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-Project Gutenberg's Lo prohibido (tomo 1 de 2), by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Lo prohibido (tomo 1 de 2)
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: October 9, 2020 [EBook #63413]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (TOMO 1 DE 2) ***
-
-
-
-
-Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the
-Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive/Canadian Libraries)
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-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * Se ha respetado la ortografía del original impreso. No se han
- puesto tildes a las mayúsculas salvo para deshacer ambigüedades.
-
- * Se convierten determinados entrecomillados en rayas de diálogo y se
- espacian las restantes rayas según las convenciones tipográficas
- más recientes.
-
- * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- * En el título del capítulo III y en el Índice, «tío Raimundo» se
- cambia a «primo Raimundo», tal como hacen ediciones posteriores
- para manterner la coherencia en el relato.
-
- * Se añade, en el texto y en el Índice, un título al capítulo VIII,
- que aparece sin él, tomado de ediciones posteriores.
-
-
-
-
-LO PROHIBIDO
-
-
-
-
- Es propiedad. Queda hecho
- el depósito que marca la ley.
- Serán furtivos los ejemplares
- que no lleven el sello del
- autor.
-
-
-
-
- B. PÉREZ GALDÓS
- NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
-
- LO PROHIBIDO
-
- Tomo primero.
-
- 13.000
-
- [Ilustración]
-
- =MADRID=
- PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
- (Sucesores de Hernando)
- Arenal, 11
- 1906
-
-
-
-
- EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
- IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
- C. de San Francisco, 4.
-
-
-
-
-LO PROHIBIDO
-
-
-
-
-I
-
-Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi tío Rafael y
-de mis primas María Juana, Eloísa y Camila.
-
-
-I
-
-En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi
-padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa
-extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos
-que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias,
-y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don
-Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo
-me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar
-un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el
-hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su
-vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando
-quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menester.
-Vivía el buen señor, quiero decir, vivíamos en el barrio que se ha
-construído donde antes estuvo el Pósito. El cuarto de mi tío era un
-principal de diez y ocho mil reales, hermoso y alegre, si bien no muy
-holgado para tanta familia. Yo tomé el bajo, poco menos grande que el
-principal, pero sobradamente espacioso para mí solo, y lo decoré con
-lujo y puse en él todas las comodidades á que estaba acostumbrado. Mi
-fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con exceso.
-
-Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente
-al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de
-González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las
-nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente
-mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las
-personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas
-plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y
-aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á
-las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para
-todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé
-después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que
-nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á
-saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á
-dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba
-en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de
-riqueza y trabajo.
-
-Mi tío es un agente de negocios muy conocido en Madrid. En otros
-tiempos desempeñó cargos de importancia en la Administración: fué
-primero cónsul; después agregado de embajada; más tarde el matrimonio
-le obligó á fijarse en la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda,
-protegido y alentado por Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su
-familia le estimularon á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por
-las aventuras y esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición,
-rectitud, actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á
-agenciar asuntos diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes
-se felicitaba de ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De
-ellos vivía, no obstante, despertando los que dormían en los archivos,
-impulsando á los que se estacionaban en las mesas, enderezando como
-podía el camino de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle
-sus amistades con gente de éste y el otro partido, y la vara alta que
-tenía en todas las dependencias del Estado. No había puerta cerrada
-para él. Podría creerse que los porteros de los ministerios le debían
-el destino, pues le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban
-las entradas considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas
-épocas había ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados
-expedientes de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida
-honradez le había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid,
-su posición debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes.
-No carecía de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco
-lisonjero para un hombre que, después de trabajar tanto, se acercaba
-al término de la vida y apenas tenía tiempo ya de ganar el terreno
-perdido.
-
-Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre
-como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba
-toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación
-anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el
-fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente
-ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito
-y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase
-vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus
-relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos
-con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios
-que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el
-cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el
-momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo
-distrayéndose del asunto, y en sonando el _pum_, llevábase un mediano
-susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del
-aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los
-ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba.
-No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos
-de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco
-lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz,
-zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío _la
-Verónica_.
-
-Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia en
-Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á mi
-instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia
-y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi
-padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo
-febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de
-Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no
-tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino
-de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un
-chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas
-demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial
-de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada
-en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este
-descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual
-si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un
-desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con
-una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas
-¡ay, dolor! estaban ya casadas.
-
-
-II
-
-En la primera ocasión que se presentó, mi tío habló de sus tres yernos
-con muy poco miramiento. El uno era egoísta, el otro pobre y vanidoso,
-el tercero una mala persona. De confidencia en confidencia llegó hasta
-las más íntimas y delicadas, acusando á su esposa de precipitación
-en el casorio de las hijas. De esto colegí que mi tía Pilar, señora
-indolentísima y de cortos alcances, por quedarse libre y descansar del
-enfadoso papel de mamá casamentera, había entregado sus niñas al primer
-hombre que se presentó, llovido en paseos y teatros. También pudo ser
-que ellas se sobrepusieran á la disciplina paterna, apegándose al
-primer novio que les deparó la ilusión juvenil.
-
-No habían pasado quince días de mi instalación cuando me puse malo.
-Desde niño padecía yo ciertos achaquillos de hipocondría, desórdenes
-nerviosos, que con los años habían perdido algo de su intensidad.
-Consistían en la ausencia completa del apetito y del sueño, en una
-perturbación inexplicable que más parecía moral que física, y cuyo
-principal síntoma era el terror angustioso, como cuando nos hallamos en
-presencia de inevitable y cercano peligro. Con intervalos de descanso
-melancólico, mi espíritu experimentaba aquel acceso de miedo inmenso
-que la razón no podía atenuar, ni la realidad visible combatir; miedo
-semejante al que sentiría el que, cayéndose sobre la vía férrea y no
-pudiendo levantarse, viera que el pesado tren se acercaba, le iba á
-pasar por encima... Cuando me ponía así, la vista de personas extrañas
-me excitaba más. Dábanme ganas de pegar á alguien ó de injuriar por lo
-menos á los que me visitaban, y padecía mucho conteniéndome. Por esta
-razón no quería recibir á nadie, y mi criado, que ya conoce bien este
-flaco mío y otros, no dejaba que llegase á mi presencia ni una mosca.
-Difícil era en Madrid extremar la consigna. Ni valían estos rigores con
-mi tío, el cual, atropellando la guardia, se colaba de rondón en mi
-gabinete. Y era que creía de buena fe llevarme en sus largos discursos
-la mejor medicina de mi mal; jactábase de conocerlo á fondo, y en vez
-de hablarme de cosas que engañosamente llevaran mi espíritu á esfera
-distinta de mi padecer, estimaba más eficaz encararlo con éste, hacerle
-meter la cabeza en él valientemente, como se corrige á los caballos
-espantadizos, acercándoles á los mismos objetos de que huyen. Díjome
-primero en su festivo exordio, que aquello era el mal del siglo, el
-cual, forzando la actividad cerebral, creaba una diátesis neuropática
-constitutiva en toda la humanidad. Esto se lo había dicho Augusto
-Miquis la noche antes. Por eso lo sabía y lo repetía como papagayo, sin
-entender una jota de medicina. En lo que principalmente hacía hincapié
-mi tío Rafael, era en dar á mi dolencia la importancia histórica de un
-mal de familia, que se perpetuaba y transmitía en ella como en otras el
-herpetismo ó la tisis hereditaria.
-
---Todos padecemos en mayor ó menor grado --me dijo amplificando mucho
-la relación que voy á extractar--, los efectos de una imperfeccioncilla
-nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros
-Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido
-individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento
-y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres,
-chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida,
-bien manía más ó menos rara que no afectaba á la conducta. A unos les
-ha tocado el daño en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se
-ha visto que tenían una organización admirable, pero que les faltaba,
-como se suele decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra
-familia las altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en
-ella tantos hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias
-lastimosas, ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han
-carecido en sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las
-mujeres, las ha habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas;
-pero también las hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más
-vale no hablar de ellas.
-
-Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador sempiterno,
-que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su facundia con
-materiales de invención.
-
---Usted hubiera sido un gran novelador --le dije; y él, acercándose más
-á mí, prosiguió de este modo:
-
---Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos,
-y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene
-reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero
-sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy
-_célebres_. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses.
-Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor
-se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda
-haciendo de fantasma para asustar al pueblo.
-
-»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón magnífico
-para él solo, quiero decir, que ninguna otra persona de la familia se
-había de enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran
-poniendo al lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran
-en Ronda. Y así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más
-de doscientos cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños
-ajenos. Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza
-humana, pues fué el primer galanteador de su tiempo.
-
-»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que criar
-gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y hacía
-libros con ellas.
-
-»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el
-hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato
-en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás
-puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas
-encontraba algún _incitativo melindre_, que dijo el otro. Cuando se
-casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá!
-tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes.
-
-»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el _Quijote_ de memoria, y
-hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había
-refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á
-relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como
-ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque
-también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y
-compuso una obra sobre los alfajores de la tierra.
-
-»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir á tus noticias.
-Javier fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú,
-esas melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De
-pronto le entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y
-visiones. Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más
-remedio que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza
-cuatro años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó
-con una aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía
-más que unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su
-mujer paría siempre gemelos.
-
-»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad
-mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas.
-Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el
-puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero
-repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena
-familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero
-de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le
-acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades
-varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del
-54.
-
-»Mi hermana Rosario no dió más señales de la infección hereditaria que
-el tener toda su vida violentísimo odio á los perros. No los podía ver,
-y lo mismo era oir un ladrido que ponerse á temblar. Casó con Delgado,
-y en su hijo Jesús aparece pujante el mal. Tú no le has visto. Es un
-sér inocentísimo, que se pasa la vida escribiéndose cartas á sí mismo.
-
-»De mis hermanos sólo quedamos Serafín y yo. Serafín fué siempre el
-más robusto de todos. Era un mocetón, la gala de Ronda y el primer
-alborotador de sus calles de noche y de día. Por su vigorosa salud y
-su constante buen humor, parecía tener completos los tornillos de la
-cabeza. Pusiéronle á estudiar marina en San Fernando, y se distinguió
-por su aplicación y laboriosidad. Salió á oficial el 43, y su carrera
-ha sido muy brillante. Estuvo en Abtao, en el desembarco de Africa,
-en el Pacífico. Hoy es brigadier retirado y vive en Madrid, donde no
-hace más que pasearse. Tú le conoces. ¿Pero á que no sabes todavía
-en qué consiste y de qué manera tan extraña se ha manifestado en
-él, al cabo de la vejez, esa maldita quisicosa que no ha perdonado
-á ningún Bueno de Guzmán? Te lo diré en confianza. Cuando le trates
-más, verás en Serafín el hombre más completo que puedes figurarte, el
-tipo del caballero atento, discreto y cumplido, el veterano valiente
-y pundonoroso, y seguirás teniéndolo en el más elevado concepto hasta
-que descubras su flaco, el cual es de tal naturaleza, que casi me da
-vergüenza hablar de él. Pues Serafín ha adquirido la maña... no me
-atrevo á llamarla de otro modo... de coger con disimulo tal ó cual
-objeto que ve en las casas que visita, metérselo en el bolsillo... ¡y
-llevárselo! No sabes los disgustos que hemos tenido... Nada: no te lo
-explicas, ni yo tampoco, ni él mismo sabe dar cuenta de cómo lo hace
-y por qué lo hace. Es un misterio de la Naturaleza, una aberración
-cerebral... Veo que te pasmas... Pues, nada: entra mi hombre en una
-librería, acecha el momento en que los dependientes están distraídos,
-agarra un libro, se lo guarda en el bolsillo del _carrik_, y abur. En
-varias casas ha cogido chucherías de esas que ahora se estila poner
-sobre los muebles, y hasta perillas de picaportes, aldabas de puertas,
-tapones de botellas... Me ha confesado que siente un placer inmenso en
-esto; que no sabe por qué lo hace; que es cosa de las manos... qué sé
-yo... mil desatinos que no entiendo.
-
-Bien podría ser la relación de mi tío, como he dicho antes, puramente
-fantástica, una de esas improvisaciones que acreditan el numen de los
-grandes habladores; pero fuese verdad ó mentira, á mí me entretenía y
-agradaba en extremo. Pendiente de sus palabras, sentía yo que éstas
-se acabasen y con ellas la historia, cuyos pormenores referentes á
-dolencias ajenas eran eficaz bálsamo de la mía. Parecíame que faltaba
-aún lo más interesante, esto es, saber en qué grado estaban mi propio
-tío y su descendencia tocados del mal de familia, ó si por ventura
-se habían librado ya de tan pertinaz enemigo. Echóse á reir llorando
-cuando le manifesté esta curiosidad, y prosiguió de este modo:
-
-
-III
-
---Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán,
-el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de
-mi vida, el afán diario de los negocios, la aplicación constante del
-espíritu á cosas reales, me han preservado de graves desórdenes. Sin
-embargo, sin embargo, no ha sido todo rosas. En ciertas ocasiones
-críticas, á raíz de un trabajo excesivo ó de un disgusto, he sentido...
-así como si me suspendieran en el aire. No lo entenderás, ni lo
-entiende nadie más que yo. Voy por la calle, y se me figura que no veo
-el suelo por donde ando: pongo los pies en el vacío... Al mismo tiempo
-experimento la ansiedad del que busca una base sin encontrarla... Pero
-ando, ando, y aunque creo á cada instante que me voy á caer, ello es
-que no me caigo. La _suspensión_, como yo llamo á esto, me dura tres ó
-cuatro días, durante los cuales no como ni duermo; luego pasa, y como
-si tal cosa.
-
-»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene
-indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos de
-relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que habiendo
-tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica para
-todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita cosa ni
-supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un pasmoso
-talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha de
-flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la casa.
-Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos más altos
-de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con un enfermo
-de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo que le
-sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros dentro
-de un cráneo no pueden funcionar sin estorbarse y producir un zipizape
-de todos los demonios.
-
-»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia
-tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se
-extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en
-opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión)
-las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres
-ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en
-cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en
-el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus
-encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas.
-¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias
-y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le
-entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de
-cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede
-vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único
-que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño
-entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su
-voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse
-la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se
-casó, estos ataques son poco frecuentes.
-
-»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana mayor.
-Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más, por la
-menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia, y en sus
-afectos no hay nunca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo,
-que no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa
-con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto
-cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía
-trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer
-alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio.
-Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se
-pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una
-simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva
-compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las
-de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre
-esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días
-más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la
-garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se
-pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien
-la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con
-que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las
-destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces
-la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en
-confianza) no merece tal joya.
-
-»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos
-favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no, no
-la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos mimado
-más de la cuenta y nos ha salido mal educada. Parece una loca, parece
-más bien casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran
-fondo de rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo
-decir que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal
-dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas
-extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal
-gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad.
-Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo
-prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me
-espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma
-de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso
-que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis, no
-encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese bruto...
-
-Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por la
-sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió
-con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo
-luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era,
-según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes
-físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en
-limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste
-habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija
-única suya hubiera sido mi mujer.
-
-Fenómeno singular, que recomiendo á los médicos para que se acuerden
-de él cuando les caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío
-aquel prolijo cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad
-que te aflige, ¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí
-aliviadísimo de la parte que me correspondía por fuero de familia, y
-este alivio fué creciendo en términos que un rato después me encontraba
-completamente bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el
-viento.
-
-
-IV
-
-Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba
-animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la
-misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María
-Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas
-á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su
-madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre
-cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras,
-si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese.
-
-Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una belleza
-estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los mármoles
-admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas. Desde que la
-conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo va de escultura
-á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca de mi agrado.
-Por aquellos días no había empezado á engordar todavía, y así su
-engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después.
-Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud,
-veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz
-que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy
-principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños
-que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que
-ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso;
-que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos
-de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió,
-pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida
-obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban
-dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero
-siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban
-los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como
-otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que
-su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los
-transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el
-pintoresco traje de Astorga.
-
-Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos una
-pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á Madrid,
-y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han tenido
-tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era orden y
-método. Gastaban mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su
-generosidad. Así llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito
-de alambicar, apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si
-era ésta ú otra la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás
-desgobernada y maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los
-que no tiran el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué
-compañera de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha
-trocado su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte
-no ha prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando
-que al padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por _el
-ordinario de Astorga_, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana
-_la ordinaria de Medina_.
-
-En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco
-para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más
-valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos
-éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna
-bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas
-ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un
-tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales,
-guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo
-que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho
-amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir,
-que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno
-atmosférico, porque las hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento
-y en las ondas sonoras que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si
-no hubiera tanto vago, tanto noble arruinado que vive del juego, tanto
-abogadillo cesante ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...»
-Debo añadir que María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en
-algún periódico, ciertas menudencias de saber político, religioso y
-literario, que eran la admiración mayor de todas las admiraciones que
-su marido tenía por ella. El amor de Medina principiaba en ternura y
-acababa en veneración, motivada sin duda por la superioridad de ella en
-todos los terrenos. Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones.
-¿Cómo no tenerlas si eran ricos, cuando hasta los más necesitados y
-humildes se codean aquí con los poderosos, con tal que sepan envolver
-su miseria en el paño negro de una levita?
-
-
-V
-
-Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero
-mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa
-parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física
-creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento,
-piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve
-por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien
-que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta
-inesperada del camino. Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía
-ya en la mano y le había hincado el diente.
-
-Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé
-en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste
-de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su
-cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo
-por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo
-con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo
-hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto
-exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las
-cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como
-cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me
-produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones
-y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer
-que Eloísa tenía siempre razón.
-
-La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la
-apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida que
-iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas de su
-carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su ropero y en
-una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas de encajes,
-de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito artístico. Al
-enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados, solía dejar
-entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no tener objetos
-sobresalientes por la riqueza del material y el primor de la obra. El
-«si yo fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los
-labios de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma
-la atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación
-tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos
-hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las
-acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la
-virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso
-por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado,
-criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran
-por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura
-mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado
-interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su
-carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la
-enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en
-otro sér.
-
-Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al
-despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado á
-luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa. Yo
-también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño leal
-y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad alguna.
-
-El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata.
-Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios
-de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carrillo (Carrillo
-de Albornoz) había venido haciendo monos á mi primita desde que
-ella estaba en el colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no
-formalmente, no lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios
-más ó menos entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo
-el programa de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros
-y paseos. Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la
-herencia de su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero,
-que era muy anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de
-presunto heredero de un título y de un capital le hizo interesante
-á los ojos de mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido
-veinticuatro años. Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un
-triste sueldo en el ministerio de Estado; pero la esperanza de la
-herencia le daba alientos para conllevar su vida obscura.
-
-Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas;
-pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la
-mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral,
-debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables.
-Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda
-honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena
-de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir,
-aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer
-esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la
-Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine
-May y á Macaulay, deseando saciar en tan ricas fuentes su sed del
-conocimiento de un sistema admirable, que entre nosotros es pura
-comedia. Su conversación me declaraba un juicio claro, con pocas ideas
-propias, pero con aprovechada asimilación de las ajenas.
-
-Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de una
-de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este mostraba
-simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la humildad
-de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las clases
-históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo,
-aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo
-verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo
-el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que,
-aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción,
-siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen
-Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en
-morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría
-cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había
-podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante.
-
-
-VI
-
-Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que
-la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en
-la misma moneda. A veces parecía una chiquilla sin pizca de juicio,
-á veces una mala mujer. Serían tal vez inocentes sus desfachateces,
-pero no lo parecían, y el parecer dicen que en achaque de moral no
-es menos importante que la moral misma. Era una escandalosa, una mal
-educada, llena de mimos y resabios. No debo ocultar que á veces me
-hacía reir, no sólo porque tenía gracia, sino porque todo lo que sentía
-lo expresaba con la sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor
-del espíritu, era para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del
-otro pudor, venían á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos.
-No podré pintar el asombro que me causó verla correr por los pasillos
-de su casa con el más ligero vestido que es posible imaginar. Un día
-se llegó á mí en paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo
-hablando de su marido en los términos más irrespetuosos. A veces,
-después de correr tras las criadas y hacer mil travesuras, impropias
-de una mujer casada, se ponía á tocar el piano y á cantar canciones
-francesas y españolas, algunas tan picantes, que, la verdad, yo hacía
-como que no las entendía. A lo mejor, cuando parecía sosegada, se oía
-un gran estrépito. Estaba en la cocina jugando con las criadas. Su
-mamá la reñía sin enfadarse, consintiéndole todo, y aseguraba que era
-aquello pura inocencia y desconocimiento absoluto del mal. Otras veces
-dábale por ponerse triste y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á
-su marido, á sus padres mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que
-no la queríamos, de que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose
-al verla así, mandaba preparar abundante ración de tila. Eran los
-nervios, los pícaros nervios.
-
-Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la
-casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa
-de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente
-la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos
-y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como las
-beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia oirla.
-
-Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena, esbeltísima,
-vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de que jamás un
-médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan notable como
-aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia y tostada,
-indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes, profundamente
-negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando visitamos
-un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le faltaba
-muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias que nunca
-están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel carácter, que
-era la negación de todo lo que constituye el encanto de la mujer. La
-discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del ánimo, el culto
-de las formas, éranle extraños. Considerábala como la mayor calamidad
-de una familia, y al hombre condenado á cargar semejante cruz, teníale
-por el más infeliz de los seres nacidos.
-
-El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería, llamado
-Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de Augusto Miquis,
-médico de fama. Al tal le consideré, desde que le ví, destituído de
-todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que
-pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía
-ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le
-daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera
-existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían
-de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme
-su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta
-del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi
-tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al
-oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué
-encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino era
-feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso, pendenciero,
-brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo, dudando mucho de
-que fuese un mérito, era su constitución, no menos vigorosa que la
-de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos los caprichos
-de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer planchas
-gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo que yo tenía
-de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila, llevábame á dar
-á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen como adorno de
-la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y gandules de circo
-sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar razonablemente la
-inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño humano, que á menudo va
-por sendas tan contrarias á las de la razón! Contáronme que mis tíos
-se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el
-resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que
-los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar
-al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo:
-
---Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste
-de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para
-distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón?
-
-Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:
-
---Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.
-
-Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían tenido
-alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba yo. A
-su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y modales
-chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; otras le
-decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, gritando:
-
---Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...
-
-Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban
-pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco
-decentes á mi ver.
-
-El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de estar
-muy atrasado en su carrera.
-
---Pero usted --le preguntaba yo--, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de
-guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?
-
-Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el sable
-y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar
-una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del
-ejército. Francamente, me daba tanto asco, que le volví la espalda
-sin decirle nada. No le creía merecedor ni aun de la impugnación de
-sus estupideces. María Juana, que estaba allí, díjome aparte con mal
-contenida ira:
-
---Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.
-
-
-
-
-II
-
-Indispensables noticias de mi fortuna, con algunas particularidades
-acerca de la familia de mi tío y de las cuatro paredes de Eloísa.
-
-
-I
-
-Voy á hacer la declaración exacta de la fortuna que yo poseía cuando
-me establecí en Madrid. Este es un dato importante por todos conceptos
-y que debo exponer con la mayor claridad, aunque no sea sino para
-desmentir las absurdas consejas que corrían como dogma evangélico
-acerca de mi capital, y según las cuales (obra de la excitada fantasía
-de tanto hambriento), yo era puesto en la misma categoría rentística
-de los Larios de Málaga, López de Barcelona, Misas de Jerez, Céspedes,
-Murgas y Urquijos de Madrid.
-
-Vais á ver lo que yo tenía.
-
-Al desaparecer del mundo comercial la casa que giraba con mi firma,
-celebré un convenio con los _Hijos de Nefas_, que se hicieron cargo de
-todos mis negocios mercantiles, para unirlos á los de su casa, quedando
-además encargados de liquidar los asuntos pendientes. Según mi cuenta,
-la liquidación arrojaría unos cuarenta mil duros á mi favor, que los
-referidos _Hijos de Nefas_ se reservarían, puesto que yo entraba á
-formar parte de la casa como socio comanditario.
-
-Las viñas arrendadas podían capitalizarse en otros cuarenta mil duros.
-Lo que obtuve de las vendidas, de las existencias cedidas á diferentes
-casas y de créditos realizados, subía á más de cien mil, que iría
-recibiendo en Madrid, según convenio, en plazos trimestrales y en
-letras sobre Londres. Pensaba emplear este dinero, conforme lo fuera
-cobrando, en valores públicos ó en inmuebles urbanos.
-
-Producto de ventas anteriores y de la legítima de mi madre, tenía yo
-en Londres diez y siete mil libras, parte situadas en casa de Mildred
-Goyeneche, parte empleadas en renta inglesa del 3 por 100. Estos
-setenta y cinco mil duros, unidos á lo anterior, hacen ya doscientos
-cincuenta y cinco mil. Debo añadir un pico que tenía en París en poder
-de Mitjans, y que le ordené empleara en renta francesa del 4 ½ por 100,
-con el cual pico mi cuenta anda muy cerca ya de los seis millones de
-reales.
-
-Aún había más. En Obligaciones de Banco y Tesoro, 3 por 100
-Consolidado, _Ferros_, Obligaciones sobre Aduanas, Resguardos al
-portador de la Caja de Depósitos, tenía más de ochenta mil duros
-efectivos. Toda esta diversidad de papeles la había comprado mi padre,
-y yo la conservaba, esperando que se realizase la feliz unificación
-que me había anunciado mi tío, y con la cual cesaría el mareo que me
-producía tal balumba de títulos y la desigualdad laberíntica de sus
-valores.
-
-Item: cuarenta acciones del Banco de España que mi padre había
-comprado, por dicha mía, cuando estaban á tres mil reales, y que á
-fin del 80 valían cuatrocientos cincuenta duros, dándome un capital
-efectivo de diez y ocho mil duros. Añadiendo á lo expuesto varios
-créditos pequeños de seguro cobro y existencias en metálico, salían,
-en cifra más ó menos redonda, unos nueve millones de reales, que bien
-manejados podían darme de treinta á treinta y cinco mil duros de
-renta. Esta es la verdad de mi tan cacareada riqueza, que algunos,
-especialmente los que deliran con el dinero ajeno, no pudiendo delirar
-con el propio, hacían subir á un par de millones de pesos. En esto
-de apreciar el caudal de los ricos que viven con holgura, he notado
-siempre una tendencia á la hipérbole que produce grandes perturbaciones
-en la vida económica de la capital, por los grandes chascos que suelen
-llevarse las industrias y los comercios nacidos al calor de tan necio
-optimismo. No necesito encarecer lo bien recibido que fuí en toda clase
-de círculos. Los que esto lean comprenderán al punto que teniendo yo
-lo que en claros números queda dicho, y suponiéndome el vulgo mucho
-más aún, no me habían de faltar relaciones. No necesitaba ciertamente
-buscarlas; ellas venían solas, me perseguían, me acosaban con descargas
-de saludos, invitaciones y cortesanía. Prendas personales de que no
-quiero hablar afianzaron y remataron mi éxito. Las amistades formaron
-pronto en derredor mío espesa red, contribuyendo no poco á ello la
-familia de mi tío, muy conocida en la Corte y relacionada con lo mejor,
-así por el parentesco que mi tía Pilar tenía con familias ilustres,
-como por el roce constante de su marido con personas y personajes de
-todas las clases sociales.
-
-
-II
-
-En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta. No
-pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á
-escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera
-una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación
-simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía
-sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del
-motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila,
-que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome
-al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana,
-Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria
-sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero
-el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras
-razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres.
-Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en
-ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos
-hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava
-Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...»
-«Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran
-revolucionarios porque no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran
-nada porque no tenían entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa,
-menos fuerte que su hermana en la polémica, se embarullaba, tenía
-rasgos de ira infantil, concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho
-haber perdido la escena, pues llegué cuando la tempestad había pasado,
-y sólo se oían truenos lejanos. En el gabinete de la derecha de la
-sala, la pobre Eloísa daba respiro á su corazón oprimido, diciendo
-entre sollozos:
-
---Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para
-ver patas arriba á tanto... idiota.
-
-En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una silla,
-el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira cogida
-con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien formado
-pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la nariz un
-poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á usar
-por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los pies
-inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar la
-urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara de
-una vez para siempre con los... me parece que dijo «los _mamalones_ que
-viven á costa del prójimo.»
-
---Pero, señoras --dije yo interviniendo y pasando de un gabinete á
-otro para ponerlas en paz--, ¿qué piropos son esos y qué furor de
-revoluciones ha entrado en esta casa?...
-
-Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos
-demagógicos, les dije:
-
---Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en Lhardy.
-
-(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras un
-velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.)
-
-Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos. Otro
-día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió á
-chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en
-aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones
-que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío,
-al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos,
-distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de
-donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna,
-como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas
-altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por
-ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más
-bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba
-ciegamente el partido de María Juana.
-
---Un padre debe querer á sus hijos por igual --decía Camila aquel
-día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel
-alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces
-la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba
-leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú»,
-ó cosa por el estilo.
-
-Debo decir, en honor de la verdad, que pasaban también semanas enteras
-sin que la paz se turbase, viviendo todos, padres, hijos, hermanas y
-yernos, en aparente concordia. Siempre habría sido lo mismo si mis
-tíos hubieran establecido en la casa, antes de que la prole creciera,
-una estrecha disciplina. Mas no lo hicieron así. Era mi tía Pilar una
-excelente señora; pero de tan flojo carácter, que sus hijos, y aun los
-criados, y hasta el gato, hacían de ella lo que querían. Mi tío no se
-cuidó nunca de sus hijos más que para comprarles dulces y llevarles un
-palco para que fueran al teatro algún domingo por la tarde. Todo el
-día estaba en la calle, y los festivos solía ir de caza al coto que en
-sociedad con varios amigos tenía arrendado.
-
-Mi primo Raimundo, de quien no he hablado aún, vivía en completa
-paz con mis tres primas, pues había adoptado en todos los asuntos
-domésticos un temperamento flemático; y aunque su mamá tenía marcadas
-preferencias por su único varón, éste, que era insigne filósofo, como
-se verá más adelante, cuidaba de no hacerlas patentes delante de sus
-hermanas para aprovecharlas mejor.
-
-
-III
-
-He dicho que en Enero del 81 dió á luz Eloísa el primer nieto que
-tuvieron mis tíos. El tal absorbía por completo la atención de toda la
-familia. Abuelos, tías y madre eran pocos para mimarle. Las funciones
-de su organismo nuevecito, al estrenar la vida y ensayarse en los
-procederes elementales del egoísmo humano, preocupaban hondamente á
-todos los de casa.
-
-A las inocentes brutalidades de aquel cachorro de hombre se les
-daba la importancia de verdaderas acciones humanas. No hay para qué
-hablar de la fama que tenía. Había corrido la voz de que era _un rollo
-de manteca_, y además muy mala persona, es decir, que ya tenía sus
-malicias, y se valía de ingeniosas tretas para hacer su gusto. Todos
-los recién nacidos gozan de esta opinión desde que respiran; todos son
-guapos, robustos y muy pillos. Y, sin embargo, todos son lo mismo:
-feos, flácidos, colorados, más torpes que los niños de los animales y
-siempre mucho menos graciosos. Del de Eloísa se contaban maravillas.
-Era un granuja. A los dos meses ya protestaba contra las horas
-metódicas á que le daba el pecho el ama, y quería atracarse sin orden
-ni tasa. Era, pues, un gastrónomo y un libertino. A los cuatro meses
-mostraba su desagrado á algunas personas, y pataleaba cuando quería que
-le paseasen. Tenía la poca vergüenza de reirse de todo, y cuando le
-ponían un reloj en la oreja, se la echaba de listo, como diciendo: «Ya,
-ya sé lo que es eso: á mí no me la dan ustedes.» A los cinco meses era
-realmente una preciosidad. Se parecía á su mamá. Salía á los Buenos de
-Guzmán en la figura y en el carácter. El ama relataba mil incidentes y
-malicias que indicaban el talento que iba á sacar. Algunas noches había
-conciertos, á que felizmente no asistía yo. Para impedirle que durmiera
-de día, le paseaban por la casa, le bajaban alguna que otra vez á la
-mía, y procuraban entretenerle haciéndole fijar la vista en objetos de
-colores vivos. Cuando se cansaba, restregábase el hocico con los puños
-cerrados, que parecían dos rosas sin abrir, y á veces me obsequiaba
-con una sonata de las mejores suyas. Alguna vez le cogía yo en mis
-brazos y le paseaba, procurando que se fijara en una lámpara colgante,
-objeto al cual repetidas veces consagraba una atención profunda como
-de persona inteligente. Parecía decir: «Vean ustedes... éstas son las
-cosas que á mí me gustan...» No sé en qué consistía que en mis brazos
-se tranquilizaba casi siempre. Sin duda sentía hacia mí una respetuosa
-estimación que no le inspiraba el ama. Mirábame con atónita dulzura,
-mascando sosegadamente un aro de goma y arrojando sobre mi pecho las
-babas que no podía recoger su babero. Con aquella muda saliva me decía
-sin duda: «Estoy pensando, aquí para mis babas, que usted y yo vamos á
-ser muy buenos amigos.»
-
-Todos le querían mucho, y yo también, correspondiendo á la confianza y
-consideración que le merecía. Ved aquí cuán fácilmente me asimilaba los
-sentimientos de la familia, porque mi carácter fué siempre, salvo en
-las ocasiones de mal nervioso, refractario á la soledad. No me gustaba
-vivir en lo interior de aquella república, pero sí en sus agradables
-cercanías. Poco á poco fuí acostumbrándome al calor lejano de aquel
-hogar. Así lo quería yo: bastante cerca para matar el frío, bastante
-lejos para que no me sofocara. Mis tíos, mis primas, los maridos de mis
-primas y el retoño aquél baboso me interesaban ya y eran necesarios en
-cierto grado á mi existencia.
-
-Pero he de confesar que Eloísa era, de todos ellos, la que se llevaba
-la mejor parte de mis afectos. Solía consultarme sobre cosas de su
-exclusivo interés; y yo, que todo el invierno lo empleé en instalarme
-bien y cómodamente, pues era muy tardo y dificultoso en elegir los
-muebles, le pedía un día y otro el concurso de su buen juicio y de su
-gusto supremo para aquel fin. Entre paréntesis, diré que yo decoraba
-mi casa con lujo, adquiriendo todo lo bonito y elegante que encontraba
-en las tiendas, y haciendo traer directamente algunos objetos de París
-y Londres. Soltero, rico y sin obligaciones, bien podía darme el gusto
-de engalanar suntuosamente mi vivienda, y ser, conforme lo exigía mi
-posición social, amparo de las artes y la industria. Desconfiando
-siempre de mí mismo en materia de gusto artístico, me sometía al
-parecer de Eloísa, y nada se ponía en las paredes de mi casa sin que
-antes pasase por la prueba de su entendida crítica. Comprendí que ella
-gozaba extraordinariamente en ello, y como había tela de donde cortar,
-yo adquiría, adquiría cada vez mejores y más escogidas cosas.
-
-Mi afecto hacia ella era de una pureza intachable; tan así, que gozaba
-oyéndola elogiar á su marido. Díjome un día:
-
---El pobre Pepe vale bastante más de lo que creen papá... y los amigos
-de casa. Tiene inteligencia; pero la pobreza y su poca salud le
-acobardan mucho.
-
-Otro día me dijo con acento bastante triste que estaba hastiada de
-vivir en casa de sus padres; que además de la idea de serles gravosa,
-le mortificaba la falta de independencia; que deseaba ardientemente
-tener su casa, casa propia, _sus cuatro paredes_, para vivir solita con
-su marido y con su hijo. Con la renta de Pepe no había que contar para
-este propósito tan honrado y tan legítimo, pues la paga del ministerio
-y el producto de unos foros gallegos que además disfrutaba, apenas eran
-suficientes para vestirse ambos y para el ama y algunas menudencias.
-
---Oye lo que ocurre --me dijo otro día, en ocasión que subí á su casa
-para que me hiciera el favor de elegirme unas alfombras--. A ver qué
-opinas. El ministro de Ultramar, que es muy amigo nuestro... anoche
-comieron él y papá en casa de la de San Salomó... ha ofrecido á Pepe un
-buen destino en Cuba. Dice papá que si tiene arreglo, puede sacar en un
-par de años cien mil duros... sin hacer cosas malas, se entiende. Otros
-han traído más en mucho menos tiempo. ¿Te parece que debe aceptar? En
-toda la noche he podido dormir pensando en esto, pues si por un lado
-quisiera resolver este acertijo de nuestro modo de vivir, por otro no
-me haría maldita gracia separarme de mi marido... Y lo que es irme yo
-á América... al pensarlo, no son plumas, sino nidos de avestruces lo
-que siento en mi garganta. El pobre Pepe no tiene salud para aquellos
-climas... y al mismo tiempo no sé... ¡La idea de verle entrar en casa
-acompañado de cien mil duros!... Es terrible alternativa ésta, ¿no es
-verdad? Parece que la marquesa de Cícero está ahora muy fuerte. ¿Qué
-opinas tú? ¿Debemos aceptar el destino?
-
-Esta inesperada consulta me puso en gran perplejidad. Pero mi buen
-juicio y mi conciencia, que, teóricamente al menos, estaba llena
-de rectitud, inspiráronme pronto la respuesta. No: Pepe no debía
-exponerse á los peligros de la fiebre amarilla... no faltaba más. ¡Qué
-sería de su pobrecita mujer, sola y muerta de pena en Madrid!... Por
-ningún caso. Estaría siempre en un puro afán, pensando si le daba ó no
-le daba el vómito, y de correo en correo su vida sería un martirio de
-incertidumbre... ¿Y todo por qué? Por una riqueza ilusoria... Pepe era
-decente y honrado, y no sabría centuplicar, como otros, los gajes de su
-empleo.
-
---Ríete --le dije-- de esas ganancias, sin hacer cosas malas. Pepe se
-volverá á España con las manos tan limpias como su conciencia, y los
-bolsillos más limpios aún...
-
-Añadí que la Providencia se encargaría de arreglar aquel asunto mejor
-que el ministro de Ultramar. Por más que dijeran, Angelita Caballero
-no podía ya vivir mucho. Yo la había visto el día antes en su
-carruaje, hecha una hoz, tan encorvada que parecía estar besándose las
-rodillas... Paciencia, paciencia y calma.
-
-Esto ocurría en Mayo: lo recuerdo, porque después de aquella
-conferencia fuimos todos, Camila inclusive, á casa de María Juana, á
-ver pasar la gran procesión del Centenario de Calderón. Los prudentes
-consejos que dí á Eloísa fueron bien acogidos por ella y aceptados
-con alma. Aquel día y los siguientes estuve pensando cuán fácil me
-sería realizar el noble sueño de mi prima, pues con parte de lo que
-yo gastaba en superfluidades, habría bastado para que ella tuviese
-aquellas _cuatro paredes suyas_ que la traían tan desazonada. Pero esto
-era tan irregular y contravenía de tal modo las leyes sociales, que no
-era posible expresarlo ni aun como un ofrecimiento de pura fórmula,
-de esos que previamente sabemos no serán aceptados. Hablar de tal cosa
-habría sido imperdonable falta de delicadeza. Calléme, pues, repitiendo
-para mi sayo una cosa que más de una vez había oído de labios de la
-propia Eloísa en sus horas de tristeza, y era que los bienes de la
-tierra están muy mal repartidos.
-
-
-
-
-III
-
-Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos.
-
-
-I
-
-Con este Bueno de Guzmán había tenido yo trato anteriormente, por haber
-pasado conmigo una larga temporada en Jerez y Cádiz. Pocas personas
-poseen, como mi primo Raimundo, el don envidiable de cautivar y agradar
-de primera intención, porque á pocos seres concedió Naturaleza tal
-caudal de prendas brillantes, calidades de esas que podríamos llamar
-ornamentales, porque no dan valor positivo á la persona, sino que
-lo fingen. Cuando le conocí en Andalucía, estaba Raimundo en todo
-su esplendor y en el apogeo de su deslumbradora originalidad. En
-Madrid ya le encontré algo decaído. Se me parecía á los artistas que,
-abusando de sus facultades, caen en el amaneramiento. En ocasiones,
-lo que antes hacía en él tanta gracia principiaba á ser enfadoso.
-Sus excentricidades y paradojas, sus ráfagas de ingenio eran para un
-rato nada más. Comenzaba á tener manías estrambóticas y á padecer
-lamentables descuidos en su conducta social y privada. No era ya el
-hombre entretenidísimo, ameno y simpático de otros tiempos; mejor
-dicho, tenía temporadas, días muy buenos, horas felices á las que
-seguían períodos en que se hacía de todo punto insoportable.
-
-En España son comunes los tipos como este primo mío. Creeríase que son
-producto del garbanzo, y que este vegetal ha ingerido en la raza los
-talentos decorativos. He conocido muchos que se le parecen, aunque en
-pocos he visto combinarse tan marcadamente como en él lo brillante con
-lo insubstancial. Había tenido Raimundo una educación muy incompleta;
-había leído poco, muy poco, y no obstante, hablaba de todas las cosas,
-desde las más frívolas á las más serias, con un aplomo, con una
-facundia, con un espíritu que pasmaban. Los que por primera vez le oían
-y no le conocían, se quedaban turulatos.
-
-A este don de tratar bien de todo reunía mi primo otros muchos. Hablaba
-francés é italiano con rara perfección. El inglés no lo hablaba, pero
-lo traducía, y de alemán se le alcanzaba algo. Aprendía las lenguas con
-facilidad suma, sin esfuerzo, no se sabe cómo. Su memoria estupenda
-descollaba también en la música. Repetía las óperas del repertorio
-moderno, con recitados, coros y orquesta, y trozos difíciles de música
-sinfónica y de cámara. Cantaba lo mismito que Tamberlick y declamaba
-como Rossi, imitando también á los actores cómicos más en boga. En esto
-de remedar voces y de asimilarse todos los acentos humanos, superaba
-con mucho á su hermana Camila, que igualmente tenía dotes de actriz y
-habría lucido en las tablas si á ello se dedicara.
-
-Mi primo no era pintor porque no se había puesto á pintar; pero
-buena prueba era de su aptitud lo que hacía con lápiz ó pluma cuando
-por entretenimiento dibujaba cualquier figura. Hacía caricaturas
-deliciosas, frescas, fáciles, y á veces le ví trazar en serio,
-observando el natural, contornos de una verdad y elegancia que me
-pasmaban. «¿Por qué no te has dedicado á la pintura?» le preguntaba
-yo á veces; y él alzaba los hombros, como diciendo: «Si me hubiera
-dedicado á todo aquello para que tengo disposición, no me habrían
-bastado la vida ni el tiempo.»
-
-Porque también hacía versos, y tan buenos como los de otro cualquiera.
-Los componía serios y epigramáticos, burlescos y trágicos, según
-le daba. En la prosa también hacía primores. La escribía de todas
-las castas posibles: académica y periodística, atildada y pedestre,
-declamatoria y picaresca. Cuando estaba de humor literario, cogía la
-pluma y decía: «voy á imitar á Víctor Hugo.» Pues escribía un trozo
-que parecía arrancado de _Los Miserables_. Otras veces imitaba á los
-clásicos de un modo que no había más que pedir, y como cogiera por su
-cuenta el estilo parlamentario y oficial que aquí priva, hacía cosas
-muy divertidas. También se las daba de crítico, y tenía un golpe de
-vista admirable para juzgar de todas las artes y descubrir en cada obra
-aspectos y fases que se ocultan á la generalidad.
-
-Pues con tales disposiciones, las pocas veces que se vió en letras de
-molde no fué con lucimiento, porque pensar que hiciera y consumara
-un trabajo completo, regular, con principio y fin, era pensar lo
-imposible. A menudo, sus tareas literarias, empezadas con febril
-entusiasmo, se quedaban sin concluir. Cuando se le reprendía por su
-inconstancia, disculpábase con la carencia de estímulo, que es la
-asfixia del escritor en nuestro país; con la falta de editores. ¡Oh!
-si aquí se cobrara por escribir... Esta era su muletilla, que iba
-siempre acompañada de la amarguísima exclamación de Larra: «El genio ha
-menester del eco, y no se produce eco entre las tumbas.»
-
-Estoy convencido de que si hubiéramos tenido un editor espléndido
-y sabio detrás de cada esquina, Raimundo no habría compuesto libro
-alguno ni aun del tamaño de una lenteja. Es más: llegué á comprender
-que mi primo, dotado de aptitudes tan varias, no habría sido jamás
-poeta eminente, ni pintor de nota, ni músico, ni orador, ni cómico, ni
-crítico, aunque se dedicara exclusivamente á alguna de estas artes,
-porque carecía de fondo propio, de fuerza íntima, de esa impulsión
-moral, que es tan indispensable para los actos de creación artística
-como para las obras de la voluntad.
-
-Elogiado desde la niñez por su feliz talento, mirado como gloria de la
-familia, defraudó las esperanzas de su padre, que no pudo sacar partido
-de él. A once carreras se aplicó. Empezaba con mucho brío; pero en el
-primer año se plantaba. Habíase preparado para Estado Mayor, Minas,
-Montes, Medicina, Telégrafos, Ayudante de Obras públicas, y para no sé
-qué más. Oirle hablar de sus carreras y de sus estudios era como hojear
-una enciclopedia. Por fin, hízose abogado á fuerza de recomendaciones.
-«Mi camino al través de la Universidad --decía--, ha sido una senda de
-tarjetas.»
-
-En los días de esta narración, Raimundo debía de tener treinta años
-(era el segundo hijo de mi tío) y representaba más de cuarenta. Su
-naturaleza febrilmente activa parecía haber burlado la ley del tiempo,
-madurándose con demasiada prisa. Vivía en un constante esfuerzo por
-huir de lo presente, hipotecando el porvenir, y nutriéndose hoy por
-adelantado con la savia de mañana. Pródigo de su sangre, de todas las
-energías de su espíritu y de su cuerpo, devoraba el capital vital, como
-si la juventud fuera un estado que le estorbase y padeciera nostalgias
-de la vejez. Cuando le ví en Madrid, me asustó la extraordinaria
-flaqueza de su rostro. Comprendí que en aquella lámpara había ya poco
-aceite, por haber sido encendida muy pronto y atizada constantemente;
-pero no le dije nada, porque supe que se había vuelto aprensivo. Su
-cara de hombre guapo era como la de un Cristo viejo, muy despintado,
-muy averiado de la carcoma y profanado por las moscas. Tenía la voz
-cavernosa, la mirada mortecina, los movimientos perezosos. Un día
-que estábamos solos en mi cuarto, le ví acomodarse en una butaca,
-estirar las piernas sobre otra, buscar postura, hacer muecas de dolor
-y hastío como el que padece gran quebranto de huesos, cerrar luego los
-ojos y respirar fatigosamente. A mis inquietas preguntas respondió
-levantándose de un salto, dando paseos por la habitación con las manos
-á la espalda y la barba sobre el pecho.
-
---La inacción es lo que me mata --decía sin detenerse--. Me estoy
-atrofiando, me estoy enmoheciendo...
-
-Luego se paró ante mí, y mirándome con aquellos ojazos que parecían
-muertos, díjome entre carraspeos:
-
---Tengo un principio de enfermedad grave. ¿Sabes lo que es?
-Reblandecimiento de la médula.
-
---¿Has consultado algún médico?
-
---No: no es preciso. He estudiado esa enfermedad, y conozco bien su
-proceso, sus síntomas y su tratamiento.
-
-Dióme una lección de fisiología, en la cual habló de la _pía mater_,
-del _canal raquídeo_, de la _substancia gris_, de las perturbaciones
-_vasomotoras_, con otros terminachos que no recuerdo. Debía de ser
-su atropellado discurso un tejido de disparates; pero tenía todo el
-aparato de lucubración científica, y para los legos en medicina, como
-yo, era un asombro. Sentóse luego, y tras aquellas sabidurías, dió en
-afirmar vulgaridades de curandero. Después le oí pronunciar en voz baja
-y con precipitación maniática sílabas obscuras.
-
---¿Sabes --me dijo de súbito, contestando á mis preguntas-- cuál es
-uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La _afasia_,
-ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza
-en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser
-pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de _r_ líquida después de
-_t_, es decir, las sílabas _tra_, _tre_, _tri_, _tro_, _tru_...
-
-Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se
-expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De
-súbito se marchó sin decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé
-qué conceptos obscuros de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á
-sus extravagancias, no me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi
-cuarto con apariencia de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su
-semblante tenía mucha animación.
-
---Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo --me dijo--. Mira, para
-probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de
-que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico.
-Recitándolo, puedo sintomatizar la _afasia_ y también prevenirla,
-porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con
-dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha.
-
-Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y
-seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una
-rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello,
-este incalificable trozo literario:
-
---_Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente
-trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados
-contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo
-Tetrarca trapense_.
-
-Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta que
-cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por
-Dios que se callara.
-
-Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi
-primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo
-del parásito, que adula á los ricos por recoger sus sobras, y un
-poquillo del bufón que divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos
-agradables, charlando de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por
-lo familiar; hacía la crítica de la obra que habíamos visto estrenar
-la noche antes; remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba
-anécdotas políticas y sociales de las que jamás por su índole personal
-transcienden á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la
-murria del reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar.
-Así, desde que empezaba con el _triple trapecio de Trípoli_, ya estaba
-yo tomando mis medidas para echarle de mi cuarto.
-
-No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa se
-bajó á dormir á mi casa.
-
---Arriba no se cabe --me dijo un día--. Me han ido acorralando poco
-á poco, y por fin me han metido en un _triclinio_ en que estoy
-_trigonométricamente trastrocado_. Si quieres, puesto que tienes casa
-de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más
-acompañado.
-
-Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba, y
-en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana, le
-tenía siempre junto á mí como mi sombra.
-
-Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le
-proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los
-gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba á
-mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar. «Yo
---decía-- no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20 del
-mes, ó antes, se le acababan los fondos, fenómeno que se traducía al
-punto en síntomas de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los
-_triunviros trogloditas_.
-
---No me marees --le decía yo--. Si no tienes dinero, pídelo en
-castellano.
-
-A él se le encendían los espíritus con esto.
-
---¿Es verdad ó no que no hay _guita_?... ¡Oh! si tengo yo un ojo
-médico...
-
---Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese
---exclamaba con solemnidad cómica--, cierto es.
-
---¿Por qué no te clareabas?
-
---¡Ah! porque yo digo, como Fontenelle, que si tuviera la mano llena de
-verdades, no las soltaría sino una á una.
-
-
-II
-
-De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los que
-más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga, el
-primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía, ambos
-excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo. A
-Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le
-conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de
-oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que
-en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del
-Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una
-misma provincia, habían celebrado un pacto muy ingenioso: cuando el
-uno estaba en la oposición, el otro estaba en el poder, y alternando
-de este modo, aseguraban y perpetuaban de mancomún su influencia en
-los distritos. Su rivalidad política era sólo aparente, una fácil
-comedia para esclavizar y tener por suya la provincia, que, si se ha de
-decir verdad, no salía mal librada de esta tutela, pues para conseguir
-carreteras, repartir bien los destinos y hacer que no se examinara la
-gestión municipal, no había otros más pillines. Ellos aseguraban que la
-provincia era feliz bajo su combinado feudalismo.
-
-Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía encomendarse
-á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado, y sin
-saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro distrito
-de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de nada,
-ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos lo
-arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir _sí_ ó _no_ en el
-Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía.
-
-Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno de mis
-íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle tratado con
-motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi amigo el marqués
-de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y reverdecerse más
-de lo que consentían sus años y su respetabilidad. Raro era el día
-que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi primo Raimundo.
-Los domingos almorzaban los que he citado y también Pepe Carrillo, el
-marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los toros, donde yo tenía
-palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante.
-
-No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío Serafín,
-brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia. Era
-un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas
-infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de
-Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia
-la calle de Sevilla para arreglar su _remontoir_ por la hora del
-reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta del Sol, iba á
-almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y por la tarde,
-después de andar un poco á pie inspeccionando las obras de las casas
-en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido de diez ó
-doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las noches iba
-al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se le veía
-invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava.
-
-Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín, de
-un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva
-admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y
-tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes
-con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las
-malas formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La
-moda no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y
-pesado _carrik_ que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda
-espesa que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aquella
-hermosísima cabeza de Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si
-el hábito de mirar al cielo, para tomar alturas con el sextante, le
-hubiera deformado el pescuezo.
-
-Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos
-modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad,
-que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé
-á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba
-tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de
-aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que
-le gustaban y guardárselos en los bolsillos del _carrik_. Creo que
-él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un
-fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda
-idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba
-yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero,
-arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera
-yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle
-y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado,
-no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así
-se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la
-vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un
-hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre
-el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con
-palabras! Otras _chifladuras_ de mi tío no me maravillaban por ser
-propias de solterones viejos. El que en edad madura había sido un
-galanteador de alto vuelo, en la vejez perseguía las criadas bonitas,
-ó que á él le parecían tales, pues debemos creer que las aberraciones
-del gusto andarían á la par con la afición senil. Sus paseos matinales
-y crepusculares eran una cacería activa, febril, casi siempre
-infructuosa. Decía Raimundo que cuando se lo encontraba en la calle al
-anochecer, camino de su casa, tarareando entre dientes y con las manos
-á la espalda, era señal de que la jornada había sido mala y de que
-el incansable ojeador no había descubierto ninguna de aquellas reses
-bravas que perseguía.
-
-
-
-
-IV
-
-Debilidad.
-
-
-I
-
-Llegó el verano y con él la desbandada. Yo me fuí al extranjero. Estuve
-en Hamburgo con el marqués de Fúcar, que iba á hacer contratas de
-tabacos, y después en Londres con Jacinto María Villalonga, á quien
-el ministro de Fomento había encargado la compra de algunas máquinas
-de agricultura y de caballos para mejorar las castas de la Península.
-En Inglaterra recibía yo frecuentes noticias de la familia, que
-veraneaba en Biarritz, ya por el tío que me escribía algunas veces,
-ya por Raimundo que lo hacía casi todas las semanas. Sus cartas eran
-muy divertidas; escribíalas en estilo espeluznante cuando me contaba
-alguna trivialidad, y en el más ligero cuando me transmitía noticias de
-importancia. Usaba en unas la forma víctorhuguesca, y en otras el tosco
-lenguaje de los cuentos de baturros. «Me ha salido un grano en la nariz
---decía--. ¿Qué es esto? Es la madurez de lo insondable. Es el alerta
-de la sangre, la espuma roja del naufragio interior. Hay tempestades
-en las venas.» No escribía así por burla del gran poeta, sino como
-una especial manera suya de admirarle. A la semana siguiente me decía
-en una postdata: «¡Otra que Dios! Chico, ya los Carrillos heredaron.
-Reventó la tía Cícero...» Esta noticia dióme que pensar.
-
-Creí encontrar á la familia en Biarritz cuando pasé por allí á mediados
-de Septiembre; pero habían apresurado su regreso á Madrid con motivo
-de la herencia de Carrillo. Comprendí la impaciencia de Eloísa, y
-francamente, alegrábame de verla ya en posesión de un bienestar al
-cual me parecía tan acreedora. Sobre la dichosa herencia corrían en
-la colonia de Biarritz voces que me parecieron absurdas. Algunos la
-hacían subir á un caudal fabuloso. Angelita Caballero había dejado á su
-sobrino catorce dehesas, veinticinco casas y gruesas sumas en valores
-del Estado. Se decía que en un cuarto inmediato á la alcoba de la buena
-señora se habían encontrado enormes sacos llenos de metálico acuñado,
-en plata y oro, consolidación avariciosa de las rentas de los últimos
-años. La plata labrada era también de una riqueza fenomenal. Oía yo
-estas cosas, y en mi mente quitaba dehesas, quitaba casas, reducía á su
-mínima expresión los sacos de dinero, seguro de no equivocarme. Ya he
-dicho algo del afán concupiscente con que agrandan é hiperbolizan la
-riqueza ajena los que no tienen ninguna. Creeríase que se meten algo
-en el bolsillo, ó que se les vuelve dinero la saliva que gastan en
-aumentar el de los demás.
-
-En Madrid la verdad confirmó mis conjeturas. Por mi tío y el padre
-de Jacinto Villalonga, ambos testamentarios, supe que la herencia no
-era, ni con mucho, fabulosa. Lo de los talegos (y en esto se aferraba
-más que en ningún otro detalle el crédulo vulgo), era pura fantasía;
-la plata labrada escasísima y de baja ley, y los predios y valores
-públicos suponían, descontados los gastos de traslación de dominio, un
-capital de ciento veinte mil duros. Con esto bien podrían Pepe y Eloísa
-ser felices y vivir, no sólo con desahogo, sino con cierta esplendidez.
-Tal fortuna era lo que llena y sacia las ambiciones del hombre modesto,
-apartándole tanto de la escasez como de los desvanecimientos y peligros
-de la opulencia; era la fortuna discreta y templada que invita á
-disfrutar algo de los placeres del lujo sazonándolos con los de la
-sobriedad, y combinando dos cosas tan opuestas y al mismo tiempo tan
-solubles la una en la otra, como son el goce y la continencia.
-
-Llegué á Madrid á principios de Octubre. ¡Qué gusto ver mi casa, el
-semblante amigo de mis muebles y entregarme á la rutina de aquellas
-comodidades adquiridas con mi dinero, y que tanta parte tenían en mis
-propias costumbres! Eran las costras, digámoslo así, de mi carácter.
-Como á ciertos moluscos, se nos puede clasificar á los humanos por el
-hueco de nuestras viviendas, molde infalible de nuestras personas.
-
-Nada nuevo encontré en la familia, como no lo fuera la febril
-diligencia de Eloísa por instalarse en la casa que fué de Angelita
-Caballero. Entre paréntesis, diré que el título no estaba comprendido
-en la herencia. Pasaba á un señor, tío también de Pepe, á quien yo no
-trataba todavía; pero como después le conocí y traté bastante, he de
-traerle á este relato, agarrado por sus grandes bigotes, cuando sea
-ocasión de hacerlo. Hasta el fallecimiento del tal no disfrutaría Pepe,
-según el testamento de la anciana, el título de marqués de Cícero.
-Eloísa no parecía dar importancia á esto; y en cuanto á Carrillo, si
-tenía pesadumbre por el marquesado, lo disimulaba con buen juicio.
-
-Pues decía que hallé á mi prima entregada en cuerpo y alma á la faena
-deliciosa de poner su casa. Al fin le había deparado Dios aquellas
-cuatro paredes tan honradamente deseadas. Radicaban en la calle del
-Olmo, que no es alegre, ni vistosa, ni céntrica; pero ¿qué importaba?
-Por allí cerca vivían familias de la más empingorotada alcurnia,
-y el edificio era espacioso. En repararlo y modernizarlo ponía mi
-prima sus cinco sentidos con aquella habilidad organizadora, aquel
-altísimo ingenio suntuario y artístico que la distinguía. Diariamente
-se asesoraba de mí sobre el color de una alfombra, sobre la forma
-de un juego de cortinas, sobre la elección de un cuadro de tal ó
-cual artista. ¡Ella que era la propia musa del Buen Gusto, si me
-es permitido decirlo así, consultaba conmigo, el más lego de los
-hombres en estas materias, y que no sabía sino lo que ella me había
-enseñado! Pero, en fin, como Dios me daba á entender, yo le aconsejaba,
-distinguiéndome particularmente en lo tocante á precios y en fijarle
-límites prudentes á los gastos que hacía.
-
-
-II
-
-Pronto hube de suspender estas funciones de asesor, porque caí
-enfermo... No sé qué fué aquello. Mi médico sostenía que había en mi
-mal algo de paludismo, y que ya lo traía de los Pirineos. Pero la
-fiebre fué poco intensa, si bien tan rebelde á la quinina, que hubo
-de pasar un mes antes de que el termómetro me indicara la temperatura
-normal. La convalecencia fué el cuento de nunca acabar. A los días de
-alivio sucedían otros de alarmante recaída; pero Moreno Rubio estaba
-tranquilo y me recetaba dosis de paciencia. Según Raimundo, que en
-todo metía su cucharada, las lentitudes de mi restablecimiento eran,
-lo mismo que mi enfermedad, una manifestación del estado _adinámico_,
-carácter patológico del siglo XIX en las grandes poblaciones. Poca
-fuerza febril primero, poca fuerza reparatriz después, debilidad
-siempre: tal era mi naturaleza en la enfermedad y en la convalecencia.
-Molestábame sobre todo, al recobrar á sorbos la salud, mi lamentable
-estado nervioso, la pícara desazón crónica, que apareció con sus
-síntomas castizos. ¡Otra vez en mí aquel terror inexplicable, aquel
-azoramiento, aquella previsión fatigosa de peligros irremediables! ¡Qué
-esfuerzos hacían mi voluntad y mi razón para vencer esta tontería!
-«¿Pero á qué tengo yo miedo, á qué? vamos á ver», me decía tratando
-de corregirme y aun de avergonzarme como si hablara con un chiquillo.
-Nada conseguía con este sermoneo de maestro de escuela. No era la
-razón, según el médico, sino la nutrición, la que debía equilibrarme.
-No discurriendo, sino digiriendo, debía recobrar yo mi estado normal;
-mas el bergante de mi estómago se había declarado en huelga y hacía lo
-que le daba su real gana. Casi tanto como aquel indefinible temor me
-mortificaba otro fenómeno, una tontería también, pero tontería que me
-sacaba de quicio, llevándome al abatimiento, á la desesperación. Era
-un pertinaz ruido de oídos que no me dejaba un momento y que resistía
-á toda medicación. Dijéronme que era efecto de la quinina; mas yo
-no lo creía, pues de muy antiguo había observado en mí aquel zumbar
-del cerebro, unas veces á consecuencia de debilitación, otras sin
-causa conocida. Es en mí un mal constitutivo que aparece caprichosa y
-traidoramente para mi martirio, y que yo juzgaba entonces compensación
-de los muchos beneficios que me había concedido el Cielo. En cuanto me
-siento atacado de esta desazón insoportable, me entra un desasosiego
-tal, que no sé lo que me pasa. En aquella ocasión padecí tanto, que
-necesitaba del auxilio de mi dignidad para no llorar. El zumbido no
-cesaba un instante, haciendo tristísimas mis horas todas del día y de
-la noche. En mi cerebro se anidaba un insecto que batía sus alas sin
-descansar un punto, y si algunos ratos parecía más tranquilo, pronto
-volvía á su trabajo infame. A veces el rumor formidable crecía hasta
-tal punto, que se me figuraba estar junto al mar irritado. Otras veces
-era el estridente, insufrible ruido que se arma en un muelle donde
-están descargando carriles, vibración monstruosa de las grandes piezas
-de acero, en cierto modo semejante al vértigo acústico que produce
-en nuestros oídos una racha de Nordeste frío, continuo y penetrante.
-Creía librarme de aquel martirio poniéndome un turbante á lo moro y
-rodeándome de almohadas; pero cuanto más me tapaba más oía. El insomnio
-era la consecuencia de semejante estado, y pasaba unas noches crueles,
-oyendo, oyendo sin cesar. Por fin, no eran runrunes de insectos ni ecos
-del profundo mar, sino voces humanas, á veces un extraño coro, del cual
-nada podía sacar en claro; á veces un solo acento tan limpio, sonoro y
-expresivo, que llegaba á producirme alucinación de la realidad.
-
-Excuso decir que en las horas tristes de aquella larga convalecencia
-me acompañaban mis amigos y la familia de mi tío. Mi estado débil
-habíame llevado á aquel grado de impertinencia en el cual recibimos
-de un modo parcial y caprichoso las atenciones de nuestros íntimos;
-quiero decir, que no todas las personas que iban á hacerme compañía me
-eran igualmente gratas. Sin saber por qué, algunas despertaban en mí
-vehementes antipatías que procuraba disimular. Su presencia irritaba
-mis males. Ni Camila ni María Juana me hacían maldita gracia, y lo
-mismo digo de mi amigo Manolito Peña, cuya suficiencia y desparpajo
-me encocoraban. Pero la persona cuya presencia me molestaba más era
-Carrillo, el marido de Eloísa. Y no porque él fuese poco amable ó
-enfadoso. Al contrario, mostrándose cariñosísimo, atento y grandemente
-interesado en mi salud, parecía recomendarse más que ningún otro á mi
-benevolencia. Y, sin embargo, yo no le podía sufrir. No era antipatía,
-era algo más: era como un respeto cargante. Me cohibía, me azoraba.
-Lo mismo era verle entrar, que se agravaban considerablemente los
-fenómenos de mi dolencia. Aumentaba el ruido, aquel pavor estúpido, y
-el estruendo de mi tímpano crecía de un modo desesperante.
-
-Raimundo y Severiano me entretenían mucho, éste contándome realidades
-graciosas, aquél con los juegos malabares de su ingenio. Imitaba á
-Martos y á Castelar con tal perfección, que no cabía más. Después nos
-contaba con deliciosa ingenuidad los grandes consuelos que obtenía de
-la fuerza de su imaginación y de la vida artificial que por este medio
-se labraba, contrarrestando así las miserias de la vida afectiva.
-
---Cada noche --nos decía-- me acuesto pensando en una cosa con tanta
-energía, y me caldeo tanto el cerebro, que llego á figurarme que es
-verdad lo que pienso. Gracias que me duermo, que si no haría mil
-disparates. Anteanoche me acosté pensando que era Presidente del
-Consejo de Ministros. A eso de la una ya había resuelto en el Congreso,
-charla que te charla, una cuestión grave. Los decretos me salían á
-docenas... Y conferencia va, conferencia viene, con el Nuncio, con
-el embajador de Francia, con el gobernador, con mis compañeros de
-Gabinete... Luego iba á la firma con Su Majestad, mandaba sueltos
-á los periódicos, y... Por fin, me dormí cuando estaba hablando
-por teléfono con el Ministro de la Guerra para ver de sofocar una
-sublevación militar. Anoche me dió por ser director de orquesta del
-Teatro Real. Cuando me quitaba la ropa para acostarme, estaban los
-oboes comenzando detrás de mí el preludio de _Los Hugonotes_, el gran
-_coral_ protestante. A mi izquierda los primeros violines, á mi derecha
-los segundos, á un extremo el metal, á otro las arpas... _Ñi, ñi_...
-¡Qué bien! En aquel rifi-rafe de la cuerda no se me escapó una nota...
-En fin, que dijeron el preludio admirablemente. Luego, al arrebujarme
-en las sábanas, tiré del timbre, empezó á subir lento y majestuoso el
-telón. Nevers y el coro aparecieron delante de mí... después Raúl,
-que, por ser debutante, venía muy turbado. Pusimos gran cuidado en la
-romanza... Más tarde, cuando me dormía, ya no era yo el director: yo
-era Marcello, y estaba cantando el _pif-paf_... El director era el
-señor de Meyerbeer, buena persona, que había resucitado para oirme
-cantar...
-
-Y por aquí seguía. ¡Pobre Raimundo!
-
-
-III
-
-Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían;
-pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra
-consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa y
-criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre señora
-estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas fueron
-menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija Eloísa la
-sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente agradecía
-yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba viviendo en
-la de sus padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella
-el orden y la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de
-un soltero enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que
-no se convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la
-mía con el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer,
-dotes singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una
-casa en las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era
-quien gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina,
-todo estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la
-casa, la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la
-compra y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más
-altas determinaciones de la etiqueta y del mueblaje.
-
---El día en que yo falte de aquí --me decía--, ya se conocerá mi
-ausencia.
-
-La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo mal,
-érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis amigos
-estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se fueran
-y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por mi
-prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con su
-sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial
-me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también
-á su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á
-poco entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo
-puede usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza
-de paladar para entender el caprichoso apetito de un enfermo. Del
-principal me enviaban cositas raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas,
-de cuya invención no era capaz el talento rutinario, aunque sólido,
-de mi cocinera. Otras veces las frioleras se condimentaban en mi
-propia casa, entre risas y discusiones de cocina. Bastaba que Eloísa
-tomase parte en ellas y pusiera sus manos en la obra, para que á mí
-me pareciese de perlas, y me gustaba más aún si era ella quien me lo
-servía.
-
-Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo.
-No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando no
-tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle, lejos
-de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música doliente
-de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos el
-tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas de
-gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles por el
-viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los operarios
-de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me acompañaban
-los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los carreteros,
-aquel incomprensible _¡ues... que!_ de extraño acento y significación
-desconocida. Me entretenían los simones, la gente dominguera que por
-las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de ambos sexos,
-alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos buenos
-observando el público especial de los puestos de agua; público sobrio,
-compuesto de los bebedores más inofensivos, y las tertulias que se
-forman en aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los
-_evonymus_ del paseo. Observaba también las conjunciones de personas
-diversas en las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de
-la Villa, el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento
-y el ama de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de
-difícil clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban
-por las tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que
-trabajaban en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba
-su apetito, y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos,
-sentado al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de
-tintillo aragonés.
-
-Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba yo
-esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los
-mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á poco
-se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo hormigueo
-lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los ruidos eran
-menos variados que por el día. Cada cinco minutos, trepidación
-sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo de vapor,
-con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la máquina
-instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz eléctrica.
-Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas este
-uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras, frías,
-que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre hombre que
-pregonaba café hasta muy tarde con perezosa y obscura voz, me hacía
-pensar en la enormísima diversidad de los destinos humanos.
-
-Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un sillón
-y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra la
-suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el
-_barbián_ (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro
-á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara),
-y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas
-las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar.
-Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que
-obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición
-primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á
-saludar con la mano, á repetir los _cinco lobitos_ y la pandereta.
-No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de
-saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y
-echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda,
-gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar
-esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues
-_duelen cuando nacen y después se come con ellos_.
-
-
-IV
-
-El _barbián_ solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle á
-veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan pequeño
-en la superficie de mi ancha cama, parecía que llenaba la casa, pues
-todas las miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que
-respiraba. Se le sentía como se siente un reloj, y en el momento de
-despertar parecía que iba á dar la hora.
-
-Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su
-nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de
-sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden.
-Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar
-nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los
-trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba
-superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de
-cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen
-doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de
-cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez,
-sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando
-quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de
-la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia.
-Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general;
-no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus
-ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles,
-tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento
-tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir.
-Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales
-hablaré á su tiempo.
-
-Una noche me pasó una cosa muy rara, digo mal, no fué cosa rara; antes
-bien lo considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que
-aquel maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de
-su imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía
-á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor
-propio.
-
---Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid, no
-un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann.
-Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía
-de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está
-reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho
-en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del
-Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares.
-Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la
-de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle
-de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice
-otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca
-cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil
-obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba
-abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle
-del Ave-María hasta el Hospicio...
-
-Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con
-otra semejante.
-
---Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía del
-teatro, de verlo representar...
-
-O bien:
-
---Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los globos...
-
-En mi estado de debilidad, nada tenía de extraño que estos ajetreos
-de la mente, este vivir imaginativo fuera contagioso; es decir, que se
-me pegó la maña de pensar y figurarme cosas y sucesos ideales, si bien
-nunca completamente absurdos. Yo no estaba, como el pobre Raimundo,
-_trigonométricamente trastrocado_; quiero decir, que mi imaginación no
-iba ni con mucho tan lejos como la de mi primo, en quien el imaginar
-era una especie de vicio solitario, nacido de la flojera orgánica,
-fomentado por la holganza y convertido por la costumbre en imperiosa
-necesidad. Las tonterías que yo pensaba, las acciones y fábulas que
-forjaba en mi mente, harto parecidas á los argumentos de las novelas
-más sosas, aburrirían al que esto lee, si tuviera yo la humorada de
-contarlas aquí. Carecían de aquel encanto pintoresco y de aquel viso
-de realidad que tenían las volteretas cerebrales de mi primo, atleta
-eminente, trabajando sin cesar en el _triple trapecio_ del vacío.
-
-Como una media hora estuve aquella noche hablando con Eloísa. Después
-creo que me quedé aletargado en el sillón. Escasa luz había en mi
-gabinete, no sé por qué. Paréceme recordar que llevaron la lámpara á
-la alcoba, donde estaba el pequeñuelo. Medio dormido oí la voz del ama
-y la de Juliana. Eloísa hablaba también, siendo el tono de las tres
-como de personas que tenían muchas ganas de reirse. Creí comprender que
-estaban mudando la ropa de mi cama, mojada por el _barbián_, y alguna
-de ellas le reprendió graciosamente por su falta de respeto al lugar en
-que reposaba. A mi lado, una respiración arrastrada y penosa hacíame
-comprender que mi tía Pilar estaba más profundamente dormida que yo.
-
-Veía yo la alcoba iluminada y mi cama de nogal, grande como las de
-matrimonio; oía las voces de las tres mujeres que se reían quedito
-como si me supusieran dormido; luego los rebullicios y cacareos
-del chiquillo, protestando contra las malas intenciones que se le
-atribuían. Por último, el ama le tapaba la boca con el biberón vivo
-y se oían sus chupidos... después silencio profundo. Todo esto se
-presentaba á mi mente como la cosa más natural del mundo, sin causarle
-ninguna extrañeza, cual si fuera suceso común y rutinario que había
-ocurrido el día anterior y que ocurriría también en el venidero.
-Del fondo de mi alma salían dos fenómenos espirituales: aprobación
-afectuosa de lo que veía, y certidumbre de que lo que pasaba debía
-pasar y no podía ser de otra manera. Cada persona estaba en su sitio, y
-yo también en el mío.
-
-Un ratito después, creo que me hundí un poco en el sueño. Pero resurgí
-pronto viendo á Eloísa que entraba por la puerta de la alcoba. Vestía
-de color claro, bata de seda ó no sé qué. Acercábase acompañada de
-un rumorcillo muy bonito, de un _tin-tin_ gracioso que me daba en el
-corazón, causándome embriaguez de júbilo. Traía en la mano izquierda
-una taza de té y en la derecha una cucharilla, con la cual agitaba el
-líquido caliente para disolver el azúcar. Ved aquí el origen de tan
-linda música. Avanzó, pues, á lo largo de mi gabinete, que estaba,
-como he dicho, medio á obscuras, y se acercó á mi persona inclinándose
-para ver si dormía... Pues bien: en aquel instante, hallándome
-tan despierto como ahora y en el pleno uso de mis facultades, creí
-firmemente que Eloísa era mi mujer.
-
-Y no fué tan corto aquel momento. El craso error tardó algún tiempo
-en desvanecerse, y la desilusión me hizo lanzar una queja. Eloísa se
-reía de mi aturdimiento y de mi torpeza para coger la taza y beber del
-contenido de ella. A mí me embargaba el temor de haber dicho alguna
-tontería en el medio minuto aquél de mi engaño. Temía que el poder de
-la idea hubiera sido bastante grande para mover la lengua, y que ésta,
-sin encomendarse á Dios ni al Diablo, hubiera pronunciado dos ó tres
-palabras contrarias á todo razonable discurso. Dudaba yo de mi propia
-discreción en aquel breve lapso de irresponsabilidad, y me atormentaba
-la sospecha de haberme puesto en ridículo ó de haber ofendido á mi
-prima en su dignidad, que conceptuaba quisquillosa. Y como la veía
-reirse de mí, la preguntaba azorado, al tomar de sus manos la taza:
-
---¿Pero he dicho algo, he dicho algo?
-
---¿Pero qué tienes, qué te pasa? Eres como mamá, que se enfada cuando
-suponemos que tiene sueño.
-
---No, no es eso. Háblame con franqueza. ¿He dicho algún disparate?...
-Es que, la verdad, temo haber dicho alguna majadería, alguna estupidez
-hace un momento, cuando...
-
---No has hecho más que dar un suspiro tan grande que... (¡cómo
-se reía!) tan grande que creí caerme de espaldas. En cuanto á la
-majadería, no dudo que la habrás pensado; pero ten por cierto que no la
-has dicho.
-
-
-V
-
-A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme,
-peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos de
-ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable en
-la música nacional, con patético acento en la dramática. Su voz era
-bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la guitarra.
-Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas y amarillas que
-parecía un trofeo, la melena del león de España convertida en emblema
-de la dulzura indolente de nuestros cantos populares. La figura morena,
-esbelta y gitanesca de Camila era digna de ser pintada en aquella facha
-de cantadora, con estremecimientos epilépticos, ojos en blanco, gemidos
-de placer que duele, y mil visajes y donaires en su boca grande,
-fresca y sin vergüenza. En el piano (un media-cola de Pleyel con caja
-de palisandro y meple), Camila sabía tomar luego la actitud elegante
-y sentimental de una concertista inglesa, hasta el momento en que,
-rompiendo la etiqueta y dejándose llevar de su natural bullanguero,
-empezaba á hacer los mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo
-flamenco. Mi pobre piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á
-cada instante, hería las teclas como una furia, sacando del instrumento
-expresiones de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la
-contemplaba embobado, y era como el director del concierto. No quería
-que ninguna habilidad de su mujer fuese desconocida, y sin dejarla
-descansar decía: «Ahora, Camililla, tócanos el _Testamento_, el _Vorrei
-morir_ de Tosti, los _couplets_ de _Bocaccio_ y del _Petit Duc_.» Todos
-los presentes estaban admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque
-en mi obsequio se hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin
-poderlo manifestar. No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía
-mucho su buena intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda
-mi alma que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes
-no me la hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia
-nuestra al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios.
-Cuando se ponía á jugar á la _besigue_ con Carrillo y con mi tía Pilar
-y Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía
-tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo
-de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me
-enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar,
-aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener
-que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía
-votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era
-que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música
-lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el _tin-tin_ de
-Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas
-maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el
-atril.
-
-A última hora, cuando las mujeres se retiraban con sus respectivos
-esposos, entraba mi tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba,
-cuando ya me entregaba yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de
-cámara. Principiaba por decirme dónde había comido, lo que se había
-hablado... Cánovas había dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como
-una navaja de afeitar... Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán
-tenía particular empeño por aquellos días, poniendo en ello todos los
-recursos persuasivos de su locuacidad inagotable, era en informarme
-de la famosa conversión de nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba
-unos solos que me partían. Al fin teníamos un ministro de Hacienda
-de pensamientos altos; al fin había planes verdaderos y profundos en
-la casa de la calle de Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la
-multiplicidad laberíntica de nuestros valores. Y con prolijos detalles
-me enteraba mi tío de aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme
-por mi afición á los negocios. La turbamulta de papeles diversos
-llamados Obligaciones del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos
-al portador de la Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos
-del 2 por 100 amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo
-en un 4 por 100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales,
-y emitido al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el
-ministro y los comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros
-valores. El 3 por 100 y los _Ferros_ se convertirían en un 4 por 100
-Perpetuo. El tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los
-segundos de 87,50, y los nuevos títulos saldrían al mercado en Mayo.
-Jamás en un cerebro de ministro español se engendró y realizó proyecto
-tan vasto... Las _Cubas_ no se convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear
-en acciones del Banco de España el dinero que tenía en papel inglés
-sin más producto que un escuálido 2 por 100, bien podía apresurarme,
-pues las acciones andaban alrededor de 495. Mi tío creía firmemente
-que se plantarían en 500, tipo del cual no era fácil que pasaran... Yo
-oía estas cosas con bastante interés al principio; mas tanta charla,
-exacerbando al fin el ruido de mis oídos, producíame aturdimiento y
-unas ganas vivísimas de que el buen señor se retirara. Dejábame al
-fin medio dormido, delirando en cosas de amor y proyectos bursátiles,
-viendo cómo los viejos _Ferros_ y las Obligaciones de Aduanas se
-despedían del mundo financiero, con lágrimas y jipidos, antes de ser
-absorbidos por los novísimos títulos; viendo al veterano y decrépito
-Consolidado espirar sobre un lecho de números, para dar vida, de sus
-cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del Tesoro protestaban de
-aquella muerte airada, y amenazaban al Sr. Camacho con una pistola
-cargada de cupones. Las acciones del Banco de España se paseaban
-orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir que ellas treparían
-á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y subían siempre no
-me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los pies para que no
-subieran tanto.
-
-
-
-
-V
-
-Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre Kitty.
-
-
-I
-
-Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños,
-vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid _buena castaña, buena
-nuez_. No estuve en situación de salir de casa hasta los días
-precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y
-andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la
-familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos
-discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y
-vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha
-de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer
-emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á
-todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana nos
-dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince, todos
-de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la casa
-estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que mi
-endeble estómago exigía. Todo lo que sirvieron parecióme excelente;
-pero Eloísa, que era un tanto criticona, me habló en confianza al día
-siguiente de la _abundancia ordinaria_ que reinaba en la mesa y de
-las maneras excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien
-ella no podía menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra
-en uno de sus admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la
-cena digno de contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo
-su mujer que llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el
-infeliz de una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía
-de ser alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó
-cosa tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando
-fuí á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la
-feliz aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad,
-como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo
-parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado
-en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas
-vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar
-y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los
-que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las
-vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un
-gallo.
-
-Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto pocos días
-antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á su marido, al
-tener dinero, era contribuir á la fundación de un periodicazo que iba
-á salir pronto. ¿No era esto una tontería? Las cosas que Carrillo me
-hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado
-á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las
-ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que
-tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica
-facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su
-conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado
-que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío
-era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba
-un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía
-tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las
-lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que
-á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente,
-tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no
-valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi
-mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así:
-«Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella
-sin merecerla.»
-
-Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba
-enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella
-enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi
-flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que
-no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de
-mis pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad
-contra mal tan grande. Lo hacían doblemente grave lo criminal del
-objeto y lo divino del origen. Diré las cosas claras, así es mejor.
-Aquella prima mía me gustaba tanto, tanto, que por el simple hecho de
-gustarme extraordinariamente la consideraba mía. El ser de otro era
-un desafuero, una equivocación de los hombres, nacida de una trastada
-del tiempo. ¿Por qué no vine yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no
-se podía deshacer lo hecho atropellada y neciamente? Con este modo de
-razonar cohonestaba yo mi criminal inclinación, apoyándola en el fuero
-de la Naturaleza y dando de lado á las leyes sociales y eclesiásticas.
-
-Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el
-objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo
-más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando,
-movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado
-de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados,
-los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba que
-enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa confusión!
-
-Y debo decirlo sin inmodestia. La opinión de la familia era unánime
-en favor mío. La misma Eloísa, hablando conmigo una noche, me había
-llenado el alma de fatuidad. Medio en serio, medio en burla, tratábamos
-del carácter de diversas personas, y el mío no se quedó en el tintero.
-Parecía que había un empeño particular en acribillarme con chanzas
-inocentes. Por fin, en un tonillo de broma, de esa broma que es la
-quinta esencia de la seriedad, Eloísa me dijo:
-
---Pues mira, si hubiera en casa una hermana soltera, te la
-endosaríamos... no tendrías más remedio que cargar con ella.
-
-Mi tía Pilar, sin faltar á la discreción, me había hecho comprender
-varias veces, hablando conmigo de asuntos de familia, que el casamiento
-de su hija con Carrillo había sido una precipitación, uno de esos
-desaciertos que no se explican. La herencia era una mezquindad, y
-Eloísa merecía más. Mi tío había sido, como se recordará, algo más
-explícito, y echaba la culpa de tal precipitación á su mujer. En
-resumen: la opinión más favorable á Carrillo en aquella casa era
-siempre la mía.
-
-Lo que no estorbaba que yo estuviese prendado de mi prima con una
-vehemencia romántica, con una ilusión de mozalbete y de principiante
-que decía mal con mis treinta y siete años. Yo pensaba lo que es de
-cajón pensar en tales casos, es decir, que ella y yo éramos el uno
-para el otro; que habíamos nacido para unirnos, para ser dos piezas
-inseparables de un solo instrumento, y que la disgregación fatal en que
-vivíamos era uno de los mayores absurdos del Universo, un tropiezo en
-la marcha de la sociedad. Y al mismo tiempo que esto pensaba, la idea
-de tener relaciones ilícitas con ella me causaba pena, porque de este
-modo habría descendido del trono de nubes en que mi loca imaginación la
-ponía. Si yo hubiera manifestado estos escrúpulos á cualquiera de mis
-amigos, á Severiano Rodríguez, por ejemplo, se habría estado riendo de
-mí dos semanas seguidas, pues no merecía otra cosa un quijotismo tan
-contrario á mi época y al medio ambiente en que vivíamos. Mi ilusión
-era vivir con ella en vida regular, legal y religiosa. De otra manera,
-tanto ella como yo valdríamos menos de lo que valíamos. Por esto se
-verá que yo tenía buenas ideas, ó lo que es lo mismo, que yo era moral
-en principio. Serlo de hecho es lo difícil, que teóricamente todos lo
-somos.
-
-Este quijotismo, esta moral de catecismo había sido uno de los
-principales ornatos de mi juventud, cuando la vida serena, regular,
-pacífica, no me había presentado ocasiones de desplegar mis energías
-iniciales propias. Yo era, pues, como un soldado que ha estado
-sirviendo mucho tiempo sin ver jamás un campo de batalla, y para quien
-el valor es aún fórmula consignada en la hoja de servicios, persuasión
-vaga de la dignidad, no comprobada aún por los hechos. Por fin, cuando
-menos lo pensaba, el humo de la batalla me envolvía. Pronto se vería
-quién era yo y cuál era el valor de mi valor, ó dejando á un lado el
-símil, qué realidad tenían mis convicciones.
-
-Para mejor inteligencia de estas páginas, dictadas por la sinceridad,
-quiero referir ciertos antecedentes de mi persona. Alguno de los que
-esto leen los habrá echado de menos, y no quiero que se diga que no
-me manifiesto de cuerpo entero, tal cual soy en todas mis partes y
-tiempos.
-
-
-II
-
-Nací en Cádiz. Mi madre era inglesa católica, perteneciente á una de
-esas familias anglo-malagueñas, tan conocidas en el comercio de vinos,
-de pasas, y en la importación de hilados y de hierros. El apellido de
-mi madre había sido una de las primeras firmas de Gibraltar, plaza
-inglesa con tierra y luz españolas, donde se hermanan y confunden,
-aunque parezca imposible, el cecear andaluz y los chicheos de la
-pronunciación inglesa. Pasé mi niñez en un colegio de Gibraltar
-dirigido por el obispo católico. Después me llevaron á otro en las
-inmediaciones de Londres. Cuando vine á España, á los quince años,
-tuve que aprender el castellano, que había olvidado completamente.
-Más tarde volví á Inglaterra con mi madre, y viví con la familia de
-ésta en un sitio muy ameno que llaman Forest Hill, á poca distancia
-de Sydenham y del Palacio de Cristal. La familia de mi madre era muy
-rigorista. A donde quiera que volvía yo los ojos, lo mismo dentro de
-la casa que en nuestras relaciones, no hallaba más que ejemplos de
-intachable rectitud, la _propiedad_ más pura en todas las acciones,
-la regularidad, la urbanidad y las buenas formas casi erigidas en
-religión. El que no conozca la vida inglesa apenas entenderá esto.
-Murió mi buena madre cuando yo tenía veinticinco años, y entonces me
-vine á Jerez, donde estaba establecido mi padre.
-
-Era yo, pues, intachable en cuanto á principios. Los ejemplos que había
-visto en Inglaterra, aquella rigidez sajona que se traduce en los
-escrúpulos de la conversación y en los repulgos de un idioma riquísimo,
-cual ninguno, en fórmulas de buena crianza; aquel puritanismo en las
-costumbres, la sencillez cultísima, la libertad basada en el respeto
-mutuo, hicieron de mí uno de los jóvenes más juiciosos y comedidos que
-era posible hallar. Tenía yo cierta timidez, que en España era tomada
-por hipocresía.
-
-Mi padre era un hombre de pasiones caprichosas, todo sinceridad,
-indiscreto á veces, de genio vivísimo y bastante opuesto á lo que él
-llamaba los _remilgos británicos_. Se reía de las perífrasis de la
-conversación inglesa, y hacía alarde de soltar las franquezas crudas
-del idioma español en medio de una tertulia de gente de Albión. A veces
-sus palabras eran como un petardo, y las señoras salían despavoridas.
-Al poco tiempo de vivir con él, noté que sus costumbres distaban mucho
-de acomodarse á mis principios. Mi padre tenía una querida en la propia
-vivienda. Un año después tenía tres: una en casa, otra en la ciudad
-y la tercera en Cádiz, á donde iba dos veces por semana. Debo decir
-que en vida de mi madre había sido muy hábil y decoroso mi padre en
-sus trapicheos, y por esta razón los disgustos que dió á su señora no
-fueron extremados.
-
-Sin faltarle al respeto, emprendí una campaña contra aquellos
-desafueros paternos. Si no logré todo lo que pretendía, al menos
-conseguí que rindiera culto á las apariencias. La mujer que vivía en
-casa se trasladó á otra parte. Esto era un principio de reforma. Lo
-demás lo trajeron la vejez del delincuente y su invalidez para la
-galantería. En tanto yo daba viajes á Inglaterra, haciendo allí vida
-de soltero por espacio de tres ó cuatro meses. Sólo dos veces por
-semana iba á comer á Forest Hill, donde seguían viviendo las hermanas y
-sobrinas de mi madre, y el resto del tiempo lo pasaba bonitamente entre
-los amigos que tenía en la City y en el West. Me alojaba en Langham
-Hotel y pasaba los días y las noches muy entretenido. Frecuentaba la
-sociedad ligera sin abandonar la regular, y al volver á mi patria,
-notaba en mí síntomas de decadencia física que me alarmaban. Puesto que
-mis ideas eran siempre buenas, hacía propósito firme de practicarlas
-fundando una familia y volviendo la hoja á aquella soltería estéril,
-infructuosa y malsana.
-
-Cuando mi padre se retiró de los negocios, dejando todo á mi cargo, mis
-viajes á Inglaterra fueron menos frecuentes y muy breves. En quince
-días ó veinte entraba por Dover y salía por Liverpool ó viceversa.
-Murió repentinamente mi padre cuando ya empezaba á curarse de sus
-funestas manías mujeriegas, y entonces, falto de todo calor en Jerez,
-sin familia, con pocos amigos, y viendo también que entraba en un
-período de gran decadencia el tráfico de vinos, realicé, como he dicho
-al principio, y me establecí en Madrid.
-
-Pero aún falta un dato que, por ser muy principal, he dejado para
-lo último. Tuve una novia. Acaeció esto en la época en que, por
-cansancio de mi padre, estaba yo al frente de la casa. Era también de
-raza mestiza, como yo; española por el lado materno, inglesa católica
-por su padre, el cual había tenido comercio en Tánger y á la sazón
-era dueño de los grandes depósitos de carbón de Gibraltar. Además
-recibía órdenes de casas de Málaga y trabajaba en la banca. Llamábase
-mi novia Catalina. Le decían _Kitty_. Habíase criado en Inglaterra,
-con lo cual dicho se está que su educación era perfecta, sus maneras
-distinguidísimas. Prendéme de ella rápida y calurosamente un día en
-que, hallándome de paso en Gibraltar, me convidó á comer su padre. Su
-belleza no era notable; pero tenía una dulzura, una tristeza angelical
-que me enamoraban. La pedí y me la concedieron. Mi padre y el suyo se
-congratulaban de nuestra unión...
-
-¡Maldita sea mi suerte! Aquel verano, cuando Kitty volvió con su padre
-de una breve excursión á Londres, la encontré muy desmejorada. La
-pobrecilla luchaba con un mal profundo que el régimen y la ciencia
-disimulaban sin curarlo. Octubre la vió decaer día por día. Noviembre
-la llamaba á la fría tierra con susurro de hojas caídas y secas. Yo iba
-todas las semanas á Gibraltar. Un lunes, cuando más descuidado estaba,
-porque el viernes precedente la había visto mejor, recibí un telegrama
-alarmante. Corrí á Cádiz; el vapor había salido; fleté uno, y cuando
-me dirigía al muelle para embarcarme, un amigo de la casa salióme al
-encuentro en Puerta de Mar, y echándome su brazo por encima del hombro,
-me dijo con mucho cariño y tono muy lúgubre que no fuera á Gibraltar.
-Comprendí que la pobre Kitty había muerto. Se me representó fría y
-marmórea, su mirar triste apagado para siempre. Mi dolor fué inmenso.
-Tuve horribles tristezas, dolencias que me agobiaron, ruidos de oídos
-que me enloquecieron. El tiempo me fué curando con la pausada sucesión
-de los días, con el rodar de las ocupaciones y de los negocios. Cuando
-vine á Madrid habían pasado cinco años de esta desgracia, que truncó
-mis soberbios planes domésticos, dió á mi vida giros inesperados y á mi
-conciencia direcciones nuevas.
-
-Eloísa no se parecía nada á Kitty. La pobre inglesa difunta era
-graciosa, modesta, descolorida, de voz tenue y ojos claros que
-revelaban ingenuidad y delicadeza; mi prima era arrogante, hermosa,
-tenía coloración enérgica en la tez y el cabello, y sus ojos quemaban.
-No obstante esta radical diferencia, yo había dado en creer que el alma
-de Kitty se había colado en el cuerpo de Eloísa y se asomaba á los ojos
-de ésta para mirarme. ¡Qué simpleza la mía! Era esto quizás una nueva
-manifestación de las manías de nuestra raza, tan bien monografiadas por
-mi tío, porque bien me sabía yo que las almas no juegan á la gallina
-ciega, y mis ideas respecto á la transmigración eran tan juiciosas como
-las de cualquier contemporáneo. Pero no lo podía remediar. Echaba la
-vista sobre Eloísa y veía en sus ojos el cariño apacible y confiado de
-Kitty. Era ella, la mismísima, reencarnada, como las diosas á quien
-los antiguos suponían persiguiendo un fin humano entre los mortales;
-y asomada á la expresión de aquel semblante y de aquellos ojos, me
-decía: «Aquí estoy otra vez: soy yo, tu pobrecita Kítty. Pero ahora
-tampoco me tendrás. Antes te lo vedó la muerte; ahora la ley.»
-
-
-
-
-VI
-
-Las cuatro paredes de Eloísa.
-
-
-I
-
-De tal modo se fijaron en mi mente los peligros de aquella inclinación,
-que pensé en marcharme de Madrid. Es lo que se le ocurre á cualquiera
-en casos como aquél. ¡Pero una cosa tan lógica y razonable era tan
-difícil de ejecutar!... ¿Cuándo me iba? ¿Mañana, la semana que
-entra, el mes próximo? En mi pensamiento estaba acordada la partida
-con esa seguridad pedantesca que tiene todo lo que se acuerda... en
-principio. Tal determinación era prueba admirable de las energías de
-mi conciencia. Pero faltaba un detalle, el cuándo, y este detalle era
-el que me hacía cosquillas en el cerebro, no dejándose coger. Se me
-escapaba, se me deslizaba, como un reptil de piel viscosa resbala entre
-los dedos.
-
-La cosa no era tan baladí. Levantar casa; deshacer aquel hermoso
-domicilio que representaba tantos quebraderos de cabeza, tanto dinero
-y los puros goces de las compras pagadas... ¿Y á dónde demonios me
-iba? ¿A Jerez? La situación comercial y agraria de aquel país era muy
-alarmante. Bueno estaría que me cogieran los de la _Mano negra_ y me
-degollaran. ¿A Londres? Sólo el recuerdo de las nieblas y de aquel sol
-como una oblea amarilla, me causaba tristeza y escalofríos... Nada: la
-necesidad de huir de Madrid era tan imperiosa, estaba tan claramente
-indicada por la moral, por las conveniencias sociales, que poquito á
-poco, sin darme cuenta de ello, fuí tomando la heróica resolución de
-quedarme. Aquí de mis sofismas. Era una cobardía huir del peligro; se
-me presentaba la ocasión de vencer ó morir. O yo tenía principios ó no
-los tenía.
-
-Diferentes veces había contado á mi prima lo de Kitty, y cada vez
-lo hacía en términos más patéticos y recargando el cuadro todo lo
-posible. Un día de Enero que paseábamos á pie por el Retiro con
-Carrillo, una tía de éste y Raimundo, dije á Eloísa (en un rato que
-nos adelantamos como unos cuarenta pasos) que por motivos reservados
-había pensado marcharme de Madrid. A lo que respondió ella con risas y
-burlas, diciendo que lo de la marcha ó era locura romántica ó santidad
-hipócrita. Otra tarde, en su casa, hablábamos de tristezas mías, y
-sin saber cómo se me vinieron á la boca sinceridades que la hicieron
-palidecer. Ella me dijo que alguien me tenía trastornado el seso, y
-entonces, quitándome de cuentos, respondíle que quien me trastornaba
-el seso era ella... Tomándolo á broma, trajo al _barbián_ y se puso á
-saltarle delante de mí y á decirle: «llámale tonto, llámale majadero.»
-Con sus risas inocentes creo que me lo llamaba.
-
-Seguía viviendo mi prima en la casa de sus padres; pues aunque estaban
-casi terminadas las reformas de la suya, como habían derribado
-tabiques y hecho obra de albañilería, temía la humedad. Diariamente iba
-á inspeccionar la obra, acompañada de su madre ó de Camila. Usaba para
-esta excursión el hermoso _landó_ de cinco luces que había adquirido;
-mas algunas tardes, para no privar á Carrillo del paseo que daba por el
-Retiro y Atocha, le prestaba yo mi berlina.
-
-La casa en que había vivido y muerto Angelita Caballero era grandísima,
-tristona y estaba enclavada en un barrio mísero y antipático. Su
-aspecto exterior era muy feo; pero interiormente revelaba ya el
-soberano arreglo de su nueva dueña. Contóme Eloísa que lo primero
-que tuvo que hacer fué despejar el terreno, deshacerse de aquellas
-horribles sillerías _botón de oro_, y esconder los _biscuits_ y los
-_entredoses_ de bazar y las arañas de pedacitos de vidrio donde nadie
-los viera. Porque la tal Angelita era notable por la perversidad de su
-gusto. Fuera de un buen vargueño y de un Cristo de bronce, no tenía en
-su casa ninguna antigüedad notable: todo el ajuar era moderno, de la
-época del 40 al 60, y se componía de artículos de exportación francesa
-de la peor calidad. «Calcula --me dijo Eloísa-- si habrá sido difícil
-el despejo.» La transformación del palacio era en verdad grandiosa.
-Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que acostumbra
-cobrar bien sus obras. En el salón ví además un cuadrito de Palmaroli;
-una acuarela de Morelli, preciosísima; un cardenal, de Villegas,
-también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres lienzos que me
-parecieron de subidísimo precio: una cabeza inglesa, de De Nittis;
-otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas
-granadinas, de Martín Rico. Pregunté á Eloísa cuánto le había costado
-aquel principio de museo, y díjome en tono vacilante que muy poco, por
-haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de
-desmoronarse.
-
-Cada día que visitábamos la casa, hallaba yo algo nuevo y de valor. En
-la antesala ví dos enormes vasos japoneses de _Imaris_, hermosísimos,
-los mejores que había visto en mi vida. Las parejas de platos _Hissen_
-y _Kiotto_ no valían menos. Ví también tapices franceses, imitación de
-gobelinos viejos, que debían haber costado bastante. Dos _terracottas_,
-firmadas la una Maubach y la otra Carpeaux, acabaron de pasmarme.
-Bronces parisienses no faltaban, ni esos muebles ingleses de capricho
-que sirven para hacer exhibición de preciosas chucherías, y que tienen
-algo de los antiguos chineros y de los modernos aparadores. Eloísa
-gozaba con mi sorpresa y con mis alabanzas tanto como con la posesión
-de aquellas preciosidades. Júbilo vanidoso animaba su semblante; sus
-ojos brillaban; entrábale inquietud espasmódica, y su charlar rápido,
-sus observaciones, los términos atropellados con que encomiaba todo,
-señalándolo á mi admiración, decíanme bien claro el dominio que tales
-cosas tenían en su alma. Poníase al cabo tan nerviosa, que creía
-sentir amenazas de la diátesis de familia en el cosquilleo de garganta
-producido por la interposición imaginaria de una pluma. Tragando mucha
-saliva, procuraba serenarse.
-
-Solos ella y yo, mientras su mamá ordenaba en el comedor los montones
-de manteles y servilletas aún sin estrenar, recorríamos el salón
-primero, el segundo, la sala grande, los dos gabinetes, el tocador, la
-alcoba, el despacho, el cuarto del niño y todas las piezas de la casa.
-Aquí, colgándose de mi brazo, me detenía cuando no quería que fuese tan
-á prisa, y me incitaba con cierto tono de queja á ver las cosas más
-atentamente. Allí me empujaba atrayéndome hacia un objeto obscurecido
-entre las vitrinas. En otra parte me oprimía el cuello suavemente para
-que me inclinara y pudiera mirar de cerca un cuadrito de estilo muy
-concluído. A veces su alegría se expresaba humorísticamente. Estaba yo
-contemplando un delicado estantillo japonés, de esos que no parecen
-hechos por manos de hombres, y ella, repentina y graciosamente, sacaba
-su pañuelo y me lo pasaba por la boca.
-
---¿Qué? --decía yo, sorprendido de este movimiento.
-
---Es que se te cae la baba.
-
-Al fin, cansados de andar, nos sentábamos.
-
---Una casa bien puesta --me decía-- es para mí la mayor delicia del
-mundo. Siempre tuve el mismo gusto. Cuando era chiquitina, más que las
-muñecas, me gustaban los muebles de muñecas. Si alguna vez los tenía,
-me entraba fiebre por las noches, pensando en cómo los había de colocar
-al día siguiente. Todavía no era yo polla, y me atontaba delante de
-los escaparates de Baudevin y de Prevost. Cuando íbamos á paseo con
-papá y pasábamos por allí, me pegaba al cristal, y como se empañaba
-con mi aliento, habías de verme limpiándolo con el pañuelo para poder
-mirar. Papá tenía que tirarme del brazo y llevarme á la fuerza. Gracias
-á Dios, hoy puedo proporcionarme algunas satisfacciones, que de niña
-me parecían realizables, porque sí... yo soñaba que sería muy rica y
-que tendría una casa como la que ves, mejor aún, mucho mejor... Pero
-no vayas á creerte, en medio de estas satisfacciones soy razonable.
-Dios ha querido que antes de ser rica fuese pobre, y esto me ha
-valido de mucho; he aprendido á contener los deseos, á estirar los
-cuartitos y á defenderlos contra esta pícara imaginación, que es la
-que se entusiasma. Sí, hay que tener mucho cuidado con esto... Porque
-yo lo he dicho siempre: el infierno está empedrado de entusiasmos...
-¡Qué lástima no poseer muchísimos millones para comprar todo lo que
-me gusta! Se ha dado el caso de tener, durante tres ó cuatro días, el
-pensamiento fijo, clavado en un par de vasos japoneses ó un medallón
-_Capo di Monte_, y sentir dentro de mí una verdadera batalla por si lo
-compraba ó no lo compraba... Gracias á Dios, he sabido refrenarme, ir
-despacito, hacer muchos números, y decir al fin: «no, no más; bastante
-tengo ya...» Los números son la mejor agua bendita para exorcisar estas
-tentaciones; convéncete... Yo sumaba, restaba y... vencía. No vayas á
-figurarte: también he pasado malos ratos. Después de comprar en casa
-de Bach un bronce, veía otro en casa de Eguía que me gustaba más...
-¡Qué marimorena entonces en mi cabeza! ¿Lo compro también? Sí... no...
-sí otra vez... pues no... que dale, que torna, que vira. Nada, hijo,
-que he tenido que vencerme. A poco más me doy disciplinazos. Por las
-noches me acostaba pensando en la soberbia pieza. ¿Qué crees? he
-pasado noches crueles, delirando con un tapiz chino, con un cofrecito
-de bronce esmaltado, con una colección de mayólicas... Pero me decía
-yo: «Todas las cosas han de tener un límite. Pues bueno fuera que... Me
-conformo con lo que poseo, que es bonito, variado, elegante, rico hasta
-cierto punto.» ¿No es verdad? ¿No crees lo mismo?
-
-Díjele que su casa era preciosa; que debía detenerse allí y no aspirar
-á más, pues si se dejaba llevar del fanatismo de las compras, podría
-comprometer su fortuna y quedarse por puertas. En números tenía yo
-mucha más experiencia que ella, y la imaginación no me engañaba jamás,
-mixtificándome el valor de las cifras.
-
---Yo te dirigiré --añadí--. Prométeme no entrar en una tienda sin
-previa consulta conmigo, y marcharás bien.
-
-Eloísa se entusiasmó con esto, dió palmadas, hizo mil monerías, y entre
-ellas expresó conceptos muy sensatos, mezclados con otros que revelaban
-ciertas extravagancias del espíritu.
-
---Porque verás --me dijo, juntando los dedos de entrambas manos como
-quien se pone en oración--, yo sé contenerme, sé consolarme cuando
-esas bribonadas de la aritmética me privan de hacer mi gusto. ¿Sabes
-lo que me consuela? pues lo mismo que me atormenta: la imaginación.
-Nada, que cuando me siento tocada, dejo á esa loca que salte y brinque
-todo lo que quiera, la suelto, le doy cuerda, y ella, al fin, acaba
-por hacerme ver todo lo que poseo como superior, muy superior á lo
-que es realmente. Soy como mi hermano, que se acuesta pensando que
-es Presidente del Consejo, y al fin se lo cree... Yo me acuesto
-pensando que soy la señora de Rothschild. Vas á ver... ¿Tengo un
-cuadrito cualquiera, antiguo, de mediano mérito? Pues sin saber cómo
-llego á persuadirme de que es del propio Velázquez. ¿Tengo un tapiz
-de imitación? Pues lo miro como si fuera un ejemplar sustraído á las
-colecciones de Palacio... ¿Un cacharrito? Pues no creas, es del propio
-Palissy... ¿Tal mueble? Me lo hizo el señor de Berruguete. Y así me voy
-engañando, así me voy entreteniendo, así voy narcotizando el vicio...
-el vicio, sí: ¿para qué darle otro nombre?
-
-
-II
-
-Yo me reí; pero en mi interior estaba triste. Quince años de trabajo
-en un escritorio me habían dado la costumbre de apreciar fácilmente
-las cantidades, y con esta experiencia y mi saber del precio de las
-cosas, pude hacer una cuenta mental. Los señores de Carrillo se habían
-gastado en poner casa la cuarta parte y quizás el tercio de lo que
-habían heredado. Tal desproporción debía traer sus consecuencias más ó
-menos tarde. Amonesté segunda vez á Eloísa, quien se mostró asombrada
-primero, ensimismada después, y me prometió ser, en lo sucesivo, no ya
-económica, sino cicatera... «Vas á ver...»
-
-Carrillo fué á buscarnos al volver de su paseo. Antes de ir á casa
-hicimos escala en la tienda de Eguía, donde Pepe tenía en trato un
-busto de Shakespeare para su despacho. ¡Qué lástima no encontrar el
-de Macaulay! Pero éste, por más que lo buscó afanosamente, en ninguna
-parte lo había. Su apetito anglo-parlamentario no pudo saciarse sino
-con un velador muy cursi, maqueado, chillón, que ostentaba la vista del
-palacio y puente de Westminster. Eloísa me indicó, cuando recorríamos
-la tienda, que había hecho juramento de no entrar más allí, porque se
-le iba la cabeza. Vimos muchos objetos de mérito y alto precio.
-
---Hay aquí una cosa --me dijo después mi prima en voz baja, tapándose
-la boca con el manguito-- que la semana pasada me produjo dos noches
-de fiebre, con escalofríos, amargor de boca, calambres, cefalalgia y
-cuantos males nerviosos te puedes figurar. No era pluma lo que yo tenía
-en mi garganta, sino un palomar entero y verdadero.
-
-Señalaba con la mano y el manguito á uno de los extremos de la tienda.
-Carrillo y su suegra examinaban una vajilla. Yo miré.
-
---No mires, no mires. Esto trastorna, esto deslumbra, esto ciega. No
-es para nosotros. Este señor Eguía se ha figurado que aquí hay lores
-ingleses y trae cosas que no venderá nunca.
-
-Era un espejo horizontal, biselado, grande como de metro y medio, con
-soberbio marco de porcelana barroca imitando grupos y trenzado de
-flores que eran una maravilla. Quedéme absorto contemplando obra tan
-bella, digna de que la describiera Calderón de la Barca. Las flores,
-interpretadas decorativamente, eran más hermosas que si fuesen copia de
-la realidad. Había capullos que concluían en ángeles; ninfas que salían
-de los tallos, perdiendo sus brazos en retorceduras de mariscos;
-ramilletes que se confundían con los crustáceos, y corolas que acababan
-en rejos de pulpo. En el color dominaban los esmaltes metálicos de rosa
-y verde nacarino, multiplicándose en los declivios del puro cristal.
-Hacían juego con esta soberana pieza dos candelabros que eran los
-monstruos más arrogantes, más hermosos que se podían ver; grifos que
-parecían producto de la flora animalizada, pues tenían uñas y guedejas
-como pistilos de oro, enroscadas lenguas de plata. Un reloj...
-
---Vamos --ordenó Eloísa impaciente, desconcertada, sin dejarme acabar
-de ver aquello.
-
-Y agarrando el brazo de su marido, se lo llevó hacia el coche, diciendo:
-
---¿Has tomado el _Séspir_?...
-
---La vajilla es preciosa --declaró mi tía Pilar, como queriendo que yo
-me convenciera de ello por mis propios ojos.
-
-Pero Eloísa, ya en la puerta, repetía:
-
---Vámonos, vámonos: no más compras. Esta tienda es la sucursal del
-Infierno.
-
-A su imperioso deseo nadie pudo resistir, y nos fuimos á casa. Al día
-siguiente volví á la sucursal y compré las cuatro piezas aquéllas,
-espejo, pareja de candelabros y reloj. Costáronme unos cuarenta y cinco
-mil reales. ¿Pero qué significaba esto para mí? Yo tenía á la sazón en
-caja unos cuantos miles de duros, producto de letras que inopinadamente
-recibí de Jerez, y no sabía qué hacer de ellos. Había estado dudando si
-incorporar aquel dinero á mi cuenta corriente del Banco, ó reservármelo
-para caprichos y gastos imprevistos. Opté al fin por dejarlo en casa,
-pues la cuenta corriente me garantizaba todos mis gastos del semestre
-por excesivos que fuesen. Pocas veces he hecho una compra más á mi
-gusto. Pensaba en la sorpresa que tendría Eloísa al recibir aquel
-presente. Mandé que se lo llevaran á su palacio, y esperé á que ella
-misma me diese cuenta de la impresión que le causaba.
-
-Cuando la ví entrar en mi casa, temblé de emoción. Venía con su hermana
-Camila, la cual, hablando del espejo y elogiándolo con reservas, se
-mostró celosa. Era ella tan prima mía como Eloísa, y tenía el mismo
-derecho á mis obsequios de pariente ricacho. Sí: yo era un ricacho sin
-conciencia, un vulgarote que no me acordaba de los pobres. Ella tenía
-su casa muy mal puesta, y á mí, al primo millonario, no se me había
-ocurrido mandar allá ni aun media docena de sillas de madera encorvada.
-Esta filípica, dicha con el desparpajo que usaba siempre aquella mujer
-inconveniente, me llegó al alma. No tuve reparo en reconocer y lamentar
-la preterición, y prometí que los señores de Miquis tendrían pronto
-noticias mías.
-
-A Eloísa, contra lo que esperaba, la encontré triste. Puso cara de
-Dolorosa, y dió á sus ojos expresión de dulce reprimenda para decirme:
-
---¡Qué tonterías haces!... ¡Un gasto tan enorme! Vaya, que ahora se
-han trocado los papeles: yo soy la aritmética y tú el entusiasmo... De
-veras te lo digo: si repites esas calaveradas, no te volveré á dirigir
-la palabra.
-
-Camila y yo nos reíamos. Eloísa no hacía más que mirarnos con tristeza.
-
---Tu boca será medida. Cuenta con la media docenita de sillas
---manifesté á Camila, que me respondió á gritos:
-
---Ha sido una broma. No me hacen falta tus obsequios. Formal, formal,
-te lo digo formalmente. Si me mandas las sillas, te las devuelvo.
-
-Estaba rabiosa. Por la tarde, siguiendo la chanza en casa de mi tío, le
-dije:
-
---¿Las quieres blancas ó negras? Elígelas á tu gusto y que me manden la
-cuenta.
-
-Me tiró á la cara su manguito, diciéndome:
-
---Toma... cochino.
-
-Mi tía Pilar, secreteando en mi oído, hízome la pintura más lastimosa
-de la casa de su hija Camila. Tenían una salita regular, alcoba
-decente; pero comedor... Dios lo diera. Ponían los platos encima de
-un velador, y como Constantino tenía la mala costumbre de empinar las
-sillas para sentarse, descargando todo el peso sobre las dos patas de
-atrás, de la media docena que compraron no quedaban útiles más que dos.
-Esta pintura hizo desbordar en mi corazón los sentimientos caritativos.
-Regalé á Camila un comedor completo de nogal, con aparador, trinchero,
-doce sillas y mesa, todo bonito, de medio lujo, sólido y elegante.
-
-Vino á darme las gracias una mañana. Detrás de su máscara de risa y
-burla, advertí mal encubierta la emoción. Le temblaban los labios.
-Hizo mil muecas, me dió las gracias, me pegó con un bastón mío, me
-llamó generoso, pillo, grande hombre y gatera, demostrando en todo su
-incorregible extravagancia. Era, más que una cabeza destornillada, una
-salvaje, una fierecilla indócil criada dentro de la sociedad como para
-ofrecernos una muestra de todo lo incivil que la civilización contiene.
-Concluyó diciendo que su marido y ella habían acordado dar un banquete
-en honor mío y como inauguración del comedor...
-
---Una gran comida, no te creas: verás qué cosa más buena y más
-_chic_... Rigurosa etiqueta, ya sabes. Habrá diplomáticos, algún
-ministro, toda la _jilife_... Mi cuñado Augusto, el primo de
-Constantino, que estudia Farmacia, Veterinaria ó no sé qué; en fin, lo
-más escogido... Frac y condecoraciones. Mi marido estará en mangas de
-camisa; pero eso no importa. El amo de la casa, ya ves... Te daremos
-nidos de avestruz, fideos escarchados, pechugas de rinoceronte, jabalí
-en su tinta y _Chateau-Peleón_.
-
-Nunca oí más disparates.
-
-Eloísa, Raimundo y Pepe éramos los invitados. Fuí con mi primo poco
-antes de la hora señalada. Los señores de Carrillo no habían llegado
-aún.
-
-
-
-
-VII
-
-La comida en casa de Camila.
-
-
-La casa de Camila era digna de estudio por el desorden que en ella
-reinaba. _Sicut domus homo_, se podía decir allí con más razón que en
-parte alguna. Todas las cosas, en aquella vivienda, estaban fuera de
-su sitio; todo revelaba manos locas, entendimientos caprichosos. Para
-honrar mis muebles habían hecho de la sala comedor; en la alcoba, á
-más de la cama de matrimonio, había una pajarera, y lo que antes había
-sido comedor estaba convertido en balneario, pues Camila, que aun en
-invierno tenía calor, se chapuzaba todos los días. La sala había sido
-llevada á un cuartucho insignificante, próximo á la entrada, arreglo
-que por excepción me parecía laudable, pues contravenía la mala
-costumbre de adornar suntuosamente para visitas lo mejor de la casa,
-reservando para vivir lo más estrecho, lóbrego y malsano. Fuera de este
-rasgo de buen sentido, el conjunto de aquel domicilio no tenía pies ni
-cabeza. Lo más culminante en la sala era una mesa de caoba de las que
-llaman de ministro, y una cómoda antigua que Constantino había heredado
-de su tía doña Isabel Godoy. El piano se había ido á la alcoba,
-creyérase que por su pie, pues no se concebía que ninguna ama de casa
-dispusiera los muebles tan mal.
-
-En los pasillos, Constantino había tapizado la pared con enormes
-y abigarrados carteles de las corridas de toros de Zaragoza y San
-Sebastián, y en el gabinete ocupaba lugar muy conspicuo un trofeo de
-esgrima compuesto de floretes, caretas, manoplas, con más una espada
-de torero y una cabeza de toro perfectamente disecada. Veíase por
-allí, así como en el comedor, algún otro mamotreto procedente de la
-testamentaría de la señora Godoy. Constantino tenía en su casa todas
-las cómodas que no cabían en la de su hermano Augusto. Los muebles
-regalados por mí hacían papel brillantísimo en medio de tanta fealdad
-y confusión, y cuando, después de recorrer la casa, se entraba en el
-comedor, parecía que se visitaba una ciudad europea después de viajar
-por pueblos de salvajes. Lo único que hablaba en favor de Camila era
-la limpieza, pues todo lo demás la condenaba. Algunas de las láminas
-de la historia de Matilde y Malek-Adhel tenían el cristal roto. No ví
-una silla que no cojeara, ni mueble que no tuviera la chapa de caoba
-saltada en diferentes partes. Muchos de estos siniestros lastimosos,
-así como la decapitación de una ninfa de porcelana, y las excoriaciones
-de la nariz que afeaban el retrato del abuelo de Constantino, eran
-triste resultado de la afición de éste á la esgrima y de los asaltos
-que daba un día sí y otro no, yéndose á fondo y acalorándose, sin
-reparar que su contrario era indefenso mueble ó bien un cuadro al óleo,
-al cual no se podía acusar de crimen alguno como no fuera artístico.
-
-Y á propósito de láminas, alcancé á ver, no recuerdo bien dónde, una
-buena fotografía de Constantino, retratado como suelen hacerlo los que
-presumen de atletas, esto es, con sencillez estatuaria, el cuerpo á
-lo gimnasta, con almilla y grueso cinturón, cruzados los brazos para
-que se le viera bien el desarrollo del biceps y de los músculos del
-tórax, y con un empaque y mirar arrogante que movían á risa. Camila
-estaba retratada de cuerpo entero, y se había puesto ante la máquina
-violentando su temperamento para _salir formal_; de modo que, á más de
-salir fea, no tenía el retrato ningún parecido.
-
---Habías de ver esta casa --me dijo Raimundo al oído-- cuando mi
-hermanita se pone á tocar frenéticamente el piano, en camisa, y el mulo
-de su marido á dar estocadas en todo lo que encuentra al paso.
-
-Yo no había visto nada de esto, pero lo comprendía por los efectos.
-
-Camila nos había recibido muy al desgaire, vistiendo una batilla
-ligera, el pelo medio suelto, el pecho tan mal cubierto que recordaba
-la inocencia de los tiempos bíblicos, los pies arrastrando zapatillas
-bordadas de oro. Nos acompañó un momento para enseñarnos la casa,
-diciéndonos:
-
---Acabo de bañarme. No les esperaba á ustedes tan pronto.
-
---Esta hermana mía --indicó Raimundo tiritando-- siempre tiene calor.
-Se baña en agua fría en pleno invierno. Jamás enciende una chimenea,
-y es la vestal encargada de conservar el frío sagrado... ¡Demonio! la
-casa es una sorbetera... ¡Que me voy!
-
-Camila nos empujó á Raimundo y á mí fuera de la alcoba, donde á la
-sazón estábamos, y dijo á su marido:
-
---Entretenme á esos tipos un rato, que me voy á arreglar.
-
-Nos llevó Miquis al comedor, donde al punto se personaron dos perros:
-el uno grande, de lanas; el otro pequeño y tan feo como su amo. Ambos
-hicieron diferentes habilidades, distinguiéndose el feo, que marchaba
-en dos pies con un bastón cogido al modo de fusil, y hacía también
-el cojito. De repente veíamos á mi prima pasar, medio vestida, como
-exhalación. Iba á la cocina. Oíamos su voz en vivo altercado con la
-criada... después la sentíamos regresar á su cuarto... llamaba á su
-marido con gritos que atronaban la casa.
-
---Será para que le alcance algo... --decía él sin mostrar mal humor--.
-Esto de no tener más que una criada es cargante. Si al menos estuviera
-yo en activo, me darían un asistente... ¡Allá voy!
-
-Camila volvía corriendo á la cocina. Necesitaba estar en todo. Aun
-así, temía que aquella girafa de Gumersinda echase á perder la comida.
-Al poco rato, vuelta á correr hacia la alcoba. Ya estaba peinada;
-pero aún no se había puesto el vestido ni las botas. De pronto, oímos
-la argentina voz de la señora de la casa que decía con cierto acento
-trágico:
-
---Constantino, traidor... ¿qué, no pones la mesa?
-
-El tal, dándome una prueba de confianza, me rogó que le auxiliara en el
-desempeño de aquella obligación doméstica.
-
---Amigo José María, así irá usted aprendiendo para cuando se case...
-
-Risueño y compadecido, le ayudé de buena gana. Antes había solicitado
-Constantino el auxilio de mi primo; pero éste, agobiado por el frío,
-no se apartaba del balcón por donde entraban los rayos del sol. Pronto
-quedó puesta la dichosa mesa. En la loza y cristalería no ví dos piezas
-iguales. Parecía un museo, en el cual ninguna muestra de la industria
-cerámica dejaba de tener representación. El mantel y las servilletas,
-regalo de la tía Pilar, eran lo único en que resplandecía el principio
-de unidad. No así los cubiertos, en cuyos mangos se echaba de ver que
-cada uno procedía de fábrica distinta.
-
-No habíamos concluído, cuando entró Eloísa. Al sonar la campanilla,
-díjome el corazón que era ella. Raimundo abrió la puerta, y antes de
-que mi prima llegara al comedor, le oí estas gratas palabras:
-
---Pepe no puede venir. Ha tenido miedo al frío... Yo me alegro de que
-no salga en un día tan malo, porque puede coger un pasmo.
-
---Yo sí que voy á pillar una pulmonía en esta maldita casa, donde no se
-encienden chimeneas --dijo Raimundo cogiendo su capa y embozándose en
-ella.
-
---No viene Pepe --repitió Eloísa mirándome á los ojos; y al reparar en
-mi ocupación, echóse á reir--. Eso, eso te conviene... ¿Y esa loca...?
-
---Su Majestad está en sus habitaciones --dijo el manchego-- con la
-camarera mayor, que es ella misma.
-
---Constantino --gritó Camila asomándose á la puerta--, traidor, ¿en
-dónde me has puesto mi alfiler?
-
---¡Ah! perdona, hija; me lo puse en la corbata: tómalo y no te enfades.
-
---¡Que siempre has de ser loca! --dijo Eloísa pasando al cuarto de su
-hermana para dejar abrigo y sombrero.
-
-Al poco rato vimos aparecer á la señora de la casa, vestida con
-elegante traje de raso negro, bastante guapa, luciendo su hermosa
-garganta por el cuadrado escote. Su pecho alto y redondo, su cintura
-delgada, sus anchas caderas, dábanle airosa estampa. Podría parecer
-bella; pero nunca parecería una señora.
-
---¡Mujer, cómo te pones!... --exclamó Eloísa, aludiendo sin duda á la
-escasez de tela en la región torácica--. ¿Pero estás tonta? ¿A qué
-viene ese escote?... No he visto cabeza más destornillada. Y lo que es
-hoy no llorarás por polvos.
-
-Lo más característico de Camila era su tez morena. Tenía á veces el
-mal gusto de corregir torpemente con polvos y otras drogas aquel aire
-gitanesco que daba tan salada gracia á su persona. Y fué tan sin tasa
-en aquel día la carga de polvos, que á todos nos pareció estatua de
-yeso; y como teníamos confianza con ella, se lo dijimos en coro.
-
---Pero, Camila... pareces una tahonera.
-
---¿Sí? --replicó ella riendo con nosotros--. Ahora veréis.
-
-Desapareció, y al poco rato presentósenos en su color y tez naturales.
-Sólo las orejas quedaron un poco empolvadas.
-
---Si me quieren negrucha, aquí estoy con toda mi poca vergüenza.
-
-Sin esperar á oir nuestros aplausos, pegó un brinco y echó á correr
-otra vez hacia lo interior de la casa. Pronto reapareció para decir á
-su marido:
-
---Nos sobra el cubierto de Pepe. ¿Por qué no avisas á tu hermano
-Augusto, de paso que vas por el postre?
-
---Yo no... Ya sabes que no puede venir --replicó el marido tomando su
-capa para salir.
-
---Pues déjalo: así tocaremos á más.
-
-Después, vuelta á la cocina, donde la oímos disputar á gritos con la
-girafa. Constantino no tardó en regresar, trayendo el postre en un
-papel, que se engrasó de la bollería á la casa. Mientras yo le abría la
-puerta, oí la voz de Camila que desde la cocina clamaba:
-
---Váyanse sentando... Allá va la sopa.
-
-El convite fué digno de los anfitriones. Por la hora debía de ser
-almuerzo; por la calidad de los platos era almuerzo y comida; por
-la manera de estar condimentados y el desorden é incongruencia que
-reinaban en todo, no tenía clasificación posible. Sirviéronnos un
-asado, el cual para ser tal debió permanecer media hora más en el
-fuego. «Ustedes dispensarán que esto esté un poco crudo», nos decía
-Camila. En cambio, el pescado _al gratin_ se había tostado y estaba
-seco y amargo. A los riñones habían echado tal cantidad de sal, que no
-se podían comer. Por vía de compensación, otro plato que apenas probé
-no tenía ni pizca...
-
---Pero, hija --dijo Eloísa riendo--, tu cocinera es una alhaja.
-
---Dispensa por hoy... --replicaba la hermana--. Se hace lo que se
-puede. No me critiquen, porque no les volveré á convidar.
-
---Descuida, que ya tendremos nosotros buen cuidado de no caer en la red
-otra vez --le contestó Raimundo.
-
-Se había sentado á la mesa embozado en su capa, quejándose de un frío
-mortal, renegando de los dueños de la casa, y jurando que no volvería
-á poner los pies en ella sin hacerse preceder de una carga de leña.
-Al servir el segundo plato, se cayó en la cuenta de que no había vino
-en la mesa, de cuyo descubrimiento resultó un gran altercado entre
-Constantino y su mujer.
-
---Tú tienes la culpa... tú... que tú... Siempre eres lo mismo. Así
-salen las cosas cuando tú te encargas de ellas... ¡Tonta!... ¡Cabeza de
-chorlito!
-
---¡Ni fuego ni vino! --exclamó mi primo subiéndose el embozo y poniendo
-una cara que daba compasión. Parecía que iba á llorar.
-
---Que salga inmediatamente Gumersinda á buscarlo.
-
---No, ve tú.
-
---Como no vaya yo... Hubiéraslo dicho antes.
-
---¡Ay! qué hombre tan inútil...
-
---¡Qué tempestad de mujer!
-
---Lo mejor --dijo la señora de la casa, serenándose después de meditar
-un rato-- es que Gumersinda vaya al cuarto de al lado á pedir dos
-botellas prestadas á los señores de Torres. Son muy amables y no las
-negarán.
-
-Por fin trajeron el vino, y con él templó sus espíritus y su cuerpo mi
-primo Raimundo, decidiéndose á soltar la capa.
-
-Camila, á cuya derecha estaba yo, me obsequiaba, valga la verdad, todo
-lo que permitía lo estrafalario de la comida. Su amabilidad echaba un
-velo, como suelen decir, sobre los innúmeros defectos del servicio.
-Repetidas veces tuvo que levantarse para sacar de un mal paso á la
-que servía, que era una chiquilla muy torpe, hermana de la cocinera.
-Había venido aquel día con tal objeto, y más valiera que se quedara en
-su casa, pues no hacía más que disparates. En los breves intervalos de
-sosiego, Camila nos hablaba de lo feliz que era, ¡cosa singular! ¡Feliz
-en aquel desbarajuste, en compañía del más inútil de los hombres!
-Indudablemente Dios hace milagros todavía. Para ponderarnos su dicha,
-mi primita no cesaba de hacer alusiones á un cierto estado en que ella
-creía encontrarse, y por cierto que sus indicaciones traspasaban á
-veces los límites de la decencia. Ya nos contaba que pronto tendría
-que ensanchar los vestidos; ya que había sentido pataditas... Luego
-rompía á reir con carcajadas locas, infantiles. Yo me confirmaba en mi
-opinión. No tenía seso, ni tampoco decoro.
-
-Debo decir con toda imparcialidad que Constantino me pareció un poco
-reformado en la tosquedad de sus modos y palabras. Ya no hablaba de sus
-superiores jerárquicos con tan poco respeto; ya no decía, como cuando
-le conocí: «Me parece que pronto la armamos...» Creyérase que había
-sentado la cabeza y adquirido cierto aplomo y discreción, que no se
-avenían mal con su creciente robustez corpórea. Parecióme que su mujer
-le dominaba, cosa en verdad extraña, pues quien no tuvo ninguna clase
-de educación, ¿cómo podía educar y domar á un gaznápiro semejante? La
-Naturaleza permite sin duda que dos energías negativas se amparen y
-beneficien mutuamente.
-
-Al fin de la comida, Raimundo bebía más de la cuenta: bien claro lo
-denotaba, no sólo la merma del contenido de las botellas, sino la
-verbosidad alarmante de mi buen primo. Constantino, no queriendo ser
-menos, se había desatado de lengua más de lo regular. El uno contaba
-anécdotas, pronunciaba discursos, repetía versos y tartamudeaba
-penosamente las sílabas _tra_, _tro_, _tru_, mientras el otro decía
-cosas saladas y amorosas á su mujer, echándola requiebros en ese
-lenguaje flamenco que tiene picor de cebolla y tufo de cuadra. La
-discreción relativa, de que hablé antes, se la había llevado la trampa.
-Tal espectáculo empezaba á disgustarme.
-
-El café, hecho por la cocinera, era tan malo, que se decidió mandarlo
-traer de fuera. Vino pues, el café, mal colado, frío, oliendo á
-cocimiento; pero nos lo tomamos porque no había otro. Raimundo y
-Constantino se pusieron á tirar al florete. Mi primo no podía tenerse.
-La casa parecía un manicomio. Eloísa, su hermana y yo nos fuimos á
-la alcoba, donde Camila, sentada junto á mí, hacía mil monerías, que
-llamaba nerviosidades. Se recostaba, cerraba los ojos, dejaba ver la
-mejor parte de su seno, luego se erguía de un salto, cantaba escalas y
-vocalizaciones difíciles, nos azotaba á su hermana y á mí, y concluía
-por sacar á relucir aquél su estado que la hacía tan dichosa.
-
---Ahora sí que va de veras --nos decía--. ¡Y este bruto se ríe, y no lo
-quiere creer!
-
-De pronto le entraba como una exaltación ó más bien delirio de
-tonterías, y cruzando las manos gritaba:
-
---¡Ay! ¡qué hijín tan rico voy á tener!... Más mono que el tuyo, más,
-más. Me parece que le estoy viendo... No os riáis... ¡Qué sabes tú lo
-que es esto, egoísta! Si fueras padre, verías. Y dí, ¿por qué no te
-casas? ¿Para qué quieres esos millones? Para gastarlos con cualquier
-querindanga... ¡Qué hombres! Francamente, eres asqueroso. Eso, eso, da
-tu dinero á las tías. Me alegraré de que te desplumen.
-
-De aquí volvía la conversación á las dulces esperanzas maternas. Hasta
-me parecía que lloraba de satisfacción.
-
---Vaya, ¿á que no me prometes ser padrino?
-
---Sí que te lo prometo.
-
-Y se rompía las manos en un aplauso.
-
---¿Y le harás un regalo como de millonario? ¿Me dejas escoger lo que yo
-quiera en casa de _Capdeville_?
-
---Sí: puedes empezar.
-
---Bien, bien... ¡Currí... Currí!
-
-El perro pequeño entró, obedeciendo á las voces de su ama. Puso
-las patas en su falda, luego en la cintura, por fin en aquel seno
-hermosísimo. Ella le daba besos, le agasajaba, dejábase lamer por él.
-
---Ven acá, tesoro de tu madre, rico, alegría de la casa.
-
---Yo no puedo ver esto --decía Eloísa con enfado, levantándose para
-retirarse--. Me voy.
-
---No, no, hermanita; no te vayas... Lárgate, Currí, Currí... Largo, y
-no parezcas más por aquí.
-
---No, no me beses --chillaba Eloísa, apartando su cara--; no pongas
-sobre mí esa boca con que has estado hociqueando al perro. Tonta, loca,
-¡cuándo sentarás la cabeza!... José María está estupefacto de verte
-hacer tonterías.
-
---José María no se enfada, ¿verdad? Y ahora que caigo en ello, ¿por qué
-no me convidas esta noche al teatro?
-
---Otra más fresca...
-
---¿Pues por qué no? Después que hemos echado la casa por la ventana
-para obsequiarle... El día de hoy nos arruina para todo el mes. Sí,
-dile que sí. José María, esta noche...
-
---Te mandaré un palco para el teatro que quieras. Elige tú.
-
---Constantino --gritó Camila, cantando la marcha real--, esta noche
-vamos al teatro. Mira, tú, mi maridillo irá por el palco. Dame á mí los
-cuartitos.
-
-Yo decía para mí: «No tiene decoro, ni vergüenza, ni delicadeza
-tampoco. Es completa. Si me obligaran á vivir con un tipo así, al
-tercer día me enterraban.»
-
-Eloísa estaba disgustada y deseaba marcharse. Yo también. Busqué
-á Raimundo para salir con él; pero mi primo se había dormido
-profundamente sobre el sofá de guttapercha del comedor. Camila le
-cubrió con la capa para que no se enfriase.
-
---Ve pronto por el palco --decía la señora de Miquis á su marido-- que
-es noche de moda, y si tardas no habrá localidades. Vamos... menea esas
-zancas. ¿A qué aguardas?
-
-El manchego no se hizo de rogar. Pronto le sentimos bajar la escalera,
-saltando los escalones de cuatro en cuatro.
-
---Iré luego á casa de mamá --dijo Camila, poniendo á su hermana el
-sombrero y el abrigo--. Adiós, _comparito_.
-
-Le dí la mano, y ella me la apretó mucho.
-
-
-
-
-VIII
-
-En que se aclaran cosas expuestas en el anterior.
-
-
-Cuando bajábamos, Eloísa me dijo:
-
---¿Vas á venir á acompañarme?
-
-En el tono con que esto fué dicho, conocí su deseo de que no la
-acompañara. Yo tampoco tenía intención de hacerlo. Aquel recelo de no
-aparecer juntos en público al mismo tiempo nos acometía á entrambos,
-revelando, no sólo la conformidad, sino también la poca rectitud de
-nuestros pensamientos. Ella entró en su coche y fué á la calle del
-Olmo; yo me bajé á pie á la Castellana para dar una vuelta. Volví á
-casa al anochecer, y á poco sentí llegar el carruaje de mi prima.
-Obedeciendo á instintivo movimiento y á una curiosidad tonta, salí á
-mi puerta. Tuve el pueril antojo de atisbar por el ventanillo para
-verla subir sin que ella me viese. Siéndome fácil hablar con ella á
-todas horas, ¿qué significaba aquel acecho? Nada más que el ansia del
-misterio, la necesidad de poner en mi pasión la sal del incidente.
-Aquel mirar furtivo por la rejilla de cobre era ya un paso interesante
-y que rompía los términos rutinarios de la vida formal para ponernos
-en la esfera de las travesuras, más sabrosas cuanto más anormales...
-La ví subir. Noté que al pasar por mi puerta la miró como deseando que
-estuviese abierta, ó que el azar le proporcionase un pretexto para
-colarse dentro. El lacayo subía tras ella con un montón de paquetes de
-compras.
-
-Nos vimos aquella noche en su casa. Hablé con todo el mundo menos con
-ella. Ambos temíamos dar á conocer nuestra conciencia, no turbada aún
-más que por pensamientos. Presagiábamos las peligrosas resultas de
-ellos; mas no se nos ocurría extirparlos, sino simplemente evitar que
-nos salieran á la cara. Con Carrillo, que había cogido un pasmo, hablé
-de todas las clases de constipaciones posibles; describí el proceso
-patológico de los míos y de los de mi padre, y mi tía Pilar vino en
-buena hora á dar nuevos horizontes á mi erudición con preciosos datos
-catarrales referentes á otras personas de la familia. Hicimos luego una
-ensalada inglesa. Hablé de los _whigs_ y los _torys_, de la reforma
-electoral de 1834, del _Habeas corpus_, de la Liga de Manchester y del
-_bill_ de cereales. Sir Roberto Peel quedó hecho trizas de tanto como
-le manoseamos Carrillo y yo, y no salieron mejor librados lord Chatam,
-Cobden, Russell, Palmerston y los modernos Disraeli y Gladstone. Nos
-volvíamos ingleses sin saberlo, y esto precisamente cuando mi sangre
-andaluza, la savia paterna, obscurecía y anonadaba en mí lo que yo
-había recibido del sér británico de mi madre.
-
-Cuando me retiré, despedíme de todos menos de Eloísa, que al verme en
-pie se marchó al cuarto de su hijo. Y me la llevaba conmigo á mi casa,
-_in mente_; la robaba como hacía mi tío Serafín con las baratijas
-de su gusto, y me la guardaba en mi corazón, como en un bolsillo,
-reducida á impalpable esencia, cuando no la subía al entrecejo para
-darle allí vida febril, haciéndola compañera de mis soledades. Las
-noches de insomnio, las madrugadas de inquieto sueño, los días tristes
-alambicaban mi querencia poniéndome en estado de hacer tonterías de
-mozalbete si se hubiera presentado ocasión de ello. No las hice, porque
-Dios no quiso. Pero estaba dispuesto á todo, hasta á volverme romántico
-y _wertheriano_, á pesar de que los tiempos son tan poco propicios para
-que un hombre se ponga en semejante estado.
-
-Una tarde del mes de Marzo nos encontramos casualmente en la calle.
-Ambos nos turbamos. Nos veíamos diariamente en la casa sin experimentar
-turbación, y en la calle, solos, al darnos las manos, parecía que
-temblábamos por tal encuentro y que habríamos deseado evitarlo. Iba yo
-hacia el Banco de España, ella á casa de una amiga. Nos separamos. Sin
-darnos cuenta de ello, por medio de una sencilla pregunta semejante á
-esas que se hacen por decir algo y de una respuesta más sencilla aún,
-nos dimos cita para aquella tarde en la casa de la calle del Olmo.
-Vinieron los sucesos impensada y tontamente, con ese canon fatal que
-equipara en el orden de la realidad las cosas más triviales á las más
-graves y de más peligrosa transcendencia. Las cuatro serían cuando
-entré en la casa. No había nadie de la familia más que Eloísa. No
-tuve que llamar. La puerta estaba abierta, y un operario arreglaba la
-entrada del gas. Sentí martilleo en las habitaciones interiores, y
-al pasar junto á una puerta, oí la conversación de unas mujeres que,
-sentadas en el suelo, estaban cosiendo alfombras. Parecióme que yo me
-introducía invisible, como el gas, pasando por escondidos, angostos y
-callados tubos.
-
-Avancé. Bien sabía yo á dónde iba. Tan seguro estaba de encontrarla
-como de la luz del día. Después de atravesar dos salones, ví á Eloísa
-de espaldas. Estaba repasando una colección de estampas puesta en
-voluminosa carpeta. Acerquéme á ella de puntillas; mas aún no estaba á
-dos pasos de su hermosa figura, cuando sin volverse dijo esto:
-
---Sí, ya te siento; no creas que me asustas...
-
-
-
-
-IX
-
-Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y la leyenda de las
-cuentas de vidrio.
-
-
-I
-
-A la semana siguiente, instalóse mi prima en su nueva casa. Un día
-antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que yo
-me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las
-dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía
-muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta á sacrificar el
-amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también
-escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con
-los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En
-ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás
-á Carrillo. Unicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia á la
-equivocación lamentable de su casamiento. Fué, más que una ceguera de
-ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella,
-no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo
-antes á Madrid? Y ya que no vine antes, cuando hubiera sido ocasión de
-casarnos, ¿por qué vine después, cuando ya el conocerme la había de
-hacer tan desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa...
-Pero ya, ¿qué remedio...? La atracción que á entrambos nos había
-unido era más fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible
-luchar contra ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación,
-el murmullo de la gente, su hijo... el pobre _barbián_, que cuando
-creciera oiría decir que su mamita no había sido buena, como deben
-serlo todas las mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única
-eran acibaradas por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al _qué
-dirán_, por el presentimiento de catástrofes y desventuras que es la
-sombra fatídica que se hace á sí misma la vida ilegal.
-
-Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... Porque pensar
-que podría transcurrir una semana sin vernos á solas, era pensar en la
-eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con
-cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron
-de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas á la vez y como en
-un solo aliento. «Nos veríamos en su casa...» «No, no: en la mía...»
-«No, no: en otra...» «¿Dónde?...» «Pues nos daríamos cita en tal ó cual
-parte...» «Yo arreglaría una casita muy cuca...»
-
-La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor,
-idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para
-que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el
-escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que
-debemos al decoro; la publicidad érame antipática; pero, con todo, mi
-ventura me ahogaba hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la
-vanidad tenía en ella. Erame forzoso mostrar á alguien mis bien ganados
-laureles; yo buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso
-á la secreta aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada
-como con Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida.
-Conocía su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba
-los suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada;
-sólo que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contéle, pues,
-todo, y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquél
-su estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo
-hacer el _niño del mérito_, guardando una reserva que era lo mismo que
-poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es
-animal de mucho _quinqué_, y, por fin, que los tiempos de notoriedad
-que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene á ser una
-ventaja de nuestra edad sobre las precedentes.
-
-Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto había
-dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias seguían
-guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte, con
-la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra,
-mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en
-mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino
-aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien
-que consideraba eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza
-irresistible. Su tenaz cariño era pagado liberalmente por mí con
-exaltada pasión, con estimación, hasta con respeto, con todo lo que el
-corazón humano puede dar de sí en su variada florescencia afectiva.
-Y en cierto modo me recreaba en ella como si fuera algo, no sólo
-perteneciente á mí, sino hechura de mi propia pasión. Porque sí: Eloísa
-era más hermosa desde que estaba en relaciones conmigo; como mujer
-valía más, mucho más que antes. Su elegancia superaba á los encomios
-que hacía de ella la lisonja. Desde que se instaló en su nueva y
-primorosa vivienda, parecía que había subido de golpe al último grado
-de esa nobleza del vestir, que no tiene nombre en castellano. Todas las
-seducciones se reunían en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me
-puse!... la miraba como miraría el artista su obra maestra. No es esto,
-no, lo que quiero decir: mirábala como una planta que yo había regado
-con mi aliento, abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero,
-criándola para goce mío y recreo de la vista de los demás.
-
-Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto, como
-gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de la
-familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado,
-ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina á la
-cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado
-mi equilibrio, que á cada momento lo daba á conocer. Si no hacía cosas
-ridículas, era porque conservaba muy vivo el respeto exterior de mí
-mismo; pero decía majaderías, como las que antes, en boca de otros, me
-habían hecho reir mucho.
-
-Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se enfadase,
-que mi tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco decorosa
-en que yo había puesto á su hija. Pero ninguno se dió por entendido.
-O no lo sabían, ó lo disimulaban. Raimundo y María Juana tampoco
-chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de que no
-hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con el
-mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido á esta condescendencia
-natural ó estudiada, les correspondía redoblando con respecto á ellos
-mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su
-tolerancia, ó subvención otorgada á su silencio. No cesaba, pues, de
-hacer regalitos á mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y
-dinero á Raimundo; compré un piano á Camila, pues el que tenía estaba
-ya asmático, y á todos les obsequiaba un día y otro con palcos ó
-butacas en los principales teatros.
-
-Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, á quien
-constantemente daba sorpresas, añadiendo á sus colecciones objetos
-diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble,
-antigüedad de mérito ó primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo
-cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía,
-ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin substancia.
-Nunca me pedía nada; pero muy á menudo la observé como atontada
-pensando en algún objeto recientemente exhibido en las tiendas de
-lujo. Tenía momentos de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos
-de tristeza considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta
-exaltación con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto.
-Este era bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina
-antigua, ó un par de tibores de _Sachsuma_. Era á veces el motivo de
-sus ansias una delicada pieza de Wedgwood ó una credencia de ébano
-y marfil. A esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano
-media-cola de Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de
-alhajas, pues por el collar de perlas, la _rivière_ de brillantes, una
-pulsera de _ojos de gato_, una rosa suelta y varias chucherías, me dejé
-en casa de Marabini quince mil duritos.
-
-
-II
-
-Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan de
-Luz. Eloísa fué con su marido á Biarritz, de donde pasarían á París á
-consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarles, y no tuve
-tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual á la cita. El
-pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más que
-en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse á
-tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de salir
-de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el Hotel de la
-calle de _Scribe_. Yo estaba, como siempre, en el de _Helder_. Fácil
-nos era á mi prima y á mí vernos y citarnos en la ilimitada libertad
-parisiense y aun hacer algunas excursiones cortas á las inmediaciones.
-En los cuatro días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un
-camarero, en los baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una
-independencia que hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba á
-mi hotel. Estábamos como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo
-que se nos antojaba, almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin
-peinarse, á medio vestir; yo vestido también con el mayor abandono;
-ambos irreflexivos, indolentes, gozando de la vida como los seres más
-autónomos y más enamorados de la creación. En nuestros coloquios,
-amenizados por constante reir, nos comparábamos con las dichosas
-parejas del barrio latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su
-modelo, viviendo al día con dos ó tres francos y una ración inmensa de
-amor sin cuidados. Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos
-dinero y podríamos paladear mejor tanta dicha. Para gozar á nuestras
-anchas de la libertad parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y
-nos íbamos á San Germán, almorzábamos en la Terraza, paseábamos por
-el bosque, corríamos, nos acostábamos sobre la hierba... ¡Qué horas
-tan dulces! Como quien se contempla en un espejo, nos recreábamos en
-las muchas parejas que veíamos semejantes á nosotros. Componíanse
-de algún extranjero, ávido de echar una cana al aire, y de alguna
-_bulevardista_, por lo general de buen parecer y modales un tanto
-desenvueltos. En otras parejas se advertía una confianza, una intimidad
-que no son propias de las relaciones de un día. Eran amantes, como
-nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra, para burlar
-con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de las leyes
-divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y fatigado;
-mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que cautivaba á
-Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella gente, y en la
-originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de los modistos,
-que por tal procedimiento hacían público reclamo de las novedades de la
-estación próxima.
-
-Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más
-depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la
-mañana á las misas aristocráticas de la Magdalena y de la _Capilla
-Expiatoria_... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa
-quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de
-costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes
-y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También
-solía llevarme á casa de los célebres anticuarios de la calle Real, y á
-los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo japonés
-abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París estaba al
-alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse á llevar un surtido
-de telas, vasos, estantillos, dos ó tres biombos, lacas, y hasta
-las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran el maravilloso
-sentimiento artístico de aquella gente asiática, sólo igualada por la
-clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de Carrillo no podía, ya
-que felizmente estaba en la capital de la moda, dejar de equiparse
-para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas
-en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba á ser
-la primera. En casa de Worth se encontró á la de San Salomó; á donde
-quiera que iba tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa,
-y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una
-quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose á llevar á Madrid lo
-mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que
-mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre.
-
-Pero á falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar
-numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior había
-ordenado yo á mi banquero de París que me vendiera los títulos de 4½
-por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía próximamente á unos
-ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer á España
-aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles urbanos ó en
-los títulos creados por Camacho. Cuando fuí á París, Mitjans había
-hecho la venta y tenía en su caja, á disposición mía, el líquido de
-la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo tomaría
-para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en letras
-sobre Madrid á la conclusión de la temporada. Tales sangrías dí á
-aquel depósito, que cuando fuí á liquidar, sólo me restaban siete mil
-francos, que Mitjans me dió en una carta-orden. Y no paró aquí mi
-desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué olvidadas
-cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que ir á última hora, echando los
-bofes, á casa de Mitjans á pedirle un préstamo de cuatro mil francos
-para poder volver á España.
-
-Este acontecimiento causóme sobresalto. Era la primera vez en mi vida
-que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas leyes de la
-Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una distracción
-tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera había
-percibido siempre la salvadora claridad de los números; que de algo
-¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el saludable
-ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de loco
-desatino podían destruir los efectos de mi educación económica?
-No, seguramente no. Mi espíritu, habituado á la contabilidad,
-resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de
-la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes á los de un
-narcótico. Ví la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa,
-con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no
-naufragase.
-
-Fuí educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso,
-sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en
-nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre
-de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollóse también
-en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los
-placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el
-_tanto_, el verbo inglés, dócil á las órdenes de mi razón; el número,
-sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al
-verificarse en mí aquel despertamiento, halléme en terreno firme y
-dije con resolución: «No, niña mía, esto no puede seguir así.»
-
-
-III
-
-En Madrid traté de poner orden en mis asuntos. A fines de Octubre,
-pasóme el Banco el extracto de mi cuenta corriente y ví que apenas
-me quedaban unas dos mil pesetas. Había gastado ya toda mi renta del
-año, cuando en los precedentes apenas había llegado á la mitad, y con
-la otra mitad aumentaba mi capital. En aquellos días recibí de Jerez
-varias letras y algún papel de Londres.
-
-Eran el tercer plazo anual de mis arrendamientos y un residuo de
-la venta de existencias. Había pensado yo destinar este dinero á
-consolidación de capital; pero no pudo ser porque tuve que enviarlo
-á mi cuenta corriente del Banco para los gastos del último trimestre
-de 82. Una breve operación me dió á conocer que mi fortuna había
-disminuído aquel año en muy cerca de noventa mil duros. ¡Cosa singular!
-Yo tenía, durante las embriagueces de aquel año, vagas nociones de
-esta cifra negativa; pero no me causó temor hasta que la ví salir
-de la punta de la pluma en infalibles guarismos. Me parecía mentira
-que tal suma hubiera sido espolvoreada por mí en diversas tiendas de
-París y Madrid; y no obstante, bien cierto era. Lo hice sin darme
-cuenta de ello, ciego y alucinado, olvidando esa admirable función del
-espíritu que llamamos sumar, y atento sólo á los aguijonazos de la
-voluptuosidad y del amor propio.
-
-A lo hecho, pecho. Aunque felizmente había abierto los ojos al _tanto_,
-reintegrándome en el equilibrio de mi sér, por un lado concupiscente,
-por otro positivista, mi desvarío por Eloísa no había mermado en lo más
-mínimo. Más prendado de ella cada día, pensé en llevar procedimientos
-de regularidad económica á lo que moralmente era tan irregular. El
-orden parecíame digno de ser implantado en los dominios del vicio,
-y yo me imponía el deber de intentarlo y me hacía la dulce ilusión
-de conseguirlo. Cavilaciones numéricas entristecían mis noches y mis
-mañanas, pues el hondo interés que me inspiraba Eloísa hacíame ver
-nubes muy negras en el porvenir de la casa de Carrillo. En cuanto á mi
-fortuna, que hasta entonces había sido pingüe, sólida y muy saneada,
-hice propósito firmísimo de defenderla á todo trance de los lazos que
-mi propia pasión le tendía. A pesar de lo firme del propósito, vivas
-inquietudes me atormentaban en presencia de aquel querido edificio
-económico, al cual se le acababan de abrir grietas muy profundas.
-
-Pensando siempre en mi prima, no cesaba de hacer cálculos sobre el
-presupuesto de su casa, que me parecía muy desconcertado. Con aquella
-exactitud que debía á mis hábitos de contabilidad, aprecié lo que había
-importado la instalación, los ricos muebles y costosos caprichos de
-Eloísa. Sin escribir un guarismo, calculé el gasto aproximado de la
-casa, alimentación, cocheras, servidumbre, teatros, modista, viajes de
-verano, menudencias é imprevistos. No, no: no cabía esto dentro de la
-cifra de veinte mil duros anuales. Para cerciorarme, levanté columnas
-de números, y no, no salía. El pasivo del primer año era enorme,
-abrumador, y unido á la instalación me daba el resultado tristísimo
-de que los señores de Carrillo se habían comido ya la cuarta parte
-del capital heredado. Por mucho que estirara yo los ingresos sobre
-el papel, forzando los productos de las dehesas de Navalagamella y
-Barco de Avila, engrosando los alquileres de las tres casas de Madrid
-y añadiendo á todo el cupón de las obligaciones de Banco y Tesoro, no
-podía pasar de tristes siete mil duros. ¡Y tan tristes!... Como que
-lloraban por los míos, y me los querían llevar.
-
-Lo peor de todo fué que en aquel otoño Eloísa montó la casa con más
-lujo, tomó más criados, hizo reformas en el edificio, anunciando que
-iba á dar comidas todos los jueves. Era preciso hablarle claramente
-y arrancar aquella mordaza que el amor me ponía. Una tarde, solos en
-nuestro escondite, le hablé el lenguaje sincero y leal de los números.
-¡Cómo esquivaba el tema la muy pícara; cómo se escapaba, culebrosa y
-resbaladiza, cuando ya la creía tener bien cogida! Por fin se mostró
-conforme con mis ideas, y penetrada del buen sentido de las cosas.
-Sí: era preciso moderarse, porque el porvenir... Invirtióse la tarde
-en cálculos, en proyectos de economía y reducción de inútiles gastos.
-A los pocos días volví á mi fiscalización con nuevo empeño. No pude
-obtener que me expusiera en términos exactos su presupuesto. Siempre
-embrollaba las cifras y las desfiguraba, haciendo un lamentable abuso
-de la aplicación de los ceros. Por fin, tras pesadas insinuaciones
-mías, me confesó que tenía algunas deudas.
-
---Te las pago todas --le dije con efusión-- si me juras que no volverás
-á contraerlas y que serás juiciosa y arreglada.
-
-Y el juramento se hacía poniendo por testigo á Dios; y se celebraba el
-convenio con abrazos y ternuras; y las deudas se pagaban y se volvían á
-contraer, como árbol que más vigorosamente retoña cuanto más se le poda.
-
---Ahora no me echarás la culpa á mí --me dijo una tarde--. Es Pepe el
-que gasta. Ayer he tenido que sacarle de un gran apuro. Sin que yo
-lo supiera ha tomado seis mil duros, dando en fianza la casa de la
-calle de Relatores... No, no me mires así, con esos ojos de terror...
-Pepe es muy bueno, y no le puedo contrariar. Desde que es senador no
-ha vuelto á poner los pies en el _Veloz_. No tiene ningún vicio, no
-juega, no mantiene queridas; ni siquiera fuma. Pocos hombres hay tan
-ejemplares como él. Preguntarás que en qué se le va tanto dinero; voy á
-contestarte inmediatamente. Primero: el periódico, ese dichoso _órgano
-del partido_, que yo leo para combatir los insomnios. No sé cómo Pepe,
-que tiene talento, emplea su dinero en hacer de Galeoto entre la
-Democracia y el Trono, sabiendo que esa señora y ese caballero no se
-han de casar, y lo más, lo más, harán lo que hacemos nosotros, quererse
-á espaldas de la ley... Segundo: Pepe se me ha vuelto tan benéfico, que
-no sabes lo que me gasta en socorro de emigrados, en la _Sociedad de
-niños_... Te aseguro que es un dolor...
-
-Para mí lo era, y no flojo, pues por la concatenación de las cosas, me
-dolían horriblemente los bolsillos cada vez que el marido de aquella
-señora ganaba un nuevo título para la bienaventuranza eterna.
-
-Otras veces, en las horas de criminal soledad, nuestras lucubraciones
-económicas tomaban un giro fantástico y extravagante. Como el líquido
-puesto al fuego hierve y crece, yo, sometido á las altas temperaturas
-del amor, deliraba. Pero no era mi delirio, como el de los poetas,
-visión de flores, nubecillas y formas helénicas. Era más bien una
-fermentación de los números que tenía metidos en la cabeza. Las cifras
-de reales, francos y libras que pasaron por mi mente en quince años,
-volvían todas juntas, agrupándose como en las cerradas columnas de
-los libros de partida doble, separándose y revolviéndose como las
-cantidades desgarradas en la cesta de papeles rotos. ¡Poseer millones
-de millones!... ¡Que mis reales se me volvieran libras esterlinas de la
-noche á la mañana!... ¡Que los ceros se agruparan junto á las unidades
-formando esas filas nutridas, cuya vista ensancha el alma! «Entonces,
-gata bonita, tendrías un palacio mejor que el de Fernán-Núñez y el de
-Anglada juntos; tendrías un lecho de plata, como el de la esposa de
-un _rajah_; tendrías un _yacht_ para viajar por el Mediterráneo y un
-tren _Pullmann_ para recorrer el Continente. Te compraría el Rembrandt,
-el Murillo, el Veronés que salieran á la venta al deshacerse la
-galería de algún principote alemán; y para tí trabajarían Meissonier,
-Pradilla, Alma Tadema, Domingo, Muncaksy y lo más granadito de Europa.
-Aprovechando las buenas ocasiones, te compraría los vestigios de las
-grandes casas, la armadura que llevó el duque de Alba, la espada de
-Boabdil, los tapices de los Reyes Católicos con el _Tanto Monta_, y
-los yugos y flechas, y esas casullas de catedral que van á parar en
-forros de sillas, y esos libros de vitela cuyas hojas se convierten
-en abanicos, y cajas de oro, y Cristos de marfil como el que tiene
-Rothschild, y el jarrón de Fortuny, y la espada de Bernardo, y la
-biblia de María Estuardo, y el vaso de plata de Napoleón. El arte más
-sublime, la industria más hábil y los objetos de valor histórico,
-despojos que se le caen á la Historia en su marcha, serían para que tú
-jugaras con ellos y te relamieras de gusto mirándolos... Serías más
-rica que la duquesa de Westminster, la cual lo es más que la reina
-Victoria, emperatriz de las Indias.»
-
-Como en esta dirección el desvarío no podía ir más allá, Eloísa, para
-hacer juego, deliraba en sentido contrario. ¡Ser pobre! No tener nada;
-vivir juntos y solos, completamente exentos de necesidades sociales, en
-un país apartado, fértil, bonito, donde no hubiera frío, ni calor, ni
-ciudades, ni civilización... No tener más que un albergue rústico, y
-que nuestra despensa estuviera colgada de los árboles... No beber más
-que agua clara... Vestirse sencillamente, tan sencillamente, que todo
-el guardarropa quedara reducido á un simple túnico talar... Nada de
-calzado, nada de sombrero, nada de esos horrores que llaman guantes,
-corbatas y alfileres... No gozar de más espectáculos que los del
-cielo y la vegetación; no oir más música que la de los pájaros; no
-ver más espejos que la corriente de los ríos; no tener idea de lo que
-es un coche, ni una tarjeta de visita, ni una esquela de invitación,
-ni una cuenta de modista... Desconocer la escritura y la lectura; y
-en cuanto á religión, celebrar la misa con una hoguera, un par de
-cánticos, un haz de flores, delante de los panoramas preciosísimos de
-la Naturaleza... Y en medio de esto, el amor, mucho amor, muchísimo
-amor; ella y yo siempre juntos, siempre solos, siempre jóvenes y nunca
-cansados de mirarnos y de querernos...
-
-Creo que mis carcajadas se oían desde la calle. El delirio de Eloísa,
-que era el rebote del mío, me produjo una hilaridad tal, que ella se
-apresuró á taparme la boca, alarmada de mis gritos.
-
---Calla, tonto... No escandalices.
-
-No sé si lo soñé ó lo pensé. Debí de quedarme dormido y ver á Eloísa
-en aquel pergenio rústico y salvaje, hecha una señora Eva, en el país
-de abanico más relamido que se podía imaginar. Ella era feliz con su
-túnico, no sé si de verdes lampazos ó de alguna tela inconsútil. No
-conocía la ambición ni el lujo; era toda inocencia, salud, dicha. Sus
-diamantes eran las estrellas, sus galas las flores, sus espejos los
-lagos, su palacio la bóveda azul de los cielos... Pero un día la señora
-Eva alcanza á ver á un sér extraño y desconocido que se aparece en
-aquel delicioso rincón del mundo donde sólo habitamos ella y yo. Esta
-tercera persona es el demonio, la tentación, el elemento dramático que
-viene á emporcar nuestro idilio. No se ofrece á las miradas de la
-señora Eva en forma de serpiente, ni usa para perderla el ardid aquél
-de la manzana. ¡Quiá! Es un viajero, un náufrago que acaba de arribar
-á aquellas playas, y para trastornar el seso á mi mujer, le muestra
-una sarta de cuentas de vidrio. Las ganas de adornarse con ellas
-desarrollan en su alma formidable apetito, y se conmueve, se ofusca,
-se vuelve toda nervios; pierde su sér inocente, como si dijéramos, la
-chaveta, y adiós idilio, adiós Naturaleza, adiós sencillez, adiós paz
-sabrosa, adiós festín de hierbas, adiós enaguas de hojas, adiós amor...
-Cae mi Eva en la tentación, se vende por las cuentas de vidrio, y el
-demonio carga con ella.
-
-
-
-
-X
-
-Carrillo valía más que yo.
-
-
-Aquel hombre que me inspiraba una compasión profunda y un temor
-supersticioso; aquel Carrillo, amigo vendido, pariente vilipendiado,
-valía más que yo. Al menos así lo promulgaba á todas horas mi
-pensamiento en los soliloquios de su confusión constante. Idea fija
-era esto de mi inferioridad, y ni con sofismas ni con razones la podía
-echar de mí. Quizás yo me equivocaba; quizás las sombras de mi conducta
-me permitían ver en aquel desgraciado una luz que no tenía, ó dicha
-luz era un simple fenómeno retiniano. Sí: yo era un sér negativo, un
-vago, una carga de la sociedad, mientras el otro parecíame una de las
-personas más útiles y laboriosas que se podían ver. Sobreponiéndose á
-sus dolencias, siempre estaba ocupado. No entré una vez en su despacho
-que no le hallara trabajando, afanadísimo, poniendo su alma toda y
-su poca salud al servicio de una idea ó de una institución. Dábase
-por entero á diversos objetos benéficos, políticos y morales, y su
-vehemencia era tal, que si la empleara en sus asuntos propios, habría
-sido el hombre modelo y la más perfecta encarnación del ciudadano y del
-jefe de familia.
-
-Carrillo era presidente de una _Sociedad_ formada para amparar niños
-desvalidos, recogerlos de la vía pública, y emanciparlos de la
-mendicidad y de la miseria. Tan á pechos había tomado su cargo, y tan
-humanitario ardor ponía en desempeñarlo, que á él se le debían los
-eficaces triunfos alcanzados por la _Sociedad_. Más de quinientas
-criaturas le debían pan y abrigo. Inocentes niñas se habían salvado
-de la prostitución; chiquillos graciosos habían sido curados de las
-precocidades del crimen al dar el primer paso en la senda que conduce
-al presidio. La _Sociedad_ hacía ya mucho; pero su ilustre presidente
-aspiraba siempre á más. Todos los esfuerzos eran pocos en pro de los
-párvulos indigentes. No bastaba recogerlos en las calles; era preciso
-ir á buscarlos en los tugurios de la mendicidad emparentada con el
-crimen, y arrancarlos al poder de crueles padres que los martirizan
-ó de infames madres postizas que los envilecen. Y Pepe, imprimiendo
-á esta caritativa obra impulso colosal, pasaba largas horas en su
-despacho con el secretario, revisando notas, coordinando informes,
-extendiendo y firmando recibos de suscripción de socios, poniendo
-cartas al Cardenal, al Patriarca, á la infanta Isabel, al primer
-Ministro, á los presidentes del Ayuntamiento y de la Diputación para
-allegar el auxilio de todo lo valioso y útil. Ningún recurso se
-desperdiciaba, ninguna ocasión se perdía. A este trabajo titánico había
-que añadir el de organizar fiestas y funciones teatrales para aumentar
-los fondos de la _Sociedad_. ¡Qué laberinto y qué entrar y salir de
-empresarios y concertistas y cómicos! No se eximían de esta febril
-contradanza los poetas, á los cuales se les rogaba que leyeran versos;
-ni los oradores, á quienes se pedía el óbolo de sus floreados discursos.
-
-Mientras Carrillo empleaba en servicio de la humanidad su inteligencia,
-yo ¿qué hacía? Corromper la familia, abrir escuela de escándalo y
-dar malos ejemplos. Aún podía llevar mucho más lejos la comparación
-siempre en perjuicio mío. Yo era diputado cunero, y no me cuidaba ni
-poco ni mucho de cumplir los deberes de mi cargo. Jamás hablaba en
-las Cortes, asistía poco á las sesiones, no formaba parte de ninguna
-Comisión de importancia, no servía más que para sumarme con la mayoría
-en las ocasiones de apuro. Tenía nociones geográficas muy incompletas
-acerca de mi distrito, y hacía el mismo caso de mis electores que de
-los negros de Angora. Ellos gruñían, escribíanme cartas llenas de
-quejas; pero yo las arrojaba á la cesta de los papeles rotos, diciendo:
-«A mí me ha hecho diputado el ministro de la Gobernación, nadie más.
-Vayan ustedes muy enhoramala.» Francamente, el Congreso me parecía
-una comedia, y no tenía ganas de mezclarme en ella. En cambio, Pepe,
-que era senador, tomaba muy en serio su cargo, se debía al país,
-miraba á la patria con ojos paternales, considerándola como uno de
-aquellos infelices niños que la _Sociedad_ recogía en las calles.
-Asistía puntualmente á la Cámara, y figuraba en muchas Comisiones.
-Con frecuencia se levantaba de su banco, sin aliento, ahogándose, y
-pronunciaba pequeños discursos discretísimos en pro de los intereses
-generales. La enseñanza primaria, la extinción de la langosta, la
-necesidad de dar salida á _nuestros caldos_, el establecimiento de
-gimnasios en los colegios, los Bancos agrícolas, la supresión de la
-Lotería, de los Toros y del cuarto del cartero, las cajas de previsión,
-la conducción de presos por ferrocarril, los talleres de los presidios
-y otras muchas reformas, le tenían por órgano valiente, aunque
-asmático, en los rojos asientos del Senado. El _Diario de las Sesiones_
-estaba por aquella época salpicado de breves piezas oratorias en que
-se abogaba con entusiasmo por todas aquellas menudencias, por todos
-aquellos pasitos del progreso, que, realizados, habrían equivalido á un
-salto grande hacia la cultura.
-
-Era verdaderamente infatigable, pues además de esto, había fundado,
-con otros señores que no nombro, el periódico, órgano de un partidillo
-que se acababa de formar. Como el tal partido era muy tierno y recién
-cortado del tronco, necesitaba prolijos cuidados para aclimatarse,
-echar raíces y crecer. Y crecía, convocando bajo sus débiles ramas á
-muchos cesantes, á no pocos descontentos y á algunos que no están bien
-si no se separan de alguien. No sólo ayudaba Carrillo con su dinero al
-sostenimiento del diario, sino que escribía en él articulitos sanos y
-juiciosos, defendiendo siempre la buena fe en política, el respeto de
-la opinión, la sencillez administrativa, las economías, la moralidad,
-y, sobre todo, la independencia electoral, raíz y fundamento de todo
-bien político.
-
-Por fin, también llevaba Pepe su cooperación á las grandes campañas
-de caridad pública, y lo hacía con modestia, por impulsos del alma.
-Así, desde que ocurrían esas catástrofes que excitan profundamente el
-sentimiento general, ya se apresuraba él á organizar cuestaciones, á
-buscar auxilios por todos los medios que permiten los varios recursos
-de nuestra época. Volviendo á la comparación, repito que cualquiera
-que sea el valor que se dé á esta manera de practicar el bien, siempre
-resultaba el otro superior á mí. Mientras él empleaba tan bien y con
-tanto fruto su tiempo, yo ¿qué hacía? Vivir alegremente, gozar de
-la vida, divertirme, gastar mi dinero sin socorrer á nadie, y otras
-cosas peores. Yo era un egoísta, mientras Carrillo tenía la manía del
-_Otroísmo_ y consagraba toda su actividad al bien ajeno. Precisamente
-en la falta de egoísmo, que era su gran cualidad, estaba el _quid_
-del defecto que en parte obscurecía aquellas prendas eminentes,
-pues siempre se cuidaba mucho más de lo ajeno que de lo propio, y
-poniendo desmedida atención en la humanidad y en la patria, apartaba
-sus ojos de la familia y del gobierno de su casa. Dueña y directora
-de todo era Eloísa. Pepe ignoraba los detalles más importantes del
-régimen doméstico, y no daba jamás una disposición. Tanto celo fuera
-y tanta indolencia y descuido dentro, eran indudablemente falta muy
-grande. Cuánto me complacía yo en considerarlo así, no hay para qué
-decirlo. Aquella superioridad que me mortificaba no era quizás más que
-figuración mía, y el pobre Carrillo, al remontarse á lo que yo estimaba
-perfecciones, caía por tierra poniéndose al nivel mío, que era el de la
-vulgar muchedumbre.
-
-Por su poca salud excitaba el tal la compasión de todos. Sus males se
-repetían y se complicaban, presentando cada año nuevos y temibles
-aspectos, ofreciendo como un campo clínico á los ensayos de la
-medicina. Para los médicos era ya, más que un enfermo, un tratado
-de Patología interna escrito en lengua que no podían traducir. Los
-síntomas de hoy desmentían los de ayer, y los tratamientos variaban
-cada mes. Ya, suponiendo desórdenes en la nutrición, se combatían en
-él los principios de una diabetes; ya, observando graves fenómenos
-cardiacos, se atacaba el mal en el terreno de la circulación. Declaróse
-luego la nefritis, y más tarde vino á manifestarse la hemoptisis con
-lesión grave en el vértice del pulmón derecho. Cualquiera que la causa
-fuese, ello es que Pepe se desmejoraba de día en día. Su rostro era
-terroso, sus fuerzas inferiores á las de un niño, su voz cavernosa, las
-manos le temblaban, y se fatigaba extraordinariamente al andar. En él
-sólo tenía vigor el espíritu, siempre despierto, ágil y diligente en
-las varias faenas á que se entregaba. Bien podíamos creer que el mismo
-entusiasmo de que se poseía prestábale vida artificial, sosteniendo y
-enderezando su cansado organismo, como si le embalsamaran en vida.
-
-Fáltame contar lo más importante, lo más extraordinario y anómalo en
-el carácter de aquel hombre. Lo que voy á decir era una aberración
-moral, indefinible excepción de cuanto han instituído la Naturaleza
-y la Sociedad, pero tan cierto, tan evidente como es sol éste que me
-alumbra. Carrillo me mostraba un afecto cordial. La confusión que
-esto producía en mis ideas no puede ser expresada por mí. No sé si
-agradecía su estimación ó si me repugnaba; no sé si me apoyaba en ella
-como una salvaguardia de mi falta, ó si la maldecía como indigna de los
-dos, y como si á entrambos nos degradara de la misma manera.
-
-Ignoro por qué me quería tanto Carrillo; qué motivos de simpatía
-encontró en mí. Algo debía de influir en ello la insistencia benévola
-con que yo acaloraba su manía anglo-política, refiriéndole anécdotas
-parlamentarias, describiéndole las sesiones de los Pares y Comunes,
-el local, las costumbres, la manera especial de discutir de aquella
-gente; hablándole de la peluca del _speaker_, del modo de votar, del
-familiar tono que usan, y haciéndole, por fin, semblanzas tan exactas
-como podía de lord Beaconsfield, Bright y otros afamados oradores.
-¡Cuántas veces, después de una crisis de dolores horribles, extenuado
-de fatiga, mas sin poder dormir, no tenía el infeliz otro consuelo
-que conversar conmigo de aquellas cosas tan de su gusto! Su mano en
-mi mano, sus ojos en mi cara, hacíame preguntas, y jamás se hartaba
-de mis respuestas. Yo hacía un gran sacrificio de tiempo y de humor
-por agradarle, y me estaba las horas muertas, charla que te charla,
-viéndome obligado á sacar algo de mi cabeza, pues la verdad se me iba
-agotando. ¡Cómo saboreaba él las preciosas noticias! El banquete del
-lord Corregidor fué de las cosas que le conté con todos sus pelos y
-señales, pues tuve el honor de asistir al de 1877. Y después, ¡cuánto
-detalle! Gladstone, en la sesión de los Comunes, se sonaba con
-estrépito en un gran pañuelo de colores. Disraeli no cesaba de meterse
-pastillas en la boca. Parnell usaba siempre un gabán color de pasa y
-sombrero blanco de castor... Luego tirábamos á lo sublime. ¡Qué país
-aquél! ¡Y pensar que allí no había Constitución escrita, en forma una
-y doctrinal, sino leyes sueltas y usajes, algunos del tiempo de los
-normandos! En cambio aquí salimos á Constitución por barba, y somos
-casi salvajes, parlamentariamente hablando... Yo me cansaba al fin de
-tanto anglicanismo; pero él no, y me retenía con dulzura siempre que
-hacía propósito de marcharme.
-
-Hablando con toda verdad, diré que yo no deseaba su muerte. No sé lo
-que habría ocurrido si su existencia me hubiera ofrecido verdaderos
-obstáculos. Pero si no deseaba su muerte, contaba con ella, teníala
-por inevitable dentro de un plazo más ó menos largo. Cuando Eloísa
-y yo, en el rodar vagabundo de nuestras conversaciones íntimas, nos
-encontrábamos enfrente de los males de Pepe, pasábamos, como sobre
-ascuas, sobre tema tan delicado. Inquietos ambos, nos evadíamos en
-busca de otro asunto, cada cual por su lado. Ninguno de los dos
-habló nunca de su muerte, aunque la considerábamos indudable. Y le
-compadecíamos con toda sinceridad por su sufrimiento, y si hubiera
-estado en nuestra mano darle salud y robustez, quizás se la habríamos
-dado.
-
-Pero la idea de la disolución del matrimonio por muerte del marido
-estaba fija en la mente de uno y otro, aunque ninguno de los dos lo
-declarase. Tal idea salía á relucir de improviso cuando hablábamos de
-alguna cosa completamente extraña á la dolencia de Carrillo. Más de
-una vez se le escaparon á Eloísa frases en las cuales, refiriéndose
-á días venideros, iba envuelta la persuasión de ser para entonces mi
-mujer. Hablando una noche de reformas en la casa, se dejó decir:
-
---Porque, mira, yo te podré hacer una gran habitación en el piso bajo,
-comunicándolo con el alto por medio de una magnífica escalera de nogal,
-como la que hay en casa de Fernán-Núñez para bajar al cuarto del duque
-y á la famosa estufa.
-
-
-
-
-XI
-
-Los jueves de Eloísa.
-
-
-I
-
-Una vez por semana, Eloísa daba gran comida, á la que asistían diez
-y ocho ó veinte personas, pocas señoras, generalmente dos ó tres
-nada más, á veces ninguna. No gustaba mi prima de que á sus gracias
-hicieran sombra las gracias de otra mujer, inocente aprensión de la
-hermosura, pues la competencia que temía era muy difícil. La etiqueta
-que en los llamados _jueves de Eloísa_ reinaba, era un eclecticismo,
-una transacción entre el ceremonioso trato importado y esta franqueza
-nacional que tanto nos envanece no sé si con fundamento. Eran más
-distinguidas las maneras que las palabras. El ingenio resplandecía
-en los dichos; mas á veces, con ser copioso y chispeante, no bastaba
-á encubrir la grosería de la intención. Allí se podían observar, con
-respecto á lenguaje, los esfuerzos de un idioma que, careciendo de
-propiedades para la conversación escogida, se atormenta por buscarlas,
-exprime y retuerce las delicadas fórmulas de la cortesía francesa, y no
-adelantando mucho por este lado, se refugia en los elementos castizos
-de la confianza castellana, limándoles, en lo posible, las asperezas
-que le dan carácter. Esta admirable lengua nuestra, órgano de una raza
-de poetas, oradores y pícaros, sólo por estos tres grupos ó estamentos
-ha sido hablada con absoluta propiedad y elegancia. Las remesas de
-ideas que anualmente traemos en nuestro afán de igualarnos á las
-nacionalidades maduras, no han encontrado todavía fácil expresión en
-aquel instrumento armoniosísimo, pero que no tiene más que tres cuerdas.
-
-Hice esta observación en casa de mi prima, oyendo hablar de tan
-distintas maneras, pues unos arrastraban y descoyuntaban las frases de
-estirpe francesa, impotentes para darles vida dentro de la sintaxis
-castellana; otros, despreocupados, lanzaban á boca llena las picantes
-frases castizas, que, por arte incomprensible, nacen hoy en el
-populacho y se aristocratizan mañana. Ciertas bocas las pulen, las
-redondean, como hace el mar con los pedazos de roca; otras las endulzan
-ó confitan, y ya parecen menos rudas sin haber perdido su gracia. De
-este lento trabajo se va formando en el arpa de nuestra lengua la
-cuarta cuerda, ó sea la de la conversación fina, que hoy suena un poco
-ronca, pero que sonará bien cuando el tiempo y el uso la templen.
-
-Tengo tan presentes los detalles todos de aquellas reuniones, que bien
-podría describirlas minuciosamente si quisiera. Pero por no aburrir á
-mis lectores con lo que no les importa, seré breve, escogiendo, entre
-todo lo que revive en mi mente, lo más adecuado á la inteligencia
-de los casos que refiero. De las comidas, retengo todo con pasmosa
-frescura. Paréceme que respiro aquella atmósfera tibia, en la cual
-fluctuaban las miradas de la mujer querida y sus movimientos y el
-timbre de su voz seductora, fenómenos que hasta el otro día se
-prolongaban en mi espíritu como la sensación grata de un sueño feliz.
-Paréceme estar viendo las paredes y las personas y la alfombra y las
-luces en el rato aquél de impaciencia y expectación en que es la hora y
-faltan aún cuatro ó cinco convidados. Carrillo, mirando impaciente su
-reloj, deja escapar alguna frase con la cual al mismo tiempo recrimina
-suavemente á los que tardan y pide excusas á los que esperan.
-
---Este general siempre se atrasa media hora... Sánchez Botín no puede
-tardar. Se separó de mí á las siete para subir un momento á casa de su
-suegra.
-
-Eloísa, sentada junto á la chimenea del primer salón, atisba fácilmente
-á los que van llegando, sin interrumpir su palique con el marqués de
-Fúcar ó con la marquesa de San Salomó. Como la puerta que va del primer
-salón á la sala de juego está enfrente de la que comunica ésta con la
-antesala, siempre que se oye el suave gemido de la mampara de cristales
-con visillos rojos, mi prima echa ligeramente hacia atrás el cuerpo
-contra el respaldo del sillón, vuelve la cabeza y ve quién entra.
-
-Por fin Carrillo transmite sus órdenes por el timbre eléctrico. Al
-poco rato aparece en la puerta del comedor, poniéndose con oficiosidad
-los guantes de hilo, el maestresala M. Petit --aquel ingenioso francés
-que después de haber rodado durante el verano por las fondas de todos
-los establecimientos balnearios y de haber lucido su estampa en
-el mostrador de algún comedero de ferrocarril, se pasa el invierno
-sirviendo temporalmente en las grandes comidas de las casas ricas de
-Madrid, ó que lo aparentan--, y pronunciando el sacramental _madame est
-servie_, comienza el desfile. Eloísa se agarra al brazo del marqués de
-Fúcar (por ejemplo) y rompe plaza...
-
-Se me figura estar oyendo el bulle-bulle de las ochenta patas de sillas
-rascando ligeramente la alfombra gris perla, y ver á los criados
-ajustarse apresuradamente los guantes, mientras desfilamos y ocupamos
-nuestros asientos. Aquel primer envite de la comida, que se acerca como
-un monstruo que viene á apoderarse de nuestro organismo; aquel vaho
-de la sopa _bisque_, picante como un demonio, ¡qué felices anuncios
-traen de la sesión gastronómica! Presentes tengo los incidentes de la
-conversación, que empieza grave, se anima, se fracciona, es á cada
-instante más viva, menos culta y aseñorada; aspiro la fragancia de los
-ramos y ramitos que adornan la mesa y nuestras solapas, olor de vegetal
-flácido que se aja por momentos entre el vapor de la comida y bajo
-aquella lluvia de luz que desciende de los mecheros de gas; oigo á mi
-espalda el chillar de las botas de los criados que nos sirven, y me
-mareo de aquel escamoteo de platos delante de mí, del rielar de copas,
-de lo que hablamos, de las bromas, ya cultas é inocentes, ya galanas
-en la forma y groserísimas en el fondo. Las caras aquéllas, las diez y
-ocho ó veinte cabezas, ¿cómo se pueden olvidar? Figúrome que las veo
-todavía en su inquietud discreta, ojos que nos miran y se vuelven
-y llevan la idea de una persona á otra, el hilo de la conversación
-rompiéndose y anudándose á cada instante, las sonrisas disimulando
-las contracciones de la gula. Respecto á los dichos, yo no cesaba de
-recordar la rigidez de las comidas inglesas, en las cuales todo lo que
-se habla podría figurar en el Catecismo. En los festines que refiero,
-mi primo Raimundo hallaba medio de contar cuentos indecentes, con una
-delicadeza de forma y unas perífrasis que hacen de él un verdadero
-maestro en arte tan difícil.
-
-En lo que sí se parecen estas comidas á las inglesas es en que las
-señoras hacen del pleonasmo del escote una pragmática indispensable.
-Eloísa, en sus jueves famosos, no se paraba en barras, quiero decir,
-en carne de más ó de menos. Generalmente vestía con sencillez, siempre
-que por sencillez se entienda poca tela de medio cuerpo arriba. La
-originalidad era su fuerte. Un jueves me sorprendió á mí y á todos
-con el traje más lindo, más caprichoso y temerario que se podría
-imaginar... Pero recuerdo ahora que no fué en su casa, sino en un
-gran sarao del palacio de Gravelinas, donde se nos presentó vestida
-totalmente de encarnado, el cuerpo de terciopelo, la falda de raso,
-medias y zapatos también de color de sangre fresca, y para que nada
-faltara, mitones de púrpura. Sólo una belleza de primer orden, de
-esas que dominan todo lo que se ponen, habría podido salir triunfante
-de tal prueba, envolviéndose en ascuas de los pies á la cabeza. Fué
-general la admiración, y yo no fuí el menos sorprendido, porque aquella
-misma mañana me había dicho que no pensaba estrenar más vestidos ni
-inventar rarezas. Dejando á un lado esta contradicción, diré que Eloísa
-deslumbraba: no se la podía mirar sin plegar ligeramente los ojos.
-Su hermosura, sometida á la prueba de aquella calcinación en crisol
-ardiente, triunfaba de las llamaradas del rojo, y aparecía sublimada y
-purificada. Su mirar era como un extracto sutil, alcohol dulcísimo que
-se subía á la cabeza y hacía en ella mil diabluras. No quiero decir
-nada del escote, á quien la coloración chillona del rojo daba más
-realce. En su ridículo entusiasmo, un revistero de salones me decía
-que aquella carne de Paros, aquel mármol vivo, no tenía semejante, y
-que Fidias y el Hacedor Supremo habrían disputado sobre cuál de los
-dos lo había hecho. Vamos, que reñían y se tiraban á la cabeza los
-trastos de crear... Yo, como dueño de aquella carnicería marmórea, no
-la veía con gusto tan publicada. Pero el maldito revistero no cesaba
-de hacer paradojas, que al día siguiente ponía en los periódicos. «Era
-un demonio celestial, el _ángel del asesinato_, serafín que había
-encargado á Worth un vestido hecho con brasas del Infierno... ¿Para
-qué? Para divertir á los Santos en el Carnaval del Cielo... Su cuello
-ostentaba una constelación...» A esto de la constelación démosle
-su nombre verdadero. Era una hermosa _rivière_ de treinta y seis
-_chatones_ que yo había regalado á Eloísa, y que me ocasionó (todo se
-ha de decir) una disminución de cinco mil duros en mi cuenta corriente
-del Banco de España.
-
-Volvamos á mis jueves, quiero decir, á los jueves de la otra. Todos
-los amigos de la casa admiraban á Eloísa, y aun diré que se pirraban
-por ella. La atmósfera caldeada de la galantería que todos, hombres y
-mujeres, respiran en tal género de vida; el constante incitativo del
-mucho y refinado comer y beber; el efecto de narcotización que en el
-espíritu van produciendo á la larga las mentiras de la cortesía, todas
-estas causas, y aun la obsesión material de la seda y el oro y el arte
-suntuario, embotan el sentido moral del individuo y le inutilizan para
-apreciar clara y derechamente el valor de las acciones humanas. En tal
-ambiente, hasta los más sanos concluyen por acomodarse al principio de
-que las buenas formas redimen los malos actos. No había, pues, entre
-los amigos de la casa, uno solo que no codiciara lo que me pertenecía
-de hecho. No había uno tal vez que no soñara con el ideal delicioso de
-pegársela al amigo y suplantarle. Robar lo robado nunca se consideró
-delito. Eloísa y yo no teníamos derecho á quejarnos de este asalto
-general de intenciones que nos amenazaba sin tregua. La falsedad de
-mi terreno me tenía en ascuas. Inquieto y receloso, vigilaba con cien
-ojos, y tomaba acta de las más leves cosas, suponiéndolas indicios de
-que alguien ganaba un palmo de terreno que yo perdía.
-
-Pero, en realidad, no tenía motivos de queja. Mi prima, entre aquella
-turba de amigos entusiastas y apasionados, guardábame una fidelidad que
-habría sido virtud muy hermosa, si la tal fidelidad no viniera á ser
-una medalla en cuyo reverso estaba la traición.
-
-Eloísa les trataba con arte admirable, siempre dulce y cariñosa,
-empleando reservas delicadas que olían á virtud, imitándola, como
-los artículos de perfumería imitan la fragancia de las flores. Para
-todos tenía una palabra bonita: era jovial ó seria, según los casos;
-compadecía al enamorado, paraba los pies al atrevido, mostrando
-constantemente cierta dignidad y señorío que me encantaban.
-
-
-II
-
-Ningún día de gran comida dejó Eloísa de sorprendernos con alguna
-novedad, añadida á las riquezas de su bien puesta casa. Aquella noche
-(una de tantas), al entrar en el segundo salón, ví dos personas, cuyo
-rostro, facha y traje parecían completamente anómalos en tal sitio.
-Eran dos pinturas: la una de Domingo, la otra de Sala. Mi prima las
-había adquirido aquella semana, y no me había dicho nada para darme
-la gran sorpresa en la noche del jueves. Habíalas colocado á los dos
-lados de la puerta que comunicaba el salón con su gabinete, y puso ante
-cada una un reflector con vivísima luz, que, iluminando de lleno las
-figuras, las hacía parecer verdaderas personas. Ambas eran de tamaño
-natural y de más de medio cuerpo. La de Domingo era un viejo, un pobre,
-quizás un cesante, vestido de tela gris, arrugado el rostro, plegados
-los ojos. Creeríase que la luz del reflector ofendía su cansada vista,
-y que nos miraba con displicente miopía, ofendido y cargado de nuestro
-asombro. Porque no ví jamás pintura moderna en que el Arte suplantara
-á la Naturaleza con más gallardía. El toque era allí perfecto símil
-de la superficie de las cosas, y se veía que, sin esfuerzo alguno,
-el pincel, convertido en poder fisiológico, había hecho la carne, la
-epidermis, el músculo, los cañones de la mal rapada barba, el pelo
-inerte, y, por fin, el destello y la intención de la mirada. Aquel
-mismo toque habilísimo era luego la lana y el algodón de la ropa, la
-seda mugrienta del fondo.
-
---Esto ya no es pintar --decía Eloísa, sacando las cosas de quicio--:
-es hacer milagros.
-
-La figura de Sala era una chula. Contemplándola, todos nos reíamos, y
-á todos se nos avispaban los ojos. Los suyos parece que bebían de un
-sorbo la luz del reflector y nos la devolvían en una mirada dulce y
-llena, significando con ella un _atrévanse ustedes_. Su tez pura, su
-entrecejo irónico indicaban tal vez que era una gran señora disfrazada.
-El traje, el pañuelo por la cabeza y mantón de Manila podrían
-suponerse antojo de un momento para _encaprichar_ la hermosura noble
-revistiéndola de las gracias populares. No era una ficción, era la vida
-misma. Sin duda iba á dirigirnos la palabra. Nos sonreíamos con su
-sonrisa; nos sentíamos mirados por ella, la conocíamos y la tratábamos.
-¡Que una superficie cubierta de colores viva y aliente así!... Eloísa
-no cesaba de decir, gozando en nuestra admiración:
-
---¡Qué alma tiene!
-
-La dama enchulada y el viejo pobre fueron el éxito de aquel jueves,
-como en el precedente lo habían sido dos tapices antiguos, cartones de
-Brueghel, que decoraban el comedor. Pero dejemos las cosas que parecían
-personas, y vamos á las personas que parecían cosas. Uno de los
-principales devotos de mi prima era el marqués de Fúcar. A cada lado de
-la chimenea del segundo salón había tres sillones, uno de los cuales
-ocupaba Eloísa. El inmediato se le reservaba al marqués, y respetando
-este derecho consuetudinario, cualquiera que lo ocupara se lo cedía
-en cuanto él entraba. Era Fúcar bastante viejo; pero se defendía bien
-de los años y los disimulaba con todo el arte posible. Era abotagado,
-patilludo, de cuello corto, y parecía un cuerpo relleno de paja por su
-tiesura y la rigidez de sus movimientos. Se teñía las barbas; y como
-los tiempos no consienten la ridiculez de la peluca, lucía una calva
-pontifical. Demostraba Fúcar á la señora de Carrillo una como adhesión
-caballeresca. A veces, la edad caduca pesaba en su ánimo lo bastante
-para convertir aquella devoción en una especie de cariño paternal,
-traduciéndose en consejos galantes antes que en galanterías. Muy á
-menudo y cuando parecían más interesados en una conversación frívola,
-trataban de negocios. Eloísa, que empezaba á pensar mucho en los
-fabulosos aumentos que ciertos hombres de pesquis dan á su capital en
-poco tiempo, arrastraba la conversación de Fúcar hacia aquel terreno.
-
---Diga usted, marqués, ¿venderé las _Cubas_ para comprar ese
-Amortizable que ha inventado Camacho?
-
-Esta y otras cláusulas parecidas sorprendí más de una vez al acercarme
-al grupo.
-
-Fúcar se reía, y después de bromear un poco le aconsejaba lo que creía
-más conveniente.
-
---Oiga usted, marqués: ¿quiere usted hacerme _dobles_ por cinco ó
-seis millones nominales? ¿Quién es su agente de Bolsa?... Este tonto
-(dirigiéndose á mí) no quiere ir á la Bolsa. Quita allá... No tienes
-iniciativa, no tienes ambición. Podrías duplicar tu capital en poco
-tiempo si fueras otro.
-
-El marqués echábase á reir, y mirándome...
-
---Aprenda usted, niño --me decía--. Esto se llama navegar en golfos
-mayores.
-
---Marqués --proseguía ella--, me voy á tomar la libertad de hacerme su
-socio. ¿Quiere usted que le dé diez mil duritos para que me los ponga
-en las contratas de tabacos? ¿Qué rédito me dará?
-
---¡María Santísima! ¡qué mujer! --exclamaba Fúcar con alarma jocosa--.
-Eloísa, me compromete usted...
-
---O si no, me los pone en un préstamo del Tesoro.
-
---Si el Tesoro no pide ya prestado, hija mía. Eso cuando tengamos otra
-guerra civil.
-
---Pues en las contratas de tabacos. ¿A ver? ¿qué rédito?
-
---Creerá usted que las contratas... --gruñía el marqués fluctuando
-entre las bromas y las veras.
-
---No haga usted caso, marqués --indiqué yo--. Estas mujeres ven todo
-con la imaginación. Desconocen la Aritmética: lo único que saben de
-ella es multiplicar.
-
---Sí: las contratas dan muchos millones.
-
---¿Qué le parece á usted? --decíame Fúcar sin poder contener la risa--.
-Me va á descubrir. Me saca los colores á la cara. Aprenda usted, niño,
-aprenda. ¡Contratas de tabacos!... Corriente: al año le devuelvo á
-usted los diez mil duritos duplicados... Pero me ha de prometer usted
-que con ese dinero fundará un _Hospital para fumadores desahuciados_.
-
-La risa del prócer llenaba el salón. Aun los que no podían oir lo que
-decía celebraban su gracia. Fúcar era allí muy popular; y envanecido de
-ello, gustaba de oirse, hablando, y se enojaba cuando le contradecían.
-Conmigo tenía deferencias cariñosas. Una noche, apartándome de un
-corrillo de los que allí se formaban, me acorraló contra un mueble para
-decirme en secreto:
-
---_Traviatito_, es preciso que se dedique usted á los negocios para
-tener contenta á la señora. No se fíe usted del amor puro. La señora
-tiene los espíritus muy metalizados. Me ha preguntado lo que es
-_comprar á plazo_, en _voluntad_ y en _firme_. He tenido que darle una
-lección de cosas de Bolsa, sin olvidar las triquiñuelas del oficio...
-Mucho ojo, que la señora piensa demasiado en el dinero. No se envanezca
-usted, y créame: aumente su capital, si puede, no sea que alguno le
-desbanque. Usted vale mucho; pero no hay que fiarse, pues se dan
-casos...
-
-Otro de los asiduos era el general Morla, hombre muy ameno, verdadera
-enciclopedia histórico-anecdótica de Madrid desde el año 34 hasta
-nuestros días. Tenía la memoria más prodigiosa que cabe en lo humano:
-recordaba la primera guerra civil, toda la historia política y
-parlamentaria y toda la chismografía del siglo. Había sido ayudante
-del general don Luis de Córdova, luego compañero íntimo de Narváez,
-y por fin inseparable amigo de don José Salamanca, cuyos arranques
-geniales elogiaba á cada instante. Los motivos secretos de los cambios
-políticos en el anterior reinado los sabía al dedillo, y las paredes de
-Palacio eran para él de una transparencia absoluta. De las infinitas
-trapisondas privadas que amenizan la vida de Madrid, ninguna se le
-había escapado. No necesitaba esforzarse para satisfacer todas las
-dudas, pues el archivo de su memoria, admirablemente catalogado, le
-suministraba sin demora el dato, la noticia ó enredo que se le pedía.
-Cuando nos contaba algún lío, hacía mención de la calle, el número
-de la casa, el piso; nombraba las personas todas de la familia, y si
-no le cortaban el hilo, refería los belenes del padre ó la madre en
-la generación anterior. Este narrador entretenidísimo era quizás el
-maestro más grande del arte de la conversación que he visto en España.
-Cuando se muera no quedará nada de él, pues jamás ha escrito cosa
-alguna. Le incitamos á escribir sus memorias, que serían el más sabroso
-y quizás el más instructivo libro de la época presente; pero él se
-excusa de hacerlo con la pereza y con su poca habilidad de escritor.
-En efecto: los grandes conversacionistas rara vez aciertan á interesar
-cuando escriben.
-
-Eloísa atendía y agasajaba mucho al anciano general, uno de los
-primeros favoritos de la casa. El jueves que faltaba era un jueves
-soso y desgraciado. A menudo se formaba en torno á él, en la sala de
-juego, corrillo de hombres solos, que era un verdadero festín de la más
-sabrosa comidilla. Salía uno de allí con la cabeza dulcemente mareada,
-como cuando se ha bebido mucho y bueno, y se adquiría de la humanidad
-idea semejante á la que tenemos de la salud después de haber hojeado un
-Diccionario de Medicina.
-
-La chismografía del general Morla era puramente histórica. Rara vez
-despellejaba á las personas que estaban aún en activo. Otro amigo de la
-casa, á quien no nombro, tenía la especialidad de cebarse en la carne
-viva, prefiriendo la de los allegados y presentes. Severiano Rodríguez
-le llamaba el _Saca-mantecas_, porque se sorbía las reputaciones
-crudas. Era persona de intachables formas. En la conversación general,
-bromeando con Eloísa ó sus amigas, daba mucho juego. Su galantería
-exquisita y refinada encantaba á las damas. Había tenido buena figura,
-y aún conservaba restos de ella, presumiendo de ojos vivaces, de un
-busto airoso y de pie pequeño. Sin duda daba mucha importancia á su
-bigote y su mosca, que, con las canas, habían venido á ser de un rubio
-ceniciento. Lo que más me cargaba en aquel hombre era que, al entrar
-en cualquier local, echaba miradas furtivas á los espejos para verse y
-admirarse. Gozaba fama de afortunado en faldas; pero tenía ya un par de
-desventajas casi insuperables: su edad que frisaba en la vejez, y su
-falta de dinero. Era uno de los hombres más entrampados de la creación,
-y vivía perseguido sin tregua por diferentes espectros en forma de
-cobradores de tiendas. Oí contar que sólo en el ramo de perfumería
-debía sumas fabulosas.
-
-Cuando hacía corrillo, no perdonaba nada. Más de una vez hizo disección
-horrorosa de la pobre marquesa de San Salomó, que no distaba veinte
-pasos del lugar de la hecatombe. De Eloísa y de mí, ¿qué no diría?
-Severiano me contaba horrores, vomitados por el _Saca-mantecas_ á poca
-distancia de nosotros. Tales cosas, por la exagerada malicia y la
-mentira que entrañaban, no ofendían como cualquier verdad secreteada
-con palabras ambiguas. «Que yo estaba ya tronado; que Fúcar era el
-que pagaba; que Manolito Peña estaba en camino de ser mi sucesor en
-la plaza de amante de corazón...» Tales majaderías sólo merecían
-desprecio. Lo más gracioso era que el _Saca-mantecas_ había hecho
-el amor á Eloísa; habíala acosado, durante una temporadilla, con
-declaraciones ardientes, en las cuales lo rebuscado de las cláusulas
-no ocultaba lo repugnante del desvarío senil. Ultimamente, el despecho
-le había vuelto un tanto fosco. Se hacía el interesante, presentándose
-con cara de hastío. Saludaba ceremoniosamente á Eloísa, al entrar,
-dándole la mano con brazo muy corto. Jugaba al juego del desdén el muy
-mamarracho. Bien lo conocía ella y bien se reía de él. Cuando Severiano
-ó algún otro amigo interrogaban al _Saca-mantecas_ sobre su actitud
-displicente, respondía, inflándose mucho:
-
---Es que yo me he vuelto ya antidinástico.
-
-¡Y para dar lugar á tales anomalías; para vivir constantemente
-acechada, escarnecida, solicitada y requerida, se sacrificaba mi prima
-á una etiqueta que no vacilo en llamar _cursi_, pues era una mala
-imitación de la ceremoniosa, natural y no estudiada etiqueta de las
-pocas grandes casas que tenemos! ¡Y se gastaba tontamente su caudal,
-aparentando un bienestar que no poseía, ostentando un lujo prestado
-y mentiroso! ¡Y todo por tener una corte de aduladores y parásitos!
-¡Comedia, ó mejor, aristocrático sainete! Yo lo presenciaba aquellos
-días, y aún no me daba cuenta, por la embriaguez que narcotizaba mi
-espíritu, de lo absurdo, de lo peligroso, de lo infame que era.
-
-He dado á conocer algunas de las principales figuras de aquellos
-dichosos jueves. Aún faltan bastantes. Entre éstas no merece
-preterición una que, como sombra errante, iba de aquí para allí,
-atendiendo á todos, diciendo á cada cual una palabra agradable,
-jovial con éste, con aquél grave, tocando las distintas cuerdas de
-la conversación según el diferente ritmo de cada uno. Era un hombre
-enfermo, consumido, lastimoso; era Carrillo, el dueño de la casa,
-tan atento á sus deberes y tan esclavo de las reglas de la etiqueta,
-que se le veía luchando angustiado con su debilidad para estar en
-todo y cumplir correctamente hasta la hora del desfile. Y tan rápida
-era su decadencia, que cada jueves parecía estar peor que el jueves
-precedente. Daba lástima verle. Un sudor se le iba y otro se le venía.
-Sin voz ni aun fuerzas para tenerse de pie, quería obsequiar á Fúcar
-con un dicho de negocios, á otro con una frase política, á éste con
-una indicación literaria, á aquél con un tema de _sport_. Sus propias
-aficiones no se le quedaban en el tintero, y le veíamos sacar del
-pecho con fatiga jirones de aliento para explicar los triunfos de la
-_Sociedad de niños_.
-
-Cuando ya era tarde y se le veía ¡pobrecito! haciendo los imposibles
-por sostenerse en su terreno, Eloísa se iba hacia él, cariñosa, y le
-hacía mimos de mamá, incitándole al descanso.
-
---Retírate, Pepe, no te fatigues. Estás haciéndote el valiente, y no
-puedes, hijo mío, no puedes. El calor te hace daño, la conversación te
-marea. Te conozco que tienes dolor de cabeza y que lo disimulas. ¿Por
-qué eres así? A mí no me engañas: tú padeces y callas. Retírate. José
-María y yo iremos después á hacerte compañía si estás desvelado.
-
-Pepe no obedecía. Aun se enojaba un poco, no queriendo que su mujer ni
-nadie dudasen de las fuerzas que no tenía. Era como los ciegos que se
-empeñan en ver y se amoscan cuando alguien sospecha que ven poco. Era
-como los sordos que no confiesan nunca que oyen mal y equivocan todas
-las palabras. Contra las advertencias de Eloísa, quería estar en su
-puesto hasta el fin, ser obsequioso con todos, y oponerse enérgicamente
-á que alguno se aburriera. Siempre estaba dispuesto á hacer la partida
-de _whist_ ó tresillo, ó bien á aguantar el chorretazo de ciencias
-sociales con que se desahogaba un sabio impertinente de quien todo el
-mundo huía como de la peste.
-
-Una noche Fúcar me tocó en ambos brazos, y acorralándome, como de
-costumbre, contra la pared, me dijo:
-
---Hola, _Traviatito_: escúcheme usted un momento. ¿Sabe usted que el
-pobre Pepe está muy malo? Ese hombre no llega al verano... Pero voy á
-otra cosa. Temo mucho que el _crac_ de esta casa venga más pronto de
-lo que creíamos... Lo he sabido hoy por una casualidad. Han tomado
-dinero, no sé bien la cifra, hipotecando la _Encomienda_, esa hermosa
-finca del Barco de Avila. No podía ser de otra manera. Esta gente no ha
-podido apartarse de la corriente general, y gasta el doble ó el triple
-de lo que tiene. Es el eterno _quiero y no puedo_, el lema de Madrid,
-que no sé cómo no lo graban en el escudo, para explicar la postura del
-oso, sí, del pobre oso que _quiere_ comerse los madroños, y por más que
-se estira, no _puede_, ¿qué ha de poder?... Porque verá usted. Estas
-_juergas_ de los jueves cuestan mucho dinero. Ojo al oso, niño, que, al
-paso que vamos, la _débâcle_ no tardará.
-
-Sentí escalofríos al oir esto. Yo lo sospechaba, mejor dicho, lo sabía;
-pero en el atontamiento estúpido en que me tenían el amor y la vanidad,
-no paraba mientes en ello. La idea de que Eloísa hablase más ó menos
-afablemente con el general Chapa (otro tipo de quien hablaré pronto),
-absorbía por entero mi atención. Mucho extrañaba que la pícara no me
-hubiese dicho nada del préstamo con hipoteca de la _Encomienda_. Era
-preciso hablar de esto... Pero sigamos con los jueves.
-
-
-III
-
-Al siguiente nos sorprendió Eloísa con otra novedad (pues cada uno de
-estos interesantes días traía su sorpresa): un proyecto hermoso, una
-colosal reforma que iba á emprender en su palacio para ensancharlo y
-mejorarlo. Por los planos que enseñaba á todos los amigos, se veía
-que la obra era tan sencilla como grandiosa. Vais á verla. Consistía
-en poner al patio una cubierta de cristales, haciendo de él un salón
-espléndido, algo como la famosa estufa de Fernán-Núñez. La imitación
-de las grandes casas y el afán de rivalizar con ellas, era la demencia
-de mi prima... Sigamos con la reforma. Cubierto de cristales el patio,
-lo llenaría de plantas soberbias, latanias, rododendros, azaleas,
-araucarias, helechos arborescentes; cubriría las paredes con tapices, y
-para remate y coronamiento de tan bella obra, había discurrido llamar
-en su auxilio á uno de nuestros artistas más ingeniosos y originales.
-Sí: Arturo Mélida le pintaría la escocia, una escocia monumental,
-una obra no vista, lo más elegante, lo más inspirado que se podría
-imaginar. Eloísa daba cuenta de ella como si la estuviera viendo. El
-día anterior había convidado á comer al célebre arquitecto, pintor,
-escultor y dibujante, el cual le había explicado su idea. Sería una
-procesión de figuras helénicas representando todos los ideales del
-mundo antiguo y los prodigios del moderno: la Filosofía peripatética
-y el Teléfono de Edison, las Matemáticas de Euclides y la Educación
-física de Spencer, el Osiris egipcio y la Vacuna de Jenner, la
-Geografía de Herodoto y el Cosmos de Humboldt, el barco de Jasón y el
-acorazado de Zamuda, los Vedas y el Darwinismo, Euterpe y Wagner...
-
-Eloísa daba cuenta de la obra, cual si la estuviese viendo, aunque
-equivocaba las citas, por no ser muy fuerte su erudición. Se me figuró
-que echaba chispas como un cuerpo electrizado. Le tomé el pulso, y...
-pueden creerme, tenía calentura. La pluma misteriosa se le atravesaba
-en la garganta, haciéndole tragar mucha saliva. En toda la noche no
-habló de otra cosa. Hubiera deseado hacer la reforma en un día, y que
-el gran artista se la pintara en unas cuantas horas por arte mágico.
-
---Será una maravilla --dijo Manolito Peña--. Veremos aquí las _Mil y
-pico de noches_.
-
-Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su
-mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán,
-y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque
-sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas,
-que entusiasman á las señoras de la tribuna de _idem_. Él y Gustavo
-Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más
-alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados.
-Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado
-en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse
-platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que
-no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba
-resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había
-reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y más
-encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico; pero se
-trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más radicales
-que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba en su
-conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con él
-preferencias que hacían poner el paño en el púlpito al _Saca-mantecas_.
-
-El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los cuarenta
-años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar, me
-apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos;
-entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en
-1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba
-fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo,
-caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy
-buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por
-culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no
-eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo
-como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con
-delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas
-no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro
-y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones
-que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é
-hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su
-vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á
-la marquesita de Casa-Bojío.
-
-El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba ningún
-jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á veces á
-sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para divertir
-á la gente; y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su
-espíritu, no había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general,
-la vanidad y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo.
-Sus teorías ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente
-de su escogido público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las
-paradojas salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de
-aquel fárrago de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo
-de perspicacia que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social,
-lo esclarecía con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia
-despedía una claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero
-con ella se veía siempre algo, á veces mucho.
-
-Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente
-general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el
-sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el
-panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe
-II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una
-buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una
-noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y
-vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero.
-¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde
-los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia!
-Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso
-de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas
-tenían al dinero una ojeriza especial de raza. ¡Ah! sí: al contrario
-de ciertos perros, que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los
-poetas ladran siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador
-pasó revista á las comedias en que se pone de vuelta y media á los que
-tienen cuartos, ensalzando á los pobres.
-
---Porque, fijarse bien --decía--: en la conciencia general se asocian
-las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia
-en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por
-herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que
-el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por
-eso no la quiero escribir...
-
-Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su antojo
-con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de nuestro
-decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de las
-cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que
-es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable,
-la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago
-es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre
-base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo XIII
-viene haciéndose entre nosotros una propaganda cargantísima contra el
-comer. La caballería andante primero y el misticismo después han sido
-la religión del ayuno, el desprecio de los intereses materiales. Ya
-tenéis aquí un principio de muerte; ya tenéis atrofiado uno de los
-principales nervios del poder de una nación: la propiedad. No dicen
-_la propiedad es un robo_, como los socialistas modernos; pero les
-falta poco para decir que es pecado. La caballería funda la gloria en
-no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La mayor riqueza es
-ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En fin, estupideces, y
-por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que entonces se llamaba
-el _Demonio_, es lo que nosotros llamamos _jabón_. Todos los desprecios
-acumulados sobre la propiedad, sobre el buen comer y la cómoda
-satisfacción de las necesidades de la vida, vienen á reunirse sobre
-la infeliz moneda, á quien se mira como el origen de todos los males.
-Los que durante una vida de trabajo se han hecho ricos, concluyen por
-arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones pías. El orgullo está
-en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir limosna. Jamás se ofrecen
-como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo, sino la miseria, el desaseo y
-la sarna. No hay un santo en los altares que no haya ido allí por haber
-cambiado el oro por las chinches.
-
---Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas!
-
-(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.)
-
---Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos,
-los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la
-suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber
-agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra,
-comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y
-á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio
-y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones... ¿Ustedes no saben
-quiénes son estos caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio,
-conocen la vida de San Pedro Regalado y de otros tales que están en el
-Cielo por predicar que no debíamos comer más que tronchos de berza y
-algún pedazo de suela mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido
-á ser una raza de médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin
-energía moral, ni intelectual, ni física; una raza ingobernable...
-Claro, con la tan ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos
-de pie. Nuestro imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros
-tan frescos. Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo
-á los ricos y arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y
-prosa, hemos dejado perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de
-fantasmas, perversa hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos
-visto la extinción de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno
-siglo XIX, después de haber dormido la mona mística, nos encontramos
-con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos viven bien,
-nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la cuenta de que
-el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de que el lavarse no
-es malo, de que el comer es excelente, y de que las materialidades de
-la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras ellos, queremos comer
-también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes, si hemos perdido la
-fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad han despoblado nuestras
-encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto empeño tenemos en mascar y
-digerir como los demás, que al fin y al cabo... como esto no exige
-largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la
-dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué
-llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil
-de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas»,
-que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una
-torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué
-aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la
-mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de
-repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á
-probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido...
-
-Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio.
-
---Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted!
-
---¡Naturalismo!
-
---Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con
-tenazas lo que dice.
-
-Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo esclarecía
-con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de alcohol,
-vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara contra él
-protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo! Por Dios, ¡qué
-naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos socorridos anatemas
-sirven para todo.
-
-
-IV
-
-Mi tío Rafael iba todos los jueves; pero no estaba á sus anchas, porque
-haciendo gala de conversacionista, la competencia del general Morla,
-que hablaba más que él y era oído con más atención, le abrumaba.
-Cuando aquellas dos aptitudes se ponían frente á frente, era gracioso
-ver cómo se disputaban la palabra, cómo discretamente corregía el uno
-las narraciones del otro. Cada cual se jactaba de saber más que su
-contrario y de poder añadir un detalle estupendo á su relación. Mi tío
-Serafín fué, al principio, algunas veces. A menudo se le encontraba
-dormido en el gabinete de Eloísa. Se aburría, y no teniendo allí
-el amparo de su _carrik_, no podía hacer de las suyas. Como había
-adquirido el hábito de levantarse temprano para ir al relevo de la
-guardia, el buen señor no podía prolongar sus veladas. Retirábase
-casi siempre á cosa de las once, á su casa de la calle de Capellanes,
-vivienda misteriosa y desconocida donde jamás había entrado ninguno de
-la familia, porque él no recibía á nadie ni se dejaba sorprender en su
-intimidad doméstica.
-
-Puntual en las comidas era don Alejandro Sánchez Botín, persona
-antipática, entrometida y de una vanidad pedantesca. Decíase de él que
-no iba allí más que á comer, y que tenía distribuídos los días de la
-semana entre siete casas acreditadas por la habilidad de sus cocineros.
-De este gastrónomo se contaban mil historias ridículas. Llevaba en
-los faldones del frac bolsillos de hule para almacenar allí dulces,
-jamón, fiambre y otras golosinas. Decían que jamás almorzaba; que al
-levantarse se tomaba un gran tazón de agua de malvas, preparándose
-así para el gran hartazgo de la noche. A nadie he visto comer con más
-estudio, ni poner en la comida una atención más respetuosa. Para él, la
-mesa era verdadera _Misa_, el holocausto del estómago. Llegaba en esto
-hasta la mayor grosería, y cuando no ponían _menú_ escrito, preguntaba
-á los criados qué había con objeto de reservarse para lo más de su
-gusto. Muchas veces que le tuve á mi lado, me anticipé á su curiosidad,
-diciéndole con afectada importancia:
-
---Hoy estamos de enhorabuena. Tenemos el famoso _poulard à la Régence_
-y las _bouchées à la Montglass_.
-
-Era un vicioso, al decir de la gente; mujeriego de la peor especie,
-de un paladar sensorio tan estragado como lleno de caprichos. Vivía
-separado de su mujer y tenía muchos cuartos. Tres veces había
-desempeñado en Cuba pingües destinos, y cada vez que volvía con media
-isla entre las uñas, repetía la sagrada fórmula: «España derramará
-hasta la última gota de su sangre en defensa, _etcétera_...»
-
-Me repugnaba aquel hombre, y más aún desde que Eloísa me dijo que le
-hacía el amor con hipócrita misterio y groseras ofertas de dádivas.
-Por no escandalizar no le puse en la calle cuando tal supe. No se me
-ocultaba el desprecio y el asco que mi prima sentía hacia un sujeto
-tan abominable por todos conceptos, y que se hacía además ridículo
-con sus pretensiones de guapeza. Era un viejo verde, que después de
-comer aparecía abotagado, pletórico; y sus ojos vidriosos, grandes,
-muy parecidos á los de los besugos, y tan miopes que los corregía
-con cristales de número muy alto, decían que allí no había más
-que apetitos, usurpando el lugar del alma. Lo mismo Eloísa que yo
-resolvimos echarle, eliminándole con maña de las reuniones; pero él no
-entendía de indirectas, y se pegaba á la casa como una ostra.
-
-Mi tía Pilar no iba nunca los jueves por la noche á casa de su hija. Su
-indolencia crecía diariamente con su torpeza muscular; aborrecía las
-ceremonias, y no se encontraba bien sino en su casa, después de haberse
-zarandeado dos ó tres horas en coche. En su comedor pasaba las veladas,
-dormitando, cuando no iban á hacerle compañía las amigas vecinas: bien
-la de Torres, que vivía en el tercero; bien la de Bringas, que habitaba
-en la inmediata calle de Olózaga.
-
-María Juana tampoco iba á las comidas ni á las tertulias de su hermana.
-No armonizaban aquellas dos cuerdas de son y ritmo tan diferentes. A
-Medina sí le ví algunas noches, no en la comida, sino en la recepción.
-Jugaba al tresillo con mi tío, ó charlaba con Sánchez Botín de cosas
-de política, de asuntos de Ultramar y del poco dinero que iba quedando
-en la famosa Perla de las Antillas. Generalmente se le hacía poco
-caso, y su modestia y cortedad de genio eran tales, que más parecía
-agradecerlo que sentirlo. Hablando conmigo una noche en confianza,
-en un rincón donde nadie nos oía, la cabeza muy alzada para que las
-palabras franquearan mejor el gran espacio entre su pequeñez y mi
-buena estatura, los dos pulgares escondidos bajo las solapas del frac,
-y tocando el piano sobre el pecho con los ocho dedos restantes, el
-buen _ordinario de Medina_ me dijo que no tenía palabras para hacerme
-comprender lo que le cargaban aquellas reuniones; que iba á ellas
-simplemente por hacer el gusto á María Juana, quien le mandaba asistir
-para que le contara todo lo que viese. Sí: al volver á casa, tenía
-que repetir cuanto había oído y hacer descripción circunstanciada de
-personas y cosas, y si se le olvidaba algo ó lo confundía, su mujer
-se impacientaba. Erale odiosísima aquella vida de lisonja y mentira;
-aborrecía las comedias sociales, y adoraba lo positivo, el bienestar
-seguro y sin zozobra. Siendo su sistema gastar siempre menos de lo que
-se tiene, le daba rabia la ceguera estúpida de los que hacen todo lo
-contrario. Nunca le gustó á él _darse pisto_, ni aparecer como sabio ó
-como elegante sin serlo, y se encontraba mal entre personas que están
-sin cesar representando lo que no son y haciendo un papel que no les
-corresponde. Por todas estas razones pensaba decir á su mujer que si
-quería saber lo que allí pasaba, fuera ella en persona, pues él se
-daba de baja, y no volvería á poner sus pies en los salones de Eloísa.
-Aquel hombre juicioso y modesto dejó de favorecernos desde el segundo ó
-tercer jueves.
-
-La pobre Camila no concurría á las fiestas de su hermana por varias
-razones. Importantísima era la de no tener vestidos, es decir, tenía
-uno; pero no era cosa de presentarse todos los jueves con los mismos
-trapitos de cristianar. Otra razón de peso era que, cumplidos los
-vaticinios que indecorosamente nos hiciera el día de la célebre comida,
-allá por Octubre había dado á luz un muchachón, del cual fuí padrino,
-y que tenía todas las trazas de ser tan bruto como su padre. Este fué
-dos ó tres noches á casa de Carrillo; pero se encontraba tan fuera de
-su centro, se parecía tan poco aquel recinto al grosero café donde él
-solía concurrir, que le faltó tiempo para desertar. Era un tagarote
-que no sabía dónde ponerse, ni hallaba con quién hablar, ni él hacía
-más que ir de un lado para otro, aburrido y desconcertado. Sólo en
-el marqués de Cícero hallaba de vez en cuando un punto de apoyo, por
-ser ambos manchegos, cazadores, y tener más ancho el círculo de los
-perdigones que el de las ideas.
-
---¿Y tu mujer? --le preguntaba yo todas las noches.
-
---Bien --me respondía--. Sigue empeñada en no poner ama. Lo cría ella
-misma.
-
-Yo sabía que estaban bastante mal de metálico. Aunque era medio loca,
-Camila me inspiraba algún interés y lástima, y habiendo notado en
-su casa ciertas privaciones, supe valerme de medios delicados para
-socorrer sus faltas y para que mi buen ahijado no estrenase la vida en
-medio del desamparo y la desnudez.
-
-Réstame hablar del marqués de Cícero, tío de Carrillo. Era primo de
-Angelita Caballero, quien le había dejado dos casas y la corona, la
-cual, á su muerte, pasaría á exornar la frente de Pepe y sus herederos.
-Como figura decorativa, pocos hombres he visto más notables que don
-Antonio Alvarez Tuñón y Caballero. Era lo que antes se llamaba un real
-mozo. Mas se podría ofrecer un buen premio á quien probase que existía
-un sér humano de menos sal en la mollera que aquel bendito marqués, á
-quien jamás sorprendió nadie en posesión de una idea. Lo más que hacía
-era repetir mal las ajenas y desfigurarlas. Las suyas versaban siempre
-sobre la adoración de su persona como hombre guapo, y se parecía al
-_Saca-mantecas_ en la fea maña de echar ojeadas á los espejos, para
-gozarse y ponerse muy hueco. Tenía largos y lucidos bigotes, como los
-del general León, á quien sin duda tomaba por modelo. No he visto nunca
-una cabeza más hermosa. Era digna del cincel de Benvenuto y de las
-fábulas de Esopo, por su belleza y su falta de seso. Decía Severiano
-Rodríguez que cuando el marqués hablaba de algo que no fuera caza, _le
-crugía el cerebro_: tan violento esfuerzo tenía que hacer. En distintas
-épocas de su vida le dió por hacerse magníficos retratos que repartía á
-los amigos. En unos estaba con un vestido de caza muy majo; en otros de
-caballero del tiempo de Felipe IV, también de caza, con el lebrel á un
-lado. En los escaparates de un célebre fotógrafo andaba en gran tarjeta
-iluminada y en traje de caballero de Calatrava, con birrete y catorce
-varas de manto blanco. Ultimamente se retrató con un león á los pies.
-No hay que decir que el león era disecado. A todos los amigos dió un
-ejemplar, y recibí el mío con una expresiva dedicatoria. Mucho tiempo
-conservé en mi poder la imagen del prócer cinegético, con el fiero león
-á los pies, hasta que tuve la suerte de que mi tío Serafín me librara
-de ella. Fué la única expoliación de que me he felicitado siempre.
-
-Lo bueno que tenía el marqués era que no murmuraba de nadie. Es que no
-se le ocurría nada que no fuera conversación de perros y de monterías
-antiguas y modernas. Mi tío, él y otro que tal hacían á veces una
-insufrible trinca. Desde tiempos remotos gozaba de un empleo en el
-Ministerio de Estado. Hasta la muerte de la Caballero había sido pobre
-y obscuro, uno de esos aristócratas trasconejados que vegetan en una
-oficina, y no molestan á nadie, ni dan que hacer á los políticos, ni
-meten ruido, ni alardean de linajudos, ni envidian ni son envidiados.
-Aquel bendito debía su insignificancia á la carencia absoluta de ideas,
-á su aspecto agradable y á no tener más pasiones que las inofensivas de
-vestirse bien, cazar y retratarse.
-
-Era muy puntual en las comidas, y no lo hacía mal. Comía y callaba.
-¿Qué diré de los demás aún no designados? Fáltanme espacio y ganas,
-aunque no memoria. ¿Hablaré de Pepito Trastamara, un hominicaco á
-quien yo ponía por ejemplo cuando quería demostrar á Carrillo el vivo
-contraste de nuestra aristocracia con la inglesa? ¡Y sobre el cimiento
-de Pepito Trastamara quería edificar aquel soñador el organismo de los
-lores españoles, el sólido estamento que, enlazado al poder popular,
-forma el más admirable de los sistemas! Allá por el cuarto ó quinto
-jueves nos llevó Carrillo á un joven redactor del periódico de su
-partido. Era un muchacho listo, que pronto sería diputado y metería
-ruido. Hablaba por los codos siempre que encontraba quien le oyera,
-y se sabía al dedillo, casi tan bien como Pepe, todo lo concerniente
-al _Parlamento largo_, al _Bill de derechos_, á las picardías que hizo
-Titus Oates y á otras muchas cosas que traen siempre á mal traer los
-anglómanos.
-
-Después de la comida iban tantos, tantos, que no acertaría á contarlos.
-Ví literatos de varias castas, políticos muy grandes, de cola entera
-como los pianos, de media cola y _piccolos_. Ví académicos que habían
-escrito cosas bellas, y otros que no habían escrito maldita cosa;
-militares en diferentes situaciones, varios artistas, algún diplomático
-extranjero, ministros en activo, entre ellos el de Fomento, amigo y
-paisano mío; ví á Cimarra, que se había reconciliado con su suegro, el
-marqués de Fúcar, y resignádose á que su mujer viviera maritalmente
-en Pau con León Roch; ví tal cantidad de personas y alimañas, que era
-aquello un museo matritense, mejor para apreciado en conjunto que para
-reproducido en sus múltiples, varias y pintorescas partes.
-
-
-V
-
-Supongo que los que esto lean estarán ya fatigados y aburridos de tanto
-y tanto jueves. Pues sepan que mucho más lo estaba yo. Dirélo con
-franqueza: los tales jueves me iban cargando. Aquel sacrificio continuo
-de la intimidad doméstica, de los afectos y la comodidad en aras de
-una farsa ceremoniosa, no se conformaba con mis ideas. Me gustaba el
-trato de mis amigos, la buena mesa en compañía de los escogidos de mi
-corazón, la sociabilidad compuesta de un poco de confianza amable y
-de un poco también de etiqueta, ó sea lo familiar combinado con las
-buenas formas; pero aquel culto frío de la vanidad, quemando incienso
-en el altar del mundo, me lastimaban y aburrían ya. Todo era viento,
-humo y la estéril satisfacción de que se hablara de la casa y del trato
-de ella. En fin, á las diez ó doce semanas ya tenía yo los jueves
-atravesados en el gaznate sin poderlos pasar.
-
-Eloísa también se me manifestó algo cansada; pero el respeto al
-maldito _qué dirán_ impedíale suspender repentinamente las grandes
-comidas. La idea de que se susurrase _que estaba tronada_ la ponía en
-ascuas, quitándole el sueño. Y si mi orgullo se sentía halagado por
-la fidelidad suya, que en tal género de vida tenía un mérito mayor,
-de esta misma satisfacción se derivaba mi zozobra por el temor de
-sorprenderla infiel algún día. La idea de que Eloísa me suplantara á lo
-mejor con alguno de aquellos tipos que la rodeaban, incensándola como á
-un ídolo, me enardecía la sangre, me agriaba el carácter, me ponía de
-un humor de mil diablos, desequilibrando mi sér y quitándome el dominio
-de mí mismo y las dotes de buen sentido que me transmitió mi madre.
-Pensando esto, yo descubría en mí no sé qué instintos de violencia y la
-disposición á ciertos actos que no sabía si calificar de locuras ó de
-majaderías.
-
-Ningún motivo real tenía yo para sospechar que Eloísa se aficionara
-á otro hombre, y no obstante, la vida aquélla de galantería y de
-lisonja, era para mí una vida de alarma angustiosa. Desgraciadamente,
-no podía apoyarme en el terreno de ningún derecho; no podía llamar en
-mi auxilio á la moral, y mis celos, impersonalizados todavía, debían
-luchar solos é inermes, cuando el caso llegara. Ninguno de los amigos
-de la casa me inspiraba temores en particular; inspirábanmelos todos.
-La colectividad era mi aprensión, y aquel coro de aduladores, mosca que
-me zumbaba en los oídos, era mi pesadilla. Obedeciendo algunas veces
-á esa instintiva necesidad de atormentarnos que sentimos cuando el
-sistema nervioso se sale de sus casillas, me entretenía en concretar
-mi inquietud, suponiendo cómo sería lo que aún no era, imaginando lo
-verosímil, y convirtiendo los fantasmas en personas. La juventud fogosa
-de Manolito Peña, la opulenta vejez de Fúcar, la virilidad legendaria
-de Chapa, la osadía del _Saca-mantecas_, la fealdad misma de Botín,
-la insignificancia de otros, me eran igualmente sospechosas. Habría
-deseado perderlos á todos de vista, y que Eloísa, por amor á mí, se
-asimilase las antipatías que su corte me inspiraba y acabase por
-despedirla.
-
-Verdaderamente, de ella no podía tener queja. Nunca fué más amante
-que en la época en que á mí se me despertó el santo horror á los
-malditos jueves. Su cariño se sutilizaba, se hacía más ardiente y hasta
-quisquilloso y suspicaz. ¡Cosa rara! También ella tenía celos. Nunca me
-he reído más que un día que se me enojó porque... ¡vaya una simpleza!
-«porque yo visitaba muy á menudo á su hermana Camila.» Poco trabajo me
-costó desvanecer sus inquietudes mimosas. Nos desagraviábamos fácil
-y agradablemente firmando paces que debían de ser eternas por lo
-apasionadas. ¡Qué mujer, qué vértigo, qué abismo de ilusión, dorado
-y sin fondo! Nuestras entrevistas nos parecían siempre cortas, y
-expresábamos el afán de no separarnos nunca, de empalmar las horas
-felices, pues cada fracción del tiempo que pasaba, marcando una
-pausa en nuestros goces, nos parecía algo que se nos había robado.
-La publicidad escandalosa de aquel enredo y la ausencia de todo
-peligro habíannos quitado la máscara. Ya no nos recatábamos; ya se nos
-importaba un bledo la opinión de la gente, que, por otra parte, no era
-severa con nosotros, pues nadie nos miraba mal, nadie extrañaba nuestra
-conducta, ni jamás oímos palabra ó reticencia que nos acusase. Se nos
-veía juntos en público; dábamos paseos matinales; yo iba á su casa
-por mañana, tarde y noche, y entraba y salía y andaba por todos los
-aposentos de ella como si fuera mi propia vivienda.
-
-En aquel período de embriaguez, mi salud se resintió algo. Zumbáronme
-los oídos, como siempre que mis nervios se encalabrinaban, y esta
-mortificación me entristecía lo que no es decible. Eloísa, siempre
-llena de ternura, trataba de alegrarme con su sonrisa franca y
-cariñosa. Su jovialidad, que tenía por órgano la boca más fresca que
-era posible ver, declaraba la juventud y lozanía de su temperamento, el
-cual se hallaba en su plenitud, sin asomos de decadencia como el mío.
-Se burlaba de mis males nerviosos y hacía propósitos de curármelos;
-pero lo que hacían sus medicinas era ponerme peor.
-
-Excuso decir que en esta temporada, que no sé si fué dicha ó tormento,
-ó ambas cosas combinadas, la aptitud de los números se eclipsó en
-mí. Mi dualismo estaba desequilibrado; mi madre dormía, y la sangre
-andaluza de mi padre era la que mangoneaba entonces en mí. El pícaro
-vicio había acorralado en obscuro rincón del cerebro la energía
-educatriz de mis quince años de escritorio.
-
-De tiempo en tiempo había como una tentativa de emancipación de la tal
-aptitud; pero el ruido de oídos la sofocaba en medio del entumecimiento
-cerebral. Cierto que hice más de una vez apreciaciones mentales acerca
-de lo que debía costar el estrepitoso boato de Eloísa y la gala de
-sus celebrados jueves. Cierto que Fúcar me hizo ver que en la casa de
-Carrillo se gastaba más del triple de la renta del capital. Varias
-noches, al retirarme á casa, iba pensando en esto; pero la excitación
-me impedía pensarlo con claridad y energía, y la sedación venía luego
-á adormecerlo todo, números y alarmas. Había además otra circunstancia
-digna de tenerse en cuenta para explicar mi pereza aritmética.
-Transcurría el tiempo; llegaba Febrero del 83, y Eloísa no me pedía
-nunca dinero. No parecía tener apuros ni ninguna clase de dificultades
-monetarias. Fuera del desembolso mensual de los regalitos, yo no tenía
-que dar tijeretazos en el talonario de mi cuenta corriente.
-
-Ni ella me hablaba de intereses, ni yo á ella tampoco. Había quizás en
-ambos el temor de despertar un problema que dormía debajo de nuestras
-almohadas. Lo único que me permití fué hablar perrerías de los jueves,
-criticarlos bajo el doble aspecto moral y económico, y pedir que
-desaparecieran de la serie del tiempo.
-
---Pienso como tú --me dijo la muy mona--; pero yo digo lo que el
-Gobierno. Es preciso estudiar la reforma, porque si se hace de golpe y
-porrazo, podría ser inconveniente.
-
---Cuando los Gobiernos no quieren hacer una reforma --le respondí--,
-dicen que la están estudiando. Pero si la reforma no consiste en
-establecer, sino en suprimir, el mejor estudio es obrar con valentía...
-Tú temes que te saquen alguna tira de epidermis. Mira: de todos
-modos, con jueves ó sin ellos, te la han de sacar. Conque así, no te
-esclavices.
-
-Y esto lo decíamos media hora antes de la señalada para la comida.
-Aquel jueves el pobre Carrillo estaba bastante mal y no se presentaría.
-Le ví en su cuarto, y la profundísima lástima que me inspiró estuvo
-por mucho tiempo como estampada en mi alma. Aún hacía el pobrecito
-violentos esfuerzos por vestirse; aún mandó á Celedonio, su ayuda
-de cámara, que le trajese el frac; pero no pudo ni meter el brazo
-derecho en la manga. Se desplomaba. En su lastimoso estado, lo que
-principalmente sentía era no poder hacer los honores de la casa
-aquella noche, como todas, y encargaba á su mujer que atendiese á los
-invitados y no hiciera caso de él. Eloísa estaba aturdidísima. De buena
-gana habría despedido á sus comensales. Mas no: era preciso hacer un
-esfuerzo supremo, presidir la mesa, estar en todo y recibir luego á
-cien ó doscientas personas. ¡Tormento mayor...!
-
-No tardaron en entrar Chapa, el _Saca-mantecas_, Peña, el secretario
-de la Legación de Holanda; después el ministro de Fomento, luego Botín
-y el general Morla. Todos, conforme iban llegando, se creían en el
-deber de poner una cara muy atribulada al enterarse de la indisposición
-del amo de la casa. Eloísa estaba realmente triste. Su situación en
-lo que llamaré el terreno aflictivo era bastante delicada; pues si
-aparecía muy afligida, podrían dudar de su sinceridad, y si, por el
-contrario, se presentaba serena, las críticas serían más acerbas.
-Comprendí, oyéndola hablar del enfermo con los convidados, que hacía
-esfuerzos por hallar el justo medio sin poderlo conseguir. A veces
-iba muy lejos en el camino del dolor, y conociéndolo, la reacción en
-sentido de la calma era demasiado fuerte. Nunca ví lucha más horrible
-con las conveniencias sociales; y si las palabras de los amigos eran
-perfectamente discretas, sus miradas, al menos á mí me lo parecía,
-revelaban una ironía despiadada. Y Eloísa estaba triste en realidad.
-Sólo que á veces se le antojaba que debía estar más triste, y á veces
-que debía estarlo menos, resultando de aquí que nunca acertaba con el
-tono exacto de la nota que quería afinar.
-
-La de San Salomó llegó á última hora. Era la única señora que teníamos
-aquella noche. La comida empezó silenciosa, y por una de esas
-fatalidades de la conversación, que no es posible vencer, sólo se
-hablaba de enfermedades, de médicos, de aguas minerales. De rato en
-rato, un criado traía noticias del señor para tranquilizar á la señora.
-Estaba mejor, se le iba pasando el ataque. Con esto se sosegaba Eloísa,
-y todos hacíamos el papel de que se nos transmitía por arte mágico su
-contento. Pepe estaba en su habitación acompañado del médico y de su
-ayuda de cámara. Sólo el marqués de Cícero, como de la familia, había
-entrado á verle. Después ocupó en la mesa la cabecera que al enfermo
-correspondía, y entreveraba los bocados con suspiros. El general Morla
-me tocó al lado, y hablamos de la enfermedad de Pepe con la misma calma
-que si se tratara de lo buenas que estaban las codornices trufadas.
-
---Este hombre se va --me dijo--. He visto morir á muchos de ese mismo
-mal, que debe de ser cosa del hígado. Cuando menos lo piense Eloísa, se
-queda viuda. Tal vez esta misma noche.
-
-Después me contó la muerte de Narváez, la de Pastor Díaz, la del
-general Manso, la de Carlos Latorre, la del marqués de Valdegama.
-Aún no había dado fin á esta fúnebre crónica, cuando se sintió en lo
-interior de la casa un ruido extraño. Algo muy grave ocurría. Todos
-nos quedamos fríos. Los tenedores, suspendidos sobre los platos con el
-pedazo de _fond d’artichauts au suprême_, aguardaban que se aclarase
-el angustioso misterio para seguir hacia su destino. Sólo Botín oía
-mascando. Levantóse Eloísa bruscamente y fué á la puerta antes que
-entrase el ayuda de cámara, á quien sentimos venir á la carrera. Oímos
-cuchicheo de zozobra y ansiedad. Eloísa corrió hacia adentro, Celedonio
-también.
-
-
-VI
-
-Gran silencio en la mesa. Rompiólo al fin el general con estas palabras:
-
---Cuando digo yo... Oye, Santiaguito: sírveme Jerez.
-
-Sánchez Botín no sabía disimular el furor que le dominaba por causa
-del maldito M. Petit, que no puso aquel día en la mesa la lista de
-platos. Resultado de esta preterición (que parecía una estratagema
-traidora) fué que mi hombre se atracó de _roastbeef_ á la inglesa, y
-cuando aparecieron las codornices ya no le quedaba para ellas todo
-el hueco estomacal que merecían. Se podían leer en las serosidades
-lobulosas de su frente sus irritados pensamientos. Estaba verde, y sus
-gruesos labios engrasados se estremecían como los labios de los perros
-cuando van á ladrar. «Esto no pasa más que aquí. Vale más ir á un mal
-_restaurant_», de seguro diría. Al través de las gafas de oro, sus ojos
-inyectados y como queriendo salirse del casco, arrojaban destellos de
-odio contra el pobre M. Petit.
-
-Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores sobre la
-porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una punta á otra de
-la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual comunicó á su vecino
-sus observaciones, unos en voz baja, otros en alta voz. En aquella
-mesa rara vez se hablaba sin doble sentido. Debajo de la conversación
-verbal, serpenteaba la intencional como la víbora entre hojas.
-Interpretarla y devolverla era el encanto de los comensales. Las
-circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese
-lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora
-muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por
-uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al
-espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco
-ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo:
-
---Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me
-gusta ver entierros...
-
---Es que no tiene usted la conciencia tranquila --dijo no sé quién,
-derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas risas.
-
---Me parece que les estoy viendo á todos ustedes --dijo Pilar-- bajando
-de patitas al Infierno...
-
---Como la llevemos á usted por delante...
-
---¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!...
-
---Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una sentida
-exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro
-departamento...
-
---¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio!
-
-Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo es
-verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el
-Purgatorio.
-
-Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando acabó,
-fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda de
-cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al
-señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad,
-muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té
-y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer en mi
-cara que llevaba noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por
-el enfermo. Díjele lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y
-de secreteo, hablóme así:
-
---¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que se
-esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda.
-
---Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado semejante.
-
---¿Y está mejor, es cierto? --me preguntó mirándome de un modo que era
-nueva apelación á mi confianza.
-
---Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre
-Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo...
-
---Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no es
-para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más
-triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder
-aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez...
-
---Sin duda alguna --le contesté, por contestar algo.
-
---Dígame usted --añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de
-confianza--, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la
-marquesa de Cícero?...
-
---Señora, habla usted como si ya... --respondí espantado.
-
---¡Qué tonta!... Quiero decir, _dejará_... Es verdad que todavía no ha
-concluído... ¡pobrecillo!
-
---Creo que sí --contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como
-mandar un comunicado á la prensa--. Sí: su capital permanece intacto.
-
---¿Sí?... ¿de veras? --dijo sonriendo y dando al _de veras_ ese dejo
-de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular--. O usted se ha
-caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de
-té para que se le aclaren las ideas.
-
---Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo es
-un hombre prudente.
-
---Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo que
-usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos números.
-
---Algunos he hecho.
-
---Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando pase
-el luto, seguirán los grandes jueves?
-
-Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la
-situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más
-natural del mundo:
-
---¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es
-el último de los jueves habidos y por haber.
-
---Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter... Pero
-el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta esto, y
-si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves... ¡Qué
-disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me cortaría
-esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted...
-
-En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á comer,
-ocupó su puesto frente á la marquesa. Seis personas más formaban la
-corte de ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases
-apropiadas al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa,
-pintando con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la
-casa. Su voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un
-cerrojo. Y cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla
-de lástima y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la
-moneda de compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba
-Pilar y daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso
-acento y expresivo arquear de cejas un _Sea lo que Dios quiera_.
-
-Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego,
-que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera
-libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo
-de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo:
-
---En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en la
-mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro.
-
-De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de Pepe.
-Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad y
-tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le
-sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño
-Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables
-excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba
-mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitaciones por
-la mejoría demostró cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el
-coro con aturdimiento de actriz que no está muy fuerte en su papel.
-La desconcertaba el temor de parecer demasiado triste ó demasiado
-consolada. Aprovechando una ocasión propicia, me dijo al oído:
-
---Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí.
-
-Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y
-al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo
-supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla
-entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el
-médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví
-en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco
-de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo
-de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas
-un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos
-de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no
-tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca,
-inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio.
-Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con
-natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el
-aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En
-mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba,
-como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas
-y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo,
-sobre el velador decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba
-la encendida lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al
-través de la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico,
-con el sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un
-tapabocas, pronunciando las fórmulas de despedida.
-
---Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado.
-
-Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño.
-
---Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá usted
-á su vida habitual.
-
-Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á
-entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no
-había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante.
-
-
-VII
-
-Fuíme entonces derecho á Pepe, que me recibió con sus ojos fijos en la
-puerta por donde yo debía entrar. Como no se le veía más que la cabeza,
-hízome ésta el efecto de la de San Juan Bautista, la cabeza cortada que
-el arte religioso presenta siempre servida en bandeja como un manjar.
-Luego que me miró bien, sacó de entre las sábanas su mano, que era toda
-huesos, y en la cual la imaginación, á poco que lo intentara, podía
-ver una de las llagas del Seráfico, y buscó la mía. Cuando estrechó
-mi carne con aquel alicate de hueso, me corrió por el cuerpo un hielo
-mortal.
-
---¿Qué tal vamos? --le dije inclinándome para verle mejor.
-
---Caro te vendes, hijo. Se muere uno aquí sin que los amigos vengan á
-echarle un vistazo.
-
---No quería molestarte. Y ¿cómo estás ahora?
-
---He pasado un rato muy malo --replicó sacando difícilmente las
-palabras del pecho--. Pero después del baño me encuentro muy bien.
-Eloísa se ha asustado mucho. Estos trances no son para ella... ¿Quién
-ha venido?
-
-Dile cuenta de todas las personas que había en la casa.
-
---Que no parezca que estoy enfermo --añadió con brío--; que se
-diviertan como si no ocurriera nada de particular. Y verdaderamente
-no estoy tan mal. Todo ha sido un cólico nefrítico, el paso de las
-arenillas desde los riñones á la vejiga. Dolores espantosos; pero, en
-fin, nada más... Todavía...
-
-Miróme con cierta intención compasiva, ¡extraña compasión! y haciendo
-un gran esfuerzo por emitir con toda claridad la voz, dijo:
-
---Todavía te has de morir tú primero que yo... Lo veo, lo conozco, no
-sé por qué... Me dijo mi mujer que estabas muy malo, que habías tenido
-vómitos de sangre.
-
---¿Sí?... ¿te lo dijo?
-
-Creí prudente no negarlo. Eloísa tenía la costumbre, cuando le veía muy
-malo, de contarle imaginarias enfermedades de otros. Le consolaba como
-se consuela á los niños.
-
---Y que todos los días tenías fiebre.
-
---Es verdad --afirmé--. No estoy bueno, ni mucho menos.
-
---Cuídate... cuídate. Sentiría mucho que en lo mejor de la edad...
-
---Sí, sí: estoy decidido á cuidarme.
-
---Yo estaré en pie la semana que entra --añadió, galvanizándose con su
-espiritual fuerza--, y volveré á mis quehaceres de siempre. Tengo un
-gran proyecto. Pienso construir un edificio para albergue de huérfanos
-pobres: gran pensamiento, magnífico plan. Habrá hospital, clínica,
-consulta, talleres, escuelas, gimnasio. Se necesitan seis millones de
-reales. Cuento con tu cooperación, si no te perdemos antes. Eloísa se
-encargará de organizar con sus amigas funciones en los principales
-teatros. Yo solicitaré el auxilio del Gobierno y de la Familia Real. Tú
-harás lo que puedas entre tus amigos...
-
-No sé hasta dónde habría llegado este coloquio, si felizmente no
-entrara mi prima.
-
---¡Eh... basta de conversación! --dijo, poniendo su mano derecha en
-mi hombro y la izquierda sobre la frente ardorosa de Carrillo--. Lo
-primero que ha ordenado el médico es el reposo, y... punto en boca.
-
---Sí, hija: ya me callo, ya no diré una palabra más. Estábamos hablando
-de mi hospital de San Rafael. Llevará el nombre de mi hijo.
-
---Más vale que te duermas ahora. No pienses, no te acalores. Ya haremos
-un hospital, y dos si es necesario... José María y yo te ayudaremos...
-¿Verdad? Los tres vamos á ocuparnos mucho de eso desde mañana. Vaya,
-basta de conversación. José María, aquí estás ya de más.
-
-En la habitación que precedía á la alcoba, volví á ver á Eloísa, que me
-habló así:
-
---¡Qué malos augurios ha hecho el médico! ¡Pobre Pepe!... La
-convalecencia de este ataque será cruel. ¡Qué días me esperan!
-¿Vendrás mañana á acompañarme?
-
---¡Qué pregunta!
-
---¿Y no has visto al pequeño? Pasa --me dijo cariñosamente, empujándome
-hacia una puerta--. El pobrecito se despertó con los gritos de su
-padre; pero debe de haberse dormido otra vez... Pasa... Vengo al
-instante. ¡Cuánto deseo que se marche esa gente!
-
-El pequeño dormía. Preguntóme el aya por el señor, y le dije lo que me
-pareció. De buena gana me habría quedado allí un buen rato, sin hacer
-otra cosa que contemplar el envidiable sueño de aquel ángel. Pero
-Eloísa entró á ver á su hijo, y sacóme del éxtasis en que yo estaba,
-dejando volar mi pensamiento á las alturas de contemplaciones muy
-espirituales. La mano de mi prima se posó sobre mi hombro, y oí estas
-blandas palabras:
-
---Ve al salón. ¡Qué gente, qué pesadez! Extrañarán que no estés allí.
-El pobre Pepe está aletargado. Creo que pasará bien el resto de la
-noche.
-
-Salimos juntos, y en el pasillo nos separamos. Echóme una mirada de
-tristeza, diciéndome con severidad dulce:
-
---Ya sé que ha habido mucho secreteo con Pilar. No puedo descuidarme un
-momento.
-
---¿Pero eres tan tonta que...?
-
-Celos tan inoportunos me causaban hastío.
-
---Ni afirmo ni niego nada. No hago más que hacer constar un hecho--
-replicó, apretándome ligeramente el brazo con sus dedos.
-
-En la reunión tuve que sostener conversaciones que me aburrían,
-contestar á preguntas que me incomodaban y resistir una lluvia de
-frases de doble sentido. Poco á poco se fueron aclarando los salones.
-La de San Salomó salió de las últimas, llevándose, como de costumbre,
-al general, que vivía cerca de su casa.
-
---¿Usted se queda aquí? --me dijo--. Velará usted. Cada cual á su
-puesto de honor.
-
-A última hora fuí á enterarme del estado del enfermo. Eloísa me salió
-al encuentro en el pasillo. Se había quitado su vestido de sociedad y
-puéstose la bata de raso blanco. Como se apareció con una luz, creí
-ver á _lady_ Macbeth cuando el paso aquél de las manos manchadas.
-Llevándose el dedo á la boca, dióme á entender que Carrillo dormía, y
-en palabras muy quedas me dijo:
-
---Está tranquilo. Mas por lo que pueda suceder, me quedaré en el sofá
-de su cuarto. Voy al despacho á buscar una novela, porque de fijo no
-podré dormir.
-
-Contesté que yo velaría; pero se opuso tenazmente, alegando lo
-quebrantado de mi salud, mis pocas fuerzas...
-
---Necesitas descansar --me dijo con el mayor cariño--. Duerme
-ocho horas si puedes... Aquí no haces falta. Celedonio y yo nos
-entenderemos. Esta noche, caballero, se va usted á su casita.
-
-Empujóme suavemente hacia la antesala, después de susurrarme esto:
-
---¿Vendrás mañana? Mira, que no faltes. Ven á almorzar. ¿Te espero? No
-me hagas rabiar. Si á las diez no estás aquí, te mando siete recados.
-Esta soledad es horrible. Esta noche, si duermo, voy á soñar veinte mil
-disparates.
-
-Ella misma me lió el pañuelo á la garganta y alzóme el cuello del gabán:
-
---Abrígate bien, por Dios... Haz el favor de no constiparte ahora. ¿Hay
-ruidito de oídos? Voy á soñar que es verdad lo que te dijo Pepe, que
-arrojas sangre por la boca y tienes fiebre...
-
-Cariñosa y amante me despidió, y yo salí pensativo.
-
-
-
-
-XII
-
-Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de amor.
-
-
-I
-
-Carrillo mejoró en los días sucesivos. Aquella vida desplomada se
-sostenía con un esfuerzo prestado por el espíritu para engañarse á
-sí misma y á los demás. Salió de la terrible crisis por tregua de
-la muerte, y desde que pudo sentarse puso atención ardiente en las
-ocupaciones que tanto le entretenían. Admiraba yo aquel tesón, aquella
-esclavitud del deber, que en el heroísmo rayaba, y la indiferencia
-con que, pasada la fuerza del mal, miraba Carrillo sus insufribles
-martirios. No tenía aprensión ni afán de medicinarse. Figurábaseme
-ver en él, á veces, uno de esos hombres de temple superior y escogido
-que se desligan de todo lo que pertenece á la carne y sus miserias,
-para vivir sólo con interior vida, toda energía y llamas. A los ocho
-días atendía á sus múltiples tareas benéficas, sin salir de su alcoba,
-con la puntualidad de costumbre, y Eloísa estaba tranquila en lo
-concerniente á la enfermedad de su marido, si bien por otros motivos
-parecía haber perdido completamente todo sosiego. Una mañana me la
-encontré en su gabinete muy afanosa, con un lapicero en la mano,
-haciendo números y fijando alternativamente los ojos en el papel y en
-el techo, que era un cielo azul con sus indispensables ninfas en paños
-menores.
-
---¿Estás contando las estrellas? --le pregunté, sospechando lo que en
-realidad contaba.
-
---No: es que estoy calculando... --replicó algo turbada--. Me vuelvo
-loca, y esta pícara cuenta no sale. No te lo quería decir por no
-disgustarte; pero me pasan cosas graves.
-
-Yo me senté, abrumado por el pensamiento de los desastres aritméticos
-que Eloísa me iba á revelar. Ella se sentó tan cerca de mí, que la
-mitad de su no muy ligera persona gravitaba sobre la otra mitad de la
-mía.
-
---¿A ver ese papel? --dije, tomándole la mano en que lo mostraba.
-
-Pero no entendí nada. Era un mosáico de sumas y restas, del cual no se
-podía sacar nada en claro.
-
---¿Y quién entiende este _maremagnum_? --indiqué con desabrimiento.
-
-El dulce peso, como suele decirse, cargó más sobre mí, y la preciosa
-boca empezó á chorrear notas terroríficas, mejor diré, conceptos
-erizados de cantidades. La oí asustado. Expresábase con timidez,
-tendiendo á menguar las cifras, comiéndose algunos ceros, señalando
-el remedio antes de mostrar la herida, y respondiendo de antemano á
-las exclamaciones severas con que yo la interrumpía. La estimulé á
-presentar el problema tal como era, en toda su desnudez abrumadora,
-porque desfigurarlo era impedir su solución.
-
---Claridad, completa claridad es lo que quiero --le dije--. Muéstrame
-hasta el fondo del cántaro vacío.
-
-Animada con esto, fué más explícita, y desarrolló á mis ojos el
-panorama completo de su situación económica, el cual era para poner
-miedo en el ánimo más esforzado.
-
-Los gastos enormes de los jueves, los de su guardarropa, las frecuentes
-compras de cuadros, porcelanas, tapices y baratijas de arte, y,
-por otro lado, los dispendios inagotables de Carrillo en sus obras
-humanitarias, llevaban la casa velozmente á una completa ruina.
-El dinero que habían tomado sobre la hipoteca de la Encomienda se
-les había ido en pago de varias facturas de Eguía, y en abonar los
-brutales intereses de la cantidad que Eloísa había tomado antes á
-un tal Torquemada, que prestaba á las señoras ricas. Después había
-necesitado tomar más dinero, más, más. Las rentas, apenas cobradas, se
-diluían en el mar inmenso de aquel presupuesto de príncipes... No me
-lo quiso decir antes, porque la idea de serme gravosa la aterraba. No
-me quería por mi riqueza: me quería por amor, y no le gustaba recibir
-dinero de mis manos. Había pensado salir adelante, hacer economías, ir
-trampeando; pero la situación se agravaba repentinamente. Tenía que
-pagar algunas cuentas considerables... luego la enfermedad de Pepe...
-Cerró la oración con oportunas lágrimas, y dejóse caer más sobre mí. Yo
-estaba sofocadísimo.
-
-Poco después le manifesté mi opinión de un modo bastante enérgico. A
-sus caricias, á sus ruegos de que no la abandonase en aquel trance,
-contesté con retahila de números despiadados. Erame forzoso ser
-cruel para evitar mayores males. Yo la sacaría del pantano; pero
-estableciendo un nuevo plan y presupuesto rigurosísimo, de modo que no
-se repitiera el conflicto.
-
-Aún había tiempo de salvar parte del capital de la casa y de asegurar
-el porvenir de Rafael. Lo más urgente era reducir los gastos. A esto
-me contestó que por ella no habría inconveniente. Estaba decidida
-á vestirse de hábito de la Soledad, como una cursi, si yo lo creía
-necesario. ¿Pero cómo privar á Carrillo de lo único que alegraba sus
-últimos días, de aquel inocente consuelo de su vida próxima á concluir?
-¿Cómo cercenarle los fondos para la _Sociedad de niños_ y otras
-empresas humanitarias, que eran, para la casa, verdaderas calamidades?
-
---No enredes las cosas --le dije--: tus gastos son los que te hunden,
-no los de él. Yo haré un presupuesto en que pueda subsistir el
-entretenimiento de tu marido... Después, oye bien, se venderán todos
-los cuadros de buenas firmas, aunque sea por menos dinero del que han
-costado. No será difícil encontrar compradores.
-
-Eloísa hizo signos afirmativos con la cabeza. Volviendo la vista, ví
-sobre la chimenea un rollo de papeles. Eran los planos de la gran
-reforma para convertir el patio en salón, con techo de cristales,
-escocia de Mélida... Lo agarré con mano colérica y lo hice veinte mil
-pedazos.
-
---Mira qué pronto se ha hecho la obra --exclamé--: te he regalado cinco
-mil duros.
-
-Ella se echó á reir, y no hablamos más del asunto, porque entró
-Raimundo. Fuimos á almorzar, y en la mesa, Eloísa parecía más
-tranquila. Raimundo, hablando del completo hundimiento de la casa
-de Tellería, hubo de contar cosas muy chuscas, de las cuales se rió
-mucho su hermana, aunque á mí me hacían poca gracia. Según dijo mi
-primo, en los últimos años la familia se mantenía con lo que Gustavo
-sacaba de las queridas ricas: ¡abominación! Leopoldito, marqués de
-Casa-Bojío, estaba también en las últimas, porque las fortunas cubanas
-habían bajado á cero. León Roch había suspendido la pensión que pasaba
-á Milagros. Esta y el pobre marqués vivían separados y en la mayor
-miseria; cada cual dando sablazos y explotando al pobre que cogían
-debajo. Don Agustín de Sudre había dado en la flor de ir á contarle
-al Rey mismo sus miserias, logrando algunas veces pingües limosnas.
-Pero la regia munificencia se había agotado ya, y... «la semana pasada
---concluyó Raimundo-- fué el pobre señor á Palacio con el cuento de
-siempre. El Rey sacó cinco duros, y poniéndoselos en la mano, le volvió
-la espalda. ¡Y luego se espantan de que haya antidinásticos!»
-
-Todo aquel día tuve un humor de mil diablos. En el Teatro Real, oyendo
-no recuerdo qué ópera, ni por un momento dejé de pensar en las cuentas
-de Eloísa. Retiréme á casa antes de que terminara la función, y me
-acosté buscando en el sueño lenitivo á la pesadumbre que me abrumaba.
-Pero no podía dormir. Entróme fiebre, me zumbaban horriblemente los
-oídos, y me tostaba en mi lecho como en una parrilla. La apreciación
-de los números despertaba en mí con fiera energía, proporcionada al
-largo tiempo de eclipse que había sufrido. En mí renacía de súbito el
-hijo de mi madre, el inglés, que llevaba en su cerebro, desde la cuna,
-gérmenes de la cantidad, y los había cultivado más tarde en la práctica
-del comercio. Mi padre huía de mí, como en el teatro echa á correr el
-diablo cuando se presenta el ángel. Y las benditas cifras, ahogadas
-temporalmente por la pasión, se sublevaban, vencían y se posesionaban
-de mí con un bullicio, con un jaleo que me tenían como loco. Salté
-de la cama á la madrugada, y vistiéndome á prisa, corrí hacia un
-mueble _secreter_ que en mi alcoba tengo, y en el cual suelo escribir
-cartas. Cogí un papel, empecé á desgastar la fiebre que me devoraba,
-sumando y dividiendo. Sí: Eloísa, con haber dicho tanto, no me había
-dicho la verdad. Hice el cálculo aproximado de los gastos de la casa
-en el invierno último: comidas, coches, criados, extraordinarios. No
-resultaba que la casa hubiese consumido el tercio de su capital. Había
-consumido más... ¡tal vez la mitad!... Y para apuntalar este edificio
-que venía á tierra, ¿qué era preciso hacer?... ¡Ah! guarismos y más
-guarismos. La mañana me sorprendió en aquel trabajo calenturiento,
-semejante á la faena espantosa de las almas de los negociantes que
-vienen á penar á sus desiertos escritorios, y se vuelven á sus tumbas
-cuando suena el canto del gallo. Así me volví yo á mi cama.
-
-
-II
-
-Continué por muchos días sintiendo en mí al inglés. Y no se
-circunscribía esta fecunda energía materna á la esfera de la economía
-doméstica, sino que penetraba impávida en el terreno moral, y allí
-me rebullía y alborotaba ordenándome afrontar un cambio de vida, un
-rompimiento que resolviera de una vez para siempre todos los problemas
-del corazón y de la aritmética. Mas tan tímida era esta energía en lo
-moral, que no pudo acallar el tumulto de mi sensual egoísmo. ¡Eloísa
-perteneciente á otro! ¡otras manos amasando aquella pasta suave y
-amorosa! ¡otro paladar gustándola, y otra boca comiéndosela...! No,
-esto no sería, aunque lo pidiese y ordenara con su prosáica voz el
-enflaquecido bolsillo. Y de apoyar esta negativa se encargaba mi
-perturbada razón con sofismas tomados de aquel falso idealismo que
-Raimundo ponía en ridículo con tanta saña. La caballería, ó si se
-quiere, la caballerosidad, me vedaba aquel rompimiento. No era delicado
-ni decente que yo abandonase, por una mísera cuestión de dinero, á
-la que me había dado á mí su vida y su honor. El _todo por la dama_
-se metía en mi alma por la puerta falsa de la sensualidad, y una vez
-dentro, hacía un estrépito de mil demonios, echando unas retahilas
-calderonianas y volviéndome más loco de lo que estaba. ¡Abandonarla,
-cuando tal vez la causa de su ruina era agradarme; cuando su lujo no
-era quizás otra cosa que el afán de hacerme más envidiable á los
-demás, y de dorar y engalanar el trono en que me había puesto! No,
-¡_todo por la dama_! Ante sus lágrimas, ante la ley que me tenía,
-superior y anterior á todas las contingencias, ¿qué significaba un
-_puñado de monedas_?
-
-Verdad que el puñado, después de emborronar mucho papel, resultaba ser
-una friolerita así como sesenta mil duros, más bien más que menos. Era
-un trago demasiado fuerte para que pasase por el estrecho gaznate de la
-caballería; pero al fin pasó. Hice que la traidora me llevase á casa
-todos los datos del desastre, todos los papeles, apuntes y cuentas,
-y al fin logré poner orden en aquel caos de empréstitos para pagar
-intereses, de intereses acumulados al capital, de cuentas pendientes
-y facturas no abonadas. Era absolutamente indispensable quitar de en
-medio la voraz langosta de prestamistas, que en poco tiempo habrían
-devorado todo. Con esto el puñado engrosaba más. ¡Dios misericordioso!
-Me salían ochenta mil duros casi en cifra redonda. ¡Oh, con cuánto
-horror se me representaron entonces las superfluidades que no podía
-menos de asociar á la leyenda aquélla de las cuentas de vidrio! Con
-el poder de mi mente pulverizaba yo todo el personal de los jueves
-famosos: los vestidos renovados tan á menudo; aquel M. Petit, farsante,
-ladrón que se embolsaba cada semana tres ó cuatro mil reales para
-gastos de comedor; aquel cocinero jefe, á quien se daban veinte mil
-reales al mes para el gasto de la plaza; los tres pinches, los cuatro
-lacayos... ¡ladrones, asesinos, secuestradores! ¿A qué cuento venían
-el portero de estrados, la doncella extranjera, la berlina de doble
-suspensión y otros mil y mil despilfarros, ya del personal, ya del
-material de la casa?... Tarde era ya; mas era tiempo. Degüello general
-y adelante.
-
-Una vez decretado el degüello, quedéme más tranquilo. El pellizco dado
-á mi fortuna era un pellizco de padre y muy señor mío; pero aún me
-dejaba rico. Todo iría bien si Eloísa entraba con pie resuelto por la
-senda de las economías. Eso sí, yo estaba decidido á hacerla entrar
-de grado ó por fuerza. Para esto me sentía con ánimos. Por encima de
-todo, del amor mismo y de la vanidad, había de estar en lo sucesivo el
-arreglo.
-
-Perplejo estuve durante dos días sin saber qué vendería para salir
-del paso. ¿Me desprendería del Amortizable, de las acciones del Banco
-de España ó de las _Cubas_? Mi tío me decía que no me deshiciera del
-Amortizable, cuya alza veía segura. Si continuaba en el Ministerio
-nuestro amigo y paisano el señor Camacho, veríamos dicho papel á
-65. Las acciones del Banco, después del aumento de capital, andaban
-alrededor de 270. Mi padre las había comprado á 479. Aun contando
-con el dicho aumento, la venta me traía pérdida. Por fin, después de
-pensarlo mucho, resolví sacrificar las acciones y las _Cubas_. Este
-papel, según mi tío, iba en camino de valer muy poco, y con el reciente
-pánico de la Bolsa de Barcelona, se había iniciado en él un descenso
-que sería mayor cada día. Vendí, pues, con pérdida, pues no podía ser
-de otra manera. Por aquellos días se estrecharon mis relaciones con
-Gonzalo Torres, amigo de mi tío y vecino de toda la familia. Vivía
-en el tercero de mi casa, en el cuarto inmediato al de Camila. Era
-jugador afortunadísimo, y á menudo me proponía que me asociara á sus
-operaciones. Hícelo algunas veces, y siempre con tal éxito, que no me
-faltaban ganas de tomar más á pechos aquel negocio, y lo habría hecho
-seguramente si el amor no me tuviera preso y como secuestrado, incapaz
-para todo lo que fuese extraño á sus ardientes goces.
-
-El agente de quien Torres y mi tío eran clientes, después que realizó
-mi operación de venta de títulos, propúsome la compra de una casa.
-Torres también me lo había indicado, pues las condiciones en que se
-vendía la finca eran realmente buenas. Procedía de un embargo de bienes
-y vendíase judicialmente, con tasación demasiado baja. Hice mis cuentas
-y no me pareció mal negocio. Deseaba afincarme, colocando en sólido
-una parte de mi capital. Dí órdenes de vender más Amortizable, y el
-producto lo dividí en dos partes. Una, ¡ay dolor agudísimo, no inferior
-á los del cólico nefrítico!, era el destinado á poner á flote la concha
-de Venus, que estaba á punto de naufragar. Con la otra parte compré
-la casa, que estaba en la calle de Zurbano y era nueva y bonita. Me
-daría una renta de 4 por 100, menos que el papel seguramente; pero si
-he de decir verdad, la renta del Estado empezaba á inquietarme por la
-inseguridad de las cosas políticas, el malestar de Cuba y la anunciada
-operación de crédito del Banco de España, el cual, habiendo tomado
-sobre sus hombros la inmensa carga de la colocación de los nuevos
-valores, comprometía quizás un poco su porvenir.
-
-El año 83 hallóme, pues, con una merma considerable en mi fortuna
-y con cierta tendencia á trocar la condición de rentista por la de
-propietario. Mi cuenta corriente no me recordaba, ni con mucho,
-el apólogo de las vacas gordas, pues tanto la ordeñé, que hubo de
-terminar el año en los puros huesos. No sólo contribuyeron á esto mis
-frecuentes regalos á Eloísa, en cachivaches ó joyas, y la pasión que le
-entró por coleccionar _ojos de gato_ de todos los matices, sino otras
-obligaciones enfadosas de que no pude librarme. Entre éstas, no fué
-la menos cargante el padrinazgo del chiquillo de Camila. Habiéndome
-brindado á ser su compadre, cuando lo del embarazo me parecía ridícula
-farsa, la muy loca se dió prisa á cogerme por la palabra, y allá por
-Octubre del 82, como he dicho, descolgóse con un ternero, á quien todos
-celebraron por robusto y bonito, pero que á mí me pareció dechado
-perfecto de la fealdad de los Miquis. Le tuve en la pila bautismal
-mientras el cura le lavaba la mancha que traía por el pecado de
-nuestros primeros padres, y después, como padrino generoso, tuve que
-darme yo un lavatorio de bolsillo, cuyo postrer chorretazo vino á fin
-de año con las cuentas de Capdeville. En verdad, no me pesaron estos
-derrames, porque los señores de Miquis no nadaban en la abundancia,
-y ganaban mis afectos por el recogimiento en que vivían. Al chico le
-pusimos de nombre Alejandro, por un hermano de Constantino que había
-muerto en Madrid algunos años antes.
-
-Sigamos. El día en que ultimé el arreglo de la deuda de mi prima,
-ésta se presentó en mi casa á las once de la mañana. Ya habían
-sido pagadas las cuentas; habíanse recogido los pagarés que estaban
-en poder de Torquemada. Sólo faltaban algunas menudencias para las
-cuales destiné cierta suma que recogería la propia Eloísa. La cantidad
-aguardaba sobre la mesa en un paquete de billetes pequeños, y junto
-á la misma mesa estaba yo, algo fatigado de tanto sumar y restar,
-aunque sin otra molestia, gracias á Dios. Aún tenía en la mano la
-pluma, plectro infeliz de aquel poema de garabatos, cuando Eloísa llegó
-á mí pasito á pasito por la espalda, echóme los brazos al cuello,
-cruzó sus manos sobre mi corbata, oprimiéndome la garganta hasta
-cortarme la respiración, alborotándome el pelo y echándome atrás la
-cabeza para lavarme la frente con sus labios húmedos; á todas éstas
-riendo, diciendo mil tonterías, llenándome de saliva los párpados y
-las mejillas, y vertiendo en mi oído un filtro, un veneno de palabras
-cariñosas, que después, por maldita ley física, se había de convertir
-en zumbidos insoportables.
-
-Dejé la pluma y me volví hacia ella. Nunca la ví vestida con más
-sencillez y al mismo tiempo con más elegancia. Venía en traje matutino,
-y traía en la mano el libro de misa. Era domingo, y antes de ir á
-mi casa había entrado en las Calatravas. Sin duda prevalecían en su
-espíritu las ideas religiosas, porque me dijo que yo era un ángel, y
-diciéndolo, arrojó sobre mi mesa el libro con tapas de nácar.
-
---¿Qué mujer no haría locuras por tí? --añadió luego--. Por tí, no digo
-locuras, sino verdaderas diabluras haría yo.
-
-Ya me disponía á hablarle del contrato bilateral que habíamos
-celebrado, cuando ella, adelantándose á mi pensamiento con zalamera
-iniciativa y flexibilidad, me dijo:
-
---No, no tienes que predicarme. Ya lo sé, ya tengo la lección bien
-aprendida. Seré arreglada, económica; cambiaré de costumbres; haré
-desmoches espantosos, pero espantosos... En mí se ha verificado estos
-días una mudanza tal, que no me conozco. Tendrás que reñirme por las
-muchas vueltas que he de dar á un duro antes de cambiarlo. Te has de
-enfadar conmigo por los excesos, por las barbaridades que he de hacer
-en esto del gastar poco.
-
---Por Dios --indiqué asustado--, nada de celo excesivo.
-
---Déjame á mí. Tú me has abierto los ojos con tu talento de
-comerciante, y luego me has salvado con tu generosidad. Sería indigna
-de mirarte á la cara si no tuviera estos propósitos que tengo. ¡Si digo
-que te has de asustar cuando me veas hecha una pobre cursi, defendiendo
-el ochavo y apartada de todas esas farándulas que me han sido tan
-agradables y que han estado á punto de perderme...!
-
-Tanto entusiasmo me alarmaba.
-
---No creas --prosiguió--, también hay algo de sacrificio; pero estos
-sacrificios y aun otros mayores, se hacen con gusto, cuando median...
-lo mucho que te quiero y el porvenir de mi hijo... Verás, verás.
-
-Y contando por los dedos, hizo un bosquejo de las estupendas economías
-que había de realizar.
-
---Fuera los jueves. Que cada cual vaya á comer á su casa... Fuera
-M. Petit, fuera el jefe de cocina, que son capaces de tragarse el
-presupuesto de una nación... Fuera todos los criados, á quienes he
-estado dando doce duros y dos trajes... Abajo el portero de estrados,
-que no sirve más que para enamorar á las doncellas... Abajo la
-doncella-costurera... Las cocheras y cuadras quedan en la cuarta
-parte... El ramo de vestidos y novedades suprimido por ahora... Vendo
-todos los zafiros, todos... Vendo la _rivière_, los cuadros de Sala y
-Domingo, el de Nittis, el Morelli, los cuatro grandes tapices, etc.,
-etc... Liquidación de arte... Y para concluir, reduciré á su mínima
-expresión las beneficencias de mi marido, y haré por que se suprima la
-_Sociedad de niños_...
-
---¡Alto allá! --dije yo, lastimado de ver cómo hería con su furibunda
-hacha económica la rama más sagrada del árbol de sus gastos--. Eso me
-parece una crueldad. Extremas mucho el programa. Al pobre Carrillo
-le quedan pocos días de vida, y es una infamia que se los amarguemos
-privándole de un entretenimiento que, por otra parte, es tan meritorio.
-Le anticiparíamos la muerte, le asesinaríamos. Señora, yo defiendo
-ese capítulo del antiguo presupuesto. Mis remordimientos votan porque
-subsista, y aun me atrevo á suponer que los de usted harán lo mismo.
-
-Dije esto entre bromas y veras, y ella, comprendiendo mi delicadeza y
-asimilándosela, alabó muchísimo lo que acababa de oir y contribuyó al
-triunfo de mi enmienda, no tanto con el voto de sus remordimientos como
-con el de sus caricias.
-
-
-III
-
-Empezó á dar vueltas por mi cuarto como si estuviera en su casa,
-quitóse el manto y la cachemira y los tiró sobre el sofá. Luego, viendo
-que allí no estaban bien, pasó á mi alcoba para ponerlos sobre la cama.
-Se miró al espejo, y llevándose ambas manos á la cabeza, hizo un ligero
-arreglo de su peinado. Después volvió hacia mí.
-
---¿Y cómo está hoy Pepe? --le pregunté.
-
---Está muy animadito --replicó--. Tiene compañía para todo el día. No
-pienso volver hoy por allá. ¿Y tú?
-
-Díjele que no tenía ganas de salir.
-
---Pues te acompañaré. Mando un recado á casa diciendo que almuerzo con
-mamá. ¿Pero vas á tener visitas de amigos? Entonces, señor mío, que
-usted se divierta... Lo mejor será que no recibas hoy á nadie.
-
-Anticipándose á mis deseos y á mi pereza, llamó á mi criado y le dió
-órdenes. Yo no estaba en casa. El señorito no recibía á nadie... ni al
-lucero del alba. Corriendo otra vez hacia mí, me dijo:
-
---¡Oh, si esto fuera París, qué buen día de campo pasaríamos juntos,
-solos, libres!... ¿Pero á dónde iríamos en Madrid? ¡Si aquí se pudiera
-guardar el incógnito!... Créelo, tengo un capricho, un antojo de mujer
-pobre y humilde. Me gustaría que tú y yo pudiéramos ir solitos, de
-incógnito, de riguroso _inepto_, como dijo el del cuento, al Puente de
-Vallecas, y ponernos á retozar allí con las criadas y los artilleros,
-almorzando en un merendero y dando muchas vueltas en el Tío Vivo,
-muchas vueltas, muchas vueltas...
-
---No des tantas vueltas, que me mareo. Si quieres ir, por mí no hay
-inconveniente. Mira, almorzaremos aquí. Da tus órdenes á Juliana...
-Después, más tarde, á las cuatro ó cuatro y media, nos iremos en mi
-coche á un teatro popular, á Madrid ó á Novedades: tomaremos un palco y
-veremos representar un disparatón...
-
---Sí, sí --gritó, dando palmadas con júbilo infantil--. ¡Y cómo me
-gustan á mí los disparatones! Echarán _Candelas_, ó quizá _El Terremoto
-de la Martinica_.
-
---O _El Pastor de Florencia_, ó _Los Perros del Monte de San Bernardo_.
-
-Echó á correr hacia lo interior de la casa para hablar con Juliana y
-darle órdenes referentes á nuestro almuerzo. Después subió al principal
-para dar un vistazo á su mamá y mandar desde allí el recado á su
-marido. Al volver á mi lado, encontróme de un humor alegre, dispuesto
-á saborear las delicias de un día de libertad. Repetí á mi criado las
-órdenes. No estaba en casa absolutamente para nadie, ni para el _Sursum
-corda_... Felizmente, mi tío y Raimundo, con quien no rezaban nunca
-estas pragmáticas, estaban aquel día fuera de Madrid en una partida de
-caza.
-
-Almorzamos. Híceme la ilusión de estar en París y en un hotel.
-Nadie nos turbaba. De la puerta afuera estaba la sociedad ignorante
-de nuestras fechorías. Nosotros, de puertas adentro, nos creíamos
-seguros de su fiscalización, y veíamos en la débil pared de la casa
-una muralla chinesca que nos garantizaba la independencia. ¡Con qué
-desprecio oíamos, desde mi gabinete, el rumor del tranvía, las voces de
-personas y el rodar de coches! Y más tarde, cuando la turba dominguera
-se posesionó de la acera de Recoletos, nos divertimos arrojando sobre
-aquella considerable porción del mundo que nos parecía cursi, frases de
-burla y de desdén. ¡Valiente cuidado nos daba que toda aquella gente
-viniera á rondarnos! Lo que hacía la sociedad con aquel ruido de pasos,
-voces y ruedas era arrullarnos en nuestro nido.
-
-Y atisbando detrás de la persiana de madera, veíamos pasar á muchos
-conocidos. Algunos iban por la acera de enfrente. Por la de mi casa
-vimos grupos de amigos: el general Morla, el _Saca-mantecas_ y Jacinto
-Villalonga, que andaban á buen paso y no pararían hasta el Hipódromo.
-
---Mira _la ordinaria de Medina_ --me dijo Eloísa, llamándome la
-atención hacia su hermana, que pasó con su marido--. ¡Qué gorda se está
-poniendo! Han dejado el carruaje en la casa de Murga, y no podrá ir más
-allá de la Biblioteca.
-
-Vimos también á Pepito Trastamara en un cochecillo que parecía una
-araña, y él era otra araña. Fuera de los caballos, que tenían aire de
-nobleza, y del lacayo, que era un hombre, todo lo demás era risible,
-grotesco. Chapa apareció en el coche de Casa-Bojío, y Severiano á
-caballo. Poco antes había pasado su señora, que era legalmente señora
-de otro. ¡Qué lejos estaban todos de sospechar que les mirábamos
-desde aquella escondida atalaya, que nos reíamos de ellos y que les
-compadecíamos por no ser libres y felices como lo éramos nosotros!
-
-La idea de ir al teatro perdió terreno. La pereza nos clavaba en donde
-estábamos. Mejor estaríamos allí que viendo los disparatones de los
-teatros populares. ¿Qué disparatón más grato y entretenido que el
-nuestro? El tiempo y nuestra languidez nos mecían y nos engañaban,
-dándonos nociones muy obscuras acerca de la duración de aquellos
-diálogos vivos ó de los ratos de sopor que les seguían.
-
-En medio de tanta indolencia, una idea me inquietaba de vez en cuando,
-haciendo correr por mi cuerpo vibraciones nerviosas. Era la idea de que
-el buen rato que yo pasaba, lo pudiera pasar otra persona; pues aquel
-ramillete de gracias que me deleitaba era más hermoso cada año, y con
-su creciente lozanía indicábame que resistiría sin ajarse las caricias
-de muchas manos. El mismo derecho que yo tuve teníanlo otros. Todo
-estaba en que ella quisiese dejarse coger. Aunque ya no me sentía tan
-entusiasmado como al principio, la idea de que no fuese exclusiva para
-mí y sagrada para los demás, helábame la sangre. Pero ya, ya lo sería,
-porque en un plazo que pudiera ser breve nos casaríamos y... ¿Y si
-después, cuando estuviese bien pertrechado de derechos, algún mortal,
-tan afortunado como yo lo era entonces, me robaba lo que yo robaba?...
-¡Ah, buen cuidado tendría yo!... ¿Para qué servían la energía y la
-autoridad?... Estos recelos no se calmaban ni aun con el juramento,
-dado entre mil ternezas y tonterías, de una lealtad á prueba del
-tiempo, de una fidelidad que rayaba en el romanticismo pedantesco por
-su elevación sobre todas las cosas humanas. Nuestro cuchicheo variaba
-de asunto y de tono. No tratábamos de cosas exclusivamente ideales y
-voluptuosas. La viva imaginación de Eloísa trajo al altar de Cupido
-expresiones que no encajaban bien entre las medias palabras del amor,
-y prosaísmos que no se entreveraban bien con las rosas; pero todo
-cuanto venía de ella, si bien no ahondaba ya tanto en mi corazón, me
-entretenía, me seducía, me deleitaba.
-
---Si tú quisieras --me dijo, después de un largo silencio--, lograrías
-ser mucho más rico de lo que eres. Con el capital que tienes y tu
-experiencia de los negocios, podrías, trabajando... Quiero decir,
-que aquí el que no dobla el capital en pocos años, es porque no
-quiere. Fúcar me lo ha dicho. ¿Te ríes? ¿Me preguntas el secreto? No
-es secreto: demasiado lo sabes. El inconveniente que hay ahora es
-que el Tesoro está desahogado y no hace ya empréstitos. Durante la
-guerra, Fúcar y otros como él triplicaron su fortuna en un par de
-años. No te rías, no abras esa bocaza. Yo siento en mí arrebatos de
-genio financiero. Me parece que sería un Pereire, un Salamanca si
-me dejaran... Vamos á ver, ¿por qué tú, que tienes dinero y sabes
-manejarlo, no vas á la Bolsa á hacer _dobles_? ¿Por qué no te haces
-amigo, muy amigo de los ministros, para ver si cae un empréstito de
-Cuba, ya que en la Península no se hacen ahora? Conque el ministro de
-Ultramar te encargara de hacer la suscripción, dándote el 1 por 100 de
-comisión, ó siquiera el medio, ganarías una millonada. De este modo ha
-ganado Sánchez Botín muchos cuartos... lo sé... me lo contó Fúcar. Dí
-que eres un perezoso, que no quieres molestarte. Eres diputado y no
-sabes sacar partido de tu posición. ¿Por qué no te quedas con una línea
-de ferrocarril, la construyes y después la traspasas á algún primo que
-cargue con la explotación? Te admiras de lo que sé. Qué quieres... me
-gustan estas cosas. Fúcar me habla galanterías, y yo le digo que la
-mejor flor con que me puede obsequiar es contarme cositas de éstas y
-decirme cómo se hacen los negocios. Si tú tuvieras empeño en ello,
-Fúcar te daría participación en sus contratas de tabaco. ¡Lástima que
-no hubiera guerra civil!, pues si la hubiera, ó te hacías contratista
-de víveres ó perdíamos las amistades.
-
-Cuando tan repentinamente saltó Eloísa con aquella perorata,
-quedéme perplejo, absorto, dudando de lo que oía; pero pasada la
-primera impresión, me eché á reir, sí: me reía con toda mi alma, no
-comprendiendo aún la gravedad que entrañaba aquel insano entusiasmo por
-cosas tan contrarias á la condición espiritual de la mujer. Mirábalo
-yo como una gracia más, como un hechizo nuevo, hijo de la moda. Lejos
-de asustarme, mi ceguera era tal, que me reía viendo los incipientes
-resoplidos del volcán en cuyo cráter dormía yo tan descuidado.
-
---¡Ah! esto de las contratas es mi fuerte --proseguía ella con
-vehemencia humorística--. Fúcar me ha contado cosas que pasman.
-Pregúntale á Cristóbal Medina lo que hacía su padre. Pues muy sencillo.
-Como el Gobierno no tenía medios de transporte, el maragato se iba
-al Ministerio de la Guerra y decía: «Yo pongo á disposición del
-Gobierno dos mil carros, en tanto tiempo, á razón de tanto.» Luego
-no ponía más que mil quinientos, y cuando se moría una mula vieja, ó
-veinte ó doscientas (y no valía cada una diez duros), el veterinario
-certificaba... «mula de primera», lo que quiere decir cuatro mil reales
-por cadáver de mula. Después la Administración militar liquidaba, y
-allá te van millones... Si digo que tú eres simple. Yo, á ser tú, me
-daría mis trazas para saber cuándo iba á subir el Amortizable y...
-¡á comprar se ha dicho! Si yo pudiera seguir en mi tren de antes,
-invitaría al ministro de Hacienda, á todos los ministros, y les
-embobaría con cuatro palabras amables, y me haría dueña de todos los
-secretos de la alta banca... ¿Y quién te dice, bobo, que no podrías tú
-correr con el pago del cupón en Londres, negociando letras?... También
-se procuraría que el Gobierno comprara acorazados para que tú, como
-quien hace un favor, te encargaras de hacer los pagos... Porque sí, hay
-que fomentar nuestra marina de guerra. O si no, búscate comisiones en
-Fomento. ¿Con qué crees que ha pagado Villalonga sus trampas sino con
-lo que va sacando de las compras de máquinas en Inglaterra? ¡Oh! yo sé
-mucho... Esa isla de Cuba es todavía, aun de capa caída como está, una
-verdadera mina que no se explota bien. ¡Ah! se me ocurre ahora que lo
-que debe hacer España es venderla. Y mira, nadie mejor que tú se podría
-encargar de las negociaciones en los Estados Unidos, en Alemania ó en
-el Infierno. Conque te dieran el medio por ciento de corretaje...
-
-Estaba yo tan alucinado, que tomaba estas cosas por jovialidades sin
-substancia... Con tales tonterías se pasaba el tiempo, y por fin la
-adusta hora de la separación llegó. Hubo parodias grotescas de _Romeo y
-Julieta_.
-
---Esa claridad mortecina no es, como dices, la del gas, sino la del
-crepúsculo. El cielo, teñido de rojo, celebra con siniestro esplendor
-las exequias del día. Es la _pseudo aurora_ que este año da tanto que
-hablar á la gente supersticiosa...
-
---No: es el gas, el gas. Ya el mensajero de la noche, corriendo de
-farol en farol con un palo en la mano, va colgando luces en las ramas
-de los árboles...
-
---Te digo que es la tarde...
-
---Te digo que es la noche...
-
---Un rato más...
-
---¡Horror de los horrores: las siete!
-
-La ví disponerse á prisa, arreglarse el cabello ante el espejo. Su
-coche había venido á buscarla. Más tarde nos volveríamos á ver en su
-casa. Aunque parezca extraño y en contraposición á todas las leyes del
-sentimentalismo, yo deseaba ya que me dejase solo, pues me entraba
-súbitamente un tedio, un cansancio contra los cuales nada podía lo poco
-espiritual que en mí iba quedando.
-
---Abur, abur: ¡qué tarde!...
-
---¡Que se te olvida el libro de misa!
-
---¡Qué cabeza! No faltes esta noche. Hablaremos de negocios... El mejor
-negocio es ser pobre, no tener nada, no esperar nada. Déjame que me
-mire otra vez. ¿Qué tal cara tengo?...
-
---Así, así...
-
---Abur, abur. ¡Ay! que se me traba la cachemira en la silla. Parece que
-los muebles me retienen y no quieren dejarme salir. Pillo, no faltes.
-Si no vas, te sacaré los ojos... Pues he de mirarme otra vez. Se me
-figura que llevo escrito en mi cara... Jesús, ¡qué tarde es!... ¿Y el
-otro guante?...
-
---Aquí está, sobre la silla...
-
---¡Ah! mira, me llevaba tu pañuelo... El cuerpo del delito. ¡Cómo nos
-delatamos los grandes criminales! Merezco la horca. Bueno, me colgaré
-de tu cuello, así... ¿A que no me levantas? No puedes, no tienes
-fuerza. Abur, abur: tengo un hambre atroz. En cuanto llegue á casa, me
-haré servir la comida... Caballero...
-
---Señora...
-
---Encantada de conocer á usted... Me parece usted algo tímido. No se
-decide...
-
---Señora, usted se me antoja una sílfide, un hada sin consistencia
-corpórea, sin realidad física...
-
---¡Burlón! otro abrazo. Tu amor ó la muerte... Que te espero...
-
---¡Eh! sinvergüenza, no pellizques.
-
---Te dejo ese cardenal para que te acuerdes de mí cuando mires á otra.
-Al fin me voy. ¿Por qué no vienes conmigo?...
-
---Tengo que vestirme...
-
---Si parece que has salido de un hospital... ¿Qué tal? ¿Estás malito?...
-
---Abur, abur... Largo de aquí...
-
---Feo, apunte, mamarracho, adiós.
-
-
-
-
-XIII
-
-Ventajas de vivir en casa propia. -- La noche terrible.
-
-
-I
-
-Considerando que era una tontería vivir en casa alquilada teniéndola
-propia, arreglé el principal de mi finca, y me mudé á él. No me
-disgustaba alejarme del domicilio de mi señor tío, porque la familia
-empezaba á serme gravosa en una ú otra forma. Aunque Raimundo volvió á
-dormir en casa de sus padres, en realidad no me despedí de él, porque
-por mañana y noche le tenía á mi lado. Era una adherencia sistemática,
-lealtad canina que á veces me causaba molestias. Cuando la manía del
-reblandecimiento no le permitía pronunciar la _tr_, se ponía el tal
-primo fastidioso, y era más pegadizo que en tiempos normales. Si estaba
-yo lavándome, él allí, describiendo con lúgubre tono los síntomas de su
-mal. Si almorzaba, él enfrente, bien participando del almuerzo, bien
-amenizándolo con un comentario de las palpitaciones cardiacas ó de las
-sensaciones reflejas, todo ello en forma y estilo de _Dies iræ_ y con
-una cara patibularia que daba compasión. Si estaba yo en mi gabinete
-escribiendo cartas, él allí, arrojado sobre el sofá, como un perro
-vigilante y amigo, callado hasta que yo le decía algo. Si le encargaba
-algún pequeño trabajo, como copiarme una minuta, sumarme varias
-partidas, cortarme cupones y sacar nota de ellos, lo hacía venciendo
-su indolencia, dando á entender que el gusto de complacerme podía más
-que su enfermedad. Estas crisis de languidez solían parar en raptos
-espasmódicos. No sólo pronunciaba entonces con facilidad y rapidez
-el condenado ejercicio que le servía de gimnasia vocal, sino que su
-lenguaje todo era febril y de carretilla, cortado de trecho en trecho
-por pausas, en las cuales se quedaba el oyente más atento, esperando lo
-que había de venir después. Tales son las pausas que hace el ruido del
-viento en una mala noche. Durante ellas la expectación del ruido nos
-molesta más que el ruido mismo.
-
-En semejante estado, la calenturienta habladuría de mi primo se refería
-siempre á cuestiones de dinero. Sin duda, éste se había condensado
-en el cerebro del pobre Raimundo, constituyendo su idea fija, que al
-mismo tiempo le espoleaba y atormentaba. Sus temas eran éstos: ¡si en
-Madrid se gasta más dinero del que existe; si la sociedad matritense
-está en perpetuo déficit, en perpetua bancarrota; si no se verifica
-una transacción grande ó pequeña, desde el gran negocio de Bolsa á la
-insignificante compra en una tiendecilla, sin que en dicha transacción
-haya alguien que sea chasqueado...! Le ocurrían cosas bastante
-originales en la forma, otras muy extravagantes, pero que escondían
-algo de verdad.
-
---Sostengo --decía-- que no existen, contantes y sonantes, más que
-veinte mil reales. Cuando uno los tiene, los demás están á cero.
-Pasan de mano en mano haciendo felices sucesivamente á éste, al
-otro, al de más allá. Lo que llaman _un buen año_, es aquél en que
-los tales mil duros corren, corren, enriqueciendo momentáneamente á
-una larguísima serie de personas. Cuando se habla de paralización,
-de crisis metálica; cuando los tenderos se quejan y los industriales
-chillan y los bolsistas murmuran y los banqueros trinan, es que los
-milagrosos mil duros corren poco, estando mucho tiempo en una sola
-caja. La sociedad entonces se pone de mal humor. Lo bonito es verles
-andar de una parte á otra, despertando el contento general. Creeríase
-que es el gracioso juego del _corre, corre, vivito te lo doy_. Viendo
-pasar por sus dedos el talismán, se creen dichosos, y lo son por un
-momento, el empleado, el tendero, el almacenista, el banquero, el
-agente de Bolsa, el prestamista, el propietario, el contratista, el
-habilitado, el casero. La piedra filosofal, por correrlo todo, hállase
-también en las manos del jugador; pasa rozando por los dedos de la
-entretenida; sube á las grandes casas de negocios; baja á las arcas
-apolilladas del usurero; taladra las cajas del regimiento; se mete en
-la Delegación de Contribuciones; sale bramando para ir al Tesoro; la
-arrebata de cien manos una; va á ser el encanto de la noche de festín;
-vuelve al comercio menudo, donde parece que se subdivide para juntarse
-al momento; la agarra otra vez la usura; la coge el propietario
-hipotecando una finca; vuelve á la Bolsa; la gana un afortunado
-bajista; la pierde por la noche á la ruleta un sietemesino; va á parar
-luego á un contratista; le echa el guante uno que suministra postes de
-telégrafos ó cajas para tabacos; va de sopetón á servir de fianza en
-la Caja de Depósitos; la envían rápidamente de aquí para allí como una
-pelota las distintas oficinas del Estado; corre, gira, pasa, rueda,
-y en este movimiento infinito va haciendo ricos á los que la poseen.
-¡Venturosos los que, siquiera por un momento, se jactan de echarle el
-guante!... Ahora bien, queridísimo primo: pues los hechos han querido
-que en el actual minuto histórico la consabida pelota esté en tus
-manos, haz el favor de compartir conmigo tu felicidad prestándome dos
-mil reales.
-
-Así concluían siempre sus humoradas económicas. Mientras viví en
-Recoletos, estos sablazos de familia se repetían mensualmente, y la
-verdad, yo los llevaba con paciencia y sin contrariedad grave. Mi buen
-primo no tenía más que su mezquino sueldo y alguna cosilla que su
-padre le daba. Yo era rico, y poco perdía, relativamente á mi fortuna,
-con los ataques de aquella divertida mendicidad. La compasión, el
-parentesco, la admiración del ingenio de Raimundo, obraban en mí para
-determinar mi liberalidad. Gozaba en su júbilo al tomar el dinero, y
-me parecía que echaba combustible á su temperamento para encenderlo
-y verle despedir las chispas de gracia con que me divertía tanto.
-¡Pobre Raimundo! si á él le denigraban sus sablazos, en mí eran medio
-indirecto de gratificar al bufón de mi opulencia, de pagarle la
-tertulia que me hacía y las adulaciones con que halagaba mi vanidad.
-
-Pero las cosas cambiaron. Cuando me fuí á vivir á mi casa de la calle
-de Zurbano, llevé conmigo, por razones que se comprenderán fácilmente,
-la idea de mirar mucho el dinero que salía de mi caja. Ya los golpes
-duros de aquel compañero de mis horas tristes empezaban á dolerme.
-Aquélla fué la primera vez que Raimundo, al pedirme limosna, no vió la
-indulgencia y la generosidad pintadas en mi semblante.
-
---Toma mil reales --le dije arrojándoselos desde lejos--; lárgate á la
-calle con viento fresco, y tarda todo el tiempo que puedas en gastarlos.
-
-Generalmente, la recepción de las sumas que me pedía obraba con
-maravilloso poder terapéutico sobre la raquis de aquel hombre infeliz,
-porque su languidez cesaba al instante, su palabra era más expedita
-y clara, resplandecían sus ojos; en fin, era otro hombre. No tardaba
-en tomar calle, y por lo común, al día del sablazo sucedían mañanas
-y tardes en que no parecía por mi casa. Estos eclipses me gustaban,
-aunque no eran baratos. Poco á poco se iba gastando la virtud
-medicatriz de mi bálsamo, y el hombre volvía á desmayar y á decaer como
-planta de tiesto á la que se le va secando la tierra; la lengua se le
-entorpecía, el temblor nervioso le hacía parecer tocado de idiotismo,
-hasta que su crisis tenía nuevamente alivio y término en otra sangría
-de mi bolsillo. Contra lo que manda la ciencia, el enfermo era la
-sanguijuela y el médico se la ponía.
-
-Francamente, en aquellos días empezaron mis hombros á sentirse cansados
-bajo el peso de mi familia. Una mañana estaba yo vistiéndome, cuando
-entró el portero muy afanado y me dijo que la señorita Camila se estaba
-mudando al cuarto tercero de la derecha, el único que no se había
-alquilado todavía. Ni mi prima me había dicho una palabra acerca de
-tomar el cuarto, ni había cumplido ante el portero, que me representaba
-para aquel caso, ninguna de las formalidades que la ley y la costumbre
-establecen para ocupar una casa ajena.
-
---No me he atrevido á decirle nada --manifestó el portero,
-sofocadísimo--. Arriba está colocando los muebles con una bulla de
-cien mil demonios, y en el portal han parado dos carros de mudanza. Yo
-hice presente á la señorita que el señor no había dicho nada, ni se ha
-hecho contrato, y me respondió que me fuera enhoramala, que ella se
-entendería con el señor y... que yo no soy nadie. Conque vengo á ver...
-
-No quise tomar una determinación ruidosa, y dejé que mi prima
-ocupase el cuarto, resuelto á cantar muy claro al feo de Miquis las
-obligaciones que contraía por el hecho de ocupar mi propiedad. Más
-tarde se personó en mi presencia la propia Camila, y me dijo:
-
---Perdona, primito, _comparito_, que hayamos tomado tu casa por asalto.
-La ví ayer tarde, y me gustó tanto que no he querido que pasase el
-día de hoy sin estar en ella. No creas, te pagaremos religiosamente,
-te daremos dos meses en fianza. ¿No bajas nada de los siete mil? En
-fin, por ser compadre, te daremos seis mil quinientos, y no resuelles,
-porque será peor. Te pagaremos cuando tengamos dinero, que ojalá sea
-pronto... Y calla, hombre, calla: ya sé lo que me vas á decir. Tienes
-razón, esto es un abuso; pero por algo somos compadres. Nosotros los
-Buenos de Guzmán tenemos así este genio pronto. Me voy, que tengo que
-dar una mamada á mi cachorro. ¡Ah! nuestra casa está á tu disposición.
-Puedes subir cuando quieras y nos acompañaremos mutuamente. Estás muy
-solito, y te aburrirás en este caserón. Nosotros no salimos, no vamos
-á ninguna parte. Estoy consagrada á darte un ahijado gordo y rollizo.
-Sube y lo verás.
-
-Subí aquella tarde. Camila, sin reparo alguno, sacó el pecho en mi
-presencia y se puso á dar de mamar al inocente. Mi ahijado no era
-bonito, ni robusto, ni sano. Cuando no tenía el pezón en la boca,
-estaba consagrado exclusivamente á la ejecución de un interminable
-solo de clarinete que atronaba la casa. En ésta no se podía dar un
-paso. Ningún mueble estaba aún en su sitio, y el gañán de Constantino
-no hacía más que clavar clavos por todas partes, rasgándome el papel,
-descascarándome el estuco, y dando tanto porrazo, que parecía haberse
-propuesto destrozarme todos los tabiques.
-
---La casa me gusta --díjome Camila obligándome á sentarme en una silla
-á su lado, después que me acercó á los labios la carátula roja de su
-feo muñeco para que la besase--, me gusta mucho; pero tiene grandes
-defectos, sí; defectos que me harás el favor de corregir inmediatamente.
-
---Conque inmediatamente... ¡qué ejecutivo está el tiempo!
-
---Chitito, callando, y obedecer. Mira que tengo malas pulgas... Pues
-sí, es preciso que mandes acá tus albañiles mañana mismo. Necesito
-que me abras una puerta de comunicación en este tabique que está á mi
-espalda. No sé en qué estaba pensando el arquitecto cuando trazó la
-casa. No se les ocurre á esos tipos que todas las habitaciones de una
-crujía deben estar comunicadas. Necesito, además, que des luz al cuarto
-de la muchacha, bien por el patio, bien por la cocina, poniendo una
-vidriera alta, ¿entiendes? Fíjate bien; parece que no haces caso de
-lo que se te dice... Otra cosa: es preciso que me pongas una cañería
-desde el grifo de la cocina al cuarto del baño, para llenar cómodamente
-la tina. Y de paso me abrirán otra puerta de comunicación entre dicho
-cuartito del baño y el comedor. Harás que me pongan campanillas en
-todas las piezas, pues sólo dos las tienen, y en la sala quiero
-chimenea. Voy á hacer de la sala gabinete, y aunque yo no tengo frío,
-las visitas... ya ves. Voy á dar _tés danzantes_.
-
---Dí de una vez que mande construir de nuevo la finca --repuse tomando
-á broma sus reformas.
-
---No te hagas el tontito. ¡Ah! desde que eres casero te has vuelto
-tacaño, antipático... Ya no eres el caballero de antes; ya no piensas
-más que en sacarle el jugo al pobre... Pues mira, tú te lo pierdes. Si
-no haces las obras que te he dicho, nos mudaremos y se te quedará el
-cuarto vacío. Conque á ver qué te conviene más.
-
-Iba á contestarle que prefería el vacío á un inquilinato tan exigente y
-que tenía todas las trazas de ser improductivo; pero en aquel instante
-mi ahijado, dejando el pecho de su madre, me miró ¡pobrecillo! con una
-singular expresión de súplica. Parecía que impetraba mi indulgencia
-en pro de sus estrafalarios y míseros papás. Aquel infeliz niño, tan
-gordinflón que parecía hinchado, me inspiraba mucha lástima. Con
-su debilidad, con su inocencia y con aquel modo de mirar, atento y
-pasmado, ganaba mi voluntad, reconciliándome con mis inquilinos. En
-Camila me interesaba la solicitud con que se desvivía por el cuidado
-y la crianza de su hijo, sin hacer caso de nada que no fuera este
-fin alto y noble, alejada de la sociedad y de las diversiones. Por
-esta exaltación del sentimiento materno, que en ella surgía con los
-caracteres de una virtud sólida, le perdonaba yo sus desfachateces
-y tonterías, la falta de recato y formalidad que siempre era lo más
-distintivo y visible de su extraño carácter. Pero me quedaba la duda
-de que el sentimiento materno fuera también caprichoso como todas las
-vehemencias maniáticas que sucesivamente privaban en su espíritu. El
-tiempo me diría si aquello, que parecía mérito muy grande, resultaría
-después, como sus acciones todas, un entusiasmo efímero. Por fin,
-después de reirme mucho, contesté con un «veremos» á las peticiones de
-reforma en la casa.
-
-¡Cuál no sería mi sorpresa dos días después, cuando Constantino,
-entrando inopinadamente en mi despacho, me puso en la mano el importe
-de un mes adelantado y dos meses de fianza!
-
---Dispense usted, señor casero --me dijo--, la demora. Esperaba yo que
-mi mamá me mandase los cuartos. En la Mancha ha habido malas cosechas,
-y por esta razón... De aquí en adelante cumpliremos mejor. Me dijo ayer
-Camila que usted creía que no le íbamos á pagar, y que nos habíamos
-metido en su casa para habitarla de balde... ¿Apostamos á que se lo
-pensó así?
-
---No, hombre; no creí tal. Ideas de esa loca. No hagas caso... Sois las
-personas más formales que conozco. A entrambos os aprecio mucho. Seré
-con vosotros un casero indulgente. Seréis para mí los inquilinos más
-considerados y los vecinos más queridos. Y cuando me encuentre aburrido
-en esta soledad, subiré á haceros compañía, á buscar un poco de calor
-en el fuego de vuestra felicidad.
-
-Él me instó á que subiera todas las noches para darnos mutuamente
-tertulia. Camila no iba á ninguna parte: la obligación de la teta
-y el cuidado del _crío_, que no parecía estar bueno, la retenían
-constantemente en casa. Él tampoco salía ya de noche, porque Camila, á
-fuerza de predicarle y de reñirle, unas veces tratándole por buenas,
-otras por malas, había conseguido quitarle la mala costumbre de ir al
-café.
-
---Como somos pobres --añadió--, tenemos pocas visitas. Mi hermano y su
-mujer suelen ir algunas noches. Suba usted y jugaremos al tute, á la
-brisca, al burro y á las _siete y media_, que son los únicos juegos que
-Camila consiente. Ella, si usted sube, tocará el piano y cantará alguna
-cosa bonita de las muchas que sabe.
-
-Dí las gracias á aquel honrado cafre, que me pareció haberse
-domesticado algo desde el tiempo en que nos conocimos, é hice propósito
-de no despreciar su invitación.
-
-
-II
-
-Porque en aquellos días tenía yo muy pocas ganas de andar por el
-mundo; sentía no sé qué secreto, abrumador hastío, y un indefinible
-anhelo de la vida de familia, de reposo moral y físico. No pudiendo
-satisfacerlo cumplidamente, compartía mi tiempo entre la casa de Eloísa
-y la de Camila, huyendo de círculos, teatros y reuniones mundanas ó
-políticas que me aburrían soberanamente. En la primera de aquellas
-casas alternaban para mí las horas tristes con las horas entretenidas,
-pues si bien la fatiga y cierta tibieza del corazón hacíanme padecer,
-pasaba ratos agradables charlando con Eloísa de aquellos proyectos de
-pobreza, que tanta gracia tenían en su boca, ó poniendo en vigor con
-rigurosa actividad el plan de economías que debía salvarla. Yo mandaba
-allí como si fuera el amo, y disponía á mi antojo de todo. Hice un
-desmoche horrible de criados, y tuve el gusto de plantar en la calle
-al danzante de M. Petit y al jefe de cocina, con sus tres pinches. Una
-mujer bastante hábil, asistida de una _pincha_, se encargó de hacer de
-comer. Despedí también á la doncella-camarera, que me parecía mujer de
-muchos enredos. Era italiana, de buen ver, llamábase _Quiquina_ y había
-venido á España al servicio de una célebre artista del Real. Supe que
-había dado escándalos en la casa, dejándose requerir por los cocheros
-y lacayos, y que Pepito Trastamara la perseguía por los pasillos.
-Semejante trapisondista no debía seguir allí, y salió pitando, aunque
-Eloísa lo sintió porque la servía muy bien. De los mozos que lucían
-frac ó librea en los grandes jueves, no quedó más que Evaristo, criado
-mío muy leal, á quien coloqué en la servidumbre de mi prima. Parecía
-estar en honestas relaciones con Micaela, la doncella de Rafaelito.
-Eloísa me aseguró que se casaban y que seguirían sirviéndola después de
-la boda. Agradábame que Evaristo permaneciera, porque me constaba de un
-modo absoluto su adhesión, y me convenía tener un perro de presa, un
-vigilante, un espía dentro de aquellos muros.
-
-Entre tanto, las cuadras y cocheras se reducían á un tiro nada más. Los
-lienzos gustaban al ministro de Holanda, que probablemente se quedaría
-con ellos por una cantidad alzada. Eloísa daba á su prendera los
-zafiros para que los _corriera_, y todo iba bien, perfectamente bien.
-Para descansar de estas tareas de gobierno, solía pasar algunos ratos
-con Rafaelito, el más mono y salado chiquitín que podría imaginarse.
-Tenía ya dos años, y los disparates de su preciosa boca me encantaban
-más que todas las cosas admirables que han dicho los poetas desde que
-hay poesía. Sus agudezas, feliz ensayo de la malicia humana, eran mi
-mayor diversión. Para gozar de aquel hermoso oriente de una vida,
-provocaba yo y movía las manifestaciones rudas de su naciente carácter;
-le hurgaba para que se me mostrara tal cual era, ya riendo como un
-loco, ya colérico; le sacaba de un modo capcioso las marrullerías, las
-astucias y los impulsos nobles del ánimo. Las horas muertas me pasaba á
-su lado, á veces tan chiquillo como él, á veces tan hombre él como yo.
-Componíale yo los juguetes, después que entre los dos los habíamos roto.
-
-También empleaba algunos ratos en acompañar al pobre Carrillo, que
-apenas salía de su cuarto. Figurándome que tenía con él una deuda
-enorme, se la pagaba con buenas palabras y con atenciones cariñosas.
-Nada agradecía él tanto como que se le diera cuerda en cualquier tema
-de los suyos y en su fervoroso entusiasmo por la política inglesa.
-Yo sabía herir siempre las fibras más sensibles de su amor propio de
-propagandista y de anglómano. Con mi conversación se animaba, ponía en
-olvido sus crueles dolores y lanzaba su fantasía al espacio inmenso de
-los grandes proyectos. Mientras platicábamos, solía estar con nosotros
-el pequeñuelo. Pero ocurría un caso muy particular, que á mí no me
-causaba asombro por estar ya muy hecho á las cosas contrarias á la
-Naturaleza y á la razón. El pequeño se divertía poco con su papá, y
-esquivaba el estar en sus brazos. Pronto conocí que le tenía miedo,
-y que el rostro demacrado de Carrillo, con su amarillez azafranosa,
-producía en el pobre niño un terror que no sabía disimular. La verdad
-era que hasta entonces el infeliz padre, harto ocupado con los hijos
-ajenos, se había entretenido poco con el suyo. Rafael no hallaba calor
-en los brazos de Pepe y venía á buscarlo en los míos. Ni dejaba perder
-ocasión el muy inocente de preferirme al otro. Carrillo dijo un día
-con amarguísima tristeza: «Te quiere más que á mí», frase que se clavó
-en mi conciencia como un dardo. Hubiérame agradado que el pequeño no
-me acibarase el espíritu con sus preferencias; trataba yo de volver
-por los fueros de la Naturaleza ofendida; pero no lo podía conseguir.
-El chiquillo me adoraba. Viéndole desasirse con gesto desabrido de los
-brazos de su padre, sentía yo en mi alma un peso que me aplanaba. Le
-habría dado azotes, si no temiera que este remedio trivial agravase el
-daño. Y Carrillo me miraba como con envidia, y me hacía volver los ojos
-á otra parte, sobrecogido de inexplicable turbación. La imagen de aquel
-resto de hombre, fijo en su asiento, inmóvil de medio cuerpo abajo,
-flaco y consumido, de un color de cera virgen, con las manos temblonas
-y el aliento difícil, me perseguía en todas partes de noche y de día.
-Imposible, imposible expresar el sentimiento que me inspiraba, mezcla
-imponente de lástima y miedo, de desdén y respeto.
-
-En casa de Camila pasaba yo algunos ratos por las mañanas antes de
-almorzar. Confieso que la loca de la familia me iba siendo menos
-antipática, y que en su endiablado carácter empezaba yo á descubrir
-cualidades no despreciables, que habrían lucido más entresacadas de
-aquella broza que las envolvía. El cariño ardiente y sincero que
-parecía tener al simplín de su marido, eran para mí una de las cosas
-más dignas de admiración que había visto en mi vida. La sencillez de
-sus costumbres y su alejamiento de las ostentaciones de la vanidad,
-también me agradaban. Pero estas dotes recién descubiertas creía yo que
-no debían estimarse como positivas hasta que las circunstancias no las
-pusieran á prueba. Era cosa de verlo. Con quien yo no congeniaba era
-con mi ahijado, el más ruidoso y malhumorado cachorro que mamaba leche
-en el mundo. Muchas veces tuve que huir de la casa porque su clarinete
-me volvía loco. Era el tal de una robustez sospechosa, gordinflón,
-amoratado. No había equilibrio en aquella naturaleza, y su sangre,
-quizás viciada, se manifestaba en la epidermis con florescencias
-alarmantes. En vano Camila tomaba grandes tragos de zarzaparrilla y
-otros depurativos. El pequeñuelo mostraba rubicundeces y granulaciones
-que parecían retoños vegetales. No debía de estar sano, porque su
-inquietud crecía con su sospechosa robustez. Lo peor de todo era que
-Camila bajaba con él á mi casa cuando menos falta tenía yo de música,
-y la una con sus cantos y el otro con sus chillidos me daban unos
-conciertos matutinos y nocturnos que me aburrían.
-
-Vuelvo á la otra casa, donde, inopinadamente, ocurrieron sucesos en
-el breve espacio de una noche, que dejaron indeleble recuerdo en mí.
-Si mil años vivo, no olvidaré aquellas horas terribles. Eloísa, que
-por instigación mía había dejado de renovar su abono en los teatros,
-fué invitada aquella noche por una de sus amigas á un estreno en la
-Comedia. Dudó si iría; pero Carrillo se encontraba mejor que nunca: él
-y yo la instamos á que fuera. No eran aún las nueve, cuando Pepe se nos
-puso muy mal. Estábamos allí el ayuda de cámara, Villalonga y yo. Al
-punto comprendimos que el enfermo sufría una crisis de las más graves.
-Mandé inmediatamente por el médico, y también quise mandar á buscar á
-Eloísa; pero Carrillo, en aquel paroxismo que parecía la agonía de la
-muerte, tuvo una palabra para oponerse á mi deseo, diciendo:
-
---No, no: déjala que se divierta la pobre.
-
-En esta frase creí sorprender un desdén supremo; pero seguramente me
-equivocaba, y lo que había era un espíritu de condescendencia llevado á
-lo último.
-
-El infeliz sufría horribles dolores. El cólico nefrítico se presentaba
-más espantoso que nunca, complicado con un gran aplanamiento. El médico
-auguró mal, y se negó á administrar como inútiles las inyecciones
-hipodérmicas. El marqués de Cícero, á quien avisé, vino prontamente
-acompañado de su respetable y también insignificante hermana, y después
-de echar un vistazo al enfermo, salió de la alcoba, porque, según
-dijo, no tenía corazón para ver padecer. Fuése á las habitaciones
-más distantes, donde estuvo largo rato hablando con los criados, y
-después pasó al despacho. Le ví luego vagar por la antesala, echando
-ojeadas de admiración á los espejos y azotándose la pierna derecha con
-un bastoncillo. Cuando me tropezaba con él, pedíame noticias de su
-sobrino. Después se pasaba la mano por aquella frente hermosa digna de
-encerrar talento; se la frotaba como quien acaricia una gran idea que
-le cosquillea debajo del cráneo, y decía con el tono misterioso que se
-da á los descubrimientos:
-
---¿Sabe usted, amigo, que ya van creciendo mucho los días? Hoy, á las
-cinco, era completamente claro.
-
-Aquella noche, afortunadamente, no llevó ninguno de los perros que
-solían acompañarle. A veces me llamaba con gran aparato de manotadas y
-chicheos para decirme al oído:
-
---La pobre Angelita no sospechaba que Pepe viviría menos que yo. Estoy
-muy fuerte. Si Pepe hubiera seguido yendo al monte conmigo todos los
-sábados para volver los lunes, no se vería como se ve.
-
-Me lastimaba mucho, no puedo ocultarlo, que el marqués y su hermana
-advirtieran la ausencia de Eloísa en ocasión tan crítica. Ya me
-disponía á mandarle un recado... cuando la ví entrar. Eran las diez
-y media. ¿Cómo tan pronto si la función no podía haber concluído? No
-se ocupó ella de darme explicaciones, porque en el portal los criados
-la habían enterado de la gravedad del enfermo. Entró anhelante en la
-alcoba de éste, y pasándole la mano por la frente, díjole algunas
-palabras consoladoras y afectuosas. Después corrió á quitarse el
-vestido de sociedad, que era un sarcasmo en tan lastimosa escena. Fuí
-tras ella á su tocador, y mientras se mudaba de traje, contóme en
-palabras breves el motivo de su temprana salida del teatro. La obra que
-se estrenó era muy inmoral, y todas las personas decentes se habían
-escandalizado; las señoras se salían, horrorizadas, de los palcos, y el
-público de butacas protestaba con murmullos.
-
---Figúrate que el autor ha sacado allí unas _tías_ elegantes,
-caracteres enteramente nuevos en nuestro teatro... Es un escándalo, una
-desvergüenza; es cosa que da asco... Lo único bueno de la obra son los
-trajes preciosísimos que han sacado las tales... ¡Qué lujo, qué novedad
-de telas, y qué cortes tan admirables!
-
-La gravedad de lo que nos rodeaba no le permitió darme más pormenores.
-
---Pobre Pepe, ¡cuánto padece esta noche! --exclamó abrochándose la
-bata y mirándose en mi tristeza como en un espejo--. ¡Si le pudiéramos
-aliviar! Maldita medicina que para nada sirve. Esta noche no nos
-abandonarás. ¡Me espanta la idea de quedarme aquí sola!... Siento que
-pases estos malos ratos; pero no hay más remedio, hijito. Hazlo por mí,
-por él, por todos. En estos casos se conocen los buenos amigos. Presumo
-que vamos á tener una noche muy mala, muy mala.
-
-Volví antes que ella al lado de Carrillo. Encontrémele acometido de
-espantosos dolores, doblándose por la cintura como si quisiera partirse
-en dos, profiriendo ayes profundos, roncos y guturales, que causaban
-horror. Parecía haber perdido el juicio. Sus gritos eran la exclamación
-de la animalidad herida y en peligro, sin ideas, sin nada de lo que
-distingue al hombre de la fiera. Eloísa se puso á su lado, pero él
-no reparó en ella; en mí sí, pues habiéndole rodeado el cuello con
-mi brazo para sostenerle en la postura que me parecía menos penosa,
-se aferró con ambas manos á mi cuerpo y me tuvo sujeto largo rato.
-Agarrábase á mí como si al asegurarse bien, clavándome las uñas, se
-sintiese aliviado. Ultimamente reclinó la cabeza sobre mi pecho, dando
-un suspiro muy hondo. Mi prima se aterró creyendo que se moría; pero
-tranquilizónos el médico asegurando que la sedación comenzaba y que las
-arenillas habían pasado ya. El tal doctor no era una notabilidad de
-la ciencia, á mi modo de ver, aunque muy zalamero en su trato, razón
-por la cual muchas familias de viso le preferían á otros. Si la misión
-del facultativo es entretener á los enfermos y alegrar su espíritu con
-ingeniosas palabras y aun con metáforas, Zayas no tiene quien le eche
-el pie adelante. Por lo demás, ni él curaba á nadie, ni Cristo que lo
-fundó. Eloísa propuso aquella misma noche convocar junta de médicos
-para el día siguiente, y el de cabecera citó tres ó cuatro nombres de
-los más ilustres. Después de haber recetado un calmante, arrepintióse y
-recetó otro, y por fin le vimos decidido á darle bromuro potásico.
-
---Debe de haber en esto una complicación grave --le dije, razonando con
-el sentido común--. ¿Habrá derrame cerebral?
-
---Quizás --replicó lleno de dudas--. Lo indudable es la completa atonía
-del aparato vesical y tal vez paralización de los centros nerviosos.
-Me temo mucho que haya bolsas arteriales, cuya rotura sería el
-desenlace funesto. Al principio se quejaba de frío en la espalda, y las
-fricciones le pusieron peor. El pulso acusa una circulación sumamente
-irregular.
-
-Nada concreto nos decía aquel sabio, que había estado tres años
-estudiando al paciente y aún no le conocía. Entre Celedonio y yo, con
-ayuda de Villalonga, acostamos á Pepe en su cama, vestido para no
-molestarle. No parecía sufrir dolores agudos; pero su cerebro estaba
-profundísimamente trastornado. Hablaba sin cesar con torpe lengua,
-entrecortando las frases con risas que nos causaban espanto. Sentóse mi
-prima por un lado del lecho, y yo por otro. Zayas le contemplaba desde
-enfrente sin decir nada. Miraba Pepe á su mujer con estúpidos ojos:
-no la reconocía; tomábala por una persona extraña; se volvía á mí, y
-confundiéndome con Celedonio, decía:
-
---Tú, Celedonio, y José María sois las únicas personas que me quieren
-y me cuidan en esta casa.
-
-Eloísa y yo nos mirábamos con azarosa inquietud, sin pronunciar palabra.
-
---¿Se ha ido José María? --preguntaba después el infeliz.
-
---Aquí estoy, ¿no me ves?...
-
---¡Ah! sí: como estás vestido de sacerdote, no te había conocido... ¿De
-cuándo acá...?
-
-De este modo llegó media noche. El delirio disminuía. El marido de mi
-prima parecía entrar lentamente en un período comático. Calló al fin,
-y su respiración anunciaba sosiego, quizás un sueño reparador. Por fin
-el médico, asegurando que no había peligro inmediato, se despidió hasta
-la mañana siguiente. Villalonga se fué también. El marqués de Cícero,
-que estaba en el despacho leyendo periódicos delante del busto de
-Shakespeare, díjome que no tenía sueño; que se quedaría hasta las tres
-ó las cuatro, si me quedaba yo, y poco después Eloísa invitaba á él y á
-su señora hermana á tomar un emparedado, un poco de Burdeos y una taza
-de té. En el comedor les ví á eso de la una cenando silenciosos. Yo no
-tomé nada.
-
-
-III
-
-A pesar de las seguridades que dió el bueno de Zayas, yo no las tenía
-todas conmigo. Temía, más que la renovación del ataque de nefritis,
-un brusco estallido de las complicaciones vasculares y encefálicas.
-Aunque Eloísa me instó á que me acostase, no quise hacerlo. Ella
-también estaba inquieta. Acordamos velar ambos, cargando juntos aquella
-espantosa cruz, como nos lo ordenaba la fatalidad de los hechos. El
-marqués y su hermana se fueron al despacho, donde se entretenían, ella
-rezando el rosario y él leyendo. Sería la una y media cuando Eloísa y
-yo volvimos á ponernos en triste centinela, cada cual á un lado del
-lecho del enfermo. Así estuvimos largo rato oyendo sólo el rumorcillo
-del reloj de la chimenea, que arrojaba los desmenuzados espacios de
-tiempo como la clepsidra chorrea las arenas que caen para siempre.
-Observábamos el cadencioso, reposado aliento de Pepe, y al menor sonido
-que se pareciese á la emisión de una sílaba, nos entraba sobresalto
-y azoramiento. Creíamos que nos iba á decir algo aterrador con la
-solemnidad que es propia de labios moribundos. De improviso abrió el
-infeliz los ojos; miró á su mujer, cual si no estuviera seguro de
-quién era; volvióse después hacia mí, y en tono tranquilo que revelaba
-completa posesión de sus facultades intelectuales, me dijo estas
-palabras:
-
---Haz el favor de mandar que venga un cura. Quiero confesarme.
-
-Dijímosle que su estado no era para tanto, y él insistió en que sí lo
-era con tal energía, que no quisimos contrariarle.
-
---Esta noche me moriré --exclamó con una serenidad que nos dejó
-pasmados--. Esta noche se acabará esta vida que he deseado fuese
-útil, sin poderlo conseguir. Y no creáis que estoy afligido. Me muero
-resignado. ¿Qué soy yo en el mundo? Nada. Soy un cero que padece y nada
-más. La mayor parte de los que vivimos, ceros somos, y mientras más
-pronto se nos borre, mejor.
-
-Le respondimos á _duo_ las primeras simplezas que se nos ocurrieron.
-
---¡Qué cosas tienes! No digas tonterías. Si estás bien...
-
---Que se te quite eso de la cabeza.
-
-Y siempre más atento á mí que á los demás, ¡preferencia increíble!,
-repitió su demanda:
-
---José María, tú que eres tan amable, tan complaciente, tráeme un cura.
-Mira que esto va de veras, y tengo en mi conciencia cosas que quisiera
-dejar aquí. Si no me confieso, sobre tu conciencia va; y si me condeno,
-carga con la responsabilidad... Soy cristiano, deseo cumplir. José
-María, Eloísa, sed amables, traerme un confesor.
-
-Estas palabras tenían una solemnidad que en vano queríamos quitarle,
-atribuyéndolas á delirio de enfermo. En las miradas de Eloísa conocí
-que ésta las interpretaba como desvarío de un cerebro alterado. A
-su vez, ella debió de conocer en las mías que yo entendía aquellos
-conceptos de otro modo, y pronto cambió la expresión de su rostro. La
-ví queriendo disimular alguna lágrima que se le saltaba de los ojos; y
-el marido, notando esta emoción, le dijo:
-
---Ni tú, pobrecita, ni Celedonio, servís para estos lances. Más vale
-que os retiréis.
-
-Insistió luego en que le trajésemos al confesor; dijímosle que al día
-siguiente, y él contestó con cierto énfasis:
-
---No, no: ahora mismo. Mañana ya no habrá tiempo.
-
-Serían las dos cuando enviamos el recado á la parroquia de San Lorenzo.
-
-El cura tardó una hora en venir, y en este tiempo Carrillo siguió
-en el mismo estado, más bien con apariencias de mejoría. Hablaba
-alternativamente con su mujer, con Celedonio y conmigo, mostrándonos
-á los tres un cariño fraternal que, por la parte que me tocaba, no
-he podido explicarme nunca. La confesión fué larga. Mientras se
-verificaba, Eloísa y yo convinimos en que la ceremonia del Viático se
-celebraría al día siguiente con gran pompa, con asistencia de toda la
-familia y de los parientes y amigos de la casa. Acordamos en breve
-discusión algunos detalles. Se haría un bonito altar y se traería
-la mayor cantidad posible de hachas y plantas de salón. Tanto ella
-como yo queríamos que este acto piadoso tuviera muchísimo lucimiento.
-Ocurriónos también impetrar la bendición papal, y yo indiqué que por
-mediación de mi tío y del general Chapa, que eran amigos del Nuncio, se
-podía conseguir, costara lo que costase.
-
-Cuando salió el cura de la alcoba, le acompañé al comedor, donde estaba
-dispuesto un chocolate, que no quiso aceptar. Tenía que decir misa
-á las ocho. Fumamos un cigarrillo, y él, fijando en mí sus ojuelos
-sagaces (era viejo y muy curtido en aquellos lances), pronunció estas
-palabras que me parecieron impertinentes:
-
---Ese buen señor es un mártir.
-
---¡Un mártir, sí! --repetí yo como si dijera _amén_.
-
-Aún me parecía poco, y lo remaché:
-
---¡Es un santo!
-
-Entonces el clérigo, echándome una rociada de humo, y mirándome como si
-me atravesara de parte á parte con sus ojos, exclamó:
-
---¡Dichosos los que no temen la muerte, porque están puros!
-
-Iba yo á soltar una sentencia análoga; pero creí más correcto no decir
-nada, y le devolví su humo mezclado con el mío. Después de una pausa,
-los ojuelos volvieron á flecharme. Creí sorprender no sé qué tremenda
-ironía en aquel intruso forrado de negro, cuando me dijo:
-
---¿Es usted hermano de la señora?
-
-De buena gana le habría respondido: «¿Y á tí que te importa, tontín,
-que yo sea hermano de la señora, ó lo que se me antoje ser de la
-señora?» Pero este terrible disparate no salió de mis labios.
-
---No, señor --le respondí, tragándome el humo--. Soy... de la familia.
-
-Pronunció luego el dichoso clérigo algunas palabras consoladoras, de
-las de rúbrica, y se despidió. Le acompañé hasta la puerta. Ya tenía yo
-muchas ganas de perderle de vista.
-
-Carrillo me mandó llamar. Estaba impaciente por tenerme á su lado, y
-tal vez quería decirme algo importante. En el gabinete que precedía
-á la alcoba ví á Eloísa sentada en una butaca, inclinada la cabeza y
-el rostro entre las manos. Lloraba en silencio. Creí de pronto que
-durante el tiempo que yo estuve con el cura, mi prima y su marido
-habían cambiado algunas palabras; pero después supe por ella que no.
-La solemnidad y gravedad de las circunstancias, la compasión, el temor
-religioso, la importancia del acto que su marido acababa de realizar,
-habíanla impresionado enormemente. No se atrevía á franquear la puerta
-de la alcoba. Sentía pavor, respeto, vergüenza, no sabía qué.
-
-Entré, y acercándome al lecho, advertí que el enfermo estaba sereno;
-sólo que tenía la voz tomada, y alrededor de los ojos un cerco
-obscuro, muy obscuro.
-
---Si vieras qué tranquilo estoy ahora --me dijo con cariño--. Tú no lo
-creerás, porque eres irreligioso. Tampoco creerás que tal como estoy no
-me cambiaría por tí.
-
-Le contesté, después de mucho vacilar y confundirme, que, en efecto,
-la vida humana era una broma pesada, y que cuanto más pronto se libre
-uno de ella, mejor. Él dijo que una hora de conciencia pura vale más
-que mil años de salud y de ventura, con lo que me mostré conforme,
-aunque sobre ello parecíame que había mucho que hablar. Le insté á que
-descansara, dejando las reflexiones morales para el día siguiente;
-pero él no quiso, y siguió hablándome del estado felicísimo en que se
-encontraba.
-
---Créeme, José María --me dijo dos ó tres veces--, te tengo lástima
-como se la tengo á todos los que viven sin fe. Enmiéndate, corrígete.
-No des importancia á lo que no la tiene.
-
-Y mirando al techo, exclamó después con expresión de indescriptible
-júbilo:
-
---¡Qué gusto poder decir ahora: _no he hecho mal á nadie_!
-
-No le respondí. Pero los pensamientos me congestionaban el cerebro.
-Ocurriéronme tantas cosas, que habría necesitado una resma de papel si
-intentara escribirlas. Si por instantes admiraba aquella conformidad
-hermosa, á veces me ocurría que Carrillo faltaba á la verdad al
-sostener que nunca hizo mal á nadie, pues se lo había causado á sí
-mismo en grado máximo; jamás tuvo la estimación de su propio sér,
-fundamento de la vida social; había sido un suicida civil, y no se
-redimía, no, echándoselas de místico á última hora. Protestaba yo
-de aquel estado de perfección en que se suponía, y me venían al
-pensamiento ideas crueles, despiadadas, absurdas quizás, en las
-cuales algo había de envidia, algo de venganza; pero que entonces me
-parecían fundadas en el criterio de la eterna justicia. «No --decía yo
-para mí, inquieto y trastornado--, no te hagas el santo. No lo eres,
-porque no has combatido, porque no es virtud la falta absoluta de
-energía, tanto para el mal como para el bien. No nos hables de gozar
-la bienaventuranza eterna. Sí: para tí estaba el Cielo. Si quieres
-salvarte, dí que me has aborrecido y que me perdonas... Matándome, nos
-habríamos condenado juntos. Pero no has tenido ni siquiera la intención
-de ello, y me estrechas la mano y me llamas amigo... ¡Ah! miserable
-cero: no me llevarás contigo al Limbo, que va á ser tu morada... ¿Qué
-casta de hombre eres? ¿Son así los ángeles? Pues reniego de ellos...»
-
-Estos y otros desatinos me bullían en la mente. Para acabar de
-marearme, Carrillo me dijo:
-
---Procura conducirte de modo que cuando te mueras, estés tranquilo como
-yo ahora.
-
-No pude vencerme y se me escapó una sonrisa. Quise recogerla; pero
-las sonrisas, como las palabras, no se pueden recoger. Él la tomó
-por expresión de lástima, y afirmó que se sentía muy bien, mejor que
-yo, y, sobre todo, mucho más tranquilo. No le respondí sino con el
-pensamiento, diciéndole: «Esa tranquilidad desabrida para nada la
-quiero. ¡Morirse sin haber querido ó sin haber odiado á alguien! ¡Morir
-sin despedirse de una pasión, sin tener alguien á quien perdonar, algo
-de que arrepentirse! ¡Sosa, incolora y tristísima muerte!»
-
-Después pareció que escuchaba. Ponía su atención en los sollozos de
-Eloísa.
-
-Esa pobre --murmuró con afabilidad que me causaba pena-- está pasando
-sin necesidad una mala noche. Dile que se acueste. Acompáñala,
-consuélala; no la dejes que se entregue al dolor.
-
-Salí para cumplir este encargo. Pero ella no me hizo caso, y continuaba
-en el mismo sitio. Al poco rato, Carrillo empezó á mostrar gran
-inquietud. Me alarmé. Entre Celedonio y yo le incorporamos en el
-lecho. Quiso hablar y no pudo; llevóse una mano á los ojos... Gemidos
-roncos salían de su garganta. Acudió su mujer, afanada, secando sus
-lágrimas. Entonces, de la boca del desdichado ví salir alguna sangre;
-después más, más. Ni él hacía esfuerzos para lanzarla fuera, ni parecía
-experimentar dolor. No la arrojaba él; ella se salía serenamente como
-el agua que afluye hilo á hilo del manantial. ¡Momento de consternación
-en las tres personas que presenciábamos aquel fin de una vida! Fué tan
-rápida y tan grande la descomposición del rostro de Pepe, que Eloísa se
-impresionó mucho. La ví aterrada, próxima á perder el conocimiento.
-
---Vete --le dije--, vete de aquí.
-
-Pero su propio terror la clavaba en aquel triste lugar. Entró Micaela y
-le ordené que se llevara á su señora. La doncella le rodeó la cintura
-con su brazo, y la que muy pronto iba á ser viuda salió, tapándose
-los ojos. El marqués de Cícero, que había entrado de puntillas, huyó
-despavorido, con las manos en la cabeza.
-
-Cuando Celedonio y yo nos quedamos solos con el moribundo, éste
-me echó los brazos, uno al cuello, otro por delante del pecho, y
-apretóme tan fuertemente que me sentí mal. Me hacía daño. ¿Qué fuerza
-era aquélla que le entraba en el instante último, al extinguirse
-la vida?... Pasó por mi mente una idea, como pasan las estrellas
-volantes por el cielo. «¡Ah! --pensé--, aquí está al fin ese odio que
-te rehabilita á mis ojos. La última contracción del organismo que se
-desploma es para expresarme que eres, que debes ser mi enemigo...»
-Luego oprimió su rostro contra mí, y de su boca salió un bramido
-fuerte, profundo, que parecía tener filo como una espada... Creí
-sentir un dardo que me atravesaba el pecho. Con aquel gemido se acabó
-su desdichada vida... Le miré la cara, y en sus ojos vidriosos ví
-cuajada y congelada la misma expresión de amistad leal que me había
-mostrado siempre... No, ¡pobre cordero! no me odiaba... Costóme trabajo
-desasirme del abrazo de aquel inocente que quería sin duda llevarme
-consigo al Limbo.
-
-
-IV
-
-¡Qué noche! Cuando todo concluyó, salí de la alcoba, deseando quitarme
-pronto la ropa, que estaba manchada de sangre. En el pasillo me ví á la
-claridad del día, que entraba ya por las ventanas del patio, y sentí
-un horror de mí mismo que no puedo explicar ahora. Parecía un asesino,
-un carnicero, qué sé yo... Salióme al encuentro Micaela, la doncella
-de Rafael, que me tuvo miedo y echó á correr dando gritos. La llamé;
-preguntéle por su ama. Díjome que estaba en el cuarto del niño. En
-tanto Celedonio, los ojos llenos de lágrimas, me hacía señas para que
-volviese al gabinete, y me dijo entre sollozos que me sacaría ropa de
-su amo para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba
-un sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible
-con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de
-abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa,
-mandé á Evaristo á casa para que me la trajera.
-
-Dejando á Celedonio con los restos aún no fríos de su amo, fuí en busca
-de Eloísa, cuya situación de ánimo me alarmaba. No la encontré en el
-cuarto del niño, que dormía profundamente, sino en el suyo, acometida
-de un fuerte trastorno nervioso, manifestando, ya sentimiento, ya
-terror. Al verme con el traje de su marido se puso tan mal, que
-creí que se desvanecía. Fijábansele los síntomas espasmódicos en la
-garganta, como de costumbre, y con sus manos hacía un dogal para
-oprimírsela.
-
---La pluma, la pluma --murmuraba con cierto desvarío--. ¡No la puedo
-pasar!
-
-Le rogué que se acostara; pero negábase á ello. Micaela y yo quisimos
-acostarla á la fuerza; pero nos hizo resistencia. Estaba convulsa, fría
-y húmeda la piel; los ojos muy abiertos.
-
---No vayas tú á ponerte mala también --dije con la mayor naturalidad
-del mundo--. Recógete y descansa. No has de poder remediar nada dándote
-malos ratos.
-
-Tuve que hacer uso de mi autoridad, de aquella autoridad efectiva
-aunque usurpada; hube de ordenarle imperiosamente que se acostara
-para que se decidiera á hacerlo. Noté en su obediencia como un
-reconocimiento tácito de la autoridad que yo ejercía. Micaela empezó
-á quitarle la ropa; la ayudé, porque mi prima, después del traqueteo
-nervioso, hallábase como exánime y sin movimiento. La metimos en la
-cama y la arropamos. ¡Ay! sentíame tan fatigado, que caí en un sillón
-é incliné mi cabeza sobre el lecho. Allí me hubiera quedado toda la
-mañana, si no tuviera deberes que cumplir fuera de aquella habitación.
-En tal postura, y hallándome postrado y como aturdido, sentí la voz de
-la viuda que me llamaba. Alcé la cabeza. Sus palabras y sus miradas
-eran tan afectuosas como siempre. Sin nombrar al muerto, suplicóme
-que atendiese á las obligaciones que traía el suceso, pues ella no
-tenía fuerzas para nada. Díjele que no se ocupara más que de su
-descanso, y le prometí que todo se haría de un modo conveniente. Vivo
-agradecimiento se pintaba en su rostro, y además la confianza absoluta
-que en mí tenía. Le arreglé la ropa de la cama, le dí á beber agua de
-azahar, le entorné las maderas, corrí las cortinas para atenuar la luz
-del día, y poniendo á Micaela de centinela de vista para que me avisase
-si la señora se sentía muy molestada por la pluma en la garganta, salí,
-no sin promesa de volver pronto, pues ésta fué condición precisa para
-que Eloísa se tranquilizara...
-
---Por Dios, no tardes: tengo miedo --díjome al despedirme, con ahogada
-voz--, mucho miedo, y la pluma no pasa...
-
-Trajéronme mi ropa y me vestí con ella. ¡Ay! qué peso se me quitó de
-encima cuando solté la de Carrillo, que además me venía algo estrecha.
-A eso de las ocho llegaron mi tío, Medina, María Juana, y más tarde el
-marqués de Cícero. Atento á todo, daba yo las disposiciones propias
-del caso, y recibía á los parientes y amigos que se iban presentando.
-En lo concerniente al servicio fúnebre, allá se entendían Celedonio y
-los empleados de la Funeraria, pues yo me sentí como atemorizado de
-intervenir en ello. Recogí las llaves de la mesa de despacho y del
-mueble donde el pobre Pepe tenía sus papeles, y las guardé hasta que
-pudiera entregarlas á Eloísa, que al fin parecía vencida del cansancio
-y dormía con los dedos clavados en el cuello.
-
-Camila recaló por allí á eso de las diez, acompañada de Constantino;
-mas como tenía que dar de mamar á su nene, lo llevó consigo, y el
-lúgubre silencio de la casa se vió turbado por el clarinete de
-Alejandrito. Almorzamos mi tío, Raimundo y yo de mala gana, y luego nos
-encerramos los tres en el despacho para redactar la papeleta fúnebre y
-poner los sobres. Sentado donde Pepe se sentaba, no sé qué sentía yo
-al ver en torno mío aquellas prendas suyas, ¡amargas prendas! en las
-cuales parecía que estaba adherido y como suspenso su espíritu. Allí ví
-estados de recaudación de fondos filantrópicos, circulares solicitando
-auxilios de corporaciones y particulares, cuentas de suministro de
-víveres y otros documentos que acreditaban la caritativa actividad
-de aquel desventurado. Cuidamos mucho de que en la redacción de la
-papeleta no se nos olvidara ningún título, detalle ni fórmula de las
-que la etiqueta mortuoria ha hecho indispensables. «El excelentísimo
-señor don José Carrillo de Albornoz y Caballero, Maestrante de
-Sevilla, Caballero de la Orden de Montesa, etcétera, etc... Su
-desconsolada viuda, la excelentísima... etc., etc.» No se nos quedó
-nada en el tintero; y en las direcciones que pusimos á los sobres,
-ninguna de nuestras amistades pudo escaparse.
-
-La señora, por razón de su estado, no podía dar órdenes, y los criados
-se dirigían á cada instante á mí, como si yo fuera el amo, como si
-lo hubiera sido siempre, y me consultaban sobre todas las dudas que
-ocurrían. Y aquella autoridad mía era uno de esos absurdos que, por
-haber venido lentamente en la serie de los sucesos, ya no lo parecía.
-Ved, pues, cómo lo más contrario á la razón y al orden de la sociedad,
-llega á ser natural y corriente cuando, de un hecho en otro, la
-excepción va subiendo, subiendo, hasta usurpar el trono de la regla. Y
-cosas que vistas de pronto nos sorprenden, cuando llegamos á ellas por
-lenta gradación nos parecen naturales.
-
-Rogóme Eloísa que no saliese de la casa hasta que no se verificara el
-entierro. Así tenía que ser, pues si yo no estaba en todo, las cosas
-salían mal. El marqués de Cícero, que se ofrecía constantemente á
-ayudarme, no servía más que de estorbo, y mi tío tenía ocupaciones
-indispensables aquel día. Sólo Constantino y Raimundo prestaban algún
-servicio, aunque sólo fuera el de hacerme compañía. La viuda no
-recibía á nadie, ni á sus más íntimas amigas. Acompañábanla su madre y
-hermanas, y sin llorar, consagraban alguna palabra tierna y compasiva
-al pobre difunto.
-
-Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual
-si me hubiera quitado de encima del corazón un peso horrible. No
-quise ir al entierro, y Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza
-esta resolución mía. Cuando se extinguió en las piedras de la calle
-el ruido del último coche, mis trastornados sentidos querían volver á
-la apreciación clara de las cosas. Pero la imagen del infeliz hombre
-que había despedido su último aliento sobre mi pecho, clavándomelo
-como un puñal, no se me apartaba del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus
-sentimientos respecto á mí? ¿Qué noción moral era la suya, cuál su
-idea del honor y del derecho? Ni aun viendo en él lo que en lenguaje
-recto se llama _un santo_, podía yo entenderle. ¡Misterio insondable
-del alma humana! Ante él no hay que hacer otra cosa que cruzarse de
-brazos y contemplar la confusión como se contempla el mar. Querer
-hallar el sentido de ciertas cosas es como pretender que ese mismo mar,
-desmintiendo la ley de su eterna inquietud, nos muestre una superficie
-enteramente plana.
-
-¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me resistía
-á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí que no me
-permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de mi compasión,
-ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi vida, ¡ay!, estará
-delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de Carrillo, sin que
-me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio infinito, que
-encerrada en una fórmula la debilidad humana.
-
-A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado
-en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare.
-El gran dramático me miraba con sus ojos de bronce, y yo no podía
-apartar los míos de aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja
-el molde de un mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que
-piensa; de aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas
-la emisión de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos
-rezan delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me
-agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma.
-
-Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que fueron
-á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban su madre y
-hermanas. En los susurros de su conversación queda, me pareció entender
-que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su regazo, dormido, al
-niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más tarde, cuando mi tío
-Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del cementerio, ostentando
-este último una aflicción decorativa, que tenía tanta propiedad como
-el león disecado con que se retrataba, me alejé del gabinete para no
-oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí, como los tiroteos
-alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera la muerte del
-pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí tras de mí
-unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me llamaba
-por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de mí. Le
-cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él se puso
-al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al cuello.
-Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en la casa
-reinaba, y en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos
-negros advertí una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero
-que anunciaba la formación del hombre y los rudimentos de la reflexión
-humana. Después de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle
-por lo muy conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era
-de éstos que quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y
-que se incomodan cuando no se les presta una atención absoluta. Para
-satisfacer su egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas
-de un caballo, para que les pongáis la cara bien recta delante de la
-suya. Lo que me tenía que comunicar era esto:
-
---Dice _Quela_ que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te
-quedas aquí.
-
-Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su
-tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara.
-
---Dice _Quela_ que tú... vas á ser mi _papa_...
-
-Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar categóricamente
-á las cosas más graves que yo había oído en mi vida. Porque sí: jamás
-de labios humanos brotaron, para venir sobre mí, como espada cortante,
-palabras que entrañaran problemas como el que formulaban aquellos
-labios de rosa.
-
-Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La
-casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme
-de nadie me marché á la mía.
-
-
-
-
-XIV
-
-Hielo.
-
-
-I
-
-Sentía imperiosa necesidad de estar solo. La tristeza reclamaba todo
-mi sér, y tenía que dárselo, aislándome. Conocí que venía sobre mí un
-ataque de aquel mal de familia que de tiempo en tiempo reclamaba su
-tributo en la forma de pasión de ánimo y de huraña soledad. Y lo que
-había visto y sentido en tales días era más que suficiente motivo para
-que el maldito achaque constitutivo se acordara de mí. En la soledad de
-aquella noche y de todo el día siguiente tuve un compañero, Carrillo,
-cuya imagen no me dejó dormir. El ruido de oídos, que me martirizaba,
-era su voz, y mi sombra, al pasearme por la habitación, su persona. Le
-sentía á mi lado y tras de mí, sin que me inspirara el temor que llevan
-consigo los aparecidos. Es más: me hacía compañía, y creo que sin tal
-obsesión habría estado más melancólico. Mi afán mayor, mi idea fija era
-querer penetrar, ya que antes no pude hacerlo, las propiedades íntimas
-de aquel carácter, y descifrar la increíble amistad que me mostró
-siempre, mayormente en sus últimos instantes. ¡Era para volverme
-estúpido! Cuando dicho afecto me parecía un sentimiento elevadísimo y
-sublime, comprendido dentro de la santidad, mi juicio daba un vuelco y
-venía á considerarlo como lo más deplorable de la miseria humana. Yo
-me secaba los sesos pensando en esto, traspasado de lástima por él, á
-veces sintiendo menosprecio, á ratos admiración.
-
-Los días se sucedían lentos y tristes, sin que yo quebrantara mi
-clausura. No recibía á nadie, y si mis íntimos amigos ó mi tío ó
-Raimundo iban á acompañarme, hacía lo posible por que me dejasen solo
-lo más pronto posible. Pasados tres días, Carrillo se borraba, poco
-á poco, de mi pensamiento; le veía bajo tierra confundiéndose con
-ésta y disolviéndose en el reino de la materia, como su memoria en
-el reino del olvido. Lo que en primer término ocupaba ya mi espíritu
-era la casa de Eloísa, todo lo material de ella. Los muebles, las
-paredes cargadas de objetos de lujo, el ambiente, el color, la luz que
-entraba por las ventanas del patio, componían un conjunto que me era
-horriblemente antipático y aborrecible. La idea de ser habitante de
-tal casa y de mandar en ella, me producía el mismo terror angustioso
-que en otros ataques la idea de sentir un tren viniendo sobre mí.
-No: yo no quería ir allá; yo no iría allá por nada del mundo. El
-recuerdo sólo de las afectadas pompas de aquellos jueves poníame en
-gran turbación, acompañada de un trastorno físico que me aceleraba el
-pulso y me revolvía el estómago... Pero lo que me confundía más y me
-llenaba de estupor, era notar en mí una mudanza extraordinaria en los
-sentimientos que fueron la base de mi vida toda en los últimos años.
-A veces creía que era ficción de mi cerebro, y para cerciorarme de
-ello, ahondaba, ahondaba en mí. Mientras más iba á lo profundo, mayor
-certidumbre adquiría de aquel increíble cambio. Sí, sí: la muerte de
-Pepe había sido como uno de esos giros de teatro que destruyen todo
-encanto y trastornan la magia de la escena. Lo que en vida de él me
-enorgullecía, ahora me hastiaba; lo que en vida de él era plenitud del
-amor propio, era ya recelos, suspicacia con vagos asomos de vergüenza.
-Si robarle fué mi vanidad y mi placer, heredarle era mi martirio. La
-idea de ser otro Carrillo me envenenaba la sangre. La desilusión,
-agrandándose y abriéndose como una caverna, hizo en mi alma un vacío
-espantoso. No era posible engañarme sobre esto.
-
-Pero aún dudaba yo de la realidad del fenómeno, y decía: «Falta
-comprobarlo. No me fiaré de los lúgubres espejismos de mi tristeza.
-Vendrán días alegres, y la mujer que fué mi dicha, seguirá siéndolo
-hasta el fin de mi vida.»
-
-Dos semanas estuve encerrado. Eloísa me mandaba recados todos los días.
-Yo exageraba mi enfermedad, fundando en ella mil pretextos para no
-salir de casa. Por fin, una mañana la viuda de Carrillo fué á verme.
-Era la primera vez que salía después de la desgracia. Venía vestida
-con todo el rigor del luto y de la moda, más hermosa que nunca. Al
-verla, no sé lo que pasó en mí. Sentí un frío mortal, un miedo como el
-que inspiran los animales dañinos. Sus afectuosas caricias me dejaron
-yerto. Observé entonces la autenticidad del fenómeno de mi desilusión,
-pues mi alma, ante ella, estaba llena de una indiferencia que la
-anonadaba. La miré y la volví á mirar; hablamos, y me asombraba de que
-sus encantos me hicieran menos efecto que otras veces, aunque no me
-parecieran vulgares. Era un doble hastío, un empacho moral y físico
-lo que se había metido en mí; arte del demonio sin duda, pues yo no
-lo podía explicar. «Será la enfermedad --me decía para consolarme--.
-Esto pasará.» Cierto que yo venía sintiendo cansancio; pero ella me
-interesaba al corazón. ¿Cómo ya no me hiere adentro? ¿De qué modo la
-quería yo? ¿Qué casta de locura era la mía?... Nada, nada: esto tiene
-que pasar.
-
-Seguimos hablando, ella muy cariñosa, yo muy frío. Nuestra
-conversación, que al principio versó sobre temas de salud, recayó en
-cuestiones de arreglo doméstico. Sin saber cómo, fué á parar al funeral
-de su marido. Ella quería que fuese de lo más espléndido, con muchos
-cantores, orquesta y un túmulo que llegase hasta el techo. Yo me opuse
-resueltamente á esta dispendiosa estupidez. Sin saber cómo me irrité,
-corrióme un calofrío por la espalda, subióme calor á la cabeza, y,
-palabra tras palabra, me salió de la boca una sarta de recriminaciones
-por su afán de gastar lo que no tenía.
-
---Te has empeñado en arruinarte, y lo conseguirás. No cuentes conmigo.
-Ahógate tú sola y déjame á mí. Si crees que voy á tolerarte y á
-mimarte, te equivocas... No puedo más...
-
-Ella se quedó lívida oyéndome. Jamás la había tratado yo con tanta
-dureza. En vez de contestarme con otras palabras igualmente duras,
-pidióme perdón; le faltó la voz; empezó á llorar. Sus lágrimas
-espontáneas hicieron efecto en mí. Reconocí que había estado
-ridículamente brutal. Pero no me excusé, pues en mi interior había una
-ira secreta que me aconsejaba no ceder. Eloísa me miraba con sus ojos
-llenos de lágrimas, y en tono de víctima me dijo:
-
---¿Yo qué he hecho para que me trates así?
-
-Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo, inexplicable
-anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo que ella decía
-que era negro.
-
---Es que estoy notando en tí una cosa rara --prosiguió--. ¿Tienes
-alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré
-apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba
-encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un
-ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que
-he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por
-tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me
-habrá calumniado alguien...?
-
-Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó
-ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo:
-
---Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré estado
-triste.
-
-Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice
-esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que
-no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de
-familia. Insistí, no obstante, en que el funeral fuera modesto, y ella
-convino razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta
-que no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente,
-para arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos
-con que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos
-de amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo
-que antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso
-las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se
-me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos,
-pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo
-por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se
-debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la
-naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que
-le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios,
-me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y
-á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que
-fueron, cuando se restableciese mi equilibrio.
-
-
-II
-
-Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente.
-Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con
-el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que
-me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para
-penetrar hasta donde estaba lo importante, tuve que desmontar una capa
-enorme de apuntes y notas sobre la _Sociedad de niños_ y otros asuntos
-que no venían al caso. Todo lo que había sobre la administración de la
-casa era incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos
-de su antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á
-poco fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que
-era ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme
-Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de
-la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como,
-por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado
-dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que
-había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que
-se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos
-pertenecientes á la _Sociedad de niños_, y era forzoso restituirlos.
-
-Sin rodeos pinté á mi prima la situación.
-
---Estás arruinada --dije--. Si no se acude pronto á salvar lo poco que
-aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como
-alguien no se la dé por caridad.
-
-Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda
-propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho,
-díjome entre suspiros:
-
---Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón tú
-lo que quieras.
-
-Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se
-despedirían casi todos los criados que quedaban; se procuraría
-alquilar la casa, lo cual era difícil como no la tomase alguna
-Embajada. Se venderían los cuadros de primera, los de segunda, y todas
-las porcelanas y objetos de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque
-fuera por el tercio de su valor, ó por lo que quisieran dar; y como
-fin de fiesta, la familia se sometería á un presupuesto de sesenta ó
-setenta mil reales todo lo más.
-
---¡Almoneda total! --exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el
-suelo.
-
-No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre mí,
-pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en un
-período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas.
-Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica.
-¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y
-pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza
-entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos
-salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila
-y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que
-los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo
-fuera su difunto amo.
-
-Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta
-horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar
-en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese
-resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia de
-un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en nombre
-de Eloísa negándome á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los
-Tribunales. Por fin, después de pensarlo mucho y de consultar el caso
-con personas prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho
-mil duros y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para
-que la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar
-cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de
-adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la
-testamentaría.
-
-Y Eloísa me decía con efusión:
-
---En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina.
-
-¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su
-honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios
-administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto
-al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no
-estuviese de por medio su madre.
-
-Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad que
-verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones y
-rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en principio;
-pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces ví más clara
-que nunca una de las notas fundamentales del carácter de Eloísa, y era
-que cuando se le proponía algo, contestaba con dulzura conformándose;
-pero después hacía lo que le daba la gana. Sus palabras eran siempre
-dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer nunca resistencia directa,
-ni dar la cara en su sistemática autonomía, llevaba adelante el
-cumplimiento de su voluntad con acción lenta, sorda, astuta,
-resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías.
-Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras
-suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me
-haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica,
-todo esto era un mito, y las economías se quedaban en _veremos_...
-Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la
-casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á
-la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se
-vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría
-perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella
-me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se
-quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré
-obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no
-lo creía.
-
-Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un
-poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual
-concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos
-se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era
-obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones
-más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de
-estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos de
-aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué á
-creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así. La
-viudita me mostraba el cariño de siempre; hasta se me figuró advertir
-en aquel cariño pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más
-ideal, por lo mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto
-me daba pena. Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro
-casamiento, dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos
-concretos, como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay
-de mí! pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa
-aludía al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra.
-Me entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba
-nada; quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis
-apetitos y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo
-la prohibición... ¡jamás!
-
-
-
-
-XV
-
-Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas que pasaron después.
-
-
-I
-
-Durante una semana estuve distraído por pesares que no vacilo en
-llamar domésticos. El niño de Camila, mi vecina, se puso tan malito,
-que daba dolor verle y oirle. Cubriósele el cuerpo de pústulas. Todo
-él se hizo llaga lastimosa. Martirio tan grande habría abatido la
-naturaleza de un hombre, cuanto más la de una tierna criatura que no
-podía valerse. Admiré entonces la perseverancia del cariño materno de
-Camila, y además una cualidad que yo no sospechaba existiese en ella,
-el valor; esa energía inflexible en el cumplimiento de las acciones
-pequeñas y obscuras, que sumadas dan una resultante de que no sería
-capaz tal vez cualquiera de los héroes públicos que yacen debajo de un
-epitafio. El mundo me había dado á mí muchas sorpresas; pero ninguna
-como aquélla. Francamente, no creí que una mujer que me pareció tan
-imperfecta y llena de feos resabios, desplegase tales dotes. Siete
-noches seguidas pasó la infeliz sin acostarse, con el pequeñuelo sobre
-su regazo, amamantándole, arrullándole, curándole las ulceraciones de
-su epidermis con un esmero y una paciencia que sólo las madres de buen
-temple saben tener. Constantino y yo veíamos con pena tanta abnegación,
-temiendo que enfermara; pero su potente organismo triunfaba de todo.
-Eloísa y su madre la instaban á que buscara un ama para que el chico
-no la extenuase, pues en sus postrimerías Alejandrito era voraz y no
-se hartaba nunca. Pero Camila esquivaba disputar sobre este punto, y
-no quería que le hablaran de nodrizas. Estaba decidida á salvarle ó á
-sucumbir con él. Ella era así: ó todo ó nada. Tenía el capricho de ser
-heroína. Quería saltar de mujer sin seso á mujer grande. «O sacarle
-adelante ó morirme con él», repetía; pero Dios no quiso que ninguno de
-los términos de este dilema se cumpliese, y al sexto día Alejandrito
-fué atacado de horribles convulsiones, que le repitieron á menudo,
-hasta que el séptimo, una más fuerte que las demás se lo llevó. Aquel
-día funesto, Camila me pareció más madre que nunca. La flexibilidad
-pasmosa de su carácter y su desenvoltura quedaban obscurecidas bajo
-aquel tesón grave. No creí, no, que entre tal hojarasca existiese joya
-tan hermosa. A ratos se le conocía el genio por la rapidez febril con
-que tomaba las resoluciones y por la inconstancia de sus juicios.
-Sólo el sentimiento era en ella duradero y profundo. Añadiré una
-circunstancia que me llegaba al alma, y era que consultaba conmigo
-toda dificultad que ocurriese aun en cosas de que yo no entendía una
-palabra. Por corresponder á esta noble confianza, daba yo mi parecer
-al tirón, sin detenerme á considerar lo que saldría de juicios tan
-atropellados. «José María, ¿te parece que haga calentar esta ropa antes
-de ponérsela?... José María, ¿te parece que le dé dos cucharadas de
-jarabe en vez de una?... José María, ¿me hará daño café puro para no
-dormir? ¿me irritará?...» A todo contestaba yo lo primero que se me
-ocurría, después de mirar á Constantino en una especie de deliberación
-muda. Rara vez aventuraba Miquis opinión concreta, y cuando la emitía,
-de seguro era un gran disparate. Yo era el oráculo de la casa en todo.
-
-Por fin, el nene dejó de padecer. Bien hizo Dios en llevársele,
-abreviando su martirio. Se fué de la vida, sin conocer de ella más que
-el apetito y el dolor. Fué un glotón y un mártir. Se quedó yerto en el
-regazo de su madre, y nos costó trabajo apartar de los brazos y de la
-vista de ella aquel lastimoso cuerpecito, que parecía picoteado por
-avecillas de rapiña. Con sus besos quería Camila infundirle vida nueva,
-dándole la que á ella le sobraba. La separamos al fin, llevándola
-á que descansara. La Camila normal reapareció al cabo; la muchacha
-sin juicio que en otro tiempo había querido tomar fósforos porque la
-privaban de su novio. Hubo convulsiones, llanto, risa nerviosa; habló
-de matarse; deliró cantando; nos dijo que la habíamos robado á su
-niño... Por último, se calmó: cesaron las extravagancias, y la loca,
-que también había sabido cumplir sus deberes, se encastillaba al fin en
-la conformidad cristiana; invocaba á Dios, y llorando hilo á hilo, sin
-espasmos ni alboroto, tenía el valor de la resignación, más meritorio
-que el del combate.
-
-Mientras la mujer de Augusto Miquis y María Juana amortajaban al niño,
-yo dije á Constantino:
-
---Quiero hacerle un entierro de primera. Corre de mi cuenta, y no
-tenéis que ocuparos de nada.
-
-En efecto: al día siguiente piafaban á la puerta de casa seis caballos
-hermosos, con rojos caparazones recamados de plata, tirando de la
-carroza fúnebre-carnavalesca más bonita que había en Madrid. Llevamos
-el cuerpo al cementerio con la mayor pompa posible. Yo tenía cierto
-orgullo en esto, y me complacía en asomarme por la portezuela de mi
-coche y ver delante el movible catafalco, el meneo de los penachos de
-los caballos, y el tricornio y peluca del cochero. Yo pensaba que si
-los niños difuntos abrieran sus ojos y vieran aquello, les parecería
-que les llevaban á la tienda de Scropp. Cuando regresamos, después de
-cumplida la triste obligación, Camila estaba en su cuarto, acostada
-en un sofá, envuelta en espeso mantón, los puños cerrados apretando
-fuertemente un pañuelo contra los ojos. Su madre le había repetido
-hasta la saciedad todas las variantes posibles del _angelitos al
-cielo_. Acerquéme á ella para preguntarle cómo estaba, y me expresó su
-gratitud con ardor y cordialidad grandes, entre lágrimas y suspiros,
-estrechándome una y otra vez las manos. ¿Y por qué tantos extremos? Por
-un entierrillo de primera. Verdaderamente no había motivo para tanto, y
-así se lo dije; pero una secreta satisfacción llenaba mi alma.
-
-En los días sucesivos la calma se fué restableciendo poco á poco, y el
-consuelo introduciéndose lentamente en el espíritu de todos. Camila
-era la más rebelde, y defendió por algunos días su dolor. El vacío
-no se quería llenar. La soledad misma en que había quedado érale más
-grata que la compañía que le hacíamos los parientes, y huía de nuestro
-lado para volver sobre su pena á solas. Por fin, los días hicieron su
-efecto. La veíamos ocupada y distraída con los menesteres de la casa,
-y al cabo atendiendo con cierto esmero á engalanar su persona. Este
-síntoma anunciaba el restablecimiento. La ví con placer recobrar su
-gallardía, su agilidad pasmosa, y el vivo tono moreno y sanguíneo de
-sus mejillas. La salud vigorosa tornaba á ser uno de sus hechizos,
-volviendo acompañada de aquel humor caprichoso y voluble, que era la
-parte más característica de su persona. Resucitaba con sus defectos
-enormes; pero se engalanaba á mis ojos con una diadema de altas
-cualidades que, á más de hacerse amables por sí mismas, arrojaban no sé
-qué fulgor de gracia sobre aquellos defectos.
-
-Tratábame con familiaridad jovial, exenta de toda malicia. La
-afectación, esa naturaleza sobrepuesta que tan gran papel hace en la
-comedia humana, no existía en ella. Todo lo que hacía y decía, bueno ó
-malo, era inspiración directa de la naturaleza auténtica... Su trato
-conmigo era de extremada confianza, y solía contarme cosas que ninguna
-mujer cuenta, como no sea á su amante. Cualquiera que nos hubiese oído
-hablar en ciertas ocasiones, habría adquirido el convencimiento de que
-nos unía algo más que amistad y parentesco. Y, no obstante, no cabía
-mayor pureza en nuestras relaciones.
-
-Mil veces, conociendo su penuria, hícele ofrecimientos pecuniarios;
-pero ella nunca aceptaba.
-
---No quiero abusar --decía--: bastante es que no te hayamos pagado
-la casa este mes, y que probablemente no te la pagaremos tampoco el
-próximo. Pero el trimestre caerá junto. Para entonces me sobrará
-dinero. No te creas, me he vuelto económica. Tú mismo me has visto
-haciendo números por las noches y estrujando cantidades para sacarme un
-vestidillo.
-
-Y era verdad esto. Algunas noches me la había encontrado garabateando
-en una hoja de la _Agenda de la cocinera_, destinada á los cálculos.
-Por cierto que las apuntaciones de la tal hoja no las entendía ni
-Cristo. Eran un caos de vacilantes trazos de lápiz. Examinando aquellas
-cuentas, me reí más... Noté que los _treses_ que hacía parecían
-_nueves_, y los infelices _cuatros_ no tenían figura de números
-corrientes. Yo iba en su auxilio, porque comprendí, tras brevísimo
-examen, que Camila no sabía sumar.
-
---¿Pero qué educación te han dado, chiquilla?
-
-Y ella me contestaba candorosamente:
-
---Ahora me la estoy dando yo misma. La necesidad obliga.
-
-A veces me llamaba, me hacía sentar junto á la mesa del comedor y
-rogábame fuera apuntando las cantidades que ella me decía para sumarlas
-después. Con cuánto gusto lo hacía yo, no hay para qué decirlo. Cuando
-era ella quien trazaba los números, hacía muecas con los labios, como
-los chiquillos cuando están aprendiendo palotes.
-
---Ya, ya me voy _jaciendo_ --decía con gracia.
-
-Por fin, salía del paso y hallaba la suma exacta. Los progresos, bajo
-el espoleo de la necesidad, eran rápidos y seguros. Eloísa también era
-poco fuerte en cuentas gráficas, enfilaba mal las columnas, sacaba unas
-sumas disparatadas; pero de memoria hacía prodigios. Más de una vez me
-quedé absorto viéndola sumar cifras enormes sin equivocarse ni en una
-unidad. Había adquirido el hábito de calcular de memoria. Camila, en
-cambio, no daba pie con bola sin ayuda del lapicito, un sobado pedazo
-de madera negra que apenas tenía punta.
-
---Ya me podías regalar un lápiz --me dijo un día.
-
-Le llevé un lapicero de oro.
-
-Y volví á rogarle me confiara su situación económica, que, por ciertos
-indicios, conceptuaba poco desahogada. Doña Piedad, su suegra, se
-había reconciliado con Constantino; pero las remesas metálicas eran
-escasas, y las en especie, como arrope, cecina, queso y azafrán, no
-suplían ciertas necesidades. Camila mostrábase siempre muy reservada
-conmigo en este capítulo de sus apuros. Un día, no obstante, debió de
-causarle apreturas tan grandes la insuficiencia de su presupuesto, que
-se resolvió á hacer uso de la generosidad que yo le ofrecía. Observéla
-aquella tarde un poco seria, inquieta; pero no hice alto en ello.
-Estaba yo leyendo el periódico militar de Constantino, cuando se acercó
-á mí despacito por detrás de la butaca. Inclinóse y sentí en mi rostro
-el calor del suyo. Híceme el distraído y oí como un susurro. Bien podía
-creer que mi ruido de oídos me fingía esta frase:
-
---José María, me vas á hacer el favor de prestarme dos mil realitos.
-
-Pero no era el moscón de mi cerebro: era ella la que me hablaba. Luego
-soltó una carcajada, repitiendo la petición en tono más adecuado á su
-temperamento normal.
-
---Nada, nada, que me los tienes que prestar. Si no, por la puerta se va
-á la calle... No te creas, te los devolveré el mes que entra.
-
-Me supo tan bien el sablazo, que casi casi lo consideré como una
-fineza, como una galantería. La verdad, si no hubiera andado por allí,
-entrando y saliendo á cada rato, el gaznápiro de Miquis, le doy un
-abrazo. Faltóme tiempo para complacerla. Si conforme me pidió cien
-duros, me pide mil, se los entrego en el acto.
-
-
-II
-
-Mi prima salía poco de su casa. Siempre que yo iba allí, la encontraba
-ocupada en algo: bien subida en una escalera lavando cristales, bien
-quitando el polvo á los muebles, á veces limpiando la poca plata que
-tenía ó los objetos de metal blanco. Cuando yo le decía algo que no le
-gustaba, solía responderme:
-
---Cállate, ó te tiro esta palmatoria á la cabeza.
-
-Y lo peor era que lo hacía. Por poco un día me descalabra. Un mes
-después de la muerte del chiquitín, aún su charla voluble y bromista
-era interrumpida por suspiros y por algún recuerdo del pobre ángel
-ausente.
-
---¡Ay mi nene! --exclamaba, conteniendo el aliento y cerrando los ojos.
-
-Después se ponía á trabajar con más fuerza, pues pensaba que así se le
-iba pasando mejor la pena. Notaba que planchar era muy eficaz, y que
-echarle un forro nuevo á la levita militar de Constantino le despejaba
-la cabeza. Otras veces decía con íntima convicción:
-
---Para mí no hay más consuelo que tener otro nene. Y lo tendré, lo
-tendré. Anoche hemos andado á la greña Constantino y yo. ¿Sabes
-por qué? Porque sostengo que le debemos poner también el nombre de
-Alejandro en memoria del que se nos ha muerto. Pero él se empeña en que
-se ha de seguir el orden alfabético; de modo que al primero que venga
-le toca la B. A mi Alejandrín se le llamó así por el hermano mayor de
-Constantino; pero da la casualidad de que Alejandro es nombre de un
-gran capitán antiguo, y ahora quiere mi marido que todos los hijos que
-tengamos lleven nombre de héroes. ¿Has visto qué simpleza?
-
---No hagas caso de ese majadero --le respondí con toda mi alma--. ¿Pues
-no sostenía ayer que habías de llegar á la Z?... ¡Veintiocho hijos,
-según la Academia! ¡Qué asquerosidad! te pondrías bonita.
-
---Llegaremos siquiera á la M --afirmó ella dándome á conocer en el
-brillo de sus ojos un sentimiento extraño, una especie de entusiasmo al
-que no puedo dar otro nombre que el de _fanatismo de la maternidad_--.
-Sí: llegaremos á la M, quizás á la N... Y el de la N dice Constantino
-que se ha de llamar Napoleón.
-
---¡Qué estupidez! No pienses en tener más muchachos. Mejor estás así,
-más guapa, más saludable, más libre de cuidados.
-
---Pero mucho más triste... Anoche soñé que había tenido dos gemelos.
-
---¡Qué tonta eres! Siempre has de ser chiquilla --respondí--. Parece
-que consideras á los hijos como juguetes... Si tuvieras tantos como
-deseas, puede que no fueras tan buena madre como lo has sido en este
-primer ensayo. Porque á tí te pasan pronto esos entusiasmos. Lo que hoy
-te enloquece de amor, mañana te hastía.
-
---¿Te quieres callar? --gritó llegándose á mí y amenazando sacarme los
-ojos con una aguja de media--. Tú no me conoces.
-
---¡Oh! sí, demasiado te conozco. Eres una mala cabeza. Pero hay que
-declarar que tienes algún mérito. Has domesticado á Constantino. Hay
-casos de esto: dos fieras juntas se doman mutuamente. Y Constantino
-parece otro hombre. Es más persona; sabe tratar con la gente; no tira
-ya aquellas coces; no habla de pronunciarse como si hablara de fumarse
-un pitillo; no juega, no bebe, no disputa...
-
---Todo eso es obra mía, caballero --observó Camila con acento de
-inmenso orgullo--. Es que esta tonta tiene mucho de aquí, mucho talento.
-
-Volvió sus ojos hacia el retrato de Miquis, desnudo de medio cuerpo
-arriba.
-
-«¿Pero no te da vergüenza --le dije-- de que la gente entre aquí y
-vea ese mamarracho? Mil veces te he dicho que lo eches al fuego, y tú
-sin hacer caso. Tienes un gusto perverso. Es que da asco ver ahí ese
-zángano de circo, enseñando sus bellas formas, con esos brazos de mozo
-de cordel, y esa cabeza de bruto.
-
---¿Te quieres ir á paseo? Vaya con el señorito éste... ¿Pues qué tiene
-de feo ese retrato? Bien guapo que está. ¿Qué querías tú? ¿que mi
-marido fuera como esos tísicos que se van cayendo por la calle, porque
-no tienen fuerzas para andar?... ¿como esos palillos de dientes en
-figura de personas? Francamente, no me gustaría un marido á quien yo
-pudiera retorcer el pescuezo, ó arrancarle un brazo de una mordida.
-Constantino es hombre para cogerte como una pluma y tirarte al techo.
-
---¡Angelito! Tirando de un carro quisiera verlo yo.
-
---Pues no es tan bruto como crees --declaró enojándose--. Yo podría
-probártelo... Pero no quiero probarte nada. Donde lo ves, es un ángel
-de Dios, que me quiere más que á las niñas de sus ojos. Si le mando que
-se eche por mí en una caldera hirviendo, créelo, lo hace.
-
---Buen provecho á los dos... No te digo que no le quieras, Camila;
-pero, mira, haz el favor de no tener más chiquillos: te vas á poner
-fea; no te acuerdes más de las letras del alfabeto.
-
---Pues sí que los tendré --dijo poniendo una cara monísima de niña mal
-criada, y machacando con el puño de una mano en la palma de la otra--;
-los tendré... ¡y rabia! Y llegaré á la N... ¡y rabia! ¡Y tendré á
-Napoleón... y toma, toma, toma hijos!
-
-A la sazón entró el padre de aquella esperada generación de gloriosos
-capitanes, y Camila le recibió, como suele decirse, con dos piedras en
-la mano.
-
---¿En dónde has estado, pillo? ¿Qué horas son éstas de venir á casa?
-Como yo sepa que has ido al café, te voy á poner verde.
-
-Después se abrazaron y se besaron delante de mí.
-
---Ea, señores, divertirse, --dije tomando mi sombrero.
-
---Espera, tontín, y comerás con nosotros. No tenemos principio; pero
-en obsequio á tí, abriremos una lata de langosta.
-
-Y los dos me instaron tanto, que me quedé y comí con ellos, embelesado
-con su felicidad, que me parecía un fenómeno de inocencia pastoril.
-De sobremesa, Camila volvió á hablar de lo que tanto la preocupaba, y
-riñeron por aquello del alfabeto. Ella no quería nombres de capitanes
-herejes, sino de santos cristianos.
-
---Nada, nada --decía Miquis--: el primero que venga se ha de llamar
-Belisario.
-
-Yo me reía; pero en mi interior me indignaba aquel inmoderado afán
-de cargarse de familia, aquel apetito de hijos, y esperaba que la
-Naturaleza no se mostrara condescendiente con mi prima, al menos tan
-pronto como ella deseaba. Seré claro: la loca de la familia, la de más
-dañado cerebro entre todos los Buenos de Guzmán, la extravagante, la
-indomesticada Camila, se iba metiendo en mi corazón. Cuando lo noté,
-ya una buena parte de ella estaba dentro. Una noche, hallándome en
-casa, eché de ver que llevaba en mí el germen de una pasión nueva, la
-cual se me presentaba con caracteres distintos de la que había muerto
-en mí ó estaba á punto de morir. Las tonterías de Camila, que antes me
-fueron antipáticas, encantábanme ya, y sus imperfecciones me parecían
-lindezas. Tal es el movible curso de nuestra opinión en materias de
-amor. Sus particularidades físicas se me transformaron del mismo modo,
-y lo que principalmente me seducía en ella era su salud, la santa
-salud, que viene á ser belleza en cierto modo. Aquella complexión
-de hierro, aquel gallardo desprecio de la intemperie, aquella
-incansable actividad, aquella resistencia al agua fría en todo tiempo,
-su coloración sanguínea y caliente, su vida espléndida, su apetito
-mismo, emblema de las asimilaciones de la Naturaleza y garantía de la
-fecundidad, me enamoraban más que su talle esbelto, sus ojos de fuego
-y la gracia picante de su rostro. Uno de sus principales encantos, la
-dentadura, de piezas iguales, medidas, duras, limpias como el sol,
-blancas como leche que se hubiera hecho hueso, me perseguía en sueños,
-mordiéndome el corazón.
-
-La conquista me parecía fácil. ¿Cómo no, si la confianza me daba
-terreno y armas? Consideraba á Constantino como un obstáculo harto
-débil, y comparándome con él personal, moral é intelectualmente, las
-notorias ventajas mías asegurábanme el triunfo. ¿Qué interés, fuera
-del que le imponía el lazo religioso, podía inspirar á Camila aquel
-hombre de conversación pedestre, de figura tosca, aunque atlética, y
-que sólo se ocupaba en cultivar su fuerza muscular? ¡El lazo religioso!
-¡Valiente caso hacía de él la descreída Camila, que rara vez iba á la
-iglesia y se burlaba un tantico de los curas!... Nada, nada: cosa hecha.
-
-Por aquellos días invitóme Constantino á ir con él á la sala de armas.
-Mucho tiempo hacía que yo no tiraba, y diez años antes no lo había
-hecho mal. Comprendí que me convenía el ejercicio para contrarrestar
-los malos efectos de la vida sedentaria y regalona. Al poco tiempo, el
-recobrado vigor muscular me ponía de buen temple y me daba disposición
-para todo. ¡Bendita salud, que es la única felicidad positiva, ó el
-fundamento de estados que llamamos dichosos por una elasticidad del
-lenguaje! En los asaltos en que Constantino y yo nos entreteníamos por
-las tardes, aquel pedazo de bárbaro llevaba la mejor parte. Tenía más
-destreza que yo, muchísima más fuerza y un brazo de acero. Su agilidad
-y fuerza me pasmaban. Arrimábame buenas palizas; pero yo, al darle la
-mano quitándome la careta, le decía con el pensamiento: «Pega todo lo
-que quieras, acebuche. Ya verás qué pronto y qué bien te la pego yo á
-tí.»
-
-
-FIN DEL TOMO PRIMERO
-
-
-
-
-ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO
-
-
- Páginas.
-
- I.--Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi
- tío Rafael y de mis primas María Juana, Eloísa y Camila. 5
-
- II.--Indispensables noticias de mi fortuna, con algunas
- particularidades acerca de la familia de mi tío y de las
- cuatro paredes de Eloísa. 35
-
- III.--Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos. 49
-
- IV.--Debilidad. 63
-
- V.--Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre
- Kitty. 85
-
- VI.--Las cuatro paredes de Eloísa. 97
-
- VII.--La comida en casa de Camila. 111
-
- VIII.--En que se aclaran cosas expuestas en el anterior. 123
-
- IX.--Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y la
- leyenda de las cuentas de vidrio. 127
-
- X.--Carrillo valía más que yo. 145
-
- XI.--Los jueves de Eloísa. 155
-
- XII.--Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de amor. 209
-
- XIII.--Ventajas de vivir en casa propia. -- La noche terrible. 233
-
- XIV.--Hielo. 269
-
- XV.--Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas que
- pasaron después. 281
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Lo prohibido (tomo 1 de 2), by Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (TOMO 1 DE 2) ***
-
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
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-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
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- Lo prohibido (tomo 1 de 2), by Benito Pérez Galdós&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-<pre>
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-Project Gutenberg's Lo prohibido (tomo 1 de 2), by Benito Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Lo prohibido (tomo 1 de 2)
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: October 9, 2020 [EBook #63413]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (TOMO 1 DE 2) ***
-
-
-
-
-Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the
-Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-
-
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-
-</pre>
-
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
-</div>
-
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-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <h1>LO PROHIBIDO</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <div class="legal">
- <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda
- hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares
- que no lleven el sello del autor.</p>
- </div>
-</div>
-
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p>
- <p class="fs120 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p>
- <p class="ws1">NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS</p>
- <hr class="fil" />
-
- <p class="fs300 ws1 mt1">LO PROHIBIDO</p>
- <p class="fs130 ws1 mt1">Tomo primero.</p>
- <hr class="tir" />
- <p class="fs110 mt1">13.000</p>
-
- <div class="figcenter mt3">
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- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
- <p class="fs110 lh150 g0 mt3"><b>MADRID</b></p>
- <p class="lh150 g1 ws1">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p>
- <p class="fs90 lh130 g1 ws1">(Sucesores de Hernando)</p>
- <p class="lh130 g1 ws1">Arenal, 11</p>
- <p class="fs110">1906</p>
-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p>
- <p class="lh200 ws1 g0">EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO</p>
- <p class="fs90 lh200 ws1 g0">IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</p>
- <p class="fs90 lh200 ws1">C. de San Francisco, 4.</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <p class="centra fs200">LO PROHIBIDO</p>
- <hr class="tir" />
- <h2 class="nobreak">I</h2>
- <p class="subh2h">Refiero mi aparición en Madrid, y hablo
- largamente de mi tío Rafael y de mis primas María Juana, Eloísa y
- Camila.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi
-padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa
-extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos
-que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias,
-y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don
-Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo
-me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar
-un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el
-hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su
-vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando
-quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menes<span
-class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span>ter. Vivía el buen señor, quiero
-decir, vivíamos en el barrio que se ha construído donde antes estuvo el
-Pósito. El cuarto de mi tío era un principal de diez y ocho mil reales,
-hermoso y alegre, si bien no muy holgado para tanta familia. Yo tomé el
-bajo, poco menos grande que el principal, pero sobradamente espacioso
-para mí solo, y lo decoré con lujo y puse en él todas las comodidades á
-que estaba acostumbrado. Mi fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con
-exceso.</p>
-
-<p>Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente
-al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de
-González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las
-nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente
-mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las
-personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas
-plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y
-aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á
-las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para
-todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé
-después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que
-nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á
-saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á
-dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba
-en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de
-riqueza y trabajo.</p>
-
-<p>Mi tío es un agente de negocios muy conocido<span class="pagenum"
-id="Page_7">p. 7</span> en Madrid. En otros tiempos desempeñó cargos
-de importancia en la Administración: fué primero cónsul; después
-agregado de embajada; más tarde el matrimonio le obligó á fijarse en
-la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda, protegido y alentado por
-Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su familia le estimularon
-á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por las aventuras y
-esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición, rectitud,
-actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á agenciar asuntos
-diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes se felicitaba de
-ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De ellos vivía, no
-obstante, despertando los que dormían en los archivos, impulsando á
-los que se estacionaban en las mesas, enderezando como podía el camino
-de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle sus amistades con
-gente de éste y el otro partido, y la vara alta que tenía en todas
-las dependencias del Estado. No había puerta cerrada para él. Podría
-creerse que los porteros de los ministerios le debían el destino, pues
-le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban las entradas
-considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas épocas había
-ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados expedientes
-de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida honradez le
-había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid, su posición
-debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes. No carecía
-de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco lisonjero
-para un hombre que, después de trabajar tanto,<span class="pagenum"
-id="Page_8">p. 8</span> se acercaba al término de la vida y apenas
-tenía tiempo ya de ganar el terreno perdido.</p>
-
-<p>Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre
-como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba
-toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación
-anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el
-fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente
-ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito
-y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase
-vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus
-relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos
-con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios
-que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el
-cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el
-momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo
-distrayéndose del asunto, y en sonando el <i>pum</i>, llevábase un mediano
-susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del
-aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los
-ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba.
-No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos
-de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco
-lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz,
-zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío <i>la
-Verónica</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span></p>
-
-<p>Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia
-en Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á
-mi instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia
-y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi
-padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo
-febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de
-Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no
-tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino
-de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un
-chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas
-demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial
-de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada
-en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este
-descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual
-si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un
-desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con
-una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas
-¡ay, dolor! estaban ya casadas.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>En la primera ocasión que se presentó, mi tío habló de sus
-tres yernos con muy poco miramiento. El uno era egoísta, el otro
-pobre y vanidoso, el tercero una mala persona. De confiden<span
-class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>cia en confidencia llegó hasta
-las más íntimas y delicadas, acusando á su esposa de precipitación
-en el casorio de las hijas. De esto colegí que mi tía Pilar, señora
-indolentísima y de cortos alcances, por quedarse libre y descansar del
-enfadoso papel de mamá casamentera, había entregado sus niñas al primer
-hombre que se presentó, llovido en paseos y teatros. También pudo ser
-que ellas se sobrepusieran á la disciplina paterna, apegándose al
-primer novio que les deparó la ilusión juvenil.</p>
-
-<p>No habían pasado quince días de mi instalación cuando me puse malo.
-Desde niño padecía yo ciertos achaquillos de hipocondría, desórdenes
-nerviosos, que con los años habían perdido algo de su intensidad.
-Consistían en la ausencia completa del apetito y del sueño, en una
-perturbación inexplicable que más parecía moral que física, y cuyo
-principal síntoma era el terror angustioso, como cuando nos hallamos en
-presencia de inevitable y cercano peligro. Con intervalos de descanso
-melancólico, mi espíritu experimentaba aquel acceso de miedo inmenso
-que la razón no podía atenuar, ni la realidad visible combatir; miedo
-semejante al que sentiría el que, cayéndose sobre la vía férrea y no
-pudiendo levantarse, viera que el pesado tren se acercaba, le iba á
-pasar por encima... Cuando me ponía así, la vista de personas extrañas
-me excitaba más. Dábanme ganas de pegar á alguien ó de injuriar por lo
-menos á los que me visitaban, y padecía mucho conteniéndome. Por esta
-razón no quería recibir á nadie, y mi criado, que ya conoce bien este
-flaco mío y otros, no dejaba que<span class="pagenum" id="Page_11">p.
-11</span> llegase á mi presencia ni una mosca. Difícil era en Madrid
-extremar la consigna. Ni valían estos rigores con mi tío, el cual,
-atropellando la guardia, se colaba de rondón en mi gabinete. Y era que
-creía de buena fe llevarme en sus largos discursos la mejor medicina de
-mi mal; jactábase de conocerlo á fondo, y en vez de hablarme de cosas
-que engañosamente llevaran mi espíritu á esfera distinta de mi padecer,
-estimaba más eficaz encararlo con éste, hacerle meter la cabeza
-en él valientemente, como se corrige á los caballos espantadizos,
-acercándoles á los mismos objetos de que huyen. Díjome primero en su
-festivo exordio, que aquello era el mal del siglo, el cual, forzando
-la actividad cerebral, creaba una diátesis neuropática constitutiva
-en toda la humanidad. Esto se lo había dicho Augusto Miquis la noche
-antes. Por eso lo sabía y lo repetía como papagayo, sin entender una
-jota de medicina. En lo que principalmente hacía hincapié mi tío
-Rafael, era en dar á mi dolencia la importancia histórica de un mal
-de familia, que se perpetuaba y transmitía en ella como en otras el
-herpetismo ó la tisis hereditaria.</p>
-
-<p>—Todos padecemos en mayor ó menor grado —me dijo amplificando mucho
-la relación que voy á extractar—, los efectos de una imperfeccioncilla
-nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros
-Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido
-individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento
-y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres,
-chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida,
-bien manía más ó menos rara<span class="pagenum" id="Page_12">p.
-12</span> que no afectaba á la conducta. A unos les ha tocado el daño
-en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se ha visto que
-tenían una organización admirable, pero que les faltaba, como se suele
-decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra familia las
-altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en ella tantos
-hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias lastimosas,
-ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han carecido en
-sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las mujeres, las ha
-habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas; pero también las
-hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más vale no hablar de
-ellas.</p>
-
-<p>Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador
-sempiterno, que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su
-facundia con materiales de invención.</p>
-
-<p>—Usted hubiera sido un gran novelador —le dije; y él, acercándose
-más á mí, prosiguió de este modo:</p>
-
-<p>—Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos,
-y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene
-reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero
-sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy
-<i>célebres</i>. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses.
-Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor
-se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda
-haciendo de fantasma para asustar al pueblo.</p>
-
-<p>»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón
-magnífico para él solo, quiero<span class="pagenum" id="Page_13">p.
-13</span> decir, que ninguna otra persona de la familia se había de
-enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran poniendo al
-lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran en Ronda. Y
-así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más de doscientos
-cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños ajenos.
-Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza humana, pues
-fué el primer galanteador de su tiempo.</p>
-
-<p>»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que
-criar gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y
-hacía libros con ellas.</p>
-
-<p>»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el
-hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato
-en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás
-puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas
-encontraba algún <i>incitativo melindre</i>, que dijo el otro. Cuando se
-casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá!
-tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes.</p>
-
-<p>»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el <i>Quijote</i> de memoria,
-y hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había
-refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á
-relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como
-ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque
-también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y
-compuso una obra sobre los alfajores de la tierra.</p>
-
-<p>»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir<span
-class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span> á tus noticias. Javier
-fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú, esas
-melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De pronto le
-entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y visiones.
-Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más remedio
-que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza cuatro
-años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó con una
-aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía más que
-unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su mujer
-paría siempre gemelos.</p>
-
-<p>»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad
-mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas.
-Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el
-puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero
-repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena
-familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero
-de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le
-acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades
-varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del
-54.</p>
-
-<p>»Mi hermana Rosario no dió más señales de la infección hereditaria
-que el tener toda su vida violentísimo odio á los perros. No los podía
-ver, y lo mismo era oir un ladrido que ponerse á temblar. Casó con
-Delgado, y en su hijo Jesús aparece pujante el mal. Tú no le has visto.
-Es un sér inocentísimo, que se pasa la vida escribiéndose cartas á sí
-mismo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span></p>
-
-<p>»De mis hermanos sólo quedamos Serafín y yo. Serafín fué siempre
-el más robusto de todos. Era un mocetón, la gala de Ronda y el primer
-alborotador de sus calles de noche y de día. Por su vigorosa salud y
-su constante buen humor, parecía tener completos los tornillos de la
-cabeza. Pusiéronle á estudiar marina en San Fernando, y se distinguió
-por su aplicación y laboriosidad. Salió á oficial el 43, y su carrera
-ha sido muy brillante. Estuvo en Abtao, en el desembarco de Africa,
-en el Pacífico. Hoy es brigadier retirado y vive en Madrid, donde no
-hace más que pasearse. Tú le conoces. ¿Pero á que no sabes todavía
-en qué consiste y de qué manera tan extraña se ha manifestado en
-él, al cabo de la vejez, esa maldita quisicosa que no ha perdonado
-á ningún Bueno de Guzmán? Te lo diré en confianza. Cuando le trates
-más, verás en Serafín el hombre más completo que puedes figurarte, el
-tipo del caballero atento, discreto y cumplido, el veterano valiente
-y pundonoroso, y seguirás teniéndolo en el más elevado concepto hasta
-que descubras su flaco, el cual es de tal naturaleza, que casi me da
-vergüenza hablar de él. Pues Serafín ha adquirido la maña... no me
-atrevo á llamarla de otro modo... de coger con disimulo tal ó cual
-objeto que ve en las casas que visita, metérselo en el bolsillo... ¡y
-llevárselo! No sabes los disgustos que hemos tenido... Nada: no te lo
-explicas, ni yo tampoco, ni él mismo sabe dar cuenta de cómo lo hace
-y por qué lo hace. Es un misterio de la Naturaleza, una aberración
-cerebral... Veo que te pasmas... Pues, nada: entra mi hombre en una
-librería,<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> acecha el
-momento en que los dependientes están distraídos, agarra un libro,
-se lo guarda en el bolsillo del <i>carrik</i>, y abur. En varias casas
-ha cogido chucherías de esas que ahora se estila poner sobre los
-muebles, y hasta perillas de picaportes, aldabas de puertas, tapones de
-botellas... Me ha confesado que siente un placer inmenso en esto; que
-no sabe por qué lo hace; que es cosa de las manos... qué sé yo... mil
-desatinos que no entiendo.</p>
-
-<p>Bien podría ser la relación de mi tío, como he dicho antes,
-puramente fantástica, una de esas improvisaciones que acreditan el
-numen de los grandes habladores; pero fuese verdad ó mentira, á mí me
-entretenía y agradaba en extremo. Pendiente de sus palabras, sentía
-yo que éstas se acabasen y con ellas la historia, cuyos pormenores
-referentes á dolencias ajenas eran eficaz bálsamo de la mía. Parecíame
-que faltaba aún lo más interesante, esto es, saber en qué grado estaban
-mi propio tío y su descendencia tocados del mal de familia, ó si por
-ventura se habían librado ya de tan pertinaz enemigo. Echóse á reir
-llorando cuando le manifesté esta curiosidad, y prosiguió de este
-modo:</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>—Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán,
-el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de
-mi vida, el afán diario de los negocios, la apli<span class="pagenum"
-id="Page_17">p. 17</span>cación constante del espíritu á cosas reales,
-me han preservado de graves desórdenes. Sin embargo, sin embargo, no ha
-sido todo rosas. En ciertas ocasiones críticas, á raíz de un trabajo
-excesivo ó de un disgusto, he sentido... así como si me suspendieran
-en el aire. No lo entenderás, ni lo entiende nadie más que yo. Voy por
-la calle, y se me figura que no veo el suelo por donde ando: pongo los
-pies en el vacío... Al mismo tiempo experimento la ansiedad del que
-busca una base sin encontrarla... Pero ando, ando, y aunque creo á cada
-instante que me voy á caer, ello es que no me caigo. La <i>suspensión</i>,
-como yo llamo á esto, me dura tres ó cuatro días, durante los cuales no
-como ni duermo; luego pasa, y como si tal cosa.</p>
-
-<p>»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene
-indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos
-de relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que
-habiendo tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica
-para todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita
-cosa ni supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un
-pasmoso talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha
-de flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la
-casa. Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos
-más altos de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con
-un enfermo de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo
-que le sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros
-dentro de un cráneo no pueden fun<span class="pagenum" id="Page_18">p.
-18</span>cionar sin estorbarse y producir un zipizape de todos los
-demonios.</p>
-
-<p>»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia
-tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se
-extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en
-opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión)
-las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres
-ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en
-cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en
-el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus
-encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas.
-¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias
-y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le
-entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de
-cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede
-vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único
-que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño
-entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su
-voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse
-la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se
-casó, estos ataques son poco frecuentes.</p>
-
-<p>»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana
-mayor. Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más,
-por la menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia,
-y en sus afectos no hay nun<span class="pagenum" id="Page_19">p.
-19</span>ca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo, que
-no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa
-con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto
-cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía
-trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer
-alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio.
-Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se
-pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una
-simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva
-compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las
-de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre
-esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días
-más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la
-garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se
-pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien
-la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con
-que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las
-destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces
-la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en
-confianza) no merece tal joya.</p>
-
-<p>»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos
-favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no,
-no la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos
-mimado más de la cuenta y nos ha<span class="pagenum" id="Page_20">p.
-20</span> salido mal educada. Parece una loca, parece más bien
-casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran fondo de
-rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo decir
-que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal
-dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas
-extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal
-gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad.
-Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo
-prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me
-espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma
-de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso
-que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis,
-no encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese
-bruto...</p>
-
-<p>Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por
-la sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió
-con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo
-luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era,
-según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes
-físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en
-limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste
-habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija
-única suya hubiera sido mi mujer.</p>
-
-<p>Fenómeno singular, que recomiendo á los mé<span class="pagenum"
-id="Page_21">p. 21</span>dicos para que se acuerden de él cuando les
-caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío aquel prolijo
-cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad que te aflige,
-¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí aliviadísimo de
-la parte que me correspondía por fuero de familia, y este alivio fué
-creciendo en términos que un rato después me encontraba completamente
-bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el viento.</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba
-animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la
-misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María
-Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas
-á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su
-madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre
-cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras,
-si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese.</p>
-
-<p>Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una
-belleza estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los
-mármoles admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas.
-Desde que la conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo
-va de escultura á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca
-de mi agrado. Por aquellos días no había<span class="pagenum"
-id="Page_22">p. 22</span> empezado á engordar todavía, y así su
-engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después.
-Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud,
-veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz
-que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy
-principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños
-que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que
-ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso;
-que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos
-de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió,
-pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida
-obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban
-dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero
-siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban
-los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como
-otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que
-su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los
-transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el
-pintoresco traje de Astorga.</p>
-
-<p>Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos
-una pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á
-Madrid, y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han
-tenido tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era<span
-class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> orden y método. Gastaban
-mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su generosidad. Así
-llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito de alambicar,
-apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si era ésta ú otra
-la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás desgobernada y
-maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los que no tiran
-el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué compañera
-de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha trocado
-su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte no ha
-prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando que al
-padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por <i>el ordinario
-de Astorga</i>, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana <i>la
-ordinaria de Medina</i>.</p>
-
-<p>En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco
-para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más
-valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos
-éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna
-bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas
-ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un
-tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales,
-guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo
-que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho
-amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir,
-que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno<span
-class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span> atmosférico, porque las
-hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento y en las ondas sonoras
-que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si no hubiera tanto vago,
-tanto noble arruinado que vive del juego, tanto abogadillo cesante
-ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...» Debo añadir que
-María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en algún periódico,
-ciertas menudencias de saber político, religioso y literario, que eran
-la admiración mayor de todas las admiraciones que su marido tenía por
-ella. El amor de Medina principiaba en ternura y acababa en veneración,
-motivada sin duda por la superioridad de ella en todos los terrenos.
-Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones. ¿Cómo no tenerlas si
-eran ricos, cuando hasta los más necesitados y humildes se codean aquí
-con los poderosos, con tal que sepan envolver su miseria en el paño
-negro de una levita?</p>
-
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero
-mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa
-parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física
-creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento,
-piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve
-por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien
-que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta
-inesperada del<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> camino.
-Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía ya en la mano y le había
-hincado el diente.</p>
-
-<p>Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé
-en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste
-de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su
-cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo
-por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo
-con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo
-hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto
-exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las
-cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como
-cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me
-produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones
-y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer
-que Eloísa tenía siempre razón.</p>
-
-<p>La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la
-apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida
-que iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas
-de su carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su
-ropero y en una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas
-de encajes, de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito
-artístico. Al enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados,
-solía dejar entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no
-tener objetos sobresalientes por la riqueza del material y el primor
-de<span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> la obra. El «si yo
-fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los labios
-de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma la
-atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación
-tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos
-hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las
-acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la
-virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso
-por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado,
-criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran
-por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura
-mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado
-interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su
-carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la
-enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en
-otro sér.</p>
-
-<p>Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al
-despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado
-á luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa.
-Yo también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño
-leal y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad
-alguna.</p>
-
-<p>El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata.
-Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios
-de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carri<span
-class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span>llo (Carrillo de Albornoz)
-había venido haciendo monos á mi primita desde que ella estaba en el
-colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no formalmente, no
-lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios más ó menos
-entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo el programa
-de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros y paseos.
-Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la herencia de
-su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero, que era muy
-anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de presunto
-heredero de un título y de un capital le hizo interesante á los ojos de
-mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido veinticuatro años.
-Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un triste sueldo en el
-ministerio de Estado; pero la esperanza de la herencia le daba alientos
-para conllevar su vida obscura.</p>
-
-<p>Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas;
-pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la
-mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral,
-debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables.
-Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda
-honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena
-de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir,
-aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer
-esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la
-Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine
-May y á Macaulay, deseando sa<span class="pagenum" id="Page_28">p.
-28</span>ciar en tan ricas fuentes su sed del conocimiento de un
-sistema admirable, que entre nosotros es pura comedia. Su conversación
-me declaraba un juicio claro, con pocas ideas propias, pero con
-aprovechada asimilación de las ajenas.</p>
-
-<p>Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de
-una de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este
-mostraba simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la
-humildad de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las
-clases históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo,
-aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo
-verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo
-el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que,
-aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción,
-siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen
-Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en
-morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría
-cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había
-podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante.</p>
-
-
-<h3>VI</h3>
-
-<p>Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que
-la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en
-la misma moneda. A veces parecía una chiquilla<span class="pagenum"
-id="Page_29">p. 29</span> sin pizca de juicio, á veces una mala mujer.
-Serían tal vez inocentes sus desfachateces, pero no lo parecían, y el
-parecer dicen que en achaque de moral no es menos importante que la
-moral misma. Era una escandalosa, una mal educada, llena de mimos y
-resabios. No debo ocultar que á veces me hacía reir, no sólo porque
-tenía gracia, sino porque todo lo que sentía lo expresaba con la
-sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor del espíritu, era
-para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del otro pudor, venían
-á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos. No podré pintar el
-asombro que me causó verla correr por los pasillos de su casa con el
-más ligero vestido que es posible imaginar. Un día se llegó á mí en
-paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo hablando de su marido
-en los términos más irrespetuosos. A veces, después de correr tras las
-criadas y hacer mil travesuras, impropias de una mujer casada, se ponía
-á tocar el piano y á cantar canciones francesas y españolas, algunas
-tan picantes, que, la verdad, yo hacía como que no las entendía. A lo
-mejor, cuando parecía sosegada, se oía un gran estrépito. Estaba en
-la cocina jugando con las criadas. Su mamá la reñía sin enfadarse,
-consintiéndole todo, y aseguraba que era aquello pura inocencia y
-desconocimiento absoluto del mal. Otras veces dábale por ponerse triste
-y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á su marido, á sus padres
-mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que no la queríamos, de
-que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose al verla así, mandaba
-preparar abundante ración<span class="pagenum" id="Page_30">p.
-30</span> de tila. Eran los nervios, los pícaros nervios.</p>
-
-<p>Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la
-casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa
-de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente
-la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos
-y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como
-las beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia
-oirla.</p>
-
-<p>Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena,
-esbeltísima, vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de
-que jamás un médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan
-notable como aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia
-y tostada, indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes,
-profundamente negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando
-visitamos un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le
-faltaba muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias
-que nunca están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel
-carácter, que era la negación de todo lo que constituye el encanto de
-la mujer. La discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del
-ánimo, el culto de las formas, éranle extraños. Considerábala como
-la mayor calamidad de una familia, y al hombre condenado á cargar
-semejante cruz, teníale por el más infeliz de los seres nacidos.</p>
-
-<p>El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería,
-llamado Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de
-Augusto Miquis, médico de fama. Al tal le consideré, desde<span
-class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> que le ví, destituído de
-todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que
-pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía
-ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le
-daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera
-existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían
-de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme
-su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta
-del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi
-tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al
-oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué
-encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino
-era feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso,
-pendenciero, brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo,
-dudando mucho de que fuese un mérito, era su constitución, no menos
-vigorosa que la de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos
-los caprichos de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer
-planchas gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo
-que yo tenía de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila,
-llevábame á dar á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen
-como adorno de la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y
-gandules de circo sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar
-razonablemente la inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño
-humano, que á menudo va por sendas tan contrarias á las de la razón!
-Contá<span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>ronme que mis tíos
-se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el
-resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que
-los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar
-al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo:</p>
-
-<p>—Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste
-de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para
-distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón?</p>
-
-<p>Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:</p>
-
-<p>—Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.</p>
-
-<p>Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían
-tenido alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba
-yo. A su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y
-modales chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente;
-otras le decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba,
-gritando:</p>
-
-<p>—Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...</p>
-
-<p>Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban
-pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco
-decentes á mi ver.</p>
-
-<p>El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de
-estar muy atrasado en su carrera.</p>
-
-<p>—Pero usted —le preguntaba yo—, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de
-guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?</p>
-
-<p>Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el
-sable y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar
-una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del<span
-class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> ejército. Francamente, me
-daba tanto asco, que le volví la espalda sin decirle nada. No le creía
-merecedor ni aun de la impugnación de sus estupideces. María Juana, que
-estaba allí, díjome aparte con mal contenida ira:</p>
-
-<p>—Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span></p>
- <h2 class="nobreak">II</h2>
- <p class="subh2h">Indispensables noticias de mi fortuna, con
- algunas particularidades acerca de la familia de mi tío y de las
- cuatro paredes de Eloísa.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Voy á hacer la declaración exacta de la fortuna que yo poseía
-cuando me establecí en Madrid. Este es un dato importante por todos
-conceptos y que debo exponer con la mayor claridad, aunque no sea sino
-para desmentir las absurdas consejas que corrían como dogma evangélico
-acerca de mi capital, y según las cuales (obra de la excitada fantasía
-de tanto hambriento), yo era puesto en la misma categoría rentística
-de los Larios de Málaga, López de Barcelona, Misas de Jerez, Céspedes,
-Murgas y Urquijos de Madrid.</p>
-
-<p>Vais á ver lo que yo tenía.</p>
-
-<p>Al desaparecer del mundo comercial la casa que giraba con mi firma,
-celebré un convenio con los <i>Hijos de Nefas</i>, que se hicieron cargo de
-todos mis negocios mercantiles, para unirlos á los de su casa, quedando
-además encargados de liquidar los asuntos pendientes. Según mi cuenta,
-la liquidación arrojaría unos cuarenta mil duros<span class="pagenum"
-id="Page_36">p. 36</span> á mi favor, que los referidos <i>Hijos de
-Nefas</i> se reservarían, puesto que yo entraba á formar parte de la casa
-como socio comanditario.</p>
-
-<p>Las viñas arrendadas podían capitalizarse en otros cuarenta mil
-duros. Lo que obtuve de las vendidas, de las existencias cedidas á
-diferentes casas y de créditos realizados, subía á más de cien mil, que
-iría recibiendo en Madrid, según convenio, en plazos trimestrales y en
-letras sobre Londres. Pensaba emplear este dinero, conforme lo fuera
-cobrando, en valores públicos ó en inmuebles urbanos.</p>
-
-<p>Producto de ventas anteriores y de la legítima de mi madre, tenía yo
-en Londres diez y siete mil libras, parte situadas en casa de Mildred
-Goyeneche, parte empleadas en renta inglesa del 3 por 100. Estos
-setenta y cinco mil duros, unidos á lo anterior, hacen ya doscientos
-cincuenta y cinco mil. Debo añadir un pico que tenía en París en poder
-de Mitjans, y que le ordené empleara en renta francesa del 4 ½ por 100,
-con el cual pico mi cuenta anda muy cerca ya de los seis millones de
-reales.</p>
-
-<p>Aún había más. En Obligaciones de Banco y Tesoro, 3 por 100
-Consolidado, <i>Ferros</i>, Obligaciones sobre Aduanas, Resguardos al
-portador de la Caja de Depósitos, tenía más de ochenta mil duros
-efectivos. Toda esta diversidad de papeles la había comprado mi padre,
-y yo la conservaba, esperando que se realizase la feliz unificación
-que me había anunciado mi tío, y con la cual cesaría el mareo que me
-producía tal balumba de títulos y la desigualdad laberíntica de sus
-valores.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span></p>
-
-<p>Item: cuarenta acciones del Banco de España que mi padre había
-comprado, por dicha mía, cuando estaban á tres mil reales, y que á
-fin del 80 valían cuatrocientos cincuenta duros, dándome un capital
-efectivo de diez y ocho mil duros. Añadiendo á lo expuesto varios
-créditos pequeños de seguro cobro y existencias en metálico, salían,
-en cifra más ó menos redonda, unos nueve millones de reales, que bien
-manejados podían darme de treinta á treinta y cinco mil duros de
-renta. Esta es la verdad de mi tan cacareada riqueza, que algunos,
-especialmente los que deliran con el dinero ajeno, no pudiendo delirar
-con el propio, hacían subir á un par de millones de pesos. En esto
-de apreciar el caudal de los ricos que viven con holgura, he notado
-siempre una tendencia á la hipérbole que produce grandes perturbaciones
-en la vida económica de la capital, por los grandes chascos que suelen
-llevarse las industrias y los comercios nacidos al calor de tan necio
-optimismo. No necesito encarecer lo bien recibido que fuí en toda clase
-de círculos. Los que esto lean comprenderán al punto que teniendo yo
-lo que en claros números queda dicho, y suponiéndome el vulgo mucho
-más aún, no me habían de faltar relaciones. No necesitaba ciertamente
-buscarlas; ellas venían solas, me perseguían, me acosaban con descargas
-de saludos, invitaciones y cortesanía. Prendas personales de que no
-quiero hablar afianzaron y remataron mi éxito. Las amistades formaron
-pronto en derredor mío espesa red, contribuyendo no poco á ello la
-familia de mi tío, muy conocida en la Corte y relacionada con lo mejor,
-así por el parentesco<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span>
-que mi tía Pilar tenía con familias ilustres, como por el roce
-constante de su marido con personas y personajes de todas las clases
-sociales.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta.
-No pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á
-escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera
-una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación
-simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía
-sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del
-motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila,
-que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome
-al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana,
-Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria
-sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero
-el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras
-razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres.
-Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en
-ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos
-hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava
-Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...»
-«Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran
-revolucionarios<span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span> porque
-no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran nada porque no tenían
-entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa, menos fuerte que su
-hermana en la polémica, se embarullaba, tenía rasgos de ira infantil,
-concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho haber perdido la escena,
-pues llegué cuando la tempestad había pasado, y sólo se oían truenos
-lejanos. En el gabinete de la derecha de la sala, la pobre Eloísa daba
-respiro á su corazón oprimido, diciendo entre sollozos:</p>
-
-<p>—Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para
-ver patas arriba á tanto... idiota.</p>
-
-<p>En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una
-silla, el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira
-cogida con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien
-formado pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la
-nariz un poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á
-usar por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los
-pies inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar
-la urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara
-de una vez para siempre con los... me parece que dijo «los <i>mamalones</i>
-que viven á costa del prójimo.»</p>
-
-<p>—Pero, señoras —dije yo interviniendo y pasando de un gabinete
-á otro para ponerlas en paz—, ¿qué piropos son esos y qué furor de
-revoluciones ha entrado en esta casa?...</p>
-
-<p>Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos
-demagógicos, les dije:</p>
-
-<p>—Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en
-Lhardy.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span></p>
-
-<p>(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras
-un velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.)</p>
-
-<p>Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos.
-Otro día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió
-á chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en
-aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones
-que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío,
-al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos,
-distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de
-donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna,
-como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas
-altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por
-ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más
-bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba
-ciegamente el partido de María Juana.</p>
-
-<p>—Un padre debe querer á sus hijos por igual —decía Camila aquel
-día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel
-alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces
-la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba
-leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú»,
-ó cosa por el estilo.</p>
-
-<p>Debo decir, en honor de la verdad, que pasaban también semanas
-enteras sin que la paz se turbase, viviendo todos, padres, hijos,
-hermanas y yernos, en aparente concordia. Siempre habría<span
-class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> sido lo mismo si mis tíos
-hubieran establecido en la casa, antes de que la prole creciera, una
-estrecha disciplina. Mas no lo hicieron así. Era mi tía Pilar una
-excelente señora; pero de tan flojo carácter, que sus hijos, y aun los
-criados, y hasta el gato, hacían de ella lo que querían. Mi tío no se
-cuidó nunca de sus hijos más que para comprarles dulces y llevarles un
-palco para que fueran al teatro algún domingo por la tarde. Todo el
-día estaba en la calle, y los festivos solía ir de caza al coto que en
-sociedad con varios amigos tenía arrendado.</p>
-
-<p>Mi primo Raimundo, de quien no he hablado aún, vivía en completa
-paz con mis tres primas, pues había adoptado en todos los asuntos
-domésticos un temperamento flemático; y aunque su mamá tenía marcadas
-preferencias por su único varón, éste, que era insigne filósofo, como
-se verá más adelante, cuidaba de no hacerlas patentes delante de sus
-hermanas para aprovecharlas mejor.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>He dicho que en Enero del 81 dió á luz Eloísa el primer nieto que
-tuvieron mis tíos. El tal absorbía por completo la atención de toda la
-familia. Abuelos, tías y madre eran pocos para mimarle. Las funciones
-de su organismo nuevecito, al estrenar la vida y ensayarse en los
-procederes elementales del egoísmo humano, preocupaban hondamente á
-todos los de casa.</p>
-
-<p>A las inocentes brutalidades de aquel cacho<span class="pagenum"
-id="Page_42">p. 42</span>rro de hombre se les daba la importancia de
-verdaderas acciones humanas. No hay para qué hablar de la fama que
-tenía. Había corrido la voz de que era <i>un rollo de manteca</i>, y además
-muy mala persona, es decir, que ya tenía sus malicias, y se valía
-de ingeniosas tretas para hacer su gusto. Todos los recién nacidos
-gozan de esta opinión desde que respiran; todos son guapos, robustos
-y muy pillos. Y, sin embargo, todos son lo mismo: feos, flácidos,
-colorados, más torpes que los niños de los animales y siempre mucho
-menos graciosos. Del de Eloísa se contaban maravillas. Era un granuja.
-A los dos meses ya protestaba contra las horas metódicas á que le daba
-el pecho el ama, y quería atracarse sin orden ni tasa. Era, pues, un
-gastrónomo y un libertino. A los cuatro meses mostraba su desagrado
-á algunas personas, y pataleaba cuando quería que le paseasen. Tenía
-la poca vergüenza de reirse de todo, y cuando le ponían un reloj en
-la oreja, se la echaba de listo, como diciendo: «Ya, ya sé lo que es
-eso: á mí no me la dan ustedes.» A los cinco meses era realmente una
-preciosidad. Se parecía á su mamá. Salía á los Buenos de Guzmán en la
-figura y en el carácter. El ama relataba mil incidentes y malicias que
-indicaban el talento que iba á sacar. Algunas noches había conciertos,
-á que felizmente no asistía yo. Para impedirle que durmiera de día,
-le paseaban por la casa, le bajaban alguna que otra vez á la mía,
-y procuraban entretenerle haciéndole fijar la vista en objetos de
-colores vivos. Cuando se cansaba, restregábase el hocico con los
-puños cerrados, que parecían<span class="pagenum" id="Page_43">p.
-43</span> dos rosas sin abrir, y á veces me obsequiaba con una sonata
-de las mejores suyas. Alguna vez le cogía yo en mis brazos y le
-paseaba, procurando que se fijara en una lámpara colgante, objeto al
-cual repetidas veces consagraba una atención profunda como de persona
-inteligente. Parecía decir: «Vean ustedes... éstas son las cosas
-que á mí me gustan...» No sé en qué consistía que en mis brazos se
-tranquilizaba casi siempre. Sin duda sentía hacia mí una respetuosa
-estimación que no le inspiraba el ama. Mirábame con atónita dulzura,
-mascando sosegadamente un aro de goma y arrojando sobre mi pecho las
-babas que no podía recoger su babero. Con aquella muda saliva me decía
-sin duda: «Estoy pensando, aquí para mis babas, que usted y yo vamos á
-ser muy buenos amigos.»</p>
-
-<p>Todos le querían mucho, y yo también, correspondiendo á la confianza
-y consideración que le merecía. Ved aquí cuán fácilmente me asimilaba
-los sentimientos de la familia, porque mi carácter fué siempre, salvo
-en las ocasiones de mal nervioso, refractario á la soledad. No me
-gustaba vivir en lo interior de aquella república, pero sí en sus
-agradables cercanías. Poco á poco fuí acostumbrándome al calor lejano
-de aquel hogar. Así lo quería yo: bastante cerca para matar el frío,
-bastante lejos para que no me sofocara. Mis tíos, mis primas, los
-maridos de mis primas y el retoño aquél baboso me interesaban ya y eran
-necesarios en cierto grado á mi existencia.</p>
-
-<p>Pero he de confesar que Eloísa era, de todos ellos, la que se
-llevaba la mejor parte de mis<span class="pagenum" id="Page_44">p.
-44</span> afectos. Solía consultarme sobre cosas de su exclusivo
-interés; y yo, que todo el invierno lo empleé en instalarme bien y
-cómodamente, pues era muy tardo y dificultoso en elegir los muebles,
-le pedía un día y otro el concurso de su buen juicio y de su gusto
-supremo para aquel fin. Entre paréntesis, diré que yo decoraba mi casa
-con lujo, adquiriendo todo lo bonito y elegante que encontraba en las
-tiendas, y haciendo traer directamente algunos objetos de París y
-Londres. Soltero, rico y sin obligaciones, bien podía darme el gusto
-de engalanar suntuosamente mi vivienda, y ser, conforme lo exigía mi
-posición social, amparo de las artes y la industria. Desconfiando
-siempre de mí mismo en materia de gusto artístico, me sometía al
-parecer de Eloísa, y nada se ponía en las paredes de mi casa sin que
-antes pasase por la prueba de su entendida crítica. Comprendí que ella
-gozaba extraordinariamente en ello, y como había tela de donde cortar,
-yo adquiría, adquiría cada vez mejores y más escogidas cosas.</p>
-
-<p>Mi afecto hacia ella era de una pureza intachable; tan así, que
-gozaba oyéndola elogiar á su marido. Díjome un día:</p>
-
-<p>—El pobre Pepe vale bastante más de lo que creen papá... y los
-amigos de casa. Tiene inteligencia; pero la pobreza y su poca salud le
-acobardan mucho.</p>
-
-<p>Otro día me dijo con acento bastante triste que estaba hastiada de
-vivir en casa de sus padres; que además de la idea de serles gravosa,
-le mortificaba la falta de independencia; que deseaba ardientemente
-tener su casa, casa propia, <i>sus cuatro paredes</i>, para vivir solita
-con su marido y con su<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span>
-hijo. Con la renta de Pepe no había que contar para este propósito tan
-honrado y tan legítimo, pues la paga del ministerio y el producto de
-unos foros gallegos que además disfrutaba, apenas eran suficientes para
-vestirse ambos y para el ama y algunas menudencias.</p>
-
-<p>—Oye lo que ocurre —me dijo otro día, en ocasión que subí á su casa
-para que me hiciera el favor de elegirme unas alfombras—. A ver qué
-opinas. El ministro de Ultramar, que es muy amigo nuestro... anoche
-comieron él y papá en casa de la de San Salomó... ha ofrecido á Pepe un
-buen destino en Cuba. Dice papá que si tiene arreglo, puede sacar en un
-par de años cien mil duros... sin hacer cosas malas, se entiende. Otros
-han traído más en mucho menos tiempo. ¿Te parece que debe aceptar? En
-toda la noche he podido dormir pensando en esto, pues si por un lado
-quisiera resolver este acertijo de nuestro modo de vivir, por otro no
-me haría maldita gracia separarme de mi marido... Y lo que es irme yo
-á América... al pensarlo, no son plumas, sino nidos de avestruces lo
-que siento en mi garganta. El pobre Pepe no tiene salud para aquellos
-climas... y al mismo tiempo no sé... ¡La idea de verle entrar en casa
-acompañado de cien mil duros!... Es terrible alternativa ésta, ¿no es
-verdad? Parece que la marquesa de Cícero está ahora muy fuerte. ¿Qué
-opinas tú? ¿Debemos aceptar el destino?</p>
-
-<p>Esta inesperada consulta me puso en gran perplejidad. Pero mi buen
-juicio y mi conciencia, que, teóricamente al menos, estaba llena de
-rectitud, inspiráronme pronto la respuesta. No:<span class="pagenum"
-id="Page_46">p. 46</span> Pepe no debía exponerse á los peligros de la
-fiebre amarilla... no faltaba más. ¡Qué sería de su pobrecita mujer,
-sola y muerta de pena en Madrid!... Por ningún caso. Estaría siempre
-en un puro afán, pensando si le daba ó no le daba el vómito, y de
-correo en correo su vida sería un martirio de incertidumbre... ¿Y todo
-por qué? Por una riqueza ilusoria... Pepe era decente y honrado, y no
-sabría centuplicar, como otros, los gajes de su empleo.</p>
-
-<p>—Ríete —le dije— de esas ganancias, sin hacer cosas malas. Pepe se
-volverá á España con las manos tan limpias como su conciencia, y los
-bolsillos más limpios aún...</p>
-
-<p>Añadí que la Providencia se encargaría de arreglar aquel asunto
-mejor que el ministro de Ultramar. Por más que dijeran, Angelita
-Caballero no podía ya vivir mucho. Yo la había visto el día antes en su
-carruaje, hecha una hoz, tan encorvada que parecía estar besándose las
-rodillas... Paciencia, paciencia y calma.</p>
-
-<p>Esto ocurría en Mayo: lo recuerdo, porque después de aquella
-conferencia fuimos todos, Camila inclusive, á casa de María Juana, á
-ver pasar la gran procesión del Centenario de Calderón. Los prudentes
-consejos que dí á Eloísa fueron bien acogidos por ella y aceptados
-con alma. Aquel día y los siguientes estuve pensando cuán fácil me
-sería realizar el noble sueño de mi prima, pues con parte de lo que
-yo gastaba en superfluidades, habría bastado para que ella tuviese
-aquellas <i>cuatro paredes suyas</i> que la traían tan desazonada. Pero
-esto era tan irregular y contravenía de tal modo las leyes sociales,
-que no era posible expresarlo ni aun como un ofrecimiento de<span
-class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> pura fórmula, de esos que
-previamente sabemos no serán aceptados. Hablar de tal cosa habría sido
-imperdonable falta de delicadeza. Calléme, pues, repitiendo para mi
-sayo una cosa que más de una vez había oído de labios de la propia
-Eloísa en sus horas de tristeza, y era que los bienes de la tierra
-están muy mal repartidos.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span></p>
- <h2 class="nobreak">III</h2>
- <p class="subh2">Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Con este Bueno de Guzmán había tenido yo trato anteriormente,
-por haber pasado conmigo una larga temporada en Jerez y Cádiz.
-Pocas personas poseen, como mi primo Raimundo, el don envidiable de
-cautivar y agradar de primera intención, porque á pocos seres concedió
-Naturaleza tal caudal de prendas brillantes, calidades de esas que
-podríamos llamar ornamentales, porque no dan valor positivo á la
-persona, sino que lo fingen. Cuando le conocí en Andalucía, estaba
-Raimundo en todo su esplendor y en el apogeo de su deslumbradora
-originalidad. En Madrid ya le encontré algo decaído. Se me parecía á
-los artistas que, abusando de sus facultades, caen en el amaneramiento.
-En ocasiones, lo que antes hacía en él tanta gracia principiaba á ser
-enfadoso. Sus excentricidades y paradojas, sus ráfagas de ingenio
-eran para un rato nada más. Comenzaba á tener manías estrambóticas y
-á padecer lamentables descuidos en su conducta social y privada. No
-era ya el hombre entretenidísimo, ameno y simpático de otros tiempos;
-me<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span>jor dicho, tenía
-temporadas, días muy buenos, horas felices á las que seguían períodos
-en que se hacía de todo punto insoportable.</p>
-
-<p>En España son comunes los tipos como este primo mío. Creeríase
-que son producto del garbanzo, y que este vegetal ha ingerido en la
-raza los talentos decorativos. He conocido muchos que se le parecen,
-aunque en pocos he visto combinarse tan marcadamente como en él lo
-brillante con lo insubstancial. Había tenido Raimundo una educación muy
-incompleta; había leído poco, muy poco, y no obstante, hablaba de todas
-las cosas, desde las más frívolas á las más serias, con un aplomo, con
-una facundia, con un espíritu que pasmaban. Los que por primera vez le
-oían y no le conocían, se quedaban turulatos.</p>
-
-<p>A este don de tratar bien de todo reunía mi primo otros muchos.
-Hablaba francés é italiano con rara perfección. El inglés no lo
-hablaba, pero lo traducía, y de alemán se le alcanzaba algo. Aprendía
-las lenguas con facilidad suma, sin esfuerzo, no se sabe cómo. Su
-memoria estupenda descollaba también en la música. Repetía las óperas
-del repertorio moderno, con recitados, coros y orquesta, y trozos
-difíciles de música sinfónica y de cámara. Cantaba lo mismito que
-Tamberlick y declamaba como Rossi, imitando también á los actores
-cómicos más en boga. En esto de remedar voces y de asimilarse todos los
-acentos humanos, superaba con mucho á su hermana Camila, que igualmente
-tenía dotes de actriz y habría lucido en las tablas si á ello se
-dedicara.</p>
-
-<p>Mi primo no era pintor porque no se había<span class="pagenum"
-id="Page_51">p. 51</span> puesto á pintar; pero buena prueba era de
-su aptitud lo que hacía con lápiz ó pluma cuando por entretenimiento
-dibujaba cualquier figura. Hacía caricaturas deliciosas, frescas,
-fáciles, y á veces le ví trazar en serio, observando el natural,
-contornos de una verdad y elegancia que me pasmaban. «¿Por qué no te
-has dedicado á la pintura?» le preguntaba yo á veces; y él alzaba los
-hombros, como diciendo: «Si me hubiera dedicado á todo aquello para que
-tengo disposición, no me habrían bastado la vida ni el tiempo.»</p>
-
-<p>Porque también hacía versos, y tan buenos como los de otro
-cualquiera. Los componía serios y epigramáticos, burlescos y trágicos,
-según le daba. En la prosa también hacía primores. La escribía de todas
-las castas posibles: académica y periodística, atildada y pedestre,
-declamatoria y picaresca. Cuando estaba de humor literario, cogía la
-pluma y decía: «voy á imitar á Víctor Hugo.» Pues escribía un trozo
-que parecía arrancado de <i>Los Miserables</i>. Otras veces imitaba á los
-clásicos de un modo que no había más que pedir, y como cogiera por su
-cuenta el estilo parlamentario y oficial que aquí priva, hacía cosas
-muy divertidas. También se las daba de crítico, y tenía un golpe de
-vista admirable para juzgar de todas las artes y descubrir en cada obra
-aspectos y fases que se ocultan á la generalidad.</p>
-
-<p>Pues con tales disposiciones, las pocas veces que se vió en letras
-de molde no fué con lucimiento, porque pensar que hiciera y consumara
-un trabajo completo, regular, con principio y fin, era pensar lo
-imposible. A menudo, sus tareas literarias, empezadas con febril
-entusiasmo, se<span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> quedaban
-sin concluir. Cuando se le reprendía por su inconstancia, disculpábase
-con la carencia de estímulo, que es la asfixia del escritor en nuestro
-país; con la falta de editores. ¡Oh! si aquí se cobrara por escribir...
-Esta era su muletilla, que iba siempre acompañada de la amarguísima
-exclamación de Larra: «El genio ha menester del eco, y no se produce
-eco entre las tumbas.»</p>
-
-<p>Estoy convencido de que si hubiéramos tenido un editor espléndido
-y sabio detrás de cada esquina, Raimundo no habría compuesto libro
-alguno ni aun del tamaño de una lenteja. Es más: llegué á comprender
-que mi primo, dotado de aptitudes tan varias, no habría sido jamás
-poeta eminente, ni pintor de nota, ni músico, ni orador, ni cómico, ni
-crítico, aunque se dedicara exclusivamente á alguna de estas artes,
-porque carecía de fondo propio, de fuerza íntima, de esa impulsión
-moral, que es tan indispensable para los actos de creación artística
-como para las obras de la voluntad.</p>
-
-<p>Elogiado desde la niñez por su feliz talento, mirado como gloria
-de la familia, defraudó las esperanzas de su padre, que no pudo sacar
-partido de él. A once carreras se aplicó. Empezaba con mucho brío; pero
-en el primer año se plantaba. Habíase preparado para Estado Mayor,
-Minas, Montes, Medicina, Telégrafos, Ayudante de Obras públicas, y
-para no sé qué más. Oirle hablar de sus carreras y de sus estudios
-era como hojear una enciclopedia. Por fin, hízose abogado á fuerza de
-recomendaciones. «Mi camino al través de la Universidad —decía—, ha
-sido una senda de tarjetas.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span></p>
-
-<p>En los días de esta narración, Raimundo debía de tener treinta años
-(era el segundo hijo de mi tío) y representaba más de cuarenta. Su
-naturaleza febrilmente activa parecía haber burlado la ley del tiempo,
-madurándose con demasiada prisa. Vivía en un constante esfuerzo por
-huir de lo presente, hipotecando el porvenir, y nutriéndose hoy por
-adelantado con la savia de mañana. Pródigo de su sangre, de todas las
-energías de su espíritu y de su cuerpo, devoraba el capital vital, como
-si la juventud fuera un estado que le estorbase y padeciera nostalgias
-de la vejez. Cuando le ví en Madrid, me asustó la extraordinaria
-flaqueza de su rostro. Comprendí que en aquella lámpara había ya poco
-aceite, por haber sido encendida muy pronto y atizada constantemente;
-pero no le dije nada, porque supe que se había vuelto aprensivo. Su
-cara de hombre guapo era como la de un Cristo viejo, muy despintado,
-muy averiado de la carcoma y profanado por las moscas. Tenía la voz
-cavernosa, la mirada mortecina, los movimientos perezosos. Un día
-que estábamos solos en mi cuarto, le ví acomodarse en una butaca,
-estirar las piernas sobre otra, buscar postura, hacer muecas de dolor
-y hastío como el que padece gran quebranto de huesos, cerrar luego los
-ojos y respirar fatigosamente. A mis inquietas preguntas respondió
-levantándose de un salto, dando paseos por la habitación con las manos
-á la espalda y la barba sobre el pecho.</p>
-
-<p>—La inacción es lo que me mata —decía sin detenerse—. Me estoy
-atrofiando, me estoy enmoheciendo...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span></p>
-
-<p>Luego se paró ante mí, y mirándome con aquellos ojazos que parecían
-muertos, díjome entre carraspeos:</p>
-
-<p>—Tengo un principio de enfermedad grave. ¿Sabes lo que es?
-Reblandecimiento de la médula.</p>
-
-<p>—¿Has consultado algún médico?</p>
-
-<p>—No: no es preciso. He estudiado esa enfermedad, y conozco bien su
-proceso, sus síntomas y su tratamiento.</p>
-
-<p>Dióme una lección de fisiología, en la cual habló de la <i>pía mater</i>,
-del <i>canal raquídeo</i>, de la <i>substancia gris</i>, de las perturbaciones
-<i>vasomotoras</i>, con otros terminachos que no recuerdo. Debía de ser
-su atropellado discurso un tejido de disparates; pero tenía todo el
-aparato de lucubración científica, y para los legos en medicina, como
-yo, era un asombro. Sentóse luego, y tras aquellas sabidurías, dió en
-afirmar vulgaridades de curandero. Después le oí pronunciar en voz baja
-y con precipitación maniática sílabas obscuras.</p>
-
-<p>—¿Sabes —me dijo de súbito, contestando á mis preguntas— cuál es
-uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La <i>afasia</i>,
-ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza
-en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser
-pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de <i>r</i> líquida después de
-<i>t</i>, es decir, las sílabas <i>tra</i>, <i>tre</i>, <i>tri</i>, <i>tro</i>, <i>tru</i>...</p>
-
-<p>Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se
-expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De
-sú<span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span>bito se marchó sin
-decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé qué conceptos obscuros
-de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á sus extravagancias, no
-me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi cuarto con apariencia
-de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su semblante tenía mucha
-animación.</p>
-
-<p>—Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo —me dijo—. Mira, para
-probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de
-que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico.
-Recitándolo, puedo sintomatizar la <i>afasia</i> y también prevenirla,
-porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con
-dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha.</p>
-
-<p>Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y
-seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una
-rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello,
-este incalificable trozo literario:</p>
-
-<p>—<i>Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente
-trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados
-contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo
-Tetrarca trapense</i>.</p>
-
-<p>Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta
-que cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por
-Dios que se callara.</p>
-
-<p>Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi
-primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo del
-parásito, que adula á los ricos por recoger<span class="pagenum"
-id="Page_56">p. 56</span> sus sobras, y un poquillo del bufón que
-divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos agradables, charlando
-de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por lo familiar; hacía
-la crítica de la obra que habíamos visto estrenar la noche antes;
-remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba anécdotas políticas
-y sociales de las que jamás por su índole personal transcienden
-á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la murria del
-reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar. Así, desde que
-empezaba con el <i>triple trapecio de Trípoli</i>, ya estaba yo tomando mis
-medidas para echarle de mi cuarto.</p>
-
-<p>No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa
-se bajó á dormir á mi casa.</p>
-
-<p>—Arriba no se cabe —me dijo un día—. Me han ido acorralando poco
-á poco, y por fin me han metido en un <i>triclinio</i> en que estoy
-<i>trigonométricamente trastrocado</i>. Si quieres, puesto que tienes casa
-de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más
-acompañado.</p>
-
-<p>Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba,
-y en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana,
-le tenía siempre junto á mí como mi sombra.</p>
-
-<p>Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le
-proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los
-gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba
-á mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar.
-«Yo —decía— no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20
-del mes, ó antes, se le acaba<span class="pagenum" id="Page_57">p.
-57</span>ban los fondos, fenómeno que se traducía al punto en síntomas
-de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los <i>triunviros
-trogloditas</i>.</p>
-
-<p>—No me marees —le decía yo—. Si no tienes dinero, pídelo en
-castellano.</p>
-
-<p>A él se le encendían los espíritus con esto.</p>
-
-<p>—¿Es verdad ó no que no hay <i>guita</i>?... ¡Oh! si tengo yo un ojo
-médico...</p>
-
-<p>—Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese
-—exclamaba con solemnidad cómica—, cierto es.</p>
-
-<p>—¿Por qué no te clareabas?</p>
-
-<p>—¡Ah! porque yo digo, como Fontenelle, que si tuviera la mano llena
-de verdades, no las soltaría sino una á una.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los
-que más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga,
-el primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía,
-ambos excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo.
-A Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le
-conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de
-oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que
-en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del
-Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una
-misma provincia, habían celebrado<span class="pagenum" id="Page_58">p.
-58</span> un pacto muy ingenioso: cuando el uno estaba en la oposición,
-el otro estaba en el poder, y alternando de este modo, aseguraban y
-perpetuaban de mancomún su influencia en los distritos. Su rivalidad
-política era sólo aparente, una fácil comedia para esclavizar y tener
-por suya la provincia, que, si se ha de decir verdad, no salía mal
-librada de esta tutela, pues para conseguir carreteras, repartir bien
-los destinos y hacer que no se examinara la gestión municipal, no había
-otros más pillines. Ellos aseguraban que la provincia era feliz bajo su
-combinado feudalismo.</p>
-
-<p>Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía
-encomendarse á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado,
-y sin saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro
-distrito de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de
-nada, ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos
-lo arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir <i>sí</i> ó <i>no</i> en el
-Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía.</p>
-
-<p>Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno
-de mis íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle
-tratado con motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi
-amigo el marqués de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y
-reverdecerse más de lo que consentían sus años y su respetabilidad.
-Raro era el día que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi
-primo Raimundo. Los domingos almorzaban los que he citado y también
-Pepe Carrillo, el marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los
-toros, don<span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>de yo tenía
-palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante.</p>
-
-<p>No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío
-Serafín, brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia.
-Era un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas
-infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de
-Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia la
-calle de Sevilla para arreglar su <i xml:lang="fr" lang="fr">remontoir</i>
-por la hora del reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta
-del Sol, iba á almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y
-por la tarde, después de andar un poco á pie inspeccionando las obras
-de las casas en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido
-de diez ó doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las
-noches iba al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se
-le veía invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava.</p>
-
-<p>Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín,
-de un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva
-admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y
-tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes
-con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las malas
-formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La moda
-no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y pesado
-<i>carrik</i> que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda espesa
-que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aque<span
-class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>lla hermosísima cabeza de
-Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si el hábito de mirar al
-cielo, para tomar alturas con el sextante, le hubiera deformado el
-pescuezo.</p>
-
-<p>Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos
-modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad,
-que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé
-á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba
-tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de
-aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que
-le gustaban y guardárselos en los bolsillos del <i>carrik</i>. Creo que
-él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un
-fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda
-idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba
-yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero,
-arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera
-yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle
-y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado,
-no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así
-se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la
-vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un
-hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre
-el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con
-palabras! Otras <i>chifladuras</i> de mi tío no me maravillaban por ser
-propias de solterones viejos. El que en edad ma<span class="pagenum"
-id="Page_61">p. 61</span>dura había sido un galanteador de alto vuelo,
-en la vejez perseguía las criadas bonitas, ó que á él le parecían
-tales, pues debemos creer que las aberraciones del gusto andarían á la
-par con la afición senil. Sus paseos matinales y crepusculares eran una
-cacería activa, febril, casi siempre infructuosa. Decía Raimundo que
-cuando se lo encontraba en la calle al anochecer, camino de su casa,
-tarareando entre dientes y con las manos á la espalda, era señal de
-que la jornada había sido mala y de que el incansable ojeador no había
-descubierto ninguna de aquellas reses bravas que perseguía.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span></p>
- <h2 class="nobreak">IV</h2>
- <p class="subh2">Debilidad.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Llegó el verano y con él la desbandada. Yo me fuí al extranjero.
-Estuve en Hamburgo con el marqués de Fúcar, que iba á hacer contratas
-de tabacos, y después en Londres con Jacinto María Villalonga, á quien
-el ministro de Fomento había encargado la compra de algunas máquinas
-de agricultura y de caballos para mejorar las castas de la Península.
-En Inglaterra recibía yo frecuentes noticias de la familia, que
-veraneaba en Biarritz, ya por el tío que me escribía algunas veces,
-ya por Raimundo que lo hacía casi todas las semanas. Sus cartas eran
-muy divertidas; escribíalas en estilo espeluznante cuando me contaba
-alguna trivialidad, y en el más ligero cuando me transmitía noticias de
-importancia. Usaba en unas la forma víctorhuguesca, y en otras el tosco
-lenguaje de los cuentos de baturros. «Me ha salido un grano en la nariz
-—decía—. ¿Qué es esto? Es la madurez de lo insondable. Es el alerta
-de la sangre, la espuma roja del naufragio interior. Hay tempestades
-en las venas.» No escribía así por burla del gran poeta, sino como
-una<span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span> especial manera
-suya de admirarle. A la semana siguiente me decía en una postdata:
-«¡Otra que Dios! Chico, ya los Carrillos heredaron. Reventó la tía
-Cícero...» Esta noticia dióme que pensar.</p>
-
-<p>Creí encontrar á la familia en Biarritz cuando pasé por allí á
-mediados de Septiembre; pero habían apresurado su regreso á Madrid con
-motivo de la herencia de Carrillo. Comprendí la impaciencia de Eloísa,
-y francamente, alegrábame de verla ya en posesión de un bienestar al
-cual me parecía tan acreedora. Sobre la dichosa herencia corrían en
-la colonia de Biarritz voces que me parecieron absurdas. Algunos la
-hacían subir á un caudal fabuloso. Angelita Caballero había dejado á su
-sobrino catorce dehesas, veinticinco casas y gruesas sumas en valores
-del Estado. Se decía que en un cuarto inmediato á la alcoba de la buena
-señora se habían encontrado enormes sacos llenos de metálico acuñado,
-en plata y oro, consolidación avariciosa de las rentas de los últimos
-años. La plata labrada era también de una riqueza fenomenal. Oía yo
-estas cosas, y en mi mente quitaba dehesas, quitaba casas, reducía á su
-mínima expresión los sacos de dinero, seguro de no equivocarme. Ya he
-dicho algo del afán concupiscente con que agrandan é hiperbolizan la
-riqueza ajena los que no tienen ninguna. Creeríase que se meten algo
-en el bolsillo, ó que se les vuelve dinero la saliva que gastan en
-aumentar el de los demás.</p>
-
-<p>En Madrid la verdad confirmó mis conjeturas. Por mi tío y el padre
-de Jacinto Villalonga, ambos testamentarios, supe que la herencia
-no era, ni con mucho, fabulosa. Lo de los talegos (y en<span
-class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span> esto se aferraba más que en
-ningún otro detalle el crédulo vulgo), era pura fantasía; la plata
-labrada escasísima y de baja ley, y los predios y valores públicos
-suponían, descontados los gastos de traslación de dominio, un capital
-de ciento veinte mil duros. Con esto bien podrían Pepe y Eloísa ser
-felices y vivir, no sólo con desahogo, sino con cierta esplendidez. Tal
-fortuna era lo que llena y sacia las ambiciones del hombre modesto,
-apartándole tanto de la escasez como de los desvanecimientos y peligros
-de la opulencia; era la fortuna discreta y templada que invita á
-disfrutar algo de los placeres del lujo sazonándolos con los de la
-sobriedad, y combinando dos cosas tan opuestas y al mismo tiempo tan
-solubles la una en la otra, como son el goce y la continencia.</p>
-
-<p>Llegué á Madrid á principios de Octubre. ¡Qué gusto ver mi casa, el
-semblante amigo de mis muebles y entregarme á la rutina de aquellas
-comodidades adquiridas con mi dinero, y que tanta parte tenían en mis
-propias costumbres! Eran las costras, digámoslo así, de mi carácter.
-Como á ciertos moluscos, se nos puede clasificar á los humanos por el
-hueco de nuestras viviendas, molde infalible de nuestras personas.</p>
-
-<p>Nada nuevo encontré en la familia, como no lo fuera la febril
-diligencia de Eloísa por instalarse en la casa que fué de Angelita
-Caballero. Entre paréntesis, diré que el título no estaba comprendido
-en la herencia. Pasaba á un señor, tío también de Pepe, á quien yo
-no trataba todavía; pero como después le conocí y traté bastante,
-he de traerle á este relato, agarrado por sus<span class="pagenum"
-id="Page_66">p. 66</span> grandes bigotes, cuando sea ocasión de
-hacerlo. Hasta el fallecimiento del tal no disfrutaría Pepe, según
-el testamento de la anciana, el título de marqués de Cícero. Eloísa
-no parecía dar importancia á esto; y en cuanto á Carrillo, si tenía
-pesadumbre por el marquesado, lo disimulaba con buen juicio.</p>
-
-<p>Pues decía que hallé á mi prima entregada en cuerpo y alma á la
-faena deliciosa de poner su casa. Al fin le había deparado Dios
-aquellas cuatro paredes tan honradamente deseadas. Radicaban en la
-calle del Olmo, que no es alegre, ni vistosa, ni céntrica; pero ¿qué
-importaba? Por allí cerca vivían familias de la más empingorotada
-alcurnia, y el edificio era espacioso. En repararlo y modernizarlo
-ponía mi prima sus cinco sentidos con aquella habilidad organizadora,
-aquel altísimo ingenio suntuario y artístico que la distinguía.
-Diariamente se asesoraba de mí sobre el color de una alfombra, sobre
-la forma de un juego de cortinas, sobre la elección de un cuadro de
-tal ó cual artista. ¡Ella que era la propia musa del Buen Gusto, si
-me es permitido decirlo así, consultaba conmigo, el más lego de los
-hombres en estas materias, y que no sabía sino lo que ella me había
-enseñado! Pero, en fin, como Dios me daba á entender, yo le aconsejaba,
-distinguiéndome particularmente en lo tocante á precios y en fijarle
-límites prudentes á los gastos que hacía.</p>
-
-
-<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span>II</h3>
-
-<p>Pronto hube de suspender estas funciones de asesor, porque caí
-enfermo... No sé qué fué aquello. Mi médico sostenía que había en mi
-mal algo de paludismo, y que ya lo traía de los Pirineos. Pero la
-fiebre fué poco intensa, si bien tan rebelde á la quinina, que hubo
-de pasar un mes antes de que el termómetro me indicara la temperatura
-normal. La convalecencia fué el cuento de nunca acabar. A los días de
-alivio sucedían otros de alarmante recaída; pero Moreno Rubio estaba
-tranquilo y me recetaba dosis de paciencia. Según Raimundo, que en
-todo metía su cucharada, las lentitudes de mi restablecimiento eran,
-lo mismo que mi enfermedad, una manifestación del estado <i>adinámico</i>,
-carácter patológico del siglo <span class="allsmcap">XIX</span> en
-las grandes poblaciones. Poca fuerza febril primero, poca fuerza
-reparatriz después, debilidad siempre: tal era mi naturaleza en la
-enfermedad y en la convalecencia. Molestábame sobre todo, al recobrar
-á sorbos la salud, mi lamentable estado nervioso, la pícara desazón
-crónica, que apareció con sus síntomas castizos. ¡Otra vez en mí aquel
-terror inexplicable, aquel azoramiento, aquella previsión fatigosa de
-peligros irremediables! ¡Qué esfuerzos hacían mi voluntad y mi razón
-para vencer esta tontería! «¿Pero á qué tengo yo miedo, á qué? vamos
-á ver», me decía tratando de corregirme y aun de avergonzarme como si
-hablara con un chiquillo. Nada conseguía con este sermoneo de maestro
-de escuela. No era la<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span>
-razón, según el médico, sino la nutrición, la que debía equilibrarme.
-No discurriendo, sino digiriendo, debía recobrar yo mi estado normal;
-mas el bergante de mi estómago se había declarado en huelga y hacía lo
-que le daba su real gana. Casi tanto como aquel indefinible temor me
-mortificaba otro fenómeno, una tontería también, pero tontería que me
-sacaba de quicio, llevándome al abatimiento, á la desesperación. Era
-un pertinaz ruido de oídos que no me dejaba un momento y que resistía
-á toda medicación. Dijéronme que era efecto de la quinina; mas yo
-no lo creía, pues de muy antiguo había observado en mí aquel zumbar
-del cerebro, unas veces á consecuencia de debilitación, otras sin
-causa conocida. Es en mí un mal constitutivo que aparece caprichosa y
-traidoramente para mi martirio, y que yo juzgaba entonces compensación
-de los muchos beneficios que me había concedido el Cielo. En cuanto me
-siento atacado de esta desazón insoportable, me entra un desasosiego
-tal, que no sé lo que me pasa. En aquella ocasión padecí tanto, que
-necesitaba del auxilio de mi dignidad para no llorar. El zumbido no
-cesaba un instante, haciendo tristísimas mis horas todas del día y de
-la noche. En mi cerebro se anidaba un insecto que batía sus alas sin
-descansar un punto, y si algunos ratos parecía más tranquilo, pronto
-volvía á su trabajo infame. A veces el rumor formidable crecía hasta
-tal punto, que se me figuraba estar junto al mar irritado. Otras veces
-era el estridente, insufrible ruido que se arma en un muelle donde
-están descargando carriles, vibración monstruosa de las grandes<span
-class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span> piezas de acero, en cierto
-modo semejante al vértigo acústico que produce en nuestros oídos una
-racha de Nordeste frío, continuo y penetrante. Creía librarme de aquel
-martirio poniéndome un turbante á lo moro y rodeándome de almohadas;
-pero cuanto más me tapaba más oía. El insomnio era la consecuencia de
-semejante estado, y pasaba unas noches crueles, oyendo, oyendo sin
-cesar. Por fin, no eran runrunes de insectos ni ecos del profundo mar,
-sino voces humanas, á veces un extraño coro, del cual nada podía sacar
-en claro; á veces un solo acento tan limpio, sonoro y expresivo, que
-llegaba á producirme alucinación de la realidad.</p>
-
-<p>Excuso decir que en las horas tristes de aquella larga convalecencia
-me acompañaban mis amigos y la familia de mi tío. Mi estado débil
-habíame llevado á aquel grado de impertinencia en el cual recibimos
-de un modo parcial y caprichoso las atenciones de nuestros íntimos;
-quiero decir, que no todas las personas que iban á hacerme compañía me
-eran igualmente gratas. Sin saber por qué, algunas despertaban en mí
-vehementes antipatías que procuraba disimular. Su presencia irritaba
-mis males. Ni Camila ni María Juana me hacían maldita gracia, y lo
-mismo digo de mi amigo Manolito Peña, cuya suficiencia y desparpajo
-me encocoraban. Pero la persona cuya presencia me molestaba más era
-Carrillo, el marido de Eloísa. Y no porque él fuese poco amable ó
-enfadoso. Al contrario, mostrándose cariñosísimo, atento y grandemente
-interesado en mi salud, parecía recomendarse más que ningún otro á
-mi benevolencia. Y, sin em<span class="pagenum" id="Page_70">p.
-70</span>bargo, yo no le podía sufrir. No era antipatía, era algo más:
-era como un respeto cargante. Me cohibía, me azoraba. Lo mismo era
-verle entrar, que se agravaban considerablemente los fenómenos de mi
-dolencia. Aumentaba el ruido, aquel pavor estúpido, y el estruendo de
-mi tímpano crecía de un modo desesperante.</p>
-
-<p>Raimundo y Severiano me entretenían mucho, éste contándome
-realidades graciosas, aquél con los juegos malabares de su ingenio.
-Imitaba á Martos y á Castelar con tal perfección, que no cabía más.
-Después nos contaba con deliciosa ingenuidad los grandes consuelos que
-obtenía de la fuerza de su imaginación y de la vida artificial que por
-este medio se labraba, contrarrestando así las miserias de la vida
-afectiva.</p>
-
-<p>—Cada noche —nos decía— me acuesto pensando en una cosa con tanta
-energía, y me caldeo tanto el cerebro, que llego á figurarme que es
-verdad lo que pienso. Gracias que me duermo, que si no haría mil
-disparates. Anteanoche me acosté pensando que era Presidente del
-Consejo de Ministros. A eso de la una ya había resuelto en el Congreso,
-charla que te charla, una cuestión grave. Los decretos me salían á
-docenas... Y conferencia va, conferencia viene, con el Nuncio, con
-el embajador de Francia, con el gobernador, con mis compañeros de
-Gabinete... Luego iba á la firma con Su Majestad, mandaba sueltos
-á los periódicos, y... Por fin, me dormí cuando estaba hablando
-por teléfono con el Ministro de la Guerra para ver de sofocar una
-sublevación militar. Anoche me dió por ser director de orquesta del
-Teatro Real. Cuando me quitaba la<span class="pagenum" id="Page_71">p.
-71</span> ropa para acostarme, estaban los oboes comenzando detrás
-de mí el preludio de <i>Los Hugonotes</i>, el gran <i>coral</i> protestante. A
-mi izquierda los primeros violines, á mi derecha los segundos, á un
-extremo el metal, á otro las arpas... <i>Ñi, ñi</i>... ¡Qué bien! En aquel
-rifi-rafe de la cuerda no se me escapó una nota... En fin, que dijeron
-el preludio admirablemente. Luego, al arrebujarme en las sábanas, tiré
-del timbre, empezó á subir lento y majestuoso el telón. Nevers y el
-coro aparecieron delante de mí... después Raúl, que, por ser debutante,
-venía muy turbado. Pusimos gran cuidado en la romanza... Más tarde,
-cuando me dormía, ya no era yo el director: yo era Marcello, y estaba
-cantando el <i>pif-paf</i>... El director era el señor de Meyerbeer, buena
-persona, que había resucitado para oirme cantar...</p>
-
-<p>Y por aquí seguía. ¡Pobre Raimundo!</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían;
-pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra
-consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa
-y criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre
-señora estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas
-fueron menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija
-Eloísa la sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente
-agradecía yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba
-viviendo en la<span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> de sus
-padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella el orden y
-la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de un soltero
-enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que no se
-convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la mía con
-el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer, dotes
-singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una casa en
-las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era quien
-gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina, todo
-estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la casa,
-la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la compra
-y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más altas
-determinaciones de la etiqueta y del mueblaje.</p>
-
-<p>—El día en que yo falte de aquí —me decía—, ya se conocerá mi
-ausencia.</p>
-
-<p>La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo
-mal, érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis
-amigos estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se
-fueran y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por
-mi prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con
-su sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial
-me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también á
-su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á poco
-entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo puede
-usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza de
-pa<span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>ladar para entender
-el caprichoso apetito de un enfermo. Del principal me enviaban cositas
-raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas, de cuya invención no era capaz
-el talento rutinario, aunque sólido, de mi cocinera. Otras veces las
-frioleras se condimentaban en mi propia casa, entre risas y discusiones
-de cocina. Bastaba que Eloísa tomase parte en ellas y pusiera sus manos
-en la obra, para que á mí me pareciese de perlas, y me gustaba más aún
-si era ella quien me lo servía.</p>
-
-<p>Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo.
-No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando
-no tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle,
-lejos de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música
-doliente de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos
-el tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas
-de gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles
-por el viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los
-operarios de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me
-acompañaban los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los
-carreteros, aquel incomprensible <i>¡ues... que!</i> de extraño acento
-y significación desconocida. Me entretenían los simones, la gente
-dominguera que por las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de
-ambos sexos, alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos
-buenos observando el público especial de los puestos de agua; público
-sobrio, compuesto de los bebedores más inofen<span class="pagenum"
-id="Page_74">p. 74</span>sivos, y las tertulias que se forman en
-aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los <i>evonymus</i>
-del paseo. Observaba también las conjunciones de personas diversas en
-las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de la Villa,
-el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento y el ama
-de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de difícil
-clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban por las
-tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que trabajaban
-en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba su apetito,
-y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos, sentado
-al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de tintillo
-aragonés.</p>
-
-<p>Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba
-yo esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los
-mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á
-poco se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo
-hormigueo lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los
-ruidos eran menos variados que por el día. Cada cinco minutos,
-trepidación sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo
-de vapor, con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la
-máquina instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz
-eléctrica. Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas
-este uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras,
-frías, que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre
-hombre que pregonaba café hasta muy tarde con pe<span class="pagenum"
-id="Page_75">p. 75</span>rezosa y obscura voz, me hacía pensar en la
-enormísima diversidad de los destinos humanos.</p>
-
-<p>Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un
-sillón y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra
-la suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el
-<i>barbián</i> (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro
-á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara),
-y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas
-las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar.
-Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que
-obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición
-primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á
-saludar con la mano, á repetir los <i>cinco lobitos</i> y la pandereta.
-No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de
-saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y
-echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda,
-gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar
-esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues
-<i>duelen cuando nacen y después se come con ellos</i>.</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>El <i>barbián</i> solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle
-á veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan
-pequeño en la superficie de mi ancha cama, parecía que lle<span
-class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span>naba la casa, pues todas las
-miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que respiraba. Se
-le sentía como se siente un reloj, y en el momento de despertar parecía
-que iba á dar la hora.</p>
-
-<p>Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su
-nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de
-sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden.
-Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar
-nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los
-trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba
-superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de
-cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen
-doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de
-cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez,
-sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando
-quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de
-la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia.
-Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general;
-no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus
-ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles,
-tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento
-tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir.
-Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales
-hablaré á su tiempo.</p>
-
-<p>Una noche me pasó una cosa muy rara, digo<span class="pagenum"
-id="Page_77">p. 77</span> mal, no fué cosa rara; antes bien lo
-considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que aquel
-maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de su
-imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía
-á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor
-propio.</p>
-
-<p>—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid,
-no un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann.
-Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía
-de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está
-reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho
-en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del
-Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares.
-Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la
-de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle
-de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice
-otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca
-cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil
-obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba
-abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle
-del Ave-María hasta el Hospicio...</p>
-
-<p>Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con
-otra semejante.</p>
-
-<p>—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía
-del teatro, de verlo representar...</p>
-
-<p>O bien:</p>
-
-<p>—Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los
-globos...</p>
-
-<p>En mi<span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span> estado de
-debilidad, nada tenía de extraño que estos ajetreos de la mente, este
-vivir imaginativo fuera contagioso; es decir, que se me pegó la maña de
-pensar y figurarme cosas y sucesos ideales, si bien nunca completamente
-absurdos. Yo no estaba, como el pobre Raimundo, <i>trigonométricamente
-trastrocado</i>; quiero decir, que mi imaginación no iba ni con mucho
-tan lejos como la de mi primo, en quien el imaginar era una especie
-de vicio solitario, nacido de la flojera orgánica, fomentado por la
-holganza y convertido por la costumbre en imperiosa necesidad. Las
-tonterías que yo pensaba, las acciones y fábulas que forjaba en mi
-mente, harto parecidas á los argumentos de las novelas más sosas,
-aburrirían al que esto lee, si tuviera yo la humorada de contarlas
-aquí. Carecían de aquel encanto pintoresco y de aquel viso de realidad
-que tenían las volteretas cerebrales de mi primo, atleta eminente,
-trabajando sin cesar en el <i>triple trapecio</i> del vacío.</p>
-
-<p>Como una media hora estuve aquella noche hablando con Eloísa.
-Después creo que me quedé aletargado en el sillón. Escasa luz había en
-mi gabinete, no sé por qué. Paréceme recordar que llevaron la lámpara
-á la alcoba, donde estaba el pequeñuelo. Medio dormido oí la voz del
-ama y la de Juliana. Eloísa hablaba también, siendo el tono de las tres
-como de personas que tenían muchas ganas de reirse. Creí comprender que
-estaban mudando la ropa de mi cama, mojada por el <i>barbián</i>, y alguna
-de ellas le reprendió graciosamente por su falta de respeto al lugar en
-que reposaba. A mi lado, una respiración arras<span class="pagenum"
-id="Page_79">p. 79</span>trada y penosa hacíame comprender que mi tía
-Pilar estaba más profundamente dormida que yo.</p>
-
-<p>Veía yo la alcoba iluminada y mi cama de nogal, grande como las de
-matrimonio; oía las voces de las tres mujeres que se reían quedito
-como si me supusieran dormido; luego los rebullicios y cacareos
-del chiquillo, protestando contra las malas intenciones que se le
-atribuían. Por último, el ama le tapaba la boca con el biberón vivo
-y se oían sus chupidos... después silencio profundo. Todo esto se
-presentaba á mi mente como la cosa más natural del mundo, sin causarle
-ninguna extrañeza, cual si fuera suceso común y rutinario que había
-ocurrido el día anterior y que ocurriría también en el venidero.
-Del fondo de mi alma salían dos fenómenos espirituales: aprobación
-afectuosa de lo que veía, y certidumbre de que lo que pasaba debía
-pasar y no podía ser de otra manera. Cada persona estaba en su sitio, y
-yo también en el mío.</p>
-
-<p>Un ratito después, creo que me hundí un poco en el sueño. Pero
-resurgí pronto viendo á Eloísa que entraba por la puerta de la alcoba.
-Vestía de color claro, bata de seda ó no sé qué. Acercábase acompañada
-de un rumorcillo muy bonito, de un <i>tin-tin</i> gracioso que me daba en el
-corazón, causándome embriaguez de júbilo. Traía en la mano izquierda
-una taza de té y en la derecha una cucharilla, con la cual agitaba el
-líquido caliente para disolver el azúcar. Ved aquí el origen de tan
-linda música. Avanzó, pues, á lo largo de mi gabinete, que estaba, como
-he dicho, medio á obscuras, y se acercó á mi persona inclinándose para
-ver si dormía... Pues bien: en<span class="pagenum" id="Page_80">p.
-80</span> aquel instante, hallándome tan despierto como ahora y en
-el pleno uso de mis facultades, creí firmemente que Eloísa era mi
-mujer.</p>
-
-<p>Y no fué tan corto aquel momento. El craso error tardó algún tiempo
-en desvanecerse, y la desilusión me hizo lanzar una queja. Eloísa se
-reía de mi aturdimiento y de mi torpeza para coger la taza y beber del
-contenido de ella. A mí me embargaba el temor de haber dicho alguna
-tontería en el medio minuto aquél de mi engaño. Temía que el poder de
-la idea hubiera sido bastante grande para mover la lengua, y que ésta,
-sin encomendarse á Dios ni al Diablo, hubiera pronunciado dos ó tres
-palabras contrarias á todo razonable discurso. Dudaba yo de mi propia
-discreción en aquel breve lapso de irresponsabilidad, y me atormentaba
-la sospecha de haberme puesto en ridículo ó de haber ofendido á mi
-prima en su dignidad, que conceptuaba quisquillosa. Y como la veía
-reirse de mí, la preguntaba azorado, al tomar de sus manos la taza:</p>
-
-<p>—¿Pero he dicho algo, he dicho algo?</p>
-
-<p>—¿Pero qué tienes, qué te pasa? Eres como mamá, que se enfada cuando
-suponemos que tiene sueño.</p>
-
-<p>—No, no es eso. Háblame con franqueza. ¿He dicho algún disparate?...
-Es que, la verdad, temo haber dicho alguna majadería, alguna estupidez
-hace un momento, cuando...</p>
-
-<p>—No has hecho más que dar un suspiro tan grande que... (¡cómo
-se reía!) tan grande que creí caerme de espaldas. En cuanto á la
-majadería, no dudo que la habrás pensado; pero ten por cierto que no la
-has dicho.</p>
-
-
-<h3 title="V"><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span>V</h3>
-
-<p>A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme,
-peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos
-de ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable
-en la música nacional, con patético acento en la dramática. Su
-voz era bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la
-guitarra. Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas
-y amarillas que parecía un trofeo, la melena del león de España
-convertida en emblema de la dulzura indolente de nuestros cantos
-populares. La figura morena, esbelta y gitanesca de Camila era digna
-de ser pintada en aquella facha de cantadora, con estremecimientos
-epilépticos, ojos en blanco, gemidos de placer que duele, y mil
-visajes y donaires en su boca grande, fresca y sin vergüenza. En
-el piano (un media-cola de Pleyel con caja de palisandro y meple),
-Camila sabía tomar luego la actitud elegante y sentimental de una
-concertista inglesa, hasta el momento en que, rompiendo la etiqueta
-y dejándose llevar de su natural bullanguero, empezaba á hacer los
-mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo flamenco. Mi pobre
-piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á cada instante,
-hería las teclas como una furia, sacando del instrumento expresiones
-de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la contemplaba
-embobado, y era como el director del concierto. No quería que ninguna
-ha<span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span>bilidad de su mujer
-fuese desconocida, y sin dejarla descansar decía: «Ahora, Camililla,
-tócanos el <i>Testamento</i>, el <i xml:lang="it" lang="it">Vorrei morir</i>
-de Tosti, los <i xml:lang="fr" lang="fr">couplets</i> de <i>Bocaccio</i> y del
-<i xml:lang="fr" lang="fr">Petit Duc</i>.» Todos los presentes estaban
-admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque en mi obsequio se
-hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin poderlo manifestar.
-No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía mucho su buena
-intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda mi alma
-que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes no me la
-hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia nuestra
-al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios. Cuando
-se ponía á jugar á la <i>besigue</i> con Carrillo y con mi tía Pilar y
-Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía
-tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo
-de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me
-enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar,
-aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener
-que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía
-votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era
-que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música
-lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el <i>tin-tin</i> de
-Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas
-maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el
-atril.</p>
-
-<p>A última hora, cuando las mujeres se retira<span class="pagenum"
-id="Page_83">p. 83</span>ban con sus respectivos esposos, entraba mi
-tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba, cuando ya me entregaba
-yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de cámara. Principiaba por
-decirme dónde había comido, lo que se había hablado... Cánovas había
-dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como una navaja de afeitar...
-Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán tenía particular empeño por
-aquellos días, poniendo en ello todos los recursos persuasivos de su
-locuacidad inagotable, era en informarme de la famosa conversión de
-nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba unos solos que me partían.
-Al fin teníamos un ministro de Hacienda de pensamientos altos; al
-fin había planes verdaderos y profundos en la casa de la calle de
-Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la multiplicidad laberíntica
-de nuestros valores. Y con prolijos detalles me enteraba mi tío de
-aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme por mi afición á los
-negocios. La turbamulta de papeles diversos llamados Obligaciones
-del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos al portador de la
-Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos del 2 por 100
-amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo en un 4 por
-100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales, y emitido
-al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el ministro y los
-comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros valores. El
-3 por 100 y los <i>Ferros</i> se convertirían en un 4 por 100 Perpetuo. El
-tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los segundos de
-87,50, y los nuevos títulos saldrían al merca<span class="pagenum"
-id="Page_84">p. 84</span>do en Mayo. Jamás en un cerebro de ministro
-español se engendró y realizó proyecto tan vasto... Las <i>Cubas</i> no se
-convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear en acciones del Banco de España
-el dinero que tenía en papel inglés sin más producto que un escuálido
-2 por 100, bien podía apresurarme, pues las acciones andaban alrededor
-de 495. Mi tío creía firmemente que se plantarían en 500, tipo del cual
-no era fácil que pasaran... Yo oía estas cosas con bastante interés
-al principio; mas tanta charla, exacerbando al fin el ruido de mis
-oídos, producíame aturdimiento y unas ganas vivísimas de que el buen
-señor se retirara. Dejábame al fin medio dormido, delirando en cosas
-de amor y proyectos bursátiles, viendo cómo los viejos <i>Ferros</i> y las
-Obligaciones de Aduanas se despedían del mundo financiero, con lágrimas
-y jipidos, antes de ser absorbidos por los novísimos títulos; viendo
-al veterano y decrépito Consolidado espirar sobre un lecho de números,
-para dar vida, de sus cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del
-Tesoro protestaban de aquella muerte airada, y amenazaban al Sr.
-Camacho con una pistola cargada de cupones. Las acciones del Banco de
-España se paseaban orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir
-que ellas treparían á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y
-subían siempre no me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los
-pies para que no subieran tanto.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span></p>
- <h2 class="nobreak">V</h2>
- <p class="subh2">Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la
- pobre Kitty.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños,
-vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid <i>buena castaña, buena
-nuez</i>. No estuve en situación de salir de casa hasta los días
-precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y
-andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la
-familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos
-discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y
-vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha
-de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer
-emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á
-todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana
-nos dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince,
-todos de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la
-casa estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que
-mi endeble estómago exigía. Todo lo que sir<span class="pagenum"
-id="Page_86">p. 86</span>vieron parecióme excelente; pero Eloísa,
-que era un tanto criticona, me habló en confianza al día siguiente
-de la <i>abundancia ordinaria</i> que reinaba en la mesa y de las maneras
-excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien ella no podía
-menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra en uno de sus
-admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la cena digno de
-contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo su mujer que
-llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el infeliz de
-una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía de ser
-alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó cosa
-tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando fuí
-á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la feliz
-aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad,
-como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo
-parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado
-en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas
-vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar
-y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los
-que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las
-vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un
-gallo.</p>
-
-<p>Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto
-pocos días antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á
-su marido, al tener dinero, era contribuir á la fundación de un
-periodicazo que iba á salir pronto. ¿No era esto<span class="pagenum"
-id="Page_87">p. 87</span> una tontería? Las cosas que Carrillo me
-hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado
-á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las
-ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que
-tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica
-facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su
-conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado
-que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío
-era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba
-un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía
-tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las
-lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que
-á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente,
-tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no
-valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi
-mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así:
-«Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella
-sin merecerla.»</p>
-
-<p>Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba
-enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella
-enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi
-flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que
-no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de mis
-pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad<span
-class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> contra mal tan grande. Lo
-hacían doblemente grave lo criminal del objeto y lo divino del origen.
-Diré las cosas claras, así es mejor. Aquella prima mía me gustaba
-tanto, tanto, que por el simple hecho de gustarme extraordinariamente
-la consideraba mía. El ser de otro era un desafuero, una equivocación
-de los hombres, nacida de una trastada del tiempo. ¿Por qué no vine
-yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no se podía deshacer lo hecho
-atropellada y neciamente? Con este modo de razonar cohonestaba yo mi
-criminal inclinación, apoyándola en el fuero de la Naturaleza y dando
-de lado á las leyes sociales y eclesiásticas.</p>
-
-<p>Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el
-objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo
-más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando,
-movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado
-de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados,
-los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba
-que enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa
-confusión!</p>
-
-<p>Y debo decirlo sin inmodestia. La opinión de la familia era unánime
-en favor mío. La misma Eloísa, hablando conmigo una noche, me había
-llenado el alma de fatuidad. Medio en serio, medio en burla, tratábamos
-del carácter de diversas personas, y el mío no se quedó en el tintero.
-Parecía que había un empeño particular en acribillarme con chanzas
-inocentes. Por fin, en un tonillo de broma, de esa broma que es la
-quinta<span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> esencia de la
-seriedad, Eloísa me dijo:</p>
-
-<p>—Pues mira, si hubiera en casa una hermana soltera, te la
-endosaríamos... no tendrías más remedio que cargar con ella.</p>
-
-<p>Mi tía Pilar, sin faltar á la discreción, me había hecho comprender
-varias veces, hablando conmigo de asuntos de familia, que el casamiento
-de su hija con Carrillo había sido una precipitación, uno de esos
-desaciertos que no se explican. La herencia era una mezquindad, y
-Eloísa merecía más. Mi tío había sido, como se recordará, algo más
-explícito, y echaba la culpa de tal precipitación á su mujer. En
-resumen: la opinión más favorable á Carrillo en aquella casa era
-siempre la mía.</p>
-
-<p>Lo que no estorbaba que yo estuviese prendado de mi prima con una
-vehemencia romántica, con una ilusión de mozalbete y de principiante
-que decía mal con mis treinta y siete años. Yo pensaba lo que es de
-cajón pensar en tales casos, es decir, que ella y yo éramos el uno
-para el otro; que habíamos nacido para unirnos, para ser dos piezas
-inseparables de un solo instrumento, y que la disgregación fatal en que
-vivíamos era uno de los mayores absurdos del Universo, un tropiezo en
-la marcha de la sociedad. Y al mismo tiempo que esto pensaba, la idea
-de tener relaciones ilícitas con ella me causaba pena, porque de este
-modo habría descendido del trono de nubes en que mi loca imaginación
-la ponía. Si yo hubiera manifestado estos escrúpulos á cualquiera de
-mis amigos, á Severiano Rodríguez, por ejemplo, se habría estado riendo
-de mí dos semanas seguidas, pues no merecía otra cosa un quijotismo
-tan<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> contrario á mi
-época y al medio ambiente en que vivíamos. Mi ilusión era vivir con
-ella en vida regular, legal y religiosa. De otra manera, tanto ella
-como yo valdríamos menos de lo que valíamos. Por esto se verá que
-yo tenía buenas ideas, ó lo que es lo mismo, que yo era moral en
-principio. Serlo de hecho es lo difícil, que teóricamente todos lo
-somos.</p>
-
-<p>Este quijotismo, esta moral de catecismo había sido uno de los
-principales ornatos de mi juventud, cuando la vida serena, regular,
-pacífica, no me había presentado ocasiones de desplegar mis energías
-iniciales propias. Yo era, pues, como un soldado que ha estado
-sirviendo mucho tiempo sin ver jamás un campo de batalla, y para quien
-el valor es aún fórmula consignada en la hoja de servicios, persuasión
-vaga de la dignidad, no comprobada aún por los hechos. Por fin, cuando
-menos lo pensaba, el humo de la batalla me envolvía. Pronto se vería
-quién era yo y cuál era el valor de mi valor, ó dejando á un lado el
-símil, qué realidad tenían mis convicciones.</p>
-
-<p>Para mejor inteligencia de estas páginas, dictadas por la
-sinceridad, quiero referir ciertos antecedentes de mi persona. Alguno
-de los que esto leen los habrá echado de menos, y no quiero que se diga
-que no me manifiesto de cuerpo entero, tal cual soy en todas mis partes
-y tiempos.</p>
-
-
-<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>II</h3>
-
-<p>Nací en Cádiz. Mi madre era inglesa católica, perteneciente á una de
-esas familias anglo-malagueñas, tan conocidas en el comercio de vinos,
-de pasas, y en la importación de hilados y de hierros. El apellido de
-mi madre había sido una de las primeras firmas de Gibraltar, plaza
-inglesa con tierra y luz españolas, donde se hermanan y confunden,
-aunque parezca imposible, el cecear andaluz y los chicheos de la
-pronunciación inglesa. Pasé mi niñez en un colegio de Gibraltar
-dirigido por el obispo católico. Después me llevaron á otro en las
-inmediaciones de Londres. Cuando vine á España, á los quince años,
-tuve que aprender el castellano, que había olvidado completamente.
-Más tarde volví á Inglaterra con mi madre, y viví con la familia de
-ésta en un sitio muy ameno que llaman Forest Hill, á poca distancia
-de Sydenham y del Palacio de Cristal. La familia de mi madre era muy
-rigorista. A donde quiera que volvía yo los ojos, lo mismo dentro de
-la casa que en nuestras relaciones, no hallaba más que ejemplos de
-intachable rectitud, la <i>propiedad</i> más pura en todas las acciones,
-la regularidad, la urbanidad y las buenas formas casi erigidas en
-religión. El que no conozca la vida inglesa apenas entenderá esto.
-Murió mi buena madre cuando yo tenía veinticinco años, y entonces me
-vine á Jerez, donde estaba establecido mi padre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span></p>
-
-<p>Era yo, pues, intachable en cuanto á principios. Los ejemplos que
-había visto en Inglaterra, aquella rigidez sajona que se traduce en los
-escrúpulos de la conversación y en los repulgos de un idioma riquísimo,
-cual ninguno, en fórmulas de buena crianza; aquel puritanismo en las
-costumbres, la sencillez cultísima, la libertad basada en el respeto
-mutuo, hicieron de mí uno de los jóvenes más juiciosos y comedidos que
-era posible hallar. Tenía yo cierta timidez, que en España era tomada
-por hipocresía.</p>
-
-<p>Mi padre era un hombre de pasiones caprichosas, todo sinceridad,
-indiscreto á veces, de genio vivísimo y bastante opuesto á lo que él
-llamaba los <i>remilgos británicos</i>. Se reía de las perífrasis de la
-conversación inglesa, y hacía alarde de soltar las franquezas crudas
-del idioma español en medio de una tertulia de gente de Albión. A veces
-sus palabras eran como un petardo, y las señoras salían despavoridas.
-Al poco tiempo de vivir con él, noté que sus costumbres distaban mucho
-de acomodarse á mis principios. Mi padre tenía una querida en la propia
-vivienda. Un año después tenía tres: una en casa, otra en la ciudad
-y la tercera en Cádiz, á donde iba dos veces por semana. Debo decir
-que en vida de mi madre había sido muy hábil y decoroso mi padre en
-sus trapicheos, y por esta razón los disgustos que dió á su señora no
-fueron extremados.</p>
-
-<p>Sin faltarle al respeto, emprendí una campaña contra aquellos
-desafueros paternos. Si no logré todo lo que pretendía, al menos
-conseguí que rindiera culto á las apariencias. La mujer<span
-class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> que vivía en casa se trasladó
-á otra parte. Esto era un principio de reforma. Lo demás lo trajeron
-la vejez del delincuente y su invalidez para la galantería. En tanto
-yo daba viajes á Inglaterra, haciendo allí vida de soltero por espacio
-de tres ó cuatro meses. Sólo dos veces por semana iba á comer á Forest
-Hill, donde seguían viviendo las hermanas y sobrinas de mi madre, y el
-resto del tiempo lo pasaba bonitamente entre los amigos que tenía en la
-City y en el West. Me alojaba en Langham Hotel y pasaba los días y las
-noches muy entretenido. Frecuentaba la sociedad ligera sin abandonar la
-regular, y al volver á mi patria, notaba en mí síntomas de decadencia
-física que me alarmaban. Puesto que mis ideas eran siempre buenas,
-hacía propósito firme de practicarlas fundando una familia y volviendo
-la hoja á aquella soltería estéril, infructuosa y malsana.</p>
-
-<p>Cuando mi padre se retiró de los negocios, dejando todo á mi cargo,
-mis viajes á Inglaterra fueron menos frecuentes y muy breves. En quince
-días ó veinte entraba por Dover y salía por Liverpool ó viceversa.
-Murió repentinamente mi padre cuando ya empezaba á curarse de sus
-funestas manías mujeriegas, y entonces, falto de todo calor en Jerez,
-sin familia, con pocos amigos, y viendo también que entraba en un
-período de gran decadencia el tráfico de vinos, realicé, como he dicho
-al principio, y me establecí en Madrid.</p>
-
-<p>Pero aún falta un dato que, por ser muy principal, he dejado para
-lo último. Tuve una novia. Acaeció esto en la época en que, por
-can<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span>sancio de mi padre,
-estaba yo al frente de la casa. Era también de raza mestiza, como yo;
-española por el lado materno, inglesa católica por su padre, el cual
-había tenido comercio en Tánger y á la sazón era dueño de los grandes
-depósitos de carbón de Gibraltar. Además recibía órdenes de casas de
-Málaga y trabajaba en la banca. Llamábase mi novia Catalina. Le decían
-<i>Kitty</i>. Habíase criado en Inglaterra, con lo cual dicho se está que su
-educación era perfecta, sus maneras distinguidísimas. Prendéme de ella
-rápida y calurosamente un día en que, hallándome de paso en Gibraltar,
-me convidó á comer su padre. Su belleza no era notable; pero tenía una
-dulzura, una tristeza angelical que me enamoraban. La pedí y me la
-concedieron. Mi padre y el suyo se congratulaban de nuestra unión...</p>
-
-<p>¡Maldita sea mi suerte! Aquel verano, cuando Kitty volvió con su
-padre de una breve excursión á Londres, la encontré muy desmejorada.
-La pobrecilla luchaba con un mal profundo que el régimen y la ciencia
-disimulaban sin curarlo. Octubre la vió decaer día por día. Noviembre
-la llamaba á la fría tierra con susurro de hojas caídas y secas. Yo iba
-todas las semanas á Gibraltar. Un lunes, cuando más descuidado estaba,
-porque el viernes precedente la había visto mejor, recibí un telegrama
-alarmante. Corrí á Cádiz; el vapor había salido; fleté uno, y cuando
-me dirigía al muelle para embarcarme, un amigo de la casa salióme al
-encuentro en Puerta de Mar, y echándome su brazo por encima del hombro,
-me dijo con mucho cariño y tono<span class="pagenum" id="Page_95">p.
-95</span> muy lúgubre que no fuera á Gibraltar. Comprendí que la pobre
-Kitty había muerto. Se me representó fría y marmórea, su mirar triste
-apagado para siempre. Mi dolor fué inmenso. Tuve horribles tristezas,
-dolencias que me agobiaron, ruidos de oídos que me enloquecieron.
-El tiempo me fué curando con la pausada sucesión de los días, con
-el rodar de las ocupaciones y de los negocios. Cuando vine á Madrid
-habían pasado cinco años de esta desgracia, que truncó mis soberbios
-planes domésticos, dió á mi vida giros inesperados y á mi conciencia
-direcciones nuevas.</p>
-
-<p>Eloísa no se parecía nada á Kitty. La pobre inglesa difunta era
-graciosa, modesta, descolorida, de voz tenue y ojos claros que
-revelaban ingenuidad y delicadeza; mi prima era arrogante, hermosa,
-tenía coloración enérgica en la tez y el cabello, y sus ojos quemaban.
-No obstante esta radical diferencia, yo había dado en creer que el alma
-de Kitty se había colado en el cuerpo de Eloísa y se asomaba á los ojos
-de ésta para mirarme. ¡Qué simpleza la mía! Era esto quizás una nueva
-manifestación de las manías de nuestra raza, tan bien monografiadas por
-mi tío, porque bien me sabía yo que las almas no juegan á la gallina
-ciega, y mis ideas respecto á la transmigración eran tan juiciosas como
-las de cualquier contemporáneo. Pero no lo podía remediar. Echaba la
-vista sobre Eloísa y veía en sus ojos el cariño apacible y confiado de
-Kitty. Era ella, la mismísima, reencarnada, como las diosas á quien
-los antiguos suponían persiguiendo un fin humano entre los mortales; y
-asomada<span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span> á la expresión
-de aquel semblante y de aquellos ojos, me decía: «Aquí estoy otra vez:
-soy yo, tu pobrecita Kítty. Pero ahora tampoco me tendrás. Antes te lo
-vedó la muerte; ahora la ley.»</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span></p>
- <h2 class="nobreak">VI</h2>
- <p class="subh2">Las cuatro paredes de Eloísa.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>De tal modo se fijaron en mi mente los peligros de aquella
-inclinación, que pensé en marcharme de Madrid. Es lo que se le ocurre á
-cualquiera en casos como aquél. ¡Pero una cosa tan lógica y razonable
-era tan difícil de ejecutar!... ¿Cuándo me iba? ¿Mañana, la semana que
-entra, el mes próximo? En mi pensamiento estaba acordada la partida
-con esa seguridad pedantesca que tiene todo lo que se acuerda... en
-principio. Tal determinación era prueba admirable de las energías de
-mi conciencia. Pero faltaba un detalle, el cuándo, y este detalle era
-el que me hacía cosquillas en el cerebro, no dejándose coger. Se me
-escapaba, se me deslizaba, como un reptil de piel viscosa resbala entre
-los dedos.</p>
-
-<p>La cosa no era tan baladí. Levantar casa; deshacer aquel hermoso
-domicilio que representaba tantos quebraderos de cabeza, tanto dinero
-y los puros goces de las compras pagadas... ¿Y á dónde demonios
-me iba? ¿A Jerez? La situación comercial y agraria de aquel país
-era muy alarmante. Bueno estaría que me cogieran los de la<span
-class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> <i>Mano negra</i> y me degollaran.
-¿A Londres? Sólo el recuerdo de las nieblas y de aquel sol como una
-oblea amarilla, me causaba tristeza y escalofríos... Nada: la necesidad
-de huir de Madrid era tan imperiosa, estaba tan claramente indicada por
-la moral, por las conveniencias sociales, que poquito á poco, sin darme
-cuenta de ello, fuí tomando la heróica resolución de quedarme. Aquí de
-mis sofismas. Era una cobardía huir del peligro; se me presentaba la
-ocasión de vencer ó morir. O yo tenía principios ó no los tenía.</p>
-
-<p>Diferentes veces había contado á mi prima lo de Kitty, y cada
-vez lo hacía en términos más patéticos y recargando el cuadro todo
-lo posible. Un día de Enero que paseábamos á pie por el Retiro con
-Carrillo, una tía de éste y Raimundo, dije á Eloísa (en un rato que
-nos adelantamos como unos cuarenta pasos) que por motivos reservados
-había pensado marcharme de Madrid. A lo que respondió ella con risas y
-burlas, diciendo que lo de la marcha ó era locura romántica ó santidad
-hipócrita. Otra tarde, en su casa, hablábamos de tristezas mías, y
-sin saber cómo se me vinieron á la boca sinceridades que la hicieron
-palidecer. Ella me dijo que alguien me tenía trastornado el seso, y
-entonces, quitándome de cuentos, respondíle que quien me trastornaba
-el seso era ella... Tomándolo á broma, trajo al <i>barbián</i> y se puso á
-saltarle delante de mí y á decirle: «llámale tonto, llámale majadero.»
-Con sus risas inocentes creo que me lo llamaba.</p>
-
-<p>Seguía viviendo mi prima en la casa de sus padres; pues aunque
-estaban casi terminadas las reformas de la suya, como habían
-derribado<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span> tabiques
-y hecho obra de albañilería, temía la humedad. Diariamente iba á
-inspeccionar la obra, acompañada de su madre ó de Camila. Usaba para
-esta excursión el hermoso <i>landó</i> de cinco luces que había adquirido;
-mas algunas tardes, para no privar á Carrillo del paseo que daba por el
-Retiro y Atocha, le prestaba yo mi berlina.</p>
-
-<p>La casa en que había vivido y muerto Angelita Caballero era
-grandísima, tristona y estaba enclavada en un barrio mísero y
-antipático. Su aspecto exterior era muy feo; pero interiormente
-revelaba ya el soberano arreglo de su nueva dueña. Contóme Eloísa que
-lo primero que tuvo que hacer fué despejar el terreno, deshacerse de
-aquellas horribles sillerías <i>botón de oro</i>, y esconder los <i>biscuits</i>
-y los <i>entredoses</i> de bazar y las arañas de pedacitos de vidrio donde
-nadie los viera. Porque la tal Angelita era notable por la perversidad
-de su gusto. Fuera de un buen vargueño y de un Cristo de bronce, no
-tenía en su casa ninguna antigüedad notable: todo el ajuar era moderno,
-de la época del 40 al 60, y se componía de artículos de exportación
-francesa de la peor calidad. «Calcula —me dijo Eloísa— si habrá sido
-difícil el despejo.» La transformación del palacio era en verdad
-grandiosa. Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que
-acostumbra cobrar bien sus obras. En el salón ví además un cuadrito
-de Palmaroli; una acuarela de Morelli, preciosísima; un cardenal, de
-Villegas, también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres
-lienzos que me parecieron de subidísimo precio: una cabeza inglesa,
-de De<span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> Nittis;
-otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas
-granadinas, de Martín Rico. Pregunté á Eloísa cuánto le había costado
-aquel principio de museo, y díjome en tono vacilante que muy poco, por
-haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de
-desmoronarse.</p>
-
-<p>Cada día que visitábamos la casa, hallaba yo algo nuevo y de
-valor. En la antesala ví dos enormes vasos japoneses de <i>Imaris</i>,
-hermosísimos, los mejores que había visto en mi vida. Las parejas
-de platos <i>Hissen</i> y <i>Kiotto</i> no valían menos. Ví también tapices
-franceses, imitación de gobelinos viejos, que debían haber costado
-bastante. Dos <i xml:lang="it" lang="it">terracottas</i>, firmadas la una
-Maubach y la otra Carpeaux, acabaron de pasmarme. Bronces parisienses
-no faltaban, ni esos muebles ingleses de capricho que sirven para hacer
-exhibición de preciosas chucherías, y que tienen algo de los antiguos
-chineros y de los modernos aparadores. Eloísa gozaba con mi sorpresa y
-con mis alabanzas tanto como con la posesión de aquellas preciosidades.
-Júbilo vanidoso animaba su semblante; sus ojos brillaban; entrábale
-inquietud espasmódica, y su charlar rápido, sus observaciones, los
-términos atropellados con que encomiaba todo, señalándolo á mi
-admiración, decíanme bien claro el dominio que tales cosas tenían en
-su alma. Poníase al cabo tan nerviosa, que creía sentir amenazas de
-la diátesis de familia en el cosquilleo de garganta producido por la
-interposición imaginaria de una pluma. Tragando mucha saliva, procuraba
-serenarse.</p>
-
-<p>Solos ella y yo, mientras su mamá ordenaba<span class="pagenum"
-id="Page_101">p. 101</span> en el comedor los montones de manteles y
-servilletas aún sin estrenar, recorríamos el salón primero, el segundo,
-la sala grande, los dos gabinetes, el tocador, la alcoba, el despacho,
-el cuarto del niño y todas las piezas de la casa. Aquí, colgándose
-de mi brazo, me detenía cuando no quería que fuese tan á prisa, y me
-incitaba con cierto tono de queja á ver las cosas más atentamente. Allí
-me empujaba atrayéndome hacia un objeto obscurecido entre las vitrinas.
-En otra parte me oprimía el cuello suavemente para que me inclinara y
-pudiera mirar de cerca un cuadrito de estilo muy concluído. A veces
-su alegría se expresaba humorísticamente. Estaba yo contemplando un
-delicado estantillo japonés, de esos que no parecen hechos por manos de
-hombres, y ella, repentina y graciosamente, sacaba su pañuelo y me lo
-pasaba por la boca.</p>
-
-<p>—¿Qué? —decía yo, sorprendido de este movimiento.</p>
-
-<p>—Es que se te cae la baba.</p>
-
-<p>Al fin, cansados de andar, nos sentábamos.</p>
-
-<p>—Una casa bien puesta —me decía— es para mí la mayor delicia del
-mundo. Siempre tuve el mismo gusto. Cuando era chiquitina, más que
-las muñecas, me gustaban los muebles de muñecas. Si alguna vez los
-tenía, me entraba fiebre por las noches, pensando en cómo los había
-de colocar al día siguiente. Todavía no era yo polla, y me atontaba
-delante de los escaparates de Baudevin y de Prevost. Cuando íbamos á
-paseo con papá y pasábamos por allí, me pegaba al cristal, y como se
-empañaba con mi aliento, habías de verme limpiándolo con el pañuelo
-para poder<span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span> mirar.
-Papá tenía que tirarme del brazo y llevarme á la fuerza. Gracias á
-Dios, hoy puedo proporcionarme algunas satisfacciones, que de niña me
-parecían realizables, porque sí... yo soñaba que sería muy rica y que
-tendría una casa como la que ves, mejor aún, mucho mejor... Pero no
-vayas á creerte, en medio de estas satisfacciones soy razonable. Dios
-ha querido que antes de ser rica fuese pobre, y esto me ha valido de
-mucho; he aprendido á contener los deseos, á estirar los cuartitos
-y á defenderlos contra esta pícara imaginación, que es la que se
-entusiasma. Sí, hay que tener mucho cuidado con esto... Porque yo lo
-he dicho siempre: el infierno está empedrado de entusiasmos... ¡Qué
-lástima no poseer muchísimos millones para comprar todo lo que me
-gusta! Se ha dado el caso de tener, durante tres ó cuatro días, el
-pensamiento fijo, clavado en un par de vasos japoneses ó un medallón
-<i xml:lang="it" lang="it">Capo di Monte</i>, y sentir dentro de mí una
-verdadera batalla por si lo compraba ó no lo compraba... Gracias á
-Dios, he sabido refrenarme, ir despacito, hacer muchos números, y
-decir al fin: «no, no más; bastante tengo ya...» Los números son la
-mejor agua bendita para exorcisar estas tentaciones; convéncete... Yo
-sumaba, restaba y... vencía. No vayas á figurarte: también he pasado
-malos ratos. Después de comprar en casa de Bach un bronce, veía otro
-en casa de Eguía que me gustaba más... ¡Qué marimorena entonces en mi
-cabeza! ¿Lo compro también? Sí... no... sí otra vez... pues no... que
-dale, que torna, que vira. Nada, hijo, que he tenido que vencerme. A
-poco más me doy disciplinazos. Por las noches me<span class="pagenum"
-id="Page_103">p. 103</span> acostaba pensando en la soberbia pieza.
-¿Qué crees? he pasado noches crueles, delirando con un tapiz chino, con
-un cofrecito de bronce esmaltado, con una colección de mayólicas...
-Pero me decía yo: «Todas las cosas han de tener un límite. Pues bueno
-fuera que... Me conformo con lo que poseo, que es bonito, variado,
-elegante, rico hasta cierto punto.» ¿No es verdad? ¿No crees lo
-mismo?</p>
-
-<p>Díjele que su casa era preciosa; que debía detenerse allí y no
-aspirar á más, pues si se dejaba llevar del fanatismo de las compras,
-podría comprometer su fortuna y quedarse por puertas. En números tenía
-yo mucha más experiencia que ella, y la imaginación no me engañaba
-jamás, mixtificándome el valor de las cifras.</p>
-
-<p>—Yo te dirigiré —añadí—. Prométeme no entrar en una tienda sin
-previa consulta conmigo, y marcharás bien.</p>
-
-<p>Eloísa se entusiasmó con esto, dió palmadas, hizo mil monerías, y
-entre ellas expresó conceptos muy sensatos, mezclados con otros que
-revelaban ciertas extravagancias del espíritu.</p>
-
-<p>—Porque verás —me dijo, juntando los dedos de entrambas manos como
-quien se pone en oración—, yo sé contenerme, sé consolarme cuando
-esas bribonadas de la aritmética me privan de hacer mi gusto. ¿Sabes
-lo que me consuela? pues lo mismo que me atormenta: la imaginación.
-Nada, que cuando me siento tocada, dejo á esa loca que salte y brinque
-todo lo que quiera, la suelto, le doy cuerda, y ella, al fin, acaba
-por hacerme ver todo lo que poseo como superior, muy superior á lo
-que es realmente. Soy como mi hermano, que se acuesta pensando que
-es Presi<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span>dente del
-Consejo, y al fin se lo cree... Yo me acuesto pensando que soy la
-señora de Rothschild. Vas á ver... ¿Tengo un cuadrito cualquiera,
-antiguo, de mediano mérito? Pues sin saber cómo llego á persuadirme de
-que es del propio Velázquez. ¿Tengo un tapiz de imitación? Pues lo miro
-como si fuera un ejemplar sustraído á las colecciones de Palacio...
-¿Un cacharrito? Pues no creas, es del propio Palissy... ¿Tal mueble?
-Me lo hizo el señor de Berruguete. Y así me voy engañando, así me voy
-entreteniendo, así voy narcotizando el vicio... el vicio, sí: ¿para qué
-darle otro nombre?</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Yo me reí; pero en mi interior estaba triste. Quince años de trabajo
-en un escritorio me habían dado la costumbre de apreciar fácilmente
-las cantidades, y con esta experiencia y mi saber del precio de las
-cosas, pude hacer una cuenta mental. Los señores de Carrillo se habían
-gastado en poner casa la cuarta parte y quizás el tercio de lo que
-habían heredado. Tal desproporción debía traer sus consecuencias más ó
-menos tarde. Amonesté segunda vez á Eloísa, quien se mostró asombrada
-primero, ensimismada después, y me prometió ser, en lo sucesivo, no ya
-económica, sino cicatera... «Vas á ver...»</p>
-
-<p>Carrillo fué á buscarnos al volver de su paseo. Antes de ir á
-casa hicimos escala en la tienda de Eguía, donde Pepe tenía en trato
-un busto de Shakespeare para su despacho. ¡Qué lástima no<span
-class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span> encontrar el de Macaulay!
-Pero éste, por más que lo buscó afanosamente, en ninguna parte lo
-había. Su apetito anglo-parlamentario no pudo saciarse sino con un
-velador muy cursi, maqueado, chillón, que ostentaba la vista del
-palacio y puente de Westminster. Eloísa me indicó, cuando recorríamos
-la tienda, que había hecho juramento de no entrar más allí, porque se
-le iba la cabeza. Vimos muchos objetos de mérito y alto precio.</p>
-
-<p>—Hay aquí una cosa —me dijo después mi prima en voz baja, tapándose
-la boca con el manguito— que la semana pasada me produjo dos noches
-de fiebre, con escalofríos, amargor de boca, calambres, cefalalgia y
-cuantos males nerviosos te puedes figurar. No era pluma lo que yo tenía
-en mi garganta, sino un palomar entero y verdadero.</p>
-
-<p>Señalaba con la mano y el manguito á uno de los extremos de la
-tienda. Carrillo y su suegra examinaban una vajilla. Yo miré.</p>
-
-<p>—No mires, no mires. Esto trastorna, esto deslumbra, esto ciega. No
-es para nosotros. Este señor Eguía se ha figurado que aquí hay lores
-ingleses y trae cosas que no venderá nunca.</p>
-
-<p>Era un espejo horizontal, biselado, grande como de metro y medio,
-con soberbio marco de porcelana barroca imitando grupos y trenzado de
-flores que eran una maravilla. Quedéme absorto contemplando obra tan
-bella, digna de que la describiera Calderón de la Barca. Las flores,
-interpretadas decorativamente, eran más hermosas que si fuesen copia
-de la realidad. Había capullos que concluían en ángeles; ninfas
-que salían de los tallos, perdiendo sus brazos en retorcedu<span
-class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>ras de mariscos; ramilletes
-que se confundían con los crustáceos, y corolas que acababan en rejos
-de pulpo. En el color dominaban los esmaltes metálicos de rosa y verde
-nacarino, multiplicándose en los declivios del puro cristal. Hacían
-juego con esta soberana pieza dos candelabros que eran los monstruos
-más arrogantes, más hermosos que se podían ver; grifos que parecían
-producto de la flora animalizada, pues tenían uñas y guedejas como
-pistilos de oro, enroscadas lenguas de plata. Un reloj...</p>
-
-<p>—Vamos —ordenó Eloísa impaciente, desconcertada, sin dejarme acabar
-de ver aquello.</p>
-
-<p>Y agarrando el brazo de su marido, se lo llevó hacia el coche,
-diciendo:</p>
-
-<p>—¿Has tomado el <i>Séspir</i>?...</p>
-
-<p>—La vajilla es preciosa —declaró mi tía Pilar, como queriendo que yo
-me convenciera de ello por mis propios ojos.</p>
-
-<p>Pero Eloísa, ya en la puerta, repetía:</p>
-
-<p>—Vámonos, vámonos: no más compras. Esta tienda es la sucursal del
-Infierno.</p>
-
-<p>A su imperioso deseo nadie pudo resistir, y nos fuimos á casa. Al
-día siguiente volví á la sucursal y compré las cuatro piezas aquéllas,
-espejo, pareja de candelabros y reloj. Costáronme unos cuarenta y cinco
-mil reales. ¿Pero qué significaba esto para mí? Yo tenía á la sazón en
-caja unos cuantos miles de duros, producto de letras que inopinadamente
-recibí de Jerez, y no sabía qué hacer de ellos. Había estado dudando si
-incorporar aquel dinero á mi cuenta corriente del Banco, ó reservármelo
-para caprichos y gastos imprevistos. Opté al fin por dejarlo en
-casa,<span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span> pues la cuenta
-corriente me garantizaba todos mis gastos del semestre por excesivos
-que fuesen. Pocas veces he hecho una compra más á mi gusto. Pensaba en
-la sorpresa que tendría Eloísa al recibir aquel presente. Mandé que se
-lo llevaran á su palacio, y esperé á que ella misma me diese cuenta de
-la impresión que le causaba.</p>
-
-<p>Cuando la ví entrar en mi casa, temblé de emoción. Venía con
-su hermana Camila, la cual, hablando del espejo y elogiándolo con
-reservas, se mostró celosa. Era ella tan prima mía como Eloísa, y
-tenía el mismo derecho á mis obsequios de pariente ricacho. Sí: yo
-era un ricacho sin conciencia, un vulgarote que no me acordaba de los
-pobres. Ella tenía su casa muy mal puesta, y á mí, al primo millonario,
-no se me había ocurrido mandar allá ni aun media docena de sillas de
-madera encorvada. Esta filípica, dicha con el desparpajo que usaba
-siempre aquella mujer inconveniente, me llegó al alma. No tuve reparo
-en reconocer y lamentar la preterición, y prometí que los señores de
-Miquis tendrían pronto noticias mías.</p>
-
-<p>A Eloísa, contra lo que esperaba, la encontré triste. Puso cara
-de Dolorosa, y dió á sus ojos expresión de dulce reprimenda para
-decirme:</p>
-
-<p>—¡Qué tonterías haces!... ¡Un gasto tan enorme! Vaya, que ahora se
-han trocado los papeles: yo soy la aritmética y tú el entusiasmo... De
-veras te lo digo: si repites esas calaveradas, no te volveré á dirigir
-la palabra.</p>
-
-<p>Camila y yo nos reíamos. Eloísa no hacía más que mirarnos con
-tristeza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span></p>
-
-<p>—Tu boca será medida. Cuenta con la media docenita de sillas
-—manifesté á Camila, que me respondió á gritos:</p>
-
-<p>—Ha sido una broma. No me hacen falta tus obsequios. Formal, formal,
-te lo digo formalmente. Si me mandas las sillas, te las devuelvo.</p>
-
-<p>Estaba rabiosa. Por la tarde, siguiendo la chanza en casa de mi tío,
-le dije:</p>
-
-<p>—¿Las quieres blancas ó negras? Elígelas á tu gusto y que me manden
-la cuenta.</p>
-
-<p>Me tiró á la cara su manguito, diciéndome:</p>
-
-<p>—Toma... cochino.</p>
-
-<p>Mi tía Pilar, secreteando en mi oído, hízome la pintura más
-lastimosa de la casa de su hija Camila. Tenían una salita regular,
-alcoba decente; pero comedor... Dios lo diera. Ponían los platos encima
-de un velador, y como Constantino tenía la mala costumbre de empinar
-las sillas para sentarse, descargando todo el peso sobre las dos patas
-de atrás, de la media docena que compraron no quedaban útiles más
-que dos. Esta pintura hizo desbordar en mi corazón los sentimientos
-caritativos. Regalé á Camila un comedor completo de nogal, con
-aparador, trinchero, doce sillas y mesa, todo bonito, de medio lujo,
-sólido y elegante.</p>
-
-<p>Vino á darme las gracias una mañana. Detrás de su máscara de risa
-y burla, advertí mal encubierta la emoción. Le temblaban los labios.
-Hizo mil muecas, me dió las gracias, me pegó con un bastón mío, me
-llamó generoso, pillo, grande hombre y gatera, demostrando en todo su
-incorregible extravagancia. Era, más que una cabeza destornillada,
-una salvaje, una fierecilla<span class="pagenum" id="Page_109">p.
-109</span> indócil criada dentro de la sociedad como para ofrecernos
-una muestra de todo lo incivil que la civilización contiene. Concluyó
-diciendo que su marido y ella habían acordado dar un banquete en honor
-mío y como inauguración del comedor...</p>
-
-<p>—Una gran comida, no te creas: verás qué cosa más buena y más
-<i>chic</i>... Rigurosa etiqueta, ya sabes. Habrá diplomáticos, algún
-ministro, toda la <i>jilife</i>... Mi cuñado Augusto, el primo de
-Constantino, que estudia Farmacia, Veterinaria ó no sé qué; en fin, lo
-más escogido... Frac y condecoraciones. Mi marido estará en mangas de
-camisa; pero eso no importa. El amo de la casa, ya ves... Te daremos
-nidos de avestruz, fideos escarchados, pechugas de rinoceronte, jabalí
-en su tinta y <i>Chateau-Peleón</i>.</p>
-
-<p>Nunca oí más disparates.</p>
-
-<p>Eloísa, Raimundo y Pepe éramos los invitados. Fuí con mi primo poco
-antes de la hora señalada. Los señores de Carrillo no habían llegado
-aún.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_7">
- <p><span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span></p>
- <h2 class="nobreak">VII</h2>
- <p class="subh2">La comida en casa de Camila.</p>
-</div>
-
-<p>La casa de Camila era digna de estudio por el desorden que en ella
-reinaba. <i xml:lang="la" lang="la">Sicut domus homo</i>, se podía decir
-allí con más razón que en parte alguna. Todas las cosas, en aquella
-vivienda, estaban fuera de su sitio; todo revelaba manos locas,
-entendimientos caprichosos. Para honrar mis muebles habían hecho de
-la sala comedor; en la alcoba, á más de la cama de matrimonio, había
-una pajarera, y lo que antes había sido comedor estaba convertido
-en balneario, pues Camila, que aun en invierno tenía calor, se
-chapuzaba todos los días. La sala había sido llevada á un cuartucho
-insignificante, próximo á la entrada, arreglo que por excepción me
-parecía laudable, pues contravenía la mala costumbre de adornar
-suntuosamente para visitas lo mejor de la casa, reservando para vivir
-lo más estrecho, lóbrego y malsano. Fuera de este rasgo de buen
-sentido, el conjunto de aquel domicilio no tenía pies ni cabeza. Lo
-más culminante en la sala era una mesa de caoba de las que llaman de
-ministro, y una cómoda antigua que Constantino había heredado de su tía
-doña Isabel Godoy. El piano se había ido á la alcoba, creyérase que
-por<span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> su pie, pues no
-se concebía que ninguna ama de casa dispusiera los muebles tan mal.</p>
-
-<p>En los pasillos, Constantino había tapizado la pared con enormes
-y abigarrados carteles de las corridas de toros de Zaragoza y San
-Sebastián, y en el gabinete ocupaba lugar muy conspicuo un trofeo de
-esgrima compuesto de floretes, caretas, manoplas, con más una espada
-de torero y una cabeza de toro perfectamente disecada. Veíase por
-allí, así como en el comedor, algún otro mamotreto procedente de la
-testamentaría de la señora Godoy. Constantino tenía en su casa todas
-las cómodas que no cabían en la de su hermano Augusto. Los muebles
-regalados por mí hacían papel brillantísimo en medio de tanta fealdad
-y confusión, y cuando, después de recorrer la casa, se entraba en el
-comedor, parecía que se visitaba una ciudad europea después de viajar
-por pueblos de salvajes. Lo único que hablaba en favor de Camila era
-la limpieza, pues todo lo demás la condenaba. Algunas de las láminas
-de la historia de Matilde y Malek-Adhel tenían el cristal roto. No ví
-una silla que no cojeara, ni mueble que no tuviera la chapa de caoba
-saltada en diferentes partes. Muchos de estos siniestros lastimosos,
-así como la decapitación de una ninfa de porcelana, y las excoriaciones
-de la nariz que afeaban el retrato del abuelo de Constantino, eran
-triste resultado de la afición de éste á la esgrima y de los asaltos
-que daba un día sí y otro no, yéndose á fondo y acalorándose, sin
-reparar que su contrario era indefenso mueble ó bien un cuadro al
-óleo, al cual no se podía acusar de crimen alguno como no fuera
-artístico.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span></p>
-
-<p>Y á propósito de láminas, alcancé á ver, no recuerdo bien dónde,
-una buena fotografía de Constantino, retratado como suelen hacerlo los
-que presumen de atletas, esto es, con sencillez estatuaria, el cuerpo
-á lo gimnasta, con almilla y grueso cinturón, cruzados los brazos para
-que se le viera bien el desarrollo del biceps y de los músculos del
-tórax, y con un empaque y mirar arrogante que movían á risa. Camila
-estaba retratada de cuerpo entero, y se había puesto ante la máquina
-violentando su temperamento para <i>salir formal</i>; de modo que, á más de
-salir fea, no tenía el retrato ningún parecido.</p>
-
-<p>—Habías de ver esta casa —me dijo Raimundo al oído— cuando mi
-hermanita se pone á tocar frenéticamente el piano, en camisa, y el mulo
-de su marido á dar estocadas en todo lo que encuentra al paso.</p>
-
-<p>Yo no había visto nada de esto, pero lo comprendía por los
-efectos.</p>
-
-<p>Camila nos había recibido muy al desgaire, vistiendo una batilla
-ligera, el pelo medio suelto, el pecho tan mal cubierto que recordaba
-la inocencia de los tiempos bíblicos, los pies arrastrando zapatillas
-bordadas de oro. Nos acompañó un momento para enseñarnos la casa,
-diciéndonos:</p>
-
-<p>—Acabo de bañarme. No les esperaba á ustedes tan pronto.</p>
-
-<p>—Esta hermana mía —indicó Raimundo tiritando— siempre tiene calor.
-Se baña en agua fría en pleno invierno. Jamás enciende una chimenea,
-y es la vestal encargada de conservar el frío sagrado... ¡Demonio! la
-casa es una sorbetera... ¡Que me voy!</p>
-
-<p>Camila nos empujó á Raimundo y á mí fuera<span class="pagenum"
-id="Page_114">p. 114</span> de la alcoba, donde á la sazón estábamos, y
-dijo á su marido:</p>
-
-<p>—Entretenme á esos tipos un rato, que me voy á arreglar.</p>
-
-<p>Nos llevó Miquis al comedor, donde al punto se personaron dos
-perros: el uno grande, de lanas; el otro pequeño y tan feo como su amo.
-Ambos hicieron diferentes habilidades, distinguiéndose el feo, que
-marchaba en dos pies con un bastón cogido al modo de fusil, y hacía
-también el cojito. De repente veíamos á mi prima pasar, medio vestida,
-como exhalación. Iba á la cocina. Oíamos su voz en vivo altercado con
-la criada... después la sentíamos regresar á su cuarto... llamaba á su
-marido con gritos que atronaban la casa.</p>
-
-<p>—Será para que le alcance algo... —decía él sin mostrar mal humor—.
-Esto de no tener más que una criada es cargante. Si al menos estuviera
-yo en activo, me darían un asistente... ¡Allá voy!</p>
-
-<p>Camila volvía corriendo á la cocina. Necesitaba estar en todo. Aun
-así, temía que aquella girafa de Gumersinda echase á perder la comida.
-Al poco rato, vuelta á correr hacia la alcoba. Ya estaba peinada;
-pero aún no se había puesto el vestido ni las botas. De pronto, oímos
-la argentina voz de la señora de la casa que decía con cierto acento
-trágico:</p>
-
-<p>—Constantino, traidor... ¿qué, no pones la mesa?</p>
-
-<p>El tal, dándome una prueba de confianza, me rogó que le auxiliara en
-el desempeño de aquella obligación doméstica.</p>
-
-<p>—Amigo José María, así irá usted aprendiendo para cuando se
-case...</p>
-
-<p>Risueño y compadecido, le ayudé de buena<span class="pagenum"
-id="Page_115">p. 115</span> gana. Antes había solicitado Constantino el
-auxilio de mi primo; pero éste, agobiado por el frío, no se apartaba
-del balcón por donde entraban los rayos del sol. Pronto quedó puesta
-la dichosa mesa. En la loza y cristalería no ví dos piezas iguales.
-Parecía un museo, en el cual ninguna muestra de la industria cerámica
-dejaba de tener representación. El mantel y las servilletas, regalo de
-la tía Pilar, eran lo único en que resplandecía el principio de unidad.
-No así los cubiertos, en cuyos mangos se echaba de ver que cada uno
-procedía de fábrica distinta.</p>
-
-<p>No habíamos concluído, cuando entró Eloísa. Al sonar la campanilla,
-díjome el corazón que era ella. Raimundo abrió la puerta, y antes de
-que mi prima llegara al comedor, le oí estas gratas palabras:</p>
-
-<p>—Pepe no puede venir. Ha tenido miedo al frío... Yo me alegro de que
-no salga en un día tan malo, porque puede coger un pasmo.</p>
-
-<p>—Yo sí que voy á pillar una pulmonía en esta maldita casa, donde no
-se encienden chimeneas —dijo Raimundo cogiendo su capa y embozándose en
-ella.</p>
-
-<p>—No viene Pepe —repitió Eloísa mirándome á los ojos; y al reparar
-en mi ocupación, echóse á reir—. Eso, eso te conviene... ¿Y esa
-loca...?</p>
-
-<p>—Su Majestad está en sus habitaciones —dijo el manchego— con la
-camarera mayor, que es ella misma.</p>
-
-<p>—Constantino —gritó Camila asomándose á la puerta—, traidor, ¿en
-dónde me has puesto mi alfiler?</p>
-
-<p>—¡Ah! perdona, hija; me lo puse en la corbata: tómalo y no te
-enfades.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span></p>
-
-<p>—¡Que siempre has de ser loca! —dijo Eloísa pasando al cuarto de su
-hermana para dejar abrigo y sombrero.</p>
-
-<p>Al poco rato vimos aparecer á la señora de la casa, vestida con
-elegante traje de raso negro, bastante guapa, luciendo su hermosa
-garganta por el cuadrado escote. Su pecho alto y redondo, su cintura
-delgada, sus anchas caderas, dábanle airosa estampa. Podría parecer
-bella; pero nunca parecería una señora.</p>
-
-<p>—¡Mujer, cómo te pones!... —exclamó Eloísa, aludiendo sin duda á la
-escasez de tela en la región torácica—. ¿Pero estás tonta? ¿A qué viene
-ese escote?... No he visto cabeza más destornillada. Y lo que es hoy no
-llorarás por polvos.</p>
-
-<p>Lo más característico de Camila era su tez morena. Tenía á veces el
-mal gusto de corregir torpemente con polvos y otras drogas aquel aire
-gitanesco que daba tan salada gracia á su persona. Y fué tan sin tasa
-en aquel día la carga de polvos, que á todos nos pareció estatua de
-yeso; y como teníamos confianza con ella, se lo dijimos en coro.</p>
-
-<p>—Pero, Camila... pareces una tahonera.</p>
-
-<p>—¿Sí? —replicó ella riendo con nosotros—. Ahora veréis.</p>
-
-<p>Desapareció, y al poco rato presentósenos en su color y tez
-naturales. Sólo las orejas quedaron un poco empolvadas.</p>
-
-<p>—Si me quieren negrucha, aquí estoy con toda mi poca vergüenza.</p>
-
-<p>Sin esperar á oir nuestros aplausos, pegó un brinco y echó á correr
-otra vez hacia lo interior de la casa. Pronto reapareció para decir á
-su marido:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span></p>
-
-<p>—Nos sobra el cubierto de Pepe. ¿Por qué no avisas á tu hermano
-Augusto, de paso que vas por el postre?</p>
-
-<p>—Yo no... Ya sabes que no puede venir —replicó el marido tomando su
-capa para salir.</p>
-
-<p>—Pues déjalo: así tocaremos á más.</p>
-
-<p>Después, vuelta á la cocina, donde la oímos disputar á gritos con
-la girafa. Constantino no tardó en regresar, trayendo el postre en un
-papel, que se engrasó de la bollería á la casa. Mientras yo le abría la
-puerta, oí la voz de Camila que desde la cocina clamaba:</p>
-
-<p>—Váyanse sentando... Allá va la sopa.</p>
-
-<p>El convite fué digno de los anfitriones. Por la hora debía de ser
-almuerzo; por la calidad de los platos era almuerzo y comida; por
-la manera de estar condimentados y el desorden é incongruencia que
-reinaban en todo, no tenía clasificación posible. Sirviéronnos un
-asado, el cual para ser tal debió permanecer media hora más en el
-fuego. «Ustedes dispensarán que esto esté un poco crudo», nos decía
-Camila. En cambio, el pescado <i>al gratin</i> se había tostado y estaba
-seco y amargo. A los riñones habían echado tal cantidad de sal, que no
-se podían comer. Por vía de compensación, otro plato que apenas probé
-no tenía ni pizca...</p>
-
-<p>—Pero, hija —dijo Eloísa riendo—, tu cocinera es una alhaja.</p>
-
-<p>—Dispensa por hoy... —replicaba la hermana—. Se hace lo que se
-puede. No me critiquen, porque no les volveré á convidar.</p>
-
-<p>—Descuida, que ya tendremos nosotros buen cuidado de no caer en la
-red otra vez —le contestó Raimundo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span></p>
-
-<p>Se había sentado á la mesa embozado en su capa, quejándose de un
-frío mortal, renegando de los dueños de la casa, y jurando que no
-volvería á poner los pies en ella sin hacerse preceder de una carga de
-leña. Al servir el segundo plato, se cayó en la cuenta de que no había
-vino en la mesa, de cuyo descubrimiento resultó un gran altercado entre
-Constantino y su mujer.</p>
-
-<p>—Tú tienes la culpa... tú... que tú... Siempre eres lo mismo. Así
-salen las cosas cuando tú te encargas de ellas... ¡Tonta!... ¡Cabeza de
-chorlito!</p>
-
-<p>—¡Ni fuego ni vino! —exclamó mi primo subiéndose el embozo y
-poniendo una cara que daba compasión. Parecía que iba á llorar.</p>
-
-<p>—Que salga inmediatamente Gumersinda á buscarlo.</p>
-
-<p>—No, ve tú.</p>
-
-<p>—Como no vaya yo... Hubiéraslo dicho antes.</p>
-
-<p>—¡Ay! qué hombre tan inútil...</p>
-
-<p>—¡Qué tempestad de mujer!</p>
-
-<p>—Lo mejor —dijo la señora de la casa, serenándose después de meditar
-un rato— es que Gumersinda vaya al cuarto de al lado á pedir dos
-botellas prestadas á los señores de Torres. Son muy amables y no las
-negarán.</p>
-
-<p>Por fin trajeron el vino, y con él templó sus espíritus y su cuerpo
-mi primo Raimundo, decidiéndose á soltar la capa.</p>
-
-<p>Camila, á cuya derecha estaba yo, me obsequiaba, valga la verdad,
-todo lo que permitía lo estrafalario de la comida. Su amabilidad echaba
-un velo, como suelen decir, sobre los innúmeros defectos del servicio.
-Repetidas veces tuvo que levantarse para sacar de un mal paso á la que
-ser<span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span>vía, que era una
-chiquilla muy torpe, hermana de la cocinera. Había venido aquel día con
-tal objeto, y más valiera que se quedara en su casa, pues no hacía más
-que disparates. En los breves intervalos de sosiego, Camila nos hablaba
-de lo feliz que era, ¡cosa singular! ¡Feliz en aquel desbarajuste,
-en compañía del más inútil de los hombres! Indudablemente Dios hace
-milagros todavía. Para ponderarnos su dicha, mi primita no cesaba de
-hacer alusiones á un cierto estado en que ella creía encontrarse, y
-por cierto que sus indicaciones traspasaban á veces los límites de la
-decencia. Ya nos contaba que pronto tendría que ensanchar los vestidos;
-ya que había sentido pataditas... Luego rompía á reir con carcajadas
-locas, infantiles. Yo me confirmaba en mi opinión. No tenía seso, ni
-tampoco decoro.</p>
-
-<p>Debo decir con toda imparcialidad que Constantino me pareció un poco
-reformado en la tosquedad de sus modos y palabras. Ya no hablaba de sus
-superiores jerárquicos con tan poco respeto; ya no decía, como cuando
-le conocí: «Me parece que pronto la armamos...» Creyérase que había
-sentado la cabeza y adquirido cierto aplomo y discreción, que no se
-avenían mal con su creciente robustez corpórea. Parecióme que su mujer
-le dominaba, cosa en verdad extraña, pues quien no tuvo ninguna clase
-de educación, ¿cómo podía educar y domar á un gaznápiro semejante? La
-Naturaleza permite sin duda que dos energías negativas se amparen y
-beneficien mutuamente.</p>
-
-<p>Al fin de la comida, Raimundo bebía más de la cuenta: bien claro
-lo denotaba, no sólo la merma del contenido de las botellas, sino
-la verbosi<span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span>dad
-alarmante de mi buen primo. Constantino, no queriendo ser menos, se
-había desatado de lengua más de lo regular. El uno contaba anécdotas,
-pronunciaba discursos, repetía versos y tartamudeaba penosamente las
-sílabas <i>tra</i>, <i>tro</i>, <i>tru</i>, mientras el otro decía cosas saladas y
-amorosas á su mujer, echándola requiebros en ese lenguaje flamenco que
-tiene picor de cebolla y tufo de cuadra. La discreción relativa, de que
-hablé antes, se la había llevado la trampa. Tal espectáculo empezaba á
-disgustarme.</p>
-
-<p>El café, hecho por la cocinera, era tan malo, que se decidió
-mandarlo traer de fuera. Vino pues, el café, mal colado, frío, oliendo
-á cocimiento; pero nos lo tomamos porque no había otro. Raimundo y
-Constantino se pusieron á tirar al florete. Mi primo no podía tenerse.
-La casa parecía un manicomio. Eloísa, su hermana y yo nos fuimos á
-la alcoba, donde Camila, sentada junto á mí, hacía mil monerías, que
-llamaba nerviosidades. Se recostaba, cerraba los ojos, dejaba ver la
-mejor parte de su seno, luego se erguía de un salto, cantaba escalas y
-vocalizaciones difíciles, nos azotaba á su hermana y á mí, y concluía
-por sacar á relucir aquél su estado que la hacía tan dichosa.</p>
-
-<p>—Ahora sí que va de veras —nos decía—. ¡Y este bruto se ríe, y no lo
-quiere creer!</p>
-
-<p>De pronto le entraba como una exaltación ó más bien delirio de
-tonterías, y cruzando las manos gritaba:</p>
-
-<p>—¡Ay! ¡qué hijín tan rico voy á tener!... Más mono que el tuyo,
-más, más. Me parece que le estoy viendo... No os riáis... ¡Qué sabes
-tú lo que es esto, egoísta! Si fueras padre,<span class="pagenum"
-id="Page_121">p. 121</span> verías. Y dí, ¿por qué no te casas? ¿Para
-qué quieres esos millones? Para gastarlos con cualquier querindanga...
-¡Qué hombres! Francamente, eres asqueroso. Eso, eso, da tu dinero á las
-tías. Me alegraré de que te desplumen.</p>
-
-<p>De aquí volvía la conversación á las dulces esperanzas maternas.
-Hasta me parecía que lloraba de satisfacción.</p>
-
-<p>—Vaya, ¿á que no me prometes ser padrino?</p>
-
-<p>—Sí que te lo prometo.</p>
-
-<p>Y se rompía las manos en un aplauso.</p>
-
-<p>—¿Y le harás un regalo como de millonario? ¿Me dejas escoger lo que
-yo quiera en casa de <i>Capdeville</i>?</p>
-
-<p>—Sí: puedes empezar.</p>
-
-<p>—Bien, bien... ¡Currí... Currí!</p>
-
-<p>El perro pequeño entró, obedeciendo á las voces de su ama. Puso
-las patas en su falda, luego en la cintura, por fin en aquel seno
-hermosísimo. Ella le daba besos, le agasajaba, dejábase lamer por
-él.</p>
-
-<p>—Ven acá, tesoro de tu madre, rico, alegría de la casa.</p>
-
-<p>—Yo no puedo ver esto —decía Eloísa con enfado, levantándose para
-retirarse—. Me voy.</p>
-
-<p>—No, no, hermanita; no te vayas... Lárgate, Currí, Currí... Largo, y
-no parezcas más por aquí.</p>
-
-<p>—No, no me beses —chillaba Eloísa, apartando su cara—; no pongas
-sobre mí esa boca con que has estado hociqueando al perro. Tonta, loca,
-¡cuándo sentarás la cabeza!... José María está estupefacto de verte
-hacer tonterías.</p>
-
-<p>—José María no se enfada, ¿verdad? Y ahora que caigo en ello, ¿por
-qué no me convidas esta noche al teatro?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span></p>
-
-<p>—Otra más fresca...</p>
-
-<p>—¿Pues por qué no? Después que hemos echado la casa por la ventana
-para obsequiarle... El día de hoy nos arruina para todo el mes. Sí,
-dile que sí. José María, esta noche...</p>
-
-<p>—Te mandaré un palco para el teatro que quieras. Elige tú.</p>
-
-<p>—Constantino —gritó Camila, cantando la marcha real—, esta noche
-vamos al teatro. Mira, tú, mi maridillo irá por el palco. Dame á mí los
-cuartitos.</p>
-
-<p>Yo decía para mí: «No tiene decoro, ni vergüenza, ni delicadeza
-tampoco. Es completa. Si me obligaran á vivir con un tipo así, al
-tercer día me enterraban.»</p>
-
-<p>Eloísa estaba disgustada y deseaba marcharse. Yo también. Busqué
-á Raimundo para salir con él; pero mi primo se había dormido
-profundamente sobre el sofá de guttapercha del comedor. Camila le
-cubrió con la capa para que no se enfriase.</p>
-
-<p>—Ve pronto por el palco —decía la señora de Miquis á su marido— que
-es noche de moda, y si tardas no habrá localidades. Vamos... menea esas
-zancas. ¿A qué aguardas?</p>
-
-<p>El manchego no se hizo de rogar. Pronto le sentimos bajar la
-escalera, saltando los escalones de cuatro en cuatro.</p>
-
-<p>—Iré luego á casa de mamá —dijo Camila, poniendo á su hermana el
-sombrero y el abrigo—. Adiós, <i>comparito</i>.</p>
-
-<p>Le dí la mano, y ella me la apretó mucho.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_8">
- <p><span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span></p>
- <h2 class="nobreak">VIII</h2>
- <p class="subh2">En que se aclaran cosas expuestas en el anterior.</p>
-</div>
-
-<p>Cuando bajábamos, Eloísa me dijo:</p>
-
-<p>—¿Vas á venir á acompañarme?</p>
-
-<p>En el tono con que esto fué dicho, conocí su deseo de que no la
-acompañara. Yo tampoco tenía intención de hacerlo. Aquel recelo de no
-aparecer juntos en público al mismo tiempo nos acometía á entrambos,
-revelando, no sólo la conformidad, sino también la poca rectitud de
-nuestros pensamientos. Ella entró en su coche y fué á la calle del
-Olmo; yo me bajé á pie á la Castellana para dar una vuelta. Volví á
-casa al anochecer, y á poco sentí llegar el carruaje de mi prima.
-Obedeciendo á instintivo movimiento y á una curiosidad tonta, salí á
-mi puerta. Tuve el pueril antojo de atisbar por el ventanillo para
-verla subir sin que ella me viese. Siéndome fácil hablar con ella á
-todas horas, ¿qué significaba aquel acecho? Nada más que el ansia del
-misterio, la necesidad de poner en mi pasión la sal del incidente.
-Aquel mirar furtivo por la rejilla de cobre era ya un paso interesante
-y que rompía los términos rutinarios de la vida formal para ponernos
-en la esfera de las travesuras, más sabrosas cuanto más anormales...
-La ví subir. Noté que al pasar por mi puerta la miró como deseando
-que estuviese abierta, ó que el azar le proporcionase un pretexto
-para<span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span> colarse dentro.
-El lacayo subía tras ella con un montón de paquetes de compras.</p>
-
-<p>Nos vimos aquella noche en su casa. Hablé con todo el mundo menos
-con ella. Ambos temíamos dar á conocer nuestra conciencia, no turbada
-aún más que por pensamientos. Presagiábamos las peligrosas resultas de
-ellos; mas no se nos ocurría extirparlos, sino simplemente evitar que
-nos salieran á la cara. Con Carrillo, que había cogido un pasmo, hablé
-de todas las clases de constipaciones posibles; describí el proceso
-patológico de los míos y de los de mi padre, y mi tía Pilar vino en
-buena hora á dar nuevos horizontes á mi erudición con preciosos datos
-catarrales referentes á otras personas de la familia. Hicimos luego una
-ensalada inglesa. Hablé de los <i xml:lang="en" lang="en">whigs</i> y los
-<i xml:lang="en" lang="en">torys</i>, de la reforma electoral de 1834, del
-<i xml:lang="la" lang="la">Habeas corpus</i>, de la Liga de Manchester
-y del <i xml:lang="en" lang="en">bill</i> de cereales. Sir Roberto Peel
-quedó hecho trizas de tanto como le manoseamos Carrillo y yo, y no
-salieron mejor librados lord Chatam, Cobden, Russell, Palmerston y los
-modernos Disraeli y Gladstone. Nos volvíamos ingleses sin saberlo,
-y esto precisamente cuando mi sangre andaluza, la savia paterna,
-obscurecía y anonadaba en mí lo que yo había recibido del sér británico
-de mi madre.</p>
-
-<p>Cuando me retiré, despedíme de todos menos de Eloísa, que al verme
-en pie se marchó al cuarto de su hijo. Y me la llevaba conmigo á mi
-casa, <i xml:lang="la" lang="la">in mente</i>; la robaba como hacía mi tío
-Serafín con las baratijas de su gusto, y me la guardaba en mi corazón,
-como en un bolsillo, reducida á impalpable esencia, cuando no la subía
-al entre<span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span>cejo para
-darle allí vida febril, haciéndola compañera de mis soledades. Las
-noches de insomnio, las madrugadas de inquieto sueño, los días tristes
-alambicaban mi querencia poniéndome en estado de hacer tonterías de
-mozalbete si se hubiera presentado ocasión de ello. No las hice, porque
-Dios no quiso. Pero estaba dispuesto á todo, hasta á volverme romántico
-y <i>wertheriano</i>, á pesar de que los tiempos son tan poco propicios para
-que un hombre se ponga en semejante estado.</p>
-
-<p>Una tarde del mes de Marzo nos encontramos casualmente en la calle.
-Ambos nos turbamos. Nos veíamos diariamente en la casa sin experimentar
-turbación, y en la calle, solos, al darnos las manos, parecía que
-temblábamos por tal encuentro y que habríamos deseado evitarlo. Iba yo
-hacia el Banco de España, ella á casa de una amiga. Nos separamos. Sin
-darnos cuenta de ello, por medio de una sencilla pregunta semejante á
-esas que se hacen por decir algo y de una respuesta más sencilla aún,
-nos dimos cita para aquella tarde en la casa de la calle del Olmo.
-Vinieron los sucesos impensada y tontamente, con ese canon fatal que
-equipara en el orden de la realidad las cosas más triviales á las más
-graves y de más peligrosa transcendencia. Las cuatro serían cuando
-entré en la casa. No había nadie de la familia más que Eloísa. No
-tuve que llamar. La puerta estaba abierta, y un operario arreglaba la
-entrada del gas. Sentí martilleo en las habitaciones interiores, y
-al pasar junto á una puerta, oí la conversación de unas mujeres que,
-sentadas en el suelo, estaban cosiendo alfombras.<span class="pagenum"
-id="Page_126">p. 126</span> Parecióme que yo me introducía invisible,
-como el gas, pasando por escondidos, angostos y callados tubos.</p>
-
-<p>Avancé. Bien sabía yo á dónde iba. Tan seguro estaba de encontrarla
-como de la luz del día. Después de atravesar dos salones, ví á Eloísa
-de espaldas. Estaba repasando una colección de estampas puesta en
-voluminosa carpeta. Acerquéme á ella de puntillas; mas aún no estaba á
-dos pasos de su hermosa figura, cuando sin volverse dijo esto:</p>
-
-<p>—Sí, ya te siento; no creas que me asustas...</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_9">
- <p><span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span></p>
- <h2 class="nobreak">IX</h2>
- <p class="subh2h">Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y
- la leyenda de las cuentas de vidrio.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>A la semana siguiente, instalóse mi prima en su nueva casa. Un
-día antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que
-yo me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las
-dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía
-muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta á sacrificar el
-amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también
-escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con
-los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En
-ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás
-á Carrillo. Unicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia á la
-equivocación lamentable de su casamiento. Fué, más que una ceguera de
-ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella,
-no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo
-antes á Madrid? Y ya que no vine antes, cuando hubiera sido ocasión
-de casarnos, ¿por qué vine después, cuando ya el conocerme<span
-class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> la había de hacer tan
-desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa... Pero ya,
-¿qué remedio...? La atracción que á entrambos nos había unido era más
-fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible luchar contra
-ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación, el murmullo
-de la gente, su hijo... el pobre <i>barbián</i>, que cuando creciera oiría
-decir que su mamita no había sido buena, como deben serlo todas las
-mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única eran acibaradas
-por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al <i>qué dirán</i>, por el
-presentimiento de catástrofes y desventuras que es la sombra fatídica
-que se hace á sí misma la vida ilegal.</p>
-
-<p>Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... Porque pensar
-que podría transcurrir una semana sin vernos á solas, era pensar en la
-eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con
-cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron
-de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas á la vez y como en
-un solo aliento. «Nos veríamos en su casa...» «No, no: en la mía...»
-«No, no: en otra...» «¿Dónde?...» «Pues nos daríamos cita en tal ó cual
-parte...» «Yo arreglaría una casita muy cuca...»</p>
-
-<p>La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor,
-idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para
-que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el
-escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que
-debemos al decoro; la publicidad érame antipáti<span class="pagenum"
-id="Page_129">p. 129</span>ca; pero, con todo, mi ventura me ahogaba
-hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la vanidad tenía en
-ella. Erame forzoso mostrar á alguien mis bien ganados laureles; yo
-buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso á la secreta
-aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada como con
-Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida. Conocía
-su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba los
-suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada; sólo
-que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contéle, pues, todo,
-y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquél su
-estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo
-hacer el <i>niño del mérito</i>, guardando una reserva que era lo mismo que
-poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es
-animal de mucho <i>quinqué</i>, y, por fin, que los tiempos de notoriedad
-que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene á ser una
-ventaja de nuestra edad sobre las precedentes.</p>
-
-<p>Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto
-había dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias
-seguían guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte,
-con la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra,
-mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en
-mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino
-aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien
-que consi<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>deraba
-eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza irresistible. Su
-tenaz cariño era pagado liberalmente por mí con exaltada pasión, con
-estimación, hasta con respeto, con todo lo que el corazón humano puede
-dar de sí en su variada florescencia afectiva. Y en cierto modo me
-recreaba en ella como si fuera algo, no sólo perteneciente á mí, sino
-hechura de mi propia pasión. Porque sí: Eloísa era más hermosa desde
-que estaba en relaciones conmigo; como mujer valía más, mucho más
-que antes. Su elegancia superaba á los encomios que hacía de ella la
-lisonja. Desde que se instaló en su nueva y primorosa vivienda, parecía
-que había subido de golpe al último grado de esa nobleza del vestir,
-que no tiene nombre en castellano. Todas las seducciones se reunían
-en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me puse!... la miraba
-como miraría el artista su obra maestra. No es esto, no, lo que quiero
-decir: mirábala como una planta que yo había regado con mi aliento,
-abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero, criándola para goce
-mío y recreo de la vista de los demás.</p>
-
-<p>Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto,
-como gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de
-la familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado,
-ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina á la
-cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado
-mi equilibrio, que á cada momento lo daba á conocer. Si no hacía cosas
-ridículas, era porque conservaba muy vivo el<span class="pagenum"
-id="Page_131">p. 131</span> respeto exterior de mí mismo; pero decía
-majaderías, como las que antes, en boca de otros, me habían hecho reir
-mucho.</p>
-
-<p>Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se
-enfadase, que mi tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco
-decorosa en que yo había puesto á su hija. Pero ninguno se dió por
-entendido. O no lo sabían, ó lo disimulaban. Raimundo y María Juana
-tampoco chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de
-que no hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con
-el mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido á esta condescendencia
-natural ó estudiada, les correspondía redoblando con respecto á ellos
-mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su
-tolerancia, ó subvención otorgada á su silencio. No cesaba, pues, de
-hacer regalitos á mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y
-dinero á Raimundo; compré un piano á Camila, pues el que tenía estaba
-ya asmático, y á todos les obsequiaba un día y otro con palcos ó
-butacas en los principales teatros.</p>
-
-<p>Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, á quien
-constantemente daba sorpresas, añadiendo á sus colecciones objetos
-diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble,
-antigüedad de mérito ó primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo
-cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía,
-ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin substancia.
-Nunca me pedía nada; pero muy á menudo la observé como atontada
-pensando en algún objeto re<span class="pagenum" id="Page_132">p.
-132</span>cientemente exhibido en las tiendas de lujo. Tenía momentos
-de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos de tristeza
-considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta exaltación
-con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto. Este era
-bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina antigua,
-ó un par de tibores de <i>Sachsuma</i>. Era á veces el motivo de sus ansias
-una delicada pieza de Wedgwood ó una credencia de ébano y marfil. A
-esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano media-cola de
-Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de alhajas, pues por el
-collar de perlas, la <i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i> de brillantes,
-una pulsera de <i>ojos de gato</i>, una rosa suelta y varias chucherías, me
-dejé en casa de Marabini quince mil duritos.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan
-de Luz. Eloísa fué con su marido á Biarritz, de donde pasarían á París
-á consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarles, y no
-tuve tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual á la cita.
-El pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más
-que en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse
-á tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de
-salir de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el Hotel de
-la calle de <i>Scribe</i>. Yo estaba, como siempre, en el de <i>Helder</i><span
-class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span>. Fácil nos era á mi prima
-y á mí vernos y citarnos en la ilimitada libertad parisiense y aun
-hacer algunas excursiones cortas á las inmediaciones. En los cuatro
-días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un camarero, en los
-baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una independencia que
-hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba á mi hotel. Estábamos
-como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo que se nos antojaba,
-almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin peinarse, á medio
-vestir; yo vestido también con el mayor abandono; ambos irreflexivos,
-indolentes, gozando de la vida como los seres más autónomos y más
-enamorados de la creación. En nuestros coloquios, amenizados por
-constante reir, nos comparábamos con las dichosas parejas del barrio
-latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su modelo, viviendo al
-día con dos ó tres francos y una ración inmensa de amor sin cuidados.
-Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos dinero y podríamos
-paladear mejor tanta dicha. Para gozar á nuestras anchas de la libertad
-parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y nos íbamos á San Germán,
-almorzábamos en la Terraza, paseábamos por el bosque, corríamos, nos
-acostábamos sobre la hierba... ¡Qué horas tan dulces! Como quien se
-contempla en un espejo, nos recreábamos en las muchas parejas que
-veíamos semejantes á nosotros. Componíanse de algún extranjero, ávido
-de echar una cana al aire, y de alguna <i>bulevardista</i>, por lo general
-de buen parecer y modales un tanto desenvueltos. En otras parejas se
-advertía una confianza, una intimidad que no son<span class="pagenum"
-id="Page_134">p. 134</span> propias de las relaciones de un día. Eran
-amantes, como nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra,
-para burlar con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de
-las leyes divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y
-fatigado; mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que
-cautivaba á Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella
-gente, y en la originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de
-los modistos, que por tal procedimiento hacían público reclamo de las
-novedades de la estación próxima.</p>
-
-<p>Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más
-depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la
-mañana á las misas aristocráticas de la Magdalena y de la <i>Capilla
-Expiatoria</i>... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa
-quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de
-costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes
-y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También
-solía llevarme á casa de los célebres anticuarios de la calle Real,
-y á los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo
-japonés abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París
-estaba al alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse á
-llevar un surtido de telas, vasos, estantillos, dos ó tres biombos,
-lacas, y hasta las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran
-el maravilloso sentimiento artístico de aquella gente asiática,
-sólo igualada por la clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de
-Carrillo no podía, ya que felizmente estaba en la capital de<span
-class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span> la moda, dejar de equiparse
-para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas
-en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba á ser
-la primera. En casa de Worth se encontró á la de San Salomó; á donde
-quiera que iba tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa,
-y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una
-quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose á llevar á Madrid lo
-mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que
-mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre.</p>
-
-<p>Pero á falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar
-numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior
-había ordenado yo á mi banquero de París que me vendiera los títulos
-de 4½ por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía próximamente
-á unos ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer
-á España aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles
-urbanos ó en los títulos creados por Camacho. Cuando fuí á París,
-Mitjans había hecho la venta y tenía en su caja, á disposición mía, el
-líquido de la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo
-tomaría para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en
-letras sobre Madrid á la conclusión de la temporada. Tales sangrías
-dí á aquel depósito, que cuando fuí á liquidar, sólo me restaban
-siete mil francos, que Mitjans me dió en una carta-orden. Y no paró
-aquí mi desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué
-olvidadas cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que<span class="pagenum"
-id="Page_136">p. 136</span> ir á última hora, echando los bofes, á
-casa de Mitjans á pedirle un préstamo de cuatro mil francos para poder
-volver á España.</p>
-
-<p>Este acontecimiento causóme sobresalto. Era la primera vez en
-mi vida que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas
-leyes de la Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una
-distracción tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera
-había percibido siempre la salvadora claridad de los números; que
-de algo ¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el
-saludable ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de
-loco desatino podían destruir los efectos de mi educación económica?
-No, seguramente no. Mi espíritu, habituado á la contabilidad,
-resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de
-la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes á los de un
-narcótico. Ví la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa,
-con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no
-naufragase.</p>
-
-<p>Fuí educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso,
-sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en
-nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre
-de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollóse también
-en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los
-placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el
-<i>tanto</i>, el verbo inglés, dócil á las órdenes de mi razón; el número,
-sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al
-verificarse en mí aquel des<span class="pagenum" id="Page_137">p.
-137</span>pertamiento, halléme en terreno firme y dije con resolución:
-«No, niña mía, esto no puede seguir así.»</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>En Madrid traté de poner orden en mis asuntos. A fines de Octubre,
-pasóme el Banco el extracto de mi cuenta corriente y ví que apenas
-me quedaban unas dos mil pesetas. Había gastado ya toda mi renta del
-año, cuando en los precedentes apenas había llegado á la mitad, y con
-la otra mitad aumentaba mi capital. En aquellos días recibí de Jerez
-varias letras y algún papel de Londres.</p>
-
-<p>Eran el tercer plazo anual de mis arrendamientos y un residuo de
-la venta de existencias. Había pensado yo destinar este dinero á
-consolidación de capital; pero no pudo ser porque tuve que enviarlo
-á mi cuenta corriente del Banco para los gastos del último trimestre
-de 82. Una breve operación me dió á conocer que mi fortuna había
-disminuído aquel año en muy cerca de noventa mil duros. ¡Cosa singular!
-Yo tenía, durante las embriagueces de aquel año, vagas nociones de
-esta cifra negativa; pero no me causó temor hasta que la ví salir de
-la punta de la pluma en infalibles guarismos. Me parecía mentira que
-tal suma hubiera sido espolvoreada por mí en diversas tiendas de París
-y Madrid; y no obstante, bien cierto era. Lo hice sin darme cuenta de
-ello, ciego y alucinado, olvidando esa admirable función del espíritu
-que llamamos sumar, y aten<span class="pagenum" id="Page_138">p.
-138</span>to sólo á los aguijonazos de la voluptuosidad y del amor
-propio.</p>
-
-<p>A lo hecho, pecho. Aunque felizmente había abierto los ojos al
-<i>tanto</i>, reintegrándome en el equilibrio de mi sér, por un lado
-concupiscente, por otro positivista, mi desvarío por Eloísa no había
-mermado en lo más mínimo. Más prendado de ella cada día, pensé en
-llevar procedimientos de regularidad económica á lo que moralmente
-era tan irregular. El orden parecíame digno de ser implantado en los
-dominios del vicio, y yo me imponía el deber de intentarlo y me hacía
-la dulce ilusión de conseguirlo. Cavilaciones numéricas entristecían
-mis noches y mis mañanas, pues el hondo interés que me inspiraba Eloísa
-hacíame ver nubes muy negras en el porvenir de la casa de Carrillo.
-En cuanto á mi fortuna, que hasta entonces había sido pingüe, sólida
-y muy saneada, hice propósito firmísimo de defenderla á todo trance
-de los lazos que mi propia pasión le tendía. A pesar de lo firme del
-propósito, vivas inquietudes me atormentaban en presencia de aquel
-querido edificio económico, al cual se le acababan de abrir grietas muy
-profundas.</p>
-
-<p>Pensando siempre en mi prima, no cesaba de hacer cálculos sobre el
-presupuesto de su casa, que me parecía muy desconcertado. Con aquella
-exactitud que debía á mis hábitos de contabilidad, aprecié lo que había
-importado la instalación, los ricos muebles y costosos caprichos de
-Eloísa. Sin escribir un guarismo, calculé el gasto aproximado de la
-casa, alimentación, cocheras, servidumbre, teatros, modista, viajes de
-verano,<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span> menudencias
-é imprevistos. No, no: no cabía esto dentro de la cifra de veinte mil
-duros anuales. Para cerciorarme, levanté columnas de números, y no,
-no salía. El pasivo del primer año era enorme, abrumador, y unido á
-la instalación me daba el resultado tristísimo de que los señores de
-Carrillo se habían comido ya la cuarta parte del capital heredado.
-Por mucho que estirara yo los ingresos sobre el papel, forzando los
-productos de las dehesas de Navalagamella y Barco de Avila, engrosando
-los alquileres de las tres casas de Madrid y añadiendo á todo el cupón
-de las obligaciones de Banco y Tesoro, no podía pasar de tristes siete
-mil duros. ¡Y tan tristes!... Como que lloraban por los míos, y me los
-querían llevar.</p>
-
-<p>Lo peor de todo fué que en aquel otoño Eloísa montó la casa con más
-lujo, tomó más criados, hizo reformas en el edificio, anunciando que
-iba á dar comidas todos los jueves. Era preciso hablarle claramente
-y arrancar aquella mordaza que el amor me ponía. Una tarde, solos en
-nuestro escondite, le hablé el lenguaje sincero y leal de los números.
-¡Cómo esquivaba el tema la muy pícara; cómo se escapaba, culebrosa y
-resbaladiza, cuando ya la creía tener bien cogida! Por fin se mostró
-conforme con mis ideas, y penetrada del buen sentido de las cosas.
-Sí: era preciso moderarse, porque el porvenir... Invirtióse la tarde
-en cálculos, en proyectos de economía y reducción de inútiles gastos.
-A los pocos días volví á mi fiscalización con nuevo empeño. No pude
-obtener que me expusiera en términos exactos su presupuesto. Siempre
-embrollaba las ci<span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span>fras
-y las desfiguraba, haciendo un lamentable abuso de la aplicación de los
-ceros. Por fin, tras pesadas insinuaciones mías, me confesó que tenía
-algunas deudas.</p>
-
-<p>—Te las pago todas —le dije con efusión— si me juras que no volverás
-á contraerlas y que serás juiciosa y arreglada.</p>
-
-<p>Y el juramento se hacía poniendo por testigo á Dios; y se celebraba
-el convenio con abrazos y ternuras; y las deudas se pagaban y se
-volvían á contraer, como árbol que más vigorosamente retoña cuanto más
-se le poda.</p>
-
-<p>—Ahora no me echarás la culpa á mí —me dijo una tarde—. Es Pepe el
-que gasta. Ayer he tenido que sacarle de un gran apuro. Sin que yo
-lo supiera ha tomado seis mil duros, dando en fianza la casa de la
-calle de Relatores... No, no me mires así, con esos ojos de terror...
-Pepe es muy bueno, y no le puedo contrariar. Desde que es senador no
-ha vuelto á poner los pies en el <i>Veloz</i>. No tiene ningún vicio, no
-juega, no mantiene queridas; ni siquiera fuma. Pocos hombres hay tan
-ejemplares como él. Preguntarás que en qué se le va tanto dinero; voy á
-contestarte inmediatamente. Primero: el periódico, ese dichoso <i>órgano
-del partido</i>, que yo leo para combatir los insomnios. No sé cómo Pepe,
-que tiene talento, emplea su dinero en hacer de Galeoto entre la
-Democracia y el Trono, sabiendo que esa señora y ese caballero no se
-han de casar, y lo más, lo más, harán lo que hacemos nosotros, quererse
-á espaldas de la ley... Segundo: Pepe se me ha vuelto tan benéfico, que
-no sabes lo que me gasta en socorro de emigrados, en la <i>Sociedad de
-niños</i>... Te aseguro que es un dolor...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span></p>
-
-<p>Para mí lo era, y no flojo, pues por la concatenación de las cosas,
-me dolían horriblemente los bolsillos cada vez que el marido de aquella
-señora ganaba un nuevo título para la bienaventuranza eterna.</p>
-
-<p>Otras veces, en las horas de criminal soledad, nuestras
-lucubraciones económicas tomaban un giro fantástico y extravagante.
-Como el líquido puesto al fuego hierve y crece, yo, sometido á las
-altas temperaturas del amor, deliraba. Pero no era mi delirio, como el
-de los poetas, visión de flores, nubecillas y formas helénicas. Era más
-bien una fermentación de los números que tenía metidos en la cabeza.
-Las cifras de reales, francos y libras que pasaron por mi mente en
-quince años, volvían todas juntas, agrupándose como en las cerradas
-columnas de los libros de partida doble, separándose y revolviéndose
-como las cantidades desgarradas en la cesta de papeles rotos. ¡Poseer
-millones de millones!... ¡Que mis reales se me volvieran libras
-esterlinas de la noche á la mañana!... ¡Que los ceros se agruparan
-junto á las unidades formando esas filas nutridas, cuya vista ensancha
-el alma! «Entonces, gata bonita, tendrías un palacio mejor que el
-de Fernán-Núñez y el de Anglada juntos; tendrías un lecho de plata,
-como el de la esposa de un <i>rajah</i>; tendrías un <i>yacht</i> para viajar
-por el Mediterráneo y un tren <i>Pullmann</i> para recorrer el Continente.
-Te compraría el Rembrandt, el Murillo, el Veronés que salieran á la
-venta al deshacerse la galería de algún principote alemán; y para tí
-trabajarían Meissonier, Pradilla, Alma Tadema, Domingo, Muncaksy y lo
-más granadito de Europa. Apro<span class="pagenum" id="Page_142">p.
-142</span>vechando las buenas ocasiones, te compraría los vestigios de
-las grandes casas, la armadura que llevó el duque de Alba, la espada
-de Boabdil, los tapices de los Reyes Católicos con el <i>Tanto Monta</i>,
-y los yugos y flechas, y esas casullas de catedral que van á parar en
-forros de sillas, y esos libros de vitela cuyas hojas se convierten
-en abanicos, y cajas de oro, y Cristos de marfil como el que tiene
-Rothschild, y el jarrón de Fortuny, y la espada de Bernardo, y la biblia
-de María Estuardo, y el vaso de plata de Napoleón. El arte más sublime,
-la industria más hábil y los objetos de valor histórico, despojos que
-se le caen á la Historia en su marcha, serían para que tú jugaras
-con ellos y te relamieras de gusto mirándolos... Serías más rica que
-la duquesa de Westminster, la cual lo es más que la reina Victoria,
-emperatriz de las Indias.»</p>
-
-<p>Como en esta dirección el desvarío no podía ir más allá, Eloísa,
-para hacer juego, deliraba en sentido contrario. ¡Ser pobre! No tener
-nada; vivir juntos y solos, completamente exentos de necesidades
-sociales, en un país apartado, fértil, bonito, donde no hubiera
-frío, ni calor, ni ciudades, ni civilización... No tener más que un
-albergue rústico, y que nuestra despensa estuviera colgada de los
-árboles... No beber más que agua clara... Vestirse sencillamente, tan
-sencillamente, que todo el guardarropa quedara reducido á un simple
-túnico talar... Nada de calzado, nada de sombrero, nada de esos
-horrores que llaman guantes, corbatas y alfileres... No gozar de más
-espectáculos que los del cielo y la vegetación; no oir más música que
-la de los pájaros;<span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span> no
-ver más espejos que la corriente de los ríos; no tener idea de lo que
-es un coche, ni una tarjeta de visita, ni una esquela de invitación,
-ni una cuenta de modista... Desconocer la escritura y la lectura; y
-en cuanto á religión, celebrar la misa con una hoguera, un par de
-cánticos, un haz de flores, delante de los panoramas preciosísimos de
-la Naturaleza... Y en medio de esto, el amor, mucho amor, muchísimo
-amor; ella y yo siempre juntos, siempre solos, siempre jóvenes y nunca
-cansados de mirarnos y de querernos...</p>
-
-<p>Creo que mis carcajadas se oían desde la calle. El delirio de
-Eloísa, que era el rebote del mío, me produjo una hilaridad tal, que
-ella se apresuró á taparme la boca, alarmada de mis gritos.</p>
-
-<p>—Calla, tonto... No escandalices.</p>
-
-<p>No sé si lo soñé ó lo pensé. Debí de quedarme dormido y ver á Eloísa
-en aquel pergenio rústico y salvaje, hecha una señora Eva, en el país
-de abanico más relamido que se podía imaginar. Ella era feliz con su
-túnico, no sé si de verdes lampazos ó de alguna tela inconsútil. No
-conocía la ambición ni el lujo; era toda inocencia, salud, dicha. Sus
-diamantes eran las estrellas, sus galas las flores, sus espejos los
-lagos, su palacio la bóveda azul de los cielos... Pero un día la señora
-Eva alcanza á ver á un sér extraño y desconocido que se aparece en
-aquel delicioso rincón del mundo donde sólo habitamos ella y yo. Esta
-tercera persona es el demonio, la tentación, el elemento dramático
-que viene á emporcar nuestro idilio. No se ofrece á las mi<span
-class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>radas de la señora Eva en
-forma de serpiente, ni usa para perderla el ardid aquél de la manzana.
-¡Quiá! Es un viajero, un náufrago que acaba de arribar á aquellas
-playas, y para trastornar el seso á mi mujer, le muestra una sarta de
-cuentas de vidrio. Las ganas de adornarse con ellas desarrollan en
-su alma formidable apetito, y se conmueve, se ofusca, se vuelve toda
-nervios; pierde su sér inocente, como si dijéramos, la chaveta, y adiós
-idilio, adiós Naturaleza, adiós sencillez, adiós paz sabrosa, adiós
-festín de hierbas, adiós enaguas de hojas, adiós amor... Cae mi Eva en
-la tentación, se vende por las cuentas de vidrio, y el demonio carga
-con ella.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_10">
- <p><span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span></p>
- <h2 class="nobreak">X</h2>
- <p class="subh2">Carrillo valía más que yo.</p>
-</div>
-
-<p>Aquel hombre que me inspiraba una compasión profunda y un temor
-supersticioso; aquel Carrillo, amigo vendido, pariente vilipendiado,
-valía más que yo. Al menos así lo promulgaba á todas horas mi
-pensamiento en los soliloquios de su confusión constante. Idea fija
-era esto de mi inferioridad, y ni con sofismas ni con razones la podía
-echar de mí. Quizás yo me equivocaba; quizás las sombras de mi conducta
-me permitían ver en aquel desgraciado una luz que no tenía, ó dicha
-luz era un simple fenómeno retiniano. Sí: yo era un sér negativo, un
-vago, una carga de la sociedad, mientras el otro parecíame una de las
-personas más útiles y laboriosas que se podían ver. Sobreponiéndose á
-sus dolencias, siempre estaba ocupado. No entré una vez en su despacho
-que no le hallara trabajando, afanadísimo, poniendo su alma toda y
-su poca salud al servicio de una idea ó de una institución. Dábase
-por entero á diversos objetos benéficos, políticos y morales, y su
-vehemencia era tal, que si la empleara en sus asuntos propios, habría
-sido el hombre modelo y la más perfecta encarnación del ciudadano y del
-jefe de familia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span></p>
-
-<p>Carrillo era presidente de una <i>Sociedad</i> formada para amparar
-niños desvalidos, recogerlos de la vía pública, y emanciparlos de la
-mendicidad y de la miseria. Tan á pechos había tomado su cargo, y tan
-humanitario ardor ponía en desempeñarlo, que á él se le debían los
-eficaces triunfos alcanzados por la <i>Sociedad</i>. Más de quinientas
-criaturas le debían pan y abrigo. Inocentes niñas se habían salvado
-de la prostitución; chiquillos graciosos habían sido curados de las
-precocidades del crimen al dar el primer paso en la senda que conduce
-al presidio. La <i>Sociedad</i> hacía ya mucho; pero su ilustre presidente
-aspiraba siempre á más. Todos los esfuerzos eran pocos en pro de los
-párvulos indigentes. No bastaba recogerlos en las calles; era preciso
-ir á buscarlos en los tugurios de la mendicidad emparentada con el
-crimen, y arrancarlos al poder de crueles padres que los martirizan
-ó de infames madres postizas que los envilecen. Y Pepe, imprimiendo
-á esta caritativa obra impulso colosal, pasaba largas horas en su
-despacho con el secretario, revisando notas, coordinando informes,
-extendiendo y firmando recibos de suscripción de socios, poniendo
-cartas al Cardenal, al Patriarca, á la infanta Isabel, al primer
-Ministro, á los presidentes del Ayuntamiento y de la Diputación para
-allegar el auxilio de todo lo valioso y útil. Ningún recurso se
-desperdiciaba, ninguna ocasión se perdía. A este trabajo titánico había
-que añadir el de organizar fiestas y funciones teatrales para aumentar
-los fondos de la <i>Sociedad</i>. ¡Qué laberinto y qué entrar y salir de
-empresarios y concertistas y có<span class="pagenum" id="Page_147">p.
-147</span>micos! No se eximían de esta febril contradanza los poetas, á
-los cuales se les rogaba que leyeran versos; ni los oradores, á quienes
-se pedía el óbolo de sus floreados discursos.</p>
-
-<p>Mientras Carrillo empleaba en servicio de la humanidad su
-inteligencia, yo ¿qué hacía? Corromper la familia, abrir escuela de
-escándalo y dar malos ejemplos. Aún podía llevar mucho más lejos la
-comparación siempre en perjuicio mío. Yo era diputado cunero, y no me
-cuidaba ni poco ni mucho de cumplir los deberes de mi cargo. Jamás
-hablaba en las Cortes, asistía poco á las sesiones, no formaba parte
-de ninguna Comisión de importancia, no servía más que para sumarme
-con la mayoría en las ocasiones de apuro. Tenía nociones geográficas
-muy incompletas acerca de mi distrito, y hacía el mismo caso de mis
-electores que de los negros de Angora. Ellos gruñían, escribíanme
-cartas llenas de quejas; pero yo las arrojaba á la cesta de los
-papeles rotos, diciendo: «A mí me ha hecho diputado el ministro de la
-Gobernación, nadie más. Vayan ustedes muy enhoramala.» Francamente,
-el Congreso me parecía una comedia, y no tenía ganas de mezclarme
-en ella. En cambio, Pepe, que era senador, tomaba muy en serio su
-cargo, se debía al país, miraba á la patria con ojos paternales,
-considerándola como uno de aquellos infelices niños que la <i>Sociedad</i>
-recogía en las calles. Asistía puntualmente á la Cámara, y figuraba
-en muchas Comisiones. Con frecuencia se levantaba de su banco, sin
-aliento, ahogándose, y pronunciaba pequeños discursos discretísimos
-en pro de los intereses generales. La enseñanza primaria, la<span
-class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> extinción de la langosta,
-la necesidad de dar salida á <i>nuestros caldos</i>, el establecimiento de
-gimnasios en los colegios, los Bancos agrícolas, la supresión de la
-Lotería, de los Toros y del cuarto del cartero, las cajas de previsión,
-la conducción de presos por ferrocarril, los talleres de los presidios
-y otras muchas reformas, le tenían por órgano valiente, aunque
-asmático, en los rojos asientos del Senado. El <i>Diario de las Sesiones</i>
-estaba por aquella época salpicado de breves piezas oratorias en que
-se abogaba con entusiasmo por todas aquellas menudencias, por todos
-aquellos pasitos del progreso, que, realizados, habrían equivalido á un
-salto grande hacia la cultura.</p>
-
-<p>Era verdaderamente infatigable, pues además de esto, había fundado,
-con otros señores que no nombro, el periódico, órgano de un partidillo
-que se acababa de formar. Como el tal partido era muy tierno y recién
-cortado del tronco, necesitaba prolijos cuidados para aclimatarse,
-echar raíces y crecer. Y crecía, convocando bajo sus débiles ramas á
-muchos cesantes, á no pocos descontentos y á algunos que no están bien
-si no se separan de alguien. No sólo ayudaba Carrillo con su dinero al
-sostenimiento del diario, sino que escribía en él articulitos sanos y
-juiciosos, defendiendo siempre la buena fe en política, el respeto de
-la opinión, la sencillez administrativa, las economías, la moralidad,
-y, sobre todo, la independencia electoral, raíz y fundamento de todo
-bien político.</p>
-
-<p>Por fin, también llevaba Pepe su cooperación á las grandes campañas
-de caridad pública, y lo hacía con modestia, por impulsos del alma.
-Así,<span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span> desde que
-ocurrían esas catástrofes que excitan profundamente el sentimiento
-general, ya se apresuraba él á organizar cuestaciones, á buscar
-auxilios por todos los medios que permiten los varios recursos de
-nuestra época. Volviendo á la comparación, repito que cualquiera que
-sea el valor que se dé á esta manera de practicar el bien, siempre
-resultaba el otro superior á mí. Mientras él empleaba tan bien y con
-tanto fruto su tiempo, yo ¿qué hacía? Vivir alegremente, gozar de
-la vida, divertirme, gastar mi dinero sin socorrer á nadie, y otras
-cosas peores. Yo era un egoísta, mientras Carrillo tenía la manía del
-<i>Otroísmo</i> y consagraba toda su actividad al bien ajeno. Precisamente
-en la falta de egoísmo, que era su gran cualidad, estaba el <i
-xml:lang="la" lang="la">quid</i> del defecto que en parte obscurecía
-aquellas prendas eminentes, pues siempre se cuidaba mucho más de lo
-ajeno que de lo propio, y poniendo desmedida atención en la humanidad
-y en la patria, apartaba sus ojos de la familia y del gobierno de
-su casa. Dueña y directora de todo era Eloísa. Pepe ignoraba los
-detalles más importantes del régimen doméstico, y no daba jamás una
-disposición. Tanto celo fuera y tanta indolencia y descuido dentro,
-eran indudablemente falta muy grande. Cuánto me complacía yo en
-considerarlo así, no hay para qué decirlo. Aquella superioridad que me
-mortificaba no era quizás más que figuración mía, y el pobre Carrillo,
-al remontarse á lo que yo estimaba perfecciones, caía por tierra
-poniéndose al nivel mío, que era el de la vulgar muchedumbre.</p>
-
-<p>Por su poca salud excitaba el tal la compasión de todos. Sus males
-se repetían y se complicaban,<span class="pagenum" id="Page_150">p.
-150</span> presentando cada año nuevos y temibles aspectos, ofreciendo
-como un campo clínico á los ensayos de la medicina. Para los médicos
-era ya, más que un enfermo, un tratado de Patología interna escrito
-en lengua que no podían traducir. Los síntomas de hoy desmentían
-los de ayer, y los tratamientos variaban cada mes. Ya, suponiendo
-desórdenes en la nutrición, se combatían en él los principios de una
-diabetes; ya, observando graves fenómenos cardiacos, se atacaba el
-mal en el terreno de la circulación. Declaróse luego la nefritis, y
-más tarde vino á manifestarse la hemoptisis con lesión grave en el
-vértice del pulmón derecho. Cualquiera que la causa fuese, ello es que
-Pepe se desmejoraba de día en día. Su rostro era terroso, sus fuerzas
-inferiores á las de un niño, su voz cavernosa, las manos le temblaban,
-y se fatigaba extraordinariamente al andar. En él sólo tenía vigor el
-espíritu, siempre despierto, ágil y diligente en las varias faenas á
-que se entregaba. Bien podíamos creer que el mismo entusiasmo de que se
-poseía prestábale vida artificial, sosteniendo y enderezando su cansado
-organismo, como si le embalsamaran en vida.</p>
-
-<p>Fáltame contar lo más importante, lo más extraordinario y anómalo
-en el carácter de aquel hombre. Lo que voy á decir era una aberración
-moral, indefinible excepción de cuanto han instituído la Naturaleza
-y la Sociedad, pero tan cierto, tan evidente como es sol éste que
-me alumbra. Carrillo me mostraba un afecto cordial. La confusión
-que esto producía en mis ideas no puede ser expresada por mí. No sé
-si agrade<span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span>cía su
-estimación ó si me repugnaba; no sé si me apoyaba en ella como una
-salvaguardia de mi falta, ó si la maldecía como indigna de los dos, y
-como si á entrambos nos degradara de la misma manera.</p>
-
-<p>Ignoro por qué me quería tanto Carrillo; qué motivos de simpatía
-encontró en mí. Algo debía de influir en ello la insistencia benévola
-con que yo acaloraba su manía anglo-política, refiriéndole anécdotas
-parlamentarias, describiéndole las sesiones de los Pares y Comunes,
-el local, las costumbres, la manera especial de discutir de aquella
-gente; hablándole de la peluca del <i xml:lang="en" lang="en">speaker</i>,
-del modo de votar, del familiar tono que usan, y haciéndole, por fin,
-semblanzas tan exactas como podía de lord Beaconsfield, Bright y otros
-afamados oradores. ¡Cuántas veces, después de una crisis de dolores
-horribles, extenuado de fatiga, mas sin poder dormir, no tenía el
-infeliz otro consuelo que conversar conmigo de aquellas cosas tan de
-su gusto! Su mano en mi mano, sus ojos en mi cara, hacíame preguntas,
-y jamás se hartaba de mis respuestas. Yo hacía un gran sacrificio de
-tiempo y de humor por agradarle, y me estaba las horas muertas, charla
-que te charla, viéndome obligado á sacar algo de mi cabeza, pues la
-verdad se me iba agotando. ¡Cómo saboreaba él las preciosas noticias!
-El banquete del lord Corregidor fué de las cosas que le conté con
-todos sus pelos y señales, pues tuve el honor de asistir al de 1877.
-Y después, ¡cuánto detalle! Gladstone, en la sesión de los Comunes,
-se sonaba con estrépito en un gran pañuelo de colores. Disraeli no
-cesaba de meter<span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span>se
-pastillas en la boca. Parnell usaba siempre un gabán color de pasa y
-sombrero blanco de castor... Luego tirábamos á lo sublime. ¡Qué país
-aquél! ¡Y pensar que allí no había Constitución escrita, en forma una
-y doctrinal, sino leyes sueltas y usajes, algunos del tiempo de los
-normandos! En cambio aquí salimos á Constitución por barba, y somos
-casi salvajes, parlamentariamente hablando... Yo me cansaba al fin de
-tanto anglicanismo; pero él no, y me retenía con dulzura siempre que
-hacía propósito de marcharme.</p>
-
-<p>Hablando con toda verdad, diré que yo no deseaba su muerte. No sé
-lo que habría ocurrido si su existencia me hubiera ofrecido verdaderos
-obstáculos. Pero si no deseaba su muerte, contaba con ella, teníala
-por inevitable dentro de un plazo más ó menos largo. Cuando Eloísa
-y yo, en el rodar vagabundo de nuestras conversaciones íntimas, nos
-encontrábamos enfrente de los males de Pepe, pasábamos, como sobre
-ascuas, sobre tema tan delicado. Inquietos ambos, nos evadíamos en
-busca de otro asunto, cada cual por su lado. Ninguno de los dos
-habló nunca de su muerte, aunque la considerábamos indudable. Y le
-compadecíamos con toda sinceridad por su sufrimiento, y si hubiera
-estado en nuestra mano darle salud y robustez, quizás se la habríamos
-dado.</p>
-
-<p>Pero la idea de la disolución del matrimonio por muerte del marido
-estaba fija en la mente de uno y otro, aunque ninguno de los dos lo
-declarase. Tal idea salía á relucir de improviso cuando hablábamos
-de alguna cosa completamente extraña á la dolencia de Carrillo. Más
-de<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> una vez se le
-escaparon á Eloísa frases en las cuales, refiriéndose á días venideros,
-iba envuelta la persuasión de ser para entonces mi mujer. Hablando una
-noche de reformas en la casa, se dejó decir:</p>
-
-<p>—Porque, mira, yo te podré hacer una gran habitación en el piso
-bajo, comunicándolo con el alto por medio de una magnífica escalera de
-nogal, como la que hay en casa de Fernán-Núñez para bajar al cuarto del
-duque y á la famosa estufa.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_11">
- <p><span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span></p>
- <h2 class="nobreak">XI</h2>
- <p class="subh2">Los jueves de Eloísa.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Una vez por semana, Eloísa daba gran comida, á la que asistían
-diez y ocho ó veinte personas, pocas señoras, generalmente dos ó tres
-nada más, á veces ninguna. No gustaba mi prima de que á sus gracias
-hicieran sombra las gracias de otra mujer, inocente aprensión de la
-hermosura, pues la competencia que temía era muy difícil. La etiqueta
-que en los llamados <i>jueves de Eloísa</i> reinaba, era un eclecticismo,
-una transacción entre el ceremonioso trato importado y esta franqueza
-nacional que tanto nos envanece no sé si con fundamento. Eran más
-distinguidas las maneras que las palabras. El ingenio resplandecía
-en los dichos; mas á veces, con ser copioso y chispeante, no bastaba
-á encubrir la grosería de la intención. Allí se podían observar, con
-respecto á lenguaje, los esfuerzos de un idioma que, careciendo de
-propiedades para la conversación escogida, se atormenta por buscarlas,
-exprime y retuerce las delicadas fórmulas de la cortesía francesa, y no
-adelantando mucho por este lado, se refugia en los elementos castizos
-de la<span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> confianza
-castellana, limándoles, en lo posible, las asperezas que le dan
-carácter. Esta admirable lengua nuestra, órgano de una raza de poetas,
-oradores y pícaros, sólo por estos tres grupos ó estamentos ha sido
-hablada con absoluta propiedad y elegancia. Las remesas de ideas que
-anualmente traemos en nuestro afán de igualarnos á las nacionalidades
-maduras, no han encontrado todavía fácil expresión en aquel instrumento
-armoniosísimo, pero que no tiene más que tres cuerdas.</p>
-
-<p>Hice esta observación en casa de mi prima, oyendo hablar de tan
-distintas maneras, pues unos arrastraban y descoyuntaban las frases de
-estirpe francesa, impotentes para darles vida dentro de la sintaxis
-castellana; otros, despreocupados, lanzaban á boca llena las picantes
-frases castizas, que, por arte incomprensible, nacen hoy en el
-populacho y se aristocratizan mañana. Ciertas bocas las pulen, las
-redondean, como hace el mar con los pedazos de roca; otras las endulzan
-ó confitan, y ya parecen menos rudas sin haber perdido su gracia. De
-este lento trabajo se va formando en el arpa de nuestra lengua la
-cuarta cuerda, ó sea la de la conversación fina, que hoy suena un poco
-ronca, pero que sonará bien cuando el tiempo y el uso la templen.</p>
-
-<p>Tengo tan presentes los detalles todos de aquellas reuniones,
-que bien podría describirlas minuciosamente si quisiera. Pero por
-no aburrir á mis lectores con lo que no les importa, seré breve,
-escogiendo, entre todo lo que revive en mi mente, lo más adecuado á
-la inteligencia de los casos<span class="pagenum" id="Page_157">p.
-157</span> que refiero. De las comidas, retengo todo con pasmosa
-frescura. Paréceme que respiro aquella atmósfera tibia, en la cual
-fluctuaban las miradas de la mujer querida y sus movimientos y el
-timbre de su voz seductora, fenómenos que hasta el otro día se
-prolongaban en mi espíritu como la sensación grata de un sueño feliz.
-Paréceme estar viendo las paredes y las personas y la alfombra y las
-luces en el rato aquél de impaciencia y expectación en que es la hora y
-faltan aún cuatro ó cinco convidados. Carrillo, mirando impaciente su
-reloj, deja escapar alguna frase con la cual al mismo tiempo recrimina
-suavemente á los que tardan y pide excusas á los que esperan.</p>
-
-<p>—Este general siempre se atrasa media hora... Sánchez Botín no puede
-tardar. Se separó de mí á las siete para subir un momento á casa de su
-suegra.</p>
-
-<p>Eloísa, sentada junto á la chimenea del primer salón, atisba
-fácilmente á los que van llegando, sin interrumpir su palique con el
-marqués de Fúcar ó con la marquesa de San Salomó. Como la puerta que va
-del primer salón á la sala de juego está enfrente de la que comunica
-ésta con la antesala, siempre que se oye el suave gemido de la mampara
-de cristales con visillos rojos, mi prima echa ligeramente hacia atrás
-el cuerpo contra el respaldo del sillón, vuelve la cabeza y ve quién
-entra.</p>
-
-<p>Por fin Carrillo transmite sus órdenes por el timbre eléctrico. Al
-poco rato aparece en la puerta del comedor, poniéndose con oficiosidad
-los guantes de hilo, el maestresala M. Petit —aquel ingenioso francés
-que después de haber rodado durante el verano por las fondas de todos
-los<span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span> establecimientos
-balnearios y de haber lucido su estampa en el mostrador de algún
-comedero de ferrocarril, se pasa el invierno sirviendo temporalmente en
-las grandes comidas de las casas ricas de Madrid, ó que lo aparentan—,
-y pronunciando el sacramental <i xml:lang="fr" lang="fr">madame est
-servie</i>, comienza el desfile. Eloísa se agarra al brazo del marqués de
-Fúcar (por ejemplo) y rompe plaza...</p>
-
-<p>Se me figura estar oyendo el bulle-bulle de las ochenta patas de
-sillas rascando ligeramente la alfombra gris perla, y ver á los criados
-ajustarse apresuradamente los guantes, mientras desfilamos y ocupamos
-nuestros asientos. Aquel primer envite de la comida, que se acerca como
-un monstruo que viene á apoderarse de nuestro organismo; aquel vaho
-de la sopa <i>bisque</i>, picante como un demonio, ¡qué felices anuncios
-traen de la sesión gastronómica! Presentes tengo los incidentes de la
-conversación, que empieza grave, se anima, se fracciona, es á cada
-instante más viva, menos culta y aseñorada; aspiro la fragancia de los
-ramos y ramitos que adornan la mesa y nuestras solapas, olor de vegetal
-flácido que se aja por momentos entre el vapor de la comida y bajo
-aquella lluvia de luz que desciende de los mecheros de gas; oigo á mi
-espalda el chillar de las botas de los criados que nos sirven, y me
-mareo de aquel escamoteo de platos delante de mí, del rielar de copas,
-de lo que hablamos, de las bromas, ya cultas é inocentes, ya galanas
-en la forma y groserísimas en el fondo. Las caras aquéllas, las diez y
-ocho ó veinte cabezas, ¿cómo se pueden olvidar? Figúrome que las veo
-todavía en su inquietud discreta, ojos que nos<span class="pagenum"
-id="Page_159">p. 159</span> miran y se vuelven y llevan la idea de una
-persona á otra, el hilo de la conversación rompiéndose y anudándose á
-cada instante, las sonrisas disimulando las contracciones de la gula.
-Respecto á los dichos, yo no cesaba de recordar la rigidez de las
-comidas inglesas, en las cuales todo lo que se habla podría figurar en
-el Catecismo. En los festines que refiero, mi primo Raimundo hallaba
-medio de contar cuentos indecentes, con una delicadeza de forma y unas
-perífrasis que hacen de él un verdadero maestro en arte tan difícil.</p>
-
-<p>En lo que sí se parecen estas comidas á las inglesas es en que las
-señoras hacen del pleonasmo del escote una pragmática indispensable.
-Eloísa, en sus jueves famosos, no se paraba en barras, quiero decir,
-en carne de más ó de menos. Generalmente vestía con sencillez, siempre
-que por sencillez se entienda poca tela de medio cuerpo arriba. La
-originalidad era su fuerte. Un jueves me sorprendió á mí y á todos
-con el traje más lindo, más caprichoso y temerario que se podría
-imaginar... Pero recuerdo ahora que no fué en su casa, sino en un
-gran sarao del palacio de Gravelinas, donde se nos presentó vestida
-totalmente de encarnado, el cuerpo de terciopelo, la falda de raso,
-medias y zapatos también de color de sangre fresca, y para que nada
-faltara, mitones de púrpura. Sólo una belleza de primer orden, de esas
-que dominan todo lo que se ponen, habría podido salir triunfante de tal
-prueba, envolviéndose en ascuas de los pies á la cabeza. Fué general
-la admiración, y yo no fuí el menos sorprendido, porque aquella misma
-mañana me<span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span> había dicho
-que no pensaba estrenar más vestidos ni inventar rarezas. Dejando á un
-lado esta contradicción, diré que Eloísa deslumbraba: no se la podía
-mirar sin plegar ligeramente los ojos. Su hermosura, sometida á la
-prueba de aquella calcinación en crisol ardiente, triunfaba de las
-llamaradas del rojo, y aparecía sublimada y purificada. Su mirar era
-como un extracto sutil, alcohol dulcísimo que se subía á la cabeza
-y hacía en ella mil diabluras. No quiero decir nada del escote, á
-quien la coloración chillona del rojo daba más realce. En su ridículo
-entusiasmo, un revistero de salones me decía que aquella carne de
-Paros, aquel mármol vivo, no tenía semejante, y que Fidias y el Hacedor
-Supremo habrían disputado sobre cuál de los dos lo había hecho. Vamos,
-que reñían y se tiraban á la cabeza los trastos de crear... Yo,
-como dueño de aquella carnicería marmórea, no la veía con gusto tan
-publicada. Pero el maldito revistero no cesaba de hacer paradojas, que
-al día siguiente ponía en los periódicos. «Era un demonio celestial, el
-<i>ángel del asesinato</i>, serafín que había encargado á Worth un vestido
-hecho con brasas del Infierno... ¿Para qué? Para divertir á los Santos
-en el Carnaval del Cielo... Su cuello ostentaba una constelación...» A
-esto de la constelación démosle su nombre verdadero. Era una hermosa
-<i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i> de treinta y seis <i>chatones</i> que
-yo había regalado á Eloísa, y que me ocasionó (todo se ha de decir)
-una disminución de cinco mil duros en mi cuenta corriente del Banco de
-España.</p>
-
-<p>Volvamos á mis jueves, quiero decir, á los jueves de la otra.
-Todos los amigos de la casa ad<span class="pagenum" id="Page_161">p.
-161</span>miraban á Eloísa, y aun diré que se pirraban por ella. La
-atmósfera caldeada de la galantería que todos, hombres y mujeres,
-respiran en tal género de vida; el constante incitativo del mucho y
-refinado comer y beber; el efecto de narcotización que en el espíritu
-van produciendo á la larga las mentiras de la cortesía, todas estas
-causas, y aun la obsesión material de la seda y el oro y el arte
-suntuario, embotan el sentido moral del individuo y le inutilizan para
-apreciar clara y derechamente el valor de las acciones humanas. En tal
-ambiente, hasta los más sanos concluyen por acomodarse al principio de
-que las buenas formas redimen los malos actos. No había, pues, entre
-los amigos de la casa, uno solo que no codiciara lo que me pertenecía
-de hecho. No había uno tal vez que no soñara con el ideal delicioso de
-pegársela al amigo y suplantarle. Robar lo robado nunca se consideró
-delito. Eloísa y yo no teníamos derecho á quejarnos de este asalto
-general de intenciones que nos amenazaba sin tregua. La falsedad de
-mi terreno me tenía en ascuas. Inquieto y receloso, vigilaba con cien
-ojos, y tomaba acta de las más leves cosas, suponiéndolas indicios de
-que alguien ganaba un palmo de terreno que yo perdía.</p>
-
-<p>Pero, en realidad, no tenía motivos de queja. Mi prima, entre
-aquella turba de amigos entusiastas y apasionados, guardábame una
-fidelidad que habría sido virtud muy hermosa, si la tal fidelidad no
-viniera á ser una medalla en cuyo reverso estaba la traición.</p>
-
-<p>Eloísa les trataba con arte admirable, siempre dulce y cariñosa,
-empleando reservas delicadas<span class="pagenum" id="Page_162">p.
-162</span> que olían á virtud, imitándola, como los artículos de
-perfumería imitan la fragancia de las flores. Para todos tenía una
-palabra bonita: era jovial ó seria, según los casos; compadecía al
-enamorado, paraba los pies al atrevido, mostrando constantemente cierta
-dignidad y señorío que me encantaban.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Ningún día de gran comida dejó Eloísa de sorprendernos con alguna
-novedad, añadida á las riquezas de su bien puesta casa. Aquella noche
-(una de tantas), al entrar en el segundo salón, ví dos personas, cuyo
-rostro, facha y traje parecían completamente anómalos en tal sitio.
-Eran dos pinturas: la una de Domingo, la otra de Sala. Mi prima las
-había adquirido aquella semana, y no me había dicho nada para darme
-la gran sorpresa en la noche del jueves. Habíalas colocado á los dos
-lados de la puerta que comunicaba el salón con su gabinete, y puso ante
-cada una un reflector con vivísima luz, que, iluminando de lleno las
-figuras, las hacía parecer verdaderas personas. Ambas eran de tamaño
-natural y de más de medio cuerpo. La de Domingo era un viejo, un pobre,
-quizás un cesante, vestido de tela gris, arrugado el rostro, plegados
-los ojos. Creeríase que la luz del reflector ofendía su cansada vista,
-y que nos miraba con displicente miopía, ofendido y cargado de nuestro
-asombro. Porque no ví jamás pintura moderna en que el Arte suplantara
-á la Naturaleza con<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span>
-más gallardía. El toque era allí perfecto símil de la superficie de las
-cosas, y se veía que, sin esfuerzo alguno, el pincel, convertido en
-poder fisiológico, había hecho la carne, la epidermis, el músculo, los
-cañones de la mal rapada barba, el pelo inerte, y, por fin, el destello
-y la intención de la mirada. Aquel mismo toque habilísimo era luego la
-lana y el algodón de la ropa, la seda mugrienta del fondo.</p>
-
-<p>—Esto ya no es pintar —decía Eloísa, sacando las cosas de quicio—:
-es hacer milagros.</p>
-
-<p>La figura de Sala era una chula. Contemplándola, todos nos reíamos,
-y á todos se nos avispaban los ojos. Los suyos parece que bebían de un
-sorbo la luz del reflector y nos la devolvían en una mirada dulce y
-llena, significando con ella un <i>atrévanse ustedes</i>. Su tez pura, su
-entrecejo irónico indicaban tal vez que era una gran señora disfrazada.
-El traje, el pañuelo por la cabeza y mantón de Manila podrían
-suponerse antojo de un momento para <i>encaprichar</i> la hermosura noble
-revistiéndola de las gracias populares. No era una ficción, era la vida
-misma. Sin duda iba á dirigirnos la palabra. Nos sonreíamos con su
-sonrisa; nos sentíamos mirados por ella, la conocíamos y la tratábamos.
-¡Que una superficie cubierta de colores viva y aliente así!... Eloísa
-no cesaba de decir, gozando en nuestra admiración:</p>
-
-<p>—¡Qué alma tiene!</p>
-
-<p>La dama enchulada y el viejo pobre fueron el éxito de aquel jueves,
-como en el precedente lo habían sido dos tapices antiguos, cartones
-de Brueghel, que decoraban el comedor. Pero dejemos las cosas que
-parecían personas, y vamos<span class="pagenum" id="Page_164">p.
-164</span> á las personas que parecían cosas. Uno de los principales
-devotos de mi prima era el marqués de Fúcar. A cada lado de la chimenea
-del segundo salón había tres sillones, uno de los cuales ocupaba
-Eloísa. El inmediato se le reservaba al marqués, y respetando este
-derecho consuetudinario, cualquiera que lo ocupara se lo cedía en
-cuanto él entraba. Era Fúcar bastante viejo; pero se defendía bien de
-los años y los disimulaba con todo el arte posible. Era abotagado,
-patilludo, de cuello corto, y parecía un cuerpo relleno de paja por
-su tiesura y la rigidez de sus movimientos. Se teñía las barbas; y
-como los tiempos no consienten la ridiculez de la peluca, lucía una
-calva pontifical. Demostraba Fúcar á la señora de Carrillo una como
-adhesión caballeresca. A veces, la edad caduca pesaba en su ánimo lo
-bastante para convertir aquella devoción en una especie de cariño
-paternal, traduciéndose en consejos galantes antes que en galanterías.
-Muy á menudo y cuando parecían más interesados en una conversación
-frívola, trataban de negocios. Eloísa, que empezaba á pensar mucho
-en los fabulosos aumentos que ciertos hombres de pesquis dan á su
-capital en poco tiempo, arrastraba la conversación de Fúcar hacia aquel
-terreno.</p>
-
-<p>—Diga usted, marqués, ¿venderé las <i>Cubas</i> para comprar ese
-Amortizable que ha inventado Camacho?</p>
-
-<p>Esta y otras cláusulas parecidas sorprendí más de una vez al
-acercarme al grupo.</p>
-
-<p>Fúcar se reía, y después de bromear un poco le aconsejaba lo que
-creía más conveniente.</p>
-
-<p>—Oiga usted, marqués: ¿quiere usted hacerme<span class="pagenum"
-id="Page_165">p. 165</span> <i>dobles</i> por cinco ó seis millones
-nominales? ¿Quién es su agente de Bolsa?... Este tonto (dirigiéndose
-á mí) no quiere ir á la Bolsa. Quita allá... No tienes iniciativa, no
-tienes ambición. Podrías duplicar tu capital en poco tiempo si fueras
-otro.</p>
-
-<p>El marqués echábase á reir, y mirándome...</p>
-
-<p>—Aprenda usted, niño —me decía—. Esto se llama navegar en golfos
-mayores.</p>
-
-<p>—Marqués —proseguía ella—, me voy á tomar la libertad de hacerme su
-socio. ¿Quiere usted que le dé diez mil duritos para que me los ponga
-en las contratas de tabacos? ¿Qué rédito me dará?</p>
-
-<p>—¡María Santísima! ¡qué mujer! —exclamaba Fúcar con alarma jocosa—.
-Eloísa, me compromete usted...</p>
-
-<p>—O si no, me los pone en un préstamo del Tesoro.</p>
-
-<p>—Si el Tesoro no pide ya prestado, hija mía. Eso cuando tengamos
-otra guerra civil.</p>
-
-<p>—Pues en las contratas de tabacos. ¿A ver? ¿qué rédito?</p>
-
-<p>—Creerá usted que las contratas... —gruñía el marqués fluctuando
-entre las bromas y las veras.</p>
-
-<p>—No haga usted caso, marqués —indiqué yo—. Estas mujeres ven todo
-con la imaginación. Desconocen la Aritmética: lo único que saben de
-ella es multiplicar.</p>
-
-<p>—Sí: las contratas dan muchos millones.</p>
-
-<p>—¿Qué le parece á usted? —decíame Fúcar sin poder contener la risa—.
-Me va á descubrir. Me saca los colores á la cara. Aprenda usted,<span
-class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> niño, aprenda. ¡Contratas
-de tabacos!... Corriente: al año le devuelvo á usted los diez mil
-duritos duplicados... Pero me ha de prometer usted que con ese dinero
-fundará un <i>Hospital para fumadores desahuciados</i>.</p>
-
-<p>La risa del prócer llenaba el salón. Aun los que no podían oir
-lo que decía celebraban su gracia. Fúcar era allí muy popular; y
-envanecido de ello, gustaba de oirse, hablando, y se enojaba cuando
-le contradecían. Conmigo tenía deferencias cariñosas. Una noche,
-apartándome de un corrillo de los que allí se formaban, me acorraló
-contra un mueble para decirme en secreto:</p>
-
-<p>—<i>Traviatito</i>, es preciso que se dedique usted á los negocios
-para tener contenta á la señora. No se fíe usted del amor puro. La
-señora tiene los espíritus muy metalizados. Me ha preguntado lo que es
-<i>comprar á plazo</i>, en <i>voluntad</i> y en <i>firme</i>. He tenido que darle una
-lección de cosas de Bolsa, sin olvidar las triquiñuelas del oficio...
-Mucho ojo, que la señora piensa demasiado en el dinero. No se envanezca
-usted, y créame: aumente su capital, si puede, no sea que alguno le
-desbanque. Usted vale mucho; pero no hay que fiarse, pues se dan
-casos...</p>
-
-<p>Otro de los asiduos era el general Morla, hombre muy ameno,
-verdadera enciclopedia histórico-anecdótica de Madrid desde el año 34
-hasta nuestros días. Tenía la memoria más prodigiosa que cabe en lo
-humano: recordaba la primera guerra civil, toda la historia política
-y parlamentaria y toda la chismografía del siglo. Había sido ayudante
-del general don Luis de Córdova, luego compañero íntimo de Narváez,
-y<span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> por fin inseparable
-amigo de don José Salamanca, cuyos arranques geniales elogiaba á cada
-instante. Los motivos secretos de los cambios políticos en el anterior
-reinado los sabía al dedillo, y las paredes de Palacio eran para él
-de una transparencia absoluta. De las infinitas trapisondas privadas
-que amenizan la vida de Madrid, ninguna se le había escapado. No
-necesitaba esforzarse para satisfacer todas las dudas, pues el archivo
-de su memoria, admirablemente catalogado, le suministraba sin demora
-el dato, la noticia ó enredo que se le pedía. Cuando nos contaba algún
-lío, hacía mención de la calle, el número de la casa, el piso; nombraba
-las personas todas de la familia, y si no le cortaban el hilo, refería
-los belenes del padre ó la madre en la generación anterior. Este
-narrador entretenidísimo era quizás el maestro más grande del arte de
-la conversación que he visto en España. Cuando se muera no quedará nada
-de él, pues jamás ha escrito cosa alguna. Le incitamos á escribir sus
-memorias, que serían el más sabroso y quizás el más instructivo libro
-de la época presente; pero él se excusa de hacerlo con la pereza y con
-su poca habilidad de escritor. En efecto: los grandes conversacionistas
-rara vez aciertan á interesar cuando escriben.</p>
-
-<p>Eloísa atendía y agasajaba mucho al anciano general, uno de los
-primeros favoritos de la casa. El jueves que faltaba era un jueves
-soso y desgraciado. A menudo se formaba en torno á él, en la sala de
-juego, corrillo de hombres solos, que era un verdadero festín de la
-más sabrosa comidilla. Salía uno de allí con la cabeza dulce<span
-class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>mente mareada, como cuando
-se ha bebido mucho y bueno, y se adquiría de la humanidad idea
-semejante á la que tenemos de la salud después de haber hojeado un
-Diccionario de Medicina.</p>
-
-<p>La chismografía del general Morla era puramente histórica. Rara vez
-despellejaba á las personas que estaban aún en activo. Otro amigo de la
-casa, á quien no nombro, tenía la especialidad de cebarse en la carne
-viva, prefiriendo la de los allegados y presentes. Severiano Rodríguez
-le llamaba el <i>Saca-mantecas</i>, porque se sorbía las reputaciones
-crudas. Era persona de intachables formas. En la conversación general,
-bromeando con Eloísa ó sus amigas, daba mucho juego. Su galantería
-exquisita y refinada encantaba á las damas. Había tenido buena figura,
-y aún conservaba restos de ella, presumiendo de ojos vivaces, de un
-busto airoso y de pie pequeño. Sin duda daba mucha importancia á su
-bigote y su mosca, que, con las canas, habían venido á ser de un rubio
-ceniciento. Lo que más me cargaba en aquel hombre era que, al entrar
-en cualquier local, echaba miradas furtivas á los espejos para verse y
-admirarse. Gozaba fama de afortunado en faldas; pero tenía ya un par de
-desventajas casi insuperables: su edad que frisaba en la vejez, y su
-falta de dinero. Era uno de los hombres más entrampados de la creación,
-y vivía perseguido sin tregua por diferentes espectros en forma de
-cobradores de tiendas. Oí contar que sólo en el ramo de perfumería
-debía sumas fabulosas.</p>
-
-<p>Cuando hacía corrillo, no perdonaba nada. Más de una vez hizo
-disección horrorosa de la<span class="pagenum" id="Page_169">p.
-169</span> pobre marquesa de San Salomó, que no distaba veinte pasos
-del lugar de la hecatombe. De Eloísa y de mí, ¿qué no diría? Severiano
-me contaba horrores, vomitados por el <i>Saca-mantecas</i> á poca distancia
-de nosotros. Tales cosas, por la exagerada malicia y la mentira que
-entrañaban, no ofendían como cualquier verdad secreteada con palabras
-ambiguas. «Que yo estaba ya tronado; que Fúcar era el que pagaba;
-que Manolito Peña estaba en camino de ser mi sucesor en la plaza de
-amante de corazón...» Tales majaderías sólo merecían desprecio. Lo
-más gracioso era que el <i>Saca-mantecas</i> había hecho el amor á Eloísa;
-habíala acosado, durante una temporadilla, con declaraciones ardientes,
-en las cuales lo rebuscado de las cláusulas no ocultaba lo repugnante
-del desvarío senil. Ultimamente, el despecho le había vuelto un tanto
-fosco. Se hacía el interesante, presentándose con cara de hastío.
-Saludaba ceremoniosamente á Eloísa, al entrar, dándole la mano con
-brazo muy corto. Jugaba al juego del desdén el muy mamarracho. Bien
-lo conocía ella y bien se reía de él. Cuando Severiano ó algún otro
-amigo interrogaban al <i>Saca-mantecas</i> sobre su actitud displicente,
-respondía, inflándose mucho:</p>
-
-<p>—Es que yo me he vuelto ya antidinástico.</p>
-
-<p>¡Y para dar lugar á tales anomalías; para vivir constantemente
-acechada, escarnecida, solicitada y requerida, se sacrificaba mi prima
-á una etiqueta que no vacilo en llamar <i>cursi</i>, pues era una mala
-imitación de la ceremoniosa, natural y no estudiada etiqueta de las
-pocas grandes casas que tenemos! ¡Y se gastaba tontamente su<span
-class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span> caudal, aparentando un
-bienestar que no poseía, ostentando un lujo prestado y mentiroso! ¡Y
-todo por tener una corte de aduladores y parásitos! ¡Comedia, ó mejor,
-aristocrático sainete! Yo lo presenciaba aquellos días, y aún no me
-daba cuenta, por la embriaguez que narcotizaba mi espíritu, de lo
-absurdo, de lo peligroso, de lo infame que era.</p>
-
-<p>He dado á conocer algunas de las principales figuras de aquellos
-dichosos jueves. Aún faltan bastantes. Entre éstas no merece
-preterición una que, como sombra errante, iba de aquí para allí,
-atendiendo á todos, diciendo á cada cual una palabra agradable,
-jovial con éste, con aquél grave, tocando las distintas cuerdas de
-la conversación según el diferente ritmo de cada uno. Era un hombre
-enfermo, consumido, lastimoso; era Carrillo, el dueño de la casa,
-tan atento á sus deberes y tan esclavo de las reglas de la etiqueta,
-que se le veía luchando angustiado con su debilidad para estar en
-todo y cumplir correctamente hasta la hora del desfile. Y tan rápida
-era su decadencia, que cada jueves parecía estar peor que el jueves
-precedente. Daba lástima verle. Un sudor se le iba y otro se le venía.
-Sin voz ni aun fuerzas para tenerse de pie, quería obsequiar á Fúcar
-con un dicho de negocios, á otro con una frase política, á éste con
-una indicación literaria, á aquél con un tema de <i>sport</i>. Sus propias
-aficiones no se le quedaban en el tintero, y le veíamos sacar del
-pecho con fatiga jirones de aliento para explicar los triunfos de la
-<i>Sociedad de niños</i>.</p>
-
-<p>Cuando ya era tarde y se le veía ¡pobrecito!<span class="pagenum"
-id="Page_171">p. 171</span> haciendo los imposibles por sostenerse en
-su terreno, Eloísa se iba hacia él, cariñosa, y le hacía mimos de mamá,
-incitándole al descanso.</p>
-
-<p>—Retírate, Pepe, no te fatigues. Estás haciéndote el valiente, y no
-puedes, hijo mío, no puedes. El calor te hace daño, la conversación te
-marea. Te conozco que tienes dolor de cabeza y que lo disimulas. ¿Por
-qué eres así? A mí no me engañas: tú padeces y callas. Retírate. José
-María y yo iremos después á hacerte compañía si estás desvelado.</p>
-
-<p>Pepe no obedecía. Aun se enojaba un poco, no queriendo que su mujer
-ni nadie dudasen de las fuerzas que no tenía. Era como los ciegos que
-se empeñan en ver y se amoscan cuando alguien sospecha que ven poco.
-Era como los sordos que no confiesan nunca que oyen mal y equivocan
-todas las palabras. Contra las advertencias de Eloísa, quería estar
-en su puesto hasta el fin, ser obsequioso con todos, y oponerse
-enérgicamente á que alguno se aburriera. Siempre estaba dispuesto á
-hacer la partida de <i>whist</i> ó tresillo, ó bien á aguantar el chorretazo
-de ciencias sociales con que se desahogaba un sabio impertinente de
-quien todo el mundo huía como de la peste.</p>
-
-<p>Una noche Fúcar me tocó en ambos brazos, y acorralándome, como de
-costumbre, contra la pared, me dijo:</p>
-
-<p>—Hola, <i>Traviatito</i>: escúcheme usted un momento. ¿Sabe usted que el
-pobre Pepe está muy malo? Ese hombre no llega al verano... Pero voy á
-otra cosa. Temo mucho que el <i>crac</i> de esta casa venga más pronto de lo
-que creíamos... Lo he<span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span>
-sabido hoy por una casualidad. Han tomado dinero, no sé bien la cifra,
-hipotecando la <i>Encomienda</i>, esa hermosa finca del Barco de Avila.
-No podía ser de otra manera. Esta gente no ha podido apartarse de la
-corriente general, y gasta el doble ó el triple de lo que tiene. Es el
-eterno <i>quiero y no puedo</i>, el lema de Madrid, que no sé cómo no lo
-graban en el escudo, para explicar la postura del oso, sí, del pobre
-oso que <i>quiere</i> comerse los madroños, y por más que se estira, no
-<i>puede</i>, ¿qué ha de poder?... Porque verá usted. Estas <i>juergas</i> de los
-jueves cuestan mucho dinero. Ojo al oso, niño, que, al paso que vamos,
-la <i xml:lang="fr" lang="fr">débâcle</i> no tardará.</p>
-
-<p>Sentí escalofríos al oir esto. Yo lo sospechaba, mejor dicho, lo
-sabía; pero en el atontamiento estúpido en que me tenían el amor y la
-vanidad, no paraba mientes en ello. La idea de que Eloísa hablase más
-ó menos afablemente con el general Chapa (otro tipo de quien hablaré
-pronto), absorbía por entero mi atención. Mucho extrañaba que la pícara
-no me hubiese dicho nada del préstamo con hipoteca de la <i>Encomienda</i>.
-Era preciso hablar de esto... Pero sigamos con los jueves.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Al siguiente nos sorprendió Eloísa con otra novedad (pues cada uno
-de estos interesantes días traía su sorpresa): un proyecto hermoso, una
-colosal reforma que iba á emprender en su palacio para ensancharlo y
-mejorarlo. Por los planos que<span class="pagenum" id="Page_173">p.
-173</span> enseñaba á todos los amigos, se veía que la obra era tan
-sencilla como grandiosa. Vais á verla. Consistía en poner al patio
-una cubierta de cristales, haciendo de él un salón espléndido, algo
-como la famosa estufa de Fernán-Núñez. La imitación de las grandes
-casas y el afán de rivalizar con ellas, era la demencia de mi prima...
-Sigamos con la reforma. Cubierto de cristales el patio, lo llenaría
-de plantas soberbias, latanias, rododendros, azaleas, araucarias,
-helechos arborescentes; cubriría las paredes con tapices, y para
-remate y coronamiento de tan bella obra, había discurrido llamar en su
-auxilio á uno de nuestros artistas más ingeniosos y originales. Sí:
-Arturo Mélida le pintaría la escocia, una escocia monumental, una obra
-no vista, lo más elegante, lo más inspirado que se podría imaginar.
-Eloísa daba cuenta de ella como si la estuviera viendo. El día anterior
-había convidado á comer al célebre arquitecto, pintor, escultor y
-dibujante, el cual le había explicado su idea. Sería una procesión de
-figuras helénicas representando todos los ideales del mundo antiguo y
-los prodigios del moderno: la Filosofía peripatética y el Teléfono de
-Edison, las Matemáticas de Euclides y la Educación física de Spencer,
-el Osiris egipcio y la Vacuna de Jenner, la Geografía de Herodoto y el
-Cosmos de Humboldt, el barco de Jasón y el acorazado de Zamuda, los
-Vedas y el Darwinismo, Euterpe y Wagner...</p>
-
-<p>Eloísa daba cuenta de la obra, cual si la estuviese viendo, aunque
-equivocaba las citas, por no ser muy fuerte su erudición. Se me figuró
-que echaba chispas como un cuerpo electrizado.<span class="pagenum"
-id="Page_174">p. 174</span> Le tomé el pulso, y... pueden creerme,
-tenía calentura. La pluma misteriosa se le atravesaba en la garganta,
-haciéndole tragar mucha saliva. En toda la noche no habló de otra cosa.
-Hubiera deseado hacer la reforma en un día, y que el gran artista se la
-pintara en unas cuantas horas por arte mágico.</p>
-
-<p>—Será una maravilla —dijo Manolito Peña—. Veremos aquí las <i>Mil y
-pico de noches</i>.</p>
-
-<p>Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su
-mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán,
-y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque
-sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas,
-que entusiasman á las señoras de la tribuna de <i>idem</i>. Él y Gustavo
-Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más
-alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados.
-Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado
-en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse
-platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que
-no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba
-resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había
-reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y
-más encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico;
-pero se trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más
-radicales que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba
-en su conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con
-él preferen<span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>cias que
-hacían poner el paño en el púlpito al <i>Saca-mantecas</i>.</p>
-
-<p>El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los
-cuarenta años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar,
-me apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos;
-entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en
-1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba
-fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo,
-caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy
-buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por
-culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no
-eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo
-como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con
-delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas
-no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro
-y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones
-que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é
-hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su
-vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á
-la marquesita de Casa-Bojío.</p>
-
-<p>El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba
-ningún jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á
-veces á sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para
-divertir á la gente;<span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span>
-y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su espíritu, no
-había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general, la vanidad
-y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo. Sus teorías
-ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente de su escogido
-público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las paradojas
-salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de aquel fárrago
-de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo de perspicacia
-que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social, lo esclarecía
-con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia despedía una
-claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero con ella se
-veía siempre algo, á veces mucho.</p>
-
-<p>Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente
-general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el
-sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el
-panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe
-II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una
-buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una
-noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y
-vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero.
-¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde
-los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia!
-Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso
-de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas
-tenían al dinero una ojeriza especial de raza.<span class="pagenum"
-id="Page_177">p. 177</span> ¡Ah! sí: al contrario de ciertos perros,
-que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los poetas ladran
-siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador pasó revista á
-las comedias en que se pone de vuelta y media á los que tienen cuartos,
-ensalzando á los pobres.</p>
-
-<p>—Porque, fijarse bien —decía—: en la conciencia general se asocian
-las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia
-en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por
-herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que
-el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por
-eso no la quiero escribir...</p>
-
-<p>Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su
-antojo con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de
-nuestro decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de
-las cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que
-es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable,
-la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago
-es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre
-base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo
-<span class="allsmcap">XIII</span> viene haciéndose entre nosotros
-una propaganda cargantísima contra el comer. La caballería andante
-primero y el misticismo después han sido la religión del ayuno, el
-desprecio de los intereses materiales. Ya tenéis aquí un principio de
-muerte; ya tenéis atrofiado uno de los principales nervios del poder
-de una nación: la propiedad. No dicen <i>la propiedad es un robo</i>, como
-los socialistas modernos; pero<span class="pagenum" id="Page_178">p.
-178</span> les falta poco para decir que es pecado. La caballería funda
-la gloria en no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La
-mayor riqueza es ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En
-fin, estupideces, y por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que
-entonces se llamaba el <i>Demonio</i>, es lo que nosotros llamamos <i>jabón</i>.
-Todos los desprecios acumulados sobre la propiedad, sobre el buen
-comer y la cómoda satisfacción de las necesidades de la vida, vienen
-á reunirse sobre la infeliz moneda, á quien se mira como el origen
-de todos los males. Los que durante una vida de trabajo se han hecho
-ricos, concluyen por arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones
-pías. El orgullo está en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir
-limosna. Jamás se ofrecen como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo,
-sino la miseria, el desaseo y la sarna. No hay un santo en los altares
-que no haya ido allí por haber cambiado el oro por las chinches.</p>
-
-<p>—Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas!</p>
-
-<p>(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.)</p>
-
-<p>—Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos,
-los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la
-suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber
-agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra,
-comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y
-á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio
-y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones...<span class="pagenum"
-id="Page_179">p. 179</span> ¿Ustedes no saben quiénes son estos
-caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio, conocen la vida de San
-Pedro Regalado y de otros tales que están en el Cielo por predicar que
-no debíamos comer más que tronchos de berza y algún pedazo de suela
-mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido á ser una raza de
-médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin energía moral,
-ni intelectual, ni física; una raza ingobernable... Claro, con la tan
-ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos de pie. Nuestro
-imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros tan frescos.
-Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo á los ricos y
-arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y prosa, hemos dejado
-perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de fantasmas, perversa
-hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos visto la extinción
-de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno siglo <span
-class="allsmcap">XIX</span>, después de haber dormido la mona mística,
-nos encontramos con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos
-viven bien, nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la
-cuenta de que el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de
-que el lavarse no es malo, de que el comer es excelente, y de que las
-materialidades de la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras
-ellos, queremos comer también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes,
-si hemos perdido la fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad
-han despoblado nuestras encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto
-empeño tenemos en mascar y digerir como los demás, que al fin y al
-cabo...<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> como esto no
-exige largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la
-dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué
-llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil
-de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas»,
-que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una
-torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué
-aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la
-mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de
-repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á
-probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido...</p>
-
-<p>Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio.</p>
-
-<p>—Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted!</p>
-
-<p>—¡Naturalismo!</p>
-
-<p>—Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con
-tenazas lo que dice.</p>
-
-<p>Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo
-esclarecía con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de
-alcohol, vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara
-contra él protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo!
-Por Dios, ¡qué naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos
-socorridos anatemas sirven para todo.</p>
-
-
-<h3 title="IV"><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>IV</h3>
-
-<p>Mi tío Rafael iba todos los jueves; pero no estaba á sus anchas,
-porque haciendo gala de conversacionista, la competencia del general
-Morla, que hablaba más que él y era oído con más atención, le abrumaba.
-Cuando aquellas dos aptitudes se ponían frente á frente, era gracioso
-ver cómo se disputaban la palabra, cómo discretamente corregía el uno
-las narraciones del otro. Cada cual se jactaba de saber más que su
-contrario y de poder añadir un detalle estupendo á su relación. Mi tío
-Serafín fué, al principio, algunas veces. A menudo se le encontraba
-dormido en el gabinete de Eloísa. Se aburría, y no teniendo allí
-el amparo de su <i>carrik</i>, no podía hacer de las suyas. Como había
-adquirido el hábito de levantarse temprano para ir al relevo de la
-guardia, el buen señor no podía prolongar sus veladas. Retirábase
-casi siempre á cosa de las once, á su casa de la calle de Capellanes,
-vivienda misteriosa y desconocida donde jamás había entrado ninguno de
-la familia, porque él no recibía á nadie ni se dejaba sorprender en su
-intimidad doméstica.</p>
-
-<p>Puntual en las comidas era don Alejandro Sánchez Botín, persona
-antipática, entrometida y de una vanidad pedantesca. Decíase de él que
-no iba allí más que á comer, y que tenía distribuídos los días de la
-semana entre siete casas acreditadas por la habilidad de sus cocineros.
-De este gastrónomo se contaban mil historias<span class="pagenum"
-id="Page_182">p. 182</span> ridículas. Llevaba en los faldones del frac
-bolsillos de hule para almacenar allí dulces, jamón, fiambre y otras
-golosinas. Decían que jamás almorzaba; que al levantarse se tomaba un
-gran tazón de agua de malvas, preparándose así para el gran hartazgo de
-la noche. A nadie he visto comer con más estudio, ni poner en la comida
-una atención más respetuosa. Para él, la mesa era verdadera <i>Misa</i>,
-el holocausto del estómago. Llegaba en esto hasta la mayor grosería,
-y cuando no ponían <i>menú</i> escrito, preguntaba á los criados qué había
-con objeto de reservarse para lo más de su gusto. Muchas veces que le
-tuve á mi lado, me anticipé á su curiosidad, diciéndole con afectada
-importancia:</p>
-
-<p>—Hoy estamos de enhorabuena. Tenemos el famoso <i xml:lang="fr"
-lang="fr">poulard à la Régence</i> y las <i>bouchées à la Montglass</i>.</p>
-
-<p>Era un vicioso, al decir de la gente; mujeriego de la peor especie,
-de un paladar sensorio tan estragado como lleno de caprichos. Vivía
-separado de su mujer y tenía muchos cuartos. Tres veces había
-desempeñado en Cuba pingües destinos, y cada vez que volvía con media
-isla entre las uñas, repetía la sagrada fórmula: «España derramará
-hasta la última gota de su sangre en defensa, <i>etcétera</i>...»</p>
-
-<p>Me repugnaba aquel hombre, y más aún desde que Eloísa me dijo que
-le hacía el amor con hipócrita misterio y groseras ofertas de dádivas.
-Por no escandalizar no le puse en la calle cuando tal supe. No se me
-ocultaba el desprecio y el asco que mi prima sentía hacia un sujeto
-tan abominable por todos conceptos, y que se hacía además ridículo con
-sus pretensiones de<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span>
-guapeza. Era un viejo verde, que después de comer aparecía abotagado,
-pletórico; y sus ojos vidriosos, grandes, muy parecidos á los de los
-besugos, y tan miopes que los corregía con cristales de número muy
-alto, decían que allí no había más que apetitos, usurpando el lugar del
-alma. Lo mismo Eloísa que yo resolvimos echarle, eliminándole con maña
-de las reuniones; pero él no entendía de indirectas, y se pegaba á la
-casa como una ostra.</p>
-
-<p>Mi tía Pilar no iba nunca los jueves por la noche á casa de su hija.
-Su indolencia crecía diariamente con su torpeza muscular; aborrecía las
-ceremonias, y no se encontraba bien sino en su casa, después de haberse
-zarandeado dos ó tres horas en coche. En su comedor pasaba las veladas,
-dormitando, cuando no iban á hacerle compañía las amigas vecinas: bien
-la de Torres, que vivía en el tercero; bien la de Bringas, que habitaba
-en la inmediata calle de Olózaga.</p>
-
-<p>María Juana tampoco iba á las comidas ni á las tertulias de su
-hermana. No armonizaban aquellas dos cuerdas de son y ritmo tan
-diferentes. A Medina sí le ví algunas noches, no en la comida, sino en
-la recepción. Jugaba al tresillo con mi tío, ó charlaba con Sánchez
-Botín de cosas de política, de asuntos de Ultramar y del poco dinero
-que iba quedando en la famosa Perla de las Antillas. Generalmente se
-le hacía poco caso, y su modestia y cortedad de genio eran tales,
-que más parecía agradecerlo que sentirlo. Hablando conmigo una
-noche en confianza, en un rincón donde nadie nos oía, la cabeza muy
-alzada para que las palabras franquearan mejor<span class="pagenum"
-id="Page_184">p. 184</span> el gran espacio entre su pequeñez y mi
-buena estatura, los dos pulgares escondidos bajo las solapas del frac,
-y tocando el piano sobre el pecho con los ocho dedos restantes, el
-buen <i>ordinario de Medina</i> me dijo que no tenía palabras para hacerme
-comprender lo que le cargaban aquellas reuniones; que iba á ellas
-simplemente por hacer el gusto á María Juana, quien le mandaba asistir
-para que le contara todo lo que viese. Sí: al volver á casa, tenía
-que repetir cuanto había oído y hacer descripción circunstanciada de
-personas y cosas, y si se le olvidaba algo ó lo confundía, su mujer
-se impacientaba. Erale odiosísima aquella vida de lisonja y mentira;
-aborrecía las comedias sociales, y adoraba lo positivo, el bienestar
-seguro y sin zozobra. Siendo su sistema gastar siempre menos de lo que
-se tiene, le daba rabia la ceguera estúpida de los que hacen todo lo
-contrario. Nunca le gustó á él <i>darse pisto</i>, ni aparecer como sabio ó
-como elegante sin serlo, y se encontraba mal entre personas que están
-sin cesar representando lo que no son y haciendo un papel que no les
-corresponde. Por todas estas razones pensaba decir á su mujer que si
-quería saber lo que allí pasaba, fuera ella en persona, pues él se
-daba de baja, y no volvería á poner sus pies en los salones de Eloísa.
-Aquel hombre juicioso y modesto dejó de favorecernos desde el segundo ó
-tercer jueves.</p>
-
-<p>La pobre Camila no concurría á las fiestas de su hermana por varias
-razones. Importantísima era la de no tener vestidos, es decir, tenía
-uno; pero no era cosa de presentarse todos los<span class="pagenum"
-id="Page_185">p. 185</span> jueves con los mismos trapitos de
-cristianar. Otra razón de peso era que, cumplidos los vaticinios que
-indecorosamente nos hiciera el día de la célebre comida, allá por
-Octubre había dado á luz un muchachón, del cual fuí padrino, y que
-tenía todas las trazas de ser tan bruto como su padre. Este fué dos
-ó tres noches á casa de Carrillo; pero se encontraba tan fuera de su
-centro, se parecía tan poco aquel recinto al grosero café donde él
-solía concurrir, que le faltó tiempo para desertar. Era un tagarote
-que no sabía dónde ponerse, ni hallaba con quién hablar, ni él hacía
-más que ir de un lado para otro, aburrido y desconcertado. Sólo en
-el marqués de Cícero hallaba de vez en cuando un punto de apoyo, por
-ser ambos manchegos, cazadores, y tener más ancho el círculo de los
-perdigones que el de las ideas.</p>
-
-<p>—¿Y tu mujer? —le preguntaba yo todas las noches.</p>
-
-<p>—Bien —me respondía—. Sigue empeñada en no poner ama. Lo cría ella
-misma.</p>
-
-<p>Yo sabía que estaban bastante mal de metálico. Aunque era medio
-loca, Camila me inspiraba algún interés y lástima, y habiendo notado
-en su casa ciertas privaciones, supe valerme de medios delicados para
-socorrer sus faltas y para que mi buen ahijado no estrenase la vida en
-medio del desamparo y la desnudez.</p>
-
-<p>Réstame hablar del marqués de Cícero, tío de Carrillo. Era primo de
-Angelita Caballero, quien le había dejado dos casas y la corona, la
-cual, á su muerte, pasaría á exornar la frente de Pepe y sus herederos.
-Como figura decorativa, pocos hombres he visto más notables que don
-An<span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span>tonio Alvarez
-Tuñón y Caballero. Era lo que antes se llamaba un real mozo. Mas se
-podría ofrecer un buen premio á quien probase que existía un sér
-humano de menos sal en la mollera que aquel bendito marqués, á quien
-jamás sorprendió nadie en posesión de una idea. Lo más que hacía era
-repetir mal las ajenas y desfigurarlas. Las suyas versaban siempre
-sobre la adoración de su persona como hombre guapo, y se parecía al
-<i>Saca-mantecas</i> en la fea maña de echar ojeadas á los espejos, para
-gozarse y ponerse muy hueco. Tenía largos y lucidos bigotes, como los
-del general León, á quien sin duda tomaba por modelo. No he visto nunca
-una cabeza más hermosa. Era digna del cincel de Benvenuto y de las
-fábulas de Esopo, por su belleza y su falta de seso. Decía Severiano
-Rodríguez que cuando el marqués hablaba de algo que no fuera caza, <i>le
-crugía el cerebro</i>: tan violento esfuerzo tenía que hacer. En distintas
-épocas de su vida le dió por hacerse magníficos retratos que repartía á
-los amigos. En unos estaba con un vestido de caza muy majo; en otros de
-caballero del tiempo de Felipe IV, también de caza, con el lebrel á un
-lado. En los escaparates de un célebre fotógrafo andaba en gran tarjeta
-iluminada y en traje de caballero de Calatrava, con birrete y catorce
-varas de manto blanco. Ultimamente se retrató con un león á los pies.
-No hay que decir que el león era disecado. A todos los amigos dió un
-ejemplar, y recibí el mío con una expresiva dedicatoria. Mucho tiempo
-conservé en mi poder la imagen del prócer cinegético, con el fiero
-león á los pies, hasta que tuve la suerte de que<span class="pagenum"
-id="Page_187">p. 187</span> mi tío Serafín me librara de ella. Fué la
-única expoliación de que me he felicitado siempre.</p>
-
-<p>Lo bueno que tenía el marqués era que no murmuraba de nadie. Es
-que no se le ocurría nada que no fuera conversación de perros y de
-monterías antiguas y modernas. Mi tío, él y otro que tal hacían á veces
-una insufrible trinca. Desde tiempos remotos gozaba de un empleo en el
-Ministerio de Estado. Hasta la muerte de la Caballero había sido pobre
-y obscuro, uno de esos aristócratas trasconejados que vegetan en una
-oficina, y no molestan á nadie, ni dan que hacer á los políticos, ni
-meten ruido, ni alardean de linajudos, ni envidian ni son envidiados.
-Aquel bendito debía su insignificancia á la carencia absoluta de ideas,
-á su aspecto agradable y á no tener más pasiones que las inofensivas de
-vestirse bien, cazar y retratarse.</p>
-
-<p>Era muy puntual en las comidas, y no lo hacía mal. Comía y callaba.
-¿Qué diré de los demás aún no designados? Fáltanme espacio y ganas,
-aunque no memoria. ¿Hablaré de Pepito Trastamara, un hominicaco á
-quien yo ponía por ejemplo cuando quería demostrar á Carrillo el vivo
-contraste de nuestra aristocracia con la inglesa? ¡Y sobre el cimiento
-de Pepito Trastamara quería edificar aquel soñador el organismo de los
-lores españoles, el sólido estamento que, enlazado al poder popular,
-forma el más admirable de los sistemas! Allá por el cuarto ó quinto
-jueves nos llevó Carrillo á un joven redactor del periódico de su
-partido. Era un muchacho listo, que pronto sería diputado y metería
-ruido. Hablaba por los codos siempre que encontraba quien le<span
-class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span> oyera, y se sabía al
-dedillo, casi tan bien como Pepe, todo lo concerniente al <i>Parlamento
-largo</i>, al <i>Bill de derechos</i>, á las picardías que hizo Titus Oates y á
-otras muchas cosas que traen siempre á mal traer los anglómanos.</p>
-
-<p>Después de la comida iban tantos, tantos, que no acertaría á
-contarlos. Ví literatos de varias castas, políticos muy grandes,
-de cola entera como los pianos, de media cola y <i xml:lang="it"
-lang="it">piccolos</i>. Ví académicos que habían escrito cosas bellas,
-y otros que no habían escrito maldita cosa; militares en diferentes
-situaciones, varios artistas, algún diplomático extranjero, ministros
-en activo, entre ellos el de Fomento, amigo y paisano mío; ví á
-Cimarra, que se había reconciliado con su suegro, el marqués de Fúcar,
-y resignádose á que su mujer viviera maritalmente en Pau con León
-Roch; ví tal cantidad de personas y alimañas, que era aquello un museo
-matritense, mejor para apreciado en conjunto que para reproducido en
-sus múltiples, varias y pintorescas partes.</p>
-
-
-<h3>V</h3>
-
-<p>Supongo que los que esto lean estarán ya fatigados y aburridos de
-tanto y tanto jueves. Pues sepan que mucho más lo estaba yo. Dirélo con
-franqueza: los tales jueves me iban cargando. Aquel sacrificio continuo
-de la intimidad doméstica, de los afectos y la comodidad en aras de
-una farsa ceremoniosa, no se conformaba con mis ideas. Me gustaba
-el trato de mis amigos, la buena mesa en compañía de los escogidos
-de mi<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> corazón, la
-sociabilidad compuesta de un poco de confianza amable y de un poco
-también de etiqueta, ó sea lo familiar combinado con las buenas formas;
-pero aquel culto frío de la vanidad, quemando incienso en el altar del
-mundo, me lastimaban y aburrían ya. Todo era viento, humo y la estéril
-satisfacción de que se hablara de la casa y del trato de ella. En fin,
-á las diez ó doce semanas ya tenía yo los jueves atravesados en el
-gaznate sin poderlos pasar.</p>
-
-<p>Eloísa también se me manifestó algo cansada; pero el respeto al
-maldito <i>qué dirán</i> impedíale suspender repentinamente las grandes
-comidas. La idea de que se susurrase <i>que estaba tronada</i> la ponía en
-ascuas, quitándole el sueño. Y si mi orgullo se sentía halagado por
-la fidelidad suya, que en tal género de vida tenía un mérito mayor,
-de esta misma satisfacción se derivaba mi zozobra por el temor de
-sorprenderla infiel algún día. La idea de que Eloísa me suplantara á lo
-mejor con alguno de aquellos tipos que la rodeaban, incensándola como á
-un ídolo, me enardecía la sangre, me agriaba el carácter, me ponía de
-un humor de mil diablos, desequilibrando mi sér y quitándome el dominio
-de mí mismo y las dotes de buen sentido que me transmitió mi madre.
-Pensando esto, yo descubría en mí no sé qué instintos de violencia y la
-disposición á ciertos actos que no sabía si calificar de locuras ó de
-majaderías.</p>
-
-<p>Ningún motivo real tenía yo para sospechar que Eloísa se aficionara
-á otro hombre, y no obstante, la vida aquélla de galantería y de
-lisonja, era para mí una vida de alarma angustiosa. Des<span
-class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span>graciadamente, no podía
-apoyarme en el terreno de ningún derecho; no podía llamar en mi auxilio
-á la moral, y mis celos, impersonalizados todavía, debían luchar
-solos é inermes, cuando el caso llegara. Ninguno de los amigos de la
-casa me inspiraba temores en particular; inspirábanmelos todos. La
-colectividad era mi aprensión, y aquel coro de aduladores, mosca que
-me zumbaba en los oídos, era mi pesadilla. Obedeciendo algunas veces
-á esa instintiva necesidad de atormentarnos que sentimos cuando el
-sistema nervioso se sale de sus casillas, me entretenía en concretar
-mi inquietud, suponiendo cómo sería lo que aún no era, imaginando lo
-verosímil, y convirtiendo los fantasmas en personas. La juventud fogosa
-de Manolito Peña, la opulenta vejez de Fúcar, la virilidad legendaria
-de Chapa, la osadía del <i>Saca-mantecas</i>, la fealdad misma de Botín,
-la insignificancia de otros, me eran igualmente sospechosas. Habría
-deseado perderlos á todos de vista, y que Eloísa, por amor á mí, se
-asimilase las antipatías que su corte me inspiraba y acabase por
-despedirla.</p>
-
-<p>Verdaderamente, de ella no podía tener queja. Nunca fué más amante
-que en la época en que á mí se me despertó el santo horror á los
-malditos jueves. Su cariño se sutilizaba, se hacía más ardiente y hasta
-quisquilloso y suspicaz. ¡Cosa rara! También ella tenía celos. Nunca me
-he reído más que un día que se me enojó porque... ¡vaya una simpleza!
-«porque yo visitaba muy á menudo á su hermana Camila.» Poco trabajo me
-costó desvanecer sus inquietudes mimosas. Nos desagraviábamos fácil
-y agradablemente firmando<span class="pagenum" id="Page_191">p.
-191</span> paces que debían de ser eternas por lo apasionadas. ¡Qué
-mujer, qué vértigo, qué abismo de ilusión, dorado y sin fondo! Nuestras
-entrevistas nos parecían siempre cortas, y expresábamos el afán de no
-separarnos nunca, de empalmar las horas felices, pues cada fracción del
-tiempo que pasaba, marcando una pausa en nuestros goces, nos parecía
-algo que se nos había robado. La publicidad escandalosa de aquel enredo
-y la ausencia de todo peligro habíannos quitado la máscara. Ya no nos
-recatábamos; ya se nos importaba un bledo la opinión de la gente, que,
-por otra parte, no era severa con nosotros, pues nadie nos miraba mal,
-nadie extrañaba nuestra conducta, ni jamás oímos palabra ó reticencia
-que nos acusase. Se nos veía juntos en público; dábamos paseos
-matinales; yo iba á su casa por mañana, tarde y noche, y entraba y
-salía y andaba por todos los aposentos de ella como si fuera mi propia
-vivienda.</p>
-
-<p>En aquel período de embriaguez, mi salud se resintió algo.
-Zumbáronme los oídos, como siempre que mis nervios se encalabrinaban,
-y esta mortificación me entristecía lo que no es decible. Eloísa,
-siempre llena de ternura, trataba de alegrarme con su sonrisa franca y
-cariñosa. Su jovialidad, que tenía por órgano la boca más fresca que
-era posible ver, declaraba la juventud y lozanía de su temperamento, el
-cual se hallaba en su plenitud, sin asomos de decadencia como el mío.
-Se burlaba de mis males nerviosos y hacía propósitos de curármelos;
-pero lo que hacían sus medicinas era ponerme peor.</p>
-
-<p>Excuso decir que en esta temporada, que no<span class="pagenum"
-id="Page_192">p. 192</span> sé si fué dicha ó tormento, ó ambas cosas
-combinadas, la aptitud de los números se eclipsó en mí. Mi dualismo
-estaba desequilibrado; mi madre dormía, y la sangre andaluza de mi
-padre era la que mangoneaba entonces en mí. El pícaro vicio había
-acorralado en obscuro rincón del cerebro la energía educatriz de mis
-quince años de escritorio.</p>
-
-<p>De tiempo en tiempo había como una tentativa de emancipación de
-la tal aptitud; pero el ruido de oídos la sofocaba en medio del
-entumecimiento cerebral. Cierto que hice más de una vez apreciaciones
-mentales acerca de lo que debía costar el estrepitoso boato de Eloísa
-y la gala de sus celebrados jueves. Cierto que Fúcar me hizo ver que
-en la casa de Carrillo se gastaba más del triple de la renta del
-capital. Varias noches, al retirarme á casa, iba pensando en esto;
-pero la excitación me impedía pensarlo con claridad y energía, y la
-sedación venía luego á adormecerlo todo, números y alarmas. Había
-además otra circunstancia digna de tenerse en cuenta para explicar mi
-pereza aritmética. Transcurría el tiempo; llegaba Febrero del 83, y
-Eloísa no me pedía nunca dinero. No parecía tener apuros ni ninguna
-clase de dificultades monetarias. Fuera del desembolso mensual de los
-regalitos, yo no tenía que dar tijeretazos en el talonario de mi cuenta
-corriente.</p>
-
-<p>Ni ella me hablaba de intereses, ni yo á ella tampoco. Había quizás
-en ambos el temor de despertar un problema que dormía debajo de
-nuestras almohadas. Lo único que me permití fué hablar perrerías de
-los jueves, criticarlos bajo el<span class="pagenum" id="Page_193">p.
-193</span> doble aspecto moral y económico, y pedir que desaparecieran
-de la serie del tiempo.</p>
-
-<p>—Pienso como tú —me dijo la muy mona—; pero yo digo lo que el
-Gobierno. Es preciso estudiar la reforma, porque si se hace de golpe y
-porrazo, podría ser inconveniente.</p>
-
-<p>—Cuando los Gobiernos no quieren hacer una reforma —le respondí—,
-dicen que la están estudiando. Pero si la reforma no consiste en
-establecer, sino en suprimir, el mejor estudio es obrar con valentía...
-Tú temes que te saquen alguna tira de epidermis. Mira: de todos
-modos, con jueves ó sin ellos, te la han de sacar. Conque así, no te
-esclavices.</p>
-
-<p>Y esto lo decíamos media hora antes de la señalada para la comida.
-Aquel jueves el pobre Carrillo estaba bastante mal y no se presentaría.
-Le ví en su cuarto, y la profundísima lástima que me inspiró estuvo
-por mucho tiempo como estampada en mi alma. Aún hacía el pobrecito
-violentos esfuerzos por vestirse; aún mandó á Celedonio, su ayuda
-de cámara, que le trajese el frac; pero no pudo ni meter el brazo
-derecho en la manga. Se desplomaba. En su lastimoso estado, lo que
-principalmente sentía era no poder hacer los honores de la casa
-aquella noche, como todas, y encargaba á su mujer que atendiese á los
-invitados y no hiciera caso de él. Eloísa estaba aturdidísima. De buena
-gana habría despedido á sus comensales. Mas no: era preciso hacer un
-esfuerzo supremo, presidir la mesa, estar en todo y recibir luego á
-cien ó doscientas personas. ¡Tormento mayor...!</p>
-
-<p>No tardaron en entrar Chapa, el <i>Saca-mante<span class="pagenum"
-id="Page_194">p. 194</span>cas</i>, Peña, el secretario de la Legación
-de Holanda; después el ministro de Fomento, luego Botín y el general
-Morla. Todos, conforme iban llegando, se creían en el deber de poner
-una cara muy atribulada al enterarse de la indisposición del amo de la
-casa. Eloísa estaba realmente triste. Su situación en lo que llamaré el
-terreno aflictivo era bastante delicada; pues si aparecía muy afligida,
-podrían dudar de su sinceridad, y si, por el contrario, se presentaba
-serena, las críticas serían más acerbas. Comprendí, oyéndola hablar del
-enfermo con los convidados, que hacía esfuerzos por hallar el justo
-medio sin poderlo conseguir. A veces iba muy lejos en el camino del
-dolor, y conociéndolo, la reacción en sentido de la calma era demasiado
-fuerte. Nunca ví lucha más horrible con las conveniencias sociales;
-y si las palabras de los amigos eran perfectamente discretas, sus
-miradas, al menos á mí me lo parecía, revelaban una ironía despiadada.
-Y Eloísa estaba triste en realidad. Sólo que á veces se le antojaba que
-debía estar más triste, y á veces que debía estarlo menos, resultando
-de aquí que nunca acertaba con el tono exacto de la nota que quería
-afinar.</p>
-
-<p>La de San Salomó llegó á última hora. Era la única señora que
-teníamos aquella noche. La comida empezó silenciosa, y por una de esas
-fatalidades de la conversación, que no es posible vencer, sólo se
-hablaba de enfermedades, de médicos, de aguas minerales. De rato en
-rato, un criado traía noticias del señor para tranquilizar á la señora.
-Estaba mejor, se le iba pasando el ataque. Con esto se sosegaba Eloísa,
-y todos ha<span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span>cíamos el
-papel de que se nos transmitía por arte mágico su contento. Pepe estaba
-en su habitación acompañado del médico y de su ayuda de cámara. Sólo el
-marqués de Cícero, como de la familia, había entrado á verle. Después
-ocupó en la mesa la cabecera que al enfermo correspondía, y entreveraba
-los bocados con suspiros. El general Morla me tocó al lado, y hablamos
-de la enfermedad de Pepe con la misma calma que si se tratara de lo
-buenas que estaban las codornices trufadas.</p>
-
-<p>—Este hombre se va —me dijo—. He visto morir á muchos de ese mismo
-mal, que debe de ser cosa del hígado. Cuando menos lo piense Eloísa, se
-queda viuda. Tal vez esta misma noche.</p>
-
-<p>Después me contó la muerte de Narváez, la de Pastor Díaz, la del
-general Manso, la de Carlos Latorre, la del marqués de Valdegama.
-Aún no había dado fin á esta fúnebre crónica, cuando se sintió en lo
-interior de la casa un ruido extraño. Algo muy grave ocurría. Todos
-nos quedamos fríos. Los tenedores, suspendidos sobre los platos con el
-pedazo de <i xml:lang="fr" lang="fr">fond d’artichauts au suprême</i>,
-aguardaban que se aclarase el angustioso misterio para seguir hacia su
-destino. Sólo Botín oía mascando. Levantóse Eloísa bruscamente y fué á
-la puerta antes que entrase el ayuda de cámara, á quien sentimos venir
-á la carrera. Oímos cuchicheo de zozobra y ansiedad. Eloísa corrió
-hacia adentro, Celedonio también.</p>
-
-
-<div class="section">
- <h3 title="VI"><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>VI</h3>
-</div>
-
-<p>Gran silencio en la mesa. Rompiólo al fin el general con estas
-palabras:</p>
-
-<p>—Cuando digo yo... Oye, Santiaguito: sírveme Jerez.</p>
-
-<p>Sánchez Botín no sabía disimular el furor que le dominaba por
-causa del maldito M. Petit, que no puso aquel día en la mesa la
-lista de platos. Resultado de esta preterición (que parecía una
-estratagema traidora) fué que mi hombre se atracó de <i xml:lang="en"
-lang="en">roastbeef</i> á la inglesa, y cuando aparecieron las codornices
-ya no le quedaba para ellas todo el hueco estomacal que merecían. Se
-podían leer en las serosidades lobulosas de su frente sus irritados
-pensamientos. Estaba verde, y sus gruesos labios engrasados se
-estremecían como los labios de los perros cuando van á ladrar.
-«Esto no pasa más que aquí. Vale más ir á un mal <i xml:lang="fr"
-lang="fr">restaurant</i>», de seguro diría. Al través de las gafas de
-oro, sus ojos inyectados y como queriendo salirse del casco, arrojaban
-destellos de odio contra el pobre M. Petit.</p>
-
-<p>Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores
-sobre la porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una
-punta á otra de la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual
-comunicó á su vecino sus observaciones, unos en voz baja, otros en
-alta voz. En aquella mesa rara vez se hablaba sin doble sentido.
-Debajo de la conversación verbal, serpenteaba la intencional como
-la víbora entre hojas. Interpretarla y devolverla era el encanto de
-los<span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> comensales. Las
-circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese
-lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora
-muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por
-uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al
-espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco
-ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo:</p>
-
-<p>—Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me
-gusta ver entierros...</p>
-
-<p>—Es que no tiene usted la conciencia tranquila —dijo no sé quién,
-derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas
-risas.</p>
-
-<p>—Me parece que les estoy viendo á todos ustedes —dijo Pilar— bajando
-de patitas al Infierno...</p>
-
-<p>—Como la llevemos á usted por delante...</p>
-
-<p>—¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!...</p>
-
-<p>—Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una
-sentida exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro
-departamento...</p>
-
-<p>—¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio!</p>
-
-<p>Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo
-es verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el
-Purgatorio.</p>
-
-<p>Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando
-acabó, fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda
-de cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al
-señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad,
-muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té
-y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer<span
-class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span> en mi cara que llevaba
-noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por el enfermo. Díjele
-lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y de secreteo, hablóme
-así:</p>
-
-<p>—¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que
-se esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda.</p>
-
-<p>—Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado
-semejante.</p>
-
-<p>—¿Y está mejor, es cierto? —me preguntó mirándome de un modo que era
-nueva apelación á mi confianza.</p>
-
-<p>—Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre
-Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo...</p>
-
-<p>—Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no
-es para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más
-triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder
-aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez...</p>
-
-<p>—Sin duda alguna —le contesté, por contestar algo.</p>
-
-<p>—Dígame usted —añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de
-confianza—, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la
-marquesa de Cícero?...</p>
-
-<p>—Señora, habla usted como si ya... —respondí espantado.</p>
-
-<p>—¡Qué tonta!... Quiero decir, <i>dejará</i>... Es verdad que todavía no
-ha concluído... ¡pobrecillo!</p>
-
-<p>—Creo que sí —contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como
-mandar un comuni<span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>cado
-á la prensa—. Sí: su capital permanece intacto.</p>
-
-<p>—¿Sí?... ¿de veras? —dijo sonriendo y dando al <i>de veras</i> ese dejo
-de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular—. O usted se ha
-caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de
-té para que se le aclaren las ideas.</p>
-
-<p>—Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo
-es un hombre prudente.</p>
-
-<p>—Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo
-que usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos
-números.</p>
-
-<p>—Algunos he hecho.</p>
-
-<p>—Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando
-pase el luto, seguirán los grandes jueves?</p>
-
-<p>Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la
-situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más
-natural del mundo:</p>
-
-<p>—¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es
-el último de los jueves habidos y por haber.</p>
-
-<p>—Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter...
-Pero el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta
-esto, y si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves...
-¡Qué disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me
-cortaría esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted...</p>
-
-<p>En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á
-comer, ocupó su puesto frente<span class="pagenum" id="Page_200">p.
-200</span> á la marquesa. Seis personas más formaban la corte de
-ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases apropiadas
-al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa, pintando
-con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la casa. Su
-voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un cerrojo. Y
-cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla de lástima
-y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la moneda de
-compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba Pilar y
-daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso acento
-y expresivo arquear de cejas un <i>Sea lo que Dios quiera</i>.</p>
-
-<p>Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego,
-que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera
-libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo
-de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo:</p>
-
-<p>—En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en
-la mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro.</p>
-
-<p>De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de
-Pepe. Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad
-y tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le
-sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño
-Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables
-excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba
-mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitacio<span
-class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span>nes por la mejoría demostró
-cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el coro con aturdimiento de
-actriz que no está muy fuerte en su papel. La desconcertaba el temor
-de parecer demasiado triste ó demasiado consolada. Aprovechando una
-ocasión propicia, me dijo al oído:</p>
-
-<p>—Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí.</p>
-
-<p>Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y
-al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo
-supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla
-entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el
-médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví
-en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco
-de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo
-de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas
-un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos
-de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no
-tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca,
-inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio.
-Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con
-natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el
-aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En
-mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba,
-como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas
-y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo,
-so<span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span>bre el velador
-decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba la encendida
-lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al través de
-la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico, con el
-sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un tapabocas,
-pronunciando las fórmulas de despedida.</p>
-
-<p>—Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado.</p>
-
-<p>Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño.</p>
-
-<p>—Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá
-usted á su vida habitual.</p>
-
-<p>Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á
-entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no
-había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante.</p>
-
-
-<h3>VII</h3>
-
-<p>Fuíme entonces derecho á Pepe, que me recibió con sus ojos fijos
-en la puerta por donde yo debía entrar. Como no se le veía más que la
-cabeza, hízome ésta el efecto de la de San Juan Bautista, la cabeza
-cortada que el arte religioso presenta siempre servida en bandeja
-como un manjar. Luego que me miró bien, sacó de entre las sábanas su
-mano, que era toda huesos, y en la cual la imaginación, á poco que lo
-intentara, podía ver una de las llagas del Seráfico, y buscó la mía.
-Cuando estrechó mi carne con aquel alicate de hueso, me corrió por el
-cuerpo un hielo mortal.</p>
-
-<p>—¿Qué tal vamos? —le dije inclinándome para verle mejor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span></p>
-
-<p>—Caro te vendes, hijo. Se muere uno aquí sin que los amigos vengan á
-echarle un vistazo.</p>
-
-<p>—No quería molestarte. Y ¿cómo estás ahora?</p>
-
-<p>—He pasado un rato muy malo —replicó sacando difícilmente las
-palabras del pecho—. Pero después del baño me encuentro muy bien.
-Eloísa se ha asustado mucho. Estos trances no son para ella... ¿Quién
-ha venido?</p>
-
-<p>Dile cuenta de todas las personas que había en la casa.</p>
-
-<p>—Que no parezca que estoy enfermo —añadió con brío—; que se
-diviertan como si no ocurriera nada de particular. Y verdaderamente
-no estoy tan mal. Todo ha sido un cólico nefrítico, el paso de las
-arenillas desde los riñones á la vejiga. Dolores espantosos; pero, en
-fin, nada más... Todavía...</p>
-
-<p>Miróme con cierta intención compasiva, ¡extraña compasión! y
-haciendo un gran esfuerzo por emitir con toda claridad la voz, dijo:</p>
-
-<p>—Todavía te has de morir tú primero que yo... Lo veo, lo conozco, no
-sé por qué... Me dijo mi mujer que estabas muy malo, que habías tenido
-vómitos de sangre.</p>
-
-<p>—¿Sí?... ¿te lo dijo?</p>
-
-<p>Creí prudente no negarlo. Eloísa tenía la costumbre, cuando le veía
-muy malo, de contarle imaginarias enfermedades de otros. Le consolaba
-como se consuela á los niños.</p>
-
-<p>—Y que todos los días tenías fiebre.</p>
-
-<p>—Es verdad —afirmé—. No estoy bueno, ni mucho menos.</p>
-
-<p>—Cuídate... cuídate. Sentiría mucho que en lo mejor de la
-edad...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span></p>
-
-<p>—Sí, sí: estoy decidido á cuidarme.</p>
-
-<p>—Yo estaré en pie la semana que entra —añadió, galvanizándose con
-su espiritual fuerza—, y volveré á mis quehaceres de siempre. Tengo un
-gran proyecto. Pienso construir un edificio para albergue de huérfanos
-pobres: gran pensamiento, magnífico plan. Habrá hospital, clínica,
-consulta, talleres, escuelas, gimnasio. Se necesitan seis millones de
-reales. Cuento con tu cooperación, si no te perdemos antes. Eloísa se
-encargará de organizar con sus amigas funciones en los principales
-teatros. Yo solicitaré el auxilio del Gobierno y de la Familia Real. Tú
-harás lo que puedas entre tus amigos...</p>
-
-<p>No sé hasta dónde habría llegado este coloquio, si felizmente no
-entrara mi prima.</p>
-
-<p>—¡Eh... basta de conversación! —dijo, poniendo su mano derecha en mi
-hombro y la izquierda sobre la frente ardorosa de Carrillo—. Lo primero
-que ha ordenado el médico es el reposo, y... punto en boca.</p>
-
-<p>—Sí, hija: ya me callo, ya no diré una palabra más. Estábamos
-hablando de mi hospital de San Rafael. Llevará el nombre de mi hijo.</p>
-
-<p>—Más vale que te duermas ahora. No pienses, no te acalores. Ya
-haremos un hospital, y dos si es necesario... José María y yo te
-ayudaremos... ¿Verdad? Los tres vamos á ocuparnos mucho de eso desde
-mañana. Vaya, basta de conversación. José María, aquí estás ya de
-más.</p>
-
-<p>En la habitación que precedía á la alcoba, volví á ver á Eloísa, que
-me habló así:</p>
-
-<p>—¡Qué malos augurios ha hecho el médico! ¡Pobre Pepe!... La
-convalecencia de este ataque<span class="pagenum" id="Page_205">p.
-205</span> será cruel. ¡Qué días me esperan! ¿Vendrás mañana á
-acompañarme?</p>
-
-<p>—¡Qué pregunta!</p>
-
-<p>—¿Y no has visto al pequeño? Pasa —me dijo cariñosamente,
-empujándome hacia una puerta—. El pobrecito se despertó con los gritos
-de su padre; pero debe de haberse dormido otra vez... Pasa... Vengo al
-instante. ¡Cuánto deseo que se marche esa gente!</p>
-
-<p>El pequeño dormía. Preguntóme el aya por el señor, y le dije lo que
-me pareció. De buena gana me habría quedado allí un buen rato, sin
-hacer otra cosa que contemplar el envidiable sueño de aquel ángel. Pero
-Eloísa entró á ver á su hijo, y sacóme del éxtasis en que yo estaba,
-dejando volar mi pensamiento á las alturas de contemplaciones muy
-espirituales. La mano de mi prima se posó sobre mi hombro, y oí estas
-blandas palabras:</p>
-
-<p>—Ve al salón. ¡Qué gente, qué pesadez! Extrañarán que no estés allí.
-El pobre Pepe está aletargado. Creo que pasará bien el resto de la
-noche.</p>
-
-<p>Salimos juntos, y en el pasillo nos separamos. Echóme una mirada de
-tristeza, diciéndome con severidad dulce:</p>
-
-<p>—Ya sé que ha habido mucho secreteo con Pilar. No puedo descuidarme
-un momento.</p>
-
-<p>—¿Pero eres tan tonta que...?</p>
-
-<p>Celos tan inoportunos me causaban hastío.</p>
-
-<p>—Ni afirmo ni niego nada. No hago más que hacer constar un hecho—
-replicó, apretándome ligeramente el brazo con sus dedos.</p>
-
-<p>En la reunión tuve que sostener conversacio<span class="pagenum"
-id="Page_206">p. 206</span>nes que me aburrían, contestar á preguntas
-que me incomodaban y resistir una lluvia de frases de doble sentido.
-Poco á poco se fueron aclarando los salones. La de San Salomó salió de
-las últimas, llevándose, como de costumbre, al general, que vivía cerca
-de su casa.</p>
-
-<p>—¿Usted se queda aquí? —me dijo—. Velará usted. Cada cual á su
-puesto de honor.</p>
-
-<p>A última hora fuí á enterarme del estado del enfermo. Eloísa me
-salió al encuentro en el pasillo. Se había quitado su vestido de
-sociedad y puéstose la bata de raso blanco. Como se apareció con una
-luz, creí ver á <i xml:lang="en" lang="en">lady</i> Macbeth cuando el paso
-aquél de las manos manchadas. Llevándose el dedo á la boca, dióme á
-entender que Carrillo dormía, y en palabras muy quedas me dijo:</p>
-
-<p>—Está tranquilo. Mas por lo que pueda suceder, me quedaré en el sofá
-de su cuarto. Voy al despacho á buscar una novela, porque de fijo no
-podré dormir.</p>
-
-<p>Contesté que yo velaría; pero se opuso tenazmente, alegando lo
-quebrantado de mi salud, mis pocas fuerzas...</p>
-
-<p>—Necesitas descansar —me dijo con el mayor cariño—. Duerme
-ocho horas si puedes... Aquí no haces falta. Celedonio y yo nos
-entenderemos. Esta noche, caballero, se va usted á su casita.</p>
-
-<p>Empujóme suavemente hacia la antesala, después de susurrarme
-esto:</p>
-
-<p>—¿Vendrás mañana? Mira, que no faltes. Ven á almorzar. ¿Te espero?
-No me hagas rabiar. Si á las diez no estás aquí, te mando siete
-recados. Esta soledad es horrible. Esta noche, si duermo, voy á soñar
-veinte mil disparates.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span></p>
-
-<p>Ella misma me lió el pañuelo á la garganta y alzóme el cuello del
-gabán:</p>
-
-<p>—Abrígate bien, por Dios... Haz el favor de no constiparte ahora.
-¿Hay ruidito de oídos? Voy á soñar que es verdad lo que te dijo Pepe,
-que arrojas sangre por la boca y tienes fiebre...</p>
-
-<p>Cariñosa y amante me despidió, y yo salí pensativo.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_12">
- <p><span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span></p>
- <h2 class="nobreak">XII</h2>
- <p class="subh2">Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de
- amor.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Carrillo mejoró en los días sucesivos. Aquella vida desplomada
-se sostenía con un esfuerzo prestado por el espíritu para engañarse
-á sí misma y á los demás. Salió de la terrible crisis por tregua de
-la muerte, y desde que pudo sentarse puso atención ardiente en las
-ocupaciones que tanto le entretenían. Admiraba yo aquel tesón, aquella
-esclavitud del deber, que en el heroísmo rayaba, y la indiferencia
-con que, pasada la fuerza del mal, miraba Carrillo sus insufribles
-martirios. No tenía aprensión ni afán de medicinarse. Figurábaseme
-ver en él, á veces, uno de esos hombres de temple superior y escogido
-que se desligan de todo lo que pertenece á la carne y sus miserias,
-para vivir sólo con interior vida, toda energía y llamas. A los
-ocho días atendía á sus múltiples tareas benéficas, sin salir de su
-alcoba, con la puntualidad de costumbre, y Eloísa estaba tranquila
-en lo concerniente á la enfermedad de su marido, si bien por otros
-motivos parecía haber perdido completamente todo sosiego. Una<span
-class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span> mañana me la encontré en su
-gabinete muy afanosa, con un lapicero en la mano, haciendo números y
-fijando alternativamente los ojos en el papel y en el techo, que era un
-cielo azul con sus indispensables ninfas en paños menores.</p>
-
-<p>—¿Estás contando las estrellas? —le pregunté, sospechando lo que en
-realidad contaba.</p>
-
-<p>—No: es que estoy calculando... —replicó algo turbada—. Me vuelvo
-loca, y esta pícara cuenta no sale. No te lo quería decir por no
-disgustarte; pero me pasan cosas graves.</p>
-
-<p>Yo me senté, abrumado por el pensamiento de los desastres
-aritméticos que Eloísa me iba á revelar. Ella se sentó tan cerca de mí,
-que la mitad de su no muy ligera persona gravitaba sobre la otra mitad
-de la mía.</p>
-
-<p>—¿A ver ese papel? —dije, tomándole la mano en que lo mostraba.</p>
-
-<p>Pero no entendí nada. Era un mosáico de sumas y restas, del cual no
-se podía sacar nada en claro.</p>
-
-<p>—¿Y quién entiende este <i>maremagnum</i>? —indiqué con desabrimiento.</p>
-
-<p>El dulce peso, como suele decirse, cargó más sobre mí, y la preciosa
-boca empezó á chorrear notas terroríficas, mejor diré, conceptos
-erizados de cantidades. La oí asustado. Expresábase con timidez,
-tendiendo á menguar las cifras, comiéndose algunos ceros, señalando
-el remedio antes de mostrar la herida, y respondiendo de antemano á
-las exclamaciones severas con que yo la interrumpía. La estimulé á
-presentar el problema tal como era, en toda su desnudez abrumadora,
-porque desfigurarlo era impedir su solución.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span></p>
-
-<p>—Claridad, completa claridad es lo que quiero —le dije—. Muéstrame
-hasta el fondo del cántaro vacío.</p>
-
-<p>Animada con esto, fué más explícita, y desarrolló á mis ojos el
-panorama completo de su situación económica, el cual era para poner
-miedo en el ánimo más esforzado.</p>
-
-<p>Los gastos enormes de los jueves, los de su guardarropa, las
-frecuentes compras de cuadros, porcelanas, tapices y baratijas de
-arte, y, por otro lado, los dispendios inagotables de Carrillo en
-sus obras humanitarias, llevaban la casa velozmente á una completa
-ruina. El dinero que habían tomado sobre la hipoteca de la Encomienda
-se les había ido en pago de varias facturas de Eguía, y en abonar
-los brutales intereses de la cantidad que Eloísa había tomado antes
-á un tal Torquemada, que prestaba á las señoras ricas. Después había
-necesitado tomar más dinero, más, más. Las rentas, apenas cobradas, se
-diluían en el mar inmenso de aquel presupuesto de príncipes... No me
-lo quiso decir antes, porque la idea de serme gravosa la aterraba. No
-me quería por mi riqueza: me quería por amor, y no le gustaba recibir
-dinero de mis manos. Había pensado salir adelante, hacer economías, ir
-trampeando; pero la situación se agravaba repentinamente. Tenía que
-pagar algunas cuentas considerables... luego la enfermedad de Pepe...
-Cerró la oración con oportunas lágrimas, y dejóse caer más sobre mí. Yo
-estaba sofocadísimo.</p>
-
-<p>Poco después le manifesté mi opinión de un modo bastante enérgico.
-A sus caricias, á sus ruegos de que no la abandonase en aquel trance,
-contesté con retahila de números despiadados.<span class="pagenum"
-id="Page_212">p. 212</span> Erame forzoso ser cruel para evitar mayores
-males. Yo la sacaría del pantano; pero estableciendo un nuevo plan y
-presupuesto rigurosísimo, de modo que no se repitiera el conflicto.</p>
-
-<p>Aún había tiempo de salvar parte del capital de la casa y de
-asegurar el porvenir de Rafael. Lo más urgente era reducir los gastos.
-A esto me contestó que por ella no habría inconveniente. Estaba
-decidida á vestirse de hábito de la Soledad, como una cursi, si yo lo
-creía necesario. ¿Pero cómo privar á Carrillo de lo único que alegraba
-sus últimos días, de aquel inocente consuelo de su vida próxima á
-concluir? ¿Cómo cercenarle los fondos para la <i>Sociedad de niños</i>
-y otras empresas humanitarias, que eran, para la casa, verdaderas
-calamidades?</p>
-
-<p>—No enredes las cosas —le dije—: tus gastos son los que te hunden,
-no los de él. Yo haré un presupuesto en que pueda subsistir el
-entretenimiento de tu marido... Después, oye bien, se venderán todos
-los cuadros de buenas firmas, aunque sea por menos dinero del que han
-costado. No será difícil encontrar compradores.</p>
-
-<p>Eloísa hizo signos afirmativos con la cabeza. Volviendo la vista,
-ví sobre la chimenea un rollo de papeles. Eran los planos de la gran
-reforma para convertir el patio en salón, con techo de cristales,
-escocia de Mélida... Lo agarré con mano colérica y lo hice veinte mil
-pedazos.</p>
-
-<p>—Mira qué pronto se ha hecho la obra —exclamé—: te he regalado cinco
-mil duros.</p>
-
-<p>Ella se echó á reir, y no hablamos más del asunto, porque entró
-Raimundo. Fuimos á almorzar, y en la mesa, Eloísa parecía más
-tranquila. Raimundo,<span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span>
-hablando del completo hundimiento de la casa de Tellería, hubo de
-contar cosas muy chuscas, de las cuales se rió mucho su hermana, aunque
-á mí me hacían poca gracia. Según dijo mi primo, en los últimos años la
-familia se mantenía con lo que Gustavo sacaba de las queridas ricas:
-¡abominación! Leopoldito, marqués de Casa-Bojío, estaba también en
-las últimas, porque las fortunas cubanas habían bajado á cero. León
-Roch había suspendido la pensión que pasaba á Milagros. Esta y el
-pobre marqués vivían separados y en la mayor miseria; cada cual dando
-sablazos y explotando al pobre que cogían debajo. Don Agustín de Sudre
-había dado en la flor de ir á contarle al Rey mismo sus miserias,
-logrando algunas veces pingües limosnas. Pero la regia munificencia
-se había agotado ya, y... «la semana pasada —concluyó Raimundo— fué
-el pobre señor á Palacio con el cuento de siempre. El Rey sacó cinco
-duros, y poniéndoselos en la mano, le volvió la espalda. ¡Y luego se
-espantan de que haya antidinásticos!»</p>
-
-<p>Todo aquel día tuve un humor de mil diablos. En el Teatro Real,
-oyendo no recuerdo qué ópera, ni por un momento dejé de pensar en
-las cuentas de Eloísa. Retiréme á casa antes de que terminara la
-función, y me acosté buscando en el sueño lenitivo á la pesadumbre
-que me abrumaba. Pero no podía dormir. Entróme fiebre, me zumbaban
-horriblemente los oídos, y me tostaba en mi lecho como en una parrilla.
-La apreciación de los números despertaba en mí con fiera energía,
-proporcionada al largo tiempo de eclipse que había sufrido. En mí
-renacía de sú<span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span>bito el
-hijo de mi madre, el inglés, que llevaba en su cerebro, desde la cuna,
-gérmenes de la cantidad, y los había cultivado más tarde en la práctica
-del comercio. Mi padre huía de mí, como en el teatro echa á correr el
-diablo cuando se presenta el ángel. Y las benditas cifras, ahogadas
-temporalmente por la pasión, se sublevaban, vencían y se posesionaban
-de mí con un bullicio, con un jaleo que me tenían como loco. Salté
-de la cama á la madrugada, y vistiéndome á prisa, corrí hacia un
-mueble <i>secreter</i> que en mi alcoba tengo, y en el cual suelo escribir
-cartas. Cogí un papel, empecé á desgastar la fiebre que me devoraba,
-sumando y dividiendo. Sí: Eloísa, con haber dicho tanto, no me había
-dicho la verdad. Hice el cálculo aproximado de los gastos de la casa
-en el invierno último: comidas, coches, criados, extraordinarios. No
-resultaba que la casa hubiese consumido el tercio de su capital. Había
-consumido más... ¡tal vez la mitad!... Y para apuntalar este edificio
-que venía á tierra, ¿qué era preciso hacer?... ¡Ah! guarismos y más
-guarismos. La mañana me sorprendió en aquel trabajo calenturiento,
-semejante á la faena espantosa de las almas de los negociantes que
-vienen á penar á sus desiertos escritorios, y se vuelven á sus tumbas
-cuando suena el canto del gallo. Así me volví yo á mi cama.</p>
-
-
-<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span>II</h3>
-
-<p>Continué por muchos días sintiendo en mí al inglés. Y no se
-circunscribía esta fecunda energía materna á la esfera de la economía
-doméstica, sino que penetraba impávida en el terreno moral, y allí
-me rebullía y alborotaba ordenándome afrontar un cambio de vida, un
-rompimiento que resolviera de una vez para siempre todos los problemas
-del corazón y de la aritmética. Mas tan tímida era esta energía en lo
-moral, que no pudo acallar el tumulto de mi sensual egoísmo. ¡Eloísa
-perteneciente á otro! ¡otras manos amasando aquella pasta suave y
-amorosa! ¡otro paladar gustándola, y otra boca comiéndosela...! No,
-esto no sería, aunque lo pidiese y ordenara con su prosáica voz el
-enflaquecido bolsillo. Y de apoyar esta negativa se encargaba mi
-perturbada razón con sofismas tomados de aquel falso idealismo que
-Raimundo ponía en ridículo con tanta saña. La caballería, ó si se
-quiere, la caballerosidad, me vedaba aquel rompimiento. No era delicado
-ni decente que yo abandonase, por una mísera cuestión de dinero, á
-la que me había dado á mí su vida y su honor. El <i>todo por la dama</i>
-se metía en mi alma por la puerta falsa de la sensualidad, y una vez
-dentro, hacía un estrépito de mil demonios, echando unas retahilas
-calderonianas y volviéndome más loco de lo que estaba. ¡Abandonarla,
-cuando tal vez la causa de su ruina era agradarme; cuando su lujo
-no era quizás otra cosa que<span class="pagenum" id="Page_216">p.
-216</span> el afán de hacerme más envidiable á los demás, y de dorar
-y engalanar el trono en que me había puesto! No, ¡<i>todo por la dama</i>!
-Ante sus lágrimas, ante la ley que me tenía, superior y anterior á
-todas las contingencias, ¿qué significaba un <i>puñado de monedas</i>?</p>
-
-<p>Verdad que el puñado, después de emborronar mucho papel, resultaba
-ser una friolerita así como sesenta mil duros, más bien más que menos.
-Era un trago demasiado fuerte para que pasase por el estrecho gaznate
-de la caballería; pero al fin pasó. Hice que la traidora me llevase
-á casa todos los datos del desastre, todos los papeles, apuntes y
-cuentas, y al fin logré poner orden en aquel caos de empréstitos
-para pagar intereses, de intereses acumulados al capital, de cuentas
-pendientes y facturas no abonadas. Era absolutamente indispensable
-quitar de en medio la voraz langosta de prestamistas, que en poco
-tiempo habrían devorado todo. Con esto el puñado engrosaba más. ¡Dios
-misericordioso! Me salían ochenta mil duros casi en cifra redonda.
-¡Oh, con cuánto horror se me representaron entonces las superfluidades
-que no podía menos de asociar á la leyenda aquélla de las cuentas de
-vidrio! Con el poder de mi mente pulverizaba yo todo el personal de
-los jueves famosos: los vestidos renovados tan á menudo; aquel M.
-Petit, farsante, ladrón que se embolsaba cada semana tres ó cuatro mil
-reales para gastos de comedor; aquel cocinero jefe, á quien se daban
-veinte mil reales al mes para el gasto de la plaza; los tres pinches,
-los cuatro lacayos... ¡ladrones, asesinos, secuestradores! ¿A qué
-cuento venían el portero de es<span class="pagenum" id="Page_217">p.
-217</span>trados, la doncella extranjera, la berlina de doble
-suspensión y otros mil y mil despilfarros, ya del personal, ya del
-material de la casa?... Tarde era ya; mas era tiempo. Degüello general
-y adelante.</p>
-
-<p>Una vez decretado el degüello, quedéme más tranquilo. El pellizco
-dado á mi fortuna era un pellizco de padre y muy señor mío; pero aún
-me dejaba rico. Todo iría bien si Eloísa entraba con pie resuelto por
-la senda de las economías. Eso sí, yo estaba decidido á hacerla entrar
-de grado ó por fuerza. Para esto me sentía con ánimos. Por encima de
-todo, del amor mismo y de la vanidad, había de estar en lo sucesivo el
-arreglo.</p>
-
-<p>Perplejo estuve durante dos días sin saber qué vendería para salir
-del paso. ¿Me desprendería del Amortizable, de las acciones del Banco
-de España ó de las <i>Cubas</i>? Mi tío me decía que no me deshiciera del
-Amortizable, cuya alza veía segura. Si continuaba en el Ministerio
-nuestro amigo y paisano el señor Camacho, veríamos dicho papel á
-65. Las acciones del Banco, después del aumento de capital, andaban
-alrededor de 270. Mi padre las había comprado á 479. Aun contando
-con el dicho aumento, la venta me traía pérdida. Por fin, después de
-pensarlo mucho, resolví sacrificar las acciones y las <i>Cubas</i>. Este
-papel, según mi tío, iba en camino de valer muy poco, y con el reciente
-pánico de la Bolsa de Barcelona, se había iniciado en él un descenso
-que sería mayor cada día. Vendí, pues, con pérdida, pues no podía ser
-de otra manera. Por aquellos días se estrecharon mis relaciones con
-Gonzalo Torres, amigo de mi tío y vecino de toda<span class="pagenum"
-id="Page_218">p. 218</span> la familia. Vivía en el tercero de mi casa,
-en el cuarto inmediato al de Camila. Era jugador afortunadísimo, y á
-menudo me proponía que me asociara á sus operaciones. Hícelo algunas
-veces, y siempre con tal éxito, que no me faltaban ganas de tomar más
-á pechos aquel negocio, y lo habría hecho seguramente si el amor no
-me tuviera preso y como secuestrado, incapaz para todo lo que fuese
-extraño á sus ardientes goces.</p>
-
-<p>El agente de quien Torres y mi tío eran clientes, después que
-realizó mi operación de venta de títulos, propúsome la compra de una
-casa. Torres también me lo había indicado, pues las condiciones en que
-se vendía la finca eran realmente buenas. Procedía de un embargo de
-bienes y vendíase judicialmente, con tasación demasiado baja. Hice mis
-cuentas y no me pareció mal negocio. Deseaba afincarme, colocando en
-sólido una parte de mi capital. Dí órdenes de vender más Amortizable,
-y el producto lo dividí en dos partes. Una, ¡ay dolor agudísimo, no
-inferior á los del cólico nefrítico!, era el destinado á poner á flote
-la concha de Venus, que estaba á punto de naufragar. Con la otra parte
-compré la casa, que estaba en la calle de Zurbano y era nueva y bonita.
-Me daría una renta de 4 por 100, menos que el papel seguramente; pero
-si he de decir verdad, la renta del Estado empezaba á inquietarme
-por la inseguridad de las cosas políticas, el malestar de Cuba y la
-anunciada operación de crédito del Banco de España, el cual, habiendo
-tomado sobre sus hombros la inmensa carga de la colocación de los
-nuevos valores, comprometía quizás un poco su porvenir.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span></p>
-
-<p>El año 83 hallóme, pues, con una merma considerable en mi fortuna
-y con cierta tendencia á trocar la condición de rentista por la de
-propietario. Mi cuenta corriente no me recordaba, ni con mucho,
-el apólogo de las vacas gordas, pues tanto la ordeñé, que hubo de
-terminar el año en los puros huesos. No sólo contribuyeron á esto mis
-frecuentes regalos á Eloísa, en cachivaches ó joyas, y la pasión que le
-entró por coleccionar <i>ojos de gato</i> de todos los matices, sino otras
-obligaciones enfadosas de que no pude librarme. Entre éstas, no fué
-la menos cargante el padrinazgo del chiquillo de Camila. Habiéndome
-brindado á ser su compadre, cuando lo del embarazo me parecía ridícula
-farsa, la muy loca se dió prisa á cogerme por la palabra, y allá por
-Octubre del 82, como he dicho, descolgóse con un ternero, á quien todos
-celebraron por robusto y bonito, pero que á mí me pareció dechado
-perfecto de la fealdad de los Miquis. Le tuve en la pila bautismal
-mientras el cura le lavaba la mancha que traía por el pecado de
-nuestros primeros padres, y después, como padrino generoso, tuve que
-darme yo un lavatorio de bolsillo, cuyo postrer chorretazo vino á fin
-de año con las cuentas de Capdeville. En verdad, no me pesaron estos
-derrames, porque los señores de Miquis no nadaban en la abundancia,
-y ganaban mis afectos por el recogimiento en que vivían. Al chico le
-pusimos de nombre Alejandro, por un hermano de Constantino que había
-muerto en Madrid algunos años antes.</p>
-
-<p>Sigamos. El día en que ultimé el arreglo de la deuda de mi prima,
-ésta se presentó en mi casa<span class="pagenum" id="Page_220">p.
-220</span> á las once de la mañana. Ya habían sido pagadas las cuentas;
-habíanse recogido los pagarés que estaban en poder de Torquemada.
-Sólo faltaban algunas menudencias para las cuales destiné cierta suma
-que recogería la propia Eloísa. La cantidad aguardaba sobre la mesa
-en un paquete de billetes pequeños, y junto á la misma mesa estaba
-yo, algo fatigado de tanto sumar y restar, aunque sin otra molestia,
-gracias á Dios. Aún tenía en la mano la pluma, plectro infeliz de aquel
-poema de garabatos, cuando Eloísa llegó á mí pasito á pasito por la
-espalda, echóme los brazos al cuello, cruzó sus manos sobre mi corbata,
-oprimiéndome la garganta hasta cortarme la respiración, alborotándome
-el pelo y echándome atrás la cabeza para lavarme la frente con
-sus labios húmedos; á todas éstas riendo, diciendo mil tonterías,
-llenándome de saliva los párpados y las mejillas, y vertiendo en mi
-oído un filtro, un veneno de palabras cariñosas, que después, por
-maldita ley física, se había de convertir en zumbidos insoportables.</p>
-
-<p>Dejé la pluma y me volví hacia ella. Nunca la ví vestida con más
-sencillez y al mismo tiempo con más elegancia. Venía en traje matutino,
-y traía en la mano el libro de misa. Era domingo, y antes de ir á
-mi casa había entrado en las Calatravas. Sin duda prevalecían en su
-espíritu las ideas religiosas, porque me dijo que yo era un ángel, y
-diciéndolo, arrojó sobre mi mesa el libro con tapas de nácar.</p>
-
-<p>—¿Qué mujer no haría locuras por tí? —añadió luego—. Por tí, no digo
-locuras, sino verdaderas diabluras haría yo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span></p>
-
-<p>Ya me disponía á hablarle del contrato bilateral que habíamos
-celebrado, cuando ella, adelantándose á mi pensamiento con zalamera
-iniciativa y flexibilidad, me dijo:</p>
-
-<p>—No, no tienes que predicarme. Ya lo sé, ya tengo la lección bien
-aprendida. Seré arreglada, económica; cambiaré de costumbres; haré
-desmoches espantosos, pero espantosos... En mí se ha verificado estos
-días una mudanza tal, que no me conozco. Tendrás que reñirme por las
-muchas vueltas que he de dar á un duro antes de cambiarlo. Te has de
-enfadar conmigo por los excesos, por las barbaridades que he de hacer
-en esto del gastar poco.</p>
-
-<p>—Por Dios —indiqué asustado—, nada de celo excesivo.</p>
-
-<p>—Déjame á mí. Tú me has abierto los ojos con tu talento de
-comerciante, y luego me has salvado con tu generosidad. Sería indigna
-de mirarte á la cara si no tuviera estos propósitos que tengo. ¡Si digo
-que te has de asustar cuando me veas hecha una pobre cursi, defendiendo
-el ochavo y apartada de todas esas farándulas que me han sido tan
-agradables y que han estado á punto de perderme...!</p>
-
-<p>Tanto entusiasmo me alarmaba.</p>
-
-<p>—No creas —prosiguió—, también hay algo de sacrificio; pero estos
-sacrificios y aun otros mayores, se hacen con gusto, cuando median...
-lo mucho que te quiero y el porvenir de mi hijo... Verás, verás.</p>
-
-<p>Y contando por los dedos, hizo un bosquejo de las estupendas
-economías que había de realizar.</p>
-
-<p>—Fuera los jueves. Que cada cual vaya á comer<span class="pagenum"
-id="Page_222">p. 222</span> á su casa... Fuera M. Petit, fuera el jefe
-de cocina, que son capaces de tragarse el presupuesto de una nación...
-Fuera todos los criados, á quienes he estado dando doce duros y dos
-trajes... Abajo el portero de estrados, que no sirve más que para
-enamorar á las doncellas... Abajo la doncella-costurera... Las cocheras
-y cuadras quedan en la cuarta parte... El ramo de vestidos y novedades
-suprimido por ahora... Vendo todos los zafiros, todos... Vendo la
-<i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i>, los cuadros de Sala y Domingo,
-el de Nittis, el Morelli, los cuatro grandes tapices, etc., etc...
-Liquidación de arte... Y para concluir, reduciré á su mínima expresión
-las beneficencias de mi marido, y haré por que se suprima la <i>Sociedad
-de niños</i>...</p>
-
-<p>—¡Alto allá! —dije yo, lastimado de ver cómo hería con su furibunda
-hacha económica la rama más sagrada del árbol de sus gastos—. Eso me
-parece una crueldad. Extremas mucho el programa. Al pobre Carrillo
-le quedan pocos días de vida, y es una infamia que se los amarguemos
-privándole de un entretenimiento que, por otra parte, es tan meritorio.
-Le anticiparíamos la muerte, le asesinaríamos. Señora, yo defiendo
-ese capítulo del antiguo presupuesto. Mis remordimientos votan porque
-subsista, y aun me atrevo á suponer que los de usted harán lo mismo.</p>
-
-<p>Dije esto entre bromas y veras, y ella, comprendiendo mi delicadeza
-y asimilándosela, alabó muchísimo lo que acababa de oir y contribuyó al
-triunfo de mi enmienda, no tanto con el voto de sus remordimientos como
-con el de sus caricias.</p>
-
-
-<h3 title="III"><span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span>III</h3>
-
-<p>Empezó á dar vueltas por mi cuarto como si estuviera en su casa,
-quitóse el manto y la cachemira y los tiró sobre el sofá. Luego, viendo
-que allí no estaban bien, pasó á mi alcoba para ponerlos sobre la cama.
-Se miró al espejo, y llevándose ambas manos á la cabeza, hizo un ligero
-arreglo de su peinado. Después volvió hacia mí.</p>
-
-<p>—¿Y cómo está hoy Pepe? —le pregunté.</p>
-
-<p>—Está muy animadito —replicó—. Tiene compañía para todo el día. No
-pienso volver hoy por allá. ¿Y tú?</p>
-
-<p>Díjele que no tenía ganas de salir.</p>
-
-<p>—Pues te acompañaré. Mando un recado á casa diciendo que almuerzo
-con mamá. ¿Pero vas á tener visitas de amigos? Entonces, señor mío, que
-usted se divierta... Lo mejor será que no recibas hoy á nadie.</p>
-
-<p>Anticipándose á mis deseos y á mi pereza, llamó á mi criado y le dió
-órdenes. Yo no estaba en casa. El señorito no recibía á nadie... ni al
-lucero del alba. Corriendo otra vez hacia mí, me dijo:</p>
-
-<p>—¡Oh, si esto fuera París, qué buen día de campo pasaríamos juntos,
-solos, libres!... ¿Pero á dónde iríamos en Madrid? ¡Si aquí se pudiera
-guardar el incógnito!... Créelo, tengo un capricho, un antojo de mujer
-pobre y humilde. Me gustaría que tú y yo pudiéramos ir solitos, de
-incógnito, de riguroso <i>inepto</i>, como dijo el del cuento, al Puente
-de Vallecas, y ponernos á re<span class="pagenum" id="Page_224">p.
-224</span>tozar allí con las criadas y los artilleros, almorzando en un
-merendero y dando muchas vueltas en el Tío Vivo, muchas vueltas, muchas
-vueltas...</p>
-
-<p>—No des tantas vueltas, que me mareo. Si quieres ir, por mí no hay
-inconveniente. Mira, almorzaremos aquí. Da tus órdenes á Juliana...
-Después, más tarde, á las cuatro ó cuatro y media, nos iremos en mi
-coche á un teatro popular, á Madrid ó á Novedades: tomaremos un palco y
-veremos representar un disparatón...</p>
-
-<p>—Sí, sí —gritó, dando palmadas con júbilo infantil—. ¡Y cómo me
-gustan á mí los disparatones! Echarán <i>Candelas</i>, ó quizá <i>El Terremoto
-de la Martinica</i>.</p>
-
-<p>—O <i>El Pastor de Florencia</i>, ó <i>Los Perros del Monte de San
-Bernardo</i>.</p>
-
-<p>Echó á correr hacia lo interior de la casa para hablar con Juliana y
-darle órdenes referentes á nuestro almuerzo. Después subió al principal
-para dar un vistazo á su mamá y mandar desde allí el recado á su
-marido. Al volver á mi lado, encontróme de un humor alegre, dispuesto
-á saborear las delicias de un día de libertad. Repetí á mi criado las
-órdenes. No estaba en casa absolutamente para nadie, ni para el <i
-xml:lang="la" lang="la">Sursum corda</i>... Felizmente, mi tío y Raimundo,
-con quien no rezaban nunca estas pragmáticas, estaban aquel día fuera
-de Madrid en una partida de caza.</p>
-
-<p>Almorzamos. Híceme la ilusión de estar en París y en un hotel.
-Nadie nos turbaba. De la puerta afuera estaba la sociedad ignorante
-de nuestras fechorías. Nosotros, de puertas adentro, nos creíamos
-seguros de su fiscalización, y<span class="pagenum" id="Page_225">p.
-225</span> veíamos en la débil pared de la casa una muralla chinesca
-que nos garantizaba la independencia. ¡Con qué desprecio oíamos, desde
-mi gabinete, el rumor del tranvía, las voces de personas y el rodar
-de coches! Y más tarde, cuando la turba dominguera se posesionó de la
-acera de Recoletos, nos divertimos arrojando sobre aquella considerable
-porción del mundo que nos parecía cursi, frases de burla y de desdén.
-¡Valiente cuidado nos daba que toda aquella gente viniera á rondarnos!
-Lo que hacía la sociedad con aquel ruido de pasos, voces y ruedas era
-arrullarnos en nuestro nido.</p>
-
-<p>Y atisbando detrás de la persiana de madera, veíamos pasar á
-muchos conocidos. Algunos iban por la acera de enfrente. Por la de
-mi casa vimos grupos de amigos: el general Morla, el <i>Saca-mantecas</i>
-y Jacinto Villalonga, que andaban á buen paso y no pararían hasta el
-Hipódromo.</p>
-
-<p>—Mira <i>la ordinaria de Medina</i> —me dijo Eloísa, llamándome la
-atención hacia su hermana, que pasó con su marido—. ¡Qué gorda se está
-poniendo! Han dejado el carruaje en la casa de Murga, y no podrá ir más
-allá de la Biblioteca.</p>
-
-<p>Vimos también á Pepito Trastamara en un cochecillo que parecía una
-araña, y él era otra araña. Fuera de los caballos, que tenían aire de
-nobleza, y del lacayo, que era un hombre, todo lo demás era risible,
-grotesco. Chapa apareció en el coche de Casa-Bojío, y Severiano á
-caballo. Poco antes había pasado su señora, que era legalmente señora
-de otro. ¡Qué lejos estaban todos de sospechar que les mirábamos desde
-aquella escondida atalaya, que nos reíamos<span class="pagenum"
-id="Page_226">p. 226</span> de ellos y que les compadecíamos por no ser
-libres y felices como lo éramos nosotros!</p>
-
-<p>La idea de ir al teatro perdió terreno. La pereza nos clavaba en
-donde estábamos. Mejor estaríamos allí que viendo los disparatones de
-los teatros populares. ¿Qué disparatón más grato y entretenido que el
-nuestro? El tiempo y nuestra languidez nos mecían y nos engañaban,
-dándonos nociones muy obscuras acerca de la duración de aquellos
-diálogos vivos ó de los ratos de sopor que les seguían.</p>
-
-<p>En medio de tanta indolencia, una idea me inquietaba de vez en
-cuando, haciendo correr por mi cuerpo vibraciones nerviosas. Era la
-idea de que el buen rato que yo pasaba, lo pudiera pasar otra persona;
-pues aquel ramillete de gracias que me deleitaba era más hermoso cada
-año, y con su creciente lozanía indicábame que resistiría sin ajarse
-las caricias de muchas manos. El mismo derecho que yo tuve teníanlo
-otros. Todo estaba en que ella quisiese dejarse coger. Aunque ya
-no me sentía tan entusiasmado como al principio, la idea de que no
-fuese exclusiva para mí y sagrada para los demás, helábame la sangre.
-Pero ya, ya lo sería, porque en un plazo que pudiera ser breve nos
-casaríamos y... ¿Y si después, cuando estuviese bien pertrechado
-de derechos, algún mortal, tan afortunado como yo lo era entonces,
-me robaba lo que yo robaba?... ¡Ah, buen cuidado tendría yo!...
-¿Para qué servían la energía y la autoridad?... Estos recelos no se
-calmaban ni aun con el juramento, dado entre mil ternezas y tonterías,
-de una lealtad á prueba del tiempo, de una<span class="pagenum"
-id="Page_227">p. 227</span> fidelidad que rayaba en el romanticismo
-pedantesco por su elevación sobre todas las cosas humanas. Nuestro
-cuchicheo variaba de asunto y de tono. No tratábamos de cosas
-exclusivamente ideales y voluptuosas. La viva imaginación de Eloísa
-trajo al altar de Cupido expresiones que no encajaban bien entre las
-medias palabras del amor, y prosaísmos que no se entreveraban bien con
-las rosas; pero todo cuanto venía de ella, si bien no ahondaba ya tanto
-en mi corazón, me entretenía, me seducía, me deleitaba.</p>
-
-<p>—Si tú quisieras —me dijo, después de un largo silencio—, lograrías
-ser mucho más rico de lo que eres. Con el capital que tienes y tu
-experiencia de los negocios, podrías, trabajando... Quiero decir,
-que aquí el que no dobla el capital en pocos años, es porque no
-quiere. Fúcar me lo ha dicho. ¿Te ríes? ¿Me preguntas el secreto? No
-es secreto: demasiado lo sabes. El inconveniente que hay ahora es
-que el Tesoro está desahogado y no hace ya empréstitos. Durante la
-guerra, Fúcar y otros como él triplicaron su fortuna en un par de
-años. No te rías, no abras esa bocaza. Yo siento en mí arrebatos de
-genio financiero. Me parece que sería un Pereire, un Salamanca si
-me dejaran... Vamos á ver, ¿por qué tú, que tienes dinero y sabes
-manejarlo, no vas á la Bolsa á hacer <i>dobles</i>? ¿Por qué no te haces
-amigo, muy amigo de los ministros, para ver si cae un empréstito de
-Cuba, ya que en la Península no se hacen ahora? Conque el ministro de
-Ultramar te encargara de hacer la suscripción, dándote el 1 por 100 de
-comisión, ó siquiera el medio, ganarías una millonada. De este modo ha
-ganado<span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span> Sánchez Botín
-muchos cuartos... lo sé... me lo contó Fúcar. Dí que eres un perezoso,
-que no quieres molestarte. Eres diputado y no sabes sacar partido de
-tu posición. ¿Por qué no te quedas con una línea de ferrocarril, la
-construyes y después la traspasas á algún primo que cargue con la
-explotación? Te admiras de lo que sé. Qué quieres... me gustan estas
-cosas. Fúcar me habla galanterías, y yo le digo que la mejor flor con
-que me puede obsequiar es contarme cositas de éstas y decirme cómo
-se hacen los negocios. Si tú tuvieras empeño en ello, Fúcar te daría
-participación en sus contratas de tabaco. ¡Lástima que no hubiera
-guerra civil!, pues si la hubiera, ó te hacías contratista de víveres ó
-perdíamos las amistades.</p>
-
-<p>Cuando tan repentinamente saltó Eloísa con aquella perorata,
-quedéme perplejo, absorto, dudando de lo que oía; pero pasada la
-primera impresión, me eché á reir, sí: me reía con toda mi alma, no
-comprendiendo aún la gravedad que entrañaba aquel insano entusiasmo por
-cosas tan contrarias á la condición espiritual de la mujer. Mirábalo
-yo como una gracia más, como un hechizo nuevo, hijo de la moda. Lejos
-de asustarme, mi ceguera era tal, que me reía viendo los incipientes
-resoplidos del volcán en cuyo cráter dormía yo tan descuidado.</p>
-
-<p>—¡Ah! esto de las contratas es mi fuerte —proseguía ella con
-vehemencia humorística—. Fúcar me ha contado cosas que pasman.
-Pregúntale á Cristóbal Medina lo que hacía su padre. Pues muy sencillo.
-Como el Gobierno no tenía medios de transporte, el maragato se iba al
-Ministerio<span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span> de la
-Guerra y decía: «Yo pongo á disposición del Gobierno dos mil carros, en
-tanto tiempo, á razón de tanto.» Luego no ponía más que mil quinientos,
-y cuando se moría una mula vieja, ó veinte ó doscientas (y no valía
-cada una diez duros), el veterinario certificaba... «mula de primera»,
-lo que quiere decir cuatro mil reales por cadáver de mula. Después la
-Administración militar liquidaba, y allá te van millones... Si digo que
-tú eres simple. Yo, á ser tú, me daría mis trazas para saber cuándo
-iba á subir el Amortizable y... ¡á comprar se ha dicho! Si yo pudiera
-seguir en mi tren de antes, invitaría al ministro de Hacienda, á todos
-los ministros, y les embobaría con cuatro palabras amables, y me haría
-dueña de todos los secretos de la alta banca... ¿Y quién te dice, bobo,
-que no podrías tú correr con el pago del cupón en Londres, negociando
-letras?... También se procuraría que el Gobierno comprara acorazados
-para que tú, como quien hace un favor, te encargaras de hacer los
-pagos... Porque sí, hay que fomentar nuestra marina de guerra. O si no,
-búscate comisiones en Fomento. ¿Con qué crees que ha pagado Villalonga
-sus trampas sino con lo que va sacando de las compras de máquinas en
-Inglaterra? ¡Oh! yo sé mucho... Esa isla de Cuba es todavía, aun de
-capa caída como está, una verdadera mina que no se explota bien. ¡Ah!
-se me ocurre ahora que lo que debe hacer España es venderla. Y mira,
-nadie mejor que tú se podría encargar de las negociaciones en los
-Estados Unidos, en Alemania ó en el Infierno. Conque te dieran el medio
-por ciento de corretaje...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span></p>
-
-<p>Estaba yo tan alucinado, que tomaba estas cosas por jovialidades sin
-substancia... Con tales tonterías se pasaba el tiempo, y por fin la
-adusta hora de la separación llegó. Hubo parodias grotescas de <i>Romeo y
-Julieta</i>.</p>
-
-<p>—Esa claridad mortecina no es, como dices, la del gas, sino la del
-crepúsculo. El cielo, teñido de rojo, celebra con siniestro esplendor
-las exequias del día. Es la <i>pseudo aurora</i> que este año da tanto que
-hablar á la gente supersticiosa...</p>
-
-<p>—No: es el gas, el gas. Ya el mensajero de la noche, corriendo de
-farol en farol con un palo en la mano, va colgando luces en las ramas
-de los árboles...</p>
-
-<p>—Te digo que es la tarde...</p>
-
-<p>—Te digo que es la noche...</p>
-
-<p>—Un rato más...</p>
-
-<p>—¡Horror de los horrores: las siete!</p>
-
-<p>La ví disponerse á prisa, arreglarse el cabello ante el espejo. Su
-coche había venido á buscarla. Más tarde nos volveríamos á ver en su
-casa. Aunque parezca extraño y en contraposición á todas las leyes del
-sentimentalismo, yo deseaba ya que me dejase solo, pues me entraba
-súbitamente un tedio, un cansancio contra los cuales nada podía lo poco
-espiritual que en mí iba quedando.</p>
-
-<p>—Abur, abur: ¡qué tarde!...</p>
-
-<p>—¡Que se te olvida el libro de misa!</p>
-
-<p>—¡Qué cabeza! No faltes esta noche. Hablaremos de negocios... El
-mejor negocio es ser pobre, no tener nada, no esperar nada. Déjame que
-me mire otra vez. ¿Qué tal cara tengo?...</p>
-
-<p>—Así, así...</p>
-
-<p>—Abur, abur. ¡Ay! que se me traba la cachemira en la silla. Parece
-que los muebles me retienen y no quieren dejarme salir. Pillo, no
-faltes. Si no vas, te sacaré los ojos... Pues he de mirarme otra
-vez. Se me figu<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span>ra
-que llevo escrito en mi cara... Jesús, ¡qué tarde es!... ¿Y el otro
-guante?...</p>
-
-<p>—Aquí está, sobre la silla...</p>
-
-<p>—¡Ah! mira, me llevaba tu pañuelo... El cuerpo del delito. ¡Cómo nos
-delatamos los grandes criminales! Merezco la horca. Bueno, me colgaré
-de tu cuello, así... ¿A que no me levantas? No puedes, no tienes
-fuerza. Abur, abur: tengo un hambre atroz. En cuanto llegue á casa, me
-haré servir la comida... Caballero...</p>
-
-<p>—Señora...</p>
-
-<p>—Encantada de conocer á usted... Me parece usted algo tímido. No se
-decide...</p>
-
-<p>—Señora, usted se me antoja una sílfide, un hada sin consistencia
-corpórea, sin realidad física...</p>
-
-<p>—¡Burlón! otro abrazo. Tu amor ó la muerte... Que te espero...</p>
-
-<p>—¡Eh! sinvergüenza, no pellizques.</p>
-
-<p>—Te dejo ese cardenal para que te acuerdes de mí cuando mires á
-otra. Al fin me voy. ¿Por qué no vienes conmigo?...</p>
-
-<p>—Tengo que vestirme...</p>
-
-<p>—Si parece que has salido de un hospital... ¿Qué tal? ¿Estás
-malito?...</p>
-
-<p>—Abur, abur... Largo de aquí...</p>
-
-<p>—Feo, apunte, mamarracho, adiós.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_13">
- <p><span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span></p>
- <h2 class="nobreak">XIII</h2>
- <p class="subh2">Ventajas de vivir en casa propia. — La noche
- terrible.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Considerando que era una tontería vivir en casa alquilada teniéndola
-propia, arreglé el principal de mi finca, y me mudé á él. No me
-disgustaba alejarme del domicilio de mi señor tío, porque la familia
-empezaba á serme gravosa en una ú otra forma. Aunque Raimundo volvió á
-dormir en casa de sus padres, en realidad no me despedí de él, porque
-por mañana y noche le tenía á mi lado. Era una adherencia sistemática,
-lealtad canina que á veces me causaba molestias. Cuando la manía del
-reblandecimiento no le permitía pronunciar la <i>tr</i>, se ponía el tal
-primo fastidioso, y era más pegadizo que en tiempos normales. Si estaba
-yo lavándome, él allí, describiendo con lúgubre tono los síntomas de su
-mal. Si almorzaba, él enfrente, bien participando del almuerzo, bien
-amenizándolo con un comentario de las palpitaciones cardiacas ó de las
-sensaciones reflejas, todo ello en forma y estilo de <i xml:lang="la"
-lang="la">Dies iræ</i> y con una cara patibularia que daba compasión. Si
-estaba yo en mi gabinete escribiendo cartas, él<span class="pagenum"
-id="Page_234">p. 234</span> allí, arrojado sobre el sofá, como un perro
-vigilante y amigo, callado hasta que yo le decía algo. Si le encargaba
-algún pequeño trabajo, como copiarme una minuta, sumarme varias
-partidas, cortarme cupones y sacar nota de ellos, lo hacía venciendo
-su indolencia, dando á entender que el gusto de complacerme podía más
-que su enfermedad. Estas crisis de languidez solían parar en raptos
-espasmódicos. No sólo pronunciaba entonces con facilidad y rapidez
-el condenado ejercicio que le servía de gimnasia vocal, sino que su
-lenguaje todo era febril y de carretilla, cortado de trecho en trecho
-por pausas, en las cuales se quedaba el oyente más atento, esperando lo
-que había de venir después. Tales son las pausas que hace el ruido del
-viento en una mala noche. Durante ellas la expectación del ruido nos
-molesta más que el ruido mismo.</p>
-
-<p>En semejante estado, la calenturienta habladuría de mi primo se
-refería siempre á cuestiones de dinero. Sin duda, éste se había
-condensado en el cerebro del pobre Raimundo, constituyendo su idea
-fija, que al mismo tiempo le espoleaba y atormentaba. Sus temas eran
-éstos: ¡si en Madrid se gasta más dinero del que existe; si la sociedad
-matritense está en perpetuo déficit, en perpetua bancarrota; si no se
-verifica una transacción grande ó pequeña, desde el gran negocio de
-Bolsa á la insignificante compra en una tiendecilla, sin que en dicha
-transacción haya alguien que sea chasqueado...! Le ocurrían cosas
-bastante originales en la forma, otras muy extravagantes, pero que
-escondían algo de verdad.</p>
-
-<p>—Sostengo —decía— que no existen, contantes y sonan<span
-class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>tes, más que veinte mil
-reales. Cuando uno los tiene, los demás están á cero. Pasan de mano
-en mano haciendo felices sucesivamente á éste, al otro, al de más
-allá. Lo que llaman <i>un buen año</i>, es aquél en que los tales mil duros
-corren, corren, enriqueciendo momentáneamente á una larguísima serie
-de personas. Cuando se habla de paralización, de crisis metálica;
-cuando los tenderos se quejan y los industriales chillan y los
-bolsistas murmuran y los banqueros trinan, es que los milagrosos
-mil duros corren poco, estando mucho tiempo en una sola caja. La
-sociedad entonces se pone de mal humor. Lo bonito es verles andar
-de una parte á otra, despertando el contento general. Creeríase que
-es el gracioso juego del <i>corre, corre, vivito te lo doy</i>. Viendo
-pasar por sus dedos el talismán, se creen dichosos, y lo son por un
-momento, el empleado, el tendero, el almacenista, el banquero, el
-agente de Bolsa, el prestamista, el propietario, el contratista, el
-habilitado, el casero. La piedra filosofal, por correrlo todo, hállase
-también en las manos del jugador; pasa rozando por los dedos de la
-entretenida; sube á las grandes casas de negocios; baja á las arcas
-apolilladas del usurero; taladra las cajas del regimiento; se mete
-en la Delegación de Contribuciones; sale bramando para ir al Tesoro;
-la arrebata de cien manos una; va á ser el encanto de la noche de
-festín; vuelve al comercio menudo, donde parece que se subdivide
-para juntarse al momento; la agarra otra vez la usura; la coge el
-propietario hipotecando una finca; vuelve á la Bolsa; la gana un
-afortunado bajista; la pierde por la noche á la ruleta un sietemesino;
-va á<span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span> parar luego á un
-contratista; le echa el guante uno que suministra postes de telégrafos
-ó cajas para tabacos; va de sopetón á servir de fianza en la Caja de
-Depósitos; la envían rápidamente de aquí para allí como una pelota las
-distintas oficinas del Estado; corre, gira, pasa, rueda, y en este
-movimiento infinito va haciendo ricos á los que la poseen. ¡Venturosos
-los que, siquiera por un momento, se jactan de echarle el guante!...
-Ahora bien, queridísimo primo: pues los hechos han querido que en el
-actual minuto histórico la consabida pelota esté en tus manos, haz el
-favor de compartir conmigo tu felicidad prestándome dos mil reales.</p>
-
-<p>Así concluían siempre sus humoradas económicas. Mientras viví en
-Recoletos, estos sablazos de familia se repetían mensualmente, y
-la verdad, yo los llevaba con paciencia y sin contrariedad grave.
-Mi buen primo no tenía más que su mezquino sueldo y alguna cosilla
-que su padre le daba. Yo era rico, y poco perdía, relativamente á
-mi fortuna, con los ataques de aquella divertida mendicidad. La
-compasión, el parentesco, la admiración del ingenio de Raimundo,
-obraban en mí para determinar mi liberalidad. Gozaba en su júbilo al
-tomar el dinero, y me parecía que echaba combustible á su temperamento
-para encenderlo y verle despedir las chispas de gracia con que me
-divertía tanto. ¡Pobre Raimundo! si á él le denigraban sus sablazos,
-en mí eran medio indirecto de gratificar al bufón de mi opulencia, de
-pagarle la tertulia que me hacía y las adulaciones con que halagaba mi
-vanidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span></p>
-
-<p>Pero las cosas cambiaron. Cuando me fuí á vivir á mi casa de la
-calle de Zurbano, llevé conmigo, por razones que se comprenderán
-fácilmente, la idea de mirar mucho el dinero que salía de mi caja. Ya
-los golpes duros de aquel compañero de mis horas tristes empezaban á
-dolerme. Aquélla fué la primera vez que Raimundo, al pedirme limosna,
-no vió la indulgencia y la generosidad pintadas en mi semblante.</p>
-
-<p>—Toma mil reales —le dije arrojándoselos desde lejos—; lárgate
-á la calle con viento fresco, y tarda todo el tiempo que puedas en
-gastarlos.</p>
-
-<p>Generalmente, la recepción de las sumas que me pedía obraba con
-maravilloso poder terapéutico sobre la raquis de aquel hombre infeliz,
-porque su languidez cesaba al instante, su palabra era más expedita
-y clara, resplandecían sus ojos; en fin, era otro hombre. No tardaba
-en tomar calle, y por lo común, al día del sablazo sucedían mañanas
-y tardes en que no parecía por mi casa. Estos eclipses me gustaban,
-aunque no eran baratos. Poco á poco se iba gastando la virtud
-medicatriz de mi bálsamo, y el hombre volvía á desmayar y á decaer como
-planta de tiesto á la que se le va secando la tierra; la lengua se le
-entorpecía, el temblor nervioso le hacía parecer tocado de idiotismo,
-hasta que su crisis tenía nuevamente alivio y término en otra sangría
-de mi bolsillo. Contra lo que manda la ciencia, el enfermo era la
-sanguijuela y el médico se la ponía.</p>
-
-<p>Francamente, en aquellos días empezaron mis hombros á sentirse
-cansados bajo el peso de mi familia. Una mañana estaba yo
-vistiéndome,<span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> cuando
-entró el portero muy afanado y me dijo que la señorita Camila se estaba
-mudando al cuarto tercero de la derecha, el único que no se había
-alquilado todavía. Ni mi prima me había dicho una palabra acerca de
-tomar el cuarto, ni había cumplido ante el portero, que me representaba
-para aquel caso, ninguna de las formalidades que la ley y la costumbre
-establecen para ocupar una casa ajena.</p>
-
-<p>—No me he atrevido á decirle nada —manifestó el portero,
-sofocadísimo—. Arriba está colocando los muebles con una bulla de cien
-mil demonios, y en el portal han parado dos carros de mudanza. Yo
-hice presente á la señorita que el señor no había dicho nada, ni se
-ha hecho contrato, y me respondió que me fuera enhoramala, que ella
-se entendería con el señor y... que yo no soy nadie. Conque vengo á
-ver...</p>
-
-<p>No quise tomar una determinación ruidosa, y dejé que mi prima
-ocupase el cuarto, resuelto á cantar muy claro al feo de Miquis las
-obligaciones que contraía por el hecho de ocupar mi propiedad. Más
-tarde se personó en mi presencia la propia Camila, y me dijo:</p>
-
-<p>—Perdona, primito, <i>comparito</i>, que hayamos tomado tu casa por
-asalto. La ví ayer tarde, y me gustó tanto que no he querido que pasase
-el día de hoy sin estar en ella. No creas, te pagaremos religiosamente,
-te daremos dos meses en fianza. ¿No bajas nada de los siete mil? En
-fin, por ser compadre, te daremos seis mil quinientos, y no resuelles,
-porque será peor. Te pagaremos cuando tengamos dinero, que ojalá sea
-pronto... Y calla, hombre, calla: ya sé lo que me vas á decir.<span
-class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> Tienes razón, esto es un
-abuso; pero por algo somos compadres. Nosotros los Buenos de Guzmán
-tenemos así este genio pronto. Me voy, que tengo que dar una mamada
-á mi cachorro. ¡Ah! nuestra casa está á tu disposición. Puedes subir
-cuando quieras y nos acompañaremos mutuamente. Estás muy solito, y te
-aburrirás en este caserón. Nosotros no salimos, no vamos á ninguna
-parte. Estoy consagrada á darte un ahijado gordo y rollizo. Sube y lo
-verás.</p>
-
-<p>Subí aquella tarde. Camila, sin reparo alguno, sacó el pecho en
-mi presencia y se puso á dar de mamar al inocente. Mi ahijado no era
-bonito, ni robusto, ni sano. Cuando no tenía el pezón en la boca,
-estaba consagrado exclusivamente á la ejecución de un interminable
-solo de clarinete que atronaba la casa. En ésta no se podía dar un
-paso. Ningún mueble estaba aún en su sitio, y el gañán de Constantino
-no hacía más que clavar clavos por todas partes, rasgándome el papel,
-descascarándome el estuco, y dando tanto porrazo, que parecía haberse
-propuesto destrozarme todos los tabiques.</p>
-
-<p>—La casa me gusta —díjome Camila obligándome á sentarme en una
-silla á su lado, después que me acercó á los labios la carátula roja
-de su feo muñeco para que la besase—, me gusta mucho; pero tiene
-grandes defectos, sí; defectos que me harás el favor de corregir
-inmediatamente.</p>
-
-<p>—Conque inmediatamente... ¡qué ejecutivo está el tiempo!</p>
-
-<p>—Chitito, callando, y obedecer. Mira que tengo malas pulgas...
-Pues sí, es preciso que mandes acá tus albañiles mañana mismo.
-Necesito<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> que me abras
-una puerta de comunicación en este tabique que está á mi espalda.
-No sé en qué estaba pensando el arquitecto cuando trazó la casa. No
-se les ocurre á esos tipos que todas las habitaciones de una crujía
-deben estar comunicadas. Necesito, además, que des luz al cuarto de la
-muchacha, bien por el patio, bien por la cocina, poniendo una vidriera
-alta, ¿entiendes? Fíjate bien; parece que no haces caso de lo que se te
-dice... Otra cosa: es preciso que me pongas una cañería desde el grifo
-de la cocina al cuarto del baño, para llenar cómodamente la tina. Y de
-paso me abrirán otra puerta de comunicación entre dicho cuartito del
-baño y el comedor. Harás que me pongan campanillas en todas las piezas,
-pues sólo dos las tienen, y en la sala quiero chimenea. Voy á hacer de
-la sala gabinete, y aunque yo no tengo frío, las visitas... ya ves. Voy
-á dar <i>tés danzantes</i>.</p>
-
-<p>—Dí de una vez que mande construir de nuevo la finca —repuse tomando
-á broma sus reformas.</p>
-
-<p>—No te hagas el tontito. ¡Ah! desde que eres casero te has vuelto
-tacaño, antipático... Ya no eres el caballero de antes; ya no piensas
-más que en sacarle el jugo al pobre... Pues mira, tú te lo pierdes. Si
-no haces las obras que te he dicho, nos mudaremos y se te quedará el
-cuarto vacío. Conque á ver qué te conviene más.</p>
-
-<p>Iba á contestarle que prefería el vacío á un inquilinato tan
-exigente y que tenía todas las trazas de ser improductivo; pero
-en aquel instante mi ahijado, dejando el pecho de su madre, me
-miró ¡pobrecillo! con una singular expresión<span class="pagenum"
-id="Page_241">p. 241</span> de súplica. Parecía que impetraba mi
-indulgencia en pro de sus estrafalarios y míseros papás. Aquel infeliz
-niño, tan gordinflón que parecía hinchado, me inspiraba mucha lástima.
-Con su debilidad, con su inocencia y con aquel modo de mirar, atento
-y pasmado, ganaba mi voluntad, reconciliándome con mis inquilinos. En
-Camila me interesaba la solicitud con que se desvivía por el cuidado
-y la crianza de su hijo, sin hacer caso de nada que no fuera este
-fin alto y noble, alejada de la sociedad y de las diversiones. Por
-esta exaltación del sentimiento materno, que en ella surgía con los
-caracteres de una virtud sólida, le perdonaba yo sus desfachateces
-y tonterías, la falta de recato y formalidad que siempre era lo más
-distintivo y visible de su extraño carácter. Pero me quedaba la duda
-de que el sentimiento materno fuera también caprichoso como todas las
-vehemencias maniáticas que sucesivamente privaban en su espíritu. El
-tiempo me diría si aquello, que parecía mérito muy grande, resultaría
-después, como sus acciones todas, un entusiasmo efímero. Por fin,
-después de reirme mucho, contesté con un «veremos» á las peticiones de
-reforma en la casa.</p>
-
-<p>¡Cuál no sería mi sorpresa dos días después, cuando Constantino,
-entrando inopinadamente en mi despacho, me puso en la mano el importe
-de un mes adelantado y dos meses de fianza!</p>
-
-<p>—Dispense usted, señor casero —me dijo—, la demora. Esperaba yo que
-mi mamá me mandase los cuartos. En la Mancha ha habido malas cosechas,
-y por esta razón... De aquí en adelante cumpliremos mejor. Me dijo ayer
-Camila que us<span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span>ted
-creía que no le íbamos á pagar, y que nos habíamos metido en su casa
-para habitarla de balde... ¿Apostamos á que se lo pensó así?</p>
-
-<p>—No, hombre; no creí tal. Ideas de esa loca. No hagas caso... Sois
-las personas más formales que conozco. A entrambos os aprecio mucho.
-Seré con vosotros un casero indulgente. Seréis para mí los inquilinos
-más considerados y los vecinos más queridos. Y cuando me encuentre
-aburrido en esta soledad, subiré á haceros compañía, á buscar un poco
-de calor en el fuego de vuestra felicidad.</p>
-
-<p>Él me instó á que subiera todas las noches para darnos mutuamente
-tertulia. Camila no iba á ninguna parte: la obligación de la teta
-y el cuidado del <i>crío</i>, que no parecía estar bueno, la retenían
-constantemente en casa. Él tampoco salía ya de noche, porque Camila, á
-fuerza de predicarle y de reñirle, unas veces tratándole por buenas,
-otras por malas, había conseguido quitarle la mala costumbre de ir al
-café.</p>
-
-<p>—Como somos pobres —añadió—, tenemos pocas visitas. Mi hermano y su
-mujer suelen ir algunas noches. Suba usted y jugaremos al tute, á la
-brisca, al burro y á las <i>siete y media</i>, que son los únicos juegos que
-Camila consiente. Ella, si usted sube, tocará el piano y cantará alguna
-cosa bonita de las muchas que sabe.</p>
-
-<p>Dí las gracias á aquel honrado cafre, que me pareció haberse
-domesticado algo desde el tiempo en que nos conocimos, é hice propósito
-de no despreciar su invitación.</p>
-
-
-<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span>II</h3>
-
-<p>Porque en aquellos días tenía yo muy pocas ganas de andar por el
-mundo; sentía no sé qué secreto, abrumador hastío, y un indefinible
-anhelo de la vida de familia, de reposo moral y físico. No pudiendo
-satisfacerlo cumplidamente, compartía mi tiempo entre la casa de Eloísa
-y la de Camila, huyendo de círculos, teatros y reuniones mundanas ó
-políticas que me aburrían soberanamente. En la primera de aquellas
-casas alternaban para mí las horas tristes con las horas entretenidas,
-pues si bien la fatiga y cierta tibieza del corazón hacíanme padecer,
-pasaba ratos agradables charlando con Eloísa de aquellos proyectos de
-pobreza, que tanta gracia tenían en su boca, ó poniendo en vigor con
-rigurosa actividad el plan de economías que debía salvarla. Yo mandaba
-allí como si fuera el amo, y disponía á mi antojo de todo. Hice un
-desmoche horrible de criados, y tuve el gusto de plantar en la calle
-al danzante de M. Petit y al jefe de cocina, con sus tres pinches. Una
-mujer bastante hábil, asistida de una <i>pincha</i>, se encargó de hacer de
-comer. Despedí también á la doncella-camarera, que me parecía mujer de
-muchos enredos. Era italiana, de buen ver, llamábase <i>Quiquina</i> y había
-venido á España al servicio de una célebre artista del Real. Supe que
-había dado escándalos en la casa, dejándose requerir por los cocheros
-y lacayos, y que Pepito Trastamara la perseguía por los pasillos.
-Semejante trapisondista no debía seguir allí,<span class="pagenum"
-id="Page_244">p. 244</span> y salió pitando, aunque Eloísa lo sintió
-porque la servía muy bien. De los mozos que lucían frac ó librea en
-los grandes jueves, no quedó más que Evaristo, criado mío muy leal, á
-quien coloqué en la servidumbre de mi prima. Parecía estar en honestas
-relaciones con Micaela, la doncella de Rafaelito. Eloísa me aseguró que
-se casaban y que seguirían sirviéndola después de la boda. Agradábame
-que Evaristo permaneciera, porque me constaba de un modo absoluto su
-adhesión, y me convenía tener un perro de presa, un vigilante, un espía
-dentro de aquellos muros.</p>
-
-<p>Entre tanto, las cuadras y cocheras se reducían á un tiro nada más.
-Los lienzos gustaban al ministro de Holanda, que probablemente se
-quedaría con ellos por una cantidad alzada. Eloísa daba á su prendera
-los zafiros para que los <i>corriera</i>, y todo iba bien, perfectamente
-bien. Para descansar de estas tareas de gobierno, solía pasar algunos
-ratos con Rafaelito, el más mono y salado chiquitín que podría
-imaginarse. Tenía ya dos años, y los disparates de su preciosa boca
-me encantaban más que todas las cosas admirables que han dicho los
-poetas desde que hay poesía. Sus agudezas, feliz ensayo de la malicia
-humana, eran mi mayor diversión. Para gozar de aquel hermoso oriente
-de una vida, provocaba yo y movía las manifestaciones rudas de su
-naciente carácter; le hurgaba para que se me mostrara tal cual era, ya
-riendo como un loco, ya colérico; le sacaba de un modo capcioso las
-marrullerías, las astucias y los impulsos nobles del ánimo. Las horas
-muertas me pasaba á su lado, á veces tan chiquillo como él, á veces
-tan hombre él como<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span>
-yo. Componíale yo los juguetes, después que entre los dos los habíamos
-roto.</p>
-
-<p>También empleaba algunos ratos en acompañar al pobre Carrillo, que
-apenas salía de su cuarto. Figurándome que tenía con él una deuda
-enorme, se la pagaba con buenas palabras y con atenciones cariñosas.
-Nada agradecía él tanto como que se le diera cuerda en cualquier tema
-de los suyos y en su fervoroso entusiasmo por la política inglesa.
-Yo sabía herir siempre las fibras más sensibles de su amor propio de
-propagandista y de anglómano. Con mi conversación se animaba, ponía en
-olvido sus crueles dolores y lanzaba su fantasía al espacio inmenso de
-los grandes proyectos. Mientras platicábamos, solía estar con nosotros
-el pequeñuelo. Pero ocurría un caso muy particular, que á mí no me
-causaba asombro por estar ya muy hecho á las cosas contrarias á la
-Naturaleza y á la razón. El pequeño se divertía poco con su papá, y
-esquivaba el estar en sus brazos. Pronto conocí que le tenía miedo,
-y que el rostro demacrado de Carrillo, con su amarillez azafranosa,
-producía en el pobre niño un terror que no sabía disimular. La verdad
-era que hasta entonces el infeliz padre, harto ocupado con los hijos
-ajenos, se había entretenido poco con el suyo. Rafael no hallaba calor
-en los brazos de Pepe y venía á buscarlo en los míos. Ni dejaba perder
-ocasión el muy inocente de preferirme al otro. Carrillo dijo un día
-con amarguísima tristeza: «Te quiere más que á mí», frase que se clavó
-en mi conciencia como un dardo. Hubiérame agradado que el pequeño
-no me acibarase el espíritu con sus preferencias; trataba yo<span
-class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> de volver por los fueros
-de la Naturaleza ofendida; pero no lo podía conseguir. El chiquillo
-me adoraba. Viéndole desasirse con gesto desabrido de los brazos de
-su padre, sentía yo en mi alma un peso que me aplanaba. Le habría
-dado azotes, si no temiera que este remedio trivial agravase el daño.
-Y Carrillo me miraba como con envidia, y me hacía volver los ojos á
-otra parte, sobrecogido de inexplicable turbación. La imagen de aquel
-resto de hombre, fijo en su asiento, inmóvil de medio cuerpo abajo,
-flaco y consumido, de un color de cera virgen, con las manos temblonas
-y el aliento difícil, me perseguía en todas partes de noche y de día.
-Imposible, imposible expresar el sentimiento que me inspiraba, mezcla
-imponente de lástima y miedo, de desdén y respeto.</p>
-
-<p>En casa de Camila pasaba yo algunos ratos por las mañanas antes
-de almorzar. Confieso que la loca de la familia me iba siendo menos
-antipática, y que en su endiablado carácter empezaba yo á descubrir
-cualidades no despreciables, que habrían lucido más entresacadas de
-aquella broza que las envolvía. El cariño ardiente y sincero que
-parecía tener al simplín de su marido, eran para mí una de las cosas
-más dignas de admiración que había visto en mi vida. La sencillez de
-sus costumbres y su alejamiento de las ostentaciones de la vanidad,
-también me agradaban. Pero estas dotes recién descubiertas creía yo que
-no debían estimarse como positivas hasta que las circunstancias no las
-pusieran á prueba. Era cosa de verlo. Con quien yo no congeniaba era
-con mi ahijado, el más ruidoso y malhumorado ca<span class="pagenum"
-id="Page_247">p. 247</span>chorro que mamaba leche en el mundo. Muchas
-veces tuve que huir de la casa porque su clarinete me volvía loco.
-Era el tal de una robustez sospechosa, gordinflón, amoratado. No
-había equilibrio en aquella naturaleza, y su sangre, quizás viciada,
-se manifestaba en la epidermis con florescencias alarmantes. En vano
-Camila tomaba grandes tragos de zarzaparrilla y otros depurativos. El
-pequeñuelo mostraba rubicundeces y granulaciones que parecían retoños
-vegetales. No debía de estar sano, porque su inquietud crecía con su
-sospechosa robustez. Lo peor de todo era que Camila bajaba con él á mi
-casa cuando menos falta tenía yo de música, y la una con sus cantos
-y el otro con sus chillidos me daban unos conciertos matutinos y
-nocturnos que me aburrían.</p>
-
-<p>Vuelvo á la otra casa, donde, inopinadamente, ocurrieron sucesos en
-el breve espacio de una noche, que dejaron indeleble recuerdo en mí.
-Si mil años vivo, no olvidaré aquellas horas terribles. Eloísa, que
-por instigación mía había dejado de renovar su abono en los teatros,
-fué invitada aquella noche por una de sus amigas á un estreno en la
-Comedia. Dudó si iría; pero Carrillo se encontraba mejor que nunca: él
-y yo la instamos á que fuera. No eran aún las nueve, cuando Pepe se nos
-puso muy mal. Estábamos allí el ayuda de cámara, Villalonga y yo. Al
-punto comprendimos que el enfermo sufría una crisis de las más graves.
-Mandé inmediatamente por el médico, y también quise mandar á buscar
-á Eloísa; pero Carrillo, en aquel paroxismo que parecía la agonía de
-la muerte, tuvo una palabra<span class="pagenum" id="Page_248">p.
-248</span> para oponerse á mi deseo, diciendo:</p>
-
-<p>—No, no: déjala que se divierta la pobre.</p>
-
-<p>En esta frase creí sorprender un desdén supremo; pero seguramente me
-equivocaba, y lo que había era un espíritu de condescendencia llevado á
-lo último.</p>
-
-<p>El infeliz sufría horribles dolores. El cólico nefrítico
-se presentaba más espantoso que nunca, complicado con un gran
-aplanamiento. El médico auguró mal, y se negó á administrar como
-inútiles las inyecciones hipodérmicas. El marqués de Cícero, á
-quien avisé, vino prontamente acompañado de su respetable y también
-insignificante hermana, y después de echar un vistazo al enfermo,
-salió de la alcoba, porque, según dijo, no tenía corazón para ver
-padecer. Fuése á las habitaciones más distantes, donde estuvo largo
-rato hablando con los criados, y después pasó al despacho. Le ví luego
-vagar por la antesala, echando ojeadas de admiración á los espejos y
-azotándose la pierna derecha con un bastoncillo. Cuando me tropezaba
-con él, pedíame noticias de su sobrino. Después se pasaba la mano por
-aquella frente hermosa digna de encerrar talento; se la frotaba como
-quien acaricia una gran idea que le cosquillea debajo del cráneo, y
-decía con el tono misterioso que se da á los descubrimientos:</p>
-
-<p>—¿Sabe usted, amigo, que ya van creciendo mucho los días? Hoy, á las
-cinco, era completamente claro.</p>
-
-<p>Aquella noche, afortunadamente, no llevó ninguno de los perros que
-solían acompañarle. A veces me llamaba con gran aparato de manotadas y
-chicheos para decirme al oído:</p>
-
-<p>—La pobre Angelita no sospechaba que Pepe viviría menos que yo.
-Estoy muy fuerte.<span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span>
-Si Pepe hubiera seguido yendo al monte conmigo todos los sábados para
-volver los lunes, no se vería como se ve.</p>
-
-<p>Me lastimaba mucho, no puedo ocultarlo, que el marqués y su hermana
-advirtieran la ausencia de Eloísa en ocasión tan crítica. Ya me
-disponía á mandarle un recado... cuando la ví entrar. Eran las diez
-y media. ¿Cómo tan pronto si la función no podía haber concluído? No
-se ocupó ella de darme explicaciones, porque en el portal los criados
-la habían enterado de la gravedad del enfermo. Entró anhelante en la
-alcoba de éste, y pasándole la mano por la frente, díjole algunas
-palabras consoladoras y afectuosas. Después corrió á quitarse el
-vestido de sociedad, que era un sarcasmo en tan lastimosa escena. Fuí
-tras ella á su tocador, y mientras se mudaba de traje, contóme en
-palabras breves el motivo de su temprana salida del teatro. La obra que
-se estrenó era muy inmoral, y todas las personas decentes se habían
-escandalizado; las señoras se salían, horrorizadas, de los palcos, y el
-público de butacas protestaba con murmullos.</p>
-
-<p>—Figúrate que el autor ha sacado allí unas <i>tías</i> elegantes,
-caracteres enteramente nuevos en nuestro teatro... Es un escándalo, una
-desvergüenza; es cosa que da asco... Lo único bueno de la obra son los
-trajes preciosísimos que han sacado las tales... ¡Qué lujo, qué novedad
-de telas, y qué cortes tan admirables!</p>
-
-<p>La gravedad de lo que nos rodeaba no le permitió darme más
-pormenores.</p>
-
-<p>—Pobre Pepe, ¡cuánto padece esta noche! —exclamó abrochándose la
-bata y mirándose en mi tristeza como en un espejo—. ¡Si le pudiéramos
-ali<span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span>viar! Maldita
-medicina que para nada sirve. Esta noche no nos abandonarás. ¡Me
-espanta la idea de quedarme aquí sola!... Siento que pases estos malos
-ratos; pero no hay más remedio, hijito. Hazlo por mí, por él, por
-todos. En estos casos se conocen los buenos amigos. Presumo que vamos á
-tener una noche muy mala, muy mala.</p>
-
-<p>Volví antes que ella al lado de Carrillo. Encontrémele acometido
-de espantosos dolores, doblándose por la cintura como si quisiera
-partirse en dos, profiriendo ayes profundos, roncos y guturales, que
-causaban horror. Parecía haber perdido el juicio. Sus gritos eran la
-exclamación de la animalidad herida y en peligro, sin ideas, sin nada
-de lo que distingue al hombre de la fiera. Eloísa se puso á su lado,
-pero él no reparó en ella; en mí sí, pues habiéndole rodeado el cuello
-con mi brazo para sostenerle en la postura que me parecía menos penosa,
-se aferró con ambas manos á mi cuerpo y me tuvo sujeto largo rato.
-Agarrábase á mí como si al asegurarse bien, clavándome las uñas, se
-sintiese aliviado. Ultimamente reclinó la cabeza sobre mi pecho, dando
-un suspiro muy hondo. Mi prima se aterró creyendo que se moría; pero
-tranquilizónos el médico asegurando que la sedación comenzaba y que las
-arenillas habían pasado ya. El tal doctor no era una notabilidad de
-la ciencia, á mi modo de ver, aunque muy zalamero en su trato, razón
-por la cual muchas familias de viso le preferían á otros. Si la misión
-del facultativo es entretener á los enfermos y alegrar su espíritu
-con ingeniosas palabras y aun con metáforas, Zayas no tie<span
-class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span>ne quien le eche el pie
-adelante. Por lo demás, ni él curaba á nadie, ni Cristo que lo fundó.
-Eloísa propuso aquella misma noche convocar junta de médicos para el
-día siguiente, y el de cabecera citó tres ó cuatro nombres de los más
-ilustres. Después de haber recetado un calmante, arrepintióse y recetó
-otro, y por fin le vimos decidido á darle bromuro potásico.</p>
-
-<p>—Debe de haber en esto una complicación grave —le dije, razonando
-con el sentido común—. ¿Habrá derrame cerebral?</p>
-
-<p>—Quizás —replicó lleno de dudas—. Lo indudable es la completa atonía
-del aparato vesical y tal vez paralización de los centros nerviosos.
-Me temo mucho que haya bolsas arteriales, cuya rotura sería el
-desenlace funesto. Al principio se quejaba de frío en la espalda, y las
-fricciones le pusieron peor. El pulso acusa una circulación sumamente
-irregular.</p>
-
-<p>Nada concreto nos decía aquel sabio, que había estado tres años
-estudiando al paciente y aún no le conocía. Entre Celedonio y yo, con
-ayuda de Villalonga, acostamos á Pepe en su cama, vestido para no
-molestarle. No parecía sufrir dolores agudos; pero su cerebro estaba
-profundísimamente trastornado. Hablaba sin cesar con torpe lengua,
-entrecortando las frases con risas que nos causaban espanto. Sentóse mi
-prima por un lado del lecho, y yo por otro. Zayas le contemplaba desde
-enfrente sin decir nada. Miraba Pepe á su mujer con estúpidos ojos:
-no la reconocía; tomábala por una persona extraña; se volvía á mí, y
-confundiéndome con Celedonio, decía:</p>
-
-<p>—Tú, Celedonio, y José María sois las únicas personas<span
-class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> que me quieren y me cuidan
-en esta casa.</p>
-
-<p>Eloísa y yo nos mirábamos con azarosa inquietud, sin pronunciar
-palabra.</p>
-
-<p>—¿Se ha ido José María? —preguntaba después el infeliz.</p>
-
-<p>—Aquí estoy, ¿no me ves?...</p>
-
-<p>—¡Ah! sí: como estás vestido de sacerdote, no te había conocido...
-¿De cuándo acá...?</p>
-
-<p>De este modo llegó media noche. El delirio disminuía. El marido de
-mi prima parecía entrar lentamente en un período comático. Calló al
-fin, y su respiración anunciaba sosiego, quizás un sueño reparador.
-Por fin el médico, asegurando que no había peligro inmediato, se
-despidió hasta la mañana siguiente. Villalonga se fué también. El
-marqués de Cícero, que estaba en el despacho leyendo periódicos delante
-del busto de Shakespeare, díjome que no tenía sueño; que se quedaría
-hasta las tres ó las cuatro, si me quedaba yo, y poco después Eloísa
-invitaba á él y á su señora hermana á tomar un emparedado, un poco de
-Burdeos y una taza de té. En el comedor les ví á eso de la una cenando
-silenciosos. Yo no tomé nada.</p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>A pesar de las seguridades que dió el bueno de Zayas, yo no las
-tenía todas conmigo. Temía, más que la renovación del ataque de
-nefritis, un brusco estallido de las complicaciones vasculares y
-encefálicas. Aunque Eloísa me instó á que me acostase, no quise
-hacerlo. Ella también estaba inquieta. Acordamos velar ambos, cargando
-juntos aquella espantosa cruz, como nos lo<span class="pagenum"
-id="Page_253">p. 253</span> ordenaba la fatalidad de los hechos. El
-marqués y su hermana se fueron al despacho, donde se entretenían, ella
-rezando el rosario y él leyendo. Sería la una y media cuando Eloísa y
-yo volvimos á ponernos en triste centinela, cada cual á un lado del
-lecho del enfermo. Así estuvimos largo rato oyendo sólo el rumorcillo
-del reloj de la chimenea, que arrojaba los desmenuzados espacios de
-tiempo como la clepsidra chorrea las arenas que caen para siempre.
-Observábamos el cadencioso, reposado aliento de Pepe, y al menor sonido
-que se pareciese á la emisión de una sílaba, nos entraba sobresalto
-y azoramiento. Creíamos que nos iba á decir algo aterrador con la
-solemnidad que es propia de labios moribundos. De improviso abrió el
-infeliz los ojos; miró á su mujer, cual si no estuviera seguro de
-quién era; volvióse después hacia mí, y en tono tranquilo que revelaba
-completa posesión de sus facultades intelectuales, me dijo estas
-palabras:</p>
-
-<p>—Haz el favor de mandar que venga un cura. Quiero confesarme.</p>
-
-<p>Dijímosle que su estado no era para tanto, y él insistió en que sí
-lo era con tal energía, que no quisimos contrariarle.</p>
-
-<p>—Esta noche me moriré —exclamó con una serenidad que nos dejó
-pasmados—. Esta noche se acabará esta vida que he deseado fuese útil,
-sin poderlo conseguir. Y no creáis que estoy afligido. Me muero
-resignado. ¿Qué soy yo en el mundo? Nada. Soy un cero que padece y nada
-más. La mayor parte de los que vivimos, ceros somos, y mientras más
-pronto se nos borre, mejor.</p>
-
-<p>Le respondimos á <i>duo</i> las primeras simplezas que se nos
-ocurrieron.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span></p>
-
-<p>—¡Qué cosas tienes! No digas tonterías. Si estás bien...</p>
-
-<p>—Que se te quite eso de la cabeza.</p>
-
-<p>Y siempre más atento á mí que á los demás, ¡preferencia increíble!,
-repitió su demanda:</p>
-
-<p>—José María, tú que eres tan amable, tan complaciente, tráeme un
-cura. Mira que esto va de veras, y tengo en mi conciencia cosas que
-quisiera dejar aquí. Si no me confieso, sobre tu conciencia va; y si me
-condeno, carga con la responsabilidad... Soy cristiano, deseo cumplir.
-José María, Eloísa, sed amables, traerme un confesor.</p>
-
-<p>Estas palabras tenían una solemnidad que en vano queríamos quitarle,
-atribuyéndolas á delirio de enfermo. En las miradas de Eloísa conocí
-que ésta las interpretaba como desvarío de un cerebro alterado. A
-su vez, ella debió de conocer en las mías que yo entendía aquellos
-conceptos de otro modo, y pronto cambió la expresión de su rostro. La
-ví queriendo disimular alguna lágrima que se le saltaba de los ojos; y
-el marido, notando esta emoción, le dijo:</p>
-
-<p>—Ni tú, pobrecita, ni Celedonio, servís para estos lances. Más vale
-que os retiréis.</p>
-
-<p>Insistió luego en que le trajésemos al confesor; dijímosle que al
-día siguiente, y él contestó con cierto énfasis:</p>
-
-<p>—No, no: ahora mismo. Mañana ya no habrá tiempo.</p>
-
-<p>Serían las dos cuando enviamos el recado á la parroquia de San
-Lorenzo.</p>
-
-<p>El cura tardó una hora en venir, y en este tiempo Carrillo
-siguió en el mismo estado, más bien con apariencias de mejoría.
-Hablaba alternativamente con su mujer, con Celedonio y con<span
-class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span>migo, mostrándonos á los
-tres un cariño fraternal que, por la parte que me tocaba, no he podido
-explicarme nunca. La confesión fué larga. Mientras se verificaba,
-Eloísa y yo convinimos en que la ceremonia del Viático se celebraría al
-día siguiente con gran pompa, con asistencia de toda la familia y de
-los parientes y amigos de la casa. Acordamos en breve discusión algunos
-detalles. Se haría un bonito altar y se traería la mayor cantidad
-posible de hachas y plantas de salón. Tanto ella como yo queríamos que
-este acto piadoso tuviera muchísimo lucimiento. Ocurriónos también
-impetrar la bendición papal, y yo indiqué que por mediación de mi tío
-y del general Chapa, que eran amigos del Nuncio, se podía conseguir,
-costara lo que costase.</p>
-
-<p>Cuando salió el cura de la alcoba, le acompañé al comedor, donde
-estaba dispuesto un chocolate, que no quiso aceptar. Tenía que decir
-misa á las ocho. Fumamos un cigarrillo, y él, fijando en mí sus ojuelos
-sagaces (era viejo y muy curtido en aquellos lances), pronunció estas
-palabras que me parecieron impertinentes:</p>
-
-<p>—Ese buen señor es un mártir.</p>
-
-<p>—¡Un mártir, sí! —repetí yo como si dijera <i>amén</i>.</p>
-
-<p>Aún me parecía poco, y lo remaché:</p>
-
-<p>—¡Es un santo!</p>
-
-<p>Entonces el clérigo, echándome una rociada de humo, y mirándome como
-si me atravesara de parte á parte con sus ojos, exclamó:</p>
-
-<p>—¡Dichosos los que no temen la muerte, porque están puros!</p>
-
-<p>Iba yo á soltar una sentencia análoga; pero<span class="pagenum"
-id="Page_256">p. 256</span> creí más correcto no decir nada, y le
-devolví su humo mezclado con el mío. Después de una pausa, los ojuelos
-volvieron á flecharme. Creí sorprender no sé qué tremenda ironía en
-aquel intruso forrado de negro, cuando me dijo:</p>
-
-<p>—¿Es usted hermano de la señora?</p>
-
-<p>De buena gana le habría respondido: «¿Y á tí que te importa, tontín,
-que yo sea hermano de la señora, ó lo que se me antoje ser de la
-señora?» Pero este terrible disparate no salió de mis labios.</p>
-
-<p>—No, señor —le respondí, tragándome el humo—. Soy... de la
-familia.</p>
-
-<p>Pronunció luego el dichoso clérigo algunas palabras consoladoras, de
-las de rúbrica, y se despidió. Le acompañé hasta la puerta. Ya tenía yo
-muchas ganas de perderle de vista.</p>
-
-<p>Carrillo me mandó llamar. Estaba impaciente por tenerme á su lado,
-y tal vez quería decirme algo importante. En el gabinete que precedía
-á la alcoba ví á Eloísa sentada en una butaca, inclinada la cabeza y
-el rostro entre las manos. Lloraba en silencio. Creí de pronto que
-durante el tiempo que yo estuve con el cura, mi prima y su marido
-habían cambiado algunas palabras; pero después supe por ella que no.
-La solemnidad y gravedad de las circunstancias, la compasión, el temor
-religioso, la importancia del acto que su marido acababa de realizar,
-habíanla impresionado enormemente. No se atrevía á franquear la puerta
-de la alcoba. Sentía pavor, respeto, vergüenza, no sabía qué.</p>
-
-<p>Entré, y acercándome al lecho, advertí que el enfermo estaba sereno;
-sólo que tenía la voz<span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span>
-tomada, y alrededor de los ojos un cerco obscuro, muy obscuro.</p>
-
-<p>—Si vieras qué tranquilo estoy ahora —me dijo con cariño—. Tú no lo
-creerás, porque eres irreligioso. Tampoco creerás que tal como estoy no
-me cambiaría por tí.</p>
-
-<p>Le contesté, después de mucho vacilar y confundirme, que, en efecto,
-la vida humana era una broma pesada, y que cuanto más pronto se libre
-uno de ella, mejor. Él dijo que una hora de conciencia pura vale más
-que mil años de salud y de ventura, con lo que me mostré conforme,
-aunque sobre ello parecíame que había mucho que hablar. Le insté á que
-descansara, dejando las reflexiones morales para el día siguiente;
-pero él no quiso, y siguió hablándome del estado felicísimo en que se
-encontraba.</p>
-
-<p>—Créeme, José María —me dijo dos ó tres veces—, te tengo lástima
-como se la tengo á todos los que viven sin fe. Enmiéndate, corrígete.
-No des importancia á lo que no la tiene.</p>
-
-<p>Y mirando al techo, exclamó después con expresión de indescriptible
-júbilo:</p>
-
-<p>—¡Qué gusto poder decir ahora: <i>no he hecho mal á nadie</i>!</p>
-
-<p>No le respondí. Pero los pensamientos me congestionaban el cerebro.
-Ocurriéronme tantas cosas, que habría necesitado una resma de papel si
-intentara escribirlas. Si por instantes admiraba aquella conformidad
-hermosa, á veces me ocurría que Carrillo faltaba á la verdad al
-sostener que nunca hizo mal á nadie, pues se lo había causado á sí
-mismo en grado máximo; jamás tuvo la estimación de su propio sér,
-fundamento de la vida social; había sido un suicida civil, y no se
-redimía, no, echándoselas de místico á última<span class="pagenum"
-id="Page_258">p. 258</span> hora. Protestaba yo de aquel estado de
-perfección en que se suponía, y me venían al pensamiento ideas crueles,
-despiadadas, absurdas quizás, en las cuales algo había de envidia, algo
-de venganza; pero que entonces me parecían fundadas en el criterio de
-la eterna justicia. «No —decía yo para mí, inquieto y trastornado—, no
-te hagas el santo. No lo eres, porque no has combatido, porque no es
-virtud la falta absoluta de energía, tanto para el mal como para el
-bien. No nos hables de gozar la bienaventuranza eterna. Sí: para tí
-estaba el Cielo. Si quieres salvarte, dí que me has aborrecido y que
-me perdonas... Matándome, nos habríamos condenado juntos. Pero no has
-tenido ni siquiera la intención de ello, y me estrechas la mano y me
-llamas amigo... ¡Ah! miserable cero: no me llevarás contigo al Limbo,
-que va á ser tu morada... ¿Qué casta de hombre eres? ¿Son así los
-ángeles? Pues reniego de ellos...»</p>
-
-<p>Estos y otros desatinos me bullían en la mente. Para acabar de
-marearme, Carrillo me dijo:</p>
-
-<p>—Procura conducirte de modo que cuando te mueras, estés tranquilo
-como yo ahora.</p>
-
-<p>No pude vencerme y se me escapó una sonrisa. Quise recogerla; pero
-las sonrisas, como las palabras, no se pueden recoger. Él la tomó
-por expresión de lástima, y afirmó que se sentía muy bien, mejor que
-yo, y, sobre todo, mucho más tranquilo. No le respondí sino con el
-pensamiento, diciéndole: «Esa tranquilidad desabrida para nada la
-quiero. ¡Morirse sin haber querido ó sin haber odiado á alguien! ¡Morir
-sin despedirse de una pasión, sin tener alguien á quien perdonar,<span
-class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span> algo de que arrepentirse!
-¡Sosa, incolora y tristísima muerte!»</p>
-
-<p>Después pareció que escuchaba. Ponía su atención en los sollozos de
-Eloísa.</p>
-
-<p>Esa pobre —murmuró con afabilidad que me causaba pena— está pasando
-sin necesidad una mala noche. Dile que se acueste. Acompáñala,
-consuélala; no la dejes que se entregue al dolor.</p>
-
-<p>Salí para cumplir este encargo. Pero ella no me hizo caso, y
-continuaba en el mismo sitio. Al poco rato, Carrillo empezó á mostrar
-gran inquietud. Me alarmé. Entre Celedonio y yo le incorporamos en el
-lecho. Quiso hablar y no pudo; llevóse una mano á los ojos... Gemidos
-roncos salían de su garganta. Acudió su mujer, afanada, secando sus
-lágrimas. Entonces, de la boca del desdichado ví salir alguna sangre;
-después más, más. Ni él hacía esfuerzos para lanzarla fuera, ni parecía
-experimentar dolor. No la arrojaba él; ella se salía serenamente como
-el agua que afluye hilo á hilo del manantial. ¡Momento de consternación
-en las tres personas que presenciábamos aquel fin de una vida! Fué tan
-rápida y tan grande la descomposición del rostro de Pepe, que Eloísa se
-impresionó mucho. La ví aterrada, próxima á perder el conocimiento.</p>
-
-<p>—Vete —le dije—, vete de aquí.</p>
-
-<p>Pero su propio terror la clavaba en aquel triste lugar. Entró
-Micaela y le ordené que se llevara á su señora. La doncella le rodeó
-la cintura con su brazo, y la que muy pronto iba á ser viuda salió,
-tapándose los ojos. El marqués de Cícero, que había entrado de
-puntillas, huyó despavorido, con las manos en la cabeza.</p>
-
-<p>Cuando Celedonio y yo nos quedamos solos<span class="pagenum"
-id="Page_260">p. 260</span> con el moribundo, éste me echó los brazos,
-uno al cuello, otro por delante del pecho, y apretóme tan fuertemente
-que me sentí mal. Me hacía daño. ¿Qué fuerza era aquélla que le entraba
-en el instante último, al extinguirse la vida?... Pasó por mi mente una
-idea, como pasan las estrellas volantes por el cielo. «¡Ah! —pensé—,
-aquí está al fin ese odio que te rehabilita á mis ojos. La última
-contracción del organismo que se desploma es para expresarme que eres,
-que debes ser mi enemigo...» Luego oprimió su rostro contra mí, y de su
-boca salió un bramido fuerte, profundo, que parecía tener filo como una
-espada... Creí sentir un dardo que me atravesaba el pecho. Con aquel
-gemido se acabó su desdichada vida... Le miré la cara, y en sus ojos
-vidriosos ví cuajada y congelada la misma expresión de amistad leal
-que me había mostrado siempre... No, ¡pobre cordero! no me odiaba...
-Costóme trabajo desasirme del abrazo de aquel inocente que quería sin
-duda llevarme consigo al Limbo.</p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>¡Qué noche! Cuando todo concluyó, salí de la alcoba, deseando
-quitarme pronto la ropa, que estaba manchada de sangre. En el pasillo
-me ví á la claridad del día, que entraba ya por las ventanas del patio,
-y sentí un horror de mí mismo que no puedo explicar ahora. Parecía un
-asesino, un carnicero, qué sé yo... Salióme al encuentro Micaela, la
-doncella de Rafael, que me tuvo miedo y echó á correr dando gritos. La
-llamé; pre<span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span>guntéle por
-su ama. Díjome que estaba en el cuarto del niño. En tanto Celedonio,
-los ojos llenos de lágrimas, me hacía señas para que volviese al
-gabinete, y me dijo entre sollozos que me sacaría ropa de su amo
-para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba un
-sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible
-con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de
-abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa,
-mandé á Evaristo á casa para que me la trajera.</p>
-
-<p>Dejando á Celedonio con los restos aún no fríos de su amo, fuí
-en busca de Eloísa, cuya situación de ánimo me alarmaba. No la
-encontré en el cuarto del niño, que dormía profundamente, sino en el
-suyo, acometida de un fuerte trastorno nervioso, manifestando, ya
-sentimiento, ya terror. Al verme con el traje de su marido se puso tan
-mal, que creí que se desvanecía. Fijábansele los síntomas espasmódicos
-en la garganta, como de costumbre, y con sus manos hacía un dogal para
-oprimírsela.</p>
-
-<p>—La pluma, la pluma —murmuraba con cierto desvarío—. ¡No la puedo
-pasar!</p>
-
-<p>Le rogué que se acostara; pero negábase á ello. Micaela y yo
-quisimos acostarla á la fuerza; pero nos hizo resistencia. Estaba
-convulsa, fría y húmeda la piel; los ojos muy abiertos.</p>
-
-<p>—No vayas tú á ponerte mala también —dije con la mayor naturalidad
-del mundo—. Recógete y descansa. No has de poder remediar nada dándote
-malos ratos.</p>
-
-<p>Tuve que hacer uso de mi autoridad, de aquella autoridad efectiva
-aunque usurpada; hube de ordenarle imperiosamente que se acosta<span
-class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span>ra para que se decidiera
-á hacerlo. Noté en su obediencia como un reconocimiento tácito de
-la autoridad que yo ejercía. Micaela empezó á quitarle la ropa; la
-ayudé, porque mi prima, después del traqueteo nervioso, hallábase como
-exánime y sin movimiento. La metimos en la cama y la arropamos. ¡Ay!
-sentíame tan fatigado, que caí en un sillón é incliné mi cabeza sobre
-el lecho. Allí me hubiera quedado toda la mañana, si no tuviera deberes
-que cumplir fuera de aquella habitación. En tal postura, y hallándome
-postrado y como aturdido, sentí la voz de la viuda que me llamaba. Alcé
-la cabeza. Sus palabras y sus miradas eran tan afectuosas como siempre.
-Sin nombrar al muerto, suplicóme que atendiese á las obligaciones que
-traía el suceso, pues ella no tenía fuerzas para nada. Díjele que no
-se ocupara más que de su descanso, y le prometí que todo se haría de
-un modo conveniente. Vivo agradecimiento se pintaba en su rostro, y
-además la confianza absoluta que en mí tenía. Le arreglé la ropa de la
-cama, le dí á beber agua de azahar, le entorné las maderas, corrí las
-cortinas para atenuar la luz del día, y poniendo á Micaela de centinela
-de vista para que me avisase si la señora se sentía muy molestada por
-la pluma en la garganta, salí, no sin promesa de volver pronto, pues
-ésta fué condición precisa para que Eloísa se tranquilizara...</p>
-
-<p>—Por Dios, no tardes: tengo miedo —díjome al despedirme, con ahogada
-voz—, mucho miedo, y la pluma no pasa...</p>
-
-<p>Trajéronme mi ropa y me vestí con ella. ¡Ay! qué peso se me quitó
-de encima cuando solté la de Carrillo, que además me venía algo
-estrecha.<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span> A eso
-de las ocho llegaron mi tío, Medina, María Juana, y más tarde el
-marqués de Cícero. Atento á todo, daba yo las disposiciones propias
-del caso, y recibía á los parientes y amigos que se iban presentando.
-En lo concerniente al servicio fúnebre, allá se entendían Celedonio y
-los empleados de la Funeraria, pues yo me sentí como atemorizado de
-intervenir en ello. Recogí las llaves de la mesa de despacho y del
-mueble donde el pobre Pepe tenía sus papeles, y las guardé hasta que
-pudiera entregarlas á Eloísa, que al fin parecía vencida del cansancio
-y dormía con los dedos clavados en el cuello.</p>
-
-<p>Camila recaló por allí á eso de las diez, acompañada de Constantino;
-mas como tenía que dar de mamar á su nene, lo llevó consigo, y el
-lúgubre silencio de la casa se vió turbado por el clarinete de
-Alejandrito. Almorzamos mi tío, Raimundo y yo de mala gana, y luego nos
-encerramos los tres en el despacho para redactar la papeleta fúnebre y
-poner los sobres. Sentado donde Pepe se sentaba, no sé qué sentía yo
-al ver en torno mío aquellas prendas suyas, ¡amargas prendas! en las
-cuales parecía que estaba adherido y como suspenso su espíritu. Allí ví
-estados de recaudación de fondos filantrópicos, circulares solicitando
-auxilios de corporaciones y particulares, cuentas de suministro de
-víveres y otros documentos que acreditaban la caritativa actividad
-de aquel desventurado. Cuidamos mucho de que en la redacción de la
-papeleta no se nos olvidara ningún título, detalle ni fórmula de las
-que la etiqueta mortuoria ha hecho indispensables. «El excelentísimo
-señor don José Carri<span class="pagenum" id="Page_264">p.
-264</span>llo de Albornoz y Caballero, Maestrante de Sevilla, Caballero
-de la Orden de Montesa, etcétera, etc... Su desconsolada viuda, la
-excelentísima... etc., etc.» No se nos quedó nada en el tintero; y en
-las direcciones que pusimos á los sobres, ninguna de nuestras amistades
-pudo escaparse.</p>
-
-<p>La señora, por razón de su estado, no podía dar órdenes, y los
-criados se dirigían á cada instante á mí, como si yo fuera el amo,
-como si lo hubiera sido siempre, y me consultaban sobre todas las
-dudas que ocurrían. Y aquella autoridad mía era uno de esos absurdos
-que, por haber venido lentamente en la serie de los sucesos, ya no lo
-parecía. Ved, pues, cómo lo más contrario á la razón y al orden de la
-sociedad, llega á ser natural y corriente cuando, de un hecho en otro,
-la excepción va subiendo, subiendo, hasta usurpar el trono de la regla.
-Y cosas que vistas de pronto nos sorprenden, cuando llegamos á ellas
-por lenta gradación nos parecen naturales.</p>
-
-<p>Rogóme Eloísa que no saliese de la casa hasta que no se verificara
-el entierro. Así tenía que ser, pues si yo no estaba en todo, las
-cosas salían mal. El marqués de Cícero, que se ofrecía constantemente
-á ayudarme, no servía más que de estorbo, y mi tío tenía ocupaciones
-indispensables aquel día. Sólo Constantino y Raimundo prestaban algún
-servicio, aunque sólo fuera el de hacerme compañía. La viuda no
-recibía á nadie, ni á sus más íntimas amigas. Acompañábanla su madre y
-hermanas, y sin llorar, consagraban alguna palabra tierna y compasiva
-al pobre difunto.</p>
-
-<p>Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual
-si me hubiera quitado de enci<span class="pagenum" id="Page_265">p.
-265</span>ma del corazón un peso horrible. No quise ir al entierro, y
-Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza esta resolución mía. Cuando
-se extinguió en las piedras de la calle el ruido del último coche, mis
-trastornados sentidos querían volver á la apreciación clara de las
-cosas. Pero la imagen del infeliz hombre que había despedido su último
-aliento sobre mi pecho, clavándomelo como un puñal, no se me apartaba
-del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus sentimientos respecto á mí? ¿Qué
-noción moral era la suya, cuál su idea del honor y del derecho? Ni
-aun viendo en él lo que en lenguaje recto se llama <i>un santo</i>, podía
-yo entenderle. ¡Misterio insondable del alma humana! Ante él no hay
-que hacer otra cosa que cruzarse de brazos y contemplar la confusión
-como se contempla el mar. Querer hallar el sentido de ciertas cosas
-es como pretender que ese mismo mar, desmintiendo la ley de su eterna
-inquietud, nos muestre una superficie enteramente plana.</p>
-
-<p>¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me
-resistía á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí
-que no me permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de
-mi compasión, ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi
-vida, ¡ay!, estará delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de
-Carrillo, sin que me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio
-infinito, que encerrada en una fórmula la debilidad humana.</p>
-
-<p>A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado
-en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare. El
-gran dramático me miraba con sus ojos de bron<span class="pagenum"
-id="Page_266">p. 266</span>ce, y yo no podía apartar los míos de
-aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja el molde de un
-mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que piensa; de
-aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas la emisión
-de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos rezan
-delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me
-agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma.</p>
-
-<p>Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que
-fueron á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban
-su madre y hermanas. En los susurros de su conversación queda, me
-pareció entender que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su
-regazo, dormido, al niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más
-tarde, cuando mi tío Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del
-cementerio, ostentando este último una aflicción decorativa, que tenía
-tanta propiedad como el león disecado con que se retrataba, me alejé
-del gabinete para no oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí,
-como los tiroteos alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera
-la muerte del pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí
-tras de mí unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me
-llamaba por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de
-mí. Le cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él
-se puso al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al
-cuello. Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en
-la casa<span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span> reinaba, y
-en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos negros advertí
-una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero que anunciaba la
-formación del hombre y los rudimentos de la reflexión humana. Después
-de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle por lo muy
-conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era de éstos que
-quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y que se incomodan
-cuando no se les presta una atención absoluta. Para satisfacer su
-egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas de un caballo,
-para que les pongáis la cara bien recta delante de la suya. Lo que me
-tenía que comunicar era esto:</p>
-
-<p>—Dice <i>Quela</i> que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te
-quedas aquí.</p>
-
-<p>Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su
-tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara.</p>
-
-<p>—Dice <i>Quela</i> que tú... vas á ser mi <i>papa</i>...</p>
-
-<p>Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar
-categóricamente á las cosas más graves que yo había oído en mi vida.
-Porque sí: jamás de labios humanos brotaron, para venir sobre mí,
-como espada cortante, palabras que entrañaran problemas como el que
-formulaban aquellos labios de rosa.</p>
-
-<p>Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La
-casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme
-de nadie me marché á la mía.</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_14">
- <p><span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span></p>
- <h2 class="nobreak">XIV</h2>
- <p class="subh2">Hielo.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Sentía imperiosa necesidad de estar solo. La tristeza reclamaba
-todo mi sér, y tenía que dárselo, aislándome. Conocí que venía sobre
-mí un ataque de aquel mal de familia que de tiempo en tiempo reclamaba
-su tributo en la forma de pasión de ánimo y de huraña soledad. Y lo
-que había visto y sentido en tales días era más que suficiente motivo
-para que el maldito achaque constitutivo se acordara de mí. En la
-soledad de aquella noche y de todo el día siguiente tuve un compañero,
-Carrillo, cuya imagen no me dejó dormir. El ruido de oídos, que me
-martirizaba, era su voz, y mi sombra, al pasearme por la habitación,
-su persona. Le sentía á mi lado y tras de mí, sin que me inspirara el
-temor que llevan consigo los aparecidos. Es más: me hacía compañía,
-y creo que sin tal obsesión habría estado más melancólico. Mi afán
-mayor, mi idea fija era querer penetrar, ya que antes no pude hacerlo,
-las propiedades íntimas de aquel carácter, y descifrar la increíble
-amistad que me mostró siempre, mayormente en sus últimos ins<span
-class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span>tantes. ¡Era para volverme
-estúpido! Cuando dicho afecto me parecía un sentimiento elevadísimo y
-sublime, comprendido dentro de la santidad, mi juicio daba un vuelco y
-venía á considerarlo como lo más deplorable de la miseria humana. Yo
-me secaba los sesos pensando en esto, traspasado de lástima por él, á
-veces sintiendo menosprecio, á ratos admiración.</p>
-
-<p>Los días se sucedían lentos y tristes, sin que yo quebrantara mi
-clausura. No recibía á nadie, y si mis íntimos amigos ó mi tío ó
-Raimundo iban á acompañarme, hacía lo posible por que me dejasen solo
-lo más pronto posible. Pasados tres días, Carrillo se borraba, poco
-á poco, de mi pensamiento; le veía bajo tierra confundiéndose con
-ésta y disolviéndose en el reino de la materia, como su memoria en
-el reino del olvido. Lo que en primer término ocupaba ya mi espíritu
-era la casa de Eloísa, todo lo material de ella. Los muebles, las
-paredes cargadas de objetos de lujo, el ambiente, el color, la luz que
-entraba por las ventanas del patio, componían un conjunto que me era
-horriblemente antipático y aborrecible. La idea de ser habitante de
-tal casa y de mandar en ella, me producía el mismo terror angustioso
-que en otros ataques la idea de sentir un tren viniendo sobre mí. No:
-yo no quería ir allá; yo no iría allá por nada del mundo. El recuerdo
-sólo de las afectadas pompas de aquellos jueves poníame en gran
-turbación, acompañada de un trastorno físico que me aceleraba el pulso
-y me revolvía el estómago... Pero lo que me confundía más y me llenaba
-de estupor, era notar en mí una mudanza extraordinaria en los<span
-class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span> sentimientos que fueron la
-base de mi vida toda en los últimos años. A veces creía que era ficción
-de mi cerebro, y para cerciorarme de ello, ahondaba, ahondaba en mí.
-Mientras más iba á lo profundo, mayor certidumbre adquiría de aquel
-increíble cambio. Sí, sí: la muerte de Pepe había sido como uno de esos
-giros de teatro que destruyen todo encanto y trastornan la magia de la
-escena. Lo que en vida de él me enorgullecía, ahora me hastiaba; lo que
-en vida de él era plenitud del amor propio, era ya recelos, suspicacia
-con vagos asomos de vergüenza. Si robarle fué mi vanidad y mi placer,
-heredarle era mi martirio. La idea de ser otro Carrillo me envenenaba
-la sangre. La desilusión, agrandándose y abriéndose como una caverna,
-hizo en mi alma un vacío espantoso. No era posible engañarme sobre
-esto.</p>
-
-<p>Pero aún dudaba yo de la realidad del fenómeno, y decía: «Falta
-comprobarlo. No me fiaré de los lúgubres espejismos de mi tristeza.
-Vendrán días alegres, y la mujer que fué mi dicha, seguirá siéndolo
-hasta el fin de mi vida.»</p>
-
-<p>Dos semanas estuve encerrado. Eloísa me mandaba recados todos los
-días. Yo exageraba mi enfermedad, fundando en ella mil pretextos para
-no salir de casa. Por fin, una mañana la viuda de Carrillo fué á verme.
-Era la primera vez que salía después de la desgracia. Venía vestida
-con todo el rigor del luto y de la moda, más hermosa que nunca. Al
-verla, no sé lo que pasó en mí. Sentí un frío mortal, un miedo como
-el que inspiran los animales dañinos. Sus afectuosas caricias me
-dejaron yerto. Observé enton<span class="pagenum" id="Page_272">p.
-272</span>ces la autenticidad del fenómeno de mi desilusión, pues mi
-alma, ante ella, estaba llena de una indiferencia que la anonadaba. La
-miré y la volví á mirar; hablamos, y me asombraba de que sus encantos
-me hicieran menos efecto que otras veces, aunque no me parecieran
-vulgares. Era un doble hastío, un empacho moral y físico lo que se
-había metido en mí; arte del demonio sin duda, pues yo no lo podía
-explicar. «Será la enfermedad —me decía para consolarme—. Esto pasará.»
-Cierto que yo venía sintiendo cansancio; pero ella me interesaba al
-corazón. ¿Cómo ya no me hiere adentro? ¿De qué modo la quería yo? ¿Qué
-casta de locura era la mía?... Nada, nada: esto tiene que pasar.</p>
-
-<p>Seguimos hablando, ella muy cariñosa, yo muy frío. Nuestra
-conversación, que al principio versó sobre temas de salud, recayó en
-cuestiones de arreglo doméstico. Sin saber cómo, fué á parar al funeral
-de su marido. Ella quería que fuese de lo más espléndido, con muchos
-cantores, orquesta y un túmulo que llegase hasta el techo. Yo me opuse
-resueltamente á esta dispendiosa estupidez. Sin saber cómo me irrité,
-corrióme un calofrío por la espalda, subióme calor á la cabeza, y,
-palabra tras palabra, me salió de la boca una sarta de recriminaciones
-por su afán de gastar lo que no tenía.</p>
-
-<p>—Te has empeñado en arruinarte, y lo conseguirás. No cuentes
-conmigo. Ahógate tú sola y déjame á mí. Si crees que voy á tolerarte y
-á mimarte, te equivocas... No puedo más...</p>
-
-<p>Ella se quedó lívida oyéndome. Jamás la había tratado yo con
-tanta dureza. En vez de con<span class="pagenum" id="Page_273">p.
-273</span>testarme con otras palabras igualmente duras, pidióme perdón;
-le faltó la voz; empezó á llorar. Sus lágrimas espontáneas hicieron
-efecto en mí. Reconocí que había estado ridículamente brutal. Pero no
-me excusé, pues en mi interior había una ira secreta que me aconsejaba
-no ceder. Eloísa me miraba con sus ojos llenos de lágrimas, y en tono
-de víctima me dijo:</p>
-
-<p>—¿Yo qué he hecho para que me trates así?</p>
-
-<p>Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo,
-inexplicable anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo
-que ella decía que era negro.</p>
-
-<p>—Es que estoy notando en tí una cosa rara —prosiguió—. ¿Tienes
-alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré
-apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba
-encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un
-ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que
-he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por
-tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me
-habrá calumniado alguien...?</p>
-
-<p>Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó
-ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo:</p>
-
-<p>—Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré
-estado triste.</p>
-
-<p>Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice
-esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que
-no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de
-familia. Insistí, no obstante,<span class="pagenum" id="Page_274">p.
-274</span> en que el funeral fuera modesto, y ella convino
-razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta que
-no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente, para
-arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos con
-que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos de
-amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo que
-antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso
-las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se
-me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos,
-pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo
-por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se
-debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la
-naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que
-le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios,
-me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y
-á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que
-fueron, cuando se restableciese mi equilibrio.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente.
-Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con
-el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que
-me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para
-penetrar hasta don<span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span>de
-estaba lo importante, tuve que desmontar una capa enorme de apuntes
-y notas sobre la <i>Sociedad de niños</i> y otros asuntos que no venían
-al caso. Todo lo que había sobre la administración de la casa era
-incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos de su
-antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á poco
-fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que era
-ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme
-Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de
-la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como,
-por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado
-dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que
-había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que
-se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos
-pertenecientes á la <i>Sociedad de niños</i>, y era forzoso restituirlos.</p>
-
-<p>Sin rodeos pinté á mi prima la situación.</p>
-
-<p>—Estás arruinada —dije—. Si no se acude pronto á salvar lo poco que
-aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como
-alguien no se la dé por caridad.</p>
-
-<p>Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda
-propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho,
-díjome entre suspiros:</p>
-
-<p>—Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón
-tú lo que quieras.</p>
-
-<p>Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se
-despedirían casi todos los<span class="pagenum" id="Page_276">p.
-276</span> criados que quedaban; se procuraría alquilar la casa, lo
-cual era difícil como no la tomase alguna Embajada. Se venderían los
-cuadros de primera, los de segunda, y todas las porcelanas y objetos
-de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque fuera por el tercio de
-su valor, ó por lo que quisieran dar; y como fin de fiesta, la familia
-se sometería á un presupuesto de sesenta ó setenta mil reales todo lo
-más.</p>
-
-<p>—¡Almoneda total! —exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el
-suelo.</p>
-
-<p>No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre
-mí, pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en
-un período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas.
-Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica.
-¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y
-pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza
-entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos
-salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila
-y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que
-los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo
-fuera su difunto amo.</p>
-
-<p>Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta
-horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar
-en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese
-resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia
-de un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en<span
-class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span> nombre de Eloísa negándome
-á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los Tribunales. Por fin,
-después de pensarlo mucho y de consultar el caso con personas
-prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho mil duros
-y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para que
-la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar
-cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de
-adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la
-testamentaría.</p>
-
-<p>Y Eloísa me decía con efusión:</p>
-
-<p>—En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina.</p>
-
-<p>¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su
-honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios
-administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto
-al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no
-estuviese de por medio su madre.</p>
-
-<p>Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad
-que verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones
-y rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en
-principio; pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces
-ví más clara que nunca una de las notas fundamentales del carácter
-de Eloísa, y era que cuando se le proponía algo, contestaba con
-dulzura conformándose; pero después hacía lo que le daba la gana.
-Sus palabras eran siempre dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer
-nunca resistencia directa, ni dar la cara en su sistemática autonomía,
-llevaba adelante el cumplimiento de su voluntad con acción<span
-class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span> lenta, sorda, astuta,
-resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías.
-Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras
-suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me
-haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica,
-todo esto era un mito, y las economías se quedaban en <i>veremos</i>...
-Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la
-casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á
-la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se
-vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría
-perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella
-me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se
-quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré
-obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no
-lo creía.</p>
-
-<p>Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un
-poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual
-concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos
-se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era
-obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones
-más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de
-estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos
-de aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué
-á creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así.
-La viudita me mostraba el cariño de siempre;<span class="pagenum"
-id="Page_279">p. 279</span> hasta se me figuró advertir en aquel cariño
-pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más ideal, por lo
-mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto me daba pena.
-Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro casamiento,
-dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos concretos,
-como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay de mí!
-pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa aludía
-al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra. Me
-entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba nada;
-quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis apetitos
-y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo la
-prohibición... ¡jamás!</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ChI_15">
- <p><span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span></p>
- <h2 class="nobreak">XV</h2>
- <p class="subh2h">Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas
- que pasaron después.</p>
-</div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-<p>Durante una semana estuve distraído por pesares que no vacilo en
-llamar domésticos. El niño de Camila, mi vecina, se puso tan malito,
-que daba dolor verle y oirle. Cubriósele el cuerpo de pústulas. Todo
-él se hizo llaga lastimosa. Martirio tan grande habría abatido la
-naturaleza de un hombre, cuanto más la de una tierna criatura que no
-podía valerse. Admiré entonces la perseverancia del cariño materno
-de Camila, y además una cualidad que yo no sospechaba existiese en
-ella, el valor; esa energía inflexible en el cumplimiento de las
-acciones pequeñas y obscuras, que sumadas dan una resultante de que
-no sería capaz tal vez cualquiera de los héroes públicos que yacen
-debajo de un epitafio. El mundo me había dado á mí muchas sorpresas;
-pero ninguna como aquélla. Francamente, no creí que una mujer que me
-pareció tan imperfecta y llena de feos resabios, desplegase tales
-dotes. Siete noches seguidas pasó la infeliz sin acostarse, con
-el<span class="pagenum" id="Page_282">p. 282</span> pequeñuelo sobre
-su regazo, amamantándole, arrullándole, curándole las ulceraciones
-de su epidermis con un esmero y una paciencia que sólo las madres
-de buen temple saben tener. Constantino y yo veíamos con pena tanta
-abnegación, temiendo que enfermara; pero su potente organismo triunfaba
-de todo. Eloísa y su madre la instaban á que buscara un ama para que
-el chico no la extenuase, pues en sus postrimerías Alejandrito era
-voraz y no se hartaba nunca. Pero Camila esquivaba disputar sobre
-este punto, y no quería que le hablaran de nodrizas. Estaba decidida
-á salvarle ó á sucumbir con él. Ella era así: ó todo ó nada. Tenía
-el capricho de ser heroína. Quería saltar de mujer sin seso á mujer
-grande. «O sacarle adelante ó morirme con él», repetía; pero Dios no
-quiso que ninguno de los términos de este dilema se cumpliese, y al
-sexto día Alejandrito fué atacado de horribles convulsiones, que le
-repitieron á menudo, hasta que el séptimo, una más fuerte que las
-demás se lo llevó. Aquel día funesto, Camila me pareció más madre
-que nunca. La flexibilidad pasmosa de su carácter y su desenvoltura
-quedaban obscurecidas bajo aquel tesón grave. No creí, no, que entre
-tal hojarasca existiese joya tan hermosa. A ratos se le conocía el
-genio por la rapidez febril con que tomaba las resoluciones y por la
-inconstancia de sus juicios. Sólo el sentimiento era en ella duradero y
-profundo. Añadiré una circunstancia que me llegaba al alma, y era que
-consultaba conmigo toda dificultad que ocurriese aun en cosas de que
-yo no entendía una palabra. Por corresponder á esta noble confianza,
-daba<span class="pagenum" id="Page_283">p. 283</span> yo mi parecer
-al tirón, sin detenerme á considerar lo que saldría de juicios tan
-atropellados. «José María, ¿te parece que haga calentar esta ropa antes
-de ponérsela?... José María, ¿te parece que le dé dos cucharadas de
-jarabe en vez de una?... José María, ¿me hará daño café puro para no
-dormir? ¿me irritará?...» A todo contestaba yo lo primero que se me
-ocurría, después de mirar á Constantino en una especie de deliberación
-muda. Rara vez aventuraba Miquis opinión concreta, y cuando la emitía,
-de seguro era un gran disparate. Yo era el oráculo de la casa en
-todo.</p>
-
-<p>Por fin, el nene dejó de padecer. Bien hizo Dios en llevársele,
-abreviando su martirio. Se fué de la vida, sin conocer de ella más que
-el apetito y el dolor. Fué un glotón y un mártir. Se quedó yerto en el
-regazo de su madre, y nos costó trabajo apartar de los brazos y de la
-vista de ella aquel lastimoso cuerpecito, que parecía picoteado por
-avecillas de rapiña. Con sus besos quería Camila infundirle vida nueva,
-dándole la que á ella le sobraba. La separamos al fin, llevándola
-á que descansara. La Camila normal reapareció al cabo; la muchacha
-sin juicio que en otro tiempo había querido tomar fósforos porque la
-privaban de su novio. Hubo convulsiones, llanto, risa nerviosa; habló
-de matarse; deliró cantando; nos dijo que la habíamos robado á su
-niño... Por último, se calmó: cesaron las extravagancias, y la loca,
-que también había sabido cumplir sus deberes, se encastillaba al fin
-en la conformidad cristiana; invocaba á Dios, y llorando hilo á hilo,
-sin espasmos ni alboroto, te<span class="pagenum" id="Page_284">p.
-284</span>nía el valor de la resignación, más meritorio que el del
-combate.</p>
-
-<p>Mientras la mujer de Augusto Miquis y María Juana amortajaban al
-niño, yo dije á Constantino:</p>
-
-<p>—Quiero hacerle un entierro de primera. Corre de mi cuenta, y no
-tenéis que ocuparos de nada.</p>
-
-<p>En efecto: al día siguiente piafaban á la puerta de casa seis
-caballos hermosos, con rojos caparazones recamados de plata, tirando
-de la carroza fúnebre-carnavalesca más bonita que había en Madrid.
-Llevamos el cuerpo al cementerio con la mayor pompa posible. Yo tenía
-cierto orgullo en esto, y me complacía en asomarme por la portezuela de
-mi coche y ver delante el movible catafalco, el meneo de los penachos
-de los caballos, y el tricornio y peluca del cochero. Yo pensaba que si
-los niños difuntos abrieran sus ojos y vieran aquello, les parecería
-que les llevaban á la tienda de Scropp. Cuando regresamos, después de
-cumplida la triste obligación, Camila estaba en su cuarto, acostada
-en un sofá, envuelta en espeso mantón, los puños cerrados apretando
-fuertemente un pañuelo contra los ojos. Su madre le había repetido
-hasta la saciedad todas las variantes posibles del <i>angelitos al
-cielo</i>. Acerquéme á ella para preguntarle cómo estaba, y me expresó su
-gratitud con ardor y cordialidad grandes, entre lágrimas y suspiros,
-estrechándome una y otra vez las manos. ¿Y por qué tantos extremos? Por
-un entierrillo de primera. Verdaderamente no había motivo para tanto, y
-así se lo dije; pero una secreta satisfacción llenaba mi alma.</p>
-
-<p>En los días sucesivos la calma se fué restableciendo poco á poco,
-y el consuelo introducién<span class="pagenum" id="Page_285">p.
-285</span>dose lentamente en el espíritu de todos. Camila era la más
-rebelde, y defendió por algunos días su dolor. El vacío no se quería
-llenar. La soledad misma en que había quedado érale más grata que la
-compañía que le hacíamos los parientes, y huía de nuestro lado para
-volver sobre su pena á solas. Por fin, los días hicieron su efecto.
-La veíamos ocupada y distraída con los menesteres de la casa, y al
-cabo atendiendo con cierto esmero á engalanar su persona. Este síntoma
-anunciaba el restablecimiento. La ví con placer recobrar su gallardía,
-su agilidad pasmosa, y el vivo tono moreno y sanguíneo de sus mejillas.
-La salud vigorosa tornaba á ser uno de sus hechizos, volviendo
-acompañada de aquel humor caprichoso y voluble, que era la parte más
-característica de su persona. Resucitaba con sus defectos enormes; pero
-se engalanaba á mis ojos con una diadema de altas cualidades que, á más
-de hacerse amables por sí mismas, arrojaban no sé qué fulgor de gracia
-sobre aquellos defectos.</p>
-
-<p>Tratábame con familiaridad jovial, exenta de toda malicia. La
-afectación, esa naturaleza sobrepuesta que tan gran papel hace en la
-comedia humana, no existía en ella. Todo lo que hacía y decía, bueno ó
-malo, era inspiración directa de la naturaleza auténtica... Su trato
-conmigo era de extremada confianza, y solía contarme cosas que ninguna
-mujer cuenta, como no sea á su amante. Cualquiera que nos hubiese oído
-hablar en ciertas ocasiones, habría adquirido el convencimiento de que
-nos unía algo más que amistad y parentesco. Y, no obstante, no cabía
-mayor pureza en nuestras relaciones.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_286">p. 286</span></p>
-
-<p>Mil veces, conociendo su penuria, hícele ofrecimientos pecuniarios;
-pero ella nunca aceptaba.</p>
-
-<p>—No quiero abusar —decía—: bastante es que no te hayamos pagado
-la casa este mes, y que probablemente no te la pagaremos tampoco el
-próximo. Pero el trimestre caerá junto. Para entonces me sobrará
-dinero. No te creas, me he vuelto económica. Tú mismo me has visto
-haciendo números por las noches y estrujando cantidades para sacarme un
-vestidillo.</p>
-
-<p>Y era verdad esto. Algunas noches me la había encontrado
-garabateando en una hoja de la <i>Agenda de la cocinera</i>, destinada
-á los cálculos. Por cierto que las apuntaciones de la tal hoja no
-las entendía ni Cristo. Eran un caos de vacilantes trazos de lápiz.
-Examinando aquellas cuentas, me reí más... Noté que los <i>treses</i> que
-hacía parecían <i>nueves</i>, y los infelices <i>cuatros</i> no tenían figura
-de números corrientes. Yo iba en su auxilio, porque comprendí, tras
-brevísimo examen, que Camila no sabía sumar.</p>
-
-<p>—¿Pero qué educación te han dado, chiquilla?</p>
-
-<p>Y ella me contestaba candorosamente:</p>
-
-<p>—Ahora me la estoy dando yo misma. La necesidad obliga.</p>
-
-<p>A veces me llamaba, me hacía sentar junto á la mesa del comedor y
-rogábame fuera apuntando las cantidades que ella me decía para sumarlas
-después. Con cuánto gusto lo hacía yo, no hay para qué decirlo. Cuando
-era ella quien trazaba los números, hacía muecas con los labios, como
-los chiquillos cuando están aprendiendo palotes.</p>
-
-<p>—Ya, ya me voy <i>jaciendo</i> —decía con gracia.</p>
-
-<p>Por fin, salía del paso y hallaba la suma exacta. Los progresos,
-bajo el espoleo de la necesidad,<span class="pagenum" id="Page_287">p.
-287</span> eran rápidos y seguros. Eloísa también era poco fuerte
-en cuentas gráficas, enfilaba mal las columnas, sacaba unas sumas
-disparatadas; pero de memoria hacía prodigios. Más de una vez me quedé
-absorto viéndola sumar cifras enormes sin equivocarse ni en una unidad.
-Había adquirido el hábito de calcular de memoria. Camila, en cambio, no
-daba pie con bola sin ayuda del lapicito, un sobado pedazo de madera
-negra que apenas tenía punta.</p>
-
-<p>—Ya me podías regalar un lápiz —me dijo un día.</p>
-
-<p>Le llevé un lapicero de oro.</p>
-
-<p>Y volví á rogarle me confiara su situación económica, que, por
-ciertos indicios, conceptuaba poco desahogada. Doña Piedad, su suegra,
-se había reconciliado con Constantino; pero las remesas metálicas eran
-escasas, y las en especie, como arrope, cecina, queso y azafrán, no
-suplían ciertas necesidades. Camila mostrábase siempre muy reservada
-conmigo en este capítulo de sus apuros. Un día, no obstante, debió de
-causarle apreturas tan grandes la insuficiencia de su presupuesto, que
-se resolvió á hacer uso de la generosidad que yo le ofrecía. Observéla
-aquella tarde un poco seria, inquieta; pero no hice alto en ello.
-Estaba yo leyendo el periódico militar de Constantino, cuando se acercó
-á mí despacito por detrás de la butaca. Inclinóse y sentí en mi rostro
-el calor del suyo. Híceme el distraído y oí como un susurro. Bien podía
-creer que mi ruido de oídos me fingía esta frase:</p>
-
-<p>—José María, me vas á hacer el favor de prestarme dos mil
-realitos.</p>
-
-<p>Pero no era el moscón de mi cerebro: era ella la que me hablaba.
-Luego soltó una carcajada, re<span class="pagenum" id="Page_288">p.
-288</span>pitiendo la petición en tono más adecuado á su temperamento
-normal.</p>
-
-<p>—Nada, nada, que me los tienes que prestar. Si no, por la puerta se
-va á la calle... No te creas, te los devolveré el mes que entra.</p>
-
-<p>Me supo tan bien el sablazo, que casi casi lo consideré como una
-fineza, como una galantería. La verdad, si no hubiera andado por allí,
-entrando y saliendo á cada rato, el gaznápiro de Miquis, le doy un
-abrazo. Faltóme tiempo para complacerla. Si conforme me pidió cien
-duros, me pide mil, se los entrego en el acto.</p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Mi prima salía poco de su casa. Siempre que yo iba allí, la
-encontraba ocupada en algo: bien subida en una escalera lavando
-cristales, bien quitando el polvo á los muebles, á veces limpiando la
-poca plata que tenía ó los objetos de metal blanco. Cuando yo le decía
-algo que no le gustaba, solía responderme:</p>
-
-<p>—Cállate, ó te tiro esta palmatoria á la cabeza.</p>
-
-<p>Y lo peor era que lo hacía. Por poco un día me descalabra. Un mes
-después de la muerte del chiquitín, aún su charla voluble y bromista
-era interrumpida por suspiros y por algún recuerdo del pobre ángel
-ausente.</p>
-
-<p>—¡Ay mi nene! —exclamaba, conteniendo el aliento y cerrando los
-ojos.</p>
-
-<p>Después se ponía á trabajar con más fuerza, pues pensaba que así se
-le iba pasando mejor la pena. Notaba que planchar era muy eficaz, y que
-echarle un forro nuevo á la levita militar de Constantino le des<span
-class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span>pejaba la cabeza. Otras
-veces decía con íntima convicción:</p>
-
-<p>—Para mí no hay más consuelo que tener otro nene. Y lo tendré,
-lo tendré. Anoche hemos andado á la greña Constantino y yo. ¿Sabes
-por qué? Porque sostengo que le debemos poner también el nombre de
-Alejandro en memoria del que se nos ha muerto. Pero él se empeña en que
-se ha de seguir el orden alfabético; de modo que al primero que venga
-le toca la B. A mi Alejandrín se le llamó así por el hermano mayor de
-Constantino; pero da la casualidad de que Alejandro es nombre de un
-gran capitán antiguo, y ahora quiere mi marido que todos los hijos que
-tengamos lleven nombre de héroes. ¿Has visto qué simpleza?</p>
-
-<p>—No hagas caso de ese majadero —le respondí con toda mi alma—. ¿Pues
-no sostenía ayer que habías de llegar á la Z?... ¡Veintiocho hijos,
-según la Academia! ¡Qué asquerosidad! te pondrías bonita.</p>
-
-<p>—Llegaremos siquiera á la M —afirmó ella dándome á conocer en el
-brillo de sus ojos un sentimiento extraño, una especie de entusiasmo al
-que no puedo dar otro nombre que el de <i>fanatismo de la maternidad</i>—.
-Sí: llegaremos á la M, quizás á la N... Y el de la N dice Constantino
-que se ha de llamar Napoleón.</p>
-
-<p>—¡Qué estupidez! No pienses en tener más muchachos. Mejor estás así,
-más guapa, más saludable, más libre de cuidados.</p>
-
-<p>—Pero mucho más triste... Anoche soñé que había tenido dos
-gemelos.</p>
-
-<p>—¡Qué tonta eres! Siempre has de ser chiquilla —respondí—. Parece
-que consideras á los hijos<span class="pagenum" id="Page_290">p.
-290</span> como juguetes... Si tuvieras tantos como deseas, puede que
-no fueras tan buena madre como lo has sido en este primer ensayo.
-Porque á tí te pasan pronto esos entusiasmos. Lo que hoy te enloquece
-de amor, mañana te hastía.</p>
-
-<p>—¿Te quieres callar? —gritó llegándose á mí y amenazando sacarme los
-ojos con una aguja de media—. Tú no me conoces.</p>
-
-<p>—¡Oh! sí, demasiado te conozco. Eres una mala cabeza. Pero hay que
-declarar que tienes algún mérito. Has domesticado á Constantino. Hay
-casos de esto: dos fieras juntas se doman mutuamente. Y Constantino
-parece otro hombre. Es más persona; sabe tratar con la gente; no tira
-ya aquellas coces; no habla de pronunciarse como si hablara de fumarse
-un pitillo; no juega, no bebe, no disputa...</p>
-
-<p>—Todo eso es obra mía, caballero —observó Camila con acento de
-inmenso orgullo—. Es que esta tonta tiene mucho de aquí, mucho
-talento.</p>
-
-<p>Volvió sus ojos hacia el retrato de Miquis, desnudo de medio cuerpo
-arriba.</p>
-
-<p>«¿Pero no te da vergüenza —le dije— de que la gente entre aquí y
-vea ese mamarracho? Mil veces te he dicho que lo eches al fuego, y tú
-sin hacer caso. Tienes un gusto perverso. Es que da asco ver ahí ese
-zángano de circo, enseñando sus bellas formas, con esos brazos de mozo
-de cordel, y esa cabeza de bruto.</p>
-
-<p>—¿Te quieres ir á paseo? Vaya con el señorito éste... ¿Pues qué
-tiene de feo ese retrato? Bien guapo que está. ¿Qué querías tú? ¿que mi
-marido fuera como esos tísicos que se van cayendo por la calle, porque
-no tienen fuerzas para andar?...<span class="pagenum" id="Page_291">p.
-291</span> ¿como esos palillos de dientes en figura de personas?
-Francamente, no me gustaría un marido á quien yo pudiera retorcer el
-pescuezo, ó arrancarle un brazo de una mordida. Constantino es hombre
-para cogerte como una pluma y tirarte al techo.</p>
-
-<p>—¡Angelito! Tirando de un carro quisiera verlo yo.</p>
-
-<p>—Pues no es tan bruto como crees —declaró enojándose—. Yo podría
-probártelo... Pero no quiero probarte nada. Donde lo ves, es un ángel
-de Dios, que me quiere más que á las niñas de sus ojos. Si le mando que
-se eche por mí en una caldera hirviendo, créelo, lo hace.</p>
-
-<p>—Buen provecho á los dos... No te digo que no le quieras, Camila;
-pero, mira, haz el favor de no tener más chiquillos: te vas á poner
-fea; no te acuerdes más de las letras del alfabeto.</p>
-
-<p>—Pues sí que los tendré —dijo poniendo una cara monísima de niña mal
-criada, y machacando con el puño de una mano en la palma de la otra—;
-los tendré... ¡y rabia! Y llegaré á la N... ¡y rabia! ¡Y tendré á
-Napoleón... y toma, toma, toma hijos!</p>
-
-<p>A la sazón entró el padre de aquella esperada generación de
-gloriosos capitanes, y Camila le recibió, como suele decirse, con dos
-piedras en la mano.</p>
-
-<p>—¿En dónde has estado, pillo? ¿Qué horas son éstas de venir á casa?
-Como yo sepa que has ido al café, te voy á poner verde.</p>
-
-<p>Después se abrazaron y se besaron delante de mí.</p>
-
-<p>—Ea, señores, divertirse, —dije tomando mi sombrero.</p>
-
-<p>—Espera, tontín, y comerás con nosotros. No<span class="pagenum"
-id="Page_292">p. 292</span> tenemos principio; pero en obsequio á tí,
-abriremos una lata de langosta.</p>
-
-<p>Y los dos me instaron tanto, que me quedé y comí con ellos,
-embelesado con su felicidad, que me parecía un fenómeno de inocencia
-pastoril. De sobremesa, Camila volvió á hablar de lo que tanto la
-preocupaba, y riñeron por aquello del alfabeto. Ella no quería nombres
-de capitanes herejes, sino de santos cristianos.</p>
-
-<p>—Nada, nada —decía Miquis—: el primero que venga se ha de llamar
-Belisario.</p>
-
-<p>Yo me reía; pero en mi interior me indignaba aquel inmoderado afán
-de cargarse de familia, aquel apetito de hijos, y esperaba que la
-Naturaleza no se mostrara condescendiente con mi prima, al menos tan
-pronto como ella deseaba. Seré claro: la loca de la familia, la de más
-dañado cerebro entre todos los Buenos de Guzmán, la extravagante, la
-indomesticada Camila, se iba metiendo en mi corazón. Cuando lo noté,
-ya una buena parte de ella estaba dentro. Una noche, hallándome en
-casa, eché de ver que llevaba en mí el germen de una pasión nueva, la
-cual se me presentaba con caracteres distintos de la que había muerto
-en mí ó estaba á punto de morir. Las tonterías de Camila, que antes me
-fueron antipáticas, encantábanme ya, y sus imperfecciones me parecían
-lindezas. Tal es el movible curso de nuestra opinión en materias de
-amor. Sus particularidades físicas se me transformaron del mismo modo,
-y lo que principalmente me seducía en ella era su salud, la santa
-salud, que viene á ser belleza en cierto modo. Aquella complexión
-de hierro, aquel gallardo desprecio de la<span class="pagenum"
-id="Page_293">p. 293</span> intemperie, aquella incansable actividad,
-aquella resistencia al agua fría en todo tiempo, su coloración
-sanguínea y caliente, su vida espléndida, su apetito mismo, emblema
-de las asimilaciones de la Naturaleza y garantía de la fecundidad, me
-enamoraban más que su talle esbelto, sus ojos de fuego y la gracia
-picante de su rostro. Uno de sus principales encantos, la dentadura,
-de piezas iguales, medidas, duras, limpias como el sol, blancas como
-leche que se hubiera hecho hueso, me perseguía en sueños, mordiéndome
-el corazón.</p>
-
-<p>La conquista me parecía fácil. ¿Cómo no, si la confianza me daba
-terreno y armas? Consideraba á Constantino como un obstáculo harto
-débil, y comparándome con él personal, moral é intelectualmente, las
-notorias ventajas mías asegurábanme el triunfo. ¿Qué interés, fuera
-del que le imponía el lazo religioso, podía inspirar á Camila aquel
-hombre de conversación pedestre, de figura tosca, aunque atlética, y
-que sólo se ocupaba en cultivar su fuerza muscular? ¡El lazo religioso!
-¡Valiente caso hacía de él la descreída Camila, que rara vez iba á
-la iglesia y se burlaba un tantico de los curas!... Nada, nada: cosa
-hecha.</p>
-
-<p>Por aquellos días invitóme Constantino á ir con él á la sala de
-armas. Mucho tiempo hacía que yo no tiraba, y diez años antes no
-lo había hecho mal. Comprendí que me convenía el ejercicio para
-contrarrestar los malos efectos de la vida sedentaria y regalona. Al
-poco tiempo, el recobrado vigor muscular me ponía de buen temple y me
-daba disposición para todo. ¡Ben<span class="pagenum" id="Page_294">p.
-294</span>dita salud, que es la única felicidad positiva, ó el
-fundamento de estados que llamamos dichosos por una elasticidad del
-lenguaje! En los asaltos en que Constantino y yo nos entreteníamos por
-las tardes, aquel pedazo de bárbaro llevaba la mejor parte. Tenía más
-destreza que yo, muchísima más fuerza y un brazo de acero. Su agilidad
-y fuerza me pasmaban. Arrimábame buenas palizas; pero yo, al darle la
-mano quitándome la careta, le decía con el pensamiento: «Pega todo lo
-que quieras, acebuche. Ya verás qué pronto y qué bien te la pego yo á
-tí.»</p>
-
-
-<p class="centra fs90 mt3">FIN DEL TOMO PRIMERO</p>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span></p>
- <h2 class="nobreak"><small>ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO</small></h2>
-</div>
-
-<table class="toc" summary="Tabla de contenidos">
- <tr>
- <td colspan="3">&nbsp;</td>
- <td class="tdru">Páginas.</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">I.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_1">Refiero mi aparición en Madrid,
- y hablo largamente de mi tío Rafael y de mis primas María Juana,
- Eloísa y Camila</a>.</td>
- <td class="tdrb">5</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">II.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_2">Indispensables noticias de mi
- fortuna, con algunas particularidades acerca de la familia de mi
- tío y de las cuatro paredes de Eloísa</a>.</td>
- <td class="tdrb">35</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">III.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_3">Mi primo Raimundo, mi tío Serafín
- y mis amigos</a>.</td>
- <td class="tdrb">49</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">IV.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_4">Debilidad</a>.</td>
- <td class="tdrb">63</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">V.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_5">Hablo de otra dolencia peor que
- la pasada y de la pobre Kitty</a>.</td>
- <td class="tdrb">85</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">VI.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_6">Las cuatro paredes de Eloísa</a>.</td>
- <td class="tdrb">97</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">VII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_7">La comida en casa de Camila</a>.</td>
- <td class="tdrb">111</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">VIII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_8">En que se aclaran cosas expuestas
- en el anterior</a>.</td>
- <td class="tdrb">123</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">IX.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_9">Mucho amor (¡oh, París, París!),
- muchos números y la leyenda de las cuentas de vidrio</a>.</td>
- <td class="tdrb">127</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">X.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_10">Carrillo valía más que yo</a>.</td>
- <td class="tdrb">145</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XI.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_11">Los jueves de Eloísa</a>.</td>
- <td class="tdrb">155</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_12">Espasmos de aritmética que
- acaban con cuentas de amor</a>.</td>
- <td class="tdrb">209</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XIII.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_13">Ventajas de vivir en casa
- propia. — La noche terrible</a>.</td>
- <td class="tdrb">233</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XIV.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_14">Hielo</a>.</td>
- <td class="tdrb">269</td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdrt">XV.</td>
- <td class="tdct">—</td>
- <td class="tdlh"><a href="#ChI_15">Refiero cómo se me murió mi
- ahijado y las cosas que pasaron después</a>.</td>
- <td class="tdrb">281</td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="chap0" />
-
-
-<div class="chapter pt3">
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>Se ha respetado la ortografía del original impreso. No se han
- puesto tildes a las mayúsculas, salvo para deshacer ambigüedades.</li>
-
- <li>Se convierten determinados entrecomillados en rayas de diálogo y se
- espacian las restantes rayas según las convenciones tipográficas
- más recientes.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
-
- <li>En el título del <a href="#ChI_3">capítulo III</a> y en el <a href="#ToC">Índice</a>,
- «tío Raimundo» se cambia a «primo Raimundo», tal como hacen ediciones posteriores
- para manterner la coherencia en el relato.</li>
-
- <li>Se añade, en el texto y en el <a href="#ToC">Índice</a>, un título
- al <a href="#ChI_8">capítulo VIII</a>, que aparece sin él, tomado de
- ediciones posteriores.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Lo prohibido (tomo 1 de 2), by Benito Pérez Galdós
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (TOMO 1 DE 2) ***
-
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
-because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
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-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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