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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this ebook. - -Title: La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3 - -Author: Vincente Blasco Ibáñez - -Release Date: November 19, 2020 [EBook #63810] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Chuck Greif, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes and the - Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VUELTA AL MUNDO DE UN -NOVELISTA; VOL. 1/3 *** - - - - - LA VUELTA AL MUNDO, - DE UN NOVELISTA - - - - - VICENTE BLASCO IBAÑEZ - - - LA VUELTA AL MUNDO, - DE UN NOVELISTA - - TOMO I - - ESTADOS UNIDOS.--CUBA.--PANAMÁ.--HAWAI. - JAPÓN.--COREA.--MANCHURIA. - - 80,000 EJEMPLARES - - PROMETEO - Germanías, 33.--VALENCIA - (Published in Spain) - 1924 - - - ES PROPIEDAD.--Reservados todos - los derechos de reproducción, traducción - y adaptación. - - Copyright 1924, by V. Blasco Ibáñez. - - - - - LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA - - - - -I - -EN EL JARDÍN DE MENTÓN - - -Una de las primeras mañanas del otoño de 1923. Estoy sentado en un banco -de mi jardín de Mentón. Árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y -peces, parecen esta mañana completamente distintos á los que veo -diariamente. - -Algo sobrenatural anima cuanto me rodea, como si durante la noche se -hubiesen trastornado los ritmos y los valores de la vida. El jardín me -habla. Esto no es extraordinario. También los muebles nos hablan en las -habitaciones cerradas cuando estamos á solas con ellos, en momentos -críticos de nuestra existencia. En fuerza de mirar las cosas inanimadas -y los seres de vida rudimentaria, acabamos por poner en ellos una parte -de nosotros mismos, con los ojos y con el pensamiento. Luego, cuando las -emociones nos empequeñecen y necesitamos consejo ó auxilio, este mundo -familiar y al mismo tiempo extraño nos devuelve de golpe el préstamo que -le hicimos, día á día. - -Balancean los túneles de rosales sus flores recién abiertas por la -primavera otoñal. Pájaros de todas clases sostienen una lucha sonora de -gorjeos flautinos en las alturas de la arboleda, oasis aéreo que les -sirve de refugio contra los aguiluchos y gavilanes diurnos ó las aves de -presa de la noche, ocultas en la vecina muralla, roja y gigantesca, de -los Alpes Marítimos. Los peces colean inquietos en el agua cargada de -sol, como si persiguiesen á sus mismas sombras que se deslizan por el -fondo verdoso de estanques y fuentes. Cantan los surtidores al desgranar -en el aire sus sartas de blandas perlas. Los abanicos verdes de plátanos -y palmeras dejan caer las últimas lágrimas del rocío matinal. Y toda -esta naturaleza cándida, fresca y pueril como la luz rosada de la -aurora, me pregunta á coro: - ---¿Por qué te vas?... ¿Es que te encuentras mal entre nosotros?... - -Vuelvo mis ojos por toda respuesta hacia el mar violeta, que tiembla -bajo los flechazos del sol más allá de la columnata de árboles. - -Todo lo que me rodea sigue hablándome con lenguas aéreas, vegetales ó -acuáticas. Cada uno dice algo diferente, pero sus voces se confunden y -unifican en la misma dirección, como los diversos temas de una sinfonía. - ---Quédate--dice la orquesta murmurante del jardín--; vas á perder -nuestras flores y nuestros frutos, los dulces atardeceres del otoño, la -compañía serena y luminosa de los libros. El plátano tropical, que sólo -fructifica en contados lugares de Europa, descuelga para ti, en este -rincón asoleado, entre el mar y la montaña, sus pesados racimos. Si te -alejas, otro comerá los encorvados frutos, ahora verdes y luego dorados, -que lentamente van cociendo bajo el fuego solar su pulpa de miel. - -»Ya se hinchan los capullos en las lilas de camelias, no pudiendo -contener el estallido de sus colores luminosos. Pronto se abrirán, -dando paso á sus flores sin perfume, pero deslumbradoras de bella -majestad, como diosas que nunca sonrieron. Y tú no verás esta milagrosa -floración, preparada durante el resto del año como una apoteosis -teatral. - -»Perderás también las fiestas invernales de la Costa Azul, que atraen á -los felices de la tierra: el Carnaval de Niza, las óperas y conciertos -de Monte-Carlo, las regatas, los bailes en hoteles enormes como -alcázares de leyenda, las batallas de flores. Vas á renunciar á las -dulces horas vespertinas en tu biblioteca, cuando la luz filtrándose á -través de las apretadas hojas toma un color verdoso de profundidad -submarina, y tú tienes que seguir leyendo junto á uno de los ventanales -con invisible tela de alambre, que esfuma suavemente el paisaje, deja -entrar nuestro aliento perfumado y cierra el paso á los insectos que -procrea nuestra incansable fecundidad... ¿Por qué te marchas? ¿Qué -inquietud te espolea hacia lo desconocido, volviendo tu espalda á la -risueña paz en que te envolvemos...? - -Alguien acaba de llegar con silencioso paso, sentándose junto á mí, en -el banco de azulejos que representan antiguas danzas valencianas. - -Nadie mas que yo puede verle. Lo conozco. Me ha seguido siempre como un -esclavo, compañero de penas é ilusiones, que llevase el pie metido en el -otro extremo de mi cadena. - -Acabo de sentir ese desdoblamiento interior que todos conocemos en -momentos difíciles de nuestra vida. Es una mitad de mí mismo lo que -acaba de sentarse á mi lado. Su rostro es agresivo y hablan por su boca -la duda y la ironía. - -Sus primeras palabras son para reproducir la misma pregunta que -continúan repitiendo tenazmente los rumores del jardín. Pero mi otro yo -me habla con menos miramientos. - ---¿Por qué te vas? ¿Qué puedes conseguir realizando tu infantil deseo de -hacer un viaje alrededor del mundo?... - -»Si sientes curiosidad por conocer los pueblos lejanos, no tienes mas -que entrar en tu biblioteca, que está á pocos pasos. Allí, entre veinte -mil volúmenes, encontrarás muchos que, con la ayuda de la imaginación, -te harán ver ciudades y paisajes tal vez más interesantes que cual son -en la realidad. - -»Se comprende el viajero de siglos remotos, un Benjamín de Tudela, un -Marco Polo. Iban á descubrir y á contemplar lo que nadie había visto, y -para obtener este resultado bien valían la pena cuantos sufrimientos y -aventuras tuvieron que arrostrar. Pero ahora, un hombre amigo de la -lectura no necesita moverse para conocer los países. A centenares se han -molestado otros hombres para él, realizando dichos viajes y -escribiéndolos después. - -Intento contestar á mi propio fantasma, pero éste continúa hablando, con -un tono cada vez más severo. - ---Piensa en los peligros. Tú ya no eres joven, bien lo sabes; pero como -todos los imaginativos, procuras olvidarlo y te empeñas en trastornar -los períodos fijos de la vida, prolongando los entusiasmos, las -ilusiones y las credulidades pasionales de los veinte años. - -»Es cierto que el progreso humano da cada vez mayor seguridad á los que -se pasean por la tierra, disminuyendo los naufragios y las colisiones -terrestres. Pero existen las enfermedades, los rudos cambios de clima, -las epidemias que resultan permanentes en los pueblos-hormigueros de -Asia, el cólera, la peste bubónica, el vómito negro... Recuerda también -las catástrofes ciegas é injustas de una naturaleza que nos ignora. Hace -un mes, un temblor de tierra casi ha borrado las principales ciudades -del Japón, adonde tú quieres ir. En unos minutos ha suprimido más de un -millón de vidas. - -»¿Quién eres tú para lanzarte á través de mares y continentes, con la -misma tranquilidad que te paseas por los rincones floridos de tu jardín? -Unos cuantos kilos de sangre, de músculos y huesos, que para -distinguirse de otros paquetes semejantes ostenta un rótulo propio, como -todos ellos; un amontonamiento provisional de células que se llama -Blasco Ibáñez, y tiene una memoria que le permite acordarse de los -hechos pasados y sacar deducciones de ellos que le guíen en el presente -y le sirvan de base para fantasear sobre el porvenir. La tierra no sabe -que existes, como ignora igualmente á los mil ochocientos millones de -parásitos de tu misma especie que viven sobre su costra. Basta que se -estremezca su epidermis en los lugares predispuestos á este pequeño -escalofrío, para que cambie el equilibrio político del mundo. ¡Y tú te -confías á la bondad de este globo, que cuando siente de vez en cuando la -picazón producida por las agitaciones, las guerras ó los grandes -trabajos de los humanos, pasa sobre nosotros el peine de sus -cataclismos!... - -»No olvides que te restan menos años de existencia que los que llevas ya -vividos, y lo prudente es quedarse quieto en el rincón planetario donde -transcurrió la mayor parte de tu historia individual y en el que tienes -relativamente asegurada la tranquila prolongación de esa misma -existencia. Lo más cuerdo en el hombre--piense como piense--es alargar -su vida por todos los medios defensivos y conservadores que encuentre á -su alcance. - -»¡Si á lo menos pudiéramos conseguir viajando el olvido de nuestras -penas!... Pero acuérdate de Horacio: «La negra preocupación monta á la -grupa del jinete.» Por eso, según el poeta latino, aunque te instales -en el buque más veloz y éste navegue sin descanso por todos los mares, -las mismas cosas que te afligen aquí irán contigo alrededor del planeta. - -Como finalmente mi hostil compañero hace una pausa, yo me apresuro á -hablar. - ---Ahora es el momento propicio para mi viaje. Si tardo en emprenderlo -vendrá la vejez, y con ella los achaques que debilitan nuestros órganos -vitales y agarrotan reumáticamente nuestros músculos. - -»Hay que conocer por completo la casa en que hemos vivido, antes de que -la muerte nos eche de ella. Recuerda que desde mis primeras lecturas de -muchacho sentí el deseo de ver el mundo, y no quiero marcharme de él sin -haber visitado su redondez. Ten en cuenta además la voluptuosidad del -movimiento, las embriagueces de la acción, la ardiente curiosidad de -contemplar de cerca, con los propios ojos, lo que se leyó en los libros. -Tal vez sufra grandes desilusiones y lo que imaginé sobre las páginas -impresas resulte más hermoso que la realidad. Pero siempre me quedará el -placer de haber llevado una existencia bohemia á través del mundo. - -»Piensa que voy á atravesar ocho mares, de un extremo á otro--el Océano -Atlántico, el mar de las Antillas, el Océano Pacífico, el mar del Japón -y el de la China, el Océano Índico, el mar Rojo, el Mediterráneo--; que -voy á navegar por los tres cursos fluviales más famosos de la historia -humana, cuyas aguas sirvieron de leche maternal á las primeras -civilizaciones: el río Amarillo, el Ganges y el Nilo. Deseo ver razas, -costumbres y ciudades distintas de esta Europa, cuyos pueblos, -monótonamente unificados, sólo se diferencian por el odio que inspira la -vanidad patriótica, por la guerra y la política. Si tardo unos años, me -será imposible emprender este viaje. ¿Y tú te opones--evocando y -agrandando peligros--á que realice el mayor deseo de mi vida?... - -Mi otro yo sonríe irónicamente, y se extiende por su rostro la palidez -verdosa de la envidia. Ha desistido de infundirme la duda que ablanda -nuestra voluntad y nos hace abandonar los propósitos más firmes. Adivino -que ahora va á someter mi proyecto á una crítica mordaz. - ---Tu viaje es demasiado rápido--dice con mansedumbre hipócrita--. Si -durase varios años, tal vez sería respetable; pero ¡dar la vuelta al -mundo en unos cuantos meses! ¿Qué vas á ver? ¿Qué podrás contar?... - -»Bien sé que el perfeccionamiento de los medios de comunicación agranda -ahora considerablemente el valor de los días y los años. Julio Verne -relató como empresa extraordinaria un viaje alrededor del mundo en -ochenta días. Hoy se puede dar la vuelta á nuestro planeta en menos -tiempo. Tú vas á emplear en ello seis meses, pero de todos modos verás -personas y cosas como en una representación cinematográfica. Sólo podrás -apreciar el aspecto exterior de los pueblos; no alcanzarás á poseer el -más leve destello de su alma. ¿Para qué cansarte por tan mediocre -resultado?... - -A mi vez creo llegado el momento de hablar duramente. - ---El valor del tiempo está en relación con las facultades del que -observa. Los días de viaje de algunos valen más que los años y los años -de otros. Acuérdate del viaje de Chateaubriand por América. Los -críticos, al estudiarlo ahora minuciosamente, con arreglo á las fechas, -han demostrado de modo indiscutible que sólo pudo visitar los -alrededores de Nueva York y Filadelfia, ciudades que estaban casi en -formación, dentro de los Estados Unidos nacientes. Ni vió el Niágara, ni -pudo navegar por el Misisipí; pero esto no le impidió dejar de ellos -descripciones que muchos aprecian como insustituíbles. Además, trajo de -allá la novela _Átala_, que ha hecho suspirar de emoción á varias -generaciones, y con ella el empuje inicial del movimiento romántico, así -como ciertos procedimientos descriptivos que después de pasado más de un -siglo todavía emplea la literatura contemporánea. - -»El artista sólo necesita ver una parte de la verdad. El resto de la -verdad lo adivina por inducción, y las torres afiligranadas que levanta -con su fantasía son casi siempre más fuertes y duraderas que los -edificios de mazacote, escrupulosamente cimentados, que construye la -grisácea realidad. ¿Quién puede, además, marcar dónde terminan los -límites de una exacta observación? Muchas veces, después de vivir -largamente en un país, cuando nos marchamos de él, saturados de su -esencia y creyendo que ya lo sabemos todo, es cuando nos ofrece las -facetas más inesperadas y nuevas. - -»Me bastan esos meses de que hablas para que mi viaje resulte -interesante. Un hombre de nuestra época, si es aficionado á los libros, -sabe de antemano gracias á sus lecturas lo que va á ver cuando emprende -un viaje, y sólo necesita comprobar por medio de sus ojos, con una -visión puramente individual, lo que tantas veces contempló -imaginativamente en las hojas de los volúmenes impresos. - -»Tú olvidas, además, cómo somos muchos novelistas. Nuestra observación -resulta instintiva. Observamos contra nuestra voluntad. Somos aparatos -fotográficos con el objetivo siempre abierto y tomamos cuanto nos rodea -de un modo maquinal. Esto hace que lo que no vemos en el primer momento -ya no logramos verlo después, por más que nos esforcemos. - -»Yo he escrito novelas cuya acción se desarrolla en ciudades que sólo -vi durante unos días, y muchos lectores se imaginaron, después de -conocer mis descripciones, que había vivido en ellas meses y aun años. -Somos como ciertos tiradores «repentistas», que si se entretienen mucho -en apuntar no dan en el blanco. Necesitan tirar instintivamente, -guiándose por la voluntad más que por los ojos. - -»No todos los que describen la vida usan los mismos procedimientos para -romper la coraza invisible que nos opone la realidad, deseosa de que no -la cautivemos. Unos proceden pacientemente, con una labor lenta de -perforación. Yo soy de los que producen por explosión. Mi trabajo -resulta semejante al del torpedo que parte vertiginosamente: unas veces -toca en el blanco deseado, otras se pierde sin éxito en el vacío; pero -cuando estalla, lo hace con una brevedad instantánea y tumultuosa. - -»Sólo voy á viajar como novelista. No pienso escribir estudios políticos -ni económicos sobre los países por donde pase. Contaré lo que vea y lo -contaré á mi modo, como el que describe las personas y los paisajes de -una fábula novelesca, sólo que ahora los seres y las cosas conservarán -los mismos nombres que llevan en la realidad. - -»En cuanto al alma de los pueblos y de los individuos, permíteme que no -dé gran importancia á esa manoseada y acomodaticia objeción. ¿Quién -puede marcar el plazo de meses ó de años que es necesario para conocer -el alma de una nación ó una raza?... ¿Basta la vida entera de un -escritor para completar plenamente tal estudio?... ¿No ha ocurrido más -de una vez que, por adivinación genial, un simple observador de paso ha -visto lo que no alcanzaron á descubrir otros después de larguísimos y -miopes estudios?... - -»Resultan tan complejas las almas, que no llegan á ser bien conocidas ni -aun de sus mismos poseedores, así sean colectividades ó personas. -Recuerda el caso de Lafcadio Hearn, el gran novelista norteamericano. Su -pueblo predilecto fué el Japón. En sus libros sobre este país han bebido -y hasta han robado numerosos autores. En el Japón vivió catorce años -seguidos; aprendió su idioma perfectamente; casó con una japonesa; se -hizo maestro de escuela para estudiar en los pequeños nipones el génesis -de la psicología de los amarillos; y sin embargo, á la hora de su muerte -confesó con una franqueza melancólica: «El alma de los japoneses -continúa siendo un misterio para mí.» - -»Respetemos el misterio de las almas extrañas, ya que ninguno de -nosotros logrará conocer jamás el misterio de la propia alma, que tantas -veces nos sorprende con sus decisiones inesperadas. Ese misterio eterno -es el que da interés inagotable á la existencia humana. Si un día, -blancos y cobrizos, rojos y negros, conociésemos perfectamente nuestras -almas, la vida perdería sus mejores emociones, y nuestra historia -resultaría aburridísima, con la monotonía de las cosas esperadas é -invariables. - -»Unas palabras más, y termino, malhumorado compañero. Dure lo que dure, -mi viaje siempre resultará más interesante que la inmovilidad en este -rincón agradable de la tierra. Mejor es dar la vuelta al mundo en unos -cuantos meses, que no darla nunca. - -»Debo confesar que en este periplo mundial que preparo hay un poquito de -orgullo literario. Algunos marinos y diplomáticos españoles realizaron -viajes de circunnavegación del planeta; pero fueron viajes que pueden -llamarse «oficiales», con observaciones y curiosidades casi siempre de -carácter profesional. Después que el judío hispánico Benjamín de Tudela -salió en el siglo XII (hace ochocientos años) á explorar el mundo -conocido de oídas por los hombres de la Edad Media, y consignó en un -libro sus correrías hasta la India, yo voy á ser uno de los contadísimos -escritores españoles que habrán repetido espontáneamente la misma -empresa, aunque con ello no haré mas que imitar lo que realizan todos -los años buen número de autores ingleses y norteamericanos y de damas de -los mismos países aficionadas á la literatura. Pretendo escribir un -libro que encierre en sus páginas el rebullir de los pueblos-colmenas -del Extremo Oriente; la soledad majestuosa de los océanos, guardadores -de las fuerzas renovadoras del planeta; la melancolía histórica de las -grandes civilizaciones, muertas ó agonizantes. - -Después que digo esto se abre un largo silencio. El jardín va acallando -sus rumores bajo la pesadez del sol, cada vez más alto. Mi interlocutor -calla también. - ---¿Tienes algo más que decirme?--le pregunto. - -Él insiste en su mutismo, enfurruñado y hostil; un silencio de -adversario que se confiesa vencido momentáneamente, pero pone su -confianza en la fatalidad, esperando que le ayudará en lo futuro. - ---Entonces, ahí te quedas. Te dejo sobre este banco, como algo que me -estorba para seguir adelante... ¡Empiece el viaje! - - - - -II - -LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE - - En un corral acuático del Hudson.--Himnos, bailes, aclamaciones y - banderas.--Nueva York de día y de noche.--Las obras gigantescas de - su Municipio.--Nueva York ciudad de arte.--Desde lo más alto de un - «rascacielos».--El «Franconia» emprende su viaje.--«¡Adiós los que - vais á dar la vuelta á la tierra!»--¿Quién de nosotros pagará el - tributo á la Aventura? - - -La orquesta del _Franconia_ entona de pronto un himno patriótico que -tiene la lentitud religiosa de un salmo. - -Las gentes dejan de reir y de gritar; las cabezas se descubren; cesa el -mutuo envío de serpentinas entre las cubiertas del buque y la multitud, -superpuesta en tres largas masas, que ha venido á presenciar su partida. -Se interrumpe momentáneamente el espesamiento de la trama de cintas -multicolores tendida del muro de acero móvil de la nave al muro sólido -de hierro y madera, cuyas raíces se hunden en el lecho subfluvial. - -Estamos en un patio de agua, de gran profundidad. Este patio lo forman -las espaldas de un edificio enorme de hierro, y dos alas de igual -construcción que avanzan sobre la llanura líquida varios centenares de -metros. El fondo de este rectángulo está abierto y se ven pasar por él -incesantemente--como por el espacio practicable de una decoración -teatral--gigantescos trasatlánticos de varias chimeneas; veleros de -cinco ó seis palos, desnudos de lona, que siguen á un remolcador negro, -inquieto y rumoroso como un mosquito acuático; incansables -transbordadores, verdaderos alcázares flotantes, que llevan de una -orilla á otra, en sus diversos pisos, muchedumbres, masas de automóviles -y pesados vehículos industriales. - -El _Franconia_, paquebote de 20.000 toneladas, recientemente construído -por la Compañía Cunard, va á hacer su primer viaje alrededor del mundo, -y está amarrado modestamente en este patio, junto á otro buque de -parecidas dimensiones que apoya sus pasarelas en los ventanales del ala -opuesta. Nuestro anclaje es en el río Hudson, una de las dos ramas del -puerto de Nueva York, centro convergente de navegación para más de la -mitad de la tierra. - -La orilla del río queda invisible en muchos kilómetros bajo los palacios -de madera y acero de las más célebres compañías navieras. Son edificios -con enormes salones, á cuyo final se ven las personas tan empequeñecidas -por la distancia, que parecen de otra humanidad. Tienen depósitos -capaces de recibir de una vez la carga de varios buques llegados á un -tiempo de Europa; ascensores que admiten en cada viaje una muchedumbre; -plataformas rodantes que suben ó bajan por sus pendientes todos los -paquetes de un incesante tráfico. Y á espaldas de estas construcciones -interminables avanzan perpendicularmente en el río otros edificios, -aprisionando el agua en rectángulos donde se refugian los buques para -hacer tranquilamente sus operaciones de carga ó de rejuvenecimiento. - -Los trasatlánticos más famosos de todos los mares sólo logran asomar los -extremos de palos y chimeneas sobre sus tejados. Flotas enormes de -comercio permanecen casi inadvertidas en estos patios marítimos, como -las bestias en los corrales de una granja. - -Se extinguen en el aire las últimas notas del himno reposado y místico, -las cabezas se cubren, y estalla un coro de gritos junto á los costados -del _Franconia_. Algunas señoras llegadas de los Estados del interior -para despedir á sus amigos que van á dar la vuelta al mundo, sacan -repentinamente banderas nacionales de estrellas y rayas, y -sosteniéndolas con ambas manos, las dejan aletear bajo las ondulaciones -del fresco viento del río. Vuelan otra vez las serpentinas de papel y se -hace más densa la telaraña de colores que une frágilmente el buque á los -tres pisos del muro cercano. - -Me despido de los numerosos periodistas--en gran parte mujeres--que han -venido á pedirme la última interviú sobre los más diversos é inesperados -temas. El grupo de fotógrafos de diarios y revistas me somete á las -postreras «instantáneas» en traje de viajero. - -La orquesta ha emprendido una serie ascendente de _fox-trots_ y otras -danzas americanas. La muchedumbre grita en el buque y en los férreos -ventanales de enfrente, excitada por el ritmo de tal música. Algunas -parejas impacientes empiezan á bailar en las diversas cubiertas. Los -sillones alineados en los paseos de á bordo guardan ramos de flores, -enormes como gavillas de trigo, y cajas de dulces que abultan cual si -fuesen maletas. - -Momentáneamente libre, subo al último puente intentando ver una vez más, -por encima de los tejados del vasto embarcadero, los remates aéreos de -Nueva York. Esta contemplación es para mí una de las visiones más -extraordinarias que pueden gozarse sobre la corteza terrestre. - -Cuando vi á Nueva York por primera vez me imaginé caído en otro mundo, -en un planeta de gentes que habían logrado vencer las leyes de la -gravitación y jugueteaban con ellas. Contemplando los grupos de -«rascacielos», edificios tan altos que muchas veces hunden su cumbre en -los vapores de la atmósfera, los creí por un momento obras de gigantes, -algo extraordinario y quimérico, más allá de las limitadas fuerzas de -nuestra especie. Luego, al considerar que eran creación de pobres -hombres como nosotros, con iguales debilidades é ilusiones, sentí -orgullo de pertenecer al género humano, que, no obstante su debilidad -física, puede realizar, gracias á su inteligencia, tales maravillas. - -Para mí, Nueva York es una de las ciudades más hermosas de la tierra; -hermosa á su modo, con una belleza colosal, soberbia, audazmente -despreciadora de muchos cánones estéticos venerados en el viejo mundo -con la inmutabilidad de los dogmas religiosos. - -No digo que este arte, especialmente americano, deba servir de modelo al -resto de la tierra, ni deseo que todas las ciudades sean como Nueva -York. La vida es la variedad. Igualmente resulta desesperante encontrar -en todas las latitudes falsas catedrales góticas ó imitaciones del -Partenón. Pero me enorgullece como hombre la existencia de un Nueva York -con sus audaces edificios, atropelladores de los obstáculos que -esclavizaron durante siglos al constructor; con sus torres gigantescas -que después de hincar las raíces en profundidades no alcanzadas por los -árboles archicentenarios se lanzan en busca del cielo. - -Hay en el viejo mundo construcciones tan altas como las de Nueva York, -pero aisladas y excepcionales. Lo que en Europa representa una altura -extraordinaria, que atrae la peregrinación de los admiradores, es aquí -el nivel corriente de los edificios principales de un barrio. La torre -Eiffel todavía resulta actualmente más alta que los «rascacielos» -norteamericanos. Pero esta torre es un andamiaje metálico, algo que -parece provisional, sin la majestad imponente y sólida de los edificios -neoyorkinos. - -La gran metrópoli del mundo moderno ha creado un arte, leal reflejo de -su concepción de la vida. Es algo grandioso, atrevido, rectilíneo, que -hace pensar en el empuje sobrehumano de los inventores, los cuales -solamente realizan sus descubrimientos atropellando los respetos, -disciplinas y convenciones que encadenan á sus contemporáneos. - -Los artistas que abominan del ferrocarril por su fealdad, pero llorarían -de pena si los obligasen á viajar á pie, como en otros tiempos; los que -ensalzan las sobriedades poéticas de la vida primitiva en habitaciones -con prosaica luz eléctrica, calefacción central y vulgares aparatos -higiénicos, cuando quieren sintetizar lo horrible de la vida moderna, -nombran á Nueva York, que los más de ellos sólo conocen por referencias. -Y el rebaño panurguesco de los _snobs_, para simular delicadezas -estéticas, maldice igualmente un arte vigoroso y franco, reflejo -característico del pueblo que más estupendos milagros lleva realizados -en la época presente por su deseo de mejorar nuestra existencia -material. - -Esta ciudad que parece construída para otra raza más grande que la -humana hace pensar en Babilonia, en Tebas, en todas las aglomeraciones -enormes de la historia antigua, tales como nos imaginamos que debieron -ser y como indudablemente no fueron nunca. - -Hay calles en Nueva York que apreciarían en Europa como de aceptable -anchura y parecen aquí modestos callejones, profundas grietas, á cuyo -fondo no podrá llegar nunca el sol. Tan enorme es la altura de sus -edificaciones laterales, que obliga á elevar los ojos, echando atrás la -cabeza con una violencia precursora del vértigo. - -La imaginación se resiste en el primer instante á concebir tales -construcciones como obra de los humanos. Más bien las cree algo anterior -á la presencia de nuestra especie sobre el planeta. Recuerda también á -ciertas montañas que horadaron y ahuecaron los trogloditas en los siglos -más obscuros de la Historia, convirtiéndolas en templos subterráneos ó -en ciudades-cuevas. - -Cuando llega la noche no hay aglomeración humana, no la ha habido nunca, -que ofrezca el aspecto mágico de esta urbe, en cuyo seno fué sujetado y -domado el cuerpo impalpable de la electricidad, encadenándolo para -siempre á las necesidades del hombre. - -Los grandes edificios, con sus millares de ventanas iluminadas, son -inmensos tableros de ajedrez, rojos y negros, que se estiran hacia las -nubes. Las quimeras soñadas por los cuentistas orientales se realizan en -esta metrópoli que muchos creen inaccesible á toda sensación de belleza. -Sobre los tejados, el anuncio industrial crea un mundo fantástico que -parece lanzar un reto á las exigencias de la realidad y á la tranquila -sucesión de las horas. Las hadas nocturnas de Nueva York, volando en -alturas sólo frecuentadas en otras partes por las águilas, van colgando -del negro terciopelo del espacio figuras y adornos de fuego, pavos -reales de plumaje multicolor, tropas de duendes que gesticulan mirando á -las estrellas ó les guiñan un ojo maliciosamente, mujeres de luz que, -sentadas en un columpio, se balancean con la cabellera suelta por encima -de los astros; toda una fauna y una flora de _Las mil y una noches_, -nacida regularmente con los primeros latidos de la luz sideral y que se -borra con la aurora, haciendo levantar sus cabezas á la muchedumbre -circulante por las profundas grietas de las avenidas, orladas de puntos -de luz. - -Hasta hace poco, Londres era la ciudad más grande del mundo. Ahora la -ha sobrepasado Nueva York. El eje de la historia humana, que durante -siglos fué trasladándose de una á otra nación, siempre dentro de Europa, -ha cruzado el mar, y está actualmente en la ribera occidental atlántica. - -Asombra el movimiento de este centro humano, su riqueza, su actividad. -La Aduana de Nueva York percibe mayores tributos que muchos gobiernos -europeos de importancia. El director de su puerto, simple funcionario -municipal, tiene una actuación más amplia y poderosa que la de muchos -ministros de Marina. - -Hablando con un individuo del Municipio de Nueva York, noté la sonrisa -de conmiseración con que comentaba los trabajos enormes realizados por -el gobierno americano en el canal de Panamá. El Ayuntamiento de Nueva -York acomete empresas más difíciles y más costosas que el famoso canal, -sin darse importancia, sin ruido de publicidad, como si emprendiese una -vulgar operación de policía urbana. El lecho del Hudson, en cuyas -profundas aguas anclan los buques más grandes del mundo, lo ha perforado -repetidas veces para líneas férreas y tubos de «metropolitano» que ponen -en comunicación á Nueva York, por debajo de este obstáculo que parecía -invencible, con la orilla fronteriza, perteneciente al inmediato Estado -de Nueva Jersey. - -Como Nueva York ocupa una isla, tiene al otro lado un brazo de mar que -la separa de Brooklyn, simple barrio, más grande que muchas capitales -célebres de Europa. Para unir ambas orillas se construyó hace años el -famoso puente de Brooklyn, maravilla de la industria humana, que hizo -hablar al mundo entero en el momento de su inauguración. - -La primera vez que estuve en Nueva York me apresuré á visitar el puente -del que tanto oí hablar en mi niñez. Noté que todos lo mencionaban con -indiferencia, como algo que ha sido célebre y ve luego arrebatada su -fama por otras novedades. - -Al pasar por él me expliqué tal frialdad. El puente de Brooklyn ya no es -una maravilla única. Casi resulta una vejez en este país donde todo -cambia en el curso de diez años. Vi desde su larguísima y múltiple -plataforma otros puentes más audaces y más hermosos, tendiéndose como -brazos férreos de una orilla á otra y dejando entrever por los -filamentos de sus redes colgantes un deslizamiento continuo de trenes, -tranvías, automóviles y filas de peatones, iguales por la distancia á -una leve hilera de puntos. - -Los llamados «rascacielos» ofrecen desde su meseta superior un -espectáculo inolvidable. Los dos cursos acuáticos que se deslizan por -ambos lados de la ciudad, estrechándola como un triángulo para -confundirse pasado su vértice en la bahía enorme, están arados sin -descanso por las quillas de innúmeras embarcaciones que se entrecruzan y -se alejan. Tienen la densidad pululante de los insectos primaverales que -se mueven tejiendo una tela invisible sobre la superficie de las charcas -olvidadas. Los dos brazos líquidos, á causa del incesante movimiento de -sus buques, ofrecen el aspecto de esas grandes avenidas en las que van y -vienen sin reposo centenares de automóviles. - -Varios puentes de más de un kilómetro de longitud se lanzan sobre el -agua de azul grisáceo, como barras de tinta china pendientes de -filamentos sutiles, para que resbale sobre su cara superior, de ribera á -ribera, todo un mundo microscópico. En la bahía, limitada por costas -gibosas como lomos de cachalote, la isla que sirve de zócalo á la -estatua de la Libertad parece un juguete, un pisapapeles, flotando sobre -las aguas. - -Son docenas, son á veces más de cien, los buques de diversos calados y -arboladuras que llegan de todos los puntos cardinales de la tierra ó -abren el abanico de sus rumbos hacia horizontes misteriosos, detrás de -cuyo telón de brumas se ocultan nuevas costas y nuevos puertos. Parece -que no quede en el planeta otra tierra que ésta y el resto de la -humanidad viva sobre buques, necesitando venir á descansar sus pies -sobre el único fragmento de corteza sólida. - -Desde tal altura los ojos abarcan kilómetros y kilómetros de superficie -terrestre sin encontrar un campo, algo que recuerde la vida rústica, que -es la de la mayoría de los humanos. Se ven arboledas enormes, pero son -de parques, de barrios-jardines, y estas islas de verdura se hallan -encerradas por el oleaje de tejados que se pierde en el horizonte y del -que emergen como picos submarinos las masas cuadrangulares de los -«rascacielos». - -Cada uno de dichos edificios es un mundo, más grande y complicado que -los mayores paquebotes. Para completar su semejanza con uno de estos -cosmos flotantes, todos ellos tienen una enorme máquina de vapor -destinada á las necesidades comunes de calefacción, alumbrado, etcétera, -añadiendo su chimenea torrentes de humo blanco á las inmediatas nubes. -Aun en días serenos, cuando el cielo es límpido y la bahía toma un color -azul de Mediterráneo, existe sobre la ciudad una ligera neblina dorada -por el sol: el vapor que lanzan los «rascacielos» por sus tubos de -trasatlántico. - -Cuando cierra la noche, los propietarios de estos edificios inmensos -iluminan su terraza final ó los templetes que les sirven de remate con -focos invisibles de potente luz, azulados, verdes ó rojos. La masa del -edificio sube y sube en la sombra, pues transcurridas las primeras horas -de la noche quedan cerradas sus filas de ventanas. Pero allá en lo -alto, cual islas quiméricas que flotasen sobre las tinieblas del sueño, -ve el transeunte los remates luminosos de las torres. Como guardan -ocultos sus focos eléctricos, parecen bañados por una manga luminosa, de -trayectoria invisible, que viene de un sol oculto en la noche, más allá -de nuestras pobres miradas. - -Muge por última vez el _Franconia_, anunciando que va á partir. La -orquesta es cada vez más incoherente y estrepitosa en sus ritmos -danzantes. Cantan á gritos los músicos, pareciéndoles poco los -instrumentos para su ruidosa función. La muchedumbre saluda con -aclamaciones los movimientos preliminares de la partida del buque. - -Ya han sido retiradas las pasarelas que lo unían á los tres pisos del -embarcadero de la Cunard. - -Sus primeros movimientos estiran y rompen la telaraña de cintas que ha -ido tejiéndose en el espacio libre. Empiezan á flotar en el agua muerta -grandes bolas de papeles de colores. Se agitan brazos, pañuelos y -banderas. Cada vez es más ancha la faja líquida entre la pared inmóvil -del edificio y la pared metálica del vapor, que al moverse despierta al -agua, haciéndola huir por sus costados. - -El _Franconia_ inicia su marcha retrocediendo. Resbala lentamente por la -popa, fuera del corral acuático. Quiere salir al Hudson, donde virará, -poniendo su proa hacia mares más azules, hacia cielos limpios de la -neblina que esfuma en estos momentos las altas torres de Nueva York, -dándolas un aspecto de recortes de papel gris sobre un fondo de otro -gris más pálido. - -Corre la muchedumbre hacia los balconajes terminales del embarcadero que -avanzan sobre las aguas libres. Allí son los últimos saludos, los -mayores alaridos de despedida, las agitaciones más epilépticas de -brazos, sombreros y lienzos de colores. Saludan la popa del navío que -se desliza junto á ellos; después la estructura central de este pueblo -flotante; últimamente, la proa que se aleja, se detiene poco después, -como si reflexionase, y acaba por ladearse, recobrando su verdadero -funcionamiento, que es el de avanzar partiendo las aguas. - -«¡Adiós los que vais á dar la vuelta á la tierra!», parece gritar con su -confuso vocerío la muchedumbre que llena los balconajes inmóviles. -Dentro del buque todas las barandas de las cubiertas están orladas de -gente. Hasta los tripulantes y la numerosa servidumbre se asoma á las -barandillas para presenciar esta despedida. - -La música continúa sonando, con una cadencia que incita á mover los -pies. Las parejas, por momentos más numerosas, bailan y bailan. Una idea -fúnebre me obsesiona en medio del sonoro regocijo. ¿A quién le tocará -morir de todos los que vamos en este buque, amos y servidores?... - -Porque es indudable que alguno de nosotros va á quedar en el camino. No -se da la vuelta al planeta, desafiando tantos mares, tantos países de -fiebre y la inadaptación á tan diversas temperaturas, sin que alguien -caiga. La Aventura, diosa seductora y cruel, acepta la aproximación de -sus devotos, pero exigiéndoles el tributo de alguna víctima. - -La parte más interesante de Nueva York se desarrolla de pronto ante mis -ojos, el vértice del triángulo, la llamada ciudad baja, donde están los -Bancos, las oficinas célebres. - -Edificios de numerosos pisos, que en otra parte serían admirados como -gigantescas construcciones, se encogen aquí, con la humildad de una -casita rústica, al pie de los palacios-montañas. - -¡Adiós, ciudad en la que todo es desmesurado, más allá de las -ordinarias dimensiones humanas, virtudes y defectos, generosidades y -miserias; donde todo se renueva incesantemente y el desinterés heroico -sucede al egoísmo brutal, así como la triunfante verdad reemplaza al -testarudo error! - -¡Adiós, urbe de los milagros, patria de magos, creadores de los más -asombrosos inventos de nuestro siglo; poetas de la acción, que -despreciasteis la palabra «imposible», trabajando con la fe de los -antiguos alquimistas para transmutar el ensueño quimérico en realidad -luminosa! - -¡Adiós, Nueva York, que venciste á la noche! - - - - -III - -MI CASA ERRANTE - - Un vapor sin polvo de carbón.--Desde la quilla á la última - cubierta.--La piscina del «Franconia».--Las mujeres de la - tripulación.--Mi celda blanca.--Preparándome, como un actor, á - cambiar de traje.--Lo que comieron Magallanes y sus compañeros, y - lo que comemos nosotros. - - -Dedico mis primeros días de navegación á conocer, hasta en sus últimos -recovecos, la casa errante que debo habitar durante algunos meses. - -La mueven dos turbinas que dan noventa revoluciones por minuto. Su -marcha es cuando menos de 18 millas. Su casco, que representa 20.000 -toneladas de desplazamiento, se hunde en el mar nueve metros y se eleva -sobre la superficie acuática trece: la altura de una casa de varios -pisos. - -A pesar de su importancia náutica y de su gran velocidad, sólo tiene una -chimenea, y ésta permanece con la enorme boca limpia de vapores la mayor -parte de la jornada. Las máquinas del _Franconia_ no conocen el carbón. -El combustible de este buque nuevo es el petróleo bruto, llamado -_mazout_. Su marcha sólo va seguida excepcionalmente por un denso -penacho de humo. Durante horas y horas avanza por el espacio eternamente -virginal de los océanos, sin ensuciar el azul cristalino del cielo y el -azul compacto de las aguas. Un leve tul rojizo se escapa ligeramente por -un borde de su chimenea, una voluta de humo químico, transparente como -una blonda, que se disuelve en el espacio á los pocos metros. - -Tiene la marcha regular y continua de los organismos alimentados -mecánicamente. No hay altibajos ni vacilaciones en su avance; no depende -de fogoneros que, encorvados ante sus rojas entrañas, aflojen el paleo -alimentador durante las tempestades ó los grandes calores. Las calderas -se nutren por espita y no por brazo; el chorro líquido las mantiene, no -el golpe de pala. Y este gran progreso de la mecánica naval ha tardado -mucho en ser admitido, como todos los adelantos, y aún encuentra -resistencias tradicionales. Ha sido preciso que lo adoptase la marina -militar, por exigencias de la última guerra, para que los dueños de las -flotas de comercio reconociesen las ventajas del petróleo como alimento -de la máquina naval. - -Este buque hace acopio de combustible con una simple manga, igual á las -de riego, en el transcurso de pocas horas, en medio de un silencio -absoluto, sin necesitar los rosarios de esclavos de los puertos, -tiznados y gritones, que juran al ir y venir entre la ribera y el vapor -con la espuerta de carbón al hombro, ensucian el buque, obligan en los -países cálidos á tener cerrados los ventanos para que no entre el polvo -de la hulla, y turban el sueño ó la tranquilidad de los pasajeros. - -Seis veces vamos á llenar los depósitos de petróleo durante nuestra -vuelta á la tierra: en San Francisco, Honolulu, Hong-Kong, Colombo, -Bombay y Gibraltar. Estos depósitos contienen 3.000 toneladas de -petróleo, ¡Qué hoguera inmensa en la soledad oceánica! ¡Qué llamarada de -volcán, si llegara á inflamarse el lago diabólico, negro y dormido, que -llevamos debajo de nuestros pies!... - -Gracias á este combustible, las máquinas se mantienen en una limpieza -escrupulosa, igual á la de los salones del buque. El metal brilla en -ellas con la blanca transparencia de la plata, sin el menor rastro de -hollín. Durante el viaje desciendo varias veces á lo más hondo de la -maquinaria, desde la cubierta superior á la quilla, unos veintidós -metros, por escaleras de acero. Voy vestido de blanco, con el ligero -traje que imponen las altas temperaturas del Trópico, y salgo sin una -mancha de estas cavernas de la mecánica, que en otros buques chorrean -grasa y por más que se extreme en ellas la limpieza tienen siempre un -pegajoso empañamiento de polvo de carbón. - -Aquí basta un muchacho con un alambre rematado por una estopa ardiente, -para poner en actividad calderas enormes. Introduce por un agujero este -aparato rudimentario, igual al que se emplea para encender los faroles -de gas, da vuelta á una espita, é inmediatamente arde el chorro -petrolífero, provocando con rapidez la presión tubular. - -La velocidad regulada, continua, siempre igual, motiva grandes -equivocaciones en el curso del viaje. Pero tales errores resultan -agradables, pues son por exceso, no por defecto. Siempre llegamos á los -puertos varias horas antes de la hora anunciada. En las travesías largas -ganamos un día y hasta dos sobre la fecha fijada de antemano. - -Como el _Franconia_ no fué construído con una finalidad comercial y sus -ingenieros sólo tuvieron que preocuparse de las comodidades necesarias -en un viaje alrededor del mundo, carece de las enormes y obscuras -bodegas que absorben la mayor parte de los cascos flotantes. Hay -salones, dormitorios y numerosas dependencias para el bienestar general -más abajo de la línea de flotación, en los mismos lugares que -permanecen abarrotados por las cosas y son inaccesibles á las personas -en otros buques. Por esto el _Franconia_, con sus 20.000 toneladas, -parece más grande que muchos vapores de superior desplazamiento. - -Yo he llegado pocos días antes á Nueva York en el _Mauritania_, uno de -los tranvías gigantescos del mar que trasladan á las gentes -continuamente de una acera á otra, en la gran calle del Atlántico. Su -tonelaje casi es doble que el del _Franconia_ y el número de sus -pasajeros enormemente superior. Y sin embargo, las gentes se encontraban -en él con más facilidad. En este buque que va á dar la vuelta al mundo, -los trescientos excursionistas nos buscamos á veces horas enteras sin -tropezarnos. - -Desde la quilla á la última cubierta todo ha sido aprovechado para el -viajero. Exceptuando el espacio que ocupan las máquinas y los almacenes -de víveres, el resto del vaso flotante es para las personas. - -En lo más profundo de la nave, é iluminado noche y día por lámparas -encerradas en tazones de alabastro, están el gimnasio, con sus aparatos -complicados y sus corceles y camellos de madera que trotan al impulso de -fuerzas eléctricas; los salones de paredes blancas, que parecen de -porcelana, donde señoritas y caballeros juegan á la pelota ó se entregan -á otros deportes modernos, y la famosa piscina, una piscina pompeyana de -varios metros de profundidad, en la que pueden bracear los nadadores -como en un lago. - -Sus orillas son de mármol; robustas y acanaladas columnas, rojas y -blancas, de estilo greco-romano, sostienen su techumbre; los esbeltos -lampadarios de metal y alabastro recuerdan las «villas» de los patricios -de Roma; grandes relieves de bronce verdoso incrustados en las paredes -representan atletas y amazonas ejecutando las suertes de los Juegos -Olímpicos. - -En días de tranquila navegación hay que hacer un esfuerzo mental para -convencerse de que esta piscina tiene debajo de su concavidad los -abismos del Océano. Solamente cuando su agua se desplaza de un lado á -otro con tumultuoso oleaje, salpicando á los que están en sus marmóreas -riberas, es cuando recordamos, no obstante su aspecto inconmovible y sus -duras materias de apariencia terrestre, que va montada en algo frágil, á -merced del empellón gigantesco de elementos inquietos é invisibles. - -Varios ascensores ponen en comunicación esta profundidad, siempre -iluminada por una luz de veladuras lácteas, con los pisos superiores en -pleno aire, donde están los salones de conversación, de danza, de -escritura y lectura, de conferencias y de proyecciones cinematográficas, -así como los dedicados al juego y al consumo de bebidas. - -Dos comedores iguales á los de un hotel tienen en su centro una cúpula, -que triplica la capacidad del ambiente respirable, y en esta cúpula hay -balconajes donde se instala la orquesta, dividida en dos secciones, á -las horas de la nutrición. - -Cerca de quinientos hombres tripulan el buque, la mayor parte de ellos -domésticos, destinados á servir nuestras mesas y asear nuestros -dormitorios. Como dentro de él la mecánica sustituye al brazo en todo lo -posible, no necesita de muchos marineros ni maquinistas. Cincuenta y -tres hombres bastan para el funcionamiento y limpieza de sus potentes -mecanismos. La tropa de fogoneros, que es siempre la más numerosa en los -vapores, está sustituída aquí por unos cuantos muchachos que abren ó -cierran las espitas del petróleo. - -Treinta y seis mujeres con gorrito y delantal blancos--inglesas -románticas muchas de ellas, que se engancharon porque sentían deseos de -dar la vuelta al mundo--acuden á la llamada del timbre con un aire de -actrices disfrazadas de domésticas, porque así lo exige su papel, y las -horas libres de trabajo las dedican á una lectura incesante de novelas. -Algunas de estas _misses_, cuando hay fiesta á bordo bajan durante el -banquete al balcón de la música en ambos comedores, y acompañadas por la -orquesta cantan antiguas canciones inglesas ó americanas, si es noche de -conmemoración patriótica, y otras veces romanzas sentimentales. - -Hay otras mujeres á bordo, obreras despeinadas y sin uniforme, que -trabajan en el lavado y planchado, y únicamente pueden ser vistas cuando -el pasajero curioso se aventura en la parte del buque ocupada por las -cocinas, los talleres y los camarotes del personal. - -En los grandes trasatlánticos que van de Europa á América sólo se -atiende á la manutención y al sueño del pasajero. La travesía dura menos -de una semana. La ropa sucia se guarda para las lavanderas terrestres. -Son ómnibus marítimos organizados para acarrear la mayor cantidad de -gente en el menos tiempo posible. Se encuentra en ellos un asiento en -una mesa, una cama, y nada más. A la semana siguiente, otro viajero -ocupará el mismo sitio. - -Aquí la travesía durará varios meses. La vida de tierra, con sus -exigencias higiénicas, va á prolongarse sobre los desiertos azules del -Océano, y un taller enorme de lavado y planchado que funciona en la popa -del buque completa nuestra limpieza corporal, entretenida todas las -mañanas por cincuenta cuartos de baño. - -La ropa sucia pasa á través de un sinnúmero de máquinas, tan ingeniosas -como terribles. Sale de ellas blanca, deslumbrante, pero adornada muchas -veces por una sucesión de rasgaduras simétricas, que tienen la -regularidad de los desperfectos causados mecánicamente, y además con -los botones hechos añicos. Pero vamos á pasar dos veces en nuestro viaje -la línea ecuatorial, vamos á vivir semanas y semanas en mares y tierras -del Trópico, donde hay que usar trajes tan sutiles que parecen -fabricados con telarañas blancas, y el sudor obliga á cambiar esta ropa -dos ó tres veces al día. Por eso debemos aceptar con agradecimiento el -auxilio de unos aparatos que trabajan con más velocidad que el brazo -humano, y sufrir pacientemente sus «ropicidios». - -Vivo en un camarote amplio, situado en el centro del _Franconia_. Los -hay á docenas más lujosos que el mío en este paquebote donde van tantas -gentes ricas. Muchos ostentan sus paredes tapizadas de seda y muebles -excesivamente mullidos: una decoración dulzona y tierna de bombonera. -Los tabiques de mi celda son simplemente barnizados de blanco, pero -tiene unas dimensiones superiores á las normales en las viviendas -marítimas, y puedo pasearme por ella en momentos de meditación. - -Además, en esta parte del buque gozo de un silencio y una paz -conventuales. Dos ventanos redondos y de extraordinaria abertura dan -entrada á un doble chorro de luz azul y rojiza, que en alta mar irisa la -blancura del camarote, como si fuese el interior de una concha-perla. -Cuando el buque queda inmóvil en los puertos, los dos ventanos proyectan -en el techo un par de redondeles temblorosos que reflejan el palpitar de -las aguas invisibles. A ciertas horas, lo mismo que si fuesen sombras -chinescas, atraviesan estos círculos de linterna mágica barquitas negras -movidas por remeros liliputienses, reducción óptica de los indígenas que -mueven abajo sus lanchas, junto al muro férreo de la nave, y cuyo -vocerío de tumulto llega hasta mí. - -Entre las dos aberturas tengo una mesa que resulta enorme para un -buque, y procede de una oficina de la última cubierta. Una butaca -lujosa, arrebatada de un salón, me sirve de asiento de trabajo. En la -pared de acero hay una cavidad rectangular que, gracias á unas tablas, -se ha convertido en biblioteca. - -Me ocupo en instalarme durante los primeros días con la minuciosidad del -que ha cambiado de domicilio y no piensa repetir en mucho tiempo tan -molesta operación. La celda grande y blanca va á ser mi casa por algunos -meses, los más preciosos de mi vida, los más rellenos de -acontecimientos, sorpresas é interesantes episodios. Estas paredes tal -vez presencien el nacimiento y la formación de un nuevo hombre que -reemplazará al que acaba de instalarse entre ellas. - -En el curso del viaje abandonaré varias veces el buque, en el Japón, en -la China, en las islas oceánicas, en la India, en Egipto, y adivino que -al regresar á este camarote sentiré la alegría del que retorna á su -verdadera casa después de una vida errante de aventuras y riesgos. -Volveré á encontrar en él mis libros, mis papeles, todo lo que traigo -conmigo de Europa y me recuerda mi existencia anterior. También saldrán -á mi encuentro los ensueños, las quimeras con que habré ido poblando, en -los largos y monótonos días de navegación, los rincones de estas cuatro -paredes blancas. - -Procuro arreglar mi ropa metódicamente, lo que no es empresa fácil. -Vamos á ir rebotando de un clima á otro; saltaremos bruscamente de los -fríos del Norte al calor de las zonas tropicales, volviendo días después -á países de llanuras nevadas. Necesito tener á mano vestidos de todas -las estaciones, colocados en buen orden, como los trajes de un actor que -ha de cambiar de vestimenta en cada entreacto. Y cuelgo por series, para -ser usados dentro del mismo mes, trajes de invierno, de primavera y de -verano. Dos gabanes de pieles quedan vecinos á media docena de -trajecitos blancos, de tejido tan sutil, que no son mas que un -convencionalismo indumentario para no ir con las carnes al aire, como un -salvaje. - -Un oficial administrativo del buque, Mr. Green, inglés sonriente, grueso -de cuerpo, amable de maneras y de carácter regocijado, me enseña un -documento interesante. Es el jefe inmediato de los _maître d’hotel_ que -dirigen los dos comedores, de todos los criados que sirven las mesas y -cuidan los camarotes, del ejército de cocineros y marmitones que -preparan la extraordinaria y múltiple nutrición de este pueblo flotante, -y además guarda y administra los depósitos de víveres. - -En el _Franconia_ comemos seis veces al día. Tres comidas fuertes: el -_breakfast_, desayuno con varios platos, de las ocho á las diez de la -mañana; el _lunch_, almuerzo, á la una de la tarde, y el _dinner_, la -comida solemne, á las siete, en traje de etiqueta. Además tres -refrigerios, compuestos de diversas especies comestibles y líquidas: el -caldo de las diez de la mañana, con su escolta de cosas sólidas; el té -de las cinco de la tarde, con variadas tentaciones de pastelería y -confitería, y la cena fiambre de las once de la noche, para los que se -quedan á bailar en los salones de la última cubierta. - -La invención y perfeccionamiento de la cámara frigorífica han -revolucionado la vida del mar. Hoy, los emigrantes amontonados en la -proa de un buque gozan de comodidades que no conocieron, hace unas -docenas de años, los monarcas más poderosos de la tierra, cuando -viajaban en sus yates ó en los acorazados de sus flotas. La conservación -de alimentos animales y vegetales, así como la de plantas y flores, es -casi perfecta, merced á las diversas y apropiadas gradaciones de -temperatura en los depósitos frigoríficos. - -Leo la lista que me enseña Mr. Green. Es un resumen de las cantidades de -víveres que hemos embarcado en Nueva York. - -No puedo examinarla toda, pues resulta interminable; pero me fijo en -algunas de dichas cantidades, y creo estar leyendo una página de la -famosa novela de Rabelais, una descripción de las gigantescas hazañas -gastronómicas de Gargantúa ó Pantagruel. - -Llevamos á bordo 50 toneladas de carne de buey, 20 toneladas de cordero -y otras tantas de cerdo, 1.000 jamones, 3.000 pollos, 195.000 huevos, 10 -toneladas de mantequilla, 100 toneladas de patatas, 90.000 manzanas, -65.000 naranjas, 22.000 _grape-fruits_, especie de toronja dulceamarga, -sin la cual el norteamericano no comprende el placer del desayuno, 54 -toneladas de azúcar, 7 toneladas de café, 4 toneladas de te, 6 toneladas -de helados americanos de las mejores fábricas de los Estados Unidos, -duros y consistentes como el mármol, saturados de perfumes de frutas y -flores, iguales á los que compra el público, envueltos en un papel, en -los teatros de Nueva York. Además, una máquina especial fabrica para -nosotros diariamente una tonelada de hielo, con agua previamente -esterilizada. - -Me es imposible seguir leyendo. Adivino las magnificencias de las -cantidades restantes. En esta casa movible que vagabundea por las -soledades marítimas del planeta vivimos y comemos como en los grandes -hoteles de Londres y Nueva York. La única diferencia es que aquí comemos -más y la mesa ofrece mayor abundancia que en los «Palaces» terrestres. - -La primera noche que me pongo el _smoking_--uniforme indispensable en -las comidas--y me siento á una mesa para tres personas (las tres únicas -que son de lengua española en todo el pasaje del _Franconia_), sufro -una sorpresa, que en el primer momento casi me parece ofensiva. - -Uno de los numerosos platos marcados en la minuta es pollo guisado á no -sé qué estilo. Los camareros cumplen su servicio con una rapidez -ceremoniosa, y cuando llega el momento de servir el plato indicado se -presenta uno de ellos con una gran cazuela de plata, hace una reverencia -y levanta la tapadera. Para tres personas... ¡tres pollos enteros! Yo -protesto con cierta indignación. ¡Por quién nos han tomado!... Bueno es -que sirvan con largueza, pero tanta generosidad casi resulta insultante. - -La enorme lista de víveres que me muestra el _steward_ en jefe no es -definitiva: sólo representa el mantenimiento de una parte del viaje. En -todos los grandes puertos será renovada con especialidades alimenticias -del país y víveres iguales, pero frescos. - -Recuerdo á Magallanes y sus compañeros en el primer viaje alrededor del -mundo. - -Explorando las costas de la América del Sur sufrieron grandes tormentas, -pero les fué posible renovar sus provisiones comprando á las tribus -ribereñas del Brasil pan de cazabe, cerdos pecarís, gallinetas -americanas, batatas y plátanos. Pero luego de haber descubierto el -famoso estrecho, al desembocar en el Mar Grande que llamaron Pacífico, -empezó para ellos la parte más difícil de su viaje. Tres meses y veinte -días navegaron por el inmenso Océano sin ver tierra ni probar ningún -alimento fresco. - -El italiano Pigafetta, cronista de esta expedición, rematada -gloriosamente por el vasco Del Cano, dice así: - -«La galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con -gusanos, que habían devorado toda la substancia, y que tenía un hedor -insoportable por estar empapada en orines de rata. El agua que nos -veíamos obligados á beber era igualmente pútrida y hedionda. - -»Para no morir de hambre llegamos al terrible trance de comer pedazos -del cuero con que se había recubierto el palo mayor para impedir que la -madera rozase las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol -y á los vientos, estaba tan duro que había que remojarle en el mar -durante cuatro ó cinco días para ablandarle un poco, y en seguida lo -cocíamos y lo comíamos. - -»Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación á serrín de madera -como única comida, pues hasta las ratas llegaron á ser un manjar tan -caro que se pagaba cada una á medio ducado...» - -Siento necesidad de volver á leer la lista del encargado de los víveres -en el _Franconia_. - - - - -IV - -LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN - - El Estado Mayor del viaje.--Más mujeres que hombres.--Cordial - familiaridad norteamericana.--La española que conoció tres - Papas.--El cocinero escultor.--Las Frinés de la piscina y la - tranquilidad de sus compañeros de natación.--En el canal de - Bahama.--La hermosa costa de la Florida. - - -La «American Express», sociedad de Nueva York que dirije este viaje, ha -montado en la penúltima cubierta una oficina que ocupa varios salones. - -En este centro hay un Banco, con mostrador de caoba, rejas de bronce y -cajas de valores, graciosa reducción de los grandes establecimientos -terrestres de igual género. El telégrafo inalámbrico le trae todas las -mañanas la cotización de las diversas monedas, para que los viajeros -puedan cambiar su dinero. Además admite cheques sobre todas las plazas -del mundo, abre créditos, guarda depósitos, realiza cobros por medio del -telégrafo en el otro lado de la tierra, cumple cuantos encargos -financieros se le quieran confiar. - -Hay un director del viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria -todas las vías de comunicación existentes en el planeta, con sus -innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por sus trabajos 12.000 -dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de -gobierno en Europa. Tiene á sus órdenes un Estado Mayor de veinticuatro -funcionarios, retribuídos también con largueza. Unos son antiguos -profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y -lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros, -simples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones -menos conocidas de la China y la India, norteamericanos enérgicos é -instruídos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta -expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías á los pequeños grupos de -viajeros que abandonando el buque se lancen á través de las naciones -asiáticas. - -Lo primero que se nota al ir conociendo las gentes que ocupan el -_Franconia_ es la preponderancia numérica de las mujeres sobre los -hombres. Esto no es extraordinario, pues en los Estados Unidos todo lo -que significa vulgarización literaria, cultivo de las artes ó simple -curiosidad intelectual, ve acudir inmediatamente un público compuesto en -su mayor parte de elemento femenino. Además, la mujer norteamericana, -intrépida y ansiosa de saber, disfruta en su vida de familia de una -completa independencia. - -Vienen en el buque muchas esposas y muchas solteras que viajan solas. -Los maridos ó los padres continúan en los Estados Unidos, prisioneros de -sus negocios comerciales ó de sus profesiones científicas. Los -compañeros de viaje son generalmente ingenieros ó banqueros en ciudades -del interior, sesudos varones que, después de esforzarse para conseguir -una fortuna, creen llegado el momento de descansar por unos meses, dando -la vuelta á la tierra. - -Cruzo mi saludo con algunos viejos de aire modesto y tímido, -mediocremente vestidos. Los creo tenderos de alguna pequeña ciudad -perdida en los vastísimos Estados del centro de la gran República. -Luego, en el curso de nuestro periplo, leyendo los periódicos que -mencionan á todas las personas notables de la expedición, me entero de -que estos pobres señores son presidentes de compañías eléctricas -célebres en la tierra entera, de grandes ferrocarriles, de empresas -metalúrgicas, en una palabra, hombres que cuentan su fortuna por -millones de dólares y al traducirla en cifras necesitan emplear dos -unidades y á veces tres. - -Nunca en mi vida anterior he vivido entre personas tan joviales, tan -sencillas, tan ecuánimes en sus gustos y afectos. Creo que durante el -resto de mi existencia me acordaré siempre de su agradable compañía. - -En otro buque y con otras gentes hubiese sido imposible vivir varios -meses sin rivalidades, disputas y murmuraciones agresivas. La monótona -existencia en las soledades del Océano acaba por despertar y excitar lo -peor que llevamos en nosotros. Por eso, en las antiguas navegaciones, lo -primero que hacía el maestre de la nave al darse ésta á la vela, era -recoger las espadas de los viajeros. Además, las ofensas recibidas -durante la navegación, así como los desafíos concertados, se -consideraban sin valor alguno al saltar á tierra. En el _Franconia_ han -transcurrido semanas y meses sin que se alterase una sola vez la -afectuosidad sincera, la llaneza sonriente de tantas señoras y -señoritas, y de tantos hombres de negocios, ingenuos y entusiastas como -niños grandes. - -Casi todos los pasajeros proceden de los Estados Unidos. Sólo figuran en -esta expedición tres viajeras inglesas y dos de lengua española. Éstas -son una distinguida dama de la América del Sur y su doncella, que hace -años la sigue á todas partes y es de un pueblo cerca de Burgos. -Casilda--así se llama la española--ha visto mucho en Europa, y al contar -sus impresiones del viejo mundo, las resume en las tres visitas que -hizo al Vaticano acompañando á su señora, chilena. - ---Yo he conocido tres Papas--dice con orgullo. - -Ahora va á conocer algo más, la redondez del planeta, y se mueve en el -buque con curiosidad, con cierta desconfianza, pero sin miedo. Sólo se -había embarcado en un vaporcito suizo del lago Lemán. La primera vez que -ha puesto sus plantas en unas tablas movidas por el Océano, ha sido -simplemente para dar la vuelta entera á nuestro planeta, y continúa tal -viaje sin mostrar grandes asombros. - -A mí no me extraña esta serenidad, pues recuerdo el origen de los héroes -del descubrimiento y la conquista de América. Muchos de ellos salieron -de pueblos de Castilla y de Extremadura, donde las gentes sólo de oídas -conocen la misteriosa existencia del mar. - -Otro español va á bordo del _Franconia_, un joven cocinero, llamado -Antonio, valenciano, que trabaja desde los años de la guerra en los -buques de la Compañía Cunard. Me hace saber su existencia bautizando -todos los días con títulos de mis novelas algunos de los platos que -figuran en la extensa lista. Él mismo va por las mañanas á la imprenta -del buque, para que los tipógrafos ingleses no desfiguren con disparates -ortográficos las palabras españolas. En el curso del viaje mi mesa atrae -las miradas admirativas de los vecinos por los adornos que figuran en su -centro. Este valenciano de gorro blanco es escultor por instinto, y -trabaja, valiéndose de un hierro candente, los bloques de hielo que con -tanta abundancia produce la máquina especial del _Franconia_. Esculpe -cisnes que parecen de cristal de roca, fortalezas de albos torreones, -grandes canastillas de artística labor, y después de llenar con frutas y -flores la cavidad de sus obras de hielo, las coloca en mi mesa, siendo -su frescura inapreciable regalo cuando navegamos en los trópicos ó -atravesamos la línea ecuatorial. - -Durante los primeros días forman grupos los pasajeros caprichosamente, y -estos grupos, una vez consolidados, entablan relaciones amistosas, -como los pueblos cuando se sienten atraídos por una simpatía -sentimental. Las diversiones comunes del buque--bailes, cinematógrafo y -conferencias--facilitan la aproximación. - -Nadie se levanta tarde en el _Franconia_. Los más de sus ocupantes son -aficionados á los deportes y recibieron en la escuela una educación -activa y vigorosa. Al salir el sol se rejuvenece el barco todas las -mañanas. Los pasajeros más madrugadores encuentran ya húmedo y -reluciente el suelo de sus diversas cubiertas. El mar parece que sonríe -y balbucea como un niño. El cielo y el Océano tienen la pueril alegría -de la aurora. Es el momento de los ejercicios gimnásticos para fomentar -la agilidad corporal; de las abluciones y nataciones que mantienen la -limpieza higiénica de la piel. - -A dicha hora el pasaje parece componerse únicamente de hombres. Si se -entreabren las batas de baño sólo se ven pantalones, en los corredores y -en el ascensor. Todas las mujeres llevan pijamas masculinos. - -Las más jóvenes menosprecian la inmersión en los lujosos cuartos de baño -y bajan á la piscina, en lo más profundo del buque, para hacer un alarde -elegante de sus habilidades natatorias. - -Hombres y mujeres se entregan al deporte acuático con tranquila -camaradería, sin que nadie parezca acordarse de que existe en el mundo -una dualidad de sexos. Las muchachas norteamericanas, grandes, esbeltas, -largas de piernas, con una hermosura gimnástica, llevan por toda -vestimenta un traje de baño cortísimo--lo necesario nada más para cubrir -la parte media de su cuerpo--y una especie de tirantes que se unen -sobre sus hombros. Sólo piensan en suprimir estorbos para moverse con -más soltura. No se les ocurre que esta ligereza de ropas pueda excitar -la atención de los varones que nadan en la misma piscina; y si lo -piensan, se lo callan. - -A los hombres, aparentemente, no parece interesarles de manera -extraordinaria unas desnudeces á cuya vista están acostumbrados. Me -acuerdo de la avidez óptica que altera con frecuencia la tranquilidad -varonil en los pueblos llamados latinos. Basta que una pierna femenina -muestre algunos centímetros más de lo legislado por la moda, para que -los pescuezos de muchos hombres se estiren, ansiando ver tan -extraordinario espectáculo de más cerca, y para que sus ojos se -revuelvan en las órbitas, inquietos y saltones. - -Las Frinés nadadoras se despojan aquí tranquilamente de su manto blanco, -quedando sin otro tapujo que la mancha azul ó negra de punto de seda que -cubre la sección abdominal de su desnudez; y sin embargo, el respetable -areópago masculino sentado en las orillas marmóreas de la piscina no se -altera ni concentra sus miradas en la seductora aparición. El interés es -únicamente para la que nada mejor, y un estrépito de alegres chapuzones, -llamamientos y risas sube desde el fondo del buque á las últimas -cubiertas. - -Al salir de Nueva York cruzamos un mar poblado de buques. Muchos de -ellos son «petroleros» y llevan su chimenea, su máquina y sus camarotes -en la popa, para dejar libre todo el resto del casco á los grandes -aljibes llenos del peligroso líquido que transportan. Un día después, el -mar está menos frecuentado. Ha ido esparciéndose en el infinito la -aglomeración naval que se forma cerca de Nueva York. El agua es más -azul; el sol más radiante. Se ve que vamos hacia el Trópico. - -Al llegar el ocaso, hora de las visiones caprichosas y mágicas, el sol, -que se mantiene muy alto, lejos de la línea del mar, parece una naranja -gigantesca inmovilizada en el vacío, contra todas las leyes de la -gravitación. Su color pasa del oro amarillo al oro ensangrentado. Se -ensombrece por abajo, va palideciendo, sin descender para ocultarse, -como otras veces, detrás del mar. Se debilita poco á poco y acaba por -extinguirse, siempre inmóvil en lo alto. Es una nubecilla redonda y -roja... Luego, nada. Estando en la capital de Méjico presencié muchas -veces esta puesta de sol fenomenal, en la que el astro se extingue en -pleno cielo, sin descender á la línea del horizonte, sin ocultarse -detrás del mar ó las montañas. - -Cambia el tiempo; el mar empieza á agitarse durante la noche, y al día -siguiente el horizonte es gris y las olas obscuras. Se nota la -proximidad del canal de Bahama. El Atlántico se inquieta y se encrespa -al sentirse oprimido entre la costa de los Estados Unidos y la cadena de -las islas bahámicas, tierras avanzadas de las Antillas. - -Sopla un viento fuerte que levanta polvo líquido de las crestas de las -olas. Todas ellas, al avanzar hacia el buque en líneas interminables, -llevan sobre su filo un penacho de humo blanquísimo que el viento estira -hacia atrás. La luz intermitente del sol, surgiendo de pronto entre las -nubes, atraviesa este polvo acuático y lo descompone, matizando su -blancura con los colores del iris. - -Cuando languidece la tarde, el _Franconia_, á pesar de su triple quilla -y todas las precauciones de sus constructores para defenderle de los -embates del mar, se mueve de un modo extraordinario. - -Otra vez se ha cubierto el cielo de obscuros nubarrones, pero el sol -antes de huir los perfora, lanzando á través de ellos un chorro de oro -color de limón, que corta la atmósfera como la manga de luz de un -aparato cinematográfico. Luego, rompiendo con su peso la bolsa de nubes -que le aprisiona, cae en la línea del horizonte, y al tocarla se estira -lo mismo que si el Océano lo sometiese á una enorme succión. Ya no es -redondo, se prolonga por abajo y parece un aeróstato de seda escarlata. -Repentinamente se apaga, y la noche cae sobre nosotros de un modo -fulminante, como si estallase, cubriendo el mundo con una explosión de -sombras. - -Todos los pasajeros están acostumbrados á los viajes por mar, y la -agitación del canal de Bahama no perturba la vida ordinaria del buque. -Lo mismo que en las noches anteriores, la popa está cubierta con una -tienda de lienzo rayado y grupos de banderas para que la gente baile. -Las más de las parejas han danzado mucho en las travesías de América á -Europa, más rudas y tempestuosas. - -Los profesores contratados por la «American Express» dan sus -conferencias en el gran salón, con proyecciones cinematográficas, -describiendo la vida y costumbres de los primeros puertos que vamos á -visitar: la Habana y Panamá. Grupos de esbeltas muchachas, abandonando -momentáneamente el baile, se divierten en marchar por las cubiertas -superiores, contra el furioso viento que arremolina sus vestidos, -dándolas una remota semejanza con la descabezada Victoria de Samotracia. -De vez en cuando una ola más impetuosa choca con el muro férreo del -buque por su parte de proa, lo escala, asoma sobre la barandilla una -cabellera de espumas fosforescente en la noche y esparce al sacudirla -rociadas de sal líquida. Las jóvenes chillan, ríen y saltan sobre los -regueros que esta aspersión del Océano hace correr sobre el suelo. - -A la mañana siguiente, el mar tiene en su color y en su ambiente algo -que puede llamarse paradisíaco. Marcha el buque á gran velocidad, -alcanzando y dejando atrás á otros vapores menos rápidos, y sin embargo -parece inmóvil. - -Una costa se extiende paralelamente al _Franconia_. Vemos una línea -amarilla de arena y detrás otra línea verde obscura, formada de bosques. -Los pueblecitos son blancos y con un campanario, como los de Andalucía. - -Navegamos ante la Florida, antigua tierra española. Aquí está la ciudad -de San Agustín, la más antigua de los Estados Unidos, fundada por el -conquistador Menéndez de Avilés. Aquí vino mucho antes Ponce de León, -desde su gobierno de Puerto Rico, en busca de la «Fuente de la -Juventud»--eterna esperanza de los hombres--, para que diese nueva savia -á su cuerpo, quebrantado por enfermedades y heridas. Aquí trabajaron, -lucharon y murieron centenares y centenares de españoles, por implantar -la civilización cristiana, un siglo antes de que los primeros ingleses -desembarcasen en lo que son hoy los Estados Unidos. - -Voy descubriendo edificios altísimos que á tal distancia me parecen -fábricas. Al examinarlos con unos anteojos potentes me convenzo de que -son hoteles con jardines de palmeras y cocoteros: los famosísimos -hoteles de la Florida, los más caros y elegantes de la tierra, que -albergan durante el invierno á los archimillonarios de Nueva York y -Chicago. - -El mar toma el tono verde de las aguas poco profundas. Según avanzamos, -se va poblando de isletas redondas como escudos y ribeteadas de -cocoteros. Son los cayos. Sobre algunas tierras á flor de agua, que no -pueden verse de lejos, se alzan andamiajes, semejantes por su estructura -á la torre Eiffel, aunque de más modestas proporciones y con las -cúspides ocupadas por faros. - -Algo revolotea de pronto ante mis ojos: una mariposa de colores, roja, -negra y dorada. Ha volado hasta el buque desde la hermosa tierra que -desarrolla ante nosotros su lomo sinuoso y verde, con altos ramilletes -de árboles. - -Un perfume primaveral se desliza á través de la respiración salada del -Atlántico. Es el aliento que nos envía, junto con sus pintados insectos, -una costa que por algo recibió su florido nombre. - -Nos sorprende la noche ocupados en la contemplación de esta península -avanzada de los Estados Unidos. Al amanecer el día siguiente, nuestra -curiosidad inquieta de viajeros y la lentitud con que avanza el buque, -después de tres días y medio de marcha veloz, nos empujan á todos á las -últimas cubiertas. - -Vemos una costa, pero ahora es por la proa; y en ella casas, jardines, -edificios industriales, las avanzadas de una ciudad importante. -Graciosos veleros, dedicados al cabotaje, se deslizan entre nosotros y -la orilla, cortando con sus lonas blancas la penumbra azulada del -amanecer. - -Al aumentar la luz vamos encontrando con los ojos la boca de un puerto, -arboladuras de buques sobre sus aguas interiores, una colina junto á su -entrada, y en la cumbre de ella un viejo castillo. - -El sol que acaba de nacer asoma su disco de oro tierno por detrás de una -torre, que lo corta, durante algunos segundos, como una barra de tinta. - -Este castillo se llama «El Morro», y el puerto que tenemos enfrente es -la Habana. - - - - -V - -LA ISLA DEL AZÚCAR - - Cuba imaginada por un niño.--Los monstruos guardadores de la puerta - del Paraíso.--Habana «la Alegre».--Los periódicos y los - casinos.--Dinero abundante y pródigamente gastado.--Butacas de - teatro á cien pesos por noche.--Los nuevos barrios de la - Habana.--Mis habitaciones de «huésped de honor».--Si duermo en - ellas, pierdo mi viaje alrededor del mundo.--Los bailes de máscaras - del «Franconia».--El coronel vendedor de periódicos.--Mi - enfermedad. - - -En mi niñez, cuando la isla de Cuba era aún tierra española, no podía -oir hablar de la Habana sin que me agitase un sentimiento contradictorio -de admiración y de terror. - -Era para mí el país del azúcar una ciudad encantada, como las de los -cuentos infantiles, donde las casan debían ser de caramelo y no había -mas que agacharse para comer tierra cristalina y dulce. Además, todos -volvían de allá trayendo onzas de oro y hablaban de negritos como los -que había yo visto danzar, desnudos y graciosos, en las funciones de -teatro. Pero la entrada de este paraíso era estrechísima y la guardaban -terribles monstruos, siendo el más carnicero de todos el llamado vómito -negro. Muchas veces escuché la noticia de haber muerto en la isla -lejana, hermosa y mortífera, personas á las que conocí fuertes y -animosas en el momento de partir. - -Ahora hace años que desapareció para siempre lo que me infundía enorme -terror al pensar en Cuba. En cambio subsiste, cada vez más amplificada -por el progreso, la riqueza de la isla que tanto admiré en mis -infantiles fantasías. - -Los norteamericanos, al ocuparla por algún tiempo, se dedicaron al -exterminio del mosquito propagador de la fiebre mortal y al saneamiento -de las tierras encharcadas. Luego, los médicos extranjeros y los del -país, igualmente notables, han acabado por suprimir las antiguas -enfermedades que tan insegura hacían la vida de los viajeros antes de su -aclimatación. Hoy, la más grande de las Antillas es país de salubridad -regular y constante, y la Habana una de las ciudades más higiénicas de -la tierra. - -Su prosperidad económica ha ido desarrollándose en proporciones enormes, -como su higiene pública. La producción actual de azúcar y tabaco casi -dobla la de pasados tiempos. Su riqueza ha resultado algunas veces -excesiva y perniciosa, dando origen á reacciones de pobreza, como en -otros países jóvenes, de vertiginoso crecimiento. - -Si fuese preciso dar un sobrenombre á la capital de Cuba, como los -ostentan pueblos y héroes en los poemas homéricos, se la podría llamar -Habana «la Alegre». Es una ciudad que sonríe al que llega, sin que pueda -decirse con certeza dónde está su sonrisa. - -Guarda cierto aspecto andaluz de antigua urbe colonial, construída con -arreglo al patrón enviado de Madrid por el Consejo de Indias. La -influencia poderosa de la vecina República de los Estados Unidos, las -comodidades de su civilización material, no han modificado aún su -fisonomía aseñorada y tranquila de país con tradiciones de raza y un -pasado histórico. - -Los nuevos monumentos en honor de sus héroes que adornan plazas y paseos -resultan desiguales artísticamente: unos son dignos de respeto, otros -lamentables, como obras de confitería tierna. Los parques recién -trazados y los nuevos barrios del ensanche de la ciudad resultan -magníficos, y parecen recordar los sucesivos chaparrones de abrumadora -riqueza que han caído sobre este país en los últimos treinta años. - -La alegría de la Habana, más que en sus paseos, en sus edificaciones y -en el movimiento animado de sus calles, hay que buscarla en el carácter -de las gentes; en la franqueza de los cubanos, que algunas veces parece -excesiva á los extranjeros; en la belleza de sus mujeres, -interesantemente pálidas y con enormes ojos. - -He estado dos veces en la Habana por breve tiempo, y en ambas visitas, -más que la hermosura de la ciudad atrajeron mi atención dos -manifestaciones características de su vida pública que no tienen nada -semejante en ningún otro país. Los periódicos de la Habana y los casinos -de la Habana son algo excepcional. - -Un día entero necesité para ir visitando las redacciones de los diarios -más importantes, y no pude verlas todas. Unas ocupan enormes casas -coloniales que son casi palacios; otras, edificios propios de reciente -construcción. Tienen talleres vastísimos y máquinas de múltiple -funcionamiento, como los primeros diarios de Nueva York. No existe una -diferencia considerable entre los periódicos más célebres de los Estados -Unidos y los de la capital de Cuba. Además se publican numerosos -_magazines_ y revistas especiales... Y como la población de la isla no -llega á tres millones de seres, se pregunta uno dónde están los lectores -necesarios para esta prensa, digna por su número, su calidad y su -fuerza, de un país de veinticinco ó treinta millones de habitantes. - -Las asociaciones de la Habana pueden competir por su lujo con los clubs -más célebres de la tierra. El comercio, compuesto casi en su totalidad -de españoles, considera obra patriótica la continuación y -desenvolvimiento de sus casinos, anteriores á la independencia del país. - -Ya están olvidadas las antiguas luchas entre peninsulares y cubanos. -Ahora, unos y otros sienten igual interés por la prosperidad de la isla. -Además, los hijos de los españoles son cubanos, y dentro de las antiguas -sociedades se van confundiendo todos, sin diferencias de origen. - -A las organizaciones españolas pertenecen los edificios más grandes y -ostentosos de la ciudad. El Círculo de Dependientes de Comercio tiene -40.000 socios, residentes en la Habana. No creo que en Europa ni en los -Estados Unidos exista un club tan numeroso. - -El Círculo Gallego es un palacio que guarda en su interior uno de los -teatros más grandes de la ciudad. El Casino Español, resumen de las -aspiraciones de las diversas sociedades hispánicas con título -provincial, posee un salón de mármoles diversos traídos de España y de -estucos policromos, que parece el salón del trono en un palacio real. - -Todas estas sociedades, uniendo lo útil á lo ostentoso, mantienen en los -alrededores de la Habana hospitales y sanatorios, instalados con tanta -largueza y tales innovaciones, que de muchas partes vienen á estudiarlos -como modelos. - -Se nota en la Habana, á las pocas horas de vivir en ella, que es ciudad -abundante en dinero. Pero otras ciudades revelan igualmente riqueza y no -tienen el aspecto atrayente y simpático de ésta. Es que Habana «la -Alegre» además de tener dinero lo gasta con una tranquilidad y un -descuido rayanos en el derroche. Sus teatros son numerosos y están -siempre llenos. Sus cafés y sus bailes nunca carecen de público. Aquí -fué donde Caruso y otros cantantes, pagados de un modo inverosímil, -obtuvieron sus más altas remuneraciones. En la Ópera de la Habana ha -llegado á costar una butaca cien pesos oro por noche. Tan irritante -pareció á algunos este despilfarro, que protestaron de él bárbaramente, -arrojando una bomba en plena función. - -En los escaparates de sus tiendas se ven las telas más caras y ricas. -Las mujeres visten con un lujo en apariencia sencillo, para no salirse -de las reglas del buen gusto, pero en realidad costosísimo. - -Fuera de la Habana, en los nuevos barrios, son cada vez más numerosos -los palacetes particulares. La antigua arquitectura española, con el -aditamento de las comodidades de la vida norteamericana, es generalmente -la de tales edificios. La jardinería del Trópico da una nota de -originalidad á estas construcciones, que recuerdan á la vez los patios -de Sevilla y los palacios de madera de Long Island. - -Para el ciudadano de los Estados Unidos descontento silenciosamente de -ciertas leyes de su país, la Habana ofrece un atractivo especial. Es una -ciudad á las puertas de su patria, donde no impera el llamado «régimen -seco». Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida, -para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un _bar_ en -cada calle. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni -tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La -embriaguez puede ser franca, libre y continua. Pero como es tierra de -dinero abundante, derramado con mano pródiga, los hoteles resultan -carísimos, así como los otros gastos de viaje, y sólo los ricos pueden -pasar el canal de la Florida para venir á emborracharse bajo la bandera -cubana. - -Me veo recibido cariñosamente en esta amada ciudad de habla española. El -Municipio me ha declarado su huésped, comisionando al escritor Rafael -Conte, antiguo amigo mío, para que me dirija y me guarde durante el -tiempo que permanezca en la Habana. Simpáticos periodistas de incansable -y sonriente preguntar, jóvenes escritores que revelan su talento en las -curiosidades literarias y las paradojas de su conversación, me acompañan -en mis visitas á las redacciones de los diarios y en los dos banquetes -amistosos y sin ceremonia con que soy obsequiado, á mediodía y por la -noche. - -Presencio la belleza del crepúsculo tropical en una lujosa «villa» de -las afueras, donde vive con su esposa el joven conde del Rivero, hijo -del célebre fundador de _El Diario de la Marina_. - -Como el Ayuntamiento ha reservado para mí las mejores habitaciones del -Hotel Sevilla--el más caro de la ciudad--, mi amigo Conte se esfuerza -por convencerme de que debo quedarme en ellas, volviendo al buque en las -primeras horas de la mañana siguiente. Sería mal interpretado que -prescindiese yo de usar dichas habitaciones después de haber sido -declarado «huésped de honor». - -A la una de la madrugada discutimos frente al hotel si debo ó no dormir -en tierra. Siento un dolor insistente en una pierna, cierta torpeza -muscular que hace cada vez más pesados sus movimientos. La necesidad de -un pronto descanso me impulsa á admitir las objeciones de mi amigo, pero -cuando entro en el hotel para acostarme, tropiezo con un compañero del -_Franconia_. - -Es un joven norteamericano, de buenas maneras, un bailarín incansable, -que sale del _dancing_ del hotel. En el buque se muestra sobrio; pero -aquí, por seguir la rutina de muchos de sus compatriotas y para -convencerse de que verdaderamente está en un país libre, se ha -embriagado de un modo lastimoso. Me abraza como si viese á un hermano, -intenta besarme, enternecido por el encuentro, y me dice que nosotros -dos somos los únicos del _Franconia_ que estamos en tierra. Todos los -otros se fueron á media noche. El buque zarpará al amanecer, y no á las -diez de la mañana como se había anunciado. - -Corremos al puerto, solitario y silencioso á esta hora avanzada, y el -amigo Conte consigue que una lancha del gobierno nos lleve hasta el -_Franconia_, que tiene apagadas la mayor parte de sus luces y parece -dormido... Si ocupo mi cama de honor en el hotel, termina mi viaje -alrededor del mundo en la primera escala. - -Cuando al día siguiente despierto, en mi camarote, el buque está -navegando hace ya varias horas. Las costas de Cuba se han esfumado en el -horizonte. Nos rodea el hermoso mar de las Antillas, en el cual logra -descender la luz á grandes profundidades, dando una claridad dorada á -las aguas azules. - -Los viajeros, después de haber pasado un día en tierra, parecen -encontrar nuevos atractivos á la vida marítima. En la última cubierta -juegan grupos de señoritas vestidas de blanco y raqueta en mano, -interrumpiendo con risotadas los incidentes de su deporte. Otras empujan -discos de madera con una pala, á través de rectángulos trazados con tiza -en el suelo. Más allá arrojan anillas de cuerda para que se introduzcan -en un espigón, ó pelotas enormes que deben entrar por una manga de red. -El suelo se estremece con los galopes de esta juventud de faldas cortas -con menudos pliegues, perseguida por otra juventud que usa camisa de -cuello abierto y pantalones de franela. - -Las señoras hablan del próximo baile de máscaras, el primero de la -travesía, que va á ser entre la Habana y Panamá. Cada una guarda el -secreto de los disfraces ocultos en sus maletas. - -Antes de empezar nuestro viaje, los expertos que lo dirigen, para evitar -errores y olvidos, nos han dado una lista de lo que debemos llevar con -nosotros, y en ella figuran como artículos indispensables un traje de -baño para la gran piscina y varios disfraces para los bailes de -máscaras. Esto último es tan importante como dos pares de gafas negras -de recambio para los países ardientes que vamos á visitar. Con dos -disfraces hay bastante por el momento. Al llegar á los países del -Extremo Oriente todos comprarán vestimentas japonesas, chinas ó -indostánicas, y los últimos bailes van á ser los más ostentosos y -originales. - -Entre estas gentes simpáticas, de trato llano, propensas á la risa, y -que no necesitan para alegrarse de grandes complicaciones, las hay -dispuestas á disfrazarse á todas horas para regocijo de sus compañeros. -El día antes de la llegada á Cuba ha sido domingo. En las ciudades de -los Estados Unidos el domingo es el día en que se venden más periódicos. -Los grandes diarios publican ediciones extraordinarias, de ochenta ó -cien páginas, con novelas completas y resúmenes de todas las materias -que pueden interesar á cada lector. Desde el amanecer, los vendedores -vocean en las calles la enorme edición dominical. - -También en el primer domingo, á bordo del _Franconia_, una voz ronca -empieza á gritar por los corredores los títulos de varias publicaciones -célebres de Nueva York, como si estuviésemos aún en la metrópoli -americana. Las gentes se asoman en traje de dormir á las puertas de sus -camarotes. El vendedor callejero es un _gentleman_ casi de dos metros de -estatura, un millonario procedente de los Estados del Sur, al que -llaman todos «coronel» por tener este grado en la milicia cívica de su -ciudad. - -Se ha disfrazado de pilluelo y ofrece gravemente periódicos viejos á -todos los que se asoman á las puertas. Los más celebran con una risa, -que puede llamarse americana por lo espontánea y pronta, esta -excentricidad del personaje. Uno de sus compatriotas permanece serio y -le mira con extrañeza, no pudiendo comprender tal conducta. - ---Si no se ríe usted un poco, voy á llorar de pena--dice el falso -vendedor de periódicos. - -Y tan cómico resulta el gesto con que el hombretón inicia su llanto -infantil, que el otro se ve obligado á reir como los demás. - -Yo no podré presenciar el primer baile de máscaras del _Franconia_. En -varios días no veré otra cosa que las paredes de mi camarote. - -A las pocas horas de alejarnos de la Habana he quedado clavado en mi -lecho por una parálisis de la pierna izquierda. El médico de á bordo -declara que es una ciática, tal vez á consecuencia de la atmósfera -húmeda del mar. Luego pensamos los dos que bien puede ser por una -imprudencia en el aireamiento de mi habitación. - -El _Franconia_ no tiene ventiladores á uso antiguo, con hélices de -molesto y tenaz abejorreo. Cada camarote posee dos pequeñas esferas de -bronce, metidas en alvéolos del mismo metal. Estos ojos dorados, cuando -tienen el agujero de su negra pupila hacia adentro é invisible, -permanecen inactivos. Pero basta volverlos, para que de ambos orificios -surja una manga silenciosa y fría que cambia el ambiente del camarote -con sus pequeños huracanes. Durante el anclaje en los puertos, los -mosquitos de agua muerta que se introducen por los ventanos se ven -obligados á retroceder, volviéndose con rabiosos zumbidos por donde -vinieron. Los dos chorros mudos los voltean con su ímpetu, lo mismo que -un aeroplano pillado por una tormenta, y les hacen huir finalmente al -otro lado de la pared del buque. - -He pasado una noche entera con ambos ventiladores enfilados hacia mi -cama. La proximidad del calor de Cuba me hizo emplear este -refrescamiento imprudente. Mientras dormía, las dos mangas de helado -viento, que hacen funciones de mosquitero, cayeron horas y horas sobre -el lugar de mi cuerpo donde ahora siento el llamado nudo ciático. - ---Tiene usted para algunos días--dice el médico inglés, moviendo la -cabeza--. Habrá que emplear los rayos violeta... No intente moverse. - -¡Bien empieza el viaje alrededor del mundo! - - - - -VI - -LA ZANJA ENTRE LOS DOS OCÉANOS - - Dos escalinatas de agua y una meseta lacustre.--Las fuerzas - eléctricas del canal de Panamá.--La zona norteamericana y su - guarnición.--El lago de Gatún y el Paso de Culebra.--La enorme - afluencia de buques.--Cómo los norteamericanos «perdieron el - tiempo» antes de reanudar las obras.--El buen negocio del - canal.--La prontitud de su limpieza.--Los bosques de sus - orillas.--Panamá la Verde. - - -Después de tres días de continua navegación, aminora su marcha el -_Franconia_, y yo, con doloroso esfuerzo, consigo ir hasta un ventano de -mi camarote. - -Una orilla verde avanza por el costado del buque, cada vez más cercana, -y adivino que otra semejante debo ir angostándose por el lado opuesto, -como la boca de un embudo. Vamos á ver una de las obras más prodigiosas -realizadas por la mano del hombre; vamos á entrar en el canal de Panamá. - -Reanuda su marcha el vapor, lentamente, y pasamos de la navegación entre -orillas de tierra y árboles al deslizamiento junto á fuertes malecones -de mampostería, con varias casas de máquinas. Cables eléctricos de -enorme potencia se apoyan en los brazos en cruz de una sucesión de -columnas de cemento, que por su robustez recuerdan los pilares de la -arquitectura egipcia. Esta fuerza va á hacernos atravesar la zanja -acuática que corta todo un continente, pasando nuestro buque del -segundo mar de la tierra al más grande de todos. - -Puede describirse concisamente el canal de Panamá diciendo que es una -escalinata acuática. Resulta más interesante y complicado que el -monótono canal de Suez. Además, sus orillas tienen la lujuriante -vegetación del Trópico, y las selvas panameñas, eternamente frescas, son -algo más atractivas que los polvorientos arenales de Egipto. - -Para pasar del Atlántico al Pacífico ó hacer el mismo trayecto en -sentido inverso, los buques tienen que subir una escalinata de esclusas, -navegar por un lago alto, que es como una meseta, y volver á descender -por la escalinata del lado opuesto. - -Al llegar por el Atlántico encontramos el antiguo puerto de Colón, -importante cuando no existía el canal. Aquí desembarcaban los viajeros, -y tomando un ferrocarril á través del istmo, iban en unas cuantas horas -á la ciudad de Panamá, para volver á embarcarse en el Pacífico. Ahora -pasamos de largo ante Colón, como la mayoría de los buques, y el antiguo -ferrocarril ha perdido también su importancia interoceánica, -descendiendo á ser una simple vía interior, que sólo utilizan los del -país. - -El _Franconia_ va á subir la escalinata del lado del Atlántico, ó sea -las esclusas de Gatún. Estas esclusas están superpuestas en tres tramos, -y además son dobles para que puedan ir ascendiendo dos buques á un mismo -tiempo. - -Cuando el nuestro se introduce en la primera esclusa penetra en la otra -gemela un vapor más pequeño con rumbo á Nueva Zelandia. Los pasajeros de -ambos barcos, que van á seguir tan opuestas direcciones cuando lleguen -al Pacífico, se hablan sin esfuerzo alguno de cubierta á cubierta, pues -sólo están separados por unos cuantos metros. - -El funcionamiento de las esclusas es maravilloso por su rapidez; tiene -la velocidad casi instantánea de las mutaciones escénicas; los buques -ascienden, como los personajes de teatro, por un escotillón. Sube el -nivel del agua vertiginosamente en las cerradas balsas cuadrangulares, y -los dos buques se elevan sobre la superficie marítima en la que flotaban -poco antes. Su ascensión aumenta al pasar al segundo rellano acuático, -luego al tercero, quedando finalmente á unos veinticinco metros sobre el -nivel del mar. - -Estas esclusas tienen más de 300 metros de longitud, 33 de ancho y 21 de -profundidad, dimensiones que permiten ampliamente el paso de los navíos -más enormes construídos hasta el presente. Unas locomóviles eléctricas -tiran de los buques desde la ribera y los guían á través de las -esclusas. Como éstas se hallan superpuestas formando tres rellanos, los -pequeños demonios eléctricos corren por los taludes desafiando las leyes -de la gravedad, saltan, se agarran al suelo como insectos, trepan casi -verticalmente para pasar de un plano á otro. - -Nada de humo ni de mugidos de vapor. Se adivina en torno la presencia de -una fuerza silenciosa é irresistible, semejante á las energías que laten -ocultas en la corteza terrestre. El manojo de cables que corre á un lado -y á otro del canal guarda y regula las energías producidas por enormes -fábricas de flúido eléctrico. - -Vemos en las orillas estos edificios y otras construcciones destinadas á -las necesidades del continuo tránsito: depósitos de carbón y de -petróleo, atarazanas, talleres de fundición y de reparaciones, depósitos -de útiles marítimos, almacenes frigoríficos, mataderos, fábricas de -hielo, enormes lavanderías. Algunos grupos de edificios están cerca de -los muelles de acero y hormigón; otros se alzan tierra adentro, medio -ocultos por los bosques de cocoteros y palmeras. Los buques que cruzan -el canal pueden ser reparados antes de lanzarse á uno de los dos Océanos -y proveerse igualmente de toda clase de abastecimientos. - -En los sitios tenidos por estratégicos hay aglomeraciones de casas de -madera con extensas galerías, sobre cuyas techumbres flota la bandera de -los Estados Unidos. Son cuarteles-pueblos, donde viven los militares -norteamericanos y sus familias, con todas las comodidades y amplitudes -que da la gran República á sus defensores, además de pagarlos -espléndidamente. - -Ocho mil hombres guarnecen el canal, y durante la última guerra llegaron -á ser trece mil. Las baterías invisibles que defienden sus dos bocas -están artilladas con las piezas más enormes conocidas hasta el presente. -Las tropas acuarteladas en las dos orillas no salen nunca de la zona que -pertenece á los Estados Unidos, cinco millas por cada lado. La pequeña -República de Panamá lleva una existencia independiente y digna, sin -sufrir intrusiones ni arrogancias de las autoridades americanas del -canal. Éstas se limitan á vigilar y guardar este paso interoceánico tan -precioso para la seguridad de su propio país y jamás saltan los límites -territoriales que marcó un tratado. Muy al contrario de lo que creen -muchos, tal vecindad resulta provechosa á los panameños, pues algo gana -el pobre cuando tiene intereses comunes con un rico, y el continuo trato -de ellos con los americanos influye visiblemente en la cultura y el -progreso de la nación. - -Después de las tres esclusas de Gatún, el _Franconia_ entra en el lago -de este nombre. El famoso río Chagres, que tanto utilizaron los -españoles durante tres siglos, cuando pasaban el istmo para ir al Perú y -á Chile, ha sido embalsado por los constructores del canal, deteniendo -sus aguas para hacer más alto el nivel del lago y dar mayor profundidad -á su navegación. Dicho lago se extiende con más ó menos amplitud 38 -kilómetros, hasta llegar á Gamboa, siendo la parte del canal que menos -esfuerzos ha costado. En ella, más que excavar, lo necesario fué inundar -las tierras. - -Es en Gamboa donde empieza la obra más difícil y terrible, el corte de -la cordillera, columna vertebral del istmo, el famoso Paso de Culebra, -donde tantos hombres perecieron. Este desfiladero acuático se extiende -hasta las esclusas llamadas de Pedro Miguel, por el nombre de un pueblo -cercano, y aquí termina la meseta y empieza la escalinata del lado -opuesto. Nuestra nave descenderá allí un tramo, ó sea las esclusas de -Pedro Miguel, bajando al lago de Miraflores, que está todavía á 16 -metros sobre el mar. Al final de este lago las esclusas de Miraflores lo -harán descender al nivel del Pacífico, y navegando 13 kilómetros en una -vía sin obstáculos, pasará por la moderna ciudad de Balboa, donde los -norteamericanos tienen establecidos los centros más importantes del -canal, y por la antigua ciudad de Panamá, cortando al fin con su proa -las aguas del más grande de los Océanos, después de una travesía que -sólo dura unas ocho horas. - -Están reglamentadas tan minuciosamente las funciones necesarias para el -paso de los buques, sin un movimiento inútil, sin desperdiciar un -minuto, que el tráfico resulta incesante en esta avenida interoceánica. -Cuando la flota de guerra de los Estados Unidos--única que rivaliza con -la de Inglaterra--pasó hace poco tiempo el canal de Panamá, bastaron -veinticuatro horas para que docenas de enormes acorazados, con su -acompañamiento de cruceros y torpederos, se trasladasen del Atlántico al -Pacífico, viaje que antes les costaba semanas y semanas de navegación, -dando la vuelta á toda la América del Sur por el cabo de Hornos. - -Avanzamos con lentitud, pero continuamente, por esta zanja enorme de -agua dulce tendida como un guión entre los dos Océanos. Formamos parte -de la doble fila de buques que va y viene por ambas orillas, como los -carruajes marchan al paso por una calle, rozando las dos aceras. Los -nombres de estos buques, su procedencia y su destino, indican la -importancia y la necesidad de una obra que ha cambiado la geografía y el -comercio del mundo. Vapores tan grandes como el nuestro van directamente -de Londres ó de Nueva York á las repúblicas de lengua española que -florecen en las orillas del Pacífico y antes sólo podían estar en -contacto con el resto de la tierra valiéndose del rodeo enorme por el -estrecho de Magallanes ó del penoso transbordo en el istmo de Panamá, -todavía intacto. - -Las grandes islas oceánicas han tomado igualmente esta ruta que las -aproxima á Europa. Vemos pasar, cerca de nosotros, buques que vienen de -Nueva Zelandia, de Australia ó de los archipiélagos esporádicos de la -Oceanía. El Callao y Valparaíso, gracias á este canal, han perdido -varios días de distancia entre ellos y los puertos del viejo mundo. - -Al ver los cortes que los hombres tuvieron que abrir en la montaña para -dar paso á las aguas, resurgen en mi memoria los incidentes dramáticos -de la construcción del canal. Todos saben la historia de esta gran -empresa dirigida por Lesseps, el cual quiso repetir en el istmo -americano su gloriosa obra de Suez. Pero aquí la hazaña geográfica se -convirtió en escandaloso negocio. El «gran francés», agotado -mentalmente á causa de sus muchos años, fué conducido á la deshonra por -financieros sin conciencia, y el nombre de Panamá quedó como sinónimo de -estafa colosal, de corrupción de los poderes públicos. Tal empresa, que -sirvió de pretexto en París para negocios delictuosos, realizó aquí -obras importantes que aprovecharon luego los americanos, aunque muchas -de ellas habían sido ejecutadas con imprevisión notoria y con desprecio -de la vida del hombre. - -Existe en la ciudad de Panamá un monumento á la gloria de Lesseps y -varios sabios franceses que fueron sus precursores ó colaboradores en -este proyecto; entre ellos los marinos Bonaparte Wyse y Reclús, hermano -del célebre geógrafo. Pero al mismo tiempo se acuerdan los panameños de -la manera imprudente y mortífera con que los ingenieros franceses -empezaron la realización de sus obras. Con una vehemencia que algunos -llamarían «latina», sólo pensaron en el trabajo, olvidando las -precauciones necesarias para asegurar su continuación. - -El material humano era abundante y fácil de renovar. Atraídos por los -jornales enormes, llegaron cavadores de todas partes, amontonándose en -campamentos recién formados sobre terrenos vírgenes, donde sólo el -natural del país puede vivir, por una larga aclimatación. De estos -extranjeros venidos para trabajar muchos fueron españoles: el excedente -de la emigración á las vecinas Repúblicas hispano-americanas. - -Cuanto más grande fué la aglomeración de obreros, más enorme resultó la -mortandad. Hoy, al recordar aquella época, se mencionan cifras de -víctimas que parecen fantásticas. El vómito negro y otras enfermedades -tropicales se cebaron en este amontonamiento humano. El corte de la -espina dorsal del istmo podría rellenarse, según afirman algunos, con -los cadáveres que costaron los primeros intentos de dicha obra. El Paso -de Culebra adquirió una celebridad terrorífica en todo el mundo. - -Al fin, los trabajos iniciados por la compañía francesa en 1882 se -paralizaron á causa de su quiebra escandalosa. En 1904 los -norteamericanos aceptaron la empresa de abrir el canal, adquiriendo con -extraordinaria baratura los materiales traídos por sus antecesores. -Todavía he visto yo en el Paso de Culebra poderosas dragas que son de la -época francesa. - -En lo último que pensaron los norteamericanos fué en abrir el canal. -Consideraron más urgente estudiar el medio de que los hombres trabajasen -con seguridad, cambiando las condiciones higiénicas del terreno. Se -dedicaron, como en Cuba, á la destrucción del mosquito transmisor de la -llamada fiebre amarilla. Luego--y esto fué lo más importante--realizaron -obras enormes para purificar las aguas destinadas al consumo humano y -sus trabajadores no tuvieran que beber el líquido tóxico de charcas y -arroyos, como en la época anterior. Sólo después de «perder su tiempo» -en estos preparativos minuciosos, el gobierno de los Estados Unidos -emprendió la obra, consiguiendo terminarla en un plazo relativamente -breve y sin pérdida notoria de gente. - -Necesitó dos años de preparación nada más y ocho de trabajo para -realizar esta empresa de interés universal. En los primeros días de -Agosto de 1914 pudo ya abrirse al comercio del mundo esta vía que iba á -cambiar sus derroteros. Pero en aquella fecha acababa de estallar la -guerra europea y nadie fijó su atención en tal acontecimiento, que cada -vez será más famoso, con el curso de los siglos, en la historia del -progreso humano. Muchos combates célebres de la última guerra quedarán -olvidados, como tantas y tantas batallas de la antigüedad, mientras que -las relaciones entre los hombres futuros y su vida política girarán en -torno á este canal que ha partido el nuevo mundo, atrayendo con sus dos -bocas el movimiento de todos los pueblos de la tierra. - -El éxito financiero de esta obra, que en realidad sólo tiene cuatro años -de existencia--fué inaugurada oficialmente el 12 de Julio de 1920--, es -la más clara demostración de su importancia. No es una compañía -comercial de los Estados Unidos la que costeó las obras; fué el gobierno -establecido en Wáshington. - -Como el canal tenía una importancia política y de seguridad para la -República de la Unión, su gobierno se lanzó á realizar la obra, sin -ocurrírsele ni por un momento ver en tal empresa un éxito económico. -Nunca creyó en posibles ganancias. Lo único que le interesaba, costase -lo que costase, era poder trasladar rápidamente su flota de un Océano á -otro y poner en contacto marítimo los Estados atlánticos del Este, donde -se concentra la vida nacional, con los Estados del Pacífico, que aún se -hallan en el desarrollo de la adolescencia. - -Pero á los ricos todo les resulta negocio. El gobierno de Wáshington -invirtió en el canal aproximadamente 350 millones de dólares, y á partir -de su inauguración vió con asombro que acudían, pidiendo paso, buques de -todos los pueblos de la tierra. Hoy, á los cuatro años de existencia, le -produce 2 millones de dólares mensualmente, 24 millones de dólares al -año, lo que da un interés muy respetable al capital que empleó con un -fin puramente defensivo y sin espera de ganancia. - -Todo buque tributa al paso un dólar por tonelada. El _Franconia_, para -llevarnos del Atlántico al Pacífico, ha tenido que pagar 20.000 dólares -por un viaje de unas cuantas horas, y creo que con otros gastos -accesorios la suma llegó á 25.000. - -A pesar del enorme peaje, la afluencia naval es cada vez más densa. Los -norteamericanos, que lo conciben todo en grande, con el pensamiento -puesto en las necesidades del porvenir, se equivocaron, quedándose -cortos al calcular las dimensiones del canal. Éste empieza á resultar de -una modestia inadmisible para un pueblo que ama la vida amplia y los -movimientos desembarazados y fáciles. Pronto se reanudarán las obras -para dar más anchura á las esclusas y los pasos angostos, y en vez de -dos filas de buques se deslizarán al mismo tiempo cuatro, doblándose el -movimiento de la avenida interoceánica. - -En los cortes de la montaña son continuos los desprendimientos de una -tierra roja y compacta, que parece piedra adormecida en mitad de su -solidificación. Los desprendimientos se repiten con frecuencia, y así -seguirá ocurriendo hasta que los taludes de las orillas adquieran la -estabilidad de las obras viejas. Pero los batallones de trabajadores -negros, mandados por ingenieros y contramaestres blancos, que forman la -policía del canal, velan día y noche, montados en locomotoras y dragas, -para acudir inmediatamente á barrer los residuos del desprendimiento. - -Nos anuncian en mitad del lago de Gatún que el tránsito del canal va á -retardarse para nosotros unas cuantas horas. Acaba de ocurrir un -desprendimiento en el Paso de Culebra, y un buque del calado del -_Franconia_ no puede seguir adelante sin que el dragado ahueque el fondo -del estrecho. - -Nos sentamos á almorzar, resignados á una larga espera en este lago, que -resulta agradable gracias al fresco vientecillo que levanta el buque al -desplazarse, pero cuyas aguas parecen arder cuando aquél se detiene y -vuelve á restablecerse la calma bochornosa del Trópico. - -Atraídos por la novedad del viaje marítimo entre bosques y montañas, he -salido de mi camarote apoyado en un bastón, y arrastro la paralítica -pierna por salones y cubiertas, huyendo de los espacios faltos de techo -que reciben la caricia cáustica del sol. Nos divierte ver cómo asoman su -lomo mal esculpido los caimanes del lago. Varios aviones de la -guarnición americana del canal pasan tan bajos junto al buque, que -podemos ver cómo sus tripulantes responden por señas á nuestros -saludos... Una hora después vuelve á reanudar su marcha el _Franconia_. -Todo está reparado, y pasamos lentamente entre dos filas de dragas -enormes, que acaban de limpiar el fondo con la rapidez del que ejecuta -un trabajo habitual. - -Seguimos la navegación entre altas riberas cubiertas de bosques. El filo -de estas orillas es muchas veces superior al piso más alto del buque. -Corren por ellas numerosas bandas de negras, monstruosamente gordas, con -nariz aplastada y ojos de impúdico fuego. Llevan banastas sobre sus -cabezas con pirámides de cocos frescos y racimos de plátanos. Como el -vapor avanza lentamente, ellas lo siguen al trote y nos arrojan sus -frutos, gritándonos al mismo tiempo en un inglés de negro: «_¡Money!... -¡money!_» - -Por la orilla baja, de espesa vegetación, siguiendo un sendero que -abrieron junto al agua sus pies descalzos, corren enjambres de negritos, -cabezudos, con las negras lanas cortadas en forma de solideo, la panza -enorme al aire, un saliente de carne en el lugar del ombligo y otro -mayor que tiembla más abajo al compás del trote. - -Todo este mundo de ébano y marfil, que salta y grita, mostrando sus -luminosas dentaduras, vive en chozas cónicas de paja, cuyos remates -asoman sobre el apretado ramaje de la selva. - -No son del país. La gente de Panamá nunca ha tenido la tez tan obscura. -Son familias de Jamaica cuyos varones están contratados en los trabajos -del canal. - -¿Cómo describir con palabras la exuberancia de este paisaje eternamente -verde?... Su colorido resulta monótono porque se desarrolla siempre -dentro del mismo tono, y sin embargo sus variedades son infinitas. - -Hay otros países donde parece que todo queda dicho con anotar que su -color es verde. En Panamá, esta palabra resulta pobre, inexpresiva, -débil. Hay que repetir sin cansarse: verde, verde, verde, verde... - -La tierra, roja ó del mismo color negruzco que la piel del elefante ó el -tronco de la higuera, apenas si se deja ver como los filamentos de una -red entre masas de vegetación de eterna frescura. - -Nunca creí que un mismo color pudiera descomponerse en tantas -gradaciones. Veo el verde amarillento y charolado de las hojas de los -plátanos; el verde obscuro y metálico de otros árboles y arbustos. Hay -verde de óxido, verde luminoso de piedra preciosa, verde suave de mar -adormecido, verde dorado, como debió ser el de ondinas y sirenas. - -Unas flores rojas, enormes, como estrellas incandescentes, abren sus -puntas en el misterio de las profundidades verdes. ¿Quién podría decirme -su nombre?... - -De las marañas de la selva brotan tropeles de mariposas. Revolotean -formando nubes sobre el buque, se cuelan por todas partes como enjambres -de moscas, se dejan aprisionar con la torpeza de la inocencia. - -Loros y monos hacen estremecerse las ramas de los árboles, siguiendo con -saltos invisibles la lenta marcha del buque á través de los bosques. - -¡Oh, Panamá la Verde!... - - - - -VII - -PANAMÁ LA VERDE - - El novelesco Balboa.--Su descubrimiento del Mar del Sur.--El primer - europeo que se embarcó en el Pacífico.--Mortandad de colonizadores - al pasar el istmo de Panamá.--El primitivo proyecto del canal - ideado por los españoles.--El saqueo de Panamá la Vieja por los - piratas.--Me bajan en andas para visitar la ciudad.--El presidente - Porras y la juventud intelectual.--Las escuelas de Panamá.--Versos - en la noche.--De una acera á otra. - - -El primer descubridor de las costas atlánticas de Panamá fué Rodrigo de -Bastidas, un escribano de Sevilla que abandonando sus legajos se dedicó -á navegante. Fué tal el entusiasmo aventurero en España después del -primer viaje de Colón y los Pinzones, que, según dijo un escritor de -aquella época, «hasta los sastres quisieron meterse á descubridores». - -Colón navegó después frente á las mismas costas. Empezaba á dudar que -las tierras encontradas por él fuesen las de Cipango y Catay (el Japón y -la China), y buscaba un estrecho, un callejón marítimo que le permitiese -pasar al otro lado, donde presentía un nuevo mar y el Asia tan buscada. -Con este objeto tanteó la costa, esperando dar con un canal que sólo -debía existir cuatro siglos después, y hecho por industria humana. - -Sucesivas expediciones de españoles se establecieron en esta tierra, -fundando Santa María la Antigua de Darién, Nombre de Dios, Portobelo y -otras poblaciones famosas en la historia de la colonización. Uno de los -héroes más extraordinarios de tal epopeya geográfica surge en Panamá, -Vasco Núñez de Balboa, personaje de novelesca vida, superior á Cortés y -á Pizarro, pero que tuvo la desgracia de morir joven, sin encontrar las -riquezas que éstos en sus descubrimientos. Mas á pesar de su corta -existencia, sirvió al progreso humano mejor que los conquistadores de -Méjico y del Perú, encontrando el llamado Mar del Sur, que años después -bautizó Magallanes con el impropio nombre de Pacífico. - -Las altas y fragosas montañas del istmo me hacen recordar los episodios -del descubrimiento de Balboa. Con ciento noventa españoles y algunos -indios, salió en Septiembre de 1513 de la ciudad de Darién para -convencerse de si era cierta la existencia de un mar en la otra -vertiente de la cordillera. Tan difícil era la marcha á través de ríos y -bosques, que para hacer diez leguas necesitaba cuatro días. Tuvieron que -reñir, además, con las tribus belicosas del istmo, que usaban «flechas -de hierba», ó sea envenenadas. - -Un cacique amigo afirmó á Balboa la existencia del misterioso mar, -señalándole una montaña lejana desde cuya cumbre podría verlo. Otros -indios le dieron prendas de oro, muy bien trabajadas, traídas de los -países del gran mar que iba buscando, y añadieron que en este mar había -grandes barcos con velas, parecidos á los de los españoles. Se referían -indudablemente al Perú, y es posible que de no ser decapitado, años -después, Balboa, por su rival el gobernador Pedrarias, habría continuado -sus exploraciones por el Pacífico, descubriendo el Imperio de los Incas, -en vez de Pizarro, que vivía á sus órdenes como obscuro lugarteniente. - -Cuando la partida de españoles, batallando con los indígenas, llegó á -la cumbre de la citada montaña, veintiséis días después de haber salido -de Darién, todos pudieron ver la inmensidad del mar deseado. El -sacerdote Andrés Varas, capellán de la expedición, entonó un _Te Deum_, -que sus compañeros oyeron de rodillas. Después colocaron en aquel paraje -una cruz, hecha con dos troncos de árbol, sobre un montón de piedras. - -Para bajar hasta las playas del nuevo Océano tuvieron que reñir nuevos -combates con las tribus de esta vertiente. Un destacamento enviado por -Balboa á explorar el país llegó antes que él á la costa, y su jefe, -llamado Alonso Martín, se apresuró á embarcarse en una canoa de indios, -haciéndose dar por sus hombres un testimonio de que era el primer -europeo que navegaba en estas aguas, llamadas por unos Mar del Sur y por -otros Mar Grande. Luego envió aviso á Balboa para que siguiese el mismo -camino hasta la costa. - -Los hombres de la expedición, entusiasmados por el descubrimiento de -este Océano misterioso, bebieron en sus manos el agua cargada de sal. -Balboa, cubierto con su armadura, la espada en una mano y en la otra un -estandarte que tenía pintada la imagen de la Virgen, entró en él hasta -las rodillas y tomó posesión de su inmensidad en nombre de los soberanos -de Castilla. - -Fué durante muchos años la travesía del istmo un trayecto en extremo -penoso que debían arrostrar inevitablemente los que iban de España á las -Indias del Pacífico. La fama de las grandes riquezas del Perú hizo pasar -por Panamá la corriente humana más numerosa de la conquista, y tales -eran las dificultades del camino, que en menos de medio siglo -sucumbieron 40.000 españoles, sin que tan gran mortandad desalentase á -los aventureros. Al desembarcar en la costa atlántica remontaban sobre -lentas barcazas el río Chagres hasta Cruces, y luego seguían un penoso -camino por las montañas para llegar á la ciudad de Panamá. Otros -marchaban por la vía de Portobelo, que era no menos peligrosa. - -Tan enormes penalidades en el cruzamiento del istmo atrajeron la -atención de inteligentes españoles de aquella época, haciéndoles trazar -proyectos para un nuevo paso interoceánico, que fueron presentados á la -corte de España. En estos proyectos, la apertura del istmo de Panamá era -casi igual á la forma que tiene actualmente. Aprovechaban el curso del -río Chagres, cortando luego la cordillera en los mismos sitios escogidos -por los ingenieros modernos. Los estudios de los españoles á principios -del siglo XVI han servido indudablemente de base á los que acometieron -la obra á fines del siglo XIX. - -La España de aquella época, abrumada por una grandeza fatal, teniendo -que atender al gobierno de medio mundo, no podía acometer una obra tan -gigantesca, solamente posible con el auxilio de los progresos -industriales de nuestro tiempo. Pero escritores de entonces, como Gomara -y otros tratadistas de América, la creyeron factible, afirmando -jactanciosamente que un rey de España tenía riquezas y poder de sobra -para atreverse á empresas todavía más difíciles. En aquellos años de -continuos descubrimientos y maravillosas conquistas, que vieron á muchos -soldados obscuros apoderarse de reinos enormes, todo parecía hacedero. - -Durante tres siglos de dominación española, la rica ciudad de Panamá fué -el centro distribuidor de lo que hoy se llama América del Sur. Las -flotas de España desembarcaban sus cargamentos en Portobelo, y á través -del istmo pasaban éstos á Panamá, residencia de los altos empleados de -la Hacienda española. De Panamá salían expediciones para el Perú, alto y -bajo; para Chile; para Tucumán y Córdoba, en lo que es hoy República -Argentina y las expediciones de vuelta desde los citados países á la -metrópoli seguían el mismo camino. - -Tanta era la importancia de la ciudad de Panamá, que los piratas -ingleses y franceses, guarecidos en el mar de las Antillas para robar -las posesiones españolas, hicieron una expedición contra ella, -capitaneados por Morgan, famoso bandido del mar, al que ennobleció luego -Inglaterra. En aquellos siglos la política inglesa no fué un modelo de -lealtad. Los reyes de Londres ajustaron repetidas veces tratados de paz -con los reyes de Madrid, y al mismo tiempo dejaban que muchos -aventureros de su país se dedicasen á la profesión de piratas, saqueando -las ciudades españolas de América, indefensas ó descuidadas. Y si no -caían prisioneros y eran ahorcados, les daba títulos nobiliarios y -puestos públicos al volver á Inglaterra cargados de riquezas. - -A cierta distancia de la ciudad de Panamá existen las ruinas de la vieja -Panamá, robada é incendiada por los filibusteros que pasaron el istmo, -dirigidos por Morgan. Estas ruinas ofrecen hoy un aspecto interesante, -pues las ha embellecido la extraordinaria vegetación del Trópico, -cubriéndolas en parte con su follaje. Las más de las casas del antiguo -Panamá eran de madera, y desaparecieron completamente; pero la catedral -y los edificios del gobierno, por ser de mampostería, sobrevivieron al -incendio. Entre las murallas todavía en pie de los caserones que en -otros siglos guardaron las remesas de oro del Perú y de Chile, en espera -de la flota real, han crecido ramajes gigantescos, como sólo pueden -verse en estas tierras. La torre de la catedral, tapizada de plantas -trepadoras, recuerda las eternas ruinas que sirvieron de escenario á -tantos episodios de la literatura romántica. - -He visto los restos de Panamá la Vieja á la hora más favorable para -estas visitas. Acababa de cerrar la noche. Árboles enormes extendían sus -masas, como borrones de tinta, sobre la lámina celeste acribillada de -puntos de luz. Los faros de nuestro automóvil subieron y bajaron, -abarcando en sus mangas luminosas los restos de la antigua ciudad -española. Así vimos surgir del misterio de la noche, con un resplandor -purpúreo de incendio, el campanario de la derruída catedral y las -murallas todavía en pie de las casas del gobierno. Antes había visto á -la luz del sol la actual ciudad de Panamá, la que fundaron los españoles -en sitio más favorable para la defensa, después del saqueo de los -piratas, y que es hoy capital de la joven República que lleva su nombre. - -En las primeras horas de la tarde se detiene el _Franconia_ en las -esclusas de Pedro Miguel. Los pasajeros van á descender aquí para -visitar la ciudad y las poblaciones recientemente creadas en la zona -interoceánica. - -Horas antes ha subido al buque un joven colombiano que es intérprete -español de las oficinas del canal. Las autoridades norteamericanas -tienen expertos en todos los idiomas del mundo civilizado, y los envían -á los buques que pasan, para comodidad de capitanes y pasajeros. Este -intérprete viene á saludarme en nombre del gobernador americano del -canal, y con él llegan otros empleados nacidos en los Estados Unidos, -pero aficionados á la lectura de libros en español, que desean conocerme -personalmente. Me dicen que en las esclusas van á recibirme una comisión -enviada por el gobierno de Panamá y un grupo numeroso de españoles. -Además, el presidente de la República me espera en su palacio á la hora -del té. - -Escucho estas noticias medio tendido en un sillón de cubierta. ¡Cómo -moverme, con una pierna que no obedece á mi voluntad!... Pero en Pedro -Miguel, donde empiezan á descender los pasajeros del _Franconia_, veo -muchos señores que me aguardan y también á lo lejos, en la tierra firme, -varios automóviles adornados con banderas de España y de Panamá. Pienso -que tal vez no podré volver nunca á esta tierra, tan hermosa por su -vegetación, tan interesante por sus recuerdos históricos, y sentiré -remordimiento de no haberla visitado á causa de una enfermedad olvidada -ya entonces. - -Miro mi pierna como á un enemigo que necesito vencer. Debo bajar á -tierra, como los otros pasajeros, que no pueden sentir por Panamá el -mismo interés que yo. Desciendo del buque en andas, lo mismo que una -imagen de procesión, sentado en una silla de junco sostenida por dos -gruesos bambús. Estos bambús los apoyan en sus hombros cuatro camareros -ingleses. Así me llevan por las pasarelas de las esclusas hasta los -automóviles embanderados. - -Emprendemos la marcha, formando una larga comitiva de vehículos, y la -novedad y variedad de las impresiones que voy recibiendo me hacen -olvidar mis torturas físicas. Los caminos de Panamá se hallan tan bien -cuidados, que puede correrse por ellos como en una avenida asfaltada. -Pasamos por barrios que habitan los negros empleados en el canal. Sus -casas son á modo de grandes jaulas. Tienen enormes aberturas para su -refrescamiento por medio del aire, con cierres de tela metálica que las -defienden de los insectos. - -Dentro de la capital llama inmediatamente mi atención la limpieza y -regularidad de su pavimento. Es de ladrillos rojos puestos de canto, -duros como la piedra, cristalizados, sin que un tránsito continuo cause -en ellos desgastes visibles. - -Panamá guarda un aspecto de antigua colonia española, pero elegante, -aristocrático. Fué una ciudad de ricos comerciantes, con sucursales en -Lima y otros mercados de la América del Sur; de oidores y altos -empleados de la Península. Los edificios algo antiguos tienen balcones -de madera de gran vuelo, que son á modo de salones adosados á las casas, -pues en ellos pasaban las señoras la mayor parte del día y recibían sus -visitas. La catedral hace recordar los templos andaluces. La antigua -muralla, empleada como paseo en su parte alta, atestigua que Panamá -tiene varios siglos y una historia propia. - -El palacio del presidente de la República es pequeño, pero está situado -frente á uno de los puntos de vista más hermosos que puede ofrecer el -Pacífico. Su construcción ofrece una mezcla interesante. Tiene algo de -árabe, como recuerdo de la madre España, y mucho de un estilo que -pudiera llamarse panameño. El patio central del edificio brilla con -suave resplandor, semejante á la luz nacarada de los bajos fondos del -Océano en las horas meridianas, cuando la luz solar desciende -verticalmente. Columnas, arcos y muros están hechos de pequeños -fragmentos de concha-perla. No hay que olvidar que el famoso -Archipiélago de las Perlas, tan mencionado en la historia de América, -está á pocos kilómetros de aquí, en el golfo que tiende su curva ante el -palacio, y cuyas aguas azules cortan el arco de su puerta. - -En el centro del patio hay una fuente también de nácar, y en ella varias -muestras de la fauna nacional. Sumidas en el agua veo algunas tortugas, -de las que dan la fina concha llamada carey. Dos garzas domesticadas -permanecen inmóviles y pensativas en el borde del tazón, como dos ibis -empequeñecidos. - -Me recibe el Presidente con una cortesía familiar y aseñorada al mismo -tiempo. Es el doctor Belisario Porras, hombre de gran experiencia -política, que ha escrito además con galanura estudios interesantes -sobre la historia moderna de su país. Me anima cariñosamente á subir al -último piso, desde cuya terraza se goza una vista muy interesante de la -ciudad y el golfo. En los frescos salones inmediatos á dicha terraza es -donde se reunen las señoras á la hora del té, en esta tierra tropical. -Me ofrece su brazo y poco á poco voy realizando la penosa ascensión. - -Encuentro arriba elegantes damas norteamericanas, esposas ó hijas de los -altos empleados del canal y de los jefes y oficiales de su guarnición. -Mezcladas con ellas hay numerosas señoras de Panamá, que guardan en su -hermosura y en la gracia de palabras y ademanes mucho del origen español -de sus abuelas. - -Desde esta altura me va explicando y señalando el Presidente todo lo -notable que lleva hecho la joven República de Panamá, absteniéndose de -recordar que es él quien ha tomado las más de tales iniciativas. Veo de -lejos y á vista de pájaro lo que luego voy á contemplar de cerca, en un -rápido viaje por los alrededores: el gran hospital, único en el mundo, -destinado al estudio de las enfermedades tropicales; los diversos -edificios dedicados á la enseñanza; el monumento á la gloria de Vasco -Núñez de Balboa, que dentro de pocos meses va á ser inaugurado. - -Se nota en Panamá un espíritu de imparcialidad histórica, de gratitud al -pasado, que extiende su influencia hasta los extranjeros. El gobierno -del país elevó espontáneamente este monumento al descubridor del -Pacífico. Los norteamericanos, al crear en su zona una ciudad paralela á -la de Panamá, la han dado el nombre de Balboa. Una de las plazas más -hermosas de la capital se llama de España, y se alza en el centro de -ella la estatua de Cervantes. - -El presidente Porras, tal vez por ser escritor, tiene en torno de él, -como colaboradores políticos, á muchos jóvenes dedicados á las Letras. -Bajo su gobierno la instrucción pública se ha ido desarrollando con una -rapidez y una amplitud como sólo pueden verse en los Estados Unidos. - -Un catedrático, joven y de gran talento, Octavio Méndez Pereira, es el -director de Instrucción pública, que secunda y ejecuta los planes -educativos del Presidente. Voy conociendo á varios poetas jóvenes, de un -sentimentalismo sincero y con una visión intelectual siempre clara y -precisa, que desempeñan igualmente altos cargos públicos. - -Apoyado en un bastón y arrastrando la pierna, me despido de la -distinguida esposa del Presidente y las damas norteamericanas y -panameñas que han venido para conocer al autor de _Los cuatro jinetes -del Apocalipsis_ y sólo han visto á una especie de inválido que no puede -dar un paso sin pedir apoyo y hacer gestos de dolor. - -Sentado otra vez en el automóvil, vuelvo á contemplar las cosas con el -optimismo del que descansa unos momentos luego de haber sufrido -enervantes dolores. - -Fuera de la ciudad me interesa otra vez la flor enorme y roja, abierta -como una estrella de fuego, que se destaca sobre el verde infinito de la -vegetación. Pregunto cómo se llama á Méndez Pereira, y éste sonríe. - ---No sé su nombre científico--dice vacilando--; pero aquí la gente del -país la llama... «papo de la reina». - -¡Yo que esperaba un nombre dulce y poético!... Luego pienso que el vulgo -ha asociado siempre la idea de grandeza con la de majestad real, y por -eso, al querer dar nombre á esta flor sanguínea y desmesuradamente -abierta, sólo pudo pensar en... la flor de una reina. - -Entrada ya la noche, mis compañeros de Letras, que son directores -generales, subsecretarios de ministerio ó desempeñan otros altos empleos -en esta pequeña y tranquila República, presidida por un escritor, me -llevan á comer al club principal de la ciudad. - -Este hermoso edificio tiene por un lado las antiguas murallas españolas -y en su fachada opuesta los balconajes dan sobre el maravilloso -espectáculo del golfo. La comida es suntuosa. La gente rica de Panamá -sabe vivir bien por tradición, adoptando además los usos elegantes de -los viajeros de todos los países que pasan por su canal. - -A los postres, mis nuevos amigos me recitan sus versos, y lo que tal vez -resultaría inoportuno y penoso en otros lugares, proporciona aquí un -verdadero placer. Al otro lado de la floreada mesa y la baranda de la -galería, extiende el Pacífico su obscura y murmurante superficie, -poblada de luces de buques y de reflejos serpenteantes de astros. Y en -esta penumbra, agitada por el aliento oceánico, que parece traernos la -respiración de mundos que viven al otro lado de la tierra, suenan las -voces de los poetas expresando sus melancolías amorosas ó su lealtad -patriótica; el amor á la mujer pálida, de grandes ojos, aterciopelada y -olorosa como la noche del Trópico; la fidelidad á la tierra natal, que -cuanto más pequeña es, con más entusiasmo la defendemos. - -Cerca de media noche vamos en busca del _Franconia_, que flota ya en las -aguas del Pacífico, á la salida del canal. Corre el automóvil á través -de parques públicos, exuberantes como selvas; atravesamos poblaciones -limpias, ordenadas, de monótona regularidad, todas ellas con casitas -entre jardines, iguales á las que existen en La Florida ó en California. -Son los barrios de la ciudad de Balboa. En lo alto de una colina se -destaca sobre el firmamento, ocultando con su masa obscura numerosas -constelaciones, un edificio que parece interminable, el de las oficinas -del gobierno del canal. - -La ciudad de Panamá queda topográficamente dentro de las diez millas que -se concedieron á los norteamericanos para la defensa de sus obras, pero -como era lógico, ha conservado una absoluta independencia. Penetra sin -embargo hondamente en dicha zona, y á causa de ello, en una sección de -sus afueras, basta caminar unos cuantos metros para haber saltado de la -República de Panamá con sus leyes de nación libre y soberana á la -República de los Estados Unidos con su legislación federal, discutida y -votada en el Capitolio de Wáshington. - -En una esquina es delito beber líquidos alcohólicos, y se castiga con -severas penas llevar una botella de vino, como si fuese un arma -prohibida. En la esquina de enfrente, el comerciante español, chino ó -griego, tiene abierta su tienda de bebidas ó su café. - -El trabajador norteamericano, el soldado, el marinero, y quién sabe si -algunas veces el policía encargado de la observancia de las leyes, no -tienen mas que dar unos cuantos pasos fuera de la acera, y al llegar á -la acera de enfrente, les es lícito emborracharse hasta caer al suelo, -revolcándose en él cuanto quieran con absoluta libertad. - - - - -VIII - -LAS COSTAS DEL PACÍFICO - - Los tres colores del Trópico.--Envidiando á Robinsón.--La madrastra - Naturaleza.--Desfile de tortugas.--Las malas costumbres de la - guerra.--La «Nao de Acapulco».--Cómo los galeones del virreinato de - Méjico atravesaban el Pacífico.--50.000 pares de medias de seda en - cada viaje.--El centinela que se durmió en la muralla de Manila y - despertó en la plaza Mayor de Méjico.--El protestantismo y el - canto.--Temporal frente á Los Ángeles. - - -Después de Panamá empiezan las navegaciones más extensas del viaje -alrededor del mundo. - -Cuando lleguemos á Asia, las escalas serán cortas; bastará un par de -días para que el buque haga la travesía entre dos puertos célebres. El -más viejo de los continentes tiene encima de su costra los grupos más -densos de humanidad; pueblos que bullen como colmenas, mares interiores, -golfos, estrechos é islas, en cuyas orillas son incontables las -ciudades. Aquí estamos en la inmensa soledad del Pacífico, donde las -olas deben rodar sobre la superficie de medio planeta para ir de una -ribera á otra. - -Necesitamos tres navegaciones algo largas, comparadas con las del resto -del viaje, para salvar el más extenso de los Océanos; de Panamá á San -Francisco ocho días, siguiendo las costas de la América Central, Méjico -y California; de San Francisco á las islas de Hawai, archipiélago -solitario en mitad del Pacífico, seis días; y desde ellas al Japón, -diez. - -Al salir de Panamá, la serena y luminosa esplendidez del Pacífico -tropical nos envuelve durante una semana. El mundo parece tricromo, como -si no existiesen en él otros colores que el azul, el verde y el blanco. -El cielo es eternamente azul; las aguas de un verde dorado y clarísimo, -que mantiene su transparencia á enormes profundidades; las crestas de -las olas, al levantarse como cascadas invertidas en los arrecifes de las -islas, tienen, lo mismo que las nubes, una blancura inmaculada, que -parece de los primeros días del planeta, cuando la vida animal aún no -había contaminado la pureza de los primitivos ensayos de la creación. -Las costas de la tierra firme y las islas de graciosos nombres -españoles, inventados por los navegantes del descubrimiento, no añaden -ningún color nuevo. Todas son verdes como el mar, pero de un verde más -obscuro, semejante al de los óxidos metálicos. - -El suelo desaparece bajo la arrolladora vegetación. Lianas y matorrales -luchan trabando sus brazos retorcidos, y por encima de esta selva en -muda batalla, cortan el aire graciosos y aéreos ramilletes de palmeras y -cocoteros. En la orilla, cabos é islotes están festoneados con una doble -fila de plátanos. - -Muchos, al contemplar acodados en la cubierta esta Naturaleza libre, en -la que solamente muy de tarde en tarde alcanzamos á ver con los anteojos -marítimos alguna hormiga de paso vertical, que es un hombre, sienten -deseos envidiosos de repetir la aventura de Robinsón. ¡Qué felicidad -vivir en una de estas islas que ignoran el invierno, donde los árboles -dan espontáneamente sus frutos alimenticios de azucarada pulpa, y el -agua cristalina se pierde cayendo por el acantilado en hilos de -plata!... Ricas damas acostumbradas á todos los refinamientos de la -civilización se sienten de pronto con un alma primitiva, y fantasean -sobre la poética existencia que puede llevarse en estos lugares -esplendorosos, saboreando las ventajas de un salvajismo dulce. - -Yo que he vivido en terrenos desiertos de América, sufriendo las -penalidades del colonizador, quiebro con mi pesimismo tales ilusiones. -Sé por experiencia que la Naturaleza sólo es madre cuando el hombre la -ha vencido y esclavizado, haciéndola saber que existe. Donde los humanos -no la pisotearon en masa durante siglos y no la golpean y desgarran -todos los años con millares de brazos y de máquinas, es una madrastra -que nos ignora y nos abruma bajo sus exuberancias crueles, más aún que á -los seres inferiores, mejor preparados para amoldarse á sus asperezas. - -Dejo de contemplar las islas de lujuriante vegetación. Prefiero el -espectáculo del mar con la fauna innúmera que hierve en sus entrañas. En -el Pacífico puede uno persuadirse, por observación directa, de que la -vida marítima es infinitamente superior en intensidad á la terrestre. -Como toda vida empezó á formarse en el mar y procede de él, es en los -Océanos donde queda más numerosa y latente. Los que, acostumbrándonos al -mar flúido de la atmósfera trepamos por las sinuosidades de la corteza -terrestre recién enfriada, fuimos menos numerosos que los que -permanecieron para siempre á nuestras espaldas, no queriendo abandonar -el elemento originario. - -En los mares de Europa, devastados por una pesca excesiva y empobrecidos -por la aridez creciente de sus fondos, resulta difícil convencerse de la -posibilidad de esta hipótesis científica. En el Pacífico tropical, -frente á las costas de la América del Centro, el agua parece hervir con -el chisporroteo de las bandas de peces que huyen ante la proa del buque. -Algunos, al saltar fuera del agua, dan varias vueltas en el aire, -muestran su panza blanca, y se dejan caer cómicamente de costado, con -una gracia de payaso torpe. - -Durante las horas meridianas, van desfilando sobre la llanura verde y -dorada, con la tranquilidad que proporciona la ignorancia del peligro, -largas hileras de tortugas. Son enormes y llevan á flor de agua su duro -escudo de carey, isla flotante en la que vienen á descansar las aves -marinas vagabundas, mientras por abajo mueven sus patas rugosas de -lagarto y su cabeza de serpiente tonta. - -Atraídos por la novedad de estos blancos, el comandante y los oficiales -que están en el puente empiezan á tirar sobre ellas con pistolas y -carabinas. Muchas damas americanas pertenecientes á sociedades -protectoras de animales protestan con indignación, y al poco rato cesa -el tiroteo. - -Esta carnicería inútil es una consecuencia de la guerra reciente. En el -_Franconia_, desde el primer jefe al último camarero, todos llevan en el -pecho condecoraciones militares. Se han batido sobre el mar en navíos de -combate, ó han arrostrado en buques mercantes el torpedazo mortal -durante cinco años. El criado que me sirve á la mesa naufragó dos veces -por haber echado á pique los submarinos alemanes los barcos en que iba. -Los más de sus camaradas pueden contar aventuras semejantes. Acaban de -atravesar un período de la historia humana en que el hombre daba caza al -hombre, lo mismo que en los tiempos prehistóricos, y matar era función -diaria y natural. Y en este Océano tranquilo, luminoso, dulce, al ver -junto á los costados del buque el confiado desfile de unos animales -enormes y pacíficos, lo primero que se les ocurre es echar mano á sus -armas de fuego, por la satisfacción vanidosa de comprobar y lucir sus -habilidades de tirador. - -Cuando cesan los disparos, vuelven las tortugas á continuar su viaje por -las dos bandas del buque, con la tenacidad de las hormigas que reanudan -su procesión después de la pisada catastrófica del viandante. El Océano -refleja el cielo como un espejo de suave color de turquesa, y repite en -su fondo las nubes del horizonte cual si fuesen leves empañamientos de -su cristal. - -Para acortar la navegación nos separamos de tierra, y durante unos días -sólo vemos mar y cielo en torno del buque; pero sabemos que vamos -navegando ante Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala, á más de -cien millas de su litoral. - -He cesado de sufrir la cosquilla ardiente de los rayos violeta, que -parecen freir la carne. Ya puedo marchar por todo el buque apoyado en un -bastón. El nudo ciático se ha deshecho y la pierna recobra poco á poco -su funcionamiento normal. La vida vuelve á parecerme interesante. - -Una mañana surgen montañas ante la proa. Son las costas de Méjico. La -tierra sale á nuestro encuentro, y vamos á seguirla, con ligeros -eclipses, hasta California. Va pasando por el costado de estribor una -sierra altísima, que aún parece más enorme al descender directamente al -mar sin que nada la encubra. En su ribera se alzan sobre las aguas dos -montañitas redondas y graciosas, como dos pechos femeninos. Deben ser de -gran altura, y sin embargo parecen algo pueril y frágil, dos juguetes, -en comparación con la cordillera que se yergue detrás cubriendo gran -parte del cielo. - -En una de estas montañitas hay un mástil de telegrafía inalámbrica. En -la cumbre de la otra, un viejo castillo. Es Acapulco. - -Este nombre sólo significará para muchos lectores el de un modesto -puerto mejicano, si es que lo han oído alguna vez. Tal ignorancia nada -tiene de extraordinaria, pues la gran mayoría de los españoles cultos -también se hallan en el mismo caso. Y sin embargo, durante tres siglos -Acapulco fué uno de los puertos más importantes de la colonización -española, y la llamada «Nao de Acapulco» el servicio marítimo más -regular, más extenso y audaz que existía en el mundo. - -Sabido es que Magallanes, después de encontrar el paso que lleva su -nombre, buscó al lanzarse en el Pacífico el famoso archipiélago titulado -de la Especiería, á causa de sus abundantes especias: el llamado -«Maluco» por los geógrafos de entonces, ó sea las actuales Molucas, -propiedad de los holandeses. En aquellos tiempos eran los portugueses -los que explotaban dichas islas, pero Carlos V envió la expedición de -Magallanes porque éste y su camarada el cosmógrafo Rui Falero le -hicieron ver que el Maluco correspondía á sus dominios, á causa de -haberse trasladado, de acuerdo con Portugal, trescientas leguas hacia -Occidente la antigua línea de demarcación trazada por el Papa de arriba -á abajo del planeta, dividiendo los nuevos descubrimientos entre -portugueses á Oriente y españoles á Occidente. - -Pero Magallanes murió combatiendo á un reyezuelo de una de las islas que -después fueron llamadas Filipinas, sus principales capitanes perecieron -asesinados á traición en un banquete de otro reyezuelo, y el último -buque de la flota, bajo el mando de Sebastián del Cano, tuvo que -volverse á España, dando vuelta á toda la redondez del planeta por -primera vez en la historia humana, pero sin haber tomado posesión del -Maluco. - -Años después, Legazpi cimentó y organizó la conquista de Filipinas, y -aunque España no fué dueña nunca de las islas de las Especias, pudo -establecer cerca de ellas un mercado para su adquisición, que fué -Manila. Entonces empezó la importancia interoceánica del puerto de -Acapulco. Las naves españolas no podían hacer un tráfico regular con -Filipinas siguiendo todo el contorno de África y de Asia. Tampoco -resultaba comercial repetir la hazaña de Magallanes pasando por el -estrecho que lleva su nombre. Esta navegación, que exigía años, sólo -podía realizarla entonces un descubridor ó un pirata. Era preciso -acortar el camino con la colonia oceánica, y el gobierno de Madrid se -aprovechó de la comunicación que tenía establecida con Méjico, -prolongándola á través del Pacífico. - -Los primeros galeones para Manila salieron del Perú porque los vientos -normales favorecían la navegación desde el Callao; pero en cambio, el -viaje de vuelta resultaba difícil por ser los vientos contrarios. La -ruta fué modificada, y estos galeones se trasladaron al virreinato de -Méjico, saliendo del puerto de Acapulco por resultar más favorables las -corrientes atmosféricas del hemisferio Norte, á la ida y á la vuelta. - -El gobierno y los comerciantes de la metrópoli enviaban sus pliegos -oficiales y sus órdenes de compra á Méjico, y el correo, atravesando el -país de Este á Oeste--lo que no era siempre fácil, pues abundaban los -bandoleros y las partidas de indios bravos--, lo llevaba todo al puerto -de Acapulco, en el Pacífico. Allí encontraba á la famosa «Nao», que -solía ser un buque de los más grandes de su época: un galeón de 1.500 -toneladas, algo extraordinario, como un _dreadnaught_ ó un trasatlántico -gigantesco de nuestra época. - -El virrey de Méjico tenía á sus órdenes dos ó tres naves de esta -especie. Salía un galeón por año para las Filipinas y á veces dos, según -las necesidades del comercio. - -Poco á poco dejaron de traer especias de la colonia oceánica, pues los -portugueses y holandeses se las procuraban á Europa por la ruta de -Oriente. Era la China la que abastecía con sus riquezas el mercado de -Manila. Más de 20.000 chinos vivían en dicha ciudad como mercaderes, -orfebres y tejedores de seda. La famosa «Nao», al llegar procedente de -Acapulco, se abarrotaba de telas de la India, muselinas pintadas, -mantones bordados, obras de plata, y especialmente de medias de seda. En -cada viaje llevaba cuando menos 50.000 pares. La media de seda era en -las ricas ciudades de la América española el mayor de los lujos. Las -damas de Méjico y de Lima, que se tapaban la cara con la mantilla para -aumentar el misterio de sus ojos, llevando al mismo tiempo su hueca -falda tan corta como la de una bailadora, solían cambiar de medias tres -veces al día. - -Al navegar de Manila á Acapulco, resultaba tan enorme el cargamento de -la «Nao», que gran parte de sus cañones quedaban desmontados y guardados -en la bodega para dejar más amplio espacio en los entrepuentes. Su -tripulación de soldados y artilleros era menos numerosa en esta -travesía. Además, los piratas no podían sentirse tentados por el -abordaje de un navío que sólo llevaba riquezas comerciales, fáciles de -robar en cualquier puerto asiático, y muy voluminosas. - -El famoso galeón excitaba la codicia de los ladrones del mar en su viaje -de vuelta, de Acapulco á Manila. En esta travesía apenas llevaba -cargamento; pero todos los cañones iban montados, la tripulación estaba -completa, y además el gobierno aprovechaba el viaje para enviar soldados -á la guarnición de Manila. La «Nao de Acapulco» llevaba entonces 600 -combatientes y á veces más. Sus pasajeros eran contados mercaderes en -relación con los comerciantes de Manila, que emprendían tan enorme viaje -para hacer nuevos tratos con ellos. - -La vida á bordo del galeón era la de un buque de guerra. Al llegar á los -archipiélagos oceánicos había vigías en las islas de Guan y de Batan, -que le avisaban por medio de llamaradas si el mar estaba libre ó si -algún pirata inglés navegaba desde meses antes por estos pasos, en -espera de la famosa «Nao». En tal caso, el capitán, que tenía título de -general, anclaba en cualquier bahía segura del archipiélago filipino, -echaba su cargamento á tierra, así como una parte de sus cañones y -soldados, y en esta posición terrestre y defensiva aguardaba la noticia -de que el camino estaba libre. - -El cargamento de regreso, que apenas ocupaba una parte de la cala, era -el más necesitado de defensa. Consistía en dos ó tres millones de duros -que enviaban los comerciantes de América á los de Filipinas como precio -de sus artículos: cajones llenos de piezas de plata, brillantes y recién -acuñadas en las Casas de Moneda de Méjico. Hubo piratas que pasaron dos -años vagando en el Pacífico con la esperanza de sorprender á la «Nao de -Acapulco», y alguno de ellos lo consiguió, enriqueciéndose en pocas -horas. - -Hasta el siglo XVIII se mantuvo esta navegación. La «Nao» salía de -Manila en el mes de Julio y llegaba á Acapulco en Diciembre ó Enero. -Esta era la travesía más larga. Luego, en Marzo, emprendía la vuelta á -Manila, llegando á mediados de Junio. Un año aproximadamente invertía en -su viaje redondo de ida y vuelta. - -Este comercio con Filipinas, á través de las posesiones españolas de -América, enriqueció durante tres siglos los palacios de Méjico y Lima, -dejando en ellos gran cantidad de sederías, obras de orfebrería y -porcelanas. - -Muchos capitanes españoles al regresar de Filipinas se quedaron en -Méjico y el Perú, ó sea en mitad de su camino, como si les faltase -fuerzas para abandonar del todo un mundo nuevo, volviendo á la sociedad -reglamentada, ceremoniosa y rutinaria de la península natal. En la -ciudad de Puebla (Méjico) vive la religiosa memoria de la llamada «China -poblana», una princesita china que vino de Manila en la «Nao de -Acapulco», y convertida al catolicismo acabó por morir en olor de -santidad. - -Con la afición característica de los mestizos á creer en brujerías, -milagros y relatos mágicos, el populacho mejicano siempre que inventaba -algo inverosímil escogía como lugar de acción la remota ciudad de -Manila, de donde aportaban los galeones de Acapulco tantas cosas -maravillosas, tejidas y labradas. - -Allá por los últimos años del siglo XVII, los vecinos de la ciudad de -Méjico, al ir á la catedral para oir misa en las primeras horas de la -mañana, vieron á un soldado que se paseaba con el fusil al hombro por la -plaza Mayor, como si estuviese de centinela. Por ser esto una novedad -inexplicable, las autoridades hicieron llamar al soldado, y éste miró -con asombro en torno de él, cual si despertase, no conociendo lo que le -rodeaba. Luego dijo tranquilamente que era de la guarnición de Manila, y -la noche anterior lo había colocado su sargento de centinela en la -muralla de dicha ciudad, siéndole imposible comprender cómo se veía -horas después en Méjico. La mitad de una noche había bastado á brujas y -demonios para llevarle en volandas de un lado á otro del Pacífico, sobre -la curva de una mitad de la tierra. - -El populacho que deseaba ver al centinela de Manila, creyendo á ojos -cerrados en tal viaje, no consiguió su objeto. La Inquisición se había -incautado del impostor, y tal vez lo embarcó de veras á Filipinas en el -primer envío de soldados, para que hiciese centinela otra vez en los -muros de Manila y repitiese su asombroso vuelo. - -Perdemos de vista las montañas de Acapulco, y al día siguiente, frente -al puerto de Manzanillo, la tierra se aleja de nosotros y queda abierta -la boca del profundo golfo de California, que en los primeros años de su -descubrimiento por los pilotos al servicio de Hernán Cortés, fué llamado -unas veces mar Bermejo y otras mar de Cortés. Es tan enorme la boca del -golfo, que tardaremos cerca de un día en pasarla, llegando al otro -extremo, ó sea al vértice de la península llamada Baja California. - -Navegamos sin vestigio alguno de tierra, como si estuviésemos en alta -mar, y durante las primeras horas de la noche se anima el _Franconia_ -con las luces extraordinarias, la música, el vocerío y los trajes -multicolores de un baile de máscaras, precedido de un desfile por las -diversas cubiertas. Es la víspera de una de las fiestas más -tradicionales del pueblo norteamericano, el famoso _Thanksgiving Day_ -(el Día del Agradecimiento). - -En la mañana siguiente vemos el litoral de la Baja California, pero -navegamos lejos de él por ser costa sucia, como dicen los marinos, á -causa de sus bajos y arrecifes. Bahías, cabos é islotes conservan aún -los nombres que les fué dando el piloto Sebastián Vizcaíno, gran -explorador de la costa de California y fundador de Monterrey, cerca de -San Francisco. Los más son nombres de santos. Eran entonces tan -frecuentes los descubrimientos, que los navegantes españoles necesitaban -valerse del calendario para rotular las nuevas tierras, escogiendo el -nombre del santo del día. Otras veces inventaban el título con arreglo á -los adornos naturales del país, á su fauna ó al propio estado de su -ánimo. En el fondo del horizonte veo esfumados por la distancia dos -grupos de montañas, á las que dió Vizcaíno los títulos que aún -conservan: isla de Cedros é isla Bonita. - -Por la noche es la verdadera fiesta del _Thanksgiving Day_, la comida de -gala, con gran profusión de banderas, luces y cánticos patrióticos. -Luego, en los salones de arriba, estos norteamericanos entusiastas creen -que es su deber seguir cantando á coro, y resucitan canciones antiguas -ligadas á los episodios de su historia, desde Wáshington á Lincoln. - -Todos cantan bien, y cada uno toma, instintivamente, el tono que mejor -corresponde á su voz en este conjunto coral. Se nota que han pasado por -las escuelas de su país, donde se canta mucho. Los más pertenecen á la -religión protestante, que exige el cántico á todos sus fieles. Por algo -Lutero fué hábil flautista y muchos apóstoles de la reforma religiosa -expertos músicos. También por la misma causa los himnos nacionales de -todos los países protestantes tienen la lentitud majestuosa de los -salmos. - -Hemos salido ya de la zona tropical. Volvemos á buscar los trajes de -invierno que llevábamos en Nueva York y empezamos á repeler en Cuba, -olvidándolos completamente al llegar á Panamá, como algo quimérico que -jamás volveríamos á usar. - -El Océano toma un color azul plomizo; el horizonte es denso y gris. En -mitad del día consigue el sol perforar las nubes y corta la atmósfera -brumosa con un largo triángulo de luz que parece artificial. Las olas -rompen contra las murallas del buque, levantando nubes de polvo líquido -que durante las breves apariciones solares reflejan en sus facetas las -tintas del arco iris. - -A pesar de su majestuosa estabilidad, el _Franconia_ danza como un -tapón de corcho sobre las aguas lívidas. Vemos lejos á otros buques, que -se ocultan de pronto cual si los hubiesen tragado las olas, y vuelven á -reaparecer más allá, con saltos de animal asustado, que sacan del mar -toda su proa ó muestran el color rojizo de su vientre. - -Afrontamos un temporal, poco temible á bordo de un buque como el -_Franconia_, pero molesto para las funciones normales de la vida. Este -oleaje tempestuoso es ante un golfo en cuyo remate está la famosa ciudad -de Los Ángeles, punto de reunión durante el invierno de las gentes ricas -y desocupadas de los Estados Unidos. - -Yo que conozco Los Ángeles contemplo el horizonte gris, como si pudiese -ver á través de sus brumas la costa californiana, con sus huertos de -naranjos y sus enormes hoteles; la isla de Santa Catalina, de inagotable -pesca, cuyas barcas tienen un fondo de cristal para sorprender los -misterios de los bosques submarinos; las avenidas de la ciudad, -compuestas de palacios modernos; los túneles de porcelana brillante que -prolongan estas calles á través de las colinas. - -Hoy es el primer día de Diciembre. Los Ángeles debe tener ya toda su -animación invernal, y nosotros estamos frente á ella--á 100 millas de -distancia mar adentro--, reflejando con nuestras vacilaciones de muñeco -desarticulado los rudos vaivenes que la tormenta hace sufrir al buque. -Es como si atravesásemos una tempestad mediterránea á la altura del -Casino de Monte-Carlo ó del Paseo de los Ingleses de Niza. - -Al salir del golfo de Los Ángeles se va serenando el mar. Un cabo surge -en el horizonte llevando sobre su lomo un pequeño pueblo. Es Punta -Argüello, primer pedazo de los Estados Unidos que vemos en el Pacífico, -y que ostenta un nombre español. - -Una antena enorme de telegrafía sin hilos, un andamiaje piramidal á -estilo de la Torre Eiffel, se alza sobre el dorso del cabo, y en torno -de ella se agrupan varios edificios. Éstos son distintos á los que -pudimos ver de tarde en tarde, en ocho días de navegación, frente á las -costas centroamericanas y mejicanas: casas de un solo piso, largas y -bajas, horizontales, como si se hubiesen tendido en el suelo. - -Aquí los edificios son de una verticalidad audaz; todos de varios pisos, -con el tejado rojo que parece flamear, y las paredes blancas; el -atrevimiento norteamericano unido á la gracia fresca y juvenil de la -California. - -Empezamos á costear otra civilización, otra manera de apreciar la vida. - - - - -IX - -EL SECRETO DE LA ESFINGE AZUL - - San Francisco y sus bellezas.--El Barrio Chino.--Sus antiguos - laberintos subterráneos.--Su aspecto actual.--Influencia de este - barrio en la proclamación de la República china.--La propaganda en - las calles.--Las farmacias chinas y sus estrafalarios remedios.--El - «Franconia» adquiere nueva vida.--Los duendes de mi camarote.--La - ola que no va á ninguna parte.--Una isla roja que sólo se deja ver - unos minutos.--La esfinge azul y el secreto de sus - estremecimientos.--La Atlántida del Pacífico. - - -Yo he contado en una de mis novelas, _La reina Calafia_, cómo la gran -bahía de San Francisco, después de mantenerse oculta dos siglos para los -marinos, se presentó inesperadamente ante los ojos de don Gaspar de -Portolá, coronel español de caballería, que la descubrió por la parte de -tierra. - -La ciudad de San Francisco, nacida en las orillas de esta bahía, que es -un pequeño mar interior con varias islas, puede llamarse la capital -americana del Pacífico. El canal de Panamá le ha causado algún daño; -pero todavía, para los puertos de Asia, es San Francisco el mayor centro -de navegación en la orilla de enfrente. - -Los que desembarcan en sus muelles sin conocer las audacias de la -construcción norteamericana admiran su esplendor. Los que llegan por el -Este, habiendo visitado antes otras ciudades de los Estados Unidos, ven -en San Francisco una imitación de Nueva York. Pero á pesar de la -uniformidad de todas las urbes de la gran República, ésta conserva una -fisonomía especial que revela sus orígenes de antigua tierra española y -de país de oro al que acudieron hace medio siglo todos los aventureros -del mundo. - -Sus alrededores ofrecen parques y paseos de una vegetación esplendorosa -que parece montada sobre el límite divisorio de la zona tropical y la -fría, participando de ambas floras. El llamado «Presidio», que guarda -aún su nombre castellano por ser el lugar donde estaba el antiguo -fuerte, presidiado por soldados españoles, es un parque frondoso, con -árboles casi seculares. Desde sus praderas puede verse en días serenos, -á través de las columnatas de troncos, el admirable panorama de la -bahía, bordeada de ciudades nuevas, y la Puerta de Oro (_Golden Gate_), -desfiladero marítimo que le sirve de entrada. - -Se prolongan los paseos por la costa, frente al mar libre. Sobre los -escollos se ven enormes orugas rojizas que son en realidad lobos -marinos, viejos, monstruosos, de pesada obesidad. Hasta aquí llegan -estos habitantes de los mares fríos en sus excursiones hacia las aguas -del Sur. - -Como una cuña verde metida entre el Océano y la gran ciudad, se extiende -el parque de Golden Gate, uno de los paseos más admirables de América. -Numerosos monumentos pueblan con un mundo de figuras metálicas ó -marmóreas sus avenidas de verde eterno. - -En su parte más céntrica, un fraile de bronce se alza sobre su pedestal -con una cruz en la mano. Es el religioso mallorquín Junípero Serra, -primer colonizador de la Alta California, que dió á la ciudad el nombre -de San Francisco, patrón de su orden. - -Frente á él, dos hombres, espada en mano, se arrodillan ante un busto -gigantesco que lleva gorguera rizada y barba puntiaguda. Son don Quijote -y Sancho haciendo acatamiento al novelista que los creó. Dos vecinos de -San Francisco de origen español, antiguos oficiales de Ingenieros que -emigraron á California en 1870, don Juan Cebrián y don Ensebio Molera, -iniciaron la erección de dicho monumento á la gloria de Cervantes y del -primer idioma europeo que se habló en esta tierra, y los californianos -que no quieren olvidar el origen de su patria les secundaron en tal -empresa. - -Lo más original en San Francisco para el viajero que no conoce Asia es -visitar su famoso Barrio Chino. Antes del terremoto de 1906, que lo -arruinó completamente, el _China Town_ de San Francisco era un lugar -misterioso sobre el que se fantaseaba mucho, haciéndolo escenario de -dramas y novelas terroríficas. El terremoto dejó descubierto un segundo -barrio subterráneo, de habitaciones superpuestas y corredores -intrincados: un hormiguero para desorientar al policía más astuto. En -realidad, el profundo laberinto servía para ocultar fumaderos de opio y -casas de juego, las dos pasiones de los chinos á la antigua. - -Hoy, dicho barrio ha sido reconstruído, sin dejar en él nada misterioso. -Guarda de su origen la arquitectura graciosa de sus fachadas y la -riqueza asiática de sus tiendas. Algunos de sus bazares son tan -abundantes y ricos como los de Pekín. - -El chino de San Francisco va vestido lo mismo que un norteamericano. La -nueva República china, al permitir que sus ciudadanos puedan -desprenderse del adorno tradicional de la trenza, facilitó dicha -transformación. Las mujeres del _China Town_ aún guardan el antiguo -traje con pantalones, porque facilita sin duda sus trabajos domésticos, -pero sólo las más ancianas conservan los pies desfigurados y diminutos -que he visto luego en el ex Imperio Celeste. En días de fiesta, cuando -salen á paseo con su _gentleman_ amarillo y de ojos oblicuos, todas -llevan sombrero y abrigo de pieles, y hasta usan grandes anteojos con -montura de concha, sin duda porque esto les da cierta semejanza con las -profesoras norteamericanas, mandarinas de las letras. - -De este barrio salieron muchos jóvenes que hoy son generales y -personajes políticos en la República china. Aquí se familiarizaron con -las instituciones democráticas de los Estados Unidos, atravesando luego -el Pacífico para implantarlas en su país. Sin el _China Town_ de San -Francisco no hubiera sido posible que el Imperio más tradicionalista y -absoluto de la tierra pasase de un salto á ser República. - -Una juventud de chinos inquietos, vestidos á la moda americana, con un -estilógrafo en el bolsillo superior de la chaqueta, una insignia en la -solapa y el pelo largo y charolado, á estilo de bailarín de _dancing_, -se dedica por la noche, después de las horas de trabajo, á instruir al -populacho amarillo. - -En mi primera visita á San Francisco vi uno de estos mítines de -propaganda china en medio de la calle. Tres chinitos barrigudos y -graciosos, con ese encanto de los amarillos y los negros cuando están -aún en la infancia, sostenían tres banderas: la de los Estados Unidos, -la del Estado de California y la de la República china. Un _gentleman_ -bien trajeado y de ojos oblicuos, subido en una tribuna portátil, -hablaba á un centenar de compatriotas, obreros del puerto y de las -fábricas, sucios de carbón, vestidos como los mecánicos, pero que -indudablemente se habían cortado la trenza poco tiempo antes. - -Cuando me cansé de la gesticulación ardorosa y las palabras -ininteligibles del orador, hice preguntar á uno de los oyentes cuál era -el objeto del discurso. - ---Habla--me contestó--para demostrar que los chinos somos superiores á -los japoneses. El Japón es un Imperio donde el hombre no es libre, y en -China tenemos ahora la República. - -A pesar de las tendencias modernas y revolucionarias del _China Town_, -las tiendas que venden á sus habitantes los artículos de primera -necesidad guardan un aspecto raro y repulsivo para los blancos, que nos -hace recordar muchas originalidades de este pueblo leídas en los libros. -En los despachos de comestibles hay aves secas y ahumadas como el jamón, -y otros alimentos acartonados cubiertos de polvo y de moscas. Los olores -y el aspecto de las cosas revelan una manera completamente distinta de -apreciar la alimentación y un olfato lamentablemente invertido con -relación al nuestro. - -Las farmacias abundan mucho en el barrio. Son el lugar de reunión de los -vecinos. Todas ellas ofrecen asiento á los tertulianos, que charlan y -fuman mientras el boticario, con unas antiparras enormes ante los ojitos -oblicuos, lee ó medita, como un alquimista antiguo en su laboratorio. -Estas farmacias se dan á conocer por unas celosías de madera tallada y -dorada que adornan en forma de arco el fondo de la tienda, muestras -perfectas del arte chino, en cuyos ramajes se enroscan dragones -quiméricos y crecen flores misteriosas. En sus escaparates hay culebras -secas. Según parece, este reptil, rallado y pulverizado, entra en muchas -de las combinaciones de la farmacopea china. - -Mientras conversan los tertulianos, fumando sus pipas largas y de -pequeñísimo hogar, los mancebos de la botica abren y cierran varias -cuchillas fijas en caballetes de madera, cortando incesantemente una -especie de achicorias verdes y blancas. Deben ser de gran consumo, pues -en todas las farmacias al llegar la noche los dependientes se entregan á -dicho trabajo, para tener pronto el remedio al día siguiente. Estos -vegetales cuestan caros, por ser traídos de la misma China. Únicamente -allá pueden encontrarse sobre los montículos de tierra de las tumbas, y -como crecen junto á los féretros con el zumo de los antepasados, poseen -un poder milagroso para curar la tisis. - -Me limito á enterarme de estas curiosidades farmacéuticas, pero no oso -reirme de ellas. Sé que hace tres siglos nada más era admitido en Europa -que un ratón asado puesto sobre las heridas de arcabuz y de cañón las -curaba inmediatamente, y cierta piedra extraída de la cabeza de las -grandes serpientes, llamada «piedra bezoar», tenía un poder tan -milagroso contra toda clase de enfermedades y venenos, que el emperador -Carlos V se hizo traer una de América. - -Todavía en las naciones europeas existen hoy brujas y curanderos que -emplean clandestinamente una farmacopea más repugnante. Dejemos en paz á -los boticarios chinos. Sus recetas estrafalarias sólo significan que su -ciencia se detuvo en el mismo lugar donde estábamos nosotros hace unos -pocos cientos de años. - -Llegan al _Franconia_ los últimos pasajeros para el viaje alrededor del -mundo. Unos son de San Francisco ó de Los Ángeles. Otros, necesitando -quince días más para sus negocios, renunciaron á visitar Cuba y Panamá y -llegan directamente de Nueva York, atravesando en ferrocarril toda la -anchura de los Estados Unidos. - -Terminan los banquetes y recepciones con que los propagandistas de la -metrópoli californiana han querido obsequiar á los viajeros del -_Franconia_, y otra vez vuelve á partir éste las aguas del Pacífico. - -Ahora ya no seguimos una costa; vamos á cruzar el más grande de los -Océanos, de una ribera á otra, navegando por su desierto azul durante -medio mes, sin otra escala que el archipiélago solitario de Hawai. - -En la primera noche de esta navegación el buque empieza á moverse con -una inquietud que no había mostrado hasta ahora. Ha adquirido una vida -nueva y ruidosa. Se retuerce como un animal bajo el empellón continuo -del oleaje; suspira, lanza quejidos, silba. El viento muge entre -cordajes y mástiles; luego brama, con ecos metálicos en los embudos de -los ventiladores y el abismo de la chimenea. Las cosas inanimadas -parecen haber poblado su interior con espíritus inquietos. Mi camarote, -mudo hasta ahora, cobija en cada rincón blanco un duende que se divierte -haciendo chacolotear maderas y hierros, con una estridencia que me -enerva y corta mi sueño. - -Al día siguiente, este buque que nos parecía grandioso, sólido y estable -como una catedral, sigue balanceándose, aporreado por el mar, con una -fuerza sorda, disimulada, sin aparato terrorífico. La ola larga hasta -perderse de vista y con suaves pendientes pilla al barco por un costado, -lo asalta durante su marcha, lo levanta, pasa por debajo de él, abriendo -un abismo azul que deja descubierta la curva de su vientre, y se escapa -por el lado opuesto. - -Es la ola del Pacífico, moviéndose en la inmensidad sin un fin -apreciable; la ola que no va á ninguna parte y corre todo el planeta, de -un polo á otro, sin levantar espuma, sin hacer ruido, sin chocar con -obstáculos, pues las islas oceánicas, olvidadas en sus soledades, son -como granos de polvo caídos en un torbellino, como estrellas diseminadas -en el firmamento. - -Estas olas tienen la energía ciega, el silencio feroz, la inconsciencia -sorda de las fuerzas naturales. Pasan junto á nosotros ignorándonos. No -conocen al hombre. Son diferentes á la ondulación intensamente salada -del Mediterráneo ó á las corrientes acuáticas del Nilo y el Ganges, que -arrullaron la cuna de las primeras civilizaciones y las dieron á beber -con sus pechos maternales. Es la ola de los primeros tiempos del -planeta, cuando aún no había nacido el hombre. Y ahora, en los tiempos -modernos, sólo ha visto pequeños grupos humanos, pueblos rudimentarios, -acampados en islas que son picachos de volcanes y que aún se hallan en -los primeros crecimientos de la infancia. - -En días sucesivos, el mar, que es de un gris azulado y metálico, se va -iluminando hasta adquirir la claridad esmeraldina de los mares -tropicales. El movimiento de las olas disminuye. Hay horas en que el -Pacífico parece una llanura, sin otra ondulación que las leves arrugas -inevitables en toda inmensidad. Y sin embargo, el buque sigue moviéndose -extraordinariamente, sacudido por fuerzas ocultas. - -El Océano, en estos días monótonos de navegación, sólo puede ofrecer dos -espectáculos: la salida del sol y su ocaso. Un atardecer corremos todos -á la proa para contemplar una tierra inesperada. Sabemos que esto no es -posible, pues aún estamos lejos de Hawai, pero nuestros ojos parecen -repeler la verdad. El ocaso nos perturba y nos engaña con una de sus -fantasmagorías prodigiosas. - -Frente á la proa, en el fondo del horizonte, se alza una isla de -brillante rojo, cual si transparentase un fuego interior. Vemos en ella -una ciudad gigantesca, una especie de Nueva York, con altos edificios -grises ribeteados de oro vivo. Tendida en lo alto, como si la cobijase, -hay una nube larga que se inflama con el mismo resplandor de la ciudad -y semeja un dragón de fuego. Con la rapidez casi instantánea de los -crepúsculos tropicales, se apaga de pronto la isla y su urbe fantástica, -partiéndose en vedijas de vapor que traga el horizonte. El Océano, antes -de entregarse á la noche, toma un color de rosa obscuro, un rosa de -sangre seca, que parece reflejar vastos bancos de coral ocultos en sus -profundidades. Y en esta inmensa llanura purpúrea que se va -obscureciendo, las hélices dejan un camino blanco y verde, un surco de -esmeralda líquida y de espuma. - -Transcurren los días sin que veamos un buque ni una tierra. Creemos -vagar sin rumbo por el desierto marino, como si la vida humana hubiese -terminado en todo el globo y fuésemos nosotros los únicos supervivientes -de la universal catástrofe. - -Contemplamos en el mapa la enormidad del Pacífico, que ocupa toda una -cara de nuestro planeta. En torno á la inmensa cazuela oceánica existe -una cadena circular de volcanes. Por todas partes chimeneas del hervor -central: en las costas de las dos Américas, desde la Tierra del Fuego á -Alaska; en el archipiélago japonés; en las riberas de la China y las -islas oceánicas. - -La tierra tiembla frecuentemente en las orillas del Pacífico. Otros -temblores, tal vez más grandes, pasan inadvertidos al agitar su lecho -submarino, á miles de metros de profundidad. Las islas que emergen de -sus llanuras solitarias son conos de fuego en incesante derrame, ó -cráteres adormecidos desde los tiempos de su descubrimiento por el -hombre, pero que pueden volver á sus vómitos ígneos, pues los siglos -valen menos que segundos en la vida telúrica de nuestro planeta. - -Este Océano está formado indudablemente por una depresión de la corteza -terrestre, que no es uniforme y sólida, sino fragmentaria y flotante, -como un mosaico de escorias frías sobre el denso globo de materias -ardientes, núcleo de nuestro planeta. Tal vez el encogimiento y la caída -de tal costra, hasta formar el fondo actual del Pacífico, dejaron mal -soldados sus bordes con los bordes de las costas limítrofes, y las masas -de agua que se filtran por tales grietas, deslizándose hasta la gran -masa del fuego central, crean gigantescas evaporaciones, cuya explosión -origina los frecuentes temblores de sus orillas. ¿Quién pudiera conocer -el misterio de este mar, esfinge de cara azul que extiende sus garras de -uno á otro polo?... ¿Llegará á adivinarse un día la historia de los -pueblos que existieron donde hoy ruedan sus olas; de las montañas que se -plegaron en sentido inverso, convirtiéndose al desplomarse en embudos y -simas de la profundidad oceánica?... - -Porque es indudable que en este Océano, donde ahora se navega semanas y -semanas sin ver otra cosa que agua, y las tierras esporádicas son picos -de volcanes que ascienden rectamente muchos miles de metros desde el -fondo, existieron en otra época masas continentales ó largas cadenas de -islas que sirvieron de puentes á los pueblos emigradores de Asia. - -La desaparición de una Atlántida es más segura en el Pacífico que en el -Atlántico. Los pueblos de Europa no ofrecen ninguna semejanza étnica con -los de América. Jamás vinieron tribus del llamado Nuevo Mundo á juntarse -con las nuestras en los tiempos prehistóricos. En cambio, resulta -asombroso el parecido de muchos indígenas americanos con ciertos pueblos -asiáticos. - -Después de viajar por Asia, yo que he vivido en diferentes naciones de -América no puedo comprender cómo se ha dudado y discutido tantos años -sobre el origen remoto de las razas americanas. La pura observación del -viajero basta para adquirir el convencimiento de que la mayor parte de -los pueblos indígenas de América proceden de Asia. - -En el Japón, en la China, en los archipiélagos poblados por la raza -malaya, he encontrado la misma sonrisa, los mismos gestos instintivos y -no estudiados, iguales miradas, reflejo misterioso del alma, que vi en -los campos de la Argentina todavía no invadidos por la emigración -blanca, en las muchedumbres mestizas de Chile, y más aún en el numeroso -populacho de Méjico. - -Hay un tipo de indio americano--especialmente en la América del Norte--, -de nariz exageradamente aguileña y cara huesuda y larga de caballo, que -no he visto en otra parte y tal vez pueda ser autóctono. Pero los demás -indígenas americanos, de color cobrizo, ojos oblicuos y sonrisa que -puede llamarse «incomprensible», son remotos descendientes de las -emigraciones llegadas de Asia, no sabemos de qué modo, pero -indudablemente á través del Pacífico. - -Por algo los primeros conquistadores españoles, con ese instinto certero -de la ignorancia, que adivina muchas veces por inducción, mejor que el -paciente estudio, al explorar ciertas regiones de América apodaron á los -indígenas, según su sexo, «el chino» ó «la china». - -Y estos nombres aún se usan corrientemente en la actualidad. - - - - -X - -EL ARCHIPIÉLAGO DEL AMOR - - Islas perdidas en la inmensidad del Pacífico.--Los - redescubrimientos del capitán Cook y el olvido de sus - predecesores.--Los pilotos de España conocen Hawai doscientos años - antes de la llegada de Cook.--Kamehamea I, «Napoleón de - Oceanía».--El amor libre coronado de flores.--Los terribles - decretos de la viuda arrepentida.--Los hawaianos pierden el interés - de vivir en unas islas regidas por la moral de los - blancos.--Maravillosas costas de Hawai.--Las romanzas de un pueblo - de músicos. - - -Cuando se examina la carta de navegar del Océano Pacífico, llama -inmediatamente la atención un entrecruzamiento de líneas que cubre su -parte superior. Son como los rayos de una rueda, como los filamentos de -una telaraña, y el centro de esta periferia de líneas, que significan -para los pilotos rumbos de navegación, se halla en el archipiélago de -Hawai. - -La parte inferior de dicha carta está espolvoreada de puntos, islas -diseminadas en la inmensidad oceánica, como las estrellas en el cielo. -Arriba, la soledad azul es uniforme y absoluta. En un espacio de miles y -miles de millas, sólo se ven unos cuantos puntitos agrupados: el -archipiélago de Hawai. Más de 2.000 millas le separan de las costas de -América, más de 3.000 de las del Japón, y para llegar hasta los -continentes oceánicos de Australia y Nueva Zelandia--las tierras más -importantes que tiene al Sur--, es necesario navegar 5.000 millas, -cortar los dos trópicos y la línea ecuatorial, avanzando mucho en el -otro casquete del globo. - -Estas islas solitarias son lugar de obligado descanso para todos los -buques que salen de las costas de América, de Asia ó de Australia, y se -encuentran en el puerto de Honolulu, el más importante de Hawai. Todas -ellas, con sus diversas extensiones, no son mas que remates de montañas -volcánicas emergidas del fondo del Océano; cúspides fértiles, por los -elementos químicos de su tierra y por la temperatura del Trópico, que -descansan sobre un pedestal sumido en el agua 7.000 ú 8.000 metros. - -Su hermosura es innegable y deja en los visitantes un recuerdo firme; -pero aún parece agrandarse por la relatividad de las circunstancias, -pues el viajero llega á ellas después de haber atravesado las monotonías -de un océano desierto. - -Muchos marinos, al hablar de sus viajes por el Pacífico, exclaman con -melancolía: - ---¡Ah, Hawai!... ¡El incomparable puerto de Honolulu!... - -Actualmente, á pesar de lo rápida que resulta la navegación á vapor y de -las comodidades que ofrece un paquebote moderno, la presencia de este -archipiélago, después de una semana de travesía solitaria, es acogida -con entusiasmo. Hay que imaginarse cómo celebrarían los navegantes á -vela, después de varios meses de aislamiento, la aparición de estas -islas surgidas en mitad del Pacífico y descritas como un edén de paz y -dulces placeres por los que las visitaron antes. - -Todos los vapores se dirigen ahora á Honolulu, en la isla Oahu, y esto -es lo único que ven los viajeros durante su escala en el archipiélago -polinésico. Nosotros, antes de Honolulu, visitamos la isla de Hawai, la -mayor de todas y, sin embargo, la menos frecuentada por la navegación -regular. En ella están los cráteres más altos de esta tierra volcánica, -y el Kilauea, lago de fuego en ebullición, que no tiene nada comparable -en todo el mundo conocido. - -Este archipiélago fué redescubierto en el siglo XVIII por el famoso -capitán Cook. Como los ingleses se dedicaron á los descubrimientos -geográficos con más de un siglo de retraso, cuando ya españoles y -portugueses habían explorado la redondez del planeta, creyeron oportuno -exagerar el valor indiscutible de las navegaciones de Cook, hablando de -ellas como si no tuviesen precedente alguno en Oceanía. - -El famoso capitán Cook fué más sincero que muchos de sus compatriotas, y -en los relatos que dejó escritos de sus viajes menciona varias veces á -los descubridores españoles que le precedieron más de siglo y medio en -el descubrimiento de muchos archipiélagos del Pacífico. Hasta cuenta -haber encontrado en poder de los indígenas de una isla espadas viejas -que procedían de los antiguos marinos españoles. - -Los autores ingleses nunca se han acordado de los precursores de su -ilustre compatriota, de Álvaro de Mendaña, Quirós, Torres y otros -pilotos españoles y portugueses, que dieron á muchas islas y estrechos -de Oceanía los nombres ibéricos que ostentan aún ó sus propios -apellidos. - -Con el archipiélago de Hawai ocurre lo mismo. Al hablar de él se afirma, -como algo indiscutible, que fué Cook el primero que lo descubrió. -Algunos autores más escrupulosos llegan á decir de una manera vaga que -mucho antes del viaje del mencionado explorador habían llegado á Hawai -unos náufragos españoles, pero no añaden á esto ni una palabra. - -Confieso que tampoco sabía yo más que estos autores cuando desembarqué -en Hawai, y por ello quedé sorprendido al encontrar en las tradiciones y -los museos de estas islas numerosos recuerdos que hacen referencia al -primer descubrimiento realizado por los españoles. Los habitantes -actuales del archipiélago polinésico, á pesar de que muchos de ellos -tienen un origen británico por ser norteamericanos, gustan de hacer -retroceder las fronteras de su pasado, la antigüedad histórica de su -tierra de adopción, y esto, unido á ciertos descubrimientos -arqueológicos, les ha permitido reconstruir los tiempos anteriores á la -llegada de Cook, en 1778. - -Dos siglos antes, según las tradiciones del país transmitidas de -generación en generación, pusieron sus pies en la costa de Hawai los -primeros blancos, procedentes de España. Hernán Cortés, al verse -desposeído del gobierno de Méjico por Carlos V, se dedicó á hacer -exploraciones en el Océano Pacífico, con la esperanza de encontrar -nuevas tierras. Él fué el primero que construyó buques en la orilla -americana de este mar, consumiendo tal empresa gran parte de su fortuna. - -Una escuadra compuesta de tres barcos: el _Florida_, el _Santiago_ y el -_Espíritu Santo_, bajo el mando de Álvaro Saavedra, fué enviada por -Cortés en busca de las famosas islas de la Especiería; pero las -tempestades del Pacífico la disolvieron, tragándose dos de las naves. Un -capitán español y su hermana pudieron llegar con otros náufragos á una -de las actuales islas de Hawai, siendo acogidos hospitalariamente por -sus habitantes. - -Estos españoles tuvieron que amoldarse á su nueva existencia, -presintiendo que jamás volverían los suyos á buscarles en tierras tan -lejanas é ignoradas, y casaron en el país, llegando á ser guerreros -poderosos. A principios del siglo XIX, en tiempos del emperador -Kamehamea I, el «Napoleón de Oceanía», algunos de los caudillos que le -secundaban en sus conquistas exhibían como título de suprema nobleza el -ser descendientes del capitán español ó de su hermana, llegados al país -dos siglos antes. - -Las tradiciones de Hawai no mencionan nuevas arribadas de españoles; -pero hace veinte años, al abrirse los cimientos de un edificio fuera de -Honolulu, fué encontrado un gran busto, obra de escultor indígena, hecho -con la fidelidad minuciosa y un poco caricatural de las imágenes divinas -de la Polinesia. Este valioso hallazgo arqueológico se apresuró á -adquirirlo el cónsul alemán de Hawai, y está ahora en un museo de -Berlín. - -Yo vi una copia en yeso que existe en el Museo Bisop de Honolulu, sin -conocer previamente su origen y su título, é inmediatamente atrajo mi -atención, excitando luego mi asombro. Entre las numerosas divinidades -hawaianas de larga nariz y prominente mandíbula, semejantes por su -tallado grotesco á las célebres imágenes de la Isla de Pascuas, me fijé -en una cabeza con melenas, bigote, perilla y gola rizada. Es obra -grosera y primitiva, sus facciones están ensanchadas, pero semeja -reflejar, á través de un espejo deformatorio, cualquiera de los hidalgos -pintados por el Greco ó por Velázquez. - -El catálogo del museo me demostró la exactitud de tal semejanza. La obra -se titula: «Capitán de buque español, esculpido por un artista del -país». - -Afirman las tradiciones que el capitán representado por el escultor -indígena es el mismo que llegó á Hawai como náufrago. Esto no es -verosímil. Un hombre que salió á tierra nadando con sus compañeros de -infortunio no podía guardar la gola rizada, la capa y todos los detalles -indumentarios que se adivinan en el resto de dicha escultura. Además, el -marino español del busto más bien parece del siglo XVII que de la época -de Cortés. - -El modelo fué indudablemente uno de los muchos capitanes de galeón que, -al ir á Filipinas desde Acapulco, ó al regreso, se vieron obligados á -tocar en el archipiélago de Hawai. Éste se halla un poco más arriba de -la ruta seguida habitualmente por la «Nao de Acapulco», mas al regreso -de Manila los vientos reinantes hacían navegar á los galeones muy al -Norte, poniendo la proa al cabo Mendocino, en la California. Además, con -la ayuda de la máquina de vapor es posible fijar un rumbo marítimo, casi -lo mismo que una ruta terrestre; pero en la navegación á vela la -voluntad del hombre tiene que ser esclava de las fuerzas caprichosas del -mar y del viento. Más al Norte que Hawai está el Japón, y sin embargo, -don Rodrigo de Vivero, al cesar en su gobierno de Filipinas y volver á -España, se vió desviado de su rumbo por una tempestad y arrastrado á las -costas japonesas, siendo el segundo navegante europeo que pisó dichas -islas, después del portugués Méndez Pinto. - -Es casi seguro que los galeones de Acapulco, en su viaje anual á Manila, -tocaron siempre que les fué conveniente en el archipiélago de Hawai, -bien conocido por sus pilotos. - -Juan Gaetano, navegante español, estuvo en varias de estas islas en -1555. Un pirata inglés, luego de sorprender y robar á uno de los navíos -de Acapulco en el siglo siguiente, llevó á Londres una carta de -navegación encontrada en el camarote del capitán. En esta carta -figuraban las islas de Hawai, muy cerca de la ruta normal que debían -seguir los buques españoles en su viaje á Filipinas. Un error de -situación las colocaba algunos grados más allá de su verdadera latitud, -pero todas ellas figuraban en el mapa con los nombres que les había dado -el piloto Gaetano en su primera expedición. Hawai era llamada «la Mesa»; -Mahui, «la Desgraciada», y las islas más pequeñas tenían la -denominación común de «los Monjes». - -Los marinos, en aquella época de guerras y piraterías, procuraban -guardar los descubrimientos en absoluto secreto, para aprovechamiento de -su país. Por esta razón los españoles callaron durante dos siglos la -existencia de Hawai, que podían utilizar como refugio en mitad de su -camino á las Filipinas, aunque estuviese dicho archipiélago algo al -margen de su ruta. - -Otros descubrimientos de archipiélagos oceánicos realizados por los -españoles resultaron infructuosos al convertirse poco á poco en un -secreto únicamente conocido por los navegantes. El poder colonial de -España era entonces tan extenso, que unos cuantos grupos de islas de -vida salvaje, perdidas en las inmensidades del Pacífico, poco podían -interesar á una nación poseedora de la mayor parte de América y de las -Filipinas. Las otras potencias de aquellos siglos, á pesar de su deseo -de adquirir colonias, tampoco se preocuparon de poseer estos -archipiélagos oceánicos, numerosos, diminutos y esparcidos como puñados -de arena. Sólo en época modernísima, al finalizar la primera mitad del -siglo XIX, empezó á dejarse sentir la influencia civilizadora de los -países cristianos en las numerosas islas del Pacífico, muchas de las -cuales aparecen erróneamente como descubiertas por el capitán Cook y no -visitadas antes por ningún otro marino. - -Cook dió al actual archipiélago de Hawai el título de Islas Sándwich, en -honor del ministro inglés del mismo nombre. Los indígenas, que á su -llegada vivían aún divididos en tribus hostiles, le recibieron con -veneración, como un enviado de su dios Lono; pero esto no impidió que lo -matasen al intervenir en una riña entre sus marineros y los naturales. - -Antes de morir pudo conocer á un joven guerrero, llamado Kamehamea, que -empezaba su carrera de caudillo. Éste fué el gran héroe del país, y su -estatua moderna figura en uno de los paseos de Honolulu. De 1784 á 1819 -emprendió una serie de empresas militares y civilizadoras -extraordinarias, repitiendo dentro de su pequeño mundo oceánico las -aventuras heroicas que realizaban al mismo tiempo en el hemisferio -opuesto del planeta los generales de la República francesa y Napoleón -con sus lugartenientes. - -Creó una flota de canoas de guerra, y fué pasando de isla en isla para -vencer á sus reyezuelos, convirtiendo al fin en un imperio el -archipiélago de Hawai. Convencido de la superioridad de los blancos, -buscó el apoyo de Vancouver y otros marinos ingleses exploradores del -Pacífico, comprándoles cañones y un barco viejo de guerra. Luego, -aprovechándose de la gran facilidad del pueblo canaco para aprender las -artes de los extranjeros y copiar sus obras, llegó á construir buques -semejantes á los de los blancos. Ensanchó y fortificó á Honolulu, -capital creada por él, y al morir, en 1819, proyectaba nada menos que la -travesía de una gran parte del Pacífico con todo su ejército, para ir al -otro lado de la línea ecuatorial á conquistar la isla de Taití y otros -archipiélagos del Pacífico del Sur. - -Su largo reinado fué una mezcla de aprendizajes de civilización y viejas -costumbres que se resistían á perecer. En tiempos de Kamehamea, los -personajes de la corte se esforzaban por imitar los trajes y costumbres -de los europeos, y al mismo tiempo, sus sacerdotes, unos brujos -adivinos, seguían realizando sacrificios humanos. Cuando murió el -emperador, los funcionarios más importantes, para atestiguar su pena, de -acuerdo con los antiguos ritos, se arrancaron los dientes y se quemaron -la cara. - -La esposa de Kamehamea, mujer sensual y enérgica, que había dado muchos -disgustos al emperador con sus infidelidades matrimoniales, quedó como -regente del reino é hizo una revolución en las costumbres, modificando -para siempre el aspecto original del archipiélago. Esta reina, llamada -Kahumano, había sido en su juventud muy ligera y tornadiza en amores, lo -que nada tenía de extraordinario por lo que diré más adelante. Mostraba -además la rara particularidad de gustarle siempre los reyezuelos y los -guerreros enemigos de su marido. El victorioso Kamehamea iba matando en -los combates á sus rivales, pero su esposa se daba igual prisa en -reemplazarlos. El marino Vancouver, durante su permanencia en Hawai, -tuvo que intervenir amigablemente para reanudar las buenas relaciones -entre los dos cónyuges reales. - -Cuando la esposa de Kamehamea se vió al frente del reino, era ya vieja; -sus pasiones empezaban á enfriarse, y además iban llegando al país -muchos blancos que no eran marinos, sino misioneros ingleses y -norteamericanos, disputándose entre ellos el honor de convertirla al -cristianismo. - -Hasta entonces las islas de Hawai habían sido el archipiélago del amor, -como Taití y otras tierras de costumbres fáciles y sexualidad libre, -ignorantes de nuestros escrúpulos morales. Para toda mujer de Hawai era -motivo de orgullo poder mostrar una larga lista de amantes. Los hombres -procuraban casarse con una hembra cuya belleza fuese apreciada y -elogiada por todos sus amigos, á causa de no guardar ya ningún secreto -para ellos. El acto carnal no tenía nada de pecaminoso en esta vida -primitiva. El amor libre iba acompañado de cantos, bailes, versos y -coronas de flores. Las fiestas públicas acababan en voluptuosidades -generales sin tapujo alguno, como si con ellas se cumpliese un rito en -honor de la Naturaleza. - -La viuda de Kamehamea, triste por su decadencia física y rodeada de -misioneros, abominó de todo lo que había amenizado y embellecido su -juventud, y fué dando decretos, en los cuales se castigaba el adulterio -ó la simple fornicación fuera del matrimonio, con la pérdida de los -bienes y un año de cadena, luego de ser azotados los dos culpables en la -plaza pública. En caso de reincidencia eran sumergidos en el mar, y -únicamente se les sacaba del agua cuando estaban próximos á morir. Si -después de esta prueba horrible volvían á sentirse tentados por el -demonio de la impureza, «serán decapitados--decía el edicto--, según la -ley de Dios». - -El resultado de tal moralización á estilo draconiano fué que el -archipiélago empezó á despoblarse. El gobierno tuvo que importar chinos -y japoneses para que los campos no quedasen incultos. El canaco, que -sólo comprendía la existencia con un collar de flores sobre el pecho, -una guitarra en las manos y una mujer que bailase la _hula_ moviendo las -caderas, sin más vestido que un faldellín de fibras vegetales, al ver -que le privaban para siempre del amor libre y variado, prefirió morirse. - -Al mismo tiempo que la severa moral cristiana, fueron penetrando en las -islas otras innovaciones de los blancos: el alcohol, las enfermedades -venéreas, el afán del dinero; y estas calamidades aceleraron la general -mortandad. Hoy, sólo una pequeña parte de los habitantes del -archipiélago son descendientes de los antiguos canacos, súbditos de -Kamehamea. América y Asia han enviado la mayor parte de la población -actual, y junto con los japoneses, chinos y norteamericanos, -existen--particularmente en la isla de Hawai, donde abundan los ingenios -de azúcar--muchos portugueses y cierto número de españoles, venidos de -las Repúblicas de la América del Sur. - -De los tiempos paradisíacos del archipiélago, sólo han conservado los -hawaianos sus aficiones á las flores y á la música. Esta disposición de -todos ellos para la música es conocida en el mundo entero. Actualmente -constituye una industria, y en las ciudades importantes, así como en las -estaciones de moda invernales y veraniegas, se encuentran orquestas de -hawaianos, músicos de tez de canela, con pantalones blancos, camisa de -igual color y un collar sobre el pecho de papeles amarillos y rojos -apretados como un cordón. Este es un símbolo de los antiguos collares de -flores, que sólo se usan ya en las grandes fiestas. - -La música hawaiana se halla extendida igualmente por el mundo, pero hay -que oirla en el archipiélago, donde conserva su antigua melancolía -amorosa y no ha sido desfigurada por las exigencias del baile en los -modernos _dancings_. Todo canaco de alguna cultura es poeta y músico. -Algunas de sus reinas fueron grandes improvisadoras de romanzas, así -como las damas de su corte. - -Cuando Kamehamea II, saliendo de la tutela de su austera madre, subió al -trono, quiso conocer el mundo de los blancos, tan admirado por su padre, -y adoptó la audaz resolución de hacer un viaje á Londres. Esto fué en -1824, y un viaje en buque de vela de Hawai á las islas Británicas por el -cabo de Hornos representaba un año de navegación. - -El vecindario de Honolulu fué bajando al puerto, asombrado y lloroso, -por la aventura que emprendían sus monarcas. Casi no los reconoció. El -hijo de Kamehamea iba vestido de húsar inglés, y su esposa llevaba un -traje rojo de terciopelo, de cola larguísima, con sombrero enorme de -igual género, indumentaria de otros climas, que la hacía sudar -copiosamente. - -Como todos lloraban, la reina, al subir al buque, reclamó silencio, y -empezó á cantar una romanza compuesta por ella, expresando el dolor de -su partida y la confianza en su regreso. Ninguno de los dos volvió á sus -poéticas islas. Meses después de su llegada á Londres, murieron de -melancolía bajo un cielo brumoso. Se extinguieron poco á poco, con el -dulce y humilde asombro de un par de pájaros tropicales trasladados -bruscamente á un país de nieve. - -Me imagino cómo recordarían ambos desterrados los paisajes de sus islas -nativas, que tan profundamente se fijan en la memoria del viajero. - -Estoy en la proa del _Franconia_ viendo cómo sube y se dilata, llenando -todo el horizonte, una muralla que tiene por remates cimas y pitones de -rocas volcánicas. Es la isla de Hawai que ha dado su nombre al antiguo -archipiélago de Sándwich. - -El mar tiene un azul luminoso en esta mañana del Trópico. Todos vamos -otra vez vestidos de blanco. Se ven fragmentos del paisaje insular -teñidos de un verde claro de tierra cultivada, pero más de la mitad de -la isla, no obstante el esplendor matinal, permanece envuelta en nubes -de plata sombría. Son los vapores del Mauna Kea, el volcán más grande y -más alto, heridos por los rayos del sol. - -Según nos aproximamos, las montañas, que tenían de lejos un color gris -de lava, se van haciendo verdes. El Mauna Kea queda á un lado con su -brumoso sudario, y vemos al fin la verdadera fisonomía de la isla. - -Las vertientes son antiguas cascadas de lava petrificada, pero en las -arrugas tortuosas de sus barrancos crece una compacta arboleda. Entre -estos cordones de verde obscuro se extienden grandes declives de verde -esmeralda: las plantaciones de caña de azúcar. Algunas de ellas, por -estar la caña en flor, aparecen moteadas de un blanco sonrosado. - -Navega el _Franconia_ cerca de la costa, todo lo que es prudente en un -archipiélago volcánico donde surgen de pronto arrecifes y pequeños -islotes y vuelven á desaparecer poco después, sin dar tiempo á que los -marquen en las cartas de navegar. Unas veces la costa es vertical hasta -una altura de centenares de metros; otras avanza en pequeños cabos de -lomo redondo ó agudo. Las nieves de las montañas del interior descienden -hasta la costa al liquidarse, y caen en el Océano como cables blancos y -espumosos de incesante volteo. Vistos de cerca, estos torrentes deben -ser de una energía enorme, que se pierde sin provecho para nadie. Es tan -escasa la gente en las islas, que á pesar de que pertenecen ahora á los -Estados Unidos--primera potencia industrial del mundo--, nadie piensa en -aprovechar tales fuerzas. - -Al pie del acantilado, muchos peñascos están perforados por las olas, en -forma de cuevas ó de pórticos. Apenas puede verse el color negruzco de -la piedra, lo mismo á orillas del mar que en las cumbres. El Trópico -cubre la áspera lava con una vegetación eternamente primaveral. De lejos -parece sutil pelusa verde, levísimo musgo, y sólo cuando vemos moverse -en estas praderas insectos diminutos que son vehículos ó caballos, nos -damos cuenta de las proporciones del falso césped. - -Se abre á ras del mar la barrera montañosa en valles triangulares. Se -ven en ellos casas de madera entre grupos de palmeras; pero los -edificios, cuando no los miramos con anteojos, parecen guijarros, y los -árboles simples matas. Un ferrocarril sigue la costa, salvando las -cortaduras de valles y desaguaderos sobre largos viaductos, unos -sólidos, otros colgantes. En las playas ruedan incesantemente dos líneas -de olas gigantescas. Hay ante ellas unas estacadas de pilotes de piedra; -pero no son obra del hombre, sino fragmentos verticales de murallas de -coral rotas por el tenaz ariete de las aguas. La doble hilera de -rompientes se hincha, avanza, transparentando la luz como un muro de -esmeralda, y se desploma entre los retorcimientos de su cabellera de -espumas. - -Sigue avanzando el _Franconia_ con dirección al invisible puerto de -Hilo, capital de la isla. Un gran remolcador ha venido á su encuentro, y -le precede después para señalar el rumbo seguro en este mar abundante en -peligros y emboscadas, menos frecuentado que el de Honolulu. - -Empezamos á ver pueblos en la costa. Son en realidad bosques por las -gallardas arboledas que se alzan entre los edificios. Estas casas, -vistas de lejos, ofrecen un aspecto japonés, á causa de la forma de sus -techos. - -La isla expele humo por todas partes. Arriba, los conos de sus volcanes -están envueltos en una nube siempre renovada. Al nivel del mar, los -acantilados lanzan una respiración blanca. Todos los ángulos entrantes, -roídos por las olas, tienen una grieta volcánica de continua exhalación. -Es un humo tenue, casi transparente, que parece embellecer el paisaje -con un adorno inesperado. Pero esta corona de chorros de humo que se -prolonga en torno de la isla entera resulta inquietante y amenazadora. -Contrasta con el esplendoroso terciopelo verde, moteado de oro, que -invade sus tierras en declive y sólo deja de cubrir las alturas de los -cráteres, donde la lava permanece desnuda. - -Al atardecer doblamos un cabo y se abre ante nosotros una bahía en cuyo -fondo hay poblaciones diseminadas, grupos de techos sombreados por -cocoteros y palmeras. - -Un vaporcito viene hacia nosotros tripulado por hombres vestidos de -blanco. Esta embarcación deja detrás de ella una melodía de voces é -instrumentos. Atenuada por las inmensidades del Océano y del cielo, -tiene la fragilidad sonora, cristalina é inocente de las viejas cajas de -música. Es Hawai, el antiguo Hawai de los collares de flores, de los -cantos de amor, de las danzas voluptuosas y las poesías improvisadas, -que sale á nuestro encuentro. - -Echan una escala desde el buque y trepan por ella, ágiles pero con -voluntaria lentitud, los músicos de pantalón blanco y collar en el -pecho. Tienen la mesurada gravedad de los que van á cumplir una función -patriótica. Tras de ellos suben varios periodistas del país, que desean -verme. - -Forma grupo la orquesta en una de las cubiertas. Se compone de violines, -de guitarras, que tocan los hawaianos acostándolas en una rodilla para -pellizcarlas á estilo de salterio, y de un guitarrito que puede -guardarse en un bolsillo y es el verdadero instrumento nacional. Algunos -pasajeros, conocedores del archipiélago por anteriores viajes, esperan -con avidez esta música. - -Van á tocar el _Aloha_ (pronunciar _Aloja_), título que quiere decir -indistintamente «Adiós» y «Bien venido». Los conferencistas del -_Franconia_ nos han explicado en noches anteriores que el idioma de -Hawai sólo consta de treinta y dos palabras, y una misma palabra -significa cosas diversas, según su colocación en la frase. Las letras -las pronuncian todas, y esta pronunciación, según los citados -conferencistas, se parece á la española más que á ninguna otra lengua. -Tal pobreza aparente de palabras no ha impedido á los hawaianos ser -poetas en los momentos importantes de su vida. Ahora _Aloha_ significa -«Bien venido». - -Empieza la música y empieza igualmente el encanto adormecedor, suave, -«poético»--no puede emplearse otra palabra más exacta--, que nos va á -acompañar todo el tiempo que permaneceremos en el archipiélago, -siguiéndonos de una isla á otra. - -En este momento, mientras escribo las presentes líneas, siento la -influencia, la obsesión de la música hawaiana que empieza á sonar en mi -memoria. El que ha oído el _Aloha_ y otra romanza titulada _El collar de -las islas_, las canturrea siempre en los momentos que ensueña despierto, -y se considera infeliz cuando no puede recordarlas. - -No es música enérgica y violenta, como la de muchos pueblos primitivos; -tampoco es el lamento temblón y monótono de las razas orientales. Tiene -un sentimentalismo delicado, que pudiéramos llamar literario; es la -romanza lánguida y añorante de una gente de musicalidad superior. No -entran en ella muchas notas, y sin embargo se repite sin fatiga, -deseando llegar á su final por el placer de cantarla de nuevo. - -De todos los músicos del mundo civilizado, el único que viene á la -memoria al escuchar estos _Lieder_ amorosos del antiguo Hawai es -Schúbert. - - - - -XI - -EL LAGO DE FUEGO - - Las mujeres de Hawai, superiores á los hombres.--El cinematógrafo - en el archipiélago.--El baile de las «hulas» y los actuales tapujos - impuestos por la autoridad.--El paganismo de la reina - Lilinu-Kalami.--Las selvas de helechos.--El cráter-lago del - Kilauea.--El guarda del volcán.--Nocturno rojo.--Una calefacción - nunca vista. - - -Como llegamos en la tarde de un domingo, todo el vecindario de Hilo está -en los muelles. Además, la presencia de un buque del tonelaje del -_Franconia_ representa un suceso para la isla de Hawai. Los grandes -paquebotes del Pacífico pasan de largo y no se detienen hasta Honolulu, -que está á doce horas para ellos, pero á dos ó tres días de distancia -para los habitantes de la antigua Hawai, obligados á valerse de pequeños -vapores que hacen escala en varias islas del archipiélago antes de -llegar á su capital. - -En el puerto de Hilo sólo vemos anclados algunos veleros de gran cabida -y cinco ó seis palos, como únicamente pueden encontrarse en los -desiertos del Atlántico y el Pacífico ó en sus bahías insulares. Vienen -á cargar maderas olorosas. El sándalo ya no es abundante, pero en -tiempos de Kamehamea I y sus inmediatos sucesores fué la principal -riqueza del país y su único artículo de exportación. Cada vez que el -belicoso emperador necesitaba dinero para sus guerras hacía una corta de -sándalo, y acudían inmediatamente flotillas de juncos chinos, de -arquitectura y velamen medioeval, para llevarse la preciosa madera. - -Los muelles y los terrenos inmediatos al puerto están ennegrecidos por -el rebullir de la muchedumbre que espera y por numerosos automóviles. En -muchas tierras oceánicas fué extraordinaria la facilidad con que el -indígena adoptó las comodidades más elementales del progreso. Los -antiguos habitantes de Hawai, aunque celebraban sacrificios humanos, -nunca fueron antropófagos; pero en otras islas puede decirse que los -naturales han saltado de la pierna de misionero asada al manejo del Ford -y la pluma estilográfica. En Hilo, todo comerciante, empleado ó modesto -tendero tiene su automóvil. Además, son numerosos los chófers con -vehículo propio que se dedican al servicio público. - -Al llegar á esta primera escala después de América, nos salen al -encuentro la Oceanía con sus razas de origen malayo y el Asia con toda -la variedad de sus pueblos emigrantes. La vestimenta es uniforme; todos -van á la moda norteamericana, con telas ligeras y colores claros, pero -los rostros ofrecen una enorme variedad, á causa de los diversos -orígenes de los habitantes, canacos, chinos, japoneses, americanos y de -varias procedencias europeas. - -La policía empuja al gentío para que deje un espacio libre ante el -_Franconia_, y éste se adosa poco á poco al más extenso de los muelles, -cubriéndolo todo con su alto muro de acero perforado de ventanos. - -Hay un grupo de muchachas, en mitad de este vacío, vestidas de blanco, -de rosa, de azul, que llevan en sus brazos cientos de collares, -encarnados y amarillos. Son hawaianas que guardan las costumbres del -país y vienen á dar la bienvenida á los viajeros, colocándole á cada -uno su correspondiente collar, con arreglo á la tradición. Todas ellas -saben los bailes de las antiguas _hulas_, y han organizado para esta -noche un festival hawaiano, que nos hará conocer los cantos y las danzas -de los tiempos idílicos, anteriores á la austera viuda de Kamehamea. - -Son jóvenes esbeltas, ligeras, de sueltos y graciosos movimientos. Se -adivina en su paso y en las posiciones que toman al quedar inmóviles la -agilidad saludable de sus cuerpos. Unas son bronceadas, como las -antiguas canacas; otras, pálidas y casi rubias por el cruzamiento de los -blancos con sus madres y abuelas. - -Cuando digo bronceadas hablando de las hawaianas--como más adelante, al -describir las mujeres de Java--, entiéndase que aludo al bronce dorado y -luminoso, al bronce claro y limpio que tiene casi la misma tonalidad del -oro; no al bronce sucio, obscuro y de tonos verdosos. La tez de algunas -de estas jóvenes parece brillar como los objetos metálicos recién -pulidos por una violenta frotación. Sus cuerpos de gallardía gimnástica -se revelan á través de sus ligeras vestimentas, como los de las griegas -que tomaban parte en los Juegos Olímpicos. - -Todas ellas circulan por el muelle coqueteando con los hombres, y son -las primeras que entran en el buque, mirándolo todo con graciosa -audacia. Luego empiezan á meter sus collares por las cabezas de los -viajeros, tratando á señoras y señores como si fuesen amigos, conocidos -por ellas toda su vida. - -En Hawai la mujer se ha considerado siempre superior al hombre, tal vez -porque, en los pasados tiempos de comunismo amoroso y voluptuosidad -libre, se vió muy solicitada y pudo escoger y mandar. Ya hemos dicho -cómo el heroico Kamehamea pasó su vida engañado y dominado por su -esposa. Todos los súbditos debieron vivir en igual dependencia que su -emperador. - -Hoy las mujeres de Hawai son de costumbres regulares y virtuosas, ni más -ni menos que en los otros países, pero conservan por tradición cierta -superioridad directiva sobre el hombre. Además, esa educación -fomentadora de la energía, que adquiere el sexo femenino en todo país -donde implantan los Estados Unidos sus escuelas, contribuye á aumentar -dicha independencia. - -Tres de las jóvenes, siguiendo las indicaciones de los periodistas que -salieron al encuentro del buque, vienen á mí para colocarme tres -collares sobre los hombros, saludando en inglés con palabras de -exagerado elogio al autor de _Los cuatro jinetes del Apocalipsis_. Otras -de sus compañeras no osan acercarse y me sonríen desde lejos. - ---¿Pero es que todas estas señoritas--pregunto á uno de los -periodistas--han leído mi novela?... - -Sonríe el interpelado con incredulidad. Tal vez unas cuantas de ellas -conocen mi libro, que está en todas las bibliotecas públicas de la isla. -Abundan en Hawai las librerías populares. Las dos preocupaciones del -norteamericano son la higiene y la educación, y cuando se posesiona de -un país, lo primero que hace es combatir las enfermedades contagiosas y -abrir escuelas y bibliotecas. - ---Lo que puedo afirmar--continúa el periodista--es que todas las -muchachas de la isla han admirado el _film_ sacado de su novela. - -El cinematógrafo es en Hawai una diversión permanente. Sólo de tarde en -tarde llega alguna compañía dramática de los Estados Unidos ó de actores -del Japón, para los numerosos compatriotas suyos que existen en el -archipiélago. El llamado «teatro mudo» funciona todas las noches, -repitiendo sobre unas tierras perdidas en la inmensidad del Pacífico lo -mismo que ocurre en muchas ciudades provinciales de los continentes -europeo y americano. Las muchachas copian gestos y trajes de las -heroínas cinematográficas, y los jóvenes hacen idénticas imitaciones. Al -llegar yo al archipiélago comentaban los periódicos burlonamente la -afición creciente de la juventud hawaiana á usar sombreros á la española -y patillas cortas, como Rodolfo Valentino, el famoso protagonista del -«film» _Sangre y arena_, hecho en los Estados Unidos. - -Cuando cierra la noche vamos á la ciudad de Hilo, que está algo distante -del puerto, para asistir al festival hawaiano. Éste se celebra en un -teatro japonés, casi igual á los demás teatros, con la única -particularidad de tener más de ancho que de profundo. Las filas de -asientos son poco numerosas y en cambio larguísimas; el escenario tiene -una gran latitud y poco fondo. - -Empieza á caer una lluvia fina y tibia, el refrescamiento diario de los -países tropicales, que gozan de una vegetación exuberante. Los caminos -de asfalto brillan como espejos negros, reproduciendo invertidas en su -fondo las columnas del alumbrado público con sus globos de luz láctea y -los cocoteros en apretada alineación á ambos lados de la ruta. La tierra -exhala el olor punzante y fecundo del guano. Es el rudo perfume de un -suelo de rápida putrefacción vegetal, en el que se mezclan y descomponen -incesantemente el humus, la lluvia, el sol y la lava desmenuzada, para -engendrar sin descanso nuevas vidas y nuevas muertes. - -La representación dura tres horas. Todos hemos llegado dispuestos á -aguantar cortésmente un espectáculo monótono, y salimos de ella -interesados y complacidos. - -Ya no pueden presentarse en público las actuales bailarinas hawaianas -como las _hulas_ de otros tiempos. Éstas llevaban por todo traje un -faldellín de fibras que se esparcía y volaba en torno á sus piernas y su -vientre, un collar de flores sobre el desnudo pecho, una corona en la -cabeza... y nada más. Las autoridades del país, en nombre de la moral -cristiana, han exigido ahora que debajo del traje de _hula_ usado por -las bailarinas modernas se pongan éstas una camisa de seda, que las tapa -del cuello á las rodillas. Aun con tal aditamento pudoroso y -antiestético, la danza resulta interesante. - -La hawaiana agita sus caderas y todo el resto de su cuerpo con una -voluptuosidad que pudiéramos llamar distinguida y natural. No es la -contorsión de la falsa odalisca, la llamada «danza del vientre», -movimiento lascivo de las carnes propio de un lugar cerrado, de un -ambiente de alcoba. La _hula_ contonea sus caderas como agitan sus colas -las aves del Trópico al pasar de rama en rama; su faldellín de fibras se -extiende con la rotación de un abanico de plumas, y cuando salta, -tronzando sus menudos pasos, recuerda los movimientos de un pavito real. -Hay incitación voluptuosa en la gracia con que se balancea sobre la -punta de sus pies, en la pasión con que mueve la parte media de su -cuerpo; pero es una voluptuosidad de aire libre que hace pensar en los -profundos misterios de las selvas, en la animación rumorosa de toda una -naturaleza, personas, animales y plantas, entregándose á la santa obra -de la fecundidad. - -Desfilan por el escenario varias orquestas de músicos expertos, pero se -ve que todos ellos han viajado por muchos países, amenizando las noches -de _dancings_ y restoranes de lujo. Creyendo agradarnos más, intercalan -entre las danzas hawaianas _fox-trots_ y otros bailes de moda. Son -músicos gordos, lustrosos, bien trajeados, que han bebido indudablemente -mucho champaña en sus correrías por el mundo. - -Yo prefiero la orquesta que vino al encuentro de nuestro buque y no ha -subido al escenario, permaneciendo abajo, en el lugar que ocupan -habitualmente los músicos en los teatros. Se compone de jóvenes -melancólicos, enfermizos y modestos, que parecen cumplir su función sin -salir de un ensueño. Cuando no hay nadie en la escena tocan y tocan, -volviendo finalmente á su romanza favorita _El collar de las islas_. El -público aplaude, y ellos permanecen inmóviles, como si fuesen sordos; no -vuelven siquiera la cabeza para dar gracias. - -Cuando cesan de tocar ponen un codo en una rodilla, apoyan la cara en -una mano y quedan meditabundos é indiferentes á lo que les rodea. -Parecen la representación del antiguo Hawai, que insiste en adormecerse -con su música melancólica. Protestan con su silencio de los extranjeros -que modificaron la vida del país, quitándole su independencia. Como la -mayor parte de sus decadentes compatriotas, estos jóvenes esbeltos y -finos parecen amenazados por la tisis. - -Los artistas hawaianos han compuesto dos pequeñas óperas, valiéndose de -antiguas canciones. En una de ellas, Kamehamea joven, representado por -un tenor de voz dulcísima, ve pasar las nueve islas del archipiélago: -nueve bailarinas que ejecutan las diversas danzas canacas y le cubren de -flores. El emperador, lanza en mano, va vestido como en su estatua de -Honolulu, con una especie de gorro frigio ó casco griego, hecho de -pequeñas plumas rojas y amarillas, y un amplio manto del mismo género é -idénticos colores. - -La segunda ópera se titula _Una tarde en el jardín de la reina -Lilinu-Kalami_. Esta reina fué la última de Hawai, y vivió destronada -muchos años, casi hasta nuestra época. ¡Pobre Lilinu-Kalami!... - -Al morir sin herederos, en 1874, el último descendiente de Kamehamea, -las islas de Hawai eligieron rey á David Kalakaua, uno de los personajes -más nobles del archipiélago. El nuevo rey hizo un viaje á los Estados -Unidos para estrechar las relaciones con esta República. Luego pasó á -Europa con el propósito de estudiar sus adelantos y trasladarlos á su -tierra. Pero murió al poco tiempo, y su hermana Lilinu-Kalami fué -elegida reina. - -Con la intrepidez de las mujeres hawaianas, se rebeló al verse en el -trono contra la influencia dominadora de las gentes extranjeras -avecindadas en las islas. Los misioneros evangélicos eran los que -dirigían verdaderamente al país, y ella, por seguir sus propios gustos y -por fortalecer el espíritu nacional, fomentó la resurrección de las -tradiciones y fiestas del antiguo archipiélago gobernado por Kamehamea. - -Lilinu-Kalami escribía versos y componía romanzas. Su corte la formaban -mujeres aficionadas á la poesía y al baile. Una tropa de _hulas_ -hermosísimas iba con ella á todas partes. Sus tardes en el jardín de -Honolulu eran de continuas danzas, que servían de pretexto al mismo -tiempo para intrigas amorosas. - -Los misioneros gritaron contra esta resurrección del paganismo hawaiano, -y como eran los verdaderos dueños del país, destronaron fácilmente á la -dulce Lilinu-Kalami, que no quiso intentar ninguna resistencia. Aún -vivió largos años en un palacio de Honolulu, propiedad suya, que hoy -ocupa el gobernador, nombrado por el presidente de los Estados Unidos. -Los viajeros de alguna importancia, al pasar por Honolulu, visitaban á -la ex reina, viéndola rodeada por una corte fiel de bailarinas y músicos -poetas, que la acompañaron en su desgracia hasta el último momento. - -Como Hilo es la ciudad del archipiélago que mantiene más tenazmente la -memoria de la antigua independencia, dedica una especie de culto á la -última soberana del país. Todos cantan una romanza melancólica que -compuso Lilinu-Kalami después de su destronamiento. Los músicos jóvenes -y tristes la tocan repetidas veces durante la representación. Cuando -ésta termina se ponen de pie todos á la vez y rompen á tocar con sus -instrumentos el antiguo himno de Hawai. El público, compuesto de -norteamericanos, se levanta espontáneamente para escuchar con respeto -este himno de una nación que ya no existe y cuyo territorio han ocupado -ellos para siempre. - -Los músicos, mientras tocan, volviendo sus espaldas á los espectadores, -parecen decir: - ---Somos débiles y cada vez seremos menos. Nuestra raza está condenada á -desaparecer; pero mientras exista, queremos que no se olvide lo que -fuimos. - -Y los norteamericanos los miran con simpatía é interés. Algunos más -conocedores de la historia del país, luego de escuchar el himno -justifican la ocupación de las islas de Hawai. - -Después del destronamiento de Lilinu-Kalami, el archipiélago se -constituyó en República; pero como los nuevos gobernantes eran todos -norteamericanos por origen ó por educación, acabaron pidiendo en 1898 el -ser anexionados á los Estados Unidos. La independencia del país no podía -mantenerse más tiempo. De no ocupar los norteamericanos las islas de -Hawai, se hubiese apoderado de ellas el Japón. Cada año aumentaba de un -modo alarmante la cantidad de japoneses residentes en el país. Aun hoy, -después de haberse cortado en parte esta corriente emigratoria, resulta -considerable la población japonesa. - -Al día siguiente vamos á visitar, en el interior de la isla, la más -interesante de sus curiosidades: el volcán de Kilauea, que es en -realidad un lago de fuego, distinto á todos los cráteres conocidos. Como -ocurre en muchas islas de enorme altura, se salta aquí, en el transcurso -de unas horas, del calor al frío, de la vegetación tropical á la de la -zona templada ó de los países nevados. - -Dejamos atrás las plantaciones de caña de azúcar á orillas del mar, los -bosques de cocoteros y lianas floridas, las aldeas de japoneses vestidos -á lo norteamericano. El automóvil rueda varias horas por caminos -excelentes pero de violentos zigzags que escalan las alturas. Cambia la -vegetación según va cambiando la atmósfera. Al aire pesado y densamente -oloroso de las plantaciones próximas al Océano sucede un vientecillo -sutil y fresco que parece agrandar la cabida de los pulmones. - -Entramos en la región templada y fría, que el gobierno ha convertido en -Parque Nacional. La vegetación se compone especialmente de helechos, -pero enormes, de proporciones monstruosas, con una exuberancia propia -del Trópico, pero de un Trópico alto, ventoso y en constante humedad. La -luz del sol se hace verde al filtrarse por la interminable bóveda que -forman las hojas tiernas de estos helechos fuera de las proporciones -ordinarias. Al avanzar por los senderos, vemos que el suelo de lava -pulverizada es puro barro, á causa de la humedad de invernáculo que -destilan continuamente las plantas. - -Los guardianes del parque, jinetes elegantemente uniformados, que llevan -sombrero de _cow-boy_ puntiagudo, con cuatro abolladuras, nos van -mostrando los cráteres muertos. Estos embudos de rocas basálticas -quemadas fueron negros, pero un clima fecundo los ha cubierto de -vegetación. - -Subimos otra vez al automóvil, y saliendo de los túneles verdes, -empezamos á atravesar una meseta árida y desierta, de muchos kilómetros -de extensión. Son campos de lava formados por los derrames del volcán; -un oleaje petrificado, negro, de brillo metálico. A trechos, varios -cartelitos impresos marcan la fecha de cada erupción. Algunas capas, -iguales en apariencia á las otras, datan solamente de hace seis años. - -Vemos lava por todas partes, y sin embargo, nuestros ojos no encuentran -el volcán. Como estamos acostumbrados á los cráteres en cono, á montañas -que vomitan fuego, no podemos adivinar dónde está la boca volcánica en -esta llanura situada á enorme altitud, pero que visualmente tiene la -horizontalidad de una playa. Han abierto á pico un camino en las capas -eruptivas, y los automóviles se balancean rudamente por la -inconsistencia del suelo. A veces se rompe la costra negra y la rueda -cae en una oquedad que guarda el color herrumbroso y rojizo de la lava, -aislada durante su enfriamiento del contacto atmosférico. - -Se llega en automóvil hasta el mismo cráter del Kilauea. Sólo resulta -visible cuando se está á pocos pasos de su boca, enorme rasgadura de un -kilómetro. - -Es un lago hundido en la peña, una depresión de paredes verticales. Ni -humo ni olor. A seis metros de profundidad, se mueve un barro negro con -incesante oleaje. Este color negro es falso y únicamente existe á las -horas de sol vertical. En realidad, ni aun en tales momentos es -permanente su negrura. Se abren en la inquieta superficie grandes -agujeros rojos que se hinchan después en forma de burbujas y arrojan -surtidores de fuego. Éstos suben como el chorro de una fuente ó se abren -en forma de ramillete. El barro ígneo se parte en otros lugares, -formando grietas que serpentean como anguilas purpúreas. A ratos se -levanta en tumefacciones enormes que acaban por reventar, expeliendo su -piel negra formada de escorias y dejando al descubierto el abceso rojo, -que se eleva unos instantes y vuelve á caer. - -En ciertos momentos parece que un monstruo, sumido en el fuego como si -fuese su elemento natural, patalea para salir del lago, levantando la -trompa, las patas ó la grupa poderosa y ardiente. - -No hay mas que ligeras humaredas sobre esta cuba enorme; pero tales -vapores, como ya dije, abundan en toda la isla. El suelo de las orillas -quema un poco y no se pueden descansar mucho tiempo los pies en el mismo -lugar. Al sentarse en una roca, cerca de los bordes, se percibe un -temblor profundo, sordo, disimulado, que se transmite á la parte del -cuerpo apoyada en la piedra... - -Pero todo permanece tranquilo en torno nuestro, como si estuviéramos -junto á un lago, en un ameno jardín. Sólo el calor que sale de la enorme -cavidad nos hace recordar que lo que se mueve abajo es fuego y no agua. -Parece inverosímil que este lago sea un cráter que eleva con frecuencia -el nivel de su líquido ígneo, lanzando rectamente, á través del espacio, -una columna de trescientos metros de vapores y materias inflamadas. Al -mismo tiempo, una cascada de fuego salta fuera de sus bordes, -extendiendo nuevas capas de lava sobre una extensión hasta de cuarenta -kilómetros. - -Con el aire satisfecho del propietario que muestra su jardín, se pasea -en torno al volcán un hombre de pequeña estatura. Su rostro está tan -desfigurado por el calor, que en realidad no se sabe á qué raza -pertenece. Lo mismo puede ser canaco que un blanco transformado por el -ambiente. Lleva cuarenta y dos años de guardar el Kilauea, y conoce el -curso de sus cóleras ruidosas, la variedad de sus caprichos, la -mansedumbre hipócrita de sus largos reposos. Este Nibelungo del volcán -tiene las barbillas canas, los ojos inflamados, y el rostro tan curtido -y con profundas arrugas que parece rajado á cuchilladas. - -Nos dice dónde hay que colocarse para estar en seguridad. Las orillas -del cráter se desfiguran con frecuentes desprendimientos. En algunos -sitios el muro del lago se mantiene vertical; en otros está en declive, -á causa de recientes derrumbes; más allá avanza en equilibrio inestable, -roído inferiormente por la ola de fuego, que va abriendo un socavón. -Puede derrumbarse de un momento á otro, arrastrando á, los imprudentes -que se asoman, sin saber lo que tienen debajo de sus pies. - -Habla el guarda con cariño de las bellezas de su volcán, único en toda -la tierra que se deja contemplar de cerca, sin expeler vapores azufrados -que hacen llorar, sin nubes de humo asfixiante que obligan á, -retroceder. - ---De día--añade--es menos interesante. El sol impide ver el fuego. ¡Si -ustedes volviesen en plena noche!... - -Volveremos para ver al Kilauea en todo su esplendor. A seis kilómetros -de su cráter, más allá de la zona que invaden las lavas, está el -«Volcano House», hotel elegante, servido por japoneses y con lujosos -bazares; una residencia de verano para los plantadores de caña y los -funcionarios norteamericanos que necesitan huir del calor excesivo y la -atmósfera abrumadora de la costa. Tomamos el té de media tarde y comemos -á las siete en este hotel, escuchando otra vez las romanzas hawaianas de -la misma orquesta de jóvenes melancólicos, que parece seguirnos á todas -partes. - -El «Volcano House» está rodeado de jardines frondosos que expelen humo -por grietas invisibles, como todos los bellos paisajes de Hawai. El -fuego planetario avisa su presencia á través del suelo de esta isla que -goza una primavera de doce meses, no ve nunca sus árboles desnudos y -sustenta las hermosuras naturales más dulces y tranquilas de la -tierra... ¡Y pensar que este paraíso puede desaparecer en unos cuantos -minutos de cólera subterránea, borrándose sobre la superficie del -Océano, como algo soñado que no existió nunca!... - -En plena noche volvemos á través de los campos de lava. Brillan como -pajuelas de plata las aristas de las olas negras y petrificadas -reflejando los faros de los automóviles. Una especie de aurora boreal -enrojece el fondo del horizonte y nos sirve de guía. - -Es una claridad roja, semejante á la de un incendio; pero un incendio -inmenso, sólo comparable al de una ciudad que ardiese entera. Cuando nos -aproximamos al lago de fuego las luces de los automóviles palidecen, -hasta parecer unos redondeles opacos pintados de amarillo. En cambio, -personas y cosas quedan envueltas en un esplendor purpúreo que nos -permite vernos igual que en pleno día. - -El Kilauea tal vez está lo mismo que en la primera visita, pero de noche -se impone á nosotros con una emoción más honda, nos parece más -inquietante, como si estuviera preparando un estallido y fuese á saltar -en oleadas de fuego más allá de los bordes de su cráter. - -Todo el fondo de barro ígneo se muestra agitado por la ebullición. La -costra ligeramente negra transparenta el fuego lo mismo que un tul. -Luego se rasga dando paso á fuentes y cúpulas mayores y más luminosas -que las del día. Las anguilas ardientes son ahora monstruosas boas y -levantan enjambres de chispas al ondular sus anillos. - -Un calor infernal sale del lago. Las paredes de roca, al reflejar esta -superficie ígnea, parecen arder interiormente. Un grupo de nubes blancas -se ha inmovilizado sobre el cráter, enrojeciéndose como vedijas de -algodón empapadas en sangre. Más allá de este reflejo celeste, que es -rojo en su parte céntrica y rosado en sus bordes, la noche tropical -extiende su azul profundo perforado por la punción laminosa de los -astros. Un cuarto de luna, llevando á remolque un diamante estelar, -eleva poco á poco su mansa navegación por el océano astronómico. - -Guiado por un isleño de origen portugués que maneja nuestro automóvil, -voy en busca del peñasco que me sirvió de asiento al principio de la -tarde. El gnomo guardador del volcán nos sale al paso para que sigamos -una dirección opuesta. Ya no existe el asiento, ni la orilla en que -pusimos nuestros pies. Según dice el guardián, cayeron al fondo del -cráter á las pocas horas, mientras tomábamos el té escuchando á los -músicos en el «Volcano Housse». - -Ocupamos otro lugar, después que el hombrecillo requemado nos jura por -su experiencia que estaremos en él con toda seguridad. Transcurre para -nosotros más de una hora con la rapidez de contados minutos. Bien -conocida es la atracción del fuego, la somnolencia meditativa que se -apodera de nosotros cuando tomamos asiento junto á un hogar y seguimos -con los ojos las caprichosas evoluciones de las llamas. Es necesario un -esfuerzo enorme para salir de esta absorbente contemplación. - -En los bordes del Kilauea se siente la misma somnolencia contemplativa, -pero con el agrandamiento propio de la diversidad de proporciones. Es -necesario que los guías nos recuerden que estamos en un sitio desierto, -en plena noche, y á cuatro horas de automóvil de la ciudad de Hilo, para -que nos decidamos á renunciar á este espectáculo, único en el mundo, que -tal vez no volveremos á ver nunca. - -Al pasar por última vez ante el «Volcano Housse», digo adiós al director -del Parque Nacional. - -Es un mocetón norteamericano, grande, fuerte, de amable sonrisa, que -recorre á caballo incesantemente los bosques de _koas_ (árboles -gigantescos del país), las selvas húmedas, los cráteres secos, los -volcanes que echan humo y el lago de fuego líquido, contenidos en sus -dominios. Lleva un elegante uniforme de mosquetero, como los guardianes -que están bajo su mando, y cuando desmonta del caballo, con una ligereza -de jinete de cinematógrafo, es para entrar en su oficina, situada frente -al hotel. - -Creo que tampoco volveré á ver un edificio tan original é interesante. -No es mas que una graciosa casa de madera, como muchas habitaciones -campestres de los Estados Unidos, elevada un par de metros sobre el -suelo y con una galería cubierta que se extiende por sus cuatro -fachadas. - -El director del Parque, entre mis dos visitas al volcán, me ha hecho -entrar en esta oficina, igual á todas las de los Estados Unidos. La -bandera de las rayas y las estrellas ondea sobre el frontón triangular -de la casa. Dentro veo los retratos de Wáshington y de Lincoln, grandes -tableros de dibujo, mapas del Parque fijos en las paredes, diseños de -los cráteres, estadísticas de sus erupciones, muestras de vegetales y -minerales. - -Después que el simpático jinete de botas amarillas y resonantes espuelas -me muestra todo esto, añade con simplicidad: - ---Lo que tal vez le interesará un poco es la calefacción de mi vivienda. -Aunque usted ha viajado mucho, bien puede ser que no conozca nada -semejante. - -Salimos del edificio. Cerca de la pequeña escalinata de su puerta, hay -una grieta profunda entre dos peñascos: una especie de chimenea natural -que desciende recta en el suelo. - ---La he sondeado más de cien pies--sigue diciendo--, sin encontrar el -fondo. Es un respiradero del volcán que derramaba antes su calor sin -provecho para nadie. Va usted á ver. - -Y veo que mueve una palanca de madera tallada groseramente, para -levantar una pequeña compuerta, también de madera, que obstruye la -grieta. - -Volvemos al interior de la oficina, y su temperatura empieza á elevarse -por momentos. Al poco rato la atmósfera es para hacernos sudar. El calor -de la grieta subterránea, siguiendo un conducto de albañilería, pasa por -debajo de toda la casa y se pierde finalmente, saliendo por la techumbre -á través de una chimenea de ladrillos. - ---Esto lo he inventado yo--añade con orgullo--. Ahora no es agradable, -pero en invierno, cuando cae nieve y sopla el huracán de las alturas, da -gusto estar aquí. - -Miro con asombro á este hombre que somete los volcanes al servicio de su -oficina, y duerme tranquilo todas las noches sobre el gigantesco -hornillo generador de una calefacción inapagable y gratuita. - - - - -XII - -LA CIUDAD FLORIDA - - Los nadadores de Honolulu.--Las casas jardineadas de los - empleados.--El mundo fantástico del Acuario.--Los - peces-hombres.--La playa elegante de Vaikiki.--Nataciones en - Diciembre.--Los saltadores de olas.--El gigantesco árbol del «Moana - Hotel».--El niño del sombrero.--Almuerzo en la Asociación de la - Prensa, con más mujeres que hombres.--El palacio de - Lilinu-Kalami.--Los dos Jardineros.--El collar de la reina.--La - señorita que por primera vez en su vida habla con un español. - - -Un largo estremecimiento musical corre sobre el lomo turquesa del mar. -Ante nuestros ojos se extiende la isla de Oahu, que unos llaman la isla -Encantada y otros la isla Florida. - -Van surgiendo en el horizonte los altos edificios blancos de la moderna -Honolulu; luego numerosos barracones de muelles y embarcaderos, sobre -cuyos tejados asoman sus mástiles y chimeneas los enormes paquebotes, -cruceros mercantes del Pacífico. Más allá de la ciudad comercial se -extienden los barrios de la ciudad-jardín, con su vegetación más -abundante en flores que hojas. - -Los campos cultivados en líneas rectas, semejantes á las del viñedo, -producen la piña dulce, llamada ananás. La mayor parte de esta piña que -se consume en el mundo procede de Honolulu. Hay aquí fábricas -importantes que la cortan en rodajas y la encierran en botes con su -meloso líquido, exportándola á los más lejanos extremos de la tierra. - -Detrás de las huertas en suave declive se eleva rápidamente la montaña -volcánica, vestida por la arboleda tropical. En las cumbres de roca -pelada, que son cráteres apagados, se enredan las nubes, deteniendo su -carrera atmosférica. La isla está iluminada en su parte baja por el -dorado sol de la tarde, y al mismo tiempo, arriba, un grupo de nubes -plomizas ensombrece las montañas. Por encima del toldo de vapores que -derrama su lluvia sobre las cumbres, traza la luz solar un extenso arco -iris, y éste va de un extremo á otro de la isla, como una campana de -cristal multicolor guardadora de un objeto delicado y precioso. - -Se aproxima el estremecimiento musical, que parece rizar el dorso de las -aguas. Dos remolcadores hacen evoluciones ante la proa del _Franconia_. -Uno de ellos va repleto de músicos con uniforme militar. Es la Banda -Municipal de Honolulu que sale á nuestro encuentro para darnos la -bienvenida, entonando como es de ritual el _Aloha_ y _El collar de las -islas_. Pero esta vez son instrumentos metálicos los que interpretan la -música del país, suavizados por la sordina que impone la inmensidad del -mar. - -En el otro vaporcito hay varios grupos de jóvenes vestidas con alegres -colores y que agitan sus brazos cargados de collares. Son señoritas de -Honolulu, casi todas de raza blanca, hijas de europeos y norteamericanos -establecidos en el país. Llevan sombrero y van vestidas á la última -moda. No tienen el aire tradicional ni los rostros medio canacos de las -muchachas de Hilo, que gustan de ir con la cabeza destocada. Además, los -collares de Honolulu son de flores naturales, por abundar más la -jardinería en esta isla que en la de Hawai. - -Dos aviones militares de la defensa del archipiélago revolotean sobre -nuestro buque con la estridencia característica de los potentes motores -norteamericanos. - -Cuando nos aproximamos al puerto, una nueva representación de Honolulu -viene á unirse á las que nos han dado la bienvenida navegando en el mar -ó en la atmósfera. Varios enjambres de nadadores se zambullen y vuelven -á emerger ante la proa de nuestra nave, angustiándonos con el temor de -ver partido á uno de ellos bajo el tremendo espolonazo. Otros nadan en -fila junto á los flancos del buque, gritando al mismo tiempo á los -viajeros asomados en las bordas. El _Franconia_ marcha despacio buscando -la entrada del puerto; pero sabida es la desarmonía de proporciones -entre las limitadas energías del hombre y la fuerza gigantesca que mueve -á estos palacios de acero. La lentitud de un paquebote representa una -velocidad enorme para el brazo humano, y sin embargo ninguno de estos -tritones se queda atrás; todos se mantienen junto al buque, cortando el -agua como delfines. - -Es frecuente ver en los puertos enjambres de nadadores que piden á -gritos les echen unas monedas para perseguirlas en la profundidad -acuática; pero son siempre chicuelos, más ágiles que veloces en su -natación. Los de Honolulu son todos hombres, canacos en su mayor parte, -y algunos japoneses; atletas de cara fea y cuerpos admirables, en los -que se armoniza la exuberancia de los músculos con la corrección de las -líneas. Como de sol á sol entran en el puerto de Honolulu numerosos -buques para descansar unas horas nada más y volver á partir, estos -nadadores pasan el día entero en el agua, acompañando á los que se van y -saludando á los que llegan, en espera de unas monedas solicitadas á -gritos. - -En ninguna parte he oído voces como las de estos bárbaros nadadores. Al -escucharlas por primera vez no podíamos explicarnos la procedencia de -tales gritos. Parece imposible que sus rugidos de vibración metálica -puedan salir de la estrecha caja de un pecho humano. Para describirlos -exactamente habría que decir que todos ellos rugen como una campana -enorme que en vez de repiques y volteos pudiese lanzar rugidos. - -Somos esperados en el muelle con coronas de flores y nuevas músicas, La -Asociación de la Prensa de Honolulu, que organizó hace pocos años en -Hawai un Congreso universal de periodistas, viene á saludarme, y sus -representantes, siguiendo los usos del país, me colocan un gran collar -de rosas sobre los hombros. Luego me enseñan la ciudad. - -Su parte céntrica es obra de la iniciativa norteamericana y sólo data de -unos veinte años aproximadamente. Tiene una Casa de Correos enorme, que -recibe y cambia la correspondencia de tres continentes, América, Asia y -Australia, pasando los sacos de cartas de unos buques á otros; tiene -edificios de muchos pisos, calles rectas y cuidadosamente asfaltadas, -aceras amplias, grandes tiendas, y su aspecto general es el de una -ciudad del interior de los Estados Unidos. - -Pero la influencia norteamericana se limita á la construcción, -recobrando la capital polinésica su aspecto característico en todo lo -referente á la vida. En los almacenes grandes ó modestos, los -dependientes y muchas veces los amos son japoneses, chinos, malayos ó -indostánicos. Los rótulos de las tiendas, junto á las palabras en inglés -ostentan otras en idiomas incomprensibles y alfabetos exóticos, de -formas pintorescas. El movimiento en las calles está regulado -escrupulosamente por la policía, pues abundan con exceso los -automóviles; pero estos agentes, que ocupan una especie de púlpito -sombreado por enorme quitasol y agitan sus brazos como directores de -orquesta para que avancen ó retrocedan los vehículos, son todos ellos -canacos, de cara de ídolo y una obesidad que parece va á hacer saltar -con su desbordamiento grasoso los botones del uniforme. - -Después de las avenidas de altos edificios empiezan á desarrollarse las -calles-paseos en una extensión de muchos kilómetros. Cada vivienda se -halla enclavada en el centro de un jardín. Una faja de vegetación separa -las casas de la calle. Muchas de ellas, por ser de ricos, abundan en -columnas y estatuas, reproduciendo los estilos de Europa. Otras de -elegancia graciosa son de madera: los llamados _bengalows_. - -Se adivina que en este país el jardín representa más que la casa, pues -la dulzura de un clima siempre clemente permite la vida al aire libre. -Las ventanas son enormes. Los salones y comedores sólo tienen pared en -el fondo, y las tres caras restantes, que dan al jardín, están abiertas, -con simples columnas que sostienen el techo. Las plantas se expanden sin -límites en esta tierra fecunda en flores. Hasta los árboles de las -avenidas parecen gigantescos ramilletes. - -Muchas de estas casas floridas excitan mi admiración. Deben vivir en -ellas poetas, delicados artistas, solitarios de silenciosas -meditaciones. En Europa, uno de estos edificios pequeños, con las -paredes tapizadas de rosas y estrellas purpúreas, que hasta tienen en -las cornisas vasos colgantes con chorros de flores, representaría un -paraíso para el intelectual que lograse poseerlo. Mis acompañantes me -explican que la mayor parte de estas casas están ocupadas por empleados -de Banco, contramaestres de fábricas ú obreros especialistas, que en su -país tendrían que habitar un compartimiento de los horribles edificios -destinados á las gentes de sueldo modesto, Indudablemente deben -sentirse felices en su jardín, eternamente esplendoroso, pero me -abstengo de preguntarlo. ¡Quién sabe! El hombre ambiciona siempre lo que -no tiene y sólo ve la felicidad allí donde él no se encuentra. - -Ansío visitar el jardín submarino de Honolulu luego de haber admirado -las esplendideces vegetales de su suelo. El Acuario de la ciudad es -célebre en el mundo por las especies del Pacífico que guarda y no pueden -encontrarse en ningún otro mar. - -Paso más de una hora contemplando con asombro las variedades animales de -una vida profunda y misteriosa que tiene por escenario los abismos -mayores de nuestro planeta y nunca ha sido vista de cerca por el hombre. -No hay colores sobre la tierra que puedan ser comparados con los que -ostentan los habitantes de las simas abisales. En las profundidades del -Océano el color es tierno, eternamente jugoso, con una luz interior, -como las pinceladas recientes que aún no han sido secadas y -ensombrecidas por la influencia atmosférica. - -Veo peces rayados como la cebra, manchados como el tigre, melenudos como -el león. Unos flotan lo mismo que plumas verdes ó doradas; otros imitan -las rugosidades y la inmovilidad de la piedra; más allá mueven sus -múltiples faldellines de gasa, como bailarinas del profundo escenario -oceánico, al que nunca llega el sol, y donde monstruos de luminosos -tentáculos sirven de lámparas, emitiendo una claridad fosfórica. Los hay -que tienen la cabeza relinchante de un caballo y hacen corvetas en el -agua, como los corceles del paganismo marítimo montados por las -Nereidas. - -Otros animales que son la especialidad del Pacífico despiertan en mí un -sentimiento de miedo y al mismo tiempo de humildad. Tienen cara de -hombre, pero de un parecido exacto, sin que sea necesario valerse de la -fantasía para extremar tal semejanza. Su nariz se despega del rostro, lo -mismo que la nuestra; su boca es humana, pero con el mentón entrante de -los degenerados. Sus ojos, al aproximarse al cristal, nos miran con una -expresión que parece reflejar los sentimientos brutales de un alma -rudimentaria. Son como futuros hombres que se hubiesen inmovilizado en -forma de peces, sin poder continuar su evolución; hombres de rostro -feroz, de mirada dura, de instintos egoístas y crueles, que únicamente -viven para perseguir, matar, comer y reproducirse. Nos recuerdan á -nuestros remotísimos abuelos que atravesaron los incalculables siglos de -la prehistoria repartiendo peñascazos y golpes de tronco para inaugurar -la supremacía de la especie humana sobre el resto de la creación. - -En este Acuario, viendo cómo evolucionan en sus cajas de cristal los -seres multicolores arrancados á las profundidades oceánicas, se duda un -poco de nuestra superioridad y nuestro orgullo. - -Cada uno de nosotros cree instintivamente que es el centro del universo, -y todo cuanto existe en torno de él, animales, plantas y minerales, fué -creado para el placer de sus sentidos ó la satisfacción de sus deseos. Y -estos habitantes del Pacífico, infinitamente más numerosos que nosotros, -nos ignoran como nosotros los ignoramos. Cazan, guerrean, hacen el amor, -se suceden en el disfrute de la inmensidad oceánica, luciendo sus -maravillosos colores y sus formas bizarras para ellos mismos. No saben -que existe el hombre, con todas sus vanidades, con su historia -orgullosa, que tiene por reducido escenario unos cuantos bullones de -costra sólida emergidos de la inmensidad del mar. - -Cerca del Acuario está Vaikiki, la playa elegante de Honolulu, y en -ella el «Moana Hotel», famoso en los Estados Unidos. Todo extranjero que -llega á la isla necesita bañarse en esta playa, pues al volver á su -país, los conocedores del archipiélago le preguntarán si ha nadado en -Vaikiki. Este es un mar tropical, mas no por esto deja de resultar -molesto lanzarse á él en pleno mes de Diciembre. Pero mis compañeros de -viaje, entre dos olas, hacen elogios de la tibieza del mar, aunque -algunos de ellos castañetean los dientes. Las damas, con ligerísimos -trajes de baño, se lanzan igualmente al agua, interesadas por los -ejercicios náuticos de los canacos. - -El mayor atractivo de esta playa es el que ofrecen los juegos de los -saltadores de olas. Los antiguos hawaianos aprendían desde su niñez á -sostenerse de pie sobre una tabla elíptica de dos metros, especie de -patín acuático, que podían llevar á cuestas, como un escudo de madera, -utilizándolo para el paso de ríos y estrechos marítimos. Puestos de -bruces sobre esta tabla, mueven pies y manos con un ritmo de tortuga, -avanzando rápidamente sobre las aguas tranquilas. Si hay olas, se ponen -derechos sobre el escudo, con admirable equilibrio, como si sus pies -estuviesen soldados á la madera, y se dejan llevar por la fuerza de las -rompientes. - -Desde la playa vemos filas de hombres erguidos sobre el agua, que vienen -hacia nosotros con la rapidez de la ola. Como la tabla no se ve, parece -que marchan lo mismo que Jesús en el lago de Tiberíades. Son estatuas de -carne sobre un pedestal de espuma. Corren sin mover los pies; cortan el -aire por el impulso de la rompiente, hasta que ésta se extingue, y el -nadador, falto de empuje, cae por inercia fuera de su tabla. - -Algunas damas norteamericanas reman en estrechísimas piraguas que se -sostienen gracias á otra más pequeña, en forma de balancín, unida por -dos medios arcos de bambú. Su remo es la pagaya, pala corta movida con -las dos manos. Juegan á pasar sobre las rompientes en esta embarcación -frágil, quedando durante algunos segundos bajo la espuma de las olas. En -las mismas piraguas van canacos casi desnudos, como en los tiempos de -Kamehamea, contrastando la obscuridad de sus carnes con la blancura de -piernas y brazos de las remadoras, no más vestidas que sus compañeros de -pagaya. - -Al sentarme en el jardín del «Moana Hotel» para contemplar estos juegos -náuticos, empiezo á sentir en mi olfato cierta embriaguez, como si -estuviese en la tienda de un gran perfumista. Miro los árboles y los -arbustos cargados de flores, pero me doy cuenta de que su aromática -respiración es algo más sutil y discreto que la esencia vigorosa -esparcida por todo el hotel. Uno de mis compañeros me explica el -misterio de este perfume que se ha enseñoreado del edificio. Algunas -maderas del «Moana» son de puro sándalo, cortadas en bosques de la isla -que Kamehamea no llegó á explotar, y su perfume algo más sincero y -auténtico que el sándalo preparado por el arte de los perfumistas. - -El jardín es un rectángulo comprendido entre el cuerpo principal del -edificio, sus dos alas y el mar. En los lados hay filas de plantas con -flores, pero todo el resto del jardín lo ocupa un solo árbol, un _koa_, -que cubre con su cúpula muchas docenas de mesas. - -Nunca he visto en un lugar frecuentado y «civilizado» un árbol tan -enorme. Su tronco es en realidad una agrupación de troncos, como los -haces de columnas apretadas que forman las pilastras de las catedrales -góticas; su ramaje toca las ventanas del hotel, que están muy lejos, y -se esparce hasta la orilla del mar. - -Cierra la noche, y el árbol extraordinario adquiere por industria humana -un aspecto irreal. Hay ocultas en su complicada frondosidad centenares -de lamparillas eléctricas de diversos colores, y todo él brilla como si -colgasen de sus ramas frutos quiméricos de un jardín de ensueño. - -En el interior del hotel suenan orquestas y cantos. Ha empezado el gran -banquete que la ciudad de Honolulu da á los viajeros del _Franconia_ y -tendrá por final un baile de gala. Llegan militares y funcionarios -vistiendo uniformes de ceremonia. Las damas del país se presentan -descocadas y con pañolones de Manila para abrigarse al bajar al jardín. - -Permanezco bajo el _koa_, prefiriendo estar solo. Contemplo el mar con -sus olas fosforescentes que surgen del negro horizonte, se agrandan al -avanzar y vienen á deshacerse en la arena húmeda de la playa, sobre el -reflejo cabrilleante de las ventanas del hotel y las bombillas -eléctricas del ramaje. Me gusta ser el único que disfruta la frescura -luminosa de este coloso vegetal, viendo en torno de mí tantas mesas y -sillas vacías. - -De pronto se sienta á mis pies un niño casi desnudo, cuyos miembros, -algo flacos, tienen un color rojizo de canela. Me saluda con una sonrisa -que hace brillar los diamantes negros de sus pupilas y todo el marfil de -sus dientes. Luego señala su sombrero, el cual contrasta, por su -amplitud y adornos, con la mediocridad de su vestidura, un simple harapo -que le sirve de taparrabos. Adivino su proposición formulada en -hawaiano. Por medio dólar me fabricará inmediatamente un sombrero igual -al suyo. - -Este sombrero es una obra de arte digna de respeto, hecho con palma -verde, formando sus mallas una sucesión de conchas desde el vértice al -borde de las alas, y llevando en el lugar de la cinta una corona de -puntas cimbreantes. Acepto la proposición, y el canaquito vuelve á -sentarse á mis pies con una rama verde de palmera que empieza á -manipular, cantando entre dientes una especie de romanza. No intercala -nada en su obra. La misma palma con sus retorcimientos sirve para todo. -Ella da la copa del sombrero, las alas, y sus puntiagudos remates acaban -por formar la corona de penachos que lo circunda. - -Sigo maravillado el trabajo de estas manos infantiles y hábiles. Bajo un -árbol cargado de luz eléctrica y ante unas ventanas que dejan escapar -rumores de banquete y música de baile, renuevan el arte adquirido en -medio de las selvas, durante siglos y siglos, por los remotos y salvajes -abuelos. A los diez minutos el pequeño artista me ofrece sonriendo su -obra con una mano y extiende la otra para tomar el medio dólar. - -El sombrero del «Moana» me ha seguido en toda mi vuelta al mundo, y me -recordará siempre la noche pasada en uno de los hoteles más famosos de -la tierra, bajo un árbol grande como un palacio, frente á un mar de olas -brillantes cual si fuesen de fósforo, y aspirando el perfume de ensueño -que exhalaba dicho edificio por los poros de sus maderas. - -Al día siguiente asisto al almuerzo con que me obsequia la Asociación de -la Prensa. Aunque estoy acostumbrado á la preponderancia femenina en los -Estados Unidos y todos los países influenciados por su liberal -educación, me asombra ver cómo en torno á las diversas mesas son mucho -más numerosas las mujeres que los hombres. - -En las islas de Hawai la aristocracia es actualmente universitaria. -Quiero decir con esto que la verdadera distinción para la mujer consiste -en el estudio de una carrera, y más aún en el ejercicio de la enseñanza. -La Universidad de Honolulu tiene tantas estudiantas como estudiantes, y -los mejores edificios de la ciudad, rodeados de jardines, son las -escuelas públicas. Los diarios del país cuentan los triunfos -universitarios de las mujeres ó la tenacidad con que ejercitan el -profesorado en la misma sección que los diarios de otros países dedican -á descripciones de trajes y relatos de fiestas mundanas. - -Todas estas señoritas de Honolulu, lo mismo las hijas de blancos que las -mestizas de canacos, procuran mantener las tradicionales costumbres del -país en lo que tienen de artísticas ó pintorescas. Un cantante de pura -raza hawaiana, admirado como el mejor tenor de las islas, se levanta -repetidas veces en el curso del banquete para entonar junto al piano las -romanzas más populares con una expresión apasionada que hace comprender -el sentido de los versos polinésicos. Un mallorquín, antiguo bajo del -Teatro Real de Madrid, don Joaquín Vanrell, que dirige una escuela de -música en Honolulu y es el único español residente en la ciudad, canta -con una maestría de viejo artista algunas arias españolas de los tiempos -del romanticismo. - -Al sentarnos á la mesa, todos hemos encontrado sobre la servilleta un -collar de flores. Hay que seguir los ritos del paganismo hawaiano, el -cual sólo comprendía los placeres de la mesa, del canto y del amor con -acompañamiento de flores. - -Mi collar, presente de la Asociación de la Prensa, es enorme. Casi llega -á mis rodillas, y está formado con pétalos blancos de una especie de -clavel de las islas, cuyo perfume resulta aún más intenso y embriagador -que el sándalo. Esta flor, cuyo nombre no recuerdo, abunda poco, lo que -la hace muy buscada y carísima. Al salir á la calle, después del -banquete, conservando mi collar, lo mismo que todos los invitados, -algunas mujeres vuelven sus cabezas sonriendo y admiran la boa florida -que llevo sobre el pecho, como algo extraordinario que sólo pueden ver -de tarde en tarde. Unas canacas jóvenes, de gracioso atrevimiento, ponen -su rostro sobre mi pecho, aspiran el perfume y me dicen sonriendo -palabras incomprensibles que deben ser agradables. - -Durante el banquete está sentada á mi derecha la esposa del gobernador -del archipiélago de Hawai, una dama norteamericana de gran cultura -literaria. Su hija y varias amigas de ella permanecen entre las -numerosas jóvenes que ocupan por completo varias mesas. - -Una escritora de Australia asiste al banquete. El Pacífico, á pesar de -su inmensidad, proporciona con frecuencia estos encuentros. Los de -Australia ó los de Hawai, si desean hacer un viaje para distraerse, se -van á la acera de enfrente, á la tierra más inmediata, cinco mil millas -de distancia, varias semanas de navegación, atravesando una mitad del -hemisferio en que viven. - -Cuando llega la hora de los brindis, con un vaso de agua, pues esta -tierra es de los Estados Unidos é impera en ella el «régimen seco», -muchos de los asistentes pronuncian discursos ó breves salutaciones. Las -jóvenes son las que hablan más, obligadas por las peticiones del -público, y yo pronuncio finalmente una arenga en español, que sólo -entienden el profesor de literatura de la Universidad y algunas -señoritas que pasaron por su aula. Pero el antiguo bajo del Teatro Real -llora escuchándome. Se creía perdido como Robinsón en este archipiélago, -donde lleva muchos años sin hablar mas que inglés, é inesperadamente se -ve asistiendo á una fiesta en honor de un español y escuchando un -discurso en la lengua de su patria. - -A la salida, la esposa del gobernador me invita á tomar el té, horas -después, en su casa. Ésta resulta interesante por haber sido el palacio -en que vivió destronada la reina Lilinu-Kalami. - -El día anterior he visto la estatua de bronce, verdoso y dorado, -representando á Kamehamea I, frente al antiguo palacio de los -emperadores de Hawai. Me enseñan á un viejo canaco, de cara rugosa y -barbillas blancas, que monta la guardia voluntariamente hace más de -veinte años ante la estatua de Kamehamea. Llega al romper el día y se -sienta frente al monumento de su emperador. A las horas de comer -desaparece, y vuelve á ocupar el sitio poco después, no abandonando su -silenciosa contemplación hasta que cierra la noche. Los norteamericanos, -que aman las actitudes originales, consideran con simpatía á este canaco -leal. Los del país, modificados por la vida moderna, le miran con cierto -enojo, considerando ridícula para su raza esta fidelidad perruna. El -viejo no conoce ciertamente la verdadera historia de Kamehamea; sólo -sabe que fué grande y victorioso, que en su tiempo los extranjeros no -mandaban en Hawai, y ello basta para que adore todos los días al -emperador dorado y verde, esperando que alguna vez se transformará en -carne, volviendo al archipiélago como un Mesías. - -Yo he visto en realidad el manto y el gorro que llevaba Kamehamea en su -monumento. Están en el Museo Bisop, el mismo que guarda el vaciado en -yeso del busto del capitán español. Los mantos de los emperadores de -Hawai son la gran curiosidad artística de la isla y se habla de ellos en -todo buque cuando Honolulu empieza á asomar su blancura sobre el Océano. -Estos mantos--lo mismo que la tiara imperial en forma de gorro -frigio--están fabricados con plumitas de unos pájaros diminutos. Como -estos pájaros eran únicamente de dos colores, rojo y amarillo, la -vestidura imperial parece hecha de pedazos de bandera española. -Examinados los mantos de cerca, maravilla el cálculo de los millones de -pájaros que fué preciso matar para la fabricación de estas vestiduras -reales. - -El gobernador de Hawai, nombrado por los Estados Unidos, no habita el -palacio de los emperadores. Éste lo ocupan solamente las oficinas -públicas. El gobernador reside en la llamada Casa de Wáshington, ó sea -el palacio donde murió Lilinu-Kalami. Esta mansión, ostentosa para la -época en que fué construída--el primer tercio del siglo XIX--, la hizo -un norteamericano enriquecido en el país. Cuando la hubo terminado, -dándole el nombre de Casa de Wáshington, se preocupó de su amueblamiento -y creyó oportuno ir en persona á adquirirlo en el Japón y la China. Como -en aquellos tiempos no había buques de vapor ni líneas de navegación, -fletó una fragata para hacer el viaje á Asia, y nadie supo más de él ni -de sus marineros. Mucho después, Lilinu-Kalami, que aún no era reina, -adquirió este palacio para habitarlo. - -Admiro los salones por su aireamiento y su amplitud. Algunos de ellos -están completamente abiertos por dos de sus lados y en vez de paredes -tienen columnas y también gradas que les ponen en perpetua comunicación -con el jardín. Sus muebles chinos y japoneses empiezan á adquirir cierto -aspecto respetable de antigüedad, que les coloca aparte de los objetos -de pacotilla producidos por el Extremo Oriente en nuestros tiempos. -Muchos de estos muebles fueron regalos que el Japón y la China enviaron -á la reina de Hawai. Todo lo de esta casa, en las habitaciones de -recepción y en el comedor, procede de Lilinu-Kalami. Los gobernadores lo -han respetado, dejándolo como en el tiempo de la reina. - -La esposa del gobernador quiere mostrarme los últimos supervivientes de -aquella época. Son los jardineros de Lilinu-Kalami, un matrimonio de -viejecitos que sigue en el palacio, tranquilos los dos y bien cuidados, -cual si formasen parte de su mobiliario. Entran en el gran salón, -conmovidos y llorosos, como siempre que vuelven á esta parte del -edificio, creyendo que van á ver de pronto á su antigua señora. - -La vieja va vestida de blanco con gran pulcritud; escotada, los brazos -desnudos, la falda muy amplia, siguiendo tal vez las modas juveniles de -su reina. El viejo es un caballero canaco con _smoking_ blanco y corbata -negra. A pesar de sus años conserva un gran dominio sobre sus emociones, -y únicamente brilla en sus ojos una acuosidad contenida. Su mujer, más -vehemente, llora, al mismo tiempo que le tiemblan las manos. - -Hace la gobernadora mi presentación. - ---Este señor ama mucho á vuestra reina y va á escribir sobre ella. - ---¡Oh, la reina!--gimotea la vieja. - -Me besa una mano y mira después con ojos devotos un gran retrato al óleo -de Lilinu-Kalami que está en el fondo del salón y la representa en sus -buenos tiempos de reina viuda, cuando las _hulas_ bailaban en el -inmediato jardín y ella pedía consejos á sus favoritos. - -Es una dama de frescas redondeces y sonrisa bonachona, vestida con un -traje elegante de recepción. Tiene el escote abultado y partido por el -arranque de dos hemisferios firmes; los brazos redondos, y una doble -raya horizontal en el carnoso cuello: la majestad regia de hace tres -cuartos de siglo representada por Victoria de Inglaterra, Isabel II de -España y otras soberanas de aquella época. - -Se conmueve la viejecita de tal modo viendo á su antigua señora, que el -marido tiene que abrazarla protectoramente y se la lleva hacia el -jardín. Media hora después vuelven los dos ancianos con un regalo para -mí: un collar que acaban de hacerme con la flor amada por Lilinu-Kalami. -Esta flor, puramente hawaiana, es una violeta de pétalos recogidos, dura -como un fruto. - -El collar embriagador de claveles que llevo sobre el pecho morirá, pero -este de Lilinu-Kalami es eterno. Sus flores al secarse se endurecen, y -podré guardarlo siempre como un rosario oloroso. - -Con el pecho adornado por la doble sarta de flores continúo mi visita á -la esposa del que es actualmente soberano del archipiélago por soberanía -delegada. - -La hija del gobernador y una amiga suya se interesan mucho por el pasado -de esta tierra en que nacieron. Ambas proceden de norteamericanos; la -hija del gobernador es morena y esbelta como una californiana; su amiga, -una nieta de Mr. Hyde Rice, notable escritor que ha recogido todas las -tradiciones del país y vive siempre en la isla de Hawai, es rubia y con -ojos azules. Pero las dos nacieron en el archipiélago y tienen en su -belleza blanca algo de exótico que las hace más interesantes. - -Al despedirme, la joven que ha venido de Hawai á pasar unos días con su -amiga y conoce á fondo la historia del país, por sus lecturas y por las -lecciones de su abuelo, me dice á guisa de adiós: - ---Celebro haber hablado, por primera vez en mi vida, con un español. -Siempre me interesó España, tan lejos de nosotros y tan unida á nuestros -orígenes. Hawai es más antigua en la historia de lo que suponen muchos. -Tiene dos siglos más de existencia, porque todos sabemos aquí que los -navegantes españoles fueron los primeros blancos que pisaron sus costas, -los primeros enviados de la civilización europea. - - - - -XIII - -LA SEMANA SIN LUNES - - Navegando al margen de la tempestad.--Bailes, juegos y asistencia á - la escuela.--Carreras de caballos en el buque.--La libertad - religiosa de los norteamericanos.--El cura democrático de - Minnesota.--El Mesías de Los Ángeles.--Dejamos de vivir un día - entero.--Caen en las aguas del Pacífico veinticuatro horas de - nuestra existencia.--¿Qué habrá sido de mis amigos del Japón?... - - -Empieza á anochecer cuando salimos de Honolulu. Flotan en todas las -barandas del buque manojos de cintas multicolores. Son los restos del -tejido de serpentinas que se formó entre el paquebote y el embarcadero -durante una larga despedida. - -Grita la muchedumbre en los muelles, agitando sombreros y pañuelos. Se -oye, cada vez más lejos y por última vez, la romanza _El collar de las -islas_, entonada por la música de la ciudad. Un tropel de nadadores nos -sigue hasta fuera del puerto. Pero el _Franconia_ acelera su marcha y -los tritones canacos y japoneses acaban por quedarse atrás, esforzándose -por sacar medio cuerpo fuera del agua y darnos el último adiós con sus -manoteos y sus rugidos metálicos. Pasamos entre dos filas de boyas que -empiezan á iluminarse, marcando el canal que deben seguir los buques de -calado enorme. - -Cuando cierra la noche, Honolulu brilla en el fondo del horizonte como -un collar de diamantes desgranado, y esta visión resucita en mi memoria -el recuerdo de Valparaíso, el gran puerto de Chile, que vi hace muchos -años. Después que mis compañeros de viaje se sacian de contemplar las -hileras de luces, cada vez más pequeñas y lejanas, concentran su -atención en la vida de á bordo, preparándose para una travesía que será -la más larga del viaje. - -Durante diez días sólo veremos cielo y agua. Ni una isla, tal vez ni un -buque, por ser esta la parte menos frecuentada del Pacífico. En Honolulu -los tripulantes de un gran vapor japonés nos han dado malas noticias. -Reina un larguísimo temporal entre Hawai y las costas del Japón. Ellos, -como expertos hombres de mar, nos presagian un viaje penoso. Algunos -pasajeros que han dado la vuelta al mundo otra vez recuerdan que el mal -llamado Pacífico, en esta sección de su inmensidad se muestra siempre -áspero. - -Pasamos una mala noche navegando entre nuevas islas del archipiélago de -Hawai, pero al día siguiente empieza á mejorarse el tiempo. - -El capitán Melson es tenido entre los marinos de Inglaterra por muy -hábil para sortear las tormentas, evitando molestias á sus pasajeros. -Como el _Franconia_ no tiene las prisas de un paquebote mercante y -cuenta con las velocidades máximas de su máquina para resarcirse de las -pérdidas de tiempo, nos apartamos del rumbo ordinario, que es donde -reina ahora la tempestad, y en vez de subir inmediatamente hacia el -Noroeste en busca del Japón, seguimos por el interior del mar tropical, -como si nos dirigiésemos á las Filipinas. De este modo pasamos la mayor -parte de la travesía dentro de un mar tranquilo y tibio, vestidos de -verano, cual si navegásemos hacia un país del Trópico. - -Seguimos el empuje favorable de la corriente ecuatorial del Pacífico -Norte, prolongación de la que nace en las costas japonesas y da vuelta -ante las costas de California, volviendo al mismo sitio de su origen; -corriente que recibe el nombre japonés de Kuro Sivo (el Río Negro), á -causa del color de sus aguas. Dos días antes de llegar al Japón es -cuando el _Franconia_ pondrá proa al Noroeste é iremos hacia el puerto -de Yokohama, pasando casi instantáneamente del verano al invierno. - -Antes de este cambio de rumbo navegamos por unas aguas verdes, -luminosas, de fauna abundante, como las que vimos en las costas de la -América Central. Únicamente por el Norte se muestra el horizonte gris y -brumoso. Adivinamos la tempestad que asalta detrás de la niebla -lejanísima á los buques de itinerario fijo, y sentimos una satisfacción -egoísta al pensar que nosotros, como desocupados que pueden ir adonde -quieren, sin prisa alguna, vamos sorteando los rigores atmosféricos. - -Transcurren lentos días sin que el mar siempre desierto pueda ofrecernos -otros espectáculos que la salida y la puesta del sol. Todas nuestras -observaciones y deseos se concentran en la vida interior del buque, y -apenas nos fijamos en el Océano. El _Franconia_ cobija una actividad -intensa que no volverá á repetirse en el resto del viaje. Las -diversiones son incesantes; la orquesta trabaja más que nunca; todas las -tardes hay conciertos, todas las noches baile. - -Los profesores de la «American Express» dan conferencias con -proyecciones cinematográficas sobre el Japón y la Corea, los dos -primeros países que vamos á visitar. Muchos de nosotros creemos haber -vuelto, en una regresión juvenil, á nuestros tiempos de estudiante. -Vamos á clase todas las mañanas. Dos maestros de lenguas orientales dan -lecciones de japonés y de chino, y aprendemos unas docenas de palabras -en ambos idiomas que nos permitirán pedir modestamente las cosas más -elementales para nuestra existencia. - -Muchos días hay _Forum_, una especie de mitin presidido por el director -del viaje, en el que todos pueden pedir la palabra para exponer sus -dudas ó solicitar aclaraciones. Una señora pregunta si hay que llevar -mucho abrigo en el Japón; otra desea saber los precios corrientes de los -objetos artísticos y qué almacenes de Tokío son los que roban menos al -viajero; una, más allá, pide consejos higiénicos para precaverse de las -enfermedades del país... Y así continúan, con la curiosidad del pueblo -americano por saberlo todo, formulando preguntas y preguntas. Unas veces -contesta el presidente; otras, los mismos pasajeros que, por sus -estudios ó por viajes anteriores, pueden ilustrar á sus vecinos. - -Todas las mañanas, á primera hora, este pueblo marítimo desfila por un -salón en cuyas paredes están fijos los avisos de las fiestas del día y -reuniones instructivas, así como noticias importantes de lo ocurrido en -la tierra durante las últimas veinticuatro horas, transmitidas por la -telegrafía sin hilos. - -Las gentes se agrupan con arreglo á sus aficiones deportivas ó sus ideas -religiosas y filantrópicas. Hay anuncios solicitando una cuarta persona -para jugar al _bridge_. Muchas tardes se celebran torneos de dicho -juego, que apasionan extraordinariamente á las señoras. - -Otro juego, de moda reciente, rivaliza con el _bridge_. Es de origen -chino; unos le llaman _Mah Jong_ y otros _Pung Chow_. Las pasajeras van -de un lado á otro con la caja de sándalo contenedora de sus piezas de -marfil. Estas fichas tienen nombres extraordinariamente poéticos; pero, -según parece, el tal jueguecito chino es más temible que la ruleta para -devorar el dinero. - -Dos veces por semana hay carreras de caballos en la última cubierta, -con todas las ceremonias y preliminares de este deporte nacional en los -países de lengua inglesa. El establecimiento tipográfico del buque -imprime una lista con los nombres y particularidades de los caballos, -algunos de los cuales llevan de vez en cuando mis apellidos. En las -cubiertas de paseo se venden billetes para los que deseen apostar. - -Los caballos son juguetes de madera, corceles del tamaño de un conejo de -Indias, con aun _jockeys_ de distintos colores. El suelo de la cubierta -tiene un séxtuple semicírculo, dividido en casillas numeradas, todo ello -hecho con tiza. Los seis jinetes esperan en fila la señal de partir. La -campana llama al público indicando que va á empezar la carrera, lo mismo -que en los hipódromos. Una señorita, escogida por su belleza ó su -elegancia, es la encargada de arrojar por el suelo un dado enorme; y con -arreglo al número que permanece visible, el caballo agraciado va -avanzando tantas casillas como marca la cifra. - -Este público sencillo y entusiasta se enardece como si estuviese -presenciando una carrera en Londres ó en Nueva York. Además, casi todos -han apostado dinero, lo mismo hombres que mujeres. Los dólares salen de -los bolsillos en forma de pelotas de papel arrugado. Cada uno grita para -celebrar los avances de su favorito. Desde las cubiertas inferiores es -fácil imaginarse que se vive en tierra, oyendo á lo lejos los rugidos de -un hipódromo. - -Un grupo de pasajeros francmasones fija un anuncio en el salón llamando -á los compañeros de viaje que sean «hermanos», para constituir con ellos -una logia en el _Franconia_ mientras dure el viaje. El primer acto de la -nueva logia, dos días después, es una suscripción general pidiéndonos -dinero á todos para los hombres que trabajan en lo más hondo del buque -alimentando las máquinas. - -Algunos viajeros son pastores de las diversas confesiones del -cristianismo reformado, y al dar la vuelta al mundo, desean visitar las -misiones que han establecido sus correligionarios en China y el Japón. -Otro, procedente de Minnesota--uno de los Estados más interiores y -tranquilos de los Estados Unidos--, es un sacerdote católico muy joven, -grande de estatura, fuerte, con serena franqueza en su mirada y sus -ademanes. Tiene el aspecto de un boxeador simpático. Su cabellera espesa -y dura, cortada á estilo norteamericano, se alza sobre su cráneo como -una cresta ó una tiara. Nunca ha salido de su país, y desea ver el -mundo, como los demás; pero lo que á él le interesa especialmente es -conocer Jerusalén y Roma. En vez de buscar dichas ciudades por la parte -de Oriente, siguiendo el camino más corto, va simplemente á ellas dando -vuelta á la tierra entera. - -Es un creyente fervoroso y sincero, pero sin intransigencias; un -representante del catolicismo á estilo de los Estados Unidos, que es -allá la religión más democrática y algunas veces la más demagógica, por -figurar en ella muchos emigrantes pobres, á los que amarga su fracaso en -un país de ricos. - -Como dice la misa todas las mañanas á las siete, en uno de los salones -de baile, algunas señoras de gustos aristocráticos que son católicas le -piden que la retrase á las ocho ó las nueve, pues les resulta penoso -levantarse tan pronto. Pero el joven sacerdote, con su aire de boxeador -casto, poco sensible á los remilgos femeninos, contesta que él celebra -su misa para los irlandeses, camareros y marineros del buque, y éstos -sólo pueden oirla á las siete, antes de empezar su servicio. - ---Levántense temprano--termina diciendo--. Ustedes nada tienen que -hacer, y yo por complacerlas no voy á dejar sin misa á los que trabajan. - -Hay en el _Franconia_ otro representante del espíritu religioso más -original y extraordinario. Es un joven de veintiocho años, cuya estatura -casi alcanza á dos metros. Su cabeza es interesante, con ojos rasgados, -algo femeninos, y luengas y rizadas melenas. El cuerpo está deformado -por una obesidad impropia de su juventud. Tiene gran vientre y caderas -amplísimas; pero á pesar de su desbordamiento adiposo se entrega con -frecuencia á deportes violentos que agitan su cabellera rizada y una -gran cruz pendiente sobre su pecho. - -Este joven es nada menos que el fundador de una religión, y embarcó en -San Francisco por tener su sede en Los Ángeles, hermosa ciudad de ricos -y desocupados, prontos á aceptar todo lo nuevo que les parezca -interesante. - -En este buque, poblado de personas que se acostumbraron desde la escuela -á respetar todas las creencias, nadie se extraña ni hace objeto de burla -el viajar con el fundador de una nueva religión. Raro es el año en que -dejan de surgir varias en los Estados Unidos, y aunque las más -desaparecen con igual facilidad, algunas sobreviven y adquieren una -fuerza considerable. El pueblo norteamericano se preocupa como ningún -otro del problema religioso, tal vez á causa de su curiosidad nativa que -le hace pensar frecuentemente en el misterio de la muerte y en lo que -puede encontrarse después de ella. - -Al norteamericano no le extraña ninguna doctrina religiosa, y es incapaz -de burlarse de ella por extravagante que parezca á los demás. Lo único -que no puede concebir es que se viva sin una religión, sea la que sea; -lo que no llegará á imitar nunca es la tolerante y sonriente -incredulidad que tanto abunda en Europa. - -Cuando yo comento la exagerada juventud de dicho profeta, varias damas -me contestan que todos los fundadores de religiones empezaron á propagar -sus doctrinas antes de los treinta años. - -Este Mesías de Los Ángeles ha sido seminarista católico, pero abandonó -su carrera para intentar la estupenda obra de unir todas las religiones -en una sola, entresacando lo mejor de cada dogma: algo semejante al -«esperanto» en la lingüística. El fondo de su doctrina es el -cristianismo, pero añadiendo la reencarnación del alma, proclamada por -muchas religiones del Extremo Oriente. Admira á Buda, y hace este viaje -para ver de cerca el culto búdico, en el Japón y la China, hablando con -sus principales representantes. - -Una mañana da una conferencia en el gran salón sobre Buda y su doctrina, -y asisten á ella, en lugar preferente, los pastores protestantes y el -sacerdote católico. Es un espectáculo característico de la vida -norteamericana que los «latinos», violentos é intolerantes, no podemos -concebir, y extraña á nuestros ojos cuando lo presenciamos. - -A la salida de la conferencia pretendo que el sacerdote católico -abandone su cortés tolerancia é inicio para conseguirlo algunas críticas -sobre lo que ha dicho el conferencista. Pero no me sigue, y, muy al -contrario, contesta con una tranquilidad de hombre respetuoso para las -creencias ajenas: - ---Si piensa sinceramente lo que dice, allá él, aunque yo le considere en -el error. Lo importante es que crea en Dios y en las leyes eternas de la -moral. - -Los pastores protestantes, aunque no saludan al inventor religioso, le -miran sin animosidad cuando pasa ante ellos llevando sobre su pecho la -insignia de su alta jerarquía: una cruz de oro con una estrella -superpuesta de plata y piedras preciosas, joya ritual de gran valor -ideada por él y que deben haberle regalado sus devotas de Los Ángeles. - -Un poco antes de la mitad de nuestra navegación, estando entre Hawai y -el archipiélago japonés, nos ocurre algo extraordinario que sólo pueden -conocer los que hayan dado la vuelta al mundo. Todos los pasajeros y -tripulantes del _Franconia_ perdemos un día de nuestra vida; mejor -dicho, dejamos de vivir veinticuatro horas de nuestra existencia, que -caen al mar sin ser utilizadas. - -Esto merece una explicación. El lector tal vez recuerde una novela de -Julio Verne, _La vuelta al mundo en ochenta días_, que hizo las delicias -de nuestra infancia. El protagonista Phileas Fox, al volver á su casa de -Londres, cree perdida su apuesta por haber pasado ochenta y un días en -su viaje alrededor del mundo, cuando el plazo convenido era de ochenta. -Mas al mirar su almanaque de pared ve que no es jueves, como él creía, -sino miércoles. - -El héroe de esta novela lleva ganado un día sobre los demás hombres -porque ha hecho el viaje de Occidente á Oriente, al revés que nosotros. -Los pasajeros del _Franconia_ vamos de Oriente á Occidente, ó sea -siguiendo el aparente curso del sol. Pero como éste viaja más aprisa que -nosotros, cada día perdemos una hora. - -Ya llevamos perdidas, con arreglo al meridiano inglés de Greenwich, que -es el que rige la vida del mar, unas doce horas desde que emprendimos -nuestro viaje, y de continuar así, al haber dado la vuelta entera á la -tierra, nos ocurriría lo que á Sebastián del Cano y sus compañeros en la -primera circunnavegación del planeta. Cuando hambrientos y con la nave -destrozada tocaron estos héroes en las islas de Cabo Verde, vieron con -asombro que los habitantes del país vivían en un jueves, cuando ellos, -según el diario de á bordo, estaban todavía en un miércoles. - -En igual confusión nos veríamos nosotros, si las leyes modernas que -regulan la vida marítima no hubiesen establecido una costumbre para -corregir tal desarreglo. Cuando en las cercanías de Hawai se llega al -meridiano 180, antípoda del meridiano de Greenwich, si el buque va hacia -Asia los tripulantes suprimen un día, y si viene hacia América, ó sea en -dirección contraria, viven un mismo día dos veces. - -Por eso yo tengo en mi existencia un día que no he vivido, una semana -que careció de lunes. El 17 de Diciembre de 1923 fué una realidad para -todos los habitantes del planeta, menos para los que íbamos en el -_Franconia_. Saltamos del domingo 16 al martes 18, arrancando de una -sola vez dos hojas del almanaque. - -En verdad pasamos el meridiano 180 el día 16, pero dicha fecha era -domingo, y está admitida una pequeña superchería geográfica en los -buques, para que no se perjudique la religiosidad dominical. El domingo -es el único día de la semana exento de supresión, evitando de tal modo -que los navegantes se vean privados de servicio religioso. - -Al principio no se pensó en esto, y según cuentan las gentes de mar, tal -omisión dió motivo á incidentes graciosos. A veces iba en el buque algún -reverendo misionero que preparaba cuidadosamente un sermón para el -próximo domingo, con el noble propósito de convertir á muchos pecadores -y pecadoras, compañeros suyos de viaje. Y al levantarse en la mañana de -dicha fecha, se enteraba con asombro de que no había domingo, por haber -saltado todos, tripulantes y pasajeros, de un sábado á un lunes, y tenía -que guardarse su sermón. - -Según nos aproximamos á las costas japonesas va enfriándose la -temperatura y se agranda en mi interior una inquietud que viene -acompañándome desde Europa. - -Hace cuatro meses, á fines de Agosto, estando en mi casa de Mentón, -recibí una carta suscrita por dos profesores japoneses que han traducido -algunas de mis novelas. Se habían enterado de mi próximo viaje y me -anunciaban, con su fina cortesía nipona, un cariñoso recibimiento y -varias fiestas en mi honor, cuando llegase á su país. - -Seis días después, el 1.° de Septiembre, circuló por el mundo la noticia -del gran temblor de tierra que ha destruído completamente á Yokohama y -quebrantado á Tokío y otras ciudades japonesas. Nunca en los siglos -conocidos de la historia humana ocurrió una catástrofe tan enorme y que -causase tantas víctimas. - -Marcho hacia el Japón sin haber recibido noticia alguna de allá, después -del cataclismo. Por la noche miro ansiosamente hacia el punto del -horizonte donde creo que están ocultas las islas japonesas. - -¿Vivirán aún Hirosada Nagata, Shiduo Kasai y otros traductores míos?... -¿Encontraré á mis amigos japoneses en el muelle destruído de Yokohama, ó -saldrá á recibirme la noticia de su muerte?... - - - - -XIV - -LOS RESTOS DEL CATACLISMO - - Después de diez días de soledad oceánica.--Aparición matinal del - Fuji.--Los marinos de la bahía de Tokío.--Carabelas con motor.--La - antinomia japonesa.--Enorme destrucción de Yokohama.--La ciudad - como fué y como la vemos.--Llegada de mis amigos.--La «koruma» y el - caballo humano.--El engaño de la noche en Yokohama.--Vamos en busca - del verdadero Japón. - - -Al cerrar la noche, un buque pasa por la línea del horizonte, y esto es -para nuestros ojos un suceso extraordinario. Llevamos diez días de -navegación, sin que nada altere la monotonía del mar. Este paquebote, de -una Compañía que hace el servicio entre el Japón y Canadá, representa -para nosotros una certidumbre de que la humanidad no ha dejado de -existir. Es la vida de nuestra especie, la historia humana, que vienen -otra vez á tomarnos. - -Todos sentimos un deseo vehemente de pisar tierra. Muchos no pueden -ocultar su alegría al darse cuenta de que sólo nos separan del Japón -unas cuantas horas nocturnas y al amanecer veremos la línea dentellada -de sus costas, en vez de la horizontalidad azul del Pacífico. Los más se -levantan con las primeras luces del día y suben á las cubiertas, -arrebujados en abrigos de invierno que tuvieron que buscar -apresuradamente. El cambio de temperatura ha sido casi instantáneo. El -frío parece influir en el aspecto del mar. Se entenebrece el espacio -con una bruma que es en realidad polvo acuático arrancado á las olas por -el viento. Al salir el sol se forma delante del buque un gran arco iris, -que por sus colores recuerda la pintura de los artistas japoneses. - -Huyen de tierra las olas para perderse en las soledades del Pacífico. -Vienen al encuentro de nuestro buque y se alejan hacia la inmensidad -oceánica. Todas ellas, al recibir de frente los rayos casi horizontales -de un sol todavía bajo, brillan como si fuesen de oro en su parte -cóncava, mientras la convexidad de su lomo es de un verde obscuro y -tempestuoso. - -Un grito de curiosidad y admiración circula de pronto por las cubiertas, -saludando un descubrimiento. Acaban de rasgarse y disolverse los vapores -del horizonte, el cielo queda limpio, y á enorme altura vemos una -especie de nube sonrosada y triangular que refleja la luz del sol. Todos -la reconocemos. Es el célebre Fuji-Yama (Monte Fuji), el volcán -desmochado y con eterna esclavina de nieve que aparece en tantas -estampas y tantos biombos y abanicos japoneses, como resumen de las -bellezas de la tierra nipona. - -No conozco montaña que dé una sensación de abrumadora enormidad como -este volcán, situado en el país de la pequeñez graciosa, de las casitas -que parecen juguetes, de los paisajes creados para muñecas. Muchas cimas -famosas de los Andes y del Himalaya no despiertan la misma admiración, -por estar rodeadas de una escalinata descendente de montañas secundarias -que disimulan su altitud. El Fuji no tiene á su alrededor nada que le -encubra. Corta el horizonte con los perfiles completos de sus laderas, -desde la base hasta el cono truncado de su cumbre, en otro tiempo -puntiaguda y ahora horizontal, por haber volado parte de su cráter una -remotísima erupción. Las montañas que le rodean y las costas inmediatas -nos parecen muy bajas. El gigante vive en un aislamiento orgulloso, -acaparando la mayor parte del horizonte, envuelto en su manteleta de -nieves, que se acorta ó crece según las estaciones del año, -prolongándose en onduladas franjas. - -Entramos en la dilatada bahía de Tokío donde está Yokohama. Este mar -interior tiene en lo más profundo de su curva la capital del Japón; pero -como las aguas cerca de Tokío carecen de la profundidad necesaria para -los buques modernos, los japoneses establecieron, diez y ocho millas más -al Oeste, en una pobre aldea de pescadores llamada Yokohama, un puerto -que fué poco después uno de los núcleos del comercio del mundo, al -abrirse el país á la vida internacional. - -Esta bahía tiene á un lado Tokío, en el centro Yokohama, y al Oeste, -fuera de su boca, la derruída ciudad de Kamakura. Hace siglos figuró -como capital del Imperio. Ahora, Kamakura sólo interesa por sus viejos -templos, perdidos entre la vegetación de bosques y jardines. Éstos -cubren á su vez un suelo que fué el de antiguas plazas y avenidas. -Detrás de Kamakura se alza la mole del monte Fuji á más de 4.000 metros -sobre el nivel del mar, tocado con su caperuza de escamas de nieve, que -los poetas del país comparan á los pétalos de la flor del loto. - -Vemos unos islotes pequeños, casi á flor de agua, semejantes al -caparazón redondo de las tortugas. Todos ellos están fortificados con -baterías de cúpula. Nuestro paquebote navega lentamente entre enjambres -de barcos menores. Sale á nuestro encuentro, por primera vez, la -pintoresca antinomia, la contradicción original y violenta que nos -acompañará siempre en este país. Es la mezcla del pasado y el presente, -de una tradición orgullosa que no quiere morir, considerándose superior -á todo lo extranjero, y de un afán habilidoso por apropiarse é imitar lo -que ha producido y puede producir en lo futuro ese mismo extranjero tan -despreciado. - -Las más de las embarcaciones son buques veleros de forma arcaica, con la -popa alta y la proa baja, lo mismo que las antiguas carabelas. Algunas -hasta conservan el velamen de piezas superpuestas y plegables, como las -persianas ó los abanicos, igual que se ve en las estampas japonesas. Sus -tripulantes van vestidos con un kimono obscuro y llevan el pelo recogido -sobre el cogote, á estilo mujeril. Otros usan sombrero en forma de -sombrilla, chaqueta corta de mangas perdidas, y llevan las piernas -desnudas, con un simple pañizuelo entre ellas que los sirve de -calzoncillo. Pero toda esta marina de otros siglos ha colocado en sus -barcas de pesca ó de cabotaje motores de petróleo, que suplen las -ausencias del viento. En algunos vaporcitos blancos, de reciente -construcción, el capitán, erguido en el puente y con el kimono batido -por el viento, parece escapado de una lámina de las antiguas historias -de piratas. - -Pasamos junto al arsenal de Yokohama. Eclipsando en parte las techumbres -de los astilleros, ocho grandes acorazados lanzan el humo de sus -chimeneas, y otra vez sentimos extrañeza al pensar que estas formidables -máquinas de guerra, copiadas de los países occidentales y que -consiguieron muchas veces la victoria, pertenecen á estos hombres que al -verse solos en sus casas ó en sus buques se visten como se vestían sus -ascendientes hace siglos, imitando todos los gestos de su vida remota. - -El cielo es azul y ha quedado limpio de nubes, brilla el sol, pero según -nos aproximamos á la costa aumenta la frialdad de un viento que parece -su respiración. Estamos á fines de Diciembre y nos hemos alejado de -nuestro océano tropical. Además, el frío es siempre más intenso en la -tierra que en el mar. - -Flotan sobre las aguas verdes y amarillentas de la bahía anchas fajas -blancas, que parecen espumas de ola cristalizadas y fijas. Son grupos de -gaviotas encarnizándose en bancos invisibles de peces. La gran cantidad -de barcas pescadoras que pasan junto á nosotros, izando sus velas de -persiana ó de lienzo blanco á rayas negras, revelan la fauna abundante -de este mar interior. - -Grupos de vapores anclados forman islas de mástiles y chimeneas. Nos -deslizamos por las tortuosas avenidas que deja libres este -amontonamiento de buques inmóviles. Entre los barrios flotantes van y -vienen otros barcos más pequeños, que se pegan á sus costados para -recibir sus cargamentos ó suministrarles agua y carbón. - -Al dejar atrás esta ciudad flotante que cabecea sobre sus áncoras -descubrimos Yokohama de un extremo á otro, sin que nada nos impida -apreciar de golpe el aspecto de su desolación inmensa. - -Yo he visto Reims después de varios meses de bombardeo; he visitado -durante la última guerra poblaciones destruídas sistemáticamente por la -invasión alemana; pero el horror de esta ciudad enorme sacudida en sus -cimientos por los temblores del suelo y consumida luego por las llamas -es mucho más impresionante y doloroso. El hombre, á pesar de sus -maldades científicas, no puede realizar en años la labor destructiva que -una naturaleza inconsciente obra en el transcurso de unos minutos. - -Vemos filas interminables de almacenes y fábricas que sostuvieron hace -cuatro meses una techumbre y ahora no son mas que tapias de corral -derruídas. No hay nada que corte el horizonte verticalmente, ni una -torre, ni una casa de dos pisos. Todo está por el suelo. Ninguna obra -se atreve á ir más allá de la estatura humana. Algunos muros chamuscados -por el incendio, que parecen simples cercas, los van señalando los -viajeros que conocieron Yokohama antes del terremoto. Allí estaban los -grandes Bancos, los almacenes de múltiples pisos á imitación de los de -Nuera York, varios hoteles iguales por sus comodidades á los «Palaces» -más famosos. - -Yokohama tenía su Gran Hotel, construcción altísima que era un motivo de -orgullo para la ciudad. Los que presenciaron el cataclismo se valen -siempre de la misma imagen para describir su destrucción. Desapareció -como los helados en forma de pirámide que se sirven á los postres de una -comida y son cortados en rodajas por el cuchillo de los comensales. Al -sacudirlo el estremecimiento telúrico, un cuchillo invisible lo fué -partiendo en pedazos, y éstos cayeron uno sobre otro, llevando cada cual -en las celdillas de su interior una agitación de pobres insectos humanos -aullando de miedo ó enmudecidos por el espanto. - -Los que conocieron el Yokohama de hace cuatro meses recuerdan los -esplendores de sus grandes calles, embellecidas por el comercio. Aquí -estaban las mejores tiendas del Japón, joyerías, depósitos de perlas, de -sedas, de alhajas. Además, por ser puerto terminal de las grandes líneas -de navegación, algunos de sus barrios tenían la alegría ruidosa y -pintoresca que gozaron siempre los lugares marítimos famosos, desde la -más remota antigüedad. Había calles enteras de teatros, de -cinematógrafos, de casas de té, abundantes en bailarinas y cantoras, y -de otros establecimientos con mujeres pintadas vistiendo kimonos -floridos y esperando en la puerta el momento de la servidumbre sexual, -con la tranquilidad propia de un país que, hasta hace pocos años, -consideró la prostitución industria útil, sin deshonra para las -familias de las hembras que la ejerciesen. - -Europeos y americanos establecidos en Yokohama habían cubierto sus -alrededores de graciosas casitas con jardín. Sobre las colinas había -numerosos templos budistas y sintoístas, venerables y tranquilos como -los de Kamakura. El pueblo japonés, gustoso de vivir entre flores, -improvisaba minúsculos jardines en todos los rincones de tierra -encontrados á su alcance, por pequeños que fuesen. Muchachas del país, -_musmés_ frágiles como muñecas, con peinado enorme y un lazo en forma de -almohadilla á continuación de la espalda, sonreían al transeunte, -cantando con suave voz de gatita á las puertas de sus casas de juguete, -mientras tañían una diminuta guitarra de largo mástil... Y todas las -prosperidades y riquezas de un comercio enorme, todas las flores, -sonrisas y cánticos de una vida dulce, quedaron suprimidos en menos de -media hora. - -Ardió casi instantáneamente la ciudad por el centro, por todos sus -extremos. Un ciclón trasladó las llamas á enormes distancias sobre esta -aglomeración de barrios formados con edificios de madera y papel. Las -grandes construcciones de cemento y metal, partidas por el temblor, -cayeron igualmente en el brasero. Se inflamaron en inmensa llamarada los -gigantescos depósitos de gas y de petróleo. Algunos buques brillaron en -pleno día como antorchas movibles, huyendo á toda máquina de su contacto -mortal los otros que habían conseguido librarse de las llamas. Cegadas -por el fuego, ennegrecidas por el humo, se arrojaron á miles las gentes -en el mar, pidiendo socorro á las lanchas repletas y hundidas casi hasta -sus bordas, que iban de un lado á otro, no pudiendo recoger tantos -fugitivos. - -Los que vieron Yokohama en otro tiempo y contemplan ahora sus ruinas -desde el buque, dicen todos lo mismo: - ---Ha sido más horrible que lo imaginábamos... - -El gobierno japonés, procediendo de un modo opuesto á los gobiernos -occidentales, tuvo empeño en ocultar desde el primer momento la magnitud -de la catástrofe. Ha preferido remediar por sí mismo su desgracia, antes -que inspirar á los otros pueblos una compasión molesta para su orgullo. - -Varias lanchas de vapor se pegan á nuestro buque y un grupo numeroso de -japoneses me busca por las diversas cubiertas. Los más de ellos son -periodistas, preguntones y ágiles, venidos de Tokío, y que se valen de -la máquina fotográfica lo mismo que un reportero norteamericano. Con -ellos llegan varios profesores de la Universidad que se dedican á la -enseñanza de las lenguas europeas, y entre los cuales figuran mis -traductores. - -Ninguno de ellos ha muerto. Como la gran catástrofe ocurrió el 1.° de -Septiembre, época en que se ven más frecuentadas las playas de moda y -las estaciones balnearias de la montaña, las gentes de cierta posición -social libraron sus vidas. El pueblo, retenido en las ciudades de la -costa por su trabajo, y los comerciantes modestos, sufrieron la mayor -mortandad. - -Todos mis amigos son japoneses, pero hablan fácilmente el español. Unos -lo han estudiado sin salir del país; otros estuvieron en Filipinas ó -vivieron largas temporadas en las Repúblicas sudamericanas del Pacífico. -Llegan con ellos dos europeos: don José Muñoz, profesor de lengua y -literatura españolas en la Universidad de Tokío, y un joven portugués -muy inteligente, llamado Pinto, que enseña á los estudiantes japoneses -la lengua y la literatura de su país. - -Es al bajar á tierra cuando me doy cuenta de la inmensidad de la -catástrofe. Los antiguos muelles sólo existen á trechos. El temblor los -hizo pedazos. Unos fragmentos rodaron al fondo de las aguas; otros han -quedado aislados, y hay que ir pasando con lentitud por varios puentes -de madera á lo largo de estos islotes informes de mampostería. - -Vemos á través del verde cristal oceánico las moles sumergidas del -muelle, y entre sus masas hierros retorcidos, ruedas de automóviles, -pedazos de camión y de grúa, materias aplastadas y multicolores, de -diversas formas, que se van unificando bajo la capa vegetal creada por -las aguas. Los japoneses, con sus ojos impasibles, su eterna sonrisa y -su voz dulce que parece dar una sencillez infantil á las palabras más -graves, me explican la escena horripilante que se desarrolló en este -muelle. - -Ocurrió el temblor en el momento que iba á partir un gran paquebote para -la América del Sur. Eran numerosos los viajeros importantes, y había -acudido mucha gente á despedirlos. El muelle estaba cubierto de -automóviles. Muchas personas huyeron sin saber lo que hacían; otras se -refugiaron en los buques. Los que se quedaron en los muelles, creyendo -estar más seguros, perecieron todos. - -Mis amigos me señalan en el fondo del agua objetos informes que oprimen -con su peso los bloques rotos del muelle, y asoman por sus costados. -Allí están centenares y centenares de cadáveres. La tenacidad con que -las bandas de peces, grandes y chicos, acuden á estos restos de la -catástrofe revela la existencia de un enorme pudridero humano. - -Nadie puede pensar por el momento en poner remedio á tal abandono. El -cataclismo ha ido más allá de las fuerzas del hombre. En las calles de -Yokohama y de Tokío hubo que amontonar los cadáveres á miles y rociarlos -con petróleo para que el fuego los consumiese, sin aguardar á -identificaciones. Bien se hallan estos otros en su tumba marítima. - ---Además, la tierra sigue temblando con alguna frecuencia--me dice uno -de los periodistas--, y ¡quién sabe cuándo llegará la verdadera hora de -proceder á la reconstitución de lo destruído!... - -Estas palabras de mi acompañante las recordé pocas semanas después, -estando en China. La tierra volvió á temblar en Yokohama, así como el -fondo de su bahía. Yo pude aún pasar sobre los restos del antiguo -muelle, partido en islotes que estaban unidos por puentes de tablas. -Poco después, un nuevo temblor hizo que el mar se tragase completamente -este muelle que pisé al desembarcar. - -Corremos las calles de la ciudad montados en _koruma_. El lector sabe -indudablemente lo que es este vehículo, cochecito de un solo asiento, -con ruedas muy altas y ligeras, del que tira un hombre uncido á sus -varas. - -Por primera vez uso este medio de locomoción, venciendo la repugnancia -que nos inspira á los occidentales. Pero en todos los países asiáticos -es el más usual, y casi siempre sustituye el hombre á los cuadrúpedos en -sus sistemas de tracción. Resulta más barato y más abundante que el -caballo ó el buey. Al principio siento remordimiento viéndome llevado -por un semejante mío que trota como una bestia. Poco á poco me -acostumbro al nuevo medio de circulación, como les ocurre á todos los -occidentales, y al final le encuentro ciertas ventajas. Es agradable ir -de un lado á otro con un caballo inteligente al que puedo hablar, y que -algunas veces, dejando sobre el borde de la acera las varas ligeras de -su vehículo, entra conmigo en templos y almacenes, sirviéndome de guía -é intérprete. - -En Yokohama hay que valerse de la _koruma_, por ser más cómoda que el -automóvil. Las calles están todavía rajadas por grietas profundas y con -montones enormes de escombros. En algunos sitios se ha abierto el suelo -en profundos embudos, como si hubiesen estallado sobre él grandes -obuses. Las ondulaciones telúricas dejaron hondos rastros de sus -inexplicables caprichos. Hay calles en que se abrió la tierra, y después -de tragar á la muchedumbre fugitiva volvió á cerrarse como un escotillón -de teatro, sin dejar señal alguna de su humano devoramiento. Más allá se -partió solamente en grietas; pero al cerrarse éstas, sujetaron, como -trampas para cazar lobos, las piernas humanas; y las víctimas retenidas -por la sorda tenaza vieron llegar hasta ellas el incendio, ardiendo como -cirios. - -Pero la vida es más fuerte que las cóleras de la Naturaleza. El instinto -de conservación la hace renacer, como las vegetaciones que se extienden -sobre los escombros de los cataclismos. - -Una muchedumbre enorme ha vuelto á instalarse en la ciudad desaparecida, -acampando entre las ruinas de sus casas. Si el gobierno diese permiso -para reconstruirlas, estarían terminadas hace ya tiempo, pues la casa -japonesa, toda de madera y tabiques de papel, es fácil de improvisar. -Además, el japonés, hábil de manos y con gran espíritu práctico, no -pierde el tiempo en lamentaciones y procura rehacer lo antes posible el -curso normal de su existencia. Hay que recordar cómo dos días después de -la gran catástrofe los Bancos de Tokío volvieron á abrir sus oficinas y -el comercio continuó sus negocios. Pero el gobierno está estudiando un -nuevo sistema de construcción, con el propósito de impedir que el -incendio siga á los temblores; y mientras no autorice la edificación -definitiva, las gentes viven en barracas de paja y tiendas de lona. - -Como Yokohama conserva su vecindario de antes, aunque considerablemente -disminuído por la catástrofe, la mayor parte de los servicios públicos -han sido reanudados con una prontitud que tiene algo de cómica, á pesar -de la tristeza del ambiente. No hay casas, pero hay personas; y para -comodidad de éstas se ha restablecido por completo el alumbrado de las -calles y el servicio de tranvías. - -Sobre las grietas enormes que parten el suelo pasan rieles sostenidos -por caballetes de madera. Entre los montones de escombros que guardan -aún restos humanos se yerguen troncos de pino sostenedores de cables -eléctricos y de lámparas. - -Al volver á la ciudad en plena noche, después de vagar por sus -alrededores, se imagina uno que el relato de la catástrofe, repetido por -todos, es una mentira colectiva. El cielo está intensamente rojo, pero -tal resplandor no es de incendio, sino el simple reflejo de los miles y -miles de luces de la gran ciudad, que todas las noches, al quedar bajo -las sombras, parece no haber sufrido ninguna destrucción. Desde las -alturas inmediatas se la adivina tal como fué por el trazado de las -luces, que marcan la amplitud de sus grandes avenidas, así como las -fajas más modestas de sus calles laterales. Las filas entrecruzadas de -puntos brillantes hacen creer en la existencia de una gran urbe sobre un -suelo que en realidad sólo mantiene ruinas. - -A la media hora de pasear en _koruma_ por Yokohama me siento tristemente -aburrido. Estamos en un cementerio lleno de gentes; pero un cementerio -sin panteones y sin vegetación, de paredes chamuscadas, montones de -cascote y anchas zanjas con agua putrefacta. - -Los hombres que trabajan en las calles, aunque son japoneses, tienen un -aspecto casi occidental. Llevan gorras y pantalones azules, iguales á -los que usan los jornaleros de Europa; hasta emplean para el manejo de -sus herramientas guantes de mosquetero, como los trabajadores de Nueva -York. Las familias acampadas van vestidas igualmente, con una mezcolanza -de prendas del país y europeas. No se ve el Japón por ninguna parte. - -Al frente de nuestro grupo va un profesor llamado Kanazawa, que ha sido -comisionado por el Ministerio de Negocios Extranjeros para guiarme y -acompañarme mientras esté en el Japón. Este señor, que conoce su país -como muy pocos, es autor de un Diccionario japonés-español, y ha vivido -en Chile, Perú y otros países americanos de lengua española. Muestra una -inteligencia muy ágil, y su cortesía resulta extraordinaria aun en este -país donde los hombres pueden ser considerados como los más corteses de -la tierra. - -Adivina sin duda en mis ojos la decepción y el tedio al repetir nuestros -paseos por esta tierra de ruinas, cuando ya se ha extinguido el interés -que inspiran las primeras impresiones de horror. Comprende que ha -llegado el momento de hacerme ver el Japón, y después de procurarse un -automóvil--lo que no es fácil en una ciudad cubierta de escombros--, da -sus órdenes al conductor: - ---Vamos á Kamakura. - - - - -XV - -LA DULCE ESFINGE DE KAMAKURA - - Origen divino del pueblo japonés.--La vanidosa hermosura de la - diosa del Sol y las barbaridades de su hermano y esposo.--El Espejo - y el Sable.--Una dinastía de 2.600 años.--El feudalismo - japonés.--Los daimios y sus fieles samurais.--La corte de Kioto la - Santa.--Los «Generalísimos» de Kamakura.--Kio-To y To-Kio.--El - Camino de Kamakura.--Ante la imagen del Gran Buda.--La diosa de la - Misericordia.--Un gigante divino de bronce sumido en la noche.--Lo - que dice la sonrisa de la Esfinge dulce. - - -El pueblo japonés es de origen divino. De ahí su orgullo inmutable, que -data de veinticinco siglos. - -Los principios de su mitología resultan obscuros y complicados. Vagan en -su limbo muchos dioses de historia y atribuciones inciertas. Los -primeros conocidos son Izanagui y su esposa Izanami. Este matrimonio de -dioses era tan inocente que ignoraba el amor, y fueron dos pájaros los -que se lo enseñaron. Por eso los representa la imaginería japonesa -contemplando atentos la lección de la pareja alada. - -El resultado de sus amores fué unas veces geográfico y otras carnal. La -divina Izanami dió á luz varios dioses; pero también surgieron de sus -entrañas las ocho islas grandes del Japón con su cortejo de numerosas -islitas. - -Al arrojar al mundo el dios del Fuego, murió á consecuencia de este -parto ígneo, y su marido quiso recobrarla penetrando en el reino de los -muertos, como Orfeo, el divino cantor, fué en busca de su difunta -Eurídice. Después de numerosos combates para abrirse paso, el valeroso -Izanagui rescató á su esposa; pero al abrazarla lo hizo con tanto -entusiasmo, que rompió uno de los dientes de su peineta, y la majestuosa -diosa se transformó en un amasijo de carnes putrefactas, cayendo al -suelo. Para purificarse de tal contacto el viudo se bañó en un torrente, -y de cada una de las piezas de su vestidura, abandonada en la orilla, -fué surgiendo un dios. Además, de su ojo izquierdo nació Amatérasu, la -diosa del Sol; de su ojo derecho, el dios de la Luna, y de su nariz, -Susanoo, el Hércules de la mitología japonesa, más violento aún que éste -en sus hazañas guerreras y sus acometividades amorosas. - -Del acoplamiento de la hermosa Amatérasu y del agresivo Susanoo -descienden los actuales emperadores del Japón. Como estos dioses eran -hermanos, resulta extremadamente inmoral para los occidentales el origen -divino de los soberanos japoneses; pero bueno es recordar que en los -primeros tiempos de la creación, explicados por los libros santos del -cristianismo y por los de otras religiones antiguas de Europa, existe -igualmente el incesto. Los hijos de Adán, para perpetuar la especie, -tuvieron que unirse con sus hermanas, las hijas de Eva. Los dioses -escandinavos aparecen igualmente en los poemas, aprovechados -musicalmente por Wágner, dando vida á hijos é hijas, que se ayuntan para -crear los primeros hombres. - -Los amores y las rencillas de la diosa del Sol con su hermano el -Hércules japonés ocupan gran parte de la mitología nipona. Susanoo era -de carácter tan violento, que al disputar una vez con su hermana arrojó -un caballo muerto sobre el telar en que tejía ésta, rompiendo su labor, -Amatérasu, ofendida, fué á ocultarse en una gruta, y el mundo de los -dioses quedó consternado por esta fuga, que privaba á la tierra de su -luz solar. Pero uno de ellos, que sin duda representaba la Astucia y era -experto conocedor de la vanidad femenina, llevó á una diosa subalterna -de gran belleza frente á la entrada de dicha gruta, tapada con enormes -piedras. - -Todos los dioses formaron una orquesta con coros, y al son de la música -y los cánticos la diosa empezó á danzar. A cada vuelta hacía caer una -prenda de su vestido, y el coro de dioses elogiaba con entusiasmo el -esplendor de las formas desnudas que iban apareciendo paulatinamente al -desprenderse los velos. - -Amatérasu, que escuchaba oculta tales alabanzas, se sintió celosa al -enterarse de que existía una mujer más hermosa que ella, y fué separando -poco á poco las piedras de la entrada para ver si realmente merecía la -otra tales homenajes. El astuto dios, que esperaba este momento, agarró -las piedras entreabiertas y las echó abajo, tirando de Amatérasu hasta -ponerla frente á la deidad desnuda. En el primer instante tuvo que -reconocer con cierto dolor la belleza de su rival. Luego le dieron un -espejo de mano para que se contemplase, y recobró su tranquilidad al -convencerse de que era más hermosa que la otra. Esto la puso de buen -humor, y accedió á desistir de su aislamiento, volviendo otra vez á -iluminar el mundo. - -Susanoo fué expulsado del cielo para que no molestase más á su hermana, -y recibió el imperio de los mares, matando en ellos un dragón de ocho -cabezas y otras bestias maléficas con un sable encantado. Un nieto de -Susanoo y Amatérasu fué el primer Mikado ó emperador del Japón que -registra la Historia, llamado Jimmuteno. De él descienden en línea -directa los soberanos del pueblo japonés que han venido sucediéndose en -el trono durante 2.600 años. - -Las dinastías reales de Europa se consideran antiquísimas al poseer una -historia de unos cuantos cientos de años, y no son mas que familias de -advenedizos comparadas con la lista cronológica del Mikado, que ocupa -sin ninguna interrupción veintiséis siglos. Además, todos los monarcas -tienen un origen puramente humano. El fundador de una familia real es -siempre algún aventurero heroico ó un político astuto y de suerte. -Únicamente descienden de dioses los emperadores del Japón. Su primer -antepasado tuvo por abuelos á la diosa del Sol y al dios del Valor. - -Se comprende la veneración inconmovible, la fe sólida, más allá de todo -raciocinio, que el pueblo japonés ha sentido durante miles de años por -sus emperadores. Esta adhesión aún persiste en los soldados, en los -campesinos, en todas las clases sociales que no han sido influenciadas -por la crítica y la duda que aportaron á su país el progreso material y -las ciencias de los pueblos occidentales. La devoción del japonés por el -Mikado puede compararse, como dice Brieux, á la que habría sentido hasta -hace poco cualquier pueblo de Europa cuyos reyes fuesen descendientes -directos de Jesucristo. - -Los emblemas del emperador japonés son un espejo de mano, un sable y una -joya. El espejo de mano es el mismo que los dioses entregaron á -Amatérasu para que contemplase su belleza. - -Cuando la diosa regaló á su nieto Jimmuteno las islas del Japón, -nombrándole para siempre emperador de ellas, le entregó los tres Tesoros -Sagrados: el Espejo, el Sable y la Joya, diciéndole que éstos eran los -signos de su dignidad soberana y debía transmitirlos á sus -descendientes. «Tú y los hijos de tus hijos consideraréis este Espejo -como si fuese mi propia persona.» - -El Espejo Sagrado y el Sable Sagrado vienen existiendo desde entonces, y -cada vez que se proclama un nuevo emperador, la ceremonia más -interesante de la entronización es el viaje del monarca á un templo -antiguo de Isé, donde están ambos objetos. Ni el mismo emperador logra -conocerlos. Queda á solas con ellos, pero no los ve ni los toca. Hace -muchos siglos que fueron envueltos en telas de seda, y cada vez que -éstas envejecen, los sacerdotes añaden por encima otras nuevas, siendo -después de tantas renovaciones unos paquetes informes de tejidos, cuyo -contenido hay que imaginarse con ayuda de la fe. - -No adoran en realidad los japoneses á sus antiguos dioses por su poder -omnipotente, como lo hacen otros pueblos. Los veneran porque fueron los -creadores del Japón, y este origen divino del país es un motivo de -orgullo para todos ellos. Al deificar de este modo á su patria, se -adoran á sí mismos. - -Ha acabado el pueblo por ver en el espejo y el sable dos símbolos de la -eternidad de la vida, incesantemente renovada. La forma de los dos -objetos, uno oval y otro prolongado, ha hecho que se les considere como -emblemas, femenino y masculino, de la procreación. Hasta hace poco -tiempo, en las romerías al templo de Isé, los vendedores de objetos -devotos ofrecían espejitos y sables que imitaban los órganos de la -sexualidad. No hay que olvidar que muchas hazañas del hermano de -Amatérasu fueron simplemente empresas voluptuosas, dignas de asombro por -su repetición, y que su nombre de Susanoo significa el «Macho -Impetuoso». - -En los 2.600 años de la historia del Mikado no hay un solo -destronamiento. La autoridad de los emperadores disminuye ó aumenta -según las revueltas intestinas y las coaliciones de sus feudatarios, -pero siempre la persona del Mikado es respetada como algo sacro, aunque -se la deje en transitorio olvido. La capital más antigua del país fué -Osaka, ciudad que figura ahora como el centro más rico y laborioso de la -industria japonesa. Pero el Mikado, al vivir en ella, estaba bajo la -influencia de los daimios, señores feudales, dueños de las ricas tierras -de arroz, que vivían encerrados en sus castillos con tropas de fieles -samurais. - -Esta Edad Media feudal ha durado casi hasta nuestros días, pues fué en -1870 cuando el penúltimo emperador, al reformar enteramente el país, -acabó con ella. - -Los samurais eran hidalgos pobres y belicosos que servían á las órdenes -de los opulentos daimios. Tenían por emblema la flor del cerezo, -«hermosa y de corta duración». Deseaban una vida abundante en gloria y -voluptuosidades, pero breve. Los valientes no deben vivir mucho. Todos -habían hecho pacto con la muerte y consideraban la vejez como una -decadencia vergonzosa. - -En tiempo de paz viajaban por el Japón buscando combates. Cuando llegaba -á sus oídos la fama de algún samurai valeroso, residente en otra -provincia, iban á su encuentro para proponerle un duelo á muerte. Si -creían haber perdido la estima de su señor ó de sus camaradas, se abrían -el vientre en presencia de ellos, rogando al amigo más íntimo que -hiciese volar su cabeza al mismo tiempo con un golpe de uno de los dos -sables que todos ellos llevaban en la cintura. Esta ceremonia mortal era -el famoso _Hara-Kiri_. - -Hay que imaginarse las guerras civiles, las batallas desordenadas, -ruidosas y confusas que libraron los daimios entre ellos, durante siglos -y siglos, acaudillando sus tropas de samurais. Todos los caprichos -diabólicos de un artista delirante los realizaron estos guerreros en el -adorno defensivo de sus personas. Se cubrían con armaduras de láminas -superpuestas, negras ó de reflejos verdes y azules, como los coseletes -de los insectos. Llevaban en la cabeza yelmos rematados por cuernos y -sobre el rostro máscaras de acero que eran una reproducción del hocico -del tigre ó de la hiena. Otras veces, estos antifaces metálicos, -adornados con bigotes, imitaban el rictus espantable de los demonios. - -Guerreros de brazos cortos, pero extremadamente vigorosos, inferían al -reñir heridas enormes. Sus armas de acero hábilmente templado tenían á -la vez el filo de una navaja de afeitar y el peso de una maza, separando -de un solo golpe la cabeza de los hombros, el brazo ó la pierna de su -tronco correspondiente. Sus encuentros eran choques en desorden, avances -impetuosos de jinetes y arqueros, iguales á las invasiones de langostas, -arrasando completamente las tierras del enemigo. - -Los daimios, no obstante su orgullo, jamás osaron suplantar al -emperador, por ser éste de origen divino, pero con frecuencia -pretendieron imponerle su voluntad. El Mikado, para librarse de tal -influencia, abandonó Osaka, y el Japón tuvo una segunda capital, que fué -Kioto. - -Aquí empezó el mayor eclipse de su historia. Para defenderse del -feudalismo absorbente de los daimios escogió á uno de ellos, -confiriéndole el poder ejecutivo y conservando únicamente su majestad -histórica. Esta especie de ministro universal tomó el titulo de -Shogun, que quiere decir «Generalísimo». Él aceptaba todas las -responsabilidades, incluso la de los desastres, y de este modo el -principio divino del Mikado quedaba fuera de toda discusión. - -El Shogunato, que empezó en el siglo XII y tuvo su apogeo en el XVI, ha -durado hasta nuestra época, pues fué destruído en 1868. El Mikado no -tuvo que preocuparse en su nueva residencia mas que de los asuntos -religiosos, y entonces fué cuando la segunda capital japonesa tomó su -carácter teocrático y vió levantarse en su recinto los templos más -grandes, recibiendo el nombre de Kioto la Santa. - -Rodeado de una corte numerosa, acabó el emperador por preocuparse -únicamente de las intrigas de su palacio y de su harén. Los soberanos, -además de la emperatriz y de doce esposas secundarias, tenían un número -infinito de concubinas. Sus aduladores palaciegos los convencieron de -que no debían mostrarse nunca en público, por ser personajes de origen -divino. En nuestra época, el innovador Mutsu-Hito fué el primer Mikado -que se dejó ver por sus súbditos; pero aun actualmente sólo muy de tarde -en tarde pueden los japoneses contemplar de cerca á su monarca. - -El antiguo palacio imperial de Kioto acabó por ser una ciudad dentro de -la ciudad. Sus jardines con bosques y lagos llegaron á abarcar quince -leguas de circuito. En torno al emperador vivían 40.000 personas. Pero -estos soberanos, que habían abdicado su autoridad en el «Generalísimo», -sólo intervenían en querellas teológicas. - -A los Shogunes les fué imposible permanecer en una vecindad íntima con -el Mikado. Victoriosos en la guerra, poderosos en la paz, habiendo -sujetado á los revoltosos daimios, necesitaban tener una corte propia, y -se trasladaron á la ciudad de Kamakura, engrandeciéndola durante tres -siglos. El Japón tuvo entonces dos capitales: la imperial y religiosa, -que era Kioto, y la gubernativa, donde funcionaban las verdaderas -autoridades, Kamakura, en la entrada de la bahía que entonces se llamaba -de Yedo. - -Las dos cortes vivían sin rivalidades. Los Shogunes engrandecieron el -país valiéndose de un procedimiento que en otras naciones ha resultado -nefasto, ó sea aislándolo del resto del mundo. Yeyazú, el más grande de -los Shogunes, que muchos comparan á Pericles por el período glorioso de -su gobierno, cerró los puertos del Japón á todos los extranjeros, -durando tal medida doscientos cincuenta años. En este período no hubo -guerras y prosperaron las industrias, formándose definitivamente el arte -del Japón. - -En 1853, el comodoro Parry, de los Estados Unidos, al frente de una -escuadra, exigió al Shogun de entonces que abriese los puertos del -Imperio, viéndose éste obligado á ceder. Los daimios, guardadores de las -tradiciones, se sublevaron contra el gobernante, haciéndolo responsable -de la invasión de los extranjeros. Hubo una guerra civil, y el Shogunato -pereció, después de setecientos años de gobierno. Entonces, el Mikado, -que había vivido obscuramente durante siete siglos como una autoridad -divina y decorativa, intervino á su vez en la política, dominando á la -nobleza y recobrando sus antiguas prerrogativas. - -Mutsu-Hito, el penúltimo emperador, cuyo reinado duró medio siglo, hizo -la más asombrosa de las revoluciones, modernizando el Japón y -obligándolo á adoptar en pocos años todas las costumbres y progresos del -mundo de Occidente. Este nuevo período, que puede llamarse el de «la -resurrección del Mikado», exigía una nueva capital, y fué la enorme -ciudad de Yedo la escogida por el progresivo emperador, pero cambiando -su nombre. Yedo se llamó Tokío, en honor de Kioto la Santa, que durante -siete siglos había sido la residencia del Mikado. To-Kio no es mas que -la palabra Kio-To con una transposición de sílabas. - -Vamos á Kamakura, antigua capital de los Shogunes, que al trasladarse -éstos á Yedo empezó á decaer, siendo arruinada finalmente durante la -guerra de los daimios contra el Shogunato. - -Las ciudades japonesas se destruían antes con tanta facilidad como se -edificaban. La madera, el lienzo y el papel eran sus únicos materiales -de construcción, hasta que se instalaron los extranjeros en el país hace -cincuenta años. Kamakura, al perder para siempre sus protectores, no fué -reedificada, y sólo quedan de su antiguo esplendor ruinosas pagodas -diseminadas en bosques y colinas, que sirvieron de emplazamiento á la -antigua capital. - -Lo más célebre en ella es el _Daibutsu_ ó Gran Buda, imagen la más -completa y hermosa que existe del divino Gautama. - -Sigue nuestro automóvil las sinuosidades de un camino que á trechos -serpentea por la costa y más allá se hunde entre colinas cultivadas. El -agricultor japonés merece el nombre de jardinero por la habilidad y -limpieza de su minucioso trabajo, y sabe aprovechar hasta la parcela más -ínfima del suelo. Las islas son pequeñas en relación con los millones de -habitantes que deben mantener, y no hay que dejar improductiva una -pulgada de la tierra nacional. - -Barrancos y cañadas sirven para el cultivo del arroz, y aparecen -divididos en pequeños bancales superpuestos como los peldaños de una -escalinata, cayendo el agua lentamente de una meseta á otra. Las -vertientes están cubiertas de arboleda. Asoman los kakis sus bolas de -oro entre el follaje que los nutre y sostiene. - -Atravesamos muchos caseríos antes de llegar á Kamakura. La población del -Japón es muy densa. Los grupos urbanos casi se tocan, pues entre pueblo -y pueblo hay rosarios de casitas á lo largo de los caminos ó sobre las -crestas de las colinas. - -Los niños parecen surgir del suelo con la hirviente profusión de las -bandas de insectos. Son niños dobles, pues toda pequeña _musmé_[B], -apenas tiene seis ó siete años, lleva en una especie de capuchón, sobre -su espalda, á un hermanito que llora, come ó duerme, mientras ella se -mueve de un lado á otro para trabajar ó jugar. Como han dicho algunos -viajeros, todos los niños del Japón parecen de dos cabezas. Además, las -madres llevan también el último _musko_ sujeto á su espalda, como si -formase parte de su organismo, y con este fardo, del que únicamente se -libran al llegar la noche, hacen sus compras, visitan á las vecinas, -pasean por los caminos y hasta juegan partidas de pelota. Es una -procreación desbordante que sale al encuentro del viajero y le rodea á -todas horas. - -Como un buque que partiese con su proa densos bancos de peces, nuestro -automóvil abre grupos vociferantes de _muskos_, panzuditos, mofletudos, -de ojos estirados y oblicuos que apenas logran entreabrirse y parecen -dos líneas trazadas con tinta china. Unos llevan el pelo cortado en -flequillo sobre la frente y melenas lacias semejantes á largas orejas. -Otros muestran el cráneo aureolado por numerosas trenzas, erguidas y -duras como las púas de un erizo. Todos saludan á gritos, agitando -banderitas japonesas de papel, ó sonríen haciendo reverencias, pues este -es un pueblo meticulosamente bien educado desde la infancia. Pero hay no -sé qué en la sonrisa de los pequeños que hace sospechar la oculta y -secreta convicción, adquirida en la escuela desde las primeras -lecciones, de que el Imperio japonés es el pueblo más superior de la -tierra y algún día obtendrá la hegemonía que le pertenece por su origen -divino. - -Pasamos entre una doble fila de casitas, pequeñas tiendas de té ó de -imágenes religiosas, establecimientos que únicamente se ven frecuentados -en días de peregrinación. Es todo lo que resta de la antigua Kamakura. -Luego vamos á visitar el _Daibutsu_. - -La imagen del Gran Buda estaba antes en el interior de un templo; pero -el edificio fué destruído y sólo queda un pórtico con dos capillas -laterales que contienen dos espantables imágenes, la una roja y la otra -azul: el dios del Trueno y el dios del Viento. En muchos templos -japoneses se encuentra á la entrada esta pareja de divinidades de ojos -saltones é iracundos, risa feroz, dientes carnívoros y brazos levantados -con expresión amenazante. Los colocan para poner el edificio bajo su -protección y que no lo devore el fuego ó lo destruya el huracán. - -Resulta irónica la supervivencia de esta portada, pues al otro lado de -ella sólo se encuentran piedras y árboles. El Gran Buda está rodeado de -un jardín y tiene á sus espaldas los declives de tres colinas sombreadas -por esos cedros japoneses, retorcidos armoniosamente en forma de -candelabros verdes, que ornan los paisajes y estampas. - -Es una imagen grande como una torre, una escultura de bronce que tiene -veinticinco metros de altura. El sacro personaje está sentado, con las -piernas cruzadas y las manos juntas, en la posición hierática que -recomienda el budismo para la meditación. Si se pusiera de pie, sería -más grande que todas las colinas inmediatas. De poder ver sus ojos, -sentado como está, contemplaría el mar por encima de los jardines y las -casas que existen entre él y la costa. - -Empieza á atardecer, y el sol moribundo dora suavemente por uno de sus -lados esta figura colosal. El _Daibutsu_ es verdaderamente hermoso. -Tiene en su rostro una calma dulce y sonriente, que acaba por penetrar -en el alma del que lo contempla. No es obra japonesa. Lo fundieron, hace -cuatro siglos, artistas venidos de la China. Este origen representa para -los japoneses el más indiscutible de los méritos. El Japón se reconoce -discípulo de la China; de ella tomó sus primeras lecciones de -civilización y su arte copió mucho tiempo el de los chinos. - -El rostro de Buda tiene cierto hieratismo oriental, especialmente en sus -orejas, exageradas y algo caídas; pero el resto de sus facciones muestra -una expresión de paz y de misterio, que impone respeto y hasta un poco -de miedo religioso. ¡Cuán lejos estamos aquí del vulgo occidental, que -llama Buda á toda imagen venida del Extremo Oriente, hasta á los dioses -gordos, panzudos y joviales de los chinos!... - -Este dios de bronce verdoso, dejando caer su sonrisa enigmática desde -una altura de torre, tiene algo de esfinge, pero de esfinge dulce y -melancólica, que parece guardar, como un depósito doloroso, el triste -secreto de nuestros destinos. Inventor de una moral que recuerda la del -cristianismo--siendo 600 años anterior al nacimiento de Jesús--, tiene -millones de adoradores en el Japón y en la China, pero cada vez se ve -más olvidado en la India, su patria. En esto se asemeja también á -Cristo, que nació en Judea y, sin embargo, es entre los judíos donde su -doctrina conquistó menos adeptos. - -Pasa rápidamente por mi memoria la vida legendaria del príncipe Gautama -mientras contemplo su imagen, en la que pone el sol sus últimos -temblores áureos. Su padre le recluyó en un palacio inmenso, entre -centenares de mujeres, danzarinas y músicas, proporcionándole las -mayores voluptuosidades para que no conociese el dolor. Mas un día, al -escapar de su encierro, vió un enfermo al borde de un camino. En otra -huída encontró á un viejo decrépito, que marchaba encorvado y trémulo, -como una caricatura de la existencia. En la tercera excursión se cruzó -con un entierro. Así supo que existían la Enfermedad, la Vejez y la -Muerte, últimas señoras del hombre que salen á buscarnos, sea cual sea -el sendero que sigamos en el jardín de nuestra vida. Y el príncipe -Gautama, reconociendo la fragilidad de los placeres materiales, abominó -de las riquezas y se lanzó por el mundo á predicar la humildad y el -renunciamiento, dándole sus discípulos el santo nombre de Buda. - -Empieza el crepúsculo y todavía debemos visitar en la cumbre de una -colina inmediata el templo venerable de Kuanon, la diosa de la -Misericordia. - -Este templo consiguió sobrevivir á la ciudad, pero es de madera, tiene -varios siglos de existencia, y parece carcomido, frágil, hueco en el -interior de sus tablazones, como los navíos abandonados para siempre en -el rincón de un puerto. - -Los servidores del santuario son japoneses de cabeza esférica y pequeña, -enormes gafas de concha y rostro descarnado, de intensa palidez. Tienen -todos ellos una expresión de sacristanes fanáticos. Se comprenden las -enérgicas disposiciones de los Shogunes contra los bonzos budistas, que -muchas veces perturbaron la vida del país con sus intrigas políticas y -sus intentos de sublevación popular. - -Sobre la meseta de la colina donde está el templo aún es posible ver los -objetos á la luz azulada del crepúsculo. Más allá de la puerta del -edificio caemos en la noche. - -Avanzamos por su lóbrego interior, siguiendo las oscilaciones de la luz -roja y difusa que esparce un farolón llevado por uno de los bonzos. -Vemos altares dorados que surgen un momento de la sombra y vuelven á -hundirse apresurados en ella. Lo interesante está al otro lado del -tabique de madera que corta el edificio enfrente de la puerta. - -En este segundo templo, á la altura de nuestros ojos, sobre una mesa -dorada, vemos unos pies gigantescos, de la longitud de un hombre. El -bonzo cuelga su farol de un gancho que se balancea al final de una -cuerda, tira del otro extremo de ella, y la luz roja, con lenta -ascensión, va iluminando por secciones las rodillas de la diosa, las -piernas, el vientre, los pechos, y á doce metros de altura su rostro con -una sonrisa fija y sin vida. - -Es una imagen policroma y tallada groseramente, como las que hacían en -la Edad Media cristiana del gigante San Cristóbal. Tiene el mérito de su -enormidad, aunque no es tan grande como el _Daibutsu_ sentado. Hace -sonreir como una obra infantil, mientras que el Buda de bronce impone -respeto y hace pensar. - -Compramos al bonzo varios rollos de papel de arroz con imágenes grabadas -en madera y milagrosas oraciones: un pretexto para darle un _yen_ (un -dólar japonés), que desde nuestra llegada está atrayendo su mano -huesuda, con movimientos instintivos de los dedos. Cuando salimos del -templo ya es de noche. Vemos otros santuarios budistas y sintoístas. -Entramos en una casa de té, quitándonos los zapatos en sus gradas de -madera para no ensuciar la esterilla fina que en toda vivienda nipona -sirve de asiento, de mesa, de mantel y de cama, al mismo tiempo que de -alfombra. - -Antes de subir al automóvil quiero contemplar por última vez el -_Daibutsu_ de Kamakura, el más grande y hermoso de todos los Budas. No -lo veré más, y es una de las contadísimas obras humanas que hay que -guardar en la memoria, para decir con orgullo: «Yo lo he visto». - -Llego hasta la portada de los dos dioses, horripilantes é iracundos. El -dios humano que se alza en el fondo como una montaña, abruma á estos dos -mascarones mitológicos, convirtiéndolos en despreciables mamarrachos. - -Avanzo con pasos leves por la avenida enarenada que conduce hasta el pie -de la imagen colosal. El basamento, hecho de bloques de granito, ha sido -removido por el último temblor. Los sillares se salieron de sus alvéolos -y están separados por grietas profundas. Pero el hombre-dios sigue en su -inmovilidad pensativa y sonriente, con el dorso encorvado y los ojos -triangulares perdidos en el infinito. - -Al final de su espalda hay una puerta, que antes se abría para el -viajero. El interior de la imagen es hueco y sirve de santuario á una -docena de estatuas de Buda más pequeñas. Después del reciente cataclismo -ha sido prohibida la entrada en el cuerpo del dios. - -De hombros abajo está sumido en la obscuridad rumorosa y fresca del -jardín. Se oye un canto de agua invisible: algún arroyuelo trivial y -juguetón que se desliza por las sinuosidades minúsculas de la jardinería -japonesa, pasando al través de puentes de muñecas, cayendo en cascadas -de juguete acuático. La tierra y su vegetación de árboles candelabros, -de arbustos recortados en formas casi humanas, parecen respirar la -alegría serena y reposada de la paz. - -El rostro de bronce se destaca sobre la lobreguez celeste, reflejando -una luz de origen incierto. Tal vez viene del mar, invisible para -nosotros; tal vez desciende de las estrellas que empiezan á temblar en -lo alto y envían su resplandor difuso para que la sonrisa sobrehumana -del gigante en meditación no se borre un momento, triunfando de la -noche. - -Creo adivinar el secreto de esta sonrisa, el misterio de la esfinge -dulce que atrae á los hombres con su melancolía, en vez de asustarlos, -como su hermana de piedra hundida en los arenales de Egipto. - ---Vivid en paz--dice--, pobres siervos de la Dolencia, de la Vejez y de -la Muerte. Amaos los unos á los otros. No aumentéis la miseria del mundo -declarando precisa y eterna una divinidad fatal, inventada por vosotros: -la Guerra. - - - - -XVI - -LA NOCHEBUENA EN EL JAPÓN - - Los Japoneses disfrazados de europeos.--Bozales higiénicos.--La - gorra del estudiante.--Las calles de Tokío.--Los tres colores del - Japón.--Las interminables cortesías.--Los cinco peinados de la - japonesa.--Almuerzo en el restorán Koyokan.--La ceremonia de la - hospitalidad.--El baile de las «geishas».--Mi conferencia en el - salón de fiestas del «Hochi».--Concierto orquestal.--La cena de - Nochebuena ante un jardín liliputiense.--Salto asombroso de la - música japonesa. - - -Un tren especial debe llevarnos á Tokío, pero no es empresa fácil -encontrarlo en la gran estación de Yokohama. - -El terremoto ha quebrantado sus muelles y abierto profundas zanjas en -las vías, reparándose provisionalmente todo esto con puentes de madera -que dificultan la circulación. Además, en las primeras horas de la -mañana afluye de todas partes una verdadera muchedumbre para trasladarse -á la capital. Muchos empleados y negociantes viven en Yokohama y hacen -diariamente este viaje de treinta minutos para ir á su trabajo, -volviendo al cerrar la noche á su casita junto al mar. - -Siguiendo las indicaciones erróneas de un hombre con gorra galoneada, -nos metemos en un vagón de primera clase, y poco después se llena éste -de japoneses que van á Tokío. Estamos en un tren ómnibus de los que -parten cada quince minutos. Cuando pretendemos salir nos es imposible -conseguirlo. Una masa compacta de hombres agarrados á las anillas -blancas del techo ó apoyados en las espaldas de los vecinos obstruye las -dos puertas. - -Resulta admirable la agilidad del japonés. Siempre encuentra el medio de -deslizarse entre los obstáculos, instalándose finalmente donde parecía -imposible que pudiese caber uno más. Parte el tren, y lo mismo los que -ocupan las banquetas que los que se sostienen de pie, reflejando en su -balanceo los vaivenes del vagón, sacan de su bolsillo un periódico y -empiezan á leer. - -Me fijo en el aspecto de estos nipones modernizados que viven una -existencia occidental. Son todos ellos simpáticos, pero considero -imposible encontrar una burguesía más fea de rostro y que vaya más -grotescamente vestida. - -Al adoptar el traje del blanco se han olvidado de aprender la armonía -del indumento, los matices del color y de la línea. Se colocan sobre el -cuerpo lo que en su opinión puede dar mayor señorío á la persona, no -temiendo al resultado de tales mezcolanzas. Los más usan nuestro -sombrero flexible, pero metido hasta las orejas y sin ningún -abollamiento gracioso. Otros prefieren el hongo de copa dura y redonda, -pero á continuación de este tocado europeo llevan el kimono nacional y -encima de él un macferlán de corte inglés ó un gabán con trabilla, -hechura norteamericana. Algunos después de esta mezcla vuelven á ser -occidentales en sus extremidades, usando gruesos borceguíes. Los más -llevan el pie desnudo ó metido en un calcetín japonés con dedos, lo -mismo que un guante, y su calzado consiste en dos tablitas horizontales -sostenidas cada una de ellas por otras dos tablitas verticales, dos -pequeños bancos sujetos por una correa entre el dedo gordo y el -siguiente, que dejan el talón completamente suelto, lo que hace que cada -paso vaya acompañado en los terrenos duros de un ruidoso chap-chap. - -Hasta los que visten completamente á lo occidental tienen en sus -ademanes algo de torpe y cohibido, como si fuesen disfrazados. Se -adivina que todos ellos, al volver de noche á sus casas, se quedan en -kimono, sentándose en el suelo para cenar, lo mismo que sus antepasados, -y con este aspecto resultarán tal vez más gallardos é interesantes. - -La mayoría de los japoneses son de estatura mediocre, pero al mismo -tiempo de complexión vigorosa, lo que les hace parecer algo rechonchos, -con los miembros cortos y fuertes. Dos defectos físicos y sus remedios -inventados por el hombre blanco, los ha aceptado el japonés de la clase -media como adornos personales: la miopía y la caries dental. Los más -llevan gafas de concha, redondas y de grueso armazón, que se sostienen -dificultosamente sobre su aplastada nariz, y al sonreir muestran una -dentadura con numerosos refuerzos de oro. Hay en esto cierta -satisfacción infantil, que hace dudar si todos, absolutamente todos, -tenían una necesidad ineludible de acudir en busca del óptico ó del -dentista. - -En los últimos años otra moda higiénica ha venido á aumentar la fealdad -del japonés moderno. Desde que pisé esta tierra llamó mi atención la -gran cantidad de hombres con un emplasto negro ó blanco sobre la nariz -sostenido por dos elásticos sujetos á las orejas. Me inquietó ver tanto -canceroso con la nariz roída y afortunadamente oculta. Luego, al -encontrar muchedumbres enteras con la horrible cataplasma en mitad del -rostro, no pude concebir que toda una nación estuviese atacada del -cáncer. Pregunté, y supe que, para evitar la _grippe_, el japonés se -coloca en invierno uno de estos bozales con gotas antisépticas, y así va -tranquilamente todo el día haciendo sus visitas ó realizando sus -negocios. Es imposible llevar más lejos la despreocupación de la -estética personal y el deseo inconsciente de afearse. - -Sin embargo, estos varones de traje disparatado y contrastes grotescos -son de una cortesía exquisita en sus saludos, de una amabilidad en su -sonrisa, que conquistan desde el primer momento al extranjero. El -japonés, cuando quiere expresar su afecto ó su admiración, no conoce el -miedo al ridículo, que tanto cohibe y enfría la exterioridad de nuestros -sentimientos. - -Uno de los que leen de pie me mira de pronto con interés y vuelve á -fijarse en su periódico, como si estableciese una comparación. Yo he -visto desde mucho antes que en todos los diarios que leen los viajeros -figuran varios retratos míos. Sonríe mi compañero de viaje con una -satisfacción pueril al convencerse de que, efectivamente, soy yo el que -aparece en su periódico, y soltando la anilla que le sirve de sostén -lleva ambas manos á sus rodillas y se inclina todo lo que puede, -saludándome. Los otros, sin que circule palabra alguna, por una especie -de aviso telepático, van fijándose igualmente en mí para compararme con -la imagen de sus papeles, y repiten el saludo é idénticas sonrisas, -teniendo yo que contestar con los mismos ademanes á tales extremos de la -cortesía japonesa. - -Así llegamos á la estación de Tokío, ó mejor dicho, á una de sus varias -estaciones, pues esta ciudad de dos millones de habitantes se halla muy -esparcida, ocupando un perímetro tan grande como el de Londres. - -Los estudiantes de la Escuela de Lenguas me esperan en un muelle -distante, que era el destinado para la llegada del tren especial, y al -enterarse de que estoy en el lado opuesto de la estación, acuden -corriendo. - -Todos llevan la gorra de colegial, que acompaña al japonés desde la -escuela de primeras letras hasta las más altas clases universitarias. Un -signo dorado en el frente de la gorra indica el estudio especial y la -categoría de cada alumno. Hasta en los caminos más apartados del Japón -he encontrado pequeños _muskos_ con un kimono azul á redondeles blancos -por toda vestimenta, descalzos, el pelo cortado en franja, lo mismo que -los chicuelos que figuran en los abanicos, pero llevando con orgullo en -su cabeza la gorra de colegial á estilo de Occidente. - -Los estudiantes de la Universidad de Tokío que vienen á recibirme tienen -un aspecto indumentario menos incoherente que el de los burgueses que -ocupaban el vagón. Sólo alguno que otro lleva kimono bajo su gabán azul -y calza zuecos. Casi todos van vestidos como un estudiante europeo, -guardando bajo el brazo un paquete de libros. - -Han venido á recibirme, é inmediatamente volverán á sus clases. Se -adivina en todos ellos una voluntad laboriosa y tenaz, un deseo de -conseguir lo que se han propuesto, terminando cuanto antes su carrera. -Me entregan un gran ramo de flores y un álbum ilustrado por artistas -célebres que contiene las firmas de todos ellos. Después de este -recibimiento visito con unos cuantos amigos las principales avenidas y -paseos de Tokío. - -Mi primera impresión de la capital japonesa se afirma y se agranda en -los días sucesivos. El terremoto causó aquí tantas víctimas como en -Yokohama, pero los edificios sufrieron menos. Hay barrios enteros, los -más ricos, en los que apenas se nota la reciente catástrofe. Edificios -altísimos construídos á estilo de los Estados Unidos se mantienen sin -ningún desperfecto visible. Otros siguen de pie, con hondas grietas en -sus fachadas, cubiertas de andamios recientemente para su reparación. - -Fué en los barrios apartados, compuestos de casitas de madera, donde el -incendio produjo mayores daños. Además, ocurrió la gran catástrofe de la -explanada de Hifukusho, en la que perecieron 40.000 personas, y de la -que hablaré más adelante. Muchos centros oficiales están cerrados por -tener que hacerse en ellos grandes reparaciones. La Universidad de Tokío -y sus escuelas anexas están instaladas ahora en barracones, á causa de -que todos sus cuerpos de edificios fueron consumidos por el incendio. -Los museos aún no han sido abiertos... Pero la actividad japonesa sigue -animando las calles de Tokío, como si todos hubiesen olvidado ya el -recuerdo de la catástrofe. - -Muchas de ellas ofrecen un aspecto de fiesta. Como se aproxima el primer -día del año, los vecinos las han adornado con arcos de verdura, gran -profusión de banderas y guirnaldas de faroles de papel. Las muestras -extraordinarias con que se cubren las tiendas al llegar esta época de -compras y regalos contribuyen al general hermoseamiento. El misterioso -alfabeto japonés extiende sus letras en los anuncios, como si fuesen -jeroglíficos artísticos trazados únicamente para placer de nuestros ojos -en rótulos y banderas. - -La muchedumbre es pintoresca, aunque no tan multicolor como nos la -imaginamos en Occidente antes de conocer el Japón. Los kimonos floreados -y de brillantes tintas sólo se ven en las representaciones de teatro ó -en las casas de mujeres públicas del barrio llamado Yosywara. El Japón, -en su vida histórica, sólo ha tenido tres colores: el negro, usado en -las ceremonias palatinas por el emperador y sus cortesanos y que las -clases elevadas guardan aún; el rojo, que fué el de la nobleza media, y -el azul, usado por la burguesía y el pueblo. - -Hoy el azul continúa siendo el color de la muchedumbre. Los carreteros, -los portafardos, los que recomponen las calles ó tiran de los vehículos -como bestias uncidas, todos llevan chaqueta azul de amplias mangas, con -la espalda escrita de blanco. No hay hombre del pueblo que no lleve en -el dorso un jeroglífico, semejante al blasón que ostentaban en igual -lugar de su cuerpo las gentes de la Edad Media occidental. Pero estos -jeroglíficos que nos parecen obras de arte son simplemente rótulos que -indican las más de las veces para qué compañía trabaja el obrero ó en -qué barrio reside. La policía procura mantener el uso de esta vestimenta -de los antiguos tiempos. Gracias á ella, si alguien comete una acción -delictuosa es fácil reconocerlo, pues al huir muestra el nombre blanco -sobre su espalda azul. - -Se nota la escasez de animales de tiro. No se ven otros caballos que los -del ejército. El automóvil ha sido una solución para las industrias -necesitadas de arrastre. El buey japonés, pequeñito, gracioso y de -aspecto algo frágil, no abunda en las calles de Tokío. Tira en yunta de -reducidas carretas, sin que el boyero le obligue á grandes esfuerzos, y -está tan bien cuidado que hasta lleva unas bonitas sandalias de esparto -sostenidas por una correa en mitad de la pezuña, á semejanza de las que -usan las personas. - -Son los hombres de espalda blasonada los que hacen todos los trabajos -que en otros países están reservados á las bestias. Tiran en filas de -grandes carros ó se uncen á sus varas. Juntas con ellos se ven mujeres -sucias, sudorosas, deformadas por el esfuerzo, que parecen tan hombres -como los otros. Deslizándose entre los automóviles, tranvías, ómnibus y -grandes vehículos cargados de fardos, pasan veloces los _kurumayas_ -tirando de su ligero carruajito de un solo asiento, montado sobre ruedas -de goma ligeras y altísimas, que le dan el aspecto de una araña de -sutiles patas. Los caballos humanos de la _koruma_ gritan incesantemente -para avisar su paso, y muchas veces enganchan con una rueda al ciclista -que viene en dirección opuesta. Nada de malas palabras ni de peleas. El -que ha rodado por el suelo se levanta, apresurándose á saludar y dar -excusas al otro, que hace lo mismo desde mucho antes. - -Las calles de Tokío, exceptuando las avenidas principales, tienen un -suelo desigual. Me dicen que esto es á consecuencia del temblor, que -rompió el asfalto; pero veo muchas de ellas, lejos del centro, en las -que no ha existido jamás pavimentación de ninguna clase. Esto no impide -que sobre el barro, partido en profundos relejes y peligrosos badenes, -circule incesantemente el movimiento vital de la enorme Tokío. - -El Japón, que en realidad no es rico, sostiene un ejército y una flota -enormes, necesitando invertir en el mantenimiento de tales fuerzas tres -cuartas partes de sus ingresos. Le preocupan más sus medios ofensivos y -defensivos que el ornato y la higiene de sus ciudades. Además, los -japoneses no temen el barro, como los europeos. Llevan los pies montados -en pequeños bancos, lo que les permite pasar sobre charcos y lodazales -sin que sus plantas se humedezcan. - -En las aceras de asfalto el paso de los transeuntes sostiene un continuo -chacoloteo. Por encima del estrépito de los vehículos y los gritos de la -muchedumbre resuena como un acompañamiento incesante, sirviendo de fondo -á los demás ruidos, el chap-chap de miles y miles de pies, que al -moverse levantan con los dedos su calzado de madera y vuelven á dejarlo -caer. Los recién llegados al país necesitan acostumbrarse á este -traqueteo que puede llamarse nacional. A las tres de la mañana empieza á -sonar en las aceras de Tokío y no termina hasta horas avanzadas de la -noche. Únicamente en las calles no pavimentadas y en las casitas de las -afueras puede vivirse libre de este calzado ruidoso, incompatible con -las vías modernas, chapadas de piedra ó de asfalto. - -Las mujeres y las niñas circulan por los barrios populares llevando al -hijo ó al hermanito acostado en su espalda. En algunos terrenos baldíos, -las japonesas, siempre con la cabeza del pequeñuelo pegada á su cogote, -juegan á la pelota ó al volante. Los _muskos_ vuelan cometas que son -flores caprichosas ó espantables dragones de papel. - -Al encontrarse en una acera dos damas de la clase media se desarrolla en -todo su esplendor la tradicional cortesía japonesa. Con los brazos -cruzados sobre el pecho empiezan las dos á hacerse reverencias, doblando -el cuerpo exageradamente. Procuran inclinarse á un lado para que sus -cabezas no choquen, y así continúan los extremados arqueamientos de sus -saludos, diez veces, quince, y más. Cuando se deciden á poner término á -tales amabilidades se alejan en distintas direcciones; pero de pronto -una de ellas vuelve los ojos, la otra hace lo mismo, y girando ambas -sobre sus talones quedan otra vez frente á frente, repitiendo á mayor -distancia sus doblegamientos de espinazo, mientras los transeuntes -siguen adelante sin fijarse en esta cortesía interminable, que es para -ellos algo ordinario. - -La situación social de cada mujer se conoce por su peinado. La etiqueta -japonesa creó cinco maneras de peinarse, para que los hombres no sufran -equivocaciones al sentir interés por alguna de ellas. Hay el peinado de -las niñas de cinco á siete años; el llamado _Momo-ware_, que es para las -muchachas de diez á quince; el _Sokuhatsu_, que puede llamarse de las -intelectuales, pues sólo lo usan las estudiantes y las artistas; el -_Shimada_, que es el de las solteras después de los diez y seis años, y -el _Maru-wage_, de las casadas, que resulta el más abundante en las -calles. - -Un peinado japonés es algo complicado, dificultoso, monumental. El -edificio de negros cabellos queda tan compacto y brillante, que parece -de laca. Las mujeres generalmente sólo rehacen este peinado por entero -una vez á la semana. Los otros días atienden á su alisamiento y brillo, -dándole un baño de aceite de camelia. Yo he visto á las japonesas en los -trenes durmiendo boca abajo, con la frente sobre los brazos cruzados, -para mantener intacto su peinado. En sus casas se tienden de espaldas -sobre la esterilla que les sirve de cama, y su cabecera es un banquito -con un semicírculo, en el que descansan el cuello. Gracias á esta -almohada de madera, el monumento capilar queda en alto, sin ningún -contacto que lo deforme. - -El primer día que paso en Tokío es el de Nochebuena en los países -cristianos, pero aquí no tiene otro valor que ser uno de los anteriores -á la fiesta de primero de año. Recordaré siempre este día por las -numerosas ocupaciones y honoríficos agasajos que tuvo para mí. A las -doce me obsequiaron con un almuerzo puramente japonés en el restorán -Koyokan, establecimiento famoso en Tokío por sus fiestas, al que asisten -los antiguos daimios y los personajes políticos mantenedores de las -costumbres antiguas. - -Es una agrupación de casas de madera, con techos ligeros y tabiques de -papel, en el centro de un hermoso jardín. Los japoneses llenan de -piedras sus jardines y construyen sus edificios de madera y de papel. -En los almacenes de flores venden piedras especiales, muy caras, para el -adorno de los jardines, que son buscadísimas por los conocedores. Hasta -las linternas que dan luz por la noche á los viejos paseos y á las -avenidas de los santuarios son de piedra: unas capillitas de granito -sobre pedestales en forma de torreón, que reciben el nombre de _toro_, y -en cuyo interior, con puntiagudo remate de pagoda, se coloca una pequeña -lámpara. En cambio, los edificios se componen simplemente de una -plataforma de madera á medio metro del suelo, varios postes para -sostener la techumbre de tablazón, y numerosos biombos, de lienzo ó de -papel, como paredes. - -La madera nunca la pintan los japoneses. El lujo es conservarla como si -acabase de salir del almacén del carpintero. Esto, unido á la monotonía -de los tabiques blancos y al color amarillo de la esterilla que cubre el -suelo, da un aspecto de pobreza á toda casa tradicional. Un biombo -pintado alegra á veces con sus colores esta uniformidad amarilla y -blanca. Los salones no tienen otros muebles que una mesita del tamaño de -uno de nuestros taburetes, con alguna flor, y el pequeño altar de los -Antepasados. En el suelo hay unos cojines obscuros para sentarse, y nada -más. - -Entro en los salones del elegante Koyokan luego de haberme quitado los -zapatos en las gradas que dan acceso al edificio. Me acompaña un español -muy conocido en el Japón, el coronel Herrera, agregado militar de la -Legación de España, que ha pasado gran parte de su vida en este país y -asistió á la guerra con Rusia, así como á otras operaciones del ejército -japonés. Los militares del Japón lo consideran como un compañero de -armas. - -En el comedor de gala encuentro numerosos personajes que han querido -organizar este almuerzo para que conozca yo la cocina tradicional y las -danzas y ceremonias del país. Algunos de ellos han estado en España y en -casi todas las repúblicas americanas de origen español, hablando -correctamente nuestra lengua. - -El organizador de la fiesta, mi amigo Utiyama, es uno de los hombres más -inteligentes y cosmopolitas del Japón moderno. Ha viajado mucho como -diplomático, y es ahora secretario del ministro de Relaciones -Exteriores. Me va presentando á los demás invitados, altos funcionarios -de dicho Ministerio, profesores de Universidad, diplomáticos, -periodistas célebres. El señor Arajiro Miura, antiguo secretario de la -Legación del Japón en Madrid, habla el español de tal modo, que al -pronunciar un discurso al final del almuerzo, todos los de lengua -española le miramos asombrados por la facilidad y la corrección de sus -palabras. - -Aprecio la diferencia de aspectos entre los japoneses de clase superior -que han viajado, poniéndose en contacto con los occidentales, y los que -nunca salieron del país. Todos estos _gentlemen_ amarillos llevan su -ropa con una distinción europea y son menos feos que los otros. Algunos -parecen sudamericanos de origen mestizo, y apenas sí un ligero -fruncimiento de sus párpados y la tirantez de su cutis revelan el origen -asiático. - -Por amor á lo pintoresco y lo exótico, no diré la mentira enorme de que -me parece agradable la cocina japonesa. Además, á los pocos segundos de -estar sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, empiezo á sentir -los dolores de un lento y creciente suplicio. Colocan delante de cada -uno de nosotros una mesita que es en realidad un pequeño banco y apenas -si levanta dos palmos del suelo. Sobre este taburete de laca, las -pequeñas criadas, sonrientes y graciosas como gatitas, van depositando -platos no más grandes que tazas y con los manjares en tan exigua -cantidad, que nuestro banquete parece una comida de muñecas. - -Para mí basta con lo que me dan, y pasaría seguramente un mal rato si me -obligasen á comerlo por entero después de probarlo. Voy conociendo el -sabor del pescado enteramente crudo, tal como lo sacan de las -profundidades oceánicas, de la médula de bambú aderezada con vinagre, y -otros platos cuya composición me abstengo de preguntar. Mi única defensa -nutritiva es un tazón lleno de arroz hervido, que hace las veces de pan. - -Frente á cada uno de nosotros hay una _musmé_ sentada en el suelo, que -nos mira sonriendo mientras comemos. Mete sus zarpitas en la mesilla -para que todo se mantenga en un orden perfecto ó pide con dulces -maullidos á sus compañeras que traigan lo que falta. Se cuida además de -escanciar el _saké_, aguardiente hecho de arroz, que es el vino de los -japoneses. - -Mientras mis compañeros de estera, sentados como los antiguos sastres, -almuerzan tranquilamente, manejando los dos palillos que les sirven de -tenedor, yo me limito á comer arroz sólido y beber arroz fermentado, -cambiando á cada momento de postura para que las piernas entumecidas -recobren un poco la vida de la circulación. En este momento envidio á -los que respiran, jadeantes y sofocados, después de una carrera -violenta. ¡Quién pudiera levantarse y echar á correr!... - -A los postres se desarrolla una ceremonia tradicional. Utiyama, como -organizador del almuerzo, viene á sentarse frente á mi mesita, en el -mismo lugar que ocupaba la _musmé_ poco antes. En todo banquete japonés -el anfitrión hace esto, como un acto de estima y respeto por su invitado -principal. - ---¿Me concederá usted--dice--el alto honor de permitirme que beba en su -copa? - -Conozco el ritual de esta ceremonia. La copa es simplemente una jicarita -de porcelana, que se sostiene al beber con la palma de la mano. La -sumerjo en un tazón de agua que tenemos todos en la mesilla para nuestra -propia limpieza, y luego de haberla secado con una servilleta de papel -se la ofrezco á mi anfitrión llena de _saké_. Éste la bebe con grandes -extremos de agradecimiento por el honor que le dispensa su primer -invitado. - -Debo advertir que Utiyama muestra una gravedad sincera. Ya no es el -ingenioso y sonriente conversador que recuerda sus viajes por Europa y -América, su vida en Madrid, sus impresiones en las corridas de toros. -Tiene una seriedad de sacerdote oficiante al cumplir este rito de la -hospitalidad antigua. Le veo sentado en el suelo, con elegante chaqué -gris, chaleco de viso blanco y una corbata que adorna una gruesa perla, -pero al mismo tiempo vive en mi imaginación cubierto con un kimono -negro, el pelo recogido sobre el cogote, y dos sables cruzados en la -cintura, igual que iban vestidos sus ascendientes. - -Después, otros comensales notables vienen á sentarse en el mismo sitio, -y yo les sirvo la copa llena de _saké_, repitiendo la ceremonia -tradicional. - -Por primera vez, luego de la catástrofe, se permite una comida con -músicas y danzas. Como sólo puedo permanecer aquí unos días y desean que -conozca los antiguos bailes, los organizadores del banquete han obtenido -un permiso para alterar el duelo público. - -Ya he dicho que los edificios japoneses se componen de una sucesión de -tabiques movibles, bastidores ligeros de madera y papel. Con facilidad -se le pueden quitar á una casa todos sus muros laterales, dejándola -convertida en simple sombraje. En su interior ocurre lo mismo. Añadiendo -mamparas se crean nuevas habitaciones. Descorriéndolas se agrandan las -piezas hasta formar un salón que se extiende de un lado á otro del -edificio. - -Vemos cómo se pliega el tabique del fondo de nuestro comedor y aparece -otro salón sobre cuya tarima están sentadas en hilera varias mujeres con -kimonos floreados y multicolores. Son la orquesta que acompañará las -danzas. - -Estas jóvenes van pintadas de blanco, pero un blanco lácteo y espeso, -máscara que las uniforma, haciéndolas á todas semejantes. Los ojitos -largos, oblicuos y casi cerrados, trazan dos líneas de carbón en dicha -blancura. Un redondelito rojo y sangriento, igual á una cereza, indica -el lugar de la boca. Y sobre este rostro de muñeca se eleva el peinado -enorme, monumental, brillante, como un casco de laca negra. - -Sus instrumentos son guitarras de mango larguísimo con tres cuerdas y -una caja no más grande que un tazón, ó tamboriles puestos en el suelo, -que repiquetean con dos palillos ágiles. Esta música causa extrañeza, -así como los cánticos estridentes que se elevan sobre tal -acompañamiento; pero minutos después empiezo á salir de mi -desorientación auricular y voy adivinando las exóticas melodías, como el -que pasa de la luz á las tinieblas y acostumbrándose á ellas acaba por -vislumbrar poco á poco lo que le rodea. - -Por una puerta lateral empiezan á salir de costado seis danzarinas, con -pasos lentos y menudos, moviendo al mismo tiempo sus abanicos. Llevan -kimonos azules y plateados de gran suntuosidad. Sus caras sonrientes é -inmóviles son violentamente blancas, con dos toques negros y uno rojo. -Van pintadas con más exageración aún que las músicas. Se mueven -lentamente hacia la derecha, luego hacia la izquierda, con una gracia -tímida é infantil, pero se adivina al mismo tiempo en ellas algo de -refinado que hace sospechar exóticas perversiones. Son las _geishas_ -célebres sobre las cuales tanto se ha escrito y tanto se ha exagerado. -Lo que más admiro en las seis bailarinas azules y plateadas es su -estatura. Me he acostumbrado ya á la pequeñez de la mujer japonesa. En -las calles todas parecen, por su talla mediocre y su flacura extremada, -niñas á las que faltan varios años de crecimiento. - -Las danzarinas famosas del Koyokan me recuerdan por su cuerpo aventajado -á las mujeres de Europa, y esto las hace más interesantes á mis ojos. -Pero me doy cuenta de pronto que estoy sentado en el suelo y las veo de -abajo á arriba, como se ve á las actrices en los teatros, posición -favorable que aumenta su estatura y la majestad de su porte. Tal vez una -de las causas del poderío que ejerce la _geisha_ sobre el hombre del -país consiste en que éste la contempla sentado y teniendo que levantar -los ojos. Cuando termina el baile y consigo al fin ponerme de pie, veo -que todas estas beldades, escandalosamente pintadas, con runruneos y -gracias felinas de muñequita frágil, no me llegan al hombro. - -El resto del día está lleno de ocupaciones para mí. A las dos de la -tarde se ha reunido un público de estudiantes, de escritores y -aficionados á la literatura, en el gran salón de fiestas del diario -_Hochi_, uno de los más importantes de Tokío. Este diario ocupa un -«rascacielos» como los de Nueva York, en el que no ha causado el -terremoto ningún desperfecto. La sala de fiestas está en el último piso, -desde el cual se goza una vista á vuelo de pájaro sobre gran parte de la -inmensa Tokío. Como los locales universitarios fueron destrozados por el -cataclismo, es aquí donde una tarde entera se va á hablar de España, de -su literatura y de mi persona, ante una concurrencia toda de japoneses. -Para ellos es tan nueva y tan rara la materia, como lo sería para un -público occidental un discurso sobre literatura japonesa. Y sin embargo, -el salón, vasto como un teatro, ve ocupados todos sus asientos y mucho -gentío de pie. - -El profesor Nagata tuvo que abandonar nuestro almuerzo á las dos para -irse al salón del _Hochi_ que ya está repleto de público. Durante un par -de horas habla de la novela española, de mi vida particular y literaria, -de mis obras, algunas de las cuales han sido traducidas por él. Pero -esto nada tiene de raro, pues su discurso lo pronuncia en japonés y -todos pueden entenderle. - -A las cuatro llego yo para dar una conferencia sobre «El arte de hacer -novelas», y esto ya es más extraordinario, pues hablo en español. Una -parte del público, compuesta de estudiantes y de japoneses que viajaron -por la América del Sur, me entiende y aplaude al final de todos los -párrafos. El resto muestra una atención reflexiva, pretendiendo -comprender mis palabras, reteniéndolas en su memoria para convencerse -luego de si las ha adivinado ó no. Cuando termino, el profesor Shizuo -Kasai, otro traductor de mis libros, empieza la tarea de repetir en -japonés á este público atento y estudioso todo lo que yo he dicho, frase -por frase. - -Como esto va á durar otras dos horas, me escapo con el coronel Herrera y -varios amigos, para visitar la elegante casita que tiene este -compatriota en las cercanías del templo de Meiji-Jinju, levantado en -memoria del penúltimo emperador. A las seis volvemos al salón del -_Hochi_, donde aún va á celebrarse otro acto para mí. Es un concierto -dado por la mejor orquesta de la capital y en cuyo programa figuran, á -la vez, obras de Wágner, de Debussy, y dos sinfonías de Yamata, el -primer músico moderno del Japón. - -Encuentro en dicho concierto el mismo público que ha escuchado las -conferencias de la tarde. Estos hombres y mujeres, siempre atentos, con -expresión meditativa, ocupan su sitio desde las dos de la tarde... y son -las ocho de la noche. - -Termina la jornada con un banquete á la europea en el Hotel Imperial, -obsequio de los propietarios y principales redactores del _Hochi_. El -presidente y el vicepresidente de este diario, los señores Machida y -Ohta, me presentan á los comensales, entre los que figura Syusei Tokuda, -el gran novelista del Japón. Los más van vestidos de frac, pero algunos -profesores se presentan con el kimono negro de seda, que es el traje de -ceremonia de los japoneses distinguidos. - -La mesa, elegantemente servida, ocupa un comedor aparte en este hotel -enorme, de construcción bizarra é incoherente, obra del «modernismo» -alemán. El centro de esta mesa, por la que pasan los mejores platos -europeos, es un pequeño jardín japonés de un metro de longitud, con -árboles pigmeos que tienen tal vez más años de existencia que nosotros, -rumorosas cascadas, praderas de musgo natural, y peces vivos del tamaño -de alfileres diminutos, nadando en lagos no más grandes que la palma de -la mano. - -Hablamos del Japón y de Europa con todo el reposo y los miramientos -propios de una conversación entre nipones, cuya cortesía es algo -refinado que va más allá de la nuestra y nos obliga á medir las palabras -y á reflexionar mucho antes de emitir un pensamiento. Mientras tanto, -suenan fuera del comedor martillazos, gritos báquicos y risotadas. -Varios europeos residentes en Tokío están armando el árbol de Navidad y -se preparan para la cena clásica tomando numerosos aperitivos. - -Tengo á mi lado al maestro Yamada. Horas antes he visto dirigir á este -compositor, todavía joven, una orquesta de más de ochenta profesores, -todos ellos excelentes y obedeciendo á la batuta, con una precisión que -recuerda la de las orquestas alemanas. - -¡Y pensar que este pueblo hace cincuenta años no sabía lo que era un -violín, ni conocía otra música que la de las _geishas_ que he escuchado -á la hora del almuerzo!... - - - - -XVII - -PASEANDO POR TOKÍO - - Las fiestas florales del año.--«Geishas» y japonesas - honestas.--Cómo se casan los japoneses.--El amor fuera de casa.--El - paraíso de los maridos.--Opiniones de un moralista japonés sobre - las mujeres.--La esclavitud femenina.--Contradicciones del pudor - japonés.--Las mancebías del Yosywara.--Hembras expuestas en - escaparates.--15.000 muchachas quemadas.--La gran catástrofe de la - explanada de Hifukusho.--Un brasero de 40.000 personas.--Ágil - agonía de las madres japonesas.--Un policía que imita á los - samurais. - - -Por observación directa y por las explicaciones de mis amigos japoneses, -voy conociendo algo del alma de este pueblo, compleja y contradictoria, -pues se funden en ella las tradiciones de 2.600 años y los -transformismos violentos de un progreso que sólo tiene medio siglo y ha -copiado casi de golpe los adelantos materiales del mundo occidental. - -El japonés es de un positivismo áspero, prefiere las empresas prácticas, -de utilidad inmediata, y al mismo tiempo adora con fervor de poeta los -esplendores primaverales de la Naturaleza. - -Las flores en el Japón apenas tienen perfume, algunas carecen -completamente de él, y sin embargo ningún país de la tierra ama como -éste la floricultura. Toda japonesa bien educada aprende el arte de -hacer ramilletes, como una señorita occidental aprende el piano ó la -acuarela. No hay japonés que á la vista de un grupo de flores no quede -inmóvil, en actitud reflexiva, lo mismo que un visitante de los museos -de Europa ante un cuadro famoso. Hasta el bajo pueblo da su opinión -sobre los matices y combinaciones de un ramillete, pues todos conocen -desde la escuela el simbolismo y la armonía de las flores. - -En el curso del año las principales fiestas populares están -reglamentadas y escalonadas por las sucesivas floraciones de arbustos y -árboles. El japonés abarca en su veneración todas las flores, dedicando -mayor predilección á las de los árboles, casi inadvertidas en otros -países, que á la de los arbustos, más conocidas y apreciadas en el -Occidente. Cuando al iniciarse la primavera florecen los cerezos, se -organizan fiestas de un extremo á otro del Japón, que duran mientras -existe dicha flor. Al pie de los árboles se congregan las muchedumbres -para presenciar el _Miyaco-Odori_, la «Danza de los Cerezos», y estas -romerías dan motivo á un consumo enorme de _saké_, pues el pueblo se -embriaga por tradición, como lo hicieron sus ascendientes durante siglos -para glorificar la vuelta de la primavera. - -Antes de la fiesta de los cerezos ha sido la de los ciruelos, en -realidad la primera del año, pues dichos árboles florecen cuando las -nieves empiezan á fundirse. Luego se suceden las otras fiestas florales, -con acompañamiento de tacitas de _saké_, músicas y bailes de _geishas_. -En Mayo es la fiesta de las peonías, que no son aquí inodoras, como en -el resto de la tierra, gracias á los floricultores nipones que -consiguieron darlas un ligero perfume de rosa. Después son festejadas -las glicinas de largos racimos, y las azaleas, que abundan mucho en los -campos. En el curso del verano dedican su alegre glorificación á los -iris, á los lotos, y al empezar el otoño se celebra la fiesta de la flor -que pudiéramos llamar nacional, pues simboliza al Japón en el resto del -mundo, la crisantema, de infinitas variedades. - -Además, el japonés festeja en el otoño el follaje de ciertos árboles que -toma diversas tintas, como si sus hojas fuesen flores. Hay árboles que -dan frutos en otros países y aquí se cultivan únicamente por su -floración. En los ramilletes japoneses figuran como delicados -componentes la flor del melocotonero, del peral, del ciruelo, del -albaricoquero. Estas flores son infecundas; no contienen la esperanza de -ningún fruto. Nacieron simplemente para lucir una belleza virgen y jamás -conocerán la procreación. - -Todo el que llega á este país con la memoria llena de lecturas -literarias pregunta por las _geishas_, desea verlas, creyendo que son la -representación femenina del país. Es algo semejante á lo que ocurre en -España cuando los extranjeros desean ver gitanas, creyendo que todas las -españolas son la Carmen de Merimée, ó á la candidez de ciertos -visitantes de París, que se imaginan conocer á la mujer francesa porque -conversaron y bebieron con las danzarinas nocturnas de Montmartre. - -Algunos escritores europeos, después de cohabitar en un puerto del Japón -con una _musmé_ de alquiler, la han exaltado y glorificado con su genio -artístico, hasta hacer de ella el símbolo de la feminidad nipona. - -Esto es hermoso, pero completamente falso. En el Japón existen la -esposa, la madre, la hija, mujeres de resignadas y virtuosas costumbres, -que forman la inmensa mayoría de la población femenina, y existe -igualmente la _geisha_, cada vez menos numerosa y más decadente, que es -la bailarina y la música de los lugares de diversión. - -Esta especie de cocota nipona fué en otros tiempos, antes de que el -Japón adoptase las costumbres occidentales, algo así como una -institución nacional, destinada á satisfacer necesidades psicológicas -más que físicas. - -Para explicar esto con más claridad, necesito decir que en el Japón no -existe el amor como lo entendemos los occidentales, y si alguna vez -llega á nacer, es de un modo dramático é ilegal, fuera de la casa, al -margen del matrimonio. El japonés constituye su familia bajo la -dirección indiscutible de sus padres, que lo casan sin tomarse la -molestia de consultar su opinión. Lo mismo los casaron á ellos é -igualmente fueron contrayendo matrimonio sus remotos ascendientes en el -curso de siglos y siglos. - -Un amigo mío, profesor de lenguas europeas, me cuenta el breve y -estupendo diálogo que tuvo hace pocos días con uno de sus discípulos. - ---Mañana no podré venir á tomar mi lección, maestro, porque me caso. - -Acoge el profesor con extrañeza tal noticia. Nunca le había hablado su -alumno de noviazgos. ¿Cómo ha guardado esto en secreto hasta el último -momento?... ¿Quién va á ser su esposa?... - ---No sé--contesta el joven--. No la conozco. Todo lo han arreglado mis -padres, y fué ayer cuando me dijeron que debo casarme mañana. - -El japonés somete á su esposa á un régimen despótico, con arreglo á la -tradición, y ésta le obedece en todo, sin la más leve protesta. Es -posible entre ellos un plácido compañerismo, un afecto tranquilo y -fraterno, pero no el amor tal como se ve en novelas y dramas. Por esta -razón la literatura occidental sólo empieza á ser comprendida un poco -por los japoneses que viven á la moderna y han viajado. Los demás, al -leer obras célebres en Europa que sistemáticamente tienen por base el -amor, levantan los hombros y sonríen como en presencia de algo infantil, -indigno de respeto. - -La _geisha_ ha representado siempre para el padre de familia japonés la -poesía de la vida, lo imprevisto y complicado que hace sufrir y -proporciona deleite al mismo tiempo; en una palabra, el amor. Tiene en -su casa varias mujeres, por el privilegio de la poligamia, pero éstas -son abejas obscuras y laboriosas, dedicadas á la buena marcha del hogar. -La _geisha_ es como la hetaira griega, y á semejanza de los atenienses -del tiempo de Pericles, el daimio, el samurai ó el simple mercader han -despreciado muchas veces á las hembras tranquilas y obedientes de su -casa para ir en busca de la danzarina letrada, ingeniosa, maestra de -buenas maneras y gran recitadora de versos. - -Los principios de la carrera de _geisha_ no son fáciles. Hay colegios -especiales que las toman á los siete años, enseñándolas todo lo que -puede hacer valer particularmente sus gracias y sirve para seducir á los -hombres. Aprenden á tocar la guitarra, ejercitan sus voces, retienen en -su memoria los pequeños poemas célebres, que ascienden á centenares, y -sus maestras les enseñan además el arte de encontrar respuesta pronta é -ingeniosa á las demandas masculinas. Su gran habilidad es la danza, sin -saltos ni contorsiones, compuesta de actitudes que tienen algo de -rituales, transmitidas á través de los siglos. Sólo á los catorce ó -quince años salen de estos colegios, gobernados por una disciplina -severa, para intervenir en los banquetes y alegrarlos con su presencia. - -En realidad, la _geisha_ no fué nunca una prostituída. Su verdadera -misión es divertir á los comensales con su belleza y sus palabras. Todas -ellas guardan las tradiciones de la cortesía japonesa, y han mantenido -en los hombres, con su fino trato, la etiqueta y el mesurado lenguaje de -otros tiempos. - -Las esposas quedaron siempre en el hogar conyugal, mientras el marido -comía en la casa de té con las _geishas_. Algunas veces, si las mujeres -legítimas asistían á tales banquetes, el marido no se mostraba -intimidado por su presencia, y seguía acariciando familiarmente á las -bailarinas, sin que esto pareciese extraordinario. - -Afirman los tradicionalistas que la _geisha_ es una profesional honesta -y no va más allá de sus danzas, sus cantos y sus versos, evitando -relaciones sexuales con sus clientes. Y añaden que éstos, por su parte, -se contentan con la presencia y la conversación de las agradables -muchachas. Tal vez haya sido así en muchas ocasiones, y los occidentales -pequemos de maliciosos al no comprender unas orgías tan desinteresadas y -puras. Mas no es menos cierto que algunas veces el japonés se enamora -verdaderamente de la _geisha_, y como ésta es maestra en el arte de -enardecer al hombre manteniéndolo á distancia y muestra una voracidad -imprevisora y alegre para el derroche del dinero, tales relaciones duran -años y años, perdiendo el enamorado en ellas toda su fortuna y hasta -acaba suicidándose. - -Así como muchos llaman á los Estados Unidos «el paraíso de las mujeres» -por la influencia enorme que ejercen éstas en la vida privada y en la -pública, el Japón puede titularse «el paraíso de los maridos». Las leyes -escritas, las costumbres, la jerarquía social, la organización de la -familia, todo fué fabricado para los hombres. La mujer es la esclava del -esposo, y éste ha tenido la habilidad de moldear durante siglos y siglos -el pensamiento femenino de un modo tan hábil, que la pobre hembra -todavía muestra agradecimiento porque la mantiene al lado de él y se -esfuerza por adivinar su voluntad, cumpliéndola inmediatamente. - -Todas las japonesas á estilo antiguo adoran á su esposo como un dios, le -obedecen sabiendo que no puede equivocarse, y la menor protesta femenina -equivaldría á un sacrilegio. Al mismo tiempo se consideran felices -porque el marido se digna aceptar su sacrificio. - -Vieron en su infancia cómo su madre se prosternaba ante el padre; -aprendieron en el propio hogar que las mujeres son infinitamente -inferiores al hombre, y por eso acogen con agradecimiento inmenso la -menor muestra de consideración que se dignen darles. El japonés, por su -lado, desde los primeros años de su niñez aprende con el ejemplo de sus -mayores que la hembra sólo ha venido al mundo para servir al varón y -procurarle placeres materiales. Así se comprende que la poligamia -japonesa haya sido más tranquila y disciplinada que la de los -musulmanes. Las esposas marcharon siempre de común acuerdo, como devotas -unidas por el deseo de rendir culto á un mismo dios, sin las peleas y -rivalidades de las reclusas del harén. - -Es la tradición la que ha reglamentado la vida matrimonial. Sin embargo, -existe un código escrito de los deberes de la mujer, que redactó en el -siglo XVII un moralista llamado Kaibara. En él se dice que las mujeres -«nacen con los defectos de la indocilidad, el eterno descontento, la -murmuración, los celos y la escasez de inteligencia», lo que las hace -inferiores al hombre, y por ello es legítimo y oportuno que éste las -someta á una dirección vigorosa. - -Según Kaibara, la mujer no debe tener dioses propios y mirará siempre á -su marido como único dios, adorándolo al mismo tiempo que le sirve. El -esposo debe ser su único cielo... Y como si reglamentase las ceremonias -de un culto, añade que la esposa debe vestirse con humildad, adornarse -únicamente para inspirar deseos á su marido, levantarse la primera y -acostarse la última, y mientras el esposo duerme la siesta ella debe -trabajar. - -Al casarse, el japonés pone á su esposa bajo la vigilancia y dirección -de su propia madre, la cual, recordando lo que hicieron con ella, -procura imponer á la recién llegada las mismas disciplinas que aguantó -bajo la dominación de su suegra. - -Todo esto es el Japón antiguo, el matrimonio tal como existió durante -miles de años y como subsiste aún en el campo y las ciudades de -provincia. Pero al adoptar el país los adelantos materiales de -Occidente, copiando sus costumbres, esta constitución tiránica de la -familia, dentro de la cual las esposas no son más que domésticas de -clase superior, empieza á modificarse de un modo alarmante para los -guardadores de la tradición. - -El militar japonés uniformado como los de Occidente, el diplomático y el -alto funcionario puestos de frac, han tenido que llevar sus esposas á -las fiestas de la corte imperial y á las de las Legaciones, vestidas á -la moda europea. Esto que al principio fué tolerado por los maridos como -un disfraz necesario, porque así convenía á la nueva existencia del -Japón y porque lo ordenaba el emperador, ha ido modificando el alma -femenina con un lento goteo corrosivo y disolvente. - -Existen ya en las altas clases muchas japonesas que no toleran la -poligamia, conocen los celos, expresándolos francamente, y se niegan á -continuar la esclavitud resignada y agradecida de sus abuelas. Con el -transcurso del tiempo, este conflicto familiar--que es el tema de muchas -novelas japonesas modernas--irá aumentando y se extenderá á todas las -clases sociales. Se comprende dicha transformación después que las -japonesas han conocido de cerca la existencia más independiente y digna -de las mujeres blancas, especialmente de las norteamericanas. Los -esclavos--como dice Brieux[C]--sólo encuentran tolerable su situación -mientras viven con seres de su misma clase, y se consideran desgraciados -si ven de cerca á los que gozan de plena libertad. - -La evolución industrial del país contribuye rápidamente á las -transformaciones de la mujer. Ésta es ahora obrera en las fábricas, -escribe á máquina en las oficinas, desempeña empleos en almacenes y -tiendas, así como en muchas administraciones del gobierno, y al ganar su -vida puede existir independientemente, sin el apoyo del hombre, que ya -no es para ella el «dios único» recomendado por Kaibara. Si se casan y -quedan viudas, no realizarán seguramente lo que exigía este venerable -moralista, «pintarse los dientes de negro, cortarse los cabellos, -afeitarse las cejas, hacerse feas para no inspirar tentación á ningún -otro hombre». - -Sin embargo, las mujeres que no son ricas y carecen de una profesión -para ganarse el arroz continúan sometidas al despotismo marital, á -estilo antiguo. Temen que su esposo pida el divorcio, pues rara vez el -hombre deja de ser atendido por los tribunales cuando desea repeler á -una de sus cónyuges. Los motivos de divorcio son numerosísimos en el -Japón, y entre ellos figuran _que la esposa no obedezca las órdenes de -la suegra; que muestre celos del marido; que se enfade con él, -profiriendo palabras descorteses_. Si tales motivos rigiesen en los -demás países, inútil es decir que ya estarían disueltos casi todos los -matrimonios de la tierra. - -Es diversa la moralidad del pueblo japonés á la de las naciones -occidentales, y ofrece un aspecto contradictorio, de difícil explicación -para nosotros. Lo mismo ocurre con su pudor, que en todas partes es una -consecuencia de la moral imperante. - -No mostrará en público la mujer japonesa una línea de sus piernas ni una -parte de su pecho. El escote y los brazos desnudos de las occidentales, -vestidas con trajes de ceremonia, le parecen algo desvergonzado é -inaudito. Las _geishas_ van envueltas siempre en suntuosos kimonos, -cerrados sobre el cuello y que descienden hasta sus manos y sus pies. En -el Yosywara, barrio de placer de las principales ciudades japonesas, las -rameras se mostraban hasta hace poco en escaparates á la parte exterior -de los burdeles, pero todas ellas, llevando su rostro pintado como una -máscara, permanecían con aire pudibundo envueltas hasta los talones en -pesadísimas vestiduras bordadas de plata y oro. - -Al mismo tiempo, este es el país donde hombres y mujeres toman el baño -en público. Los tenderos, para no abandonar su establecimiento, tienen -una bañera debajo del mostrador, medio tonel, dentro del cual permanecen -en cuclillas. Si entra un parroquiano, se ponen de pie para servirle, y -la tendera muestra sonriente, con tranquilo impudor, sus exiguas -amenidades superiores, limitándose á colocar delante de ellas una -servilleta de papel menos grande que la palma de la mano. En los hoteles -á estilo del país, las criadas asisten al baño de los viajeros, y á su -vez, se muestran con la mayor tranquilidad cuando salen casi desnudas -del mismo lugar. - -Como la mujer fué considerada siempre inferior al hombre, no mereciendo -ningún aprecio moral, la prostitución ha sido tenida hasta hace poco -como una industria femenina, sin consecuencias para el honor de las -familias. - -Los padres vendían sus hijas á las grandes casas del Yosywara. Las -familias decentes, cuando salían á paseo por la noche, se encaminaban á -dicho barrio, á causa de la animación de sus calles esplendorosamente -iluminadas y á la enorme cantidad de teatros y establecimientos de danza -confundidos con las mancebías en este lugar de placeres. Las hijas de -buena familia saludaban á sus amigas que, vistiendo kimonos de regia -suntuosidad, se mostraban en los escaparates, esperando la orden de un -cliente. Luego conversaban con ellas, sin ninguna extrañeza, -considerando natural este cambio de situación. - -El penúltimo emperador, que tantas reformas hizo en medio siglo de -reinado, para dar un aspecto moderno á su país, tuvo que prohibir por -una ley, en 1870, que los padres siguieran vendiendo sus hijas á las -traficantes del Yosywara. Pero hay quien dice que no por eso se han -cortado definitivamente las relaciones entre algunas familias y las -casas de lenocinio. - -Yo he visto los Yosywaras de otras ciudades japonesas, pero no el de -Tokío, pues lo destruyó completamente el incendio hace tres meses, al -ocurrir el último terremoto. - -Me enseñan fotografías de este lugar alegre después de la catástrofe. -Como todos sus palacios de paredes policromas y aleros salientes, -cubiertos de inscripciones doradas, de linternas y banderolas, eran -construídos con madera y lienzo, ardieron en unos minutos, abrasando á -sus habitantes y cerrando el paso á los que huían. Sobre los tizones -apagados veo pirámides de cadáveres desnudos, y confundidos de tal modo, -que no se puede adivinar el sexo de cada uno de ellos. Únicamente -sabiendo la extremada delgadez y la pequeña estatura de la japonesa, -pueden reconocerse como cuerpos femeninos unos cadáveres que en el -primer momento parecen de muchachos. - -Quince mil huéspedas existían en el Yosywara de Tokío en el momento del -incendio. Ya no se permite en los de otras ciudades que las mujeres se -exhiban en escaparates sobre la calle. Éstos se abren ahora en el zaguán -de la casa, y el transeunte no tiene mas que pasar un pie sobre el -umbral para ver las mercancías expuestas en el interior. Lo que -permanece sobre las fachadas de dichos establecimientos es una hilera de -fotografías de tamaño más que natural, representando en trajes de -_geishas_ y con grandes flores sobre las sienes á las pensionistas del -establecimiento. - -Debo decir que estas jóvenes muestran una corrección pudorosa en la -práctica de su industria. Esperan el momento de ejercerla -tranquilamente, sin un ademán excitante, sin una palabra deshonesta, sin -mostrar siquiera uno de sus pies. Su rostro guarda una sonrisa inmóvil, -y están como encogidas dentro de sus vestiduras brillantes y gruesas de -imagen sagrada. Es verdad que aunque quisieran ser descocadas en sus -palabras no podrían conseguirlo. El idioma es el principal apoyo de la -cortesía y las buenas maneras de este pueblo. La lengua japonesa no -tiene palabras para insultar á un enemigo ni para expresar obscenidades. -Todo su diccionario es un manual de buena educación. - -El mortífero incendio del Yosywara, con sus 15.000 mujeres carbonizadas, -me hace recordar una catástrofe mayor, ocurrida en otro de los barrios -de Tokío. - -Me muestran numerosas fotografías de la explanada de Hifukusho, donde -perecieron 40.000 personas quemadas ó aplastadas. Al temblar la tierra -huyeron las familias de sus viviendas, aglomerándose en los lugares -descubiertos, plazas, paseos, terrenos baldíos. Esta explanada de -Hifukusho, de unas cincuenta hectáreas, abierta en plena ciudad, y que -tenía una cerca de planchas de cinc para ser utilizada por los -militares, fué el sitio adonde afluyeron los habitantes de todos los -barrios limítrofes. Los hombres arrastraban carretillas llevando en -ellas sus mejores muebles; otros corrían doblados bajo el peso de fardos -de ropa hechos apresuradamente. Las mujeres tiraban de filas de niños, -gritando para atraer á los rezagados. - -Un guardia de policía vigilaba su entrada. En el primer momento, fiel á -su consigna, intentó oponerse al avance de la muchedumbre. Pero ésta fué -engrosando, la tierra repetía sus temblores, gritaban las mujeres, -lloraban los niños, y el policía, conmovido por el peligro general, -acabó por olvidarse de su deber, dejándolos pasar. Al poco rato 40.000 -personas se aglomeraban dentro de la explanada con sus carretones, -muebles y fardos, tan estrechamente, que no podían moverse. Pero una -alegría egoísta les hizo reir y bromear. En este espacio libre se -consideraban salvos y seguros, mientras empezaba á arder Tokío. - -Las llamas se fueron extendiendo por el horizonte y avanzaron como dos -brazos rojos, hasta juntarse, cerrando toda salida. Esto no consiguió -que la gran masa de refugiados perdiese su buen humor. El incendio -estaba lejos y no podía llegar hasta ellos en una explanada -completamente descubierta. - -De pronto sopló el ciclón, completando la obra del terremoto y del -incendio. Las llamas verticales se inclinaron bajo el impetuoso bufido, -con una horizontalidad destructora. La succión atmosférica aumentó el -ardor de los inmensos braseros. Llovieron maderas encendidas, -arrastradas á enormes distancias. Se elevó la atmósfera á una -temperatura de horno, y las planchas metálicas de la cerca se -enrojecieron, quemando á cuantos se aproximaban á ellas. Se arremolinó -la enorme masa humana en este espacio, cada vez más angustioso para sus -pulmones. Le era imposible moverse; le faltaba aire para respirar; -llovía fuego. - -Los más perecieron quemados vivos. Algunos, con el empuje de la -desesperación, marcharon ágilmente sobre la muchedumbre, poniendo los -pies en sus apretadas cabezas. Pero morían también al llegar á las -vallas enrojecidas, ó más allá, junto á la línea de edificios -llameantes. - -Algunos testigos lejanos de la catástrofe describen un espectáculo -inaudito, que presenciaron repetidas veces. Por el enorme calentamiento -del aire ó por las succiones del ciclón, las personas subían ardiendo á -través de la atmósfera lo mismo que cohetes voladores, cayendo poco -después en un brasero crepitante de grasa cuyos tizones eran cuerpos -humanos. - -Cuando extinguido el incendio se procedió á la limpieza de la explanada -de Hifukusho, los fúnebres exploradores tuvieron que recoger con palas y -carretillas las cenizas de esta inmensa hoguera. - -Más abajo de la costra de cuerpos carbonizados fueron encontrando otros -cadáveres enteros, que habían perecido por aplastamiento y sofocación. -Los de arriba les habían derribado y pateado para abrirse paso, sin -conseguir otra cosa que morir á su vez ardiendo. - -La capa inferior de muertos estaba compuesta de mujeres, de niños, de -ancianos. Debajo de ella se encontraron varios pequeñuelos que -respiraban aún y fueron devueltos á la vida. - -Sus madres, pobres mujercitas amarillas, se habían arqueado sobre ellos, -con instintiva precaución, procurando mantenerlos intactos hasta el -último momento bajo sus cuerpos agonizantes. - -El policía no fué de los muertos, pero como buen japonés creyó necesario -expiar su olvido de la disciplina, su tolerancia misericordiosa, que -había abierto las puertas de la eternidad á 40.000 personas. - -Y fiel á la tradición del _Hara-Kiri_, se rajó el vientre con su -machete, echándose las tripas afuera, como un antiguo samurai. - - - - -XVIII - -LOS DOS SHOGUNES DE NIKO - - Muchos templos y poca religiosidad.--La cortesía con todos los - dioses.--Única religión verdadera del japonés.--Los muertos - mandan.--Todos los japoneses acaban siendo dioses.--El - sintoísmo.--Las tumbas de los dos Shogunes.--El Pericles - japonés.--Sus máximas morales.--San Francisco Javier.--El consejo - que le dan los japoneses.--Fácil difusión del - cristianismo.--Inquietud de los Shogunes.--Miedo al Papa y al rey - de España.--Se cierra el Japón por 250 años.--Persecuciones y - martirios de los misioneros.--Camino de Niko.--La buena educación - de una caja de comida.--Un regalo de cuarenta kilómetros de árboles - gigantescos. - - -Abandono por unas semanas mi camarote del _Franconia_. - -Voy á correr la parte más interesante del interior del Japón. Luego un -buque del país me llevará á Fusán, puerto de Corea, atravesaré este ex -reino que los japoneses se han apropiado, seguiré á través de la -Manchuria, que ocupan igualmente con un carácter temporal, entraré en -China, viviré en Pekín, y cruzando gran parte del Imperio Celeste, -convertido hoy en República, llegaré á Shanghai, donde me esperará el -paquebote con mi dormitorio flotante lleno de libros y recuerdos. - -Primeramente voy hacia el Norte en mi viaje por el Japón, alejándome de -la ruta que debo seguir después. No quiero irme de este país sin conocer -Niko, la Sagrada Montaña de Niko, el monumento fúnebre más suntuoso y -artístico que posee el Japón. - -En la tierra nipona abundan templos y santuarios. Contemplando el -paisaje desde las ventanillas del tren, cada vez que veo un grupo de -árboles sé que á continuación asomarán entre el follaje los tejados de -un templo budista ó sintoísta. Todos ofrecen un exterior interesante, -más por la vegetación que los rodea que por su arquitectura. Si -arrasasen los grupos de árboles y de arbustos floridos, parecerían -muchos de ellos miserables barracas. - -Tal abundancia de templos no supone que el pueblo japonés sea -extremadamente religioso. Por una contradicción de su carácter complejo, -los japoneses son el pueblo de la tierra que posee más templos y al -mismo tiempo el de menos religiosidad. Tal vez provenga esto de su -cortesía extremada, que les aconseja asociarse á toda manifestación -pública en honor de un gran personaje, sea hombre ó sea dios. - -Los japoneses de clase superior, los letrados, fueron siempre discípulos -de Confucio--como sus maestros los intelectuales chinos--, ó sea, -racionalistas propensos á la incredulidad, no profesando ninguna de las -religiones positivas. El pueblo, en cambio, las venera todas, sin -establecer entre ellas ninguna diferencia. - -La verdadera religión original del país fué el culto de los _Kamis_, de -los Antepasados, que ha servido de base al moderno sintoísmo. - -Durante muchos siglos esta religión veneró con sencillez los dioses de -la mitología japonesa, de que ya hablamos, únicamente por ser padres del -Japón; mas al despojarse el Mikado de su poder político para cederlo á -los Shogunes, fué extremando su autoridad religiosa en su retiro de -Kioto, convirtiéndose finalmente en una especie de pontífice, que -confirió la dignidad de altos sacerdotes á sus cortesanos. - -En los tiempos modernos el culto de los _Kamis_ ha ido tomando un -carácter más concreto, hasta ser la religión patriótica del sintoísmo, -única que respetan verdaderamente los japoneses. Yo he visto reir á -familias enteras, regocijadas por los enormes Budas de majestuosa -fealdad que existen en los templos de algunas ciudades. Igualmente ríen -de muchas creencias antiguas, pero ninguno se permitirá la más ligera -broma sobre el altar de los Antepasados que cada cual tiene en su casa, -ni sobre el sintoísmo, culto de la patria japonesa. - -El budismo, que penetró en el país á mediados del siglo VI, siguiendo la -influencia de la civilización china, se ha corrompido mucho por la -avaricia y el lujo de sus sacerdotes, dividiéndose hasta contar treinta -y cinco sectas diferentes. Las boncerías ó conventos budistas se -convirtieron en lugares de prostitución. Muchos de sus templos estaban -rodeados hasta hace poco de las llamadas casas de té. Una peregrinación -budista era una especie de Carnaval, abundante en desenfrenos carnales. -Los Shogunes tuvieron que reprimir muchas veces los escándalos de los -bonzos y los desórdenes provocados por ellos. - -Al adoptar el Japón en nuestra época los progresos y usos de Occidente, -necesitó como medida defensiva resucitar su antigua religión nacional, -algo olvidada, y el culto de los _Kamis_ tomó el nombre de sintoísmo. -Este culto es algo superior que se sobrepone á las otras creencias y -resulta compatible con todas ellas. - -Un nipón puede ser budista, cristiano y hasta ateo, ejerciendo al mismo -tiempo el culto sintoísta. En japonés, _shinto_ significa «Camino de los -dioses», y el nombre resulta apropiado, pues todos al morir en el Japón -emprenden el camino para convertirse en dios. - -El sintoísmo es la religión de los muertos; pero los muertos japoneses -no apartan sus espíritus de la tierra. En las demás religiones, -cristianismo, mahometismo, etcétera, que proclaman la inmortalidad del -alma, ésta, al separarse del cuerpo, va á habitar determinadas regiones, -de felicidad ó de expiación, celestiales ó infernales, lejos de nuestro -mundo. Para los japoneses, las almas de los muertos no se alejan de -nuestro planeta. Siguen en él, con una existencia invisible para -nuestros ojos, pero material, como el aire ó como el fuego. Viven -alrededor de sus descendientes, les acompañan dentro de sus casas, -residen en el altarcito de los Antepasados, y el japonés les ofrece -arroz y _saké_, los saluda todas las mañanas y los consulta en momentos -graves de su existencia. Cree firmemente que «los muertos mandan» porque -son más numerosos que los vivos, y aglomerando sus experiencias saben -más que éstos. - -Los que aún están dentro de la vida se engañan cuando creen que sus -actos son producto espontáneo de su voluntad. Los muertos les empujan -sin que ellos lo sepan y les sugieren sus acciones. La devoción á la -memoria de los Antepasados es, según los moralistas japoneses, «el -resorte de todas las virtudes». - -Cuando el almirante Togo destruyó la flota rusa, asegurando con ello el -triunfo definitivo de su país, el viejo emperador envió la siguiente -alocución á las tripulaciones: «Gracias á vuestra lealtad y vuestra -bravura he podido contestar dignamente á las preguntas que me dirigían -los espíritus de mis Antepasados.» Y al oir tales palabras, los marinos -japoneses lloraron de emoción. - -Este sintoísmo que acabo de describir en una forma sumaria, -prescindiendo de las complicaciones y sutilezas niponas, es más grosero -y material en el bajo pueblo, predispuesto siempre á las -supersticiones. Los templos sintoístas, al tener sacerdocio y culto -oficiales, adoptaron poco á poco muchas ceremonias de los bonzos. Los -japoneses, al entrar en un templo sintoísta, dan dos palmadas para que -acudan los dioses á escucharles, si acaso están distraídos ó ausentes. -Otras veces tiran de una cuerda al extremo de una campana, para atraer -de igual modo la atención divina. Pero lo mismo el campesino y el -marinero predispuestos á las ofrendas y los llamamientos para ablandar á -los espíritus, que los letrados de incredulidad confuciana, todos, al -ser sintoístas, adoran á su patria, único país de la tierra de origen -divino, cuyos soberanos son nietos de los dioses, y con ello se adoran á -sí mismos. - -No hay japonés que no se considere en el camino que conduce á la -divinidad, seguro de que cuando muera sus herederos le rendirán culto en -el altar de familia. El agente de policía que reglamenta la circulación -de los vehículos en la calle, el vendedor de frutas ó el campesino que -pasan con un largo bambú sobre un hombro del que penden dos banastas, el -viejo que tira de la _koruma_, el militar que va á caballo, el marinero -que pesca en el Mar Interior tripulando un barco de forma arcaica, todos -serán dioses con el curso del tiempo, y después de su muerte vivirán en -la atmósfera, cerca de sus familias, influyendo en las acciones futuras -de éstas, como los Antepasados dictan en la actualidad sus propias -acciones. Los remotos descendientes se prosternarán ante su imagen -invisible antes de emprender un viaje, implorando su protección, y al -volver harán lo mismo para darle gracias. Quemarán varillas de incienso -ante su altar, como él las quema ahora en honor de remotísimos abuelos, -cuyos nombres desconoce, pero de cuya existencia divina no duda un -momento. - -La Sagrada Montaña de Niko adonde yo voy está cubierta de templos de -distintos ritos, y sin embargo las muchedumbres de peregrinos que la -frecuentan todos los años sienten fundidas sus almas por una absoluta -unidad religiosa y acuden á ella para venerar el espíritu de dos grandes -muertos, dos Shogunes de la dinastía Tukagawa, llamados Yeyasu y -Yemitsu, que hicieron la grandeza del Japón. - -Yeyasu, el más célebre, sujetó para siempre á los señores feudales, -abriendo una era de paz y progreso que duró 250 años. Muchos -historiadores le llaman «el Pericles japonés». - -Bajo su gobierno, en el siglo XVI, florecieron los poetas y pintores más -notables del país. Estableció relaciones comerciales con los otros -pueblos de Asia y las repúblicas mercantiles de Europa. Siguió -atentamente lo que ocurría en América, viendo extenderse la conquista y -la colonización españolas desde más arriba del golfo de Méjico al cabo -de Hornos. - -Este hombre de guerra, que venció en los combates á la revoltosa -aristocracia de los daimios, fué al mismo tiempo un filósofo y ha dejado -sabias máximas que repiten todavía las familias. - -«La perseverancia es la base de la eterna felicidad.» - -«El hombre que sólo ha visto la cumbre y no conoce las amarguras del -valle no puede llamarse hombre.» - -«La vida es un fardo muy pesado, pero no debes lamentarte de que te -desuelle la espalda.» - -«Necio es el que se deja marear por las vanidades humanas.» - -«La culpa de nuestros males debemos atribuirla á nosotros mismos.» - -«Todo en exceso causa pena, y es preferible que falte á que sobre.» - -Cuenta Lafcadio Hearn que cuando Yeyasu, después de sus victorias, era -dueño absoluto del Imperio, lo sorprendió una mañana uno de sus -servidores sacudiendo un viejo kimono de seda para conservarlo. - ---No creas--dijo--que hago esto por el valor de la prenda, sino por -respeto al trabajo de la pobre mujer que la fabricó con largos -esfuerzos. Si al usar las cosas no recordamos el tiempo y las penas que -ha costado su producción, esta falta de respeto nos coloca al nivel de -las bestias. - -Otra vez se negó á admitir unos vestidos nuevos que le ofrecía su mujer, -añadiendo así: - ---Cuando pienso en las multitudes que me rodean y en las generaciones -que vendrán después, creo mi deber vivir económicamente, pues si -despilfarro le quito á alguien la parte que le corresponde. - -Al morir Yeyasu y ser enterrado en la Sagrada Montaña de Niko, la -gratitud nacional transformó aquélla en monumento patriótico. Los -templos se han amontonado en sus laderas, formando una escolta eterna á -la tumba del célebre Shogun y á la de Yemitsu, su digno sucesor. Todos -los años, en primavera, acuden miles de peregrinos desde las provincias -más lejanas del Imperio para celebrar la memoria de estos gobernantes. - -Guarda de ellos el pueblo un recuerdo casi legendario, haciendo de su -época el período de mayor felicidad nacional. Y sin embargo, bajo su -gobierno se cerró el Japón á los europeos, quedando aislado dos siglos y -medio del resto del mundo. También en el período del segundo de los dos -Tukagawa se inició la cruel persecución contra el cristianismo, -ordenándose horribles suplicios, en los que perecieron tantos misioneros -mártires de su fe. - -El primer propagandista del cristianismo que penetró en el Japón fué un -español, San Francisco Javier. Al conocer por el marino portugués Méndez -Pinto la existencia de este Imperio idólatra y misterioso que acababa de -descubrir, el misionero navarro se creyó escogido por Dios para -evangelizar dicha tierra. - -Nadie le opuso obstáculos en sus correrías por el archipiélago. La -primera descripción de Kioto la hizo él durante su permanencia en esta -capital teocrática. El Shogun que gobernaba entonces el Imperio acogió -con escéptica bondad la llegada del propagandista de una nueva religión. - ---Será una secta más--dijo--que tendremos en el país. - -La gente instruída escuchó atentamente, con su cortesía tradicional, las -predicaciones del futuro santo. Luego algunos letrados le dieron la -siguiente respuesta, digna de su tolerancia confucista: - ---Nuestros maestros son los chinos. De su país nos han llegado las -artes, la literatura, la filosofía, el budismo. No pierda el tiempo -predicándonos á nosotros. Vaya á la China, y si convence á las gentes de -allá, seguiremos el mismo camino sin necesidad de misioneros. - -Este consejo hizo honda impresión en San Francisco Javier, y desde -entonces sólo pensó en la conquista espiritual de la China. Abandonó el -Japón, volviendo á las misiones portuguesas de la India, y allí se -dedicó al estudio del idioma chino y á reunir amistades para entrar -libremente en el vasto Imperio. Pero cuando al fin pudo emprender el -viaje á Cantón, tuvieron que desembarcarlo en una de las numerosas islas -de la bahía de Hong-Kong, donde murió. - -Detrás de él empezaron á llegar al Japón otros misioneros, que -obtuvieron rápidos éxitos con sus predicaciones. El pueblo japonés había -admitido la doctrina budista y no necesitaba hacer un esfuerzo enorme -para aceptar el cristianismo. En pocos años la nueva religión llegó á -contar 200.000 adeptos. Uno de los misioneros españoles consiguió que el -príncipe de Sendai, feudatario del Mikado, enviase una embajada al Papa. -Ésta fué recibida en Roma y en la corte de Madrid con ostentosas -ceremonias, creyendo todos, por la confusión geográfica de aquellos -tiempos, que venía en nombre del emperador del Japón. - -Fué además aquel período el de mayores guerras entre los daimios -ingobernables y el Shogunato, empeñado en establecer el orden y la -unidad nacional. - -El avisado Yeyasu, vencedor definitivo del feudalismo, vió un peligro -político en la nueva religión. - -Pretendían emplearla los daimios más rebeldes como un medio para -resucitar la guerra. La vanidad patriótica y el excesivo celo religioso -de algunos misioneros, que no se recataban en mostrar públicamente su -amistad con los rebeldes, aumentaron los recelos del Shogun. Éste seguía -con inquietud el engrandecimiento de los reyes de España, dueños de la -mayor parte de América y poseedores de las Filipinas, casi á las puertas -del Japón. Varias veces llegaron hasta sus oídos palabras arrogantes -proferidas por españoles religiosos ú hombres de mar. No consideraban -empresa imposible que algún día el rey de las Españas enviase una flota -á estas islas, como las había enviado á tantos países remotos. - -Además, el Shogunato, al adquirir informes de la vida de Europa, -consideró con cierto miedo al Papa. La suspicacia japonesa sintióse -inquieta al saber que el jefe de la nueva religión, establecido en Roma, -llevaba tres coronas en su tiara y tenía potestad divina para quitar los -reinos á unos monarcas, dándoselos á otros para que sostuviesen la fe. - -Los misioneros cristianos, en su mayor parte españoles, parecían á los -Shogunes más peligrosos por su energía y su afán de sacrificio que los -corrompidos bonzos, domeñados por ellos para siempre. Eran unos -conquistadores tan audaces y duros como sus compatriotas que se habían -adueñado de América. Se valían de la palabra y del sacrificio pasivo, -como los otros de la espada. - -En tiempos de Yemitsu, el segundo Tukagawa enterrado en Niko, se ordenó -la expulsión de todos los misioneros, la supresión del culto cristiano, -y quedaron cerrados los puertos á todo buque que no fuese japonés, -aislándose el Imperio del resto de la tierra. Ningún natural del país -pudo salir de él y se prohibió bajo penas severas el aprender las -lenguas occidentales. - -Volvieron los misioneros ocultamente, arrostrando los tremendos castigos -con que les amenazaban, y empezó el largo martirologio japonés de -jesuítas, franciscanos y otras órdenes religiosas. - -Los holandeses fueron los únicos blancos que obtuvieron permiso para -hacer un pequeño comercio con el Japón, pero á costa de enormes -humillaciones. Vivían acorralados en el exiguo islote de Décima, cerca -de Nagasaki, y sólo podían traficar después de haber demostrado que no -eran cristianos, para lo cual los sometían á varios actos blasfematorios -y á otras ceremonias en las que infamaban los más altos símbolos del -cristianismo. Muchos de estos mercaderes podían hacerlo sin -remordimiento, pues en realidad eran judíos de origen español ó -portugués nacionalizados en Holanda. - -Llevo varias horas de viaje en el tren. Llegaremos á Niko muy entrada la -noche, y creo oportuno comprar un _bento_ para comer en el vagón. - -El _bento_ es una caja de madera blanca llena de comestibles, que venden -en todas las estaciones. El arroz hervido está en una cajita de cartón -con los correspondientes palillos para comerlo. Los otros manjares van -envueltos en papeles de seda, con la prolijidad y limpieza de un pueblo -de grandes embaladores. Además, me entregan una tetera de barro rojo con -su tacita, para que remoje mi banquete á la japonesa con la bebida -nacional. - -Se muestra la exquisita cortesía nipona hasta en la preparación de esta -cena comprada. El papel de seda que envuelve la caja lleva el siguiente -saludo, que me traduce un amigo: «Sabemos que el presente _bento_ es -indigno de usted, pero sírvase aceptarlo por bondad.» - -Este arte del embalaje, que igualmente poseen los chinos, se muestra en -todos los bultos que llevan mis compañeros de vagón. El japonés no -necesita comprar maletas. Cuando las usa, son de ligerísimo tejido de -paja. Por regla general, se fabrica él mismo su equipaje con hojas de -papel é hilos, siendo asombrosas la solidez y la gracia que sabe dar á -sus envoltorios. - -Ha cerrado la noche, borrándose los paisajes en los cristales de las -ventanillas. Ahora son opacos y reflejan las luces interiores, así como -nuestros rostros, algo caricaturescos por el incesante movimiento. Un -amigo japonés, para distraerme, me va relatando las cinco grandes -fiestas anuales del Japón, llamadas _goséquis_. - -La primera es la del principio de año. Antes correspondía á nuestro -primero de Febrero, pero el penúltimo emperador, deseoso de unificar la -vida de su país con la del Occidente, decretó en 1873 que el año del -Japón debía empezar con el nuestro. - -Ahora solemnizan los japoneses el primero de Enero con visitas de -felicitación y aguinaldos, que consisten especialmente en abanicos. -Algunos tradicionalistas regalan, á estilo antiguo, un cucurucho de -papel que contiene un pedazo de pescado seco. La segunda fiesta es la de -las Muñecas, dedicada á las _musmés_. La tercera la de las Banderas, y -es la fiesta de los muchachos. La cuarta se llama de las Linternas y -Lámparas, y tiene por escenario las hermosas noches del verano. La -quinta es la de las Crisantemas, y en este día las familias deshojan -dichas flores sobre las tazas de té ó las copas de _saké_. - -Luego volvemos á hablar de los dos gloriosos Shogunes, y de cómo, -después de muertos, el pueblo en masa contribuyó al embellecimiento de -la Sagrada Montaña que guarda sus tumbas. - -Un noble de aquella época tuvo una iniciativa, digna de este país que -tanto ama los árboles y las flores. Dejó que los demás elevasen templos -ó bordeasen las avenidas de la montaña con largas filas de linternas de -piedra sobre pedestales, llamadas _toros_. - -Otros admiradores de los dos Shogunes levantaron á la entrada de los -caminos esas portadas japonesas, compuestas de dos enormes troncos -cilíndricos que se remontan en suave disminución y sostienen un dintel -de gruesos maderos, rematado horizontalmente por dos puntas ligeramente -encorvadas como cuernos. (Tales arcos reciben el nombre de _toris_.) - -El original donador, que era un daimio arruinado, ofreció plantar de -criptomerios diez leguas del camino que conduce á Niko, y para que no le -acusasen de tacaño, los plantó á corta distancia unos de otros. El -criptomerio llega á adquirir gigantescas proporciones: es el cedro del -Japón. - -Los de Niko llevan ya trescientos años de crecimiento. Sus troncos se -tocan, y este camino de 40 kilómetros entre dos vallas de árboles -apretados resulta una de las maravillas más interesantes de la tierra. - - - - -XIX - -AL PIE DE LA MONTAÑA SAGRADA - - Niko en la noche.--El canto infinito de la Montaña Sagrada.--La - temperatura inexplicable del Japón.--Nieve y plantas - tropicales.--La desnudez japonesa.--Junto al brasero del - anticuario.--El sereno de las castañuelas.--El amanecer en un hotel - del interior del Japón.--El Puente Sagrado.--Cómo una enorme - serpiente roja se doblegó en arco para servir á un - santo.--Murmullos de agua y musgos invasores.--Los árboles - casamenteros. - - -Llegamos á Niko en la espesa sombra de la noche, á merced de nuestros -guías, sin saber adónde nos llevan. - -Mucho antes vimos desde la ventanilla una muralla de ébano que iba -extendiéndose ante el tren en sentido inverso para perderse en la -obscuridad: el famoso camino de los criptomerios. Esta enorme cerca -vegetal se interrumpe en las cercanías del pueblo; la han echado abajo -para la edificación de nuevas casas. - -Niko, cuyo nombre repiten todos en el Japón, es simplemente una aldea; -menos que esto, una calle única; dos filas de casas á ambos lados del -camino que conduce á la Montaña Sagrada. Estos edificios tienen sus -puertas y ventanas enrojecidas por la luz cuando pasamos ante ellos -sentados en veloces _korumas_. Son hospederías puramente japonesas para -los peregrinos que llegan en la primavera y el estío; alojamientos donde -los huéspedes comen sentados en el suelo y duermen sobre una esterilla -con almohada de madera. En las otras casas hay tiendas de «recuerdos» -para los visitantes, y como éstos no abundan en el invierno, sus dueños -venden pieles de oso negro cazado en las montañas próximas. - -Nos llevan al Hotel Kanaya, el alojamiento más importante, compuesto de -numerosos edificios y un vasto jardín, especie de pueblo aparte dentro -de Niko. Estos edificios son en su parte baja iguales á los grandes -hoteles de Occidente. Su dueño actual, último representante de una -dinastía de Kanayas que empezaron siendo guías de la Montaña Sagrada, -muestra orgulloso un álbum con las firmas del heredero de la corona de -Inglaterra y otros visitantes célebres del Japón que vinieron á alojarse -en su establecimiento. Los pisos superiores tienen las comodidades -europeas; pero una parte del mueblaje, la disposición de las -habitaciones y su servidumbre puramente nipona hacen recordar al viajero -que se halla en el centro de una isla del Extremo Oriente. - -Acompañando á una señora vuelvo al pueblecito de Niko, para lo cual -descendemos á pie la suave colina ocupada por el «Kanaya Hotel». Son las -diez de la noche, ya están cerradas las tiendas, pero un guía nos habla -de cierto almacén de antigüedades abierto hasta después de media noche -para que los viajeros puedan dedicar en absoluto el día siguiente á la -visita de los mausoleos. Marchamos por caminos desconocidos, en la -penumbra azul de una noche suavemente iluminada por un cuarto de luna. -Esta luz sólo se esparce por la parte alta del paisaje. Abajo se -extienden murallas de compacta sombra, las arboledas centenarias de la -Montaña Sagrada, que llegan hasta aquí. - -Vemos entre las dos masas negras una especie de nube blanca é inmóvil. -Es una cumbre nevada, que brilla como si fuese de plata en el misterio -de la noche. Sobre esta cúspide parpadean las estrellas. Canta el agua -por todas partes. El recuerdo de Niko queda en la memoria acompañado de -una orquesta rumorosa de arroyos temblones. - -Avanzamos entre dos filas de árboles gigantescos, por la orilla de un -río que salta sobre su cauce de piedras en continuas cascadas. Los -fulgores perdidos de las estrellas hacen brillar estas caídas líquidas -con azuladas fosforescencias. A las voces graves del agua glacial -desplomándose en grandes masas vienen á unirse los gorgoritos femeninos -de las fuentes salidas de las peñas y los vagidos infantiles de ocultos -arroyuelos deslizándose bajo el musgo en delgadas láminas. La Montaña -Sagrada guarda invisible entre los bosques de su cumbre un gran lago que -deja caer sus excedentes hacia el valle. Este rezumamiento la cubre con -regio manto vegetal y la arrulla al mismo tiempo con el poético murmullo -del agua corriente. - -Canta la Sagrada Montaña en el misterio de la noche, canta en la -penumbra verdosa del día, cuando el sol apenas logra deslizar algunas -flechas entre el follaje de sus cedros. Un coro de mil voces líquidas -acompaña en sordina los gorjeos de los pájaros de sus espesuras. - -La noche es fría, pero con un frío que puede llamarse japonés. No -anonada, como el de otros países, ni impulsa á refugiarse bajo un techo. -En plena noche hace sentir el deseo de caminar. Es un frío que excita la -actividad y pica la epidermis con dulces cosquilleos. La temperatura del -Japón resulta inexplicable para el recién llegado. El país está lejos -del Trópico, en una latitud igual á la de muchas tierras que sufren -rudos inviernos; hay nieve, se hiela el agua durante la noche, y sin -embargo, el bambú alcanza proporciones enormes y crecen árboles y -arbustos de los países cálidos. - -Los hombres muestran igual contradicción, entre su modo de vivir y los -rigores de la temperatura que los rodea. El agricultor japonés va medio -desnudo en invierno. Algunas veces trabaja en los campos ó tira de una -carreta en los caminos, sin más vestidura que un sombrero y un vendaje -que pasa bajo su vientre, como una concesión á la decencia, haciendo las -veces de hoja de parra. Los niños, al ir á la escuela, sólo llevan un -kimono delgadísimo de cretona negra á redondeles blancos. Las piernas -desnudas que asoman por debajo de él son coriáceas y azuladas por el -frío. Acostumbrado el japonés desde pequeño á la ablución glacial y la -ropa ligera, apenas conoce el tormento de las temperaturas bajas. Todo -su cuerpo, hasta en las partes más delicadas y secretas, tiene la misma -curtimbre que la epidermis de nuestro rostro. En los japoneses que no -han copiado aún el traje occidental, «todo es cara», desde la frente á -las puntas de los pies. - -Marchamos por este camino solitario, en las afueras de una población que -no conocemos, y sólo de tarde en tarde se desliza junto á nosotros algún -varón con kimono y peinado antiguo, que parece escapado de una vieja -estampa japonesa. Y sin embargo, no sentimos inquietud. La Sagrada -Montaña, con su arboleda rumorosa de tres siglos y su coro interminable -de voces acuáticas, da una sensación de paz mística, de inocente -seguridad. Parece imposible que pueda existir aquí la violencia. - -Una fila de casitas de madera y lienzo empieza á extenderse ante el río. -El guía llama á una de ellas, cuyas ventanas de papel transparentan la -luz interior. Se corre el biombo de la puerta y subimos los peldaños que -conducen á la plataforma, sobre la cual está asentado todo edificio -japonés. Como este almacén recibe muchas visitas de occidentales, no hay -que despojarse del calzado al entrar en él. Su dueño ha tendido sobre -la esterilla de paja tradicional que cubre la tablazón del suelo ricos -tapices de la China y la India, para que no contaminen aquélla nuestros -zapatos. - -Permanecemos hasta media noche viendo las cosas preciosas que estos -mercaderes corteses, bien hablados y abundosos en saludos, sacan de -grandes cofres que esparcen un viejo olor de sándalo. Sobre los muebles -se forman pilas de kimonos con todos los colores del iris, bordados de -animales y flores fantásticas. Unas linternas de papel iluminan con -suave luz las diversas habitaciones de esta tienda. La calma de la noche -con su rumoroso cortejo de cascadas y arroyos penetra en el cerrado -edificio á través de las paredes. El suelo de madera tiembla y se queja -bajo nuestros pasos. - ---Aún tengo algo mejor--dice el dueño en inglés, haciendo nuevas -reverencias. - -Y extrae de cualquier rincón una vestidura maravillosa, mostrándola con -sonrisa tentadora á la dama que ha llegado en plena noche para comprar. - -Como yo no he de adquirir ninguna de estas prendas femeninas, la dueña -del establecimiento cuida de mí, con el extremado interés de la cortesía -japonesa. - -Me ha hecho sentar sobre dos cojines en la esterilla doméstica, junto á -un brasero de bronce sostenido por tres dragones, cuyas brasas esparcen -dulce calor. Habla continuamente, mostrando su dentadura chapada de oro. -No entiendo sus palabras, pero adivino por su gesto que son hiperbólicas -expresiones de modestia y gratitud porque me digno honrar su vivienda -con mi visita; las mismas que dice á todos los occidentales, con una -sinceridad y una sonrisa que obligan á creer en ellas. - -Transcurre el tiempo, y como la burguesa nipona ya no sabe qué decir, -vuelve á llenar una pequeña pipa, cuyo contenido consume en pocas -chupadas, y repite varias veces la operación, dando golpes en el borde -del brasero para expeler las cenizas. - -Un choque incesante de tabletas de madera se une á los rumores de la -noche. Viene de lejos; pasa junto á la casa, por el otro lado de los -tabiques de lienzo, madera y papel; se va perdiendo al sumirse en la -lejanía nocturna. La tendera adivina mi curiosidad con sus ojillos -ágiles y pide al guía que traduzca sus explicaciones. Es un vigilante -nocturno el que acaba de pasar. En el Japón Central, lejos de las -ciudades modernizadas de la costa, las gentes conservan aún muchas -costumbres antiguas, y una de ellas es que el sereno anuncie su paso -chocando dos tabletas que lleva en su diestra, á guisa de castañuelas. -Así hace saber su presencia á los vecinos que aún están despiertos, pero -avisa igualmente á los malhechores para que escapen. - -A la mañana siguiente veo cómo la puerta de mi habitación, que he -cerrado por dentro antes de acostarme, se va abriendo con suave -facilidad. Una criadita nipona, que por su estatura parece de ocho años -y tiene cara y gestos de mujer, entra con trotecito ratonil. - ---¡_O hayo_!--dice la muñeca, sonriendo al notar mi confusión de -durmiente bruscamente despertado. - -Luego descorre los cortinajes enormes que cubren dos muros enteros de mi -cuarto, y me doy cuenta de que éste es en realidad una especie de -mirador ó galería encristalada. Sólo unos visillos en la parte baja de -los vidrios impiden que me vean los huéspedes de las otras habitaciones. -Por la parte superior alcanzan los ojos gran parte de los tejados del -hotel y las frondosas copas de los criptomerios que lo rodean. - -Lo primero que entra por los vidrios empañados es el canto general del -agua. Ha llovido durante la noche. Los techos brillan como si fuesen de -laca, las hojas de los árboles sacuden sus últimas gotas. - -En los hoteles japoneses, si no se da orden en contrario, las ágiles y -sonrientes criaditas se presentan poco después de amanecer para servir -una taza de té al viajero todavía en la cama. Veo entrar pasados algunos -minutos á un mozo con un cubo de carbón y gruesos guantes de lana -blanca, que carga la chimenea y le prende fuego, servicio oportuno, pues -las dos vidrieras enormes, al mismo tiempo que me permiten ver el -paisaje desde el lecho, dejan penetrar el frío agudo del alba. Ha -empezado ya el movimiento en el hotel. Las japonesitas entran y salen -para efectuar la limpieza de la habitación, repitiendo cada una al -presentarse el mismo saludo sonriente: «¡_O hayo_!» (¡Buenos días!). - -Ninguna de ellas se asusta de que el huésped baje de la cama ligero de -ropas y proceda en su presencia á los actos de la higiene matinal. El -pudor de la japonesa no ve en esto nada extraordinario. - -Poco tiempo después emprendo mi peregrinación á la Montaña Sagrada. - -Un río, el mismo que seguí anoche sin verlo, separa á ésta del pueblo de -Niko. En la penumbra azul de las primeras horas diurnas suenan ahora las -voces de sus frías cascadas más alegremente y con menos misterio, -elevándose sobre cada una de ellas columnas de vapor blanco. - -Dos puentes arqueados se tienden de orilla á orilla. El mayor es de -piedra, y fué construído para que las muchedumbres devotas pudiesen -llegar á la Santa Montaña en sus peregrinaciones. El otro es el Puente -Sagrado, y sólo lo pisa el emperador. Tiene adornos de bronce color de -oro y el rojo brillante de su laca parece absorber la luz. - -Hace muchos siglos, cuando la Santa Montaña era un lugar abrupto donde -vivían dedicados á la meditación numerosos ascetas, llegó á orillas de -este río un sacerdote budista de grandes virtudes, ansioso de quedarse -para siempre en tal desierto. El río le cortó el paso, y al lamentar á -gritos la presencia de este obstáculo que no le permitía recogerse en el -santo lugar, surgió de la arboleda inmediata una enorme serpiente roja, -y tendiéndose entre las dos orillas se arqueó en la misma forma de los -puentes japoneses para que el sagrado personaje pasase sobre su lomo. Al -pisar la ribera opuesta volvió el bonzo sus ojos para dar gracias al -monstruo benéfico, pero éste acababa de disolverse hecho humo. - -En memoria de tal prodigio construyeron los emperadores el Puente -Sagrado, cuyo color y arqueamiento recuerdan á la serpiente roja. Por -aquí pasaban los antiguos Mikados en sus procesiones á la Montaña -Sagrada, precedidos de una escolta de guerreros de dos sables, que -hacían volar las cabezas de los imprudentes cuando no se echaban de -bruces en el suelo y pretendían ver al nieto de los dioses. - -Me entretengo en examinar el puente, laqueado y dorado como un mueble -japonés. Dos fuertes estribos de granito surgiendo de las entrañas -espumosas del río afirman la estabilidad de este viaducto elegante, tan -frágil en apariencia que parece va á mecerlo el viento como una hamaca -de curva invertida. - -Se acerca á mí un fotógrafo que va con kimono negro y ha abrigado su -máquina, de una lluvia finísima, bajo enorme paraguas de papel. Pasa el -día junto al puente rojo retratando á los compatriotas que llegan de -todo el archipiélago para conocer la Montaña Sagrada. «Quien no ha visto -Niko--dice un refrán japonés--, que no use la palabra «maravilla». - -Varios niños con kimono á redondeles y las piernas lívidas de frío pasan -hacia una escuela inmediata. Al ver que el fotógrafo se dispone á -trabajar, hacen alto, me sonríen con sus caras de luna llena, contraen -los ojitos oblicuos, hasta no ser éstos mas que delgadas rayas, y se van -aproximando poco á poco, humildes y suplicantes. Desean retratarse -conmigo. Nunca verán la fotografía, pero les parece algo extraordinario, -que los coloca por encima de todos sus camaradas, alinearse ante un -aparato fotográfico al lado de un occidental. - -Mientras los más tímidos miran á distancia, tres de ellos se colocan á -mi lado, esperando con una tiesura militar el término de la importante -operación. - -Más allá del puente de los peregrinos empieza á desarrollarse la -incomparable majestad vegetal de la Montaña Sagrada. Los árboles se -apoyan unos en otros, como si fuesen arbustos, escalando la atmósfera -tumultuosamente para buscar el aire libre y la luz. - -No sé cómo será en verano este paisaje santo, cuando llegan las grandes -peregrinaciones y se desarrolla una larguísima procesión en honor de los -Shogunes. Durante los meses del invierno, el sol únicamente consigue -tocar el suelo de las avenidas más amplias. En el resto de la Selva -Sagrada se pierden sus rayos entre el ramaje eternamente fresco de una -arboleda que cuenta varios siglos, mucho más vieja que los criptomerios -tricentenarios del camino que conduce á Niko. - -Se avanza por las sendas laterales bajo una luz verdosa igual á la de -los fondos submarinos. Las ramas forman cúpula, y solamente en algunos -espacios más abiertos se puede ver el cielo como si se contemplase desde -el fondo de un pozo. - -Los cedros japoneses, altos y rectilíneos, parecen obeliscos. Son -iguales á las columnas de las portadas sacras llamadas _toris_. Al -avanzar por las suaves pendientes se van columbrando los esplendores que -la religiosidad acumuló en este lugar. Asoma entre el ramaje la punta de -una torre formada por varias pequeñas pagodas superpuestas; más allá un -grupo de linternas de granito cubiertas de musgo ó una imagen solitaria -de Buda con una aureola á su espalda en forma de almendra, que parece el -respaldo de un sillón. - -En esta selva siempre húmeda, las dos notas repetidas incesantemente son -el canto del agua y el verde aterciopelamiento del musgo que cubre las -piedras, los troncos de los árboles, las bases graníticas de las -pagodas, los patios enlosados, los pavimentos de los caminos, los -peldaños de las escalinatas. Este paño vegetal, tejido por el tiempo y -la humedad, lo invade todo sin obstáculos. Los bonzos guardadores de la -Montaña Sagrada lo respetan como si fuese algo litúrgico, y ayudan á su -conservación, limpiándolo de insectos, rastrillándolo, como un jardinero -inglés puede cuidar el césped de su parque. - -Antes de llegar al mausoleo en memoria de Yeyasu, compuesto de diversos -templos escalonados en mesetas, hay algunos santuarios que son como -avanzadas de las construcciones ocultas más arriba, entre los cedros. -Estos primeros templos serían admirables en otro lugar; aquí resultan -secundarios y pobres. Oímos los cánticos y los repiques de timbal de los -bonzos que oran en su interior; pero, siguiendo los consejos del guía, -continuamos adelante. - -Al lado del camino hay pinos y cedros enanos, que dan sombra á pequeñas -imágenes de Buda ó de la diosa de la Misericordia, la Kuanon japonesa, -que equivale á la Avaló-Kistesvara de los indostánicos. - -Estos pequeños arbustos tienen en sus ramas unos papelitos de arroz, -hábilmente plegado, como las papillotas con que en otros tiempos -preparaban las mujeres los rizos de su peinado. Todos ellos contienen -peticiones á la divinidad. Mis acompañantes afirman que los más son de -muchachas que escriben en ellos su nombre y su dirección, pidiendo á los -dioses un buen marido. - -De este modo, los tímidos ó los que no tienen padres que les busquen -esposa pueden saber quiénes son las _musmés_ que ansían casarse, y el -arbusto sagrado sirve de agente matrimonial. - - - - -XX - -LA SELVA DE LAS PAGODAS DE ORO - - El mausoleo del Shogun Yeyasu.--La Puerta del Día.--Los gestos de - los Tres Monos.--Oro, oro, siempre oro.--Los dos sargentos - japoneses.--El templo carcomido y sus bonzos pobres.--Ceremonia - sintoísta en la soledad de la selva.--La sacerdotisa de sotana roja - baila «El camino de los Dioses».--Me pierdo en las espesuras de la - Santa Montaña.--«¡Arigató!»--Lucha de cortesías con un japonés. - - -Dos divinidades horribles, iguales á las de Kamakura, guardan la portada -del mausoleo de Yeyasu; dos figurones, uno rojo y otro azul, con rostros -aterrorizantes, que son los dioses del Viento y del Trueno. Pero aquí la -puerta llamada de los Elementos no se abre en el vacío. Da entrada á un -recinto cercado de santuarios, con filas de _toros_, que ya no son de -granito, sino de bronce, prodigiosamente cincelados y vaciados. - -Necesito hacer una advertencia para que el lector se imagine más ó menos -aproximadamente este famoso monumento japonés. Sus templos no son de -gran altura. En todo el Extremo Oriente, los edificios religiosos, así -como los palacios, constan de un solo piso. Ninguno alcanza la altitud -de las construcciones de Europa, hechas de piedra, y menos de las -audaces torres de acero y cemento de la arquitectura norteamericana. Los -materiales de construcción empleados en estas pagodas fueron el granito -como simple basamento, que apenas se eleva medio metro sobre el suelo, y -después la madera. Hasta las columnas policromas son en su interior -troncos de árbol perfectamente redondos. Pero la madera está trabajada -hasta parecer una celosía ligerísima, casi un encaje, ó tiene cubierta -la superficie de sus planos con lacas multicolores y mucho oro. - -El aspecto de los templos de la Montaña Sagrada puede ser condensado en -una breve enumeración descriptiva: columnas y muros de laca roja -obscura, un rojo de sangre cuajada; figuras policromas, verdes, azules, -rosadas, y sobre todo esto, oro, oro, oro, oro... Cuantas gradaciones de -color puede tener el precioso metal se hallan aquí, en los templos -elevados por el entusiasmo y la gratitud de todo un pueblo. Hay oros -verdes, rojos, limón, rosa y bronce, pero con una densidad y una fijeza -que desafía el roimiento de los años. - -El budismo y el sintoísmo, confundidos en la Sagrada Montaña, dejan -perplejo al visitante sobre el carácter de cada templo. En ninguno de -ellos hay imágenes corpóreas. Los muros, todos de oro, tienen flores ó -animales fantásticos, graciosamente contorneados sobre este fondo -brillante por un pincel ligero, mojado en bermellón, violeta ó azul. - -En todas las pagodas nos salen al paso bonzos vestidos de verde y de -blanco para ofrecernos papeles de arroz con imágenes é inscripciones -ininteligibles. Veo junto á las puertas de los templos grandes vasijas -de bronce llenas de agua. Sirven para las necesidades del culto y para -los incendios. En Niko, el agua de estos vasos enormes y cincelados -tiene en esta mañana fría una gruesa lámina de hielo, que se ha -desprendido de la pared metálica, y flota, guardando la forma redonda -del recipiente. - -Ascendemos por una escalinata de granito á la segunda meseta. Se entra -en ella á través de la llamada Puerta del Día, obra famosa en todo el -Japón, que puede considerarse como lo mejor de la Montaña Sagrada. - -Según las tradiciones, seiscientos escultores trabajaron en ella durante -diez y seis años. No asombra por su grandeza; lo extraordinario es la -abundancia y prolijidad de sus detalles escultóricos. Un mundo de -pequeñas figuras, agrupadas en múltiples escenas, cubre pilastras, -capiteles y cornisas, siendo todas ellas policromas, y conservando una -frescura luminosa, como si las hubiesen pintado días antes. - -Detrás de la Puerta del Día se encuentran los templos más renombrados. -El de los Monos es célebre por tres animales de esta especie que figuran -en su frontón. Uno se tapa los oídos, otro los ojos, y el tercero hace -un ademán de silencio, indicando con tales posturas que no debemos -escuchar, ver ni hablar cosas que propaguen el mal. Un templo inmediato, -el de los Elefantes, está adornado con imágenes de estos animales, y los -hay también que glorifican á otras bestias. Todo en ellos es de colores -brillantes, frescos, con el charolado luminoso de la laca. Tienen estas -construcciones algo de pueril, de fiesta de muñecas; parecen en el -primer momento frívolos y frágiles, pero seducen luego con la atracción -exótica é irresistible que ejerce el arte japonés. - -Estas mesetas bordeadas de templos son tan extensas que sólo se hallan -pavimentadas en su parte central con baldosas de granito, quedando el -resto bajo una capa de piedras sueltas. En los bordes de dichos caminos -se alinean los _toros_ de roca ó de bronce, unas veces en fila simple, -otras en hilera doble. - -Todavía se sube por escalinatas de piedra á una tercera y una cuarta -explanada, igualmente cubiertas de templos, y en el fondo de la última -se alza la más grande de las pagodas, el «Esplendor de Oriente», sin -ninguna imagen divina. Sólo tiene una mesa para las ofrendas á los -Antepasados, pero toda ella es de oro... ¡Siempre el oro! - -Una estrecha escalera de granito se aparta de estos recintos suntuosos -para remontarse á través de la vegetación. En la cumbre, al final de -ella, hay otro templo, y detrás un corte vertical de la roca con una -puerta de bronce que no se abre nunca. Al otro lado de esta lámina -metálica es donde reposa simplemente dentro de una caverna el hombre -amarillo en cuyo honor se han acumulado abajo tantas magnificencias. - -Paralelo á este mausoleo existe en la misma ladera de la montaña una -segunda aglomeración de templos en honor de Yemitsu. Son no menos -brillantes y bien conservados que los del primer Shogun, pero la tumba -de éste atrae con preferencia á los visitantes. - -Fatigados del esplendor de tanto oro, de la artística fragilidad de unas -paredes tan primorosamente talladas que parece van á temblar al menor -soplo del viento cual si fuesen de telarañas, sentimos un vivo deseo de -perdernos en las revueltas de la selva. Seguimos una avenida solitaria, -en la que trabajan algunos barrenderos vestidos de kimono. Todos mueven -á un tiempo, con militar precisión, sus escobas de ramaje, amontonando -las hojas secas. El sol está muy alto, y únicamente á esta hora casi -meridiana consigue pasar como una lluvia finísima entre el follaje de -los criptomerios seculares. - -En esta avenida, otro fotógrafo, vestido igualmente de kimono y con un -paraguas de papel sobre su máquina, se prepara á retratar á dos -sargentos. Son unos mocetones vigorosos, de estatura mediocre en otros -países, mas aquí extraordinariamente aventajada dentro de un ejército -de soldados bravos pero chiquitines. Al ver que nos fijamos en sus -personas, sonríen cortésmente, y no pudiendo ofrecernos otra cosa, nos -invitan á que nos retratemos con ellos. - -El fotógrafo se ve obligado á exigirles que se pongan serios. Ríen como -niños, pareciéndoles aventura muy graciosa fotografiarse con una señora -rubia y dos hombres blancos. Han venido sin duda de alguna guarnición -lejana, aprovechando una licencia, para conocer las maravillas de Niko. -Cuando abandonen el ejército y vuelvan á sus campos se acordarán siempre -de esta peregrinación y de los tres occidentales sin nombre que -conocieron unos minutos nada más y han quedado para siempre con ellos en -la misma fotografía. - -Repetidas veces volvemos á encontrarlos en el curso de la mañana al -pasear por la selva. Como existe entre nosotros el obstáculo del idioma, -se limitan á enseñarnos los dientes, con pequeños rugidos de amistad, y -siguen adelante. - -Observo lo que hacen estos modestos representantes del Japón moderno, -que copió del mundo occidental todas las perfecciones tácticas y -mecánicas para hacer la guerra y difundir la muerte. Van de una pagoda á -otra, con el deseo de no marcharse sin haberlas visitado todas. Quedan -erguidos un momento al pie de cada escalinata; se llevan una mano á la -visera de su gorra; luego se quitan los pesados zapatos de ordenanza y -penetran respetuosamente en el templo, no sin haber tirado antes la -cuerda del pequeño esquilón que hay en la portada para avisar á los -dioses su visita. Si no encuentran campana, dan dos palmadas y entran, -para volver á salir momentos después. - -Yo creo que no se enteran de si el santuario es budista ó sintoísta. -Para ellos resulta lo mismo. Si en la Sagrada Montaña hubiese capillas -cristianas, las visitarían seguramente con la misma tranquilidad -respetuosa. Les basta que cada edificio sea un lugar frecuentado por las -gentes desde hace siglos y permitido por el Mikado. No necesitan más -para adorar al habitante invisible de la santa construcción. - -Mis compañeros regresan al hotel y yo marcho solo por los caminos verdes -y rumorosos. El sol dora sus cimas, mientras abajo persiste la luz -vagorosa y suave, de profundidad acuática. Siguiendo las inquietas -siluetas de dos venados juguetones salidos de la espesura, que trotan -sin miedo cerca de mí, acostumbrados al respeto de los transeuntes, -desemboco de pronto en una explanada silenciosa. - -Debe ser uno de los lugares menos frecuentados de la selva. Estoy, sin -embargo, cerca de la gran avenida que conduce al mausoleo de Yeyasu. -Sobre las copas de los árboles veo asomar la flecha terminal de una -torre que un rico samurai elevó en honor del gran Shogun. Más bien que -torre, es una superposición de cinco pagodas de laca roja, montadas una -sobre otra y cada vez más pequeñas. Sus aleros salientes, encorvados en -las puntas, forman una escalinata aérea. - -En esta explanada de poco tránsito veo un templo enorme de madera, mal -cuidado, que me atrae con la seducción de las cosas viejas, cuya -decrepitud revela un pasado glorioso. Aquí los oros y las lacas ya no -brillan. En algunas columnas la costra coloreada y luminosa se ha -desprendido, viéndose la rugosidad obscura de su madera interior. - -Junto al templo hay una barraca que sirve de boncería. Unos sacerdotes -jóvenes, con perfil agudo de fanático, se meten en la casa, sorprendidos -y molestados por la inesperada presencia de un occidental. - -Adivino que estoy ante un verdadero templo de la Sagrada Montaña, al -margen de la gran corriente de viajeros que la visita. Estos bonzos -tienen un aspecto menos cortés y sonriente que los otros instalados en -los santuarios del doble mausoleo de los Shogunes. Parecen muy pobres y -ásperamente altivos. Deben odiar al extranjero, y no tenderán la mano, -como los sacerdotes de arriba, para mostrar su pagoda. - -Se abren las hojas de papel de una ventana y veo un rostro femenino: una -mujer carillena, con grietas concéntricas en torno á los ojos y la boca. -Pero estos ojos, grandes, expresivos, casi horizontales, no parecen de -japonesa. Su rostro me hace pensar en una manzana inverniza, gorda, -obscurecida por el tiempo y de piel arrugada. Como es hembra sonríe, -hasta para expresar sorpresa ó molestia. Lleva los dientes cubiertos de -oro, pero sin duda masca betel, y éste ha obscurecido el metal, dándole -la opacidad del cobre. - -Me paseo en la explanada, fingiendo interés por los árboles que la -bordean. Subo la escalinata del templo, pero no me atrevo á pisar su -último peldaño, en el que se apoyan los troncos-columnas sostenedores de -la techumbre. Todo su interior queda visible. Sólo hay en él algunos -biombos blancos con inscripciones niponas y una mesa dorada en el -centro, que guarda ciertos objetos dedicados indudablemente al culto. - -Vuelvo á descender y continúo mis lentos paseos. Me avisa un instinto -obscuro que debo permanecer aquí, en espera de algo extraordinario. -Adivino entre las hojas entornadas de las ventanas de papel ojos que me -espían con la esperanza de verme lejos. Transcurre el tiempo, y al fin -aparece en el interior del santuario una especie de insecto enorme, -blanco de cuerpo, las alas verdes y la cabeza negra. Es un bonzo, que -acaba de llegar por una galería cubierta que une la casa de los -sacerdotes con el templo. - -Va de un lado á otro, como un sacristán que prepara lo necesario para -una ceremonia litúrgica. Luego resuena un golpe metálico de _gong_. Es -la campana anunciando los oficios á una concurrencia de fieles que no ha -de llegar nunca; pero el llamamiento se repite todos los días por -exigencia ritual, excitando el canto de los pájaros en la arboleda -inmediata, atrayendo la inocente curiosidad de los ciervos de la selva. - -Adivino la indignación que provoca mi persona. Me han visto llegar en el -momento preciso de su ceremonia. Tal vez la han retrasado para librarse -de mi odiosa presencia. Convencidos de mi tenacidad toman la resolución -de ignorarme, y á partir de tal momento me reconozco inferior á ellos. -No existo. Estos sacerdotes repiten sus palabras y ademanes de todos los -días convencidos de que solamente tienen á sus espaldas la arboleda, con -sus enjambres de pájaros y sus cuadrúpedos dulces. - -Se repite el golpe de _gong_. Dos bonzos entran en la pagoda, abierta -por ambos frentes, y á través de cuyas columnas pasa la brisa de la -selva esparciendo rumores de actividad alada y perfumes vegetales. - -Llevan una vestidura blanca, semejante al alba de los sacerdotes -católicos; encima una dalmática verde de mangas cuadradas, y en la -cabeza un gorrito negro de dos puntas, en forma de tejadillo, con una -borla en su frente, igual al antiguo gorro de cuartel de los militares. -Se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas, á un lado de la mesa -que hace veces de altar. - -Aprovechando el ambiente de indiferencia que me envuelve, empiezo á -subir con paso lento y manso la sagrada escalinata, pero de pronto -experimento una gran sorpresa. La mujer que me miró por la ventana -entra en el templo, vestida de un modo extraordinario, como sacerdotisa -que va á tomar parte en la ceremonia. Lleva una sotana roja, idéntica á -la de los monaguillos en nuestras catedrales, y encima un roquete blanco -y rizado, que también recuerda el de los pequeños servidores del culto -católico. Lo exótico de su indumentaria está en la cabeza. Sobre su -brillante peinado japonés, esta cincuentona sacerdotal ostenta un lazo -enorme, como el que usan las alsacianas, pero enteramente blanco. Además -lleva al hombro un bastón del que penden numerosas tiras de papel: algo -semejante á los espantamoscas de fabricación casera. - -La ingrata no me mira, no sonríe, me ignora completamente, como los -hostiles sacerdotes. Se sienta en el suelo frente á la mesa, de espaldas -á mí, que me he inmovilizado en el penúltimo escalón. Al borde del -siguiente empieza la esterilla fina del templo, que sólo puede pisarse -con los pies descalzos, como los llevan los dos oficiantes y la mujer de -la sotana roja. - -El más viejo de los bonzos usa anteojos enormes, es de nariz aguileña, y -tiene cierta semejanza con muchos sacerdotes europeos. Posee la misma -expresión de fe religiosa, áspera é intransigente, idéntica delgadez -ascética, de mejillas hundidas y afilada nariz, que se observan en los -retratos de algunos monjes célebres. Sostiene con su diestra una paleta -de madera algo encorvada, que por su forma y su tamaño parece un -calzador para hombres de triple tamaño natural. Debe ser la insignia -litúrgica del primer oficiante. El segundo sacerdote, mucho más joven, -romo y con pómulos salientes, recita una oración larguísima. - -De pronto la interrumpe para incorporarse sobre las plantas de sus pies. -Luego marcha en cuclillas, casi arrastrando sus posaderas por el suelo, -y desaparece detrás de un biombo. Inmediatamente torna á presentarse -llevando una especie de frutero dorado, que coloca en la mesa. Vuelve á -su recitación y á marchar del mismo modo, rasando el suelo, y trae un -segundo plato en forma de copa, para dejarlo sobre el altar. Por tres -veces realiza dicho viaje, depositando sus ofrendas en honor de los -Antepasados. - -Me doy cuenta de que estoy presenciando una ceremonia del culto -sintoísta en toda su pureza, como no puede verse en ninguna ciudad, sin -público alguno, dirigiéndose los sacerdotes á las sombras augustas de -los dos Shogunes en honor de los cuales se elevó este templo hace -siglos. Los tres platos-copas deben contener arroz, _saké_ y tal vez -perfumes. - -Cuando termina el ofertorio, el sacerdote principal guarda su paleta en -la faja y saca de ésta una especie de abanico de madera, que es en -realidad una sucesión de tabletas unidas por hilos, como una pequeña -persiana. Las láminas de sándalo están escritas, y el sacerdote empieza -á leer en voz alta el libro sagrado. Al terminar su lectura se abre un -larguísimo silencio, en el que suenan más fuertes los chillidos de los -pájaros. Se persiguen por el interior del templo ó revolotean bajo sus -aleros, familiarizados con una ceremonia que se repite todos los días. - -Tuerzo un momento la cabeza, adivinando una presencia extraordinaria -abajo, en la explanada. Son los dos ciervos, que han vuelto, y -aprovechando la quietud de este terreno despejado, se persiguen -juguetones, y alzándose sobre las patas traseras, restriegan sus -cornudas frentes. - -La sacerdotisa se ha mantenido inmóvil durante el largo ofertorio. Me -hace recordar á Parsifal, el héroe de Wágner, cuando permanece más de -medio acto de espaldas al público, presenciando la lenta ceremonia del -Santo Graal. Calla el sacerdote orante, se guarda en la faja el -libro-persiana, y suena á continuación un sordo y lejanísimo trueno. - -Ha empezado el otro bonzo á golpear con ambas manos un timbal que yo no -había visto. Presiento que va á desarrollarse lo mejor de la ceremonia. -La sacerdotisa de la sotana roja se levanta del suelo, lentamente, con -un movimiento ondulatorio, lo mismo que las cobras surgen del -enrollamiento de su cuerpo, balanceando la cabeza al compás de la flauta -del encantador. Ya está de pie y empieza á dar vueltas por la pagoda, -siguiendo el ritmo del monótono tamborileo. - -Horas antes he visto arriba, en uno de los templos del Shogun, las -danzarinas sagradas, que esperan la ofrenda del viajero para bailar de -un modo automático. Ésta no pide nada, no espera nada. Ni siquiera tiene -un público, pues yo soy el único que la contempla y ella no quiere -verme. Ha sacado de entre los pliegues de su roquete blanco un abanico -de igual color, y lo mueve cadenciosamente mientras marcha á un lado y á -otro, con el rostro grave, los ojos en éxtasis, y estremecidos sus pies -de ligereza infantil. - -Esta danza en honor de los Antepasados debe guardar una significación -simbólica que yo no comprendo. Luego creo adivinarla al oir cómo acelera -sus redobles el timbal, imitando el trote de un caballo, la marcha -ordenada de una hueste, algo que significa camino y viaje. Al mismo -tiempo, la boncesa se pone en un hombro el palo de las cintas blancas, -como si fuese un bastón de viajero, y mueve el brazo izquierdo, -acompañando sus pasos largos, lo mismo que si emprendiese un avance de -horas, de años, de siglos. Esta danza debe expresar «El camino de los -Dioses», base de la religión sintoísta, el sendero más allá de la tumba -que sigue todo japonés para encontrar á su término una vida nueva de -personaje divino. - -Acelera sus ritmos el timbal de un modo vertiginoso, y la danzarina ya -no marcha cadenciosamente: corre, da saltos, se enardece con su propio -movimiento. El vértigo va apoderándose de ella, hasta que al fin se -desploma como un insecto rojo, abriendo sobre el suelo las alas blancas -de sus brazos. Tendida de bruces, se nota el jadear de su costillaje -dorsal, se adivina la respiración de su rostro invisible. El sacerdote -se levanta, ella hace lo mismo, repentinamente serenada, y los tres -salen en fila del templo, por el pasillo que conduce á la boncería. - -Quedo solo y avergonzado por esta indiferencia hostil. Ni la más leve -mirada de los seis ojos oblicuos antes de alejarse. Hasta los dos -venados han huído de la plazoleta. Creo llegado el momento de -desaparecer á mi vez, y me alejo del carcomido templo sin saber adónde -voy, siguiendo al azar todo camino que se abre ante mis pasos. - -Al poco tiempo me doy cuenta de que me he extraviado en la Selva -Sagrada, y no podré salir de ella sin ayuda. - -Encuentro pequeños santuarios, cerrados y silenciosos, que no había -visto antes. Todos los caminos parecen iguales. Sólo se diferencian por -la estabilidad de su suelo. Las avenidas anchas, á cuyo fondo desciende -el sol, son de una tierra ligeramente húmeda, en la que se puede marchar -fácilmente. Los senderos estrechos están empapados aún por la lluvia de -la noche anterior, y la tierra pegajosa forma en torno de los pies bolas -enormes de barro, patas grises de elefante. - -Convencido de que cada vez me extraviaré más si continúo andando, espero -junto á un Buda de piedra roída, nimbo ojival y zócalo de musgo, el -tránsito de algún japonés que se apiade de mí. En lo alto de las -murallas verdes, los rayos del sol indican que ya ha pasado el mediodía. -Pienso con envidia en mis amigos, que estarán almorzando á esta hora. - -Se presenta el hombre providencial: un japonés vestido á la antigua, con -kimono obscuro á redondeles blancos y zuecos en forma de banquitos. - ---¿Kanaya Hotel?--pregunto con telegráfica concisión para que me -entienda. - -Él sonríe, y con una mímica precisa me va indicando la marcha que debo -seguir: primeramente un sendero á mi izquierda, luego otro á la derecha, -hasta que llegue al río. - -Siento necesidad de expresarle mi agradecimiento en una forma -extraordinaria, la mejor que pueda encontrar. El desprecio con que me -trataron los bonzos me ha hecho humilde, con un encogimiento cortés de -asiático. Apoyo las manos en mis rodillas, luego me inclino como si -fuera á echarme de cabeza en el suelo, y digo por dos veces: - ---_¡Arigató! ¡arigató!_... - -Es una de las palabritas que aprendí en el buque: «¡Muchas gracias!», en -japonés. - -Mi salvador, sorprendido y agradablemente impresionado al oirme hablar -en su idioma, lanza una risotada que en Europa resultaría ofensiva. Pero -el japonés ríe siempre; considera el gesto triste, cuando se dirige á un -extranjero, como algo incompatible con la buena crianza. La risa -acompaña sus más diversas y contradictorias manifestaciones. Es igual al -silbido del norteamericano, que le sirve indistintamente para expresar -su entusiasmo ó su protesta. Yo he visto japoneses reir mientras me -explicaban los horrores del terremoto en Yokohama y Tokío. Pero su risa -era una cortesía, y á través de ella se dejaba adivinar la emoción -profunda del narrador. - -Ríe este transeunte de satisfacción, halagado en su vanidad patriótica, -porque cree encontrar un occidental que conoce su lengua. Empieza á -hablarme, mientras hace profundas reverencias, con la certeza de que -puedo entender su facundia creciente. Yo no hago otra cosa que repetir -mis doblegamientos á la japonesa y mi única palabra de gratitud. Calla -al fin, convencido de mi ignorancia, mas no por esto cesan sus -cortesías. - -Uno de los dos se cansa antes que el otro de encorvar su espinazo... Al -fin, me veo siguiendo la dirección indicada por él. Vuelvo mis ojos para -contemplar por última vez á este hombre de risa franca y alegría -infantil que me ha socorrido cortésmente, cuyo nombre ignoro, y al que -no volveré á ver nunca en mi existencia. - -Está inmóvil en medio del sendero, y al notar que le miro, se inclina -otra vez, reanudando sus ceremoniosos saludos. Yo hago lo mismo... Y -todavía cruzamos una media docena de reverencias, queriendo cada cual -ser el último. - -No se me ocurre sonreir, ni aun en el momento presente, al recordar tal -escena. Las cosas de nuestra vida son grotescas ó no lo son, según su -ambiente. - -Todas estas manifestaciones, de una buena crianza refinada hasta el -exceso, se desarrollaron en el corazón de la gran isla japonesa, en la -famosa Montaña Sagrada, en Niko la de las maravillas, teniendo por -únicos testigos árboles de trescientos años, oyendo cantar las mil voces -del agua sobre una tierra cubierta de pagodas y de musgos. - - - - -XXI - -KIOTO LA SANTA - - El camino de los criptomerios.--Una maravilla que va á - desaparecer.--Historia heroica de los cuarenta y siete - samurais.--Zapatillas gratuitas en el tren.--Las pagodas de - Kioto.--Cuatro cables de pelos de mujer.--Las ceremonias del culto - budista y su rara semejanza con las del culto católico.--El - tradicionalismo de Kioto.--Un perro xenófobo.--Las calles del - alegre Yosywara.--Los teatros.--Actrices-hombres.--Mi encuentro - ante un cinematógrafo. - - -Salimos de Niko por el camino de los criptomerios, yendo á tomar el tren -en una estación situada á diez kilómetros. No queremos marcharnos de -este país sagrado sin recorrer la cuarta parte de un camino que no tiene -semejante en el resto de la tierra. - -Para prolongar el espectáculo prescindimos del automóvil que nos ofrecen -en el hotel y vamos en _koruma_. Los conductores están descansados y se -han puesto ligeros de ropa para tirar mejor, conservando únicamente la -chaqueta azul de mangas perdidas y el vendaje entre las piernas, -desnudas y musculosas. - -Corremos por un camino hondo, entre dos filas de obscuros obeliscos -vegetales, que casi se tocan. Un tránsito de tres siglos ha ido -profundizándolo, y por encima de nuestras cabezas vemos las tortuosas -raíces de los cedros gigantescos. El verdadero tronco empieza más -arriba. A pesar de sus proporciones extraordinarias, estos árboles -venerables tiemblan con el más leve estremecimiento atmosférico. Tienen -la inseguridad de los dientes viejos en torno á cuyas raíces se ha ido -descarnando la encía. - -Muchos cayeron, y hay en la doble hilera grandes claros, viéndose á -través de tales ventanas la campiña dorada por el sol de la tarde. Otros -están aún de cuerpo presente, y hay que pasar por debajo de ellos, á -causa de hallarse tendidos como una pasarela entre los dos ribazos. Nos -dicen que los derribó hace poco uno de los tifones ó tornados que -devastan todos los años el archipiélago japonés. - -De tarde en tarde se interrumpe el desfile de colosos vegetales, y -salimos de la penumbra vespertina que reina entre ellos. En estos -espacios libres hay aldeas con acequias surcadas por escuadrillas de -patos, vetustos santuarios de piedra rematados por tejadillos que tienen -sus angulosidades en forma de cuerno, cementerios cuyas estelas copian -la forma de los hongos. - -Una sensación de inseguridad y peligro nos acompaña mientras avanzamos -entre los cedros tricentenarios y sus raíces casi descuajadas. Es una -inquietud igual á la del visitante de un viejo palacio con muros -rajados, cuyos pisos tiemblan y se encorvan bajo los pasos. No obstante -tal molestia, el espectáculo majestuoso que ofrece esta arboleda secular -de cuarenta kilómetros, escalando las colinas y descendiendo á los -valles hasta perderse en el infinito, es algo extraordinario que puede -llamarse «único». - -Se entristece el viajero al pensar que todo esto desaparecerá dentro de -algunos años. Los cedros caen, sin que nadie los reemplace. La enorme -línea de criptomerios ya está desportillada, con numerosos vacíos, como -una dentadura vieja. Viendo los grupos de niños japoneses que se -muestran en lo alto de los ribazos y agitan una banderita de su nación, -gritándonos «¡_Banzai_!», pienso que cuando lleguen á mi edad ya no -existirá esta doble muralla vegetal, que es una de las maravillas de la -tierra. Yo no lo veré más, pero he llegado á tiempo para admirarla con -mis ojos. Los que vivan en la mitad del siglo actual sólo la conocerán -de oídas, por los recuerdos de los ancianos de entonces. - -Paso un día en Tokío antes de seguir mi viaje á las ciudades del Este -del Japón. Quiero visitar, por curiosidad literaria, una vieja pagoda de -sus alrededores, donde se suicidaron heroicamente los cuarenta y siete -samurais. - -Algunos lectores tal vez no conozcan esta historia de honor y de -heroísmo, que es para los japoneses algo así como el Romancero del Cid -para los españoles. - -En la primera mitad del siglo XVII, el cortesano Kotsuké, amigo del -emperador, después de haber insultado al príncipe Akao, negándose á -darle una satisfacción por las armas, consiguió, gracias á su situación -influyente de palaciego, que el Mikado condenase á muerte á este -príncipe bueno, atribuyéndole un delito del que era inocente. Cuarenta y -siete samurais, compañeros y vasallos fieles del ejecutado, juraron -vengarle á costa de la vida si era necesario, y abandonando sus casas, -sus esposas é hijos, se dedicaron á preparar y realizar tal designio con -una tenacidad inaudita, guardando su secreto durante veinte años. - -El traidor Kotsuké, sospechando los planes de estos hidalgos que -permanecían invisibles, pasó muchísimo tiempo inquieto y en perpetua -defensiva, rodeado de un pequeño ejército de guerreros á sueldo y -habitando siempre palacios fortificados. Pero al transcurrir veinte años -sus desconfianzas se adormecieron, dejó de creer en la existencia de -los vengadores, y una noche de invierno, cuando dormía en su palacio, ya -mal guardado, vió aparecer á los cuarenta y siete samurais en torno de -su lecho, con sus dos sables atravesados en la cintura, con sus yelmos y -corazas que imitaban hocicos de fiera y coseletes de insecto. - -Sin olvidar las reglas de la cortesía japonesa y con las ceremonias -propias del caso, recordaron al traidor sus crímenes y le cortaron luego -la cabeza, llevándola á la tumba de Akao, situada en la pagoda que yo -visito. Antes se cuidaron de lavarla en una pequeña fuente inmediata á -dicho templo. Los cuarenta y siete fueron después en busca de sus jueces -y éstos los condenaron á muerte, de acuerdo con la ley; pero admirando -al mismo tiempo su fidelidad, les concedieron que se matasen ellos -mismos abriéndose el vientre. - -Después de haberse dado el beso de despedida, tomaron asiento en las -gradas de la pagoda, cerca de la tumba de su señor, y fueron haciéndose -tranquilamente el _Hara-Kiri_. Otros samurais, compañeros de armas, les -dieron en el pescuezo el sablazo decapitante, al mismo tiempo que cada -uno de ellos se rajaba el vientre con su puñal, echando afuera las -entrañas... Y cuarenta y siete cuerpos rodaron por las gradas con los -estertores de la agonía, esparciendo una cascada de sangre. - -Hoy sólo resta de dicha tragedia las tumbas de sus protagonistas junto á -una pagoda de madera obscura y carcomida. Cerca de su escalinata se ve -la fuente musgosa, donde lavaron los vengadores la cabeza del traidor. -Ningún japonés introducirá en esta agua sus brazos ni sus piernas. Los -cuarenta y siete fueron declarados por el Mikado, años después, santos y -mártires, y desde entonces su historia es escuchada por todos los niños -del Japón. Muchas familias van en romería á las tumbas de estos héroes -de poema, que supieron morir en masa, con el suicidio horrible de las -antiguas gentes de honor. - -Paso una noche en el tren entre Tokío y Kioto. Recorro los diversos -vagones para ver cómo viajan los japoneses. - -Hombres y mujeres se despojan á las pocas horas de sus disfraces -occidentales y visten el kimono, librándose igualmente del calzado. Les -fatiga sentarse como nosotros. Deben sentir un cansancio semejante al -que sufren los blancos cuando las circunstancias los obligan á colocarse -en el suelo con los muslos cruzados. Todos los japoneses suben -finalmente sus piernas sobre la banqueta y se instalan como lo exige su -comodidad, ó sea poniéndolas en cruz y apoyando las posaderas en sus -talones. Así los asientos parecen estantes de vitrina con figuras de -porcelana, que mueven las cabezas siguiendo los vaivenes del tren. - -Todos los vagones tienen en su pasillo central unos embudos que dan -sobre la vía. Esto facilita el barrido que los empleados deben repetir -con frecuencia. Al mantener los viajeros sus pies sobre las banquetas, -poco les importa la suciedad del suelo, y éste se va cubriendo de -mondaduras de frutas y de papeles impregnados de grasa, que han servido -de envoltura á los _bentos_. - -En el vagón-dormitorio, apenas cierra la noche, el empleado se preocupa -de nuestros pies. Como este es un país de gran higiene «pedestre», donde -se marcha sin zapatos en todo lugar cubierto, sea templo ó simple -vivienda particular, las gentes no gustan de permanecer muchas horas con -sus extremidades calzadas. El servidor del vagón me ofrece unas -zapatillas de lana blanca, escrupulosamente limpias. Luego hace igual -regalo á los otros ocupantes del coche. La compañía del ferrocarril, al -mismo tiempo que vende una cama al viajero, le proporciona las -zapatillas. - -Cuando despierto, cerca de Kioto, veo la llanura dividida en campos de -arroz, pequeños y bien trabajados. El agua encharcada parece reir bajo -el sol con sus estremecimientos luminosos. Más allá, los campos son de -hortalizas, pero siempre en reducidas parcelas, alineadas y cuidadas -como un jardín. Es una agricultura meticulosa que puede llamarse de -miniatura. Se abren en el horizonte las copas azules de varios lagos -entre colinas cubiertas de bosquecillos. Todo es pequeño, gracioso, -frágil, y sin embargo, revela una observación de siglos, una voluntad -tenaz, para conseguir que el suelo dé los mayores rendimientos. - -Visitamos las grandes pagodas en nuestras primeras correrías por Kioto. - -Esta ciudad es la capital del budismo en el Japón, y tal vez ninguna del -Extremo Oriente siente como ella la influencia de dicho culto religioso. -Debo añadir que las doctrinas del dulce Gautama fueron modificadas por -los bonzos, desfigurándose hasta el punto de no guardar mas que un -ligero recuerdo de sus principios originales. - -Dentro de Kioto existen muchísimas sectas del budismo, pero esto no -impide que los intérpretes y comentadores más importantes de la teología -budista vivan aquí. Hubo una época en que llegó á tener 3.893 templos y -santuarios dedicados al citado culto. El número actual tal vez sea -inferior en muy poco. A esto hay que añadir 2.500 templos y santuarios -del culto sintoísta. Con razón los japoneses han llamado siempre á esta -ciudad Kioto la Santa. - -Visitamos en las primeras horas de la mañana la más grande de las -pagodas, que es como una catedral del budismo. Cuando San Francisco -Javier visitó Kioto ya existía este templo. En realidad, es una -agrupación de diversas pagodas dentro de una cerca común, pero separadas -por vastísimos patios enlosados de granito. - -Los edificios, todos de madera, tienen piezas gigantescas de carpintería -como las que se empleaban para la construcción de los antiguos navíos. -Las techumbres presentan también la robustez y las dimensiones de -grandes barcos puestos con la quilla en alto, cuya parte interior ha -sido dorada y trabajada por pacientes artistas durante siglos. Troncos -de árboles enormes sirven de columnas para sostener estas techumbres, -altísimas y monumentales si se las compara con la ligereza y la pequeñez -graciosa de otras construcciones del país. - -Todo fué cubierto de lacas y de oro, pero la pátina de los edificios -religiosos encerrados en una ciudad y que se ven visitados diariamente -por muchedumbres ha obscurecido el esplendor de dichas pagodas. Guardan -todas ellas un aire de majestuosa vejez. Detrás del estuco se presiente -la madera carcomida. Algunas pilastras redondas tienen herido su revoque -y muestran por las desconchaduras el armazón hueco de su interior, -formado con duelas y aros, como un tonel. - -En una galería cubierta que une á dos de las pagodas me muestran cuatro -cables enrollados y negros, mucho más grandes que los que se ven en los -puertos. Son como boas de los tiempos prehistóricos, más allá de las -proporciones de los reptiles actuales. Luego, un bonzo me explica con -cierta vanidad la naturaleza y origen de estos cuatro cilindros. -Sirvieron para subir á lo alto de la techumbre de la gran pagoda los -maderos más pesados, y están tejidos los cuatro con pelos de mujer. - -Examino los rollos enormes y reconozco que únicamente el pelo de las -japonesas, duro, áspero y muy grueso, puede haber producido estas -maromas irrompibles, cayo diámetro casi es igual al de una pierna de -atleta. Cada uno de los cables tiene cien metros de longitud, lo que -desorienta y asombra al calcular cuántos miles y miles de mujeres -devotas necesitaron cortarse la cabellera para contribuir á esta obra. - -Penetramos en el más importante de los santuarios de la gran pagoda. He -leído muchos estudios sobre las semejanzas entre las ceremonias del -budismo y las del culto católico, pero cuando las cosas se conocen de -cerca, con una visión directa, dan la impresión de lo inesperado y de lo -nuevo, por más que antes nos lo hayan hecho conocer los libros. - -Creo estar asistiendo á una misa cantada en un templo católico de España -ó de Italia, en las primeras horas matinales, cuando una parte de la -asistencia está compuesta de mujeres que vuelven del mercado. Veo -numerosas japonesas sentadas en el suelo y guardando cerca de ellas el -cesto de comestibles repleto de compras recientes. Rezan todas ellas en -voz baja, y para mí sus palabras ininteligibles suenan siempre lo mismo: -«_la-la... la-la_». - -Al otro lado de una verja, rodeando el altar mayor, en el que está Buda -con un lirio en la mano, veo dos filas de bonzos que cantan sus oficios. -Están colocados de un modo ritual, que me recuerda las grandes misas del -domingo presenciadas en mi niñez. Estos cánticos budistas tienen un -ritmo y unas modulaciones que no causan extrañeza al oído. Son música -conocida. Recuerdan los que hemos escuchado en Occidente, como los -plagios musicales resucitan la existencia de la obra original, aunque la -tengamos olvidada. - -A un lado del altar están los oficiantes, tres bonzos vestidos de -blanco, llevando sobre los hombros un pedazo de tela dorada con rosas -multicolores, igual, absolutamente igual en su tejido á las capas -litúrgicas de los sacerdotes católicos. La única diferencia es de -confección. En Occidente, estas telas son cortadas y cosidas para formar -con ellas vestiduras de un tipo ritual, mientras que los bonzos las -colocan sobre sus hombros sin modificarlas, tal como las adquieren, -recién salidas de los famosos telares de Kioto. - -Vuelvo á notar, como en Niko, una semejanza física entre algunos de -estos bonzos y muchos sacerdotes europeos. Los hay de pura raza -japonesa, con una fealdad asiática, y son los más. Pero otros de nariz -aguileña, grandes anteojos y cierta gordura fresca, pálida y lustrosa, -de varón que lleva una vida sedentaria y se mantiene á cubierto de la -intemperie, recuerdan á muchos clérigos españoles, franceses é -italianos. Debo añadir que esta misma semejanza la he encontrado entre -los bracmanes de la India, como si la identidad de las funciones crease -con el curso de los siglos un tipo sacerdotal común á toda la tierra. - -Mientras cantan los bonzos sus oficios, contemplo los adornos de esta -pagoda majestuosa. En las cornisas hay figuras humanas multicolores, de -hermosas y sonrosadas carnes, tañendo diversos instrumentos de música. -Son los «tomines», ángeles del budismo, también de rara semejanza con -los ángeles de la religión católica, llevando las mismas alas é iguales -rostros afeminados; pero los del budismo son menos ambiguos y tienen -francamente formas de mujer. - -Algo se mueve en lo alto, entre las tallas é imágenes. Mi vista se -acostumbra á la semiobscuridad de las naves, y distingo numerosos ojos -que brillan como pequeños diamantes. Luego unas envolturas de pelo -obscuro avanzan con ligero trotecillo por los salientes arquitectónicos. -Legiones de ratas habitan estos navíos sagrados, y salen de sus -escondrijos atraídas sin duda por el olor de los comestibles que llevan -en sus cestos las devotas comadres y por los cánticos de los bonzos que -están en el coro. - -Veo que el oficiante principal se halla ahora derecho ante el altar, de -espaldas á los fieles, con las dos manos al nivel de su cabeza, gesto -idéntico á otro que he presenciado muchas veces. Luego se vuelve de -frente á los devotos y agita las manos como si los bendijese, mientras -susurra palabras ininteligibles. - -Me marcho. No quiero ver más un espectáculo que carece para mí del -atractivo de la novedad. ¡Las sorpresas del Asia!... Indudablemente -estos bonzos han copiado de los misioneros sus gestos litúrgicos. Luego -pienso que su religión es seis siglos más antigua que el cristianismo, y -cuando llegó aquí San Francisco Javier ya tenían cerca de dos mil años -las ceremonias que acabo de presenciar. - -En los patios del templo vuelan grandes bandas de palomas. A veces -cubren espacios enormes con una capa movediza de plumas y arrullos. -Luego, al elevarse asustadas por una presencia extraordinaria, blanquean -todo un alero, obscuro y carcomido, de estas pagodas vetustas. - -Kioto es una de las poblaciones más grandes del Japón, pero se mantiene -al margen de la reforma occidental, iniciada hace medio siglo. En ella -los inventos modernos no hacen mas que deslizarse. Los hijos del país -los emplean si les son útiles, pero siguen fieles á la tradición. - -Esta ciudad, que es la más japonesa de todas, sirve de refugio á las -viejas artes. Aquí viven en pequeños talleres de familia los pintores, -bordadores, tejedores y orfebres más célebres. Cuando las otras -poblaciones necesitan un objeto precioso que simbolize el arte del -país, lo encargan á Kioto. - -Algunas calles están atravesadas por canales, en los que navegan -barcazas de comercio, y sobre cuya superficie se elevan puentes -desmesuradamente arqueados. En los almacenes, los vendedores van todos -con kimono negro. Una cortesía para el comprador, como si los tenderos -de Occidente fuesen todos vestidos de frac. - -En sus vías, mejor empedradas que las de otras ciudades japonesas, -apenas se ven extranjeros. Todos los transeuntes van vestidos con -arreglo á la tradición. El europeo se siente abandonado al circular por -Kioto, como si estuviese á una distancia infinita de su mundo. Al mismo -tiempo se da cuenta de su inferioridad con relación á los que pasan -junto á él. Todos le sonríen por cortesía, pero indudablemente se creen -superiores. - -Un animal nos hace ver de pronto la magnitud de nuestro aislamiento y la -extrañeza que despierta nuestra presencia, marchando á pie por unas -calles frecuentadas sólo por japoneses. No abundan los perros en la -ciudad, pero cerca de un puente nos cruzamos con uno de pelo rojo y -grandes colmillos. Voy en compañía de una señora, y ninguno de los dos -nos hemos fijado en este animal. Él, al vernos, atraviesa la calle, -enfurecido por una rabia agresiva, y pretende mordernos. Algunos -transeuntes se interponen cortésmente y lo alejan. Luego sonríen, -explicando su cólera. No está acostumbrado á los occidentales, y su -presencia le inspira una xenofobia acometedora. En Kioto la Santa, los -extranjeros van siempre en automóviles ó en _korumas_. Muy pocos marchan -á pie. - -Cae la noche y nos extraviamos en unas calles que empiezan á cubrirse de -guirnaldas de luces, y sobre cuyos edificios, dorados y esculpidos, -aletean enormes banderas. - -Todos ellos están destinados al público. Son teatros, cinematógrafos, -casas de té ó de danzas. En algunos vemos sobre la fachada una fila de -grandes fotografías de muchachas. Nos hemos metido sin saberlo en el -Yosywara de Kioto. - -A cada momento va engrosando la concurrencia en las calles. Todos, al -abandonar su trabajo, vienen á este barrio de diversión, donde -permanecerán hasta media noche. Sólo vemos japoneses. Nos miran con -curiosidad hostil ó con extrañeza. - -Esta extrañeza no es por el carácter especial del barrio. Se encuentran -en él muchas familias respetables que van á los teatros. Ya dije lo que -es el Yosywara para los japoneses. La extrañeza la muestran por el hecho -de vernos á pie confundidos con las gentes del país. El extranjero es en -Kioto un transeunte que sólo se muestra en lo alto de un vehículo y -únicamente pone sus pies en tierra ante los monumentos interesantes. - -Oímos guitarreos y dulces quejidos que salen de las casas de las -_geishas_. Las fachadas de los teatros ostentan cuadros enormes, iguales -á los que figuran en los cinematógrafos, y en estos lienzos veo pintadas -las escenas más interesantes del drama que se está representando dentro. -Casi siempre es una sucesión de hazañas realizadas por un mancebo -japonés vestido á la moderna, como un _cow-boy_, pero con más valor y -astucia que los cuarenta y siete samurais juntos. Se le ve batiéndose, -puñal en mano, con dos docenas de asesinos y poniendo en fuga á los que -no mata; deteniendo un caballo desbocado con solo una mano; asaltando un -tren; destapando un volcán dormido. - -A esta hora del anochecer, cada uno de dichos dramas debe estar ya en el -acto treinta ó cuarenta, pues su representación empezó poco después de -la salida del sol. Pero esto no impide que entren nuevos espectadores y -busquen asiento junto á los que han almorzado y comido sin moverse, y se -disponen ahora á cenar, siguiendo con incansable atención las aventuras -del héroe. - -Sobre cada teatro hay banderas, más grandes á veces que la fachada del -edificio, con rótulos en caracteres japoneses que extasían á muchos -transeuntes. Aquí, cada actor célebre tiene banderas propias con su -nombre y sus armas, colocándolas á la puerta del teatro para que sus -admiradores no sufran equivocación. Y como cada uno cree ser el primero, -procura que su bandera guarde relación con su importancia, llegando á -dimensiones inverosímiles estas telas multicolores, que en días de -viento representan un peligro para la solidez de los frontones que las -sostienen. - -Las actrices inspiran más entusiasmo aún que los actores. Pero el lector -sabe que en el Japón los papeles femeninos son desempeñados por -jovenzuelos. Éstos, al hacerse célebres, persisten en su trabajo, sin -tener en cuenta el paso de los años; y más de una vez, la dama que -conmueve con sus desventuras á los hombres, hace derramar lágrimas á las -mujeres y cosquilleo á los muchachos con los primeros deseos de amor, -es, en realidad, un viejo afeminado y vergonzosamente pintarrajeado. (No -hay que escandalizarse por esto, pues algo semejante pasaba en -Inglaterra en los tiempos de Shakespeare.) Una de estas actrices-hombres -es actualmente el personaje teatral más célebre del Japón y gana 10.000 -dólares todos los meses. - -Empujados y mal mirados por un gentío que huele muchas veces á _saké_ y -al aglomerarse en las estrechas calles se ve obligado á marchar con paso -lento, empezamos á sentir cierta inquietud. Hemos abandonado -imprudentemente á nuestro guía, nadie nos conoce, ignoramos la lengua -del país; ¿á quién acudir si nos ocurriese algo malo?... Nos sentimos -inmensamente solos entre esta muchedumbre de miles y miles de seres, -sobre cuyo río de cabezas pasan músicas y se mueven banderas y faroles. - -El cinematógrafo de origen americano bate al teatro japonés en el -Yosywara de Kioto, como ocurre en tantos otros lugares de la tierra. Hay -más salas cinematográficas que escenarios, y la gente de kimono penetra -en ellas á borbotones. - -En uno de dichos establecimientos atrae mi atención un cartel monumental -de muchos metros cuadrados que cubre gran parte del cielo sobre el -remate de la fachada. Veo pintados en él unos hombres-libélulas, de -cintura sutil. Saltan como insectos, con un trapo en la mano, -perseguidos por una bestia cornuda que parece lanzar fuego por sus -narices. Tal vez es una escena de la prehistoria. Luego me hace recordar -vagamente las corridas de toros. - -Mis ojos tropiezan más abajo con un gran rótulo en japonés, y al lado, -entre paréntesis, la traducción inglesa: (_Blood and Sand_). Es el -_film_ de mi novela _Sangre y arena_ hecho en los Estados Unidos. Luego -voy descubriendo, á los dos lados de la puerta, anuncios multicolores -con escenas de la obra y retratos de los artistas. - -Todos estos carteles de procedencia norteamericana han sido reformados á -la japonesa, tal vez para armonizarlos con la corrida de toros -fantástica que se exhibe en lo alto. A Rodolfo Valentino, protagonista -de la obra, que las mujeres de los Estados Unidos llaman «el hombre más -hermoso del mundo», le han acortado la nariz y subido las cejas con un -pincel irreverente, para disimular su fealdad de blanco y que se -aproxime á la belleza de un buen mozo japonés. Los demás artistas -también han sufrido iguales transformaciones. Hasta encuentro una -fotografía mía, que sólo llego á reconocer por ciertos detalles del -traje, y me veo en ella con la nariz recta y corta, las cejas oblicuas y -un aire feroz, semejante al de los hércules japoneses que viven de -luchar en público. - -No importa. Este descubrimiento me tranquiliza, y ¿por qué no decirlo? -me halaga, proporcionándome una de las satisfacciones mayores de mi -vida. - -¡Bendito cinematógrafo! Algo representa haber nacido en una ciudad de -provincia, al otro extremo del mundo, y al venir á Kioto la Santa -encontrar mi retrato y mi nombre en las calles bulliciosas del Yosywara. - -Además, si necesito protección, puedo buscar á un policía, aunque no me -entienda. Me bastará llevarlo hasta la puerta del cinematógrafo y -decirle por señas ante mi retrato de luchador japonés: «Ese soy yo». - - - - -XXII - -EL TEMPLO DE LOS 33.333 DIOSES - - Los palacios de Kioto.--La ceremonia de la coronación - imperial.--Mezcolanzas de antiguo y moderno.--El templo de los - «Treinta y tres mil trescientos treinta y tres dioses».--El taller - de remiendos divinos.--La pagoda de la cumbre y su fuente - milagrosa.--Lo que les ocurre á las japonesas que beben sus - aguas.--El hombre de los dos cubos.--La balada de la hotelería - japonesa. - - -Además de sus pagodas innumerables, guarda Kioto la Santa los antiguos -palacios de sus emperadores. Ya hemos dicho cómo el Mikado vivió siete -siglos en esta ciudad, sin mezclarse para nada en el gobierno del país, -enteramente confiado á los Shogunes, é interviniendo sólo en los asuntos -religiosos. - -Hoy no ocupan estos palacios un espacio de quince leguas, como en otros -tiempos. El ensanche de la ciudad y de los jardines públicos ha invadido -una parte del antiguo dominio imperial. Pero todavía las actuales -residencias del Mikado llenan un área considerable. - -Son palacios faltos de muebles, que viven con un aspecto de abandono -bajo la guarda de viejos empleados, y sólo ven abrirse sus salones -cuando se presenta un grupo de viajeros. - -Estos edificios, que inspiran al japonés un respeto histórico, -únicamente recobran su antigua animación cuando muere un emperador y es -coronado su heredero. La entronización se celebra siempre en Kioto, y -la corte abandona momentáneamente para tal ceremonia el palacio imperial -de Tokío. - -Yo he visto este último desde fuera y me pareció no menos silencioso y -desierto que el de Kioto, dentro de sus tres recintos. Unas avenidas -anchísimas, que más bien parecen plazas enormemente prolongadas, -establecen un primer aislamiento alrededor del palacio imperial, á pesar -de hallarse situado éste en el centro de la vasta Tokío. La segunda zona -de defensa consiste en un foso profundo lleno de agua verde, dormida en -apariencia y que un canal renueva todos los días. Sobre esta cintura -acuática se levanta la tercera defensa, consistente en una muralla de -seis metros, hecha de grandes bloques, como un malecón fluvial ó un -muelle marítimo. Al ras de esta muralla se extienden los céspedes del -parque con grupos de tortuosos pinos. Sobre la arboleda asoman los -remates de diversas construcciones, que tienen exteriormente un aspecto -de palacios rústicos, todas con paredes blancas y altísimos techos -negros de pendiente cóncava y grandes aleros. En el centro de esta -ciudad imperial, siempre silenciosa é infranqueable dentro del corazón -de Tokío, está el templo de Jimmuteno, primer ascendiente de la -dinastía. - -Al visitar el palacio viejo de Kioto se nota que los emperadores se -acordaron de él cuando dirigían la construcción del palacio nuevo de -Tokío. Ambos edificios tienen igual aspecto exterior; sólo se -diferencian en sus medios defensivos. Los emperadores de Kioto vivían al -margen de los accidentes políticos, como dioses respetados y algo -olvidados, sin presentir la posibilidad de que alguien los atacase. Su -antigua residencia conserva una muralla exterior de tapia y postes de -madera, rematada por tejados cóncavos, y alrededor de esta muralla se -desliza un canal. Pero es un canal decorativo, que se puede pasar con -agua á la rodilla, y los muros únicamente son de piedra hasta medio -metro de altura. Se adivina que esta débil fortificación la construyeron -para advertir una vez más que la persona del emperador debe mantenerse -aislada de los simples mortales. De nada podía servir en caso de ataque -y de sitio. - -Visito el Gran Palacio donde se celebran las coronaciones, situado en el -centro de Kioto, y el Palacio de Verano, no menos grande, que se -extiende en las afueras. Todos ellos tienen en torno vastos jardines -públicos y numerosas pagodas, que han invadido gran parte de su antiguo -solar. Estos palacios son de un solo piso y los componen varios grupos -de edificios. Unos se mantienen aislados, otros están unidos por -avenidas orladas de linternas y de monstruos. En estas avenidas hay -varios _toris_, que equivalen á nuestros arcos triunfales. - -El interior de sus salones ofrece un aspecto desolado, como si acabasen -de sufrir todos ellos un saqueo. Carecen de muebles. En algunos las -paredes están ricamente pintadas y doradas; pero sobre las esterillas -del suelo no se ve un taburete, un cojín, un pequeño vaso de porcelana -que sostenga una flor. - -Y sin embargo, hay que quitarse los zapatos para visitar estos palacios -abandonados. La cortesía japonesa aún tiene otra exigencia en lo que se -refiere al emperador y á los altos personajes oficiales. No basta -descalzarse para entrar en sus viviendas, ni dejar el sombrero en la -antesala, como se hace en Occidente. Hay que desprenderse también del -gabán y entrar á cuerpo en unos salones que nunca fueron calentados y -por cuyos muros delgadísimos penetra fácilmente el frío. Conservar -puesto el gabán cuando se pisa el umbral de un palacio japonés es -irreverencia tan enorme como mantenerse con el sombrero calado. - -Sólo con un esfuerzo de imaginación pueden encontrarse interesantes -estos monumentos imperiales de Kioto. En realidad, parecen por su forma -exterior unas lujosas y enormes caballerizas de Inglaterra. Encuentro en -uno de los salones varios dibujos multicolores, hechos sobre papel de -arroz, que representan la ceremonia de la coronación en nuestros -tiempos. - -Debe ser un espectáculo raro, por los uniformes tradicionales de los -cortesanos y esas mezcolanzas de antiguo y moderno que surgen con tanta -frecuencia en la vida del Japón actual. Los generales y los príncipes, -que usan diariamente uniformes á la alemana, abandonan para estas -fiestas palatinas su aspecto de guerreros europeos y se visten como sus -ascendientes. Todos llevan corazas y cascos dorados, con cuernos y -antenas, dos sables en la cintura, un carcaj en la espalda lleno de -flechas y un gran arco. - -Las damas de la corte van vestidas de chinas más que de japonesas. Sus -trajes de ceremonia son anteriores al kimono y á los peinados de las -niponas actuales. Llevan pantalones rojos, dalmáticas negras bordadas, y -en la cabeza unos tocados semejantes á los gorros de cuartel... Y por en -medio de esta aglomeración de cortesanos acorazados como hace cinco -siglos y con armas anteriores á la invención de la pólvora, avanza el -nuevo emperador llevando uniforme de general, lo mismo que un rey -europeo, y sentado en una carroza dorada, adquirida en Londres, con -lacayos de peluca blanca y tricornio. Tales anacronismos que tan -interesante hacen el acto de la coronación son una prueba más de la -mezcolanza contradictoria é incoherente que sirve de base a la actual -vida japonesa. - -Necesito hacer un esfuerzo para abandonar los jardines de estos palacios -silenciosos y de una simplicidad majestuosa. Casi todos sus árboles son -cedros retorcidos que tienen varios siglos de existencia. Al pie de -ellos hay redondeles de musgo, escrupulosamente cuidado, de un diámetro -igual al de sus copas. - -Un grupo de mujeres pobres barre los senderos del parque y las aceras de -granito en torno á los edificios de madera. Estas hembras de kimono -obscuro, que reciben del intendente imperial una retribución modesta, -nos enseñan, al sonreir, sus dientes cargados de oro. Ya dije que para -la japonesa es motivo de vanidad poder llevar chapada de rico metal su -dentadura, y hace cuanto puede por conseguirlo aunque sea á costa de -sacrificios, lo mismo que una europea cuando ansía un traje ó un -sombrero elegantes. - -Deseo visitar cierta pagoda de esta ciudad que conozco de nombre hace -muchos años, casi desde mi niñez, y nunca creí en aquellos tiempos que -llegaría á verla directamente con mis ojos. Es el templo de los _Treinta -y tres mil trescientos treinta y tres dioses_. - -Exteriormente consiste en un largo edificio rojizo, que ocupa todo un -lado de una plaza de la vieja Kioto. Varios grupos de bambúes enormes -sombrean esta plaza, y al amparo de ellos colocan sus mesitas los -vendedores de tarjetas postales, oraciones impresas en papel de arroz y -pequeños objetos de culto. Como el templo es de madera y lleva varios -siglos de existencia, tiene el mismo aspecto de barco viejo y carcomido -que ofrecen casi todas las pagodas. - -Sobre la meseta de la escalinata salen á recibirnos algunos bonzos con -la redonda cabeza recién afeitada y un manto de color de azafrán, en el -que se envuelven á estilo romano. Estos sacerdotes budistas son -pedigüeños y explotan sistemáticamente la fama de la pagoda á que están -agregados. Uno de ellos, con redondas gafas de concha, aguarda en la -cancela detrás de una mesa y cobra á los visitantes por dejarles pasar, -lo mismo que un portero de teatro. En el interior, otros bonzos -azafranados nos acosan ofreciéndonos estampas, oraciones y pequeños -objetos, á los que atribuyen influencias milagrosas. - -Al entrar, se tropieza inmediatamente con una imagen gigantesca de -metal, que ocupa lo que puede llamarse altar mayor, presidiendo esta -asamblea numerosa de divinidades. A los dos lados del altar se extienden -vastas escalinatas llenando las dos alas del templo, y en sus peldaños, -lo mismo que si fuesen objetos de exposición, forman en luengas y -superpuestas filas dos mil imágenes de bronce de tamaño natural -representando á la diosa de la Misericordia. Estas dos mil mujeres -tienen doce mil brazos, pues cada una de ellas ostenta tres á cada lado -de su tronco. - -En diversas naves de la pagoda se alinean formando hileras múltiples los -otros dioses hasta el número de 33.333. Los hay de todos los tamaños, á -partir de la talla humana hasta el exiguo volumen de un insecto. Son de -oro, de bronce, de marfil, de madera, de piedras diversas, desde el -precioso jade venido de la China y el lapislázuli de las minas de -Siberia, al simple pedernal. Unos tienen formas regulares y una sonrisa -de bondad celeste; otros llevan en su rostro gestos aterradores y son -feos con una fealdad iracunda y amenazante, que parece secreto -hereditario de los imagineros japoneses. Algunos, más cerca de la -animalidad que de la perfección divina, se muestran erizados de -múltiples piernas y brazos, como cangrejos monstruosos. - -Guarda siempre este templo, con rigurosa exactitud, el número de los -dioses que deben habitarlo: 33.333. En el curso de varios siglos las -guerras y los incendios quebrantaron el edificio muchas veces ó lo -arruinaron por completo, suprimiendo una parte de su población divina; -pero ésta no tardó en verse reconstituída por los bonzos, que son sus -guardianes y servidores. - -Junto al templo existe un taller, donde son recompuestos dioses y diosas -todos los días. Trabajan en él unos imagineros, que recuerdan por su -aspecto y sus gestos á los antiguos alquimistas. Algunos son -extremadamente ancianos, y cuelgan de sus mandíbulas los filamentos -blancos, esparcidos y lacios de una barba á la japonesa. El cráneo lo -llevan oculto bajo un gorro muy ajustado y abotonado debajo de la barba, -lo mismo que el becoquín del Doctor Fausto. Con grandes antiparras -caladas ante sus ojos pegan á las pequeñas diosas un brazo de marfil que -se ha desprendido entre los seis ú ocho que cubren su pecho, ó liman las -piernas de los dioses para que no se conozcan los remiendos recién -hechos en el bronce ó la madera. - -Hay otra pagoda célebre en Kioto, que ocupa una colina dentro de la -ciudad, y desde cuya cumbre puede abarcarse el hermoso espectáculo de -sus barriadas, jardines y canales. A esta pagoda vienen en determinadas -épocas numerosas peregrinas. Existe al pie de ella una fuente milagrosa, -y toda mujer casada que bebe sus aguas es madre antes de un año. Algunas -veces--¡caso estupendo!--el mismo prodigio se realiza en las musmés que -beben su líquido, aunque vayan con peinado de soltera. - -Como no hay peregrinaciones durante el invierno, encontramos solitarias -las calles en declive que conducen á la cumbre donde está la pagoda. Son -calles relativamente anchas, como si las hubiesen abierto en previsión -de las multitudes que las llenan en ciertas fechas del año. Todas las -casas están ocupadas por comercios de objetos piadosos, abundando las -figurillas de porcelana vulgar. - -Un mundo de personajes abigarrados, de las más diversas cataduras, se -alinea en los escaparates y anaqueles de estos vendedores de imágenes. -Figurones grotescos y un poco obscenos se codean con imágenes divinas y -pequeñas estatuitas ecuestres del penúltimo emperador. En estas tiendas -del Extremo Oriente no se sabe nunca dónde termina lo religioso y -empieza lo caricaturesco, quién es dios y quién simple monigote para -hacer reir á las gentes. - -Subimos con lentitud por la calle orlada de tiendas. Tenemos nuestras -miradas fijas en la alta y gallarda pagoda que llena la perspectiva -abierta entre dos filas ascendentes de edificios. Encima de los tejados, -pero más abajo del templo, vemos bosquecillos de bambúes y senderos -agrestes, por donde corren riendo, con una jovialidad de niñas, varias -filas de mujeres. Deben ser de las que vienen en busca de la milagrosa -fuente, oculta á nuestros ojos por los grupos de vegetación. - -El deseo de toda mujer japonesa perteneciente á la clase popular es -pasearse con la dulce mochila de un pequeñuelo que duerme, come, ríe ó -llora, sujeto á su espalda, y muchas veces hace cosas peores, aguantando -la madre con cierto deleite el tibio chorrillo filial que se desliza por -sus riñones. La japonesa infecunda se considera en una situación -peligrosa; el marido puede repudiarla en este país de fácil divorcio, y -ansía intervenciones humanas ó celestes para conocer la maternidad. - -Mientras camino pensando en esto, con la vista fija en la pagoda, cada -vez más próxima, empiezo á percibir un hedor intolerable. Los que vienen -conmigo experimentan idéntica molestia. Miramos las tiendecitas -próximas como si surgiese de ellas el nauseabundo olor. Pero nuestro -olfato se va orientando, y acabamos por husmear lo que nos rodea más de -cerca. - -Delante de nosotros marchan varios niños y mujeres, atraídos por la -curiosidad que provoca siempre en las calles del Japón provincial la -presencia de un grupo de blancos. Se ha adherido también á nuestra -marcha, saludándonos mudamente con una sonrisa que le hace mostrar sus -dientes agudos, un mocetón casi en cueros, sin otro traje que un harapo -pasado entre las musculosas piernas. Lleva en un hombro un grueso bambú -y penden de él dos cubos, que se bambolean al compás de sus pasos, -agitando su contenido líquido. - -¡Ah, miserable!... De este caldo amarillento, en el que flotan pequeños -cilindros de igual color, surge la pestilencia que va infestando la -calle, sin que ningún vecino parezca sentir molestia en su olfato. Es un -hortelano que acaba de vaciar una letrina todavía fresca, y lleva la -hedionda materia á su huerta cercana. El abono humano es aquí más -apreciado que el animal. Los chinos, maestros de los japoneses en tantas -cosas, aprecian con mayor entusiasmo, si es posible, esta materia -fecundante. - -Hacemos alto para que el compañero nos abandone. Todavía insiste en -acompañarnos, y se detiene con sus dos inmundos cubos; pero tales gritos -y ademanes empleamos en nuestra protesta, que al fin se marcha, siempre -sonriendo. Quedamos en la duda de si sonríe ahora de lástima, -despreciándonos por nuestras absurdas preocupaciones. - -Y sin embargo, este pueblo ama las flores como ninguno, y aunque es de -espíritu estrechamente positivista, sorprende de pronto con las más -poéticas invenciones. - -Encuentro en todos los hoteles numerosos carteles impresos con -caracteres del país, los cuales contienen, según me dicen, máximas -morales, consejos prácticos y sanos para la vida. En algunos de dichos -establecimientos me atrajo por su dibujo primaveral uno de los tales -anuncios representando un árbol con las ramas cargadas de flores y -revoloteando en torno enjambres de pájaros. Aquí vuelvo á encontrar este -paisaje misterioso, pero con una explicación al pie. - -El Gran Hotel de Kioto tiene sus pisos bajos ocupados por tiendas que -exhiben los mejores productos de las ricas industrias de la ciudad: -kimonos de maravillosos colores, telas bordadas con faunas y floras -fantásticas, obras de orfebrería y de esmalte. Los directores del -establecimiento son los únicos que van vestidos á la europea. Todo el -personal lleva trajes japoneses. En los salones hay grupos de hombres -con kimono negro de seda, que parecen sacerdotes, y se abalanzan sobre -todo el que entra para ofrecerle sus tarjetas. Son los corredores y -enviados de las grandes tiendas de Kioto, que ascienden á centenares. - -En uno de estos salones encuentro el cartel primaveral con su -inscripción japonesa, pero el director del hotel ha agregado la -traducción en inglés... - -Son versos, un fragmento de poema. Y este cartel de flores y pájaros, -que figura en todos los hoteles importantes del Japón, dice así, según -la versión inglesa, que yo transcribo á mi modo: - - Un hotel es un ciruelo - cargado de ricos frutos; - ruiseñores son los huéspedes - cobijados en sus ramas. - (_Balada de la hotelería japonesa_) - -Parece que los grandes hoteleros del Japón, al celebrar una de sus -reuniones en Tokío, acordaron, entre otros medios de propaganda, -encargar á un gran poeta nacional una balada sobre las excelencias de -los hoteles en el Imperio del Sol Naciente. Esto es algo extraordinario: -hay que reconocerlo. A ningún hotelero de Europa ni de América se le ha -ocurrido jamás nada semejante. - -Debo advertir que la industria de la hotelería á estilo moderno sólo -existe aquí desde hace pocos años. Todavía, en las provincias muy -interiores del Japón, los dueños de las hospederías reciben al viajero -como los hidalgos de otros tiempos daban albergue al peregrino, por -seguir las tradiciones. No hay precio fijo, y el posadero se indignaría -si le hablasen de retribución. - -Cuando el pasajero se marcha, entrega de un modo disimulado á la esposa -ó la doméstica más respetable la cantidad que le parece oportuna, -añadiendo, después de este regalo discreto, que guardará eterna gratitud -por tan benévola acogida. - -Los hoteleros japoneses á la moderna, que se educaron en el extranjero y -copian las costumbres de los occidentales, han querido dar á sus -«Palaces» de varios pisos una originalidad tradicional y patriótica, y -para ello nada les pareció mejor que buscar la colaboración de un poeta. - -Además, estos nipones vestidos de levita que dirigen en su país la vida -de los modernos «ciruelos» son tal vez más psicólogos que los gerentes -de los «Palaces» de Europa y América, los cuales tratan á sus clientes -con la altivez y el alejamiento de un monarca. - -¿Quién puede discutir y regatear su cuenta después que lo han comparado -con un ruiseñor?... - - - - -XXIII - -LOS «KOKOS» DE NARA - - Las plantaciones de té.--El dios que viajaba montado en un - ciervo.--Los venados del Parque Sagrado.--Las linternas seculares - de Nara.--El caballito blanco de ojos azules y rojos.--Los peces - del lago santo.--El pan de Año Nuevo y su peligroso - amasijo.--Trenes nevados y hombres semidesnudos.--Los dos - Japones.--Ya tiran contra el nieto de los dioses. - - -Entre Kioto y Nara vemos los primeros campos de té. Este arbusto, de un -metro escasamente de altura, lo plantan en filas y tiene la copa redonda -como un naranjo enano. En primavera los agricultores colocan toldos -sobre las plantas, para defenderlas de los vendavales que soplan sobre -el archipiélago. Además, todas las plantaciones tienen orlas de bambúes, -que las abrigan de las inclemencias atmosféricas. - -Pasamos ante el pueblo de Uji, que es el principal mercado de té en el -Japón. Aquí se hacen las grandes compras de esta hierba que produce la -bebida nacional. El té japonés, consumido enteramente en el país, es más -fuerte que el chino, de un sabor áspero y silvestre. El de Uji ejerce -tal influencia sobre el sistema nervioso, que, según cuentan, quien toma -dos tazas de él no puede dormir en toda la noche. - -Los pueblos que vemos desde el tren ofrecen un aspecto alegre con motivo -del año nuevo, cuyas fiestas duran varios días. Todas las poblaciones -tienen banderolas y faroles de papel en sus bocacalles. Las fajas de -tela están adornadas con rótulos japoneses que no podemos entender. Pero -los caracteres del alfabeto nipón con sus misteriosas y complicadas -formas, representan un valioso elemento decorativo. Hay letras que -parecen monigotes gesticulantes, otras semejan paisajes ó bestias -monstruosas. Los _muskos_, libres de la escuela en estos días, pueblan -la atmósfera con una fauna de cometas en forma de dragones, que ondean -sobre el azul celeste sus rabos de papel. - -Nara es la ciudad más antigua del Japón, la primera que habitaron los -Mikados en una época casi fabulosa, cuando mantenían trato frecuente con -sus abuelos los dioses y la historia del país era un relato mitológico -en el que se mezclaban héroes y divinidades. - -Uno de los personajes de la mitología japonesa vino á Nara montado en un -gran ciervo, y desde entonces la ciudad mira con simpatía á los animales -de esta especie. El Parque Sagrado de Nara tiene siempre una población -de venados, que se renueva hace más de mil años, sin cambiar de sitio. -En la actualidad son unos setecientos los que trotan por sus senderos -confiadamente, saliendo al encuentro de los transeuntes, para toparles -con un testuz suave, si no les ofrecen algo de comer. - -Como todas las ciudades que viven de la afluencia de peregrinos, Nara es -una aglomeración de posadas, figones y pequeños comercios de objetos -piadosos y «recuerdos» del país. Atravesamos en _koruma_ la calle -principal, compuesta por entero de tiendas de esta especie, y vamos -directamente al famoso parque. - -Sus árboles centenarios no son más grandes que los de Niko. Tampoco -tiene los abundantes arroyos que canturrean junto á los mausoleos de los -dos Shogunes. Pero las colinas de Nara son muy húmedas, en las -oquedades que existen entre ellas se abren las copas azules de varios -lagos pequeños y el musgo esparce su verde capa sobre la piedra, lo -mismo que en la Montaña Sagrada. Los matorrales son más espesos y altos -que en Niko, y los venados que pueblan la selva de Nara saltan de pronto -en medio del camino, con gran estrépito de ramaje que se doblega ó se -quiebra. - -A estos venados que recuerdan la cabalgadura del dios viajero les dan en -el país el nombre de _kokos_. Tal vez esta palabra fué empleada por su -eufonía, que atrae á los animales, haciéndolos acudir indefectiblemente -á tal llamamiento. - -Apenas entramos en el parque, empiezan á correr junto á las _korumas_ -varias _musmés_ graciosas, con kimonos á rayas amarillas y negras, y una -faja de lazo enorme sobre los riñones. Todas llevan una cestita con -galletas de salvado y melaza, agujereadas en su centro y unidas á -docenas por un hilo que atraviesa los orificios. Es el manjar predilecto -de los ciervos. - -Los jayanes de mangas largas y piernas al aire que tiran de nuestros -carruajitos están previamente de acuerdo con las vendedoras, y nos -explican la costumbre tradicional de dedicar un obsequio á los -descendientes de la cabalgadura del dios. Apenas quedan hechas las -primeras compras, _korumayas_ y _musmés_ gritan con voz suave y -acariciante: - ---¡Koko!... ¡Koko!... - -Y los _kokos_ empiezan á surgir de todas partes, con la abundancia de -una invasión de hormigas. - -Son animales de aspecto dulce, pelo blanco y rojo, ojos húmedos y patas -ligeras, de elegante trote. Sólo los más jóvenes conservan sus cuernos. -Los de algunos años llevan la cabeza completamente mocha con dos -muñones duros que revelan á flor de piel el lugar ocupado por las -antiguas astas. - -Todos los años, en la fiesta del dios viajero, los guardianes del parque -atraen engañosamente á los venados de buena astamenta y se la cortan, -para fabricar con su materia objetos piadosos, que los bonzos de Nara -envían á las ricas familias de las principales ciudades del Japón. - -Ninguno de los _kokos_ muestra timidez. Se aproximan con una confianza -que data de siglos, seguros de que el hombre que llega no les hará daño -y trae para sus mandíbulas ansiosas el más grato de los alimentos. Si un -perro se desliza en este lugar vedado, hombres y mujeres lo persiguen, -para que no asuste á las dulces bestias, verdaderas dueñas del parque. - -Marchan contoneándose al lado de las ruedas de las _korumas_. Cuando el -visitante continúa su paseo á pie, lo escoltan estirando el cuello y -pasan sobre su pecho el babeante hocico. Huelen el paquete que lleva en -las manos, pero no osan morderlo. Esperan, con una cortesía que puede -llamarse japonesa, á que les ofrezcan una galleta suelta, y la toman -gravemente, haciendo reverencias con el testuz. Los más viejos, al -alejarse en busca de la generosidad de otros visitantes, muestran dos -almohadillas blancas, de pelo rizado y fino, en torno al arranque de su -cola. - -Después del almuerzo en el Gran Hotel de Nara, hermoso edificio moderno, -á orillas de un lago, presenciamos la reunión de todos los venados del -parque. Es un acto que se reserva para días de gran concurrencia de -viajeros ó cuando, siendo pocos, pueden éstos pagar á los empleados -forestales por su trabajo extraordinario. - -Un japonés de chaqueta azul, con un crisantemo blanco en la espalda, -hace sonar su trompeta en las desiertas avenidas. Oímos su diana -marcial alejándose por las tortuosidades y recovecos de la arboleda. -Otros hombres gritan con modulaciones especiales para atraer á los -_kokos_. Todos los que hemos costeado el espectáculo nos sentamos en un -gran claro del parque. - -Se va aproximando la trompeta, y vemos cómo surgen á la vez en un frente -de medio kilómetro numerosos «chorros» de venados. Hay que emplear esta -palabra, porque la invasión animal tiene el mismo ímpetu múltiple y -diverso de las aguas de una inundación colándose en desorden por todos -los vacíos que encuentran. Setecientos venados llegan casi á la vez á -esta plaza de la selva, precediendo ó siguiendo al hombre de la trompeta -y sus acólitos. - -El suelo se cubre de un oleaje incesante de pelos rojos y blancos, sobre -el cual se alzan centenares de cabezas, unas cornudas, otras con pétreas -excrecencias. Suena un ruido suave como de agua corriente. Son los miles -de patitas que, al moverse, hacen chirriar la arenilla del escampado. - -Las _musmés_ venden enteras sus cestas de galletas y van en busca de -otras. Muchos espectadores de esta asamblea animal descienden á la -extensa plaza ocupada por los venados, y avanzan en el mar de hocicos -suplicantes, de bocas abiertas, deslizando un dulce redondel en cada una -de ellas como si echasen cartas á un buzón. Los más audaces, mientras -rumian el regalo, marchan detrás del generoso dispensador de tales -golosinas y le topan continuamente en la espalda para que se vuelva y -repita el obsequio. - -Otro atractivo célebre de Nara, después de los ciervos sagrados, son las -linternas ó _toros_. En las diversas colinas del parque, rematadas por -pagodas budistas y sintoístas, los caminos están orlados con dobles ó -triples hileras de linternas de granito sobre torreones de la misma -piedra. - -Estas pagoditas de luz tienen á veces tres y cuatro siglos de -existencia. Las familias ricas del Japón hacían construir en otro tiempo -un _toro_ en el Parque de Nara para honrar á sus Ascendientes, y venían -á verlo el día de la fiesta de las linternas. Una vez por año los 3.000 -ó 4.000 _toros_ que existen bajo las arboledas de Nara se iluminan -durante una noche, y hasta de las poblaciones más lejanas vienen gentes -para presenciar este espectáculo tradicional. - -Los miles de capillitas de piedra tienen en la citada noche alumbrado su -interior por una lámpara ó un cirio. Son luces suaves, vagorosas, luces -«del otro mundo», como las de los cuentos fantásticos, y los -resplandores vacilantes dentro de su jaula de granito dan una vida -sobrenatural á la selva obscura y dormida. Admiramos el musgo que cubre -la piedra vieja de muchos de los _toros_. En Nara crece tan abundante y -vigoroso este paño vegetal, que cuelga en forma de borlas verdes de los -aleros de las linternas. - -Presenciamos en una de las pagodas la danza de las bailarinas sagradas -del sintoísmo, dos jovencitas que ejercen su profesión con menos -gravedad que la sacerdotisa cincuentona de Niko, y ríen mientras bailan, -mirando á los visitantes blancos. Su vestimenta y adornos son también -menos austeros. Sobre la frente llevan una visera en forma de tejadillo. -Pendientes de ella hay varios tubitos de metal, que se entrechocan -sonoramente con los movimientos de la danza. Encima han colocado un -manojo de claveles. El resto de su traje, aunque es blanco y rojo, como -el de la boncesa de Niko, revela en sus adornos una coquetería profana, -un deseo de recordar á los fieles que la oficiante es una mujer. - -En un pequeño establo cerca de una pagoda vemos un caballito blanco, -absolutamente blanco, con las pupilas azules y las córneas rojas. Es una -bestia sagrada, mantenida por los bonzos. El dios del templo inmediato -llegó á Nara montado en un caballo blanco, y los sacerdotes procuran -tener un animal de la misma especie siempre preparado, por si se le -ocurre de pronto á su divino señor volverse á las tierras de donde vino -hace siglos. - -El Parque Sagrado tiene una variada fauna de carácter religioso. Además -de sus centenares de _kokos_ descendientes del gran siervo tradicional y -del caballito blanco, al que obsequian los visitantes con galletas y -terrones de azúcar, existe un lago abundante en peces rojos y dorados, -que son igualmente bestias sagradas. Después de tantos años de respeto y -generosa nutrición, estos peces han crecido hasta obtener dimensiones -monstruosas. - -Junto á dicho lago, los habitantes de Nara establecen un mercado de -flores y árboles, donde se puede apreciar la habilidad de los japoneses -como jardineros de exportación. Yo he visto vender en él naranjos -enormes cubiertos de frutos, con las raíces tan hábilmente empaquetadas, -que no había mas que subirlos á un carro ó un vagón para replantarlos á -muchas leguas de distancia, sin ningún riesgo para su salud vegetal. - -Bajo de mi _koruma_ en las afueras de Nara, para visitar la forja de un -fabricante de sables y puñales á estilo antiguo. Mientras regateo una -daga con funda de bambú, cuyo filo es tan sutil que puede cortar los -blanduchos papeles de arroz, me fijo en la casa inmediata, dentro de la -cual varios hombres gritan y se mueven como si estuviesen realizando un -esfuerzo penoso. - -Al verlos de más cerca, oigo las risotadas con que alegran su pesado -trabajo. Todos ellos sudan y gesticulan, dando furiosas palmadas sobre -una masa blanca. Están fabricando el pan de Año Nuevo, ceremonia -tradicional que se repite durante varios días del primer mes. - -Van ligeros de ropa, para trabajar con más soltura, pero llevan ceñido á -las sienes un estrecho pañuelo rojo, con dos puntas colgantes, parecido -al tocado de los aragoneses. Cinco de ellos dan palmadas á la pasta, -entonando una melopea ruidosa, y el sexto levanta con ambas manos un -mazo de madera pesadísimo y lo deja caer sobre el amasijo. - -Es un deporte peligroso, y por eso se entregan á él con una alegría -gallarda. El que mueve el mazo procura, con perversa astucia, pillar -debajo de éste la mano de alguno de los amasadores, haciéndola añicos. -La vanidad de los otros estriba en menudear el palmoteo, escapando con -ligereza su diestra del mazazo brutal. Como esta ceremonia del amasijo -del Año Nuevo hace sudar copiosamente, exige mucha bebida. Los joviales -amasadores huelen á _saké_, y enardecidos por el alcohol de arroz y sus -propios cánticos, se alternan en el manejo del mazo, con el santo deseo -de ser más hábiles que los otros y poder aplastar la mano de un amigo. - -Estando en la estación de Nara vemos llegar trenes cuyas techumbres -blanquean bajo una gruesa capa de nieve. Vienen de la parte del Japón -adonde vamos nosotros. En Nara no nieva aún, pero sopla un viento -glacial. Esto no impide que muchos campesinos, casi desnudos, pasen -tranquilamente junto á los vagones, que dejan caer pedazos de agua -congelada. También pasan los eternos niños de las escuelas, con un -kimono ligero á redondeles blancos por toda vestidura, gorra de colegial -y las piernas al aire, mostrando su carne enrojecida y coriácea por el -frío. - -En los andenes veo japoneses con un aspecto de súbditos del Mikado antes -de que éste ordenase la nueva vida á estilo de Occidente. Algunos viejos -llevan barbillas de pelos lacios y la cabellera larga atada sobre el -cogote, con una melena á modo de plumero caída sobre la nuca, igual á la -de los antiguos samurais. Al mismo tiempo, en las ventanillas de los -vagones se muestran japoneses vestidos como los trabajadores -occidentales, soldados con uniforme europeo, mujeres de aire -independiente que saben ganar su arroz y se han emancipado de la antigua -esclavitud femenina. - -Hay dos Japones: uno que ha entrado á todo vapor en la evolución -universal del progreso, y otro que, por razones políticas interiores y -por inercia, quiere permanecer unido á la primitiva tradición. Este -espectáculo contradictorio y paradojal no puede durar. Ha persistido -algunos años como los platillos de una balanza, no obstante sus pesos -distintos, permanecen durante una milésima de segundo igualados en el -mismo nivel. Los cincuenta años de civilización moderna japonesa -transcurridos hasta el presente significan un breve instante de su -historia. - -Repito que esta situación anómala no puede mantenerse indefinidamente. -El Japón tendrá que volver atrás, si quiere conservar su organización -tradicional. Si desea seguir progresando, deberá avanzar, confiándose á -lo desconocido, pues representa una candidez infantil querer -aprovecharse de las ventajas del progreso y no resignarse á correr sus -riesgos y sufrir sus inconvenientes. - -El Japón de las ciudades tradicionales, de los bosques sagrados, de las -pagodas y las leyendas religiosas, es todavía una realidad; pero no lo -es menos el Japón de los grandes centros industriales, de las masas -obreras que copian las organizaciones y reivindicaciones de los -trabajadores de otros países. El socialismo tiene cada vez más adeptos -en los centros industriales del Japón. Hay que imaginarse lo que pueden -ser en el porvenir los jornaleros japoneses si dedican á las doctrinas -revolucionarias el entusiasmo tenaz, el desprecio á la vida y la escasez -de necesidades con que sus ascendientes sirvieron al Mikado. - -La organización tradicional todavía es muy fuerte y con hondas raíces, -pero resulta indudable que sus directores han perdido la confianza y la -tranquilidad de otros tiempos. El gobierno japonés y sus funcionarios -dan frecuentemente la prueba de esta inseguridad que les impulsa á -emplear procedimientos indignos de un país salido de la barbarie. La -policía ha matado á varios japoneses propagandistas del socialismo y á -otros individuos, simplemente por pertenecer á las familias de aquéllos. - -Un socialista famoso del Japón fué asesinado, estando en la cárcel, por -un capitán de gendarmería, y tan escandaloso resultó el crimen, que los -tribunales condenaron á varios años de presidio á su autor, aunque -excusaron en parte su delito y la lenidad de su propia sentencia -declarando que había matado «por desorientación moral, creyendo hacer un -bien á su país». - -Además, ya existen japoneses que disparan contra el Mikado. El penúltimo -emperador, verdadero padre de la patria actual, fué objeto de una -tentativa de asesinato político, á pesar de su gloriosa historia. - -Estando yo en Nara leo la noticia de que un obrero acaba de disparar un -pistoletazo contra el príncipe regente, que es en realidad el emperador. - -Hay que haber vivido en este país para darse cuenta con exactitud de lo -que significan tales atentados. El emperador es el nieto de los dioses -y habla con ellos frecuentemente. - -Hasta hace pocos años no se mostraba nunca en público. Seguía la -tradición de sus antecesores, que iban escoltados por guerreros de dos -sables y si un japonés osaba acercarse al emperador para conocerlo -sentía inmediatamente su cabeza desprenderse de los hombros. Aun en la -época actual, el representante del Mikado sólo se deja ver en público -muy de tarde en tarde... Y cuando esto ocurre, siempre hay algún japonés -que tira contra él. - -Es como si el Papa se decidiese á salir de su retiro del Vaticano para -hacer un viaje por la Vendée ó las Provincias Vascongadas, y el hijo de -un antiguo devoto lo saludase con varios tiros de revólver, apuntando á -la cabeza. - - - - -XXIV - -LA ISLA DONDE NADIE NACE NI MUERE - - Osaka y su población industrial.--El famoso Mar Interior.--La isla - de Myajima, donde nadie nace y nadie muere.--Ni perros, ni - automóviles, ni telégrafo, ni luz eléctrica.--El dulce rincón de la - paz y la vanidad patriótica.--El príncipe heredero de Corea, su - esposa y su séquito.--Embarque bajo la nieve.--Adiós al Japón - insular.--La terrible ironía del Pacífico. - - -Osaka es la ciudad más populosa del Japón, después de Tokío. En sus -barrios céntricos, muchos edificios de pisos numerosos tienen en sus -puertas chapas metálicas con rótulos de sociedades industriales. Por -todas partes grandes almacenes y oficinas. Los transeuntes van vestidos -á la europea, y solamente cuando pasa una mujer que conserva el traje -japonés ó al encontrar alguna casita baja de madera que aún subsiste -entre edificios enormes, á imitación de los de Nueva York, se recuerda -que estamos en el Japón. - -Una espesa red se tiende sobre las cruces de los postes y andamiajes -férreos de las techumbres: teléfonos, telégrafos, cables conductores de -luz y de fuerza. Centenares de chimeneas esparcen borrones de humo sobre -un cielo donde hace medio siglo colocaban los artistas del país sus -vuelos de blancas cigüeñas. - -En algunos talleres las chimeneas de vapor son cuadradas y ostentan en -una de sus caras el rótulo del establecimiento, según la escritura -japonesa, letra sobre letra. Tienen el aspecto de enormes barras de -lacre rojizo clavadas en el suelo y con una misteriosa marca de fábrica. -Aquí están las grandes manufacturas de la sedería japonesa y todos los -centros de la industria moderna del país. - -Canales anchísimos parten las principales avenidas. En todos ellos y en -el río se ven sampanes de construcción arcaica y remolcadores flamantes -llevando las mercancías hacia Kobé, que es en realidad el puerto de -Osaka. - -Se nota en esta urbe japonesa la influencia de la clase obrera. Al -anochecer hay una muchedumbre trabajadora en las calles, compuesta -especialmente de mujeres que salen de las hilanderías de seda. Entre -estas japonesas y la _musmé_ de hace pocos años existe una diferencia de -siglos. Son jornaleras como las de Europa y las imitan en el adorno de -su persona. Los hombres están organizados para la resistencia pasiva y -la huelga. - -Esta muchedumbre sometida á la industria da á Osaka una abundancia -extraordinaria de espectáculos públicos y lugares de diversión. Todos -los comediantes japoneses pasan por esta ciudad. Hay calles enteras de -teatros y cinematógrafos, con carnavalescos adornos de linternas, -lienzos escritos y enormes banderas. Como el japonés es sobrio en sus -necesidades nutritivas, reserva gran parte del jornal para los recreos -nocturnos. El deseo de todas las obreras es ir al cinematógrafo y vestir -como las mujeres de Europa. En Osaka se vive ya muy lejos del antiguo -Japón, visto en los libros y las estampas. - -Salimos de esta ciudad para ir hacia Simonoseki, donde nos despediremos -del Japón insular, pasando á la orilla firme de Asia, á la antigua -Corea, que es hoy un Japón continental. Pero antes de abandonar la -mayor de las islas niponas, todavía volvemos á encontrar el primitivo -pueblo japonés, retardatario y enamorado de sus tradiciones. - -Marchamos en ferrocarril un día entero, siguiendo las costas del Mar -Interior. Aquí están los paisajes y las marinas que copiaron en el -transcurso de dos siglos y medio los grandes maestros del arte japonés. - -Es un mar que nunca ofrece la desnuda monotonía de los horizontes -oceánicos. Siempre tiene en su fondo un promontorio, una cúspide de -montaña que emerge solitaria, ó un grupo de islas. El agua, al -introducirse en la tierra nipona, ha roído las costas con una sucesión -innumerable de cabos, pequeños golfos, bahías casi cerradas y -desfiladeros marítimos. Estos últimos son más angostos que muchos ríos, -pero de considerable profundidad, que permite el acceso á buques de gran -calado y hasta á los paquebotes del Océano. - -Pasamos ante golfos de un agua verde y dormida, en la que permanecen -inmóviles los sampanes de cabotaje, con velas de persiana y popa de -carabela. Más allá vemos deslizarse sobre la superficie acuática, como -si marchasen en sentido inverso, grupos de islitas negras, compuestas de -picachos volcánicos, que tienen agudas aristas. En otras ensenadas, el -Mar Interior está agitado por una desviación caprichosa del viento, y -varias filas de olas verdes y blancas se suceden casi tan juntas como -los pliegues de un vestido. Es el mar de las estampas japonesas, que -parece amanerado y antinatural por invención de los artistas, siendo sin -embargo una copia exacta de la realidad. - -Muchos pueblecitos de pescadores se extienden entre la playa y la vía -férrea. Vemos barcas puntiagudas puestas al seco en plazas, paseos y -jardines. Grupos de muskos corretean ante las casitas con techo negro y -cóncavo y paredes de madera sin pintar. Todos agitan los brazos y dan -gritos viendo el paso del tren, con la exuberancia algo insolente de los -muchachos japoneses. Éstos sólo adquieren la amabilidad risueña, -concentrada y un poco inquietante del nipón cuando son hombres y las -necesidades de la vida los obligan á tal cambio. Por algo las -autoridades y las asociaciones cívicas, cuando instituyen premios -públicos, los destinan á «las viudas virtuosas» y á «los niños -respetuosos». - -Al alejarnos por corto tiempo del Mar Interior pasamos ante el castillo -de Himaja y otras viviendas fortificadas de los antiguos daimios. Estas -residencias feudales tienen cóncavos tejados negros sobre sus murallas, -así como en las torres y en el alcázar central. Las almenas al aire -libre de los castillos de Europa no existieron en la Edad Media -japonesa. Los samurais disparaban sus ballestas bajo techo y arrojaban -igualmente piedras y líquidos sobre los asaltantes á cubierto de la -lluvia y del sol. - -Otra vez viajamos frente al Mar Interior, viendo canales salados que se -deslizan como ríos entre la costa firme y las islas inmediatas. Vapores -de gran tonelaje avanzan lentamente por estos corredores marítimos. En -mitad de los pasos surgen islotes é isleoncillos, que aún los hacen más -angostos. - -Una rica fauna marina se multiplica en el laberinto de los canales -verdes. Las barcas pescadoras son innumerables. Las orillas están -ocupadas en un espacio de varios kilómetros por redes y otros artefactos -modernos de pesca. Se ve que las poblaciones ribereñas tienen por única -industria la explotación de este mar, en el que se quiebra la luz con -infinitas variedades, según el contorno de las tierras que lo rodean. En -ciertos lugares cerrados por montañas es á la vez verde, rojo y azul, -como si un trozo del arco iris flotase sobre sus aguas. - -Empieza á nevar, sin que por ello se oculte el sol. Los campos de arroz -brillan lo mismo que espejos dentro de un marco blanco; la nieve ha -cubierto sus ribazos. Aumenta el frío á medida que nos vamos alejando de -la orilla japonesa que mira á las soledades del Pacífico. Nos -aproximamos á Corea, península que al despegarse del continente Asiático -recibe en su dorso el frío soplo de los vientos de Siberia. - -Abandonamos el tren para visitar la famosa isla de Myajima, la Arcadia -japonesa, un pedazo de tierra «donde nadie nace y nadie muere». - -El viajero que llegando por Occidente ha desembarcado en Nagasaki y aún -no ha visto nada del país, se siente profundamente impresionado por la -paz campestre de esta isla. Los que vienen del interior del Japón -después de haber visitado la selva de Niko y el parque sagrado de Nara, -no pueden sentir del mismo modo las impresiones avasallantes de la -novedad. - -Myajima, separada de la tierra firme por un canal del Mar Interior, con -sus bosques de criptomerios, pinos y árboles frutales que sólo dan -flores, es toda ella un templo vegetal dedicado á los dioses. Por sus -senderos trotan los venados, lo mismo que en Nara, con la confianza del -que no ha conocido nunca el miedo. Nadie puede molestar á estos dulces -animales, señores de la isla. - -Los antiguos japoneses quisieron hacer de este pedazo de tierra un -modelo de lo que sería la vida humana si no existiesen el dolor, la -muerte y la necesidad de trabajar para comer. - -Una paz absoluta y profunda sale al encuentro del viajero al poner sus -pies en la isla. Los venados se acercan á lamerle la mano, en espera de -alguna golosina. En las revueltas de los senderos se tropieza con -_musmés_ de sonrisa franca que le miran sin los remilgos de la -honestidad, como si perteneciesen á un mundo de primitiva inocencia, sin -noción alguna de lo que es pecado. En las frondosidades de la selva -sagrada va descubriendo capillitas con Budas de piedra, roída por los -siglos, y linternas de granito que en ciertas noches esparcen su luz -vagorosa para recuerdo de los Antepasados. - -Todo lo que representa la vida moderna, con sus ruidos incómodos y sus -hediondeces, está prohibido aquí. Ningún perro puede entrar en Myajima, -para que los venados no sufran alarmas ni miedos. Además, no se toleran -en la isla automóviles, carruajes de caballos, ni simples _korumas_. -Todos deben marchar por sus pies, como en los primeros tiempos de la -creación. La gasolina es contrabando. Tampoco son permitidos el -telégrafo, el teléfono y la luz eléctrica. - -Hasta hace cincuenta años estaba prohibido igualmente nacer ó morir -dentro de la isla. Las mujeres embarazadas y los enfermos eran -embarcados para la orilla de enfrente. La dulzura de una paz inalterable -rodeaba á los habitantes de este paraíso. Todos sonreían. Jamás sonaba -una mala palabra, ni las voces coléricas de una contienda. - -Ahora la isla feliz conserva sus ciervos familiares y dulces, su -arboleda sagrada y rumorosa, pero los habitantes humanos han cambiado. -Se nace y se muere sobre su suelo, como en las demás tierras. Hay -enfermos, y además hay hoteleros rapaces, que se han establecido en ella -atraídos por la gran afluencia de visitantes. - -El monumento religioso más frecuentado es una pagoda á orillas del mar, -con la plataforma montada sobre pilotes. Aguas adentro, un _tori_ enorme -hunde sus dos columnas de madera en la superficie tranquila, que -refleja su imagen. Es tal vez el pórtico más hermoso del Japón por su -emplazamiento marítimo. En cambio, el templo inmediato, cuando baja la -marea y queda en seco sobre sus hileras de postes, tiene el aspecto de -un balneario. - -En el interior de este edificio dedicado á la paz se tropieza -inmediatamente con recuerdos de guerra y peligrosas vanidades del -patriotismo. Muchos soldados de la contienda ruso-japonesa dejaron aquí -sus cucharas como un homenaje á la divinidad. En las paredes hay -pinturas, algo primitivas, representando las principales batallas -navales de la citada guerra, y el ingenuo artista se complació en -detallar el efecto mortal de los tremendos cañonazos. - -¿Será la paz un eterno ensueño de los humanos?... Estos hombres -amarillos quisieron crear hace siglos un rincón en el que nadie -conociese los dolores del nacimiento y de la muerte, un retiro de paz -donde hombres y animales ignorasen las emociones del miedo, y el -patriotismo viene ahora en peregrinación á depositar sus recuerdos de -guerra y cubre las paredes con imágenes de enormes matanzas. - -Cuando tomamos el tren para continuar nuestra marcha hacia Simonoseki, -nos encontramos con un compañero inesperado de viaje, cuya persona atrae -una afluencia oficial en todas las estaciones importantes. Es el -príncipe heredero de Corea, que va á pasar una temporada en la capital -del país regido en otro tiempo por sus ascendientes. Esto de príncipe -heredero no es mas que un título. Nada puede ya heredar, pues el reino -de Corea se lo anexionó definitivamente el Japón en 1910. - -Vemos en los andenes grupos de militares que vienen por obligación á -saludar ceremoniosamente á este príncipe olvidado, sin que les inspire -una verdadera curiosidad. Los guerreros japoneses son los únicos que -saben llevar bien su vestimenta de origen europeo. Los gobernadores -civiles de las provincias se van presentando puestos de frac, con un -lado del pecho cubierto de condecoraciones, lo mismo que un profesor de -ocultismo y prestidigitación de los que actúan en los teatros. - -La gente popular no se preocupa de este recibimiento monótono y -aparatoso. En todos los andenes, por modesta que sea la estación, hay -lavabos al aire libre, hechos de azulejos blancos y con espejos ovales. -Todos ellos tienen agua caliente en abundancia, y los japoneses que -afrontan el frío ligeros de ropa aprovechan la ocasión para lavarse el -cuerpo en público, sin recato alguno, con este líquido que humea. - -Sigue nevando, cada vez más copiosamente, y cuando llegamos á -Simonoseki, á las diez de la noche, á pesar de que el tren se detiene á -unos cien metros del embarcadero, resulta penoso el corto trayecto. Nos -hundimos en la nieve hasta cerca de la rodilla, y así vamos llegando al -buque estrecho y largo, que llena una gran parte del malecón con su -pared blanca perforada por redondeles de luz interior. - -Desde la última cubierta veo una procesión de linternas igual á las que -figuran en las antiguas estampas japonesas. Es el príncipe que viene á -embarcarse con todo su cortejo. - -A este heredero sin corona, instalado en Tokío, cerca del gobierno, lo -casaron con una japonesa de gran familia, para tenerlo de tal modo en la -más absoluta sumisión. Gran número de policías, con uniforme ó en traje -civil, avanzan sobre la nieve, llevando cada uno de ellos un farol -redondo de papel. Entre las dos filas de resplandores rojos y amarillos -que danzan sobre el suelo blanco veo venir al príncipe, un personaje -asiático, de aspecto decadente, vestido de general japonés y mirando á -un lado y á otro mientras sonríe tímido é inquieto. - -Delante de él marcha su esposa con una petulancia militar, balanceando -marcialmente un brazo, irguiéndose para que la crean más alta, dentro de -su gabán de viaje rematado por un sombrero á la moda de Europa. Un -oficial va pegado á ella para defenderla de la nieve con un paraguas -abierto de brillante cartón. Todas las atenciones son para la japonesa. -El marido la sigue como uno de tantos individuos del séquito. - -Antes de media hora vamos á alejarnos del Japón insular. Volveremos á -encontrarlo en la tierra de Corea, pero ésta sólo es japonesa por las -imposiciones de la fuerza y han de pasar muchos años de tranquilidad -para que llegue á fundirse verdaderamente con su dominador. - -Al alejarnos de las costas del antiguo Imperio del Sol Naciente -reflexiono para concentrar y fijar mi opinión definitiva sobre él. - -Esta opinión no es firme y homogénea. Resulta doble y contradictoria, -como el espíritu del Japón actual. Admiro el enorme esfuerzo realizado -por un pueblo que hace medio siglo vivía en su Edad Media y se asimiló -en tan corto espacio de tiempo todos los progresos materiales realizados -por el resto de la humanidad. Admiro su buena educación y me asombra -igualmente su disciplina, que le permitió cambiar de un modo casi -instantáneo sus pensamientos, sus costumbres y sus trajes, para obedecer -las órdenes innovadoras del Mikado. - -Algunos sólo han visto en todo esto una facilidad enorme de imitación, -un trabajo simiesco extraordinario. Es cierto que hasta ahora los -japoneses no han hecho mas que copiar, sin producir algo verdaderamente -original. Pero medio siglo es un plazo muy corto, y no puede exigirse á -un pueblo, después de haber realizado en tan pocos años la absorción de -varias civilizaciones ajenas, que produzca además obras propias y -originales. Queda por ver en lo futuro si el japonés es un simple -imitador ó si al dar por terminado el ciclo de su asimilación podrá -contribuir al progreso universal con un aporte puramente suyo. - -El porvenir del Japón resulta más enigmático que el de otros pueblos. No -se sabe si continuará adelante, aceptando el progreso con todas sus -consecuencias disolventes para el mundo antiguo, ó sentirá miedo al ver -que la masa de su obrerismo, cada vez mayor, apadrina las -reivindicaciones sociales de los blancos, y en tal caso se aislará de -las demás naciones, cerrando sus puertos como en tiempo de los dos -Shogunes. - -Lo único que sé con certeza es que este pueblo ha sido elogiado con -exceso, adulado en demasía. - -Muchos que por ignorancia se imaginaban á los japoneses como unos «monos -amarillos» antes de su guerra con Rusia, al verlos luego vencedores los -han considerado unos superhombres, admirándolos ciegamente hasta en sus -mayores defectos. - -Repito que es asombroso el progreso material de este pueblo y las -fuerzas defensiva y ofensiva que supo improvisar y organizar en -cincuenta años. Pero la suerte le ayudó también de un modo -extraordinario, una suerte que ahora parece haberse vuelto de espaldas, -dejando caer sobre las islas niponas los cataclismos más destructores. - -Para engrandecerse tuvo que batallar con la China, desorganizada y poco -propensa á la guerra. Su único enemigo importante fué la Rusia de los -zares, podrida hasta la médula por la inmoralidad administrativa, -debilitada por el odio popular, y teniendo que mantener sus ejércitos -casi en el lado opuesto del planeta, sin otro medio de comunicación que -el Transiberiano, ferrocarril incompleto, de vía única. - -Las grandes potencias tratan con dureza á este pueblo, que continúa -acariciando silenciosamente su ensueño de dominación sobre la mayor -parte del Asia. Inglaterra, su antigua maestra y aliada, lo ha dejado de -su mano. Los Estados Unidos, instalados en Hawai y en Filipinas, -dispensan á la China amenazada una protección que se expresa con regalos -más que con palabras. - -El Japón siente una cólera sorda, cada vez más grande, al ver que no -puede avanzar sin que la mano de alguna de las potencias blancas se -apoye en su pecho. - -¡Quién sabe si Magallanes, al dar el nombre de Pacífico al mayor de los -Océanos, inventó, sin saberlo, la más cruel y sangrienta de las ironías -de la Historia!... - - - - -XXV - -EL REINO DE LA MAÑANA TRANQUILA - - Una mala noche sobre las aguas que presenciaron la gran batalla - naval de Tsushima.--El frío de Corea.--El traje grotesco de los - coreanos.--Sus dos sombreros.--Cómo el Japón se apoderó del reino - de la Mañana Tranquila.--Asesinato de la reina por los - japoneses.--Horizontes dilatados.--Procesiones de - fantasmas.--Cuervos y tumbas.--En Seul.--Las generosas ilusiones de - un patriota. - - -Un barco nevado inspira una tristeza fúnebre. - -En tierra, la nieve lo cubre todo con su blancura uniforme, la casa que -habitamos, los campos inmediatos, las montañas, el último límite del -horizonte. En el mar, la lívida superficie atrae con una succión de boa -las blancas mariposas del invierno, haciéndolas desaparecer. Únicamente -se amontona la nieve y persiste sobre la cubierta del buque, dándola un -aspecto de féretro. Al andar por ella nos hundimos en la pasta glacial y -su contacto nos recuerda el frío de la muerte. - -Este buque japonés que va hacia Corea es largo, angosto y de poderosa -máquina, como un torpedero. Fué construído para la velocidad, sin pensar -en los nervios y entrañas de las gentes que irían dentro de él. Como -toda su navegación es por un estrecho, el de Tsushima, entre el Japón y -el continente asiático, recibe la marejada de lado, y dócil á la ola, se -acuesta, navegando largo rato en tal posición, hasta que por las leyes -del equilibrio repite su tumbo sobre la banda contraria. - -Pasamos una mala noche por la calidad del buque más que por las furias -del mar. - -Cerca de la isla de Tsushima, situada en mitad del estrecho, es tan -violento el oleaje y de tal modo se ladea el barco, que para sostenerme -dentro del lecho necesito agarrarme á sus bordes. No pudiendo dormir, -salgo de mi camarote, á pesar del frío. En el comedor suena un estrépito -de loza rota, que hace correr á los pequeños camareros japoneses. - -Veo sentados en el salón, como si estuviesen de visita, á la mayor parte -de los personajes del séquito del príncipe. Los militares conservan -puestas sus medallas y cordones de oro, sus charreteras, su sable al -cinto. Los funcionarios civiles siguen con su larga levita correctamente -cruzada y el sombrero de copa en una rodilla. - -Son las dos de la mañana. Como en el buque no hay camarotes disponibles -para tanta gente, estos personajes amarillos, pequeños y estirados, -insensibles á la noche y á la violencia de las olas, continúan en sus -asientos sin perder nada de su aspecto oficial, sin desabrocharse un -botón, con los ojitos casi cerrados, cambiando solamente de tarde en -tarde alguna palabra. Están cumpliendo un servicio patriótico. Son los -cortesanos del príncipe de Corea y al mismo tiempo sus guardianes. El -príncipe vive sometido al Mikado y perdió todo crédito en su antiguo -reino, pero nadie puede adivinar el porvenir, y montando la guardia -junto al heredero sin herencia, velan por la seguridad del Japón. - -Vuelvo á mi cama, y para entretener el insomnio recuerdo el célebre -combate naval de Tsushima, la gran victoria que el almirante Togo obtuvo -en estas mismas aguas sobre los rusos. Las sacudidas del mar me -humillan y al mismo tiempo me hacen admirar la barbarie heroica de mis -semejantes, que añaden al peligro de la ola y á la violencia del viento -el estrago de las armas inventadas por ellos. ¡Valerse del cañón y del -torpedo, metidos en unas cajas férreas é inseguras, sobre este mar -tempestuoso!... - -Hay que reconocer al hombre una brutal superioridad sobre los animales -más fieros de la creación. Éstos, cuando se baten por comer, necesitan -una tierra sólida y un ambiente tranquilo. Si tiembla el suelo, si -estalla una tempestad, si sobreviene una inundación, las bestias más -feroces cesan de pelear, el miedo las junta y huyen, sin ocurrírseles -insistir en sus agresiones. El animal humano, sobre islas inestables y -frágiles construídas por él, dispara cañones monstruosos y sólo piensa -en destruir al enemigo que tiene enfrente, sin preocuparse del cariz del -cielo, sin acordarse del abismo abierto bajo sus pies. ¡Y este -encarnizamiento de su gloriosa superbestialidad empieza á repetirlo -ahora en los silenciosos desiertos de la atmósfera!... - -Al romper el día es menos violento el balanceo, el mar se va serenando, -los objetos recobran el ritmo de su estabilidad, y al fin nos -inmovilizamos, llegando á través de los ventanillos del buque un ruido -de voces exteriores. - -Estamos en Fusán, puerto el más importante de la Corea, organizado por -los japoneses con todas las comodidades que exigen los transportes -modernos. Desembarcamos fácilmente, y á corta distancia del muelle nos -espera el tren que ha de llevarnos en diez horas á Seul, la capital. - -Necesito hacer una aclaración. Corea y Seul son nombres que sólo usamos -los blancos y desconocen los coreanos. El verdadero nombre de Corea para -los del país es Chosen, y Seul se llama en coreano Keijo. - -Todos los Imperios del Extremo Oriente tienen un nombre poético, que les -dieron sus primitivos habitantes de acuerdo con sus observaciones -geográficas ó su vanidad patriótica. - -Los japoneses llamaron siempre á su país Imperio del Sol Naciente. Como -ven surgir el sol por el lado del Pacífico, el nombre no es inexacto. -Pero juzgando lo que les rodeaba por sus propias sensaciones, llamaron á -la China Imperio del Sol Poniente, ya que por el lado de esta nación -continental descendía y se ocultaba el astro diurno. - -El nombre de China lo ignoraron completamente los chinos hasta hace -poco. Por primera vez se ha usado de un modo oficial al proclamarse la -República. En los numerosos siglos que duró el régimen de los -emperadores, el vastísimo país amarillo se tituló Imperio de Enmedio. -Admitían que el Japón fuese el país del Sol Naciente, pero ellos no -podían ser el del Sol Poniente, pues veían descender á éste más allá de -sus dominios, en tierras desconocidas. - -Colocado entre el Imperio del Sol Naciente y el Imperio de Enmedio, tomó -el reino de Corea el título que le quedaba disponible, y se llamó -_Cho-Sen_, que significa «Mañana Tranquila» ó «Mañana Fresca». - -Pisamos el suelo del ex reino de la Mañana Tranquila. El día es -clarísimo, luce un sol juvenil en un cielo de nítido azul, pero el frío -resulta extraordinario: un frío más crudo y hostil que el de los países -donde fueron establecidas las grandes urbes humanas. - -De las fuentes de la estación y del muelle, así como de las techumbres -de los vagones, penden estalactitas de hielo. Arroyos y charcas parecen -de mármol blanco y bruñido. Hay que llevarse las manos frecuentemente á -las orejas y la nariz para frotarlas con violencia. Un viento cortante -viene de la Siberia, á través de esta atmósfera azul empapada en luz -solar. - -Empezamos á ver por todas partes hombres vestidos de blanco, todos ellos -con una bata ó amplia camisa hasta los talones, que aletea bajo el -viento. Estas vestiduras parecen aumentar con su color de nieve la aguda -sensación de frío que nos rodea. Los hombres que trabajan en el puerto -llevan, además de su bata, un «pasa-montaña», casco tejido que les llega -hasta los hombros y enmascara una parte de su rostro. - -Luego, los verdaderos coreanos, los que usan completo el traje nacional, -van llegando, atraídos por el desembarco de viajeros. ¿Cómo explicar la -extravagancia de su indumento?... Visten todos la túnica blanca y debajo -unos calzoncillos de igual color sujetos al tobillo, y unas sandalias de -cuero ó de paja. Esto no es extraordinario, aunque resulte poco -comprensible que, en una tierra cuyo invierno es de los más crudos, -vayan las gentes vestidas veraniegamente, de algodón blanco. Su tocado -es lo inverosímil. Todos llevan un sombrero de copa cuyo tamaño no llega -á ser el de la mitad de su cabeza: un sombrero como el de los _clowns_, -que se sostiene gracias á unas bridas atadas por debajo de la mandíbula -inferior. - -Este sombrero no sirve de nada, no puede librarles del sol ni de la -lluvia, ni siquiera entra en su cabeza, sosteniéndose en la forma que ya -hemos dicho; y sin embargo, la pequeña chistera, que parece fabricada -para un niño, es objeto de atenciones y modificaciones, según la época -del año. En invierno la llevan metida en una funda de hule reluciente; -en verano le quitan dicha envoltura y queda tal como es, de gasa -engomada con un armazón de alambre. - -De vez en cuando se ve algún coreano que usa otra clase de sombrero, -antítesis por su enorme tamaño de la chisterita de payaso. Es una -espuerta de paja con la boca invertida, una especie de plato de bordes -tan amplios que casi toca los hombros del portador, dejando su rostro -invisible. Este sombrero-cúpula sólo lo usan los que están de luto. - -Sea cual sea el tocado de sus cabezas, los coreanos van á todas partes -con una pipa de bambú de tubo larguísimo, que les precede lo mismo que -una antena de insecto ó la hoja del pez-espada. A su final hay un -hornillo de barro tan exiguo que pueden llenarlo con un pellizco de -tabaco. Nunca abandonan esta pipa, y con ella en la boca labran los -campos ó construyen los edificios de las ciudades, lo que da á su -trabajo una lentitud soñolienta. - -Su estatura aventajada aún parece más alta cuando pasan al lado de sus -dominadores los japoneses. Estos pigmeos disciplinados, activos y -enérgicos, vestidos de gris, no tienen la majestad de los arrogantes -coreanos con sus luengas túnicas blancas. Tal es su aire solemne de -personajes decadentes y perezosos, que el observador acaba por -acostumbrarse á su pequeño sombrero de payaso, y hasta encuentra cierta -belleza á sus rostros largos, de nariz algo aplastada, tez pálida y -barbas lacias. - -Este reino de la Mañana Tranquila es uno de los lugares del Extremo -Oriente que más tardaron en recibir la visita de los blancos. Marco -Polo, que estuvo en tantos pueblos del Asia del Este, no pasó nunca por -Corea. El primero que penetró en el país fué un jesuíta español, el -padre Gregorio de Céspedes, en 1594, pero no pudo ir más allá de los -alrededores de Fusán, donde nos hallamos nosotros ahora. - -Ningún pueblo asiático fué tan cruel como éste en la persecución de los -misioneros cristianos. Los martirios de Corea resultan los más -espantosos de todos. Hace cuarenta años nada más, los propagandistas del -cristianismo arrostraban aún espeluznantes tormentos al circular -cautelosamente sobre esta tierra, visitando los grupos de coreanos que -profesaban en secreto dicha religión. Para viajar con más seguridad los -misioneros, disfrazados con trajes del país, empleaban el sombrero de -luto, que oculta el rostro. - -En nuestros tiempos se disputaron este reino decadente la China, Rusia y -el Japón. El Imperio chino, gobernado por los soberanos manchures, que -procedían de los límites de la Corea, era el dominador. Pero el Imperio -del Sol Naciente, deseando esparcir su exceso de población en el suelo -asiático, había puesto sus ojos en el país de la Mañana Tranquila. - -Con el pretexto de libertar á los coreanos de la «tiranía china», hizo -la guerra al Imperio de Enmedio en 1894, obligándolo á que reconociese -la independencia de Corea. Después, como los rusos pretendían influir en -la política de este país, hizo la guerra á Rusia en 1902, y la batió, -siempre por defender la independencia de la pobre Corea. Y en 1910, para -que nadie pudiese atentar más contra la tal independencia, se anexionó -simplemente la península coreana, declarándola colonia japonesa. Pocas -veces se ha visto en la Historia tanta generosidad aparente encubriendo -una hipocresía tan cínica. - -Hasta fines del siglo XIX la Corea fué un misterio. Ningún explorador -europeo había penetrado en ella. Los geógrafos sólo podían saber lo que -contaban los marinos después de navegar ante sus costas y los relatos -algo vagos de los misioneros, más atentos á la conquista de las almas -que al estudio físico del país. Todavía, en 1885, al escribir Elíseo -Reclús su famosa _Geografía Universal_, confesaba la escasez de sus -conocimientos sobre la península de Corea, país que «había procurado -mantenerse en el olvido sin intervenir en la historia de Asia», -añadiendo que el lugar ocupado por este vasto reino daba la impresión de -una _tierra vacía_. - -Sólo conocían los europeos relatos confusos y fabulosos sobre Corea. De -tarde en tarde se conmovían un poco al enterarse de horribles martirios -sufridos por los misioneros. Los japoneses vivían más cerca, su calidad -de amarillos les permitía deslizarse en el país, y como estaban -enterados de la riqueza de sus minas y de su fertilidad agrícola, -descuidada y abandonada, procuraron apoderarse de él por los medios -falsamente generosos que hemos indicado. - -Hubo una reina de Corea que, en 1895, intentó oponerse á los manejos -absorbentes del Japón. Éste iba apoderándose del país con disimulo, y la -reina, para contrarrestar su influencia, hizo una política nacionalista, -francamente coreana, buscando apoyo para ello en los rusos, ya que las -demás potencias europeas no mantenían relaciones seguidas con su patria. - -Los japoneses, que son el pueblo más cortés de la tierra, no reconocen -obstáculos cuando se proponen la realización de un deseo. Estos -hombrecitos risueños y amantes de las flores consideran la muerte como -un accidente sin importancia. Y como les estorbaba la reina de Corea, -enviaron á Seul un embajador extraordinario, el vizconde Miura Goro, -para que organizase simplemente el asesinato de dicha soberana. - -Un grupo de bandidos á sueldo invadió pocos días después el palacio de -Seul, mientras varios piquetes de soldados japoneses ocupaban sus -puertas para que nadie pudiese escapar. Varios oficiales del ejército -japonés acompañaron sable en mano al grupo de asesinos. Y la reina de -Corea cayó hecha pedazos bajo tanta cuchillada mortal. Luego, su cadáver -fué quemado en un bosquecillo del parque de palacio. - -A partir de este crimen político, los monarcas coreanos fueron humildes -servidores del Imperio japonés, y al emprender éste su guerra con Rusia -y apoderarse militarmente de Corea, no hizo mas que completar una obra -preparada desde algunos años antes. - -Hoy el ex reino de la Mañana Tranquila es un Japón continental. En los -primeros años de ocupación los japoneses se mostraron brutales y -crueles. Luego, al quedar dueños absolutos del país con la aquiescencia -de todas las naciones, el gobierno japonés ha cambiado de conducta, -dedicándose á su fomento industrial y agrícola. - -Debe reconocerse que en los últimos años los japoneses llevan hechos -grandes trabajos en Corea. Han saneado las ciudades, construído -ferrocarriles y carreteras, y sobre todo procuran engrandecer la -agricultura canalizando los ríos, creando grandes zonas de riego, -repoblando con enormes arboledas las montañas, taladas por los -naturales. Tal vez el gobierno de Tokío ha realizado en esta -colonización, fuera del antiguo solar patrio, mayores obras que para el -progreso de su propio país. - -Pero á ello contestan los coreanos que las reformas no las hacen los -japoneses para el bienestar de los naturales, sino para mejor desarrollo -y estabilidad de las muchedumbres niponas, que han caído sobre la tierra -conquistada como una nube de langosta, acaparándolo todo con su -actividad absorbente y agresiva. Y esto es tan verdad como lo otro. - -Apenas nuestro tren empieza á marchar por las planicies de Corea nos -damos cuenta de que hemos entrado en un mundo distinto al del -archipiélago japonés. En el Japón no se ven animales en los campos. La -tierra es cultivada por el brazo humano, y la mujer trabaja tanto como -el hombre. Todo está dividido en reducidas parcelas, y por más que se -viaje horas y horas no se sale de una huerta interminable de pequeños -cuadros de arroz ó de hortalizas, con surcos escrupulosamente rectos, -donde todo está agrupado como en una decoración de teatro. El bambú orla -las porciones de tierra cultivada, y entre éstas surgen árboles -graciosos cuyas hojas tienen colores de flor. - -En el reino de la Mañana Tranquila no existen las amenas sinuosidades -del cultivo intensivo. Impera la línea horizontal, como en los desiertos -azules del Océano. Nada es reducido y gracioso, todo es amplio y severo. -Las montañas tienen más roca que tierra, y brillan bajo el sol con tonos -rojos de carne desollada. Únicamente en los valles, atravesados por ríos -y arroyos, se extiende un doble cordón de álamos. En el resto del -paisaje, la tierra seca por el frío guarda la huella de los surcos, pero -no se ven árboles, y el suelo sin labrar sólo alimenta matorrales. Los -pueblos tienen un aspecto de pobreza crónica. Las viviendas son cabañas -de techo redondo hechas de paja y barro. - -Seguimos el curso de un gran río azul con láminas de hielo que se -desprenden de las orillas nevadas y flotan sobre la corriente, lentas y -cabeceantes. Unos perros enormes saltan junto á la vía é intentan correr -á la par del tren, enviándole feroces ladridos. Recuerdo los animales -fabulosos de piedra, mezcla de perro y de león, que decoran las -escalinatas de los templos japoneses. Estas bestias de granito con -mechones puntiagudos, ojos redondos y dentadura aguda de caimán, son -llamadas por los budistas «perros celestiales» ó «perros coreanos», por -haber tomado los escultores como modelos á los canes de este país. - -Vemos marchar á través de los sembrados largas filas de hombres blancos. -Las rudas barcazas que descienden el río van tripuladas igualmente por -hombres blancos. Los trabajadores que reparan la vía visten de idéntico -color. Por todas partes las mismas procesiones blancas, como si fuese -este país una tierra de fantasmas que se niegan á ocultarse en las horas -de sol. Los menos pobres van montados en bueyes, que aquí sirven de -cabalgaduras, sin abandonar por ello la larga pipa de bambú y el -sombrerito de copa alta sujeto con cintas. - -Pasean á grandes saltos por sembrados y caminos bandas de cuervos, -gruesos como pavos. Es la primera aparición de este animal, dueño -absoluto del cielo de Asia. Aquí es más grande y pesado, como si -engordase con la miseria del país. En China, en la India, en todos los -pueblos del mundo antiguo, vamos á encontrarlo más pequeño, más gracioso -de movimientos, pero con una abundancia prolífica de calamidad alada. - -Hacemos otro descubrimiento que va á acompañarnos por toda China, con la -repetición obsesionante de un tema infinito. Vemos en ciertos campos una -sucesión de montones redondos de tierra, iguales á los que forman los -agricultores para quemar las hierbas nocivas, ó como las cúpulas de los -hormigueros en África y América. Son tumbas. Todos los campos tienen -algunas, y á veces esta sucesión de montículos ocupa colinas enteras. El -Japón oculta discretamente sus sepulcros. En Corea y China la tierra -amontonada sobre un ataúd queda así para siempre, y los muertos van -ocupando con sus cúpulas una parte considerable del suelo que debe -sustentar á los vivos. - -Se nota en las montañas y en los sitios no cultivados la despoblación -forestal de otras épocas, que ahora procuran remediar los nuevos amos. -Corea es un país de rudos inviernos, y sus habitantes no poseen la -dureza de los japoneses para arrostrar el frío. Los coreanos han tomado -de los chinos su sistema de calefacción. Todas las viviendas, por -míseras que sean, tienen un subterráneo de piedra, donde se encienden -hogueras que envían su calor á través del piso de tablas. Para poder -calentarse durante numerosos siglos, los coreanos han cortado -primeramente los troncos de sus bosques, y al fin arrancaron sus raíces. - -Los japoneses, al menospreciar á estos amarillos que viven bajo su -dominación, dicen que el fuego fué para los coreanos lo que el opio para -los chinos. El placer del calor los adormeció, mientras su país iba -decayendo. - -Cerrada ya la noche llegamos á Seul, la antigua Keijo. Al abandonar el -tren podemos darnos cuenta del frío de este país. Hasta ahora sólo lo -habíamos sentido al abrir momentáneamente los vidrios de las -ventanillas. La tierra está tan endurecida, que cruje bajo los pies como -cristal en polvo. Las huellas de las ruedas sobre un suelo que fué -blando parecen ahora abiertas con cincel en el granito. Los del país -acogen con extrañeza nuestros estremecimientos. La temperatura no es mas -que de 12 grados bajo cero; algo primaveral para ellos, que esperan -fríos más crueles. - -El Gran Hotel de Chosen, donde nos alojamos, está preparado -afortunadamente para todos los rigores de este clima. Puertas y ventanas -tienen vidrios dobles. La calefacción es generosa y amplia en todas las -piezas. - -Junto al pórtico hay grupos de mercaderes ambulantes, cuyo aspecto nos -hace recordar que ya estamos en la verdadera Asia. En el Japón todos son -japoneses. Sólo de tarde en tarde se ve algún blanco, llegado por -recreo ó por negocios. En la capital de la Corea nos sale al encuentro -el Extremo Oriente cosmopolita. - -Mezclados con los coreanos hay mogoles de alta tiara de pieles y casaca -hecha con cueros peludos de oso negro; siberianos con gorro de astracán -y levita de cosaco, llevando el pecho adornado de cartucheras; judíos -rusos de perfil ganchudo; manchures de estatura de gigante y chinos: los -primeros chinos que encontramos. Todos ellos ofrecen pieles sueltas de -cibelina, de zorro plateado, de otras bestias de pelaje precioso, -cazadas en la vecina Siberia. Además venden pequeños objetos de jade, -como si fuesen anuncios del arte chino que vamos á encontrar muy pronto. - -Después de comer y antes de ir al teatro coreano, hablo con un -periodista de Seul, el más célebre de todos ellos, un verdadero héroe. -Con el entusiasmo de la juventud, este escritor ha emprendido la -generosa aventura de protestar contra la anexión japonesa y defender la -antigua independencia coreana. - -Sólo le sigue la clase popular, atraída siempre por los luchadores -audaces y desinteresados. No tiene otras armas que su pluma y su -energía. El gobernador japonés de Corea lo mete con frecuencia en la -cárcel por sus artículos, pero el castigo aumenta su popularidad y su -propio entusiasmo. - -Cuando se reune en Europa algún congreso diplomático, se presenta el -doctor Li, que así se llama dicho joven, con una comisión de -compatriotas, para exigir que sea devuelta su independencia al país de -la Mañana Tranquila. Como posee muchos idiomas, le es fácil expresar su -protesta. En Ginebra los señores de la Sociedad de Naciones lo han -escuchado muchas veces con aire distraído. ¡Pedir que el Japón renuncie -á la Corea, cuando ya la posee hace años y guarda en su propia casa, -como un esclavo feliz, al último heredero de sus reyes!... Que se -contente con esta única presa es lo que desean las otras potencias. - -Si de tarde en tarde pasa por Seul un hombre político ó un escritor -conocido, el doctor Li le visita para pedirle que aporte su concurso á -la justa empresa de devolver á todo un pueblo la independencia que le -arrebataron sin consultarlo. - -Oigo en silencio la larga historia de trabajos y penalidades que me -cuenta este propagandista de fe robusta de tenacidad quijotesca y al -mismo tiempo de una candidez asombrosa en sus ilusiones. - -Está convencido de que su causa triunfará finalmente, y confía para ello -en Lloyd George y en los Estados Unidos. En una de sus visitas á Europa -le prometió Lloyd George, sin pestañear, que Corea sería independiente -dentro de diez años justos. ¡Ah, terrible burlón! ¿Por qué diez años y -no nueve ú once?... - -Para animar á este joven generoso finjo creer en la promesa del político -inglés. - ---Cuando él dijo eso--añado--sus razones tendrá para afirmarlo. En lo -que se refiere á la ayuda de los Estados Unidos, tal vez se vea usted -obligado á esperar un poquito más, querido doctor. Antes de exigir al -Japón que devuelva á Corea su independencia, los señores de Wáshington -tendrán que ocuparse de otros dos países que se llaman Puerto Rico y -Filipinas. - - - - -XXVI - -CAMINO DE LA CHINA - - Las calles glaciales de Seul.--El teatro coreano.--Espectadores que - se obsequian con hornillos encendidos.--La viuda enamorada del - bonzo y el guerrero matador de su rival.--Bailes simbólicos.--El - antiguo palacio de los reyes coreanos y el Capitolio de cemento de - los japoneses.--La Puerta de la Independencia y sus caravanas.--De - Seul á Pekín en sesenta días.--Salimos para la China en - ferrocarril.--El escenario de la guerra ruso-japonesa.--Llegada á - la estación de Mukden.--Grito mágico de los empleados. - - -Lo que atrajo más la atención de los primeros europeos que visitaron -Seul fué la anchura de sus calles principales. Tal amplitud, copiada -indudablemente de las avenidas de Pekín, resalta más enorme á causa de -la escasa altura de sus edificios. Los japoneses han derribado barrios -antiguos para abrir nuevas vías, y exceptuando algunas calles tortuosas -donde subsisten por tradición los comercios más ricos, el resto de la -ciudad tiene un trazado norteamericano, con amplias avenidas centrales y -otras adyacentes, no menos desahogadas. - -En estas calles de lejana perspectiva hay filas de postes, cuyos brazos -en cruz sostienen numerosos hilos telefónicos y de alumbrado eléctrico. -Además, por las avenidas centrales se deslizan los tranvías hasta horas -avanzadas de la noche. - -Son casi las diez cuando me dirijo solo al teatro coreano. Ocupo una -_koruma_, cuyo conductor tiene el raro arte de hacerse entender gracias -á un idioma de su invención, más abundante en gestos que en palabras. - -Corre á toda velocidad de sus piernas desnudas, y esta carrera aumenta -el frío para mí. Voy envuelto en un gabán de pieles; llevo las piernas -enrolladas en una manta, propiedad de mi _kurumaya_. Siento además sobre -mis orejas unas segundas orejas de piel con largos pelos. Aquí todos -llevan este adorno, hasta los policías y los soldados. Son dos parches -lanudos con un agujero en su centro, para que su portador pueda oir -aunque sea con cierta sordina. Pero á pesar de tales abrigos, me siento -tan desnudo como en una playa al salir del baño. - -Es un frío que cae del cielo y surge de la tierra á un mismo tiempo. Un -vientecillo sutil parece arremolinarlo en torno á cada persona, para que -no quede ninguna parte de su cuerpo sin conocerlo. Al respirar parece -que la pulmonía va á colarse hasta lo más hondo del pecho. - -Las tiendas están cerradas; no se ve luz en ninguno de los orificios de -sus pequeños pisos superiores. Por el centro de la calle, bajo una -hilera de grandes focos eléctricos, se deslizan los tranvías, -enviándonos el glacial remolino del aire desplazado por su velocidad. -También se cruzan con nosotros algunas _korumas_, cuyos conductores, -medio desnudos y sudorosos, saludan al mío con alegres rugidos. - -Entro en el teatro con mi «caballo» nipón, que continúa dándome -explicaciones á su modo. Es un teatro blanco, grande y frío, hecho de -cemento armado como cualquiera de Europa. Lo único que le distingue de -los nuestros es su escenario, con plataforma movible. Mientras en una -mitad de ella representan los cómicos, en la otra montan los maquinistas -las nuevas decoraciones, y de este modo, al terminar el acto, no hay mas -que hacerla girar para que aparezca el decorado siguiente y continúe la -función. - -Están representando un drama escrito en coreano, y los personajes -necesitan hablar á toda voz para ser entendidos. Muchos espectadores -conversan entre ellos al mismo tiempo que escuchan con expresión -distraída. - -Voy sabiendo, por las explicaciones de mi acompañante, que la -protagonista que dialoga en la escena con un cazador es una mala mujer, -deseosa de librarse de su esposo, para lo cual seduce al cazador, que se -encargará de matarlo. Añade otros detalles que dan una lejana semejanza -á esta obra coreana con uno de los dramas del alemán Hauptmann. Pero á -mí me interesa más la gran masa de espectadores que veo abajo desde mi -asiento del primer piso. - -Todos van vestidos de blanco, con la luenga bata tradicional. Parecen un -público de albañiles que aún no se han quitado las blusas del trabajo. -Como los asientos no están en hileras fijas, los espectadores forman -corrillos, según sus predilecciones y amistades. Algunos _boys_ del café -inmediato entran y salen para servir las bebidas que les encargan. Pero -el género de mayor consumo es el fuego. Los grupos piden hornillos bien -rellenos de carbones ardientes, y el _boy_ coloca en medio del corro el -deseado brasero, cobrando en seguida su importe. Algunos del grupo, para -recibir el calor directamente, permanecen de espaldas al escenario, y -sólo vuelven medio rostro cuando entra un personaje nuevo ó el rumor -general les indica que va á ocurrir una peripecia interesante. - -Encargo yo también un hornillo al mozo del café, y mis blancos vecinos -de asiento, con sus mujeres algo marchitas y de flácidos pechos mal -ocultos por un pañuelo de colorines, me agradecen, sonriendo, esta -excelente idea. Pero ni con el auxilio del fuego puedo permanecer en -este teatro, oyendo un drama que nunca llegaré á entender y aguantando -un frío que me obliga á colocar las manos junto á las brasas. A la media -hora me vuelvo al Gran Hotel de Chosen, atraído por la seductora tibieza -de sus habitaciones. - -En la noche siguiente asisto á una representación de bailes coreanos. La -orquesta la forman hombres barbudos, que tañen sus instrumentos con -gravedad, como si realizasen una función patriótica. - -Un joven que ha viajado por muchas repúblicas americanas de lengua -española, para ensalzar los progresos de la dominación japonesa en este -país, y que yo me imagino á sueldo del gobernador de Corea, nos da -primeramente una conferencia en inglés sobre el baile y la música -coreana. Lo más interesante para nosotros es conocer el «argumento» de -los bailes que vamos á presenciar, pues todos ellos consisten en fábulas -dramáticas, expresadas por la danza y la mímica. - -El primer baile es la historia de una viuda enamorada de un bonzo, santo -varón que no quiere prestarse á sus impúdicos deseos. Esta novela -bailada, que recuerda tantas novelas escritas, debe ser muy interesante. - -Empieza á sonar la orquesta, compuesta de violines de una sola cuerda, -guitarras de largo mástil, timbales y un _gong_ enorme. La viuda sale -bailando lentamente de los bastidores. Estas coreanas son menos exiguas -de estatura que las japonesas; hay en ellas un poquito más de material -femenino. La danzarina lleva una vestidura parda, de luengas mangas que -casi tocan el suelo. Gira por el escenario moviendo los brazos y la -cabeza, y cuando va transcurrido mucho tiempo sin otra novedad, avanza -el músico del _gong_ y lo coloca cerca de ella. - -La viuda da vueltas alrededor del metálico redondel, como si éste la -atrajese. Luego lo golpea con las puntas de sus mangas, y así se -entretiene varios minutos. ¿Cuándo saldrá el bonzo?... Después ya no da -con sus mangas al gigantesco cuenco. Lo aporrea con ambos puños, -mostrando un frenesí creciente, hasta que, vencida por el estruendo y -por su propia excitación, cae al suelo. El público, que está en el -secreto, aplaude, la artista se levanta, saluda y desaparece. Ha -terminado el baile. - -¿Y el bonzo?... El hombre de Dios no sale. Este baile es simbólico, y en -ello estriba su mérito. La bailarina ha relatado la historia entera con -sus pies, con sus manos, y sobre todo con sus mangas. - -Nos cuenta el conferencista la fábula de otro baile que vamos á -presenciar. Es la historia de un guerrero celoso de su general porque -raptó á su amante. El guerrero consigue sublevar á todo el ejército -contra su caudillo; hay batalla, mata á su rival, lo proclaman rey, y -después de esto todavía realiza un sinnúmero de cosas que no puedo -recordar. - -Como ya estoy en pleno simbolismo coreano, espero que una sola bailarina -representará con sus gestos al guerrero, al general, á un ejército de -varios miles de hombres, al pueblo que aclama al nuevo monarca, -etcétera. Pero los organizadores de la representación se han lanzado á -hacer gastos extraordinarios por darnos gusto, y en vez de una bailarina -veo aparecer dos, con casquetes dorados y unas espaditas de á palmo en -sus diestras. - -Bailan y bailan con diferentes ritmos. Luego hacen gestos, primeramente -de pie y á continuación sentadas, una frente á otra. Chocan sus -espaditas, corren, y de pronto saludan y se retiran. Ya está contada la -historia, sin que hayamos perdido un solo episodio de ella. - -No oso reirme de los bailes coreanos. Temo que á un empresario se le -ocurra llevarlos á París con un conferencista joven que explique sus -simbolismos en relación con los cánones de la nueva estética. Las damas -_snobs_, siempre al acecho de la última moda, pondrán los ojos en blanco -al hablar de ellos, y no faltará quien escriba artículos y hasta libros -sobre las sublimidades de un arte incomprensible para los miserables -burgueses. - -Paso un día corriendo la capital de Corea. En sus vías comerciales -encuentro la confusión de tipos y razas que ya había notado en la puerta -del hotel el día de mi llegada. Juntos con los hombres del país circulan -chinos, mogoles y rusos. Pero los japoneses se han apoderado de la vida -de la ciudad, lo mismo que en el campo tomaron posesión de las mejores -tierras. Los dueños de los comercios de lujo, los obreros que trabajan -en las calles, los _kurumayas_, todos son japoneses. Ningún coreano se -gana la vida tirando de un cochecillo. Tal vez no le darían el permiso -necesario para ejercer tal industria. Además, los _kurumayas_, como -signo de su origen superior, llevan una gorra con insignias doradas, á -estilo japonés. - -Muchos personajes de camisa blanca se han colocado bajo la chisterita -con funda de hule una toca, que les cubre desde la mitad de la frente -hasta la nuca, y lleva en torno una franja de crines recortadas. Por en -medio de la muchedumbre de súbditos resignados pasan en sus _korumas_ y -automóviles los altos funcionarios japoneses, con levita y sombrero de -copa alta, ó los militares á caballo. - -Visito el antiguo y múltiple palacio de los reyes de Corea. A pesar de -su abandono, guarda la majestad melancólica de todo lo decaído que fué -grande. Quedan fragmentos de la ancha muralla que lo defendía, con sus -puertas monumentales. Los diversos pabellones ocupan pequeñas alturas. -Al final de sus graderíos de piedra las columnatas de laca roja -sostienen techumbres cóncavas de tejas amarillas, por cuyos filos -marchan procesiones de monos de bronce y dragones quiméricos. - -En un extremo del palacio está el museo coreano, que guarda objetos de -las remotas dinastías, cuando la historia del país aún era obscura y -confusa. En los edificios que forman su parte central hay una sala de -recepciones, de techo altísimo, que deslumbra por la diversidad de sus -colores y sus oros. Aquí se conserva el trono de los antiguos soberanos. -Detrás de él cubre el muro un riquísimo tapiz de seda con bordados que -representan dos faisanes de plumaje multicolor. Esta pareja de aves, -hermosas como el arco iris, fueron las bestias heráldicas del reino de -la Mañana Tranquila, lo mismo que un par de dragones invertidos -simbolizaron siempre al Imperio chino. - -Quiero ver el salón donde los japoneses dieron muerte á la reina, y los -diversos guías á quienes me dirijo, asombrosos políglotas hasta momentos -antes, pierden de pronto el don de lenguas y hasta el oído. No me -escuchan, y si insisto no me entienden. Ninguno sabe á qué reina me -refiero. - -Entro en los jardines del palacio real para conocer su famoso Comedor de -Verano. Es un edificio de dos pisos, sin paredes, compuesto únicamente -de columnatas y un techo con amplios y elegantes aleros. Este comedor se -halla en el centro de un lago y se llega á él por un puente de mármol. - -El lago está helado, profundamente helado, con una congelación que llega -hasta su fondo, y un enjambre de chicuelos japoneses patina sobre él, -dando gritos de triunfo. No miran á los pequeños coreanos que se -agrupan en las orillas; muestran la ceguera orgullosa de los hijos de -los vencedores, siempre más presuntuosos y crueles que sus padres. - -Un acto de bárbara vanidad indigna á todos los viajeros de buen gusto. -El gobierno japonés de Corea disponía de numerosos terrenos en la -capital, para construir un palacio que albergase al gobernador y sus -oficinas principales. Pero los vencedores mostraron empeño en levantar -este edificio sobre un patio de la antigua vivienda de los reyes, é -imitando torpemente la arquitectura norteamericana han elevado una mala -copia del Capitolio de Wáshington, hecha en cemento armado, que aplasta -con su masa estúpida los delicados y ligeros pabellones del viejo -palacio de la monarquía coreana y los oculta á los ojos del visitante, -impidiendo que aprecie su conjunto. - -Después de haber visto, lejos de Seul, el famoso «Buda Blanco», imagen -enorme esculpida en el corte marmóreo de una montaña, me llevan á -visitar la puerta más reciente de la ciudad, un arco de ladrillo y -piedra sin ningún valor artístico. Pero esta obra conmemora la -independencia de Corea, hace veintiocho años, cuando la libertaron los -japoneses de la «tiranía china» para apoderarse luego de ella en -absoluto. - -Es lugar interesante á causa de la gran afluencia de gentes que pasa por -él, y me hace recordar ciertas afueras de Madrid. Numerosos carretones -de traperos, con la «busca» juntada en la ciudad, la llevan á los -depósitos de inmundicias situados en los campos inmediatos. Los bueyes -tiran solos. La yunta es considerada aquí como un lujo y sólo se emplea -en vehículos enormes. Otros bueyes de poca alzada llevan cargas al lomo, -como las mulas, ó van montados, cual si fuesen caballos, por jinetes de -túnica blanca, sombrero de _clown_ y larga pipa. Las mujeres cubren sus -aceitosos pelos con un gorro negro de cuartel. Algunos mogoles y -manchures, bohemios del desierto, con un perfil picudo de ave de presa, -pasan al trote de sus caballitos en perpetua rabia, que muerden el freno -arrojando espuma. - -De aquí arranca el camino para Pekín. Antes de que se terminase el -ferrocarril á la China salían diariamente de esta puerta numerosas -caravanas. Ahora todavía se forman, de vez en cuando, luengas filas de -mulos y bueyes, que marchan con lento paso hacia la maravillosa urbe, -situada para los antiguos coreanos en los últimos confines de la tierra. - -Para llegar á Pekín desde esta puerta hay sesenta días de marcha, -sesenta jornadas abundantes en privaciones y peligros, á través de -tierras poco seguras y de un extremo del inclemente desierto de Gobi. -Los blancos, al poder utilizar los diabólicos inventos de nuestros -países, hacemos el viaje con más rapidez. - -A los tres días de haber llegado á Seul salgo para la Manchuria y la -China. Vuelvo á ver desde el vagón los horizontes amplios de Corea, que -contrastan con la campiña japonesa, limitada y agradable. - -Ríos y lagunas están bajo una gruesa costra de hielo. Los arrozales son -láminas de cristal opaco. No se comprende cómo logran los hombres -amarillos que el arroz grane en este país de nieve, siendo un producto -de las tierras templadas y cálidas. - -Sentado á una mesa del vagón-comedor aprecio el rudo contraste entre lo -que puedo contemplar desde la ventanilla y lo que me rodea dentro del -vehículo. - -Comemos á estilo occidental, bebemos Burdeos, y al mismo tiempo, más -allá del vidrio en que se apoya uno de mis hombros veo pasar campos -nevados, grupos de chozas negras, hombres blancos como espectros, casas -de arquitectura china. El criado que nos sirve no es de raza blanca, ni -tampoco el cocinero y los demás empleados. Son todos ellos japoneses; -pero á estos asiáticos se les encuentra desde la orilla americana del -Pacífico, y los consideramos por costumbre como unos amarillos distintos -á los otros, como unos parientes por adopción que se han agregado á -nuestras civilizaciones. - -Al pasar junto á una pequeña ciudad vemos un cortejo nupcial. La novia -ocupa un palanquín de colorines rematado por una flor de loto, dorada y -balanceante. Detrás marchan los invitados masculinos bajo sombrillas -pintadas con ramilletes y dragones. Las damas cierran la marcha sentadas -en _korumas_. - -Después de Heijo, ciudad que sigue en importancia á Seul, las montañas -son rojas y amarillas. Escasean los arrozales. Los surcos están -cubiertos de hielo, y sobre esta blancura uniforme, los caballones, con -sus matojos negros, parecen líneas interminables de tinta china. - -Empieza á nevar. Al atardecer, todos los campos están cubiertos de nieve -reciente y blanquísima. Al ponerse el sol, la llanura y el cielo toman -una tonalidad de rosa suave, que hace recordar el color de la sangre -anémica. El termómetro marca 14 bajo cero... ¡Y pensar que hace menos de -un mes estaba yo en países tropicales, vestido de blanco! - -Los coreanos agrupados en las estaciones llevan gorros tártaros y -casacas de pieles. Vemos en el campo grandes cortas de árboles, montones -de troncos negros por abajo y amerengados en su cúspide. La nieve ya no -es granujienta. Parece á la vista pegajosa y compacta, como la albúmina -batida. - -Corremos en la noche por inmensidades que no podemos ver; oímos títulos -de estaciones que nada dicen á nuestra memoria. De tarde en tarde -creemos recordar algunos de estos nombres, y evocamos la guerra -ruso-japonesa. Sobre estas tierras misteriosas, ocultas en la -obscuridad, se mataron miles y miles de hombres hace veintidós años, y -el mundo olvidó ya tan espantosa carnicería. Nuevas matanzas humanas han -borrado su recuerdo. Y así continuará la historia del hombre, al que -llaman el más inteligente de los animales. - -En las estaciones hay tártaros y siberianos que ofrecen ricas pieles de -bestias cazadas semanas antes. A media noche pasamos un puente y nos -detenemos bajo una techumbre enorme. Es Mukden. - -No conozco ninguna estación de ferrocarril que despierte tanta -curiosidad é interés: ni aun las más célebres de Londres, de Nueva York, -de París. - -Aquí está el centro de una cruz que forman cuatro vías. Por el Este, ó -sea por donde llegamos nosotros, se va al Japón. Por el Norte, á Siberia -y á Rusia, pues aquí empieza, en realidad, el famoso Transiberiano. Por -el Sur, á una distancia solamente de algunas docenas de kilómetros, está -la nueva ciudad de Dairén y el famoso Port-Arthur de la guerra -ruso-japonesa. Por el Oeste, se sigue hacia la China. - -Cuando echamos pie á tierra, los empleados lanzan á gritos un aviso en -chino, en japonés y en inglés; un anuncio de mágica influencia para la -imaginación; unas cuantas palabras de extraordinaria novedad, preñadas -de ilusiones y esperanzas; algo que no puede oirse muchas veces en la -brevedad de una vida humana... - ---¡Cambio de tren para Pekín! - - -FIN DEL TOMO PRIMERO - - - - -ÍNDICE - - - _Págs._ - -I.--EN EL JARDÍN DE MENTÓN. 7 - -II.--LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE.--En -un corral acuático del Hudson.--Himnos, bailes, -aclamaciones y banderas.--Nueva York de día y de -noche.--Las obras gigantescas de su Municipio.--Nueva -York ciudad de arte.--Desde lo más alto de -un «rascacielos».--El _Franconia_ emprende su viaje.--«¡Adiós -los que vais á dar la vuelta á la tierra!».--¿Quién -de nosotros pagará el tributo á la Aventura? 18 - -III.--MI CASA ERRANTE.--Un vapor sin polvo de -carbón.--Desde la quilla á la última cubierta.--La -piscina del _Franconia_.--Las mujeres de la tripulación.--Mi -celda blanca.--Preparándome, como un -actor, á cambiar de traje.--Lo que comieron Magallanes -y sus compañeros, y lo que comemos nosotros. 30 - -IV.--LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN.--El -Estado Mayor del viaje.--Más mujeres que hombres.--Cordial -familiaridad norteamericana.--La española -que conoció tres Papas.--El cocinero escultor.--Las -Frinés de la piscina y la tranquilidad de sus -compañeros de natación.--En el canal de Bahama.--La -hermosa costa de la Florida. 42 - -V.--LA ISLA DEL AZÚCAR.--Cuba imaginada por -un niño.--Los monstruos guardadores de la puerta -del Paraíso.--Habana «la Alegre».--Los periódicos -y los casinos.--Dinero abundante y pródigamente -gastado.--Butacas de teatro á cien pesos por noche.--Los -nuevos barrios de la Habana.--Mis habitaciones -de «huésped de honor».--Si duermo en ellas -pierdo mi viaje alrededor del mundo.--Los bailes de -máscaras del _Franconia_.--El coronel vendedor de -periódicos.--Mi enfermedad. 52 - -VI.--LA ZANJA ENTRE LOS DOS OCÉANOS.--Dos -escalinatas de agua y una meseta lacustre.--Las -fuerzas eléctricas del canal de Panamá.--La zona -norteamericana y su guarnición.--El lago de Gatún -y el Paso de Culebra.--La enorme afluencia de buques.--Cómo -los norteamericanos «perdieron el -tiempo» antes de reanudar las obras.--El buen negocio -del canal.--La prontitud de su limpieza.--Los -bosques de sus orillas.--Panamá la Verde. 62 - -VII.--PANAMÁ LA VERDE.--El novelesco Balboa.--Su -descubrimiento del Mar del Sur.--El primer -europeo que se embarcó en el Pacífico.--Mortandad -de colonizadores al pasar el istmo de Panamá.--El -primitivo proyecto del canal ideado por los españoles.--El -saqueo de Panamá la Vieja por los piratas.--Me -bajan en andas para visitar la ciudad.--El presidente -Porras y la juventud intelectual.--Las escuelas -de Panamá.--Versos en la noche.--De una -acera á otra. 74 - -VIII.--LAS COSTAS DEL PACÍFICO.--Los tres colores -del Trópico.--Envidiando á Robinsón.--La madrastra -Naturaleza.--Desfile de tortugas.--Las malas -costumbres de la guerra.--La «Nao de Acapulco».--Cómo -los galeones del virreinato de Méjico atravesaban -el Pacífico.--50.000 pares de medias de seda -en cada viaje.--El centinela que se durmió en la -muralla de Manila y despertó en la plaza Mayor de -Méjico.--El protestantismo y el canto.--Temporal -frente á los Ángeles. 86 - -IX.--EL SECRETO DE LA ESFINGE AZUL.--San Francisco -y sus bellezas.--El Barrio Chino.--Sus antiguos -laberintos subterráneos.--Su aspecto actual.--Influencia -de este barrio en la proclamación de -la República china.--La propaganda en las calles.--Las -farmacias chinas y sus estrafalarios remedios.--El -_Franconia_ adquiere nueva vida.--Los duendes -de mi camarote.--La ola que no va á ninguna parte.--Una -isla roja que sólo se deja ver unos minutos.--La -esfinge azul y el secreto de sus estremecimientos.--La -Atlántida del Pacífico. 100 - -X.--EL ARCHIPIÉLAGO DEL AMOR.--Islas perdidas -en la inmensidad del Pacífico.--Los redescubrimientos -del capitán Cook y el olvido de sus predecesores.--Los -pilotos de España conocen Hawai doscientos -años antes de la llegada de Cook.--Kamehamea I, -«Napoleón de Oceanía».--El amor libre coronado de -flores.--Los terribles decretos de la viuda arrepentida.--Los -hawaianos pierden el interés de vivir en -unas islas regidas por la moral de los blancos.--Maravillosas -costas de Hawai.--Las romanzas de un -pueblo de músicos 111 - -XI.--EL LAGO DE FUEGO.--Las mujeres de Hawai, -superiores á los hombres.--El cinematógrafo en el -archipiélago.--El baile de las _hulas_ y los actuales -tapujos impuestos por la autoridad.--El paganismo -de la reina Lilinu-Kalami.--Las selvas de helechos.--El -cráter-lago de Kilauea.--El guarda del volcán.--Nocturno -rojo.--Una calefacción nunca vista 127 - -XII.--LA CIUDAD FLORIDA.--Los nadadores de Honolulu.--Las -casas jardineadas de los empleados.--El -mundo fantástico del Acuario.--Los peces-hombres.--La -playa elegante de Vaikiki.--Nataciones en -Diciembre.--Los saltadores de olas.--El gigantesco -árbol del «Moana Hotel».--El niño del sombrero.--Almuerzo -en la Asociación de la Prensa, con más mujeres -que hombres.--El palacio de Lilinu-Kalami.--Los -dos jardineros.--El collar de la reina.--La señorita -que por primera vez en su vida habla con un -español 144 - -XIII.--LA SEMANA SIN LUNES.--Navegando al margen -de la tempestad.--Bailes, juegos y asistencia á -la escuela.--Carreras de caballos en el buque.--La -libertad religiosa de los norteamericanos.--El cura -democrático de Minnesota.--El Mesías de los Angeles.--Dejamos -de vivir un día entero.--Caen en las -aguas del Pacífico veinticuatro horas de nuestra existencia.--¿Qué -habrá sido de mis amigos del Japón? 161 - -XIV.--LOS RESTOS DEL CATACLISMO.--Después de -diez días de soledad oceánica.--Aparición matinal -del Fuji.--Los marinos de la bahía de Tokío.--Carabelas -con motor.--La antinomia japonesa.--Enorme -destrucción de Yokohama.--La ciudad como fué y -como la vemos.--Llegada de mis amigos.--La _koruma_ -y el caballo humano.--El engaño de la noche en -Yokohama.--Vamos en busca del verdadero Japón. 172 - -XV.--LA DULCE ESFINGE DE KAMAKURA.--Origen -divino del pueblo japonés.--La vanidosa hermosura -de la diosa del Sol y las barbaridades de su hermano -y esposo.--El Espejo y el Sable.--Una dinastía -de 2.600 años.--El feudalismo japonés.--Los daimios -y sus fieles samurais.--La corte de Kioto la Santa.--Los -«Generalísimos» de Kamakura.--Kio-To y To-Kio.--El -camino de Kamakura.--Ante la imagen del -Gran Buda.--La diosa de la Misericordia.--Un gigante -divino de bronce sumido en la noche.--Lo que dice -la sonrisa de la Esfinge dulce. 185 - -XVI.--LA NOCHEBUENA EN EL JAPÓN.--Los japoneses -disfrazados de europeos.--Bozales higiénicos.--La -gorra del estudiante.--Las calles de Tokío.--Los -tres colores del Japón.--Las interminables cortesías.--Los -cinco peinados de la japonesa.--Almuerzo -en el restorán Koyokan.--La ceremonia de la hospitalidad.--El -baile de las _geishas_.--Mi conferencia en -el salón de fiestas del _Hochi_.--Concierto orquestal.--La -cena de Nochebuena ante un jardín liliputiense.--Salto -asombroso de la música japonesa. 202 - -XVII.--PASEANDO POR TOKÍO.--Las fiestas florales -del año.--_Geishas_ y japonesas honestas.--Cómo se -casan los japoneses.--El amor fuera de casa.--El paraíso -de los maridos.--Opiniones de un moralista japonés -sobre las mujeres.--La esclavitud femenina.--Contradicciones -del pudor japonés.--Las mancebías -del Yosywara.--Hembras expuestas en escaparates.--15.000 -muchachas quemadas.--La gran catástrofe -de la explanada de Hifukusho.--Un brasero de 40.000 -personas.--Agil agonía de las madres japonesas.--Un -policía que imita á los samurais. 221 - -XVIII.--LOS DOS SHOGUNES DE NIKO.--Muchos -templos y poca religiosidad.--La cortesía con todos -los dioses.--Unica religión verdadera del japonés.--Los -muertos mandan.--Todos los japoneses acaban -siendo dioses.--El sintoísmo.--Las tumbas de los dos -Shogunes.--El Pericles japonés.--Sus máximas morales.--San -Francisco Javier.--El consejo que le dan -los japoneses.--Fácil difusión del cristianismo.--Inquietud -de los Shogunes.--Miedo al Papa y al rey -de España.--Se cierra el Japón por 250 años.--Persecuciones -y martirios de los misioneros.--Camino de -Niko.--La buena educación de una caja de comida.--Un -regalo de cuarenta kilómetros de árboles gigantescos. 236 - -XIX.--AL PIE DE LA MONTAÑA SAGRADA.--Niko -en la noche.--El canto infinito de la Montaña Sagrada.--La -temperatura inexplicable del Japón.--Nieve -y plantas tropicales.--La desnudez japonesa.--Junto -al brasero del anticuario.--El sereno de las castañuelas.--El -amanecer en un hotel del interior del Japón.--El -Puente Sagrado.--Cómo una enorme serpiente -roja se doblegó en arco para servir á un santo.--Murmullos -de agua y musgos invasores.--Los árboles casamenteros. 248 - -XX.--LA SELVA DE LAS PAGODAS DE ORO.--El -mausoleo del Shogun Yeyasu.--La Puerta del Día.--Los -gestos de los Tres Monos.--Oro, oro, siempre -oro.--Los dos sargentos japoneses.--El templo carcomido -y sus bonzos pobres.--Ceremonia sintoísta en -la soledad de la selva.--La sacerdotisa de sotana roja -baila «El camino de los Dioses».--Me pierdo en las -espesuras de la Santa Montaña.--_¡Arigató!_--Lucha -de cortesías con un japonés. 259 - -XXI.--KIOTO LA SANTA.--El camino de los criptomerios.--Una -maravilla que va á desaparecer.--Historia -heroica de los cuarenta y siete samurais.--Zapatillas -gratuitas en el tren.--Las pagodas de Kioto.--Cuatro -cables de pelos de mujer.--Las ceremonias -del culto budista y su rara semejanza con las del -culto católico.--El tradicionalismo de Kioto.--Un -perro xenófobo.--Las calles del alegre Yosywara.--Los -teatros.--Actrices-hombres.--Mi encuentro ante -un cinematógrafo. 273 - -XXII.--EL TEMPLO DE LOS 33.333 DIOSES.--Los palacios -de Kioto.--La ceremonia de la coronación imperial.--Mezcolanzas -de antiguo y moderno.--El -templo de los _Treinta y tres mil trescientos treinta -y tres dioses_.--El taller de remiendos divinos.--La -pagoda de la cumbre y su fuente milagrosa.--Lo que -les ocurre á las japonesas que beben sus aguas.--El -hombre de los dos cubos.--La balada de la hotelería -japonesa. 288 - -XXIII.--LOS «KOKOS» DE NARA.--Las plantaciones -de té.--El dios que viajaba montado en un ciervo.--Los -venados del Parque Sagrado.--Las linternas seculares -de Nara.--El caballito blanco de ojos azules y -rojos.--Los peces del lago santo.--El pan de Año -Nuevo y su peligroso amasijo.--Trenes nevados y -hombres semidesnudos.--Los dos Japones.--Ya tiran -contra el nieto de los Dioses. 299 - -XXIV.--LA ISLA DONDE NADIE NACE NI MUERE.--Osaka -y su población industrial.--El famoso Mar Interior.--La -isla de Myajima, donde nadie nace y nadie -muere.--Ni perros, ni automóviles, ni telégrafo, ni -luz eléctrica.--El dulce rincón de la paz y la vanidad -patriótica.--El príncipe heredero de Corea, su esposa -y su séquito.--Embarque bajo la nieve.--Adiós al -Japón insular.--La terrible ironía del Pacífico. 310 - -XXV.--EL REINO DE LA MAÑANA TRANQUILA.--Una -mala noche sobre las aguas que presenciaron la -gran batalla naval de Tsushima.--El frío de Corea.--El -traje grotesco de los coreanos.--Sus dos sombreros.--Cómo -el Japón se apoderó del reino de la -Mañana Tranquila.--Asesinato de la reina por los -japoneses.--Horizontes dilatados.--Procesiones de -fantasmas.--Cuervos y tumbas.--En Seul.--Las generosas -ilusiones de un patriota. 321 - -XXVI.--CAMINO DE LA CHINA.--Las calles glaciales -de Seul.--El teatro coreano.--Espectadores que -se obsequian con hornillos encendidos.--La viuda -enamorada del bonzo y el guerrero matador de su -rival.--Bailes simbólicos.--El antiguo palacio de los -reyes coreanos y el Capitolio de cemento de los japoneses.--La -puerta de la Independencia y sus caravanas.--De -Seul á Pekín en sesenta días.--Salimos -para la China en ferrocarril.--El escenario de la guerra -ruso-japonesa.--Llegada á la estación de Mukden.--Grito -mágico de los empleados. 335 - - -NOTAS: - -[A] En muchas repúblicas de la América de habla española se han -publicado numerosas ediciones de estas obras sin permiso del autor. - -[B] _Musmé_, muchacha; _musko_, muchacho. - -[C] El eminente dramaturgo francés Brieux ha publicado en su libro _Au -Japon_ estudios muy interesantes sobre la vida doméstica japonesa. - - - OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR - - - TERRES MAUDITES.--Traducción de G. Hérelle. París. - - FLEUR DE MAI.--Traducción de G. Hérelle. París. - - BOUE ET ROSEAUX.--Traducción de Maurice Bixio. París. - - DANS L’OMBRE DE LA CATHÉDRALE.--Traducción de G. Hérelle. París. - - TERRAS MALDITAS.--Traducción de Napoleâo Toscano. Lisboa. - - A CATHEDRAL.--Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa. - Lisboa. - - FLOR DE MAYO.--Traducción de Josy Priems. Zurich. - - DIE KATHEDRALE.--Traducción de Josy Priems. Zurich. - - ERDFLUCH.--Traducción de Wilhelm Thal. Berlín. - - SCHILFUND SCHLAMM.--Traducción de Wilhelm Thal. Berlín. - - DER EINDRINGLING.--Traducción de J. Broutá. Berlín. - - DE VLOEK.--Traducción del doctor A. A. Fokker. Haarlem. - - WAAR ORANJEBOOMEN BLORIEN.--Traducción del doctor A. A. Fokker. - Amsterdam. - - CHALUPA.--Traducción de A. Pikhart. Praga. - - MARNÁ CHLOUBA.--Traducción de A. Pikhart. Praga. - - AH, IL PANE!...--Traducción de F. Gelormini. Palermo. - - HVAD EN MAND HAR AT GOVE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague. - - VINNYI SKLAD.--Traducción de M. Watson. Petersburgo. - - BODEGA.--Traducción de K. G. Petersburgo. - - GELEZNODOROGNOY ZAIAZ.--Traducción de M. Watson. Petersburgo. - - NALOGUIZA OBNAGNENAIA.--Traducción de M. Watson. Petersburgo. - - PROKLIATAC POLE.--Traducción de M. Watson. Petersburgo. - - SOBOR.--Traducción de M. Watson. Petersburgo. - - DUOYÑOY VISTREL.--Traducción de M. Watson. Petersburgo. - - LA HORDE.--Traducción de G. Hérelle. París. - - ARÈNES SANGLANTES.--Traducción de G. Hérelle. París. - - O INTRUSO.--Traducción de Riveiro de Carvalho. Lisboa. - - MISERAVEIS.--Traducción de Vasco Valdéz. Lisboa. - - L’INTRUS.--Traducción de Renée Lafont. París. - - A ADEGA.--Traducción de E. Sousa Costa. Lisboa-Rio Janeiro. - - LES MORTS COMMANDENT.--Traducción de B. Delaunay. París. - - A CORTEZAN DE SAGUNTO.--Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes - Rosa. Lisboa. - - SUR LES ORANGERS.--Traducción de G. Menetrier. París. - - THE BLOOD OF THE ARENA.--Traducción de F. Douglas. Chicago. - - SONNICA.--Traducción de F. Douglas. Edición de Nueva York y edición - de Londres. - - THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Traducción de W. A. Gillespie. - Londres. - - BLOOD AND SAND.--Traducción de W. A. Gillespie. Londres. - - OBRAS COMPLETAS DE BLASCO IBÁÑEZ (en ruso). Edición en 16 vol. con - un retrato del autor.--Traducción de Taitiana Herzenstein y otros. - Moscou. - - SANGUE E ARENA.--Traducción de Ida Mango. Nápoles. - - ORIENTE.--Traducción de Ferreira Martins. Lisboa. - - BLOED EN ZAND.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam. - - DIE HETARE VON SAGUNT.--Traducción de W. Leydhecker. Berlín. - - LES QUATRE CAVALIERS DE L’APOCALYPSE.--Traducción de G. Hérelle. - París. - - THE MATADOR.--Edición inglesa Nelson. Londres. - - WIJN EN LIEFDE.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam. - - I QUATTRO CAVALIERI DELL’ APOCALIPSE.--Traducción de Ida Mango. - Milán. - - THE FOUR HORSEMEN OF THE APOCALYPSE.--Traducción de Charlotte - Brewster Jordan (384 edic.). Edición de Nueva York y edición de - Londres. - - THE CABIN.--Traducción del doctor Francis Haffkine-Snow. Nueva - York. - - LUNA BENAMOR.--Traducción del doctor Isaac Goldberg. Boston. - - THE DEAD COMMAND.--Traducción de F. Douglas. Nueva York. - - BLOOD AND SAND.--Introduction by Dr. I. Goldberg. Edición de Nueva - York y edición de Londres. - - THE SHADOW OF THE CATHEDRAL.--Introduction by William Dean Howells. - Edición de Nueva York y edición de Londres. - - THE FRUIT OF THE VINE (_La bodega_).--Traducción del Dr. Isaac - Goldberg. Edición de Nueva York y edición de Londres. - - OUR SEA (_Mare nostrum_).--Traducción de C. Brewster Jordan. - Edición de Nueva York y edición de Londres. - - DE VIER RUITERS UIT DE APOCALYPSIS.--Traducción de Van Raalte. - Gravenhage (Holanda). - - WOMAN TRIUMPHANT.--Traducción de Hayward Keniston. Nueva York. - - LA RÉVOLUTION MEXICAINE.--Traducción de Louis Fonges. París. - - THE ENEMIES OF WOMEN.--Traducción de Arthur Livingston. Edición de - Nueva York y edición de Londres. - - MEXICO IN REVOLUTION.--Traducción de J. Padin y Arthur Livingston. - Nueva York. - - MARE NOSTRUM.--Traducción de Gilberto Beccari. Florencia. - - FRA GLI ARANCI.--Traducción Vitagliano. Milán. - - DE DOWLER BEVELER.--Traducción de Van Raalte. Amsterdam. - - LA TRAGEDIE SUR LE LAC.--Traducción de Renée Lafont. París. - - THE MAYFLOWER.--Traducción de A. Livingston. Edición de Nueva York - y edición de Londres. - - LES ENNEMIS DE LA FEMME.--Traducción de A. de Bengoechea. París. - - THE TORRENT (_Entre naranjos_).--Traducción de I. Golberg y Artur - Livingston. Edición de Nueva York y edición de Londres. - - FIOR DI MAGGIO.--Traducción de Gilberto Beccari. Milán. - - PALUDE TRAGICA.--Traducción de Gilberto Beccari. Milán. - - CONTES ESPAGNOLS D’AMOUR ET DE MORT.--Traducción de F. Menetrier. - París. - - VASS OCH DY.--Traducción de E. Staaff. Estocolmo. - - DEN UBUDNE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague. - - FYREFAEGTEREN.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague. - - DEN GAMLE ROENNE.--Traducción de Johanne Allen. Copenhague. - - OS INIMIGOS DA MULHER.--Traducción de Ferreira Martins. Lisboa. - - LUNA BENAMOR.--Traducción de Renée Lafont. París. - - DIE APOKALYPTISCHEN REITER.--Traducción de E. Koert. Berlín. - - VÉRZÖ ARÉNA.--Traducción de Toth Andras. Budapest. - - MÁJUS VIRÁGA.--Traducción de Berki Miklos y Gyori Karoly. Budapest. - - KREV Á PÍSEK.--Traducción de María Votrubová-Haunerova. Praga. - - BLOD OG SAND.--Traducción de Sophus Brekke. Prólogo de J. Bojor. - Cristiania. - - APOKALYPSENS FYRA RYTTARE.--Traducción de Alberto Bonnier. - Estocolmo. - - CAPÍTULOS ESCOGIDOS DE V. BLASCO IBÁÑEZ.--Coleccionados por E. Alec - Woolf. Editor G. Harrap. Londres. - - PROBUZENI BUDHOVO.--Traducción de Ch. Veith. Praga. - - EEN LIEFDE OP DE BALEAREN.--Traducción holandesa de P. M. Wink. - Zalt Bommel. - - VISTAS SUDAMERICANAS.--Libro para los estudiantes de español, con - notas de Carolina Marcial Dorado. Ginn y C.ª, Editores. Nueva York. - - LA BATALLA DEL MARNE.--Libro para los estudiantes de español, con - notas del profesor Federico de Onís. Heath y C.ª, Editores. Nueva - York. - - GENSKI RAY (_El paraíso de las mujeres_).--Traducción rusa de - Tatiana Herzenstein. La Editorial Rusa. Berlín. - - A NOGYULOLOK.--Traducción de Toth Andras. Budapest. - - LA FEMME NUE DE GOYA.--Traducción de A. de Bengoechea. París. - - LA CITÉ DES FUTAILLES.--Traducción de Renée Lafont. París. - - THE TEMPTRESS.--Traducción de A. Livingston. Nueva York. - - KATEDRÁLA.--Traducción de Karel Vit. Praga. - - CTYRI PRÍSERNÍ JEZDCI Z APOKALYPSY.--Traducción checoeslovaca de - Karel Vit. Ilustraciones de K. Relink. Praga. - - BLOD OCH SAND.--Traducción de Bruno Lindblom. Estocolmo. - - FÖRBANNAD JORD.--Traducción de Adolf Hillman. Estocolmo. - - LA TENTATRICE.--Traducción de Jean Carayón. París. - - MARE NOSTRUM.--Traducción de Karel Vit. Praga. - - I MORTI COMANDANO.--Traducción de Gilberto Beccari y Giulio de - Medici. Florencia. - - LA TENTATRICE.--Traducción de Sante Bargellini. Turín. - - IN THE LAND OF ART.--Traducción de Francés Douglas. Nueva York. - - ARENES SANGLANTES.--Traducción francesa de G. Hérelle. Edición - Nelson. Edimburgo (Escocia). - - KVET CERNE REKY.--Traducción de Karel Vit. Praga. - - MOKUCHI NO SHIXISHI.--Traducción japonesa de Kanzo Miura. Tokío. - - CHI TO TSUNA.--Traducción japonesa de Atsuchi Sudzuki. Tokío. - - GO-GATSU NO HANA.--Traducción japonesa de Soichi Okabé. Tokío. - - GO-GATSU NO HANA.--Traducción japonesa de Katsuo Urazawa. Tokío. - - SHIOKI NI NARU ONNA.--Traducción japonesa de Hirosada Nagata. - Tokío. - - RAKUCHITSU.--Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío. - - SEPPUN.--Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío. - - HIKIGAERU.--Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío. - - IBAÑEZ KESSAKUSHIU.--Traducción japonesa de la señora Nakagawa. - Tokío. - - RODNOE MORE.--Traducción de M. Watson. Leningrado. - - ZEMLIA DISEA.--Traducción de M. Watson. Moscou. - - KOROLAWA CALAFIA.--Traducción de M. B. Batcoh. Leningrado. - - - - - OBRAS DEL AUTOR - -CON EL NÚMERO DE EJEMPLARES IMPRESOS EN ESPAÑA[A] DE CADA UNA DE ELLAS, - HASTA ENERO DE 1925 - - - CUENTOS VALENCIANOS. 60.000 ejemplares. - LA CONDENADA (cuentos). 64.000 id. - EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes). 64.000 id. - ARROZ Y TARTANA (novela). 68.000 id. - FLOR DE MAYO (novela). 80.000 id. - LA BARRACA (novela). 104.000 id. - SÓNNICA LA CORTESANA (novela). 56.000 id. - ENTRE NARANJOS (novela). 88.000 id. - CAÑAS Y BARRO (novela). 64.000 id. - LA CATEDRAL (novela). 72.000 id. - EL INTRUSO (novela). 56.000 id. - LA BODEGA (novela). 60.000 id. - LA HORDA (novela). 44.000 id. - LA MAJA DESNUDA (novela). 49.000 id. - ORIENTE (viajes). 52.000 id. - SANGRE Y ARENA (novela). 136.000 id. - LOS MUERTOS MANDAN (novela). 56.000 id. - LUNA BENAMOR (novelas). 48.000 id. - LOS ARGONAUTAS (novela).--Dos tomos. 48.000 id. - LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS. 164.000 id. - MARE NOSTRUM (novela). 104.000 id. - LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela). 100.000 id. - EL MILITARISMO MEJICANO (artículos). 40.000 id. - EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas). 44.000 id. - EL PARAÍSO DE LAS MUJERES (novela). 36.000 id. - LA TIERRA DE TODOS (novela). 66.000 id. - LA REINA CALAFIA (novela). 60.000 id. - NOVELAS DE LA COSTA AZUL. 20.000 id. - LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA. 80.000 id. - - -NOVELAS DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN - - EL PAPA DEL MAR. - Á LOS PIES DE VENUS. - LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN. - EL ORO Y LA MUERTE. - - - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA; -VOL. 1/3 *** - -***** This file should be named 63810-0.txt or 63810-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/8/1/63810/ - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this ebook. - -Title: La vuelta al mundo de un novelista; vol. 1/3 - -Author: Vincente Blasco Ibáñez - -Release Date: November 19, 2020 [EBook #63810] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Chuck Greif, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes and - the Online Distributed Proofreading Team at - https://www.pgdp.net - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VUELTA AL MUNDO DE UN -NOVELISTA; VOL. 1/3 *** -</pre><hr class="full" /> - -<div class="c"> -<img src="images/cover.jpg" height="550" alt="" /> -</div> -<div class="c"> -<img src="images/inside-front.jpg" height="550" alt="" /> -</div> - -<table border="0" cellpadding="0" -style="border:3px double gray;padding:1em;"> -<tr><td class="c"> -<a href="#INDICE"><b>AL ÍNDICE</b></a><br /> -</td></tr> -</table> - -<p class="c">LA VUELTA AL MUNDO,<br /> -DE UN NOVELISTA</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span> </p> - -<p class="c"><span class="smcap">Vicente</span> BLASCO IBAÑEZ</p> - -<h1>LA VUELTA AL MUNDO,<br /> -DE UN NOVELISTA</h1> - -<p class="c"><b>TOMO I</b><br /> -<br /><br /> -ESTADOS UNIDOS.—CUBA.—PANAMÁ.—HAWAI.<br /> -JAPÓN.—COREA.—MANCHURIA.<br /> -<br /><br /> -80,000 EJEMPLARES<br /> -<br /> -<br /><br /> -PROMETEO<br /> -Germanías, 33.—VALENCIA<br /> -(Published in Spain)<br /> -1924<br /></p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span> </p> - -<div class="blockquote"> -<p><span style="text-decoration:overline;"><span class="smcap">Es propiedad.</span>—Reservados todos</span><br /> -los derechos de reproducción, traducción<br /> -y adaptación.<br /> -</p><p style="text-decoration:underline;"> -Copyright 1924, by V. Blasco Ibáñez.<br /></p> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span> </p> - -<h1>LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA</h1> - -<h2><a name="I" id="I"></a>I<br /><br /> -EN EL JARDÍN DE MENTÓN</h2> - -<p>Una de las primeras mañanas del otoño de 1923. Estoy sentado en un banco -de mi jardín de Mentón. Árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y -peces, parecen esta mañana completamente distintos á los que veo -diariamente.</p> - -<p>Algo sobrenatural anima cuanto me rodea, como si durante la noche se -hubiesen trastornado los ritmos y los valores de la vida. El jardín me -habla. Esto no es extraordinario. También los muebles nos hablan en las -habitaciones cerradas cuando estamos á solas con ellos, en momentos -críticos de nuestra existencia. En fuerza de mirar las cosas inanimadas -y los seres de vida rudimentaria, acabamos por poner en ellos una parte -de nosotros mismos, con los ojos y con el pensamiento. Luego, cuando las -emociones nos empequeñecen y necesitamos consejo ó auxilio, este mundo -familiar y al mismo tiempo extraño nos devuelve de golpe el préstamo que -le hicimos, día á día.</p> - -<p>Balancean los túneles de rosales sus flores recién<span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span> abiertas por la -primavera otoñal. Pájaros de todas clases sostienen una lucha sonora de -gorjeos flautinos en las alturas de la arboleda, oasis aéreo que les -sirve de refugio contra los aguiluchos y gavilanes diurnos ó las aves de -presa de la noche, ocultas en la vecina muralla, roja y gigantesca, de -los Alpes Marítimos. Los peces colean inquietos en el agua cargada de -sol, como si persiguiesen á sus mismas sombras que se deslizan por el -fondo verdoso de estanques y fuentes. Cantan los surtidores al desgranar -en el aire sus sartas de blandas perlas. Los abanicos verdes de plátanos -y palmeras dejan caer las últimas lágrimas del rocío matinal. Y toda -esta naturaleza cándida, fresca y pueril como la luz rosada de la -aurora, me pregunta á coro:</p> - -<p>—¿Por qué te vas?... ¿Es que te encuentras mal entre nosotros?...</p> - -<p>Vuelvo mis ojos por toda respuesta hacia el mar violeta, que tiembla -bajo los flechazos del sol más allá de la columnata de árboles.</p> - -<p>Todo lo que me rodea sigue hablándome con lenguas aéreas, vegetales ó -acuáticas. Cada uno dice algo diferente, pero sus voces se confunden y -unifican en la misma dirección, como los diversos temas de una sinfonía.</p> - -<p>—Quédate—dice la orquesta murmurante del jardín—; vas á perder -nuestras flores y nuestros frutos, los dulces atardeceres del otoño, la -compañía serena y luminosa de los libros. El plátano tropical, que sólo -fructifica en contados lugares de Europa, descuelga para ti, en este -rincón asoleado, entre el mar y la montaña, sus pesados racimos. Si te -alejas, otro comerá los encorvados frutos, ahora verdes y luego dorados, -que lentamente van cociendo bajo el fuego solar su pulpa de miel.</p> - -<p>»Ya se hinchan los capullos en las lilas de camelias, no pudiendo -contener el estallido de sus colores lumi<span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span>nosos. Pronto se abrirán, -dando paso á sus flores sin perfume, pero deslumbradoras de bella -majestad, como diosas que nunca sonrieron. Y tú no verás esta milagrosa -floración, preparada durante el resto del año como una apoteosis -teatral.</p> - -<p>»Perderás también las fiestas invernales de la Costa Azul, que atraen á -los felices de la tierra: el Carnaval de Niza, las óperas y conciertos -de Monte-Carlo, las regatas, los bailes en hoteles enormes como -alcázares de leyenda, las batallas de flores. Vas á renunciar á las -dulces horas vespertinas en tu biblioteca, cuando la luz filtrándose á -través de las apretadas hojas toma un color verdoso de profundidad -submarina, y tú tienes que seguir leyendo junto á uno de los ventanales -con invisible tela de alambre, que esfuma suavemente el paisaje, deja -entrar nuestro aliento perfumado y cierra el paso á los insectos que -procrea nuestra incansable fecundidad... ¿Por qué te marchas? ¿Qué -inquietud te espolea hacia lo desconocido, volviendo tu espalda á la -risueña paz en que te envolvemos...?</p> - -<p>Alguien acaba de llegar con silencioso paso, sentándose junto á mí, en -el banco de azulejos que representan antiguas danzas valencianas.</p> - -<p>Nadie mas que yo puede verle. Lo conozco. Me ha seguido siempre como un -esclavo, compañero de penas é ilusiones, que llevase el pie metido en el -otro extremo de mi cadena.</p> - -<p>Acabo de sentir ese desdoblamiento interior que todos conocemos en -momentos difíciles de nuestra vida. Es una mitad de mí mismo lo que -acaba de sentarse á mi lado. Su rostro es agresivo y hablan por su boca -la duda y la ironía.</p> - -<p>Sus primeras palabras son para reproducir la misma pregunta que -continúan repitiendo tenazmente los ru<span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span>mores del jardín. Pero mi otro yo -me habla con menos miramientos.</p> - -<p>—¿Por qué te vas? ¿Qué puedes conseguir realizando tu infantil deseo de -hacer un viaje alrededor del mundo?...</p> - -<p>»Si sientes curiosidad por conocer los pueblos lejanos, no tienes mas -que entrar en tu biblioteca, que está á pocos pasos. Allí, entre veinte -mil volúmenes, encontrarás muchos que, con la ayuda de la imaginación, -te harán ver ciudades y paisajes tal vez más interesantes que cual son -en la realidad.</p> - -<p>»Se comprende el viajero de siglos remotos, un Benjamín de Tudela, un -Marco Polo. Iban á descubrir y á contemplar lo que nadie había visto, y -para obtener este resultado bien valían la pena cuantos sufrimientos y -aventuras tuvieron que arrostrar. Pero ahora, un hombre amigo de la -lectura no necesita moverse para conocer los países. A centenares se han -molestado otros hombres para él, realizando dichos viajes y -escribiéndolos después.</p> - -<p>Intento contestar á mi propio fantasma, pero éste continúa hablando, con -un tono cada vez más severo.</p> - -<p>—Piensa en los peligros. Tú ya no eres joven, bien lo sabes; pero como -todos los imaginativos, procuras olvidarlo y te empeñas en trastornar -los períodos fijos de la vida, prolongando los entusiasmos, las -ilusiones y las credulidades pasionales de los veinte años.</p> - -<p>»Es cierto que el progreso humano da cada vez mayor seguridad á los que -se pasean por la tierra, disminuyendo los naufragios y las colisiones -terrestres. Pero existen las enfermedades, los rudos cambios de clima, -las epidemias que resultan permanentes en los pueblos-hormigueros de -Asia, el cólera, la peste bubónica, el vómito negro... Recuerda también -las catástrofes ciegas é injustas de una naturaleza que nos ignora. Hace -un<span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span> mes, un temblor de tierra casi ha borrado las principales ciudades -del Japón, adonde tú quieres ir. En unos minutos ha suprimido más de un -millón de vidas.</p> - -<p>»¿Quién eres tú para lanzarte á través de mares y continentes, con la -misma tranquilidad que te paseas por los rincones floridos de tu jardín? -Unos cuantos kilos de sangre, de músculos y huesos, que para -distinguirse de otros paquetes semejantes ostenta un rótulo propio, como -todos ellos; un amontonamiento provisional de células que se llama -Blasco Ibáñez, y tiene una memoria que le permite acordarse de los -hechos pasados y sacar deducciones de ellos que le guíen en el presente -y le sirvan de base para fantasear sobre el porvenir. La tierra no sabe -que existes, como ignora igualmente á los mil ochocientos millones de -parásitos de tu misma especie que viven sobre su costra. Basta que se -estremezca su epidermis en los lugares predispuestos á este pequeño -escalofrío, para que cambie el equilibrio político del mundo. ¡Y tú te -confías á la bondad de este globo, que cuando siente de vez en cuando la -picazón producida por las agitaciones, las guerras ó los grandes -trabajos de los humanos, pasa sobre nosotros el peine de sus -cataclismos!...</p> - -<p>»No olvides que te restan menos años de existencia que los que llevas ya -vividos, y lo prudente es quedarse quieto en el rincón planetario donde -transcurrió la mayor parte de tu historia individual y en el que tienes -relativamente asegurada la tranquila prolongación de esa misma -existencia. Lo más cuerdo en el hombre—piense como piense—es alargar -su vida por todos los medios defensivos y conservadores que encuentre á -su alcance.</p> - -<p>»¡Si á lo menos pudiéramos conseguir viajando el olvido de nuestras -penas!... Pero acuérdate de Horacio: «La negra preocupación monta á la -grupa del jinete.»<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span> Por eso, según el poeta latino, aunque te instales -en el buque más veloz y éste navegue sin descanso por todos los mares, -las mismas cosas que te afligen aquí irán contigo alrededor del planeta.</p> - -<p>Como finalmente mi hostil compañero hace una pausa, yo me apresuro á -hablar.</p> - -<p>—Ahora es el momento propicio para mi viaje. Si tardo en emprenderlo -vendrá la vejez, y con ella los achaques que debilitan nuestros órganos -vitales y agarrotan reumáticamente nuestros músculos.</p> - -<p>»Hay que conocer por completo la casa en que hemos vivido, antes de que -la muerte nos eche de ella. Recuerda que desde mis primeras lecturas de -muchacho sentí el deseo de ver el mundo, y no quiero marcharme de él sin -haber visitado su redondez. Ten en cuenta además la voluptuosidad del -movimiento, las embriagueces de la acción, la ardiente curiosidad de -contemplar de cerca, con los propios ojos, lo que se leyó en los libros. -Tal vez sufra grandes desilusiones y lo que imaginé sobre las páginas -impresas resulte más hermoso que la realidad. Pero siempre me quedará el -placer de haber llevado una existencia bohemia á través del mundo.</p> - -<p>»Piensa que voy á atravesar ocho mares, de un extremo á otro—el Océano -Atlántico, el mar de las Antillas, el Océano Pacífico, el mar del Japón -y el de la China, el Océano Índico, el mar Rojo, el Mediterráneo—; que -voy á navegar por los tres cursos fluviales más famosos de la historia -humana, cuyas aguas sirvieron de leche maternal á las primeras -civilizaciones: el río Amarillo, el Ganges y el Nilo. Deseo ver razas, -costumbres y ciudades distintas de esta Europa, cuyos pueblos, -monótonamente unificados, sólo se diferencian por el odio que inspira la -vanidad patriótica, por la guerra y la política. Si tardo unos años, me -será imposible empren<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span>der este viaje. ¿Y tú te opones—evocando y -agrandando peligros—á que realice el mayor deseo de mi vida?...</p> - -<p>Mi otro yo sonríe irónicamente, y se extiende por su rostro la palidez -verdosa de la envidia. Ha desistido de infundirme la duda que ablanda -nuestra voluntad y nos hace abandonar los propósitos más firmes. Adivino -que ahora va á someter mi proyecto á una crítica mordaz.</p> - -<p>—Tu viaje es demasiado rápido—dice con mansedumbre hipócrita—. Si -durase varios años, tal vez sería respetable; pero ¡dar la vuelta al -mundo en unos cuantos meses! ¿Qué vas á ver? ¿Qué podrás contar?...</p> - -<p>»Bien sé que el perfeccionamiento de los medios de comunicación agranda -ahora considerablemente el valor de los días y los años. Julio Verne -relató como empresa extraordinaria un viaje alrededor del mundo en -ochenta días. Hoy se puede dar la vuelta á nuestro planeta en menos -tiempo. Tú vas á emplear en ello seis meses, pero de todos modos verás -personas y cosas como en una representación cinematográfica. Sólo podrás -apreciar el aspecto exterior de los pueblos; no alcanzarás á poseer el -más leve destello de su alma. ¿Para qué cansarte por tan mediocre -resultado?...</p> - -<p>A mi vez creo llegado el momento de hablar duramente.</p> - -<p>—El valor del tiempo está en relación con las facultades del que -observa. Los días de viaje de algunos valen más que los años y los años -de otros. Acuérdate del viaje de Chateaubriand por América. Los -críticos, al estudiarlo ahora minuciosamente, con arreglo á las fechas, -han demostrado de modo indiscutible que sólo pudo visitar los -alrededores de Nueva York y Filadelfia, ciudades que estaban casi en -formación, dentro de los Estados Unidos nacientes. Ni vió el Niágara, ni -pudo navegar por el Misisipí; pero esto no le impidió dejar de ellos<span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span> -descripciones que muchos aprecian como insustituíbles. Además, trajo de -allá la novela <i>Átala</i>, que ha hecho suspirar de emoción á varias -generaciones, y con ella el empuje inicial del movimiento romántico, así -como ciertos procedimientos descriptivos que después de pasado más de un -siglo todavía emplea la literatura contemporánea.</p> - -<p>»El artista sólo necesita ver una parte de la verdad. El resto de la -verdad lo adivina por inducción, y las torres afiligranadas que levanta -con su fantasía son casi siempre más fuertes y duraderas que los -edificios de mazacote, escrupulosamente cimentados, que construye la -grisácea realidad. ¿Quién puede, además, marcar dónde terminan los -límites de una exacta observación? Muchas veces, después de vivir -largamente en un país, cuando nos marchamos de él, saturados de su -esencia y creyendo que ya lo sabemos todo, es cuando nos ofrece las -facetas más inesperadas y nuevas.</p> - -<p>»Me bastan esos meses de que hablas para que mi viaje resulte -interesante. Un hombre de nuestra época, si es aficionado á los libros, -sabe de antemano gracias á sus lecturas lo que va á ver cuando emprende -un viaje, y sólo necesita comprobar por medio de sus ojos, con una -visión puramente individual, lo que tantas veces contempló -imaginativamente en las hojas de los volúmenes impresos.</p> - -<p>»Tú olvidas, además, cómo somos muchos novelistas. Nuestra observación -resulta instintiva. Observamos contra nuestra voluntad. Somos aparatos -fotográficos con el objetivo siempre abierto y tomamos cuanto nos rodea -de un modo maquinal. Esto hace que lo que no vemos en el primer momento -ya no logramos verlo después, por más que nos esforcemos.</p> - -<p>»Yo he escrito novelas cuya acción se desarrolla en<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span> ciudades que sólo -vi durante unos días, y muchos lectores se imaginaron, después de -conocer mis descripciones, que había vivido en ellas meses y aun años. -Somos como ciertos tiradores «repentistas», que si se entretienen mucho -en apuntar no dan en el blanco. Necesitan tirar instintivamente, -guiándose por la voluntad más que por los ojos.</p> - -<p>»No todos los que describen la vida usan los mismos procedimientos para -romper la coraza invisible que nos opone la realidad, deseosa de que no -la cautivemos. Unos proceden pacientemente, con una labor lenta de -perforación. Yo soy de los que producen por explosión. Mi trabajo -resulta semejante al del torpedo que parte vertiginosamente: unas veces -toca en el blanco deseado, otras se pierde sin éxito en el vacío; pero -cuando estalla, lo hace con una brevedad instantánea y tumultuosa.</p> - -<p>»Sólo voy á viajar como novelista. No pienso escribir estudios políticos -ni económicos sobre los países por donde pase. Contaré lo que vea y lo -contaré á mi modo, como el que describe las personas y los paisajes de -una fábula novelesca, sólo que ahora los seres y las cosas conservarán -los mismos nombres que llevan en la realidad.</p> - -<p>»En cuanto al alma de los pueblos y de los individuos, permíteme que no -dé gran importancia á esa manoseada y acomodaticia objeción. ¿Quién -puede marcar el plazo de meses ó de años que es necesario para conocer -el alma de una nación ó una raza?... ¿Basta la vida entera de un -escritor para completar plenamente tal estudio?... ¿No ha ocurrido más -de una vez que, por adivinación genial, un simple observador de paso ha -visto lo que no alcanzaron á descubrir otros después de larguísimos y -miopes estudios?...</p> - -<p>»Resultan tan complejas las almas, que no llegan á ser bien conocidas ni -aun de sus mismos poseedores, así<span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span> sean colectividades ó personas. -Recuerda el caso de Lafcadio Hearn, el gran novelista norteamericano. Su -pueblo predilecto fué el Japón. En sus libros sobre este país han bebido -y hasta han robado numerosos autores. En el Japón vivió catorce años -seguidos; aprendió su idioma perfectamente; casó con una japonesa; se -hizo maestro de escuela para estudiar en los pequeños nipones el génesis -de la psicología de los amarillos; y sin embargo, á la hora de su muerte -confesó con una franqueza melancólica: «El alma de los japoneses -continúa siendo un misterio para mí.»</p> - -<p>»Respetemos el misterio de las almas extrañas, ya que ninguno de -nosotros logrará conocer jamás el misterio de la propia alma, que tantas -veces nos sorprende con sus decisiones inesperadas. Ese misterio eterno -es el que da interés inagotable á la existencia humana. Si un día, -blancos y cobrizos, rojos y negros, conociésemos perfectamente nuestras -almas, la vida perdería sus mejores emociones, y nuestra historia -resultaría aburridísima, con la monotonía de las cosas esperadas é -invariables.</p> - -<p>»Unas palabras más, y termino, malhumorado compañero. Dure lo que dure, -mi viaje siempre resultará más interesante que la inmovilidad en este -rincón agradable de la tierra. Mejor es dar la vuelta al mundo en unos -cuantos meses, que no darla nunca.</p> - -<p>»Debo confesar que en este periplo mundial que preparo hay un poquito de -orgullo literario. Algunos marinos y diplomáticos españoles realizaron -viajes de circunnavegación del planeta; pero fueron viajes que pueden -llamarse «oficiales», con observaciones y curiosidades casi siempre de -carácter profesional. Después que el judío hispánico Benjamín de Tudela -salió en el siglo XII (hace ochocientos años) á explorar el mundo -conocido de oídas<span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span> por los hombres de la Edad Media, y consignó en un -libro sus correrías hasta la India, yo voy á ser uno de los contadísimos -escritores españoles que habrán repetido espontáneamente la misma -empresa, aunque con ello no haré mas que imitar lo que realizan todos -los años buen número de autores ingleses y norteamericanos y de damas de -los mismos países aficionadas á la literatura. Pretendo escribir un -libro que encierre en sus páginas el rebullir de los pueblos-colmenas -del Extremo Oriente; la soledad majestuosa de los océanos, guardadores -de las fuerzas renovadoras del planeta; la melancolía histórica de las -grandes civilizaciones, muertas ó agonizantes.</p> - -<p>Después que digo esto se abre un largo silencio. El jardín va acallando -sus rumores bajo la pesadez del sol, cada vez más alto. Mi interlocutor -calla también.</p> - -<p>—¿Tienes algo más que decirme?—le pregunto.</p> - -<p>Él insiste en su mutismo, enfurruñado y hostil; un silencio de -adversario que se confiesa vencido momentáneamente, pero pone su -confianza en la fatalidad, esperando que le ayudará en lo futuro.</p> - -<p>—Entonces, ahí te quedas. Te dejo sobre este banco, como algo que me -estorba para seguir adelante... ¡Empiece el viaje!<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span></p> - -<h2><a name="II" id="II"></a>II<br /><br /> -LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">En un corral acuático del Hudson.—Himnos, bailes, aclamaciones y -banderas.—Nueva York de día y de noche.—Las obras gigantescas de -su Municipio.—Nueva York ciudad de arte.—Desde lo más alto de un -«rascacielos».—El «Franconia» emprende su viaje.—«¡Adiós los que -vais á dar la vuelta á la tierra!»—¿Quién de nosotros pagará el -tributo á la Aventura?</p></div> - -<p>La orquesta del <i>Franconia</i> entona de pronto un himno patriótico que -tiene la lentitud religiosa de un salmo.</p> - -<p>Las gentes dejan de reir y de gritar; las cabezas se descubren; cesa el -mutuo envío de serpentinas entre las cubiertas del buque y la multitud, -superpuesta en tres largas masas, que ha venido á presenciar su partida. -Se interrumpe momentáneamente el espesamiento de la trama de cintas -multicolores tendida del muro de acero móvil de la nave al muro sólido -de hierro y madera, cuyas raíces se hunden en el lecho subfluvial.</p> - -<p>Estamos en un patio de agua, de gran profundidad. Este patio lo forman -las espaldas de un edificio enorme de hierro, y dos alas de igual -construcción que avanzan sobre la llanura líquida varios centenares de -metros. El fondo de este rectángulo está abierto y se ven pasar por él -incesantemente—como por el espacio practicable de una decoración -teatral—gigantescos trasatlánticos<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span> de varias chimeneas; veleros de -cinco ó seis palos, desnudos de lona, que siguen á un remolcador negro, -inquieto y rumoroso como un mosquito acuático; incansables -transbordadores, verdaderos alcázares flotantes, que llevan de una -orilla á otra, en sus diversos pisos, muchedumbres, masas de automóviles -y pesados vehículos industriales.</p> - -<p>El <i>Franconia</i>, paquebote de 20.000 toneladas, recientemente construído -por la Compañía Cunard, va á hacer su primer viaje alrededor del mundo, -y está amarrado modestamente en este patio, junto á otro buque de -parecidas dimensiones que apoya sus pasarelas en los ventanales del ala -opuesta. Nuestro anclaje es en el río Hudson, una de las dos ramas del -puerto de Nueva York, centro convergente de navegación para más de la -mitad de la tierra.</p> - -<p>La orilla del río queda invisible en muchos kilómetros bajo los palacios -de madera y acero de las más célebres compañías navieras. Son edificios -con enormes salones, á cuyo final se ven las personas tan empequeñecidas -por la distancia, que parecen de otra humanidad. Tienen depósitos -capaces de recibir de una vez la carga de varios buques llegados á un -tiempo de Europa; ascensores que admiten en cada viaje una muchedumbre; -plataformas rodantes que suben ó bajan por sus pendientes todos los -paquetes de un incesante tráfico. Y á espaldas de estas construcciones -interminables avanzan perpendicularmente en el río otros edificios, -aprisionando el agua en rectángulos donde se refugian los buques para -hacer tranquilamente sus operaciones de carga ó de rejuvenecimiento.</p> - -<p>Los trasatlánticos más famosos de todos los mares sólo logran asomar los -extremos de palos y chimeneas sobre sus tejados. Flotas enormes de -comercio perma<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span>necen casi inadvertidas en estos patios marítimos, como -las bestias en los corrales de una granja.</p> - -<p>Se extinguen en el aire las últimas notas del himno reposado y místico, -las cabezas se cubren, y estalla un coro de gritos junto á los costados -del <i>Franconia</i>. Algunas señoras llegadas de los Estados del interior -para despedir á sus amigos que van á dar la vuelta al mundo, sacan -repentinamente banderas nacionales de estrellas y rayas, y -sosteniéndolas con ambas manos, las dejan aletear bajo las ondulaciones -del fresco viento del río. Vuelan otra vez las serpentinas de papel y se -hace más densa la telaraña de colores que une frágilmente el buque á los -tres pisos del muro cercano.</p> - -<p>Me despido de los numerosos periodistas—en gran parte mujeres—que han -venido á pedirme la última interviú sobre los más diversos é inesperados -temas. El grupo de fotógrafos de diarios y revistas me somete á las -postreras «instantáneas» en traje de viajero.</p> - -<p>La orquesta ha emprendido una serie ascendente de <i>fox-trots</i> y otras -danzas americanas. La muchedumbre grita en el buque y en los férreos -ventanales de enfrente, excitada por el ritmo de tal música. Algunas -parejas impacientes empiezan á bailar en las diversas cubiertas. Los -sillones alineados en los paseos de á bordo guardan ramos de flores, -enormes como gavillas de trigo, y cajas de dulces que abultan cual si -fuesen maletas.</p> - -<p>Momentáneamente libre, subo al último puente intentando ver una vez más, -por encima de los tejados del vasto embarcadero, los remates aéreos de -Nueva York. Esta contemplación es para mí una de las visiones más -extraordinarias que pueden gozarse sobre la corteza terrestre.</p> - -<p>Cuando vi á Nueva York por primera vez me imaginé caído en otro mundo, -en un planeta de gentes que<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span> habían logrado vencer las leyes de la -gravitación y jugueteaban con ellas. Contemplando los grupos de -«rascacielos», edificios tan altos que muchas veces hunden su cumbre en -los vapores de la atmósfera, los creí por un momento obras de gigantes, -algo extraordinario y quimérico, más allá de las limitadas fuerzas de -nuestra especie. Luego, al considerar que eran creación de pobres -hombres como nosotros, con iguales debilidades é ilusiones, sentí -orgullo de pertenecer al género humano, que, no obstante su debilidad -física, puede realizar, gracias á su inteligencia, tales maravillas.</p> - -<p>Para mí, Nueva York es una de las ciudades más hermosas de la tierra; -hermosa á su modo, con una belleza colosal, soberbia, audazmente -despreciadora de muchos cánones estéticos venerados en el viejo mundo -con la inmutabilidad de los dogmas religiosos.</p> - -<p>No digo que este arte, especialmente americano, deba servir de modelo al -resto de la tierra, ni deseo que todas las ciudades sean como Nueva -York. La vida es la variedad. Igualmente resulta desesperante encontrar -en todas las latitudes falsas catedrales góticas ó imitaciones del -Partenón. Pero me enorgullece como hombre la existencia de un Nueva York -con sus audaces edificios, atropelladores de los obstáculos que -esclavizaron durante siglos al constructor; con sus torres gigantescas -que después de hincar las raíces en profundidades no alcanzadas por los -árboles archicentenarios se lanzan en busca del cielo.</p> - -<p>Hay en el viejo mundo construcciones tan altas como las de Nueva York, -pero aisladas y excepcionales. Lo que en Europa representa una altura -extraordinaria, que atrae la peregrinación de los admiradores, es aquí -el nivel corriente de los edificios principales de un barrio. La torre -Eiffel todavía resulta actualmente más alta que los «rascacielos» -norteamericanos. Pero esta torre es un<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span> andamiaje metálico, algo que -parece provisional, sin la majestad imponente y sólida de los edificios -neoyorkinos.</p> - -<p>La gran metrópoli del mundo moderno ha creado un arte, leal reflejo de -su concepción de la vida. Es algo grandioso, atrevido, rectilíneo, que -hace pensar en el empuje sobrehumano de los inventores, los cuales -solamente realizan sus descubrimientos atropellando los respetos, -disciplinas y convenciones que encadenan á sus contemporáneos.</p> - -<p>Los artistas que abominan del ferrocarril por su fealdad, pero llorarían -de pena si los obligasen á viajar á pie, como en otros tiempos; los que -ensalzan las sobriedades poéticas de la vida primitiva en habitaciones -con prosaica luz eléctrica, calefacción central y vulgares aparatos -higiénicos, cuando quieren sintetizar lo horrible de la vida moderna, -nombran á Nueva York, que los más de ellos sólo conocen por referencias. -Y el rebaño panurguesco de los <i>snobs</i>, para simular delicadezas -estéticas, maldice igualmente un arte vigoroso y franco, reflejo -característico del pueblo que más estupendos milagros lleva realizados -en la época presente por su deseo de mejorar nuestra existencia -material.</p> - -<p>Esta ciudad que parece construída para otra raza más grande que la -humana hace pensar en Babilonia, en Tebas, en todas las aglomeraciones -enormes de la historia antigua, tales como nos imaginamos que debieron -ser y como indudablemente no fueron nunca.</p> - -<p>Hay calles en Nueva York que apreciarían en Europa como de aceptable -anchura y parecen aquí modestos callejones, profundas grietas, á cuyo -fondo no podrá llegar nunca el sol. Tan enorme es la altura de sus -edificaciones laterales, que obliga á elevar los ojos, echando atrás la -cabeza con una violencia precursora del vértigo.<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span></p> - -<p>La imaginación se resiste en el primer instante á concebir tales -construcciones como obra de los humanos. Más bien las cree algo anterior -á la presencia de nuestra especie sobre el planeta. Recuerda también á -ciertas montañas que horadaron y ahuecaron los trogloditas en los siglos -más obscuros de la Historia, convirtiéndolas en templos subterráneos ó -en ciudades-cuevas.</p> - -<p>Cuando llega la noche no hay aglomeración humana, no la ha habido nunca, -que ofrezca el aspecto mágico de esta urbe, en cuyo seno fué sujetado y -domado el cuerpo impalpable de la electricidad, encadenándolo para -siempre á las necesidades del hombre.</p> - -<p>Los grandes edificios, con sus millares de ventanas iluminadas, son -inmensos tableros de ajedrez, rojos y negros, que se estiran hacia las -nubes. Las quimeras soñadas por los cuentistas orientales se realizan en -esta metrópoli que muchos creen inaccesible á toda sensación de belleza. -Sobre los tejados, el anuncio industrial crea un mundo fantástico que -parece lanzar un reto á las exigencias de la realidad y á la tranquila -sucesión de las horas. Las hadas nocturnas de Nueva York, volando en -alturas sólo frecuentadas en otras partes por las águilas, van colgando -del negro terciopelo del espacio figuras y adornos de fuego, pavos -reales de plumaje multicolor, tropas de duendes que gesticulan mirando á -las estrellas ó les guiñan un ojo maliciosamente, mujeres de luz que, -sentadas en un columpio, se balancean con la cabellera suelta por encima -de los astros; toda una fauna y una flora de <i>Las mil y una noches</i>, -nacida regularmente con los primeros latidos de la luz sideral y que se -borra con la aurora, haciendo levantar sus cabezas á la muchedumbre -circulante por las profundas grietas de las avenidas, orladas de puntos -de luz.</p> - -<p>Hasta hace poco, Londres era la ciudad más grande<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span> del mundo. Ahora la -ha sobrepasado Nueva York. El eje de la historia humana, que durante -siglos fué trasladándose de una á otra nación, siempre dentro de Europa, -ha cruzado el mar, y está actualmente en la ribera occidental atlántica.</p> - -<p>Asombra el movimiento de este centro humano, su riqueza, su actividad. -La Aduana de Nueva York percibe mayores tributos que muchos gobiernos -europeos de importancia. El director de su puerto, simple funcionario -municipal, tiene una actuación más amplia y poderosa que la de muchos -ministros de Marina.</p> - -<p>Hablando con un individuo del Municipio de Nueva York, noté la sonrisa -de conmiseración con que comentaba los trabajos enormes realizados por -el gobierno americano en el canal de Panamá. El Ayuntamiento de Nueva -York acomete empresas más difíciles y más costosas que el famoso canal, -sin darse importancia, sin ruido de publicidad, como si emprendiese una -vulgar operación de policía urbana. El lecho del Hudson, en cuyas -profundas aguas anclan los buques más grandes del mundo, lo ha perforado -repetidas veces para líneas férreas y tubos de «metropolitano» que ponen -en comunicación á Nueva York, por debajo de este obstáculo que parecía -invencible, con la orilla fronteriza, perteneciente al inmediato Estado -de Nueva Jersey.</p> - -<p>Como Nueva York ocupa una isla, tiene al otro lado un brazo de mar que -la separa de Brooklyn, simple barrio, más grande que muchas capitales -célebres de Europa. Para unir ambas orillas se construyó hace años el -famoso puente de Brooklyn, maravilla de la industria humana, que hizo -hablar al mundo entero en el momento de su inauguración.</p> - -<p>La primera vez que estuve en Nueva York me apresuré á visitar el puente -del que tanto oí hablar en mi<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span> niñez. Noté que todos lo mencionaban con -indiferencia, como algo que ha sido célebre y ve luego arrebatada su -fama por otras novedades.</p> - -<p>Al pasar por él me expliqué tal frialdad. El puente de Brooklyn ya no es -una maravilla única. Casi resulta una vejez en este país donde todo -cambia en el curso de diez años. Vi desde su larguísima y múltiple -plataforma otros puentes más audaces y más hermosos, tendiéndose como -brazos férreos de una orilla á otra y dejando entrever por los -filamentos de sus redes colgantes un deslizamiento continuo de trenes, -tranvías, automóviles y filas de peatones, iguales por la distancia á -una leve hilera de puntos.</p> - -<p>Los llamados «rascacielos» ofrecen desde su meseta superior un -espectáculo inolvidable. Los dos cursos acuáticos que se deslizan por -ambos lados de la ciudad, estrechándola como un triángulo para -confundirse pasado su vértice en la bahía enorme, están arados sin -descanso por las quillas de innúmeras embarcaciones que se entrecruzan y -se alejan. Tienen la densidad pululante de los insectos primaverales que -se mueven tejiendo una tela invisible sobre la superficie de las charcas -olvidadas. Los dos brazos líquidos, á causa del incesante movimiento de -sus buques, ofrecen el aspecto de esas grandes avenidas en las que van y -vienen sin reposo centenares de automóviles.</p> - -<p>Varios puentes de más de un kilómetro de longitud se lanzan sobre el -agua de azul grisáceo, como barras de tinta china pendientes de -filamentos sutiles, para que resbale sobre su cara superior, de ribera á -ribera, todo un mundo microscópico. En la bahía, limitada por costas -gibosas como lomos de cachalote, la isla que sirve de zócalo á la -estatua de la Libertad parece un juguete, un pisapapeles, flotando sobre -las aguas.<span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span></p> - -<p>Son docenas, son á veces más de cien, los buques de diversos calados y -arboladuras que llegan de todos los puntos cardinales de la tierra ó -abren el abanico de sus rumbos hacia horizontes misteriosos, detrás de -cuyo telón de brumas se ocultan nuevas costas y nuevos puertos. Parece -que no quede en el planeta otra tierra que ésta y el resto de la -humanidad viva sobre buques, necesitando venir á descansar sus pies -sobre el único fragmento de corteza sólida.</p> - -<p>Desde tal altura los ojos abarcan kilómetros y kilómetros de superficie -terrestre sin encontrar un campo, algo que recuerde la vida rústica, que -es la de la mayoría de los humanos. Se ven arboledas enormes, pero son -de parques, de barrios-jardines, y estas islas de verdura se hallan -encerradas por el oleaje de tejados que se pierde en el horizonte y del -que emergen como picos submarinos las masas cuadrangulares de los -«rascacielos».</p> - -<p>Cada uno de dichos edificios es un mundo, más grande y complicado que -los mayores paquebotes. Para completar su semejanza con uno de estos -cosmos flotantes, todos ellos tienen una enorme máquina de vapor -destinada á las necesidades comunes de calefacción, alumbrado, etcétera, -añadiendo su chimenea torrentes de humo blanco á las inmediatas nubes. -Aun en días serenos, cuando el cielo es límpido y la bahía toma un color -azul de Mediterráneo, existe sobre la ciudad una ligera neblina dorada -por el sol: el vapor que lanzan los «rascacielos» por sus tubos de -trasatlántico.</p> - -<p>Cuando cierra la noche, los propietarios de estos edificios inmensos -iluminan su terraza final ó los templetes que les sirven de remate con -focos invisibles de potente luz, azulados, verdes ó rojos. La masa del -edificio sube y sube en la sombra, pues transcurridas las primeras horas -de la noche quedan cerradas sus filas de ventanas.<span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span> Pero allá en lo -alto, cual islas quiméricas que flotasen sobre las tinieblas del sueño, -ve el transeunte los remates luminosos de las torres. Como guardan -ocultos sus focos eléctricos, parecen bañados por una manga luminosa, de -trayectoria invisible, que viene de un sol oculto en la noche, más allá -de nuestras pobres miradas.</p> - -<p>Muge por última vez el <i>Franconia</i>, anunciando que va á partir. La -orquesta es cada vez más incoherente y estrepitosa en sus ritmos -danzantes. Cantan á gritos los músicos, pareciéndoles poco los -instrumentos para su ruidosa función. La muchedumbre saluda con -aclamaciones los movimientos preliminares de la partida del buque.</p> - -<p>Ya han sido retiradas las pasarelas que lo unían á los tres pisos del -embarcadero de la Cunard.</p> - -<p>Sus primeros movimientos estiran y rompen la telaraña de cintas que ha -ido tejiéndose en el espacio libre. Empiezan á flotar en el agua muerta -grandes bolas de papeles de colores. Se agitan brazos, pañuelos y -banderas. Cada vez es más ancha la faja líquida entre la pared inmóvil -del edificio y la pared metálica del vapor, que al moverse despierta al -agua, haciéndola huir por sus costados.</p> - -<p>El <i>Franconia</i> inicia su marcha retrocediendo. Resbala lentamente por la -popa, fuera del corral acuático. Quiere salir al Hudson, donde virará, -poniendo su proa hacia mares más azules, hacia cielos limpios de la -neblina que esfuma en estos momentos las altas torres de Nueva York, -dándolas un aspecto de recortes de papel gris sobre un fondo de otro -gris más pálido.</p> - -<p>Corre la muchedumbre hacia los balconajes terminales del embarcadero que -avanzan sobre las aguas libres. Allí son los últimos saludos, los -mayores alaridos de despedida, las agitaciones más epilépticas de -brazos, som<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span>breros y lienzos de colores. Saludan la popa del navío que -se desliza junto á ellos; después la estructura central de este pueblo -flotante; últimamente, la proa que se aleja, se detiene poco después, -como si reflexionase, y acaba por ladearse, recobrando su verdadero -funcionamiento, que es el de avanzar partiendo las aguas.</p> - -<p>«¡Adiós los que vais á dar la vuelta á la tierra!», parece gritar con su -confuso vocerío la muchedumbre que llena los balconajes inmóviles. -Dentro del buque todas las barandas de las cubiertas están orladas de -gente. Hasta los tripulantes y la numerosa servidumbre se asoma á las -barandillas para presenciar esta despedida.</p> - -<p>La música continúa sonando, con una cadencia que incita á mover los -pies. Las parejas, por momentos más numerosas, bailan y bailan. Una idea -fúnebre me obsesiona en medio del sonoro regocijo. ¿A quién le tocará -morir de todos los que vamos en este buque, amos y servidores?...</p> - -<p>Porque es indudable que alguno de nosotros va á quedar en el camino. No -se da la vuelta al planeta, desafiando tantos mares, tantos países de -fiebre y la inadaptación á tan diversas temperaturas, sin que alguien -caiga. La Aventura, diosa seductora y cruel, acepta la aproximación de -sus devotos, pero exigiéndoles el tributo de alguna víctima.</p> - -<p>La parte más interesante de Nueva York se desarrolla de pronto ante mis -ojos, el vértice del triángulo, la llamada ciudad baja, donde están los -Bancos, las oficinas célebres.</p> - -<p>Edificios de numerosos pisos, que en otra parte serían admirados como -gigantescas construcciones, se encogen aquí, con la humildad de una -casita rústica, al pie de los palacios-montañas.</p> - -<p>¡Adiós, ciudad en la que todo es desmesurado, más<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span> allá de las -ordinarias dimensiones humanas, virtudes y defectos, generosidades y -miserias; donde todo se renueva incesantemente y el desinterés heroico -sucede al egoísmo brutal, así como la triunfante verdad reemplaza al -testarudo error!</p> - -<p>¡Adiós, urbe de los milagros, patria de magos, creadores de los más -asombrosos inventos de nuestro siglo; poetas de la acción, que -despreciasteis la palabra «imposible», trabajando con la fe de los -antiguos alquimistas para transmutar el ensueño quimérico en realidad -luminosa!</p> - -<p>¡Adiós, Nueva York, que venciste á la noche!<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span></p> - -<h2><a name="III" id="III"></a>III<br /><br /> -MI CASA ERRANTE</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Un vapor sin polvo de carbón.—Desde la quilla á la última -cubierta.—La piscina del «Franconia».—Las mujeres de la -tripulación.—Mi celda blanca.—Preparándome, como un actor, á -cambiar de traje.—Lo que comieron Magallanes y sus compañeros, y -lo que comemos nosotros.</p></div> - -<p>Dedico mis primeros días de navegación á conocer, hasta en sus últimos -recovecos, la casa errante que debo habitar durante algunos meses.</p> - -<p>La mueven dos turbinas que dan noventa revoluciones por minuto. Su -marcha es cuando menos de 18 millas. Su casco, que representa 20.000 -toneladas de desplazamiento, se hunde en el mar nueve metros y se eleva -sobre la superficie acuática trece: la altura de una casa de varios -pisos.</p> - -<p>A pesar de su importancia náutica y de su gran velocidad, sólo tiene una -chimenea, y ésta permanece con la enorme boca limpia de vapores la mayor -parte de la jornada. Las máquinas del <i>Franconia</i> no conocen el carbón. -El combustible de este buque nuevo es el petróleo bruto, llamado -<i>mazout</i>. Su marcha sólo va seguida excepcionalmente por un denso -penacho de humo. Durante horas y horas avanza por el espacio eternamente -virginal de los océanos, sin ensuciar el azul cristalino del cielo y el -azul compacto de las aguas. Un leve tul rojizo se escapa ligeramente por -un borde de su chime<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span>nea, una voluta de humo químico, transparente como -una blonda, que se disuelve en el espacio á los pocos metros.</p> - -<p>Tiene la marcha regular y continua de los organismos alimentados -mecánicamente. No hay altibajos ni vacilaciones en su avance; no depende -de fogoneros que, encorvados ante sus rojas entrañas, aflojen el paleo -alimentador durante las tempestades ó los grandes calores. Las calderas -se nutren por espita y no por brazo; el chorro líquido las mantiene, no -el golpe de pala. Y este gran progreso de la mecánica naval ha tardado -mucho en ser admitido, como todos los adelantos, y aún encuentra -resistencias tradicionales. Ha sido preciso que lo adoptase la marina -militar, por exigencias de la última guerra, para que los dueños de las -flotas de comercio reconociesen las ventajas del petróleo como alimento -de la máquina naval.</p> - -<p>Este buque hace acopio de combustible con una simple manga, igual á las -de riego, en el transcurso de pocas horas, en medio de un silencio -absoluto, sin necesitar los rosarios de esclavos de los puertos, -tiznados y gritones, que juran al ir y venir entre la ribera y el vapor -con la espuerta de carbón al hombro, ensucian el buque, obligan en los -países cálidos á tener cerrados los ventanos para que no entre el polvo -de la hulla, y turban el sueño ó la tranquilidad de los pasajeros.</p> - -<p>Seis veces vamos á llenar los depósitos de petróleo durante nuestra -vuelta á la tierra: en San Francisco, Honolulu, Hong-Kong, Colombo, -Bombay y Gibraltar. Estos depósitos contienen 3.000 toneladas de -petróleo, ¡Qué hoguera inmensa en la soledad oceánica! ¡Qué llamarada de -volcán, si llegara á inflamarse el lago diabólico, negro y dormido, que -llevamos debajo de nuestros pies!...</p> - -<p>Gracias á este combustible, las máquinas se mantie<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span>nen en una limpieza -escrupulosa, igual á la de los salones del buque. El metal brilla en -ellas con la blanca transparencia de la plata, sin el menor rastro de -hollín. Durante el viaje desciendo varias veces á lo más hondo de la -maquinaria, desde la cubierta superior á la quilla, unos veintidós -metros, por escaleras de acero. Voy vestido de blanco, con el ligero -traje que imponen las altas temperaturas del Trópico, y salgo sin una -mancha de estas cavernas de la mecánica, que en otros buques chorrean -grasa y por más que se extreme en ellas la limpieza tienen siempre un -pegajoso empañamiento de polvo de carbón.</p> - -<p>Aquí basta un muchacho con un alambre rematado por una estopa ardiente, -para poner en actividad calderas enormes. Introduce por un agujero este -aparato rudimentario, igual al que se emplea para encender los faroles -de gas, da vuelta á una espita, é inmediatamente arde el chorro -petrolífero, provocando con rapidez la presión tubular.</p> - -<p>La velocidad regulada, continua, siempre igual, motiva grandes -equivocaciones en el curso del viaje. Pero tales errores resultan -agradables, pues son por exceso, no por defecto. Siempre llegamos á los -puertos varias horas antes de la hora anunciada. En las travesías largas -ganamos un día y hasta dos sobre la fecha fijada de antemano.</p> - -<p>Como el <i>Franconia</i> no fué construído con una finalidad comercial y sus -ingenieros sólo tuvieron que preocuparse de las comodidades necesarias -en un viaje alrededor del mundo, carece de las enormes y obscuras -bodegas que absorben la mayor parte de los cascos flotantes. Hay -salones, dormitorios y numerosas dependencias para el bienestar general -más abajo de la línea de flotación, en los mismos lugares que -permanecen<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span> abarrotados por las cosas y son inaccesibles á las personas -en otros buques. Por esto el <i>Franconia</i>, con sus 20.000 toneladas, -parece más grande que muchos vapores de superior desplazamiento.</p> - -<p>Yo he llegado pocos días antes á Nueva York en el <i>Mauritania</i>, uno de -los tranvías gigantescos del mar que trasladan á las gentes -continuamente de una acera á otra, en la gran calle del Atlántico. Su -tonelaje casi es doble que el del <i>Franconia</i> y el número de sus -pasajeros enormemente superior. Y sin embargo, las gentes se encontraban -en él con más facilidad. En este buque que va á dar la vuelta al mundo, -los trescientos excursionistas nos buscamos á veces horas enteras sin -tropezarnos.</p> - -<p>Desde la quilla á la última cubierta todo ha sido aprovechado para el -viajero. Exceptuando el espacio que ocupan las máquinas y los almacenes -de víveres, el resto del vaso flotante es para las personas.</p> - -<p>En lo más profundo de la nave, é iluminado noche y día por lámparas -encerradas en tazones de alabastro, están el gimnasio, con sus aparatos -complicados y sus corceles y camellos de madera que trotan al impulso de -fuerzas eléctricas; los salones de paredes blancas, que parecen de -porcelana, donde señoritas y caballeros juegan á la pelota ó se entregan -á otros deportes modernos, y la famosa piscina, una piscina pompeyana de -varios metros de profundidad, en la que pueden bracear los nadadores -como en un lago.</p> - -<p>Sus orillas son de mármol; robustas y acanaladas columnas, rojas y -blancas, de estilo greco-romano, sostienen su techumbre; los esbeltos -lampadarios de metal y alabastro recuerdan las «villas» de los patricios -de Roma; grandes relieves de bronce verdoso incrustados en las paredes -representan atletas y amazonas ejecutando las suertes de los Juegos -Olímpicos.<span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span></p> - -<p>En días de tranquila navegación hay que hacer un esfuerzo mental para -convencerse de que esta piscina tiene debajo de su concavidad los -abismos del Océano. Solamente cuando su agua se desplaza de un lado á -otro con tumultuoso oleaje, salpicando á los que están en sus marmóreas -riberas, es cuando recordamos, no obstante su aspecto inconmovible y sus -duras materias de apariencia terrestre, que va montada en algo frágil, á -merced del empellón gigantesco de elementos inquietos é invisibles.</p> - -<p>Varios ascensores ponen en comunicación esta profundidad, siempre -iluminada por una luz de veladuras lácteas, con los pisos superiores en -pleno aire, donde están los salones de conversación, de danza, de -escritura y lectura, de conferencias y de proyecciones cinematográficas, -así como los dedicados al juego y al consumo de bebidas.</p> - -<p>Dos comedores iguales á los de un hotel tienen en su centro una cúpula, -que triplica la capacidad del ambiente respirable, y en esta cúpula hay -balconajes donde se instala la orquesta, dividida en dos secciones, á -las horas de la nutrición.</p> - -<p>Cerca de quinientos hombres tripulan el buque, la mayor parte de ellos -domésticos, destinados á servir nuestras mesas y asear nuestros -dormitorios. Como dentro de él la mecánica sustituye al brazo en todo lo -posible, no necesita de muchos marineros ni maquinistas. Cincuenta y -tres hombres bastan para el funcionamiento y limpieza de sus potentes -mecanismos. La tropa de fogoneros, que es siempre la más numerosa en los -vapores, está sustituída aquí por unos cuantos muchachos que abren ó -cierran las espitas del petróleo.</p> - -<p>Treinta y seis mujeres con gorrito y delantal blancos—inglesas -románticas muchas de ellas, que se engan<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span>charon porque sentían deseos de -dar la vuelta al mundo—acuden á la llamada del timbre con un aire de -actrices disfrazadas de domésticas, porque así lo exige su papel, y las -horas libres de trabajo las dedican á una lectura incesante de novelas. -Algunas de estas <i>misses</i>, cuando hay fiesta á bordo bajan durante el -banquete al balcón de la música en ambos comedores, y acompañadas por la -orquesta cantan antiguas canciones inglesas ó americanas, si es noche de -conmemoración patriótica, y otras veces romanzas sentimentales.</p> - -<p>Hay otras mujeres á bordo, obreras despeinadas y sin uniforme, que -trabajan en el lavado y planchado, y únicamente pueden ser vistas cuando -el pasajero curioso se aventura en la parte del buque ocupada por las -cocinas, los talleres y los camarotes del personal.</p> - -<p>En los grandes trasatlánticos que van de Europa á América sólo se -atiende á la manutención y al sueño del pasajero. La travesía dura menos -de una semana. La ropa sucia se guarda para las lavanderas terrestres. -Son ómnibus marítimos organizados para acarrear la mayor cantidad de -gente en el menos tiempo posible. Se encuentra en ellos un asiento en -una mesa, una cama, y nada más. A la semana siguiente, otro viajero -ocupará el mismo sitio.</p> - -<p>Aquí la travesía durará varios meses. La vida de tierra, con sus -exigencias higiénicas, va á prolongarse sobre los desiertos azules del -Océano, y un taller enorme de lavado y planchado que funciona en la popa -del buque completa nuestra limpieza corporal, entretenida todas las -mañanas por cincuenta cuartos de baño.</p> - -<p>La ropa sucia pasa á través de un sinnúmero de máquinas, tan ingeniosas -como terribles. Sale de ellas blanca, deslumbrante, pero adornada muchas -veces por una sucesión de rasgaduras simétricas, que tienen la -re<span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span>gularidad de los desperfectos causados mecánicamente, y además con -los botones hechos añicos. Pero vamos á pasar dos veces en nuestro viaje -la línea ecuatorial, vamos á vivir semanas y semanas en mares y tierras -del Trópico, donde hay que usar trajes tan sutiles que parecen -fabricados con telarañas blancas, y el sudor obliga á cambiar esta ropa -dos ó tres veces al día. Por eso debemos aceptar con agradecimiento el -auxilio de unos aparatos que trabajan con más velocidad que el brazo -humano, y sufrir pacientemente sus «ropicidios».</p> - -<p>Vivo en un camarote amplio, situado en el centro del <i>Franconia</i>. Los -hay á docenas más lujosos que el mío en este paquebote donde van tantas -gentes ricas. Muchos ostentan sus paredes tapizadas de seda y muebles -excesivamente mullidos: una decoración dulzona y tierna de bombonera. -Los tabiques de mi celda son simplemente barnizados de blanco, pero -tiene unas dimensiones superiores á las normales en las viviendas -marítimas, y puedo pasearme por ella en momentos de meditación.</p> - -<p>Además, en esta parte del buque gozo de un silencio y una paz -conventuales. Dos ventanos redondos y de extraordinaria abertura dan -entrada á un doble chorro de luz azul y rojiza, que en alta mar irisa la -blancura del camarote, como si fuese el interior de una concha-perla. -Cuando el buque queda inmóvil en los puertos, los dos ventanos proyectan -en el techo un par de redondeles temblorosos que reflejan el palpitar de -las aguas invisibles. A ciertas horas, lo mismo que si fuesen sombras -chinescas, atraviesan estos círculos de linterna mágica barquitas negras -movidas por remeros liliputienses, reducción óptica de los indígenas que -mueven abajo sus lanchas, junto al muro férreo de la nave, y cuyo -vocerío de tumulto llega hasta mí.</p> - -<p>Entre las dos aberturas tengo una mesa que resulta<span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span> enorme para un -buque, y procede de una oficina de la última cubierta. Una butaca -lujosa, arrebatada de un salón, me sirve de asiento de trabajo. En la -pared de acero hay una cavidad rectangular que, gracias á unas tablas, -se ha convertido en biblioteca.</p> - -<p>Me ocupo en instalarme durante los primeros días con la minuciosidad del -que ha cambiado de domicilio y no piensa repetir en mucho tiempo tan -molesta operación. La celda grande y blanca va á ser mi casa por algunos -meses, los más preciosos de mi vida, los más rellenos de -acontecimientos, sorpresas é interesantes episodios. Estas paredes tal -vez presencien el nacimiento y la formación de un nuevo hombre que -reemplazará al que acaba de instalarse entre ellas.</p> - -<p>En el curso del viaje abandonaré varias veces el buque, en el Japón, en -la China, en las islas oceánicas, en la India, en Egipto, y adivino que -al regresar á este camarote sentiré la alegría del que retorna á su -verdadera casa después de una vida errante de aventuras y riesgos. -Volveré á encontrar en él mis libros, mis papeles, todo lo que traigo -conmigo de Europa y me recuerda mi existencia anterior. También saldrán -á mi encuentro los ensueños, las quimeras con que habré ido poblando, en -los largos y monótonos días de navegación, los rincones de estas cuatro -paredes blancas.</p> - -<p>Procuro arreglar mi ropa metódicamente, lo que no es empresa fácil. -Vamos á ir rebotando de un clima á otro; saltaremos bruscamente de los -fríos del Norte al calor de las zonas tropicales, volviendo días después -á países de llanuras nevadas. Necesito tener á mano vestidos de todas -las estaciones, colocados en buen orden, como los trajes de un actor que -ha de cambiar de vestimenta en cada entreacto. Y cuelgo por series, para -ser usados dentro del mismo mes, trajes de invierno, de primavera y<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span> de -verano. Dos gabanes de pieles quedan vecinos á media docena de -trajecitos blancos, de tejido tan sutil, que no son mas que un -convencionalismo indumentario para no ir con las carnes al aire, como un -salvaje.</p> - -<p>Un oficial administrativo del buque, Mr. Green, inglés sonriente, grueso -de cuerpo, amable de maneras y de carácter regocijado, me enseña un -documento interesante. Es el jefe inmediato de los <i>maître d’hotel</i> que -dirigen los dos comedores, de todos los criados que sirven las mesas y -cuidan los camarotes, del ejército de cocineros y marmitones que -preparan la extraordinaria y múltiple nutrición de este pueblo flotante, -y además guarda y administra los depósitos de víveres.</p> - -<p>En el <i>Franconia</i> comemos seis veces al día. Tres comidas fuertes: el -<i>breakfast</i>, desayuno con varios platos, de las ocho á las diez de la -mañana; el <i>lunch</i>, almuerzo, á la una de la tarde, y el <i>dinner</i>, la -comida solemne, á las siete, en traje de etiqueta. Además tres -refrigerios, compuestos de diversas especies comestibles y líquidas: el -caldo de las diez de la mañana, con su escolta de cosas sólidas; el té -de las cinco de la tarde, con variadas tentaciones de pastelería y -confitería, y la cena fiambre de las once de la noche, para los que se -quedan á bailar en los salones de la última cubierta.</p> - -<p>La invención y perfeccionamiento de la cámara frigorífica han -revolucionado la vida del mar. Hoy, los emigrantes amontonados en la -proa de un buque gozan de comodidades que no conocieron, hace unas -docenas de años, los monarcas más poderosos de la tierra, cuando -viajaban en sus yates ó en los acorazados de sus flotas. La conservación -de alimentos animales y vegetales, así como la de plantas y flores, es -casi perfecta, merced á las diversas y apropiadas gradaciones de -temperatura en los depósitos frigoríficos.<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span></p> - -<p>Leo la lista que me enseña Mr. Green. Es un resumen de las cantidades de -víveres que hemos embarcado en Nueva York.</p> - -<p>No puedo examinarla toda, pues resulta interminable; pero me fijo en -algunas de dichas cantidades, y creo estar leyendo una página de la -famosa novela de Rabelais, una descripción de las gigantescas hazañas -gastronómicas de Gargantúa ó Pantagruel.</p> - -<p>Llevamos á bordo 50 toneladas de carne de buey, 20 toneladas de cordero -y otras tantas de cerdo, 1.000 jamones, 3.000 pollos, 195.000 huevos, 10 -toneladas de mantequilla, 100 toneladas de patatas, 90.000 manzanas, -65.000 naranjas, 22.000 <i>grape-fruits</i>, especie de toronja dulceamarga, -sin la cual el norteamericano no comprende el placer del desayuno, 54 -toneladas de azúcar, 7 toneladas de café, 4 toneladas de te, 6 toneladas -de helados americanos de las mejores fábricas de los Estados Unidos, -duros y consistentes como el mármol, saturados de perfumes de frutas y -flores, iguales á los que compra el público, envueltos en un papel, en -los teatros de Nueva York. Además, una máquina especial fabrica para -nosotros diariamente una tonelada de hielo, con agua previamente -esterilizada.</p> - -<p>Me es imposible seguir leyendo. Adivino las magnificencias de las -cantidades restantes. En esta casa movible que vagabundea por las -soledades marítimas del planeta vivimos y comemos como en los grandes -hoteles de Londres y Nueva York. La única diferencia es que aquí comemos -más y la mesa ofrece mayor abundancia que en los «Palaces» terrestres.</p> - -<p>La primera noche que me pongo el <i>smoking</i>—uniforme indispensable en -las comidas—y me siento á una mesa para tres personas (las tres únicas -que son de lengua española en todo el pasaje del <i>Franconia</i>), sufro<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span> -una sorpresa, que en el primer momento casi me parece ofensiva.</p> - -<p>Uno de los numerosos platos marcados en la minuta es pollo guisado á no -sé qué estilo. Los camareros cumplen su servicio con una rapidez -ceremoniosa, y cuando llega el momento de servir el plato indicado se -presenta uno de ellos con una gran cazuela de plata, hace una reverencia -y levanta la tapadera. Para tres personas... ¡tres pollos enteros! Yo -protesto con cierta indignación. ¡Por quién nos han tomado!... Bueno es -que sirvan con largueza, pero tanta generosidad casi resulta insultante.</p> - -<p>La enorme lista de víveres que me muestra el <i>steward</i> en jefe no es -definitiva: sólo representa el mantenimiento de una parte del viaje. En -todos los grandes puertos será renovada con especialidades alimenticias -del país y víveres iguales, pero frescos.</p> - -<p>Recuerdo á Magallanes y sus compañeros en el primer viaje alrededor del -mundo.</p> - -<p>Explorando las costas de la América del Sur sufrieron grandes tormentas, -pero les fué posible renovar sus provisiones comprando á las tribus -ribereñas del Brasil pan de cazabe, cerdos pecarís, gallinetas -americanas, batatas y plátanos. Pero luego de haber descubierto el -famoso estrecho, al desembocar en el Mar Grande que llamaron Pacífico, -empezó para ellos la parte más difícil de su viaje. Tres meses y veinte -días navegaron por el inmenso Océano sin ver tierra ni probar ningún -alimento fresco.</p> - -<p>El italiano Pigafetta, cronista de esta expedición, rematada -gloriosamente por el vasco Del Cano, dice así:</p> - -<p>«La galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con -gusanos, que habían devorado toda la substancia, y que tenía un hedor -insoportable por estar empapada en orines de rata. El agua que nos -veía<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span>mos obligados á beber era igualmente pútrida y hedionda.</p> - -<p>»Para no morir de hambre llegamos al terrible trance de comer pedazos -del cuero con que se había recubierto el palo mayor para impedir que la -madera rozase las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol -y á los vientos, estaba tan duro que había que remojarle en el mar -durante cuatro ó cinco días para ablandarle un poco, y en seguida lo -cocíamos y lo comíamos.</p> - -<p>»Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación á serrín de madera -como única comida, pues hasta las ratas llegaron á ser un manjar tan -caro que se pagaba cada una á medio ducado...»</p> - -<p>Siento necesidad de volver á leer la lista del encargado de los víveres -en el <i>Franconia</i>.<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span></p> - -<h2><a name="IV" id="IV"></a>IV<br /><br /> -LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">El Estado Mayor del viaje.—Más mujeres que hombres.—Cordial -familiaridad norteamericana.—La española que conoció tres -Papas.—El cocinero escultor.—Las Frinés de la piscina y la -tranquilidad de sus compañeros de natación.—En el canal de -Bahama.—La hermosa costa de la Florida.</p></div> - -<p>La «American Express», sociedad de Nueva York que dirije este viaje, ha -montado en la penúltima cubierta una oficina que ocupa varios salones.</p> - -<p>En este centro hay un Banco, con mostrador de caoba, rejas de bronce y -cajas de valores, graciosa reducción de los grandes establecimientos -terrestres de igual género. El telégrafo inalámbrico le trae todas las -mañanas la cotización de las diversas monedas, para que los viajeros -puedan cambiar su dinero. Además admite cheques sobre todas las plazas -del mundo, abre créditos, guarda depósitos, realiza cobros por medio del -telégrafo en el otro lado de la tierra, cumple cuantos encargos -financieros se le quieran confiar.</p> - -<p>Hay un director del viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria -todas las vías de comunicación existentes en el planeta, con sus -innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por sus trabajos 12.000 -dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de -gobierno en Europa. Tiene á sus órdenes<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span> un Estado Mayor de veinticuatro -funcionarios, retribuídos también con largueza. Unos son antiguos -profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y -lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros, -simples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones -menos conocidas de la China y la India, norteamericanos enérgicos é -instruídos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta -expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías á los pequeños grupos de -viajeros que abandonando el buque se lancen á través de las naciones -asiáticas.</p> - -<p>Lo primero que se nota al ir conociendo las gentes que ocupan el -<i>Franconia</i> es la preponderancia numérica de las mujeres sobre los -hombres. Esto no es extraordinario, pues en los Estados Unidos todo lo -que significa vulgarización literaria, cultivo de las artes ó simple -curiosidad intelectual, ve acudir inmediatamente un público compuesto en -su mayor parte de elemento femenino. Además, la mujer norteamericana, -intrépida y ansiosa de saber, disfruta en su vida de familia de una -completa independencia.</p> - -<p>Vienen en el buque muchas esposas y muchas solteras que viajan solas. -Los maridos ó los padres continúan en los Estados Unidos, prisioneros de -sus negocios comerciales ó de sus profesiones científicas. Los -compañeros de viaje son generalmente ingenieros ó banqueros en ciudades -del interior, sesudos varones que, después de esforzarse para conseguir -una fortuna, creen llegado el momento de descansar por unos meses, dando -la vuelta á la tierra.</p> - -<p>Cruzo mi saludo con algunos viejos de aire modesto y tímido, -mediocremente vestidos. Los creo tenderos de alguna pequeña ciudad -perdida en los vastísimos Estados del centro de la gran República. -Luego, en el curso<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span> de nuestro periplo, leyendo los periódicos que -mencionan á todas las personas notables de la expedición, me entero de -que estos pobres señores son presidentes de compañías eléctricas -célebres en la tierra entera, de grandes ferrocarriles, de empresas -metalúrgicas, en una palabra, hombres que cuentan su fortuna por -millones de dólares y al traducirla en cifras necesitan emplear dos -unidades y á veces tres.</p> - -<p>Nunca en mi vida anterior he vivido entre personas tan joviales, tan -sencillas, tan ecuánimes en sus gustos y afectos. Creo que durante el -resto de mi existencia me acordaré siempre de su agradable compañía.</p> - -<p>En otro buque y con otras gentes hubiese sido imposible vivir varios -meses sin rivalidades, disputas y murmuraciones agresivas. La monótona -existencia en las soledades del Océano acaba por despertar y excitar lo -peor que llevamos en nosotros. Por eso, en las antiguas navegaciones, lo -primero que hacía el maestre de la nave al darse ésta á la vela, era -recoger las espadas de los viajeros. Además, las ofensas recibidas -durante la navegación, así como los desafíos concertados, se -consideraban sin valor alguno al saltar á tierra. En el <i>Franconia</i> han -transcurrido semanas y meses sin que se alterase una sola vez la -afectuosidad sincera, la llaneza sonriente de tantas señoras y -señoritas, y de tantos hombres de negocios, ingenuos y entusiastas como -niños grandes.</p> - -<p>Casi todos los pasajeros proceden de los Estados Unidos. Sólo figuran en -esta expedición tres viajeras inglesas y dos de lengua española. Éstas -son una distinguida dama de la América del Sur y su doncella, que hace -años la sigue á todas partes y es de un pueblo cerca de Burgos. -Casilda—así se llama la española—ha visto mucho en Europa, y al contar -sus impresiones del viejo mun<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span>do, las resume en las tres visitas que -hizo al Vaticano acompañando á su señora, chilena.</p> - -<p>—Yo he conocido tres Papas—dice con orgullo.</p> - -<p>Ahora va á conocer algo más, la redondez del planeta, y se mueve en el -buque con curiosidad, con cierta desconfianza, pero sin miedo. Sólo se -había embarcado en un vaporcito suizo del lago Lemán. La primera vez que -ha puesto sus plantas en unas tablas movidas por el Océano, ha sido -simplemente para dar la vuelta entera á nuestro planeta, y continúa tal -viaje sin mostrar grandes asombros.</p> - -<p>A mí no me extraña esta serenidad, pues recuerdo el origen de los héroes -del descubrimiento y la conquista de América. Muchos de ellos salieron -de pueblos de Castilla y de Extremadura, donde las gentes sólo de oídas -conocen la misteriosa existencia del mar.</p> - -<p>Otro español va á bordo del <i>Franconia</i>, un joven cocinero, llamado -Antonio, valenciano, que trabaja desde los años de la guerra en los -buques de la Compañía Cunard. Me hace saber su existencia bautizando -todos los días con títulos de mis novelas algunos de los platos que -figuran en la extensa lista. Él mismo va por las mañanas á la imprenta -del buque, para que los tipógrafos ingleses no desfiguren con disparates -ortográficos las palabras españolas. En el curso del viaje mi mesa atrae -las miradas admirativas de los vecinos por los adornos que figuran en su -centro. Este valenciano de gorro blanco es escultor por instinto, y -trabaja, valiéndose de un hierro candente, los bloques de hielo que con -tanta abundancia produce la máquina especial del <i>Franconia</i>. Esculpe -cisnes que parecen de cristal de roca, fortalezas de albos torreones, -grandes canastillas de artística labor, y después de llenar con frutas y -flores la cavidad de sus obras de hielo, las coloca en mi mesa, siendo -su frescura<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span> inapreciable regalo cuando navegamos en los trópicos ó -atravesamos la línea ecuatorial.</p> - -<p>Durante los primeros días forman grupos los pasajeros caprichosamente, y -estos grupos, una vez consolidados, entablan relaciones amistosas, como -los pueblos cuando se sienten atraídos por una simpatía sentimental. Las -diversiones comunes del buque—bailes, cinematógrafo y -conferencias—facilitan la aproximación.</p> - -<p>Nadie se levanta tarde en el <i>Franconia</i>. Los más de sus ocupantes son -aficionados á los deportes y recibieron en la escuela una educación -activa y vigorosa. Al salir el sol se rejuvenece el barco todas las -mañanas. Los pasajeros más madrugadores encuentran ya húmedo y -reluciente el suelo de sus diversas cubiertas. El mar parece que sonríe -y balbucea como un niño. El cielo y el Océano tienen la pueril alegría -de la aurora. Es el momento de los ejercicios gimnásticos para fomentar -la agilidad corporal; de las abluciones y nataciones que mantienen la -limpieza higiénica de la piel.</p> - -<p>A dicha hora el pasaje parece componerse únicamente de hombres. Si se -entreabren las batas de baño sólo se ven pantalones, en los corredores y -en el ascensor. Todas las mujeres llevan pijamas masculinos.</p> - -<p>Las más jóvenes menosprecian la inmersión en los lujosos cuartos de baño -y bajan á la piscina, en lo más profundo del buque, para hacer un alarde -elegante de sus habilidades natatorias.</p> - -<p>Hombres y mujeres se entregan al deporte acuático con tranquila -camaradería, sin que nadie parezca acordarse de que existe en el mundo -una dualidad de sexos. Las muchachas norteamericanas, grandes, esbeltas, -largas de piernas, con una hermosura gimnástica, llevan por toda -vestimenta un traje de baño cortísimo—lo necesario nada más para cubrir -la parte media de su cuerpo—y <span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span>una especie de tirantes que se unen -sobre sus hombros. Sólo piensan en suprimir estorbos para moverse con -más soltura. No se les ocurre que esta ligereza de ropas pueda excitar -la atención de los varones que nadan en la misma piscina; y si lo -piensan, se lo callan.</p> - -<p>A los hombres, aparentemente, no parece interesarles de manera -extraordinaria unas desnudeces á cuya vista están acostumbrados. Me -acuerdo de la avidez óptica que altera con frecuencia la tranquilidad -varonil en los pueblos llamados latinos. Basta que una pierna femenina -muestre algunos centímetros más de lo legislado por la moda, para que -los pescuezos de muchos hombres se estiren, ansiando ver tan -extraordinario espectáculo de más cerca, y para que sus ojos se -revuelvan en las órbitas, inquietos y saltones.</p> - -<p>Las Frinés nadadoras se despojan aquí tranquilamente de su manto blanco, -quedando sin otro tapujo que la mancha azul ó negra de punto de seda que -cubre la sección abdominal de su desnudez; y sin embargo, el respetable -areópago masculino sentado en las orillas marmóreas de la piscina no se -altera ni concentra sus miradas en la seductora aparición. El interés es -únicamente para la que nada mejor, y un estrépito de alegres chapuzones, -llamamientos y risas sube desde el fondo del buque á las últimas -cubiertas.</p> - -<p>Al salir de Nueva York cruzamos un mar poblado de buques. Muchos de -ellos son «petroleros» y llevan su chimenea, su máquina y sus camarotes -en la popa, para dejar libre todo el resto del casco á los grandes -aljibes llenos del peligroso líquido que transportan. Un día después, el -mar está menos frecuentado. Ha ido esparciéndose en el infinito la -aglomeración naval que se forma cerca de Nueva York. El agua es más -azul; el sol más radiante. Se ve que vamos hacia el Trópico.<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span></p> - -<p>Al llegar el ocaso, hora de las visiones caprichosas y mágicas, el sol, -que se mantiene muy alto, lejos de la línea del mar, parece una naranja -gigantesca inmovilizada en el vacío, contra todas las leyes de la -gravitación. Su color pasa del oro amarillo al oro ensangrentado. Se -ensombrece por abajo, va palideciendo, sin descender para ocultarse, -como otras veces, detrás del mar. Se debilita poco á poco y acaba por -extinguirse, siempre inmóvil en lo alto. Es una nubecilla redonda y -roja... Luego, nada. Estando en la capital de Méjico presencié muchas -veces esta puesta de sol fenomenal, en la que el astro se extingue en -pleno cielo, sin descender á la línea del horizonte, sin ocultarse -detrás del mar ó las montañas.</p> - -<p>Cambia el tiempo; el mar empieza á agitarse durante la noche, y al día -siguiente el horizonte es gris y las olas obscuras. Se nota la -proximidad del canal de Bahama. El Atlántico se inquieta y se encrespa -al sentirse oprimido entre la costa de los Estados Unidos y la cadena de -las islas bahámicas, tierras avanzadas de las Antillas.</p> - -<p>Sopla un viento fuerte que levanta polvo líquido de las crestas de las -olas. Todas ellas, al avanzar hacia el buque en líneas interminables, -llevan sobre su filo un penacho de humo blanquísimo que el viento estira -hacia atrás. La luz intermitente del sol, surgiendo de pronto entre las -nubes, atraviesa este polvo acuático y lo descompone, matizando su -blancura con los colores del iris.</p> - -<p>Cuando languidece la tarde, el <i>Franconia</i>, á pesar de su triple quilla -y todas las precauciones de sus constructores para defenderle de los -embates del mar, se mueve de un modo extraordinario.</p> - -<p>Otra vez se ha cubierto el cielo de obscuros nubarrones, pero el sol -antes de huir los perfora, lanzando á través de ellos un chorro de oro -color de limón, que corta la atmósfera como la manga de luz de un -aparato cine<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span>matográfico. Luego, rompiendo con su peso la bolsa de nubes -que le aprisiona, cae en la línea del horizonte, y al tocarla se estira -lo mismo que si el Océano lo sometiese á una enorme succión. Ya no es -redondo, se prolonga por abajo y parece un aeróstato de seda escarlata. -Repentinamente se apaga, y la noche cae sobre nosotros de un modo -fulminante, como si estallase, cubriendo el mundo con una explosión de -sombras.</p> - -<p>Todos los pasajeros están acostumbrados á los viajes por mar, y la -agitación del canal de Bahama no perturba la vida ordinaria del buque. -Lo mismo que en las noches anteriores, la popa está cubierta con una -tienda de lienzo rayado y grupos de banderas para que la gente baile. -Las más de las parejas han danzado mucho en las travesías de América á -Europa, más rudas y tempestuosas.</p> - -<p>Los profesores contratados por la «American Express» dan sus -conferencias en el gran salón, con proyecciones cinematográficas, -describiendo la vida y costumbres de los primeros puertos que vamos á -visitar: la Habana y Panamá. Grupos de esbeltas muchachas, abandonando -momentáneamente el baile, se divierten en marchar por las cubiertas -superiores, contra el furioso viento que arremolina sus vestidos, -dándolas una remota semejanza con la descabezada Victoria de Samotracia. -De vez en cuando una ola más impetuosa choca con el muro férreo del -buque por su parte de proa, lo escala, asoma sobre la barandilla una -cabellera de espumas fosforescente en la noche y esparce al sacudirla -rociadas de sal líquida. Las jóvenes chillan, ríen y saltan sobre los -regueros que esta aspersión del Océano hace correr sobre el suelo.</p> - -<p>A la mañana siguiente, el mar tiene en su color y en su ambiente algo -que puede llamarse paradisíaco. Mar<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span>cha el buque á gran velocidad, -alcanzando y dejando atrás á otros vapores menos rápidos, y sin embargo -parece inmóvil.</p> - -<p>Una costa se extiende paralelamente al <i>Franconia</i>. Vemos una línea -amarilla de arena y detrás otra línea verde obscura, formada de bosques. -Los pueblecitos son blancos y con un campanario, como los de Andalucía.</p> - -<p>Navegamos ante la Florida, antigua tierra española. Aquí está la ciudad -de San Agustín, la más antigua de los Estados Unidos, fundada por el -conquistador Menéndez de Avilés. Aquí vino mucho antes Ponce de León, -desde su gobierno de Puerto Rico, en busca de la «Fuente de la -Juventud»—eterna esperanza de los hombres—, para que diese nueva savia -á su cuerpo, quebrantado por enfermedades y heridas. Aquí trabajaron, -lucharon y murieron centenares y centenares de españoles, por implantar -la civilización cristiana, un siglo antes de que los primeros ingleses -desembarcasen en lo que son hoy los Estados Unidos.</p> - -<p>Voy descubriendo edificios altísimos que á tal distancia me parecen -fábricas. Al examinarlos con unos anteojos potentes me convenzo de que -son hoteles con jardines de palmeras y cocoteros: los famosísimos -hoteles de la Florida, los más caros y elegantes de la tierra, que -albergan durante el invierno á los archimillonarios de Nueva York y -Chicago.</p> - -<p>El mar toma el tono verde de las aguas poco profundas. Según avanzamos, -se va poblando de isletas redondas como escudos y ribeteadas de -cocoteros. Son los cayos. Sobre algunas tierras á flor de agua, que no -pueden verse de lejos, se alzan andamiajes, semejantes por su estructura -á la torre Eiffel, aunque de más modestas proporciones y con las -cúspides ocupadas por faros.</p> - -<p>Algo revolotea de pronto ante mis ojos: una mari<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span>posa de colores, roja, -negra y dorada. Ha volado hasta el buque desde la hermosa tierra que -desarrolla ante nosotros su lomo sinuoso y verde, con altos ramilletes -de árboles.</p> - -<p>Un perfume primaveral se desliza á través de la respiración salada del -Atlántico. Es el aliento que nos envía, junto con sus pintados insectos, -una costa que por algo recibió su florido nombre.</p> - -<p>Nos sorprende la noche ocupados en la contemplación de esta península -avanzada de los Estados Unidos. Al amanecer el día siguiente, nuestra -curiosidad inquieta de viajeros y la lentitud con que avanza el buque, -después de tres días y medio de marcha veloz, nos empujan á todos á las -últimas cubiertas.</p> - -<p>Vemos una costa, pero ahora es por la proa; y en ella casas, jardines, -edificios industriales, las avanzadas de una ciudad importante. -Graciosos veleros, dedicados al cabotaje, se deslizan entre nosotros y -la orilla, cortando con sus lonas blancas la penumbra azulada del -amanecer.</p> - -<p>Al aumentar la luz vamos encontrando con los ojos la boca de un puerto, -arboladuras de buques sobre sus aguas interiores, una colina junto á su -entrada, y en la cumbre de ella un viejo castillo.</p> - -<p>El sol que acaba de nacer asoma su disco de oro tierno por detrás de una -torre, que lo corta, durante algunos segundos, como una barra de tinta.</p> - -<p>Este castillo se llama «El Morro», y el puerto que tenemos enfrente es -la Habana.<span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span></p> - -<h2><a name="V" id="V"></a>V<br /><br /> -LA ISLA DEL AZÚCAR</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Cuba imaginada por un niño.—Los monstruos guardadores de la puerta -del Paraíso.—Habana «la Alegre».—Los periódicos y los -casinos.—Dinero abundante y pródigamente gastado.—Butacas de -teatro á cien pesos por noche.—Los nuevos barrios de la -Habana.—Mis habitaciones de «huésped de honor».—Si duermo en -ellas, pierdo mi viaje alrededor del mundo.—Los bailes de máscaras -del «Franconia».—El coronel vendedor de periódicos.—Mi -enfermedad.</p></div> - -<p>En mi niñez, cuando la isla de Cuba era aún tierra española, no podía -oir hablar de la Habana sin que me agitase un sentimiento contradictorio -de admiración y de terror.</p> - -<p>Era para mí el país del azúcar una ciudad encantada, como las de los -cuentos infantiles, donde las casan debían ser de caramelo y no había -mas que agacharse para comer tierra cristalina y dulce. Además, todos -volvían de allá trayendo onzas de oro y hablaban de negritos como los -que había yo visto danzar, desnudos y graciosos, en las funciones de -teatro. Pero la entrada de este paraíso era estrechísima y la guardaban -terribles monstruos, siendo el más carnicero de todos el llamado vómito -negro. Muchas veces escuché la noticia de haber muerto en la isla -lejana, hermosa y mortífera, personas á las que conocí fuertes y -animosas en el momento de partir.<span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span></p> - -<p>Ahora hace años que desapareció para siempre lo que me infundía enorme -terror al pensar en Cuba. En cambio subsiste, cada vez más amplificada -por el progreso, la riqueza de la isla que tanto admiré en mis -infantiles fantasías.</p> - -<p>Los norteamericanos, al ocuparla por algún tiempo, se dedicaron al -exterminio del mosquito propagador de la fiebre mortal y al saneamiento -de las tierras encharcadas. Luego, los médicos extranjeros y los del -país, igualmente notables, han acabado por suprimir las antiguas -enfermedades que tan insegura hacían la vida de los viajeros antes de su -aclimatación. Hoy, la más grande de las Antillas es país de salubridad -regular y constante, y la Habana una de las ciudades más higiénicas de -la tierra.</p> - -<p>Su prosperidad económica ha ido desarrollándose en proporciones enormes, -como su higiene pública. La producción actual de azúcar y tabaco casi -dobla la de pasados tiempos. Su riqueza ha resultado algunas veces -excesiva y perniciosa, dando origen á reacciones de pobreza, como en -otros países jóvenes, de vertiginoso crecimiento.</p> - -<p>Si fuese preciso dar un sobrenombre á la capital de Cuba, como los -ostentan pueblos y héroes en los poemas homéricos, se la podría llamar -Habana «la Alegre». Es una ciudad que sonríe al que llega, sin que pueda -decirse con certeza dónde está su sonrisa.</p> - -<p>Guarda cierto aspecto andaluz de antigua urbe colonial, construída con -arreglo al patrón enviado de Madrid por el Consejo de Indias. La -influencia poderosa de la vecina República de los Estados Unidos, las -comodidades de su civilización material, no han modificado aún su -fisonomía aseñorada y tranquila de país con tradiciones de raza y un -pasado histórico.<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span></p> - -<p>Los nuevos monumentos en honor de sus héroes que adornan plazas y paseos -resultan desiguales artísticamente: unos son dignos de respeto, otros -lamentables, como obras de confitería tierna. Los parques recién -trazados y los nuevos barrios del ensanche de la ciudad resultan -magníficos, y parecen recordar los sucesivos chaparrones de abrumadora -riqueza que han caído sobre este país en los últimos treinta años.</p> - -<p>La alegría de la Habana, más que en sus paseos, en sus edificaciones y -en el movimiento animado de sus calles, hay que buscarla en el carácter -de las gentes; en la franqueza de los cubanos, que algunas veces parece -excesiva á los extranjeros; en la belleza de sus mujeres, -interesantemente pálidas y con enormes ojos.</p> - -<p>He estado dos veces en la Habana por breve tiempo, y en ambas visitas, -más que la hermosura de la ciudad atrajeron mi atención dos -manifestaciones características de su vida pública que no tienen nada -semejante en ningún otro país. Los periódicos de la Habana y los casinos -de la Habana son algo excepcional.</p> - -<p>Un día entero necesité para ir visitando las redacciones de los diarios -más importantes, y no pude verlas todas. Unas ocupan enormes casas -coloniales que son casi palacios; otras, edificios propios de reciente -construcción. Tienen talleres vastísimos y máquinas de múltiple -funcionamiento, como los primeros diarios de Nueva York. No existe una -diferencia considerable entre los periódicos más célebres de los Estados -Unidos y los de la capital de Cuba. Además se publican numerosos -<i>magazines</i> y revistas especiales... Y como la población de la isla no -llega á tres millones de seres, se pregunta uno dónde están los lectores -necesarios para esta prensa, digna por su número, su calidad y su -fuerza, de un país de veinticinco ó treinta millones de habitantes.<span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span></p> - -<p>Las asociaciones de la Habana pueden competir por su lujo con los clubs -más célebres de la tierra. El comercio, compuesto casi en su totalidad -de españoles, considera obra patriótica la continuación y -desenvolvimiento de sus casinos, anteriores á la independencia del país.</p> - -<p>Ya están olvidadas las antiguas luchas entre peninsulares y cubanos. -Ahora, unos y otros sienten igual interés por la prosperidad de la isla. -Además, los hijos de los españoles son cubanos, y dentro de las antiguas -sociedades se van confundiendo todos, sin diferencias de origen.</p> - -<p>A las organizaciones españolas pertenecen los edificios más grandes y -ostentosos de la ciudad. El Círculo de Dependientes de Comercio tiene -40.000 socios, residentes en la Habana. No creo que en Europa ni en los -Estados Unidos exista un club tan numeroso.</p> - -<p>El Círculo Gallego es un palacio que guarda en su interior uno de los -teatros más grandes de la ciudad. El Casino Español, resumen de las -aspiraciones de las diversas sociedades hispánicas con título -provincial, posee un salón de mármoles diversos traídos de España y de -estucos policromos, que parece el salón del trono en un palacio real.</p> - -<p>Todas estas sociedades, uniendo lo útil á lo ostentoso, mantienen en los -alrededores de la Habana hospitales y sanatorios, instalados con tanta -largueza y tales innovaciones, que de muchas partes vienen á estudiarlos -como modelos.</p> - -<p>Se nota en la Habana, á las pocas horas de vivir en ella, que es ciudad -abundante en dinero. Pero otras ciudades revelan igualmente riqueza y no -tienen el aspecto atrayente y simpático de ésta. Es que Habana «la -Alegre» además de tener dinero lo gasta con una tran<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span>quilidad y un -descuido rayanos en el derroche. Sus teatros son numerosos y están -siempre llenos. Sus cafés y sus bailes nunca carecen de público. Aquí -fué donde Caruso y otros cantantes, pagados de un modo inverosímil, -obtuvieron sus más altas remuneraciones. En la Ópera de la Habana ha -llegado á costar una butaca cien pesos oro por noche. Tan irritante -pareció á algunos este despilfarro, que protestaron de él bárbaramente, -arrojando una bomba en plena función.</p> - -<p>En los escaparates de sus tiendas se ven las telas más caras y ricas. -Las mujeres visten con un lujo en apariencia sencillo, para no salirse -de las reglas del buen gusto, pero en realidad costosísimo.</p> - -<p>Fuera de la Habana, en los nuevos barrios, son cada vez más numerosos -los palacetes particulares. La antigua arquitectura española, con el -aditamento de las comodidades de la vida norteamericana, es generalmente -la de tales edificios. La jardinería del Trópico da una nota de -originalidad á estas construcciones, que recuerdan á la vez los patios -de Sevilla y los palacios de madera de Long Island.</p> - -<p>Para el ciudadano de los Estados Unidos descontento silenciosamente de -ciertas leyes de su país, la Habana ofrece un atractivo especial. Es una -ciudad á las puertas de su patria, donde no impera el llamado «régimen -seco». Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida, -para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un <i>bar</i> en -cada calle. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni -tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La -embriaguez puede ser franca, libre y continua. Pero como es tierra de -dinero abundante, derramado con mano pródiga, los hoteles resultan -carísimos, así como los otros gastos de viaje, y sólo los ricos<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span> pueden -pasar el canal de la Florida para venir á emborracharse bajo la bandera -cubana.</p> - -<p>Me veo recibido cariñosamente en esta amada ciudad de habla española. El -Municipio me ha declarado su huésped, comisionando al escritor Rafael -Conte, antiguo amigo mío, para que me dirija y me guarde durante el -tiempo que permanezca en la Habana. Simpáticos periodistas de incansable -y sonriente preguntar, jóvenes escritores que revelan su talento en las -curiosidades literarias y las paradojas de su conversación, me acompañan -en mis visitas á las redacciones de los diarios y en los dos banquetes -amistosos y sin ceremonia con que soy obsequiado, á mediodía y por la -noche.</p> - -<p>Presencio la belleza del crepúsculo tropical en una lujosa «villa» de -las afueras, donde vive con su esposa el joven conde del Rivero, hijo -del célebre fundador de <i>El Diario de la Marina</i>.</p> - -<p>Como el Ayuntamiento ha reservado para mí las mejores habitaciones del -Hotel Sevilla—el más caro de la ciudad—, mi amigo Conte se esfuerza -por convencerme de que debo quedarme en ellas, volviendo al buque en las -primeras horas de la mañana siguiente. Sería mal interpretado que -prescindiese yo de usar dichas habitaciones después de haber sido -declarado «huésped de honor».</p> - -<p>A la una de la madrugada discutimos frente al hotel si debo ó no dormir -en tierra. Siento un dolor insistente en una pierna, cierta torpeza -muscular que hace cada vez más pesados sus movimientos. La necesidad de -un pronto descanso me impulsa á admitir las objeciones de mi amigo, pero -cuando entro en el hotel para acostarme, tropiezo con un compañero del -<i>Franconia</i>.</p> - -<p>Es un joven norteamericano, de buenas maneras, un bailarín incansable, -que sale del <i>dancing</i> del hotel. En el buque se muestra sobrio; pero -aquí, por seguir la rutina<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span> de muchos de sus compatriotas y para -convencerse de que verdaderamente está en un país libre, se ha -embriagado de un modo lastimoso. Me abraza como si viese á un hermano, -intenta besarme, enternecido por el encuentro, y me dice que nosotros -dos somos los únicos del <i>Franconia</i> que estamos en tierra. Todos los -otros se fueron á media noche. El buque zarpará al amanecer, y no á las -diez de la mañana como se había anunciado.</p> - -<p>Corremos al puerto, solitario y silencioso á esta hora avanzada, y el -amigo Conte consigue que una lancha del gobierno nos lleve hasta el -<i>Franconia</i>, que tiene apagadas la mayor parte de sus luces y parece -dormido... Si ocupo mi cama de honor en el hotel, termina mi viaje -alrededor del mundo en la primera escala.</p> - -<p>Cuando al día siguiente despierto, en mi camarote, el buque está -navegando hace ya varias horas. Las costas de Cuba se han esfumado en el -horizonte. Nos rodea el hermoso mar de las Antillas, en el cual logra -descender la luz á grandes profundidades, dando una claridad dorada á -las aguas azules.</p> - -<p>Los viajeros, después de haber pasado un día en tierra, parecen -encontrar nuevos atractivos á la vida marítima. En la última cubierta -juegan grupos de señoritas vestidas de blanco y raqueta en mano, -interrumpiendo con risotadas los incidentes de su deporte. Otras empujan -discos de madera con una pala, á través de rectángulos trazados con tiza -en el suelo. Más allá arrojan anillas de cuerda para que se introduzcan -en un espigón, ó pelotas enormes que deben entrar por una manga de red. -El suelo se estremece con los galopes de esta juventud de faldas cortas -con menudos pliegues, perseguida por otra juventud que usa camisa de -cuello abierto y pantalones de franela.</p> - -<p>Las señoras hablan del próximo baile de máscaras,<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span> el primero de la -travesía, que va á ser entre la Habana y Panamá. Cada una guarda el -secreto de los disfraces ocultos en sus maletas.</p> - -<p>Antes de empezar nuestro viaje, los expertos que lo dirigen, para evitar -errores y olvidos, nos han dado una lista de lo que debemos llevar con -nosotros, y en ella figuran como artículos indispensables un traje de -baño para la gran piscina y varios disfraces para los bailes de -máscaras. Esto último es tan importante como dos pares de gafas negras -de recambio para los países ardientes que vamos á visitar. Con dos -disfraces hay bastante por el momento. Al llegar á los países del -Extremo Oriente todos comprarán vestimentas japonesas, chinas ó -indostánicas, y los últimos bailes van á ser los más ostentosos y -originales.</p> - -<p>Entre estas gentes simpáticas, de trato llano, propensas á la risa, y -que no necesitan para alegrarse de grandes complicaciones, las hay -dispuestas á disfrazarse á todas horas para regocijo de sus compañeros. -El día antes de la llegada á Cuba ha sido domingo. En las ciudades de -los Estados Unidos el domingo es el día en que se venden más periódicos. -Los grandes diarios publican ediciones extraordinarias, de ochenta ó -cien páginas, con novelas completas y resúmenes de todas las materias -que pueden interesar á cada lector. Desde el amanecer, los vendedores -vocean en las calles la enorme edición dominical.</p> - -<p>También en el primer domingo, á bordo del <i>Franconia</i>, una voz ronca -empieza á gritar por los corredores los títulos de varias publicaciones -célebres de Nueva York, como si estuviésemos aún en la metrópoli -americana. Las gentes se asoman en traje de dormir á las puertas de sus -camarotes. El vendedor callejero es un <i>gentleman</i> casi de dos metros de -estatura, un millonario<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span> procedente de los Estados del Sur, al que -llaman todos «coronel» por tener este grado en la milicia cívica de su -ciudad.</p> - -<p>Se ha disfrazado de pilluelo y ofrece gravemente periódicos viejos á -todos los que se asoman á las puertas. Los más celebran con una risa, -que puede llamarse americana por lo espontánea y pronta, esta -excentricidad del personaje. Uno de sus compatriotas permanece serio y -le mira con extrañeza, no pudiendo comprender tal conducta.</p> - -<p>—Si no se ríe usted un poco, voy á llorar de pena—dice el falso -vendedor de periódicos.</p> - -<p>Y tan cómico resulta el gesto con que el hombretón inicia su llanto -infantil, que el otro se ve obligado á reir como los demás.</p> - -<p>Yo no podré presenciar el primer baile de máscaras del <i>Franconia</i>. En -varios días no veré otra cosa que las paredes de mi camarote.</p> - -<p>A las pocas horas de alejarnos de la Habana he quedado clavado en mi -lecho por una parálisis de la pierna izquierda. El médico de á bordo -declara que es una ciática, tal vez á consecuencia de la atmósfera -húmeda del mar. Luego pensamos los dos que bien puede ser por una -imprudencia en el aireamiento de mi habitación.</p> - -<p>El <i>Franconia</i> no tiene ventiladores á uso antiguo, con hélices de -molesto y tenaz abejorreo. Cada camarote posee dos pequeñas esferas de -bronce, metidas en alvéolos del mismo metal. Estos ojos dorados, cuando -tienen el agujero de su negra pupila hacia adentro é invisible, -permanecen inactivos. Pero basta volverlos, para que de ambos orificios -surja una manga silenciosa y fría que cambia el ambiente del camarote -con sus pequeños huracanes. Durante el anclaje en los puertos, los -mosquitos de agua muerta que se introducen por los ventanos se<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span> ven -obligados á retroceder, volviéndose con rabiosos zumbidos por donde -vinieron. Los dos chorros mudos los voltean con su ímpetu, lo mismo que -un aeroplano pillado por una tormenta, y les hacen huir finalmente al -otro lado de la pared del buque.</p> - -<p>He pasado una noche entera con ambos ventiladores enfilados hacia mi -cama. La proximidad del calor de Cuba me hizo emplear este -refrescamiento imprudente. Mientras dormía, las dos mangas de helado -viento, que hacen funciones de mosquitero, cayeron horas y horas sobre -el lugar de mi cuerpo donde ahora siento el llamado nudo ciático.</p> - -<p>—Tiene usted para algunos días—dice el médico inglés, moviendo la -cabeza—. Habrá que emplear los rayos violeta... No intente moverse.</p> - -<p>¡Bien empieza el viaje alrededor del mundo!<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span></p> - -<h2><a name="VI" id="VI"></a>VI<br /><br /> -LA ZANJA ENTRE LOS DOS OCÉANOS</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Dos escalinatas de agua y una meseta lacustre.—Las fuerzas -eléctricas del canal de Panamá.—La zona norteamericana y su -guarnición.—El lago de Gatún y el Paso de Culebra.—La enorme -afluencia de buques.—Cómo los norteamericanos «perdieron el -tiempo» antes de reanudar las obras.—El buen negocio del -canal.—La prontitud de su limpieza.—Los bosques de sus -orillas.—Panamá la Verde.</p></div> - -<p>Después de tres días de continua navegación, aminora su marcha el -<i>Franconia</i>, y yo, con doloroso esfuerzo, consigo ir hasta un ventano de -mi camarote.</p> - -<p>Una orilla verde avanza por el costado del buque, cada vez más cercana, -y adivino que otra semejante debo ir angostándose por el lado opuesto, -como la boca de un embudo. Vamos á ver una de las obras más prodigiosas -realizadas por la mano del hombre; vamos á entrar en el canal de Panamá.</p> - -<p>Reanuda su marcha el vapor, lentamente, y pasamos de la navegación entre -orillas de tierra y árboles al deslizamiento junto á fuertes malecones -de mampostería, con varias casas de máquinas. Cables eléctricos de -enorme potencia se apoyan en los brazos en cruz de una sucesión de -columnas de cemento, que por su robustez recuerdan los pilares de la -arquitectura egipcia. Esta fuerza va á hacernos atravesar la zanja -acuática<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span> que corta todo un continente, pasando nuestro buque del -segundo mar de la tierra al más grande de todos.</p> - -<p>Puede describirse concisamente el canal de Panamá diciendo que es una -escalinata acuática. Resulta más interesante y complicado que el -monótono canal de Suez. Además, sus orillas tienen la lujuriante -vegetación del Trópico, y las selvas panameñas, eternamente frescas, son -algo más atractivas que los polvorientos arenales de Egipto.</p> - -<p>Para pasar del Atlántico al Pacífico ó hacer el mismo trayecto en -sentido inverso, los buques tienen que subir una escalinata de esclusas, -navegar por un lago alto, que es como una meseta, y volver á descender -por la escalinata del lado opuesto.</p> - -<p>Al llegar por el Atlántico encontramos el antiguo puerto de Colón, -importante cuando no existía el canal. Aquí desembarcaban los viajeros, -y tomando un ferrocarril á través del istmo, iban en unas cuantas horas -á la ciudad de Panamá, para volver á embarcarse en el Pacífico. Ahora -pasamos de largo ante Colón, como la mayoría de los buques, y el antiguo -ferrocarril ha perdido también su importancia interoceánica, -descendiendo á ser una simple vía interior, que sólo utilizan los del -país.</p> - -<p>El <i>Franconia</i> va á subir la escalinata del lado del Atlántico, ó sea -las esclusas de Gatún. Estas esclusas están superpuestas en tres tramos, -y además son dobles para que puedan ir ascendiendo dos buques á un mismo -tiempo.</p> - -<p>Cuando el nuestro se introduce en la primera esclusa penetra en la otra -gemela un vapor más pequeño con rumbo á Nueva Zelandia. Los pasajeros de -ambos barcos, que van á seguir tan opuestas direcciones cuando lleguen -al Pacífico, se hablan sin esfuerzo alguno de cu<span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span>bierta á cubierta, pues -sólo están separados por unos cuantos metros.</p> - -<p>El funcionamiento de las esclusas es maravilloso por su rapidez; tiene -la velocidad casi instantánea de las mutaciones escénicas; los buques -ascienden, como los personajes de teatro, por un escotillón. Sube el -nivel del agua vertiginosamente en las cerradas balsas cuadrangulares, y -los dos buques se elevan sobre la superficie marítima en la que flotaban -poco antes. Su ascensión aumenta al pasar al segundo rellano acuático, -luego al tercero, quedando finalmente á unos veinticinco metros sobre el -nivel del mar.</p> - -<p>Estas esclusas tienen más de 300 metros de longitud, 33 de ancho y 21 de -profundidad, dimensiones que permiten ampliamente el paso de los navíos -más enormes construídos hasta el presente. Unas locomóviles eléctricas -tiran de los buques desde la ribera y los guían á través de las -esclusas. Como éstas se hallan superpuestas formando tres rellanos, los -pequeños demonios eléctricos corren por los taludes desafiando las leyes -de la gravedad, saltan, se agarran al suelo como insectos, trepan casi -verticalmente para pasar de un plano á otro.</p> - -<p>Nada de humo ni de mugidos de vapor. Se adivina en torno la presencia de -una fuerza silenciosa é irresistible, semejante á las energías que laten -ocultas en la corteza terrestre. El manojo de cables que corre á un lado -y á otro del canal guarda y regula las energías producidas por enormes -fábricas de flúido eléctrico.</p> - -<p>Vemos en las orillas estos edificios y otras construcciones destinadas á -las necesidades del continuo tránsito: depósitos de carbón y de -petróleo, atarazanas, talleres de fundición y de reparaciones, depósitos -de útiles marítimos, almacenes frigoríficos, mataderos, fábricas<span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span> de -hielo, enormes lavanderías. Algunos grupos de edificios están cerca de -los muelles de acero y hormigón; otros se alzan tierra adentro, medio -ocultos por los bosques de cocoteros y palmeras. Los buques que cruzan -el canal pueden ser reparados antes de lanzarse á uno de los dos Océanos -y proveerse igualmente de toda clase de abastecimientos.</p> - -<p>En los sitios tenidos por estratégicos hay aglomeraciones de casas de -madera con extensas galerías, sobre cuyas techumbres flota la bandera de -los Estados Unidos. Son cuarteles-pueblos, donde viven los militares -norteamericanos y sus familias, con todas las comodidades y amplitudes -que da la gran República á sus defensores, además de pagarlos -espléndidamente.</p> - -<p>Ocho mil hombres guarnecen el canal, y durante la última guerra llegaron -á ser trece mil. Las baterías invisibles que defienden sus dos bocas -están artilladas con las piezas más enormes conocidas hasta el presente. -Las tropas acuarteladas en las dos orillas no salen nunca de la zona que -pertenece á los Estados Unidos, cinco millas por cada lado. La pequeña -República de Panamá lleva una existencia independiente y digna, sin -sufrir intrusiones ni arrogancias de las autoridades americanas del -canal. Éstas se limitan á vigilar y guardar este paso interoceánico tan -precioso para la seguridad de su propio país y jamás saltan los límites -territoriales que marcó un tratado. Muy al contrario de lo que creen -muchos, tal vecindad resulta provechosa á los panameños, pues algo gana -el pobre cuando tiene intereses comunes con un rico, y el continuo trato -de ellos con los americanos influye visiblemente en la cultura y el -progreso de la nación.</p> - -<p>Después de las tres esclusas de Gatún, el <i>Franconia</i> entra en el lago -de este nombre. El famoso río Chagres,<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span> que tanto utilizaron los -españoles durante tres siglos, cuando pasaban el istmo para ir al Perú y -á Chile, ha sido embalsado por los constructores del canal, deteniendo -sus aguas para hacer más alto el nivel del lago y dar mayor profundidad -á su navegación. Dicho lago se extiende con más ó menos amplitud 38 -kilómetros, hasta llegar á Gamboa, siendo la parte del canal que menos -esfuerzos ha costado. En ella, más que excavar, lo necesario fué inundar -las tierras.</p> - -<p>Es en Gamboa donde empieza la obra más difícil y terrible, el corte de -la cordillera, columna vertebral del istmo, el famoso Paso de Culebra, -donde tantos hombres perecieron. Este desfiladero acuático se extiende -hasta las esclusas llamadas de Pedro Miguel, por el nombre de un pueblo -cercano, y aquí termina la meseta y empieza la escalinata del lado -opuesto. Nuestra nave descenderá allí un tramo, ó sea las esclusas de -Pedro Miguel, bajando al lago de Miraflores, que está todavía á 16 -metros sobre el mar. Al final de este lago las esclusas de Miraflores lo -harán descender al nivel del Pacífico, y navegando 13 kilómetros en una -vía sin obstáculos, pasará por la moderna ciudad de Balboa, donde los -norteamericanos tienen establecidos los centros más importantes del -canal, y por la antigua ciudad de Panamá, cortando al fin con su proa -las aguas del más grande de los Océanos, después de una travesía que -sólo dura unas ocho horas.</p> - -<p>Están reglamentadas tan minuciosamente las funciones necesarias para el -paso de los buques, sin un movimiento inútil, sin desperdiciar un -minuto, que el tráfico resulta incesante en esta avenida interoceánica. -Cuando la flota de guerra de los Estados Unidos—única que rivaliza con -la de Inglaterra—pasó hace poco tiempo el canal de Panamá, bastaron -veinticuatro horas para que<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span> docenas de enormes acorazados, con su -acompañamiento de cruceros y torpederos, se trasladasen del Atlántico al -Pacífico, viaje que antes les costaba semanas y semanas de navegación, -dando la vuelta á toda la América del Sur por el cabo de Hornos.</p> - -<p>Avanzamos con lentitud, pero continuamente, por esta zanja enorme de -agua dulce tendida como un guión entre los dos Océanos. Formamos parte -de la doble fila de buques que va y viene por ambas orillas, como los -carruajes marchan al paso por una calle, rozando las dos aceras. Los -nombres de estos buques, su procedencia y su destino, indican la -importancia y la necesidad de una obra que ha cambiado la geografía y el -comercio del mundo. Vapores tan grandes como el nuestro van directamente -de Londres ó de Nueva York á las repúblicas de lengua española que -florecen en las orillas del Pacífico y antes sólo podían estar en -contacto con el resto de la tierra valiéndose del rodeo enorme por el -estrecho de Magallanes ó del penoso transbordo en el istmo de Panamá, -todavía intacto.</p> - -<p>Las grandes islas oceánicas han tomado igualmente esta ruta que las -aproxima á Europa. Vemos pasar, cerca de nosotros, buques que vienen de -Nueva Zelandia, de Australia ó de los archipiélagos esporádicos de la -Oceanía. El Callao y Valparaíso, gracias á este canal, han perdido -varios días de distancia entre ellos y los puertos del viejo mundo.</p> - -<p>Al ver los cortes que los hombres tuvieron que abrir en la montaña para -dar paso á las aguas, resurgen en mi memoria los incidentes dramáticos -de la construcción del canal. Todos saben la historia de esta gran -empresa dirigida por Lesseps, el cual quiso repetir en el istmo -americano su gloriosa obra de Suez. Pero aquí la hazaña geográfica se -convirtió en escandaloso negocio. El «gran<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span> francés», agotado -mentalmente á causa de sus muchos años, fué conducido á la deshonra por -financieros sin conciencia, y el nombre de Panamá quedó como sinónimo de -estafa colosal, de corrupción de los poderes públicos. Tal empresa, que -sirvió de pretexto en París para negocios delictuosos, realizó aquí -obras importantes que aprovecharon luego los americanos, aunque muchas -de ellas habían sido ejecutadas con imprevisión notoria y con desprecio -de la vida del hombre.</p> - -<p>Existe en la ciudad de Panamá un monumento á la gloria de Lesseps y -varios sabios franceses que fueron sus precursores ó colaboradores en -este proyecto; entre ellos los marinos Bonaparte Wyse y Reclús, hermano -del célebre geógrafo. Pero al mismo tiempo se acuerdan los panameños de -la manera imprudente y mortífera con que los ingenieros franceses -empezaron la realización de sus obras. Con una vehemencia que algunos -llamarían «latina», sólo pensaron en el trabajo, olvidando las -precauciones necesarias para asegurar su continuación.</p> - -<p>El material humano era abundante y fácil de renovar. Atraídos por los -jornales enormes, llegaron cavadores de todas partes, amontonándose en -campamentos recién formados sobre terrenos vírgenes, donde sólo el -natural del país puede vivir, por una larga aclimatación. De estos -extranjeros venidos para trabajar muchos fueron españoles: el excedente -de la emigración á las vecinas Repúblicas hispano-americanas.</p> - -<p>Cuanto más grande fué la aglomeración de obreros, más enorme resultó la -mortandad. Hoy, al recordar aquella época, se mencionan cifras de -víctimas que parecen fantásticas. El vómito negro y otras enfermedades -tropicales se cebaron en este amontonamiento humano. El corte de la -espina dorsal del istmo podría rellenarse, según afirman algunos, con -los cadáveres que costaron los<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span> primeros intentos de dicha obra. El Paso -de Culebra adquirió una celebridad terrorífica en todo el mundo.</p> - -<p>Al fin, los trabajos iniciados por la compañía francesa en 1882 se -paralizaron á causa de su quiebra escandalosa. En 1904 los -norteamericanos aceptaron la empresa de abrir el canal, adquiriendo con -extraordinaria baratura los materiales traídos por sus antecesores. -Todavía he visto yo en el Paso de Culebra poderosas dragas que son de la -época francesa.</p> - -<p>En lo último que pensaron los norteamericanos fué en abrir el canal. -Consideraron más urgente estudiar el medio de que los hombres trabajasen -con seguridad, cambiando las condiciones higiénicas del terreno. Se -dedicaron, como en Cuba, á la destrucción del mosquito transmisor de la -llamada fiebre amarilla. Luego—y esto fué lo más importante—realizaron -obras enormes para purificar las aguas destinadas al consumo humano y -sus trabajadores no tuvieran que beber el líquido tóxico de charcas y -arroyos, como en la época anterior. Sólo después de «perder su tiempo» -en estos preparativos minuciosos, el gobierno de los Estados Unidos -emprendió la obra, consiguiendo terminarla en un plazo relativamente -breve y sin pérdida notoria de gente.</p> - -<p>Necesitó dos años de preparación nada más y ocho de trabajo para -realizar esta empresa de interés universal. En los primeros días de -Agosto de 1914 pudo ya abrirse al comercio del mundo esta vía que iba á -cambiar sus derroteros. Pero en aquella fecha acababa de estallar la -guerra europea y nadie fijó su atención en tal acontecimiento, que cada -vez será más famoso, con el curso de los siglos, en la historia del -progreso humano. Muchos combates célebres de la última guerra quedarán -olvidados, como tantas y tantas batallas de la antigüedad, mientras que -las relaciones entre los hombres futuros y su<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span> vida política girarán en -torno á este canal que ha partido el nuevo mundo, atrayendo con sus dos -bocas el movimiento de todos los pueblos de la tierra.</p> - -<p>El éxito financiero de esta obra, que en realidad sólo tiene cuatro años -de existencia—fué inaugurada oficialmente el 12 de Julio de 1920—, es -la más clara demostración de su importancia. No es una compañía -comercial de los Estados Unidos la que costeó las obras; fué el gobierno -establecido en Wáshington.</p> - -<p>Como el canal tenía una importancia política y de seguridad para la -República de la Unión, su gobierno se lanzó á realizar la obra, sin -ocurrírsele ni por un momento ver en tal empresa un éxito económico. -Nunca creyó en posibles ganancias. Lo único que le interesaba, costase -lo que costase, era poder trasladar rápidamente su flota de un Océano á -otro y poner en contacto marítimo los Estados atlánticos del Este, donde -se concentra la vida nacional, con los Estados del Pacífico, que aún se -hallan en el desarrollo de la adolescencia.</p> - -<p>Pero á los ricos todo les resulta negocio. El gobierno de Wáshington -invirtió en el canal aproximadamente 350 millones de dólares, y á partir -de su inauguración vió con asombro que acudían, pidiendo paso, buques de -todos los pueblos de la tierra. Hoy, á los cuatro años de existencia, le -produce 2 millones de dólares mensualmente, 24 millones de dólares al -año, lo que da un interés muy respetable al capital que empleó con un -fin puramente defensivo y sin espera de ganancia.</p> - -<p>Todo buque tributa al paso un dólar por tonelada. El <i>Franconia</i>, para -llevarnos del Atlántico al Pacífico, ha tenido que pagar 20.000 dólares -por un viaje de unas cuantas horas, y creo que con otros gastos -accesorios la suma llegó á 25.000.</p> - -<p>A pesar del enorme peaje, la afluencia naval es cada<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span> vez más densa. Los -norteamericanos, que lo conciben todo en grande, con el pensamiento -puesto en las necesidades del porvenir, se equivocaron, quedándose -cortos al calcular las dimensiones del canal. Éste empieza á resultar de -una modestia inadmisible para un pueblo que ama la vida amplia y los -movimientos desembarazados y fáciles. Pronto se reanudarán las obras -para dar más anchura á las esclusas y los pasos angostos, y en vez de -dos filas de buques se deslizarán al mismo tiempo cuatro, doblándose el -movimiento de la avenida interoceánica.</p> - -<p>En los cortes de la montaña son continuos los desprendimientos de una -tierra roja y compacta, que parece piedra adormecida en mitad de su -solidificación. Los desprendimientos se repiten con frecuencia, y así -seguirá ocurriendo hasta que los taludes de las orillas adquieran la -estabilidad de las obras viejas. Pero los batallones de trabajadores -negros, mandados por ingenieros y contramaestres blancos, que forman la -policía del canal, velan día y noche, montados en locomotoras y dragas, -para acudir inmediatamente á barrer los residuos del desprendimiento.</p> - -<p>Nos anuncian en mitad del lago de Gatún que el tránsito del canal va á -retardarse para nosotros unas cuantas horas. Acaba de ocurrir un -desprendimiento en el Paso de Culebra, y un buque del calado del -<i>Franconia</i> no puede seguir adelante sin que el dragado ahueque el fondo -del estrecho.</p> - -<p>Nos sentamos á almorzar, resignados á una larga espera en este lago, que -resulta agradable gracias al fresco vientecillo que levanta el buque al -desplazarse, pero cuyas aguas parecen arder cuando aquél se detiene y -vuelve á restablecerse la calma bochornosa del Trópico.</p> - -<p>Atraídos por la novedad del viaje marítimo entre<span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span> bosques y montañas, he -salido de mi camarote apoyado en un bastón, y arrastro la paralítica -pierna por salones y cubiertas, huyendo de los espacios faltos de techo -que reciben la caricia cáustica del sol. Nos divierte ver cómo asoman su -lomo mal esculpido los caimanes del lago. Varios aviones de la -guarnición americana del canal pasan tan bajos junto al buque, que -podemos ver cómo sus tripulantes responden por señas á nuestros -saludos... Una hora después vuelve á reanudar su marcha el <i>Franconia</i>. -Todo está reparado, y pasamos lentamente entre dos filas de dragas -enormes, que acaban de limpiar el fondo con la rapidez del que ejecuta -un trabajo habitual.</p> - -<p>Seguimos la navegación entre altas riberas cubiertas de bosques. El filo -de estas orillas es muchas veces superior al piso más alto del buque. -Corren por ellas numerosas bandas de negras, monstruosamente gordas, con -nariz aplastada y ojos de impúdico fuego. Llevan banastas sobre sus -cabezas con pirámides de cocos frescos y racimos de plátanos. Como el -vapor avanza lentamente, ellas lo siguen al trote y nos arrojan sus -frutos, gritándonos al mismo tiempo en un inglés de negro: «<i>¡Money!... -¡money!</i>»</p> - -<p>Por la orilla baja, de espesa vegetación, siguiendo un sendero que -abrieron junto al agua sus pies descalzos, corren enjambres de negritos, -cabezudos, con las negras lanas cortadas en forma de solideo, la panza -enorme al aire, un saliente de carne en el lugar del ombligo y otro -mayor que tiembla más abajo al compás del trote.</p> - -<p>Todo este mundo de ébano y marfil, que salta y grita, mostrando sus -luminosas dentaduras, vive en chozas cónicas de paja, cuyos remates -asoman sobre el apretado ramaje de la selva.</p> - -<p>No son del país. La gente de Panamá nunca ha te<span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span>nido la tez tan obscura. -Son familias de Jamaica cuyos varones están contratados en los trabajos -del canal.</p> - -<p>¿Cómo describir con palabras la exuberancia de este paisaje eternamente -verde?... Su colorido resulta monótono porque se desarrolla siempre -dentro del mismo tono, y sin embargo sus variedades son infinitas.</p> - -<p>Hay otros países donde parece que todo queda dicho con anotar que su -color es verde. En Panamá, esta palabra resulta pobre, inexpresiva, -débil. Hay que repetir sin cansarse: verde, verde, verde, verde...</p> - -<p>La tierra, roja ó del mismo color negruzco que la piel del elefante ó el -tronco de la higuera, apenas si se deja ver como los filamentos de una -red entre masas de vegetación de eterna frescura.</p> - -<p>Nunca creí que un mismo color pudiera descomponerse en tantas -gradaciones. Veo el verde amarillento y charolado de las hojas de los -plátanos; el verde obscuro y metálico de otros árboles y arbustos. Hay -verde de óxido, verde luminoso de piedra preciosa, verde suave de mar -adormecido, verde dorado, como debió ser el de ondinas y sirenas.</p> - -<p>Unas flores rojas, enormes, como estrellas incandescentes, abren sus -puntas en el misterio de las profundidades verdes. ¿Quién podría decirme -su nombre?...</p> - -<p>De las marañas de la selva brotan tropeles de mariposas. Revolotean -formando nubes sobre el buque, se cuelan por todas partes como enjambres -de moscas, se dejan aprisionar con la torpeza de la inocencia.</p> - -<p>Loros y monos hacen estremecerse las ramas de los árboles, siguiendo con -saltos invisibles la lenta marcha del buque á través de los bosques.</p> - -<p>¡Oh, Panamá la Verde!...<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span></p> - -<h2><a name="VII" id="VII"></a>VII<br /><br /> -PANAMÁ LA VERDE</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">El novelesco Balboa.—Su descubrimiento del Mar del Sur.—El primer -europeo que se embarcó en el Pacífico.—Mortandad de colonizadores -al pasar el istmo de Panamá.—El primitivo proyecto del canal -ideado por los españoles.—El saqueo de Panamá la Vieja por los -piratas.—Me bajan en andas para visitar la ciudad.—El presidente -Porras y la juventud intelectual.—Las escuelas de Panamá.—Versos -en la noche.—De una acera á otra.</p></div> - -<p>El primer descubridor de las costas atlánticas de Panamá fué Rodrigo de -Bastidas, un escribano de Sevilla que abandonando sus legajos se dedicó -á navegante. Fué tal el entusiasmo aventurero en España después del -primer viaje de Colón y los Pinzones, que, según dijo un escritor de -aquella época, «hasta los sastres quisieron meterse á descubridores».</p> - -<p>Colón navegó después frente á las mismas costas. Empezaba á dudar que -las tierras encontradas por él fuesen las de Cipango y Catay (el Japón y -la China), y buscaba un estrecho, un callejón marítimo que le permitiese -pasar al otro lado, donde presentía un nuevo mar y el Asia tan buscada. -Con este objeto tanteó la costa, esperando dar con un canal que sólo -debía existir cuatro siglos después, y hecho por industria humana.</p> - -<p>Sucesivas expediciones de españoles se establecieron en esta tierra, -fundando Santa María la Antigua de Da<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span>rién, Nombre de Dios, Portobelo y -otras poblaciones famosas en la historia de la colonización. Uno de los -héroes más extraordinarios de tal epopeya geográfica surge en Panamá, -Vasco Núñez de Balboa, personaje de novelesca vida, superior á Cortés y -á Pizarro, pero que tuvo la desgracia de morir joven, sin encontrar las -riquezas que éstos en sus descubrimientos. Mas á pesar de su corta -existencia, sirvió al progreso humano mejor que los conquistadores de -Méjico y del Perú, encontrando el llamado Mar del Sur, que años después -bautizó Magallanes con el impropio nombre de Pacífico.</p> - -<p>Las altas y fragosas montañas del istmo me hacen recordar los episodios -del descubrimiento de Balboa. Con ciento noventa españoles y algunos -indios, salió en Septiembre de 1513 de la ciudad de Darién para -convencerse de si era cierta la existencia de un mar en la otra -vertiente de la cordillera. Tan difícil era la marcha á través de ríos y -bosques, que para hacer diez leguas necesitaba cuatro días. Tuvieron que -reñir, además, con las tribus belicosas del istmo, que usaban «flechas -de hierba», ó sea envenenadas.</p> - -<p>Un cacique amigo afirmó á Balboa la existencia del misterioso mar, -señalándole una montaña lejana desde cuya cumbre podría verlo. Otros -indios le dieron prendas de oro, muy bien trabajadas, traídas de los -países del gran mar que iba buscando, y añadieron que en este mar había -grandes barcos con velas, parecidos á los de los españoles. Se referían -indudablemente al Perú, y es posible que de no ser decapitado, años -después, Balboa, por su rival el gobernador Pedrarias, habría continuado -sus exploraciones por el Pacífico, descubriendo el Imperio de los Incas, -en vez de Pizarro, que vivía á sus órdenes como obscuro lugarteniente.</p> - -<p>Cuando la partida de españoles, batallando con los<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span> indígenas, llegó á -la cumbre de la citada montaña, veintiséis días después de haber salido -de Darién, todos pudieron ver la inmensidad del mar deseado. El -sacerdote Andrés Varas, capellán de la expedición, entonó un <i>Te Deum</i>, -que sus compañeros oyeron de rodillas. Después colocaron en aquel paraje -una cruz, hecha con dos troncos de árbol, sobre un montón de piedras.</p> - -<p>Para bajar hasta las playas del nuevo Océano tuvieron que reñir nuevos -combates con las tribus de esta vertiente. Un destacamento enviado por -Balboa á explorar el país llegó antes que él á la costa, y su jefe, -llamado Alonso Martín, se apresuró á embarcarse en una canoa de indios, -haciéndose dar por sus hombres un testimonio de que era el primer -europeo que navegaba en estas aguas, llamadas por unos Mar del Sur y por -otros Mar Grande. Luego envió aviso á Balboa para que siguiese el mismo -camino hasta la costa.</p> - -<p>Los hombres de la expedición, entusiasmados por el descubrimiento de -este Océano misterioso, bebieron en sus manos el agua cargada de sal. -Balboa, cubierto con su armadura, la espada en una mano y en la otra un -estandarte que tenía pintada la imagen de la Virgen, entró en él hasta -las rodillas y tomó posesión de su inmensidad en nombre de los soberanos -de Castilla.</p> - -<p>Fué durante muchos años la travesía del istmo un trayecto en extremo -penoso que debían arrostrar inevitablemente los que iban de España á las -Indias del Pacífico. La fama de las grandes riquezas del Perú hizo pasar -por Panamá la corriente humana más numerosa de la conquista, y tales -eran las dificultades del camino, que en menos de medio siglo -sucumbieron 40.000 españoles, sin que tan gran mortandad desalentase á -los aventureros. Al desembarcar en la costa atlántica remontaban sobre -lentas barcazas el río Chagres hasta Cruces, y<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span> luego seguían un penoso -camino por las montañas para llegar á la ciudad de Panamá. Otros -marchaban por la vía de Portobelo, que era no menos peligrosa.</p> - -<p>Tan enormes penalidades en el cruzamiento del istmo atrajeron la -atención de inteligentes españoles de aquella época, haciéndoles trazar -proyectos para un nuevo paso interoceánico, que fueron presentados á la -corte de España. En estos proyectos, la apertura del istmo de Panamá era -casi igual á la forma que tiene actualmente. Aprovechaban el curso del -río Chagres, cortando luego la cordillera en los mismos sitios escogidos -por los ingenieros modernos. Los estudios de los españoles á principios -del siglo XVI han servido indudablemente de base á los que acometieron -la obra á fines del siglo XIX.</p> - -<p>La España de aquella época, abrumada por una grandeza fatal, teniendo -que atender al gobierno de medio mundo, no podía acometer una obra tan -gigantesca, solamente posible con el auxilio de los progresos -industriales de nuestro tiempo. Pero escritores de entonces, como Gomara -y otros tratadistas de América, la creyeron factible, afirmando -jactanciosamente que un rey de España tenía riquezas y poder de sobra -para atreverse á empresas todavía más difíciles. En aquellos años de -continuos descubrimientos y maravillosas conquistas, que vieron á muchos -soldados obscuros apoderarse de reinos enormes, todo parecía hacedero.</p> - -<p>Durante tres siglos de dominación española, la rica ciudad de Panamá fué -el centro distribuidor de lo que hoy se llama América del Sur. Las -flotas de España desembarcaban sus cargamentos en Portobelo, y á través -del istmo pasaban éstos á Panamá, residencia de los altos empleados de -la Hacienda española. De Panamá salían expediciones para el Perú, alto y -bajo; para Chile; para Tucumán y Córdoba, en lo que es hoy Repú<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span>blica -Argentina y las expediciones de vuelta desde los citados países á la -metrópoli seguían el mismo camino.</p> - -<p>Tanta era la importancia de la ciudad de Panamá, que los piratas -ingleses y franceses, guarecidos en el mar de las Antillas para robar -las posesiones españolas, hicieron una expedición contra ella, -capitaneados por Morgan, famoso bandido del mar, al que ennobleció luego -Inglaterra. En aquellos siglos la política inglesa no fué un modelo de -lealtad. Los reyes de Londres ajustaron repetidas veces tratados de paz -con los reyes de Madrid, y al mismo tiempo dejaban que muchos -aventureros de su país se dedicasen á la profesión de piratas, saqueando -las ciudades españolas de América, indefensas ó descuidadas. Y si no -caían prisioneros y eran ahorcados, les daba títulos nobiliarios y -puestos públicos al volver á Inglaterra cargados de riquezas.</p> - -<p>A cierta distancia de la ciudad de Panamá existen las ruinas de la vieja -Panamá, robada é incendiada por los filibusteros que pasaron el istmo, -dirigidos por Morgan. Estas ruinas ofrecen hoy un aspecto interesante, -pues las ha embellecido la extraordinaria vegetación del Trópico, -cubriéndolas en parte con su follaje. Las más de las casas del antiguo -Panamá eran de madera, y desaparecieron completamente; pero la catedral -y los edificios del gobierno, por ser de mampostería, sobrevivieron al -incendio. Entre las murallas todavía en pie de los caserones que en -otros siglos guardaron las remesas de oro del Perú y de Chile, en espera -de la flota real, han crecido ramajes gigantescos, como sólo pueden -verse en estas tierras. La torre de la catedral, tapizada de plantas -trepadoras, recuerda las eternas ruinas que sirvieron de escenario á -tantos episodios de la literatura romántica.</p> - -<p>He visto los restos de Panamá la Vieja á la hora más<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span> favorable para -estas visitas. Acababa de cerrar la noche. Árboles enormes extendían sus -masas, como borrones de tinta, sobre la lámina celeste acribillada de -puntos de luz. Los faros de nuestro automóvil subieron y bajaron, -abarcando en sus mangas luminosas los restos de la antigua ciudad -española. Así vimos surgir del misterio de la noche, con un resplandor -purpúreo de incendio, el campanario de la derruída catedral y las -murallas todavía en pie de las casas del gobierno. Antes había visto á -la luz del sol la actual ciudad de Panamá, la que fundaron los españoles -en sitio más favorable para la defensa, después del saqueo de los -piratas, y que es hoy capital de la joven República que lleva su nombre.</p> - -<p>En las primeras horas de la tarde se detiene el <i>Franconia</i> en las -esclusas de Pedro Miguel. Los pasajeros van á descender aquí para -visitar la ciudad y las poblaciones recientemente creadas en la zona -interoceánica.</p> - -<p>Horas antes ha subido al buque un joven colombiano que es intérprete -español de las oficinas del canal. Las autoridades norteamericanas -tienen expertos en todos los idiomas del mundo civilizado, y los envían -á los buques que pasan, para comodidad de capitanes y pasajeros. Este -intérprete viene á saludarme en nombre del gobernador americano del -canal, y con él llegan otros empleados nacidos en los Estados Unidos, -pero aficionados á la lectura de libros en español, que desean conocerme -personalmente. Me dicen que en las esclusas van á recibirme una comisión -enviada por el gobierno de Panamá y un grupo numeroso de españoles. -Además, el presidente de la República me espera en su palacio á la hora -del té.</p> - -<p>Escucho estas noticias medio tendido en un sillón de cubierta. ¡Cómo -moverme, con una pierna que no obedece á mi voluntad!... Pero en Pedro -Miguel, donde<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span> empiezan á descender los pasajeros del <i>Franconia</i>, veo -muchos señores que me aguardan y también á lo lejos, en la tierra firme, -varios automóviles adornados con banderas de España y de Panamá. Pienso -que tal vez no podré volver nunca á esta tierra, tan hermosa por su -vegetación, tan interesante por sus recuerdos históricos, y sentiré -remordimiento de no haberla visitado á causa de una enfermedad olvidada -ya entonces.</p> - -<p>Miro mi pierna como á un enemigo que necesito vencer. Debo bajar á -tierra, como los otros pasajeros, que no pueden sentir por Panamá el -mismo interés que yo. Desciendo del buque en andas, lo mismo que una -imagen de procesión, sentado en una silla de junco sostenida por dos -gruesos bambús. Estos bambús los apoyan en sus hombros cuatro camareros -ingleses. Así me llevan por las pasarelas de las esclusas hasta los -automóviles embanderados.</p> - -<p>Emprendemos la marcha, formando una larga comitiva de vehículos, y la -novedad y variedad de las impresiones que voy recibiendo me hacen -olvidar mis torturas físicas. Los caminos de Panamá se hallan tan bien -cuidados, que puede correrse por ellos como en una avenida asfaltada. -Pasamos por barrios que habitan los negros empleados en el canal. Sus -casas son á modo de grandes jaulas. Tienen enormes aberturas para su -refrescamiento por medio del aire, con cierres de tela metálica que las -defienden de los insectos.</p> - -<p>Dentro de la capital llama inmediatamente mi atención la limpieza y -regularidad de su pavimento. Es de ladrillos rojos puestos de canto, -duros como la piedra, cristalizados, sin que un tránsito continuo cause -en ellos desgastes visibles.</p> - -<p>Panamá guarda un aspecto de antigua colonia española, pero elegante, -aristocrático. Fué una ciudad de ri<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span>cos comerciantes, con sucursales en -Lima y otros mercados de la América del Sur; de oidores y altos -empleados de la Península. Los edificios algo antiguos tienen balcones -de madera de gran vuelo, que son á modo de salones adosados á las casas, -pues en ellos pasaban las señoras la mayor parte del día y recibían sus -visitas. La catedral hace recordar los templos andaluces. La antigua -muralla, empleada como paseo en su parte alta, atestigua que Panamá -tiene varios siglos y una historia propia.</p> - -<p>El palacio del presidente de la República es pequeño, pero está situado -frente á uno de los puntos de vista más hermosos que puede ofrecer el -Pacífico. Su construcción ofrece una mezcla interesante. Tiene algo de -árabe, como recuerdo de la madre España, y mucho de un estilo que -pudiera llamarse panameño. El patio central del edificio brilla con -suave resplandor, semejante á la luz nacarada de los bajos fondos del -Océano en las horas meridianas, cuando la luz solar desciende -verticalmente. Columnas, arcos y muros están hechos de pequeños -fragmentos de concha-perla. No hay que olvidar que el famoso -Archipiélago de las Perlas, tan mencionado en la historia de América, -está á pocos kilómetros de aquí, en el golfo que tiende su curva ante el -palacio, y cuyas aguas azules cortan el arco de su puerta.</p> - -<p>En el centro del patio hay una fuente también de nácar, y en ella varias -muestras de la fauna nacional. Sumidas en el agua veo algunas tortugas, -de las que dan la fina concha llamada carey. Dos garzas domesticadas -permanecen inmóviles y pensativas en el borde del tazón, como dos ibis -empequeñecidos.</p> - -<p>Me recibe el Presidente con una cortesía familiar y aseñorada al mismo -tiempo. Es el doctor Belisario Porras, hombre de gran experiencia -política, que ha escrito<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span> además con galanura estudios interesantes -sobre la historia moderna de su país. Me anima cariñosamente á subir al -último piso, desde cuya terraza se goza una vista muy interesante de la -ciudad y el golfo. En los frescos salones inmediatos á dicha terraza es -donde se reunen las señoras á la hora del té, en esta tierra tropical. -Me ofrece su brazo y poco á poco voy realizando la penosa ascensión.</p> - -<p>Encuentro arriba elegantes damas norteamericanas, esposas ó hijas de los -altos empleados del canal y de los jefes y oficiales de su guarnición. -Mezcladas con ellas hay numerosas señoras de Panamá, que guardan en su -hermosura y en la gracia de palabras y ademanes mucho del origen español -de sus abuelas.</p> - -<p>Desde esta altura me va explicando y señalando el Presidente todo lo -notable que lleva hecho la joven República de Panamá, absteniéndose de -recordar que es él quien ha tomado las más de tales iniciativas. Veo de -lejos y á vista de pájaro lo que luego voy á contemplar de cerca, en un -rápido viaje por los alrededores: el gran hospital, único en el mundo, -destinado al estudio de las enfermedades tropicales; los diversos -edificios dedicados á la enseñanza; el monumento á la gloria de Vasco -Núñez de Balboa, que dentro de pocos meses va á ser inaugurado.</p> - -<p>Se nota en Panamá un espíritu de imparcialidad histórica, de gratitud al -pasado, que extiende su influencia hasta los extranjeros. El gobierno -del país elevó espontáneamente este monumento al descubridor del -Pacífico. Los norteamericanos, al crear en su zona una ciudad paralela á -la de Panamá, la han dado el nombre de Balboa. Una de las plazas más -hermosas de la capital se llama de España, y se alza en el centro de -ella la estatua de Cervantes.<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span></p> - -<p>El presidente Porras, tal vez por ser escritor, tiene en torno de él, -como colaboradores políticos, á muchos jóvenes dedicados á las Letras. -Bajo su gobierno la instrucción pública se ha ido desarrollando con una -rapidez y una amplitud como sólo pueden verse en los Estados Unidos.</p> - -<p>Un catedrático, joven y de gran talento, Octavio Méndez Pereira, es el -director de Instrucción pública, que secunda y ejecuta los planes -educativos del Presidente. Voy conociendo á varios poetas jóvenes, de un -sentimentalismo sincero y con una visión intelectual siempre clara y -precisa, que desempeñan igualmente altos cargos públicos.</p> - -<p>Apoyado en un bastón y arrastrando la pierna, me despido de la -distinguida esposa del Presidente y las damas norteamericanas y -panameñas que han venido para conocer al autor de <i>Los cuatro jinetes -del Apocalipsis</i> y sólo han visto á una especie de inválido que no puede -dar un paso sin pedir apoyo y hacer gestos de dolor.</p> - -<p>Sentado otra vez en el automóvil, vuelvo á contemplar las cosas con el -optimismo del que descansa unos momentos luego de haber sufrido -enervantes dolores.</p> - -<p>Fuera de la ciudad me interesa otra vez la flor enorme y roja, abierta -como una estrella de fuego, que se destaca sobre el verde infinito de la -vegetación. Pregunto cómo se llama á Méndez Pereira, y éste sonríe.</p> - -<p>—No sé su nombre científico—dice vacilando—; pero aquí la gente del -país la llama... «papo de la reina».</p> - -<p>¡Yo que esperaba un nombre dulce y poético!... Luego pienso que el vulgo -ha asociado siempre la idea de grandeza con la de majestad real, y por -eso, al querer dar nombre á esta flor sanguínea y desmesuradamente -abierta, sólo pudo pensar en... la flor de una reina.<span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span></p> - -<p>Entrada ya la noche, mis compañeros de Letras, que son directores -generales, subsecretarios de ministerio ó desempeñan otros altos empleos -en esta pequeña y tranquila República, presidida por un escritor, me -llevan á comer al club principal de la ciudad.</p> - -<p>Este hermoso edificio tiene por un lado las antiguas murallas españolas -y en su fachada opuesta los balconajes dan sobre el maravilloso -espectáculo del golfo. La comida es suntuosa. La gente rica de Panamá -sabe vivir bien por tradición, adoptando además los usos elegantes de -los viajeros de todos los países que pasan por su canal.</p> - -<p>A los postres, mis nuevos amigos me recitan sus versos, y lo que tal vez -resultaría inoportuno y penoso en otros lugares, proporciona aquí un -verdadero placer. Al otro lado de la floreada mesa y la baranda de la -galería, extiende el Pacífico su obscura y murmurante superficie, -poblada de luces de buques y de reflejos serpenteantes de astros. Y en -esta penumbra, agitada por el aliento oceánico, que parece traernos la -respiración de mundos que viven al otro lado de la tierra, suenan las -voces de los poetas expresando sus melancolías amorosas ó su lealtad -patriótica; el amor á la mujer pálida, de grandes ojos, aterciopelada y -olorosa como la noche del Trópico; la fidelidad á la tierra natal, que -cuanto más pequeña es, con más entusiasmo la defendemos.</p> - -<p>Cerca de media noche vamos en busca del <i>Franconia</i>, que flota ya en las -aguas del Pacífico, á la salida del canal. Corre el automóvil á través -de parques públicos, exuberantes como selvas; atravesamos poblaciones -limpias, ordenadas, de monótona regularidad, todas ellas con casitas -entre jardines, iguales á las que existen en La Florida ó en California. -Son los barrios de la ciudad de Balboa. En lo alto de una colina se -destaca sobre el firmamento, ocultando con su masa obscura numerosas<span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span> -constelaciones, un edificio que parece interminable, el de las oficinas -del gobierno del canal.</p> - -<p>La ciudad de Panamá queda topográficamente dentro de las diez millas que -se concedieron á los norteamericanos para la defensa de sus obras, pero -como era lógico, ha conservado una absoluta independencia. Penetra sin -embargo hondamente en dicha zona, y á causa de ello, en una sección de -sus afueras, basta caminar unos cuantos metros para haber saltado de la -República de Panamá con sus leyes de nación libre y soberana á la -República de los Estados Unidos con su legislación federal, discutida y -votada en el Capitolio de Wáshington.</p> - -<p>En una esquina es delito beber líquidos alcohólicos, y se castiga con -severas penas llevar una botella de vino, como si fuese un arma -prohibida. En la esquina de enfrente, el comerciante español, chino ó -griego, tiene abierta su tienda de bebidas ó su café.</p> - -<p>El trabajador norteamericano, el soldado, el marinero, y quién sabe si -algunas veces el policía encargado de la observancia de las leyes, no -tienen mas que dar unos cuantos pasos fuera de la acera, y al llegar á -la acera de enfrente, les es lícito emborracharse hasta caer al suelo, -revolcándose en él cuanto quieran con absoluta libertad.<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span></p> - -<h2><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII<br /><br /> -LAS COSTAS DEL PACÍFICO</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Los tres colores del Trópico.—Envidiando á Robinsón.—La madrastra -Naturaleza.—Desfile de tortugas.—Las malas costumbres de la -guerra.—La «Nao de Acapulco».—Cómo los galeones del virreinato de -Méjico atravesaban el Pacífico.—50.000 pares de medias de seda en -cada viaje.—El centinela que se durmió en la muralla de Manila y -despertó en la plaza Mayor de Méjico.—El protestantismo y el -canto.—Temporal frente á Los Ángeles.</p></div> - -<p>Después de Panamá empiezan las navegaciones más extensas del viaje -alrededor del mundo.</p> - -<p>Cuando lleguemos á Asia, las escalas serán cortas; bastará un par de -días para que el buque haga la travesía entre dos puertos célebres. El -más viejo de los continentes tiene encima de su costra los grupos más -densos de humanidad; pueblos que bullen como colmenas, mares interiores, -golfos, estrechos é islas, en cuyas orillas son incontables las -ciudades. Aquí estamos en la inmensa soledad del Pacífico, donde las -olas deben rodar sobre la superficie de medio planeta para ir de una -ribera á otra.</p> - -<p>Necesitamos tres navegaciones algo largas, comparadas con las del resto -del viaje, para salvar el más extenso de los Océanos; de Panamá á San -Francisco ocho días, siguiendo las costas de la América Central, Méjico<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span> -y California; de San Francisco á las islas de Hawai, archipiélago -solitario en mitad del Pacífico, seis días; y desde ellas al Japón, -diez.</p> - -<p>Al salir de Panamá, la serena y luminosa esplendidez del Pacífico -tropical nos envuelve durante una semana. El mundo parece tricromo, como -si no existiesen en él otros colores que el azul, el verde y el blanco. -El cielo es eternamente azul; las aguas de un verde dorado y clarísimo, -que mantiene su transparencia á enormes profundidades; las crestas de -las olas, al levantarse como cascadas invertidas en los arrecifes de las -islas, tienen, lo mismo que las nubes, una blancura inmaculada, que -parece de los primeros días del planeta, cuando la vida animal aún no -había contaminado la pureza de los primitivos ensayos de la creación. -Las costas de la tierra firme y las islas de graciosos nombres -españoles, inventados por los navegantes del descubrimiento, no añaden -ningún color nuevo. Todas son verdes como el mar, pero de un verde más -obscuro, semejante al de los óxidos metálicos.</p> - -<p>El suelo desaparece bajo la arrolladora vegetación. Lianas y matorrales -luchan trabando sus brazos retorcidos, y por encima de esta selva en -muda batalla, cortan el aire graciosos y aéreos ramilletes de palmeras y -cocoteros. En la orilla, cabos é islotes están festoneados con una doble -fila de plátanos.</p> - -<p>Muchos, al contemplar acodados en la cubierta esta Naturaleza libre, en -la que solamente muy de tarde en tarde alcanzamos á ver con los anteojos -marítimos alguna hormiga de paso vertical, que es un hombre, sienten -deseos envidiosos de repetir la aventura de Robinsón. ¡Qué felicidad -vivir en una de estas islas que ignoran el invierno, donde los árboles -dan espontáneamente sus frutos alimenticios de azucarada pulpa, y el -agua cris<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span>talina se pierde cayendo por el acantilado en hilos de -plata!... Ricas damas acostumbradas á todos los refinamientos de la -civilización se sienten de pronto con un alma primitiva, y fantasean -sobre la poética existencia que puede llevarse en estos lugares -esplendorosos, saboreando las ventajas de un salvajismo dulce.</p> - -<p>Yo que he vivido en terrenos desiertos de América, sufriendo las -penalidades del colonizador, quiebro con mi pesimismo tales ilusiones. -Sé por experiencia que la Naturaleza sólo es madre cuando el hombre la -ha vencido y esclavizado, haciéndola saber que existe. Donde los humanos -no la pisotearon en masa durante siglos y no la golpean y desgarran -todos los años con millares de brazos y de máquinas, es una madrastra -que nos ignora y nos abruma bajo sus exuberancias crueles, más aún que á -los seres inferiores, mejor preparados para amoldarse á sus asperezas.</p> - -<p>Dejo de contemplar las islas de lujuriante vegetación. Prefiero el -espectáculo del mar con la fauna innúmera que hierve en sus entrañas. En -el Pacífico puede uno persuadirse, por observación directa, de que la -vida marítima es infinitamente superior en intensidad á la terrestre. -Como toda vida empezó á formarse en el mar y procede de él, es en los -Océanos donde queda más numerosa y latente. Los que, acostumbrándonos al -mar flúido de la atmósfera trepamos por las sinuosidades de la corteza -terrestre recién enfriada, fuimos menos numerosos que los que -permanecieron para siempre á nuestras espaldas, no queriendo abandonar -el elemento originario.</p> - -<p>En los mares de Europa, devastados por una pesca excesiva y empobrecidos -por la aridez creciente de sus fondos, resulta difícil convencerse de la -posibilidad de esta hipótesis científica. En el Pacífico tropical, -frente á<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span> las costas de la América del Centro, el agua parece hervir con -el chisporroteo de las bandas de peces que huyen ante la proa del buque. -Algunos, al saltar fuera del agua, dan varias vueltas en el aire, -muestran su panza blanca, y se dejan caer cómicamente de costado, con -una gracia de payaso torpe.</p> - -<p>Durante las horas meridianas, van desfilando sobre la llanura verde y -dorada, con la tranquilidad que proporciona la ignorancia del peligro, -largas hileras de tortugas. Son enormes y llevan á flor de agua su duro -escudo de carey, isla flotante en la que vienen á descansar las aves -marinas vagabundas, mientras por abajo mueven sus patas rugosas de -lagarto y su cabeza de serpiente tonta.</p> - -<p>Atraídos por la novedad de estos blancos, el comandante y los oficiales -que están en el puente empiezan á tirar sobre ellas con pistolas y -carabinas. Muchas damas americanas pertenecientes á sociedades -protectoras de animales protestan con indignación, y al poco rato cesa -el tiroteo.</p> - -<p>Esta carnicería inútil es una consecuencia de la guerra reciente. En el -<i>Franconia</i>, desde el primer jefe al último camarero, todos llevan en el -pecho condecoraciones militares. Se han batido sobre el mar en navíos de -combate, ó han arrostrado en buques mercantes el torpedazo mortal -durante cinco años. El criado que me sirve á la mesa naufragó dos veces -por haber echado á pique los submarinos alemanes los barcos en que iba. -Los más de sus camaradas pueden contar aventuras semejantes. Acaban de -atravesar un período de la historia humana en que el hombre daba caza al -hombre, lo mismo que en los tiempos prehistóricos, y matar era función -diaria y natural. Y en este Océano tranquilo, luminoso, dulce, al ver -junto á los costados del buque<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span> el confiado desfile de unos animales -enormes y pacíficos, lo primero que se les ocurre es echar mano á sus -armas de fuego, por la satisfacción vanidosa de comprobar y lucir sus -habilidades de tirador.</p> - -<p>Cuando cesan los disparos, vuelven las tortugas á continuar su viaje por -las dos bandas del buque, con la tenacidad de las hormigas que reanudan -su procesión después de la pisada catastrófica del viandante. El Océano -refleja el cielo como un espejo de suave color de turquesa, y repite en -su fondo las nubes del horizonte cual si fuesen leves empañamientos de -su cristal.</p> - -<p>Para acortar la navegación nos separamos de tierra, y durante unos días -sólo vemos mar y cielo en torno del buque; pero sabemos que vamos -navegando ante Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala, á más de -cien millas de su litoral.</p> - -<p>He cesado de sufrir la cosquilla ardiente de los rayos violeta, que -parecen freir la carne. Ya puedo marchar por todo el buque apoyado en un -bastón. El nudo ciático se ha deshecho y la pierna recobra poco á poco -su funcionamiento normal. La vida vuelve á parecerme interesante.</p> - -<p>Una mañana surgen montañas ante la proa. Son las costas de Méjico. La -tierra sale á nuestro encuentro, y vamos á seguirla, con ligeros -eclipses, hasta California. Va pasando por el costado de estribor una -sierra altísima, que aún parece más enorme al descender directamente al -mar sin que nada la encubra. En su ribera se alzan sobre las aguas dos -montañitas redondas y graciosas, como dos pechos femeninos. Deben ser de -gran altura, y sin embargo parecen algo pueril y frágil, dos juguetes, -en comparación con la cordillera que se yergue detrás cubriendo gran -parte del cielo.</p> - -<p>En una de estas montañitas hay un mástil de telegra<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span>fía inalámbrica. En -la cumbre de la otra, un viejo castillo. Es Acapulco.</p> - -<p>Este nombre sólo significará para muchos lectores el de un modesto -puerto mejicano, si es que lo han oído alguna vez. Tal ignorancia nada -tiene de extraordinaria, pues la gran mayoría de los españoles cultos -también se hallan en el mismo caso. Y sin embargo, durante tres siglos -Acapulco fué uno de los puertos más importantes de la colonización -española, y la llamada «Nao de Acapulco» el servicio marítimo más -regular, más extenso y audaz que existía en el mundo.</p> - -<p>Sabido es que Magallanes, después de encontrar el paso que lleva su -nombre, buscó al lanzarse en el Pacífico el famoso archipiélago titulado -de la Especiería, á causa de sus abundantes especias: el llamado -«Maluco» por los geógrafos de entonces, ó sea las actuales Molucas, -propiedad de los holandeses. En aquellos tiempos eran los portugueses -los que explotaban dichas islas, pero Carlos V envió la expedición de -Magallanes porque éste y su camarada el cosmógrafo Rui Falero le -hicieron ver que el Maluco correspondía á sus dominios, á causa de -haberse trasladado, de acuerdo con Portugal, trescientas leguas hacia -Occidente la antigua línea de demarcación trazada por el Papa de arriba -á abajo del planeta, dividiendo los nuevos descubrimientos entre -portugueses á Oriente y españoles á Occidente.</p> - -<p>Pero Magallanes murió combatiendo á un reyezuelo de una de las islas que -después fueron llamadas Filipinas, sus principales capitanes perecieron -asesinados á traición en un banquete de otro reyezuelo, y el último -buque de la flota, bajo el mando de Sebastián del Cano, tuvo que -volverse á España, dando vuelta á toda la redondez del planeta por -primera vez en la historia humana, pero sin haber tomado posesión del -Maluco.<span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span></p> - -<p>Años después, Legazpi cimentó y organizó la conquista de Filipinas, y -aunque España no fué dueña nunca de las islas de las Especias, pudo -establecer cerca de ellas un mercado para su adquisición, que fué -Manila. Entonces empezó la importancia interoceánica del puerto de -Acapulco. Las naves españolas no podían hacer un tráfico regular con -Filipinas siguiendo todo el contorno de África y de Asia. Tampoco -resultaba comercial repetir la hazaña de Magallanes pasando por el -estrecho que lleva su nombre. Esta navegación, que exigía años, sólo -podía realizarla entonces un descubridor ó un pirata. Era preciso -acortar el camino con la colonia oceánica, y el gobierno de Madrid se -aprovechó de la comunicación que tenía establecida con Méjico, -prolongándola á través del Pacífico.</p> - -<p>Los primeros galeones para Manila salieron del Perú porque los vientos -normales favorecían la navegación desde el Callao; pero en cambio, el -viaje de vuelta resultaba difícil por ser los vientos contrarios. La -ruta fué modificada, y estos galeones se trasladaron al virreinato de -Méjico, saliendo del puerto de Acapulco por resultar más favorables las -corrientes atmosféricas del hemisferio Norte, á la ida y á la vuelta.</p> - -<p>El gobierno y los comerciantes de la metrópoli enviaban sus pliegos -oficiales y sus órdenes de compra á Méjico, y el correo, atravesando el -país de Este á Oeste—lo que no era siempre fácil, pues abundaban los -bandoleros y las partidas de indios bravos—, lo llevaba todo al puerto -de Acapulco, en el Pacífico. Allí encontraba á la famosa «Nao», que -solía ser un buque de los más grandes de su época: un galeón de 1.500 -toneladas, algo extraordinario, como un <i>dreadnaught</i> ó un trasatlántico -gigantesco de nuestra época.</p> - -<p>El virrey de Méjico tenía á sus órdenes dos ó tres<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span> naves de esta -especie. Salía un galeón por año para las Filipinas y á veces dos, según -las necesidades del comercio.</p> - -<p>Poco á poco dejaron de traer especias de la colonia oceánica, pues los -portugueses y holandeses se las procuraban á Europa por la ruta de -Oriente. Era la China la que abastecía con sus riquezas el mercado de -Manila. Más de 20.000 chinos vivían en dicha ciudad como mercaderes, -orfebres y tejedores de seda. La famosa «Nao», al llegar procedente de -Acapulco, se abarrotaba de telas de la India, muselinas pintadas, -mantones bordados, obras de plata, y especialmente de medias de seda. En -cada viaje llevaba cuando menos 50.000 pares. La media de seda era en -las ricas ciudades de la América española el mayor de los lujos. Las -damas de Méjico y de Lima, que se tapaban la cara con la mantilla para -aumentar el misterio de sus ojos, llevando al mismo tiempo su hueca -falda tan corta como la de una bailadora, solían cambiar de medias tres -veces al día.</p> - -<p>Al navegar de Manila á Acapulco, resultaba tan enorme el cargamento de -la «Nao», que gran parte de sus cañones quedaban desmontados y guardados -en la bodega para dejar más amplio espacio en los entrepuentes. Su -tripulación de soldados y artilleros era menos numerosa en esta -travesía. Además, los piratas no podían sentirse tentados por el -abordaje de un navío que sólo llevaba riquezas comerciales, fáciles de -robar en cualquier puerto asiático, y muy voluminosas.</p> - -<p>El famoso galeón excitaba la codicia de los ladrones del mar en su viaje -de vuelta, de Acapulco á Manila. En esta travesía apenas llevaba -cargamento; pero todos los cañones iban montados, la tripulación estaba -completa, y además el gobierno aprovechaba el viaje para enviar soldados -á la guarnición de Manila. La «Nao de Acapul<span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span>co» llevaba entonces 600 -combatientes y á veces más. Sus pasajeros eran contados mercaderes en -relación con los comerciantes de Manila, que emprendían tan enorme viaje -para hacer nuevos tratos con ellos.</p> - -<p>La vida á bordo del galeón era la de un buque de guerra. Al llegar á los -archipiélagos oceánicos había vigías en las islas de Guan y de Batan, -que le avisaban por medio de llamaradas si el mar estaba libre ó si -algún pirata inglés navegaba desde meses antes por estos pasos, en -espera de la famosa «Nao». En tal caso, el capitán, que tenía título de -general, anclaba en cualquier bahía segura del archipiélago filipino, -echaba su cargamento á tierra, así como una parte de sus cañones y -soldados, y en esta posición terrestre y defensiva aguardaba la noticia -de que el camino estaba libre.</p> - -<p>El cargamento de regreso, que apenas ocupaba una parte de la cala, era -el más necesitado de defensa. Consistía en dos ó tres millones de duros -que enviaban los comerciantes de América á los de Filipinas como precio -de sus artículos: cajones llenos de piezas de plata, brillantes y recién -acuñadas en las Casas de Moneda de Méjico. Hubo piratas que pasaron dos -años vagando en el Pacífico con la esperanza de sorprender á la «Nao de -Acapulco», y alguno de ellos lo consiguió, enriqueciéndose en pocas -horas.</p> - -<p>Hasta el siglo XVIII se mantuvo esta navegación. La «Nao» salía de -Manila en el mes de Julio y llegaba á Acapulco en Diciembre ó Enero. -Esta era la travesía más larga. Luego, en Marzo, emprendía la vuelta á -Manila, llegando á mediados de Junio. Un año aproximadamente invertía en -su viaje redondo de ida y vuelta.</p> - -<p>Este comercio con Filipinas, á través de las posesiones españolas de -América, enriqueció durante tres siglos<span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span> los palacios de Méjico y Lima, -dejando en ellos gran cantidad de sederías, obras de orfebrería y -porcelanas.</p> - -<p>Muchos capitanes españoles al regresar de Filipinas se quedaron en -Méjico y el Perú, ó sea en mitad de su camino, como si les faltase -fuerzas para abandonar del todo un mundo nuevo, volviendo á la sociedad -reglamentada, ceremoniosa y rutinaria de la península natal. En la -ciudad de Puebla (Méjico) vive la religiosa memoria de la llamada «China -poblana», una princesita china que vino de Manila en la «Nao de -Acapulco», y convertida al catolicismo acabó por morir en olor de -santidad.</p> - -<p>Con la afición característica de los mestizos á creer en brujerías, -milagros y relatos mágicos, el populacho mejicano siempre que inventaba -algo inverosímil escogía como lugar de acción la remota ciudad de -Manila, de donde aportaban los galeones de Acapulco tantas cosas -maravillosas, tejidas y labradas.</p> - -<p>Allá por los últimos años del siglo XVII, los vecinos de la ciudad de -Méjico, al ir á la catedral para oir misa en las primeras horas de la -mañana, vieron á un soldado que se paseaba con el fusil al hombro por la -plaza Mayor, como si estuviese de centinela. Por ser esto una novedad -inexplicable, las autoridades hicieron llamar al soldado, y éste miró -con asombro en torno de él, cual si despertase, no conociendo lo que le -rodeaba. Luego dijo tranquilamente que era de la guarnición de Manila, y -la noche anterior lo había colocado su sargento de centinela en la -muralla de dicha ciudad, siéndole imposible comprender cómo se veía -horas después en Méjico. La mitad de una noche había bastado á brujas y -demonios para llevarle en volandas de un lado á otro del Pacífico, sobre -la curva de una mitad de la tierra.</p> - -<p>El populacho que deseaba ver al centinela de Manila, creyendo á ojos -cerrados en tal viaje, no consiguió<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span> su objeto. La Inquisición se había -incautado del impostor, y tal vez lo embarcó de veras á Filipinas en el -primer envío de soldados, para que hiciese centinela otra vez en los -muros de Manila y repitiese su asombroso vuelo.</p> - -<p>Perdemos de vista las montañas de Acapulco, y al día siguiente, frente -al puerto de Manzanillo, la tierra se aleja de nosotros y queda abierta -la boca del profundo golfo de California, que en los primeros años de su -descubrimiento por los pilotos al servicio de Hernán Cortés, fué llamado -unas veces mar Bermejo y otras mar de Cortés. Es tan enorme la boca del -golfo, que tardaremos cerca de un día en pasarla, llegando al otro -extremo, ó sea al vértice de la península llamada Baja California.</p> - -<p>Navegamos sin vestigio alguno de tierra, como si estuviésemos en alta -mar, y durante las primeras horas de la noche se anima el <i>Franconia</i> -con las luces extraordinarias, la música, el vocerío y los trajes -multicolores de un baile de máscaras, precedido de un desfile por las -diversas cubiertas. Es la víspera de una de las fiestas más -tradicionales del pueblo norteamericano, el famoso <i>Thanksgiving Day</i> -(el Día del Agradecimiento).</p> - -<p>En la mañana siguiente vemos el litoral de la Baja California, pero -navegamos lejos de él por ser costa sucia, como dicen los marinos, á -causa de sus bajos y arrecifes. Bahías, cabos é islotes conservan aún -los nombres que les fué dando el piloto Sebastián Vizcaíno, gran -explorador de la costa de California y fundador de Monterrey, cerca de -San Francisco. Los más son nombres de santos. Eran entonces tan -frecuentes los descubrimientos, que los navegantes españoles necesitaban -valerse del calendario para rotular las nuevas tierras, escogiendo el -nombre del santo del día. Otras veces inventaban el título con arreglo á -los adornos naturales<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span> del país, á su fauna ó al propio estado de su -ánimo. En el fondo del horizonte veo esfumados por la distancia dos -grupos de montañas, á las que dió Vizcaíno los títulos que aún -conservan: isla de Cedros é isla Bonita.</p> - -<p>Por la noche es la verdadera fiesta del <i>Thanksgiving Day</i>, la comida de -gala, con gran profusión de banderas, luces y cánticos patrióticos. -Luego, en los salones de arriba, estos norteamericanos entusiastas creen -que es su deber seguir cantando á coro, y resucitan canciones antiguas -ligadas á los episodios de su historia, desde Wáshington á Lincoln.</p> - -<p>Todos cantan bien, y cada uno toma, instintivamente, el tono que mejor -corresponde á su voz en este conjunto coral. Se nota que han pasado por -las escuelas de su país, donde se canta mucho. Los más pertenecen á la -religión protestante, que exige el cántico á todos sus fieles. Por algo -Lutero fué hábil flautista y muchos apóstoles de la reforma religiosa -expertos músicos. También por la misma causa los himnos nacionales de -todos los países protestantes tienen la lentitud majestuosa de los -salmos.</p> - -<p>Hemos salido ya de la zona tropical. Volvemos á buscar los trajes de -invierno que llevábamos en Nueva York y empezamos á repeler en Cuba, -olvidándolos completamente al llegar á Panamá, como algo quimérico que -jamás volveríamos á usar.</p> - -<p>El Océano toma un color azul plomizo; el horizonte es denso y gris. En -mitad del día consigue el sol perforar las nubes y corta la atmósfera -brumosa con un largo triángulo de luz que parece artificial. Las olas -rompen contra las murallas del buque, levantando nubes de polvo líquido -que durante las breves apariciones solares reflejan en sus facetas las -tintas del arco iris.</p> - -<p>A pesar de su majestuosa estabilidad, el <i>Franconia</i><span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span> danza como un -tapón de corcho sobre las aguas lívidas. Vemos lejos á otros buques, que -se ocultan de pronto cual si los hubiesen tragado las olas, y vuelven á -reaparecer más allá, con saltos de animal asustado, que sacan del mar -toda su proa ó muestran el color rojizo de su vientre.</p> - -<p>Afrontamos un temporal, poco temible á bordo de un buque como el -<i>Franconia</i>, pero molesto para las funciones normales de la vida. Este -oleaje tempestuoso es ante un golfo en cuyo remate está la famosa ciudad -de Los Ángeles, punto de reunión durante el invierno de las gentes ricas -y desocupadas de los Estados Unidos.</p> - -<p>Yo que conozco Los Ángeles contemplo el horizonte gris, como si pudiese -ver á través de sus brumas la costa californiana, con sus huertos de -naranjos y sus enormes hoteles; la isla de Santa Catalina, de inagotable -pesca, cuyas barcas tienen un fondo de cristal para sorprender los -misterios de los bosques submarinos; las avenidas de la ciudad, -compuestas de palacios modernos; los túneles de porcelana brillante que -prolongan estas calles á través de las colinas.</p> - -<p>Hoy es el primer día de Diciembre. Los Ángeles debe tener ya toda su -animación invernal, y nosotros estamos frente á ella—á 100 millas de -distancia mar adentro—, reflejando con nuestras vacilaciones de muñeco -desarticulado los rudos vaivenes que la tormenta hace sufrir al buque. -Es como si atravesásemos una tempestad mediterránea á la altura del -Casino de Monte-Carlo ó del Paseo de los Ingleses de Niza.</p> - -<p>Al salir del golfo de Los Ángeles se va serenando el mar. Un cabo surge -en el horizonte llevando sobre su lomo un pequeño pueblo. Es Punta -Argüello, primer pedazo de los Estados Unidos que vemos en el Pacífico, -y que ostenta un nombre español.<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span></p> - -<p>Una antena enorme de telegrafía sin hilos, un andamiaje piramidal á -estilo de la Torre Eiffel, se alza sobre el dorso del cabo, y en torno -de ella se agrupan varios edificios. Éstos son distintos á los que -pudimos ver de tarde en tarde, en ocho días de navegación, frente á las -costas centroamericanas y mejicanas: casas de un solo piso, largas y -bajas, horizontales, como si se hubiesen tendido en el suelo.</p> - -<p>Aquí los edificios son de una verticalidad audaz; todos de varios pisos, -con el tejado rojo que parece flamear, y las paredes blancas; el -atrevimiento norteamericano unido á la gracia fresca y juvenil de la -California.</p> - -<p>Empezamos á costear otra civilización, otra manera de apreciar la vida.<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span></p> - -<h2><a name="IX" id="IX"></a>IX<br /><br /> -EL SECRETO DE LA ESFINGE AZUL</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">San Francisco y sus bellezas.—El Barrio Chino.—Sus antiguos -laberintos subterráneos.—Su aspecto actual.—Influencia de este -barrio en la proclamación de la República china.—La propaganda en -las calles.—Las farmacias chinas y sus estrafalarios remedios.—El -«Franconia» adquiere nueva vida.—Los duendes de mi camarote.—La -ola que no va á ninguna parte.—Una isla roja que sólo se deja ver -unos minutos.—La esfinge azul y el secreto de sus -estremecimientos.—La Atlántida del Pacífico.</p></div> - -<p>Yo he contado en una de mis novelas, <i>La reina Calafia</i>, cómo la gran -bahía de San Francisco, después de mantenerse oculta dos siglos para los -marinos, se presentó inesperadamente ante los ojos de don Gaspar de -Portolá, coronel español de caballería, que la descubrió por la parte de -tierra.</p> - -<p>La ciudad de San Francisco, nacida en las orillas de esta bahía, que es -un pequeño mar interior con varias islas, puede llamarse la capital -americana del Pacífico. El canal de Panamá le ha causado algún daño; -pero todavía, para los puertos de Asia, es San Francisco el mayor centro -de navegación en la orilla de enfrente.</p> - -<p>Los que desembarcan en sus muelles sin conocer las audacias de la -construcción norteamericana admiran su esplendor. Los que llegan por el -Este, habiendo visitado antes otras ciudades de los Estados Unidos, ven -en San<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span> Francisco una imitación de Nueva York. Pero á pesar de la -uniformidad de todas las urbes de la gran República, ésta conserva una -fisonomía especial que revela sus orígenes de antigua tierra española y -de país de oro al que acudieron hace medio siglo todos los aventureros -del mundo.</p> - -<p>Sus alrededores ofrecen parques y paseos de una vegetación esplendorosa -que parece montada sobre el límite divisorio de la zona tropical y la -fría, participando de ambas floras. El llamado «Presidio», que guarda -aún su nombre castellano por ser el lugar donde estaba el antiguo -fuerte, presidiado por soldados españoles, es un parque frondoso, con -árboles casi seculares. Desde sus praderas puede verse en días serenos, -á través de las columnatas de troncos, el admirable panorama de la -bahía, bordeada de ciudades nuevas, y la Puerta de Oro (<i>Golden Gate</i>), -desfiladero marítimo que le sirve de entrada.</p> - -<p>Se prolongan los paseos por la costa, frente al mar libre. Sobre los -escollos se ven enormes orugas rojizas que son en realidad lobos -marinos, viejos, monstruosos, de pesada obesidad. Hasta aquí llegan -estos habitantes de los mares fríos en sus excursiones hacia las aguas -del Sur.</p> - -<p>Como una cuña verde metida entre el Océano y la gran ciudad, se extiende -el parque de Golden Gate, uno de los paseos más admirables de América. -Numerosos monumentos pueblan con un mundo de figuras metálicas ó -marmóreas sus avenidas de verde eterno.</p> - -<p>En su parte más céntrica, un fraile de bronce se alza sobre su pedestal -con una cruz en la mano. Es el religioso mallorquín Junípero Serra, -primer colonizador de la Alta California, que dió á la ciudad el nombre -de San Francisco, patrón de su orden.<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span></p> - -<p>Frente á él, dos hombres, espada en mano, se arrodillan ante un busto -gigantesco que lleva gorguera rizada y barba puntiaguda. Son don Quijote -y Sancho haciendo acatamiento al novelista que los creó. Dos vecinos de -San Francisco de origen español, antiguos oficiales de Ingenieros que -emigraron á California en 1870, don Juan Cebrián y don Ensebio Molera, -iniciaron la erección de dicho monumento á la gloria de Cervantes y del -primer idioma europeo que se habló en esta tierra, y los californianos -que no quieren olvidar el origen de su patria les secundaron en tal -empresa.</p> - -<p>Lo más original en San Francisco para el viajero que no conoce Asia es -visitar su famoso Barrio Chino. Antes del terremoto de 1906, que lo -arruinó completamente, el <i>China Town</i> de San Francisco era un lugar -misterioso sobre el que se fantaseaba mucho, haciéndolo escenario de -dramas y novelas terroríficas. El terremoto dejó descubierto un segundo -barrio subterráneo, de habitaciones superpuestas y corredores -intrincados: un hormiguero para desorientar al policía más astuto. En -realidad, el profundo laberinto servía para ocultar fumaderos de opio y -casas de juego, las dos pasiones de los chinos á la antigua.</p> - -<p>Hoy, dicho barrio ha sido reconstruído, sin dejar en él nada misterioso. -Guarda de su origen la arquitectura graciosa de sus fachadas y la -riqueza asiática de sus tiendas. Algunos de sus bazares son tan -abundantes y ricos como los de Pekín.</p> - -<p>El chino de San Francisco va vestido lo mismo que un norteamericano. La -nueva República china, al permitir que sus ciudadanos puedan -desprenderse del adorno tradicional de la trenza, facilitó dicha -transformación. Las mujeres del <i>China Town</i> aún guardan el antiguo -traje con pantalones, porque facilita sin duda sus traba<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span>jos domésticos, -pero sólo las más ancianas conservan los pies desfigurados y diminutos -que he visto luego en el ex Imperio Celeste. En días de fiesta, cuando -salen á paseo con su <i>gentleman</i> amarillo y de ojos oblicuos, todas -llevan sombrero y abrigo de pieles, y hasta usan grandes anteojos con -montura de concha, sin duda porque esto les da cierta semejanza con las -profesoras norteamericanas, mandarinas de las letras.</p> - -<p>De este barrio salieron muchos jóvenes que hoy son generales y -personajes políticos en la República china. Aquí se familiarizaron con -las instituciones democráticas de los Estados Unidos, atravesando luego -el Pacífico para implantarlas en su país. Sin el <i>China Town</i> de San -Francisco no hubiera sido posible que el Imperio más tradicionalista y -absoluto de la tierra pasase de un salto á ser República.</p> - -<p>Una juventud de chinos inquietos, vestidos á la moda americana, con un -estilógrafo en el bolsillo superior de la chaqueta, una insignia en la -solapa y el pelo largo y charolado, á estilo de bailarín de <i>dancing</i>, -se dedica por la noche, después de las horas de trabajo, á instruir al -populacho amarillo.</p> - -<p>En mi primera visita á San Francisco vi uno de estos mítines de -propaganda china en medio de la calle. Tres chinitos barrigudos y -graciosos, con ese encanto de los amarillos y los negros cuando están -aún en la infancia, sostenían tres banderas: la de los Estados Unidos, -la del Estado de California y la de la República china. Un <i>gentleman</i> -bien trajeado y de ojos oblicuos, subido en una tribuna portátil, -hablaba á un centenar de compatriotas, obreros del puerto y de las -fábricas, sucios de carbón, vestidos como los mecánicos, pero que -indudablemente se habían cortado la trenza poco tiempo antes.</p> - -<p>Cuando me cansé de la gesticulación ardorosa y las<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span> palabras -ininteligibles del orador, hice preguntar á uno de los oyentes cuál era -el objeto del discurso.</p> - -<p>—Habla—me contestó—para demostrar que los chinos somos superiores á -los japoneses. El Japón es un Imperio donde el hombre no es libre, y en -China tenemos ahora la República.</p> - -<p>A pesar de las tendencias modernas y revolucionarias del <i>China Town</i>, -las tiendas que venden á sus habitantes los artículos de primera -necesidad guardan un aspecto raro y repulsivo para los blancos, que nos -hace recordar muchas originalidades de este pueblo leídas en los libros. -En los despachos de comestibles hay aves secas y ahumadas como el jamón, -y otros alimentos acartonados cubiertos de polvo y de moscas. Los olores -y el aspecto de las cosas revelan una manera completamente distinta de -apreciar la alimentación y un olfato lamentablemente invertido con -relación al nuestro.</p> - -<p>Las farmacias abundan mucho en el barrio. Son el lugar de reunión de los -vecinos. Todas ellas ofrecen asiento á los tertulianos, que charlan y -fuman mientras el boticario, con unas antiparras enormes ante los ojitos -oblicuos, lee ó medita, como un alquimista antiguo en su laboratorio. -Estas farmacias se dan á conocer por unas celosías de madera tallada y -dorada que adornan en forma de arco el fondo de la tienda, muestras -perfectas del arte chino, en cuyos ramajes se enroscan dragones -quiméricos y crecen flores misteriosas. En sus escaparates hay culebras -secas. Según parece, este reptil, rallado y pulverizado, entra en muchas -de las combinaciones de la farmacopea china.</p> - -<p>Mientras conversan los tertulianos, fumando sus pipas largas y de -pequeñísimo hogar, los mancebos de la botica abren y cierran varias -cuchillas fijas en caballetes de madera, cortando incesantemente una -especie de<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span> achicorias verdes y blancas. Deben ser de gran consumo, pues -en todas las farmacias al llegar la noche los dependientes se entregan á -dicho trabajo, para tener pronto el remedio al día siguiente. Estos -vegetales cuestan caros, por ser traídos de la misma China. Únicamente -allá pueden encontrarse sobre los montículos de tierra de las tumbas, y -como crecen junto á los féretros con el zumo de los antepasados, poseen -un poder milagroso para curar la tisis.</p> - -<p>Me limito á enterarme de estas curiosidades farmacéuticas, pero no oso -reirme de ellas. Sé que hace tres siglos nada más era admitido en Europa -que un ratón asado puesto sobre las heridas de arcabuz y de cañón las -curaba inmediatamente, y cierta piedra extraída de la cabeza de las -grandes serpientes, llamada «piedra bezoar», tenía un poder tan -milagroso contra toda clase de enfermedades y venenos, que el emperador -Carlos V se hizo traer una de América.</p> - -<p>Todavía en las naciones europeas existen hoy brujas y curanderos que -emplean clandestinamente una farmacopea más repugnante. Dejemos en paz á -los boticarios chinos. Sus recetas estrafalarias sólo significan que su -ciencia se detuvo en el mismo lugar donde estábamos nosotros hace unos -pocos cientos de años.</p> - -<p>Llegan al <i>Franconia</i> los últimos pasajeros para el viaje alrededor del -mundo. Unos son de San Francisco ó de Los Ángeles. Otros, necesitando -quince días más para sus negocios, renunciaron á visitar Cuba y Panamá y -llegan directamente de Nueva York, atravesando en ferrocarril toda la -anchura de los Estados Unidos.</p> - -<p>Terminan los banquetes y recepciones con que los propagandistas de la -metrópoli californiana han querido obsequiar á los viajeros del -<i>Franconia</i>, y otra vez vuelve á partir éste las aguas del Pacífico.<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span></p> - -<p>Ahora ya no seguimos una costa; vamos á cruzar el más grande de los -Océanos, de una ribera á otra, navegando por su desierto azul durante -medio mes, sin otra escala que el archipiélago solitario de Hawai.</p> - -<p>En la primera noche de esta navegación el buque empieza á moverse con -una inquietud que no había mostrado hasta ahora. Ha adquirido una vida -nueva y ruidosa. Se retuerce como un animal bajo el empellón continuo -del oleaje; suspira, lanza quejidos, silba. El viento muge entre -cordajes y mástiles; luego brama, con ecos metálicos en los embudos de -los ventiladores y el abismo de la chimenea. Las cosas inanimadas -parecen haber poblado su interior con espíritus inquietos. Mi camarote, -mudo hasta ahora, cobija en cada rincón blanco un duende que se divierte -haciendo chacolotear maderas y hierros, con una estridencia que me -enerva y corta mi sueño.</p> - -<p>Al día siguiente, este buque que nos parecía grandioso, sólido y estable -como una catedral, sigue balanceándose, aporreado por el mar, con una -fuerza sorda, disimulada, sin aparato terrorífico. La ola larga hasta -perderse de vista y con suaves pendientes pilla al barco por un costado, -lo asalta durante su marcha, lo levanta, pasa por debajo de él, abriendo -un abismo azul que deja descubierta la curva de su vientre, y se escapa -por el lado opuesto.</p> - -<p>Es la ola del Pacífico, moviéndose en la inmensidad sin un fin -apreciable; la ola que no va á ninguna parte y corre todo el planeta, de -un polo á otro, sin levantar espuma, sin hacer ruido, sin chocar con -obstáculos, pues las islas oceánicas, olvidadas en sus soledades, son -como granos de polvo caídos en un torbellino, como estrellas diseminadas -en el firmamento.</p> - -<p>Estas olas tienen la energía ciega, el silencio feroz,<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span> la inconsciencia -sorda de las fuerzas naturales. Pasan junto á nosotros ignorándonos. No -conocen al hombre. Son diferentes á la ondulación intensamente salada -del Mediterráneo ó á las corrientes acuáticas del Nilo y el Ganges, que -arrullaron la cuna de las primeras civilizaciones y las dieron á beber -con sus pechos maternales. Es la ola de los primeros tiempos del -planeta, cuando aún no había nacido el hombre. Y ahora, en los tiempos -modernos, sólo ha visto pequeños grupos humanos, pueblos rudimentarios, -acampados en islas que son picachos de volcanes y que aún se hallan en -los primeros crecimientos de la infancia.</p> - -<p>En días sucesivos, el mar, que es de un gris azulado y metálico, se va -iluminando hasta adquirir la claridad esmeraldina de los mares -tropicales. El movimiento de las olas disminuye. Hay horas en que el -Pacífico parece una llanura, sin otra ondulación que las leves arrugas -inevitables en toda inmensidad. Y sin embargo, el buque sigue moviéndose -extraordinariamente, sacudido por fuerzas ocultas.</p> - -<p>El Océano, en estos días monótonos de navegación, sólo puede ofrecer dos -espectáculos: la salida del sol y su ocaso. Un atardecer corremos todos -á la proa para contemplar una tierra inesperada. Sabemos que esto no es -posible, pues aún estamos lejos de Hawai, pero nuestros ojos parecen -repeler la verdad. El ocaso nos perturba y nos engaña con una de sus -fantasmagorías prodigiosas.</p> - -<p>Frente á la proa, en el fondo del horizonte, se alza una isla de -brillante rojo, cual si transparentase un fuego interior. Vemos en ella -una ciudad gigantesca, una especie de Nueva York, con altos edificios -grises ribeteados de oro vivo. Tendida en lo alto, como si la cobijase, -hay una nube larga que se inflama con el<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span> mismo resplandor de la ciudad -y semeja un dragón de fuego. Con la rapidez casi instantánea de los -crepúsculos tropicales, se apaga de pronto la isla y su urbe fantástica, -partiéndose en vedijas de vapor que traga el horizonte. El Océano, antes -de entregarse á la noche, toma un color de rosa obscuro, un rosa de -sangre seca, que parece reflejar vastos bancos de coral ocultos en sus -profundidades. Y en esta inmensa llanura purpúrea que se va -obscureciendo, las hélices dejan un camino blanco y verde, un surco de -esmeralda líquida y de espuma.</p> - -<p>Transcurren los días sin que veamos un buque ni una tierra. Creemos -vagar sin rumbo por el desierto marino, como si la vida humana hubiese -terminado en todo el globo y fuésemos nosotros los únicos supervivientes -de la universal catástrofe.</p> - -<p>Contemplamos en el mapa la enormidad del Pacífico, que ocupa toda una -cara de nuestro planeta. En torno á la inmensa cazuela oceánica existe -una cadena circular de volcanes. Por todas partes chimeneas del hervor -central: en las costas de las dos Américas, desde la Tierra del Fuego á -Alaska; en el archipiélago japonés; en las riberas de la China y las -islas oceánicas.</p> - -<p>La tierra tiembla frecuentemente en las orillas del Pacífico. Otros -temblores, tal vez más grandes, pasan inadvertidos al agitar su lecho -submarino, á miles de metros de profundidad. Las islas que emergen de -sus llanuras solitarias son conos de fuego en incesante derrame, ó -cráteres adormecidos desde los tiempos de su descubrimiento por el -hombre, pero que pueden volver á sus vómitos ígneos, pues los siglos -valen menos que segundos en la vida telúrica de nuestro planeta.</p> - -<p>Este Océano está formado indudablemente por una depresión de la corteza -terrestre, que no es uniforme y<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span> sólida, sino fragmentaria y flotante, -como un mosaico de escorias frías sobre el denso globo de materias -ardientes, núcleo de nuestro planeta. Tal vez el encogimiento y la caída -de tal costra, hasta formar el fondo actual del Pacífico, dejaron mal -soldados sus bordes con los bordes de las costas limítrofes, y las masas -de agua que se filtran por tales grietas, deslizándose hasta la gran -masa del fuego central, crean gigantescas evaporaciones, cuya explosión -origina los frecuentes temblores de sus orillas. ¿Quién pudiera conocer -el misterio de este mar, esfinge de cara azul que extiende sus garras de -uno á otro polo?... ¿Llegará á adivinarse un día la historia de los -pueblos que existieron donde hoy ruedan sus olas; de las montañas que se -plegaron en sentido inverso, convirtiéndose al desplomarse en embudos y -simas de la profundidad oceánica?...</p> - -<p>Porque es indudable que en este Océano, donde ahora se navega semanas y -semanas sin ver otra cosa que agua, y las tierras esporádicas son picos -de volcanes que ascienden rectamente muchos miles de metros desde el -fondo, existieron en otra época masas continentales ó largas cadenas de -islas que sirvieron de puentes á los pueblos emigradores de Asia.</p> - -<p>La desaparición de una Atlántida es más segura en el Pacífico que en el -Atlántico. Los pueblos de Europa no ofrecen ninguna semejanza étnica con -los de América. Jamás vinieron tribus del llamado Nuevo Mundo á juntarse -con las nuestras en los tiempos prehistóricos. En cambio, resulta -asombroso el parecido de muchos indígenas americanos con ciertos pueblos -asiáticos.</p> - -<p>Después de viajar por Asia, yo que he vivido en diferentes naciones de -América no puedo comprender cómo se ha dudado y discutido tantos años -sobre el origen remoto de las razas americanas. La pura observación del<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span> -viajero basta para adquirir el convencimiento de que la mayor parte de -los pueblos indígenas de América proceden de Asia.</p> - -<p>En el Japón, en la China, en los archipiélagos poblados por la raza -malaya, he encontrado la misma sonrisa, los mismos gestos instintivos y -no estudiados, iguales miradas, reflejo misterioso del alma, que vi en -los campos de la Argentina todavía no invadidos por la emigración -blanca, en las muchedumbres mestizas de Chile, y más aún en el numeroso -populacho de Méjico.</p> - -<p>Hay un tipo de indio americano—especialmente en la América del Norte—, -de nariz exageradamente aguileña y cara huesuda y larga de caballo, que -no he visto en otra parte y tal vez pueda ser autóctono. Pero los demás -indígenas americanos, de color cobrizo, ojos oblicuos y sonrisa que -puede llamarse «incomprensible», son remotos descendientes de las -emigraciones llegadas de Asia, no sabemos de qué modo, pero -indudablemente á través del Pacífico.</p> - -<p>Por algo los primeros conquistadores españoles, con ese instinto certero -de la ignorancia, que adivina muchas veces por inducción, mejor que el -paciente estudio, al explorar ciertas regiones de América apodaron á los -indígenas, según su sexo, «el chino» ó «la china».</p> - -<p>Y estos nombres aún se usan corrientemente en la actualidad.<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span></p> - -<h2><a name="X" id="X"></a>X<br /><br /> -EL ARCHIPIÉLAGO DEL AMOR</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Islas perdidas en la inmensidad del Pacífico.—Los -redescubrimientos del capitán Cook y el olvido de sus -predecesores.—Los pilotos de España conocen Hawai doscientos años -antes de la llegada de Cook.—Kamehamea I, «Napoleón de -Oceanía».—El amor libre coronado de flores.—Los terribles -decretos de la viuda arrepentida.—Los hawaianos pierden el interés -de vivir en unas islas regidas por la moral de los -blancos.—Maravillosas costas de Hawai.—Las romanzas de un pueblo -de músicos.</p></div> - -<p>Cuando se examina la carta de navegar del Océano Pacífico, llama -inmediatamente la atención un entrecruzamiento de líneas que cubre su -parte superior. Son como los rayos de una rueda, como los filamentos de -una telaraña, y el centro de esta periferia de líneas, que significan -para los pilotos rumbos de navegación, se halla en el archipiélago de -Hawai.</p> - -<p>La parte inferior de dicha carta está espolvoreada de puntos, islas -diseminadas en la inmensidad oceánica, como las estrellas en el cielo. -Arriba, la soledad azul es uniforme y absoluta. En un espacio de miles y -miles de millas, sólo se ven unos cuantos puntitos agrupados: el -archipiélago de Hawai. Más de 2.000 millas le separan de las costas de -América, más de 3.000 de las del Japón, y para llegar hasta los -continentes oceánicos de Australia y Nueva Zelandia—las tierras más -importantes que<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span> tiene al Sur—, es necesario navegar 5.000 millas, -cortar los dos trópicos y la línea ecuatorial, avanzando mucho en el -otro casquete del globo.</p> - -<p>Estas islas solitarias son lugar de obligado descanso para todos los -buques que salen de las costas de América, de Asia ó de Australia, y se -encuentran en el puerto de Honolulu, el más importante de Hawai. Todas -ellas, con sus diversas extensiones, no son mas que remates de montañas -volcánicas emergidas del fondo del Océano; cúspides fértiles, por los -elementos químicos de su tierra y por la temperatura del Trópico, que -descansan sobre un pedestal sumido en el agua 7.000 ú 8.000 metros.</p> - -<p>Su hermosura es innegable y deja en los visitantes un recuerdo firme; -pero aún parece agrandarse por la relatividad de las circunstancias, -pues el viajero llega á ellas después de haber atravesado las monotonías -de un océano desierto.</p> - -<p>Muchos marinos, al hablar de sus viajes por el Pacífico, exclaman con -melancolía:</p> - -<p>—¡Ah, Hawai!... ¡El incomparable puerto de Honolulu!...</p> - -<p>Actualmente, á pesar de lo rápida que resulta la navegación á vapor y de -las comodidades que ofrece un paquebote moderno, la presencia de este -archipiélago, después de una semana de travesía solitaria, es acogida -con entusiasmo. Hay que imaginarse cómo celebrarían los navegantes á -vela, después de varios meses de aislamiento, la aparición de estas -islas surgidas en mitad del Pacífico y descritas como un edén de paz y -dulces placeres por los que las visitaron antes.</p> - -<p>Todos los vapores se dirigen ahora á Honolulu, en la isla Oahu, y esto -es lo único que ven los viajeros durante su escala en el archipiélago -polinésico. Nosotros, antes de Honolulu, visitamos la isla de Hawai, la -mayor de todas<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span> y, sin embargo, la menos frecuentada por la navegación -regular. En ella están los cráteres más altos de esta tierra volcánica, -y el Kilauea, lago de fuego en ebullición, que no tiene nada comparable -en todo el mundo conocido.</p> - -<p>Este archipiélago fué redescubierto en el siglo XVIII por el famoso -capitán Cook. Como los ingleses se dedicaron á los descubrimientos -geográficos con más de un siglo de retraso, cuando ya españoles y -portugueses habían explorado la redondez del planeta, creyeron oportuno -exagerar el valor indiscutible de las navegaciones de Cook, hablando de -ellas como si no tuviesen precedente alguno en Oceanía.</p> - -<p>El famoso capitán Cook fué más sincero que muchos de sus compatriotas, y -en los relatos que dejó escritos de sus viajes menciona varias veces á -los descubridores españoles que le precedieron más de siglo y medio en -el descubrimiento de muchos archipiélagos del Pacífico. Hasta cuenta -haber encontrado en poder de los indígenas de una isla espadas viejas -que procedían de los antiguos marinos españoles.</p> - -<p>Los autores ingleses nunca se han acordado de los precursores de su -ilustre compatriota, de Álvaro de Mendaña, Quirós, Torres y otros -pilotos españoles y portugueses, que dieron á muchas islas y estrechos -de Oceanía los nombres ibéricos que ostentan aún ó sus propios -apellidos.</p> - -<p>Con el archipiélago de Hawai ocurre lo mismo. Al hablar de él se afirma, -como algo indiscutible, que fué Cook el primero que lo descubrió. -Algunos autores más escrupulosos llegan á decir de una manera vaga que -mucho antes del viaje del mencionado explorador habían llegado á Hawai -unos náufragos españoles, pero no añaden á esto ni una palabra.<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span></p> - -<p>Confieso que tampoco sabía yo más que estos autores cuando desembarqué -en Hawai, y por ello quedé sorprendido al encontrar en las tradiciones y -los museos de estas islas numerosos recuerdos que hacen referencia al -primer descubrimiento realizado por los españoles. Los habitantes -actuales del archipiélago polinésico, á pesar de que muchos de ellos -tienen un origen británico por ser norteamericanos, gustan de hacer -retroceder las fronteras de su pasado, la antigüedad histórica de su -tierra de adopción, y esto, unido á ciertos descubrimientos -arqueológicos, les ha permitido reconstruir los tiempos anteriores á la -llegada de Cook, en 1778.</p> - -<p>Dos siglos antes, según las tradiciones del país transmitidas de -generación en generación, pusieron sus pies en la costa de Hawai los -primeros blancos, procedentes de España. Hernán Cortés, al verse -desposeído del gobierno de Méjico por Carlos V, se dedicó á hacer -exploraciones en el Océano Pacífico, con la esperanza de encontrar -nuevas tierras. Él fué el primero que construyó buques en la orilla -americana de este mar, consumiendo tal empresa gran parte de su fortuna.</p> - -<p>Una escuadra compuesta de tres barcos: el <i>Florida</i>, el <i>Santiago</i> y el -<i>Espíritu Santo</i>, bajo el mando de Álvaro Saavedra, fué enviada por -Cortés en busca de las famosas islas de la Especiería; pero las -tempestades del Pacífico la disolvieron, tragándose dos de las naves. Un -capitán español y su hermana pudieron llegar con otros náufragos á una -de las actuales islas de Hawai, siendo acogidos hospitalariamente por -sus habitantes.</p> - -<p>Estos españoles tuvieron que amoldarse á su nueva existencia, -presintiendo que jamás volverían los suyos á buscarles en tierras tan -lejanas é ignoradas, y casaron en el país, llegando á ser guerreros -poderosos. A principios del siglo XIX, en tiempos del emperador -Kamehamea I,<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span> el «Napoleón de Oceanía», algunos de los caudillos que le -secundaban en sus conquistas exhibían como título de suprema nobleza el -ser descendientes del capitán español ó de su hermana, llegados al país -dos siglos antes.</p> - -<p>Las tradiciones de Hawai no mencionan nuevas arribadas de españoles; -pero hace veinte años, al abrirse los cimientos de un edificio fuera de -Honolulu, fué encontrado un gran busto, obra de escultor indígena, hecho -con la fidelidad minuciosa y un poco caricatural de las imágenes divinas -de la Polinesia. Este valioso hallazgo arqueológico se apresuró á -adquirirlo el cónsul alemán de Hawai, y está ahora en un museo de -Berlín.</p> - -<p>Yo vi una copia en yeso que existe en el Museo Bisop de Honolulu, sin -conocer previamente su origen y su título, é inmediatamente atrajo mi -atención, excitando luego mi asombro. Entre las numerosas divinidades -hawaianas de larga nariz y prominente mandíbula, semejantes por su -tallado grotesco á las célebres imágenes de la Isla de Pascuas, me fijé -en una cabeza con melenas, bigote, perilla y gola rizada. Es obra -grosera y primitiva, sus facciones están ensanchadas, pero semeja -reflejar, á través de un espejo deformatorio, cualquiera de los hidalgos -pintados por el Greco ó por Velázquez.</p> - -<p>El catálogo del museo me demostró la exactitud de tal semejanza. La obra -se titula: «Capitán de buque español, esculpido por un artista del -país».</p> - -<p>Afirman las tradiciones que el capitán representado por el escultor -indígena es el mismo que llegó á Hawai como náufrago. Esto no es -verosímil. Un hombre que salió á tierra nadando con sus compañeros de -infortunio no podía guardar la gola rizada, la capa y todos los detalles -indumentarios que se adivinan en el resto de dicha escultura. Además, el -marino español del busto más bien parece del siglo XVII que de la época -de Cortés.<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span></p> - -<p>El modelo fué indudablemente uno de los muchos capitanes de galeón que, -al ir á Filipinas desde Acapulco, ó al regreso, se vieron obligados á -tocar en el archipiélago de Hawai. Éste se halla un poco más arriba de -la ruta seguida habitualmente por la «Nao de Acapulco», mas al regreso -de Manila los vientos reinantes hacían navegar á los galeones muy al -Norte, poniendo la proa al cabo Mendocino, en la California. Además, con -la ayuda de la máquina de vapor es posible fijar un rumbo marítimo, casi -lo mismo que una ruta terrestre; pero en la navegación á vela la -voluntad del hombre tiene que ser esclava de las fuerzas caprichosas del -mar y del viento. Más al Norte que Hawai está el Japón, y sin embargo, -don Rodrigo de Vivero, al cesar en su gobierno de Filipinas y volver á -España, se vió desviado de su rumbo por una tempestad y arrastrado á las -costas japonesas, siendo el segundo navegante europeo que pisó dichas -islas, después del portugués Méndez Pinto.</p> - -<p>Es casi seguro que los galeones de Acapulco, en su viaje anual á Manila, -tocaron siempre que les fué conveniente en el archipiélago de Hawai, -bien conocido por sus pilotos.</p> - -<p>Juan Gaetano, navegante español, estuvo en varias de estas islas en -1555. Un pirata inglés, luego de sorprender y robar á uno de los navíos -de Acapulco en el siglo siguiente, llevó á Londres una carta de -navegación encontrada en el camarote del capitán. En esta carta -figuraban las islas de Hawai, muy cerca de la ruta normal que debían -seguir los buques españoles en su viaje á Filipinas. Un error de -situación las colocaba algunos grados más allá de su verdadera latitud, -pero todas ellas figuraban en el mapa con los nombres que les había dado -el piloto Gaetano en su primera expedición. Hawai era llamada «la Mesa»; -Mahui, «la Desgraciada»,<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span> y las islas más pequeñas tenían la -denominación común de «los Monjes».</p> - -<p>Los marinos, en aquella época de guerras y piraterías, procuraban -guardar los descubrimientos en absoluto secreto, para aprovechamiento de -su país. Por esta razón los españoles callaron durante dos siglos la -existencia de Hawai, que podían utilizar como refugio en mitad de su -camino á las Filipinas, aunque estuviese dicho archipiélago algo al -margen de su ruta.</p> - -<p>Otros descubrimientos de archipiélagos oceánicos realizados por los -españoles resultaron infructuosos al convertirse poco á poco en un -secreto únicamente conocido por los navegantes. El poder colonial de -España era entonces tan extenso, que unos cuantos grupos de islas de -vida salvaje, perdidas en las inmensidades del Pacífico, poco podían -interesar á una nación poseedora de la mayor parte de América y de las -Filipinas. Las otras potencias de aquellos siglos, á pesar de su deseo -de adquirir colonias, tampoco se preocuparon de poseer estos -archipiélagos oceánicos, numerosos, diminutos y esparcidos como puñados -de arena. Sólo en época modernísima, al finalizar la primera mitad del -siglo XIX, empezó á dejarse sentir la influencia civilizadora de los -países cristianos en las numerosas islas del Pacífico, muchas de las -cuales aparecen erróneamente como descubiertas por el capitán Cook y no -visitadas antes por ningún otro marino.</p> - -<p>Cook dió al actual archipiélago de Hawai el título de Islas Sándwich, en -honor del ministro inglés del mismo nombre. Los indígenas, que á su -llegada vivían aún divididos en tribus hostiles, le recibieron con -veneración, como un enviado de su dios Lono; pero esto no impidió que lo -matasen al intervenir en una riña entre sus marineros y los naturales.<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span></p> - -<p>Antes de morir pudo conocer á un joven guerrero, llamado Kamehamea, que -empezaba su carrera de caudillo. Éste fué el gran héroe del país, y su -estatua moderna figura en uno de los paseos de Honolulu. De 1784 á 1819 -emprendió una serie de empresas militares y civilizadoras -extraordinarias, repitiendo dentro de su pequeño mundo oceánico las -aventuras heroicas que realizaban al mismo tiempo en el hemisferio -opuesto del planeta los generales de la República francesa y Napoleón -con sus lugartenientes.</p> - -<p>Creó una flota de canoas de guerra, y fué pasando de isla en isla para -vencer á sus reyezuelos, convirtiendo al fin en un imperio el -archipiélago de Hawai. Convencido de la superioridad de los blancos, -buscó el apoyo de Vancouver y otros marinos ingleses exploradores del -Pacífico, comprándoles cañones y un barco viejo de guerra. Luego, -aprovechándose de la gran facilidad del pueblo canaco para aprender las -artes de los extranjeros y copiar sus obras, llegó á construir buques -semejantes á los de los blancos. Ensanchó y fortificó á Honolulu, -capital creada por él, y al morir, en 1819, proyectaba nada menos que la -travesía de una gran parte del Pacífico con todo su ejército, para ir al -otro lado de la línea ecuatorial á conquistar la isla de Taití y otros -archipiélagos del Pacífico del Sur.</p> - -<p>Su largo reinado fué una mezcla de aprendizajes de civilización y viejas -costumbres que se resistían á perecer. En tiempos de Kamehamea, los -personajes de la corte se esforzaban por imitar los trajes y costumbres -de los europeos, y al mismo tiempo, sus sacerdotes, unos brujos -adivinos, seguían realizando sacrificios humanos. Cuando murió el -emperador, los funcionarios más importantes, para atestiguar su pena, de -acuerdo con los antiguos ritos, se arrancaron los dientes y se quemaron -la cara.<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span></p> - -<p>La esposa de Kamehamea, mujer sensual y enérgica, que había dado muchos -disgustos al emperador con sus infidelidades matrimoniales, quedó como -regente del reino é hizo una revolución en las costumbres, modificando -para siempre el aspecto original del archipiélago. Esta reina, llamada -Kahumano, había sido en su juventud muy ligera y tornadiza en amores, lo -que nada tenía de extraordinario por lo que diré más adelante. Mostraba -además la rara particularidad de gustarle siempre los reyezuelos y los -guerreros enemigos de su marido. El victorioso Kamehamea iba matando en -los combates á sus rivales, pero su esposa se daba igual prisa en -reemplazarlos. El marino Vancouver, durante su permanencia en Hawai, -tuvo que intervenir amigablemente para reanudar las buenas relaciones -entre los dos cónyuges reales.</p> - -<p>Cuando la esposa de Kamehamea se vió al frente del reino, era ya vieja; -sus pasiones empezaban á enfriarse, y además iban llegando al país -muchos blancos que no eran marinos, sino misioneros ingleses y -norteamericanos, disputándose entre ellos el honor de convertirla al -cristianismo.</p> - -<p>Hasta entonces las islas de Hawai habían sido el archipiélago del amor, -como Taití y otras tierras de costumbres fáciles y sexualidad libre, -ignorantes de nuestros escrúpulos morales. Para toda mujer de Hawai era -motivo de orgullo poder mostrar una larga lista de amantes. Los hombres -procuraban casarse con una hembra cuya belleza fuese apreciada y -elogiada por todos sus amigos, á causa de no guardar ya ningún secreto -para ellos. El acto carnal no tenía nada de pecaminoso en esta vida -primitiva. El amor libre iba acompañado de cantos, bailes, versos y -coronas de flores. Las fiestas públicas acababan en voluptuosidades -generales sin tapujo al<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span>guno, como si con ellas se cumpliese un rito en -honor de la Naturaleza.</p> - -<p>La viuda de Kamehamea, triste por su decadencia física y rodeada de -misioneros, abominó de todo lo que había amenizado y embellecido su -juventud, y fué dando decretos, en los cuales se castigaba el adulterio -ó la simple fornicación fuera del matrimonio, con la pérdida de los -bienes y un año de cadena, luego de ser azotados los dos culpables en la -plaza pública. En caso de reincidencia eran sumergidos en el mar, y -únicamente se les sacaba del agua cuando estaban próximos á morir. Si -después de esta prueba horrible volvían á sentirse tentados por el -demonio de la impureza, «serán decapitados—decía el edicto—, según la -ley de Dios».</p> - -<p>El resultado de tal moralización á estilo draconiano fué que el -archipiélago empezó á despoblarse. El gobierno tuvo que importar chinos -y japoneses para que los campos no quedasen incultos. El canaco, que -sólo comprendía la existencia con un collar de flores sobre el pecho, -una guitarra en las manos y una mujer que bailase la <i>hula</i> moviendo las -caderas, sin más vestido que un faldellín de fibras vegetales, al ver -que le privaban para siempre del amor libre y variado, prefirió morirse.</p> - -<p>Al mismo tiempo que la severa moral cristiana, fueron penetrando en las -islas otras innovaciones de los blancos: el alcohol, las enfermedades -venéreas, el afán del dinero; y estas calamidades aceleraron la general -mortandad. Hoy, sólo una pequeña parte de los habitantes del -archipiélago son descendientes de los antiguos canacos, súbditos de -Kamehamea. América y Asia han enviado la mayor parte de la población -actual, y junto con los japoneses, chinos y norteamericanos, -existen—particularmente en la isla de Hawai, donde abundan los ingenios -de azúcar—muchos portugueses y cierto<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span> número de españoles, venidos de -las Repúblicas de la América del Sur.</p> - -<p>De los tiempos paradisíacos del archipiélago, sólo han conservado los -hawaianos sus aficiones á las flores y á la música. Esta disposición de -todos ellos para la música es conocida en el mundo entero. Actualmente -constituye una industria, y en las ciudades importantes, así como en las -estaciones de moda invernales y veraniegas, se encuentran orquestas de -hawaianos, músicos de tez de canela, con pantalones blancos, camisa de -igual color y un collar sobre el pecho de papeles amarillos y rojos -apretados como un cordón. Este es un símbolo de los antiguos collares de -flores, que sólo se usan ya en las grandes fiestas.</p> - -<p>La música hawaiana se halla extendida igualmente por el mundo, pero hay -que oirla en el archipiélago, donde conserva su antigua melancolía -amorosa y no ha sido desfigurada por las exigencias del baile en los -modernos <i>dancings</i>. Todo canaco de alguna cultura es poeta y músico. -Algunas de sus reinas fueron grandes improvisadoras de romanzas, así -como las damas de su corte.</p> - -<p>Cuando Kamehamea II, saliendo de la tutela de su austera madre, subió al -trono, quiso conocer el mundo de los blancos, tan admirado por su padre, -y adoptó la audaz resolución de hacer un viaje á Londres. Esto fué en -1824, y un viaje en buque de vela de Hawai á las islas Británicas por el -cabo de Hornos representaba un año de navegación.</p> - -<p>El vecindario de Honolulu fué bajando al puerto, asombrado y lloroso, -por la aventura que emprendían sus monarcas. Casi no los reconoció. El -hijo de Kamehamea iba vestido de húsar inglés, y su esposa llevaba un -traje rojo de terciopelo, de cola larguísima, con som<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span>brero enorme de -igual género, indumentaria de otros climas, que la hacía sudar -copiosamente.</p> - -<p>Como todos lloraban, la reina, al subir al buque, reclamó silencio, y -empezó á cantar una romanza compuesta por ella, expresando el dolor de -su partida y la confianza en su regreso. Ninguno de los dos volvió á sus -poéticas islas. Meses después de su llegada á Londres, murieron de -melancolía bajo un cielo brumoso. Se extinguieron poco á poco, con el -dulce y humilde asombro de un par de pájaros tropicales trasladados -bruscamente á un país de nieve.</p> - -<p>Me imagino cómo recordarían ambos desterrados los paisajes de sus islas -nativas, que tan profundamente se fijan en la memoria del viajero.</p> - -<p>Estoy en la proa del <i>Franconia</i> viendo cómo sube y se dilata, llenando -todo el horizonte, una muralla que tiene por remates cimas y pitones de -rocas volcánicas. Es la isla de Hawai que ha dado su nombre al antiguo -archipiélago de Sándwich.</p> - -<p>El mar tiene un azul luminoso en esta mañana del Trópico. Todos vamos -otra vez vestidos de blanco. Se ven fragmentos del paisaje insular -teñidos de un verde claro de tierra cultivada, pero más de la mitad de -la isla, no obstante el esplendor matinal, permanece envuelta en nubes -de plata sombría. Son los vapores del Mauna Kea, el volcán más grande y -más alto, heridos por los rayos del sol.</p> - -<p>Según nos aproximamos, las montañas, que tenían de lejos un color gris -de lava, se van haciendo verdes. El Mauna Kea queda á un lado con su -brumoso sudario, y vemos al fin la verdadera fisonomía de la isla.</p> - -<p>Las vertientes son antiguas cascadas de lava petrificada, pero en las -arrugas tortuosas de sus barrancos crece una compacta arboleda. Entre -estos cordones de<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span> verde obscuro se extienden grandes declives de verde -esmeralda: las plantaciones de caña de azúcar. Algunas de ellas, por -estar la caña en flor, aparecen moteadas de un blanco sonrosado.</p> - -<p>Navega el <i>Franconia</i> cerca de la costa, todo lo que es prudente en un -archipiélago volcánico donde surgen de pronto arrecifes y pequeños -islotes y vuelven á desaparecer poco después, sin dar tiempo á que los -marquen en las cartas de navegar. Unas veces la costa es vertical hasta -una altura de centenares de metros; otras avanza en pequeños cabos de -lomo redondo ó agudo. Las nieves de las montañas del interior descienden -hasta la costa al liquidarse, y caen en el Océano como cables blancos y -espumosos de incesante volteo. Vistos de cerca, estos torrentes deben -ser de una energía enorme, que se pierde sin provecho para nadie. Es tan -escasa la gente en las islas, que á pesar de que pertenecen ahora á los -Estados Unidos—primera potencia industrial del mundo—, nadie piensa en -aprovechar tales fuerzas.</p> - -<p>Al pie del acantilado, muchos peñascos están perforados por las olas, en -forma de cuevas ó de pórticos. Apenas puede verse el color negruzco de -la piedra, lo mismo á orillas del mar que en las cumbres. El Trópico -cubre la áspera lava con una vegetación eternamente primaveral. De lejos -parece sutil pelusa verde, levísimo musgo, y sólo cuando vemos moverse -en estas praderas insectos diminutos que son vehículos ó caballos, nos -damos cuenta de las proporciones del falso césped.</p> - -<p>Se abre á ras del mar la barrera montañosa en valles triangulares. Se -ven en ellos casas de madera entre grupos de palmeras; pero los -edificios, cuando no los miramos con anteojos, parecen guijarros, y los -árboles simples matas. Un ferrocarril sigue la costa, salvando las -corta<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span>duras de valles y desaguaderos sobre largos viaductos, unos -sólidos, otros colgantes. En las playas ruedan incesantemente dos líneas -de olas gigantescas. Hay ante ellas unas estacadas de pilotes de piedra; -pero no son obra del hombre, sino fragmentos verticales de murallas de -coral rotas por el tenaz ariete de las aguas. La doble hilera de -rompientes se hincha, avanza, transparentando la luz como un muro de -esmeralda, y se desploma entre los retorcimientos de su cabellera de -espumas.</p> - -<p>Sigue avanzando el <i>Franconia</i> con dirección al invisible puerto de -Hilo, capital de la isla. Un gran remolcador ha venido á su encuentro, y -le precede después para señalar el rumbo seguro en este mar abundante en -peligros y emboscadas, menos frecuentado que el de Honolulu.</p> - -<p>Empezamos á ver pueblos en la costa. Son en realidad bosques por las -gallardas arboledas que se alzan entre los edificios. Estas casas, -vistas de lejos, ofrecen un aspecto japonés, á causa de la forma de sus -techos.</p> - -<p>La isla expele humo por todas partes. Arriba, los conos de sus volcanes -están envueltos en una nube siempre renovada. Al nivel del mar, los -acantilados lanzan una respiración blanca. Todos los ángulos entrantes, -roídos por las olas, tienen una grieta volcánica de continua exhalación. -Es un humo tenue, casi transparente, que parece embellecer el paisaje -con un adorno inesperado. Pero esta corona de chorros de humo que se -prolonga en torno de la isla entera resulta inquietante y amenazadora. -Contrasta con el esplendoroso terciopelo verde, moteado de oro, que -invade sus tierras en declive y sólo deja de cubrir las alturas de los -cráteres, donde la lava permanece desnuda.</p> - -<p>Al atardecer doblamos un cabo y se abre ante nosotros una bahía en cuyo -fondo hay poblaciones disemi<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span>nadas, grupos de techos sombreados por -cocoteros y palmeras.</p> - -<p>Un vaporcito viene hacia nosotros tripulado por hombres vestidos de -blanco. Esta embarcación deja detrás de ella una melodía de voces é -instrumentos. Atenuada por las inmensidades del Océano y del cielo, -tiene la fragilidad sonora, cristalina é inocente de las viejas cajas de -música. Es Hawai, el antiguo Hawai de los collares de flores, de los -cantos de amor, de las danzas voluptuosas y las poesías improvisadas, -que sale á nuestro encuentro.</p> - -<p>Echan una escala desde el buque y trepan por ella, ágiles pero con -voluntaria lentitud, los músicos de pantalón blanco y collar en el -pecho. Tienen la mesurada gravedad de los que van á cumplir una función -patriótica. Tras de ellos suben varios periodistas del país, que desean -verme.</p> - -<p>Forma grupo la orquesta en una de las cubiertas. Se compone de violines, -de guitarras, que tocan los hawaianos acostándolas en una rodilla para -pellizcarlas á estilo de salterio, y de un guitarrito que puede -guardarse en un bolsillo y es el verdadero instrumento nacional. Algunos -pasajeros, conocedores del archipiélago por anteriores viajes, esperan -con avidez esta música.</p> - -<p>Van á tocar el <i>Aloha</i> (pronunciar <i>Aloja</i>), título que quiere decir -indistintamente «Adiós» y «Bien venido». Los conferencistas del -<i>Franconia</i> nos han explicado en noches anteriores que el idioma de -Hawai sólo consta de treinta y dos palabras, y una misma palabra -significa cosas diversas, según su colocación en la frase. Las letras -las pronuncian todas, y esta pronunciación, según los citados -conferencistas, se parece á la española más que á ninguna otra lengua. -Tal pobreza aparente de palabras no ha impedido á los hawaianos ser -poetas<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span> en los momentos importantes de su vida. Ahora <i>Aloha</i> significa -«Bien venido».</p> - -<p>Empieza la música y empieza igualmente el encanto adormecedor, suave, -«poético»—no puede emplearse otra palabra más exacta—, que nos va á -acompañar todo el tiempo que permaneceremos en el archipiélago, -siguiéndonos de una isla á otra.</p> - -<p>En este momento, mientras escribo las presentes líneas, siento la -influencia, la obsesión de la música hawaiana que empieza á sonar en mi -memoria. El que ha oído el <i>Aloha</i> y otra romanza titulada <i>El collar de -las islas</i>, las canturrea siempre en los momentos que ensueña despierto, -y se considera infeliz cuando no puede recordarlas.</p> - -<p>No es música enérgica y violenta, como la de muchos pueblos primitivos; -tampoco es el lamento temblón y monótono de las razas orientales. Tiene -un sentimentalismo delicado, que pudiéramos llamar literario; es la -romanza lánguida y añorante de una gente de musicalidad superior. No -entran en ella muchas notas, y sin embargo se repite sin fatiga, -deseando llegar á su final por el placer de cantarla de nuevo.</p> - -<p>De todos los músicos del mundo civilizado, el único que viene á la -memoria al escuchar estos <i>Lieder</i> amorosos del antiguo Hawai es -Schúbert.<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span></p> - -<h2><a name="XI" id="XI"></a>XI<br /><br /> -EL LAGO DE FUEGO</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Las mujeres de Hawai, superiores á los hombres.—El cinematógrafo -en el archipiélago.—El baile de las «hulas» y los actuales tapujos -impuestos por la autoridad.—El paganismo de la reina -Lilinu-Kalami.—Las selvas de helechos.—El cráter-lago del -Kilauea.—El guarda del volcán.—Nocturno rojo.—Una calefacción -nunca vista.</p></div> - -<p>Como llegamos en la tarde de un domingo, todo el vecindario de Hilo está -en los muelles. Además, la presencia de un buque del tonelaje del -<i>Franconia</i> representa un suceso para la isla de Hawai. Los grandes -paquebotes del Pacífico pasan de largo y no se detienen hasta Honolulu, -que está á doce horas para ellos, pero á dos ó tres días de distancia -para los habitantes de la antigua Hawai, obligados á valerse de pequeños -vapores que hacen escala en varias islas del archipiélago antes de -llegar á su capital.</p> - -<p>En el puerto de Hilo sólo vemos anclados algunos veleros de gran cabida -y cinco ó seis palos, como únicamente pueden encontrarse en los -desiertos del Atlántico y el Pacífico ó en sus bahías insulares. Vienen -á cargar maderas olorosas. El sándalo ya no es abundante, pero en -tiempos de Kamehamea I y sus inmediatos sucesores fué la principal -riqueza del país y su único artículo de exportación. Cada vez que el -belicoso emperador necesitaba dinero para sus guerras hacía una corta de -sán<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span>dalo, y acudían inmediatamente flotillas de juncos chinos, de -arquitectura y velamen medioeval, para llevarse la preciosa madera.</p> - -<p>Los muelles y los terrenos inmediatos al puerto están ennegrecidos por -el rebullir de la muchedumbre que espera y por numerosos automóviles. En -muchas tierras oceánicas fué extraordinaria la facilidad con que el -indígena adoptó las comodidades más elementales del progreso. Los -antiguos habitantes de Hawai, aunque celebraban sacrificios humanos, -nunca fueron antropófagos; pero en otras islas puede decirse que los -naturales han saltado de la pierna de misionero asada al manejo del Ford -y la pluma estilográfica. En Hilo, todo comerciante, empleado ó modesto -tendero tiene su automóvil. Además, son numerosos los chófers con -vehículo propio que se dedican al servicio público.</p> - -<p>Al llegar á esta primera escala después de América, nos salen al -encuentro la Oceanía con sus razas de origen malayo y el Asia con toda -la variedad de sus pueblos emigrantes. La vestimenta es uniforme; todos -van á la moda norteamericana, con telas ligeras y colores claros, pero -los rostros ofrecen una enorme variedad, á causa de los diversos -orígenes de los habitantes, canacos, chinos, japoneses, americanos y de -varias procedencias europeas.</p> - -<p>La policía empuja al gentío para que deje un espacio libre ante el -<i>Franconia</i>, y éste se adosa poco á poco al más extenso de los muelles, -cubriéndolo todo con su alto muro de acero perforado de ventanos.</p> - -<p>Hay un grupo de muchachas, en mitad de este vacío, vestidas de blanco, -de rosa, de azul, que llevan en sus brazos cientos de collares, -encarnados y amarillos. Son hawaianas que guardan las costumbres del -país y vienen á dar la bienvenida á los viajeros, colocándole á cada<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span> -uno su correspondiente collar, con arreglo á la tradición. Todas ellas -saben los bailes de las antiguas <i>hulas</i>, y han organizado para esta -noche un festival hawaiano, que nos hará conocer los cantos y las danzas -de los tiempos idílicos, anteriores á la austera viuda de Kamehamea.</p> - -<p>Son jóvenes esbeltas, ligeras, de sueltos y graciosos movimientos. Se -adivina en su paso y en las posiciones que toman al quedar inmóviles la -agilidad saludable de sus cuerpos. Unas son bronceadas, como las -antiguas canacas; otras, pálidas y casi rubias por el cruzamiento de los -blancos con sus madres y abuelas.</p> - -<p>Cuando digo bronceadas hablando de las hawaianas—como más adelante, al -describir las mujeres de Java—, entiéndase que aludo al bronce dorado y -luminoso, al bronce claro y limpio que tiene casi la misma tonalidad del -oro; no al bronce sucio, obscuro y de tonos verdosos. La tez de algunas -de estas jóvenes parece brillar como los objetos metálicos recién -pulidos por una violenta frotación. Sus cuerpos de gallardía gimnástica -se revelan á través de sus ligeras vestimentas, como los de las griegas -que tomaban parte en los Juegos Olímpicos.</p> - -<p>Todas ellas circulan por el muelle coqueteando con los hombres, y son -las primeras que entran en el buque, mirándolo todo con graciosa -audacia. Luego empiezan á meter sus collares por las cabezas de los -viajeros, tratando á señoras y señores como si fuesen amigos, conocidos -por ellas toda su vida.</p> - -<p>En Hawai la mujer se ha considerado siempre superior al hombre, tal vez -porque, en los pasados tiempos de comunismo amoroso y voluptuosidad -libre, se vió muy solicitada y pudo escoger y mandar. Ya hemos dicho -cómo el heroico Kamehamea pasó su vida engañado y<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span> dominado por su -esposa. Todos los súbditos debieron vivir en igual dependencia que su -emperador.</p> - -<p>Hoy las mujeres de Hawai son de costumbres regulares y virtuosas, ni más -ni menos que en los otros países, pero conservan por tradición cierta -superioridad directiva sobre el hombre. Además, esa educación -fomentadora de la energía, que adquiere el sexo femenino en todo país -donde implantan los Estados Unidos sus escuelas, contribuye á aumentar -dicha independencia.</p> - -<p>Tres de las jóvenes, siguiendo las indicaciones de los periodistas que -salieron al encuentro del buque, vienen á mí para colocarme tres -collares sobre los hombros, saludando en inglés con palabras de -exagerado elogio al autor de <i>Los cuatro jinetes del Apocalipsis</i>. Otras -de sus compañeras no osan acercarse y me sonríen desde lejos.</p> - -<p>—¿Pero es que todas estas señoritas—pregunto á uno de los -periodistas—han leído mi novela?...</p> - -<p>Sonríe el interpelado con incredulidad. Tal vez unas cuantas de ellas -conocen mi libro, que está en todas las bibliotecas públicas de la isla. -Abundan en Hawai las librerías populares. Las dos preocupaciones del -norteamericano son la higiene y la educación, y cuando se posesiona de -un país, lo primero que hace es combatir las enfermedades contagiosas y -abrir escuelas y bibliotecas.</p> - -<p>—Lo que puedo afirmar—continúa el periodista—es que todas las -muchachas de la isla han admirado el <i>film</i> sacado de su novela.</p> - -<p>El cinematógrafo es en Hawai una diversión permanente. Sólo de tarde en -tarde llega alguna compañía dramática de los Estados Unidos ó de actores -del Japón, para los numerosos compatriotas suyos que existen en el -archipiélago. El llamado «teatro mudo» funciona todas las noches, -repitiendo sobre unas tierras perdidas en<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span> la inmensidad del Pacífico lo -mismo que ocurre en muchas ciudades provinciales de los continentes -europeo y americano. Las muchachas copian gestos y trajes de las -heroínas cinematográficas, y los jóvenes hacen idénticas imitaciones. Al -llegar yo al archipiélago comentaban los periódicos burlonamente la -afición creciente de la juventud hawaiana á usar sombreros á la española -y patillas cortas, como Rodolfo Valentino, el famoso protagonista del -«film» <i>Sangre y arena</i>, hecho en los Estados Unidos.</p> - -<p>Cuando cierra la noche vamos á la ciudad de Hilo, que está algo distante -del puerto, para asistir al festival hawaiano. Éste se celebra en un -teatro japonés, casi igual á los demás teatros, con la única -particularidad de tener más de ancho que de profundo. Las filas de -asientos son poco numerosas y en cambio larguísimas; el escenario tiene -una gran latitud y poco fondo.</p> - -<p>Empieza á caer una lluvia fina y tibia, el refrescamiento diario de los -países tropicales, que gozan de una vegetación exuberante. Los caminos -de asfalto brillan como espejos negros, reproduciendo invertidas en su -fondo las columnas del alumbrado público con sus globos de luz láctea y -los cocoteros en apretada alineación á ambos lados de la ruta. La tierra -exhala el olor punzante y fecundo del guano. Es el rudo perfume de un -suelo de rápida putrefacción vegetal, en el que se mezclan y descomponen -incesantemente el humus, la lluvia, el sol y la lava desmenuzada, para -engendrar sin descanso nuevas vidas y nuevas muertes.</p> - -<p>La representación dura tres horas. Todos hemos llegado dispuestos á -aguantar cortésmente un espectáculo monótono, y salimos de ella -interesados y complacidos.</p> - -<p>Ya no pueden presentarse en público las actuales bailarinas hawaianas -como las <i>hulas</i> de otros tiempos.<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span> Éstas llevaban por todo traje un -faldellín de fibras que se esparcía y volaba en torno á sus piernas y su -vientre, un collar de flores sobre el desnudo pecho, una corona en la -cabeza... y nada más. Las autoridades del país, en nombre de la moral -cristiana, han exigido ahora que debajo del traje de <i>hula</i> usado por -las bailarinas modernas se pongan éstas una camisa de seda, que las tapa -del cuello á las rodillas. Aun con tal aditamento pudoroso y -antiestético, la danza resulta interesante.</p> - -<p>La hawaiana agita sus caderas y todo el resto de su cuerpo con una -voluptuosidad que pudiéramos llamar distinguida y natural. No es la -contorsión de la falsa odalisca, la llamada «danza del vientre», -movimiento lascivo de las carnes propio de un lugar cerrado, de un -ambiente de alcoba. La <i>hula</i> contonea sus caderas como agitan sus colas -las aves del Trópico al pasar de rama en rama; su faldellín de fibras se -extiende con la rotación de un abanico de plumas, y cuando salta, -tronzando sus menudos pasos, recuerda los movimientos de un pavito real. -Hay incitación voluptuosa en la gracia con que se balancea sobre la -punta de sus pies, en la pasión con que mueve la parte media de su -cuerpo; pero es una voluptuosidad de aire libre que hace pensar en los -profundos misterios de las selvas, en la animación rumorosa de toda una -naturaleza, personas, animales y plantas, entregándose á la santa obra -de la fecundidad.</p> - -<p>Desfilan por el escenario varias orquestas de músicos expertos, pero se -ve que todos ellos han viajado por muchos países, amenizando las noches -de <i>dancings</i> y restoranes de lujo. Creyendo agradarnos más, intercalan -entre las danzas hawaianas <i>fox-trots</i> y otros bailes de moda. Son -músicos gordos, lustrosos, bien trajeados, que han bebido indudablemente -mucho champaña en sus correrías por el mundo.<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span></p> - -<p>Yo prefiero la orquesta que vino al encuentro de nuestro buque y no ha -subido al escenario, permaneciendo abajo, en el lugar que ocupan -habitualmente los músicos en los teatros. Se compone de jóvenes -melancólicos, enfermizos y modestos, que parecen cumplir su función sin -salir de un ensueño. Cuando no hay nadie en la escena tocan y tocan, -volviendo finalmente á su romanza favorita <i>El collar de las islas</i>. El -público aplaude, y ellos permanecen inmóviles, como si fuesen sordos; no -vuelven siquiera la cabeza para dar gracias.</p> - -<p>Cuando cesan de tocar ponen un codo en una rodilla, apoyan la cara en -una mano y quedan meditabundos é indiferentes á lo que les rodea. -Parecen la representación del antiguo Hawai, que insiste en adormecerse -con su música melancólica. Protestan con su silencio de los extranjeros -que modificaron la vida del país, quitándole su independencia. Como la -mayor parte de sus decadentes compatriotas, estos jóvenes esbeltos y -finos parecen amenazados por la tisis.</p> - -<p>Los artistas hawaianos han compuesto dos pequeñas óperas, valiéndose de -antiguas canciones. En una de ellas, Kamehamea joven, representado por -un tenor de voz dulcísima, ve pasar las nueve islas del archipiélago: -nueve bailarinas que ejecutan las diversas danzas canacas y le cubren de -flores. El emperador, lanza en mano, va vestido como en su estatua de -Honolulu, con una especie de gorro frigio ó casco griego, hecho de -pequeñas plumas rojas y amarillas, y un amplio manto del mismo género é -idénticos colores.</p> - -<p>La segunda ópera se titula <i>Una tarde en el jardín de la reina -Lilinu-Kalami</i>. Esta reina fué la última de Hawai, y vivió destronada -muchos años, casi hasta nuestra época. ¡Pobre Lilinu-Kalami!...</p> - -<p>Al morir sin herederos, en 1874, el último descen<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span>diente de Kamehamea, -las islas de Hawai eligieron rey á David Kalakaua, uno de los personajes -más nobles del archipiélago. El nuevo rey hizo un viaje á los Estados -Unidos para estrechar las relaciones con esta República. Luego pasó á -Europa con el propósito de estudiar sus adelantos y trasladarlos á su -tierra. Pero murió al poco tiempo, y su hermana Lilinu-Kalami fué -elegida reina.</p> - -<p>Con la intrepidez de las mujeres hawaianas, se rebeló al verse en el -trono contra la influencia dominadora de las gentes extranjeras -avecindadas en las islas. Los misioneros evangélicos eran los que -dirigían verdaderamente al país, y ella, por seguir sus propios gustos y -por fortalecer el espíritu nacional, fomentó la resurrección de las -tradiciones y fiestas del antiguo archipiélago gobernado por Kamehamea.</p> - -<p>Lilinu-Kalami escribía versos y componía romanzas. Su corte la formaban -mujeres aficionadas á la poesía y al baile. Una tropa de <i>hulas</i> -hermosísimas iba con ella á todas partes. Sus tardes en el jardín de -Honolulu eran de continuas danzas, que servían de pretexto al mismo -tiempo para intrigas amorosas.</p> - -<p>Los misioneros gritaron contra esta resurrección del paganismo hawaiano, -y como eran los verdaderos dueños del país, destronaron fácilmente á la -dulce Lilinu-Kalami, que no quiso intentar ninguna resistencia. Aún -vivió largos años en un palacio de Honolulu, propiedad suya, que hoy -ocupa el gobernador, nombrado por el presidente de los Estados Unidos. -Los viajeros de alguna importancia, al pasar por Honolulu, visitaban á -la ex reina, viéndola rodeada por una corte fiel de bailarinas y músicos -poetas, que la acompañaron en su desgracia hasta el último momento.</p> - -<p>Como Hilo es la ciudad del archipiélago que mantiene más tenazmente la -memoria de la antigua inde<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span>pendencia, dedica una especie de culto á la -última soberana del país. Todos cantan una romanza melancólica que -compuso Lilinu-Kalami después de su destronamiento. Los músicos jóvenes -y tristes la tocan repetidas veces durante la representación. Cuando -ésta termina se ponen de pie todos á la vez y rompen á tocar con sus -instrumentos el antiguo himno de Hawai. El público, compuesto de -norteamericanos, se levanta espontáneamente para escuchar con respeto -este himno de una nación que ya no existe y cuyo territorio han ocupado -ellos para siempre.</p> - -<p>Los músicos, mientras tocan, volviendo sus espaldas á los espectadores, -parecen decir:</p> - -<p>—Somos débiles y cada vez seremos menos. Nuestra raza está condenada á -desaparecer; pero mientras exista, queremos que no se olvide lo que -fuimos.</p> - -<p>Y los norteamericanos los miran con simpatía é interés. Algunos más -conocedores de la historia del país, luego de escuchar el himno -justifican la ocupación de las islas de Hawai.</p> - -<p>Después del destronamiento de Lilinu-Kalami, el archipiélago se -constituyó en República; pero como los nuevos gobernantes eran todos -norteamericanos por origen ó por educación, acabaron pidiendo en 1898 el -ser anexionados á los Estados Unidos. La independencia del país no podía -mantenerse más tiempo. De no ocupar los norteamericanos las islas de -Hawai, se hubiese apoderado de ellas el Japón. Cada año aumentaba de un -modo alarmante la cantidad de japoneses residentes en el país. Aun hoy, -después de haberse cortado en parte esta corriente emigratoria, resulta -considerable la población japonesa.</p> - -<p>Al día siguiente vamos á visitar, en el interior de la isla, la más -interesante de sus curiosidades: el volcán de<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span> Kilauea, que es en -realidad un lago de fuego, distinto á todos los cráteres conocidos. Como -ocurre en muchas islas de enorme altura, se salta aquí, en el transcurso -de unas horas, del calor al frío, de la vegetación tropical á la de la -zona templada ó de los países nevados.</p> - -<p>Dejamos atrás las plantaciones de caña de azúcar á orillas del mar, los -bosques de cocoteros y lianas floridas, las aldeas de japoneses vestidos -á lo norteamericano. El automóvil rueda varias horas por caminos -excelentes pero de violentos zigzags que escalan las alturas. Cambia la -vegetación según va cambiando la atmósfera. Al aire pesado y densamente -oloroso de las plantaciones próximas al Océano sucede un vientecillo -sutil y fresco que parece agrandar la cabida de los pulmones.</p> - -<p>Entramos en la región templada y fría, que el gobierno ha convertido en -Parque Nacional. La vegetación se compone especialmente de helechos, -pero enormes, de proporciones monstruosas, con una exuberancia propia -del Trópico, pero de un Trópico alto, ventoso y en constante humedad. La -luz del sol se hace verde al filtrarse por la interminable bóveda que -forman las hojas tiernas de estos helechos fuera de las proporciones -ordinarias. Al avanzar por los senderos, vemos que el suelo de lava -pulverizada es puro barro, á causa de la humedad de invernáculo que -destilan continuamente las plantas.</p> - -<p>Los guardianes del parque, jinetes elegantemente uniformados, que llevan -sombrero de <i>cow-boy</i> puntiagudo, con cuatro abolladuras, nos van -mostrando los cráteres muertos. Estos embudos de rocas basálticas -quemadas fueron negros, pero un clima fecundo los ha cubierto de -vegetación.</p> - -<p>Subimos otra vez al automóvil, y saliendo de los túneles verdes, -empezamos á atravesar una meseta árida<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span> y desierta, de muchos kilómetros -de extensión. Son campos de lava formados por los derrames del volcán; -un oleaje petrificado, negro, de brillo metálico. A trechos, varios -cartelitos impresos marcan la fecha de cada erupción. Algunas capas, -iguales en apariencia á las otras, datan solamente de hace seis años.</p> - -<p>Vemos lava por todas partes, y sin embargo, nuestros ojos no encuentran -el volcán. Como estamos acostumbrados á los cráteres en cono, á montañas -que vomitan fuego, no podemos adivinar dónde está la boca volcánica en -esta llanura situada á enorme altitud, pero que visualmente tiene la -horizontalidad de una playa. Han abierto á pico un camino en las capas -eruptivas, y los automóviles se balancean rudamente por la -inconsistencia del suelo. A veces se rompe la costra negra y la rueda -cae en una oquedad que guarda el color herrumbroso y rojizo de la lava, -aislada durante su enfriamiento del contacto atmosférico.</p> - -<p>Se llega en automóvil hasta el mismo cráter del Kilauea. Sólo resulta -visible cuando se está á pocos pasos de su boca, enorme rasgadura de un -kilómetro.</p> - -<p>Es un lago hundido en la peña, una depresión de paredes verticales. Ni -humo ni olor. A seis metros de profundidad, se mueve un barro negro con -incesante oleaje. Este color negro es falso y únicamente existe á las -horas de sol vertical. En realidad, ni aun en tales momentos es -permanente su negrura. Se abren en la inquieta superficie grandes -agujeros rojos que se hinchan después en forma de burbujas y arrojan -surtidores de fuego. Éstos suben como el chorro de una fuente ó se abren -en forma de ramillete. El barro ígneo se parte en otros lugares, -formando grietas que serpentean como anguilas purpúreas. A ratos se -levanta en tumefacciones enormes que acaban por reventar, expeliendo su -piel negra formada<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span> de escorias y dejando al descubierto el abceso rojo, -que se eleva unos instantes y vuelve á caer.</p> - -<p>En ciertos momentos parece que un monstruo, sumido en el fuego como si -fuese su elemento natural, patalea para salir del lago, levantando la -trompa, las patas ó la grupa poderosa y ardiente.</p> - -<p>No hay mas que ligeras humaredas sobre esta cuba enorme; pero tales -vapores, como ya dije, abundan en toda la isla. El suelo de las orillas -quema un poco y no se pueden descansar mucho tiempo los pies en el mismo -lugar. Al sentarse en una roca, cerca de los bordes, se percibe un -temblor profundo, sordo, disimulado, que se transmite á la parte del -cuerpo apoyada en la piedra...</p> - -<p>Pero todo permanece tranquilo en torno nuestro, como si estuviéramos -junto á un lago, en un ameno jardín. Sólo el calor que sale de la enorme -cavidad nos hace recordar que lo que se mueve abajo es fuego y no agua. -Parece inverosímil que este lago sea un cráter que eleva con frecuencia -el nivel de su líquido ígneo, lanzando rectamente, á través del espacio, -una columna de trescientos metros de vapores y materias inflamadas. Al -mismo tiempo, una cascada de fuego salta fuera de sus bordes, -extendiendo nuevas capas de lava sobre una extensión hasta de cuarenta -kilómetros.</p> - -<p>Con el aire satisfecho del propietario que muestra su jardín, se pasea -en torno al volcán un hombre de pequeña estatura. Su rostro está tan -desfigurado por el calor, que en realidad no se sabe á qué raza -pertenece. Lo mismo puede ser canaco que un blanco transformado por el -ambiente. Lleva cuarenta y dos años de guardar el Kilauea, y conoce el -curso de sus cóleras ruidosas, la variedad de sus caprichos, la -mansedumbre hipócrita de sus largos reposos. Este Nibelungo del volcán -tiene las barbillas canas, los ojos inflamados, y el rostro tan cur<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span>tido -y con profundas arrugas que parece rajado á cuchilladas.</p> - -<p>Nos dice dónde hay que colocarse para estar en seguridad. Las orillas -del cráter se desfiguran con frecuentes desprendimientos. En algunos -sitios el muro del lago se mantiene vertical; en otros está en declive, -á causa de recientes derrumbes; más allá avanza en equilibrio inestable, -roído inferiormente por la ola de fuego, que va abriendo un socavón. -Puede derrumbarse de un momento á otro, arrastrando á, los imprudentes -que se asoman, sin saber lo que tienen debajo de sus pies.</p> - -<p>Habla el guarda con cariño de las bellezas de su volcán, único en toda -la tierra que se deja contemplar de cerca, sin expeler vapores azufrados -que hacen llorar, sin nubes de humo asfixiante que obligan á, -retroceder.</p> - -<p>—De día—añade—es menos interesante. El sol impide ver el fuego. ¡Si -ustedes volviesen en plena noche!...</p> - -<p>Volveremos para ver al Kilauea en todo su esplendor. A seis kilómetros -de su cráter, más allá de la zona que invaden las lavas, está el -«Volcano House», hotel elegante, servido por japoneses y con lujosos -bazares; una residencia de verano para los plantadores de caña y los -funcionarios norteamericanos que necesitan huir del calor excesivo y la -atmósfera abrumadora de la costa. Tomamos el té de media tarde y comemos -á las siete en este hotel, escuchando otra vez las romanzas hawaianas de -la misma orquesta de jóvenes melancólicos, que parece seguirnos á todas -partes.</p> - -<p>El «Volcano House» está rodeado de jardines frondosos que expelen humo -por grietas invisibles, como todos los bellos paisajes de Hawai. El -fuego planetario avisa su presencia á través del suelo de esta isla que -goza una primavera de doce meses, no ve nunca sus árboles desnudos y -sustenta las hermosuras naturales más dulces<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span> y tranquilas de la -tierra... ¡Y pensar que este paraíso puede desaparecer en unos cuantos -minutos de cólera subterránea, borrándose sobre la superficie del -Océano, como algo soñado que no existió nunca!...</p> - -<p>En plena noche volvemos á través de los campos de lava. Brillan como -pajuelas de plata las aristas de las olas negras y petrificadas -reflejando los faros de los automóviles. Una especie de aurora boreal -enrojece el fondo del horizonte y nos sirve de guía.</p> - -<p>Es una claridad roja, semejante á la de un incendio; pero un incendio -inmenso, sólo comparable al de una ciudad que ardiese entera. Cuando nos -aproximamos al lago de fuego las luces de los automóviles palidecen, -hasta parecer unos redondeles opacos pintados de amarillo. En cambio, -personas y cosas quedan envueltas en un esplendor purpúreo que nos -permite vernos igual que en pleno día.</p> - -<p>El Kilauea tal vez está lo mismo que en la primera visita, pero de noche -se impone á nosotros con una emoción más honda, nos parece más -inquietante, como si estuviera preparando un estallido y fuese á saltar -en oleadas de fuego más allá de los bordes de su cráter.</p> - -<p>Todo el fondo de barro ígneo se muestra agitado por la ebullición. La -costra ligeramente negra transparenta el fuego lo mismo que un tul. -Luego se rasga dando paso á fuentes y cúpulas mayores y más luminosas -que las del día. Las anguilas ardientes son ahora monstruosas boas y -levantan enjambres de chispas al ondular sus anillos.</p> - -<p>Un calor infernal sale del lago. Las paredes de roca, al reflejar esta -superficie ígnea, parecen arder interiormente. Un grupo de nubes blancas -se ha inmovilizado sobre el cráter, enrojeciéndose como vedijas de -algodón empapadas en sangre. Más allá de este reflejo celeste, que es -rojo en su parte céntrica y rosado en sus bordes,<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span> la noche tropical -extiende su azul profundo perforado por la punción laminosa de los -astros. Un cuarto de luna, llevando á remolque un diamante estelar, -eleva poco á poco su mansa navegación por el océano astronómico.</p> - -<p>Guiado por un isleño de origen portugués que maneja nuestro automóvil, -voy en busca del peñasco que me sirvió de asiento al principio de la -tarde. El gnomo guardador del volcán nos sale al paso para que sigamos -una dirección opuesta. Ya no existe el asiento, ni la orilla en que -pusimos nuestros pies. Según dice el guardián, cayeron al fondo del -cráter á las pocas horas, mientras tomábamos el té escuchando á los -músicos en el «Volcano Housse».</p> - -<p>Ocupamos otro lugar, después que el hombrecillo requemado nos jura por -su experiencia que estaremos en él con toda seguridad. Transcurre para -nosotros más de una hora con la rapidez de contados minutos. Bien -conocida es la atracción del fuego, la somnolencia meditativa que se -apodera de nosotros cuando tomamos asiento junto á un hogar y seguimos -con los ojos las caprichosas evoluciones de las llamas. Es necesario un -esfuerzo enorme para salir de esta absorbente contemplación.</p> - -<p>En los bordes del Kilauea se siente la misma somnolencia contemplativa, -pero con el agrandamiento propio de la diversidad de proporciones. Es -necesario que los guías nos recuerden que estamos en un sitio desierto, -en plena noche, y á cuatro horas de automóvil de la ciudad de Hilo, para -que nos decidamos á renunciar á este espectáculo, único en el mundo, que -tal vez no volveremos á ver nunca.</p> - -<p>Al pasar por última vez ante el «Volcano Housse», digo adiós al director -del Parque Nacional.</p> - -<p>Es un mocetón norteamericano, grande, fuerte, de<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span> amable sonrisa, que -recorre á caballo incesantemente los bosques de <i>koas</i> (árboles -gigantescos del país), las selvas húmedas, los cráteres secos, los -volcanes que echan humo y el lago de fuego líquido, contenidos en sus -dominios. Lleva un elegante uniforme de mosquetero, como los guardianes -que están bajo su mando, y cuando desmonta del caballo, con una ligereza -de jinete de cinematógrafo, es para entrar en su oficina, situada frente -al hotel.</p> - -<p>Creo que tampoco volveré á ver un edificio tan original é interesante. -No es mas que una graciosa casa de madera, como muchas habitaciones -campestres de los Estados Unidos, elevada un par de metros sobre el -suelo y con una galería cubierta que se extiende por sus cuatro -fachadas.</p> - -<p>El director del Parque, entre mis dos visitas al volcán, me ha hecho -entrar en esta oficina, igual á todas las de los Estados Unidos. La -bandera de las rayas y las estrellas ondea sobre el frontón triangular -de la casa. Dentro veo los retratos de Wáshington y de Lincoln, grandes -tableros de dibujo, mapas del Parque fijos en las paredes, diseños de -los cráteres, estadísticas de sus erupciones, muestras de vegetales y -minerales.</p> - -<p>Después que el simpático jinete de botas amarillas y resonantes espuelas -me muestra todo esto, añade con simplicidad:</p> - -<p>—Lo que tal vez le interesará un poco es la calefacción de mi vivienda. -Aunque usted ha viajado mucho, bien puede ser que no conozca nada -semejante.</p> - -<p>Salimos del edificio. Cerca de la pequeña escalinata de su puerta, hay -una grieta profunda entre dos peñascos: una especie de chimenea natural -que desciende recta en el suelo.</p> - -<p>—La he sondeado más de cien pies—sigue diciendo—,<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span> sin encontrar el -fondo. Es un respiradero del volcán que derramaba antes su calor sin -provecho para nadie. Va usted á ver.</p> - -<p>Y veo que mueve una palanca de madera tallada groseramente, para -levantar una pequeña compuerta, también de madera, que obstruye la -grieta.</p> - -<p>Volvemos al interior de la oficina, y su temperatura empieza á elevarse -por momentos. Al poco rato la atmósfera es para hacernos sudar. El calor -de la grieta subterránea, siguiendo un conducto de albañilería, pasa por -debajo de toda la casa y se pierde finalmente, saliendo por la techumbre -á través de una chimenea de ladrillos.</p> - -<p>—Esto lo he inventado yo—añade con orgullo—. Ahora no es agradable, -pero en invierno, cuando cae nieve y sopla el huracán de las alturas, da -gusto estar aquí.</p> - -<p>Miro con asombro á este hombre que somete los volcanes al servicio de su -oficina, y duerme tranquilo todas las noches sobre el gigantesco -hornillo generador de una calefacción inapagable y gratuita.<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span></p> - -<h2><a name="XII" id="XII"></a>XII<br /><br /> -LA CIUDAD FLORIDA</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Los nadadores de Honolulu.—Las casas jardineadas de los -empleados.—El mundo fantástico del Acuario.—Los -peces-hombres.—La playa elegante de Vaikiki.—Nataciones en -Diciembre.—Los saltadores de olas.—El gigantesco árbol del «Moana -Hotel».—El niño del sombrero.—Almuerzo en la Asociación de la -Prensa, con más mujeres que hombres.—El palacio de -Lilinu-Kalami.—Los dos Jardineros.—El collar de la reina.—La -señorita que por primera vez en su vida habla con un español.</p></div> - -<p>Un largo estremecimiento musical corre sobre el lomo turquesa del mar. -Ante nuestros ojos se extiende la isla de Oahu, que unos llaman la isla -Encantada y otros la isla Florida.</p> - -<p>Van surgiendo en el horizonte los altos edificios blancos de la moderna -Honolulu; luego numerosos barracones de muelles y embarcaderos, sobre -cuyos tejados asoman sus mástiles y chimeneas los enormes paquebotes, -cruceros mercantes del Pacífico. Más allá de la ciudad comercial se -extienden los barrios de la ciudad-jardín, con su vegetación más -abundante en flores que hojas.</p> - -<p>Los campos cultivados en líneas rectas, semejantes á las del viñedo, -producen la piña dulce, llamada ananás. La mayor parte de esta piña que -se consume en el mundo procede de Honolulu. Hay aquí fábricas -importantes que la cortan en rodajas y la encierran en botes con su<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span> -meloso líquido, exportándola á los más lejanos extremos de la tierra.</p> - -<p>Detrás de las huertas en suave declive se eleva rápidamente la montaña -volcánica, vestida por la arboleda tropical. En las cumbres de roca -pelada, que son cráteres apagados, se enredan las nubes, deteniendo su -carrera atmosférica. La isla está iluminada en su parte baja por el -dorado sol de la tarde, y al mismo tiempo, arriba, un grupo de nubes -plomizas ensombrece las montañas. Por encima del toldo de vapores que -derrama su lluvia sobre las cumbres, traza la luz solar un extenso arco -iris, y éste va de un extremo á otro de la isla, como una campana de -cristal multicolor guardadora de un objeto delicado y precioso.</p> - -<p>Se aproxima el estremecimiento musical, que parece rizar el dorso de las -aguas. Dos remolcadores hacen evoluciones ante la proa del <i>Franconia</i>. -Uno de ellos va repleto de músicos con uniforme militar. Es la Banda -Municipal de Honolulu que sale á nuestro encuentro para darnos la -bienvenida, entonando como es de ritual el <i>Aloha</i> y <i>El collar de las -islas</i>. Pero esta vez son instrumentos metálicos los que interpretan la -música del país, suavizados por la sordina que impone la inmensidad del -mar.</p> - -<p>En el otro vaporcito hay varios grupos de jóvenes vestidas con alegres -colores y que agitan sus brazos cargados de collares. Son señoritas de -Honolulu, casi todas de raza blanca, hijas de europeos y norteamericanos -establecidos en el país. Llevan sombrero y van vestidas á la última -moda. No tienen el aire tradicional ni los rostros medio canacos de las -muchachas de Hilo, que gustan de ir con la cabeza destocada. Además, los -collares de Honolulu son de flores naturales, por abundar más la -jardinería en esta isla que en la de Hawai.<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span></p> - -<p>Dos aviones militares de la defensa del archipiélago revolotean sobre -nuestro buque con la estridencia característica de los potentes motores -norteamericanos.</p> - -<p>Cuando nos aproximamos al puerto, una nueva representación de Honolulu -viene á unirse á las que nos han dado la bienvenida navegando en el mar -ó en la atmósfera. Varios enjambres de nadadores se zambullen y vuelven -á emerger ante la proa de nuestra nave, angustiándonos con el temor de -ver partido á uno de ellos bajo el tremendo espolonazo. Otros nadan en -fila junto á los flancos del buque, gritando al mismo tiempo á los -viajeros asomados en las bordas. El <i>Franconia</i> marcha despacio buscando -la entrada del puerto; pero sabida es la desarmonía de proporciones -entre las limitadas energías del hombre y la fuerza gigantesca que mueve -á estos palacios de acero. La lentitud de un paquebote representa una -velocidad enorme para el brazo humano, y sin embargo ninguno de estos -tritones se queda atrás; todos se mantienen junto al buque, cortando el -agua como delfines.</p> - -<p>Es frecuente ver en los puertos enjambres de nadadores que piden á -gritos les echen unas monedas para perseguirlas en la profundidad -acuática; pero son siempre chicuelos, más ágiles que veloces en su -natación. Los de Honolulu son todos hombres, canacos en su mayor parte, -y algunos japoneses; atletas de cara fea y cuerpos admirables, en los -que se armoniza la exuberancia de los músculos con la corrección de las -líneas. Como de sol á sol entran en el puerto de Honolulu numerosos -buques para descansar unas horas nada más y volver á partir, estos -nadadores pasan el día entero en el agua, acompañando á los que se van y -saludando á los que llegan, en espera de unas monedas solicitadas á -gritos.</p> - -<p>En ninguna parte he oído voces como las de estos<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span> bárbaros nadadores. Al -escucharlas por primera vez no podíamos explicarnos la procedencia de -tales gritos. Parece imposible que sus rugidos de vibración metálica -puedan salir de la estrecha caja de un pecho humano. Para describirlos -exactamente habría que decir que todos ellos rugen como una campana -enorme que en vez de repiques y volteos pudiese lanzar rugidos.</p> - -<p>Somos esperados en el muelle con coronas de flores y nuevas músicas, La -Asociación de la Prensa de Honolulu, que organizó hace pocos años en -Hawai un Congreso universal de periodistas, viene á saludarme, y sus -representantes, siguiendo los usos del país, me colocan un gran collar -de rosas sobre los hombros. Luego me enseñan la ciudad.</p> - -<p>Su parte céntrica es obra de la iniciativa norteamericana y sólo data de -unos veinte años aproximadamente. Tiene una Casa de Correos enorme, que -recibe y cambia la correspondencia de tres continentes, América, Asia y -Australia, pasando los sacos de cartas de unos buques á otros; tiene -edificios de muchos pisos, calles rectas y cuidadosamente asfaltadas, -aceras amplias, grandes tiendas, y su aspecto general es el de una -ciudad del interior de los Estados Unidos.</p> - -<p>Pero la influencia norteamericana se limita á la construcción, -recobrando la capital polinésica su aspecto característico en todo lo -referente á la vida. En los almacenes grandes ó modestos, los -dependientes y muchas veces los amos son japoneses, chinos, malayos ó -indostánicos. Los rótulos de las tiendas, junto á las palabras en inglés -ostentan otras en idiomas incomprensibles y alfabetos exóticos, de -formas pintorescas. El movimiento en las calles está regulado -escrupulosamente por la policía, pues abundan con exceso los -automóviles; pero estos agentes, que ocupan una especie de púlpito -sombreado<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span> por enorme quitasol y agitan sus brazos como directores de -orquesta para que avancen ó retrocedan los vehículos, son todos ellos -canacos, de cara de ídolo y una obesidad que parece va á hacer saltar -con su desbordamiento grasoso los botones del uniforme.</p> - -<p>Después de las avenidas de altos edificios empiezan á desarrollarse las -calles-paseos en una extensión de muchos kilómetros. Cada vivienda se -halla enclavada en el centro de un jardín. Una faja de vegetación separa -las casas de la calle. Muchas de ellas, por ser de ricos, abundan en -columnas y estatuas, reproduciendo los estilos de Europa. Otras de -elegancia graciosa son de madera: los llamados <i>bengalows</i>.</p> - -<p>Se adivina que en este país el jardín representa más que la casa, pues -la dulzura de un clima siempre clemente permite la vida al aire libre. -Las ventanas son enormes. Los salones y comedores sólo tienen pared en -el fondo, y las tres caras restantes, que dan al jardín, están abiertas, -con simples columnas que sostienen el techo. Las plantas se expanden sin -límites en esta tierra fecunda en flores. Hasta los árboles de las -avenidas parecen gigantescos ramilletes.</p> - -<p>Muchas de estas casas floridas excitan mi admiración. Deben vivir en -ellas poetas, delicados artistas, solitarios de silenciosas -meditaciones. En Europa, uno de estos edificios pequeños, con las -paredes tapizadas de rosas y estrellas purpúreas, que hasta tienen en -las cornisas vasos colgantes con chorros de flores, representaría un -paraíso para el intelectual que lograse poseerlo. Mis acompañantes me -explican que la mayor parte de estas casas están ocupadas por empleados -de Banco, contramaestres de fábricas ú obreros especialistas, que en su -país tendrían que habitar un compartimiento de los horribles edificios -destinados á las gentes de sueldo modesto,<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span> Indudablemente deben -sentirse felices en su jardín, eternamente esplendoroso, pero me -abstengo de preguntarlo. ¡Quién sabe! El hombre ambiciona siempre lo que -no tiene y sólo ve la felicidad allí donde él no se encuentra.</p> - -<p>Ansío visitar el jardín submarino de Honolulu luego de haber admirado -las esplendideces vegetales de su suelo. El Acuario de la ciudad es -célebre en el mundo por las especies del Pacífico que guarda y no pueden -encontrarse en ningún otro mar.</p> - -<p>Paso más de una hora contemplando con asombro las variedades animales de -una vida profunda y misteriosa que tiene por escenario los abismos -mayores de nuestro planeta y nunca ha sido vista de cerca por el hombre. -No hay colores sobre la tierra que puedan ser comparados con los que -ostentan los habitantes de las simas abisales. En las profundidades del -Océano el color es tierno, eternamente jugoso, con una luz interior, -como las pinceladas recientes que aún no han sido secadas y -ensombrecidas por la influencia atmosférica.</p> - -<p>Veo peces rayados como la cebra, manchados como el tigre, melenudos como -el león. Unos flotan lo mismo que plumas verdes ó doradas; otros imitan -las rugosidades y la inmovilidad de la piedra; más allá mueven sus -múltiples faldellines de gasa, como bailarinas del profundo escenario -oceánico, al que nunca llega el sol, y donde monstruos de luminosos -tentáculos sirven de lámparas, emitiendo una claridad fosfórica. Los hay -que tienen la cabeza relinchante de un caballo y hacen corvetas en el -agua, como los corceles del paganismo marítimo montados por las -Nereidas.</p> - -<p>Otros animales que son la especialidad del Pacífico despiertan en mí un -sentimiento de miedo y al mismo tiempo de humildad. Tienen cara de -hombre, pero de<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span> un parecido exacto, sin que sea necesario valerse de la -fantasía para extremar tal semejanza. Su nariz se despega del rostro, lo -mismo que la nuestra; su boca es humana, pero con el mentón entrante de -los degenerados. Sus ojos, al aproximarse al cristal, nos miran con una -expresión que parece reflejar los sentimientos brutales de un alma -rudimentaria. Son como futuros hombres que se hubiesen inmovilizado en -forma de peces, sin poder continuar su evolución; hombres de rostro -feroz, de mirada dura, de instintos egoístas y crueles, que únicamente -viven para perseguir, matar, comer y reproducirse. Nos recuerdan á -nuestros remotísimos abuelos que atravesaron los incalculables siglos de -la prehistoria repartiendo peñascazos y golpes de tronco para inaugurar -la supremacía de la especie humana sobre el resto de la creación.</p> - -<p>En este Acuario, viendo cómo evolucionan en sus cajas de cristal los -seres multicolores arrancados á las profundidades oceánicas, se duda un -poco de nuestra superioridad y nuestro orgullo.</p> - -<p>Cada uno de nosotros cree instintivamente que es el centro del universo, -y todo cuanto existe en torno de él, animales, plantas y minerales, fué -creado para el placer de sus sentidos ó la satisfacción de sus deseos. Y -estos habitantes del Pacífico, infinitamente más numerosos que nosotros, -nos ignoran como nosotros los ignoramos. Cazan, guerrean, hacen el amor, -se suceden en el disfrute de la inmensidad oceánica, luciendo sus -maravillosos colores y sus formas bizarras para ellos mismos. No saben -que existe el hombre, con todas sus vanidades, con su historia -orgullosa, que tiene por reducido escenario unos cuantos bullones de -costra sólida emergidos de la inmensidad del mar.</p> - -<p>Cerca del Acuario está Vaikiki, la playa elegante de<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span> Honolulu, y en -ella el «Moana Hotel», famoso en los Estados Unidos. Todo extranjero que -llega á la isla necesita bañarse en esta playa, pues al volver á su -país, los conocedores del archipiélago le preguntarán si ha nadado en -Vaikiki. Este es un mar tropical, mas no por esto deja de resultar -molesto lanzarse á él en pleno mes de Diciembre. Pero mis compañeros de -viaje, entre dos olas, hacen elogios de la tibieza del mar, aunque -algunos de ellos castañetean los dientes. Las damas, con ligerísimos -trajes de baño, se lanzan igualmente al agua, interesadas por los -ejercicios náuticos de los canacos.</p> - -<p>El mayor atractivo de esta playa es el que ofrecen los juegos de los -saltadores de olas. Los antiguos hawaianos aprendían desde su niñez á -sostenerse de pie sobre una tabla elíptica de dos metros, especie de -patín acuático, que podían llevar á cuestas, como un escudo de madera, -utilizándolo para el paso de ríos y estrechos marítimos. Puestos de -bruces sobre esta tabla, mueven pies y manos con un ritmo de tortuga, -avanzando rápidamente sobre las aguas tranquilas. Si hay olas, se ponen -derechos sobre el escudo, con admirable equilibrio, como si sus pies -estuviesen soldados á la madera, y se dejan llevar por la fuerza de las -rompientes.</p> - -<p>Desde la playa vemos filas de hombres erguidos sobre el agua, que vienen -hacia nosotros con la rapidez de la ola. Como la tabla no se ve, parece -que marchan lo mismo que Jesús en el lago de Tiberíades. Son estatuas de -carne sobre un pedestal de espuma. Corren sin mover los pies; cortan el -aire por el impulso de la rompiente, hasta que ésta se extingue, y el -nadador, falto de empuje, cae por inercia fuera de su tabla.</p> - -<p>Algunas damas norteamericanas reman en estrechísimas piraguas que se -sostienen gracias á otra más pequeña, en forma de balancín, unida por -dos medios<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span> arcos de bambú. Su remo es la pagaya, pala corta movida con -las dos manos. Juegan á pasar sobre las rompientes en esta embarcación -frágil, quedando durante algunos segundos bajo la espuma de las olas. En -las mismas piraguas van canacos casi desnudos, como en los tiempos de -Kamehamea, contrastando la obscuridad de sus carnes con la blancura de -piernas y brazos de las remadoras, no más vestidas que sus compañeros de -pagaya.</p> - -<p>Al sentarme en el jardín del «Moana Hotel» para contemplar estos juegos -náuticos, empiezo á sentir en mi olfato cierta embriaguez, como si -estuviese en la tienda de un gran perfumista. Miro los árboles y los -arbustos cargados de flores, pero me doy cuenta de que su aromática -respiración es algo más sutil y discreto que la esencia vigorosa -esparcida por todo el hotel. Uno de mis compañeros me explica el -misterio de este perfume que se ha enseñoreado del edificio. Algunas -maderas del «Moana» son de puro sándalo, cortadas en bosques de la isla -que Kamehamea no llegó á explotar, y su perfume algo más sincero y -auténtico que el sándalo preparado por el arte de los perfumistas.</p> - -<p>El jardín es un rectángulo comprendido entre el cuerpo principal del -edificio, sus dos alas y el mar. En los lados hay filas de plantas con -flores, pero todo el resto del jardín lo ocupa un solo árbol, un <i>koa</i>, -que cubre con su cúpula muchas docenas de mesas.</p> - -<p>Nunca he visto en un lugar frecuentado y «civilizado» un árbol tan -enorme. Su tronco es en realidad una agrupación de troncos, como los -haces de columnas apretadas que forman las pilastras de las catedrales -góticas; su ramaje toca las ventanas del hotel, que están muy lejos, y -se esparce hasta la orilla del mar.</p> - -<p>Cierra la noche, y el árbol extraordinario adquiere por industria humana -un aspecto irreal. Hay ocultas en<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span> su complicada frondosidad centenares -de lamparillas eléctricas de diversos colores, y todo él brilla como si -colgasen de sus ramas frutos quiméricos de un jardín de ensueño.</p> - -<p>En el interior del hotel suenan orquestas y cantos. Ha empezado el gran -banquete que la ciudad de Honolulu da á los viajeros del <i>Franconia</i> y -tendrá por final un baile de gala. Llegan militares y funcionarios -vistiendo uniformes de ceremonia. Las damas del país se presentan -descocadas y con pañolones de Manila para abrigarse al bajar al jardín.</p> - -<p>Permanezco bajo el <i>koa</i>, prefiriendo estar solo. Contemplo el mar con -sus olas fosforescentes que surgen del negro horizonte, se agrandan al -avanzar y vienen á deshacerse en la arena húmeda de la playa, sobre el -reflejo cabrilleante de las ventanas del hotel y las bombillas -eléctricas del ramaje. Me gusta ser el único que disfruta la frescura -luminosa de este coloso vegetal, viendo en torno de mí tantas mesas y -sillas vacías.</p> - -<p>De pronto se sienta á mis pies un niño casi desnudo, cuyos miembros, -algo flacos, tienen un color rojizo de canela. Me saluda con una sonrisa -que hace brillar los diamantes negros de sus pupilas y todo el marfil de -sus dientes. Luego señala su sombrero, el cual contrasta, por su -amplitud y adornos, con la mediocridad de su vestidura, un simple harapo -que le sirve de taparrabos. Adivino su proposición formulada en -hawaiano. Por medio dólar me fabricará inmediatamente un sombrero igual -al suyo.</p> - -<p>Este sombrero es una obra de arte digna de respeto, hecho con palma -verde, formando sus mallas una sucesión de conchas desde el vértice al -borde de las alas, y llevando en el lugar de la cinta una corona de -puntas cimbreantes. Acepto la proposición, y el canaquito vuel<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span>ve á -sentarse á mis pies con una rama verde de palmera que empieza á -manipular, cantando entre dientes una especie de romanza. No intercala -nada en su obra. La misma palma con sus retorcimientos sirve para todo. -Ella da la copa del sombrero, las alas, y sus puntiagudos remates acaban -por formar la corona de penachos que lo circunda.</p> - -<p>Sigo maravillado el trabajo de estas manos infantiles y hábiles. Bajo un -árbol cargado de luz eléctrica y ante unas ventanas que dejan escapar -rumores de banquete y música de baile, renuevan el arte adquirido en -medio de las selvas, durante siglos y siglos, por los remotos y salvajes -abuelos. A los diez minutos el pequeño artista me ofrece sonriendo su -obra con una mano y extiende la otra para tomar el medio dólar.</p> - -<p>El sombrero del «Moana» me ha seguido en toda mi vuelta al mundo, y me -recordará siempre la noche pasada en uno de los hoteles más famosos de -la tierra, bajo un árbol grande como un palacio, frente á un mar de olas -brillantes cual si fuesen de fósforo, y aspirando el perfume de ensueño -que exhalaba dicho edificio por los poros de sus maderas.</p> - -<p>Al día siguiente asisto al almuerzo con que me obsequia la Asociación de -la Prensa. Aunque estoy acostumbrado á la preponderancia femenina en los -Estados Unidos y todos los países influenciados por su liberal -educación, me asombra ver cómo en torno á las diversas mesas son mucho -más numerosas las mujeres que los hombres.</p> - -<p>En las islas de Hawai la aristocracia es actualmente universitaria. -Quiero decir con esto que la verdadera distinción para la mujer consiste -en el estudio de una carrera, y más aún en el ejercicio de la enseñanza. -La Universidad de Honolulu tiene tantas estudiantas como estu<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span>diantes, y -los mejores edificios de la ciudad, rodeados de jardines, son las -escuelas públicas. Los diarios del país cuentan los triunfos -universitarios de las mujeres ó la tenacidad con que ejercitan el -profesorado en la misma sección que los diarios de otros países dedican -á descripciones de trajes y relatos de fiestas mundanas.</p> - -<p>Todas estas señoritas de Honolulu, lo mismo las hijas de blancos que las -mestizas de canacos, procuran mantener las tradicionales costumbres del -país en lo que tienen de artísticas ó pintorescas. Un cantante de pura -raza hawaiana, admirado como el mejor tenor de las islas, se levanta -repetidas veces en el curso del banquete para entonar junto al piano las -romanzas más populares con una expresión apasionada que hace comprender -el sentido de los versos polinésicos. Un mallorquín, antiguo bajo del -Teatro Real de Madrid, don Joaquín Vanrell, que dirige una escuela de -música en Honolulu y es el único español residente en la ciudad, canta -con una maestría de viejo artista algunas arias españolas de los tiempos -del romanticismo.</p> - -<p>Al sentarnos á la mesa, todos hemos encontrado sobre la servilleta un -collar de flores. Hay que seguir los ritos del paganismo hawaiano, el -cual sólo comprendía los placeres de la mesa, del canto y del amor con -acompañamiento de flores.</p> - -<p>Mi collar, presente de la Asociación de la Prensa, es enorme. Casi llega -á mis rodillas, y está formado con pétalos blancos de una especie de -clavel de las islas, cuyo perfume resulta aún más intenso y embriagador -que el sándalo. Esta flor, cuyo nombre no recuerdo, abunda poco, lo que -la hace muy buscada y carísima. Al salir á la calle, después del -banquete, conservando mi collar, lo mismo que todos los invitados, -algunas mujeres vuelven<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span> sus cabezas sonriendo y admiran la boa florida -que llevo sobre el pecho, como algo extraordinario que sólo pueden ver -de tarde en tarde. Unas canacas jóvenes, de gracioso atrevimiento, ponen -su rostro sobre mi pecho, aspiran el perfume y me dicen sonriendo -palabras incomprensibles que deben ser agradables.</p> - -<p>Durante el banquete está sentada á mi derecha la esposa del gobernador -del archipiélago de Hawai, una dama norteamericana de gran cultura -literaria. Su hija y varias amigas de ella permanecen entre las -numerosas jóvenes que ocupan por completo varias mesas.</p> - -<p>Una escritora de Australia asiste al banquete. El Pacífico, á pesar de -su inmensidad, proporciona con frecuencia estos encuentros. Los de -Australia ó los de Hawai, si desean hacer un viaje para distraerse, se -van á la acera de enfrente, á la tierra más inmediata, cinco mil millas -de distancia, varias semanas de navegación, atravesando una mitad del -hemisferio en que viven.</p> - -<p>Cuando llega la hora de los brindis, con un vaso de agua, pues esta -tierra es de los Estados Unidos é impera en ella el «régimen seco», -muchos de los asistentes pronuncian discursos ó breves salutaciones. Las -jóvenes son las que hablan más, obligadas por las peticiones del -público, y yo pronuncio finalmente una arenga en español, que sólo -entienden el profesor de literatura de la Universidad y algunas -señoritas que pasaron por su aula. Pero el antiguo bajo del Teatro Real -llora escuchándome. Se creía perdido como Robinsón en este archipiélago, -donde lleva muchos años sin hablar mas que inglés, é inesperadamente se -ve asistiendo á una fiesta en honor de un español y escuchando un -discurso en la lengua de su patria.</p> - -<p>A la salida, la esposa del gobernador me invita á tomar el té, horas -después, en su casa. Ésta resulta intere<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span>sante por haber sido el palacio -en que vivió destronada la reina Lilinu-Kalami.</p> - -<p>El día anterior he visto la estatua de bronce, verdoso y dorado, -representando á Kamehamea I, frente al antiguo palacio de los -emperadores de Hawai. Me enseñan á un viejo canaco, de cara rugosa y -barbillas blancas, que monta la guardia voluntariamente hace más de -veinte años ante la estatua de Kamehamea. Llega al romper el día y se -sienta frente al monumento de su emperador. A las horas de comer -desaparece, y vuelve á ocupar el sitio poco después, no abandonando su -silenciosa contemplación hasta que cierra la noche. Los norteamericanos, -que aman las actitudes originales, consideran con simpatía á este canaco -leal. Los del país, modificados por la vida moderna, le miran con cierto -enojo, considerando ridícula para su raza esta fidelidad perruna. El -viejo no conoce ciertamente la verdadera historia de Kamehamea; sólo -sabe que fué grande y victorioso, que en su tiempo los extranjeros no -mandaban en Hawai, y ello basta para que adore todos los días al -emperador dorado y verde, esperando que alguna vez se transformará en -carne, volviendo al archipiélago como un Mesías.</p> - -<p>Yo he visto en realidad el manto y el gorro que llevaba Kamehamea en su -monumento. Están en el Museo Bisop, el mismo que guarda el vaciado en -yeso del busto del capitán español. Los mantos de los emperadores de -Hawai son la gran curiosidad artística de la isla y se habla de ellos en -todo buque cuando Honolulu empieza á asomar su blancura sobre el Océano. -Estos mantos—lo mismo que la tiara imperial en forma de gorro -frigio—están fabricados con plumitas de unos pájaros diminutos. Como -estos pájaros eran únicamente de dos colores, rojo y amarillo, la -vestidura imperial parece hecha de pedazos de<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span> bandera española. -Examinados los mantos de cerca, maravilla el cálculo de los millones de -pájaros que fué preciso matar para la fabricación de estas vestiduras -reales.</p> - -<p>El gobernador de Hawai, nombrado por los Estados Unidos, no habita el -palacio de los emperadores. Éste lo ocupan solamente las oficinas -públicas. El gobernador reside en la llamada Casa de Wáshington, ó sea -el palacio donde murió Lilinu-Kalami. Esta mansión, ostentosa para la -época en que fué construída—el primer tercio del siglo XIX—, la hizo -un norteamericano enriquecido en el país. Cuando la hubo terminado, -dándole el nombre de Casa de Wáshington, se preocupó de su amueblamiento -y creyó oportuno ir en persona á adquirirlo en el Japón y la China. Como -en aquellos tiempos no había buques de vapor ni líneas de navegación, -fletó una fragata para hacer el viaje á Asia, y nadie supo más de él ni -de sus marineros. Mucho después, Lilinu-Kalami, que aún no era reina, -adquirió este palacio para habitarlo.</p> - -<p>Admiro los salones por su aireamiento y su amplitud. Algunos de ellos -están completamente abiertos por dos de sus lados y en vez de paredes -tienen columnas y también gradas que les ponen en perpetua comunicación -con el jardín. Sus muebles chinos y japoneses empiezan á adquirir cierto -aspecto respetable de antigüedad, que les coloca aparte de los objetos -de pacotilla producidos por el Extremo Oriente en nuestros tiempos. -Muchos de estos muebles fueron regalos que el Japón y la China enviaron -á la reina de Hawai. Todo lo de esta casa, en las habitaciones de -recepción y en el comedor, procede de Lilinu-Kalami. Los gobernadores lo -han respetado, dejándolo como en el tiempo de la reina.</p> - -<p>La esposa del gobernador quiere mostrarme los últimos supervivientes de -aquella época. Son los jardineros<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span> de Lilinu-Kalami, un matrimonio de -viejecitos que sigue en el palacio, tranquilos los dos y bien cuidados, -cual si formasen parte de su mobiliario. Entran en el gran salón, -conmovidos y llorosos, como siempre que vuelven á esta parte del -edificio, creyendo que van á ver de pronto á su antigua señora.</p> - -<p>La vieja va vestida de blanco con gran pulcritud; escotada, los brazos -desnudos, la falda muy amplia, siguiendo tal vez las modas juveniles de -su reina. El viejo es un caballero canaco con <i>smoking</i> blanco y corbata -negra. A pesar de sus años conserva un gran dominio sobre sus emociones, -y únicamente brilla en sus ojos una acuosidad contenida. Su mujer, más -vehemente, llora, al mismo tiempo que le tiemblan las manos.</p> - -<p>Hace la gobernadora mi presentación.</p> - -<p>—Este señor ama mucho á vuestra reina y va á escribir sobre ella.</p> - -<p>—¡Oh, la reina!—gimotea la vieja.</p> - -<p>Me besa una mano y mira después con ojos devotos un gran retrato al óleo -de Lilinu-Kalami que está en el fondo del salón y la representa en sus -buenos tiempos de reina viuda, cuando las <i>hulas</i> bailaban en el -inmediato jardín y ella pedía consejos á sus favoritos.</p> - -<p>Es una dama de frescas redondeces y sonrisa bonachona, vestida con un -traje elegante de recepción. Tiene el escote abultado y partido por el -arranque de dos hemisferios firmes; los brazos redondos, y una doble -raya horizontal en el carnoso cuello: la majestad regia de hace tres -cuartos de siglo representada por Victoria de Inglaterra, Isabel II de -España y otras soberanas de aquella época.</p> - -<p>Se conmueve la viejecita de tal modo viendo á su antigua señora, que el -marido tiene que abrazarla protectoramente y se la lleva hacia el -jardín. Media hora des<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span>pués vuelven los dos ancianos con un regalo para -mí: un collar que acaban de hacerme con la flor amada por Lilinu-Kalami. -Esta flor, puramente hawaiana, es una violeta de pétalos recogidos, dura -como un fruto.</p> - -<p>El collar embriagador de claveles que llevo sobre el pecho morirá, pero -este de Lilinu-Kalami es eterno. Sus flores al secarse se endurecen, y -podré guardarlo siempre como un rosario oloroso.</p> - -<p>Con el pecho adornado por la doble sarta de flores continúo mi visita á -la esposa del que es actualmente soberano del archipiélago por soberanía -delegada.</p> - -<p>La hija del gobernador y una amiga suya se interesan mucho por el pasado -de esta tierra en que nacieron. Ambas proceden de norteamericanos; la -hija del gobernador es morena y esbelta como una californiana; su amiga, -una nieta de Mr. Hyde Rice, notable escritor que ha recogido todas las -tradiciones del país y vive siempre en la isla de Hawai, es rubia y con -ojos azules. Pero las dos nacieron en el archipiélago y tienen en su -belleza blanca algo de exótico que las hace más interesantes.</p> - -<p>Al despedirme, la joven que ha venido de Hawai á pasar unos días con su -amiga y conoce á fondo la historia del país, por sus lecturas y por las -lecciones de su abuelo, me dice á guisa de adiós:</p> - -<p>—Celebro haber hablado, por primera vez en mi vida, con un español. -Siempre me interesó España, tan lejos de nosotros y tan unida á nuestros -orígenes. Hawai es más antigua en la historia de lo que suponen muchos. -Tiene dos siglos más de existencia, porque todos sabemos aquí que los -navegantes españoles fueron los primeros blancos que pisaron sus costas, -los primeros enviados de la civilización europea.<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span></p> - -<h2><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII<br /><br /> -LA SEMANA SIN LUNES</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Navegando al margen de la tempestad.—Bailes, juegos y asistencia á -la escuela.—Carreras de caballos en el buque.—La libertad -religiosa de los norteamericanos.—El cura democrático de -Minnesota.—El Mesías de Los Ángeles.—Dejamos de vivir un día -entero.—Caen en las aguas del Pacífico veinticuatro horas de -nuestra existencia.—¿Qué habrá sido de mis amigos del Japón?...</p></div> - -<p>Empieza á anochecer cuando salimos de Honolulu. Flotan en todas las -barandas del buque manojos de cintas multicolores. Son los restos del -tejido de serpentinas que se formó entre el paquebote y el embarcadero -durante una larga despedida.</p> - -<p>Grita la muchedumbre en los muelles, agitando sombreros y pañuelos. Se -oye, cada vez más lejos y por última vez, la romanza <i>El collar de las -islas</i>, entonada por la música de la ciudad. Un tropel de nadadores nos -sigue hasta fuera del puerto. Pero el <i>Franconia</i> acelera su marcha y -los tritones canacos y japoneses acaban por quedarse atrás, esforzándose -por sacar medio cuerpo fuera del agua y darnos el último adiós con sus -manoteos y sus rugidos metálicos. Pasamos entre dos filas de boyas que -empiezan á iluminarse, marcando el canal que deben seguir los buques de -calado enorme.</p> - -<p>Cuando cierra la noche, Honolulu brilla en el fondo del horizonte como -un collar de diamantes desgranado,<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span> y esta visión resucita en mi memoria -el recuerdo de Valparaíso, el gran puerto de Chile, que vi hace muchos -años. Después que mis compañeros de viaje se sacian de contemplar las -hileras de luces, cada vez más pequeñas y lejanas, concentran su -atención en la vida de á bordo, preparándose para una travesía que será -la más larga del viaje.</p> - -<p>Durante diez días sólo veremos cielo y agua. Ni una isla, tal vez ni un -buque, por ser esta la parte menos frecuentada del Pacífico. En Honolulu -los tripulantes de un gran vapor japonés nos han dado malas noticias. -Reina un larguísimo temporal entre Hawai y las costas del Japón. Ellos, -como expertos hombres de mar, nos presagian un viaje penoso. Algunos -pasajeros que han dado la vuelta al mundo otra vez recuerdan que el mal -llamado Pacífico, en esta sección de su inmensidad se muestra siempre -áspero.</p> - -<p>Pasamos una mala noche navegando entre nuevas islas del archipiélago de -Hawai, pero al día siguiente empieza á mejorarse el tiempo.</p> - -<p>El capitán Melson es tenido entre los marinos de Inglaterra por muy -hábil para sortear las tormentas, evitando molestias á sus pasajeros. -Como el <i>Franconia</i> no tiene las prisas de un paquebote mercante y -cuenta con las velocidades máximas de su máquina para resarcirse de las -pérdidas de tiempo, nos apartamos del rumbo ordinario, que es donde -reina ahora la tempestad, y en vez de subir inmediatamente hacia el -Noroeste en busca del Japón, seguimos por el interior del mar tropical, -como si nos dirigiésemos á las Filipinas. De este modo pasamos la mayor -parte de la travesía dentro de un mar tranquilo y tibio, vestidos de -verano, cual si navegásemos hacia un país del Trópico.</p> - -<p>Seguimos el empuje favorable de la corriente ecua<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span>torial del Pacífico -Norte, prolongación de la que nace en las costas japonesas y da vuelta -ante las costas de California, volviendo al mismo sitio de su origen; -corriente que recibe el nombre japonés de Kuro Sivo (el Río Negro), á -causa del color de sus aguas. Dos días antes de llegar al Japón es -cuando el <i>Franconia</i> pondrá proa al Noroeste é iremos hacia el puerto -de Yokohama, pasando casi instantáneamente del verano al invierno.</p> - -<p>Antes de este cambio de rumbo navegamos por unas aguas verdes, -luminosas, de fauna abundante, como las que vimos en las costas de la -América Central. Únicamente por el Norte se muestra el horizonte gris y -brumoso. Adivinamos la tempestad que asalta detrás de la niebla -lejanísima á los buques de itinerario fijo, y sentimos una satisfacción -egoísta al pensar que nosotros, como desocupados que pueden ir adonde -quieren, sin prisa alguna, vamos sorteando los rigores atmosféricos.</p> - -<p>Transcurren lentos días sin que el mar siempre desierto pueda ofrecernos -otros espectáculos que la salida y la puesta del sol. Todas nuestras -observaciones y deseos se concentran en la vida interior del buque, y -apenas nos fijamos en el Océano. El <i>Franconia</i> cobija una actividad -intensa que no volverá á repetirse en el resto del viaje. Las -diversiones son incesantes; la orquesta trabaja más que nunca; todas las -tardes hay conciertos, todas las noches baile.</p> - -<p>Los profesores de la «American Express» dan conferencias con -proyecciones cinematográficas sobre el Japón y la Corea, los dos -primeros países que vamos á visitar. Muchos de nosotros creemos haber -vuelto, en una regresión juvenil, á nuestros tiempos de estudiante. -Vamos á clase todas las mañanas. Dos maestros de lenguas orientales dan -lecciones de japonés y de chino, y aprendemos unas docenas de palabras -en ambos idiomas que<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span> nos permitirán pedir modestamente las cosas más -elementales para nuestra existencia.</p> - -<p>Muchos días hay <i>Forum</i>, una especie de mitin presidido por el director -del viaje, en el que todos pueden pedir la palabra para exponer sus -dudas ó solicitar aclaraciones. Una señora pregunta si hay que llevar -mucho abrigo en el Japón; otra desea saber los precios corrientes de los -objetos artísticos y qué almacenes de Tokío son los que roban menos al -viajero; una, más allá, pide consejos higiénicos para precaverse de las -enfermedades del país... Y así continúan, con la curiosidad del pueblo -americano por saberlo todo, formulando preguntas y preguntas. Unas veces -contesta el presidente; otras, los mismos pasajeros que, por sus -estudios ó por viajes anteriores, pueden ilustrar á sus vecinos.</p> - -<p>Todas las mañanas, á primera hora, este pueblo marítimo desfila por un -salón en cuyas paredes están fijos los avisos de las fiestas del día y -reuniones instructivas, así como noticias importantes de lo ocurrido en -la tierra durante las últimas veinticuatro horas, transmitidas por la -telegrafía sin hilos.</p> - -<p>Las gentes se agrupan con arreglo á sus aficiones deportivas ó sus ideas -religiosas y filantrópicas. Hay anuncios solicitando una cuarta persona -para jugar al <i>bridge</i>. Muchas tardes se celebran torneos de dicho -juego, que apasionan extraordinariamente á las señoras.</p> - -<p>Otro juego, de moda reciente, rivaliza con el <i>bridge</i>. Es de origen -chino; unos le llaman <i>Mah Jong</i> y otros <i>Pung Chow</i>. Las pasajeras van -de un lado á otro con la caja de sándalo contenedora de sus piezas de -marfil. Estas fichas tienen nombres extraordinariamente poéticos; pero, -según parece, el tal jueguecito chino es más temible que la ruleta para -devorar el dinero.</p> - -<p>Dos veces por semana hay carreras de caballos en la<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span> última cubierta, -con todas las ceremonias y preliminares de este deporte nacional en los -países de lengua inglesa. El establecimiento tipográfico del buque -imprime una lista con los nombres y particularidades de los caballos, -algunos de los cuales llevan de vez en cuando mis apellidos. En las -cubiertas de paseo se venden billetes para los que deseen apostar.</p> - -<p>Los caballos son juguetes de madera, corceles del tamaño de un conejo de -Indias, con aun <i>jockeys</i> de distintos colores. El suelo de la cubierta -tiene un séxtuple semicírculo, dividido en casillas numeradas, todo ello -hecho con tiza. Los seis jinetes esperan en fila la señal de partir. La -campana llama al público indicando que va á empezar la carrera, lo mismo -que en los hipódromos. Una señorita, escogida por su belleza ó su -elegancia, es la encargada de arrojar por el suelo un dado enorme; y con -arreglo al número que permanece visible, el caballo agraciado va -avanzando tantas casillas como marca la cifra.</p> - -<p>Este público sencillo y entusiasta se enardece como si estuviese -presenciando una carrera en Londres ó en Nueva York. Además, casi todos -han apostado dinero, lo mismo hombres que mujeres. Los dólares salen de -los bolsillos en forma de pelotas de papel arrugado. Cada uno grita para -celebrar los avances de su favorito. Desde las cubiertas inferiores es -fácil imaginarse que se vive en tierra, oyendo á lo lejos los rugidos de -un hipódromo.</p> - -<p>Un grupo de pasajeros francmasones fija un anuncio en el salón llamando -á los compañeros de viaje que sean «hermanos», para constituir con ellos -una logia en el <i>Franconia</i> mientras dure el viaje. El primer acto de la -nueva logia, dos días después, es una suscripción general pidiéndonos -dinero á todos para los hombres que tra<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span>bajan en lo más hondo del buque -alimentando las máquinas.</p> - -<p>Algunos viajeros son pastores de las diversas confesiones del -cristianismo reformado, y al dar la vuelta al mundo, desean visitar las -misiones que han establecido sus correligionarios en China y el Japón. -Otro, procedente de Minnesota—uno de los Estados más interiores y -tranquilos de los Estados Unidos—, es un sacerdote católico muy joven, -grande de estatura, fuerte, con serena franqueza en su mirada y sus -ademanes. Tiene el aspecto de un boxeador simpático. Su cabellera espesa -y dura, cortada á estilo norteamericano, se alza sobre su cráneo como -una cresta ó una tiara. Nunca ha salido de su país, y desea ver el -mundo, como los demás; pero lo que á él le interesa especialmente es -conocer Jerusalén y Roma. En vez de buscar dichas ciudades por la parte -de Oriente, siguiendo el camino más corto, va simplemente á ellas dando -vuelta á la tierra entera.</p> - -<p>Es un creyente fervoroso y sincero, pero sin intransigencias; un -representante del catolicismo á estilo de los Estados Unidos, que es -allá la religión más democrática y algunas veces la más demagógica, por -figurar en ella muchos emigrantes pobres, á los que amarga su fracaso en -un país de ricos.</p> - -<p>Como dice la misa todas las mañanas á las siete, en uno de los salones -de baile, algunas señoras de gustos aristocráticos que son católicas le -piden que la retrase á las ocho ó las nueve, pues les resulta penoso -levantarse tan pronto. Pero el joven sacerdote, con su aire de boxeador -casto, poco sensible á los remilgos femeninos, contesta que él celebra -su misa para los irlandeses, camareros y marineros del buque, y éstos -sólo pueden oirla á las siete, antes de empezar su servicio.</p> - -<p>—Levántense temprano—termina diciendo—. Ustedes<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span> nada tienen que -hacer, y yo por complacerlas no voy á dejar sin misa á los que trabajan.</p> - -<p>Hay en el <i>Franconia</i> otro representante del espíritu religioso más -original y extraordinario. Es un joven de veintiocho años, cuya estatura -casi alcanza á dos metros. Su cabeza es interesante, con ojos rasgados, -algo femeninos, y luengas y rizadas melenas. El cuerpo está deformado -por una obesidad impropia de su juventud. Tiene gran vientre y caderas -amplísimas; pero á pesar de su desbordamiento adiposo se entrega con -frecuencia á deportes violentos que agitan su cabellera rizada y una -gran cruz pendiente sobre su pecho.</p> - -<p>Este joven es nada menos que el fundador de una religión, y embarcó en -San Francisco por tener su sede en Los Ángeles, hermosa ciudad de ricos -y desocupados, prontos á aceptar todo lo nuevo que les parezca -interesante.</p> - -<p>En este buque, poblado de personas que se acostumbraron desde la escuela -á respetar todas las creencias, nadie se extraña ni hace objeto de burla -el viajar con el fundador de una nueva religión. Raro es el año en que -dejan de surgir varias en los Estados Unidos, y aunque las más -desaparecen con igual facilidad, algunas sobreviven y adquieren una -fuerza considerable. El pueblo norteamericano se preocupa como ningún -otro del problema religioso, tal vez á causa de su curiosidad nativa que -le hace pensar frecuentemente en el misterio de la muerte y en lo que -puede encontrarse después de ella.</p> - -<p>Al norteamericano no le extraña ninguna doctrina religiosa, y es incapaz -de burlarse de ella por extravagante que parezca á los demás. Lo único -que no puede concebir es que se viva sin una religión, sea la que sea; -lo que no llegará á imitar nunca es la tolerante y sonriente -incredulidad que tanto abunda en Europa.<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span></p> - -<p>Cuando yo comento la exagerada juventud de dicho profeta, varias damas -me contestan que todos los fundadores de religiones empezaron á propagar -sus doctrinas antes de los treinta años.</p> - -<p>Este Mesías de Los Ángeles ha sido seminarista católico, pero abandonó -su carrera para intentar la estupenda obra de unir todas las religiones -en una sola, entresacando lo mejor de cada dogma: algo semejante al -«esperanto» en la lingüística. El fondo de su doctrina es el -cristianismo, pero añadiendo la reencarnación del alma, proclamada por -muchas religiones del Extremo Oriente. Admira á Buda, y hace este viaje -para ver de cerca el culto búdico, en el Japón y la China, hablando con -sus principales representantes.</p> - -<p>Una mañana da una conferencia en el gran salón sobre Buda y su doctrina, -y asisten á ella, en lugar preferente, los pastores protestantes y el -sacerdote católico. Es un espectáculo característico de la vida -norteamericana que los «latinos», violentos é intolerantes, no podemos -concebir, y extraña á nuestros ojos cuando lo presenciamos.</p> - -<p>A la salida de la conferencia pretendo que el sacerdote católico -abandone su cortés tolerancia é inicio para conseguirlo algunas críticas -sobre lo que ha dicho el conferencista. Pero no me sigue, y, muy al -contrario, contesta con una tranquilidad de hombre respetuoso para las -creencias ajenas:</p> - -<p>—Si piensa sinceramente lo que dice, allá él, aunque yo le considere en -el error. Lo importante es que crea en Dios y en las leyes eternas de la -moral.</p> - -<p>Los pastores protestantes, aunque no saludan al inventor religioso, le -miran sin animosidad cuando pasa ante ellos llevando sobre su pecho la -insignia de su alta jerarquía: una cruz de oro con una estrella -superpuesta<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span> de plata y piedras preciosas, joya ritual de gran valor -ideada por él y que deben haberle regalado sus devotas de Los Ángeles.</p> - -<p>Un poco antes de la mitad de nuestra navegación, estando entre Hawai y -el archipiélago japonés, nos ocurre algo extraordinario que sólo pueden -conocer los que hayan dado la vuelta al mundo. Todos los pasajeros y -tripulantes del <i>Franconia</i> perdemos un día de nuestra vida; mejor -dicho, dejamos de vivir veinticuatro horas de nuestra existencia, que -caen al mar sin ser utilizadas.</p> - -<p>Esto merece una explicación. El lector tal vez recuerde una novela de -Julio Verne, <i>La vuelta al mundo en ochenta días</i>, que hizo las delicias -de nuestra infancia. El protagonista Phileas Fox, al volver á su casa de -Londres, cree perdida su apuesta por haber pasado ochenta y un días en -su viaje alrededor del mundo, cuando el plazo convenido era de ochenta. -Mas al mirar su almanaque de pared ve que no es jueves, como él creía, -sino miércoles.</p> - -<p>El héroe de esta novela lleva ganado un día sobre los demás hombres -porque ha hecho el viaje de Occidente á Oriente, al revés que nosotros. -Los pasajeros del <i>Franconia</i> vamos de Oriente á Occidente, ó sea -siguiendo el aparente curso del sol. Pero como éste viaja más aprisa que -nosotros, cada día perdemos una hora.</p> - -<p>Ya llevamos perdidas, con arreglo al meridiano inglés de Greenwich, que -es el que rige la vida del mar, unas doce horas desde que emprendimos -nuestro viaje, y de continuar así, al haber dado la vuelta entera á la -tierra, nos ocurriría lo que á Sebastián del Cano y sus compañeros en la -primera circunnavegación del planeta. Cuando hambrientos y con la nave -destrozada tocaron estos héroes en las islas de Cabo Verde, vieron con -asom<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span>bro que los habitantes del país vivían en un jueves, cuando ellos, -según el diario de á bordo, estaban todavía en un miércoles.</p> - -<p>En igual confusión nos veríamos nosotros, si las leyes modernas que -regulan la vida marítima no hubiesen establecido una costumbre para -corregir tal desarreglo. Cuando en las cercanías de Hawai se llega al -meridiano 180, antípoda del meridiano de Greenwich, si el buque va hacia -Asia los tripulantes suprimen un día, y si viene hacia América, ó sea en -dirección contraria, viven un mismo día dos veces.</p> - -<p>Por eso yo tengo en mi existencia un día que no he vivido, una semana -que careció de lunes. El 17 de Diciembre de 1923 fué una realidad para -todos los habitantes del planeta, menos para los que íbamos en el -<i>Franconia</i>. Saltamos del domingo 16 al martes 18, arrancando de una -sola vez dos hojas del almanaque.</p> - -<p>En verdad pasamos el meridiano 180 el día 16, pero dicha fecha era -domingo, y está admitida una pequeña superchería geográfica en los -buques, para que no se perjudique la religiosidad dominical. El domingo -es el único día de la semana exento de supresión, evitando de tal modo -que los navegantes se vean privados de servicio religioso.</p> - -<p>Al principio no se pensó en esto, y según cuentan las gentes de mar, tal -omisión dió motivo á incidentes graciosos. A veces iba en el buque algún -reverendo misionero que preparaba cuidadosamente un sermón para el -próximo domingo, con el noble propósito de convertir á muchos pecadores -y pecadoras, compañeros suyos de viaje. Y al levantarse en la mañana de -dicha fecha, se enteraba con asombro de que no había domingo, por haber -saltado todos, tripulantes y pasajeros, de un sábado á un lunes, y tenía -que guardarse su sermón.<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span></p> - -<p>Según nos aproximamos á las costas japonesas va enfriándose la -temperatura y se agranda en mi interior una inquietud que viene -acompañándome desde Europa.</p> - -<p>Hace cuatro meses, á fines de Agosto, estando en mi casa de Mentón, -recibí una carta suscrita por dos profesores japoneses que han traducido -algunas de mis novelas. Se habían enterado de mi próximo viaje y me -anunciaban, con su fina cortesía nipona, un cariñoso recibimiento y -varias fiestas en mi honor, cuando llegase á su país.</p> - -<p>Seis días después, el 1.° de Septiembre, circuló por el mundo la noticia -del gran temblor de tierra que ha destruído completamente á Yokohama y -quebrantado á Tokío y otras ciudades japonesas. Nunca en los siglos -conocidos de la historia humana ocurrió una catástrofe tan enorme y que -causase tantas víctimas.</p> - -<p>Marcho hacia el Japón sin haber recibido noticia alguna de allá, después -del cataclismo. Por la noche miro ansiosamente hacia el punto del -horizonte donde creo que están ocultas las islas japonesas.</p> - -<p>¿Vivirán aún Hirosada Nagata, Shiduo Kasai y otros traductores míos?... -¿Encontraré á mis amigos japoneses en el muelle destruído de Yokohama, ó -saldrá á recibirme la noticia de su muerte?...<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span></p> - -<h2><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV<br /><br /> -LOS RESTOS DEL CATACLISMO</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Después de diez días de soledad oceánica.—Aparición matinal del -Fuji.—Los marinos de la bahía de Tokío.—Carabelas con motor.—La -antinomia japonesa.—Enorme destrucción de Yokohama.—La ciudad -como fué y como la vemos.—Llegada de mis amigos.—La «koruma» y el -caballo humano.—El engaño de la noche en Yokohama.—Vamos en busca -del verdadero Japón.</p></div> - -<p>Al cerrar la noche, un buque pasa por la línea del horizonte, y esto es -para nuestros ojos un suceso extraordinario. Llevamos diez días de -navegación, sin que nada altere la monotonía del mar. Este paquebote, de -una Compañía que hace el servicio entre el Japón y Canadá, representa -para nosotros una certidumbre de que la humanidad no ha dejado de -existir. Es la vida de nuestra especie, la historia humana, que vienen -otra vez á tomarnos.</p> - -<p>Todos sentimos un deseo vehemente de pisar tierra. Muchos no pueden -ocultar su alegría al darse cuenta de que sólo nos separan del Japón -unas cuantas horas nocturnas y al amanecer veremos la línea dentellada -de sus costas, en vez de la horizontalidad azul del Pacífico. Los más se -levantan con las primeras luces del día y suben á las cubiertas, -arrebujados en abrigos de invierno que tuvieron que buscar -apresuradamente. El cambio de temperatura ha sido casi instantáneo. El -frío parece influir<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span> en el aspecto del mar. Se entenebrece el espacio -con una bruma que es en realidad polvo acuático arrancado á las olas por -el viento. Al salir el sol se forma delante del buque un gran arco iris, -que por sus colores recuerda la pintura de los artistas japoneses.</p> - -<p>Huyen de tierra las olas para perderse en las soledades del Pacífico. -Vienen al encuentro de nuestro buque y se alejan hacia la inmensidad -oceánica. Todas ellas, al recibir de frente los rayos casi horizontales -de un sol todavía bajo, brillan como si fuesen de oro en su parte -cóncava, mientras la convexidad de su lomo es de un verde obscuro y -tempestuoso.</p> - -<p>Un grito de curiosidad y admiración circula de pronto por las cubiertas, -saludando un descubrimiento. Acaban de rasgarse y disolverse los vapores -del horizonte, el cielo queda limpio, y á enorme altura vemos una -especie de nube sonrosada y triangular que refleja la luz del sol. Todos -la reconocemos. Es el célebre Fuji-Yama (Monte Fuji), el volcán -desmochado y con eterna esclavina de nieve que aparece en tantas -estampas y tantos biombos y abanicos japoneses, como resumen de las -bellezas de la tierra nipona.</p> - -<p>No conozco montaña que dé una sensación de abrumadora enormidad como -este volcán, situado en el país de la pequeñez graciosa, de las casitas -que parecen juguetes, de los paisajes creados para muñecas. Muchas cimas -famosas de los Andes y del Himalaya no despiertan la misma admiración, -por estar rodeadas de una escalinata descendente de montañas secundarias -que disimulan su altitud. El Fuji no tiene á su alrededor nada que le -encubra. Corta el horizonte con los perfiles completos de sus laderas, -desde la base hasta el cono truncado de su cumbre, en otro tiempo -puntiaguda y ahora horizontal, por haber volado parte de su cráter una -remotísima<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span> erupción. Las montañas que le rodean y las costas inmediatas -nos parecen muy bajas. El gigante vive en un aislamiento orgulloso, -acaparando la mayor parte del horizonte, envuelto en su manteleta de -nieves, que se acorta ó crece según las estaciones del año, -prolongándose en onduladas franjas.</p> - -<p>Entramos en la dilatada bahía de Tokío donde está Yokohama. Este mar -interior tiene en lo más profundo de su curva la capital del Japón; pero -como las aguas cerca de Tokío carecen de la profundidad necesaria para -los buques modernos, los japoneses establecieron, diez y ocho millas más -al Oeste, en una pobre aldea de pescadores llamada Yokohama, un puerto -que fué poco después uno de los núcleos del comercio del mundo, al -abrirse el país á la vida internacional.</p> - -<p>Esta bahía tiene á un lado Tokío, en el centro Yokohama, y al Oeste, -fuera de su boca, la derruída ciudad de Kamakura. Hace siglos figuró -como capital del Imperio. Ahora, Kamakura sólo interesa por sus viejos -templos, perdidos entre la vegetación de bosques y jardines. Éstos -cubren á su vez un suelo que fué el de antiguas plazas y avenidas. -Detrás de Kamakura se alza la mole del monte Fuji á más de 4.000 metros -sobre el nivel del mar, tocado con su caperuza de escamas de nieve, que -los poetas del país comparan á los pétalos de la flor del loto.</p> - -<p>Vemos unos islotes pequeños, casi á flor de agua, semejantes al -caparazón redondo de las tortugas. Todos ellos están fortificados con -baterías de cúpula. Nuestro paquebote navega lentamente entre enjambres -de barcos menores. Sale á nuestro encuentro, por primera vez, la -pintoresca antinomia, la contradicción original y violenta que nos -acompañará siempre en este país. Es la mezcla del pasado y el presente, -de una tradición orgu<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span>llosa que no quiere morir, considerándose superior -á todo lo extranjero, y de un afán habilidoso por apropiarse é imitar lo -que ha producido y puede producir en lo futuro ese mismo extranjero tan -despreciado.</p> - -<p>Las más de las embarcaciones son buques veleros de forma arcaica, con la -popa alta y la proa baja, lo mismo que las antiguas carabelas. Algunas -hasta conservan el velamen de piezas superpuestas y plegables, como las -persianas ó los abanicos, igual que se ve en las estampas japonesas. Sus -tripulantes van vestidos con un kimono obscuro y llevan el pelo recogido -sobre el cogote, á estilo mujeril. Otros usan sombrero en forma de -sombrilla, chaqueta corta de mangas perdidas, y llevan las piernas -desnudas, con un simple pañizuelo entre ellas que los sirve de -calzoncillo. Pero toda esta marina de otros siglos ha colocado en sus -barcas de pesca ó de cabotaje motores de petróleo, que suplen las -ausencias del viento. En algunos vaporcitos blancos, de reciente -construcción, el capitán, erguido en el puente y con el kimono batido -por el viento, parece escapado de una lámina de las antiguas historias -de piratas.</p> - -<p>Pasamos junto al arsenal de Yokohama. Eclipsando en parte las techumbres -de los astilleros, ocho grandes acorazados lanzan el humo de sus -chimeneas, y otra vez sentimos extrañeza al pensar que estas formidables -máquinas de guerra, copiadas de los países occidentales y que -consiguieron muchas veces la victoria, pertenecen á estos hombres que al -verse solos en sus casas ó en sus buques se visten como se vestían sus -ascendientes hace siglos, imitando todos los gestos de su vida remota.</p> - -<p>El cielo es azul y ha quedado limpio de nubes, brilla el sol, pero según -nos aproximamos á la costa aumenta la frialdad de un viento que parece -su respiración. Estamos á fines de Diciembre y nos hemos alejado de -nues<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span>tro océano tropical. Además, el frío es siempre más intenso en la -tierra que en el mar.</p> - -<p>Flotan sobre las aguas verdes y amarillentas de la bahía anchas fajas -blancas, que parecen espumas de ola cristalizadas y fijas. Son grupos de -gaviotas encarnizándose en bancos invisibles de peces. La gran cantidad -de barcas pescadoras que pasan junto á nosotros, izando sus velas de -persiana ó de lienzo blanco á rayas negras, revelan la fauna abundante -de este mar interior.</p> - -<p>Grupos de vapores anclados forman islas de mástiles y chimeneas. Nos -deslizamos por las tortuosas avenidas que deja libres este -amontonamiento de buques inmóviles. Entre los barrios flotantes van y -vienen otros barcos más pequeños, que se pegan á sus costados para -recibir sus cargamentos ó suministrarles agua y carbón.</p> - -<p>Al dejar atrás esta ciudad flotante que cabecea sobre sus áncoras -descubrimos Yokohama de un extremo á otro, sin que nada nos impida -apreciar de golpe el aspecto de su desolación inmensa.</p> - -<p>Yo he visto Reims después de varios meses de bombardeo; he visitado -durante la última guerra poblaciones destruídas sistemáticamente por la -invasión alemana; pero el horror de esta ciudad enorme sacudida en sus -cimientos por los temblores del suelo y consumida luego por las llamas -es mucho más impresionante y doloroso. El hombre, á pesar de sus -maldades científicas, no puede realizar en años la labor destructiva que -una naturaleza inconsciente obra en el transcurso de unos minutos.</p> - -<p>Vemos filas interminables de almacenes y fábricas que sostuvieron hace -cuatro meses una techumbre y ahora no son mas que tapias de corral -derruídas. No hay nada que corte el horizonte verticalmente, ni una -torre, ni<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span> una casa de dos pisos. Todo está por el suelo. Ninguna obra -se atreve á ir más allá de la estatura humana. Algunos muros chamuscados -por el incendio, que parecen simples cercas, los van señalando los -viajeros que conocieron Yokohama antes del terremoto. Allí estaban los -grandes Bancos, los almacenes de múltiples pisos á imitación de los de -Nuera York, varios hoteles iguales por sus comodidades á los «Palaces» -más famosos.</p> - -<p>Yokohama tenía su Gran Hotel, construcción altísima que era un motivo de -orgullo para la ciudad. Los que presenciaron el cataclismo se valen -siempre de la misma imagen para describir su destrucción. Desapareció -como los helados en forma de pirámide que se sirven á los postres de una -comida y son cortados en rodajas por el cuchillo de los comensales. Al -sacudirlo el estremecimiento telúrico, un cuchillo invisible lo fué -partiendo en pedazos, y éstos cayeron uno sobre otro, llevando cada cual -en las celdillas de su interior una agitación de pobres insectos humanos -aullando de miedo ó enmudecidos por el espanto.</p> - -<p>Los que conocieron el Yokohama de hace cuatro meses recuerdan los -esplendores de sus grandes calles, embellecidas por el comercio. Aquí -estaban las mejores tiendas del Japón, joyerías, depósitos de perlas, de -sedas, de alhajas. Además, por ser puerto terminal de las grandes líneas -de navegación, algunos de sus barrios tenían la alegría ruidosa y -pintoresca que gozaron siempre los lugares marítimos famosos, desde la -más remota antigüedad. Había calles enteras de teatros, de -cinematógrafos, de casas de té, abundantes en bailarinas y cantoras, y -de otros establecimientos con mujeres pintadas vistiendo kimonos -floridos y esperando en la puerta el momento de la servidumbre sexual, -con la tranquilidad propia de un país que, hasta hace pocos años, -consideró<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span> la prostitución industria útil, sin deshonra para las -familias de las hembras que la ejerciesen.</p> - -<p>Europeos y americanos establecidos en Yokohama habían cubierto sus -alrededores de graciosas casitas con jardín. Sobre las colinas había -numerosos templos budistas y sintoístas, venerables y tranquilos como -los de Kamakura. El pueblo japonés, gustoso de vivir entre flores, -improvisaba minúsculos jardines en todos los rincones de tierra -encontrados á su alcance, por pequeños que fuesen. Muchachas del país, -<i>musmés</i> frágiles como muñecas, con peinado enorme y un lazo en forma de -almohadilla á continuación de la espalda, sonreían al transeunte, -cantando con suave voz de gatita á las puertas de sus casas de juguete, -mientras tañían una diminuta guitarra de largo mástil... Y todas las -prosperidades y riquezas de un comercio enorme, todas las flores, -sonrisas y cánticos de una vida dulce, quedaron suprimidos en menos de -media hora.</p> - -<p>Ardió casi instantáneamente la ciudad por el centro, por todos sus -extremos. Un ciclón trasladó las llamas á enormes distancias sobre esta -aglomeración de barrios formados con edificios de madera y papel. Las -grandes construcciones de cemento y metal, partidas por el temblor, -cayeron igualmente en el brasero. Se inflamaron en inmensa llamarada los -gigantescos depósitos de gas y de petróleo. Algunos buques brillaron en -pleno día como antorchas movibles, huyendo á toda máquina de su contacto -mortal los otros que habían conseguido librarse de las llamas. Cegadas -por el fuego, ennegrecidas por el humo, se arrojaron á miles las gentes -en el mar, pidiendo socorro á las lanchas repletas y hundidas casi hasta -sus bordas, que iban de un lado á otro, no pudiendo recoger tantos -fugitivos.</p> - -<p>Los que vieron Yokohama en otro tiempo y contem<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span>plan ahora sus ruinas -desde el buque, dicen todos lo mismo:</p> - -<p>—Ha sido más horrible que lo imaginábamos...</p> - -<p>El gobierno japonés, procediendo de un modo opuesto á los gobiernos -occidentales, tuvo empeño en ocultar desde el primer momento la magnitud -de la catástrofe. Ha preferido remediar por sí mismo su desgracia, antes -que inspirar á los otros pueblos una compasión molesta para su orgullo.</p> - -<p>Varias lanchas de vapor se pegan á nuestro buque y un grupo numeroso de -japoneses me busca por las diversas cubiertas. Los más de ellos son -periodistas, preguntones y ágiles, venidos de Tokío, y que se valen de -la máquina fotográfica lo mismo que un reportero norteamericano. Con -ellos llegan varios profesores de la Universidad que se dedican á la -enseñanza de las lenguas europeas, y entre los cuales figuran mis -traductores.</p> - -<p>Ninguno de ellos ha muerto. Como la gran catástrofe ocurrió el 1.° de -Septiembre, época en que se ven más frecuentadas las playas de moda y -las estaciones balnearias de la montaña, las gentes de cierta posición -social libraron sus vidas. El pueblo, retenido en las ciudades de la -costa por su trabajo, y los comerciantes modestos, sufrieron la mayor -mortandad.</p> - -<p>Todos mis amigos son japoneses, pero hablan fácilmente el español. Unos -lo han estudiado sin salir del país; otros estuvieron en Filipinas ó -vivieron largas temporadas en las Repúblicas sudamericanas del Pacífico. -Llegan con ellos dos europeos: don José Muñoz, profesor de lengua y -literatura españolas en la Universidad de Tokío, y un joven portugués -muy inteligente, llamado Pinto, que enseña á los estudiantes japoneses -la lengua y la literatura de su país.<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span></p> - -<p>Es al bajar á tierra cuando me doy cuenta de la inmensidad de la -catástrofe. Los antiguos muelles sólo existen á trechos. El temblor los -hizo pedazos. Unos fragmentos rodaron al fondo de las aguas; otros han -quedado aislados, y hay que ir pasando con lentitud por varios puentes -de madera á lo largo de estos islotes informes de mampostería.</p> - -<p>Vemos á través del verde cristal oceánico las moles sumergidas del -muelle, y entre sus masas hierros retorcidos, ruedas de automóviles, -pedazos de camión y de grúa, materias aplastadas y multicolores, de -diversas formas, que se van unificando bajo la capa vegetal creada por -las aguas. Los japoneses, con sus ojos impasibles, su eterna sonrisa y -su voz dulce que parece dar una sencillez infantil á las palabras más -graves, me explican la escena horripilante que se desarrolló en este -muelle.</p> - -<p>Ocurrió el temblor en el momento que iba á partir un gran paquebote para -la América del Sur. Eran numerosos los viajeros importantes, y había -acudido mucha gente á despedirlos. El muelle estaba cubierto de -automóviles. Muchas personas huyeron sin saber lo que hacían; otras se -refugiaron en los buques. Los que se quedaron en los muelles, creyendo -estar más seguros, perecieron todos.</p> - -<p>Mis amigos me señalan en el fondo del agua objetos informes que oprimen -con su peso los bloques rotos del muelle, y asoman por sus costados. -Allí están centenares y centenares de cadáveres. La tenacidad con que -las bandas de peces, grandes y chicos, acuden á estos restos de la -catástrofe revela la existencia de un enorme pudridero humano.</p> - -<p>Nadie puede pensar por el momento en poner remedio á tal abandono. El -cataclismo ha ido más allá de las<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span> fuerzas del hombre. En las calles de -Yokohama y de Tokío hubo que amontonar los cadáveres á miles y rociarlos -con petróleo para que el fuego los consumiese, sin aguardar á -identificaciones. Bien se hallan estos otros en su tumba marítima.</p> - -<p>—Además, la tierra sigue temblando con alguna frecuencia—me dice uno -de los periodistas—, y ¡quién sabe cuándo llegará la verdadera hora de -proceder á la reconstitución de lo destruído!...</p> - -<p>Estas palabras de mi acompañante las recordé pocas semanas después, -estando en China. La tierra volvió á temblar en Yokohama, así como el -fondo de su bahía. Yo pude aún pasar sobre los restos del antiguo -muelle, partido en islotes que estaban unidos por puentes de tablas. -Poco después, un nuevo temblor hizo que el mar se tragase completamente -este muelle que pisé al desembarcar.</p> - -<p>Corremos las calles de la ciudad montados en <i>koruma</i>. El lector sabe -indudablemente lo que es este vehículo, cochecito de un solo asiento, -con ruedas muy altas y ligeras, del que tira un hombre uncido á sus -varas.</p> - -<p>Por primera vez uso este medio de locomoción, venciendo la repugnancia -que nos inspira á los occidentales. Pero en todos los países asiáticos -es el más usual, y casi siempre sustituye el hombre á los cuadrúpedos en -sus sistemas de tracción. Resulta más barato y más abundante que el -caballo ó el buey. Al principio siento remordimiento viéndome llevado -por un semejante mío que trota como una bestia. Poco á poco me -acostumbro al nuevo medio de circulación, como les ocurre á todos los -occidentales, y al final le encuentro ciertas ventajas. Es agradable ir -de un lado á otro con un caballo inteligente al que puedo hablar, y que -algunas veces, dejando sobre el borde de la acera las varas ligeras de -su vehículo, en<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span>tra conmigo en templos y almacenes, sirviéndome de guía -é intérprete.</p> - -<p>En Yokohama hay que valerse de la <i>koruma</i>, por ser más cómoda que el -automóvil. Las calles están todavía rajadas por grietas profundas y con -montones enormes de escombros. En algunos sitios se ha abierto el suelo -en profundos embudos, como si hubiesen estallado sobre él grandes -obuses. Las ondulaciones telúricas dejaron hondos rastros de sus -inexplicables caprichos. Hay calles en que se abrió la tierra, y después -de tragar á la muchedumbre fugitiva volvió á cerrarse como un escotillón -de teatro, sin dejar señal alguna de su humano devoramiento. Más allá se -partió solamente en grietas; pero al cerrarse éstas, sujetaron, como -trampas para cazar lobos, las piernas humanas; y las víctimas retenidas -por la sorda tenaza vieron llegar hasta ellas el incendio, ardiendo como -cirios.</p> - -<p>Pero la vida es más fuerte que las cóleras de la Naturaleza. El instinto -de conservación la hace renacer, como las vegetaciones que se extienden -sobre los escombros de los cataclismos.</p> - -<p>Una muchedumbre enorme ha vuelto á instalarse en la ciudad desaparecida, -acampando entre las ruinas de sus casas. Si el gobierno diese permiso -para reconstruirlas, estarían terminadas hace ya tiempo, pues la casa -japonesa, toda de madera y tabiques de papel, es fácil de improvisar. -Además, el japonés, hábil de manos y con gran espíritu práctico, no -pierde el tiempo en lamentaciones y procura rehacer lo antes posible el -curso normal de su existencia. Hay que recordar cómo dos días después de -la gran catástrofe los Bancos de Tokío volvieron á abrir sus oficinas y -el comercio continuó sus negocios. Pero el gobierno está estudiando un -nuevo sistema de construcción, con el propósito de impedir que el -incendio<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span> siga á los temblores; y mientras no autorice la edificación -definitiva, las gentes viven en barracas de paja y tiendas de lona.</p> - -<p>Como Yokohama conserva su vecindario de antes, aunque considerablemente -disminuído por la catástrofe, la mayor parte de los servicios públicos -han sido reanudados con una prontitud que tiene algo de cómica, á pesar -de la tristeza del ambiente. No hay casas, pero hay personas; y para -comodidad de éstas se ha restablecido por completo el alumbrado de las -calles y el servicio de tranvías.</p> - -<p>Sobre las grietas enormes que parten el suelo pasan rieles sostenidos -por caballetes de madera. Entre los montones de escombros que guardan -aún restos humanos se yerguen troncos de pino sostenedores de cables -eléctricos y de lámparas.</p> - -<p>Al volver á la ciudad en plena noche, después de vagar por sus -alrededores, se imagina uno que el relato de la catástrofe, repetido por -todos, es una mentira colectiva. El cielo está intensamente rojo, pero -tal resplandor no es de incendio, sino el simple reflejo de los miles y -miles de luces de la gran ciudad, que todas las noches, al quedar bajo -las sombras, parece no haber sufrido ninguna destrucción. Desde las -alturas inmediatas se la adivina tal como fué por el trazado de las -luces, que marcan la amplitud de sus grandes avenidas, así como las -fajas más modestas de sus calles laterales. Las filas entrecruzadas de -puntos brillantes hacen creer en la existencia de una gran urbe sobre un -suelo que en realidad sólo mantiene ruinas.</p> - -<p>A la media hora de pasear en <i>koruma</i> por Yokohama me siento tristemente -aburrido. Estamos en un cementerio lleno de gentes; pero un cementerio -sin panteones y sin vegetación, de paredes chamuscadas,<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span> montones de -cascote y anchas zanjas con agua putrefacta.</p> - -<p>Los hombres que trabajan en las calles, aunque son japoneses, tienen un -aspecto casi occidental. Llevan gorras y pantalones azules, iguales á -los que usan los jornaleros de Europa; hasta emplean para el manejo de -sus herramientas guantes de mosquetero, como los trabajadores de Nueva -York. Las familias acampadas van vestidas igualmente, con una mezcolanza -de prendas del país y europeas. No se ve el Japón por ninguna parte.</p> - -<p>Al frente de nuestro grupo va un profesor llamado Kanazawa, que ha sido -comisionado por el Ministerio de Negocios Extranjeros para guiarme y -acompañarme mientras esté en el Japón. Este señor, que conoce su país -como muy pocos, es autor de un Diccionario japonés-español, y ha vivido -en Chile, Perú y otros países americanos de lengua española. Muestra una -inteligencia muy ágil, y su cortesía resulta extraordinaria aun en este -país donde los hombres pueden ser considerados como los más corteses de -la tierra.</p> - -<p>Adivina sin duda en mis ojos la decepción y el tedio al repetir nuestros -paseos por esta tierra de ruinas, cuando ya se ha extinguido el interés -que inspiran las primeras impresiones de horror. Comprende que ha -llegado el momento de hacerme ver el Japón, y después de procurarse un -automóvil—lo que no es fácil en una ciudad cubierta de escombros—, da -sus órdenes al conductor:</p> - -<p>—Vamos á Kamakura.<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span></p> - -<h2><a name="XV" id="XV"></a>XV<br /><br /> -LA DULCE ESFINGE DE KAMAKURA</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Origen divino del pueblo japonés.—La vanidosa hermosura de la -diosa del Sol y las barbaridades de su hermano y esposo.—El Espejo -y el Sable.—Una dinastía de 2.600 años.—El feudalismo -japonés.—Los daimios y sus fieles samurais.—La corte de Kioto la -Santa.—Los «Generalísimos» de Kamakura.—Kio-To y To-Kio.—El -Camino de Kamakura.—Ante la imagen del Gran Buda.—La diosa de la -Misericordia.—Un gigante divino de bronce sumido en la noche.—Lo -que dice la sonrisa de la Esfinge dulce.</p></div> - -<p>El pueblo japonés es de origen divino. De ahí su orgullo inmutable, que -data de veinticinco siglos.</p> - -<p>Los principios de su mitología resultan obscuros y complicados. Vagan en -su limbo muchos dioses de historia y atribuciones inciertas. Los -primeros conocidos son Izanagui y su esposa Izanami. Este matrimonio de -dioses era tan inocente que ignoraba el amor, y fueron dos pájaros los -que se lo enseñaron. Por eso los representa la imaginería japonesa -contemplando atentos la lección de la pareja alada.</p> - -<p>El resultado de sus amores fué unas veces geográfico y otras carnal. La -divina Izanami dió á luz varios dioses; pero también surgieron de sus -entrañas las ocho islas grandes del Japón con su cortejo de numerosas -islitas.</p> - -<p>Al arrojar al mundo el dios del Fuego, murió á con<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span>secuencia de este -parto ígneo, y su marido quiso recobrarla penetrando en el reino de los -muertos, como Orfeo, el divino cantor, fué en busca de su difunta -Eurídice. Después de numerosos combates para abrirse paso, el valeroso -Izanagui rescató á su esposa; pero al abrazarla lo hizo con tanto -entusiasmo, que rompió uno de los dientes de su peineta, y la majestuosa -diosa se transformó en un amasijo de carnes putrefactas, cayendo al -suelo. Para purificarse de tal contacto el viudo se bañó en un torrente, -y de cada una de las piezas de su vestidura, abandonada en la orilla, -fué surgiendo un dios. Además, de su ojo izquierdo nació Amatérasu, la -diosa del Sol; de su ojo derecho, el dios de la Luna, y de su nariz, -Susanoo, el Hércules de la mitología japonesa, más violento aún que éste -en sus hazañas guerreras y sus acometividades amorosas.</p> - -<p>Del acoplamiento de la hermosa Amatérasu y del agresivo Susanoo -descienden los actuales emperadores del Japón. Como estos dioses eran -hermanos, resulta extremadamente inmoral para los occidentales el origen -divino de los soberanos japoneses; pero bueno es recordar que en los -primeros tiempos de la creación, explicados por los libros santos del -cristianismo y por los de otras religiones antiguas de Europa, existe -igualmente el incesto. Los hijos de Adán, para perpetuar la especie, -tuvieron que unirse con sus hermanas, las hijas de Eva. Los dioses -escandinavos aparecen igualmente en los poemas, aprovechados -musicalmente por Wágner, dando vida á hijos é hijas, que se ayuntan para -crear los primeros hombres.</p> - -<p>Los amores y las rencillas de la diosa del Sol con su hermano el -Hércules japonés ocupan gran parte de la mitología nipona. Susanoo era -de carácter tan violento, que al disputar una vez con su hermana arrojó -un caba<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span>llo muerto sobre el telar en que tejía ésta, rompiendo su labor, -Amatérasu, ofendida, fué á ocultarse en una gruta, y el mundo de los -dioses quedó consternado por esta fuga, que privaba á la tierra de su -luz solar. Pero uno de ellos, que sin duda representaba la Astucia y era -experto conocedor de la vanidad femenina, llevó á una diosa subalterna -de gran belleza frente á la entrada de dicha gruta, tapada con enormes -piedras.</p> - -<p>Todos los dioses formaron una orquesta con coros, y al son de la música -y los cánticos la diosa empezó á danzar. A cada vuelta hacía caer una -prenda de su vestido, y el coro de dioses elogiaba con entusiasmo el -esplendor de las formas desnudas que iban apareciendo paulatinamente al -desprenderse los velos.</p> - -<p>Amatérasu, que escuchaba oculta tales alabanzas, se sintió celosa al -enterarse de que existía una mujer más hermosa que ella, y fué separando -poco á poco las piedras de la entrada para ver si realmente merecía la -otra tales homenajes. El astuto dios, que esperaba este momento, agarró -las piedras entreabiertas y las echó abajo, tirando de Amatérasu hasta -ponerla frente á la deidad desnuda. En el primer instante tuvo que -reconocer con cierto dolor la belleza de su rival. Luego le dieron un -espejo de mano para que se contemplase, y recobró su tranquilidad al -convencerse de que era más hermosa que la otra. Esto la puso de buen -humor, y accedió á desistir de su aislamiento, volviendo otra vez á -iluminar el mundo.</p> - -<p>Susanoo fué expulsado del cielo para que no molestase más á su hermana, -y recibió el imperio de los mares, matando en ellos un dragón de ocho -cabezas y otras bestias maléficas con un sable encantado. Un nieto de -Susanoo y Amatérasu fué el primer Mikado ó emperador del Japón que -registra la Historia, llamado Jim<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span>muteno. De él descienden en línea -directa los soberanos del pueblo japonés que han venido sucediéndose en -el trono durante 2.600 años.</p> - -<p>Las dinastías reales de Europa se consideran antiquísimas al poseer una -historia de unos cuantos cientos de años, y no son mas que familias de -advenedizos comparadas con la lista cronológica del Mikado, que ocupa -sin ninguna interrupción veintiséis siglos. Además, todos los monarcas -tienen un origen puramente humano. El fundador de una familia real es -siempre algún aventurero heroico ó un político astuto y de suerte. -Únicamente descienden de dioses los emperadores del Japón. Su primer -antepasado tuvo por abuelos á la diosa del Sol y al dios del Valor.</p> - -<p>Se comprende la veneración inconmovible, la fe sólida, más allá de todo -raciocinio, que el pueblo japonés ha sentido durante miles de años por -sus emperadores. Esta adhesión aún persiste en los soldados, en los -campesinos, en todas las clases sociales que no han sido influenciadas -por la crítica y la duda que aportaron á su país el progreso material y -las ciencias de los pueblos occidentales. La devoción del japonés por el -Mikado puede compararse, como dice Brieux, á la que habría sentido hasta -hace poco cualquier pueblo de Europa cuyos reyes fuesen descendientes -directos de Jesucristo.</p> - -<p>Los emblemas del emperador japonés son un espejo de mano, un sable y una -joya. El espejo de mano es el mismo que los dioses entregaron á -Amatérasu para que contemplase su belleza.</p> - -<p>Cuando la diosa regaló á su nieto Jimmuteno las islas del Japón, -nombrándole para siempre emperador de ellas, le entregó los tres Tesoros -Sagrados: el Espejo, el Sable y la Joya, diciéndole que éstos eran los -signos de su dignidad soberana y debía transmitirlos á sus -des<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span>cendientes. «Tú y los hijos de tus hijos consideraréis este Espejo -como si fuese mi propia persona.»</p> - -<p>El Espejo Sagrado y el Sable Sagrado vienen existiendo desde entonces, y -cada vez que se proclama un nuevo emperador, la ceremonia más -interesante de la entronización es el viaje del monarca á un templo -antiguo de Isé, donde están ambos objetos. Ni el mismo emperador logra -conocerlos. Queda á solas con ellos, pero no los ve ni los toca. Hace -muchos siglos que fueron envueltos en telas de seda, y cada vez que -éstas envejecen, los sacerdotes añaden por encima otras nuevas, siendo -después de tantas renovaciones unos paquetes informes de tejidos, cuyo -contenido hay que imaginarse con ayuda de la fe.</p> - -<p>No adoran en realidad los japoneses á sus antiguos dioses por su poder -omnipotente, como lo hacen otros pueblos. Los veneran porque fueron los -creadores del Japón, y este origen divino del país es un motivo de -orgullo para todos ellos. Al deificar de este modo á su patria, se -adoran á sí mismos.</p> - -<p>Ha acabado el pueblo por ver en el espejo y el sable dos símbolos de la -eternidad de la vida, incesantemente renovada. La forma de los dos -objetos, uno oval y otro prolongado, ha hecho que se les considere como -emblemas, femenino y masculino, de la procreación. Hasta hace poco -tiempo, en las romerías al templo de Isé, los vendedores de objetos -devotos ofrecían espejitos y sables que imitaban los órganos de la -sexualidad. No hay que olvidar que muchas hazañas del hermano de -Amatérasu fueron simplemente empresas voluptuosas, dignas de asombro por -su repetición, y que su nombre de Susanoo significa el «Macho -Impetuoso».</p> - -<p>En los 2.600 años de la historia del Mikado no hay un solo -destronamiento. La autoridad de los emperado<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span>res disminuye ó aumenta -según las revueltas intestinas y las coaliciones de sus feudatarios, -pero siempre la persona del Mikado es respetada como algo sacro, aunque -se la deje en transitorio olvido. La capital más antigua del país fué -Osaka, ciudad que figura ahora como el centro más rico y laborioso de la -industria japonesa. Pero el Mikado, al vivir en ella, estaba bajo la -influencia de los daimios, señores feudales, dueños de las ricas tierras -de arroz, que vivían encerrados en sus castillos con tropas de fieles -samurais.</p> - -<p>Esta Edad Media feudal ha durado casi hasta nuestros días, pues fué en -1870 cuando el penúltimo emperador, al reformar enteramente el país, -acabó con ella.</p> - -<p>Los samurais eran hidalgos pobres y belicosos que servían á las órdenes -de los opulentos daimios. Tenían por emblema la flor del cerezo, -«hermosa y de corta duración». Deseaban una vida abundante en gloria y -voluptuosidades, pero breve. Los valientes no deben vivir mucho. Todos -habían hecho pacto con la muerte y consideraban la vejez como una -decadencia vergonzosa.</p> - -<p>En tiempo de paz viajaban por el Japón buscando combates. Cuando llegaba -á sus oídos la fama de algún samurai valeroso, residente en otra -provincia, iban á su encuentro para proponerle un duelo á muerte. Si -creían haber perdido la estima de su señor ó de sus camaradas, se abrían -el vientre en presencia de ellos, rogando al amigo más íntimo que -hiciese volar su cabeza al mismo tiempo con un golpe de uno de los dos -sables que todos ellos llevaban en la cintura. Esta ceremonia mortal era -el famoso <i>Hara-Kiri</i>.</p> - -<p>Hay que imaginarse las guerras civiles, las batallas desordenadas, -ruidosas y confusas que libraron los daimios entre ellos, durante siglos -y siglos, acaudillando sus tropas de samurais. Todos los caprichos -diabólicos<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span> de un artista delirante los realizaron estos guerreros en el -adorno defensivo de sus personas. Se cubrían con armaduras de láminas -superpuestas, negras ó de reflejos verdes y azules, como los coseletes -de los insectos. Llevaban en la cabeza yelmos rematados por cuernos y -sobre el rostro máscaras de acero que eran una reproducción del hocico -del tigre ó de la hiena. Otras veces, estos antifaces metálicos, -adornados con bigotes, imitaban el rictus espantable de los demonios.</p> - -<p>Guerreros de brazos cortos, pero extremadamente vigorosos, inferían al -reñir heridas enormes. Sus armas de acero hábilmente templado tenían á -la vez el filo de una navaja de afeitar y el peso de una maza, separando -de un solo golpe la cabeza de los hombros, el brazo ó la pierna de su -tronco correspondiente. Sus encuentros eran choques en desorden, avances -impetuosos de jinetes y arqueros, iguales á las invasiones de langostas, -arrasando completamente las tierras del enemigo.</p> - -<p>Los daimios, no obstante su orgullo, jamás osaron suplantar al -emperador, por ser éste de origen divino, pero con frecuencia -pretendieron imponerle su voluntad. El Mikado, para librarse de tal -influencia, abandonó Osaka, y el Japón tuvo una segunda capital, que fué -Kioto.</p> - -<p>Aquí empezó el mayor eclipse de su historia. Para defenderse del -feudalismo absorbente de los daimios escogió á uno de ellos, -confiriéndole el poder ejecutivo y conservando únicamente su majestad -histórica. Esta especie de ministro universal tomó el titulo de Shogun, -que quiere decir «Generalísimo». Él aceptaba todas las -responsabilidades, incluso la de los desastres, y de este modo el -principio divino del Mikado quedaba fuera de toda discusión.</p> - -<p>El Shogunato, que empezó en el siglo XII y tuvo su<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span> apogeo en el XVI, ha -durado hasta nuestra época, pues fué destruído en 1868. El Mikado no -tuvo que preocuparse en su nueva residencia mas que de los asuntos -religiosos, y entonces fué cuando la segunda capital japonesa tomó su -carácter teocrático y vió levantarse en su recinto los templos más -grandes, recibiendo el nombre de Kioto la Santa.</p> - -<p>Rodeado de una corte numerosa, acabó el emperador por preocuparse -únicamente de las intrigas de su palacio y de su harén. Los soberanos, -además de la emperatriz y de doce esposas secundarias, tenían un número -infinito de concubinas. Sus aduladores palaciegos los convencieron de -que no debían mostrarse nunca en público, por ser personajes de origen -divino. En nuestra época, el innovador Mutsu-Hito fué el primer Mikado -que se dejó ver por sus súbditos; pero aun actualmente sólo muy de tarde -en tarde pueden los japoneses contemplar de cerca á su monarca.</p> - -<p>El antiguo palacio imperial de Kioto acabó por ser una ciudad dentro de -la ciudad. Sus jardines con bosques y lagos llegaron á abarcar quince -leguas de circuito. En torno al emperador vivían 40.000 personas. Pero -estos soberanos, que habían abdicado su autoridad en el «Generalísimo», -sólo intervenían en querellas teológicas.</p> - -<p>A los Shogunes les fué imposible permanecer en una vecindad íntima con -el Mikado. Victoriosos en la guerra, poderosos en la paz, habiendo -sujetado á los revoltosos daimios, necesitaban tener una corte propia, y -se trasladaron á la ciudad de Kamakura, engrandeciéndola durante tres -siglos. El Japón tuvo entonces dos capitales: la imperial y religiosa, -que era Kioto, y la gubernativa, donde funcionaban las verdaderas -autoridades, Kamakura, en la entrada de la bahía que entonces se llamaba -de Yedo.<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span></p> - -<p>Las dos cortes vivían sin rivalidades. Los Shogunes engrandecieron el -país valiéndose de un procedimiento que en otras naciones ha resultado -nefasto, ó sea aislándolo del resto del mundo. Yeyazú, el más grande de -los Shogunes, que muchos comparan á Pericles por el período glorioso de -su gobierno, cerró los puertos del Japón á todos los extranjeros, -durando tal medida doscientos cincuenta años. En este período no hubo -guerras y prosperaron las industrias, formándose definitivamente el arte -del Japón.</p> - -<p>En 1853, el comodoro Parry, de los Estados Unidos, al frente de una -escuadra, exigió al Shogun de entonces que abriese los puertos del -Imperio, viéndose éste obligado á ceder. Los daimios, guardadores de las -tradiciones, se sublevaron contra el gobernante, haciéndolo responsable -de la invasión de los extranjeros. Hubo una guerra civil, y el Shogunato -pereció, después de setecientos años de gobierno. Entonces, el Mikado, -que había vivido obscuramente durante siete siglos como una autoridad -divina y decorativa, intervino á su vez en la política, dominando á la -nobleza y recobrando sus antiguas prerrogativas.</p> - -<p>Mutsu-Hito, el penúltimo emperador, cuyo reinado duró medio siglo, hizo -la más asombrosa de las revoluciones, modernizando el Japón y -obligándolo á adoptar en pocos años todas las costumbres y progresos del -mundo de Occidente. Este nuevo período, que puede llamarse el de «la -resurrección del Mikado», exigía una nueva capital, y fué la enorme -ciudad de Yedo la escogida por el progresivo emperador, pero cambiando -su nombre. Yedo se llamó Tokío, en honor de Kioto la Santa, que durante -siete siglos había sido la residencia del Mikado. To-Kio no es mas que -la palabra Kio-To con una transposición de sílabas.<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span></p> - -<p>Vamos á Kamakura, antigua capital de los Shogunes, que al trasladarse -éstos á Yedo empezó á decaer, siendo arruinada finalmente durante la -guerra de los daimios contra el Shogunato.</p> - -<p>Las ciudades japonesas se destruían antes con tanta facilidad como se -edificaban. La madera, el lienzo y el papel eran sus únicos materiales -de construcción, hasta que se instalaron los extranjeros en el país hace -cincuenta años. Kamakura, al perder para siempre sus protectores, no fué -reedificada, y sólo quedan de su antiguo esplendor ruinosas pagodas -diseminadas en bosques y colinas, que sirvieron de emplazamiento á la -antigua capital.</p> - -<p>Lo más célebre en ella es el <i>Daibutsu</i> ó Gran Buda, imagen la más -completa y hermosa que existe del divino Gautama.</p> - -<p>Sigue nuestro automóvil las sinuosidades de un camino que á trechos -serpentea por la costa y más allá se hunde entre colinas cultivadas. El -agricultor japonés merece el nombre de jardinero por la habilidad y -limpieza de su minucioso trabajo, y sabe aprovechar hasta la parcela más -ínfima del suelo. Las islas son pequeñas en relación con los millones de -habitantes que deben mantener, y no hay que dejar improductiva una -pulgada de la tierra nacional.</p> - -<p>Barrancos y cañadas sirven para el cultivo del arroz, y aparecen -divididos en pequeños bancales superpuestos como los peldaños de una -escalinata, cayendo el agua lentamente de una meseta á otra. Las -vertientes están cubiertas de arboleda. Asoman los kakis sus bolas de -oro entre el follaje que los nutre y sostiene.</p> - -<p>Atravesamos muchos caseríos antes de llegar á Kamakura. La población del -Japón es muy densa. Los grupos urbanos casi se tocan, pues entre pueblo -y pueblo<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span> hay rosarios de casitas á lo largo de los caminos ó sobre las -crestas de las colinas.</p> - -<p>Los niños parecen surgir del suelo con la hirviente profusión de las -bandas de insectos. Son niños dobles, pues toda pequeña <i>musmé</i><a name="FNanchor_B_2" id="FNanchor_B_2"></a><a href="#Footnote_B_2" class="fnanchor">[B]</a>, -apenas tiene seis ó siete años, lleva en una especie de capuchón, sobre -su espalda, á un hermanito que llora, come ó duerme, mientras ella se -mueve de un lado á otro para trabajar ó jugar. Como han dicho algunos -viajeros, todos los niños del Japón parecen de dos cabezas. Además, las -madres llevan también el último <i>musko</i> sujeto á su espalda, como si -formase parte de su organismo, y con este fardo, del que únicamente se -libran al llegar la noche, hacen sus compras, visitan á las vecinas, -pasean por los caminos y hasta juegan partidas de pelota. Es una -procreación desbordante que sale al encuentro del viajero y le rodea á -todas horas.</p> - -<p>Como un buque que partiese con su proa densos bancos de peces, nuestro -automóvil abre grupos vociferantes de <i>muskos</i>, panzuditos, mofletudos, -de ojos estirados y oblicuos que apenas logran entreabrirse y parecen -dos líneas trazadas con tinta china. Unos llevan el pelo cortado en -flequillo sobre la frente y melenas lacias semejantes á largas orejas. -Otros muestran el cráneo aureolado por numerosas trenzas, erguidas y -duras como las púas de un erizo. Todos saludan á gritos, agitando -banderitas japonesas de papel, ó sonríen haciendo reverencias, pues este -es un pueblo meticulosamente bien educado desde la infancia. Pero hay no -sé qué en la sonrisa de los pequeños que hace sospechar la oculta y -secreta convicción, adquirida en la escuela desde las primeras -lecciones, de que el Imperio japonés es el pue<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span>blo más superior de la -tierra y algún día obtendrá la hegemonía que le pertenece por su origen -divino.</p> - -<p>Pasamos entre una doble fila de casitas, pequeñas tiendas de té ó de -imágenes religiosas, establecimientos que únicamente se ven frecuentados -en días de peregrinación. Es todo lo que resta de la antigua Kamakura. -Luego vamos á visitar el <i>Daibutsu</i>.</p> - -<p>La imagen del Gran Buda estaba antes en el interior de un templo; pero -el edificio fué destruído y sólo queda un pórtico con dos capillas -laterales que contienen dos espantables imágenes, la una roja y la otra -azul: el dios del Trueno y el dios del Viento. En muchos templos -japoneses se encuentra á la entrada esta pareja de divinidades de ojos -saltones é iracundos, risa feroz, dientes carnívoros y brazos levantados -con expresión amenazante. Los colocan para poner el edificio bajo su -protección y que no lo devore el fuego ó lo destruya el huracán.</p> - -<p>Resulta irónica la supervivencia de esta portada, pues al otro lado de -ella sólo se encuentran piedras y árboles. El Gran Buda está rodeado de -un jardín y tiene á sus espaldas los declives de tres colinas sombreadas -por esos cedros japoneses, retorcidos armoniosamente en forma de -candelabros verdes, que ornan los paisajes y estampas.</p> - -<p>Es una imagen grande como una torre, una escultura de bronce que tiene -veinticinco metros de altura. El sacro personaje está sentado, con las -piernas cruzadas y las manos juntas, en la posición hierática que -recomienda el budismo para la meditación. Si se pusiera de pie, sería -más grande que todas las colinas inmediatas. De poder ver sus ojos, -sentado como está, contemplaría el mar por encima de los jardines y las -casas que existen entre él y la costa.</p> - -<p>Empieza á atardecer, y el sol moribundo dora suave<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span>mente por uno de sus -lados esta figura colosal. El <i>Daibutsu</i> es verdaderamente hermoso. -Tiene en su rostro una calma dulce y sonriente, que acaba por penetrar -en el alma del que lo contempla. No es obra japonesa. Lo fundieron, hace -cuatro siglos, artistas venidos de la China. Este origen representa para -los japoneses el más indiscutible de los méritos. El Japón se reconoce -discípulo de la China; de ella tomó sus primeras lecciones de -civilización y su arte copió mucho tiempo el de los chinos.</p> - -<p>El rostro de Buda tiene cierto hieratismo oriental, especialmente en sus -orejas, exageradas y algo caídas; pero el resto de sus facciones muestra -una expresión de paz y de misterio, que impone respeto y hasta un poco -de miedo religioso. ¡Cuán lejos estamos aquí del vulgo occidental, que -llama Buda á toda imagen venida del Extremo Oriente, hasta á los dioses -gordos, panzudos y joviales de los chinos!...</p> - -<p>Este dios de bronce verdoso, dejando caer su sonrisa enigmática desde -una altura de torre, tiene algo de esfinge, pero de esfinge dulce y -melancólica, que parece guardar, como un depósito doloroso, el triste -secreto de nuestros destinos. Inventor de una moral que recuerda la del -cristianismo—siendo 600 años anterior al nacimiento de Jesús—, tiene -millones de adoradores en el Japón y en la China, pero cada vez se ve -más olvidado en la India, su patria. En esto se asemeja también á -Cristo, que nació en Judea y, sin embargo, es entre los judíos donde su -doctrina conquistó menos adeptos.</p> - -<p>Pasa rápidamente por mi memoria la vida legendaria del príncipe Gautama -mientras contemplo su imagen, en la que pone el sol sus últimos -temblores áureos. Su padre le recluyó en un palacio inmenso, entre -centenares de mujeres, danzarinas y músicas, proporcionándole las -mayores voluptuosidades para que no<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span> conociese el dolor. Mas un día, al -escapar de su encierro, vió un enfermo al borde de un camino. En otra -huída encontró á un viejo decrépito, que marchaba encorvado y trémulo, -como una caricatura de la existencia. En la tercera excursión se cruzó -con un entierro. Así supo que existían la Enfermedad, la Vejez y la -Muerte, últimas señoras del hombre que salen á buscarnos, sea cual sea -el sendero que sigamos en el jardín de nuestra vida. Y el príncipe -Gautama, reconociendo la fragilidad de los placeres materiales, abominó -de las riquezas y se lanzó por el mundo á predicar la humildad y el -renunciamiento, dándole sus discípulos el santo nombre de Buda.</p> - -<p>Empieza el crepúsculo y todavía debemos visitar en la cumbre de una -colina inmediata el templo venerable de Kuanon, la diosa de la -Misericordia.</p> - -<p>Este templo consiguió sobrevivir á la ciudad, pero es de madera, tiene -varios siglos de existencia, y parece carcomido, frágil, hueco en el -interior de sus tablazones, como los navíos abandonados para siempre en -el rincón de un puerto.</p> - -<p>Los servidores del santuario son japoneses de cabeza esférica y pequeña, -enormes gafas de concha y rostro descarnado, de intensa palidez. Tienen -todos ellos una expresión de sacristanes fanáticos. Se comprenden las -enérgicas disposiciones de los Shogunes contra los bonzos budistas, que -muchas veces perturbaron la vida del país con sus intrigas políticas y -sus intentos de sublevación popular.</p> - -<p>Sobre la meseta de la colina donde está el templo aún es posible ver los -objetos á la luz azulada del crepúsculo. Más allá de la puerta del -edificio caemos en la noche.</p> - -<p>Avanzamos por su lóbrego interior, siguiendo las os<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span>cilaciones de la luz -roja y difusa que esparce un farolón llevado por uno de los bonzos. -Vemos altares dorados que surgen un momento de la sombra y vuelven á -hundirse apresurados en ella. Lo interesante está al otro lado del -tabique de madera que corta el edificio enfrente de la puerta.</p> - -<p>En este segundo templo, á la altura de nuestros ojos, sobre una mesa -dorada, vemos unos pies gigantescos, de la longitud de un hombre. El -bonzo cuelga su farol de un gancho que se balancea al final de una -cuerda, tira del otro extremo de ella, y la luz roja, con lenta -ascensión, va iluminando por secciones las rodillas de la diosa, las -piernas, el vientre, los pechos, y á doce metros de altura su rostro con -una sonrisa fija y sin vida.</p> - -<p>Es una imagen policroma y tallada groseramente, como las que hacían en -la Edad Media cristiana del gigante San Cristóbal. Tiene el mérito de su -enormidad, aunque no es tan grande como el <i>Daibutsu</i> sentado. Hace -sonreir como una obra infantil, mientras que el Buda de bronce impone -respeto y hace pensar.</p> - -<p>Compramos al bonzo varios rollos de papel de arroz con imágenes grabadas -en madera y milagrosas oraciones: un pretexto para darle un <i>yen</i> (un -dólar japonés), que desde nuestra llegada está atrayendo su mano -huesuda, con movimientos instintivos de los dedos. Cuando salimos del -templo ya es de noche. Vemos otros santuarios budistas y sintoístas. -Entramos en una casa de té, quitándonos los zapatos en sus gradas de -madera para no ensuciar la esterilla fina que en toda vivienda nipona -sirve de asiento, de mesa, de mantel y de cama, al mismo tiempo que de -alfombra.</p> - -<p>Antes de subir al automóvil quiero contemplar por última vez el -<i>Daibutsu</i> de Kamakura, el más grande y hermoso de todos los Budas. No -lo veré más, y es una<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span> de las contadísimas obras humanas que hay que -guardar en la memoria, para decir con orgullo: «Yo lo he visto».</p> - -<p>Llego hasta la portada de los dos dioses, horripilantes é iracundos. El -dios humano que se alza en el fondo como una montaña, abruma á estos dos -mascarones mitológicos, convirtiéndolos en despreciables mamarrachos.</p> - -<p>Avanzo con pasos leves por la avenida enarenada que conduce hasta el pie -de la imagen colosal. El basamento, hecho de bloques de granito, ha sido -removido por el último temblor. Los sillares se salieron de sus alvéolos -y están separados por grietas profundas. Pero el hombre-dios sigue en su -inmovilidad pensativa y sonriente, con el dorso encorvado y los ojos -triangulares perdidos en el infinito.</p> - -<p>Al final de su espalda hay una puerta, que antes se abría para el -viajero. El interior de la imagen es hueco y sirve de santuario á una -docena de estatuas de Buda más pequeñas. Después del reciente cataclismo -ha sido prohibida la entrada en el cuerpo del dios.</p> - -<p>De hombros abajo está sumido en la obscuridad rumorosa y fresca del -jardín. Se oye un canto de agua invisible: algún arroyuelo trivial y -juguetón que se desliza por las sinuosidades minúsculas de la jardinería -japonesa, pasando al través de puentes de muñecas, cayendo en cascadas -de juguete acuático. La tierra y su vegetación de árboles candelabros, -de arbustos recortados en formas casi humanas, parecen respirar la -alegría serena y reposada de la paz.</p> - -<p>El rostro de bronce se destaca sobre la lobreguez celeste, reflejando -una luz de origen incierto. Tal vez viene del mar, invisible para -nosotros; tal vez desciende de las estrellas que empiezan á temblar en -lo alto y envían su<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span> resplandor difuso para que la sonrisa sobrehumana -del gigante en meditación no se borre un momento, triunfando de la -noche.</p> - -<p>Creo adivinar el secreto de esta sonrisa, el misterio de la esfinge -dulce que atrae á los hombres con su melancolía, en vez de asustarlos, -como su hermana de piedra hundida en los arenales de Egipto.</p> - -<p>—Vivid en paz—dice—, pobres siervos de la Dolencia, de la Vejez y de -la Muerte. Amaos los unos á los otros. No aumentéis la miseria del mundo -declarando precisa y eterna una divinidad fatal, inventada por vosotros: -la Guerra.<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202">{202}</a></span></p> - -<h2><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI<br /><br /> -LA NOCHEBUENA EN EL JAPÓN</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Los Japoneses disfrazados de europeos.—Bozales higiénicos.—La -gorra del estudiante.—Las calles de Tokío.—Los tres colores del -Japón.—Las interminables cortesías.—Los cinco peinados de la -japonesa.—Almuerzo en el restorán Koyokan.—La ceremonia de la -hospitalidad.—El baile de las «geishas».—Mi conferencia en el -salón de fiestas del «Hochi».—Concierto orquestal.—La cena de -Nochebuena ante un jardín liliputiense.—Salto asombroso de la -música japonesa.</p></div> - -<p>Un tren especial debe llevarnos á Tokío, pero no es empresa fácil -encontrarlo en la gran estación de Yokohama.</p> - -<p>El terremoto ha quebrantado sus muelles y abierto profundas zanjas en -las vías, reparándose provisionalmente todo esto con puentes de madera -que dificultan la circulación. Además, en las primeras horas de la -mañana afluye de todas partes una verdadera muchedumbre para trasladarse -á la capital. Muchos empleados y negociantes viven en Yokohama y hacen -diariamente este viaje de treinta minutos para ir á su trabajo, -volviendo al cerrar la noche á su casita junto al mar.</p> - -<p>Siguiendo las indicaciones erróneas de un hombre con gorra galoneada, -nos metemos en un vagón de primera clase, y poco después se llena éste -de japoneses que van á Tokío. Estamos en un tren ómnibus de los<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203">{203}</a></span> que -parten cada quince minutos. Cuando pretendemos salir nos es imposible -conseguirlo. Una masa compacta de hombres agarrados á las anillas -blancas del techo ó apoyados en las espaldas de los vecinos obstruye las -dos puertas.</p> - -<p>Resulta admirable la agilidad del japonés. Siempre encuentra el medio de -deslizarse entre los obstáculos, instalándose finalmente donde parecía -imposible que pudiese caber uno más. Parte el tren, y lo mismo los que -ocupan las banquetas que los que se sostienen de pie, reflejando en su -balanceo los vaivenes del vagón, sacan de su bolsillo un periódico y -empiezan á leer.</p> - -<p>Me fijo en el aspecto de estos nipones modernizados que viven una -existencia occidental. Son todos ellos simpáticos, pero considero -imposible encontrar una burguesía más fea de rostro y que vaya más -grotescamente vestida.</p> - -<p>Al adoptar el traje del blanco se han olvidado de aprender la armonía -del indumento, los matices del color y de la línea. Se colocan sobre el -cuerpo lo que en su opinión puede dar mayor señorío á la persona, no -temiendo al resultado de tales mezcolanzas. Los más usan nuestro -sombrero flexible, pero metido hasta las orejas y sin ningún -abollamiento gracioso. Otros prefieren el hongo de copa dura y redonda, -pero á continuación de este tocado europeo llevan el kimono nacional y -encima de él un macferlán de corte inglés ó un gabán con trabilla, -hechura norteamericana. Algunos después de esta mezcla vuelven á ser -occidentales en sus extremidades, usando gruesos borceguíes. Los más -llevan el pie desnudo ó metido en un calcetín japonés con dedos, lo -mismo que un guante, y su calzado consiste en dos tablitas horizontales -sostenidas cada una de ellas por otras dos tablitas verticales, dos -pequeños bancos sujetos por<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204">{204}</a></span> una correa entre el dedo gordo y el -siguiente, que dejan el talón completamente suelto, lo que hace que cada -paso vaya acompañado en los terrenos duros de un ruidoso chap-chap.</p> - -<p>Hasta los que visten completamente á lo occidental tienen en sus -ademanes algo de torpe y cohibido, como si fuesen disfrazados. Se -adivina que todos ellos, al volver de noche á sus casas, se quedan en -kimono, sentándose en el suelo para cenar, lo mismo que sus antepasados, -y con este aspecto resultarán tal vez más gallardos é interesantes.</p> - -<p>La mayoría de los japoneses son de estatura mediocre, pero al mismo -tiempo de complexión vigorosa, lo que les hace parecer algo rechonchos, -con los miembros cortos y fuertes. Dos defectos físicos y sus remedios -inventados por el hombre blanco, los ha aceptado el japonés de la clase -media como adornos personales: la miopía y la caries dental. Los más -llevan gafas de concha, redondas y de grueso armazón, que se sostienen -dificultosamente sobre su aplastada nariz, y al sonreir muestran una -dentadura con numerosos refuerzos de oro. Hay en esto cierta -satisfacción infantil, que hace dudar si todos, absolutamente todos, -tenían una necesidad ineludible de acudir en busca del óptico ó del -dentista.</p> - -<p>En los últimos años otra moda higiénica ha venido á aumentar la fealdad -del japonés moderno. Desde que pisé esta tierra llamó mi atención la -gran cantidad de hombres con un emplasto negro ó blanco sobre la nariz -sostenido por dos elásticos sujetos á las orejas. Me inquietó ver tanto -canceroso con la nariz roída y afortunadamente oculta. Luego, al -encontrar muchedumbres enteras con la horrible cataplasma en mitad del -rostro, no pude concebir que toda una nación estuviese atacada del -cáncer. Pregunté, y supe que, para evi<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205">{205}</a></span>tar la <i>grippe</i>, el japonés se -coloca en invierno uno de estos bozales con gotas antisépticas, y así va -tranquilamente todo el día haciendo sus visitas ó realizando sus -negocios. Es imposible llevar más lejos la despreocupación de la -estética personal y el deseo inconsciente de afearse.</p> - -<p>Sin embargo, estos varones de traje disparatado y contrastes grotescos -son de una cortesía exquisita en sus saludos, de una amabilidad en su -sonrisa, que conquistan desde el primer momento al extranjero. El -japonés, cuando quiere expresar su afecto ó su admiración, no conoce el -miedo al ridículo, que tanto cohibe y enfría la exterioridad de nuestros -sentimientos.</p> - -<p>Uno de los que leen de pie me mira de pronto con interés y vuelve á -fijarse en su periódico, como si estableciese una comparación. Yo he -visto desde mucho antes que en todos los diarios que leen los viajeros -figuran varios retratos míos. Sonríe mi compañero de viaje con una -satisfacción pueril al convencerse de que, efectivamente, soy yo el que -aparece en su periódico, y soltando la anilla que le sirve de sostén -lleva ambas manos á sus rodillas y se inclina todo lo que puede, -saludándome. Los otros, sin que circule palabra alguna, por una especie -de aviso telepático, van fijándose igualmente en mí para compararme con -la imagen de sus papeles, y repiten el saludo é idénticas sonrisas, -teniendo yo que contestar con los mismos ademanes á tales extremos de la -cortesía japonesa.</p> - -<p>Así llegamos á la estación de Tokío, ó mejor dicho, á una de sus varias -estaciones, pues esta ciudad de dos millones de habitantes se halla muy -esparcida, ocupando un perímetro tan grande como el de Londres.</p> - -<p>Los estudiantes de la Escuela de Lenguas me esperan en un muelle -distante, que era el destinado para la<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206">{206}</a></span> llegada del tren especial, y al -enterarse de que estoy en el lado opuesto de la estación, acuden -corriendo.</p> - -<p>Todos llevan la gorra de colegial, que acompaña al japonés desde la -escuela de primeras letras hasta las más altas clases universitarias. Un -signo dorado en el frente de la gorra indica el estudio especial y la -categoría de cada alumno. Hasta en los caminos más apartados del Japón -he encontrado pequeños <i>muskos</i> con un kimono azul á redondeles blancos -por toda vestimenta, descalzos, el pelo cortado en franja, lo mismo que -los chicuelos que figuran en los abanicos, pero llevando con orgullo en -su cabeza la gorra de colegial á estilo de Occidente.</p> - -<p>Los estudiantes de la Universidad de Tokío que vienen á recibirme tienen -un aspecto indumentario menos incoherente que el de los burgueses que -ocupaban el vagón. Sólo alguno que otro lleva kimono bajo su gabán azul -y calza zuecos. Casi todos van vestidos como un estudiante europeo, -guardando bajo el brazo un paquete de libros.</p> - -<p>Han venido á recibirme, é inmediatamente volverán á sus clases. Se -adivina en todos ellos una voluntad laboriosa y tenaz, un deseo de -conseguir lo que se han propuesto, terminando cuanto antes su carrera. -Me entregan un gran ramo de flores y un álbum ilustrado por artistas -célebres que contiene las firmas de todos ellos. Después de este -recibimiento visito con unos cuantos amigos las principales avenidas y -paseos de Tokío.</p> - -<p>Mi primera impresión de la capital japonesa se afirma y se agranda en -los días sucesivos. El terremoto causó aquí tantas víctimas como en -Yokohama, pero los edificios sufrieron menos. Hay barrios enteros, los -más ricos, en los que apenas se nota la reciente catástrofe. Edificios -altísimos construídos á estilo de los Estados<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207">{207}</a></span> Unidos se mantienen sin -ningún desperfecto visible. Otros siguen de pie, con hondas grietas en -sus fachadas, cubiertas de andamios recientemente para su reparación.</p> - -<p>Fué en los barrios apartados, compuestos de casitas de madera, donde el -incendio produjo mayores daños. Además, ocurrió la gran catástrofe de la -explanada de Hifukusho, en la que perecieron 40.000 personas, y de la -que hablaré más adelante. Muchos centros oficiales están cerrados por -tener que hacerse en ellos grandes reparaciones. La Universidad de Tokío -y sus escuelas anexas están instaladas ahora en barracones, á causa de -que todos sus cuerpos de edificios fueron consumidos por el incendio. -Los museos aún no han sido abiertos... Pero la actividad japonesa sigue -animando las calles de Tokío, como si todos hubiesen olvidado ya el -recuerdo de la catástrofe.</p> - -<p>Muchas de ellas ofrecen un aspecto de fiesta. Como se aproxima el primer -día del año, los vecinos las han adornado con arcos de verdura, gran -profusión de banderas y guirnaldas de faroles de papel. Las muestras -extraordinarias con que se cubren las tiendas al llegar esta época de -compras y regalos contribuyen al general hermoseamiento. El misterioso -alfabeto japonés extiende sus letras en los anuncios, como si fuesen -jeroglíficos artísticos trazados únicamente para placer de nuestros ojos -en rótulos y banderas.</p> - -<p>La muchedumbre es pintoresca, aunque no tan multicolor como nos la -imaginamos en Occidente antes de conocer el Japón. Los kimonos floreados -y de brillantes tintas sólo se ven en las representaciones de teatro ó -en las casas de mujeres públicas del barrio llamado Yosywara. El Japón, -en su vida histórica, sólo ha tenido tres colores: el negro, usado en -las ceremonias palatinas<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208">{208}</a></span> por el emperador y sus cortesanos y que las -clases elevadas guardan aún; el rojo, que fué el de la nobleza media, y -el azul, usado por la burguesía y el pueblo.</p> - -<p>Hoy el azul continúa siendo el color de la muchedumbre. Los carreteros, -los portafardos, los que recomponen las calles ó tiran de los vehículos -como bestias uncidas, todos llevan chaqueta azul de amplias mangas, con -la espalda escrita de blanco. No hay hombre del pueblo que no lleve en -el dorso un jeroglífico, semejante al blasón que ostentaban en igual -lugar de su cuerpo las gentes de la Edad Media occidental. Pero estos -jeroglíficos que nos parecen obras de arte son simplemente rótulos que -indican las más de las veces para qué compañía trabaja el obrero ó en -qué barrio reside. La policía procura mantener el uso de esta vestimenta -de los antiguos tiempos. Gracias á ella, si alguien comete una acción -delictuosa es fácil reconocerlo, pues al huir muestra el nombre blanco -sobre su espalda azul.</p> - -<p>Se nota la escasez de animales de tiro. No se ven otros caballos que los -del ejército. El automóvil ha sido una solución para las industrias -necesitadas de arrastre. El buey japonés, pequeñito, gracioso y de -aspecto algo frágil, no abunda en las calles de Tokío. Tira en yunta de -reducidas carretas, sin que el boyero le obligue á grandes esfuerzos, y -está tan bien cuidado que hasta lleva unas bonitas sandalias de esparto -sostenidas por una correa en mitad de la pezuña, á semejanza de las que -usan las personas.</p> - -<p>Son los hombres de espalda blasonada los que hacen todos los trabajos -que en otros países están reservados á las bestias. Tiran en filas de -grandes carros ó se uncen á sus varas. Juntas con ellos se ven mujeres -sucias, sudorosas, deformadas por el esfuerzo, que parecen tan hombres -como los otros. Deslizándose entre los automóviles, tran<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209">{209}</a></span>vías, ómnibus y -grandes vehículos cargados de fardos, pasan veloces los <i>kurumayas</i> -tirando de su ligero carruajito de un solo asiento, montado sobre ruedas -de goma ligeras y altísimas, que le dan el aspecto de una araña de -sutiles patas. Los caballos humanos de la <i>koruma</i> gritan incesantemente -para avisar su paso, y muchas veces enganchan con una rueda al ciclista -que viene en dirección opuesta. Nada de malas palabras ni de peleas. El -que ha rodado por el suelo se levanta, apresurándose á saludar y dar -excusas al otro, que hace lo mismo desde mucho antes.</p> - -<p>Las calles de Tokío, exceptuando las avenidas principales, tienen un -suelo desigual. Me dicen que esto es á consecuencia del temblor, que -rompió el asfalto; pero veo muchas de ellas, lejos del centro, en las -que no ha existido jamás pavimentación de ninguna clase. Esto no impide -que sobre el barro, partido en profundos relejes y peligrosos badenes, -circule incesantemente el movimiento vital de la enorme Tokío.</p> - -<p>El Japón, que en realidad no es rico, sostiene un ejército y una flota -enormes, necesitando invertir en el mantenimiento de tales fuerzas tres -cuartas partes de sus ingresos. Le preocupan más sus medios ofensivos y -defensivos que el ornato y la higiene de sus ciudades. Además, los -japoneses no temen el barro, como los europeos. Llevan los pies montados -en pequeños bancos, lo que les permite pasar sobre charcos y lodazales -sin que sus plantas se humedezcan.</p> - -<p>En las aceras de asfalto el paso de los transeuntes sostiene un continuo -chacoloteo. Por encima del estrépito de los vehículos y los gritos de la -muchedumbre resuena como un acompañamiento incesante, sirviendo de fondo -á los demás ruidos, el chap-chap de miles y miles de pies, que al -moverse levantan con los dedos su cal<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210">{210}</a></span>zado de madera y vuelven á dejarlo -caer. Los recién llegados al país necesitan acostumbrarse á este -traqueteo que puede llamarse nacional. A las tres de la mañana empieza á -sonar en las aceras de Tokío y no termina hasta horas avanzadas de la -noche. Únicamente en las calles no pavimentadas y en las casitas de las -afueras puede vivirse libre de este calzado ruidoso, incompatible con -las vías modernas, chapadas de piedra ó de asfalto.</p> - -<p>Las mujeres y las niñas circulan por los barrios populares llevando al -hijo ó al hermanito acostado en su espalda. En algunos terrenos baldíos, -las japonesas, siempre con la cabeza del pequeñuelo pegada á su cogote, -juegan á la pelota ó al volante. Los <i>muskos</i> vuelan cometas que son -flores caprichosas ó espantables dragones de papel.</p> - -<p>Al encontrarse en una acera dos damas de la clase media se desarrolla en -todo su esplendor la tradicional cortesía japonesa. Con los brazos -cruzados sobre el pecho empiezan las dos á hacerse reverencias, doblando -el cuerpo exageradamente. Procuran inclinarse á un lado para que sus -cabezas no choquen, y así continúan los extremados arqueamientos de sus -saludos, diez veces, quince, y más. Cuando se deciden á poner término á -tales amabilidades se alejan en distintas direcciones; pero de pronto -una de ellas vuelve los ojos, la otra hace lo mismo, y girando ambas -sobre sus talones quedan otra vez frente á frente, repitiendo á mayor -distancia sus doblegamientos de espinazo, mientras los transeuntes -siguen adelante sin fijarse en esta cortesía interminable, que es para -ellos algo ordinario.</p> - -<p>La situación social de cada mujer se conoce por su peinado. La etiqueta -japonesa creó cinco maneras de peinarse, para que los hombres no sufran -equivocaciones al sentir interés por alguna de ellas. Hay el peinado de<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211">{211}</a></span> -las niñas de cinco á siete años; el llamado <i>Momo-ware</i>, que es para las -muchachas de diez á quince; el <i>Sokuhatsu</i>, que puede llamarse de las -intelectuales, pues sólo lo usan las estudiantes y las artistas; el -<i>Shimada</i>, que es el de las solteras después de los diez y seis años, y -el <i>Maru-wage</i>, de las casadas, que resulta el más abundante en las -calles.</p> - -<p>Un peinado japonés es algo complicado, dificultoso, monumental. El -edificio de negros cabellos queda tan compacto y brillante, que parece -de laca. Las mujeres generalmente sólo rehacen este peinado por entero -una vez á la semana. Los otros días atienden á su alisamiento y brillo, -dándole un baño de aceite de camelia. Yo he visto á las japonesas en los -trenes durmiendo boca abajo, con la frente sobre los brazos cruzados, -para mantener intacto su peinado. En sus casas se tienden de espaldas -sobre la esterilla que les sirve de cama, y su cabecera es un banquito -con un semicírculo, en el que descansan el cuello. Gracias á esta -almohada de madera, el monumento capilar queda en alto, sin ningún -contacto que lo deforme.</p> - -<p>El primer día que paso en Tokío es el de Nochebuena en los países -cristianos, pero aquí no tiene otro valor que ser uno de los anteriores -á la fiesta de primero de año. Recordaré siempre este día por las -numerosas ocupaciones y honoríficos agasajos que tuvo para mí. A las -doce me obsequiaron con un almuerzo puramente japonés en el restorán -Koyokan, establecimiento famoso en Tokío por sus fiestas, al que asisten -los antiguos daimios y los personajes políticos mantenedores de las -costumbres antiguas.</p> - -<p>Es una agrupación de casas de madera, con techos ligeros y tabiques de -papel, en el centro de un hermoso jardín. Los japoneses llenan de -piedras sus jardines y<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212">{212}</a></span> construyen sus edificios de madera y de papel. -En los almacenes de flores venden piedras especiales, muy caras, para el -adorno de los jardines, que son buscadísimas por los conocedores. Hasta -las linternas que dan luz por la noche á los viejos paseos y á las -avenidas de los santuarios son de piedra: unas capillitas de granito -sobre pedestales en forma de torreón, que reciben el nombre de <i>toro</i>, y -en cuyo interior, con puntiagudo remate de pagoda, se coloca una pequeña -lámpara. En cambio, los edificios se componen simplemente de una -plataforma de madera á medio metro del suelo, varios postes para -sostener la techumbre de tablazón, y numerosos biombos, de lienzo ó de -papel, como paredes.</p> - -<p>La madera nunca la pintan los japoneses. El lujo es conservarla como si -acabase de salir del almacén del carpintero. Esto, unido á la monotonía -de los tabiques blancos y al color amarillo de la esterilla que cubre el -suelo, da un aspecto de pobreza á toda casa tradicional. Un biombo -pintado alegra á veces con sus colores esta uniformidad amarilla y -blanca. Los salones no tienen otros muebles que una mesita del tamaño de -uno de nuestros taburetes, con alguna flor, y el pequeño altar de los -Antepasados. En el suelo hay unos cojines obscuros para sentarse, y nada -más.</p> - -<p>Entro en los salones del elegante Koyokan luego de haberme quitado los -zapatos en las gradas que dan acceso al edificio. Me acompaña un español -muy conocido en el Japón, el coronel Herrera, agregado militar de la -Legación de España, que ha pasado gran parte de su vida en este país y -asistió á la guerra con Rusia, así como á otras operaciones del ejército -japonés. Los militares del Japón lo consideran como un compañero de -armas.</p> - -<p>En el comedor de gala encuentro numerosos persona<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213">{213}</a></span>jes que han querido -organizar este almuerzo para que conozca yo la cocina tradicional y las -danzas y ceremonias del país. Algunos de ellos han estado en España y en -casi todas las repúblicas americanas de origen español, hablando -correctamente nuestra lengua.</p> - -<p>El organizador de la fiesta, mi amigo Utiyama, es uno de los hombres más -inteligentes y cosmopolitas del Japón moderno. Ha viajado mucho como -diplomático, y es ahora secretario del ministro de Relaciones -Exteriores. Me va presentando á los demás invitados, altos funcionarios -de dicho Ministerio, profesores de Universidad, diplomáticos, -periodistas célebres. El señor Arajiro Miura, antiguo secretario de la -Legación del Japón en Madrid, habla el español de tal modo, que al -pronunciar un discurso al final del almuerzo, todos los de lengua -española le miramos asombrados por la facilidad y la corrección de sus -palabras.</p> - -<p>Aprecio la diferencia de aspectos entre los japoneses de clase superior -que han viajado, poniéndose en contacto con los occidentales, y los que -nunca salieron del país. Todos estos <i>gentlemen</i> amarillos llevan su -ropa con una distinción europea y son menos feos que los otros. Algunos -parecen sudamericanos de origen mestizo, y apenas sí un ligero -fruncimiento de sus párpados y la tirantez de su cutis revelan el origen -asiático.</p> - -<p>Por amor á lo pintoresco y lo exótico, no diré la mentira enorme de que -me parece agradable la cocina japonesa. Además, á los pocos segundos de -estar sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, empiezo á sentir -los dolores de un lento y creciente suplicio. Colocan delante de cada -uno de nosotros una mesita que es en realidad un pequeño banco y apenas -si levanta dos palmos del suelo. Sobre este taburete de laca, las -pequeñas criadas, sonrientes y graciosas como gatitas, van depositando<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214">{214}</a></span> -platos no más grandes que tazas y con los manjares en tan exigua -cantidad, que nuestro banquete parece una comida de muñecas.</p> - -<p>Para mí basta con lo que me dan, y pasaría seguramente un mal rato si me -obligasen á comerlo por entero después de probarlo. Voy conociendo el -sabor del pescado enteramente crudo, tal como lo sacan de las -profundidades oceánicas, de la médula de bambú aderezada con vinagre, y -otros platos cuya composición me abstengo de preguntar. Mi única defensa -nutritiva es un tazón lleno de arroz hervido, que hace las veces de pan.</p> - -<p>Frente á cada uno de nosotros hay una <i>musmé</i> sentada en el suelo, que -nos mira sonriendo mientras comemos. Mete sus zarpitas en la mesilla -para que todo se mantenga en un orden perfecto ó pide con dulces -maullidos á sus compañeras que traigan lo que falta. Se cuida además de -escanciar el <i>saké</i>, aguardiente hecho de arroz, que es el vino de los -japoneses.</p> - -<p>Mientras mis compañeros de estera, sentados como los antiguos sastres, -almuerzan tranquilamente, manejando los dos palillos que les sirven de -tenedor, yo me limito á comer arroz sólido y beber arroz fermentado, -cambiando á cada momento de postura para que las piernas entumecidas -recobren un poco la vida de la circulación. En este momento envidio á -los que respiran, jadeantes y sofocados, después de una carrera -violenta. ¡Quién pudiera levantarse y echar á correr!...</p> - -<p>A los postres se desarrolla una ceremonia tradicional. Utiyama, como -organizador del almuerzo, viene á sentarse frente á mi mesita, en el -mismo lugar que ocupaba la <i>musmé</i> poco antes. En todo banquete japonés -el anfitrión hace esto, como un acto de estima y respeto por su invitado -principal.<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215">{215}</a></span></p> - -<p>—¿Me concederá usted—dice—el alto honor de permitirme que beba en su -copa?</p> - -<p>Conozco el ritual de esta ceremonia. La copa es simplemente una jicarita -de porcelana, que se sostiene al beber con la palma de la mano. La -sumerjo en un tazón de agua que tenemos todos en la mesilla para nuestra -propia limpieza, y luego de haberla secado con una servilleta de papel -se la ofrezco á mi anfitrión llena de <i>saké</i>. Éste la bebe con grandes -extremos de agradecimiento por el honor que le dispensa su primer -invitado.</p> - -<p>Debo advertir que Utiyama muestra una gravedad sincera. Ya no es el -ingenioso y sonriente conversador que recuerda sus viajes por Europa y -América, su vida en Madrid, sus impresiones en las corridas de toros. -Tiene una seriedad de sacerdote oficiante al cumplir este rito de la -hospitalidad antigua. Le veo sentado en el suelo, con elegante chaqué -gris, chaleco de viso blanco y una corbata que adorna una gruesa perla, -pero al mismo tiempo vive en mi imaginación cubierto con un kimono -negro, el pelo recogido sobre el cogote, y dos sables cruzados en la -cintura, igual que iban vestidos sus ascendientes.</p> - -<p>Después, otros comensales notables vienen á sentarse en el mismo sitio, -y yo les sirvo la copa llena de <i>saké</i>, repitiendo la ceremonia -tradicional.</p> - -<p>Por primera vez, luego de la catástrofe, se permite una comida con -músicas y danzas. Como sólo puedo permanecer aquí unos días y desean que -conozca los antiguos bailes, los organizadores del banquete han obtenido -un permiso para alterar el duelo público.</p> - -<p>Ya he dicho que los edificios japoneses se componen de una sucesión de -tabiques movibles, bastidores ligeros de madera y papel. Con facilidad -se le pueden quitar á<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216">{216}</a></span> una casa todos sus muros laterales, dejándola -convertida en simple sombraje. En su interior ocurre lo mismo. Añadiendo -mamparas se crean nuevas habitaciones. Descorriéndolas se agrandan las -piezas hasta formar un salón que se extiende de un lado á otro del -edificio.</p> - -<p>Vemos cómo se pliega el tabique del fondo de nuestro comedor y aparece -otro salón sobre cuya tarima están sentadas en hilera varias mujeres con -kimonos floreados y multicolores. Son la orquesta que acompañará las -danzas.</p> - -<p>Estas jóvenes van pintadas de blanco, pero un blanco lácteo y espeso, -máscara que las uniforma, haciéndolas á todas semejantes. Los ojitos -largos, oblicuos y casi cerrados, trazan dos líneas de carbón en dicha -blancura. Un redondelito rojo y sangriento, igual á una cereza, indica -el lugar de la boca. Y sobre este rostro de muñeca se eleva el peinado -enorme, monumental, brillante, como un casco de laca negra.</p> - -<p>Sus instrumentos son guitarras de mango larguísimo con tres cuerdas y -una caja no más grande que un tazón, ó tamboriles puestos en el suelo, -que repiquetean con dos palillos ágiles. Esta música causa extrañeza, -así como los cánticos estridentes que se elevan sobre tal -acompañamiento; pero minutos después empiezo á salir de mi -desorientación auricular y voy adivinando las exóticas melodías, como el -que pasa de la luz á las tinieblas y acostumbrándose á ellas acaba por -vislumbrar poco á poco lo que le rodea.</p> - -<p>Por una puerta lateral empiezan á salir de costado seis danzarinas, con -pasos lentos y menudos, moviendo al mismo tiempo sus abanicos. Llevan -kimonos azules y plateados de gran suntuosidad. Sus caras sonrientes é -inmóviles son violentamente blancas, con dos toques negros y uno rojo. -Van pintadas con más exageración aún<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217">{217}</a></span> que las músicas. Se mueven -lentamente hacia la derecha, luego hacia la izquierda, con una gracia -tímida é infantil, pero se adivina al mismo tiempo en ellas algo de -refinado que hace sospechar exóticas perversiones. Son las <i>geishas</i> -célebres sobre las cuales tanto se ha escrito y tanto se ha exagerado. -Lo que más admiro en las seis bailarinas azules y plateadas es su -estatura. Me he acostumbrado ya á la pequeñez de la mujer japonesa. En -las calles todas parecen, por su talla mediocre y su flacura extremada, -niñas á las que faltan varios años de crecimiento.</p> - -<p>Las danzarinas famosas del Koyokan me recuerdan por su cuerpo aventajado -á las mujeres de Europa, y esto las hace más interesantes á mis ojos. -Pero me doy cuenta de pronto que estoy sentado en el suelo y las veo de -abajo á arriba, como se ve á las actrices en los teatros, posición -favorable que aumenta su estatura y la majestad de su porte. Tal vez una -de las causas del poderío que ejerce la <i>geisha</i> sobre el hombre del -país consiste en que éste la contempla sentado y teniendo que levantar -los ojos. Cuando termina el baile y consigo al fin ponerme de pie, veo -que todas estas beldades, escandalosamente pintadas, con runruneos y -gracias felinas de muñequita frágil, no me llegan al hombro.</p> - -<p>El resto del día está lleno de ocupaciones para mí. A las dos de la -tarde se ha reunido un público de estudiantes, de escritores y -aficionados á la literatura, en el gran salón de fiestas del diario -<i>Hochi</i>, uno de los más importantes de Tokío. Este diario ocupa un -«rascacielos» como los de Nueva York, en el que no ha causado el -terremoto ningún desperfecto. La sala de fiestas está en el último piso, -desde el cual se goza una vista á vuelo de pájaro sobre gran parte de la -inmensa Tokío. Como los locales universitarios fueron destrozados por el -cataclismo, es<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218">{218}</a></span> aquí donde una tarde entera se va á hablar de España, de -su literatura y de mi persona, ante una concurrencia toda de japoneses. -Para ellos es tan nueva y tan rara la materia, como lo sería para un -público occidental un discurso sobre literatura japonesa. Y sin embargo, -el salón, vasto como un teatro, ve ocupados todos sus asientos y mucho -gentío de pie.</p> - -<p>El profesor Nagata tuvo que abandonar nuestro almuerzo á las dos para -irse al salón del <i>Hochi</i> que ya está repleto de público. Durante un par -de horas habla de la novela española, de mi vida particular y literaria, -de mis obras, algunas de las cuales han sido traducidas por él. Pero -esto nada tiene de raro, pues su discurso lo pronuncia en japonés y -todos pueden entenderle.</p> - -<p>A las cuatro llego yo para dar una conferencia sobre «El arte de hacer -novelas», y esto ya es más extraordinario, pues hablo en español. Una -parte del público, compuesta de estudiantes y de japoneses que viajaron -por la América del Sur, me entiende y aplaude al final de todos los -párrafos. El resto muestra una atención reflexiva, pretendiendo -comprender mis palabras, reteniéndolas en su memoria para convencerse -luego de si las ha adivinado ó no. Cuando termino, el profesor Shizuo -Kasai, otro traductor de mis libros, empieza la tarea de repetir en -japonés á este público atento y estudioso todo lo que yo he dicho, frase -por frase.</p> - -<p>Como esto va á durar otras dos horas, me escapo con el coronel Herrera y -varios amigos, para visitar la elegante casita que tiene este -compatriota en las cercanías del templo de Meiji-Jinju, levantado en -memoria del penúltimo emperador. A las seis volvemos al salón del -<i>Hochi</i>, donde aún va á celebrarse otro acto para mí. Es un concierto -dado por la mejor orquesta de la capital y en cuyo programa figuran, á -la vez, obras de<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219">{219}</a></span> Wágner, de Debussy, y dos sinfonías de Yamata, el -primer músico moderno del Japón.</p> - -<p>Encuentro en dicho concierto el mismo público que ha escuchado las -conferencias de la tarde. Estos hombres y mujeres, siempre atentos, con -expresión meditativa, ocupan su sitio desde las dos de la tarde... y son -las ocho de la noche.</p> - -<p>Termina la jornada con un banquete á la europea en el Hotel Imperial, -obsequio de los propietarios y principales redactores del <i>Hochi</i>. El -presidente y el vicepresidente de este diario, los señores Machida y -Ohta, me presentan á los comensales, entre los que figura Syusei Tokuda, -el gran novelista del Japón. Los más van vestidos de frac, pero algunos -profesores se presentan con el kimono negro de seda, que es el traje de -ceremonia de los japoneses distinguidos.</p> - -<p>La mesa, elegantemente servida, ocupa un comedor aparte en este hotel -enorme, de construcción bizarra é incoherente, obra del «modernismo» -alemán. El centro de esta mesa, por la que pasan los mejores platos -europeos, es un pequeño jardín japonés de un metro de longitud, con -árboles pigmeos que tienen tal vez más años de existencia que nosotros, -rumorosas cascadas, praderas de musgo natural, y peces vivos del tamaño -de alfileres diminutos, nadando en lagos no más grandes que la palma de -la mano.</p> - -<p>Hablamos del Japón y de Europa con todo el reposo y los miramientos -propios de una conversación entre nipones, cuya cortesía es algo -refinado que va más allá de la nuestra y nos obliga á medir las palabras -y á reflexionar mucho antes de emitir un pensamiento. Mientras tanto, -suenan fuera del comedor martillazos, gritos báquicos y risotadas. -Varios europeos residentes en Tokío están armando el árbol de Navidad y -se pre<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220">{220}</a></span>paran para la cena clásica tomando numerosos aperitivos.</p> - -<p>Tengo á mi lado al maestro Yamada. Horas antes he visto dirigir á este -compositor, todavía joven, una orquesta de más de ochenta profesores, -todos ellos excelentes y obedeciendo á la batuta, con una precisión que -recuerda la de las orquestas alemanas.</p> - -<p>¡Y pensar que este pueblo hace cincuenta años no sabía lo que era un -violín, ni conocía otra música que la de las <i>geishas</i> que he escuchado -á la hora del almuerzo!...<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221">{221}</a></span></p> - -<h2><a name="XVII" id="XVII"></a>XVII<br /><br /> -PASEANDO POR TOKÍO</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Las fiestas florales del año.—«Geishas» y japonesas -honestas.—Cómo se casan los japoneses.—El amor fuera de casa.—El -paraíso de los maridos.—Opiniones de un moralista japonés sobre -las mujeres.—La esclavitud femenina.—Contradicciones del pudor -japonés.—Las mancebías del Yosywara.—Hembras expuestas en -escaparates.—15.000 muchachas quemadas.—La gran catástrofe de la -explanada de Hifukusho.—Un brasero de 40.000 personas.—Ágil -agonía de las madres japonesas.—Un policía que imita á los -samurais.</p></div> - -<p>Por observación directa y por las explicaciones de mis amigos japoneses, -voy conociendo algo del alma de este pueblo, compleja y contradictoria, -pues se funden en ella las tradiciones de 2.600 años y los -transformismos violentos de un progreso que sólo tiene medio siglo y ha -copiado casi de golpe los adelantos materiales del mundo occidental.</p> - -<p>El japonés es de un positivismo áspero, prefiere las empresas prácticas, -de utilidad inmediata, y al mismo tiempo adora con fervor de poeta los -esplendores primaverales de la Naturaleza.</p> - -<p>Las flores en el Japón apenas tienen perfume, algunas carecen -completamente de él, y sin embargo ningún país de la tierra ama como -éste la floricultura. Toda japonesa bien educada aprende el arte de -hacer ramille<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222">{222}</a></span>tes, como una señorita occidental aprende el piano ó la -acuarela. No hay japonés que á la vista de un grupo de flores no quede -inmóvil, en actitud reflexiva, lo mismo que un visitante de los museos -de Europa ante un cuadro famoso. Hasta el bajo pueblo da su opinión -sobre los matices y combinaciones de un ramillete, pues todos conocen -desde la escuela el simbolismo y la armonía de las flores.</p> - -<p>En el curso del año las principales fiestas populares están -reglamentadas y escalonadas por las sucesivas floraciones de arbustos y -árboles. El japonés abarca en su veneración todas las flores, dedicando -mayor predilección á las de los árboles, casi inadvertidas en otros -países, que á la de los arbustos, más conocidas y apreciadas en el -Occidente. Cuando al iniciarse la primavera florecen los cerezos, se -organizan fiestas de un extremo á otro del Japón, que duran mientras -existe dicha flor. Al pie de los árboles se congregan las muchedumbres -para presenciar el <i>Miyaco-Odori</i>, la «Danza de los Cerezos», y estas -romerías dan motivo á un consumo enorme de <i>saké</i>, pues el pueblo se -embriaga por tradición, como lo hicieron sus ascendientes durante siglos -para glorificar la vuelta de la primavera.</p> - -<p>Antes de la fiesta de los cerezos ha sido la de los ciruelos, en -realidad la primera del año, pues dichos árboles florecen cuando las -nieves empiezan á fundirse. Luego se suceden las otras fiestas florales, -con acompañamiento de tacitas de <i>saké</i>, músicas y bailes de <i>geishas</i>. -En Mayo es la fiesta de las peonías, que no son aquí inodoras, como en -el resto de la tierra, gracias á los floricultores nipones que -consiguieron darlas un ligero perfume de rosa. Después son festejadas -las glicinas de largos racimos, y las azaleas, que abundan mucho en los -campos. En el curso del verano dedican su alegre glori<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223">{223}</a></span>ficación á los -iris, á los lotos, y al empezar el otoño se celebra la fiesta de la flor -que pudiéramos llamar nacional, pues simboliza al Japón en el resto del -mundo, la crisantema, de infinitas variedades.</p> - -<p>Además, el japonés festeja en el otoño el follaje de ciertos árboles que -toma diversas tintas, como si sus hojas fuesen flores. Hay árboles que -dan frutos en otros países y aquí se cultivan únicamente por su -floración. En los ramilletes japoneses figuran como delicados -componentes la flor del melocotonero, del peral, del ciruelo, del -albaricoquero. Estas flores son infecundas; no contienen la esperanza de -ningún fruto. Nacieron simplemente para lucir una belleza virgen y jamás -conocerán la procreación.</p> - -<p>Todo el que llega á este país con la memoria llena de lecturas -literarias pregunta por las <i>geishas</i>, desea verlas, creyendo que son la -representación femenina del país. Es algo semejante á lo que ocurre en -España cuando los extranjeros desean ver gitanas, creyendo que todas las -españolas son la Carmen de Merimée, ó á la candidez de ciertos -visitantes de París, que se imaginan conocer á la mujer francesa porque -conversaron y bebieron con las danzarinas nocturnas de Montmartre.</p> - -<p>Algunos escritores europeos, después de cohabitar en un puerto del Japón -con una <i>musmé</i> de alquiler, la han exaltado y glorificado con su genio -artístico, hasta hacer de ella el símbolo de la feminidad nipona.</p> - -<p>Esto es hermoso, pero completamente falso. En el Japón existen la -esposa, la madre, la hija, mujeres de resignadas y virtuosas costumbres, -que forman la inmensa mayoría de la población femenina, y existe -igualmente la <i>geisha</i>, cada vez menos numerosa y más decadente, que es -la bailarina y la música de los lugares de diversión.<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224">{224}</a></span></p> - -<p>Esta especie de cocota nipona fué en otros tiempos, antes de que el -Japón adoptase las costumbres occidentales, algo así como una -institución nacional, destinada á satisfacer necesidades psicológicas -más que físicas.</p> - -<p>Para explicar esto con más claridad, necesito decir que en el Japón no -existe el amor como lo entendemos los occidentales, y si alguna vez -llega á nacer, es de un modo dramático é ilegal, fuera de la casa, al -margen del matrimonio. El japonés constituye su familia bajo la -dirección indiscutible de sus padres, que lo casan sin tomarse la -molestia de consultar su opinión. Lo mismo los casaron á ellos é -igualmente fueron contrayendo matrimonio sus remotos ascendientes en el -curso de siglos y siglos.</p> - -<p>Un amigo mío, profesor de lenguas europeas, me cuenta el breve y -estupendo diálogo que tuvo hace pocos días con uno de sus discípulos.</p> - -<p>—Mañana no podré venir á tomar mi lección, maestro, porque me caso.</p> - -<p>Acoge el profesor con extrañeza tal noticia. Nunca le había hablado su -alumno de noviazgos. ¿Cómo ha guardado esto en secreto hasta el último -momento?... ¿Quién va á ser su esposa?...</p> - -<p>—No sé—contesta el joven—. No la conozco. Todo lo han arreglado mis -padres, y fué ayer cuando me dijeron que debo casarme mañana.</p> - -<p>El japonés somete á su esposa á un régimen despótico, con arreglo á la -tradición, y ésta le obedece en todo, sin la más leve protesta. Es -posible entre ellos un plácido compañerismo, un afecto tranquilo y -fraterno, pero no el amor tal como se ve en novelas y dramas. Por esta -razón la literatura occidental sólo empieza á ser comprendida un poco -por los japoneses que viven á<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225">{225}</a></span> la moderna y han viajado. Los demás, al -leer obras célebres en Europa que sistemáticamente tienen por base el -amor, levantan los hombros y sonríen como en presencia de algo infantil, -indigno de respeto.</p> - -<p>La <i>geisha</i> ha representado siempre para el padre de familia japonés la -poesía de la vida, lo imprevisto y complicado que hace sufrir y -proporciona deleite al mismo tiempo; en una palabra, el amor. Tiene en -su casa varias mujeres, por el privilegio de la poligamia, pero éstas -son abejas obscuras y laboriosas, dedicadas á la buena marcha del hogar. -La <i>geisha</i> es como la hetaira griega, y á semejanza de los atenienses -del tiempo de Pericles, el daimio, el samurai ó el simple mercader han -despreciado muchas veces á las hembras tranquilas y obedientes de su -casa para ir en busca de la danzarina letrada, ingeniosa, maestra de -buenas maneras y gran recitadora de versos.</p> - -<p>Los principios de la carrera de <i>geisha</i> no son fáciles. Hay colegios -especiales que las toman á los siete años, enseñándolas todo lo que -puede hacer valer particularmente sus gracias y sirve para seducir á los -hombres. Aprenden á tocar la guitarra, ejercitan sus voces, retienen en -su memoria los pequeños poemas célebres, que ascienden á centenares, y -sus maestras les enseñan además el arte de encontrar respuesta pronta é -ingeniosa á las demandas masculinas. Su gran habilidad es la danza, sin -saltos ni contorsiones, compuesta de actitudes que tienen algo de -rituales, transmitidas á través de los siglos. Sólo á los catorce ó -quince años salen de estos colegios, gobernados por una disciplina -severa, para intervenir en los banquetes y alegrarlos con su presencia.</p> - -<p>En realidad, la <i>geisha</i> no fué nunca una prostituída. Su verdadera -misión es divertir á los comensales con su belleza y sus palabras. Todas -ellas guardan las tra<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226">{226}</a></span>diciones de la cortesía japonesa, y han mantenido -en los hombres, con su fino trato, la etiqueta y el mesurado lenguaje de -otros tiempos.</p> - -<p>Las esposas quedaron siempre en el hogar conyugal, mientras el marido -comía en la casa de té con las <i>geishas</i>. Algunas veces, si las mujeres -legítimas asistían á tales banquetes, el marido no se mostraba -intimidado por su presencia, y seguía acariciando familiarmente á las -bailarinas, sin que esto pareciese extraordinario.</p> - -<p>Afirman los tradicionalistas que la <i>geisha</i> es una profesional honesta -y no va más allá de sus danzas, sus cantos y sus versos, evitando -relaciones sexuales con sus clientes. Y añaden que éstos, por su parte, -se contentan con la presencia y la conversación de las agradables -muchachas. Tal vez haya sido así en muchas ocasiones, y los occidentales -pequemos de maliciosos al no comprender unas orgías tan desinteresadas y -puras. Mas no es menos cierto que algunas veces el japonés se enamora -verdaderamente de la <i>geisha</i>, y como ésta es maestra en el arte de -enardecer al hombre manteniéndolo á distancia y muestra una voracidad -imprevisora y alegre para el derroche del dinero, tales relaciones duran -años y años, perdiendo el enamorado en ellas toda su fortuna y hasta -acaba suicidándose.</p> - -<p>Así como muchos llaman á los Estados Unidos «el paraíso de las mujeres» -por la influencia enorme que ejercen éstas en la vida privada y en la -pública, el Japón puede titularse «el paraíso de los maridos». Las leyes -escritas, las costumbres, la jerarquía social, la organización de la -familia, todo fué fabricado para los hombres. La mujer es la esclava del -esposo, y éste ha tenido la habilidad de moldear durante siglos y siglos -el pensamiento femenino de un modo tan hábil, que la pobre hembra -todavía muestra agradecimiento porque la man<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227">{227}</a></span>tiene al lado de él y se -esfuerza por adivinar su voluntad, cumpliéndola inmediatamente.</p> - -<p>Todas las japonesas á estilo antiguo adoran á su esposo como un dios, le -obedecen sabiendo que no puede equivocarse, y la menor protesta femenina -equivaldría á un sacrilegio. Al mismo tiempo se consideran felices -porque el marido se digna aceptar su sacrificio.</p> - -<p>Vieron en su infancia cómo su madre se prosternaba ante el padre; -aprendieron en el propio hogar que las mujeres son infinitamente -inferiores al hombre, y por eso acogen con agradecimiento inmenso la -menor muestra de consideración que se dignen darles. El japonés, por su -lado, desde los primeros años de su niñez aprende con el ejemplo de sus -mayores que la hembra sólo ha venido al mundo para servir al varón y -procurarle placeres materiales. Así se comprende que la poligamia -japonesa haya sido más tranquila y disciplinada que la de los -musulmanes. Las esposas marcharon siempre de común acuerdo, como devotas -unidas por el deseo de rendir culto á un mismo dios, sin las peleas y -rivalidades de las reclusas del harén.</p> - -<p>Es la tradición la que ha reglamentado la vida matrimonial. Sin embargo, -existe un código escrito de los deberes de la mujer, que redactó en el -siglo XVII un moralista llamado Kaibara. En él se dice que las mujeres -«nacen con los defectos de la indocilidad, el eterno descontento, la -murmuración, los celos y la escasez de inteligencia», lo que las hace -inferiores al hombre, y por ello es legítimo y oportuno que éste las -someta á una dirección vigorosa.</p> - -<p>Según Kaibara, la mujer no debe tener dioses propios y mirará siempre á -su marido como único dios, adorándolo al mismo tiempo que le sirve. El -esposo debe ser su único cielo... Y como si reglamentase las ceremonias -de<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228">{228}</a></span> un culto, añade que la esposa debe vestirse con humildad, adornarse -únicamente para inspirar deseos á su marido, levantarse la primera y -acostarse la última, y mientras el esposo duerme la siesta ella debe -trabajar.</p> - -<p>Al casarse, el japonés pone á su esposa bajo la vigilancia y dirección -de su propia madre, la cual, recordando lo que hicieron con ella, -procura imponer á la recién llegada las mismas disciplinas que aguantó -bajo la dominación de su suegra.</p> - -<p>Todo esto es el Japón antiguo, el matrimonio tal como existió durante -miles de años y como subsiste aún en el campo y las ciudades de -provincia. Pero al adoptar el país los adelantos materiales de -Occidente, copiando sus costumbres, esta constitución tiránica de la -familia, dentro de la cual las esposas no son más que domésticas de -clase superior, empieza á modificarse de un modo alarmante para los -guardadores de la tradición.</p> - -<p>El militar japonés uniformado como los de Occidente, el diplomático y el -alto funcionario puestos de frac, han tenido que llevar sus esposas á -las fiestas de la corte imperial y á las de las Legaciones, vestidas á -la moda europea. Esto que al principio fué tolerado por los maridos como -un disfraz necesario, porque así convenía á la nueva existencia del -Japón y porque lo ordenaba el emperador, ha ido modificando el alma -femenina con un lento goteo corrosivo y disolvente.</p> - -<p>Existen ya en las altas clases muchas japonesas que no toleran la -poligamia, conocen los celos, expresándolos francamente, y se niegan á -continuar la esclavitud resignada y agradecida de sus abuelas. Con el -transcurso del tiempo, este conflicto familiar—que es el tema de muchas -novelas japonesas modernas—irá aumentando y se extenderá á todas las -clases sociales. Se comprende dicha transformación después que las -japonesas<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229">{229}</a></span> han conocido de cerca la existencia más independiente y digna -de las mujeres blancas, especialmente de las norteamericanas. Los -esclavos—como dice Brieux<a name="FNanchor_C_3" id="FNanchor_C_3"></a><a href="#Footnote_C_3" class="fnanchor">[C]</a>—sólo encuentran tolerable su situación -mientras viven con seres de su misma clase, y se consideran desgraciados -si ven de cerca á los que gozan de plena libertad.</p> - -<p>La evolución industrial del país contribuye rápidamente á las -transformaciones de la mujer. Ésta es ahora obrera en las fábricas, -escribe á máquina en las oficinas, desempeña empleos en almacenes y -tiendas, así como en muchas administraciones del gobierno, y al ganar su -vida puede existir independientemente, sin el apoyo del hombre, que ya -no es para ella el «dios único» recomendado por Kaibara. Si se casan y -quedan viudas, no realizarán seguramente lo que exigía este venerable -moralista, «pintarse los dientes de negro, cortarse los cabellos, -afeitarse las cejas, hacerse feas para no inspirar tentación á ningún -otro hombre».</p> - -<p>Sin embargo, las mujeres que no son ricas y carecen de una profesión -para ganarse el arroz continúan sometidas al despotismo marital, á -estilo antiguo. Temen que su esposo pida el divorcio, pues rara vez el -hombre deja de ser atendido por los tribunales cuando desea repeler á -una de sus cónyuges. Los motivos de divorcio son numerosísimos en el -Japón, y entre ellos figuran <i>que la esposa no obedezca las órdenes de -la suegra; que muestre celos del marido; que se enfade con él, -profiriendo palabras descorteses</i>. Si tales motivos rigiesen en los -demás países, inútil es decir que ya estarían disueltos casi todos los -matrimonios de la tierra.</p> - -<p>Es diversa la moralidad del pueblo japonés á la de<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230">{230}</a></span> las naciones -occidentales, y ofrece un aspecto contradictorio, de difícil explicación -para nosotros. Lo mismo ocurre con su pudor, que en todas partes es una -consecuencia de la moral imperante.</p> - -<p>No mostrará en público la mujer japonesa una línea de sus piernas ni una -parte de su pecho. El escote y los brazos desnudos de las occidentales, -vestidas con trajes de ceremonia, le parecen algo desvergonzado é -inaudito. Las <i>geishas</i> van envueltas siempre en suntuosos kimonos, -cerrados sobre el cuello y que descienden hasta sus manos y sus pies. En -el Yosywara, barrio de placer de las principales ciudades japonesas, las -rameras se mostraban hasta hace poco en escaparates á la parte exterior -de los burdeles, pero todas ellas, llevando su rostro pintado como una -máscara, permanecían con aire pudibundo envueltas hasta los talones en -pesadísimas vestiduras bordadas de plata y oro.</p> - -<p>Al mismo tiempo, este es el país donde hombres y mujeres toman el baño -en público. Los tenderos, para no abandonar su establecimiento, tienen -una bañera debajo del mostrador, medio tonel, dentro del cual permanecen -en cuclillas. Si entra un parroquiano, se ponen de pie para servirle, y -la tendera muestra sonriente, con tranquilo impudor, sus exiguas -amenidades superiores, limitándose á colocar delante de ellas una -servilleta de papel menos grande que la palma de la mano. En los hoteles -á estilo del país, las criadas asisten al baño de los viajeros, y á su -vez, se muestran con la mayor tranquilidad cuando salen casi desnudas -del mismo lugar.</p> - -<p>Como la mujer fué considerada siempre inferior al hombre, no mereciendo -ningún aprecio moral, la prostitución ha sido tenida hasta hace poco -como una industria femenina, sin consecuencias para el honor de las -familias.<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231">{231}</a></span></p> - -<p>Los padres vendían sus hijas á las grandes casas del Yosywara. Las -familias decentes, cuando salían á paseo por la noche, se encaminaban á -dicho barrio, á causa de la animación de sus calles esplendorosamente -iluminadas y á la enorme cantidad de teatros y establecimientos de danza -confundidos con las mancebías en este lugar de placeres. Las hijas de -buena familia saludaban á sus amigas que, vistiendo kimonos de regia -suntuosidad, se mostraban en los escaparates, esperando la orden de un -cliente. Luego conversaban con ellas, sin ninguna extrañeza, -considerando natural este cambio de situación.</p> - -<p>El penúltimo emperador, que tantas reformas hizo en medio siglo de -reinado, para dar un aspecto moderno á su país, tuvo que prohibir por -una ley, en 1870, que los padres siguieran vendiendo sus hijas á las -traficantes del Yosywara. Pero hay quien dice que no por eso se han -cortado definitivamente las relaciones entre algunas familias y las -casas de lenocinio.</p> - -<p>Yo he visto los Yosywaras de otras ciudades japonesas, pero no el de -Tokío, pues lo destruyó completamente el incendio hace tres meses, al -ocurrir el último terremoto.</p> - -<p>Me enseñan fotografías de este lugar alegre después de la catástrofe. -Como todos sus palacios de paredes policromas y aleros salientes, -cubiertos de inscripciones doradas, de linternas y banderolas, eran -construídos con madera y lienzo, ardieron en unos minutos, abrasando á -sus habitantes y cerrando el paso á los que huían. Sobre los tizones -apagados veo pirámides de cadáveres desnudos, y confundidos de tal modo, -que no se puede adivinar el sexo de cada uno de ellos. Únicamente -sabiendo la extremada delgadez y la pequeña estatura de la japonesa, -pueden reconocerse como cuerpos feme<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232">{232}</a></span>ninos unos cadáveres que en el -primer momento parecen de muchachos.</p> - -<p>Quince mil huéspedas existían en el Yosywara de Tokío en el momento del -incendio. Ya no se permite en los de otras ciudades que las mujeres se -exhiban en escaparates sobre la calle. Éstos se abren ahora en el zaguán -de la casa, y el transeunte no tiene mas que pasar un pie sobre el -umbral para ver las mercancías expuestas en el interior. Lo que -permanece sobre las fachadas de dichos establecimientos es una hilera de -fotografías de tamaño más que natural, representando en trajes de -<i>geishas</i> y con grandes flores sobre las sienes á las pensionistas del -establecimiento.</p> - -<p>Debo decir que estas jóvenes muestran una corrección pudorosa en la -práctica de su industria. Esperan el momento de ejercerla -tranquilamente, sin un ademán excitante, sin una palabra deshonesta, sin -mostrar siquiera uno de sus pies. Su rostro guarda una sonrisa inmóvil, -y están como encogidas dentro de sus vestiduras brillantes y gruesas de -imagen sagrada. Es verdad que aunque quisieran ser descocadas en sus -palabras no podrían conseguirlo. El idioma es el principal apoyo de la -cortesía y las buenas maneras de este pueblo. La lengua japonesa no -tiene palabras para insultar á un enemigo ni para expresar obscenidades. -Todo su diccionario es un manual de buena educación.</p> - -<p>El mortífero incendio del Yosywara, con sus 15.000 mujeres carbonizadas, -me hace recordar una catástrofe mayor, ocurrida en otro de los barrios -de Tokío.</p> - -<p>Me muestran numerosas fotografías de la explanada de Hifukusho, donde -perecieron 40.000 personas quemadas ó aplastadas. Al temblar la tierra -huyeron las familias de sus viviendas, aglomerándose en los lugares -descubiertos, plazas, paseos, terrenos baldíos. Esta expla<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233">{233}</a></span>nada de -Hifukusho, de unas cincuenta hectáreas, abierta en plena ciudad, y que -tenía una cerca de planchas de cinc para ser utilizada por los -militares, fué el sitio adonde afluyeron los habitantes de todos los -barrios limítrofes. Los hombres arrastraban carretillas llevando en -ellas sus mejores muebles; otros corrían doblados bajo el peso de fardos -de ropa hechos apresuradamente. Las mujeres tiraban de filas de niños, -gritando para atraer á los rezagados.</p> - -<p>Un guardia de policía vigilaba su entrada. En el primer momento, fiel á -su consigna, intentó oponerse al avance de la muchedumbre. Pero ésta fué -engrosando, la tierra repetía sus temblores, gritaban las mujeres, -lloraban los niños, y el policía, conmovido por el peligro general, -acabó por olvidarse de su deber, dejándolos pasar. Al poco rato 40.000 -personas se aglomeraban dentro de la explanada con sus carretones, -muebles y fardos, tan estrechamente, que no podían moverse. Pero una -alegría egoísta les hizo reir y bromear. En este espacio libre se -consideraban salvos y seguros, mientras empezaba á arder Tokío.</p> - -<p>Las llamas se fueron extendiendo por el horizonte y avanzaron como dos -brazos rojos, hasta juntarse, cerrando toda salida. Esto no consiguió -que la gran masa de refugiados perdiese su buen humor. El incendio -estaba lejos y no podía llegar hasta ellos en una explanada -completamente descubierta.</p> - -<p>De pronto sopló el ciclón, completando la obra del terremoto y del -incendio. Las llamas verticales se inclinaron bajo el impetuoso bufido, -con una horizontalidad destructora. La succión atmosférica aumentó el -ardor de los inmensos braseros. Llovieron maderas encendidas, -arrastradas á enormes distancias. Se elevó la atmósfera á una -temperatura de horno, y las planchas metálicas de<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234">{234}</a></span> la cerca se -enrojecieron, quemando á cuantos se aproximaban á ellas. Se arremolinó -la enorme masa humana en este espacio, cada vez más angustioso para sus -pulmones. Le era imposible moverse; le faltaba aire para respirar; -llovía fuego.</p> - -<p>Los más perecieron quemados vivos. Algunos, con el empuje de la -desesperación, marcharon ágilmente sobre la muchedumbre, poniendo los -pies en sus apretadas cabezas. Pero morían también al llegar á las -vallas enrojecidas, ó más allá, junto á la línea de edificios -llameantes.</p> - -<p>Algunos testigos lejanos de la catástrofe describen un espectáculo -inaudito, que presenciaron repetidas veces. Por el enorme calentamiento -del aire ó por las succiones del ciclón, las personas subían ardiendo á -través de la atmósfera lo mismo que cohetes voladores, cayendo poco -después en un brasero crepitante de grasa cuyos tizones eran cuerpos -humanos.</p> - -<p>Cuando extinguido el incendio se procedió á la limpieza de la explanada -de Hifukusho, los fúnebres exploradores tuvieron que recoger con palas y -carretillas las cenizas de esta inmensa hoguera.</p> - -<p>Más abajo de la costra de cuerpos carbonizados fueron encontrando otros -cadáveres enteros, que habían perecido por aplastamiento y sofocación. -Los de arriba les habían derribado y pateado para abrirse paso, sin -conseguir otra cosa que morir á su vez ardiendo.</p> - -<p>La capa inferior de muertos estaba compuesta de mujeres, de niños, de -ancianos. Debajo de ella se encontraron varios pequeñuelos que -respiraban aún y fueron devueltos á la vida.</p> - -<p>Sus madres, pobres mujercitas amarillas, se habían arqueado sobre ellos, -con instintiva precaución, procu<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235">{235}</a></span>rando mantenerlos intactos hasta el -último momento bajo sus cuerpos agonizantes.</p> - -<p>El policía no fué de los muertos, pero como buen japonés creyó necesario -expiar su olvido de la disciplina, su tolerancia misericordiosa, que -había abierto las puertas de la eternidad á 40.000 personas.</p> - -<p>Y fiel á la tradición del <i>Hara-Kiri</i>, se rajó el vientre con su -machete, echándose las tripas afuera, como un antiguo samurai.<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236">{236}</a></span></p> - -<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a>XVIII<br /><br /> -LOS DOS SHOGUNES DE NIKO</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Muchos templos y poca religiosidad.—La cortesía con todos los -dioses.—Única religión verdadera del japonés.—Los muertos -mandan.—Todos los japoneses acaban siendo dioses.—El -sintoísmo.—Las tumbas de los dos Shogunes.—El Pericles -japonés.—Sus máximas morales.—San Francisco Javier.—El consejo -que le dan los japoneses.—Fácil difusión del -cristianismo.—Inquietud de los Shogunes.—Miedo al Papa y al rey -de España.—Se cierra el Japón por 250 años.—Persecuciones y -martirios de los misioneros.—Camino de Niko.—La buena educación -de una caja de comida.—Un regalo de cuarenta kilómetros de árboles -gigantescos.</p></div> - -<p>Abandono por unas semanas mi camarote del <i>Franconia</i>.</p> - -<p>Voy á correr la parte más interesante del interior del Japón. Luego un -buque del país me llevará á Fusán, puerto de Corea, atravesaré este ex -reino que los japoneses se han apropiado, seguiré á través de la -Manchuria, que ocupan igualmente con un carácter temporal, entraré en -China, viviré en Pekín, y cruzando gran parte del Imperio Celeste, -convertido hoy en República, llegaré á Shanghai, donde me esperará el -paquebote con mi dormitorio flotante lleno de libros y recuerdos.</p> - -<p>Primeramente voy hacia el Norte en mi viaje por el Japón, alejándome de -la ruta que debo seguir después. No quiero irme de este país sin conocer -Niko, la Sagra<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237">{237}</a></span>da Montaña de Niko, el monumento fúnebre más suntuoso y -artístico que posee el Japón.</p> - -<p>En la tierra nipona abundan templos y santuarios. Contemplando el -paisaje desde las ventanillas del tren, cada vez que veo un grupo de -árboles sé que á continuación asomarán entre el follaje los tejados de -un templo budista ó sintoísta. Todos ofrecen un exterior interesante, -más por la vegetación que los rodea que por su arquitectura. Si -arrasasen los grupos de árboles y de arbustos floridos, parecerían -muchos de ellos miserables barracas.</p> - -<p>Tal abundancia de templos no supone que el pueblo japonés sea -extremadamente religioso. Por una contradicción de su carácter complejo, -los japoneses son el pueblo de la tierra que posee más templos y al -mismo tiempo el de menos religiosidad. Tal vez provenga esto de su -cortesía extremada, que les aconseja asociarse á toda manifestación -pública en honor de un gran personaje, sea hombre ó sea dios.</p> - -<p>Los japoneses de clase superior, los letrados, fueron siempre discípulos -de Confucio—como sus maestros los intelectuales chinos—, ó sea, -racionalistas propensos á la incredulidad, no profesando ninguna de las -religiones positivas. El pueblo, en cambio, las venera todas, sin -establecer entre ellas ninguna diferencia.</p> - -<p>La verdadera religión original del país fué el culto de los <i>Kamis</i>, de -los Antepasados, que ha servido de base al moderno sintoísmo.</p> - -<p>Durante muchos siglos esta religión veneró con sencillez los dioses de -la mitología japonesa, de que ya hablamos, únicamente por ser padres del -Japón; mas al despojarse el Mikado de su poder político para cederlo á -los Shogunes, fué extremando su autoridad religiosa en su retiro de -Kioto, convirtiéndose finalmente en una<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238">{238}</a></span> especie de pontífice, que -confirió la dignidad de altos sacerdotes á sus cortesanos.</p> - -<p>En los tiempos modernos el culto de los <i>Kamis</i> ha ido tomando un -carácter más concreto, hasta ser la religión patriótica del sintoísmo, -única que respetan verdaderamente los japoneses. Yo he visto reir á -familias enteras, regocijadas por los enormes Budas de majestuosa -fealdad que existen en los templos de algunas ciudades. Igualmente ríen -de muchas creencias antiguas, pero ninguno se permitirá la más ligera -broma sobre el altar de los Antepasados que cada cual tiene en su casa, -ni sobre el sintoísmo, culto de la patria japonesa.</p> - -<p>El budismo, que penetró en el país á mediados del siglo VI, siguiendo la -influencia de la civilización china, se ha corrompido mucho por la -avaricia y el lujo de sus sacerdotes, dividiéndose hasta contar treinta -y cinco sectas diferentes. Las boncerías ó conventos budistas se -convirtieron en lugares de prostitución. Muchos de sus templos estaban -rodeados hasta hace poco de las llamadas casas de té. Una peregrinación -budista era una especie de Carnaval, abundante en desenfrenos carnales. -Los Shogunes tuvieron que reprimir muchas veces los escándalos de los -bonzos y los desórdenes provocados por ellos.</p> - -<p>Al adoptar el Japón en nuestra época los progresos y usos de Occidente, -necesitó como medida defensiva resucitar su antigua religión nacional, -algo olvidada, y el culto de los <i>Kamis</i> tomó el nombre de sintoísmo. -Este culto es algo superior que se sobrepone á las otras creencias y -resulta compatible con todas ellas.</p> - -<p>Un nipón puede ser budista, cristiano y hasta ateo, ejerciendo al mismo -tiempo el culto sintoísta. En japonés, <i>shinto</i> significa «Camino de los -dioses», y el nombre resulta apropiado, pues todos al morir en el Japón -emprenden el camino para convertirse en dios.<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239">{239}</a></span></p> - -<p>El sintoísmo es la religión de los muertos; pero los muertos japoneses -no apartan sus espíritus de la tierra. En las demás religiones, -cristianismo, mahometismo, etcétera, que proclaman la inmortalidad del -alma, ésta, al separarse del cuerpo, va á habitar determinadas regiones, -de felicidad ó de expiación, celestiales ó infernales, lejos de nuestro -mundo. Para los japoneses, las almas de los muertos no se alejan de -nuestro planeta. Siguen en él, con una existencia invisible para -nuestros ojos, pero material, como el aire ó como el fuego. Viven -alrededor de sus descendientes, les acompañan dentro de sus casas, -residen en el altarcito de los Antepasados, y el japonés les ofrece -arroz y <i>saké</i>, los saluda todas las mañanas y los consulta en momentos -graves de su existencia. Cree firmemente que «los muertos mandan» porque -son más numerosos que los vivos, y aglomerando sus experiencias saben -más que éstos.</p> - -<p>Los que aún están dentro de la vida se engañan cuando creen que sus -actos son producto espontáneo de su voluntad. Los muertos les empujan -sin que ellos lo sepan y les sugieren sus acciones. La devoción á la -memoria de los Antepasados es, según los moralistas japoneses, «el -resorte de todas las virtudes».</p> - -<p>Cuando el almirante Togo destruyó la flota rusa, asegurando con ello el -triunfo definitivo de su país, el viejo emperador envió la siguiente -alocución á las tripulaciones: «Gracias á vuestra lealtad y vuestra -bravura he podido contestar dignamente á las preguntas que me dirigían -los espíritus de mis Antepasados.» Y al oir tales palabras, los marinos -japoneses lloraron de emoción.</p> - -<p>Este sintoísmo que acabo de describir en una forma sumaria, -prescindiendo de las complicaciones y sutilezas niponas, es más grosero -y material en el bajo pue<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240">{240}</a></span>blo, predispuesto siempre á las -supersticiones. Los templos sintoístas, al tener sacerdocio y culto -oficiales, adoptaron poco á poco muchas ceremonias de los bonzos. Los -japoneses, al entrar en un templo sintoísta, dan dos palmadas para que -acudan los dioses á escucharles, si acaso están distraídos ó ausentes. -Otras veces tiran de una cuerda al extremo de una campana, para atraer -de igual modo la atención divina. Pero lo mismo el campesino y el -marinero predispuestos á las ofrendas y los llamamientos para ablandar á -los espíritus, que los letrados de incredulidad confuciana, todos, al -ser sintoístas, adoran á su patria, único país de la tierra de origen -divino, cuyos soberanos son nietos de los dioses, y con ello se adoran á -sí mismos.</p> - -<p>No hay japonés que no se considere en el camino que conduce á la -divinidad, seguro de que cuando muera sus herederos le rendirán culto en -el altar de familia. El agente de policía que reglamenta la circulación -de los vehículos en la calle, el vendedor de frutas ó el campesino que -pasan con un largo bambú sobre un hombro del que penden dos banastas, el -viejo que tira de la <i>koruma</i>, el militar que va á caballo, el marinero -que pesca en el Mar Interior tripulando un barco de forma arcaica, todos -serán dioses con el curso del tiempo, y después de su muerte vivirán en -la atmósfera, cerca de sus familias, influyendo en las acciones futuras -de éstas, como los Antepasados dictan en la actualidad sus propias -acciones. Los remotos descendientes se prosternarán ante su imagen -invisible antes de emprender un viaje, implorando su protección, y al -volver harán lo mismo para darle gracias. Quemarán varillas de incienso -ante su altar, como él las quema ahora en honor de remotísimos abuelos, -cuyos nombres desconoce, pero de cuya existencia divina no duda un -momento.<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241">{241}</a></span></p> - -<p>La Sagrada Montaña de Niko adonde yo voy está cubierta de templos de -distintos ritos, y sin embargo las muchedumbres de peregrinos que la -frecuentan todos los años sienten fundidas sus almas por una absoluta -unidad religiosa y acuden á ella para venerar el espíritu de dos grandes -muertos, dos Shogunes de la dinastía Tukagawa, llamados Yeyasu y -Yemitsu, que hicieron la grandeza del Japón.</p> - -<p>Yeyasu, el más célebre, sujetó para siempre á los señores feudales, -abriendo una era de paz y progreso que duró 250 años. Muchos -historiadores le llaman «el Pericles japonés».</p> - -<p>Bajo su gobierno, en el siglo XVI, florecieron los poetas y pintores más -notables del país. Estableció relaciones comerciales con los otros -pueblos de Asia y las repúblicas mercantiles de Europa. Siguió -atentamente lo que ocurría en América, viendo extenderse la conquista y -la colonización españolas desde más arriba del golfo de Méjico al cabo -de Hornos.</p> - -<p>Este hombre de guerra, que venció en los combates á la revoltosa -aristocracia de los daimios, fué al mismo tiempo un filósofo y ha dejado -sabias máximas que repiten todavía las familias.</p> - -<p>«La perseverancia es la base de la eterna felicidad.»</p> - -<p>«El hombre que sólo ha visto la cumbre y no conoce las amarguras del -valle no puede llamarse hombre.»</p> - -<p>«La vida es un fardo muy pesado, pero no debes lamentarte de que te -desuelle la espalda.»</p> - -<p>«Necio es el que se deja marear por las vanidades humanas.»</p> - -<p>«La culpa de nuestros males debemos atribuirla á nosotros mismos.»</p> - -<p>«Todo en exceso causa pena, y es preferible que falte á que sobre.»<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242">{242}</a></span></p> - -<p>Cuenta Lafcadio Hearn que cuando Yeyasu, después de sus victorias, era -dueño absoluto del Imperio, lo sorprendió una mañana uno de sus -servidores sacudiendo un viejo kimono de seda para conservarlo.</p> - -<p>—No creas—dijo—que hago esto por el valor de la prenda, sino por -respeto al trabajo de la pobre mujer que la fabricó con largos -esfuerzos. Si al usar las cosas no recordamos el tiempo y las penas que -ha costado su producción, esta falta de respeto nos coloca al nivel de -las bestias.</p> - -<p>Otra vez se negó á admitir unos vestidos nuevos que le ofrecía su mujer, -añadiendo así:</p> - -<p>—Cuando pienso en las multitudes que me rodean y en las generaciones -que vendrán después, creo mi deber vivir económicamente, pues si -despilfarro le quito á alguien la parte que le corresponde.</p> - -<p>Al morir Yeyasu y ser enterrado en la Sagrada Montaña de Niko, la -gratitud nacional transformó aquélla en monumento patriótico. Los -templos se han amontonado en sus laderas, formando una escolta eterna á -la tumba del célebre Shogun y á la de Yemitsu, su digno sucesor. Todos -los años, en primavera, acuden miles de peregrinos desde las provincias -más lejanas del Imperio para celebrar la memoria de estos gobernantes.</p> - -<p>Guarda de ellos el pueblo un recuerdo casi legendario, haciendo de su -época el período de mayor felicidad nacional. Y sin embargo, bajo su -gobierno se cerró el Japón á los europeos, quedando aislado dos siglos y -medio del resto del mundo. También en el período del segundo de los dos -Tukagawa se inició la cruel persecución contra el cristianismo, -ordenándose horribles suplicios, en los que perecieron tantos misioneros -mártires de su fe.</p> - -<p>El primer propagandista del cristianismo que pene<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243">{243}</a></span>tró en el Japón fué un -español, San Francisco Javier. Al conocer por el marino portugués Méndez -Pinto la existencia de este Imperio idólatra y misterioso que acababa de -descubrir, el misionero navarro se creyó escogido por Dios para -evangelizar dicha tierra.</p> - -<p>Nadie le opuso obstáculos en sus correrías por el archipiélago. La -primera descripción de Kioto la hizo él durante su permanencia en esta -capital teocrática. El Shogun que gobernaba entonces el Imperio acogió -con escéptica bondad la llegada del propagandista de una nueva religión.</p> - -<p>—Será una secta más—dijo—que tendremos en el país.</p> - -<p>La gente instruída escuchó atentamente, con su cortesía tradicional, las -predicaciones del futuro santo. Luego algunos letrados le dieron la -siguiente respuesta, digna de su tolerancia confucista:</p> - -<p>—Nuestros maestros son los chinos. De su país nos han llegado las -artes, la literatura, la filosofía, el budismo. No pierda el tiempo -predicándonos á nosotros. Vaya á la China, y si convence á las gentes de -allá, seguiremos el mismo camino sin necesidad de misioneros.</p> - -<p>Este consejo hizo honda impresión en San Francisco Javier, y desde -entonces sólo pensó en la conquista espiritual de la China. Abandonó el -Japón, volviendo á las misiones portuguesas de la India, y allí se -dedicó al estudio del idioma chino y á reunir amistades para entrar -libremente en el vasto Imperio. Pero cuando al fin pudo emprender el -viaje á Cantón, tuvieron que desembarcarlo en una de las numerosas islas -de la bahía de Hong-Kong, donde murió.</p> - -<p>Detrás de él empezaron á llegar al Japón otros misioneros, que -obtuvieron rápidos éxitos con sus predicaciones. El pueblo japonés había -admitido la doctrina budista y no necesitaba hacer un esfuerzo enorme -para<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244">{244}</a></span> aceptar el cristianismo. En pocos años la nueva religión llegó á -contar 200.000 adeptos. Uno de los misioneros españoles consiguió que el -príncipe de Sendai, feudatario del Mikado, enviase una embajada al Papa. -Ésta fué recibida en Roma y en la corte de Madrid con ostentosas -ceremonias, creyendo todos, por la confusión geográfica de aquellos -tiempos, que venía en nombre del emperador del Japón.</p> - -<p>Fué además aquel período el de mayores guerras entre los daimios -ingobernables y el Shogunato, empeñado en establecer el orden y la -unidad nacional.</p> - -<p>El avisado Yeyasu, vencedor definitivo del feudalismo, vió un peligro -político en la nueva religión.</p> - -<p>Pretendían emplearla los daimios más rebeldes como un medio para -resucitar la guerra. La vanidad patriótica y el excesivo celo religioso -de algunos misioneros, que no se recataban en mostrar públicamente su -amistad con los rebeldes, aumentaron los recelos del Shogun. Éste seguía -con inquietud el engrandecimiento de los reyes de España, dueños de la -mayor parte de América y poseedores de las Filipinas, casi á las puertas -del Japón. Varias veces llegaron hasta sus oídos palabras arrogantes -proferidas por españoles religiosos ú hombres de mar. No consideraban -empresa imposible que algún día el rey de las Españas enviase una flota -á estas islas, como las había enviado á tantos países remotos.</p> - -<p>Además, el Shogunato, al adquirir informes de la vida de Europa, -consideró con cierto miedo al Papa. La suspicacia japonesa sintióse -inquieta al saber que el jefe de la nueva religión, establecido en Roma, -llevaba tres coronas en su tiara y tenía potestad divina para quitar los -reinos á unos monarcas, dándoselos á otros para que sostuviesen la fe.</p> - -<p>Los misioneros cristianos, en su mayor parte españo<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245">{245}</a></span>les, parecían á los -Shogunes más peligrosos por su energía y su afán de sacrificio que los -corrompidos bonzos, domeñados por ellos para siempre. Eran unos -conquistadores tan audaces y duros como sus compatriotas que se habían -adueñado de América. Se valían de la palabra y del sacrificio pasivo, -como los otros de la espada.</p> - -<p>En tiempos de Yemitsu, el segundo Tukagawa enterrado en Niko, se ordenó -la expulsión de todos los misioneros, la supresión del culto cristiano, -y quedaron cerrados los puertos á todo buque que no fuese japonés, -aislándose el Imperio del resto de la tierra. Ningún natural del país -pudo salir de él y se prohibió bajo penas severas el aprender las -lenguas occidentales.</p> - -<p>Volvieron los misioneros ocultamente, arrostrando los tremendos castigos -con que les amenazaban, y empezó el largo martirologio japonés de -jesuítas, franciscanos y otras órdenes religiosas.</p> - -<p>Los holandeses fueron los únicos blancos que obtuvieron permiso para -hacer un pequeño comercio con el Japón, pero á costa de enormes -humillaciones. Vivían acorralados en el exiguo islote de Décima, cerca -de Nagasaki, y sólo podían traficar después de haber demostrado que no -eran cristianos, para lo cual los sometían á varios actos blasfematorios -y á otras ceremonias en las que infamaban los más altos símbolos del -cristianismo. Muchos de estos mercaderes podían hacerlo sin -remordimiento, pues en realidad eran judíos de origen español ó -portugués nacionalizados en Holanda.</p> - -<p>Llevo varias horas de viaje en el tren. Llegaremos á Niko muy entrada la -noche, y creo oportuno comprar un <i>bento</i> para comer en el vagón.</p> - -<p>El <i>bento</i> es una caja de madera blanca llena de comestibles, que venden -en todas las estaciones. El arroz hervido está en una cajita de cartón -con los correspon<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246">{246}</a></span>dientes palillos para comerlo. Los otros manjares van -envueltos en papeles de seda, con la prolijidad y limpieza de un pueblo -de grandes embaladores. Además, me entregan una tetera de barro rojo con -su tacita, para que remoje mi banquete á la japonesa con la bebida -nacional.</p> - -<p>Se muestra la exquisita cortesía nipona hasta en la preparación de esta -cena comprada. El papel de seda que envuelve la caja lleva el siguiente -saludo, que me traduce un amigo: «Sabemos que el presente <i>bento</i> es -indigno de usted, pero sírvase aceptarlo por bondad.»</p> - -<p>Este arte del embalaje, que igualmente poseen los chinos, se muestra en -todos los bultos que llevan mis compañeros de vagón. El japonés no -necesita comprar maletas. Cuando las usa, son de ligerísimo tejido de -paja. Por regla general, se fabrica él mismo su equipaje con hojas de -papel é hilos, siendo asombrosas la solidez y la gracia que sabe dar á -sus envoltorios.</p> - -<p>Ha cerrado la noche, borrándose los paisajes en los cristales de las -ventanillas. Ahora son opacos y reflejan las luces interiores, así como -nuestros rostros, algo caricaturescos por el incesante movimiento. Un -amigo japonés, para distraerme, me va relatando las cinco grandes -fiestas anuales del Japón, llamadas <i>goséquis</i>.</p> - -<p>La primera es la del principio de año. Antes correspondía á nuestro -primero de Febrero, pero el penúltimo emperador, deseoso de unificar la -vida de su país con la del Occidente, decretó en 1873 que el año del -Japón debía empezar con el nuestro.</p> - -<p>Ahora solemnizan los japoneses el primero de Enero con visitas de -felicitación y aguinaldos, que consisten especialmente en abanicos. -Algunos tradicionalistas regalan, á estilo antiguo, un cucurucho de -papel que contiene un pedazo de pescado seco. La segunda fiesta es la de -las Muñecas, dedicada á las <i>musmés</i>. La tercera<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247">{247}</a></span> la de las Banderas, y -es la fiesta de los muchachos. La cuarta se llama de las Linternas y -Lámparas, y tiene por escenario las hermosas noches del verano. La -quinta es la de las Crisantemas, y en este día las familias deshojan -dichas flores sobre las tazas de té ó las copas de <i>saké</i>.</p> - -<p>Luego volvemos á hablar de los dos gloriosos Shogunes, y de cómo, -después de muertos, el pueblo en masa contribuyó al embellecimiento de -la Sagrada Montaña que guarda sus tumbas.</p> - -<p>Un noble de aquella época tuvo una iniciativa, digna de este país que -tanto ama los árboles y las flores. Dejó que los demás elevasen templos -ó bordeasen las avenidas de la montaña con largas filas de linternas de -piedra sobre pedestales, llamadas <i>toros</i>.</p> - -<p>Otros admiradores de los dos Shogunes levantaron á la entrada de los -caminos esas portadas japonesas, compuestas de dos enormes troncos -cilíndricos que se remontan en suave disminución y sostienen un dintel -de gruesos maderos, rematado horizontalmente por dos puntas ligeramente -encorvadas como cuernos. (Tales arcos reciben el nombre de <i>toris</i>.)</p> - -<p>El original donador, que era un daimio arruinado, ofreció plantar de -criptomerios diez leguas del camino que conduce á Niko, y para que no le -acusasen de tacaño, los plantó á corta distancia unos de otros. El -criptomerio llega á adquirir gigantescas proporciones: es el cedro del -Japón.</p> - -<p>Los de Niko llevan ya trescientos años de crecimiento. Sus troncos se -tocan, y este camino de 40 kilómetros entre dos vallas de árboles -apretados resulta una de las maravillas más interesantes de la tierra.<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248">{248}</a></span></p> - -<h2><a name="XIX" id="XIX"></a>XIX<br /><br /> -AL PIE DE LA MONTAÑA SAGRADA</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Niko en la noche.—El canto infinito de la Montaña Sagrada.—La -temperatura inexplicable del Japón.—Nieve y plantas -tropicales.—La desnudez japonesa.—Junto al brasero del -anticuario.—El sereno de las castañuelas.—El amanecer en un hotel -del interior del Japón.—El Puente Sagrado.—Cómo una enorme -serpiente roja se doblegó en arco para servir á un -santo.—Murmullos de agua y musgos invasores.—Los árboles -casamenteros.</p></div> - -<p>Llegamos á Niko en la espesa sombra de la noche, á merced de nuestros -guías, sin saber adónde nos llevan.</p> - -<p>Mucho antes vimos desde la ventanilla una muralla de ébano que iba -extendiéndose ante el tren en sentido inverso para perderse en la -obscuridad: el famoso camino de los criptomerios. Esta enorme cerca -vegetal se interrumpe en las cercanías del pueblo; la han echado abajo -para la edificación de nuevas casas.</p> - -<p>Niko, cuyo nombre repiten todos en el Japón, es simplemente una aldea; -menos que esto, una calle única; dos filas de casas á ambos lados del -camino que conduce á la Montaña Sagrada. Estos edificios tienen sus -puertas y ventanas enrojecidas por la luz cuando pasamos ante ellos -sentados en veloces <i>korumas</i>. Son hospederías puramente japonesas para -los peregrinos que llegan en la primavera y el estío; alojamientos donde -los huéspedes comen sentados en el suelo y duermen sobre una esteri<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249">{249}</a></span>lla -con almohada de madera. En las otras casas hay tiendas de «recuerdos» -para los visitantes, y como éstos no abundan en el invierno, sus dueños -venden pieles de oso negro cazado en las montañas próximas.</p> - -<p>Nos llevan al Hotel Kanaya, el alojamiento más importante, compuesto de -numerosos edificios y un vasto jardín, especie de pueblo aparte dentro -de Niko. Estos edificios son en su parte baja iguales á los grandes -hoteles de Occidente. Su dueño actual, último representante de una -dinastía de Kanayas que empezaron siendo guías de la Montaña Sagrada, -muestra orgulloso un álbum con las firmas del heredero de la corona de -Inglaterra y otros visitantes célebres del Japón que vinieron á alojarse -en su establecimiento. Los pisos superiores tienen las comodidades -europeas; pero una parte del mueblaje, la disposición de las -habitaciones y su servidumbre puramente nipona hacen recordar al viajero -que se halla en el centro de una isla del Extremo Oriente.</p> - -<p>Acompañando á una señora vuelvo al pueblecito de Niko, para lo cual -descendemos á pie la suave colina ocupada por el «Kanaya Hotel». Son las -diez de la noche, ya están cerradas las tiendas, pero un guía nos habla -de cierto almacén de antigüedades abierto hasta después de media noche -para que los viajeros puedan dedicar en absoluto el día siguiente á la -visita de los mausoleos. Marchamos por caminos desconocidos, en la -penumbra azul de una noche suavemente iluminada por un cuarto de luna. -Esta luz sólo se esparce por la parte alta del paisaje. Abajo se -extienden murallas de compacta sombra, las arboledas centenarias de la -Montaña Sagrada, que llegan hasta aquí.</p> - -<p>Vemos entre las dos masas negras una especie de nube blanca é inmóvil. -Es una cumbre nevada, que brilla como si fuese de plata en el misterio -de la noche.<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250">{250}</a></span> Sobre esta cúspide parpadean las estrellas. Canta el agua -por todas partes. El recuerdo de Niko queda en la memoria acompañado de -una orquesta rumorosa de arroyos temblones.</p> - -<p>Avanzamos entre dos filas de árboles gigantescos, por la orilla de un -río que salta sobre su cauce de piedras en continuas cascadas. Los -fulgores perdidos de las estrellas hacen brillar estas caídas líquidas -con azuladas fosforescencias. A las voces graves del agua glacial -desplomándose en grandes masas vienen á unirse los gorgoritos femeninos -de las fuentes salidas de las peñas y los vagidos infantiles de ocultos -arroyuelos deslizándose bajo el musgo en delgadas láminas. La Montaña -Sagrada guarda invisible entre los bosques de su cumbre un gran lago que -deja caer sus excedentes hacia el valle. Este rezumamiento la cubre con -regio manto vegetal y la arrulla al mismo tiempo con el poético murmullo -del agua corriente.</p> - -<p>Canta la Sagrada Montaña en el misterio de la noche, canta en la -penumbra verdosa del día, cuando el sol apenas logra deslizar algunas -flechas entre el follaje de sus cedros. Un coro de mil voces líquidas -acompaña en sordina los gorjeos de los pájaros de sus espesuras.</p> - -<p>La noche es fría, pero con un frío que puede llamarse japonés. No -anonada, como el de otros países, ni impulsa á refugiarse bajo un techo. -En plena noche hace sentir el deseo de caminar. Es un frío que excita la -actividad y pica la epidermis con dulces cosquilleos. La temperatura del -Japón resulta inexplicable para el recién llegado. El país está lejos -del Trópico, en una latitud igual á la de muchas tierras que sufren -rudos inviernos; hay nieve, se hiela el agua durante la noche, y sin -embargo, el bambú alcanza proporciones enormes y crecen árboles y -arbustos de los países cálidos.<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251">{251}</a></span></p> - -<p>Los hombres muestran igual contradicción, entre su modo de vivir y los -rigores de la temperatura que los rodea. El agricultor japonés va medio -desnudo en invierno. Algunas veces trabaja en los campos ó tira de una -carreta en los caminos, sin más vestidura que un sombrero y un vendaje -que pasa bajo su vientre, como una concesión á la decencia, haciendo las -veces de hoja de parra. Los niños, al ir á la escuela, sólo llevan un -kimono delgadísimo de cretona negra á redondeles blancos. Las piernas -desnudas que asoman por debajo de él son coriáceas y azuladas por el -frío. Acostumbrado el japonés desde pequeño á la ablución glacial y la -ropa ligera, apenas conoce el tormento de las temperaturas bajas. Todo -su cuerpo, hasta en las partes más delicadas y secretas, tiene la misma -curtimbre que la epidermis de nuestro rostro. En los japoneses que no -han copiado aún el traje occidental, «todo es cara», desde la frente á -las puntas de los pies.</p> - -<p>Marchamos por este camino solitario, en las afueras de una población que -no conocemos, y sólo de tarde en tarde se desliza junto á nosotros algún -varón con kimono y peinado antiguo, que parece escapado de una vieja -estampa japonesa. Y sin embargo, no sentimos inquietud. La Sagrada -Montaña, con su arboleda rumorosa de tres siglos y su coro interminable -de voces acuáticas, da una sensación de paz mística, de inocente -seguridad. Parece imposible que pueda existir aquí la violencia.</p> - -<p>Una fila de casitas de madera y lienzo empieza á extenderse ante el río. -El guía llama á una de ellas, cuyas ventanas de papel transparentan la -luz interior. Se corre el biombo de la puerta y subimos los peldaños que -conducen á la plataforma, sobre la cual está asentado todo edificio -japonés. Como este almacén recibe muchas visitas de occidentales, no hay -que despojarse del calzado<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252">{252}</a></span> al entrar en él. Su dueño ha tendido sobre -la esterilla de paja tradicional que cubre la tablazón del suelo ricos -tapices de la China y la India, para que no contaminen aquélla nuestros -zapatos.</p> - -<p>Permanecemos hasta media noche viendo las cosas preciosas que estos -mercaderes corteses, bien hablados y abundosos en saludos, sacan de -grandes cofres que esparcen un viejo olor de sándalo. Sobre los muebles -se forman pilas de kimonos con todos los colores del iris, bordados de -animales y flores fantásticas. Unas linternas de papel iluminan con -suave luz las diversas habitaciones de esta tienda. La calma de la noche -con su rumoroso cortejo de cascadas y arroyos penetra en el cerrado -edificio á través de las paredes. El suelo de madera tiembla y se queja -bajo nuestros pasos.</p> - -<p>—Aún tengo algo mejor—dice el dueño en inglés, haciendo nuevas -reverencias.</p> - -<p>Y extrae de cualquier rincón una vestidura maravillosa, mostrándola con -sonrisa tentadora á la dama que ha llegado en plena noche para comprar.</p> - -<p>Como yo no he de adquirir ninguna de estas prendas femeninas, la dueña -del establecimiento cuida de mí, con el extremado interés de la cortesía -japonesa.</p> - -<p>Me ha hecho sentar sobre dos cojines en la esterilla doméstica, junto á -un brasero de bronce sostenido por tres dragones, cuyas brasas esparcen -dulce calor. Habla continuamente, mostrando su dentadura chapada de oro. -No entiendo sus palabras, pero adivino por su gesto que son hiperbólicas -expresiones de modestia y gratitud porque me digno honrar su vivienda -con mi visita; las mismas que dice á todos los occidentales, con una -sinceridad y una sonrisa que obligan á creer en ellas.</p> - -<p>Transcurre el tiempo, y como la burguesa nipona ya<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253">{253}</a></span> no sabe qué decir, -vuelve á llenar una pequeña pipa, cuyo contenido consume en pocas -chupadas, y repite varias veces la operación, dando golpes en el borde -del brasero para expeler las cenizas.</p> - -<p>Un choque incesante de tabletas de madera se une á los rumores de la -noche. Viene de lejos; pasa junto á la casa, por el otro lado de los -tabiques de lienzo, madera y papel; se va perdiendo al sumirse en la -lejanía nocturna. La tendera adivina mi curiosidad con sus ojillos -ágiles y pide al guía que traduzca sus explicaciones. Es un vigilante -nocturno el que acaba de pasar. En el Japón Central, lejos de las -ciudades modernizadas de la costa, las gentes conservan aún muchas -costumbres antiguas, y una de ellas es que el sereno anuncie su paso -chocando dos tabletas que lleva en su diestra, á guisa de castañuelas. -Así hace saber su presencia á los vecinos que aún están despiertos, pero -avisa igualmente á los malhechores para que escapen.</p> - -<p>A la mañana siguiente veo cómo la puerta de mi habitación, que he -cerrado por dentro antes de acostarme, se va abriendo con suave -facilidad. Una criadita nipona, que por su estatura parece de ocho años -y tiene cara y gestos de mujer, entra con trotecito ratonil.</p> - -<p>—¡<i>O hayo</i>!—dice la muñeca, sonriendo al notar mi confusión de -durmiente bruscamente despertado.</p> - -<p>Luego descorre los cortinajes enormes que cubren dos muros enteros de mi -cuarto, y me doy cuenta de que éste es en realidad una especie de -mirador ó galería encristalada. Sólo unos visillos en la parte baja de -los vidrios impiden que me vean los huéspedes de las otras habitaciones. -Por la parte superior alcanzan los ojos gran parte de los tejados del -hotel y las frondosas copas de los criptomerios que lo rodean.</p> - -<p>Lo primero que entra por los vidrios empañados es<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254">{254}</a></span> el canto general del -agua. Ha llovido durante la noche. Los techos brillan como si fuesen de -laca, las hojas de los árboles sacuden sus últimas gotas.</p> - -<p>En los hoteles japoneses, si no se da orden en contrario, las ágiles y -sonrientes criaditas se presentan poco después de amanecer para servir -una taza de té al viajero todavía en la cama. Veo entrar pasados algunos -minutos á un mozo con un cubo de carbón y gruesos guantes de lana -blanca, que carga la chimenea y le prende fuego, servicio oportuno, pues -las dos vidrieras enormes, al mismo tiempo que me permiten ver el -paisaje desde el lecho, dejan penetrar el frío agudo del alba. Ha -empezado ya el movimiento en el hotel. Las japonesitas entran y salen -para efectuar la limpieza de la habitación, repitiendo cada una al -presentarse el mismo saludo sonriente: «¡<i>O hayo</i>!» (¡Buenos días!).</p> - -<p>Ninguna de ellas se asusta de que el huésped baje de la cama ligero de -ropas y proceda en su presencia á los actos de la higiene matinal. El -pudor de la japonesa no ve en esto nada extraordinario.</p> - -<p>Poco tiempo después emprendo mi peregrinación á la Montaña Sagrada.</p> - -<p>Un río, el mismo que seguí anoche sin verlo, separa á ésta del pueblo de -Niko. En la penumbra azul de las primeras horas diurnas suenan ahora las -voces de sus frías cascadas más alegremente y con menos misterio, -elevándose sobre cada una de ellas columnas de vapor blanco.</p> - -<p>Dos puentes arqueados se tienden de orilla á orilla. El mayor es de -piedra, y fué construído para que las muchedumbres devotas pudiesen -llegar á la Santa Montaña en sus peregrinaciones. El otro es el Puente -Sagrado, y sólo lo pisa el emperador. Tiene adornos de bronce color de -oro y el rojo brillante de su laca parece absorber la luz.<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255">{255}</a></span></p> - -<p>Hace muchos siglos, cuando la Santa Montaña era un lugar abrupto donde -vivían dedicados á la meditación numerosos ascetas, llegó á orillas de -este río un sacerdote budista de grandes virtudes, ansioso de quedarse -para siempre en tal desierto. El río le cortó el paso, y al lamentar á -gritos la presencia de este obstáculo que no le permitía recogerse en el -santo lugar, surgió de la arboleda inmediata una enorme serpiente roja, -y tendiéndose entre las dos orillas se arqueó en la misma forma de los -puentes japoneses para que el sagrado personaje pasase sobre su lomo. Al -pisar la ribera opuesta volvió el bonzo sus ojos para dar gracias al -monstruo benéfico, pero éste acababa de disolverse hecho humo.</p> - -<p>En memoria de tal prodigio construyeron los emperadores el Puente -Sagrado, cuyo color y arqueamiento recuerdan á la serpiente roja. Por -aquí pasaban los antiguos Mikados en sus procesiones á la Montaña -Sagrada, precedidos de una escolta de guerreros de dos sables, que -hacían volar las cabezas de los imprudentes cuando no se echaban de -bruces en el suelo y pretendían ver al nieto de los dioses.</p> - -<p>Me entretengo en examinar el puente, laqueado y dorado como un mueble -japonés. Dos fuertes estribos de granito surgiendo de las entrañas -espumosas del río afirman la estabilidad de este viaducto elegante, tan -frágil en apariencia que parece va á mecerlo el viento como una hamaca -de curva invertida.</p> - -<p>Se acerca á mí un fotógrafo que va con kimono negro y ha abrigado su -máquina, de una lluvia finísima, bajo enorme paraguas de papel. Pasa el -día junto al puente rojo retratando á los compatriotas que llegan de -todo el archipiélago para conocer la Montaña Sagrada. «Quien no ha visto -Niko—dice un refrán japonés—, que no use la palabra «maravilla».<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256">{256}</a></span></p> - -<p>Varios niños con kimono á redondeles y las piernas lívidas de frío pasan -hacia una escuela inmediata. Al ver que el fotógrafo se dispone á -trabajar, hacen alto, me sonríen con sus caras de luna llena, contraen -los ojitos oblicuos, hasta no ser éstos mas que delgadas rayas, y se van -aproximando poco á poco, humildes y suplicantes. Desean retratarse -conmigo. Nunca verán la fotografía, pero les parece algo extraordinario, -que los coloca por encima de todos sus camaradas, alinearse ante un -aparato fotográfico al lado de un occidental.</p> - -<p>Mientras los más tímidos miran á distancia, tres de ellos se colocan á -mi lado, esperando con una tiesura militar el término de la importante -operación.</p> - -<p>Más allá del puente de los peregrinos empieza á desarrollarse la -incomparable majestad vegetal de la Montaña Sagrada. Los árboles se -apoyan unos en otros, como si fuesen arbustos, escalando la atmósfera -tumultuosamente para buscar el aire libre y la luz.</p> - -<p>No sé cómo será en verano este paisaje santo, cuando llegan las grandes -peregrinaciones y se desarrolla una larguísima procesión en honor de los -Shogunes. Durante los meses del invierno, el sol únicamente consigue -tocar el suelo de las avenidas más amplias. En el resto de la Selva -Sagrada se pierden sus rayos entre el ramaje eternamente fresco de una -arboleda que cuenta varios siglos, mucho más vieja que los criptomerios -tricentenarios del camino que conduce á Niko.</p> - -<p>Se avanza por las sendas laterales bajo una luz verdosa igual á la de -los fondos submarinos. Las ramas forman cúpula, y solamente en algunos -espacios más abiertos se puede ver el cielo como si se contemplase desde -el fondo de un pozo.</p> - -<p>Los cedros japoneses, altos y rectilíneos, parecen obeliscos. Son -iguales á las columnas de las portadas sacras<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257">{257}</a></span> llamadas <i>toris</i>. Al -avanzar por las suaves pendientes se van columbrando los esplendores que -la religiosidad acumuló en este lugar. Asoma entre el ramaje la punta de -una torre formada por varias pequeñas pagodas superpuestas; más allá un -grupo de linternas de granito cubiertas de musgo ó una imagen solitaria -de Buda con una aureola á su espalda en forma de almendra, que parece el -respaldo de un sillón.</p> - -<p>En esta selva siempre húmeda, las dos notas repetidas incesantemente son -el canto del agua y el verde aterciopelamiento del musgo que cubre las -piedras, los troncos de los árboles, las bases graníticas de las -pagodas, los patios enlosados, los pavimentos de los caminos, los -peldaños de las escalinatas. Este paño vegetal, tejido por el tiempo y -la humedad, lo invade todo sin obstáculos. Los bonzos guardadores de la -Montaña Sagrada lo respetan como si fuese algo litúrgico, y ayudan á su -conservación, limpiándolo de insectos, rastrillándolo, como un jardinero -inglés puede cuidar el césped de su parque.</p> - -<p>Antes de llegar al mausoleo en memoria de Yeyasu, compuesto de diversos -templos escalonados en mesetas, hay algunos santuarios que son como -avanzadas de las construcciones ocultas más arriba, entre los cedros. -Estos primeros templos serían admirables en otro lugar; aquí resultan -secundarios y pobres. Oímos los cánticos y los repiques de timbal de los -bonzos que oran en su interior; pero, siguiendo los consejos del guía, -continuamos adelante.</p> - -<p>Al lado del camino hay pinos y cedros enanos, que dan sombra á pequeñas -imágenes de Buda ó de la diosa de la Misericordia, la Kuanon japonesa, -que equivale á la Avaló-Kistesvara de los indostánicos.</p> - -<p>Estos pequeños arbustos tienen en sus ramas unos<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258">{258}</a></span> papelitos de arroz, -hábilmente plegado, como las papillotas con que en otros tiempos -preparaban las mujeres los rizos de su peinado. Todos ellos contienen -peticiones á la divinidad. Mis acompañantes afirman que los más son de -muchachas que escriben en ellos su nombre y su dirección, pidiendo á los -dioses un buen marido.</p> - -<p>De este modo, los tímidos ó los que no tienen padres que les busquen -esposa pueden saber quiénes son las <i>musmés</i> que ansían casarse, y el -arbusto sagrado sirve de agente matrimonial.<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259">{259}</a></span></p> - -<h2><a name="XX" id="XX"></a>XX<br /><br /> -LA SELVA DE LAS PAGODAS DE ORO</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">El mausoleo del Shogun Yeyasu.—La Puerta del Día.—Los gestos de -los Tres Monos.—Oro, oro, siempre oro.—Los dos sargentos -japoneses.—El templo carcomido y sus bonzos pobres.—Ceremonia -sintoísta en la soledad de la selva.—La sacerdotisa de sotana roja -baila «El camino de los Dioses».—Me pierdo en las espesuras de la -Santa Montaña.—«¡Arigató!»—Lucha de cortesías con un japonés.</p></div> - -<p>Dos divinidades horribles, iguales á las de Kamakura, guardan la portada -del mausoleo de Yeyasu; dos figurones, uno rojo y otro azul, con rostros -aterrorizantes, que son los dioses del Viento y del Trueno. Pero aquí la -puerta llamada de los Elementos no se abre en el vacío. Da entrada á un -recinto cercado de santuarios, con filas de <i>toros</i>, que ya no son de -granito, sino de bronce, prodigiosamente cincelados y vaciados.</p> - -<p>Necesito hacer una advertencia para que el lector se imagine más ó menos -aproximadamente este famoso monumento japonés. Sus templos no son de -gran altura. En todo el Extremo Oriente, los edificios religiosos, así -como los palacios, constan de un solo piso. Ninguno alcanza la altitud -de las construcciones de Europa, hechas de piedra, y menos de las -audaces torres de acero y cemento de la arquitectura norteamericana. Los -materiales de construcción empleados en estas pagodas fueron el<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260">{260}</a></span> granito -como simple basamento, que apenas se eleva medio metro sobre el suelo, y -después la madera. Hasta las columnas policromas son en su interior -troncos de árbol perfectamente redondos. Pero la madera está trabajada -hasta parecer una celosía ligerísima, casi un encaje, ó tiene cubierta -la superficie de sus planos con lacas multicolores y mucho oro.</p> - -<p>El aspecto de los templos de la Montaña Sagrada puede ser condensado en -una breve enumeración descriptiva: columnas y muros de laca roja -obscura, un rojo de sangre cuajada; figuras policromas, verdes, azules, -rosadas, y sobre todo esto, oro, oro, oro, oro... Cuantas gradaciones de -color puede tener el precioso metal se hallan aquí, en los templos -elevados por el entusiasmo y la gratitud de todo un pueblo. Hay oros -verdes, rojos, limón, rosa y bronce, pero con una densidad y una fijeza -que desafía el roimiento de los años.</p> - -<p>El budismo y el sintoísmo, confundidos en la Sagrada Montaña, dejan -perplejo al visitante sobre el carácter de cada templo. En ninguno de -ellos hay imágenes corpóreas. Los muros, todos de oro, tienen flores ó -animales fantásticos, graciosamente contorneados sobre este fondo -brillante por un pincel ligero, mojado en bermellón, violeta ó azul.</p> - -<p>En todas las pagodas nos salen al paso bonzos vestidos de verde y de -blanco para ofrecernos papeles de arroz con imágenes é inscripciones -ininteligibles. Veo junto á las puertas de los templos grandes vasijas -de bronce llenas de agua. Sirven para las necesidades del culto y para -los incendios. En Niko, el agua de estos vasos enormes y cincelados -tiene en esta mañana fría una gruesa lámina de hielo, que se ha -desprendido de la pared metálica, y flota, guardando la forma redonda -del recipiente.<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261">{261}</a></span></p> - -<p>Ascendemos por una escalinata de granito á la segunda meseta. Se entra -en ella á través de la llamada Puerta del Día, obra famosa en todo el -Japón, que puede considerarse como lo mejor de la Montaña Sagrada.</p> - -<p>Según las tradiciones, seiscientos escultores trabajaron en ella durante -diez y seis años. No asombra por su grandeza; lo extraordinario es la -abundancia y prolijidad de sus detalles escultóricos. Un mundo de -pequeñas figuras, agrupadas en múltiples escenas, cubre pilastras, -capiteles y cornisas, siendo todas ellas policromas, y conservando una -frescura luminosa, como si las hubiesen pintado días antes.</p> - -<p>Detrás de la Puerta del Día se encuentran los templos más renombrados. -El de los Monos es célebre por tres animales de esta especie que figuran -en su frontón. Uno se tapa los oídos, otro los ojos, y el tercero hace -un ademán de silencio, indicando con tales posturas que no debemos -escuchar, ver ni hablar cosas que propaguen el mal. Un templo inmediato, -el de los Elefantes, está adornado con imágenes de estos animales, y los -hay también que glorifican á otras bestias. Todo en ellos es de colores -brillantes, frescos, con el charolado luminoso de la laca. Tienen estas -construcciones algo de pueril, de fiesta de muñecas; parecen en el -primer momento frívolos y frágiles, pero seducen luego con la atracción -exótica é irresistible que ejerce el arte japonés.</p> - -<p>Estas mesetas bordeadas de templos son tan extensas que sólo se hallan -pavimentadas en su parte central con baldosas de granito, quedando el -resto bajo una capa de piedras sueltas. En los bordes de dichos caminos -se alinean los <i>toros</i> de roca ó de bronce, unas veces en fila simple, -otras en hilera doble.</p> - -<p>Todavía se sube por escalinatas de piedra á una tercera y una cuarta -explanada, igualmente cubiertas de<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262">{262}</a></span> templos, y en el fondo de la última -se alza la más grande de las pagodas, el «Esplendor de Oriente», sin -ninguna imagen divina. Sólo tiene una mesa para las ofrendas á los -Antepasados, pero toda ella es de oro... ¡Siempre el oro!</p> - -<p>Una estrecha escalera de granito se aparta de estos recintos suntuosos -para remontarse á través de la vegetación. En la cumbre, al final de -ella, hay otro templo, y detrás un corte vertical de la roca con una -puerta de bronce que no se abre nunca. Al otro lado de esta lámina -metálica es donde reposa simplemente dentro de una caverna el hombre -amarillo en cuyo honor se han acumulado abajo tantas magnificencias.</p> - -<p>Paralelo á este mausoleo existe en la misma ladera de la montaña una -segunda aglomeración de templos en honor de Yemitsu. Son no menos -brillantes y bien conservados que los del primer Shogun, pero la tumba -de éste atrae con preferencia á los visitantes.</p> - -<p>Fatigados del esplendor de tanto oro, de la artística fragilidad de unas -paredes tan primorosamente talladas que parece van á temblar al menor -soplo del viento cual si fuesen de telarañas, sentimos un vivo deseo de -perdernos en las revueltas de la selva. Seguimos una avenida solitaria, -en la que trabajan algunos barrenderos vestidos de kimono. Todos mueven -á un tiempo, con militar precisión, sus escobas de ramaje, amontonando -las hojas secas. El sol está muy alto, y únicamente á esta hora casi -meridiana consigue pasar como una lluvia finísima entre el follaje de -los criptomerios seculares.</p> - -<p>En esta avenida, otro fotógrafo, vestido igualmente de kimono y con un -paraguas de papel sobre su máquina, se prepara á retratar á dos -sargentos. Son unos mocetones vigorosos, de estatura mediocre en otros -países, mas aquí extraordinariamente aventajada dentro de un<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263">{263}</a></span> ejército -de soldados bravos pero chiquitines. Al ver que nos fijamos en sus -personas, sonríen cortésmente, y no pudiendo ofrecernos otra cosa, nos -invitan á que nos retratemos con ellos.</p> - -<p>El fotógrafo se ve obligado á exigirles que se pongan serios. Ríen como -niños, pareciéndoles aventura muy graciosa fotografiarse con una señora -rubia y dos hombres blancos. Han venido sin duda de alguna guarnición -lejana, aprovechando una licencia, para conocer las maravillas de Niko. -Cuando abandonen el ejército y vuelvan á sus campos se acordarán siempre -de esta peregrinación y de los tres occidentales sin nombre que -conocieron unos minutos nada más y han quedado para siempre con ellos en -la misma fotografía.</p> - -<p>Repetidas veces volvemos á encontrarlos en el curso de la mañana al -pasear por la selva. Como existe entre nosotros el obstáculo del idioma, -se limitan á enseñarnos los dientes, con pequeños rugidos de amistad, y -siguen adelante.</p> - -<p>Observo lo que hacen estos modestos representantes del Japón moderno, -que copió del mundo occidental todas las perfecciones tácticas y -mecánicas para hacer la guerra y difundir la muerte. Van de una pagoda á -otra, con el deseo de no marcharse sin haberlas visitado todas. Quedan -erguidos un momento al pie de cada escalinata; se llevan una mano á la -visera de su gorra; luego se quitan los pesados zapatos de ordenanza y -penetran respetuosamente en el templo, no sin haber tirado antes la -cuerda del pequeño esquilón que hay en la portada para avisar á los -dioses su visita. Si no encuentran campana, dan dos palmadas y entran, -para volver á salir momentos después.</p> - -<p>Yo creo que no se enteran de si el santuario es budista ó sintoísta. -Para ellos resulta lo mismo. Si en la<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264">{264}</a></span> Sagrada Montaña hubiese capillas -cristianas, las visitarían seguramente con la misma tranquilidad -respetuosa. Les basta que cada edificio sea un lugar frecuentado por las -gentes desde hace siglos y permitido por el Mikado. No necesitan más -para adorar al habitante invisible de la santa construcción.</p> - -<p>Mis compañeros regresan al hotel y yo marcho solo por los caminos verdes -y rumorosos. El sol dora sus cimas, mientras abajo persiste la luz -vagorosa y suave, de profundidad acuática. Siguiendo las inquietas -siluetas de dos venados juguetones salidos de la espesura, que trotan -sin miedo cerca de mí, acostumbrados al respeto de los transeuntes, -desemboco de pronto en una explanada silenciosa.</p> - -<p>Debe ser uno de los lugares menos frecuentados de la selva. Estoy, sin -embargo, cerca de la gran avenida que conduce al mausoleo de Yeyasu. -Sobre las copas de los árboles veo asomar la flecha terminal de una -torre que un rico samurai elevó en honor del gran Shogun. Más bien que -torre, es una superposición de cinco pagodas de laca roja, montadas una -sobre otra y cada vez más pequeñas. Sus aleros salientes, encorvados en -las puntas, forman una escalinata aérea.</p> - -<p>En esta explanada de poco tránsito veo un templo enorme de madera, mal -cuidado, que me atrae con la seducción de las cosas viejas, cuya -decrepitud revela un pasado glorioso. Aquí los oros y las lacas ya no -brillan. En algunas columnas la costra coloreada y luminosa se ha -desprendido, viéndose la rugosidad obscura de su madera interior.</p> - -<p>Junto al templo hay una barraca que sirve de boncería. Unos sacerdotes -jóvenes, con perfil agudo de fanático, se meten en la casa, sorprendidos -y molestados por la inesperada presencia de un occidental.<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265">{265}</a></span></p> - -<p>Adivino que estoy ante un verdadero templo de la Sagrada Montaña, al -margen de la gran corriente de viajeros que la visita. Estos bonzos -tienen un aspecto menos cortés y sonriente que los otros instalados en -los santuarios del doble mausoleo de los Shogunes. Parecen muy pobres y -ásperamente altivos. Deben odiar al extranjero, y no tenderán la mano, -como los sacerdotes de arriba, para mostrar su pagoda.</p> - -<p>Se abren las hojas de papel de una ventana y veo un rostro femenino: una -mujer carillena, con grietas concéntricas en torno á los ojos y la boca. -Pero estos ojos, grandes, expresivos, casi horizontales, no parecen de -japonesa. Su rostro me hace pensar en una manzana inverniza, gorda, -obscurecida por el tiempo y de piel arrugada. Como es hembra sonríe, -hasta para expresar sorpresa ó molestia. Lleva los dientes cubiertos de -oro, pero sin duda masca betel, y éste ha obscurecido el metal, dándole -la opacidad del cobre.</p> - -<p>Me paseo en la explanada, fingiendo interés por los árboles que la -bordean. Subo la escalinata del templo, pero no me atrevo á pisar su -último peldaño, en el que se apoyan los troncos-columnas sostenedores de -la techumbre. Todo su interior queda visible. Sólo hay en él algunos -biombos blancos con inscripciones niponas y una mesa dorada en el -centro, que guarda ciertos objetos dedicados indudablemente al culto.</p> - -<p>Vuelvo á descender y continúo mis lentos paseos. Me avisa un instinto -obscuro que debo permanecer aquí, en espera de algo extraordinario. -Adivino entre las hojas entornadas de las ventanas de papel ojos que me -espían con la esperanza de verme lejos. Transcurre el tiempo, y al fin -aparece en el interior del santuario una especie de insecto enorme, -blanco de cuerpo, las alas verdes y la cabeza negra. Es un bonzo, que -acaba de llegar por<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266">{266}</a></span> una galería cubierta que une la casa de los -sacerdotes con el templo.</p> - -<p>Va de un lado á otro, como un sacristán que prepara lo necesario para -una ceremonia litúrgica. Luego resuena un golpe metálico de <i>gong</i>. Es -la campana anunciando los oficios á una concurrencia de fieles que no ha -de llegar nunca; pero el llamamiento se repite todos los días por -exigencia ritual, excitando el canto de los pájaros en la arboleda -inmediata, atrayendo la inocente curiosidad de los ciervos de la selva.</p> - -<p>Adivino la indignación que provoca mi persona. Me han visto llegar en el -momento preciso de su ceremonia. Tal vez la han retrasado para librarse -de mi odiosa presencia. Convencidos de mi tenacidad toman la resolución -de ignorarme, y á partir de tal momento me reconozco inferior á ellos. -No existo. Estos sacerdotes repiten sus palabras y ademanes de todos los -días convencidos de que solamente tienen á sus espaldas la arboleda, con -sus enjambres de pájaros y sus cuadrúpedos dulces.</p> - -<p>Se repite el golpe de <i>gong</i>. Dos bonzos entran en la pagoda, abierta -por ambos frentes, y á través de cuyas columnas pasa la brisa de la -selva esparciendo rumores de actividad alada y perfumes vegetales.</p> - -<p>Llevan una vestidura blanca, semejante al alba de los sacerdotes -católicos; encima una dalmática verde de mangas cuadradas, y en la -cabeza un gorrito negro de dos puntas, en forma de tejadillo, con una -borla en su frente, igual al antiguo gorro de cuartel de los militares. -Se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas, á un lado de la mesa -que hace veces de altar.</p> - -<p>Aprovechando el ambiente de indiferencia que me envuelve, empiezo á -subir con paso lento y manso la sagrada escalinata, pero de pronto -experimento una gran sorpresa. La mujer que me miró por la ventana -entra<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267">{267}</a></span> en el templo, vestida de un modo extraordinario, como sacerdotisa -que va á tomar parte en la ceremonia. Lleva una sotana roja, idéntica á -la de los monaguillos en nuestras catedrales, y encima un roquete blanco -y rizado, que también recuerda el de los pequeños servidores del culto -católico. Lo exótico de su indumentaria está en la cabeza. Sobre su -brillante peinado japonés, esta cincuentona sacerdotal ostenta un lazo -enorme, como el que usan las alsacianas, pero enteramente blanco. Además -lleva al hombro un bastón del que penden numerosas tiras de papel: algo -semejante á los espantamoscas de fabricación casera.</p> - -<p>La ingrata no me mira, no sonríe, me ignora completamente, como los -hostiles sacerdotes. Se sienta en el suelo frente á la mesa, de espaldas -á mí, que me he inmovilizado en el penúltimo escalón. Al borde del -siguiente empieza la esterilla fina del templo, que sólo puede pisarse -con los pies descalzos, como los llevan los dos oficiantes y la mujer de -la sotana roja.</p> - -<p>El más viejo de los bonzos usa anteojos enormes, es de nariz aguileña, y -tiene cierta semejanza con muchos sacerdotes europeos. Posee la misma -expresión de fe religiosa, áspera é intransigente, idéntica delgadez -ascética, de mejillas hundidas y afilada nariz, que se observan en los -retratos de algunos monjes célebres. Sostiene con su diestra una paleta -de madera algo encorvada, que por su forma y su tamaño parece un -calzador para hombres de triple tamaño natural. Debe ser la insignia -litúrgica del primer oficiante. El segundo sacerdote, mucho más joven, -romo y con pómulos salientes, recita una oración larguísima.</p> - -<p>De pronto la interrumpe para incorporarse sobre las plantas de sus pies. -Luego marcha en cuclillas, casi arrastrando sus posaderas por el suelo, -y desaparece<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268">{268}</a></span> detrás de un biombo. Inmediatamente torna á presentarse -llevando una especie de frutero dorado, que coloca en la mesa. Vuelve á -su recitación y á marchar del mismo modo, rasando el suelo, y trae un -segundo plato en forma de copa, para dejarlo sobre el altar. Por tres -veces realiza dicho viaje, depositando sus ofrendas en honor de los -Antepasados.</p> - -<p>Me doy cuenta de que estoy presenciando una ceremonia del culto -sintoísta en toda su pureza, como no puede verse en ninguna ciudad, sin -público alguno, dirigiéndose los sacerdotes á las sombras augustas de -los dos Shogunes en honor de los cuales se elevó este templo hace -siglos. Los tres platos-copas deben contener arroz, <i>saké</i> y tal vez -perfumes.</p> - -<p>Cuando termina el ofertorio, el sacerdote principal guarda su paleta en -la faja y saca de ésta una especie de abanico de madera, que es en -realidad una sucesión de tabletas unidas por hilos, como una pequeña -persiana. Las láminas de sándalo están escritas, y el sacerdote empieza -á leer en voz alta el libro sagrado. Al terminar su lectura se abre un -larguísimo silencio, en el que suenan más fuertes los chillidos de los -pájaros. Se persiguen por el interior del templo ó revolotean bajo sus -aleros, familiarizados con una ceremonia que se repite todos los días.</p> - -<p>Tuerzo un momento la cabeza, adivinando una presencia extraordinaria -abajo, en la explanada. Son los dos ciervos, que han vuelto, y -aprovechando la quietud de este terreno despejado, se persiguen -juguetones, y alzándose sobre las patas traseras, restriegan sus -cornudas frentes.</p> - -<p>La sacerdotisa se ha mantenido inmóvil durante el largo ofertorio. Me -hace recordar á Parsifal, el héroe de Wágner, cuando permanece más de -medio acto de es<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269">{269}</a></span>paldas al público, presenciando la lenta ceremonia del -Santo Graal. Calla el sacerdote orante, se guarda en la faja el -libro-persiana, y suena á continuación un sordo y lejanísimo trueno.</p> - -<p>Ha empezado el otro bonzo á golpear con ambas manos un timbal que yo no -había visto. Presiento que va á desarrollarse lo mejor de la ceremonia. -La sacerdotisa de la sotana roja se levanta del suelo, lentamente, con -un movimiento ondulatorio, lo mismo que las cobras surgen del -enrollamiento de su cuerpo, balanceando la cabeza al compás de la flauta -del encantador. Ya está de pie y empieza á dar vueltas por la pagoda, -siguiendo el ritmo del monótono tamborileo.</p> - -<p>Horas antes he visto arriba, en uno de los templos del Shogun, las -danzarinas sagradas, que esperan la ofrenda del viajero para bailar de -un modo automático. Ésta no pide nada, no espera nada. Ni siquiera tiene -un público, pues yo soy el único que la contempla y ella no quiere -verme. Ha sacado de entre los pliegues de su roquete blanco un abanico -de igual color, y lo mueve cadenciosamente mientras marcha á un lado y á -otro, con el rostro grave, los ojos en éxtasis, y estremecidos sus pies -de ligereza infantil.</p> - -<p>Esta danza en honor de los Antepasados debe guardar una significación -simbólica que yo no comprendo. Luego creo adivinarla al oir cómo acelera -sus redobles el timbal, imitando el trote de un caballo, la marcha -ordenada de una hueste, algo que significa camino y viaje. Al mismo -tiempo, la boncesa se pone en un hombro el palo de las cintas blancas, -como si fuese un bastón de viajero, y mueve el brazo izquierdo, -acompañando sus pasos largos, lo mismo que si emprendiese un avance de -horas, de años, de siglos. Esta danza debe expresar «El camino de los -Dioses», base de la religión sintoísta,<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270">{270}</a></span> el sendero más allá de la tumba -que sigue todo japonés para encontrar á su término una vida nueva de -personaje divino.</p> - -<p>Acelera sus ritmos el timbal de un modo vertiginoso, y la danzarina ya -no marcha cadenciosamente: corre, da saltos, se enardece con su propio -movimiento. El vértigo va apoderándose de ella, hasta que al fin se -desploma como un insecto rojo, abriendo sobre el suelo las alas blancas -de sus brazos. Tendida de bruces, se nota el jadear de su costillaje -dorsal, se adivina la respiración de su rostro invisible. El sacerdote -se levanta, ella hace lo mismo, repentinamente serenada, y los tres -salen en fila del templo, por el pasillo que conduce á la boncería.</p> - -<p>Quedo solo y avergonzado por esta indiferencia hostil. Ni la más leve -mirada de los seis ojos oblicuos antes de alejarse. Hasta los dos -venados han huído de la plazoleta. Creo llegado el momento de -desaparecer á mi vez, y me alejo del carcomido templo sin saber adónde -voy, siguiendo al azar todo camino que se abre ante mis pasos.</p> - -<p>Al poco tiempo me doy cuenta de que me he extraviado en la Selva -Sagrada, y no podré salir de ella sin ayuda.</p> - -<p>Encuentro pequeños santuarios, cerrados y silenciosos, que no había -visto antes. Todos los caminos parecen iguales. Sólo se diferencian por -la estabilidad de su suelo. Las avenidas anchas, á cuyo fondo desciende -el sol, son de una tierra ligeramente húmeda, en la que se puede marchar -fácilmente. Los senderos estrechos están empapados aún por la lluvia de -la noche anterior, y la tierra pegajosa forma en torno de los pies bolas -enormes de barro, patas grises de elefante.</p> - -<p>Convencido de que cada vez me extraviaré más si continúo andando, espero -junto á un Buda de piedra<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271">{271}</a></span> roída, nimbo ojival y zócalo de musgo, el -tránsito de algún japonés que se apiade de mí. En lo alto de las -murallas verdes, los rayos del sol indican que ya ha pasado el mediodía. -Pienso con envidia en mis amigos, que estarán almorzando á esta hora.</p> - -<p>Se presenta el hombre providencial: un japonés vestido á la antigua, con -kimono obscuro á redondeles blancos y zuecos en forma de banquitos.</p> - -<p>—¿Kanaya Hotel?—pregunto con telegráfica concisión para que me -entienda.</p> - -<p>Él sonríe, y con una mímica precisa me va indicando la marcha que debo -seguir: primeramente un sendero á mi izquierda, luego otro á la derecha, -hasta que llegue al río.</p> - -<p>Siento necesidad de expresarle mi agradecimiento en una forma -extraordinaria, la mejor que pueda encontrar. El desprecio con que me -trataron los bonzos me ha hecho humilde, con un encogimiento cortés de -asiático. Apoyo las manos en mis rodillas, luego me inclino como si -fuera á echarme de cabeza en el suelo, y digo por dos veces:</p> - -<p>—<i>¡Arigató! ¡arigató!</i>...</p> - -<p>Es una de las palabritas que aprendí en el buque: «¡Muchas gracias!», en -japonés.</p> - -<p>Mi salvador, sorprendido y agradablemente impresionado al oirme hablar -en su idioma, lanza una risotada que en Europa resultaría ofensiva. Pero -el japonés ríe siempre; considera el gesto triste, cuando se dirige á un -extranjero, como algo incompatible con la buena crianza. La risa -acompaña sus más diversas y contradictorias manifestaciones. Es igual al -silbido del norteamericano, que le sirve indistintamente para expresar -su entusiasmo ó su protesta. Yo he visto japoneses reir mientras me -explicaban los horrores del terremoto en Yokohama y<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272">{272}</a></span> Tokío. Pero su risa -era una cortesía, y á través de ella se dejaba adivinar la emoción -profunda del narrador.</p> - -<p>Ríe este transeunte de satisfacción, halagado en su vanidad patriótica, -porque cree encontrar un occidental que conoce su lengua. Empieza á -hablarme, mientras hace profundas reverencias, con la certeza de que -puedo entender su facundia creciente. Yo no hago otra cosa que repetir -mis doblegamientos á la japonesa y mi única palabra de gratitud. Calla -al fin, convencido de mi ignorancia, mas no por esto cesan sus -cortesías.</p> - -<p>Uno de los dos se cansa antes que el otro de encorvar su espinazo... Al -fin, me veo siguiendo la dirección indicada por él. Vuelvo mis ojos para -contemplar por última vez á este hombre de risa franca y alegría -infantil que me ha socorrido cortésmente, cuyo nombre ignoro, y al que -no volveré á ver nunca en mi existencia.</p> - -<p>Está inmóvil en medio del sendero, y al notar que le miro, se inclina -otra vez, reanudando sus ceremoniosos saludos. Yo hago lo mismo... Y -todavía cruzamos una media docena de reverencias, queriendo cada cual -ser el último.</p> - -<p>No se me ocurre sonreir, ni aun en el momento presente, al recordar tal -escena. Las cosas de nuestra vida son grotescas ó no lo son, según su -ambiente.</p> - -<p>Todas estas manifestaciones, de una buena crianza refinada hasta el -exceso, se desarrollaron en el corazón de la gran isla japonesa, en la -famosa Montaña Sagrada, en Niko la de las maravillas, teniendo por -únicos testigos árboles de trescientos años, oyendo cantar las mil voces -del agua sobre una tierra cubierta de pagodas y de musgos.<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273">{273}</a></span></p> - -<h2><a name="XXI" id="XXI"></a>XXI<br /><br /> -KIOTO LA SANTA</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">El camino de los criptomerios.—Una maravilla que va á -desaparecer.—Historia heroica de los cuarenta y siete -samurais.—Zapatillas gratuitas en el tren.—Las pagodas de -Kioto.—Cuatro cables de pelos de mujer.—Las ceremonias del culto -budista y su rara semejanza con las del culto católico.—El -tradicionalismo de Kioto.—Un perro xenófobo.—Las calles del -alegre Yosywara.—Los teatros.—Actrices-hombres.—Mi encuentro -ante un cinematógrafo.</p></div> - -<p>Salimos de Niko por el camino de los criptomerios, yendo á tomar el tren -en una estación situada á diez kilómetros. No queremos marcharnos de -este país sagrado sin recorrer la cuarta parte de un camino que no tiene -semejante en el resto de la tierra.</p> - -<p>Para prolongar el espectáculo prescindimos del automóvil que nos ofrecen -en el hotel y vamos en <i>koruma</i>. Los conductores están descansados y se -han puesto ligeros de ropa para tirar mejor, conservando únicamente la -chaqueta azul de mangas perdidas y el vendaje entre las piernas, -desnudas y musculosas.</p> - -<p>Corremos por un camino hondo, entre dos filas de obscuros obeliscos -vegetales, que casi se tocan. Un tránsito de tres siglos ha ido -profundizándolo, y por encima de nuestras cabezas vemos las tortuosas -raíces de los cedros gigantescos. El verdadero tronco empieza más -arriba. A pesar de sus proporciones extraordinarias,<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274">{274}</a></span> estos árboles -venerables tiemblan con el más leve estremecimiento atmosférico. Tienen -la inseguridad de los dientes viejos en torno á cuyas raíces se ha ido -descarnando la encía.</p> - -<p>Muchos cayeron, y hay en la doble hilera grandes claros, viéndose á -través de tales ventanas la campiña dorada por el sol de la tarde. Otros -están aún de cuerpo presente, y hay que pasar por debajo de ellos, á -causa de hallarse tendidos como una pasarela entre los dos ribazos. Nos -dicen que los derribó hace poco uno de los tifones ó tornados que -devastan todos los años el archipiélago japonés.</p> - -<p>De tarde en tarde se interrumpe el desfile de colosos vegetales, y -salimos de la penumbra vespertina que reina entre ellos. En estos -espacios libres hay aldeas con acequias surcadas por escuadrillas de -patos, vetustos santuarios de piedra rematados por tejadillos que tienen -sus angulosidades en forma de cuerno, cementerios cuyas estelas copian -la forma de los hongos.</p> - -<p>Una sensación de inseguridad y peligro nos acompaña mientras avanzamos -entre los cedros tricentenarios y sus raíces casi descuajadas. Es una -inquietud igual á la del visitante de un viejo palacio con muros -rajados, cuyos pisos tiemblan y se encorvan bajo los pasos. No obstante -tal molestia, el espectáculo majestuoso que ofrece esta arboleda secular -de cuarenta kilómetros, escalando las colinas y descendiendo á los -valles hasta perderse en el infinito, es algo extraordinario que puede -llamarse «único».</p> - -<p>Se entristece el viajero al pensar que todo esto desaparecerá dentro de -algunos años. Los cedros caen, sin que nadie los reemplace. La enorme -línea de criptomerios ya está desportillada, con numerosos vacíos, como -una dentadura vieja. Viendo los grupos de niños japo<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275">{275}</a></span>neses que se -muestran en lo alto de los ribazos y agitan una banderita de su nación, -gritándonos «¡<i>Banzai</i>!», pienso que cuando lleguen á mi edad ya no -existirá esta doble muralla vegetal, que es una de las maravillas de la -tierra. Yo no lo veré más, pero he llegado á tiempo para admirarla con -mis ojos. Los que vivan en la mitad del siglo actual sólo la conocerán -de oídas, por los recuerdos de los ancianos de entonces.</p> - -<p>Paso un día en Tokío antes de seguir mi viaje á las ciudades del Este -del Japón. Quiero visitar, por curiosidad literaria, una vieja pagoda de -sus alrededores, donde se suicidaron heroicamente los cuarenta y siete -samurais.</p> - -<p>Algunos lectores tal vez no conozcan esta historia de honor y de -heroísmo, que es para los japoneses algo así como el Romancero del Cid -para los españoles.</p> - -<p>En la primera mitad del siglo XVII, el cortesano Kotsuké, amigo del -emperador, después de haber insultado al príncipe Akao, negándose á -darle una satisfacción por las armas, consiguió, gracias á su situación -influyente de palaciego, que el Mikado condenase á muerte á este -príncipe bueno, atribuyéndole un delito del que era inocente. Cuarenta y -siete samurais, compañeros y vasallos fieles del ejecutado, juraron -vengarle á costa de la vida si era necesario, y abandonando sus casas, -sus esposas é hijos, se dedicaron á preparar y realizar tal designio con -una tenacidad inaudita, guardando su secreto durante veinte años.</p> - -<p>El traidor Kotsuké, sospechando los planes de estos hidalgos que -permanecían invisibles, pasó muchísimo tiempo inquieto y en perpetua -defensiva, rodeado de un pequeño ejército de guerreros á sueldo y -habitando siempre palacios fortificados. Pero al transcurrir veinte años -sus desconfianzas se adormecieron, dejó de creer en la<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276">{276}</a></span> existencia de -los vengadores, y una noche de invierno, cuando dormía en su palacio, ya -mal guardado, vió aparecer á los cuarenta y siete samurais en torno de -su lecho, con sus dos sables atravesados en la cintura, con sus yelmos y -corazas que imitaban hocicos de fiera y coseletes de insecto.</p> - -<p>Sin olvidar las reglas de la cortesía japonesa y con las ceremonias -propias del caso, recordaron al traidor sus crímenes y le cortaron luego -la cabeza, llevándola á la tumba de Akao, situada en la pagoda que yo -visito. Antes se cuidaron de lavarla en una pequeña fuente inmediata á -dicho templo. Los cuarenta y siete fueron después en busca de sus jueces -y éstos los condenaron á muerte, de acuerdo con la ley; pero admirando -al mismo tiempo su fidelidad, les concedieron que se matasen ellos -mismos abriéndose el vientre.</p> - -<p>Después de haberse dado el beso de despedida, tomaron asiento en las -gradas de la pagoda, cerca de la tumba de su señor, y fueron haciéndose -tranquilamente el <i>Hara-Kiri</i>. Otros samurais, compañeros de armas, les -dieron en el pescuezo el sablazo decapitante, al mismo tiempo que cada -uno de ellos se rajaba el vientre con su puñal, echando afuera las -entrañas... Y cuarenta y siete cuerpos rodaron por las gradas con los -estertores de la agonía, esparciendo una cascada de sangre.</p> - -<p>Hoy sólo resta de dicha tragedia las tumbas de sus protagonistas junto á -una pagoda de madera obscura y carcomida. Cerca de su escalinata se ve -la fuente musgosa, donde lavaron los vengadores la cabeza del traidor. -Ningún japonés introducirá en esta agua sus brazos ni sus piernas. Los -cuarenta y siete fueron declarados por el Mikado, años después, santos y -mártires, y desde entonces su historia es escuchada por todos los niños -del Japón. Muchas familias van en romería á las tum<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277">{277}</a></span>bas de estos héroes -de poema, que supieron morir en masa, con el suicidio horrible de las -antiguas gentes de honor.</p> - -<p>Paso una noche en el tren entre Tokío y Kioto. Recorro los diversos -vagones para ver cómo viajan los japoneses.</p> - -<p>Hombres y mujeres se despojan á las pocas horas de sus disfraces -occidentales y visten el kimono, librándose igualmente del calzado. Les -fatiga sentarse como nosotros. Deben sentir un cansancio semejante al -que sufren los blancos cuando las circunstancias los obligan á colocarse -en el suelo con los muslos cruzados. Todos los japoneses suben -finalmente sus piernas sobre la banqueta y se instalan como lo exige su -comodidad, ó sea poniéndolas en cruz y apoyando las posaderas en sus -talones. Así los asientos parecen estantes de vitrina con figuras de -porcelana, que mueven las cabezas siguiendo los vaivenes del tren.</p> - -<p>Todos los vagones tienen en su pasillo central unos embudos que dan -sobre la vía. Esto facilita el barrido que los empleados deben repetir -con frecuencia. Al mantener los viajeros sus pies sobre las banquetas, -poco les importa la suciedad del suelo, y éste se va cubriendo de -mondaduras de frutas y de papeles impregnados de grasa, que han servido -de envoltura á los <i>bentos</i>.</p> - -<p>En el vagón-dormitorio, apenas cierra la noche, el empleado se preocupa -de nuestros pies. Como este es un país de gran higiene «pedestre», donde -se marcha sin zapatos en todo lugar cubierto, sea templo ó simple -vivienda particular, las gentes no gustan de permanecer muchas horas con -sus extremidades calzadas. El servidor del vagón me ofrece unas -zapatillas de lana blanca, escrupulosamente limpias. Luego hace igual -regalo á los otros ocupantes del coche. La compañía del ferrocarril,<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278">{278}</a></span> al -mismo tiempo que vende una cama al viajero, le proporciona las -zapatillas.</p> - -<p>Cuando despierto, cerca de Kioto, veo la llanura dividida en campos de -arroz, pequeños y bien trabajados. El agua encharcada parece reir bajo -el sol con sus estremecimientos luminosos. Más allá, los campos son de -hortalizas, pero siempre en reducidas parcelas, alineadas y cuidadas -como un jardín. Es una agricultura meticulosa que puede llamarse de -miniatura. Se abren en el horizonte las copas azules de varios lagos -entre colinas cubiertas de bosquecillos. Todo es pequeño, gracioso, -frágil, y sin embargo, revela una observación de siglos, una voluntad -tenaz, para conseguir que el suelo dé los mayores rendimientos.</p> - -<p>Visitamos las grandes pagodas en nuestras primeras correrías por Kioto.</p> - -<p>Esta ciudad es la capital del budismo en el Japón, y tal vez ninguna del -Extremo Oriente siente como ella la influencia de dicho culto religioso. -Debo añadir que las doctrinas del dulce Gautama fueron modificadas por -los bonzos, desfigurándose hasta el punto de no guardar mas que un -ligero recuerdo de sus principios originales.</p> - -<p>Dentro de Kioto existen muchísimas sectas del budismo, pero esto no -impide que los intérpretes y comentadores más importantes de la teología -budista vivan aquí. Hubo una época en que llegó á tener 3.893 templos y -santuarios dedicados al citado culto. El número actual tal vez sea -inferior en muy poco. A esto hay que añadir 2.500 templos y santuarios -del culto sintoísta. Con razón los japoneses han llamado siempre á esta -ciudad Kioto la Santa.</p> - -<p>Visitamos en las primeras horas de la mañana la más grande de las -pagodas, que es como una catedral del budismo. Cuando San Francisco -Javier visitó Kioto ya<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279">{279}</a></span> existía este templo. En realidad, es una -agrupación de diversas pagodas dentro de una cerca común, pero separadas -por vastísimos patios enlosados de granito.</p> - -<p>Los edificios, todos de madera, tienen piezas gigantescas de carpintería -como las que se empleaban para la construcción de los antiguos navíos. -Las techumbres presentan también la robustez y las dimensiones de -grandes barcos puestos con la quilla en alto, cuya parte interior ha -sido dorada y trabajada por pacientes artistas durante siglos. Troncos -de árboles enormes sirven de columnas para sostener estas techumbres, -altísimas y monumentales si se las compara con la ligereza y la pequeñez -graciosa de otras construcciones del país.</p> - -<p>Todo fué cubierto de lacas y de oro, pero la pátina de los edificios -religiosos encerrados en una ciudad y que se ven visitados diariamente -por muchedumbres ha obscurecido el esplendor de dichas pagodas. Guardan -todas ellas un aire de majestuosa vejez. Detrás del estuco se presiente -la madera carcomida. Algunas pilastras redondas tienen herido su revoque -y muestran por las desconchaduras el armazón hueco de su interior, -formado con duelas y aros, como un tonel.</p> - -<p>En una galería cubierta que une á dos de las pagodas me muestran cuatro -cables enrollados y negros, mucho más grandes que los que se ven en los -puertos. Son como boas de los tiempos prehistóricos, más allá de las -proporciones de los reptiles actuales. Luego, un bonzo me explica con -cierta vanidad la naturaleza y origen de estos cuatro cilindros. -Sirvieron para subir á lo alto de la techumbre de la gran pagoda los -maderos más pesados, y están tejidos los cuatro con pelos de mujer.</p> - -<p>Examino los rollos enormes y reconozco que únicamente el pelo de las -japonesas, duro, áspero y muy grueso, puede haber producido estas -maromas irrompi<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280">{280}</a></span>bles, cayo diámetro casi es igual al de una pierna de -atleta. Cada uno de los cables tiene cien metros de longitud, lo que -desorienta y asombra al calcular cuántos miles y miles de mujeres -devotas necesitaron cortarse la cabellera para contribuir á esta obra.</p> - -<p>Penetramos en el más importante de los santuarios de la gran pagoda. He -leído muchos estudios sobre las semejanzas entre las ceremonias del -budismo y las del culto católico, pero cuando las cosas se conocen de -cerca, con una visión directa, dan la impresión de lo inesperado y de lo -nuevo, por más que antes nos lo hayan hecho conocer los libros.</p> - -<p>Creo estar asistiendo á una misa cantada en un templo católico de España -ó de Italia, en las primeras horas matinales, cuando una parte de la -asistencia está compuesta de mujeres que vuelven del mercado. Veo -numerosas japonesas sentadas en el suelo y guardando cerca de ellas el -cesto de comestibles repleto de compras recientes. Rezan todas ellas en -voz baja, y para mí sus palabras ininteligibles suenan siempre lo mismo: -«<i>la-la... la-la</i>».</p> - -<p>Al otro lado de una verja, rodeando el altar mayor, en el que está Buda -con un lirio en la mano, veo dos filas de bonzos que cantan sus oficios. -Están colocados de un modo ritual, que me recuerda las grandes misas del -domingo presenciadas en mi niñez. Estos cánticos budistas tienen un -ritmo y unas modulaciones que no causan extrañeza al oído. Son música -conocida. Recuerdan los que hemos escuchado en Occidente, como los -plagios musicales resucitan la existencia de la obra original, aunque la -tengamos olvidada.</p> - -<p>A un lado del altar están los oficiantes, tres bonzos vestidos de -blanco, llevando sobre los hombros un pedazo de tela dorada con rosas -multicolores, igual, abso<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281">{281}</a></span>lutamente igual en su tejido á las capas -litúrgicas de los sacerdotes católicos. La única diferencia es de -confección. En Occidente, estas telas son cortadas y cosidas para formar -con ellas vestiduras de un tipo ritual, mientras que los bonzos las -colocan sobre sus hombros sin modificarlas, tal como las adquieren, -recién salidas de los famosos telares de Kioto.</p> - -<p>Vuelvo á notar, como en Niko, una semejanza física entre algunos de -estos bonzos y muchos sacerdotes europeos. Los hay de pura raza -japonesa, con una fealdad asiática, y son los más. Pero otros de nariz -aguileña, grandes anteojos y cierta gordura fresca, pálida y lustrosa, -de varón que lleva una vida sedentaria y se mantiene á cubierto de la -intemperie, recuerdan á muchos clérigos españoles, franceses é -italianos. Debo añadir que esta misma semejanza la he encontrado entre -los bracmanes de la India, como si la identidad de las funciones crease -con el curso de los siglos un tipo sacerdotal común á toda la tierra.</p> - -<p>Mientras cantan los bonzos sus oficios, contemplo los adornos de esta -pagoda majestuosa. En las cornisas hay figuras humanas multicolores, de -hermosas y sonrosadas carnes, tañendo diversos instrumentos de música. -Son los «tomines», ángeles del budismo, también de rara semejanza con -los ángeles de la religión católica, llevando las mismas alas é iguales -rostros afeminados; pero los del budismo son menos ambiguos y tienen -francamente formas de mujer.</p> - -<p>Algo se mueve en lo alto, entre las tallas é imágenes. Mi vista se -acostumbra á la semiobscuridad de las naves, y distingo numerosos ojos -que brillan como pequeños diamantes. Luego unas envolturas de pelo -obscuro avanzan con ligero trotecillo por los salientes arquitectónicos. -Legiones de ratas habitan estos navíos sagrados, y<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282">{282}</a></span> salen de sus -escondrijos atraídas sin duda por el olor de los comestibles que llevan -en sus cestos las devotas comadres y por los cánticos de los bonzos que -están en el coro.</p> - -<p>Veo que el oficiante principal se halla ahora derecho ante el altar, de -espaldas á los fieles, con las dos manos al nivel de su cabeza, gesto -idéntico á otro que he presenciado muchas veces. Luego se vuelve de -frente á los devotos y agita las manos como si los bendijese, mientras -susurra palabras ininteligibles.</p> - -<p>Me marcho. No quiero ver más un espectáculo que carece para mí del -atractivo de la novedad. ¡Las sorpresas del Asia!... Indudablemente -estos bonzos han copiado de los misioneros sus gestos litúrgicos. Luego -pienso que su religión es seis siglos más antigua que el cristianismo, y -cuando llegó aquí San Francisco Javier ya tenían cerca de dos mil años -las ceremonias que acabo de presenciar.</p> - -<p>En los patios del templo vuelan grandes bandas de palomas. A veces -cubren espacios enormes con una capa movediza de plumas y arrullos. -Luego, al elevarse asustadas por una presencia extraordinaria, blanquean -todo un alero, obscuro y carcomido, de estas pagodas vetustas.</p> - -<p>Kioto es una de las poblaciones más grandes del Japón, pero se mantiene -al margen de la reforma occidental, iniciada hace medio siglo. En ella -los inventos modernos no hacen mas que deslizarse. Los hijos del país -los emplean si les son útiles, pero siguen fieles á la tradición.</p> - -<p>Esta ciudad, que es la más japonesa de todas, sirve de refugio á las -viejas artes. Aquí viven en pequeños talleres de familia los pintores, -bordadores, tejedores y orfebres más célebres. Cuando las otras -poblaciones ne<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283">{283}</a></span>cesitan un objeto precioso que simbolize el arte del -país, lo encargan á Kioto.</p> - -<p>Algunas calles están atravesadas por canales, en los que navegan -barcazas de comercio, y sobre cuya superficie se elevan puentes -desmesuradamente arqueados. En los almacenes, los vendedores van todos -con kimono negro. Una cortesía para el comprador, como si los tenderos -de Occidente fuesen todos vestidos de frac.</p> - -<p>En sus vías, mejor empedradas que las de otras ciudades japonesas, -apenas se ven extranjeros. Todos los transeuntes van vestidos con -arreglo á la tradición. El europeo se siente abandonado al circular por -Kioto, como si estuviese á una distancia infinita de su mundo. Al mismo -tiempo se da cuenta de su inferioridad con relación á los que pasan -junto á él. Todos le sonríen por cortesía, pero indudablemente se creen -superiores.</p> - -<p>Un animal nos hace ver de pronto la magnitud de nuestro aislamiento y la -extrañeza que despierta nuestra presencia, marchando á pie por unas -calles frecuentadas sólo por japoneses. No abundan los perros en la -ciudad, pero cerca de un puente nos cruzamos con uno de pelo rojo y -grandes colmillos. Voy en compañía de una señora, y ninguno de los dos -nos hemos fijado en este animal. Él, al vernos, atraviesa la calle, -enfurecido por una rabia agresiva, y pretende mordernos. Algunos -transeuntes se interponen cortésmente y lo alejan. Luego sonríen, -explicando su cólera. No está acostumbrado á los occidentales, y su -presencia le inspira una xenofobia acometedora. En Kioto la Santa, los -extranjeros van siempre en automóviles ó en <i>korumas</i>. Muy pocos marchan -á pie.</p> - -<p>Cae la noche y nos extraviamos en unas calles que empiezan á cubrirse de -guirnaldas de luces, y sobre cuyos edificios, dorados y esculpidos, -aletean enormes banderas.<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284">{284}</a></span></p> - -<p>Todos ellos están destinados al público. Son teatros, cinematógrafos, -casas de té ó de danzas. En algunos vemos sobre la fachada una fila de -grandes fotografías de muchachas. Nos hemos metido sin saberlo en el -Yosywara de Kioto.</p> - -<p>A cada momento va engrosando la concurrencia en las calles. Todos, al -abandonar su trabajo, vienen á este barrio de diversión, donde -permanecerán hasta media noche. Sólo vemos japoneses. Nos miran con -curiosidad hostil ó con extrañeza.</p> - -<p>Esta extrañeza no es por el carácter especial del barrio. Se encuentran -en él muchas familias respetables que van á los teatros. Ya dije lo que -es el Yosywara para los japoneses. La extrañeza la muestran por el hecho -de vernos á pie confundidos con las gentes del país. El extranjero es en -Kioto un transeunte que sólo se muestra en lo alto de un vehículo y -únicamente pone sus pies en tierra ante los monumentos interesantes.</p> - -<p>Oímos guitarreos y dulces quejidos que salen de las casas de las -<i>geishas</i>. Las fachadas de los teatros ostentan cuadros enormes, iguales -á los que figuran en los cinematógrafos, y en estos lienzos veo pintadas -las escenas más interesantes del drama que se está representando dentro. -Casi siempre es una sucesión de hazañas realizadas por un mancebo -japonés vestido á la moderna, como un <i>cow-boy</i>, pero con más valor y -astucia que los cuarenta y siete samurais juntos. Se le ve batiéndose, -puñal en mano, con dos docenas de asesinos y poniendo en fuga á los que -no mata; deteniendo un caballo desbocado con solo una mano; asaltando un -tren; destapando un volcán dormido.</p> - -<p>A esta hora del anochecer, cada uno de dichos dramas debe estar ya en el -acto treinta ó cuarenta, pues su representación empezó poco después de -la salida del sol.<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285">{285}</a></span> Pero esto no impide que entren nuevos espectadores y -busquen asiento junto á los que han almorzado y comido sin moverse, y se -disponen ahora á cenar, siguiendo con incansable atención las aventuras -del héroe.</p> - -<p>Sobre cada teatro hay banderas, más grandes á veces que la fachada del -edificio, con rótulos en caracteres japoneses que extasían á muchos -transeuntes. Aquí, cada actor célebre tiene banderas propias con su -nombre y sus armas, colocándolas á la puerta del teatro para que sus -admiradores no sufran equivocación. Y como cada uno cree ser el primero, -procura que su bandera guarde relación con su importancia, llegando á -dimensiones inverosímiles estas telas multicolores, que en días de -viento representan un peligro para la solidez de los frontones que las -sostienen.</p> - -<p>Las actrices inspiran más entusiasmo aún que los actores. Pero el lector -sabe que en el Japón los papeles femeninos son desempeñados por -jovenzuelos. Éstos, al hacerse célebres, persisten en su trabajo, sin -tener en cuenta el paso de los años; y más de una vez, la dama que -conmueve con sus desventuras á los hombres, hace derramar lágrimas á las -mujeres y cosquilleo á los muchachos con los primeros deseos de amor, -es, en realidad, un viejo afeminado y vergonzosamente pintarrajeado. (No -hay que escandalizarse por esto, pues algo semejante pasaba en -Inglaterra en los tiempos de Shakespeare.) Una de estas actrices-hombres -es actualmente el personaje teatral más célebre del Japón y gana 10.000 -dólares todos los meses.</p> - -<p>Empujados y mal mirados por un gentío que huele muchas veces á <i>saké</i> y -al aglomerarse en las estrechas calles se ve obligado á marchar con paso -lento, empezamos á sentir cierta inquietud. Hemos abandonado -imprudentemente á nuestro guía, nadie nos conoce, ig<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286">{286}</a></span>noramos la lengua -del país; ¿á quién acudir si nos ocurriese algo malo?... Nos sentimos -inmensamente solos entre esta muchedumbre de miles y miles de seres, -sobre cuyo río de cabezas pasan músicas y se mueven banderas y faroles.</p> - -<p>El cinematógrafo de origen americano bate al teatro japonés en el -Yosywara de Kioto, como ocurre en tantos otros lugares de la tierra. Hay -más salas cinematográficas que escenarios, y la gente de kimono penetra -en ellas á borbotones.</p> - -<p>En uno de dichos establecimientos atrae mi atención un cartel monumental -de muchos metros cuadrados que cubre gran parte del cielo sobre el -remate de la fachada. Veo pintados en él unos hombres-libélulas, de -cintura sutil. Saltan como insectos, con un trapo en la mano, -perseguidos por una bestia cornuda que parece lanzar fuego por sus -narices. Tal vez es una escena de la prehistoria. Luego me hace recordar -vagamente las corridas de toros.</p> - -<p>Mis ojos tropiezan más abajo con un gran rótulo en japonés, y al lado, -entre paréntesis, la traducción inglesa: (<i>Blood and Sand</i>). Es el -<i>film</i> de mi novela <i>Sangre y arena</i> hecho en los Estados Unidos. Luego -voy descubriendo, á los dos lados de la puerta, anuncios multicolores -con escenas de la obra y retratos de los artistas.</p> - -<p>Todos estos carteles de procedencia norteamericana han sido reformados á -la japonesa, tal vez para armonizarlos con la corrida de toros -fantástica que se exhibe en lo alto. A Rodolfo Valentino, protagonista -de la obra, que las mujeres de los Estados Unidos llaman «el hombre más -hermoso del mundo», le han acortado la nariz y subido las cejas con un -pincel irreverente, para disimular su fealdad de blanco y que se -aproxime á la belleza de un buen mozo japonés. Los demás artistas -también<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287">{287}</a></span> han sufrido iguales transformaciones. Hasta encuentro una -fotografía mía, que sólo llego á reconocer por ciertos detalles del -traje, y me veo en ella con la nariz recta y corta, las cejas oblicuas y -un aire feroz, semejante al de los hércules japoneses que viven de -luchar en público.</p> - -<p>No importa. Este descubrimiento me tranquiliza, y ¿por qué no decirlo? -me halaga, proporcionándome una de las satisfacciones mayores de mi -vida.</p> - -<p>¡Bendito cinematógrafo! Algo representa haber nacido en una ciudad de -provincia, al otro extremo del mundo, y al venir á Kioto la Santa -encontrar mi retrato y mi nombre en las calles bulliciosas del Yosywara.</p> - -<p>Además, si necesito protección, puedo buscar á un policía, aunque no me -entienda. Me bastará llevarlo hasta la puerta del cinematógrafo y -decirle por señas ante mi retrato de luchador japonés: «Ese soy yo».<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288">{288}</a></span></p> - -<h2><a name="XXII" id="XXII"></a>XXII<br /><br /> -EL TEMPLO DE LOS 33.333 DIOSES</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Los palacios de Kioto.—La ceremonia de la coronación -imperial.—Mezcolanzas de antiguo y moderno.—El templo de los -«Treinta y tres mil trescientos treinta y tres dioses».—El taller -de remiendos divinos.—La pagoda de la cumbre y su fuente -milagrosa.—Lo que les ocurre á las japonesas que beben sus -aguas.—El hombre de los dos cubos.—La balada de la hotelería -japonesa.</p></div> - -<p>Además de sus pagodas innumerables, guarda Kioto la Santa los antiguos -palacios de sus emperadores. Ya hemos dicho cómo el Mikado vivió siete -siglos en esta ciudad, sin mezclarse para nada en el gobierno del país, -enteramente confiado á los Shogunes, é interviniendo sólo en los asuntos -religiosos.</p> - -<p>Hoy no ocupan estos palacios un espacio de quince leguas, como en otros -tiempos. El ensanche de la ciudad y de los jardines públicos ha invadido -una parte del antiguo dominio imperial. Pero todavía las actuales -residencias del Mikado llenan un área considerable.</p> - -<p>Son palacios faltos de muebles, que viven con un aspecto de abandono -bajo la guarda de viejos empleados, y sólo ven abrirse sus salones -cuando se presenta un grupo de viajeros.</p> - -<p>Estos edificios, que inspiran al japonés un respeto histórico, -únicamente recobran su antigua animación cuando muere un emperador y es -coronado su heredero.<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289">{289}</a></span> La entronización se celebra siempre en Kioto, y -la corte abandona momentáneamente para tal ceremonia el palacio imperial -de Tokío.</p> - -<p>Yo he visto este último desde fuera y me pareció no menos silencioso y -desierto que el de Kioto, dentro de sus tres recintos. Unas avenidas -anchísimas, que más bien parecen plazas enormemente prolongadas, -establecen un primer aislamiento alrededor del palacio imperial, á pesar -de hallarse situado éste en el centro de la vasta Tokío. La segunda zona -de defensa consiste en un foso profundo lleno de agua verde, dormida en -apariencia y que un canal renueva todos los días. Sobre esta cintura -acuática se levanta la tercera defensa, consistente en una muralla de -seis metros, hecha de grandes bloques, como un malecón fluvial ó un -muelle marítimo. Al ras de esta muralla se extienden los céspedes del -parque con grupos de tortuosos pinos. Sobre la arboleda asoman los -remates de diversas construcciones, que tienen exteriormente un aspecto -de palacios rústicos, todas con paredes blancas y altísimos techos -negros de pendiente cóncava y grandes aleros. En el centro de esta -ciudad imperial, siempre silenciosa é infranqueable dentro del corazón -de Tokío, está el templo de Jimmuteno, primer ascendiente de la -dinastía.</p> - -<p>Al visitar el palacio viejo de Kioto se nota que los emperadores se -acordaron de él cuando dirigían la construcción del palacio nuevo de -Tokío. Ambos edificios tienen igual aspecto exterior; sólo se -diferencian en sus medios defensivos. Los emperadores de Kioto vivían al -margen de los accidentes políticos, como dioses respetados y algo -olvidados, sin presentir la posibilidad de que alguien los atacase. Su -antigua residencia conserva una muralla exterior de tapia y postes de -madera, rematada por tejados cóncavos, y alrededor de esta muralla se<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290">{290}</a></span> -desliza un canal. Pero es un canal decorativo, que se puede pasar con -agua á la rodilla, y los muros únicamente son de piedra hasta medio -metro de altura. Se adivina que esta débil fortificación la construyeron -para advertir una vez más que la persona del emperador debe mantenerse -aislada de los simples mortales. De nada podía servir en caso de ataque -y de sitio.</p> - -<p>Visito el Gran Palacio donde se celebran las coronaciones, situado en el -centro de Kioto, y el Palacio de Verano, no menos grande, que se -extiende en las afueras. Todos ellos tienen en torno vastos jardines -públicos y numerosas pagodas, que han invadido gran parte de su antiguo -solar. Estos palacios son de un solo piso y los componen varios grupos -de edificios. Unos se mantienen aislados, otros están unidos por -avenidas orladas de linternas y de monstruos. En estas avenidas hay -varios <i>toris</i>, que equivalen á nuestros arcos triunfales.</p> - -<p>El interior de sus salones ofrece un aspecto desolado, como si acabasen -de sufrir todos ellos un saqueo. Carecen de muebles. En algunos las -paredes están ricamente pintadas y doradas; pero sobre las esterillas -del suelo no se ve un taburete, un cojín, un pequeño vaso de porcelana -que sostenga una flor.</p> - -<p>Y sin embargo, hay que quitarse los zapatos para visitar estos palacios -abandonados. La cortesía japonesa aún tiene otra exigencia en lo que se -refiere al emperador y á los altos personajes oficiales. No basta -descalzarse para entrar en sus viviendas, ni dejar el sombrero en la -antesala, como se hace en Occidente. Hay que desprenderse también del -gabán y entrar á cuerpo en unos salones que nunca fueron calentados y -por cuyos muros delgadísimos penetra fácilmente el frío. Conservar -puesto el gabán cuando se pisa el umbral<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291">{291}</a></span> de un palacio japonés es -irreverencia tan enorme como mantenerse con el sombrero calado.</p> - -<p>Sólo con un esfuerzo de imaginación pueden encontrarse interesantes -estos monumentos imperiales de Kioto. En realidad, parecen por su forma -exterior unas lujosas y enormes caballerizas de Inglaterra. Encuentro en -uno de los salones varios dibujos multicolores, hechos sobre papel de -arroz, que representan la ceremonia de la coronación en nuestros -tiempos.</p> - -<p>Debe ser un espectáculo raro, por los uniformes tradicionales de los -cortesanos y esas mezcolanzas de antiguo y moderno que surgen con tanta -frecuencia en la vida del Japón actual. Los generales y los príncipes, -que usan diariamente uniformes á la alemana, abandonan para estas -fiestas palatinas su aspecto de guerreros europeos y se visten como sus -ascendientes. Todos llevan corazas y cascos dorados, con cuernos y -antenas, dos sables en la cintura, un carcaj en la espalda lleno de -flechas y un gran arco.</p> - -<p>Las damas de la corte van vestidas de chinas más que de japonesas. Sus -trajes de ceremonia son anteriores al kimono y á los peinados de las -niponas actuales. Llevan pantalones rojos, dalmáticas negras bordadas, y -en la cabeza unos tocados semejantes á los gorros de cuartel... Y por en -medio de esta aglomeración de cortesanos acorazados como hace cinco -siglos y con armas anteriores á la invención de la pólvora, avanza el -nuevo emperador llevando uniforme de general, lo mismo que un rey -europeo, y sentado en una carroza dorada, adquirida en Londres, con -lacayos de peluca blanca y tricornio. Tales anacronismos que tan -interesante hacen el acto de la coronación son una prueba más de la -mezcolanza contradictoria é incoherente que sirve de base a la actual -vida japonesa.<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292">{292}</a></span></p> - -<p>Necesito hacer un esfuerzo para abandonar los jardines de estos palacios -silenciosos y de una simplicidad majestuosa. Casi todos sus árboles son -cedros retorcidos que tienen varios siglos de existencia. Al pie de -ellos hay redondeles de musgo, escrupulosamente cuidado, de un diámetro -igual al de sus copas.</p> - -<p>Un grupo de mujeres pobres barre los senderos del parque y las aceras de -granito en torno á los edificios de madera. Estas hembras de kimono -obscuro, que reciben del intendente imperial una retribución modesta, -nos enseñan, al sonreir, sus dientes cargados de oro. Ya dije que para -la japonesa es motivo de vanidad poder llevar chapada de rico metal su -dentadura, y hace cuanto puede por conseguirlo aunque sea á costa de -sacrificios, lo mismo que una europea cuando ansía un traje ó un -sombrero elegantes.</p> - -<p>Deseo visitar cierta pagoda de esta ciudad que conozco de nombre hace -muchos años, casi desde mi niñez, y nunca creí en aquellos tiempos que -llegaría á verla directamente con mis ojos. Es el templo de los <i>Treinta -y tres mil trescientos treinta y tres dioses</i>.</p> - -<p>Exteriormente consiste en un largo edificio rojizo, que ocupa todo un -lado de una plaza de la vieja Kioto. Varios grupos de bambúes enormes -sombrean esta plaza, y al amparo de ellos colocan sus mesitas los -vendedores de tarjetas postales, oraciones impresas en papel de arroz y -pequeños objetos de culto. Como el templo es de madera y lleva varios -siglos de existencia, tiene el mismo aspecto de barco viejo y carcomido -que ofrecen casi todas las pagodas.</p> - -<p>Sobre la meseta de la escalinata salen á recibirnos algunos bonzos con -la redonda cabeza recién afeitada y un manto de color de azafrán, en el -que se envuelven á estilo romano. Estos sacerdotes budistas son -pedigüe<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293">{293}</a></span>ños y explotan sistemáticamente la fama de la pagoda á que están -agregados. Uno de ellos, con redondas gafas de concha, aguarda en la -cancela detrás de una mesa y cobra á los visitantes por dejarles pasar, -lo mismo que un portero de teatro. En el interior, otros bonzos -azafranados nos acosan ofreciéndonos estampas, oraciones y pequeños -objetos, á los que atribuyen influencias milagrosas.</p> - -<p>Al entrar, se tropieza inmediatamente con una imagen gigantesca de -metal, que ocupa lo que puede llamarse altar mayor, presidiendo esta -asamblea numerosa de divinidades. A los dos lados del altar se extienden -vastas escalinatas llenando las dos alas del templo, y en sus peldaños, -lo mismo que si fuesen objetos de exposición, forman en luengas y -superpuestas filas dos mil imágenes de bronce de tamaño natural -representando á la diosa de la Misericordia. Estas dos mil mujeres -tienen doce mil brazos, pues cada una de ellas ostenta tres á cada lado -de su tronco.</p> - -<p>En diversas naves de la pagoda se alinean formando hileras múltiples los -otros dioses hasta el número de 33.333. Los hay de todos los tamaños, á -partir de la talla humana hasta el exiguo volumen de un insecto. Son de -oro, de bronce, de marfil, de madera, de piedras diversas, desde el -precioso jade venido de la China y el lapislázuli de las minas de -Siberia, al simple pedernal. Unos tienen formas regulares y una sonrisa -de bondad celeste; otros llevan en su rostro gestos aterradores y son -feos con una fealdad iracunda y amenazante, que parece secreto -hereditario de los imagineros japoneses. Algunos, más cerca de la -animalidad que de la perfección divina, se muestran erizados de -múltiples piernas y brazos, como cangrejos monstruosos.</p> - -<p>Guarda siempre este templo, con rigurosa exactitud,<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294">{294}</a></span> el número de los -dioses que deben habitarlo: 33.333. En el curso de varios siglos las -guerras y los incendios quebrantaron el edificio muchas veces ó lo -arruinaron por completo, suprimiendo una parte de su población divina; -pero ésta no tardó en verse reconstituída por los bonzos, que son sus -guardianes y servidores.</p> - -<p>Junto al templo existe un taller, donde son recompuestos dioses y diosas -todos los días. Trabajan en él unos imagineros, que recuerdan por su -aspecto y sus gestos á los antiguos alquimistas. Algunos son -extremadamente ancianos, y cuelgan de sus mandíbulas los filamentos -blancos, esparcidos y lacios de una barba á la japonesa. El cráneo lo -llevan oculto bajo un gorro muy ajustado y abotonado debajo de la barba, -lo mismo que el becoquín del Doctor Fausto. Con grandes antiparras -caladas ante sus ojos pegan á las pequeñas diosas un brazo de marfil que -se ha desprendido entre los seis ú ocho que cubren su pecho, ó liman las -piernas de los dioses para que no se conozcan los remiendos recién -hechos en el bronce ó la madera.</p> - -<p>Hay otra pagoda célebre en Kioto, que ocupa una colina dentro de la -ciudad, y desde cuya cumbre puede abarcarse el hermoso espectáculo de -sus barriadas, jardines y canales. A esta pagoda vienen en determinadas -épocas numerosas peregrinas. Existe al pie de ella una fuente milagrosa, -y toda mujer casada que bebe sus aguas es madre antes de un año. Algunas -veces—¡caso estupendo!—el mismo prodigio se realiza en las musmés que -beben su líquido, aunque vayan con peinado de soltera.</p> - -<p>Como no hay peregrinaciones durante el invierno, encontramos solitarias -las calles en declive que conducen á la cumbre donde está la pagoda. Son -calles relativamente anchas, como si las hubiesen abierto en previsión -de las multitudes que las llenan en ciertas fechas<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295">{295}</a></span> del año. Todas las -casas están ocupadas por comercios de objetos piadosos, abundando las -figurillas de porcelana vulgar.</p> - -<p>Un mundo de personajes abigarrados, de las más diversas cataduras, se -alinea en los escaparates y anaqueles de estos vendedores de imágenes. -Figurones grotescos y un poco obscenos se codean con imágenes divinas y -pequeñas estatuitas ecuestres del penúltimo emperador. En estas tiendas -del Extremo Oriente no se sabe nunca dónde termina lo religioso y -empieza lo caricaturesco, quién es dios y quién simple monigote para -hacer reir á las gentes.</p> - -<p>Subimos con lentitud por la calle orlada de tiendas. Tenemos nuestras -miradas fijas en la alta y gallarda pagoda que llena la perspectiva -abierta entre dos filas ascendentes de edificios. Encima de los tejados, -pero más abajo del templo, vemos bosquecillos de bambúes y senderos -agrestes, por donde corren riendo, con una jovialidad de niñas, varias -filas de mujeres. Deben ser de las que vienen en busca de la milagrosa -fuente, oculta á nuestros ojos por los grupos de vegetación.</p> - -<p>El deseo de toda mujer japonesa perteneciente á la clase popular es -pasearse con la dulce mochila de un pequeñuelo que duerme, come, ríe ó -llora, sujeto á su espalda, y muchas veces hace cosas peores, aguantando -la madre con cierto deleite el tibio chorrillo filial que se desliza por -sus riñones. La japonesa infecunda se considera en una situación -peligrosa; el marido puede repudiarla en este país de fácil divorcio, y -ansía intervenciones humanas ó celestes para conocer la maternidad.</p> - -<p>Mientras camino pensando en esto, con la vista fija en la pagoda, cada -vez más próxima, empiezo á percibir un hedor intolerable. Los que vienen -conmigo experimentan idéntica molestia. Miramos las tiendecitas<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296">{296}</a></span> -próximas como si surgiese de ellas el nauseabundo olor. Pero nuestro -olfato se va orientando, y acabamos por husmear lo que nos rodea más de -cerca.</p> - -<p>Delante de nosotros marchan varios niños y mujeres, atraídos por la -curiosidad que provoca siempre en las calles del Japón provincial la -presencia de un grupo de blancos. Se ha adherido también á nuestra -marcha, saludándonos mudamente con una sonrisa que le hace mostrar sus -dientes agudos, un mocetón casi en cueros, sin otro traje que un harapo -pasado entre las musculosas piernas. Lleva en un hombro un grueso bambú -y penden de él dos cubos, que se bambolean al compás de sus pasos, -agitando su contenido líquido.</p> - -<p>¡Ah, miserable!... De este caldo amarillento, en el que flotan pequeños -cilindros de igual color, surge la pestilencia que va infestando la -calle, sin que ningún vecino parezca sentir molestia en su olfato. Es un -hortelano que acaba de vaciar una letrina todavía fresca, y lleva la -hedionda materia á su huerta cercana. El abono humano es aquí más -apreciado que el animal. Los chinos, maestros de los japoneses en tantas -cosas, aprecian con mayor entusiasmo, si es posible, esta materia -fecundante.</p> - -<p>Hacemos alto para que el compañero nos abandone. Todavía insiste en -acompañarnos, y se detiene con sus dos inmundos cubos; pero tales gritos -y ademanes empleamos en nuestra protesta, que al fin se marcha, siempre -sonriendo. Quedamos en la duda de si sonríe ahora de lástima, -despreciándonos por nuestras absurdas preocupaciones.</p> - -<p>Y sin embargo, este pueblo ama las flores como ninguno, y aunque es de -espíritu estrechamente positivista, sorprende de pronto con las más -poéticas invenciones.</p> - -<p>Encuentro en todos los hoteles numerosos carteles impresos con -caracteres del país, los cuales contienen,<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297">{297}</a></span> según me dicen, máximas -morales, consejos prácticos y sanos para la vida. En algunos de dichos -establecimientos me atrajo por su dibujo primaveral uno de los tales -anuncios representando un árbol con las ramas cargadas de flores y -revoloteando en torno enjambres de pájaros. Aquí vuelvo á encontrar este -paisaje misterioso, pero con una explicación al pie.</p> - -<p>El Gran Hotel de Kioto tiene sus pisos bajos ocupados por tiendas que -exhiben los mejores productos de las ricas industrias de la ciudad: -kimonos de maravillosos colores, telas bordadas con faunas y floras -fantásticas, obras de orfebrería y de esmalte. Los directores del -establecimiento son los únicos que van vestidos á la europea. Todo el -personal lleva trajes japoneses. En los salones hay grupos de hombres -con kimono negro de seda, que parecen sacerdotes, y se abalanzan sobre -todo el que entra para ofrecerle sus tarjetas. Son los corredores y -enviados de las grandes tiendas de Kioto, que ascienden á centenares.</p> - -<p>En uno de estos salones encuentro el cartel primaveral con su -inscripción japonesa, pero el director del hotel ha agregado la -traducción en inglés...</p> - -<p>Son versos, un fragmento de poema. Y este cartel de flores y pájaros, -que figura en todos los hoteles importantes del Japón, dice así, según -la versión inglesa, que yo transcribo á mi modo:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0">Un hotel es un ciruelo<br /></span> -<span class="i0">cargado de ricos frutos;<br /></span> -<span class="i0">ruiseñores son los huéspedes<br /></span> -<span class="i0">cobijados en sus ramas.<br /></span> -<span class="i8">(<i>Balada de la hotelería japonesa</i>)<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Parece que los grandes hoteleros del Japón, al celebrar una de sus -reuniones en Tokío, acordaron, entre otros medios de propaganda, -encargar á un gran poeta<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298">{298}</a></span> nacional una balada sobre las excelencias de -los hoteles en el Imperio del Sol Naciente. Esto es algo extraordinario: -hay que reconocerlo. A ningún hotelero de Europa ni de América se le ha -ocurrido jamás nada semejante.</p> - -<p>Debo advertir que la industria de la hotelería á estilo moderno sólo -existe aquí desde hace pocos años. Todavía, en las provincias muy -interiores del Japón, los dueños de las hospederías reciben al viajero -como los hidalgos de otros tiempos daban albergue al peregrino, por -seguir las tradiciones. No hay precio fijo, y el posadero se indignaría -si le hablasen de retribución.</p> - -<p>Cuando el pasajero se marcha, entrega de un modo disimulado á la esposa -ó la doméstica más respetable la cantidad que le parece oportuna, -añadiendo, después de este regalo discreto, que guardará eterna gratitud -por tan benévola acogida.</p> - -<p>Los hoteleros japoneses á la moderna, que se educaron en el extranjero y -copian las costumbres de los occidentales, han querido dar á sus -«Palaces» de varios pisos una originalidad tradicional y patriótica, y -para ello nada les pareció mejor que buscar la colaboración de un poeta.</p> - -<p>Además, estos nipones vestidos de levita que dirigen en su país la vida -de los modernos «ciruelos» son tal vez más psicólogos que los gerentes -de los «Palaces» de Europa y América, los cuales tratan á sus clientes -con la altivez y el alejamiento de un monarca.</p> - -<p>¿Quién puede discutir y regatear su cuenta después que lo han comparado -con un ruiseñor?...<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299">{299}</a></span></p> - -<h2><a name="XXIII" id="XXIII"></a>XXIII<br /><br /> -LOS «KOKOS» DE NARA</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Las plantaciones de té.—El dios que viajaba montado en un -ciervo.—Los venados del Parque Sagrado.—Las linternas seculares -de Nara.—El caballito blanco de ojos azules y rojos.—Los peces -del lago santo.—El pan de Año Nuevo y su peligroso -amasijo.—Trenes nevados y hombres semidesnudos.—Los dos -Japones.—Ya tiran contra el nieto de los dioses.</p></div> - -<p>Entre Kioto y Nara vemos los primeros campos de té. Este arbusto, de un -metro escasamente de altura, lo plantan en filas y tiene la copa redonda -como un naranjo enano. En primavera los agricultores colocan toldos -sobre las plantas, para defenderlas de los vendavales que soplan sobre -el archipiélago. Además, todas las plantaciones tienen orlas de bambúes, -que las abrigan de las inclemencias atmosféricas.</p> - -<p>Pasamos ante el pueblo de Uji, que es el principal mercado de té en el -Japón. Aquí se hacen las grandes compras de esta hierba que produce la -bebida nacional. El té japonés, consumido enteramente en el país, es más -fuerte que el chino, de un sabor áspero y silvestre. El de Uji ejerce -tal influencia sobre el sistema nervioso, que, según cuentan, quien toma -dos tazas de él no puede dormir en toda la noche.</p> - -<p>Los pueblos que vemos desde el tren ofrecen un aspecto alegre con motivo -del año nuevo, cuyas fiestas<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300">{300}</a></span> duran varios días. Todas las poblaciones -tienen banderolas y faroles de papel en sus bocacalles. Las fajas de -tela están adornadas con rótulos japoneses que no podemos entender. Pero -los caracteres del alfabeto nipón con sus misteriosas y complicadas -formas, representan un valioso elemento decorativo. Hay letras que -parecen monigotes gesticulantes, otras semejan paisajes ó bestias -monstruosas. Los <i>muskos</i>, libres de la escuela en estos días, pueblan -la atmósfera con una fauna de cometas en forma de dragones, que ondean -sobre el azul celeste sus rabos de papel.</p> - -<p>Nara es la ciudad más antigua del Japón, la primera que habitaron los -Mikados en una época casi fabulosa, cuando mantenían trato frecuente con -sus abuelos los dioses y la historia del país era un relato mitológico -en el que se mezclaban héroes y divinidades.</p> - -<p>Uno de los personajes de la mitología japonesa vino á Nara montado en un -gran ciervo, y desde entonces la ciudad mira con simpatía á los animales -de esta especie. El Parque Sagrado de Nara tiene siempre una población -de venados, que se renueva hace más de mil años, sin cambiar de sitio. -En la actualidad son unos setecientos los que trotan por sus senderos -confiadamente, saliendo al encuentro de los transeuntes, para toparles -con un testuz suave, si no les ofrecen algo de comer.</p> - -<p>Como todas las ciudades que viven de la afluencia de peregrinos, Nara es -una aglomeración de posadas, figones y pequeños comercios de objetos -piadosos y «recuerdos» del país. Atravesamos en <i>koruma</i> la calle -principal, compuesta por entero de tiendas de esta especie, y vamos -directamente al famoso parque.</p> - -<p>Sus árboles centenarios no son más grandes que los de Niko. Tampoco -tiene los abundantes arroyos que canturrean junto á los mausoleos de los -dos Shogunes. Pero<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301">{301}</a></span> las colinas de Nara son muy húmedas, en las -oquedades que existen entre ellas se abren las copas azules de varios -lagos pequeños y el musgo esparce su verde capa sobre la piedra, lo -mismo que en la Montaña Sagrada. Los matorrales son más espesos y altos -que en Niko, y los venados que pueblan la selva de Nara saltan de pronto -en medio del camino, con gran estrépito de ramaje que se doblega ó se -quiebra.</p> - -<p>A estos venados que recuerdan la cabalgadura del dios viajero les dan en -el país el nombre de <i>kokos</i>. Tal vez esta palabra fué empleada por su -eufonía, que atrae á los animales, haciéndolos acudir indefectiblemente -á tal llamamiento.</p> - -<p>Apenas entramos en el parque, empiezan á correr junto á las <i>korumas</i> -varias <i>musmés</i> graciosas, con kimonos á rayas amarillas y negras, y una -faja de lazo enorme sobre los riñones. Todas llevan una cestita con -galletas de salvado y melaza, agujereadas en su centro y unidas á -docenas por un hilo que atraviesa los orificios. Es el manjar predilecto -de los ciervos.</p> - -<p>Los jayanes de mangas largas y piernas al aire que tiran de nuestros -carruajitos están previamente de acuerdo con las vendedoras, y nos -explican la costumbre tradicional de dedicar un obsequio á los -descendientes de la cabalgadura del dios. Apenas quedan hechas las -primeras compras, <i>korumayas</i> y <i>musmés</i> gritan con voz suave y -acariciante:</p> - -<p>—¡Koko!... ¡Koko!...</p> - -<p>Y los <i>kokos</i> empiezan á surgir de todas partes, con la abundancia de -una invasión de hormigas.</p> - -<p>Son animales de aspecto dulce, pelo blanco y rojo, ojos húmedos y patas -ligeras, de elegante trote. Sólo los más jóvenes conservan sus cuernos. -Los de algunos años llevan la cabeza completamente mocha con dos -muño<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302">{302}</a></span>nes duros que revelan á flor de piel el lugar ocupado por las -antiguas astas.</p> - -<p>Todos los años, en la fiesta del dios viajero, los guardianes del parque -atraen engañosamente á los venados de buena astamenta y se la cortan, -para fabricar con su materia objetos piadosos, que los bonzos de Nara -envían á las ricas familias de las principales ciudades del Japón.</p> - -<p>Ninguno de los <i>kokos</i> muestra timidez. Se aproximan con una confianza -que data de siglos, seguros de que el hombre que llega no les hará daño -y trae para sus mandíbulas ansiosas el más grato de los alimentos. Si un -perro se desliza en este lugar vedado, hombres y mujeres lo persiguen, -para que no asuste á las dulces bestias, verdaderas dueñas del parque.</p> - -<p>Marchan contoneándose al lado de las ruedas de las <i>korumas</i>. Cuando el -visitante continúa su paseo á pie, lo escoltan estirando el cuello y -pasan sobre su pecho el babeante hocico. Huelen el paquete que lleva en -las manos, pero no osan morderlo. Esperan, con una cortesía que puede -llamarse japonesa, á que les ofrezcan una galleta suelta, y la toman -gravemente, haciendo reverencias con el testuz. Los más viejos, al -alejarse en busca de la generosidad de otros visitantes, muestran dos -almohadillas blancas, de pelo rizado y fino, en torno al arranque de su -cola.</p> - -<p>Después del almuerzo en el Gran Hotel de Nara, hermoso edificio moderno, -á orillas de un lago, presenciamos la reunión de todos los venados del -parque. Es un acto que se reserva para días de gran concurrencia de -viajeros ó cuando, siendo pocos, pueden éstos pagar á los empleados -forestales por su trabajo extraordinario.</p> - -<p>Un japonés de chaqueta azul, con un crisantemo blanco en la espalda, -hace sonar su trompeta en las de<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303">{303}</a></span>siertas avenidas. Oímos su diana -marcial alejándose por las tortuosidades y recovecos de la arboleda. -Otros hombres gritan con modulaciones especiales para atraer á los -<i>kokos</i>. Todos los que hemos costeado el espectáculo nos sentamos en un -gran claro del parque.</p> - -<p>Se va aproximando la trompeta, y vemos cómo surgen á la vez en un frente -de medio kilómetro numerosos «chorros» de venados. Hay que emplear esta -palabra, porque la invasión animal tiene el mismo ímpetu múltiple y -diverso de las aguas de una inundación colándose en desorden por todos -los vacíos que encuentran. Setecientos venados llegan casi á la vez á -esta plaza de la selva, precediendo ó siguiendo al hombre de la trompeta -y sus acólitos.</p> - -<p>El suelo se cubre de un oleaje incesante de pelos rojos y blancos, sobre -el cual se alzan centenares de cabezas, unas cornudas, otras con pétreas -excrecencias. Suena un ruido suave como de agua corriente. Son los miles -de patitas que, al moverse, hacen chirriar la arenilla del escampado.</p> - -<p>Las <i>musmés</i> venden enteras sus cestas de galletas y van en busca de -otras. Muchos espectadores de esta asamblea animal descienden á la -extensa plaza ocupada por los venados, y avanzan en el mar de hocicos -suplicantes, de bocas abiertas, deslizando un dulce redondel en cada una -de ellas como si echasen cartas á un buzón. Los más audaces, mientras -rumian el regalo, marchan detrás del generoso dispensador de tales -golosinas y le topan continuamente en la espalda para que se vuelva y -repita el obsequio.</p> - -<p>Otro atractivo célebre de Nara, después de los ciervos sagrados, son las -linternas ó <i>toros</i>. En las diversas colinas del parque, rematadas por -pagodas budistas y sintoístas, los caminos están orlados con dobles ó -tri<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304">{304}</a></span>ples hileras de linternas de granito sobre torreones de la misma -piedra.</p> - -<p>Estas pagoditas de luz tienen á veces tres y cuatro siglos de -existencia. Las familias ricas del Japón hacían construir en otro tiempo -un <i>toro</i> en el Parque de Nara para honrar á sus Ascendientes, y venían -á verlo el día de la fiesta de las linternas. Una vez por año los 3.000 -ó 4.000 <i>toros</i> que existen bajo las arboledas de Nara se iluminan -durante una noche, y hasta de las poblaciones más lejanas vienen gentes -para presenciar este espectáculo tradicional.</p> - -<p>Los miles de capillitas de piedra tienen en la citada noche alumbrado su -interior por una lámpara ó un cirio. Son luces suaves, vagorosas, luces -«del otro mundo», como las de los cuentos fantásticos, y los -resplandores vacilantes dentro de su jaula de granito dan una vida -sobrenatural á la selva obscura y dormida. Admiramos el musgo que cubre -la piedra vieja de muchos de los <i>toros</i>. En Nara crece tan abundante y -vigoroso este paño vegetal, que cuelga en forma de borlas verdes de los -aleros de las linternas.</p> - -<p>Presenciamos en una de las pagodas la danza de las bailarinas sagradas -del sintoísmo, dos jovencitas que ejercen su profesión con menos -gravedad que la sacerdotisa cincuentona de Niko, y ríen mientras bailan, -mirando á los visitantes blancos. Su vestimenta y adornos son también -menos austeros. Sobre la frente llevan una visera en forma de tejadillo. -Pendientes de ella hay varios tubitos de metal, que se entrechocan -sonoramente con los movimientos de la danza. Encima han colocado un -manojo de claveles. El resto de su traje, aunque es blanco y rojo, como -el de la boncesa de Niko, revela en sus adornos una coquetería profana, -un deseo de recordar á los fieles que la oficiante es una mujer.<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305">{305}</a></span></p> - -<p>En un pequeño establo cerca de una pagoda vemos un caballito blanco, -absolutamente blanco, con las pupilas azules y las córneas rojas. Es una -bestia sagrada, mantenida por los bonzos. El dios del templo inmediato -llegó á Nara montado en un caballo blanco, y los sacerdotes procuran -tener un animal de la misma especie siempre preparado, por si se le -ocurre de pronto á su divino señor volverse á las tierras de donde vino -hace siglos.</p> - -<p>El Parque Sagrado tiene una variada fauna de carácter religioso. Además -de sus centenares de <i>kokos</i> descendientes del gran siervo tradicional y -del caballito blanco, al que obsequian los visitantes con galletas y -terrones de azúcar, existe un lago abundante en peces rojos y dorados, -que son igualmente bestias sagradas. Después de tantos años de respeto y -generosa nutrición, estos peces han crecido hasta obtener dimensiones -monstruosas.</p> - -<p>Junto á dicho lago, los habitantes de Nara establecen un mercado de -flores y árboles, donde se puede apreciar la habilidad de los japoneses -como jardineros de exportación. Yo he visto vender en él naranjos -enormes cubiertos de frutos, con las raíces tan hábilmente empaquetadas, -que no había mas que subirlos á un carro ó un vagón para replantarlos á -muchas leguas de distancia, sin ningún riesgo para su salud vegetal.</p> - -<p>Bajo de mi <i>koruma</i> en las afueras de Nara, para visitar la forja de un -fabricante de sables y puñales á estilo antiguo. Mientras regateo una -daga con funda de bambú, cuyo filo es tan sutil que puede cortar los -blanduchos papeles de arroz, me fijo en la casa inmediata, dentro de la -cual varios hombres gritan y se mueven como si estuviesen realizando un -esfuerzo penoso.</p> - -<p>Al verlos de más cerca, oigo las risotadas con que<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306">{306}</a></span> alegran su pesado -trabajo. Todos ellos sudan y gesticulan, dando furiosas palmadas sobre -una masa blanca. Están fabricando el pan de Año Nuevo, ceremonia -tradicional que se repite durante varios días del primer mes.</p> - -<p>Van ligeros de ropa, para trabajar con más soltura, pero llevan ceñido á -las sienes un estrecho pañuelo rojo, con dos puntas colgantes, parecido -al tocado de los aragoneses. Cinco de ellos dan palmadas á la pasta, -entonando una melopea ruidosa, y el sexto levanta con ambas manos un -mazo de madera pesadísimo y lo deja caer sobre el amasijo.</p> - -<p>Es un deporte peligroso, y por eso se entregan á él con una alegría -gallarda. El que mueve el mazo procura, con perversa astucia, pillar -debajo de éste la mano de alguno de los amasadores, haciéndola añicos. -La vanidad de los otros estriba en menudear el palmoteo, escapando con -ligereza su diestra del mazazo brutal. Como esta ceremonia del amasijo -del Año Nuevo hace sudar copiosamente, exige mucha bebida. Los joviales -amasadores huelen á <i>saké</i>, y enardecidos por el alcohol de arroz y sus -propios cánticos, se alternan en el manejo del mazo, con el santo deseo -de ser más hábiles que los otros y poder aplastar la mano de un amigo.</p> - -<p>Estando en la estación de Nara vemos llegar trenes cuyas techumbres -blanquean bajo una gruesa capa de nieve. Vienen de la parte del Japón -adonde vamos nosotros. En Nara no nieva aún, pero sopla un viento -glacial. Esto no impide que muchos campesinos, casi desnudos, pasen -tranquilamente junto á los vagones, que dejan caer pedazos de agua -congelada. También pasan los eternos niños de las escuelas, con un -kimono ligero á redondeles blancos por toda vestidura, gorra de colegial -y las piernas al aire, mostrando su carne enrojecida y coriácea por el -frío.<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307">{307}</a></span></p> - -<p>En los andenes veo japoneses con un aspecto de súbditos del Mikado antes -de que éste ordenase la nueva vida á estilo de Occidente. Algunos viejos -llevan barbillas de pelos lacios y la cabellera larga atada sobre el -cogote, con una melena á modo de plumero caída sobre la nuca, igual á la -de los antiguos samurais. Al mismo tiempo, en las ventanillas de los -vagones se muestran japoneses vestidos como los trabajadores -occidentales, soldados con uniforme europeo, mujeres de aire -independiente que saben ganar su arroz y se han emancipado de la antigua -esclavitud femenina.</p> - -<p>Hay dos Japones: uno que ha entrado á todo vapor en la evolución -universal del progreso, y otro que, por razones políticas interiores y -por inercia, quiere permanecer unido á la primitiva tradición. Este -espectáculo contradictorio y paradojal no puede durar. Ha persistido -algunos años como los platillos de una balanza, no obstante sus pesos -distintos, permanecen durante una milésima de segundo igualados en el -mismo nivel. Los cincuenta años de civilización moderna japonesa -transcurridos hasta el presente significan un breve instante de su -historia.</p> - -<p>Repito que esta situación anómala no puede mantenerse indefinidamente. -El Japón tendrá que volver atrás, si quiere conservar su organización -tradicional. Si desea seguir progresando, deberá avanzar, confiándose á -lo desconocido, pues representa una candidez infantil querer -aprovecharse de las ventajas del progreso y no resignarse á correr sus -riesgos y sufrir sus inconvenientes.</p> - -<p>El Japón de las ciudades tradicionales, de los bosques sagrados, de las -pagodas y las leyendas religiosas, es todavía una realidad; pero no lo -es menos el Japón de los grandes centros industriales, de las masas -obreras que<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308">{308}</a></span> copian las organizaciones y reivindicaciones de los -trabajadores de otros países. El socialismo tiene cada vez más adeptos -en los centros industriales del Japón. Hay que imaginarse lo que pueden -ser en el porvenir los jornaleros japoneses si dedican á las doctrinas -revolucionarias el entusiasmo tenaz, el desprecio á la vida y la escasez -de necesidades con que sus ascendientes sirvieron al Mikado.</p> - -<p>La organización tradicional todavía es muy fuerte y con hondas raíces, -pero resulta indudable que sus directores han perdido la confianza y la -tranquilidad de otros tiempos. El gobierno japonés y sus funcionarios -dan frecuentemente la prueba de esta inseguridad que les impulsa á -emplear procedimientos indignos de un país salido de la barbarie. La -policía ha matado á varios japoneses propagandistas del socialismo y á -otros individuos, simplemente por pertenecer á las familias de aquéllos.</p> - -<p>Un socialista famoso del Japón fué asesinado, estando en la cárcel, por -un capitán de gendarmería, y tan escandaloso resultó el crimen, que los -tribunales condenaron á varios años de presidio á su autor, aunque -excusaron en parte su delito y la lenidad de su propia sentencia -declarando que había matado «por desorientación moral, creyendo hacer un -bien á su país».</p> - -<p>Además, ya existen japoneses que disparan contra el Mikado. El penúltimo -emperador, verdadero padre de la patria actual, fué objeto de una -tentativa de asesinato político, á pesar de su gloriosa historia.</p> - -<p>Estando yo en Nara leo la noticia de que un obrero acaba de disparar un -pistoletazo contra el príncipe regente, que es en realidad el emperador.</p> - -<p>Hay que haber vivido en este país para darse cuenta con exactitud de lo -que significan tales atentados. El em<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309">{309}</a></span>perador es el nieto de los dioses -y habla con ellos frecuentemente.</p> - -<p>Hasta hace pocos años no se mostraba nunca en público. Seguía la -tradición de sus antecesores, que iban escoltados por guerreros de dos -sables y si un japonés osaba acercarse al emperador para conocerlo -sentía inmediatamente su cabeza desprenderse de los hombros. Aun en la -época actual, el representante del Mikado sólo se deja ver en público -muy de tarde en tarde... Y cuando esto ocurre, siempre hay algún japonés -que tira contra él.</p> - -<p>Es como si el Papa se decidiese á salir de su retiro del Vaticano para -hacer un viaje por la Vendée ó las Provincias Vascongadas, y el hijo de -un antiguo devoto lo saludase con varios tiros de revólver, apuntando á -la cabeza.<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310">{310}</a></span></p> - -<h2><a name="XXIV" id="XXIV"></a>XXIV<br /><br /> -LA ISLA DONDE NADIE NACE NI MUERE</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Osaka y su población industrial.—El famoso Mar Interior.—La isla -de Myajima, donde nadie nace y nadie muere.—Ni perros, ni -automóviles, ni telégrafo, ni luz eléctrica.—El dulce rincón de la -paz y la vanidad patriótica.—El príncipe heredero de Corea, su -esposa y su séquito.—Embarque bajo la nieve.—Adiós al Japón -insular.—La terrible ironía del Pacífico.</p></div> - -<p>Osaka es la ciudad más populosa del Japón, después de Tokío. En sus -barrios céntricos, muchos edificios de pisos numerosos tienen en sus -puertas chapas metálicas con rótulos de sociedades industriales. Por -todas partes grandes almacenes y oficinas. Los transeuntes van vestidos -á la europea, y solamente cuando pasa una mujer que conserva el traje -japonés ó al encontrar alguna casita baja de madera que aún subsiste -entre edificios enormes, á imitación de los de Nueva York, se recuerda -que estamos en el Japón.</p> - -<p>Una espesa red se tiende sobre las cruces de los postes y andamiajes -férreos de las techumbres: teléfonos, telégrafos, cables conductores de -luz y de fuerza. Centenares de chimeneas esparcen borrones de humo sobre -un cielo donde hace medio siglo colocaban los artistas del país sus -vuelos de blancas cigüeñas.</p> - -<p>En algunos talleres las chimeneas de vapor son cuadradas y ostentan en -una de sus caras el rótulo del esta<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311">{311}</a></span>blecimiento, según la escritura -japonesa, letra sobre letra. Tienen el aspecto de enormes barras de -lacre rojizo clavadas en el suelo y con una misteriosa marca de fábrica. -Aquí están las grandes manufacturas de la sedería japonesa y todos los -centros de la industria moderna del país.</p> - -<p>Canales anchísimos parten las principales avenidas. En todos ellos y en -el río se ven sampanes de construcción arcaica y remolcadores flamantes -llevando las mercancías hacia Kobé, que es en realidad el puerto de -Osaka.</p> - -<p>Se nota en esta urbe japonesa la influencia de la clase obrera. Al -anochecer hay una muchedumbre trabajadora en las calles, compuesta -especialmente de mujeres que salen de las hilanderías de seda. Entre -estas japonesas y la <i>musmé</i> de hace pocos años existe una diferencia de -siglos. Son jornaleras como las de Europa y las imitan en el adorno de -su persona. Los hombres están organizados para la resistencia pasiva y -la huelga.</p> - -<p>Esta muchedumbre sometida á la industria da á Osaka una abundancia -extraordinaria de espectáculos públicos y lugares de diversión. Todos -los comediantes japoneses pasan por esta ciudad. Hay calles enteras de -teatros y cinematógrafos, con carnavalescos adornos de linternas, -lienzos escritos y enormes banderas. Como el japonés es sobrio en sus -necesidades nutritivas, reserva gran parte del jornal para los recreos -nocturnos. El deseo de todas las obreras es ir al cinematógrafo y vestir -como las mujeres de Europa. En Osaka se vive ya muy lejos del antiguo -Japón, visto en los libros y las estampas.</p> - -<p>Salimos de esta ciudad para ir hacia Simonoseki, donde nos despediremos -del Japón insular, pasando á la orilla firme de Asia, á la antigua -Corea, que es hoy un<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312">{312}</a></span> Japón continental. Pero antes de abandonar la -mayor de las islas niponas, todavía volvemos á encontrar el primitivo -pueblo japonés, retardatario y enamorado de sus tradiciones.</p> - -<p>Marchamos en ferrocarril un día entero, siguiendo las costas del Mar -Interior. Aquí están los paisajes y las marinas que copiaron en el -transcurso de dos siglos y medio los grandes maestros del arte japonés.</p> - -<p>Es un mar que nunca ofrece la desnuda monotonía de los horizontes -oceánicos. Siempre tiene en su fondo un promontorio, una cúspide de -montaña que emerge solitaria, ó un grupo de islas. El agua, al -introducirse en la tierra nipona, ha roído las costas con una sucesión -innumerable de cabos, pequeños golfos, bahías casi cerradas y -desfiladeros marítimos. Estos últimos son más angostos que muchos ríos, -pero de considerable profundidad, que permite el acceso á buques de gran -calado y hasta á los paquebotes del Océano.</p> - -<p>Pasamos ante golfos de un agua verde y dormida, en la que permanecen -inmóviles los sampanes de cabotaje, con velas de persiana y popa de -carabela. Más allá vemos deslizarse sobre la superficie acuática, como -si marchasen en sentido inverso, grupos de islitas negras, compuestas de -picachos volcánicos, que tienen agudas aristas. En otras ensenadas, el -Mar Interior está agitado por una desviación caprichosa del viento, y -varias filas de olas verdes y blancas se suceden casi tan juntas como -los pliegues de un vestido. Es el mar de las estampas japonesas, que -parece amanerado y antinatural por invención de los artistas, siendo sin -embargo una copia exacta de la realidad.</p> - -<p>Muchos pueblecitos de pescadores se extienden entre la playa y la vía -férrea. Vemos barcas puntiagudas puestas al seco en plazas, paseos y -jardines. Grupos de<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313">{313}</a></span> muskos corretean ante las casitas con techo negro y -cóncavo y paredes de madera sin pintar. Todos agitan los brazos y dan -gritos viendo el paso del tren, con la exuberancia algo insolente de los -muchachos japoneses. Éstos sólo adquieren la amabilidad risueña, -concentrada y un poco inquietante del nipón cuando son hombres y las -necesidades de la vida los obligan á tal cambio. Por algo las -autoridades y las asociaciones cívicas, cuando instituyen premios -públicos, los destinan á «las viudas virtuosas» y á «los niños -respetuosos».</p> - -<p>Al alejarnos por corto tiempo del Mar Interior pasamos ante el castillo -de Himaja y otras viviendas fortificadas de los antiguos daimios. Estas -residencias feudales tienen cóncavos tejados negros sobre sus murallas, -así como en las torres y en el alcázar central. Las almenas al aire -libre de los castillos de Europa no existieron en la Edad Media -japonesa. Los samurais disparaban sus ballestas bajo techo y arrojaban -igualmente piedras y líquidos sobre los asaltantes á cubierto de la -lluvia y del sol.</p> - -<p>Otra vez viajamos frente al Mar Interior, viendo canales salados que se -deslizan como ríos entre la costa firme y las islas inmediatas. Vapores -de gran tonelaje avanzan lentamente por estos corredores marítimos. En -mitad de los pasos surgen islotes é isleoncillos, que aún los hacen más -angostos.</p> - -<p>Una rica fauna marina se multiplica en el laberinto de los canales -verdes. Las barcas pescadoras son innumerables. Las orillas están -ocupadas en un espacio de varios kilómetros por redes y otros artefactos -modernos de pesca. Se ve que las poblaciones ribereñas tienen por única -industria la explotación de este mar, en el que se quiebra la luz con -infinitas variedades, según el contorno de las tierras que lo rodean. En -ciertos lugares ce<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314">{314}</a></span>rrados por montañas es á la vez verde, rojo y azul, -como si un trozo del arco iris flotase sobre sus aguas.</p> - -<p>Empieza á nevar, sin que por ello se oculte el sol. Los campos de arroz -brillan lo mismo que espejos dentro de un marco blanco; la nieve ha -cubierto sus ribazos. Aumenta el frío á medida que nos vamos alejando de -la orilla japonesa que mira á las soledades del Pacífico. Nos -aproximamos á Corea, península que al despegarse del continente Asiático -recibe en su dorso el frío soplo de los vientos de Siberia.</p> - -<p>Abandonamos el tren para visitar la famosa isla de Myajima, la Arcadia -japonesa, un pedazo de tierra «donde nadie nace y nadie muere».</p> - -<p>El viajero que llegando por Occidente ha desembarcado en Nagasaki y aún -no ha visto nada del país, se siente profundamente impresionado por la -paz campestre de esta isla. Los que vienen del interior del Japón -después de haber visitado la selva de Niko y el parque sagrado de Nara, -no pueden sentir del mismo modo las impresiones avasallantes de la -novedad.</p> - -<p>Myajima, separada de la tierra firme por un canal del Mar Interior, con -sus bosques de criptomerios, pinos y árboles frutales que sólo dan -flores, es toda ella un templo vegetal dedicado á los dioses. Por sus -senderos trotan los venados, lo mismo que en Nara, con la confianza del -que no ha conocido nunca el miedo. Nadie puede molestar á estos dulces -animales, señores de la isla.</p> - -<p>Los antiguos japoneses quisieron hacer de este pedazo de tierra un -modelo de lo que sería la vida humana si no existiesen el dolor, la -muerte y la necesidad de trabajar para comer.</p> - -<p>Una paz absoluta y profunda sale al encuentro del viajero al poner sus -pies en la isla. Los venados se acer<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315">{315}</a></span>can á lamerle la mano, en espera de -alguna golosina. En las revueltas de los senderos se tropieza con -<i>musmés</i> de sonrisa franca que le miran sin los remilgos de la -honestidad, como si perteneciesen á un mundo de primitiva inocencia, sin -noción alguna de lo que es pecado. En las frondosidades de la selva -sagrada va descubriendo capillitas con Budas de piedra, roída por los -siglos, y linternas de granito que en ciertas noches esparcen su luz -vagorosa para recuerdo de los Antepasados.</p> - -<p>Todo lo que representa la vida moderna, con sus ruidos incómodos y sus -hediondeces, está prohibido aquí. Ningún perro puede entrar en Myajima, -para que los venados no sufran alarmas ni miedos. Además, no se toleran -en la isla automóviles, carruajes de caballos, ni simples <i>korumas</i>. -Todos deben marchar por sus pies, como en los primeros tiempos de la -creación. La gasolina es contrabando. Tampoco son permitidos el -telégrafo, el teléfono y la luz eléctrica.</p> - -<p>Hasta hace cincuenta años estaba prohibido igualmente nacer ó morir -dentro de la isla. Las mujeres embarazadas y los enfermos eran -embarcados para la orilla de enfrente. La dulzura de una paz inalterable -rodeaba á los habitantes de este paraíso. Todos sonreían. Jamás sonaba -una mala palabra, ni las voces coléricas de una contienda.</p> - -<p>Ahora la isla feliz conserva sus ciervos familiares y dulces, su -arboleda sagrada y rumorosa, pero los habitantes humanos han cambiado. -Se nace y se muere sobre su suelo, como en las demás tierras. Hay -enfermos, y además hay hoteleros rapaces, que se han establecido en ella -atraídos por la gran afluencia de visitantes.</p> - -<p>El monumento religioso más frecuentado es una pagoda á orillas del mar, -con la plataforma montada sobre pilotes. Aguas adentro, un <i>tori</i> enorme -hunde sus dos co<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316">{316}</a></span>lumnas de madera en la superficie tranquila, que -refleja su imagen. Es tal vez el pórtico más hermoso del Japón por su -emplazamiento marítimo. En cambio, el templo inmediato, cuando baja la -marea y queda en seco sobre sus hileras de postes, tiene el aspecto de -un balneario.</p> - -<p>En el interior de este edificio dedicado á la paz se tropieza -inmediatamente con recuerdos de guerra y peligrosas vanidades del -patriotismo. Muchos soldados de la contienda ruso-japonesa dejaron aquí -sus cucharas como un homenaje á la divinidad. En las paredes hay -pinturas, algo primitivas, representando las principales batallas -navales de la citada guerra, y el ingenuo artista se complació en -detallar el efecto mortal de los tremendos cañonazos.</p> - -<p>¿Será la paz un eterno ensueño de los humanos?... Estos hombres -amarillos quisieron crear hace siglos un rincón en el que nadie -conociese los dolores del nacimiento y de la muerte, un retiro de paz -donde hombres y animales ignorasen las emociones del miedo, y el -patriotismo viene ahora en peregrinación á depositar sus recuerdos de -guerra y cubre las paredes con imágenes de enormes matanzas.</p> - -<p>Cuando tomamos el tren para continuar nuestra marcha hacia Simonoseki, -nos encontramos con un compañero inesperado de viaje, cuya persona atrae -una afluencia oficial en todas las estaciones importantes. Es el -príncipe heredero de Corea, que va á pasar una temporada en la capital -del país regido en otro tiempo por sus ascendientes. Esto de príncipe -heredero no es mas que un título. Nada puede ya heredar, pues el reino -de Corea se lo anexionó definitivamente el Japón en 1910.</p> - -<p>Vemos en los andenes grupos de militares que vienen por obligación á -saludar ceremoniosamente á este príncipe olvidado, sin que les inspire -una verdadera curiosi<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317">{317}</a></span>dad. Los guerreros japoneses son los únicos que -saben llevar bien su vestimenta de origen europeo. Los gobernadores -civiles de las provincias se van presentando puestos de frac, con un -lado del pecho cubierto de condecoraciones, lo mismo que un profesor de -ocultismo y prestidigitación de los que actúan en los teatros.</p> - -<p>La gente popular no se preocupa de este recibimiento monótono y -aparatoso. En todos los andenes, por modesta que sea la estación, hay -lavabos al aire libre, hechos de azulejos blancos y con espejos ovales. -Todos ellos tienen agua caliente en abundancia, y los japoneses que -afrontan el frío ligeros de ropa aprovechan la ocasión para lavarse el -cuerpo en público, sin recato alguno, con este líquido que humea.</p> - -<p>Sigue nevando, cada vez más copiosamente, y cuando llegamos á -Simonoseki, á las diez de la noche, á pesar de que el tren se detiene á -unos cien metros del embarcadero, resulta penoso el corto trayecto. Nos -hundimos en la nieve hasta cerca de la rodilla, y así vamos llegando al -buque estrecho y largo, que llena una gran parte del malecón con su -pared blanca perforada por redondeles de luz interior.</p> - -<p>Desde la última cubierta veo una procesión de linternas igual á las que -figuran en las antiguas estampas japonesas. Es el príncipe que viene á -embarcarse con todo su cortejo.</p> - -<p>A este heredero sin corona, instalado en Tokío, cerca del gobierno, lo -casaron con una japonesa de gran familia, para tenerlo de tal modo en la -más absoluta sumisión. Gran número de policías, con uniforme ó en traje -civil, avanzan sobre la nieve, llevando cada uno de ellos un farol -redondo de papel. Entre las dos filas de resplandores rojos y amarillos -que danzan sobre el suelo blanco veo venir al príncipe, un personaje -asiático, de aspecto<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318">{318}</a></span> decadente, vestido de general japonés y mirando á -un lado y á otro mientras sonríe tímido é inquieto.</p> - -<p>Delante de él marcha su esposa con una petulancia militar, balanceando -marcialmente un brazo, irguiéndose para que la crean más alta, dentro de -su gabán de viaje rematado por un sombrero á la moda de Europa. Un -oficial va pegado á ella para defenderla de la nieve con un paraguas -abierto de brillante cartón. Todas las atenciones son para la japonesa. -El marido la sigue como uno de tantos individuos del séquito.</p> - -<p>Antes de media hora vamos á alejarnos del Japón insular. Volveremos á -encontrarlo en la tierra de Corea, pero ésta sólo es japonesa por las -imposiciones de la fuerza y han de pasar muchos años de tranquilidad -para que llegue á fundirse verdaderamente con su dominador.</p> - -<p>Al alejarnos de las costas del antiguo Imperio del Sol Naciente -reflexiono para concentrar y fijar mi opinión definitiva sobre él.</p> - -<p>Esta opinión no es firme y homogénea. Resulta doble y contradictoria, -como el espíritu del Japón actual. Admiro el enorme esfuerzo realizado -por un pueblo que hace medio siglo vivía en su Edad Media y se asimiló -en tan corto espacio de tiempo todos los progresos materiales realizados -por el resto de la humanidad. Admiro su buena educación y me asombra -igualmente su disciplina, que le permitió cambiar de un modo casi -instantáneo sus pensamientos, sus costumbres y sus trajes, para obedecer -las órdenes innovadoras del Mikado.</p> - -<p>Algunos sólo han visto en todo esto una facilidad enorme de imitación, -un trabajo simiesco extraordinario. Es cierto que hasta ahora los -japoneses no han hecho mas que copiar, sin producir algo verdaderamente -original. Pero medio siglo es un plazo muy corto, y no puede exigirse á -un pueblo, después de haber<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319">{319}</a></span> realizado en tan pocos años la absorción de -varias civilizaciones ajenas, que produzca además obras propias y -originales. Queda por ver en lo futuro si el japonés es un simple -imitador ó si al dar por terminado el ciclo de su asimilación podrá -contribuir al progreso universal con un aporte puramente suyo.</p> - -<p>El porvenir del Japón resulta más enigmático que el de otros pueblos. No -se sabe si continuará adelante, aceptando el progreso con todas sus -consecuencias disolventes para el mundo antiguo, ó sentirá miedo al ver -que la masa de su obrerismo, cada vez mayor, apadrina las -reivindicaciones sociales de los blancos, y en tal caso se aislará de -las demás naciones, cerrando sus puertos como en tiempo de los dos -Shogunes.</p> - -<p>Lo único que sé con certeza es que este pueblo ha sido elogiado con -exceso, adulado en demasía.</p> - -<p>Muchos que por ignorancia se imaginaban á los japoneses como unos «monos -amarillos» antes de su guerra con Rusia, al verlos luego vencedores los -han considerado unos superhombres, admirándolos ciegamente hasta en sus -mayores defectos.</p> - -<p>Repito que es asombroso el progreso material de este pueblo y las -fuerzas defensiva y ofensiva que supo improvisar y organizar en -cincuenta años. Pero la suerte le ayudó también de un modo -extraordinario, una suerte que ahora parece haberse vuelto de espaldas, -dejando caer sobre las islas niponas los cataclismos más destructores.</p> - -<p>Para engrandecerse tuvo que batallar con la China, desorganizada y poco -propensa á la guerra. Su único enemigo importante fué la Rusia de los -zares, podrida hasta la médula por la inmoralidad administrativa, -debilitada por el odio popular, y teniendo que mantener sus ejércitos -casi en el lado opuesto del planeta, sin otro<span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320">{320}</a></span> medio de comunicación que -el Transiberiano, ferrocarril incompleto, de vía única.</p> - -<p>Las grandes potencias tratan con dureza á este pueblo, que continúa -acariciando silenciosamente su ensueño de dominación sobre la mayor -parte del Asia. Inglaterra, su antigua maestra y aliada, lo ha dejado de -su mano. Los Estados Unidos, instalados en Hawai y en Filipinas, -dispensan á la China amenazada una protección que se expresa con regalos -más que con palabras.</p> - -<p>El Japón siente una cólera sorda, cada vez más grande, al ver que no -puede avanzar sin que la mano de alguna de las potencias blancas se -apoye en su pecho.</p> - -<p>¡Quién sabe si Magallanes, al dar el nombre de Pacífico al mayor de los -Océanos, inventó, sin saberlo, la más cruel y sangrienta de las ironías -de la Historia!...<span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321">{321}</a></span></p> - -<h2><a name="XXV" id="XXV"></a>XXV<br /><br /> -EL REINO DE LA MAÑANA TRANQUILA</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Una mala noche sobre las aguas que presenciaron la gran batalla -naval de Tsushima.—El frío de Corea.—El traje grotesco de los -coreanos.—Sus dos sombreros.—Cómo el Japón se apoderó del reino -de la Mañana Tranquila.—Asesinato de la reina por los -japoneses.—Horizontes dilatados.—Procesiones de -fantasmas.—Cuervos y tumbas.—En Seul.—Las generosas ilusiones de -un patriota.</p></div> - -<p>Un barco nevado inspira una tristeza fúnebre.</p> - -<p>En tierra, la nieve lo cubre todo con su blancura uniforme, la casa que -habitamos, los campos inmediatos, las montañas, el último límite del -horizonte. En el mar, la lívida superficie atrae con una succión de boa -las blancas mariposas del invierno, haciéndolas desaparecer. Únicamente -se amontona la nieve y persiste sobre la cubierta del buque, dándola un -aspecto de féretro. Al andar por ella nos hundimos en la pasta glacial y -su contacto nos recuerda el frío de la muerte.</p> - -<p>Este buque japonés que va hacia Corea es largo, angosto y de poderosa -máquina, como un torpedero. Fué construído para la velocidad, sin pensar -en los nervios y entrañas de las gentes que irían dentro de él. Como -toda su navegación es por un estrecho, el de Tsushima, entre el Japón y -el continente asiático, recibe la marejada de lado, y dócil á la ola, se -acuesta, navegando largo rato en tal posición, hasta que por las<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322">{322}</a></span> leyes -del equilibrio repite su tumbo sobre la banda contraria.</p> - -<p>Pasamos una mala noche por la calidad del buque más que por las furias -del mar.</p> - -<p>Cerca de la isla de Tsushima, situada en mitad del estrecho, es tan -violento el oleaje y de tal modo se ladea el barco, que para sostenerme -dentro del lecho necesito agarrarme á sus bordes. No pudiendo dormir, -salgo de mi camarote, á pesar del frío. En el comedor suena un estrépito -de loza rota, que hace correr á los pequeños camareros japoneses.</p> - -<p>Veo sentados en el salón, como si estuviesen de visita, á la mayor parte -de los personajes del séquito del príncipe. Los militares conservan -puestas sus medallas y cordones de oro, sus charreteras, su sable al -cinto. Los funcionarios civiles siguen con su larga levita correctamente -cruzada y el sombrero de copa en una rodilla.</p> - -<p>Son las dos de la mañana. Como en el buque no hay camarotes disponibles -para tanta gente, estos personajes amarillos, pequeños y estirados, -insensibles á la noche y á la violencia de las olas, continúan en sus -asientos sin perder nada de su aspecto oficial, sin desabrocharse un -botón, con los ojitos casi cerrados, cambiando solamente de tarde en -tarde alguna palabra. Están cumpliendo un servicio patriótico. Son los -cortesanos del príncipe de Corea y al mismo tiempo sus guardianes. El -príncipe vive sometido al Mikado y perdió todo crédito en su antiguo -reino, pero nadie puede adivinar el porvenir, y montando la guardia -junto al heredero sin herencia, velan por la seguridad del Japón.</p> - -<p>Vuelvo á mi cama, y para entretener el insomnio recuerdo el célebre -combate naval de Tsushima, la gran victoria que el almirante Togo obtuvo -en estas mismas aguas sobre los rusos. Las sacudidas del mar me -humi<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323">{323}</a></span>llan y al mismo tiempo me hacen admirar la barbarie heroica de mis -semejantes, que añaden al peligro de la ola y á la violencia del viento -el estrago de las armas inventadas por ellos. ¡Valerse del cañón y del -torpedo, metidos en unas cajas férreas é inseguras, sobre este mar -tempestuoso!...</p> - -<p>Hay que reconocer al hombre una brutal superioridad sobre los animales -más fieros de la creación. Éstos, cuando se baten por comer, necesitan -una tierra sólida y un ambiente tranquilo. Si tiembla el suelo, si -estalla una tempestad, si sobreviene una inundación, las bestias más -feroces cesan de pelear, el miedo las junta y huyen, sin ocurrírseles -insistir en sus agresiones. El animal humano, sobre islas inestables y -frágiles construídas por él, dispara cañones monstruosos y sólo piensa -en destruir al enemigo que tiene enfrente, sin preocuparse del cariz del -cielo, sin acordarse del abismo abierto bajo sus pies. ¡Y este -encarnizamiento de su gloriosa superbestialidad empieza á repetirlo -ahora en los silenciosos desiertos de la atmósfera!...</p> - -<p>Al romper el día es menos violento el balanceo, el mar se va serenando, -los objetos recobran el ritmo de su estabilidad, y al fin nos -inmovilizamos, llegando á través de los ventanillos del buque un ruido -de voces exteriores.</p> - -<p>Estamos en Fusán, puerto el más importante de la Corea, organizado por -los japoneses con todas las comodidades que exigen los transportes -modernos. Desembarcamos fácilmente, y á corta distancia del muelle nos -espera el tren que ha de llevarnos en diez horas á Seul, la capital.</p> - -<p>Necesito hacer una aclaración. Corea y Seul son nombres que sólo usamos -los blancos y desconocen los coreanos. El verdadero nombre de Corea para -los del país es Chosen, y Seul se llama en coreano Keijo.<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324">{324}</a></span></p> - -<p>Todos los Imperios del Extremo Oriente tienen un nombre poético, que les -dieron sus primitivos habitantes de acuerdo con sus observaciones -geográficas ó su vanidad patriótica.</p> - -<p>Los japoneses llamaron siempre á su país Imperio del Sol Naciente. Como -ven surgir el sol por el lado del Pacífico, el nombre no es inexacto. -Pero juzgando lo que les rodeaba por sus propias sensaciones, llamaron á -la China Imperio del Sol Poniente, ya que por el lado de esta nación -continental descendía y se ocultaba el astro diurno.</p> - -<p>El nombre de China lo ignoraron completamente los chinos hasta hace -poco. Por primera vez se ha usado de un modo oficial al proclamarse la -República. En los numerosos siglos que duró el régimen de los -emperadores, el vastísimo país amarillo se tituló Imperio de Enmedio. -Admitían que el Japón fuese el país del Sol Naciente, pero ellos no -podían ser el del Sol Poniente, pues veían descender á éste más allá de -sus dominios, en tierras desconocidas.</p> - -<p>Colocado entre el Imperio del Sol Naciente y el Imperio de Enmedio, tomó -el reino de Corea el título que le quedaba disponible, y se llamó -<i>Cho-Sen</i>, que significa «Mañana Tranquila» ó «Mañana Fresca».</p> - -<p>Pisamos el suelo del ex reino de la Mañana Tranquila. El día es -clarísimo, luce un sol juvenil en un cielo de nítido azul, pero el frío -resulta extraordinario: un frío más crudo y hostil que el de los países -donde fueron establecidas las grandes urbes humanas.</p> - -<p>De las fuentes de la estación y del muelle, así como de las techumbres -de los vagones, penden estalactitas de hielo. Arroyos y charcas parecen -de mármol blanco y bruñido. Hay que llevarse las manos frecuentemente á -las orejas y la nariz para frotarlas con violencia. Un<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325">{325}</a></span> viento cortante -viene de la Siberia, á través de esta atmósfera azul empapada en luz -solar.</p> - -<p>Empezamos á ver por todas partes hombres vestidos de blanco, todos ellos -con una bata ó amplia camisa hasta los talones, que aletea bajo el -viento. Estas vestiduras parecen aumentar con su color de nieve la aguda -sensación de frío que nos rodea. Los hombres que trabajan en el puerto -llevan, además de su bata, un «pasa-montaña», casco tejido que les llega -hasta los hombros y enmascara una parte de su rostro.</p> - -<p>Luego, los verdaderos coreanos, los que usan completo el traje nacional, -van llegando, atraídos por el desembarco de viajeros. ¿Cómo explicar la -extravagancia de su indumento?... Visten todos la túnica blanca y debajo -unos calzoncillos de igual color sujetos al tobillo, y unas sandalias de -cuero ó de paja. Esto no es extraordinario, aunque resulte poco -comprensible que, en una tierra cuyo invierno es de los más crudos, -vayan las gentes vestidas veraniegamente, de algodón blanco. Su tocado -es lo inverosímil. Todos llevan un sombrero de copa cuyo tamaño no llega -á ser el de la mitad de su cabeza: un sombrero como el de los <i>clowns</i>, -que se sostiene gracias á unas bridas atadas por debajo de la mandíbula -inferior.</p> - -<p>Este sombrero no sirve de nada, no puede librarles del sol ni de la -lluvia, ni siquiera entra en su cabeza, sosteniéndose en la forma que ya -hemos dicho; y sin embargo, la pequeña chistera, que parece fabricada -para un niño, es objeto de atenciones y modificaciones, según la época -del año. En invierno la llevan metida en una funda de hule reluciente; -en verano le quitan dicha envoltura y queda tal como es, de gasa -engomada con un armazón de alambre.</p> - -<p>De vez en cuando se ve algún coreano que usa otra<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326">{326}</a></span> clase de sombrero, -antítesis por su enorme tamaño de la chisterita de payaso. Es una -espuerta de paja con la boca invertida, una especie de plato de bordes -tan amplios que casi toca los hombros del portador, dejando su rostro -invisible. Este sombrero-cúpula sólo lo usan los que están de luto.</p> - -<p>Sea cual sea el tocado de sus cabezas, los coreanos van á todas partes -con una pipa de bambú de tubo larguísimo, que les precede lo mismo que -una antena de insecto ó la hoja del pez-espada. A su final hay un -hornillo de barro tan exiguo que pueden llenarlo con un pellizco de -tabaco. Nunca abandonan esta pipa, y con ella en la boca labran los -campos ó construyen los edificios de las ciudades, lo que da á su -trabajo una lentitud soñolienta.</p> - -<p>Su estatura aventajada aún parece más alta cuando pasan al lado de sus -dominadores los japoneses. Estos pigmeos disciplinados, activos y -enérgicos, vestidos de gris, no tienen la majestad de los arrogantes -coreanos con sus luengas túnicas blancas. Tal es su aire solemne de -personajes decadentes y perezosos, que el observador acaba por -acostumbrarse á su pequeño sombrero de payaso, y hasta encuentra cierta -belleza á sus rostros largos, de nariz algo aplastada, tez pálida y -barbas lacias.</p> - -<p>Este reino de la Mañana Tranquila es uno de los lugares del Extremo -Oriente que más tardaron en recibir la visita de los blancos. Marco -Polo, que estuvo en tantos pueblos del Asia del Este, no pasó nunca por -Corea. El primero que penetró en el país fué un jesuíta español, el -padre Gregorio de Céspedes, en 1594, pero no pudo ir más allá de los -alrededores de Fusán, donde nos hallamos nosotros ahora.</p> - -<p>Ningún pueblo asiático fué tan cruel como éste en<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327">{327}</a></span> la persecución de los -misioneros cristianos. Los martirios de Corea resultan los más -espantosos de todos. Hace cuarenta años nada más, los propagandistas del -cristianismo arrostraban aún espeluznantes tormentos al circular -cautelosamente sobre esta tierra, visitando los grupos de coreanos que -profesaban en secreto dicha religión. Para viajar con más seguridad los -misioneros, disfrazados con trajes del país, empleaban el sombrero de -luto, que oculta el rostro.</p> - -<p>En nuestros tiempos se disputaron este reino decadente la China, Rusia y -el Japón. El Imperio chino, gobernado por los soberanos manchures, que -procedían de los límites de la Corea, era el dominador. Pero el Imperio -del Sol Naciente, deseando esparcir su exceso de población en el suelo -asiático, había puesto sus ojos en el país de la Mañana Tranquila.</p> - -<p>Con el pretexto de libertar á los coreanos de la «tiranía china», hizo -la guerra al Imperio de Enmedio en 1894, obligándolo á que reconociese -la independencia de Corea. Después, como los rusos pretendían influir en -la política de este país, hizo la guerra á Rusia en 1902, y la batió, -siempre por defender la independencia de la pobre Corea. Y en 1910, para -que nadie pudiese atentar más contra la tal independencia, se anexionó -simplemente la península coreana, declarándola colonia japonesa. Pocas -veces se ha visto en la Historia tanta generosidad aparente encubriendo -una hipocresía tan cínica.</p> - -<p>Hasta fines del siglo XIX la Corea fué un misterio. Ningún explorador -europeo había penetrado en ella. Los geógrafos sólo podían saber lo que -contaban los marinos después de navegar ante sus costas y los relatos -algo vagos de los misioneros, más atentos á la conquista de las almas -que al estudio físico del país. Todavía, en 1885,<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328">{328}</a></span> al escribir Elíseo -Reclús su famosa <i>Geografía Universal</i>, confesaba la escasez de sus -conocimientos sobre la península de Corea, país que «había procurado -mantenerse en el olvido sin intervenir en la historia de Asia», -añadiendo que el lugar ocupado por este vasto reino daba la impresión de -una <i>tierra vacía</i>.</p> - -<p>Sólo conocían los europeos relatos confusos y fabulosos sobre Corea. De -tarde en tarde se conmovían un poco al enterarse de horribles martirios -sufridos por los misioneros. Los japoneses vivían más cerca, su calidad -de amarillos les permitía deslizarse en el país, y como estaban -enterados de la riqueza de sus minas y de su fertilidad agrícola, -descuidada y abandonada, procuraron apoderarse de él por los medios -falsamente generosos que hemos indicado.</p> - -<p>Hubo una reina de Corea que, en 1895, intentó oponerse á los manejos -absorbentes del Japón. Éste iba apoderándose del país con disimulo, y la -reina, para contrarrestar su influencia, hizo una política nacionalista, -francamente coreana, buscando apoyo para ello en los rusos, ya que las -demás potencias europeas no mantenían relaciones seguidas con su patria.</p> - -<p>Los japoneses, que son el pueblo más cortés de la tierra, no reconocen -obstáculos cuando se proponen la realización de un deseo. Estos -hombrecitos risueños y amantes de las flores consideran la muerte como -un accidente sin importancia. Y como les estorbaba la reina de Corea, -enviaron á Seul un embajador extraordinario, el vizconde Miura Goro, -para que organizase simplemente el asesinato de dicha soberana.</p> - -<p>Un grupo de bandidos á sueldo invadió pocos días después el palacio de -Seul, mientras varios piquetes de soldados japoneses ocupaban sus -puertas para que nadie pudiese escapar. Varios oficiales del ejército -japo<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329">{329}</a></span>nés acompañaron sable en mano al grupo de asesinos. Y la reina de -Corea cayó hecha pedazos bajo tanta cuchillada mortal. Luego, su cadáver -fué quemado en un bosquecillo del parque de palacio.</p> - -<p>A partir de este crimen político, los monarcas coreanos fueron humildes -servidores del Imperio japonés, y al emprender éste su guerra con Rusia -y apoderarse militarmente de Corea, no hizo mas que completar una obra -preparada desde algunos años antes.</p> - -<p>Hoy el ex reino de la Mañana Tranquila es un Japón continental. En los -primeros años de ocupación los japoneses se mostraron brutales y -crueles. Luego, al quedar dueños absolutos del país con la aquiescencia -de todas las naciones, el gobierno japonés ha cambiado de conducta, -dedicándose á su fomento industrial y agrícola.</p> - -<p>Debe reconocerse que en los últimos años los japoneses llevan hechos -grandes trabajos en Corea. Han saneado las ciudades, construído -ferrocarriles y carreteras, y sobre todo procuran engrandecer la -agricultura canalizando los ríos, creando grandes zonas de riego, -repoblando con enormes arboledas las montañas, taladas por los -naturales. Tal vez el gobierno de Tokío ha realizado en esta -colonización, fuera del antiguo solar patrio, mayores obras que para el -progreso de su propio país.</p> - -<p>Pero á ello contestan los coreanos que las reformas no las hacen los -japoneses para el bienestar de los naturales, sino para mejor desarrollo -y estabilidad de las muchedumbres niponas, que han caído sobre la tierra -conquistada como una nube de langosta, acaparándolo todo con su -actividad absorbente y agresiva. Y esto es tan verdad como lo otro.</p> - -<p>Apenas nuestro tren empieza á marchar por las planicies de Corea nos -damos cuenta de que hemos entrado<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330">{330}</a></span> en un mundo distinto al del -archipiélago japonés. En el Japón no se ven animales en los campos. La -tierra es cultivada por el brazo humano, y la mujer trabaja tanto como -el hombre. Todo está dividido en reducidas parcelas, y por más que se -viaje horas y horas no se sale de una huerta interminable de pequeños -cuadros de arroz ó de hortalizas, con surcos escrupulosamente rectos, -donde todo está agrupado como en una decoración de teatro. El bambú orla -las porciones de tierra cultivada, y entre éstas surgen árboles -graciosos cuyas hojas tienen colores de flor.</p> - -<p>En el reino de la Mañana Tranquila no existen las amenas sinuosidades -del cultivo intensivo. Impera la línea horizontal, como en los desiertos -azules del Océano. Nada es reducido y gracioso, todo es amplio y severo. -Las montañas tienen más roca que tierra, y brillan bajo el sol con tonos -rojos de carne desollada. Únicamente en los valles, atravesados por ríos -y arroyos, se extiende un doble cordón de álamos. En el resto del -paisaje, la tierra seca por el frío guarda la huella de los surcos, pero -no se ven árboles, y el suelo sin labrar sólo alimenta matorrales. Los -pueblos tienen un aspecto de pobreza crónica. Las viviendas son cabañas -de techo redondo hechas de paja y barro.</p> - -<p>Seguimos el curso de un gran río azul con láminas de hielo que se -desprenden de las orillas nevadas y flotan sobre la corriente, lentas y -cabeceantes. Unos perros enormes saltan junto á la vía é intentan correr -á la par del tren, enviándole feroces ladridos. Recuerdo los animales -fabulosos de piedra, mezcla de perro y de león, que decoran las -escalinatas de los templos japoneses. Estas bestias de granito con -mechones puntiagudos, ojos redondos y dentadura aguda de caimán, son -llamadas por los budistas «perros celestiales» ó «perros coreanos», por<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331">{331}</a></span> -haber tomado los escultores como modelos á los canes de este país.</p> - -<p>Vemos marchar á través de los sembrados largas filas de hombres blancos. -Las rudas barcazas que descienden el río van tripuladas igualmente por -hombres blancos. Los trabajadores que reparan la vía visten de idéntico -color. Por todas partes las mismas procesiones blancas, como si fuese -este país una tierra de fantasmas que se niegan á ocultarse en las horas -de sol. Los menos pobres van montados en bueyes, que aquí sirven de -cabalgaduras, sin abandonar por ello la larga pipa de bambú y el -sombrerito de copa alta sujeto con cintas.</p> - -<p>Pasean á grandes saltos por sembrados y caminos bandas de cuervos, -gruesos como pavos. Es la primera aparición de este animal, dueño -absoluto del cielo de Asia. Aquí es más grande y pesado, como si -engordase con la miseria del país. En China, en la India, en todos los -pueblos del mundo antiguo, vamos á encontrarlo más pequeño, más gracioso -de movimientos, pero con una abundancia prolífica de calamidad alada.</p> - -<p>Hacemos otro descubrimiento que va á acompañarnos por toda China, con la -repetición obsesionante de un tema infinito. Vemos en ciertos campos una -sucesión de montones redondos de tierra, iguales á los que forman los -agricultores para quemar las hierbas nocivas, ó como las cúpulas de los -hormigueros en África y América. Son tumbas. Todos los campos tienen -algunas, y á veces esta sucesión de montículos ocupa colinas enteras. El -Japón oculta discretamente sus sepulcros. En Corea y China la tierra -amontonada sobre un ataúd queda así para siempre, y los muertos van -ocupando con sus cúpulas una parte considerable del suelo que debe -sustentar á los vivos.</p> - -<p>Se nota en las montañas y en los sitios no cultivados<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332">{332}</a></span> la despoblación -forestal de otras épocas, que ahora procuran remediar los nuevos amos. -Corea es un país de rudos inviernos, y sus habitantes no poseen la -dureza de los japoneses para arrostrar el frío. Los coreanos han tomado -de los chinos su sistema de calefacción. Todas las viviendas, por -míseras que sean, tienen un subterráneo de piedra, donde se encienden -hogueras que envían su calor á través del piso de tablas. Para poder -calentarse durante numerosos siglos, los coreanos han cortado -primeramente los troncos de sus bosques, y al fin arrancaron sus raíces.</p> - -<p>Los japoneses, al menospreciar á estos amarillos que viven bajo su -dominación, dicen que el fuego fué para los coreanos lo que el opio para -los chinos. El placer del calor los adormeció, mientras su país iba -decayendo.</p> - -<p>Cerrada ya la noche llegamos á Seul, la antigua Keijo. Al abandonar el -tren podemos darnos cuenta del frío de este país. Hasta ahora sólo lo -habíamos sentido al abrir momentáneamente los vidrios de las -ventanillas. La tierra está tan endurecida, que cruje bajo los pies como -cristal en polvo. Las huellas de las ruedas sobre un suelo que fué -blando parecen ahora abiertas con cincel en el granito. Los del país -acogen con extrañeza nuestros estremecimientos. La temperatura no es mas -que de 12 grados bajo cero; algo primaveral para ellos, que esperan -fríos más crueles.</p> - -<p>El Gran Hotel de Chosen, donde nos alojamos, está preparado -afortunadamente para todos los rigores de este clima. Puertas y ventanas -tienen vidrios dobles. La calefacción es generosa y amplia en todas las -piezas.</p> - -<p>Junto al pórtico hay grupos de mercaderes ambulantes, cuyo aspecto nos -hace recordar que ya estamos en la verdadera Asia. En el Japón todos son -japoneses. Sólo de tarde en tarde se ve algún blanco, llegado por<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333">{333}</a></span> -recreo ó por negocios. En la capital de la Corea nos sale al encuentro -el Extremo Oriente cosmopolita.</p> - -<p>Mezclados con los coreanos hay mogoles de alta tiara de pieles y casaca -hecha con cueros peludos de oso negro; siberianos con gorro de astracán -y levita de cosaco, llevando el pecho adornado de cartucheras; judíos -rusos de perfil ganchudo; manchures de estatura de gigante y chinos: los -primeros chinos que encontramos. Todos ellos ofrecen pieles sueltas de -cibelina, de zorro plateado, de otras bestias de pelaje precioso, -cazadas en la vecina Siberia. Además venden pequeños objetos de jade, -como si fuesen anuncios del arte chino que vamos á encontrar muy pronto.</p> - -<p>Después de comer y antes de ir al teatro coreano, hablo con un -periodista de Seul, el más célebre de todos ellos, un verdadero héroe. -Con el entusiasmo de la juventud, este escritor ha emprendido la -generosa aventura de protestar contra la anexión japonesa y defender la -antigua independencia coreana.</p> - -<p>Sólo le sigue la clase popular, atraída siempre por los luchadores -audaces y desinteresados. No tiene otras armas que su pluma y su -energía. El gobernador japonés de Corea lo mete con frecuencia en la -cárcel por sus artículos, pero el castigo aumenta su popularidad y su -propio entusiasmo.</p> - -<p>Cuando se reune en Europa algún congreso diplomático, se presenta el -doctor Li, que así se llama dicho joven, con una comisión de -compatriotas, para exigir que sea devuelta su independencia al país de -la Mañana Tranquila. Como posee muchos idiomas, le es fácil expresar su -protesta. En Ginebra los señores de la Sociedad de Naciones lo han -escuchado muchas veces con aire distraído. ¡Pedir que el Japón renuncie -á la Corea, cuando ya la posee hace años y guarda en su propia<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334">{334}</a></span> casa, -como un esclavo feliz, al último heredero de sus reyes!... Que se -contente con esta única presa es lo que desean las otras potencias.</p> - -<p>Si de tarde en tarde pasa por Seul un hombre político ó un escritor -conocido, el doctor Li le visita para pedirle que aporte su concurso á -la justa empresa de devolver á todo un pueblo la independencia que le -arrebataron sin consultarlo.</p> - -<p>Oigo en silencio la larga historia de trabajos y penalidades que me -cuenta este propagandista de fe robusta de tenacidad quijotesca y al -mismo tiempo de una candidez asombrosa en sus ilusiones.</p> - -<p>Está convencido de que su causa triunfará finalmente, y confía para ello -en Lloyd George y en los Estados Unidos. En una de sus visitas á Europa -le prometió Lloyd George, sin pestañear, que Corea sería independiente -dentro de diez años justos. ¡Ah, terrible burlón! ¿Por qué diez años y -no nueve ú once?...</p> - -<p>Para animar á este joven generoso finjo creer en la promesa del político -inglés.</p> - -<p>—Cuando él dijo eso—añado—sus razones tendrá para afirmarlo. En lo -que se refiere á la ayuda de los Estados Unidos, tal vez se vea usted -obligado á esperar un poquito más, querido doctor. Antes de exigir al -Japón que devuelva á Corea su independencia, los señores de Wáshington -tendrán que ocuparse de otros dos países que se llaman Puerto Rico y -Filipinas.<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335">{335}</a></span></p> - -<h2><a name="XXVI" id="XXVI"></a>XXVI<br /><br /> -CAMINO DE LA CHINA</h2> - -<div class="blockquot"><p class="hang">Las calles glaciales de Seul.—El teatro coreano.—Espectadores que -se obsequian con hornillos encendidos.—La viuda enamorada del -bonzo y el guerrero matador de su rival.—Bailes simbólicos.—El -antiguo palacio de los reyes coreanos y el Capitolio de cemento de -los japoneses.—La Puerta de la Independencia y sus caravanas.—De -Seul á Pekín en sesenta días.—Salimos para la China en -ferrocarril.—El escenario de la guerra ruso-japonesa.—Llegada á -la estación de Mukden.—Grito mágico de los empleados.</p></div> - -<p>Lo que atrajo más la atención de los primeros europeos que visitaron -Seul fué la anchura de sus calles principales. Tal amplitud, copiada -indudablemente de las avenidas de Pekín, resalta más enorme á causa de -la escasa altura de sus edificios. Los japoneses han derribado barrios -antiguos para abrir nuevas vías, y exceptuando algunas calles tortuosas -donde subsisten por tradición los comercios más ricos, el resto de la -ciudad tiene un trazado norteamericano, con amplias avenidas centrales y -otras adyacentes, no menos desahogadas.</p> - -<p>En estas calles de lejana perspectiva hay filas de postes, cuyos brazos -en cruz sostienen numerosos hilos telefónicos y de alumbrado eléctrico. -Además, por las avenidas centrales se deslizan los tranvías hasta horas -avanzadas de la noche.</p> - -<p>Son casi las diez cuando me dirijo solo al teatro co<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336">{336}</a></span>reano. Ocupo una -<i>koruma</i>, cuyo conductor tiene el raro arte de hacerse entender gracias -á un idioma de su invención, más abundante en gestos que en palabras.</p> - -<p>Corre á toda velocidad de sus piernas desnudas, y esta carrera aumenta -el frío para mí. Voy envuelto en un gabán de pieles; llevo las piernas -enrolladas en una manta, propiedad de mi <i>kurumaya</i>. Siento además sobre -mis orejas unas segundas orejas de piel con largos pelos. Aquí todos -llevan este adorno, hasta los policías y los soldados. Son dos parches -lanudos con un agujero en su centro, para que su portador pueda oir -aunque sea con cierta sordina. Pero á pesar de tales abrigos, me siento -tan desnudo como en una playa al salir del baño.</p> - -<p>Es un frío que cae del cielo y surge de la tierra á un mismo tiempo. Un -vientecillo sutil parece arremolinarlo en torno á cada persona, para que -no quede ninguna parte de su cuerpo sin conocerlo. Al respirar parece -que la pulmonía va á colarse hasta lo más hondo del pecho.</p> - -<p>Las tiendas están cerradas; no se ve luz en ninguno de los orificios de -sus pequeños pisos superiores. Por el centro de la calle, bajo una -hilera de grandes focos eléctricos, se deslizan los tranvías, -enviándonos el glacial remolino del aire desplazado por su velocidad. -También se cruzan con nosotros algunas <i>korumas</i>, cuyos conductores, -medio desnudos y sudorosos, saludan al mío con alegres rugidos.</p> - -<p>Entro en el teatro con mi «caballo» nipón, que continúa dándome -explicaciones á su modo. Es un teatro blanco, grande y frío, hecho de -cemento armado como cualquiera de Europa. Lo único que le distingue de -los nuestros es su escenario, con plataforma movible. Mientras en una -mitad de ella representan los cómicos, en la otra montan los maquinistas -las nuevas decoraciones, y de este modo, al terminar el acto, no hay mas -que ha<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337">{337}</a></span>cerla girar para que aparezca el decorado siguiente y continúe la -función.</p> - -<p>Están representando un drama escrito en coreano, y los personajes -necesitan hablar á toda voz para ser entendidos. Muchos espectadores -conversan entre ellos al mismo tiempo que escuchan con expresión -distraída.</p> - -<p>Voy sabiendo, por las explicaciones de mi acompañante, que la -protagonista que dialoga en la escena con un cazador es una mala mujer, -deseosa de librarse de su esposo, para lo cual seduce al cazador, que se -encargará de matarlo. Añade otros detalles que dan una lejana semejanza -á esta obra coreana con uno de los dramas del alemán Hauptmann. Pero á -mí me interesa más la gran masa de espectadores que veo abajo desde mi -asiento del primer piso.</p> - -<p>Todos van vestidos de blanco, con la luenga bata tradicional. Parecen un -público de albañiles que aún no se han quitado las blusas del trabajo. -Como los asientos no están en hileras fijas, los espectadores forman -corrillos, según sus predilecciones y amistades. Algunos <i>boys</i> del café -inmediato entran y salen para servir las bebidas que les encargan. Pero -el género de mayor consumo es el fuego. Los grupos piden hornillos bien -rellenos de carbones ardientes, y el <i>boy</i> coloca en medio del corro el -deseado brasero, cobrando en seguida su importe. Algunos del grupo, para -recibir el calor directamente, permanecen de espaldas al escenario, y -sólo vuelven medio rostro cuando entra un personaje nuevo ó el rumor -general les indica que va á ocurrir una peripecia interesante.</p> - -<p>Encargo yo también un hornillo al mozo del café, y mis blancos vecinos -de asiento, con sus mujeres algo marchitas y de flácidos pechos mal -ocultos por un pañuelo de colorines, me agradecen, sonriendo, esta -exce<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338">{338}</a></span>lente idea. Pero ni con el auxilio del fuego puedo permanecer en -este teatro, oyendo un drama que nunca llegaré á entender y aguantando -un frío que me obliga á colocar las manos junto á las brasas. A la media -hora me vuelvo al Gran Hotel de Chosen, atraído por la seductora tibieza -de sus habitaciones.</p> - -<p>En la noche siguiente asisto á una representación de bailes coreanos. La -orquesta la forman hombres barbudos, que tañen sus instrumentos con -gravedad, como si realizasen una función patriótica.</p> - -<p>Un joven que ha viajado por muchas repúblicas americanas de lengua -española, para ensalzar los progresos de la dominación japonesa en este -país, y que yo me imagino á sueldo del gobernador de Corea, nos da -primeramente una conferencia en inglés sobre el baile y la música -coreana. Lo más interesante para nosotros es conocer el «argumento» de -los bailes que vamos á presenciar, pues todos ellos consisten en fábulas -dramáticas, expresadas por la danza y la mímica.</p> - -<p>El primer baile es la historia de una viuda enamorada de un bonzo, santo -varón que no quiere prestarse á sus impúdicos deseos. Esta novela -bailada, que recuerda tantas novelas escritas, debe ser muy interesante.</p> - -<p>Empieza á sonar la orquesta, compuesta de violines de una sola cuerda, -guitarras de largo mástil, timbales y un <i>gong</i> enorme. La viuda sale -bailando lentamente de los bastidores. Estas coreanas son menos exiguas -de estatura que las japonesas; hay en ellas un poquito más de material -femenino. La danzarina lleva una vestidura parda, de luengas mangas que -casi tocan el suelo. Gira por el escenario moviendo los brazos y la -cabeza, y cuando va transcurrido mucho tiempo sin otra novedad, avanza -el músico del <i>gong</i> y lo coloca cerca de ella.</p> - -<p>La viuda da vueltas alrededor del metálico redondel,<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339">{339}</a></span> como si éste la -atrajese. Luego lo golpea con las puntas de sus mangas, y así se -entretiene varios minutos. ¿Cuándo saldrá el bonzo?... Después ya no da -con sus mangas al gigantesco cuenco. Lo aporrea con ambos puños, -mostrando un frenesí creciente, hasta que, vencida por el estruendo y -por su propia excitación, cae al suelo. El público, que está en el -secreto, aplaude, la artista se levanta, saluda y desaparece. Ha -terminado el baile.</p> - -<p>¿Y el bonzo?... El hombre de Dios no sale. Este baile es simbólico, y en -ello estriba su mérito. La bailarina ha relatado la historia entera con -sus pies, con sus manos, y sobre todo con sus mangas.</p> - -<p>Nos cuenta el conferencista la fábula de otro baile que vamos á -presenciar. Es la historia de un guerrero celoso de su general porque -raptó á su amante. El guerrero consigue sublevar á todo el ejército -contra su caudillo; hay batalla, mata á su rival, lo proclaman rey, y -después de esto todavía realiza un sinnúmero de cosas que no puedo -recordar.</p> - -<p>Como ya estoy en pleno simbolismo coreano, espero que una sola bailarina -representará con sus gestos al guerrero, al general, á un ejército de -varios miles de hombres, al pueblo que aclama al nuevo monarca, -etcétera. Pero los organizadores de la representación se han lanzado á -hacer gastos extraordinarios por darnos gusto, y en vez de una bailarina -veo aparecer dos, con casquetes dorados y unas espaditas de á palmo en -sus diestras.</p> - -<p>Bailan y bailan con diferentes ritmos. Luego hacen gestos, primeramente -de pie y á continuación sentadas, una frente á otra. Chocan sus -espaditas, corren, y de pronto saludan y se retiran. Ya está contada la -historia, sin que hayamos perdido un solo episodio de ella.</p> - -<p>No oso reirme de los bailes coreanos. Temo que á un<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340">{340}</a></span> empresario se le -ocurra llevarlos á París con un conferencista joven que explique sus -simbolismos en relación con los cánones de la nueva estética. Las damas -<i>snobs</i>, siempre al acecho de la última moda, pondrán los ojos en blanco -al hablar de ellos, y no faltará quien escriba artículos y hasta libros -sobre las sublimidades de un arte incomprensible para los miserables -burgueses.</p> - -<p>Paso un día corriendo la capital de Corea. En sus vías comerciales -encuentro la confusión de tipos y razas que ya había notado en la puerta -del hotel el día de mi llegada. Juntos con los hombres del país circulan -chinos, mogoles y rusos. Pero los japoneses se han apoderado de la vida -de la ciudad, lo mismo que en el campo tomaron posesión de las mejores -tierras. Los dueños de los comercios de lujo, los obreros que trabajan -en las calles, los <i>kurumayas</i>, todos son japoneses. Ningún coreano se -gana la vida tirando de un cochecillo. Tal vez no le darían el permiso -necesario para ejercer tal industria. Además, los <i>kurumayas</i>, como -signo de su origen superior, llevan una gorra con insignias doradas, á -estilo japonés.</p> - -<p>Muchos personajes de camisa blanca se han colocado bajo la chisterita -con funda de hule una toca, que les cubre desde la mitad de la frente -hasta la nuca, y lleva en torno una franja de crines recortadas. Por en -medio de la muchedumbre de súbditos resignados pasan en sus <i>korumas</i> y -automóviles los altos funcionarios japoneses, con levita y sombrero de -copa alta, ó los militares á caballo.</p> - -<p>Visito el antiguo y múltiple palacio de los reyes de Corea. A pesar de -su abandono, guarda la majestad melancólica de todo lo decaído que fué -grande. Quedan fragmentos de la ancha muralla que lo defendía, con<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341">{341}</a></span> sus -puertas monumentales. Los diversos pabellones ocupan pequeñas alturas. -Al final de sus graderíos de piedra las columnatas de laca roja -sostienen techumbres cóncavas de tejas amarillas, por cuyos filos -marchan procesiones de monos de bronce y dragones quiméricos.</p> - -<p>En un extremo del palacio está el museo coreano, que guarda objetos de -las remotas dinastías, cuando la historia del país aún era obscura y -confusa. En los edificios que forman su parte central hay una sala de -recepciones, de techo altísimo, que deslumbra por la diversidad de sus -colores y sus oros. Aquí se conserva el trono de los antiguos soberanos. -Detrás de él cubre el muro un riquísimo tapiz de seda con bordados que -representan dos faisanes de plumaje multicolor. Esta pareja de aves, -hermosas como el arco iris, fueron las bestias heráldicas del reino de -la Mañana Tranquila, lo mismo que un par de dragones invertidos -simbolizaron siempre al Imperio chino.</p> - -<p>Quiero ver el salón donde los japoneses dieron muerte á la reina, y los -diversos guías á quienes me dirijo, asombrosos políglotas hasta momentos -antes, pierden de pronto el don de lenguas y hasta el oído. No me -escuchan, y si insisto no me entienden. Ninguno sabe á qué reina me -refiero.</p> - -<p>Entro en los jardines del palacio real para conocer su famoso Comedor de -Verano. Es un edificio de dos pisos, sin paredes, compuesto únicamente -de columnatas y un techo con amplios y elegantes aleros. Este comedor se -halla en el centro de un lago y se llega á él por un puente de mármol.</p> - -<p>El lago está helado, profundamente helado, con una congelación que llega -hasta su fondo, y un enjambre de chicuelos japoneses patina sobre él, -dando gritos de triunfo. No miran á los pequeños coreanos que se -agru<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342">{342}</a></span>pan en las orillas; muestran la ceguera orgullosa de los hijos de -los vencedores, siempre más presuntuosos y crueles que sus padres.</p> - -<p>Un acto de bárbara vanidad indigna á todos los viajeros de buen gusto. -El gobierno japonés de Corea disponía de numerosos terrenos en la -capital, para construir un palacio que albergase al gobernador y sus -oficinas principales. Pero los vencedores mostraron empeño en levantar -este edificio sobre un patio de la antigua vivienda de los reyes, é -imitando torpemente la arquitectura norteamericana han elevado una mala -copia del Capitolio de Wáshington, hecha en cemento armado, que aplasta -con su masa estúpida los delicados y ligeros pabellones del viejo -palacio de la monarquía coreana y los oculta á los ojos del visitante, -impidiendo que aprecie su conjunto.</p> - -<p>Después de haber visto, lejos de Seul, el famoso «Buda Blanco», imagen -enorme esculpida en el corte marmóreo de una montaña, me llevan á -visitar la puerta más reciente de la ciudad, un arco de ladrillo y -piedra sin ningún valor artístico. Pero esta obra conmemora la -independencia de Corea, hace veintiocho años, cuando la libertaron los -japoneses de la «tiranía china» para apoderarse luego de ella en -absoluto.</p> - -<p>Es lugar interesante á causa de la gran afluencia de gentes que pasa por -él, y me hace recordar ciertas afueras de Madrid. Numerosos carretones -de traperos, con la «busca» juntada en la ciudad, la llevan á los -depósitos de inmundicias situados en los campos inmediatos. Los bueyes -tiran solos. La yunta es considerada aquí como un lujo y sólo se emplea -en vehículos enormes. Otros bueyes de poca alzada llevan cargas al lomo, -como las mulas, ó van montados, cual si fuesen caballos, por jinetes de -túnica blanca, sombrero de <i>clown</i> y larga pipa. Las<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343">{343}</a></span> mujeres cubren sus -aceitosos pelos con un gorro negro de cuartel. Algunos mogoles y -manchures, bohemios del desierto, con un perfil picudo de ave de presa, -pasan al trote de sus caballitos en perpetua rabia, que muerden el freno -arrojando espuma.</p> - -<p>De aquí arranca el camino para Pekín. Antes de que se terminase el -ferrocarril á la China salían diariamente de esta puerta numerosas -caravanas. Ahora todavía se forman, de vez en cuando, luengas filas de -mulos y bueyes, que marchan con lento paso hacia la maravillosa urbe, -situada para los antiguos coreanos en los últimos confines de la tierra.</p> - -<p>Para llegar á Pekín desde esta puerta hay sesenta días de marcha, -sesenta jornadas abundantes en privaciones y peligros, á través de -tierras poco seguras y de un extremo del inclemente desierto de Gobi. -Los blancos, al poder utilizar los diabólicos inventos de nuestros -países, hacemos el viaje con más rapidez.</p> - -<p>A los tres días de haber llegado á Seul salgo para la Manchuria y la -China. Vuelvo á ver desde el vagón los horizontes amplios de Corea, que -contrastan con la campiña japonesa, limitada y agradable.</p> - -<p>Ríos y lagunas están bajo una gruesa costra de hielo. Los arrozales son -láminas de cristal opaco. No se comprende cómo logran los hombres -amarillos que el arroz grane en este país de nieve, siendo un producto -de las tierras templadas y cálidas.</p> - -<p>Sentado á una mesa del vagón-comedor aprecio el rudo contraste entre lo -que puedo contemplar desde la ventanilla y lo que me rodea dentro del -vehículo.</p> - -<p>Comemos á estilo occidental, bebemos Burdeos, y al mismo tiempo, más -allá del vidrio en que se apoya uno de mis hombros veo pasar campos -nevados, grupos de chozas negras, hombres blancos como espectros, casas -de<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344">{344}</a></span> arquitectura china. El criado que nos sirve no es de raza blanca, ni -tampoco el cocinero y los demás empleados. Son todos ellos japoneses; -pero á estos asiáticos se les encuentra desde la orilla americana del -Pacífico, y los consideramos por costumbre como unos amarillos distintos -á los otros, como unos parientes por adopción que se han agregado á -nuestras civilizaciones.</p> - -<p>Al pasar junto á una pequeña ciudad vemos un cortejo nupcial. La novia -ocupa un palanquín de colorines rematado por una flor de loto, dorada y -balanceante. Detrás marchan los invitados masculinos bajo sombrillas -pintadas con ramilletes y dragones. Las damas cierran la marcha sentadas -en <i>korumas</i>.</p> - -<p>Después de Heijo, ciudad que sigue en importancia á Seul, las montañas -son rojas y amarillas. Escasean los arrozales. Los surcos están -cubiertos de hielo, y sobre esta blancura uniforme, los caballones, con -sus matojos negros, parecen líneas interminables de tinta china.</p> - -<p>Empieza á nevar. Al atardecer, todos los campos están cubiertos de nieve -reciente y blanquísima. Al ponerse el sol, la llanura y el cielo toman -una tonalidad de rosa suave, que hace recordar el color de la sangre -anémica. El termómetro marca 14 bajo cero... ¡Y pensar que hace menos de -un mes estaba yo en países tropicales, vestido de blanco!</p> - -<p>Los coreanos agrupados en las estaciones llevan gorros tártaros y -casacas de pieles. Vemos en el campo grandes cortas de árboles, montones -de troncos negros por abajo y amerengados en su cúspide. La nieve ya no -es granujienta. Parece á la vista pegajosa y compacta, como la albúmina -batida.</p> - -<p>Corremos en la noche por inmensidades que no podemos ver; oímos títulos -de estaciones que nada dicen á nuestra memoria. De tarde en tarde -creemos recordar<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345">{345}</a></span> algunos de estos nombres, y evocamos la guerra -ruso-japonesa. Sobre estas tierras misteriosas, ocultas en la -obscuridad, se mataron miles y miles de hombres hace veintidós años, y -el mundo olvidó ya tan espantosa carnicería. Nuevas matanzas humanas han -borrado su recuerdo. Y así continuará la historia del hombre, al que -llaman el más inteligente de los animales.</p> - -<p>En las estaciones hay tártaros y siberianos que ofrecen ricas pieles de -bestias cazadas semanas antes. A media noche pasamos un puente y nos -detenemos bajo una techumbre enorme. Es Mukden.</p> - -<p>No conozco ninguna estación de ferrocarril que despierte tanta -curiosidad é interés: ni aun las más célebres de Londres, de Nueva York, -de París.</p> - -<p>Aquí está el centro de una cruz que forman cuatro vías. Por el Este, ó -sea por donde llegamos nosotros, se va al Japón. Por el Norte, á Siberia -y á Rusia, pues aquí empieza, en realidad, el famoso Transiberiano. Por -el Sur, á una distancia solamente de algunas docenas de kilómetros, está -la nueva ciudad de Dairén y el famoso Port-Arthur de la guerra -ruso-japonesa. Por el Oeste, se sigue hacia la China.</p> - -<p>Cuando echamos pie á tierra, los empleados lanzan á gritos un aviso en -chino, en japonés y en inglés; un anuncio de mágica influencia para la -imaginación; unas cuantas palabras de extraordinaria novedad, preñadas -de ilusiones y esperanzas; algo que no puede oirse muchas veces en la -brevedad de una vida humana...</p> - -<p>—¡Cambio de tren para Pekín!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346">{346}</a></span></p> - -<p class="fint">FIN DEL TOMO PRIMERO</p> - -<h2><a name="INDICE" id="INDICE"></a>ÍNDICE</h2> - -<table border="0" cellpadding="4" -style="margin:auto 15% auto 15%;"> - -<tr><td><small><i>Págs.</i></small></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#I">I.—EN EL JARDÍN DE MENTÓN.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_7">7</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#II">II.—LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE.—En -un corral acuático del Hudson.—Himnos, bailes, -aclamaciones y banderas.—Nueva York de día y de -noche.—Las obras gigantescas de su Municipio.—Nueva -York ciudad de arte.—Desde lo más alto de -un «rascacielos».—El <i>Franconia</i> emprende su viaje.—«¡Adiós -los que vais á dar la vuelta á la tierra!».—¿Quién -de nosotros pagará el tributo á la Aventura?</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_18">18</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#III">III.—MI CASA ERRANTE.—Un vapor sin polvo de -carbón.—Desde la quilla á la última cubierta.—La -piscina del <i>Franconia</i>.—Las mujeres de la tripulación.—Mi -celda blanca.—Preparándome, como un -actor, á cambiar de traje.—Lo que comieron Magallanes -y sus compañeros, y lo que comemos nosotros.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_30">30</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#IV">IV.—LOS PRIMEROS DÍAS DE NAVEGACIÓN.—El -Estado Mayor del viaje.—Más mujeres que hombres.—Cordial -familiaridad norteamericana.—La española -que conoció tres Papas.—El cocinero escultor.—Las -Frinés de la piscina y la tranquilidad de sus -compañeros de natación.—En el canal de Bahama.—La -hermosa costa de la Florida.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_42">42</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#V">V.—LA ISLA DEL AZÚCAR.—Cuba imaginada por -un niño.—Los monstruos guardadores de la puerta -del Paraíso.—Habana «la Alegre».—Los periódicos -y los casinos.—Dinero abundante y pródigamente -gastado.—Butacas de teatro á cien pesos por noche.—Los -nuevos barrios de la Habana.—Mis habitaciones -de «huésped de honor».—Si duermo en ellas -pierdo mi viaje alrededor del mundo.—Los bailes de -máscaras del <i>Franconia</i>.—El coronel vendedor de -periódicos.—Mi enfermedad.</a><span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347">{347}</a></span></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_52">52</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#VI">VI.—LA ZANJA ENTRE LOS DOS OCÉANOS.—Dos -escalinatas de agua y una meseta lacustre.—Las -fuerzas eléctricas del canal de Panamá.—La zona -norteamericana y su guarnición.—El lago de Gatún -y el Paso de Culebra.—La enorme afluencia de buques.—Cómo -los norteamericanos «perdieron el -tiempo» antes de reanudar las obras.—El buen negocio -del canal.—La prontitud de su limpieza.—Los -bosques de sus orillas.—Panamá la Verde.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_62">62</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#VII">VII.—PANAMÁ LA VERDE.—El novelesco Balboa.—Su -descubrimiento del Mar del Sur.—El primer -europeo que se embarcó en el Pacífico.—Mortandad -de colonizadores al pasar el istmo de Panamá.—El -primitivo proyecto del canal ideado por los españoles.—El -saqueo de Panamá la Vieja por los piratas.—Me -bajan en andas para visitar la ciudad.—El presidente -Porras y la juventud intelectual.—Las escuelas -de Panamá.—Versos en la noche.—De una -acera á otra.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_74">74</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#VIII">VIII.—LAS COSTAS DEL PACÍFICO.—Los tres colores -del Trópico.—Envidiando á Robinsón.—La madrastra -Naturaleza.—Desfile de tortugas.—Las malas -costumbres de la guerra.—La «Nao de Acapulco».—Cómo -los galeones del virreinato de Méjico atravesaban -el Pacífico.—50.000 pares de medias de seda -en cada viaje.—El centinela que se durmió en la -muralla de Manila y despertó en la plaza Mayor de -Méjico.—El protestantismo y el canto.—Temporal -frente á los Ángeles.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_86">86</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#IX">IX.—EL SECRETO DE LA ESFINGE AZUL.—San Francisco -y sus bellezas.—El Barrio Chino.—Sus antiguos -laberintos subterráneos.—Su aspecto actual.—Influencia -de este barrio en la proclamación de -la República china.—La propaganda en las calles.—Las -farmacias chinas y sus estrafalarios remedios.—El -<i>Franconia</i> adquiere nueva vida.—Los duendes -de mi camarote.—La ola que no va á ninguna parte.—Una -isla roja que sólo se deja ver unos minutos.—La -esfinge azul y el secreto de sus estremecimientos.—La -Atlántida del Pacífico.</a><span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348">{348}</a></span></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_100">100</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#X">X.—EL ARCHIPIÉLAGO DEL AMOR.—Islas perdidas -en la inmensidad del Pacífico.—Los redescubrimientos -del capitán Cook y el olvido de sus predecesores.—Los -pilotos de España conocen Hawai doscientos -años antes de la llegada de Cook.—Kamehamea I, -«Napoleón de Oceanía».—El amor libre coronado de -flores.—Los terribles decretos de la viuda arrepentida.—Los -hawaianos pierden el interés de vivir en -unas islas regidas por la moral de los blancos.—Maravillosas -costas de Hawai.—Las romanzas de un -pueblo de músicos</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_111">111</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XI">XI.—EL LAGO DE FUEGO.—Las mujeres de Hawai, -superiores á los hombres.—El cinematógrafo en el -archipiélago.—El baile de las <i>hulas</i> y los actuales -tapujos impuestos por la autoridad.—El paganismo -de la reina Lilinu-Kalami.—Las selvas de helechos.—El -cráter-lago de Kilauea.—El guarda del volcán.—Nocturno -rojo.—Una calefacción nunca vista</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_127">127</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XII">XII.—LA CIUDAD FLORIDA.—Los nadadores de Honolulu.—Las -casas jardineadas de los empleados.—El -mundo fantástico del Acuario.—Los peces-hombres.—La -playa elegante de Vaikiki.—Nataciones en -Diciembre.—Los saltadores de olas.—El gigantesco -árbol del «Moana Hotel».—El niño del sombrero.—Almuerzo -en la Asociación de la Prensa, con más mujeres -que hombres.—El palacio de Lilinu-Kalami.—Los -dos jardineros.—El collar de la reina.—La señorita -que por primera vez en su vida habla con un -español</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_144">144</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XIII">XIII.—LA SEMANA SIN LUNES.—Navegando al margen -de la tempestad.—Bailes, juegos y asistencia á -la escuela.—Carreras de caballos en el buque.—La -libertad religiosa de los norteamericanos.—El cura -democrático de Minnesota.—El Mesías de los Angeles.—Dejamos -de vivir un día entero.—Caen en las -aguas del Pacífico veinticuatro horas de nuestra existencia.—¿Qué -habrá sido de mis amigos del Japón?</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_161">161</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XIV">XIV.—LOS RESTOS DEL CATACLISMO.—Después de -diez días de soledad oceánica.—Aparición matinal -del Fuji.—Los marinos de la bahía de Tokío.—Carabelas -con motor.—La antinomia japonesa.—Enorme -destrucción de Yokohama.—La ciudad como fué y -como la vemos.—Llegada de mis amigos.—La <i>koruma</i> -y el caballo humano.—El engaño de la noche en -Yokohama.—Vamos en busca del verdadero Japón.</a><span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349">{349}</a></span></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_172">172</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XV">XV.—LA DULCE ESFINGE DE KAMAKURA.—Origen -divino del pueblo japonés.—La vanidosa hermosura -de la diosa del Sol y las barbaridades de su hermano -y esposo.—El Espejo y el Sable.—Una dinastía -de 2.600 años.—El feudalismo japonés.—Los daimios -y sus fieles samurais.—La corte de Kioto la Santa.—Los -«Generalísimos» de Kamakura.—Kio-To y To-Kio.—El -camino de Kamakura.—Ante la imagen del -Gran Buda.—La diosa de la Misericordia.—Un gigante -divino de bronce sumido en la noche.—Lo que dice -la sonrisa de la Esfinge dulce.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_185">185</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XVI">XVI.—LA NOCHEBUENA EN EL JAPÓN.—Los japoneses -disfrazados de europeos.—Bozales higiénicos.—La -gorra del estudiante.—Las calles de Tokío.—Los -tres colores del Japón.—Las interminables cortesías.—Los -cinco peinados de la japonesa.—Almuerzo -en el restorán Koyokan.—La ceremonia de la hospitalidad.—El -baile de las <i>geishas</i>.—Mi conferencia en -el salón de fiestas del <i>Hochi</i>.—Concierto orquestal.—La -cena de Nochebuena ante un jardín liliputiense.—Salto -asombroso de la música japonesa.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_202">202</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XVII">XVII.—PASEANDO POR TOKÍO.—Las fiestas florales -del año.—<i>Geishas</i> y japonesas honestas.—Cómo se -casan los japoneses.—El amor fuera de casa.—El paraíso -de los maridos.—Opiniones de un moralista japonés -sobre las mujeres.—La esclavitud femenina.—Contradicciones -del pudor japonés.—Las mancebías -del Yosywara.—Hembras expuestas en escaparates.—15.000 -muchachas quemadas.—La gran catástrofe -de la explanada de Hifukusho.—Un brasero de 40.000 -personas.—Agil agonía de las madres japonesas.—Un -policía que imita á los samurais.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_221">221</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XVIII">XVIII.—LOS DOS SHOGUNES DE NIKO.—Muchos -templos y poca religiosidad.—La cortesía con todos -los dioses.—Unica religión verdadera del japonés.—Los -muertos mandan.—Todos los japoneses acaban -siendo dioses.—El sintoísmo.—Las tumbas de los dos -Shogunes.—El Pericles japonés.—Sus máximas morales.—San -Francisco Javier.—El consejo que le dan -los japoneses.—Fácil difusión del cristianismo.—Inquietud -de los Shogunes.—Miedo al Papa y al rey -de España.—Se cierra el Japón por 250 años.—Persecuciones -y martirios de los misioneros.—Camino de -Niko.—La buena educación de una caja de comida.—Un -regalo de cuarenta kilómetros de árboles gigantescos.</a><span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350">{350}</a></span></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_236">236</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XIX">XIX.—AL PIE DE LA MONTAÑA SAGRADA.—Niko -en la noche.—El canto infinito de la Montaña Sagrada.—La -temperatura inexplicable del Japón.—Nieve -y plantas tropicales.—La desnudez japonesa.—Junto -al brasero del anticuario.—El sereno de las castañuelas.—El -amanecer en un hotel del interior del Japón.—El -Puente Sagrado.—Cómo una enorme serpiente -roja se doblegó en arco para servir á un santo.—Murmullos -de agua y musgos invasores.—Los árboles casamenteros.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_248">248</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XX">XX.—LA SELVA DE LAS PAGODAS DE ORO.—El -mausoleo del Shogun Yeyasu.—La Puerta del Día.—Los -gestos de los Tres Monos.—Oro, oro, siempre -oro.—Los dos sargentos japoneses.—El templo carcomido -y sus bonzos pobres.—Ceremonia sintoísta en -la soledad de la selva.—La sacerdotisa de sotana roja -baila «El camino de los Dioses».—Me pierdo en las -espesuras de la Santa Montaña.—<i>¡Arigató!</i>—Lucha -de cortesías con un japonés.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_259">259</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXI">XXI.—KIOTO LA SANTA.—El camino de los criptomerios.—Una -maravilla que va á desaparecer.—Historia -heroica de los cuarenta y siete samurais.—Zapatillas -gratuitas en el tren.—Las pagodas de Kioto.—Cuatro -cables de pelos de mujer.—Las ceremonias -del culto budista y su rara semejanza con las del -culto católico.—El tradicionalismo de Kioto.—Un -perro xenófobo.—Las calles del alegre Yosywara.—Los -teatros.—Actrices-hombres.—Mi encuentro ante -un cinematógrafo.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_273">273</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXII">XXII.—EL TEMPLO DE LOS 33.333 DIOSES.—Los palacios -de Kioto.—La ceremonia de la coronación imperial.—Mezcolanzas -de antiguo y moderno.—El -templo de los <i>Treinta y tres mil trescientos treinta -y tres dioses</i>.—El taller de remiendos divinos.—La -pagoda de la cumbre y su fuente milagrosa.—Lo que -les ocurre á las japonesas que beben sus aguas.—El -hombre de los dos cubos.—La balada de la hotelería -japonesa.</a><span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351">{351}</a></span></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_288">288</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXIII">XXIII.—LOS «KOKOS» DE NARA.—Las plantaciones -de té.—El dios que viajaba montado en un ciervo.—Los -venados del Parque Sagrado.—Las linternas seculares -de Nara.—El caballito blanco de ojos azules y -rojos.—Los peces del lago santo.—El pan de Año -Nuevo y su peligroso amasijo.—Trenes nevados y -hombres semidesnudos.—Los dos Japones.—Ya tiran -contra el nieto de los Dioses.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_299">299</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXIV">XXIV.—LA ISLA DONDE NADIE NACE NI MUERE.—Osaka -y su población industrial.—El famoso Mar Interior.—La -isla de Myajima, donde nadie nace y nadie -muere.—Ni perros, ni automóviles, ni telégrafo, ni -luz eléctrica.—El dulce rincón de la paz y la vanidad -patriótica.—El príncipe heredero de Corea, su esposa -y su séquito.—Embarque bajo la nieve.—Adiós al -Japón insular.—La terrible ironía del Pacífico.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_310">310</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXV">XXV.—EL REINO DE LA MAÑANA TRANQUILA.—Una -mala noche sobre las aguas que presenciaron la -gran batalla naval de Tsushima.—El frío de Corea.—El -traje grotesco de los coreanos.—Sus dos sombreros.—Cómo -el Japón se apoderó del reino de la -Mañana Tranquila.—Asesinato de la reina por los -japoneses.—Horizontes dilatados.—Procesiones de -fantasmas.—Cuervos y tumbas.—En Seul.—Las generosas -ilusiones de un patriota.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_321">321</a></td></tr> - -<tr><td valign="top" class="pdd"><a href="#XXVI">XXVI.—CAMINO DE LA CHINA.—Las calles glaciales -de Seul.—El teatro coreano.—Espectadores que -se obsequian con hornillos encendidos.—La viuda -enamorada del bonzo y el guerrero matador de su -rival.—Bailes simbólicos.—El antiguo palacio de los -reyes coreanos y el Capitolio de cemento de los japoneses.—La -puerta de la Independencia y sus caravanas.—De -Seul á Pekín en sesenta días.—Salimos -para la China en ferrocarril.—El escenario de la guerra -ruso-japonesa.—Llegada á la estación de Mukden.—Grito -mágico de los empleados.</a></td><td class="rt" valign="bottom"><a href="#page_335">335</a></td></tr> -</table> - -<div class="footnotes"><p class="cb">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_A_1" id="Footnote_A_1"></a><a href="#FNanchor_A_1"><span class="label">[A]</span></a> En muchas repúblicas de la América de habla española se han -publicado numerosas ediciones de estas obras sin permiso del autor.</p></div> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_B_2" id="Footnote_B_2"></a><a href="#FNanchor_B_2"><span class="label">[B]</span></a> <i>Musmé</i>, muchacha; <i>musko</i>, muchacho.</p></div> - -<div class="footnote"><p><a name="Footnote_C_3" id="Footnote_C_3"></a><a href="#FNanchor_C_3"><span class="label">[C]</span></a> El eminente dramaturgo francés Brieux ha publicado en su -libro <i>Au Japon</i> estudios muy interesantes sobre la vida doméstica -japonesa.</p></div> -</div> - -<p class="c">OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR</p> - -<div class="blockquotw"><p><span class="smcap">Terres maudites.</span>—Traducción de G. Hérelle. París.</p> - -<p><span class="smcap">Fleur de Mai.</span>—Traducción de G. Hérelle. París.</p> - -<p><span class="smcap">Boue et Roseaux.</span>—Traducción de Maurice Bixio. París.</p> - -<p><span class="smcap">Dans l’ombre de la cathédrale.</span>—Traducción de G. Hérelle. París.</p> - -<p><span class="smcap">Terras malditas.</span>—Traducción de Napoleâo Toscano. Lisboa.</p> - -<p><span class="smcap">A Cathedral.</span>—Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa. -Lisboa.</p> - -<p><span class="smcap">Flor de Mayo.</span>—Traducción de Josy Priems. Zurich.</p> - -<p><span class="smcap">Die Kathedrale.</span>—Traducción de Josy Priems. Zurich.</p> - -<p><span class="smcap">Erdfluch.</span>—Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.</p> - -<p><span class="smcap">Schilfund Schlamm.</span>—Traducción de Wilhelm Thal. Berlín.</p> - -<p><span class="smcap">Der Eindringling.</span>—Traducción de J. Broutá. Berlín.</p> - -<p><span class="smcap">De Vloek.</span>—Traducción del doctor A. A. Fokker. Haarlem.</p> - -<p><span class="smcap">Waar Oranjeboomen Blorien.</span>—Traducción del doctor A. A. Fokker. -Amsterdam.</p> - -<p><span class="smcap">Chalupa.</span>—Traducción de A. Pikhart. Praga.</p> - -<p><span class="smcap">Marná Chlouba.</span>—Traducción de A. Pikhart. Praga.</p> - -<p><span class="smcap">Ah, il pane!</span>...—Traducción de F. Gelormini. Palermo.</p> - -<p><span class="smcap">Hvad en Mand har at gove.</span>—Traducción de Johanne Allen. Copenhague.</p> - -<p><span class="smcap">Vinnyi Sklad.</span>—Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p> - -<p><span class="smcap">Bodega.</span>—Traducción de K. G. Petersburgo.</p> - -<p><span class="smcap">Geleznodorognoy Zaiaz.</span>—Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p> - -<p><span class="smcap">Naloguiza obnagnenaia.</span>—Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p> - -<p><span class="smcap">Prokliatac Pole.</span>—Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p> - -<p><span class="smcap">Sobor.</span>—Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p> - -<p><span class="smcap">Duoyñoy vistrel.</span>—Traducción de M. Watson. Petersburgo.</p> - -<p><span class="smcap">La Horde.</span>—Traducción de G. Hérelle. París.</p> - -<p><span class="smcap">Arènes sanglantes.</span>—Traducción de G. Hérelle. París.</p> - -<p><span class="smcap">O Intruso.</span>—Traducción de Riveiro de Carvalho. Lisboa.</p> - -<p><span class="smcap">Miseraveis.</span>—Traducción de Vasco Valdéz. Lisboa.</p> - -<p><span class="smcap">L’Intrus.</span>—Traducción de Renée Lafont. París.</p> - -<p><span class="smcap">A Adega.</span>—Traducción de E. Sousa Costa. Lisboa-Rio Janeiro.</p> - -<p><span class="smcap">Les morts commandent.</span>—Traducción de B. Delaunay. París.</p> - -<p><span class="smcap">A cortezan de Sagunto.</span>—Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes -Rosa. Lisboa.</p> - -<p><span class="smcap">Sur les Orangers.</span>—Traducción de G. Menetrier. París.</p> - -<p><span class="smcap">The Blood of the Arena.</span>—Traducción de F. Douglas. Chicago.</p> - -<p><span class="smcap">Sonnica.</span>—Traducción de F. Douglas. Edición de Nueva York y edición -de Londres.</p> - -<p><span class="smcap">The Shadow of the Cathedral.</span>—Traducción de W. A. Gillespie. -Londres.</p> - -<p><span class="smcap">Blood and sand.</span>—Traducción de W. A. Gillespie. Londres.</p> - -<p><span class="smcap">Obras completas de Blasco Ibáñez</span> (en ruso). Edición en 16 vol. con -un retrato del autor.—Traducción de Taitiana Herzenstein y otros. -Moscou.</p> - -<p><span class="smcap">Sangue e Arena.</span>—Traducción de Ida Mango. Nápoles.</p> - -<p><span class="smcap">Oriente.</span>—Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.</p> - -<p><span class="smcap">Bloed en zand.</span>—Traducción de Van Raalte. Amsterdam.</p> - -<p><span class="smcap">Die Hetare von Sagunt.</span>—Traducción de W. Leydhecker. Berlín.</p> - -<p><span class="smcap">Les quatre cavaliers de l’Apocalypse.</span>—Traducción de G. Hérelle. -París.</p> - -<p><span class="smcap">The Matador.</span>—Edición inglesa Nelson. Londres.</p> - -<p><span class="smcap">Wijn en Liefde.</span>—Traducción de Van Raalte. Amsterdam.</p> - -<p><span class="smcap">I quattro cavalieri dell’ Apocalipse.</span>—Traducción de Ida Mango. -Milán.</p> - -<p><span class="smcap">The four horsemen of the Apocalypse.</span>—Traducción de Charlotte -Brewster Jordan (384 edic.). Edición de Nueva York y edición de -Londres.</p> - -<p><span class="smcap">The Cabin.</span>—Traducción del doctor Francis Haffkine-Snow. Nueva -York.</p> - -<p><span class="smcap">Luna Benamor.</span>—Traducción del doctor Isaac Goldberg. Boston.</p> - -<p><span class="smcap">The dead command.</span>—Traducción de F. Douglas. Nueva York.</p> - -<p><span class="smcap">Blood and Sand.</span>—Introduction by Dr. I. Goldberg. Edición de Nueva -York y edición de Londres.</p> - -<p><span class="smcap">The Shadow of the Cathedral.</span>—Introduction by William Dean Howells. -Edición de Nueva York y edición de Londres.</p> - -<p><span class="smcap">The Fruit of the vine</span> (<i>La bodega</i>).—Traducción del Dr. Isaac -Goldberg. Edición de Nueva York y edición de Londres.</p> - -<p><span class="smcap">Our Sea</span> (<i>Mare nostrum</i>).—Traducción de C. Brewster Jordan. -Edición de Nueva York y edición de Londres.</p> - -<p><span class="smcap">De vier ruiters uit de Apocalypsis.</span>—Traducción de Van Raalte. -Gravenhage (Holanda).</p> - -<p><span class="smcap">Woman triumphant.</span>—Traducción de Hayward Keniston. Nueva York.</p> - -<p><span class="smcap">La Révolution Mexicaine.</span>—Traducción de Louis Fonges. París.</p> - -<p><span class="smcap">The enemies of Women.</span>—Traducción de Arthur Livingston. Edición de -Nueva York y edición de Londres.</p> - -<p><span class="smcap">Mexico in revolution.</span>—Traducción de J. Padin y Arthur Livingston. -Nueva York.</p> - -<p><span class="smcap">Mare Nostrum.</span>—Traducción de Gilberto Beccari. Florencia.</p> - -<p><span class="smcap">Fra gli aranci.</span>—Traducción Vitagliano. Milán.</p> - -<p><span class="smcap">De Dowler beveler.</span>—Traducción de Van Raalte. Amsterdam.</p> - -<p><span class="smcap">La tragedie sur le lac.</span>—Traducción de Renée Lafont. París.</p> - -<p><span class="smcap">The Mayflower.</span>—Traducción de A. Livingston. Edición de Nueva York -y edición de Londres.</p> - -<p><span class="smcap">Les ennemis de la femme.</span>—Traducción de A. de Bengoechea. París.</p> - -<p><span class="smcap">The Torrent</span> (<i>Entre naranjos</i>).—Traducción de I. Golberg y Artur -Livingston. Edición de Nueva York y edición de Londres.</p> - -<p><span class="smcap">Fior di Maggio.</span>—Traducción de Gilberto Beccari. Milán.</p> - -<p><span class="smcap">Palude tragica.</span>—Traducción de Gilberto Beccari. Milán.</p> - -<p><span class="smcap">Contes Espagnols d’amour et de mort.</span>—Traducción de F. Menetrier. -París.</p> - -<p><span class="smcap">Vass och Dy.</span>—Traducción de E. Staaff. Estocolmo.</p> - -<p><span class="smcap">Den Ubudne.</span>—Traducción de Johanne Allen. Copenhague.</p> - -<p><span class="smcap">Fyrefaegteren.</span>—Traducción de Johanne Allen. Copenhague.</p> - -<p><span class="smcap">Den gamle Roenne.</span>—Traducción de Johanne Allen. Copenhague.</p> - -<p><span class="smcap">Os inimigos da mulher.</span>—Traducción de Ferreira Martins. Lisboa.</p> - -<p><span class="smcap">Luna Benamor.</span>—Traducción de Renée Lafont. París.</p> - -<p><span class="smcap">Die Apokalyptischen Reiter.</span>—Traducción de E. Koert. Berlín.</p> - -<p><span class="smcap">Vérzö Aréna.</span>—Traducción de Toth Andras. Budapest.</p> - -<p><span class="smcap">Május Virága.</span>—Traducción de Berki Miklos y Gyori Karoly. Budapest.</p> - -<p><span class="smcap">Krev á Písek.</span>—Traducción de María Votrubová-Haunerova. Praga.</p> - -<p><span class="smcap">Blod og Sand.</span>—Traducción de Sophus Brekke. Prólogo de J. Bojor. -Cristiania.</p> - -<p><span class="smcap">Apokalypsens Fyra Ryttare.</span>—Traducción de Alberto Bonnier. -Estocolmo.</p> - -<p><span class="smcap">Capítulos escogidos de V. Blasco Ibáñez.</span>—Coleccionados por E. Alec -Woolf. Editor G. Harrap. Londres.</p> - -<p><span class="smcap">Probuzeni Budhovo.</span>—Traducción de Ch. Veith. Praga.</p> - -<p><span class="smcap">Een Liefde Op De Balearen.</span>—Traducción holandesa de P. M. Wink. -Zalt Bommel.</p> - -<p><span class="smcap">Vistas sudamericanas.</span>—Libro para los estudiantes de español, con -notas de Carolina Marcial Dorado. Ginn y C.ª, Editores. Nueva York.</p> - -<p><span class="smcap">La batalla del Marne.</span>—Libro para los estudiantes de español, con -notas del profesor Federico de Onís. Heath y C.ª, Editores. Nueva -York.</p> - -<p><span class="smcap">Genski Ray</span> (<i>El paraíso de las mujeres</i>).—Traducción rusa de -Tatiana Herzenstein. La Editorial Rusa. Berlín.</p> - -<p><span class="smcap">A Nogyulolok.</span>—Traducción de Toth Andras. Budapest.</p> - -<p><span class="smcap">La femme nue de Goya.</span>—Traducción de A. de Bengoechea. París.</p> - -<p><span class="smcap">La cité des futailles.</span>—Traducción de Renée Lafont. París.</p> - -<p><span class="smcap">The Temptress.</span>—Traducción de A. Livingston. Nueva York.</p> - -<p><span class="smcap">Katedrála.</span>—Traducción de Karel Vit. Praga.</p> - -<p><span class="smcap">Ctyri príserní jezdci z Apokalypsy.</span>—Traducción checoeslovaca de -Karel Vit. Ilustraciones de K. Relink. Praga.</p> - -<p><span class="smcap">Blod och Sand.</span>—Traducción de Bruno Lindblom. Estocolmo.</p> - -<p><span class="smcap">Förbannad Jord.</span>—Traducción de Adolf Hillman. Estocolmo.</p> - -<p><span class="smcap">La Tentatrice.</span>—Traducción de Jean Carayón. París.</p> - -<p><span class="smcap">Mare Nostrum.</span>—Traducción de Karel Vit. Praga.</p> - -<p><span class="smcap">I morti comandano.</span>—Traducción de Gilberto Beccari y Giulio de -Medici. Florencia.</p> - -<p><span class="smcap">La Tentatrice.</span>—Traducción de Sante Bargellini. Turín.</p> - -<p><span class="smcap">In the land of Art.</span>—Traducción de Francés Douglas. Nueva York.</p> - -<p><span class="smcap">Arenes Sanglantes.</span>—Traducción francesa de G. Hérelle. Edición -Nelson. Edimburgo (Escocia).</p> - -<p><span class="smcap">Kvet Cerne Reky.</span>—Traducción de Karel Vit. Praga.</p> - -<p><span class="smcap">Mokuchi no Shixishi.</span>—Traducción japonesa de Kanzo Miura. Tokío.</p> - -<p><span class="smcap">Chi to Tsuna.</span>—Traducción japonesa de Atsuchi Sudzuki. Tokío.</p> - -<p><span class="smcap">Go-gatsu no hana.</span>—Traducción japonesa de Soichi Okabé. Tokío.</p> - -<p><span class="smcap">Go-gatsu no hana.</span>—Traducción japonesa de Katsuo Urazawa. Tokío.</p> - -<p><span class="smcap">Shioki ni naru onna.</span>—Traducción japonesa de Hirosada Nagata. -Tokío.</p> - -<p><span class="smcap">Rakuchitsu.</span>—Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.</p> - -<p><span class="smcap">Seppun.</span>—Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.</p> - -<p><span class="smcap">Hikigaeru.</span>—Traducción japonesa de Shiduo Kasai. Tokío.</p> - -<p><span class="smcap">Ibañez Kessakushiu.</span>—Traducción japonesa de la señora Nakagawa. -Tokío.</p> - -<p><span class="smcap">Rodnoe more.</span>—Traducción de M. Watson. Leningrado.</p> - -<p><span class="smcap">Zemlia disea.</span>—Traducción de M. Watson. Moscou.</p> - -<p><span class="smcap">Korolawa Calafia.</span>—Traducción de M. B. Batcoh. Leningrado.</p></div> - -<p class="c">OBRAS DEL AUTOR<br /><br /> -CON EL NÚMERO DE EJEMPLARES IMPRESOS EN ESPAÑA<a name="FNanchor_A_1" id="FNanchor_A_1"></a><a href="#Footnote_A_1" class="fnanchor">[A]</a><br /> -DE CADA UNA DE ELLAS, -HASTA ENERO DE 1925</p> - -<table border="0" cellpadding="1" cellspacing="0" summary=""> -<tr><td align="left">CUENTOS VALENCIANOS.</td><td class="rt">60.000</td><td class="c">ejemplares.</td></tr> -<tr><td align="left">LA CONDENADA (cuentos).</td><td class="rt">64.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes).</td><td class="rt">64.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">ARROZ Y TARTANA (novela).</td><td class="rt">68.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">FLOR DE MAYO (novela).</td><td class="rt">80.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LA BARRACA (novela).</td><td class="rt">104.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">SÓNNICA LA CORTESANA (novela).</td><td class="rt">56.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">ENTRE NARANJOS (novela).</td><td class="rt">88.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">CAÑAS Y BARRO (novela).</td><td class="rt">64.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LA CATEDRAL (novela).</td><td class="rt">72.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">EL INTRUSO (novela).</td><td class="rt">56.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LA BODEGA (novela).</td><td class="rt">60.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LA HORDA (novela).</td><td class="rt">44.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LA MAJA DESNUDA (novela).</td><td class="rt">49.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">ORIENTE (viajes).</td><td class="rt">52.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">SANGRE Y ARENA (novela).</td><td class="rt">136.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LOS MUERTOS MANDAN (novela).</td><td class="rt">56.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LUNA BENAMOR (novelas).</td><td class="rt">48.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LOS ARGONAUTAS (novela).—Dos tomos.</td><td class="rt">48.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS.</td><td class="rt">164.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">MARE NOSTRUM (novela).</td><td class="rt">104.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LOS ENEMIGOS DE LA MUJER (novela).</td><td class="rt">100.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">EL MILITARISMO MEJICANO (artículos).</td><td class="rt">40.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">EL PRÉSTAMO DE LA DIFUNTA (novelas).</td><td class="rt">44.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">EL PARAÍSO DE LAS MUJERES (novela).</td><td class="rt">36.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LA TIERRA DE TODOS (novela).</td><td class="rt">66.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LA REINA CALAFIA (novela).</td><td class="rt">60.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">NOVELAS DE LA COSTA AZUL.</td><td class="rt">20.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td align="left">LA VUELTA AL MUNDO, DE UN NOVELISTA.</td><td class="rt">80.000</td><td class="c">id.</td></tr> -<tr><td> </td></tr> -<tr><td class="c" colspan="3">NOVELAS DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN</td></tr> -<tr><td> </td></tr> -<tr><td align="left">EL PAPA DEL MAR.</td></tr> -<tr><td align="left">Á LOS PIES DE VENUS.</td></tr> -<tr><td align="left">LAS RIQUEZAS DEL GRAN KAN.</td></tr> -<tr><td align="left">EL ORO Y LA MUERTE.</td></tr> -</table> - -<div class="c"> -<img src="images/inside-back.jpg" height="550" alt="" /> -</div> - -<hr class="full" /> -<pre style='margin-top:6em'> -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA; -VOL. 1/3 *** - -This file should be named 63810-h.htm or 63810-h.zip - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/6/3/8/1/63810/ - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit www.gutenberg.org/donate - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works. - -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - -</pre> -</body> -</html> diff --git a/old/63810-h/images/cover.jpg b/old/63810-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 20e2be3..0000000 --- a/old/63810-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/63810-h/images/inside-back.jpg b/old/63810-h/images/inside-back.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index e0fed27..0000000 --- a/old/63810-h/images/inside-back.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/63810-h/images/inside-front.jpg b/old/63810-h/images/inside-front.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index f86cf01..0000000 --- a/old/63810-h/images/inside-front.jpg +++ /dev/null |
