media noche. Sólo vemos japoneses. Nos miran con
-curiosidad hostil ó con extrañeza.
-
-Esta extrañeza no es por el carácter especial del barrio. Se encuentran
-en él muchas familias respetables que van á los teatros. Ya dije lo que
-es el Yosywara para los japoneses. La extrañeza la muestran por el hecho
-de vernos á pie confundidos con las gentes del país. El extranjero es en
-Kioto un transeunte que sólo se muestra en lo alto de un vehículo y
-únicamente pone sus pies en tierra ante los monumentos interesantes.
-
-Oímos guitarreos y dulces quejidos que salen de las casas de las
-_geishas_. Las fachadas de los teatros ostentan cuadros enormes, iguales
-á los que figuran en los cinematógrafos, y en estos lienzos veo pintadas
-las escenas más interesantes del drama que se está representando dentro.
-Casi siempre es una sucesión de hazañas realizadas por un mancebo
-japonés vestido á la moderna, como un _cow-boy_, pero con más valor y
-astucia que los cuarenta y siete samurais juntos. Se le ve batiéndose,
-puñal en mano, con dos docenas de asesinos y poniendo en fuga á los que
-no mata; deteniendo un caballo desbocado con solo una mano; asaltando un
-tren; destapando un volcán dormido.
-
-A esta hora del anochecer, cada uno de dichos dramas debe estar ya en el
-acto treinta ó cuarenta, pues su representación empezó poco después de
-la salida del sol. Pero esto no impide que entren nuevos espectadores y
-busquen asiento junto á los que han almorzado y comido sin moverse, y se
-disponen ahora á cenar, siguiendo con incansable atención las aventuras
-del héroe.
-
-Sobre cada teatro hay banderas, más grandes á veces que la fachada del
-edificio, con rótulos en caracteres japoneses que extasían á muchos
-transeuntes. Aquí, cada actor célebre tiene banderas propias con su
-nombre y sus armas, colocándolas á la puerta del teatro para que sus
-admiradores no sufran equivocación. Y como cada uno cree ser el primero,
-procura que su bandera guarde relación con su importancia, llegando á
-dimensiones inverosímiles estas telas multicolores, que en días de
-viento representan un peligro para la solidez de los frontones que las
-sostienen.
-
-Las actrices inspiran más entusiasmo aún que los actores. Pero el lector
-sabe que en el Japón los papeles femeninos son desempeñados por
-jovenzuelos. Éstos, al hacerse célebres, persisten en su trabajo, sin
-tener en cuenta el paso de los años; y más de una vez, la dama que
-conmueve con sus desventuras á los hombres, hace derramar lágrimas á las
-mujeres y cosquilleo á los muchachos con los primeros deseos de amor,
-es, en realidad, un viejo afeminado y vergonzosamente pintarrajeado. (No
-hay que escandalizarse por esto, pues algo semejante pasaba en
-Inglaterra en los tiempos de Shakespeare.) Una de estas actrices-hombres
-es actualmente el personaje teatral más célebre del Japón y gana 10.000
-dólares todos los meses.
-
-Empujados y mal mirados por un gentío que huele muchas veces á _saké_ y
-al aglomerarse en las estrechas calles se ve obligado á marchar con paso
-lento, empezamos á sentir cierta inquietud. Hemos abandonado
-imprudentemente á nuestro guía, nadie nos conoce, ignoramos la lengua
-del país; ¿á quién acudir si nos ocurriese algo malo?... Nos sentimos
-inmensamente solos entre esta muchedumbre de miles y miles de seres,
-sobre cuyo río de cabezas pasan músicas y se mueven banderas y faroles.
-
-El cinematógrafo de origen americano bate al teatro japonés en el
-Yosywara de Kioto, como ocurre en tantos otros lugares de la tierra. Hay
-más salas cinematográficas que escenarios, y la gente de kimono penetra
-en ellas á borbotones.
-
-En uno de dichos establecimientos atrae mi atención un cartel monumental
-de muchos metros cuadrados que cubre gran parte del cielo sobre el
-remate de la fachada. Veo pintados en él unos hombres-libélulas, de
-cintura sutil. Saltan como insectos, con un trapo en la mano,
-perseguidos por una bestia cornuda que parece lanzar fuego por sus
-narices. Tal vez es una escena de la prehistoria. Luego me hace recordar
-vagamente las corridas de toros.
-
-Mis ojos tropiezan más abajo con un gran rótulo en japonés, y al lado,
-entre paréntesis, la traducción inglesa: (_Blood and Sand_). Es el
-_film_ de mi novela _Sangre y arena_ hecho en los Estados Unidos. Luego
-voy descubriendo, á los dos lados de la puerta, anuncios multicolores
-con escenas de la obra y retratos de los artistas.
-
-Todos estos carteles de procedencia norteamericana han sido reformados á
-la japonesa, tal vez para armonizarlos con la corrida de toros
-fantástica que se exhibe en lo alto. A Rodolfo Valentino, protagonista
-de la obra, que las mujeres de los Estados Unidos llaman «el hombre más
-hermoso del mundo», le han acortado la nariz y subido las cejas con un
-pincel irreverente, para disimular su fealdad de blanco y que se
-aproxime á la belleza de un buen mozo japonés. Los demás artistas
-también han sufrido iguales transformaciones. Hasta encuentro una
-fotografía mía, que sólo llego á reconocer por ciertos detalles del
-traje, y me veo en ella con la nariz recta y corta, las cejas oblicuas y
-un aire feroz, semejante al de los hércules japoneses que viven de
-luchar en público.
-
-No importa. Este descubrimiento me tranquiliza, y ¿por qué no decirlo?
-me halaga, proporcionándome una de las satisfacciones mayores de mi
-vida.
-
-¡Bendito cinematógrafo! Algo representa haber nacido en una ciudad de
-provincia, al otro extremo del mundo, y al venir á Kioto la Santa
-encontrar mi retrato y mi nombre en las calles bulliciosas del Yosywara.
-
-Además, si necesito protección, puedo buscar á un policía, aunque no me
-entienda. Me bastará llevarlo hasta la puerta del cinematógrafo y
-decirle por señas ante mi retrato de luchador japonés: «Ese soy yo».
-
-
-
-
-XXII
-
-EL TEMPLO DE LOS 33.333 DIOSES
-
- Los palacios de Kioto.--La ceremonia de la coronación
- imperial.--Mezcolanzas de antiguo y moderno.--El templo de los
- «Treinta y tres mil trescientos treinta y tres dioses».--El taller
- de remiendos divinos.--La pagoda de la cumbre y su fuente
- milagrosa.--Lo que les ocurre á las japonesas que beben sus
- aguas.--El hombre de los dos cubos.--La balada de la hotelería
- japonesa.
-
-
-Además de sus pagodas innumerables, guarda Kioto la Santa los antiguos
-palacios de sus emperadores. Ya hemos dicho cómo el Mikado vivió siete
-siglos en esta ciudad, sin mezclarse para nada en el gobierno del país,
-enteramente confiado á los Shogunes, é interviniendo sólo en los asuntos
-religiosos.
-
-Hoy no ocupan estos palacios un espacio de quince leguas, como en otros
-tiempos. El ensanche de la ciudad y de los jardines públicos ha invadido
-una parte del antiguo dominio imperial. Pero todavía las actuales
-residencias del Mikado llenan un área considerable.
-
-Son palacios faltos de muebles, que viven con un aspecto de abandono
-bajo la guarda de viejos empleados, y sólo ven abrirse sus salones
-cuando se presenta un grupo de viajeros.
-
-Estos edificios, que inspiran al japonés un respeto histórico,
-únicamente recobran su antigua animación cuando muere un emperador y es
-coronado su heredero. La entronización se celebra siempre en Kioto, y
-la corte abandona momentáneamente para tal ceremonia el palacio imperial
-de Tokío.
-
-Yo he visto este último desde fuera y me pareció no menos silencioso y
-desierto que el de Kioto, dentro de sus tres recintos. Unas avenidas
-anchísimas, que más bien parecen plazas enormemente prolongadas,
-establecen un primer aislamiento alrededor del palacio imperial, á pesar
-de hallarse situado éste en el centro de la vasta Tokío. La segunda zona
-de defensa consiste en un foso profundo lleno de agua verde, dormida en
-apariencia y que un canal renueva todos los días. Sobre esta cintura
-acuática se levanta la tercera defensa, consistente en una muralla de
-seis metros, hecha de grandes bloques, como un malecón fluvial ó un
-muelle marítimo. Al ras de esta muralla se extienden los céspedes del
-parque con grupos de tortuosos pinos. Sobre la arboleda asoman los
-remates de diversas construcciones, que tienen exteriormente un aspecto
-de palacios rústicos, todas con paredes blancas y altísimos techos
-negros de pendiente cóncava y grandes aleros. En el centro de esta
-ciudad imperial, siempre silenciosa é infranqueable dentro del corazón
-de Tokío, está el templo de Jimmuteno, primer ascendiente de la
-dinastía.
-
-Al visitar el palacio viejo de Kioto se nota que los emperadores se
-acordaron de él cuando dirigían la construcción del palacio nuevo de
-Tokío. Ambos edificios tienen igual aspecto exterior; sólo se
-diferencian en sus medios defensivos. Los emperadores de Kioto vivían al
-margen de los accidentes políticos, como dioses respetados y algo
-olvidados, sin presentir la posibilidad de que alguien los atacase. Su
-antigua residencia conserva una muralla exterior de tapia y postes de
-madera, rematada por tejados cóncavos, y alrededor de esta muralla se
-desliza un canal. Pero es un canal decorativo, que se puede pasar con
-agua á la rodilla, y los muros únicamente son de piedra hasta medio
-metro de altura. Se adivina que esta débil fortificación la construyeron
-para advertir una vez más que la persona del emperador debe mantenerse
-aislada de los simples mortales. De nada podía servir en caso de ataque
-y de sitio.
-
-Visito el Gran Palacio donde se celebran las coronaciones, situado en el
-centro de Kioto, y el Palacio de Verano, no menos grande, que se
-extiende en las afueras. Todos ellos tienen en torno vastos jardines
-públicos y numerosas pagodas, que han invadido gran parte de su antiguo
-solar. Estos palacios son de un solo piso y los componen varios grupos
-de edificios. Unos se mantienen aislados, otros están unidos por
-avenidas orladas de linternas y de monstruos. En estas avenidas hay
-varios _toris_, que equivalen á nuestros arcos triunfales.
-
-El interior de sus salones ofrece un aspecto desolado, como si acabasen
-de sufrir todos ellos un saqueo. Carecen de muebles. En algunos las
-paredes están ricamente pintadas y doradas; pero sobre las esterillas
-del suelo no se ve un taburete, un cojín, un pequeño vaso de porcelana
-que sostenga una flor.
-
-Y sin embargo, hay que quitarse los zapatos para visitar estos palacios
-abandonados. La cortesía japonesa aún tiene otra exigencia en lo que se
-refiere al emperador y á los altos personajes oficiales. No basta
-descalzarse para entrar en sus viviendas, ni dejar el sombrero en la
-antesala, como se hace en Occidente. Hay que desprenderse también del
-gabán y entrar á cuerpo en unos salones que nunca fueron calentados y
-por cuyos muros delgadísimos penetra fácilmente el frío. Conservar
-puesto el gabán cuando se pisa el umbral de un palacio japonés es
-irreverencia tan enorme como mantenerse con el sombrero calado.
-
-Sólo con un esfuerzo de imaginación pueden encontrarse interesantes
-estos monumentos imperiales de Kioto. En realidad, parecen por su forma
-exterior unas lujosas y enormes caballerizas de Inglaterra. Encuentro en
-uno de los salones varios dibujos multicolores, hechos sobre papel de
-arroz, que representan la ceremonia de la coronación en nuestros
-tiempos.
-
-Debe ser un espectáculo raro, por los uniformes tradicionales de los
-cortesanos y esas mezcolanzas de antiguo y moderno que surgen con tanta
-frecuencia en la vida del Japón actual. Los generales y los príncipes,
-que usan diariamente uniformes á la alemana, abandonan para estas
-fiestas palatinas su aspecto de guerreros europeos y se visten como sus
-ascendientes. Todos llevan corazas y cascos dorados, con cuernos y
-antenas, dos sables en la cintura, un carcaj en la espalda lleno de
-flechas y un gran arco.
-
-Las damas de la corte van vestidas de chinas más que de japonesas. Sus
-trajes de ceremonia son anteriores al kimono y á los peinados de las
-niponas actuales. Llevan pantalones rojos, dalmáticas negras bordadas, y
-en la cabeza unos tocados semejantes á los gorros de cuartel... Y por en
-medio de esta aglomeración de cortesanos acorazados como hace cinco
-siglos y con armas anteriores á la invención de la pólvora, avanza el
-nuevo emperador llevando uniforme de general, lo mismo que un rey
-europeo, y sentado en una carroza dorada, adquirida en Londres, con
-lacayos de peluca blanca y tricornio. Tales anacronismos que tan
-interesante hacen el acto de la coronación son una prueba más de la
-mezcolanza contradictoria é incoherente que sirve de base a la actual
-vida japonesa.
-
-Necesito hacer un esfuerzo para abandonar los jardines de estos palacios
-silenciosos y de una simplicidad majestuosa. Casi todos sus árboles son
-cedros retorcidos que tienen varios siglos de existencia. Al pie de
-ellos hay redondeles de musgo, escrupulosamente cuidado, de un diámetro
-igual al de sus copas.
-
-Un grupo de mujeres pobres barre los senderos del parque y las aceras de
-granito en torno á los edificios de madera. Estas hembras de kimono
-obscuro, que reciben del intendente imperial una retribución modesta,
-nos enseñan, al sonreir, sus dientes cargados de oro. Ya dije que para
-la japonesa es motivo de vanidad poder llevar chapada de rico metal su
-dentadura, y hace cuanto puede por conseguirlo aunque sea á costa de
-sacrificios, lo mismo que una europea cuando ansía un traje ó un
-sombrero elegantes.
-
-Deseo visitar cierta pagoda de esta ciudad que conozco de nombre hace
-muchos años, casi desde mi niñez, y nunca creí en aquellos tiempos que
-llegaría á verla directamente con mis ojos. Es el templo de los _Treinta
-y tres mil trescientos treinta y tres dioses_.
-
-Exteriormente consiste en un largo edificio rojizo, que ocupa todo un
-lado de una plaza de la vieja Kioto. Varios grupos de bambúes enormes
-sombrean esta plaza, y al amparo de ellos colocan sus mesitas los
-vendedores de tarjetas postales, oraciones impresas en papel de arroz y
-pequeños objetos de culto. Como el templo es de madera y lleva varios
-siglos de existencia, tiene el mismo aspecto de barco viejo y carcomido
-que ofrecen casi todas las pagodas.
-
-Sobre la meseta de la escalinata salen á recibirnos algunos bonzos con
-la redonda cabeza recién afeitada y un manto de color de azafrán, en el
-que se envuelven á estilo romano. Estos sacerdotes budistas son
-pedigüeños y explotan sistemáticamente la fama de la pagoda á que están
-agregados. Uno de ellos, con redondas gafas de concha, aguarda en la
-cancela detrás de una mesa y cobra á los visitantes por dejarles pasar,
-lo mismo que un portero de teatro. En el interior, otros bonzos
-azafranados nos acosan ofreciéndonos estampas, oraciones y pequeños
-objetos, á los que atribuyen influencias milagrosas.
-
-Al entrar, se tropieza inmediatamente con una imagen gigantesca de
-metal, que ocupa lo que puede llamarse altar mayor, presidiendo esta
-asamblea numerosa de divinidades. A los dos lados del altar se extienden
-vastas escalinatas llenando las dos alas del templo, y en sus peldaños,
-lo mismo que si fuesen objetos de exposición, forman en luengas y
-superpuestas filas dos mil imágenes de bronce de tamaño natural
-representando á la diosa de la Misericordia. Estas dos mil mujeres
-tienen doce mil brazos, pues cada una de ellas ostenta tres á cada lado
-de su tronco.
-
-En diversas naves de la pagoda se alinean formando hileras múltiples los
-otros dioses hasta el número de 33.333. Los hay de todos los tamaños, á
-partir de la talla humana hasta el exiguo volumen de un insecto. Son de
-oro, de bronce, de marfil, de madera, de piedras diversas, desde el
-precioso jade venido de la China y el lapislázuli de las minas de
-Siberia, al simple pedernal. Unos tienen formas regulares y una sonrisa
-de bondad celeste; otros llevan en su rostro gestos aterradores y son
-feos con una fealdad iracunda y amenazante, que parece secreto
-hereditario de los imagineros japoneses. Algunos, más cerca de la
-animalidad que de la perfección divina, se muestran erizados de
-múltiples piernas y brazos, como cangrejos monstruosos.
-
-Guarda siempre este templo, con rigurosa exactitud, el número de los
-dioses que deben habitarlo: 33.333. En el curso de varios siglos las
-guerras y los incendios quebrantaron el edificio muchas veces ó lo
-arruinaron por completo, suprimiendo una parte de su población divina;
-pero ésta no tardó en verse reconstituída por los bonzos, que son sus
-guardianes y servidores.
-
-Junto al templo existe un taller, donde son recompuestos dioses y diosas
-todos los días. Trabajan en él unos imagineros, que recuerdan por su
-aspecto y sus gestos á los antiguos alquimistas. Algunos son
-extremadamente ancianos, y cuelgan de sus mandíbulas los filamentos
-blancos, esparcidos y lacios de una barba á la japonesa. El cráneo lo
-llevan oculto bajo un gorro muy ajustado y abotonado debajo de la barba,
-lo mismo que el becoquín del Doctor Fausto. Con grandes antiparras
-caladas ante sus ojos pegan á las pequeñas diosas un brazo de marfil que
-se ha desprendido entre los seis ú ocho que cubren su pecho, ó liman las
-piernas de los dioses para que no se conozcan los remiendos recién
-hechos en el bronce ó la madera.
-
-Hay otra pagoda célebre en Kioto, que ocupa una colina dentro de la
-ciudad, y desde cuya cumbre puede abarcarse el hermoso espectáculo de
-sus barriadas, jardines y canales. A esta pagoda vienen en determinadas
-épocas numerosas peregrinas. Existe al pie de ella una fuente milagrosa,
-y toda mujer casada que bebe sus aguas es madre antes de un año. Algunas
-veces--¡caso estupendo!--el mismo prodigio se realiza en las musmés que
-beben su líquido, aunque vayan con peinado de soltera.
-
-Como no hay peregrinaciones durante el invierno, encontramos solitarias
-las calles en declive que conducen á la cumbre donde está la pagoda. Son
-calles relativamente anchas, como si las hubiesen abierto en previsión
-de las multitudes que las llenan en ciertas fechas del año. Todas las
-casas están ocupadas por comercios de objetos piadosos, abundando las
-figurillas de porcelana vulgar.
-
-Un mundo de personajes abigarrados, de las más diversas cataduras, se
-alinea en los escaparates y anaqueles de estos vendedores de imágenes.
-Figurones grotescos y un poco obscenos se codean con imágenes divinas y
-pequeñas estatuitas ecuestres del penúltimo emperador. En estas tiendas
-del Extremo Oriente no se sabe nunca dónde termina lo religioso y
-empieza lo caricaturesco, quién es dios y quién simple monigote para
-hacer reir á las gentes.
-
-Subimos con lentitud por la calle orlada de tiendas. Tenemos nuestras
-miradas fijas en la alta y gallarda pagoda que llena la perspectiva
-abierta entre dos filas ascendentes de edificios. Encima de los tejados,
-pero más abajo del templo, vemos bosquecillos de bambúes y senderos
-agrestes, por donde corren riendo, con una jovialidad de niñas, varias
-filas de mujeres. Deben ser de las que vienen en busca de la milagrosa
-fuente, oculta á nuestros ojos por los grupos de vegetación.
-
-El deseo de toda mujer japonesa perteneciente á la clase popular es
-pasearse con la dulce mochila de un pequeñuelo que duerme, come, ríe ó
-llora, sujeto á su espalda, y muchas veces hace cosas peores, aguantando
-la madre con cierto deleite el tibio chorrillo filial que se desliza por
-sus riñones. La japonesa infecunda se considera en una situación
-peligrosa; el marido puede repudiarla en este país de fácil divorcio, y
-ansía intervenciones humanas ó celestes para conocer la maternidad.
-
-Mientras camino pensando en esto, con la vista fija en la pagoda, cada
-vez más próxima, empiezo á percibir un hedor intolerable. Los que vienen
-conmigo experimentan idéntica molestia. Miramos las tiendecitas
-próximas como si surgiese de ellas el nauseabundo olor. Pero nuestro
-olfato se va orientando, y acabamos por husmear lo que nos rodea más de
-cerca.
-
-Delante de nosotros marchan varios niños y mujeres, atraídos por la
-curiosidad que provoca siempre en las calles del Japón provincial la
-presencia de un grupo de blancos. Se ha adherido también á nuestra
-marcha, saludándonos mudamente con una sonrisa que le hace mostrar sus
-dientes agudos, un mocetón casi en cueros, sin otro traje que un harapo
-pasado entre las musculosas piernas. Lleva en un hombro un grueso bambú
-y penden de él dos cubos, que se bambolean al compás de sus pasos,
-agitando su contenido líquido.
-
-¡Ah, miserable!... De este caldo amarillento, en el que flotan pequeños
-cilindros de igual color, surge la pestilencia que va infestando la
-calle, sin que ningún vecino parezca sentir molestia en su olfato. Es un
-hortelano que acaba de vaciar una letrina todavía fresca, y lleva la
-hedionda materia á su huerta cercana. El abono humano es aquí más
-apreciado que el animal. Los chinos, maestros de los japoneses en tantas
-cosas, aprecian con mayor entusiasmo, si es posible, esta materia
-fecundante.
-
-Hacemos alto para que el compañero nos abandone. Todavía insiste en
-acompañarnos, y se detiene con sus dos inmundos cubos; pero tales gritos
-y ademanes empleamos en nuestra protesta, que al fin se marcha, siempre
-sonriendo. Quedamos en la duda de si sonríe ahora de lástima,
-despreciándonos por nuestras absurdas preocupaciones.
-
-Y sin embargo, este pueblo ama las flores como ninguno, y aunque es de
-espíritu estrechamente positivista, sorprende de pronto con las más
-poéticas invenciones.
-
-Encuentro en todos los hoteles numerosos carteles impresos con
-caracteres del país, los cuales contienen, según me dicen, máximas
-morales, consejos prácticos y sanos para la vida. En algunos de dichos
-establecimientos me atrajo por su dibujo primaveral uno de los tales
-anuncios representando un árbol con las ramas cargadas de flores y
-revoloteando en torno enjambres de pájaros. Aquí vuelvo á encontrar este
-paisaje misterioso, pero con una explicación al pie.
-
-El Gran Hotel de Kioto tiene sus pisos bajos ocupados por tiendas que
-exhiben los mejores productos de las ricas industrias de la ciudad:
-kimonos de maravillosos colores, telas bordadas con faunas y floras
-fantásticas, obras de orfebrería y de esmalte. Los directores del
-establecimiento son los únicos que van vestidos á la europea. Todo el
-personal lleva trajes japoneses. En los salones hay grupos de hombres
-con kimono negro de seda, que parecen sacerdotes, y se abalanzan sobre
-todo el que entra para ofrecerle sus tarjetas. Son los corredores y
-enviados de las grandes tiendas de Kioto, que ascienden á centenares.
-
-En uno de estos salones encuentro el cartel primaveral con su
-inscripción japonesa, pero el director del hotel ha agregado la
-traducción en inglés...
-
-Son versos, un fragmento de poema. Y este cartel de flores y pájaros,
-que figura en todos los hoteles importantes del Japón, dice así, según
-la versión inglesa, que yo transcribo á mi modo:
-
- Un hotel es un ciruelo
- cargado de ricos frutos;
- ruiseñores son los huéspedes
- cobijados en sus ramas.
- (_Balada de la hotelería japonesa_)
-
-Parece que los grandes hoteleros del Japón, al celebrar una de sus
-reuniones en Tokío, acordaron, entre otros medios de propaganda,
-encargar á un gran poeta nacional una balada sobre las excelencias de
-los hoteles en el Imperio del Sol Naciente. Esto es algo extraordinario:
-hay que reconocerlo. A ningún hotelero de Europa ni de América se le ha
-ocurrido jamás nada semejante.
-
-Debo advertir que la industria de la hotelería á estilo moderno sólo
-existe aquí desde hace pocos años. Todavía, en las provincias muy
-interiores del Japón, los dueños de las hospederías reciben al viajero
-como los hidalgos de otros tiempos daban albergue al peregrino, por
-seguir las tradiciones. No hay precio fijo, y el posadero se indignaría
-si le hablasen de retribución.
-
-Cuando el pasajero se marcha, entrega de un modo disimulado á la esposa
-ó la doméstica más respetable la cantidad que le parece oportuna,
-añadiendo, después de este regalo discreto, que guardará eterna gratitud
-por tan benévola acogida.
-
-Los hoteleros japoneses á la moderna, que se educaron en el extranjero y
-copian las costumbres de los occidentales, han querido dar á sus
-«Palaces» de varios pisos una originalidad tradicional y patriótica, y
-para ello nada les pareció mejor que buscar la colaboración de un poeta.
-
-Además, estos nipones vestidos de levita que dirigen en su país la vida
-de los modernos «ciruelos» son tal vez más psicólogos que los gerentes
-de los «Palaces» de Europa y América, los cuales tratan á sus clientes
-con la altivez y el alejamiento de un monarca.
-
-¿Quién puede discutir y regatear su cuenta después que lo han comparado
-con un ruiseñor?...
-
-
-
-
-XXIII
-
-LOS «KOKOS» DE NARA
-
- Las plantaciones de té.--El dios que viajaba montado en un
- ciervo.--Los venados del Parque Sagrado.--Las linternas seculares
- de Nara.--El caballito blanco de ojos azules y rojos.--Los peces
- del lago santo.--El pan de Año Nuevo y su peligroso
- amasijo.--Trenes nevados y hombres semidesnudos.--Los dos
- Japones.--Ya tiran contra el nieto de los dioses.
-
-
-Entre Kioto y Nara vemos los primeros campos de té. Este arbusto, de un
-metro escasamente de altura, lo plantan en filas y tiene la copa redonda
-como un naranjo enano. En primavera los agricultores colocan toldos
-sobre las plantas, para defenderlas de los vendavales que soplan sobre
-el archipiélago. Además, todas las plantaciones tienen orlas de bambúes,
-que las abrigan de las inclemencias atmosféricas.
-
-Pasamos ante el pueblo de Uji, que es el principal mercado de té en el
-Japón. Aquí se hacen las grandes compras de esta hierba que produce la
-bebida nacional. El té japonés, consumido enteramente en el país, es más
-fuerte que el chino, de un sabor áspero y silvestre. El de Uji ejerce
-tal influencia sobre el sistema nervioso, que, según cuentan, quien toma
-dos tazas de él no puede dormir en toda la noche.
-
-Los pueblos que vemos desde el tren ofrecen un aspecto alegre con motivo
-del año nuevo, cuyas fiestas duran varios días. Todas las poblaciones
-tienen banderolas y faroles de papel en sus bocacalles. Las fajas de
-tela están adornadas con rótulos japoneses que no podemos entender. Pero
-los caracteres del alfabeto nipón con sus misteriosas y complicadas
-formas, representan un valioso elemento decorativo. Hay letras que
-parecen monigotes gesticulantes, otras semejan paisajes ó bestias
-monstruosas. Los _muskos_, libres de la escuela en estos días, pueblan
-la atmósfera con una fauna de cometas en forma de dragones, que ondean
-sobre el azul celeste sus rabos de papel.
-
-Nara es la ciudad más antigua del Japón, la primera que habitaron los
-Mikados en una época casi fabulosa, cuando mantenían trato frecuente con
-sus abuelos los dioses y la historia del país era un relato mitológico
-en el que se mezclaban héroes y divinidades.
-
-Uno de los personajes de la mitología japonesa vino á Nara montado en un
-gran ciervo, y desde entonces la ciudad mira con simpatía á los animales
-de esta especie. El Parque Sagrado de Nara tiene siempre una población
-de venados, que se renueva hace más de mil años, sin cambiar de sitio.
-En la actualidad son unos setecientos los que trotan por sus senderos
-confiadamente, saliendo al encuentro de los transeuntes, para toparles
-con un testuz suave, si no les ofrecen algo de comer.
-
-Como todas las ciudades que viven de la afluencia de peregrinos, Nara es
-una aglomeración de posadas, figones y pequeños comercios de objetos
-piadosos y «recuerdos» del país. Atravesamos en _koruma_ la calle
-principal, compuesta por entero de tiendas de esta especie, y vamos
-directamente al famoso parque.
-
-Sus árboles centenarios no son más grandes que los de Niko. Tampoco
-tiene los abundantes arroyos que canturrean junto á los mausoleos de los
-dos Shogunes. Pero las colinas de Nara son muy húmedas, en las
-oquedades que existen entre ellas se abren las copas azules de varios
-lagos pequeños y el musgo esparce su verde capa sobre la piedra, lo
-mismo que en la Montaña Sagrada. Los matorrales son más espesos y altos
-que en Niko, y los venados que pueblan la selva de Nara saltan de pronto
-en medio del camino, con gran estrépito de ramaje que se doblega ó se
-quiebra.
-
-A estos venados que recuerdan la cabalgadura del dios viajero les dan en
-el país el nombre de _kokos_. Tal vez esta palabra fué empleada por su
-eufonía, que atrae á los animales, haciéndolos acudir indefectiblemente
-á tal llamamiento.
-
-Apenas entramos en el parque, empiezan á correr junto á las _korumas_
-varias _musmés_ graciosas, con kimonos á rayas amarillas y negras, y una
-faja de lazo enorme sobre los riñones. Todas llevan una cestita con
-galletas de salvado y melaza, agujereadas en su centro y unidas á
-docenas por un hilo que atraviesa los orificios. Es el manjar predilecto
-de los ciervos.
-
-Los jayanes de mangas largas y piernas al aire que tiran de nuestros
-carruajitos están previamente de acuerdo con las vendedoras, y nos
-explican la costumbre tradicional de dedicar un obsequio á los
-descendientes de la cabalgadura del dios. Apenas quedan hechas las
-primeras compras, _korumayas_ y _musmés_ gritan con voz suave y
-acariciante:
-
---¡Koko!... ¡Koko!...
-
-Y los _kokos_ empiezan á surgir de todas partes, con la abundancia de
-una invasión de hormigas.
-
-Son animales de aspecto dulce, pelo blanco y rojo, ojos húmedos y patas
-ligeras, de elegante trote. Sólo los más jóvenes conservan sus cuernos.
-Los de algunos años llevan la cabeza completamente mocha con dos
-muñones duros que revelan á flor de piel el lugar ocupado por las
-antiguas astas.
-
-Todos los años, en la fiesta del dios viajero, los guardianes del parque
-atraen engañosamente á los venados de buena astamenta y se la cortan,
-para fabricar con su materia objetos piadosos, que los bonzos de Nara
-envían á las ricas familias de las principales ciudades del Japón.
-
-Ninguno de los _kokos_ muestra timidez. Se aproximan con una confianza
-que data de siglos, seguros de que el hombre que llega no les hará daño
-y trae para sus mandíbulas ansiosas el más grato de los alimentos. Si un
-perro se desliza en este lugar vedado, hombres y mujeres lo persiguen,
-para que no asuste á las dulces bestias, verdaderas dueñas del parque.
-
-Marchan contoneándose al lado de las ruedas de las _korumas_. Cuando el
-visitante continúa su paseo á pie, lo escoltan estirando el cuello y
-pasan sobre su pecho el babeante hocico. Huelen el paquete que lleva en
-las manos, pero no osan morderlo. Esperan, con una cortesía que puede
-llamarse japonesa, á que les ofrezcan una galleta suelta, y la toman
-gravemente, haciendo reverencias con el testuz. Los más viejos, al
-alejarse en busca de la generosidad de otros visitantes, muestran dos
-almohadillas blancas, de pelo rizado y fino, en torno al arranque de su
-cola.
-
-Después del almuerzo en el Gran Hotel de Nara, hermoso edificio moderno,
-á orillas de un lago, presenciamos la reunión de todos los venados del
-parque. Es un acto que se reserva para días de gran concurrencia de
-viajeros ó cuando, siendo pocos, pueden éstos pagar á los empleados
-forestales por su trabajo extraordinario.
-
-Un japonés de chaqueta azul, con un crisantemo blanco en la espalda,
-hace sonar su trompeta en las desiertas avenidas. Oímos su diana
-marcial alejándose por las tortuosidades y recovecos de la arboleda.
-Otros hombres gritan con modulaciones especiales para atraer á los
-_kokos_. Todos los que hemos costeado el espectáculo nos sentamos en un
-gran claro del parque.
-
-Se va aproximando la trompeta, y vemos cómo surgen á la vez en un frente
-de medio kilómetro numerosos «chorros» de venados. Hay que emplear esta
-palabra, porque la invasión animal tiene el mismo ímpetu múltiple y
-diverso de las aguas de una inundación colándose en desorden por todos
-los vacíos que encuentran. Setecientos venados llegan casi á la vez á
-esta plaza de la selva, precediendo ó siguiendo al hombre de la trompeta
-y sus acólitos.
-
-El suelo se cubre de un oleaje incesante de pelos rojos y blancos, sobre
-el cual se alzan centenares de cabezas, unas cornudas, otras con pétreas
-excrecencias. Suena un ruido suave como de agua corriente. Son los miles
-de patitas que, al moverse, hacen chirriar la arenilla del escampado.
-
-Las _musmés_ venden enteras sus cestas de galletas y van en busca de
-otras. Muchos espectadores de esta asamblea animal descienden á la
-extensa plaza ocupada por los venados, y avanzan en el mar de hocicos
-suplicantes, de bocas abiertas, deslizando un dulce redondel en cada una
-de ellas como si echasen cartas á un buzón. Los más audaces, mientras
-rumian el regalo, marchan detrás del generoso dispensador de tales
-golosinas y le topan continuamente en la espalda para que se vuelva y
-repita el obsequio.
-
-Otro atractivo célebre de Nara, después de los ciervos sagrados, son las
-linternas ó _toros_. En las diversas colinas del parque, rematadas por
-pagodas budistas y sintoístas, los caminos están orlados con dobles ó
-triples hileras de linternas de granito sobre torreones de la misma
-piedra.
-
-Estas pagoditas de luz tienen á veces tres y cuatro siglos de
-existencia. Las familias ricas del Japón hacían construir en otro tiempo
-un _toro_ en el Parque de Nara para honrar á sus Ascendientes, y venían
-á verlo el día de la fiesta de las linternas. Una vez por año los 3.000
-ó 4.000 _toros_ que existen bajo las arboledas de Nara se iluminan
-durante una noche, y hasta de las poblaciones más lejanas vienen gentes
-para presenciar este espectáculo tradicional.
-
-Los miles de capillitas de piedra tienen en la citada noche alumbrado su
-interior por una lámpara ó un cirio. Son luces suaves, vagorosas, luces
-«del otro mundo», como las de los cuentos fantásticos, y los
-resplandores vacilantes dentro de su jaula de granito dan una vida
-sobrenatural á la selva obscura y dormida. Admiramos el musgo que cubre
-la piedra vieja de muchos de los _toros_. En Nara crece tan abundante y
-vigoroso este paño vegetal, que cuelga en forma de borlas verdes de los
-aleros de las linternas.
-
-Presenciamos en una de las pagodas la danza de las bailarinas sagradas
-del sintoísmo, dos jovencitas que ejercen su profesión con menos
-gravedad que la sacerdotisa cincuentona de Niko, y ríen mientras bailan,
-mirando á los visitantes blancos. Su vestimenta y adornos son también
-menos austeros. Sobre la frente llevan una visera en forma de tejadillo.
-Pendientes de ella hay varios tubitos de metal, que se entrechocan
-sonoramente con los movimientos de la danza. Encima han colocado un
-manojo de claveles. El resto de su traje, aunque es blanco y rojo, como
-el de la boncesa de Niko, revela en sus adornos una coquetería profana,
-un deseo de recordar á los fieles que la oficiante es una mujer.
-
-En un pequeño establo cerca de una pagoda vemos un caballito blanco,
-absolutamente blanco, con las pupilas azules y las córneas rojas. Es una
-bestia sagrada, mantenida por los bonzos. El dios del templo inmediato
-llegó á Nara montado en un caballo blanco, y los sacerdotes procuran
-tener un animal de la misma especie siempre preparado, por si se le
-ocurre de pronto á su divino señor volverse á las tierras de donde vino
-hace siglos.
-
-El Parque Sagrado tiene una variada fauna de carácter religioso. Además
-de sus centenares de _kokos_ descendientes del gran siervo tradicional y
-del caballito blanco, al que obsequian los visitantes con galletas y
-terrones de azúcar, existe un lago abundante en peces rojos y dorados,
-que son igualmente bestias sagradas. Después de tantos años de respeto y
-generosa nutrición, estos peces han crecido hasta obtener dimensiones
-monstruosas.
-
-Junto á dicho lago, los habitantes de Nara establecen un mercado de
-flores y árboles, donde se puede apreciar la habilidad de los japoneses
-como jardineros de exportación. Yo he visto vender en él naranjos
-enormes cubiertos de frutos, con las raíces tan hábilmente empaquetadas,
-que no había mas que subirlos á un carro ó un vagón para replantarlos á
-muchas leguas de distancia, sin ningún riesgo para su salud vegetal.
-
-Bajo de mi _koruma_ en las afueras de Nara, para visitar la forja de un
-fabricante de sables y puñales á estilo antiguo. Mientras regateo una
-daga con funda de bambú, cuyo filo es tan sutil que puede cortar los
-blanduchos papeles de arroz, me fijo en la casa inmediata, dentro de la
-cual varios hombres gritan y se mueven como si estuviesen realizando un
-esfuerzo penoso.
-
-Al verlos de más cerca, oigo las risotadas con que alegran su pesado
-trabajo. Todos ellos sudan y gesticulan, dando furiosas palmadas sobre
-una masa blanca. Están fabricando el pan de Año Nuevo, ceremonia
-tradicional que se repite durante varios días del primer mes.
-
-Van ligeros de ropa, para trabajar con más soltura, pero llevan ceñido á
-las sienes un estrecho pañuelo rojo, con dos puntas colgantes, parecido
-al tocado de los aragoneses. Cinco de ellos dan palmadas á la pasta,
-entonando una melopea ruidosa, y el sexto levanta con ambas manos un
-mazo de madera pesadísimo y lo deja caer sobre el amasijo.
-
-Es un deporte peligroso, y por eso se entregan á él con una alegría
-gallarda. El que mueve el mazo procura, con perversa astucia, pillar
-debajo de éste la mano de alguno de los amasadores, haciéndola añicos.
-La vanidad de los otros estriba en menudear el palmoteo, escapando con
-ligereza su diestra del mazazo brutal. Como esta ceremonia del amasijo
-del Año Nuevo hace sudar copiosamente, exige mucha bebida. Los joviales
-amasadores huelen á _saké_, y enardecidos por el alcohol de arroz y sus
-propios cánticos, se alternan en el manejo del mazo, con el santo deseo
-de ser más hábiles que los otros y poder aplastar la mano de un amigo.
-
-Estando en la estación de Nara vemos llegar trenes cuyas techumbres
-blanquean bajo una gruesa capa de nieve. Vienen de la parte del Japón
-adonde vamos nosotros. En Nara no nieva aún, pero sopla un viento
-glacial. Esto no impide que muchos campesinos, casi desnudos, pasen
-tranquilamente junto á los vagones, que dejan caer pedazos de agua
-congelada. También pasan los eternos niños de las escuelas, con un
-kimono ligero á redondeles blancos por toda vestidura, gorra de colegial
-y las piernas al aire, mostrando su carne enrojecida y coriácea por el
-frío.
-
-En los andenes veo japoneses con un aspecto de súbditos del Mikado antes
-de que éste ordenase la nueva vida á estilo de Occidente. Algunos viejos
-llevan barbillas de pelos lacios y la cabellera larga atada sobre el
-cogote, con una melena á modo de plumero caída sobre la nuca, igual á la
-de los antiguos samurais. Al mismo tiempo, en las ventanillas de los
-vagones se muestran japoneses vestidos como los trabajadores
-occidentales, soldados con uniforme europeo, mujeres de aire
-independiente que saben ganar su arroz y se han emancipado de la antigua
-esclavitud femenina.
-
-Hay dos Japones: uno que ha entrado á todo vapor en la evolución
-universal del progreso, y otro que, por razones políticas interiores y
-por inercia, quiere permanecer unido á la primitiva tradición. Este
-espectáculo contradictorio y paradojal no puede durar. Ha persistido
-algunos años como los platillos de una balanza, no obstante sus pesos
-distintos, permanecen durante una milésima de segundo igualados en el
-mismo nivel. Los cincuenta años de civilización moderna japonesa
-transcurridos hasta el presente significan un breve instante de su
-historia.
-
-Repito que esta situación anómala no puede mantenerse indefinidamente.
-El Japón tendrá que volver atrás, si quiere conservar su organización
-tradicional. Si desea seguir progresando, deberá avanzar, confiándose á
-lo desconocido, pues representa una candidez infantil querer
-aprovecharse de las ventajas del progreso y no resignarse á correr sus
-riesgos y sufrir sus inconvenientes.
-
-El Japón de las ciudades tradicionales, de los bosques sagrados, de las
-pagodas y las leyendas religiosas, es todavía una realidad; pero no lo
-es menos el Japón de los grandes centros industriales, de las masas
-obreras que copian las organizaciones y reivindicaciones de los
-trabajadores de otros países. El socialismo tiene cada vez más adeptos
-en los centros industriales del Japón. Hay que imaginarse lo que pueden
-ser en el porvenir los jornaleros japoneses si dedican á las doctrinas
-revolucionarias el entusiasmo tenaz, el desprecio á la vida y la escasez
-de necesidades con que sus ascendientes sirvieron al Mikado.
-
-La organización tradicional todavía es muy fuerte y con hondas raíces,
-pero resulta indudable que sus directores han perdido la confianza y la
-tranquilidad de otros tiempos. El gobierno japonés y sus funcionarios
-dan frecuentemente la prueba de esta inseguridad que les impulsa á
-emplear procedimientos indignos de un país salido de la barbarie. La
-policía ha matado á varios japoneses propagandistas del socialismo y á
-otros individuos, simplemente por pertenecer á las familias de aquéllos.
-
-Un socialista famoso del Japón fué asesinado, estando en la cárcel, por
-un capitán de gendarmería, y tan escandaloso resultó el crimen, que los
-tribunales condenaron á varios años de presidio á su autor, aunque
-excusaron en parte su delito y la lenidad de su propia sentencia
-declarando que había matado «por desorientación moral, creyendo hacer un
-bien á su país».
-
-Además, ya existen japoneses que disparan contra el Mikado. El penúltimo
-emperador, verdadero padre de la patria actual, fué objeto de una
-tentativa de asesinato político, á pesar de su gloriosa historia.
-
-Estando yo en Nara leo la noticia de que un obrero acaba de disparar un
-pistoletazo contra el príncipe regente, que es en realidad el emperador.
-
-Hay que haber vivido en este país para darse cuenta con exactitud de lo
-que significan tales atentados. El emperador es el nieto de los dioses
-y habla con ellos frecuentemente.
-
-Hasta hace pocos años no se mostraba nunca en público. Seguía la
-tradición de sus antecesores, que iban escoltados por guerreros de dos
-sables y si un japonés osaba acercarse al emperador para conocerlo
-sentía inmediatamente su cabeza desprenderse de los hombros. Aun en la
-época actual, el representante del Mikado sólo se deja ver en público
-muy de tarde en tarde... Y cuando esto ocurre, siempre hay algún japonés
-que tira contra él.
-
-Es como si el Papa se decidiese á salir de su retiro del Vaticano para
-hacer un viaje por la Vendée ó las Provincias Vascongadas, y el hijo de
-un antiguo devoto lo saludase con varios tiros de revólver, apuntando á
-la cabeza.
-
-
-
-
-XXIV
-
-LA ISLA DONDE NADIE NACE NI MUERE
-
- Osaka y su población industrial.--El famoso Mar Interior.--La isla
- de Myajima, donde nadie nace y nadie muere.--Ni perros, ni
- automóviles, ni telégrafo, ni luz eléctrica.--El dulce rincón de la
- paz y la vanidad patriótica.--El príncipe heredero de Corea, su
- esposa y su séquito.--Embarque bajo la nieve.--Adiós al Japón
- insular.--La terrible ironía del Pacífico.
-
-
-Osaka es la ciudad más populosa del Japón, después de Tokío. En sus
-barrios céntricos, muchos edificios de pisos numerosos tienen en sus
-puertas chapas metálicas con rótulos de sociedades industriales. Por
-todas partes grandes almacenes y oficinas. Los transeuntes van vestidos
-á la europea, y solamente cuando pasa una mujer que conserva el traje
-japonés ó al encontrar alguna casita baja de madera que aún subsiste
-entre edificios enormes, á imitación de los de Nueva York, se recuerda
-que estamos en el Japón.
-
-Una espesa red se tiende sobre las cruces de los postes y andamiajes
-férreos de las techumbres: teléfonos, telégrafos, cables conductores de
-luz y de fuerza. Centenares de chimeneas esparcen borrones de humo sobre
-un cielo donde hace medio siglo colocaban los artistas del país sus
-vuelos de blancas cigüeñas.
-
-En algunos talleres las chimeneas de vapor son cuadradas y ostentan en
-una de sus caras el rótulo del establecimiento, según la escritura
-japonesa, letra sobre letra. Tienen el aspecto de enormes barras de
-lacre rojizo clavadas en el suelo y con una misteriosa marca de fábrica.
-Aquí están las grandes manufacturas de la sedería japonesa y todos los
-centros de la industria moderna del país.
-
-Canales anchísimos parten las principales avenidas. En todos ellos y en
-el río se ven sampanes de construcción arcaica y remolcadores flamantes
-llevando las mercancías hacia Kobé, que es en realidad el puerto de
-Osaka.
-
-Se nota en esta urbe japonesa la influencia de la clase obrera. Al
-anochecer hay una muchedumbre trabajadora en las calles, compuesta
-especialmente de mujeres que salen de las hilanderías de seda. Entre
-estas japonesas y la _musmé_ de hace pocos años existe una diferencia de
-siglos. Son jornaleras como las de Europa y las imitan en el adorno de
-su persona. Los hombres están organizados para la resistencia pasiva y
-la huelga.
-
-Esta muchedumbre sometida á la industria da á Osaka una abundancia
-extraordinaria de espectáculos públicos y lugares de diversión. Todos
-los comediantes japoneses pasan por esta ciudad. Hay calles enteras de
-teatros y cinematógrafos, con carnavalescos adornos de linternas,
-lienzos escritos y enormes banderas. Como el japonés es sobrio en sus
-necesidades nutritivas, reserva gran parte del jornal para los recreos
-nocturnos. El deseo de todas las obreras es ir al cinematógrafo y vestir
-como las mujeres de Europa. En Osaka se vive ya muy lejos del antiguo
-Japón, visto en los libros y las estampas.
-
-Salimos de esta ciudad para ir hacia Simonoseki, donde nos despediremos
-del Japón insular, pasando á la orilla firme de Asia, á la antigua
-Corea, que es hoy un Japón continental. Pero antes de abandonar la
-mayor de las islas niponas, todavía volvemos á encontrar el primitivo
-pueblo japonés, retardatario y enamorado de sus tradiciones.
-
-Marchamos en ferrocarril un día entero, siguiendo las costas del Mar
-Interior. Aquí están los paisajes y las marinas que copiaron en el
-transcurso de dos siglos y medio los grandes maestros del arte japonés.
-
-Es un mar que nunca ofrece la desnuda monotonía de los horizontes
-oceánicos. Siempre tiene en su fondo un promontorio, una cúspide de
-montaña que emerge solitaria, ó un grupo de islas. El agua, al
-introducirse en la tierra nipona, ha roído las costas con una sucesión
-innumerable de cabos, pequeños golfos, bahías casi cerradas y
-desfiladeros marítimos. Estos últimos son más angostos que muchos ríos,
-pero de considerable profundidad, que permite el acceso á buques de gran
-calado y hasta á los paquebotes del Océano.
-
-Pasamos ante golfos de un agua verde y dormida, en la que permanecen
-inmóviles los sampanes de cabotaje, con velas de persiana y popa de
-carabela. Más allá vemos deslizarse sobre la superficie acuática, como
-si marchasen en sentido inverso, grupos de islitas negras, compuestas de
-picachos volcánicos, que tienen agudas aristas. En otras ensenadas, el
-Mar Interior está agitado por una desviación caprichosa del viento, y
-varias filas de olas verdes y blancas se suceden casi tan juntas como
-los pliegues de un vestido. Es el mar de las estampas japonesas, que
-parece amanerado y antinatural por invención de los artistas, siendo sin
-embargo una copia exacta de la realidad.
-
-Muchos pueblecitos de pescadores se extienden entre la playa y la vía
-férrea. Vemos barcas puntiagudas puestas al seco en plazas, paseos y
-jardines. Grupos de muskos corretean ante las casitas con techo negro y
-cóncavo y paredes de madera sin pintar. Todos agitan los brazos y dan
-gritos viendo el paso del tren, con la exuberancia algo insolente de los
-muchachos japoneses. Éstos sólo adquieren la amabilidad risueña,
-concentrada y un poco inquietante del nipón cuando son hombres y las
-necesidades de la vida los obligan á tal cambio. Por algo las
-autoridades y las asociaciones cívicas, cuando instituyen premios
-públicos, los destinan á «las viudas virtuosas» y á «los niños
-respetuosos».
-
-Al alejarnos por corto tiempo del Mar Interior pasamos ante el castillo
-de Himaja y otras viviendas fortificadas de los antiguos daimios. Estas
-residencias feudales tienen cóncavos tejados negros sobre sus murallas,
-así como en las torres y en el alcázar central. Las almenas al aire
-libre de los castillos de Europa no existieron en la Edad Media
-japonesa. Los samurais disparaban sus ballestas bajo techo y arrojaban
-igualmente piedras y líquidos sobre los asaltantes á cubierto de la
-lluvia y del sol.
-
-Otra vez viajamos frente al Mar Interior, viendo canales salados que se
-deslizan como ríos entre la costa firme y las islas inmediatas. Vapores
-de gran tonelaje avanzan lentamente por estos corredores marítimos. En
-mitad de los pasos surgen islotes é isleoncillos, que aún los hacen más
-angostos.
-
-Una rica fauna marina se multiplica en el laberinto de los canales
-verdes. Las barcas pescadoras son innumerables. Las orillas están
-ocupadas en un espacio de varios kilómetros por redes y otros artefactos
-modernos de pesca. Se ve que las poblaciones ribereñas tienen por única
-industria la explotación de este mar, en el que se quiebra la luz con
-infinitas variedades, según el contorno de las tierras que lo rodean. En
-ciertos lugares cerrados por montañas es á la vez verde, rojo y azul,
-como si un trozo del arco iris flotase sobre sus aguas.
-
-Empieza á nevar, sin que por ello se oculte el sol. Los campos de arroz
-brillan lo mismo que espejos dentro de un marco blanco; la nieve ha
-cubierto sus ribazos. Aumenta el frío á medida que nos vamos alejando de
-la orilla japonesa que mira á las soledades del Pacífico. Nos
-aproximamos á Corea, península que al despegarse del continente Asiático
-recibe en su dorso el frío soplo de los vientos de Siberia.
-
-Abandonamos el tren para visitar la famosa isla de Myajima, la Arcadia
-japonesa, un pedazo de tierra «donde nadie nace y nadie muere».
-
-El viajero que llegando por Occidente ha desembarcado en Nagasaki y aún
-no ha visto nada del país, se siente profundamente impresionado por la
-paz campestre de esta isla. Los que vienen del interior del Japón
-después de haber visitado la selva de Niko y el parque sagrado de Nara,
-no pueden sentir del mismo modo las impresiones avasallantes de la
-novedad.
-
-Myajima, separada de la tierra firme por un canal del Mar Interior, con
-sus bosques de criptomerios, pinos y árboles frutales que sólo dan
-flores, es toda ella un templo vegetal dedicado á los dioses. Por sus
-senderos trotan los venados, lo mismo que en Nara, con la confianza del
-que no ha conocido nunca el miedo. Nadie puede molestar á estos dulces
-animales, señores de la isla.
-
-Los antiguos japoneses quisieron hacer de este pedazo de tierra un
-modelo de lo que sería la vida humana si no existiesen el dolor, la
-muerte y la necesidad de trabajar para comer.
-
-Una paz absoluta y profunda sale al encuentro del viajero al poner sus
-pies en la isla. Los venados se acercan á lamerle la mano, en espera de
-alguna golosina. En las revueltas de los senderos se tropieza con
-_musmés_ de sonrisa franca que le miran sin los remilgos de la
-honestidad, como si perteneciesen á un mundo de primitiva inocencia, sin
-noción alguna de lo que es pecado. En las frondosidades de la selva
-sagrada va descubriendo capillitas con Budas de piedra, roída por los
-siglos, y linternas de granito que en ciertas noches esparcen su luz
-vagorosa para recuerdo de los Antepasados.
-
-Todo lo que representa la vida moderna, con sus ruidos incómodos y sus
-hediondeces, está prohibido aquí. Ningún perro puede entrar en Myajima,
-para que los venados no sufran alarmas ni miedos. Además, no se toleran
-en la isla automóviles, carruajes de caballos, ni simples _korumas_.
-Todos deben marchar por sus pies, como en los primeros tiempos de la
-creación. La gasolina es contrabando. Tampoco son permitidos el
-telégrafo, el teléfono y la luz eléctrica.
-
-Hasta hace cincuenta años estaba prohibido igualmente nacer ó morir
-dentro de la isla. Las mujeres embarazadas y los enfermos eran
-embarcados para la orilla de enfrente. La dulzura de una paz inalterable
-rodeaba á los habitantes de este paraíso. Todos sonreían. Jamás sonaba
-una mala palabra, ni las voces coléricas de una contienda.
-
-Ahora la isla feliz conserva sus ciervos familiares y dulces, su
-arboleda sagrada y rumorosa, pero los habitantes humanos han cambiado.
-Se nace y se muere sobre su suelo, como en las demás tierras. Hay
-enfermos, y además hay hoteleros rapaces, que se han establecido en ella
-atraídos por la gran afluencia de visitantes.
-
-El monumento religioso más frecuentado es una pagoda á orillas del mar,
-con la plataforma montada sobre pilotes. Aguas adentro, un _tori_ enorme
-hunde sus dos columnas de madera en la superficie tranquila, que
-refleja su imagen. Es tal vez el pórtico más hermoso del Japón por su
-emplazamiento marítimo. En cambio, el templo inmediato, cuando baja la
-marea y queda en seco sobre sus hileras de postes, tiene el aspecto de
-un balneario.
-
-En el interior de este edificio dedicado á la paz se tropieza
-inmediatamente con recuerdos de guerra y peligrosas vanidades del
-patriotismo. Muchos soldados de la contienda ruso-japonesa dejaron aquí
-sus cucharas como un homenaje á la divinidad. En las paredes hay
-pinturas, algo primitivas, representando las principales batallas
-navales de la citada guerra, y el ingenuo artista se complació en
-detallar el efecto mortal de los tremendos cañonazos.
-
-¿Será la paz un eterno ensueño de los humanos?... Estos hombres
-amarillos quisieron crear hace siglos un rincón en el que nadie
-conociese los dolores del nacimiento y de la muerte, un retiro de paz
-donde hombres y animales ignorasen las emociones del miedo, y el
-patriotismo viene ahora en peregrinación á depositar sus recuerdos de
-guerra y cubre las paredes con imágenes de enormes matanzas.
-
-Cuando tomamos el tren para continuar nuestra marcha hacia Simonoseki,
-nos encontramos con un compañero inesperado de viaje, cuya persona atrae
-una afluencia oficial en todas las estaciones importantes. Es el
-príncipe heredero de Corea, que va á pasar una temporada en la capital
-del país regido en otro tiempo por sus ascendientes. Esto de príncipe
-heredero no es mas que un título. Nada puede ya heredar, pues el reino
-de Corea se lo anexionó definitivamente el Japón en 1910.
-
-Vemos en los andenes grupos de militares que vienen por obligación á
-saludar ceremoniosamente á este príncipe olvidado, sin que les inspire
-una verdadera curiosidad. Los guerreros japoneses son los únicos que
-saben llevar bien su vestimenta de origen europeo. Los gobernadores
-civiles de las provincias se van presentando puestos de frac, con un
-lado del pecho cubierto de condecoraciones, lo mismo que un profesor de
-ocultismo y prestidigitación de los que actúan en los teatros.
-
-La gente popular no se preocupa de este recibimiento monótono y
-aparatoso. En todos los andenes, por modesta que sea la estación, hay
-lavabos al aire libre, hechos de azulejos blancos y con espejos ovales.
-Todos ellos tienen agua caliente en abundancia, y los japoneses que
-afrontan el frío ligeros de ropa aprovechan la ocasión para lavarse el
-cuerpo en público, sin recato alguno, con este líquido que humea.
-
-Sigue nevando, cada vez más copiosamente, y cuando llegamos á
-Simonoseki, á las diez de la noche, á pesar de que el tren se detiene á
-unos cien metros del embarcadero, resulta penoso el corto trayecto. Nos
-hundimos en la nieve hasta cerca de la rodilla, y así vamos llegando al
-buque estrecho y largo, que llena una gran parte del malecón con su
-pared blanca perforada por redondeles de luz interior.
-
-Desde la última cubierta veo una procesión de linternas igual á las que
-figuran en las antiguas estampas japonesas. Es el príncipe que viene á
-embarcarse con todo su cortejo.
-
-A este heredero sin corona, instalado en Tokío, cerca del gobierno, lo
-casaron con una japonesa de gran familia, para tenerlo de tal modo en la
-más absoluta sumisión. Gran número de policías, con uniforme ó en traje
-civil, avanzan sobre la nieve, llevando cada uno de ellos un farol
-redondo de papel. Entre las dos filas de resplandores rojos y amarillos
-que danzan sobre el suelo blanco veo venir al príncipe, un personaje
-asiático, de aspecto decadente, vestido de general japonés y mirando á
-un lado y á otro mientras sonríe tímido é inquieto.
-
-Delante de él marcha su esposa con una petulancia militar, balanceando
-marcialmente un brazo, irguiéndose para que la crean más alta, dentro de
-su gabán de viaje rematado por un sombrero á la moda de Europa. Un
-oficial va pegado á ella para defenderla de la nieve con un paraguas
-abierto de brillante cartón. Todas las atenciones son para la japonesa.
-El marido la sigue como uno de tantos individuos del séquito.
-
-Antes de media hora vamos á alejarnos del Japón insular. Volveremos á
-encontrarlo en la tierra de Corea, pero ésta sólo es japonesa por las
-imposiciones de la fuerza y han de pasar muchos años de tranquilidad
-para que llegue á fundirse verdaderamente con su dominador.
-
-Al alejarnos de las costas del antiguo Imperio del Sol Naciente
-reflexiono para concentrar y fijar mi opinión definitiva sobre él.
-
-Esta opinión no es firme y homogénea. Resulta doble y contradictoria,
-como el espíritu del Japón actual. Admiro el enorme esfuerzo realizado
-por un pueblo que hace medio siglo vivía en su Edad Media y se asimiló
-en tan corto espacio de tiempo todos los progresos materiales realizados
-por el resto de la humanidad. Admiro su buena educación y me asombra
-igualmente su disciplina, que le permitió cambiar de un modo casi
-instantáneo sus pensamientos, sus costumbres y sus trajes, para obedecer
-las órdenes innovadoras del Mikado.
-
-Algunos sólo han visto en todo esto una facilidad enorme de imitación,
-un trabajo simiesco extraordinario. Es cierto que hasta ahora los
-japoneses no han hecho mas que copiar, sin producir algo verdaderamente
-original. Pero medio siglo es un plazo muy corto, y no puede exigirse á
-un pueblo, después de haber realizado en tan pocos años la absorción de
-varias civilizaciones ajenas, que produzca además obras propias y
-originales. Queda por ver en lo futuro si el japonés es un simple
-imitador ó si al dar por terminado el ciclo de su asimilación podrá
-contribuir al progreso universal con un aporte puramente suyo.
-
-El porvenir del Japón resulta más enigmático que el de otros pueblos. No
-se sabe si continuará adelante, aceptando el progreso con todas sus
-consecuencias disolventes para el mundo antiguo, ó sentirá miedo al ver
-que la masa de su obrerismo, cada vez mayor, apadrina las
-reivindicaciones sociales de los blancos, y en tal caso se aislará de
-las demás naciones, cerrando sus puertos como en tiempo de los dos
-Shogunes.
-
-Lo único que sé con certeza es que este pueblo ha sido elogiado con
-exceso, adulado en demasía.
-
-Muchos que por ignorancia se imaginaban á los japoneses como unos «monos
-amarillos» antes de su guerra con Rusia, al verlos luego vencedores los
-han considerado unos superhombres, admirándolos ciegamente hasta en sus
-mayores defectos.
-
-Repito que es asombroso el progreso material de este pueblo y las
-fuerzas defensiva y ofensiva que supo improvisar y organizar en
-cincuenta años. Pero la suerte le ayudó también de un modo
-extraordinario, una suerte que ahora parece haberse vuelto de espaldas,
-dejando caer sobre las islas niponas los cataclismos más destructores.
-
-Para engrandecerse tuvo que batallar con la China, desorganizada y poco
-propensa á la guerra. Su único enemigo importante fué la Rusia de los
-zares, podrida hasta la médula por la inmoralidad administrativa,
-debilitada por el odio popular, y teniendo que mantener sus ejércitos
-casi en el lado opuesto del planeta, sin otro medio de comunicación que
-el Transiberiano, ferrocarril incompleto, de vía única.
-
-Las grandes potencias tratan con dureza á este pueblo, que continúa
-acariciando silenciosamente su ensueño de dominación sobre la mayor
-parte del Asia. Inglaterra, su antigua maestra y aliada, lo ha dejado de
-su mano. Los Estados Unidos, instalados en Hawai y en Filipinas,
-dispensan á la China amenazada una protección que se expresa con regalos
-más que con palabras.
-
-El Japón siente una cólera sorda, cada vez más grande, al ver que no
-puede avanzar sin que la mano de alguna de las potencias blancas se
-apoye en su pecho.
-
-¡Quién sabe si Magallanes, al dar el nombre de Pacífico al mayor de los
-Océanos, inventó, sin saberlo, la más cruel y sangrienta de las ironías
-de la Historia!...
-
-
-
-
-XXV
-
-EL REINO DE LA MAÑANA TRANQUILA
-
- Una mala noche sobre las aguas que presenciaron la gran batalla
- naval de Tsushima.--El frío de Corea.--El traje grotesco de los
- coreanos.--Sus dos sombreros.--Cómo el Japón se apoderó del reino
- de la Mañana Tranquila.--Asesinato de la reina por los
- japoneses.--Horizontes dilatados.--Procesiones de
- fantasmas.--Cuervos y tumbas.--En Seul.--Las generosas ilusiones de
- un patriota.
-
-
-Un barco nevado inspira una tristeza fúnebre.
-
-En tierra, la nieve lo cubre todo con su blancura uniforme, la casa que
-habitamos, los campos inmediatos, las montañas, el último límite del
-horizonte. En el mar, la lívida superficie atrae con una succión de boa
-las blancas mariposas del invierno, haciéndolas desaparecer. Únicamente
-se amontona la nieve y persiste sobre la cubierta del buque, dándola un
-aspecto de féretro. Al andar por ella nos hundimos en la pasta glacial y
-su contacto nos recuerda el frío de la muerte.
-
-Este buque japonés que va hacia Corea es largo, angosto y de poderosa
-máquina, como un torpedero. Fué construído para la velocidad, sin pensar
-en los nervios y entrañas de las gentes que irían dentro de él. Como
-toda su navegación es por un estrecho, el de Tsushima, entre el Japón y
-el continente asiático, recibe la marejada de lado, y dócil á la ola, se
-acuesta, navegando largo rato en tal posición, hasta que por las leyes
-del equilibrio repite su tumbo sobre la banda contraria.
-
-Pasamos una mala noche por la calidad del buque más que por las furias
-del mar.
-
-Cerca de la isla de Tsushima, situada en mitad del estrecho, es tan
-violento el oleaje y de tal modo se ladea el barco, que para sostenerme
-dentro del lecho necesito agarrarme á sus bordes. No pudiendo dormir,
-salgo de mi camarote, á pesar del frío. En el comedor suena un estrépito
-de loza rota, que hace correr á los pequeños camareros japoneses.
-
-Veo sentados en el salón, como si estuviesen de visita, á la mayor parte
-de los personajes del séquito del príncipe. Los militares conservan
-puestas sus medallas y cordones de oro, sus charreteras, su sable al
-cinto. Los funcionarios civiles siguen con su larga levita correctamente
-cruzada y el sombrero de copa en una rodilla.
-
-Son las dos de la mañana. Como en el buque no hay camarotes disponibles
-para tanta gente, estos personajes amarillos, pequeños y estirados,
-insensibles á la noche y á la violencia de las olas, continúan en sus
-asientos sin perder nada de su aspecto oficial, sin desabrocharse un
-botón, con los ojitos casi cerrados, cambiando solamente de tarde en
-tarde alguna palabra. Están cumpliendo un servicio patriótico. Son los
-cortesanos del príncipe de Corea y al mismo tiempo sus guardianes. El
-príncipe vive sometido al Mikado y perdió todo crédito en su antiguo
-reino, pero nadie puede adivinar el porvenir, y montando la guardia
-junto al heredero sin herencia, velan por la seguridad del Japón.
-
-Vuelvo á mi cama, y para entretener el insomnio recuerdo el célebre
-combate naval de Tsushima, la gran victoria que el almirante Togo obtuvo
-en estas mismas aguas sobre los rusos. Las sacudidas del mar me
-humillan y al mismo tiempo me hacen admirar la barbarie heroica de mis
-semejantes, que añaden al peligro de la ola y á la violencia del viento
-el estrago de las armas inventadas por ellos. ¡Valerse del cañón y del
-torpedo, metidos en unas cajas férreas é inseguras, sobre este mar
-tempestuoso!...
-
-Hay que reconocer al hombre una brutal superioridad sobre los animales
-más fieros de la creación. Éstos, cuando se baten por comer, necesitan
-una tierra sólida y un ambiente tranquilo. Si tiembla el suelo, si
-estalla una tempestad, si sobreviene una inundación, las bestias más
-feroces cesan de pelear, el miedo las junta y huyen, sin ocurrírseles
-insistir en sus agresiones. El animal humano, sobre islas inestables y
-frágiles construídas por él, dispara cañones monstruosos y sólo piensa
-en destruir al enemigo que tiene enfrente, sin preocuparse del cariz del
-cielo, sin acordarse del abismo abierto bajo sus pies. ¡Y este
-encarnizamiento de su gloriosa superbestialidad empieza á repetirlo
-ahora en los silenciosos desiertos de la atmósfera!...
-
-Al romper el día es menos violento el balanceo, el mar se va serenando,
-los objetos recobran el ritmo de su estabilidad, y al fin nos
-inmovilizamos, llegando á través de los ventanillos del buque un ruido
-de voces exteriores.
-
-Estamos en Fusán, puerto el más importante de la Corea, organizado por
-los japoneses con todas las comodidades que exigen los transportes
-modernos. Desembarcamos fácilmente, y á corta distancia del muelle nos
-espera el tren que ha de llevarnos en diez horas á Seul, la capital.
-
-Necesito hacer una aclaración. Corea y Seul son nombres que sólo usamos
-los blancos y desconocen los coreanos. El verdadero nombre de Corea para
-los del país es Chosen, y Seul se llama en coreano Keijo.
-
-Todos los Imperios del Extremo Oriente tienen un nombre poético, que les
-dieron sus primitivos habitantes de acuerdo con sus observaciones
-geográficas ó su vanidad patriótica.
-
-Los japoneses llamaron siempre á su país Imperio del Sol Naciente. Como
-ven surgir el sol por el lado del Pacífico, el nombre no es inexacto.
-Pero juzgando lo que les rodeaba por sus propias sensaciones, llamaron á
-la China Imperio del Sol Poniente, ya que por el lado de esta nación
-continental descendía y se ocultaba el astro diurno.
-
-El nombre de China lo ignoraron completamente los chinos hasta hace
-poco. Por primera vez se ha usado de un modo oficial al proclamarse la
-República. En los numerosos siglos que duró el régimen de los
-emperadores, el vastísimo país amarillo se tituló Imperio de Enmedio.
-Admitían que el Japón fuese el país del Sol Naciente, pero ellos no
-podían ser el del Sol Poniente, pues veían descender á éste más allá de
-sus dominios, en tierras desconocidas.
-
-Colocado entre el Imperio del Sol Naciente y el Imperio de Enmedio, tomó
-el reino de Corea el título que le quedaba disponible, y se llamó
-_Cho-Sen_, que significa «Mañana Tranquila» ó «Mañana Fresca».
-
-Pisamos el suelo del ex reino de la Mañana Tranquila. El día es
-clarísimo, luce un sol juvenil en un cielo de nítido azul, pero el frío
-resulta extraordinario: un frío más crudo y hostil que el de los países
-donde fueron establecidas las grandes urbes humanas.
-
-De las fuentes de la estación y del muelle, así como de las techumbres
-de los vagones, penden estalactitas de hielo. Arroyos y charcas parecen
-de mármol blanco y bruñido. Hay que llevarse las manos frecuentemente á
-las orejas y la nariz para frotarlas con violencia. Un viento cortante
-viene de la Siberia, á través de esta atmósfera azul empapada en luz
-solar.
-
-Empezamos á ver por todas partes hombres vestidos de blanco, todos ellos
-con una bata ó amplia camisa hasta los talones, que aletea bajo el
-viento. Estas vestiduras parecen aumentar con su color de nieve la aguda
-sensación de frío que nos rodea. Los hombres que trabajan en el puerto
-llevan, además de su bata, un «pasa-montaña», casco tejido que les llega
-hasta los hombros y enmascara una parte de su rostro.
-
-Luego, los verdaderos coreanos, los que usan completo el traje nacional,
-van llegando, atraídos por el desembarco de viajeros. ¿Cómo explicar la
-extravagancia de su indumento?... Visten todos la túnica blanca y debajo
-unos calzoncillos de igual color sujetos al tobillo, y unas sandalias de
-cuero ó de paja. Esto no es extraordinario, aunque resulte poco
-comprensible que, en una tierra cuyo invierno es de los más crudos,
-vayan las gentes vestidas veraniegamente, de algodón blanco. Su tocado
-es lo inverosímil. Todos llevan un sombrero de copa cuyo tamaño no llega
-á ser el de la mitad de su cabeza: un sombrero como el de los _clowns_,
-que se sostiene gracias á unas bridas atadas por debajo de la mandíbula
-inferior.
-
-Este sombrero no sirve de nada, no puede librarles del sol ni de la
-lluvia, ni siquiera entra en su cabeza, sosteniéndose en la forma que ya
-hemos dicho; y sin embargo, la pequeña chistera, que parece fabricada
-para un niño, es objeto de atenciones y modificaciones, según la época
-del año. En invierno la llevan metida en una funda de hule reluciente;
-en verano le quitan dicha envoltura y queda tal como es, de gasa
-engomada con un armazón de alambre.
-
-De vez en cuando se ve algún coreano que usa otra clase de sombrero,
-antítesis por su enorme tamaño de la chisterita de payaso. Es una
-espuerta de paja con la boca invertida, una especie de plato de bordes
-tan amplios que casi toca los hombros del portador, dejando su rostro
-invisible. Este sombrero-cúpula sólo lo usan los que están de luto.
-
-Sea cual sea el tocado de sus cabezas, los coreanos van á todas partes
-con una pipa de bambú de tubo larguísimo, que les precede lo mismo que
-una antena de insecto ó la hoja del pez-espada. A su final hay un
-hornillo de barro tan exiguo que pueden llenarlo con un pellizco de
-tabaco. Nunca abandonan esta pipa, y con ella en la boca labran los
-campos ó construyen los edificios de las ciudades, lo que da á su
-trabajo una lentitud soñolienta.
-
-Su estatura aventajada aún parece más alta cuando pasan al lado de sus
-dominadores los japoneses. Estos pigmeos disciplinados, activos y
-enérgicos, vestidos de gris, no tienen la majestad de los arrogantes
-coreanos con sus luengas túnicas blancas. Tal es su aire solemne de
-personajes decadentes y perezosos, que el observador acaba por
-acostumbrarse á su pequeño sombrero de payaso, y hasta encuentra cierta
-belleza á sus rostros largos, de nariz algo aplastada, tez pálida y
-barbas lacias.
-
-Este reino de la Mañana Tranquila es uno de los lugares del Extremo
-Oriente que más tardaron en recibir la visita de los blancos. Marco
-Polo, que estuvo en tantos pueblos del Asia del Este, no pasó nunca por
-Corea. El primero que penetró en el país fué un jesuíta español, el
-padre Gregorio de Céspedes, en 1594, pero no pudo ir más allá de los
-alrededores de Fusán, donde nos hallamos nosotros ahora.
-
-Ningún pueblo asiático fué tan cruel como éste en la persecución de los
-misioneros cristianos. Los martirios de Corea resultan los más
-espantosos de todos. Hace cuarenta años nada más, los propagandistas del
-cristianismo arrostraban aún espeluznantes tormentos al circular
-cautelosamente sobre esta tierra, visitando los grupos de coreanos que
-profesaban en secreto dicha religión. Para viajar con más seguridad los
-misioneros, disfrazados con trajes del país, empleaban el sombrero de
-luto, que oculta el rostro.
-
-En nuestros tiempos se disputaron este reino decadente la China, Rusia y
-el Japón. El Imperio chino, gobernado por los soberanos manchures, que
-procedían de los límites de la Corea, era el dominador. Pero el Imperio
-del Sol Naciente, deseando esparcir su exceso de población en el suelo
-asiático, había puesto sus ojos en el país de la Mañana Tranquila.
-
-Con el pretexto de libertar á los coreanos de la «tiranía china», hizo
-la guerra al Imperio de Enmedio en 1894, obligándolo á que reconociese
-la independencia de Corea. Después, como los rusos pretendían influir en
-la política de este país, hizo la guerra á Rusia en 1902, y la batió,
-siempre por defender la independencia de la pobre Corea. Y en 1910, para
-que nadie pudiese atentar más contra la tal independencia, se anexionó
-simplemente la península coreana, declarándola colonia japonesa. Pocas
-veces se ha visto en la Historia tanta generosidad aparente encubriendo
-una hipocresía tan cínica.
-
-Hasta fines del siglo XIX la Corea fué un misterio. Ningún explorador
-europeo había penetrado en ella. Los geógrafos sólo podían saber lo que
-contaban los marinos después de navegar ante sus costas y los relatos
-algo vagos de los misioneros, más atentos á la conquista de las almas
-que al estudio físico del país. Todavía, en 1885, al escribir Elíseo
-Reclús su famosa _Geografía Universal_, confesaba la escasez de sus
-conocimientos sobre la península de Corea, país que «había procurado
-mantenerse en el olvido sin intervenir en la historia de Asia»,
-añadiendo que el lugar ocupado por este vasto reino daba la impresión de
-una _tierra vacía_.
-
-Sólo conocían los europeos relatos confusos y fabulosos sobre Corea. De
-tarde en tarde se conmovían un poco al enterarse de horribles martirios
-sufridos por los misioneros. Los japoneses vivían más cerca, su calidad
-de amarillos les permitía deslizarse en el país, y como estaban
-enterados de la riqueza de sus minas y de su fertilidad agrícola,
-descuidada y abandonada, procuraron apoderarse de él por los medios
-falsamente generosos que hemos indicado.
-
-Hubo una reina de Corea que, en 1895, intentó oponerse á los manejos
-absorbentes del Japón. Éste iba apoderándose del país con disimulo, y la
-reina, para contrarrestar su influencia, hizo una política nacionalista,
-francamente coreana, buscando apoyo para ello en los rusos, ya que las
-demás potencias europeas no mantenían relaciones seguidas con su patria.
-
-Los japoneses, que son el pueblo más cortés de la tierra, no reconocen
-obstáculos cuando se proponen la realización de un deseo. Estos
-hombrecitos risueños y amantes de las flores consideran la muerte como
-un accidente sin importancia. Y como les estorbaba la reina de Corea,
-enviaron á Seul un embajador extraordinario, el vizconde Miura Goro,
-para que organizase simplemente el asesinato de dicha soberana.
-
-Un grupo de bandidos á sueldo invadió pocos días después el palacio de
-Seul, mientras varios piquetes de soldados japoneses ocupaban sus
-puertas para que nadie pudiese escapar. Varios oficiales del ejército
-japonés acompañaron sable en mano al grupo de asesinos. Y la reina de
-Corea cayó hecha pedazos bajo tanta cuchillada mortal. Luego, su cadáver
-fué quemado en un bosquecillo del parque de palacio.
-
-A partir de este crimen político, los monarcas coreanos fueron humildes
-servidores del Imperio japonés, y al emprender éste su guerra con Rusia
-y apoderarse militarmente de Corea, no hizo mas que completar una obra
-preparada desde algunos años antes.
-
-Hoy el ex reino de la Mañana Tranquila es un Japón continental. En los
-primeros años de ocupación los japoneses se mostraron brutales y
-crueles. Luego, al quedar dueños absolutos del país con la aquiescencia
-de todas las naciones, el gobierno japonés ha cambiado de conducta,
-dedicándose á su fomento industrial y agrícola.
-
-Debe reconocerse que en los últimos años los japoneses llevan hechos
-grandes trabajos en Corea. Han saneado las ciudades, construído
-ferrocarriles y carreteras, y sobre todo procuran engrandecer la
-agricultura canalizando los ríos, creando grandes zonas de riego,
-repoblando con enormes arboledas las montañas, taladas por los
-naturales. Tal vez el gobierno de Tokío ha realizado en esta
-colonización, fuera del antiguo solar patrio, mayores obras que para el
-progreso de su propio país.
-
-Pero á ello contestan los coreanos que las reformas no las hacen los
-japoneses para el bienestar de los naturales, sino para mejor desarrollo
-y estabilidad de las muchedumbres niponas, que han caído sobre la tierra
-conquistada como una nube de langosta, acaparándolo todo con su
-actividad absorbente y agresiva. Y esto es tan verdad como lo otro.
-
-Apenas nuestro tren empieza á marchar por las planicies de Corea nos
-damos cuenta de que hemos entrado en un mundo distinto al del
-archipiélago japonés. En el Japón no se ven animales en los campos. La
-tierra es cultivada por el brazo humano, y la mujer trabaja tanto como
-el hombre. Todo está dividido en reducidas parcelas, y por más que se
-viaje horas y horas no se sale de una huerta interminable de pequeños
-cuadros de arroz ó de hortalizas, con surcos escrupulosamente rectos,
-donde todo está agrupado como en una decoración de teatro. El bambú orla
-las porciones de tierra cultivada, y entre éstas surgen árboles
-graciosos cuyas hojas tienen colores de flor.
-
-En el reino de la Mañana Tranquila no existen las amenas sinuosidades
-del cultivo intensivo. Impera la línea horizontal, como en los desiertos
-azules del Océano. Nada es reducido y gracioso, todo es amplio y severo.
-Las montañas tienen más roca que tierra, y brillan bajo el sol con tonos
-rojos de carne desollada. Únicamente en los valles, atravesados por ríos
-y arroyos, se extiende un doble cordón de álamos. En el resto del
-paisaje, la tierra seca por el frío guarda la huella de los surcos, pero
-no se ven árboles, y el suelo sin labrar sólo alimenta matorrales. Los
-pueblos tienen un aspecto de pobreza crónica. Las viviendas son cabañas
-de techo redondo hechas de paja y barro.
-
-Seguimos el curso de un gran río azul con láminas de hielo que se
-desprenden de las orillas nevadas y flotan sobre la corriente, lentas y
-cabeceantes. Unos perros enormes saltan junto á la vía é intentan correr
-á la par del tren, enviándole feroces ladridos. Recuerdo los animales
-fabulosos de piedra, mezcla de perro y de león, que decoran las
-escalinatas de los templos japoneses. Estas bestias de granito con
-mechones puntiagudos, ojos redondos y dentadura aguda de caimán, son
-llamadas por los budistas «perros celestiales» ó «perros coreanos», por
-haber tomado los escultores como modelos á los canes de este país.
-
-Vemos marchar á través de los sembrados largas filas de hombres blancos.
-Las rudas barcazas que descienden el río van tripuladas igualmente por
-hombres blancos. Los trabajadores que reparan la vía visten de idéntico
-color. Por todas partes las mismas procesiones blancas, como si fuese
-este país una tierra de fantasmas que se niegan á ocultarse en las horas
-de sol. Los menos pobres van montados en bueyes, que aquí sirven de
-cabalgaduras, sin abandonar por ello la larga pipa de bambú y el
-sombrerito de copa alta sujeto con cintas.
-
-Pasean á grandes saltos por sembrados y caminos bandas de cuervos,
-gruesos como pavos. Es la primera aparición de este animal, dueño
-absoluto del cielo de Asia. Aquí es más grande y pesado, como si
-engordase con la miseria del país. En China, en la India, en todos los
-pueblos del mundo antiguo, vamos á encontrarlo más pequeño, más gracioso
-de movimientos, pero con una abundancia prolífica de calamidad alada.
-
-Hacemos otro descubrimiento que va á acompañarnos por toda China, con la
-repetición obsesionante de un tema infinito. Vemos en ciertos campos una
-sucesión de montones redondos de tierra, iguales á los que forman los
-agricultores para quemar las hierbas nocivas, ó como las cúpulas de los
-hormigueros en África y América. Son tumbas. Todos los campos tienen
-algunas, y á veces esta sucesión de montículos ocupa colinas enteras. El
-Japón oculta discretamente sus sepulcros. En Corea y China la tierra
-amontonada sobre un ataúd queda así para siempre, y los muertos van
-ocupando con sus cúpulas una parte considerable del suelo que debe
-sustentar á los vivos.
-
-Se nota en las montañas y en los sitios no cultivados la despoblación
-forestal de otras épocas, que ahora procuran remediar los nuevos amos.
-Corea es un país de rudos inviernos, y sus habitantes no poseen la
-dureza de los japoneses para arrostrar el frío. Los coreanos han tomado
-de los chinos su sistema de calefacción. Todas las viviendas, por
-míseras que sean, tienen un subterráneo de piedra, donde se encienden
-hogueras que envían su calor á través del piso de tablas. Para poder
-calentarse durante numerosos siglos, los coreanos han cortado
-primeramente los troncos de sus bosques, y al fin arrancaron sus raíces.
-
-Los japoneses, al menospreciar á estos amarillos que viven bajo su
-dominación, dicen que el fuego fué para los coreanos lo que el opio para
-los chinos. El placer del calor los adormeció, mientras su país iba
-decayendo.
-
-Cerrada ya la noche llegamos á Seul, la antigua Keijo. Al abandonar el
-tren podemos darnos cuenta del frío de este país. Hasta ahora sólo lo
-habíamos sentido al abrir momentáneamente los vidrios de las
-ventanillas. La tierra está tan endurecida, que cruje bajo los pies como
-cristal en polvo. Las huellas de las ruedas sobre un suelo que fué
-blando parecen ahora abiertas con cincel en el granito. Los del país
-acogen con extrañeza nuestros estremecimientos. La temperatura no es mas
-que de 12 grados bajo cero; algo primaveral para ellos, que esperan
-fríos más crueles.
-
-El Gran Hotel de Chosen, donde nos alojamos, está preparado
-afortunadamente para todos los rigores de este clima. Puertas y ventanas
-tienen vidrios dobles. La calefacción es generosa y amplia en todas las
-piezas.
-
-Junto al pórtico hay grupos de mercaderes ambulantes, cuyo aspecto nos
-hace recordar que ya estamos en la verdadera Asia. En el Japón todos son
-japoneses. Sólo de tarde en tarde se ve algún blanco, llegado por
-recreo ó por negocios. En la capital de la Corea nos sale al encuentro
-el Extremo Oriente cosmopolita.
-
-Mezclados con los coreanos hay mogoles de alta tiara de pieles y casaca
-hecha con cueros peludos de oso negro; siberianos con gorro de astracán
-y levita de cosaco, llevando el pecho adornado de cartucheras; judíos
-rusos de perfil ganchudo; manchures de estatura de gigante y chinos: los
-primeros chinos que encontramos. Todos ellos ofrecen pieles sueltas de
-cibelina, de zorro plateado, de otras bestias de pelaje precioso,
-cazadas en la vecina Siberia. Además venden pequeños objetos de jade,
-como si fuesen anuncios del arte chino que vamos á encontrar muy pronto.
-
-Después de comer y antes de ir al teatro coreano, hablo con un
-periodista de Seul, el más célebre de todos ellos, un verdadero héroe.
-Con el entusiasmo de la juventud, este escritor ha emprendido la
-generosa aventura de protestar contra la anexión japonesa y defender la
-antigua independencia coreana.
-
-Sólo le sigue la clase popular, atraída siempre por los luchadores
-audaces y desinteresados. No tiene otras armas que su pluma y su
-energía. El gobernador japonés de Corea lo mete con frecuencia en la
-cárcel por sus artículos, pero el castigo aumenta su popularidad y su
-propio entusiasmo.
-
-Cuando se reune en Europa algún congreso diplomático, se presenta el
-doctor Li, que así se llama dicho joven, con una comisión de
-compatriotas, para exigir que sea devuelta su independencia al país de
-la Mañana Tranquila. Como posee muchos idiomas, le es fácil expresar su
-protesta. En Ginebra los señores de la Sociedad de Naciones lo han
-escuchado muchas veces con aire distraído. ¡Pedir que el Japón renuncie
-á la Corea, cuando ya la posee hace años y guarda en su propia casa,
-como un esclavo feliz, al último heredero de sus reyes!... Que se
-contente con esta única presa es lo que desean las otras potencias.
-
-Si de tarde en tarde pasa por Seul un hombre político ó un escritor
-conocido, el doctor Li le visita para pedirle que aporte su concurso á
-la justa empresa de devolver á todo un pueblo la independencia que le
-arrebataron sin consultarlo.
-
-Oigo en silencio la larga historia de trabajos y penalidades que me
-cuenta este propagandista de fe robusta de tenacidad quijotesca y al
-mismo tiempo de una candidez asombrosa en sus ilusiones.
-
-Está convencido de que su causa triunfará finalmente, y confía para ello
-en Lloyd George y en los Estados Unidos. En una de sus visitas á Europa
-le prometió Lloyd George, sin pestañear, que Corea sería independiente
-dentro de diez años justos. ¡Ah, terrible burlón! ¿Por qué diez años y
-no nueve ú once?...
-
-Para animar á este joven generoso finjo creer en la promesa del político
-inglés.
-
---Cuando él dijo eso--añado--sus razones tendrá para afirmarlo. En lo
-que se refiere á la ayuda de los Estados Unidos, tal vez se vea usted
-obligado á esperar un poquito más, querido doctor. Antes de exigir al
-Japón que devuelva á Corea su independencia, los señores de Wáshington
-tendrán que ocuparse de otros dos países que se llaman Puerto Rico y
-Filipinas.
-
-
-
-
-XXVI
-
-CAMINO DE LA CHINA
-
- Las calles glaciales de Seul.--El teatro coreano.--Espectadores que
- se obsequian con hornillos encendidos.--La viuda enamorada del
- bonzo y el guerrero matador de su rival.--Bailes simbólicos.--El
- antiguo palacio de los reyes coreanos y el Capitolio de cemento de
- los japoneses.--La Puerta de la Independencia y sus caravanas.--De
- Seul á Pekín en sesenta días.--Salimos para la China en
- ferrocarril.--El escenario de la guerra ruso-japonesa.--Llegada á
- la estación de Mukden.--Grito mágico de los empleados.
-
-
-Lo que atrajo más la atención de los primeros europeos que visitaron
-Seul fué la anchura de sus calles principales. Tal amplitud, copiada
-indudablemente de las avenidas de Pekín, resalta más enorme á causa de
-la escasa altura de sus edificios. Los japoneses han derribado barrios
-antiguos para abrir nuevas vías, y exceptuando algunas calles tortuosas
-donde subsisten por tradición los comercios más ricos, el resto de la
-ciudad tiene un trazado norteamericano, con amplias avenidas centrales y
-otras adyacentes, no menos desahogadas.
-
-En estas calles de lejana perspectiva hay filas de postes, cuyos brazos
-en cruz sostienen numerosos hilos telefónicos y de alumbrado eléctrico.
-Además, por las avenidas centrales se deslizan los tranvías hasta horas
-avanzadas de la noche.
-
-Son casi las diez cuando me dirijo solo al teatro coreano. Ocupo una
-_koruma_, cuyo conductor tiene el raro arte de hacerse entender gracias
-á un idioma de su invención, más abundante en gestos que en palabras.
-
-Corre á toda velocidad de sus piernas desnudas, y esta carrera aumenta
-el frío para mí. Voy envuelto en un gabán de pieles; llevo las piernas
-enrolladas en una manta, propiedad de mi _kurumaya_. Siento además sobre
-mis orejas unas segundas orejas de piel con largos pelos. Aquí todos
-llevan este adorno, hasta los policías y los soldados. Son dos parches
-lanudos con un agujero en su centro, para que su portador pueda oir
-aunque sea con cierta sordina. Pero á pesar de tales abrigos, me siento
-tan desnudo como en una playa al salir del baño.
-
-Es un frío que cae del cielo y surge de la tierra á un mismo tiempo. Un
-vientecillo sutil parece arremolinarlo en torno á cada persona, para que
-no quede ninguna parte de su cuerpo sin conocerlo. Al respirar parece
-que la pulmonía va á colarse hasta lo más hondo del pecho.
-
-Las tiendas están cerradas; no se ve luz en ninguno de los orificios de
-sus pequeños pisos superiores. Por el centro de la calle, bajo una
-hilera de grandes focos eléctricos, se deslizan los tranvías,
-enviándonos el glacial remolino del aire desplazado por su velocidad.
-También se cruzan con nosotros algunas _korumas_, cuyos conductores,
-medio desnudos y sudorosos, saludan al mío con alegres rugidos.
-
-Entro en el teatro con mi «caballo» nipón, que continúa dándome
-explicaciones á su modo. Es un teatro blanco, grande y frío, hecho de
-cemento armado como cualquiera de Europa. Lo único que le distingue de
-los nuestros es su escenario, con plataforma movible. Mientras en una
-mitad de ella representan los cómicos, en la otra montan los maquinistas
-las nuevas decoraciones, y de este modo, al terminar el acto, no hay mas
-que hacerla girar para que aparezca el decorado siguiente y continúe la
-función.
-
-Están representando un drama escrito en coreano, y los personajes
-necesitan hablar á toda voz para ser entendidos. Muchos espectadores
-conversan entre ellos al mismo tiempo que escuchan con expresión
-distraída.
-
-Voy sabiendo, por las explicaciones de mi acompañante, que la
-protagonista que dialoga en la escena con un cazador es una mala mujer,
-deseosa de librarse de su esposo, para lo cual seduce al cazador, que se
-encargará de matarlo. Añade otros detalles que dan una lejana semejanza
-á esta obra coreana con uno de los dramas del alemán Hauptmann. Pero á
-mí me interesa más la gran masa de espectadores que veo abajo desde mi
-asiento del primer piso.
-
-Todos van vestidos de blanco, con la luenga bata tradicional. Parecen un
-público de albañiles que aún no se han quitado las blusas del trabajo.
-Como los asientos no están en hileras fijas, los espectadores forman
-corrillos, según sus predilecciones y amistades. Algunos _boys_ del café
-inmediato entran y salen para servir las bebidas que les encargan. Pero
-el género de mayor consumo es el fuego. Los grupos piden hornillos bien
-rellenos de carbones ardientes, y el _boy_ coloca en medio del corro el
-deseado brasero, cobrando en seguida su importe. Algunos del grupo, para
-recibir el calor directamente, permanecen de espaldas al escenario, y
-sólo vuelven medio rostro cuando entra un personaje nuevo ó el rumor
-general les indica que va á ocurrir una peripecia interesante.
-
-Encargo yo también un hornillo al mozo del café, y mis blancos vecinos
-de asiento, con sus mujeres algo marchitas y de flácidos pechos mal
-ocultos por un pañuelo de colorines, me agradecen, sonriendo, esta
-excelente idea. Pero ni con el auxilio del fuego puedo permanecer en
-este teatro, oyendo un drama que nunca llegaré á entender y aguantando
-un frío que me obliga á colocar las manos junto á las brasas. A la media
-hora me vuelvo al Gran Hotel de Chosen, atraído por la seductora tibieza
-de sus habitaciones.
-
-En la noche siguiente asisto á una representación de bailes coreanos. La
-orquesta la forman hombres barbudos, que tañen sus instrumentos con
-gravedad, como si realizasen una función patriótica.
-
-Un joven que ha viajado por muchas repúblicas americanas de lengua
-española, para ensalzar los progresos de la dominación japonesa en este
-país, y que yo me imagino á sueldo del gobernador de Corea, nos da
-primeramente una conferencia en inglés sobre el baile y la música
-coreana. Lo más interesante para nosotros es conocer el «argumento» de
-los bailes que vamos á presenciar, pues todos ellos consisten en fábulas
-dramáticas, expresadas por la danza y la mímica.
-
-El primer baile es la historia de una viuda enamorada de un bonzo, santo
-varón que no quiere prestarse á sus impúdicos deseos. Esta novela
-bailada, que recuerda tantas novelas escritas, debe ser muy interesante.
-
-Empieza á sonar la orquesta, compuesta de violines de una sola cuerda,
-guitarras de largo mástil, timbales y un _gong_ enorme. La viuda sale
-bailando lentamente de los bastidores. Estas coreanas son menos exiguas
-de estatura que las japonesas; hay en ellas un poquito más de material
-femenino. La danzarina lleva una vestidura parda, de luengas mangas que
-casi tocan el suelo. Gira por el escenario moviendo los brazos y la
-cabeza, y cuando va transcurrido mucho tiempo sin otra novedad, avanza
-el músico del _gong_ y lo coloca cerca de ella.
-
-La viuda da vueltas alrededor del metálico redondel, como si éste la
-atrajese. Luego lo golpea con las puntas de sus mangas, y así se
-entretiene varios minutos. ¿Cuándo saldrá el bonzo?... Después ya no da
-con sus mangas al gigantesco cuenco. Lo aporrea con ambos puños,
-mostrando un frenesí creciente, hasta que, vencida por el estruendo y
-por su propia excitación, cae al suelo. El público, que está en el
-secreto, aplaude, la artista se levanta, saluda y desaparece. Ha
-terminado el baile.
-
-¿Y el bonzo?... El hombre de Dios no sale. Este baile es simbólico, y en
-ello estriba su mérito. La bailarina ha relatado la historia entera con
-sus pies, con sus manos, y sobre todo con sus mangas.
-
-Nos cuenta el conferencista la fábula de otro baile que vamos á
-presenciar. Es la historia de un guerrero celoso de su general porque
-raptó á su amante. El guerrero consigue sublevar á todo el ejército
-contra su caudillo; hay batalla, mata á su rival, lo proclaman rey, y
-después de esto todavía realiza un sinnúmero de cosas que no puedo
-recordar.
-
-Como ya estoy en pleno simbolismo coreano, espero que una sola bailarina
-representará con sus gestos al guerrero, al general, á un ejército de
-varios miles de hombres, al pueblo que aclama al nuevo monarca,
-etcétera. Pero los organizadores de la representación se han lanzado á
-hacer gastos extraordinarios por darnos gusto, y en vez de una bailarina
-veo aparecer dos, con casquetes dorados y unas espaditas de á palmo en
-sus diestras.
-
-Bailan y bailan con diferentes ritmos. Luego hacen gestos, primeramente
-de pie y á continuación sentadas, una frente á otra. Chocan sus
-espaditas, corren, y de pronto saludan y se retiran. Ya está contada la
-historia, sin que hayamos perdido un solo episodio de ella.
-
-No oso reirme de los bailes coreanos. Temo que á un empresario se le
-ocurra llevarlos á París con un conferencista joven que explique sus
-simbolismos en relación con los cánones de la nueva estética. Las damas
-_snobs_, siempre al acecho de la última moda, pondrán los ojos en blanco
-al hablar de ellos, y no faltará quien escriba artículos y hasta libros
-sobre las sublimidades de un arte incomprensible para los miserables
-burgueses.
-
-Paso un día corriendo la capital de Corea. En sus vías comerciales
-encuentro la confusión de tipos y razas que ya había notado en la puerta
-del hotel el día de mi llegada. Juntos con los hombres del país circulan
-chinos, mogoles y rusos. Pero los japoneses se han apoderado de la vida
-de la ciudad, lo mismo que en el campo tomaron posesión de las mejores
-tierras. Los dueños de los comercios de lujo, los obreros que trabajan
-en las calles, los _kurumayas_, todos son japoneses. Ningún coreano se
-gana la vida tirando de un cochecillo. Tal vez no le darían el permiso
-necesario para ejercer tal industria. Además, los _kurumayas_, como
-signo de su origen superior, llevan una gorra con insignias doradas, á
-estilo japonés.
-
-Muchos personajes de camisa blanca se han colocado bajo la chisterita
-con funda de hule una toca, que les cubre desde la mitad de la frente
-hasta la nuca, y lleva en torno una franja de crines recortadas. Por en
-medio de la muchedumbre de súbditos resignados pasan en sus _korumas_ y
-automóviles los altos funcionarios japoneses, con levita y sombrero de
-copa alta, ó los militares á caballo.
-
-Visito el antiguo y múltiple palacio de los reyes de Corea. A pesar de
-su abandono, guarda la majestad melancólica de todo lo decaído que fué
-grande. Quedan fragmentos de la ancha muralla que lo defendía, con sus
-puertas monumentales. Los diversos pabellones ocupan pequeñas alturas.
-Al final de sus graderíos de piedra las columnatas de laca roja
-sostienen techumbres cóncavas de tejas amarillas, por cuyos filos
-marchan procesiones de monos de bronce y dragones quiméricos.
-
-En un extremo del palacio está el museo coreano, que guarda objetos de
-las remotas dinastías, cuando la historia del país aún era obscura y
-confusa. En los edificios que forman su parte central hay una sala de
-recepciones, de techo altísimo, que deslumbra por la diversidad de sus
-colores y sus oros. Aquí se conserva el trono de los antiguos soberanos.
-Detrás de él cubre el muro un riquísimo tapiz de seda con bordados que
-representan dos faisanes de plumaje multicolor. Esta pareja de aves,
-hermosas como el arco iris, fueron las bestias heráldicas del reino de
-la Mañana Tranquila, lo mismo que un par de dragones invertidos
-simbolizaron siempre al Imperio chino.
-
-Quiero ver el salón donde los japoneses dieron muerte á la reina, y los
-diversos guías á quienes me dirijo, asombrosos políglotas hasta momentos
-antes, pierden de pronto el don de lenguas y hasta el oído. No me
-escuchan, y si insisto no me entienden. Ninguno sabe á qué reina me
-refiero.
-
-Entro en los jardines del palacio real para conocer su famoso Comedor de
-Verano. Es un edificio de dos pisos, sin paredes, compuesto únicamente
-de columnatas y un techo con amplios y elegantes aleros. Este comedor se
-halla en el centro de un lago y se llega á él por un puente de mármol.
-
-El lago está helado, profundamente helado, con una congelación que llega
-hasta su fondo, y un enjambre de chicuelos japoneses patina sobre él,
-dando gritos de triunfo. No miran á los pequeños coreanos que se
-agrupan en las orillas; muestran la ceguera orgullosa de los hijos de
-los vencedores, siempre más presuntuosos y crueles que sus padres.
-
-Un acto de bárbara vanidad indigna á todos los viajeros de buen gusto.
-El gobierno japonés de Corea disponía de numerosos terrenos en la
-capital, para construir un palacio que albergase al gobernador y sus
-oficinas principales. Pero los vencedores mostraron empeño en levantar
-este edificio sobre un patio de la antigua vivienda de los reyes, é
-imitando torpemente la arquitectura norteamericana han elevado una mala
-copia del Capitolio de Wáshington, hecha en cemento armado, que aplasta
-con su masa estúpida los delicados y ligeros pabellones del viejo
-palacio de la monarquía coreana y los oculta á los ojos del visitante,
-impidiendo que aprecie su conjunto.
-
-Después de haber visto, lejos de Seul, el famoso «Buda Blanco», imagen
-enorme esculpida en el corte marmóreo de una montaña, me llevan á
-visitar la puerta más reciente de la ciudad, un arco de ladrillo y
-piedra sin ningún valor artístico. Pero esta obra conmemora la
-independencia de Corea, hace veintiocho años, cuando la libertaron los
-japoneses de la «tiranía china» para apoderarse luego de ella en
-absoluto.
-
-Es lugar interesante á causa de la gran afluencia de gentes que pasa por
-él, y me hace recordar ciertas afueras de Madrid. Numerosos carretones
-de traperos, con la «busca» juntada en la ciudad, la llevan á los
-depósitos de inmundicias situados en los campos inmediatos. Los bueyes
-tiran solos. La yunta es considerada aquí como un lujo y sólo se emplea
-en vehículos enormes. Otros bueyes de poca alzada llevan cargas al lomo,
-como las mulas, ó van montados, cual si fuesen caballos, por jinetes de
-túnica blanca, sombrero de _clown_ y larga pipa. Las mujeres cubren sus
-aceitosos pelos con un gorro negro de cuartel. Algunos mogoles y
-manchures, bohemios del desierto, con un perfil picudo de ave de presa,
-pasan al trote de sus caballitos en perpetua rabia, que muerden el freno
-arrojando espuma.
-
-De aquí arranca el camino para Pekín. Antes de que se terminase el
-ferrocarril á la China salían diariamente de esta puerta numerosas
-caravanas. Ahora todavía se forman, de vez en cuando, luengas filas de
-mulos y bueyes, que marchan con lento paso hacia la maravillosa urbe,
-situada para los antiguos coreanos en los últimos confines de la tierra.
-
-Para llegar á Pekín desde esta puerta hay sesenta días de marcha,
-sesenta jornadas abundantes en privaciones y peligros, á través de
-tierras poco seguras y de un extremo del inclemente desierto de Gobi.
-Los blancos, al poder utilizar los diabólicos inventos de nuestros
-países, hacemos el viaje con más rapidez.
-
-A los tres días de haber llegado á Seul salgo para la Manchuria y la
-China. Vuelvo á ver desde el vagón los horizontes amplios de Corea, que
-contrastan con la campiña japonesa, limitada y agradable.
-
-Ríos y lagunas están bajo una gruesa costra de hielo. Los arrozales son
-láminas de cristal opaco. No se comprende cómo logran los hombres
-amarillos que el arroz grane en este país de nieve, siendo un producto
-de las tierras templadas y cálidas.
-
-Sentado á una mesa del vagón-comedor aprecio el rudo contraste entre lo
-que puedo contemplar desde la ventanilla y lo que me rodea dentro del
-vehículo.
-
-Comemos á estilo occidental, bebemos Burdeos, y al mismo tiempo, más
-allá del vidrio en que se apoya uno de mis hombros veo pasar campos
-nevados, grupos de chozas negras, hombres blancos como espectros, casas
-de arquitectura china. El criado que nos sirve no es de raza blanca, ni
-tampoco el cocinero y los demás empleados. Son todos ellos japoneses;
-pero á estos asiáticos se les encuentra desde la orilla americana del
-Pacífico, y los consideramos por costumbre como unos amarillos distintos
-á los otros, como unos parientes por adopción que se han agregado á
-nuestras civilizaciones.
-
-Al pasar junto á una pequeña ciudad vemos un cortejo nupcial. La novia
-ocupa un palanquín de colorines rematado por una flor de loto, dorada y
-balanceante. Detrás marchan los invitados masculinos bajo sombrillas
-pintadas con ramilletes y dragones. Las damas cierran la marcha sentadas
-en _korumas_.
-
-Después de Heijo, ciudad que sigue en importancia á Seul, las montañas
-son rojas y amarillas. Escasean los arrozales. Los surcos están
-cubiertos de hielo, y sobre esta blancura uniforme, los caballones, con
-sus matojos negros, parecen líneas interminables de tinta china.
-
-Empieza á nevar. Al atardecer, todos los campos están cubiertos de nieve
-reciente y blanquísima. Al ponerse el sol, la llanura y el cielo toman
-una tonalidad de rosa suave, que hace recordar el color de la sangre
-anémica. El termómetro marca 14 bajo cero... ¡Y pensar que hace menos de
-un mes estaba yo en países tropicales, vestido de blanco!
-
-Los coreanos agrupados en las estaciones llevan gorros tártaros y
-casacas de pieles. Vemos en el campo grandes cortas de árboles, montones
-de troncos negros por abajo y amerengados en su cúspide. La nieve ya no
-es granujienta. Parece á la vista pegajosa y compacta, como la albúmina
-batida.
-
-Corremos en la noche por inmensidades que no podemos ver; oímos títulos
-de estaciones que nada dicen á nuestra memoria. De tarde en tarde
-creemos recordar algunos de estos nombres, y evocamos la guerra
-ruso-japonesa. Sobre estas tierras misteriosas, ocultas en la
-obscuridad, se mataron miles y miles de hombres hace veintidós años, y
-el mundo olvidó ya tan espantosa carnicería. Nuevas matanzas humanas han
-borrado su recuerdo. Y así continuará la historia del hombre, al que
-llaman el más inteligente de los animales.
-
-En las estaciones hay tártaros y siberianos que ofrecen ricas pieles de
-bestias cazadas semanas antes. A media noche pasamos un puente y nos
-detenemos bajo una techumbre enorme. Es Mukden.
-
-No conozco ninguna estación de ferrocarril que despierte tanta
-curiosidad é interés: ni aun las más célebres de Londres, de Nueva York,
-de París.
-
-Aquí está el centro de una cruz que forman cuatro vías. Por el Este, ó
-sea por donde llegamos nosotros, se va al Japón. Por el Norte, á Siberia
-y á Rusia, pues aquí empieza, en realidad, el famoso Transiberiano. Por
-el Sur, á una distancia solamente de algunas docenas de kilómetros, está
-la nueva ciudad de Dairén y el famoso Port-Arthur de la guerra
-ruso-japonesa. Por el Oeste, se sigue hacia la China.
-
-Cuando echamos pie á tierra, los empleados lanzan á gritos un aviso en
-chino, en japonés y en inglés; un anuncio de mágica influencia para la
-imaginación; unas cuantas palabras de extraordinaria novedad, preñadas
-de ilusiones y esperanzas; algo que no puede oirse muchas veces en la
-brevedad de una vida humana...
-
---¡Cambio de tren para Pekín!
-
-
-FIN DEL TOMO PRIMERO
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- _Págs._
-
-I.--EN EL JARDÍN DE MENTÓN. 7
-
-II.--LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE.--En
-un corral acuático del Hudson.--Himnos, bailes,
-aclamaciones y banderas.--Nueva York de día y de
-noche.--Las obras gigantescas de su Municipio.--Nueva
-York ciudad de arte.--Desde lo más alto de
-un «rascacielos».--El _Franconia_ emprende su viaje.--«¡Adiós
-los que vais á dar la vuelta á la tierra!».--¿Quién
-de nosotros pagará el tributo á la Aventura? 18
-
-III.--MI CASA ERRANTE.--Un vapor sin polvo de
-carbón.--Desde la quilla á la última cubierta.--La
-piscina del _Franconia_.--Las mujeres de la tripulación.--Mi
-celda blanca.--Preparándome, como un
-actor, á cambiar de traje.--Lo que comieron Magallanes
-y sus compañeros, y lo que comemos nosotros. 30
-
-IV.--LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN.--El
-Estado Mayor del viaje.--Más mujeres que hombres.--Cordial
-familiaridad norteamericana.--La española
-que conoció tres Papas.--El cocinero escultor.--Las
-Frinés de la piscina y la tranquilidad de sus
-compañeros de natación.--En el canal de Bahama.--La
-hermosa costa de la Florida. 42
-
-V.--LA ISLA DEL AZÚCAR.--Cuba imaginada por
-un niño.--Los monstruos guardadores de la puerta
-del Paraíso.--Habana «la Alegre».--Los periódicos
-y los casinos.--Dinero abundante y pródigamente
-gastado.--Butacas de teatro á cien pesos por noche.--Los
-nuevos barrios de la Habana.--Mis habitaciones
-de «huésped de honor».--Si duermo en ellas
-pierdo mi viaje alrededor del mundo.--Los bailes de
-máscaras del _Franconia_.--El coronel vendedor de
-periódicos.--Mi enfermedad. 52
-
-VI.--LA ZANJA ENTRE LOS DOS OCÉANOS.--Dos
-escalinatas de agua y una meseta lacustre.--Las
-fuerzas eléctricas del canal de Panamá.--La zona
-norteamericana y su guarnición.--El lago de Gatún
-y el Paso de Culebra.--La enorme afluencia de buques.--Cómo
-los norteamericanos «perdieron el
-tiempo» antes de reanudar las obras.--El buen negocio
-del canal.--La prontitud de su limpieza.--Los
-bosques de sus orillas.--Panamá la Verde. 62
-
-VII.--PANAMÁ LA VERDE.--El novelesco Balboa.--Su
-descubrimiento del Mar del Sur.--El primer
-europeo que se embarcó en el Pacífico.--Mortandad
-de colonizadores al pasar el istmo de Panamá.--El
-primitivo proyecto del canal ideado por los españoles.--El
-saqueo de Panamá la Vieja por los piratas.--Me
-bajan en andas para visitar la ciudad.--El presidente
-Porras y la juventud intelectual.--Las escuelas
-de Panamá.--Versos en la noche.--De una
-acera á otra. 74
-
-VIII.--LAS COSTAS DEL PACÍFICO.--Los tres colores
-del Trópico.--Envidiando á Robinsón.--La madrastra
-Naturaleza.--Desfile de tortugas.--Las malas
-costumbres de la guerra.--La «Nao de Acapulco».--Cómo
-los galeones del virreinato de Méjico atravesaban
-el Pacífico.--50.000 pares de medias de seda
-en cada viaje.--El centinela que se durmió en la
-muralla de Manila y despertó en la plaza Mayor de
-Méjico.--El protestantismo y el canto.--Temporal
-frente á los Ángeles. 86
-
-IX.--EL SECRETO DE LA ESFINGE AZUL.--San Francisco
-y sus bellezas.--El Barrio Chino.--Sus antiguos
-laberintos subterráneos.--Su aspecto actual.--Influencia
-de este barrio en la proclamación de
-la República china.--La propaganda en las calles.--Las
-farmacias chinas y sus estrafalarios remedios.--El
-_Franconia_ adquiere nueva vida.--Los duendes
-de mi camarote.--La ola que no va á ninguna parte.--Una
-isla roja que sólo se deja ver unos minutos.--La
-esfinge azul y el secreto de sus estremecimientos.--La
-Atlántida del Pacífico. 100
-
-X.--EL ARCHIPIÉLAGO DEL AMOR.--Islas perdidas
-en la inmensidad del Pacífico.--Los redescubrimientos
-del capitán Cook y el olvido de sus predecesores.--Los
-pilotos de España conocen Hawai doscientos
-años antes de la llegada de Cook.--Kamehamea I,
-«Napoleón de Oceanía».--El amor libre coronado de
-flores.--Los terribles decretos de la viuda arrepentida.--Los
-hawaianos pierden el interés de vivir en
-unas islas regidas por la moral de los blancos.--Maravillosas
-costas de Hawai.--Las romanzas de un
-pueblo de músicos 111
-
-XI.--EL LAGO DE FUEGO.--Las mujeres de Hawai,
-superiores á los hombres.--El cinematógrafo en el
-archipiélago.--El baile de las _hulas_ y los actuales
-tapujos impuestos por la autoridad.--El paganismo
-de la reina Lilinu-Kalami.--Las selvas de helechos.--El
-cráter-lago de Kilauea.--El guarda del volcán.--Nocturno
-rojo.--Una calefacción nunca vista 127
-
-XII.--LA CIUDAD FLORIDA.--Los nadadores de Honolulu.--Las
-casas jardineadas de los empleados.--El
-mundo fantástico del Acuario.--Los peces-hombres.--La
-playa elegante de Vaikiki.--Nataciones en
-Diciembre.--Los saltadores de olas.--El gigantesco
-árbol del «Moana Hotel».--El niño del sombrero.--Almuerzo
-en la Asociación de la Prensa, con más mujeres
-que hombres.--El palacio de Lilinu-Kalami.--Los
-dos jardineros.--El collar de la reina.--La señorita
-que por primera vez en su vida habla con un
-español 144
-
-XIII.--LA SEMANA SIN LUNES.--Navegando al margen
-de la tempestad.--Bailes, juegos y asistencia á
-la escuela.--Carreras de caballos en el buque.--La
-libertad religiosa de los norteamericanos.--El cura
-democrático de Minnesota.--El Mesías de los Angeles.--Dejamos
-de vivir un día entero.--Caen en las
-aguas del Pacífico veinticuatro horas de nuestra existencia.--¿Qué
-habrá sido de mis amigos del Japón? 161
-
-XIV.--LOS RESTOS DEL CATACLISMO.--Después de
-diez días de soledad oceánica.--Aparición matinal
-del Fuji.--Los marinos de la bahía de Tokío.--Carabelas
-con motor.--La antinomia japonesa.--Enorme
-destrucción de Yokohama.--La ciudad como fué y
-como la vemos.--Llegada de mis amigos.--La _koruma_
-y el caballo humano.--El engaño de la noche en
-Yokohama.--Vamos en busca del verdadero Japón. 172
-
-XV.--LA DULCE ESFINGE DE KAMAKURA.--Origen
-divino del pueblo japonés.--La vanidosa hermosura
-de la diosa del Sol y las barbaridades de su hermano
-y esposo.--El Espejo y el Sable.--Una dinastía
-de 2.600 años.--El feudalismo japonés.--Los daimios
-y sus fieles samurais.--La corte de Kioto la Santa.--Los
-«Generalísimos» de Kamakura.--Kio-To y To-Kio.--El
-camino de Kamakura.--Ante la imagen del
-Gran Buda.--La diosa de la Misericordia.--Un gigante
-divino de bronce sumido en la noche.--Lo que dice
-la sonrisa de la Esfinge dulce. 185
-
-XVI.--LA NOCHEBUENA EN EL JAPÓN.--Los japoneses
-disfrazados de europeos.--Bozales higiénicos.--La
-gorra del estudiante.--Las calles de Tokío.--Los
-tres colores del Japón.--Las interminables cortesías.--Los
-cinco peinados de la japonesa.--Almuerzo
-en el restorán Koyokan.--La ceremonia de la hospitalidad.--El
-baile de las _geishas_.--Mi conferencia en
-el salón de fiestas del _Hochi_.--Concierto orquestal.--La
-cena de Nochebuena ante un jardín liliputiense.--Salto
-asombroso de la música japonesa. 202
-
-XVII.--PASEANDO POR TOKÍO.--Las fiestas florales
-del año.--_Geishas_ y japonesas honestas.--Cómo se
-casan los japoneses.--El amor fuera de casa.--El paraíso
-de los maridos.--Opiniones de un moralista japonés
-sobre las mujeres.--La esclavitud femenina.--Contradicciones
-del pudor japonés.--Las mancebías
-del Yosywara.--Hembras expuestas en escaparates.--15.000
-muchachas quemadas.--La gran catástrofe
-de la explanada de Hifukusho.--Un brasero de 40.000
-personas.--Agil agonía de las madres japonesas.--Un
-policía que imita á los samurais. 221
-
-XVIII.--LOS DOS SHOGUNES DE NIKO.--Muchos
-templos y poca religiosidad.--La cortesía con todos
-los dioses.--Unica religión verdadera del japonés.--Los
-muertos mandan.--Todos los japoneses acaban
-siendo dioses.--El sintoísmo.--Las tumbas de los dos
-Shogunes.--El Pericles japonés.--Sus máximas morales.--San
-Francisco Javier.--El consejo que le dan
-los japoneses.--Fácil difusión del cristianismo.--Inquietud
-de los Shogunes.--Miedo al Papa y al rey
-de España.--Se cierra el Japón por 250 años.--Persecuciones
-y martirios de los misioneros.--Camino de
-Niko.--La buena educación de una caja de comida.--Un
-regalo de cuarenta kilómetros de árboles gigantescos. 236
-
-XIX.--AL PIE DE LA MONTAÑA SAGRADA.--Niko
-en la noche.--El canto infinito de la Montaña Sagrada.--La
-temperatura inexplicable del Japón.--Nieve
-y plantas tropicales.--La desnudez japonesa.--Junto
-al brasero del anticuario.--El sereno de las castañuelas.--El
-amanecer en un hotel del interior del Japón.--El
-Puente Sagrado.--Cómo una enorme serpiente
-roja se doblegó en arco para servir á un santo.--Murmullos
-de agua y musgos invasores.--Los árboles casamenteros. 248
-
-XX.--LA SELVA DE LAS PAGODAS DE ORO.--El
-mausoleo del Shogun Yeyasu.--La Puerta del Día.--Los
-gestos de los Tres Monos.--Oro, oro, siempre
-oro.--Los dos sargentos japoneses.--El templo carcomido
-y sus bonzos pobres.--Ceremonia sintoísta en
-la soledad de la selva.--La sacerdotisa de sotana roja
-baila «El camino de los Dioses».--Me pierdo en las
-espesuras de la Santa Montaña.--_¡Arigató!_--Lucha
-de cortesías con un japonés. 259
-
-XXI.--KIOTO LA SANTA.--El camino de los criptomerios.--Una
-maravilla que va á desaparecer.--Historia
-heroica de los cuarenta y siete samurais.--Zapatillas
-gratuitas en el tren.--Las pagodas de Kioto.--Cuatro
-cables de pelos de mujer.--Las ceremonias
-del culto budista y su rara semejanza con las del
-culto católico.--El tradicionalismo de Kioto.--Un
-perro xenófobo.--Las calles del alegre Yosywara.--Los
-teatros.--Actrices-hombres.--Mi encuentro ante
-un cinematógrafo. 273
-
-XXII.--EL TEMPLO DE LOS 33.333 DIOSES.--Los palacios
-de Kioto.--La ceremonia de la coronación imperial.--Mezcolanzas
-de antiguo y moderno.--El
-templo de los _Treinta y tres mil trescientos treinta
-y tres dioses_.--El taller de remiendos divinos.--La
-pagoda de la cumbre y su fuente milagrosa.--Lo que
-les ocurre á las japonesas que beben sus aguas.--El
-hombre de los dos cubos.--La balada de la hotelería
-japonesa. 288
-
-XXIII.--LOS «KOKOS» DE NARA.--Las plantaciones
-de té.--El dios que viajaba montado en un ciervo.--Los
-venados del Parque Sagrado.--Las linternas seculares
-de Nara.--El caballito blanco de ojos azules y
-rojos.--Los peces del lago santo.--El pan de Año
-Nuevo y su peligroso amasijo.--Trenes nevados y
-hombres semidesnudos.--Los dos Japones.--Ya tiran
-contra el nieto de los Dioses. 299
-
-XXIV.--LA ISLA DONDE NADIE NACE NI MUERE.--Osaka
-y su población industrial.--El famoso Mar Interior.--La
-isla de Myajima, donde nadie nace y nadie
-muere.--Ni perros, ni automóviles, ni telégrafo, ni
-luz eléctrica.--El dulce rincón de la paz y la vanidad
-patriótica.--El príncipe heredero de Corea, su esposa
-y su séquito.--Embarque bajo la nieve.--Adiós al
-Japón insular.--La terrible ironía del Pacífico. 310
-
-XXV.--EL REINO DE LA MAÑANA TRANQUILA.--Una
-mala noche sobre las aguas que presenciaron la
-gran batalla naval de Tsushima.--El frío de Corea.--El
-traje grotesco de los coreanos.--Sus dos sombreros.--Cómo
-el Japón se apoderó del reino de la
-Mañana Tranquila.--Asesinato de la reina por los
-japoneses.--Horizontes dilatados.--Procesiones de
-fantasmas.--Cuervos y tumbas.--En Seul.--Las generosas
-ilusiones de un patriota. 321
-
-XXVI.--CAMINO DE LA CHINA.--Las calles glaciales
-de Seul.--El teatro coreano.--Espectadores que
-se obsequian con hornillos encendidos.--La viuda
-enamorada del bonzo y el guerrero matador de su
-rival.--Bailes simbólicos.--El antiguo palacio de los
-reyes coreanos y el Capitolio de cemento de los japoneses.--La
-puerta de la Independencia y sus caravanas.--De
-Seul á Pekín en sesenta días.--Salimos
-para la China en ferrocarril.--El escenario de la guerra
-ruso-japonesa.--Llegada á la estación de Mukden.--Grito
-mágico de los empleados. 335
-
-
-NOTAS:
-
-[A] En muchas repúblicas de la América de habla española se han
-publicado numerosas ediciones de estas obras sin permiso del autor.
-
-[B] _Musmé_, muchacha; _musko_, muchacho.
-
-[C] El eminente dramaturgo francés Brieux ha publicado en su libro _Au
-Japon_ estudios muy interesantes sobre la vida doméstica japonesa.
-
-
- OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR
-
-
- TERRES MAUDITES.--Traducción de G. Hérelle. París.
-
- FLEUR DE MAI.--Traducción de G. Hérelle. París.
-
- BOUE ET ROSEAUX.--Traducción de Maurice Bixio. París.
-
- DANS L’OMBRE DE LA CATHÉDRALE.--Traducción de G. Hérelle. París.
-
- TERRAS MALDITAS.--Traducción de Napoleâo Toscano. Lisboa.
-
- A CATHEDRAL.--Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa.
- Lisboa.
-
- FLOR DE MAYO.--Traducción de Josy Priems. Zurich.
-
- DIE KATHEDRALE.--Traducción de Josy Priems. Zurich.
-
- ERDFLUCH.--Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.
-
- SCHILFUND SCHLAMM.--Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.
-
- DER EINDRINGLING.--Traducción de J. Broutá. Berlín.
-
- DE VLOEK.--Traducción del doctor A. A. Fokker. Haarlem.
-
- WAAR ORANJEBOOMEN BLORIEN.--Traducción del doctor A. A. Fokker.
- Amsterdam.
-
- CHALUPA.--Traducción de A. Pikhart. Praga.
-
- MARNÁ CHLOUBA.--Traducción de A. Pikhart. Praga.
-
- AH, IL PANE!...--Traducción de F. Gelormini. Palermo.
-
- HVAD EN MAND HAR AT GOVE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.
-
- VINNYI SKLAD.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
-
- BODEGA.--Traducción de K. G. Petersburgo.
-
- GELEZNODOROGNOY ZAIAZ.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
-
- NALOGUIZA OBNAGNENAIA.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
-
- PROKLIATAC POLE.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
-
- SOBOR.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
-
- DUOYÑOY VISTREL.--Traducción de M. Watson. Petersburgo.
-
- LA HORDE.--Traducción de G. Hérelle. París.
-
- ARÈNES SANGLANTES.--Traducción de G. Hérelle. París.
-
- O INTRUSO.--Traducción de Riveiro de Carvalho. Lisboa.
-
- MISERAVEIS.--Traducción de Vasco Valdéz. Lisboa.
-
- L’INTRUS.--Traducción de Renée Lafont. París.
-
- A ADEGA.--Traducción de E. Sousa Costa. Lisboa-Rio Janeiro.
-
- LES MORTS COMMANDENT.--Traducción de B. Delaunay. París.
-
- A CORTEZAN DE SAGUNTO.--Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes
- Rosa. Lisboa.
-
- SUR LES ORANGERS.--Traducción de G. Menetrier. París.
-
- THE BLOOD OF THE ARENA.--Traducción de F. Douglas. Chicago.
-
- SONNICA.--Traducción de F. Douglas. Edición de Nueva York y edición
- de Londres.
-
- THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Traducción de W. A. Gillespie.
- Londres.
-
- BLOOD AND SAND.--Traducción de W. A. Gillespie. Londres.
-
- OBRAS COMPLETAS DE BLASCO IBÁÑEZ (en ruso). Edición en 16 vol. con
- un retrato del autor.--Traducción de Taitiana Herzenstein y otros.
- Moscou.
-
- SANGUE E ARENA.--Traducción de Ida Mango. Nápoles.
-
- ORIENTE.--Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.
-
- BLOED EN ZAND.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.
-
- DIE HETARE VON SAGUNT.--Traducción de W. Leydhecker. Berlín.
-
- LES QUATRE CAVALIERS DE L’APOCALYPSE.--Traducción de G. Hérelle.
- París.
-
- THE MATADOR.--Edición inglesa Nelson. Londres.
-
- WIJN EN LIEFDE.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.
-
- I QUATTRO CAVALIERI DELL’ APOCALIPSE.--Traducción de Ida Mango.
- Milán.
-
- THE FOUR HORSEMEN OF THE APOCALYPSE.--Traducción de Charlotte
- Brewster Jordan (384 edic.). Edición de Nueva York y edición de
- Londres.
-
- THE CABIN.--Traducción del doctor Francis Haffkine-Snow. Nueva
- York.
-
- LUNA BENAMOR.--Traducción del doctor Isaac Goldberg. Boston.
-
- THE DEAD COMMAND.--Traducción de F. Douglas. Nueva York.
-
- BLOOD AND SAND.--Introduction by Dr. I. Goldberg. Edición de Nueva
- York y edición de Londres.
-
- THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Introduction by William Dean Howells.
- Edición de Nueva York y edición de Londres.
-
- THE FRUIT OF THE VINE (_La bodega_).--Traducción del Dr. Isaac
- Goldberg. Edición de Nueva York y edición de Londres.
-
- OUR SEA (_Mare nostrum_).--Traducción de C. Brewster Jordan.
- Edición de Nueva York y edición de Londres.
-
- DE VIER RUITERS UIT DE APOCALYPSIS.--Traducción de Van Raalte.
- Gravenhage (Holanda).
-
- WOMAN TRIUMPHANT.--Traducción de Hayward Keniston. Nueva York.
-
- LA RÉVOLUTION MEXICAINE.--Traducción de Louis Fonges. París.
-
- THE ENEMIES OF WOMEN.--Traducción de Arthur Livingston. Edición de
- Nueva York y edición de Londres.
-
- MEXICO IN REVOLUTION.--Traducción de J. Padin y Arthur Livingston.
- Nueva York.
-
- MARE NOSTRUM.--Traducción de Gilberto Beccari. Florencia.
-
- FRA GLI ARANCI.--Traducción Vitagliano. Milán.
-
- DE DOWLER BEVELER.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam.
-
- LA TRAGEDIE SUR LE LAC.--Traducción de Renée Lafont. París.
-
- THE MAYFLOWER.--Traducción de A. Livingston. Edición de Nueva York
- y edición de Londres.
-
- LES ENNEMIS DE LA FEMME.--Traducción de A. de Bengoechea. París.
-
- THE TORRENT (_Entre naranjos_).--Traducción de I. Golberg y Artur
- Livingston. Edición de Nueva York y edición de Londres.
-
- FIOR DI MAGGIO.--Traducción de Gilberto Beccari. Milán.
-
- PALUDE TRAGICA.--Traducción de Gilberto Beccari. Milán.
-
- CONTES ESPAGNOLS D’AMOUR ET DE MORT.--Traducción de F. Menetrier.
- París.
-
- VASS OCH DY.--Traducción de E. Staaff. Estocolmo.
-
- DEN UBUDNE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.
-
- FYREFAEGTEREN.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.
-
- DEN GAMLE ROENNE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague.
-
- OS INIMIGOS DA MULHER.--Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.
-
- LUNA BENAMOR.--Traducción de Renée Lafont. París.
-
- DIE APOKALYPTISCHEN REITER.--Traducción de E. Koert. Berlín.
-
- VÉRZÖ ARÉNA.--Traducción de Toth Andras. Budapest.
-
- MÁJUS VIRÁGA.--Traducción de Berki Miklos y Gyori Karoly. Budapest.
-
- KREV Á PÍSEK.--Traducción de María Votrubová-Haunerova. Praga.
-
- BLOD OG SAND.--Traducción de Sophus Brekke. Prólogo de J. Bojor.
- Cristiania.
-
- APOKALYPSENS FYRA RYTTARE.--Traducción de Alberto Bonnier.
- Estocolmo.
-
- CAPÍTULOS ESCOGIDOS DE V. BLASCO IBÁÑEZ.--Coleccionados por E. Alec
- Woolf. Editor G. Harrap. Londres.
-
- PROBUZENI BUDHOVO.--Traducción de Ch. Veith. Praga.
-
- EEN LIEFDE OP DE BALEAREN.--Traducción holandesa de P. M. Wink.
- Zalt Bommel.
-
- VISTAS SUDAMERICANAS.--Libro para los estudiantes de español, con
- notas de Carolina Marcial Dorado. Ginn y C.ª, Editores. Nueva York.
-
- LA BATALLA DEL MARNE.--Libro para los estudiantes de español, con
- notas del profesor Federico de Onís. Heath y C.ª, Editores. Nueva
- York.
-
- GENSKI RAY (_El paraíso de las mujeres_).--Traducción rusa de
- Tatiana Herzenstein. La Editorial Rusa. Berlín.
-
- A NOGYULOLOK.--Traducción de Toth Andras. Budapest.
-
- LA FEMME NUE DE GOYA.--Traducción de A. de Bengoechea. París.
-
- LA CITÉ DES FUTAILLES.--Traducción de Renée Lafont. París.
-
- THE TEMPTRESS.--Traducción de A. Livingston. Nueva York.
-
- KATEDRÁLA.--Traducción de Karel Vit. Praga.
-
- CTYRI PRÍSERNÍ JEZDCI Z APOKALYPSY.--Traducción checoeslovaca de
- Karel Vit. Ilustraciones de K. Relink. Praga.
-
- BLOD OCH SAND.--Traducción de Bruno Lindblom. Estocolmo.
-
- FÖRBANNAD JORD.--Traducción de Adolf Hillman. Estocolmo.
-
- LA TENTATRICE.--Traducción de Jean Carayón. París.
-
- MARE NOSTRUM.--Traducción de Karel Vit. Praga.
-
- I MORTI COMANDANO.--Traducción de Gilberto Beccari y Giulio de
- Medici. Florencia.
-
- LA TENTATRICE.--Traducción de Sante Bargellini. Turín.
-
- IN THE LAND OF ART.--Traducción de Francés Douglas. Nueva York.
-
- ARENES SANGLANTES.--Traducción francesa de G. Hérelle. Edición
- Nelson. Edimburgo (Escocia).
-
- KVET CERNE REKY.--Traducción de Karel Vit. Praga.
-
- MOKUCHI NO SHIXISHI.--Traducción japonesa de Kanzo Miura. Tokío.
-
- CHI TO TSUNA.--Traducción japonesa de Atsuchi Sudzuki. Tokío.
-
- GO-GATSU NO HANA.--Traducción japonesa de Soichi Okabé. Tokío.
-
- GO-GATSU NO HANA.--Traducción japonesa de Katsuo Urazawa. Tokío.
-
- SHIOKI NI NARU ONNA.--Traducción japonesa de Hirosada Nagata.
- Tokío.
-
- RAKUCHITSU.--Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.
-
- SEPPUN.--Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.
-
- HIKIGAERU.--Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.
-
- IBAÑEZ KESSAKUSHIU.--Traducción japonesa de la señora Nakagawa.
- Tokío.
-
- RODNOE MORE.--Traducción de M. Watson. Leningrado.
-
- ZEMLIA DISEA.--Traducción de M. Watson. Moscou.
-
- KOROLAWA CALAFIA.--Traducción de M. B. Batcoh. Leningrado.
-
-
-
-
- OBRAS DEL AUTOR
-
-CON EL NÚMERO DE EJEMPLARES IMPRESOS EN ESPAÑA[A] DE CADA UNA DE ELLAS,
- HASTA ENERO DE 1925
-
-
- CUENTOS VALENCIANOS. 60.000 ejemplares.
- LA CONDENADA (cuentos). 64.000 id.
- EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes). 64.000 id.
- ARROZ Y TARTANA (novela). 68.000 id.
- FLOR DE MAYO (novela). 80.000 id.
- LA BARRACA (novela). 104.000 id.
- SÓNNICA LA CORTESANA (novela). 56.000 id.
- ENTRE NARANJOS (novela). 88.000 id.
- CAÑAS Y BARRO (novela). 64.000 id.
- LA CATEDRAL (novela). 72.000 id.
- EL INTRUSO (novela). 56.000 id.
- LA BODEGA (novela). 60.000 id.
- LA HORDA (novela). 44.000 id.
- LA MAJA DESNUDA (novela). 49.000 id.
- ORIENTE (viajes). 52.000 id.
- SANGRE Y ARENA (novela). 136.000 id.
- LOS MUERTOS MANDAN (novela). 56.000 id.
- LUNA BENAMOR (novelas). 48.000 id.
- LOS ARGONAUTAS (novela).--Dos tomos. 48.000 id.
- LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS. 164.000 id.
- MARE NOSTRUM (novela). 104.000 id.
- LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela). 100.000 id.
- EL MILITARISMO MEJICANO (artículos). 40.000 id.
- EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas). 44.000 id.
- EL PARAÍSO DE LAS MUJERES (novela). 36.000 id.
- LA TIERRA DE TODOS (novela). 66.000 id.
- LA REINA CALAFIA (novela). 60.000 id.
- NOVELAS DE LA COSTA AZUL. 20.000 id.
- LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA. 80.000 id.
-
-
-NOVELAS DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN
-
- EL PAPA DEL MAR.
- Á LOS PIES DE VENUS.
- LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN.
- EL ORO Y LA MUERTE.
-
-
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA;
-VOL. 1/3 ***
-
-***** This file should be named 63810-0.txt or 63810-0.zip *****
-This and all associated files of various formats will be found in:
- http://www.gutenberg.org/6/3/8/1/63810/
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions will
-be renamed.
-
-Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
-States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
-specific permission. If you do not charge anything for copies of this
-eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
-for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
-performances and research. They may be modified and printed and given
-away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
-not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
-trademark license, especially commercial redistribution.
-
-START: FULL LICENSE
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
-Gutenberg-tm electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
-person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
-1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
-you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country outside the United States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
-on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
-phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:
-
- This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
- most other parts of the world at no cost and with almost no
- restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
- under the terms of the Project Gutenberg License included with this
- eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
- United States, you will have to check the laws of the country where
- you are located before using this ebook.
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that
-
-* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."
-
-* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.
-
-* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.
-
-* You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
-Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
-trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause.
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
-
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-
diff --git a/old/63810-0.zip b/old/63810-0.zip
deleted file mode 100644
index 804254e..0000000
--- a/old/63810-0.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/63810-h.zip b/old/63810-h.zip
deleted file mode 100644
index 4f5dea4..0000000
--- a/old/63810-h.zip
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/63810-h/63810-h.htm b/old/63810-h/63810-h.htm
deleted file mode 100644
index 78ad7e3..0000000
--- a/old/63810-h/63810-h.htm
+++ /dev/null
@@ -1,11215 +0,0 @@
-<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN"
-"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd">
-
-<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es">
- <head> <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" />
-<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=utf-8" />
-<title>
- The Project Gutenberg eBook of La vuelta al mundo, de una
-novelista, por Vicente Blasco Ibáñez.
-</title>
-<style type="text/css">
-
-a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
-
- link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;}
-
-a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;}
-
-a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;}
-
-big {font-size: 130%;}
-
-body{margin-left:4%;margin-right:6%;background:#ffffff;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;}
-
-.blockquot {margin-top:4%;margin-bottom:4%;}
-
-.blockquote {margin:2% auto 2% 60%;}
-
-.blockquotw {margin:auto 15% 4% 15%;}
-
-.blockquotw p{text-indent:-2%;margin-left:2%;}
-
-.c {text-align:center;text-indent:0%;}
-
-.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;}
-
-.fint {text-align:center;text-indent:0%;
-margin-top:2em;}
-
-.footnotes {border:dotted 3px gray;margin-top:5%;margin-bottom:5%;clear:both;}
-
-.footnote {width:95%;margin:auto 3% 1% auto;font-size:0.9em;position:relative;}
-
-.label {position:relative;left:-.5em;top:0;text-align:left;font-size:.8em;}
-
-.fnanchor {vertical-align:30%;font-size:.8em;}
-
-.hang {text-indent:-2%;margin-left:2%;}
-
- h1 {margin-top:5%;text-align:center;clear:both;
-font-weight:normal;}
-
- h2 {margin-top:4%;margin-bottom:2%;text-align:center;clear:both;
- font-size:100%;font-weight:normal;}
-
- hr.full {width: 60%;margin:2% auto 2% auto;border-top:1px solid black;
-padding:.1em;border-bottom:1px solid black;border-left:none;border-right:none;}
-
- img {border:none;}
-
- p {margin-top:.2em;text-align:justify;margin-bottom:.2em;text-indent:4%;}
-
-.pagenum {font-style:normal;position:absolute;
-left:95%;font-size:55%;text-align:right;color:gray;
-background-color:#ffffff;font-variant:normal;font-style:normal;font-weight:normal;text-decoration:none;text-indent:0em;}
-@media print, handheld
-{.pagenum
- {display: none;}
- }
-
-.pdd {padding-left:1em;text-indent:-2em;}
-
-.rt {text-align:right;}
-
-small {font-size: 70%;}
-
-.smcap {font-variant:small-caps;font-size:100%;}
-
-table {margin-top:2%;margin-bottom:2%;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;}
-
-div.poetry {text-align:center;}
-div.poem {font-size:90%;margin:auto auto;text-indent:0%;
-display: inline-block; text-align: left;}
-.poem .stanza {margin-top: 1em;margin-bottom:1em;}
-.poem span.i0 {display: block; margin-left: 0em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;}
-.poem span.i8 {display: block; margin-left: 5em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;}
-</style>
- </head>
-<body>
-<pre style='margin-bottom:6em;'>The Project Gutenberg EBook of La vuelta al mundo de un novelista; vol.
-1/3, by Vincente Blasco Ibáñez
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this ebook.
-
-Title: La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3
-
-Author: Vincente Blasco Ibáñez
-
-Release Date: November 19, 2020 [EBook #63810]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Chuck Greif, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes and
- the Online Distributed Proofreading Team at
- https://www.pgdp.net
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VUELTA AL MUNDO DE UN
-NOVELISTA; VOL. 1/3 ***
-</pre><hr class="full" />
-
-<div class="c">
-<img src="images/cover.jpg" height="550" alt="" />
-</div>
-<div class="c">
-<img src="images/inside-front.jpg" height="550" alt="" />
-</div>
-
-<table border="0" cellpadding="0"
-style="border:3px double gray;padding:1em;">
-<tr><td class="c">
-<a href="#INDICE"><b>AL ÍNDICE</b></a><br />
-</td></tr>
-</table>
-
-<p class="c">LA VUELTA AL MUNDO,<br />
-DE UN NOVELISTA</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p class="c"><span class="smcap">Vicente</span> BLASCO IBAÑEZ</p>
-
-<h1>LA VUELTA AL MUNDO,<br />
-DE UN NOVELISTA</h1>
-
-<p class="c"><b>TOMO I</b><br />
-<br /><br />
-ESTADOS UNIDOS.&mdash;CUBA.&mdash;PANAMÁ.&mdash;HAWAI.<br />
-JAPÓN.&mdash;COREA.&mdash;MANCHURIA.<br />
-<br /><br />
-80,000 EJEMPLARES<br />
-<br />
-<br /><br />
-PROMETEO<br />
-Germanías, 33.&mdash;VALENCIA<br />
-(Published in Spain)<br />
-1924<br /></p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="blockquote">
-<p><span style="text-decoration:overline;"><span class="smcap">Es propiedad.</span>&mdash;Reservados todos</span><br />
-los derechos de reproducción, traducción<br />
-y adaptación.<br />
-</p><p style="text-decoration:underline;">
-Copyright 1924, by V. Blasco Ibáñez.<br /></p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h1>LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA</h1>
-
-<h2><a name="I" id="I"></a>I<br /><br />
-EN EL JARDÍN DE MENTÓN</h2>
-
-<p>Una de las primeras mañanas del otoño de 1923. Estoy sentado en un banco
-de mi jardín de Mentón. Árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y
-peces, parecen esta mañana completamente distintos á los que veo
-diariamente.</p>
-
-<p>Algo sobrenatural anima cuanto me rodea, como si durante la noche se
-hubiesen trastornado los ritmos y los valores de la vida. El jardín me
-habla. Esto no es extraordinario. También los muebles nos hablan en las
-habitaciones cerradas cuando estamos á solas con ellos, en momentos
-críticos de nuestra existencia. En fuerza de mirar las cosas inanimadas
-y los seres de vida rudimentaria, acabamos por poner en ellos una parte
-de nosotros mismos, con los ojos y con el pensamiento. Luego, cuando las
-emociones nos empequeñecen y necesitamos consejo ó auxilio, este mundo
-familiar y al mismo tiempo extraño nos devuelve de golpe el préstamo que
-le hicimos, día á día.</p>
-
-<p>Balancean los túneles de rosales sus flores recién<span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span> abiertas por la
-primavera otoñal. Pájaros de todas clases sostienen una lucha sonora de
-gorjeos flautinos en las alturas de la arboleda, oasis aéreo que les
-sirve de refugio contra los aguiluchos y gavilanes diurnos ó las aves de
-presa de la noche, ocultas en la vecina muralla, roja y gigantesca, de
-los Alpes Marítimos. Los peces colean inquietos en el agua cargada de
-sol, como si persiguiesen á sus mismas sombras que se deslizan por el
-fondo verdoso de estanques y fuentes. Cantan los surtidores al desgranar
-en el aire sus sartas de blandas perlas. Los abanicos verdes de plátanos
-y palmeras dejan caer las últimas lágrimas del rocío matinal. Y toda
-esta naturaleza cándida, fresca y pueril como la luz rosada de la
-aurora, me pregunta á coro:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué te vas?... ¿Es que te encuentras mal entre nosotros?...</p>
-
-<p>Vuelvo mis ojos por toda respuesta hacia el mar violeta, que tiembla
-bajo los flechazos del sol más allá de la columnata de árboles.</p>
-
-<p>Todo lo que me rodea sigue hablándome con lenguas aéreas, vegetales ó
-acuáticas. Cada uno dice algo diferente, pero sus voces se confunden y
-unifican en la misma dirección, como los diversos temas de una sinfonía.</p>
-
-<p>&mdash;Quédate&mdash;dice la orquesta murmurante del jardín&mdash;; vas á perder
-nuestras flores y nuestros frutos, los dulces atardeceres del otoño, la
-compañía serena y luminosa de los libros. El plátano tropical, que sólo
-fructifica en contados lugares de Europa, descuelga para ti, en este
-rincón asoleado, entre el mar y la montaña, sus pesados racimos. Si te
-alejas, otro comerá los encorvados frutos, ahora verdes y luego dorados,
-que lentamente van cociendo bajo el fuego solar su pulpa de miel.</p>
-
-<p>»Ya se hinchan los capullos en las lilas de camelias, no pudiendo
-contener el estallido de sus colores lumi<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span>nosos. Pronto se abrirán,
-dando paso á sus flores sin perfume, pero deslumbradoras de bella
-majestad, como diosas que nunca sonrieron. Y tú no verás esta milagrosa
-floración, preparada durante el resto del año como una apoteosis
-teatral.</p>
-
-<p>»Perderás también las fiestas invernales de la Costa Azul, que atraen á
-los felices de la tierra: el Carnaval de Niza, las óperas y conciertos
-de Monte-Carlo, las regatas, los bailes en hoteles enormes como
-alcázares de leyenda, las batallas de flores. Vas á renunciar á las
-dulces horas vespertinas en tu biblioteca, cuando la luz filtrándose á
-través de las apretadas hojas toma un color verdoso de profundidad
-submarina, y tú tienes que seguir leyendo junto á uno de los ventanales
-con invisible tela de alambre, que esfuma suavemente el paisaje, deja
-entrar nuestro aliento perfumado y cierra el paso á los insectos que
-procrea nuestra incansable fecundidad... ¿Por qué te marchas? ¿Qué
-inquietud te espolea hacia lo desconocido, volviendo tu espalda á la
-risueña paz en que te envolvemos...?</p>
-
-<p>Alguien acaba de llegar con silencioso paso, sentándose junto á mí, en
-el banco de azulejos que representan antiguas danzas valencianas.</p>
-
-<p>Nadie mas que yo puede verle. Lo conozco. Me ha seguido siempre como un
-esclavo, compañero de penas é ilusiones, que llevase el pie metido en el
-otro extremo de mi cadena.</p>
-
-<p>Acabo de sentir ese desdoblamiento interior que todos conocemos en
-momentos difíciles de nuestra vida. Es una mitad de mí mismo lo que
-acaba de sentarse á mi lado. Su rostro es agresivo y hablan por su boca
-la duda y la ironía.</p>
-
-<p>Sus primeras palabras son para reproducir la misma pregunta que
-continúan repitiendo tenazmente los ru<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span>mores del jardín. Pero mi otro yo
-me habla con menos miramientos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué te vas? ¿Qué puedes conseguir realizando tu infantil deseo de
-hacer un viaje alrededor del mundo?...</p>
-
-<p>»Si sientes curiosidad por conocer los pueblos lejanos, no tienes mas
-que entrar en tu biblioteca, que está á pocos pasos. Allí, entre veinte
-mil volúmenes, encontrarás muchos que, con la ayuda de la imaginación,
-te harán ver ciudades y paisajes tal vez más interesantes que cual son
-en la realidad.</p>
-
-<p>»Se comprende el viajero de siglos remotos, un Benjamín de Tudela, un
-Marco Polo. Iban á descubrir y á contemplar lo que nadie había visto, y
-para obtener este resultado bien valían la pena cuantos sufrimientos y
-aventuras tuvieron que arrostrar. Pero ahora, un hombre amigo de la
-lectura no necesita moverse para conocer los países. A centenares se han
-molestado otros hombres para él, realizando dichos viajes y
-escribiéndolos después.</p>
-
-<p>Intento contestar á mi propio fantasma, pero éste continúa hablando, con
-un tono cada vez más severo.</p>
-
-<p>&mdash;Piensa en los peligros. Tú ya no eres joven, bien lo sabes; pero como
-todos los imaginativos, procuras olvidarlo y te empeñas en trastornar
-los períodos fijos de la vida, prolongando los entusiasmos, las
-ilusiones y las credulidades pasionales de los veinte años.</p>
-
-<p>»Es cierto que el progreso humano da cada vez mayor seguridad á los que
-se pasean por la tierra, disminuyendo los naufragios y las colisiones
-terrestres. Pero existen las enfermedades, los rudos cambios de clima,
-las epidemias que resultan permanentes en los pueblos-hormigueros de
-Asia, el cólera, la peste bubónica, el vómito negro... Recuerda también
-las catástrofes ciegas é injustas de una naturaleza que nos ignora. Hace
-un<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span> mes, un temblor de tierra casi ha borrado las principales ciudades
-del Japón, adonde tú quieres ir. En unos minutos ha suprimido más de un
-millón de vidas.</p>
-
-<p>»¿Quién eres tú para lanzarte á través de mares y continentes, con la
-misma tranquilidad que te paseas por los rincones floridos de tu jardín?
-Unos cuantos kilos de sangre, de músculos y huesos, que para
-distinguirse de otros paquetes semejantes ostenta un rótulo propio, como
-todos ellos; un amontonamiento provisional de células que se llama
-Blasco Ibáñez, y tiene una memoria que le permite acordarse de los
-hechos pasados y sacar deducciones de ellos que le guíen en el presente
-y le sirvan de base para fantasear sobre el porvenir. La tierra no sabe
-que existes, como ignora igualmente á los mil ochocientos millones de
-parásitos de tu misma especie que viven sobre su costra. Basta que se
-estremezca su epidermis en los lugares predispuestos á este pequeño
-escalofrío, para que cambie el equilibrio político del mundo. ¡Y tú te
-confías á la bondad de este globo, que cuando siente de vez en cuando la
-picazón producida por las agitaciones, las guerras ó los grandes
-trabajos de los humanos, pasa sobre nosotros el peine de sus
-cataclismos!...</p>
-
-<p>»No olvides que te restan menos años de existencia que los que llevas ya
-vividos, y lo prudente es quedarse quieto en el rincón planetario donde
-transcurrió la mayor parte de tu historia individual y en el que tienes
-relativamente asegurada la tranquila prolongación de esa misma
-existencia. Lo más cuerdo en el hombre&mdash;piense como piense&mdash;es alargar
-su vida por todos los medios defensivos y conservadores que encuentre á
-su alcance.</p>
-
-<p>»¡Si á lo menos pudiéramos conseguir viajando el olvido de nuestras
-penas!... Pero acuérdate de Horacio: «La negra preocupación monta á la
-grupa del jinete.»<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span> Por eso, según el poeta latino, aunque te instales
-en el buque más veloz y éste navegue sin descanso por todos los mares,
-las mismas cosas que te afligen aquí irán contigo alrededor del planeta.</p>
-
-<p>Como finalmente mi hostil compañero hace una pausa, yo me apresuro á
-hablar.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora es el momento propicio para mi viaje. Si tardo en emprenderlo
-vendrá la vejez, y con ella los achaques que debilitan nuestros órganos
-vitales y agarrotan reumáticamente nuestros músculos.</p>
-
-<p>»Hay que conocer por completo la casa en que hemos vivido, antes de que
-la muerte nos eche de ella. Recuerda que desde mis primeras lecturas de
-muchacho sentí el deseo de ver el mundo, y no quiero marcharme de él sin
-haber visitado su redondez. Ten en cuenta además la voluptuosidad del
-movimiento, las embriagueces de la acción, la ardiente curiosidad de
-contemplar de cerca, con los propios ojos, lo que se leyó en los libros.
-Tal vez sufra grandes desilusiones y lo que imaginé sobre las páginas
-impresas resulte más hermoso que la realidad. Pero siempre me quedará el
-placer de haber llevado una existencia bohemia á través del mundo.</p>
-
-<p>»Piensa que voy á atravesar ocho mares, de un extremo á otro&mdash;el Océano
-Atlántico, el mar de las Antillas, el Océano Pacífico, el mar del Japón
-y el de la China, el Océano Índico, el mar Rojo, el Mediterráneo&mdash;; que
-voy á navegar por los tres cursos fluviales más famosos de la historia
-humana, cuyas aguas sirvieron de leche maternal á las primeras
-civilizaciones: el río Amarillo, el Ganges y el Nilo. Deseo ver razas,
-costumbres y ciudades distintas de esta Europa, cuyos pueblos,
-monótonamente unificados, sólo se diferencian por el odio que inspira la
-vanidad patriótica, por la guerra y la política. Si tardo unos años, me
-será imposible empren<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span>der este viaje. ¿Y tú te opones&mdash;evocando y
-agrandando peligros&mdash;á que realice el mayor deseo de mi vida?...</p>
-
-<p>Mi otro yo sonríe irónicamente, y se extiende por su rostro la palidez
-verdosa de la envidia. Ha desistido de infundirme la duda que ablanda
-nuestra voluntad y nos hace abandonar los propósitos más firmes. Adivino
-que ahora va á someter mi proyecto á una crítica mordaz.</p>
-
-<p>&mdash;Tu viaje es demasiado rápido&mdash;dice con mansedumbre hipócrita&mdash;. Si
-durase varios años, tal vez sería respetable; pero ¡dar la vuelta al
-mundo en unos cuantos meses! ¿Qué vas á ver? ¿Qué podrás contar?...</p>
-
-<p>»Bien sé que el perfeccionamiento de los medios de comunicación agranda
-ahora considerablemente el valor de los días y los años. Julio Verne
-relató como empresa extraordinaria un viaje alrededor del mundo en
-ochenta días. Hoy se puede dar la vuelta á nuestro planeta en menos
-tiempo. Tú vas á emplear en ello seis meses, pero de todos modos verás
-personas y cosas como en una representación cinematográfica. Sólo podrás
-apreciar el aspecto exterior de los pueblos; no alcanzarás á poseer el
-más leve destello de su alma. ¿Para qué cansarte por tan mediocre
-resultado?...</p>
-
-<p>A mi vez creo llegado el momento de hablar duramente.</p>
-
-<p>&mdash;El valor del tiempo está en relación con las facultades del que
-observa. Los días de viaje de algunos valen más que los años y los años
-de otros. Acuérdate del viaje de Chateaubriand por América. Los
-críticos, al estudiarlo ahora minuciosamente, con arreglo á las fechas,
-han demostrado de modo indiscutible que sólo pudo visitar los
-alrededores de Nueva York y Filadelfia, ciudades que estaban casi en
-formación, dentro de los Estados Unidos nacientes. Ni vió el Niágara, ni
-pudo navegar por el Misisipí; pero esto no le impidió dejar de ellos<span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span>
-descripciones que muchos aprecian como insustituíbles. Además, trajo de
-allá la novela <i>Átala</i>, que ha hecho suspirar de emoción á varias
-generaciones, y con ella el empuje inicial del movimiento romántico, así
-como ciertos procedimientos descriptivos que después de pasado más de un
-siglo todavía emplea la literatura contemporánea.</p>
-
-<p>»El artista sólo necesita ver una parte de la verdad. El resto de la
-verdad lo adivina por inducción, y las torres afiligranadas que levanta
-con su fantasía son casi siempre más fuertes y duraderas que los
-edificios de mazacote, escrupulosamente cimentados, que construye la
-grisácea realidad. ¿Quién puede, además, marcar dónde terminan los
-límites de una exacta observación? Muchas veces, después de vivir
-largamente en un país, cuando nos marchamos de él, saturados de su
-esencia y creyendo que ya lo sabemos todo, es cuando nos ofrece las
-facetas más inesperadas y nuevas.</p>
-
-<p>»Me bastan esos meses de que hablas para que mi viaje resulte
-interesante. Un hombre de nuestra época, si es aficionado á los libros,
-sabe de antemano gracias á sus lecturas lo que va á ver cuando emprende
-un viaje, y sólo necesita comprobar por medio de sus ojos, con una
-visión puramente individual, lo que tantas veces contempló
-imaginativamente en las hojas de los volúmenes impresos.</p>
-
-<p>»Tú olvidas, además, cómo somos muchos novelistas. Nuestra observación
-resulta instintiva. Observamos contra nuestra voluntad. Somos aparatos
-fotográficos con el objetivo siempre abierto y tomamos cuanto nos rodea
-de un modo maquinal. Esto hace que lo que no vemos en el primer momento
-ya no logramos verlo después, por más que nos esforcemos.</p>
-
-<p>»Yo he escrito novelas cuya acción se desarrolla en<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span> ciudades que sólo
-vi durante unos días, y muchos lectores se imaginaron, después de
-conocer mis descripciones, que había vivido en ellas meses y aun años.
-Somos como ciertos tiradores «repentistas», que si se entretienen mucho
-en apuntar no dan en el blanco. Necesitan tirar instintivamente,
-guiándose por la voluntad más que por los ojos.</p>
-
-<p>»No todos los que describen la vida usan los mismos procedimientos para
-romper la coraza invisible que nos opone la realidad, deseosa de que no
-la cautivemos. Unos proceden pacientemente, con una labor lenta de
-perforación. Yo soy de los que producen por explosión. Mi trabajo
-resulta semejante al del torpedo que parte vertiginosamente: unas veces
-toca en el blanco deseado, otras se pierde sin éxito en el vacío; pero
-cuando estalla, lo hace con una brevedad instantánea y tumultuosa.</p>
-
-<p>»Sólo voy á viajar como novelista. No pienso escribir estudios políticos
-ni económicos sobre los países por donde pase. Contaré lo que vea y lo
-contaré á mi modo, como el que describe las personas y los paisajes de
-una fábula novelesca, sólo que ahora los seres y las cosas conservarán
-los mismos nombres que llevan en la realidad.</p>
-
-<p>»En cuanto al alma de los pueblos y de los individuos, permíteme que no
-dé gran importancia á esa manoseada y acomodaticia objeción. ¿Quién
-puede marcar el plazo de meses ó de años que es necesario para conocer
-el alma de una nación ó una raza?... ¿Basta la vida entera de un
-escritor para completar plenamente tal estudio?... ¿No ha ocurrido más
-de una vez que, por adivinación genial, un simple observador de paso ha
-visto lo que no alcanzaron á descubrir otros después de larguísimos y
-miopes estudios?...</p>
-
-<p>»Resultan tan complejas las almas, que no llegan á ser bien conocidas ni
-aun de sus mismos poseedores, así<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span> sean colectividades ó personas.
-Recuerda el caso de Lafcadio Hearn, el gran novelista norteamericano. Su
-pueblo predilecto fué el Japón. En sus libros sobre este país han bebido
-y hasta han robado numerosos autores. En el Japón vivió catorce años
-seguidos; aprendió su idioma perfectamente; casó con una japonesa; se
-hizo maestro de escuela para estudiar en los pequeños nipones el génesis
-de la psicología de los amarillos; y sin embargo, á la hora de su muerte
-confesó con una franqueza melancólica: «El alma de los japoneses
-continúa siendo un misterio para mí.»</p>
-
-<p>»Respetemos el misterio de las almas extrañas, ya que ninguno de
-nosotros logrará conocer jamás el misterio de la propia alma, que tantas
-veces nos sorprende con sus decisiones inesperadas. Ese misterio eterno
-es el que da interés inagotable á la existencia humana. Si un día,
-blancos y cobrizos, rojos y negros, conociésemos perfectamente nuestras
-almas, la vida perdería sus mejores emociones, y nuestra historia
-resultaría aburridísima, con la monotonía de las cosas esperadas é
-invariables.</p>
-
-<p>»Unas palabras más, y termino, malhumorado compañero. Dure lo que dure,
-mi viaje siempre resultará más interesante que la inmovilidad en este
-rincón agradable de la tierra. Mejor es dar la vuelta al mundo en unos
-cuantos meses, que no darla nunca.</p>
-
-<p>»Debo confesar que en este periplo mundial que preparo hay un poquito de
-orgullo literario. Algunos marinos y diplomáticos españoles realizaron
-viajes de circunnavegación del planeta; pero fueron viajes que pueden
-llamarse «oficiales», con observaciones y curiosidades casi siempre de
-carácter profesional. Después que el judío hispánico Benjamín de Tudela
-salió en el siglo XII (hace ochocientos años) á explorar el mundo
-conocido de oídas<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span> por los hombres de la Edad Media, y consignó en un
-libro sus correrías hasta la India, yo voy á ser uno de los contadísimos
-escritores españoles que habrán repetido espontáneamente la misma
-empresa, aunque con ello no haré mas que imitar lo que realizan todos
-los años buen número de autores ingleses y norteamericanos y de damas de
-los mismos países aficionadas á la literatura. Pretendo escribir un
-libro que encierre en sus páginas el rebullir de los pueblos-colmenas
-del Extremo Oriente; la soledad majestuosa de los océanos, guardadores
-de las fuerzas renovadoras del planeta; la melancolía histórica de las
-grandes civilizaciones, muertas ó agonizantes.</p>
-
-<p>Después que digo esto se abre un largo silencio. El jardín va acallando
-sus rumores bajo la pesadez del sol, cada vez más alto. Mi interlocutor
-calla también.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes algo más que decirme?&mdash;le pregunto.</p>
-
-<p>Él insiste en su mutismo, enfurruñado y hostil; un silencio de
-adversario que se confiesa vencido momentáneamente, pero pone su
-confianza en la fatalidad, esperando que le ayudará en lo futuro.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ahí te quedas. Te dejo sobre este banco, como algo que me
-estorba para seguir adelante... ¡Empiece el viaje!<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span></p>
-
-<h2><a name="II" id="II"></a>II<br /><br />
-LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">En un corral acuático del Hudson.&mdash;Himnos, bailes, aclamaciones y
-banderas.&mdash;Nueva York de día y de noche.&mdash;Las obras gigantescas de
-su Municipio.&mdash;Nueva York ciudad de arte.&mdash;Desde lo más alto de un
-«rascacielos».&mdash;El «Franconia» emprende su viaje.&mdash;«¡Adiós los que
-vais á dar la vuelta á la tierra!»&mdash;¿Quién de nosotros pagará el
-tributo á la Aventura?</p></div>
-
-<p>La orquesta del <i>Franconia</i> entona de pronto un himno patriótico que
-tiene la lentitud religiosa de un salmo.</p>
-
-<p>Las gentes dejan de reir y de gritar; las cabezas se descubren; cesa el
-mutuo envío de serpentinas entre las cubiertas del buque y la multitud,
-superpuesta en tres largas masas, que ha venido á presenciar su partida.
-Se interrumpe momentáneamente el espesamiento de la trama de cintas
-multicolores tendida del muro de acero móvil de la nave al muro sólido
-de hierro y madera, cuyas raíces se hunden en el lecho subfluvial.</p>
-
-<p>Estamos en un patio de agua, de gran profundidad. Este patio lo forman
-las espaldas de un edificio enorme de hierro, y dos alas de igual
-construcción que avanzan sobre la llanura líquida varios centenares de
-metros. El fondo de este rectángulo está abierto y se ven pasar por él
-incesantemente&mdash;como por el espacio practicable de una decoración
-teatral&mdash;gigantescos trasatlánticos<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span> de varias chimeneas; veleros de
-cinco ó seis palos, desnudos de lona, que siguen á un remolcador negro,
-inquieto y rumoroso como un mosquito acuático; incansables
-transbordadores, verdaderos alcázares flotantes, que llevan de una
-orilla á otra, en sus diversos pisos, muchedumbres, masas de automóviles
-y pesados vehículos industriales.</p>
-
-<p>El <i>Franconia</i>, paquebote de 20.000 toneladas, recientemente construído
-por la Compañía Cunard, va á hacer su primer viaje alrededor del mundo,
-y está amarrado modestamente en este patio, junto á otro buque de
-parecidas dimensiones que apoya sus pasarelas en los ventanales del ala
-opuesta. Nuestro anclaje es en el río Hudson, una de las dos ramas del
-puerto de Nueva York, centro convergente de navegación para más de la
-mitad de la tierra.</p>
-
-<p>La orilla del río queda invisible en muchos kilómetros bajo los palacios
-de madera y acero de las más célebres compañías navieras. Son edificios
-con enormes salones, á cuyo final se ven las personas tan empequeñecidas
-por la distancia, que parecen de otra humanidad. Tienen depósitos
-capaces de recibir de una vez la carga de varios buques llegados á un
-tiempo de Europa; ascensores que admiten en cada viaje una muchedumbre;
-plataformas rodantes que suben ó bajan por sus pendientes todos los
-paquetes de un incesante tráfico. Y á espaldas de estas construcciones
-interminables avanzan perpendicularmente en el río otros edificios,
-aprisionando el agua en rectángulos donde se refugian los buques para
-hacer tranquilamente sus operaciones de carga ó de rejuvenecimiento.</p>
-
-<p>Los trasatlánticos más famosos de todos los mares sólo logran asomar los
-extremos de palos y chimeneas sobre sus tejados. Flotas enormes de
-comercio perma<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span>necen casi inadvertidas en estos patios marítimos, como
-las bestias en los corrales de una granja.</p>
-
-<p>Se extinguen en el aire las últimas notas del himno reposado y místico,
-las cabezas se cubren, y estalla un coro de gritos junto á los costados
-del <i>Franconia</i>. Algunas señoras llegadas de los Estados del interior
-para despedir á sus amigos que van á dar la vuelta al mundo, sacan
-repentinamente banderas nacionales de estrellas y rayas, y
-sosteniéndolas con ambas manos, las dejan aletear bajo las ondulaciones
-del fresco viento del río. Vuelan otra vez las serpentinas de papel y se
-hace más densa la telaraña de colores que une frágilmente el buque á los
-tres pisos del muro cercano.</p>
-
-<p>Me despido de los numerosos periodistas&mdash;en gran parte mujeres&mdash;que han
-venido á pedirme la última interviú sobre los más diversos é inesperados
-temas. El grupo de fotógrafos de diarios y revistas me somete á las
-postreras «instantáneas» en traje de viajero.</p>
-
-<p>La orquesta ha emprendido una serie ascendente de <i>fox-trots</i> y otras
-danzas americanas. La muchedumbre grita en el buque y en los férreos
-ventanales de enfrente, excitada por el ritmo de tal música. Algunas
-parejas impacientes empiezan á bailar en las diversas cubiertas. Los
-sillones alineados en los paseos de á bordo guardan ramos de flores,
-enormes como gavillas de trigo, y cajas de dulces que abultan cual si
-fuesen maletas.</p>
-
-<p>Momentáneamente libre, subo al último puente intentando ver una vez más,
-por encima de los tejados del vasto embarcadero, los remates aéreos de
-Nueva York. Esta contemplación es para mí una de las visiones más
-extraordinarias que pueden gozarse sobre la corteza terrestre.</p>
-
-<p>Cuando vi á Nueva York por primera vez me imaginé caído en otro mundo,
-en un planeta de gentes que<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span> habían logrado vencer las leyes de la
-gravitación y jugueteaban con ellas. Contemplando los grupos de
-«rascacielos», edificios tan altos que muchas veces hunden su cumbre en
-los vapores de la atmósfera, los creí por un momento obras de gigantes,
-algo extraordinario y quimérico, más allá de las limitadas fuerzas de
-nuestra especie. Luego, al considerar que eran creación de pobres
-hombres como nosotros, con iguales debilidades é ilusiones, sentí
-orgullo de pertenecer al género humano, que, no obstante su debilidad
-física, puede realizar, gracias á su inteligencia, tales maravillas.</p>
-
-<p>Para mí, Nueva York es una de las ciudades más hermosas de la tierra;
-hermosa á su modo, con una belleza colosal, soberbia, audazmente
-despreciadora de muchos cánones estéticos venerados en el viejo mundo
-con la inmutabilidad de los dogmas religiosos.</p>
-
-<p>No digo que este arte, especialmente americano, deba servir de modelo al
-resto de la tierra, ni deseo que todas las ciudades sean como Nueva
-York. La vida es la variedad. Igualmente resulta desesperante encontrar
-en todas las latitudes falsas catedrales góticas ó imitaciones del
-Partenón. Pero me enorgullece como hombre la existencia de un Nueva York
-con sus audaces edificios, atropelladores de los obstáculos que
-esclavizaron durante siglos al constructor; con sus torres gigantescas
-que después de hincar las raíces en profundidades no alcanzadas por los
-árboles archicentenarios se lanzan en busca del cielo.</p>
-
-<p>Hay en el viejo mundo construcciones tan altas como las de Nueva York,
-pero aisladas y excepcionales. Lo que en Europa representa una altura
-extraordinaria, que atrae la peregrinación de los admiradores, es aquí
-el nivel corriente de los edificios principales de un barrio. La torre
-Eiffel todavía resulta actualmente más alta que los «rascacielos»
-norteamericanos. Pero esta torre es un<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span> andamiaje metálico, algo que
-parece provisional, sin la majestad imponente y sólida de los edificios
-neoyorkinos.</p>
-
-<p>La gran metrópoli del mundo moderno ha creado un arte, leal reflejo de
-su concepción de la vida. Es algo grandioso, atrevido, rectilíneo, que
-hace pensar en el empuje sobrehumano de los inventores, los cuales
-solamente realizan sus descubrimientos atropellando los respetos,
-disciplinas y convenciones que encadenan á sus contemporáneos.</p>
-
-<p>Los artistas que abominan del ferrocarril por su fealdad, pero llorarían
-de pena si los obligasen á viajar á pie, como en otros tiempos; los que
-ensalzan las sobriedades poéticas de la vida primitiva en habitaciones
-con prosaica luz eléctrica, calefacción central y vulgares aparatos
-higiénicos, cuando quieren sintetizar lo horrible de la vida moderna,
-nombran á Nueva York, que los más de ellos sólo conocen por referencias.
-Y el rebaño panurguesco de los <i>snobs</i>, para simular delicadezas
-estéticas, maldice igualmente un arte vigoroso y franco, reflejo
-característico del pueblo que más estupendos milagros lleva realizados
-en la época presente por su deseo de mejorar nuestra existencia
-material.</p>
-
-<p>Esta ciudad que parece construída para otra raza más grande que la
-humana hace pensar en Babilonia, en Tebas, en todas las aglomeraciones
-enormes de la historia antigua, tales como nos imaginamos que debieron
-ser y como indudablemente no fueron nunca.</p>
-
-<p>Hay calles en Nueva York que apreciarían en Europa como de aceptable
-anchura y parecen aquí modestos callejones, profundas grietas, á cuyo
-fondo no podrá llegar nunca el sol. Tan enorme es la altura de sus
-edificaciones laterales, que obliga á elevar los ojos, echando atrás la
-cabeza con una violencia precursora del vértigo.<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span></p>
-
-<p>La imaginación se resiste en el primer instante á concebir tales
-construcciones como obra de los humanos. Más bien las cree algo anterior
-á la presencia de nuestra especie sobre el planeta. Recuerda también á
-ciertas montañas que horadaron y ahuecaron los trogloditas en los siglos
-más obscuros de la Historia, convirtiéndolas en templos subterráneos ó
-en ciudades-cuevas.</p>
-
-<p>Cuando llega la noche no hay aglomeración humana, no la ha habido nunca,
-que ofrezca el aspecto mágico de esta urbe, en cuyo seno fué sujetado y
-domado el cuerpo impalpable de la electricidad, encadenándolo para
-siempre á las necesidades del hombre.</p>
-
-<p>Los grandes edificios, con sus millares de ventanas iluminadas, son
-inmensos tableros de ajedrez, rojos y negros, que se estiran hacia las
-nubes. Las quimeras soñadas por los cuentistas orientales se realizan en
-esta metrópoli que muchos creen inaccesible á toda sensación de belleza.
-Sobre los tejados, el anuncio industrial crea un mundo fantástico que
-parece lanzar un reto á las exigencias de la realidad y á la tranquila
-sucesión de las horas. Las hadas nocturnas de Nueva York, volando en
-alturas sólo frecuentadas en otras partes por las águilas, van colgando
-del negro terciopelo del espacio figuras y adornos de fuego, pavos
-reales de plumaje multicolor, tropas de duendes que gesticulan mirando á
-las estrellas ó les guiñan un ojo maliciosamente, mujeres de luz que,
-sentadas en un columpio, se balancean con la cabellera suelta por encima
-de los astros; toda una fauna y una flora de <i>Las mil y una noches</i>,
-nacida regularmente con los primeros latidos de la luz sideral y que se
-borra con la aurora, haciendo levantar sus cabezas á la muchedumbre
-circulante por las profundas grietas de las avenidas, orladas de puntos
-de luz.</p>
-
-<p>Hasta hace poco, Londres era la ciudad más grande<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span> del mundo. Ahora la
-ha sobrepasado Nueva York. El eje de la historia humana, que durante
-siglos fué trasladándose de una á otra nación, siempre dentro de Europa,
-ha cruzado el mar, y está actualmente en la ribera occidental atlántica.</p>
-
-<p>Asombra el movimiento de este centro humano, su riqueza, su actividad.
-La Aduana de Nueva York percibe mayores tributos que muchos gobiernos
-europeos de importancia. El director de su puerto, simple funcionario
-municipal, tiene una actuación más amplia y poderosa que la de muchos
-ministros de Marina.</p>
-
-<p>Hablando con un individuo del Municipio de Nueva York, noté la sonrisa
-de conmiseración con que comentaba los trabajos enormes realizados por
-el gobierno americano en el canal de Panamá. El Ayuntamiento de Nueva
-York acomete empresas más difíciles y más costosas que el famoso canal,
-sin darse importancia, sin ruido de publicidad, como si emprendiese una
-vulgar operación de policía urbana. El lecho del Hudson, en cuyas
-profundas aguas anclan los buques más grandes del mundo, lo ha perforado
-repetidas veces para líneas férreas y tubos de «metropolitano» que ponen
-en comunicación á Nueva York, por debajo de este obstáculo que parecía
-invencible, con la orilla fronteriza, perteneciente al inmediato Estado
-de Nueva Jersey.</p>
-
-<p>Como Nueva York ocupa una isla, tiene al otro lado un brazo de mar que
-la separa de Brooklyn, simple barrio, más grande que muchas capitales
-célebres de Europa. Para unir ambas orillas se construyó hace años el
-famoso puente de Brooklyn, maravilla de la industria humana, que hizo
-hablar al mundo entero en el momento de su inauguración.</p>
-
-<p>La primera vez que estuve en Nueva York me apresuré á visitar el puente
-del que tanto oí hablar en mi<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span> niñez. Noté que todos lo mencionaban con
-indiferencia, como algo que ha sido célebre y ve luego arrebatada su
-fama por otras novedades.</p>
-
-<p>Al pasar por él me expliqué tal frialdad. El puente de Brooklyn ya no es
-una maravilla única. Casi resulta una vejez en este país donde todo
-cambia en el curso de diez años. Vi desde su larguísima y múltiple
-plataforma otros puentes más audaces y más hermosos, tendiéndose como
-brazos férreos de una orilla á otra y dejando entrever por los
-filamentos de sus redes colgantes un deslizamiento continuo de trenes,
-tranvías, automóviles y filas de peatones, iguales por la distancia á
-una leve hilera de puntos.</p>
-
-<p>Los llamados «rascacielos» ofrecen desde su meseta superior un
-espectáculo inolvidable. Los dos cursos acuáticos que se deslizan por
-ambos lados de la ciudad, estrechándola como un triángulo para
-confundirse pasado su vértice en la bahía enorme, están arados sin
-descanso por las quillas de innúmeras embarcaciones que se entrecruzan y
-se alejan. Tienen la densidad pululante de los insectos primaverales que
-se mueven tejiendo una tela invisible sobre la superficie de las charcas
-olvidadas. Los dos brazos líquidos, á causa del incesante movimiento de
-sus buques, ofrecen el aspecto de esas grandes avenidas en las que van y
-vienen sin reposo centenares de automóviles.</p>
-
-<p>Varios puentes de más de un kilómetro de longitud se lanzan sobre el
-agua de azul grisáceo, como barras de tinta china pendientes de
-filamentos sutiles, para que resbale sobre su cara superior, de ribera á
-ribera, todo un mundo microscópico. En la bahía, limitada por costas
-gibosas como lomos de cachalote, la isla que sirve de zócalo á la
-estatua de la Libertad parece un juguete, un pisapapeles, flotando sobre
-las aguas.<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span></p>
-
-<p>Son docenas, son á veces más de cien, los buques de diversos calados y
-arboladuras que llegan de todos los puntos cardinales de la tierra ó
-abren el abanico de sus rumbos hacia horizontes misteriosos, detrás de
-cuyo telón de brumas se ocultan nuevas costas y nuevos puertos. Parece
-que no quede en el planeta otra tierra que ésta y el resto de la
-humanidad viva sobre buques, necesitando venir á descansar sus pies
-sobre el único fragmento de corteza sólida.</p>
-
-<p>Desde tal altura los ojos abarcan kilómetros y kilómetros de superficie
-terrestre sin encontrar un campo, algo que recuerde la vida rústica, que
-es la de la mayoría de los humanos. Se ven arboledas enormes, pero son
-de parques, de barrios-jardines, y estas islas de verdura se hallan
-encerradas por el oleaje de tejados que se pierde en el horizonte y del
-que emergen como picos submarinos las masas cuadrangulares de los
-«rascacielos».</p>
-
-<p>Cada uno de dichos edificios es un mundo, más grande y complicado que
-los mayores paquebotes. Para completar su semejanza con uno de estos
-cosmos flotantes, todos ellos tienen una enorme máquina de vapor
-destinada á las necesidades comunes de calefacción, alumbrado, etcétera,
-añadiendo su chimenea torrentes de humo blanco á las inmediatas nubes.
-Aun en días serenos, cuando el cielo es límpido y la bahía toma un color
-azul de Mediterráneo, existe sobre la ciudad una ligera neblina dorada
-por el sol: el vapor que lanzan los «rascacielos» por sus tubos de
-trasatlántico.</p>
-
-<p>Cuando cierra la noche, los propietarios de estos edificios inmensos
-iluminan su terraza final ó los templetes que les sirven de remate con
-focos invisibles de potente luz, azulados, verdes ó rojos. La masa del
-edificio sube y sube en la sombra, pues transcurridas las primeras horas
-de la noche quedan cerradas sus filas de ventanas.<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span> Pero allá en lo
-alto, cual islas quiméricas que flotasen sobre las tinieblas del sueño,
-ve el transeunte los remates luminosos de las torres. Como guardan
-ocultos sus focos eléctricos, parecen bañados por una manga luminosa, de
-trayectoria invisible, que viene de un sol oculto en la noche, más allá
-de nuestras pobres miradas.</p>
-
-<p>Muge por última vez el <i>Franconia</i>, anunciando que va á partir. La
-orquesta es cada vez más incoherente y estrepitosa en sus ritmos
-danzantes. Cantan á gritos los músicos, pareciéndoles poco los
-instrumentos para su ruidosa función. La muchedumbre saluda con
-aclamaciones los movimientos preliminares de la partida del buque.</p>
-
-<p>Ya han sido retiradas las pasarelas que lo unían á los tres pisos del
-embarcadero de la Cunard.</p>
-
-<p>Sus primeros movimientos estiran y rompen la telaraña de cintas que ha
-ido tejiéndose en el espacio libre. Empiezan á flotar en el agua muerta
-grandes bolas de papeles de colores. Se agitan brazos, pañuelos y
-banderas. Cada vez es más ancha la faja líquida entre la pared inmóvil
-del edificio y la pared metálica del vapor, que al moverse despierta al
-agua, haciéndola huir por sus costados.</p>
-
-<p>El <i>Franconia</i> inicia su marcha retrocediendo. Resbala lentamente por la
-popa, fuera del corral acuático. Quiere salir al Hudson, donde virará,
-poniendo su proa hacia mares más azules, hacia cielos limpios de la
-neblina que esfuma en estos momentos las altas torres de Nueva York,
-dándolas un aspecto de recortes de papel gris sobre un fondo de otro
-gris más pálido.</p>
-
-<p>Corre la muchedumbre hacia los balconajes terminales del embarcadero que
-avanzan sobre las aguas libres. Allí son los últimos saludos, los
-mayores alaridos de despedida, las agitaciones más epilépticas de
-brazos, som<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span>breros y lienzos de colores. Saludan la popa del navío que
-se desliza junto á ellos; después la estructura central de este pueblo
-flotante; últimamente, la proa que se aleja, se detiene poco después,
-como si reflexionase, y acaba por ladearse, recobrando su verdadero
-funcionamiento, que es el de avanzar partiendo las aguas.</p>
-
-<p>«¡Adiós los que vais á dar la vuelta á la tierra!», parece gritar con su
-confuso vocerío la muchedumbre que llena los balconajes inmóviles.
-Dentro del buque todas las barandas de las cubiertas están orladas de
-gente. Hasta los tripulantes y la numerosa servidumbre se asoma á las
-barandillas para presenciar esta despedida.</p>
-
-<p>La música continúa sonando, con una cadencia que incita á mover los
-pies. Las parejas, por momentos más numerosas, bailan y bailan. Una idea
-fúnebre me obsesiona en medio del sonoro regocijo. ¿A quién le tocará
-morir de todos los que vamos en este buque, amos y servidores?...</p>
-
-<p>Porque es indudable que alguno de nosotros va á quedar en el camino. No
-se da la vuelta al planeta, desafiando tantos mares, tantos países de
-fiebre y la inadaptación á tan diversas temperaturas, sin que alguien
-caiga. La Aventura, diosa seductora y cruel, acepta la aproximación de
-sus devotos, pero exigiéndoles el tributo de alguna víctima.</p>
-
-<p>La parte más interesante de Nueva York se desarrolla de pronto ante mis
-ojos, el vértice del triángulo, la llamada ciudad baja, donde están los
-Bancos, las oficinas célebres.</p>
-
-<p>Edificios de numerosos pisos, que en otra parte serían admirados como
-gigantescas construcciones, se encogen aquí, con la humildad de una
-casita rústica, al pie de los palacios-montañas.</p>
-
-<p>¡Adiós, ciudad en la que todo es desmesurado, más<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span> allá de las
-ordinarias dimensiones humanas, virtudes y defectos, generosidades y
-miserias; donde todo se renueva incesantemente y el desinterés heroico
-sucede al egoísmo brutal, así como la triunfante verdad reemplaza al
-testarudo error!</p>
-
-<p>¡Adiós, urbe de los milagros, patria de magos, creadores de los más
-asombrosos inventos de nuestro siglo; poetas de la acción, que
-despreciasteis la palabra «imposible», trabajando con la fe de los
-antiguos alquimistas para transmutar el ensueño quimérico en realidad
-luminosa!</p>
-
-<p>¡Adiós, Nueva York, que venciste á la noche!<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span></p>
-
-<h2><a name="III" id="III"></a>III<br /><br />
-MI CASA ERRANTE</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Un vapor sin polvo de carbón.&mdash;Desde la quilla á la última
-cubierta.&mdash;La piscina del «Franconia».&mdash;Las mujeres de la
-tripulación.&mdash;Mi celda blanca.&mdash;Preparándome, como un actor, á
-cambiar de traje.&mdash;Lo que comieron Magallanes y sus compañeros, y
-lo que comemos nosotros.</p></div>
-
-<p>Dedico mis primeros días de navegación á conocer, hasta en sus últimos
-recovecos, la casa errante que debo habitar durante algunos meses.</p>
-
-<p>La mueven dos turbinas que dan noventa revoluciones por minuto. Su
-marcha es cuando menos de 18 millas. Su casco, que representa 20.000
-toneladas de desplazamiento, se hunde en el mar nueve metros y se eleva
-sobre la superficie acuática trece: la altura de una casa de varios
-pisos.</p>
-
-<p>A pesar de su importancia náutica y de su gran velocidad, sólo tiene una
-chimenea, y ésta permanece con la enorme boca limpia de vapores la mayor
-parte de la jornada. Las máquinas del <i>Franconia</i> no conocen el carbón.
-El combustible de este buque nuevo es el petróleo bruto, llamado
-<i>mazout</i>. Su marcha sólo va seguida excepcionalmente por un denso
-penacho de humo. Durante horas y horas avanza por el espacio eternamente
-virginal de los océanos, sin ensuciar el azul cristalino del cielo y el
-azul compacto de las aguas. Un leve tul rojizo se escapa ligeramente por
-un borde de su chime<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span>nea, una voluta de humo químico, transparente como
-una blonda, que se disuelve en el espacio á los pocos metros.</p>
-
-<p>Tiene la marcha regular y continua de los organismos alimentados
-mecánicamente. No hay altibajos ni vacilaciones en su avance; no depende
-de fogoneros que, encorvados ante sus rojas entrañas, aflojen el paleo
-alimentador durante las tempestades ó los grandes calores. Las calderas
-se nutren por espita y no por brazo; el chorro líquido las mantiene, no
-el golpe de pala. Y este gran progreso de la mecánica naval ha tardado
-mucho en ser admitido, como todos los adelantos, y aún encuentra
-resistencias tradicionales. Ha sido preciso que lo adoptase la marina
-militar, por exigencias de la última guerra, para que los dueños de las
-flotas de comercio reconociesen las ventajas del petróleo como alimento
-de la máquina naval.</p>
-
-<p>Este buque hace acopio de combustible con una simple manga, igual á las
-de riego, en el transcurso de pocas horas, en medio de un silencio
-absoluto, sin necesitar los rosarios de esclavos de los puertos,
-tiznados y gritones, que juran al ir y venir entre la ribera y el vapor
-con la espuerta de carbón al hombro, ensucian el buque, obligan en los
-países cálidos á tener cerrados los ventanos para que no entre el polvo
-de la hulla, y turban el sueño ó la tranquilidad de los pasajeros.</p>
-
-<p>Seis veces vamos á llenar los depósitos de petróleo durante nuestra
-vuelta á la tierra: en San Francisco, Honolulu, Hong-Kong, Colombo,
-Bombay y Gibraltar. Estos depósitos contienen 3.000 toneladas de
-petróleo, ¡Qué hoguera inmensa en la soledad oceánica! ¡Qué llamarada de
-volcán, si llegara á inflamarse el lago diabólico, negro y dormido, que
-llevamos debajo de nuestros pies!...</p>
-
-<p>Gracias á este combustible, las máquinas se mantie<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span>nen en una limpieza
-escrupulosa, igual á la de los salones del buque. El metal brilla en
-ellas con la blanca transparencia de la plata, sin el menor rastro de
-hollín. Durante el viaje desciendo varias veces á lo más hondo de la
-maquinaria, desde la cubierta superior á la quilla, unos veintidós
-metros, por escaleras de acero. Voy vestido de blanco, con el ligero
-traje que imponen las altas temperaturas del Trópico, y salgo sin una
-mancha de estas cavernas de la mecánica, que en otros buques chorrean
-grasa y por más que se extreme en ellas la limpieza tienen siempre un
-pegajoso empañamiento de polvo de carbón.</p>
-
-<p>Aquí basta un muchacho con un alambre rematado por una estopa ardiente,
-para poner en actividad calderas enormes. Introduce por un agujero este
-aparato rudimentario, igual al que se emplea para encender los faroles
-de gas, da vuelta á una espita, é inmediatamente arde el chorro
-petrolífero, provocando con rapidez la presión tubular.</p>
-
-<p>La velocidad regulada, continua, siempre igual, motiva grandes
-equivocaciones en el curso del viaje. Pero tales errores resultan
-agradables, pues son por exceso, no por defecto. Siempre llegamos á los
-puertos varias horas antes de la hora anunciada. En las travesías largas
-ganamos un día y hasta dos sobre la fecha fijada de antemano.</p>
-
-<p>Como el <i>Franconia</i> no fué construído con una finalidad comercial y sus
-ingenieros sólo tuvieron que preocuparse de las comodidades necesarias
-en un viaje alrededor del mundo, carece de las enormes y obscuras
-bodegas que absorben la mayor parte de los cascos flotantes. Hay
-salones, dormitorios y numerosas dependencias para el bienestar general
-más abajo de la línea de flotación, en los mismos lugares que
-permanecen<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span> abarrotados por las cosas y son inaccesibles á las personas
-en otros buques. Por esto el <i>Franconia</i>, con sus 20.000 toneladas,
-parece más grande que muchos vapores de superior desplazamiento.</p>
-
-<p>Yo he llegado pocos días antes á Nueva York en el <i>Mauritania</i>, uno de
-los tranvías gigantescos del mar que trasladan á las gentes
-continuamente de una acera á otra, en la gran calle del Atlántico. Su
-tonelaje casi es doble que el del <i>Franconia</i> y el número de sus
-pasajeros enormemente superior. Y sin embargo, las gentes se encontraban
-en él con más facilidad. En este buque que va á dar la vuelta al mundo,
-los trescientos excursionistas nos buscamos á veces horas enteras sin
-tropezarnos.</p>
-
-<p>Desde la quilla á la última cubierta todo ha sido aprovechado para el
-viajero. Exceptuando el espacio que ocupan las máquinas y los almacenes
-de víveres, el resto del vaso flotante es para las personas.</p>
-
-<p>En lo más profundo de la nave, é iluminado noche y día por lámparas
-encerradas en tazones de alabastro, están el gimnasio, con sus aparatos
-complicados y sus corceles y camellos de madera que trotan al impulso de
-fuerzas eléctricas; los salones de paredes blancas, que parecen de
-porcelana, donde señoritas y caballeros juegan á la pelota ó se entregan
-á otros deportes modernos, y la famosa piscina, una piscina pompeyana de
-varios metros de profundidad, en la que pueden bracear los nadadores
-como en un lago.</p>
-
-<p>Sus orillas son de mármol; robustas y acanaladas columnas, rojas y
-blancas, de estilo greco-romano, sostienen su techumbre; los esbeltos
-lampadarios de metal y alabastro recuerdan las «villas» de los patricios
-de Roma; grandes relieves de bronce verdoso incrustados en las paredes
-representan atletas y amazonas ejecutando las suertes de los Juegos
-Olímpicos.<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span></p>
-
-<p>En días de tranquila navegación hay que hacer un esfuerzo mental para
-convencerse de que esta piscina tiene debajo de su concavidad los
-abismos del Océano. Solamente cuando su agua se desplaza de un lado á
-otro con tumultuoso oleaje, salpicando á los que están en sus marmóreas
-riberas, es cuando recordamos, no obstante su aspecto inconmovible y sus
-duras materias de apariencia terrestre, que va montada en algo frágil, á
-merced del empellón gigantesco de elementos inquietos é invisibles.</p>
-
-<p>Varios ascensores ponen en comunicación esta profundidad, siempre
-iluminada por una luz de veladuras lácteas, con los pisos superiores en
-pleno aire, donde están los salones de conversación, de danza, de
-escritura y lectura, de conferencias y de proyecciones cinematográficas,
-así como los dedicados al juego y al consumo de bebidas.</p>
-
-<p>Dos comedores iguales á los de un hotel tienen en su centro una cúpula,
-que triplica la capacidad del ambiente respirable, y en esta cúpula hay
-balconajes donde se instala la orquesta, dividida en dos secciones, á
-las horas de la nutrición.</p>
-
-<p>Cerca de quinientos hombres tripulan el buque, la mayor parte de ellos
-domésticos, destinados á servir nuestras mesas y asear nuestros
-dormitorios. Como dentro de él la mecánica sustituye al brazo en todo lo
-posible, no necesita de muchos marineros ni maquinistas. Cincuenta y
-tres hombres bastan para el funcionamiento y limpieza de sus potentes
-mecanismos. La tropa de fogoneros, que es siempre la más numerosa en los
-vapores, está sustituída aquí por unos cuantos muchachos que abren ó
-cierran las espitas del petróleo.</p>
-
-<p>Treinta y seis mujeres con gorrito y delantal blancos&mdash;inglesas
-románticas muchas de ellas, que se engan<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span>charon porque sentían deseos de
-dar la vuelta al mundo&mdash;acuden á la llamada del timbre con un aire de
-actrices disfrazadas de domésticas, porque así lo exige su papel, y las
-horas libres de trabajo las dedican á una lectura incesante de novelas.
-Algunas de estas <i>misses</i>, cuando hay fiesta á bordo bajan durante el
-banquete al balcón de la música en ambos comedores, y acompañadas por la
-orquesta cantan antiguas canciones inglesas ó americanas, si es noche de
-conmemoración patriótica, y otras veces romanzas sentimentales.</p>
-
-<p>Hay otras mujeres á bordo, obreras despeinadas y sin uniforme, que
-trabajan en el lavado y planchado, y únicamente pueden ser vistas cuando
-el pasajero curioso se aventura en la parte del buque ocupada por las
-cocinas, los talleres y los camarotes del personal.</p>
-
-<p>En los grandes trasatlánticos que van de Europa á América sólo se
-atiende á la manutención y al sueño del pasajero. La travesía dura menos
-de una semana. La ropa sucia se guarda para las lavanderas terrestres.
-Son ómnibus marítimos organizados para acarrear la mayor cantidad de
-gente en el menos tiempo posible. Se encuentra en ellos un asiento en
-una mesa, una cama, y nada más. A la semana siguiente, otro viajero
-ocupará el mismo sitio.</p>
-
-<p>Aquí la travesía durará varios meses. La vida de tierra, con sus
-exigencias higiénicas, va á prolongarse sobre los desiertos azules del
-Océano, y un taller enorme de lavado y planchado que funciona en la popa
-del buque completa nuestra limpieza corporal, entretenida todas las
-mañanas por cincuenta cuartos de baño.</p>
-
-<p>La ropa sucia pasa á través de un sinnúmero de máquinas, tan ingeniosas
-como terribles. Sale de ellas blanca, deslumbrante, pero adornada muchas
-veces por una sucesión de rasgaduras simétricas, que tienen la
-re<span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span>gularidad de los desperfectos causados mecánicamente, y además con
-los botones hechos añicos. Pero vamos á pasar dos veces en nuestro viaje
-la línea ecuatorial, vamos á vivir semanas y semanas en mares y tierras
-del Trópico, donde hay que usar trajes tan sutiles que parecen
-fabricados con telarañas blancas, y el sudor obliga á cambiar esta ropa
-dos ó tres veces al día. Por eso debemos aceptar con agradecimiento el
-auxilio de unos aparatos que trabajan con más velocidad que el brazo
-humano, y sufrir pacientemente sus «ropicidios».</p>
-
-<p>Vivo en un camarote amplio, situado en el centro del <i>Franconia</i>. Los
-hay á docenas más lujosos que el mío en este paquebote donde van tantas
-gentes ricas. Muchos ostentan sus paredes tapizadas de seda y muebles
-excesivamente mullidos: una decoración dulzona y tierna de bombonera.
-Los tabiques de mi celda son simplemente barnizados de blanco, pero
-tiene unas dimensiones superiores á las normales en las viviendas
-marítimas, y puedo pasearme por ella en momentos de meditación.</p>
-
-<p>Además, en esta parte del buque gozo de un silencio y una paz
-conventuales. Dos ventanos redondos y de extraordinaria abertura dan
-entrada á un doble chorro de luz azul y rojiza, que en alta mar irisa la
-blancura del camarote, como si fuese el interior de una concha-perla.
-Cuando el buque queda inmóvil en los puertos, los dos ventanos proyectan
-en el techo un par de redondeles temblorosos que reflejan el palpitar de
-las aguas invisibles. A ciertas horas, lo mismo que si fuesen sombras
-chinescas, atraviesan estos círculos de linterna mágica barquitas negras
-movidas por remeros liliputienses, reducción óptica de los indígenas que
-mueven abajo sus lanchas, junto al muro férreo de la nave, y cuyo
-vocerío de tumulto llega hasta mí.</p>
-
-<p>Entre las dos aberturas tengo una mesa que resulta<span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span> enorme para un
-buque, y procede de una oficina de la última cubierta. Una butaca
-lujosa, arrebatada de un salón, me sirve de asiento de trabajo. En la
-pared de acero hay una cavidad rectangular que, gracias á unas tablas,
-se ha convertido en biblioteca.</p>
-
-<p>Me ocupo en instalarme durante los primeros días con la minuciosidad del
-que ha cambiado de domicilio y no piensa repetir en mucho tiempo tan
-molesta operación. La celda grande y blanca va á ser mi casa por algunos
-meses, los más preciosos de mi vida, los más rellenos de
-acontecimientos, sorpresas é interesantes episodios. Estas paredes tal
-vez presencien el nacimiento y la formación de un nuevo hombre que
-reemplazará al que acaba de instalarse entre ellas.</p>
-
-<p>En el curso del viaje abandonaré varias veces el buque, en el Japón, en
-la China, en las islas oceánicas, en la India, en Egipto, y adivino que
-al regresar á este camarote sentiré la alegría del que retorna á su
-verdadera casa después de una vida errante de aventuras y riesgos.
-Volveré á encontrar en él mis libros, mis papeles, todo lo que traigo
-conmigo de Europa y me recuerda mi existencia anterior. También saldrán
-á mi encuentro los ensueños, las quimeras con que habré ido poblando, en
-los largos y monótonos días de navegación, los rincones de estas cuatro
-paredes blancas.</p>
-
-<p>Procuro arreglar mi ropa metódicamente, lo que no es empresa fácil.
-Vamos á ir rebotando de un clima á otro; saltaremos bruscamente de los
-fríos del Norte al calor de las zonas tropicales, volviendo días después
-á países de llanuras nevadas. Necesito tener á mano vestidos de todas
-las estaciones, colocados en buen orden, como los trajes de un actor que
-ha de cambiar de vestimenta en cada entreacto. Y cuelgo por series, para
-ser usados dentro del mismo mes, trajes de invierno, de primavera y<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span> de
-verano. Dos gabanes de pieles quedan vecinos á media docena de
-trajecitos blancos, de tejido tan sutil, que no son mas que un
-convencionalismo indumentario para no ir con las carnes al aire, como un
-salvaje.</p>
-
-<p>Un oficial administrativo del buque, Mr. Green, inglés sonriente, grueso
-de cuerpo, amable de maneras y de carácter regocijado, me enseña un
-documento interesante. Es el jefe inmediato de los <i>maître d’hotel</i> que
-dirigen los dos comedores, de todos los criados que sirven las mesas y
-cuidan los camarotes, del ejército de cocineros y marmitones que
-preparan la extraordinaria y múltiple nutrición de este pueblo flotante,
-y además guarda y administra los depósitos de víveres.</p>
-
-<p>En el <i>Franconia</i> comemos seis veces al día. Tres comidas fuertes: el
-<i>breakfast</i>, desayuno con varios platos, de las ocho á las diez de la
-mañana; el <i>lunch</i>, almuerzo, á la una de la tarde, y el <i>dinner</i>, la
-comida solemne, á las siete, en traje de etiqueta. Además tres
-refrigerios, compuestos de diversas especies comestibles y líquidas: el
-caldo de las diez de la mañana, con su escolta de cosas sólidas; el té
-de las cinco de la tarde, con variadas tentaciones de pastelería y
-confitería, y la cena fiambre de las once de la noche, para los que se
-quedan á bailar en los salones de la última cubierta.</p>
-
-<p>La invención y perfeccionamiento de la cámara frigorífica han
-revolucionado la vida del mar. Hoy, los emigrantes amontonados en la
-proa de un buque gozan de comodidades que no conocieron, hace unas
-docenas de años, los monarcas más poderosos de la tierra, cuando
-viajaban en sus yates ó en los acorazados de sus flotas. La conservación
-de alimentos animales y vegetales, así como la de plantas y flores, es
-casi perfecta, merced á las diversas y apropiadas gradaciones de
-temperatura en los depósitos frigoríficos.<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span></p>
-
-<p>Leo la lista que me enseña Mr. Green. Es un resumen de las cantidades de
-víveres que hemos embarcado en Nueva York.</p>
-
-<p>No puedo examinarla toda, pues resulta interminable; pero me fijo en
-algunas de dichas cantidades, y creo estar leyendo una página de la
-famosa novela de Rabelais, una descripción de las gigantescas hazañas
-gastronómicas de Gargantúa ó Pantagruel.</p>
-
-<p>Llevamos á bordo 50 toneladas de carne de buey, 20 toneladas de cordero
-y otras tantas de cerdo, 1.000 jamones, 3.000 pollos, 195.000 huevos, 10
-toneladas de mantequilla, 100 toneladas de patatas, 90.000 manzanas,
-65.000 naranjas, 22.000 <i>grape-fruits</i>, especie de toronja dulceamarga,
-sin la cual el norteamericano no comprende el placer del desayuno, 54
-toneladas de azúcar, 7 toneladas de café, 4 toneladas de te, 6 toneladas
-de helados americanos de las mejores fábricas de los Estados Unidos,
-duros y consistentes como el mármol, saturados de perfumes de frutas y
-flores, iguales á los que compra el público, envueltos en un papel, en
-los teatros de Nueva York. Además, una máquina especial fabrica para
-nosotros diariamente una tonelada de hielo, con agua previamente
-esterilizada.</p>
-
-<p>Me es imposible seguir leyendo. Adivino las magnificencias de las
-cantidades restantes. En esta casa movible que vagabundea por las
-soledades marítimas del planeta vivimos y comemos como en los grandes
-hoteles de Londres y Nueva York. La única diferencia es que aquí comemos
-más y la mesa ofrece mayor abundancia que en los «Palaces» terrestres.</p>
-
-<p>La primera noche que me pongo el <i>smoking</i>&mdash;uniforme indispensable en
-las comidas&mdash;y me siento á una mesa para tres personas (las tres únicas
-que son de lengua española en todo el pasaje del <i>Franconia</i>), sufro<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span>
-una sorpresa, que en el primer momento casi me parece ofensiva.</p>
-
-<p>Uno de los numerosos platos marcados en la minuta es pollo guisado á no
-sé qué estilo. Los camareros cumplen su servicio con una rapidez
-ceremoniosa, y cuando llega el momento de servir el plato indicado se
-presenta uno de ellos con una gran cazuela de plata, hace una reverencia
-y levanta la tapadera. Para tres personas... ¡tres pollos enteros! Yo
-protesto con cierta indignación. ¡Por quién nos han tomado!... Bueno es
-que sirvan con largueza, pero tanta generosidad casi resulta insultante.</p>
-
-<p>La enorme lista de víveres que me muestra el <i>steward</i> en jefe no es
-definitiva: sólo representa el mantenimiento de una parte del viaje. En
-todos los grandes puertos será renovada con especialidades alimenticias
-del país y víveres iguales, pero frescos.</p>
-
-<p>Recuerdo á Magallanes y sus compañeros en el primer viaje alrededor del
-mundo.</p>
-
-<p>Explorando las costas de la América del Sur sufrieron grandes tormentas,
-pero les fué posible renovar sus provisiones comprando á las tribus
-ribereñas del Brasil pan de cazabe, cerdos pecarís, gallinetas
-americanas, batatas y plátanos. Pero luego de haber descubierto el
-famoso estrecho, al desembocar en el Mar Grande que llamaron Pacífico,
-empezó para ellos la parte más difícil de su viaje. Tres meses y veinte
-días navegaron por el inmenso Océano sin ver tierra ni probar ningún
-alimento fresco.</p>
-
-<p>El italiano Pigafetta, cronista de esta expedición, rematada
-gloriosamente por el vasco Del Cano, dice así:</p>
-
-<p>«La galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con
-gusanos, que habían devorado toda la substancia, y que tenía un hedor
-insoportable por estar empapada en orines de rata. El agua que nos
-veía<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span>mos obligados á beber era igualmente pútrida y hedionda.</p>
-
-<p>»Para no morir de hambre llegamos al terrible trance de comer pedazos
-del cuero con que se había recubierto el palo mayor para impedir que la
-madera rozase las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol
-y á los vientos, estaba tan duro que había que remojarle en el mar
-durante cuatro ó cinco días para ablandarle un poco, y en seguida lo
-cocíamos y lo comíamos.</p>
-
-<p>»Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación á serrín de madera
-como única comida, pues hasta las ratas llegaron á ser un manjar tan
-caro que se pagaba cada una á medio ducado...»</p>
-
-<p>Siento necesidad de volver á leer la lista del encargado de los víveres
-en el <i>Franconia</i>.<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span></p>
-
-<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV<br /><br />
-LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">El Estado Mayor del viaje.&mdash;Más mujeres que hombres.&mdash;Cordial
-familiaridad norteamericana.&mdash;La española que conoció tres
-Papas.&mdash;El cocinero escultor.&mdash;Las Frinés de la piscina y la
-tranquilidad de sus compañeros de natación.&mdash;En el canal de
-Bahama.&mdash;La hermosa costa de la Florida.</p></div>
-
-<p>La «American Express», sociedad de Nueva York que dirije este viaje, ha
-montado en la penúltima cubierta una oficina que ocupa varios salones.</p>
-
-<p>En este centro hay un Banco, con mostrador de caoba, rejas de bronce y
-cajas de valores, graciosa reducción de los grandes establecimientos
-terrestres de igual género. El telégrafo inalámbrico le trae todas las
-mañanas la cotización de las diversas monedas, para que los viajeros
-puedan cambiar su dinero. Además admite cheques sobre todas las plazas
-del mundo, abre créditos, guarda depósitos, realiza cobros por medio del
-telégrafo en el otro lado de la tierra, cumple cuantos encargos
-financieros se le quieran confiar.</p>
-
-<p>Hay un director del viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria
-todas las vías de comunicación existentes en el planeta, con sus
-innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por sus trabajos 12.000
-dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de
-gobierno en Europa. Tiene á sus órdenes<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span> un Estado Mayor de veinticuatro
-funcionarios, retribuídos también con largueza. Unos son antiguos
-profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y
-lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros,
-simples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones
-menos conocidas de la China y la India, norteamericanos enérgicos é
-instruídos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta
-expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías á los pequeños grupos de
-viajeros que abandonando el buque se lancen á través de las naciones
-asiáticas.</p>
-
-<p>Lo primero que se nota al ir conociendo las gentes que ocupan el
-<i>Franconia</i> es la preponderancia numérica de las mujeres sobre los
-hombres. Esto no es extraordinario, pues en los Estados Unidos todo lo
-que significa vulgarización literaria, cultivo de las artes ó simple
-curiosidad intelectual, ve acudir inmediatamente un público compuesto en
-su mayor parte de elemento femenino. Además, la mujer norteamericana,
-intrépida y ansiosa de saber, disfruta en su vida de familia de una
-completa independencia.</p>
-
-<p>Vienen en el buque muchas esposas y muchas solteras que viajan solas.
-Los maridos ó los padres continúan en los Estados Unidos, prisioneros de
-sus negocios comerciales ó de sus profesiones científicas. Los
-compañeros de viaje son generalmente ingenieros ó banqueros en ciudades
-del interior, sesudos varones que, después de esforzarse para conseguir
-una fortuna, creen llegado el momento de descansar por unos meses, dando
-la vuelta á la tierra.</p>
-
-<p>Cruzo mi saludo con algunos viejos de aire modesto y tímido,
-mediocremente vestidos. Los creo tenderos de alguna pequeña ciudad
-perdida en los vastísimos Estados del centro de la gran República.
-Luego, en el curso<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span> de nuestro periplo, leyendo los periódicos que
-mencionan á todas las personas notables de la expedición, me entero de
-que estos pobres señores son presidentes de compañías eléctricas
-célebres en la tierra entera, de grandes ferrocarriles, de empresas
-metalúrgicas, en una palabra, hombres que cuentan su fortuna por
-millones de dólares y al traducirla en cifras necesitan emplear dos
-unidades y á veces tres.</p>
-
-<p>Nunca en mi vida anterior he vivido entre personas tan joviales, tan
-sencillas, tan ecuánimes en sus gustos y afectos. Creo que durante el
-resto de mi existencia me acordaré siempre de su agradable compañía.</p>
-
-<p>En otro buque y con otras gentes hubiese sido imposible vivir varios
-meses sin rivalidades, disputas y murmuraciones agresivas. La monótona
-existencia en las soledades del Océano acaba por despertar y excitar lo
-peor que llevamos en nosotros. Por eso, en las antiguas navegaciones, lo
-primero que hacía el maestre de la nave al darse ésta á la vela, era
-recoger las espadas de los viajeros. Además, las ofensas recibidas
-durante la navegación, así como los desafíos concertados, se
-consideraban sin valor alguno al saltar á tierra. En el <i>Franconia</i> han
-transcurrido semanas y meses sin que se alterase una sola vez la
-afectuosidad sincera, la llaneza sonriente de tantas señoras y
-señoritas, y de tantos hombres de negocios, ingenuos y entusiastas como
-niños grandes.</p>
-
-<p>Casi todos los pasajeros proceden de los Estados Unidos. Sólo figuran en
-esta expedición tres viajeras inglesas y dos de lengua española. Éstas
-son una distinguida dama de la América del Sur y su doncella, que hace
-años la sigue á todas partes y es de un pueblo cerca de Burgos.
-Casilda&mdash;así se llama la española&mdash;ha visto mucho en Europa, y al contar
-sus impresiones del viejo mun<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span>do, las resume en las tres visitas que
-hizo al Vaticano acompañando á su señora, chilena.</p>
-
-<p>&mdash;Yo he conocido tres Papas&mdash;dice con orgullo.</p>
-
-<p>Ahora va á conocer algo más, la redondez del planeta, y se mueve en el
-buque con curiosidad, con cierta desconfianza, pero sin miedo. Sólo se
-había embarcado en un vaporcito suizo del lago Lemán. La primera vez que
-ha puesto sus plantas en unas tablas movidas por el Océano, ha sido
-simplemente para dar la vuelta entera á nuestro planeta, y continúa tal
-viaje sin mostrar grandes asombros.</p>
-
-<p>A mí no me extraña esta serenidad, pues recuerdo el origen de los héroes
-del descubrimiento y la conquista de América. Muchos de ellos salieron
-de pueblos de Castilla y de Extremadura, donde las gentes sólo de oídas
-conocen la misteriosa existencia del mar.</p>
-
-<p>Otro español va á bordo del <i>Franconia</i>, un joven cocinero, llamado
-Antonio, valenciano, que trabaja desde los años de la guerra en los
-buques de la Compañía Cunard. Me hace saber su existencia bautizando
-todos los días con títulos de mis novelas algunos de los platos que
-figuran en la extensa lista. Él mismo va por las mañanas á la imprenta
-del buque, para que los tipógrafos ingleses no desfiguren con disparates
-ortográficos las palabras españolas. En el curso del viaje mi mesa atrae
-las miradas admirativas de los vecinos por los adornos que figuran en su
-centro. Este valenciano de gorro blanco es escultor por instinto, y
-trabaja, valiéndose de un hierro candente, los bloques de hielo que con
-tanta abundancia produce la máquina especial del <i>Franconia</i>. Esculpe
-cisnes que parecen de cristal de roca, fortalezas de albos torreones,
-grandes canastillas de artística labor, y después de llenar con frutas y
-flores la cavidad de sus obras de hielo, las coloca en mi mesa, siendo
-su frescura<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span> inapreciable regalo cuando navegamos en los trópicos ó
-atravesamos la línea ecuatorial.</p>
-
-<p>Durante los primeros días forman grupos los pasajeros caprichosamente, y
-estos grupos, una vez consolidados, entablan relaciones amistosas, como
-los pueblos cuando se sienten atraídos por una simpatía sentimental. Las
-diversiones comunes del buque&mdash;bailes, cinematógrafo y
-conferencias&mdash;facilitan la aproximación.</p>
-
-<p>Nadie se levanta tarde en el <i>Franconia</i>. Los más de sus ocupantes son
-aficionados á los deportes y recibieron en la escuela una educación
-activa y vigorosa. Al salir el sol se rejuvenece el barco todas las
-mañanas. Los pasajeros más madrugadores encuentran ya húmedo y
-reluciente el suelo de sus diversas cubiertas. El mar parece que sonríe
-y balbucea como un niño. El cielo y el Océano tienen la pueril alegría
-de la aurora. Es el momento de los ejercicios gimnásticos para fomentar
-la agilidad corporal; de las abluciones y nataciones que mantienen la
-limpieza higiénica de la piel.</p>
-
-<p>A dicha hora el pasaje parece componerse únicamente de hombres. Si se
-entreabren las batas de baño sólo se ven pantalones, en los corredores y
-en el ascensor. Todas las mujeres llevan pijamas masculinos.</p>
-
-<p>Las más jóvenes menosprecian la inmersión en los lujosos cuartos de baño
-y bajan á la piscina, en lo más profundo del buque, para hacer un alarde
-elegante de sus habilidades natatorias.</p>
-
-<p>Hombres y mujeres se entregan al deporte acuático con tranquila
-camaradería, sin que nadie parezca acordarse de que existe en el mundo
-una dualidad de sexos. Las muchachas norteamericanas, grandes, esbeltas,
-largas de piernas, con una hermosura gimnástica, llevan por toda
-vestimenta un traje de baño cortísimo&mdash;lo necesario nada más para cubrir
-la parte media de su cuerpo&mdash;y <span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span>una especie de tirantes que se unen
-sobre sus hombros. Sólo piensan en suprimir estorbos para moverse con
-más soltura. No se les ocurre que esta ligereza de ropas pueda excitar
-la atención de los varones que nadan en la misma piscina; y si lo
-piensan, se lo callan.</p>
-
-<p>A los hombres, aparentemente, no parece interesarles de manera
-extraordinaria unas desnudeces á cuya vista están acostumbrados. Me
-acuerdo de la avidez óptica que altera con frecuencia la tranquilidad
-varonil en los pueblos llamados latinos. Basta que una pierna femenina
-muestre algunos centímetros más de lo legislado por la moda, para que
-los pescuezos de muchos hombres se estiren, ansiando ver tan
-extraordinario espectáculo de más cerca, y para que sus ojos se
-revuelvan en las órbitas, inquietos y saltones.</p>
-
-<p>Las Frinés nadadoras se despojan aquí tranquilamente de su manto blanco,
-quedando sin otro tapujo que la mancha azul ó negra de punto de seda que
-cubre la sección abdominal de su desnudez; y sin embargo, el respetable
-areópago masculino sentado en las orillas marmóreas de la piscina no se
-altera ni concentra sus miradas en la seductora aparición. El interés es
-únicamente para la que nada mejor, y un estrépito de alegres chapuzones,
-llamamientos y risas sube desde el fondo del buque á las últimas
-cubiertas.</p>
-
-<p>Al salir de Nueva York cruzamos un mar poblado de buques. Muchos de
-ellos son «petroleros» y llevan su chimenea, su máquina y sus camarotes
-en la popa, para dejar libre todo el resto del casco á los grandes
-aljibes llenos del peligroso líquido que transportan. Un día después, el
-mar está menos frecuentado. Ha ido esparciéndose en el infinito la
-aglomeración naval que se forma cerca de Nueva York. El agua es más
-azul; el sol más radiante. Se ve que vamos hacia el Trópico.<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span></p>
-
-<p>Al llegar el ocaso, hora de las visiones caprichosas y mágicas, el sol,
-que se mantiene muy alto, lejos de la línea del mar, parece una naranja
-gigantesca inmovilizada en el vacío, contra todas las leyes de la
-gravitación. Su color pasa del oro amarillo al oro ensangrentado. Se
-ensombrece por abajo, va palideciendo, sin descender para ocultarse,
-como otras veces, detrás del mar. Se debilita poco á poco y acaba por
-extinguirse, siempre inmóvil en lo alto. Es una nubecilla redonda y
-roja... Luego, nada. Estando en la capital de Méjico presencié muchas
-veces esta puesta de sol fenomenal, en la que el astro se extingue en
-pleno cielo, sin descender á la línea del horizonte, sin ocultarse
-detrás del mar ó las montañas.</p>
-
-<p>Cambia el tiempo; el mar empieza á agitarse durante la noche, y al día
-siguiente el horizonte es gris y las olas obscuras. Se nota la
-proximidad del canal de Bahama. El Atlántico se inquieta y se encrespa
-al sentirse oprimido entre la costa de los Estados Unidos y la cadena de
-las islas bahámicas, tierras avanzadas de las Antillas.</p>
-
-<p>Sopla un viento fuerte que levanta polvo líquido de las crestas de las
-olas. Todas ellas, al avanzar hacia el buque en líneas interminables,
-llevan sobre su filo un penacho de humo blanquísimo que el viento estira
-hacia atrás. La luz intermitente del sol, surgiendo de pronto entre las
-nubes, atraviesa este polvo acuático y lo descompone, matizando su
-blancura con los colores del iris.</p>
-
-<p>Cuando languidece la tarde, el <i>Franconia</i>, á pesar de su triple quilla
-y todas las precauciones de sus constructores para defenderle de los
-embates del mar, se mueve de un modo extraordinario.</p>
-
-<p>Otra vez se ha cubierto el cielo de obscuros nubarrones, pero el sol
-antes de huir los perfora, lanzando á través de ellos un chorro de oro
-color de limón, que corta la atmósfera como la manga de luz de un
-aparato cine<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span>matográfico. Luego, rompiendo con su peso la bolsa de nubes
-que le aprisiona, cae en la línea del horizonte, y al tocarla se estira
-lo mismo que si el Océano lo sometiese á una enorme succión. Ya no es
-redondo, se prolonga por abajo y parece un aeróstato de seda escarlata.
-Repentinamente se apaga, y la noche cae sobre nosotros de un modo
-fulminante, como si estallase, cubriendo el mundo con una explosión de
-sombras.</p>
-
-<p>Todos los pasajeros están acostumbrados á los viajes por mar, y la
-agitación del canal de Bahama no perturba la vida ordinaria del buque.
-Lo mismo que en las noches anteriores, la popa está cubierta con una
-tienda de lienzo rayado y grupos de banderas para que la gente baile.
-Las más de las parejas han danzado mucho en las travesías de América á
-Europa, más rudas y tempestuosas.</p>
-
-<p>Los profesores contratados por la «American Express» dan sus
-conferencias en el gran salón, con proyecciones cinematográficas,
-describiendo la vida y costumbres de los primeros puertos que vamos á
-visitar: la Habana y Panamá. Grupos de esbeltas muchachas, abandonando
-momentáneamente el baile, se divierten en marchar por las cubiertas
-superiores, contra el furioso viento que arremolina sus vestidos,
-dándolas una remota semejanza con la descabezada Victoria de Samotracia.
-De vez en cuando una ola más impetuosa choca con el muro férreo del
-buque por su parte de proa, lo escala, asoma sobre la barandilla una
-cabellera de espumas fosforescente en la noche y esparce al sacudirla
-rociadas de sal líquida. Las jóvenes chillan, ríen y saltan sobre los
-regueros que esta aspersión del Océano hace correr sobre el suelo.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, el mar tiene en su color y en su ambiente algo
-que puede llamarse paradisíaco. Mar<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span>cha el buque á gran velocidad,
-alcanzando y dejando atrás á otros vapores menos rápidos, y sin embargo
-parece inmóvil.</p>
-
-<p>Una costa se extiende paralelamente al <i>Franconia</i>. Vemos una línea
-amarilla de arena y detrás otra línea verde obscura, formada de bosques.
-Los pueblecitos son blancos y con un campanario, como los de Andalucía.</p>
-
-<p>Navegamos ante la Florida, antigua tierra española. Aquí está la ciudad
-de San Agustín, la más antigua de los Estados Unidos, fundada por el
-conquistador Menéndez de Avilés. Aquí vino mucho antes Ponce de León,
-desde su gobierno de Puerto Rico, en busca de la «Fuente de la
-Juventud»&mdash;eterna esperanza de los hombres&mdash;, para que diese nueva savia
-á su cuerpo, quebrantado por enfermedades y heridas. Aquí trabajaron,
-lucharon y murieron centenares y centenares de españoles, por implantar
-la civilización cristiana, un siglo antes de que los primeros ingleses
-desembarcasen en lo que son hoy los Estados Unidos.</p>
-
-<p>Voy descubriendo edificios altísimos que á tal distancia me parecen
-fábricas. Al examinarlos con unos anteojos potentes me convenzo de que
-son hoteles con jardines de palmeras y cocoteros: los famosísimos
-hoteles de la Florida, los más caros y elegantes de la tierra, que
-albergan durante el invierno á los archimillonarios de Nueva York y
-Chicago.</p>
-
-<p>El mar toma el tono verde de las aguas poco profundas. Según avanzamos,
-se va poblando de isletas redondas como escudos y ribeteadas de
-cocoteros. Son los cayos. Sobre algunas tierras á flor de agua, que no
-pueden verse de lejos, se alzan andamiajes, semejantes por su estructura
-á la torre Eiffel, aunque de más modestas proporciones y con las
-cúspides ocupadas por faros.</p>
-
-<p>Algo revolotea de pronto ante mis ojos: una mari<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span>posa de colores, roja,
-negra y dorada. Ha volado hasta el buque desde la hermosa tierra que
-desarrolla ante nosotros su lomo sinuoso y verde, con altos ramilletes
-de árboles.</p>
-
-<p>Un perfume primaveral se desliza á través de la respiración salada del
-Atlántico. Es el aliento que nos envía, junto con sus pintados insectos,
-una costa que por algo recibió su florido nombre.</p>
-
-<p>Nos sorprende la noche ocupados en la contemplación de esta península
-avanzada de los Estados Unidos. Al amanecer el día siguiente, nuestra
-curiosidad inquieta de viajeros y la lentitud con que avanza el buque,
-después de tres días y medio de marcha veloz, nos empujan á todos á las
-últimas cubiertas.</p>
-
-<p>Vemos una costa, pero ahora es por la proa; y en ella casas, jardines,
-edificios industriales, las avanzadas de una ciudad importante.
-Graciosos veleros, dedicados al cabotaje, se deslizan entre nosotros y
-la orilla, cortando con sus lonas blancas la penumbra azulada del
-amanecer.</p>
-
-<p>Al aumentar la luz vamos encontrando con los ojos la boca de un puerto,
-arboladuras de buques sobre sus aguas interiores, una colina junto á su
-entrada, y en la cumbre de ella un viejo castillo.</p>
-
-<p>El sol que acaba de nacer asoma su disco de oro tierno por detrás de una
-torre, que lo corta, durante algunos segundos, como una barra de tinta.</p>
-
-<p>Este castillo se llama «El Morro», y el puerto que tenemos enfrente es
-la Habana.<span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span></p>
-
-<h2><a name="V" id="V"></a>V<br /><br />
-LA ISLA DEL AZÚCAR</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Cuba imaginada por un niño.&mdash;Los monstruos guardadores de la puerta
-del Paraíso.&mdash;Habana «la Alegre».&mdash;Los periódicos y los
-casinos.&mdash;Dinero abundante y pródigamente gastado.&mdash;Butacas de
-teatro á cien pesos por noche.&mdash;Los nuevos barrios de la
-Habana.&mdash;Mis habitaciones de «huésped de honor».&mdash;Si duermo en
-ellas, pierdo mi viaje alrededor del mundo.&mdash;Los bailes de máscaras
-del «Franconia».&mdash;El coronel vendedor de periódicos.&mdash;Mi
-enfermedad.</p></div>
-
-<p>En mi niñez, cuando la isla de Cuba era aún tierra española, no podía
-oir hablar de la Habana sin que me agitase un sentimiento contradictorio
-de admiración y de terror.</p>
-
-<p>Era para mí el país del azúcar una ciudad encantada, como las de los
-cuentos infantiles, donde las casan debían ser de caramelo y no había
-mas que agacharse para comer tierra cristalina y dulce. Además, todos
-volvían de allá trayendo onzas de oro y hablaban de negritos como los
-que había yo visto danzar, desnudos y graciosos, en las funciones de
-teatro. Pero la entrada de este paraíso era estrechísima y la guardaban
-terribles monstruos, siendo el más carnicero de todos el llamado vómito
-negro. Muchas veces escuché la noticia de haber muerto en la isla
-lejana, hermosa y mortífera, personas á las que conocí fuertes y
-animosas en el momento de partir.<span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span></p>
-
-<p>Ahora hace años que desapareció para siempre lo que me infundía enorme
-terror al pensar en Cuba. En cambio subsiste, cada vez más amplificada
-por el progreso, la riqueza de la isla que tanto admiré en mis
-infantiles fantasías.</p>
-
-<p>Los norteamericanos, al ocuparla por algún tiempo, se dedicaron al
-exterminio del mosquito propagador de la fiebre mortal y al saneamiento
-de las tierras encharcadas. Luego, los médicos extranjeros y los del
-país, igualmente notables, han acabado por suprimir las antiguas
-enfermedades que tan insegura hacían la vida de los viajeros antes de su
-aclimatación. Hoy, la más grande de las Antillas es país de salubridad
-regular y constante, y la Habana una de las ciudades más higiénicas de
-la tierra.</p>
-
-<p>Su prosperidad económica ha ido desarrollándose en proporciones enormes,
-como su higiene pública. La producción actual de azúcar y tabaco casi
-dobla la de pasados tiempos. Su riqueza ha resultado algunas veces
-excesiva y perniciosa, dando origen á reacciones de pobreza, como en
-otros países jóvenes, de vertiginoso crecimiento.</p>
-
-<p>Si fuese preciso dar un sobrenombre á la capital de Cuba, como los
-ostentan pueblos y héroes en los poemas homéricos, se la podría llamar
-Habana «la Alegre». Es una ciudad que sonríe al que llega, sin que pueda
-decirse con certeza dónde está su sonrisa.</p>
-
-<p>Guarda cierto aspecto andaluz de antigua urbe colonial, construída con
-arreglo al patrón enviado de Madrid por el Consejo de Indias. La
-influencia poderosa de la vecina República de los Estados Unidos, las
-comodidades de su civilización material, no han modificado aún su
-fisonomía aseñorada y tranquila de país con tradiciones de raza y un
-pasado histórico.<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span></p>
-
-<p>Los nuevos monumentos en honor de sus héroes que adornan plazas y paseos
-resultan desiguales artísticamente: unos son dignos de respeto, otros
-lamentables, como obras de confitería tierna. Los parques recién
-trazados y los nuevos barrios del ensanche de la ciudad resultan
-magníficos, y parecen recordar los sucesivos chaparrones de abrumadora
-riqueza que han caído sobre este país en los últimos treinta años.</p>
-
-<p>La alegría de la Habana, más que en sus paseos, en sus edificaciones y
-en el movimiento animado de sus calles, hay que buscarla en el carácter
-de las gentes; en la franqueza de los cubanos, que algunas veces parece
-excesiva á los extranjeros; en la belleza de sus mujeres,
-interesantemente pálidas y con enormes ojos.</p>
-
-<p>He estado dos veces en la Habana por breve tiempo, y en ambas visitas,
-más que la hermosura de la ciudad atrajeron mi atención dos
-manifestaciones características de su vida pública que no tienen nada
-semejante en ningún otro país. Los periódicos de la Habana y los casinos
-de la Habana son algo excepcional.</p>
-
-<p>Un día entero necesité para ir visitando las redacciones de los diarios
-más importantes, y no pude verlas todas. Unas ocupan enormes casas
-coloniales que son casi palacios; otras, edificios propios de reciente
-construcción. Tienen talleres vastísimos y máquinas de múltiple
-funcionamiento, como los primeros diarios de Nueva York. No existe una
-diferencia considerable entre los periódicos más célebres de los Estados
-Unidos y los de la capital de Cuba. Además se publican numerosos
-<i>magazines</i> y revistas especiales... Y como la población de la isla no
-llega á tres millones de seres, se pregunta uno dónde están los lectores
-necesarios para esta prensa, digna por su número, su calidad y su
-fuerza, de un país de veinticinco ó treinta millones de habitantes.<span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span></p>
-
-<p>Las asociaciones de la Habana pueden competir por su lujo con los clubs
-más célebres de la tierra. El comercio, compuesto casi en su totalidad
-de españoles, considera obra patriótica la continuación y
-desenvolvimiento de sus casinos, anteriores á la independencia del país.</p>
-
-<p>Ya están olvidadas las antiguas luchas entre peninsulares y cubanos.
-Ahora, unos y otros sienten igual interés por la prosperidad de la isla.
-Además, los hijos de los españoles son cubanos, y dentro de las antiguas
-sociedades se van confundiendo todos, sin diferencias de origen.</p>
-
-<p>A las organizaciones españolas pertenecen los edificios más grandes y
-ostentosos de la ciudad. El Círculo de Dependientes de Comercio tiene
-40.000 socios, residentes en la Habana. No creo que en Europa ni en los
-Estados Unidos exista un club tan numeroso.</p>
-
-<p>El Círculo Gallego es un palacio que guarda en su interior uno de los
-teatros más grandes de la ciudad. El Casino Español, resumen de las
-aspiraciones de las diversas sociedades hispánicas con título
-provincial, posee un salón de mármoles diversos traídos de España y de
-estucos policromos, que parece el salón del trono en un palacio real.</p>
-
-<p>Todas estas sociedades, uniendo lo útil á lo ostentoso, mantienen en los
-alrededores de la Habana hospitales y sanatorios, instalados con tanta
-largueza y tales innovaciones, que de muchas partes vienen á estudiarlos
-como modelos.</p>
-
-<p>Se nota en la Habana, á las pocas horas de vivir en ella, que es ciudad
-abundante en dinero. Pero otras ciudades revelan igualmente riqueza y no
-tienen el aspecto atrayente y simpático de ésta. Es que Habana «la
-Alegre» además de tener dinero lo gasta con una tran<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span>quilidad y un
-descuido rayanos en el derroche. Sus teatros son numerosos y están
-siempre llenos. Sus cafés y sus bailes nunca carecen de público. Aquí
-fué donde Caruso y otros cantantes, pagados de un modo inverosímil,
-obtuvieron sus más altas remuneraciones. En la Ópera de la Habana ha
-llegado á costar una butaca cien pesos oro por noche. Tan irritante
-pareció á algunos este despilfarro, que protestaron de él bárbaramente,
-arrojando una bomba en plena función.</p>
-
-<p>En los escaparates de sus tiendas se ven las telas más caras y ricas.
-Las mujeres visten con un lujo en apariencia sencillo, para no salirse
-de las reglas del buen gusto, pero en realidad costosísimo.</p>
-
-<p>Fuera de la Habana, en los nuevos barrios, son cada vez más numerosos
-los palacetes particulares. La antigua arquitectura española, con el
-aditamento de las comodidades de la vida norteamericana, es generalmente
-la de tales edificios. La jardinería del Trópico da una nota de
-originalidad á estas construcciones, que recuerdan á la vez los patios
-de Sevilla y los palacios de madera de Long Island.</p>
-
-<p>Para el ciudadano de los Estados Unidos descontento silenciosamente de
-ciertas leyes de su país, la Habana ofrece un atractivo especial. Es una
-ciudad á las puertas de su patria, donde no impera el llamado «régimen
-seco». Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida,
-para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un <i>bar</i> en
-cada calle. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni
-tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La
-embriaguez puede ser franca, libre y continua. Pero como es tierra de
-dinero abundante, derramado con mano pródiga, los hoteles resultan
-carísimos, así como los otros gastos de viaje, y sólo los ricos<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span> pueden
-pasar el canal de la Florida para venir á emborracharse bajo la bandera
-cubana.</p>
-
-<p>Me veo recibido cariñosamente en esta amada ciudad de habla española. El
-Municipio me ha declarado su huésped, comisionando al escritor Rafael
-Conte, antiguo amigo mío, para que me dirija y me guarde durante el
-tiempo que permanezca en la Habana. Simpáticos periodistas de incansable
-y sonriente preguntar, jóvenes escritores que revelan su talento en las
-curiosidades literarias y las paradojas de su conversación, me acompañan
-en mis visitas á las redacciones de los diarios y en los dos banquetes
-amistosos y sin ceremonia con que soy obsequiado, á mediodía y por la
-noche.</p>
-
-<p>Presencio la belleza del crepúsculo tropical en una lujosa «villa» de
-las afueras, donde vive con su esposa el joven conde del Rivero, hijo
-del célebre fundador de <i>El Diario de la Marina</i>.</p>
-
-<p>Como el Ayuntamiento ha reservado para mí las mejores habitaciones del
-Hotel Sevilla&mdash;el más caro de la ciudad&mdash;, mi amigo Conte se esfuerza
-por convencerme de que debo quedarme en ellas, volviendo al buque en las
-primeras horas de la mañana siguiente. Sería mal interpretado que
-prescindiese yo de usar dichas habitaciones después de haber sido
-declarado «huésped de honor».</p>
-
-<p>A la una de la madrugada discutimos frente al hotel si debo ó no dormir
-en tierra. Siento un dolor insistente en una pierna, cierta torpeza
-muscular que hace cada vez más pesados sus movimientos. La necesidad de
-un pronto descanso me impulsa á admitir las objeciones de mi amigo, pero
-cuando entro en el hotel para acostarme, tropiezo con un compañero del
-<i>Franconia</i>.</p>
-
-<p>Es un joven norteamericano, de buenas maneras, un bailarín incansable,
-que sale del <i>dancing</i> del hotel. En el buque se muestra sobrio; pero
-aquí, por seguir la rutina<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span> de muchos de sus compatriotas y para
-convencerse de que verdaderamente está en un país libre, se ha
-embriagado de un modo lastimoso. Me abraza como si viese á un hermano,
-intenta besarme, enternecido por el encuentro, y me dice que nosotros
-dos somos los únicos del <i>Franconia</i> que estamos en tierra. Todos los
-otros se fueron á media noche. El buque zarpará al amanecer, y no á las
-diez de la mañana como se había anunciado.</p>
-
-<p>Corremos al puerto, solitario y silencioso á esta hora avanzada, y el
-amigo Conte consigue que una lancha del gobierno nos lleve hasta el
-<i>Franconia</i>, que tiene apagadas la mayor parte de sus luces y parece
-dormido... Si ocupo mi cama de honor en el hotel, termina mi viaje
-alrededor del mundo en la primera escala.</p>
-
-<p>Cuando al día siguiente despierto, en mi camarote, el buque está
-navegando hace ya varias horas. Las costas de Cuba se han esfumado en el
-horizonte. Nos rodea el hermoso mar de las Antillas, en el cual logra
-descender la luz á grandes profundidades, dando una claridad dorada á
-las aguas azules.</p>
-
-<p>Los viajeros, después de haber pasado un día en tierra, parecen
-encontrar nuevos atractivos á la vida marítima. En la última cubierta
-juegan grupos de señoritas vestidas de blanco y raqueta en mano,
-interrumpiendo con risotadas los incidentes de su deporte. Otras empujan
-discos de madera con una pala, á través de rectángulos trazados con tiza
-en el suelo. Más allá arrojan anillas de cuerda para que se introduzcan
-en un espigón, ó pelotas enormes que deben entrar por una manga de red.
-El suelo se estremece con los galopes de esta juventud de faldas cortas
-con menudos pliegues, perseguida por otra juventud que usa camisa de
-cuello abierto y pantalones de franela.</p>
-
-<p>Las señoras hablan del próximo baile de máscaras,<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span> el primero de la
-travesía, que va á ser entre la Habana y Panamá. Cada una guarda el
-secreto de los disfraces ocultos en sus maletas.</p>
-
-<p>Antes de empezar nuestro viaje, los expertos que lo dirigen, para evitar
-errores y olvidos, nos han dado una lista de lo que debemos llevar con
-nosotros, y en ella figuran como artículos indispensables un traje de
-baño para la gran piscina y varios disfraces para los bailes de
-máscaras. Esto último es tan importante como dos pares de gafas negras
-de recambio para los países ardientes que vamos á visitar. Con dos
-disfraces hay bastante por el momento. Al llegar á los países del
-Extremo Oriente todos comprarán vestimentas japonesas, chinas ó
-indostánicas, y los últimos bailes van á ser los más ostentosos y
-originales.</p>
-
-<p>Entre estas gentes simpáticas, de trato llano, propensas á la risa, y
-que no necesitan para alegrarse de grandes complicaciones, las hay
-dispuestas á disfrazarse á todas horas para regocijo de sus compañeros.
-El día antes de la llegada á Cuba ha sido domingo. En las ciudades de
-los Estados Unidos el domingo es el día en que se venden más periódicos.
-Los grandes diarios publican ediciones extraordinarias, de ochenta ó
-cien páginas, con novelas completas y resúmenes de todas las materias
-que pueden interesar á cada lector. Desde el amanecer, los vendedores
-vocean en las calles la enorme edición dominical.</p>
-
-<p>También en el primer domingo, á bordo del <i>Franconia</i>, una voz ronca
-empieza á gritar por los corredores los títulos de varias publicaciones
-célebres de Nueva York, como si estuviésemos aún en la metrópoli
-americana. Las gentes se asoman en traje de dormir á las puertas de sus
-camarotes. El vendedor callejero es un <i>gentleman</i> casi de dos metros de
-estatura, un millonario<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span> procedente de los Estados del Sur, al que
-llaman todos «coronel» por tener este grado en la milicia cívica de su
-ciudad.</p>
-
-<p>Se ha disfrazado de pilluelo y ofrece gravemente periódicos viejos á
-todos los que se asoman á las puertas. Los más celebran con una risa,
-que puede llamarse americana por lo espontánea y pronta, esta
-excentricidad del personaje. Uno de sus compatriotas permanece serio y
-le mira con extrañeza, no pudiendo comprender tal conducta.</p>
-
-<p>&mdash;Si no se ríe usted un poco, voy á llorar de pena&mdash;dice el falso
-vendedor de periódicos.</p>
-
-<p>Y tan cómico resulta el gesto con que el hombretón inicia su llanto
-infantil, que el otro se ve obligado á reir como los demás.</p>
-
-<p>Yo no podré presenciar el primer baile de máscaras del <i>Franconia</i>. En
-varios días no veré otra cosa que las paredes de mi camarote.</p>
-
-<p>A las pocas horas de alejarnos de la Habana he quedado clavado en mi
-lecho por una parálisis de la pierna izquierda. El médico de á bordo
-declara que es una ciática, tal vez á consecuencia de la atmósfera
-húmeda del mar. Luego pensamos los dos que bien puede ser por una
-imprudencia en el aireamiento de mi habitación.</p>
-
-<p>El <i>Franconia</i> no tiene ventiladores á uso antiguo, con hélices de
-molesto y tenaz abejorreo. Cada camarote posee dos pequeñas esferas de
-bronce, metidas en alvéolos del mismo metal. Estos ojos dorados, cuando
-tienen el agujero de su negra pupila hacia adentro é invisible,
-permanecen inactivos. Pero basta volverlos, para que de ambos orificios
-surja una manga silenciosa y fría que cambia el ambiente del camarote
-con sus pequeños huracanes. Durante el anclaje en los puertos, los
-mosquitos de agua muerta que se introducen por los ventanos se<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span> ven
-obligados á retroceder, volviéndose con rabiosos zumbidos por donde
-vinieron. Los dos chorros mudos los voltean con su ímpetu, lo mismo que
-un aeroplano pillado por una tormenta, y les hacen huir finalmente al
-otro lado de la pared del buque.</p>
-
-<p>He pasado una noche entera con ambos ventiladores enfilados hacia mi
-cama. La proximidad del calor de Cuba me hizo emplear este
-refrescamiento imprudente. Mientras dormía, las dos mangas de helado
-viento, que hacen funciones de mosquitero, cayeron horas y horas sobre
-el lugar de mi cuerpo donde ahora siento el llamado nudo ciático.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted para algunos días&mdash;dice el médico inglés, moviendo la
-cabeza&mdash;. Habrá que emplear los rayos violeta... No intente moverse.</p>
-
-<p>¡Bien empieza el viaje alrededor del mundo!<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI<br /><br />
-LA ZANJA ENTRE LOS DOS OCÉANOS</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Dos escalinatas de agua y una meseta lacustre.&mdash;Las fuerzas
-eléctricas del canal de Panamá.&mdash;La zona norteamericana y su
-guarnición.&mdash;El lago de Gatún y el Paso de Culebra.&mdash;La enorme
-afluencia de buques.&mdash;Cómo los norteamericanos «perdieron el
-tiempo» antes de reanudar las obras.&mdash;El buen negocio del
-canal.&mdash;La prontitud de su limpieza.&mdash;Los bosques de sus
-orillas.&mdash;Panamá la Verde.</p></div>
-
-<p>Después de tres días de continua navegación, aminora su marcha el
-<i>Franconia</i>, y yo, con doloroso esfuerzo, consigo ir hasta un ventano de
-mi camarote.</p>
-
-<p>Una orilla verde avanza por el costado del buque, cada vez más cercana,
-y adivino que otra semejante debo ir angostándose por el lado opuesto,
-como la boca de un embudo. Vamos á ver una de las obras más prodigiosas
-realizadas por la mano del hombre; vamos á entrar en el canal de Panamá.</p>
-
-<p>Reanuda su marcha el vapor, lentamente, y pasamos de la navegación entre
-orillas de tierra y árboles al deslizamiento junto á fuertes malecones
-de mampostería, con varias casas de máquinas. Cables eléctricos de
-enorme potencia se apoyan en los brazos en cruz de una sucesión de
-columnas de cemento, que por su robustez recuerdan los pilares de la
-arquitectura egipcia. Esta fuerza va á hacernos atravesar la zanja
-acuática<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span> que corta todo un continente, pasando nuestro buque del
-segundo mar de la tierra al más grande de todos.</p>
-
-<p>Puede describirse concisamente el canal de Panamá diciendo que es una
-escalinata acuática. Resulta más interesante y complicado que el
-monótono canal de Suez. Además, sus orillas tienen la lujuriante
-vegetación del Trópico, y las selvas panameñas, eternamente frescas, son
-algo más atractivas que los polvorientos arenales de Egipto.</p>
-
-<p>Para pasar del Atlántico al Pacífico ó hacer el mismo trayecto en
-sentido inverso, los buques tienen que subir una escalinata de esclusas,
-navegar por un lago alto, que es como una meseta, y volver á descender
-por la escalinata del lado opuesto.</p>
-
-<p>Al llegar por el Atlántico encontramos el antiguo puerto de Colón,
-importante cuando no existía el canal. Aquí desembarcaban los viajeros,
-y tomando un ferrocarril á través del istmo, iban en unas cuantas horas
-á la ciudad de Panamá, para volver á embarcarse en el Pacífico. Ahora
-pasamos de largo ante Colón, como la mayoría de los buques, y el antiguo
-ferrocarril ha perdido también su importancia interoceánica,
-descendiendo á ser una simple vía interior, que sólo utilizan los del
-país.</p>
-
-<p>El <i>Franconia</i> va á subir la escalinata del lado del Atlántico, ó sea
-las esclusas de Gatún. Estas esclusas están superpuestas en tres tramos,
-y además son dobles para que puedan ir ascendiendo dos buques á un mismo
-tiempo.</p>
-
-<p>Cuando el nuestro se introduce en la primera esclusa penetra en la otra
-gemela un vapor más pequeño con rumbo á Nueva Zelandia. Los pasajeros de
-ambos barcos, que van á seguir tan opuestas direcciones cuando lleguen
-al Pacífico, se hablan sin esfuerzo alguno de cu<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span>bierta á cubierta, pues
-sólo están separados por unos cuantos metros.</p>
-
-<p>El funcionamiento de las esclusas es maravilloso por su rapidez; tiene
-la velocidad casi instantánea de las mutaciones escénicas; los buques
-ascienden, como los personajes de teatro, por un escotillón. Sube el
-nivel del agua vertiginosamente en las cerradas balsas cuadrangulares, y
-los dos buques se elevan sobre la superficie marítima en la que flotaban
-poco antes. Su ascensión aumenta al pasar al segundo rellano acuático,
-luego al tercero, quedando finalmente á unos veinticinco metros sobre el
-nivel del mar.</p>
-
-<p>Estas esclusas tienen más de 300 metros de longitud, 33 de ancho y 21 de
-profundidad, dimensiones que permiten ampliamente el paso de los navíos
-más enormes construídos hasta el presente. Unas locomóviles eléctricas
-tiran de los buques desde la ribera y los guían á través de las
-esclusas. Como éstas se hallan superpuestas formando tres rellanos, los
-pequeños demonios eléctricos corren por los taludes desafiando las leyes
-de la gravedad, saltan, se agarran al suelo como insectos, trepan casi
-verticalmente para pasar de un plano á otro.</p>
-
-<p>Nada de humo ni de mugidos de vapor. Se adivina en torno la presencia de
-una fuerza silenciosa é irresistible, semejante á las energías que laten
-ocultas en la corteza terrestre. El manojo de cables que corre á un lado
-y á otro del canal guarda y regula las energías producidas por enormes
-fábricas de flúido eléctrico.</p>
-
-<p>Vemos en las orillas estos edificios y otras construcciones destinadas á
-las necesidades del continuo tránsito: depósitos de carbón y de
-petróleo, atarazanas, talleres de fundición y de reparaciones, depósitos
-de útiles marítimos, almacenes frigoríficos, mataderos, fábricas<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span> de
-hielo, enormes lavanderías. Algunos grupos de edificios están cerca de
-los muelles de acero y hormigón; otros se alzan tierra adentro, medio
-ocultos por los bosques de cocoteros y palmeras. Los buques que cruzan
-el canal pueden ser reparados antes de lanzarse á uno de los dos Océanos
-y proveerse igualmente de toda clase de abastecimientos.</p>
-
-<p>En los sitios tenidos por estratégicos hay aglomeraciones de casas de
-madera con extensas galerías, sobre cuyas techumbres flota la bandera de
-los Estados Unidos. Son cuarteles-pueblos, donde viven los militares
-norteamericanos y sus familias, con todas las comodidades y amplitudes
-que da la gran República á sus defensores, además de pagarlos
-espléndidamente.</p>
-
-<p>Ocho mil hombres guarnecen el canal, y durante la última guerra llegaron
-á ser trece mil. Las baterías invisibles que defienden sus dos bocas
-están artilladas con las piezas más enormes conocidas hasta el presente.
-Las tropas acuarteladas en las dos orillas no salen nunca de la zona que
-pertenece á los Estados Unidos, cinco millas por cada lado. La pequeña
-República de Panamá lleva una existencia independiente y digna, sin
-sufrir intrusiones ni arrogancias de las autoridades americanas del
-canal. Éstas se limitan á vigilar y guardar este paso interoceánico tan
-precioso para la seguridad de su propio país y jamás saltan los límites
-territoriales que marcó un tratado. Muy al contrario de lo que creen
-muchos, tal vecindad resulta provechosa á los panameños, pues algo gana
-el pobre cuando tiene intereses comunes con un rico, y el continuo trato
-de ellos con los americanos influye visiblemente en la cultura y el
-progreso de la nación.</p>
-
-<p>Después de las tres esclusas de Gatún, el <i>Franconia</i> entra en el lago
-de este nombre. El famoso río Chagres,<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> que tanto utilizaron los
-españoles durante tres siglos, cuando pasaban el istmo para ir al Perú y
-á Chile, ha sido embalsado por los constructores del canal, deteniendo
-sus aguas para hacer más alto el nivel del lago y dar mayor profundidad
-á su navegación. Dicho lago se extiende con más ó menos amplitud 38
-kilómetros, hasta llegar á Gamboa, siendo la parte del canal que menos
-esfuerzos ha costado. En ella, más que excavar, lo necesario fué inundar
-las tierras.</p>
-
-<p>Es en Gamboa donde empieza la obra más difícil y terrible, el corte de
-la cordillera, columna vertebral del istmo, el famoso Paso de Culebra,
-donde tantos hombres perecieron. Este desfiladero acuático se extiende
-hasta las esclusas llamadas de Pedro Miguel, por el nombre de un pueblo
-cercano, y aquí termina la meseta y empieza la escalinata del lado
-opuesto. Nuestra nave descenderá allí un tramo, ó sea las esclusas de
-Pedro Miguel, bajando al lago de Miraflores, que está todavía á 16
-metros sobre el mar. Al final de este lago las esclusas de Miraflores lo
-harán descender al nivel del Pacífico, y navegando 13 kilómetros en una
-vía sin obstáculos, pasará por la moderna ciudad de Balboa, donde los
-norteamericanos tienen establecidos los centros más importantes del
-canal, y por la antigua ciudad de Panamá, cortando al fin con su proa
-las aguas del más grande de los Océanos, después de una travesía que
-sólo dura unas ocho horas.</p>
-
-<p>Están reglamentadas tan minuciosamente las funciones necesarias para el
-paso de los buques, sin un movimiento inútil, sin desperdiciar un
-minuto, que el tráfico resulta incesante en esta avenida interoceánica.
-Cuando la flota de guerra de los Estados Unidos&mdash;única que rivaliza con
-la de Inglaterra&mdash;pasó hace poco tiempo el canal de Panamá, bastaron
-veinticuatro horas para que<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span> docenas de enormes acorazados, con su
-acompañamiento de cruceros y torpederos, se trasladasen del Atlántico al
-Pacífico, viaje que antes les costaba semanas y semanas de navegación,
-dando la vuelta á toda la América del Sur por el cabo de Hornos.</p>
-
-<p>Avanzamos con lentitud, pero continuamente, por esta zanja enorme de
-agua dulce tendida como un guión entre los dos Océanos. Formamos parte
-de la doble fila de buques que va y viene por ambas orillas, como los
-carruajes marchan al paso por una calle, rozando las dos aceras. Los
-nombres de estos buques, su procedencia y su destino, indican la
-importancia y la necesidad de una obra que ha cambiado la geografía y el
-comercio del mundo. Vapores tan grandes como el nuestro van directamente
-de Londres ó de Nueva York á las repúblicas de lengua española que
-florecen en las orillas del Pacífico y antes sólo podían estar en
-contacto con el resto de la tierra valiéndose del rodeo enorme por el
-estrecho de Magallanes ó del penoso transbordo en el istmo de Panamá,
-todavía intacto.</p>
-
-<p>Las grandes islas oceánicas han tomado igualmente esta ruta que las
-aproxima á Europa. Vemos pasar, cerca de nosotros, buques que vienen de
-Nueva Zelandia, de Australia ó de los archipiélagos esporádicos de la
-Oceanía. El Callao y Valparaíso, gracias á este canal, han perdido
-varios días de distancia entre ellos y los puertos del viejo mundo.</p>
-
-<p>Al ver los cortes que los hombres tuvieron que abrir en la montaña para
-dar paso á las aguas, resurgen en mi memoria los incidentes dramáticos
-de la construcción del canal. Todos saben la historia de esta gran
-empresa dirigida por Lesseps, el cual quiso repetir en el istmo
-americano su gloriosa obra de Suez. Pero aquí la hazaña geográfica se
-convirtió en escandaloso negocio. El «gran<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span> francés», agotado
-mentalmente á causa de sus muchos años, fué conducido á la deshonra por
-financieros sin conciencia, y el nombre de Panamá quedó como sinónimo de
-estafa colosal, de corrupción de los poderes públicos. Tal empresa, que
-sirvió de pretexto en París para negocios delictuosos, realizó aquí
-obras importantes que aprovecharon luego los americanos, aunque muchas
-de ellas habían sido ejecutadas con imprevisión notoria y con desprecio
-de la vida del hombre.</p>
-
-<p>Existe en la ciudad de Panamá un monumento á la gloria de Lesseps y
-varios sabios franceses que fueron sus precursores ó colaboradores en
-este proyecto; entre ellos los marinos Bonaparte Wyse y Reclús, hermano
-del célebre geógrafo. Pero al mismo tiempo se acuerdan los panameños de
-la manera imprudente y mortífera con que los ingenieros franceses
-empezaron la realización de sus obras. Con una vehemencia que algunos
-llamarían «latina», sólo pensaron en el trabajo, olvidando las
-precauciones necesarias para asegurar su continuación.</p>
-
-<p>El material humano era abundante y fácil de renovar. Atraídos por los
-jornales enormes, llegaron cavadores de todas partes, amontonándose en
-campamentos recién formados sobre terrenos vírgenes, donde sólo el
-natural del país puede vivir, por una larga aclimatación. De estos
-extranjeros venidos para trabajar muchos fueron españoles: el excedente
-de la emigración á las vecinas Repúblicas hispano-americanas.</p>
-
-<p>Cuanto más grande fué la aglomeración de obreros, más enorme resultó la
-mortandad. Hoy, al recordar aquella época, se mencionan cifras de
-víctimas que parecen fantásticas. El vómito negro y otras enfermedades
-tropicales se cebaron en este amontonamiento humano. El corte de la
-espina dorsal del istmo podría rellenarse, según afirman algunos, con
-los cadáveres que costaron los<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span> primeros intentos de dicha obra. El Paso
-de Culebra adquirió una celebridad terrorífica en todo el mundo.</p>
-
-<p>Al fin, los trabajos iniciados por la compañía francesa en 1882 se
-paralizaron á causa de su quiebra escandalosa. En 1904 los
-norteamericanos aceptaron la empresa de abrir el canal, adquiriendo con
-extraordinaria baratura los materiales traídos por sus antecesores.
-Todavía he visto yo en el Paso de Culebra poderosas dragas que son de la
-época francesa.</p>
-
-<p>En lo último que pensaron los norteamericanos fué en abrir el canal.
-Consideraron más urgente estudiar el medio de que los hombres trabajasen
-con seguridad, cambiando las condiciones higiénicas del terreno. Se
-dedicaron, como en Cuba, á la destrucción del mosquito transmisor de la
-llamada fiebre amarilla. Luego&mdash;y esto fué lo más importante&mdash;realizaron
-obras enormes para purificar las aguas destinadas al consumo humano y
-sus trabajadores no tuvieran que beber el líquido tóxico de charcas y
-arroyos, como en la época anterior. Sólo después de «perder su tiempo»
-en estos preparativos minuciosos, el gobierno de los Estados Unidos
-emprendió la obra, consiguiendo terminarla en un plazo relativamente
-breve y sin pérdida notoria de gente.</p>
-
-<p>Necesitó dos años de preparación nada más y ocho de trabajo para
-realizar esta empresa de interés universal. En los primeros días de
-Agosto de 1914 pudo ya abrirse al comercio del mundo esta vía que iba á
-cambiar sus derroteros. Pero en aquella fecha acababa de estallar la
-guerra europea y nadie fijó su atención en tal acontecimiento, que cada
-vez será más famoso, con el curso de los siglos, en la historia del
-progreso humano. Muchos combates célebres de la última guerra quedarán
-olvidados, como tantas y tantas batallas de la antigüedad, mientras que
-las relaciones entre los hombres futuros y su<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span> vida política girarán en
-torno á este canal que ha partido el nuevo mundo, atrayendo con sus dos
-bocas el movimiento de todos los pueblos de la tierra.</p>
-
-<p>El éxito financiero de esta obra, que en realidad sólo tiene cuatro años
-de existencia&mdash;fué inaugurada oficialmente el 12 de Julio de 1920&mdash;, es
-la más clara demostración de su importancia. No es una compañía
-comercial de los Estados Unidos la que costeó las obras; fué el gobierno
-establecido en Wáshington.</p>
-
-<p>Como el canal tenía una importancia política y de seguridad para la
-República de la Unión, su gobierno se lanzó á realizar la obra, sin
-ocurrírsele ni por un momento ver en tal empresa un éxito económico.
-Nunca creyó en posibles ganancias. Lo único que le interesaba, costase
-lo que costase, era poder trasladar rápidamente su flota de un Océano á
-otro y poner en contacto marítimo los Estados atlánticos del Este, donde
-se concentra la vida nacional, con los Estados del Pacífico, que aún se
-hallan en el desarrollo de la adolescencia.</p>
-
-<p>Pero á los ricos todo les resulta negocio. El gobierno de Wáshington
-invirtió en el canal aproximadamente 350 millones de dólares, y á partir
-de su inauguración vió con asombro que acudían, pidiendo paso, buques de
-todos los pueblos de la tierra. Hoy, á los cuatro años de existencia, le
-produce 2 millones de dólares mensualmente, 24 millones de dólares al
-año, lo que da un interés muy respetable al capital que empleó con un
-fin puramente defensivo y sin espera de ganancia.</p>
-
-<p>Todo buque tributa al paso un dólar por tonelada. El <i>Franconia</i>, para
-llevarnos del Atlántico al Pacífico, ha tenido que pagar 20.000 dólares
-por un viaje de unas cuantas horas, y creo que con otros gastos
-accesorios la suma llegó á 25.000.</p>
-
-<p>A pesar del enorme peaje, la afluencia naval es cada<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span> vez más densa. Los
-norteamericanos, que lo conciben todo en grande, con el pensamiento
-puesto en las necesidades del porvenir, se equivocaron, quedándose
-cortos al calcular las dimensiones del canal. Éste empieza á resultar de
-una modestia inadmisible para un pueblo que ama la vida amplia y los
-movimientos desembarazados y fáciles. Pronto se reanudarán las obras
-para dar más anchura á las esclusas y los pasos angostos, y en vez de
-dos filas de buques se deslizarán al mismo tiempo cuatro, doblándose el
-movimiento de la avenida interoceánica.</p>
-
-<p>En los cortes de la montaña son continuos los desprendimientos de una
-tierra roja y compacta, que parece piedra adormecida en mitad de su
-solidificación. Los desprendimientos se repiten con frecuencia, y así
-seguirá ocurriendo hasta que los taludes de las orillas adquieran la
-estabilidad de las obras viejas. Pero los batallones de trabajadores
-negros, mandados por ingenieros y contramaestres blancos, que forman la
-policía del canal, velan día y noche, montados en locomotoras y dragas,
-para acudir inmediatamente á barrer los residuos del desprendimiento.</p>
-
-<p>Nos anuncian en mitad del lago de Gatún que el tránsito del canal va á
-retardarse para nosotros unas cuantas horas. Acaba de ocurrir un
-desprendimiento en el Paso de Culebra, y un buque del calado del
-<i>Franconia</i> no puede seguir adelante sin que el dragado ahueque el fondo
-del estrecho.</p>
-
-<p>Nos sentamos á almorzar, resignados á una larga espera en este lago, que
-resulta agradable gracias al fresco vientecillo que levanta el buque al
-desplazarse, pero cuyas aguas parecen arder cuando aquél se detiene y
-vuelve á restablecerse la calma bochornosa del Trópico.</p>
-
-<p>Atraídos por la novedad del viaje marítimo entre<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span> bosques y montañas, he
-salido de mi camarote apoyado en un bastón, y arrastro la paralítica
-pierna por salones y cubiertas, huyendo de los espacios faltos de techo
-que reciben la caricia cáustica del sol. Nos divierte ver cómo asoman su
-lomo mal esculpido los caimanes del lago. Varios aviones de la
-guarnición americana del canal pasan tan bajos junto al buque, que
-podemos ver cómo sus tripulantes responden por señas á nuestros
-saludos... Una hora después vuelve á reanudar su marcha el <i>Franconia</i>.
-Todo está reparado, y pasamos lentamente entre dos filas de dragas
-enormes, que acaban de limpiar el fondo con la rapidez del que ejecuta
-un trabajo habitual.</p>
-
-<p>Seguimos la navegación entre altas riberas cubiertas de bosques. El filo
-de estas orillas es muchas veces superior al piso más alto del buque.
-Corren por ellas numerosas bandas de negras, monstruosamente gordas, con
-nariz aplastada y ojos de impúdico fuego. Llevan banastas sobre sus
-cabezas con pirámides de cocos frescos y racimos de plátanos. Como el
-vapor avanza lentamente, ellas lo siguen al trote y nos arrojan sus
-frutos, gritándonos al mismo tiempo en un inglés de negro: «<i>¡Money!...
-¡money!</i>»</p>
-
-<p>Por la orilla baja, de espesa vegetación, siguiendo un sendero que
-abrieron junto al agua sus pies descalzos, corren enjambres de negritos,
-cabezudos, con las negras lanas cortadas en forma de solideo, la panza
-enorme al aire, un saliente de carne en el lugar del ombligo y otro
-mayor que tiembla más abajo al compás del trote.</p>
-
-<p>Todo este mundo de ébano y marfil, que salta y grita, mostrando sus
-luminosas dentaduras, vive en chozas cónicas de paja, cuyos remates
-asoman sobre el apretado ramaje de la selva.</p>
-
-<p>No son del país. La gente de Panamá nunca ha te<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span>nido la tez tan obscura.
-Son familias de Jamaica cuyos varones están contratados en los trabajos
-del canal.</p>
-
-<p>¿Cómo describir con palabras la exuberancia de este paisaje eternamente
-verde?... Su colorido resulta monótono porque se desarrolla siempre
-dentro del mismo tono, y sin embargo sus variedades son infinitas.</p>
-
-<p>Hay otros países donde parece que todo queda dicho con anotar que su
-color es verde. En Panamá, esta palabra resulta pobre, inexpresiva,
-débil. Hay que repetir sin cansarse: verde, verde, verde, verde...</p>
-
-<p>La tierra, roja ó del mismo color negruzco que la piel del elefante ó el
-tronco de la higuera, apenas si se deja ver como los filamentos de una
-red entre masas de vegetación de eterna frescura.</p>
-
-<p>Nunca creí que un mismo color pudiera descomponerse en tantas
-gradaciones. Veo el verde amarillento y charolado de las hojas de los
-plátanos; el verde obscuro y metálico de otros árboles y arbustos. Hay
-verde de óxido, verde luminoso de piedra preciosa, verde suave de mar
-adormecido, verde dorado, como debió ser el de ondinas y sirenas.</p>
-
-<p>Unas flores rojas, enormes, como estrellas incandescentes, abren sus
-puntas en el misterio de las profundidades verdes. ¿Quién podría decirme
-su nombre?...</p>
-
-<p>De las marañas de la selva brotan tropeles de mariposas. Revolotean
-formando nubes sobre el buque, se cuelan por todas partes como enjambres
-de moscas, se dejan aprisionar con la torpeza de la inocencia.</p>
-
-<p>Loros y monos hacen estremecerse las ramas de los árboles, siguiendo con
-saltos invisibles la lenta marcha del buque á través de los bosques.</p>
-
-<p>¡Oh, Panamá la Verde!...<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII<br /><br />
-PANAMÁ LA VERDE</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">El novelesco Balboa.&mdash;Su descubrimiento del Mar del Sur.&mdash;El primer
-europeo que se embarcó en el Pacífico.&mdash;Mortandad de colonizadores
-al pasar el istmo de Panamá.&mdash;El primitivo proyecto del canal
-ideado por los españoles.&mdash;El saqueo de Panamá la Vieja por los
-piratas.&mdash;Me bajan en andas para visitar la ciudad.&mdash;El presidente
-Porras y la juventud intelectual.&mdash;Las escuelas de Panamá.&mdash;Versos
-en la noche.&mdash;De una acera á otra.</p></div>
-
-<p>El primer descubridor de las costas atlánticas de Panamá fué Rodrigo de
-Bastidas, un escribano de Sevilla que abandonando sus legajos se dedicó
-á navegante. Fué tal el entusiasmo aventurero en España después del
-primer viaje de Colón y los Pinzones, que, según dijo un escritor de
-aquella época, «hasta los sastres quisieron meterse á descubridores».</p>
-
-<p>Colón navegó después frente á las mismas costas. Empezaba á dudar que
-las tierras encontradas por él fuesen las de Cipango y Catay (el Japón y
-la China), y buscaba un estrecho, un callejón marítimo que le permitiese
-pasar al otro lado, donde presentía un nuevo mar y el Asia tan buscada.
-Con este objeto tanteó la costa, esperando dar con un canal que sólo
-debía existir cuatro siglos después, y hecho por industria humana.</p>
-
-<p>Sucesivas expediciones de españoles se establecieron en esta tierra,
-fundando Santa María la Antigua de Da<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span>rién, Nombre de Dios, Portobelo y
-otras poblaciones famosas en la historia de la colonización. Uno de los
-héroes más extraordinarios de tal epopeya geográfica surge en Panamá,
-Vasco Núñez de Balboa, personaje de novelesca vida, superior á Cortés y
-á Pizarro, pero que tuvo la desgracia de morir joven, sin encontrar las
-riquezas que éstos en sus descubrimientos. Mas á pesar de su corta
-existencia, sirvió al progreso humano mejor que los conquistadores de
-Méjico y del Perú, encontrando el llamado Mar del Sur, que años después
-bautizó Magallanes con el impropio nombre de Pacífico.</p>
-
-<p>Las altas y fragosas montañas del istmo me hacen recordar los episodios
-del descubrimiento de Balboa. Con ciento noventa españoles y algunos
-indios, salió en Septiembre de 1513 de la ciudad de Darién para
-convencerse de si era cierta la existencia de un mar en la otra
-vertiente de la cordillera. Tan difícil era la marcha á través de ríos y
-bosques, que para hacer diez leguas necesitaba cuatro días. Tuvieron que
-reñir, además, con las tribus belicosas del istmo, que usaban «flechas
-de hierba», ó sea envenenadas.</p>
-
-<p>Un cacique amigo afirmó á Balboa la existencia del misterioso mar,
-señalándole una montaña lejana desde cuya cumbre podría verlo. Otros
-indios le dieron prendas de oro, muy bien trabajadas, traídas de los
-países del gran mar que iba buscando, y añadieron que en este mar había
-grandes barcos con velas, parecidos á los de los españoles. Se referían
-indudablemente al Perú, y es posible que de no ser decapitado, años
-después, Balboa, por su rival el gobernador Pedrarias, habría continuado
-sus exploraciones por el Pacífico, descubriendo el Imperio de los Incas,
-en vez de Pizarro, que vivía á sus órdenes como obscuro lugarteniente.</p>
-
-<p>Cuando la partida de españoles, batallando con los<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span> indígenas, llegó á
-la cumbre de la citada montaña, veintiséis días después de haber salido
-de Darién, todos pudieron ver la inmensidad del mar deseado. El
-sacerdote Andrés Varas, capellán de la expedición, entonó un <i>Te Deum</i>,
-que sus compañeros oyeron de rodillas. Después colocaron en aquel paraje
-una cruz, hecha con dos troncos de árbol, sobre un montón de piedras.</p>
-
-<p>Para bajar hasta las playas del nuevo Océano tuvieron que reñir nuevos
-combates con las tribus de esta vertiente. Un destacamento enviado por
-Balboa á explorar el país llegó antes que él á la costa, y su jefe,
-llamado Alonso Martín, se apresuró á embarcarse en una canoa de indios,
-haciéndose dar por sus hombres un testimonio de que era el primer
-europeo que navegaba en estas aguas, llamadas por unos Mar del Sur y por
-otros Mar Grande. Luego envió aviso á Balboa para que siguiese el mismo
-camino hasta la costa.</p>
-
-<p>Los hombres de la expedición, entusiasmados por el descubrimiento de
-este Océano misterioso, bebieron en sus manos el agua cargada de sal.
-Balboa, cubierto con su armadura, la espada en una mano y en la otra un
-estandarte que tenía pintada la imagen de la Virgen, entró en él hasta
-las rodillas y tomó posesión de su inmensidad en nombre de los soberanos
-de Castilla.</p>
-
-<p>Fué durante muchos años la travesía del istmo un trayecto en extremo
-penoso que debían arrostrar inevitablemente los que iban de España á las
-Indias del Pacífico. La fama de las grandes riquezas del Perú hizo pasar
-por Panamá la corriente humana más numerosa de la conquista, y tales
-eran las dificultades del camino, que en menos de medio siglo
-sucumbieron 40.000 españoles, sin que tan gran mortandad desalentase á
-los aventureros. Al desembarcar en la costa atlántica remontaban sobre
-lentas barcazas el río Chagres hasta Cruces, y<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span> luego seguían un penoso
-camino por las montañas para llegar á la ciudad de Panamá. Otros
-marchaban por la vía de Portobelo, que era no menos peligrosa.</p>
-
-<p>Tan enormes penalidades en el cruzamiento del istmo atrajeron la
-atención de inteligentes españoles de aquella época, haciéndoles trazar
-proyectos para un nuevo paso interoceánico, que fueron presentados á la
-corte de España. En estos proyectos, la apertura del istmo de Panamá era
-casi igual á la forma que tiene actualmente. Aprovechaban el curso del
-río Chagres, cortando luego la cordillera en los mismos sitios escogidos
-por los ingenieros modernos. Los estudios de los españoles á principios
-del siglo XVI han servido indudablemente de base á los que acometieron
-la obra á fines del siglo XIX.</p>
-
-<p>La España de aquella época, abrumada por una grandeza fatal, teniendo
-que atender al gobierno de medio mundo, no podía acometer una obra tan
-gigantesca, solamente posible con el auxilio de los progresos
-industriales de nuestro tiempo. Pero escritores de entonces, como Gomara
-y otros tratadistas de América, la creyeron factible, afirmando
-jactanciosamente que un rey de España tenía riquezas y poder de sobra
-para atreverse á empresas todavía más difíciles. En aquellos años de
-continuos descubrimientos y maravillosas conquistas, que vieron á muchos
-soldados obscuros apoderarse de reinos enormes, todo parecía hacedero.</p>
-
-<p>Durante tres siglos de dominación española, la rica ciudad de Panamá fué
-el centro distribuidor de lo que hoy se llama América del Sur. Las
-flotas de España desembarcaban sus cargamentos en Portobelo, y á través
-del istmo pasaban éstos á Panamá, residencia de los altos empleados de
-la Hacienda española. De Panamá salían expediciones para el Perú, alto y
-bajo; para Chile; para Tucumán y Córdoba, en lo que es hoy Repú<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span>blica
-Argentina y las expediciones de vuelta desde los citados países á la
-metrópoli seguían el mismo camino.</p>
-
-<p>Tanta era la importancia de la ciudad de Panamá, que los piratas
-ingleses y franceses, guarecidos en el mar de las Antillas para robar
-las posesiones españolas, hicieron una expedición contra ella,
-capitaneados por Morgan, famoso bandido del mar, al que ennobleció luego
-Inglaterra. En aquellos siglos la política inglesa no fué un modelo de
-lealtad. Los reyes de Londres ajustaron repetidas veces tratados de paz
-con los reyes de Madrid, y al mismo tiempo dejaban que muchos
-aventureros de su país se dedicasen á la profesión de piratas, saqueando
-las ciudades españolas de América, indefensas ó descuidadas. Y si no
-caían prisioneros y eran ahorcados, les daba títulos nobiliarios y
-puestos públicos al volver á Inglaterra cargados de riquezas.</p>
-
-<p>A cierta distancia de la ciudad de Panamá existen las ruinas de la vieja
-Panamá, robada é incendiada por los filibusteros que pasaron el istmo,
-dirigidos por Morgan. Estas ruinas ofrecen hoy un aspecto interesante,
-pues las ha embellecido la extraordinaria vegetación del Trópico,
-cubriéndolas en parte con su follaje. Las más de las casas del antiguo
-Panamá eran de madera, y desaparecieron completamente; pero la catedral
-y los edificios del gobierno, por ser de mampostería, sobrevivieron al
-incendio. Entre las murallas todavía en pie de los caserones que en
-otros siglos guardaron las remesas de oro del Perú y de Chile, en espera
-de la flota real, han crecido ramajes gigantescos, como sólo pueden
-verse en estas tierras. La torre de la catedral, tapizada de plantas
-trepadoras, recuerda las eternas ruinas que sirvieron de escenario á
-tantos episodios de la literatura romántica.</p>
-
-<p>He visto los restos de Panamá la Vieja á la hora más<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span> favorable para
-estas visitas. Acababa de cerrar la noche. Árboles enormes extendían sus
-masas, como borrones de tinta, sobre la lámina celeste acribillada de
-puntos de luz. Los faros de nuestro automóvil subieron y bajaron,
-abarcando en sus mangas luminosas los restos de la antigua ciudad
-española. Así vimos surgir del misterio de la noche, con un resplandor
-purpúreo de incendio, el campanario de la derruída catedral y las
-murallas todavía en pie de las casas del gobierno. Antes había visto á
-la luz del sol la actual ciudad de Panamá, la que fundaron los españoles
-en sitio más favorable para la defensa, después del saqueo de los
-piratas, y que es hoy capital de la joven República que lleva su nombre.</p>
-
-<p>En las primeras horas de la tarde se detiene el <i>Franconia</i> en las
-esclusas de Pedro Miguel. Los pasajeros van á descender aquí para
-visitar la ciudad y las poblaciones recientemente creadas en la zona
-interoceánica.</p>
-
-<p>Horas antes ha subido al buque un joven colombiano que es intérprete
-español de las oficinas del canal. Las autoridades norteamericanas
-tienen expertos en todos los idiomas del mundo civilizado, y los envían
-á los buques que pasan, para comodidad de capitanes y pasajeros. Este
-intérprete viene á saludarme en nombre del gobernador americano del
-canal, y con él llegan otros empleados nacidos en los Estados Unidos,
-pero aficionados á la lectura de libros en español, que desean conocerme
-personalmente. Me dicen que en las esclusas van á recibirme una comisión
-enviada por el gobierno de Panamá y un grupo numeroso de españoles.
-Además, el presidente de la República me espera en su palacio á la hora
-del té.</p>
-
-<p>Escucho estas noticias medio tendido en un sillón de cubierta. ¡Cómo
-moverme, con una pierna que no obedece á mi voluntad!... Pero en Pedro
-Miguel, donde<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span> empiezan á descender los pasajeros del <i>Franconia</i>, veo
-muchos señores que me aguardan y también á lo lejos, en la tierra firme,
-varios automóviles adornados con banderas de España y de Panamá. Pienso
-que tal vez no podré volver nunca á esta tierra, tan hermosa por su
-vegetación, tan interesante por sus recuerdos históricos, y sentiré
-remordimiento de no haberla visitado á causa de una enfermedad olvidada
-ya entonces.</p>
-
-<p>Miro mi pierna como á un enemigo que necesito vencer. Debo bajar á
-tierra, como los otros pasajeros, que no pueden sentir por Panamá el
-mismo interés que yo. Desciendo del buque en andas, lo mismo que una
-imagen de procesión, sentado en una silla de junco sostenida por dos
-gruesos bambús. Estos bambús los apoyan en sus hombros cuatro camareros
-ingleses. Así me llevan por las pasarelas de las esclusas hasta los
-automóviles embanderados.</p>
-
-<p>Emprendemos la marcha, formando una larga comitiva de vehículos, y la
-novedad y variedad de las impresiones que voy recibiendo me hacen
-olvidar mis torturas físicas. Los caminos de Panamá se hallan tan bien
-cuidados, que puede correrse por ellos como en una avenida asfaltada.
-Pasamos por barrios que habitan los negros empleados en el canal. Sus
-casas son á modo de grandes jaulas. Tienen enormes aberturas para su
-refrescamiento por medio del aire, con cierres de tela metálica que las
-defienden de los insectos.</p>
-
-<p>Dentro de la capital llama inmediatamente mi atención la limpieza y
-regularidad de su pavimento. Es de ladrillos rojos puestos de canto,
-duros como la piedra, cristalizados, sin que un tránsito continuo cause
-en ellos desgastes visibles.</p>
-
-<p>Panamá guarda un aspecto de antigua colonia española, pero elegante,
-aristocrático. Fué una ciudad de ri<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span>cos comerciantes, con sucursales en
-Lima y otros mercados de la América del Sur; de oidores y altos
-empleados de la Península. Los edificios algo antiguos tienen balcones
-de madera de gran vuelo, que son á modo de salones adosados á las casas,
-pues en ellos pasaban las señoras la mayor parte del día y recibían sus
-visitas. La catedral hace recordar los templos andaluces. La antigua
-muralla, empleada como paseo en su parte alta, atestigua que Panamá
-tiene varios siglos y una historia propia.</p>
-
-<p>El palacio del presidente de la República es pequeño, pero está situado
-frente á uno de los puntos de vista más hermosos que puede ofrecer el
-Pacífico. Su construcción ofrece una mezcla interesante. Tiene algo de
-árabe, como recuerdo de la madre España, y mucho de un estilo que
-pudiera llamarse panameño. El patio central del edificio brilla con
-suave resplandor, semejante á la luz nacarada de los bajos fondos del
-Océano en las horas meridianas, cuando la luz solar desciende
-verticalmente. Columnas, arcos y muros están hechos de pequeños
-fragmentos de concha-perla. No hay que olvidar que el famoso
-Archipiélago de las Perlas, tan mencionado en la historia de América,
-está á pocos kilómetros de aquí, en el golfo que tiende su curva ante el
-palacio, y cuyas aguas azules cortan el arco de su puerta.</p>
-
-<p>En el centro del patio hay una fuente también de nácar, y en ella varias
-muestras de la fauna nacional. Sumidas en el agua veo algunas tortugas,
-de las que dan la fina concha llamada carey. Dos garzas domesticadas
-permanecen inmóviles y pensativas en el borde del tazón, como dos ibis
-empequeñecidos.</p>
-
-<p>Me recibe el Presidente con una cortesía familiar y aseñorada al mismo
-tiempo. Es el doctor Belisario Porras, hombre de gran experiencia
-política, que ha escrito<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span> además con galanura estudios interesantes
-sobre la historia moderna de su país. Me anima cariñosamente á subir al
-último piso, desde cuya terraza se goza una vista muy interesante de la
-ciudad y el golfo. En los frescos salones inmediatos á dicha terraza es
-donde se reunen las señoras á la hora del té, en esta tierra tropical.
-Me ofrece su brazo y poco á poco voy realizando la penosa ascensión.</p>
-
-<p>Encuentro arriba elegantes damas norteamericanas, esposas ó hijas de los
-altos empleados del canal y de los jefes y oficiales de su guarnición.
-Mezcladas con ellas hay numerosas señoras de Panamá, que guardan en su
-hermosura y en la gracia de palabras y ademanes mucho del origen español
-de sus abuelas.</p>
-
-<p>Desde esta altura me va explicando y señalando el Presidente todo lo
-notable que lleva hecho la joven República de Panamá, absteniéndose de
-recordar que es él quien ha tomado las más de tales iniciativas. Veo de
-lejos y á vista de pájaro lo que luego voy á contemplar de cerca, en un
-rápido viaje por los alrededores: el gran hospital, único en el mundo,
-destinado al estudio de las enfermedades tropicales; los diversos
-edificios dedicados á la enseñanza; el monumento á la gloria de Vasco
-Núñez de Balboa, que dentro de pocos meses va á ser inaugurado.</p>
-
-<p>Se nota en Panamá un espíritu de imparcialidad histórica, de gratitud al
-pasado, que extiende su influencia hasta los extranjeros. El gobierno
-del país elevó espontáneamente este monumento al descubridor del
-Pacífico. Los norteamericanos, al crear en su zona una ciudad paralela á
-la de Panamá, la han dado el nombre de Balboa. Una de las plazas más
-hermosas de la capital se llama de España, y se alza en el centro de
-ella la estatua de Cervantes.<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span></p>
-
-<p>El presidente Porras, tal vez por ser escritor, tiene en torno de él,
-como colaboradores políticos, á muchos jóvenes dedicados á las Letras.
-Bajo su gobierno la instrucción pública se ha ido desarrollando con una
-rapidez y una amplitud como sólo pueden verse en los Estados Unidos.</p>
-
-<p>Un catedrático, joven y de gran talento, Octavio Méndez Pereira, es el
-director de Instrucción pública, que secunda y ejecuta los planes
-educativos del Presidente. Voy conociendo á varios poetas jóvenes, de un
-sentimentalismo sincero y con una visión intelectual siempre clara y
-precisa, que desempeñan igualmente altos cargos públicos.</p>
-
-<p>Apoyado en un bastón y arrastrando la pierna, me despido de la
-distinguida esposa del Presidente y las damas norteamericanas y
-panameñas que han venido para conocer al autor de <i>Los cuatro jinetes
-del Apocalipsis</i> y sólo han visto á una especie de inválido que no puede
-dar un paso sin pedir apoyo y hacer gestos de dolor.</p>
-
-<p>Sentado otra vez en el automóvil, vuelvo á contemplar las cosas con el
-optimismo del que descansa unos momentos luego de haber sufrido
-enervantes dolores.</p>
-
-<p>Fuera de la ciudad me interesa otra vez la flor enorme y roja, abierta
-como una estrella de fuego, que se destaca sobre el verde infinito de la
-vegetación. Pregunto cómo se llama á Méndez Pereira, y éste sonríe.</p>
-
-<p>&mdash;No sé su nombre científico&mdash;dice vacilando&mdash;; pero aquí la gente del
-país la llama... «papo de la reina».</p>
-
-<p>¡Yo que esperaba un nombre dulce y poético!... Luego pienso que el vulgo
-ha asociado siempre la idea de grandeza con la de majestad real, y por
-eso, al querer dar nombre á esta flor sanguínea y desmesuradamente
-abierta, sólo pudo pensar en... la flor de una reina.<span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span></p>
-
-<p>Entrada ya la noche, mis compañeros de Letras, que son directores
-generales, subsecretarios de ministerio ó desempeñan otros altos empleos
-en esta pequeña y tranquila República, presidida por un escritor, me
-llevan á comer al club principal de la ciudad.</p>
-
-<p>Este hermoso edificio tiene por un lado las antiguas murallas españolas
-y en su fachada opuesta los balconajes dan sobre el maravilloso
-espectáculo del golfo. La comida es suntuosa. La gente rica de Panamá
-sabe vivir bien por tradición, adoptando además los usos elegantes de
-los viajeros de todos los países que pasan por su canal.</p>
-
-<p>A los postres, mis nuevos amigos me recitan sus versos, y lo que tal vez
-resultaría inoportuno y penoso en otros lugares, proporciona aquí un
-verdadero placer. Al otro lado de la floreada mesa y la baranda de la
-galería, extiende el Pacífico su obscura y murmurante superficie,
-poblada de luces de buques y de reflejos serpenteantes de astros. Y en
-esta penumbra, agitada por el aliento oceánico, que parece traernos la
-respiración de mundos que viven al otro lado de la tierra, suenan las
-voces de los poetas expresando sus melancolías amorosas ó su lealtad
-patriótica; el amor á la mujer pálida, de grandes ojos, aterciopelada y
-olorosa como la noche del Trópico; la fidelidad á la tierra natal, que
-cuanto más pequeña es, con más entusiasmo la defendemos.</p>
-
-<p>Cerca de media noche vamos en busca del <i>Franconia</i>, que flota ya en las
-aguas del Pacífico, á la salida del canal. Corre el automóvil á través
-de parques públicos, exuberantes como selvas; atravesamos poblaciones
-limpias, ordenadas, de monótona regularidad, todas ellas con casitas
-entre jardines, iguales á las que existen en La Florida ó en California.
-Son los barrios de la ciudad de Balboa. En lo alto de una colina se
-destaca sobre el firmamento, ocultando con su masa obscura numerosas<span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span>
-constelaciones, un edificio que parece interminable, el de las oficinas
-del gobierno del canal.</p>
-
-<p>La ciudad de Panamá queda topográficamente dentro de las diez millas que
-se concedieron á los norteamericanos para la defensa de sus obras, pero
-como era lógico, ha conservado una absoluta independencia. Penetra sin
-embargo hondamente en dicha zona, y á causa de ello, en una sección de
-sus afueras, basta caminar unos cuantos metros para haber saltado de la
-República de Panamá con sus leyes de nación libre y soberana á la
-República de los Estados Unidos con su legislación federal, discutida y
-votada en el Capitolio de Wáshington.</p>
-
-<p>En una esquina es delito beber líquidos alcohólicos, y se castiga con
-severas penas llevar una botella de vino, como si fuese un arma
-prohibida. En la esquina de enfrente, el comerciante español, chino ó
-griego, tiene abierta su tienda de bebidas ó su café.</p>
-
-<p>El trabajador norteamericano, el soldado, el marinero, y quién sabe si
-algunas veces el policía encargado de la observancia de las leyes, no
-tienen mas que dar unos cuantos pasos fuera de la acera, y al llegar á
-la acera de enfrente, les es lícito emborracharse hasta caer al suelo,
-revolcándose en él cuanto quieran con absoluta libertad.<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span></p>
-
-<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII<br /><br />
-LAS COSTAS DEL PACÍFICO</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Los tres colores del Trópico.&mdash;Envidiando á Robinsón.&mdash;La madrastra
-Naturaleza.&mdash;Desfile de tortugas.&mdash;Las malas costumbres de la
-guerra.&mdash;La «Nao de Acapulco».&mdash;Cómo los galeones del virreinato de
-Méjico atravesaban el Pacífico.&mdash;50.000 pares de medias de seda en
-cada viaje.&mdash;El centinela que se durmió en la muralla de Manila y
-despertó en la plaza Mayor de Méjico.&mdash;El protestantismo y el
-canto.&mdash;Temporal frente á Los Ángeles.</p></div>
-
-<p>Después de Panamá empiezan las navegaciones más extensas del viaje
-alrededor del mundo.</p>
-
-<p>Cuando lleguemos á Asia, las escalas serán cortas; bastará un par de
-días para que el buque haga la travesía entre dos puertos célebres. El
-más viejo de los continentes tiene encima de su costra los grupos más
-densos de humanidad; pueblos que bullen como colmenas, mares interiores,
-golfos, estrechos é islas, en cuyas orillas son incontables las
-ciudades. Aquí estamos en la inmensa soledad del Pacífico, donde las
-olas deben rodar sobre la superficie de medio planeta para ir de una
-ribera á otra.</p>
-
-<p>Necesitamos tres navegaciones algo largas, comparadas con las del resto
-del viaje, para salvar el más extenso de los Océanos; de Panamá á San
-Francisco ocho días, siguiendo las costas de la América Central, Méjico<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span>
-y California; de San Francisco á las islas de Hawai, archipiélago
-solitario en mitad del Pacífico, seis días; y desde ellas al Japón,
-diez.</p>
-
-<p>Al salir de Panamá, la serena y luminosa esplendidez del Pacífico
-tropical nos envuelve durante una semana. El mundo parece tricromo, como
-si no existiesen en él otros colores que el azul, el verde y el blanco.
-El cielo es eternamente azul; las aguas de un verde dorado y clarísimo,
-que mantiene su transparencia á enormes profundidades; las crestas de
-las olas, al levantarse como cascadas invertidas en los arrecifes de las
-islas, tienen, lo mismo que las nubes, una blancura inmaculada, que
-parece de los primeros días del planeta, cuando la vida animal aún no
-había contaminado la pureza de los primitivos ensayos de la creación.
-Las costas de la tierra firme y las islas de graciosos nombres
-españoles, inventados por los navegantes del descubrimiento, no añaden
-ningún color nuevo. Todas son verdes como el mar, pero de un verde más
-obscuro, semejante al de los óxidos metálicos.</p>
-
-<p>El suelo desaparece bajo la arrolladora vegetación. Lianas y matorrales
-luchan trabando sus brazos retorcidos, y por encima de esta selva en
-muda batalla, cortan el aire graciosos y aéreos ramilletes de palmeras y
-cocoteros. En la orilla, cabos é islotes están festoneados con una doble
-fila de plátanos.</p>
-
-<p>Muchos, al contemplar acodados en la cubierta esta Naturaleza libre, en
-la que solamente muy de tarde en tarde alcanzamos á ver con los anteojos
-marítimos alguna hormiga de paso vertical, que es un hombre, sienten
-deseos envidiosos de repetir la aventura de Robinsón. ¡Qué felicidad
-vivir en una de estas islas que ignoran el invierno, donde los árboles
-dan espontáneamente sus frutos alimenticios de azucarada pulpa, y el
-agua cris<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span>talina se pierde cayendo por el acantilado en hilos de
-plata!... Ricas damas acostumbradas á todos los refinamientos de la
-civilización se sienten de pronto con un alma primitiva, y fantasean
-sobre la poética existencia que puede llevarse en estos lugares
-esplendorosos, saboreando las ventajas de un salvajismo dulce.</p>
-
-<p>Yo que he vivido en terrenos desiertos de América, sufriendo las
-penalidades del colonizador, quiebro con mi pesimismo tales ilusiones.
-Sé por experiencia que la Naturaleza sólo es madre cuando el hombre la
-ha vencido y esclavizado, haciéndola saber que existe. Donde los humanos
-no la pisotearon en masa durante siglos y no la golpean y desgarran
-todos los años con millares de brazos y de máquinas, es una madrastra
-que nos ignora y nos abruma bajo sus exuberancias crueles, más aún que á
-los seres inferiores, mejor preparados para amoldarse á sus asperezas.</p>
-
-<p>Dejo de contemplar las islas de lujuriante vegetación. Prefiero el
-espectáculo del mar con la fauna innúmera que hierve en sus entrañas. En
-el Pacífico puede uno persuadirse, por observación directa, de que la
-vida marítima es infinitamente superior en intensidad á la terrestre.
-Como toda vida empezó á formarse en el mar y procede de él, es en los
-Océanos donde queda más numerosa y latente. Los que, acostumbrándonos al
-mar flúido de la atmósfera trepamos por las sinuosidades de la corteza
-terrestre recién enfriada, fuimos menos numerosos que los que
-permanecieron para siempre á nuestras espaldas, no queriendo abandonar
-el elemento originario.</p>
-
-<p>En los mares de Europa, devastados por una pesca excesiva y empobrecidos
-por la aridez creciente de sus fondos, resulta difícil convencerse de la
-posibilidad de esta hipótesis científica. En el Pacífico tropical,
-frente á<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span> las costas de la América del Centro, el agua parece hervir con
-el chisporroteo de las bandas de peces que huyen ante la proa del buque.
-Algunos, al saltar fuera del agua, dan varias vueltas en el aire,
-muestran su panza blanca, y se dejan caer cómicamente de costado, con
-una gracia de payaso torpe.</p>
-
-<p>Durante las horas meridianas, van desfilando sobre la llanura verde y
-dorada, con la tranquilidad que proporciona la ignorancia del peligro,
-largas hileras de tortugas. Son enormes y llevan á flor de agua su duro
-escudo de carey, isla flotante en la que vienen á descansar las aves
-marinas vagabundas, mientras por abajo mueven sus patas rugosas de
-lagarto y su cabeza de serpiente tonta.</p>
-
-<p>Atraídos por la novedad de estos blancos, el comandante y los oficiales
-que están en el puente empiezan á tirar sobre ellas con pistolas y
-carabinas. Muchas damas americanas pertenecientes á sociedades
-protectoras de animales protestan con indignación, y al poco rato cesa
-el tiroteo.</p>
-
-<p>Esta carnicería inútil es una consecuencia de la guerra reciente. En el
-<i>Franconia</i>, desde el primer jefe al último camarero, todos llevan en el
-pecho condecoraciones militares. Se han batido sobre el mar en navíos de
-combate, ó han arrostrado en buques mercantes el torpedazo mortal
-durante cinco años. El criado que me sirve á la mesa naufragó dos veces
-por haber echado á pique los submarinos alemanes los barcos en que iba.
-Los más de sus camaradas pueden contar aventuras semejantes. Acaban de
-atravesar un período de la historia humana en que el hombre daba caza al
-hombre, lo mismo que en los tiempos prehistóricos, y matar era función
-diaria y natural. Y en este Océano tranquilo, luminoso, dulce, al ver
-junto á los costados del buque<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span> el confiado desfile de unos animales
-enormes y pacíficos, lo primero que se les ocurre es echar mano á sus
-armas de fuego, por la satisfacción vanidosa de comprobar y lucir sus
-habilidades de tirador.</p>
-
-<p>Cuando cesan los disparos, vuelven las tortugas á continuar su viaje por
-las dos bandas del buque, con la tenacidad de las hormigas que reanudan
-su procesión después de la pisada catastrófica del viandante. El Océano
-refleja el cielo como un espejo de suave color de turquesa, y repite en
-su fondo las nubes del horizonte cual si fuesen leves empañamientos de
-su cristal.</p>
-
-<p>Para acortar la navegación nos separamos de tierra, y durante unos días
-sólo vemos mar y cielo en torno del buque; pero sabemos que vamos
-navegando ante Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala, á más de
-cien millas de su litoral.</p>
-
-<p>He cesado de sufrir la cosquilla ardiente de los rayos violeta, que
-parecen freir la carne. Ya puedo marchar por todo el buque apoyado en un
-bastón. El nudo ciático se ha deshecho y la pierna recobra poco á poco
-su funcionamiento normal. La vida vuelve á parecerme interesante.</p>
-
-<p>Una mañana surgen montañas ante la proa. Son las costas de Méjico. La
-tierra sale á nuestro encuentro, y vamos á seguirla, con ligeros
-eclipses, hasta California. Va pasando por el costado de estribor una
-sierra altísima, que aún parece más enorme al descender directamente al
-mar sin que nada la encubra. En su ribera se alzan sobre las aguas dos
-montañitas redondas y graciosas, como dos pechos femeninos. Deben ser de
-gran altura, y sin embargo parecen algo pueril y frágil, dos juguetes,
-en comparación con la cordillera que se yergue detrás cubriendo gran
-parte del cielo.</p>
-
-<p>En una de estas montañitas hay un mástil de telegra<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span>fía inalámbrica. En
-la cumbre de la otra, un viejo castillo. Es Acapulco.</p>
-
-<p>Este nombre sólo significará para muchos lectores el de un modesto
-puerto mejicano, si es que lo han oído alguna vez. Tal ignorancia nada
-tiene de extraordinaria, pues la gran mayoría de los españoles cultos
-también se hallan en el mismo caso. Y sin embargo, durante tres siglos
-Acapulco fué uno de los puertos más importantes de la colonización
-española, y la llamada «Nao de Acapulco» el servicio marítimo más
-regular, más extenso y audaz que existía en el mundo.</p>
-
-<p>Sabido es que Magallanes, después de encontrar el paso que lleva su
-nombre, buscó al lanzarse en el Pacífico el famoso archipiélago titulado
-de la Especiería, á causa de sus abundantes especias: el llamado
-«Maluco» por los geógrafos de entonces, ó sea las actuales Molucas,
-propiedad de los holandeses. En aquellos tiempos eran los portugueses
-los que explotaban dichas islas, pero Carlos V envió la expedición de
-Magallanes porque éste y su camarada el cosmógrafo Rui Falero le
-hicieron ver que el Maluco correspondía á sus dominios, á causa de
-haberse trasladado, de acuerdo con Portugal, trescientas leguas hacia
-Occidente la antigua línea de demarcación trazada por el Papa de arriba
-á abajo del planeta, dividiendo los nuevos descubrimientos entre
-portugueses á Oriente y españoles á Occidente.</p>
-
-<p>Pero Magallanes murió combatiendo á un reyezuelo de una de las islas que
-después fueron llamadas Filipinas, sus principales capitanes perecieron
-asesinados á traición en un banquete de otro reyezuelo, y el último
-buque de la flota, bajo el mando de Sebastián del Cano, tuvo que
-volverse á España, dando vuelta á toda la redondez del planeta por
-primera vez en la historia humana, pero sin haber tomado posesión del
-Maluco.<span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span></p>
-
-<p>Años después, Legazpi cimentó y organizó la conquista de Filipinas, y
-aunque España no fué dueña nunca de las islas de las Especias, pudo
-establecer cerca de ellas un mercado para su adquisición, que fué
-Manila. Entonces empezó la importancia interoceánica del puerto de
-Acapulco. Las naves españolas no podían hacer un tráfico regular con
-Filipinas siguiendo todo el contorno de África y de Asia. Tampoco
-resultaba comercial repetir la hazaña de Magallanes pasando por el
-estrecho que lleva su nombre. Esta navegación, que exigía años, sólo
-podía realizarla entonces un descubridor ó un pirata. Era preciso
-acortar el camino con la colonia oceánica, y el gobierno de Madrid se
-aprovechó de la comunicación que tenía establecida con Méjico,
-prolongándola á través del Pacífico.</p>
-
-<p>Los primeros galeones para Manila salieron del Perú porque los vientos
-normales favorecían la navegación desde el Callao; pero en cambio, el
-viaje de vuelta resultaba difícil por ser los vientos contrarios. La
-ruta fué modificada, y estos galeones se trasladaron al virreinato de
-Méjico, saliendo del puerto de Acapulco por resultar más favorables las
-corrientes atmosféricas del hemisferio Norte, á la ida y á la vuelta.</p>
-
-<p>El gobierno y los comerciantes de la metrópoli enviaban sus pliegos
-oficiales y sus órdenes de compra á Méjico, y el correo, atravesando el
-país de Este á Oeste&mdash;lo que no era siempre fácil, pues abundaban los
-bandoleros y las partidas de indios bravos&mdash;, lo llevaba todo al puerto
-de Acapulco, en el Pacífico. Allí encontraba á la famosa «Nao», que
-solía ser un buque de los más grandes de su época: un galeón de 1.500
-toneladas, algo extraordinario, como un <i>dreadnaught</i> ó un trasatlántico
-gigantesco de nuestra época.</p>
-
-<p>El virrey de Méjico tenía á sus órdenes dos ó tres<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span> naves de esta
-especie. Salía un galeón por año para las Filipinas y á veces dos, según
-las necesidades del comercio.</p>
-
-<p>Poco á poco dejaron de traer especias de la colonia oceánica, pues los
-portugueses y holandeses se las procuraban á Europa por la ruta de
-Oriente. Era la China la que abastecía con sus riquezas el mercado de
-Manila. Más de 20.000 chinos vivían en dicha ciudad como mercaderes,
-orfebres y tejedores de seda. La famosa «Nao», al llegar procedente de
-Acapulco, se abarrotaba de telas de la India, muselinas pintadas,
-mantones bordados, obras de plata, y especialmente de medias de seda. En
-cada viaje llevaba cuando menos 50.000 pares. La media de seda era en
-las ricas ciudades de la América española el mayor de los lujos. Las
-damas de Méjico y de Lima, que se tapaban la cara con la mantilla para
-aumentar el misterio de sus ojos, llevando al mismo tiempo su hueca
-falda tan corta como la de una bailadora, solían cambiar de medias tres
-veces al día.</p>
-
-<p>Al navegar de Manila á Acapulco, resultaba tan enorme el cargamento de
-la «Nao», que gran parte de sus cañones quedaban desmontados y guardados
-en la bodega para dejar más amplio espacio en los entrepuentes. Su
-tripulación de soldados y artilleros era menos numerosa en esta
-travesía. Además, los piratas no podían sentirse tentados por el
-abordaje de un navío que sólo llevaba riquezas comerciales, fáciles de
-robar en cualquier puerto asiático, y muy voluminosas.</p>
-
-<p>El famoso galeón excitaba la codicia de los ladrones del mar en su viaje
-de vuelta, de Acapulco á Manila. En esta travesía apenas llevaba
-cargamento; pero todos los cañones iban montados, la tripulación estaba
-completa, y además el gobierno aprovechaba el viaje para enviar soldados
-á la guarnición de Manila. La «Nao de Acapul<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span>co» llevaba entonces 600
-combatientes y á veces más. Sus pasajeros eran contados mercaderes en
-relación con los comerciantes de Manila, que emprendían tan enorme viaje
-para hacer nuevos tratos con ellos.</p>
-
-<p>La vida á bordo del galeón era la de un buque de guerra. Al llegar á los
-archipiélagos oceánicos había vigías en las islas de Guan y de Batan,
-que le avisaban por medio de llamaradas si el mar estaba libre ó si
-algún pirata inglés navegaba desde meses antes por estos pasos, en
-espera de la famosa «Nao». En tal caso, el capitán, que tenía título de
-general, anclaba en cualquier bahía segura del archipiélago filipino,
-echaba su cargamento á tierra, así como una parte de sus cañones y
-soldados, y en esta posición terrestre y defensiva aguardaba la noticia
-de que el camino estaba libre.</p>
-
-<p>El cargamento de regreso, que apenas ocupaba una parte de la cala, era
-el más necesitado de defensa. Consistía en dos ó tres millones de duros
-que enviaban los comerciantes de América á los de Filipinas como precio
-de sus artículos: cajones llenos de piezas de plata, brillantes y recién
-acuñadas en las Casas de Moneda de Méjico. Hubo piratas que pasaron dos
-años vagando en el Pacífico con la esperanza de sorprender á la «Nao de
-Acapulco», y alguno de ellos lo consiguió, enriqueciéndose en pocas
-horas.</p>
-
-<p>Hasta el siglo XVIII se mantuvo esta navegación. La «Nao» salía de
-Manila en el mes de Julio y llegaba á Acapulco en Diciembre ó Enero.
-Esta era la travesía más larga. Luego, en Marzo, emprendía la vuelta á
-Manila, llegando á mediados de Junio. Un año aproximadamente invertía en
-su viaje redondo de ida y vuelta.</p>
-
-<p>Este comercio con Filipinas, á través de las posesiones españolas de
-América, enriqueció durante tres siglos<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span> los palacios de Méjico y Lima,
-dejando en ellos gran cantidad de sederías, obras de orfebrería y
-porcelanas.</p>
-
-<p>Muchos capitanes españoles al regresar de Filipinas se quedaron en
-Méjico y el Perú, ó sea en mitad de su camino, como si les faltase
-fuerzas para abandonar del todo un mundo nuevo, volviendo á la sociedad
-reglamentada, ceremoniosa y rutinaria de la península natal. En la
-ciudad de Puebla (Méjico) vive la religiosa memoria de la llamada «China
-poblana», una princesita china que vino de Manila en la «Nao de
-Acapulco», y convertida al catolicismo acabó por morir en olor de
-santidad.</p>
-
-<p>Con la afición característica de los mestizos á creer en brujerías,
-milagros y relatos mágicos, el populacho mejicano siempre que inventaba
-algo inverosímil escogía como lugar de acción la remota ciudad de
-Manila, de donde aportaban los galeones de Acapulco tantas cosas
-maravillosas, tejidas y labradas.</p>
-
-<p>Allá por los últimos años del siglo XVII, los vecinos de la ciudad de
-Méjico, al ir á la catedral para oir misa en las primeras horas de la
-mañana, vieron á un soldado que se paseaba con el fusil al hombro por la
-plaza Mayor, como si estuviese de centinela. Por ser esto una novedad
-inexplicable, las autoridades hicieron llamar al soldado, y éste miró
-con asombro en torno de él, cual si despertase, no conociendo lo que le
-rodeaba. Luego dijo tranquilamente que era de la guarnición de Manila, y
-la noche anterior lo había colocado su sargento de centinela en la
-muralla de dicha ciudad, siéndole imposible comprender cómo se veía
-horas después en Méjico. La mitad de una noche había bastado á brujas y
-demonios para llevarle en volandas de un lado á otro del Pacífico, sobre
-la curva de una mitad de la tierra.</p>
-
-<p>El populacho que deseaba ver al centinela de Manila, creyendo á ojos
-cerrados en tal viaje, no consiguió<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span> su objeto. La Inquisición se había
-incautado del impostor, y tal vez lo embarcó de veras á Filipinas en el
-primer envío de soldados, para que hiciese centinela otra vez en los
-muros de Manila y repitiese su asombroso vuelo.</p>
-
-<p>Perdemos de vista las montañas de Acapulco, y al día siguiente, frente
-al puerto de Manzanillo, la tierra se aleja de nosotros y queda abierta
-la boca del profundo golfo de California, que en los primeros años de su
-descubrimiento por los pilotos al servicio de Hernán Cortés, fué llamado
-unas veces mar Bermejo y otras mar de Cortés. Es tan enorme la boca del
-golfo, que tardaremos cerca de un día en pasarla, llegando al otro
-extremo, ó sea al vértice de la península llamada Baja California.</p>
-
-<p>Navegamos sin vestigio alguno de tierra, como si estuviésemos en alta
-mar, y durante las primeras horas de la noche se anima el <i>Franconia</i>
-con las luces extraordinarias, la música, el vocerío y los trajes
-multicolores de un baile de máscaras, precedido de un desfile por las
-diversas cubiertas. Es la víspera de una de las fiestas más
-tradicionales del pueblo norteamericano, el famoso <i>Thanksgiving Day</i>
-(el Día del Agradecimiento).</p>
-
-<p>En la mañana siguiente vemos el litoral de la Baja California, pero
-navegamos lejos de él por ser costa sucia, como dicen los marinos, á
-causa de sus bajos y arrecifes. Bahías, cabos é islotes conservan aún
-los nombres que les fué dando el piloto Sebastián Vizcaíno, gran
-explorador de la costa de California y fundador de Monterrey, cerca de
-San Francisco. Los más son nombres de santos. Eran entonces tan
-frecuentes los descubrimientos, que los navegantes españoles necesitaban
-valerse del calendario para rotular las nuevas tierras, escogiendo el
-nombre del santo del día. Otras veces inventaban el título con arreglo á
-los adornos naturales<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span> del país, á su fauna ó al propio estado de su
-ánimo. En el fondo del horizonte veo esfumados por la distancia dos
-grupos de montañas, á las que dió Vizcaíno los títulos que aún
-conservan: isla de Cedros é isla Bonita.</p>
-
-<p>Por la noche es la verdadera fiesta del <i>Thanksgiving Day</i>, la comida de
-gala, con gran profusión de banderas, luces y cánticos patrióticos.
-Luego, en los salones de arriba, estos norteamericanos entusiastas creen
-que es su deber seguir cantando á coro, y resucitan canciones antiguas
-ligadas á los episodios de su historia, desde Wáshington á Lincoln.</p>
-
-<p>Todos cantan bien, y cada uno toma, instintivamente, el tono que mejor
-corresponde á su voz en este conjunto coral. Se nota que han pasado por
-las escuelas de su país, donde se canta mucho. Los más pertenecen á la
-religión protestante, que exige el cántico á todos sus fieles. Por algo
-Lutero fué hábil flautista y muchos apóstoles de la reforma religiosa
-expertos músicos. También por la misma causa los himnos nacionales de
-todos los países protestantes tienen la lentitud majestuosa de los
-salmos.</p>
-
-<p>Hemos salido ya de la zona tropical. Volvemos á buscar los trajes de
-invierno que llevábamos en Nueva York y empezamos á repeler en Cuba,
-olvidándolos completamente al llegar á Panamá, como algo quimérico que
-jamás volveríamos á usar.</p>
-
-<p>El Océano toma un color azul plomizo; el horizonte es denso y gris. En
-mitad del día consigue el sol perforar las nubes y corta la atmósfera
-brumosa con un largo triángulo de luz que parece artificial. Las olas
-rompen contra las murallas del buque, levantando nubes de polvo líquido
-que durante las breves apariciones solares reflejan en sus facetas las
-tintas del arco iris.</p>
-
-<p>A pesar de su majestuosa estabilidad, el <i>Franconia</i><span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span> danza como un
-tapón de corcho sobre las aguas lívidas. Vemos lejos á otros buques, que
-se ocultan de pronto cual si los hubiesen tragado las olas, y vuelven á
-reaparecer más allá, con saltos de animal asustado, que sacan del mar
-toda su proa ó muestran el color rojizo de su vientre.</p>
-
-<p>Afrontamos un temporal, poco temible á bordo de un buque como el
-<i>Franconia</i>, pero molesto para las funciones normales de la vida. Este
-oleaje tempestuoso es ante un golfo en cuyo remate está la famosa ciudad
-de Los Ángeles, punto de reunión durante el invierno de las gentes ricas
-y desocupadas de los Estados Unidos.</p>
-
-<p>Yo que conozco Los Ángeles contemplo el horizonte gris, como si pudiese
-ver á través de sus brumas la costa californiana, con sus huertos de
-naranjos y sus enormes hoteles; la isla de Santa Catalina, de inagotable
-pesca, cuyas barcas tienen un fondo de cristal para sorprender los
-misterios de los bosques submarinos; las avenidas de la ciudad,
-compuestas de palacios modernos; los túneles de porcelana brillante que
-prolongan estas calles á través de las colinas.</p>
-
-<p>Hoy es el primer día de Diciembre. Los Ángeles debe tener ya toda su
-animación invernal, y nosotros estamos frente á ella&mdash;á 100 millas de
-distancia mar adentro&mdash;, reflejando con nuestras vacilaciones de muñeco
-desarticulado los rudos vaivenes que la tormenta hace sufrir al buque.
-Es como si atravesásemos una tempestad mediterránea á la altura del
-Casino de Monte-Carlo ó del Paseo de los Ingleses de Niza.</p>
-
-<p>Al salir del golfo de Los Ángeles se va serenando el mar. Un cabo surge
-en el horizonte llevando sobre su lomo un pequeño pueblo. Es Punta
-Argüello, primer pedazo de los Estados Unidos que vemos en el Pacífico,
-y que ostenta un nombre español.<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span></p>
-
-<p>Una antena enorme de telegrafía sin hilos, un andamiaje piramidal á
-estilo de la Torre Eiffel, se alza sobre el dorso del cabo, y en torno
-de ella se agrupan varios edificios. Éstos son distintos á los que
-pudimos ver de tarde en tarde, en ocho días de navegación, frente á las
-costas centroamericanas y mejicanas: casas de un solo piso, largas y
-bajas, horizontales, como si se hubiesen tendido en el suelo.</p>
-
-<p>Aquí los edificios son de una verticalidad audaz; todos de varios pisos,
-con el tejado rojo que parece flamear, y las paredes blancas; el
-atrevimiento norteamericano unido á la gracia fresca y juvenil de la
-California.</p>
-
-<p>Empezamos á costear otra civilización, otra manera de apreciar la vida.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span></p>
-
-<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX<br /><br />
-EL SECRETO DE LA ESFINGE AZUL</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">San Francisco y sus bellezas.&mdash;El Barrio Chino.&mdash;Sus antiguos
-laberintos subterráneos.&mdash;Su aspecto actual.&mdash;Influencia de este
-barrio en la proclamación de la República china.&mdash;La propaganda en
-las calles.&mdash;Las farmacias chinas y sus estrafalarios remedios.&mdash;El
-«Franconia» adquiere nueva vida.&mdash;Los duendes de mi camarote.&mdash;La
-ola que no va á ninguna parte.&mdash;Una isla roja que sólo se deja ver
-unos minutos.&mdash;La esfinge azul y el secreto de sus
-estremecimientos.&mdash;La Atlántida del Pacífico.</p></div>
-
-<p>Yo he contado en una de mis novelas, <i>La reina Calafia</i>, cómo la gran
-bahía de San Francisco, después de mantenerse oculta dos siglos para los
-marinos, se presentó inesperadamente ante los ojos de don Gaspar de
-Portolá, coronel español de caballería, que la descubrió por la parte de
-tierra.</p>
-
-<p>La ciudad de San Francisco, nacida en las orillas de esta bahía, que es
-un pequeño mar interior con varias islas, puede llamarse la capital
-americana del Pacífico. El canal de Panamá le ha causado algún daño;
-pero todavía, para los puertos de Asia, es San Francisco el mayor centro
-de navegación en la orilla de enfrente.</p>
-
-<p>Los que desembarcan en sus muelles sin conocer las audacias de la
-construcción norteamericana admiran su esplendor. Los que llegan por el
-Este, habiendo visitado antes otras ciudades de los Estados Unidos, ven
-en San<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span> Francisco una imitación de Nueva York. Pero á pesar de la
-uniformidad de todas las urbes de la gran República, ésta conserva una
-fisonomía especial que revela sus orígenes de antigua tierra española y
-de país de oro al que acudieron hace medio siglo todos los aventureros
-del mundo.</p>
-
-<p>Sus alrededores ofrecen parques y paseos de una vegetación esplendorosa
-que parece montada sobre el límite divisorio de la zona tropical y la
-fría, participando de ambas floras. El llamado «Presidio», que guarda
-aún su nombre castellano por ser el lugar donde estaba el antiguo
-fuerte, presidiado por soldados españoles, es un parque frondoso, con
-árboles casi seculares. Desde sus praderas puede verse en días serenos,
-á través de las columnatas de troncos, el admirable panorama de la
-bahía, bordeada de ciudades nuevas, y la Puerta de Oro (<i>Golden Gate</i>),
-desfiladero marítimo que le sirve de entrada.</p>
-
-<p>Se prolongan los paseos por la costa, frente al mar libre. Sobre los
-escollos se ven enormes orugas rojizas que son en realidad lobos
-marinos, viejos, monstruosos, de pesada obesidad. Hasta aquí llegan
-estos habitantes de los mares fríos en sus excursiones hacia las aguas
-del Sur.</p>
-
-<p>Como una cuña verde metida entre el Océano y la gran ciudad, se extiende
-el parque de Golden Gate, uno de los paseos más admirables de América.
-Numerosos monumentos pueblan con un mundo de figuras metálicas ó
-marmóreas sus avenidas de verde eterno.</p>
-
-<p>En su parte más céntrica, un fraile de bronce se alza sobre su pedestal
-con una cruz en la mano. Es el religioso mallorquín Junípero Serra,
-primer colonizador de la Alta California, que dió á la ciudad el nombre
-de San Francisco, patrón de su orden.<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span></p>
-
-<p>Frente á él, dos hombres, espada en mano, se arrodillan ante un busto
-gigantesco que lleva gorguera rizada y barba puntiaguda. Son don Quijote
-y Sancho haciendo acatamiento al novelista que los creó. Dos vecinos de
-San Francisco de origen español, antiguos oficiales de Ingenieros que
-emigraron á California en 1870, don Juan Cebrián y don Ensebio Molera,
-iniciaron la erección de dicho monumento á la gloria de Cervantes y del
-primer idioma europeo que se habló en esta tierra, y los californianos
-que no quieren olvidar el origen de su patria les secundaron en tal
-empresa.</p>
-
-<p>Lo más original en San Francisco para el viajero que no conoce Asia es
-visitar su famoso Barrio Chino. Antes del terremoto de 1906, que lo
-arruinó completamente, el <i>China Town</i> de San Francisco era un lugar
-misterioso sobre el que se fantaseaba mucho, haciéndolo escenario de
-dramas y novelas terroríficas. El terremoto dejó descubierto un segundo
-barrio subterráneo, de habitaciones superpuestas y corredores
-intrincados: un hormiguero para desorientar al policía más astuto. En
-realidad, el profundo laberinto servía para ocultar fumaderos de opio y
-casas de juego, las dos pasiones de los chinos á la antigua.</p>
-
-<p>Hoy, dicho barrio ha sido reconstruído, sin dejar en él nada misterioso.
-Guarda de su origen la arquitectura graciosa de sus fachadas y la
-riqueza asiática de sus tiendas. Algunos de sus bazares son tan
-abundantes y ricos como los de Pekín.</p>
-
-<p>El chino de San Francisco va vestido lo mismo que un norteamericano. La
-nueva República china, al permitir que sus ciudadanos puedan
-desprenderse del adorno tradicional de la trenza, facilitó dicha
-transformación. Las mujeres del <i>China Town</i> aún guardan el antiguo
-traje con pantalones, porque facilita sin duda sus traba<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span>jos domésticos,
-pero sólo las más ancianas conservan los pies desfigurados y diminutos
-que he visto luego en el ex Imperio Celeste. En días de fiesta, cuando
-salen á paseo con su <i>gentleman</i> amarillo y de ojos oblicuos, todas
-llevan sombrero y abrigo de pieles, y hasta usan grandes anteojos con
-montura de concha, sin duda porque esto les da cierta semejanza con las
-profesoras norteamericanas, mandarinas de las letras.</p>
-
-<p>De este barrio salieron muchos jóvenes que hoy son generales y
-personajes políticos en la República china. Aquí se familiarizaron con
-las instituciones democráticas de los Estados Unidos, atravesando luego
-el Pacífico para implantarlas en su país. Sin el <i>China Town</i> de San
-Francisco no hubiera sido posible que el Imperio más tradicionalista y
-absoluto de la tierra pasase de un salto á ser República.</p>
-
-<p>Una juventud de chinos inquietos, vestidos á la moda americana, con un
-estilógrafo en el bolsillo superior de la chaqueta, una insignia en la
-solapa y el pelo largo y charolado, á estilo de bailarín de <i>dancing</i>,
-se dedica por la noche, después de las horas de trabajo, á instruir al
-populacho amarillo.</p>
-
-<p>En mi primera visita á San Francisco vi uno de estos mítines de
-propaganda china en medio de la calle. Tres chinitos barrigudos y
-graciosos, con ese encanto de los amarillos y los negros cuando están
-aún en la infancia, sostenían tres banderas: la de los Estados Unidos,
-la del Estado de California y la de la República china. Un <i>gentleman</i>
-bien trajeado y de ojos oblicuos, subido en una tribuna portátil,
-hablaba á un centenar de compatriotas, obreros del puerto y de las
-fábricas, sucios de carbón, vestidos como los mecánicos, pero que
-indudablemente se habían cortado la trenza poco tiempo antes.</p>
-
-<p>Cuando me cansé de la gesticulación ardorosa y las<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span> palabras
-ininteligibles del orador, hice preguntar á uno de los oyentes cuál era
-el objeto del discurso.</p>
-
-<p>&mdash;Habla&mdash;me contestó&mdash;para demostrar que los chinos somos superiores á
-los japoneses. El Japón es un Imperio donde el hombre no es libre, y en
-China tenemos ahora la República.</p>
-
-<p>A pesar de las tendencias modernas y revolucionarias del <i>China Town</i>,
-las tiendas que venden á sus habitantes los artículos de primera
-necesidad guardan un aspecto raro y repulsivo para los blancos, que nos
-hace recordar muchas originalidades de este pueblo leídas en los libros.
-En los despachos de comestibles hay aves secas y ahumadas como el jamón,
-y otros alimentos acartonados cubiertos de polvo y de moscas. Los olores
-y el aspecto de las cosas revelan una manera completamente distinta de
-apreciar la alimentación y un olfato lamentablemente invertido con
-relación al nuestro.</p>
-
-<p>Las farmacias abundan mucho en el barrio. Son el lugar de reunión de los
-vecinos. Todas ellas ofrecen asiento á los tertulianos, que charlan y
-fuman mientras el boticario, con unas antiparras enormes ante los ojitos
-oblicuos, lee ó medita, como un alquimista antiguo en su laboratorio.
-Estas farmacias se dan á conocer por unas celosías de madera tallada y
-dorada que adornan en forma de arco el fondo de la tienda, muestras
-perfectas del arte chino, en cuyos ramajes se enroscan dragones
-quiméricos y crecen flores misteriosas. En sus escaparates hay culebras
-secas. Según parece, este reptil, rallado y pulverizado, entra en muchas
-de las combinaciones de la farmacopea china.</p>
-
-<p>Mientras conversan los tertulianos, fumando sus pipas largas y de
-pequeñísimo hogar, los mancebos de la botica abren y cierran varias
-cuchillas fijas en caballetes de madera, cortando incesantemente una
-especie de<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span> achicorias verdes y blancas. Deben ser de gran consumo, pues
-en todas las farmacias al llegar la noche los dependientes se entregan á
-dicho trabajo, para tener pronto el remedio al día siguiente. Estos
-vegetales cuestan caros, por ser traídos de la misma China. Únicamente
-allá pueden encontrarse sobre los montículos de tierra de las tumbas, y
-como crecen junto á los féretros con el zumo de los antepasados, poseen
-un poder milagroso para curar la tisis.</p>
-
-<p>Me limito á enterarme de estas curiosidades farmacéuticas, pero no oso
-reirme de ellas. Sé que hace tres siglos nada más era admitido en Europa
-que un ratón asado puesto sobre las heridas de arcabuz y de cañón las
-curaba inmediatamente, y cierta piedra extraída de la cabeza de las
-grandes serpientes, llamada «piedra bezoar», tenía un poder tan
-milagroso contra toda clase de enfermedades y venenos, que el emperador
-Carlos V se hizo traer una de América.</p>
-
-<p>Todavía en las naciones europeas existen hoy brujas y curanderos que
-emplean clandestinamente una farmacopea más repugnante. Dejemos en paz á
-los boticarios chinos. Sus recetas estrafalarias sólo significan que su
-ciencia se detuvo en el mismo lugar donde estábamos nosotros hace unos
-pocos cientos de años.</p>
-
-<p>Llegan al <i>Franconia</i> los últimos pasajeros para el viaje alrededor del
-mundo. Unos son de San Francisco ó de Los Ángeles. Otros, necesitando
-quince días más para sus negocios, renunciaron á visitar Cuba y Panamá y
-llegan directamente de Nueva York, atravesando en ferrocarril toda la
-anchura de los Estados Unidos.</p>
-
-<p>Terminan los banquetes y recepciones con que los propagandistas de la
-metrópoli californiana han querido obsequiar á los viajeros del
-<i>Franconia</i>, y otra vez vuelve á partir éste las aguas del Pacífico.<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span></p>
-
-<p>Ahora ya no seguimos una costa; vamos á cruzar el más grande de los
-Océanos, de una ribera á otra, navegando por su desierto azul durante
-medio mes, sin otra escala que el archipiélago solitario de Hawai.</p>
-
-<p>En la primera noche de esta navegación el buque empieza á moverse con
-una inquietud que no había mostrado hasta ahora. Ha adquirido una vida
-nueva y ruidosa. Se retuerce como un animal bajo el empellón continuo
-del oleaje; suspira, lanza quejidos, silba. El viento muge entre
-cordajes y mástiles; luego brama, con ecos metálicos en los embudos de
-los ventiladores y el abismo de la chimenea. Las cosas inanimadas
-parecen haber poblado su interior con espíritus inquietos. Mi camarote,
-mudo hasta ahora, cobija en cada rincón blanco un duende que se divierte
-haciendo chacolotear maderas y hierros, con una estridencia que me
-enerva y corta mi sueño.</p>
-
-<p>Al día siguiente, este buque que nos parecía grandioso, sólido y estable
-como una catedral, sigue balanceándose, aporreado por el mar, con una
-fuerza sorda, disimulada, sin aparato terrorífico. La ola larga hasta
-perderse de vista y con suaves pendientes pilla al barco por un costado,
-lo asalta durante su marcha, lo levanta, pasa por debajo de él, abriendo
-un abismo azul que deja descubierta la curva de su vientre, y se escapa
-por el lado opuesto.</p>
-
-<p>Es la ola del Pacífico, moviéndose en la inmensidad sin un fin
-apreciable; la ola que no va á ninguna parte y corre todo el planeta, de
-un polo á otro, sin levantar espuma, sin hacer ruido, sin chocar con
-obstáculos, pues las islas oceánicas, olvidadas en sus soledades, son
-como granos de polvo caídos en un torbellino, como estrellas diseminadas
-en el firmamento.</p>
-
-<p>Estas olas tienen la energía ciega, el silencio feroz,<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span> la inconsciencia
-sorda de las fuerzas naturales. Pasan junto á nosotros ignorándonos. No
-conocen al hombre. Son diferentes á la ondulación intensamente salada
-del Mediterráneo ó á las corrientes acuáticas del Nilo y el Ganges, que
-arrullaron la cuna de las primeras civilizaciones y las dieron á beber
-con sus pechos maternales. Es la ola de los primeros tiempos del
-planeta, cuando aún no había nacido el hombre. Y ahora, en los tiempos
-modernos, sólo ha visto pequeños grupos humanos, pueblos rudimentarios,
-acampados en islas que son picachos de volcanes y que aún se hallan en
-los primeros crecimientos de la infancia.</p>
-
-<p>En días sucesivos, el mar, que es de un gris azulado y metálico, se va
-iluminando hasta adquirir la claridad esmeraldina de los mares
-tropicales. El movimiento de las olas disminuye. Hay horas en que el
-Pacífico parece una llanura, sin otra ondulación que las leves arrugas
-inevitables en toda inmensidad. Y sin embargo, el buque sigue moviéndose
-extraordinariamente, sacudido por fuerzas ocultas.</p>
-
-<p>El Océano, en estos días monótonos de navegación, sólo puede ofrecer dos
-espectáculos: la salida del sol y su ocaso. Un atardecer corremos todos
-á la proa para contemplar una tierra inesperada. Sabemos que esto no es
-posible, pues aún estamos lejos de Hawai, pero nuestros ojos parecen
-repeler la verdad. El ocaso nos perturba y nos engaña con una de sus
-fantasmagorías prodigiosas.</p>
-
-<p>Frente á la proa, en el fondo del horizonte, se alza una isla de
-brillante rojo, cual si transparentase un fuego interior. Vemos en ella
-una ciudad gigantesca, una especie de Nueva York, con altos edificios
-grises ribeteados de oro vivo. Tendida en lo alto, como si la cobijase,
-hay una nube larga que se inflama con el<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span> mismo resplandor de la ciudad
-y semeja un dragón de fuego. Con la rapidez casi instantánea de los
-crepúsculos tropicales, se apaga de pronto la isla y su urbe fantástica,
-partiéndose en vedijas de vapor que traga el horizonte. El Océano, antes
-de entregarse á la noche, toma un color de rosa obscuro, un rosa de
-sangre seca, que parece reflejar vastos bancos de coral ocultos en sus
-profundidades. Y en esta inmensa llanura purpúrea que se va
-obscureciendo, las hélices dejan un camino blanco y verde, un surco de
-esmeralda líquida y de espuma.</p>
-
-<p>Transcurren los días sin que veamos un buque ni una tierra. Creemos
-vagar sin rumbo por el desierto marino, como si la vida humana hubiese
-terminado en todo el globo y fuésemos nosotros los únicos supervivientes
-de la universal catástrofe.</p>
-
-<p>Contemplamos en el mapa la enormidad del Pacífico, que ocupa toda una
-cara de nuestro planeta. En torno á la inmensa cazuela oceánica existe
-una cadena circular de volcanes. Por todas partes chimeneas del hervor
-central: en las costas de las dos Américas, desde la Tierra del Fuego á
-Alaska; en el archipiélago japonés; en las riberas de la China y las
-islas oceánicas.</p>
-
-<p>La tierra tiembla frecuentemente en las orillas del Pacífico. Otros
-temblores, tal vez más grandes, pasan inadvertidos al agitar su lecho
-submarino, á miles de metros de profundidad. Las islas que emergen de
-sus llanuras solitarias son conos de fuego en incesante derrame, ó
-cráteres adormecidos desde los tiempos de su descubrimiento por el
-hombre, pero que pueden volver á sus vómitos ígneos, pues los siglos
-valen menos que segundos en la vida telúrica de nuestro planeta.</p>
-
-<p>Este Océano está formado indudablemente por una depresión de la corteza
-terrestre, que no es uniforme y<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span> sólida, sino fragmentaria y flotante,
-como un mosaico de escorias frías sobre el denso globo de materias
-ardientes, núcleo de nuestro planeta. Tal vez el encogimiento y la caída
-de tal costra, hasta formar el fondo actual del Pacífico, dejaron mal
-soldados sus bordes con los bordes de las costas limítrofes, y las masas
-de agua que se filtran por tales grietas, deslizándose hasta la gran
-masa del fuego central, crean gigantescas evaporaciones, cuya explosión
-origina los frecuentes temblores de sus orillas. ¿Quién pudiera conocer
-el misterio de este mar, esfinge de cara azul que extiende sus garras de
-uno á otro polo?... ¿Llegará á adivinarse un día la historia de los
-pueblos que existieron donde hoy ruedan sus olas; de las montañas que se
-plegaron en sentido inverso, convirtiéndose al desplomarse en embudos y
-simas de la profundidad oceánica?...</p>
-
-<p>Porque es indudable que en este Océano, donde ahora se navega semanas y
-semanas sin ver otra cosa que agua, y las tierras esporádicas son picos
-de volcanes que ascienden rectamente muchos miles de metros desde el
-fondo, existieron en otra época masas continentales ó largas cadenas de
-islas que sirvieron de puentes á los pueblos emigradores de Asia.</p>
-
-<p>La desaparición de una Atlántida es más segura en el Pacífico que en el
-Atlántico. Los pueblos de Europa no ofrecen ninguna semejanza étnica con
-los de América. Jamás vinieron tribus del llamado Nuevo Mundo á juntarse
-con las nuestras en los tiempos prehistóricos. En cambio, resulta
-asombroso el parecido de muchos indígenas americanos con ciertos pueblos
-asiáticos.</p>
-
-<p>Después de viajar por Asia, yo que he vivido en diferentes naciones de
-América no puedo comprender cómo se ha dudado y discutido tantos años
-sobre el origen remoto de las razas americanas. La pura observación del<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span>
-viajero basta para adquirir el convencimiento de que la mayor parte de
-los pueblos indígenas de América proceden de Asia.</p>
-
-<p>En el Japón, en la China, en los archipiélagos poblados por la raza
-malaya, he encontrado la misma sonrisa, los mismos gestos instintivos y
-no estudiados, iguales miradas, reflejo misterioso del alma, que vi en
-los campos de la Argentina todavía no invadidos por la emigración
-blanca, en las muchedumbres mestizas de Chile, y más aún en el numeroso
-populacho de Méjico.</p>
-
-<p>Hay un tipo de indio americano&mdash;especialmente en la América del Norte&mdash;,
-de nariz exageradamente aguileña y cara huesuda y larga de caballo, que
-no he visto en otra parte y tal vez pueda ser autóctono. Pero los demás
-indígenas americanos, de color cobrizo, ojos oblicuos y sonrisa que
-puede llamarse «incomprensible», son remotos descendientes de las
-emigraciones llegadas de Asia, no sabemos de qué modo, pero
-indudablemente á través del Pacífico.</p>
-
-<p>Por algo los primeros conquistadores españoles, con ese instinto certero
-de la ignorancia, que adivina muchas veces por inducción, mejor que el
-paciente estudio, al explorar ciertas regiones de América apodaron á los
-indígenas, según su sexo, «el chino» ó «la china».</p>
-
-<p>Y estos nombres aún se usan corrientemente en la actualidad.<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span></p>
-
-<h2><a name="X" id="X"></a>X<br /><br />
-EL ARCHIPIÉLAGO DEL AMOR</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Islas perdidas en la inmensidad del Pacífico.&mdash;Los
-redescubrimientos del capitán Cook y el olvido de sus
-predecesores.&mdash;Los pilotos de España conocen Hawai doscientos años
-antes de la llegada de Cook.&mdash;Kamehamea I, «Napoleón de
-Oceanía».&mdash;El amor libre coronado de flores.&mdash;Los terribles
-decretos de la viuda arrepentida.&mdash;Los hawaianos pierden el interés
-de vivir en unas islas regidas por la moral de los
-blancos.&mdash;Maravillosas costas de Hawai.&mdash;Las romanzas de un pueblo
-de músicos.</p></div>
-
-<p>Cuando se examina la carta de navegar del Océano Pacífico, llama
-inmediatamente la atención un entrecruzamiento de líneas que cubre su
-parte superior. Son como los rayos de una rueda, como los filamentos de
-una telaraña, y el centro de esta periferia de líneas, que significan
-para los pilotos rumbos de navegación, se halla en el archipiélago de
-Hawai.</p>
-
-<p>La parte inferior de dicha carta está espolvoreada de puntos, islas
-diseminadas en la inmensidad oceánica, como las estrellas en el cielo.
-Arriba, la soledad azul es uniforme y absoluta. En un espacio de miles y
-miles de millas, sólo se ven unos cuantos puntitos agrupados: el
-archipiélago de Hawai. Más de 2.000 millas le separan de las costas de
-América, más de 3.000 de las del Japón, y para llegar hasta los
-continentes oceánicos de Australia y Nueva Zelandia&mdash;las tierras más
-importantes que<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span> tiene al Sur&mdash;, es necesario navegar 5.000 millas,
-cortar los dos trópicos y la línea ecuatorial, avanzando mucho en el
-otro casquete del globo.</p>
-
-<p>Estas islas solitarias son lugar de obligado descanso para todos los
-buques que salen de las costas de América, de Asia ó de Australia, y se
-encuentran en el puerto de Honolulu, el más importante de Hawai. Todas
-ellas, con sus diversas extensiones, no son mas que remates de montañas
-volcánicas emergidas del fondo del Océano; cúspides fértiles, por los
-elementos químicos de su tierra y por la temperatura del Trópico, que
-descansan sobre un pedestal sumido en el agua 7.000 ú 8.000 metros.</p>
-
-<p>Su hermosura es innegable y deja en los visitantes un recuerdo firme;
-pero aún parece agrandarse por la relatividad de las circunstancias,
-pues el viajero llega á ellas después de haber atravesado las monotonías
-de un océano desierto.</p>
-
-<p>Muchos marinos, al hablar de sus viajes por el Pacífico, exclaman con
-melancolía:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Hawai!... ¡El incomparable puerto de Honolulu!...</p>
-
-<p>Actualmente, á pesar de lo rápida que resulta la navegación á vapor y de
-las comodidades que ofrece un paquebote moderno, la presencia de este
-archipiélago, después de una semana de travesía solitaria, es acogida
-con entusiasmo. Hay que imaginarse cómo celebrarían los navegantes á
-vela, después de varios meses de aislamiento, la aparición de estas
-islas surgidas en mitad del Pacífico y descritas como un edén de paz y
-dulces placeres por los que las visitaron antes.</p>
-
-<p>Todos los vapores se dirigen ahora á Honolulu, en la isla Oahu, y esto
-es lo único que ven los viajeros durante su escala en el archipiélago
-polinésico. Nosotros, antes de Honolulu, visitamos la isla de Hawai, la
-mayor de todas<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span> y, sin embargo, la menos frecuentada por la navegación
-regular. En ella están los cráteres más altos de esta tierra volcánica,
-y el Kilauea, lago de fuego en ebullición, que no tiene nada comparable
-en todo el mundo conocido.</p>
-
-<p>Este archipiélago fué redescubierto en el siglo XVIII por el famoso
-capitán Cook. Como los ingleses se dedicaron á los descubrimientos
-geográficos con más de un siglo de retraso, cuando ya españoles y
-portugueses habían explorado la redondez del planeta, creyeron oportuno
-exagerar el valor indiscutible de las navegaciones de Cook, hablando de
-ellas como si no tuviesen precedente alguno en Oceanía.</p>
-
-<p>El famoso capitán Cook fué más sincero que muchos de sus compatriotas, y
-en los relatos que dejó escritos de sus viajes menciona varias veces á
-los descubridores españoles que le precedieron más de siglo y medio en
-el descubrimiento de muchos archipiélagos del Pacífico. Hasta cuenta
-haber encontrado en poder de los indígenas de una isla espadas viejas
-que procedían de los antiguos marinos españoles.</p>
-
-<p>Los autores ingleses nunca se han acordado de los precursores de su
-ilustre compatriota, de Álvaro de Mendaña, Quirós, Torres y otros
-pilotos españoles y portugueses, que dieron á muchas islas y estrechos
-de Oceanía los nombres ibéricos que ostentan aún ó sus propios
-apellidos.</p>
-
-<p>Con el archipiélago de Hawai ocurre lo mismo. Al hablar de él se afirma,
-como algo indiscutible, que fué Cook el primero que lo descubrió.
-Algunos autores más escrupulosos llegan á decir de una manera vaga que
-mucho antes del viaje del mencionado explorador habían llegado á Hawai
-unos náufragos españoles, pero no añaden á esto ni una palabra.<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span></p>
-
-<p>Confieso que tampoco sabía yo más que estos autores cuando desembarqué
-en Hawai, y por ello quedé sorprendido al encontrar en las tradiciones y
-los museos de estas islas numerosos recuerdos que hacen referencia al
-primer descubrimiento realizado por los españoles. Los habitantes
-actuales del archipiélago polinésico, á pesar de que muchos de ellos
-tienen un origen británico por ser norteamericanos, gustan de hacer
-retroceder las fronteras de su pasado, la antigüedad histórica de su
-tierra de adopción, y esto, unido á ciertos descubrimientos
-arqueológicos, les ha permitido reconstruir los tiempos anteriores á la
-llegada de Cook, en 1778.</p>
-
-<p>Dos siglos antes, según las tradiciones del país transmitidas de
-generación en generación, pusieron sus pies en la costa de Hawai los
-primeros blancos, procedentes de España. Hernán Cortés, al verse
-desposeído del gobierno de Méjico por Carlos V, se dedicó á hacer
-exploraciones en el Océano Pacífico, con la esperanza de encontrar
-nuevas tierras. Él fué el primero que construyó buques en la orilla
-americana de este mar, consumiendo tal empresa gran parte de su fortuna.</p>
-
-<p>Una escuadra compuesta de tres barcos: el <i>Florida</i>, el <i>Santiago</i> y el
-<i>Espíritu Santo</i>, bajo el mando de Álvaro Saavedra, fué enviada por
-Cortés en busca de las famosas islas de la Especiería; pero las
-tempestades del Pacífico la disolvieron, tragándose dos de las naves. Un
-capitán español y su hermana pudieron llegar con otros náufragos á una
-de las actuales islas de Hawai, siendo acogidos hospitalariamente por
-sus habitantes.</p>
-
-<p>Estos españoles tuvieron que amoldarse á su nueva existencia,
-presintiendo que jamás volverían los suyos á buscarles en tierras tan
-lejanas é ignoradas, y casaron en el país, llegando á ser guerreros
-poderosos. A principios del siglo XIX, en tiempos del emperador
-Kamehamea I,<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span> el «Napoleón de Oceanía», algunos de los caudillos que le
-secundaban en sus conquistas exhibían como título de suprema nobleza el
-ser descendientes del capitán español ó de su hermana, llegados al país
-dos siglos antes.</p>
-
-<p>Las tradiciones de Hawai no mencionan nuevas arribadas de españoles;
-pero hace veinte años, al abrirse los cimientos de un edificio fuera de
-Honolulu, fué encontrado un gran busto, obra de escultor indígena, hecho
-con la fidelidad minuciosa y un poco caricatural de las imágenes divinas
-de la Polinesia. Este valioso hallazgo arqueológico se apresuró á
-adquirirlo el cónsul alemán de Hawai, y está ahora en un museo de
-Berlín.</p>
-
-<p>Yo vi una copia en yeso que existe en el Museo Bisop de Honolulu, sin
-conocer previamente su origen y su título, é inmediatamente atrajo mi
-atención, excitando luego mi asombro. Entre las numerosas divinidades
-hawaianas de larga nariz y prominente mandíbula, semejantes por su
-tallado grotesco á las célebres imágenes de la Isla de Pascuas, me fijé
-en una cabeza con melenas, bigote, perilla y gola rizada. Es obra
-grosera y primitiva, sus facciones están ensanchadas, pero semeja
-reflejar, á través de un espejo deformatorio, cualquiera de los hidalgos
-pintados por el Greco ó por Velázquez.</p>
-
-<p>El catálogo del museo me demostró la exactitud de tal semejanza. La obra
-se titula: «Capitán de buque español, esculpido por un artista del
-país».</p>
-
-<p>Afirman las tradiciones que el capitán representado por el escultor
-indígena es el mismo que llegó á Hawai como náufrago. Esto no es
-verosímil. Un hombre que salió á tierra nadando con sus compañeros de
-infortunio no podía guardar la gola rizada, la capa y todos los detalles
-indumentarios que se adivinan en el resto de dicha escultura. Además, el
-marino español del busto más bien parece del siglo XVII que de la época
-de Cortés.<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span></p>
-
-<p>El modelo fué indudablemente uno de los muchos capitanes de galeón que,
-al ir á Filipinas desde Acapulco, ó al regreso, se vieron obligados á
-tocar en el archipiélago de Hawai. Éste se halla un poco más arriba de
-la ruta seguida habitualmente por la «Nao de Acapulco», mas al regreso
-de Manila los vientos reinantes hacían navegar á los galeones muy al
-Norte, poniendo la proa al cabo Mendocino, en la California. Además, con
-la ayuda de la máquina de vapor es posible fijar un rumbo marítimo, casi
-lo mismo que una ruta terrestre; pero en la navegación á vela la
-voluntad del hombre tiene que ser esclava de las fuerzas caprichosas del
-mar y del viento. Más al Norte que Hawai está el Japón, y sin embargo,
-don Rodrigo de Vivero, al cesar en su gobierno de Filipinas y volver á
-España, se vió desviado de su rumbo por una tempestad y arrastrado á las
-costas japonesas, siendo el segundo navegante europeo que pisó dichas
-islas, después del portugués Méndez Pinto.</p>
-
-<p>Es casi seguro que los galeones de Acapulco, en su viaje anual á Manila,
-tocaron siempre que les fué conveniente en el archipiélago de Hawai,
-bien conocido por sus pilotos.</p>
-
-<p>Juan Gaetano, navegante español, estuvo en varias de estas islas en
-1555. Un pirata inglés, luego de sorprender y robar á uno de los navíos
-de Acapulco en el siglo siguiente, llevó á Londres una carta de
-navegación encontrada en el camarote del capitán. En esta carta
-figuraban las islas de Hawai, muy cerca de la ruta normal que debían
-seguir los buques españoles en su viaje á Filipinas. Un error de
-situación las colocaba algunos grados más allá de su verdadera latitud,
-pero todas ellas figuraban en el mapa con los nombres que les había dado
-el piloto Gaetano en su primera expedición. Hawai era llamada «la Mesa»;
-Mahui, «la Desgraciada»,<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span> y las islas más pequeñas tenían la
-denominación común de «los Monjes».</p>
-
-<p>Los marinos, en aquella época de guerras y piraterías, procuraban
-guardar los descubrimientos en absoluto secreto, para aprovechamiento de
-su país. Por esta razón los españoles callaron durante dos siglos la
-existencia de Hawai, que podían utilizar como refugio en mitad de su
-camino á las Filipinas, aunque estuviese dicho archipiélago algo al
-margen de su ruta.</p>
-
-<p>Otros descubrimientos de archipiélagos oceánicos realizados por los
-españoles resultaron infructuosos al convertirse poco á poco en un
-secreto únicamente conocido por los navegantes. El poder colonial de
-España era entonces tan extenso, que unos cuantos grupos de islas de
-vida salvaje, perdidas en las inmensidades del Pacífico, poco podían
-interesar á una nación poseedora de la mayor parte de América y de las
-Filipinas. Las otras potencias de aquellos siglos, á pesar de su deseo
-de adquirir colonias, tampoco se preocuparon de poseer estos
-archipiélagos oceánicos, numerosos, diminutos y esparcidos como puñados
-de arena. Sólo en época modernísima, al finalizar la primera mitad del
-siglo XIX, empezó á dejarse sentir la influencia civilizadora de los
-países cristianos en las numerosas islas del Pacífico, muchas de las
-cuales aparecen erróneamente como descubiertas por el capitán Cook y no
-visitadas antes por ningún otro marino.</p>
-
-<p>Cook dió al actual archipiélago de Hawai el título de Islas Sándwich, en
-honor del ministro inglés del mismo nombre. Los indígenas, que á su
-llegada vivían aún divididos en tribus hostiles, le recibieron con
-veneración, como un enviado de su dios Lono; pero esto no impidió que lo
-matasen al intervenir en una riña entre sus marineros y los naturales.<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span></p>
-
-<p>Antes de morir pudo conocer á un joven guerrero, llamado Kamehamea, que
-empezaba su carrera de caudillo. Éste fué el gran héroe del país, y su
-estatua moderna figura en uno de los paseos de Honolulu. De 1784 á 1819
-emprendió una serie de empresas militares y civilizadoras
-extraordinarias, repitiendo dentro de su pequeño mundo oceánico las
-aventuras heroicas que realizaban al mismo tiempo en el hemisferio
-opuesto del planeta los generales de la República francesa y Napoleón
-con sus lugartenientes.</p>
-
-<p>Creó una flota de canoas de guerra, y fué pasando de isla en isla para
-vencer á sus reyezuelos, convirtiendo al fin en un imperio el
-archipiélago de Hawai. Convencido de la superioridad de los blancos,
-buscó el apoyo de Vancouver y otros marinos ingleses exploradores del
-Pacífico, comprándoles cañones y un barco viejo de guerra. Luego,
-aprovechándose de la gran facilidad del pueblo canaco para aprender las
-artes de los extranjeros y copiar sus obras, llegó á construir buques
-semejantes á los de los blancos. Ensanchó y fortificó á Honolulu,
-capital creada por él, y al morir, en 1819, proyectaba nada menos que la
-travesía de una gran parte del Pacífico con todo su ejército, para ir al
-otro lado de la línea ecuatorial á conquistar la isla de Taití y otros
-archipiélagos del Pacífico del Sur.</p>
-
-<p>Su largo reinado fué una mezcla de aprendizajes de civilización y viejas
-costumbres que se resistían á perecer. En tiempos de Kamehamea, los
-personajes de la corte se esforzaban por imitar los trajes y costumbres
-de los europeos, y al mismo tiempo, sus sacerdotes, unos brujos
-adivinos, seguían realizando sacrificios humanos. Cuando murió el
-emperador, los funcionarios más importantes, para atestiguar su pena, de
-acuerdo con los antiguos ritos, se arrancaron los dientes y se quemaron
-la cara.<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span></p>
-
-<p>La esposa de Kamehamea, mujer sensual y enérgica, que había dado muchos
-disgustos al emperador con sus infidelidades matrimoniales, quedó como
-regente del reino é hizo una revolución en las costumbres, modificando
-para siempre el aspecto original del archipiélago. Esta reina, llamada
-Kahumano, había sido en su juventud muy ligera y tornadiza en amores, lo
-que nada tenía de extraordinario por lo que diré más adelante. Mostraba
-además la rara particularidad de gustarle siempre los reyezuelos y los
-guerreros enemigos de su marido. El victorioso Kamehamea iba matando en
-los combates á sus rivales, pero su esposa se daba igual prisa en
-reemplazarlos. El marino Vancouver, durante su permanencia en Hawai,
-tuvo que intervenir amigablemente para reanudar las buenas relaciones
-entre los dos cónyuges reales.</p>
-
-<p>Cuando la esposa de Kamehamea se vió al frente del reino, era ya vieja;
-sus pasiones empezaban á enfriarse, y además iban llegando al país
-muchos blancos que no eran marinos, sino misioneros ingleses y
-norteamericanos, disputándose entre ellos el honor de convertirla al
-cristianismo.</p>
-
-<p>Hasta entonces las islas de Hawai habían sido el archipiélago del amor,
-como Taití y otras tierras de costumbres fáciles y sexualidad libre,
-ignorantes de nuestros escrúpulos morales. Para toda mujer de Hawai era
-motivo de orgullo poder mostrar una larga lista de amantes. Los hombres
-procuraban casarse con una hembra cuya belleza fuese apreciada y
-elogiada por todos sus amigos, á causa de no guardar ya ningún secreto
-para ellos. El acto carnal no tenía nada de pecaminoso en esta vida
-primitiva. El amor libre iba acompañado de cantos, bailes, versos y
-coronas de flores. Las fiestas públicas acababan en voluptuosidades
-generales sin tapujo al<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span>guno, como si con ellas se cumpliese un rito en
-honor de la Naturaleza.</p>
-
-<p>La viuda de Kamehamea, triste por su decadencia física y rodeada de
-misioneros, abominó de todo lo que había amenizado y embellecido su
-juventud, y fué dando decretos, en los cuales se castigaba el adulterio
-ó la simple fornicación fuera del matrimonio, con la pérdida de los
-bienes y un año de cadena, luego de ser azotados los dos culpables en la
-plaza pública. En caso de reincidencia eran sumergidos en el mar, y
-únicamente se les sacaba del agua cuando estaban próximos á morir. Si
-después de esta prueba horrible volvían á sentirse tentados por el
-demonio de la impureza, «serán decapitados&mdash;decía el edicto&mdash;, según la
-ley de Dios».</p>
-
-<p>El resultado de tal moralización á estilo draconiano fué que el
-archipiélago empezó á despoblarse. El gobierno tuvo que importar chinos
-y japoneses para que los campos no quedasen incultos. El canaco, que
-sólo comprendía la existencia con un collar de flores sobre el pecho,
-una guitarra en las manos y una mujer que bailase la <i>hula</i> moviendo las
-caderas, sin más vestido que un faldellín de fibras vegetales, al ver
-que le privaban para siempre del amor libre y variado, prefirió morirse.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo que la severa moral cristiana, fueron penetrando en las
-islas otras innovaciones de los blancos: el alcohol, las enfermedades
-venéreas, el afán del dinero; y estas calamidades aceleraron la general
-mortandad. Hoy, sólo una pequeña parte de los habitantes del
-archipiélago son descendientes de los antiguos canacos, súbditos de
-Kamehamea. América y Asia han enviado la mayor parte de la población
-actual, y junto con los japoneses, chinos y norteamericanos,
-existen&mdash;particularmente en la isla de Hawai, donde abundan los ingenios
-de azúcar&mdash;muchos portugueses y cierto<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span> número de españoles, venidos de
-las Repúblicas de la América del Sur.</p>
-
-<p>De los tiempos paradisíacos del archipiélago, sólo han conservado los
-hawaianos sus aficiones á las flores y á la música. Esta disposición de
-todos ellos para la música es conocida en el mundo entero. Actualmente
-constituye una industria, y en las ciudades importantes, así como en las
-estaciones de moda invernales y veraniegas, se encuentran orquestas de
-hawaianos, músicos de tez de canela, con pantalones blancos, camisa de
-igual color y un collar sobre el pecho de papeles amarillos y rojos
-apretados como un cordón. Este es un símbolo de los antiguos collares de
-flores, que sólo se usan ya en las grandes fiestas.</p>
-
-<p>La música hawaiana se halla extendida igualmente por el mundo, pero hay
-que oirla en el archipiélago, donde conserva su antigua melancolía
-amorosa y no ha sido desfigurada por las exigencias del baile en los
-modernos <i>dancings</i>. Todo canaco de alguna cultura es poeta y músico.
-Algunas de sus reinas fueron grandes improvisadoras de romanzas, así
-como las damas de su corte.</p>
-
-<p>Cuando Kamehamea II, saliendo de la tutela de su austera madre, subió al
-trono, quiso conocer el mundo de los blancos, tan admirado por su padre,
-y adoptó la audaz resolución de hacer un viaje á Londres. Esto fué en
-1824, y un viaje en buque de vela de Hawai á las islas Británicas por el
-cabo de Hornos representaba un año de navegación.</p>
-
-<p>El vecindario de Honolulu fué bajando al puerto, asombrado y lloroso,
-por la aventura que emprendían sus monarcas. Casi no los reconoció. El
-hijo de Kamehamea iba vestido de húsar inglés, y su esposa llevaba un
-traje rojo de terciopelo, de cola larguísima, con som<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span>brero enorme de
-igual género, indumentaria de otros climas, que la hacía sudar
-copiosamente.</p>
-
-<p>Como todos lloraban, la reina, al subir al buque, reclamó silencio, y
-empezó á cantar una romanza compuesta por ella, expresando el dolor de
-su partida y la confianza en su regreso. Ninguno de los dos volvió á sus
-poéticas islas. Meses después de su llegada á Londres, murieron de
-melancolía bajo un cielo brumoso. Se extinguieron poco á poco, con el
-dulce y humilde asombro de un par de pájaros tropicales trasladados
-bruscamente á un país de nieve.</p>
-
-<p>Me imagino cómo recordarían ambos desterrados los paisajes de sus islas
-nativas, que tan profundamente se fijan en la memoria del viajero.</p>
-
-<p>Estoy en la proa del <i>Franconia</i> viendo cómo sube y se dilata, llenando
-todo el horizonte, una muralla que tiene por remates cimas y pitones de
-rocas volcánicas. Es la isla de Hawai que ha dado su nombre al antiguo
-archipiélago de Sándwich.</p>
-
-<p>El mar tiene un azul luminoso en esta mañana del Trópico. Todos vamos
-otra vez vestidos de blanco. Se ven fragmentos del paisaje insular
-teñidos de un verde claro de tierra cultivada, pero más de la mitad de
-la isla, no obstante el esplendor matinal, permanece envuelta en nubes
-de plata sombría. Son los vapores del Mauna Kea, el volcán más grande y
-más alto, heridos por los rayos del sol.</p>
-
-<p>Según nos aproximamos, las montañas, que tenían de lejos un color gris
-de lava, se van haciendo verdes. El Mauna Kea queda á un lado con su
-brumoso sudario, y vemos al fin la verdadera fisonomía de la isla.</p>
-
-<p>Las vertientes son antiguas cascadas de lava petrificada, pero en las
-arrugas tortuosas de sus barrancos crece una compacta arboleda. Entre
-estos cordones de<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span> verde obscuro se extienden grandes declives de verde
-esmeralda: las plantaciones de caña de azúcar. Algunas de ellas, por
-estar la caña en flor, aparecen moteadas de un blanco sonrosado.</p>
-
-<p>Navega el <i>Franconia</i> cerca de la costa, todo lo que es prudente en un
-archipiélago volcánico donde surgen de pronto arrecifes y pequeños
-islotes y vuelven á desaparecer poco después, sin dar tiempo á que los
-marquen en las cartas de navegar. Unas veces la costa es vertical hasta
-una altura de centenares de metros; otras avanza en pequeños cabos de
-lomo redondo ó agudo. Las nieves de las montañas del interior descienden
-hasta la costa al liquidarse, y caen en el Océano como cables blancos y
-espumosos de incesante volteo. Vistos de cerca, estos torrentes deben
-ser de una energía enorme, que se pierde sin provecho para nadie. Es tan
-escasa la gente en las islas, que á pesar de que pertenecen ahora á los
-Estados Unidos&mdash;primera potencia industrial del mundo&mdash;, nadie piensa en
-aprovechar tales fuerzas.</p>
-
-<p>Al pie del acantilado, muchos peñascos están perforados por las olas, en
-forma de cuevas ó de pórticos. Apenas puede verse el color negruzco de
-la piedra, lo mismo á orillas del mar que en las cumbres. El Trópico
-cubre la áspera lava con una vegetación eternamente primaveral. De lejos
-parece sutil pelusa verde, levísimo musgo, y sólo cuando vemos moverse
-en estas praderas insectos diminutos que son vehículos ó caballos, nos
-damos cuenta de las proporciones del falso césped.</p>
-
-<p>Se abre á ras del mar la barrera montañosa en valles triangulares. Se
-ven en ellos casas de madera entre grupos de palmeras; pero los
-edificios, cuando no los miramos con anteojos, parecen guijarros, y los
-árboles simples matas. Un ferrocarril sigue la costa, salvando las
-corta<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span>duras de valles y desaguaderos sobre largos viaductos, unos
-sólidos, otros colgantes. En las playas ruedan incesantemente dos líneas
-de olas gigantescas. Hay ante ellas unas estacadas de pilotes de piedra;
-pero no son obra del hombre, sino fragmentos verticales de murallas de
-coral rotas por el tenaz ariete de las aguas. La doble hilera de
-rompientes se hincha, avanza, transparentando la luz como un muro de
-esmeralda, y se desploma entre los retorcimientos de su cabellera de
-espumas.</p>
-
-<p>Sigue avanzando el <i>Franconia</i> con dirección al invisible puerto de
-Hilo, capital de la isla. Un gran remolcador ha venido á su encuentro, y
-le precede después para señalar el rumbo seguro en este mar abundante en
-peligros y emboscadas, menos frecuentado que el de Honolulu.</p>
-
-<p>Empezamos á ver pueblos en la costa. Son en realidad bosques por las
-gallardas arboledas que se alzan entre los edificios. Estas casas,
-vistas de lejos, ofrecen un aspecto japonés, á causa de la forma de sus
-techos.</p>
-
-<p>La isla expele humo por todas partes. Arriba, los conos de sus volcanes
-están envueltos en una nube siempre renovada. Al nivel del mar, los
-acantilados lanzan una respiración blanca. Todos los ángulos entrantes,
-roídos por las olas, tienen una grieta volcánica de continua exhalación.
-Es un humo tenue, casi transparente, que parece embellecer el paisaje
-con un adorno inesperado. Pero esta corona de chorros de humo que se
-prolonga en torno de la isla entera resulta inquietante y amenazadora.
-Contrasta con el esplendoroso terciopelo verde, moteado de oro, que
-invade sus tierras en declive y sólo deja de cubrir las alturas de los
-cráteres, donde la lava permanece desnuda.</p>
-
-<p>Al atardecer doblamos un cabo y se abre ante nosotros una bahía en cuyo
-fondo hay poblaciones disemi<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span>nadas, grupos de techos sombreados por
-cocoteros y palmeras.</p>
-
-<p>Un vaporcito viene hacia nosotros tripulado por hombres vestidos de
-blanco. Esta embarcación deja detrás de ella una melodía de voces é
-instrumentos. Atenuada por las inmensidades del Océano y del cielo,
-tiene la fragilidad sonora, cristalina é inocente de las viejas cajas de
-música. Es Hawai, el antiguo Hawai de los collares de flores, de los
-cantos de amor, de las danzas voluptuosas y las poesías improvisadas,
-que sale á nuestro encuentro.</p>
-
-<p>Echan una escala desde el buque y trepan por ella, ágiles pero con
-voluntaria lentitud, los músicos de pantalón blanco y collar en el
-pecho. Tienen la mesurada gravedad de los que van á cumplir una función
-patriótica. Tras de ellos suben varios periodistas del país, que desean
-verme.</p>
-
-<p>Forma grupo la orquesta en una de las cubiertas. Se compone de violines,
-de guitarras, que tocan los hawaianos acostándolas en una rodilla para
-pellizcarlas á estilo de salterio, y de un guitarrito que puede
-guardarse en un bolsillo y es el verdadero instrumento nacional. Algunos
-pasajeros, conocedores del archipiélago por anteriores viajes, esperan
-con avidez esta música.</p>
-
-<p>Van á tocar el <i>Aloha</i> (pronunciar <i>Aloja</i>), título que quiere decir
-indistintamente «Adiós» y «Bien venido». Los conferencistas del
-<i>Franconia</i> nos han explicado en noches anteriores que el idioma de
-Hawai sólo consta de treinta y dos palabras, y una misma palabra
-significa cosas diversas, según su colocación en la frase. Las letras
-las pronuncian todas, y esta pronunciación, según los citados
-conferencistas, se parece á la española más que á ninguna otra lengua.
-Tal pobreza aparente de palabras no ha impedido á los hawaianos ser
-poetas<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span> en los momentos importantes de su vida. Ahora <i>Aloha</i> significa
-«Bien venido».</p>
-
-<p>Empieza la música y empieza igualmente el encanto adormecedor, suave,
-«poético»&mdash;no puede emplearse otra palabra más exacta&mdash;, que nos va á
-acompañar todo el tiempo que permaneceremos en el archipiélago,
-siguiéndonos de una isla á otra.</p>
-
-<p>En este momento, mientras escribo las presentes líneas, siento la
-influencia, la obsesión de la música hawaiana que empieza á sonar en mi
-memoria. El que ha oído el <i>Aloha</i> y otra romanza titulada <i>El collar de
-las islas</i>, las canturrea siempre en los momentos que ensueña despierto,
-y se considera infeliz cuando no puede recordarlas.</p>
-
-<p>No es música enérgica y violenta, como la de muchos pueblos primitivos;
-tampoco es el lamento temblón y monótono de las razas orientales. Tiene
-un sentimentalismo delicado, que pudiéramos llamar literario; es la
-romanza lánguida y añorante de una gente de musicalidad superior. No
-entran en ella muchas notas, y sin embargo se repite sin fatiga,
-deseando llegar á su final por el placer de cantarla de nuevo.</p>
-
-<p>De todos los músicos del mundo civilizado, el único que viene á la
-memoria al escuchar estos <i>Lieder</i> amorosos del antiguo Hawai es
-Schúbert.<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI<br /><br />
-EL LAGO DE FUEGO</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Las mujeres de Hawai, superiores á los hombres.&mdash;El cinematógrafo
-en el archipiélago.&mdash;El baile de las «hulas» y los actuales tapujos
-impuestos por la autoridad.&mdash;El paganismo de la reina
-Lilinu-Kalami.&mdash;Las selvas de helechos.&mdash;El cráter-lago del
-Kilauea.&mdash;El guarda del volcán.&mdash;Nocturno rojo.&mdash;Una calefacción
-nunca vista.</p></div>
-
-<p>Como llegamos en la tarde de un domingo, todo el vecindario de Hilo está
-en los muelles. Además, la presencia de un buque del tonelaje del
-<i>Franconia</i> representa un suceso para la isla de Hawai. Los grandes
-paquebotes del Pacífico pasan de largo y no se detienen hasta Honolulu,
-que está á doce horas para ellos, pero á dos ó tres días de distancia
-para los habitantes de la antigua Hawai, obligados á valerse de pequeños
-vapores que hacen escala en varias islas del archipiélago antes de
-llegar á su capital.</p>
-
-<p>En el puerto de Hilo sólo vemos anclados algunos veleros de gran cabida
-y cinco ó seis palos, como únicamente pueden encontrarse en los
-desiertos del Atlántico y el Pacífico ó en sus bahías insulares. Vienen
-á cargar maderas olorosas. El sándalo ya no es abundante, pero en
-tiempos de Kamehamea I y sus inmediatos sucesores fué la principal
-riqueza del país y su único artículo de exportación. Cada vez que el
-belicoso emperador necesitaba dinero para sus guerras hacía una corta de
-sán<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span>dalo, y acudían inmediatamente flotillas de juncos chinos, de
-arquitectura y velamen medioeval, para llevarse la preciosa madera.</p>
-
-<p>Los muelles y los terrenos inmediatos al puerto están ennegrecidos por
-el rebullir de la muchedumbre que espera y por numerosos automóviles. En
-muchas tierras oceánicas fué extraordinaria la facilidad con que el
-indígena adoptó las comodidades más elementales del progreso. Los
-antiguos habitantes de Hawai, aunque celebraban sacrificios humanos,
-nunca fueron antropófagos; pero en otras islas puede decirse que los
-naturales han saltado de la pierna de misionero asada al manejo del Ford
-y la pluma estilográfica. En Hilo, todo comerciante, empleado ó modesto
-tendero tiene su automóvil. Además, son numerosos los chófers con
-vehículo propio que se dedican al servicio público.</p>
-
-<p>Al llegar á esta primera escala después de América, nos salen al
-encuentro la Oceanía con sus razas de origen malayo y el Asia con toda
-la variedad de sus pueblos emigrantes. La vestimenta es uniforme; todos
-van á la moda norteamericana, con telas ligeras y colores claros, pero
-los rostros ofrecen una enorme variedad, á causa de los diversos
-orígenes de los habitantes, canacos, chinos, japoneses, americanos y de
-varias procedencias europeas.</p>
-
-<p>La policía empuja al gentío para que deje un espacio libre ante el
-<i>Franconia</i>, y éste se adosa poco á poco al más extenso de los muelles,
-cubriéndolo todo con su alto muro de acero perforado de ventanos.</p>
-
-<p>Hay un grupo de muchachas, en mitad de este vacío, vestidas de blanco,
-de rosa, de azul, que llevan en sus brazos cientos de collares,
-encarnados y amarillos. Son hawaianas que guardan las costumbres del
-país y vienen á dar la bienvenida á los viajeros, colocándole á cada<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span>
-uno su correspondiente collar, con arreglo á la tradición. Todas ellas
-saben los bailes de las antiguas <i>hulas</i>, y han organizado para esta
-noche un festival hawaiano, que nos hará conocer los cantos y las danzas
-de los tiempos idílicos, anteriores á la austera viuda de Kamehamea.</p>
-
-<p>Son jóvenes esbeltas, ligeras, de sueltos y graciosos movimientos. Se
-adivina en su paso y en las posiciones que toman al quedar inmóviles la
-agilidad saludable de sus cuerpos. Unas son bronceadas, como las
-antiguas canacas; otras, pálidas y casi rubias por el cruzamiento de los
-blancos con sus madres y abuelas.</p>
-
-<p>Cuando digo bronceadas hablando de las hawaianas&mdash;como más adelante, al
-describir las mujeres de Java&mdash;, entiéndase que aludo al bronce dorado y
-luminoso, al bronce claro y limpio que tiene casi la misma tonalidad del
-oro; no al bronce sucio, obscuro y de tonos verdosos. La tez de algunas
-de estas jóvenes parece brillar como los objetos metálicos recién
-pulidos por una violenta frotación. Sus cuerpos de gallardía gimnástica
-se revelan á través de sus ligeras vestimentas, como los de las griegas
-que tomaban parte en los Juegos Olímpicos.</p>
-
-<p>Todas ellas circulan por el muelle coqueteando con los hombres, y son
-las primeras que entran en el buque, mirándolo todo con graciosa
-audacia. Luego empiezan á meter sus collares por las cabezas de los
-viajeros, tratando á señoras y señores como si fuesen amigos, conocidos
-por ellas toda su vida.</p>
-
-<p>En Hawai la mujer se ha considerado siempre superior al hombre, tal vez
-porque, en los pasados tiempos de comunismo amoroso y voluptuosidad
-libre, se vió muy solicitada y pudo escoger y mandar. Ya hemos dicho
-cómo el heroico Kamehamea pasó su vida engañado y<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span> dominado por su
-esposa. Todos los súbditos debieron vivir en igual dependencia que su
-emperador.</p>
-
-<p>Hoy las mujeres de Hawai son de costumbres regulares y virtuosas, ni más
-ni menos que en los otros países, pero conservan por tradición cierta
-superioridad directiva sobre el hombre. Además, esa educación
-fomentadora de la energía, que adquiere el sexo femenino en todo país
-donde implantan los Estados Unidos sus escuelas, contribuye á aumentar
-dicha independencia.</p>
-
-<p>Tres de las jóvenes, siguiendo las indicaciones de los periodistas que
-salieron al encuentro del buque, vienen á mí para colocarme tres
-collares sobre los hombros, saludando en inglés con palabras de
-exagerado elogio al autor de <i>Los cuatro jinetes del Apocalipsis</i>. Otras
-de sus compañeras no osan acercarse y me sonríen desde lejos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero es que todas estas señoritas&mdash;pregunto á uno de los
-periodistas&mdash;han leído mi novela?...</p>
-
-<p>Sonríe el interpelado con incredulidad. Tal vez unas cuantas de ellas
-conocen mi libro, que está en todas las bibliotecas públicas de la isla.
-Abundan en Hawai las librerías populares. Las dos preocupaciones del
-norteamericano son la higiene y la educación, y cuando se posesiona de
-un país, lo primero que hace es combatir las enfermedades contagiosas y
-abrir escuelas y bibliotecas.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que puedo afirmar&mdash;continúa el periodista&mdash;es que todas las
-muchachas de la isla han admirado el <i>film</i> sacado de su novela.</p>
-
-<p>El cinematógrafo es en Hawai una diversión permanente. Sólo de tarde en
-tarde llega alguna compañía dramática de los Estados Unidos ó de actores
-del Japón, para los numerosos compatriotas suyos que existen en el
-archipiélago. El llamado «teatro mudo» funciona todas las noches,
-repitiendo sobre unas tierras perdidas en<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span> la inmensidad del Pacífico lo
-mismo que ocurre en muchas ciudades provinciales de los continentes
-europeo y americano. Las muchachas copian gestos y trajes de las
-heroínas cinematográficas, y los jóvenes hacen idénticas imitaciones. Al
-llegar yo al archipiélago comentaban los periódicos burlonamente la
-afición creciente de la juventud hawaiana á usar sombreros á la española
-y patillas cortas, como Rodolfo Valentino, el famoso protagonista del
-«film» <i>Sangre y arena</i>, hecho en los Estados Unidos.</p>
-
-<p>Cuando cierra la noche vamos á la ciudad de Hilo, que está algo distante
-del puerto, para asistir al festival hawaiano. Éste se celebra en un
-teatro japonés, casi igual á los demás teatros, con la única
-particularidad de tener más de ancho que de profundo. Las filas de
-asientos son poco numerosas y en cambio larguísimas; el escenario tiene
-una gran latitud y poco fondo.</p>
-
-<p>Empieza á caer una lluvia fina y tibia, el refrescamiento diario de los
-países tropicales, que gozan de una vegetación exuberante. Los caminos
-de asfalto brillan como espejos negros, reproduciendo invertidas en su
-fondo las columnas del alumbrado público con sus globos de luz láctea y
-los cocoteros en apretada alineación á ambos lados de la ruta. La tierra
-exhala el olor punzante y fecundo del guano. Es el rudo perfume de un
-suelo de rápida putrefacción vegetal, en el que se mezclan y descomponen
-incesantemente el humus, la lluvia, el sol y la lava desmenuzada, para
-engendrar sin descanso nuevas vidas y nuevas muertes.</p>
-
-<p>La representación dura tres horas. Todos hemos llegado dispuestos á
-aguantar cortésmente un espectáculo monótono, y salimos de ella
-interesados y complacidos.</p>
-
-<p>Ya no pueden presentarse en público las actuales bailarinas hawaianas
-como las <i>hulas</i> de otros tiempos.<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span> Éstas llevaban por todo traje un
-faldellín de fibras que se esparcía y volaba en torno á sus piernas y su
-vientre, un collar de flores sobre el desnudo pecho, una corona en la
-cabeza... y nada más. Las autoridades del país, en nombre de la moral
-cristiana, han exigido ahora que debajo del traje de <i>hula</i> usado por
-las bailarinas modernas se pongan éstas una camisa de seda, que las tapa
-del cuello á las rodillas. Aun con tal aditamento pudoroso y
-antiestético, la danza resulta interesante.</p>
-
-<p>La hawaiana agita sus caderas y todo el resto de su cuerpo con una
-voluptuosidad que pudiéramos llamar distinguida y natural. No es la
-contorsión de la falsa odalisca, la llamada «danza del vientre»,
-movimiento lascivo de las carnes propio de un lugar cerrado, de un
-ambiente de alcoba. La <i>hula</i> contonea sus caderas como agitan sus colas
-las aves del Trópico al pasar de rama en rama; su faldellín de fibras se
-extiende con la rotación de un abanico de plumas, y cuando salta,
-tronzando sus menudos pasos, recuerda los movimientos de un pavito real.
-Hay incitación voluptuosa en la gracia con que se balancea sobre la
-punta de sus pies, en la pasión con que mueve la parte media de su
-cuerpo; pero es una voluptuosidad de aire libre que hace pensar en los
-profundos misterios de las selvas, en la animación rumorosa de toda una
-naturaleza, personas, animales y plantas, entregándose á la santa obra
-de la fecundidad.</p>
-
-<p>Desfilan por el escenario varias orquestas de músicos expertos, pero se
-ve que todos ellos han viajado por muchos países, amenizando las noches
-de <i>dancings</i> y restoranes de lujo. Creyendo agradarnos más, intercalan
-entre las danzas hawaianas <i>fox-trots</i> y otros bailes de moda. Son
-músicos gordos, lustrosos, bien trajeados, que han bebido indudablemente
-mucho champaña en sus correrías por el mundo.<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span></p>
-
-<p>Yo prefiero la orquesta que vino al encuentro de nuestro buque y no ha
-subido al escenario, permaneciendo abajo, en el lugar que ocupan
-habitualmente los músicos en los teatros. Se compone de jóvenes
-melancólicos, enfermizos y modestos, que parecen cumplir su función sin
-salir de un ensueño. Cuando no hay nadie en la escena tocan y tocan,
-volviendo finalmente á su romanza favorita <i>El collar de las islas</i>. El
-público aplaude, y ellos permanecen inmóviles, como si fuesen sordos; no
-vuelven siquiera la cabeza para dar gracias.</p>
-
-<p>Cuando cesan de tocar ponen un codo en una rodilla, apoyan la cara en
-una mano y quedan meditabundos é indiferentes á lo que les rodea.
-Parecen la representación del antiguo Hawai, que insiste en adormecerse
-con su música melancólica. Protestan con su silencio de los extranjeros
-que modificaron la vida del país, quitándole su independencia. Como la
-mayor parte de sus decadentes compatriotas, estos jóvenes esbeltos y
-finos parecen amenazados por la tisis.</p>
-
-<p>Los artistas hawaianos han compuesto dos pequeñas óperas, valiéndose de
-antiguas canciones. En una de ellas, Kamehamea joven, representado por
-un tenor de voz dulcísima, ve pasar las nueve islas del archipiélago:
-nueve bailarinas que ejecutan las diversas danzas canacas y le cubren de
-flores. El emperador, lanza en mano, va vestido como en su estatua de
-Honolulu, con una especie de gorro frigio ó casco griego, hecho de
-pequeñas plumas rojas y amarillas, y un amplio manto del mismo género é
-idénticos colores.</p>
-
-<p>La segunda ópera se titula <i>Una tarde en el jardín de la reina
-Lilinu-Kalami</i>. Esta reina fué la última de Hawai, y vivió destronada
-muchos años, casi hasta nuestra época. ¡Pobre Lilinu-Kalami!...</p>
-
-<p>Al morir sin herederos, en 1874, el último descen<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span>diente de Kamehamea,
-las islas de Hawai eligieron rey á David Kalakaua, uno de los personajes
-más nobles del archipiélago. El nuevo rey hizo un viaje á los Estados
-Unidos para estrechar las relaciones con esta República. Luego pasó á
-Europa con el propósito de estudiar sus adelantos y trasladarlos á su
-tierra. Pero murió al poco tiempo, y su hermana Lilinu-Kalami fué
-elegida reina.</p>
-
-<p>Con la intrepidez de las mujeres hawaianas, se rebeló al verse en el
-trono contra la influencia dominadora de las gentes extranjeras
-avecindadas en las islas. Los misioneros evangélicos eran los que
-dirigían verdaderamente al país, y ella, por seguir sus propios gustos y
-por fortalecer el espíritu nacional, fomentó la resurrección de las
-tradiciones y fiestas del antiguo archipiélago gobernado por Kamehamea.</p>
-
-<p>Lilinu-Kalami escribía versos y componía romanzas. Su corte la formaban
-mujeres aficionadas á la poesía y al baile. Una tropa de <i>hulas</i>
-hermosísimas iba con ella á todas partes. Sus tardes en el jardín de
-Honolulu eran de continuas danzas, que servían de pretexto al mismo
-tiempo para intrigas amorosas.</p>
-
-<p>Los misioneros gritaron contra esta resurrección del paganismo hawaiano,
-y como eran los verdaderos dueños del país, destronaron fácilmente á la
-dulce Lilinu-Kalami, que no quiso intentar ninguna resistencia. Aún
-vivió largos años en un palacio de Honolulu, propiedad suya, que hoy
-ocupa el gobernador, nombrado por el presidente de los Estados Unidos.
-Los viajeros de alguna importancia, al pasar por Honolulu, visitaban á
-la ex reina, viéndola rodeada por una corte fiel de bailarinas y músicos
-poetas, que la acompañaron en su desgracia hasta el último momento.</p>
-
-<p>Como Hilo es la ciudad del archipiélago que mantiene más tenazmente la
-memoria de la antigua inde<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span>pendencia, dedica una especie de culto á la
-última soberana del país. Todos cantan una romanza melancólica que
-compuso Lilinu-Kalami después de su destronamiento. Los músicos jóvenes
-y tristes la tocan repetidas veces durante la representación. Cuando
-ésta termina se ponen de pie todos á la vez y rompen á tocar con sus
-instrumentos el antiguo himno de Hawai. El público, compuesto de
-norteamericanos, se levanta espontáneamente para escuchar con respeto
-este himno de una nación que ya no existe y cuyo territorio han ocupado
-ellos para siempre.</p>
-
-<p>Los músicos, mientras tocan, volviendo sus espaldas á los espectadores,
-parecen decir:</p>
-
-<p>&mdash;Somos débiles y cada vez seremos menos. Nuestra raza está condenada á
-desaparecer; pero mientras exista, queremos que no se olvide lo que
-fuimos.</p>
-
-<p>Y los norteamericanos los miran con simpatía é interés. Algunos más
-conocedores de la historia del país, luego de escuchar el himno
-justifican la ocupación de las islas de Hawai.</p>
-
-<p>Después del destronamiento de Lilinu-Kalami, el archipiélago se
-constituyó en República; pero como los nuevos gobernantes eran todos
-norteamericanos por origen ó por educación, acabaron pidiendo en 1898 el
-ser anexionados á los Estados Unidos. La independencia del país no podía
-mantenerse más tiempo. De no ocupar los norteamericanos las islas de
-Hawai, se hubiese apoderado de ellas el Japón. Cada año aumentaba de un
-modo alarmante la cantidad de japoneses residentes en el país. Aun hoy,
-después de haberse cortado en parte esta corriente emigratoria, resulta
-considerable la población japonesa.</p>
-
-<p>Al día siguiente vamos á visitar, en el interior de la isla, la más
-interesante de sus curiosidades: el volcán de<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span> Kilauea, que es en
-realidad un lago de fuego, distinto á todos los cráteres conocidos. Como
-ocurre en muchas islas de enorme altura, se salta aquí, en el transcurso
-de unas horas, del calor al frío, de la vegetación tropical á la de la
-zona templada ó de los países nevados.</p>
-
-<p>Dejamos atrás las plantaciones de caña de azúcar á orillas del mar, los
-bosques de cocoteros y lianas floridas, las aldeas de japoneses vestidos
-á lo norteamericano. El automóvil rueda varias horas por caminos
-excelentes pero de violentos zigzags que escalan las alturas. Cambia la
-vegetación según va cambiando la atmósfera. Al aire pesado y densamente
-oloroso de las plantaciones próximas al Océano sucede un vientecillo
-sutil y fresco que parece agrandar la cabida de los pulmones.</p>
-
-<p>Entramos en la región templada y fría, que el gobierno ha convertido en
-Parque Nacional. La vegetación se compone especialmente de helechos,
-pero enormes, de proporciones monstruosas, con una exuberancia propia
-del Trópico, pero de un Trópico alto, ventoso y en constante humedad. La
-luz del sol se hace verde al filtrarse por la interminable bóveda que
-forman las hojas tiernas de estos helechos fuera de las proporciones
-ordinarias. Al avanzar por los senderos, vemos que el suelo de lava
-pulverizada es puro barro, á causa de la humedad de invernáculo que
-destilan continuamente las plantas.</p>
-
-<p>Los guardianes del parque, jinetes elegantemente uniformados, que llevan
-sombrero de <i>cow-boy</i> puntiagudo, con cuatro abolladuras, nos van
-mostrando los cráteres muertos. Estos embudos de rocas basálticas
-quemadas fueron negros, pero un clima fecundo los ha cubierto de
-vegetación.</p>
-
-<p>Subimos otra vez al automóvil, y saliendo de los túneles verdes,
-empezamos á atravesar una meseta árida<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span> y desierta, de muchos kilómetros
-de extensión. Son campos de lava formados por los derrames del volcán;
-un oleaje petrificado, negro, de brillo metálico. A trechos, varios
-cartelitos impresos marcan la fecha de cada erupción. Algunas capas,
-iguales en apariencia á las otras, datan solamente de hace seis años.</p>
-
-<p>Vemos lava por todas partes, y sin embargo, nuestros ojos no encuentran
-el volcán. Como estamos acostumbrados á los cráteres en cono, á montañas
-que vomitan fuego, no podemos adivinar dónde está la boca volcánica en
-esta llanura situada á enorme altitud, pero que visualmente tiene la
-horizontalidad de una playa. Han abierto á pico un camino en las capas
-eruptivas, y los automóviles se balancean rudamente por la
-inconsistencia del suelo. A veces se rompe la costra negra y la rueda
-cae en una oquedad que guarda el color herrumbroso y rojizo de la lava,
-aislada durante su enfriamiento del contacto atmosférico.</p>
-
-<p>Se llega en automóvil hasta el mismo cráter del Kilauea. Sólo resulta
-visible cuando se está á pocos pasos de su boca, enorme rasgadura de un
-kilómetro.</p>
-
-<p>Es un lago hundido en la peña, una depresión de paredes verticales. Ni
-humo ni olor. A seis metros de profundidad, se mueve un barro negro con
-incesante oleaje. Este color negro es falso y únicamente existe á las
-horas de sol vertical. En realidad, ni aun en tales momentos es
-permanente su negrura. Se abren en la inquieta superficie grandes
-agujeros rojos que se hinchan después en forma de burbujas y arrojan
-surtidores de fuego. Éstos suben como el chorro de una fuente ó se abren
-en forma de ramillete. El barro ígneo se parte en otros lugares,
-formando grietas que serpentean como anguilas purpúreas. A ratos se
-levanta en tumefacciones enormes que acaban por reventar, expeliendo su
-piel negra formada<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span> de escorias y dejando al descubierto el abceso rojo,
-que se eleva unos instantes y vuelve á caer.</p>
-
-<p>En ciertos momentos parece que un monstruo, sumido en el fuego como si
-fuese su elemento natural, patalea para salir del lago, levantando la
-trompa, las patas ó la grupa poderosa y ardiente.</p>
-
-<p>No hay mas que ligeras humaredas sobre esta cuba enorme; pero tales
-vapores, como ya dije, abundan en toda la isla. El suelo de las orillas
-quema un poco y no se pueden descansar mucho tiempo los pies en el mismo
-lugar. Al sentarse en una roca, cerca de los bordes, se percibe un
-temblor profundo, sordo, disimulado, que se transmite á la parte del
-cuerpo apoyada en la piedra...</p>
-
-<p>Pero todo permanece tranquilo en torno nuestro, como si estuviéramos
-junto á un lago, en un ameno jardín. Sólo el calor que sale de la enorme
-cavidad nos hace recordar que lo que se mueve abajo es fuego y no agua.
-Parece inverosímil que este lago sea un cráter que eleva con frecuencia
-el nivel de su líquido ígneo, lanzando rectamente, á través del espacio,
-una columna de trescientos metros de vapores y materias inflamadas. Al
-mismo tiempo, una cascada de fuego salta fuera de sus bordes,
-extendiendo nuevas capas de lava sobre una extensión hasta de cuarenta
-kilómetros.</p>
-
-<p>Con el aire satisfecho del propietario que muestra su jardín, se pasea
-en torno al volcán un hombre de pequeña estatura. Su rostro está tan
-desfigurado por el calor, que en realidad no se sabe á qué raza
-pertenece. Lo mismo puede ser canaco que un blanco transformado por el
-ambiente. Lleva cuarenta y dos años de guardar el Kilauea, y conoce el
-curso de sus cóleras ruidosas, la variedad de sus caprichos, la
-mansedumbre hipócrita de sus largos reposos. Este Nibelungo del volcán
-tiene las barbillas canas, los ojos inflamados, y el rostro tan cur<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span>tido
-y con profundas arrugas que parece rajado á cuchilladas.</p>
-
-<p>Nos dice dónde hay que colocarse para estar en seguridad. Las orillas
-del cráter se desfiguran con frecuentes desprendimientos. En algunos
-sitios el muro del lago se mantiene vertical; en otros está en declive,
-á causa de recientes derrumbes; más allá avanza en equilibrio inestable,
-roído inferiormente por la ola de fuego, que va abriendo un socavón.
-Puede derrumbarse de un momento á otro, arrastrando á, los imprudentes
-que se asoman, sin saber lo que tienen debajo de sus pies.</p>
-
-<p>Habla el guarda con cariño de las bellezas de su volcán, único en toda
-la tierra que se deja contemplar de cerca, sin expeler vapores azufrados
-que hacen llorar, sin nubes de humo asfixiante que obligan á,
-retroceder.</p>
-
-<p>&mdash;De día&mdash;añade&mdash;es menos interesante. El sol impide ver el fuego. ¡Si
-ustedes volviesen en plena noche!...</p>
-
-<p>Volveremos para ver al Kilauea en todo su esplendor. A seis kilómetros
-de su cráter, más allá de la zona que invaden las lavas, está el
-«Volcano House», hotel elegante, servido por japoneses y con lujosos
-bazares; una residencia de verano para los plantadores de caña y los
-funcionarios norteamericanos que necesitan huir del calor excesivo y la
-atmósfera abrumadora de la costa. Tomamos el té de media tarde y comemos
-á las siete en este hotel, escuchando otra vez las romanzas hawaianas de
-la misma orquesta de jóvenes melancólicos, que parece seguirnos á todas
-partes.</p>
-
-<p>El «Volcano House» está rodeado de jardines frondosos que expelen humo
-por grietas invisibles, como todos los bellos paisajes de Hawai. El
-fuego planetario avisa su presencia á través del suelo de esta isla que
-goza una primavera de doce meses, no ve nunca sus árboles desnudos y
-sustenta las hermosuras naturales más dulces<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span> y tranquilas de la
-tierra... ¡Y pensar que este paraíso puede desaparecer en unos cuantos
-minutos de cólera subterránea, borrándose sobre la superficie del
-Océano, como algo soñado que no existió nunca!...</p>
-
-<p>En plena noche volvemos á través de los campos de lava. Brillan como
-pajuelas de plata las aristas de las olas negras y petrificadas
-reflejando los faros de los automóviles. Una especie de aurora boreal
-enrojece el fondo del horizonte y nos sirve de guía.</p>
-
-<p>Es una claridad roja, semejante á la de un incendio; pero un incendio
-inmenso, sólo comparable al de una ciudad que ardiese entera. Cuando nos
-aproximamos al lago de fuego las luces de los automóviles palidecen,
-hasta parecer unos redondeles opacos pintados de amarillo. En cambio,
-personas y cosas quedan envueltas en un esplendor purpúreo que nos
-permite vernos igual que en pleno día.</p>
-
-<p>El Kilauea tal vez está lo mismo que en la primera visita, pero de noche
-se impone á nosotros con una emoción más honda, nos parece más
-inquietante, como si estuviera preparando un estallido y fuese á saltar
-en oleadas de fuego más allá de los bordes de su cráter.</p>
-
-<p>Todo el fondo de barro ígneo se muestra agitado por la ebullición. La
-costra ligeramente negra transparenta el fuego lo mismo que un tul.
-Luego se rasga dando paso á fuentes y cúpulas mayores y más luminosas
-que las del día. Las anguilas ardientes son ahora monstruosas boas y
-levantan enjambres de chispas al ondular sus anillos.</p>
-
-<p>Un calor infernal sale del lago. Las paredes de roca, al reflejar esta
-superficie ígnea, parecen arder interiormente. Un grupo de nubes blancas
-se ha inmovilizado sobre el cráter, enrojeciéndose como vedijas de
-algodón empapadas en sangre. Más allá de este reflejo celeste, que es
-rojo en su parte céntrica y rosado en sus bordes,<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span> la noche tropical
-extiende su azul profundo perforado por la punción laminosa de los
-astros. Un cuarto de luna, llevando á remolque un diamante estelar,
-eleva poco á poco su mansa navegación por el océano astronómico.</p>
-
-<p>Guiado por un isleño de origen portugués que maneja nuestro automóvil,
-voy en busca del peñasco que me sirvió de asiento al principio de la
-tarde. El gnomo guardador del volcán nos sale al paso para que sigamos
-una dirección opuesta. Ya no existe el asiento, ni la orilla en que
-pusimos nuestros pies. Según dice el guardián, cayeron al fondo del
-cráter á las pocas horas, mientras tomábamos el té escuchando á los
-músicos en el «Volcano Housse».</p>
-
-<p>Ocupamos otro lugar, después que el hombrecillo requemado nos jura por
-su experiencia que estaremos en él con toda seguridad. Transcurre para
-nosotros más de una hora con la rapidez de contados minutos. Bien
-conocida es la atracción del fuego, la somnolencia meditativa que se
-apodera de nosotros cuando tomamos asiento junto á un hogar y seguimos
-con los ojos las caprichosas evoluciones de las llamas. Es necesario un
-esfuerzo enorme para salir de esta absorbente contemplación.</p>
-
-<p>En los bordes del Kilauea se siente la misma somnolencia contemplativa,
-pero con el agrandamiento propio de la diversidad de proporciones. Es
-necesario que los guías nos recuerden que estamos en un sitio desierto,
-en plena noche, y á cuatro horas de automóvil de la ciudad de Hilo, para
-que nos decidamos á renunciar á este espectáculo, único en el mundo, que
-tal vez no volveremos á ver nunca.</p>
-
-<p>Al pasar por última vez ante el «Volcano Housse», digo adiós al director
-del Parque Nacional.</p>
-
-<p>Es un mocetón norteamericano, grande, fuerte, de<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span> amable sonrisa, que
-recorre á caballo incesantemente los bosques de <i>koas</i> (árboles
-gigantescos del país), las selvas húmedas, los cráteres secos, los
-volcanes que echan humo y el lago de fuego líquido, contenidos en sus
-dominios. Lleva un elegante uniforme de mosquetero, como los guardianes
-que están bajo su mando, y cuando desmonta del caballo, con una ligereza
-de jinete de cinematógrafo, es para entrar en su oficina, situada frente
-al hotel.</p>
-
-<p>Creo que tampoco volveré á ver un edificio tan original é interesante.
-No es mas que una graciosa casa de madera, como muchas habitaciones
-campestres de los Estados Unidos, elevada un par de metros sobre el
-suelo y con una galería cubierta que se extiende por sus cuatro
-fachadas.</p>
-
-<p>El director del Parque, entre mis dos visitas al volcán, me ha hecho
-entrar en esta oficina, igual á todas las de los Estados Unidos. La
-bandera de las rayas y las estrellas ondea sobre el frontón triangular
-de la casa. Dentro veo los retratos de Wáshington y de Lincoln, grandes
-tableros de dibujo, mapas del Parque fijos en las paredes, diseños de
-los cráteres, estadísticas de sus erupciones, muestras de vegetales y
-minerales.</p>
-
-<p>Después que el simpático jinete de botas amarillas y resonantes espuelas
-me muestra todo esto, añade con simplicidad:</p>
-
-<p>&mdash;Lo que tal vez le interesará un poco es la calefacción de mi vivienda.
-Aunque usted ha viajado mucho, bien puede ser que no conozca nada
-semejante.</p>
-
-<p>Salimos del edificio. Cerca de la pequeña escalinata de su puerta, hay
-una grieta profunda entre dos peñascos: una especie de chimenea natural
-que desciende recta en el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;La he sondeado más de cien pies&mdash;sigue diciendo&mdash;,<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span> sin encontrar el
-fondo. Es un respiradero del volcán que derramaba antes su calor sin
-provecho para nadie. Va usted á ver.</p>
-
-<p>Y veo que mueve una palanca de madera tallada groseramente, para
-levantar una pequeña compuerta, también de madera, que obstruye la
-grieta.</p>
-
-<p>Volvemos al interior de la oficina, y su temperatura empieza á elevarse
-por momentos. Al poco rato la atmósfera es para hacernos sudar. El calor
-de la grieta subterránea, siguiendo un conducto de albañilería, pasa por
-debajo de toda la casa y se pierde finalmente, saliendo por la techumbre
-á través de una chimenea de ladrillos.</p>
-
-<p>&mdash;Esto lo he inventado yo&mdash;añade con orgullo&mdash;. Ahora no es agradable,
-pero en invierno, cuando cae nieve y sopla el huracán de las alturas, da
-gusto estar aquí.</p>
-
-<p>Miro con asombro á este hombre que somete los volcanes al servicio de su
-oficina, y duerme tranquilo todas las noches sobre el gigantesco
-hornillo generador de una calefacción inapagable y gratuita.<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII<br /><br />
-LA CIUDAD FLORIDA</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Los nadadores de Honolulu.&mdash;Las casas jardineadas de los
-empleados.&mdash;El mundo fantástico del Acuario.&mdash;Los
-peces-hombres.&mdash;La playa elegante de Vaikiki.&mdash;Nataciones en
-Diciembre.&mdash;Los saltadores de olas.&mdash;El gigantesco árbol del «Moana
-Hotel».&mdash;El niño del sombrero.&mdash;Almuerzo en la Asociación de la
-Prensa, con más mujeres que hombres.&mdash;El palacio de
-Lilinu-Kalami.&mdash;Los dos Jardineros.&mdash;El collar de la reina.&mdash;La
-señorita que por primera vez en su vida habla con un español.</p></div>
-
-<p>Un largo estremecimiento musical corre sobre el lomo turquesa del mar.
-Ante nuestros ojos se extiende la isla de Oahu, que unos llaman la isla
-Encantada y otros la isla Florida.</p>
-
-<p>Van surgiendo en el horizonte los altos edificios blancos de la moderna
-Honolulu; luego numerosos barracones de muelles y embarcaderos, sobre
-cuyos tejados asoman sus mástiles y chimeneas los enormes paquebotes,
-cruceros mercantes del Pacífico. Más allá de la ciudad comercial se
-extienden los barrios de la ciudad-jardín, con su vegetación más
-abundante en flores que hojas.</p>
-
-<p>Los campos cultivados en líneas rectas, semejantes á las del viñedo,
-producen la piña dulce, llamada ananás. La mayor parte de esta piña que
-se consume en el mundo procede de Honolulu. Hay aquí fábricas
-importantes que la cortan en rodajas y la encierran en botes con su<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span>
-meloso líquido, exportándola á los más lejanos extremos de la tierra.</p>
-
-<p>Detrás de las huertas en suave declive se eleva rápidamente la montaña
-volcánica, vestida por la arboleda tropical. En las cumbres de roca
-pelada, que son cráteres apagados, se enredan las nubes, deteniendo su
-carrera atmosférica. La isla está iluminada en su parte baja por el
-dorado sol de la tarde, y al mismo tiempo, arriba, un grupo de nubes
-plomizas ensombrece las montañas. Por encima del toldo de vapores que
-derrama su lluvia sobre las cumbres, traza la luz solar un extenso arco
-iris, y éste va de un extremo á otro de la isla, como una campana de
-cristal multicolor guardadora de un objeto delicado y precioso.</p>
-
-<p>Se aproxima el estremecimiento musical, que parece rizar el dorso de las
-aguas. Dos remolcadores hacen evoluciones ante la proa del <i>Franconia</i>.
-Uno de ellos va repleto de músicos con uniforme militar. Es la Banda
-Municipal de Honolulu que sale á nuestro encuentro para darnos la
-bienvenida, entonando como es de ritual el <i>Aloha</i> y <i>El collar de las
-islas</i>. Pero esta vez son instrumentos metálicos los que interpretan la
-música del país, suavizados por la sordina que impone la inmensidad del
-mar.</p>
-
-<p>En el otro vaporcito hay varios grupos de jóvenes vestidas con alegres
-colores y que agitan sus brazos cargados de collares. Son señoritas de
-Honolulu, casi todas de raza blanca, hijas de europeos y norteamericanos
-establecidos en el país. Llevan sombrero y van vestidas á la última
-moda. No tienen el aire tradicional ni los rostros medio canacos de las
-muchachas de Hilo, que gustan de ir con la cabeza destocada. Además, los
-collares de Honolulu son de flores naturales, por abundar más la
-jardinería en esta isla que en la de Hawai.<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span></p>
-
-<p>Dos aviones militares de la defensa del archipiélago revolotean sobre
-nuestro buque con la estridencia característica de los potentes motores
-norteamericanos.</p>
-
-<p>Cuando nos aproximamos al puerto, una nueva representación de Honolulu
-viene á unirse á las que nos han dado la bienvenida navegando en el mar
-ó en la atmósfera. Varios enjambres de nadadores se zambullen y vuelven
-á emerger ante la proa de nuestra nave, angustiándonos con el temor de
-ver partido á uno de ellos bajo el tremendo espolonazo. Otros nadan en
-fila junto á los flancos del buque, gritando al mismo tiempo á los
-viajeros asomados en las bordas. El <i>Franconia</i> marcha despacio buscando
-la entrada del puerto; pero sabida es la desarmonía de proporciones
-entre las limitadas energías del hombre y la fuerza gigantesca que mueve
-á estos palacios de acero. La lentitud de un paquebote representa una
-velocidad enorme para el brazo humano, y sin embargo ninguno de estos
-tritones se queda atrás; todos se mantienen junto al buque, cortando el
-agua como delfines.</p>
-
-<p>Es frecuente ver en los puertos enjambres de nadadores que piden á
-gritos les echen unas monedas para perseguirlas en la profundidad
-acuática; pero son siempre chicuelos, más ágiles que veloces en su
-natación. Los de Honolulu son todos hombres, canacos en su mayor parte,
-y algunos japoneses; atletas de cara fea y cuerpos admirables, en los
-que se armoniza la exuberancia de los músculos con la corrección de las
-líneas. Como de sol á sol entran en el puerto de Honolulu numerosos
-buques para descansar unas horas nada más y volver á partir, estos
-nadadores pasan el día entero en el agua, acompañando á los que se van y
-saludando á los que llegan, en espera de unas monedas solicitadas á
-gritos.</p>
-
-<p>En ninguna parte he oído voces como las de estos<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span> bárbaros nadadores. Al
-escucharlas por primera vez no podíamos explicarnos la procedencia de
-tales gritos. Parece imposible que sus rugidos de vibración metálica
-puedan salir de la estrecha caja de un pecho humano. Para describirlos
-exactamente habría que decir que todos ellos rugen como una campana
-enorme que en vez de repiques y volteos pudiese lanzar rugidos.</p>
-
-<p>Somos esperados en el muelle con coronas de flores y nuevas músicas, La
-Asociación de la Prensa de Honolulu, que organizó hace pocos años en
-Hawai un Congreso universal de periodistas, viene á saludarme, y sus
-representantes, siguiendo los usos del país, me colocan un gran collar
-de rosas sobre los hombros. Luego me enseñan la ciudad.</p>
-
-<p>Su parte céntrica es obra de la iniciativa norteamericana y sólo data de
-unos veinte años aproximadamente. Tiene una Casa de Correos enorme, que
-recibe y cambia la correspondencia de tres continentes, América, Asia y
-Australia, pasando los sacos de cartas de unos buques á otros; tiene
-edificios de muchos pisos, calles rectas y cuidadosamente asfaltadas,
-aceras amplias, grandes tiendas, y su aspecto general es el de una
-ciudad del interior de los Estados Unidos.</p>
-
-<p>Pero la influencia norteamericana se limita á la construcción,
-recobrando la capital polinésica su aspecto característico en todo lo
-referente á la vida. En los almacenes grandes ó modestos, los
-dependientes y muchas veces los amos son japoneses, chinos, malayos ó
-indostánicos. Los rótulos de las tiendas, junto á las palabras en inglés
-ostentan otras en idiomas incomprensibles y alfabetos exóticos, de
-formas pintorescas. El movimiento en las calles está regulado
-escrupulosamente por la policía, pues abundan con exceso los
-automóviles; pero estos agentes, que ocupan una especie de púlpito
-sombreado<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span> por enorme quitasol y agitan sus brazos como directores de
-orquesta para que avancen ó retrocedan los vehículos, son todos ellos
-canacos, de cara de ídolo y una obesidad que parece va á hacer saltar
-con su desbordamiento grasoso los botones del uniforme.</p>
-
-<p>Después de las avenidas de altos edificios empiezan á desarrollarse las
-calles-paseos en una extensión de muchos kilómetros. Cada vivienda se
-halla enclavada en el centro de un jardín. Una faja de vegetación separa
-las casas de la calle. Muchas de ellas, por ser de ricos, abundan en
-columnas y estatuas, reproduciendo los estilos de Europa. Otras de
-elegancia graciosa son de madera: los llamados <i>bengalows</i>.</p>
-
-<p>Se adivina que en este país el jardín representa más que la casa, pues
-la dulzura de un clima siempre clemente permite la vida al aire libre.
-Las ventanas son enormes. Los salones y comedores sólo tienen pared en
-el fondo, y las tres caras restantes, que dan al jardín, están abiertas,
-con simples columnas que sostienen el techo. Las plantas se expanden sin
-límites en esta tierra fecunda en flores. Hasta los árboles de las
-avenidas parecen gigantescos ramilletes.</p>
-
-<p>Muchas de estas casas floridas excitan mi admiración. Deben vivir en
-ellas poetas, delicados artistas, solitarios de silenciosas
-meditaciones. En Europa, uno de estos edificios pequeños, con las
-paredes tapizadas de rosas y estrellas purpúreas, que hasta tienen en
-las cornisas vasos colgantes con chorros de flores, representaría un
-paraíso para el intelectual que lograse poseerlo. Mis acompañantes me
-explican que la mayor parte de estas casas están ocupadas por empleados
-de Banco, contramaestres de fábricas ú obreros especialistas, que en su
-país tendrían que habitar un compartimiento de los horribles edificios
-destinados á las gentes de sueldo modesto,<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span> Indudablemente deben
-sentirse felices en su jardín, eternamente esplendoroso, pero me
-abstengo de preguntarlo. ¡Quién sabe! El hombre ambiciona siempre lo que
-no tiene y sólo ve la felicidad allí donde él no se encuentra.</p>
-
-<p>Ansío visitar el jardín submarino de Honolulu luego de haber admirado
-las esplendideces vegetales de su suelo. El Acuario de la ciudad es
-célebre en el mundo por las especies del Pacífico que guarda y no pueden
-encontrarse en ningún otro mar.</p>
-
-<p>Paso más de una hora contemplando con asombro las variedades animales de
-una vida profunda y misteriosa que tiene por escenario los abismos
-mayores de nuestro planeta y nunca ha sido vista de cerca por el hombre.
-No hay colores sobre la tierra que puedan ser comparados con los que
-ostentan los habitantes de las simas abisales. En las profundidades del
-Océano el color es tierno, eternamente jugoso, con una luz interior,
-como las pinceladas recientes que aún no han sido secadas y
-ensombrecidas por la influencia atmosférica.</p>
-
-<p>Veo peces rayados como la cebra, manchados como el tigre, melenudos como
-el león. Unos flotan lo mismo que plumas verdes ó doradas; otros imitan
-las rugosidades y la inmovilidad de la piedra; más allá mueven sus
-múltiples faldellines de gasa, como bailarinas del profundo escenario
-oceánico, al que nunca llega el sol, y donde monstruos de luminosos
-tentáculos sirven de lámparas, emitiendo una claridad fosfórica. Los hay
-que tienen la cabeza relinchante de un caballo y hacen corvetas en el
-agua, como los corceles del paganismo marítimo montados por las
-Nereidas.</p>
-
-<p>Otros animales que son la especialidad del Pacífico despiertan en mí un
-sentimiento de miedo y al mismo tiempo de humildad. Tienen cara de
-hombre, pero de<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span> un parecido exacto, sin que sea necesario valerse de la
-fantasía para extremar tal semejanza. Su nariz se despega del rostro, lo
-mismo que la nuestra; su boca es humana, pero con el mentón entrante de
-los degenerados. Sus ojos, al aproximarse al cristal, nos miran con una
-expresión que parece reflejar los sentimientos brutales de un alma
-rudimentaria. Son como futuros hombres que se hubiesen inmovilizado en
-forma de peces, sin poder continuar su evolución; hombres de rostro
-feroz, de mirada dura, de instintos egoístas y crueles, que únicamente
-viven para perseguir, matar, comer y reproducirse. Nos recuerdan á
-nuestros remotísimos abuelos que atravesaron los incalculables siglos de
-la prehistoria repartiendo peñascazos y golpes de tronco para inaugurar
-la supremacía de la especie humana sobre el resto de la creación.</p>
-
-<p>En este Acuario, viendo cómo evolucionan en sus cajas de cristal los
-seres multicolores arrancados á las profundidades oceánicas, se duda un
-poco de nuestra superioridad y nuestro orgullo.</p>
-
-<p>Cada uno de nosotros cree instintivamente que es el centro del universo,
-y todo cuanto existe en torno de él, animales, plantas y minerales, fué
-creado para el placer de sus sentidos ó la satisfacción de sus deseos. Y
-estos habitantes del Pacífico, infinitamente más numerosos que nosotros,
-nos ignoran como nosotros los ignoramos. Cazan, guerrean, hacen el amor,
-se suceden en el disfrute de la inmensidad oceánica, luciendo sus
-maravillosos colores y sus formas bizarras para ellos mismos. No saben
-que existe el hombre, con todas sus vanidades, con su historia
-orgullosa, que tiene por reducido escenario unos cuantos bullones de
-costra sólida emergidos de la inmensidad del mar.</p>
-
-<p>Cerca del Acuario está Vaikiki, la playa elegante de<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span> Honolulu, y en
-ella el «Moana Hotel», famoso en los Estados Unidos. Todo extranjero que
-llega á la isla necesita bañarse en esta playa, pues al volver á su
-país, los conocedores del archipiélago le preguntarán si ha nadado en
-Vaikiki. Este es un mar tropical, mas no por esto deja de resultar
-molesto lanzarse á él en pleno mes de Diciembre. Pero mis compañeros de
-viaje, entre dos olas, hacen elogios de la tibieza del mar, aunque
-algunos de ellos castañetean los dientes. Las damas, con ligerísimos
-trajes de baño, se lanzan igualmente al agua, interesadas por los
-ejercicios náuticos de los canacos.</p>
-
-<p>El mayor atractivo de esta playa es el que ofrecen los juegos de los
-saltadores de olas. Los antiguos hawaianos aprendían desde su niñez á
-sostenerse de pie sobre una tabla elíptica de dos metros, especie de
-patín acuático, que podían llevar á cuestas, como un escudo de madera,
-utilizándolo para el paso de ríos y estrechos marítimos. Puestos de
-bruces sobre esta tabla, mueven pies y manos con un ritmo de tortuga,
-avanzando rápidamente sobre las aguas tranquilas. Si hay olas, se ponen
-derechos sobre el escudo, con admirable equilibrio, como si sus pies
-estuviesen soldados á la madera, y se dejan llevar por la fuerza de las
-rompientes.</p>
-
-<p>Desde la playa vemos filas de hombres erguidos sobre el agua, que vienen
-hacia nosotros con la rapidez de la ola. Como la tabla no se ve, parece
-que marchan lo mismo que Jesús en el lago de Tiberíades. Son estatuas de
-carne sobre un pedestal de espuma. Corren sin mover los pies; cortan el
-aire por el impulso de la rompiente, hasta que ésta se extingue, y el
-nadador, falto de empuje, cae por inercia fuera de su tabla.</p>
-
-<p>Algunas damas norteamericanas reman en estrechísimas piraguas que se
-sostienen gracias á otra más pequeña, en forma de balancín, unida por
-dos medios<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> arcos de bambú. Su remo es la pagaya, pala corta movida con
-las dos manos. Juegan á pasar sobre las rompientes en esta embarcación
-frágil, quedando durante algunos segundos bajo la espuma de las olas. En
-las mismas piraguas van canacos casi desnudos, como en los tiempos de
-Kamehamea, contrastando la obscuridad de sus carnes con la blancura de
-piernas y brazos de las remadoras, no más vestidas que sus compañeros de
-pagaya.</p>
-
-<p>Al sentarme en el jardín del «Moana Hotel» para contemplar estos juegos
-náuticos, empiezo á sentir en mi olfato cierta embriaguez, como si
-estuviese en la tienda de un gran perfumista. Miro los árboles y los
-arbustos cargados de flores, pero me doy cuenta de que su aromática
-respiración es algo más sutil y discreto que la esencia vigorosa
-esparcida por todo el hotel. Uno de mis compañeros me explica el
-misterio de este perfume que se ha enseñoreado del edificio. Algunas
-maderas del «Moana» son de puro sándalo, cortadas en bosques de la isla
-que Kamehamea no llegó á explotar, y su perfume algo más sincero y
-auténtico que el sándalo preparado por el arte de los perfumistas.</p>
-
-<p>El jardín es un rectángulo comprendido entre el cuerpo principal del
-edificio, sus dos alas y el mar. En los lados hay filas de plantas con
-flores, pero todo el resto del jardín lo ocupa un solo árbol, un <i>koa</i>,
-que cubre con su cúpula muchas docenas de mesas.</p>
-
-<p>Nunca he visto en un lugar frecuentado y «civilizado» un árbol tan
-enorme. Su tronco es en realidad una agrupación de troncos, como los
-haces de columnas apretadas que forman las pilastras de las catedrales
-góticas; su ramaje toca las ventanas del hotel, que están muy lejos, y
-se esparce hasta la orilla del mar.</p>
-
-<p>Cierra la noche, y el árbol extraordinario adquiere por industria humana
-un aspecto irreal. Hay ocultas en<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span> su complicada frondosidad centenares
-de lamparillas eléctricas de diversos colores, y todo él brilla como si
-colgasen de sus ramas frutos quiméricos de un jardín de ensueño.</p>
-
-<p>En el interior del hotel suenan orquestas y cantos. Ha empezado el gran
-banquete que la ciudad de Honolulu da á los viajeros del <i>Franconia</i> y
-tendrá por final un baile de gala. Llegan militares y funcionarios
-vistiendo uniformes de ceremonia. Las damas del país se presentan
-descocadas y con pañolones de Manila para abrigarse al bajar al jardín.</p>
-
-<p>Permanezco bajo el <i>koa</i>, prefiriendo estar solo. Contemplo el mar con
-sus olas fosforescentes que surgen del negro horizonte, se agrandan al
-avanzar y vienen á deshacerse en la arena húmeda de la playa, sobre el
-reflejo cabrilleante de las ventanas del hotel y las bombillas
-eléctricas del ramaje. Me gusta ser el único que disfruta la frescura
-luminosa de este coloso vegetal, viendo en torno de mí tantas mesas y
-sillas vacías.</p>
-
-<p>De pronto se sienta á mis pies un niño casi desnudo, cuyos miembros,
-algo flacos, tienen un color rojizo de canela. Me saluda con una sonrisa
-que hace brillar los diamantes negros de sus pupilas y todo el marfil de
-sus dientes. Luego señala su sombrero, el cual contrasta, por su
-amplitud y adornos, con la mediocridad de su vestidura, un simple harapo
-que le sirve de taparrabos. Adivino su proposición formulada en
-hawaiano. Por medio dólar me fabricará inmediatamente un sombrero igual
-al suyo.</p>
-
-<p>Este sombrero es una obra de arte digna de respeto, hecho con palma
-verde, formando sus mallas una sucesión de conchas desde el vértice al
-borde de las alas, y llevando en el lugar de la cinta una corona de
-puntas cimbreantes. Acepto la proposición, y el canaquito vuel<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span>ve á
-sentarse á mis pies con una rama verde de palmera que empieza á
-manipular, cantando entre dientes una especie de romanza. No intercala
-nada en su obra. La misma palma con sus retorcimientos sirve para todo.
-Ella da la copa del sombrero, las alas, y sus puntiagudos remates acaban
-por formar la corona de penachos que lo circunda.</p>
-
-<p>Sigo maravillado el trabajo de estas manos infantiles y hábiles. Bajo un
-árbol cargado de luz eléctrica y ante unas ventanas que dejan escapar
-rumores de banquete y música de baile, renuevan el arte adquirido en
-medio de las selvas, durante siglos y siglos, por los remotos y salvajes
-abuelos. A los diez minutos el pequeño artista me ofrece sonriendo su
-obra con una mano y extiende la otra para tomar el medio dólar.</p>
-
-<p>El sombrero del «Moana» me ha seguido en toda mi vuelta al mundo, y me
-recordará siempre la noche pasada en uno de los hoteles más famosos de
-la tierra, bajo un árbol grande como un palacio, frente á un mar de olas
-brillantes cual si fuesen de fósforo, y aspirando el perfume de ensueño
-que exhalaba dicho edificio por los poros de sus maderas.</p>
-
-<p>Al día siguiente asisto al almuerzo con que me obsequia la Asociación de
-la Prensa. Aunque estoy acostumbrado á la preponderancia femenina en los
-Estados Unidos y todos los países influenciados por su liberal
-educación, me asombra ver cómo en torno á las diversas mesas son mucho
-más numerosas las mujeres que los hombres.</p>
-
-<p>En las islas de Hawai la aristocracia es actualmente universitaria.
-Quiero decir con esto que la verdadera distinción para la mujer consiste
-en el estudio de una carrera, y más aún en el ejercicio de la enseñanza.
-La Universidad de Honolulu tiene tantas estudiantas como estu<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span>diantes, y
-los mejores edificios de la ciudad, rodeados de jardines, son las
-escuelas públicas. Los diarios del país cuentan los triunfos
-universitarios de las mujeres ó la tenacidad con que ejercitan el
-profesorado en la misma sección que los diarios de otros países dedican
-á descripciones de trajes y relatos de fiestas mundanas.</p>
-
-<p>Todas estas señoritas de Honolulu, lo mismo las hijas de blancos que las
-mestizas de canacos, procuran mantener las tradicionales costumbres del
-país en lo que tienen de artísticas ó pintorescas. Un cantante de pura
-raza hawaiana, admirado como el mejor tenor de las islas, se levanta
-repetidas veces en el curso del banquete para entonar junto al piano las
-romanzas más populares con una expresión apasionada que hace comprender
-el sentido de los versos polinésicos. Un mallorquín, antiguo bajo del
-Teatro Real de Madrid, don Joaquín Vanrell, que dirige una escuela de
-música en Honolulu y es el único español residente en la ciudad, canta
-con una maestría de viejo artista algunas arias españolas de los tiempos
-del romanticismo.</p>
-
-<p>Al sentarnos á la mesa, todos hemos encontrado sobre la servilleta un
-collar de flores. Hay que seguir los ritos del paganismo hawaiano, el
-cual sólo comprendía los placeres de la mesa, del canto y del amor con
-acompañamiento de flores.</p>
-
-<p>Mi collar, presente de la Asociación de la Prensa, es enorme. Casi llega
-á mis rodillas, y está formado con pétalos blancos de una especie de
-clavel de las islas, cuyo perfume resulta aún más intenso y embriagador
-que el sándalo. Esta flor, cuyo nombre no recuerdo, abunda poco, lo que
-la hace muy buscada y carísima. Al salir á la calle, después del
-banquete, conservando mi collar, lo mismo que todos los invitados,
-algunas mujeres vuelven<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span> sus cabezas sonriendo y admiran la boa florida
-que llevo sobre el pecho, como algo extraordinario que sólo pueden ver
-de tarde en tarde. Unas canacas jóvenes, de gracioso atrevimiento, ponen
-su rostro sobre mi pecho, aspiran el perfume y me dicen sonriendo
-palabras incomprensibles que deben ser agradables.</p>
-
-<p>Durante el banquete está sentada á mi derecha la esposa del gobernador
-del archipiélago de Hawai, una dama norteamericana de gran cultura
-literaria. Su hija y varias amigas de ella permanecen entre las
-numerosas jóvenes que ocupan por completo varias mesas.</p>
-
-<p>Una escritora de Australia asiste al banquete. El Pacífico, á pesar de
-su inmensidad, proporciona con frecuencia estos encuentros. Los de
-Australia ó los de Hawai, si desean hacer un viaje para distraerse, se
-van á la acera de enfrente, á la tierra más inmediata, cinco mil millas
-de distancia, varias semanas de navegación, atravesando una mitad del
-hemisferio en que viven.</p>
-
-<p>Cuando llega la hora de los brindis, con un vaso de agua, pues esta
-tierra es de los Estados Unidos é impera en ella el «régimen seco»,
-muchos de los asistentes pronuncian discursos ó breves salutaciones. Las
-jóvenes son las que hablan más, obligadas por las peticiones del
-público, y yo pronuncio finalmente una arenga en español, que sólo
-entienden el profesor de literatura de la Universidad y algunas
-señoritas que pasaron por su aula. Pero el antiguo bajo del Teatro Real
-llora escuchándome. Se creía perdido como Robinsón en este archipiélago,
-donde lleva muchos años sin hablar mas que inglés, é inesperadamente se
-ve asistiendo á una fiesta en honor de un español y escuchando un
-discurso en la lengua de su patria.</p>
-
-<p>A la salida, la esposa del gobernador me invita á tomar el té, horas
-después, en su casa. Ésta resulta intere<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span>sante por haber sido el palacio
-en que vivió destronada la reina Lilinu-Kalami.</p>
-
-<p>El día anterior he visto la estatua de bronce, verdoso y dorado,
-representando á Kamehamea I, frente al antiguo palacio de los
-emperadores de Hawai. Me enseñan á un viejo canaco, de cara rugosa y
-barbillas blancas, que monta la guardia voluntariamente hace más de
-veinte años ante la estatua de Kamehamea. Llega al romper el día y se
-sienta frente al monumento de su emperador. A las horas de comer
-desaparece, y vuelve á ocupar el sitio poco después, no abandonando su
-silenciosa contemplación hasta que cierra la noche. Los norteamericanos,
-que aman las actitudes originales, consideran con simpatía á este canaco
-leal. Los del país, modificados por la vida moderna, le miran con cierto
-enojo, considerando ridícula para su raza esta fidelidad perruna. El
-viejo no conoce ciertamente la verdadera historia de Kamehamea; sólo
-sabe que fué grande y victorioso, que en su tiempo los extranjeros no
-mandaban en Hawai, y ello basta para que adore todos los días al
-emperador dorado y verde, esperando que alguna vez se transformará en
-carne, volviendo al archipiélago como un Mesías.</p>
-
-<p>Yo he visto en realidad el manto y el gorro que llevaba Kamehamea en su
-monumento. Están en el Museo Bisop, el mismo que guarda el vaciado en
-yeso del busto del capitán español. Los mantos de los emperadores de
-Hawai son la gran curiosidad artística de la isla y se habla de ellos en
-todo buque cuando Honolulu empieza á asomar su blancura sobre el Océano.
-Estos mantos&mdash;lo mismo que la tiara imperial en forma de gorro
-frigio&mdash;están fabricados con plumitas de unos pájaros diminutos. Como
-estos pájaros eran únicamente de dos colores, rojo y amarillo, la
-vestidura imperial parece hecha de pedazos de<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span> bandera española.
-Examinados los mantos de cerca, maravilla el cálculo de los millones de
-pájaros que fué preciso matar para la fabricación de estas vestiduras
-reales.</p>
-
-<p>El gobernador de Hawai, nombrado por los Estados Unidos, no habita el
-palacio de los emperadores. Éste lo ocupan solamente las oficinas
-públicas. El gobernador reside en la llamada Casa de Wáshington, ó sea
-el palacio donde murió Lilinu-Kalami. Esta mansión, ostentosa para la
-época en que fué construída&mdash;el primer tercio del siglo XIX&mdash;, la hizo
-un norteamericano enriquecido en el país. Cuando la hubo terminado,
-dándole el nombre de Casa de Wáshington, se preocupó de su amueblamiento
-y creyó oportuno ir en persona á adquirirlo en el Japón y la China. Como
-en aquellos tiempos no había buques de vapor ni líneas de navegación,
-fletó una fragata para hacer el viaje á Asia, y nadie supo más de él ni
-de sus marineros. Mucho después, Lilinu-Kalami, que aún no era reina,
-adquirió este palacio para habitarlo.</p>
-
-<p>Admiro los salones por su aireamiento y su amplitud. Algunos de ellos
-están completamente abiertos por dos de sus lados y en vez de paredes
-tienen columnas y también gradas que les ponen en perpetua comunicación
-con el jardín. Sus muebles chinos y japoneses empiezan á adquirir cierto
-aspecto respetable de antigüedad, que les coloca aparte de los objetos
-de pacotilla producidos por el Extremo Oriente en nuestros tiempos.
-Muchos de estos muebles fueron regalos que el Japón y la China enviaron
-á la reina de Hawai. Todo lo de esta casa, en las habitaciones de
-recepción y en el comedor, procede de Lilinu-Kalami. Los gobernadores lo
-han respetado, dejándolo como en el tiempo de la reina.</p>
-
-<p>La esposa del gobernador quiere mostrarme los últimos supervivientes de
-aquella época. Son los jardineros<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span> de Lilinu-Kalami, un matrimonio de
-viejecitos que sigue en el palacio, tranquilos los dos y bien cuidados,
-cual si formasen parte de su mobiliario. Entran en el gran salón,
-conmovidos y llorosos, como siempre que vuelven á esta parte del
-edificio, creyendo que van á ver de pronto á su antigua señora.</p>
-
-<p>La vieja va vestida de blanco con gran pulcritud; escotada, los brazos
-desnudos, la falda muy amplia, siguiendo tal vez las modas juveniles de
-su reina. El viejo es un caballero canaco con <i>smoking</i> blanco y corbata
-negra. A pesar de sus años conserva un gran dominio sobre sus emociones,
-y únicamente brilla en sus ojos una acuosidad contenida. Su mujer, más
-vehemente, llora, al mismo tiempo que le tiemblan las manos.</p>
-
-<p>Hace la gobernadora mi presentación.</p>
-
-<p>&mdash;Este señor ama mucho á vuestra reina y va á escribir sobre ella.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, la reina!&mdash;gimotea la vieja.</p>
-
-<p>Me besa una mano y mira después con ojos devotos un gran retrato al óleo
-de Lilinu-Kalami que está en el fondo del salón y la representa en sus
-buenos tiempos de reina viuda, cuando las <i>hulas</i> bailaban en el
-inmediato jardín y ella pedía consejos á sus favoritos.</p>
-
-<p>Es una dama de frescas redondeces y sonrisa bonachona, vestida con un
-traje elegante de recepción. Tiene el escote abultado y partido por el
-arranque de dos hemisferios firmes; los brazos redondos, y una doble
-raya horizontal en el carnoso cuello: la majestad regia de hace tres
-cuartos de siglo representada por Victoria de Inglaterra, Isabel II de
-España y otras soberanas de aquella época.</p>
-
-<p>Se conmueve la viejecita de tal modo viendo á su antigua señora, que el
-marido tiene que abrazarla protectoramente y se la lleva hacia el
-jardín. Media hora des<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span>pués vuelven los dos ancianos con un regalo para
-mí: un collar que acaban de hacerme con la flor amada por Lilinu-Kalami.
-Esta flor, puramente hawaiana, es una violeta de pétalos recogidos, dura
-como un fruto.</p>
-
-<p>El collar embriagador de claveles que llevo sobre el pecho morirá, pero
-este de Lilinu-Kalami es eterno. Sus flores al secarse se endurecen, y
-podré guardarlo siempre como un rosario oloroso.</p>
-
-<p>Con el pecho adornado por la doble sarta de flores continúo mi visita á
-la esposa del que es actualmente soberano del archipiélago por soberanía
-delegada.</p>
-
-<p>La hija del gobernador y una amiga suya se interesan mucho por el pasado
-de esta tierra en que nacieron. Ambas proceden de norteamericanos; la
-hija del gobernador es morena y esbelta como una californiana; su amiga,
-una nieta de Mr. Hyde Rice, notable escritor que ha recogido todas las
-tradiciones del país y vive siempre en la isla de Hawai, es rubia y con
-ojos azules. Pero las dos nacieron en el archipiélago y tienen en su
-belleza blanca algo de exótico que las hace más interesantes.</p>
-
-<p>Al despedirme, la joven que ha venido de Hawai á pasar unos días con su
-amiga y conoce á fondo la historia del país, por sus lecturas y por las
-lecciones de su abuelo, me dice á guisa de adiós:</p>
-
-<p>&mdash;Celebro haber hablado, por primera vez en mi vida, con un español.
-Siempre me interesó España, tan lejos de nosotros y tan unida á nuestros
-orígenes. Hawai es más antigua en la historia de lo que suponen muchos.
-Tiene dos siglos más de existencia, porque todos sabemos aquí que los
-navegantes españoles fueron los primeros blancos que pisaron sus costas,
-los primeros enviados de la civilización europea.<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII<br /><br />
-LA SEMANA SIN LUNES</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Navegando al margen de la tempestad.&mdash;Bailes, juegos y asistencia á
-la escuela.&mdash;Carreras de caballos en el buque.&mdash;La libertad
-religiosa de los norteamericanos.&mdash;El cura democrático de
-Minnesota.&mdash;El Mesías de Los Ángeles.&mdash;Dejamos de vivir un día
-entero.&mdash;Caen en las aguas del Pacífico veinticuatro horas de
-nuestra existencia.&mdash;¿Qué habrá sido de mis amigos del Japón?...</p></div>
-
-<p>Empieza á anochecer cuando salimos de Honolulu. Flotan en todas las
-barandas del buque manojos de cintas multicolores. Son los restos del
-tejido de serpentinas que se formó entre el paquebote y el embarcadero
-durante una larga despedida.</p>
-
-<p>Grita la muchedumbre en los muelles, agitando sombreros y pañuelos. Se
-oye, cada vez más lejos y por última vez, la romanza <i>El collar de las
-islas</i>, entonada por la música de la ciudad. Un tropel de nadadores nos
-sigue hasta fuera del puerto. Pero el <i>Franconia</i> acelera su marcha y
-los tritones canacos y japoneses acaban por quedarse atrás, esforzándose
-por sacar medio cuerpo fuera del agua y darnos el último adiós con sus
-manoteos y sus rugidos metálicos. Pasamos entre dos filas de boyas que
-empiezan á iluminarse, marcando el canal que deben seguir los buques de
-calado enorme.</p>
-
-<p>Cuando cierra la noche, Honolulu brilla en el fondo del horizonte como
-un collar de diamantes desgranado,<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span> y esta visión resucita en mi memoria
-el recuerdo de Valparaíso, el gran puerto de Chile, que vi hace muchos
-años. Después que mis compañeros de viaje se sacian de contemplar las
-hileras de luces, cada vez más pequeñas y lejanas, concentran su
-atención en la vida de á bordo, preparándose para una travesía que será
-la más larga del viaje.</p>
-
-<p>Durante diez días sólo veremos cielo y agua. Ni una isla, tal vez ni un
-buque, por ser esta la parte menos frecuentada del Pacífico. En Honolulu
-los tripulantes de un gran vapor japonés nos han dado malas noticias.
-Reina un larguísimo temporal entre Hawai y las costas del Japón. Ellos,
-como expertos hombres de mar, nos presagian un viaje penoso. Algunos
-pasajeros que han dado la vuelta al mundo otra vez recuerdan que el mal
-llamado Pacífico, en esta sección de su inmensidad se muestra siempre
-áspero.</p>
-
-<p>Pasamos una mala noche navegando entre nuevas islas del archipiélago de
-Hawai, pero al día siguiente empieza á mejorarse el tiempo.</p>
-
-<p>El capitán Melson es tenido entre los marinos de Inglaterra por muy
-hábil para sortear las tormentas, evitando molestias á sus pasajeros.
-Como el <i>Franconia</i> no tiene las prisas de un paquebote mercante y
-cuenta con las velocidades máximas de su máquina para resarcirse de las
-pérdidas de tiempo, nos apartamos del rumbo ordinario, que es donde
-reina ahora la tempestad, y en vez de subir inmediatamente hacia el
-Noroeste en busca del Japón, seguimos por el interior del mar tropical,
-como si nos dirigiésemos á las Filipinas. De este modo pasamos la mayor
-parte de la travesía dentro de un mar tranquilo y tibio, vestidos de
-verano, cual si navegásemos hacia un país del Trópico.</p>
-
-<p>Seguimos el empuje favorable de la corriente ecua<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span>torial del Pacífico
-Norte, prolongación de la que nace en las costas japonesas y da vuelta
-ante las costas de California, volviendo al mismo sitio de su origen;
-corriente que recibe el nombre japonés de Kuro Sivo (el Río Negro), á
-causa del color de sus aguas. Dos días antes de llegar al Japón es
-cuando el <i>Franconia</i> pondrá proa al Noroeste é iremos hacia el puerto
-de Yokohama, pasando casi instantáneamente del verano al invierno.</p>
-
-<p>Antes de este cambio de rumbo navegamos por unas aguas verdes,
-luminosas, de fauna abundante, como las que vimos en las costas de la
-América Central. Únicamente por el Norte se muestra el horizonte gris y
-brumoso. Adivinamos la tempestad que asalta detrás de la niebla
-lejanísima á los buques de itinerario fijo, y sentimos una satisfacción
-egoísta al pensar que nosotros, como desocupados que pueden ir adonde
-quieren, sin prisa alguna, vamos sorteando los rigores atmosféricos.</p>
-
-<p>Transcurren lentos días sin que el mar siempre desierto pueda ofrecernos
-otros espectáculos que la salida y la puesta del sol. Todas nuestras
-observaciones y deseos se concentran en la vida interior del buque, y
-apenas nos fijamos en el Océano. El <i>Franconia</i> cobija una actividad
-intensa que no volverá á repetirse en el resto del viaje. Las
-diversiones son incesantes; la orquesta trabaja más que nunca; todas las
-tardes hay conciertos, todas las noches baile.</p>
-
-<p>Los profesores de la «American Express» dan conferencias con
-proyecciones cinematográficas sobre el Japón y la Corea, los dos
-primeros países que vamos á visitar. Muchos de nosotros creemos haber
-vuelto, en una regresión juvenil, á nuestros tiempos de estudiante.
-Vamos á clase todas las mañanas. Dos maestros de lenguas orientales dan
-lecciones de japonés y de chino, y aprendemos unas docenas de palabras
-en ambos idiomas que<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span> nos permitirán pedir modestamente las cosas más
-elementales para nuestra existencia.</p>
-
-<p>Muchos días hay <i>Forum</i>, una especie de mitin presidido por el director
-del viaje, en el que todos pueden pedir la palabra para exponer sus
-dudas ó solicitar aclaraciones. Una señora pregunta si hay que llevar
-mucho abrigo en el Japón; otra desea saber los precios corrientes de los
-objetos artísticos y qué almacenes de Tokío son los que roban menos al
-viajero; una, más allá, pide consejos higiénicos para precaverse de las
-enfermedades del país... Y así continúan, con la curiosidad del pueblo
-americano por saberlo todo, formulando preguntas y preguntas. Unas veces
-contesta el presidente; otras, los mismos pasajeros que, por sus
-estudios ó por viajes anteriores, pueden ilustrar á sus vecinos.</p>
-
-<p>Todas las mañanas, á primera hora, este pueblo marítimo desfila por un
-salón en cuyas paredes están fijos los avisos de las fiestas del día y
-reuniones instructivas, así como noticias importantes de lo ocurrido en
-la tierra durante las últimas veinticuatro horas, transmitidas por la
-telegrafía sin hilos.</p>
-
-<p>Las gentes se agrupan con arreglo á sus aficiones deportivas ó sus ideas
-religiosas y filantrópicas. Hay anuncios solicitando una cuarta persona
-para jugar al <i>bridge</i>. Muchas tardes se celebran torneos de dicho
-juego, que apasionan extraordinariamente á las señoras.</p>
-
-<p>Otro juego, de moda reciente, rivaliza con el <i>bridge</i>. Es de origen
-chino; unos le llaman <i>Mah Jong</i> y otros <i>Pung Chow</i>. Las pasajeras van
-de un lado á otro con la caja de sándalo contenedora de sus piezas de
-marfil. Estas fichas tienen nombres extraordinariamente poéticos; pero,
-según parece, el tal jueguecito chino es más temible que la ruleta para
-devorar el dinero.</p>
-
-<p>Dos veces por semana hay carreras de caballos en la<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span> última cubierta,
-con todas las ceremonias y preliminares de este deporte nacional en los
-países de lengua inglesa. El establecimiento tipográfico del buque
-imprime una lista con los nombres y particularidades de los caballos,
-algunos de los cuales llevan de vez en cuando mis apellidos. En las
-cubiertas de paseo se venden billetes para los que deseen apostar.</p>
-
-<p>Los caballos son juguetes de madera, corceles del tamaño de un conejo de
-Indias, con aun <i>jockeys</i> de distintos colores. El suelo de la cubierta
-tiene un séxtuple semicírculo, dividido en casillas numeradas, todo ello
-hecho con tiza. Los seis jinetes esperan en fila la señal de partir. La
-campana llama al público indicando que va á empezar la carrera, lo mismo
-que en los hipódromos. Una señorita, escogida por su belleza ó su
-elegancia, es la encargada de arrojar por el suelo un dado enorme; y con
-arreglo al número que permanece visible, el caballo agraciado va
-avanzando tantas casillas como marca la cifra.</p>
-
-<p>Este público sencillo y entusiasta se enardece como si estuviese
-presenciando una carrera en Londres ó en Nueva York. Además, casi todos
-han apostado dinero, lo mismo hombres que mujeres. Los dólares salen de
-los bolsillos en forma de pelotas de papel arrugado. Cada uno grita para
-celebrar los avances de su favorito. Desde las cubiertas inferiores es
-fácil imaginarse que se vive en tierra, oyendo á lo lejos los rugidos de
-un hipódromo.</p>
-
-<p>Un grupo de pasajeros francmasones fija un anuncio en el salón llamando
-á los compañeros de viaje que sean «hermanos», para constituir con ellos
-una logia en el <i>Franconia</i> mientras dure el viaje. El primer acto de la
-nueva logia, dos días después, es una suscripción general pidiéndonos
-dinero á todos para los hombres que tra<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span>bajan en lo más hondo del buque
-alimentando las máquinas.</p>
-
-<p>Algunos viajeros son pastores de las diversas confesiones del
-cristianismo reformado, y al dar la vuelta al mundo, desean visitar las
-misiones que han establecido sus correligionarios en China y el Japón.
-Otro, procedente de Minnesota&mdash;uno de los Estados más interiores y
-tranquilos de los Estados Unidos&mdash;, es un sacerdote católico muy joven,
-grande de estatura, fuerte, con serena franqueza en su mirada y sus
-ademanes. Tiene el aspecto de un boxeador simpático. Su cabellera espesa
-y dura, cortada á estilo norteamericano, se alza sobre su cráneo como
-una cresta ó una tiara. Nunca ha salido de su país, y desea ver el
-mundo, como los demás; pero lo que á él le interesa especialmente es
-conocer Jerusalén y Roma. En vez de buscar dichas ciudades por la parte
-de Oriente, siguiendo el camino más corto, va simplemente á ellas dando
-vuelta á la tierra entera.</p>
-
-<p>Es un creyente fervoroso y sincero, pero sin intransigencias; un
-representante del catolicismo á estilo de los Estados Unidos, que es
-allá la religión más democrática y algunas veces la más demagógica, por
-figurar en ella muchos emigrantes pobres, á los que amarga su fracaso en
-un país de ricos.</p>
-
-<p>Como dice la misa todas las mañanas á las siete, en uno de los salones
-de baile, algunas señoras de gustos aristocráticos que son católicas le
-piden que la retrase á las ocho ó las nueve, pues les resulta penoso
-levantarse tan pronto. Pero el joven sacerdote, con su aire de boxeador
-casto, poco sensible á los remilgos femeninos, contesta que él celebra
-su misa para los irlandeses, camareros y marineros del buque, y éstos
-sólo pueden oirla á las siete, antes de empezar su servicio.</p>
-
-<p>&mdash;Levántense temprano&mdash;termina diciendo&mdash;. Ustedes<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span> nada tienen que
-hacer, y yo por complacerlas no voy á dejar sin misa á los que trabajan.</p>
-
-<p>Hay en el <i>Franconia</i> otro representante del espíritu religioso más
-original y extraordinario. Es un joven de veintiocho años, cuya estatura
-casi alcanza á dos metros. Su cabeza es interesante, con ojos rasgados,
-algo femeninos, y luengas y rizadas melenas. El cuerpo está deformado
-por una obesidad impropia de su juventud. Tiene gran vientre y caderas
-amplísimas; pero á pesar de su desbordamiento adiposo se entrega con
-frecuencia á deportes violentos que agitan su cabellera rizada y una
-gran cruz pendiente sobre su pecho.</p>
-
-<p>Este joven es nada menos que el fundador de una religión, y embarcó en
-San Francisco por tener su sede en Los Ángeles, hermosa ciudad de ricos
-y desocupados, prontos á aceptar todo lo nuevo que les parezca
-interesante.</p>
-
-<p>En este buque, poblado de personas que se acostumbraron desde la escuela
-á respetar todas las creencias, nadie se extraña ni hace objeto de burla
-el viajar con el fundador de una nueva religión. Raro es el año en que
-dejan de surgir varias en los Estados Unidos, y aunque las más
-desaparecen con igual facilidad, algunas sobreviven y adquieren una
-fuerza considerable. El pueblo norteamericano se preocupa como ningún
-otro del problema religioso, tal vez á causa de su curiosidad nativa que
-le hace pensar frecuentemente en el misterio de la muerte y en lo que
-puede encontrarse después de ella.</p>
-
-<p>Al norteamericano no le extraña ninguna doctrina religiosa, y es incapaz
-de burlarse de ella por extravagante que parezca á los demás. Lo único
-que no puede concebir es que se viva sin una religión, sea la que sea;
-lo que no llegará á imitar nunca es la tolerante y sonriente
-incredulidad que tanto abunda en Europa.<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span></p>
-
-<p>Cuando yo comento la exagerada juventud de dicho profeta, varias damas
-me contestan que todos los fundadores de religiones empezaron á propagar
-sus doctrinas antes de los treinta años.</p>
-
-<p>Este Mesías de Los Ángeles ha sido seminarista católico, pero abandonó
-su carrera para intentar la estupenda obra de unir todas las religiones
-en una sola, entresacando lo mejor de cada dogma: algo semejante al
-«esperanto» en la lingüística. El fondo de su doctrina es el
-cristianismo, pero añadiendo la reencarnación del alma, proclamada por
-muchas religiones del Extremo Oriente. Admira á Buda, y hace este viaje
-para ver de cerca el culto búdico, en el Japón y la China, hablando con
-sus principales representantes.</p>
-
-<p>Una mañana da una conferencia en el gran salón sobre Buda y su doctrina,
-y asisten á ella, en lugar preferente, los pastores protestantes y el
-sacerdote católico. Es un espectáculo característico de la vida
-norteamericana que los «latinos», violentos é intolerantes, no podemos
-concebir, y extraña á nuestros ojos cuando lo presenciamos.</p>
-
-<p>A la salida de la conferencia pretendo que el sacerdote católico
-abandone su cortés tolerancia é inicio para conseguirlo algunas críticas
-sobre lo que ha dicho el conferencista. Pero no me sigue, y, muy al
-contrario, contesta con una tranquilidad de hombre respetuoso para las
-creencias ajenas:</p>
-
-<p>&mdash;Si piensa sinceramente lo que dice, allá él, aunque yo le considere en
-el error. Lo importante es que crea en Dios y en las leyes eternas de la
-moral.</p>
-
-<p>Los pastores protestantes, aunque no saludan al inventor religioso, le
-miran sin animosidad cuando pasa ante ellos llevando sobre su pecho la
-insignia de su alta jerarquía: una cruz de oro con una estrella
-superpuesta<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span> de plata y piedras preciosas, joya ritual de gran valor
-ideada por él y que deben haberle regalado sus devotas de Los Ángeles.</p>
-
-<p>Un poco antes de la mitad de nuestra navegación, estando entre Hawai y
-el archipiélago japonés, nos ocurre algo extraordinario que sólo pueden
-conocer los que hayan dado la vuelta al mundo. Todos los pasajeros y
-tripulantes del <i>Franconia</i> perdemos un día de nuestra vida; mejor
-dicho, dejamos de vivir veinticuatro horas de nuestra existencia, que
-caen al mar sin ser utilizadas.</p>
-
-<p>Esto merece una explicación. El lector tal vez recuerde una novela de
-Julio Verne, <i>La vuelta al mundo en ochenta días</i>, que hizo las delicias
-de nuestra infancia. El protagonista Phileas Fox, al volver á su casa de
-Londres, cree perdida su apuesta por haber pasado ochenta y un días en
-su viaje alrededor del mundo, cuando el plazo convenido era de ochenta.
-Mas al mirar su almanaque de pared ve que no es jueves, como él creía,
-sino miércoles.</p>
-
-<p>El héroe de esta novela lleva ganado un día sobre los demás hombres
-porque ha hecho el viaje de Occidente á Oriente, al revés que nosotros.
-Los pasajeros del <i>Franconia</i> vamos de Oriente á Occidente, ó sea
-siguiendo el aparente curso del sol. Pero como éste viaja más aprisa que
-nosotros, cada día perdemos una hora.</p>
-
-<p>Ya llevamos perdidas, con arreglo al meridiano inglés de Greenwich, que
-es el que rige la vida del mar, unas doce horas desde que emprendimos
-nuestro viaje, y de continuar así, al haber dado la vuelta entera á la
-tierra, nos ocurriría lo que á Sebastián del Cano y sus compañeros en la
-primera circunnavegación del planeta. Cuando hambrientos y con la nave
-destrozada tocaron estos héroes en las islas de Cabo Verde, vieron con
-asom<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span>bro que los habitantes del país vivían en un jueves, cuando ellos,
-según el diario de á bordo, estaban todavía en un miércoles.</p>
-
-<p>En igual confusión nos veríamos nosotros, si las leyes modernas que
-regulan la vida marítima no hubiesen establecido una costumbre para
-corregir tal desarreglo. Cuando en las cercanías de Hawai se llega al
-meridiano 180, antípoda del meridiano de Greenwich, si el buque va hacia
-Asia los tripulantes suprimen un día, y si viene hacia América, ó sea en
-dirección contraria, viven un mismo día dos veces.</p>
-
-<p>Por eso yo tengo en mi existencia un día que no he vivido, una semana
-que careció de lunes. El 17 de Diciembre de 1923 fué una realidad para
-todos los habitantes del planeta, menos para los que íbamos en el
-<i>Franconia</i>. Saltamos del domingo 16 al martes 18, arrancando de una
-sola vez dos hojas del almanaque.</p>
-
-<p>En verdad pasamos el meridiano 180 el día 16, pero dicha fecha era
-domingo, y está admitida una pequeña superchería geográfica en los
-buques, para que no se perjudique la religiosidad dominical. El domingo
-es el único día de la semana exento de supresión, evitando de tal modo
-que los navegantes se vean privados de servicio religioso.</p>
-
-<p>Al principio no se pensó en esto, y según cuentan las gentes de mar, tal
-omisión dió motivo á incidentes graciosos. A veces iba en el buque algún
-reverendo misionero que preparaba cuidadosamente un sermón para el
-próximo domingo, con el noble propósito de convertir á muchos pecadores
-y pecadoras, compañeros suyos de viaje. Y al levantarse en la mañana de
-dicha fecha, se enteraba con asombro de que no había domingo, por haber
-saltado todos, tripulantes y pasajeros, de un sábado á un lunes, y tenía
-que guardarse su sermón.<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span></p>
-
-<p>Según nos aproximamos á las costas japonesas va enfriándose la
-temperatura y se agranda en mi interior una inquietud que viene
-acompañándome desde Europa.</p>
-
-<p>Hace cuatro meses, á fines de Agosto, estando en mi casa de Mentón,
-recibí una carta suscrita por dos profesores japoneses que han traducido
-algunas de mis novelas. Se habían enterado de mi próximo viaje y me
-anunciaban, con su fina cortesía nipona, un cariñoso recibimiento y
-varias fiestas en mi honor, cuando llegase á su país.</p>
-
-<p>Seis días después, el 1.° de Septiembre, circuló por el mundo la noticia
-del gran temblor de tierra que ha destruído completamente á Yokohama y
-quebrantado á Tokío y otras ciudades japonesas. Nunca en los siglos
-conocidos de la historia humana ocurrió una catástrofe tan enorme y que
-causase tantas víctimas.</p>
-
-<p>Marcho hacia el Japón sin haber recibido noticia alguna de allá, después
-del cataclismo. Por la noche miro ansiosamente hacia el punto del
-horizonte donde creo que están ocultas las islas japonesas.</p>
-
-<p>¿Vivirán aún Hirosada Nagata, Shiduo Kasai y otros traductores míos?...
-¿Encontraré á mis amigos japoneses en el muelle destruído de Yokohama, ó
-saldrá á recibirme la noticia de su muerte?...<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV<br /><br />
-LOS RESTOS DEL CATACLISMO</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Después de diez días de soledad oceánica.&mdash;Aparición matinal del
-Fuji.&mdash;Los marinos de la bahía de Tokío.&mdash;Carabelas con motor.&mdash;La
-antinomia japonesa.&mdash;Enorme destrucción de Yokohama.&mdash;La ciudad
-como fué y como la vemos.&mdash;Llegada de mis amigos.&mdash;La «koruma» y el
-caballo humano.&mdash;El engaño de la noche en Yokohama.&mdash;Vamos en busca
-del verdadero Japón.</p></div>
-
-<p>Al cerrar la noche, un buque pasa por la línea del horizonte, y esto es
-para nuestros ojos un suceso extraordinario. Llevamos diez días de
-navegación, sin que nada altere la monotonía del mar. Este paquebote, de
-una Compañía que hace el servicio entre el Japón y Canadá, representa
-para nosotros una certidumbre de que la humanidad no ha dejado de
-existir. Es la vida de nuestra especie, la historia humana, que vienen
-otra vez á tomarnos.</p>
-
-<p>Todos sentimos un deseo vehemente de pisar tierra. Muchos no pueden
-ocultar su alegría al darse cuenta de que sólo nos separan del Japón
-unas cuantas horas nocturnas y al amanecer veremos la línea dentellada
-de sus costas, en vez de la horizontalidad azul del Pacífico. Los más se
-levantan con las primeras luces del día y suben á las cubiertas,
-arrebujados en abrigos de invierno que tuvieron que buscar
-apresuradamente. El cambio de temperatura ha sido casi instantáneo. El
-frío parece influir<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span> en el aspecto del mar. Se entenebrece el espacio
-con una bruma que es en realidad polvo acuático arrancado á las olas por
-el viento. Al salir el sol se forma delante del buque un gran arco iris,
-que por sus colores recuerda la pintura de los artistas japoneses.</p>
-
-<p>Huyen de tierra las olas para perderse en las soledades del Pacífico.
-Vienen al encuentro de nuestro buque y se alejan hacia la inmensidad
-oceánica. Todas ellas, al recibir de frente los rayos casi horizontales
-de un sol todavía bajo, brillan como si fuesen de oro en su parte
-cóncava, mientras la convexidad de su lomo es de un verde obscuro y
-tempestuoso.</p>
-
-<p>Un grito de curiosidad y admiración circula de pronto por las cubiertas,
-saludando un descubrimiento. Acaban de rasgarse y disolverse los vapores
-del horizonte, el cielo queda limpio, y á enorme altura vemos una
-especie de nube sonrosada y triangular que refleja la luz del sol. Todos
-la reconocemos. Es el célebre Fuji-Yama (Monte Fuji), el volcán
-desmochado y con eterna esclavina de nieve que aparece en tantas
-estampas y tantos biombos y abanicos japoneses, como resumen de las
-bellezas de la tierra nipona.</p>
-
-<p>No conozco montaña que dé una sensación de abrumadora enormidad como
-este volcán, situado en el país de la pequeñez graciosa, de las casitas
-que parecen juguetes, de los paisajes creados para muñecas. Muchas cimas
-famosas de los Andes y del Himalaya no despiertan la misma admiración,
-por estar rodeadas de una escalinata descendente de montañas secundarias
-que disimulan su altitud. El Fuji no tiene á su alrededor nada que le
-encubra. Corta el horizonte con los perfiles completos de sus laderas,
-desde la base hasta el cono truncado de su cumbre, en otro tiempo
-puntiaguda y ahora horizontal, por haber volado parte de su cráter una
-remotísima<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span> erupción. Las montañas que le rodean y las costas inmediatas
-nos parecen muy bajas. El gigante vive en un aislamiento orgulloso,
-acaparando la mayor parte del horizonte, envuelto en su manteleta de
-nieves, que se acorta ó crece según las estaciones del año,
-prolongándose en onduladas franjas.</p>
-
-<p>Entramos en la dilatada bahía de Tokío donde está Yokohama. Este mar
-interior tiene en lo más profundo de su curva la capital del Japón; pero
-como las aguas cerca de Tokío carecen de la profundidad necesaria para
-los buques modernos, los japoneses establecieron, diez y ocho millas más
-al Oeste, en una pobre aldea de pescadores llamada Yokohama, un puerto
-que fué poco después uno de los núcleos del comercio del mundo, al
-abrirse el país á la vida internacional.</p>
-
-<p>Esta bahía tiene á un lado Tokío, en el centro Yokohama, y al Oeste,
-fuera de su boca, la derruída ciudad de Kamakura. Hace siglos figuró
-como capital del Imperio. Ahora, Kamakura sólo interesa por sus viejos
-templos, perdidos entre la vegetación de bosques y jardines. Éstos
-cubren á su vez un suelo que fué el de antiguas plazas y avenidas.
-Detrás de Kamakura se alza la mole del monte Fuji á más de 4.000 metros
-sobre el nivel del mar, tocado con su caperuza de escamas de nieve, que
-los poetas del país comparan á los pétalos de la flor del loto.</p>
-
-<p>Vemos unos islotes pequeños, casi á flor de agua, semejantes al
-caparazón redondo de las tortugas. Todos ellos están fortificados con
-baterías de cúpula. Nuestro paquebote navega lentamente entre enjambres
-de barcos menores. Sale á nuestro encuentro, por primera vez, la
-pintoresca antinomia, la contradicción original y violenta que nos
-acompañará siempre en este país. Es la mezcla del pasado y el presente,
-de una tradición orgu<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span>llosa que no quiere morir, considerándose superior
-á todo lo extranjero, y de un afán habilidoso por apropiarse é imitar lo
-que ha producido y puede producir en lo futuro ese mismo extranjero tan
-despreciado.</p>
-
-<p>Las más de las embarcaciones son buques veleros de forma arcaica, con la
-popa alta y la proa baja, lo mismo que las antiguas carabelas. Algunas
-hasta conservan el velamen de piezas superpuestas y plegables, como las
-persianas ó los abanicos, igual que se ve en las estampas japonesas. Sus
-tripulantes van vestidos con un kimono obscuro y llevan el pelo recogido
-sobre el cogote, á estilo mujeril. Otros usan sombrero en forma de
-sombrilla, chaqueta corta de mangas perdidas, y llevan las piernas
-desnudas, con un simple pañizuelo entre ellas que los sirve de
-calzoncillo. Pero toda esta marina de otros siglos ha colocado en sus
-barcas de pesca ó de cabotaje motores de petróleo, que suplen las
-ausencias del viento. En algunos vaporcitos blancos, de reciente
-construcción, el capitán, erguido en el puente y con el kimono batido
-por el viento, parece escapado de una lámina de las antiguas historias
-de piratas.</p>
-
-<p>Pasamos junto al arsenal de Yokohama. Eclipsando en parte las techumbres
-de los astilleros, ocho grandes acorazados lanzan el humo de sus
-chimeneas, y otra vez sentimos extrañeza al pensar que estas formidables
-máquinas de guerra, copiadas de los países occidentales y que
-consiguieron muchas veces la victoria, pertenecen á estos hombres que al
-verse solos en sus casas ó en sus buques se visten como se vestían sus
-ascendientes hace siglos, imitando todos los gestos de su vida remota.</p>
-
-<p>El cielo es azul y ha quedado limpio de nubes, brilla el sol, pero según
-nos aproximamos á la costa aumenta la frialdad de un viento que parece
-su respiración. Estamos á fines de Diciembre y nos hemos alejado de
-nues<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span>tro océano tropical. Además, el frío es siempre más intenso en la
-tierra que en el mar.</p>
-
-<p>Flotan sobre las aguas verdes y amarillentas de la bahía anchas fajas
-blancas, que parecen espumas de ola cristalizadas y fijas. Son grupos de
-gaviotas encarnizándose en bancos invisibles de peces. La gran cantidad
-de barcas pescadoras que pasan junto á nosotros, izando sus velas de
-persiana ó de lienzo blanco á rayas negras, revelan la fauna abundante
-de este mar interior.</p>
-
-<p>Grupos de vapores anclados forman islas de mástiles y chimeneas. Nos
-deslizamos por las tortuosas avenidas que deja libres este
-amontonamiento de buques inmóviles. Entre los barrios flotantes van y
-vienen otros barcos más pequeños, que se pegan á sus costados para
-recibir sus cargamentos ó suministrarles agua y carbón.</p>
-
-<p>Al dejar atrás esta ciudad flotante que cabecea sobre sus áncoras
-descubrimos Yokohama de un extremo á otro, sin que nada nos impida
-apreciar de golpe el aspecto de su desolación inmensa.</p>
-
-<p>Yo he visto Reims después de varios meses de bombardeo; he visitado
-durante la última guerra poblaciones destruídas sistemáticamente por la
-invasión alemana; pero el horror de esta ciudad enorme sacudida en sus
-cimientos por los temblores del suelo y consumida luego por las llamas
-es mucho más impresionante y doloroso. El hombre, á pesar de sus
-maldades científicas, no puede realizar en años la labor destructiva que
-una naturaleza inconsciente obra en el transcurso de unos minutos.</p>
-
-<p>Vemos filas interminables de almacenes y fábricas que sostuvieron hace
-cuatro meses una techumbre y ahora no son mas que tapias de corral
-derruídas. No hay nada que corte el horizonte verticalmente, ni una
-torre, ni<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span> una casa de dos pisos. Todo está por el suelo. Ninguna obra
-se atreve á ir más allá de la estatura humana. Algunos muros chamuscados
-por el incendio, que parecen simples cercas, los van señalando los
-viajeros que conocieron Yokohama antes del terremoto. Allí estaban los
-grandes Bancos, los almacenes de múltiples pisos á imitación de los de
-Nuera York, varios hoteles iguales por sus comodidades á los «Palaces»
-más famosos.</p>
-
-<p>Yokohama tenía su Gran Hotel, construcción altísima que era un motivo de
-orgullo para la ciudad. Los que presenciaron el cataclismo se valen
-siempre de la misma imagen para describir su destrucción. Desapareció
-como los helados en forma de pirámide que se sirven á los postres de una
-comida y son cortados en rodajas por el cuchillo de los comensales. Al
-sacudirlo el estremecimiento telúrico, un cuchillo invisible lo fué
-partiendo en pedazos, y éstos cayeron uno sobre otro, llevando cada cual
-en las celdillas de su interior una agitación de pobres insectos humanos
-aullando de miedo ó enmudecidos por el espanto.</p>
-
-<p>Los que conocieron el Yokohama de hace cuatro meses recuerdan los
-esplendores de sus grandes calles, embellecidas por el comercio. Aquí
-estaban las mejores tiendas del Japón, joyerías, depósitos de perlas, de
-sedas, de alhajas. Además, por ser puerto terminal de las grandes líneas
-de navegación, algunos de sus barrios tenían la alegría ruidosa y
-pintoresca que gozaron siempre los lugares marítimos famosos, desde la
-más remota antigüedad. Había calles enteras de teatros, de
-cinematógrafos, de casas de té, abundantes en bailarinas y cantoras, y
-de otros establecimientos con mujeres pintadas vistiendo kimonos
-floridos y esperando en la puerta el momento de la servidumbre sexual,
-con la tranquilidad propia de un país que, hasta hace pocos años,
-consideró<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span> la prostitución industria útil, sin deshonra para las
-familias de las hembras que la ejerciesen.</p>
-
-<p>Europeos y americanos establecidos en Yokohama habían cubierto sus
-alrededores de graciosas casitas con jardín. Sobre las colinas había
-numerosos templos budistas y sintoístas, venerables y tranquilos como
-los de Kamakura. El pueblo japonés, gustoso de vivir entre flores,
-improvisaba minúsculos jardines en todos los rincones de tierra
-encontrados á su alcance, por pequeños que fuesen. Muchachas del país,
-<i>musmés</i> frágiles como muñecas, con peinado enorme y un lazo en forma de
-almohadilla á continuación de la espalda, sonreían al transeunte,
-cantando con suave voz de gatita á las puertas de sus casas de juguete,
-mientras tañían una diminuta guitarra de largo mástil... Y todas las
-prosperidades y riquezas de un comercio enorme, todas las flores,
-sonrisas y cánticos de una vida dulce, quedaron suprimidos en menos de
-media hora.</p>
-
-<p>Ardió casi instantáneamente la ciudad por el centro, por todos sus
-extremos. Un ciclón trasladó las llamas á enormes distancias sobre esta
-aglomeración de barrios formados con edificios de madera y papel. Las
-grandes construcciones de cemento y metal, partidas por el temblor,
-cayeron igualmente en el brasero. Se inflamaron en inmensa llamarada los
-gigantescos depósitos de gas y de petróleo. Algunos buques brillaron en
-pleno día como antorchas movibles, huyendo á toda máquina de su contacto
-mortal los otros que habían conseguido librarse de las llamas. Cegadas
-por el fuego, ennegrecidas por el humo, se arrojaron á miles las gentes
-en el mar, pidiendo socorro á las lanchas repletas y hundidas casi hasta
-sus bordas, que iban de un lado á otro, no pudiendo recoger tantos
-fugitivos.</p>
-
-<p>Los que vieron Yokohama en otro tiempo y contem<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span>plan ahora sus ruinas
-desde el buque, dicen todos lo mismo:</p>
-
-<p>&mdash;Ha sido más horrible que lo imaginábamos...</p>
-
-<p>El gobierno japonés, procediendo de un modo opuesto á los gobiernos
-occidentales, tuvo empeño en ocultar desde el primer momento la magnitud
-de la catástrofe. Ha preferido remediar por sí mismo su desgracia, antes
-que inspirar á los otros pueblos una compasión molesta para su orgullo.</p>
-
-<p>Varias lanchas de vapor se pegan á nuestro buque y un grupo numeroso de
-japoneses me busca por las diversas cubiertas. Los más de ellos son
-periodistas, preguntones y ágiles, venidos de Tokío, y que se valen de
-la máquina fotográfica lo mismo que un reportero norteamericano. Con
-ellos llegan varios profesores de la Universidad que se dedican á la
-enseñanza de las lenguas europeas, y entre los cuales figuran mis
-traductores.</p>
-
-<p>Ninguno de ellos ha muerto. Como la gran catástrofe ocurrió el 1.° de
-Septiembre, época en que se ven más frecuentadas las playas de moda y
-las estaciones balnearias de la montaña, las gentes de cierta posición
-social libraron sus vidas. El pueblo, retenido en las ciudades de la
-costa por su trabajo, y los comerciantes modestos, sufrieron la mayor
-mortandad.</p>
-
-<p>Todos mis amigos son japoneses, pero hablan fácilmente el español. Unos
-lo han estudiado sin salir del país; otros estuvieron en Filipinas ó
-vivieron largas temporadas en las Repúblicas sudamericanas del Pacífico.
-Llegan con ellos dos europeos: don José Muñoz, profesor de lengua y
-literatura españolas en la Universidad de Tokío, y un joven portugués
-muy inteligente, llamado Pinto, que enseña á los estudiantes japoneses
-la lengua y la literatura de su país.<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span></p>
-
-<p>Es al bajar á tierra cuando me doy cuenta de la inmensidad de la
-catástrofe. Los antiguos muelles sólo existen á trechos. El temblor los
-hizo pedazos. Unos fragmentos rodaron al fondo de las aguas; otros han
-quedado aislados, y hay que ir pasando con lentitud por varios puentes
-de madera á lo largo de estos islotes informes de mampostería.</p>
-
-<p>Vemos á través del verde cristal oceánico las moles sumergidas del
-muelle, y entre sus masas hierros retorcidos, ruedas de automóviles,
-pedazos de camión y de grúa, materias aplastadas y multicolores, de
-diversas formas, que se van unificando bajo la capa vegetal creada por
-las aguas. Los japoneses, con sus ojos impasibles, su eterna sonrisa y
-su voz dulce que parece dar una sencillez infantil á las palabras más
-graves, me explican la escena horripilante que se desarrolló en este
-muelle.</p>
-
-<p>Ocurrió el temblor en el momento que iba á partir un gran paquebote para
-la América del Sur. Eran numerosos los viajeros importantes, y había
-acudido mucha gente á despedirlos. El muelle estaba cubierto de
-automóviles. Muchas personas huyeron sin saber lo que hacían; otras se
-refugiaron en los buques. Los que se quedaron en los muelles, creyendo
-estar más seguros, perecieron todos.</p>
-
-<p>Mis amigos me señalan en el fondo del agua objetos informes que oprimen
-con su peso los bloques rotos del muelle, y asoman por sus costados.
-Allí están centenares y centenares de cadáveres. La tenacidad con que
-las bandas de peces, grandes y chicos, acuden á estos restos de la
-catástrofe revela la existencia de un enorme pudridero humano.</p>
-
-<p>Nadie puede pensar por el momento en poner remedio á tal abandono. El
-cataclismo ha ido más allá de las<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span> fuerzas del hombre. En las calles de
-Yokohama y de Tokío hubo que amontonar los cadáveres á miles y rociarlos
-con petróleo para que el fuego los consumiese, sin aguardar á
-identificaciones. Bien se hallan estos otros en su tumba marítima.</p>
-
-<p>&mdash;Además, la tierra sigue temblando con alguna frecuencia&mdash;me dice uno
-de los periodistas&mdash;, y ¡quién sabe cuándo llegará la verdadera hora de
-proceder á la reconstitución de lo destruído!...</p>
-
-<p>Estas palabras de mi acompañante las recordé pocas semanas después,
-estando en China. La tierra volvió á temblar en Yokohama, así como el
-fondo de su bahía. Yo pude aún pasar sobre los restos del antiguo
-muelle, partido en islotes que estaban unidos por puentes de tablas.
-Poco después, un nuevo temblor hizo que el mar se tragase completamente
-este muelle que pisé al desembarcar.</p>
-
-<p>Corremos las calles de la ciudad montados en <i>koruma</i>. El lector sabe
-indudablemente lo que es este vehículo, cochecito de un solo asiento,
-con ruedas muy altas y ligeras, del que tira un hombre uncido á sus
-varas.</p>
-
-<p>Por primera vez uso este medio de locomoción, venciendo la repugnancia
-que nos inspira á los occidentales. Pero en todos los países asiáticos
-es el más usual, y casi siempre sustituye el hombre á los cuadrúpedos en
-sus sistemas de tracción. Resulta más barato y más abundante que el
-caballo ó el buey. Al principio siento remordimiento viéndome llevado
-por un semejante mío que trota como una bestia. Poco á poco me
-acostumbro al nuevo medio de circulación, como les ocurre á todos los
-occidentales, y al final le encuentro ciertas ventajas. Es agradable ir
-de un lado á otro con un caballo inteligente al que puedo hablar, y que
-algunas veces, dejando sobre el borde de la acera las varas ligeras de
-su vehículo, en<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span>tra conmigo en templos y almacenes, sirviéndome de guía
-é intérprete.</p>
-
-<p>En Yokohama hay que valerse de la <i>koruma</i>, por ser más cómoda que el
-automóvil. Las calles están todavía rajadas por grietas profundas y con
-montones enormes de escombros. En algunos sitios se ha abierto el suelo
-en profundos embudos, como si hubiesen estallado sobre él grandes
-obuses. Las ondulaciones telúricas dejaron hondos rastros de sus
-inexplicables caprichos. Hay calles en que se abrió la tierra, y después
-de tragar á la muchedumbre fugitiva volvió á cerrarse como un escotillón
-de teatro, sin dejar señal alguna de su humano devoramiento. Más allá se
-partió solamente en grietas; pero al cerrarse éstas, sujetaron, como
-trampas para cazar lobos, las piernas humanas; y las víctimas retenidas
-por la sorda tenaza vieron llegar hasta ellas el incendio, ardiendo como
-cirios.</p>
-
-<p>Pero la vida es más fuerte que las cóleras de la Naturaleza. El instinto
-de conservación la hace renacer, como las vegetaciones que se extienden
-sobre los escombros de los cataclismos.</p>
-
-<p>Una muchedumbre enorme ha vuelto á instalarse en la ciudad desaparecida,
-acampando entre las ruinas de sus casas. Si el gobierno diese permiso
-para reconstruirlas, estarían terminadas hace ya tiempo, pues la casa
-japonesa, toda de madera y tabiques de papel, es fácil de improvisar.
-Además, el japonés, hábil de manos y con gran espíritu práctico, no
-pierde el tiempo en lamentaciones y procura rehacer lo antes posible el
-curso normal de su existencia. Hay que recordar cómo dos días después de
-la gran catástrofe los Bancos de Tokío volvieron á abrir sus oficinas y
-el comercio continuó sus negocios. Pero el gobierno está estudiando un
-nuevo sistema de construcción, con el propósito de impedir que el
-incendio<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span> siga á los temblores; y mientras no autorice la edificación
-definitiva, las gentes viven en barracas de paja y tiendas de lona.</p>
-
-<p>Como Yokohama conserva su vecindario de antes, aunque considerablemente
-disminuído por la catástrofe, la mayor parte de los servicios públicos
-han sido reanudados con una prontitud que tiene algo de cómica, á pesar
-de la tristeza del ambiente. No hay casas, pero hay personas; y para
-comodidad de éstas se ha restablecido por completo el alumbrado de las
-calles y el servicio de tranvías.</p>
-
-<p>Sobre las grietas enormes que parten el suelo pasan rieles sostenidos
-por caballetes de madera. Entre los montones de escombros que guardan
-aún restos humanos se yerguen troncos de pino sostenedores de cables
-eléctricos y de lámparas.</p>
-
-<p>Al volver á la ciudad en plena noche, después de vagar por sus
-alrededores, se imagina uno que el relato de la catástrofe, repetido por
-todos, es una mentira colectiva. El cielo está intensamente rojo, pero
-tal resplandor no es de incendio, sino el simple reflejo de los miles y
-miles de luces de la gran ciudad, que todas las noches, al quedar bajo
-las sombras, parece no haber sufrido ninguna destrucción. Desde las
-alturas inmediatas se la adivina tal como fué por el trazado de las
-luces, que marcan la amplitud de sus grandes avenidas, así como las
-fajas más modestas de sus calles laterales. Las filas entrecruzadas de
-puntos brillantes hacen creer en la existencia de una gran urbe sobre un
-suelo que en realidad sólo mantiene ruinas.</p>
-
-<p>A la media hora de pasear en <i>koruma</i> por Yokohama me siento tristemente
-aburrido. Estamos en un cementerio lleno de gentes; pero un cementerio
-sin panteones y sin vegetación, de paredes chamuscadas,<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span> montones de
-cascote y anchas zanjas con agua putrefacta.</p>
-
-<p>Los hombres que trabajan en las calles, aunque son japoneses, tienen un
-aspecto casi occidental. Llevan gorras y pantalones azules, iguales á
-los que usan los jornaleros de Europa; hasta emplean para el manejo de
-sus herramientas guantes de mosquetero, como los trabajadores de Nueva
-York. Las familias acampadas van vestidas igualmente, con una mezcolanza
-de prendas del país y europeas. No se ve el Japón por ninguna parte.</p>
-
-<p>Al frente de nuestro grupo va un profesor llamado Kanazawa, que ha sido
-comisionado por el Ministerio de Negocios Extranjeros para guiarme y
-acompañarme mientras esté en el Japón. Este señor, que conoce su país
-como muy pocos, es autor de un Diccionario japonés-español, y ha vivido
-en Chile, Perú y otros países americanos de lengua española. Muestra una
-inteligencia muy ágil, y su cortesía resulta extraordinaria aun en este
-país donde los hombres pueden ser considerados como los más corteses de
-la tierra.</p>
-
-<p>Adivina sin duda en mis ojos la decepción y el tedio al repetir nuestros
-paseos por esta tierra de ruinas, cuando ya se ha extinguido el interés
-que inspiran las primeras impresiones de horror. Comprende que ha
-llegado el momento de hacerme ver el Japón, y después de procurarse un
-automóvil&mdash;lo que no es fácil en una ciudad cubierta de escombros&mdash;, da
-sus órdenes al conductor:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á Kamakura.<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV<br /><br />
-LA DULCE ESFINGE DE KAMAKURA</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Origen divino del pueblo japonés.&mdash;La vanidosa hermosura de la
-diosa del Sol y las barbaridades de su hermano y esposo.&mdash;El Espejo
-y el Sable.&mdash;Una dinastía de 2.600 años.&mdash;El feudalismo
-japonés.&mdash;Los daimios y sus fieles samurais.&mdash;La corte de Kioto la
-Santa.&mdash;Los «Generalísimos» de Kamakura.&mdash;Kio-To y To-Kio.&mdash;El
-Camino de Kamakura.&mdash;Ante la imagen del Gran Buda.&mdash;La diosa de la
-Misericordia.&mdash;Un gigante divino de bronce sumido en la noche.&mdash;Lo
-que dice la sonrisa de la Esfinge dulce.</p></div>
-
-<p>El pueblo japonés es de origen divino. De ahí su orgullo inmutable, que
-data de veinticinco siglos.</p>
-
-<p>Los principios de su mitología resultan obscuros y complicados. Vagan en
-su limbo muchos dioses de historia y atribuciones inciertas. Los
-primeros conocidos son Izanagui y su esposa Izanami. Este matrimonio de
-dioses era tan inocente que ignoraba el amor, y fueron dos pájaros los
-que se lo enseñaron. Por eso los representa la imaginería japonesa
-contemplando atentos la lección de la pareja alada.</p>
-
-<p>El resultado de sus amores fué unas veces geográfico y otras carnal. La
-divina Izanami dió á luz varios dioses; pero también surgieron de sus
-entrañas las ocho islas grandes del Japón con su cortejo de numerosas
-islitas.</p>
-
-<p>Al arrojar al mundo el dios del Fuego, murió á con<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span>secuencia de este
-parto ígneo, y su marido quiso recobrarla penetrando en el reino de los
-muertos, como Orfeo, el divino cantor, fué en busca de su difunta
-Eurídice. Después de numerosos combates para abrirse paso, el valeroso
-Izanagui rescató á su esposa; pero al abrazarla lo hizo con tanto
-entusiasmo, que rompió uno de los dientes de su peineta, y la majestuosa
-diosa se transformó en un amasijo de carnes putrefactas, cayendo al
-suelo. Para purificarse de tal contacto el viudo se bañó en un torrente,
-y de cada una de las piezas de su vestidura, abandonada en la orilla,
-fué surgiendo un dios. Además, de su ojo izquierdo nació Amatérasu, la
-diosa del Sol; de su ojo derecho, el dios de la Luna, y de su nariz,
-Susanoo, el Hércules de la mitología japonesa, más violento aún que éste
-en sus hazañas guerreras y sus acometividades amorosas.</p>
-
-<p>Del acoplamiento de la hermosa Amatérasu y del agresivo Susanoo
-descienden los actuales emperadores del Japón. Como estos dioses eran
-hermanos, resulta extremadamente inmoral para los occidentales el origen
-divino de los soberanos japoneses; pero bueno es recordar que en los
-primeros tiempos de la creación, explicados por los libros santos del
-cristianismo y por los de otras religiones antiguas de Europa, existe
-igualmente el incesto. Los hijos de Adán, para perpetuar la especie,
-tuvieron que unirse con sus hermanas, las hijas de Eva. Los dioses
-escandinavos aparecen igualmente en los poemas, aprovechados
-musicalmente por Wágner, dando vida á hijos é hijas, que se ayuntan para
-crear los primeros hombres.</p>
-
-<p>Los amores y las rencillas de la diosa del Sol con su hermano el
-Hércules japonés ocupan gran parte de la mitología nipona. Susanoo era
-de carácter tan violento, que al disputar una vez con su hermana arrojó
-un caba<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span>llo muerto sobre el telar en que tejía ésta, rompiendo su labor,
-Amatérasu, ofendida, fué á ocultarse en una gruta, y el mundo de los
-dioses quedó consternado por esta fuga, que privaba á la tierra de su
-luz solar. Pero uno de ellos, que sin duda representaba la Astucia y era
-experto conocedor de la vanidad femenina, llevó á una diosa subalterna
-de gran belleza frente á la entrada de dicha gruta, tapada con enormes
-piedras.</p>
-
-<p>Todos los dioses formaron una orquesta con coros, y al son de la música
-y los cánticos la diosa empezó á danzar. A cada vuelta hacía caer una
-prenda de su vestido, y el coro de dioses elogiaba con entusiasmo el
-esplendor de las formas desnudas que iban apareciendo paulatinamente al
-desprenderse los velos.</p>
-
-<p>Amatérasu, que escuchaba oculta tales alabanzas, se sintió celosa al
-enterarse de que existía una mujer más hermosa que ella, y fué separando
-poco á poco las piedras de la entrada para ver si realmente merecía la
-otra tales homenajes. El astuto dios, que esperaba este momento, agarró
-las piedras entreabiertas y las echó abajo, tirando de Amatérasu hasta
-ponerla frente á la deidad desnuda. En el primer instante tuvo que
-reconocer con cierto dolor la belleza de su rival. Luego le dieron un
-espejo de mano para que se contemplase, y recobró su tranquilidad al
-convencerse de que era más hermosa que la otra. Esto la puso de buen
-humor, y accedió á desistir de su aislamiento, volviendo otra vez á
-iluminar el mundo.</p>
-
-<p>Susanoo fué expulsado del cielo para que no molestase más á su hermana,
-y recibió el imperio de los mares, matando en ellos un dragón de ocho
-cabezas y otras bestias maléficas con un sable encantado. Un nieto de
-Susanoo y Amatérasu fué el primer Mikado ó emperador del Japón que
-registra la Historia, llamado Jim<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span>muteno. De él descienden en línea
-directa los soberanos del pueblo japonés que han venido sucediéndose en
-el trono durante 2.600 años.</p>
-
-<p>Las dinastías reales de Europa se consideran antiquísimas al poseer una
-historia de unos cuantos cientos de años, y no son mas que familias de
-advenedizos comparadas con la lista cronológica del Mikado, que ocupa
-sin ninguna interrupción veintiséis siglos. Además, todos los monarcas
-tienen un origen puramente humano. El fundador de una familia real es
-siempre algún aventurero heroico ó un político astuto y de suerte.
-Únicamente descienden de dioses los emperadores del Japón. Su primer
-antepasado tuvo por abuelos á la diosa del Sol y al dios del Valor.</p>
-
-<p>Se comprende la veneración inconmovible, la fe sólida, más allá de todo
-raciocinio, que el pueblo japonés ha sentido durante miles de años por
-sus emperadores. Esta adhesión aún persiste en los soldados, en los
-campesinos, en todas las clases sociales que no han sido influenciadas
-por la crítica y la duda que aportaron á su país el progreso material y
-las ciencias de los pueblos occidentales. La devoción del japonés por el
-Mikado puede compararse, como dice Brieux, á la que habría sentido hasta
-hace poco cualquier pueblo de Europa cuyos reyes fuesen descendientes
-directos de Jesucristo.</p>
-
-<p>Los emblemas del emperador japonés son un espejo de mano, un sable y una
-joya. El espejo de mano es el mismo que los dioses entregaron á
-Amatérasu para que contemplase su belleza.</p>
-
-<p>Cuando la diosa regaló á su nieto Jimmuteno las islas del Japón,
-nombrándole para siempre emperador de ellas, le entregó los tres Tesoros
-Sagrados: el Espejo, el Sable y la Joya, diciéndole que éstos eran los
-signos de su dignidad soberana y debía transmitirlos á sus
-des<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span>cendientes. «Tú y los hijos de tus hijos consideraréis este Espejo
-como si fuese mi propia persona.»</p>
-
-<p>El Espejo Sagrado y el Sable Sagrado vienen existiendo desde entonces, y
-cada vez que se proclama un nuevo emperador, la ceremonia más
-interesante de la entronización es el viaje del monarca á un templo
-antiguo de Isé, donde están ambos objetos. Ni el mismo emperador logra
-conocerlos. Queda á solas con ellos, pero no los ve ni los toca. Hace
-muchos siglos que fueron envueltos en telas de seda, y cada vez que
-éstas envejecen, los sacerdotes añaden por encima otras nuevas, siendo
-después de tantas renovaciones unos paquetes informes de tejidos, cuyo
-contenido hay que imaginarse con ayuda de la fe.</p>
-
-<p>No adoran en realidad los japoneses á sus antiguos dioses por su poder
-omnipotente, como lo hacen otros pueblos. Los veneran porque fueron los
-creadores del Japón, y este origen divino del país es un motivo de
-orgullo para todos ellos. Al deificar de este modo á su patria, se
-adoran á sí mismos.</p>
-
-<p>Ha acabado el pueblo por ver en el espejo y el sable dos símbolos de la
-eternidad de la vida, incesantemente renovada. La forma de los dos
-objetos, uno oval y otro prolongado, ha hecho que se les considere como
-emblemas, femenino y masculino, de la procreación. Hasta hace poco
-tiempo, en las romerías al templo de Isé, los vendedores de objetos
-devotos ofrecían espejitos y sables que imitaban los órganos de la
-sexualidad. No hay que olvidar que muchas hazañas del hermano de
-Amatérasu fueron simplemente empresas voluptuosas, dignas de asombro por
-su repetición, y que su nombre de Susanoo significa el «Macho
-Impetuoso».</p>
-
-<p>En los 2.600 años de la historia del Mikado no hay un solo
-destronamiento. La autoridad de los emperado<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span>res disminuye ó aumenta
-según las revueltas intestinas y las coaliciones de sus feudatarios,
-pero siempre la persona del Mikado es respetada como algo sacro, aunque
-se la deje en transitorio olvido. La capital más antigua del país fué
-Osaka, ciudad que figura ahora como el centro más rico y laborioso de la
-industria japonesa. Pero el Mikado, al vivir en ella, estaba bajo la
-influencia de los daimios, señores feudales, dueños de las ricas tierras
-de arroz, que vivían encerrados en sus castillos con tropas de fieles
-samurais.</p>
-
-<p>Esta Edad Media feudal ha durado casi hasta nuestros días, pues fué en
-1870 cuando el penúltimo emperador, al reformar enteramente el país,
-acabó con ella.</p>
-
-<p>Los samurais eran hidalgos pobres y belicosos que servían á las órdenes
-de los opulentos daimios. Tenían por emblema la flor del cerezo,
-«hermosa y de corta duración». Deseaban una vida abundante en gloria y
-voluptuosidades, pero breve. Los valientes no deben vivir mucho. Todos
-habían hecho pacto con la muerte y consideraban la vejez como una
-decadencia vergonzosa.</p>
-
-<p>En tiempo de paz viajaban por el Japón buscando combates. Cuando llegaba
-á sus oídos la fama de algún samurai valeroso, residente en otra
-provincia, iban á su encuentro para proponerle un duelo á muerte. Si
-creían haber perdido la estima de su señor ó de sus camaradas, se abrían
-el vientre en presencia de ellos, rogando al amigo más íntimo que
-hiciese volar su cabeza al mismo tiempo con un golpe de uno de los dos
-sables que todos ellos llevaban en la cintura. Esta ceremonia mortal era
-el famoso <i>Hara-Kiri</i>.</p>
-
-<p>Hay que imaginarse las guerras civiles, las batallas desordenadas,
-ruidosas y confusas que libraron los daimios entre ellos, durante siglos
-y siglos, acaudillando sus tropas de samurais. Todos los caprichos
-diabólicos<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span> de un artista delirante los realizaron estos guerreros en el
-adorno defensivo de sus personas. Se cubrían con armaduras de láminas
-superpuestas, negras ó de reflejos verdes y azules, como los coseletes
-de los insectos. Llevaban en la cabeza yelmos rematados por cuernos y
-sobre el rostro máscaras de acero que eran una reproducción del hocico
-del tigre ó de la hiena. Otras veces, estos antifaces metálicos,
-adornados con bigotes, imitaban el rictus espantable de los demonios.</p>
-
-<p>Guerreros de brazos cortos, pero extremadamente vigorosos, inferían al
-reñir heridas enormes. Sus armas de acero hábilmente templado tenían á
-la vez el filo de una navaja de afeitar y el peso de una maza, separando
-de un solo golpe la cabeza de los hombros, el brazo ó la pierna de su
-tronco correspondiente. Sus encuentros eran choques en desorden, avances
-impetuosos de jinetes y arqueros, iguales á las invasiones de langostas,
-arrasando completamente las tierras del enemigo.</p>
-
-<p>Los daimios, no obstante su orgullo, jamás osaron suplantar al
-emperador, por ser éste de origen divino, pero con frecuencia
-pretendieron imponerle su voluntad. El Mikado, para librarse de tal
-influencia, abandonó Osaka, y el Japón tuvo una segunda capital, que fué
-Kioto.</p>
-
-<p>Aquí empezó el mayor eclipse de su historia. Para defenderse del
-feudalismo absorbente de los daimios escogió á uno de ellos,
-confiriéndole el poder ejecutivo y conservando únicamente su majestad
-histórica. Esta especie de ministro universal tomó el titulo de Shogun,
-que quiere decir «Generalísimo». Él aceptaba todas las
-responsabilidades, incluso la de los desastres, y de este modo el
-principio divino del Mikado quedaba fuera de toda discusión.</p>
-
-<p>El Shogunato, que empezó en el siglo XII y tuvo su<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span> apogeo en el XVI, ha
-durado hasta nuestra época, pues fué destruído en 1868. El Mikado no
-tuvo que preocuparse en su nueva residencia mas que de los asuntos
-religiosos, y entonces fué cuando la segunda capital japonesa tomó su
-carácter teocrático y vió levantarse en su recinto los templos más
-grandes, recibiendo el nombre de Kioto la Santa.</p>
-
-<p>Rodeado de una corte numerosa, acabó el emperador por preocuparse
-únicamente de las intrigas de su palacio y de su harén. Los soberanos,
-además de la emperatriz y de doce esposas secundarias, tenían un número
-infinito de concubinas. Sus aduladores palaciegos los convencieron de
-que no debían mostrarse nunca en público, por ser personajes de origen
-divino. En nuestra época, el innovador Mutsu-Hito fué el primer Mikado
-que se dejó ver por sus súbditos; pero aun actualmente sólo muy de tarde
-en tarde pueden los japoneses contemplar de cerca á su monarca.</p>
-
-<p>El antiguo palacio imperial de Kioto acabó por ser una ciudad dentro de
-la ciudad. Sus jardines con bosques y lagos llegaron á abarcar quince
-leguas de circuito. En torno al emperador vivían 40.000 personas. Pero
-estos soberanos, que habían abdicado su autoridad en el «Generalísimo»,
-sólo intervenían en querellas teológicas.</p>
-
-<p>A los Shogunes les fué imposible permanecer en una vecindad íntima con
-el Mikado. Victoriosos en la guerra, poderosos en la paz, habiendo
-sujetado á los revoltosos daimios, necesitaban tener una corte propia, y
-se trasladaron á la ciudad de Kamakura, engrandeciéndola durante tres
-siglos. El Japón tuvo entonces dos capitales: la imperial y religiosa,
-que era Kioto, y la gubernativa, donde funcionaban las verdaderas
-autoridades, Kamakura, en la entrada de la bahía que entonces se llamaba
-de Yedo.<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span></p>
-
-<p>Las dos cortes vivían sin rivalidades. Los Shogunes engrandecieron el
-país valiéndose de un procedimiento que en otras naciones ha resultado
-nefasto, ó sea aislándolo del resto del mundo. Yeyazú, el más grande de
-los Shogunes, que muchos comparan á Pericles por el período glorioso de
-su gobierno, cerró los puertos del Japón á todos los extranjeros,
-durando tal medida doscientos cincuenta años. En este período no hubo
-guerras y prosperaron las industrias, formándose definitivamente el arte
-del Japón.</p>
-
-<p>En 1853, el comodoro Parry, de los Estados Unidos, al frente de una
-escuadra, exigió al Shogun de entonces que abriese los puertos del
-Imperio, viéndose éste obligado á ceder. Los daimios, guardadores de las
-tradiciones, se sublevaron contra el gobernante, haciéndolo responsable
-de la invasión de los extranjeros. Hubo una guerra civil, y el Shogunato
-pereció, después de setecientos años de gobierno. Entonces, el Mikado,
-que había vivido obscuramente durante siete siglos como una autoridad
-divina y decorativa, intervino á su vez en la política, dominando á la
-nobleza y recobrando sus antiguas prerrogativas.</p>
-
-<p>Mutsu-Hito, el penúltimo emperador, cuyo reinado duró medio siglo, hizo
-la más asombrosa de las revoluciones, modernizando el Japón y
-obligándolo á adoptar en pocos años todas las costumbres y progresos del
-mundo de Occidente. Este nuevo período, que puede llamarse el de «la
-resurrección del Mikado», exigía una nueva capital, y fué la enorme
-ciudad de Yedo la escogida por el progresivo emperador, pero cambiando
-su nombre. Yedo se llamó Tokío, en honor de Kioto la Santa, que durante
-siete siglos había sido la residencia del Mikado. To-Kio no es mas que
-la palabra Kio-To con una transposición de sílabas.<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span></p>
-
-<p>Vamos á Kamakura, antigua capital de los Shogunes, que al trasladarse
-éstos á Yedo empezó á decaer, siendo arruinada finalmente durante la
-guerra de los daimios contra el Shogunato.</p>
-
-<p>Las ciudades japonesas se destruían antes con tanta facilidad como se
-edificaban. La madera, el lienzo y el papel eran sus únicos materiales
-de construcción, hasta que se instalaron los extranjeros en el país hace
-cincuenta años. Kamakura, al perder para siempre sus protectores, no fué
-reedificada, y sólo quedan de su antiguo esplendor ruinosas pagodas
-diseminadas en bosques y colinas, que sirvieron de emplazamiento á la
-antigua capital.</p>
-
-<p>Lo más célebre en ella es el <i>Daibutsu</i> ó Gran Buda, imagen la más
-completa y hermosa que existe del divino Gautama.</p>
-
-<p>Sigue nuestro automóvil las sinuosidades de un camino que á trechos
-serpentea por la costa y más allá se hunde entre colinas cultivadas. El
-agricultor japonés merece el nombre de jardinero por la habilidad y
-limpieza de su minucioso trabajo, y sabe aprovechar hasta la parcela más
-ínfima del suelo. Las islas son pequeñas en relación con los millones de
-habitantes que deben mantener, y no hay que dejar improductiva una
-pulgada de la tierra nacional.</p>
-
-<p>Barrancos y cañadas sirven para el cultivo del arroz, y aparecen
-divididos en pequeños bancales superpuestos como los peldaños de una
-escalinata, cayendo el agua lentamente de una meseta á otra. Las
-vertientes están cubiertas de arboleda. Asoman los kakis sus bolas de
-oro entre el follaje que los nutre y sostiene.</p>
-
-<p>Atravesamos muchos caseríos antes de llegar á Kamakura. La población del
-Japón es muy densa. Los grupos urbanos casi se tocan, pues entre pueblo
-y pueblo<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span> hay rosarios de casitas á lo largo de los caminos ó sobre las
-crestas de las colinas.</p>
-
-<p>Los niños parecen surgir del suelo con la hirviente profusión de las
-bandas de insectos. Son niños dobles, pues toda pequeña <i>musmé</i><a name="FNanchor_B_2" id="FNanchor_B_2"></a><a href="#Footnote_B_2" class="fnanchor">[B]</a>,
-apenas tiene seis ó siete años, lleva en una especie de capuchón, sobre
-su espalda, á un hermanito que llora, come ó duerme, mientras ella se
-mueve de un lado á otro para trabajar ó jugar. Como han dicho algunos
-viajeros, todos los niños del Japón parecen de dos cabezas. Además, las
-madres llevan también el último <i>musko</i> sujeto á su espalda, como si
-formase parte de su organismo, y con este fardo, del que únicamente se
-libran al llegar la noche, hacen sus compras, visitan á las vecinas,
-pasean por los caminos y hasta juegan partidas de pelota. Es una
-procreación desbordante que sale al encuentro del viajero y le rodea á
-todas horas.</p>
-
-<p>Como un buque que partiese con su proa densos bancos de peces, nuestro
-automóvil abre grupos vociferantes de <i>muskos</i>, panzuditos, mofletudos,
-de ojos estirados y oblicuos que apenas logran entreabrirse y parecen
-dos líneas trazadas con tinta china. Unos llevan el pelo cortado en
-flequillo sobre la frente y melenas lacias semejantes á largas orejas.
-Otros muestran el cráneo aureolado por numerosas trenzas, erguidas y
-duras como las púas de un erizo. Todos saludan á gritos, agitando
-banderitas japonesas de papel, ó sonríen haciendo reverencias, pues este
-es un pueblo meticulosamente bien educado desde la infancia. Pero hay no
-sé qué en la sonrisa de los pequeños que hace sospechar la oculta y
-secreta convicción, adquirida en la escuela desde las primeras
-lecciones, de que el Imperio japonés es el pue<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span>blo más superior de la
-tierra y algún día obtendrá la hegemonía que le pertenece por su origen
-divino.</p>
-
-<p>Pasamos entre una doble fila de casitas, pequeñas tiendas de té ó de
-imágenes religiosas, establecimientos que únicamente se ven frecuentados
-en días de peregrinación. Es todo lo que resta de la antigua Kamakura.
-Luego vamos á visitar el <i>Daibutsu</i>.</p>
-
-<p>La imagen del Gran Buda estaba antes en el interior de un templo; pero
-el edificio fué destruído y sólo queda un pórtico con dos capillas
-laterales que contienen dos espantables imágenes, la una roja y la otra
-azul: el dios del Trueno y el dios del Viento. En muchos templos
-japoneses se encuentra á la entrada esta pareja de divinidades de ojos
-saltones é iracundos, risa feroz, dientes carnívoros y brazos levantados
-con expresión amenazante. Los colocan para poner el edificio bajo su
-protección y que no lo devore el fuego ó lo destruya el huracán.</p>
-
-<p>Resulta irónica la supervivencia de esta portada, pues al otro lado de
-ella sólo se encuentran piedras y árboles. El Gran Buda está rodeado de
-un jardín y tiene á sus espaldas los declives de tres colinas sombreadas
-por esos cedros japoneses, retorcidos armoniosamente en forma de
-candelabros verdes, que ornan los paisajes y estampas.</p>
-
-<p>Es una imagen grande como una torre, una escultura de bronce que tiene
-veinticinco metros de altura. El sacro personaje está sentado, con las
-piernas cruzadas y las manos juntas, en la posición hierática que
-recomienda el budismo para la meditación. Si se pusiera de pie, sería
-más grande que todas las colinas inmediatas. De poder ver sus ojos,
-sentado como está, contemplaría el mar por encima de los jardines y las
-casas que existen entre él y la costa.</p>
-
-<p>Empieza á atardecer, y el sol moribundo dora suave<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span>mente por uno de sus
-lados esta figura colosal. El <i>Daibutsu</i> es verdaderamente hermoso.
-Tiene en su rostro una calma dulce y sonriente, que acaba por penetrar
-en el alma del que lo contempla. No es obra japonesa. Lo fundieron, hace
-cuatro siglos, artistas venidos de la China. Este origen representa para
-los japoneses el más indiscutible de los méritos. El Japón se reconoce
-discípulo de la China; de ella tomó sus primeras lecciones de
-civilización y su arte copió mucho tiempo el de los chinos.</p>
-
-<p>El rostro de Buda tiene cierto hieratismo oriental, especialmente en sus
-orejas, exageradas y algo caídas; pero el resto de sus facciones muestra
-una expresión de paz y de misterio, que impone respeto y hasta un poco
-de miedo religioso. ¡Cuán lejos estamos aquí del vulgo occidental, que
-llama Buda á toda imagen venida del Extremo Oriente, hasta á los dioses
-gordos, panzudos y joviales de los chinos!...</p>
-
-<p>Este dios de bronce verdoso, dejando caer su sonrisa enigmática desde
-una altura de torre, tiene algo de esfinge, pero de esfinge dulce y
-melancólica, que parece guardar, como un depósito doloroso, el triste
-secreto de nuestros destinos. Inventor de una moral que recuerda la del
-cristianismo&mdash;siendo 600 años anterior al nacimiento de Jesús&mdash;, tiene
-millones de adoradores en el Japón y en la China, pero cada vez se ve
-más olvidado en la India, su patria. En esto se asemeja también á
-Cristo, que nació en Judea y, sin embargo, es entre los judíos donde su
-doctrina conquistó menos adeptos.</p>
-
-<p>Pasa rápidamente por mi memoria la vida legendaria del príncipe Gautama
-mientras contemplo su imagen, en la que pone el sol sus últimos
-temblores áureos. Su padre le recluyó en un palacio inmenso, entre
-centenares de mujeres, danzarinas y músicas, proporcionándole las
-mayores voluptuosidades para que no<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span> conociese el dolor. Mas un día, al
-escapar de su encierro, vió un enfermo al borde de un camino. En otra
-huída encontró á un viejo decrépito, que marchaba encorvado y trémulo,
-como una caricatura de la existencia. En la tercera excursión se cruzó
-con un entierro. Así supo que existían la Enfermedad, la Vejez y la
-Muerte, últimas señoras del hombre que salen á buscarnos, sea cual sea
-el sendero que sigamos en el jardín de nuestra vida. Y el príncipe
-Gautama, reconociendo la fragilidad de los placeres materiales, abominó
-de las riquezas y se lanzó por el mundo á predicar la humildad y el
-renunciamiento, dándole sus discípulos el santo nombre de Buda.</p>
-
-<p>Empieza el crepúsculo y todavía debemos visitar en la cumbre de una
-colina inmediata el templo venerable de Kuanon, la diosa de la
-Misericordia.</p>
-
-<p>Este templo consiguió sobrevivir á la ciudad, pero es de madera, tiene
-varios siglos de existencia, y parece carcomido, frágil, hueco en el
-interior de sus tablazones, como los navíos abandonados para siempre en
-el rincón de un puerto.</p>
-
-<p>Los servidores del santuario son japoneses de cabeza esférica y pequeña,
-enormes gafas de concha y rostro descarnado, de intensa palidez. Tienen
-todos ellos una expresión de sacristanes fanáticos. Se comprenden las
-enérgicas disposiciones de los Shogunes contra los bonzos budistas, que
-muchas veces perturbaron la vida del país con sus intrigas políticas y
-sus intentos de sublevación popular.</p>
-
-<p>Sobre la meseta de la colina donde está el templo aún es posible ver los
-objetos á la luz azulada del crepúsculo. Más allá de la puerta del
-edificio caemos en la noche.</p>
-
-<p>Avanzamos por su lóbrego interior, siguiendo las os<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span>cilaciones de la luz
-roja y difusa que esparce un farolón llevado por uno de los bonzos.
-Vemos altares dorados que surgen un momento de la sombra y vuelven á
-hundirse apresurados en ella. Lo interesante está al otro lado del
-tabique de madera que corta el edificio enfrente de la puerta.</p>
-
-<p>En este segundo templo, á la altura de nuestros ojos, sobre una mesa
-dorada, vemos unos pies gigantescos, de la longitud de un hombre. El
-bonzo cuelga su farol de un gancho que se balancea al final de una
-cuerda, tira del otro extremo de ella, y la luz roja, con lenta
-ascensión, va iluminando por secciones las rodillas de la diosa, las
-piernas, el vientre, los pechos, y á doce metros de altura su rostro con
-una sonrisa fija y sin vida.</p>
-
-<p>Es una imagen policroma y tallada groseramente, como las que hacían en
-la Edad Media cristiana del gigante San Cristóbal. Tiene el mérito de su
-enormidad, aunque no es tan grande como el <i>Daibutsu</i> sentado. Hace
-sonreir como una obra infantil, mientras que el Buda de bronce impone
-respeto y hace pensar.</p>
-
-<p>Compramos al bonzo varios rollos de papel de arroz con imágenes grabadas
-en madera y milagrosas oraciones: un pretexto para darle un <i>yen</i> (un
-dólar japonés), que desde nuestra llegada está atrayendo su mano
-huesuda, con movimientos instintivos de los dedos. Cuando salimos del
-templo ya es de noche. Vemos otros santuarios budistas y sintoístas.
-Entramos en una casa de té, quitándonos los zapatos en sus gradas de
-madera para no ensuciar la esterilla fina que en toda vivienda nipona
-sirve de asiento, de mesa, de mantel y de cama, al mismo tiempo que de
-alfombra.</p>
-
-<p>Antes de subir al automóvil quiero contemplar por última vez el
-<i>Daibutsu</i> de Kamakura, el más grande y hermoso de todos los Budas. No
-lo veré más, y es una<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span> de las contadísimas obras humanas que hay que
-guardar en la memoria, para decir con orgullo: «Yo lo he visto».</p>
-
-<p>Llego hasta la portada de los dos dioses, horripilantes é iracundos. El
-dios humano que se alza en el fondo como una montaña, abruma á estos dos
-mascarones mitológicos, convirtiéndolos en despreciables mamarrachos.</p>
-
-<p>Avanzo con pasos leves por la avenida enarenada que conduce hasta el pie
-de la imagen colosal. El basamento, hecho de bloques de granito, ha sido
-removido por el último temblor. Los sillares se salieron de sus alvéolos
-y están separados por grietas profundas. Pero el hombre-dios sigue en su
-inmovilidad pensativa y sonriente, con el dorso encorvado y los ojos
-triangulares perdidos en el infinito.</p>
-
-<p>Al final de su espalda hay una puerta, que antes se abría para el
-viajero. El interior de la imagen es hueco y sirve de santuario á una
-docena de estatuas de Buda más pequeñas. Después del reciente cataclismo
-ha sido prohibida la entrada en el cuerpo del dios.</p>
-
-<p>De hombros abajo está sumido en la obscuridad rumorosa y fresca del
-jardín. Se oye un canto de agua invisible: algún arroyuelo trivial y
-juguetón que se desliza por las sinuosidades minúsculas de la jardinería
-japonesa, pasando al través de puentes de muñecas, cayendo en cascadas
-de juguete acuático. La tierra y su vegetación de árboles candelabros,
-de arbustos recortados en formas casi humanas, parecen respirar la
-alegría serena y reposada de la paz.</p>
-
-<p>El rostro de bronce se destaca sobre la lobreguez celeste, reflejando
-una luz de origen incierto. Tal vez viene del mar, invisible para
-nosotros; tal vez desciende de las estrellas que empiezan á temblar en
-lo alto y envían su<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span> resplandor difuso para que la sonrisa sobrehumana
-del gigante en meditación no se borre un momento, triunfando de la
-noche.</p>
-
-<p>Creo adivinar el secreto de esta sonrisa, el misterio de la esfinge
-dulce que atrae á los hombres con su melancolía, en vez de asustarlos,
-como su hermana de piedra hundida en los arenales de Egipto.</p>
-
-<p>&mdash;Vivid en paz&mdash;dice&mdash;, pobres siervos de la Dolencia, de la Vejez y de
-la Muerte. Amaos los unos á los otros. No aumentéis la miseria del mundo
-declarando precisa y eterna una divinidad fatal, inventada por vosotros:
-la Guerra.<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202">{202}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI<br /><br />
-LA NOCHEBUENA EN EL JAPÓN</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Los Japoneses disfrazados de europeos.&mdash;Bozales higiénicos.&mdash;La
-gorra del estudiante.&mdash;Las calles de Tokío.&mdash;Los tres colores del
-Japón.&mdash;Las interminables cortesías.&mdash;Los cinco peinados de la
-japonesa.&mdash;Almuerzo en el restorán Koyokan.&mdash;La ceremonia de la
-hospitalidad.&mdash;El baile de las «geishas».&mdash;Mi conferencia en el
-salón de fiestas del «Hochi».&mdash;Concierto orquestal.&mdash;La cena de
-Nochebuena ante un jardín liliputiense.&mdash;Salto asombroso de la
-música japonesa.</p></div>
-
-<p>Un tren especial debe llevarnos á Tokío, pero no es empresa fácil
-encontrarlo en la gran estación de Yokohama.</p>
-
-<p>El terremoto ha quebrantado sus muelles y abierto profundas zanjas en
-las vías, reparándose provisionalmente todo esto con puentes de madera
-que dificultan la circulación. Además, en las primeras horas de la
-mañana afluye de todas partes una verdadera muchedumbre para trasladarse
-á la capital. Muchos empleados y negociantes viven en Yokohama y hacen
-diariamente este viaje de treinta minutos para ir á su trabajo,
-volviendo al cerrar la noche á su casita junto al mar.</p>
-
-<p>Siguiendo las indicaciones erróneas de un hombre con gorra galoneada,
-nos metemos en un vagón de primera clase, y poco después se llena éste
-de japoneses que van á Tokío. Estamos en un tren ómnibus de los<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203">{203}</a></span> que
-parten cada quince minutos. Cuando pretendemos salir nos es imposible
-conseguirlo. Una masa compacta de hombres agarrados á las anillas
-blancas del techo ó apoyados en las espaldas de los vecinos obstruye las
-dos puertas.</p>
-
-<p>Resulta admirable la agilidad del japonés. Siempre encuentra el medio de
-deslizarse entre los obstáculos, instalándose finalmente donde parecía
-imposible que pudiese caber uno más. Parte el tren, y lo mismo los que
-ocupan las banquetas que los que se sostienen de pie, reflejando en su
-balanceo los vaivenes del vagón, sacan de su bolsillo un periódico y
-empiezan á leer.</p>
-
-<p>Me fijo en el aspecto de estos nipones modernizados que viven una
-existencia occidental. Son todos ellos simpáticos, pero considero
-imposible encontrar una burguesía más fea de rostro y que vaya más
-grotescamente vestida.</p>
-
-<p>Al adoptar el traje del blanco se han olvidado de aprender la armonía
-del indumento, los matices del color y de la línea. Se colocan sobre el
-cuerpo lo que en su opinión puede dar mayor señorío á la persona, no
-temiendo al resultado de tales mezcolanzas. Los más usan nuestro
-sombrero flexible, pero metido hasta las orejas y sin ningún
-abollamiento gracioso. Otros prefieren el hongo de copa dura y redonda,
-pero á continuación de este tocado europeo llevan el kimono nacional y
-encima de él un macferlán de corte inglés ó un gabán con trabilla,
-hechura norteamericana. Algunos después de esta mezcla vuelven á ser
-occidentales en sus extremidades, usando gruesos borceguíes. Los más
-llevan el pie desnudo ó metido en un calcetín japonés con dedos, lo
-mismo que un guante, y su calzado consiste en dos tablitas horizontales
-sostenidas cada una de ellas por otras dos tablitas verticales, dos
-pequeños bancos sujetos por<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204">{204}</a></span> una correa entre el dedo gordo y el
-siguiente, que dejan el talón completamente suelto, lo que hace que cada
-paso vaya acompañado en los terrenos duros de un ruidoso chap-chap.</p>
-
-<p>Hasta los que visten completamente á lo occidental tienen en sus
-ademanes algo de torpe y cohibido, como si fuesen disfrazados. Se
-adivina que todos ellos, al volver de noche á sus casas, se quedan en
-kimono, sentándose en el suelo para cenar, lo mismo que sus antepasados,
-y con este aspecto resultarán tal vez más gallardos é interesantes.</p>
-
-<p>La mayoría de los japoneses son de estatura mediocre, pero al mismo
-tiempo de complexión vigorosa, lo que les hace parecer algo rechonchos,
-con los miembros cortos y fuertes. Dos defectos físicos y sus remedios
-inventados por el hombre blanco, los ha aceptado el japonés de la clase
-media como adornos personales: la miopía y la caries dental. Los más
-llevan gafas de concha, redondas y de grueso armazón, que se sostienen
-dificultosamente sobre su aplastada nariz, y al sonreir muestran una
-dentadura con numerosos refuerzos de oro. Hay en esto cierta
-satisfacción infantil, que hace dudar si todos, absolutamente todos,
-tenían una necesidad ineludible de acudir en busca del óptico ó del
-dentista.</p>
-
-<p>En los últimos años otra moda higiénica ha venido á aumentar la fealdad
-del japonés moderno. Desde que pisé esta tierra llamó mi atención la
-gran cantidad de hombres con un emplasto negro ó blanco sobre la nariz
-sostenido por dos elásticos sujetos á las orejas. Me inquietó ver tanto
-canceroso con la nariz roída y afortunadamente oculta. Luego, al
-encontrar muchedumbres enteras con la horrible cataplasma en mitad del
-rostro, no pude concebir que toda una nación estuviese atacada del
-cáncer. Pregunté, y supe que, para evi<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205">{205}</a></span>tar la <i>grippe</i>, el japonés se
-coloca en invierno uno de estos bozales con gotas antisépticas, y así va
-tranquilamente todo el día haciendo sus visitas ó realizando sus
-negocios. Es imposible llevar más lejos la despreocupación de la
-estética personal y el deseo inconsciente de afearse.</p>
-
-<p>Sin embargo, estos varones de traje disparatado y contrastes grotescos
-son de una cortesía exquisita en sus saludos, de una amabilidad en su
-sonrisa, que conquistan desde el primer momento al extranjero. El
-japonés, cuando quiere expresar su afecto ó su admiración, no conoce el
-miedo al ridículo, que tanto cohibe y enfría la exterioridad de nuestros
-sentimientos.</p>
-
-<p>Uno de los que leen de pie me mira de pronto con interés y vuelve á
-fijarse en su periódico, como si estableciese una comparación. Yo he
-visto desde mucho antes que en todos los diarios que leen los viajeros
-figuran varios retratos míos. Sonríe mi compañero de viaje con una
-satisfacción pueril al convencerse de que, efectivamente, soy yo el que
-aparece en su periódico, y soltando la anilla que le sirve de sostén
-lleva ambas manos á sus rodillas y se inclina todo lo que puede,
-saludándome. Los otros, sin que circule palabra alguna, por una especie
-de aviso telepático, van fijándose igualmente en mí para compararme con
-la imagen de sus papeles, y repiten el saludo é idénticas sonrisas,
-teniendo yo que contestar con los mismos ademanes á tales extremos de la
-cortesía japonesa.</p>
-
-<p>Así llegamos á la estación de Tokío, ó mejor dicho, á una de sus varias
-estaciones, pues esta ciudad de dos millones de habitantes se halla muy
-esparcida, ocupando un perímetro tan grande como el de Londres.</p>
-
-<p>Los estudiantes de la Escuela de Lenguas me esperan en un muelle
-distante, que era el destinado para la<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206">{206}</a></span> llegada del tren especial, y al
-enterarse de que estoy en el lado opuesto de la estación, acuden
-corriendo.</p>
-
-<p>Todos llevan la gorra de colegial, que acompaña al japonés desde la
-escuela de primeras letras hasta las más altas clases universitarias. Un
-signo dorado en el frente de la gorra indica el estudio especial y la
-categoría de cada alumno. Hasta en los caminos más apartados del Japón
-he encontrado pequeños <i>muskos</i> con un kimono azul á redondeles blancos
-por toda vestimenta, descalzos, el pelo cortado en franja, lo mismo que
-los chicuelos que figuran en los abanicos, pero llevando con orgullo en
-su cabeza la gorra de colegial á estilo de Occidente.</p>
-
-<p>Los estudiantes de la Universidad de Tokío que vienen á recibirme tienen
-un aspecto indumentario menos incoherente que el de los burgueses que
-ocupaban el vagón. Sólo alguno que otro lleva kimono bajo su gabán azul
-y calza zuecos. Casi todos van vestidos como un estudiante europeo,
-guardando bajo el brazo un paquete de libros.</p>
-
-<p>Han venido á recibirme, é inmediatamente volverán á sus clases. Se
-adivina en todos ellos una voluntad laboriosa y tenaz, un deseo de
-conseguir lo que se han propuesto, terminando cuanto antes su carrera.
-Me entregan un gran ramo de flores y un álbum ilustrado por artistas
-célebres que contiene las firmas de todos ellos. Después de este
-recibimiento visito con unos cuantos amigos las principales avenidas y
-paseos de Tokío.</p>
-
-<p>Mi primera impresión de la capital japonesa se afirma y se agranda en
-los días sucesivos. El terremoto causó aquí tantas víctimas como en
-Yokohama, pero los edificios sufrieron menos. Hay barrios enteros, los
-más ricos, en los que apenas se nota la reciente catástrofe. Edificios
-altísimos construídos á estilo de los Estados<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207">{207}</a></span> Unidos se mantienen sin
-ningún desperfecto visible. Otros siguen de pie, con hondas grietas en
-sus fachadas, cubiertas de andamios recientemente para su reparación.</p>
-
-<p>Fué en los barrios apartados, compuestos de casitas de madera, donde el
-incendio produjo mayores daños. Además, ocurrió la gran catástrofe de la
-explanada de Hifukusho, en la que perecieron 40.000 personas, y de la
-que hablaré más adelante. Muchos centros oficiales están cerrados por
-tener que hacerse en ellos grandes reparaciones. La Universidad de Tokío
-y sus escuelas anexas están instaladas ahora en barracones, á causa de
-que todos sus cuerpos de edificios fueron consumidos por el incendio.
-Los museos aún no han sido abiertos... Pero la actividad japonesa sigue
-animando las calles de Tokío, como si todos hubiesen olvidado ya el
-recuerdo de la catástrofe.</p>
-
-<p>Muchas de ellas ofrecen un aspecto de fiesta. Como se aproxima el primer
-día del año, los vecinos las han adornado con arcos de verdura, gran
-profusión de banderas y guirnaldas de faroles de papel. Las muestras
-extraordinarias con que se cubren las tiendas al llegar esta época de
-compras y regalos contribuyen al general hermoseamiento. El misterioso
-alfabeto japonés extiende sus letras en los anuncios, como si fuesen
-jeroglíficos artísticos trazados únicamente para placer de nuestros ojos
-en rótulos y banderas.</p>
-
-<p>La muchedumbre es pintoresca, aunque no tan multicolor como nos la
-imaginamos en Occidente antes de conocer el Japón. Los kimonos floreados
-y de brillantes tintas sólo se ven en las representaciones de teatro ó
-en las casas de mujeres públicas del barrio llamado Yosywara. El Japón,
-en su vida histórica, sólo ha tenido tres colores: el negro, usado en
-las ceremonias palatinas<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208">{208}</a></span> por el emperador y sus cortesanos y que las
-clases elevadas guardan aún; el rojo, que fué el de la nobleza media, y
-el azul, usado por la burguesía y el pueblo.</p>
-
-<p>Hoy el azul continúa siendo el color de la muchedumbre. Los carreteros,
-los portafardos, los que recomponen las calles ó tiran de los vehículos
-como bestias uncidas, todos llevan chaqueta azul de amplias mangas, con
-la espalda escrita de blanco. No hay hombre del pueblo que no lleve en
-el dorso un jeroglífico, semejante al blasón que ostentaban en igual
-lugar de su cuerpo las gentes de la Edad Media occidental. Pero estos
-jeroglíficos que nos parecen obras de arte son simplemente rótulos que
-indican las más de las veces para qué compañía trabaja el obrero ó en
-qué barrio reside. La policía procura mantener el uso de esta vestimenta
-de los antiguos tiempos. Gracias á ella, si alguien comete una acción
-delictuosa es fácil reconocerlo, pues al huir muestra el nombre blanco
-sobre su espalda azul.</p>
-
-<p>Se nota la escasez de animales de tiro. No se ven otros caballos que los
-del ejército. El automóvil ha sido una solución para las industrias
-necesitadas de arrastre. El buey japonés, pequeñito, gracioso y de
-aspecto algo frágil, no abunda en las calles de Tokío. Tira en yunta de
-reducidas carretas, sin que el boyero le obligue á grandes esfuerzos, y
-está tan bien cuidado que hasta lleva unas bonitas sandalias de esparto
-sostenidas por una correa en mitad de la pezuña, á semejanza de las que
-usan las personas.</p>
-
-<p>Son los hombres de espalda blasonada los que hacen todos los trabajos
-que en otros países están reservados á las bestias. Tiran en filas de
-grandes carros ó se uncen á sus varas. Juntas con ellos se ven mujeres
-sucias, sudorosas, deformadas por el esfuerzo, que parecen tan hombres
-como los otros. Deslizándose entre los automóviles, tran<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209">{209}</a></span>vías, ómnibus y
-grandes vehículos cargados de fardos, pasan veloces los <i>kurumayas</i>
-tirando de su ligero carruajito de un solo asiento, montado sobre ruedas
-de goma ligeras y altísimas, que le dan el aspecto de una araña de
-sutiles patas. Los caballos humanos de la <i>koruma</i> gritan incesantemente
-para avisar su paso, y muchas veces enganchan con una rueda al ciclista
-que viene en dirección opuesta. Nada de malas palabras ni de peleas. El
-que ha rodado por el suelo se levanta, apresurándose á saludar y dar
-excusas al otro, que hace lo mismo desde mucho antes.</p>
-
-<p>Las calles de Tokío, exceptuando las avenidas principales, tienen un
-suelo desigual. Me dicen que esto es á consecuencia del temblor, que
-rompió el asfalto; pero veo muchas de ellas, lejos del centro, en las
-que no ha existido jamás pavimentación de ninguna clase. Esto no impide
-que sobre el barro, partido en profundos relejes y peligrosos badenes,
-circule incesantemente el movimiento vital de la enorme Tokío.</p>
-
-<p>El Japón, que en realidad no es rico, sostiene un ejército y una flota
-enormes, necesitando invertir en el mantenimiento de tales fuerzas tres
-cuartas partes de sus ingresos. Le preocupan más sus medios ofensivos y
-defensivos que el ornato y la higiene de sus ciudades. Además, los
-japoneses no temen el barro, como los europeos. Llevan los pies montados
-en pequeños bancos, lo que les permite pasar sobre charcos y lodazales
-sin que sus plantas se humedezcan.</p>
-
-<p>En las aceras de asfalto el paso de los transeuntes sostiene un continuo
-chacoloteo. Por encima del estrépito de los vehículos y los gritos de la
-muchedumbre resuena como un acompañamiento incesante, sirviendo de fondo
-á los demás ruidos, el chap-chap de miles y miles de pies, que al
-moverse levantan con los dedos su cal<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210">{210}</a></span>zado de madera y vuelven á dejarlo
-caer. Los recién llegados al país necesitan acostumbrarse á este
-traqueteo que puede llamarse nacional. A las tres de la mañana empieza á
-sonar en las aceras de Tokío y no termina hasta horas avanzadas de la
-noche. Únicamente en las calles no pavimentadas y en las casitas de las
-afueras puede vivirse libre de este calzado ruidoso, incompatible con
-las vías modernas, chapadas de piedra ó de asfalto.</p>
-
-<p>Las mujeres y las niñas circulan por los barrios populares llevando al
-hijo ó al hermanito acostado en su espalda. En algunos terrenos baldíos,
-las japonesas, siempre con la cabeza del pequeñuelo pegada á su cogote,
-juegan á la pelota ó al volante. Los <i>muskos</i> vuelan cometas que son
-flores caprichosas ó espantables dragones de papel.</p>
-
-<p>Al encontrarse en una acera dos damas de la clase media se desarrolla en
-todo su esplendor la tradicional cortesía japonesa. Con los brazos
-cruzados sobre el pecho empiezan las dos á hacerse reverencias, doblando
-el cuerpo exageradamente. Procuran inclinarse á un lado para que sus
-cabezas no choquen, y así continúan los extremados arqueamientos de sus
-saludos, diez veces, quince, y más. Cuando se deciden á poner término á
-tales amabilidades se alejan en distintas direcciones; pero de pronto
-una de ellas vuelve los ojos, la otra hace lo mismo, y girando ambas
-sobre sus talones quedan otra vez frente á frente, repitiendo á mayor
-distancia sus doblegamientos de espinazo, mientras los transeuntes
-siguen adelante sin fijarse en esta cortesía interminable, que es para
-ellos algo ordinario.</p>
-
-<p>La situación social de cada mujer se conoce por su peinado. La etiqueta
-japonesa creó cinco maneras de peinarse, para que los hombres no sufran
-equivocaciones al sentir interés por alguna de ellas. Hay el peinado de<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211">{211}</a></span>
-las niñas de cinco á siete años; el llamado <i>Momo-ware</i>, que es para las
-muchachas de diez á quince; el <i>Sokuhatsu</i>, que puede llamarse de las
-intelectuales, pues sólo lo usan las estudiantes y las artistas; el
-<i>Shimada</i>, que es el de las solteras después de los diez y seis años, y
-el <i>Maru-wage</i>, de las casadas, que resulta el más abundante en las
-calles.</p>
-
-<p>Un peinado japonés es algo complicado, dificultoso, monumental. El
-edificio de negros cabellos queda tan compacto y brillante, que parece
-de laca. Las mujeres generalmente sólo rehacen este peinado por entero
-una vez á la semana. Los otros días atienden á su alisamiento y brillo,
-dándole un baño de aceite de camelia. Yo he visto á las japonesas en los
-trenes durmiendo boca abajo, con la frente sobre los brazos cruzados,
-para mantener intacto su peinado. En sus casas se tienden de espaldas
-sobre la esterilla que les sirve de cama, y su cabecera es un banquito
-con un semicírculo, en el que descansan el cuello. Gracias á esta
-almohada de madera, el monumento capilar queda en alto, sin ningún
-contacto que lo deforme.</p>
-
-<p>El primer día que paso en Tokío es el de Nochebuena en los países
-cristianos, pero aquí no tiene otro valor que ser uno de los anteriores
-á la fiesta de primero de año. Recordaré siempre este día por las
-numerosas ocupaciones y honoríficos agasajos que tuvo para mí. A las
-doce me obsequiaron con un almuerzo puramente japonés en el restorán
-Koyokan, establecimiento famoso en Tokío por sus fiestas, al que asisten
-los antiguos daimios y los personajes políticos mantenedores de las
-costumbres antiguas.</p>
-
-<p>Es una agrupación de casas de madera, con techos ligeros y tabiques de
-papel, en el centro de un hermoso jardín. Los japoneses llenan de
-piedras sus jardines y<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212">{212}</a></span> construyen sus edificios de madera y de papel.
-En los almacenes de flores venden piedras especiales, muy caras, para el
-adorno de los jardines, que son buscadísimas por los conocedores. Hasta
-las linternas que dan luz por la noche á los viejos paseos y á las
-avenidas de los santuarios son de piedra: unas capillitas de granito
-sobre pedestales en forma de torreón, que reciben el nombre de <i>toro</i>, y
-en cuyo interior, con puntiagudo remate de pagoda, se coloca una pequeña
-lámpara. En cambio, los edificios se componen simplemente de una
-plataforma de madera á medio metro del suelo, varios postes para
-sostener la techumbre de tablazón, y numerosos biombos, de lienzo ó de
-papel, como paredes.</p>
-
-<p>La madera nunca la pintan los japoneses. El lujo es conservarla como si
-acabase de salir del almacén del carpintero. Esto, unido á la monotonía
-de los tabiques blancos y al color amarillo de la esterilla que cubre el
-suelo, da un aspecto de pobreza á toda casa tradicional. Un biombo
-pintado alegra á veces con sus colores esta uniformidad amarilla y
-blanca. Los salones no tienen otros muebles que una mesita del tamaño de
-uno de nuestros taburetes, con alguna flor, y el pequeño altar de los
-Antepasados. En el suelo hay unos cojines obscuros para sentarse, y nada
-más.</p>
-
-<p>Entro en los salones del elegante Koyokan luego de haberme quitado los
-zapatos en las gradas que dan acceso al edificio. Me acompaña un español
-muy conocido en el Japón, el coronel Herrera, agregado militar de la
-Legación de España, que ha pasado gran parte de su vida en este país y
-asistió á la guerra con Rusia, así como á otras operaciones del ejército
-japonés. Los militares del Japón lo consideran como un compañero de
-armas.</p>
-
-<p>En el comedor de gala encuentro numerosos persona<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213">{213}</a></span>jes que han querido
-organizar este almuerzo para que conozca yo la cocina tradicional y las
-danzas y ceremonias del país. Algunos de ellos han estado en España y en
-casi todas las repúblicas americanas de origen español, hablando
-correctamente nuestra lengua.</p>
-
-<p>El organizador de la fiesta, mi amigo Utiyama, es uno de los hombres más
-inteligentes y cosmopolitas del Japón moderno. Ha viajado mucho como
-diplomático, y es ahora secretario del ministro de Relaciones
-Exteriores. Me va presentando á los demás invitados, altos funcionarios
-de dicho Ministerio, profesores de Universidad, diplomáticos,
-periodistas célebres. El señor Arajiro Miura, antiguo secretario de la
-Legación del Japón en Madrid, habla el español de tal modo, que al
-pronunciar un discurso al final del almuerzo, todos los de lengua
-española le miramos asombrados por la facilidad y la corrección de sus
-palabras.</p>
-
-<p>Aprecio la diferencia de aspectos entre los japoneses de clase superior
-que han viajado, poniéndose en contacto con los occidentales, y los que
-nunca salieron del país. Todos estos <i>gentlemen</i> amarillos llevan su
-ropa con una distinción europea y son menos feos que los otros. Algunos
-parecen sudamericanos de origen mestizo, y apenas sí un ligero
-fruncimiento de sus párpados y la tirantez de su cutis revelan el origen
-asiático.</p>
-
-<p>Por amor á lo pintoresco y lo exótico, no diré la mentira enorme de que
-me parece agradable la cocina japonesa. Además, á los pocos segundos de
-estar sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, empiezo á sentir
-los dolores de un lento y creciente suplicio. Colocan delante de cada
-uno de nosotros una mesita que es en realidad un pequeño banco y apenas
-si levanta dos palmos del suelo. Sobre este taburete de laca, las
-pequeñas criadas, sonrientes y graciosas como gatitas, van depositando<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214">{214}</a></span>
-platos no más grandes que tazas y con los manjares en tan exigua
-cantidad, que nuestro banquete parece una comida de muñecas.</p>
-
-<p>Para mí basta con lo que me dan, y pasaría seguramente un mal rato si me
-obligasen á comerlo por entero después de probarlo. Voy conociendo el
-sabor del pescado enteramente crudo, tal como lo sacan de las
-profundidades oceánicas, de la médula de bambú aderezada con vinagre, y
-otros platos cuya composición me abstengo de preguntar. Mi única defensa
-nutritiva es un tazón lleno de arroz hervido, que hace las veces de pan.</p>
-
-<p>Frente á cada uno de nosotros hay una <i>musmé</i> sentada en el suelo, que
-nos mira sonriendo mientras comemos. Mete sus zarpitas en la mesilla
-para que todo se mantenga en un orden perfecto ó pide con dulces
-maullidos á sus compañeras que traigan lo que falta. Se cuida además de
-escanciar el <i>saké</i>, aguardiente hecho de arroz, que es el vino de los
-japoneses.</p>
-
-<p>Mientras mis compañeros de estera, sentados como los antiguos sastres,
-almuerzan tranquilamente, manejando los dos palillos que les sirven de
-tenedor, yo me limito á comer arroz sólido y beber arroz fermentado,
-cambiando á cada momento de postura para que las piernas entumecidas
-recobren un poco la vida de la circulación. En este momento envidio á
-los que respiran, jadeantes y sofocados, después de una carrera
-violenta. ¡Quién pudiera levantarse y echar á correr!...</p>
-
-<p>A los postres se desarrolla una ceremonia tradicional. Utiyama, como
-organizador del almuerzo, viene á sentarse frente á mi mesita, en el
-mismo lugar que ocupaba la <i>musmé</i> poco antes. En todo banquete japonés
-el anfitrión hace esto, como un acto de estima y respeto por su invitado
-principal.<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215">{215}</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Me concederá usted&mdash;dice&mdash;el alto honor de permitirme que beba en su
-copa?</p>
-
-<p>Conozco el ritual de esta ceremonia. La copa es simplemente una jicarita
-de porcelana, que se sostiene al beber con la palma de la mano. La
-sumerjo en un tazón de agua que tenemos todos en la mesilla para nuestra
-propia limpieza, y luego de haberla secado con una servilleta de papel
-se la ofrezco á mi anfitrión llena de <i>saké</i>. Éste la bebe con grandes
-extremos de agradecimiento por el honor que le dispensa su primer
-invitado.</p>
-
-<p>Debo advertir que Utiyama muestra una gravedad sincera. Ya no es el
-ingenioso y sonriente conversador que recuerda sus viajes por Europa y
-América, su vida en Madrid, sus impresiones en las corridas de toros.
-Tiene una seriedad de sacerdote oficiante al cumplir este rito de la
-hospitalidad antigua. Le veo sentado en el suelo, con elegante chaqué
-gris, chaleco de viso blanco y una corbata que adorna una gruesa perla,
-pero al mismo tiempo vive en mi imaginación cubierto con un kimono
-negro, el pelo recogido sobre el cogote, y dos sables cruzados en la
-cintura, igual que iban vestidos sus ascendientes.</p>
-
-<p>Después, otros comensales notables vienen á sentarse en el mismo sitio,
-y yo les sirvo la copa llena de <i>saké</i>, repitiendo la ceremonia
-tradicional.</p>
-
-<p>Por primera vez, luego de la catástrofe, se permite una comida con
-músicas y danzas. Como sólo puedo permanecer aquí unos días y desean que
-conozca los antiguos bailes, los organizadores del banquete han obtenido
-un permiso para alterar el duelo público.</p>
-
-<p>Ya he dicho que los edificios japoneses se componen de una sucesión de
-tabiques movibles, bastidores ligeros de madera y papel. Con facilidad
-se le pueden quitar á<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216">{216}</a></span> una casa todos sus muros laterales, dejándola
-convertida en simple sombraje. En su interior ocurre lo mismo. Añadiendo
-mamparas se crean nuevas habitaciones. Descorriéndolas se agrandan las
-piezas hasta formar un salón que se extiende de un lado á otro del
-edificio.</p>
-
-<p>Vemos cómo se pliega el tabique del fondo de nuestro comedor y aparece
-otro salón sobre cuya tarima están sentadas en hilera varias mujeres con
-kimonos floreados y multicolores. Son la orquesta que acompañará las
-danzas.</p>
-
-<p>Estas jóvenes van pintadas de blanco, pero un blanco lácteo y espeso,
-máscara que las uniforma, haciéndolas á todas semejantes. Los ojitos
-largos, oblicuos y casi cerrados, trazan dos líneas de carbón en dicha
-blancura. Un redondelito rojo y sangriento, igual á una cereza, indica
-el lugar de la boca. Y sobre este rostro de muñeca se eleva el peinado
-enorme, monumental, brillante, como un casco de laca negra.</p>
-
-<p>Sus instrumentos son guitarras de mango larguísimo con tres cuerdas y
-una caja no más grande que un tazón, ó tamboriles puestos en el suelo,
-que repiquetean con dos palillos ágiles. Esta música causa extrañeza,
-así como los cánticos estridentes que se elevan sobre tal
-acompañamiento; pero minutos después empiezo á salir de mi
-desorientación auricular y voy adivinando las exóticas melodías, como el
-que pasa de la luz á las tinieblas y acostumbrándose á ellas acaba por
-vislumbrar poco á poco lo que le rodea.</p>
-
-<p>Por una puerta lateral empiezan á salir de costado seis danzarinas, con
-pasos lentos y menudos, moviendo al mismo tiempo sus abanicos. Llevan
-kimonos azules y plateados de gran suntuosidad. Sus caras sonrientes é
-inmóviles son violentamente blancas, con dos toques negros y uno rojo.
-Van pintadas con más exageración aún<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217">{217}</a></span> que las músicas. Se mueven
-lentamente hacia la derecha, luego hacia la izquierda, con una gracia
-tímida é infantil, pero se adivina al mismo tiempo en ellas algo de
-refinado que hace sospechar exóticas perversiones. Son las <i>geishas</i>
-célebres sobre las cuales tanto se ha escrito y tanto se ha exagerado.
-Lo que más admiro en las seis bailarinas azules y plateadas es su
-estatura. Me he acostumbrado ya á la pequeñez de la mujer japonesa. En
-las calles todas parecen, por su talla mediocre y su flacura extremada,
-niñas á las que faltan varios años de crecimiento.</p>
-
-<p>Las danzarinas famosas del Koyokan me recuerdan por su cuerpo aventajado
-á las mujeres de Europa, y esto las hace más interesantes á mis ojos.
-Pero me doy cuenta de pronto que estoy sentado en el suelo y las veo de
-abajo á arriba, como se ve á las actrices en los teatros, posición
-favorable que aumenta su estatura y la majestad de su porte. Tal vez una
-de las causas del poderío que ejerce la <i>geisha</i> sobre el hombre del
-país consiste en que éste la contempla sentado y teniendo que levantar
-los ojos. Cuando termina el baile y consigo al fin ponerme de pie, veo
-que todas estas beldades, escandalosamente pintadas, con runruneos y
-gracias felinas de muñequita frágil, no me llegan al hombro.</p>
-
-<p>El resto del día está lleno de ocupaciones para mí. A las dos de la
-tarde se ha reunido un público de estudiantes, de escritores y
-aficionados á la literatura, en el gran salón de fiestas del diario
-<i>Hochi</i>, uno de los más importantes de Tokío. Este diario ocupa un
-«rascacielos» como los de Nueva York, en el que no ha causado el
-terremoto ningún desperfecto. La sala de fiestas está en el último piso,
-desde el cual se goza una vista á vuelo de pájaro sobre gran parte de la
-inmensa Tokío. Como los locales universitarios fueron destrozados por el
-cataclismo, es<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218">{218}</a></span> aquí donde una tarde entera se va á hablar de España, de
-su literatura y de mi persona, ante una concurrencia toda de japoneses.
-Para ellos es tan nueva y tan rara la materia, como lo sería para un
-público occidental un discurso sobre literatura japonesa. Y sin embargo,
-el salón, vasto como un teatro, ve ocupados todos sus asientos y mucho
-gentío de pie.</p>
-
-<p>El profesor Nagata tuvo que abandonar nuestro almuerzo á las dos para
-irse al salón del <i>Hochi</i> que ya está repleto de público. Durante un par
-de horas habla de la novela española, de mi vida particular y literaria,
-de mis obras, algunas de las cuales han sido traducidas por él. Pero
-esto nada tiene de raro, pues su discurso lo pronuncia en japonés y
-todos pueden entenderle.</p>
-
-<p>A las cuatro llego yo para dar una conferencia sobre «El arte de hacer
-novelas», y esto ya es más extraordinario, pues hablo en español. Una
-parte del público, compuesta de estudiantes y de japoneses que viajaron
-por la América del Sur, me entiende y aplaude al final de todos los
-párrafos. El resto muestra una atención reflexiva, pretendiendo
-comprender mis palabras, reteniéndolas en su memoria para convencerse
-luego de si las ha adivinado ó no. Cuando termino, el profesor Shizuo
-Kasai, otro traductor de mis libros, empieza la tarea de repetir en
-japonés á este público atento y estudioso todo lo que yo he dicho, frase
-por frase.</p>
-
-<p>Como esto va á durar otras dos horas, me escapo con el coronel Herrera y
-varios amigos, para visitar la elegante casita que tiene este
-compatriota en las cercanías del templo de Meiji-Jinju, levantado en
-memoria del penúltimo emperador. A las seis volvemos al salón del
-<i>Hochi</i>, donde aún va á celebrarse otro acto para mí. Es un concierto
-dado por la mejor orquesta de la capital y en cuyo programa figuran, á
-la vez, obras de<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219">{219}</a></span> Wágner, de Debussy, y dos sinfonías de Yamata, el
-primer músico moderno del Japón.</p>
-
-<p>Encuentro en dicho concierto el mismo público que ha escuchado las
-conferencias de la tarde. Estos hombres y mujeres, siempre atentos, con
-expresión meditativa, ocupan su sitio desde las dos de la tarde... y son
-las ocho de la noche.</p>
-
-<p>Termina la jornada con un banquete á la europea en el Hotel Imperial,
-obsequio de los propietarios y principales redactores del <i>Hochi</i>. El
-presidente y el vicepresidente de este diario, los señores Machida y
-Ohta, me presentan á los comensales, entre los que figura Syusei Tokuda,
-el gran novelista del Japón. Los más van vestidos de frac, pero algunos
-profesores se presentan con el kimono negro de seda, que es el traje de
-ceremonia de los japoneses distinguidos.</p>
-
-<p>La mesa, elegantemente servida, ocupa un comedor aparte en este hotel
-enorme, de construcción bizarra é incoherente, obra del «modernismo»
-alemán. El centro de esta mesa, por la que pasan los mejores platos
-europeos, es un pequeño jardín japonés de un metro de longitud, con
-árboles pigmeos que tienen tal vez más años de existencia que nosotros,
-rumorosas cascadas, praderas de musgo natural, y peces vivos del tamaño
-de alfileres diminutos, nadando en lagos no más grandes que la palma de
-la mano.</p>
-
-<p>Hablamos del Japón y de Europa con todo el reposo y los miramientos
-propios de una conversación entre nipones, cuya cortesía es algo
-refinado que va más allá de la nuestra y nos obliga á medir las palabras
-y á reflexionar mucho antes de emitir un pensamiento. Mientras tanto,
-suenan fuera del comedor martillazos, gritos báquicos y risotadas.
-Varios europeos residentes en Tokío están armando el árbol de Navidad y
-se pre<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220">{220}</a></span>paran para la cena clásica tomando numerosos aperitivos.</p>
-
-<p>Tengo á mi lado al maestro Yamada. Horas antes he visto dirigir á este
-compositor, todavía joven, una orquesta de más de ochenta profesores,
-todos ellos excelentes y obedeciendo á la batuta, con una precisión que
-recuerda la de las orquestas alemanas.</p>
-
-<p>¡Y pensar que este pueblo hace cincuenta años no sabía lo que era un
-violín, ni conocía otra música que la de las <i>geishas</i> que he escuchado
-á la hora del almuerzo!...<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221">{221}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII<br /><br />
-PASEANDO POR TOKÍO</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Las fiestas florales del año.&mdash;«Geishas» y japonesas
-honestas.&mdash;Cómo se casan los japoneses.&mdash;El amor fuera de casa.&mdash;El
-paraíso de los maridos.&mdash;Opiniones de un moralista japonés sobre
-las mujeres.&mdash;La esclavitud femenina.&mdash;Contradicciones del pudor
-japonés.&mdash;Las mancebías del Yosywara.&mdash;Hembras expuestas en
-escaparates.&mdash;15.000 muchachas quemadas.&mdash;La gran catástrofe de la
-explanada de Hifukusho.&mdash;Un brasero de 40.000 personas.&mdash;Ágil
-agonía de las madres japonesas.&mdash;Un policía que imita á los
-samurais.</p></div>
-
-<p>Por observación directa y por las explicaciones de mis amigos japoneses,
-voy conociendo algo del alma de este pueblo, compleja y contradictoria,
-pues se funden en ella las tradiciones de 2.600 años y los
-transformismos violentos de un progreso que sólo tiene medio siglo y ha
-copiado casi de golpe los adelantos materiales del mundo occidental.</p>
-
-<p>El japonés es de un positivismo áspero, prefiere las empresas prácticas,
-de utilidad inmediata, y al mismo tiempo adora con fervor de poeta los
-esplendores primaverales de la Naturaleza.</p>
-
-<p>Las flores en el Japón apenas tienen perfume, algunas carecen
-completamente de él, y sin embargo ningún país de la tierra ama como
-éste la floricultura. Toda japonesa bien educada aprende el arte de
-hacer ramille<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222">{222}</a></span>tes, como una señorita occidental aprende el piano ó la
-acuarela. No hay japonés que á la vista de un grupo de flores no quede
-inmóvil, en actitud reflexiva, lo mismo que un visitante de los museos
-de Europa ante un cuadro famoso. Hasta el bajo pueblo da su opinión
-sobre los matices y combinaciones de un ramillete, pues todos conocen
-desde la escuela el simbolismo y la armonía de las flores.</p>
-
-<p>En el curso del año las principales fiestas populares están
-reglamentadas y escalonadas por las sucesivas floraciones de arbustos y
-árboles. El japonés abarca en su veneración todas las flores, dedicando
-mayor predilección á las de los árboles, casi inadvertidas en otros
-países, que á la de los arbustos, más conocidas y apreciadas en el
-Occidente. Cuando al iniciarse la primavera florecen los cerezos, se
-organizan fiestas de un extremo á otro del Japón, que duran mientras
-existe dicha flor. Al pie de los árboles se congregan las muchedumbres
-para presenciar el <i>Miyaco-Odori</i>, la «Danza de los Cerezos», y estas
-romerías dan motivo á un consumo enorme de <i>saké</i>, pues el pueblo se
-embriaga por tradición, como lo hicieron sus ascendientes durante siglos
-para glorificar la vuelta de la primavera.</p>
-
-<p>Antes de la fiesta de los cerezos ha sido la de los ciruelos, en
-realidad la primera del año, pues dichos árboles florecen cuando las
-nieves empiezan á fundirse. Luego se suceden las otras fiestas florales,
-con acompañamiento de tacitas de <i>saké</i>, músicas y bailes de <i>geishas</i>.
-En Mayo es la fiesta de las peonías, que no son aquí inodoras, como en
-el resto de la tierra, gracias á los floricultores nipones que
-consiguieron darlas un ligero perfume de rosa. Después son festejadas
-las glicinas de largos racimos, y las azaleas, que abundan mucho en los
-campos. En el curso del verano dedican su alegre glori<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223">{223}</a></span>ficación á los
-iris, á los lotos, y al empezar el otoño se celebra la fiesta de la flor
-que pudiéramos llamar nacional, pues simboliza al Japón en el resto del
-mundo, la crisantema, de infinitas variedades.</p>
-
-<p>Además, el japonés festeja en el otoño el follaje de ciertos árboles que
-toma diversas tintas, como si sus hojas fuesen flores. Hay árboles que
-dan frutos en otros países y aquí se cultivan únicamente por su
-floración. En los ramilletes japoneses figuran como delicados
-componentes la flor del melocotonero, del peral, del ciruelo, del
-albaricoquero. Estas flores son infecundas; no contienen la esperanza de
-ningún fruto. Nacieron simplemente para lucir una belleza virgen y jamás
-conocerán la procreación.</p>
-
-<p>Todo el que llega á este país con la memoria llena de lecturas
-literarias pregunta por las <i>geishas</i>, desea verlas, creyendo que son la
-representación femenina del país. Es algo semejante á lo que ocurre en
-España cuando los extranjeros desean ver gitanas, creyendo que todas las
-españolas son la Carmen de Merimée, ó á la candidez de ciertos
-visitantes de París, que se imaginan conocer á la mujer francesa porque
-conversaron y bebieron con las danzarinas nocturnas de Montmartre.</p>
-
-<p>Algunos escritores europeos, después de cohabitar en un puerto del Japón
-con una <i>musmé</i> de alquiler, la han exaltado y glorificado con su genio
-artístico, hasta hacer de ella el símbolo de la feminidad nipona.</p>
-
-<p>Esto es hermoso, pero completamente falso. En el Japón existen la
-esposa, la madre, la hija, mujeres de resignadas y virtuosas costumbres,
-que forman la inmensa mayoría de la población femenina, y existe
-igualmente la <i>geisha</i>, cada vez menos numerosa y más decadente, que es
-la bailarina y la música de los lugares de diversión.<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224">{224}</a></span></p>
-
-<p>Esta especie de cocota nipona fué en otros tiempos, antes de que el
-Japón adoptase las costumbres occidentales, algo así como una
-institución nacional, destinada á satisfacer necesidades psicológicas
-más que físicas.</p>
-
-<p>Para explicar esto con más claridad, necesito decir que en el Japón no
-existe el amor como lo entendemos los occidentales, y si alguna vez
-llega á nacer, es de un modo dramático é ilegal, fuera de la casa, al
-margen del matrimonio. El japonés constituye su familia bajo la
-dirección indiscutible de sus padres, que lo casan sin tomarse la
-molestia de consultar su opinión. Lo mismo los casaron á ellos é
-igualmente fueron contrayendo matrimonio sus remotos ascendientes en el
-curso de siglos y siglos.</p>
-
-<p>Un amigo mío, profesor de lenguas europeas, me cuenta el breve y
-estupendo diálogo que tuvo hace pocos días con uno de sus discípulos.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana no podré venir á tomar mi lección, maestro, porque me caso.</p>
-
-<p>Acoge el profesor con extrañeza tal noticia. Nunca le había hablado su
-alumno de noviazgos. ¿Cómo ha guardado esto en secreto hasta el último
-momento?... ¿Quién va á ser su esposa?...</p>
-
-<p>&mdash;No sé&mdash;contesta el joven&mdash;. No la conozco. Todo lo han arreglado mis
-padres, y fué ayer cuando me dijeron que debo casarme mañana.</p>
-
-<p>El japonés somete á su esposa á un régimen despótico, con arreglo á la
-tradición, y ésta le obedece en todo, sin la más leve protesta. Es
-posible entre ellos un plácido compañerismo, un afecto tranquilo y
-fraterno, pero no el amor tal como se ve en novelas y dramas. Por esta
-razón la literatura occidental sólo empieza á ser comprendida un poco
-por los japoneses que viven á<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225">{225}</a></span> la moderna y han viajado. Los demás, al
-leer obras célebres en Europa que sistemáticamente tienen por base el
-amor, levantan los hombros y sonríen como en presencia de algo infantil,
-indigno de respeto.</p>
-
-<p>La <i>geisha</i> ha representado siempre para el padre de familia japonés la
-poesía de la vida, lo imprevisto y complicado que hace sufrir y
-proporciona deleite al mismo tiempo; en una palabra, el amor. Tiene en
-su casa varias mujeres, por el privilegio de la poligamia, pero éstas
-son abejas obscuras y laboriosas, dedicadas á la buena marcha del hogar.
-La <i>geisha</i> es como la hetaira griega, y á semejanza de los atenienses
-del tiempo de Pericles, el daimio, el samurai ó el simple mercader han
-despreciado muchas veces á las hembras tranquilas y obedientes de su
-casa para ir en busca de la danzarina letrada, ingeniosa, maestra de
-buenas maneras y gran recitadora de versos.</p>
-
-<p>Los principios de la carrera de <i>geisha</i> no son fáciles. Hay colegios
-especiales que las toman á los siete años, enseñándolas todo lo que
-puede hacer valer particularmente sus gracias y sirve para seducir á los
-hombres. Aprenden á tocar la guitarra, ejercitan sus voces, retienen en
-su memoria los pequeños poemas célebres, que ascienden á centenares, y
-sus maestras les enseñan además el arte de encontrar respuesta pronta é
-ingeniosa á las demandas masculinas. Su gran habilidad es la danza, sin
-saltos ni contorsiones, compuesta de actitudes que tienen algo de
-rituales, transmitidas á través de los siglos. Sólo á los catorce ó
-quince años salen de estos colegios, gobernados por una disciplina
-severa, para intervenir en los banquetes y alegrarlos con su presencia.</p>
-
-<p>En realidad, la <i>geisha</i> no fué nunca una prostituída. Su verdadera
-misión es divertir á los comensales con su belleza y sus palabras. Todas
-ellas guardan las tra<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226">{226}</a></span>diciones de la cortesía japonesa, y han mantenido
-en los hombres, con su fino trato, la etiqueta y el mesurado lenguaje de
-otros tiempos.</p>
-
-<p>Las esposas quedaron siempre en el hogar conyugal, mientras el marido
-comía en la casa de té con las <i>geishas</i>. Algunas veces, si las mujeres
-legítimas asistían á tales banquetes, el marido no se mostraba
-intimidado por su presencia, y seguía acariciando familiarmente á las
-bailarinas, sin que esto pareciese extraordinario.</p>
-
-<p>Afirman los tradicionalistas que la <i>geisha</i> es una profesional honesta
-y no va más allá de sus danzas, sus cantos y sus versos, evitando
-relaciones sexuales con sus clientes. Y añaden que éstos, por su parte,
-se contentan con la presencia y la conversación de las agradables
-muchachas. Tal vez haya sido así en muchas ocasiones, y los occidentales
-pequemos de maliciosos al no comprender unas orgías tan desinteresadas y
-puras. Mas no es menos cierto que algunas veces el japonés se enamora
-verdaderamente de la <i>geisha</i>, y como ésta es maestra en el arte de
-enardecer al hombre manteniéndolo á distancia y muestra una voracidad
-imprevisora y alegre para el derroche del dinero, tales relaciones duran
-años y años, perdiendo el enamorado en ellas toda su fortuna y hasta
-acaba suicidándose.</p>
-
-<p>Así como muchos llaman á los Estados Unidos «el paraíso de las mujeres»
-por la influencia enorme que ejercen éstas en la vida privada y en la
-pública, el Japón puede titularse «el paraíso de los maridos». Las leyes
-escritas, las costumbres, la jerarquía social, la organización de la
-familia, todo fué fabricado para los hombres. La mujer es la esclava del
-esposo, y éste ha tenido la habilidad de moldear durante siglos y siglos
-el pensamiento femenino de un modo tan hábil, que la pobre hembra
-todavía muestra agradecimiento porque la man<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227">{227}</a></span>tiene al lado de él y se
-esfuerza por adivinar su voluntad, cumpliéndola inmediatamente.</p>
-
-<p>Todas las japonesas á estilo antiguo adoran á su esposo como un dios, le
-obedecen sabiendo que no puede equivocarse, y la menor protesta femenina
-equivaldría á un sacrilegio. Al mismo tiempo se consideran felices
-porque el marido se digna aceptar su sacrificio.</p>
-
-<p>Vieron en su infancia cómo su madre se prosternaba ante el padre;
-aprendieron en el propio hogar que las mujeres son infinitamente
-inferiores al hombre, y por eso acogen con agradecimiento inmenso la
-menor muestra de consideración que se dignen darles. El japonés, por su
-lado, desde los primeros años de su niñez aprende con el ejemplo de sus
-mayores que la hembra sólo ha venido al mundo para servir al varón y
-procurarle placeres materiales. Así se comprende que la poligamia
-japonesa haya sido más tranquila y disciplinada que la de los
-musulmanes. Las esposas marcharon siempre de común acuerdo, como devotas
-unidas por el deseo de rendir culto á un mismo dios, sin las peleas y
-rivalidades de las reclusas del harén.</p>
-
-<p>Es la tradición la que ha reglamentado la vida matrimonial. Sin embargo,
-existe un código escrito de los deberes de la mujer, que redactó en el
-siglo XVII un moralista llamado Kaibara. En él se dice que las mujeres
-«nacen con los defectos de la indocilidad, el eterno descontento, la
-murmuración, los celos y la escasez de inteligencia», lo que las hace
-inferiores al hombre, y por ello es legítimo y oportuno que éste las
-someta á una dirección vigorosa.</p>
-
-<p>Según Kaibara, la mujer no debe tener dioses propios y mirará siempre á
-su marido como único dios, adorándolo al mismo tiempo que le sirve. El
-esposo debe ser su único cielo... Y como si reglamentase las ceremonias
-de<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228">{228}</a></span> un culto, añade que la esposa debe vestirse con humildad, adornarse
-únicamente para inspirar deseos á su marido, levantarse la primera y
-acostarse la última, y mientras el esposo duerme la siesta ella debe
-trabajar.</p>
-
-<p>Al casarse, el japonés pone á su esposa bajo la vigilancia y dirección
-de su propia madre, la cual, recordando lo que hicieron con ella,
-procura imponer á la recién llegada las mismas disciplinas que aguantó
-bajo la dominación de su suegra.</p>
-
-<p>Todo esto es el Japón antiguo, el matrimonio tal como existió durante
-miles de años y como subsiste aún en el campo y las ciudades de
-provincia. Pero al adoptar el país los adelantos materiales de
-Occidente, copiando sus costumbres, esta constitución tiránica de la
-familia, dentro de la cual las esposas no son más que domésticas de
-clase superior, empieza á modificarse de un modo alarmante para los
-guardadores de la tradición.</p>
-
-<p>El militar japonés uniformado como los de Occidente, el diplomático y el
-alto funcionario puestos de frac, han tenido que llevar sus esposas á
-las fiestas de la corte imperial y á las de las Legaciones, vestidas á
-la moda europea. Esto que al principio fué tolerado por los maridos como
-un disfraz necesario, porque así convenía á la nueva existencia del
-Japón y porque lo ordenaba el emperador, ha ido modificando el alma
-femenina con un lento goteo corrosivo y disolvente.</p>
-
-<p>Existen ya en las altas clases muchas japonesas que no toleran la
-poligamia, conocen los celos, expresándolos francamente, y se niegan á
-continuar la esclavitud resignada y agradecida de sus abuelas. Con el
-transcurso del tiempo, este conflicto familiar&mdash;que es el tema de muchas
-novelas japonesas modernas&mdash;irá aumentando y se extenderá á todas las
-clases sociales. Se comprende dicha transformación después que las
-japonesas<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229">{229}</a></span> han conocido de cerca la existencia más independiente y digna
-de las mujeres blancas, especialmente de las norteamericanas. Los
-esclavos&mdash;como dice Brieux<a name="FNanchor_C_3" id="FNanchor_C_3"></a><a href="#Footnote_C_3" class="fnanchor">[C]</a>&mdash;sólo encuentran tolerable su situación
-mientras viven con seres de su misma clase, y se consideran desgraciados
-si ven de cerca á los que gozan de plena libertad.</p>
-
-<p>La evolución industrial del país contribuye rápidamente á las
-transformaciones de la mujer. Ésta es ahora obrera en las fábricas,
-escribe á máquina en las oficinas, desempeña empleos en almacenes y
-tiendas, así como en muchas administraciones del gobierno, y al ganar su
-vida puede existir independientemente, sin el apoyo del hombre, que ya
-no es para ella el «dios único» recomendado por Kaibara. Si se casan y
-quedan viudas, no realizarán seguramente lo que exigía este venerable
-moralista, «pintarse los dientes de negro, cortarse los cabellos,
-afeitarse las cejas, hacerse feas para no inspirar tentación á ningún
-otro hombre».</p>
-
-<p>Sin embargo, las mujeres que no son ricas y carecen de una profesión
-para ganarse el arroz continúan sometidas al despotismo marital, á
-estilo antiguo. Temen que su esposo pida el divorcio, pues rara vez el
-hombre deja de ser atendido por los tribunales cuando desea repeler á
-una de sus cónyuges. Los motivos de divorcio son numerosísimos en el
-Japón, y entre ellos figuran <i>que la esposa no obedezca las órdenes de
-la suegra; que muestre celos del marido; que se enfade con él,
-profiriendo palabras descorteses</i>. Si tales motivos rigiesen en los
-demás países, inútil es decir que ya estarían disueltos casi todos los
-matrimonios de la tierra.</p>
-
-<p>Es diversa la moralidad del pueblo japonés á la de<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230">{230}</a></span> las naciones
-occidentales, y ofrece un aspecto contradictorio, de difícil explicación
-para nosotros. Lo mismo ocurre con su pudor, que en todas partes es una
-consecuencia de la moral imperante.</p>
-
-<p>No mostrará en público la mujer japonesa una línea de sus piernas ni una
-parte de su pecho. El escote y los brazos desnudos de las occidentales,
-vestidas con trajes de ceremonia, le parecen algo desvergonzado é
-inaudito. Las <i>geishas</i> van envueltas siempre en suntuosos kimonos,
-cerrados sobre el cuello y que descienden hasta sus manos y sus pies. En
-el Yosywara, barrio de placer de las principales ciudades japonesas, las
-rameras se mostraban hasta hace poco en escaparates á la parte exterior
-de los burdeles, pero todas ellas, llevando su rostro pintado como una
-máscara, permanecían con aire pudibundo envueltas hasta los talones en
-pesadísimas vestiduras bordadas de plata y oro.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo, este es el país donde hombres y mujeres toman el baño
-en público. Los tenderos, para no abandonar su establecimiento, tienen
-una bañera debajo del mostrador, medio tonel, dentro del cual permanecen
-en cuclillas. Si entra un parroquiano, se ponen de pie para servirle, y
-la tendera muestra sonriente, con tranquilo impudor, sus exiguas
-amenidades superiores, limitándose á colocar delante de ellas una
-servilleta de papel menos grande que la palma de la mano. En los hoteles
-á estilo del país, las criadas asisten al baño de los viajeros, y á su
-vez, se muestran con la mayor tranquilidad cuando salen casi desnudas
-del mismo lugar.</p>
-
-<p>Como la mujer fué considerada siempre inferior al hombre, no mereciendo
-ningún aprecio moral, la prostitución ha sido tenida hasta hace poco
-como una industria femenina, sin consecuencias para el honor de las
-familias.<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231">{231}</a></span></p>
-
-<p>Los padres vendían sus hijas á las grandes casas del Yosywara. Las
-familias decentes, cuando salían á paseo por la noche, se encaminaban á
-dicho barrio, á causa de la animación de sus calles esplendorosamente
-iluminadas y á la enorme cantidad de teatros y establecimientos de danza
-confundidos con las mancebías en este lugar de placeres. Las hijas de
-buena familia saludaban á sus amigas que, vistiendo kimonos de regia
-suntuosidad, se mostraban en los escaparates, esperando la orden de un
-cliente. Luego conversaban con ellas, sin ninguna extrañeza,
-considerando natural este cambio de situación.</p>
-
-<p>El penúltimo emperador, que tantas reformas hizo en medio siglo de
-reinado, para dar un aspecto moderno á su país, tuvo que prohibir por
-una ley, en 1870, que los padres siguieran vendiendo sus hijas á las
-traficantes del Yosywara. Pero hay quien dice que no por eso se han
-cortado definitivamente las relaciones entre algunas familias y las
-casas de lenocinio.</p>
-
-<p>Yo he visto los Yosywaras de otras ciudades japonesas, pero no el de
-Tokío, pues lo destruyó completamente el incendio hace tres meses, al
-ocurrir el último terremoto.</p>
-
-<p>Me enseñan fotografías de este lugar alegre después de la catástrofe.
-Como todos sus palacios de paredes policromas y aleros salientes,
-cubiertos de inscripciones doradas, de linternas y banderolas, eran
-construídos con madera y lienzo, ardieron en unos minutos, abrasando á
-sus habitantes y cerrando el paso á los que huían. Sobre los tizones
-apagados veo pirámides de cadáveres desnudos, y confundidos de tal modo,
-que no se puede adivinar el sexo de cada uno de ellos. Únicamente
-sabiendo la extremada delgadez y la pequeña estatura de la japonesa,
-pueden reconocerse como cuerpos feme<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232">{232}</a></span>ninos unos cadáveres que en el
-primer momento parecen de muchachos.</p>
-
-<p>Quince mil huéspedas existían en el Yosywara de Tokío en el momento del
-incendio. Ya no se permite en los de otras ciudades que las mujeres se
-exhiban en escaparates sobre la calle. Éstos se abren ahora en el zaguán
-de la casa, y el transeunte no tiene mas que pasar un pie sobre el
-umbral para ver las mercancías expuestas en el interior. Lo que
-permanece sobre las fachadas de dichos establecimientos es una hilera de
-fotografías de tamaño más que natural, representando en trajes de
-<i>geishas</i> y con grandes flores sobre las sienes á las pensionistas del
-establecimiento.</p>
-
-<p>Debo decir que estas jóvenes muestran una corrección pudorosa en la
-práctica de su industria. Esperan el momento de ejercerla
-tranquilamente, sin un ademán excitante, sin una palabra deshonesta, sin
-mostrar siquiera uno de sus pies. Su rostro guarda una sonrisa inmóvil,
-y están como encogidas dentro de sus vestiduras brillantes y gruesas de
-imagen sagrada. Es verdad que aunque quisieran ser descocadas en sus
-palabras no podrían conseguirlo. El idioma es el principal apoyo de la
-cortesía y las buenas maneras de este pueblo. La lengua japonesa no
-tiene palabras para insultar á un enemigo ni para expresar obscenidades.
-Todo su diccionario es un manual de buena educación.</p>
-
-<p>El mortífero incendio del Yosywara, con sus 15.000 mujeres carbonizadas,
-me hace recordar una catástrofe mayor, ocurrida en otro de los barrios
-de Tokío.</p>
-
-<p>Me muestran numerosas fotografías de la explanada de Hifukusho, donde
-perecieron 40.000 personas quemadas ó aplastadas. Al temblar la tierra
-huyeron las familias de sus viviendas, aglomerándose en los lugares
-descubiertos, plazas, paseos, terrenos baldíos. Esta expla<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233">{233}</a></span>nada de
-Hifukusho, de unas cincuenta hectáreas, abierta en plena ciudad, y que
-tenía una cerca de planchas de cinc para ser utilizada por los
-militares, fué el sitio adonde afluyeron los habitantes de todos los
-barrios limítrofes. Los hombres arrastraban carretillas llevando en
-ellas sus mejores muebles; otros corrían doblados bajo el peso de fardos
-de ropa hechos apresuradamente. Las mujeres tiraban de filas de niños,
-gritando para atraer á los rezagados.</p>
-
-<p>Un guardia de policía vigilaba su entrada. En el primer momento, fiel á
-su consigna, intentó oponerse al avance de la muchedumbre. Pero ésta fué
-engrosando, la tierra repetía sus temblores, gritaban las mujeres,
-lloraban los niños, y el policía, conmovido por el peligro general,
-acabó por olvidarse de su deber, dejándolos pasar. Al poco rato 40.000
-personas se aglomeraban dentro de la explanada con sus carretones,
-muebles y fardos, tan estrechamente, que no podían moverse. Pero una
-alegría egoísta les hizo reir y bromear. En este espacio libre se
-consideraban salvos y seguros, mientras empezaba á arder Tokío.</p>
-
-<p>Las llamas se fueron extendiendo por el horizonte y avanzaron como dos
-brazos rojos, hasta juntarse, cerrando toda salida. Esto no consiguió
-que la gran masa de refugiados perdiese su buen humor. El incendio
-estaba lejos y no podía llegar hasta ellos en una explanada
-completamente descubierta.</p>
-
-<p>De pronto sopló el ciclón, completando la obra del terremoto y del
-incendio. Las llamas verticales se inclinaron bajo el impetuoso bufido,
-con una horizontalidad destructora. La succión atmosférica aumentó el
-ardor de los inmensos braseros. Llovieron maderas encendidas,
-arrastradas á enormes distancias. Se elevó la atmósfera á una
-temperatura de horno, y las planchas metálicas de<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234">{234}</a></span> la cerca se
-enrojecieron, quemando á cuantos se aproximaban á ellas. Se arremolinó
-la enorme masa humana en este espacio, cada vez más angustioso para sus
-pulmones. Le era imposible moverse; le faltaba aire para respirar;
-llovía fuego.</p>
-
-<p>Los más perecieron quemados vivos. Algunos, con el empuje de la
-desesperación, marcharon ágilmente sobre la muchedumbre, poniendo los
-pies en sus apretadas cabezas. Pero morían también al llegar á las
-vallas enrojecidas, ó más allá, junto á la línea de edificios
-llameantes.</p>
-
-<p>Algunos testigos lejanos de la catástrofe describen un espectáculo
-inaudito, que presenciaron repetidas veces. Por el enorme calentamiento
-del aire ó por las succiones del ciclón, las personas subían ardiendo á
-través de la atmósfera lo mismo que cohetes voladores, cayendo poco
-después en un brasero crepitante de grasa cuyos tizones eran cuerpos
-humanos.</p>
-
-<p>Cuando extinguido el incendio se procedió á la limpieza de la explanada
-de Hifukusho, los fúnebres exploradores tuvieron que recoger con palas y
-carretillas las cenizas de esta inmensa hoguera.</p>
-
-<p>Más abajo de la costra de cuerpos carbonizados fueron encontrando otros
-cadáveres enteros, que habían perecido por aplastamiento y sofocación.
-Los de arriba les habían derribado y pateado para abrirse paso, sin
-conseguir otra cosa que morir á su vez ardiendo.</p>
-
-<p>La capa inferior de muertos estaba compuesta de mujeres, de niños, de
-ancianos. Debajo de ella se encontraron varios pequeñuelos que
-respiraban aún y fueron devueltos á la vida.</p>
-
-<p>Sus madres, pobres mujercitas amarillas, se habían arqueado sobre ellos,
-con instintiva precaución, procu<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235">{235}</a></span>rando mantenerlos intactos hasta el
-último momento bajo sus cuerpos agonizantes.</p>
-
-<p>El policía no fué de los muertos, pero como buen japonés creyó necesario
-expiar su olvido de la disciplina, su tolerancia misericordiosa, que
-había abierto las puertas de la eternidad á 40.000 personas.</p>
-
-<p>Y fiel á la tradición del <i>Hara-Kiri</i>, se rajó el vientre con su
-machete, echándose las tripas afuera, como un antiguo samurai.<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236">{236}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII<br /><br />
-LOS DOS SHOGUNES DE NIKO</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Muchos templos y poca religiosidad.&mdash;La cortesía con todos los
-dioses.&mdash;Única religión verdadera del japonés.&mdash;Los muertos
-mandan.&mdash;Todos los japoneses acaban siendo dioses.&mdash;El
-sintoísmo.&mdash;Las tumbas de los dos Shogunes.&mdash;El Pericles
-japonés.&mdash;Sus máximas morales.&mdash;San Francisco Javier.&mdash;El consejo
-que le dan los japoneses.&mdash;Fácil difusión del
-cristianismo.&mdash;Inquietud de los Shogunes.&mdash;Miedo al Papa y al rey
-de España.&mdash;Se cierra el Japón por 250 años.&mdash;Persecuciones y
-martirios de los misioneros.&mdash;Camino de Niko.&mdash;La buena educación
-de una caja de comida.&mdash;Un regalo de cuarenta kilómetros de árboles
-gigantescos.</p></div>
-
-<p>Abandono por unas semanas mi camarote del <i>Franconia</i>.</p>
-
-<p>Voy á correr la parte más interesante del interior del Japón. Luego un
-buque del país me llevará á Fusán, puerto de Corea, atravesaré este ex
-reino que los japoneses se han apropiado, seguiré á través de la
-Manchuria, que ocupan igualmente con un carácter temporal, entraré en
-China, viviré en Pekín, y cruzando gran parte del Imperio Celeste,
-convertido hoy en República, llegaré á Shanghai, donde me esperará el
-paquebote con mi dormitorio flotante lleno de libros y recuerdos.</p>
-
-<p>Primeramente voy hacia el Norte en mi viaje por el Japón, alejándome de
-la ruta que debo seguir después. No quiero irme de este país sin conocer
-Niko, la Sagra<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237">{237}</a></span>da Montaña de Niko, el monumento fúnebre más suntuoso y
-artístico que posee el Japón.</p>
-
-<p>En la tierra nipona abundan templos y santuarios. Contemplando el
-paisaje desde las ventanillas del tren, cada vez que veo un grupo de
-árboles sé que á continuación asomarán entre el follaje los tejados de
-un templo budista ó sintoísta. Todos ofrecen un exterior interesante,
-más por la vegetación que los rodea que por su arquitectura. Si
-arrasasen los grupos de árboles y de arbustos floridos, parecerían
-muchos de ellos miserables barracas.</p>
-
-<p>Tal abundancia de templos no supone que el pueblo japonés sea
-extremadamente religioso. Por una contradicción de su carácter complejo,
-los japoneses son el pueblo de la tierra que posee más templos y al
-mismo tiempo el de menos religiosidad. Tal vez provenga esto de su
-cortesía extremada, que les aconseja asociarse á toda manifestación
-pública en honor de un gran personaje, sea hombre ó sea dios.</p>
-
-<p>Los japoneses de clase superior, los letrados, fueron siempre discípulos
-de Confucio&mdash;como sus maestros los intelectuales chinos&mdash;, ó sea,
-racionalistas propensos á la incredulidad, no profesando ninguna de las
-religiones positivas. El pueblo, en cambio, las venera todas, sin
-establecer entre ellas ninguna diferencia.</p>
-
-<p>La verdadera religión original del país fué el culto de los <i>Kamis</i>, de
-los Antepasados, que ha servido de base al moderno sintoísmo.</p>
-
-<p>Durante muchos siglos esta religión veneró con sencillez los dioses de
-la mitología japonesa, de que ya hablamos, únicamente por ser padres del
-Japón; mas al despojarse el Mikado de su poder político para cederlo á
-los Shogunes, fué extremando su autoridad religiosa en su retiro de
-Kioto, convirtiéndose finalmente en una<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238">{238}</a></span> especie de pontífice, que
-confirió la dignidad de altos sacerdotes á sus cortesanos.</p>
-
-<p>En los tiempos modernos el culto de los <i>Kamis</i> ha ido tomando un
-carácter más concreto, hasta ser la religión patriótica del sintoísmo,
-única que respetan verdaderamente los japoneses. Yo he visto reir á
-familias enteras, regocijadas por los enormes Budas de majestuosa
-fealdad que existen en los templos de algunas ciudades. Igualmente ríen
-de muchas creencias antiguas, pero ninguno se permitirá la más ligera
-broma sobre el altar de los Antepasados que cada cual tiene en su casa,
-ni sobre el sintoísmo, culto de la patria japonesa.</p>
-
-<p>El budismo, que penetró en el país á mediados del siglo VI, siguiendo la
-influencia de la civilización china, se ha corrompido mucho por la
-avaricia y el lujo de sus sacerdotes, dividiéndose hasta contar treinta
-y cinco sectas diferentes. Las boncerías ó conventos budistas se
-convirtieron en lugares de prostitución. Muchos de sus templos estaban
-rodeados hasta hace poco de las llamadas casas de té. Una peregrinación
-budista era una especie de Carnaval, abundante en desenfrenos carnales.
-Los Shogunes tuvieron que reprimir muchas veces los escándalos de los
-bonzos y los desórdenes provocados por ellos.</p>
-
-<p>Al adoptar el Japón en nuestra época los progresos y usos de Occidente,
-necesitó como medida defensiva resucitar su antigua religión nacional,
-algo olvidada, y el culto de los <i>Kamis</i> tomó el nombre de sintoísmo.
-Este culto es algo superior que se sobrepone á las otras creencias y
-resulta compatible con todas ellas.</p>
-
-<p>Un nipón puede ser budista, cristiano y hasta ateo, ejerciendo al mismo
-tiempo el culto sintoísta. En japonés, <i>shinto</i> significa «Camino de los
-dioses», y el nombre resulta apropiado, pues todos al morir en el Japón
-emprenden el camino para convertirse en dios.<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239">{239}</a></span></p>
-
-<p>El sintoísmo es la religión de los muertos; pero los muertos japoneses
-no apartan sus espíritus de la tierra. En las demás religiones,
-cristianismo, mahometismo, etcétera, que proclaman la inmortalidad del
-alma, ésta, al separarse del cuerpo, va á habitar determinadas regiones,
-de felicidad ó de expiación, celestiales ó infernales, lejos de nuestro
-mundo. Para los japoneses, las almas de los muertos no se alejan de
-nuestro planeta. Siguen en él, con una existencia invisible para
-nuestros ojos, pero material, como el aire ó como el fuego. Viven
-alrededor de sus descendientes, les acompañan dentro de sus casas,
-residen en el altarcito de los Antepasados, y el japonés les ofrece
-arroz y <i>saké</i>, los saluda todas las mañanas y los consulta en momentos
-graves de su existencia. Cree firmemente que «los muertos mandan» porque
-son más numerosos que los vivos, y aglomerando sus experiencias saben
-más que éstos.</p>
-
-<p>Los que aún están dentro de la vida se engañan cuando creen que sus
-actos son producto espontáneo de su voluntad. Los muertos les empujan
-sin que ellos lo sepan y les sugieren sus acciones. La devoción á la
-memoria de los Antepasados es, según los moralistas japoneses, «el
-resorte de todas las virtudes».</p>
-
-<p>Cuando el almirante Togo destruyó la flota rusa, asegurando con ello el
-triunfo definitivo de su país, el viejo emperador envió la siguiente
-alocución á las tripulaciones: «Gracias á vuestra lealtad y vuestra
-bravura he podido contestar dignamente á las preguntas que me dirigían
-los espíritus de mis Antepasados.» Y al oir tales palabras, los marinos
-japoneses lloraron de emoción.</p>
-
-<p>Este sintoísmo que acabo de describir en una forma sumaria,
-prescindiendo de las complicaciones y sutilezas niponas, es más grosero
-y material en el bajo pue<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240">{240}</a></span>blo, predispuesto siempre á las
-supersticiones. Los templos sintoístas, al tener sacerdocio y culto
-oficiales, adoptaron poco á poco muchas ceremonias de los bonzos. Los
-japoneses, al entrar en un templo sintoísta, dan dos palmadas para que
-acudan los dioses á escucharles, si acaso están distraídos ó ausentes.
-Otras veces tiran de una cuerda al extremo de una campana, para atraer
-de igual modo la atención divina. Pero lo mismo el campesino y el
-marinero predispuestos á las ofrendas y los llamamientos para ablandar á
-los espíritus, que los letrados de incredulidad confuciana, todos, al
-ser sintoístas, adoran á su patria, único país de la tierra de origen
-divino, cuyos soberanos son nietos de los dioses, y con ello se adoran á
-sí mismos.</p>
-
-<p>No hay japonés que no se considere en el camino que conduce á la
-divinidad, seguro de que cuando muera sus herederos le rendirán culto en
-el altar de familia. El agente de policía que reglamenta la circulación
-de los vehículos en la calle, el vendedor de frutas ó el campesino que
-pasan con un largo bambú sobre un hombro del que penden dos banastas, el
-viejo que tira de la <i>koruma</i>, el militar que va á caballo, el marinero
-que pesca en el Mar Interior tripulando un barco de forma arcaica, todos
-serán dioses con el curso del tiempo, y después de su muerte vivirán en
-la atmósfera, cerca de sus familias, influyendo en las acciones futuras
-de éstas, como los Antepasados dictan en la actualidad sus propias
-acciones. Los remotos descendientes se prosternarán ante su imagen
-invisible antes de emprender un viaje, implorando su protección, y al
-volver harán lo mismo para darle gracias. Quemarán varillas de incienso
-ante su altar, como él las quema ahora en honor de remotísimos abuelos,
-cuyos nombres desconoce, pero de cuya existencia divina no duda un
-momento.<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241">{241}</a></span></p>
-
-<p>La Sagrada Montaña de Niko adonde yo voy está cubierta de templos de
-distintos ritos, y sin embargo las muchedumbres de peregrinos que la
-frecuentan todos los años sienten fundidas sus almas por una absoluta
-unidad religiosa y acuden á ella para venerar el espíritu de dos grandes
-muertos, dos Shogunes de la dinastía Tukagawa, llamados Yeyasu y
-Yemitsu, que hicieron la grandeza del Japón.</p>
-
-<p>Yeyasu, el más célebre, sujetó para siempre á los señores feudales,
-abriendo una era de paz y progreso que duró 250 años. Muchos
-historiadores le llaman «el Pericles japonés».</p>
-
-<p>Bajo su gobierno, en el siglo XVI, florecieron los poetas y pintores más
-notables del país. Estableció relaciones comerciales con los otros
-pueblos de Asia y las repúblicas mercantiles de Europa. Siguió
-atentamente lo que ocurría en América, viendo extenderse la conquista y
-la colonización españolas desde más arriba del golfo de Méjico al cabo
-de Hornos.</p>
-
-<p>Este hombre de guerra, que venció en los combates á la revoltosa
-aristocracia de los daimios, fué al mismo tiempo un filósofo y ha dejado
-sabias máximas que repiten todavía las familias.</p>
-
-<p>«La perseverancia es la base de la eterna felicidad.»</p>
-
-<p>«El hombre que sólo ha visto la cumbre y no conoce las amarguras del
-valle no puede llamarse hombre.»</p>
-
-<p>«La vida es un fardo muy pesado, pero no debes lamentarte de que te
-desuelle la espalda.»</p>
-
-<p>«Necio es el que se deja marear por las vanidades humanas.»</p>
-
-<p>«La culpa de nuestros males debemos atribuirla á nosotros mismos.»</p>
-
-<p>«Todo en exceso causa pena, y es preferible que falte á que sobre.»<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242">{242}</a></span></p>
-
-<p>Cuenta Lafcadio Hearn que cuando Yeyasu, después de sus victorias, era
-dueño absoluto del Imperio, lo sorprendió una mañana uno de sus
-servidores sacudiendo un viejo kimono de seda para conservarlo.</p>
-
-<p>&mdash;No creas&mdash;dijo&mdash;que hago esto por el valor de la prenda, sino por
-respeto al trabajo de la pobre mujer que la fabricó con largos
-esfuerzos. Si al usar las cosas no recordamos el tiempo y las penas que
-ha costado su producción, esta falta de respeto nos coloca al nivel de
-las bestias.</p>
-
-<p>Otra vez se negó á admitir unos vestidos nuevos que le ofrecía su mujer,
-añadiendo así:</p>
-
-<p>&mdash;Cuando pienso en las multitudes que me rodean y en las generaciones
-que vendrán después, creo mi deber vivir económicamente, pues si
-despilfarro le quito á alguien la parte que le corresponde.</p>
-
-<p>Al morir Yeyasu y ser enterrado en la Sagrada Montaña de Niko, la
-gratitud nacional transformó aquélla en monumento patriótico. Los
-templos se han amontonado en sus laderas, formando una escolta eterna á
-la tumba del célebre Shogun y á la de Yemitsu, su digno sucesor. Todos
-los años, en primavera, acuden miles de peregrinos desde las provincias
-más lejanas del Imperio para celebrar la memoria de estos gobernantes.</p>
-
-<p>Guarda de ellos el pueblo un recuerdo casi legendario, haciendo de su
-época el período de mayor felicidad nacional. Y sin embargo, bajo su
-gobierno se cerró el Japón á los europeos, quedando aislado dos siglos y
-medio del resto del mundo. También en el período del segundo de los dos
-Tukagawa se inició la cruel persecución contra el cristianismo,
-ordenándose horribles suplicios, en los que perecieron tantos misioneros
-mártires de su fe.</p>
-
-<p>El primer propagandista del cristianismo que pene<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243">{243}</a></span>tró en el Japón fué un
-español, San Francisco Javier. Al conocer por el marino portugués Méndez
-Pinto la existencia de este Imperio idólatra y misterioso que acababa de
-descubrir, el misionero navarro se creyó escogido por Dios para
-evangelizar dicha tierra.</p>
-
-<p>Nadie le opuso obstáculos en sus correrías por el archipiélago. La
-primera descripción de Kioto la hizo él durante su permanencia en esta
-capital teocrática. El Shogun que gobernaba entonces el Imperio acogió
-con escéptica bondad la llegada del propagandista de una nueva religión.</p>
-
-<p>&mdash;Será una secta más&mdash;dijo&mdash;que tendremos en el país.</p>
-
-<p>La gente instruída escuchó atentamente, con su cortesía tradicional, las
-predicaciones del futuro santo. Luego algunos letrados le dieron la
-siguiente respuesta, digna de su tolerancia confucista:</p>
-
-<p>&mdash;Nuestros maestros son los chinos. De su país nos han llegado las
-artes, la literatura, la filosofía, el budismo. No pierda el tiempo
-predicándonos á nosotros. Vaya á la China, y si convence á las gentes de
-allá, seguiremos el mismo camino sin necesidad de misioneros.</p>
-
-<p>Este consejo hizo honda impresión en San Francisco Javier, y desde
-entonces sólo pensó en la conquista espiritual de la China. Abandonó el
-Japón, volviendo á las misiones portuguesas de la India, y allí se
-dedicó al estudio del idioma chino y á reunir amistades para entrar
-libremente en el vasto Imperio. Pero cuando al fin pudo emprender el
-viaje á Cantón, tuvieron que desembarcarlo en una de las numerosas islas
-de la bahía de Hong-Kong, donde murió.</p>
-
-<p>Detrás de él empezaron á llegar al Japón otros misioneros, que
-obtuvieron rápidos éxitos con sus predicaciones. El pueblo japonés había
-admitido la doctrina budista y no necesitaba hacer un esfuerzo enorme
-para<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244">{244}</a></span> aceptar el cristianismo. En pocos años la nueva religión llegó á
-contar 200.000 adeptos. Uno de los misioneros españoles consiguió que el
-príncipe de Sendai, feudatario del Mikado, enviase una embajada al Papa.
-Ésta fué recibida en Roma y en la corte de Madrid con ostentosas
-ceremonias, creyendo todos, por la confusión geográfica de aquellos
-tiempos, que venía en nombre del emperador del Japón.</p>
-
-<p>Fué además aquel período el de mayores guerras entre los daimios
-ingobernables y el Shogunato, empeñado en establecer el orden y la
-unidad nacional.</p>
-
-<p>El avisado Yeyasu, vencedor definitivo del feudalismo, vió un peligro
-político en la nueva religión.</p>
-
-<p>Pretendían emplearla los daimios más rebeldes como un medio para
-resucitar la guerra. La vanidad patriótica y el excesivo celo religioso
-de algunos misioneros, que no se recataban en mostrar públicamente su
-amistad con los rebeldes, aumentaron los recelos del Shogun. Éste seguía
-con inquietud el engrandecimiento de los reyes de España, dueños de la
-mayor parte de América y poseedores de las Filipinas, casi á las puertas
-del Japón. Varias veces llegaron hasta sus oídos palabras arrogantes
-proferidas por españoles religiosos ú hombres de mar. No consideraban
-empresa imposible que algún día el rey de las Españas enviase una flota
-á estas islas, como las había enviado á tantos países remotos.</p>
-
-<p>Además, el Shogunato, al adquirir informes de la vida de Europa,
-consideró con cierto miedo al Papa. La suspicacia japonesa sintióse
-inquieta al saber que el jefe de la nueva religión, establecido en Roma,
-llevaba tres coronas en su tiara y tenía potestad divina para quitar los
-reinos á unos monarcas, dándoselos á otros para que sostuviesen la fe.</p>
-
-<p>Los misioneros cristianos, en su mayor parte españo<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245">{245}</a></span>les, parecían á los
-Shogunes más peligrosos por su energía y su afán de sacrificio que los
-corrompidos bonzos, domeñados por ellos para siempre. Eran unos
-conquistadores tan audaces y duros como sus compatriotas que se habían
-adueñado de América. Se valían de la palabra y del sacrificio pasivo,
-como los otros de la espada.</p>
-
-<p>En tiempos de Yemitsu, el segundo Tukagawa enterrado en Niko, se ordenó
-la expulsión de todos los misioneros, la supresión del culto cristiano,
-y quedaron cerrados los puertos á todo buque que no fuese japonés,
-aislándose el Imperio del resto de la tierra. Ningún natural del país
-pudo salir de él y se prohibió bajo penas severas el aprender las
-lenguas occidentales.</p>
-
-<p>Volvieron los misioneros ocultamente, arrostrando los tremendos castigos
-con que les amenazaban, y empezó el largo martirologio japonés de
-jesuítas, franciscanos y otras órdenes religiosas.</p>
-
-<p>Los holandeses fueron los únicos blancos que obtuvieron permiso para
-hacer un pequeño comercio con el Japón, pero á costa de enormes
-humillaciones. Vivían acorralados en el exiguo islote de Décima, cerca
-de Nagasaki, y sólo podían traficar después de haber demostrado que no
-eran cristianos, para lo cual los sometían á varios actos blasfematorios
-y á otras ceremonias en las que infamaban los más altos símbolos del
-cristianismo. Muchos de estos mercaderes podían hacerlo sin
-remordimiento, pues en realidad eran judíos de origen español ó
-portugués nacionalizados en Holanda.</p>
-
-<p>Llevo varias horas de viaje en el tren. Llegaremos á Niko muy entrada la
-noche, y creo oportuno comprar un <i>bento</i> para comer en el vagón.</p>
-
-<p>El <i>bento</i> es una caja de madera blanca llena de comestibles, que venden
-en todas las estaciones. El arroz hervido está en una cajita de cartón
-con los correspon<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246">{246}</a></span>dientes palillos para comerlo. Los otros manjares van
-envueltos en papeles de seda, con la prolijidad y limpieza de un pueblo
-de grandes embaladores. Además, me entregan una tetera de barro rojo con
-su tacita, para que remoje mi banquete á la japonesa con la bebida
-nacional.</p>
-
-<p>Se muestra la exquisita cortesía nipona hasta en la preparación de esta
-cena comprada. El papel de seda que envuelve la caja lleva el siguiente
-saludo, que me traduce un amigo: «Sabemos que el presente <i>bento</i> es
-indigno de usted, pero sírvase aceptarlo por bondad.»</p>
-
-<p>Este arte del embalaje, que igualmente poseen los chinos, se muestra en
-todos los bultos que llevan mis compañeros de vagón. El japonés no
-necesita comprar maletas. Cuando las usa, son de ligerísimo tejido de
-paja. Por regla general, se fabrica él mismo su equipaje con hojas de
-papel é hilos, siendo asombrosas la solidez y la gracia que sabe dar á
-sus envoltorios.</p>
-
-<p>Ha cerrado la noche, borrándose los paisajes en los cristales de las
-ventanillas. Ahora son opacos y reflejan las luces interiores, así como
-nuestros rostros, algo caricaturescos por el incesante movimiento. Un
-amigo japonés, para distraerme, me va relatando las cinco grandes
-fiestas anuales del Japón, llamadas <i>goséquis</i>.</p>
-
-<p>La primera es la del principio de año. Antes correspondía á nuestro
-primero de Febrero, pero el penúltimo emperador, deseoso de unificar la
-vida de su país con la del Occidente, decretó en 1873 que el año del
-Japón debía empezar con el nuestro.</p>
-
-<p>Ahora solemnizan los japoneses el primero de Enero con visitas de
-felicitación y aguinaldos, que consisten especialmente en abanicos.
-Algunos tradicionalistas regalan, á estilo antiguo, un cucurucho de
-papel que contiene un pedazo de pescado seco. La segunda fiesta es la de
-las Muñecas, dedicada á las <i>musmés</i>. La tercera<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247">{247}</a></span> la de las Banderas, y
-es la fiesta de los muchachos. La cuarta se llama de las Linternas y
-Lámparas, y tiene por escenario las hermosas noches del verano. La
-quinta es la de las Crisantemas, y en este día las familias deshojan
-dichas flores sobre las tazas de té ó las copas de <i>saké</i>.</p>
-
-<p>Luego volvemos á hablar de los dos gloriosos Shogunes, y de cómo,
-después de muertos, el pueblo en masa contribuyó al embellecimiento de
-la Sagrada Montaña que guarda sus tumbas.</p>
-
-<p>Un noble de aquella época tuvo una iniciativa, digna de este país que
-tanto ama los árboles y las flores. Dejó que los demás elevasen templos
-ó bordeasen las avenidas de la montaña con largas filas de linternas de
-piedra sobre pedestales, llamadas <i>toros</i>.</p>
-
-<p>Otros admiradores de los dos Shogunes levantaron á la entrada de los
-caminos esas portadas japonesas, compuestas de dos enormes troncos
-cilíndricos que se remontan en suave disminución y sostienen un dintel
-de gruesos maderos, rematado horizontalmente por dos puntas ligeramente
-encorvadas como cuernos. (Tales arcos reciben el nombre de <i>toris</i>.)</p>
-
-<p>El original donador, que era un daimio arruinado, ofreció plantar de
-criptomerios diez leguas del camino que conduce á Niko, y para que no le
-acusasen de tacaño, los plantó á corta distancia unos de otros. El
-criptomerio llega á adquirir gigantescas proporciones: es el cedro del
-Japón.</p>
-
-<p>Los de Niko llevan ya trescientos años de crecimiento. Sus troncos se
-tocan, y este camino de 40 kilómetros entre dos vallas de árboles
-apretados resulta una de las maravillas más interesantes de la tierra.<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248">{248}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX<br /><br />
-AL PIE DE LA MONTAÑA SAGRADA</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Niko en la noche.&mdash;El canto infinito de la Montaña Sagrada.&mdash;La
-temperatura inexplicable del Japón.&mdash;Nieve y plantas
-tropicales.&mdash;La desnudez japonesa.&mdash;Junto al brasero del
-anticuario.&mdash;El sereno de las castañuelas.&mdash;El amanecer en un hotel
-del interior del Japón.&mdash;El Puente Sagrado.&mdash;Cómo una enorme
-serpiente roja se doblegó en arco para servir á un
-santo.&mdash;Murmullos de agua y musgos invasores.&mdash;Los árboles
-casamenteros.</p></div>
-
-<p>Llegamos á Niko en la espesa sombra de la noche, á merced de nuestros
-guías, sin saber adónde nos llevan.</p>
-
-<p>Mucho antes vimos desde la ventanilla una muralla de ébano que iba
-extendiéndose ante el tren en sentido inverso para perderse en la
-obscuridad: el famoso camino de los criptomerios. Esta enorme cerca
-vegetal se interrumpe en las cercanías del pueblo; la han echado abajo
-para la edificación de nuevas casas.</p>
-
-<p>Niko, cuyo nombre repiten todos en el Japón, es simplemente una aldea;
-menos que esto, una calle única; dos filas de casas á ambos lados del
-camino que conduce á la Montaña Sagrada. Estos edificios tienen sus
-puertas y ventanas enrojecidas por la luz cuando pasamos ante ellos
-sentados en veloces <i>korumas</i>. Son hospederías puramente japonesas para
-los peregrinos que llegan en la primavera y el estío; alojamientos donde
-los huéspedes comen sentados en el suelo y duermen sobre una esteri<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249">{249}</a></span>lla
-con almohada de madera. En las otras casas hay tiendas de «recuerdos»
-para los visitantes, y como éstos no abundan en el invierno, sus dueños
-venden pieles de oso negro cazado en las montañas próximas.</p>
-
-<p>Nos llevan al Hotel Kanaya, el alojamiento más importante, compuesto de
-numerosos edificios y un vasto jardín, especie de pueblo aparte dentro
-de Niko. Estos edificios son en su parte baja iguales á los grandes
-hoteles de Occidente. Su dueño actual, último representante de una
-dinastía de Kanayas que empezaron siendo guías de la Montaña Sagrada,
-muestra orgulloso un álbum con las firmas del heredero de la corona de
-Inglaterra y otros visitantes célebres del Japón que vinieron á alojarse
-en su establecimiento. Los pisos superiores tienen las comodidades
-europeas; pero una parte del mueblaje, la disposición de las
-habitaciones y su servidumbre puramente nipona hacen recordar al viajero
-que se halla en el centro de una isla del Extremo Oriente.</p>
-
-<p>Acompañando á una señora vuelvo al pueblecito de Niko, para lo cual
-descendemos á pie la suave colina ocupada por el «Kanaya Hotel». Son las
-diez de la noche, ya están cerradas las tiendas, pero un guía nos habla
-de cierto almacén de antigüedades abierto hasta después de media noche
-para que los viajeros puedan dedicar en absoluto el día siguiente á la
-visita de los mausoleos. Marchamos por caminos desconocidos, en la
-penumbra azul de una noche suavemente iluminada por un cuarto de luna.
-Esta luz sólo se esparce por la parte alta del paisaje. Abajo se
-extienden murallas de compacta sombra, las arboledas centenarias de la
-Montaña Sagrada, que llegan hasta aquí.</p>
-
-<p>Vemos entre las dos masas negras una especie de nube blanca é inmóvil.
-Es una cumbre nevada, que brilla como si fuese de plata en el misterio
-de la noche.<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250">{250}</a></span> Sobre esta cúspide parpadean las estrellas. Canta el agua
-por todas partes. El recuerdo de Niko queda en la memoria acompañado de
-una orquesta rumorosa de arroyos temblones.</p>
-
-<p>Avanzamos entre dos filas de árboles gigantescos, por la orilla de un
-río que salta sobre su cauce de piedras en continuas cascadas. Los
-fulgores perdidos de las estrellas hacen brillar estas caídas líquidas
-con azuladas fosforescencias. A las voces graves del agua glacial
-desplomándose en grandes masas vienen á unirse los gorgoritos femeninos
-de las fuentes salidas de las peñas y los vagidos infantiles de ocultos
-arroyuelos deslizándose bajo el musgo en delgadas láminas. La Montaña
-Sagrada guarda invisible entre los bosques de su cumbre un gran lago que
-deja caer sus excedentes hacia el valle. Este rezumamiento la cubre con
-regio manto vegetal y la arrulla al mismo tiempo con el poético murmullo
-del agua corriente.</p>
-
-<p>Canta la Sagrada Montaña en el misterio de la noche, canta en la
-penumbra verdosa del día, cuando el sol apenas logra deslizar algunas
-flechas entre el follaje de sus cedros. Un coro de mil voces líquidas
-acompaña en sordina los gorjeos de los pájaros de sus espesuras.</p>
-
-<p>La noche es fría, pero con un frío que puede llamarse japonés. No
-anonada, como el de otros países, ni impulsa á refugiarse bajo un techo.
-En plena noche hace sentir el deseo de caminar. Es un frío que excita la
-actividad y pica la epidermis con dulces cosquilleos. La temperatura del
-Japón resulta inexplicable para el recién llegado. El país está lejos
-del Trópico, en una latitud igual á la de muchas tierras que sufren
-rudos inviernos; hay nieve, se hiela el agua durante la noche, y sin
-embargo, el bambú alcanza proporciones enormes y crecen árboles y
-arbustos de los países cálidos.<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251">{251}</a></span></p>
-
-<p>Los hombres muestran igual contradicción, entre su modo de vivir y los
-rigores de la temperatura que los rodea. El agricultor japonés va medio
-desnudo en invierno. Algunas veces trabaja en los campos ó tira de una
-carreta en los caminos, sin más vestidura que un sombrero y un vendaje
-que pasa bajo su vientre, como una concesión á la decencia, haciendo las
-veces de hoja de parra. Los niños, al ir á la escuela, sólo llevan un
-kimono delgadísimo de cretona negra á redondeles blancos. Las piernas
-desnudas que asoman por debajo de él son coriáceas y azuladas por el
-frío. Acostumbrado el japonés desde pequeño á la ablución glacial y la
-ropa ligera, apenas conoce el tormento de las temperaturas bajas. Todo
-su cuerpo, hasta en las partes más delicadas y secretas, tiene la misma
-curtimbre que la epidermis de nuestro rostro. En los japoneses que no
-han copiado aún el traje occidental, «todo es cara», desde la frente á
-las puntas de los pies.</p>
-
-<p>Marchamos por este camino solitario, en las afueras de una población que
-no conocemos, y sólo de tarde en tarde se desliza junto á nosotros algún
-varón con kimono y peinado antiguo, que parece escapado de una vieja
-estampa japonesa. Y sin embargo, no sentimos inquietud. La Sagrada
-Montaña, con su arboleda rumorosa de tres siglos y su coro interminable
-de voces acuáticas, da una sensación de paz mística, de inocente
-seguridad. Parece imposible que pueda existir aquí la violencia.</p>
-
-<p>Una fila de casitas de madera y lienzo empieza á extenderse ante el río.
-El guía llama á una de ellas, cuyas ventanas de papel transparentan la
-luz interior. Se corre el biombo de la puerta y subimos los peldaños que
-conducen á la plataforma, sobre la cual está asentado todo edificio
-japonés. Como este almacén recibe muchas visitas de occidentales, no hay
-que despojarse del calzado<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252">{252}</a></span> al entrar en él. Su dueño ha tendido sobre
-la esterilla de paja tradicional que cubre la tablazón del suelo ricos
-tapices de la China y la India, para que no contaminen aquélla nuestros
-zapatos.</p>
-
-<p>Permanecemos hasta media noche viendo las cosas preciosas que estos
-mercaderes corteses, bien hablados y abundosos en saludos, sacan de
-grandes cofres que esparcen un viejo olor de sándalo. Sobre los muebles
-se forman pilas de kimonos con todos los colores del iris, bordados de
-animales y flores fantásticas. Unas linternas de papel iluminan con
-suave luz las diversas habitaciones de esta tienda. La calma de la noche
-con su rumoroso cortejo de cascadas y arroyos penetra en el cerrado
-edificio á través de las paredes. El suelo de madera tiembla y se queja
-bajo nuestros pasos.</p>
-
-<p>&mdash;Aún tengo algo mejor&mdash;dice el dueño en inglés, haciendo nuevas
-reverencias.</p>
-
-<p>Y extrae de cualquier rincón una vestidura maravillosa, mostrándola con
-sonrisa tentadora á la dama que ha llegado en plena noche para comprar.</p>
-
-<p>Como yo no he de adquirir ninguna de estas prendas femeninas, la dueña
-del establecimiento cuida de mí, con el extremado interés de la cortesía
-japonesa.</p>
-
-<p>Me ha hecho sentar sobre dos cojines en la esterilla doméstica, junto á
-un brasero de bronce sostenido por tres dragones, cuyas brasas esparcen
-dulce calor. Habla continuamente, mostrando su dentadura chapada de oro.
-No entiendo sus palabras, pero adivino por su gesto que son hiperbólicas
-expresiones de modestia y gratitud porque me digno honrar su vivienda
-con mi visita; las mismas que dice á todos los occidentales, con una
-sinceridad y una sonrisa que obligan á creer en ellas.</p>
-
-<p>Transcurre el tiempo, y como la burguesa nipona ya<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253">{253}</a></span> no sabe qué decir,
-vuelve á llenar una pequeña pipa, cuyo contenido consume en pocas
-chupadas, y repite varias veces la operación, dando golpes en el borde
-del brasero para expeler las cenizas.</p>
-
-<p>Un choque incesante de tabletas de madera se une á los rumores de la
-noche. Viene de lejos; pasa junto á la casa, por el otro lado de los
-tabiques de lienzo, madera y papel; se va perdiendo al sumirse en la
-lejanía nocturna. La tendera adivina mi curiosidad con sus ojillos
-ágiles y pide al guía que traduzca sus explicaciones. Es un vigilante
-nocturno el que acaba de pasar. En el Japón Central, lejos de las
-ciudades modernizadas de la costa, las gentes conservan aún muchas
-costumbres antiguas, y una de ellas es que el sereno anuncie su paso
-chocando dos tabletas que lleva en su diestra, á guisa de castañuelas.
-Así hace saber su presencia á los vecinos que aún están despiertos, pero
-avisa igualmente á los malhechores para que escapen.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente veo cómo la puerta de mi habitación, que he
-cerrado por dentro antes de acostarme, se va abriendo con suave
-facilidad. Una criadita nipona, que por su estatura parece de ocho años
-y tiene cara y gestos de mujer, entra con trotecito ratonil.</p>
-
-<p>&mdash;¡<i>O hayo</i>!&mdash;dice la muñeca, sonriendo al notar mi confusión de
-durmiente bruscamente despertado.</p>
-
-<p>Luego descorre los cortinajes enormes que cubren dos muros enteros de mi
-cuarto, y me doy cuenta de que éste es en realidad una especie de
-mirador ó galería encristalada. Sólo unos visillos en la parte baja de
-los vidrios impiden que me vean los huéspedes de las otras habitaciones.
-Por la parte superior alcanzan los ojos gran parte de los tejados del
-hotel y las frondosas copas de los criptomerios que lo rodean.</p>
-
-<p>Lo primero que entra por los vidrios empañados es<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254">{254}</a></span> el canto general del
-agua. Ha llovido durante la noche. Los techos brillan como si fuesen de
-laca, las hojas de los árboles sacuden sus últimas gotas.</p>
-
-<p>En los hoteles japoneses, si no se da orden en contrario, las ágiles y
-sonrientes criaditas se presentan poco después de amanecer para servir
-una taza de té al viajero todavía en la cama. Veo entrar pasados algunos
-minutos á un mozo con un cubo de carbón y gruesos guantes de lana
-blanca, que carga la chimenea y le prende fuego, servicio oportuno, pues
-las dos vidrieras enormes, al mismo tiempo que me permiten ver el
-paisaje desde el lecho, dejan penetrar el frío agudo del alba. Ha
-empezado ya el movimiento en el hotel. Las japonesitas entran y salen
-para efectuar la limpieza de la habitación, repitiendo cada una al
-presentarse el mismo saludo sonriente: «¡<i>O hayo</i>!» (¡Buenos días!).</p>
-
-<p>Ninguna de ellas se asusta de que el huésped baje de la cama ligero de
-ropas y proceda en su presencia á los actos de la higiene matinal. El
-pudor de la japonesa no ve en esto nada extraordinario.</p>
-
-<p>Poco tiempo después emprendo mi peregrinación á la Montaña Sagrada.</p>
-
-<p>Un río, el mismo que seguí anoche sin verlo, separa á ésta del pueblo de
-Niko. En la penumbra azul de las primeras horas diurnas suenan ahora las
-voces de sus frías cascadas más alegremente y con menos misterio,
-elevándose sobre cada una de ellas columnas de vapor blanco.</p>
-
-<p>Dos puentes arqueados se tienden de orilla á orilla. El mayor es de
-piedra, y fué construído para que las muchedumbres devotas pudiesen
-llegar á la Santa Montaña en sus peregrinaciones. El otro es el Puente
-Sagrado, y sólo lo pisa el emperador. Tiene adornos de bronce color de
-oro y el rojo brillante de su laca parece absorber la luz.<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255">{255}</a></span></p>
-
-<p>Hace muchos siglos, cuando la Santa Montaña era un lugar abrupto donde
-vivían dedicados á la meditación numerosos ascetas, llegó á orillas de
-este río un sacerdote budista de grandes virtudes, ansioso de quedarse
-para siempre en tal desierto. El río le cortó el paso, y al lamentar á
-gritos la presencia de este obstáculo que no le permitía recogerse en el
-santo lugar, surgió de la arboleda inmediata una enorme serpiente roja,
-y tendiéndose entre las dos orillas se arqueó en la misma forma de los
-puentes japoneses para que el sagrado personaje pasase sobre su lomo. Al
-pisar la ribera opuesta volvió el bonzo sus ojos para dar gracias al
-monstruo benéfico, pero éste acababa de disolverse hecho humo.</p>
-
-<p>En memoria de tal prodigio construyeron los emperadores el Puente
-Sagrado, cuyo color y arqueamiento recuerdan á la serpiente roja. Por
-aquí pasaban los antiguos Mikados en sus procesiones á la Montaña
-Sagrada, precedidos de una escolta de guerreros de dos sables, que
-hacían volar las cabezas de los imprudentes cuando no se echaban de
-bruces en el suelo y pretendían ver al nieto de los dioses.</p>
-
-<p>Me entretengo en examinar el puente, laqueado y dorado como un mueble
-japonés. Dos fuertes estribos de granito surgiendo de las entrañas
-espumosas del río afirman la estabilidad de este viaducto elegante, tan
-frágil en apariencia que parece va á mecerlo el viento como una hamaca
-de curva invertida.</p>
-
-<p>Se acerca á mí un fotógrafo que va con kimono negro y ha abrigado su
-máquina, de una lluvia finísima, bajo enorme paraguas de papel. Pasa el
-día junto al puente rojo retratando á los compatriotas que llegan de
-todo el archipiélago para conocer la Montaña Sagrada. «Quien no ha visto
-Niko&mdash;dice un refrán japonés&mdash;, que no use la palabra «maravilla».<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256">{256}</a></span></p>
-
-<p>Varios niños con kimono á redondeles y las piernas lívidas de frío pasan
-hacia una escuela inmediata. Al ver que el fotógrafo se dispone á
-trabajar, hacen alto, me sonríen con sus caras de luna llena, contraen
-los ojitos oblicuos, hasta no ser éstos mas que delgadas rayas, y se van
-aproximando poco á poco, humildes y suplicantes. Desean retratarse
-conmigo. Nunca verán la fotografía, pero les parece algo extraordinario,
-que los coloca por encima de todos sus camaradas, alinearse ante un
-aparato fotográfico al lado de un occidental.</p>
-
-<p>Mientras los más tímidos miran á distancia, tres de ellos se colocan á
-mi lado, esperando con una tiesura militar el término de la importante
-operación.</p>
-
-<p>Más allá del puente de los peregrinos empieza á desarrollarse la
-incomparable majestad vegetal de la Montaña Sagrada. Los árboles se
-apoyan unos en otros, como si fuesen arbustos, escalando la atmósfera
-tumultuosamente para buscar el aire libre y la luz.</p>
-
-<p>No sé cómo será en verano este paisaje santo, cuando llegan las grandes
-peregrinaciones y se desarrolla una larguísima procesión en honor de los
-Shogunes. Durante los meses del invierno, el sol únicamente consigue
-tocar el suelo de las avenidas más amplias. En el resto de la Selva
-Sagrada se pierden sus rayos entre el ramaje eternamente fresco de una
-arboleda que cuenta varios siglos, mucho más vieja que los criptomerios
-tricentenarios del camino que conduce á Niko.</p>
-
-<p>Se avanza por las sendas laterales bajo una luz verdosa igual á la de
-los fondos submarinos. Las ramas forman cúpula, y solamente en algunos
-espacios más abiertos se puede ver el cielo como si se contemplase desde
-el fondo de un pozo.</p>
-
-<p>Los cedros japoneses, altos y rectilíneos, parecen obeliscos. Son
-iguales á las columnas de las portadas sacras<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257">{257}</a></span> llamadas <i>toris</i>. Al
-avanzar por las suaves pendientes se van columbrando los esplendores que
-la religiosidad acumuló en este lugar. Asoma entre el ramaje la punta de
-una torre formada por varias pequeñas pagodas superpuestas; más allá un
-grupo de linternas de granito cubiertas de musgo ó una imagen solitaria
-de Buda con una aureola á su espalda en forma de almendra, que parece el
-respaldo de un sillón.</p>
-
-<p>En esta selva siempre húmeda, las dos notas repetidas incesantemente son
-el canto del agua y el verde aterciopelamiento del musgo que cubre las
-piedras, los troncos de los árboles, las bases graníticas de las
-pagodas, los patios enlosados, los pavimentos de los caminos, los
-peldaños de las escalinatas. Este paño vegetal, tejido por el tiempo y
-la humedad, lo invade todo sin obstáculos. Los bonzos guardadores de la
-Montaña Sagrada lo respetan como si fuese algo litúrgico, y ayudan á su
-conservación, limpiándolo de insectos, rastrillándolo, como un jardinero
-inglés puede cuidar el césped de su parque.</p>
-
-<p>Antes de llegar al mausoleo en memoria de Yeyasu, compuesto de diversos
-templos escalonados en mesetas, hay algunos santuarios que son como
-avanzadas de las construcciones ocultas más arriba, entre los cedros.
-Estos primeros templos serían admirables en otro lugar; aquí resultan
-secundarios y pobres. Oímos los cánticos y los repiques de timbal de los
-bonzos que oran en su interior; pero, siguiendo los consejos del guía,
-continuamos adelante.</p>
-
-<p>Al lado del camino hay pinos y cedros enanos, que dan sombra á pequeñas
-imágenes de Buda ó de la diosa de la Misericordia, la Kuanon japonesa,
-que equivale á la Avaló-Kistesvara de los indostánicos.</p>
-
-<p>Estos pequeños arbustos tienen en sus ramas unos<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258">{258}</a></span> papelitos de arroz,
-hábilmente plegado, como las papillotas con que en otros tiempos
-preparaban las mujeres los rizos de su peinado. Todos ellos contienen
-peticiones á la divinidad. Mis acompañantes afirman que los más son de
-muchachas que escriben en ellos su nombre y su dirección, pidiendo á los
-dioses un buen marido.</p>
-
-<p>De este modo, los tímidos ó los que no tienen padres que les busquen
-esposa pueden saber quiénes son las <i>musmés</i> que ansían casarse, y el
-arbusto sagrado sirve de agente matrimonial.<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259">{259}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX<br /><br />
-LA SELVA DE LAS PAGODAS DE ORO</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">El mausoleo del Shogun Yeyasu.&mdash;La Puerta del Día.&mdash;Los gestos de
-los Tres Monos.&mdash;Oro, oro, siempre oro.&mdash;Los dos sargentos
-japoneses.&mdash;El templo carcomido y sus bonzos pobres.&mdash;Ceremonia
-sintoísta en la soledad de la selva.&mdash;La sacerdotisa de sotana roja
-baila «El camino de los Dioses».&mdash;Me pierdo en las espesuras de la
-Santa Montaña.&mdash;«¡Arigató!»&mdash;Lucha de cortesías con un japonés.</p></div>
-
-<p>Dos divinidades horribles, iguales á las de Kamakura, guardan la portada
-del mausoleo de Yeyasu; dos figurones, uno rojo y otro azul, con rostros
-aterrorizantes, que son los dioses del Viento y del Trueno. Pero aquí la
-puerta llamada de los Elementos no se abre en el vacío. Da entrada á un
-recinto cercado de santuarios, con filas de <i>toros</i>, que ya no son de
-granito, sino de bronce, prodigiosamente cincelados y vaciados.</p>
-
-<p>Necesito hacer una advertencia para que el lector se imagine más ó menos
-aproximadamente este famoso monumento japonés. Sus templos no son de
-gran altura. En todo el Extremo Oriente, los edificios religiosos, así
-como los palacios, constan de un solo piso. Ninguno alcanza la altitud
-de las construcciones de Europa, hechas de piedra, y menos de las
-audaces torres de acero y cemento de la arquitectura norteamericana. Los
-materiales de construcción empleados en estas pagodas fueron el<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260">{260}</a></span> granito
-como simple basamento, que apenas se eleva medio metro sobre el suelo, y
-después la madera. Hasta las columnas policromas son en su interior
-troncos de árbol perfectamente redondos. Pero la madera está trabajada
-hasta parecer una celosía ligerísima, casi un encaje, ó tiene cubierta
-la superficie de sus planos con lacas multicolores y mucho oro.</p>
-
-<p>El aspecto de los templos de la Montaña Sagrada puede ser condensado en
-una breve enumeración descriptiva: columnas y muros de laca roja
-obscura, un rojo de sangre cuajada; figuras policromas, verdes, azules,
-rosadas, y sobre todo esto, oro, oro, oro, oro... Cuantas gradaciones de
-color puede tener el precioso metal se hallan aquí, en los templos
-elevados por el entusiasmo y la gratitud de todo un pueblo. Hay oros
-verdes, rojos, limón, rosa y bronce, pero con una densidad y una fijeza
-que desafía el roimiento de los años.</p>
-
-<p>El budismo y el sintoísmo, confundidos en la Sagrada Montaña, dejan
-perplejo al visitante sobre el carácter de cada templo. En ninguno de
-ellos hay imágenes corpóreas. Los muros, todos de oro, tienen flores ó
-animales fantásticos, graciosamente contorneados sobre este fondo
-brillante por un pincel ligero, mojado en bermellón, violeta ó azul.</p>
-
-<p>En todas las pagodas nos salen al paso bonzos vestidos de verde y de
-blanco para ofrecernos papeles de arroz con imágenes é inscripciones
-ininteligibles. Veo junto á las puertas de los templos grandes vasijas
-de bronce llenas de agua. Sirven para las necesidades del culto y para
-los incendios. En Niko, el agua de estos vasos enormes y cincelados
-tiene en esta mañana fría una gruesa lámina de hielo, que se ha
-desprendido de la pared metálica, y flota, guardando la forma redonda
-del recipiente.<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261">{261}</a></span></p>
-
-<p>Ascendemos por una escalinata de granito á la segunda meseta. Se entra
-en ella á través de la llamada Puerta del Día, obra famosa en todo el
-Japón, que puede considerarse como lo mejor de la Montaña Sagrada.</p>
-
-<p>Según las tradiciones, seiscientos escultores trabajaron en ella durante
-diez y seis años. No asombra por su grandeza; lo extraordinario es la
-abundancia y prolijidad de sus detalles escultóricos. Un mundo de
-pequeñas figuras, agrupadas en múltiples escenas, cubre pilastras,
-capiteles y cornisas, siendo todas ellas policromas, y conservando una
-frescura luminosa, como si las hubiesen pintado días antes.</p>
-
-<p>Detrás de la Puerta del Día se encuentran los templos más renombrados.
-El de los Monos es célebre por tres animales de esta especie que figuran
-en su frontón. Uno se tapa los oídos, otro los ojos, y el tercero hace
-un ademán de silencio, indicando con tales posturas que no debemos
-escuchar, ver ni hablar cosas que propaguen el mal. Un templo inmediato,
-el de los Elefantes, está adornado con imágenes de estos animales, y los
-hay también que glorifican á otras bestias. Todo en ellos es de colores
-brillantes, frescos, con el charolado luminoso de la laca. Tienen estas
-construcciones algo de pueril, de fiesta de muñecas; parecen en el
-primer momento frívolos y frágiles, pero seducen luego con la atracción
-exótica é irresistible que ejerce el arte japonés.</p>
-
-<p>Estas mesetas bordeadas de templos son tan extensas que sólo se hallan
-pavimentadas en su parte central con baldosas de granito, quedando el
-resto bajo una capa de piedras sueltas. En los bordes de dichos caminos
-se alinean los <i>toros</i> de roca ó de bronce, unas veces en fila simple,
-otras en hilera doble.</p>
-
-<p>Todavía se sube por escalinatas de piedra á una tercera y una cuarta
-explanada, igualmente cubiertas de<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262">{262}</a></span> templos, y en el fondo de la última
-se alza la más grande de las pagodas, el «Esplendor de Oriente», sin
-ninguna imagen divina. Sólo tiene una mesa para las ofrendas á los
-Antepasados, pero toda ella es de oro... ¡Siempre el oro!</p>
-
-<p>Una estrecha escalera de granito se aparta de estos recintos suntuosos
-para remontarse á través de la vegetación. En la cumbre, al final de
-ella, hay otro templo, y detrás un corte vertical de la roca con una
-puerta de bronce que no se abre nunca. Al otro lado de esta lámina
-metálica es donde reposa simplemente dentro de una caverna el hombre
-amarillo en cuyo honor se han acumulado abajo tantas magnificencias.</p>
-
-<p>Paralelo á este mausoleo existe en la misma ladera de la montaña una
-segunda aglomeración de templos en honor de Yemitsu. Son no menos
-brillantes y bien conservados que los del primer Shogun, pero la tumba
-de éste atrae con preferencia á los visitantes.</p>
-
-<p>Fatigados del esplendor de tanto oro, de la artística fragilidad de unas
-paredes tan primorosamente talladas que parece van á temblar al menor
-soplo del viento cual si fuesen de telarañas, sentimos un vivo deseo de
-perdernos en las revueltas de la selva. Seguimos una avenida solitaria,
-en la que trabajan algunos barrenderos vestidos de kimono. Todos mueven
-á un tiempo, con militar precisión, sus escobas de ramaje, amontonando
-las hojas secas. El sol está muy alto, y únicamente á esta hora casi
-meridiana consigue pasar como una lluvia finísima entre el follaje de
-los criptomerios seculares.</p>
-
-<p>En esta avenida, otro fotógrafo, vestido igualmente de kimono y con un
-paraguas de papel sobre su máquina, se prepara á retratar á dos
-sargentos. Son unos mocetones vigorosos, de estatura mediocre en otros
-países, mas aquí extraordinariamente aventajada dentro de un<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263">{263}</a></span> ejército
-de soldados bravos pero chiquitines. Al ver que nos fijamos en sus
-personas, sonríen cortésmente, y no pudiendo ofrecernos otra cosa, nos
-invitan á que nos retratemos con ellos.</p>
-
-<p>El fotógrafo se ve obligado á exigirles que se pongan serios. Ríen como
-niños, pareciéndoles aventura muy graciosa fotografiarse con una señora
-rubia y dos hombres blancos. Han venido sin duda de alguna guarnición
-lejana, aprovechando una licencia, para conocer las maravillas de Niko.
-Cuando abandonen el ejército y vuelvan á sus campos se acordarán siempre
-de esta peregrinación y de los tres occidentales sin nombre que
-conocieron unos minutos nada más y han quedado para siempre con ellos en
-la misma fotografía.</p>
-
-<p>Repetidas veces volvemos á encontrarlos en el curso de la mañana al
-pasear por la selva. Como existe entre nosotros el obstáculo del idioma,
-se limitan á enseñarnos los dientes, con pequeños rugidos de amistad, y
-siguen adelante.</p>
-
-<p>Observo lo que hacen estos modestos representantes del Japón moderno,
-que copió del mundo occidental todas las perfecciones tácticas y
-mecánicas para hacer la guerra y difundir la muerte. Van de una pagoda á
-otra, con el deseo de no marcharse sin haberlas visitado todas. Quedan
-erguidos un momento al pie de cada escalinata; se llevan una mano á la
-visera de su gorra; luego se quitan los pesados zapatos de ordenanza y
-penetran respetuosamente en el templo, no sin haber tirado antes la
-cuerda del pequeño esquilón que hay en la portada para avisar á los
-dioses su visita. Si no encuentran campana, dan dos palmadas y entran,
-para volver á salir momentos después.</p>
-
-<p>Yo creo que no se enteran de si el santuario es budista ó sintoísta.
-Para ellos resulta lo mismo. Si en la<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264">{264}</a></span> Sagrada Montaña hubiese capillas
-cristianas, las visitarían seguramente con la misma tranquilidad
-respetuosa. Les basta que cada edificio sea un lugar frecuentado por las
-gentes desde hace siglos y permitido por el Mikado. No necesitan más
-para adorar al habitante invisible de la santa construcción.</p>
-
-<p>Mis compañeros regresan al hotel y yo marcho solo por los caminos verdes
-y rumorosos. El sol dora sus cimas, mientras abajo persiste la luz
-vagorosa y suave, de profundidad acuática. Siguiendo las inquietas
-siluetas de dos venados juguetones salidos de la espesura, que trotan
-sin miedo cerca de mí, acostumbrados al respeto de los transeuntes,
-desemboco de pronto en una explanada silenciosa.</p>
-
-<p>Debe ser uno de los lugares menos frecuentados de la selva. Estoy, sin
-embargo, cerca de la gran avenida que conduce al mausoleo de Yeyasu.
-Sobre las copas de los árboles veo asomar la flecha terminal de una
-torre que un rico samurai elevó en honor del gran Shogun. Más bien que
-torre, es una superposición de cinco pagodas de laca roja, montadas una
-sobre otra y cada vez más pequeñas. Sus aleros salientes, encorvados en
-las puntas, forman una escalinata aérea.</p>
-
-<p>En esta explanada de poco tránsito veo un templo enorme de madera, mal
-cuidado, que me atrae con la seducción de las cosas viejas, cuya
-decrepitud revela un pasado glorioso. Aquí los oros y las lacas ya no
-brillan. En algunas columnas la costra coloreada y luminosa se ha
-desprendido, viéndose la rugosidad obscura de su madera interior.</p>
-
-<p>Junto al templo hay una barraca que sirve de boncería. Unos sacerdotes
-jóvenes, con perfil agudo de fanático, se meten en la casa, sorprendidos
-y molestados por la inesperada presencia de un occidental.<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265">{265}</a></span></p>
-
-<p>Adivino que estoy ante un verdadero templo de la Sagrada Montaña, al
-margen de la gran corriente de viajeros que la visita. Estos bonzos
-tienen un aspecto menos cortés y sonriente que los otros instalados en
-los santuarios del doble mausoleo de los Shogunes. Parecen muy pobres y
-ásperamente altivos. Deben odiar al extranjero, y no tenderán la mano,
-como los sacerdotes de arriba, para mostrar su pagoda.</p>
-
-<p>Se abren las hojas de papel de una ventana y veo un rostro femenino: una
-mujer carillena, con grietas concéntricas en torno á los ojos y la boca.
-Pero estos ojos, grandes, expresivos, casi horizontales, no parecen de
-japonesa. Su rostro me hace pensar en una manzana inverniza, gorda,
-obscurecida por el tiempo y de piel arrugada. Como es hembra sonríe,
-hasta para expresar sorpresa ó molestia. Lleva los dientes cubiertos de
-oro, pero sin duda masca betel, y éste ha obscurecido el metal, dándole
-la opacidad del cobre.</p>
-
-<p>Me paseo en la explanada, fingiendo interés por los árboles que la
-bordean. Subo la escalinata del templo, pero no me atrevo á pisar su
-último peldaño, en el que se apoyan los troncos-columnas sostenedores de
-la techumbre. Todo su interior queda visible. Sólo hay en él algunos
-biombos blancos con inscripciones niponas y una mesa dorada en el
-centro, que guarda ciertos objetos dedicados indudablemente al culto.</p>
-
-<p>Vuelvo á descender y continúo mis lentos paseos. Me avisa un instinto
-obscuro que debo permanecer aquí, en espera de algo extraordinario.
-Adivino entre las hojas entornadas de las ventanas de papel ojos que me
-espían con la esperanza de verme lejos. Transcurre el tiempo, y al fin
-aparece en el interior del santuario una especie de insecto enorme,
-blanco de cuerpo, las alas verdes y la cabeza negra. Es un bonzo, que
-acaba de llegar por<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266">{266}</a></span> una galería cubierta que une la casa de los
-sacerdotes con el templo.</p>
-
-<p>Va de un lado á otro, como un sacristán que prepara lo necesario para
-una ceremonia litúrgica. Luego resuena un golpe metálico de <i>gong</i>. Es
-la campana anunciando los oficios á una concurrencia de fieles que no ha
-de llegar nunca; pero el llamamiento se repite todos los días por
-exigencia ritual, excitando el canto de los pájaros en la arboleda
-inmediata, atrayendo la inocente curiosidad de los ciervos de la selva.</p>
-
-<p>Adivino la indignación que provoca mi persona. Me han visto llegar en el
-momento preciso de su ceremonia. Tal vez la han retrasado para librarse
-de mi odiosa presencia. Convencidos de mi tenacidad toman la resolución
-de ignorarme, y á partir de tal momento me reconozco inferior á ellos.
-No existo. Estos sacerdotes repiten sus palabras y ademanes de todos los
-días convencidos de que solamente tienen á sus espaldas la arboleda, con
-sus enjambres de pájaros y sus cuadrúpedos dulces.</p>
-
-<p>Se repite el golpe de <i>gong</i>. Dos bonzos entran en la pagoda, abierta
-por ambos frentes, y á través de cuyas columnas pasa la brisa de la
-selva esparciendo rumores de actividad alada y perfumes vegetales.</p>
-
-<p>Llevan una vestidura blanca, semejante al alba de los sacerdotes
-católicos; encima una dalmática verde de mangas cuadradas, y en la
-cabeza un gorrito negro de dos puntas, en forma de tejadillo, con una
-borla en su frente, igual al antiguo gorro de cuartel de los militares.
-Se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas, á un lado de la mesa
-que hace veces de altar.</p>
-
-<p>Aprovechando el ambiente de indiferencia que me envuelve, empiezo á
-subir con paso lento y manso la sagrada escalinata, pero de pronto
-experimento una gran sorpresa. La mujer que me miró por la ventana
-entra<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267">{267}</a></span> en el templo, vestida de un modo extraordinario, como sacerdotisa
-que va á tomar parte en la ceremonia. Lleva una sotana roja, idéntica á
-la de los monaguillos en nuestras catedrales, y encima un roquete blanco
-y rizado, que también recuerda el de los pequeños servidores del culto
-católico. Lo exótico de su indumentaria está en la cabeza. Sobre su
-brillante peinado japonés, esta cincuentona sacerdotal ostenta un lazo
-enorme, como el que usan las alsacianas, pero enteramente blanco. Además
-lleva al hombro un bastón del que penden numerosas tiras de papel: algo
-semejante á los espantamoscas de fabricación casera.</p>
-
-<p>La ingrata no me mira, no sonríe, me ignora completamente, como los
-hostiles sacerdotes. Se sienta en el suelo frente á la mesa, de espaldas
-á mí, que me he inmovilizado en el penúltimo escalón. Al borde del
-siguiente empieza la esterilla fina del templo, que sólo puede pisarse
-con los pies descalzos, como los llevan los dos oficiantes y la mujer de
-la sotana roja.</p>
-
-<p>El más viejo de los bonzos usa anteojos enormes, es de nariz aguileña, y
-tiene cierta semejanza con muchos sacerdotes europeos. Posee la misma
-expresión de fe religiosa, áspera é intransigente, idéntica delgadez
-ascética, de mejillas hundidas y afilada nariz, que se observan en los
-retratos de algunos monjes célebres. Sostiene con su diestra una paleta
-de madera algo encorvada, que por su forma y su tamaño parece un
-calzador para hombres de triple tamaño natural. Debe ser la insignia
-litúrgica del primer oficiante. El segundo sacerdote, mucho más joven,
-romo y con pómulos salientes, recita una oración larguísima.</p>
-
-<p>De pronto la interrumpe para incorporarse sobre las plantas de sus pies.
-Luego marcha en cuclillas, casi arrastrando sus posaderas por el suelo,
-y desaparece<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268">{268}</a></span> detrás de un biombo. Inmediatamente torna á presentarse
-llevando una especie de frutero dorado, que coloca en la mesa. Vuelve á
-su recitación y á marchar del mismo modo, rasando el suelo, y trae un
-segundo plato en forma de copa, para dejarlo sobre el altar. Por tres
-veces realiza dicho viaje, depositando sus ofrendas en honor de los
-Antepasados.</p>
-
-<p>Me doy cuenta de que estoy presenciando una ceremonia del culto
-sintoísta en toda su pureza, como no puede verse en ninguna ciudad, sin
-público alguno, dirigiéndose los sacerdotes á las sombras augustas de
-los dos Shogunes en honor de los cuales se elevó este templo hace
-siglos. Los tres platos-copas deben contener arroz, <i>saké</i> y tal vez
-perfumes.</p>
-
-<p>Cuando termina el ofertorio, el sacerdote principal guarda su paleta en
-la faja y saca de ésta una especie de abanico de madera, que es en
-realidad una sucesión de tabletas unidas por hilos, como una pequeña
-persiana. Las láminas de sándalo están escritas, y el sacerdote empieza
-á leer en voz alta el libro sagrado. Al terminar su lectura se abre un
-larguísimo silencio, en el que suenan más fuertes los chillidos de los
-pájaros. Se persiguen por el interior del templo ó revolotean bajo sus
-aleros, familiarizados con una ceremonia que se repite todos los días.</p>
-
-<p>Tuerzo un momento la cabeza, adivinando una presencia extraordinaria
-abajo, en la explanada. Son los dos ciervos, que han vuelto, y
-aprovechando la quietud de este terreno despejado, se persiguen
-juguetones, y alzándose sobre las patas traseras, restriegan sus
-cornudas frentes.</p>
-
-<p>La sacerdotisa se ha mantenido inmóvil durante el largo ofertorio. Me
-hace recordar á Parsifal, el héroe de Wágner, cuando permanece más de
-medio acto de es<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269">{269}</a></span>paldas al público, presenciando la lenta ceremonia del
-Santo Graal. Calla el sacerdote orante, se guarda en la faja el
-libro-persiana, y suena á continuación un sordo y lejanísimo trueno.</p>
-
-<p>Ha empezado el otro bonzo á golpear con ambas manos un timbal que yo no
-había visto. Presiento que va á desarrollarse lo mejor de la ceremonia.
-La sacerdotisa de la sotana roja se levanta del suelo, lentamente, con
-un movimiento ondulatorio, lo mismo que las cobras surgen del
-enrollamiento de su cuerpo, balanceando la cabeza al compás de la flauta
-del encantador. Ya está de pie y empieza á dar vueltas por la pagoda,
-siguiendo el ritmo del monótono tamborileo.</p>
-
-<p>Horas antes he visto arriba, en uno de los templos del Shogun, las
-danzarinas sagradas, que esperan la ofrenda del viajero para bailar de
-un modo automático. Ésta no pide nada, no espera nada. Ni siquiera tiene
-un público, pues yo soy el único que la contempla y ella no quiere
-verme. Ha sacado de entre los pliegues de su roquete blanco un abanico
-de igual color, y lo mueve cadenciosamente mientras marcha á un lado y á
-otro, con el rostro grave, los ojos en éxtasis, y estremecidos sus pies
-de ligereza infantil.</p>
-
-<p>Esta danza en honor de los Antepasados debe guardar una significación
-simbólica que yo no comprendo. Luego creo adivinarla al oir cómo acelera
-sus redobles el timbal, imitando el trote de un caballo, la marcha
-ordenada de una hueste, algo que significa camino y viaje. Al mismo
-tiempo, la boncesa se pone en un hombro el palo de las cintas blancas,
-como si fuese un bastón de viajero, y mueve el brazo izquierdo,
-acompañando sus pasos largos, lo mismo que si emprendiese un avance de
-horas, de años, de siglos. Esta danza debe expresar «El camino de los
-Dioses», base de la religión sintoísta,<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270">{270}</a></span> el sendero más allá de la tumba
-que sigue todo japonés para encontrar á su término una vida nueva de
-personaje divino.</p>
-
-<p>Acelera sus ritmos el timbal de un modo vertiginoso, y la danzarina ya
-no marcha cadenciosamente: corre, da saltos, se enardece con su propio
-movimiento. El vértigo va apoderándose de ella, hasta que al fin se
-desploma como un insecto rojo, abriendo sobre el suelo las alas blancas
-de sus brazos. Tendida de bruces, se nota el jadear de su costillaje
-dorsal, se adivina la respiración de su rostro invisible. El sacerdote
-se levanta, ella hace lo mismo, repentinamente serenada, y los tres
-salen en fila del templo, por el pasillo que conduce á la boncería.</p>
-
-<p>Quedo solo y avergonzado por esta indiferencia hostil. Ni la más leve
-mirada de los seis ojos oblicuos antes de alejarse. Hasta los dos
-venados han huído de la plazoleta. Creo llegado el momento de
-desaparecer á mi vez, y me alejo del carcomido templo sin saber adónde
-voy, siguiendo al azar todo camino que se abre ante mis pasos.</p>
-
-<p>Al poco tiempo me doy cuenta de que me he extraviado en la Selva
-Sagrada, y no podré salir de ella sin ayuda.</p>
-
-<p>Encuentro pequeños santuarios, cerrados y silenciosos, que no había
-visto antes. Todos los caminos parecen iguales. Sólo se diferencian por
-la estabilidad de su suelo. Las avenidas anchas, á cuyo fondo desciende
-el sol, son de una tierra ligeramente húmeda, en la que se puede marchar
-fácilmente. Los senderos estrechos están empapados aún por la lluvia de
-la noche anterior, y la tierra pegajosa forma en torno de los pies bolas
-enormes de barro, patas grises de elefante.</p>
-
-<p>Convencido de que cada vez me extraviaré más si continúo andando, espero
-junto á un Buda de piedra<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271">{271}</a></span> roída, nimbo ojival y zócalo de musgo, el
-tránsito de algún japonés que se apiade de mí. En lo alto de las
-murallas verdes, los rayos del sol indican que ya ha pasado el mediodía.
-Pienso con envidia en mis amigos, que estarán almorzando á esta hora.</p>
-
-<p>Se presenta el hombre providencial: un japonés vestido á la antigua, con
-kimono obscuro á redondeles blancos y zuecos en forma de banquitos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Kanaya Hotel?&mdash;pregunto con telegráfica concisión para que me
-entienda.</p>
-
-<p>Él sonríe, y con una mímica precisa me va indicando la marcha que debo
-seguir: primeramente un sendero á mi izquierda, luego otro á la derecha,
-hasta que llegue al río.</p>
-
-<p>Siento necesidad de expresarle mi agradecimiento en una forma
-extraordinaria, la mejor que pueda encontrar. El desprecio con que me
-trataron los bonzos me ha hecho humilde, con un encogimiento cortés de
-asiático. Apoyo las manos en mis rodillas, luego me inclino como si
-fuera á echarme de cabeza en el suelo, y digo por dos veces:</p>
-
-<p>&mdash;<i>¡Arigató! ¡arigató!</i>...</p>
-
-<p>Es una de las palabritas que aprendí en el buque: «¡Muchas gracias!», en
-japonés.</p>
-
-<p>Mi salvador, sorprendido y agradablemente impresionado al oirme hablar
-en su idioma, lanza una risotada que en Europa resultaría ofensiva. Pero
-el japonés ríe siempre; considera el gesto triste, cuando se dirige á un
-extranjero, como algo incompatible con la buena crianza. La risa
-acompaña sus más diversas y contradictorias manifestaciones. Es igual al
-silbido del norteamericano, que le sirve indistintamente para expresar
-su entusiasmo ó su protesta. Yo he visto japoneses reir mientras me
-explicaban los horrores del terremoto en Yokohama y<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272">{272}</a></span> Tokío. Pero su risa
-era una cortesía, y á través de ella se dejaba adivinar la emoción
-profunda del narrador.</p>
-
-<p>Ríe este transeunte de satisfacción, halagado en su vanidad patriótica,
-porque cree encontrar un occidental que conoce su lengua. Empieza á
-hablarme, mientras hace profundas reverencias, con la certeza de que
-puedo entender su facundia creciente. Yo no hago otra cosa que repetir
-mis doblegamientos á la japonesa y mi única palabra de gratitud. Calla
-al fin, convencido de mi ignorancia, mas no por esto cesan sus
-cortesías.</p>
-
-<p>Uno de los dos se cansa antes que el otro de encorvar su espinazo... Al
-fin, me veo siguiendo la dirección indicada por él. Vuelvo mis ojos para
-contemplar por última vez á este hombre de risa franca y alegría
-infantil que me ha socorrido cortésmente, cuyo nombre ignoro, y al que
-no volveré á ver nunca en mi existencia.</p>
-
-<p>Está inmóvil en medio del sendero, y al notar que le miro, se inclina
-otra vez, reanudando sus ceremoniosos saludos. Yo hago lo mismo... Y
-todavía cruzamos una media docena de reverencias, queriendo cada cual
-ser el último.</p>
-
-<p>No se me ocurre sonreir, ni aun en el momento presente, al recordar tal
-escena. Las cosas de nuestra vida son grotescas ó no lo son, según su
-ambiente.</p>
-
-<p>Todas estas manifestaciones, de una buena crianza refinada hasta el
-exceso, se desarrollaron en el corazón de la gran isla japonesa, en la
-famosa Montaña Sagrada, en Niko la de las maravillas, teniendo por
-únicos testigos árboles de trescientos años, oyendo cantar las mil voces
-del agua sobre una tierra cubierta de pagodas y de musgos.<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273">{273}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI<br /><br />
-KIOTO LA SANTA</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">El camino de los criptomerios.&mdash;Una maravilla que va á
-desaparecer.&mdash;Historia heroica de los cuarenta y siete
-samurais.&mdash;Zapatillas gratuitas en el tren.&mdash;Las pagodas de
-Kioto.&mdash;Cuatro cables de pelos de mujer.&mdash;Las ceremonias del culto
-budista y su rara semejanza con las del culto católico.&mdash;El
-tradicionalismo de Kioto.&mdash;Un perro xenófobo.&mdash;Las calles del
-alegre Yosywara.&mdash;Los teatros.&mdash;Actrices-hombres.&mdash;Mi encuentro
-ante un cinematógrafo.</p></div>
-
-<p>Salimos de Niko por el camino de los criptomerios, yendo á tomar el tren
-en una estación situada á diez kilómetros. No queremos marcharnos de
-este país sagrado sin recorrer la cuarta parte de un camino que no tiene
-semejante en el resto de la tierra.</p>
-
-<p>Para prolongar el espectáculo prescindimos del automóvil que nos ofrecen
-en el hotel y vamos en <i>koruma</i>. Los conductores están descansados y se
-han puesto ligeros de ropa para tirar mejor, conservando únicamente la
-chaqueta azul de mangas perdidas y el vendaje entre las piernas,
-desnudas y musculosas.</p>
-
-<p>Corremos por un camino hondo, entre dos filas de obscuros obeliscos
-vegetales, que casi se tocan. Un tránsito de tres siglos ha ido
-profundizándolo, y por encima de nuestras cabezas vemos las tortuosas
-raíces de los cedros gigantescos. El verdadero tronco empieza más
-arriba. A pesar de sus proporciones extraordinarias,<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274">{274}</a></span> estos árboles
-venerables tiemblan con el más leve estremecimiento atmosférico. Tienen
-la inseguridad de los dientes viejos en torno á cuyas raíces se ha ido
-descarnando la encía.</p>
-
-<p>Muchos cayeron, y hay en la doble hilera grandes claros, viéndose á
-través de tales ventanas la campiña dorada por el sol de la tarde. Otros
-están aún de cuerpo presente, y hay que pasar por debajo de ellos, á
-causa de hallarse tendidos como una pasarela entre los dos ribazos. Nos
-dicen que los derribó hace poco uno de los tifones ó tornados que
-devastan todos los años el archipiélago japonés.</p>
-
-<p>De tarde en tarde se interrumpe el desfile de colosos vegetales, y
-salimos de la penumbra vespertina que reina entre ellos. En estos
-espacios libres hay aldeas con acequias surcadas por escuadrillas de
-patos, vetustos santuarios de piedra rematados por tejadillos que tienen
-sus angulosidades en forma de cuerno, cementerios cuyas estelas copian
-la forma de los hongos.</p>
-
-<p>Una sensación de inseguridad y peligro nos acompaña mientras avanzamos
-entre los cedros tricentenarios y sus raíces casi descuajadas. Es una
-inquietud igual á la del visitante de un viejo palacio con muros
-rajados, cuyos pisos tiemblan y se encorvan bajo los pasos. No obstante
-tal molestia, el espectáculo majestuoso que ofrece esta arboleda secular
-de cuarenta kilómetros, escalando las colinas y descendiendo á los
-valles hasta perderse en el infinito, es algo extraordinario que puede
-llamarse «único».</p>
-
-<p>Se entristece el viajero al pensar que todo esto desaparecerá dentro de
-algunos años. Los cedros caen, sin que nadie los reemplace. La enorme
-línea de criptomerios ya está desportillada, con numerosos vacíos, como
-una dentadura vieja. Viendo los grupos de niños japo<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275">{275}</a></span>neses que se
-muestran en lo alto de los ribazos y agitan una banderita de su nación,
-gritándonos «¡<i>Banzai</i>!», pienso que cuando lleguen á mi edad ya no
-existirá esta doble muralla vegetal, que es una de las maravillas de la
-tierra. Yo no lo veré más, pero he llegado á tiempo para admirarla con
-mis ojos. Los que vivan en la mitad del siglo actual sólo la conocerán
-de oídas, por los recuerdos de los ancianos de entonces.</p>
-
-<p>Paso un día en Tokío antes de seguir mi viaje á las ciudades del Este
-del Japón. Quiero visitar, por curiosidad literaria, una vieja pagoda de
-sus alrededores, donde se suicidaron heroicamente los cuarenta y siete
-samurais.</p>
-
-<p>Algunos lectores tal vez no conozcan esta historia de honor y de
-heroísmo, que es para los japoneses algo así como el Romancero del Cid
-para los españoles.</p>
-
-<p>En la primera mitad del siglo XVII, el cortesano Kotsuké, amigo del
-emperador, después de haber insultado al príncipe Akao, negándose á
-darle una satisfacción por las armas, consiguió, gracias á su situación
-influyente de palaciego, que el Mikado condenase á muerte á este
-príncipe bueno, atribuyéndole un delito del que era inocente. Cuarenta y
-siete samurais, compañeros y vasallos fieles del ejecutado, juraron
-vengarle á costa de la vida si era necesario, y abandonando sus casas,
-sus esposas é hijos, se dedicaron á preparar y realizar tal designio con
-una tenacidad inaudita, guardando su secreto durante veinte años.</p>
-
-<p>El traidor Kotsuké, sospechando los planes de estos hidalgos que
-permanecían invisibles, pasó muchísimo tiempo inquieto y en perpetua
-defensiva, rodeado de un pequeño ejército de guerreros á sueldo y
-habitando siempre palacios fortificados. Pero al transcurrir veinte años
-sus desconfianzas se adormecieron, dejó de creer en la<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276">{276}</a></span> existencia de
-los vengadores, y una noche de invierno, cuando dormía en su palacio, ya
-mal guardado, vió aparecer á los cuarenta y siete samurais en torno de
-su lecho, con sus dos sables atravesados en la cintura, con sus yelmos y
-corazas que imitaban hocicos de fiera y coseletes de insecto.</p>
-
-<p>Sin olvidar las reglas de la cortesía japonesa y con las ceremonias
-propias del caso, recordaron al traidor sus crímenes y le cortaron luego
-la cabeza, llevándola á la tumba de Akao, situada en la pagoda que yo
-visito. Antes se cuidaron de lavarla en una pequeña fuente inmediata á
-dicho templo. Los cuarenta y siete fueron después en busca de sus jueces
-y éstos los condenaron á muerte, de acuerdo con la ley; pero admirando
-al mismo tiempo su fidelidad, les concedieron que se matasen ellos
-mismos abriéndose el vientre.</p>
-
-<p>Después de haberse dado el beso de despedida, tomaron asiento en las
-gradas de la pagoda, cerca de la tumba de su señor, y fueron haciéndose
-tranquilamente el <i>Hara-Kiri</i>. Otros samurais, compañeros de armas, les
-dieron en el pescuezo el sablazo decapitante, al mismo tiempo que cada
-uno de ellos se rajaba el vientre con su puñal, echando afuera las
-entrañas... Y cuarenta y siete cuerpos rodaron por las gradas con los
-estertores de la agonía, esparciendo una cascada de sangre.</p>
-
-<p>Hoy sólo resta de dicha tragedia las tumbas de sus protagonistas junto á
-una pagoda de madera obscura y carcomida. Cerca de su escalinata se ve
-la fuente musgosa, donde lavaron los vengadores la cabeza del traidor.
-Ningún japonés introducirá en esta agua sus brazos ni sus piernas. Los
-cuarenta y siete fueron declarados por el Mikado, años después, santos y
-mártires, y desde entonces su historia es escuchada por todos los niños
-del Japón. Muchas familias van en romería á las tum<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277">{277}</a></span>bas de estos héroes
-de poema, que supieron morir en masa, con el suicidio horrible de las
-antiguas gentes de honor.</p>
-
-<p>Paso una noche en el tren entre Tokío y Kioto. Recorro los diversos
-vagones para ver cómo viajan los japoneses.</p>
-
-<p>Hombres y mujeres se despojan á las pocas horas de sus disfraces
-occidentales y visten el kimono, librándose igualmente del calzado. Les
-fatiga sentarse como nosotros. Deben sentir un cansancio semejante al
-que sufren los blancos cuando las circunstancias los obligan á colocarse
-en el suelo con los muslos cruzados. Todos los japoneses suben
-finalmente sus piernas sobre la banqueta y se instalan como lo exige su
-comodidad, ó sea poniéndolas en cruz y apoyando las posaderas en sus
-talones. Así los asientos parecen estantes de vitrina con figuras de
-porcelana, que mueven las cabezas siguiendo los vaivenes del tren.</p>
-
-<p>Todos los vagones tienen en su pasillo central unos embudos que dan
-sobre la vía. Esto facilita el barrido que los empleados deben repetir
-con frecuencia. Al mantener los viajeros sus pies sobre las banquetas,
-poco les importa la suciedad del suelo, y éste se va cubriendo de
-mondaduras de frutas y de papeles impregnados de grasa, que han servido
-de envoltura á los <i>bentos</i>.</p>
-
-<p>En el vagón-dormitorio, apenas cierra la noche, el empleado se preocupa
-de nuestros pies. Como este es un país de gran higiene «pedestre», donde
-se marcha sin zapatos en todo lugar cubierto, sea templo ó simple
-vivienda particular, las gentes no gustan de permanecer muchas horas con
-sus extremidades calzadas. El servidor del vagón me ofrece unas
-zapatillas de lana blanca, escrupulosamente limpias. Luego hace igual
-regalo á los otros ocupantes del coche. La compañía del ferrocarril,<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278">{278}</a></span> al
-mismo tiempo que vende una cama al viajero, le proporciona las
-zapatillas.</p>
-
-<p>Cuando despierto, cerca de Kioto, veo la llanura dividida en campos de
-arroz, pequeños y bien trabajados. El agua encharcada parece reir bajo
-el sol con sus estremecimientos luminosos. Más allá, los campos son de
-hortalizas, pero siempre en reducidas parcelas, alineadas y cuidadas
-como un jardín. Es una agricultura meticulosa que puede llamarse de
-miniatura. Se abren en el horizonte las copas azules de varios lagos
-entre colinas cubiertas de bosquecillos. Todo es pequeño, gracioso,
-frágil, y sin embargo, revela una observación de siglos, una voluntad
-tenaz, para conseguir que el suelo dé los mayores rendimientos.</p>
-
-<p>Visitamos las grandes pagodas en nuestras primeras correrías por Kioto.</p>
-
-<p>Esta ciudad es la capital del budismo en el Japón, y tal vez ninguna del
-Extremo Oriente siente como ella la influencia de dicho culto religioso.
-Debo añadir que las doctrinas del dulce Gautama fueron modificadas por
-los bonzos, desfigurándose hasta el punto de no guardar mas que un
-ligero recuerdo de sus principios originales.</p>
-
-<p>Dentro de Kioto existen muchísimas sectas del budismo, pero esto no
-impide que los intérpretes y comentadores más importantes de la teología
-budista vivan aquí. Hubo una época en que llegó á tener 3.893 templos y
-santuarios dedicados al citado culto. El número actual tal vez sea
-inferior en muy poco. A esto hay que añadir 2.500 templos y santuarios
-del culto sintoísta. Con razón los japoneses han llamado siempre á esta
-ciudad Kioto la Santa.</p>
-
-<p>Visitamos en las primeras horas de la mañana la más grande de las
-pagodas, que es como una catedral del budismo. Cuando San Francisco
-Javier visitó Kioto ya<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279">{279}</a></span> existía este templo. En realidad, es una
-agrupación de diversas pagodas dentro de una cerca común, pero separadas
-por vastísimos patios enlosados de granito.</p>
-
-<p>Los edificios, todos de madera, tienen piezas gigantescas de carpintería
-como las que se empleaban para la construcción de los antiguos navíos.
-Las techumbres presentan también la robustez y las dimensiones de
-grandes barcos puestos con la quilla en alto, cuya parte interior ha
-sido dorada y trabajada por pacientes artistas durante siglos. Troncos
-de árboles enormes sirven de columnas para sostener estas techumbres,
-altísimas y monumentales si se las compara con la ligereza y la pequeñez
-graciosa de otras construcciones del país.</p>
-
-<p>Todo fué cubierto de lacas y de oro, pero la pátina de los edificios
-religiosos encerrados en una ciudad y que se ven visitados diariamente
-por muchedumbres ha obscurecido el esplendor de dichas pagodas. Guardan
-todas ellas un aire de majestuosa vejez. Detrás del estuco se presiente
-la madera carcomida. Algunas pilastras redondas tienen herido su revoque
-y muestran por las desconchaduras el armazón hueco de su interior,
-formado con duelas y aros, como un tonel.</p>
-
-<p>En una galería cubierta que une á dos de las pagodas me muestran cuatro
-cables enrollados y negros, mucho más grandes que los que se ven en los
-puertos. Son como boas de los tiempos prehistóricos, más allá de las
-proporciones de los reptiles actuales. Luego, un bonzo me explica con
-cierta vanidad la naturaleza y origen de estos cuatro cilindros.
-Sirvieron para subir á lo alto de la techumbre de la gran pagoda los
-maderos más pesados, y están tejidos los cuatro con pelos de mujer.</p>
-
-<p>Examino los rollos enormes y reconozco que únicamente el pelo de las
-japonesas, duro, áspero y muy grueso, puede haber producido estas
-maromas irrompi<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280">{280}</a></span>bles, cayo diámetro casi es igual al de una pierna de
-atleta. Cada uno de los cables tiene cien metros de longitud, lo que
-desorienta y asombra al calcular cuántos miles y miles de mujeres
-devotas necesitaron cortarse la cabellera para contribuir á esta obra.</p>
-
-<p>Penetramos en el más importante de los santuarios de la gran pagoda. He
-leído muchos estudios sobre las semejanzas entre las ceremonias del
-budismo y las del culto católico, pero cuando las cosas se conocen de
-cerca, con una visión directa, dan la impresión de lo inesperado y de lo
-nuevo, por más que antes nos lo hayan hecho conocer los libros.</p>
-
-<p>Creo estar asistiendo á una misa cantada en un templo católico de España
-ó de Italia, en las primeras horas matinales, cuando una parte de la
-asistencia está compuesta de mujeres que vuelven del mercado. Veo
-numerosas japonesas sentadas en el suelo y guardando cerca de ellas el
-cesto de comestibles repleto de compras recientes. Rezan todas ellas en
-voz baja, y para mí sus palabras ininteligibles suenan siempre lo mismo:
-«<i>la-la... la-la</i>».</p>
-
-<p>Al otro lado de una verja, rodeando el altar mayor, en el que está Buda
-con un lirio en la mano, veo dos filas de bonzos que cantan sus oficios.
-Están colocados de un modo ritual, que me recuerda las grandes misas del
-domingo presenciadas en mi niñez. Estos cánticos budistas tienen un
-ritmo y unas modulaciones que no causan extrañeza al oído. Son música
-conocida. Recuerdan los que hemos escuchado en Occidente, como los
-plagios musicales resucitan la existencia de la obra original, aunque la
-tengamos olvidada.</p>
-
-<p>A un lado del altar están los oficiantes, tres bonzos vestidos de
-blanco, llevando sobre los hombros un pedazo de tela dorada con rosas
-multicolores, igual, abso<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281">{281}</a></span>lutamente igual en su tejido á las capas
-litúrgicas de los sacerdotes católicos. La única diferencia es de
-confección. En Occidente, estas telas son cortadas y cosidas para formar
-con ellas vestiduras de un tipo ritual, mientras que los bonzos las
-colocan sobre sus hombros sin modificarlas, tal como las adquieren,
-recién salidas de los famosos telares de Kioto.</p>
-
-<p>Vuelvo á notar, como en Niko, una semejanza física entre algunos de
-estos bonzos y muchos sacerdotes europeos. Los hay de pura raza
-japonesa, con una fealdad asiática, y son los más. Pero otros de nariz
-aguileña, grandes anteojos y cierta gordura fresca, pálida y lustrosa,
-de varón que lleva una vida sedentaria y se mantiene á cubierto de la
-intemperie, recuerdan á muchos clérigos españoles, franceses é
-italianos. Debo añadir que esta misma semejanza la he encontrado entre
-los bracmanes de la India, como si la identidad de las funciones crease
-con el curso de los siglos un tipo sacerdotal común á toda la tierra.</p>
-
-<p>Mientras cantan los bonzos sus oficios, contemplo los adornos de esta
-pagoda majestuosa. En las cornisas hay figuras humanas multicolores, de
-hermosas y sonrosadas carnes, tañendo diversos instrumentos de música.
-Son los «tomines», ángeles del budismo, también de rara semejanza con
-los ángeles de la religión católica, llevando las mismas alas é iguales
-rostros afeminados; pero los del budismo son menos ambiguos y tienen
-francamente formas de mujer.</p>
-
-<p>Algo se mueve en lo alto, entre las tallas é imágenes. Mi vista se
-acostumbra á la semiobscuridad de las naves, y distingo numerosos ojos
-que brillan como pequeños diamantes. Luego unas envolturas de pelo
-obscuro avanzan con ligero trotecillo por los salientes arquitectónicos.
-Legiones de ratas habitan estos navíos sagrados, y<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282">{282}</a></span> salen de sus
-escondrijos atraídas sin duda por el olor de los comestibles que llevan
-en sus cestos las devotas comadres y por los cánticos de los bonzos que
-están en el coro.</p>
-
-<p>Veo que el oficiante principal se halla ahora derecho ante el altar, de
-espaldas á los fieles, con las dos manos al nivel de su cabeza, gesto
-idéntico á otro que he presenciado muchas veces. Luego se vuelve de
-frente á los devotos y agita las manos como si los bendijese, mientras
-susurra palabras ininteligibles.</p>
-
-<p>Me marcho. No quiero ver más un espectáculo que carece para mí del
-atractivo de la novedad. ¡Las sorpresas del Asia!... Indudablemente
-estos bonzos han copiado de los misioneros sus gestos litúrgicos. Luego
-pienso que su religión es seis siglos más antigua que el cristianismo, y
-cuando llegó aquí San Francisco Javier ya tenían cerca de dos mil años
-las ceremonias que acabo de presenciar.</p>
-
-<p>En los patios del templo vuelan grandes bandas de palomas. A veces
-cubren espacios enormes con una capa movediza de plumas y arrullos.
-Luego, al elevarse asustadas por una presencia extraordinaria, blanquean
-todo un alero, obscuro y carcomido, de estas pagodas vetustas.</p>
-
-<p>Kioto es una de las poblaciones más grandes del Japón, pero se mantiene
-al margen de la reforma occidental, iniciada hace medio siglo. En ella
-los inventos modernos no hacen mas que deslizarse. Los hijos del país
-los emplean si les son útiles, pero siguen fieles á la tradición.</p>
-
-<p>Esta ciudad, que es la más japonesa de todas, sirve de refugio á las
-viejas artes. Aquí viven en pequeños talleres de familia los pintores,
-bordadores, tejedores y orfebres más célebres. Cuando las otras
-poblaciones ne<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283">{283}</a></span>cesitan un objeto precioso que simbolize el arte del
-país, lo encargan á Kioto.</p>
-
-<p>Algunas calles están atravesadas por canales, en los que navegan
-barcazas de comercio, y sobre cuya superficie se elevan puentes
-desmesuradamente arqueados. En los almacenes, los vendedores van todos
-con kimono negro. Una cortesía para el comprador, como si los tenderos
-de Occidente fuesen todos vestidos de frac.</p>
-
-<p>En sus vías, mejor empedradas que las de otras ciudades japonesas,
-apenas se ven extranjeros. Todos los transeuntes van vestidos con
-arreglo á la tradición. El europeo se siente abandonado al circular por
-Kioto, como si estuviese á una distancia infinita de su mundo. Al mismo
-tiempo se da cuenta de su inferioridad con relación á los que pasan
-junto á él. Todos le sonríen por cortesía, pero indudablemente se creen
-superiores.</p>
-
-<p>Un animal nos hace ver de pronto la magnitud de nuestro aislamiento y la
-extrañeza que despierta nuestra presencia, marchando á pie por unas
-calles frecuentadas sólo por japoneses. No abundan los perros en la
-ciudad, pero cerca de un puente nos cruzamos con uno de pelo rojo y
-grandes colmillos. Voy en compañía de una señora, y ninguno de los dos
-nos hemos fijado en este animal. Él, al vernos, atraviesa la calle,
-enfurecido por una rabia agresiva, y pretende mordernos. Algunos
-transeuntes se interponen cortésmente y lo alejan. Luego sonríen,
-explicando su cólera. No está acostumbrado á los occidentales, y su
-presencia le inspira una xenofobia acometedora. En Kioto la Santa, los
-extranjeros van siempre en automóviles ó en <i>korumas</i>. Muy pocos marchan
-á pie.</p>
-
-<p>Cae la noche y nos extraviamos en unas calles que empiezan á cubrirse de
-guirnaldas de luces, y sobre cuyos edificios, dorados y esculpidos,
-aletean enormes banderas.<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284">{284}</a></span></p>
-
-<p>Todos ellos están destinados al público. Son teatros, cinematógrafos,
-casas de té ó de danzas. En algunos vemos sobre la fachada una fila de
-grandes fotografías de muchachas. Nos hemos metido sin saberlo en el
-Yosywara de Kioto.</p>
-
-<p>A cada momento va engrosando la concurrencia en las calles. Todos, al
-abandonar su trabajo, vienen á este barrio de diversión, donde
-permanecerán hasta media noche. Sólo vemos japoneses. Nos miran con
-curiosidad hostil ó con extrañeza.</p>
-
-<p>Esta extrañeza no es por el carácter especial del barrio. Se encuentran
-en él muchas familias respetables que van á los teatros. Ya dije lo que
-es el Yosywara para los japoneses. La extrañeza la muestran por el hecho
-de vernos á pie confundidos con las gentes del país. El extranjero es en
-Kioto un transeunte que sólo se muestra en lo alto de un vehículo y
-únicamente pone sus pies en tierra ante los monumentos interesantes.</p>
-
-<p>Oímos guitarreos y dulces quejidos que salen de las casas de las
-<i>geishas</i>. Las fachadas de los teatros ostentan cuadros enormes, iguales
-á los que figuran en los cinematógrafos, y en estos lienzos veo pintadas
-las escenas más interesantes del drama que se está representando dentro.
-Casi siempre es una sucesión de hazañas realizadas por un mancebo
-japonés vestido á la moderna, como un <i>cow-boy</i>, pero con más valor y
-astucia que los cuarenta y siete samurais juntos. Se le ve batiéndose,
-puñal en mano, con dos docenas de asesinos y poniendo en fuga á los que
-no mata; deteniendo un caballo desbocado con solo una mano; asaltando un
-tren; destapando un volcán dormido.</p>
-
-<p>A esta hora del anochecer, cada uno de dichos dramas debe estar ya en el
-acto treinta ó cuarenta, pues su representación empezó poco después de
-la salida del sol.<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285">{285}</a></span> Pero esto no impide que entren nuevos espectadores y
-busquen asiento junto á los que han almorzado y comido sin moverse, y se
-disponen ahora á cenar, siguiendo con incansable atención las aventuras
-del héroe.</p>
-
-<p>Sobre cada teatro hay banderas, más grandes á veces que la fachada del
-edificio, con rótulos en caracteres japoneses que extasían á muchos
-transeuntes. Aquí, cada actor célebre tiene banderas propias con su
-nombre y sus armas, colocándolas á la puerta del teatro para que sus
-admiradores no sufran equivocación. Y como cada uno cree ser el primero,
-procura que su bandera guarde relación con su importancia, llegando á
-dimensiones inverosímiles estas telas multicolores, que en días de
-viento representan un peligro para la solidez de los frontones que las
-sostienen.</p>
-
-<p>Las actrices inspiran más entusiasmo aún que los actores. Pero el lector
-sabe que en el Japón los papeles femeninos son desempeñados por
-jovenzuelos. Éstos, al hacerse célebres, persisten en su trabajo, sin
-tener en cuenta el paso de los años; y más de una vez, la dama que
-conmueve con sus desventuras á los hombres, hace derramar lágrimas á las
-mujeres y cosquilleo á los muchachos con los primeros deseos de amor,
-es, en realidad, un viejo afeminado y vergonzosamente pintarrajeado. (No
-hay que escandalizarse por esto, pues algo semejante pasaba en
-Inglaterra en los tiempos de Shakespeare.) Una de estas actrices-hombres
-es actualmente el personaje teatral más célebre del Japón y gana 10.000
-dólares todos los meses.</p>
-
-<p>Empujados y mal mirados por un gentío que huele muchas veces á <i>saké</i> y
-al aglomerarse en las estrechas calles se ve obligado á marchar con paso
-lento, empezamos á sentir cierta inquietud. Hemos abandonado
-imprudentemente á nuestro guía, nadie nos conoce, ig<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286">{286}</a></span>noramos la lengua
-del país; ¿á quién acudir si nos ocurriese algo malo?... Nos sentimos
-inmensamente solos entre esta muchedumbre de miles y miles de seres,
-sobre cuyo río de cabezas pasan músicas y se mueven banderas y faroles.</p>
-
-<p>El cinematógrafo de origen americano bate al teatro japonés en el
-Yosywara de Kioto, como ocurre en tantos otros lugares de la tierra. Hay
-más salas cinematográficas que escenarios, y la gente de kimono penetra
-en ellas á borbotones.</p>
-
-<p>En uno de dichos establecimientos atrae mi atención un cartel monumental
-de muchos metros cuadrados que cubre gran parte del cielo sobre el
-remate de la fachada. Veo pintados en él unos hombres-libélulas, de
-cintura sutil. Saltan como insectos, con un trapo en la mano,
-perseguidos por una bestia cornuda que parece lanzar fuego por sus
-narices. Tal vez es una escena de la prehistoria. Luego me hace recordar
-vagamente las corridas de toros.</p>
-
-<p>Mis ojos tropiezan más abajo con un gran rótulo en japonés, y al lado,
-entre paréntesis, la traducción inglesa: (<i>Blood and Sand</i>). Es el
-<i>film</i> de mi novela <i>Sangre y arena</i> hecho en los Estados Unidos. Luego
-voy descubriendo, á los dos lados de la puerta, anuncios multicolores
-con escenas de la obra y retratos de los artistas.</p>
-
-<p>Todos estos carteles de procedencia norteamericana han sido reformados á
-la japonesa, tal vez para armonizarlos con la corrida de toros
-fantástica que se exhibe en lo alto. A Rodolfo Valentino, protagonista
-de la obra, que las mujeres de los Estados Unidos llaman «el hombre más
-hermoso del mundo», le han acortado la nariz y subido las cejas con un
-pincel irreverente, para disimular su fealdad de blanco y que se
-aproxime á la belleza de un buen mozo japonés. Los demás artistas
-también<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287">{287}</a></span> han sufrido iguales transformaciones. Hasta encuentro una
-fotografía mía, que sólo llego á reconocer por ciertos detalles del
-traje, y me veo en ella con la nariz recta y corta, las cejas oblicuas y
-un aire feroz, semejante al de los hércules japoneses que viven de
-luchar en público.</p>
-
-<p>No importa. Este descubrimiento me tranquiliza, y ¿por qué no decirlo?
-me halaga, proporcionándome una de las satisfacciones mayores de mi
-vida.</p>
-
-<p>¡Bendito cinematógrafo! Algo representa haber nacido en una ciudad de
-provincia, al otro extremo del mundo, y al venir á Kioto la Santa
-encontrar mi retrato y mi nombre en las calles bulliciosas del Yosywara.</p>
-
-<p>Además, si necesito protección, puedo buscar á un policía, aunque no me
-entienda. Me bastará llevarlo hasta la puerta del cinematógrafo y
-decirle por señas ante mi retrato de luchador japonés: «Ese soy yo».<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288">{288}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII<br /><br />
-EL TEMPLO DE LOS 33.333 DIOSES</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Los palacios de Kioto.&mdash;La ceremonia de la coronación
-imperial.&mdash;Mezcolanzas de antiguo y moderno.&mdash;El templo de los
-«Treinta y tres mil trescientos treinta y tres dioses».&mdash;El taller
-de remiendos divinos.&mdash;La pagoda de la cumbre y su fuente
-milagrosa.&mdash;Lo que les ocurre á las japonesas que beben sus
-aguas.&mdash;El hombre de los dos cubos.&mdash;La balada de la hotelería
-japonesa.</p></div>
-
-<p>Además de sus pagodas innumerables, guarda Kioto la Santa los antiguos
-palacios de sus emperadores. Ya hemos dicho cómo el Mikado vivió siete
-siglos en esta ciudad, sin mezclarse para nada en el gobierno del país,
-enteramente confiado á los Shogunes, é interviniendo sólo en los asuntos
-religiosos.</p>
-
-<p>Hoy no ocupan estos palacios un espacio de quince leguas, como en otros
-tiempos. El ensanche de la ciudad y de los jardines públicos ha invadido
-una parte del antiguo dominio imperial. Pero todavía las actuales
-residencias del Mikado llenan un área considerable.</p>
-
-<p>Son palacios faltos de muebles, que viven con un aspecto de abandono
-bajo la guarda de viejos empleados, y sólo ven abrirse sus salones
-cuando se presenta un grupo de viajeros.</p>
-
-<p>Estos edificios, que inspiran al japonés un respeto histórico,
-únicamente recobran su antigua animación cuando muere un emperador y es
-coronado su heredero.<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289">{289}</a></span> La entronización se celebra siempre en Kioto, y
-la corte abandona momentáneamente para tal ceremonia el palacio imperial
-de Tokío.</p>
-
-<p>Yo he visto este último desde fuera y me pareció no menos silencioso y
-desierto que el de Kioto, dentro de sus tres recintos. Unas avenidas
-anchísimas, que más bien parecen plazas enormemente prolongadas,
-establecen un primer aislamiento alrededor del palacio imperial, á pesar
-de hallarse situado éste en el centro de la vasta Tokío. La segunda zona
-de defensa consiste en un foso profundo lleno de agua verde, dormida en
-apariencia y que un canal renueva todos los días. Sobre esta cintura
-acuática se levanta la tercera defensa, consistente en una muralla de
-seis metros, hecha de grandes bloques, como un malecón fluvial ó un
-muelle marítimo. Al ras de esta muralla se extienden los céspedes del
-parque con grupos de tortuosos pinos. Sobre la arboleda asoman los
-remates de diversas construcciones, que tienen exteriormente un aspecto
-de palacios rústicos, todas con paredes blancas y altísimos techos
-negros de pendiente cóncava y grandes aleros. En el centro de esta
-ciudad imperial, siempre silenciosa é infranqueable dentro del corazón
-de Tokío, está el templo de Jimmuteno, primer ascendiente de la
-dinastía.</p>
-
-<p>Al visitar el palacio viejo de Kioto se nota que los emperadores se
-acordaron de él cuando dirigían la construcción del palacio nuevo de
-Tokío. Ambos edificios tienen igual aspecto exterior; sólo se
-diferencian en sus medios defensivos. Los emperadores de Kioto vivían al
-margen de los accidentes políticos, como dioses respetados y algo
-olvidados, sin presentir la posibilidad de que alguien los atacase. Su
-antigua residencia conserva una muralla exterior de tapia y postes de
-madera, rematada por tejados cóncavos, y alrededor de esta muralla se<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290">{290}</a></span>
-desliza un canal. Pero es un canal decorativo, que se puede pasar con
-agua á la rodilla, y los muros únicamente son de piedra hasta medio
-metro de altura. Se adivina que esta débil fortificación la construyeron
-para advertir una vez más que la persona del emperador debe mantenerse
-aislada de los simples mortales. De nada podía servir en caso de ataque
-y de sitio.</p>
-
-<p>Visito el Gran Palacio donde se celebran las coronaciones, situado en el
-centro de Kioto, y el Palacio de Verano, no menos grande, que se
-extiende en las afueras. Todos ellos tienen en torno vastos jardines
-públicos y numerosas pagodas, que han invadido gran parte de su antiguo
-solar. Estos palacios son de un solo piso y los componen varios grupos
-de edificios. Unos se mantienen aislados, otros están unidos por
-avenidas orladas de linternas y de monstruos. En estas avenidas hay
-varios <i>toris</i>, que equivalen á nuestros arcos triunfales.</p>
-
-<p>El interior de sus salones ofrece un aspecto desolado, como si acabasen
-de sufrir todos ellos un saqueo. Carecen de muebles. En algunos las
-paredes están ricamente pintadas y doradas; pero sobre las esterillas
-del suelo no se ve un taburete, un cojín, un pequeño vaso de porcelana
-que sostenga una flor.</p>
-
-<p>Y sin embargo, hay que quitarse los zapatos para visitar estos palacios
-abandonados. La cortesía japonesa aún tiene otra exigencia en lo que se
-refiere al emperador y á los altos personajes oficiales. No basta
-descalzarse para entrar en sus viviendas, ni dejar el sombrero en la
-antesala, como se hace en Occidente. Hay que desprenderse también del
-gabán y entrar á cuerpo en unos salones que nunca fueron calentados y
-por cuyos muros delgadísimos penetra fácilmente el frío. Conservar
-puesto el gabán cuando se pisa el umbral<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291">{291}</a></span> de un palacio japonés es
-irreverencia tan enorme como mantenerse con el sombrero calado.</p>
-
-<p>Sólo con un esfuerzo de imaginación pueden encontrarse interesantes
-estos monumentos imperiales de Kioto. En realidad, parecen por su forma
-exterior unas lujosas y enormes caballerizas de Inglaterra. Encuentro en
-uno de los salones varios dibujos multicolores, hechos sobre papel de
-arroz, que representan la ceremonia de la coronación en nuestros
-tiempos.</p>
-
-<p>Debe ser un espectáculo raro, por los uniformes tradicionales de los
-cortesanos y esas mezcolanzas de antiguo y moderno que surgen con tanta
-frecuencia en la vida del Japón actual. Los generales y los príncipes,
-que usan diariamente uniformes á la alemana, abandonan para estas
-fiestas palatinas su aspecto de guerreros europeos y se visten como sus
-ascendientes. Todos llevan corazas y cascos dorados, con cuernos y
-antenas, dos sables en la cintura, un carcaj en la espalda lleno de
-flechas y un gran arco.</p>
-
-<p>Las damas de la corte van vestidas de chinas más que de japonesas. Sus
-trajes de ceremonia son anteriores al kimono y á los peinados de las
-niponas actuales. Llevan pantalones rojos, dalmáticas negras bordadas, y
-en la cabeza unos tocados semejantes á los gorros de cuartel... Y por en
-medio de esta aglomeración de cortesanos acorazados como hace cinco
-siglos y con armas anteriores á la invención de la pólvora, avanza el
-nuevo emperador llevando uniforme de general, lo mismo que un rey
-europeo, y sentado en una carroza dorada, adquirida en Londres, con
-lacayos de peluca blanca y tricornio. Tales anacronismos que tan
-interesante hacen el acto de la coronación son una prueba más de la
-mezcolanza contradictoria é incoherente que sirve de base a la actual
-vida japonesa.<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292">{292}</a></span></p>
-
-<p>Necesito hacer un esfuerzo para abandonar los jardines de estos palacios
-silenciosos y de una simplicidad majestuosa. Casi todos sus árboles son
-cedros retorcidos que tienen varios siglos de existencia. Al pie de
-ellos hay redondeles de musgo, escrupulosamente cuidado, de un diámetro
-igual al de sus copas.</p>
-
-<p>Un grupo de mujeres pobres barre los senderos del parque y las aceras de
-granito en torno á los edificios de madera. Estas hembras de kimono
-obscuro, que reciben del intendente imperial una retribución modesta,
-nos enseñan, al sonreir, sus dientes cargados de oro. Ya dije que para
-la japonesa es motivo de vanidad poder llevar chapada de rico metal su
-dentadura, y hace cuanto puede por conseguirlo aunque sea á costa de
-sacrificios, lo mismo que una europea cuando ansía un traje ó un
-sombrero elegantes.</p>
-
-<p>Deseo visitar cierta pagoda de esta ciudad que conozco de nombre hace
-muchos años, casi desde mi niñez, y nunca creí en aquellos tiempos que
-llegaría á verla directamente con mis ojos. Es el templo de los <i>Treinta
-y tres mil trescientos treinta y tres dioses</i>.</p>
-
-<p>Exteriormente consiste en un largo edificio rojizo, que ocupa todo un
-lado de una plaza de la vieja Kioto. Varios grupos de bambúes enormes
-sombrean esta plaza, y al amparo de ellos colocan sus mesitas los
-vendedores de tarjetas postales, oraciones impresas en papel de arroz y
-pequeños objetos de culto. Como el templo es de madera y lleva varios
-siglos de existencia, tiene el mismo aspecto de barco viejo y carcomido
-que ofrecen casi todas las pagodas.</p>
-
-<p>Sobre la meseta de la escalinata salen á recibirnos algunos bonzos con
-la redonda cabeza recién afeitada y un manto de color de azafrán, en el
-que se envuelven á estilo romano. Estos sacerdotes budistas son
-pedigüe<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293">{293}</a></span>ños y explotan sistemáticamente la fama de la pagoda á que están
-agregados. Uno de ellos, con redondas gafas de concha, aguarda en la
-cancela detrás de una mesa y cobra á los visitantes por dejarles pasar,
-lo mismo que un portero de teatro. En el interior, otros bonzos
-azafranados nos acosan ofreciéndonos estampas, oraciones y pequeños
-objetos, á los que atribuyen influencias milagrosas.</p>
-
-<p>Al entrar, se tropieza inmediatamente con una imagen gigantesca de
-metal, que ocupa lo que puede llamarse altar mayor, presidiendo esta
-asamblea numerosa de divinidades. A los dos lados del altar se extienden
-vastas escalinatas llenando las dos alas del templo, y en sus peldaños,
-lo mismo que si fuesen objetos de exposición, forman en luengas y
-superpuestas filas dos mil imágenes de bronce de tamaño natural
-representando á la diosa de la Misericordia. Estas dos mil mujeres
-tienen doce mil brazos, pues cada una de ellas ostenta tres á cada lado
-de su tronco.</p>
-
-<p>En diversas naves de la pagoda se alinean formando hileras múltiples los
-otros dioses hasta el número de 33.333. Los hay de todos los tamaños, á
-partir de la talla humana hasta el exiguo volumen de un insecto. Son de
-oro, de bronce, de marfil, de madera, de piedras diversas, desde el
-precioso jade venido de la China y el lapislázuli de las minas de
-Siberia, al simple pedernal. Unos tienen formas regulares y una sonrisa
-de bondad celeste; otros llevan en su rostro gestos aterradores y son
-feos con una fealdad iracunda y amenazante, que parece secreto
-hereditario de los imagineros japoneses. Algunos, más cerca de la
-animalidad que de la perfección divina, se muestran erizados de
-múltiples piernas y brazos, como cangrejos monstruosos.</p>
-
-<p>Guarda siempre este templo, con rigurosa exactitud,<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294">{294}</a></span> el número de los
-dioses que deben habitarlo: 33.333. En el curso de varios siglos las
-guerras y los incendios quebrantaron el edificio muchas veces ó lo
-arruinaron por completo, suprimiendo una parte de su población divina;
-pero ésta no tardó en verse reconstituída por los bonzos, que son sus
-guardianes y servidores.</p>
-
-<p>Junto al templo existe un taller, donde son recompuestos dioses y diosas
-todos los días. Trabajan en él unos imagineros, que recuerdan por su
-aspecto y sus gestos á los antiguos alquimistas. Algunos son
-extremadamente ancianos, y cuelgan de sus mandíbulas los filamentos
-blancos, esparcidos y lacios de una barba á la japonesa. El cráneo lo
-llevan oculto bajo un gorro muy ajustado y abotonado debajo de la barba,
-lo mismo que el becoquín del Doctor Fausto. Con grandes antiparras
-caladas ante sus ojos pegan á las pequeñas diosas un brazo de marfil que
-se ha desprendido entre los seis ú ocho que cubren su pecho, ó liman las
-piernas de los dioses para que no se conozcan los remiendos recién
-hechos en el bronce ó la madera.</p>
-
-<p>Hay otra pagoda célebre en Kioto, que ocupa una colina dentro de la
-ciudad, y desde cuya cumbre puede abarcarse el hermoso espectáculo de
-sus barriadas, jardines y canales. A esta pagoda vienen en determinadas
-épocas numerosas peregrinas. Existe al pie de ella una fuente milagrosa,
-y toda mujer casada que bebe sus aguas es madre antes de un año. Algunas
-veces&mdash;¡caso estupendo!&mdash;el mismo prodigio se realiza en las musmés que
-beben su líquido, aunque vayan con peinado de soltera.</p>
-
-<p>Como no hay peregrinaciones durante el invierno, encontramos solitarias
-las calles en declive que conducen á la cumbre donde está la pagoda. Son
-calles relativamente anchas, como si las hubiesen abierto en previsión
-de las multitudes que las llenan en ciertas fechas<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295">{295}</a></span> del año. Todas las
-casas están ocupadas por comercios de objetos piadosos, abundando las
-figurillas de porcelana vulgar.</p>
-
-<p>Un mundo de personajes abigarrados, de las más diversas cataduras, se
-alinea en los escaparates y anaqueles de estos vendedores de imágenes.
-Figurones grotescos y un poco obscenos se codean con imágenes divinas y
-pequeñas estatuitas ecuestres del penúltimo emperador. En estas tiendas
-del Extremo Oriente no se sabe nunca dónde termina lo religioso y
-empieza lo caricaturesco, quién es dios y quién simple monigote para
-hacer reir á las gentes.</p>
-
-<p>Subimos con lentitud por la calle orlada de tiendas. Tenemos nuestras
-miradas fijas en la alta y gallarda pagoda que llena la perspectiva
-abierta entre dos filas ascendentes de edificios. Encima de los tejados,
-pero más abajo del templo, vemos bosquecillos de bambúes y senderos
-agrestes, por donde corren riendo, con una jovialidad de niñas, varias
-filas de mujeres. Deben ser de las que vienen en busca de la milagrosa
-fuente, oculta á nuestros ojos por los grupos de vegetación.</p>
-
-<p>El deseo de toda mujer japonesa perteneciente á la clase popular es
-pasearse con la dulce mochila de un pequeñuelo que duerme, come, ríe ó
-llora, sujeto á su espalda, y muchas veces hace cosas peores, aguantando
-la madre con cierto deleite el tibio chorrillo filial que se desliza por
-sus riñones. La japonesa infecunda se considera en una situación
-peligrosa; el marido puede repudiarla en este país de fácil divorcio, y
-ansía intervenciones humanas ó celestes para conocer la maternidad.</p>
-
-<p>Mientras camino pensando en esto, con la vista fija en la pagoda, cada
-vez más próxima, empiezo á percibir un hedor intolerable. Los que vienen
-conmigo experimentan idéntica molestia. Miramos las tiendecitas<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296">{296}</a></span>
-próximas como si surgiese de ellas el nauseabundo olor. Pero nuestro
-olfato se va orientando, y acabamos por husmear lo que nos rodea más de
-cerca.</p>
-
-<p>Delante de nosotros marchan varios niños y mujeres, atraídos por la
-curiosidad que provoca siempre en las calles del Japón provincial la
-presencia de un grupo de blancos. Se ha adherido también á nuestra
-marcha, saludándonos mudamente con una sonrisa que le hace mostrar sus
-dientes agudos, un mocetón casi en cueros, sin otro traje que un harapo
-pasado entre las musculosas piernas. Lleva en un hombro un grueso bambú
-y penden de él dos cubos, que se bambolean al compás de sus pasos,
-agitando su contenido líquido.</p>
-
-<p>¡Ah, miserable!... De este caldo amarillento, en el que flotan pequeños
-cilindros de igual color, surge la pestilencia que va infestando la
-calle, sin que ningún vecino parezca sentir molestia en su olfato. Es un
-hortelano que acaba de vaciar una letrina todavía fresca, y lleva la
-hedionda materia á su huerta cercana. El abono humano es aquí más
-apreciado que el animal. Los chinos, maestros de los japoneses en tantas
-cosas, aprecian con mayor entusiasmo, si es posible, esta materia
-fecundante.</p>
-
-<p>Hacemos alto para que el compañero nos abandone. Todavía insiste en
-acompañarnos, y se detiene con sus dos inmundos cubos; pero tales gritos
-y ademanes empleamos en nuestra protesta, que al fin se marcha, siempre
-sonriendo. Quedamos en la duda de si sonríe ahora de lástima,
-despreciándonos por nuestras absurdas preocupaciones.</p>
-
-<p>Y sin embargo, este pueblo ama las flores como ninguno, y aunque es de
-espíritu estrechamente positivista, sorprende de pronto con las más
-poéticas invenciones.</p>
-
-<p>Encuentro en todos los hoteles numerosos carteles impresos con
-caracteres del país, los cuales contienen,<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297">{297}</a></span> según me dicen, máximas
-morales, consejos prácticos y sanos para la vida. En algunos de dichos
-establecimientos me atrajo por su dibujo primaveral uno de los tales
-anuncios representando un árbol con las ramas cargadas de flores y
-revoloteando en torno enjambres de pájaros. Aquí vuelvo á encontrar este
-paisaje misterioso, pero con una explicación al pie.</p>
-
-<p>El Gran Hotel de Kioto tiene sus pisos bajos ocupados por tiendas que
-exhiben los mejores productos de las ricas industrias de la ciudad:
-kimonos de maravillosos colores, telas bordadas con faunas y floras
-fantásticas, obras de orfebrería y de esmalte. Los directores del
-establecimiento son los únicos que van vestidos á la europea. Todo el
-personal lleva trajes japoneses. En los salones hay grupos de hombres
-con kimono negro de seda, que parecen sacerdotes, y se abalanzan sobre
-todo el que entra para ofrecerle sus tarjetas. Son los corredores y
-enviados de las grandes tiendas de Kioto, que ascienden á centenares.</p>
-
-<p>En uno de estos salones encuentro el cartel primaveral con su
-inscripción japonesa, pero el director del hotel ha agregado la
-traducción en inglés...</p>
-
-<p>Son versos, un fragmento de poema. Y este cartel de flores y pájaros,
-que figura en todos los hoteles importantes del Japón, dice así, según
-la versión inglesa, que yo transcribo á mi modo:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">Un hotel es un ciruelo<br /></span>
-<span class="i0">cargado de ricos frutos;<br /></span>
-<span class="i0">ruiseñores son los huéspedes<br /></span>
-<span class="i0">cobijados en sus ramas.<br /></span>
-<span class="i8">(<i>Balada de la hotelería japonesa</i>)<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Parece que los grandes hoteleros del Japón, al celebrar una de sus
-reuniones en Tokío, acordaron, entre otros medios de propaganda,
-encargar á un gran poeta<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298">{298}</a></span> nacional una balada sobre las excelencias de
-los hoteles en el Imperio del Sol Naciente. Esto es algo extraordinario:
-hay que reconocerlo. A ningún hotelero de Europa ni de América se le ha
-ocurrido jamás nada semejante.</p>
-
-<p>Debo advertir que la industria de la hotelería á estilo moderno sólo
-existe aquí desde hace pocos años. Todavía, en las provincias muy
-interiores del Japón, los dueños de las hospederías reciben al viajero
-como los hidalgos de otros tiempos daban albergue al peregrino, por
-seguir las tradiciones. No hay precio fijo, y el posadero se indignaría
-si le hablasen de retribución.</p>
-
-<p>Cuando el pasajero se marcha, entrega de un modo disimulado á la esposa
-ó la doméstica más respetable la cantidad que le parece oportuna,
-añadiendo, después de este regalo discreto, que guardará eterna gratitud
-por tan benévola acogida.</p>
-
-<p>Los hoteleros japoneses á la moderna, que se educaron en el extranjero y
-copian las costumbres de los occidentales, han querido dar á sus
-«Palaces» de varios pisos una originalidad tradicional y patriótica, y
-para ello nada les pareció mejor que buscar la colaboración de un poeta.</p>
-
-<p>Además, estos nipones vestidos de levita que dirigen en su país la vida
-de los modernos «ciruelos» son tal vez más psicólogos que los gerentes
-de los «Palaces» de Europa y América, los cuales tratan á sus clientes
-con la altivez y el alejamiento de un monarca.</p>
-
-<p>¿Quién puede discutir y regatear su cuenta después que lo han comparado
-con un ruiseñor?...<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299">{299}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII<br /><br />
-LOS «KOKOS» DE NARA</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Las plantaciones de té.&mdash;El dios que viajaba montado en un
-ciervo.&mdash;Los venados del Parque Sagrado.&mdash;Las linternas seculares
-de Nara.&mdash;El caballito blanco de ojos azules y rojos.&mdash;Los peces
-del lago santo.&mdash;El pan de Año Nuevo y su peligroso
-amasijo.&mdash;Trenes nevados y hombres semidesnudos.&mdash;Los dos
-Japones.&mdash;Ya tiran contra el nieto de los dioses.</p></div>
-
-<p>Entre Kioto y Nara vemos los primeros campos de té. Este arbusto, de un
-metro escasamente de altura, lo plantan en filas y tiene la copa redonda
-como un naranjo enano. En primavera los agricultores colocan toldos
-sobre las plantas, para defenderlas de los vendavales que soplan sobre
-el archipiélago. Además, todas las plantaciones tienen orlas de bambúes,
-que las abrigan de las inclemencias atmosféricas.</p>
-
-<p>Pasamos ante el pueblo de Uji, que es el principal mercado de té en el
-Japón. Aquí se hacen las grandes compras de esta hierba que produce la
-bebida nacional. El té japonés, consumido enteramente en el país, es más
-fuerte que el chino, de un sabor áspero y silvestre. El de Uji ejerce
-tal influencia sobre el sistema nervioso, que, según cuentan, quien toma
-dos tazas de él no puede dormir en toda la noche.</p>
-
-<p>Los pueblos que vemos desde el tren ofrecen un aspecto alegre con motivo
-del año nuevo, cuyas fiestas<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300">{300}</a></span> duran varios días. Todas las poblaciones
-tienen banderolas y faroles de papel en sus bocacalles. Las fajas de
-tela están adornadas con rótulos japoneses que no podemos entender. Pero
-los caracteres del alfabeto nipón con sus misteriosas y complicadas
-formas, representan un valioso elemento decorativo. Hay letras que
-parecen monigotes gesticulantes, otras semejan paisajes ó bestias
-monstruosas. Los <i>muskos</i>, libres de la escuela en estos días, pueblan
-la atmósfera con una fauna de cometas en forma de dragones, que ondean
-sobre el azul celeste sus rabos de papel.</p>
-
-<p>Nara es la ciudad más antigua del Japón, la primera que habitaron los
-Mikados en una época casi fabulosa, cuando mantenían trato frecuente con
-sus abuelos los dioses y la historia del país era un relato mitológico
-en el que se mezclaban héroes y divinidades.</p>
-
-<p>Uno de los personajes de la mitología japonesa vino á Nara montado en un
-gran ciervo, y desde entonces la ciudad mira con simpatía á los animales
-de esta especie. El Parque Sagrado de Nara tiene siempre una población
-de venados, que se renueva hace más de mil años, sin cambiar de sitio.
-En la actualidad son unos setecientos los que trotan por sus senderos
-confiadamente, saliendo al encuentro de los transeuntes, para toparles
-con un testuz suave, si no les ofrecen algo de comer.</p>
-
-<p>Como todas las ciudades que viven de la afluencia de peregrinos, Nara es
-una aglomeración de posadas, figones y pequeños comercios de objetos
-piadosos y «recuerdos» del país. Atravesamos en <i>koruma</i> la calle
-principal, compuesta por entero de tiendas de esta especie, y vamos
-directamente al famoso parque.</p>
-
-<p>Sus árboles centenarios no son más grandes que los de Niko. Tampoco
-tiene los abundantes arroyos que canturrean junto á los mausoleos de los
-dos Shogunes. Pero<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301">{301}</a></span> las colinas de Nara son muy húmedas, en las
-oquedades que existen entre ellas se abren las copas azules de varios
-lagos pequeños y el musgo esparce su verde capa sobre la piedra, lo
-mismo que en la Montaña Sagrada. Los matorrales son más espesos y altos
-que en Niko, y los venados que pueblan la selva de Nara saltan de pronto
-en medio del camino, con gran estrépito de ramaje que se doblega ó se
-quiebra.</p>
-
-<p>A estos venados que recuerdan la cabalgadura del dios viajero les dan en
-el país el nombre de <i>kokos</i>. Tal vez esta palabra fué empleada por su
-eufonía, que atrae á los animales, haciéndolos acudir indefectiblemente
-á tal llamamiento.</p>
-
-<p>Apenas entramos en el parque, empiezan á correr junto á las <i>korumas</i>
-varias <i>musmés</i> graciosas, con kimonos á rayas amarillas y negras, y una
-faja de lazo enorme sobre los riñones. Todas llevan una cestita con
-galletas de salvado y melaza, agujereadas en su centro y unidas á
-docenas por un hilo que atraviesa los orificios. Es el manjar predilecto
-de los ciervos.</p>
-
-<p>Los jayanes de mangas largas y piernas al aire que tiran de nuestros
-carruajitos están previamente de acuerdo con las vendedoras, y nos
-explican la costumbre tradicional de dedicar un obsequio á los
-descendientes de la cabalgadura del dios. Apenas quedan hechas las
-primeras compras, <i>korumayas</i> y <i>musmés</i> gritan con voz suave y
-acariciante:</p>
-
-<p>&mdash;¡Koko!... ¡Koko!...</p>
-
-<p>Y los <i>kokos</i> empiezan á surgir de todas partes, con la abundancia de
-una invasión de hormigas.</p>
-
-<p>Son animales de aspecto dulce, pelo blanco y rojo, ojos húmedos y patas
-ligeras, de elegante trote. Sólo los más jóvenes conservan sus cuernos.
-Los de algunos años llevan la cabeza completamente mocha con dos
-muño<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302">{302}</a></span>nes duros que revelan á flor de piel el lugar ocupado por las
-antiguas astas.</p>
-
-<p>Todos los años, en la fiesta del dios viajero, los guardianes del parque
-atraen engañosamente á los venados de buena astamenta y se la cortan,
-para fabricar con su materia objetos piadosos, que los bonzos de Nara
-envían á las ricas familias de las principales ciudades del Japón.</p>
-
-<p>Ninguno de los <i>kokos</i> muestra timidez. Se aproximan con una confianza
-que data de siglos, seguros de que el hombre que llega no les hará daño
-y trae para sus mandíbulas ansiosas el más grato de los alimentos. Si un
-perro se desliza en este lugar vedado, hombres y mujeres lo persiguen,
-para que no asuste á las dulces bestias, verdaderas dueñas del parque.</p>
-
-<p>Marchan contoneándose al lado de las ruedas de las <i>korumas</i>. Cuando el
-visitante continúa su paseo á pie, lo escoltan estirando el cuello y
-pasan sobre su pecho el babeante hocico. Huelen el paquete que lleva en
-las manos, pero no osan morderlo. Esperan, con una cortesía que puede
-llamarse japonesa, á que les ofrezcan una galleta suelta, y la toman
-gravemente, haciendo reverencias con el testuz. Los más viejos, al
-alejarse en busca de la generosidad de otros visitantes, muestran dos
-almohadillas blancas, de pelo rizado y fino, en torno al arranque de su
-cola.</p>
-
-<p>Después del almuerzo en el Gran Hotel de Nara, hermoso edificio moderno,
-á orillas de un lago, presenciamos la reunión de todos los venados del
-parque. Es un acto que se reserva para días de gran concurrencia de
-viajeros ó cuando, siendo pocos, pueden éstos pagar á los empleados
-forestales por su trabajo extraordinario.</p>
-
-<p>Un japonés de chaqueta azul, con un crisantemo blanco en la espalda,
-hace sonar su trompeta en las de<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303">{303}</a></span>siertas avenidas. Oímos su diana
-marcial alejándose por las tortuosidades y recovecos de la arboleda.
-Otros hombres gritan con modulaciones especiales para atraer á los
-<i>kokos</i>. Todos los que hemos costeado el espectáculo nos sentamos en un
-gran claro del parque.</p>
-
-<p>Se va aproximando la trompeta, y vemos cómo surgen á la vez en un frente
-de medio kilómetro numerosos «chorros» de venados. Hay que emplear esta
-palabra, porque la invasión animal tiene el mismo ímpetu múltiple y
-diverso de las aguas de una inundación colándose en desorden por todos
-los vacíos que encuentran. Setecientos venados llegan casi á la vez á
-esta plaza de la selva, precediendo ó siguiendo al hombre de la trompeta
-y sus acólitos.</p>
-
-<p>El suelo se cubre de un oleaje incesante de pelos rojos y blancos, sobre
-el cual se alzan centenares de cabezas, unas cornudas, otras con pétreas
-excrecencias. Suena un ruido suave como de agua corriente. Son los miles
-de patitas que, al moverse, hacen chirriar la arenilla del escampado.</p>
-
-<p>Las <i>musmés</i> venden enteras sus cestas de galletas y van en busca de
-otras. Muchos espectadores de esta asamblea animal descienden á la
-extensa plaza ocupada por los venados, y avanzan en el mar de hocicos
-suplicantes, de bocas abiertas, deslizando un dulce redondel en cada una
-de ellas como si echasen cartas á un buzón. Los más audaces, mientras
-rumian el regalo, marchan detrás del generoso dispensador de tales
-golosinas y le topan continuamente en la espalda para que se vuelva y
-repita el obsequio.</p>
-
-<p>Otro atractivo célebre de Nara, después de los ciervos sagrados, son las
-linternas ó <i>toros</i>. En las diversas colinas del parque, rematadas por
-pagodas budistas y sintoístas, los caminos están orlados con dobles ó
-tri<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304">{304}</a></span>ples hileras de linternas de granito sobre torreones de la misma
-piedra.</p>
-
-<p>Estas pagoditas de luz tienen á veces tres y cuatro siglos de
-existencia. Las familias ricas del Japón hacían construir en otro tiempo
-un <i>toro</i> en el Parque de Nara para honrar á sus Ascendientes, y venían
-á verlo el día de la fiesta de las linternas. Una vez por año los 3.000
-ó 4.000 <i>toros</i> que existen bajo las arboledas de Nara se iluminan
-durante una noche, y hasta de las poblaciones más lejanas vienen gentes
-para presenciar este espectáculo tradicional.</p>
-
-<p>Los miles de capillitas de piedra tienen en la citada noche alumbrado su
-interior por una lámpara ó un cirio. Son luces suaves, vagorosas, luces
-«del otro mundo», como las de los cuentos fantásticos, y los
-resplandores vacilantes dentro de su jaula de granito dan una vida
-sobrenatural á la selva obscura y dormida. Admiramos el musgo que cubre
-la piedra vieja de muchos de los <i>toros</i>. En Nara crece tan abundante y
-vigoroso este paño vegetal, que cuelga en forma de borlas verdes de los
-aleros de las linternas.</p>
-
-<p>Presenciamos en una de las pagodas la danza de las bailarinas sagradas
-del sintoísmo, dos jovencitas que ejercen su profesión con menos
-gravedad que la sacerdotisa cincuentona de Niko, y ríen mientras bailan,
-mirando á los visitantes blancos. Su vestimenta y adornos son también
-menos austeros. Sobre la frente llevan una visera en forma de tejadillo.
-Pendientes de ella hay varios tubitos de metal, que se entrechocan
-sonoramente con los movimientos de la danza. Encima han colocado un
-manojo de claveles. El resto de su traje, aunque es blanco y rojo, como
-el de la boncesa de Niko, revela en sus adornos una coquetería profana,
-un deseo de recordar á los fieles que la oficiante es una mujer.<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305">{305}</a></span></p>
-
-<p>En un pequeño establo cerca de una pagoda vemos un caballito blanco,
-absolutamente blanco, con las pupilas azules y las córneas rojas. Es una
-bestia sagrada, mantenida por los bonzos. El dios del templo inmediato
-llegó á Nara montado en un caballo blanco, y los sacerdotes procuran
-tener un animal de la misma especie siempre preparado, por si se le
-ocurre de pronto á su divino señor volverse á las tierras de donde vino
-hace siglos.</p>
-
-<p>El Parque Sagrado tiene una variada fauna de carácter religioso. Además
-de sus centenares de <i>kokos</i> descendientes del gran siervo tradicional y
-del caballito blanco, al que obsequian los visitantes con galletas y
-terrones de azúcar, existe un lago abundante en peces rojos y dorados,
-que son igualmente bestias sagradas. Después de tantos años de respeto y
-generosa nutrición, estos peces han crecido hasta obtener dimensiones
-monstruosas.</p>
-
-<p>Junto á dicho lago, los habitantes de Nara establecen un mercado de
-flores y árboles, donde se puede apreciar la habilidad de los japoneses
-como jardineros de exportación. Yo he visto vender en él naranjos
-enormes cubiertos de frutos, con las raíces tan hábilmente empaquetadas,
-que no había mas que subirlos á un carro ó un vagón para replantarlos á
-muchas leguas de distancia, sin ningún riesgo para su salud vegetal.</p>
-
-<p>Bajo de mi <i>koruma</i> en las afueras de Nara, para visitar la forja de un
-fabricante de sables y puñales á estilo antiguo. Mientras regateo una
-daga con funda de bambú, cuyo filo es tan sutil que puede cortar los
-blanduchos papeles de arroz, me fijo en la casa inmediata, dentro de la
-cual varios hombres gritan y se mueven como si estuviesen realizando un
-esfuerzo penoso.</p>
-
-<p>Al verlos de más cerca, oigo las risotadas con que<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306">{306}</a></span> alegran su pesado
-trabajo. Todos ellos sudan y gesticulan, dando furiosas palmadas sobre
-una masa blanca. Están fabricando el pan de Año Nuevo, ceremonia
-tradicional que se repite durante varios días del primer mes.</p>
-
-<p>Van ligeros de ropa, para trabajar con más soltura, pero llevan ceñido á
-las sienes un estrecho pañuelo rojo, con dos puntas colgantes, parecido
-al tocado de los aragoneses. Cinco de ellos dan palmadas á la pasta,
-entonando una melopea ruidosa, y el sexto levanta con ambas manos un
-mazo de madera pesadísimo y lo deja caer sobre el amasijo.</p>
-
-<p>Es un deporte peligroso, y por eso se entregan á él con una alegría
-gallarda. El que mueve el mazo procura, con perversa astucia, pillar
-debajo de éste la mano de alguno de los amasadores, haciéndola añicos.
-La vanidad de los otros estriba en menudear el palmoteo, escapando con
-ligereza su diestra del mazazo brutal. Como esta ceremonia del amasijo
-del Año Nuevo hace sudar copiosamente, exige mucha bebida. Los joviales
-amasadores huelen á <i>saké</i>, y enardecidos por el alcohol de arroz y sus
-propios cánticos, se alternan en el manejo del mazo, con el santo deseo
-de ser más hábiles que los otros y poder aplastar la mano de un amigo.</p>
-
-<p>Estando en la estación de Nara vemos llegar trenes cuyas techumbres
-blanquean bajo una gruesa capa de nieve. Vienen de la parte del Japón
-adonde vamos nosotros. En Nara no nieva aún, pero sopla un viento
-glacial. Esto no impide que muchos campesinos, casi desnudos, pasen
-tranquilamente junto á los vagones, que dejan caer pedazos de agua
-congelada. También pasan los eternos niños de las escuelas, con un
-kimono ligero á redondeles blancos por toda vestidura, gorra de colegial
-y las piernas al aire, mostrando su carne enrojecida y coriácea por el
-frío.<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307">{307}</a></span></p>
-
-<p>En los andenes veo japoneses con un aspecto de súbditos del Mikado antes
-de que éste ordenase la nueva vida á estilo de Occidente. Algunos viejos
-llevan barbillas de pelos lacios y la cabellera larga atada sobre el
-cogote, con una melena á modo de plumero caída sobre la nuca, igual á la
-de los antiguos samurais. Al mismo tiempo, en las ventanillas de los
-vagones se muestran japoneses vestidos como los trabajadores
-occidentales, soldados con uniforme europeo, mujeres de aire
-independiente que saben ganar su arroz y se han emancipado de la antigua
-esclavitud femenina.</p>
-
-<p>Hay dos Japones: uno que ha entrado á todo vapor en la evolución
-universal del progreso, y otro que, por razones políticas interiores y
-por inercia, quiere permanecer unido á la primitiva tradición. Este
-espectáculo contradictorio y paradojal no puede durar. Ha persistido
-algunos años como los platillos de una balanza, no obstante sus pesos
-distintos, permanecen durante una milésima de segundo igualados en el
-mismo nivel. Los cincuenta años de civilización moderna japonesa
-transcurridos hasta el presente significan un breve instante de su
-historia.</p>
-
-<p>Repito que esta situación anómala no puede mantenerse indefinidamente.
-El Japón tendrá que volver atrás, si quiere conservar su organización
-tradicional. Si desea seguir progresando, deberá avanzar, confiándose á
-lo desconocido, pues representa una candidez infantil querer
-aprovecharse de las ventajas del progreso y no resignarse á correr sus
-riesgos y sufrir sus inconvenientes.</p>
-
-<p>El Japón de las ciudades tradicionales, de los bosques sagrados, de las
-pagodas y las leyendas religiosas, es todavía una realidad; pero no lo
-es menos el Japón de los grandes centros industriales, de las masas
-obreras que<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308">{308}</a></span> copian las organizaciones y reivindicaciones de los
-trabajadores de otros países. El socialismo tiene cada vez más adeptos
-en los centros industriales del Japón. Hay que imaginarse lo que pueden
-ser en el porvenir los jornaleros japoneses si dedican á las doctrinas
-revolucionarias el entusiasmo tenaz, el desprecio á la vida y la escasez
-de necesidades con que sus ascendientes sirvieron al Mikado.</p>
-
-<p>La organización tradicional todavía es muy fuerte y con hondas raíces,
-pero resulta indudable que sus directores han perdido la confianza y la
-tranquilidad de otros tiempos. El gobierno japonés y sus funcionarios
-dan frecuentemente la prueba de esta inseguridad que les impulsa á
-emplear procedimientos indignos de un país salido de la barbarie. La
-policía ha matado á varios japoneses propagandistas del socialismo y á
-otros individuos, simplemente por pertenecer á las familias de aquéllos.</p>
-
-<p>Un socialista famoso del Japón fué asesinado, estando en la cárcel, por
-un capitán de gendarmería, y tan escandaloso resultó el crimen, que los
-tribunales condenaron á varios años de presidio á su autor, aunque
-excusaron en parte su delito y la lenidad de su propia sentencia
-declarando que había matado «por desorientación moral, creyendo hacer un
-bien á su país».</p>
-
-<p>Además, ya existen japoneses que disparan contra el Mikado. El penúltimo
-emperador, verdadero padre de la patria actual, fué objeto de una
-tentativa de asesinato político, á pesar de su gloriosa historia.</p>
-
-<p>Estando yo en Nara leo la noticia de que un obrero acaba de disparar un
-pistoletazo contra el príncipe regente, que es en realidad el emperador.</p>
-
-<p>Hay que haber vivido en este país para darse cuenta con exactitud de lo
-que significan tales atentados. El em<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309">{309}</a></span>perador es el nieto de los dioses
-y habla con ellos frecuentemente.</p>
-
-<p>Hasta hace pocos años no se mostraba nunca en público. Seguía la
-tradición de sus antecesores, que iban escoltados por guerreros de dos
-sables y si un japonés osaba acercarse al emperador para conocerlo
-sentía inmediatamente su cabeza desprenderse de los hombros. Aun en la
-época actual, el representante del Mikado sólo se deja ver en público
-muy de tarde en tarde... Y cuando esto ocurre, siempre hay algún japonés
-que tira contra él.</p>
-
-<p>Es como si el Papa se decidiese á salir de su retiro del Vaticano para
-hacer un viaje por la Vendée ó las Provincias Vascongadas, y el hijo de
-un antiguo devoto lo saludase con varios tiros de revólver, apuntando á
-la cabeza.<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310">{310}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV<br /><br />
-LA ISLA DONDE NADIE NACE NI MUERE</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Osaka y su población industrial.&mdash;El famoso Mar Interior.&mdash;La isla
-de Myajima, donde nadie nace y nadie muere.&mdash;Ni perros, ni
-automóviles, ni telégrafo, ni luz eléctrica.&mdash;El dulce rincón de la
-paz y la vanidad patriótica.&mdash;El príncipe heredero de Corea, su
-esposa y su séquito.&mdash;Embarque bajo la nieve.&mdash;Adiós al Japón
-insular.&mdash;La terrible ironía del Pacífico.</p></div>
-
-<p>Osaka es la ciudad más populosa del Japón, después de Tokío. En sus
-barrios céntricos, muchos edificios de pisos numerosos tienen en sus
-puertas chapas metálicas con rótulos de sociedades industriales. Por
-todas partes grandes almacenes y oficinas. Los transeuntes van vestidos
-á la europea, y solamente cuando pasa una mujer que conserva el traje
-japonés ó al encontrar alguna casita baja de madera que aún subsiste
-entre edificios enormes, á imitación de los de Nueva York, se recuerda
-que estamos en el Japón.</p>
-
-<p>Una espesa red se tiende sobre las cruces de los postes y andamiajes
-férreos de las techumbres: teléfonos, telégrafos, cables conductores de
-luz y de fuerza. Centenares de chimeneas esparcen borrones de humo sobre
-un cielo donde hace medio siglo colocaban los artistas del país sus
-vuelos de blancas cigüeñas.</p>
-
-<p>En algunos talleres las chimeneas de vapor son cuadradas y ostentan en
-una de sus caras el rótulo del esta<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311">{311}</a></span>blecimiento, según la escritura
-japonesa, letra sobre letra. Tienen el aspecto de enormes barras de
-lacre rojizo clavadas en el suelo y con una misteriosa marca de fábrica.
-Aquí están las grandes manufacturas de la sedería japonesa y todos los
-centros de la industria moderna del país.</p>
-
-<p>Canales anchísimos parten las principales avenidas. En todos ellos y en
-el río se ven sampanes de construcción arcaica y remolcadores flamantes
-llevando las mercancías hacia Kobé, que es en realidad el puerto de
-Osaka.</p>
-
-<p>Se nota en esta urbe japonesa la influencia de la clase obrera. Al
-anochecer hay una muchedumbre trabajadora en las calles, compuesta
-especialmente de mujeres que salen de las hilanderías de seda. Entre
-estas japonesas y la <i>musmé</i> de hace pocos años existe una diferencia de
-siglos. Son jornaleras como las de Europa y las imitan en el adorno de
-su persona. Los hombres están organizados para la resistencia pasiva y
-la huelga.</p>
-
-<p>Esta muchedumbre sometida á la industria da á Osaka una abundancia
-extraordinaria de espectáculos públicos y lugares de diversión. Todos
-los comediantes japoneses pasan por esta ciudad. Hay calles enteras de
-teatros y cinematógrafos, con carnavalescos adornos de linternas,
-lienzos escritos y enormes banderas. Como el japonés es sobrio en sus
-necesidades nutritivas, reserva gran parte del jornal para los recreos
-nocturnos. El deseo de todas las obreras es ir al cinematógrafo y vestir
-como las mujeres de Europa. En Osaka se vive ya muy lejos del antiguo
-Japón, visto en los libros y las estampas.</p>
-
-<p>Salimos de esta ciudad para ir hacia Simonoseki, donde nos despediremos
-del Japón insular, pasando á la orilla firme de Asia, á la antigua
-Corea, que es hoy un<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312">{312}</a></span> Japón continental. Pero antes de abandonar la
-mayor de las islas niponas, todavía volvemos á encontrar el primitivo
-pueblo japonés, retardatario y enamorado de sus tradiciones.</p>
-
-<p>Marchamos en ferrocarril un día entero, siguiendo las costas del Mar
-Interior. Aquí están los paisajes y las marinas que copiaron en el
-transcurso de dos siglos y medio los grandes maestros del arte japonés.</p>
-
-<p>Es un mar que nunca ofrece la desnuda monotonía de los horizontes
-oceánicos. Siempre tiene en su fondo un promontorio, una cúspide de
-montaña que emerge solitaria, ó un grupo de islas. El agua, al
-introducirse en la tierra nipona, ha roído las costas con una sucesión
-innumerable de cabos, pequeños golfos, bahías casi cerradas y
-desfiladeros marítimos. Estos últimos son más angostos que muchos ríos,
-pero de considerable profundidad, que permite el acceso á buques de gran
-calado y hasta á los paquebotes del Océano.</p>
-
-<p>Pasamos ante golfos de un agua verde y dormida, en la que permanecen
-inmóviles los sampanes de cabotaje, con velas de persiana y popa de
-carabela. Más allá vemos deslizarse sobre la superficie acuática, como
-si marchasen en sentido inverso, grupos de islitas negras, compuestas de
-picachos volcánicos, que tienen agudas aristas. En otras ensenadas, el
-Mar Interior está agitado por una desviación caprichosa del viento, y
-varias filas de olas verdes y blancas se suceden casi tan juntas como
-los pliegues de un vestido. Es el mar de las estampas japonesas, que
-parece amanerado y antinatural por invención de los artistas, siendo sin
-embargo una copia exacta de la realidad.</p>
-
-<p>Muchos pueblecitos de pescadores se extienden entre la playa y la vía
-férrea. Vemos barcas puntiagudas puestas al seco en plazas, paseos y
-jardines. Grupos de<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313">{313}</a></span> muskos corretean ante las casitas con techo negro y
-cóncavo y paredes de madera sin pintar. Todos agitan los brazos y dan
-gritos viendo el paso del tren, con la exuberancia algo insolente de los
-muchachos japoneses. Éstos sólo adquieren la amabilidad risueña,
-concentrada y un poco inquietante del nipón cuando son hombres y las
-necesidades de la vida los obligan á tal cambio. Por algo las
-autoridades y las asociaciones cívicas, cuando instituyen premios
-públicos, los destinan á «las viudas virtuosas» y á «los niños
-respetuosos».</p>
-
-<p>Al alejarnos por corto tiempo del Mar Interior pasamos ante el castillo
-de Himaja y otras viviendas fortificadas de los antiguos daimios. Estas
-residencias feudales tienen cóncavos tejados negros sobre sus murallas,
-así como en las torres y en el alcázar central. Las almenas al aire
-libre de los castillos de Europa no existieron en la Edad Media
-japonesa. Los samurais disparaban sus ballestas bajo techo y arrojaban
-igualmente piedras y líquidos sobre los asaltantes á cubierto de la
-lluvia y del sol.</p>
-
-<p>Otra vez viajamos frente al Mar Interior, viendo canales salados que se
-deslizan como ríos entre la costa firme y las islas inmediatas. Vapores
-de gran tonelaje avanzan lentamente por estos corredores marítimos. En
-mitad de los pasos surgen islotes é isleoncillos, que aún los hacen más
-angostos.</p>
-
-<p>Una rica fauna marina se multiplica en el laberinto de los canales
-verdes. Las barcas pescadoras son innumerables. Las orillas están
-ocupadas en un espacio de varios kilómetros por redes y otros artefactos
-modernos de pesca. Se ve que las poblaciones ribereñas tienen por única
-industria la explotación de este mar, en el que se quiebra la luz con
-infinitas variedades, según el contorno de las tierras que lo rodean. En
-ciertos lugares ce<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314">{314}</a></span>rrados por montañas es á la vez verde, rojo y azul,
-como si un trozo del arco iris flotase sobre sus aguas.</p>
-
-<p>Empieza á nevar, sin que por ello se oculte el sol. Los campos de arroz
-brillan lo mismo que espejos dentro de un marco blanco; la nieve ha
-cubierto sus ribazos. Aumenta el frío á medida que nos vamos alejando de
-la orilla japonesa que mira á las soledades del Pacífico. Nos
-aproximamos á Corea, península que al despegarse del continente Asiático
-recibe en su dorso el frío soplo de los vientos de Siberia.</p>
-
-<p>Abandonamos el tren para visitar la famosa isla de Myajima, la Arcadia
-japonesa, un pedazo de tierra «donde nadie nace y nadie muere».</p>
-
-<p>El viajero que llegando por Occidente ha desembarcado en Nagasaki y aún
-no ha visto nada del país, se siente profundamente impresionado por la
-paz campestre de esta isla. Los que vienen del interior del Japón
-después de haber visitado la selva de Niko y el parque sagrado de Nara,
-no pueden sentir del mismo modo las impresiones avasallantes de la
-novedad.</p>
-
-<p>Myajima, separada de la tierra firme por un canal del Mar Interior, con
-sus bosques de criptomerios, pinos y árboles frutales que sólo dan
-flores, es toda ella un templo vegetal dedicado á los dioses. Por sus
-senderos trotan los venados, lo mismo que en Nara, con la confianza del
-que no ha conocido nunca el miedo. Nadie puede molestar á estos dulces
-animales, señores de la isla.</p>
-
-<p>Los antiguos japoneses quisieron hacer de este pedazo de tierra un
-modelo de lo que sería la vida humana si no existiesen el dolor, la
-muerte y la necesidad de trabajar para comer.</p>
-
-<p>Una paz absoluta y profunda sale al encuentro del viajero al poner sus
-pies en la isla. Los venados se acer<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315">{315}</a></span>can á lamerle la mano, en espera de
-alguna golosina. En las revueltas de los senderos se tropieza con
-<i>musmés</i> de sonrisa franca que le miran sin los remilgos de la
-honestidad, como si perteneciesen á un mundo de primitiva inocencia, sin
-noción alguna de lo que es pecado. En las frondosidades de la selva
-sagrada va descubriendo capillitas con Budas de piedra, roída por los
-siglos, y linternas de granito que en ciertas noches esparcen su luz
-vagorosa para recuerdo de los Antepasados.</p>
-
-<p>Todo lo que representa la vida moderna, con sus ruidos incómodos y sus
-hediondeces, está prohibido aquí. Ningún perro puede entrar en Myajima,
-para que los venados no sufran alarmas ni miedos. Además, no se toleran
-en la isla automóviles, carruajes de caballos, ni simples <i>korumas</i>.
-Todos deben marchar por sus pies, como en los primeros tiempos de la
-creación. La gasolina es contrabando. Tampoco son permitidos el
-telégrafo, el teléfono y la luz eléctrica.</p>
-
-<p>Hasta hace cincuenta años estaba prohibido igualmente nacer ó morir
-dentro de la isla. Las mujeres embarazadas y los enfermos eran
-embarcados para la orilla de enfrente. La dulzura de una paz inalterable
-rodeaba á los habitantes de este paraíso. Todos sonreían. Jamás sonaba
-una mala palabra, ni las voces coléricas de una contienda.</p>
-
-<p>Ahora la isla feliz conserva sus ciervos familiares y dulces, su
-arboleda sagrada y rumorosa, pero los habitantes humanos han cambiado.
-Se nace y se muere sobre su suelo, como en las demás tierras. Hay
-enfermos, y además hay hoteleros rapaces, que se han establecido en ella
-atraídos por la gran afluencia de visitantes.</p>
-
-<p>El monumento religioso más frecuentado es una pagoda á orillas del mar,
-con la plataforma montada sobre pilotes. Aguas adentro, un <i>tori</i> enorme
-hunde sus dos co<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316">{316}</a></span>lumnas de madera en la superficie tranquila, que
-refleja su imagen. Es tal vez el pórtico más hermoso del Japón por su
-emplazamiento marítimo. En cambio, el templo inmediato, cuando baja la
-marea y queda en seco sobre sus hileras de postes, tiene el aspecto de
-un balneario.</p>
-
-<p>En el interior de este edificio dedicado á la paz se tropieza
-inmediatamente con recuerdos de guerra y peligrosas vanidades del
-patriotismo. Muchos soldados de la contienda ruso-japonesa dejaron aquí
-sus cucharas como un homenaje á la divinidad. En las paredes hay
-pinturas, algo primitivas, representando las principales batallas
-navales de la citada guerra, y el ingenuo artista se complació en
-detallar el efecto mortal de los tremendos cañonazos.</p>
-
-<p>¿Será la paz un eterno ensueño de los humanos?... Estos hombres
-amarillos quisieron crear hace siglos un rincón en el que nadie
-conociese los dolores del nacimiento y de la muerte, un retiro de paz
-donde hombres y animales ignorasen las emociones del miedo, y el
-patriotismo viene ahora en peregrinación á depositar sus recuerdos de
-guerra y cubre las paredes con imágenes de enormes matanzas.</p>
-
-<p>Cuando tomamos el tren para continuar nuestra marcha hacia Simonoseki,
-nos encontramos con un compañero inesperado de viaje, cuya persona atrae
-una afluencia oficial en todas las estaciones importantes. Es el
-príncipe heredero de Corea, que va á pasar una temporada en la capital
-del país regido en otro tiempo por sus ascendientes. Esto de príncipe
-heredero no es mas que un título. Nada puede ya heredar, pues el reino
-de Corea se lo anexionó definitivamente el Japón en 1910.</p>
-
-<p>Vemos en los andenes grupos de militares que vienen por obligación á
-saludar ceremoniosamente á este príncipe olvidado, sin que les inspire
-una verdadera curiosi<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317">{317}</a></span>dad. Los guerreros japoneses son los únicos que
-saben llevar bien su vestimenta de origen europeo. Los gobernadores
-civiles de las provincias se van presentando puestos de frac, con un
-lado del pecho cubierto de condecoraciones, lo mismo que un profesor de
-ocultismo y prestidigitación de los que actúan en los teatros.</p>
-
-<p>La gente popular no se preocupa de este recibimiento monótono y
-aparatoso. En todos los andenes, por modesta que sea la estación, hay
-lavabos al aire libre, hechos de azulejos blancos y con espejos ovales.
-Todos ellos tienen agua caliente en abundancia, y los japoneses que
-afrontan el frío ligeros de ropa aprovechan la ocasión para lavarse el
-cuerpo en público, sin recato alguno, con este líquido que humea.</p>
-
-<p>Sigue nevando, cada vez más copiosamente, y cuando llegamos á
-Simonoseki, á las diez de la noche, á pesar de que el tren se detiene á
-unos cien metros del embarcadero, resulta penoso el corto trayecto. Nos
-hundimos en la nieve hasta cerca de la rodilla, y así vamos llegando al
-buque estrecho y largo, que llena una gran parte del malecón con su
-pared blanca perforada por redondeles de luz interior.</p>
-
-<p>Desde la última cubierta veo una procesión de linternas igual á las que
-figuran en las antiguas estampas japonesas. Es el príncipe que viene á
-embarcarse con todo su cortejo.</p>
-
-<p>A este heredero sin corona, instalado en Tokío, cerca del gobierno, lo
-casaron con una japonesa de gran familia, para tenerlo de tal modo en la
-más absoluta sumisión. Gran número de policías, con uniforme ó en traje
-civil, avanzan sobre la nieve, llevando cada uno de ellos un farol
-redondo de papel. Entre las dos filas de resplandores rojos y amarillos
-que danzan sobre el suelo blanco veo venir al príncipe, un personaje
-asiático, de aspecto<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318">{318}</a></span> decadente, vestido de general japonés y mirando á
-un lado y á otro mientras sonríe tímido é inquieto.</p>
-
-<p>Delante de él marcha su esposa con una petulancia militar, balanceando
-marcialmente un brazo, irguiéndose para que la crean más alta, dentro de
-su gabán de viaje rematado por un sombrero á la moda de Europa. Un
-oficial va pegado á ella para defenderla de la nieve con un paraguas
-abierto de brillante cartón. Todas las atenciones son para la japonesa.
-El marido la sigue como uno de tantos individuos del séquito.</p>
-
-<p>Antes de media hora vamos á alejarnos del Japón insular. Volveremos á
-encontrarlo en la tierra de Corea, pero ésta sólo es japonesa por las
-imposiciones de la fuerza y han de pasar muchos años de tranquilidad
-para que llegue á fundirse verdaderamente con su dominador.</p>
-
-<p>Al alejarnos de las costas del antiguo Imperio del Sol Naciente
-reflexiono para concentrar y fijar mi opinión definitiva sobre él.</p>
-
-<p>Esta opinión no es firme y homogénea. Resulta doble y contradictoria,
-como el espíritu del Japón actual. Admiro el enorme esfuerzo realizado
-por un pueblo que hace medio siglo vivía en su Edad Media y se asimiló
-en tan corto espacio de tiempo todos los progresos materiales realizados
-por el resto de la humanidad. Admiro su buena educación y me asombra
-igualmente su disciplina, que le permitió cambiar de un modo casi
-instantáneo sus pensamientos, sus costumbres y sus trajes, para obedecer
-las órdenes innovadoras del Mikado.</p>
-
-<p>Algunos sólo han visto en todo esto una facilidad enorme de imitación,
-un trabajo simiesco extraordinario. Es cierto que hasta ahora los
-japoneses no han hecho mas que copiar, sin producir algo verdaderamente
-original. Pero medio siglo es un plazo muy corto, y no puede exigirse á
-un pueblo, después de haber<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319">{319}</a></span> realizado en tan pocos años la absorción de
-varias civilizaciones ajenas, que produzca además obras propias y
-originales. Queda por ver en lo futuro si el japonés es un simple
-imitador ó si al dar por terminado el ciclo de su asimilación podrá
-contribuir al progreso universal con un aporte puramente suyo.</p>
-
-<p>El porvenir del Japón resulta más enigmático que el de otros pueblos. No
-se sabe si continuará adelante, aceptando el progreso con todas sus
-consecuencias disolventes para el mundo antiguo, ó sentirá miedo al ver
-que la masa de su obrerismo, cada vez mayor, apadrina las
-reivindicaciones sociales de los blancos, y en tal caso se aislará de
-las demás naciones, cerrando sus puertos como en tiempo de los dos
-Shogunes.</p>
-
-<p>Lo único que sé con certeza es que este pueblo ha sido elogiado con
-exceso, adulado en demasía.</p>
-
-<p>Muchos que por ignorancia se imaginaban á los japoneses como unos «monos
-amarillos» antes de su guerra con Rusia, al verlos luego vencedores los
-han considerado unos superhombres, admirándolos ciegamente hasta en sus
-mayores defectos.</p>
-
-<p>Repito que es asombroso el progreso material de este pueblo y las
-fuerzas defensiva y ofensiva que supo improvisar y organizar en
-cincuenta años. Pero la suerte le ayudó también de un modo
-extraordinario, una suerte que ahora parece haberse vuelto de espaldas,
-dejando caer sobre las islas niponas los cataclismos más destructores.</p>
-
-<p>Para engrandecerse tuvo que batallar con la China, desorganizada y poco
-propensa á la guerra. Su único enemigo importante fué la Rusia de los
-zares, podrida hasta la médula por la inmoralidad administrativa,
-debilitada por el odio popular, y teniendo que mantener sus ejércitos
-casi en el lado opuesto del planeta, sin otro<span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320">{320}</a></span> medio de comunicación que
-el Transiberiano, ferrocarril incompleto, de vía única.</p>
-
-<p>Las grandes potencias tratan con dureza á este pueblo, que continúa
-acariciando silenciosamente su ensueño de dominación sobre la mayor
-parte del Asia. Inglaterra, su antigua maestra y aliada, lo ha dejado de
-su mano. Los Estados Unidos, instalados en Hawai y en Filipinas,
-dispensan á la China amenazada una protección que se expresa con regalos
-más que con palabras.</p>
-
-<p>El Japón siente una cólera sorda, cada vez más grande, al ver que no
-puede avanzar sin que la mano de alguna de las potencias blancas se
-apoye en su pecho.</p>
-
-<p>¡Quién sabe si Magallanes, al dar el nombre de Pacífico al mayor de los
-Océanos, inventó, sin saberlo, la más cruel y sangrienta de las ironías
-de la Historia!...<span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321">{321}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV<br /><br />
-EL REINO DE LA MAÑANA TRANQUILA</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Una mala noche sobre las aguas que presenciaron la gran batalla
-naval de Tsushima.&mdash;El frío de Corea.&mdash;El traje grotesco de los
-coreanos.&mdash;Sus dos sombreros.&mdash;Cómo el Japón se apoderó del reino
-de la Mañana Tranquila.&mdash;Asesinato de la reina por los
-japoneses.&mdash;Horizontes dilatados.&mdash;Procesiones de
-fantasmas.&mdash;Cuervos y tumbas.&mdash;En Seul.&mdash;Las generosas ilusiones de
-un patriota.</p></div>
-
-<p>Un barco nevado inspira una tristeza fúnebre.</p>
-
-<p>En tierra, la nieve lo cubre todo con su blancura uniforme, la casa que
-habitamos, los campos inmediatos, las montañas, el último límite del
-horizonte. En el mar, la lívida superficie atrae con una succión de boa
-las blancas mariposas del invierno, haciéndolas desaparecer. Únicamente
-se amontona la nieve y persiste sobre la cubierta del buque, dándola un
-aspecto de féretro. Al andar por ella nos hundimos en la pasta glacial y
-su contacto nos recuerda el frío de la muerte.</p>
-
-<p>Este buque japonés que va hacia Corea es largo, angosto y de poderosa
-máquina, como un torpedero. Fué construído para la velocidad, sin pensar
-en los nervios y entrañas de las gentes que irían dentro de él. Como
-toda su navegación es por un estrecho, el de Tsushima, entre el Japón y
-el continente asiático, recibe la marejada de lado, y dócil á la ola, se
-acuesta, navegando largo rato en tal posición, hasta que por las<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322">{322}</a></span> leyes
-del equilibrio repite su tumbo sobre la banda contraria.</p>
-
-<p>Pasamos una mala noche por la calidad del buque más que por las furias
-del mar.</p>
-
-<p>Cerca de la isla de Tsushima, situada en mitad del estrecho, es tan
-violento el oleaje y de tal modo se ladea el barco, que para sostenerme
-dentro del lecho necesito agarrarme á sus bordes. No pudiendo dormir,
-salgo de mi camarote, á pesar del frío. En el comedor suena un estrépito
-de loza rota, que hace correr á los pequeños camareros japoneses.</p>
-
-<p>Veo sentados en el salón, como si estuviesen de visita, á la mayor parte
-de los personajes del séquito del príncipe. Los militares conservan
-puestas sus medallas y cordones de oro, sus charreteras, su sable al
-cinto. Los funcionarios civiles siguen con su larga levita correctamente
-cruzada y el sombrero de copa en una rodilla.</p>
-
-<p>Son las dos de la mañana. Como en el buque no hay camarotes disponibles
-para tanta gente, estos personajes amarillos, pequeños y estirados,
-insensibles á la noche y á la violencia de las olas, continúan en sus
-asientos sin perder nada de su aspecto oficial, sin desabrocharse un
-botón, con los ojitos casi cerrados, cambiando solamente de tarde en
-tarde alguna palabra. Están cumpliendo un servicio patriótico. Son los
-cortesanos del príncipe de Corea y al mismo tiempo sus guardianes. El
-príncipe vive sometido al Mikado y perdió todo crédito en su antiguo
-reino, pero nadie puede adivinar el porvenir, y montando la guardia
-junto al heredero sin herencia, velan por la seguridad del Japón.</p>
-
-<p>Vuelvo á mi cama, y para entretener el insomnio recuerdo el célebre
-combate naval de Tsushima, la gran victoria que el almirante Togo obtuvo
-en estas mismas aguas sobre los rusos. Las sacudidas del mar me
-humi<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323">{323}</a></span>llan y al mismo tiempo me hacen admirar la barbarie heroica de mis
-semejantes, que añaden al peligro de la ola y á la violencia del viento
-el estrago de las armas inventadas por ellos. ¡Valerse del cañón y del
-torpedo, metidos en unas cajas férreas é inseguras, sobre este mar
-tempestuoso!...</p>
-
-<p>Hay que reconocer al hombre una brutal superioridad sobre los animales
-más fieros de la creación. Éstos, cuando se baten por comer, necesitan
-una tierra sólida y un ambiente tranquilo. Si tiembla el suelo, si
-estalla una tempestad, si sobreviene una inundación, las bestias más
-feroces cesan de pelear, el miedo las junta y huyen, sin ocurrírseles
-insistir en sus agresiones. El animal humano, sobre islas inestables y
-frágiles construídas por él, dispara cañones monstruosos y sólo piensa
-en destruir al enemigo que tiene enfrente, sin preocuparse del cariz del
-cielo, sin acordarse del abismo abierto bajo sus pies. ¡Y este
-encarnizamiento de su gloriosa superbestialidad empieza á repetirlo
-ahora en los silenciosos desiertos de la atmósfera!...</p>
-
-<p>Al romper el día es menos violento el balanceo, el mar se va serenando,
-los objetos recobran el ritmo de su estabilidad, y al fin nos
-inmovilizamos, llegando á través de los ventanillos del buque un ruido
-de voces exteriores.</p>
-
-<p>Estamos en Fusán, puerto el más importante de la Corea, organizado por
-los japoneses con todas las comodidades que exigen los transportes
-modernos. Desembarcamos fácilmente, y á corta distancia del muelle nos
-espera el tren que ha de llevarnos en diez horas á Seul, la capital.</p>
-
-<p>Necesito hacer una aclaración. Corea y Seul son nombres que sólo usamos
-los blancos y desconocen los coreanos. El verdadero nombre de Corea para
-los del país es Chosen, y Seul se llama en coreano Keijo.<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324">{324}</a></span></p>
-
-<p>Todos los Imperios del Extremo Oriente tienen un nombre poético, que les
-dieron sus primitivos habitantes de acuerdo con sus observaciones
-geográficas ó su vanidad patriótica.</p>
-
-<p>Los japoneses llamaron siempre á su país Imperio del Sol Naciente. Como
-ven surgir el sol por el lado del Pacífico, el nombre no es inexacto.
-Pero juzgando lo que les rodeaba por sus propias sensaciones, llamaron á
-la China Imperio del Sol Poniente, ya que por el lado de esta nación
-continental descendía y se ocultaba el astro diurno.</p>
-
-<p>El nombre de China lo ignoraron completamente los chinos hasta hace
-poco. Por primera vez se ha usado de un modo oficial al proclamarse la
-República. En los numerosos siglos que duró el régimen de los
-emperadores, el vastísimo país amarillo se tituló Imperio de Enmedio.
-Admitían que el Japón fuese el país del Sol Naciente, pero ellos no
-podían ser el del Sol Poniente, pues veían descender á éste más allá de
-sus dominios, en tierras desconocidas.</p>
-
-<p>Colocado entre el Imperio del Sol Naciente y el Imperio de Enmedio, tomó
-el reino de Corea el título que le quedaba disponible, y se llamó
-<i>Cho-Sen</i>, que significa «Mañana Tranquila» ó «Mañana Fresca».</p>
-
-<p>Pisamos el suelo del ex reino de la Mañana Tranquila. El día es
-clarísimo, luce un sol juvenil en un cielo de nítido azul, pero el frío
-resulta extraordinario: un frío más crudo y hostil que el de los países
-donde fueron establecidas las grandes urbes humanas.</p>
-
-<p>De las fuentes de la estación y del muelle, así como de las techumbres
-de los vagones, penden estalactitas de hielo. Arroyos y charcas parecen
-de mármol blanco y bruñido. Hay que llevarse las manos frecuentemente á
-las orejas y la nariz para frotarlas con violencia. Un<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325">{325}</a></span> viento cortante
-viene de la Siberia, á través de esta atmósfera azul empapada en luz
-solar.</p>
-
-<p>Empezamos á ver por todas partes hombres vestidos de blanco, todos ellos
-con una bata ó amplia camisa hasta los talones, que aletea bajo el
-viento. Estas vestiduras parecen aumentar con su color de nieve la aguda
-sensación de frío que nos rodea. Los hombres que trabajan en el puerto
-llevan, además de su bata, un «pasa-montaña», casco tejido que les llega
-hasta los hombros y enmascara una parte de su rostro.</p>
-
-<p>Luego, los verdaderos coreanos, los que usan completo el traje nacional,
-van llegando, atraídos por el desembarco de viajeros. ¿Cómo explicar la
-extravagancia de su indumento?... Visten todos la túnica blanca y debajo
-unos calzoncillos de igual color sujetos al tobillo, y unas sandalias de
-cuero ó de paja. Esto no es extraordinario, aunque resulte poco
-comprensible que, en una tierra cuyo invierno es de los más crudos,
-vayan las gentes vestidas veraniegamente, de algodón blanco. Su tocado
-es lo inverosímil. Todos llevan un sombrero de copa cuyo tamaño no llega
-á ser el de la mitad de su cabeza: un sombrero como el de los <i>clowns</i>,
-que se sostiene gracias á unas bridas atadas por debajo de la mandíbula
-inferior.</p>
-
-<p>Este sombrero no sirve de nada, no puede librarles del sol ni de la
-lluvia, ni siquiera entra en su cabeza, sosteniéndose en la forma que ya
-hemos dicho; y sin embargo, la pequeña chistera, que parece fabricada
-para un niño, es objeto de atenciones y modificaciones, según la época
-del año. En invierno la llevan metida en una funda de hule reluciente;
-en verano le quitan dicha envoltura y queda tal como es, de gasa
-engomada con un armazón de alambre.</p>
-
-<p>De vez en cuando se ve algún coreano que usa otra<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326">{326}</a></span> clase de sombrero,
-antítesis por su enorme tamaño de la chisterita de payaso. Es una
-espuerta de paja con la boca invertida, una especie de plato de bordes
-tan amplios que casi toca los hombros del portador, dejando su rostro
-invisible. Este sombrero-cúpula sólo lo usan los que están de luto.</p>
-
-<p>Sea cual sea el tocado de sus cabezas, los coreanos van á todas partes
-con una pipa de bambú de tubo larguísimo, que les precede lo mismo que
-una antena de insecto ó la hoja del pez-espada. A su final hay un
-hornillo de barro tan exiguo que pueden llenarlo con un pellizco de
-tabaco. Nunca abandonan esta pipa, y con ella en la boca labran los
-campos ó construyen los edificios de las ciudades, lo que da á su
-trabajo una lentitud soñolienta.</p>
-
-<p>Su estatura aventajada aún parece más alta cuando pasan al lado de sus
-dominadores los japoneses. Estos pigmeos disciplinados, activos y
-enérgicos, vestidos de gris, no tienen la majestad de los arrogantes
-coreanos con sus luengas túnicas blancas. Tal es su aire solemne de
-personajes decadentes y perezosos, que el observador acaba por
-acostumbrarse á su pequeño sombrero de payaso, y hasta encuentra cierta
-belleza á sus rostros largos, de nariz algo aplastada, tez pálida y
-barbas lacias.</p>
-
-<p>Este reino de la Mañana Tranquila es uno de los lugares del Extremo
-Oriente que más tardaron en recibir la visita de los blancos. Marco
-Polo, que estuvo en tantos pueblos del Asia del Este, no pasó nunca por
-Corea. El primero que penetró en el país fué un jesuíta español, el
-padre Gregorio de Céspedes, en 1594, pero no pudo ir más allá de los
-alrededores de Fusán, donde nos hallamos nosotros ahora.</p>
-
-<p>Ningún pueblo asiático fué tan cruel como éste en<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327">{327}</a></span> la persecución de los
-misioneros cristianos. Los martirios de Corea resultan los más
-espantosos de todos. Hace cuarenta años nada más, los propagandistas del
-cristianismo arrostraban aún espeluznantes tormentos al circular
-cautelosamente sobre esta tierra, visitando los grupos de coreanos que
-profesaban en secreto dicha religión. Para viajar con más seguridad los
-misioneros, disfrazados con trajes del país, empleaban el sombrero de
-luto, que oculta el rostro.</p>
-
-<p>En nuestros tiempos se disputaron este reino decadente la China, Rusia y
-el Japón. El Imperio chino, gobernado por los soberanos manchures, que
-procedían de los límites de la Corea, era el dominador. Pero el Imperio
-del Sol Naciente, deseando esparcir su exceso de población en el suelo
-asiático, había puesto sus ojos en el país de la Mañana Tranquila.</p>
-
-<p>Con el pretexto de libertar á los coreanos de la «tiranía china», hizo
-la guerra al Imperio de Enmedio en 1894, obligándolo á que reconociese
-la independencia de Corea. Después, como los rusos pretendían influir en
-la política de este país, hizo la guerra á Rusia en 1902, y la batió,
-siempre por defender la independencia de la pobre Corea. Y en 1910, para
-que nadie pudiese atentar más contra la tal independencia, se anexionó
-simplemente la península coreana, declarándola colonia japonesa. Pocas
-veces se ha visto en la Historia tanta generosidad aparente encubriendo
-una hipocresía tan cínica.</p>
-
-<p>Hasta fines del siglo XIX la Corea fué un misterio. Ningún explorador
-europeo había penetrado en ella. Los geógrafos sólo podían saber lo que
-contaban los marinos después de navegar ante sus costas y los relatos
-algo vagos de los misioneros, más atentos á la conquista de las almas
-que al estudio físico del país. Todavía, en 1885,<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328">{328}</a></span> al escribir Elíseo
-Reclús su famosa <i>Geografía Universal</i>, confesaba la escasez de sus
-conocimientos sobre la península de Corea, país que «había procurado
-mantenerse en el olvido sin intervenir en la historia de Asia»,
-añadiendo que el lugar ocupado por este vasto reino daba la impresión de
-una <i>tierra vacía</i>.</p>
-
-<p>Sólo conocían los europeos relatos confusos y fabulosos sobre Corea. De
-tarde en tarde se conmovían un poco al enterarse de horribles martirios
-sufridos por los misioneros. Los japoneses vivían más cerca, su calidad
-de amarillos les permitía deslizarse en el país, y como estaban
-enterados de la riqueza de sus minas y de su fertilidad agrícola,
-descuidada y abandonada, procuraron apoderarse de él por los medios
-falsamente generosos que hemos indicado.</p>
-
-<p>Hubo una reina de Corea que, en 1895, intentó oponerse á los manejos
-absorbentes del Japón. Éste iba apoderándose del país con disimulo, y la
-reina, para contrarrestar su influencia, hizo una política nacionalista,
-francamente coreana, buscando apoyo para ello en los rusos, ya que las
-demás potencias europeas no mantenían relaciones seguidas con su patria.</p>
-
-<p>Los japoneses, que son el pueblo más cortés de la tierra, no reconocen
-obstáculos cuando se proponen la realización de un deseo. Estos
-hombrecitos risueños y amantes de las flores consideran la muerte como
-un accidente sin importancia. Y como les estorbaba la reina de Corea,
-enviaron á Seul un embajador extraordinario, el vizconde Miura Goro,
-para que organizase simplemente el asesinato de dicha soberana.</p>
-
-<p>Un grupo de bandidos á sueldo invadió pocos días después el palacio de
-Seul, mientras varios piquetes de soldados japoneses ocupaban sus
-puertas para que nadie pudiese escapar. Varios oficiales del ejército
-japo<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329">{329}</a></span>nés acompañaron sable en mano al grupo de asesinos. Y la reina de
-Corea cayó hecha pedazos bajo tanta cuchillada mortal. Luego, su cadáver
-fué quemado en un bosquecillo del parque de palacio.</p>
-
-<p>A partir de este crimen político, los monarcas coreanos fueron humildes
-servidores del Imperio japonés, y al emprender éste su guerra con Rusia
-y apoderarse militarmente de Corea, no hizo mas que completar una obra
-preparada desde algunos años antes.</p>
-
-<p>Hoy el ex reino de la Mañana Tranquila es un Japón continental. En los
-primeros años de ocupación los japoneses se mostraron brutales y
-crueles. Luego, al quedar dueños absolutos del país con la aquiescencia
-de todas las naciones, el gobierno japonés ha cambiado de conducta,
-dedicándose á su fomento industrial y agrícola.</p>
-
-<p>Debe reconocerse que en los últimos años los japoneses llevan hechos
-grandes trabajos en Corea. Han saneado las ciudades, construído
-ferrocarriles y carreteras, y sobre todo procuran engrandecer la
-agricultura canalizando los ríos, creando grandes zonas de riego,
-repoblando con enormes arboledas las montañas, taladas por los
-naturales. Tal vez el gobierno de Tokío ha realizado en esta
-colonización, fuera del antiguo solar patrio, mayores obras que para el
-progreso de su propio país.</p>
-
-<p>Pero á ello contestan los coreanos que las reformas no las hacen los
-japoneses para el bienestar de los naturales, sino para mejor desarrollo
-y estabilidad de las muchedumbres niponas, que han caído sobre la tierra
-conquistada como una nube de langosta, acaparándolo todo con su
-actividad absorbente y agresiva. Y esto es tan verdad como lo otro.</p>
-
-<p>Apenas nuestro tren empieza á marchar por las planicies de Corea nos
-damos cuenta de que hemos entrado<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330">{330}</a></span> en un mundo distinto al del
-archipiélago japonés. En el Japón no se ven animales en los campos. La
-tierra es cultivada por el brazo humano, y la mujer trabaja tanto como
-el hombre. Todo está dividido en reducidas parcelas, y por más que se
-viaje horas y horas no se sale de una huerta interminable de pequeños
-cuadros de arroz ó de hortalizas, con surcos escrupulosamente rectos,
-donde todo está agrupado como en una decoración de teatro. El bambú orla
-las porciones de tierra cultivada, y entre éstas surgen árboles
-graciosos cuyas hojas tienen colores de flor.</p>
-
-<p>En el reino de la Mañana Tranquila no existen las amenas sinuosidades
-del cultivo intensivo. Impera la línea horizontal, como en los desiertos
-azules del Océano. Nada es reducido y gracioso, todo es amplio y severo.
-Las montañas tienen más roca que tierra, y brillan bajo el sol con tonos
-rojos de carne desollada. Únicamente en los valles, atravesados por ríos
-y arroyos, se extiende un doble cordón de álamos. En el resto del
-paisaje, la tierra seca por el frío guarda la huella de los surcos, pero
-no se ven árboles, y el suelo sin labrar sólo alimenta matorrales. Los
-pueblos tienen un aspecto de pobreza crónica. Las viviendas son cabañas
-de techo redondo hechas de paja y barro.</p>
-
-<p>Seguimos el curso de un gran río azul con láminas de hielo que se
-desprenden de las orillas nevadas y flotan sobre la corriente, lentas y
-cabeceantes. Unos perros enormes saltan junto á la vía é intentan correr
-á la par del tren, enviándole feroces ladridos. Recuerdo los animales
-fabulosos de piedra, mezcla de perro y de león, que decoran las
-escalinatas de los templos japoneses. Estas bestias de granito con
-mechones puntiagudos, ojos redondos y dentadura aguda de caimán, son
-llamadas por los budistas «perros celestiales» ó «perros coreanos», por<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331">{331}</a></span>
-haber tomado los escultores como modelos á los canes de este país.</p>
-
-<p>Vemos marchar á través de los sembrados largas filas de hombres blancos.
-Las rudas barcazas que descienden el río van tripuladas igualmente por
-hombres blancos. Los trabajadores que reparan la vía visten de idéntico
-color. Por todas partes las mismas procesiones blancas, como si fuese
-este país una tierra de fantasmas que se niegan á ocultarse en las horas
-de sol. Los menos pobres van montados en bueyes, que aquí sirven de
-cabalgaduras, sin abandonar por ello la larga pipa de bambú y el
-sombrerito de copa alta sujeto con cintas.</p>
-
-<p>Pasean á grandes saltos por sembrados y caminos bandas de cuervos,
-gruesos como pavos. Es la primera aparición de este animal, dueño
-absoluto del cielo de Asia. Aquí es más grande y pesado, como si
-engordase con la miseria del país. En China, en la India, en todos los
-pueblos del mundo antiguo, vamos á encontrarlo más pequeño, más gracioso
-de movimientos, pero con una abundancia prolífica de calamidad alada.</p>
-
-<p>Hacemos otro descubrimiento que va á acompañarnos por toda China, con la
-repetición obsesionante de un tema infinito. Vemos en ciertos campos una
-sucesión de montones redondos de tierra, iguales á los que forman los
-agricultores para quemar las hierbas nocivas, ó como las cúpulas de los
-hormigueros en África y América. Son tumbas. Todos los campos tienen
-algunas, y á veces esta sucesión de montículos ocupa colinas enteras. El
-Japón oculta discretamente sus sepulcros. En Corea y China la tierra
-amontonada sobre un ataúd queda así para siempre, y los muertos van
-ocupando con sus cúpulas una parte considerable del suelo que debe
-sustentar á los vivos.</p>
-
-<p>Se nota en las montañas y en los sitios no cultivados<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332">{332}</a></span> la despoblación
-forestal de otras épocas, que ahora procuran remediar los nuevos amos.
-Corea es un país de rudos inviernos, y sus habitantes no poseen la
-dureza de los japoneses para arrostrar el frío. Los coreanos han tomado
-de los chinos su sistema de calefacción. Todas las viviendas, por
-míseras que sean, tienen un subterráneo de piedra, donde se encienden
-hogueras que envían su calor á través del piso de tablas. Para poder
-calentarse durante numerosos siglos, los coreanos han cortado
-primeramente los troncos de sus bosques, y al fin arrancaron sus raíces.</p>
-
-<p>Los japoneses, al menospreciar á estos amarillos que viven bajo su
-dominación, dicen que el fuego fué para los coreanos lo que el opio para
-los chinos. El placer del calor los adormeció, mientras su país iba
-decayendo.</p>
-
-<p>Cerrada ya la noche llegamos á Seul, la antigua Keijo. Al abandonar el
-tren podemos darnos cuenta del frío de este país. Hasta ahora sólo lo
-habíamos sentido al abrir momentáneamente los vidrios de las
-ventanillas. La tierra está tan endurecida, que cruje bajo los pies como
-cristal en polvo. Las huellas de las ruedas sobre un suelo que fué
-blando parecen ahora abiertas con cincel en el granito. Los del país
-acogen con extrañeza nuestros estremecimientos. La temperatura no es mas
-que de 12 grados bajo cero; algo primaveral para ellos, que esperan
-fríos más crueles.</p>
-
-<p>El Gran Hotel de Chosen, donde nos alojamos, está preparado
-afortunadamente para todos los rigores de este clima. Puertas y ventanas
-tienen vidrios dobles. La calefacción es generosa y amplia en todas las
-piezas.</p>
-
-<p>Junto al pórtico hay grupos de mercaderes ambulantes, cuyo aspecto nos
-hace recordar que ya estamos en la verdadera Asia. En el Japón todos son
-japoneses. Sólo de tarde en tarde se ve algún blanco, llegado por<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333">{333}</a></span>
-recreo ó por negocios. En la capital de la Corea nos sale al encuentro
-el Extremo Oriente cosmopolita.</p>
-
-<p>Mezclados con los coreanos hay mogoles de alta tiara de pieles y casaca
-hecha con cueros peludos de oso negro; siberianos con gorro de astracán
-y levita de cosaco, llevando el pecho adornado de cartucheras; judíos
-rusos de perfil ganchudo; manchures de estatura de gigante y chinos: los
-primeros chinos que encontramos. Todos ellos ofrecen pieles sueltas de
-cibelina, de zorro plateado, de otras bestias de pelaje precioso,
-cazadas en la vecina Siberia. Además venden pequeños objetos de jade,
-como si fuesen anuncios del arte chino que vamos á encontrar muy pronto.</p>
-
-<p>Después de comer y antes de ir al teatro coreano, hablo con un
-periodista de Seul, el más célebre de todos ellos, un verdadero héroe.
-Con el entusiasmo de la juventud, este escritor ha emprendido la
-generosa aventura de protestar contra la anexión japonesa y defender la
-antigua independencia coreana.</p>
-
-<p>Sólo le sigue la clase popular, atraída siempre por los luchadores
-audaces y desinteresados. No tiene otras armas que su pluma y su
-energía. El gobernador japonés de Corea lo mete con frecuencia en la
-cárcel por sus artículos, pero el castigo aumenta su popularidad y su
-propio entusiasmo.</p>
-
-<p>Cuando se reune en Europa algún congreso diplomático, se presenta el
-doctor Li, que así se llama dicho joven, con una comisión de
-compatriotas, para exigir que sea devuelta su independencia al país de
-la Mañana Tranquila. Como posee muchos idiomas, le es fácil expresar su
-protesta. En Ginebra los señores de la Sociedad de Naciones lo han
-escuchado muchas veces con aire distraído. ¡Pedir que el Japón renuncie
-á la Corea, cuando ya la posee hace años y guarda en su propia<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334">{334}</a></span> casa,
-como un esclavo feliz, al último heredero de sus reyes!... Que se
-contente con esta única presa es lo que desean las otras potencias.</p>
-
-<p>Si de tarde en tarde pasa por Seul un hombre político ó un escritor
-conocido, el doctor Li le visita para pedirle que aporte su concurso á
-la justa empresa de devolver á todo un pueblo la independencia que le
-arrebataron sin consultarlo.</p>
-
-<p>Oigo en silencio la larga historia de trabajos y penalidades que me
-cuenta este propagandista de fe robusta de tenacidad quijotesca y al
-mismo tiempo de una candidez asombrosa en sus ilusiones.</p>
-
-<p>Está convencido de que su causa triunfará finalmente, y confía para ello
-en Lloyd George y en los Estados Unidos. En una de sus visitas á Europa
-le prometió Lloyd George, sin pestañear, que Corea sería independiente
-dentro de diez años justos. ¡Ah, terrible burlón! ¿Por qué diez años y
-no nueve ú once?...</p>
-
-<p>Para animar á este joven generoso finjo creer en la promesa del político
-inglés.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando él dijo eso&mdash;añado&mdash;sus razones tendrá para afirmarlo. En lo
-que se refiere á la ayuda de los Estados Unidos, tal vez se vea usted
-obligado á esperar un poquito más, querido doctor. Antes de exigir al
-Japón que devuelva á Corea su independencia, los señores de Wáshington
-tendrán que ocuparse de otros dos países que se llaman Puerto Rico y
-Filipinas.<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335">{335}</a></span></p>
-
-<h2><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI<br /><br />
-CAMINO DE LA CHINA</h2>
-
-<div class="blockquot"><p class="hang">Las calles glaciales de Seul.&mdash;El teatro coreano.&mdash;Espectadores que
-se obsequian con hornillos encendidos.&mdash;La viuda enamorada del
-bonzo y el guerrero matador de su rival.&mdash;Bailes simbólicos.&mdash;El
-antiguo palacio de los reyes coreanos y el Capitolio de cemento de
-los japoneses.&mdash;La Puerta de la Independencia y sus caravanas.&mdash;De
-Seul á Pekín en sesenta días.&mdash;Salimos para la China en
-ferrocarril.&mdash;El escenario de la guerra ruso-japonesa.&mdash;Llegada á
-la estación de Mukden.&mdash;Grito mágico de los empleados.</p></div>
-
-<p>Lo que atrajo más la atención de los primeros europeos que visitaron
-Seul fué la anchura de sus calles principales. Tal amplitud, copiada
-indudablemente de las avenidas de Pekín, resalta más enorme á causa de
-la escasa altura de sus edificios. Los japoneses han derribado barrios
-antiguos para abrir nuevas vías, y exceptuando algunas calles tortuosas
-donde subsisten por tradición los comercios más ricos, el resto de la
-ciudad tiene un trazado norteamericano, con amplias avenidas centrales y
-otras adyacentes, no menos desahogadas.</p>
-
-<p>En estas calles de lejana perspectiva hay filas de postes, cuyos brazos
-en cruz sostienen numerosos hilos telefónicos y de alumbrado eléctrico.
-Además, por las avenidas centrales se deslizan los tranvías hasta horas
-avanzadas de la noche.</p>
-
-<p>Son casi las diez cuando me dirijo solo al teatro co<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336">{336}</a></span>reano. Ocupo una
-<i>koruma</i>, cuyo conductor tiene el raro arte de hacerse entender gracias
-á un idioma de su invención, más abundante en gestos que en palabras.</p>
-
-<p>Corre á toda velocidad de sus piernas desnudas, y esta carrera aumenta
-el frío para mí. Voy envuelto en un gabán de pieles; llevo las piernas
-enrolladas en una manta, propiedad de mi <i>kurumaya</i>. Siento además sobre
-mis orejas unas segundas orejas de piel con largos pelos. Aquí todos
-llevan este adorno, hasta los policías y los soldados. Son dos parches
-lanudos con un agujero en su centro, para que su portador pueda oir
-aunque sea con cierta sordina. Pero á pesar de tales abrigos, me siento
-tan desnudo como en una playa al salir del baño.</p>
-
-<p>Es un frío que cae del cielo y surge de la tierra á un mismo tiempo. Un
-vientecillo sutil parece arremolinarlo en torno á cada persona, para que
-no quede ninguna parte de su cuerpo sin conocerlo. Al respirar parece
-que la pulmonía va á colarse hasta lo más hondo del pecho.</p>
-
-<p>Las tiendas están cerradas; no se ve luz en ninguno de los orificios de
-sus pequeños pisos superiores. Por el centro de la calle, bajo una
-hilera de grandes focos eléctricos, se deslizan los tranvías,
-enviándonos el glacial remolino del aire desplazado por su velocidad.
-También se cruzan con nosotros algunas <i>korumas</i>, cuyos conductores,
-medio desnudos y sudorosos, saludan al mío con alegres rugidos.</p>
-
-<p>Entro en el teatro con mi «caballo» nipón, que continúa dándome
-explicaciones á su modo. Es un teatro blanco, grande y frío, hecho de
-cemento armado como cualquiera de Europa. Lo único que le distingue de
-los nuestros es su escenario, con plataforma movible. Mientras en una
-mitad de ella representan los cómicos, en la otra montan los maquinistas
-las nuevas decoraciones, y de este modo, al terminar el acto, no hay mas
-que ha<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337">{337}</a></span>cerla girar para que aparezca el decorado siguiente y continúe la
-función.</p>
-
-<p>Están representando un drama escrito en coreano, y los personajes
-necesitan hablar á toda voz para ser entendidos. Muchos espectadores
-conversan entre ellos al mismo tiempo que escuchan con expresión
-distraída.</p>
-
-<p>Voy sabiendo, por las explicaciones de mi acompañante, que la
-protagonista que dialoga en la escena con un cazador es una mala mujer,
-deseosa de librarse de su esposo, para lo cual seduce al cazador, que se
-encargará de matarlo. Añade otros detalles que dan una lejana semejanza
-á esta obra coreana con uno de los dramas del alemán Hauptmann. Pero á
-mí me interesa más la gran masa de espectadores que veo abajo desde mi
-asiento del primer piso.</p>
-
-<p>Todos van vestidos de blanco, con la luenga bata tradicional. Parecen un
-público de albañiles que aún no se han quitado las blusas del trabajo.
-Como los asientos no están en hileras fijas, los espectadores forman
-corrillos, según sus predilecciones y amistades. Algunos <i>boys</i> del café
-inmediato entran y salen para servir las bebidas que les encargan. Pero
-el género de mayor consumo es el fuego. Los grupos piden hornillos bien
-rellenos de carbones ardientes, y el <i>boy</i> coloca en medio del corro el
-deseado brasero, cobrando en seguida su importe. Algunos del grupo, para
-recibir el calor directamente, permanecen de espaldas al escenario, y
-sólo vuelven medio rostro cuando entra un personaje nuevo ó el rumor
-general les indica que va á ocurrir una peripecia interesante.</p>
-
-<p>Encargo yo también un hornillo al mozo del café, y mis blancos vecinos
-de asiento, con sus mujeres algo marchitas y de flácidos pechos mal
-ocultos por un pañuelo de colorines, me agradecen, sonriendo, esta
-exce<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338">{338}</a></span>lente idea. Pero ni con el auxilio del fuego puedo permanecer en
-este teatro, oyendo un drama que nunca llegaré á entender y aguantando
-un frío que me obliga á colocar las manos junto á las brasas. A la media
-hora me vuelvo al Gran Hotel de Chosen, atraído por la seductora tibieza
-de sus habitaciones.</p>
-
-<p>En la noche siguiente asisto á una representación de bailes coreanos. La
-orquesta la forman hombres barbudos, que tañen sus instrumentos con
-gravedad, como si realizasen una función patriótica.</p>
-
-<p>Un joven que ha viajado por muchas repúblicas americanas de lengua
-española, para ensalzar los progresos de la dominación japonesa en este
-país, y que yo me imagino á sueldo del gobernador de Corea, nos da
-primeramente una conferencia en inglés sobre el baile y la música
-coreana. Lo más interesante para nosotros es conocer el «argumento» de
-los bailes que vamos á presenciar, pues todos ellos consisten en fábulas
-dramáticas, expresadas por la danza y la mímica.</p>
-
-<p>El primer baile es la historia de una viuda enamorada de un bonzo, santo
-varón que no quiere prestarse á sus impúdicos deseos. Esta novela
-bailada, que recuerda tantas novelas escritas, debe ser muy interesante.</p>
-
-<p>Empieza á sonar la orquesta, compuesta de violines de una sola cuerda,
-guitarras de largo mástil, timbales y un <i>gong</i> enorme. La viuda sale
-bailando lentamente de los bastidores. Estas coreanas son menos exiguas
-de estatura que las japonesas; hay en ellas un poquito más de material
-femenino. La danzarina lleva una vestidura parda, de luengas mangas que
-casi tocan el suelo. Gira por el escenario moviendo los brazos y la
-cabeza, y cuando va transcurrido mucho tiempo sin otra novedad, avanza
-el músico del <i>gong</i> y lo coloca cerca de ella.</p>
-
-<p>La viuda da vueltas alrededor del metálico redondel,<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339">{339}</a></span> como si éste la
-atrajese. Luego lo golpea con las puntas de sus mangas, y así se
-entretiene varios minutos. ¿Cuándo saldrá el bonzo?... Después ya no da
-con sus mangas al gigantesco cuenco. Lo aporrea con ambos puños,
-mostrando un frenesí creciente, hasta que, vencida por el estruendo y
-por su propia excitación, cae al suelo. El público, que está en el
-secreto, aplaude, la artista se levanta, saluda y desaparece. Ha
-terminado el baile.</p>
-
-<p>¿Y el bonzo?... El hombre de Dios no sale. Este baile es simbólico, y en
-ello estriba su mérito. La bailarina ha relatado la historia entera con
-sus pies, con sus manos, y sobre todo con sus mangas.</p>
-
-<p>Nos cuenta el conferencista la fábula de otro baile que vamos á
-presenciar. Es la historia de un guerrero celoso de su general porque
-raptó á su amante. El guerrero consigue sublevar á todo el ejército
-contra su caudillo; hay batalla, mata á su rival, lo proclaman rey, y
-después de esto todavía realiza un sinnúmero de cosas que no puedo
-recordar.</p>
-
-<p>Como ya estoy en pleno simbolismo coreano, espero que una sola bailarina
-representará con sus gestos al guerrero, al general, á un ejército de
-varios miles de hombres, al pueblo que aclama al nuevo monarca,
-etcétera. Pero los organizadores de la representación se han lanzado á
-hacer gastos extraordinarios por darnos gusto, y en vez de una bailarina
-veo aparecer dos, con casquetes dorados y unas espaditas de á palmo en
-sus diestras.</p>
-
-<p>Bailan y bailan con diferentes ritmos. Luego hacen gestos, primeramente
-de pie y á continuación sentadas, una frente á otra. Chocan sus
-espaditas, corren, y de pronto saludan y se retiran. Ya está contada la
-historia, sin que hayamos perdido un solo episodio de ella.</p>
-
-<p>No oso reirme de los bailes coreanos. Temo que á un<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340">{340}</a></span> empresario se le
-ocurra llevarlos á París con un conferencista joven que explique sus
-simbolismos en relación con los cánones de la nueva estética. Las damas
-<i>snobs</i>, siempre al acecho de la última moda, pondrán los ojos en blanco
-al hablar de ellos, y no faltará quien escriba artículos y hasta libros
-sobre las sublimidades de un arte incomprensible para los miserables
-burgueses.</p>
-
-<p>Paso un día corriendo la capital de Corea. En sus vías comerciales
-encuentro la confusión de tipos y razas que ya había notado en la puerta
-del hotel el día de mi llegada. Juntos con los hombres del país circulan
-chinos, mogoles y rusos. Pero los japoneses se han apoderado de la vida
-de la ciudad, lo mismo que en el campo tomaron posesión de las mejores
-tierras. Los dueños de los comercios de lujo, los obreros que trabajan
-en las calles, los <i>kurumayas</i>, todos son japoneses. Ningún coreano se
-gana la vida tirando de un cochecillo. Tal vez no le darían el permiso
-necesario para ejercer tal industria. Además, los <i>kurumayas</i>, como
-signo de su origen superior, llevan una gorra con insignias doradas, á
-estilo japonés.</p>
-
-<p>Muchos personajes de camisa blanca se han colocado bajo la chisterita
-con funda de hule una toca, que les cubre desde la mitad de la frente
-hasta la nuca, y lleva en torno una franja de crines recortadas. Por en
-medio de la muchedumbre de súbditos resignados pasan en sus <i>korumas</i> y
-automóviles los altos funcionarios japoneses, con levita y sombrero de
-copa alta, ó los militares á caballo.</p>
-
-<p>Visito el antiguo y múltiple palacio de los reyes de Corea. A pesar de
-su abandono, guarda la majestad melancólica de todo lo decaído que fué
-grande. Quedan fragmentos de la ancha muralla que lo defendía, con<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341">{341}</a></span> sus
-puertas monumentales. Los diversos pabellones ocupan pequeñas alturas.
-Al final de sus graderíos de piedra las columnatas de laca roja
-sostienen techumbres cóncavas de tejas amarillas, por cuyos filos
-marchan procesiones de monos de bronce y dragones quiméricos.</p>
-
-<p>En un extremo del palacio está el museo coreano, que guarda objetos de
-las remotas dinastías, cuando la historia del país aún era obscura y
-confusa. En los edificios que forman su parte central hay una sala de
-recepciones, de techo altísimo, que deslumbra por la diversidad de sus
-colores y sus oros. Aquí se conserva el trono de los antiguos soberanos.
-Detrás de él cubre el muro un riquísimo tapiz de seda con bordados que
-representan dos faisanes de plumaje multicolor. Esta pareja de aves,
-hermosas como el arco iris, fueron las bestias heráldicas del reino de
-la Mañana Tranquila, lo mismo que un par de dragones invertidos
-simbolizaron siempre al Imperio chino.</p>
-
-<p>Quiero ver el salón donde los japoneses dieron muerte á la reina, y los
-diversos guías á quienes me dirijo, asombrosos políglotas hasta momentos
-antes, pierden de pronto el don de lenguas y hasta el oído. No me
-escuchan, y si insisto no me entienden. Ninguno sabe á qué reina me
-refiero.</p>
-
-<p>Entro en los jardines del palacio real para conocer su famoso Comedor de
-Verano. Es un edificio de dos pisos, sin paredes, compuesto únicamente
-de columnatas y un techo con amplios y elegantes aleros. Este comedor se
-halla en el centro de un lago y se llega á él por un puente de mármol.</p>
-
-<p>El lago está helado, profundamente helado, con una congelación que llega
-hasta su fondo, y un enjambre de chicuelos japoneses patina sobre él,
-dando gritos de triunfo. No miran á los pequeños coreanos que se
-agru<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342">{342}</a></span>pan en las orillas; muestran la ceguera orgullosa de los hijos de
-los vencedores, siempre más presuntuosos y crueles que sus padres.</p>
-
-<p>Un acto de bárbara vanidad indigna á todos los viajeros de buen gusto.
-El gobierno japonés de Corea disponía de numerosos terrenos en la
-capital, para construir un palacio que albergase al gobernador y sus
-oficinas principales. Pero los vencedores mostraron empeño en levantar
-este edificio sobre un patio de la antigua vivienda de los reyes, é
-imitando torpemente la arquitectura norteamericana han elevado una mala
-copia del Capitolio de Wáshington, hecha en cemento armado, que aplasta
-con su masa estúpida los delicados y ligeros pabellones del viejo
-palacio de la monarquía coreana y los oculta á los ojos del visitante,
-impidiendo que aprecie su conjunto.</p>
-
-<p>Después de haber visto, lejos de Seul, el famoso «Buda Blanco», imagen
-enorme esculpida en el corte marmóreo de una montaña, me llevan á
-visitar la puerta más reciente de la ciudad, un arco de ladrillo y
-piedra sin ningún valor artístico. Pero esta obra conmemora la
-independencia de Corea, hace veintiocho años, cuando la libertaron los
-japoneses de la «tiranía china» para apoderarse luego de ella en
-absoluto.</p>
-
-<p>Es lugar interesante á causa de la gran afluencia de gentes que pasa por
-él, y me hace recordar ciertas afueras de Madrid. Numerosos carretones
-de traperos, con la «busca» juntada en la ciudad, la llevan á los
-depósitos de inmundicias situados en los campos inmediatos. Los bueyes
-tiran solos. La yunta es considerada aquí como un lujo y sólo se emplea
-en vehículos enormes. Otros bueyes de poca alzada llevan cargas al lomo,
-como las mulas, ó van montados, cual si fuesen caballos, por jinetes de
-túnica blanca, sombrero de <i>clown</i> y larga pipa. Las<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343">{343}</a></span> mujeres cubren sus
-aceitosos pelos con un gorro negro de cuartel. Algunos mogoles y
-manchures, bohemios del desierto, con un perfil picudo de ave de presa,
-pasan al trote de sus caballitos en perpetua rabia, que muerden el freno
-arrojando espuma.</p>
-
-<p>De aquí arranca el camino para Pekín. Antes de que se terminase el
-ferrocarril á la China salían diariamente de esta puerta numerosas
-caravanas. Ahora todavía se forman, de vez en cuando, luengas filas de
-mulos y bueyes, que marchan con lento paso hacia la maravillosa urbe,
-situada para los antiguos coreanos en los últimos confines de la tierra.</p>
-
-<p>Para llegar á Pekín desde esta puerta hay sesenta días de marcha,
-sesenta jornadas abundantes en privaciones y peligros, á través de
-tierras poco seguras y de un extremo del inclemente desierto de Gobi.
-Los blancos, al poder utilizar los diabólicos inventos de nuestros
-países, hacemos el viaje con más rapidez.</p>
-
-<p>A los tres días de haber llegado á Seul salgo para la Manchuria y la
-China. Vuelvo á ver desde el vagón los horizontes amplios de Corea, que
-contrastan con la campiña japonesa, limitada y agradable.</p>
-
-<p>Ríos y lagunas están bajo una gruesa costra de hielo. Los arrozales son
-láminas de cristal opaco. No se comprende cómo logran los hombres
-amarillos que el arroz grane en este país de nieve, siendo un producto
-de las tierras templadas y cálidas.</p>
-
-<p>Sentado á una mesa del vagón-comedor aprecio el rudo contraste entre lo
-que puedo contemplar desde la ventanilla y lo que me rodea dentro del
-vehículo.</p>
-
-<p>Comemos á estilo occidental, bebemos Burdeos, y al mismo tiempo, más
-allá del vidrio en que se apoya uno de mis hombros veo pasar campos
-nevados, grupos de chozas negras, hombres blancos como espectros, casas
-de<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344">{344}</a></span> arquitectura china. El criado que nos sirve no es de raza blanca, ni
-tampoco el cocinero y los demás empleados. Son todos ellos japoneses;
-pero á estos asiáticos se les encuentra desde la orilla americana del
-Pacífico, y los consideramos por costumbre como unos amarillos distintos
-á los otros, como unos parientes por adopción que se han agregado á
-nuestras civilizaciones.</p>
-
-<p>Al pasar junto á una pequeña ciudad vemos un cortejo nupcial. La novia
-ocupa un palanquín de colorines rematado por una flor de loto, dorada y
-balanceante. Detrás marchan los invitados masculinos bajo sombrillas
-pintadas con ramilletes y dragones. Las damas cierran la marcha sentadas
-en <i>korumas</i>.</p>
-
-<p>Después de Heijo, ciudad que sigue en importancia á Seul, las montañas
-son rojas y amarillas. Escasean los arrozales. Los surcos están
-cubiertos de hielo, y sobre esta blancura uniforme, los caballones, con
-sus matojos negros, parecen líneas interminables de tinta china.</p>
-
-<p>Empieza á nevar. Al atardecer, todos los campos están cubiertos de nieve
-reciente y blanquísima. Al ponerse el sol, la llanura y el cielo toman
-una tonalidad de rosa suave, que hace recordar el color de la sangre
-anémica. El termómetro marca 14 bajo cero... ¡Y pensar que hace menos de
-un mes estaba yo en países tropicales, vestido de blanco!</p>
-
-<p>Los coreanos agrupados en las estaciones llevan gorros tártaros y
-casacas de pieles. Vemos en el campo grandes cortas de árboles, montones
-de troncos negros por abajo y amerengados en su cúspide. La nieve ya no
-es granujienta. Parece á la vista pegajosa y compacta, como la albúmina
-batida.</p>
-
-<p>Corremos en la noche por inmensidades que no podemos ver; oímos títulos
-de estaciones que nada dicen á nuestra memoria. De tarde en tarde
-creemos recordar<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345">{345}</a></span> algunos de estos nombres, y evocamos la guerra
-ruso-japonesa. Sobre estas tierras misteriosas, ocultas en la
-obscuridad, se mataron miles y miles de hombres hace veintidós años, y
-el mundo olvidó ya tan espantosa carnicería. Nuevas matanzas humanas han
-borrado su recuerdo. Y así continuará la historia del hombre, al que
-llaman el más inteligente de los animales.</p>
-
-<p>En las estaciones hay tártaros y siberianos que ofrecen ricas pieles de
-bestias cazadas semanas antes. A media noche pasamos un puente y nos
-detenemos bajo una techumbre enorme. Es Mukden.</p>
-
-<p>No conozco ninguna estación de ferrocarril que despierte tanta
-curiosidad é interés: ni aun las más célebres de Londres, de Nueva York,
-de París.</p>
-
-<p>Aquí está el centro de una cruz que forman cuatro vías. Por el Este, ó
-sea por donde llegamos nosotros, se va al Japón. Por el Norte, á Siberia
-y á Rusia, pues aquí empieza, en realidad, el famoso Transiberiano. Por
-el Sur, á una distancia solamente de algunas docenas de kilómetros, está
-la nueva ciudad de Dairén y el famoso Port-Arthur de la guerra
-ruso-japonesa. Por el Oeste, se sigue hacia la China.</p>
-
-<p>Cuando echamos pie á tierra, los empleados lanzan á gritos un aviso en
-chino, en japonés y en inglés; un anuncio de mágica influencia para la
-imaginación; unas cuantas palabras de extraordinaria novedad, preñadas
-de ilusiones y esperanzas; algo que no puede oirse muchas veces en la
-brevedad de una vida humana...</p>
-
-<p>&mdash;¡Cambio de tren para Pekín!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346">{346}</a></span></p>
-
-<p class="fint">FIN DEL TOMO PRIMERO</p>
-
-<h2><a name="INDICE" id="INDICE"></a>ÍNDICE</h2>
-
-<table border="0" cellpadding="4"
-style="margin:auto 15% auto 15%;">
-
-<tr><td><small><i>Págs.</i></small></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#I">I.&mdash;EN EL JARDÍN DE MENTÓN.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_7">7</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#II">II.&mdash;LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE.&mdash;En
-un corral acuático del Hudson.&mdash;Himnos, bailes,
-aclamaciones y banderas.&mdash;Nueva York de día y de
-noche.&mdash;Las obras gigantescas de su Municipio.&mdash;Nueva
-York ciudad de arte.&mdash;Desde lo más alto de
-un «rascacielos».&mdash;El <i>Franconia</i> emprende su viaje.&mdash;«¡Adiós
-los que vais á dar la vuelta á la tierra!».&mdash;¿Quién
-de nosotros pagará el tributo á la Aventura?</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_18">18</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#III">III.&mdash;MI CASA ERRANTE.&mdash;Un vapor sin polvo de
-carbón.&mdash;Desde la quilla á la última cubierta.&mdash;La
-piscina del <i>Franconia</i>.&mdash;Las mujeres de la tripulación.&mdash;Mi
-celda blanca.&mdash;Preparándome, como un
-actor, á cambiar de traje.&mdash;Lo que comieron Magallanes
-y sus compañeros, y lo que comemos nosotros.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_30">30</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#IV">IV.&mdash;LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN.&mdash;El
-Estado Mayor del viaje.&mdash;Más mujeres que hombres.&mdash;Cordial
-familiaridad norteamericana.&mdash;La española
-que conoció tres Papas.&mdash;El cocinero escultor.&mdash;Las
-Frinés de la piscina y la tranquilidad de sus
-compañeros de natación.&mdash;En el canal de Bahama.&mdash;La
-hermosa costa de la Florida.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_42">42</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#V">V.&mdash;LA ISLA DEL AZÚCAR.&mdash;Cuba imaginada por
-un niño.&mdash;Los monstruos guardadores de la puerta
-del Paraíso.&mdash;Habana «la Alegre».&mdash;Los periódicos
-y los casinos.&mdash;Dinero abundante y pródigamente
-gastado.&mdash;Butacas de teatro á cien pesos por noche.&mdash;Los
-nuevos barrios de la Habana.&mdash;Mis habitaciones
-de «huésped de honor».&mdash;Si duermo en ellas
-pierdo mi viaje alrededor del mundo.&mdash;Los bailes de
-máscaras del <i>Franconia</i>.&mdash;El coronel vendedor de
-periódicos.&mdash;Mi enfermedad.</a><span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347">{347}</a></span></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_52">52</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#VI">VI.&mdash;LA ZANJA ENTRE LOS DOS OCÉANOS.&mdash;Dos
-escalinatas de agua y una meseta lacustre.&mdash;Las
-fuerzas eléctricas del canal de Panamá.&mdash;La zona
-norteamericana y su guarnición.&mdash;El lago de Gatún
-y el Paso de Culebra.&mdash;La enorme afluencia de buques.&mdash;Cómo
-los norteamericanos «perdieron el
-tiempo» antes de reanudar las obras.&mdash;El buen negocio
-del canal.&mdash;La prontitud de su limpieza.&mdash;Los
-bosques de sus orillas.&mdash;Panamá la Verde.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_62">62</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#VII">VII.&mdash;PANAMÁ LA VERDE.&mdash;El novelesco Balboa.&mdash;Su
-descubrimiento del Mar del Sur.&mdash;El primer
-europeo que se embarcó en el Pacífico.&mdash;Mortandad
-de colonizadores al pasar el istmo de Panamá.&mdash;El
-primitivo proyecto del canal ideado por los españoles.&mdash;El
-saqueo de Panamá la Vieja por los piratas.&mdash;Me
-bajan en andas para visitar la ciudad.&mdash;El presidente
-Porras y la juventud intelectual.&mdash;Las escuelas
-de Panamá.&mdash;Versos en la noche.&mdash;De una
-acera á otra.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_74">74</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#VIII">VIII.&mdash;LAS COSTAS DEL PACÍFICO.&mdash;Los tres colores
-del Trópico.&mdash;Envidiando á Robinsón.&mdash;La madrastra
-Naturaleza.&mdash;Desfile de tortugas.&mdash;Las malas
-costumbres de la guerra.&mdash;La «Nao de Acapulco».&mdash;Cómo
-los galeones del virreinato de Méjico atravesaban
-el Pacífico.&mdash;50.000 pares de medias de seda
-en cada viaje.&mdash;El centinela que se durmió en la
-muralla de Manila y despertó en la plaza Mayor de
-Méjico.&mdash;El protestantismo y el canto.&mdash;Temporal
-frente á los Ángeles.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_86">86</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#IX">IX.&mdash;EL SECRETO DE LA ESFINGE AZUL.&mdash;San Francisco
-y sus bellezas.&mdash;El Barrio Chino.&mdash;Sus antiguos
-laberintos subterráneos.&mdash;Su aspecto actual.&mdash;Influencia
-de este barrio en la proclamación de
-la República china.&mdash;La propaganda en las calles.&mdash;Las
-farmacias chinas y sus estrafalarios remedios.&mdash;El
-<i>Franconia</i> adquiere nueva vida.&mdash;Los duendes
-de mi camarote.&mdash;La ola que no va á ninguna parte.&mdash;Una
-isla roja que sólo se deja ver unos minutos.&mdash;La
-esfinge azul y el secreto de sus estremecimientos.&mdash;La
-Atlántida del Pacífico.</a><span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348">{348}</a></span></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_100">100</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#X">X.&mdash;EL ARCHIPIÉLAGO DEL AMOR.&mdash;Islas perdidas
-en la inmensidad del Pacífico.&mdash;Los redescubrimientos
-del capitán Cook y el olvido de sus predecesores.&mdash;Los
-pilotos de España conocen Hawai doscientos
-años antes de la llegada de Cook.&mdash;Kamehamea I,
-«Napoleón de Oceanía».&mdash;El amor libre coronado de
-flores.&mdash;Los terribles decretos de la viuda arrepentida.&mdash;Los
-hawaianos pierden el interés de vivir en
-unas islas regidas por la moral de los blancos.&mdash;Maravillosas
-costas de Hawai.&mdash;Las romanzas de un
-pueblo de músicos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_111">111</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XI">XI.&mdash;EL LAGO DE FUEGO.&mdash;Las mujeres de Hawai,
-superiores á los hombres.&mdash;El cinematógrafo en el
-archipiélago.&mdash;El baile de las <i>hulas</i> y los actuales
-tapujos impuestos por la autoridad.&mdash;El paganismo
-de la reina Lilinu-Kalami.&mdash;Las selvas de helechos.&mdash;El
-cráter-lago de Kilauea.&mdash;El guarda del volcán.&mdash;Nocturno
-rojo.&mdash;Una calefacción nunca vista</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_127">127</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XII">XII.&mdash;LA CIUDAD FLORIDA.&mdash;Los nadadores de Honolulu.&mdash;Las
-casas jardineadas de los empleados.&mdash;El
-mundo fantástico del Acuario.&mdash;Los peces-hombres.&mdash;La
-playa elegante de Vaikiki.&mdash;Nataciones en
-Diciembre.&mdash;Los saltadores de olas.&mdash;El gigantesco
-árbol del «Moana Hotel».&mdash;El niño del sombrero.&mdash;Almuerzo
-en la Asociación de la Prensa, con más mujeres
-que hombres.&mdash;El palacio de Lilinu-Kalami.&mdash;Los
-dos jardineros.&mdash;El collar de la reina.&mdash;La señorita
-que por primera vez en su vida habla con un
-español</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_144">144</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XIII">XIII.&mdash;LA SEMANA SIN LUNES.&mdash;Navegando al margen
-de la tempestad.&mdash;Bailes, juegos y asistencia á
-la escuela.&mdash;Carreras de caballos en el buque.&mdash;La
-libertad religiosa de los norteamericanos.&mdash;El cura
-democrático de Minnesota.&mdash;El Mesías de los Angeles.&mdash;Dejamos
-de vivir un día entero.&mdash;Caen en las
-aguas del Pacífico veinticuatro horas de nuestra existencia.&mdash;¿Qué
-habrá sido de mis amigos del Japón?</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_161">161</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XIV">XIV.&mdash;LOS RESTOS DEL CATACLISMO.&mdash;Después de
-diez días de soledad oceánica.&mdash;Aparición matinal
-del Fuji.&mdash;Los marinos de la bahía de Tokío.&mdash;Carabelas
-con motor.&mdash;La antinomia japonesa.&mdash;Enorme
-destrucción de Yokohama.&mdash;La ciudad como fué y
-como la vemos.&mdash;Llegada de mis amigos.&mdash;La <i>koruma</i>
-y el caballo humano.&mdash;El engaño de la noche en
-Yokohama.&mdash;Vamos en busca del verdadero Japón.</a><span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349">{349}</a></span></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_172">172</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XV">XV.&mdash;LA DULCE ESFINGE DE KAMAKURA.&mdash;Origen
-divino del pueblo japonés.&mdash;La vanidosa hermosura
-de la diosa del Sol y las barbaridades de su hermano
-y esposo.&mdash;El Espejo y el Sable.&mdash;Una dinastía
-de 2.600 años.&mdash;El feudalismo japonés.&mdash;Los daimios
-y sus fieles samurais.&mdash;La corte de Kioto la Santa.&mdash;Los
-«Generalísimos» de Kamakura.&mdash;Kio-To y To-Kio.&mdash;El
-camino de Kamakura.&mdash;Ante la imagen del
-Gran Buda.&mdash;La diosa de la Misericordia.&mdash;Un gigante
-divino de bronce sumido en la noche.&mdash;Lo que dice
-la sonrisa de la Esfinge dulce.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_185">185</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XVI">XVI.&mdash;LA NOCHEBUENA EN EL JAPÓN.&mdash;Los japoneses
-disfrazados de europeos.&mdash;Bozales higiénicos.&mdash;La
-gorra del estudiante.&mdash;Las calles de Tokío.&mdash;Los
-tres colores del Japón.&mdash;Las interminables cortesías.&mdash;Los
-cinco peinados de la japonesa.&mdash;Almuerzo
-en el restorán Koyokan.&mdash;La ceremonia de la hospitalidad.&mdash;El
-baile de las <i>geishas</i>.&mdash;Mi conferencia en
-el salón de fiestas del <i>Hochi</i>.&mdash;Concierto orquestal.&mdash;La
-cena de Nochebuena ante un jardín liliputiense.&mdash;Salto
-asombroso de la música japonesa.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_202">202</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XVII">XVII.&mdash;PASEANDO POR TOKÍO.&mdash;Las fiestas florales
-del año.&mdash;<i>Geishas</i> y japonesas honestas.&mdash;Cómo se
-casan los japoneses.&mdash;El amor fuera de casa.&mdash;El paraíso
-de los maridos.&mdash;Opiniones de un moralista japonés
-sobre las mujeres.&mdash;La esclavitud femenina.&mdash;Contradicciones
-del pudor japonés.&mdash;Las mancebías
-del Yosywara.&mdash;Hembras expuestas en escaparates.&mdash;15.000
-muchachas quemadas.&mdash;La gran catástrofe
-de la explanada de Hifukusho.&mdash;Un brasero de 40.000
-personas.&mdash;Agil agonía de las madres japonesas.&mdash;Un
-policía que imita á los samurais.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_221">221</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XVIII">XVIII.&mdash;LOS DOS SHOGUNES DE NIKO.&mdash;Muchos
-templos y poca religiosidad.&mdash;La cortesía con todos
-los dioses.&mdash;Unica religión verdadera del japonés.&mdash;Los
-muertos mandan.&mdash;Todos los japoneses acaban
-siendo dioses.&mdash;El sintoísmo.&mdash;Las tumbas de los dos
-Shogunes.&mdash;El Pericles japonés.&mdash;Sus máximas morales.&mdash;San
-Francisco Javier.&mdash;El consejo que le dan
-los japoneses.&mdash;Fácil difusión del cristianismo.&mdash;Inquietud
-de los Shogunes.&mdash;Miedo al Papa y al rey
-de España.&mdash;Se cierra el Japón por 250 años.&mdash;Persecuciones
-y martirios de los misioneros.&mdash;Camino de
-Niko.&mdash;La buena educación de una caja de comida.&mdash;Un
-regalo de cuarenta kilómetros de árboles gigantescos.</a><span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350">{350}</a></span></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_236">236</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XIX">XIX.&mdash;AL PIE DE LA MONTAÑA SAGRADA.&mdash;Niko
-en la noche.&mdash;El canto infinito de la Montaña Sagrada.&mdash;La
-temperatura inexplicable del Japón.&mdash;Nieve
-y plantas tropicales.&mdash;La desnudez japonesa.&mdash;Junto
-al brasero del anticuario.&mdash;El sereno de las castañuelas.&mdash;El
-amanecer en un hotel del interior del Japón.&mdash;El
-Puente Sagrado.&mdash;Cómo una enorme serpiente
-roja se doblegó en arco para servir á un santo.&mdash;Murmullos
-de agua y musgos invasores.&mdash;Los árboles casamenteros.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_248">248</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XX">XX.&mdash;LA SELVA DE LAS PAGODAS DE ORO.&mdash;El
-mausoleo del Shogun Yeyasu.&mdash;La Puerta del Día.&mdash;Los
-gestos de los Tres Monos.&mdash;Oro, oro, siempre
-oro.&mdash;Los dos sargentos japoneses.&mdash;El templo carcomido
-y sus bonzos pobres.&mdash;Ceremonia sintoísta en
-la soledad de la selva.&mdash;La sacerdotisa de sotana roja
-baila «El camino de los Dioses».&mdash;Me pierdo en las
-espesuras de la Santa Montaña.&mdash;<i>¡Arigató!</i>&mdash;Lucha
-de cortesías con un japonés.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_259">259</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXI">XXI.&mdash;KIOTO LA SANTA.&mdash;El camino de los criptomerios.&mdash;Una
-maravilla que va á desaparecer.&mdash;Historia
-heroica de los cuarenta y siete samurais.&mdash;Zapatillas
-gratuitas en el tren.&mdash;Las pagodas de Kioto.&mdash;Cuatro
-cables de pelos de mujer.&mdash;Las ceremonias
-del culto budista y su rara semejanza con las del
-culto católico.&mdash;El tradicionalismo de Kioto.&mdash;Un
-perro xenófobo.&mdash;Las calles del alegre Yosywara.&mdash;Los
-teatros.&mdash;Actrices-hombres.&mdash;Mi encuentro ante
-un cinematógrafo.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_273">273</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXII">XXII.&mdash;EL TEMPLO DE LOS 33.333 DIOSES.&mdash;Los palacios
-de Kioto.&mdash;La ceremonia de la coronación imperial.&mdash;Mezcolanzas
-de antiguo y moderno.&mdash;El
-templo de los <i>Treinta y tres mil trescientos treinta
-y tres dioses</i>.&mdash;El taller de remiendos divinos.&mdash;La
-pagoda de la cumbre y su fuente milagrosa.&mdash;Lo que
-les ocurre á las japonesas que beben sus aguas.&mdash;El
-hombre de los dos cubos.&mdash;La balada de la hotelería
-japonesa.</a><span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351">{351}</a></span></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_288">288</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXIII">XXIII.&mdash;LOS «KOKOS» DE NARA.&mdash;Las plantaciones
-de té.&mdash;El dios que viajaba montado en un ciervo.&mdash;Los
-venados del Parque Sagrado.&mdash;Las linternas seculares
-de Nara.&mdash;El caballito blanco de ojos azules y
-rojos.&mdash;Los peces del lago santo.&mdash;El pan de Año
-Nuevo y su peligroso amasijo.&mdash;Trenes nevados y
-hombres semidesnudos.&mdash;Los dos Japones.&mdash;Ya tiran
-contra el nieto de los Dioses.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_299">299</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXIV">XXIV.&mdash;LA ISLA DONDE NADIE NACE NI MUERE.&mdash;Osaka
-y su población industrial.&mdash;El famoso Mar Interior.&mdash;La
-isla de Myajima, donde nadie nace y nadie
-muere.&mdash;Ni perros, ni automóviles, ni telégrafo, ni
-luz eléctrica.&mdash;El dulce rincón de la paz y la vanidad
-patriótica.&mdash;El príncipe heredero de Corea, su esposa
-y su séquito.&mdash;Embarque bajo la nieve.&mdash;Adiós al
-Japón insular.&mdash;La terrible ironía del Pacífico.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_310">310</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXV">XXV.&mdash;EL REINO DE LA MAÑANA TRANQUILA.&mdash;Una
-mala noche sobre las aguas que presenciaron la
-gran batalla naval de Tsushima.&mdash;El frío de Corea.&mdash;El
-traje grotesco de los coreanos.&mdash;Sus dos sombreros.&mdash;Cómo
-el Japón se apoderó del reino de la
-Mañana Tranquila.&mdash;Asesinato de la reina por los
-japoneses.&mdash;Horizontes dilatados.&mdash;Procesiones de
-fantasmas.&mdash;Cuervos y tumbas.&mdash;En Seul.&mdash;Las generosas
-ilusiones de un patriota.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_321">321</a></td></tr>
-
-<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXVI">XXVI.&mdash;CAMINO DE LA CHINA.&mdash;Las calles glaciales
-de Seul.&mdash;El teatro coreano.&mdash;Espectadores que
-se obsequian con hornillos encendidos.&mdash;La viuda
-enamorada del bonzo y el guerrero matador de su
-rival.&mdash;Bailes simbólicos.&mdash;El antiguo palacio de los
-reyes coreanos y el Capitolio de cemento de los japoneses.&mdash;La
-puerta de la Independencia y sus caravanas.&mdash;De
-Seul á Pekín en sesenta días.&mdash;Salimos
-para la China en ferrocarril.&mdash;El escenario de la guerra
-ruso-japonesa.&mdash;Llegada á la estación de Mukden.&mdash;Grito
-mágico de los empleados.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_335">335</a></td></tr>
-</table>
-
-<div class="footnotes"><p class="cb">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_A_1" id="Footnote_A_1"></a><a href="#FNanchor_A_1"><span class="label">[A]</span></a> En muchas repúblicas de la América de habla española se han
-publicado numerosas ediciones de estas obras sin permiso del autor.</p></div>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_B_2" id="Footnote_B_2"></a><a href="#FNanchor_B_2"><span class="label">[B]</span></a> <i>Musmé</i>, muchacha; <i>musko</i>, muchacho.</p></div>
-
-<div class="footnote"><p><a name="Footnote_C_3" id="Footnote_C_3"></a><a href="#FNanchor_C_3"><span class="label">[C]</span></a> El eminente dramaturgo francés Brieux ha publicado en su
-libro <i>Au Japon</i> estudios muy interesantes sobre la vida doméstica
-japonesa.</p></div>
-</div>
-
-<p class="c">OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR</p>
-
-<div class="blockquotw"><p><span class="smcap">Terres maudites.</span>&mdash;Traducción de G. Hérelle. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">Fleur de Mai.</span>&mdash;Traducción de G. Hérelle. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">Boue et Roseaux.</span>&mdash;Traducción de Maurice Bixio. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">Dans l’ombre de la cathédrale.</span>&mdash;Traducción de G. Hérelle. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">Terras malditas.</span>&mdash;Traducción de Napoleâo Toscano. Lisboa.</p>
-
-<p><span class="smcap">A Cathedral.</span>&mdash;Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa.
-Lisboa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Flor de Mayo.</span>&mdash;Traducción de Josy Priems. Zurich.</p>
-
-<p><span class="smcap">Die Kathedrale.</span>&mdash;Traducción de Josy Priems. Zurich.</p>
-
-<p><span class="smcap">Erdfluch.</span>&mdash;Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.</p>
-
-<p><span class="smcap">Schilfund Schlamm.</span>&mdash;Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.</p>
-
-<p><span class="smcap">Der Eindringling.</span>&mdash;Traducción de J. Broutá. Berlín.</p>
-
-<p><span class="smcap">De Vloek.</span>&mdash;Traducción del doctor A. A. Fokker. Haarlem.</p>
-
-<p><span class="smcap">Waar Oranjeboomen Blorien.</span>&mdash;Traducción del doctor A. A. Fokker.
-Amsterdam.</p>
-
-<p><span class="smcap">Chalupa.</span>&mdash;Traducción de A. Pikhart. Praga.</p>
-
-<p><span class="smcap">Marná Chlouba.</span>&mdash;Traducción de A. Pikhart. Praga.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ah, il pane!</span>...&mdash;Traducción de F. Gelormini. Palermo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Hvad en Mand har at gove.</span>&mdash;Traducción de Johanne Allen. Copenhague.</p>
-
-<p><span class="smcap">Vinnyi Sklad.</span>&mdash;Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bodega.</span>&mdash;Traducción de K. G. Petersburgo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Geleznodorognoy Zaiaz.</span>&mdash;Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Naloguiza obnagnenaia.</span>&mdash;Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Prokliatac Pole.</span>&mdash;Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Sobor.</span>&mdash;Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Duoyñoy vistrel.</span>&mdash;Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p>
-
-<p><span class="smcap">La Horde.</span>&mdash;Traducción de G. Hérelle. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">Arènes sanglantes.</span>&mdash;Traducción de G. Hérelle. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">O Intruso.</span>&mdash;Traducción de Riveiro de Carvalho. Lisboa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Miseraveis.</span>&mdash;Traducción de Vasco Valdéz. Lisboa.</p>
-
-<p><span class="smcap">L’Intrus.</span>&mdash;Traducción de Renée Lafont. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">A Adega.</span>&mdash;Traducción de E. Sousa Costa. Lisboa-Rio Janeiro.</p>
-
-<p><span class="smcap">Les morts commandent.</span>&mdash;Traducción de B. Delaunay. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">A cortezan de Sagunto.</span>&mdash;Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes
-Rosa. Lisboa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Sur les Orangers.</span>&mdash;Traducción de G. Menetrier. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">The Blood of the Arena.</span>&mdash;Traducción de F. Douglas. Chicago.</p>
-
-<p><span class="smcap">Sonnica.</span>&mdash;Traducción de F. Douglas. Edición de Nueva York y edición
-de Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">The Shadow of the Cathedral.</span>&mdash;Traducción de W. A. Gillespie.
-Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">Blood and sand.</span>&mdash;Traducción de W. A. Gillespie. Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">Obras completas de Blasco Ibáñez</span> (en ruso). Edición en 16 vol. con
-un retrato del autor.&mdash;Traducción de Taitiana Herzenstein y otros.
-Moscou.</p>
-
-<p><span class="smcap">Sangue e Arena.</span>&mdash;Traducción de Ida Mango. Nápoles.</p>
-
-<p><span class="smcap">Oriente.</span>&mdash;Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Bloed en zand.</span>&mdash;Traducción de Van Raalte. Amsterdam.</p>
-
-<p><span class="smcap">Die Hetare von Sagunt.</span>&mdash;Traducción de W. Leydhecker. Berlín.</p>
-
-<p><span class="smcap">Les quatre cavaliers de l’Apocalypse.</span>&mdash;Traducción de G. Hérelle.
-París.</p>
-
-<p><span class="smcap">The Matador.</span>&mdash;Edición inglesa Nelson. Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">Wijn en Liefde.</span>&mdash;Traducción de Van Raalte. Amsterdam.</p>
-
-<p><span class="smcap">I quattro cavalieri dell’ Apocalipse.</span>&mdash;Traducción de Ida Mango.
-Milán.</p>
-
-<p><span class="smcap">The four horsemen of the Apocalypse.</span>&mdash;Traducción de Charlotte
-Brewster Jordan (384 edic.). Edición de Nueva York y edición de
-Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">The Cabin.</span>&mdash;Traducción del doctor Francis Haffkine-Snow. Nueva
-York.</p>
-
-<p><span class="smcap">Luna Benamor.</span>&mdash;Traducción del doctor Isaac Goldberg. Boston.</p>
-
-<p><span class="smcap">The dead command.</span>&mdash;Traducción de F. Douglas. Nueva York.</p>
-
-<p><span class="smcap">Blood and Sand.</span>&mdash;Introduction by Dr. I. Goldberg. Edición de Nueva
-York y edición de Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">The Shadow of the Cathedral.</span>&mdash;Introduction by William Dean Howells.
-Edición de Nueva York y edición de Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">The Fruit of the vine</span> (<i>La bodega</i>).&mdash;Traducción del Dr. Isaac
-Goldberg. Edición de Nueva York y edición de Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">Our Sea</span> (<i>Mare nostrum</i>).&mdash;Traducción de C. Brewster Jordan.
-Edición de Nueva York y edición de Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">De vier ruiters uit de Apocalypsis.</span>&mdash;Traducción de Van Raalte.
-Gravenhage (Holanda).</p>
-
-<p><span class="smcap">Woman triumphant.</span>&mdash;Traducción de Hayward Keniston. Nueva York.</p>
-
-<p><span class="smcap">La Révolution Mexicaine.</span>&mdash;Traducción de Louis Fonges. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">The enemies of Women.</span>&mdash;Traducción de Arthur Livingston. Edición de
-Nueva York y edición de Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">Mexico in revolution.</span>&mdash;Traducción de J. Padin y Arthur Livingston.
-Nueva York.</p>
-
-<p><span class="smcap">Mare Nostrum.</span>&mdash;Traducción de Gilberto Beccari. Florencia.</p>
-
-<p><span class="smcap">Fra gli aranci.</span>&mdash;Traducción Vitagliano. Milán.</p>
-
-<p><span class="smcap">De Dowler beveler.</span>&mdash;Traducción de Van Raalte. Amsterdam.</p>
-
-<p><span class="smcap">La tragedie sur le lac.</span>&mdash;Traducción de Renée Lafont. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">The Mayflower.</span>&mdash;Traducción de A. Livingston. Edición de Nueva York
-y edición de Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">Les ennemis de la femme.</span>&mdash;Traducción de A. de Bengoechea. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">The Torrent</span> (<i>Entre naranjos</i>).&mdash;Traducción de I. Golberg y Artur
-Livingston. Edición de Nueva York y edición de Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">Fior di Maggio.</span>&mdash;Traducción de Gilberto Beccari. Milán.</p>
-
-<p><span class="smcap">Palude tragica.</span>&mdash;Traducción de Gilberto Beccari. Milán.</p>
-
-<p><span class="smcap">Contes Espagnols d’amour et de mort.</span>&mdash;Traducción de F. Menetrier.
-París.</p>
-
-<p><span class="smcap">Vass och Dy.</span>&mdash;Traducción de E. Staaff. Estocolmo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Den Ubudne.</span>&mdash;Traducción de Johanne Allen. Copenhague.</p>
-
-<p><span class="smcap">Fyrefaegteren.</span>&mdash;Traducción de Johanne Allen. Copenhague.</p>
-
-<p><span class="smcap">Den gamle Roenne.</span>&mdash;Traducción de Johanne Allen. Copenhague.</p>
-
-<p><span class="smcap">Os inimigos da mulher.</span>&mdash;Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Luna Benamor.</span>&mdash;Traducción de Renée Lafont. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">Die Apokalyptischen Reiter.</span>&mdash;Traducción de E. Koert. Berlín.</p>
-
-<p><span class="smcap">Vérzö Aréna.</span>&mdash;Traducción de Toth Andras. Budapest.</p>
-
-<p><span class="smcap">Május Virága.</span>&mdash;Traducción de Berki Miklos y Gyori Karoly. Budapest.</p>
-
-<p><span class="smcap">Krev á Písek.</span>&mdash;Traducción de María Votrubová-Haunerova. Praga.</p>
-
-<p><span class="smcap">Blod og Sand.</span>&mdash;Traducción de Sophus Brekke. Prólogo de J. Bojor.
-Cristiania.</p>
-
-<p><span class="smcap">Apokalypsens Fyra Ryttare.</span>&mdash;Traducción de Alberto Bonnier.
-Estocolmo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Capítulos escogidos de V. Blasco Ibáñez.</span>&mdash;Coleccionados por E. Alec
-Woolf. Editor G. Harrap. Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">Probuzeni Budhovo.</span>&mdash;Traducción de Ch. Veith. Praga.</p>
-
-<p><span class="smcap">Een Liefde Op De Balearen.</span>&mdash;Traducción holandesa de P. M. Wink.
-Zalt Bommel.</p>
-
-<p><span class="smcap">Vistas sudamericanas.</span>&mdash;Libro para los estudiantes de español, con
-notas de Carolina Marcial Dorado. Ginn y C.ª, Editores. Nueva York.</p>
-
-<p><span class="smcap">La batalla del Marne.</span>&mdash;Libro para los estudiantes de español, con
-notas del profesor Federico de Onís. Heath y C.ª, Editores. Nueva
-York.</p>
-
-<p><span class="smcap">Genski Ray</span> (<i>El paraíso de las mujeres</i>).&mdash;Traducción rusa de
-Tatiana Herzenstein. La Editorial Rusa. Berlín.</p>
-
-<p><span class="smcap">A Nogyulolok.</span>&mdash;Traducción de Toth Andras. Budapest.</p>
-
-<p><span class="smcap">La femme nue de Goya.</span>&mdash;Traducción de A. de Bengoechea. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">La cité des futailles.</span>&mdash;Traducción de Renée Lafont. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">The Temptress.</span>&mdash;Traducción de A. Livingston. Nueva York.</p>
-
-<p><span class="smcap">Katedrála.</span>&mdash;Traducción de Karel Vit. Praga.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ctyri príserní jezdci z Apokalypsy.</span>&mdash;Traducción checoeslovaca de
-Karel Vit. Ilustraciones de K. Relink. Praga.</p>
-
-<p><span class="smcap">Blod och Sand.</span>&mdash;Traducción de Bruno Lindblom. Estocolmo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Förbannad Jord.</span>&mdash;Traducción de Adolf Hillman. Estocolmo.</p>
-
-<p><span class="smcap">La Tentatrice.</span>&mdash;Traducción de Jean Carayón. París.</p>
-
-<p><span class="smcap">Mare Nostrum.</span>&mdash;Traducción de Karel Vit. Praga.</p>
-
-<p><span class="smcap">I morti comandano.</span>&mdash;Traducción de Gilberto Beccari y Giulio de
-Medici. Florencia.</p>
-
-<p><span class="smcap">La Tentatrice.</span>&mdash;Traducción de Sante Bargellini. Turín.</p>
-
-<p><span class="smcap">In the land of Art.</span>&mdash;Traducción de Francés Douglas. Nueva York.</p>
-
-<p><span class="smcap">Arenes Sanglantes.</span>&mdash;Traducción francesa de G. Hérelle. Edición
-Nelson. Edimburgo (Escocia).</p>
-
-<p><span class="smcap">Kvet Cerne Reky.</span>&mdash;Traducción de Karel Vit. Praga.</p>
-
-<p><span class="smcap">Mokuchi no Shixishi.</span>&mdash;Traducción japonesa de Kanzo Miura. Tokío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Chi to Tsuna.</span>&mdash;Traducción japonesa de Atsuchi Sudzuki. Tokío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Go-gatsu no hana.</span>&mdash;Traducción japonesa de Soichi Okabé. Tokío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Go-gatsu no hana.</span>&mdash;Traducción japonesa de Katsuo Urazawa. Tokío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Shioki ni naru onna.</span>&mdash;Traducción japonesa de Hirosada Nagata.
-Tokío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rakuchitsu.</span>&mdash;Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Seppun.</span>&mdash;Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Hikigaeru.</span>&mdash;Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Ibañez Kessakushiu.</span>&mdash;Traducción japonesa de la señora Nakagawa.
-Tokío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rodnoe more.</span>&mdash;Traducción de M. Watson. Leningrado.</p>
-
-<p><span class="smcap">Zemlia disea.</span>&mdash;Traducción de M. Watson. Moscou.</p>
-
-<p><span class="smcap">Korolawa Calafia.</span>&mdash;Traducción de M. B. Batcoh. Leningrado.</p></div>
-
-<p class="c">OBRAS DEL AUTOR<br /><br />
-CON EL NÚMERO DE EJEMPLARES IMPRESOS EN ESPAÑA<a name="FNanchor_A_1" id="FNanchor_A_1"></a><a href="#Footnote_A_1" class="fnanchor">[A]</a><br />
-DE CADA UNA DE ELLAS,
-HASTA ENERO DE 1925</p>
-
-<table border="0" cellpadding="1" cellspacing="0" summary="">
-<tr><td align="left">CUENTOS VALENCIANOS.</td><td class="rt">60.000</td><td class="c">ejemplares.</td></tr>
-<tr><td align="left">LA CONDENADA (cuentos).</td><td class="rt">64.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes).</td><td class="rt">64.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">ARROZ Y TARTANA (novela).</td><td class="rt">68.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">FLOR DE MAYO (novela).</td><td class="rt">80.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LA BARRACA (novela).</td><td class="rt">104.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">SÓNNICA LA CORTESANA (novela).</td><td class="rt">56.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">ENTRE NARANJOS (novela).</td><td class="rt">88.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">CAÑAS Y BARRO (novela).</td><td class="rt">64.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LA CATEDRAL (novela).</td><td class="rt">72.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">EL INTRUSO (novela).</td><td class="rt">56.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LA BODEGA (novela).</td><td class="rt">60.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LA HORDA (novela).</td><td class="rt">44.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LA MAJA DESNUDA (novela).</td><td class="rt">49.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">ORIENTE (viajes).</td><td class="rt">52.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">SANGRE Y ARENA (novela).</td><td class="rt">136.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LOS MUERTOS MANDAN (novela).</td><td class="rt">56.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LUNA BENAMOR (novelas).</td><td class="rt">48.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LOS ARGONAUTAS (novela).&mdash;Dos tomos.</td><td class="rt">48.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS.</td><td class="rt">164.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">MARE NOSTRUM (novela).</td><td class="rt">104.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela).</td><td class="rt">100.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">EL MILITARISMO MEJICANO (artículos).</td><td class="rt">40.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas).</td><td class="rt">44.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">EL PARAÍSO DE LAS MUJERES (novela).</td><td class="rt">36.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LA TIERRA DE TODOS (novela).</td><td class="rt">66.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LA REINA CALAFIA (novela).</td><td class="rt">60.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">NOVELAS DE LA COSTA AZUL.</td><td class="rt">20.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td align="left">LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA.</td><td class="rt">80.000</td><td class="c">id.</td></tr>
-<tr><td>&nbsp;</td></tr>
-<tr><td class="c" colspan="3">NOVELAS DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN</td></tr>
-<tr><td>&nbsp;</td></tr>
-<tr><td align="left">EL PAPA DEL MAR.</td></tr>
-<tr><td align="left">Á LOS PIES DE VENUS.</td></tr>
-<tr><td align="left">LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN.</td></tr>
-<tr><td align="left">EL ORO Y LA MUERTE.</td></tr>
-</table>
-
-<div class="c">
-<img src="images/inside-back.jpg" height="550" alt="" />
-</div>
-
-<hr class="full" />
-<pre style='margin-top:6em'>
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA;
-VOL. 1/3 ***
-
-This file should be named 63810-h.htm or 63810-h.zip
-
-This and all associated files of various formats will be found in:
-http://www.gutenberg.org/6/3/8/1/63810/
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions will
-be renamed.
-
-Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
-States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
-specific permission. If you do not charge anything for copies of this
-eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
-for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
-performances and research. They may be modified and printed and given
-away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
-not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
-trademark license, especially commercial redistribution.
-
-START: FULL LICENSE
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
-Gutenberg-tm electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
-person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
-1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
-you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country outside the United States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
-on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
-phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:
-
- This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
- most other parts of the world at no cost and with almost no
- restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
- under the terms of the Project Gutenberg License included with this
- eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
- United States, you will have to check the laws of the country where
- you are located before using this ebook.
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that
-
-* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."
-
-* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.
-
-* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.
-
-* You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
-Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
-trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause.
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
-
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-
-</pre>
-</body>
-</html>
diff --git a/old/63810-h/images/cover.jpg b/old/63810-h/images/cover.jpg
deleted file mode 100644
index 20e2be3..0000000
--- a/old/63810-h/images/cover.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/63810-h/images/inside-back.jpg b/old/63810-h/images/inside-back.jpg
deleted file mode 100644
index e0fed27..0000000
--- a/old/63810-h/images/inside-back.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/63810-h/images/inside-front.jpg b/old/63810-h/images/inside-front.jpg
deleted file mode 100644
index f86cf01..0000000
--- a/old/63810-h/images/inside-front.jpg
+++ /dev/null
Binary files differ