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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Lo prohibido (tomo 1 de 2) - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: October 9, 2020 [EBook #63413] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (TOMO 1 DE 2) *** - - - - -Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * Se ha respetado la ortografía del original impreso. No se han - puesto tildes a las mayúsculas salvo para deshacer ambigüedades. - - * Se convierten determinados entrecomillados en rayas de diálogo y se - espacian las restantes rayas según las convenciones tipográficas - más recientes. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - * En el título del capítulo III y en el Índice, «tío Raimundo» se - cambia a «primo Raimundo», tal como hacen ediciones posteriores - para manterner la coherencia en el relato. - - * Se añade, en el texto y en el Índice, un título al capítulo VIII, - que aparece sin él, tomado de ediciones posteriores. - - - - -LO PROHIBIDO - - - - - Es propiedad. Queda hecho - el depósito que marca la ley. - Serán furtivos los ejemplares - que no lleven el sello del - autor. - - - - - B. PÉREZ GALDÓS - NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS - - LO PROHIBIDO - - Tomo primero. - - 13.000 - - [Ilustración] - - =MADRID= - PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA - (Sucesores de Hernando) - Arenal, 11 - 1906 - - - - - EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO - IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. - C. de San Francisco, 4. - - - - -LO PROHIBIDO - - - - -I - -Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi tío Rafael y -de mis primas María Juana, Eloísa y Camila. - - -I - -En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi -padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa -extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos -que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias, -y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don -Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo -me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar -un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el -hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su -vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando -quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menester. -Vivía el buen señor, quiero decir, vivíamos en el barrio que se ha -construído donde antes estuvo el Pósito. El cuarto de mi tío era un -principal de diez y ocho mil reales, hermoso y alegre, si bien no muy -holgado para tanta familia. Yo tomé el bajo, poco menos grande que el -principal, pero sobradamente espacioso para mí solo, y lo decoré con -lujo y puse en él todas las comodidades á que estaba acostumbrado. Mi -fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con exceso. - -Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente -al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de -González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las -nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente -mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las -personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas -plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y -aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á -las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para -todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé -después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que -nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á -saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á -dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba -en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de -riqueza y trabajo. - -Mi tío es un agente de negocios muy conocido en Madrid. En otros -tiempos desempeñó cargos de importancia en la Administración: fué -primero cónsul; después agregado de embajada; más tarde el matrimonio -le obligó á fijarse en la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda, -protegido y alentado por Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su -familia le estimularon á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por -las aventuras y esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición, -rectitud, actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á -agenciar asuntos diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes -se felicitaba de ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De -ellos vivía, no obstante, despertando los que dormían en los archivos, -impulsando á los que se estacionaban en las mesas, enderezando como -podía el camino de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle -sus amistades con gente de éste y el otro partido, y la vara alta que -tenía en todas las dependencias del Estado. No había puerta cerrada -para él. Podría creerse que los porteros de los ministerios le debían -el destino, pues le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban -las entradas considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas -épocas había ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados -expedientes de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida -honradez le había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid, -su posición debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes. -No carecía de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco -lisonjero para un hombre que, después de trabajar tanto, se acercaba -al término de la vida y apenas tenía tiempo ya de ganar el terreno -perdido. - -Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre -como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba -toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación -anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el -fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente -ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito -y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase -vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus -relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos -con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios -que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el -cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el -momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo -distrayéndose del asunto, y en sonando el _pum_, llevábase un mediano -susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del -aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los -ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba. -No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos -de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco -lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz, -zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío _la -Verónica_. - -Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia en -Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á mi -instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia -y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi -padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo -febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de -Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no -tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino -de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un -chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas -demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial -de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada -en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este -descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual -si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un -desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con -una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas -¡ay, dolor! estaban ya casadas. - - -II - -En la primera ocasión que se presentó, mi tío habló de sus tres yernos -con muy poco miramiento. El uno era egoísta, el otro pobre y vanidoso, -el tercero una mala persona. De confidencia en confidencia llegó hasta -las más íntimas y delicadas, acusando á su esposa de precipitación -en el casorio de las hijas. De esto colegí que mi tía Pilar, señora -indolentísima y de cortos alcances, por quedarse libre y descansar del -enfadoso papel de mamá casamentera, había entregado sus niñas al primer -hombre que se presentó, llovido en paseos y teatros. También pudo ser -que ellas se sobrepusieran á la disciplina paterna, apegándose al -primer novio que les deparó la ilusión juvenil. - -No habían pasado quince días de mi instalación cuando me puse malo. -Desde niño padecía yo ciertos achaquillos de hipocondría, desórdenes -nerviosos, que con los años habían perdido algo de su intensidad. -Consistían en la ausencia completa del apetito y del sueño, en una -perturbación inexplicable que más parecía moral que física, y cuyo -principal síntoma era el terror angustioso, como cuando nos hallamos en -presencia de inevitable y cercano peligro. Con intervalos de descanso -melancólico, mi espíritu experimentaba aquel acceso de miedo inmenso -que la razón no podía atenuar, ni la realidad visible combatir; miedo -semejante al que sentiría el que, cayéndose sobre la vía férrea y no -pudiendo levantarse, viera que el pesado tren se acercaba, le iba á -pasar por encima... Cuando me ponía así, la vista de personas extrañas -me excitaba más. Dábanme ganas de pegar á alguien ó de injuriar por lo -menos á los que me visitaban, y padecía mucho conteniéndome. Por esta -razón no quería recibir á nadie, y mi criado, que ya conoce bien este -flaco mío y otros, no dejaba que llegase á mi presencia ni una mosca. -Difícil era en Madrid extremar la consigna. Ni valían estos rigores con -mi tío, el cual, atropellando la guardia, se colaba de rondón en mi -gabinete. Y era que creía de buena fe llevarme en sus largos discursos -la mejor medicina de mi mal; jactábase de conocerlo á fondo, y en vez -de hablarme de cosas que engañosamente llevaran mi espíritu á esfera -distinta de mi padecer, estimaba más eficaz encararlo con éste, hacerle -meter la cabeza en él valientemente, como se corrige á los caballos -espantadizos, acercándoles á los mismos objetos de que huyen. Díjome -primero en su festivo exordio, que aquello era el mal del siglo, el -cual, forzando la actividad cerebral, creaba una diátesis neuropática -constitutiva en toda la humanidad. Esto se lo había dicho Augusto -Miquis la noche antes. Por eso lo sabía y lo repetía como papagayo, sin -entender una jota de medicina. En lo que principalmente hacía hincapié -mi tío Rafael, era en dar á mi dolencia la importancia histórica de un -mal de familia, que se perpetuaba y transmitía en ella como en otras el -herpetismo ó la tisis hereditaria. - ---Todos padecemos en mayor ó menor grado --me dijo amplificando mucho -la relación que voy á extractar--, los efectos de una imperfeccioncilla -nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros -Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido -individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento -y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres, -chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida, -bien manía más ó menos rara que no afectaba á la conducta. A unos les -ha tocado el daño en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se -ha visto que tenían una organización admirable, pero que les faltaba, -como se suele decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra -familia las altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en -ella tantos hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias -lastimosas, ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han -carecido en sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las -mujeres, las ha habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas; -pero también las hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más -vale no hablar de ellas. - -Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador sempiterno, -que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su facundia con -materiales de invención. - ---Usted hubiera sido un gran novelador --le dije; y él, acercándose más -á mí, prosiguió de este modo: - ---Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos, -y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene -reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero -sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy -_célebres_. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses. -Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor -se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda -haciendo de fantasma para asustar al pueblo. - -»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón magnífico -para él solo, quiero decir, que ninguna otra persona de la familia se -había de enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran -poniendo al lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran -en Ronda. Y así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más -de doscientos cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños -ajenos. Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza -humana, pues fué el primer galanteador de su tiempo. - -»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que criar -gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y hacía -libros con ellas. - -»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el -hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato -en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás -puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas -encontraba algún _incitativo melindre_, que dijo el otro. Cuando se -casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá! -tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes. - -»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el _Quijote_ de memoria, y -hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había -refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á -relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como -ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque -también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y -compuso una obra sobre los alfajores de la tierra. - -»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir á tus noticias. -Javier fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú, -esas melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De -pronto le entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y -visiones. Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más -remedio que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza -cuatro años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó -con una aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía -más que unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su -mujer paría siempre gemelos. - -»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad -mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas. -Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el -puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero -repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena -familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero -de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le -acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades -varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del -54. - -»Mi hermana Rosario no dió más señales de la infección hereditaria que -el tener toda su vida violentísimo odio á los perros. No los podía ver, -y lo mismo era oir un ladrido que ponerse á temblar. Casó con Delgado, -y en su hijo Jesús aparece pujante el mal. Tú no le has visto. Es un -sér inocentísimo, que se pasa la vida escribiéndose cartas á sí mismo. - -»De mis hermanos sólo quedamos Serafín y yo. Serafín fué siempre el -más robusto de todos. Era un mocetón, la gala de Ronda y el primer -alborotador de sus calles de noche y de día. Por su vigorosa salud y -su constante buen humor, parecía tener completos los tornillos de la -cabeza. Pusiéronle á estudiar marina en San Fernando, y se distinguió -por su aplicación y laboriosidad. Salió á oficial el 43, y su carrera -ha sido muy brillante. Estuvo en Abtao, en el desembarco de Africa, -en el Pacífico. Hoy es brigadier retirado y vive en Madrid, donde no -hace más que pasearse. Tú le conoces. ¿Pero á que no sabes todavía -en qué consiste y de qué manera tan extraña se ha manifestado en -él, al cabo de la vejez, esa maldita quisicosa que no ha perdonado -á ningún Bueno de Guzmán? Te lo diré en confianza. Cuando le trates -más, verás en Serafín el hombre más completo que puedes figurarte, el -tipo del caballero atento, discreto y cumplido, el veterano valiente -y pundonoroso, y seguirás teniéndolo en el más elevado concepto hasta -que descubras su flaco, el cual es de tal naturaleza, que casi me da -vergüenza hablar de él. Pues Serafín ha adquirido la maña... no me -atrevo á llamarla de otro modo... de coger con disimulo tal ó cual -objeto que ve en las casas que visita, metérselo en el bolsillo... ¡y -llevárselo! No sabes los disgustos que hemos tenido... Nada: no te lo -explicas, ni yo tampoco, ni él mismo sabe dar cuenta de cómo lo hace -y por qué lo hace. Es un misterio de la Naturaleza, una aberración -cerebral... Veo que te pasmas... Pues, nada: entra mi hombre en una -librería, acecha el momento en que los dependientes están distraídos, -agarra un libro, se lo guarda en el bolsillo del _carrik_, y abur. En -varias casas ha cogido chucherías de esas que ahora se estila poner -sobre los muebles, y hasta perillas de picaportes, aldabas de puertas, -tapones de botellas... Me ha confesado que siente un placer inmenso en -esto; que no sabe por qué lo hace; que es cosa de las manos... qué sé -yo... mil desatinos que no entiendo. - -Bien podría ser la relación de mi tío, como he dicho antes, puramente -fantástica, una de esas improvisaciones que acreditan el numen de los -grandes habladores; pero fuese verdad ó mentira, á mí me entretenía y -agradaba en extremo. Pendiente de sus palabras, sentía yo que éstas -se acabasen y con ellas la historia, cuyos pormenores referentes á -dolencias ajenas eran eficaz bálsamo de la mía. Parecíame que faltaba -aún lo más interesante, esto es, saber en qué grado estaban mi propio -tío y su descendencia tocados del mal de familia, ó si por ventura -se habían librado ya de tan pertinaz enemigo. Echóse á reir llorando -cuando le manifesté esta curiosidad, y prosiguió de este modo: - - -III - ---Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán, -el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de -mi vida, el afán diario de los negocios, la aplicación constante del -espíritu á cosas reales, me han preservado de graves desórdenes. Sin -embargo, sin embargo, no ha sido todo rosas. En ciertas ocasiones -críticas, á raíz de un trabajo excesivo ó de un disgusto, he sentido... -así como si me suspendieran en el aire. No lo entenderás, ni lo -entiende nadie más que yo. Voy por la calle, y se me figura que no veo -el suelo por donde ando: pongo los pies en el vacío... Al mismo tiempo -experimento la ansiedad del que busca una base sin encontrarla... Pero -ando, ando, y aunque creo á cada instante que me voy á caer, ello es -que no me caigo. La _suspensión_, como yo llamo á esto, me dura tres ó -cuatro días, durante los cuales no como ni duermo; luego pasa, y como -si tal cosa. - -»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene -indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos de -relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que habiendo -tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica para -todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita cosa ni -supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un pasmoso -talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha de -flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la casa. -Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos más altos -de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con un enfermo -de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo que le -sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros dentro -de un cráneo no pueden funcionar sin estorbarse y producir un zipizape -de todos los demonios. - -»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia -tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se -extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en -opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión) -las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres -ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en -cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en -el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus -encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas. -¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias -y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le -entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de -cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede -vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único -que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño -entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su -voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse -la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se -casó, estos ataques son poco frecuentes. - -»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana mayor. -Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más, por la -menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia, y en sus -afectos no hay nunca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo, -que no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa -con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto -cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía -trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer -alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio. -Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se -pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una -simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva -compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las -de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre -esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días -más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la -garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se -pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien -la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con -que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las -destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces -la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en -confianza) no merece tal joya. - -»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos -favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no, no -la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos mimado -más de la cuenta y nos ha salido mal educada. Parece una loca, parece -más bien casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran -fondo de rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo -decir que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal -dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas -extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal -gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad. -Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo -prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me -espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma -de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso -que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis, no -encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese bruto... - -Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por la -sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió -con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo -luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era, -según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes -físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en -limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste -habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija -única suya hubiera sido mi mujer. - -Fenómeno singular, que recomiendo á los médicos para que se acuerden -de él cuando les caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío -aquel prolijo cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad -que te aflige, ¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí -aliviadísimo de la parte que me correspondía por fuero de familia, y -este alivio fué creciendo en términos que un rato después me encontraba -completamente bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el -viento. - - -IV - -Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba -animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la -misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María -Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas -á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su -madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre -cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras, -si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese. - -Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una belleza -estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los mármoles -admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas. Desde que la -conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo va de escultura -á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca de mi agrado. -Por aquellos días no había empezado á engordar todavía, y así su -engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después. -Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud, -veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz -que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy -principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños -que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que -ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso; -que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos -de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió, -pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida -obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban -dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero -siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban -los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como -otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que -su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los -transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el -pintoresco traje de Astorga. - -Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos una -pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á Madrid, -y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han tenido -tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era orden y -método. Gastaban mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su -generosidad. Así llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito -de alambicar, apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si -era ésta ú otra la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás -desgobernada y maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los -que no tiran el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué -compañera de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha -trocado su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte -no ha prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando -que al padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por _el -ordinario de Astorga_, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana -_la ordinaria de Medina_. - -En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco -para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más -valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos -éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna -bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas -ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un -tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales, -guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo -que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho -amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir, -que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno -atmosférico, porque las hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento -y en las ondas sonoras que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si -no hubiera tanto vago, tanto noble arruinado que vive del juego, tanto -abogadillo cesante ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...» -Debo añadir que María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en -algún periódico, ciertas menudencias de saber político, religioso y -literario, que eran la admiración mayor de todas las admiraciones que -su marido tenía por ella. El amor de Medina principiaba en ternura y -acababa en veneración, motivada sin duda por la superioridad de ella en -todos los terrenos. Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones. -¿Cómo no tenerlas si eran ricos, cuando hasta los más necesitados y -humildes se codean aquí con los poderosos, con tal que sepan envolver -su miseria en el paño negro de una levita? - - -V - -Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero -mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa -parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física -creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento, -piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve -por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien -que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta -inesperada del camino. Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía -ya en la mano y le había hincado el diente. - -Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé -en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste -de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su -cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo -por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo -con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo -hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto -exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las -cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como -cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me -produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones -y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer -que Eloísa tenía siempre razón. - -La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la -apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida que -iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas de su -carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su ropero y en -una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas de encajes, -de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito artístico. Al -enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados, solía dejar -entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no tener objetos -sobresalientes por la riqueza del material y el primor de la obra. El -«si yo fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los -labios de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma -la atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación -tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos -hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las -acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la -virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso -por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado, -criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran -por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura -mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado -interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su -carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la -enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en -otro sér. - -Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al -despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado á -luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa. Yo -también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño leal -y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad alguna. - -El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata. -Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios -de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carrillo (Carrillo -de Albornoz) había venido haciendo monos á mi primita desde que -ella estaba en el colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no -formalmente, no lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios -más ó menos entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo -el programa de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros -y paseos. Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la -herencia de su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero, -que era muy anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de -presunto heredero de un título y de un capital le hizo interesante -á los ojos de mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido -veinticuatro años. Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un -triste sueldo en el ministerio de Estado; pero la esperanza de la -herencia le daba alientos para conllevar su vida obscura. - -Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas; -pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la -mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral, -debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables. -Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda -honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena -de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir, -aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer -esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la -Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine -May y á Macaulay, deseando saciar en tan ricas fuentes su sed del -conocimiento de un sistema admirable, que entre nosotros es pura -comedia. Su conversación me declaraba un juicio claro, con pocas ideas -propias, pero con aprovechada asimilación de las ajenas. - -Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de una -de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este mostraba -simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la humildad -de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las clases -históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo, -aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo -verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo -el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que, -aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción, -siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen -Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en -morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría -cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había -podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante. - - -VI - -Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que -la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en -la misma moneda. A veces parecía una chiquilla sin pizca de juicio, -á veces una mala mujer. Serían tal vez inocentes sus desfachateces, -pero no lo parecían, y el parecer dicen que en achaque de moral no -es menos importante que la moral misma. Era una escandalosa, una mal -educada, llena de mimos y resabios. No debo ocultar que á veces me -hacía reir, no sólo porque tenía gracia, sino porque todo lo que sentía -lo expresaba con la sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor -del espíritu, era para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del -otro pudor, venían á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos. -No podré pintar el asombro que me causó verla correr por los pasillos -de su casa con el más ligero vestido que es posible imaginar. Un día -se llegó á mí en paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo -hablando de su marido en los términos más irrespetuosos. A veces, -después de correr tras las criadas y hacer mil travesuras, impropias -de una mujer casada, se ponía á tocar el piano y á cantar canciones -francesas y españolas, algunas tan picantes, que, la verdad, yo hacía -como que no las entendía. A lo mejor, cuando parecía sosegada, se oía -un gran estrépito. Estaba en la cocina jugando con las criadas. Su -mamá la reñía sin enfadarse, consintiéndole todo, y aseguraba que era -aquello pura inocencia y desconocimiento absoluto del mal. Otras veces -dábale por ponerse triste y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á -su marido, á sus padres mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que -no la queríamos, de que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose -al verla así, mandaba preparar abundante ración de tila. Eran los -nervios, los pícaros nervios. - -Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la -casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa -de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente -la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos -y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como las -beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia oirla. - -Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena, esbeltísima, -vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de que jamás un -médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan notable como -aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia y tostada, -indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes, profundamente -negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando visitamos -un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le faltaba -muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias que nunca -están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel carácter, que -era la negación de todo lo que constituye el encanto de la mujer. La -discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del ánimo, el culto -de las formas, éranle extraños. Considerábala como la mayor calamidad -de una familia, y al hombre condenado á cargar semejante cruz, teníale -por el más infeliz de los seres nacidos. - -El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería, llamado -Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de Augusto Miquis, -médico de fama. Al tal le consideré, desde que le ví, destituído de -todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que -pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía -ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le -daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera -existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían -de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme -su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta -del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi -tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al -oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué -encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino era -feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso, pendenciero, -brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo, dudando mucho de -que fuese un mérito, era su constitución, no menos vigorosa que la -de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos los caprichos -de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer planchas -gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo que yo tenía -de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila, llevábame á dar -á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen como adorno de -la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y gandules de circo -sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar razonablemente la -inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño humano, que á menudo va -por sendas tan contrarias á las de la razón! Contáronme que mis tíos -se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el -resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que -los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar -al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo: - ---Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste -de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para -distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón? - -Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba: - ---Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere. - -Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían tenido -alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba yo. A -su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y modales -chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; otras le -decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, gritando: - ---Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!... - -Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban -pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco -decentes á mi ver. - -El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de estar -muy atrasado en su carrera. - ---Pero usted --le preguntaba yo--, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de -guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios? - -Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el sable -y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar -una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del -ejército. Francamente, me daba tanto asco, que le volví la espalda -sin decirle nada. No le creía merecedor ni aun de la impugnación de -sus estupideces. María Juana, que estaba allí, díjome aparte con mal -contenida ira: - ---Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas. - - - - -II - -Indispensables noticias de mi fortuna, con algunas particularidades -acerca de la familia de mi tío y de las cuatro paredes de Eloísa. - - -I - -Voy á hacer la declaración exacta de la fortuna que yo poseía cuando -me establecí en Madrid. Este es un dato importante por todos conceptos -y que debo exponer con la mayor claridad, aunque no sea sino para -desmentir las absurdas consejas que corrían como dogma evangélico -acerca de mi capital, y según las cuales (obra de la excitada fantasía -de tanto hambriento), yo era puesto en la misma categoría rentística -de los Larios de Málaga, López de Barcelona, Misas de Jerez, Céspedes, -Murgas y Urquijos de Madrid. - -Vais á ver lo que yo tenía. - -Al desaparecer del mundo comercial la casa que giraba con mi firma, -celebré un convenio con los _Hijos de Nefas_, que se hicieron cargo de -todos mis negocios mercantiles, para unirlos á los de su casa, quedando -además encargados de liquidar los asuntos pendientes. Según mi cuenta, -la liquidación arrojaría unos cuarenta mil duros á mi favor, que los -referidos _Hijos de Nefas_ se reservarían, puesto que yo entraba á -formar parte de la casa como socio comanditario. - -Las viñas arrendadas podían capitalizarse en otros cuarenta mil duros. -Lo que obtuve de las vendidas, de las existencias cedidas á diferentes -casas y de créditos realizados, subía á más de cien mil, que iría -recibiendo en Madrid, según convenio, en plazos trimestrales y en -letras sobre Londres. Pensaba emplear este dinero, conforme lo fuera -cobrando, en valores públicos ó en inmuebles urbanos. - -Producto de ventas anteriores y de la legítima de mi madre, tenía yo -en Londres diez y siete mil libras, parte situadas en casa de Mildred -Goyeneche, parte empleadas en renta inglesa del 3 por 100. Estos -setenta y cinco mil duros, unidos á lo anterior, hacen ya doscientos -cincuenta y cinco mil. Debo añadir un pico que tenía en París en poder -de Mitjans, y que le ordené empleara en renta francesa del 4 ½ por 100, -con el cual pico mi cuenta anda muy cerca ya de los seis millones de -reales. - -Aún había más. En Obligaciones de Banco y Tesoro, 3 por 100 -Consolidado, _Ferros_, Obligaciones sobre Aduanas, Resguardos al -portador de la Caja de Depósitos, tenía más de ochenta mil duros -efectivos. Toda esta diversidad de papeles la había comprado mi padre, -y yo la conservaba, esperando que se realizase la feliz unificación -que me había anunciado mi tío, y con la cual cesaría el mareo que me -producía tal balumba de títulos y la desigualdad laberíntica de sus -valores. - -Item: cuarenta acciones del Banco de España que mi padre había -comprado, por dicha mía, cuando estaban á tres mil reales, y que á -fin del 80 valían cuatrocientos cincuenta duros, dándome un capital -efectivo de diez y ocho mil duros. Añadiendo á lo expuesto varios -créditos pequeños de seguro cobro y existencias en metálico, salían, -en cifra más ó menos redonda, unos nueve millones de reales, que bien -manejados podían darme de treinta á treinta y cinco mil duros de -renta. Esta es la verdad de mi tan cacareada riqueza, que algunos, -especialmente los que deliran con el dinero ajeno, no pudiendo delirar -con el propio, hacían subir á un par de millones de pesos. En esto -de apreciar el caudal de los ricos que viven con holgura, he notado -siempre una tendencia á la hipérbole que produce grandes perturbaciones -en la vida económica de la capital, por los grandes chascos que suelen -llevarse las industrias y los comercios nacidos al calor de tan necio -optimismo. No necesito encarecer lo bien recibido que fuí en toda clase -de círculos. Los que esto lean comprenderán al punto que teniendo yo -lo que en claros números queda dicho, y suponiéndome el vulgo mucho -más aún, no me habían de faltar relaciones. No necesitaba ciertamente -buscarlas; ellas venían solas, me perseguían, me acosaban con descargas -de saludos, invitaciones y cortesanía. Prendas personales de que no -quiero hablar afianzaron y remataron mi éxito. Las amistades formaron -pronto en derredor mío espesa red, contribuyendo no poco á ello la -familia de mi tío, muy conocida en la Corte y relacionada con lo mejor, -así por el parentesco que mi tía Pilar tenía con familias ilustres, -como por el roce constante de su marido con personas y personajes de -todas las clases sociales. - - -II - -En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta. No -pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á -escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera -una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación -simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía -sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del -motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila, -que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome -al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana, -Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria -sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero -el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras -razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres. -Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en -ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos -hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava -Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...» -«Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran -revolucionarios porque no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran -nada porque no tenían entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa, -menos fuerte que su hermana en la polémica, se embarullaba, tenía -rasgos de ira infantil, concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho -haber perdido la escena, pues llegué cuando la tempestad había pasado, -y sólo se oían truenos lejanos. En el gabinete de la derecha de la -sala, la pobre Eloísa daba respiro á su corazón oprimido, diciendo -entre sollozos: - ---Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para -ver patas arriba á tanto... idiota. - -En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una silla, -el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira cogida -con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien formado -pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la nariz un -poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á usar -por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los pies -inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar la -urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara de -una vez para siempre con los... me parece que dijo «los _mamalones_ que -viven á costa del prójimo.» - ---Pero, señoras --dije yo interviniendo y pasando de un gabinete á -otro para ponerlas en paz--, ¿qué piropos son esos y qué furor de -revoluciones ha entrado en esta casa?... - -Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos -demagógicos, les dije: - ---Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en Lhardy. - -(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras un -velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.) - -Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos. Otro -día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió á -chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en -aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones -que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío, -al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos, -distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de -donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna, -como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas -altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por -ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más -bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba -ciegamente el partido de María Juana. - ---Un padre debe querer á sus hijos por igual --decía Camila aquel -día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel -alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces -la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba -leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú», -ó cosa por el estilo. - -Debo decir, en honor de la verdad, que pasaban también semanas enteras -sin que la paz se turbase, viviendo todos, padres, hijos, hermanas y -yernos, en aparente concordia. Siempre habría sido lo mismo si mis -tíos hubieran establecido en la casa, antes de que la prole creciera, -una estrecha disciplina. Mas no lo hicieron así. Era mi tía Pilar una -excelente señora; pero de tan flojo carácter, que sus hijos, y aun los -criados, y hasta el gato, hacían de ella lo que querían. Mi tío no se -cuidó nunca de sus hijos más que para comprarles dulces y llevarles un -palco para que fueran al teatro algún domingo por la tarde. Todo el -día estaba en la calle, y los festivos solía ir de caza al coto que en -sociedad con varios amigos tenía arrendado. - -Mi primo Raimundo, de quien no he hablado aún, vivía en completa -paz con mis tres primas, pues había adoptado en todos los asuntos -domésticos un temperamento flemático; y aunque su mamá tenía marcadas -preferencias por su único varón, éste, que era insigne filósofo, como -se verá más adelante, cuidaba de no hacerlas patentes delante de sus -hermanas para aprovecharlas mejor. - - -III - -He dicho que en Enero del 81 dió á luz Eloísa el primer nieto que -tuvieron mis tíos. El tal absorbía por completo la atención de toda la -familia. Abuelos, tías y madre eran pocos para mimarle. Las funciones -de su organismo nuevecito, al estrenar la vida y ensayarse en los -procederes elementales del egoísmo humano, preocupaban hondamente á -todos los de casa. - -A las inocentes brutalidades de aquel cachorro de hombre se les -daba la importancia de verdaderas acciones humanas. No hay para qué -hablar de la fama que tenía. Había corrido la voz de que era _un rollo -de manteca_, y además muy mala persona, es decir, que ya tenía sus -malicias, y se valía de ingeniosas tretas para hacer su gusto. Todos -los recién nacidos gozan de esta opinión desde que respiran; todos son -guapos, robustos y muy pillos. Y, sin embargo, todos son lo mismo: -feos, flácidos, colorados, más torpes que los niños de los animales y -siempre mucho menos graciosos. Del de Eloísa se contaban maravillas. -Era un granuja. A los dos meses ya protestaba contra las horas -metódicas á que le daba el pecho el ama, y quería atracarse sin orden -ni tasa. Era, pues, un gastrónomo y un libertino. A los cuatro meses -mostraba su desagrado á algunas personas, y pataleaba cuando quería que -le paseasen. Tenía la poca vergüenza de reirse de todo, y cuando le -ponían un reloj en la oreja, se la echaba de listo, como diciendo: «Ya, -ya sé lo que es eso: á mí no me la dan ustedes.» A los cinco meses era -realmente una preciosidad. Se parecía á su mamá. Salía á los Buenos de -Guzmán en la figura y en el carácter. El ama relataba mil incidentes y -malicias que indicaban el talento que iba á sacar. Algunas noches había -conciertos, á que felizmente no asistía yo. Para impedirle que durmiera -de día, le paseaban por la casa, le bajaban alguna que otra vez á la -mía, y procuraban entretenerle haciéndole fijar la vista en objetos de -colores vivos. Cuando se cansaba, restregábase el hocico con los puños -cerrados, que parecían dos rosas sin abrir, y á veces me obsequiaba -con una sonata de las mejores suyas. Alguna vez le cogía yo en mis -brazos y le paseaba, procurando que se fijara en una lámpara colgante, -objeto al cual repetidas veces consagraba una atención profunda como -de persona inteligente. Parecía decir: «Vean ustedes... éstas son las -cosas que á mí me gustan...» No sé en qué consistía que en mis brazos -se tranquilizaba casi siempre. Sin duda sentía hacia mí una respetuosa -estimación que no le inspiraba el ama. Mirábame con atónita dulzura, -mascando sosegadamente un aro de goma y arrojando sobre mi pecho las -babas que no podía recoger su babero. Con aquella muda saliva me decía -sin duda: «Estoy pensando, aquí para mis babas, que usted y yo vamos á -ser muy buenos amigos.» - -Todos le querían mucho, y yo también, correspondiendo á la confianza y -consideración que le merecía. Ved aquí cuán fácilmente me asimilaba los -sentimientos de la familia, porque mi carácter fué siempre, salvo en -las ocasiones de mal nervioso, refractario á la soledad. No me gustaba -vivir en lo interior de aquella república, pero sí en sus agradables -cercanías. Poco á poco fuí acostumbrándome al calor lejano de aquel -hogar. Así lo quería yo: bastante cerca para matar el frío, bastante -lejos para que no me sofocara. Mis tíos, mis primas, los maridos de mis -primas y el retoño aquél baboso me interesaban ya y eran necesarios en -cierto grado á mi existencia. - -Pero he de confesar que Eloísa era, de todos ellos, la que se llevaba -la mejor parte de mis afectos. Solía consultarme sobre cosas de su -exclusivo interés; y yo, que todo el invierno lo empleé en instalarme -bien y cómodamente, pues era muy tardo y dificultoso en elegir los -muebles, le pedía un día y otro el concurso de su buen juicio y de su -gusto supremo para aquel fin. Entre paréntesis, diré que yo decoraba -mi casa con lujo, adquiriendo todo lo bonito y elegante que encontraba -en las tiendas, y haciendo traer directamente algunos objetos de París -y Londres. Soltero, rico y sin obligaciones, bien podía darme el gusto -de engalanar suntuosamente mi vivienda, y ser, conforme lo exigía mi -posición social, amparo de las artes y la industria. Desconfiando -siempre de mí mismo en materia de gusto artístico, me sometía al -parecer de Eloísa, y nada se ponía en las paredes de mi casa sin que -antes pasase por la prueba de su entendida crítica. Comprendí que ella -gozaba extraordinariamente en ello, y como había tela de donde cortar, -yo adquiría, adquiría cada vez mejores y más escogidas cosas. - -Mi afecto hacia ella era de una pureza intachable; tan así, que gozaba -oyéndola elogiar á su marido. Díjome un día: - ---El pobre Pepe vale bastante más de lo que creen papá... y los amigos -de casa. Tiene inteligencia; pero la pobreza y su poca salud le -acobardan mucho. - -Otro día me dijo con acento bastante triste que estaba hastiada de -vivir en casa de sus padres; que además de la idea de serles gravosa, -le mortificaba la falta de independencia; que deseaba ardientemente -tener su casa, casa propia, _sus cuatro paredes_, para vivir solita con -su marido y con su hijo. Con la renta de Pepe no había que contar para -este propósito tan honrado y tan legítimo, pues la paga del ministerio -y el producto de unos foros gallegos que además disfrutaba, apenas eran -suficientes para vestirse ambos y para el ama y algunas menudencias. - ---Oye lo que ocurre --me dijo otro día, en ocasión que subí á su casa -para que me hiciera el favor de elegirme unas alfombras--. A ver qué -opinas. El ministro de Ultramar, que es muy amigo nuestro... anoche -comieron él y papá en casa de la de San Salomó... ha ofrecido á Pepe un -buen destino en Cuba. Dice papá que si tiene arreglo, puede sacar en un -par de años cien mil duros... sin hacer cosas malas, se entiende. Otros -han traído más en mucho menos tiempo. ¿Te parece que debe aceptar? En -toda la noche he podido dormir pensando en esto, pues si por un lado -quisiera resolver este acertijo de nuestro modo de vivir, por otro no -me haría maldita gracia separarme de mi marido... Y lo que es irme yo -á América... al pensarlo, no son plumas, sino nidos de avestruces lo -que siento en mi garganta. El pobre Pepe no tiene salud para aquellos -climas... y al mismo tiempo no sé... ¡La idea de verle entrar en casa -acompañado de cien mil duros!... Es terrible alternativa ésta, ¿no es -verdad? Parece que la marquesa de Cícero está ahora muy fuerte. ¿Qué -opinas tú? ¿Debemos aceptar el destino? - -Esta inesperada consulta me puso en gran perplejidad. Pero mi buen -juicio y mi conciencia, que, teóricamente al menos, estaba llena -de rectitud, inspiráronme pronto la respuesta. No: Pepe no debía -exponerse á los peligros de la fiebre amarilla... no faltaba más. ¡Qué -sería de su pobrecita mujer, sola y muerta de pena en Madrid!... Por -ningún caso. Estaría siempre en un puro afán, pensando si le daba ó no -le daba el vómito, y de correo en correo su vida sería un martirio de -incertidumbre... ¿Y todo por qué? Por una riqueza ilusoria... Pepe era -decente y honrado, y no sabría centuplicar, como otros, los gajes de su -empleo. - ---Ríete --le dije-- de esas ganancias, sin hacer cosas malas. Pepe se -volverá á España con las manos tan limpias como su conciencia, y los -bolsillos más limpios aún... - -Añadí que la Providencia se encargaría de arreglar aquel asunto mejor -que el ministro de Ultramar. Por más que dijeran, Angelita Caballero -no podía ya vivir mucho. Yo la había visto el día antes en su -carruaje, hecha una hoz, tan encorvada que parecía estar besándose las -rodillas... Paciencia, paciencia y calma. - -Esto ocurría en Mayo: lo recuerdo, porque después de aquella -conferencia fuimos todos, Camila inclusive, á casa de María Juana, á -ver pasar la gran procesión del Centenario de Calderón. Los prudentes -consejos que dí á Eloísa fueron bien acogidos por ella y aceptados -con alma. Aquel día y los siguientes estuve pensando cuán fácil me -sería realizar el noble sueño de mi prima, pues con parte de lo que -yo gastaba en superfluidades, habría bastado para que ella tuviese -aquellas _cuatro paredes suyas_ que la traían tan desazonada. Pero esto -era tan irregular y contravenía de tal modo las leyes sociales, que no -era posible expresarlo ni aun como un ofrecimiento de pura fórmula, -de esos que previamente sabemos no serán aceptados. Hablar de tal cosa -habría sido imperdonable falta de delicadeza. Calléme, pues, repitiendo -para mi sayo una cosa que más de una vez había oído de labios de la -propia Eloísa en sus horas de tristeza, y era que los bienes de la -tierra están muy mal repartidos. - - - - -III - -Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos. - - -I - -Con este Bueno de Guzmán había tenido yo trato anteriormente, por haber -pasado conmigo una larga temporada en Jerez y Cádiz. Pocas personas -poseen, como mi primo Raimundo, el don envidiable de cautivar y agradar -de primera intención, porque á pocos seres concedió Naturaleza tal -caudal de prendas brillantes, calidades de esas que podríamos llamar -ornamentales, porque no dan valor positivo á la persona, sino que -lo fingen. Cuando le conocí en Andalucía, estaba Raimundo en todo -su esplendor y en el apogeo de su deslumbradora originalidad. En -Madrid ya le encontré algo decaído. Se me parecía á los artistas que, -abusando de sus facultades, caen en el amaneramiento. En ocasiones, -lo que antes hacía en él tanta gracia principiaba á ser enfadoso. -Sus excentricidades y paradojas, sus ráfagas de ingenio eran para un -rato nada más. Comenzaba á tener manías estrambóticas y á padecer -lamentables descuidos en su conducta social y privada. No era ya el -hombre entretenidísimo, ameno y simpático de otros tiempos; mejor -dicho, tenía temporadas, días muy buenos, horas felices á las que -seguían períodos en que se hacía de todo punto insoportable. - -En España son comunes los tipos como este primo mío. Creeríase que son -producto del garbanzo, y que este vegetal ha ingerido en la raza los -talentos decorativos. He conocido muchos que se le parecen, aunque en -pocos he visto combinarse tan marcadamente como en él lo brillante con -lo insubstancial. Había tenido Raimundo una educación muy incompleta; -había leído poco, muy poco, y no obstante, hablaba de todas las cosas, -desde las más frívolas á las más serias, con un aplomo, con una -facundia, con un espíritu que pasmaban. Los que por primera vez le oían -y no le conocían, se quedaban turulatos. - -A este don de tratar bien de todo reunía mi primo otros muchos. Hablaba -francés é italiano con rara perfección. El inglés no lo hablaba, pero -lo traducía, y de alemán se le alcanzaba algo. Aprendía las lenguas con -facilidad suma, sin esfuerzo, no se sabe cómo. Su memoria estupenda -descollaba también en la música. Repetía las óperas del repertorio -moderno, con recitados, coros y orquesta, y trozos difíciles de música -sinfónica y de cámara. Cantaba lo mismito que Tamberlick y declamaba -como Rossi, imitando también á los actores cómicos más en boga. En esto -de remedar voces y de asimilarse todos los acentos humanos, superaba -con mucho á su hermana Camila, que igualmente tenía dotes de actriz y -habría lucido en las tablas si á ello se dedicara. - -Mi primo no era pintor porque no se había puesto á pintar; pero -buena prueba era de su aptitud lo que hacía con lápiz ó pluma cuando -por entretenimiento dibujaba cualquier figura. Hacía caricaturas -deliciosas, frescas, fáciles, y á veces le ví trazar en serio, -observando el natural, contornos de una verdad y elegancia que me -pasmaban. «¿Por qué no te has dedicado á la pintura?» le preguntaba -yo á veces; y él alzaba los hombros, como diciendo: «Si me hubiera -dedicado á todo aquello para que tengo disposición, no me habrían -bastado la vida ni el tiempo.» - -Porque también hacía versos, y tan buenos como los de otro cualquiera. -Los componía serios y epigramáticos, burlescos y trágicos, según -le daba. En la prosa también hacía primores. La escribía de todas -las castas posibles: académica y periodística, atildada y pedestre, -declamatoria y picaresca. Cuando estaba de humor literario, cogía la -pluma y decía: «voy á imitar á Víctor Hugo.» Pues escribía un trozo -que parecía arrancado de _Los Miserables_. Otras veces imitaba á los -clásicos de un modo que no había más que pedir, y como cogiera por su -cuenta el estilo parlamentario y oficial que aquí priva, hacía cosas -muy divertidas. También se las daba de crítico, y tenía un golpe de -vista admirable para juzgar de todas las artes y descubrir en cada obra -aspectos y fases que se ocultan á la generalidad. - -Pues con tales disposiciones, las pocas veces que se vió en letras de -molde no fué con lucimiento, porque pensar que hiciera y consumara -un trabajo completo, regular, con principio y fin, era pensar lo -imposible. A menudo, sus tareas literarias, empezadas con febril -entusiasmo, se quedaban sin concluir. Cuando se le reprendía por su -inconstancia, disculpábase con la carencia de estímulo, que es la -asfixia del escritor en nuestro país; con la falta de editores. ¡Oh! -si aquí se cobrara por escribir... Esta era su muletilla, que iba -siempre acompañada de la amarguísima exclamación de Larra: «El genio ha -menester del eco, y no se produce eco entre las tumbas.» - -Estoy convencido de que si hubiéramos tenido un editor espléndido -y sabio detrás de cada esquina, Raimundo no habría compuesto libro -alguno ni aun del tamaño de una lenteja. Es más: llegué á comprender -que mi primo, dotado de aptitudes tan varias, no habría sido jamás -poeta eminente, ni pintor de nota, ni músico, ni orador, ni cómico, ni -crítico, aunque se dedicara exclusivamente á alguna de estas artes, -porque carecía de fondo propio, de fuerza íntima, de esa impulsión -moral, que es tan indispensable para los actos de creación artística -como para las obras de la voluntad. - -Elogiado desde la niñez por su feliz talento, mirado como gloria de la -familia, defraudó las esperanzas de su padre, que no pudo sacar partido -de él. A once carreras se aplicó. Empezaba con mucho brío; pero en el -primer año se plantaba. Habíase preparado para Estado Mayor, Minas, -Montes, Medicina, Telégrafos, Ayudante de Obras públicas, y para no sé -qué más. Oirle hablar de sus carreras y de sus estudios era como hojear -una enciclopedia. Por fin, hízose abogado á fuerza de recomendaciones. -«Mi camino al través de la Universidad --decía--, ha sido una senda de -tarjetas.» - -En los días de esta narración, Raimundo debía de tener treinta años -(era el segundo hijo de mi tío) y representaba más de cuarenta. Su -naturaleza febrilmente activa parecía haber burlado la ley del tiempo, -madurándose con demasiada prisa. Vivía en un constante esfuerzo por -huir de lo presente, hipotecando el porvenir, y nutriéndose hoy por -adelantado con la savia de mañana. Pródigo de su sangre, de todas las -energías de su espíritu y de su cuerpo, devoraba el capital vital, como -si la juventud fuera un estado que le estorbase y padeciera nostalgias -de la vejez. Cuando le ví en Madrid, me asustó la extraordinaria -flaqueza de su rostro. Comprendí que en aquella lámpara había ya poco -aceite, por haber sido encendida muy pronto y atizada constantemente; -pero no le dije nada, porque supe que se había vuelto aprensivo. Su -cara de hombre guapo era como la de un Cristo viejo, muy despintado, -muy averiado de la carcoma y profanado por las moscas. Tenía la voz -cavernosa, la mirada mortecina, los movimientos perezosos. Un día -que estábamos solos en mi cuarto, le ví acomodarse en una butaca, -estirar las piernas sobre otra, buscar postura, hacer muecas de dolor -y hastío como el que padece gran quebranto de huesos, cerrar luego los -ojos y respirar fatigosamente. A mis inquietas preguntas respondió -levantándose de un salto, dando paseos por la habitación con las manos -á la espalda y la barba sobre el pecho. - ---La inacción es lo que me mata --decía sin detenerse--. Me estoy -atrofiando, me estoy enmoheciendo... - -Luego se paró ante mí, y mirándome con aquellos ojazos que parecían -muertos, díjome entre carraspeos: - ---Tengo un principio de enfermedad grave. ¿Sabes lo que es? -Reblandecimiento de la médula. - ---¿Has consultado algún médico? - ---No: no es preciso. He estudiado esa enfermedad, y conozco bien su -proceso, sus síntomas y su tratamiento. - -Dióme una lección de fisiología, en la cual habló de la _pía mater_, -del _canal raquídeo_, de la _substancia gris_, de las perturbaciones -_vasomotoras_, con otros terminachos que no recuerdo. Debía de ser -su atropellado discurso un tejido de disparates; pero tenía todo el -aparato de lucubración científica, y para los legos en medicina, como -yo, era un asombro. Sentóse luego, y tras aquellas sabidurías, dió en -afirmar vulgaridades de curandero. Después le oí pronunciar en voz baja -y con precipitación maniática sílabas obscuras. - ---¿Sabes --me dijo de súbito, contestando á mis preguntas-- cuál es -uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La _afasia_, -ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza -en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser -pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de _r_ líquida después de -_t_, es decir, las sílabas _tra_, _tre_, _tri_, _tro_, _tru_... - -Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se -expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De -súbito se marchó sin decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé -qué conceptos obscuros de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á -sus extravagancias, no me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi -cuarto con apariencia de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su -semblante tenía mucha animación. - ---Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo --me dijo--. Mira, para -probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de -que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico. -Recitándolo, puedo sintomatizar la _afasia_ y también prevenirla, -porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con -dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha. - -Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y -seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una -rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello, -este incalificable trozo literario: - ---_Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente -trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados -contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo -Tetrarca trapense_. - -Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta que -cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por -Dios que se callara. - -Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi -primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo -del parásito, que adula á los ricos por recoger sus sobras, y un -poquillo del bufón que divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos -agradables, charlando de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por -lo familiar; hacía la crítica de la obra que habíamos visto estrenar -la noche antes; remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba -anécdotas políticas y sociales de las que jamás por su índole personal -transcienden á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la -murria del reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar. -Así, desde que empezaba con el _triple trapecio de Trípoli_, ya estaba -yo tomando mis medidas para echarle de mi cuarto. - -No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa se -bajó á dormir á mi casa. - ---Arriba no se cabe --me dijo un día--. Me han ido acorralando poco -á poco, y por fin me han metido en un _triclinio_ en que estoy -_trigonométricamente trastrocado_. Si quieres, puesto que tienes casa -de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más -acompañado. - -Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba, y -en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana, le -tenía siempre junto á mí como mi sombra. - -Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le -proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los -gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba á -mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar. «Yo ---decía-- no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20 del -mes, ó antes, se le acababan los fondos, fenómeno que se traducía al -punto en síntomas de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los -_triunviros trogloditas_. - ---No me marees --le decía yo--. Si no tienes dinero, pídelo en -castellano. - -A él se le encendían los espíritus con esto. - ---¿Es verdad ó no que no hay _guita_?... ¡Oh! si tengo yo un ojo -médico... - ---Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese ---exclamaba con solemnidad cómica--, cierto es. - ---¿Por qué no te clareabas? - ---¡Ah! porque yo digo, como Fontenelle, que si tuviera la mano llena de -verdades, no las soltaría sino una á una. - - -II - -De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los que -más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga, el -primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía, ambos -excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo. A -Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le -conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de -oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que -en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del -Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una -misma provincia, habían celebrado un pacto muy ingenioso: cuando el -uno estaba en la oposición, el otro estaba en el poder, y alternando -de este modo, aseguraban y perpetuaban de mancomún su influencia en -los distritos. Su rivalidad política era sólo aparente, una fácil -comedia para esclavizar y tener por suya la provincia, que, si se ha de -decir verdad, no salía mal librada de esta tutela, pues para conseguir -carreteras, repartir bien los destinos y hacer que no se examinara la -gestión municipal, no había otros más pillines. Ellos aseguraban que la -provincia era feliz bajo su combinado feudalismo. - -Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía encomendarse -á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado, y sin -saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro distrito -de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de nada, -ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos lo -arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir _sí_ ó _no_ en el -Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía. - -Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno de mis -íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle tratado con -motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi amigo el marqués -de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y reverdecerse más -de lo que consentían sus años y su respetabilidad. Raro era el día -que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi primo Raimundo. -Los domingos almorzaban los que he citado y también Pepe Carrillo, el -marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los toros, donde yo tenía -palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante. - -No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío Serafín, -brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia. Era -un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas -infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de -Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia -la calle de Sevilla para arreglar su _remontoir_ por la hora del -reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta del Sol, iba á -almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y por la tarde, -después de andar un poco á pie inspeccionando las obras de las casas -en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido de diez ó -doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las noches iba -al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se le veía -invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava. - -Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín, de -un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva -admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y -tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes -con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las -malas formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La -moda no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y -pesado _carrik_ que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda -espesa que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aquella -hermosísima cabeza de Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si -el hábito de mirar al cielo, para tomar alturas con el sextante, le -hubiera deformado el pescuezo. - -Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos -modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad, -que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé -á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba -tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de -aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que -le gustaban y guardárselos en los bolsillos del _carrik_. Creo que -él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un -fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda -idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba -yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero, -arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera -yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle -y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado, -no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así -se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la -vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un -hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre -el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con -palabras! Otras _chifladuras_ de mi tío no me maravillaban por ser -propias de solterones viejos. El que en edad madura había sido un -galanteador de alto vuelo, en la vejez perseguía las criadas bonitas, -ó que á él le parecían tales, pues debemos creer que las aberraciones -del gusto andarían á la par con la afición senil. Sus paseos matinales -y crepusculares eran una cacería activa, febril, casi siempre -infructuosa. Decía Raimundo que cuando se lo encontraba en la calle al -anochecer, camino de su casa, tarareando entre dientes y con las manos -á la espalda, era señal de que la jornada había sido mala y de que -el incansable ojeador no había descubierto ninguna de aquellas reses -bravas que perseguía. - - - - -IV - -Debilidad. - - -I - -Llegó el verano y con él la desbandada. Yo me fuí al extranjero. Estuve -en Hamburgo con el marqués de Fúcar, que iba á hacer contratas de -tabacos, y después en Londres con Jacinto María Villalonga, á quien -el ministro de Fomento había encargado la compra de algunas máquinas -de agricultura y de caballos para mejorar las castas de la Península. -En Inglaterra recibía yo frecuentes noticias de la familia, que -veraneaba en Biarritz, ya por el tío que me escribía algunas veces, -ya por Raimundo que lo hacía casi todas las semanas. Sus cartas eran -muy divertidas; escribíalas en estilo espeluznante cuando me contaba -alguna trivialidad, y en el más ligero cuando me transmitía noticias de -importancia. Usaba en unas la forma víctorhuguesca, y en otras el tosco -lenguaje de los cuentos de baturros. «Me ha salido un grano en la nariz ---decía--. ¿Qué es esto? Es la madurez de lo insondable. Es el alerta -de la sangre, la espuma roja del naufragio interior. Hay tempestades -en las venas.» No escribía así por burla del gran poeta, sino como -una especial manera suya de admirarle. A la semana siguiente me decía -en una postdata: «¡Otra que Dios! Chico, ya los Carrillos heredaron. -Reventó la tía Cícero...» Esta noticia dióme que pensar. - -Creí encontrar á la familia en Biarritz cuando pasé por allí á mediados -de Septiembre; pero habían apresurado su regreso á Madrid con motivo -de la herencia de Carrillo. Comprendí la impaciencia de Eloísa, y -francamente, alegrábame de verla ya en posesión de un bienestar al -cual me parecía tan acreedora. Sobre la dichosa herencia corrían en -la colonia de Biarritz voces que me parecieron absurdas. Algunos la -hacían subir á un caudal fabuloso. Angelita Caballero había dejado á su -sobrino catorce dehesas, veinticinco casas y gruesas sumas en valores -del Estado. Se decía que en un cuarto inmediato á la alcoba de la buena -señora se habían encontrado enormes sacos llenos de metálico acuñado, -en plata y oro, consolidación avariciosa de las rentas de los últimos -años. La plata labrada era también de una riqueza fenomenal. Oía yo -estas cosas, y en mi mente quitaba dehesas, quitaba casas, reducía á su -mínima expresión los sacos de dinero, seguro de no equivocarme. Ya he -dicho algo del afán concupiscente con que agrandan é hiperbolizan la -riqueza ajena los que no tienen ninguna. Creeríase que se meten algo -en el bolsillo, ó que se les vuelve dinero la saliva que gastan en -aumentar el de los demás. - -En Madrid la verdad confirmó mis conjeturas. Por mi tío y el padre -de Jacinto Villalonga, ambos testamentarios, supe que la herencia no -era, ni con mucho, fabulosa. Lo de los talegos (y en esto se aferraba -más que en ningún otro detalle el crédulo vulgo), era pura fantasía; -la plata labrada escasísima y de baja ley, y los predios y valores -públicos suponían, descontados los gastos de traslación de dominio, un -capital de ciento veinte mil duros. Con esto bien podrían Pepe y Eloísa -ser felices y vivir, no sólo con desahogo, sino con cierta esplendidez. -Tal fortuna era lo que llena y sacia las ambiciones del hombre modesto, -apartándole tanto de la escasez como de los desvanecimientos y peligros -de la opulencia; era la fortuna discreta y templada que invita á -disfrutar algo de los placeres del lujo sazonándolos con los de la -sobriedad, y combinando dos cosas tan opuestas y al mismo tiempo tan -solubles la una en la otra, como son el goce y la continencia. - -Llegué á Madrid á principios de Octubre. ¡Qué gusto ver mi casa, el -semblante amigo de mis muebles y entregarme á la rutina de aquellas -comodidades adquiridas con mi dinero, y que tanta parte tenían en mis -propias costumbres! Eran las costras, digámoslo así, de mi carácter. -Como á ciertos moluscos, se nos puede clasificar á los humanos por el -hueco de nuestras viviendas, molde infalible de nuestras personas. - -Nada nuevo encontré en la familia, como no lo fuera la febril -diligencia de Eloísa por instalarse en la casa que fué de Angelita -Caballero. Entre paréntesis, diré que el título no estaba comprendido -en la herencia. Pasaba á un señor, tío también de Pepe, á quien yo no -trataba todavía; pero como después le conocí y traté bastante, he de -traerle á este relato, agarrado por sus grandes bigotes, cuando sea -ocasión de hacerlo. Hasta el fallecimiento del tal no disfrutaría Pepe, -según el testamento de la anciana, el título de marqués de Cícero. -Eloísa no parecía dar importancia á esto; y en cuanto á Carrillo, si -tenía pesadumbre por el marquesado, lo disimulaba con buen juicio. - -Pues decía que hallé á mi prima entregada en cuerpo y alma á la faena -deliciosa de poner su casa. Al fin le había deparado Dios aquellas -cuatro paredes tan honradamente deseadas. Radicaban en la calle del -Olmo, que no es alegre, ni vistosa, ni céntrica; pero ¿qué importaba? -Por allí cerca vivían familias de la más empingorotada alcurnia, -y el edificio era espacioso. En repararlo y modernizarlo ponía mi -prima sus cinco sentidos con aquella habilidad organizadora, aquel -altísimo ingenio suntuario y artístico que la distinguía. Diariamente -se asesoraba de mí sobre el color de una alfombra, sobre la forma -de un juego de cortinas, sobre la elección de un cuadro de tal ó -cual artista. ¡Ella que era la propia musa del Buen Gusto, si me -es permitido decirlo así, consultaba conmigo, el más lego de los -hombres en estas materias, y que no sabía sino lo que ella me había -enseñado! Pero, en fin, como Dios me daba á entender, yo le aconsejaba, -distinguiéndome particularmente en lo tocante á precios y en fijarle -límites prudentes á los gastos que hacía. - - -II - -Pronto hube de suspender estas funciones de asesor, porque caí -enfermo... No sé qué fué aquello. Mi médico sostenía que había en mi -mal algo de paludismo, y que ya lo traía de los Pirineos. Pero la -fiebre fué poco intensa, si bien tan rebelde á la quinina, que hubo -de pasar un mes antes de que el termómetro me indicara la temperatura -normal. La convalecencia fué el cuento de nunca acabar. A los días de -alivio sucedían otros de alarmante recaída; pero Moreno Rubio estaba -tranquilo y me recetaba dosis de paciencia. Según Raimundo, que en -todo metía su cucharada, las lentitudes de mi restablecimiento eran, -lo mismo que mi enfermedad, una manifestación del estado _adinámico_, -carácter patológico del siglo XIX en las grandes poblaciones. Poca -fuerza febril primero, poca fuerza reparatriz después, debilidad -siempre: tal era mi naturaleza en la enfermedad y en la convalecencia. -Molestábame sobre todo, al recobrar á sorbos la salud, mi lamentable -estado nervioso, la pícara desazón crónica, que apareció con sus -síntomas castizos. ¡Otra vez en mí aquel terror inexplicable, aquel -azoramiento, aquella previsión fatigosa de peligros irremediables! ¡Qué -esfuerzos hacían mi voluntad y mi razón para vencer esta tontería! -«¿Pero á qué tengo yo miedo, á qué? vamos á ver», me decía tratando -de corregirme y aun de avergonzarme como si hablara con un chiquillo. -Nada conseguía con este sermoneo de maestro de escuela. No era la -razón, según el médico, sino la nutrición, la que debía equilibrarme. -No discurriendo, sino digiriendo, debía recobrar yo mi estado normal; -mas el bergante de mi estómago se había declarado en huelga y hacía lo -que le daba su real gana. Casi tanto como aquel indefinible temor me -mortificaba otro fenómeno, una tontería también, pero tontería que me -sacaba de quicio, llevándome al abatimiento, á la desesperación. Era -un pertinaz ruido de oídos que no me dejaba un momento y que resistía -á toda medicación. Dijéronme que era efecto de la quinina; mas yo -no lo creía, pues de muy antiguo había observado en mí aquel zumbar -del cerebro, unas veces á consecuencia de debilitación, otras sin -causa conocida. Es en mí un mal constitutivo que aparece caprichosa y -traidoramente para mi martirio, y que yo juzgaba entonces compensación -de los muchos beneficios que me había concedido el Cielo. En cuanto me -siento atacado de esta desazón insoportable, me entra un desasosiego -tal, que no sé lo que me pasa. En aquella ocasión padecí tanto, que -necesitaba del auxilio de mi dignidad para no llorar. El zumbido no -cesaba un instante, haciendo tristísimas mis horas todas del día y de -la noche. En mi cerebro se anidaba un insecto que batía sus alas sin -descansar un punto, y si algunos ratos parecía más tranquilo, pronto -volvía á su trabajo infame. A veces el rumor formidable crecía hasta -tal punto, que se me figuraba estar junto al mar irritado. Otras veces -era el estridente, insufrible ruido que se arma en un muelle donde -están descargando carriles, vibración monstruosa de las grandes piezas -de acero, en cierto modo semejante al vértigo acústico que produce -en nuestros oídos una racha de Nordeste frío, continuo y penetrante. -Creía librarme de aquel martirio poniéndome un turbante á lo moro y -rodeándome de almohadas; pero cuanto más me tapaba más oía. El insomnio -era la consecuencia de semejante estado, y pasaba unas noches crueles, -oyendo, oyendo sin cesar. Por fin, no eran runrunes de insectos ni ecos -del profundo mar, sino voces humanas, á veces un extraño coro, del cual -nada podía sacar en claro; á veces un solo acento tan limpio, sonoro y -expresivo, que llegaba á producirme alucinación de la realidad. - -Excuso decir que en las horas tristes de aquella larga convalecencia -me acompañaban mis amigos y la familia de mi tío. Mi estado débil -habíame llevado á aquel grado de impertinencia en el cual recibimos -de un modo parcial y caprichoso las atenciones de nuestros íntimos; -quiero decir, que no todas las personas que iban á hacerme compañía me -eran igualmente gratas. Sin saber por qué, algunas despertaban en mí -vehementes antipatías que procuraba disimular. Su presencia irritaba -mis males. Ni Camila ni María Juana me hacían maldita gracia, y lo -mismo digo de mi amigo Manolito Peña, cuya suficiencia y desparpajo -me encocoraban. Pero la persona cuya presencia me molestaba más era -Carrillo, el marido de Eloísa. Y no porque él fuese poco amable ó -enfadoso. Al contrario, mostrándose cariñosísimo, atento y grandemente -interesado en mi salud, parecía recomendarse más que ningún otro á mi -benevolencia. Y, sin embargo, yo no le podía sufrir. No era antipatía, -era algo más: era como un respeto cargante. Me cohibía, me azoraba. -Lo mismo era verle entrar, que se agravaban considerablemente los -fenómenos de mi dolencia. Aumentaba el ruido, aquel pavor estúpido, y -el estruendo de mi tímpano crecía de un modo desesperante. - -Raimundo y Severiano me entretenían mucho, éste contándome realidades -graciosas, aquél con los juegos malabares de su ingenio. Imitaba á -Martos y á Castelar con tal perfección, que no cabía más. Después nos -contaba con deliciosa ingenuidad los grandes consuelos que obtenía de -la fuerza de su imaginación y de la vida artificial que por este medio -se labraba, contrarrestando así las miserias de la vida afectiva. - ---Cada noche --nos decía-- me acuesto pensando en una cosa con tanta -energía, y me caldeo tanto el cerebro, que llego á figurarme que es -verdad lo que pienso. Gracias que me duermo, que si no haría mil -disparates. Anteanoche me acosté pensando que era Presidente del -Consejo de Ministros. A eso de la una ya había resuelto en el Congreso, -charla que te charla, una cuestión grave. Los decretos me salían á -docenas... Y conferencia va, conferencia viene, con el Nuncio, con -el embajador de Francia, con el gobernador, con mis compañeros de -Gabinete... Luego iba á la firma con Su Majestad, mandaba sueltos -á los periódicos, y... Por fin, me dormí cuando estaba hablando -por teléfono con el Ministro de la Guerra para ver de sofocar una -sublevación militar. Anoche me dió por ser director de orquesta del -Teatro Real. Cuando me quitaba la ropa para acostarme, estaban los -oboes comenzando detrás de mí el preludio de _Los Hugonotes_, el gran -_coral_ protestante. A mi izquierda los primeros violines, á mi derecha -los segundos, á un extremo el metal, á otro las arpas... _Ñi, ñi_... -¡Qué bien! En aquel rifi-rafe de la cuerda no se me escapó una nota... -En fin, que dijeron el preludio admirablemente. Luego, al arrebujarme -en las sábanas, tiré del timbre, empezó á subir lento y majestuoso el -telón. Nevers y el coro aparecieron delante de mí... después Raúl, -que, por ser debutante, venía muy turbado. Pusimos gran cuidado en la -romanza... Más tarde, cuando me dormía, ya no era yo el director: yo -era Marcello, y estaba cantando el _pif-paf_... El director era el -señor de Meyerbeer, buena persona, que había resucitado para oirme -cantar... - -Y por aquí seguía. ¡Pobre Raimundo! - - -III - -Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían; -pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra -consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa y -criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre señora -estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas fueron -menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija Eloísa la -sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente agradecía -yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba viviendo en -la de sus padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella -el orden y la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de -un soltero enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que -no se convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la -mía con el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer, -dotes singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una -casa en las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era -quien gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina, -todo estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la -casa, la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la -compra y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más -altas determinaciones de la etiqueta y del mueblaje. - ---El día en que yo falte de aquí --me decía--, ya se conocerá mi -ausencia. - -La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo mal, -érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis amigos -estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se fueran -y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por mi -prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con su -sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial -me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también -á su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á -poco entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo -puede usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza -de paladar para entender el caprichoso apetito de un enfermo. Del -principal me enviaban cositas raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas, -de cuya invención no era capaz el talento rutinario, aunque sólido, -de mi cocinera. Otras veces las frioleras se condimentaban en mi -propia casa, entre risas y discusiones de cocina. Bastaba que Eloísa -tomase parte en ellas y pusiera sus manos en la obra, para que á mí -me pareciese de perlas, y me gustaba más aún si era ella quien me lo -servía. - -Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo. -No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando no -tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle, lejos -de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música doliente -de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos el -tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas de -gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles por el -viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los operarios -de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me acompañaban -los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los carreteros, -aquel incomprensible _¡ues... que!_ de extraño acento y significación -desconocida. Me entretenían los simones, la gente dominguera que por -las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de ambos sexos, -alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos buenos -observando el público especial de los puestos de agua; público sobrio, -compuesto de los bebedores más inofensivos, y las tertulias que se -forman en aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los -_evonymus_ del paseo. Observaba también las conjunciones de personas -diversas en las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de -la Villa, el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento -y el ama de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de -difícil clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban -por las tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que -trabajaban en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba -su apetito, y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos, -sentado al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de -tintillo aragonés. - -Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba yo -esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los -mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á poco -se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo hormigueo -lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los ruidos eran -menos variados que por el día. Cada cinco minutos, trepidación -sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo de vapor, -con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la máquina -instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz eléctrica. -Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas este -uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras, frías, -que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre hombre que -pregonaba café hasta muy tarde con perezosa y obscura voz, me hacía -pensar en la enormísima diversidad de los destinos humanos. - -Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un sillón -y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra la -suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el -_barbián_ (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro -á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara), -y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas -las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar. -Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que -obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición -primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á -saludar con la mano, á repetir los _cinco lobitos_ y la pandereta. -No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de -saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y -echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda, -gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar -esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues -_duelen cuando nacen y después se come con ellos_. - - -IV - -El _barbián_ solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle á -veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan pequeño -en la superficie de mi ancha cama, parecía que llenaba la casa, pues -todas las miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que -respiraba. Se le sentía como se siente un reloj, y en el momento de -despertar parecía que iba á dar la hora. - -Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su -nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de -sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden. -Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar -nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los -trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba -superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de -cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen -doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de -cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez, -sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando -quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de -la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia. -Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general; -no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus -ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles, -tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento -tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir. -Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales -hablaré á su tiempo. - -Una noche me pasó una cosa muy rara, digo mal, no fué cosa rara; antes -bien lo considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que -aquel maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de -su imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía -á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor -propio. - ---Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid, no -un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann. -Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía -de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está -reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho -en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del -Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares. -Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la -de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle -de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice -otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca -cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil -obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba -abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle -del Ave-María hasta el Hospicio... - -Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con -otra semejante. - ---Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía del -teatro, de verlo representar... - -O bien: - ---Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los globos... - -En mi estado de debilidad, nada tenía de extraño que estos ajetreos -de la mente, este vivir imaginativo fuera contagioso; es decir, que se -me pegó la maña de pensar y figurarme cosas y sucesos ideales, si bien -nunca completamente absurdos. Yo no estaba, como el pobre Raimundo, -_trigonométricamente trastrocado_; quiero decir, que mi imaginación no -iba ni con mucho tan lejos como la de mi primo, en quien el imaginar -era una especie de vicio solitario, nacido de la flojera orgánica, -fomentado por la holganza y convertido por la costumbre en imperiosa -necesidad. Las tonterías que yo pensaba, las acciones y fábulas que -forjaba en mi mente, harto parecidas á los argumentos de las novelas -más sosas, aburrirían al que esto lee, si tuviera yo la humorada de -contarlas aquí. Carecían de aquel encanto pintoresco y de aquel viso -de realidad que tenían las volteretas cerebrales de mi primo, atleta -eminente, trabajando sin cesar en el _triple trapecio_ del vacío. - -Como una media hora estuve aquella noche hablando con Eloísa. Después -creo que me quedé aletargado en el sillón. Escasa luz había en mi -gabinete, no sé por qué. Paréceme recordar que llevaron la lámpara á -la alcoba, donde estaba el pequeñuelo. Medio dormido oí la voz del ama -y la de Juliana. Eloísa hablaba también, siendo el tono de las tres -como de personas que tenían muchas ganas de reirse. Creí comprender que -estaban mudando la ropa de mi cama, mojada por el _barbián_, y alguna -de ellas le reprendió graciosamente por su falta de respeto al lugar en -que reposaba. A mi lado, una respiración arrastrada y penosa hacíame -comprender que mi tía Pilar estaba más profundamente dormida que yo. - -Veía yo la alcoba iluminada y mi cama de nogal, grande como las de -matrimonio; oía las voces de las tres mujeres que se reían quedito -como si me supusieran dormido; luego los rebullicios y cacareos -del chiquillo, protestando contra las malas intenciones que se le -atribuían. Por último, el ama le tapaba la boca con el biberón vivo -y se oían sus chupidos... después silencio profundo. Todo esto se -presentaba á mi mente como la cosa más natural del mundo, sin causarle -ninguna extrañeza, cual si fuera suceso común y rutinario que había -ocurrido el día anterior y que ocurriría también en el venidero. -Del fondo de mi alma salían dos fenómenos espirituales: aprobación -afectuosa de lo que veía, y certidumbre de que lo que pasaba debía -pasar y no podía ser de otra manera. Cada persona estaba en su sitio, y -yo también en el mío. - -Un ratito después, creo que me hundí un poco en el sueño. Pero resurgí -pronto viendo á Eloísa que entraba por la puerta de la alcoba. Vestía -de color claro, bata de seda ó no sé qué. Acercábase acompañada de -un rumorcillo muy bonito, de un _tin-tin_ gracioso que me daba en el -corazón, causándome embriaguez de júbilo. Traía en la mano izquierda -una taza de té y en la derecha una cucharilla, con la cual agitaba el -líquido caliente para disolver el azúcar. Ved aquí el origen de tan -linda música. Avanzó, pues, á lo largo de mi gabinete, que estaba, -como he dicho, medio á obscuras, y se acercó á mi persona inclinándose -para ver si dormía... Pues bien: en aquel instante, hallándome -tan despierto como ahora y en el pleno uso de mis facultades, creí -firmemente que Eloísa era mi mujer. - -Y no fué tan corto aquel momento. El craso error tardó algún tiempo -en desvanecerse, y la desilusión me hizo lanzar una queja. Eloísa se -reía de mi aturdimiento y de mi torpeza para coger la taza y beber del -contenido de ella. A mí me embargaba el temor de haber dicho alguna -tontería en el medio minuto aquél de mi engaño. Temía que el poder de -la idea hubiera sido bastante grande para mover la lengua, y que ésta, -sin encomendarse á Dios ni al Diablo, hubiera pronunciado dos ó tres -palabras contrarias á todo razonable discurso. Dudaba yo de mi propia -discreción en aquel breve lapso de irresponsabilidad, y me atormentaba -la sospecha de haberme puesto en ridículo ó de haber ofendido á mi -prima en su dignidad, que conceptuaba quisquillosa. Y como la veía -reirse de mí, la preguntaba azorado, al tomar de sus manos la taza: - ---¿Pero he dicho algo, he dicho algo? - ---¿Pero qué tienes, qué te pasa? Eres como mamá, que se enfada cuando -suponemos que tiene sueño. - ---No, no es eso. Háblame con franqueza. ¿He dicho algún disparate?... -Es que, la verdad, temo haber dicho alguna majadería, alguna estupidez -hace un momento, cuando... - ---No has hecho más que dar un suspiro tan grande que... (¡cómo -se reía!) tan grande que creí caerme de espaldas. En cuanto á la -majadería, no dudo que la habrás pensado; pero ten por cierto que no la -has dicho. - - -V - -A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme, -peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos de -ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable en -la música nacional, con patético acento en la dramática. Su voz era -bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la guitarra. -Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas y amarillas que -parecía un trofeo, la melena del león de España convertida en emblema -de la dulzura indolente de nuestros cantos populares. La figura morena, -esbelta y gitanesca de Camila era digna de ser pintada en aquella facha -de cantadora, con estremecimientos epilépticos, ojos en blanco, gemidos -de placer que duele, y mil visajes y donaires en su boca grande, -fresca y sin vergüenza. En el piano (un media-cola de Pleyel con caja -de palisandro y meple), Camila sabía tomar luego la actitud elegante -y sentimental de una concertista inglesa, hasta el momento en que, -rompiendo la etiqueta y dejándose llevar de su natural bullanguero, -empezaba á hacer los mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo -flamenco. Mi pobre piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á -cada instante, hería las teclas como una furia, sacando del instrumento -expresiones de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la -contemplaba embobado, y era como el director del concierto. No quería -que ninguna habilidad de su mujer fuese desconocida, y sin dejarla -descansar decía: «Ahora, Camililla, tócanos el _Testamento_, el _Vorrei -morir_ de Tosti, los _couplets_ de _Bocaccio_ y del _Petit Duc_.» Todos -los presentes estaban admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque -en mi obsequio se hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin -poderlo manifestar. No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía -mucho su buena intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda -mi alma que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes -no me la hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia -nuestra al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios. -Cuando se ponía á jugar á la _besigue_ con Carrillo y con mi tía Pilar -y Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía -tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo -de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me -enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar, -aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener -que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía -votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era -que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música -lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el _tin-tin_ de -Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas -maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el -atril. - -A última hora, cuando las mujeres se retiraban con sus respectivos -esposos, entraba mi tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba, -cuando ya me entregaba yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de -cámara. Principiaba por decirme dónde había comido, lo que se había -hablado... Cánovas había dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como -una navaja de afeitar... Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán -tenía particular empeño por aquellos días, poniendo en ello todos los -recursos persuasivos de su locuacidad inagotable, era en informarme -de la famosa conversión de nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba -unos solos que me partían. Al fin teníamos un ministro de Hacienda -de pensamientos altos; al fin había planes verdaderos y profundos en -la casa de la calle de Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la -multiplicidad laberíntica de nuestros valores. Y con prolijos detalles -me enteraba mi tío de aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme -por mi afición á los negocios. La turbamulta de papeles diversos -llamados Obligaciones del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos -al portador de la Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos -del 2 por 100 amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo -en un 4 por 100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales, -y emitido al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el -ministro y los comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros -valores. El 3 por 100 y los _Ferros_ se convertirían en un 4 por 100 -Perpetuo. El tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los -segundos de 87,50, y los nuevos títulos saldrían al mercado en Mayo. -Jamás en un cerebro de ministro español se engendró y realizó proyecto -tan vasto... Las _Cubas_ no se convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear -en acciones del Banco de España el dinero que tenía en papel inglés -sin más producto que un escuálido 2 por 100, bien podía apresurarme, -pues las acciones andaban alrededor de 495. Mi tío creía firmemente -que se plantarían en 500, tipo del cual no era fácil que pasaran... Yo -oía estas cosas con bastante interés al principio; mas tanta charla, -exacerbando al fin el ruido de mis oídos, producíame aturdimiento y -unas ganas vivísimas de que el buen señor se retirara. Dejábame al -fin medio dormido, delirando en cosas de amor y proyectos bursátiles, -viendo cómo los viejos _Ferros_ y las Obligaciones de Aduanas se -despedían del mundo financiero, con lágrimas y jipidos, antes de ser -absorbidos por los novísimos títulos; viendo al veterano y decrépito -Consolidado espirar sobre un lecho de números, para dar vida, de sus -cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del Tesoro protestaban de -aquella muerte airada, y amenazaban al Sr. Camacho con una pistola -cargada de cupones. Las acciones del Banco de España se paseaban -orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir que ellas treparían -á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y subían siempre no -me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los pies para que no -subieran tanto. - - - - -V - -Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre Kitty. - - -I - -Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños, -vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid _buena castaña, buena -nuez_. No estuve en situación de salir de casa hasta los días -precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y -andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la -familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos -discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y -vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha -de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer -emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á -todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana nos -dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince, todos -de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la casa -estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que mi -endeble estómago exigía. Todo lo que sirvieron parecióme excelente; -pero Eloísa, que era un tanto criticona, me habló en confianza al día -siguiente de la _abundancia ordinaria_ que reinaba en la mesa y de -las maneras excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien -ella no podía menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra -en uno de sus admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la -cena digno de contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo -su mujer que llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el -infeliz de una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía -de ser alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó -cosa tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando -fuí á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la -feliz aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad, -como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo -parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado -en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas -vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar -y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los -que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las -vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un -gallo. - -Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto pocos días -antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á su marido, al -tener dinero, era contribuir á la fundación de un periodicazo que iba -á salir pronto. ¿No era esto una tontería? Las cosas que Carrillo me -hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado -á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las -ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que -tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica -facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su -conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado -que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío -era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba -un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía -tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las -lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que -á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente, -tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no -valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi -mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así: -«Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella -sin merecerla.» - -Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba -enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella -enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi -flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que -no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de -mis pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad -contra mal tan grande. Lo hacían doblemente grave lo criminal del -objeto y lo divino del origen. Diré las cosas claras, así es mejor. -Aquella prima mía me gustaba tanto, tanto, que por el simple hecho de -gustarme extraordinariamente la consideraba mía. El ser de otro era -un desafuero, una equivocación de los hombres, nacida de una trastada -del tiempo. ¿Por qué no vine yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no -se podía deshacer lo hecho atropellada y neciamente? Con este modo de -razonar cohonestaba yo mi criminal inclinación, apoyándola en el fuero -de la Naturaleza y dando de lado á las leyes sociales y eclesiásticas. - -Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el -objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo -más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando, -movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado -de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados, -los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba que -enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa confusión! - -Y debo decirlo sin inmodestia. La opinión de la familia era unánime -en favor mío. La misma Eloísa, hablando conmigo una noche, me había -llenado el alma de fatuidad. Medio en serio, medio en burla, tratábamos -del carácter de diversas personas, y el mío no se quedó en el tintero. -Parecía que había un empeño particular en acribillarme con chanzas -inocentes. Por fin, en un tonillo de broma, de esa broma que es la -quinta esencia de la seriedad, Eloísa me dijo: - ---Pues mira, si hubiera en casa una hermana soltera, te la -endosaríamos... no tendrías más remedio que cargar con ella. - -Mi tía Pilar, sin faltar á la discreción, me había hecho comprender -varias veces, hablando conmigo de asuntos de familia, que el casamiento -de su hija con Carrillo había sido una precipitación, uno de esos -desaciertos que no se explican. La herencia era una mezquindad, y -Eloísa merecía más. Mi tío había sido, como se recordará, algo más -explícito, y echaba la culpa de tal precipitación á su mujer. En -resumen: la opinión más favorable á Carrillo en aquella casa era -siempre la mía. - -Lo que no estorbaba que yo estuviese prendado de mi prima con una -vehemencia romántica, con una ilusión de mozalbete y de principiante -que decía mal con mis treinta y siete años. Yo pensaba lo que es de -cajón pensar en tales casos, es decir, que ella y yo éramos el uno -para el otro; que habíamos nacido para unirnos, para ser dos piezas -inseparables de un solo instrumento, y que la disgregación fatal en que -vivíamos era uno de los mayores absurdos del Universo, un tropiezo en -la marcha de la sociedad. Y al mismo tiempo que esto pensaba, la idea -de tener relaciones ilícitas con ella me causaba pena, porque de este -modo habría descendido del trono de nubes en que mi loca imaginación la -ponía. Si yo hubiera manifestado estos escrúpulos á cualquiera de mis -amigos, á Severiano Rodríguez, por ejemplo, se habría estado riendo de -mí dos semanas seguidas, pues no merecía otra cosa un quijotismo tan -contrario á mi época y al medio ambiente en que vivíamos. Mi ilusión -era vivir con ella en vida regular, legal y religiosa. De otra manera, -tanto ella como yo valdríamos menos de lo que valíamos. Por esto se -verá que yo tenía buenas ideas, ó lo que es lo mismo, que yo era moral -en principio. Serlo de hecho es lo difícil, que teóricamente todos lo -somos. - -Este quijotismo, esta moral de catecismo había sido uno de los -principales ornatos de mi juventud, cuando la vida serena, regular, -pacífica, no me había presentado ocasiones de desplegar mis energías -iniciales propias. Yo era, pues, como un soldado que ha estado -sirviendo mucho tiempo sin ver jamás un campo de batalla, y para quien -el valor es aún fórmula consignada en la hoja de servicios, persuasión -vaga de la dignidad, no comprobada aún por los hechos. Por fin, cuando -menos lo pensaba, el humo de la batalla me envolvía. Pronto se vería -quién era yo y cuál era el valor de mi valor, ó dejando á un lado el -símil, qué realidad tenían mis convicciones. - -Para mejor inteligencia de estas páginas, dictadas por la sinceridad, -quiero referir ciertos antecedentes de mi persona. Alguno de los que -esto leen los habrá echado de menos, y no quiero que se diga que no -me manifiesto de cuerpo entero, tal cual soy en todas mis partes y -tiempos. - - -II - -Nací en Cádiz. Mi madre era inglesa católica, perteneciente á una de -esas familias anglo-malagueñas, tan conocidas en el comercio de vinos, -de pasas, y en la importación de hilados y de hierros. El apellido de -mi madre había sido una de las primeras firmas de Gibraltar, plaza -inglesa con tierra y luz españolas, donde se hermanan y confunden, -aunque parezca imposible, el cecear andaluz y los chicheos de la -pronunciación inglesa. Pasé mi niñez en un colegio de Gibraltar -dirigido por el obispo católico. Después me llevaron á otro en las -inmediaciones de Londres. Cuando vine á España, á los quince años, -tuve que aprender el castellano, que había olvidado completamente. -Más tarde volví á Inglaterra con mi madre, y viví con la familia de -ésta en un sitio muy ameno que llaman Forest Hill, á poca distancia -de Sydenham y del Palacio de Cristal. La familia de mi madre era muy -rigorista. A donde quiera que volvía yo los ojos, lo mismo dentro de -la casa que en nuestras relaciones, no hallaba más que ejemplos de -intachable rectitud, la _propiedad_ más pura en todas las acciones, -la regularidad, la urbanidad y las buenas formas casi erigidas en -religión. El que no conozca la vida inglesa apenas entenderá esto. -Murió mi buena madre cuando yo tenía veinticinco años, y entonces me -vine á Jerez, donde estaba establecido mi padre. - -Era yo, pues, intachable en cuanto á principios. Los ejemplos que había -visto en Inglaterra, aquella rigidez sajona que se traduce en los -escrúpulos de la conversación y en los repulgos de un idioma riquísimo, -cual ninguno, en fórmulas de buena crianza; aquel puritanismo en las -costumbres, la sencillez cultísima, la libertad basada en el respeto -mutuo, hicieron de mí uno de los jóvenes más juiciosos y comedidos que -era posible hallar. Tenía yo cierta timidez, que en España era tomada -por hipocresía. - -Mi padre era un hombre de pasiones caprichosas, todo sinceridad, -indiscreto á veces, de genio vivísimo y bastante opuesto á lo que él -llamaba los _remilgos británicos_. Se reía de las perífrasis de la -conversación inglesa, y hacía alarde de soltar las franquezas crudas -del idioma español en medio de una tertulia de gente de Albión. A veces -sus palabras eran como un petardo, y las señoras salían despavoridas. -Al poco tiempo de vivir con él, noté que sus costumbres distaban mucho -de acomodarse á mis principios. Mi padre tenía una querida en la propia -vivienda. Un año después tenía tres: una en casa, otra en la ciudad -y la tercera en Cádiz, á donde iba dos veces por semana. Debo decir -que en vida de mi madre había sido muy hábil y decoroso mi padre en -sus trapicheos, y por esta razón los disgustos que dió á su señora no -fueron extremados. - -Sin faltarle al respeto, emprendí una campaña contra aquellos -desafueros paternos. Si no logré todo lo que pretendía, al menos -conseguí que rindiera culto á las apariencias. La mujer que vivía en -casa se trasladó á otra parte. Esto era un principio de reforma. Lo -demás lo trajeron la vejez del delincuente y su invalidez para la -galantería. En tanto yo daba viajes á Inglaterra, haciendo allí vida -de soltero por espacio de tres ó cuatro meses. Sólo dos veces por -semana iba á comer á Forest Hill, donde seguían viviendo las hermanas y -sobrinas de mi madre, y el resto del tiempo lo pasaba bonitamente entre -los amigos que tenía en la City y en el West. Me alojaba en Langham -Hotel y pasaba los días y las noches muy entretenido. Frecuentaba la -sociedad ligera sin abandonar la regular, y al volver á mi patria, -notaba en mí síntomas de decadencia física que me alarmaban. Puesto que -mis ideas eran siempre buenas, hacía propósito firme de practicarlas -fundando una familia y volviendo la hoja á aquella soltería estéril, -infructuosa y malsana. - -Cuando mi padre se retiró de los negocios, dejando todo á mi cargo, mis -viajes á Inglaterra fueron menos frecuentes y muy breves. En quince -días ó veinte entraba por Dover y salía por Liverpool ó viceversa. -Murió repentinamente mi padre cuando ya empezaba á curarse de sus -funestas manías mujeriegas, y entonces, falto de todo calor en Jerez, -sin familia, con pocos amigos, y viendo también que entraba en un -período de gran decadencia el tráfico de vinos, realicé, como he dicho -al principio, y me establecí en Madrid. - -Pero aún falta un dato que, por ser muy principal, he dejado para -lo último. Tuve una novia. Acaeció esto en la época en que, por -cansancio de mi padre, estaba yo al frente de la casa. Era también de -raza mestiza, como yo; española por el lado materno, inglesa católica -por su padre, el cual había tenido comercio en Tánger y á la sazón -era dueño de los grandes depósitos de carbón de Gibraltar. Además -recibía órdenes de casas de Málaga y trabajaba en la banca. Llamábase -mi novia Catalina. Le decían _Kitty_. Habíase criado en Inglaterra, -con lo cual dicho se está que su educación era perfecta, sus maneras -distinguidísimas. Prendéme de ella rápida y calurosamente un día en -que, hallándome de paso en Gibraltar, me convidó á comer su padre. Su -belleza no era notable; pero tenía una dulzura, una tristeza angelical -que me enamoraban. La pedí y me la concedieron. Mi padre y el suyo se -congratulaban de nuestra unión... - -¡Maldita sea mi suerte! Aquel verano, cuando Kitty volvió con su padre -de una breve excursión á Londres, la encontré muy desmejorada. La -pobrecilla luchaba con un mal profundo que el régimen y la ciencia -disimulaban sin curarlo. Octubre la vió decaer día por día. Noviembre -la llamaba á la fría tierra con susurro de hojas caídas y secas. Yo iba -todas las semanas á Gibraltar. Un lunes, cuando más descuidado estaba, -porque el viernes precedente la había visto mejor, recibí un telegrama -alarmante. Corrí á Cádiz; el vapor había salido; fleté uno, y cuando -me dirigía al muelle para embarcarme, un amigo de la casa salióme al -encuentro en Puerta de Mar, y echándome su brazo por encima del hombro, -me dijo con mucho cariño y tono muy lúgubre que no fuera á Gibraltar. -Comprendí que la pobre Kitty había muerto. Se me representó fría y -marmórea, su mirar triste apagado para siempre. Mi dolor fué inmenso. -Tuve horribles tristezas, dolencias que me agobiaron, ruidos de oídos -que me enloquecieron. El tiempo me fué curando con la pausada sucesión -de los días, con el rodar de las ocupaciones y de los negocios. Cuando -vine á Madrid habían pasado cinco años de esta desgracia, que truncó -mis soberbios planes domésticos, dió á mi vida giros inesperados y á mi -conciencia direcciones nuevas. - -Eloísa no se parecía nada á Kitty. La pobre inglesa difunta era -graciosa, modesta, descolorida, de voz tenue y ojos claros que -revelaban ingenuidad y delicadeza; mi prima era arrogante, hermosa, -tenía coloración enérgica en la tez y el cabello, y sus ojos quemaban. -No obstante esta radical diferencia, yo había dado en creer que el alma -de Kitty se había colado en el cuerpo de Eloísa y se asomaba á los ojos -de ésta para mirarme. ¡Qué simpleza la mía! Era esto quizás una nueva -manifestación de las manías de nuestra raza, tan bien monografiadas por -mi tío, porque bien me sabía yo que las almas no juegan á la gallina -ciega, y mis ideas respecto á la transmigración eran tan juiciosas como -las de cualquier contemporáneo. Pero no lo podía remediar. Echaba la -vista sobre Eloísa y veía en sus ojos el cariño apacible y confiado de -Kitty. Era ella, la mismísima, reencarnada, como las diosas á quien -los antiguos suponían persiguiendo un fin humano entre los mortales; -y asomada á la expresión de aquel semblante y de aquellos ojos, me -decía: «Aquí estoy otra vez: soy yo, tu pobrecita Kítty. Pero ahora -tampoco me tendrás. Antes te lo vedó la muerte; ahora la ley.» - - - - -VI - -Las cuatro paredes de Eloísa. - - -I - -De tal modo se fijaron en mi mente los peligros de aquella inclinación, -que pensé en marcharme de Madrid. Es lo que se le ocurre á cualquiera -en casos como aquél. ¡Pero una cosa tan lógica y razonable era tan -difícil de ejecutar!... ¿Cuándo me iba? ¿Mañana, la semana que -entra, el mes próximo? En mi pensamiento estaba acordada la partida -con esa seguridad pedantesca que tiene todo lo que se acuerda... en -principio. Tal determinación era prueba admirable de las energías de -mi conciencia. Pero faltaba un detalle, el cuándo, y este detalle era -el que me hacía cosquillas en el cerebro, no dejándose coger. Se me -escapaba, se me deslizaba, como un reptil de piel viscosa resbala entre -los dedos. - -La cosa no era tan baladí. Levantar casa; deshacer aquel hermoso -domicilio que representaba tantos quebraderos de cabeza, tanto dinero -y los puros goces de las compras pagadas... ¿Y á dónde demonios me -iba? ¿A Jerez? La situación comercial y agraria de aquel país era muy -alarmante. Bueno estaría que me cogieran los de la _Mano negra_ y me -degollaran. ¿A Londres? Sólo el recuerdo de las nieblas y de aquel sol -como una oblea amarilla, me causaba tristeza y escalofríos... Nada: la -necesidad de huir de Madrid era tan imperiosa, estaba tan claramente -indicada por la moral, por las conveniencias sociales, que poquito á -poco, sin darme cuenta de ello, fuí tomando la heróica resolución de -quedarme. Aquí de mis sofismas. Era una cobardía huir del peligro; se -me presentaba la ocasión de vencer ó morir. O yo tenía principios ó no -los tenía. - -Diferentes veces había contado á mi prima lo de Kitty, y cada vez -lo hacía en términos más patéticos y recargando el cuadro todo lo -posible. Un día de Enero que paseábamos á pie por el Retiro con -Carrillo, una tía de éste y Raimundo, dije á Eloísa (en un rato que -nos adelantamos como unos cuarenta pasos) que por motivos reservados -había pensado marcharme de Madrid. A lo que respondió ella con risas y -burlas, diciendo que lo de la marcha ó era locura romántica ó santidad -hipócrita. Otra tarde, en su casa, hablábamos de tristezas mías, y -sin saber cómo se me vinieron á la boca sinceridades que la hicieron -palidecer. Ella me dijo que alguien me tenía trastornado el seso, y -entonces, quitándome de cuentos, respondíle que quien me trastornaba -el seso era ella... Tomándolo á broma, trajo al _barbián_ y se puso á -saltarle delante de mí y á decirle: «llámale tonto, llámale majadero.» -Con sus risas inocentes creo que me lo llamaba. - -Seguía viviendo mi prima en la casa de sus padres; pues aunque estaban -casi terminadas las reformas de la suya, como habían derribado -tabiques y hecho obra de albañilería, temía la humedad. Diariamente iba -á inspeccionar la obra, acompañada de su madre ó de Camila. Usaba para -esta excursión el hermoso _landó_ de cinco luces que había adquirido; -mas algunas tardes, para no privar á Carrillo del paseo que daba por el -Retiro y Atocha, le prestaba yo mi berlina. - -La casa en que había vivido y muerto Angelita Caballero era grandísima, -tristona y estaba enclavada en un barrio mísero y antipático. Su -aspecto exterior era muy feo; pero interiormente revelaba ya el -soberano arreglo de su nueva dueña. Contóme Eloísa que lo primero -que tuvo que hacer fué despejar el terreno, deshacerse de aquellas -horribles sillerías _botón de oro_, y esconder los _biscuits_ y los -_entredoses_ de bazar y las arañas de pedacitos de vidrio donde nadie -los viera. Porque la tal Angelita era notable por la perversidad de su -gusto. Fuera de un buen vargueño y de un Cristo de bronce, no tenía en -su casa ninguna antigüedad notable: todo el ajuar era moderno, de la -época del 40 al 60, y se componía de artículos de exportación francesa -de la peor calidad. «Calcula --me dijo Eloísa-- si habrá sido difícil -el despejo.» La transformación del palacio era en verdad grandiosa. -Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que acostumbra -cobrar bien sus obras. En el salón ví además un cuadrito de Palmaroli; -una acuarela de Morelli, preciosísima; un cardenal, de Villegas, -también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres lienzos que me -parecieron de subidísimo precio: una cabeza inglesa, de De Nittis; -otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas -granadinas, de Martín Rico. Pregunté á Eloísa cuánto le había costado -aquel principio de museo, y díjome en tono vacilante que muy poco, por -haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de -desmoronarse. - -Cada día que visitábamos la casa, hallaba yo algo nuevo y de valor. En -la antesala ví dos enormes vasos japoneses de _Imaris_, hermosísimos, -los mejores que había visto en mi vida. Las parejas de platos _Hissen_ -y _Kiotto_ no valían menos. Ví también tapices franceses, imitación de -gobelinos viejos, que debían haber costado bastante. Dos _terracottas_, -firmadas la una Maubach y la otra Carpeaux, acabaron de pasmarme. -Bronces parisienses no faltaban, ni esos muebles ingleses de capricho -que sirven para hacer exhibición de preciosas chucherías, y que tienen -algo de los antiguos chineros y de los modernos aparadores. Eloísa -gozaba con mi sorpresa y con mis alabanzas tanto como con la posesión -de aquellas preciosidades. Júbilo vanidoso animaba su semblante; sus -ojos brillaban; entrábale inquietud espasmódica, y su charlar rápido, -sus observaciones, los términos atropellados con que encomiaba todo, -señalándolo á mi admiración, decíanme bien claro el dominio que tales -cosas tenían en su alma. Poníase al cabo tan nerviosa, que creía -sentir amenazas de la diátesis de familia en el cosquilleo de garganta -producido por la interposición imaginaria de una pluma. Tragando mucha -saliva, procuraba serenarse. - -Solos ella y yo, mientras su mamá ordenaba en el comedor los montones -de manteles y servilletas aún sin estrenar, recorríamos el salón -primero, el segundo, la sala grande, los dos gabinetes, el tocador, la -alcoba, el despacho, el cuarto del niño y todas las piezas de la casa. -Aquí, colgándose de mi brazo, me detenía cuando no quería que fuese tan -á prisa, y me incitaba con cierto tono de queja á ver las cosas más -atentamente. Allí me empujaba atrayéndome hacia un objeto obscurecido -entre las vitrinas. En otra parte me oprimía el cuello suavemente para -que me inclinara y pudiera mirar de cerca un cuadrito de estilo muy -concluído. A veces su alegría se expresaba humorísticamente. Estaba yo -contemplando un delicado estantillo japonés, de esos que no parecen -hechos por manos de hombres, y ella, repentina y graciosamente, sacaba -su pañuelo y me lo pasaba por la boca. - ---¿Qué? --decía yo, sorprendido de este movimiento. - ---Es que se te cae la baba. - -Al fin, cansados de andar, nos sentábamos. - ---Una casa bien puesta --me decía-- es para mí la mayor delicia del -mundo. Siempre tuve el mismo gusto. Cuando era chiquitina, más que las -muñecas, me gustaban los muebles de muñecas. Si alguna vez los tenía, -me entraba fiebre por las noches, pensando en cómo los había de colocar -al día siguiente. Todavía no era yo polla, y me atontaba delante de -los escaparates de Baudevin y de Prevost. Cuando íbamos á paseo con -papá y pasábamos por allí, me pegaba al cristal, y como se empañaba -con mi aliento, habías de verme limpiándolo con el pañuelo para poder -mirar. Papá tenía que tirarme del brazo y llevarme á la fuerza. Gracias -á Dios, hoy puedo proporcionarme algunas satisfacciones, que de niña -me parecían realizables, porque sí... yo soñaba que sería muy rica y -que tendría una casa como la que ves, mejor aún, mucho mejor... Pero -no vayas á creerte, en medio de estas satisfacciones soy razonable. -Dios ha querido que antes de ser rica fuese pobre, y esto me ha -valido de mucho; he aprendido á contener los deseos, á estirar los -cuartitos y á defenderlos contra esta pícara imaginación, que es la -que se entusiasma. Sí, hay que tener mucho cuidado con esto... Porque -yo lo he dicho siempre: el infierno está empedrado de entusiasmos... -¡Qué lástima no poseer muchísimos millones para comprar todo lo que -me gusta! Se ha dado el caso de tener, durante tres ó cuatro días, el -pensamiento fijo, clavado en un par de vasos japoneses ó un medallón -_Capo di Monte_, y sentir dentro de mí una verdadera batalla por si lo -compraba ó no lo compraba... Gracias á Dios, he sabido refrenarme, ir -despacito, hacer muchos números, y decir al fin: «no, no más; bastante -tengo ya...» Los números son la mejor agua bendita para exorcisar estas -tentaciones; convéncete... Yo sumaba, restaba y... vencía. No vayas á -figurarte: también he pasado malos ratos. Después de comprar en casa -de Bach un bronce, veía otro en casa de Eguía que me gustaba más... -¡Qué marimorena entonces en mi cabeza! ¿Lo compro también? Sí... no... -sí otra vez... pues no... que dale, que torna, que vira. Nada, hijo, -que he tenido que vencerme. A poco más me doy disciplinazos. Por las -noches me acostaba pensando en la soberbia pieza. ¿Qué crees? he -pasado noches crueles, delirando con un tapiz chino, con un cofrecito -de bronce esmaltado, con una colección de mayólicas... Pero me decía -yo: «Todas las cosas han de tener un límite. Pues bueno fuera que... Me -conformo con lo que poseo, que es bonito, variado, elegante, rico hasta -cierto punto.» ¿No es verdad? ¿No crees lo mismo? - -Díjele que su casa era preciosa; que debía detenerse allí y no aspirar -á más, pues si se dejaba llevar del fanatismo de las compras, podría -comprometer su fortuna y quedarse por puertas. En números tenía yo -mucha más experiencia que ella, y la imaginación no me engañaba jamás, -mixtificándome el valor de las cifras. - ---Yo te dirigiré --añadí--. Prométeme no entrar en una tienda sin -previa consulta conmigo, y marcharás bien. - -Eloísa se entusiasmó con esto, dió palmadas, hizo mil monerías, y entre -ellas expresó conceptos muy sensatos, mezclados con otros que revelaban -ciertas extravagancias del espíritu. - ---Porque verás --me dijo, juntando los dedos de entrambas manos como -quien se pone en oración--, yo sé contenerme, sé consolarme cuando -esas bribonadas de la aritmética me privan de hacer mi gusto. ¿Sabes -lo que me consuela? pues lo mismo que me atormenta: la imaginación. -Nada, que cuando me siento tocada, dejo á esa loca que salte y brinque -todo lo que quiera, la suelto, le doy cuerda, y ella, al fin, acaba -por hacerme ver todo lo que poseo como superior, muy superior á lo -que es realmente. Soy como mi hermano, que se acuesta pensando que -es Presidente del Consejo, y al fin se lo cree... Yo me acuesto -pensando que soy la señora de Rothschild. Vas á ver... ¿Tengo un -cuadrito cualquiera, antiguo, de mediano mérito? Pues sin saber cómo -llego á persuadirme de que es del propio Velázquez. ¿Tengo un tapiz -de imitación? Pues lo miro como si fuera un ejemplar sustraído á las -colecciones de Palacio... ¿Un cacharrito? Pues no creas, es del propio -Palissy... ¿Tal mueble? Me lo hizo el señor de Berruguete. Y así me voy -engañando, así me voy entreteniendo, así voy narcotizando el vicio... -el vicio, sí: ¿para qué darle otro nombre? - - -II - -Yo me reí; pero en mi interior estaba triste. Quince años de trabajo -en un escritorio me habían dado la costumbre de apreciar fácilmente -las cantidades, y con esta experiencia y mi saber del precio de las -cosas, pude hacer una cuenta mental. Los señores de Carrillo se habían -gastado en poner casa la cuarta parte y quizás el tercio de lo que -habían heredado. Tal desproporción debía traer sus consecuencias más ó -menos tarde. Amonesté segunda vez á Eloísa, quien se mostró asombrada -primero, ensimismada después, y me prometió ser, en lo sucesivo, no ya -económica, sino cicatera... «Vas á ver...» - -Carrillo fué á buscarnos al volver de su paseo. Antes de ir á casa -hicimos escala en la tienda de Eguía, donde Pepe tenía en trato un -busto de Shakespeare para su despacho. ¡Qué lástima no encontrar el -de Macaulay! Pero éste, por más que lo buscó afanosamente, en ninguna -parte lo había. Su apetito anglo-parlamentario no pudo saciarse sino -con un velador muy cursi, maqueado, chillón, que ostentaba la vista del -palacio y puente de Westminster. Eloísa me indicó, cuando recorríamos -la tienda, que había hecho juramento de no entrar más allí, porque se -le iba la cabeza. Vimos muchos objetos de mérito y alto precio. - ---Hay aquí una cosa --me dijo después mi prima en voz baja, tapándose -la boca con el manguito-- que la semana pasada me produjo dos noches -de fiebre, con escalofríos, amargor de boca, calambres, cefalalgia y -cuantos males nerviosos te puedes figurar. No era pluma lo que yo tenía -en mi garganta, sino un palomar entero y verdadero. - -Señalaba con la mano y el manguito á uno de los extremos de la tienda. -Carrillo y su suegra examinaban una vajilla. Yo miré. - ---No mires, no mires. Esto trastorna, esto deslumbra, esto ciega. No -es para nosotros. Este señor Eguía se ha figurado que aquí hay lores -ingleses y trae cosas que no venderá nunca. - -Era un espejo horizontal, biselado, grande como de metro y medio, con -soberbio marco de porcelana barroca imitando grupos y trenzado de -flores que eran una maravilla. Quedéme absorto contemplando obra tan -bella, digna de que la describiera Calderón de la Barca. Las flores, -interpretadas decorativamente, eran más hermosas que si fuesen copia de -la realidad. Había capullos que concluían en ángeles; ninfas que salían -de los tallos, perdiendo sus brazos en retorceduras de mariscos; -ramilletes que se confundían con los crustáceos, y corolas que acababan -en rejos de pulpo. En el color dominaban los esmaltes metálicos de rosa -y verde nacarino, multiplicándose en los declivios del puro cristal. -Hacían juego con esta soberana pieza dos candelabros que eran los -monstruos más arrogantes, más hermosos que se podían ver; grifos que -parecían producto de la flora animalizada, pues tenían uñas y guedejas -como pistilos de oro, enroscadas lenguas de plata. Un reloj... - ---Vamos --ordenó Eloísa impaciente, desconcertada, sin dejarme acabar -de ver aquello. - -Y agarrando el brazo de su marido, se lo llevó hacia el coche, diciendo: - ---¿Has tomado el _Séspir_?... - ---La vajilla es preciosa --declaró mi tía Pilar, como queriendo que yo -me convenciera de ello por mis propios ojos. - -Pero Eloísa, ya en la puerta, repetía: - ---Vámonos, vámonos: no más compras. Esta tienda es la sucursal del -Infierno. - -A su imperioso deseo nadie pudo resistir, y nos fuimos á casa. Al día -siguiente volví á la sucursal y compré las cuatro piezas aquéllas, -espejo, pareja de candelabros y reloj. Costáronme unos cuarenta y cinco -mil reales. ¿Pero qué significaba esto para mí? Yo tenía á la sazón en -caja unos cuantos miles de duros, producto de letras que inopinadamente -recibí de Jerez, y no sabía qué hacer de ellos. Había estado dudando si -incorporar aquel dinero á mi cuenta corriente del Banco, ó reservármelo -para caprichos y gastos imprevistos. Opté al fin por dejarlo en casa, -pues la cuenta corriente me garantizaba todos mis gastos del semestre -por excesivos que fuesen. Pocas veces he hecho una compra más á mi -gusto. Pensaba en la sorpresa que tendría Eloísa al recibir aquel -presente. Mandé que se lo llevaran á su palacio, y esperé á que ella -misma me diese cuenta de la impresión que le causaba. - -Cuando la ví entrar en mi casa, temblé de emoción. Venía con su hermana -Camila, la cual, hablando del espejo y elogiándolo con reservas, se -mostró celosa. Era ella tan prima mía como Eloísa, y tenía el mismo -derecho á mis obsequios de pariente ricacho. Sí: yo era un ricacho sin -conciencia, un vulgarote que no me acordaba de los pobres. Ella tenía -su casa muy mal puesta, y á mí, al primo millonario, no se me había -ocurrido mandar allá ni aun media docena de sillas de madera encorvada. -Esta filípica, dicha con el desparpajo que usaba siempre aquella mujer -inconveniente, me llegó al alma. No tuve reparo en reconocer y lamentar -la preterición, y prometí que los señores de Miquis tendrían pronto -noticias mías. - -A Eloísa, contra lo que esperaba, la encontré triste. Puso cara de -Dolorosa, y dió á sus ojos expresión de dulce reprimenda para decirme: - ---¡Qué tonterías haces!... ¡Un gasto tan enorme! Vaya, que ahora se -han trocado los papeles: yo soy la aritmética y tú el entusiasmo... De -veras te lo digo: si repites esas calaveradas, no te volveré á dirigir -la palabra. - -Camila y yo nos reíamos. Eloísa no hacía más que mirarnos con tristeza. - ---Tu boca será medida. Cuenta con la media docenita de sillas ---manifesté á Camila, que me respondió á gritos: - ---Ha sido una broma. No me hacen falta tus obsequios. Formal, formal, -te lo digo formalmente. Si me mandas las sillas, te las devuelvo. - -Estaba rabiosa. Por la tarde, siguiendo la chanza en casa de mi tío, le -dije: - ---¿Las quieres blancas ó negras? Elígelas á tu gusto y que me manden la -cuenta. - -Me tiró á la cara su manguito, diciéndome: - ---Toma... cochino. - -Mi tía Pilar, secreteando en mi oído, hízome la pintura más lastimosa -de la casa de su hija Camila. Tenían una salita regular, alcoba -decente; pero comedor... Dios lo diera. Ponían los platos encima de -un velador, y como Constantino tenía la mala costumbre de empinar las -sillas para sentarse, descargando todo el peso sobre las dos patas de -atrás, de la media docena que compraron no quedaban útiles más que dos. -Esta pintura hizo desbordar en mi corazón los sentimientos caritativos. -Regalé á Camila un comedor completo de nogal, con aparador, trinchero, -doce sillas y mesa, todo bonito, de medio lujo, sólido y elegante. - -Vino á darme las gracias una mañana. Detrás de su máscara de risa y -burla, advertí mal encubierta la emoción. Le temblaban los labios. -Hizo mil muecas, me dió las gracias, me pegó con un bastón mío, me -llamó generoso, pillo, grande hombre y gatera, demostrando en todo su -incorregible extravagancia. Era, más que una cabeza destornillada, una -salvaje, una fierecilla indócil criada dentro de la sociedad como para -ofrecernos una muestra de todo lo incivil que la civilización contiene. -Concluyó diciendo que su marido y ella habían acordado dar un banquete -en honor mío y como inauguración del comedor... - ---Una gran comida, no te creas: verás qué cosa más buena y más -_chic_... Rigurosa etiqueta, ya sabes. Habrá diplomáticos, algún -ministro, toda la _jilife_... Mi cuñado Augusto, el primo de -Constantino, que estudia Farmacia, Veterinaria ó no sé qué; en fin, lo -más escogido... Frac y condecoraciones. Mi marido estará en mangas de -camisa; pero eso no importa. El amo de la casa, ya ves... Te daremos -nidos de avestruz, fideos escarchados, pechugas de rinoceronte, jabalí -en su tinta y _Chateau-Peleón_. - -Nunca oí más disparates. - -Eloísa, Raimundo y Pepe éramos los invitados. Fuí con mi primo poco -antes de la hora señalada. Los señores de Carrillo no habían llegado -aún. - - - - -VII - -La comida en casa de Camila. - - -La casa de Camila era digna de estudio por el desorden que en ella -reinaba. _Sicut domus homo_, se podía decir allí con más razón que en -parte alguna. Todas las cosas, en aquella vivienda, estaban fuera de -su sitio; todo revelaba manos locas, entendimientos caprichosos. Para -honrar mis muebles habían hecho de la sala comedor; en la alcoba, á -más de la cama de matrimonio, había una pajarera, y lo que antes había -sido comedor estaba convertido en balneario, pues Camila, que aun en -invierno tenía calor, se chapuzaba todos los días. La sala había sido -llevada á un cuartucho insignificante, próximo á la entrada, arreglo -que por excepción me parecía laudable, pues contravenía la mala -costumbre de adornar suntuosamente para visitas lo mejor de la casa, -reservando para vivir lo más estrecho, lóbrego y malsano. Fuera de este -rasgo de buen sentido, el conjunto de aquel domicilio no tenía pies ni -cabeza. Lo más culminante en la sala era una mesa de caoba de las que -llaman de ministro, y una cómoda antigua que Constantino había heredado -de su tía doña Isabel Godoy. El piano se había ido á la alcoba, -creyérase que por su pie, pues no se concebía que ninguna ama de casa -dispusiera los muebles tan mal. - -En los pasillos, Constantino había tapizado la pared con enormes -y abigarrados carteles de las corridas de toros de Zaragoza y San -Sebastián, y en el gabinete ocupaba lugar muy conspicuo un trofeo de -esgrima compuesto de floretes, caretas, manoplas, con más una espada -de torero y una cabeza de toro perfectamente disecada. Veíase por -allí, así como en el comedor, algún otro mamotreto procedente de la -testamentaría de la señora Godoy. Constantino tenía en su casa todas -las cómodas que no cabían en la de su hermano Augusto. Los muebles -regalados por mí hacían papel brillantísimo en medio de tanta fealdad -y confusión, y cuando, después de recorrer la casa, se entraba en el -comedor, parecía que se visitaba una ciudad europea después de viajar -por pueblos de salvajes. Lo único que hablaba en favor de Camila era -la limpieza, pues todo lo demás la condenaba. Algunas de las láminas -de la historia de Matilde y Malek-Adhel tenían el cristal roto. No ví -una silla que no cojeara, ni mueble que no tuviera la chapa de caoba -saltada en diferentes partes. Muchos de estos siniestros lastimosos, -así como la decapitación de una ninfa de porcelana, y las excoriaciones -de la nariz que afeaban el retrato del abuelo de Constantino, eran -triste resultado de la afición de éste á la esgrima y de los asaltos -que daba un día sí y otro no, yéndose á fondo y acalorándose, sin -reparar que su contrario era indefenso mueble ó bien un cuadro al óleo, -al cual no se podía acusar de crimen alguno como no fuera artístico. - -Y á propósito de láminas, alcancé á ver, no recuerdo bien dónde, una -buena fotografía de Constantino, retratado como suelen hacerlo los que -presumen de atletas, esto es, con sencillez estatuaria, el cuerpo á -lo gimnasta, con almilla y grueso cinturón, cruzados los brazos para -que se le viera bien el desarrollo del biceps y de los músculos del -tórax, y con un empaque y mirar arrogante que movían á risa. Camila -estaba retratada de cuerpo entero, y se había puesto ante la máquina -violentando su temperamento para _salir formal_; de modo que, á más de -salir fea, no tenía el retrato ningún parecido. - ---Habías de ver esta casa --me dijo Raimundo al oído-- cuando mi -hermanita se pone á tocar frenéticamente el piano, en camisa, y el mulo -de su marido á dar estocadas en todo lo que encuentra al paso. - -Yo no había visto nada de esto, pero lo comprendía por los efectos. - -Camila nos había recibido muy al desgaire, vistiendo una batilla -ligera, el pelo medio suelto, el pecho tan mal cubierto que recordaba -la inocencia de los tiempos bíblicos, los pies arrastrando zapatillas -bordadas de oro. Nos acompañó un momento para enseñarnos la casa, -diciéndonos: - ---Acabo de bañarme. No les esperaba á ustedes tan pronto. - ---Esta hermana mía --indicó Raimundo tiritando-- siempre tiene calor. -Se baña en agua fría en pleno invierno. Jamás enciende una chimenea, -y es la vestal encargada de conservar el frío sagrado... ¡Demonio! la -casa es una sorbetera... ¡Que me voy! - -Camila nos empujó á Raimundo y á mí fuera de la alcoba, donde á la -sazón estábamos, y dijo á su marido: - ---Entretenme á esos tipos un rato, que me voy á arreglar. - -Nos llevó Miquis al comedor, donde al punto se personaron dos perros: -el uno grande, de lanas; el otro pequeño y tan feo como su amo. Ambos -hicieron diferentes habilidades, distinguiéndose el feo, que marchaba -en dos pies con un bastón cogido al modo de fusil, y hacía también -el cojito. De repente veíamos á mi prima pasar, medio vestida, como -exhalación. Iba á la cocina. Oíamos su voz en vivo altercado con la -criada... después la sentíamos regresar á su cuarto... llamaba á su -marido con gritos que atronaban la casa. - ---Será para que le alcance algo... --decía él sin mostrar mal humor--. -Esto de no tener más que una criada es cargante. Si al menos estuviera -yo en activo, me darían un asistente... ¡Allá voy! - -Camila volvía corriendo á la cocina. Necesitaba estar en todo. Aun -así, temía que aquella girafa de Gumersinda echase á perder la comida. -Al poco rato, vuelta á correr hacia la alcoba. Ya estaba peinada; -pero aún no se había puesto el vestido ni las botas. De pronto, oímos -la argentina voz de la señora de la casa que decía con cierto acento -trágico: - ---Constantino, traidor... ¿qué, no pones la mesa? - -El tal, dándome una prueba de confianza, me rogó que le auxiliara en el -desempeño de aquella obligación doméstica. - ---Amigo José María, así irá usted aprendiendo para cuando se case... - -Risueño y compadecido, le ayudé de buena gana. Antes había solicitado -Constantino el auxilio de mi primo; pero éste, agobiado por el frío, -no se apartaba del balcón por donde entraban los rayos del sol. Pronto -quedó puesta la dichosa mesa. En la loza y cristalería no ví dos piezas -iguales. Parecía un museo, en el cual ninguna muestra de la industria -cerámica dejaba de tener representación. El mantel y las servilletas, -regalo de la tía Pilar, eran lo único en que resplandecía el principio -de unidad. No así los cubiertos, en cuyos mangos se echaba de ver que -cada uno procedía de fábrica distinta. - -No habíamos concluído, cuando entró Eloísa. Al sonar la campanilla, -díjome el corazón que era ella. Raimundo abrió la puerta, y antes de -que mi prima llegara al comedor, le oí estas gratas palabras: - ---Pepe no puede venir. Ha tenido miedo al frío... Yo me alegro de que -no salga en un día tan malo, porque puede coger un pasmo. - ---Yo sí que voy á pillar una pulmonía en esta maldita casa, donde no se -encienden chimeneas --dijo Raimundo cogiendo su capa y embozándose en -ella. - ---No viene Pepe --repitió Eloísa mirándome á los ojos; y al reparar en -mi ocupación, echóse á reir--. Eso, eso te conviene... ¿Y esa loca...? - ---Su Majestad está en sus habitaciones --dijo el manchego-- con la -camarera mayor, que es ella misma. - ---Constantino --gritó Camila asomándose á la puerta--, traidor, ¿en -dónde me has puesto mi alfiler? - ---¡Ah! perdona, hija; me lo puse en la corbata: tómalo y no te enfades. - ---¡Que siempre has de ser loca! --dijo Eloísa pasando al cuarto de su -hermana para dejar abrigo y sombrero. - -Al poco rato vimos aparecer á la señora de la casa, vestida con -elegante traje de raso negro, bastante guapa, luciendo su hermosa -garganta por el cuadrado escote. Su pecho alto y redondo, su cintura -delgada, sus anchas caderas, dábanle airosa estampa. Podría parecer -bella; pero nunca parecería una señora. - ---¡Mujer, cómo te pones!... --exclamó Eloísa, aludiendo sin duda á la -escasez de tela en la región torácica--. ¿Pero estás tonta? ¿A qué -viene ese escote?... No he visto cabeza más destornillada. Y lo que es -hoy no llorarás por polvos. - -Lo más característico de Camila era su tez morena. Tenía á veces el -mal gusto de corregir torpemente con polvos y otras drogas aquel aire -gitanesco que daba tan salada gracia á su persona. Y fué tan sin tasa -en aquel día la carga de polvos, que á todos nos pareció estatua de -yeso; y como teníamos confianza con ella, se lo dijimos en coro. - ---Pero, Camila... pareces una tahonera. - ---¿Sí? --replicó ella riendo con nosotros--. Ahora veréis. - -Desapareció, y al poco rato presentósenos en su color y tez naturales. -Sólo las orejas quedaron un poco empolvadas. - ---Si me quieren negrucha, aquí estoy con toda mi poca vergüenza. - -Sin esperar á oir nuestros aplausos, pegó un brinco y echó á correr -otra vez hacia lo interior de la casa. Pronto reapareció para decir á -su marido: - ---Nos sobra el cubierto de Pepe. ¿Por qué no avisas á tu hermano -Augusto, de paso que vas por el postre? - ---Yo no... Ya sabes que no puede venir --replicó el marido tomando su -capa para salir. - ---Pues déjalo: así tocaremos á más. - -Después, vuelta á la cocina, donde la oímos disputar á gritos con la -girafa. Constantino no tardó en regresar, trayendo el postre en un -papel, que se engrasó de la bollería á la casa. Mientras yo le abría la -puerta, oí la voz de Camila que desde la cocina clamaba: - ---Váyanse sentando... Allá va la sopa. - -El convite fué digno de los anfitriones. Por la hora debía de ser -almuerzo; por la calidad de los platos era almuerzo y comida; por -la manera de estar condimentados y el desorden é incongruencia que -reinaban en todo, no tenía clasificación posible. Sirviéronnos un -asado, el cual para ser tal debió permanecer media hora más en el -fuego. «Ustedes dispensarán que esto esté un poco crudo», nos decía -Camila. En cambio, el pescado _al gratin_ se había tostado y estaba -seco y amargo. A los riñones habían echado tal cantidad de sal, que no -se podían comer. Por vía de compensación, otro plato que apenas probé -no tenía ni pizca... - ---Pero, hija --dijo Eloísa riendo--, tu cocinera es una alhaja. - ---Dispensa por hoy... --replicaba la hermana--. Se hace lo que se -puede. No me critiquen, porque no les volveré á convidar. - ---Descuida, que ya tendremos nosotros buen cuidado de no caer en la red -otra vez --le contestó Raimundo. - -Se había sentado á la mesa embozado en su capa, quejándose de un frío -mortal, renegando de los dueños de la casa, y jurando que no volvería -á poner los pies en ella sin hacerse preceder de una carga de leña. -Al servir el segundo plato, se cayó en la cuenta de que no había vino -en la mesa, de cuyo descubrimiento resultó un gran altercado entre -Constantino y su mujer. - ---Tú tienes la culpa... tú... que tú... Siempre eres lo mismo. Así -salen las cosas cuando tú te encargas de ellas... ¡Tonta!... ¡Cabeza de -chorlito! - ---¡Ni fuego ni vino! --exclamó mi primo subiéndose el embozo y poniendo -una cara que daba compasión. Parecía que iba á llorar. - ---Que salga inmediatamente Gumersinda á buscarlo. - ---No, ve tú. - ---Como no vaya yo... Hubiéraslo dicho antes. - ---¡Ay! qué hombre tan inútil... - ---¡Qué tempestad de mujer! - ---Lo mejor --dijo la señora de la casa, serenándose después de meditar -un rato-- es que Gumersinda vaya al cuarto de al lado á pedir dos -botellas prestadas á los señores de Torres. Son muy amables y no las -negarán. - -Por fin trajeron el vino, y con él templó sus espíritus y su cuerpo mi -primo Raimundo, decidiéndose á soltar la capa. - -Camila, á cuya derecha estaba yo, me obsequiaba, valga la verdad, todo -lo que permitía lo estrafalario de la comida. Su amabilidad echaba un -velo, como suelen decir, sobre los innúmeros defectos del servicio. -Repetidas veces tuvo que levantarse para sacar de un mal paso á la -que servía, que era una chiquilla muy torpe, hermana de la cocinera. -Había venido aquel día con tal objeto, y más valiera que se quedara en -su casa, pues no hacía más que disparates. En los breves intervalos de -sosiego, Camila nos hablaba de lo feliz que era, ¡cosa singular! ¡Feliz -en aquel desbarajuste, en compañía del más inútil de los hombres! -Indudablemente Dios hace milagros todavía. Para ponderarnos su dicha, -mi primita no cesaba de hacer alusiones á un cierto estado en que ella -creía encontrarse, y por cierto que sus indicaciones traspasaban á -veces los límites de la decencia. Ya nos contaba que pronto tendría -que ensanchar los vestidos; ya que había sentido pataditas... Luego -rompía á reir con carcajadas locas, infantiles. Yo me confirmaba en mi -opinión. No tenía seso, ni tampoco decoro. - -Debo decir con toda imparcialidad que Constantino me pareció un poco -reformado en la tosquedad de sus modos y palabras. Ya no hablaba de sus -superiores jerárquicos con tan poco respeto; ya no decía, como cuando -le conocí: «Me parece que pronto la armamos...» Creyérase que había -sentado la cabeza y adquirido cierto aplomo y discreción, que no se -avenían mal con su creciente robustez corpórea. Parecióme que su mujer -le dominaba, cosa en verdad extraña, pues quien no tuvo ninguna clase -de educación, ¿cómo podía educar y domar á un gaznápiro semejante? La -Naturaleza permite sin duda que dos energías negativas se amparen y -beneficien mutuamente. - -Al fin de la comida, Raimundo bebía más de la cuenta: bien claro lo -denotaba, no sólo la merma del contenido de las botellas, sino la -verbosidad alarmante de mi buen primo. Constantino, no queriendo ser -menos, se había desatado de lengua más de lo regular. El uno contaba -anécdotas, pronunciaba discursos, repetía versos y tartamudeaba -penosamente las sílabas _tra_, _tro_, _tru_, mientras el otro decía -cosas saladas y amorosas á su mujer, echándola requiebros en ese -lenguaje flamenco que tiene picor de cebolla y tufo de cuadra. La -discreción relativa, de que hablé antes, se la había llevado la trampa. -Tal espectáculo empezaba á disgustarme. - -El café, hecho por la cocinera, era tan malo, que se decidió mandarlo -traer de fuera. Vino pues, el café, mal colado, frío, oliendo á -cocimiento; pero nos lo tomamos porque no había otro. Raimundo y -Constantino se pusieron á tirar al florete. Mi primo no podía tenerse. -La casa parecía un manicomio. Eloísa, su hermana y yo nos fuimos á -la alcoba, donde Camila, sentada junto á mí, hacía mil monerías, que -llamaba nerviosidades. Se recostaba, cerraba los ojos, dejaba ver la -mejor parte de su seno, luego se erguía de un salto, cantaba escalas y -vocalizaciones difíciles, nos azotaba á su hermana y á mí, y concluía -por sacar á relucir aquél su estado que la hacía tan dichosa. - ---Ahora sí que va de veras --nos decía--. ¡Y este bruto se ríe, y no lo -quiere creer! - -De pronto le entraba como una exaltación ó más bien delirio de -tonterías, y cruzando las manos gritaba: - ---¡Ay! ¡qué hijín tan rico voy á tener!... Más mono que el tuyo, más, -más. Me parece que le estoy viendo... No os riáis... ¡Qué sabes tú lo -que es esto, egoísta! Si fueras padre, verías. Y dí, ¿por qué no te -casas? ¿Para qué quieres esos millones? Para gastarlos con cualquier -querindanga... ¡Qué hombres! Francamente, eres asqueroso. Eso, eso, da -tu dinero á las tías. Me alegraré de que te desplumen. - -De aquí volvía la conversación á las dulces esperanzas maternas. Hasta -me parecía que lloraba de satisfacción. - ---Vaya, ¿á que no me prometes ser padrino? - ---Sí que te lo prometo. - -Y se rompía las manos en un aplauso. - ---¿Y le harás un regalo como de millonario? ¿Me dejas escoger lo que yo -quiera en casa de _Capdeville_? - ---Sí: puedes empezar. - ---Bien, bien... ¡Currí... Currí! - -El perro pequeño entró, obedeciendo á las voces de su ama. Puso -las patas en su falda, luego en la cintura, por fin en aquel seno -hermosísimo. Ella le daba besos, le agasajaba, dejábase lamer por él. - ---Ven acá, tesoro de tu madre, rico, alegría de la casa. - ---Yo no puedo ver esto --decía Eloísa con enfado, levantándose para -retirarse--. Me voy. - ---No, no, hermanita; no te vayas... Lárgate, Currí, Currí... Largo, y -no parezcas más por aquí. - ---No, no me beses --chillaba Eloísa, apartando su cara--; no pongas -sobre mí esa boca con que has estado hociqueando al perro. Tonta, loca, -¡cuándo sentarás la cabeza!... José María está estupefacto de verte -hacer tonterías. - ---José María no se enfada, ¿verdad? Y ahora que caigo en ello, ¿por qué -no me convidas esta noche al teatro? - ---Otra más fresca... - ---¿Pues por qué no? Después que hemos echado la casa por la ventana -para obsequiarle... El día de hoy nos arruina para todo el mes. Sí, -dile que sí. José María, esta noche... - ---Te mandaré un palco para el teatro que quieras. Elige tú. - ---Constantino --gritó Camila, cantando la marcha real--, esta noche -vamos al teatro. Mira, tú, mi maridillo irá por el palco. Dame á mí los -cuartitos. - -Yo decía para mí: «No tiene decoro, ni vergüenza, ni delicadeza -tampoco. Es completa. Si me obligaran á vivir con un tipo así, al -tercer día me enterraban.» - -Eloísa estaba disgustada y deseaba marcharse. Yo también. Busqué -á Raimundo para salir con él; pero mi primo se había dormido -profundamente sobre el sofá de guttapercha del comedor. Camila le -cubrió con la capa para que no se enfriase. - ---Ve pronto por el palco --decía la señora de Miquis á su marido-- que -es noche de moda, y si tardas no habrá localidades. Vamos... menea esas -zancas. ¿A qué aguardas? - -El manchego no se hizo de rogar. Pronto le sentimos bajar la escalera, -saltando los escalones de cuatro en cuatro. - ---Iré luego á casa de mamá --dijo Camila, poniendo á su hermana el -sombrero y el abrigo--. Adiós, _comparito_. - -Le dí la mano, y ella me la apretó mucho. - - - - -VIII - -En que se aclaran cosas expuestas en el anterior. - - -Cuando bajábamos, Eloísa me dijo: - ---¿Vas á venir á acompañarme? - -En el tono con que esto fué dicho, conocí su deseo de que no la -acompañara. Yo tampoco tenía intención de hacerlo. Aquel recelo de no -aparecer juntos en público al mismo tiempo nos acometía á entrambos, -revelando, no sólo la conformidad, sino también la poca rectitud de -nuestros pensamientos. Ella entró en su coche y fué á la calle del -Olmo; yo me bajé á pie á la Castellana para dar una vuelta. Volví á -casa al anochecer, y á poco sentí llegar el carruaje de mi prima. -Obedeciendo á instintivo movimiento y á una curiosidad tonta, salí á -mi puerta. Tuve el pueril antojo de atisbar por el ventanillo para -verla subir sin que ella me viese. Siéndome fácil hablar con ella á -todas horas, ¿qué significaba aquel acecho? Nada más que el ansia del -misterio, la necesidad de poner en mi pasión la sal del incidente. -Aquel mirar furtivo por la rejilla de cobre era ya un paso interesante -y que rompía los términos rutinarios de la vida formal para ponernos -en la esfera de las travesuras, más sabrosas cuanto más anormales... -La ví subir. Noté que al pasar por mi puerta la miró como deseando que -estuviese abierta, ó que el azar le proporcionase un pretexto para -colarse dentro. El lacayo subía tras ella con un montón de paquetes de -compras. - -Nos vimos aquella noche en su casa. Hablé con todo el mundo menos con -ella. Ambos temíamos dar á conocer nuestra conciencia, no turbada aún -más que por pensamientos. Presagiábamos las peligrosas resultas de -ellos; mas no se nos ocurría extirparlos, sino simplemente evitar que -nos salieran á la cara. Con Carrillo, que había cogido un pasmo, hablé -de todas las clases de constipaciones posibles; describí el proceso -patológico de los míos y de los de mi padre, y mi tía Pilar vino en -buena hora á dar nuevos horizontes á mi erudición con preciosos datos -catarrales referentes á otras personas de la familia. Hicimos luego una -ensalada inglesa. Hablé de los _whigs_ y los _torys_, de la reforma -electoral de 1834, del _Habeas corpus_, de la Liga de Manchester y del -_bill_ de cereales. Sir Roberto Peel quedó hecho trizas de tanto como -le manoseamos Carrillo y yo, y no salieron mejor librados lord Chatam, -Cobden, Russell, Palmerston y los modernos Disraeli y Gladstone. Nos -volvíamos ingleses sin saberlo, y esto precisamente cuando mi sangre -andaluza, la savia paterna, obscurecía y anonadaba en mí lo que yo -había recibido del sér británico de mi madre. - -Cuando me retiré, despedíme de todos menos de Eloísa, que al verme en -pie se marchó al cuarto de su hijo. Y me la llevaba conmigo á mi casa, -_in mente_; la robaba como hacía mi tío Serafín con las baratijas -de su gusto, y me la guardaba en mi corazón, como en un bolsillo, -reducida á impalpable esencia, cuando no la subía al entrecejo para -darle allí vida febril, haciéndola compañera de mis soledades. Las -noches de insomnio, las madrugadas de inquieto sueño, los días tristes -alambicaban mi querencia poniéndome en estado de hacer tonterías de -mozalbete si se hubiera presentado ocasión de ello. No las hice, porque -Dios no quiso. Pero estaba dispuesto á todo, hasta á volverme romántico -y _wertheriano_, á pesar de que los tiempos son tan poco propicios para -que un hombre se ponga en semejante estado. - -Una tarde del mes de Marzo nos encontramos casualmente en la calle. -Ambos nos turbamos. Nos veíamos diariamente en la casa sin experimentar -turbación, y en la calle, solos, al darnos las manos, parecía que -temblábamos por tal encuentro y que habríamos deseado evitarlo. Iba yo -hacia el Banco de España, ella á casa de una amiga. Nos separamos. Sin -darnos cuenta de ello, por medio de una sencilla pregunta semejante á -esas que se hacen por decir algo y de una respuesta más sencilla aún, -nos dimos cita para aquella tarde en la casa de la calle del Olmo. -Vinieron los sucesos impensada y tontamente, con ese canon fatal que -equipara en el orden de la realidad las cosas más triviales á las más -graves y de más peligrosa transcendencia. Las cuatro serían cuando -entré en la casa. No había nadie de la familia más que Eloísa. No -tuve que llamar. La puerta estaba abierta, y un operario arreglaba la -entrada del gas. Sentí martilleo en las habitaciones interiores, y -al pasar junto á una puerta, oí la conversación de unas mujeres que, -sentadas en el suelo, estaban cosiendo alfombras. Parecióme que yo me -introducía invisible, como el gas, pasando por escondidos, angostos y -callados tubos. - -Avancé. Bien sabía yo á dónde iba. Tan seguro estaba de encontrarla -como de la luz del día. Después de atravesar dos salones, ví á Eloísa -de espaldas. Estaba repasando una colección de estampas puesta en -voluminosa carpeta. Acerquéme á ella de puntillas; mas aún no estaba á -dos pasos de su hermosa figura, cuando sin volverse dijo esto: - ---Sí, ya te siento; no creas que me asustas... - - - - -IX - -Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y la leyenda de las -cuentas de vidrio. - - -I - -A la semana siguiente, instalóse mi prima en su nueva casa. Un día -antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que yo -me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las -dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía -muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta á sacrificar el -amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también -escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con -los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En -ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás -á Carrillo. Unicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia á la -equivocación lamentable de su casamiento. Fué, más que una ceguera de -ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella, -no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo -antes á Madrid? Y ya que no vine antes, cuando hubiera sido ocasión de -casarnos, ¿por qué vine después, cuando ya el conocerme la había de -hacer tan desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa... -Pero ya, ¿qué remedio...? La atracción que á entrambos nos había -unido era más fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible -luchar contra ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación, -el murmullo de la gente, su hijo... el pobre _barbián_, que cuando -creciera oiría decir que su mamita no había sido buena, como deben -serlo todas las mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única -eran acibaradas por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al _qué -dirán_, por el presentimiento de catástrofes y desventuras que es la -sombra fatídica que se hace á sí misma la vida ilegal. - -Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... Porque pensar -que podría transcurrir una semana sin vernos á solas, era pensar en la -eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con -cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron -de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas á la vez y como en -un solo aliento. «Nos veríamos en su casa...» «No, no: en la mía...» -«No, no: en otra...» «¿Dónde?...» «Pues nos daríamos cita en tal ó cual -parte...» «Yo arreglaría una casita muy cuca...» - -La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor, -idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para -que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el -escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que -debemos al decoro; la publicidad érame antipática; pero, con todo, mi -ventura me ahogaba hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la -vanidad tenía en ella. Erame forzoso mostrar á alguien mis bien ganados -laureles; yo buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso -á la secreta aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada -como con Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida. -Conocía su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba -los suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada; -sólo que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contéle, pues, -todo, y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquél -su estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo -hacer el _niño del mérito_, guardando una reserva que era lo mismo que -poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es -animal de mucho _quinqué_, y, por fin, que los tiempos de notoriedad -que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene á ser una -ventaja de nuestra edad sobre las precedentes. - -Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto había -dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias seguían -guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte, con -la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra, -mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en -mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino -aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien -que consideraba eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza -irresistible. Su tenaz cariño era pagado liberalmente por mí con -exaltada pasión, con estimación, hasta con respeto, con todo lo que el -corazón humano puede dar de sí en su variada florescencia afectiva. -Y en cierto modo me recreaba en ella como si fuera algo, no sólo -perteneciente á mí, sino hechura de mi propia pasión. Porque sí: Eloísa -era más hermosa desde que estaba en relaciones conmigo; como mujer -valía más, mucho más que antes. Su elegancia superaba á los encomios -que hacía de ella la lisonja. Desde que se instaló en su nueva y -primorosa vivienda, parecía que había subido de golpe al último grado -de esa nobleza del vestir, que no tiene nombre en castellano. Todas las -seducciones se reunían en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me -puse!... la miraba como miraría el artista su obra maestra. No es esto, -no, lo que quiero decir: mirábala como una planta que yo había regado -con mi aliento, abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero, -criándola para goce mío y recreo de la vista de los demás. - -Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto, como -gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de la -familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado, -ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina á la -cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado -mi equilibrio, que á cada momento lo daba á conocer. Si no hacía cosas -ridículas, era porque conservaba muy vivo el respeto exterior de mí -mismo; pero decía majaderías, como las que antes, en boca de otros, me -habían hecho reir mucho. - -Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se enfadase, -que mi tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco decorosa -en que yo había puesto á su hija. Pero ninguno se dió por entendido. -O no lo sabían, ó lo disimulaban. Raimundo y María Juana tampoco -chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de que no -hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con el -mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido á esta condescendencia -natural ó estudiada, les correspondía redoblando con respecto á ellos -mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su -tolerancia, ó subvención otorgada á su silencio. No cesaba, pues, de -hacer regalitos á mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y -dinero á Raimundo; compré un piano á Camila, pues el que tenía estaba -ya asmático, y á todos les obsequiaba un día y otro con palcos ó -butacas en los principales teatros. - -Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, á quien -constantemente daba sorpresas, añadiendo á sus colecciones objetos -diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble, -antigüedad de mérito ó primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo -cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía, -ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin substancia. -Nunca me pedía nada; pero muy á menudo la observé como atontada -pensando en algún objeto recientemente exhibido en las tiendas de -lujo. Tenía momentos de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos -de tristeza considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta -exaltación con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto. -Este era bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina -antigua, ó un par de tibores de _Sachsuma_. Era á veces el motivo de -sus ansias una delicada pieza de Wedgwood ó una credencia de ébano -y marfil. A esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano -media-cola de Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de -alhajas, pues por el collar de perlas, la _rivière_ de brillantes, una -pulsera de _ojos de gato_, una rosa suelta y varias chucherías, me dejé -en casa de Marabini quince mil duritos. - - -II - -Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan de -Luz. Eloísa fué con su marido á Biarritz, de donde pasarían á París á -consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarles, y no tuve -tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual á la cita. El -pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más que -en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse á -tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de salir -de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el Hotel de la -calle de _Scribe_. Yo estaba, como siempre, en el de _Helder_. Fácil -nos era á mi prima y á mí vernos y citarnos en la ilimitada libertad -parisiense y aun hacer algunas excursiones cortas á las inmediaciones. -En los cuatro días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un -camarero, en los baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una -independencia que hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba á -mi hotel. Estábamos como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo -que se nos antojaba, almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin -peinarse, á medio vestir; yo vestido también con el mayor abandono; -ambos irreflexivos, indolentes, gozando de la vida como los seres más -autónomos y más enamorados de la creación. En nuestros coloquios, -amenizados por constante reir, nos comparábamos con las dichosas -parejas del barrio latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su -modelo, viviendo al día con dos ó tres francos y una ración inmensa de -amor sin cuidados. Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos -dinero y podríamos paladear mejor tanta dicha. Para gozar á nuestras -anchas de la libertad parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y -nos íbamos á San Germán, almorzábamos en la Terraza, paseábamos por -el bosque, corríamos, nos acostábamos sobre la hierba... ¡Qué horas -tan dulces! Como quien se contempla en un espejo, nos recreábamos en -las muchas parejas que veíamos semejantes á nosotros. Componíanse -de algún extranjero, ávido de echar una cana al aire, y de alguna -_bulevardista_, por lo general de buen parecer y modales un tanto -desenvueltos. En otras parejas se advertía una confianza, una intimidad -que no son propias de las relaciones de un día. Eran amantes, como -nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra, para burlar -con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de las leyes -divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y fatigado; -mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que cautivaba á -Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella gente, y en la -originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de los modistos, -que por tal procedimiento hacían público reclamo de las novedades de la -estación próxima. - -Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más -depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la -mañana á las misas aristocráticas de la Magdalena y de la _Capilla -Expiatoria_... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa -quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de -costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes -y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También -solía llevarme á casa de los célebres anticuarios de la calle Real, y á -los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo japonés -abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París estaba al -alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse á llevar un surtido -de telas, vasos, estantillos, dos ó tres biombos, lacas, y hasta -las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran el maravilloso -sentimiento artístico de aquella gente asiática, sólo igualada por la -clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de Carrillo no podía, ya -que felizmente estaba en la capital de la moda, dejar de equiparse -para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas -en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba á ser -la primera. En casa de Worth se encontró á la de San Salomó; á donde -quiera que iba tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa, -y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una -quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose á llevar á Madrid lo -mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que -mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre. - -Pero á falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar -numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior había -ordenado yo á mi banquero de París que me vendiera los títulos de 4½ -por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía próximamente á unos -ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer á España -aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles urbanos ó en -los títulos creados por Camacho. Cuando fuí á París, Mitjans había -hecho la venta y tenía en su caja, á disposición mía, el líquido de -la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo tomaría -para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en letras -sobre Madrid á la conclusión de la temporada. Tales sangrías dí á -aquel depósito, que cuando fuí á liquidar, sólo me restaban siete mil -francos, que Mitjans me dió en una carta-orden. Y no paró aquí mi -desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué olvidadas -cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que ir á última hora, echando los -bofes, á casa de Mitjans á pedirle un préstamo de cuatro mil francos -para poder volver á España. - -Este acontecimiento causóme sobresalto. Era la primera vez en mi vida -que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas leyes de la -Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una distracción -tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera había -percibido siempre la salvadora claridad de los números; que de algo -¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el saludable -ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de loco -desatino podían destruir los efectos de mi educación económica? -No, seguramente no. Mi espíritu, habituado á la contabilidad, -resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de -la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes á los de un -narcótico. Ví la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa, -con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no -naufragase. - -Fuí educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso, -sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en -nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre -de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollóse también -en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los -placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el -_tanto_, el verbo inglés, dócil á las órdenes de mi razón; el número, -sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al -verificarse en mí aquel despertamiento, halléme en terreno firme y -dije con resolución: «No, niña mía, esto no puede seguir así.» - - -III - -En Madrid traté de poner orden en mis asuntos. A fines de Octubre, -pasóme el Banco el extracto de mi cuenta corriente y ví que apenas -me quedaban unas dos mil pesetas. Había gastado ya toda mi renta del -año, cuando en los precedentes apenas había llegado á la mitad, y con -la otra mitad aumentaba mi capital. En aquellos días recibí de Jerez -varias letras y algún papel de Londres. - -Eran el tercer plazo anual de mis arrendamientos y un residuo de -la venta de existencias. Había pensado yo destinar este dinero á -consolidación de capital; pero no pudo ser porque tuve que enviarlo -á mi cuenta corriente del Banco para los gastos del último trimestre -de 82. Una breve operación me dió á conocer que mi fortuna había -disminuído aquel año en muy cerca de noventa mil duros. ¡Cosa singular! -Yo tenía, durante las embriagueces de aquel año, vagas nociones de -esta cifra negativa; pero no me causó temor hasta que la ví salir -de la punta de la pluma en infalibles guarismos. Me parecía mentira -que tal suma hubiera sido espolvoreada por mí en diversas tiendas de -París y Madrid; y no obstante, bien cierto era. Lo hice sin darme -cuenta de ello, ciego y alucinado, olvidando esa admirable función del -espíritu que llamamos sumar, y atento sólo á los aguijonazos de la -voluptuosidad y del amor propio. - -A lo hecho, pecho. Aunque felizmente había abierto los ojos al _tanto_, -reintegrándome en el equilibrio de mi sér, por un lado concupiscente, -por otro positivista, mi desvarío por Eloísa no había mermado en lo más -mínimo. Más prendado de ella cada día, pensé en llevar procedimientos -de regularidad económica á lo que moralmente era tan irregular. El -orden parecíame digno de ser implantado en los dominios del vicio, -y yo me imponía el deber de intentarlo y me hacía la dulce ilusión -de conseguirlo. Cavilaciones numéricas entristecían mis noches y mis -mañanas, pues el hondo interés que me inspiraba Eloísa hacíame ver -nubes muy negras en el porvenir de la casa de Carrillo. En cuanto á mi -fortuna, que hasta entonces había sido pingüe, sólida y muy saneada, -hice propósito firmísimo de defenderla á todo trance de los lazos que -mi propia pasión le tendía. A pesar de lo firme del propósito, vivas -inquietudes me atormentaban en presencia de aquel querido edificio -económico, al cual se le acababan de abrir grietas muy profundas. - -Pensando siempre en mi prima, no cesaba de hacer cálculos sobre el -presupuesto de su casa, que me parecía muy desconcertado. Con aquella -exactitud que debía á mis hábitos de contabilidad, aprecié lo que había -importado la instalación, los ricos muebles y costosos caprichos de -Eloísa. Sin escribir un guarismo, calculé el gasto aproximado de la -casa, alimentación, cocheras, servidumbre, teatros, modista, viajes de -verano, menudencias é imprevistos. No, no: no cabía esto dentro de la -cifra de veinte mil duros anuales. Para cerciorarme, levanté columnas -de números, y no, no salía. El pasivo del primer año era enorme, -abrumador, y unido á la instalación me daba el resultado tristísimo -de que los señores de Carrillo se habían comido ya la cuarta parte -del capital heredado. Por mucho que estirara yo los ingresos sobre -el papel, forzando los productos de las dehesas de Navalagamella y -Barco de Avila, engrosando los alquileres de las tres casas de Madrid -y añadiendo á todo el cupón de las obligaciones de Banco y Tesoro, no -podía pasar de tristes siete mil duros. ¡Y tan tristes!... Como que -lloraban por los míos, y me los querían llevar. - -Lo peor de todo fué que en aquel otoño Eloísa montó la casa con más -lujo, tomó más criados, hizo reformas en el edificio, anunciando que -iba á dar comidas todos los jueves. Era preciso hablarle claramente -y arrancar aquella mordaza que el amor me ponía. Una tarde, solos en -nuestro escondite, le hablé el lenguaje sincero y leal de los números. -¡Cómo esquivaba el tema la muy pícara; cómo se escapaba, culebrosa y -resbaladiza, cuando ya la creía tener bien cogida! Por fin se mostró -conforme con mis ideas, y penetrada del buen sentido de las cosas. -Sí: era preciso moderarse, porque el porvenir... Invirtióse la tarde -en cálculos, en proyectos de economía y reducción de inútiles gastos. -A los pocos días volví á mi fiscalización con nuevo empeño. No pude -obtener que me expusiera en términos exactos su presupuesto. Siempre -embrollaba las cifras y las desfiguraba, haciendo un lamentable abuso -de la aplicación de los ceros. Por fin, tras pesadas insinuaciones -mías, me confesó que tenía algunas deudas. - ---Te las pago todas --le dije con efusión-- si me juras que no volverás -á contraerlas y que serás juiciosa y arreglada. - -Y el juramento se hacía poniendo por testigo á Dios; y se celebraba el -convenio con abrazos y ternuras; y las deudas se pagaban y se volvían á -contraer, como árbol que más vigorosamente retoña cuanto más se le poda. - ---Ahora no me echarás la culpa á mí --me dijo una tarde--. Es Pepe el -que gasta. Ayer he tenido que sacarle de un gran apuro. Sin que yo -lo supiera ha tomado seis mil duros, dando en fianza la casa de la -calle de Relatores... No, no me mires así, con esos ojos de terror... -Pepe es muy bueno, y no le puedo contrariar. Desde que es senador no -ha vuelto á poner los pies en el _Veloz_. No tiene ningún vicio, no -juega, no mantiene queridas; ni siquiera fuma. Pocos hombres hay tan -ejemplares como él. Preguntarás que en qué se le va tanto dinero; voy á -contestarte inmediatamente. Primero: el periódico, ese dichoso _órgano -del partido_, que yo leo para combatir los insomnios. No sé cómo Pepe, -que tiene talento, emplea su dinero en hacer de Galeoto entre la -Democracia y el Trono, sabiendo que esa señora y ese caballero no se -han de casar, y lo más, lo más, harán lo que hacemos nosotros, quererse -á espaldas de la ley... Segundo: Pepe se me ha vuelto tan benéfico, que -no sabes lo que me gasta en socorro de emigrados, en la _Sociedad de -niños_... Te aseguro que es un dolor... - -Para mí lo era, y no flojo, pues por la concatenación de las cosas, me -dolían horriblemente los bolsillos cada vez que el marido de aquella -señora ganaba un nuevo título para la bienaventuranza eterna. - -Otras veces, en las horas de criminal soledad, nuestras lucubraciones -económicas tomaban un giro fantástico y extravagante. Como el líquido -puesto al fuego hierve y crece, yo, sometido á las altas temperaturas -del amor, deliraba. Pero no era mi delirio, como el de los poetas, -visión de flores, nubecillas y formas helénicas. Era más bien una -fermentación de los números que tenía metidos en la cabeza. Las cifras -de reales, francos y libras que pasaron por mi mente en quince años, -volvían todas juntas, agrupándose como en las cerradas columnas de -los libros de partida doble, separándose y revolviéndose como las -cantidades desgarradas en la cesta de papeles rotos. ¡Poseer millones -de millones!... ¡Que mis reales se me volvieran libras esterlinas de la -noche á la mañana!... ¡Que los ceros se agruparan junto á las unidades -formando esas filas nutridas, cuya vista ensancha el alma! «Entonces, -gata bonita, tendrías un palacio mejor que el de Fernán-Núñez y el de -Anglada juntos; tendrías un lecho de plata, como el de la esposa de -un _rajah_; tendrías un _yacht_ para viajar por el Mediterráneo y un -tren _Pullmann_ para recorrer el Continente. Te compraría el Rembrandt, -el Murillo, el Veronés que salieran á la venta al deshacerse la -galería de algún principote alemán; y para tí trabajarían Meissonier, -Pradilla, Alma Tadema, Domingo, Muncaksy y lo más granadito de Europa. -Aprovechando las buenas ocasiones, te compraría los vestigios de las -grandes casas, la armadura que llevó el duque de Alba, la espada de -Boabdil, los tapices de los Reyes Católicos con el _Tanto Monta_, y -los yugos y flechas, y esas casullas de catedral que van á parar en -forros de sillas, y esos libros de vitela cuyas hojas se convierten -en abanicos, y cajas de oro, y Cristos de marfil como el que tiene -Rothschild, y el jarrón de Fortuny, y la espada de Bernardo, y la -biblia de María Estuardo, y el vaso de plata de Napoleón. El arte más -sublime, la industria más hábil y los objetos de valor histórico, -despojos que se le caen á la Historia en su marcha, serían para que tú -jugaras con ellos y te relamieras de gusto mirándolos... Serías más -rica que la duquesa de Westminster, la cual lo es más que la reina -Victoria, emperatriz de las Indias.» - -Como en esta dirección el desvarío no podía ir más allá, Eloísa, para -hacer juego, deliraba en sentido contrario. ¡Ser pobre! No tener nada; -vivir juntos y solos, completamente exentos de necesidades sociales, en -un país apartado, fértil, bonito, donde no hubiera frío, ni calor, ni -ciudades, ni civilización... No tener más que un albergue rústico, y -que nuestra despensa estuviera colgada de los árboles... No beber más -que agua clara... Vestirse sencillamente, tan sencillamente, que todo -el guardarropa quedara reducido á un simple túnico talar... Nada de -calzado, nada de sombrero, nada de esos horrores que llaman guantes, -corbatas y alfileres... No gozar de más espectáculos que los del -cielo y la vegetación; no oir más música que la de los pájaros; no -ver más espejos que la corriente de los ríos; no tener idea de lo que -es un coche, ni una tarjeta de visita, ni una esquela de invitación, -ni una cuenta de modista... Desconocer la escritura y la lectura; y -en cuanto á religión, celebrar la misa con una hoguera, un par de -cánticos, un haz de flores, delante de los panoramas preciosísimos de -la Naturaleza... Y en medio de esto, el amor, mucho amor, muchísimo -amor; ella y yo siempre juntos, siempre solos, siempre jóvenes y nunca -cansados de mirarnos y de querernos... - -Creo que mis carcajadas se oían desde la calle. El delirio de Eloísa, -que era el rebote del mío, me produjo una hilaridad tal, que ella se -apresuró á taparme la boca, alarmada de mis gritos. - ---Calla, tonto... No escandalices. - -No sé si lo soñé ó lo pensé. Debí de quedarme dormido y ver á Eloísa -en aquel pergenio rústico y salvaje, hecha una señora Eva, en el país -de abanico más relamido que se podía imaginar. Ella era feliz con su -túnico, no sé si de verdes lampazos ó de alguna tela inconsútil. No -conocía la ambición ni el lujo; era toda inocencia, salud, dicha. Sus -diamantes eran las estrellas, sus galas las flores, sus espejos los -lagos, su palacio la bóveda azul de los cielos... Pero un día la señora -Eva alcanza á ver á un sér extraño y desconocido que se aparece en -aquel delicioso rincón del mundo donde sólo habitamos ella y yo. Esta -tercera persona es el demonio, la tentación, el elemento dramático que -viene á emporcar nuestro idilio. No se ofrece á las miradas de la -señora Eva en forma de serpiente, ni usa para perderla el ardid aquél -de la manzana. ¡Quiá! Es un viajero, un náufrago que acaba de arribar -á aquellas playas, y para trastornar el seso á mi mujer, le muestra -una sarta de cuentas de vidrio. Las ganas de adornarse con ellas -desarrollan en su alma formidable apetito, y se conmueve, se ofusca, -se vuelve toda nervios; pierde su sér inocente, como si dijéramos, la -chaveta, y adiós idilio, adiós Naturaleza, adiós sencillez, adiós paz -sabrosa, adiós festín de hierbas, adiós enaguas de hojas, adiós amor... -Cae mi Eva en la tentación, se vende por las cuentas de vidrio, y el -demonio carga con ella. - - - - -X - -Carrillo valía más que yo. - - -Aquel hombre que me inspiraba una compasión profunda y un temor -supersticioso; aquel Carrillo, amigo vendido, pariente vilipendiado, -valía más que yo. Al menos así lo promulgaba á todas horas mi -pensamiento en los soliloquios de su confusión constante. Idea fija -era esto de mi inferioridad, y ni con sofismas ni con razones la podía -echar de mí. Quizás yo me equivocaba; quizás las sombras de mi conducta -me permitían ver en aquel desgraciado una luz que no tenía, ó dicha -luz era un simple fenómeno retiniano. Sí: yo era un sér negativo, un -vago, una carga de la sociedad, mientras el otro parecíame una de las -personas más útiles y laboriosas que se podían ver. Sobreponiéndose á -sus dolencias, siempre estaba ocupado. No entré una vez en su despacho -que no le hallara trabajando, afanadísimo, poniendo su alma toda y -su poca salud al servicio de una idea ó de una institución. Dábase -por entero á diversos objetos benéficos, políticos y morales, y su -vehemencia era tal, que si la empleara en sus asuntos propios, habría -sido el hombre modelo y la más perfecta encarnación del ciudadano y del -jefe de familia. - -Carrillo era presidente de una _Sociedad_ formada para amparar niños -desvalidos, recogerlos de la vía pública, y emanciparlos de la -mendicidad y de la miseria. Tan á pechos había tomado su cargo, y tan -humanitario ardor ponía en desempeñarlo, que á él se le debían los -eficaces triunfos alcanzados por la _Sociedad_. Más de quinientas -criaturas le debían pan y abrigo. Inocentes niñas se habían salvado -de la prostitución; chiquillos graciosos habían sido curados de las -precocidades del crimen al dar el primer paso en la senda que conduce -al presidio. La _Sociedad_ hacía ya mucho; pero su ilustre presidente -aspiraba siempre á más. Todos los esfuerzos eran pocos en pro de los -párvulos indigentes. No bastaba recogerlos en las calles; era preciso -ir á buscarlos en los tugurios de la mendicidad emparentada con el -crimen, y arrancarlos al poder de crueles padres que los martirizan -ó de infames madres postizas que los envilecen. Y Pepe, imprimiendo -á esta caritativa obra impulso colosal, pasaba largas horas en su -despacho con el secretario, revisando notas, coordinando informes, -extendiendo y firmando recibos de suscripción de socios, poniendo -cartas al Cardenal, al Patriarca, á la infanta Isabel, al primer -Ministro, á los presidentes del Ayuntamiento y de la Diputación para -allegar el auxilio de todo lo valioso y útil. Ningún recurso se -desperdiciaba, ninguna ocasión se perdía. A este trabajo titánico había -que añadir el de organizar fiestas y funciones teatrales para aumentar -los fondos de la _Sociedad_. ¡Qué laberinto y qué entrar y salir de -empresarios y concertistas y cómicos! No se eximían de esta febril -contradanza los poetas, á los cuales se les rogaba que leyeran versos; -ni los oradores, á quienes se pedía el óbolo de sus floreados discursos. - -Mientras Carrillo empleaba en servicio de la humanidad su inteligencia, -yo ¿qué hacía? Corromper la familia, abrir escuela de escándalo y -dar malos ejemplos. Aún podía llevar mucho más lejos la comparación -siempre en perjuicio mío. Yo era diputado cunero, y no me cuidaba ni -poco ni mucho de cumplir los deberes de mi cargo. Jamás hablaba en -las Cortes, asistía poco á las sesiones, no formaba parte de ninguna -Comisión de importancia, no servía más que para sumarme con la mayoría -en las ocasiones de apuro. Tenía nociones geográficas muy incompletas -acerca de mi distrito, y hacía el mismo caso de mis electores que de -los negros de Angora. Ellos gruñían, escribíanme cartas llenas de -quejas; pero yo las arrojaba á la cesta de los papeles rotos, diciendo: -«A mí me ha hecho diputado el ministro de la Gobernación, nadie más. -Vayan ustedes muy enhoramala.» Francamente, el Congreso me parecía -una comedia, y no tenía ganas de mezclarme en ella. En cambio, Pepe, -que era senador, tomaba muy en serio su cargo, se debía al país, -miraba á la patria con ojos paternales, considerándola como uno de -aquellos infelices niños que la _Sociedad_ recogía en las calles. -Asistía puntualmente á la Cámara, y figuraba en muchas Comisiones. -Con frecuencia se levantaba de su banco, sin aliento, ahogándose, y -pronunciaba pequeños discursos discretísimos en pro de los intereses -generales. La enseñanza primaria, la extinción de la langosta, la -necesidad de dar salida á _nuestros caldos_, el establecimiento de -gimnasios en los colegios, los Bancos agrícolas, la supresión de la -Lotería, de los Toros y del cuarto del cartero, las cajas de previsión, -la conducción de presos por ferrocarril, los talleres de los presidios -y otras muchas reformas, le tenían por órgano valiente, aunque -asmático, en los rojos asientos del Senado. El _Diario de las Sesiones_ -estaba por aquella época salpicado de breves piezas oratorias en que -se abogaba con entusiasmo por todas aquellas menudencias, por todos -aquellos pasitos del progreso, que, realizados, habrían equivalido á un -salto grande hacia la cultura. - -Era verdaderamente infatigable, pues además de esto, había fundado, -con otros señores que no nombro, el periódico, órgano de un partidillo -que se acababa de formar. Como el tal partido era muy tierno y recién -cortado del tronco, necesitaba prolijos cuidados para aclimatarse, -echar raíces y crecer. Y crecía, convocando bajo sus débiles ramas á -muchos cesantes, á no pocos descontentos y á algunos que no están bien -si no se separan de alguien. No sólo ayudaba Carrillo con su dinero al -sostenimiento del diario, sino que escribía en él articulitos sanos y -juiciosos, defendiendo siempre la buena fe en política, el respeto de -la opinión, la sencillez administrativa, las economías, la moralidad, -y, sobre todo, la independencia electoral, raíz y fundamento de todo -bien político. - -Por fin, también llevaba Pepe su cooperación á las grandes campañas -de caridad pública, y lo hacía con modestia, por impulsos del alma. -Así, desde que ocurrían esas catástrofes que excitan profundamente el -sentimiento general, ya se apresuraba él á organizar cuestaciones, á -buscar auxilios por todos los medios que permiten los varios recursos -de nuestra época. Volviendo á la comparación, repito que cualquiera -que sea el valor que se dé á esta manera de practicar el bien, siempre -resultaba el otro superior á mí. Mientras él empleaba tan bien y con -tanto fruto su tiempo, yo ¿qué hacía? Vivir alegremente, gozar de -la vida, divertirme, gastar mi dinero sin socorrer á nadie, y otras -cosas peores. Yo era un egoísta, mientras Carrillo tenía la manía del -_Otroísmo_ y consagraba toda su actividad al bien ajeno. Precisamente -en la falta de egoísmo, que era su gran cualidad, estaba el _quid_ -del defecto que en parte obscurecía aquellas prendas eminentes, -pues siempre se cuidaba mucho más de lo ajeno que de lo propio, y -poniendo desmedida atención en la humanidad y en la patria, apartaba -sus ojos de la familia y del gobierno de su casa. Dueña y directora -de todo era Eloísa. Pepe ignoraba los detalles más importantes del -régimen doméstico, y no daba jamás una disposición. Tanto celo fuera -y tanta indolencia y descuido dentro, eran indudablemente falta muy -grande. Cuánto me complacía yo en considerarlo así, no hay para qué -decirlo. Aquella superioridad que me mortificaba no era quizás más que -figuración mía, y el pobre Carrillo, al remontarse á lo que yo estimaba -perfecciones, caía por tierra poniéndose al nivel mío, que era el de la -vulgar muchedumbre. - -Por su poca salud excitaba el tal la compasión de todos. Sus males se -repetían y se complicaban, presentando cada año nuevos y temibles -aspectos, ofreciendo como un campo clínico á los ensayos de la -medicina. Para los médicos era ya, más que un enfermo, un tratado -de Patología interna escrito en lengua que no podían traducir. Los -síntomas de hoy desmentían los de ayer, y los tratamientos variaban -cada mes. Ya, suponiendo desórdenes en la nutrición, se combatían en -él los principios de una diabetes; ya, observando graves fenómenos -cardiacos, se atacaba el mal en el terreno de la circulación. Declaróse -luego la nefritis, y más tarde vino á manifestarse la hemoptisis con -lesión grave en el vértice del pulmón derecho. Cualquiera que la causa -fuese, ello es que Pepe se desmejoraba de día en día. Su rostro era -terroso, sus fuerzas inferiores á las de un niño, su voz cavernosa, las -manos le temblaban, y se fatigaba extraordinariamente al andar. En él -sólo tenía vigor el espíritu, siempre despierto, ágil y diligente en -las varias faenas á que se entregaba. Bien podíamos creer que el mismo -entusiasmo de que se poseía prestábale vida artificial, sosteniendo y -enderezando su cansado organismo, como si le embalsamaran en vida. - -Fáltame contar lo más importante, lo más extraordinario y anómalo en -el carácter de aquel hombre. Lo que voy á decir era una aberración -moral, indefinible excepción de cuanto han instituído la Naturaleza -y la Sociedad, pero tan cierto, tan evidente como es sol éste que me -alumbra. Carrillo me mostraba un afecto cordial. La confusión que -esto producía en mis ideas no puede ser expresada por mí. No sé si -agradecía su estimación ó si me repugnaba; no sé si me apoyaba en ella -como una salvaguardia de mi falta, ó si la maldecía como indigna de los -dos, y como si á entrambos nos degradara de la misma manera. - -Ignoro por qué me quería tanto Carrillo; qué motivos de simpatía -encontró en mí. Algo debía de influir en ello la insistencia benévola -con que yo acaloraba su manía anglo-política, refiriéndole anécdotas -parlamentarias, describiéndole las sesiones de los Pares y Comunes, -el local, las costumbres, la manera especial de discutir de aquella -gente; hablándole de la peluca del _speaker_, del modo de votar, del -familiar tono que usan, y haciéndole, por fin, semblanzas tan exactas -como podía de lord Beaconsfield, Bright y otros afamados oradores. -¡Cuántas veces, después de una crisis de dolores horribles, extenuado -de fatiga, mas sin poder dormir, no tenía el infeliz otro consuelo -que conversar conmigo de aquellas cosas tan de su gusto! Su mano en -mi mano, sus ojos en mi cara, hacíame preguntas, y jamás se hartaba -de mis respuestas. Yo hacía un gran sacrificio de tiempo y de humor -por agradarle, y me estaba las horas muertas, charla que te charla, -viéndome obligado á sacar algo de mi cabeza, pues la verdad se me iba -agotando. ¡Cómo saboreaba él las preciosas noticias! El banquete del -lord Corregidor fué de las cosas que le conté con todos sus pelos y -señales, pues tuve el honor de asistir al de 1877. Y después, ¡cuánto -detalle! Gladstone, en la sesión de los Comunes, se sonaba con -estrépito en un gran pañuelo de colores. Disraeli no cesaba de meterse -pastillas en la boca. Parnell usaba siempre un gabán color de pasa y -sombrero blanco de castor... Luego tirábamos á lo sublime. ¡Qué país -aquél! ¡Y pensar que allí no había Constitución escrita, en forma una -y doctrinal, sino leyes sueltas y usajes, algunos del tiempo de los -normandos! En cambio aquí salimos á Constitución por barba, y somos -casi salvajes, parlamentariamente hablando... Yo me cansaba al fin de -tanto anglicanismo; pero él no, y me retenía con dulzura siempre que -hacía propósito de marcharme. - -Hablando con toda verdad, diré que yo no deseaba su muerte. No sé lo -que habría ocurrido si su existencia me hubiera ofrecido verdaderos -obstáculos. Pero si no deseaba su muerte, contaba con ella, teníala -por inevitable dentro de un plazo más ó menos largo. Cuando Eloísa -y yo, en el rodar vagabundo de nuestras conversaciones íntimas, nos -encontrábamos enfrente de los males de Pepe, pasábamos, como sobre -ascuas, sobre tema tan delicado. Inquietos ambos, nos evadíamos en -busca de otro asunto, cada cual por su lado. Ninguno de los dos -habló nunca de su muerte, aunque la considerábamos indudable. Y le -compadecíamos con toda sinceridad por su sufrimiento, y si hubiera -estado en nuestra mano darle salud y robustez, quizás se la habríamos -dado. - -Pero la idea de la disolución del matrimonio por muerte del marido -estaba fija en la mente de uno y otro, aunque ninguno de los dos lo -declarase. Tal idea salía á relucir de improviso cuando hablábamos de -alguna cosa completamente extraña á la dolencia de Carrillo. Más de -una vez se le escaparon á Eloísa frases en las cuales, refiriéndose -á días venideros, iba envuelta la persuasión de ser para entonces mi -mujer. Hablando una noche de reformas en la casa, se dejó decir: - ---Porque, mira, yo te podré hacer una gran habitación en el piso bajo, -comunicándolo con el alto por medio de una magnífica escalera de nogal, -como la que hay en casa de Fernán-Núñez para bajar al cuarto del duque -y á la famosa estufa. - - - - -XI - -Los jueves de Eloísa. - - -I - -Una vez por semana, Eloísa daba gran comida, á la que asistían diez -y ocho ó veinte personas, pocas señoras, generalmente dos ó tres -nada más, á veces ninguna. No gustaba mi prima de que á sus gracias -hicieran sombra las gracias de otra mujer, inocente aprensión de la -hermosura, pues la competencia que temía era muy difícil. La etiqueta -que en los llamados _jueves de Eloísa_ reinaba, era un eclecticismo, -una transacción entre el ceremonioso trato importado y esta franqueza -nacional que tanto nos envanece no sé si con fundamento. Eran más -distinguidas las maneras que las palabras. El ingenio resplandecía -en los dichos; mas á veces, con ser copioso y chispeante, no bastaba -á encubrir la grosería de la intención. Allí se podían observar, con -respecto á lenguaje, los esfuerzos de un idioma que, careciendo de -propiedades para la conversación escogida, se atormenta por buscarlas, -exprime y retuerce las delicadas fórmulas de la cortesía francesa, y no -adelantando mucho por este lado, se refugia en los elementos castizos -de la confianza castellana, limándoles, en lo posible, las asperezas -que le dan carácter. Esta admirable lengua nuestra, órgano de una raza -de poetas, oradores y pícaros, sólo por estos tres grupos ó estamentos -ha sido hablada con absoluta propiedad y elegancia. Las remesas de -ideas que anualmente traemos en nuestro afán de igualarnos á las -nacionalidades maduras, no han encontrado todavía fácil expresión en -aquel instrumento armoniosísimo, pero que no tiene más que tres cuerdas. - -Hice esta observación en casa de mi prima, oyendo hablar de tan -distintas maneras, pues unos arrastraban y descoyuntaban las frases de -estirpe francesa, impotentes para darles vida dentro de la sintaxis -castellana; otros, despreocupados, lanzaban á boca llena las picantes -frases castizas, que, por arte incomprensible, nacen hoy en el -populacho y se aristocratizan mañana. Ciertas bocas las pulen, las -redondean, como hace el mar con los pedazos de roca; otras las endulzan -ó confitan, y ya parecen menos rudas sin haber perdido su gracia. De -este lento trabajo se va formando en el arpa de nuestra lengua la -cuarta cuerda, ó sea la de la conversación fina, que hoy suena un poco -ronca, pero que sonará bien cuando el tiempo y el uso la templen. - -Tengo tan presentes los detalles todos de aquellas reuniones, que bien -podría describirlas minuciosamente si quisiera. Pero por no aburrir á -mis lectores con lo que no les importa, seré breve, escogiendo, entre -todo lo que revive en mi mente, lo más adecuado á la inteligencia -de los casos que refiero. De las comidas, retengo todo con pasmosa -frescura. Paréceme que respiro aquella atmósfera tibia, en la cual -fluctuaban las miradas de la mujer querida y sus movimientos y el -timbre de su voz seductora, fenómenos que hasta el otro día se -prolongaban en mi espíritu como la sensación grata de un sueño feliz. -Paréceme estar viendo las paredes y las personas y la alfombra y las -luces en el rato aquél de impaciencia y expectación en que es la hora y -faltan aún cuatro ó cinco convidados. Carrillo, mirando impaciente su -reloj, deja escapar alguna frase con la cual al mismo tiempo recrimina -suavemente á los que tardan y pide excusas á los que esperan. - ---Este general siempre se atrasa media hora... Sánchez Botín no puede -tardar. Se separó de mí á las siete para subir un momento á casa de su -suegra. - -Eloísa, sentada junto á la chimenea del primer salón, atisba fácilmente -á los que van llegando, sin interrumpir su palique con el marqués de -Fúcar ó con la marquesa de San Salomó. Como la puerta que va del primer -salón á la sala de juego está enfrente de la que comunica ésta con la -antesala, siempre que se oye el suave gemido de la mampara de cristales -con visillos rojos, mi prima echa ligeramente hacia atrás el cuerpo -contra el respaldo del sillón, vuelve la cabeza y ve quién entra. - -Por fin Carrillo transmite sus órdenes por el timbre eléctrico. Al -poco rato aparece en la puerta del comedor, poniéndose con oficiosidad -los guantes de hilo, el maestresala M. Petit --aquel ingenioso francés -que después de haber rodado durante el verano por las fondas de todos -los establecimientos balnearios y de haber lucido su estampa en -el mostrador de algún comedero de ferrocarril, se pasa el invierno -sirviendo temporalmente en las grandes comidas de las casas ricas de -Madrid, ó que lo aparentan--, y pronunciando el sacramental _madame est -servie_, comienza el desfile. Eloísa se agarra al brazo del marqués de -Fúcar (por ejemplo) y rompe plaza... - -Se me figura estar oyendo el bulle-bulle de las ochenta patas de sillas -rascando ligeramente la alfombra gris perla, y ver á los criados -ajustarse apresuradamente los guantes, mientras desfilamos y ocupamos -nuestros asientos. Aquel primer envite de la comida, que se acerca como -un monstruo que viene á apoderarse de nuestro organismo; aquel vaho -de la sopa _bisque_, picante como un demonio, ¡qué felices anuncios -traen de la sesión gastronómica! Presentes tengo los incidentes de la -conversación, que empieza grave, se anima, se fracciona, es á cada -instante más viva, menos culta y aseñorada; aspiro la fragancia de los -ramos y ramitos que adornan la mesa y nuestras solapas, olor de vegetal -flácido que se aja por momentos entre el vapor de la comida y bajo -aquella lluvia de luz que desciende de los mecheros de gas; oigo á mi -espalda el chillar de las botas de los criados que nos sirven, y me -mareo de aquel escamoteo de platos delante de mí, del rielar de copas, -de lo que hablamos, de las bromas, ya cultas é inocentes, ya galanas -en la forma y groserísimas en el fondo. Las caras aquéllas, las diez y -ocho ó veinte cabezas, ¿cómo se pueden olvidar? Figúrome que las veo -todavía en su inquietud discreta, ojos que nos miran y se vuelven -y llevan la idea de una persona á otra, el hilo de la conversación -rompiéndose y anudándose á cada instante, las sonrisas disimulando -las contracciones de la gula. Respecto á los dichos, yo no cesaba de -recordar la rigidez de las comidas inglesas, en las cuales todo lo que -se habla podría figurar en el Catecismo. En los festines que refiero, -mi primo Raimundo hallaba medio de contar cuentos indecentes, con una -delicadeza de forma y unas perífrasis que hacen de él un verdadero -maestro en arte tan difícil. - -En lo que sí se parecen estas comidas á las inglesas es en que las -señoras hacen del pleonasmo del escote una pragmática indispensable. -Eloísa, en sus jueves famosos, no se paraba en barras, quiero decir, -en carne de más ó de menos. Generalmente vestía con sencillez, siempre -que por sencillez se entienda poca tela de medio cuerpo arriba. La -originalidad era su fuerte. Un jueves me sorprendió á mí y á todos -con el traje más lindo, más caprichoso y temerario que se podría -imaginar... Pero recuerdo ahora que no fué en su casa, sino en un -gran sarao del palacio de Gravelinas, donde se nos presentó vestida -totalmente de encarnado, el cuerpo de terciopelo, la falda de raso, -medias y zapatos también de color de sangre fresca, y para que nada -faltara, mitones de púrpura. Sólo una belleza de primer orden, de -esas que dominan todo lo que se ponen, habría podido salir triunfante -de tal prueba, envolviéndose en ascuas de los pies á la cabeza. Fué -general la admiración, y yo no fuí el menos sorprendido, porque aquella -misma mañana me había dicho que no pensaba estrenar más vestidos ni -inventar rarezas. Dejando á un lado esta contradicción, diré que Eloísa -deslumbraba: no se la podía mirar sin plegar ligeramente los ojos. -Su hermosura, sometida á la prueba de aquella calcinación en crisol -ardiente, triunfaba de las llamaradas del rojo, y aparecía sublimada y -purificada. Su mirar era como un extracto sutil, alcohol dulcísimo que -se subía á la cabeza y hacía en ella mil diabluras. No quiero decir -nada del escote, á quien la coloración chillona del rojo daba más -realce. En su ridículo entusiasmo, un revistero de salones me decía -que aquella carne de Paros, aquel mármol vivo, no tenía semejante, y -que Fidias y el Hacedor Supremo habrían disputado sobre cuál de los -dos lo había hecho. Vamos, que reñían y se tiraban á la cabeza los -trastos de crear... Yo, como dueño de aquella carnicería marmórea, no -la veía con gusto tan publicada. Pero el maldito revistero no cesaba -de hacer paradojas, que al día siguiente ponía en los periódicos. «Era -un demonio celestial, el _ángel del asesinato_, serafín que había -encargado á Worth un vestido hecho con brasas del Infierno... ¿Para -qué? Para divertir á los Santos en el Carnaval del Cielo... Su cuello -ostentaba una constelación...» A esto de la constelación démosle -su nombre verdadero. Era una hermosa _rivière_ de treinta y seis -_chatones_ que yo había regalado á Eloísa, y que me ocasionó (todo se -ha de decir) una disminución de cinco mil duros en mi cuenta corriente -del Banco de España. - -Volvamos á mis jueves, quiero decir, á los jueves de la otra. Todos -los amigos de la casa admiraban á Eloísa, y aun diré que se pirraban -por ella. La atmósfera caldeada de la galantería que todos, hombres y -mujeres, respiran en tal género de vida; el constante incitativo del -mucho y refinado comer y beber; el efecto de narcotización que en el -espíritu van produciendo á la larga las mentiras de la cortesía, todas -estas causas, y aun la obsesión material de la seda y el oro y el arte -suntuario, embotan el sentido moral del individuo y le inutilizan para -apreciar clara y derechamente el valor de las acciones humanas. En tal -ambiente, hasta los más sanos concluyen por acomodarse al principio de -que las buenas formas redimen los malos actos. No había, pues, entre -los amigos de la casa, uno solo que no codiciara lo que me pertenecía -de hecho. No había uno tal vez que no soñara con el ideal delicioso de -pegársela al amigo y suplantarle. Robar lo robado nunca se consideró -delito. Eloísa y yo no teníamos derecho á quejarnos de este asalto -general de intenciones que nos amenazaba sin tregua. La falsedad de -mi terreno me tenía en ascuas. Inquieto y receloso, vigilaba con cien -ojos, y tomaba acta de las más leves cosas, suponiéndolas indicios de -que alguien ganaba un palmo de terreno que yo perdía. - -Pero, en realidad, no tenía motivos de queja. Mi prima, entre aquella -turba de amigos entusiastas y apasionados, guardábame una fidelidad que -habría sido virtud muy hermosa, si la tal fidelidad no viniera á ser -una medalla en cuyo reverso estaba la traición. - -Eloísa les trataba con arte admirable, siempre dulce y cariñosa, -empleando reservas delicadas que olían á virtud, imitándola, como -los artículos de perfumería imitan la fragancia de las flores. Para -todos tenía una palabra bonita: era jovial ó seria, según los casos; -compadecía al enamorado, paraba los pies al atrevido, mostrando -constantemente cierta dignidad y señorío que me encantaban. - - -II - -Ningún día de gran comida dejó Eloísa de sorprendernos con alguna -novedad, añadida á las riquezas de su bien puesta casa. Aquella noche -(una de tantas), al entrar en el segundo salón, ví dos personas, cuyo -rostro, facha y traje parecían completamente anómalos en tal sitio. -Eran dos pinturas: la una de Domingo, la otra de Sala. Mi prima las -había adquirido aquella semana, y no me había dicho nada para darme -la gran sorpresa en la noche del jueves. Habíalas colocado á los dos -lados de la puerta que comunicaba el salón con su gabinete, y puso ante -cada una un reflector con vivísima luz, que, iluminando de lleno las -figuras, las hacía parecer verdaderas personas. Ambas eran de tamaño -natural y de más de medio cuerpo. La de Domingo era un viejo, un pobre, -quizás un cesante, vestido de tela gris, arrugado el rostro, plegados -los ojos. Creeríase que la luz del reflector ofendía su cansada vista, -y que nos miraba con displicente miopía, ofendido y cargado de nuestro -asombro. Porque no ví jamás pintura moderna en que el Arte suplantara -á la Naturaleza con más gallardía. El toque era allí perfecto símil -de la superficie de las cosas, y se veía que, sin esfuerzo alguno, -el pincel, convertido en poder fisiológico, había hecho la carne, la -epidermis, el músculo, los cañones de la mal rapada barba, el pelo -inerte, y, por fin, el destello y la intención de la mirada. Aquel -mismo toque habilísimo era luego la lana y el algodón de la ropa, la -seda mugrienta del fondo. - ---Esto ya no es pintar --decía Eloísa, sacando las cosas de quicio--: -es hacer milagros. - -La figura de Sala era una chula. Contemplándola, todos nos reíamos, y -á todos se nos avispaban los ojos. Los suyos parece que bebían de un -sorbo la luz del reflector y nos la devolvían en una mirada dulce y -llena, significando con ella un _atrévanse ustedes_. Su tez pura, su -entrecejo irónico indicaban tal vez que era una gran señora disfrazada. -El traje, el pañuelo por la cabeza y mantón de Manila podrían -suponerse antojo de un momento para _encaprichar_ la hermosura noble -revistiéndola de las gracias populares. No era una ficción, era la vida -misma. Sin duda iba á dirigirnos la palabra. Nos sonreíamos con su -sonrisa; nos sentíamos mirados por ella, la conocíamos y la tratábamos. -¡Que una superficie cubierta de colores viva y aliente así!... Eloísa -no cesaba de decir, gozando en nuestra admiración: - ---¡Qué alma tiene! - -La dama enchulada y el viejo pobre fueron el éxito de aquel jueves, -como en el precedente lo habían sido dos tapices antiguos, cartones de -Brueghel, que decoraban el comedor. Pero dejemos las cosas que parecían -personas, y vamos á las personas que parecían cosas. Uno de los -principales devotos de mi prima era el marqués de Fúcar. A cada lado de -la chimenea del segundo salón había tres sillones, uno de los cuales -ocupaba Eloísa. El inmediato se le reservaba al marqués, y respetando -este derecho consuetudinario, cualquiera que lo ocupara se lo cedía -en cuanto él entraba. Era Fúcar bastante viejo; pero se defendía bien -de los años y los disimulaba con todo el arte posible. Era abotagado, -patilludo, de cuello corto, y parecía un cuerpo relleno de paja por su -tiesura y la rigidez de sus movimientos. Se teñía las barbas; y como -los tiempos no consienten la ridiculez de la peluca, lucía una calva -pontifical. Demostraba Fúcar á la señora de Carrillo una como adhesión -caballeresca. A veces, la edad caduca pesaba en su ánimo lo bastante -para convertir aquella devoción en una especie de cariño paternal, -traduciéndose en consejos galantes antes que en galanterías. Muy á -menudo y cuando parecían más interesados en una conversación frívola, -trataban de negocios. Eloísa, que empezaba á pensar mucho en los -fabulosos aumentos que ciertos hombres de pesquis dan á su capital en -poco tiempo, arrastraba la conversación de Fúcar hacia aquel terreno. - ---Diga usted, marqués, ¿venderé las _Cubas_ para comprar ese -Amortizable que ha inventado Camacho? - -Esta y otras cláusulas parecidas sorprendí más de una vez al acercarme -al grupo. - -Fúcar se reía, y después de bromear un poco le aconsejaba lo que creía -más conveniente. - ---Oiga usted, marqués: ¿quiere usted hacerme _dobles_ por cinco ó -seis millones nominales? ¿Quién es su agente de Bolsa?... Este tonto -(dirigiéndose á mí) no quiere ir á la Bolsa. Quita allá... No tienes -iniciativa, no tienes ambición. Podrías duplicar tu capital en poco -tiempo si fueras otro. - -El marqués echábase á reir, y mirándome... - ---Aprenda usted, niño --me decía--. Esto se llama navegar en golfos -mayores. - ---Marqués --proseguía ella--, me voy á tomar la libertad de hacerme su -socio. ¿Quiere usted que le dé diez mil duritos para que me los ponga -en las contratas de tabacos? ¿Qué rédito me dará? - ---¡María Santísima! ¡qué mujer! --exclamaba Fúcar con alarma jocosa--. -Eloísa, me compromete usted... - ---O si no, me los pone en un préstamo del Tesoro. - ---Si el Tesoro no pide ya prestado, hija mía. Eso cuando tengamos otra -guerra civil. - ---Pues en las contratas de tabacos. ¿A ver? ¿qué rédito? - ---Creerá usted que las contratas... --gruñía el marqués fluctuando -entre las bromas y las veras. - ---No haga usted caso, marqués --indiqué yo--. Estas mujeres ven todo -con la imaginación. Desconocen la Aritmética: lo único que saben de -ella es multiplicar. - ---Sí: las contratas dan muchos millones. - ---¿Qué le parece á usted? --decíame Fúcar sin poder contener la risa--. -Me va á descubrir. Me saca los colores á la cara. Aprenda usted, niño, -aprenda. ¡Contratas de tabacos!... Corriente: al año le devuelvo á -usted los diez mil duritos duplicados... Pero me ha de prometer usted -que con ese dinero fundará un _Hospital para fumadores desahuciados_. - -La risa del prócer llenaba el salón. Aun los que no podían oir lo que -decía celebraban su gracia. Fúcar era allí muy popular; y envanecido de -ello, gustaba de oirse, hablando, y se enojaba cuando le contradecían. -Conmigo tenía deferencias cariñosas. Una noche, apartándome de un -corrillo de los que allí se formaban, me acorraló contra un mueble para -decirme en secreto: - ---_Traviatito_, es preciso que se dedique usted á los negocios para -tener contenta á la señora. No se fíe usted del amor puro. La señora -tiene los espíritus muy metalizados. Me ha preguntado lo que es -_comprar á plazo_, en _voluntad_ y en _firme_. He tenido que darle una -lección de cosas de Bolsa, sin olvidar las triquiñuelas del oficio... -Mucho ojo, que la señora piensa demasiado en el dinero. No se envanezca -usted, y créame: aumente su capital, si puede, no sea que alguno le -desbanque. Usted vale mucho; pero no hay que fiarse, pues se dan -casos... - -Otro de los asiduos era el general Morla, hombre muy ameno, verdadera -enciclopedia histórico-anecdótica de Madrid desde el año 34 hasta -nuestros días. Tenía la memoria más prodigiosa que cabe en lo humano: -recordaba la primera guerra civil, toda la historia política y -parlamentaria y toda la chismografía del siglo. Había sido ayudante -del general don Luis de Córdova, luego compañero íntimo de Narváez, -y por fin inseparable amigo de don José Salamanca, cuyos arranques -geniales elogiaba á cada instante. Los motivos secretos de los cambios -políticos en el anterior reinado los sabía al dedillo, y las paredes de -Palacio eran para él de una transparencia absoluta. De las infinitas -trapisondas privadas que amenizan la vida de Madrid, ninguna se le -había escapado. No necesitaba esforzarse para satisfacer todas las -dudas, pues el archivo de su memoria, admirablemente catalogado, le -suministraba sin demora el dato, la noticia ó enredo que se le pedía. -Cuando nos contaba algún lío, hacía mención de la calle, el número -de la casa, el piso; nombraba las personas todas de la familia, y si -no le cortaban el hilo, refería los belenes del padre ó la madre en -la generación anterior. Este narrador entretenidísimo era quizás el -maestro más grande del arte de la conversación que he visto en España. -Cuando se muera no quedará nada de él, pues jamás ha escrito cosa -alguna. Le incitamos á escribir sus memorias, que serían el más sabroso -y quizás el más instructivo libro de la época presente; pero él se -excusa de hacerlo con la pereza y con su poca habilidad de escritor. -En efecto: los grandes conversacionistas rara vez aciertan á interesar -cuando escriben. - -Eloísa atendía y agasajaba mucho al anciano general, uno de los -primeros favoritos de la casa. El jueves que faltaba era un jueves -soso y desgraciado. A menudo se formaba en torno á él, en la sala de -juego, corrillo de hombres solos, que era un verdadero festín de la más -sabrosa comidilla. Salía uno de allí con la cabeza dulcemente mareada, -como cuando se ha bebido mucho y bueno, y se adquiría de la humanidad -idea semejante á la que tenemos de la salud después de haber hojeado un -Diccionario de Medicina. - -La chismografía del general Morla era puramente histórica. Rara vez -despellejaba á las personas que estaban aún en activo. Otro amigo de la -casa, á quien no nombro, tenía la especialidad de cebarse en la carne -viva, prefiriendo la de los allegados y presentes. Severiano Rodríguez -le llamaba el _Saca-mantecas_, porque se sorbía las reputaciones -crudas. Era persona de intachables formas. En la conversación general, -bromeando con Eloísa ó sus amigas, daba mucho juego. Su galantería -exquisita y refinada encantaba á las damas. Había tenido buena figura, -y aún conservaba restos de ella, presumiendo de ojos vivaces, de un -busto airoso y de pie pequeño. Sin duda daba mucha importancia á su -bigote y su mosca, que, con las canas, habían venido á ser de un rubio -ceniciento. Lo que más me cargaba en aquel hombre era que, al entrar -en cualquier local, echaba miradas furtivas á los espejos para verse y -admirarse. Gozaba fama de afortunado en faldas; pero tenía ya un par de -desventajas casi insuperables: su edad que frisaba en la vejez, y su -falta de dinero. Era uno de los hombres más entrampados de la creación, -y vivía perseguido sin tregua por diferentes espectros en forma de -cobradores de tiendas. Oí contar que sólo en el ramo de perfumería -debía sumas fabulosas. - -Cuando hacía corrillo, no perdonaba nada. Más de una vez hizo disección -horrorosa de la pobre marquesa de San Salomó, que no distaba veinte -pasos del lugar de la hecatombe. De Eloísa y de mí, ¿qué no diría? -Severiano me contaba horrores, vomitados por el _Saca-mantecas_ á poca -distancia de nosotros. Tales cosas, por la exagerada malicia y la -mentira que entrañaban, no ofendían como cualquier verdad secreteada -con palabras ambiguas. «Que yo estaba ya tronado; que Fúcar era el -que pagaba; que Manolito Peña estaba en camino de ser mi sucesor en -la plaza de amante de corazón...» Tales majaderías sólo merecían -desprecio. Lo más gracioso era que el _Saca-mantecas_ había hecho -el amor á Eloísa; habíala acosado, durante una temporadilla, con -declaraciones ardientes, en las cuales lo rebuscado de las cláusulas -no ocultaba lo repugnante del desvarío senil. Ultimamente, el despecho -le había vuelto un tanto fosco. Se hacía el interesante, presentándose -con cara de hastío. Saludaba ceremoniosamente á Eloísa, al entrar, -dándole la mano con brazo muy corto. Jugaba al juego del desdén el muy -mamarracho. Bien lo conocía ella y bien se reía de él. Cuando Severiano -ó algún otro amigo interrogaban al _Saca-mantecas_ sobre su actitud -displicente, respondía, inflándose mucho: - ---Es que yo me he vuelto ya antidinástico. - -¡Y para dar lugar á tales anomalías; para vivir constantemente -acechada, escarnecida, solicitada y requerida, se sacrificaba mi prima -á una etiqueta que no vacilo en llamar _cursi_, pues era una mala -imitación de la ceremoniosa, natural y no estudiada etiqueta de las -pocas grandes casas que tenemos! ¡Y se gastaba tontamente su caudal, -aparentando un bienestar que no poseía, ostentando un lujo prestado -y mentiroso! ¡Y todo por tener una corte de aduladores y parásitos! -¡Comedia, ó mejor, aristocrático sainete! Yo lo presenciaba aquellos -días, y aún no me daba cuenta, por la embriaguez que narcotizaba mi -espíritu, de lo absurdo, de lo peligroso, de lo infame que era. - -He dado á conocer algunas de las principales figuras de aquellos -dichosos jueves. Aún faltan bastantes. Entre éstas no merece -preterición una que, como sombra errante, iba de aquí para allí, -atendiendo á todos, diciendo á cada cual una palabra agradable, -jovial con éste, con aquél grave, tocando las distintas cuerdas de -la conversación según el diferente ritmo de cada uno. Era un hombre -enfermo, consumido, lastimoso; era Carrillo, el dueño de la casa, -tan atento á sus deberes y tan esclavo de las reglas de la etiqueta, -que se le veía luchando angustiado con su debilidad para estar en -todo y cumplir correctamente hasta la hora del desfile. Y tan rápida -era su decadencia, que cada jueves parecía estar peor que el jueves -precedente. Daba lástima verle. Un sudor se le iba y otro se le venía. -Sin voz ni aun fuerzas para tenerse de pie, quería obsequiar á Fúcar -con un dicho de negocios, á otro con una frase política, á éste con -una indicación literaria, á aquél con un tema de _sport_. Sus propias -aficiones no se le quedaban en el tintero, y le veíamos sacar del -pecho con fatiga jirones de aliento para explicar los triunfos de la -_Sociedad de niños_. - -Cuando ya era tarde y se le veía ¡pobrecito! haciendo los imposibles -por sostenerse en su terreno, Eloísa se iba hacia él, cariñosa, y le -hacía mimos de mamá, incitándole al descanso. - ---Retírate, Pepe, no te fatigues. Estás haciéndote el valiente, y no -puedes, hijo mío, no puedes. El calor te hace daño, la conversación te -marea. Te conozco que tienes dolor de cabeza y que lo disimulas. ¿Por -qué eres así? A mí no me engañas: tú padeces y callas. Retírate. José -María y yo iremos después á hacerte compañía si estás desvelado. - -Pepe no obedecía. Aun se enojaba un poco, no queriendo que su mujer ni -nadie dudasen de las fuerzas que no tenía. Era como los ciegos que se -empeñan en ver y se amoscan cuando alguien sospecha que ven poco. Era -como los sordos que no confiesan nunca que oyen mal y equivocan todas -las palabras. Contra las advertencias de Eloísa, quería estar en su -puesto hasta el fin, ser obsequioso con todos, y oponerse enérgicamente -á que alguno se aburriera. Siempre estaba dispuesto á hacer la partida -de _whist_ ó tresillo, ó bien á aguantar el chorretazo de ciencias -sociales con que se desahogaba un sabio impertinente de quien todo el -mundo huía como de la peste. - -Una noche Fúcar me tocó en ambos brazos, y acorralándome, como de -costumbre, contra la pared, me dijo: - ---Hola, _Traviatito_: escúcheme usted un momento. ¿Sabe usted que el -pobre Pepe está muy malo? Ese hombre no llega al verano... Pero voy á -otra cosa. Temo mucho que el _crac_ de esta casa venga más pronto de -lo que creíamos... Lo he sabido hoy por una casualidad. Han tomado -dinero, no sé bien la cifra, hipotecando la _Encomienda_, esa hermosa -finca del Barco de Avila. No podía ser de otra manera. Esta gente no ha -podido apartarse de la corriente general, y gasta el doble ó el triple -de lo que tiene. Es el eterno _quiero y no puedo_, el lema de Madrid, -que no sé cómo no lo graban en el escudo, para explicar la postura del -oso, sí, del pobre oso que _quiere_ comerse los madroños, y por más que -se estira, no _puede_, ¿qué ha de poder?... Porque verá usted. Estas -_juergas_ de los jueves cuestan mucho dinero. Ojo al oso, niño, que, al -paso que vamos, la _débâcle_ no tardará. - -Sentí escalofríos al oir esto. Yo lo sospechaba, mejor dicho, lo sabía; -pero en el atontamiento estúpido en que me tenían el amor y la vanidad, -no paraba mientes en ello. La idea de que Eloísa hablase más ó menos -afablemente con el general Chapa (otro tipo de quien hablaré pronto), -absorbía por entero mi atención. Mucho extrañaba que la pícara no me -hubiese dicho nada del préstamo con hipoteca de la _Encomienda_. Era -preciso hablar de esto... Pero sigamos con los jueves. - - -III - -Al siguiente nos sorprendió Eloísa con otra novedad (pues cada uno de -estos interesantes días traía su sorpresa): un proyecto hermoso, una -colosal reforma que iba á emprender en su palacio para ensancharlo y -mejorarlo. Por los planos que enseñaba á todos los amigos, se veía -que la obra era tan sencilla como grandiosa. Vais á verla. Consistía -en poner al patio una cubierta de cristales, haciendo de él un salón -espléndido, algo como la famosa estufa de Fernán-Núñez. La imitación -de las grandes casas y el afán de rivalizar con ellas, era la demencia -de mi prima... Sigamos con la reforma. Cubierto de cristales el patio, -lo llenaría de plantas soberbias, latanias, rododendros, azaleas, -araucarias, helechos arborescentes; cubriría las paredes con tapices, y -para remate y coronamiento de tan bella obra, había discurrido llamar -en su auxilio á uno de nuestros artistas más ingeniosos y originales. -Sí: Arturo Mélida le pintaría la escocia, una escocia monumental, -una obra no vista, lo más elegante, lo más inspirado que se podría -imaginar. Eloísa daba cuenta de ella como si la estuviera viendo. El -día anterior había convidado á comer al célebre arquitecto, pintor, -escultor y dibujante, el cual le había explicado su idea. Sería una -procesión de figuras helénicas representando todos los ideales del -mundo antiguo y los prodigios del moderno: la Filosofía peripatética -y el Teléfono de Edison, las Matemáticas de Euclides y la Educación -física de Spencer, el Osiris egipcio y la Vacuna de Jenner, la -Geografía de Herodoto y el Cosmos de Humboldt, el barco de Jasón y el -acorazado de Zamuda, los Vedas y el Darwinismo, Euterpe y Wagner... - -Eloísa daba cuenta de la obra, cual si la estuviese viendo, aunque -equivocaba las citas, por no ser muy fuerte su erudición. Se me figuró -que echaba chispas como un cuerpo electrizado. Le tomé el pulso, y... -pueden creerme, tenía calentura. La pluma misteriosa se le atravesaba -en la garganta, haciéndole tragar mucha saliva. En toda la noche no -habló de otra cosa. Hubiera deseado hacer la reforma en un día, y que -el gran artista se la pintara en unas cuantas horas por arte mágico. - ---Será una maravilla --dijo Manolito Peña--. Veremos aquí las _Mil y -pico de noches_. - -Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su -mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán, -y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque -sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas, -que entusiasman á las señoras de la tribuna de _idem_. Él y Gustavo -Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más -alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados. -Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado -en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse -platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que -no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba -resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había -reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y más -encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico; pero se -trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más radicales -que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba en su -conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con él -preferencias que hacían poner el paño en el púlpito al _Saca-mantecas_. - -El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los cuarenta -años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar, me -apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos; -entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en -1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba -fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo, -caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy -buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por -culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no -eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo -como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con -delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas -no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro -y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones -que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é -hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su -vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á -la marquesita de Casa-Bojío. - -El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba ningún -jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á veces á -sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para divertir -á la gente; y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su -espíritu, no había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general, -la vanidad y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo. -Sus teorías ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente -de su escogido público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las -paradojas salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de -aquel fárrago de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo -de perspicacia que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social, -lo esclarecía con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia -despedía una claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero -con ella se veía siempre algo, á veces mucho. - -Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente -general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el -sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el -panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe -II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una -buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una -noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y -vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero. -¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde -los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia! -Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso -de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas -tenían al dinero una ojeriza especial de raza. ¡Ah! sí: al contrario -de ciertos perros, que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los -poetas ladran siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador -pasó revista á las comedias en que se pone de vuelta y media á los que -tienen cuartos, ensalzando á los pobres. - ---Porque, fijarse bien --decía--: en la conciencia general se asocian -las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia -en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por -herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que -el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por -eso no la quiero escribir... - -Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su antojo -con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de nuestro -decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de las -cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que -es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable, -la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago -es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre -base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo XIII -viene haciéndose entre nosotros una propaganda cargantísima contra el -comer. La caballería andante primero y el misticismo después han sido -la religión del ayuno, el desprecio de los intereses materiales. Ya -tenéis aquí un principio de muerte; ya tenéis atrofiado uno de los -principales nervios del poder de una nación: la propiedad. No dicen -_la propiedad es un robo_, como los socialistas modernos; pero les -falta poco para decir que es pecado. La caballería funda la gloria en -no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La mayor riqueza es -ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En fin, estupideces, y -por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que entonces se llamaba -el _Demonio_, es lo que nosotros llamamos _jabón_. Todos los desprecios -acumulados sobre la propiedad, sobre el buen comer y la cómoda -satisfacción de las necesidades de la vida, vienen á reunirse sobre -la infeliz moneda, á quien se mira como el origen de todos los males. -Los que durante una vida de trabajo se han hecho ricos, concluyen por -arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones pías. El orgullo está -en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir limosna. Jamás se ofrecen -como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo, sino la miseria, el desaseo y -la sarna. No hay un santo en los altares que no haya ido allí por haber -cambiado el oro por las chinches. - ---Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas! - -(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.) - ---Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos, -los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la -suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber -agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra, -comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y -á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio -y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones... ¿Ustedes no saben -quiénes son estos caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio, -conocen la vida de San Pedro Regalado y de otros tales que están en el -Cielo por predicar que no debíamos comer más que tronchos de berza y -algún pedazo de suela mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido -á ser una raza de médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin -energía moral, ni intelectual, ni física; una raza ingobernable... -Claro, con la tan ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos -de pie. Nuestro imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros -tan frescos. Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo -á los ricos y arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y -prosa, hemos dejado perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de -fantasmas, perversa hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos -visto la extinción de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno -siglo XIX, después de haber dormido la mona mística, nos encontramos -con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos viven bien, -nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la cuenta de que -el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de que el lavarse no -es malo, de que el comer es excelente, y de que las materialidades de -la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras ellos, queremos comer -también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes, si hemos perdido la -fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad han despoblado nuestras -encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto empeño tenemos en mascar y -digerir como los demás, que al fin y al cabo... como esto no exige -largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la -dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué -llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil -de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas», -que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una -torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué -aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la -mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de -repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á -probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido... - -Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio. - ---Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted! - ---¡Naturalismo! - ---Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con -tenazas lo que dice. - -Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo esclarecía -con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de alcohol, -vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara contra él -protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo! Por Dios, ¡qué -naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos socorridos anatemas -sirven para todo. - - -IV - -Mi tío Rafael iba todos los jueves; pero no estaba á sus anchas, porque -haciendo gala de conversacionista, la competencia del general Morla, -que hablaba más que él y era oído con más atención, le abrumaba. -Cuando aquellas dos aptitudes se ponían frente á frente, era gracioso -ver cómo se disputaban la palabra, cómo discretamente corregía el uno -las narraciones del otro. Cada cual se jactaba de saber más que su -contrario y de poder añadir un detalle estupendo á su relación. Mi tío -Serafín fué, al principio, algunas veces. A menudo se le encontraba -dormido en el gabinete de Eloísa. Se aburría, y no teniendo allí -el amparo de su _carrik_, no podía hacer de las suyas. Como había -adquirido el hábito de levantarse temprano para ir al relevo de la -guardia, el buen señor no podía prolongar sus veladas. Retirábase -casi siempre á cosa de las once, á su casa de la calle de Capellanes, -vivienda misteriosa y desconocida donde jamás había entrado ninguno de -la familia, porque él no recibía á nadie ni se dejaba sorprender en su -intimidad doméstica. - -Puntual en las comidas era don Alejandro Sánchez Botín, persona -antipática, entrometida y de una vanidad pedantesca. Decíase de él que -no iba allí más que á comer, y que tenía distribuídos los días de la -semana entre siete casas acreditadas por la habilidad de sus cocineros. -De este gastrónomo se contaban mil historias ridículas. Llevaba en -los faldones del frac bolsillos de hule para almacenar allí dulces, -jamón, fiambre y otras golosinas. Decían que jamás almorzaba; que al -levantarse se tomaba un gran tazón de agua de malvas, preparándose -así para el gran hartazgo de la noche. A nadie he visto comer con más -estudio, ni poner en la comida una atención más respetuosa. Para él, la -mesa era verdadera _Misa_, el holocausto del estómago. Llegaba en esto -hasta la mayor grosería, y cuando no ponían _menú_ escrito, preguntaba -á los criados qué había con objeto de reservarse para lo más de su -gusto. Muchas veces que le tuve á mi lado, me anticipé á su curiosidad, -diciéndole con afectada importancia: - ---Hoy estamos de enhorabuena. Tenemos el famoso _poulard à la Régence_ -y las _bouchées à la Montglass_. - -Era un vicioso, al decir de la gente; mujeriego de la peor especie, -de un paladar sensorio tan estragado como lleno de caprichos. Vivía -separado de su mujer y tenía muchos cuartos. Tres veces había -desempeñado en Cuba pingües destinos, y cada vez que volvía con media -isla entre las uñas, repetía la sagrada fórmula: «España derramará -hasta la última gota de su sangre en defensa, _etcétera_...» - -Me repugnaba aquel hombre, y más aún desde que Eloísa me dijo que le -hacía el amor con hipócrita misterio y groseras ofertas de dádivas. -Por no escandalizar no le puse en la calle cuando tal supe. No se me -ocultaba el desprecio y el asco que mi prima sentía hacia un sujeto -tan abominable por todos conceptos, y que se hacía además ridículo -con sus pretensiones de guapeza. Era un viejo verde, que después de -comer aparecía abotagado, pletórico; y sus ojos vidriosos, grandes, -muy parecidos á los de los besugos, y tan miopes que los corregía -con cristales de número muy alto, decían que allí no había más -que apetitos, usurpando el lugar del alma. Lo mismo Eloísa que yo -resolvimos echarle, eliminándole con maña de las reuniones; pero él no -entendía de indirectas, y se pegaba á la casa como una ostra. - -Mi tía Pilar no iba nunca los jueves por la noche á casa de su hija. Su -indolencia crecía diariamente con su torpeza muscular; aborrecía las -ceremonias, y no se encontraba bien sino en su casa, después de haberse -zarandeado dos ó tres horas en coche. En su comedor pasaba las veladas, -dormitando, cuando no iban á hacerle compañía las amigas vecinas: bien -la de Torres, que vivía en el tercero; bien la de Bringas, que habitaba -en la inmediata calle de Olózaga. - -María Juana tampoco iba á las comidas ni á las tertulias de su hermana. -No armonizaban aquellas dos cuerdas de son y ritmo tan diferentes. A -Medina sí le ví algunas noches, no en la comida, sino en la recepción. -Jugaba al tresillo con mi tío, ó charlaba con Sánchez Botín de cosas -de política, de asuntos de Ultramar y del poco dinero que iba quedando -en la famosa Perla de las Antillas. Generalmente se le hacía poco -caso, y su modestia y cortedad de genio eran tales, que más parecía -agradecerlo que sentirlo. Hablando conmigo una noche en confianza, -en un rincón donde nadie nos oía, la cabeza muy alzada para que las -palabras franquearan mejor el gran espacio entre su pequeñez y mi -buena estatura, los dos pulgares escondidos bajo las solapas del frac, -y tocando el piano sobre el pecho con los ocho dedos restantes, el -buen _ordinario de Medina_ me dijo que no tenía palabras para hacerme -comprender lo que le cargaban aquellas reuniones; que iba á ellas -simplemente por hacer el gusto á María Juana, quien le mandaba asistir -para que le contara todo lo que viese. Sí: al volver á casa, tenía -que repetir cuanto había oído y hacer descripción circunstanciada de -personas y cosas, y si se le olvidaba algo ó lo confundía, su mujer -se impacientaba. Erale odiosísima aquella vida de lisonja y mentira; -aborrecía las comedias sociales, y adoraba lo positivo, el bienestar -seguro y sin zozobra. Siendo su sistema gastar siempre menos de lo que -se tiene, le daba rabia la ceguera estúpida de los que hacen todo lo -contrario. Nunca le gustó á él _darse pisto_, ni aparecer como sabio ó -como elegante sin serlo, y se encontraba mal entre personas que están -sin cesar representando lo que no son y haciendo un papel que no les -corresponde. Por todas estas razones pensaba decir á su mujer que si -quería saber lo que allí pasaba, fuera ella en persona, pues él se -daba de baja, y no volvería á poner sus pies en los salones de Eloísa. -Aquel hombre juicioso y modesto dejó de favorecernos desde el segundo ó -tercer jueves. - -La pobre Camila no concurría á las fiestas de su hermana por varias -razones. Importantísima era la de no tener vestidos, es decir, tenía -uno; pero no era cosa de presentarse todos los jueves con los mismos -trapitos de cristianar. Otra razón de peso era que, cumplidos los -vaticinios que indecorosamente nos hiciera el día de la célebre comida, -allá por Octubre había dado á luz un muchachón, del cual fuí padrino, -y que tenía todas las trazas de ser tan bruto como su padre. Este fué -dos ó tres noches á casa de Carrillo; pero se encontraba tan fuera de -su centro, se parecía tan poco aquel recinto al grosero café donde él -solía concurrir, que le faltó tiempo para desertar. Era un tagarote -que no sabía dónde ponerse, ni hallaba con quién hablar, ni él hacía -más que ir de un lado para otro, aburrido y desconcertado. Sólo en -el marqués de Cícero hallaba de vez en cuando un punto de apoyo, por -ser ambos manchegos, cazadores, y tener más ancho el círculo de los -perdigones que el de las ideas. - ---¿Y tu mujer? --le preguntaba yo todas las noches. - ---Bien --me respondía--. Sigue empeñada en no poner ama. Lo cría ella -misma. - -Yo sabía que estaban bastante mal de metálico. Aunque era medio loca, -Camila me inspiraba algún interés y lástima, y habiendo notado en -su casa ciertas privaciones, supe valerme de medios delicados para -socorrer sus faltas y para que mi buen ahijado no estrenase la vida en -medio del desamparo y la desnudez. - -Réstame hablar del marqués de Cícero, tío de Carrillo. Era primo de -Angelita Caballero, quien le había dejado dos casas y la corona, la -cual, á su muerte, pasaría á exornar la frente de Pepe y sus herederos. -Como figura decorativa, pocos hombres he visto más notables que don -Antonio Alvarez Tuñón y Caballero. Era lo que antes se llamaba un real -mozo. Mas se podría ofrecer un buen premio á quien probase que existía -un sér humano de menos sal en la mollera que aquel bendito marqués, á -quien jamás sorprendió nadie en posesión de una idea. Lo más que hacía -era repetir mal las ajenas y desfigurarlas. Las suyas versaban siempre -sobre la adoración de su persona como hombre guapo, y se parecía al -_Saca-mantecas_ en la fea maña de echar ojeadas á los espejos, para -gozarse y ponerse muy hueco. Tenía largos y lucidos bigotes, como los -del general León, á quien sin duda tomaba por modelo. No he visto nunca -una cabeza más hermosa. Era digna del cincel de Benvenuto y de las -fábulas de Esopo, por su belleza y su falta de seso. Decía Severiano -Rodríguez que cuando el marqués hablaba de algo que no fuera caza, _le -crugía el cerebro_: tan violento esfuerzo tenía que hacer. En distintas -épocas de su vida le dió por hacerse magníficos retratos que repartía á -los amigos. En unos estaba con un vestido de caza muy majo; en otros de -caballero del tiempo de Felipe IV, también de caza, con el lebrel á un -lado. En los escaparates de un célebre fotógrafo andaba en gran tarjeta -iluminada y en traje de caballero de Calatrava, con birrete y catorce -varas de manto blanco. Ultimamente se retrató con un león á los pies. -No hay que decir que el león era disecado. A todos los amigos dió un -ejemplar, y recibí el mío con una expresiva dedicatoria. Mucho tiempo -conservé en mi poder la imagen del prócer cinegético, con el fiero león -á los pies, hasta que tuve la suerte de que mi tío Serafín me librara -de ella. Fué la única expoliación de que me he felicitado siempre. - -Lo bueno que tenía el marqués era que no murmuraba de nadie. Es que no -se le ocurría nada que no fuera conversación de perros y de monterías -antiguas y modernas. Mi tío, él y otro que tal hacían á veces una -insufrible trinca. Desde tiempos remotos gozaba de un empleo en el -Ministerio de Estado. Hasta la muerte de la Caballero había sido pobre -y obscuro, uno de esos aristócratas trasconejados que vegetan en una -oficina, y no molestan á nadie, ni dan que hacer á los políticos, ni -meten ruido, ni alardean de linajudos, ni envidian ni son envidiados. -Aquel bendito debía su insignificancia á la carencia absoluta de ideas, -á su aspecto agradable y á no tener más pasiones que las inofensivas de -vestirse bien, cazar y retratarse. - -Era muy puntual en las comidas, y no lo hacía mal. Comía y callaba. -¿Qué diré de los demás aún no designados? Fáltanme espacio y ganas, -aunque no memoria. ¿Hablaré de Pepito Trastamara, un hominicaco á -quien yo ponía por ejemplo cuando quería demostrar á Carrillo el vivo -contraste de nuestra aristocracia con la inglesa? ¡Y sobre el cimiento -de Pepito Trastamara quería edificar aquel soñador el organismo de los -lores españoles, el sólido estamento que, enlazado al poder popular, -forma el más admirable de los sistemas! Allá por el cuarto ó quinto -jueves nos llevó Carrillo á un joven redactor del periódico de su -partido. Era un muchacho listo, que pronto sería diputado y metería -ruido. Hablaba por los codos siempre que encontraba quien le oyera, -y se sabía al dedillo, casi tan bien como Pepe, todo lo concerniente -al _Parlamento largo_, al _Bill de derechos_, á las picardías que hizo -Titus Oates y á otras muchas cosas que traen siempre á mal traer los -anglómanos. - -Después de la comida iban tantos, tantos, que no acertaría á contarlos. -Ví literatos de varias castas, políticos muy grandes, de cola entera -como los pianos, de media cola y _piccolos_. Ví académicos que habían -escrito cosas bellas, y otros que no habían escrito maldita cosa; -militares en diferentes situaciones, varios artistas, algún diplomático -extranjero, ministros en activo, entre ellos el de Fomento, amigo y -paisano mío; ví á Cimarra, que se había reconciliado con su suegro, el -marqués de Fúcar, y resignádose á que su mujer viviera maritalmente -en Pau con León Roch; ví tal cantidad de personas y alimañas, que era -aquello un museo matritense, mejor para apreciado en conjunto que para -reproducido en sus múltiples, varias y pintorescas partes. - - -V - -Supongo que los que esto lean estarán ya fatigados y aburridos de tanto -y tanto jueves. Pues sepan que mucho más lo estaba yo. Dirélo con -franqueza: los tales jueves me iban cargando. Aquel sacrificio continuo -de la intimidad doméstica, de los afectos y la comodidad en aras de -una farsa ceremoniosa, no se conformaba con mis ideas. Me gustaba el -trato de mis amigos, la buena mesa en compañía de los escogidos de mi -corazón, la sociabilidad compuesta de un poco de confianza amable y -de un poco también de etiqueta, ó sea lo familiar combinado con las -buenas formas; pero aquel culto frío de la vanidad, quemando incienso -en el altar del mundo, me lastimaban y aburrían ya. Todo era viento, -humo y la estéril satisfacción de que se hablara de la casa y del trato -de ella. En fin, á las diez ó doce semanas ya tenía yo los jueves -atravesados en el gaznate sin poderlos pasar. - -Eloísa también se me manifestó algo cansada; pero el respeto al -maldito _qué dirán_ impedíale suspender repentinamente las grandes -comidas. La idea de que se susurrase _que estaba tronada_ la ponía en -ascuas, quitándole el sueño. Y si mi orgullo se sentía halagado por -la fidelidad suya, que en tal género de vida tenía un mérito mayor, -de esta misma satisfacción se derivaba mi zozobra por el temor de -sorprenderla infiel algún día. La idea de que Eloísa me suplantara á lo -mejor con alguno de aquellos tipos que la rodeaban, incensándola como á -un ídolo, me enardecía la sangre, me agriaba el carácter, me ponía de -un humor de mil diablos, desequilibrando mi sér y quitándome el dominio -de mí mismo y las dotes de buen sentido que me transmitió mi madre. -Pensando esto, yo descubría en mí no sé qué instintos de violencia y la -disposición á ciertos actos que no sabía si calificar de locuras ó de -majaderías. - -Ningún motivo real tenía yo para sospechar que Eloísa se aficionara -á otro hombre, y no obstante, la vida aquélla de galantería y de -lisonja, era para mí una vida de alarma angustiosa. Desgraciadamente, -no podía apoyarme en el terreno de ningún derecho; no podía llamar en -mi auxilio á la moral, y mis celos, impersonalizados todavía, debían -luchar solos é inermes, cuando el caso llegara. Ninguno de los amigos -de la casa me inspiraba temores en particular; inspirábanmelos todos. -La colectividad era mi aprensión, y aquel coro de aduladores, mosca que -me zumbaba en los oídos, era mi pesadilla. Obedeciendo algunas veces -á esa instintiva necesidad de atormentarnos que sentimos cuando el -sistema nervioso se sale de sus casillas, me entretenía en concretar -mi inquietud, suponiendo cómo sería lo que aún no era, imaginando lo -verosímil, y convirtiendo los fantasmas en personas. La juventud fogosa -de Manolito Peña, la opulenta vejez de Fúcar, la virilidad legendaria -de Chapa, la osadía del _Saca-mantecas_, la fealdad misma de Botín, -la insignificancia de otros, me eran igualmente sospechosas. Habría -deseado perderlos á todos de vista, y que Eloísa, por amor á mí, se -asimilase las antipatías que su corte me inspiraba y acabase por -despedirla. - -Verdaderamente, de ella no podía tener queja. Nunca fué más amante -que en la época en que á mí se me despertó el santo horror á los -malditos jueves. Su cariño se sutilizaba, se hacía más ardiente y hasta -quisquilloso y suspicaz. ¡Cosa rara! También ella tenía celos. Nunca me -he reído más que un día que se me enojó porque... ¡vaya una simpleza! -«porque yo visitaba muy á menudo á su hermana Camila.» Poco trabajo me -costó desvanecer sus inquietudes mimosas. Nos desagraviábamos fácil -y agradablemente firmando paces que debían de ser eternas por lo -apasionadas. ¡Qué mujer, qué vértigo, qué abismo de ilusión, dorado -y sin fondo! Nuestras entrevistas nos parecían siempre cortas, y -expresábamos el afán de no separarnos nunca, de empalmar las horas -felices, pues cada fracción del tiempo que pasaba, marcando una -pausa en nuestros goces, nos parecía algo que se nos había robado. -La publicidad escandalosa de aquel enredo y la ausencia de todo -peligro habíannos quitado la máscara. Ya no nos recatábamos; ya se nos -importaba un bledo la opinión de la gente, que, por otra parte, no era -severa con nosotros, pues nadie nos miraba mal, nadie extrañaba nuestra -conducta, ni jamás oímos palabra ó reticencia que nos acusase. Se nos -veía juntos en público; dábamos paseos matinales; yo iba á su casa -por mañana, tarde y noche, y entraba y salía y andaba por todos los -aposentos de ella como si fuera mi propia vivienda. - -En aquel período de embriaguez, mi salud se resintió algo. Zumbáronme -los oídos, como siempre que mis nervios se encalabrinaban, y esta -mortificación me entristecía lo que no es decible. Eloísa, siempre -llena de ternura, trataba de alegrarme con su sonrisa franca y -cariñosa. Su jovialidad, que tenía por órgano la boca más fresca que -era posible ver, declaraba la juventud y lozanía de su temperamento, el -cual se hallaba en su plenitud, sin asomos de decadencia como el mío. -Se burlaba de mis males nerviosos y hacía propósitos de curármelos; -pero lo que hacían sus medicinas era ponerme peor. - -Excuso decir que en esta temporada, que no sé si fué dicha ó tormento, -ó ambas cosas combinadas, la aptitud de los números se eclipsó en -mí. Mi dualismo estaba desequilibrado; mi madre dormía, y la sangre -andaluza de mi padre era la que mangoneaba entonces en mí. El pícaro -vicio había acorralado en obscuro rincón del cerebro la energía -educatriz de mis quince años de escritorio. - -De tiempo en tiempo había como una tentativa de emancipación de la tal -aptitud; pero el ruido de oídos la sofocaba en medio del entumecimiento -cerebral. Cierto que hice más de una vez apreciaciones mentales acerca -de lo que debía costar el estrepitoso boato de Eloísa y la gala de -sus celebrados jueves. Cierto que Fúcar me hizo ver que en la casa de -Carrillo se gastaba más del triple de la renta del capital. Varias -noches, al retirarme á casa, iba pensando en esto; pero la excitación -me impedía pensarlo con claridad y energía, y la sedación venía luego -á adormecerlo todo, números y alarmas. Había además otra circunstancia -digna de tenerse en cuenta para explicar mi pereza aritmética. -Transcurría el tiempo; llegaba Febrero del 83, y Eloísa no me pedía -nunca dinero. No parecía tener apuros ni ninguna clase de dificultades -monetarias. Fuera del desembolso mensual de los regalitos, yo no tenía -que dar tijeretazos en el talonario de mi cuenta corriente. - -Ni ella me hablaba de intereses, ni yo á ella tampoco. Había quizás en -ambos el temor de despertar un problema que dormía debajo de nuestras -almohadas. Lo único que me permití fué hablar perrerías de los jueves, -criticarlos bajo el doble aspecto moral y económico, y pedir que -desaparecieran de la serie del tiempo. - ---Pienso como tú --me dijo la muy mona--; pero yo digo lo que el -Gobierno. Es preciso estudiar la reforma, porque si se hace de golpe y -porrazo, podría ser inconveniente. - ---Cuando los Gobiernos no quieren hacer una reforma --le respondí--, -dicen que la están estudiando. Pero si la reforma no consiste en -establecer, sino en suprimir, el mejor estudio es obrar con valentía... -Tú temes que te saquen alguna tira de epidermis. Mira: de todos -modos, con jueves ó sin ellos, te la han de sacar. Conque así, no te -esclavices. - -Y esto lo decíamos media hora antes de la señalada para la comida. -Aquel jueves el pobre Carrillo estaba bastante mal y no se presentaría. -Le ví en su cuarto, y la profundísima lástima que me inspiró estuvo -por mucho tiempo como estampada en mi alma. Aún hacía el pobrecito -violentos esfuerzos por vestirse; aún mandó á Celedonio, su ayuda -de cámara, que le trajese el frac; pero no pudo ni meter el brazo -derecho en la manga. Se desplomaba. En su lastimoso estado, lo que -principalmente sentía era no poder hacer los honores de la casa -aquella noche, como todas, y encargaba á su mujer que atendiese á los -invitados y no hiciera caso de él. Eloísa estaba aturdidísima. De buena -gana habría despedido á sus comensales. Mas no: era preciso hacer un -esfuerzo supremo, presidir la mesa, estar en todo y recibir luego á -cien ó doscientas personas. ¡Tormento mayor...! - -No tardaron en entrar Chapa, el _Saca-mantecas_, Peña, el secretario -de la Legación de Holanda; después el ministro de Fomento, luego Botín -y el general Morla. Todos, conforme iban llegando, se creían en el -deber de poner una cara muy atribulada al enterarse de la indisposición -del amo de la casa. Eloísa estaba realmente triste. Su situación en -lo que llamaré el terreno aflictivo era bastante delicada; pues si -aparecía muy afligida, podrían dudar de su sinceridad, y si, por el -contrario, se presentaba serena, las críticas serían más acerbas. -Comprendí, oyéndola hablar del enfermo con los convidados, que hacía -esfuerzos por hallar el justo medio sin poderlo conseguir. A veces -iba muy lejos en el camino del dolor, y conociéndolo, la reacción en -sentido de la calma era demasiado fuerte. Nunca ví lucha más horrible -con las conveniencias sociales; y si las palabras de los amigos eran -perfectamente discretas, sus miradas, al menos á mí me lo parecía, -revelaban una ironía despiadada. Y Eloísa estaba triste en realidad. -Sólo que á veces se le antojaba que debía estar más triste, y á veces -que debía estarlo menos, resultando de aquí que nunca acertaba con el -tono exacto de la nota que quería afinar. - -La de San Salomó llegó á última hora. Era la única señora que teníamos -aquella noche. La comida empezó silenciosa, y por una de esas -fatalidades de la conversación, que no es posible vencer, sólo se -hablaba de enfermedades, de médicos, de aguas minerales. De rato en -rato, un criado traía noticias del señor para tranquilizar á la señora. -Estaba mejor, se le iba pasando el ataque. Con esto se sosegaba Eloísa, -y todos hacíamos el papel de que se nos transmitía por arte mágico su -contento. Pepe estaba en su habitación acompañado del médico y de su -ayuda de cámara. Sólo el marqués de Cícero, como de la familia, había -entrado á verle. Después ocupó en la mesa la cabecera que al enfermo -correspondía, y entreveraba los bocados con suspiros. El general Morla -me tocó al lado, y hablamos de la enfermedad de Pepe con la misma calma -que si se tratara de lo buenas que estaban las codornices trufadas. - ---Este hombre se va --me dijo--. He visto morir á muchos de ese mismo -mal, que debe de ser cosa del hígado. Cuando menos lo piense Eloísa, se -queda viuda. Tal vez esta misma noche. - -Después me contó la muerte de Narváez, la de Pastor Díaz, la del -general Manso, la de Carlos Latorre, la del marqués de Valdegama. -Aún no había dado fin á esta fúnebre crónica, cuando se sintió en lo -interior de la casa un ruido extraño. Algo muy grave ocurría. Todos -nos quedamos fríos. Los tenedores, suspendidos sobre los platos con el -pedazo de _fond d’artichauts au suprême_, aguardaban que se aclarase -el angustioso misterio para seguir hacia su destino. Sólo Botín oía -mascando. Levantóse Eloísa bruscamente y fué á la puerta antes que -entrase el ayuda de cámara, á quien sentimos venir á la carrera. Oímos -cuchicheo de zozobra y ansiedad. Eloísa corrió hacia adentro, Celedonio -también. - - -VI - -Gran silencio en la mesa. Rompiólo al fin el general con estas palabras: - ---Cuando digo yo... Oye, Santiaguito: sírveme Jerez. - -Sánchez Botín no sabía disimular el furor que le dominaba por causa -del maldito M. Petit, que no puso aquel día en la mesa la lista de -platos. Resultado de esta preterición (que parecía una estratagema -traidora) fué que mi hombre se atracó de _roastbeef_ á la inglesa, y -cuando aparecieron las codornices ya no le quedaba para ellas todo -el hueco estomacal que merecían. Se podían leer en las serosidades -lobulosas de su frente sus irritados pensamientos. Estaba verde, y sus -gruesos labios engrasados se estremecían como los labios de los perros -cuando van á ladrar. «Esto no pasa más que aquí. Vale más ir á un mal -_restaurant_», de seguro diría. Al través de las gafas de oro, sus ojos -inyectados y como queriendo salirse del casco, arrojaban destellos de -odio contra el pobre M. Petit. - -Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores sobre la -porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una punta á otra de -la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual comunicó á su vecino -sus observaciones, unos en voz baja, otros en alta voz. En aquella -mesa rara vez se hablaba sin doble sentido. Debajo de la conversación -verbal, serpenteaba la intencional como la víbora entre hojas. -Interpretarla y devolverla era el encanto de los comensales. Las -circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese -lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora -muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por -uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al -espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco -ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo: - ---Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me -gusta ver entierros... - ---Es que no tiene usted la conciencia tranquila --dijo no sé quién, -derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas risas. - ---Me parece que les estoy viendo á todos ustedes --dijo Pilar-- bajando -de patitas al Infierno... - ---Como la llevemos á usted por delante... - ---¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!... - ---Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una sentida -exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro -departamento... - ---¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio! - -Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo es -verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el -Purgatorio. - -Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando acabó, -fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda de -cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al -señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad, -muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té -y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer en mi -cara que llevaba noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por -el enfermo. Díjele lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y -de secreteo, hablóme así: - ---¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que se -esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda. - ---Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado semejante. - ---¿Y está mejor, es cierto? --me preguntó mirándome de un modo que era -nueva apelación á mi confianza. - ---Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre -Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo... - ---Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no es -para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más -triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder -aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez... - ---Sin duda alguna --le contesté, por contestar algo. - ---Dígame usted --añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de -confianza--, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la -marquesa de Cícero?... - ---Señora, habla usted como si ya... --respondí espantado. - ---¡Qué tonta!... Quiero decir, _dejará_... Es verdad que todavía no ha -concluído... ¡pobrecillo! - ---Creo que sí --contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como -mandar un comunicado á la prensa--. Sí: su capital permanece intacto. - ---¿Sí?... ¿de veras? --dijo sonriendo y dando al _de veras_ ese dejo -de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular--. O usted se ha -caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de -té para que se le aclaren las ideas. - ---Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo es -un hombre prudente. - ---Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo que -usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos números. - ---Algunos he hecho. - ---Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando pase -el luto, seguirán los grandes jueves? - -Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la -situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más -natural del mundo: - ---¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es -el último de los jueves habidos y por haber. - ---Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter... Pero -el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta esto, y -si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves... ¡Qué -disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me cortaría -esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted... - -En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á comer, -ocupó su puesto frente á la marquesa. Seis personas más formaban la -corte de ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases -apropiadas al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa, -pintando con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la -casa. Su voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un -cerrojo. Y cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla -de lástima y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la -moneda de compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba -Pilar y daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso -acento y expresivo arquear de cejas un _Sea lo que Dios quiera_. - -Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego, -que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera -libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo -de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo: - ---En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en la -mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro. - -De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de Pepe. -Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad y -tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le -sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño -Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables -excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba -mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitaciones por -la mejoría demostró cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el -coro con aturdimiento de actriz que no está muy fuerte en su papel. -La desconcertaba el temor de parecer demasiado triste ó demasiado -consolada. Aprovechando una ocasión propicia, me dijo al oído: - ---Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí. - -Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y -al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo -supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla -entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el -médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví -en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco -de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo -de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas -un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos -de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no -tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca, -inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio. -Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con -natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el -aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En -mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba, -como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas -y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo, -sobre el velador decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba -la encendida lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al -través de la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico, -con el sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un -tapabocas, pronunciando las fórmulas de despedida. - ---Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado. - -Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño. - ---Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá usted -á su vida habitual. - -Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á -entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no -había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante. - - -VII - -Fuíme entonces derecho á Pepe, que me recibió con sus ojos fijos en la -puerta por donde yo debía entrar. Como no se le veía más que la cabeza, -hízome ésta el efecto de la de San Juan Bautista, la cabeza cortada que -el arte religioso presenta siempre servida en bandeja como un manjar. -Luego que me miró bien, sacó de entre las sábanas su mano, que era toda -huesos, y en la cual la imaginación, á poco que lo intentara, podía -ver una de las llagas del Seráfico, y buscó la mía. Cuando estrechó -mi carne con aquel alicate de hueso, me corrió por el cuerpo un hielo -mortal. - ---¿Qué tal vamos? --le dije inclinándome para verle mejor. - ---Caro te vendes, hijo. Se muere uno aquí sin que los amigos vengan á -echarle un vistazo. - ---No quería molestarte. Y ¿cómo estás ahora? - ---He pasado un rato muy malo --replicó sacando difícilmente las -palabras del pecho--. Pero después del baño me encuentro muy bien. -Eloísa se ha asustado mucho. Estos trances no son para ella... ¿Quién -ha venido? - -Dile cuenta de todas las personas que había en la casa. - ---Que no parezca que estoy enfermo --añadió con brío--; que se -diviertan como si no ocurriera nada de particular. Y verdaderamente -no estoy tan mal. Todo ha sido un cólico nefrítico, el paso de las -arenillas desde los riñones á la vejiga. Dolores espantosos; pero, en -fin, nada más... Todavía... - -Miróme con cierta intención compasiva, ¡extraña compasión! y haciendo -un gran esfuerzo por emitir con toda claridad la voz, dijo: - ---Todavía te has de morir tú primero que yo... Lo veo, lo conozco, no -sé por qué... Me dijo mi mujer que estabas muy malo, que habías tenido -vómitos de sangre. - ---¿Sí?... ¿te lo dijo? - -Creí prudente no negarlo. Eloísa tenía la costumbre, cuando le veía muy -malo, de contarle imaginarias enfermedades de otros. Le consolaba como -se consuela á los niños. - ---Y que todos los días tenías fiebre. - ---Es verdad --afirmé--. No estoy bueno, ni mucho menos. - ---Cuídate... cuídate. Sentiría mucho que en lo mejor de la edad... - ---Sí, sí: estoy decidido á cuidarme. - ---Yo estaré en pie la semana que entra --añadió, galvanizándose con su -espiritual fuerza--, y volveré á mis quehaceres de siempre. Tengo un -gran proyecto. Pienso construir un edificio para albergue de huérfanos -pobres: gran pensamiento, magnífico plan. Habrá hospital, clínica, -consulta, talleres, escuelas, gimnasio. Se necesitan seis millones de -reales. Cuento con tu cooperación, si no te perdemos antes. Eloísa se -encargará de organizar con sus amigas funciones en los principales -teatros. Yo solicitaré el auxilio del Gobierno y de la Familia Real. Tú -harás lo que puedas entre tus amigos... - -No sé hasta dónde habría llegado este coloquio, si felizmente no -entrara mi prima. - ---¡Eh... basta de conversación! --dijo, poniendo su mano derecha en -mi hombro y la izquierda sobre la frente ardorosa de Carrillo--. Lo -primero que ha ordenado el médico es el reposo, y... punto en boca. - ---Sí, hija: ya me callo, ya no diré una palabra más. Estábamos hablando -de mi hospital de San Rafael. Llevará el nombre de mi hijo. - ---Más vale que te duermas ahora. No pienses, no te acalores. Ya haremos -un hospital, y dos si es necesario... José María y yo te ayudaremos... -¿Verdad? Los tres vamos á ocuparnos mucho de eso desde mañana. Vaya, -basta de conversación. José María, aquí estás ya de más. - -En la habitación que precedía á la alcoba, volví á ver á Eloísa, que me -habló así: - ---¡Qué malos augurios ha hecho el médico! ¡Pobre Pepe!... La -convalecencia de este ataque será cruel. ¡Qué días me esperan! -¿Vendrás mañana á acompañarme? - ---¡Qué pregunta! - ---¿Y no has visto al pequeño? Pasa --me dijo cariñosamente, empujándome -hacia una puerta--. El pobrecito se despertó con los gritos de su -padre; pero debe de haberse dormido otra vez... Pasa... Vengo al -instante. ¡Cuánto deseo que se marche esa gente! - -El pequeño dormía. Preguntóme el aya por el señor, y le dije lo que me -pareció. De buena gana me habría quedado allí un buen rato, sin hacer -otra cosa que contemplar el envidiable sueño de aquel ángel. Pero -Eloísa entró á ver á su hijo, y sacóme del éxtasis en que yo estaba, -dejando volar mi pensamiento á las alturas de contemplaciones muy -espirituales. La mano de mi prima se posó sobre mi hombro, y oí estas -blandas palabras: - ---Ve al salón. ¡Qué gente, qué pesadez! Extrañarán que no estés allí. -El pobre Pepe está aletargado. Creo que pasará bien el resto de la -noche. - -Salimos juntos, y en el pasillo nos separamos. Echóme una mirada de -tristeza, diciéndome con severidad dulce: - ---Ya sé que ha habido mucho secreteo con Pilar. No puedo descuidarme un -momento. - ---¿Pero eres tan tonta que...? - -Celos tan inoportunos me causaban hastío. - ---Ni afirmo ni niego nada. No hago más que hacer constar un hecho-- -replicó, apretándome ligeramente el brazo con sus dedos. - -En la reunión tuve que sostener conversaciones que me aburrían, -contestar á preguntas que me incomodaban y resistir una lluvia de -frases de doble sentido. Poco á poco se fueron aclarando los salones. -La de San Salomó salió de las últimas, llevándose, como de costumbre, -al general, que vivía cerca de su casa. - ---¿Usted se queda aquí? --me dijo--. Velará usted. Cada cual á su -puesto de honor. - -A última hora fuí á enterarme del estado del enfermo. Eloísa me salió -al encuentro en el pasillo. Se había quitado su vestido de sociedad y -puéstose la bata de raso blanco. Como se apareció con una luz, creí -ver á _lady_ Macbeth cuando el paso aquél de las manos manchadas. -Llevándose el dedo á la boca, dióme á entender que Carrillo dormía, y -en palabras muy quedas me dijo: - ---Está tranquilo. Mas por lo que pueda suceder, me quedaré en el sofá -de su cuarto. Voy al despacho á buscar una novela, porque de fijo no -podré dormir. - -Contesté que yo velaría; pero se opuso tenazmente, alegando lo -quebrantado de mi salud, mis pocas fuerzas... - ---Necesitas descansar --me dijo con el mayor cariño--. Duerme -ocho horas si puedes... Aquí no haces falta. Celedonio y yo nos -entenderemos. Esta noche, caballero, se va usted á su casita. - -Empujóme suavemente hacia la antesala, después de susurrarme esto: - ---¿Vendrás mañana? Mira, que no faltes. Ven á almorzar. ¿Te espero? No -me hagas rabiar. Si á las diez no estás aquí, te mando siete recados. -Esta soledad es horrible. Esta noche, si duermo, voy á soñar veinte mil -disparates. - -Ella misma me lió el pañuelo á la garganta y alzóme el cuello del gabán: - ---Abrígate bien, por Dios... Haz el favor de no constiparte ahora. ¿Hay -ruidito de oídos? Voy á soñar que es verdad lo que te dijo Pepe, que -arrojas sangre por la boca y tienes fiebre... - -Cariñosa y amante me despidió, y yo salí pensativo. - - - - -XII - -Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de amor. - - -I - -Carrillo mejoró en los días sucesivos. Aquella vida desplomada se -sostenía con un esfuerzo prestado por el espíritu para engañarse á -sí misma y á los demás. Salió de la terrible crisis por tregua de -la muerte, y desde que pudo sentarse puso atención ardiente en las -ocupaciones que tanto le entretenían. Admiraba yo aquel tesón, aquella -esclavitud del deber, que en el heroísmo rayaba, y la indiferencia -con que, pasada la fuerza del mal, miraba Carrillo sus insufribles -martirios. No tenía aprensión ni afán de medicinarse. Figurábaseme -ver en él, á veces, uno de esos hombres de temple superior y escogido -que se desligan de todo lo que pertenece á la carne y sus miserias, -para vivir sólo con interior vida, toda energía y llamas. A los ocho -días atendía á sus múltiples tareas benéficas, sin salir de su alcoba, -con la puntualidad de costumbre, y Eloísa estaba tranquila en lo -concerniente á la enfermedad de su marido, si bien por otros motivos -parecía haber perdido completamente todo sosiego. Una mañana me la -encontré en su gabinete muy afanosa, con un lapicero en la mano, -haciendo números y fijando alternativamente los ojos en el papel y en -el techo, que era un cielo azul con sus indispensables ninfas en paños -menores. - ---¿Estás contando las estrellas? --le pregunté, sospechando lo que en -realidad contaba. - ---No: es que estoy calculando... --replicó algo turbada--. Me vuelvo -loca, y esta pícara cuenta no sale. No te lo quería decir por no -disgustarte; pero me pasan cosas graves. - -Yo me senté, abrumado por el pensamiento de los desastres aritméticos -que Eloísa me iba á revelar. Ella se sentó tan cerca de mí, que la -mitad de su no muy ligera persona gravitaba sobre la otra mitad de la -mía. - ---¿A ver ese papel? --dije, tomándole la mano en que lo mostraba. - -Pero no entendí nada. Era un mosáico de sumas y restas, del cual no se -podía sacar nada en claro. - ---¿Y quién entiende este _maremagnum_? --indiqué con desabrimiento. - -El dulce peso, como suele decirse, cargó más sobre mí, y la preciosa -boca empezó á chorrear notas terroríficas, mejor diré, conceptos -erizados de cantidades. La oí asustado. Expresábase con timidez, -tendiendo á menguar las cifras, comiéndose algunos ceros, señalando -el remedio antes de mostrar la herida, y respondiendo de antemano á -las exclamaciones severas con que yo la interrumpía. La estimulé á -presentar el problema tal como era, en toda su desnudez abrumadora, -porque desfigurarlo era impedir su solución. - ---Claridad, completa claridad es lo que quiero --le dije--. Muéstrame -hasta el fondo del cántaro vacío. - -Animada con esto, fué más explícita, y desarrolló á mis ojos el -panorama completo de su situación económica, el cual era para poner -miedo en el ánimo más esforzado. - -Los gastos enormes de los jueves, los de su guardarropa, las frecuentes -compras de cuadros, porcelanas, tapices y baratijas de arte, y, -por otro lado, los dispendios inagotables de Carrillo en sus obras -humanitarias, llevaban la casa velozmente á una completa ruina. -El dinero que habían tomado sobre la hipoteca de la Encomienda se -les había ido en pago de varias facturas de Eguía, y en abonar los -brutales intereses de la cantidad que Eloísa había tomado antes á -un tal Torquemada, que prestaba á las señoras ricas. Después había -necesitado tomar más dinero, más, más. Las rentas, apenas cobradas, se -diluían en el mar inmenso de aquel presupuesto de príncipes... No me -lo quiso decir antes, porque la idea de serme gravosa la aterraba. No -me quería por mi riqueza: me quería por amor, y no le gustaba recibir -dinero de mis manos. Había pensado salir adelante, hacer economías, ir -trampeando; pero la situación se agravaba repentinamente. Tenía que -pagar algunas cuentas considerables... luego la enfermedad de Pepe... -Cerró la oración con oportunas lágrimas, y dejóse caer más sobre mí. Yo -estaba sofocadísimo. - -Poco después le manifesté mi opinión de un modo bastante enérgico. A -sus caricias, á sus ruegos de que no la abandonase en aquel trance, -contesté con retahila de números despiadados. Erame forzoso ser -cruel para evitar mayores males. Yo la sacaría del pantano; pero -estableciendo un nuevo plan y presupuesto rigurosísimo, de modo que no -se repitiera el conflicto. - -Aún había tiempo de salvar parte del capital de la casa y de asegurar -el porvenir de Rafael. Lo más urgente era reducir los gastos. A esto -me contestó que por ella no habría inconveniente. Estaba decidida -á vestirse de hábito de la Soledad, como una cursi, si yo lo creía -necesario. ¿Pero cómo privar á Carrillo de lo único que alegraba sus -últimos días, de aquel inocente consuelo de su vida próxima á concluir? -¿Cómo cercenarle los fondos para la _Sociedad de niños_ y otras -empresas humanitarias, que eran, para la casa, verdaderas calamidades? - ---No enredes las cosas --le dije--: tus gastos son los que te hunden, -no los de él. Yo haré un presupuesto en que pueda subsistir el -entretenimiento de tu marido... Después, oye bien, se venderán todos -los cuadros de buenas firmas, aunque sea por menos dinero del que han -costado. No será difícil encontrar compradores. - -Eloísa hizo signos afirmativos con la cabeza. Volviendo la vista, ví -sobre la chimenea un rollo de papeles. Eran los planos de la gran -reforma para convertir el patio en salón, con techo de cristales, -escocia de Mélida... Lo agarré con mano colérica y lo hice veinte mil -pedazos. - ---Mira qué pronto se ha hecho la obra --exclamé--: te he regalado cinco -mil duros. - -Ella se echó á reir, y no hablamos más del asunto, porque entró -Raimundo. Fuimos á almorzar, y en la mesa, Eloísa parecía más -tranquila. Raimundo, hablando del completo hundimiento de la casa -de Tellería, hubo de contar cosas muy chuscas, de las cuales se rió -mucho su hermana, aunque á mí me hacían poca gracia. Según dijo mi -primo, en los últimos años la familia se mantenía con lo que Gustavo -sacaba de las queridas ricas: ¡abominación! Leopoldito, marqués de -Casa-Bojío, estaba también en las últimas, porque las fortunas cubanas -habían bajado á cero. León Roch había suspendido la pensión que pasaba -á Milagros. Esta y el pobre marqués vivían separados y en la mayor -miseria; cada cual dando sablazos y explotando al pobre que cogían -debajo. Don Agustín de Sudre había dado en la flor de ir á contarle -al Rey mismo sus miserias, logrando algunas veces pingües limosnas. -Pero la regia munificencia se había agotado ya, y... «la semana pasada ---concluyó Raimundo-- fué el pobre señor á Palacio con el cuento de -siempre. El Rey sacó cinco duros, y poniéndoselos en la mano, le volvió -la espalda. ¡Y luego se espantan de que haya antidinásticos!» - -Todo aquel día tuve un humor de mil diablos. En el Teatro Real, oyendo -no recuerdo qué ópera, ni por un momento dejé de pensar en las cuentas -de Eloísa. Retiréme á casa antes de que terminara la función, y me -acosté buscando en el sueño lenitivo á la pesadumbre que me abrumaba. -Pero no podía dormir. Entróme fiebre, me zumbaban horriblemente los -oídos, y me tostaba en mi lecho como en una parrilla. La apreciación -de los números despertaba en mí con fiera energía, proporcionada al -largo tiempo de eclipse que había sufrido. En mí renacía de súbito el -hijo de mi madre, el inglés, que llevaba en su cerebro, desde la cuna, -gérmenes de la cantidad, y los había cultivado más tarde en la práctica -del comercio. Mi padre huía de mí, como en el teatro echa á correr el -diablo cuando se presenta el ángel. Y las benditas cifras, ahogadas -temporalmente por la pasión, se sublevaban, vencían y se posesionaban -de mí con un bullicio, con un jaleo que me tenían como loco. Salté -de la cama á la madrugada, y vistiéndome á prisa, corrí hacia un -mueble _secreter_ que en mi alcoba tengo, y en el cual suelo escribir -cartas. Cogí un papel, empecé á desgastar la fiebre que me devoraba, -sumando y dividiendo. Sí: Eloísa, con haber dicho tanto, no me había -dicho la verdad. Hice el cálculo aproximado de los gastos de la casa -en el invierno último: comidas, coches, criados, extraordinarios. No -resultaba que la casa hubiese consumido el tercio de su capital. Había -consumido más... ¡tal vez la mitad!... Y para apuntalar este edificio -que venía á tierra, ¿qué era preciso hacer?... ¡Ah! guarismos y más -guarismos. La mañana me sorprendió en aquel trabajo calenturiento, -semejante á la faena espantosa de las almas de los negociantes que -vienen á penar á sus desiertos escritorios, y se vuelven á sus tumbas -cuando suena el canto del gallo. Así me volví yo á mi cama. - - -II - -Continué por muchos días sintiendo en mí al inglés. Y no se -circunscribía esta fecunda energía materna á la esfera de la economía -doméstica, sino que penetraba impávida en el terreno moral, y allí -me rebullía y alborotaba ordenándome afrontar un cambio de vida, un -rompimiento que resolviera de una vez para siempre todos los problemas -del corazón y de la aritmética. Mas tan tímida era esta energía en lo -moral, que no pudo acallar el tumulto de mi sensual egoísmo. ¡Eloísa -perteneciente á otro! ¡otras manos amasando aquella pasta suave y -amorosa! ¡otro paladar gustándola, y otra boca comiéndosela...! No, -esto no sería, aunque lo pidiese y ordenara con su prosáica voz el -enflaquecido bolsillo. Y de apoyar esta negativa se encargaba mi -perturbada razón con sofismas tomados de aquel falso idealismo que -Raimundo ponía en ridículo con tanta saña. La caballería, ó si se -quiere, la caballerosidad, me vedaba aquel rompimiento. No era delicado -ni decente que yo abandonase, por una mísera cuestión de dinero, á -la que me había dado á mí su vida y su honor. El _todo por la dama_ -se metía en mi alma por la puerta falsa de la sensualidad, y una vez -dentro, hacía un estrépito de mil demonios, echando unas retahilas -calderonianas y volviéndome más loco de lo que estaba. ¡Abandonarla, -cuando tal vez la causa de su ruina era agradarme; cuando su lujo no -era quizás otra cosa que el afán de hacerme más envidiable á los -demás, y de dorar y engalanar el trono en que me había puesto! No, -¡_todo por la dama_! Ante sus lágrimas, ante la ley que me tenía, -superior y anterior á todas las contingencias, ¿qué significaba un -_puñado de monedas_? - -Verdad que el puñado, después de emborronar mucho papel, resultaba ser -una friolerita así como sesenta mil duros, más bien más que menos. Era -un trago demasiado fuerte para que pasase por el estrecho gaznate de la -caballería; pero al fin pasó. Hice que la traidora me llevase á casa -todos los datos del desastre, todos los papeles, apuntes y cuentas, -y al fin logré poner orden en aquel caos de empréstitos para pagar -intereses, de intereses acumulados al capital, de cuentas pendientes -y facturas no abonadas. Era absolutamente indispensable quitar de en -medio la voraz langosta de prestamistas, que en poco tiempo habrían -devorado todo. Con esto el puñado engrosaba más. ¡Dios misericordioso! -Me salían ochenta mil duros casi en cifra redonda. ¡Oh, con cuánto -horror se me representaron entonces las superfluidades que no podía -menos de asociar á la leyenda aquélla de las cuentas de vidrio! Con -el poder de mi mente pulverizaba yo todo el personal de los jueves -famosos: los vestidos renovados tan á menudo; aquel M. Petit, farsante, -ladrón que se embolsaba cada semana tres ó cuatro mil reales para -gastos de comedor; aquel cocinero jefe, á quien se daban veinte mil -reales al mes para el gasto de la plaza; los tres pinches, los cuatro -lacayos... ¡ladrones, asesinos, secuestradores! ¿A qué cuento venían -el portero de estrados, la doncella extranjera, la berlina de doble -suspensión y otros mil y mil despilfarros, ya del personal, ya del -material de la casa?... Tarde era ya; mas era tiempo. Degüello general -y adelante. - -Una vez decretado el degüello, quedéme más tranquilo. El pellizco dado -á mi fortuna era un pellizco de padre y muy señor mío; pero aún me -dejaba rico. Todo iría bien si Eloísa entraba con pie resuelto por la -senda de las economías. Eso sí, yo estaba decidido á hacerla entrar -de grado ó por fuerza. Para esto me sentía con ánimos. Por encima de -todo, del amor mismo y de la vanidad, había de estar en lo sucesivo el -arreglo. - -Perplejo estuve durante dos días sin saber qué vendería para salir -del paso. ¿Me desprendería del Amortizable, de las acciones del Banco -de España ó de las _Cubas_? Mi tío me decía que no me deshiciera del -Amortizable, cuya alza veía segura. Si continuaba en el Ministerio -nuestro amigo y paisano el señor Camacho, veríamos dicho papel á -65. Las acciones del Banco, después del aumento de capital, andaban -alrededor de 270. Mi padre las había comprado á 479. Aun contando -con el dicho aumento, la venta me traía pérdida. Por fin, después de -pensarlo mucho, resolví sacrificar las acciones y las _Cubas_. Este -papel, según mi tío, iba en camino de valer muy poco, y con el reciente -pánico de la Bolsa de Barcelona, se había iniciado en él un descenso -que sería mayor cada día. Vendí, pues, con pérdida, pues no podía ser -de otra manera. Por aquellos días se estrecharon mis relaciones con -Gonzalo Torres, amigo de mi tío y vecino de toda la familia. Vivía -en el tercero de mi casa, en el cuarto inmediato al de Camila. Era -jugador afortunadísimo, y á menudo me proponía que me asociara á sus -operaciones. Hícelo algunas veces, y siempre con tal éxito, que no me -faltaban ganas de tomar más á pechos aquel negocio, y lo habría hecho -seguramente si el amor no me tuviera preso y como secuestrado, incapaz -para todo lo que fuese extraño á sus ardientes goces. - -El agente de quien Torres y mi tío eran clientes, después que realizó -mi operación de venta de títulos, propúsome la compra de una casa. -Torres también me lo había indicado, pues las condiciones en que se -vendía la finca eran realmente buenas. Procedía de un embargo de bienes -y vendíase judicialmente, con tasación demasiado baja. Hice mis cuentas -y no me pareció mal negocio. Deseaba afincarme, colocando en sólido -una parte de mi capital. Dí órdenes de vender más Amortizable, y el -producto lo dividí en dos partes. Una, ¡ay dolor agudísimo, no inferior -á los del cólico nefrítico!, era el destinado á poner á flote la concha -de Venus, que estaba á punto de naufragar. Con la otra parte compré -la casa, que estaba en la calle de Zurbano y era nueva y bonita. Me -daría una renta de 4 por 100, menos que el papel seguramente; pero si -he de decir verdad, la renta del Estado empezaba á inquietarme por la -inseguridad de las cosas políticas, el malestar de Cuba y la anunciada -operación de crédito del Banco de España, el cual, habiendo tomado -sobre sus hombros la inmensa carga de la colocación de los nuevos -valores, comprometía quizás un poco su porvenir. - -El año 83 hallóme, pues, con una merma considerable en mi fortuna -y con cierta tendencia á trocar la condición de rentista por la de -propietario. Mi cuenta corriente no me recordaba, ni con mucho, -el apólogo de las vacas gordas, pues tanto la ordeñé, que hubo de -terminar el año en los puros huesos. No sólo contribuyeron á esto mis -frecuentes regalos á Eloísa, en cachivaches ó joyas, y la pasión que le -entró por coleccionar _ojos de gato_ de todos los matices, sino otras -obligaciones enfadosas de que no pude librarme. Entre éstas, no fué -la menos cargante el padrinazgo del chiquillo de Camila. Habiéndome -brindado á ser su compadre, cuando lo del embarazo me parecía ridícula -farsa, la muy loca se dió prisa á cogerme por la palabra, y allá por -Octubre del 82, como he dicho, descolgóse con un ternero, á quien todos -celebraron por robusto y bonito, pero que á mí me pareció dechado -perfecto de la fealdad de los Miquis. Le tuve en la pila bautismal -mientras el cura le lavaba la mancha que traía por el pecado de -nuestros primeros padres, y después, como padrino generoso, tuve que -darme yo un lavatorio de bolsillo, cuyo postrer chorretazo vino á fin -de año con las cuentas de Capdeville. En verdad, no me pesaron estos -derrames, porque los señores de Miquis no nadaban en la abundancia, -y ganaban mis afectos por el recogimiento en que vivían. Al chico le -pusimos de nombre Alejandro, por un hermano de Constantino que había -muerto en Madrid algunos años antes. - -Sigamos. El día en que ultimé el arreglo de la deuda de mi prima, -ésta se presentó en mi casa á las once de la mañana. Ya habían -sido pagadas las cuentas; habíanse recogido los pagarés que estaban -en poder de Torquemada. Sólo faltaban algunas menudencias para las -cuales destiné cierta suma que recogería la propia Eloísa. La cantidad -aguardaba sobre la mesa en un paquete de billetes pequeños, y junto -á la misma mesa estaba yo, algo fatigado de tanto sumar y restar, -aunque sin otra molestia, gracias á Dios. Aún tenía en la mano la -pluma, plectro infeliz de aquel poema de garabatos, cuando Eloísa llegó -á mí pasito á pasito por la espalda, echóme los brazos al cuello, -cruzó sus manos sobre mi corbata, oprimiéndome la garganta hasta -cortarme la respiración, alborotándome el pelo y echándome atrás la -cabeza para lavarme la frente con sus labios húmedos; á todas éstas -riendo, diciendo mil tonterías, llenándome de saliva los párpados y -las mejillas, y vertiendo en mi oído un filtro, un veneno de palabras -cariñosas, que después, por maldita ley física, se había de convertir -en zumbidos insoportables. - -Dejé la pluma y me volví hacia ella. Nunca la ví vestida con más -sencillez y al mismo tiempo con más elegancia. Venía en traje matutino, -y traía en la mano el libro de misa. Era domingo, y antes de ir á -mi casa había entrado en las Calatravas. Sin duda prevalecían en su -espíritu las ideas religiosas, porque me dijo que yo era un ángel, y -diciéndolo, arrojó sobre mi mesa el libro con tapas de nácar. - ---¿Qué mujer no haría locuras por tí? --añadió luego--. Por tí, no digo -locuras, sino verdaderas diabluras haría yo. - -Ya me disponía á hablarle del contrato bilateral que habíamos -celebrado, cuando ella, adelantándose á mi pensamiento con zalamera -iniciativa y flexibilidad, me dijo: - ---No, no tienes que predicarme. Ya lo sé, ya tengo la lección bien -aprendida. Seré arreglada, económica; cambiaré de costumbres; haré -desmoches espantosos, pero espantosos... En mí se ha verificado estos -días una mudanza tal, que no me conozco. Tendrás que reñirme por las -muchas vueltas que he de dar á un duro antes de cambiarlo. Te has de -enfadar conmigo por los excesos, por las barbaridades que he de hacer -en esto del gastar poco. - ---Por Dios --indiqué asustado--, nada de celo excesivo. - ---Déjame á mí. Tú me has abierto los ojos con tu talento de -comerciante, y luego me has salvado con tu generosidad. Sería indigna -de mirarte á la cara si no tuviera estos propósitos que tengo. ¡Si digo -que te has de asustar cuando me veas hecha una pobre cursi, defendiendo -el ochavo y apartada de todas esas farándulas que me han sido tan -agradables y que han estado á punto de perderme...! - -Tanto entusiasmo me alarmaba. - ---No creas --prosiguió--, también hay algo de sacrificio; pero estos -sacrificios y aun otros mayores, se hacen con gusto, cuando median... -lo mucho que te quiero y el porvenir de mi hijo... Verás, verás. - -Y contando por los dedos, hizo un bosquejo de las estupendas economías -que había de realizar. - ---Fuera los jueves. Que cada cual vaya á comer á su casa... Fuera -M. Petit, fuera el jefe de cocina, que son capaces de tragarse el -presupuesto de una nación... Fuera todos los criados, á quienes he -estado dando doce duros y dos trajes... Abajo el portero de estrados, -que no sirve más que para enamorar á las doncellas... Abajo la -doncella-costurera... Las cocheras y cuadras quedan en la cuarta -parte... El ramo de vestidos y novedades suprimido por ahora... Vendo -todos los zafiros, todos... Vendo la _rivière_, los cuadros de Sala y -Domingo, el de Nittis, el Morelli, los cuatro grandes tapices, etc., -etc... Liquidación de arte... Y para concluir, reduciré á su mínima -expresión las beneficencias de mi marido, y haré por que se suprima la -_Sociedad de niños_... - ---¡Alto allá! --dije yo, lastimado de ver cómo hería con su furibunda -hacha económica la rama más sagrada del árbol de sus gastos--. Eso me -parece una crueldad. Extremas mucho el programa. Al pobre Carrillo -le quedan pocos días de vida, y es una infamia que se los amarguemos -privándole de un entretenimiento que, por otra parte, es tan meritorio. -Le anticiparíamos la muerte, le asesinaríamos. Señora, yo defiendo -ese capítulo del antiguo presupuesto. Mis remordimientos votan porque -subsista, y aun me atrevo á suponer que los de usted harán lo mismo. - -Dije esto entre bromas y veras, y ella, comprendiendo mi delicadeza y -asimilándosela, alabó muchísimo lo que acababa de oir y contribuyó al -triunfo de mi enmienda, no tanto con el voto de sus remordimientos como -con el de sus caricias. - - -III - -Empezó á dar vueltas por mi cuarto como si estuviera en su casa, -quitóse el manto y la cachemira y los tiró sobre el sofá. Luego, viendo -que allí no estaban bien, pasó á mi alcoba para ponerlos sobre la cama. -Se miró al espejo, y llevándose ambas manos á la cabeza, hizo un ligero -arreglo de su peinado. Después volvió hacia mí. - ---¿Y cómo está hoy Pepe? --le pregunté. - ---Está muy animadito --replicó--. Tiene compañía para todo el día. No -pienso volver hoy por allá. ¿Y tú? - -Díjele que no tenía ganas de salir. - ---Pues te acompañaré. Mando un recado á casa diciendo que almuerzo con -mamá. ¿Pero vas á tener visitas de amigos? Entonces, señor mío, que -usted se divierta... Lo mejor será que no recibas hoy á nadie. - -Anticipándose á mis deseos y á mi pereza, llamó á mi criado y le dió -órdenes. Yo no estaba en casa. El señorito no recibía á nadie... ni al -lucero del alba. Corriendo otra vez hacia mí, me dijo: - ---¡Oh, si esto fuera París, qué buen día de campo pasaríamos juntos, -solos, libres!... ¿Pero á dónde iríamos en Madrid? ¡Si aquí se pudiera -guardar el incógnito!... Créelo, tengo un capricho, un antojo de mujer -pobre y humilde. Me gustaría que tú y yo pudiéramos ir solitos, de -incógnito, de riguroso _inepto_, como dijo el del cuento, al Puente de -Vallecas, y ponernos á retozar allí con las criadas y los artilleros, -almorzando en un merendero y dando muchas vueltas en el Tío Vivo, -muchas vueltas, muchas vueltas... - ---No des tantas vueltas, que me mareo. Si quieres ir, por mí no hay -inconveniente. Mira, almorzaremos aquí. Da tus órdenes á Juliana... -Después, más tarde, á las cuatro ó cuatro y media, nos iremos en mi -coche á un teatro popular, á Madrid ó á Novedades: tomaremos un palco y -veremos representar un disparatón... - ---Sí, sí --gritó, dando palmadas con júbilo infantil--. ¡Y cómo me -gustan á mí los disparatones! Echarán _Candelas_, ó quizá _El Terremoto -de la Martinica_. - ---O _El Pastor de Florencia_, ó _Los Perros del Monte de San Bernardo_. - -Echó á correr hacia lo interior de la casa para hablar con Juliana y -darle órdenes referentes á nuestro almuerzo. Después subió al principal -para dar un vistazo á su mamá y mandar desde allí el recado á su -marido. Al volver á mi lado, encontróme de un humor alegre, dispuesto -á saborear las delicias de un día de libertad. Repetí á mi criado las -órdenes. No estaba en casa absolutamente para nadie, ni para el _Sursum -corda_... Felizmente, mi tío y Raimundo, con quien no rezaban nunca -estas pragmáticas, estaban aquel día fuera de Madrid en una partida de -caza. - -Almorzamos. Híceme la ilusión de estar en París y en un hotel. -Nadie nos turbaba. De la puerta afuera estaba la sociedad ignorante -de nuestras fechorías. Nosotros, de puertas adentro, nos creíamos -seguros de su fiscalización, y veíamos en la débil pared de la casa -una muralla chinesca que nos garantizaba la independencia. ¡Con qué -desprecio oíamos, desde mi gabinete, el rumor del tranvía, las voces de -personas y el rodar de coches! Y más tarde, cuando la turba dominguera -se posesionó de la acera de Recoletos, nos divertimos arrojando sobre -aquella considerable porción del mundo que nos parecía cursi, frases de -burla y de desdén. ¡Valiente cuidado nos daba que toda aquella gente -viniera á rondarnos! Lo que hacía la sociedad con aquel ruido de pasos, -voces y ruedas era arrullarnos en nuestro nido. - -Y atisbando detrás de la persiana de madera, veíamos pasar á muchos -conocidos. Algunos iban por la acera de enfrente. Por la de mi casa -vimos grupos de amigos: el general Morla, el _Saca-mantecas_ y Jacinto -Villalonga, que andaban á buen paso y no pararían hasta el Hipódromo. - ---Mira _la ordinaria de Medina_ --me dijo Eloísa, llamándome la -atención hacia su hermana, que pasó con su marido--. ¡Qué gorda se está -poniendo! Han dejado el carruaje en la casa de Murga, y no podrá ir más -allá de la Biblioteca. - -Vimos también á Pepito Trastamara en un cochecillo que parecía una -araña, y él era otra araña. Fuera de los caballos, que tenían aire de -nobleza, y del lacayo, que era un hombre, todo lo demás era risible, -grotesco. Chapa apareció en el coche de Casa-Bojío, y Severiano á -caballo. Poco antes había pasado su señora, que era legalmente señora -de otro. ¡Qué lejos estaban todos de sospechar que les mirábamos -desde aquella escondida atalaya, que nos reíamos de ellos y que les -compadecíamos por no ser libres y felices como lo éramos nosotros! - -La idea de ir al teatro perdió terreno. La pereza nos clavaba en donde -estábamos. Mejor estaríamos allí que viendo los disparatones de los -teatros populares. ¿Qué disparatón más grato y entretenido que el -nuestro? El tiempo y nuestra languidez nos mecían y nos engañaban, -dándonos nociones muy obscuras acerca de la duración de aquellos -diálogos vivos ó de los ratos de sopor que les seguían. - -En medio de tanta indolencia, una idea me inquietaba de vez en cuando, -haciendo correr por mi cuerpo vibraciones nerviosas. Era la idea de que -el buen rato que yo pasaba, lo pudiera pasar otra persona; pues aquel -ramillete de gracias que me deleitaba era más hermoso cada año, y con -su creciente lozanía indicábame que resistiría sin ajarse las caricias -de muchas manos. El mismo derecho que yo tuve teníanlo otros. Todo -estaba en que ella quisiese dejarse coger. Aunque ya no me sentía tan -entusiasmado como al principio, la idea de que no fuese exclusiva para -mí y sagrada para los demás, helábame la sangre. Pero ya, ya lo sería, -porque en un plazo que pudiera ser breve nos casaríamos y... ¿Y si -después, cuando estuviese bien pertrechado de derechos, algún mortal, -tan afortunado como yo lo era entonces, me robaba lo que yo robaba?... -¡Ah, buen cuidado tendría yo!... ¿Para qué servían la energía y la -autoridad?... Estos recelos no se calmaban ni aun con el juramento, -dado entre mil ternezas y tonterías, de una lealtad á prueba del -tiempo, de una fidelidad que rayaba en el romanticismo pedantesco por -su elevación sobre todas las cosas humanas. Nuestro cuchicheo variaba -de asunto y de tono. No tratábamos de cosas exclusivamente ideales y -voluptuosas. La viva imaginación de Eloísa trajo al altar de Cupido -expresiones que no encajaban bien entre las medias palabras del amor, -y prosaísmos que no se entreveraban bien con las rosas; pero todo -cuanto venía de ella, si bien no ahondaba ya tanto en mi corazón, me -entretenía, me seducía, me deleitaba. - ---Si tú quisieras --me dijo, después de un largo silencio--, lograrías -ser mucho más rico de lo que eres. Con el capital que tienes y tu -experiencia de los negocios, podrías, trabajando... Quiero decir, -que aquí el que no dobla el capital en pocos años, es porque no -quiere. Fúcar me lo ha dicho. ¿Te ríes? ¿Me preguntas el secreto? No -es secreto: demasiado lo sabes. El inconveniente que hay ahora es -que el Tesoro está desahogado y no hace ya empréstitos. Durante la -guerra, Fúcar y otros como él triplicaron su fortuna en un par de -años. No te rías, no abras esa bocaza. Yo siento en mí arrebatos de -genio financiero. Me parece que sería un Pereire, un Salamanca si -me dejaran... Vamos á ver, ¿por qué tú, que tienes dinero y sabes -manejarlo, no vas á la Bolsa á hacer _dobles_? ¿Por qué no te haces -amigo, muy amigo de los ministros, para ver si cae un empréstito de -Cuba, ya que en la Península no se hacen ahora? Conque el ministro de -Ultramar te encargara de hacer la suscripción, dándote el 1 por 100 de -comisión, ó siquiera el medio, ganarías una millonada. De este modo ha -ganado Sánchez Botín muchos cuartos... lo sé... me lo contó Fúcar. Dí -que eres un perezoso, que no quieres molestarte. Eres diputado y no -sabes sacar partido de tu posición. ¿Por qué no te quedas con una línea -de ferrocarril, la construyes y después la traspasas á algún primo que -cargue con la explotación? Te admiras de lo que sé. Qué quieres... me -gustan estas cosas. Fúcar me habla galanterías, y yo le digo que la -mejor flor con que me puede obsequiar es contarme cositas de éstas y -decirme cómo se hacen los negocios. Si tú tuvieras empeño en ello, -Fúcar te daría participación en sus contratas de tabaco. ¡Lástima que -no hubiera guerra civil!, pues si la hubiera, ó te hacías contratista -de víveres ó perdíamos las amistades. - -Cuando tan repentinamente saltó Eloísa con aquella perorata, -quedéme perplejo, absorto, dudando de lo que oía; pero pasada la -primera impresión, me eché á reir, sí: me reía con toda mi alma, no -comprendiendo aún la gravedad que entrañaba aquel insano entusiasmo por -cosas tan contrarias á la condición espiritual de la mujer. Mirábalo -yo como una gracia más, como un hechizo nuevo, hijo de la moda. Lejos -de asustarme, mi ceguera era tal, que me reía viendo los incipientes -resoplidos del volcán en cuyo cráter dormía yo tan descuidado. - ---¡Ah! esto de las contratas es mi fuerte --proseguía ella con -vehemencia humorística--. Fúcar me ha contado cosas que pasman. -Pregúntale á Cristóbal Medina lo que hacía su padre. Pues muy sencillo. -Como el Gobierno no tenía medios de transporte, el maragato se iba -al Ministerio de la Guerra y decía: «Yo pongo á disposición del -Gobierno dos mil carros, en tanto tiempo, á razón de tanto.» Luego -no ponía más que mil quinientos, y cuando se moría una mula vieja, ó -veinte ó doscientas (y no valía cada una diez duros), el veterinario -certificaba... «mula de primera», lo que quiere decir cuatro mil reales -por cadáver de mula. Después la Administración militar liquidaba, y -allá te van millones... Si digo que tú eres simple. Yo, á ser tú, me -daría mis trazas para saber cuándo iba á subir el Amortizable y... -¡á comprar se ha dicho! Si yo pudiera seguir en mi tren de antes, -invitaría al ministro de Hacienda, á todos los ministros, y les -embobaría con cuatro palabras amables, y me haría dueña de todos los -secretos de la alta banca... ¿Y quién te dice, bobo, que no podrías tú -correr con el pago del cupón en Londres, negociando letras?... También -se procuraría que el Gobierno comprara acorazados para que tú, como -quien hace un favor, te encargaras de hacer los pagos... Porque sí, hay -que fomentar nuestra marina de guerra. O si no, búscate comisiones en -Fomento. ¿Con qué crees que ha pagado Villalonga sus trampas sino con -lo que va sacando de las compras de máquinas en Inglaterra? ¡Oh! yo sé -mucho... Esa isla de Cuba es todavía, aun de capa caída como está, una -verdadera mina que no se explota bien. ¡Ah! se me ocurre ahora que lo -que debe hacer España es venderla. Y mira, nadie mejor que tú se podría -encargar de las negociaciones en los Estados Unidos, en Alemania ó en -el Infierno. Conque te dieran el medio por ciento de corretaje... - -Estaba yo tan alucinado, que tomaba estas cosas por jovialidades sin -substancia... Con tales tonterías se pasaba el tiempo, y por fin la -adusta hora de la separación llegó. Hubo parodias grotescas de _Romeo y -Julieta_. - ---Esa claridad mortecina no es, como dices, la del gas, sino la del -crepúsculo. El cielo, teñido de rojo, celebra con siniestro esplendor -las exequias del día. Es la _pseudo aurora_ que este año da tanto que -hablar á la gente supersticiosa... - ---No: es el gas, el gas. Ya el mensajero de la noche, corriendo de -farol en farol con un palo en la mano, va colgando luces en las ramas -de los árboles... - ---Te digo que es la tarde... - ---Te digo que es la noche... - ---Un rato más... - ---¡Horror de los horrores: las siete! - -La ví disponerse á prisa, arreglarse el cabello ante el espejo. Su -coche había venido á buscarla. Más tarde nos volveríamos á ver en su -casa. Aunque parezca extraño y en contraposición á todas las leyes del -sentimentalismo, yo deseaba ya que me dejase solo, pues me entraba -súbitamente un tedio, un cansancio contra los cuales nada podía lo poco -espiritual que en mí iba quedando. - ---Abur, abur: ¡qué tarde!... - ---¡Que se te olvida el libro de misa! - ---¡Qué cabeza! No faltes esta noche. Hablaremos de negocios... El mejor -negocio es ser pobre, no tener nada, no esperar nada. Déjame que me -mire otra vez. ¿Qué tal cara tengo?... - ---Así, así... - ---Abur, abur. ¡Ay! que se me traba la cachemira en la silla. Parece que -los muebles me retienen y no quieren dejarme salir. Pillo, no faltes. -Si no vas, te sacaré los ojos... Pues he de mirarme otra vez. Se me -figura que llevo escrito en mi cara... Jesús, ¡qué tarde es!... ¿Y el -otro guante?... - ---Aquí está, sobre la silla... - ---¡Ah! mira, me llevaba tu pañuelo... El cuerpo del delito. ¡Cómo nos -delatamos los grandes criminales! Merezco la horca. Bueno, me colgaré -de tu cuello, así... ¿A que no me levantas? No puedes, no tienes -fuerza. Abur, abur: tengo un hambre atroz. En cuanto llegue á casa, me -haré servir la comida... Caballero... - ---Señora... - ---Encantada de conocer á usted... Me parece usted algo tímido. No se -decide... - ---Señora, usted se me antoja una sílfide, un hada sin consistencia -corpórea, sin realidad física... - ---¡Burlón! otro abrazo. Tu amor ó la muerte... Que te espero... - ---¡Eh! sinvergüenza, no pellizques. - ---Te dejo ese cardenal para que te acuerdes de mí cuando mires á otra. -Al fin me voy. ¿Por qué no vienes conmigo?... - ---Tengo que vestirme... - ---Si parece que has salido de un hospital... ¿Qué tal? ¿Estás malito?... - ---Abur, abur... Largo de aquí... - ---Feo, apunte, mamarracho, adiós. - - - - -XIII - -Ventajas de vivir en casa propia. -- La noche terrible. - - -I - -Considerando que era una tontería vivir en casa alquilada teniéndola -propia, arreglé el principal de mi finca, y me mudé á él. No me -disgustaba alejarme del domicilio de mi señor tío, porque la familia -empezaba á serme gravosa en una ú otra forma. Aunque Raimundo volvió á -dormir en casa de sus padres, en realidad no me despedí de él, porque -por mañana y noche le tenía á mi lado. Era una adherencia sistemática, -lealtad canina que á veces me causaba molestias. Cuando la manía del -reblandecimiento no le permitía pronunciar la _tr_, se ponía el tal -primo fastidioso, y era más pegadizo que en tiempos normales. Si estaba -yo lavándome, él allí, describiendo con lúgubre tono los síntomas de su -mal. Si almorzaba, él enfrente, bien participando del almuerzo, bien -amenizándolo con un comentario de las palpitaciones cardiacas ó de las -sensaciones reflejas, todo ello en forma y estilo de _Dies iræ_ y con -una cara patibularia que daba compasión. Si estaba yo en mi gabinete -escribiendo cartas, él allí, arrojado sobre el sofá, como un perro -vigilante y amigo, callado hasta que yo le decía algo. Si le encargaba -algún pequeño trabajo, como copiarme una minuta, sumarme varias -partidas, cortarme cupones y sacar nota de ellos, lo hacía venciendo -su indolencia, dando á entender que el gusto de complacerme podía más -que su enfermedad. Estas crisis de languidez solían parar en raptos -espasmódicos. No sólo pronunciaba entonces con facilidad y rapidez -el condenado ejercicio que le servía de gimnasia vocal, sino que su -lenguaje todo era febril y de carretilla, cortado de trecho en trecho -por pausas, en las cuales se quedaba el oyente más atento, esperando lo -que había de venir después. Tales son las pausas que hace el ruido del -viento en una mala noche. Durante ellas la expectación del ruido nos -molesta más que el ruido mismo. - -En semejante estado, la calenturienta habladuría de mi primo se refería -siempre á cuestiones de dinero. Sin duda, éste se había condensado -en el cerebro del pobre Raimundo, constituyendo su idea fija, que al -mismo tiempo le espoleaba y atormentaba. Sus temas eran éstos: ¡si en -Madrid se gasta más dinero del que existe; si la sociedad matritense -está en perpetuo déficit, en perpetua bancarrota; si no se verifica -una transacción grande ó pequeña, desde el gran negocio de Bolsa á la -insignificante compra en una tiendecilla, sin que en dicha transacción -haya alguien que sea chasqueado...! Le ocurrían cosas bastante -originales en la forma, otras muy extravagantes, pero que escondían -algo de verdad. - ---Sostengo --decía-- que no existen, contantes y sonantes, más que -veinte mil reales. Cuando uno los tiene, los demás están á cero. -Pasan de mano en mano haciendo felices sucesivamente á éste, al -otro, al de más allá. Lo que llaman _un buen año_, es aquél en que -los tales mil duros corren, corren, enriqueciendo momentáneamente á -una larguísima serie de personas. Cuando se habla de paralización, -de crisis metálica; cuando los tenderos se quejan y los industriales -chillan y los bolsistas murmuran y los banqueros trinan, es que los -milagrosos mil duros corren poco, estando mucho tiempo en una sola -caja. La sociedad entonces se pone de mal humor. Lo bonito es verles -andar de una parte á otra, despertando el contento general. Creeríase -que es el gracioso juego del _corre, corre, vivito te lo doy_. Viendo -pasar por sus dedos el talismán, se creen dichosos, y lo son por un -momento, el empleado, el tendero, el almacenista, el banquero, el -agente de Bolsa, el prestamista, el propietario, el contratista, el -habilitado, el casero. La piedra filosofal, por correrlo todo, hállase -también en las manos del jugador; pasa rozando por los dedos de la -entretenida; sube á las grandes casas de negocios; baja á las arcas -apolilladas del usurero; taladra las cajas del regimiento; se mete en -la Delegación de Contribuciones; sale bramando para ir al Tesoro; la -arrebata de cien manos una; va á ser el encanto de la noche de festín; -vuelve al comercio menudo, donde parece que se subdivide para juntarse -al momento; la agarra otra vez la usura; la coge el propietario -hipotecando una finca; vuelve á la Bolsa; la gana un afortunado -bajista; la pierde por la noche á la ruleta un sietemesino; va á parar -luego á un contratista; le echa el guante uno que suministra postes de -telégrafos ó cajas para tabacos; va de sopetón á servir de fianza en -la Caja de Depósitos; la envían rápidamente de aquí para allí como una -pelota las distintas oficinas del Estado; corre, gira, pasa, rueda, -y en este movimiento infinito va haciendo ricos á los que la poseen. -¡Venturosos los que, siquiera por un momento, se jactan de echarle el -guante!... Ahora bien, queridísimo primo: pues los hechos han querido -que en el actual minuto histórico la consabida pelota esté en tus -manos, haz el favor de compartir conmigo tu felicidad prestándome dos -mil reales. - -Así concluían siempre sus humoradas económicas. Mientras viví en -Recoletos, estos sablazos de familia se repetían mensualmente, y la -verdad, yo los llevaba con paciencia y sin contrariedad grave. Mi buen -primo no tenía más que su mezquino sueldo y alguna cosilla que su -padre le daba. Yo era rico, y poco perdía, relativamente á mi fortuna, -con los ataques de aquella divertida mendicidad. La compasión, el -parentesco, la admiración del ingenio de Raimundo, obraban en mí para -determinar mi liberalidad. Gozaba en su júbilo al tomar el dinero, y -me parecía que echaba combustible á su temperamento para encenderlo -y verle despedir las chispas de gracia con que me divertía tanto. -¡Pobre Raimundo! si á él le denigraban sus sablazos, en mí eran medio -indirecto de gratificar al bufón de mi opulencia, de pagarle la -tertulia que me hacía y las adulaciones con que halagaba mi vanidad. - -Pero las cosas cambiaron. Cuando me fuí á vivir á mi casa de la calle -de Zurbano, llevé conmigo, por razones que se comprenderán fácilmente, -la idea de mirar mucho el dinero que salía de mi caja. Ya los golpes -duros de aquel compañero de mis horas tristes empezaban á dolerme. -Aquélla fué la primera vez que Raimundo, al pedirme limosna, no vió la -indulgencia y la generosidad pintadas en mi semblante. - ---Toma mil reales --le dije arrojándoselos desde lejos--; lárgate á la -calle con viento fresco, y tarda todo el tiempo que puedas en gastarlos. - -Generalmente, la recepción de las sumas que me pedía obraba con -maravilloso poder terapéutico sobre la raquis de aquel hombre infeliz, -porque su languidez cesaba al instante, su palabra era más expedita -y clara, resplandecían sus ojos; en fin, era otro hombre. No tardaba -en tomar calle, y por lo común, al día del sablazo sucedían mañanas -y tardes en que no parecía por mi casa. Estos eclipses me gustaban, -aunque no eran baratos. Poco á poco se iba gastando la virtud -medicatriz de mi bálsamo, y el hombre volvía á desmayar y á decaer como -planta de tiesto á la que se le va secando la tierra; la lengua se le -entorpecía, el temblor nervioso le hacía parecer tocado de idiotismo, -hasta que su crisis tenía nuevamente alivio y término en otra sangría -de mi bolsillo. Contra lo que manda la ciencia, el enfermo era la -sanguijuela y el médico se la ponía. - -Francamente, en aquellos días empezaron mis hombros á sentirse cansados -bajo el peso de mi familia. Una mañana estaba yo vistiéndome, cuando -entró el portero muy afanado y me dijo que la señorita Camila se estaba -mudando al cuarto tercero de la derecha, el único que no se había -alquilado todavía. Ni mi prima me había dicho una palabra acerca de -tomar el cuarto, ni había cumplido ante el portero, que me representaba -para aquel caso, ninguna de las formalidades que la ley y la costumbre -establecen para ocupar una casa ajena. - ---No me he atrevido á decirle nada --manifestó el portero, -sofocadísimo--. Arriba está colocando los muebles con una bulla de -cien mil demonios, y en el portal han parado dos carros de mudanza. Yo -hice presente á la señorita que el señor no había dicho nada, ni se ha -hecho contrato, y me respondió que me fuera enhoramala, que ella se -entendería con el señor y... que yo no soy nadie. Conque vengo á ver... - -No quise tomar una determinación ruidosa, y dejé que mi prima -ocupase el cuarto, resuelto á cantar muy claro al feo de Miquis las -obligaciones que contraía por el hecho de ocupar mi propiedad. Más -tarde se personó en mi presencia la propia Camila, y me dijo: - ---Perdona, primito, _comparito_, que hayamos tomado tu casa por asalto. -La ví ayer tarde, y me gustó tanto que no he querido que pasase el -día de hoy sin estar en ella. No creas, te pagaremos religiosamente, -te daremos dos meses en fianza. ¿No bajas nada de los siete mil? En -fin, por ser compadre, te daremos seis mil quinientos, y no resuelles, -porque será peor. Te pagaremos cuando tengamos dinero, que ojalá sea -pronto... Y calla, hombre, calla: ya sé lo que me vas á decir. Tienes -razón, esto es un abuso; pero por algo somos compadres. Nosotros los -Buenos de Guzmán tenemos así este genio pronto. Me voy, que tengo que -dar una mamada á mi cachorro. ¡Ah! nuestra casa está á tu disposición. -Puedes subir cuando quieras y nos acompañaremos mutuamente. Estás muy -solito, y te aburrirás en este caserón. Nosotros no salimos, no vamos -á ninguna parte. Estoy consagrada á darte un ahijado gordo y rollizo. -Sube y lo verás. - -Subí aquella tarde. Camila, sin reparo alguno, sacó el pecho en mi -presencia y se puso á dar de mamar al inocente. Mi ahijado no era -bonito, ni robusto, ni sano. Cuando no tenía el pezón en la boca, -estaba consagrado exclusivamente á la ejecución de un interminable -solo de clarinete que atronaba la casa. En ésta no se podía dar un -paso. Ningún mueble estaba aún en su sitio, y el gañán de Constantino -no hacía más que clavar clavos por todas partes, rasgándome el papel, -descascarándome el estuco, y dando tanto porrazo, que parecía haberse -propuesto destrozarme todos los tabiques. - ---La casa me gusta --díjome Camila obligándome á sentarme en una silla -á su lado, después que me acercó á los labios la carátula roja de su -feo muñeco para que la besase--, me gusta mucho; pero tiene grandes -defectos, sí; defectos que me harás el favor de corregir inmediatamente. - ---Conque inmediatamente... ¡qué ejecutivo está el tiempo! - ---Chitito, callando, y obedecer. Mira que tengo malas pulgas... Pues -sí, es preciso que mandes acá tus albañiles mañana mismo. Necesito -que me abras una puerta de comunicación en este tabique que está á mi -espalda. No sé en qué estaba pensando el arquitecto cuando trazó la -casa. No se les ocurre á esos tipos que todas las habitaciones de una -crujía deben estar comunicadas. Necesito, además, que des luz al cuarto -de la muchacha, bien por el patio, bien por la cocina, poniendo una -vidriera alta, ¿entiendes? Fíjate bien; parece que no haces caso de -lo que se te dice... Otra cosa: es preciso que me pongas una cañería -desde el grifo de la cocina al cuarto del baño, para llenar cómodamente -la tina. Y de paso me abrirán otra puerta de comunicación entre dicho -cuartito del baño y el comedor. Harás que me pongan campanillas en -todas las piezas, pues sólo dos las tienen, y en la sala quiero -chimenea. Voy á hacer de la sala gabinete, y aunque yo no tengo frío, -las visitas... ya ves. Voy á dar _tés danzantes_. - ---Dí de una vez que mande construir de nuevo la finca --repuse tomando -á broma sus reformas. - ---No te hagas el tontito. ¡Ah! desde que eres casero te has vuelto -tacaño, antipático... Ya no eres el caballero de antes; ya no piensas -más que en sacarle el jugo al pobre... Pues mira, tú te lo pierdes. Si -no haces las obras que te he dicho, nos mudaremos y se te quedará el -cuarto vacío. Conque á ver qué te conviene más. - -Iba á contestarle que prefería el vacío á un inquilinato tan exigente y -que tenía todas las trazas de ser improductivo; pero en aquel instante -mi ahijado, dejando el pecho de su madre, me miró ¡pobrecillo! con una -singular expresión de súplica. Parecía que impetraba mi indulgencia -en pro de sus estrafalarios y míseros papás. Aquel infeliz niño, tan -gordinflón que parecía hinchado, me inspiraba mucha lástima. Con -su debilidad, con su inocencia y con aquel modo de mirar, atento y -pasmado, ganaba mi voluntad, reconciliándome con mis inquilinos. En -Camila me interesaba la solicitud con que se desvivía por el cuidado -y la crianza de su hijo, sin hacer caso de nada que no fuera este -fin alto y noble, alejada de la sociedad y de las diversiones. Por -esta exaltación del sentimiento materno, que en ella surgía con los -caracteres de una virtud sólida, le perdonaba yo sus desfachateces -y tonterías, la falta de recato y formalidad que siempre era lo más -distintivo y visible de su extraño carácter. Pero me quedaba la duda -de que el sentimiento materno fuera también caprichoso como todas las -vehemencias maniáticas que sucesivamente privaban en su espíritu. El -tiempo me diría si aquello, que parecía mérito muy grande, resultaría -después, como sus acciones todas, un entusiasmo efímero. Por fin, -después de reirme mucho, contesté con un «veremos» á las peticiones de -reforma en la casa. - -¡Cuál no sería mi sorpresa dos días después, cuando Constantino, -entrando inopinadamente en mi despacho, me puso en la mano el importe -de un mes adelantado y dos meses de fianza! - ---Dispense usted, señor casero --me dijo--, la demora. Esperaba yo que -mi mamá me mandase los cuartos. En la Mancha ha habido malas cosechas, -y por esta razón... De aquí en adelante cumpliremos mejor. Me dijo ayer -Camila que usted creía que no le íbamos á pagar, y que nos habíamos -metido en su casa para habitarla de balde... ¿Apostamos á que se lo -pensó así? - ---No, hombre; no creí tal. Ideas de esa loca. No hagas caso... Sois las -personas más formales que conozco. A entrambos os aprecio mucho. Seré -con vosotros un casero indulgente. Seréis para mí los inquilinos más -considerados y los vecinos más queridos. Y cuando me encuentre aburrido -en esta soledad, subiré á haceros compañía, á buscar un poco de calor -en el fuego de vuestra felicidad. - -Él me instó á que subiera todas las noches para darnos mutuamente -tertulia. Camila no iba á ninguna parte: la obligación de la teta -y el cuidado del _crío_, que no parecía estar bueno, la retenían -constantemente en casa. Él tampoco salía ya de noche, porque Camila, á -fuerza de predicarle y de reñirle, unas veces tratándole por buenas, -otras por malas, había conseguido quitarle la mala costumbre de ir al -café. - ---Como somos pobres --añadió--, tenemos pocas visitas. Mi hermano y su -mujer suelen ir algunas noches. Suba usted y jugaremos al tute, á la -brisca, al burro y á las _siete y media_, que son los únicos juegos que -Camila consiente. Ella, si usted sube, tocará el piano y cantará alguna -cosa bonita de las muchas que sabe. - -Dí las gracias á aquel honrado cafre, que me pareció haberse -domesticado algo desde el tiempo en que nos conocimos, é hice propósito -de no despreciar su invitación. - - -II - -Porque en aquellos días tenía yo muy pocas ganas de andar por el -mundo; sentía no sé qué secreto, abrumador hastío, y un indefinible -anhelo de la vida de familia, de reposo moral y físico. No pudiendo -satisfacerlo cumplidamente, compartía mi tiempo entre la casa de Eloísa -y la de Camila, huyendo de círculos, teatros y reuniones mundanas ó -políticas que me aburrían soberanamente. En la primera de aquellas -casas alternaban para mí las horas tristes con las horas entretenidas, -pues si bien la fatiga y cierta tibieza del corazón hacíanme padecer, -pasaba ratos agradables charlando con Eloísa de aquellos proyectos de -pobreza, que tanta gracia tenían en su boca, ó poniendo en vigor con -rigurosa actividad el plan de economías que debía salvarla. Yo mandaba -allí como si fuera el amo, y disponía á mi antojo de todo. Hice un -desmoche horrible de criados, y tuve el gusto de plantar en la calle -al danzante de M. Petit y al jefe de cocina, con sus tres pinches. Una -mujer bastante hábil, asistida de una _pincha_, se encargó de hacer de -comer. Despedí también á la doncella-camarera, que me parecía mujer de -muchos enredos. Era italiana, de buen ver, llamábase _Quiquina_ y había -venido á España al servicio de una célebre artista del Real. Supe que -había dado escándalos en la casa, dejándose requerir por los cocheros -y lacayos, y que Pepito Trastamara la perseguía por los pasillos. -Semejante trapisondista no debía seguir allí, y salió pitando, aunque -Eloísa lo sintió porque la servía muy bien. De los mozos que lucían -frac ó librea en los grandes jueves, no quedó más que Evaristo, criado -mío muy leal, á quien coloqué en la servidumbre de mi prima. Parecía -estar en honestas relaciones con Micaela, la doncella de Rafaelito. -Eloísa me aseguró que se casaban y que seguirían sirviéndola después de -la boda. Agradábame que Evaristo permaneciera, porque me constaba de un -modo absoluto su adhesión, y me convenía tener un perro de presa, un -vigilante, un espía dentro de aquellos muros. - -Entre tanto, las cuadras y cocheras se reducían á un tiro nada más. Los -lienzos gustaban al ministro de Holanda, que probablemente se quedaría -con ellos por una cantidad alzada. Eloísa daba á su prendera los -zafiros para que los _corriera_, y todo iba bien, perfectamente bien. -Para descansar de estas tareas de gobierno, solía pasar algunos ratos -con Rafaelito, el más mono y salado chiquitín que podría imaginarse. -Tenía ya dos años, y los disparates de su preciosa boca me encantaban -más que todas las cosas admirables que han dicho los poetas desde que -hay poesía. Sus agudezas, feliz ensayo de la malicia humana, eran mi -mayor diversión. Para gozar de aquel hermoso oriente de una vida, -provocaba yo y movía las manifestaciones rudas de su naciente carácter; -le hurgaba para que se me mostrara tal cual era, ya riendo como un -loco, ya colérico; le sacaba de un modo capcioso las marrullerías, las -astucias y los impulsos nobles del ánimo. Las horas muertas me pasaba á -su lado, á veces tan chiquillo como él, á veces tan hombre él como yo. -Componíale yo los juguetes, después que entre los dos los habíamos roto. - -También empleaba algunos ratos en acompañar al pobre Carrillo, que -apenas salía de su cuarto. Figurándome que tenía con él una deuda -enorme, se la pagaba con buenas palabras y con atenciones cariñosas. -Nada agradecía él tanto como que se le diera cuerda en cualquier tema -de los suyos y en su fervoroso entusiasmo por la política inglesa. -Yo sabía herir siempre las fibras más sensibles de su amor propio de -propagandista y de anglómano. Con mi conversación se animaba, ponía en -olvido sus crueles dolores y lanzaba su fantasía al espacio inmenso de -los grandes proyectos. Mientras platicábamos, solía estar con nosotros -el pequeñuelo. Pero ocurría un caso muy particular, que á mí no me -causaba asombro por estar ya muy hecho á las cosas contrarias á la -Naturaleza y á la razón. El pequeño se divertía poco con su papá, y -esquivaba el estar en sus brazos. Pronto conocí que le tenía miedo, -y que el rostro demacrado de Carrillo, con su amarillez azafranosa, -producía en el pobre niño un terror que no sabía disimular. La verdad -era que hasta entonces el infeliz padre, harto ocupado con los hijos -ajenos, se había entretenido poco con el suyo. Rafael no hallaba calor -en los brazos de Pepe y venía á buscarlo en los míos. Ni dejaba perder -ocasión el muy inocente de preferirme al otro. Carrillo dijo un día -con amarguísima tristeza: «Te quiere más que á mí», frase que se clavó -en mi conciencia como un dardo. Hubiérame agradado que el pequeño no -me acibarase el espíritu con sus preferencias; trataba yo de volver -por los fueros de la Naturaleza ofendida; pero no lo podía conseguir. -El chiquillo me adoraba. Viéndole desasirse con gesto desabrido de los -brazos de su padre, sentía yo en mi alma un peso que me aplanaba. Le -habría dado azotes, si no temiera que este remedio trivial agravase el -daño. Y Carrillo me miraba como con envidia, y me hacía volver los ojos -á otra parte, sobrecogido de inexplicable turbación. La imagen de aquel -resto de hombre, fijo en su asiento, inmóvil de medio cuerpo abajo, -flaco y consumido, de un color de cera virgen, con las manos temblonas -y el aliento difícil, me perseguía en todas partes de noche y de día. -Imposible, imposible expresar el sentimiento que me inspiraba, mezcla -imponente de lástima y miedo, de desdén y respeto. - -En casa de Camila pasaba yo algunos ratos por las mañanas antes de -almorzar. Confieso que la loca de la familia me iba siendo menos -antipática, y que en su endiablado carácter empezaba yo á descubrir -cualidades no despreciables, que habrían lucido más entresacadas de -aquella broza que las envolvía. El cariño ardiente y sincero que -parecía tener al simplín de su marido, eran para mí una de las cosas -más dignas de admiración que había visto en mi vida. La sencillez de -sus costumbres y su alejamiento de las ostentaciones de la vanidad, -también me agradaban. Pero estas dotes recién descubiertas creía yo que -no debían estimarse como positivas hasta que las circunstancias no las -pusieran á prueba. Era cosa de verlo. Con quien yo no congeniaba era -con mi ahijado, el más ruidoso y malhumorado cachorro que mamaba leche -en el mundo. Muchas veces tuve que huir de la casa porque su clarinete -me volvía loco. Era el tal de una robustez sospechosa, gordinflón, -amoratado. No había equilibrio en aquella naturaleza, y su sangre, -quizás viciada, se manifestaba en la epidermis con florescencias -alarmantes. En vano Camila tomaba grandes tragos de zarzaparrilla y -otros depurativos. El pequeñuelo mostraba rubicundeces y granulaciones -que parecían retoños vegetales. No debía de estar sano, porque su -inquietud crecía con su sospechosa robustez. Lo peor de todo era que -Camila bajaba con él á mi casa cuando menos falta tenía yo de música, -y la una con sus cantos y el otro con sus chillidos me daban unos -conciertos matutinos y nocturnos que me aburrían. - -Vuelvo á la otra casa, donde, inopinadamente, ocurrieron sucesos en -el breve espacio de una noche, que dejaron indeleble recuerdo en mí. -Si mil años vivo, no olvidaré aquellas horas terribles. Eloísa, que -por instigación mía había dejado de renovar su abono en los teatros, -fué invitada aquella noche por una de sus amigas á un estreno en la -Comedia. Dudó si iría; pero Carrillo se encontraba mejor que nunca: él -y yo la instamos á que fuera. No eran aún las nueve, cuando Pepe se nos -puso muy mal. Estábamos allí el ayuda de cámara, Villalonga y yo. Al -punto comprendimos que el enfermo sufría una crisis de las más graves. -Mandé inmediatamente por el médico, y también quise mandar á buscar á -Eloísa; pero Carrillo, en aquel paroxismo que parecía la agonía de la -muerte, tuvo una palabra para oponerse á mi deseo, diciendo: - ---No, no: déjala que se divierta la pobre. - -En esta frase creí sorprender un desdén supremo; pero seguramente me -equivocaba, y lo que había era un espíritu de condescendencia llevado á -lo último. - -El infeliz sufría horribles dolores. El cólico nefrítico se presentaba -más espantoso que nunca, complicado con un gran aplanamiento. El médico -auguró mal, y se negó á administrar como inútiles las inyecciones -hipodérmicas. El marqués de Cícero, á quien avisé, vino prontamente -acompañado de su respetable y también insignificante hermana, y después -de echar un vistazo al enfermo, salió de la alcoba, porque, según -dijo, no tenía corazón para ver padecer. Fuése á las habitaciones -más distantes, donde estuvo largo rato hablando con los criados, y -después pasó al despacho. Le ví luego vagar por la antesala, echando -ojeadas de admiración á los espejos y azotándose la pierna derecha con -un bastoncillo. Cuando me tropezaba con él, pedíame noticias de su -sobrino. Después se pasaba la mano por aquella frente hermosa digna de -encerrar talento; se la frotaba como quien acaricia una gran idea que -le cosquillea debajo del cráneo, y decía con el tono misterioso que se -da á los descubrimientos: - ---¿Sabe usted, amigo, que ya van creciendo mucho los días? Hoy, á las -cinco, era completamente claro. - -Aquella noche, afortunadamente, no llevó ninguno de los perros que -solían acompañarle. A veces me llamaba con gran aparato de manotadas y -chicheos para decirme al oído: - ---La pobre Angelita no sospechaba que Pepe viviría menos que yo. Estoy -muy fuerte. Si Pepe hubiera seguido yendo al monte conmigo todos los -sábados para volver los lunes, no se vería como se ve. - -Me lastimaba mucho, no puedo ocultarlo, que el marqués y su hermana -advirtieran la ausencia de Eloísa en ocasión tan crítica. Ya me -disponía á mandarle un recado... cuando la ví entrar. Eran las diez -y media. ¿Cómo tan pronto si la función no podía haber concluído? No -se ocupó ella de darme explicaciones, porque en el portal los criados -la habían enterado de la gravedad del enfermo. Entró anhelante en la -alcoba de éste, y pasándole la mano por la frente, díjole algunas -palabras consoladoras y afectuosas. Después corrió á quitarse el -vestido de sociedad, que era un sarcasmo en tan lastimosa escena. Fuí -tras ella á su tocador, y mientras se mudaba de traje, contóme en -palabras breves el motivo de su temprana salida del teatro. La obra que -se estrenó era muy inmoral, y todas las personas decentes se habían -escandalizado; las señoras se salían, horrorizadas, de los palcos, y el -público de butacas protestaba con murmullos. - ---Figúrate que el autor ha sacado allí unas _tías_ elegantes, -caracteres enteramente nuevos en nuestro teatro... Es un escándalo, una -desvergüenza; es cosa que da asco... Lo único bueno de la obra son los -trajes preciosísimos que han sacado las tales... ¡Qué lujo, qué novedad -de telas, y qué cortes tan admirables! - -La gravedad de lo que nos rodeaba no le permitió darme más pormenores. - ---Pobre Pepe, ¡cuánto padece esta noche! --exclamó abrochándose la -bata y mirándose en mi tristeza como en un espejo--. ¡Si le pudiéramos -aliviar! Maldita medicina que para nada sirve. Esta noche no nos -abandonarás. ¡Me espanta la idea de quedarme aquí sola!... Siento que -pases estos malos ratos; pero no hay más remedio, hijito. Hazlo por mí, -por él, por todos. En estos casos se conocen los buenos amigos. Presumo -que vamos á tener una noche muy mala, muy mala. - -Volví antes que ella al lado de Carrillo. Encontrémele acometido de -espantosos dolores, doblándose por la cintura como si quisiera partirse -en dos, profiriendo ayes profundos, roncos y guturales, que causaban -horror. Parecía haber perdido el juicio. Sus gritos eran la exclamación -de la animalidad herida y en peligro, sin ideas, sin nada de lo que -distingue al hombre de la fiera. Eloísa se puso á su lado, pero él -no reparó en ella; en mí sí, pues habiéndole rodeado el cuello con -mi brazo para sostenerle en la postura que me parecía menos penosa, -se aferró con ambas manos á mi cuerpo y me tuvo sujeto largo rato. -Agarrábase á mí como si al asegurarse bien, clavándome las uñas, se -sintiese aliviado. Ultimamente reclinó la cabeza sobre mi pecho, dando -un suspiro muy hondo. Mi prima se aterró creyendo que se moría; pero -tranquilizónos el médico asegurando que la sedación comenzaba y que las -arenillas habían pasado ya. El tal doctor no era una notabilidad de -la ciencia, á mi modo de ver, aunque muy zalamero en su trato, razón -por la cual muchas familias de viso le preferían á otros. Si la misión -del facultativo es entretener á los enfermos y alegrar su espíritu con -ingeniosas palabras y aun con metáforas, Zayas no tiene quien le eche -el pie adelante. Por lo demás, ni él curaba á nadie, ni Cristo que lo -fundó. Eloísa propuso aquella misma noche convocar junta de médicos -para el día siguiente, y el de cabecera citó tres ó cuatro nombres de -los más ilustres. Después de haber recetado un calmante, arrepintióse y -recetó otro, y por fin le vimos decidido á darle bromuro potásico. - ---Debe de haber en esto una complicación grave --le dije, razonando con -el sentido común--. ¿Habrá derrame cerebral? - ---Quizás --replicó lleno de dudas--. Lo indudable es la completa atonía -del aparato vesical y tal vez paralización de los centros nerviosos. -Me temo mucho que haya bolsas arteriales, cuya rotura sería el -desenlace funesto. Al principio se quejaba de frío en la espalda, y las -fricciones le pusieron peor. El pulso acusa una circulación sumamente -irregular. - -Nada concreto nos decía aquel sabio, que había estado tres años -estudiando al paciente y aún no le conocía. Entre Celedonio y yo, con -ayuda de Villalonga, acostamos á Pepe en su cama, vestido para no -molestarle. No parecía sufrir dolores agudos; pero su cerebro estaba -profundísimamente trastornado. Hablaba sin cesar con torpe lengua, -entrecortando las frases con risas que nos causaban espanto. Sentóse mi -prima por un lado del lecho, y yo por otro. Zayas le contemplaba desde -enfrente sin decir nada. Miraba Pepe á su mujer con estúpidos ojos: -no la reconocía; tomábala por una persona extraña; se volvía á mí, y -confundiéndome con Celedonio, decía: - ---Tú, Celedonio, y José María sois las únicas personas que me quieren -y me cuidan en esta casa. - -Eloísa y yo nos mirábamos con azarosa inquietud, sin pronunciar palabra. - ---¿Se ha ido José María? --preguntaba después el infeliz. - ---Aquí estoy, ¿no me ves?... - ---¡Ah! sí: como estás vestido de sacerdote, no te había conocido... ¿De -cuándo acá...? - -De este modo llegó media noche. El delirio disminuía. El marido de mi -prima parecía entrar lentamente en un período comático. Calló al fin, -y su respiración anunciaba sosiego, quizás un sueño reparador. Por fin -el médico, asegurando que no había peligro inmediato, se despidió hasta -la mañana siguiente. Villalonga se fué también. El marqués de Cícero, -que estaba en el despacho leyendo periódicos delante del busto de -Shakespeare, díjome que no tenía sueño; que se quedaría hasta las tres -ó las cuatro, si me quedaba yo, y poco después Eloísa invitaba á él y á -su señora hermana á tomar un emparedado, un poco de Burdeos y una taza -de té. En el comedor les ví á eso de la una cenando silenciosos. Yo no -tomé nada. - - -III - -A pesar de las seguridades que dió el bueno de Zayas, yo no las tenía -todas conmigo. Temía, más que la renovación del ataque de nefritis, -un brusco estallido de las complicaciones vasculares y encefálicas. -Aunque Eloísa me instó á que me acostase, no quise hacerlo. Ella -también estaba inquieta. Acordamos velar ambos, cargando juntos aquella -espantosa cruz, como nos lo ordenaba la fatalidad de los hechos. El -marqués y su hermana se fueron al despacho, donde se entretenían, ella -rezando el rosario y él leyendo. Sería la una y media cuando Eloísa y -yo volvimos á ponernos en triste centinela, cada cual á un lado del -lecho del enfermo. Así estuvimos largo rato oyendo sólo el rumorcillo -del reloj de la chimenea, que arrojaba los desmenuzados espacios de -tiempo como la clepsidra chorrea las arenas que caen para siempre. -Observábamos el cadencioso, reposado aliento de Pepe, y al menor sonido -que se pareciese á la emisión de una sílaba, nos entraba sobresalto -y azoramiento. Creíamos que nos iba á decir algo aterrador con la -solemnidad que es propia de labios moribundos. De improviso abrió el -infeliz los ojos; miró á su mujer, cual si no estuviera seguro de -quién era; volvióse después hacia mí, y en tono tranquilo que revelaba -completa posesión de sus facultades intelectuales, me dijo estas -palabras: - ---Haz el favor de mandar que venga un cura. Quiero confesarme. - -Dijímosle que su estado no era para tanto, y él insistió en que sí lo -era con tal energía, que no quisimos contrariarle. - ---Esta noche me moriré --exclamó con una serenidad que nos dejó -pasmados--. Esta noche se acabará esta vida que he deseado fuese -útil, sin poderlo conseguir. Y no creáis que estoy afligido. Me muero -resignado. ¿Qué soy yo en el mundo? Nada. Soy un cero que padece y nada -más. La mayor parte de los que vivimos, ceros somos, y mientras más -pronto se nos borre, mejor. - -Le respondimos á _duo_ las primeras simplezas que se nos ocurrieron. - ---¡Qué cosas tienes! No digas tonterías. Si estás bien... - ---Que se te quite eso de la cabeza. - -Y siempre más atento á mí que á los demás, ¡preferencia increíble!, -repitió su demanda: - ---José María, tú que eres tan amable, tan complaciente, tráeme un cura. -Mira que esto va de veras, y tengo en mi conciencia cosas que quisiera -dejar aquí. Si no me confieso, sobre tu conciencia va; y si me condeno, -carga con la responsabilidad... Soy cristiano, deseo cumplir. José -María, Eloísa, sed amables, traerme un confesor. - -Estas palabras tenían una solemnidad que en vano queríamos quitarle, -atribuyéndolas á delirio de enfermo. En las miradas de Eloísa conocí -que ésta las interpretaba como desvarío de un cerebro alterado. A -su vez, ella debió de conocer en las mías que yo entendía aquellos -conceptos de otro modo, y pronto cambió la expresión de su rostro. La -ví queriendo disimular alguna lágrima que se le saltaba de los ojos; y -el marido, notando esta emoción, le dijo: - ---Ni tú, pobrecita, ni Celedonio, servís para estos lances. Más vale -que os retiréis. - -Insistió luego en que le trajésemos al confesor; dijímosle que al día -siguiente, y él contestó con cierto énfasis: - ---No, no: ahora mismo. Mañana ya no habrá tiempo. - -Serían las dos cuando enviamos el recado á la parroquia de San Lorenzo. - -El cura tardó una hora en venir, y en este tiempo Carrillo siguió -en el mismo estado, más bien con apariencias de mejoría. Hablaba -alternativamente con su mujer, con Celedonio y conmigo, mostrándonos -á los tres un cariño fraternal que, por la parte que me tocaba, no -he podido explicarme nunca. La confesión fué larga. Mientras se -verificaba, Eloísa y yo convinimos en que la ceremonia del Viático se -celebraría al día siguiente con gran pompa, con asistencia de toda la -familia y de los parientes y amigos de la casa. Acordamos en breve -discusión algunos detalles. Se haría un bonito altar y se traería -la mayor cantidad posible de hachas y plantas de salón. Tanto ella -como yo queríamos que este acto piadoso tuviera muchísimo lucimiento. -Ocurriónos también impetrar la bendición papal, y yo indiqué que por -mediación de mi tío y del general Chapa, que eran amigos del Nuncio, se -podía conseguir, costara lo que costase. - -Cuando salió el cura de la alcoba, le acompañé al comedor, donde estaba -dispuesto un chocolate, que no quiso aceptar. Tenía que decir misa -á las ocho. Fumamos un cigarrillo, y él, fijando en mí sus ojuelos -sagaces (era viejo y muy curtido en aquellos lances), pronunció estas -palabras que me parecieron impertinentes: - ---Ese buen señor es un mártir. - ---¡Un mártir, sí! --repetí yo como si dijera _amén_. - -Aún me parecía poco, y lo remaché: - ---¡Es un santo! - -Entonces el clérigo, echándome una rociada de humo, y mirándome como si -me atravesara de parte á parte con sus ojos, exclamó: - ---¡Dichosos los que no temen la muerte, porque están puros! - -Iba yo á soltar una sentencia análoga; pero creí más correcto no decir -nada, y le devolví su humo mezclado con el mío. Después de una pausa, -los ojuelos volvieron á flecharme. Creí sorprender no sé qué tremenda -ironía en aquel intruso forrado de negro, cuando me dijo: - ---¿Es usted hermano de la señora? - -De buena gana le habría respondido: «¿Y á tí que te importa, tontín, -que yo sea hermano de la señora, ó lo que se me antoje ser de la -señora?» Pero este terrible disparate no salió de mis labios. - ---No, señor --le respondí, tragándome el humo--. Soy... de la familia. - -Pronunció luego el dichoso clérigo algunas palabras consoladoras, de -las de rúbrica, y se despidió. Le acompañé hasta la puerta. Ya tenía yo -muchas ganas de perderle de vista. - -Carrillo me mandó llamar. Estaba impaciente por tenerme á su lado, y -tal vez quería decirme algo importante. En el gabinete que precedía -á la alcoba ví á Eloísa sentada en una butaca, inclinada la cabeza y -el rostro entre las manos. Lloraba en silencio. Creí de pronto que -durante el tiempo que yo estuve con el cura, mi prima y su marido -habían cambiado algunas palabras; pero después supe por ella que no. -La solemnidad y gravedad de las circunstancias, la compasión, el temor -religioso, la importancia del acto que su marido acababa de realizar, -habíanla impresionado enormemente. No se atrevía á franquear la puerta -de la alcoba. Sentía pavor, respeto, vergüenza, no sabía qué. - -Entré, y acercándome al lecho, advertí que el enfermo estaba sereno; -sólo que tenía la voz tomada, y alrededor de los ojos un cerco -obscuro, muy obscuro. - ---Si vieras qué tranquilo estoy ahora --me dijo con cariño--. Tú no lo -creerás, porque eres irreligioso. Tampoco creerás que tal como estoy no -me cambiaría por tí. - -Le contesté, después de mucho vacilar y confundirme, que, en efecto, -la vida humana era una broma pesada, y que cuanto más pronto se libre -uno de ella, mejor. Él dijo que una hora de conciencia pura vale más -que mil años de salud y de ventura, con lo que me mostré conforme, -aunque sobre ello parecíame que había mucho que hablar. Le insté á que -descansara, dejando las reflexiones morales para el día siguiente; -pero él no quiso, y siguió hablándome del estado felicísimo en que se -encontraba. - ---Créeme, José María --me dijo dos ó tres veces--, te tengo lástima -como se la tengo á todos los que viven sin fe. Enmiéndate, corrígete. -No des importancia á lo que no la tiene. - -Y mirando al techo, exclamó después con expresión de indescriptible -júbilo: - ---¡Qué gusto poder decir ahora: _no he hecho mal á nadie_! - -No le respondí. Pero los pensamientos me congestionaban el cerebro. -Ocurriéronme tantas cosas, que habría necesitado una resma de papel si -intentara escribirlas. Si por instantes admiraba aquella conformidad -hermosa, á veces me ocurría que Carrillo faltaba á la verdad al -sostener que nunca hizo mal á nadie, pues se lo había causado á sí -mismo en grado máximo; jamás tuvo la estimación de su propio sér, -fundamento de la vida social; había sido un suicida civil, y no se -redimía, no, echándoselas de místico á última hora. Protestaba yo -de aquel estado de perfección en que se suponía, y me venían al -pensamiento ideas crueles, despiadadas, absurdas quizás, en las -cuales algo había de envidia, algo de venganza; pero que entonces me -parecían fundadas en el criterio de la eterna justicia. «No --decía yo -para mí, inquieto y trastornado--, no te hagas el santo. No lo eres, -porque no has combatido, porque no es virtud la falta absoluta de -energía, tanto para el mal como para el bien. No nos hables de gozar -la bienaventuranza eterna. Sí: para tí estaba el Cielo. Si quieres -salvarte, dí que me has aborrecido y que me perdonas... Matándome, nos -habríamos condenado juntos. Pero no has tenido ni siquiera la intención -de ello, y me estrechas la mano y me llamas amigo... ¡Ah! miserable -cero: no me llevarás contigo al Limbo, que va á ser tu morada... ¿Qué -casta de hombre eres? ¿Son así los ángeles? Pues reniego de ellos...» - -Estos y otros desatinos me bullían en la mente. Para acabar de -marearme, Carrillo me dijo: - ---Procura conducirte de modo que cuando te mueras, estés tranquilo como -yo ahora. - -No pude vencerme y se me escapó una sonrisa. Quise recogerla; pero -las sonrisas, como las palabras, no se pueden recoger. Él la tomó -por expresión de lástima, y afirmó que se sentía muy bien, mejor que -yo, y, sobre todo, mucho más tranquilo. No le respondí sino con el -pensamiento, diciéndole: «Esa tranquilidad desabrida para nada la -quiero. ¡Morirse sin haber querido ó sin haber odiado á alguien! ¡Morir -sin despedirse de una pasión, sin tener alguien á quien perdonar, algo -de que arrepentirse! ¡Sosa, incolora y tristísima muerte!» - -Después pareció que escuchaba. Ponía su atención en los sollozos de -Eloísa. - -Esa pobre --murmuró con afabilidad que me causaba pena-- está pasando -sin necesidad una mala noche. Dile que se acueste. Acompáñala, -consuélala; no la dejes que se entregue al dolor. - -Salí para cumplir este encargo. Pero ella no me hizo caso, y continuaba -en el mismo sitio. Al poco rato, Carrillo empezó á mostrar gran -inquietud. Me alarmé. Entre Celedonio y yo le incorporamos en el -lecho. Quiso hablar y no pudo; llevóse una mano á los ojos... Gemidos -roncos salían de su garganta. Acudió su mujer, afanada, secando sus -lágrimas. Entonces, de la boca del desdichado ví salir alguna sangre; -después más, más. Ni él hacía esfuerzos para lanzarla fuera, ni parecía -experimentar dolor. No la arrojaba él; ella se salía serenamente como -el agua que afluye hilo á hilo del manantial. ¡Momento de consternación -en las tres personas que presenciábamos aquel fin de una vida! Fué tan -rápida y tan grande la descomposición del rostro de Pepe, que Eloísa se -impresionó mucho. La ví aterrada, próxima á perder el conocimiento. - ---Vete --le dije--, vete de aquí. - -Pero su propio terror la clavaba en aquel triste lugar. Entró Micaela y -le ordené que se llevara á su señora. La doncella le rodeó la cintura -con su brazo, y la que muy pronto iba á ser viuda salió, tapándose -los ojos. El marqués de Cícero, que había entrado de puntillas, huyó -despavorido, con las manos en la cabeza. - -Cuando Celedonio y yo nos quedamos solos con el moribundo, éste -me echó los brazos, uno al cuello, otro por delante del pecho, y -apretóme tan fuertemente que me sentí mal. Me hacía daño. ¿Qué fuerza -era aquélla que le entraba en el instante último, al extinguirse -la vida?... Pasó por mi mente una idea, como pasan las estrellas -volantes por el cielo. «¡Ah! --pensé--, aquí está al fin ese odio que -te rehabilita á mis ojos. La última contracción del organismo que se -desploma es para expresarme que eres, que debes ser mi enemigo...» -Luego oprimió su rostro contra mí, y de su boca salió un bramido -fuerte, profundo, que parecía tener filo como una espada... Creí -sentir un dardo que me atravesaba el pecho. Con aquel gemido se acabó -su desdichada vida... Le miré la cara, y en sus ojos vidriosos ví -cuajada y congelada la misma expresión de amistad leal que me había -mostrado siempre... No, ¡pobre cordero! no me odiaba... Costóme trabajo -desasirme del abrazo de aquel inocente que quería sin duda llevarme -consigo al Limbo. - - -IV - -¡Qué noche! Cuando todo concluyó, salí de la alcoba, deseando quitarme -pronto la ropa, que estaba manchada de sangre. En el pasillo me ví á la -claridad del día, que entraba ya por las ventanas del patio, y sentí -un horror de mí mismo que no puedo explicar ahora. Parecía un asesino, -un carnicero, qué sé yo... Salióme al encuentro Micaela, la doncella -de Rafael, que me tuvo miedo y echó á correr dando gritos. La llamé; -preguntéle por su ama. Díjome que estaba en el cuarto del niño. En -tanto Celedonio, los ojos llenos de lágrimas, me hacía señas para que -volviese al gabinete, y me dijo entre sollozos que me sacaría ropa de -su amo para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba -un sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible -con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de -abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa, -mandé á Evaristo á casa para que me la trajera. - -Dejando á Celedonio con los restos aún no fríos de su amo, fuí en busca -de Eloísa, cuya situación de ánimo me alarmaba. No la encontré en el -cuarto del niño, que dormía profundamente, sino en el suyo, acometida -de un fuerte trastorno nervioso, manifestando, ya sentimiento, ya -terror. Al verme con el traje de su marido se puso tan mal, que -creí que se desvanecía. Fijábansele los síntomas espasmódicos en la -garganta, como de costumbre, y con sus manos hacía un dogal para -oprimírsela. - ---La pluma, la pluma --murmuraba con cierto desvarío--. ¡No la puedo -pasar! - -Le rogué que se acostara; pero negábase á ello. Micaela y yo quisimos -acostarla á la fuerza; pero nos hizo resistencia. Estaba convulsa, fría -y húmeda la piel; los ojos muy abiertos. - ---No vayas tú á ponerte mala también --dije con la mayor naturalidad -del mundo--. Recógete y descansa. No has de poder remediar nada dándote -malos ratos. - -Tuve que hacer uso de mi autoridad, de aquella autoridad efectiva -aunque usurpada; hube de ordenarle imperiosamente que se acostara -para que se decidiera á hacerlo. Noté en su obediencia como un -reconocimiento tácito de la autoridad que yo ejercía. Micaela empezó -á quitarle la ropa; la ayudé, porque mi prima, después del traqueteo -nervioso, hallábase como exánime y sin movimiento. La metimos en la -cama y la arropamos. ¡Ay! sentíame tan fatigado, que caí en un sillón -é incliné mi cabeza sobre el lecho. Allí me hubiera quedado toda la -mañana, si no tuviera deberes que cumplir fuera de aquella habitación. -En tal postura, y hallándome postrado y como aturdido, sentí la voz de -la viuda que me llamaba. Alcé la cabeza. Sus palabras y sus miradas -eran tan afectuosas como siempre. Sin nombrar al muerto, suplicóme -que atendiese á las obligaciones que traía el suceso, pues ella no -tenía fuerzas para nada. Díjele que no se ocupara más que de su -descanso, y le prometí que todo se haría de un modo conveniente. Vivo -agradecimiento se pintaba en su rostro, y además la confianza absoluta -que en mí tenía. Le arreglé la ropa de la cama, le dí á beber agua de -azahar, le entorné las maderas, corrí las cortinas para atenuar la luz -del día, y poniendo á Micaela de centinela de vista para que me avisase -si la señora se sentía muy molestada por la pluma en la garganta, salí, -no sin promesa de volver pronto, pues ésta fué condición precisa para -que Eloísa se tranquilizara... - ---Por Dios, no tardes: tengo miedo --díjome al despedirme, con ahogada -voz--, mucho miedo, y la pluma no pasa... - -Trajéronme mi ropa y me vestí con ella. ¡Ay! qué peso se me quitó de -encima cuando solté la de Carrillo, que además me venía algo estrecha. -A eso de las ocho llegaron mi tío, Medina, María Juana, y más tarde el -marqués de Cícero. Atento á todo, daba yo las disposiciones propias -del caso, y recibía á los parientes y amigos que se iban presentando. -En lo concerniente al servicio fúnebre, allá se entendían Celedonio y -los empleados de la Funeraria, pues yo me sentí como atemorizado de -intervenir en ello. Recogí las llaves de la mesa de despacho y del -mueble donde el pobre Pepe tenía sus papeles, y las guardé hasta que -pudiera entregarlas á Eloísa, que al fin parecía vencida del cansancio -y dormía con los dedos clavados en el cuello. - -Camila recaló por allí á eso de las diez, acompañada de Constantino; -mas como tenía que dar de mamar á su nene, lo llevó consigo, y el -lúgubre silencio de la casa se vió turbado por el clarinete de -Alejandrito. Almorzamos mi tío, Raimundo y yo de mala gana, y luego nos -encerramos los tres en el despacho para redactar la papeleta fúnebre y -poner los sobres. Sentado donde Pepe se sentaba, no sé qué sentía yo -al ver en torno mío aquellas prendas suyas, ¡amargas prendas! en las -cuales parecía que estaba adherido y como suspenso su espíritu. Allí ví -estados de recaudación de fondos filantrópicos, circulares solicitando -auxilios de corporaciones y particulares, cuentas de suministro de -víveres y otros documentos que acreditaban la caritativa actividad -de aquel desventurado. Cuidamos mucho de que en la redacción de la -papeleta no se nos olvidara ningún título, detalle ni fórmula de las -que la etiqueta mortuoria ha hecho indispensables. «El excelentísimo -señor don José Carrillo de Albornoz y Caballero, Maestrante de -Sevilla, Caballero de la Orden de Montesa, etcétera, etc... Su -desconsolada viuda, la excelentísima... etc., etc.» No se nos quedó -nada en el tintero; y en las direcciones que pusimos á los sobres, -ninguna de nuestras amistades pudo escaparse. - -La señora, por razón de su estado, no podía dar órdenes, y los criados -se dirigían á cada instante á mí, como si yo fuera el amo, como si -lo hubiera sido siempre, y me consultaban sobre todas las dudas que -ocurrían. Y aquella autoridad mía era uno de esos absurdos que, por -haber venido lentamente en la serie de los sucesos, ya no lo parecía. -Ved, pues, cómo lo más contrario á la razón y al orden de la sociedad, -llega á ser natural y corriente cuando, de un hecho en otro, la -excepción va subiendo, subiendo, hasta usurpar el trono de la regla. Y -cosas que vistas de pronto nos sorprenden, cuando llegamos á ellas por -lenta gradación nos parecen naturales. - -Rogóme Eloísa que no saliese de la casa hasta que no se verificara el -entierro. Así tenía que ser, pues si yo no estaba en todo, las cosas -salían mal. El marqués de Cícero, que se ofrecía constantemente á -ayudarme, no servía más que de estorbo, y mi tío tenía ocupaciones -indispensables aquel día. Sólo Constantino y Raimundo prestaban algún -servicio, aunque sólo fuera el de hacerme compañía. La viuda no -recibía á nadie, ni á sus más íntimas amigas. Acompañábanla su madre y -hermanas, y sin llorar, consagraban alguna palabra tierna y compasiva -al pobre difunto. - -Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual -si me hubiera quitado de encima del corazón un peso horrible. No -quise ir al entierro, y Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza -esta resolución mía. Cuando se extinguió en las piedras de la calle -el ruido del último coche, mis trastornados sentidos querían volver á -la apreciación clara de las cosas. Pero la imagen del infeliz hombre -que había despedido su último aliento sobre mi pecho, clavándomelo -como un puñal, no se me apartaba del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus -sentimientos respecto á mí? ¿Qué noción moral era la suya, cuál su -idea del honor y del derecho? Ni aun viendo en él lo que en lenguaje -recto se llama _un santo_, podía yo entenderle. ¡Misterio insondable -del alma humana! Ante él no hay que hacer otra cosa que cruzarse de -brazos y contemplar la confusión como se contempla el mar. Querer -hallar el sentido de ciertas cosas es como pretender que ese mismo mar, -desmintiendo la ley de su eterna inquietud, nos muestre una superficie -enteramente plana. - -¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me resistía -á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí que no me -permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de mi compasión, -ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi vida, ¡ay!, estará -delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de Carrillo, sin que -me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio infinito, que -encerrada en una fórmula la debilidad humana. - -A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado -en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare. -El gran dramático me miraba con sus ojos de bronce, y yo no podía -apartar los míos de aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja -el molde de un mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que -piensa; de aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas -la emisión de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos -rezan delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me -agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma. - -Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que fueron -á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban su madre y -hermanas. En los susurros de su conversación queda, me pareció entender -que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su regazo, dormido, al -niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más tarde, cuando mi tío -Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del cementerio, ostentando -este último una aflicción decorativa, que tenía tanta propiedad como -el león disecado con que se retrataba, me alejé del gabinete para no -oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí, como los tiroteos -alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera la muerte del -pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí tras de mí -unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me llamaba -por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de mí. Le -cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él se puso -al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al cuello. -Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en la casa -reinaba, y en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos -negros advertí una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero -que anunciaba la formación del hombre y los rudimentos de la reflexión -humana. Después de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle -por lo muy conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era -de éstos que quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y -que se incomodan cuando no se les presta una atención absoluta. Para -satisfacer su egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas -de un caballo, para que les pongáis la cara bien recta delante de la -suya. Lo que me tenía que comunicar era esto: - ---Dice _Quela_ que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te -quedas aquí. - -Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su -tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara. - ---Dice _Quela_ que tú... vas á ser mi _papa_... - -Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar categóricamente -á las cosas más graves que yo había oído en mi vida. Porque sí: jamás -de labios humanos brotaron, para venir sobre mí, como espada cortante, -palabras que entrañaran problemas como el que formulaban aquellos -labios de rosa. - -Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La -casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme -de nadie me marché á la mía. - - - - -XIV - -Hielo. - - -I - -Sentía imperiosa necesidad de estar solo. La tristeza reclamaba todo -mi sér, y tenía que dárselo, aislándome. Conocí que venía sobre mí un -ataque de aquel mal de familia que de tiempo en tiempo reclamaba su -tributo en la forma de pasión de ánimo y de huraña soledad. Y lo que -había visto y sentido en tales días era más que suficiente motivo para -que el maldito achaque constitutivo se acordara de mí. En la soledad de -aquella noche y de todo el día siguiente tuve un compañero, Carrillo, -cuya imagen no me dejó dormir. El ruido de oídos, que me martirizaba, -era su voz, y mi sombra, al pasearme por la habitación, su persona. Le -sentía á mi lado y tras de mí, sin que me inspirara el temor que llevan -consigo los aparecidos. Es más: me hacía compañía, y creo que sin tal -obsesión habría estado más melancólico. Mi afán mayor, mi idea fija era -querer penetrar, ya que antes no pude hacerlo, las propiedades íntimas -de aquel carácter, y descifrar la increíble amistad que me mostró -siempre, mayormente en sus últimos instantes. ¡Era para volverme -estúpido! Cuando dicho afecto me parecía un sentimiento elevadísimo y -sublime, comprendido dentro de la santidad, mi juicio daba un vuelco y -venía á considerarlo como lo más deplorable de la miseria humana. Yo -me secaba los sesos pensando en esto, traspasado de lástima por él, á -veces sintiendo menosprecio, á ratos admiración. - -Los días se sucedían lentos y tristes, sin que yo quebrantara mi -clausura. No recibía á nadie, y si mis íntimos amigos ó mi tío ó -Raimundo iban á acompañarme, hacía lo posible por que me dejasen solo -lo más pronto posible. Pasados tres días, Carrillo se borraba, poco -á poco, de mi pensamiento; le veía bajo tierra confundiéndose con -ésta y disolviéndose en el reino de la materia, como su memoria en -el reino del olvido. Lo que en primer término ocupaba ya mi espíritu -era la casa de Eloísa, todo lo material de ella. Los muebles, las -paredes cargadas de objetos de lujo, el ambiente, el color, la luz que -entraba por las ventanas del patio, componían un conjunto que me era -horriblemente antipático y aborrecible. La idea de ser habitante de -tal casa y de mandar en ella, me producía el mismo terror angustioso -que en otros ataques la idea de sentir un tren viniendo sobre mí. -No: yo no quería ir allá; yo no iría allá por nada del mundo. El -recuerdo sólo de las afectadas pompas de aquellos jueves poníame en -gran turbación, acompañada de un trastorno físico que me aceleraba el -pulso y me revolvía el estómago... Pero lo que me confundía más y me -llenaba de estupor, era notar en mí una mudanza extraordinaria en los -sentimientos que fueron la base de mi vida toda en los últimos años. -A veces creía que era ficción de mi cerebro, y para cerciorarme de -ello, ahondaba, ahondaba en mí. Mientras más iba á lo profundo, mayor -certidumbre adquiría de aquel increíble cambio. Sí, sí: la muerte de -Pepe había sido como uno de esos giros de teatro que destruyen todo -encanto y trastornan la magia de la escena. Lo que en vida de él me -enorgullecía, ahora me hastiaba; lo que en vida de él era plenitud del -amor propio, era ya recelos, suspicacia con vagos asomos de vergüenza. -Si robarle fué mi vanidad y mi placer, heredarle era mi martirio. La -idea de ser otro Carrillo me envenenaba la sangre. La desilusión, -agrandándose y abriéndose como una caverna, hizo en mi alma un vacío -espantoso. No era posible engañarme sobre esto. - -Pero aún dudaba yo de la realidad del fenómeno, y decía: «Falta -comprobarlo. No me fiaré de los lúgubres espejismos de mi tristeza. -Vendrán días alegres, y la mujer que fué mi dicha, seguirá siéndolo -hasta el fin de mi vida.» - -Dos semanas estuve encerrado. Eloísa me mandaba recados todos los días. -Yo exageraba mi enfermedad, fundando en ella mil pretextos para no -salir de casa. Por fin, una mañana la viuda de Carrillo fué á verme. -Era la primera vez que salía después de la desgracia. Venía vestida -con todo el rigor del luto y de la moda, más hermosa que nunca. Al -verla, no sé lo que pasó en mí. Sentí un frío mortal, un miedo como el -que inspiran los animales dañinos. Sus afectuosas caricias me dejaron -yerto. Observé entonces la autenticidad del fenómeno de mi desilusión, -pues mi alma, ante ella, estaba llena de una indiferencia que la -anonadaba. La miré y la volví á mirar; hablamos, y me asombraba de que -sus encantos me hicieran menos efecto que otras veces, aunque no me -parecieran vulgares. Era un doble hastío, un empacho moral y físico -lo que se había metido en mí; arte del demonio sin duda, pues yo no -lo podía explicar. «Será la enfermedad --me decía para consolarme--. -Esto pasará.» Cierto que yo venía sintiendo cansancio; pero ella me -interesaba al corazón. ¿Cómo ya no me hiere adentro? ¿De qué modo la -quería yo? ¿Qué casta de locura era la mía?... Nada, nada: esto tiene -que pasar. - -Seguimos hablando, ella muy cariñosa, yo muy frío. Nuestra -conversación, que al principio versó sobre temas de salud, recayó en -cuestiones de arreglo doméstico. Sin saber cómo, fué á parar al funeral -de su marido. Ella quería que fuese de lo más espléndido, con muchos -cantores, orquesta y un túmulo que llegase hasta el techo. Yo me opuse -resueltamente á esta dispendiosa estupidez. Sin saber cómo me irrité, -corrióme un calofrío por la espalda, subióme calor á la cabeza, y, -palabra tras palabra, me salió de la boca una sarta de recriminaciones -por su afán de gastar lo que no tenía. - ---Te has empeñado en arruinarte, y lo conseguirás. No cuentes conmigo. -Ahógate tú sola y déjame á mí. Si crees que voy á tolerarte y á -mimarte, te equivocas... No puedo más... - -Ella se quedó lívida oyéndome. Jamás la había tratado yo con tanta -dureza. En vez de contestarme con otras palabras igualmente duras, -pidióme perdón; le faltó la voz; empezó á llorar. Sus lágrimas -espontáneas hicieron efecto en mí. Reconocí que había estado -ridículamente brutal. Pero no me excusé, pues en mi interior había una -ira secreta que me aconsejaba no ceder. Eloísa me miraba con sus ojos -llenos de lágrimas, y en tono de víctima me dijo: - ---¿Yo qué he hecho para que me trates así? - -Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo, inexplicable -anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo que ella decía -que era negro. - ---Es que estoy notando en tí una cosa rara --prosiguió--. ¿Tienes -alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré -apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba -encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un -ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que -he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por -tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me -habrá calumniado alguien...? - -Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó -ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo: - ---Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré estado -triste. - -Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice -esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que -no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de -familia. Insistí, no obstante, en que el funeral fuera modesto, y ella -convino razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta -que no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente, -para arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos -con que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos -de amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo -que antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso -las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se -me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos, -pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo -por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se -debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la -naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que -le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios, -me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y -á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que -fueron, cuando se restableciese mi equilibrio. - - -II - -Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente. -Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con -el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que -me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para -penetrar hasta donde estaba lo importante, tuve que desmontar una capa -enorme de apuntes y notas sobre la _Sociedad de niños_ y otros asuntos -que no venían al caso. Todo lo que había sobre la administración de la -casa era incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos -de su antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á -poco fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que -era ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme -Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de -la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como, -por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado -dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que -había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que -se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos -pertenecientes á la _Sociedad de niños_, y era forzoso restituirlos. - -Sin rodeos pinté á mi prima la situación. - ---Estás arruinada --dije--. Si no se acude pronto á salvar lo poco que -aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como -alguien no se la dé por caridad. - -Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda -propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho, -díjome entre suspiros: - ---Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón tú -lo que quieras. - -Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se -despedirían casi todos los criados que quedaban; se procuraría -alquilar la casa, lo cual era difícil como no la tomase alguna -Embajada. Se venderían los cuadros de primera, los de segunda, y todas -las porcelanas y objetos de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque -fuera por el tercio de su valor, ó por lo que quisieran dar; y como -fin de fiesta, la familia se sometería á un presupuesto de sesenta ó -setenta mil reales todo lo más. - ---¡Almoneda total! --exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el -suelo. - -No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre mí, -pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en un -período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas. -Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica. -¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y -pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza -entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos -salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila -y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que -los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo -fuera su difunto amo. - -Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta -horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar -en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese -resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia de -un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en nombre -de Eloísa negándome á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los -Tribunales. Por fin, después de pensarlo mucho y de consultar el caso -con personas prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho -mil duros y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para -que la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar -cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de -adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la -testamentaría. - -Y Eloísa me decía con efusión: - ---En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina. - -¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su -honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios -administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto -al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no -estuviese de por medio su madre. - -Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad que -verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones y -rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en principio; -pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces ví más clara -que nunca una de las notas fundamentales del carácter de Eloísa, y era -que cuando se le proponía algo, contestaba con dulzura conformándose; -pero después hacía lo que le daba la gana. Sus palabras eran siempre -dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer nunca resistencia directa, -ni dar la cara en su sistemática autonomía, llevaba adelante el -cumplimiento de su voluntad con acción lenta, sorda, astuta, -resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías. -Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras -suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me -haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica, -todo esto era un mito, y las economías se quedaban en _veremos_... -Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la -casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á -la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se -vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría -perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella -me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se -quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré -obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no -lo creía. - -Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un -poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual -concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos -se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era -obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones -más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de -estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos de -aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué á -creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así. La -viudita me mostraba el cariño de siempre; hasta se me figuró advertir -en aquel cariño pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más -ideal, por lo mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto -me daba pena. Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro -casamiento, dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos -concretos, como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay -de mí! pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa -aludía al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra. -Me entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba -nada; quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis -apetitos y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo -la prohibición... ¡jamás! - - - - -XV - -Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas que pasaron después. - - -I - -Durante una semana estuve distraído por pesares que no vacilo en -llamar domésticos. El niño de Camila, mi vecina, se puso tan malito, -que daba dolor verle y oirle. Cubriósele el cuerpo de pústulas. Todo -él se hizo llaga lastimosa. Martirio tan grande habría abatido la -naturaleza de un hombre, cuanto más la de una tierna criatura que no -podía valerse. Admiré entonces la perseverancia del cariño materno de -Camila, y además una cualidad que yo no sospechaba existiese en ella, -el valor; esa energía inflexible en el cumplimiento de las acciones -pequeñas y obscuras, que sumadas dan una resultante de que no sería -capaz tal vez cualquiera de los héroes públicos que yacen debajo de un -epitafio. El mundo me había dado á mí muchas sorpresas; pero ninguna -como aquélla. Francamente, no creí que una mujer que me pareció tan -imperfecta y llena de feos resabios, desplegase tales dotes. Siete -noches seguidas pasó la infeliz sin acostarse, con el pequeñuelo sobre -su regazo, amamantándole, arrullándole, curándole las ulceraciones de -su epidermis con un esmero y una paciencia que sólo las madres de buen -temple saben tener. Constantino y yo veíamos con pena tanta abnegación, -temiendo que enfermara; pero su potente organismo triunfaba de todo. -Eloísa y su madre la instaban á que buscara un ama para que el chico -no la extenuase, pues en sus postrimerías Alejandrito era voraz y no -se hartaba nunca. Pero Camila esquivaba disputar sobre este punto, y -no quería que le hablaran de nodrizas. Estaba decidida á salvarle ó á -sucumbir con él. Ella era así: ó todo ó nada. Tenía el capricho de ser -heroína. Quería saltar de mujer sin seso á mujer grande. «O sacarle -adelante ó morirme con él», repetía; pero Dios no quiso que ninguno de -los términos de este dilema se cumpliese, y al sexto día Alejandrito -fué atacado de horribles convulsiones, que le repitieron á menudo, -hasta que el séptimo, una más fuerte que las demás se lo llevó. Aquel -día funesto, Camila me pareció más madre que nunca. La flexibilidad -pasmosa de su carácter y su desenvoltura quedaban obscurecidas bajo -aquel tesón grave. No creí, no, que entre tal hojarasca existiese joya -tan hermosa. A ratos se le conocía el genio por la rapidez febril con -que tomaba las resoluciones y por la inconstancia de sus juicios. -Sólo el sentimiento era en ella duradero y profundo. Añadiré una -circunstancia que me llegaba al alma, y era que consultaba conmigo -toda dificultad que ocurriese aun en cosas de que yo no entendía una -palabra. Por corresponder á esta noble confianza, daba yo mi parecer -al tirón, sin detenerme á considerar lo que saldría de juicios tan -atropellados. «José María, ¿te parece que haga calentar esta ropa antes -de ponérsela?... José María, ¿te parece que le dé dos cucharadas de -jarabe en vez de una?... José María, ¿me hará daño café puro para no -dormir? ¿me irritará?...» A todo contestaba yo lo primero que se me -ocurría, después de mirar á Constantino en una especie de deliberación -muda. Rara vez aventuraba Miquis opinión concreta, y cuando la emitía, -de seguro era un gran disparate. Yo era el oráculo de la casa en todo. - -Por fin, el nene dejó de padecer. Bien hizo Dios en llevársele, -abreviando su martirio. Se fué de la vida, sin conocer de ella más que -el apetito y el dolor. Fué un glotón y un mártir. Se quedó yerto en el -regazo de su madre, y nos costó trabajo apartar de los brazos y de la -vista de ella aquel lastimoso cuerpecito, que parecía picoteado por -avecillas de rapiña. Con sus besos quería Camila infundirle vida nueva, -dándole la que á ella le sobraba. La separamos al fin, llevándola -á que descansara. La Camila normal reapareció al cabo; la muchacha -sin juicio que en otro tiempo había querido tomar fósforos porque la -privaban de su novio. Hubo convulsiones, llanto, risa nerviosa; habló -de matarse; deliró cantando; nos dijo que la habíamos robado á su -niño... Por último, se calmó: cesaron las extravagancias, y la loca, -que también había sabido cumplir sus deberes, se encastillaba al fin en -la conformidad cristiana; invocaba á Dios, y llorando hilo á hilo, sin -espasmos ni alboroto, tenía el valor de la resignación, más meritorio -que el del combate. - -Mientras la mujer de Augusto Miquis y María Juana amortajaban al niño, -yo dije á Constantino: - ---Quiero hacerle un entierro de primera. Corre de mi cuenta, y no -tenéis que ocuparos de nada. - -En efecto: al día siguiente piafaban á la puerta de casa seis caballos -hermosos, con rojos caparazones recamados de plata, tirando de la -carroza fúnebre-carnavalesca más bonita que había en Madrid. Llevamos -el cuerpo al cementerio con la mayor pompa posible. Yo tenía cierto -orgullo en esto, y me complacía en asomarme por la portezuela de mi -coche y ver delante el movible catafalco, el meneo de los penachos de -los caballos, y el tricornio y peluca del cochero. Yo pensaba que si -los niños difuntos abrieran sus ojos y vieran aquello, les parecería -que les llevaban á la tienda de Scropp. Cuando regresamos, después de -cumplida la triste obligación, Camila estaba en su cuarto, acostada -en un sofá, envuelta en espeso mantón, los puños cerrados apretando -fuertemente un pañuelo contra los ojos. Su madre le había repetido -hasta la saciedad todas las variantes posibles del _angelitos al -cielo_. Acerquéme á ella para preguntarle cómo estaba, y me expresó su -gratitud con ardor y cordialidad grandes, entre lágrimas y suspiros, -estrechándome una y otra vez las manos. ¿Y por qué tantos extremos? Por -un entierrillo de primera. Verdaderamente no había motivo para tanto, y -así se lo dije; pero una secreta satisfacción llenaba mi alma. - -En los días sucesivos la calma se fué restableciendo poco á poco, y el -consuelo introduciéndose lentamente en el espíritu de todos. Camila -era la más rebelde, y defendió por algunos días su dolor. El vacío -no se quería llenar. La soledad misma en que había quedado érale más -grata que la compañía que le hacíamos los parientes, y huía de nuestro -lado para volver sobre su pena á solas. Por fin, los días hicieron su -efecto. La veíamos ocupada y distraída con los menesteres de la casa, -y al cabo atendiendo con cierto esmero á engalanar su persona. Este -síntoma anunciaba el restablecimiento. La ví con placer recobrar su -gallardía, su agilidad pasmosa, y el vivo tono moreno y sanguíneo de -sus mejillas. La salud vigorosa tornaba á ser uno de sus hechizos, -volviendo acompañada de aquel humor caprichoso y voluble, que era la -parte más característica de su persona. Resucitaba con sus defectos -enormes; pero se engalanaba á mis ojos con una diadema de altas -cualidades que, á más de hacerse amables por sí mismas, arrojaban no sé -qué fulgor de gracia sobre aquellos defectos. - -Tratábame con familiaridad jovial, exenta de toda malicia. La -afectación, esa naturaleza sobrepuesta que tan gran papel hace en la -comedia humana, no existía en ella. Todo lo que hacía y decía, bueno ó -malo, era inspiración directa de la naturaleza auténtica... Su trato -conmigo era de extremada confianza, y solía contarme cosas que ninguna -mujer cuenta, como no sea á su amante. Cualquiera que nos hubiese oído -hablar en ciertas ocasiones, habría adquirido el convencimiento de que -nos unía algo más que amistad y parentesco. Y, no obstante, no cabía -mayor pureza en nuestras relaciones. - -Mil veces, conociendo su penuria, hícele ofrecimientos pecuniarios; -pero ella nunca aceptaba. - ---No quiero abusar --decía--: bastante es que no te hayamos pagado -la casa este mes, y que probablemente no te la pagaremos tampoco el -próximo. Pero el trimestre caerá junto. Para entonces me sobrará -dinero. No te creas, me he vuelto económica. Tú mismo me has visto -haciendo números por las noches y estrujando cantidades para sacarme un -vestidillo. - -Y era verdad esto. Algunas noches me la había encontrado garabateando -en una hoja de la _Agenda de la cocinera_, destinada á los cálculos. -Por cierto que las apuntaciones de la tal hoja no las entendía ni -Cristo. Eran un caos de vacilantes trazos de lápiz. Examinando aquellas -cuentas, me reí más... Noté que los _treses_ que hacía parecían -_nueves_, y los infelices _cuatros_ no tenían figura de números -corrientes. Yo iba en su auxilio, porque comprendí, tras brevísimo -examen, que Camila no sabía sumar. - ---¿Pero qué educación te han dado, chiquilla? - -Y ella me contestaba candorosamente: - ---Ahora me la estoy dando yo misma. La necesidad obliga. - -A veces me llamaba, me hacía sentar junto á la mesa del comedor y -rogábame fuera apuntando las cantidades que ella me decía para sumarlas -después. Con cuánto gusto lo hacía yo, no hay para qué decirlo. Cuando -era ella quien trazaba los números, hacía muecas con los labios, como -los chiquillos cuando están aprendiendo palotes. - ---Ya, ya me voy _jaciendo_ --decía con gracia. - -Por fin, salía del paso y hallaba la suma exacta. Los progresos, bajo -el espoleo de la necesidad, eran rápidos y seguros. Eloísa también era -poco fuerte en cuentas gráficas, enfilaba mal las columnas, sacaba unas -sumas disparatadas; pero de memoria hacía prodigios. Más de una vez me -quedé absorto viéndola sumar cifras enormes sin equivocarse ni en una -unidad. Había adquirido el hábito de calcular de memoria. Camila, en -cambio, no daba pie con bola sin ayuda del lapicito, un sobado pedazo -de madera negra que apenas tenía punta. - ---Ya me podías regalar un lápiz --me dijo un día. - -Le llevé un lapicero de oro. - -Y volví á rogarle me confiara su situación económica, que, por ciertos -indicios, conceptuaba poco desahogada. Doña Piedad, su suegra, se -había reconciliado con Constantino; pero las remesas metálicas eran -escasas, y las en especie, como arrope, cecina, queso y azafrán, no -suplían ciertas necesidades. Camila mostrábase siempre muy reservada -conmigo en este capítulo de sus apuros. Un día, no obstante, debió de -causarle apreturas tan grandes la insuficiencia de su presupuesto, que -se resolvió á hacer uso de la generosidad que yo le ofrecía. Observéla -aquella tarde un poco seria, inquieta; pero no hice alto en ello. -Estaba yo leyendo el periódico militar de Constantino, cuando se acercó -á mí despacito por detrás de la butaca. Inclinóse y sentí en mi rostro -el calor del suyo. Híceme el distraído y oí como un susurro. Bien podía -creer que mi ruido de oídos me fingía esta frase: - ---José María, me vas á hacer el favor de prestarme dos mil realitos. - -Pero no era el moscón de mi cerebro: era ella la que me hablaba. Luego -soltó una carcajada, repitiendo la petición en tono más adecuado á su -temperamento normal. - ---Nada, nada, que me los tienes que prestar. Si no, por la puerta se va -á la calle... No te creas, te los devolveré el mes que entra. - -Me supo tan bien el sablazo, que casi casi lo consideré como una -fineza, como una galantería. La verdad, si no hubiera andado por allí, -entrando y saliendo á cada rato, el gaznápiro de Miquis, le doy un -abrazo. Faltóme tiempo para complacerla. Si conforme me pidió cien -duros, me pide mil, se los entrego en el acto. - - -II - -Mi prima salía poco de su casa. Siempre que yo iba allí, la encontraba -ocupada en algo: bien subida en una escalera lavando cristales, bien -quitando el polvo á los muebles, á veces limpiando la poca plata que -tenía ó los objetos de metal blanco. Cuando yo le decía algo que no le -gustaba, solía responderme: - ---Cállate, ó te tiro esta palmatoria á la cabeza. - -Y lo peor era que lo hacía. Por poco un día me descalabra. Un mes -después de la muerte del chiquitín, aún su charla voluble y bromista -era interrumpida por suspiros y por algún recuerdo del pobre ángel -ausente. - ---¡Ay mi nene! --exclamaba, conteniendo el aliento y cerrando los ojos. - -Después se ponía á trabajar con más fuerza, pues pensaba que así se le -iba pasando mejor la pena. Notaba que planchar era muy eficaz, y que -echarle un forro nuevo á la levita militar de Constantino le despejaba -la cabeza. Otras veces decía con íntima convicción: - ---Para mí no hay más consuelo que tener otro nene. Y lo tendré, lo -tendré. Anoche hemos andado á la greña Constantino y yo. ¿Sabes -por qué? Porque sostengo que le debemos poner también el nombre de -Alejandro en memoria del que se nos ha muerto. Pero él se empeña en que -se ha de seguir el orden alfabético; de modo que al primero que venga -le toca la B. A mi Alejandrín se le llamó así por el hermano mayor de -Constantino; pero da la casualidad de que Alejandro es nombre de un -gran capitán antiguo, y ahora quiere mi marido que todos los hijos que -tengamos lleven nombre de héroes. ¿Has visto qué simpleza? - ---No hagas caso de ese majadero --le respondí con toda mi alma--. ¿Pues -no sostenía ayer que habías de llegar á la Z?... ¡Veintiocho hijos, -según la Academia! ¡Qué asquerosidad! te pondrías bonita. - ---Llegaremos siquiera á la M --afirmó ella dándome á conocer en el -brillo de sus ojos un sentimiento extraño, una especie de entusiasmo al -que no puedo dar otro nombre que el de _fanatismo de la maternidad_--. -Sí: llegaremos á la M, quizás á la N... Y el de la N dice Constantino -que se ha de llamar Napoleón. - ---¡Qué estupidez! No pienses en tener más muchachos. Mejor estás así, -más guapa, más saludable, más libre de cuidados. - ---Pero mucho más triste... Anoche soñé que había tenido dos gemelos. - ---¡Qué tonta eres! Siempre has de ser chiquilla --respondí--. Parece -que consideras á los hijos como juguetes... Si tuvieras tantos como -deseas, puede que no fueras tan buena madre como lo has sido en este -primer ensayo. Porque á tí te pasan pronto esos entusiasmos. Lo que hoy -te enloquece de amor, mañana te hastía. - ---¿Te quieres callar? --gritó llegándose á mí y amenazando sacarme los -ojos con una aguja de media--. Tú no me conoces. - ---¡Oh! sí, demasiado te conozco. Eres una mala cabeza. Pero hay que -declarar que tienes algún mérito. Has domesticado á Constantino. Hay -casos de esto: dos fieras juntas se doman mutuamente. Y Constantino -parece otro hombre. Es más persona; sabe tratar con la gente; no tira -ya aquellas coces; no habla de pronunciarse como si hablara de fumarse -un pitillo; no juega, no bebe, no disputa... - ---Todo eso es obra mía, caballero --observó Camila con acento de -inmenso orgullo--. Es que esta tonta tiene mucho de aquí, mucho talento. - -Volvió sus ojos hacia el retrato de Miquis, desnudo de medio cuerpo -arriba. - -«¿Pero no te da vergüenza --le dije-- de que la gente entre aquí y -vea ese mamarracho? Mil veces te he dicho que lo eches al fuego, y tú -sin hacer caso. Tienes un gusto perverso. Es que da asco ver ahí ese -zángano de circo, enseñando sus bellas formas, con esos brazos de mozo -de cordel, y esa cabeza de bruto. - ---¿Te quieres ir á paseo? Vaya con el señorito éste... ¿Pues qué tiene -de feo ese retrato? Bien guapo que está. ¿Qué querías tú? ¿que mi -marido fuera como esos tísicos que se van cayendo por la calle, porque -no tienen fuerzas para andar?... ¿como esos palillos de dientes en -figura de personas? Francamente, no me gustaría un marido á quien yo -pudiera retorcer el pescuezo, ó arrancarle un brazo de una mordida. -Constantino es hombre para cogerte como una pluma y tirarte al techo. - ---¡Angelito! Tirando de un carro quisiera verlo yo. - ---Pues no es tan bruto como crees --declaró enojándose--. Yo podría -probártelo... Pero no quiero probarte nada. Donde lo ves, es un ángel -de Dios, que me quiere más que á las niñas de sus ojos. Si le mando que -se eche por mí en una caldera hirviendo, créelo, lo hace. - ---Buen provecho á los dos... No te digo que no le quieras, Camila; -pero, mira, haz el favor de no tener más chiquillos: te vas á poner -fea; no te acuerdes más de las letras del alfabeto. - ---Pues sí que los tendré --dijo poniendo una cara monísima de niña mal -criada, y machacando con el puño de una mano en la palma de la otra--; -los tendré... ¡y rabia! Y llegaré á la N... ¡y rabia! ¡Y tendré á -Napoleón... y toma, toma, toma hijos! - -A la sazón entró el padre de aquella esperada generación de gloriosos -capitanes, y Camila le recibió, como suele decirse, con dos piedras en -la mano. - ---¿En dónde has estado, pillo? ¿Qué horas son éstas de venir á casa? -Como yo sepa que has ido al café, te voy á poner verde. - -Después se abrazaron y se besaron delante de mí. - ---Ea, señores, divertirse, --dije tomando mi sombrero. - ---Espera, tontín, y comerás con nosotros. No tenemos principio; pero -en obsequio á tí, abriremos una lata de langosta. - -Y los dos me instaron tanto, que me quedé y comí con ellos, embelesado -con su felicidad, que me parecía un fenómeno de inocencia pastoril. -De sobremesa, Camila volvió á hablar de lo que tanto la preocupaba, y -riñeron por aquello del alfabeto. Ella no quería nombres de capitanes -herejes, sino de santos cristianos. - ---Nada, nada --decía Miquis--: el primero que venga se ha de llamar -Belisario. - -Yo me reía; pero en mi interior me indignaba aquel inmoderado afán -de cargarse de familia, aquel apetito de hijos, y esperaba que la -Naturaleza no se mostrara condescendiente con mi prima, al menos tan -pronto como ella deseaba. Seré claro: la loca de la familia, la de más -dañado cerebro entre todos los Buenos de Guzmán, la extravagante, la -indomesticada Camila, se iba metiendo en mi corazón. Cuando lo noté, -ya una buena parte de ella estaba dentro. Una noche, hallándome en -casa, eché de ver que llevaba en mí el germen de una pasión nueva, la -cual se me presentaba con caracteres distintos de la que había muerto -en mí ó estaba á punto de morir. Las tonterías de Camila, que antes me -fueron antipáticas, encantábanme ya, y sus imperfecciones me parecían -lindezas. Tal es el movible curso de nuestra opinión en materias de -amor. Sus particularidades físicas se me transformaron del mismo modo, -y lo que principalmente me seducía en ella era su salud, la santa -salud, que viene á ser belleza en cierto modo. Aquella complexión -de hierro, aquel gallardo desprecio de la intemperie, aquella -incansable actividad, aquella resistencia al agua fría en todo tiempo, -su coloración sanguínea y caliente, su vida espléndida, su apetito -mismo, emblema de las asimilaciones de la Naturaleza y garantía de la -fecundidad, me enamoraban más que su talle esbelto, sus ojos de fuego -y la gracia picante de su rostro. Uno de sus principales encantos, la -dentadura, de piezas iguales, medidas, duras, limpias como el sol, -blancas como leche que se hubiera hecho hueso, me perseguía en sueños, -mordiéndome el corazón. - -La conquista me parecía fácil. ¿Cómo no, si la confianza me daba -terreno y armas? Consideraba á Constantino como un obstáculo harto -débil, y comparándome con él personal, moral é intelectualmente, las -notorias ventajas mías asegurábanme el triunfo. ¿Qué interés, fuera -del que le imponía el lazo religioso, podía inspirar á Camila aquel -hombre de conversación pedestre, de figura tosca, aunque atlética, y -que sólo se ocupaba en cultivar su fuerza muscular? ¡El lazo religioso! -¡Valiente caso hacía de él la descreída Camila, que rara vez iba á la -iglesia y se burlaba un tantico de los curas!... Nada, nada: cosa hecha. - -Por aquellos días invitóme Constantino á ir con él á la sala de armas. -Mucho tiempo hacía que yo no tiraba, y diez años antes no lo había -hecho mal. Comprendí que me convenía el ejercicio para contrarrestar -los malos efectos de la vida sedentaria y regalona. Al poco tiempo, el -recobrado vigor muscular me ponía de buen temple y me daba disposición -para todo. ¡Bendita salud, que es la única felicidad positiva, ó el -fundamento de estados que llamamos dichosos por una elasticidad del -lenguaje! En los asaltos en que Constantino y yo nos entreteníamos por -las tardes, aquel pedazo de bárbaro llevaba la mejor parte. Tenía más -destreza que yo, muchísima más fuerza y un brazo de acero. Su agilidad -y fuerza me pasmaban. Arrimábame buenas palizas; pero yo, al darle la -mano quitándome la careta, le decía con el pensamiento: «Pega todo lo -que quieras, acebuche. Ya verás qué pronto y qué bien te la pego yo á -tí.» - - -FIN DEL TOMO PRIMERO - - - - -ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO - - - Páginas. - - I.--Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi - tío Rafael y de mis primas María Juana, Eloísa y Camila. 5 - - II.--Indispensables noticias de mi fortuna, con algunas - particularidades acerca de la familia de mi tío y de las - cuatro paredes de Eloísa. 35 - - III.--Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos. 49 - - IV.--Debilidad. 63 - - V.--Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre - Kitty. 85 - - VI.--Las cuatro paredes de Eloísa. 97 - - VII.--La comida en casa de Camila. 111 - - VIII.--En que se aclaran cosas expuestas en el anterior. 123 - - IX.--Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y la - leyenda de las cuentas de vidrio. 127 - - X.--Carrillo valía más que yo. 145 - - XI.--Los jueves de Eloísa. 155 - - XII.--Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de amor. 209 - - XIII.--Ventajas de vivir en casa propia. -- La noche terrible. 233 - - XIV.--Hielo. 269 - - XV.--Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas que - pasaron después. 281 - - - - - -End of Project Gutenberg's Lo prohibido (tomo 1 de 2), by Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (TOMO 1 DE 2) *** - -***** This file should be named 63413-0.txt or 63413-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/4/1/63413/ - -Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Lo prohibido (tomo 1 de 2) - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: October 9, 2020 [EBook #63413] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (TOMO 1 DE 2) *** - - - - -Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -</pre> - - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> -</div> - - -<div class="screenonly"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - style="width: 28em; height: auto;" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> - <h1>LO PROHIBIDO</h1> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt6"> - <div class="legal"> - <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda - hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares - que no lleven el sello del autor.</p> - </div> -</div> - - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p> - <p class="fs120 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p> - <p class="ws1">NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS</p> - <hr class="fil" /> - - <p class="fs300 ws1 mt1">LO PROHIBIDO</p> - <p class="fs130 ws1 mt1">Tomo primero.</p> - <hr class="tir" /> - <p class="fs110 mt1">13.000</p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - style="width: 6em; height: auto;" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="fs110 lh150 g0 mt3"><b>MADRID</b></p> - <p class="lh150 g1 ws1">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p> - <p class="fs90 lh130 g1 ws1">(Sucesores de Hernando)</p> - <p class="lh130 g1 ws1">Arenal, 11</p> - <p class="fs110">1906</p> -</div> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p> - <p class="lh200 ws1 g0">EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO</p> - <p class="fs90 lh200 ws1 g0">IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</p> - <p class="fs90 lh200 ws1">C. de San Francisco, 4.</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> - <p class="centra fs200">LO PROHIBIDO</p> - <hr class="tir" /> - <h2 class="nobreak">I</h2> - <p class="subh2h">Refiero mi aparición en Madrid, y hablo - largamente de mi tío Rafael y de mis primas María Juana, Eloísa y - Camila.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi -padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa -extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos -que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias, -y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don -Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo -me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar -un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el -hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su -vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando -quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menes<span -class="pagenum" id="Page_6">p. 6</span>ter. Vivía el buen señor, quiero -decir, vivíamos en el barrio que se ha construído donde antes estuvo el -Pósito. El cuarto de mi tío era un principal de diez y ocho mil reales, -hermoso y alegre, si bien no muy holgado para tanta familia. Yo tomé el -bajo, poco menos grande que el principal, pero sobradamente espacioso -para mí solo, y lo decoré con lujo y puse en él todas las comodidades á -que estaba acostumbrado. Mi fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con -exceso.</p> - -<p>Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente -al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de -González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las -nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente -mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las -personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas -plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y -aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á -las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para -todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé -después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que -nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á -saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á -dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba -en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de -riqueza y trabajo.</p> - -<p>Mi tío es un agente de negocios muy conocido<span class="pagenum" -id="Page_7">p. 7</span> en Madrid. En otros tiempos desempeñó cargos -de importancia en la Administración: fué primero cónsul; después -agregado de embajada; más tarde el matrimonio le obligó á fijarse en -la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda, protegido y alentado por -Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su familia le estimularon -á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por las aventuras y -esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición, rectitud, -actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á agenciar asuntos -diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes se felicitaba de -ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De ellos vivía, no -obstante, despertando los que dormían en los archivos, impulsando á -los que se estacionaban en las mesas, enderezando como podía el camino -de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle sus amistades con -gente de éste y el otro partido, y la vara alta que tenía en todas -las dependencias del Estado. No había puerta cerrada para él. Podría -creerse que los porteros de los ministerios le debían el destino, pues -le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban las entradas -considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas épocas había -ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados expedientes -de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida honradez le -había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid, su posición -debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes. No carecía -de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco lisonjero -para un hombre que, después de trabajar tanto,<span class="pagenum" -id="Page_8">p. 8</span> se acercaba al término de la vida y apenas -tenía tiempo ya de ganar el terreno perdido.</p> - -<p>Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre -como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba -toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación -anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el -fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente -ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito -y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase -vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus -relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos -con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios -que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el -cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el -momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo -distrayéndose del asunto, y en sonando el <i>pum</i>, llevábase un mediano -susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del -aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los -ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba. -No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos -de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco -lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz, -zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío <i>la -Verónica</i>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_9">p. 9</span></p> - -<p>Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia -en Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á -mi instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia -y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi -padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo -febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de -Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no -tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino -de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un -chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas -demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial -de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada -en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este -descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual -si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un -desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con -una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas -¡ay, dolor! estaban ya casadas.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>En la primera ocasión que se presentó, mi tío habló de sus -tres yernos con muy poco miramiento. El uno era egoísta, el otro -pobre y vanidoso, el tercero una mala persona. De confiden<span -class="pagenum" id="Page_10">p. 10</span>cia en confidencia llegó hasta -las más íntimas y delicadas, acusando á su esposa de precipitación -en el casorio de las hijas. De esto colegí que mi tía Pilar, señora -indolentísima y de cortos alcances, por quedarse libre y descansar del -enfadoso papel de mamá casamentera, había entregado sus niñas al primer -hombre que se presentó, llovido en paseos y teatros. También pudo ser -que ellas se sobrepusieran á la disciplina paterna, apegándose al -primer novio que les deparó la ilusión juvenil.</p> - -<p>No habían pasado quince días de mi instalación cuando me puse malo. -Desde niño padecía yo ciertos achaquillos de hipocondría, desórdenes -nerviosos, que con los años habían perdido algo de su intensidad. -Consistían en la ausencia completa del apetito y del sueño, en una -perturbación inexplicable que más parecía moral que física, y cuyo -principal síntoma era el terror angustioso, como cuando nos hallamos en -presencia de inevitable y cercano peligro. Con intervalos de descanso -melancólico, mi espíritu experimentaba aquel acceso de miedo inmenso -que la razón no podía atenuar, ni la realidad visible combatir; miedo -semejante al que sentiría el que, cayéndose sobre la vía férrea y no -pudiendo levantarse, viera que el pesado tren se acercaba, le iba á -pasar por encima... Cuando me ponía así, la vista de personas extrañas -me excitaba más. Dábanme ganas de pegar á alguien ó de injuriar por lo -menos á los que me visitaban, y padecía mucho conteniéndome. Por esta -razón no quería recibir á nadie, y mi criado, que ya conoce bien este -flaco mío y otros, no dejaba que<span class="pagenum" id="Page_11">p. -11</span> llegase á mi presencia ni una mosca. Difícil era en Madrid -extremar la consigna. Ni valían estos rigores con mi tío, el cual, -atropellando la guardia, se colaba de rondón en mi gabinete. Y era que -creía de buena fe llevarme en sus largos discursos la mejor medicina de -mi mal; jactábase de conocerlo á fondo, y en vez de hablarme de cosas -que engañosamente llevaran mi espíritu á esfera distinta de mi padecer, -estimaba más eficaz encararlo con éste, hacerle meter la cabeza -en él valientemente, como se corrige á los caballos espantadizos, -acercándoles á los mismos objetos de que huyen. Díjome primero en su -festivo exordio, que aquello era el mal del siglo, el cual, forzando -la actividad cerebral, creaba una diátesis neuropática constitutiva -en toda la humanidad. Esto se lo había dicho Augusto Miquis la noche -antes. Por eso lo sabía y lo repetía como papagayo, sin entender una -jota de medicina. En lo que principalmente hacía hincapié mi tío -Rafael, era en dar á mi dolencia la importancia histórica de un mal -de familia, que se perpetuaba y transmitía en ella como en otras el -herpetismo ó la tisis hereditaria.</p> - -<p>—Todos padecemos en mayor ó menor grado —me dijo amplificando mucho -la relación que voy á extractar—, los efectos de una imperfeccioncilla -nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros -Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido -individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento -y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres, -chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida, -bien manía más ó menos rara<span class="pagenum" id="Page_12">p. -12</span> que no afectaba á la conducta. A unos les ha tocado el daño -en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se ha visto que -tenían una organización admirable, pero que les faltaba, como se suele -decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra familia las -altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en ella tantos -hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias lastimosas, -ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han carecido en -sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las mujeres, las ha -habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas; pero también las -hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más vale no hablar de -ellas.</p> - -<p>Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador -sempiterno, que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su -facundia con materiales de invención.</p> - -<p>—Usted hubiera sido un gran novelador —le dije; y él, acercándose -más á mí, prosiguió de este modo:</p> - -<p>—Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos, -y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene -reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero -sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy -<i>célebres</i>. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses. -Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor -se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda -haciendo de fantasma para asustar al pueblo.</p> - -<p>»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón -magnífico para él solo, quiero<span class="pagenum" id="Page_13">p. -13</span> decir, que ninguna otra persona de la familia se había de -enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran poniendo al -lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran en Ronda. Y -así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más de doscientos -cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños ajenos. -Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza humana, pues -fué el primer galanteador de su tiempo.</p> - -<p>»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que -criar gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y -hacía libros con ellas.</p> - -<p>»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el -hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato -en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás -puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas -encontraba algún <i>incitativo melindre</i>, que dijo el otro. Cuando se -casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá! -tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes.</p> - -<p>»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el <i>Quijote</i> de memoria, -y hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había -refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á -relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como -ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque -también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y -compuso una obra sobre los alfajores de la tierra.</p> - -<p>»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir<span -class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span> á tus noticias. Javier -fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú, esas -melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De pronto le -entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y visiones. -Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más remedio -que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza cuatro -años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó con una -aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía más que -unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su mujer -paría siempre gemelos.</p> - -<p>»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad -mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas. -Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el -puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero -repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena -familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero -de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le -acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades -varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del -54.</p> - -<p>»Mi hermana Rosario no dió más señales de la infección hereditaria -que el tener toda su vida violentísimo odio á los perros. No los podía -ver, y lo mismo era oir un ladrido que ponerse á temblar. Casó con -Delgado, y en su hijo Jesús aparece pujante el mal. Tú no le has visto. -Es un sér inocentísimo, que se pasa la vida escribiéndose cartas á sí -mismo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_15">p. 15</span></p> - -<p>»De mis hermanos sólo quedamos Serafín y yo. Serafín fué siempre -el más robusto de todos. Era un mocetón, la gala de Ronda y el primer -alborotador de sus calles de noche y de día. Por su vigorosa salud y -su constante buen humor, parecía tener completos los tornillos de la -cabeza. Pusiéronle á estudiar marina en San Fernando, y se distinguió -por su aplicación y laboriosidad. Salió á oficial el 43, y su carrera -ha sido muy brillante. Estuvo en Abtao, en el desembarco de Africa, -en el Pacífico. Hoy es brigadier retirado y vive en Madrid, donde no -hace más que pasearse. Tú le conoces. ¿Pero á que no sabes todavía -en qué consiste y de qué manera tan extraña se ha manifestado en -él, al cabo de la vejez, esa maldita quisicosa que no ha perdonado -á ningún Bueno de Guzmán? Te lo diré en confianza. Cuando le trates -más, verás en Serafín el hombre más completo que puedes figurarte, el -tipo del caballero atento, discreto y cumplido, el veterano valiente -y pundonoroso, y seguirás teniéndolo en el más elevado concepto hasta -que descubras su flaco, el cual es de tal naturaleza, que casi me da -vergüenza hablar de él. Pues Serafín ha adquirido la maña... no me -atrevo á llamarla de otro modo... de coger con disimulo tal ó cual -objeto que ve en las casas que visita, metérselo en el bolsillo... ¡y -llevárselo! No sabes los disgustos que hemos tenido... Nada: no te lo -explicas, ni yo tampoco, ni él mismo sabe dar cuenta de cómo lo hace -y por qué lo hace. Es un misterio de la Naturaleza, una aberración -cerebral... Veo que te pasmas... Pues, nada: entra mi hombre en una -librería,<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> acecha el -momento en que los dependientes están distraídos, agarra un libro, -se lo guarda en el bolsillo del <i>carrik</i>, y abur. En varias casas -ha cogido chucherías de esas que ahora se estila poner sobre los -muebles, y hasta perillas de picaportes, aldabas de puertas, tapones de -botellas... Me ha confesado que siente un placer inmenso en esto; que -no sabe por qué lo hace; que es cosa de las manos... qué sé yo... mil -desatinos que no entiendo.</p> - -<p>Bien podría ser la relación de mi tío, como he dicho antes, -puramente fantástica, una de esas improvisaciones que acreditan el -numen de los grandes habladores; pero fuese verdad ó mentira, á mí me -entretenía y agradaba en extremo. Pendiente de sus palabras, sentía -yo que éstas se acabasen y con ellas la historia, cuyos pormenores -referentes á dolencias ajenas eran eficaz bálsamo de la mía. Parecíame -que faltaba aún lo más interesante, esto es, saber en qué grado estaban -mi propio tío y su descendencia tocados del mal de familia, ó si por -ventura se habían librado ya de tan pertinaz enemigo. Echóse á reir -llorando cuando le manifesté esta curiosidad, y prosiguió de este -modo:</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>—Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán, -el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de -mi vida, el afán diario de los negocios, la apli<span class="pagenum" -id="Page_17">p. 17</span>cación constante del espíritu á cosas reales, -me han preservado de graves desórdenes. Sin embargo, sin embargo, no ha -sido todo rosas. En ciertas ocasiones críticas, á raíz de un trabajo -excesivo ó de un disgusto, he sentido... así como si me suspendieran -en el aire. No lo entenderás, ni lo entiende nadie más que yo. Voy por -la calle, y se me figura que no veo el suelo por donde ando: pongo los -pies en el vacío... Al mismo tiempo experimento la ansiedad del que -busca una base sin encontrarla... Pero ando, ando, y aunque creo á cada -instante que me voy á caer, ello es que no me caigo. La <i>suspensión</i>, -como yo llamo á esto, me dura tres ó cuatro días, durante los cuales no -como ni duermo; luego pasa, y como si tal cosa.</p> - -<p>»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene -indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos -de relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que -habiendo tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica -para todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita -cosa ni supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un -pasmoso talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha -de flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la -casa. Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos -más altos de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con -un enfermo de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo -que le sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros -dentro de un cráneo no pueden fun<span class="pagenum" id="Page_18">p. -18</span>cionar sin estorbarse y producir un zipizape de todos los -demonios.</p> - -<p>»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia -tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se -extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en -opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión) -las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres -ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en -cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en -el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus -encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas. -¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias -y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le -entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de -cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede -vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único -que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño -entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su -voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse -la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se -casó, estos ataques son poco frecuentes.</p> - -<p>»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana -mayor. Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más, -por la menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia, -y en sus afectos no hay nun<span class="pagenum" id="Page_19">p. -19</span>ca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo, que -no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa -con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto -cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía -trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer -alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio. -Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se -pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una -simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva -compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las -de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre -esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días -más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la -garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se -pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien -la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con -que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las -destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces -la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en -confianza) no merece tal joya.</p> - -<p>»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos -favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no, -no la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos -mimado más de la cuenta y nos ha<span class="pagenum" id="Page_20">p. -20</span> salido mal educada. Parece una loca, parece más bien -casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran fondo de -rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo decir -que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal -dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas -extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal -gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad. -Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo -prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me -espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma -de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso -que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis, -no encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese -bruto...</p> - -<p>Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por -la sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió -con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo -luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era, -según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes -físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en -limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste -habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija -única suya hubiera sido mi mujer.</p> - -<p>Fenómeno singular, que recomiendo á los mé<span class="pagenum" -id="Page_21">p. 21</span>dicos para que se acuerden de él cuando les -caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío aquel prolijo -cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad que te aflige, -¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí aliviadísimo de -la parte que me correspondía por fuero de familia, y este alivio fué -creciendo en términos que un rato después me encontraba completamente -bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el viento.</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba -animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la -misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María -Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas -á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su -madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre -cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras, -si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese.</p> - -<p>Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una -belleza estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los -mármoles admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas. -Desde que la conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo -va de escultura á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca -de mi agrado. Por aquellos días no había<span class="pagenum" -id="Page_22">p. 22</span> empezado á engordar todavía, y así su -engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después. -Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud, -veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz -que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy -principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños -que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que -ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso; -que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos -de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió, -pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida -obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban -dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero -siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban -los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como -otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que -su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los -transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el -pintoresco traje de Astorga.</p> - -<p>Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos -una pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á -Madrid, y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han -tenido tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era<span -class="pagenum" id="Page_23">p. 23</span> orden y método. Gastaban -mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su generosidad. Así -llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito de alambicar, -apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si era ésta ú otra -la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás desgobernada y -maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los que no tiran -el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué compañera -de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha trocado -su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte no ha -prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando que al -padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por <i>el ordinario -de Astorga</i>, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana <i>la -ordinaria de Medina</i>.</p> - -<p>En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco -para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más -valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos -éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna -bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas -ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un -tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales, -guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo -que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho -amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir, -que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno<span -class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span> atmosférico, porque las -hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento y en las ondas sonoras -que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si no hubiera tanto vago, -tanto noble arruinado que vive del juego, tanto abogadillo cesante -ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...» Debo añadir que -María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en algún periódico, -ciertas menudencias de saber político, religioso y literario, que eran -la admiración mayor de todas las admiraciones que su marido tenía por -ella. El amor de Medina principiaba en ternura y acababa en veneración, -motivada sin duda por la superioridad de ella en todos los terrenos. -Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones. ¿Cómo no tenerlas si -eran ricos, cuando hasta los más necesitados y humildes se codean aquí -con los poderosos, con tal que sepan envolver su miseria en el paño -negro de una levita?</p> - - -<h3>V</h3> - -<p>Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero -mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa -parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física -creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento, -piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve -por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien -que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta -inesperada del<span class="pagenum" id="Page_25">p. 25</span> camino. -Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía ya en la mano y le había -hincado el diente.</p> - -<p>Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé -en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste -de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su -cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo -por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo -con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo -hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto -exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las -cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como -cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me -produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones -y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer -que Eloísa tenía siempre razón.</p> - -<p>La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la -apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida -que iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas -de su carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su -ropero y en una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas -de encajes, de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito -artístico. Al enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados, -solía dejar entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no -tener objetos sobresalientes por la riqueza del material y el primor -de<span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span> la obra. El «si yo -fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los labios -de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma la -atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación -tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos -hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las -acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la -virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso -por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado, -criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran -por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura -mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado -interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su -carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la -enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en -otro sér.</p> - -<p>Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al -despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado -á luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa. -Yo también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño -leal y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad -alguna.</p> - -<p>El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata. -Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios -de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carri<span -class="pagenum" id="Page_27">p. 27</span>llo (Carrillo de Albornoz) -había venido haciendo monos á mi primita desde que ella estaba en el -colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no formalmente, no -lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios más ó menos -entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo el programa -de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros y paseos. -Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la herencia de -su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero, que era muy -anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de presunto -heredero de un título y de un capital le hizo interesante á los ojos de -mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido veinticuatro años. -Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un triste sueldo en el -ministerio de Estado; pero la esperanza de la herencia le daba alientos -para conllevar su vida obscura.</p> - -<p>Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas; -pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la -mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral, -debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables. -Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda -honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena -de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir, -aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer -esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la -Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine -May y á Macaulay, deseando sa<span class="pagenum" id="Page_28">p. -28</span>ciar en tan ricas fuentes su sed del conocimiento de un -sistema admirable, que entre nosotros es pura comedia. Su conversación -me declaraba un juicio claro, con pocas ideas propias, pero con -aprovechada asimilación de las ajenas.</p> - -<p>Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de -una de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este -mostraba simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la -humildad de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las -clases históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo, -aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo -verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo -el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que, -aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción, -siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen -Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en -morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría -cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había -podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante.</p> - - -<h3>VI</h3> - -<p>Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que -la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en -la misma moneda. A veces parecía una chiquilla<span class="pagenum" -id="Page_29">p. 29</span> sin pizca de juicio, á veces una mala mujer. -Serían tal vez inocentes sus desfachateces, pero no lo parecían, y el -parecer dicen que en achaque de moral no es menos importante que la -moral misma. Era una escandalosa, una mal educada, llena de mimos y -resabios. No debo ocultar que á veces me hacía reir, no sólo porque -tenía gracia, sino porque todo lo que sentía lo expresaba con la -sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor del espíritu, era -para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del otro pudor, venían -á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos. No podré pintar el -asombro que me causó verla correr por los pasillos de su casa con el -más ligero vestido que es posible imaginar. Un día se llegó á mí en -paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo hablando de su marido -en los términos más irrespetuosos. A veces, después de correr tras las -criadas y hacer mil travesuras, impropias de una mujer casada, se ponía -á tocar el piano y á cantar canciones francesas y españolas, algunas -tan picantes, que, la verdad, yo hacía como que no las entendía. A lo -mejor, cuando parecía sosegada, se oía un gran estrépito. Estaba en -la cocina jugando con las criadas. Su mamá la reñía sin enfadarse, -consintiéndole todo, y aseguraba que era aquello pura inocencia y -desconocimiento absoluto del mal. Otras veces dábale por ponerse triste -y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á su marido, á sus padres -mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que no la queríamos, de -que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose al verla así, mandaba -preparar abundante ración<span class="pagenum" id="Page_30">p. -30</span> de tila. Eran los nervios, los pícaros nervios.</p> - -<p>Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la -casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa -de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente -la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos -y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como -las beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia -oirla.</p> - -<p>Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena, -esbeltísima, vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de -que jamás un médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan -notable como aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia -y tostada, indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes, -profundamente negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando -visitamos un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le -faltaba muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias -que nunca están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel -carácter, que era la negación de todo lo que constituye el encanto de -la mujer. La discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del -ánimo, el culto de las formas, éranle extraños. Considerábala como -la mayor calamidad de una familia, y al hombre condenado á cargar -semejante cruz, teníale por el más infeliz de los seres nacidos.</p> - -<p>El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería, -llamado Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de -Augusto Miquis, médico de fama. Al tal le consideré, desde<span -class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> que le ví, destituído de -todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que -pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía -ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le -daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera -existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían -de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme -su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta -del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi -tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al -oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué -encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino -era feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso, -pendenciero, brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo, -dudando mucho de que fuese un mérito, era su constitución, no menos -vigorosa que la de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos -los caprichos de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer -planchas gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo -que yo tenía de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila, -llevábame á dar á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen -como adorno de la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y -gandules de circo sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar -razonablemente la inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño -humano, que á menudo va por sendas tan contrarias á las de la razón! -Contá<span class="pagenum" id="Page_32">p. 32</span>ronme que mis tíos -se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el -resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que -los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar -al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo:</p> - -<p>—Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste -de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para -distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón?</p> - -<p>Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:</p> - -<p>—Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.</p> - -<p>Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían -tenido alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba -yo. A su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y -modales chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; -otras le decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, -gritando:</p> - -<p>—Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...</p> - -<p>Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban -pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco -decentes á mi ver.</p> - -<p>El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de -estar muy atrasado en su carrera.</p> - -<p>—Pero usted —le preguntaba yo—, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de -guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?</p> - -<p>Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el -sable y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar -una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del<span -class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> ejército. Francamente, me -daba tanto asco, que le volví la espalda sin decirle nada. No le creía -merecedor ni aun de la impugnación de sus estupideces. María Juana, que -estaba allí, díjome aparte con mal contenida ira:</p> - -<p>—Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span></p> - <h2 class="nobreak">II</h2> - <p class="subh2h">Indispensables noticias de mi fortuna, con - algunas particularidades acerca de la familia de mi tío y de las - cuatro paredes de Eloísa.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Voy á hacer la declaración exacta de la fortuna que yo poseía -cuando me establecí en Madrid. Este es un dato importante por todos -conceptos y que debo exponer con la mayor claridad, aunque no sea sino -para desmentir las absurdas consejas que corrían como dogma evangélico -acerca de mi capital, y según las cuales (obra de la excitada fantasía -de tanto hambriento), yo era puesto en la misma categoría rentística -de los Larios de Málaga, López de Barcelona, Misas de Jerez, Céspedes, -Murgas y Urquijos de Madrid.</p> - -<p>Vais á ver lo que yo tenía.</p> - -<p>Al desaparecer del mundo comercial la casa que giraba con mi firma, -celebré un convenio con los <i>Hijos de Nefas</i>, que se hicieron cargo de -todos mis negocios mercantiles, para unirlos á los de su casa, quedando -además encargados de liquidar los asuntos pendientes. Según mi cuenta, -la liquidación arrojaría unos cuarenta mil duros<span class="pagenum" -id="Page_36">p. 36</span> á mi favor, que los referidos <i>Hijos de -Nefas</i> se reservarían, puesto que yo entraba á formar parte de la casa -como socio comanditario.</p> - -<p>Las viñas arrendadas podían capitalizarse en otros cuarenta mil -duros. Lo que obtuve de las vendidas, de las existencias cedidas á -diferentes casas y de créditos realizados, subía á más de cien mil, que -iría recibiendo en Madrid, según convenio, en plazos trimestrales y en -letras sobre Londres. Pensaba emplear este dinero, conforme lo fuera -cobrando, en valores públicos ó en inmuebles urbanos.</p> - -<p>Producto de ventas anteriores y de la legítima de mi madre, tenía yo -en Londres diez y siete mil libras, parte situadas en casa de Mildred -Goyeneche, parte empleadas en renta inglesa del 3 por 100. Estos -setenta y cinco mil duros, unidos á lo anterior, hacen ya doscientos -cincuenta y cinco mil. Debo añadir un pico que tenía en París en poder -de Mitjans, y que le ordené empleara en renta francesa del 4 ½ por 100, -con el cual pico mi cuenta anda muy cerca ya de los seis millones de -reales.</p> - -<p>Aún había más. En Obligaciones de Banco y Tesoro, 3 por 100 -Consolidado, <i>Ferros</i>, Obligaciones sobre Aduanas, Resguardos al -portador de la Caja de Depósitos, tenía más de ochenta mil duros -efectivos. Toda esta diversidad de papeles la había comprado mi padre, -y yo la conservaba, esperando que se realizase la feliz unificación -que me había anunciado mi tío, y con la cual cesaría el mareo que me -producía tal balumba de títulos y la desigualdad laberíntica de sus -valores.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span></p> - -<p>Item: cuarenta acciones del Banco de España que mi padre había -comprado, por dicha mía, cuando estaban á tres mil reales, y que á -fin del 80 valían cuatrocientos cincuenta duros, dándome un capital -efectivo de diez y ocho mil duros. Añadiendo á lo expuesto varios -créditos pequeños de seguro cobro y existencias en metálico, salían, -en cifra más ó menos redonda, unos nueve millones de reales, que bien -manejados podían darme de treinta á treinta y cinco mil duros de -renta. Esta es la verdad de mi tan cacareada riqueza, que algunos, -especialmente los que deliran con el dinero ajeno, no pudiendo delirar -con el propio, hacían subir á un par de millones de pesos. En esto -de apreciar el caudal de los ricos que viven con holgura, he notado -siempre una tendencia á la hipérbole que produce grandes perturbaciones -en la vida económica de la capital, por los grandes chascos que suelen -llevarse las industrias y los comercios nacidos al calor de tan necio -optimismo. No necesito encarecer lo bien recibido que fuí en toda clase -de círculos. Los que esto lean comprenderán al punto que teniendo yo -lo que en claros números queda dicho, y suponiéndome el vulgo mucho -más aún, no me habían de faltar relaciones. No necesitaba ciertamente -buscarlas; ellas venían solas, me perseguían, me acosaban con descargas -de saludos, invitaciones y cortesanía. Prendas personales de que no -quiero hablar afianzaron y remataron mi éxito. Las amistades formaron -pronto en derredor mío espesa red, contribuyendo no poco á ello la -familia de mi tío, muy conocida en la Corte y relacionada con lo mejor, -así por el parentesco<span class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> -que mi tía Pilar tenía con familias ilustres, como por el roce -constante de su marido con personas y personajes de todas las clases -sociales.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta. -No pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á -escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera -una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación -simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía -sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del -motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila, -que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome -al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana, -Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria -sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero -el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras -razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres. -Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en -ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos -hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava -Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...» -«Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran -revolucionarios<span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span> porque -no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran nada porque no tenían -entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa, menos fuerte que su -hermana en la polémica, se embarullaba, tenía rasgos de ira infantil, -concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho haber perdido la escena, -pues llegué cuando la tempestad había pasado, y sólo se oían truenos -lejanos. En el gabinete de la derecha de la sala, la pobre Eloísa daba -respiro á su corazón oprimido, diciendo entre sollozos:</p> - -<p>—Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para -ver patas arriba á tanto... idiota.</p> - -<p>En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una -silla, el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira -cogida con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien -formado pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la -nariz un poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á -usar por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los -pies inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar -la urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara -de una vez para siempre con los... me parece que dijo «los <i>mamalones</i> -que viven á costa del prójimo.»</p> - -<p>—Pero, señoras —dije yo interviniendo y pasando de un gabinete -á otro para ponerlas en paz—, ¿qué piropos son esos y qué furor de -revoluciones ha entrado en esta casa?...</p> - -<p>Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos -demagógicos, les dije:</p> - -<p>—Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en -Lhardy.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span></p> - -<p>(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras -un velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.)</p> - -<p>Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos. -Otro día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió -á chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en -aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones -que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío, -al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos, -distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de -donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna, -como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas -altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por -ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más -bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba -ciegamente el partido de María Juana.</p> - -<p>—Un padre debe querer á sus hijos por igual —decía Camila aquel -día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel -alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces -la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba -leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú», -ó cosa por el estilo.</p> - -<p>Debo decir, en honor de la verdad, que pasaban también semanas -enteras sin que la paz se turbase, viviendo todos, padres, hijos, -hermanas y yernos, en aparente concordia. Siempre habría<span -class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span> sido lo mismo si mis tíos -hubieran establecido en la casa, antes de que la prole creciera, una -estrecha disciplina. Mas no lo hicieron así. Era mi tía Pilar una -excelente señora; pero de tan flojo carácter, que sus hijos, y aun los -criados, y hasta el gato, hacían de ella lo que querían. Mi tío no se -cuidó nunca de sus hijos más que para comprarles dulces y llevarles un -palco para que fueran al teatro algún domingo por la tarde. Todo el -día estaba en la calle, y los festivos solía ir de caza al coto que en -sociedad con varios amigos tenía arrendado.</p> - -<p>Mi primo Raimundo, de quien no he hablado aún, vivía en completa -paz con mis tres primas, pues había adoptado en todos los asuntos -domésticos un temperamento flemático; y aunque su mamá tenía marcadas -preferencias por su único varón, éste, que era insigne filósofo, como -se verá más adelante, cuidaba de no hacerlas patentes delante de sus -hermanas para aprovecharlas mejor.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>He dicho que en Enero del 81 dió á luz Eloísa el primer nieto que -tuvieron mis tíos. El tal absorbía por completo la atención de toda la -familia. Abuelos, tías y madre eran pocos para mimarle. Las funciones -de su organismo nuevecito, al estrenar la vida y ensayarse en los -procederes elementales del egoísmo humano, preocupaban hondamente á -todos los de casa.</p> - -<p>A las inocentes brutalidades de aquel cacho<span class="pagenum" -id="Page_42">p. 42</span>rro de hombre se les daba la importancia de -verdaderas acciones humanas. No hay para qué hablar de la fama que -tenía. Había corrido la voz de que era <i>un rollo de manteca</i>, y además -muy mala persona, es decir, que ya tenía sus malicias, y se valía -de ingeniosas tretas para hacer su gusto. Todos los recién nacidos -gozan de esta opinión desde que respiran; todos son guapos, robustos -y muy pillos. Y, sin embargo, todos son lo mismo: feos, flácidos, -colorados, más torpes que los niños de los animales y siempre mucho -menos graciosos. Del de Eloísa se contaban maravillas. Era un granuja. -A los dos meses ya protestaba contra las horas metódicas á que le daba -el pecho el ama, y quería atracarse sin orden ni tasa. Era, pues, un -gastrónomo y un libertino. A los cuatro meses mostraba su desagrado -á algunas personas, y pataleaba cuando quería que le paseasen. Tenía -la poca vergüenza de reirse de todo, y cuando le ponían un reloj en -la oreja, se la echaba de listo, como diciendo: «Ya, ya sé lo que es -eso: á mí no me la dan ustedes.» A los cinco meses era realmente una -preciosidad. Se parecía á su mamá. Salía á los Buenos de Guzmán en la -figura y en el carácter. El ama relataba mil incidentes y malicias que -indicaban el talento que iba á sacar. Algunas noches había conciertos, -á que felizmente no asistía yo. Para impedirle que durmiera de día, -le paseaban por la casa, le bajaban alguna que otra vez á la mía, -y procuraban entretenerle haciéndole fijar la vista en objetos de -colores vivos. Cuando se cansaba, restregábase el hocico con los -puños cerrados, que parecían<span class="pagenum" id="Page_43">p. -43</span> dos rosas sin abrir, y á veces me obsequiaba con una sonata -de las mejores suyas. Alguna vez le cogía yo en mis brazos y le -paseaba, procurando que se fijara en una lámpara colgante, objeto al -cual repetidas veces consagraba una atención profunda como de persona -inteligente. Parecía decir: «Vean ustedes... éstas son las cosas -que á mí me gustan...» No sé en qué consistía que en mis brazos se -tranquilizaba casi siempre. Sin duda sentía hacia mí una respetuosa -estimación que no le inspiraba el ama. Mirábame con atónita dulzura, -mascando sosegadamente un aro de goma y arrojando sobre mi pecho las -babas que no podía recoger su babero. Con aquella muda saliva me decía -sin duda: «Estoy pensando, aquí para mis babas, que usted y yo vamos á -ser muy buenos amigos.»</p> - -<p>Todos le querían mucho, y yo también, correspondiendo á la confianza -y consideración que le merecía. Ved aquí cuán fácilmente me asimilaba -los sentimientos de la familia, porque mi carácter fué siempre, salvo -en las ocasiones de mal nervioso, refractario á la soledad. No me -gustaba vivir en lo interior de aquella república, pero sí en sus -agradables cercanías. Poco á poco fuí acostumbrándome al calor lejano -de aquel hogar. Así lo quería yo: bastante cerca para matar el frío, -bastante lejos para que no me sofocara. Mis tíos, mis primas, los -maridos de mis primas y el retoño aquél baboso me interesaban ya y eran -necesarios en cierto grado á mi existencia.</p> - -<p>Pero he de confesar que Eloísa era, de todos ellos, la que se -llevaba la mejor parte de mis<span class="pagenum" id="Page_44">p. -44</span> afectos. Solía consultarme sobre cosas de su exclusivo -interés; y yo, que todo el invierno lo empleé en instalarme bien y -cómodamente, pues era muy tardo y dificultoso en elegir los muebles, -le pedía un día y otro el concurso de su buen juicio y de su gusto -supremo para aquel fin. Entre paréntesis, diré que yo decoraba mi casa -con lujo, adquiriendo todo lo bonito y elegante que encontraba en las -tiendas, y haciendo traer directamente algunos objetos de París y -Londres. Soltero, rico y sin obligaciones, bien podía darme el gusto -de engalanar suntuosamente mi vivienda, y ser, conforme lo exigía mi -posición social, amparo de las artes y la industria. Desconfiando -siempre de mí mismo en materia de gusto artístico, me sometía al -parecer de Eloísa, y nada se ponía en las paredes de mi casa sin que -antes pasase por la prueba de su entendida crítica. Comprendí que ella -gozaba extraordinariamente en ello, y como había tela de donde cortar, -yo adquiría, adquiría cada vez mejores y más escogidas cosas.</p> - -<p>Mi afecto hacia ella era de una pureza intachable; tan así, que -gozaba oyéndola elogiar á su marido. Díjome un día:</p> - -<p>—El pobre Pepe vale bastante más de lo que creen papá... y los -amigos de casa. Tiene inteligencia; pero la pobreza y su poca salud le -acobardan mucho.</p> - -<p>Otro día me dijo con acento bastante triste que estaba hastiada de -vivir en casa de sus padres; que además de la idea de serles gravosa, -le mortificaba la falta de independencia; que deseaba ardientemente -tener su casa, casa propia, <i>sus cuatro paredes</i>, para vivir solita -con su marido y con su<span class="pagenum" id="Page_45">p. 45</span> -hijo. Con la renta de Pepe no había que contar para este propósito tan -honrado y tan legítimo, pues la paga del ministerio y el producto de -unos foros gallegos que además disfrutaba, apenas eran suficientes para -vestirse ambos y para el ama y algunas menudencias.</p> - -<p>—Oye lo que ocurre —me dijo otro día, en ocasión que subí á su casa -para que me hiciera el favor de elegirme unas alfombras—. A ver qué -opinas. El ministro de Ultramar, que es muy amigo nuestro... anoche -comieron él y papá en casa de la de San Salomó... ha ofrecido á Pepe un -buen destino en Cuba. Dice papá que si tiene arreglo, puede sacar en un -par de años cien mil duros... sin hacer cosas malas, se entiende. Otros -han traído más en mucho menos tiempo. ¿Te parece que debe aceptar? En -toda la noche he podido dormir pensando en esto, pues si por un lado -quisiera resolver este acertijo de nuestro modo de vivir, por otro no -me haría maldita gracia separarme de mi marido... Y lo que es irme yo -á América... al pensarlo, no son plumas, sino nidos de avestruces lo -que siento en mi garganta. El pobre Pepe no tiene salud para aquellos -climas... y al mismo tiempo no sé... ¡La idea de verle entrar en casa -acompañado de cien mil duros!... Es terrible alternativa ésta, ¿no es -verdad? Parece que la marquesa de Cícero está ahora muy fuerte. ¿Qué -opinas tú? ¿Debemos aceptar el destino?</p> - -<p>Esta inesperada consulta me puso en gran perplejidad. Pero mi buen -juicio y mi conciencia, que, teóricamente al menos, estaba llena de -rectitud, inspiráronme pronto la respuesta. No:<span class="pagenum" -id="Page_46">p. 46</span> Pepe no debía exponerse á los peligros de la -fiebre amarilla... no faltaba más. ¡Qué sería de su pobrecita mujer, -sola y muerta de pena en Madrid!... Por ningún caso. Estaría siempre -en un puro afán, pensando si le daba ó no le daba el vómito, y de -correo en correo su vida sería un martirio de incertidumbre... ¿Y todo -por qué? Por una riqueza ilusoria... Pepe era decente y honrado, y no -sabría centuplicar, como otros, los gajes de su empleo.</p> - -<p>—Ríete —le dije— de esas ganancias, sin hacer cosas malas. Pepe se -volverá á España con las manos tan limpias como su conciencia, y los -bolsillos más limpios aún...</p> - -<p>Añadí que la Providencia se encargaría de arreglar aquel asunto -mejor que el ministro de Ultramar. Por más que dijeran, Angelita -Caballero no podía ya vivir mucho. Yo la había visto el día antes en su -carruaje, hecha una hoz, tan encorvada que parecía estar besándose las -rodillas... Paciencia, paciencia y calma.</p> - -<p>Esto ocurría en Mayo: lo recuerdo, porque después de aquella -conferencia fuimos todos, Camila inclusive, á casa de María Juana, á -ver pasar la gran procesión del Centenario de Calderón. Los prudentes -consejos que dí á Eloísa fueron bien acogidos por ella y aceptados -con alma. Aquel día y los siguientes estuve pensando cuán fácil me -sería realizar el noble sueño de mi prima, pues con parte de lo que -yo gastaba en superfluidades, habría bastado para que ella tuviese -aquellas <i>cuatro paredes suyas</i> que la traían tan desazonada. Pero -esto era tan irregular y contravenía de tal modo las leyes sociales, -que no era posible expresarlo ni aun como un ofrecimiento de<span -class="pagenum" id="Page_47">p. 47</span> pura fórmula, de esos que -previamente sabemos no serán aceptados. Hablar de tal cosa habría sido -imperdonable falta de delicadeza. Calléme, pues, repitiendo para mi -sayo una cosa que más de una vez había oído de labios de la propia -Eloísa en sus horas de tristeza, y era que los bienes de la tierra -están muy mal repartidos.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span></p> - <h2 class="nobreak">III</h2> - <p class="subh2">Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Con este Bueno de Guzmán había tenido yo trato anteriormente, -por haber pasado conmigo una larga temporada en Jerez y Cádiz. -Pocas personas poseen, como mi primo Raimundo, el don envidiable de -cautivar y agradar de primera intención, porque á pocos seres concedió -Naturaleza tal caudal de prendas brillantes, calidades de esas que -podríamos llamar ornamentales, porque no dan valor positivo á la -persona, sino que lo fingen. Cuando le conocí en Andalucía, estaba -Raimundo en todo su esplendor y en el apogeo de su deslumbradora -originalidad. En Madrid ya le encontré algo decaído. Se me parecía á -los artistas que, abusando de sus facultades, caen en el amaneramiento. -En ocasiones, lo que antes hacía en él tanta gracia principiaba á ser -enfadoso. Sus excentricidades y paradojas, sus ráfagas de ingenio -eran para un rato nada más. Comenzaba á tener manías estrambóticas y -á padecer lamentables descuidos en su conducta social y privada. No -era ya el hombre entretenidísimo, ameno y simpático de otros tiempos; -me<span class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span>jor dicho, tenía -temporadas, días muy buenos, horas felices á las que seguían períodos -en que se hacía de todo punto insoportable.</p> - -<p>En España son comunes los tipos como este primo mío. Creeríase -que son producto del garbanzo, y que este vegetal ha ingerido en la -raza los talentos decorativos. He conocido muchos que se le parecen, -aunque en pocos he visto combinarse tan marcadamente como en él lo -brillante con lo insubstancial. Había tenido Raimundo una educación muy -incompleta; había leído poco, muy poco, y no obstante, hablaba de todas -las cosas, desde las más frívolas á las más serias, con un aplomo, con -una facundia, con un espíritu que pasmaban. Los que por primera vez le -oían y no le conocían, se quedaban turulatos.</p> - -<p>A este don de tratar bien de todo reunía mi primo otros muchos. -Hablaba francés é italiano con rara perfección. El inglés no lo -hablaba, pero lo traducía, y de alemán se le alcanzaba algo. Aprendía -las lenguas con facilidad suma, sin esfuerzo, no se sabe cómo. Su -memoria estupenda descollaba también en la música. Repetía las óperas -del repertorio moderno, con recitados, coros y orquesta, y trozos -difíciles de música sinfónica y de cámara. Cantaba lo mismito que -Tamberlick y declamaba como Rossi, imitando también á los actores -cómicos más en boga. En esto de remedar voces y de asimilarse todos los -acentos humanos, superaba con mucho á su hermana Camila, que igualmente -tenía dotes de actriz y habría lucido en las tablas si á ello se -dedicara.</p> - -<p>Mi primo no era pintor porque no se había<span class="pagenum" -id="Page_51">p. 51</span> puesto á pintar; pero buena prueba era de -su aptitud lo que hacía con lápiz ó pluma cuando por entretenimiento -dibujaba cualquier figura. Hacía caricaturas deliciosas, frescas, -fáciles, y á veces le ví trazar en serio, observando el natural, -contornos de una verdad y elegancia que me pasmaban. «¿Por qué no te -has dedicado á la pintura?» le preguntaba yo á veces; y él alzaba los -hombros, como diciendo: «Si me hubiera dedicado á todo aquello para que -tengo disposición, no me habrían bastado la vida ni el tiempo.»</p> - -<p>Porque también hacía versos, y tan buenos como los de otro -cualquiera. Los componía serios y epigramáticos, burlescos y trágicos, -según le daba. En la prosa también hacía primores. La escribía de todas -las castas posibles: académica y periodística, atildada y pedestre, -declamatoria y picaresca. Cuando estaba de humor literario, cogía la -pluma y decía: «voy á imitar á Víctor Hugo.» Pues escribía un trozo -que parecía arrancado de <i>Los Miserables</i>. Otras veces imitaba á los -clásicos de un modo que no había más que pedir, y como cogiera por su -cuenta el estilo parlamentario y oficial que aquí priva, hacía cosas -muy divertidas. También se las daba de crítico, y tenía un golpe de -vista admirable para juzgar de todas las artes y descubrir en cada obra -aspectos y fases que se ocultan á la generalidad.</p> - -<p>Pues con tales disposiciones, las pocas veces que se vió en letras -de molde no fué con lucimiento, porque pensar que hiciera y consumara -un trabajo completo, regular, con principio y fin, era pensar lo -imposible. A menudo, sus tareas literarias, empezadas con febril -entusiasmo, se<span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span> quedaban -sin concluir. Cuando se le reprendía por su inconstancia, disculpábase -con la carencia de estímulo, que es la asfixia del escritor en nuestro -país; con la falta de editores. ¡Oh! si aquí se cobrara por escribir... -Esta era su muletilla, que iba siempre acompañada de la amarguísima -exclamación de Larra: «El genio ha menester del eco, y no se produce -eco entre las tumbas.»</p> - -<p>Estoy convencido de que si hubiéramos tenido un editor espléndido -y sabio detrás de cada esquina, Raimundo no habría compuesto libro -alguno ni aun del tamaño de una lenteja. Es más: llegué á comprender -que mi primo, dotado de aptitudes tan varias, no habría sido jamás -poeta eminente, ni pintor de nota, ni músico, ni orador, ni cómico, ni -crítico, aunque se dedicara exclusivamente á alguna de estas artes, -porque carecía de fondo propio, de fuerza íntima, de esa impulsión -moral, que es tan indispensable para los actos de creación artística -como para las obras de la voluntad.</p> - -<p>Elogiado desde la niñez por su feliz talento, mirado como gloria -de la familia, defraudó las esperanzas de su padre, que no pudo sacar -partido de él. A once carreras se aplicó. Empezaba con mucho brío; pero -en el primer año se plantaba. Habíase preparado para Estado Mayor, -Minas, Montes, Medicina, Telégrafos, Ayudante de Obras públicas, y -para no sé qué más. Oirle hablar de sus carreras y de sus estudios -era como hojear una enciclopedia. Por fin, hízose abogado á fuerza de -recomendaciones. «Mi camino al través de la Universidad —decía—, ha -sido una senda de tarjetas.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_53">p. 53</span></p> - -<p>En los días de esta narración, Raimundo debía de tener treinta años -(era el segundo hijo de mi tío) y representaba más de cuarenta. Su -naturaleza febrilmente activa parecía haber burlado la ley del tiempo, -madurándose con demasiada prisa. Vivía en un constante esfuerzo por -huir de lo presente, hipotecando el porvenir, y nutriéndose hoy por -adelantado con la savia de mañana. Pródigo de su sangre, de todas las -energías de su espíritu y de su cuerpo, devoraba el capital vital, como -si la juventud fuera un estado que le estorbase y padeciera nostalgias -de la vejez. Cuando le ví en Madrid, me asustó la extraordinaria -flaqueza de su rostro. Comprendí que en aquella lámpara había ya poco -aceite, por haber sido encendida muy pronto y atizada constantemente; -pero no le dije nada, porque supe que se había vuelto aprensivo. Su -cara de hombre guapo era como la de un Cristo viejo, muy despintado, -muy averiado de la carcoma y profanado por las moscas. Tenía la voz -cavernosa, la mirada mortecina, los movimientos perezosos. Un día -que estábamos solos en mi cuarto, le ví acomodarse en una butaca, -estirar las piernas sobre otra, buscar postura, hacer muecas de dolor -y hastío como el que padece gran quebranto de huesos, cerrar luego los -ojos y respirar fatigosamente. A mis inquietas preguntas respondió -levantándose de un salto, dando paseos por la habitación con las manos -á la espalda y la barba sobre el pecho.</p> - -<p>—La inacción es lo que me mata —decía sin detenerse—. Me estoy -atrofiando, me estoy enmoheciendo...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_54">p. 54</span></p> - -<p>Luego se paró ante mí, y mirándome con aquellos ojazos que parecían -muertos, díjome entre carraspeos:</p> - -<p>—Tengo un principio de enfermedad grave. ¿Sabes lo que es? -Reblandecimiento de la médula.</p> - -<p>—¿Has consultado algún médico?</p> - -<p>—No: no es preciso. He estudiado esa enfermedad, y conozco bien su -proceso, sus síntomas y su tratamiento.</p> - -<p>Dióme una lección de fisiología, en la cual habló de la <i>pía mater</i>, -del <i>canal raquídeo</i>, de la <i>substancia gris</i>, de las perturbaciones -<i>vasomotoras</i>, con otros terminachos que no recuerdo. Debía de ser -su atropellado discurso un tejido de disparates; pero tenía todo el -aparato de lucubración científica, y para los legos en medicina, como -yo, era un asombro. Sentóse luego, y tras aquellas sabidurías, dió en -afirmar vulgaridades de curandero. Después le oí pronunciar en voz baja -y con precipitación maniática sílabas obscuras.</p> - -<p>—¿Sabes —me dijo de súbito, contestando á mis preguntas— cuál es -uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La <i>afasia</i>, -ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza -en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser -pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de <i>r</i> líquida después de -<i>t</i>, es decir, las sílabas <i>tra</i>, <i>tre</i>, <i>tri</i>, <i>tro</i>, <i>tru</i>...</p> - -<p>Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se -expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De -sú<span class="pagenum" id="Page_55">p. 55</span>bito se marchó sin -decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé qué conceptos obscuros -de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á sus extravagancias, no -me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi cuarto con apariencia -de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su semblante tenía mucha -animación.</p> - -<p>—Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo —me dijo—. Mira, para -probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de -que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico. -Recitándolo, puedo sintomatizar la <i>afasia</i> y también prevenirla, -porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con -dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha.</p> - -<p>Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y -seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una -rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello, -este incalificable trozo literario:</p> - -<p>—<i>Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente -trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados -contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo -Tetrarca trapense</i>.</p> - -<p>Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta -que cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por -Dios que se callara.</p> - -<p>Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi -primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo del -parásito, que adula á los ricos por recoger<span class="pagenum" -id="Page_56">p. 56</span> sus sobras, y un poquillo del bufón que -divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos agradables, charlando -de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por lo familiar; hacía -la crítica de la obra que habíamos visto estrenar la noche antes; -remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba anécdotas políticas -y sociales de las que jamás por su índole personal transcienden -á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la murria del -reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar. Así, desde que -empezaba con el <i>triple trapecio de Trípoli</i>, ya estaba yo tomando mis -medidas para echarle de mi cuarto.</p> - -<p>No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa -se bajó á dormir á mi casa.</p> - -<p>—Arriba no se cabe —me dijo un día—. Me han ido acorralando poco -á poco, y por fin me han metido en un <i>triclinio</i> en que estoy -<i>trigonométricamente trastrocado</i>. Si quieres, puesto que tienes casa -de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más -acompañado.</p> - -<p>Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba, -y en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana, -le tenía siempre junto á mí como mi sombra.</p> - -<p>Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le -proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los -gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba -á mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar. -«Yo —decía— no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20 -del mes, ó antes, se le acaba<span class="pagenum" id="Page_57">p. -57</span>ban los fondos, fenómeno que se traducía al punto en síntomas -de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los <i>triunviros -trogloditas</i>.</p> - -<p>—No me marees —le decía yo—. Si no tienes dinero, pídelo en -castellano.</p> - -<p>A él se le encendían los espíritus con esto.</p> - -<p>—¿Es verdad ó no que no hay <i>guita</i>?... ¡Oh! si tengo yo un ojo -médico...</p> - -<p>—Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese -—exclamaba con solemnidad cómica—, cierto es.</p> - -<p>—¿Por qué no te clareabas?</p> - -<p>—¡Ah! porque yo digo, como Fontenelle, que si tuviera la mano llena -de verdades, no las soltaría sino una á una.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los -que más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga, -el primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía, -ambos excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo. -A Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le -conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de -oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que -en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del -Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una -misma provincia, habían celebrado<span class="pagenum" id="Page_58">p. -58</span> un pacto muy ingenioso: cuando el uno estaba en la oposición, -el otro estaba en el poder, y alternando de este modo, aseguraban y -perpetuaban de mancomún su influencia en los distritos. Su rivalidad -política era sólo aparente, una fácil comedia para esclavizar y tener -por suya la provincia, que, si se ha de decir verdad, no salía mal -librada de esta tutela, pues para conseguir carreteras, repartir bien -los destinos y hacer que no se examinara la gestión municipal, no había -otros más pillines. Ellos aseguraban que la provincia era feliz bajo su -combinado feudalismo.</p> - -<p>Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía -encomendarse á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado, -y sin saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro -distrito de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de -nada, ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos -lo arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir <i>sí</i> ó <i>no</i> en el -Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía.</p> - -<p>Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno -de mis íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle -tratado con motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi -amigo el marqués de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y -reverdecerse más de lo que consentían sus años y su respetabilidad. -Raro era el día que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi -primo Raimundo. Los domingos almorzaban los que he citado y también -Pepe Carrillo, el marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los -toros, don<span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>de yo tenía -palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante.</p> - -<p>No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío -Serafín, brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia. -Era un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas -infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de -Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia la -calle de Sevilla para arreglar su <i xml:lang="fr" lang="fr">remontoir</i> -por la hora del reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta -del Sol, iba á almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y -por la tarde, después de andar un poco á pie inspeccionando las obras -de las casas en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido -de diez ó doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las -noches iba al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se -le veía invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava.</p> - -<p>Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín, -de un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva -admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y -tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes -con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las malas -formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La moda -no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y pesado -<i>carrik</i> que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda espesa -que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aque<span -class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>lla hermosísima cabeza de -Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si el hábito de mirar al -cielo, para tomar alturas con el sextante, le hubiera deformado el -pescuezo.</p> - -<p>Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos -modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad, -que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé -á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba -tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de -aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que -le gustaban y guardárselos en los bolsillos del <i>carrik</i>. Creo que -él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un -fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda -idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba -yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero, -arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera -yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle -y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado, -no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así -se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la -vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un -hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre -el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con -palabras! Otras <i>chifladuras</i> de mi tío no me maravillaban por ser -propias de solterones viejos. El que en edad ma<span class="pagenum" -id="Page_61">p. 61</span>dura había sido un galanteador de alto vuelo, -en la vejez perseguía las criadas bonitas, ó que á él le parecían -tales, pues debemos creer que las aberraciones del gusto andarían á la -par con la afición senil. Sus paseos matinales y crepusculares eran una -cacería activa, febril, casi siempre infructuosa. Decía Raimundo que -cuando se lo encontraba en la calle al anochecer, camino de su casa, -tarareando entre dientes y con las manos á la espalda, era señal de -que la jornada había sido mala y de que el incansable ojeador no había -descubierto ninguna de aquellas reses bravas que perseguía.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span></p> - <h2 class="nobreak">IV</h2> - <p class="subh2">Debilidad.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Llegó el verano y con él la desbandada. Yo me fuí al extranjero. -Estuve en Hamburgo con el marqués de Fúcar, que iba á hacer contratas -de tabacos, y después en Londres con Jacinto María Villalonga, á quien -el ministro de Fomento había encargado la compra de algunas máquinas -de agricultura y de caballos para mejorar las castas de la Península. -En Inglaterra recibía yo frecuentes noticias de la familia, que -veraneaba en Biarritz, ya por el tío que me escribía algunas veces, -ya por Raimundo que lo hacía casi todas las semanas. Sus cartas eran -muy divertidas; escribíalas en estilo espeluznante cuando me contaba -alguna trivialidad, y en el más ligero cuando me transmitía noticias de -importancia. Usaba en unas la forma víctorhuguesca, y en otras el tosco -lenguaje de los cuentos de baturros. «Me ha salido un grano en la nariz -—decía—. ¿Qué es esto? Es la madurez de lo insondable. Es el alerta -de la sangre, la espuma roja del naufragio interior. Hay tempestades -en las venas.» No escribía así por burla del gran poeta, sino como -una<span class="pagenum" id="Page_64">p. 64</span> especial manera -suya de admirarle. A la semana siguiente me decía en una postdata: -«¡Otra que Dios! Chico, ya los Carrillos heredaron. Reventó la tía -Cícero...» Esta noticia dióme que pensar.</p> - -<p>Creí encontrar á la familia en Biarritz cuando pasé por allí á -mediados de Septiembre; pero habían apresurado su regreso á Madrid con -motivo de la herencia de Carrillo. Comprendí la impaciencia de Eloísa, -y francamente, alegrábame de verla ya en posesión de un bienestar al -cual me parecía tan acreedora. Sobre la dichosa herencia corrían en -la colonia de Biarritz voces que me parecieron absurdas. Algunos la -hacían subir á un caudal fabuloso. Angelita Caballero había dejado á su -sobrino catorce dehesas, veinticinco casas y gruesas sumas en valores -del Estado. Se decía que en un cuarto inmediato á la alcoba de la buena -señora se habían encontrado enormes sacos llenos de metálico acuñado, -en plata y oro, consolidación avariciosa de las rentas de los últimos -años. La plata labrada era también de una riqueza fenomenal. Oía yo -estas cosas, y en mi mente quitaba dehesas, quitaba casas, reducía á su -mínima expresión los sacos de dinero, seguro de no equivocarme. Ya he -dicho algo del afán concupiscente con que agrandan é hiperbolizan la -riqueza ajena los que no tienen ninguna. Creeríase que se meten algo -en el bolsillo, ó que se les vuelve dinero la saliva que gastan en -aumentar el de los demás.</p> - -<p>En Madrid la verdad confirmó mis conjeturas. Por mi tío y el padre -de Jacinto Villalonga, ambos testamentarios, supe que la herencia -no era, ni con mucho, fabulosa. Lo de los talegos (y en<span -class="pagenum" id="Page_65">p. 65</span> esto se aferraba más que en -ningún otro detalle el crédulo vulgo), era pura fantasía; la plata -labrada escasísima y de baja ley, y los predios y valores públicos -suponían, descontados los gastos de traslación de dominio, un capital -de ciento veinte mil duros. Con esto bien podrían Pepe y Eloísa ser -felices y vivir, no sólo con desahogo, sino con cierta esplendidez. Tal -fortuna era lo que llena y sacia las ambiciones del hombre modesto, -apartándole tanto de la escasez como de los desvanecimientos y peligros -de la opulencia; era la fortuna discreta y templada que invita á -disfrutar algo de los placeres del lujo sazonándolos con los de la -sobriedad, y combinando dos cosas tan opuestas y al mismo tiempo tan -solubles la una en la otra, como son el goce y la continencia.</p> - -<p>Llegué á Madrid á principios de Octubre. ¡Qué gusto ver mi casa, el -semblante amigo de mis muebles y entregarme á la rutina de aquellas -comodidades adquiridas con mi dinero, y que tanta parte tenían en mis -propias costumbres! Eran las costras, digámoslo así, de mi carácter. -Como á ciertos moluscos, se nos puede clasificar á los humanos por el -hueco de nuestras viviendas, molde infalible de nuestras personas.</p> - -<p>Nada nuevo encontré en la familia, como no lo fuera la febril -diligencia de Eloísa por instalarse en la casa que fué de Angelita -Caballero. Entre paréntesis, diré que el título no estaba comprendido -en la herencia. Pasaba á un señor, tío también de Pepe, á quien yo -no trataba todavía; pero como después le conocí y traté bastante, -he de traerle á este relato, agarrado por sus<span class="pagenum" -id="Page_66">p. 66</span> grandes bigotes, cuando sea ocasión de -hacerlo. Hasta el fallecimiento del tal no disfrutaría Pepe, según -el testamento de la anciana, el título de marqués de Cícero. Eloísa -no parecía dar importancia á esto; y en cuanto á Carrillo, si tenía -pesadumbre por el marquesado, lo disimulaba con buen juicio.</p> - -<p>Pues decía que hallé á mi prima entregada en cuerpo y alma á la -faena deliciosa de poner su casa. Al fin le había deparado Dios -aquellas cuatro paredes tan honradamente deseadas. Radicaban en la -calle del Olmo, que no es alegre, ni vistosa, ni céntrica; pero ¿qué -importaba? Por allí cerca vivían familias de la más empingorotada -alcurnia, y el edificio era espacioso. En repararlo y modernizarlo -ponía mi prima sus cinco sentidos con aquella habilidad organizadora, -aquel altísimo ingenio suntuario y artístico que la distinguía. -Diariamente se asesoraba de mí sobre el color de una alfombra, sobre -la forma de un juego de cortinas, sobre la elección de un cuadro de -tal ó cual artista. ¡Ella que era la propia musa del Buen Gusto, si -me es permitido decirlo así, consultaba conmigo, el más lego de los -hombres en estas materias, y que no sabía sino lo que ella me había -enseñado! Pero, en fin, como Dios me daba á entender, yo le aconsejaba, -distinguiéndome particularmente en lo tocante á precios y en fijarle -límites prudentes á los gastos que hacía.</p> - - -<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span>II</h3> - -<p>Pronto hube de suspender estas funciones de asesor, porque caí -enfermo... No sé qué fué aquello. Mi médico sostenía que había en mi -mal algo de paludismo, y que ya lo traía de los Pirineos. Pero la -fiebre fué poco intensa, si bien tan rebelde á la quinina, que hubo -de pasar un mes antes de que el termómetro me indicara la temperatura -normal. La convalecencia fué el cuento de nunca acabar. A los días de -alivio sucedían otros de alarmante recaída; pero Moreno Rubio estaba -tranquilo y me recetaba dosis de paciencia. Según Raimundo, que en -todo metía su cucharada, las lentitudes de mi restablecimiento eran, -lo mismo que mi enfermedad, una manifestación del estado <i>adinámico</i>, -carácter patológico del siglo <span class="allsmcap">XIX</span> en -las grandes poblaciones. Poca fuerza febril primero, poca fuerza -reparatriz después, debilidad siempre: tal era mi naturaleza en la -enfermedad y en la convalecencia. Molestábame sobre todo, al recobrar -á sorbos la salud, mi lamentable estado nervioso, la pícara desazón -crónica, que apareció con sus síntomas castizos. ¡Otra vez en mí aquel -terror inexplicable, aquel azoramiento, aquella previsión fatigosa de -peligros irremediables! ¡Qué esfuerzos hacían mi voluntad y mi razón -para vencer esta tontería! «¿Pero á qué tengo yo miedo, á qué? vamos -á ver», me decía tratando de corregirme y aun de avergonzarme como si -hablara con un chiquillo. Nada conseguía con este sermoneo de maestro -de escuela. No era la<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> -razón, según el médico, sino la nutrición, la que debía equilibrarme. -No discurriendo, sino digiriendo, debía recobrar yo mi estado normal; -mas el bergante de mi estómago se había declarado en huelga y hacía lo -que le daba su real gana. Casi tanto como aquel indefinible temor me -mortificaba otro fenómeno, una tontería también, pero tontería que me -sacaba de quicio, llevándome al abatimiento, á la desesperación. Era -un pertinaz ruido de oídos que no me dejaba un momento y que resistía -á toda medicación. Dijéronme que era efecto de la quinina; mas yo -no lo creía, pues de muy antiguo había observado en mí aquel zumbar -del cerebro, unas veces á consecuencia de debilitación, otras sin -causa conocida. Es en mí un mal constitutivo que aparece caprichosa y -traidoramente para mi martirio, y que yo juzgaba entonces compensación -de los muchos beneficios que me había concedido el Cielo. En cuanto me -siento atacado de esta desazón insoportable, me entra un desasosiego -tal, que no sé lo que me pasa. En aquella ocasión padecí tanto, que -necesitaba del auxilio de mi dignidad para no llorar. El zumbido no -cesaba un instante, haciendo tristísimas mis horas todas del día y de -la noche. En mi cerebro se anidaba un insecto que batía sus alas sin -descansar un punto, y si algunos ratos parecía más tranquilo, pronto -volvía á su trabajo infame. A veces el rumor formidable crecía hasta -tal punto, que se me figuraba estar junto al mar irritado. Otras veces -era el estridente, insufrible ruido que se arma en un muelle donde -están descargando carriles, vibración monstruosa de las grandes<span -class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span> piezas de acero, en cierto -modo semejante al vértigo acústico que produce en nuestros oídos una -racha de Nordeste frío, continuo y penetrante. Creía librarme de aquel -martirio poniéndome un turbante á lo moro y rodeándome de almohadas; -pero cuanto más me tapaba más oía. El insomnio era la consecuencia de -semejante estado, y pasaba unas noches crueles, oyendo, oyendo sin -cesar. Por fin, no eran runrunes de insectos ni ecos del profundo mar, -sino voces humanas, á veces un extraño coro, del cual nada podía sacar -en claro; á veces un solo acento tan limpio, sonoro y expresivo, que -llegaba á producirme alucinación de la realidad.</p> - -<p>Excuso decir que en las horas tristes de aquella larga convalecencia -me acompañaban mis amigos y la familia de mi tío. Mi estado débil -habíame llevado á aquel grado de impertinencia en el cual recibimos -de un modo parcial y caprichoso las atenciones de nuestros íntimos; -quiero decir, que no todas las personas que iban á hacerme compañía me -eran igualmente gratas. Sin saber por qué, algunas despertaban en mí -vehementes antipatías que procuraba disimular. Su presencia irritaba -mis males. Ni Camila ni María Juana me hacían maldita gracia, y lo -mismo digo de mi amigo Manolito Peña, cuya suficiencia y desparpajo -me encocoraban. Pero la persona cuya presencia me molestaba más era -Carrillo, el marido de Eloísa. Y no porque él fuese poco amable ó -enfadoso. Al contrario, mostrándose cariñosísimo, atento y grandemente -interesado en mi salud, parecía recomendarse más que ningún otro á -mi benevolencia. Y, sin em<span class="pagenum" id="Page_70">p. -70</span>bargo, yo no le podía sufrir. No era antipatía, era algo más: -era como un respeto cargante. Me cohibía, me azoraba. Lo mismo era -verle entrar, que se agravaban considerablemente los fenómenos de mi -dolencia. Aumentaba el ruido, aquel pavor estúpido, y el estruendo de -mi tímpano crecía de un modo desesperante.</p> - -<p>Raimundo y Severiano me entretenían mucho, éste contándome -realidades graciosas, aquél con los juegos malabares de su ingenio. -Imitaba á Martos y á Castelar con tal perfección, que no cabía más. -Después nos contaba con deliciosa ingenuidad los grandes consuelos que -obtenía de la fuerza de su imaginación y de la vida artificial que por -este medio se labraba, contrarrestando así las miserias de la vida -afectiva.</p> - -<p>—Cada noche —nos decía— me acuesto pensando en una cosa con tanta -energía, y me caldeo tanto el cerebro, que llego á figurarme que es -verdad lo que pienso. Gracias que me duermo, que si no haría mil -disparates. Anteanoche me acosté pensando que era Presidente del -Consejo de Ministros. A eso de la una ya había resuelto en el Congreso, -charla que te charla, una cuestión grave. Los decretos me salían á -docenas... Y conferencia va, conferencia viene, con el Nuncio, con -el embajador de Francia, con el gobernador, con mis compañeros de -Gabinete... Luego iba á la firma con Su Majestad, mandaba sueltos -á los periódicos, y... Por fin, me dormí cuando estaba hablando -por teléfono con el Ministro de la Guerra para ver de sofocar una -sublevación militar. Anoche me dió por ser director de orquesta del -Teatro Real. Cuando me quitaba la<span class="pagenum" id="Page_71">p. -71</span> ropa para acostarme, estaban los oboes comenzando detrás -de mí el preludio de <i>Los Hugonotes</i>, el gran <i>coral</i> protestante. A -mi izquierda los primeros violines, á mi derecha los segundos, á un -extremo el metal, á otro las arpas... <i>Ñi, ñi</i>... ¡Qué bien! En aquel -rifi-rafe de la cuerda no se me escapó una nota... En fin, que dijeron -el preludio admirablemente. Luego, al arrebujarme en las sábanas, tiré -del timbre, empezó á subir lento y majestuoso el telón. Nevers y el -coro aparecieron delante de mí... después Raúl, que, por ser debutante, -venía muy turbado. Pusimos gran cuidado en la romanza... Más tarde, -cuando me dormía, ya no era yo el director: yo era Marcello, y estaba -cantando el <i>pif-paf</i>... El director era el señor de Meyerbeer, buena -persona, que había resucitado para oirme cantar...</p> - -<p>Y por aquí seguía. ¡Pobre Raimundo!</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían; -pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra -consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa -y criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre -señora estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas -fueron menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija -Eloísa la sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente -agradecía yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba -viviendo en la<span class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> de sus -padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella el orden y -la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de un soltero -enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que no se -convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la mía con -el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer, dotes -singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una casa en -las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era quien -gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina, todo -estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la casa, -la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la compra -y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más altas -determinaciones de la etiqueta y del mueblaje.</p> - -<p>—El día en que yo falte de aquí —me decía—, ya se conocerá mi -ausencia.</p> - -<p>La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo -mal, érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis -amigos estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se -fueran y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por -mi prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con -su sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial -me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también á -su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á poco -entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo puede -usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza de -pa<span class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span>ladar para entender -el caprichoso apetito de un enfermo. Del principal me enviaban cositas -raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas, de cuya invención no era capaz -el talento rutinario, aunque sólido, de mi cocinera. Otras veces las -frioleras se condimentaban en mi propia casa, entre risas y discusiones -de cocina. Bastaba que Eloísa tomase parte en ellas y pusiera sus manos -en la obra, para que á mí me pareciese de perlas, y me gustaba más aún -si era ella quien me lo servía.</p> - -<p>Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo. -No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando -no tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle, -lejos de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música -doliente de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos -el tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas -de gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles -por el viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los -operarios de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me -acompañaban los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los -carreteros, aquel incomprensible <i>¡ues... que!</i> de extraño acento -y significación desconocida. Me entretenían los simones, la gente -dominguera que por las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de -ambos sexos, alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos -buenos observando el público especial de los puestos de agua; público -sobrio, compuesto de los bebedores más inofen<span class="pagenum" -id="Page_74">p. 74</span>sivos, y las tertulias que se forman en -aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los <i>evonymus</i> -del paseo. Observaba también las conjunciones de personas diversas en -las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de la Villa, -el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento y el ama -de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de difícil -clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban por las -tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que trabajaban -en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba su apetito, -y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos, sentado -al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de tintillo -aragonés.</p> - -<p>Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba -yo esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los -mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á -poco se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo -hormigueo lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los -ruidos eran menos variados que por el día. Cada cinco minutos, -trepidación sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo -de vapor, con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la -máquina instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz -eléctrica. Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas -este uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras, -frías, que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre -hombre que pregonaba café hasta muy tarde con pe<span class="pagenum" -id="Page_75">p. 75</span>rezosa y obscura voz, me hacía pensar en la -enormísima diversidad de los destinos humanos.</p> - -<p>Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un -sillón y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra -la suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el -<i>barbián</i> (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro -á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara), -y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas -las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar. -Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que -obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición -primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á -saludar con la mano, á repetir los <i>cinco lobitos</i> y la pandereta. -No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de -saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y -echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda, -gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar -esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues -<i>duelen cuando nacen y después se come con ellos</i>.</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>El <i>barbián</i> solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle -á veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan -pequeño en la superficie de mi ancha cama, parecía que lle<span -class="pagenum" id="Page_76">p. 76</span>naba la casa, pues todas las -miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que respiraba. Se -le sentía como se siente un reloj, y en el momento de despertar parecía -que iba á dar la hora.</p> - -<p>Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su -nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de -sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden. -Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar -nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los -trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba -superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de -cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen -doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de -cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez, -sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando -quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de -la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia. -Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general; -no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus -ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles, -tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento -tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir. -Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales -hablaré á su tiempo.</p> - -<p>Una noche me pasó una cosa muy rara, digo<span class="pagenum" -id="Page_77">p. 77</span> mal, no fué cosa rara; antes bien lo -considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que aquel -maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de su -imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía -á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor -propio.</p> - -<p>—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid, -no un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann. -Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía -de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está -reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho -en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del -Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares. -Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la -de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle -de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice -otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca -cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil -obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba -abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle -del Ave-María hasta el Hospicio...</p> - -<p>Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con -otra semejante.</p> - -<p>—Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía -del teatro, de verlo representar...</p> - -<p>O bien:</p> - -<p>—Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los -globos...</p> - -<p>En mi<span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span> estado de -debilidad, nada tenía de extraño que estos ajetreos de la mente, este -vivir imaginativo fuera contagioso; es decir, que se me pegó la maña de -pensar y figurarme cosas y sucesos ideales, si bien nunca completamente -absurdos. Yo no estaba, como el pobre Raimundo, <i>trigonométricamente -trastrocado</i>; quiero decir, que mi imaginación no iba ni con mucho -tan lejos como la de mi primo, en quien el imaginar era una especie -de vicio solitario, nacido de la flojera orgánica, fomentado por la -holganza y convertido por la costumbre en imperiosa necesidad. Las -tonterías que yo pensaba, las acciones y fábulas que forjaba en mi -mente, harto parecidas á los argumentos de las novelas más sosas, -aburrirían al que esto lee, si tuviera yo la humorada de contarlas -aquí. Carecían de aquel encanto pintoresco y de aquel viso de realidad -que tenían las volteretas cerebrales de mi primo, atleta eminente, -trabajando sin cesar en el <i>triple trapecio</i> del vacío.</p> - -<p>Como una media hora estuve aquella noche hablando con Eloísa. -Después creo que me quedé aletargado en el sillón. Escasa luz había en -mi gabinete, no sé por qué. Paréceme recordar que llevaron la lámpara -á la alcoba, donde estaba el pequeñuelo. Medio dormido oí la voz del -ama y la de Juliana. Eloísa hablaba también, siendo el tono de las tres -como de personas que tenían muchas ganas de reirse. Creí comprender que -estaban mudando la ropa de mi cama, mojada por el <i>barbián</i>, y alguna -de ellas le reprendió graciosamente por su falta de respeto al lugar en -que reposaba. A mi lado, una respiración arras<span class="pagenum" -id="Page_79">p. 79</span>trada y penosa hacíame comprender que mi tía -Pilar estaba más profundamente dormida que yo.</p> - -<p>Veía yo la alcoba iluminada y mi cama de nogal, grande como las de -matrimonio; oía las voces de las tres mujeres que se reían quedito -como si me supusieran dormido; luego los rebullicios y cacareos -del chiquillo, protestando contra las malas intenciones que se le -atribuían. Por último, el ama le tapaba la boca con el biberón vivo -y se oían sus chupidos... después silencio profundo. Todo esto se -presentaba á mi mente como la cosa más natural del mundo, sin causarle -ninguna extrañeza, cual si fuera suceso común y rutinario que había -ocurrido el día anterior y que ocurriría también en el venidero. -Del fondo de mi alma salían dos fenómenos espirituales: aprobación -afectuosa de lo que veía, y certidumbre de que lo que pasaba debía -pasar y no podía ser de otra manera. Cada persona estaba en su sitio, y -yo también en el mío.</p> - -<p>Un ratito después, creo que me hundí un poco en el sueño. Pero -resurgí pronto viendo á Eloísa que entraba por la puerta de la alcoba. -Vestía de color claro, bata de seda ó no sé qué. Acercábase acompañada -de un rumorcillo muy bonito, de un <i>tin-tin</i> gracioso que me daba en el -corazón, causándome embriaguez de júbilo. Traía en la mano izquierda -una taza de té y en la derecha una cucharilla, con la cual agitaba el -líquido caliente para disolver el azúcar. Ved aquí el origen de tan -linda música. Avanzó, pues, á lo largo de mi gabinete, que estaba, como -he dicho, medio á obscuras, y se acercó á mi persona inclinándose para -ver si dormía... Pues bien: en<span class="pagenum" id="Page_80">p. -80</span> aquel instante, hallándome tan despierto como ahora y en -el pleno uso de mis facultades, creí firmemente que Eloísa era mi -mujer.</p> - -<p>Y no fué tan corto aquel momento. El craso error tardó algún tiempo -en desvanecerse, y la desilusión me hizo lanzar una queja. Eloísa se -reía de mi aturdimiento y de mi torpeza para coger la taza y beber del -contenido de ella. A mí me embargaba el temor de haber dicho alguna -tontería en el medio minuto aquél de mi engaño. Temía que el poder de -la idea hubiera sido bastante grande para mover la lengua, y que ésta, -sin encomendarse á Dios ni al Diablo, hubiera pronunciado dos ó tres -palabras contrarias á todo razonable discurso. Dudaba yo de mi propia -discreción en aquel breve lapso de irresponsabilidad, y me atormentaba -la sospecha de haberme puesto en ridículo ó de haber ofendido á mi -prima en su dignidad, que conceptuaba quisquillosa. Y como la veía -reirse de mí, la preguntaba azorado, al tomar de sus manos la taza:</p> - -<p>—¿Pero he dicho algo, he dicho algo?</p> - -<p>—¿Pero qué tienes, qué te pasa? Eres como mamá, que se enfada cuando -suponemos que tiene sueño.</p> - -<p>—No, no es eso. Háblame con franqueza. ¿He dicho algún disparate?... -Es que, la verdad, temo haber dicho alguna majadería, alguna estupidez -hace un momento, cuando...</p> - -<p>—No has hecho más que dar un suspiro tan grande que... (¡cómo -se reía!) tan grande que creí caerme de espaldas. En cuanto á la -majadería, no dudo que la habrás pensado; pero ten por cierto que no la -has dicho.</p> - - -<h3 title="V"><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span>V</h3> - -<p>A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme, -peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos -de ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable -en la música nacional, con patético acento en la dramática. Su -voz era bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la -guitarra. Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas -y amarillas que parecía un trofeo, la melena del león de España -convertida en emblema de la dulzura indolente de nuestros cantos -populares. La figura morena, esbelta y gitanesca de Camila era digna -de ser pintada en aquella facha de cantadora, con estremecimientos -epilépticos, ojos en blanco, gemidos de placer que duele, y mil -visajes y donaires en su boca grande, fresca y sin vergüenza. En -el piano (un media-cola de Pleyel con caja de palisandro y meple), -Camila sabía tomar luego la actitud elegante y sentimental de una -concertista inglesa, hasta el momento en que, rompiendo la etiqueta -y dejándose llevar de su natural bullanguero, empezaba á hacer los -mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo flamenco. Mi pobre -piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á cada instante, -hería las teclas como una furia, sacando del instrumento expresiones -de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la contemplaba -embobado, y era como el director del concierto. No quería que ninguna -ha<span class="pagenum" id="Page_82">p. 82</span>bilidad de su mujer -fuese desconocida, y sin dejarla descansar decía: «Ahora, Camililla, -tócanos el <i>Testamento</i>, el <i xml:lang="it" lang="it">Vorrei morir</i> -de Tosti, los <i xml:lang="fr" lang="fr">couplets</i> de <i>Bocaccio</i> y del -<i xml:lang="fr" lang="fr">Petit Duc</i>.» Todos los presentes estaban -admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque en mi obsequio se -hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin poderlo manifestar. -No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía mucho su buena -intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda mi alma -que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes no me la -hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia nuestra -al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios. Cuando -se ponía á jugar á la <i>besigue</i> con Carrillo y con mi tía Pilar y -Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía -tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo -de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me -enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar, -aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener -que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía -votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era -que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música -lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el <i>tin-tin</i> de -Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas -maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el -atril.</p> - -<p>A última hora, cuando las mujeres se retira<span class="pagenum" -id="Page_83">p. 83</span>ban con sus respectivos esposos, entraba mi -tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba, cuando ya me entregaba -yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de cámara. Principiaba por -decirme dónde había comido, lo que se había hablado... Cánovas había -dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como una navaja de afeitar... -Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán tenía particular empeño por -aquellos días, poniendo en ello todos los recursos persuasivos de su -locuacidad inagotable, era en informarme de la famosa conversión de -nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba unos solos que me partían. -Al fin teníamos un ministro de Hacienda de pensamientos altos; al -fin había planes verdaderos y profundos en la casa de la calle de -Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la multiplicidad laberíntica -de nuestros valores. Y con prolijos detalles me enteraba mi tío de -aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme por mi afición á los -negocios. La turbamulta de papeles diversos llamados Obligaciones -del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos al portador de la -Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos del 2 por 100 -amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo en un 4 por -100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales, y emitido -al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el ministro y los -comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros valores. El -3 por 100 y los <i>Ferros</i> se convertirían en un 4 por 100 Perpetuo. El -tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los segundos de -87,50, y los nuevos títulos saldrían al merca<span class="pagenum" -id="Page_84">p. 84</span>do en Mayo. Jamás en un cerebro de ministro -español se engendró y realizó proyecto tan vasto... Las <i>Cubas</i> no se -convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear en acciones del Banco de España -el dinero que tenía en papel inglés sin más producto que un escuálido -2 por 100, bien podía apresurarme, pues las acciones andaban alrededor -de 495. Mi tío creía firmemente que se plantarían en 500, tipo del cual -no era fácil que pasaran... Yo oía estas cosas con bastante interés -al principio; mas tanta charla, exacerbando al fin el ruido de mis -oídos, producíame aturdimiento y unas ganas vivísimas de que el buen -señor se retirara. Dejábame al fin medio dormido, delirando en cosas -de amor y proyectos bursátiles, viendo cómo los viejos <i>Ferros</i> y las -Obligaciones de Aduanas se despedían del mundo financiero, con lágrimas -y jipidos, antes de ser absorbidos por los novísimos títulos; viendo -al veterano y decrépito Consolidado espirar sobre un lecho de números, -para dar vida, de sus cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del -Tesoro protestaban de aquella muerte airada, y amenazaban al Sr. -Camacho con una pistola cargada de cupones. Las acciones del Banco de -España se paseaban orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir -que ellas treparían á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y -subían siempre no me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los -pies para que no subieran tanto.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_5"> - <p><span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span></p> - <h2 class="nobreak">V</h2> - <p class="subh2">Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la - pobre Kitty.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños, -vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid <i>buena castaña, buena -nuez</i>. No estuve en situación de salir de casa hasta los días -precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y -andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la -familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos -discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y -vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha -de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer -emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á -todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana -nos dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince, -todos de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la -casa estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que -mi endeble estómago exigía. Todo lo que sir<span class="pagenum" -id="Page_86">p. 86</span>vieron parecióme excelente; pero Eloísa, -que era un tanto criticona, me habló en confianza al día siguiente -de la <i>abundancia ordinaria</i> que reinaba en la mesa y de las maneras -excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien ella no podía -menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra en uno de sus -admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la cena digno de -contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo su mujer que -llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el infeliz de -una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía de ser -alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó cosa -tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando fuí -á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la feliz -aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad, -como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo -parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado -en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas -vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar -y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los -que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las -vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un -gallo.</p> - -<p>Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto -pocos días antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á -su marido, al tener dinero, era contribuir á la fundación de un -periodicazo que iba á salir pronto. ¿No era esto<span class="pagenum" -id="Page_87">p. 87</span> una tontería? Las cosas que Carrillo me -hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado -á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las -ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que -tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica -facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su -conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado -que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío -era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba -un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía -tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las -lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que -á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente, -tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no -valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi -mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así: -«Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella -sin merecerla.»</p> - -<p>Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba -enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella -enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi -flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que -no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de mis -pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad<span -class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span> contra mal tan grande. Lo -hacían doblemente grave lo criminal del objeto y lo divino del origen. -Diré las cosas claras, así es mejor. Aquella prima mía me gustaba -tanto, tanto, que por el simple hecho de gustarme extraordinariamente -la consideraba mía. El ser de otro era un desafuero, una equivocación -de los hombres, nacida de una trastada del tiempo. ¿Por qué no vine -yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no se podía deshacer lo hecho -atropellada y neciamente? Con este modo de razonar cohonestaba yo mi -criminal inclinación, apoyándola en el fuero de la Naturaleza y dando -de lado á las leyes sociales y eclesiásticas.</p> - -<p>Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el -objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo -más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando, -movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado -de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados, -los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba -que enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa -confusión!</p> - -<p>Y debo decirlo sin inmodestia. La opinión de la familia era unánime -en favor mío. La misma Eloísa, hablando conmigo una noche, me había -llenado el alma de fatuidad. Medio en serio, medio en burla, tratábamos -del carácter de diversas personas, y el mío no se quedó en el tintero. -Parecía que había un empeño particular en acribillarme con chanzas -inocentes. Por fin, en un tonillo de broma, de esa broma que es la -quinta<span class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> esencia de la -seriedad, Eloísa me dijo:</p> - -<p>—Pues mira, si hubiera en casa una hermana soltera, te la -endosaríamos... no tendrías más remedio que cargar con ella.</p> - -<p>Mi tía Pilar, sin faltar á la discreción, me había hecho comprender -varias veces, hablando conmigo de asuntos de familia, que el casamiento -de su hija con Carrillo había sido una precipitación, uno de esos -desaciertos que no se explican. La herencia era una mezquindad, y -Eloísa merecía más. Mi tío había sido, como se recordará, algo más -explícito, y echaba la culpa de tal precipitación á su mujer. En -resumen: la opinión más favorable á Carrillo en aquella casa era -siempre la mía.</p> - -<p>Lo que no estorbaba que yo estuviese prendado de mi prima con una -vehemencia romántica, con una ilusión de mozalbete y de principiante -que decía mal con mis treinta y siete años. Yo pensaba lo que es de -cajón pensar en tales casos, es decir, que ella y yo éramos el uno -para el otro; que habíamos nacido para unirnos, para ser dos piezas -inseparables de un solo instrumento, y que la disgregación fatal en que -vivíamos era uno de los mayores absurdos del Universo, un tropiezo en -la marcha de la sociedad. Y al mismo tiempo que esto pensaba, la idea -de tener relaciones ilícitas con ella me causaba pena, porque de este -modo habría descendido del trono de nubes en que mi loca imaginación -la ponía. Si yo hubiera manifestado estos escrúpulos á cualquiera de -mis amigos, á Severiano Rodríguez, por ejemplo, se habría estado riendo -de mí dos semanas seguidas, pues no merecía otra cosa un quijotismo -tan<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> contrario á mi -época y al medio ambiente en que vivíamos. Mi ilusión era vivir con -ella en vida regular, legal y religiosa. De otra manera, tanto ella -como yo valdríamos menos de lo que valíamos. Por esto se verá que -yo tenía buenas ideas, ó lo que es lo mismo, que yo era moral en -principio. Serlo de hecho es lo difícil, que teóricamente todos lo -somos.</p> - -<p>Este quijotismo, esta moral de catecismo había sido uno de los -principales ornatos de mi juventud, cuando la vida serena, regular, -pacífica, no me había presentado ocasiones de desplegar mis energías -iniciales propias. Yo era, pues, como un soldado que ha estado -sirviendo mucho tiempo sin ver jamás un campo de batalla, y para quien -el valor es aún fórmula consignada en la hoja de servicios, persuasión -vaga de la dignidad, no comprobada aún por los hechos. Por fin, cuando -menos lo pensaba, el humo de la batalla me envolvía. Pronto se vería -quién era yo y cuál era el valor de mi valor, ó dejando á un lado el -símil, qué realidad tenían mis convicciones.</p> - -<p>Para mejor inteligencia de estas páginas, dictadas por la -sinceridad, quiero referir ciertos antecedentes de mi persona. Alguno -de los que esto leen los habrá echado de menos, y no quiero que se diga -que no me manifiesto de cuerpo entero, tal cual soy en todas mis partes -y tiempos.</p> - - -<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>II</h3> - -<p>Nací en Cádiz. Mi madre era inglesa católica, perteneciente á una de -esas familias anglo-malagueñas, tan conocidas en el comercio de vinos, -de pasas, y en la importación de hilados y de hierros. El apellido de -mi madre había sido una de las primeras firmas de Gibraltar, plaza -inglesa con tierra y luz españolas, donde se hermanan y confunden, -aunque parezca imposible, el cecear andaluz y los chicheos de la -pronunciación inglesa. Pasé mi niñez en un colegio de Gibraltar -dirigido por el obispo católico. Después me llevaron á otro en las -inmediaciones de Londres. Cuando vine á España, á los quince años, -tuve que aprender el castellano, que había olvidado completamente. -Más tarde volví á Inglaterra con mi madre, y viví con la familia de -ésta en un sitio muy ameno que llaman Forest Hill, á poca distancia -de Sydenham y del Palacio de Cristal. La familia de mi madre era muy -rigorista. A donde quiera que volvía yo los ojos, lo mismo dentro de -la casa que en nuestras relaciones, no hallaba más que ejemplos de -intachable rectitud, la <i>propiedad</i> más pura en todas las acciones, -la regularidad, la urbanidad y las buenas formas casi erigidas en -religión. El que no conozca la vida inglesa apenas entenderá esto. -Murió mi buena madre cuando yo tenía veinticinco años, y entonces me -vine á Jerez, donde estaba establecido mi padre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span></p> - -<p>Era yo, pues, intachable en cuanto á principios. Los ejemplos que -había visto en Inglaterra, aquella rigidez sajona que se traduce en los -escrúpulos de la conversación y en los repulgos de un idioma riquísimo, -cual ninguno, en fórmulas de buena crianza; aquel puritanismo en las -costumbres, la sencillez cultísima, la libertad basada en el respeto -mutuo, hicieron de mí uno de los jóvenes más juiciosos y comedidos que -era posible hallar. Tenía yo cierta timidez, que en España era tomada -por hipocresía.</p> - -<p>Mi padre era un hombre de pasiones caprichosas, todo sinceridad, -indiscreto á veces, de genio vivísimo y bastante opuesto á lo que él -llamaba los <i>remilgos británicos</i>. Se reía de las perífrasis de la -conversación inglesa, y hacía alarde de soltar las franquezas crudas -del idioma español en medio de una tertulia de gente de Albión. A veces -sus palabras eran como un petardo, y las señoras salían despavoridas. -Al poco tiempo de vivir con él, noté que sus costumbres distaban mucho -de acomodarse á mis principios. Mi padre tenía una querida en la propia -vivienda. Un año después tenía tres: una en casa, otra en la ciudad -y la tercera en Cádiz, á donde iba dos veces por semana. Debo decir -que en vida de mi madre había sido muy hábil y decoroso mi padre en -sus trapicheos, y por esta razón los disgustos que dió á su señora no -fueron extremados.</p> - -<p>Sin faltarle al respeto, emprendí una campaña contra aquellos -desafueros paternos. Si no logré todo lo que pretendía, al menos -conseguí que rindiera culto á las apariencias. La mujer<span -class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> que vivía en casa se trasladó -á otra parte. Esto era un principio de reforma. Lo demás lo trajeron -la vejez del delincuente y su invalidez para la galantería. En tanto -yo daba viajes á Inglaterra, haciendo allí vida de soltero por espacio -de tres ó cuatro meses. Sólo dos veces por semana iba á comer á Forest -Hill, donde seguían viviendo las hermanas y sobrinas de mi madre, y el -resto del tiempo lo pasaba bonitamente entre los amigos que tenía en la -City y en el West. Me alojaba en Langham Hotel y pasaba los días y las -noches muy entretenido. Frecuentaba la sociedad ligera sin abandonar la -regular, y al volver á mi patria, notaba en mí síntomas de decadencia -física que me alarmaban. Puesto que mis ideas eran siempre buenas, -hacía propósito firme de practicarlas fundando una familia y volviendo -la hoja á aquella soltería estéril, infructuosa y malsana.</p> - -<p>Cuando mi padre se retiró de los negocios, dejando todo á mi cargo, -mis viajes á Inglaterra fueron menos frecuentes y muy breves. En quince -días ó veinte entraba por Dover y salía por Liverpool ó viceversa. -Murió repentinamente mi padre cuando ya empezaba á curarse de sus -funestas manías mujeriegas, y entonces, falto de todo calor en Jerez, -sin familia, con pocos amigos, y viendo también que entraba en un -período de gran decadencia el tráfico de vinos, realicé, como he dicho -al principio, y me establecí en Madrid.</p> - -<p>Pero aún falta un dato que, por ser muy principal, he dejado para -lo último. Tuve una novia. Acaeció esto en la época en que, por -can<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span>sancio de mi padre, -estaba yo al frente de la casa. Era también de raza mestiza, como yo; -española por el lado materno, inglesa católica por su padre, el cual -había tenido comercio en Tánger y á la sazón era dueño de los grandes -depósitos de carbón de Gibraltar. Además recibía órdenes de casas de -Málaga y trabajaba en la banca. Llamábase mi novia Catalina. Le decían -<i>Kitty</i>. Habíase criado en Inglaterra, con lo cual dicho se está que su -educación era perfecta, sus maneras distinguidísimas. Prendéme de ella -rápida y calurosamente un día en que, hallándome de paso en Gibraltar, -me convidó á comer su padre. Su belleza no era notable; pero tenía una -dulzura, una tristeza angelical que me enamoraban. La pedí y me la -concedieron. Mi padre y el suyo se congratulaban de nuestra unión...</p> - -<p>¡Maldita sea mi suerte! Aquel verano, cuando Kitty volvió con su -padre de una breve excursión á Londres, la encontré muy desmejorada. -La pobrecilla luchaba con un mal profundo que el régimen y la ciencia -disimulaban sin curarlo. Octubre la vió decaer día por día. Noviembre -la llamaba á la fría tierra con susurro de hojas caídas y secas. Yo iba -todas las semanas á Gibraltar. Un lunes, cuando más descuidado estaba, -porque el viernes precedente la había visto mejor, recibí un telegrama -alarmante. Corrí á Cádiz; el vapor había salido; fleté uno, y cuando -me dirigía al muelle para embarcarme, un amigo de la casa salióme al -encuentro en Puerta de Mar, y echándome su brazo por encima del hombro, -me dijo con mucho cariño y tono<span class="pagenum" id="Page_95">p. -95</span> muy lúgubre que no fuera á Gibraltar. Comprendí que la pobre -Kitty había muerto. Se me representó fría y marmórea, su mirar triste -apagado para siempre. Mi dolor fué inmenso. Tuve horribles tristezas, -dolencias que me agobiaron, ruidos de oídos que me enloquecieron. -El tiempo me fué curando con la pausada sucesión de los días, con -el rodar de las ocupaciones y de los negocios. Cuando vine á Madrid -habían pasado cinco años de esta desgracia, que truncó mis soberbios -planes domésticos, dió á mi vida giros inesperados y á mi conciencia -direcciones nuevas.</p> - -<p>Eloísa no se parecía nada á Kitty. La pobre inglesa difunta era -graciosa, modesta, descolorida, de voz tenue y ojos claros que -revelaban ingenuidad y delicadeza; mi prima era arrogante, hermosa, -tenía coloración enérgica en la tez y el cabello, y sus ojos quemaban. -No obstante esta radical diferencia, yo había dado en creer que el alma -de Kitty se había colado en el cuerpo de Eloísa y se asomaba á los ojos -de ésta para mirarme. ¡Qué simpleza la mía! Era esto quizás una nueva -manifestación de las manías de nuestra raza, tan bien monografiadas por -mi tío, porque bien me sabía yo que las almas no juegan á la gallina -ciega, y mis ideas respecto á la transmigración eran tan juiciosas como -las de cualquier contemporáneo. Pero no lo podía remediar. Echaba la -vista sobre Eloísa y veía en sus ojos el cariño apacible y confiado de -Kitty. Era ella, la mismísima, reencarnada, como las diosas á quien -los antiguos suponían persiguiendo un fin humano entre los mortales; y -asomada<span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span> á la expresión -de aquel semblante y de aquellos ojos, me decía: «Aquí estoy otra vez: -soy yo, tu pobrecita Kítty. Pero ahora tampoco me tendrás. Antes te lo -vedó la muerte; ahora la ley.»</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span></p> - <h2 class="nobreak">VI</h2> - <p class="subh2">Las cuatro paredes de Eloísa.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>De tal modo se fijaron en mi mente los peligros de aquella -inclinación, que pensé en marcharme de Madrid. Es lo que se le ocurre á -cualquiera en casos como aquél. ¡Pero una cosa tan lógica y razonable -era tan difícil de ejecutar!... ¿Cuándo me iba? ¿Mañana, la semana que -entra, el mes próximo? En mi pensamiento estaba acordada la partida -con esa seguridad pedantesca que tiene todo lo que se acuerda... en -principio. Tal determinación era prueba admirable de las energías de -mi conciencia. Pero faltaba un detalle, el cuándo, y este detalle era -el que me hacía cosquillas en el cerebro, no dejándose coger. Se me -escapaba, se me deslizaba, como un reptil de piel viscosa resbala entre -los dedos.</p> - -<p>La cosa no era tan baladí. Levantar casa; deshacer aquel hermoso -domicilio que representaba tantos quebraderos de cabeza, tanto dinero -y los puros goces de las compras pagadas... ¿Y á dónde demonios -me iba? ¿A Jerez? La situación comercial y agraria de aquel país -era muy alarmante. Bueno estaría que me cogieran los de la<span -class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span> <i>Mano negra</i> y me degollaran. -¿A Londres? Sólo el recuerdo de las nieblas y de aquel sol como una -oblea amarilla, me causaba tristeza y escalofríos... Nada: la necesidad -de huir de Madrid era tan imperiosa, estaba tan claramente indicada por -la moral, por las conveniencias sociales, que poquito á poco, sin darme -cuenta de ello, fuí tomando la heróica resolución de quedarme. Aquí de -mis sofismas. Era una cobardía huir del peligro; se me presentaba la -ocasión de vencer ó morir. O yo tenía principios ó no los tenía.</p> - -<p>Diferentes veces había contado á mi prima lo de Kitty, y cada -vez lo hacía en términos más patéticos y recargando el cuadro todo -lo posible. Un día de Enero que paseábamos á pie por el Retiro con -Carrillo, una tía de éste y Raimundo, dije á Eloísa (en un rato que -nos adelantamos como unos cuarenta pasos) que por motivos reservados -había pensado marcharme de Madrid. A lo que respondió ella con risas y -burlas, diciendo que lo de la marcha ó era locura romántica ó santidad -hipócrita. Otra tarde, en su casa, hablábamos de tristezas mías, y -sin saber cómo se me vinieron á la boca sinceridades que la hicieron -palidecer. Ella me dijo que alguien me tenía trastornado el seso, y -entonces, quitándome de cuentos, respondíle que quien me trastornaba -el seso era ella... Tomándolo á broma, trajo al <i>barbián</i> y se puso á -saltarle delante de mí y á decirle: «llámale tonto, llámale majadero.» -Con sus risas inocentes creo que me lo llamaba.</p> - -<p>Seguía viviendo mi prima en la casa de sus padres; pues aunque -estaban casi terminadas las reformas de la suya, como habían -derribado<span class="pagenum" id="Page_99">p. 99</span> tabiques -y hecho obra de albañilería, temía la humedad. Diariamente iba á -inspeccionar la obra, acompañada de su madre ó de Camila. Usaba para -esta excursión el hermoso <i>landó</i> de cinco luces que había adquirido; -mas algunas tardes, para no privar á Carrillo del paseo que daba por el -Retiro y Atocha, le prestaba yo mi berlina.</p> - -<p>La casa en que había vivido y muerto Angelita Caballero era -grandísima, tristona y estaba enclavada en un barrio mísero y -antipático. Su aspecto exterior era muy feo; pero interiormente -revelaba ya el soberano arreglo de su nueva dueña. Contóme Eloísa que -lo primero que tuvo que hacer fué despejar el terreno, deshacerse de -aquellas horribles sillerías <i>botón de oro</i>, y esconder los <i>biscuits</i> -y los <i>entredoses</i> de bazar y las arañas de pedacitos de vidrio donde -nadie los viera. Porque la tal Angelita era notable por la perversidad -de su gusto. Fuera de un buen vargueño y de un Cristo de bronce, no -tenía en su casa ninguna antigüedad notable: todo el ajuar era moderno, -de la época del 40 al 60, y se componía de artículos de exportación -francesa de la peor calidad. «Calcula —me dijo Eloísa— si habrá sido -difícil el despejo.» La transformación del palacio era en verdad -grandiosa. Sorprendióme ver en su gabinete dos países de un artista que -acostumbra cobrar bien sus obras. En el salón ví además un cuadrito -de Palmaroli; una acuarela de Morelli, preciosísima; un cardenal, de -Villegas, también hermoso, y en el tocador de mi prima había tres -lienzos que me parecieron de subidísimo precio: una cabeza inglesa, -de De<span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span> Nittis; -otra holandesa, de Román Ribera, y una graciosa vista de azoteas -granadinas, de Martín Rico. Pregunté á Eloísa cuánto le había costado -aquel principio de museo, y díjome en tono vacilante que muy poco, por -haber adquirido los cuadros en la almoneda de un hotel que acababa de -desmoronarse.</p> - -<p>Cada día que visitábamos la casa, hallaba yo algo nuevo y de -valor. En la antesala ví dos enormes vasos japoneses de <i>Imaris</i>, -hermosísimos, los mejores que había visto en mi vida. Las parejas -de platos <i>Hissen</i> y <i>Kiotto</i> no valían menos. Ví también tapices -franceses, imitación de gobelinos viejos, que debían haber costado -bastante. Dos <i xml:lang="it" lang="it">terracottas</i>, firmadas la una -Maubach y la otra Carpeaux, acabaron de pasmarme. Bronces parisienses -no faltaban, ni esos muebles ingleses de capricho que sirven para hacer -exhibición de preciosas chucherías, y que tienen algo de los antiguos -chineros y de los modernos aparadores. Eloísa gozaba con mi sorpresa y -con mis alabanzas tanto como con la posesión de aquellas preciosidades. -Júbilo vanidoso animaba su semblante; sus ojos brillaban; entrábale -inquietud espasmódica, y su charlar rápido, sus observaciones, los -términos atropellados con que encomiaba todo, señalándolo á mi -admiración, decíanme bien claro el dominio que tales cosas tenían en -su alma. Poníase al cabo tan nerviosa, que creía sentir amenazas de -la diátesis de familia en el cosquilleo de garganta producido por la -interposición imaginaria de una pluma. Tragando mucha saliva, procuraba -serenarse.</p> - -<p>Solos ella y yo, mientras su mamá ordenaba<span class="pagenum" -id="Page_101">p. 101</span> en el comedor los montones de manteles y -servilletas aún sin estrenar, recorríamos el salón primero, el segundo, -la sala grande, los dos gabinetes, el tocador, la alcoba, el despacho, -el cuarto del niño y todas las piezas de la casa. Aquí, colgándose -de mi brazo, me detenía cuando no quería que fuese tan á prisa, y me -incitaba con cierto tono de queja á ver las cosas más atentamente. Allí -me empujaba atrayéndome hacia un objeto obscurecido entre las vitrinas. -En otra parte me oprimía el cuello suavemente para que me inclinara y -pudiera mirar de cerca un cuadrito de estilo muy concluído. A veces -su alegría se expresaba humorísticamente. Estaba yo contemplando un -delicado estantillo japonés, de esos que no parecen hechos por manos de -hombres, y ella, repentina y graciosamente, sacaba su pañuelo y me lo -pasaba por la boca.</p> - -<p>—¿Qué? —decía yo, sorprendido de este movimiento.</p> - -<p>—Es que se te cae la baba.</p> - -<p>Al fin, cansados de andar, nos sentábamos.</p> - -<p>—Una casa bien puesta —me decía— es para mí la mayor delicia del -mundo. Siempre tuve el mismo gusto. Cuando era chiquitina, más que -las muñecas, me gustaban los muebles de muñecas. Si alguna vez los -tenía, me entraba fiebre por las noches, pensando en cómo los había -de colocar al día siguiente. Todavía no era yo polla, y me atontaba -delante de los escaparates de Baudevin y de Prevost. Cuando íbamos á -paseo con papá y pasábamos por allí, me pegaba al cristal, y como se -empañaba con mi aliento, habías de verme limpiándolo con el pañuelo -para poder<span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span> mirar. -Papá tenía que tirarme del brazo y llevarme á la fuerza. Gracias á -Dios, hoy puedo proporcionarme algunas satisfacciones, que de niña me -parecían realizables, porque sí... yo soñaba que sería muy rica y que -tendría una casa como la que ves, mejor aún, mucho mejor... Pero no -vayas á creerte, en medio de estas satisfacciones soy razonable. Dios -ha querido que antes de ser rica fuese pobre, y esto me ha valido de -mucho; he aprendido á contener los deseos, á estirar los cuartitos -y á defenderlos contra esta pícara imaginación, que es la que se -entusiasma. Sí, hay que tener mucho cuidado con esto... Porque yo lo -he dicho siempre: el infierno está empedrado de entusiasmos... ¡Qué -lástima no poseer muchísimos millones para comprar todo lo que me -gusta! Se ha dado el caso de tener, durante tres ó cuatro días, el -pensamiento fijo, clavado en un par de vasos japoneses ó un medallón -<i xml:lang="it" lang="it">Capo di Monte</i>, y sentir dentro de mí una -verdadera batalla por si lo compraba ó no lo compraba... Gracias á -Dios, he sabido refrenarme, ir despacito, hacer muchos números, y -decir al fin: «no, no más; bastante tengo ya...» Los números son la -mejor agua bendita para exorcisar estas tentaciones; convéncete... Yo -sumaba, restaba y... vencía. No vayas á figurarte: también he pasado -malos ratos. Después de comprar en casa de Bach un bronce, veía otro -en casa de Eguía que me gustaba más... ¡Qué marimorena entonces en mi -cabeza! ¿Lo compro también? Sí... no... sí otra vez... pues no... que -dale, que torna, que vira. Nada, hijo, que he tenido que vencerme. A -poco más me doy disciplinazos. Por las noches me<span class="pagenum" -id="Page_103">p. 103</span> acostaba pensando en la soberbia pieza. -¿Qué crees? he pasado noches crueles, delirando con un tapiz chino, con -un cofrecito de bronce esmaltado, con una colección de mayólicas... -Pero me decía yo: «Todas las cosas han de tener un límite. Pues bueno -fuera que... Me conformo con lo que poseo, que es bonito, variado, -elegante, rico hasta cierto punto.» ¿No es verdad? ¿No crees lo -mismo?</p> - -<p>Díjele que su casa era preciosa; que debía detenerse allí y no -aspirar á más, pues si se dejaba llevar del fanatismo de las compras, -podría comprometer su fortuna y quedarse por puertas. En números tenía -yo mucha más experiencia que ella, y la imaginación no me engañaba -jamás, mixtificándome el valor de las cifras.</p> - -<p>—Yo te dirigiré —añadí—. Prométeme no entrar en una tienda sin -previa consulta conmigo, y marcharás bien.</p> - -<p>Eloísa se entusiasmó con esto, dió palmadas, hizo mil monerías, y -entre ellas expresó conceptos muy sensatos, mezclados con otros que -revelaban ciertas extravagancias del espíritu.</p> - -<p>—Porque verás —me dijo, juntando los dedos de entrambas manos como -quien se pone en oración—, yo sé contenerme, sé consolarme cuando -esas bribonadas de la aritmética me privan de hacer mi gusto. ¿Sabes -lo que me consuela? pues lo mismo que me atormenta: la imaginación. -Nada, que cuando me siento tocada, dejo á esa loca que salte y brinque -todo lo que quiera, la suelto, le doy cuerda, y ella, al fin, acaba -por hacerme ver todo lo que poseo como superior, muy superior á lo -que es realmente. Soy como mi hermano, que se acuesta pensando que -es Presi<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span>dente del -Consejo, y al fin se lo cree... Yo me acuesto pensando que soy la -señora de Rothschild. Vas á ver... ¿Tengo un cuadrito cualquiera, -antiguo, de mediano mérito? Pues sin saber cómo llego á persuadirme de -que es del propio Velázquez. ¿Tengo un tapiz de imitación? Pues lo miro -como si fuera un ejemplar sustraído á las colecciones de Palacio... -¿Un cacharrito? Pues no creas, es del propio Palissy... ¿Tal mueble? -Me lo hizo el señor de Berruguete. Y así me voy engañando, así me voy -entreteniendo, así voy narcotizando el vicio... el vicio, sí: ¿para qué -darle otro nombre?</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Yo me reí; pero en mi interior estaba triste. Quince años de trabajo -en un escritorio me habían dado la costumbre de apreciar fácilmente -las cantidades, y con esta experiencia y mi saber del precio de las -cosas, pude hacer una cuenta mental. Los señores de Carrillo se habían -gastado en poner casa la cuarta parte y quizás el tercio de lo que -habían heredado. Tal desproporción debía traer sus consecuencias más ó -menos tarde. Amonesté segunda vez á Eloísa, quien se mostró asombrada -primero, ensimismada después, y me prometió ser, en lo sucesivo, no ya -económica, sino cicatera... «Vas á ver...»</p> - -<p>Carrillo fué á buscarnos al volver de su paseo. Antes de ir á -casa hicimos escala en la tienda de Eguía, donde Pepe tenía en trato -un busto de Shakespeare para su despacho. ¡Qué lástima no<span -class="pagenum" id="Page_105">p. 105</span> encontrar el de Macaulay! -Pero éste, por más que lo buscó afanosamente, en ninguna parte lo -había. Su apetito anglo-parlamentario no pudo saciarse sino con un -velador muy cursi, maqueado, chillón, que ostentaba la vista del -palacio y puente de Westminster. Eloísa me indicó, cuando recorríamos -la tienda, que había hecho juramento de no entrar más allí, porque se -le iba la cabeza. Vimos muchos objetos de mérito y alto precio.</p> - -<p>—Hay aquí una cosa —me dijo después mi prima en voz baja, tapándose -la boca con el manguito— que la semana pasada me produjo dos noches -de fiebre, con escalofríos, amargor de boca, calambres, cefalalgia y -cuantos males nerviosos te puedes figurar. No era pluma lo que yo tenía -en mi garganta, sino un palomar entero y verdadero.</p> - -<p>Señalaba con la mano y el manguito á uno de los extremos de la -tienda. Carrillo y su suegra examinaban una vajilla. Yo miré.</p> - -<p>—No mires, no mires. Esto trastorna, esto deslumbra, esto ciega. No -es para nosotros. Este señor Eguía se ha figurado que aquí hay lores -ingleses y trae cosas que no venderá nunca.</p> - -<p>Era un espejo horizontal, biselado, grande como de metro y medio, -con soberbio marco de porcelana barroca imitando grupos y trenzado de -flores que eran una maravilla. Quedéme absorto contemplando obra tan -bella, digna de que la describiera Calderón de la Barca. Las flores, -interpretadas decorativamente, eran más hermosas que si fuesen copia -de la realidad. Había capullos que concluían en ángeles; ninfas -que salían de los tallos, perdiendo sus brazos en retorcedu<span -class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>ras de mariscos; ramilletes -que se confundían con los crustáceos, y corolas que acababan en rejos -de pulpo. En el color dominaban los esmaltes metálicos de rosa y verde -nacarino, multiplicándose en los declivios del puro cristal. Hacían -juego con esta soberana pieza dos candelabros que eran los monstruos -más arrogantes, más hermosos que se podían ver; grifos que parecían -producto de la flora animalizada, pues tenían uñas y guedejas como -pistilos de oro, enroscadas lenguas de plata. Un reloj...</p> - -<p>—Vamos —ordenó Eloísa impaciente, desconcertada, sin dejarme acabar -de ver aquello.</p> - -<p>Y agarrando el brazo de su marido, se lo llevó hacia el coche, -diciendo:</p> - -<p>—¿Has tomado el <i>Séspir</i>?...</p> - -<p>—La vajilla es preciosa —declaró mi tía Pilar, como queriendo que yo -me convenciera de ello por mis propios ojos.</p> - -<p>Pero Eloísa, ya en la puerta, repetía:</p> - -<p>—Vámonos, vámonos: no más compras. Esta tienda es la sucursal del -Infierno.</p> - -<p>A su imperioso deseo nadie pudo resistir, y nos fuimos á casa. Al -día siguiente volví á la sucursal y compré las cuatro piezas aquéllas, -espejo, pareja de candelabros y reloj. Costáronme unos cuarenta y cinco -mil reales. ¿Pero qué significaba esto para mí? Yo tenía á la sazón en -caja unos cuantos miles de duros, producto de letras que inopinadamente -recibí de Jerez, y no sabía qué hacer de ellos. Había estado dudando si -incorporar aquel dinero á mi cuenta corriente del Banco, ó reservármelo -para caprichos y gastos imprevistos. Opté al fin por dejarlo en -casa,<span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span> pues la cuenta -corriente me garantizaba todos mis gastos del semestre por excesivos -que fuesen. Pocas veces he hecho una compra más á mi gusto. Pensaba en -la sorpresa que tendría Eloísa al recibir aquel presente. Mandé que se -lo llevaran á su palacio, y esperé á que ella misma me diese cuenta de -la impresión que le causaba.</p> - -<p>Cuando la ví entrar en mi casa, temblé de emoción. Venía con -su hermana Camila, la cual, hablando del espejo y elogiándolo con -reservas, se mostró celosa. Era ella tan prima mía como Eloísa, y -tenía el mismo derecho á mis obsequios de pariente ricacho. Sí: yo -era un ricacho sin conciencia, un vulgarote que no me acordaba de los -pobres. Ella tenía su casa muy mal puesta, y á mí, al primo millonario, -no se me había ocurrido mandar allá ni aun media docena de sillas de -madera encorvada. Esta filípica, dicha con el desparpajo que usaba -siempre aquella mujer inconveniente, me llegó al alma. No tuve reparo -en reconocer y lamentar la preterición, y prometí que los señores de -Miquis tendrían pronto noticias mías.</p> - -<p>A Eloísa, contra lo que esperaba, la encontré triste. Puso cara -de Dolorosa, y dió á sus ojos expresión de dulce reprimenda para -decirme:</p> - -<p>—¡Qué tonterías haces!... ¡Un gasto tan enorme! Vaya, que ahora se -han trocado los papeles: yo soy la aritmética y tú el entusiasmo... De -veras te lo digo: si repites esas calaveradas, no te volveré á dirigir -la palabra.</p> - -<p>Camila y yo nos reíamos. Eloísa no hacía más que mirarnos con -tristeza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_108">p. 108</span></p> - -<p>—Tu boca será medida. Cuenta con la media docenita de sillas -—manifesté á Camila, que me respondió á gritos:</p> - -<p>—Ha sido una broma. No me hacen falta tus obsequios. Formal, formal, -te lo digo formalmente. Si me mandas las sillas, te las devuelvo.</p> - -<p>Estaba rabiosa. Por la tarde, siguiendo la chanza en casa de mi tío, -le dije:</p> - -<p>—¿Las quieres blancas ó negras? Elígelas á tu gusto y que me manden -la cuenta.</p> - -<p>Me tiró á la cara su manguito, diciéndome:</p> - -<p>—Toma... cochino.</p> - -<p>Mi tía Pilar, secreteando en mi oído, hízome la pintura más -lastimosa de la casa de su hija Camila. Tenían una salita regular, -alcoba decente; pero comedor... Dios lo diera. Ponían los platos encima -de un velador, y como Constantino tenía la mala costumbre de empinar -las sillas para sentarse, descargando todo el peso sobre las dos patas -de atrás, de la media docena que compraron no quedaban útiles más -que dos. Esta pintura hizo desbordar en mi corazón los sentimientos -caritativos. Regalé á Camila un comedor completo de nogal, con -aparador, trinchero, doce sillas y mesa, todo bonito, de medio lujo, -sólido y elegante.</p> - -<p>Vino á darme las gracias una mañana. Detrás de su máscara de risa -y burla, advertí mal encubierta la emoción. Le temblaban los labios. -Hizo mil muecas, me dió las gracias, me pegó con un bastón mío, me -llamó generoso, pillo, grande hombre y gatera, demostrando en todo su -incorregible extravagancia. Era, más que una cabeza destornillada, -una salvaje, una fierecilla<span class="pagenum" id="Page_109">p. -109</span> indócil criada dentro de la sociedad como para ofrecernos -una muestra de todo lo incivil que la civilización contiene. Concluyó -diciendo que su marido y ella habían acordado dar un banquete en honor -mío y como inauguración del comedor...</p> - -<p>—Una gran comida, no te creas: verás qué cosa más buena y más -<i>chic</i>... Rigurosa etiqueta, ya sabes. Habrá diplomáticos, algún -ministro, toda la <i>jilife</i>... Mi cuñado Augusto, el primo de -Constantino, que estudia Farmacia, Veterinaria ó no sé qué; en fin, lo -más escogido... Frac y condecoraciones. Mi marido estará en mangas de -camisa; pero eso no importa. El amo de la casa, ya ves... Te daremos -nidos de avestruz, fideos escarchados, pechugas de rinoceronte, jabalí -en su tinta y <i>Chateau-Peleón</i>.</p> - -<p>Nunca oí más disparates.</p> - -<p>Eloísa, Raimundo y Pepe éramos los invitados. Fuí con mi primo poco -antes de la hora señalada. Los señores de Carrillo no habían llegado -aún.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_7"> - <p><span class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span></p> - <h2 class="nobreak">VII</h2> - <p class="subh2">La comida en casa de Camila.</p> -</div> - -<p>La casa de Camila era digna de estudio por el desorden que en ella -reinaba. <i xml:lang="la" lang="la">Sicut domus homo</i>, se podía decir -allí con más razón que en parte alguna. Todas las cosas, en aquella -vivienda, estaban fuera de su sitio; todo revelaba manos locas, -entendimientos caprichosos. Para honrar mis muebles habían hecho de -la sala comedor; en la alcoba, á más de la cama de matrimonio, había -una pajarera, y lo que antes había sido comedor estaba convertido -en balneario, pues Camila, que aun en invierno tenía calor, se -chapuzaba todos los días. La sala había sido llevada á un cuartucho -insignificante, próximo á la entrada, arreglo que por excepción me -parecía laudable, pues contravenía la mala costumbre de adornar -suntuosamente para visitas lo mejor de la casa, reservando para vivir -lo más estrecho, lóbrego y malsano. Fuera de este rasgo de buen -sentido, el conjunto de aquel domicilio no tenía pies ni cabeza. Lo -más culminante en la sala era una mesa de caoba de las que llaman de -ministro, y una cómoda antigua que Constantino había heredado de su tía -doña Isabel Godoy. El piano se había ido á la alcoba, creyérase que -por<span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span> su pie, pues no -se concebía que ninguna ama de casa dispusiera los muebles tan mal.</p> - -<p>En los pasillos, Constantino había tapizado la pared con enormes -y abigarrados carteles de las corridas de toros de Zaragoza y San -Sebastián, y en el gabinete ocupaba lugar muy conspicuo un trofeo de -esgrima compuesto de floretes, caretas, manoplas, con más una espada -de torero y una cabeza de toro perfectamente disecada. Veíase por -allí, así como en el comedor, algún otro mamotreto procedente de la -testamentaría de la señora Godoy. Constantino tenía en su casa todas -las cómodas que no cabían en la de su hermano Augusto. Los muebles -regalados por mí hacían papel brillantísimo en medio de tanta fealdad -y confusión, y cuando, después de recorrer la casa, se entraba en el -comedor, parecía que se visitaba una ciudad europea después de viajar -por pueblos de salvajes. Lo único que hablaba en favor de Camila era -la limpieza, pues todo lo demás la condenaba. Algunas de las láminas -de la historia de Matilde y Malek-Adhel tenían el cristal roto. No ví -una silla que no cojeara, ni mueble que no tuviera la chapa de caoba -saltada en diferentes partes. Muchos de estos siniestros lastimosos, -así como la decapitación de una ninfa de porcelana, y las excoriaciones -de la nariz que afeaban el retrato del abuelo de Constantino, eran -triste resultado de la afición de éste á la esgrima y de los asaltos -que daba un día sí y otro no, yéndose á fondo y acalorándose, sin -reparar que su contrario era indefenso mueble ó bien un cuadro al -óleo, al cual no se podía acusar de crimen alguno como no fuera -artístico.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_113">p. 113</span></p> - -<p>Y á propósito de láminas, alcancé á ver, no recuerdo bien dónde, -una buena fotografía de Constantino, retratado como suelen hacerlo los -que presumen de atletas, esto es, con sencillez estatuaria, el cuerpo -á lo gimnasta, con almilla y grueso cinturón, cruzados los brazos para -que se le viera bien el desarrollo del biceps y de los músculos del -tórax, y con un empaque y mirar arrogante que movían á risa. Camila -estaba retratada de cuerpo entero, y se había puesto ante la máquina -violentando su temperamento para <i>salir formal</i>; de modo que, á más de -salir fea, no tenía el retrato ningún parecido.</p> - -<p>—Habías de ver esta casa —me dijo Raimundo al oído— cuando mi -hermanita se pone á tocar frenéticamente el piano, en camisa, y el mulo -de su marido á dar estocadas en todo lo que encuentra al paso.</p> - -<p>Yo no había visto nada de esto, pero lo comprendía por los -efectos.</p> - -<p>Camila nos había recibido muy al desgaire, vistiendo una batilla -ligera, el pelo medio suelto, el pecho tan mal cubierto que recordaba -la inocencia de los tiempos bíblicos, los pies arrastrando zapatillas -bordadas de oro. Nos acompañó un momento para enseñarnos la casa, -diciéndonos:</p> - -<p>—Acabo de bañarme. No les esperaba á ustedes tan pronto.</p> - -<p>—Esta hermana mía —indicó Raimundo tiritando— siempre tiene calor. -Se baña en agua fría en pleno invierno. Jamás enciende una chimenea, -y es la vestal encargada de conservar el frío sagrado... ¡Demonio! la -casa es una sorbetera... ¡Que me voy!</p> - -<p>Camila nos empujó á Raimundo y á mí fuera<span class="pagenum" -id="Page_114">p. 114</span> de la alcoba, donde á la sazón estábamos, y -dijo á su marido:</p> - -<p>—Entretenme á esos tipos un rato, que me voy á arreglar.</p> - -<p>Nos llevó Miquis al comedor, donde al punto se personaron dos -perros: el uno grande, de lanas; el otro pequeño y tan feo como su amo. -Ambos hicieron diferentes habilidades, distinguiéndose el feo, que -marchaba en dos pies con un bastón cogido al modo de fusil, y hacía -también el cojito. De repente veíamos á mi prima pasar, medio vestida, -como exhalación. Iba á la cocina. Oíamos su voz en vivo altercado con -la criada... después la sentíamos regresar á su cuarto... llamaba á su -marido con gritos que atronaban la casa.</p> - -<p>—Será para que le alcance algo... —decía él sin mostrar mal humor—. -Esto de no tener más que una criada es cargante. Si al menos estuviera -yo en activo, me darían un asistente... ¡Allá voy!</p> - -<p>Camila volvía corriendo á la cocina. Necesitaba estar en todo. Aun -así, temía que aquella girafa de Gumersinda echase á perder la comida. -Al poco rato, vuelta á correr hacia la alcoba. Ya estaba peinada; -pero aún no se había puesto el vestido ni las botas. De pronto, oímos -la argentina voz de la señora de la casa que decía con cierto acento -trágico:</p> - -<p>—Constantino, traidor... ¿qué, no pones la mesa?</p> - -<p>El tal, dándome una prueba de confianza, me rogó que le auxiliara en -el desempeño de aquella obligación doméstica.</p> - -<p>—Amigo José María, así irá usted aprendiendo para cuando se -case...</p> - -<p>Risueño y compadecido, le ayudé de buena<span class="pagenum" -id="Page_115">p. 115</span> gana. Antes había solicitado Constantino el -auxilio de mi primo; pero éste, agobiado por el frío, no se apartaba -del balcón por donde entraban los rayos del sol. Pronto quedó puesta -la dichosa mesa. En la loza y cristalería no ví dos piezas iguales. -Parecía un museo, en el cual ninguna muestra de la industria cerámica -dejaba de tener representación. El mantel y las servilletas, regalo de -la tía Pilar, eran lo único en que resplandecía el principio de unidad. -No así los cubiertos, en cuyos mangos se echaba de ver que cada uno -procedía de fábrica distinta.</p> - -<p>No habíamos concluído, cuando entró Eloísa. Al sonar la campanilla, -díjome el corazón que era ella. Raimundo abrió la puerta, y antes de -que mi prima llegara al comedor, le oí estas gratas palabras:</p> - -<p>—Pepe no puede venir. Ha tenido miedo al frío... Yo me alegro de que -no salga en un día tan malo, porque puede coger un pasmo.</p> - -<p>—Yo sí que voy á pillar una pulmonía en esta maldita casa, donde no -se encienden chimeneas —dijo Raimundo cogiendo su capa y embozándose en -ella.</p> - -<p>—No viene Pepe —repitió Eloísa mirándome á los ojos; y al reparar -en mi ocupación, echóse á reir—. Eso, eso te conviene... ¿Y esa -loca...?</p> - -<p>—Su Majestad está en sus habitaciones —dijo el manchego— con la -camarera mayor, que es ella misma.</p> - -<p>—Constantino —gritó Camila asomándose á la puerta—, traidor, ¿en -dónde me has puesto mi alfiler?</p> - -<p>—¡Ah! perdona, hija; me lo puse en la corbata: tómalo y no te -enfades.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span></p> - -<p>—¡Que siempre has de ser loca! —dijo Eloísa pasando al cuarto de su -hermana para dejar abrigo y sombrero.</p> - -<p>Al poco rato vimos aparecer á la señora de la casa, vestida con -elegante traje de raso negro, bastante guapa, luciendo su hermosa -garganta por el cuadrado escote. Su pecho alto y redondo, su cintura -delgada, sus anchas caderas, dábanle airosa estampa. Podría parecer -bella; pero nunca parecería una señora.</p> - -<p>—¡Mujer, cómo te pones!... —exclamó Eloísa, aludiendo sin duda á la -escasez de tela en la región torácica—. ¿Pero estás tonta? ¿A qué viene -ese escote?... No he visto cabeza más destornillada. Y lo que es hoy no -llorarás por polvos.</p> - -<p>Lo más característico de Camila era su tez morena. Tenía á veces el -mal gusto de corregir torpemente con polvos y otras drogas aquel aire -gitanesco que daba tan salada gracia á su persona. Y fué tan sin tasa -en aquel día la carga de polvos, que á todos nos pareció estatua de -yeso; y como teníamos confianza con ella, se lo dijimos en coro.</p> - -<p>—Pero, Camila... pareces una tahonera.</p> - -<p>—¿Sí? —replicó ella riendo con nosotros—. Ahora veréis.</p> - -<p>Desapareció, y al poco rato presentósenos en su color y tez -naturales. Sólo las orejas quedaron un poco empolvadas.</p> - -<p>—Si me quieren negrucha, aquí estoy con toda mi poca vergüenza.</p> - -<p>Sin esperar á oir nuestros aplausos, pegó un brinco y echó á correr -otra vez hacia lo interior de la casa. Pronto reapareció para decir á -su marido:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span></p> - -<p>—Nos sobra el cubierto de Pepe. ¿Por qué no avisas á tu hermano -Augusto, de paso que vas por el postre?</p> - -<p>—Yo no... Ya sabes que no puede venir —replicó el marido tomando su -capa para salir.</p> - -<p>—Pues déjalo: así tocaremos á más.</p> - -<p>Después, vuelta á la cocina, donde la oímos disputar á gritos con -la girafa. Constantino no tardó en regresar, trayendo el postre en un -papel, que se engrasó de la bollería á la casa. Mientras yo le abría la -puerta, oí la voz de Camila que desde la cocina clamaba:</p> - -<p>—Váyanse sentando... Allá va la sopa.</p> - -<p>El convite fué digno de los anfitriones. Por la hora debía de ser -almuerzo; por la calidad de los platos era almuerzo y comida; por -la manera de estar condimentados y el desorden é incongruencia que -reinaban en todo, no tenía clasificación posible. Sirviéronnos un -asado, el cual para ser tal debió permanecer media hora más en el -fuego. «Ustedes dispensarán que esto esté un poco crudo», nos decía -Camila. En cambio, el pescado <i>al gratin</i> se había tostado y estaba -seco y amargo. A los riñones habían echado tal cantidad de sal, que no -se podían comer. Por vía de compensación, otro plato que apenas probé -no tenía ni pizca...</p> - -<p>—Pero, hija —dijo Eloísa riendo—, tu cocinera es una alhaja.</p> - -<p>—Dispensa por hoy... —replicaba la hermana—. Se hace lo que se -puede. No me critiquen, porque no les volveré á convidar.</p> - -<p>—Descuida, que ya tendremos nosotros buen cuidado de no caer en la -red otra vez —le contestó Raimundo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_118">p. 118</span></p> - -<p>Se había sentado á la mesa embozado en su capa, quejándose de un -frío mortal, renegando de los dueños de la casa, y jurando que no -volvería á poner los pies en ella sin hacerse preceder de una carga de -leña. Al servir el segundo plato, se cayó en la cuenta de que no había -vino en la mesa, de cuyo descubrimiento resultó un gran altercado entre -Constantino y su mujer.</p> - -<p>—Tú tienes la culpa... tú... que tú... Siempre eres lo mismo. Así -salen las cosas cuando tú te encargas de ellas... ¡Tonta!... ¡Cabeza de -chorlito!</p> - -<p>—¡Ni fuego ni vino! —exclamó mi primo subiéndose el embozo y -poniendo una cara que daba compasión. Parecía que iba á llorar.</p> - -<p>—Que salga inmediatamente Gumersinda á buscarlo.</p> - -<p>—No, ve tú.</p> - -<p>—Como no vaya yo... Hubiéraslo dicho antes.</p> - -<p>—¡Ay! qué hombre tan inútil...</p> - -<p>—¡Qué tempestad de mujer!</p> - -<p>—Lo mejor —dijo la señora de la casa, serenándose después de meditar -un rato— es que Gumersinda vaya al cuarto de al lado á pedir dos -botellas prestadas á los señores de Torres. Son muy amables y no las -negarán.</p> - -<p>Por fin trajeron el vino, y con él templó sus espíritus y su cuerpo -mi primo Raimundo, decidiéndose á soltar la capa.</p> - -<p>Camila, á cuya derecha estaba yo, me obsequiaba, valga la verdad, -todo lo que permitía lo estrafalario de la comida. Su amabilidad echaba -un velo, como suelen decir, sobre los innúmeros defectos del servicio. -Repetidas veces tuvo que levantarse para sacar de un mal paso á la que -ser<span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span>vía, que era una -chiquilla muy torpe, hermana de la cocinera. Había venido aquel día con -tal objeto, y más valiera que se quedara en su casa, pues no hacía más -que disparates. En los breves intervalos de sosiego, Camila nos hablaba -de lo feliz que era, ¡cosa singular! ¡Feliz en aquel desbarajuste, -en compañía del más inútil de los hombres! Indudablemente Dios hace -milagros todavía. Para ponderarnos su dicha, mi primita no cesaba de -hacer alusiones á un cierto estado en que ella creía encontrarse, y -por cierto que sus indicaciones traspasaban á veces los límites de la -decencia. Ya nos contaba que pronto tendría que ensanchar los vestidos; -ya que había sentido pataditas... Luego rompía á reir con carcajadas -locas, infantiles. Yo me confirmaba en mi opinión. No tenía seso, ni -tampoco decoro.</p> - -<p>Debo decir con toda imparcialidad que Constantino me pareció un poco -reformado en la tosquedad de sus modos y palabras. Ya no hablaba de sus -superiores jerárquicos con tan poco respeto; ya no decía, como cuando -le conocí: «Me parece que pronto la armamos...» Creyérase que había -sentado la cabeza y adquirido cierto aplomo y discreción, que no se -avenían mal con su creciente robustez corpórea. Parecióme que su mujer -le dominaba, cosa en verdad extraña, pues quien no tuvo ninguna clase -de educación, ¿cómo podía educar y domar á un gaznápiro semejante? La -Naturaleza permite sin duda que dos energías negativas se amparen y -beneficien mutuamente.</p> - -<p>Al fin de la comida, Raimundo bebía más de la cuenta: bien claro -lo denotaba, no sólo la merma del contenido de las botellas, sino -la verbosi<span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span>dad -alarmante de mi buen primo. Constantino, no queriendo ser menos, se -había desatado de lengua más de lo regular. El uno contaba anécdotas, -pronunciaba discursos, repetía versos y tartamudeaba penosamente las -sílabas <i>tra</i>, <i>tro</i>, <i>tru</i>, mientras el otro decía cosas saladas y -amorosas á su mujer, echándola requiebros en ese lenguaje flamenco que -tiene picor de cebolla y tufo de cuadra. La discreción relativa, de que -hablé antes, se la había llevado la trampa. Tal espectáculo empezaba á -disgustarme.</p> - -<p>El café, hecho por la cocinera, era tan malo, que se decidió -mandarlo traer de fuera. Vino pues, el café, mal colado, frío, oliendo -á cocimiento; pero nos lo tomamos porque no había otro. Raimundo y -Constantino se pusieron á tirar al florete. Mi primo no podía tenerse. -La casa parecía un manicomio. Eloísa, su hermana y yo nos fuimos á -la alcoba, donde Camila, sentada junto á mí, hacía mil monerías, que -llamaba nerviosidades. Se recostaba, cerraba los ojos, dejaba ver la -mejor parte de su seno, luego se erguía de un salto, cantaba escalas y -vocalizaciones difíciles, nos azotaba á su hermana y á mí, y concluía -por sacar á relucir aquél su estado que la hacía tan dichosa.</p> - -<p>—Ahora sí que va de veras —nos decía—. ¡Y este bruto se ríe, y no lo -quiere creer!</p> - -<p>De pronto le entraba como una exaltación ó más bien delirio de -tonterías, y cruzando las manos gritaba:</p> - -<p>—¡Ay! ¡qué hijín tan rico voy á tener!... Más mono que el tuyo, -más, más. Me parece que le estoy viendo... No os riáis... ¡Qué sabes -tú lo que es esto, egoísta! Si fueras padre,<span class="pagenum" -id="Page_121">p. 121</span> verías. Y dí, ¿por qué no te casas? ¿Para -qué quieres esos millones? Para gastarlos con cualquier querindanga... -¡Qué hombres! Francamente, eres asqueroso. Eso, eso, da tu dinero á las -tías. Me alegraré de que te desplumen.</p> - -<p>De aquí volvía la conversación á las dulces esperanzas maternas. -Hasta me parecía que lloraba de satisfacción.</p> - -<p>—Vaya, ¿á que no me prometes ser padrino?</p> - -<p>—Sí que te lo prometo.</p> - -<p>Y se rompía las manos en un aplauso.</p> - -<p>—¿Y le harás un regalo como de millonario? ¿Me dejas escoger lo que -yo quiera en casa de <i>Capdeville</i>?</p> - -<p>—Sí: puedes empezar.</p> - -<p>—Bien, bien... ¡Currí... Currí!</p> - -<p>El perro pequeño entró, obedeciendo á las voces de su ama. Puso -las patas en su falda, luego en la cintura, por fin en aquel seno -hermosísimo. Ella le daba besos, le agasajaba, dejábase lamer por -él.</p> - -<p>—Ven acá, tesoro de tu madre, rico, alegría de la casa.</p> - -<p>—Yo no puedo ver esto —decía Eloísa con enfado, levantándose para -retirarse—. Me voy.</p> - -<p>—No, no, hermanita; no te vayas... Lárgate, Currí, Currí... Largo, y -no parezcas más por aquí.</p> - -<p>—No, no me beses —chillaba Eloísa, apartando su cara—; no pongas -sobre mí esa boca con que has estado hociqueando al perro. Tonta, loca, -¡cuándo sentarás la cabeza!... José María está estupefacto de verte -hacer tonterías.</p> - -<p>—José María no se enfada, ¿verdad? Y ahora que caigo en ello, ¿por -qué no me convidas esta noche al teatro?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_122">p. 122</span></p> - -<p>—Otra más fresca...</p> - -<p>—¿Pues por qué no? Después que hemos echado la casa por la ventana -para obsequiarle... El día de hoy nos arruina para todo el mes. Sí, -dile que sí. José María, esta noche...</p> - -<p>—Te mandaré un palco para el teatro que quieras. Elige tú.</p> - -<p>—Constantino —gritó Camila, cantando la marcha real—, esta noche -vamos al teatro. Mira, tú, mi maridillo irá por el palco. Dame á mí los -cuartitos.</p> - -<p>Yo decía para mí: «No tiene decoro, ni vergüenza, ni delicadeza -tampoco. Es completa. Si me obligaran á vivir con un tipo así, al -tercer día me enterraban.»</p> - -<p>Eloísa estaba disgustada y deseaba marcharse. Yo también. Busqué -á Raimundo para salir con él; pero mi primo se había dormido -profundamente sobre el sofá de guttapercha del comedor. Camila le -cubrió con la capa para que no se enfriase.</p> - -<p>—Ve pronto por el palco —decía la señora de Miquis á su marido— que -es noche de moda, y si tardas no habrá localidades. Vamos... menea esas -zancas. ¿A qué aguardas?</p> - -<p>El manchego no se hizo de rogar. Pronto le sentimos bajar la -escalera, saltando los escalones de cuatro en cuatro.</p> - -<p>—Iré luego á casa de mamá —dijo Camila, poniendo á su hermana el -sombrero y el abrigo—. Adiós, <i>comparito</i>.</p> - -<p>Le dí la mano, y ella me la apretó mucho.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_8"> - <p><span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span></p> - <h2 class="nobreak">VIII</h2> - <p class="subh2">En que se aclaran cosas expuestas en el anterior.</p> -</div> - -<p>Cuando bajábamos, Eloísa me dijo:</p> - -<p>—¿Vas á venir á acompañarme?</p> - -<p>En el tono con que esto fué dicho, conocí su deseo de que no la -acompañara. Yo tampoco tenía intención de hacerlo. Aquel recelo de no -aparecer juntos en público al mismo tiempo nos acometía á entrambos, -revelando, no sólo la conformidad, sino también la poca rectitud de -nuestros pensamientos. Ella entró en su coche y fué á la calle del -Olmo; yo me bajé á pie á la Castellana para dar una vuelta. Volví á -casa al anochecer, y á poco sentí llegar el carruaje de mi prima. -Obedeciendo á instintivo movimiento y á una curiosidad tonta, salí á -mi puerta. Tuve el pueril antojo de atisbar por el ventanillo para -verla subir sin que ella me viese. Siéndome fácil hablar con ella á -todas horas, ¿qué significaba aquel acecho? Nada más que el ansia del -misterio, la necesidad de poner en mi pasión la sal del incidente. -Aquel mirar furtivo por la rejilla de cobre era ya un paso interesante -y que rompía los términos rutinarios de la vida formal para ponernos -en la esfera de las travesuras, más sabrosas cuanto más anormales... -La ví subir. Noté que al pasar por mi puerta la miró como deseando -que estuviese abierta, ó que el azar le proporcionase un pretexto -para<span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span> colarse dentro. -El lacayo subía tras ella con un montón de paquetes de compras.</p> - -<p>Nos vimos aquella noche en su casa. Hablé con todo el mundo menos -con ella. Ambos temíamos dar á conocer nuestra conciencia, no turbada -aún más que por pensamientos. Presagiábamos las peligrosas resultas de -ellos; mas no se nos ocurría extirparlos, sino simplemente evitar que -nos salieran á la cara. Con Carrillo, que había cogido un pasmo, hablé -de todas las clases de constipaciones posibles; describí el proceso -patológico de los míos y de los de mi padre, y mi tía Pilar vino en -buena hora á dar nuevos horizontes á mi erudición con preciosos datos -catarrales referentes á otras personas de la familia. Hicimos luego una -ensalada inglesa. Hablé de los <i xml:lang="en" lang="en">whigs</i> y los -<i xml:lang="en" lang="en">torys</i>, de la reforma electoral de 1834, del -<i xml:lang="la" lang="la">Habeas corpus</i>, de la Liga de Manchester -y del <i xml:lang="en" lang="en">bill</i> de cereales. Sir Roberto Peel -quedó hecho trizas de tanto como le manoseamos Carrillo y yo, y no -salieron mejor librados lord Chatam, Cobden, Russell, Palmerston y los -modernos Disraeli y Gladstone. Nos volvíamos ingleses sin saberlo, -y esto precisamente cuando mi sangre andaluza, la savia paterna, -obscurecía y anonadaba en mí lo que yo había recibido del sér británico -de mi madre.</p> - -<p>Cuando me retiré, despedíme de todos menos de Eloísa, que al verme -en pie se marchó al cuarto de su hijo. Y me la llevaba conmigo á mi -casa, <i xml:lang="la" lang="la">in mente</i>; la robaba como hacía mi tío -Serafín con las baratijas de su gusto, y me la guardaba en mi corazón, -como en un bolsillo, reducida á impalpable esencia, cuando no la subía -al entre<span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span>cejo para -darle allí vida febril, haciéndola compañera de mis soledades. Las -noches de insomnio, las madrugadas de inquieto sueño, los días tristes -alambicaban mi querencia poniéndome en estado de hacer tonterías de -mozalbete si se hubiera presentado ocasión de ello. No las hice, porque -Dios no quiso. Pero estaba dispuesto á todo, hasta á volverme romántico -y <i>wertheriano</i>, á pesar de que los tiempos son tan poco propicios para -que un hombre se ponga en semejante estado.</p> - -<p>Una tarde del mes de Marzo nos encontramos casualmente en la calle. -Ambos nos turbamos. Nos veíamos diariamente en la casa sin experimentar -turbación, y en la calle, solos, al darnos las manos, parecía que -temblábamos por tal encuentro y que habríamos deseado evitarlo. Iba yo -hacia el Banco de España, ella á casa de una amiga. Nos separamos. Sin -darnos cuenta de ello, por medio de una sencilla pregunta semejante á -esas que se hacen por decir algo y de una respuesta más sencilla aún, -nos dimos cita para aquella tarde en la casa de la calle del Olmo. -Vinieron los sucesos impensada y tontamente, con ese canon fatal que -equipara en el orden de la realidad las cosas más triviales á las más -graves y de más peligrosa transcendencia. Las cuatro serían cuando -entré en la casa. No había nadie de la familia más que Eloísa. No -tuve que llamar. La puerta estaba abierta, y un operario arreglaba la -entrada del gas. Sentí martilleo en las habitaciones interiores, y -al pasar junto á una puerta, oí la conversación de unas mujeres que, -sentadas en el suelo, estaban cosiendo alfombras.<span class="pagenum" -id="Page_126">p. 126</span> Parecióme que yo me introducía invisible, -como el gas, pasando por escondidos, angostos y callados tubos.</p> - -<p>Avancé. Bien sabía yo á dónde iba. Tan seguro estaba de encontrarla -como de la luz del día. Después de atravesar dos salones, ví á Eloísa -de espaldas. Estaba repasando una colección de estampas puesta en -voluminosa carpeta. Acerquéme á ella de puntillas; mas aún no estaba á -dos pasos de su hermosa figura, cuando sin volverse dijo esto:</p> - -<p>—Sí, ya te siento; no creas que me asustas...</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_9"> - <p><span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span></p> - <h2 class="nobreak">IX</h2> - <p class="subh2h">Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y - la leyenda de las cuentas de vidrio.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>A la semana siguiente, instalóse mi prima en su nueva casa. Un -día antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que -yo me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las -dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía -muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta á sacrificar el -amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también -escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con -los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En -ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás -á Carrillo. Unicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia á la -equivocación lamentable de su casamiento. Fué, más que una ceguera de -ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella, -no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo -antes á Madrid? Y ya que no vine antes, cuando hubiera sido ocasión -de casarnos, ¿por qué vine después, cuando ya el conocerme<span -class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> la había de hacer tan -desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa... Pero ya, -¿qué remedio...? La atracción que á entrambos nos había unido era más -fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible luchar contra -ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación, el murmullo -de la gente, su hijo... el pobre <i>barbián</i>, que cuando creciera oiría -decir que su mamita no había sido buena, como deben serlo todas las -mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única eran acibaradas -por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al <i>qué dirán</i>, por el -presentimiento de catástrofes y desventuras que es la sombra fatídica -que se hace á sí misma la vida ilegal.</p> - -<p>Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... Porque pensar -que podría transcurrir una semana sin vernos á solas, era pensar en la -eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con -cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron -de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas á la vez y como en -un solo aliento. «Nos veríamos en su casa...» «No, no: en la mía...» -«No, no: en otra...» «¿Dónde?...» «Pues nos daríamos cita en tal ó cual -parte...» «Yo arreglaría una casita muy cuca...»</p> - -<p>La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor, -idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para -que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el -escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que -debemos al decoro; la publicidad érame antipáti<span class="pagenum" -id="Page_129">p. 129</span>ca; pero, con todo, mi ventura me ahogaba -hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la vanidad tenía en -ella. Erame forzoso mostrar á alguien mis bien ganados laureles; yo -buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso á la secreta -aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada como con -Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida. Conocía -su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba los -suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada; sólo -que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contéle, pues, todo, -y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquél su -estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo -hacer el <i>niño del mérito</i>, guardando una reserva que era lo mismo que -poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es -animal de mucho <i>quinqué</i>, y, por fin, que los tiempos de notoriedad -que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene á ser una -ventaja de nuestra edad sobre las precedentes.</p> - -<p>Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto -había dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias -seguían guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte, -con la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra, -mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en -mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino -aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien -que consi<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>deraba -eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza irresistible. Su -tenaz cariño era pagado liberalmente por mí con exaltada pasión, con -estimación, hasta con respeto, con todo lo que el corazón humano puede -dar de sí en su variada florescencia afectiva. Y en cierto modo me -recreaba en ella como si fuera algo, no sólo perteneciente á mí, sino -hechura de mi propia pasión. Porque sí: Eloísa era más hermosa desde -que estaba en relaciones conmigo; como mujer valía más, mucho más -que antes. Su elegancia superaba á los encomios que hacía de ella la -lisonja. Desde que se instaló en su nueva y primorosa vivienda, parecía -que había subido de golpe al último grado de esa nobleza del vestir, -que no tiene nombre en castellano. Todas las seducciones se reunían -en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me puse!... la miraba -como miraría el artista su obra maestra. No es esto, no, lo que quiero -decir: mirábala como una planta que yo había regado con mi aliento, -abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero, criándola para goce -mío y recreo de la vista de los demás.</p> - -<p>Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto, -como gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de -la familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado, -ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina á la -cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado -mi equilibrio, que á cada momento lo daba á conocer. Si no hacía cosas -ridículas, era porque conservaba muy vivo el<span class="pagenum" -id="Page_131">p. 131</span> respeto exterior de mí mismo; pero decía -majaderías, como las que antes, en boca de otros, me habían hecho reir -mucho.</p> - -<p>Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se -enfadase, que mi tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco -decorosa en que yo había puesto á su hija. Pero ninguno se dió por -entendido. O no lo sabían, ó lo disimulaban. Raimundo y María Juana -tampoco chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de -que no hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con -el mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido á esta condescendencia -natural ó estudiada, les correspondía redoblando con respecto á ellos -mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su -tolerancia, ó subvención otorgada á su silencio. No cesaba, pues, de -hacer regalitos á mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y -dinero á Raimundo; compré un piano á Camila, pues el que tenía estaba -ya asmático, y á todos les obsequiaba un día y otro con palcos ó -butacas en los principales teatros.</p> - -<p>Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, á quien -constantemente daba sorpresas, añadiendo á sus colecciones objetos -diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble, -antigüedad de mérito ó primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo -cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía, -ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin substancia. -Nunca me pedía nada; pero muy á menudo la observé como atontada -pensando en algún objeto re<span class="pagenum" id="Page_132">p. -132</span>cientemente exhibido en las tiendas de lujo. Tenía momentos -de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos de tristeza -considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta exaltación -con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto. Este era -bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina antigua, -ó un par de tibores de <i>Sachsuma</i>. Era á veces el motivo de sus ansias -una delicada pieza de Wedgwood ó una credencia de ébano y marfil. A -esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano media-cola de -Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de alhajas, pues por el -collar de perlas, la <i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i> de brillantes, -una pulsera de <i>ojos de gato</i>, una rosa suelta y varias chucherías, me -dejé en casa de Marabini quince mil duritos.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan -de Luz. Eloísa fué con su marido á Biarritz, de donde pasarían á París -á consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarles, y no -tuve tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual á la cita. -El pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más -que en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse -á tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de -salir de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el Hotel de -la calle de <i>Scribe</i>. Yo estaba, como siempre, en el de <i>Helder</i><span -class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span>. Fácil nos era á mi prima -y á mí vernos y citarnos en la ilimitada libertad parisiense y aun -hacer algunas excursiones cortas á las inmediaciones. En los cuatro -días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un camarero, en los -baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una independencia que -hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba á mi hotel. Estábamos -como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo que se nos antojaba, -almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin peinarse, á medio -vestir; yo vestido también con el mayor abandono; ambos irreflexivos, -indolentes, gozando de la vida como los seres más autónomos y más -enamorados de la creación. En nuestros coloquios, amenizados por -constante reir, nos comparábamos con las dichosas parejas del barrio -latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su modelo, viviendo al -día con dos ó tres francos y una ración inmensa de amor sin cuidados. -Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos dinero y podríamos -paladear mejor tanta dicha. Para gozar á nuestras anchas de la libertad -parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y nos íbamos á San Germán, -almorzábamos en la Terraza, paseábamos por el bosque, corríamos, nos -acostábamos sobre la hierba... ¡Qué horas tan dulces! Como quien se -contempla en un espejo, nos recreábamos en las muchas parejas que -veíamos semejantes á nosotros. Componíanse de algún extranjero, ávido -de echar una cana al aire, y de alguna <i>bulevardista</i>, por lo general -de buen parecer y modales un tanto desenvueltos. En otras parejas se -advertía una confianza, una intimidad que no son<span class="pagenum" -id="Page_134">p. 134</span> propias de las relaciones de un día. Eran -amantes, como nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra, -para burlar con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de -las leyes divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y -fatigado; mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que -cautivaba á Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella -gente, y en la originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de -los modistos, que por tal procedimiento hacían público reclamo de las -novedades de la estación próxima.</p> - -<p>Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más -depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la -mañana á las misas aristocráticas de la Magdalena y de la <i>Capilla -Expiatoria</i>... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa -quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de -costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes -y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También -solía llevarme á casa de los célebres anticuarios de la calle Real, -y á los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo -japonés abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París -estaba al alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse á -llevar un surtido de telas, vasos, estantillos, dos ó tres biombos, -lacas, y hasta las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran -el maravilloso sentimiento artístico de aquella gente asiática, -sólo igualada por la clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de -Carrillo no podía, ya que felizmente estaba en la capital de<span -class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span> la moda, dejar de equiparse -para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas -en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba á ser -la primera. En casa de Worth se encontró á la de San Salomó; á donde -quiera que iba tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa, -y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una -quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose á llevar á Madrid lo -mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que -mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre.</p> - -<p>Pero á falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar -numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior -había ordenado yo á mi banquero de París que me vendiera los títulos -de 4½ por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía próximamente -á unos ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer -á España aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles -urbanos ó en los títulos creados por Camacho. Cuando fuí á París, -Mitjans había hecho la venta y tenía en su caja, á disposición mía, el -líquido de la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo -tomaría para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en -letras sobre Madrid á la conclusión de la temporada. Tales sangrías -dí á aquel depósito, que cuando fuí á liquidar, sólo me restaban -siete mil francos, que Mitjans me dió en una carta-orden. Y no paró -aquí mi desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué -olvidadas cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que<span class="pagenum" -id="Page_136">p. 136</span> ir á última hora, echando los bofes, á -casa de Mitjans á pedirle un préstamo de cuatro mil francos para poder -volver á España.</p> - -<p>Este acontecimiento causóme sobresalto. Era la primera vez en -mi vida que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas -leyes de la Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una -distracción tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera -había percibido siempre la salvadora claridad de los números; que -de algo ¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el -saludable ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de -loco desatino podían destruir los efectos de mi educación económica? -No, seguramente no. Mi espíritu, habituado á la contabilidad, -resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de -la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes á los de un -narcótico. Ví la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa, -con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no -naufragase.</p> - -<p>Fuí educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso, -sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en -nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre -de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollóse también -en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los -placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el -<i>tanto</i>, el verbo inglés, dócil á las órdenes de mi razón; el número, -sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al -verificarse en mí aquel des<span class="pagenum" id="Page_137">p. -137</span>pertamiento, halléme en terreno firme y dije con resolución: -«No, niña mía, esto no puede seguir así.»</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>En Madrid traté de poner orden en mis asuntos. A fines de Octubre, -pasóme el Banco el extracto de mi cuenta corriente y ví que apenas -me quedaban unas dos mil pesetas. Había gastado ya toda mi renta del -año, cuando en los precedentes apenas había llegado á la mitad, y con -la otra mitad aumentaba mi capital. En aquellos días recibí de Jerez -varias letras y algún papel de Londres.</p> - -<p>Eran el tercer plazo anual de mis arrendamientos y un residuo de -la venta de existencias. Había pensado yo destinar este dinero á -consolidación de capital; pero no pudo ser porque tuve que enviarlo -á mi cuenta corriente del Banco para los gastos del último trimestre -de 82. Una breve operación me dió á conocer que mi fortuna había -disminuído aquel año en muy cerca de noventa mil duros. ¡Cosa singular! -Yo tenía, durante las embriagueces de aquel año, vagas nociones de -esta cifra negativa; pero no me causó temor hasta que la ví salir de -la punta de la pluma en infalibles guarismos. Me parecía mentira que -tal suma hubiera sido espolvoreada por mí en diversas tiendas de París -y Madrid; y no obstante, bien cierto era. Lo hice sin darme cuenta de -ello, ciego y alucinado, olvidando esa admirable función del espíritu -que llamamos sumar, y aten<span class="pagenum" id="Page_138">p. -138</span>to sólo á los aguijonazos de la voluptuosidad y del amor -propio.</p> - -<p>A lo hecho, pecho. Aunque felizmente había abierto los ojos al -<i>tanto</i>, reintegrándome en el equilibrio de mi sér, por un lado -concupiscente, por otro positivista, mi desvarío por Eloísa no había -mermado en lo más mínimo. Más prendado de ella cada día, pensé en -llevar procedimientos de regularidad económica á lo que moralmente -era tan irregular. El orden parecíame digno de ser implantado en los -dominios del vicio, y yo me imponía el deber de intentarlo y me hacía -la dulce ilusión de conseguirlo. Cavilaciones numéricas entristecían -mis noches y mis mañanas, pues el hondo interés que me inspiraba Eloísa -hacíame ver nubes muy negras en el porvenir de la casa de Carrillo. -En cuanto á mi fortuna, que hasta entonces había sido pingüe, sólida -y muy saneada, hice propósito firmísimo de defenderla á todo trance -de los lazos que mi propia pasión le tendía. A pesar de lo firme del -propósito, vivas inquietudes me atormentaban en presencia de aquel -querido edificio económico, al cual se le acababan de abrir grietas muy -profundas.</p> - -<p>Pensando siempre en mi prima, no cesaba de hacer cálculos sobre el -presupuesto de su casa, que me parecía muy desconcertado. Con aquella -exactitud que debía á mis hábitos de contabilidad, aprecié lo que había -importado la instalación, los ricos muebles y costosos caprichos de -Eloísa. Sin escribir un guarismo, calculé el gasto aproximado de la -casa, alimentación, cocheras, servidumbre, teatros, modista, viajes de -verano,<span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span> menudencias -é imprevistos. No, no: no cabía esto dentro de la cifra de veinte mil -duros anuales. Para cerciorarme, levanté columnas de números, y no, -no salía. El pasivo del primer año era enorme, abrumador, y unido á -la instalación me daba el resultado tristísimo de que los señores de -Carrillo se habían comido ya la cuarta parte del capital heredado. -Por mucho que estirara yo los ingresos sobre el papel, forzando los -productos de las dehesas de Navalagamella y Barco de Avila, engrosando -los alquileres de las tres casas de Madrid y añadiendo á todo el cupón -de las obligaciones de Banco y Tesoro, no podía pasar de tristes siete -mil duros. ¡Y tan tristes!... Como que lloraban por los míos, y me los -querían llevar.</p> - -<p>Lo peor de todo fué que en aquel otoño Eloísa montó la casa con más -lujo, tomó más criados, hizo reformas en el edificio, anunciando que -iba á dar comidas todos los jueves. Era preciso hablarle claramente -y arrancar aquella mordaza que el amor me ponía. Una tarde, solos en -nuestro escondite, le hablé el lenguaje sincero y leal de los números. -¡Cómo esquivaba el tema la muy pícara; cómo se escapaba, culebrosa y -resbaladiza, cuando ya la creía tener bien cogida! Por fin se mostró -conforme con mis ideas, y penetrada del buen sentido de las cosas. -Sí: era preciso moderarse, porque el porvenir... Invirtióse la tarde -en cálculos, en proyectos de economía y reducción de inútiles gastos. -A los pocos días volví á mi fiscalización con nuevo empeño. No pude -obtener que me expusiera en términos exactos su presupuesto. Siempre -embrollaba las ci<span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span>fras -y las desfiguraba, haciendo un lamentable abuso de la aplicación de los -ceros. Por fin, tras pesadas insinuaciones mías, me confesó que tenía -algunas deudas.</p> - -<p>—Te las pago todas —le dije con efusión— si me juras que no volverás -á contraerlas y que serás juiciosa y arreglada.</p> - -<p>Y el juramento se hacía poniendo por testigo á Dios; y se celebraba -el convenio con abrazos y ternuras; y las deudas se pagaban y se -volvían á contraer, como árbol que más vigorosamente retoña cuanto más -se le poda.</p> - -<p>—Ahora no me echarás la culpa á mí —me dijo una tarde—. Es Pepe el -que gasta. Ayer he tenido que sacarle de un gran apuro. Sin que yo -lo supiera ha tomado seis mil duros, dando en fianza la casa de la -calle de Relatores... No, no me mires así, con esos ojos de terror... -Pepe es muy bueno, y no le puedo contrariar. Desde que es senador no -ha vuelto á poner los pies en el <i>Veloz</i>. No tiene ningún vicio, no -juega, no mantiene queridas; ni siquiera fuma. Pocos hombres hay tan -ejemplares como él. Preguntarás que en qué se le va tanto dinero; voy á -contestarte inmediatamente. Primero: el periódico, ese dichoso <i>órgano -del partido</i>, que yo leo para combatir los insomnios. No sé cómo Pepe, -que tiene talento, emplea su dinero en hacer de Galeoto entre la -Democracia y el Trono, sabiendo que esa señora y ese caballero no se -han de casar, y lo más, lo más, harán lo que hacemos nosotros, quererse -á espaldas de la ley... Segundo: Pepe se me ha vuelto tan benéfico, que -no sabes lo que me gasta en socorro de emigrados, en la <i>Sociedad de -niños</i>... Te aseguro que es un dolor...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span></p> - -<p>Para mí lo era, y no flojo, pues por la concatenación de las cosas, -me dolían horriblemente los bolsillos cada vez que el marido de aquella -señora ganaba un nuevo título para la bienaventuranza eterna.</p> - -<p>Otras veces, en las horas de criminal soledad, nuestras -lucubraciones económicas tomaban un giro fantástico y extravagante. -Como el líquido puesto al fuego hierve y crece, yo, sometido á las -altas temperaturas del amor, deliraba. Pero no era mi delirio, como el -de los poetas, visión de flores, nubecillas y formas helénicas. Era más -bien una fermentación de los números que tenía metidos en la cabeza. -Las cifras de reales, francos y libras que pasaron por mi mente en -quince años, volvían todas juntas, agrupándose como en las cerradas -columnas de los libros de partida doble, separándose y revolviéndose -como las cantidades desgarradas en la cesta de papeles rotos. ¡Poseer -millones de millones!... ¡Que mis reales se me volvieran libras -esterlinas de la noche á la mañana!... ¡Que los ceros se agruparan -junto á las unidades formando esas filas nutridas, cuya vista ensancha -el alma! «Entonces, gata bonita, tendrías un palacio mejor que el -de Fernán-Núñez y el de Anglada juntos; tendrías un lecho de plata, -como el de la esposa de un <i>rajah</i>; tendrías un <i>yacht</i> para viajar -por el Mediterráneo y un tren <i>Pullmann</i> para recorrer el Continente. -Te compraría el Rembrandt, el Murillo, el Veronés que salieran á la -venta al deshacerse la galería de algún principote alemán; y para tí -trabajarían Meissonier, Pradilla, Alma Tadema, Domingo, Muncaksy y lo -más granadito de Europa. Apro<span class="pagenum" id="Page_142">p. -142</span>vechando las buenas ocasiones, te compraría los vestigios de -las grandes casas, la armadura que llevó el duque de Alba, la espada -de Boabdil, los tapices de los Reyes Católicos con el <i>Tanto Monta</i>, -y los yugos y flechas, y esas casullas de catedral que van á parar en -forros de sillas, y esos libros de vitela cuyas hojas se convierten -en abanicos, y cajas de oro, y Cristos de marfil como el que tiene -Rothschild, y el jarrón de Fortuny, y la espada de Bernardo, y la biblia -de María Estuardo, y el vaso de plata de Napoleón. El arte más sublime, -la industria más hábil y los objetos de valor histórico, despojos que -se le caen á la Historia en su marcha, serían para que tú jugaras -con ellos y te relamieras de gusto mirándolos... Serías más rica que -la duquesa de Westminster, la cual lo es más que la reina Victoria, -emperatriz de las Indias.»</p> - -<p>Como en esta dirección el desvarío no podía ir más allá, Eloísa, -para hacer juego, deliraba en sentido contrario. ¡Ser pobre! No tener -nada; vivir juntos y solos, completamente exentos de necesidades -sociales, en un país apartado, fértil, bonito, donde no hubiera -frío, ni calor, ni ciudades, ni civilización... No tener más que un -albergue rústico, y que nuestra despensa estuviera colgada de los -árboles... No beber más que agua clara... Vestirse sencillamente, tan -sencillamente, que todo el guardarropa quedara reducido á un simple -túnico talar... Nada de calzado, nada de sombrero, nada de esos -horrores que llaman guantes, corbatas y alfileres... No gozar de más -espectáculos que los del cielo y la vegetación; no oir más música que -la de los pájaros;<span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span> no -ver más espejos que la corriente de los ríos; no tener idea de lo que -es un coche, ni una tarjeta de visita, ni una esquela de invitación, -ni una cuenta de modista... Desconocer la escritura y la lectura; y -en cuanto á religión, celebrar la misa con una hoguera, un par de -cánticos, un haz de flores, delante de los panoramas preciosísimos de -la Naturaleza... Y en medio de esto, el amor, mucho amor, muchísimo -amor; ella y yo siempre juntos, siempre solos, siempre jóvenes y nunca -cansados de mirarnos y de querernos...</p> - -<p>Creo que mis carcajadas se oían desde la calle. El delirio de -Eloísa, que era el rebote del mío, me produjo una hilaridad tal, que -ella se apresuró á taparme la boca, alarmada de mis gritos.</p> - -<p>—Calla, tonto... No escandalices.</p> - -<p>No sé si lo soñé ó lo pensé. Debí de quedarme dormido y ver á Eloísa -en aquel pergenio rústico y salvaje, hecha una señora Eva, en el país -de abanico más relamido que se podía imaginar. Ella era feliz con su -túnico, no sé si de verdes lampazos ó de alguna tela inconsútil. No -conocía la ambición ni el lujo; era toda inocencia, salud, dicha. Sus -diamantes eran las estrellas, sus galas las flores, sus espejos los -lagos, su palacio la bóveda azul de los cielos... Pero un día la señora -Eva alcanza á ver á un sér extraño y desconocido que se aparece en -aquel delicioso rincón del mundo donde sólo habitamos ella y yo. Esta -tercera persona es el demonio, la tentación, el elemento dramático -que viene á emporcar nuestro idilio. No se ofrece á las mi<span -class="pagenum" id="Page_144">p. 144</span>radas de la señora Eva en -forma de serpiente, ni usa para perderla el ardid aquél de la manzana. -¡Quiá! Es un viajero, un náufrago que acaba de arribar á aquellas -playas, y para trastornar el seso á mi mujer, le muestra una sarta de -cuentas de vidrio. Las ganas de adornarse con ellas desarrollan en -su alma formidable apetito, y se conmueve, se ofusca, se vuelve toda -nervios; pierde su sér inocente, como si dijéramos, la chaveta, y adiós -idilio, adiós Naturaleza, adiós sencillez, adiós paz sabrosa, adiós -festín de hierbas, adiós enaguas de hojas, adiós amor... Cae mi Eva en -la tentación, se vende por las cuentas de vidrio, y el demonio carga -con ella.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_10"> - <p><span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span></p> - <h2 class="nobreak">X</h2> - <p class="subh2">Carrillo valía más que yo.</p> -</div> - -<p>Aquel hombre que me inspiraba una compasión profunda y un temor -supersticioso; aquel Carrillo, amigo vendido, pariente vilipendiado, -valía más que yo. Al menos así lo promulgaba á todas horas mi -pensamiento en los soliloquios de su confusión constante. Idea fija -era esto de mi inferioridad, y ni con sofismas ni con razones la podía -echar de mí. Quizás yo me equivocaba; quizás las sombras de mi conducta -me permitían ver en aquel desgraciado una luz que no tenía, ó dicha -luz era un simple fenómeno retiniano. Sí: yo era un sér negativo, un -vago, una carga de la sociedad, mientras el otro parecíame una de las -personas más útiles y laboriosas que se podían ver. Sobreponiéndose á -sus dolencias, siempre estaba ocupado. No entré una vez en su despacho -que no le hallara trabajando, afanadísimo, poniendo su alma toda y -su poca salud al servicio de una idea ó de una institución. Dábase -por entero á diversos objetos benéficos, políticos y morales, y su -vehemencia era tal, que si la empleara en sus asuntos propios, habría -sido el hombre modelo y la más perfecta encarnación del ciudadano y del -jefe de familia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span></p> - -<p>Carrillo era presidente de una <i>Sociedad</i> formada para amparar -niños desvalidos, recogerlos de la vía pública, y emanciparlos de la -mendicidad y de la miseria. Tan á pechos había tomado su cargo, y tan -humanitario ardor ponía en desempeñarlo, que á él se le debían los -eficaces triunfos alcanzados por la <i>Sociedad</i>. Más de quinientas -criaturas le debían pan y abrigo. Inocentes niñas se habían salvado -de la prostitución; chiquillos graciosos habían sido curados de las -precocidades del crimen al dar el primer paso en la senda que conduce -al presidio. La <i>Sociedad</i> hacía ya mucho; pero su ilustre presidente -aspiraba siempre á más. Todos los esfuerzos eran pocos en pro de los -párvulos indigentes. No bastaba recogerlos en las calles; era preciso -ir á buscarlos en los tugurios de la mendicidad emparentada con el -crimen, y arrancarlos al poder de crueles padres que los martirizan -ó de infames madres postizas que los envilecen. Y Pepe, imprimiendo -á esta caritativa obra impulso colosal, pasaba largas horas en su -despacho con el secretario, revisando notas, coordinando informes, -extendiendo y firmando recibos de suscripción de socios, poniendo -cartas al Cardenal, al Patriarca, á la infanta Isabel, al primer -Ministro, á los presidentes del Ayuntamiento y de la Diputación para -allegar el auxilio de todo lo valioso y útil. Ningún recurso se -desperdiciaba, ninguna ocasión se perdía. A este trabajo titánico había -que añadir el de organizar fiestas y funciones teatrales para aumentar -los fondos de la <i>Sociedad</i>. ¡Qué laberinto y qué entrar y salir de -empresarios y concertistas y có<span class="pagenum" id="Page_147">p. -147</span>micos! No se eximían de esta febril contradanza los poetas, á -los cuales se les rogaba que leyeran versos; ni los oradores, á quienes -se pedía el óbolo de sus floreados discursos.</p> - -<p>Mientras Carrillo empleaba en servicio de la humanidad su -inteligencia, yo ¿qué hacía? Corromper la familia, abrir escuela de -escándalo y dar malos ejemplos. Aún podía llevar mucho más lejos la -comparación siempre en perjuicio mío. Yo era diputado cunero, y no me -cuidaba ni poco ni mucho de cumplir los deberes de mi cargo. Jamás -hablaba en las Cortes, asistía poco á las sesiones, no formaba parte -de ninguna Comisión de importancia, no servía más que para sumarme -con la mayoría en las ocasiones de apuro. Tenía nociones geográficas -muy incompletas acerca de mi distrito, y hacía el mismo caso de mis -electores que de los negros de Angora. Ellos gruñían, escribíanme -cartas llenas de quejas; pero yo las arrojaba á la cesta de los -papeles rotos, diciendo: «A mí me ha hecho diputado el ministro de la -Gobernación, nadie más. Vayan ustedes muy enhoramala.» Francamente, -el Congreso me parecía una comedia, y no tenía ganas de mezclarme -en ella. En cambio, Pepe, que era senador, tomaba muy en serio su -cargo, se debía al país, miraba á la patria con ojos paternales, -considerándola como uno de aquellos infelices niños que la <i>Sociedad</i> -recogía en las calles. Asistía puntualmente á la Cámara, y figuraba -en muchas Comisiones. Con frecuencia se levantaba de su banco, sin -aliento, ahogándose, y pronunciaba pequeños discursos discretísimos -en pro de los intereses generales. La enseñanza primaria, la<span -class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span> extinción de la langosta, -la necesidad de dar salida á <i>nuestros caldos</i>, el establecimiento de -gimnasios en los colegios, los Bancos agrícolas, la supresión de la -Lotería, de los Toros y del cuarto del cartero, las cajas de previsión, -la conducción de presos por ferrocarril, los talleres de los presidios -y otras muchas reformas, le tenían por órgano valiente, aunque -asmático, en los rojos asientos del Senado. El <i>Diario de las Sesiones</i> -estaba por aquella época salpicado de breves piezas oratorias en que -se abogaba con entusiasmo por todas aquellas menudencias, por todos -aquellos pasitos del progreso, que, realizados, habrían equivalido á un -salto grande hacia la cultura.</p> - -<p>Era verdaderamente infatigable, pues además de esto, había fundado, -con otros señores que no nombro, el periódico, órgano de un partidillo -que se acababa de formar. Como el tal partido era muy tierno y recién -cortado del tronco, necesitaba prolijos cuidados para aclimatarse, -echar raíces y crecer. Y crecía, convocando bajo sus débiles ramas á -muchos cesantes, á no pocos descontentos y á algunos que no están bien -si no se separan de alguien. No sólo ayudaba Carrillo con su dinero al -sostenimiento del diario, sino que escribía en él articulitos sanos y -juiciosos, defendiendo siempre la buena fe en política, el respeto de -la opinión, la sencillez administrativa, las economías, la moralidad, -y, sobre todo, la independencia electoral, raíz y fundamento de todo -bien político.</p> - -<p>Por fin, también llevaba Pepe su cooperación á las grandes campañas -de caridad pública, y lo hacía con modestia, por impulsos del alma. -Así,<span class="pagenum" id="Page_149">p. 149</span> desde que -ocurrían esas catástrofes que excitan profundamente el sentimiento -general, ya se apresuraba él á organizar cuestaciones, á buscar -auxilios por todos los medios que permiten los varios recursos de -nuestra época. Volviendo á la comparación, repito que cualquiera que -sea el valor que se dé á esta manera de practicar el bien, siempre -resultaba el otro superior á mí. Mientras él empleaba tan bien y con -tanto fruto su tiempo, yo ¿qué hacía? Vivir alegremente, gozar de -la vida, divertirme, gastar mi dinero sin socorrer á nadie, y otras -cosas peores. Yo era un egoísta, mientras Carrillo tenía la manía del -<i>Otroísmo</i> y consagraba toda su actividad al bien ajeno. Precisamente -en la falta de egoísmo, que era su gran cualidad, estaba el <i -xml:lang="la" lang="la">quid</i> del defecto que en parte obscurecía -aquellas prendas eminentes, pues siempre se cuidaba mucho más de lo -ajeno que de lo propio, y poniendo desmedida atención en la humanidad -y en la patria, apartaba sus ojos de la familia y del gobierno de -su casa. Dueña y directora de todo era Eloísa. Pepe ignoraba los -detalles más importantes del régimen doméstico, y no daba jamás una -disposición. Tanto celo fuera y tanta indolencia y descuido dentro, -eran indudablemente falta muy grande. Cuánto me complacía yo en -considerarlo así, no hay para qué decirlo. Aquella superioridad que me -mortificaba no era quizás más que figuración mía, y el pobre Carrillo, -al remontarse á lo que yo estimaba perfecciones, caía por tierra -poniéndose al nivel mío, que era el de la vulgar muchedumbre.</p> - -<p>Por su poca salud excitaba el tal la compasión de todos. Sus males -se repetían y se complicaban,<span class="pagenum" id="Page_150">p. -150</span> presentando cada año nuevos y temibles aspectos, ofreciendo -como un campo clínico á los ensayos de la medicina. Para los médicos -era ya, más que un enfermo, un tratado de Patología interna escrito -en lengua que no podían traducir. Los síntomas de hoy desmentían -los de ayer, y los tratamientos variaban cada mes. Ya, suponiendo -desórdenes en la nutrición, se combatían en él los principios de una -diabetes; ya, observando graves fenómenos cardiacos, se atacaba el -mal en el terreno de la circulación. Declaróse luego la nefritis, y -más tarde vino á manifestarse la hemoptisis con lesión grave en el -vértice del pulmón derecho. Cualquiera que la causa fuese, ello es que -Pepe se desmejoraba de día en día. Su rostro era terroso, sus fuerzas -inferiores á las de un niño, su voz cavernosa, las manos le temblaban, -y se fatigaba extraordinariamente al andar. En él sólo tenía vigor el -espíritu, siempre despierto, ágil y diligente en las varias faenas á -que se entregaba. Bien podíamos creer que el mismo entusiasmo de que se -poseía prestábale vida artificial, sosteniendo y enderezando su cansado -organismo, como si le embalsamaran en vida.</p> - -<p>Fáltame contar lo más importante, lo más extraordinario y anómalo -en el carácter de aquel hombre. Lo que voy á decir era una aberración -moral, indefinible excepción de cuanto han instituído la Naturaleza -y la Sociedad, pero tan cierto, tan evidente como es sol éste que -me alumbra. Carrillo me mostraba un afecto cordial. La confusión -que esto producía en mis ideas no puede ser expresada por mí. No sé -si agrade<span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span>cía su -estimación ó si me repugnaba; no sé si me apoyaba en ella como una -salvaguardia de mi falta, ó si la maldecía como indigna de los dos, y -como si á entrambos nos degradara de la misma manera.</p> - -<p>Ignoro por qué me quería tanto Carrillo; qué motivos de simpatía -encontró en mí. Algo debía de influir en ello la insistencia benévola -con que yo acaloraba su manía anglo-política, refiriéndole anécdotas -parlamentarias, describiéndole las sesiones de los Pares y Comunes, -el local, las costumbres, la manera especial de discutir de aquella -gente; hablándole de la peluca del <i xml:lang="en" lang="en">speaker</i>, -del modo de votar, del familiar tono que usan, y haciéndole, por fin, -semblanzas tan exactas como podía de lord Beaconsfield, Bright y otros -afamados oradores. ¡Cuántas veces, después de una crisis de dolores -horribles, extenuado de fatiga, mas sin poder dormir, no tenía el -infeliz otro consuelo que conversar conmigo de aquellas cosas tan de -su gusto! Su mano en mi mano, sus ojos en mi cara, hacíame preguntas, -y jamás se hartaba de mis respuestas. Yo hacía un gran sacrificio de -tiempo y de humor por agradarle, y me estaba las horas muertas, charla -que te charla, viéndome obligado á sacar algo de mi cabeza, pues la -verdad se me iba agotando. ¡Cómo saboreaba él las preciosas noticias! -El banquete del lord Corregidor fué de las cosas que le conté con -todos sus pelos y señales, pues tuve el honor de asistir al de 1877. -Y después, ¡cuánto detalle! Gladstone, en la sesión de los Comunes, -se sonaba con estrépito en un gran pañuelo de colores. Disraeli no -cesaba de meter<span class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span>se -pastillas en la boca. Parnell usaba siempre un gabán color de pasa y -sombrero blanco de castor... Luego tirábamos á lo sublime. ¡Qué país -aquél! ¡Y pensar que allí no había Constitución escrita, en forma una -y doctrinal, sino leyes sueltas y usajes, algunos del tiempo de los -normandos! En cambio aquí salimos á Constitución por barba, y somos -casi salvajes, parlamentariamente hablando... Yo me cansaba al fin de -tanto anglicanismo; pero él no, y me retenía con dulzura siempre que -hacía propósito de marcharme.</p> - -<p>Hablando con toda verdad, diré que yo no deseaba su muerte. No sé -lo que habría ocurrido si su existencia me hubiera ofrecido verdaderos -obstáculos. Pero si no deseaba su muerte, contaba con ella, teníala -por inevitable dentro de un plazo más ó menos largo. Cuando Eloísa -y yo, en el rodar vagabundo de nuestras conversaciones íntimas, nos -encontrábamos enfrente de los males de Pepe, pasábamos, como sobre -ascuas, sobre tema tan delicado. Inquietos ambos, nos evadíamos en -busca de otro asunto, cada cual por su lado. Ninguno de los dos -habló nunca de su muerte, aunque la considerábamos indudable. Y le -compadecíamos con toda sinceridad por su sufrimiento, y si hubiera -estado en nuestra mano darle salud y robustez, quizás se la habríamos -dado.</p> - -<p>Pero la idea de la disolución del matrimonio por muerte del marido -estaba fija en la mente de uno y otro, aunque ninguno de los dos lo -declarase. Tal idea salía á relucir de improviso cuando hablábamos -de alguna cosa completamente extraña á la dolencia de Carrillo. Más -de<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> una vez se le -escaparon á Eloísa frases en las cuales, refiriéndose á días venideros, -iba envuelta la persuasión de ser para entonces mi mujer. Hablando una -noche de reformas en la casa, se dejó decir:</p> - -<p>—Porque, mira, yo te podré hacer una gran habitación en el piso -bajo, comunicándolo con el alto por medio de una magnífica escalera de -nogal, como la que hay en casa de Fernán-Núñez para bajar al cuarto del -duque y á la famosa estufa.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_11"> - <p><span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span></p> - <h2 class="nobreak">XI</h2> - <p class="subh2">Los jueves de Eloísa.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Una vez por semana, Eloísa daba gran comida, á la que asistían -diez y ocho ó veinte personas, pocas señoras, generalmente dos ó tres -nada más, á veces ninguna. No gustaba mi prima de que á sus gracias -hicieran sombra las gracias de otra mujer, inocente aprensión de la -hermosura, pues la competencia que temía era muy difícil. La etiqueta -que en los llamados <i>jueves de Eloísa</i> reinaba, era un eclecticismo, -una transacción entre el ceremonioso trato importado y esta franqueza -nacional que tanto nos envanece no sé si con fundamento. Eran más -distinguidas las maneras que las palabras. El ingenio resplandecía -en los dichos; mas á veces, con ser copioso y chispeante, no bastaba -á encubrir la grosería de la intención. Allí se podían observar, con -respecto á lenguaje, los esfuerzos de un idioma que, careciendo de -propiedades para la conversación escogida, se atormenta por buscarlas, -exprime y retuerce las delicadas fórmulas de la cortesía francesa, y no -adelantando mucho por este lado, se refugia en los elementos castizos -de la<span class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> confianza -castellana, limándoles, en lo posible, las asperezas que le dan -carácter. Esta admirable lengua nuestra, órgano de una raza de poetas, -oradores y pícaros, sólo por estos tres grupos ó estamentos ha sido -hablada con absoluta propiedad y elegancia. Las remesas de ideas que -anualmente traemos en nuestro afán de igualarnos á las nacionalidades -maduras, no han encontrado todavía fácil expresión en aquel instrumento -armoniosísimo, pero que no tiene más que tres cuerdas.</p> - -<p>Hice esta observación en casa de mi prima, oyendo hablar de tan -distintas maneras, pues unos arrastraban y descoyuntaban las frases de -estirpe francesa, impotentes para darles vida dentro de la sintaxis -castellana; otros, despreocupados, lanzaban á boca llena las picantes -frases castizas, que, por arte incomprensible, nacen hoy en el -populacho y se aristocratizan mañana. Ciertas bocas las pulen, las -redondean, como hace el mar con los pedazos de roca; otras las endulzan -ó confitan, y ya parecen menos rudas sin haber perdido su gracia. De -este lento trabajo se va formando en el arpa de nuestra lengua la -cuarta cuerda, ó sea la de la conversación fina, que hoy suena un poco -ronca, pero que sonará bien cuando el tiempo y el uso la templen.</p> - -<p>Tengo tan presentes los detalles todos de aquellas reuniones, -que bien podría describirlas minuciosamente si quisiera. Pero por -no aburrir á mis lectores con lo que no les importa, seré breve, -escogiendo, entre todo lo que revive en mi mente, lo más adecuado á -la inteligencia de los casos<span class="pagenum" id="Page_157">p. -157</span> que refiero. De las comidas, retengo todo con pasmosa -frescura. Paréceme que respiro aquella atmósfera tibia, en la cual -fluctuaban las miradas de la mujer querida y sus movimientos y el -timbre de su voz seductora, fenómenos que hasta el otro día se -prolongaban en mi espíritu como la sensación grata de un sueño feliz. -Paréceme estar viendo las paredes y las personas y la alfombra y las -luces en el rato aquél de impaciencia y expectación en que es la hora y -faltan aún cuatro ó cinco convidados. Carrillo, mirando impaciente su -reloj, deja escapar alguna frase con la cual al mismo tiempo recrimina -suavemente á los que tardan y pide excusas á los que esperan.</p> - -<p>—Este general siempre se atrasa media hora... Sánchez Botín no puede -tardar. Se separó de mí á las siete para subir un momento á casa de su -suegra.</p> - -<p>Eloísa, sentada junto á la chimenea del primer salón, atisba -fácilmente á los que van llegando, sin interrumpir su palique con el -marqués de Fúcar ó con la marquesa de San Salomó. Como la puerta que va -del primer salón á la sala de juego está enfrente de la que comunica -ésta con la antesala, siempre que se oye el suave gemido de la mampara -de cristales con visillos rojos, mi prima echa ligeramente hacia atrás -el cuerpo contra el respaldo del sillón, vuelve la cabeza y ve quién -entra.</p> - -<p>Por fin Carrillo transmite sus órdenes por el timbre eléctrico. Al -poco rato aparece en la puerta del comedor, poniéndose con oficiosidad -los guantes de hilo, el maestresala M. Petit —aquel ingenioso francés -que después de haber rodado durante el verano por las fondas de todos -los<span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span> establecimientos -balnearios y de haber lucido su estampa en el mostrador de algún -comedero de ferrocarril, se pasa el invierno sirviendo temporalmente en -las grandes comidas de las casas ricas de Madrid, ó que lo aparentan—, -y pronunciando el sacramental <i xml:lang="fr" lang="fr">madame est -servie</i>, comienza el desfile. Eloísa se agarra al brazo del marqués de -Fúcar (por ejemplo) y rompe plaza...</p> - -<p>Se me figura estar oyendo el bulle-bulle de las ochenta patas de -sillas rascando ligeramente la alfombra gris perla, y ver á los criados -ajustarse apresuradamente los guantes, mientras desfilamos y ocupamos -nuestros asientos. Aquel primer envite de la comida, que se acerca como -un monstruo que viene á apoderarse de nuestro organismo; aquel vaho -de la sopa <i>bisque</i>, picante como un demonio, ¡qué felices anuncios -traen de la sesión gastronómica! Presentes tengo los incidentes de la -conversación, que empieza grave, se anima, se fracciona, es á cada -instante más viva, menos culta y aseñorada; aspiro la fragancia de los -ramos y ramitos que adornan la mesa y nuestras solapas, olor de vegetal -flácido que se aja por momentos entre el vapor de la comida y bajo -aquella lluvia de luz que desciende de los mecheros de gas; oigo á mi -espalda el chillar de las botas de los criados que nos sirven, y me -mareo de aquel escamoteo de platos delante de mí, del rielar de copas, -de lo que hablamos, de las bromas, ya cultas é inocentes, ya galanas -en la forma y groserísimas en el fondo. Las caras aquéllas, las diez y -ocho ó veinte cabezas, ¿cómo se pueden olvidar? Figúrome que las veo -todavía en su inquietud discreta, ojos que nos<span class="pagenum" -id="Page_159">p. 159</span> miran y se vuelven y llevan la idea de una -persona á otra, el hilo de la conversación rompiéndose y anudándose á -cada instante, las sonrisas disimulando las contracciones de la gula. -Respecto á los dichos, yo no cesaba de recordar la rigidez de las -comidas inglesas, en las cuales todo lo que se habla podría figurar en -el Catecismo. En los festines que refiero, mi primo Raimundo hallaba -medio de contar cuentos indecentes, con una delicadeza de forma y unas -perífrasis que hacen de él un verdadero maestro en arte tan difícil.</p> - -<p>En lo que sí se parecen estas comidas á las inglesas es en que las -señoras hacen del pleonasmo del escote una pragmática indispensable. -Eloísa, en sus jueves famosos, no se paraba en barras, quiero decir, -en carne de más ó de menos. Generalmente vestía con sencillez, siempre -que por sencillez se entienda poca tela de medio cuerpo arriba. La -originalidad era su fuerte. Un jueves me sorprendió á mí y á todos -con el traje más lindo, más caprichoso y temerario que se podría -imaginar... Pero recuerdo ahora que no fué en su casa, sino en un -gran sarao del palacio de Gravelinas, donde se nos presentó vestida -totalmente de encarnado, el cuerpo de terciopelo, la falda de raso, -medias y zapatos también de color de sangre fresca, y para que nada -faltara, mitones de púrpura. Sólo una belleza de primer orden, de esas -que dominan todo lo que se ponen, habría podido salir triunfante de tal -prueba, envolviéndose en ascuas de los pies á la cabeza. Fué general -la admiración, y yo no fuí el menos sorprendido, porque aquella misma -mañana me<span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span> había dicho -que no pensaba estrenar más vestidos ni inventar rarezas. Dejando á un -lado esta contradicción, diré que Eloísa deslumbraba: no se la podía -mirar sin plegar ligeramente los ojos. Su hermosura, sometida á la -prueba de aquella calcinación en crisol ardiente, triunfaba de las -llamaradas del rojo, y aparecía sublimada y purificada. Su mirar era -como un extracto sutil, alcohol dulcísimo que se subía á la cabeza -y hacía en ella mil diabluras. No quiero decir nada del escote, á -quien la coloración chillona del rojo daba más realce. En su ridículo -entusiasmo, un revistero de salones me decía que aquella carne de -Paros, aquel mármol vivo, no tenía semejante, y que Fidias y el Hacedor -Supremo habrían disputado sobre cuál de los dos lo había hecho. Vamos, -que reñían y se tiraban á la cabeza los trastos de crear... Yo, -como dueño de aquella carnicería marmórea, no la veía con gusto tan -publicada. Pero el maldito revistero no cesaba de hacer paradojas, que -al día siguiente ponía en los periódicos. «Era un demonio celestial, el -<i>ángel del asesinato</i>, serafín que había encargado á Worth un vestido -hecho con brasas del Infierno... ¿Para qué? Para divertir á los Santos -en el Carnaval del Cielo... Su cuello ostentaba una constelación...» A -esto de la constelación démosle su nombre verdadero. Era una hermosa -<i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i> de treinta y seis <i>chatones</i> que -yo había regalado á Eloísa, y que me ocasionó (todo se ha de decir) -una disminución de cinco mil duros en mi cuenta corriente del Banco de -España.</p> - -<p>Volvamos á mis jueves, quiero decir, á los jueves de la otra. -Todos los amigos de la casa ad<span class="pagenum" id="Page_161">p. -161</span>miraban á Eloísa, y aun diré que se pirraban por ella. La -atmósfera caldeada de la galantería que todos, hombres y mujeres, -respiran en tal género de vida; el constante incitativo del mucho y -refinado comer y beber; el efecto de narcotización que en el espíritu -van produciendo á la larga las mentiras de la cortesía, todas estas -causas, y aun la obsesión material de la seda y el oro y el arte -suntuario, embotan el sentido moral del individuo y le inutilizan para -apreciar clara y derechamente el valor de las acciones humanas. En tal -ambiente, hasta los más sanos concluyen por acomodarse al principio de -que las buenas formas redimen los malos actos. No había, pues, entre -los amigos de la casa, uno solo que no codiciara lo que me pertenecía -de hecho. No había uno tal vez que no soñara con el ideal delicioso de -pegársela al amigo y suplantarle. Robar lo robado nunca se consideró -delito. Eloísa y yo no teníamos derecho á quejarnos de este asalto -general de intenciones que nos amenazaba sin tregua. La falsedad de -mi terreno me tenía en ascuas. Inquieto y receloso, vigilaba con cien -ojos, y tomaba acta de las más leves cosas, suponiéndolas indicios de -que alguien ganaba un palmo de terreno que yo perdía.</p> - -<p>Pero, en realidad, no tenía motivos de queja. Mi prima, entre -aquella turba de amigos entusiastas y apasionados, guardábame una -fidelidad que habría sido virtud muy hermosa, si la tal fidelidad no -viniera á ser una medalla en cuyo reverso estaba la traición.</p> - -<p>Eloísa les trataba con arte admirable, siempre dulce y cariñosa, -empleando reservas delicadas<span class="pagenum" id="Page_162">p. -162</span> que olían á virtud, imitándola, como los artículos de -perfumería imitan la fragancia de las flores. Para todos tenía una -palabra bonita: era jovial ó seria, según los casos; compadecía al -enamorado, paraba los pies al atrevido, mostrando constantemente cierta -dignidad y señorío que me encantaban.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Ningún día de gran comida dejó Eloísa de sorprendernos con alguna -novedad, añadida á las riquezas de su bien puesta casa. Aquella noche -(una de tantas), al entrar en el segundo salón, ví dos personas, cuyo -rostro, facha y traje parecían completamente anómalos en tal sitio. -Eran dos pinturas: la una de Domingo, la otra de Sala. Mi prima las -había adquirido aquella semana, y no me había dicho nada para darme -la gran sorpresa en la noche del jueves. Habíalas colocado á los dos -lados de la puerta que comunicaba el salón con su gabinete, y puso ante -cada una un reflector con vivísima luz, que, iluminando de lleno las -figuras, las hacía parecer verdaderas personas. Ambas eran de tamaño -natural y de más de medio cuerpo. La de Domingo era un viejo, un pobre, -quizás un cesante, vestido de tela gris, arrugado el rostro, plegados -los ojos. Creeríase que la luz del reflector ofendía su cansada vista, -y que nos miraba con displicente miopía, ofendido y cargado de nuestro -asombro. Porque no ví jamás pintura moderna en que el Arte suplantara -á la Naturaleza con<span class="pagenum" id="Page_163">p. 163</span> -más gallardía. El toque era allí perfecto símil de la superficie de las -cosas, y se veía que, sin esfuerzo alguno, el pincel, convertido en -poder fisiológico, había hecho la carne, la epidermis, el músculo, los -cañones de la mal rapada barba, el pelo inerte, y, por fin, el destello -y la intención de la mirada. Aquel mismo toque habilísimo era luego la -lana y el algodón de la ropa, la seda mugrienta del fondo.</p> - -<p>—Esto ya no es pintar —decía Eloísa, sacando las cosas de quicio—: -es hacer milagros.</p> - -<p>La figura de Sala era una chula. Contemplándola, todos nos reíamos, -y á todos se nos avispaban los ojos. Los suyos parece que bebían de un -sorbo la luz del reflector y nos la devolvían en una mirada dulce y -llena, significando con ella un <i>atrévanse ustedes</i>. Su tez pura, su -entrecejo irónico indicaban tal vez que era una gran señora disfrazada. -El traje, el pañuelo por la cabeza y mantón de Manila podrían -suponerse antojo de un momento para <i>encaprichar</i> la hermosura noble -revistiéndola de las gracias populares. No era una ficción, era la vida -misma. Sin duda iba á dirigirnos la palabra. Nos sonreíamos con su -sonrisa; nos sentíamos mirados por ella, la conocíamos y la tratábamos. -¡Que una superficie cubierta de colores viva y aliente así!... Eloísa -no cesaba de decir, gozando en nuestra admiración:</p> - -<p>—¡Qué alma tiene!</p> - -<p>La dama enchulada y el viejo pobre fueron el éxito de aquel jueves, -como en el precedente lo habían sido dos tapices antiguos, cartones -de Brueghel, que decoraban el comedor. Pero dejemos las cosas que -parecían personas, y vamos<span class="pagenum" id="Page_164">p. -164</span> á las personas que parecían cosas. Uno de los principales -devotos de mi prima era el marqués de Fúcar. A cada lado de la chimenea -del segundo salón había tres sillones, uno de los cuales ocupaba -Eloísa. El inmediato se le reservaba al marqués, y respetando este -derecho consuetudinario, cualquiera que lo ocupara se lo cedía en -cuanto él entraba. Era Fúcar bastante viejo; pero se defendía bien de -los años y los disimulaba con todo el arte posible. Era abotagado, -patilludo, de cuello corto, y parecía un cuerpo relleno de paja por -su tiesura y la rigidez de sus movimientos. Se teñía las barbas; y -como los tiempos no consienten la ridiculez de la peluca, lucía una -calva pontifical. Demostraba Fúcar á la señora de Carrillo una como -adhesión caballeresca. A veces, la edad caduca pesaba en su ánimo lo -bastante para convertir aquella devoción en una especie de cariño -paternal, traduciéndose en consejos galantes antes que en galanterías. -Muy á menudo y cuando parecían más interesados en una conversación -frívola, trataban de negocios. Eloísa, que empezaba á pensar mucho -en los fabulosos aumentos que ciertos hombres de pesquis dan á su -capital en poco tiempo, arrastraba la conversación de Fúcar hacia aquel -terreno.</p> - -<p>—Diga usted, marqués, ¿venderé las <i>Cubas</i> para comprar ese -Amortizable que ha inventado Camacho?</p> - -<p>Esta y otras cláusulas parecidas sorprendí más de una vez al -acercarme al grupo.</p> - -<p>Fúcar se reía, y después de bromear un poco le aconsejaba lo que -creía más conveniente.</p> - -<p>—Oiga usted, marqués: ¿quiere usted hacerme<span class="pagenum" -id="Page_165">p. 165</span> <i>dobles</i> por cinco ó seis millones -nominales? ¿Quién es su agente de Bolsa?... Este tonto (dirigiéndose -á mí) no quiere ir á la Bolsa. Quita allá... No tienes iniciativa, no -tienes ambición. Podrías duplicar tu capital en poco tiempo si fueras -otro.</p> - -<p>El marqués echábase á reir, y mirándome...</p> - -<p>—Aprenda usted, niño —me decía—. Esto se llama navegar en golfos -mayores.</p> - -<p>—Marqués —proseguía ella—, me voy á tomar la libertad de hacerme su -socio. ¿Quiere usted que le dé diez mil duritos para que me los ponga -en las contratas de tabacos? ¿Qué rédito me dará?</p> - -<p>—¡María Santísima! ¡qué mujer! —exclamaba Fúcar con alarma jocosa—. -Eloísa, me compromete usted...</p> - -<p>—O si no, me los pone en un préstamo del Tesoro.</p> - -<p>—Si el Tesoro no pide ya prestado, hija mía. Eso cuando tengamos -otra guerra civil.</p> - -<p>—Pues en las contratas de tabacos. ¿A ver? ¿qué rédito?</p> - -<p>—Creerá usted que las contratas... —gruñía el marqués fluctuando -entre las bromas y las veras.</p> - -<p>—No haga usted caso, marqués —indiqué yo—. Estas mujeres ven todo -con la imaginación. Desconocen la Aritmética: lo único que saben de -ella es multiplicar.</p> - -<p>—Sí: las contratas dan muchos millones.</p> - -<p>—¿Qué le parece á usted? —decíame Fúcar sin poder contener la risa—. -Me va á descubrir. Me saca los colores á la cara. Aprenda usted,<span -class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span> niño, aprenda. ¡Contratas -de tabacos!... Corriente: al año le devuelvo á usted los diez mil -duritos duplicados... Pero me ha de prometer usted que con ese dinero -fundará un <i>Hospital para fumadores desahuciados</i>.</p> - -<p>La risa del prócer llenaba el salón. Aun los que no podían oir -lo que decía celebraban su gracia. Fúcar era allí muy popular; y -envanecido de ello, gustaba de oirse, hablando, y se enojaba cuando -le contradecían. Conmigo tenía deferencias cariñosas. Una noche, -apartándome de un corrillo de los que allí se formaban, me acorraló -contra un mueble para decirme en secreto:</p> - -<p>—<i>Traviatito</i>, es preciso que se dedique usted á los negocios -para tener contenta á la señora. No se fíe usted del amor puro. La -señora tiene los espíritus muy metalizados. Me ha preguntado lo que es -<i>comprar á plazo</i>, en <i>voluntad</i> y en <i>firme</i>. He tenido que darle una -lección de cosas de Bolsa, sin olvidar las triquiñuelas del oficio... -Mucho ojo, que la señora piensa demasiado en el dinero. No se envanezca -usted, y créame: aumente su capital, si puede, no sea que alguno le -desbanque. Usted vale mucho; pero no hay que fiarse, pues se dan -casos...</p> - -<p>Otro de los asiduos era el general Morla, hombre muy ameno, -verdadera enciclopedia histórico-anecdótica de Madrid desde el año 34 -hasta nuestros días. Tenía la memoria más prodigiosa que cabe en lo -humano: recordaba la primera guerra civil, toda la historia política -y parlamentaria y toda la chismografía del siglo. Había sido ayudante -del general don Luis de Córdova, luego compañero íntimo de Narváez, -y<span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span> por fin inseparable -amigo de don José Salamanca, cuyos arranques geniales elogiaba á cada -instante. Los motivos secretos de los cambios políticos en el anterior -reinado los sabía al dedillo, y las paredes de Palacio eran para él -de una transparencia absoluta. De las infinitas trapisondas privadas -que amenizan la vida de Madrid, ninguna se le había escapado. No -necesitaba esforzarse para satisfacer todas las dudas, pues el archivo -de su memoria, admirablemente catalogado, le suministraba sin demora -el dato, la noticia ó enredo que se le pedía. Cuando nos contaba algún -lío, hacía mención de la calle, el número de la casa, el piso; nombraba -las personas todas de la familia, y si no le cortaban el hilo, refería -los belenes del padre ó la madre en la generación anterior. Este -narrador entretenidísimo era quizás el maestro más grande del arte de -la conversación que he visto en España. Cuando se muera no quedará nada -de él, pues jamás ha escrito cosa alguna. Le incitamos á escribir sus -memorias, que serían el más sabroso y quizás el más instructivo libro -de la época presente; pero él se excusa de hacerlo con la pereza y con -su poca habilidad de escritor. En efecto: los grandes conversacionistas -rara vez aciertan á interesar cuando escriben.</p> - -<p>Eloísa atendía y agasajaba mucho al anciano general, uno de los -primeros favoritos de la casa. El jueves que faltaba era un jueves -soso y desgraciado. A menudo se formaba en torno á él, en la sala de -juego, corrillo de hombres solos, que era un verdadero festín de la -más sabrosa comidilla. Salía uno de allí con la cabeza dulce<span -class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>mente mareada, como cuando -se ha bebido mucho y bueno, y se adquiría de la humanidad idea -semejante á la que tenemos de la salud después de haber hojeado un -Diccionario de Medicina.</p> - -<p>La chismografía del general Morla era puramente histórica. Rara vez -despellejaba á las personas que estaban aún en activo. Otro amigo de la -casa, á quien no nombro, tenía la especialidad de cebarse en la carne -viva, prefiriendo la de los allegados y presentes. Severiano Rodríguez -le llamaba el <i>Saca-mantecas</i>, porque se sorbía las reputaciones -crudas. Era persona de intachables formas. En la conversación general, -bromeando con Eloísa ó sus amigas, daba mucho juego. Su galantería -exquisita y refinada encantaba á las damas. Había tenido buena figura, -y aún conservaba restos de ella, presumiendo de ojos vivaces, de un -busto airoso y de pie pequeño. Sin duda daba mucha importancia á su -bigote y su mosca, que, con las canas, habían venido á ser de un rubio -ceniciento. Lo que más me cargaba en aquel hombre era que, al entrar -en cualquier local, echaba miradas furtivas á los espejos para verse y -admirarse. Gozaba fama de afortunado en faldas; pero tenía ya un par de -desventajas casi insuperables: su edad que frisaba en la vejez, y su -falta de dinero. Era uno de los hombres más entrampados de la creación, -y vivía perseguido sin tregua por diferentes espectros en forma de -cobradores de tiendas. Oí contar que sólo en el ramo de perfumería -debía sumas fabulosas.</p> - -<p>Cuando hacía corrillo, no perdonaba nada. Más de una vez hizo -disección horrorosa de la<span class="pagenum" id="Page_169">p. -169</span> pobre marquesa de San Salomó, que no distaba veinte pasos -del lugar de la hecatombe. De Eloísa y de mí, ¿qué no diría? Severiano -me contaba horrores, vomitados por el <i>Saca-mantecas</i> á poca distancia -de nosotros. Tales cosas, por la exagerada malicia y la mentira que -entrañaban, no ofendían como cualquier verdad secreteada con palabras -ambiguas. «Que yo estaba ya tronado; que Fúcar era el que pagaba; -que Manolito Peña estaba en camino de ser mi sucesor en la plaza de -amante de corazón...» Tales majaderías sólo merecían desprecio. Lo -más gracioso era que el <i>Saca-mantecas</i> había hecho el amor á Eloísa; -habíala acosado, durante una temporadilla, con declaraciones ardientes, -en las cuales lo rebuscado de las cláusulas no ocultaba lo repugnante -del desvarío senil. Ultimamente, el despecho le había vuelto un tanto -fosco. Se hacía el interesante, presentándose con cara de hastío. -Saludaba ceremoniosamente á Eloísa, al entrar, dándole la mano con -brazo muy corto. Jugaba al juego del desdén el muy mamarracho. Bien -lo conocía ella y bien se reía de él. Cuando Severiano ó algún otro -amigo interrogaban al <i>Saca-mantecas</i> sobre su actitud displicente, -respondía, inflándose mucho:</p> - -<p>—Es que yo me he vuelto ya antidinástico.</p> - -<p>¡Y para dar lugar á tales anomalías; para vivir constantemente -acechada, escarnecida, solicitada y requerida, se sacrificaba mi prima -á una etiqueta que no vacilo en llamar <i>cursi</i>, pues era una mala -imitación de la ceremoniosa, natural y no estudiada etiqueta de las -pocas grandes casas que tenemos! ¡Y se gastaba tontamente su<span -class="pagenum" id="Page_170">p. 170</span> caudal, aparentando un -bienestar que no poseía, ostentando un lujo prestado y mentiroso! ¡Y -todo por tener una corte de aduladores y parásitos! ¡Comedia, ó mejor, -aristocrático sainete! Yo lo presenciaba aquellos días, y aún no me -daba cuenta, por la embriaguez que narcotizaba mi espíritu, de lo -absurdo, de lo peligroso, de lo infame que era.</p> - -<p>He dado á conocer algunas de las principales figuras de aquellos -dichosos jueves. Aún faltan bastantes. Entre éstas no merece -preterición una que, como sombra errante, iba de aquí para allí, -atendiendo á todos, diciendo á cada cual una palabra agradable, -jovial con éste, con aquél grave, tocando las distintas cuerdas de -la conversación según el diferente ritmo de cada uno. Era un hombre -enfermo, consumido, lastimoso; era Carrillo, el dueño de la casa, -tan atento á sus deberes y tan esclavo de las reglas de la etiqueta, -que se le veía luchando angustiado con su debilidad para estar en -todo y cumplir correctamente hasta la hora del desfile. Y tan rápida -era su decadencia, que cada jueves parecía estar peor que el jueves -precedente. Daba lástima verle. Un sudor se le iba y otro se le venía. -Sin voz ni aun fuerzas para tenerse de pie, quería obsequiar á Fúcar -con un dicho de negocios, á otro con una frase política, á éste con -una indicación literaria, á aquél con un tema de <i>sport</i>. Sus propias -aficiones no se le quedaban en el tintero, y le veíamos sacar del -pecho con fatiga jirones de aliento para explicar los triunfos de la -<i>Sociedad de niños</i>.</p> - -<p>Cuando ya era tarde y se le veía ¡pobrecito!<span class="pagenum" -id="Page_171">p. 171</span> haciendo los imposibles por sostenerse en -su terreno, Eloísa se iba hacia él, cariñosa, y le hacía mimos de mamá, -incitándole al descanso.</p> - -<p>—Retírate, Pepe, no te fatigues. Estás haciéndote el valiente, y no -puedes, hijo mío, no puedes. El calor te hace daño, la conversación te -marea. Te conozco que tienes dolor de cabeza y que lo disimulas. ¿Por -qué eres así? A mí no me engañas: tú padeces y callas. Retírate. José -María y yo iremos después á hacerte compañía si estás desvelado.</p> - -<p>Pepe no obedecía. Aun se enojaba un poco, no queriendo que su mujer -ni nadie dudasen de las fuerzas que no tenía. Era como los ciegos que -se empeñan en ver y se amoscan cuando alguien sospecha que ven poco. -Era como los sordos que no confiesan nunca que oyen mal y equivocan -todas las palabras. Contra las advertencias de Eloísa, quería estar -en su puesto hasta el fin, ser obsequioso con todos, y oponerse -enérgicamente á que alguno se aburriera. Siempre estaba dispuesto á -hacer la partida de <i>whist</i> ó tresillo, ó bien á aguantar el chorretazo -de ciencias sociales con que se desahogaba un sabio impertinente de -quien todo el mundo huía como de la peste.</p> - -<p>Una noche Fúcar me tocó en ambos brazos, y acorralándome, como de -costumbre, contra la pared, me dijo:</p> - -<p>—Hola, <i>Traviatito</i>: escúcheme usted un momento. ¿Sabe usted que el -pobre Pepe está muy malo? Ese hombre no llega al verano... Pero voy á -otra cosa. Temo mucho que el <i>crac</i> de esta casa venga más pronto de lo -que creíamos... Lo he<span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span> -sabido hoy por una casualidad. Han tomado dinero, no sé bien la cifra, -hipotecando la <i>Encomienda</i>, esa hermosa finca del Barco de Avila. -No podía ser de otra manera. Esta gente no ha podido apartarse de la -corriente general, y gasta el doble ó el triple de lo que tiene. Es el -eterno <i>quiero y no puedo</i>, el lema de Madrid, que no sé cómo no lo -graban en el escudo, para explicar la postura del oso, sí, del pobre -oso que <i>quiere</i> comerse los madroños, y por más que se estira, no -<i>puede</i>, ¿qué ha de poder?... Porque verá usted. Estas <i>juergas</i> de los -jueves cuestan mucho dinero. Ojo al oso, niño, que, al paso que vamos, -la <i xml:lang="fr" lang="fr">débâcle</i> no tardará.</p> - -<p>Sentí escalofríos al oir esto. Yo lo sospechaba, mejor dicho, lo -sabía; pero en el atontamiento estúpido en que me tenían el amor y la -vanidad, no paraba mientes en ello. La idea de que Eloísa hablase más -ó menos afablemente con el general Chapa (otro tipo de quien hablaré -pronto), absorbía por entero mi atención. Mucho extrañaba que la pícara -no me hubiese dicho nada del préstamo con hipoteca de la <i>Encomienda</i>. -Era preciso hablar de esto... Pero sigamos con los jueves.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>Al siguiente nos sorprendió Eloísa con otra novedad (pues cada uno -de estos interesantes días traía su sorpresa): un proyecto hermoso, una -colosal reforma que iba á emprender en su palacio para ensancharlo y -mejorarlo. Por los planos que<span class="pagenum" id="Page_173">p. -173</span> enseñaba á todos los amigos, se veía que la obra era tan -sencilla como grandiosa. Vais á verla. Consistía en poner al patio -una cubierta de cristales, haciendo de él un salón espléndido, algo -como la famosa estufa de Fernán-Núñez. La imitación de las grandes -casas y el afán de rivalizar con ellas, era la demencia de mi prima... -Sigamos con la reforma. Cubierto de cristales el patio, lo llenaría -de plantas soberbias, latanias, rododendros, azaleas, araucarias, -helechos arborescentes; cubriría las paredes con tapices, y para -remate y coronamiento de tan bella obra, había discurrido llamar en su -auxilio á uno de nuestros artistas más ingeniosos y originales. Sí: -Arturo Mélida le pintaría la escocia, una escocia monumental, una obra -no vista, lo más elegante, lo más inspirado que se podría imaginar. -Eloísa daba cuenta de ella como si la estuviera viendo. El día anterior -había convidado á comer al célebre arquitecto, pintor, escultor y -dibujante, el cual le había explicado su idea. Sería una procesión de -figuras helénicas representando todos los ideales del mundo antiguo y -los prodigios del moderno: la Filosofía peripatética y el Teléfono de -Edison, las Matemáticas de Euclides y la Educación física de Spencer, -el Osiris egipcio y la Vacuna de Jenner, la Geografía de Herodoto y el -Cosmos de Humboldt, el barco de Jasón y el acorazado de Zamuda, los -Vedas y el Darwinismo, Euterpe y Wagner...</p> - -<p>Eloísa daba cuenta de la obra, cual si la estuviese viendo, aunque -equivocaba las citas, por no ser muy fuerte su erudición. Se me figuró -que echaba chispas como un cuerpo electrizado.<span class="pagenum" -id="Page_174">p. 174</span> Le tomé el pulso, y... pueden creerme, -tenía calentura. La pluma misteriosa se le atravesaba en la garganta, -haciéndole tragar mucha saliva. En toda la noche no habló de otra cosa. -Hubiera deseado hacer la reforma en un día, y que el gran artista se la -pintara en unas cuantas horas por arte mágico.</p> - -<p>—Será una maravilla —dijo Manolito Peña—. Veremos aquí las <i>Mil y -pico de noches</i>.</p> - -<p>Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su -mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán, -y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque -sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas, -que entusiasman á las señoras de la tribuna de <i>idem</i>. Él y Gustavo -Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más -alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados. -Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado -en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse -platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que -no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba -resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había -reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y -más encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico; -pero se trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más -radicales que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba -en su conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con -él preferen<span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>cias que -hacían poner el paño en el púlpito al <i>Saca-mantecas</i>.</p> - -<p>El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los -cuarenta años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar, -me apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos; -entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en -1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba -fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo, -caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy -buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por -culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no -eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo -como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con -delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas -no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro -y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones -que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é -hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su -vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á -la marquesita de Casa-Bojío.</p> - -<p>El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba -ningún jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á -veces á sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para -divertir á la gente;<span class="pagenum" id="Page_176">p. 176</span> -y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su espíritu, no -había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general, la vanidad -y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo. Sus teorías -ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente de su escogido -público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las paradojas -salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de aquel fárrago -de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo de perspicacia -que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social, lo esclarecía -con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia despedía una -claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero con ella se -veía siempre algo, á veces mucho.</p> - -<p>Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente -general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el -sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el -panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe -II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una -buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una -noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y -vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero. -¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde -los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia! -Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso -de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas -tenían al dinero una ojeriza especial de raza.<span class="pagenum" -id="Page_177">p. 177</span> ¡Ah! sí: al contrario de ciertos perros, -que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los poetas ladran -siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador pasó revista á -las comedias en que se pone de vuelta y media á los que tienen cuartos, -ensalzando á los pobres.</p> - -<p>—Porque, fijarse bien —decía—: en la conciencia general se asocian -las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia -en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por -herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que -el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por -eso no la quiero escribir...</p> - -<p>Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su -antojo con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de -nuestro decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de -las cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que -es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable, -la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago -es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre -base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo -<span class="allsmcap">XIII</span> viene haciéndose entre nosotros -una propaganda cargantísima contra el comer. La caballería andante -primero y el misticismo después han sido la religión del ayuno, el -desprecio de los intereses materiales. Ya tenéis aquí un principio de -muerte; ya tenéis atrofiado uno de los principales nervios del poder -de una nación: la propiedad. No dicen <i>la propiedad es un robo</i>, como -los socialistas modernos; pero<span class="pagenum" id="Page_178">p. -178</span> les falta poco para decir que es pecado. La caballería funda -la gloria en no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La -mayor riqueza es ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En -fin, estupideces, y por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que -entonces se llamaba el <i>Demonio</i>, es lo que nosotros llamamos <i>jabón</i>. -Todos los desprecios acumulados sobre la propiedad, sobre el buen -comer y la cómoda satisfacción de las necesidades de la vida, vienen -á reunirse sobre la infeliz moneda, á quien se mira como el origen -de todos los males. Los que durante una vida de trabajo se han hecho -ricos, concluyen por arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones -pías. El orgullo está en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir -limosna. Jamás se ofrecen como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo, -sino la miseria, el desaseo y la sarna. No hay un santo en los altares -que no haya ido allí por haber cambiado el oro por las chinches.</p> - -<p>—Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas!</p> - -<p>(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.)</p> - -<p>—Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos, -los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la -suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber -agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra, -comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y -á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio -y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones...<span class="pagenum" -id="Page_179">p. 179</span> ¿Ustedes no saben quiénes son estos -caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio, conocen la vida de San -Pedro Regalado y de otros tales que están en el Cielo por predicar que -no debíamos comer más que tronchos de berza y algún pedazo de suela -mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido á ser una raza de -médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin energía moral, -ni intelectual, ni física; una raza ingobernable... Claro, con la tan -ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos de pie. Nuestro -imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros tan frescos. -Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo á los ricos y -arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y prosa, hemos dejado -perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de fantasmas, perversa -hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos visto la extinción -de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno siglo <span -class="allsmcap">XIX</span>, después de haber dormido la mona mística, -nos encontramos con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos -viven bien, nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la -cuenta de que el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de -que el lavarse no es malo, de que el comer es excelente, y de que las -materialidades de la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras -ellos, queremos comer también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes, -si hemos perdido la fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad -han despoblado nuestras encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto -empeño tenemos en mascar y digerir como los demás, que al fin y al -cabo...<span class="pagenum" id="Page_180">p. 180</span> como esto no -exige largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la -dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué -llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil -de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas», -que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una -torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué -aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la -mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de -repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á -probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido...</p> - -<p>Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio.</p> - -<p>—Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted!</p> - -<p>—¡Naturalismo!</p> - -<p>—Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con -tenazas lo que dice.</p> - -<p>Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo -esclarecía con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de -alcohol, vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara -contra él protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo! -Por Dios, ¡qué naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos -socorridos anatemas sirven para todo.</p> - - -<h3 title="IV"><span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span>IV</h3> - -<p>Mi tío Rafael iba todos los jueves; pero no estaba á sus anchas, -porque haciendo gala de conversacionista, la competencia del general -Morla, que hablaba más que él y era oído con más atención, le abrumaba. -Cuando aquellas dos aptitudes se ponían frente á frente, era gracioso -ver cómo se disputaban la palabra, cómo discretamente corregía el uno -las narraciones del otro. Cada cual se jactaba de saber más que su -contrario y de poder añadir un detalle estupendo á su relación. Mi tío -Serafín fué, al principio, algunas veces. A menudo se le encontraba -dormido en el gabinete de Eloísa. Se aburría, y no teniendo allí -el amparo de su <i>carrik</i>, no podía hacer de las suyas. Como había -adquirido el hábito de levantarse temprano para ir al relevo de la -guardia, el buen señor no podía prolongar sus veladas. Retirábase -casi siempre á cosa de las once, á su casa de la calle de Capellanes, -vivienda misteriosa y desconocida donde jamás había entrado ninguno de -la familia, porque él no recibía á nadie ni se dejaba sorprender en su -intimidad doméstica.</p> - -<p>Puntual en las comidas era don Alejandro Sánchez Botín, persona -antipática, entrometida y de una vanidad pedantesca. Decíase de él que -no iba allí más que á comer, y que tenía distribuídos los días de la -semana entre siete casas acreditadas por la habilidad de sus cocineros. -De este gastrónomo se contaban mil historias<span class="pagenum" -id="Page_182">p. 182</span> ridículas. Llevaba en los faldones del frac -bolsillos de hule para almacenar allí dulces, jamón, fiambre y otras -golosinas. Decían que jamás almorzaba; que al levantarse se tomaba un -gran tazón de agua de malvas, preparándose así para el gran hartazgo de -la noche. A nadie he visto comer con más estudio, ni poner en la comida -una atención más respetuosa. Para él, la mesa era verdadera <i>Misa</i>, -el holocausto del estómago. Llegaba en esto hasta la mayor grosería, -y cuando no ponían <i>menú</i> escrito, preguntaba á los criados qué había -con objeto de reservarse para lo más de su gusto. Muchas veces que le -tuve á mi lado, me anticipé á su curiosidad, diciéndole con afectada -importancia:</p> - -<p>—Hoy estamos de enhorabuena. Tenemos el famoso <i xml:lang="fr" -lang="fr">poulard à la Régence</i> y las <i>bouchées à la Montglass</i>.</p> - -<p>Era un vicioso, al decir de la gente; mujeriego de la peor especie, -de un paladar sensorio tan estragado como lleno de caprichos. Vivía -separado de su mujer y tenía muchos cuartos. Tres veces había -desempeñado en Cuba pingües destinos, y cada vez que volvía con media -isla entre las uñas, repetía la sagrada fórmula: «España derramará -hasta la última gota de su sangre en defensa, <i>etcétera</i>...»</p> - -<p>Me repugnaba aquel hombre, y más aún desde que Eloísa me dijo que -le hacía el amor con hipócrita misterio y groseras ofertas de dádivas. -Por no escandalizar no le puse en la calle cuando tal supe. No se me -ocultaba el desprecio y el asco que mi prima sentía hacia un sujeto -tan abominable por todos conceptos, y que se hacía además ridículo con -sus pretensiones de<span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span> -guapeza. Era un viejo verde, que después de comer aparecía abotagado, -pletórico; y sus ojos vidriosos, grandes, muy parecidos á los de los -besugos, y tan miopes que los corregía con cristales de número muy -alto, decían que allí no había más que apetitos, usurpando el lugar del -alma. Lo mismo Eloísa que yo resolvimos echarle, eliminándole con maña -de las reuniones; pero él no entendía de indirectas, y se pegaba á la -casa como una ostra.</p> - -<p>Mi tía Pilar no iba nunca los jueves por la noche á casa de su hija. -Su indolencia crecía diariamente con su torpeza muscular; aborrecía las -ceremonias, y no se encontraba bien sino en su casa, después de haberse -zarandeado dos ó tres horas en coche. En su comedor pasaba las veladas, -dormitando, cuando no iban á hacerle compañía las amigas vecinas: bien -la de Torres, que vivía en el tercero; bien la de Bringas, que habitaba -en la inmediata calle de Olózaga.</p> - -<p>María Juana tampoco iba á las comidas ni á las tertulias de su -hermana. No armonizaban aquellas dos cuerdas de son y ritmo tan -diferentes. A Medina sí le ví algunas noches, no en la comida, sino en -la recepción. Jugaba al tresillo con mi tío, ó charlaba con Sánchez -Botín de cosas de política, de asuntos de Ultramar y del poco dinero -que iba quedando en la famosa Perla de las Antillas. Generalmente se -le hacía poco caso, y su modestia y cortedad de genio eran tales, -que más parecía agradecerlo que sentirlo. Hablando conmigo una -noche en confianza, en un rincón donde nadie nos oía, la cabeza muy -alzada para que las palabras franquearan mejor<span class="pagenum" -id="Page_184">p. 184</span> el gran espacio entre su pequeñez y mi -buena estatura, los dos pulgares escondidos bajo las solapas del frac, -y tocando el piano sobre el pecho con los ocho dedos restantes, el -buen <i>ordinario de Medina</i> me dijo que no tenía palabras para hacerme -comprender lo que le cargaban aquellas reuniones; que iba á ellas -simplemente por hacer el gusto á María Juana, quien le mandaba asistir -para que le contara todo lo que viese. Sí: al volver á casa, tenía -que repetir cuanto había oído y hacer descripción circunstanciada de -personas y cosas, y si se le olvidaba algo ó lo confundía, su mujer -se impacientaba. Erale odiosísima aquella vida de lisonja y mentira; -aborrecía las comedias sociales, y adoraba lo positivo, el bienestar -seguro y sin zozobra. Siendo su sistema gastar siempre menos de lo que -se tiene, le daba rabia la ceguera estúpida de los que hacen todo lo -contrario. Nunca le gustó á él <i>darse pisto</i>, ni aparecer como sabio ó -como elegante sin serlo, y se encontraba mal entre personas que están -sin cesar representando lo que no son y haciendo un papel que no les -corresponde. Por todas estas razones pensaba decir á su mujer que si -quería saber lo que allí pasaba, fuera ella en persona, pues él se -daba de baja, y no volvería á poner sus pies en los salones de Eloísa. -Aquel hombre juicioso y modesto dejó de favorecernos desde el segundo ó -tercer jueves.</p> - -<p>La pobre Camila no concurría á las fiestas de su hermana por varias -razones. Importantísima era la de no tener vestidos, es decir, tenía -uno; pero no era cosa de presentarse todos los<span class="pagenum" -id="Page_185">p. 185</span> jueves con los mismos trapitos de -cristianar. Otra razón de peso era que, cumplidos los vaticinios que -indecorosamente nos hiciera el día de la célebre comida, allá por -Octubre había dado á luz un muchachón, del cual fuí padrino, y que -tenía todas las trazas de ser tan bruto como su padre. Este fué dos -ó tres noches á casa de Carrillo; pero se encontraba tan fuera de su -centro, se parecía tan poco aquel recinto al grosero café donde él -solía concurrir, que le faltó tiempo para desertar. Era un tagarote -que no sabía dónde ponerse, ni hallaba con quién hablar, ni él hacía -más que ir de un lado para otro, aburrido y desconcertado. Sólo en -el marqués de Cícero hallaba de vez en cuando un punto de apoyo, por -ser ambos manchegos, cazadores, y tener más ancho el círculo de los -perdigones que el de las ideas.</p> - -<p>—¿Y tu mujer? —le preguntaba yo todas las noches.</p> - -<p>—Bien —me respondía—. Sigue empeñada en no poner ama. Lo cría ella -misma.</p> - -<p>Yo sabía que estaban bastante mal de metálico. Aunque era medio -loca, Camila me inspiraba algún interés y lástima, y habiendo notado -en su casa ciertas privaciones, supe valerme de medios delicados para -socorrer sus faltas y para que mi buen ahijado no estrenase la vida en -medio del desamparo y la desnudez.</p> - -<p>Réstame hablar del marqués de Cícero, tío de Carrillo. Era primo de -Angelita Caballero, quien le había dejado dos casas y la corona, la -cual, á su muerte, pasaría á exornar la frente de Pepe y sus herederos. -Como figura decorativa, pocos hombres he visto más notables que don -An<span class="pagenum" id="Page_186">p. 186</span>tonio Alvarez -Tuñón y Caballero. Era lo que antes se llamaba un real mozo. Mas se -podría ofrecer un buen premio á quien probase que existía un sér -humano de menos sal en la mollera que aquel bendito marqués, á quien -jamás sorprendió nadie en posesión de una idea. Lo más que hacía era -repetir mal las ajenas y desfigurarlas. Las suyas versaban siempre -sobre la adoración de su persona como hombre guapo, y se parecía al -<i>Saca-mantecas</i> en la fea maña de echar ojeadas á los espejos, para -gozarse y ponerse muy hueco. Tenía largos y lucidos bigotes, como los -del general León, á quien sin duda tomaba por modelo. No he visto nunca -una cabeza más hermosa. Era digna del cincel de Benvenuto y de las -fábulas de Esopo, por su belleza y su falta de seso. Decía Severiano -Rodríguez que cuando el marqués hablaba de algo que no fuera caza, <i>le -crugía el cerebro</i>: tan violento esfuerzo tenía que hacer. En distintas -épocas de su vida le dió por hacerse magníficos retratos que repartía á -los amigos. En unos estaba con un vestido de caza muy majo; en otros de -caballero del tiempo de Felipe IV, también de caza, con el lebrel á un -lado. En los escaparates de un célebre fotógrafo andaba en gran tarjeta -iluminada y en traje de caballero de Calatrava, con birrete y catorce -varas de manto blanco. Ultimamente se retrató con un león á los pies. -No hay que decir que el león era disecado. A todos los amigos dió un -ejemplar, y recibí el mío con una expresiva dedicatoria. Mucho tiempo -conservé en mi poder la imagen del prócer cinegético, con el fiero -león á los pies, hasta que tuve la suerte de que<span class="pagenum" -id="Page_187">p. 187</span> mi tío Serafín me librara de ella. Fué la -única expoliación de que me he felicitado siempre.</p> - -<p>Lo bueno que tenía el marqués era que no murmuraba de nadie. Es -que no se le ocurría nada que no fuera conversación de perros y de -monterías antiguas y modernas. Mi tío, él y otro que tal hacían á veces -una insufrible trinca. Desde tiempos remotos gozaba de un empleo en el -Ministerio de Estado. Hasta la muerte de la Caballero había sido pobre -y obscuro, uno de esos aristócratas trasconejados que vegetan en una -oficina, y no molestan á nadie, ni dan que hacer á los políticos, ni -meten ruido, ni alardean de linajudos, ni envidian ni son envidiados. -Aquel bendito debía su insignificancia á la carencia absoluta de ideas, -á su aspecto agradable y á no tener más pasiones que las inofensivas de -vestirse bien, cazar y retratarse.</p> - -<p>Era muy puntual en las comidas, y no lo hacía mal. Comía y callaba. -¿Qué diré de los demás aún no designados? Fáltanme espacio y ganas, -aunque no memoria. ¿Hablaré de Pepito Trastamara, un hominicaco á -quien yo ponía por ejemplo cuando quería demostrar á Carrillo el vivo -contraste de nuestra aristocracia con la inglesa? ¡Y sobre el cimiento -de Pepito Trastamara quería edificar aquel soñador el organismo de los -lores españoles, el sólido estamento que, enlazado al poder popular, -forma el más admirable de los sistemas! Allá por el cuarto ó quinto -jueves nos llevó Carrillo á un joven redactor del periódico de su -partido. Era un muchacho listo, que pronto sería diputado y metería -ruido. Hablaba por los codos siempre que encontraba quien le<span -class="pagenum" id="Page_188">p. 188</span> oyera, y se sabía al -dedillo, casi tan bien como Pepe, todo lo concerniente al <i>Parlamento -largo</i>, al <i>Bill de derechos</i>, á las picardías que hizo Titus Oates y á -otras muchas cosas que traen siempre á mal traer los anglómanos.</p> - -<p>Después de la comida iban tantos, tantos, que no acertaría á -contarlos. Ví literatos de varias castas, políticos muy grandes, -de cola entera como los pianos, de media cola y <i xml:lang="it" -lang="it">piccolos</i>. Ví académicos que habían escrito cosas bellas, -y otros que no habían escrito maldita cosa; militares en diferentes -situaciones, varios artistas, algún diplomático extranjero, ministros -en activo, entre ellos el de Fomento, amigo y paisano mío; ví á -Cimarra, que se había reconciliado con su suegro, el marqués de Fúcar, -y resignádose á que su mujer viviera maritalmente en Pau con León -Roch; ví tal cantidad de personas y alimañas, que era aquello un museo -matritense, mejor para apreciado en conjunto que para reproducido en -sus múltiples, varias y pintorescas partes.</p> - - -<h3>V</h3> - -<p>Supongo que los que esto lean estarán ya fatigados y aburridos de -tanto y tanto jueves. Pues sepan que mucho más lo estaba yo. Dirélo con -franqueza: los tales jueves me iban cargando. Aquel sacrificio continuo -de la intimidad doméstica, de los afectos y la comodidad en aras de -una farsa ceremoniosa, no se conformaba con mis ideas. Me gustaba -el trato de mis amigos, la buena mesa en compañía de los escogidos -de mi<span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span> corazón, la -sociabilidad compuesta de un poco de confianza amable y de un poco -también de etiqueta, ó sea lo familiar combinado con las buenas formas; -pero aquel culto frío de la vanidad, quemando incienso en el altar del -mundo, me lastimaban y aburrían ya. Todo era viento, humo y la estéril -satisfacción de que se hablara de la casa y del trato de ella. En fin, -á las diez ó doce semanas ya tenía yo los jueves atravesados en el -gaznate sin poderlos pasar.</p> - -<p>Eloísa también se me manifestó algo cansada; pero el respeto al -maldito <i>qué dirán</i> impedíale suspender repentinamente las grandes -comidas. La idea de que se susurrase <i>que estaba tronada</i> la ponía en -ascuas, quitándole el sueño. Y si mi orgullo se sentía halagado por -la fidelidad suya, que en tal género de vida tenía un mérito mayor, -de esta misma satisfacción se derivaba mi zozobra por el temor de -sorprenderla infiel algún día. La idea de que Eloísa me suplantara á lo -mejor con alguno de aquellos tipos que la rodeaban, incensándola como á -un ídolo, me enardecía la sangre, me agriaba el carácter, me ponía de -un humor de mil diablos, desequilibrando mi sér y quitándome el dominio -de mí mismo y las dotes de buen sentido que me transmitió mi madre. -Pensando esto, yo descubría en mí no sé qué instintos de violencia y la -disposición á ciertos actos que no sabía si calificar de locuras ó de -majaderías.</p> - -<p>Ningún motivo real tenía yo para sospechar que Eloísa se aficionara -á otro hombre, y no obstante, la vida aquélla de galantería y de -lisonja, era para mí una vida de alarma angustiosa. Des<span -class="pagenum" id="Page_190">p. 190</span>graciadamente, no podía -apoyarme en el terreno de ningún derecho; no podía llamar en mi auxilio -á la moral, y mis celos, impersonalizados todavía, debían luchar -solos é inermes, cuando el caso llegara. Ninguno de los amigos de la -casa me inspiraba temores en particular; inspirábanmelos todos. La -colectividad era mi aprensión, y aquel coro de aduladores, mosca que -me zumbaba en los oídos, era mi pesadilla. Obedeciendo algunas veces -á esa instintiva necesidad de atormentarnos que sentimos cuando el -sistema nervioso se sale de sus casillas, me entretenía en concretar -mi inquietud, suponiendo cómo sería lo que aún no era, imaginando lo -verosímil, y convirtiendo los fantasmas en personas. La juventud fogosa -de Manolito Peña, la opulenta vejez de Fúcar, la virilidad legendaria -de Chapa, la osadía del <i>Saca-mantecas</i>, la fealdad misma de Botín, -la insignificancia de otros, me eran igualmente sospechosas. Habría -deseado perderlos á todos de vista, y que Eloísa, por amor á mí, se -asimilase las antipatías que su corte me inspiraba y acabase por -despedirla.</p> - -<p>Verdaderamente, de ella no podía tener queja. Nunca fué más amante -que en la época en que á mí se me despertó el santo horror á los -malditos jueves. Su cariño se sutilizaba, se hacía más ardiente y hasta -quisquilloso y suspicaz. ¡Cosa rara! También ella tenía celos. Nunca me -he reído más que un día que se me enojó porque... ¡vaya una simpleza! -«porque yo visitaba muy á menudo á su hermana Camila.» Poco trabajo me -costó desvanecer sus inquietudes mimosas. Nos desagraviábamos fácil -y agradablemente firmando<span class="pagenum" id="Page_191">p. -191</span> paces que debían de ser eternas por lo apasionadas. ¡Qué -mujer, qué vértigo, qué abismo de ilusión, dorado y sin fondo! Nuestras -entrevistas nos parecían siempre cortas, y expresábamos el afán de no -separarnos nunca, de empalmar las horas felices, pues cada fracción del -tiempo que pasaba, marcando una pausa en nuestros goces, nos parecía -algo que se nos había robado. La publicidad escandalosa de aquel enredo -y la ausencia de todo peligro habíannos quitado la máscara. Ya no nos -recatábamos; ya se nos importaba un bledo la opinión de la gente, que, -por otra parte, no era severa con nosotros, pues nadie nos miraba mal, -nadie extrañaba nuestra conducta, ni jamás oímos palabra ó reticencia -que nos acusase. Se nos veía juntos en público; dábamos paseos -matinales; yo iba á su casa por mañana, tarde y noche, y entraba y -salía y andaba por todos los aposentos de ella como si fuera mi propia -vivienda.</p> - -<p>En aquel período de embriaguez, mi salud se resintió algo. -Zumbáronme los oídos, como siempre que mis nervios se encalabrinaban, -y esta mortificación me entristecía lo que no es decible. Eloísa, -siempre llena de ternura, trataba de alegrarme con su sonrisa franca y -cariñosa. Su jovialidad, que tenía por órgano la boca más fresca que -era posible ver, declaraba la juventud y lozanía de su temperamento, el -cual se hallaba en su plenitud, sin asomos de decadencia como el mío. -Se burlaba de mis males nerviosos y hacía propósitos de curármelos; -pero lo que hacían sus medicinas era ponerme peor.</p> - -<p>Excuso decir que en esta temporada, que no<span class="pagenum" -id="Page_192">p. 192</span> sé si fué dicha ó tormento, ó ambas cosas -combinadas, la aptitud de los números se eclipsó en mí. Mi dualismo -estaba desequilibrado; mi madre dormía, y la sangre andaluza de mi -padre era la que mangoneaba entonces en mí. El pícaro vicio había -acorralado en obscuro rincón del cerebro la energía educatriz de mis -quince años de escritorio.</p> - -<p>De tiempo en tiempo había como una tentativa de emancipación de -la tal aptitud; pero el ruido de oídos la sofocaba en medio del -entumecimiento cerebral. Cierto que hice más de una vez apreciaciones -mentales acerca de lo que debía costar el estrepitoso boato de Eloísa -y la gala de sus celebrados jueves. Cierto que Fúcar me hizo ver que -en la casa de Carrillo se gastaba más del triple de la renta del -capital. Varias noches, al retirarme á casa, iba pensando en esto; -pero la excitación me impedía pensarlo con claridad y energía, y la -sedación venía luego á adormecerlo todo, números y alarmas. Había -además otra circunstancia digna de tenerse en cuenta para explicar mi -pereza aritmética. Transcurría el tiempo; llegaba Febrero del 83, y -Eloísa no me pedía nunca dinero. No parecía tener apuros ni ninguna -clase de dificultades monetarias. Fuera del desembolso mensual de los -regalitos, yo no tenía que dar tijeretazos en el talonario de mi cuenta -corriente.</p> - -<p>Ni ella me hablaba de intereses, ni yo á ella tampoco. Había quizás -en ambos el temor de despertar un problema que dormía debajo de -nuestras almohadas. Lo único que me permití fué hablar perrerías de -los jueves, criticarlos bajo el<span class="pagenum" id="Page_193">p. -193</span> doble aspecto moral y económico, y pedir que desaparecieran -de la serie del tiempo.</p> - -<p>—Pienso como tú —me dijo la muy mona—; pero yo digo lo que el -Gobierno. Es preciso estudiar la reforma, porque si se hace de golpe y -porrazo, podría ser inconveniente.</p> - -<p>—Cuando los Gobiernos no quieren hacer una reforma —le respondí—, -dicen que la están estudiando. Pero si la reforma no consiste en -establecer, sino en suprimir, el mejor estudio es obrar con valentía... -Tú temes que te saquen alguna tira de epidermis. Mira: de todos -modos, con jueves ó sin ellos, te la han de sacar. Conque así, no te -esclavices.</p> - -<p>Y esto lo decíamos media hora antes de la señalada para la comida. -Aquel jueves el pobre Carrillo estaba bastante mal y no se presentaría. -Le ví en su cuarto, y la profundísima lástima que me inspiró estuvo -por mucho tiempo como estampada en mi alma. Aún hacía el pobrecito -violentos esfuerzos por vestirse; aún mandó á Celedonio, su ayuda -de cámara, que le trajese el frac; pero no pudo ni meter el brazo -derecho en la manga. Se desplomaba. En su lastimoso estado, lo que -principalmente sentía era no poder hacer los honores de la casa -aquella noche, como todas, y encargaba á su mujer que atendiese á los -invitados y no hiciera caso de él. Eloísa estaba aturdidísima. De buena -gana habría despedido á sus comensales. Mas no: era preciso hacer un -esfuerzo supremo, presidir la mesa, estar en todo y recibir luego á -cien ó doscientas personas. ¡Tormento mayor...!</p> - -<p>No tardaron en entrar Chapa, el <i>Saca-mante<span class="pagenum" -id="Page_194">p. 194</span>cas</i>, Peña, el secretario de la Legación -de Holanda; después el ministro de Fomento, luego Botín y el general -Morla. Todos, conforme iban llegando, se creían en el deber de poner -una cara muy atribulada al enterarse de la indisposición del amo de la -casa. Eloísa estaba realmente triste. Su situación en lo que llamaré el -terreno aflictivo era bastante delicada; pues si aparecía muy afligida, -podrían dudar de su sinceridad, y si, por el contrario, se presentaba -serena, las críticas serían más acerbas. Comprendí, oyéndola hablar del -enfermo con los convidados, que hacía esfuerzos por hallar el justo -medio sin poderlo conseguir. A veces iba muy lejos en el camino del -dolor, y conociéndolo, la reacción en sentido de la calma era demasiado -fuerte. Nunca ví lucha más horrible con las conveniencias sociales; -y si las palabras de los amigos eran perfectamente discretas, sus -miradas, al menos á mí me lo parecía, revelaban una ironía despiadada. -Y Eloísa estaba triste en realidad. Sólo que á veces se le antojaba que -debía estar más triste, y á veces que debía estarlo menos, resultando -de aquí que nunca acertaba con el tono exacto de la nota que quería -afinar.</p> - -<p>La de San Salomó llegó á última hora. Era la única señora que -teníamos aquella noche. La comida empezó silenciosa, y por una de esas -fatalidades de la conversación, que no es posible vencer, sólo se -hablaba de enfermedades, de médicos, de aguas minerales. De rato en -rato, un criado traía noticias del señor para tranquilizar á la señora. -Estaba mejor, se le iba pasando el ataque. Con esto se sosegaba Eloísa, -y todos ha<span class="pagenum" id="Page_195">p. 195</span>cíamos el -papel de que se nos transmitía por arte mágico su contento. Pepe estaba -en su habitación acompañado del médico y de su ayuda de cámara. Sólo el -marqués de Cícero, como de la familia, había entrado á verle. Después -ocupó en la mesa la cabecera que al enfermo correspondía, y entreveraba -los bocados con suspiros. El general Morla me tocó al lado, y hablamos -de la enfermedad de Pepe con la misma calma que si se tratara de lo -buenas que estaban las codornices trufadas.</p> - -<p>—Este hombre se va —me dijo—. He visto morir á muchos de ese mismo -mal, que debe de ser cosa del hígado. Cuando menos lo piense Eloísa, se -queda viuda. Tal vez esta misma noche.</p> - -<p>Después me contó la muerte de Narváez, la de Pastor Díaz, la del -general Manso, la de Carlos Latorre, la del marqués de Valdegama. -Aún no había dado fin á esta fúnebre crónica, cuando se sintió en lo -interior de la casa un ruido extraño. Algo muy grave ocurría. Todos -nos quedamos fríos. Los tenedores, suspendidos sobre los platos con el -pedazo de <i xml:lang="fr" lang="fr">fond d’artichauts au suprême</i>, -aguardaban que se aclarase el angustioso misterio para seguir hacia su -destino. Sólo Botín oía mascando. Levantóse Eloísa bruscamente y fué á -la puerta antes que entrase el ayuda de cámara, á quien sentimos venir -á la carrera. Oímos cuchicheo de zozobra y ansiedad. Eloísa corrió -hacia adentro, Celedonio también.</p> - - -<div class="section"> - <h3 title="VI"><span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>VI</h3> -</div> - -<p>Gran silencio en la mesa. Rompiólo al fin el general con estas -palabras:</p> - -<p>—Cuando digo yo... Oye, Santiaguito: sírveme Jerez.</p> - -<p>Sánchez Botín no sabía disimular el furor que le dominaba por -causa del maldito M. Petit, que no puso aquel día en la mesa la -lista de platos. Resultado de esta preterición (que parecía una -estratagema traidora) fué que mi hombre se atracó de <i xml:lang="en" -lang="en">roastbeef</i> á la inglesa, y cuando aparecieron las codornices -ya no le quedaba para ellas todo el hueco estomacal que merecían. Se -podían leer en las serosidades lobulosas de su frente sus irritados -pensamientos. Estaba verde, y sus gruesos labios engrasados se -estremecían como los labios de los perros cuando van á ladrar. -«Esto no pasa más que aquí. Vale más ir á un mal <i xml:lang="fr" -lang="fr">restaurant</i>», de seguro diría. Al través de las gafas de -oro, sus ojos inyectados y como queriendo salirse del casco, arrojaban -destellos de odio contra el pobre M. Petit.</p> - -<p>Poco á poco volvió á sonar el metal de cuchillos y tenedores -sobre la porcelana. Ligera oleada de animación, corriendo de una -punta á otra de la mesa, agitó la doble fila de cabezas. Cada cual -comunicó á su vecino sus observaciones, unos en voz baja, otros en -alta voz. En aquella mesa rara vez se hablaba sin doble sentido. -Debajo de la conversación verbal, serpenteaba la intencional como -la víbora entre hojas. Interpretarla y devolverla era el encanto de -los<span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span> comensales. Las -circunstancias no pudieron hacer que aquella conversación nuestra fuese -lúgubre, aunque sólo se hablaba de enfermedades y de la aterradora -muerte. La marquesa de San Salomó iba preguntando á todos, uno por -uno, si tenían miedo á la muerte y en qué forma se les presentaba al -espíritu. Cada cual respondía cosas diferentes, la mayor parte poco -ingeniosas. Fué la misma Pilar quien dijo:</p> - -<p>—Yo soy cristiana católica y vivo preparada. A pesar de esto, no me -gusta ver entierros...</p> - -<p>—Es que no tiene usted la conciencia tranquila —dijo no sé quién, -derivándose de esto un tiroteo de frases, esmaltadas de discretas -risas.</p> - -<p>—Me parece que les estoy viendo á todos ustedes —dijo Pilar— bajando -de patitas al Infierno...</p> - -<p>—Como la llevemos á usted por delante...</p> - -<p>—¡A mí! Usted está mal de la cabeza. ¡A mí!...</p> - -<p>—Sí, señora. Y si usted se empeñara en no ir, elevaríamos una -sentida exposición á Dios, pidiendo que la destinara á usted á nuestro -departamento...</p> - -<p>—¡Aunque sólo fuera en comisión de servicio!</p> - -<p>Siguió á esto un gran debate sobre si hay ó no Infierno, si el Limbo -es verdad ó figuración teológica, y, por último, hacia qué parte cae el -Purgatorio.</p> - -<p>Me parecía mentira que la comida se había de concluir. Cuando -acabó, fuí á enterarme por mí mismo del estado de Carrillo. El ayuda -de cámara, á quien encontré en el pasillo, díjome que habían metido al -señor en un baño caliente, y que ya estaba mejor. Parecióme, en verdad, -muy aliviado cuando le ví. Regresé al salón, donde estaban tomando té -y café bajo los auspicios de la marquesa. Esta debió de conocer<span -class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span> en mi cara que llevaba -noticias buenas, y me preguntó con mucho interés por el enfermo. Díjele -lo que sabía, y ella, tomando tonos de intimidad y de secreteo, hablóme -así:</p> - -<p>—¡Qué noche para la pobre Eloísa! Dígale usted que no se apure, que -se esté por allá. Yo entretendré á esta gente como pueda.</p> - -<p>—Precisamente, me acaba de encargar dé á usted un recado -semejante.</p> - -<p>—¿Y está mejor, es cierto? —me preguntó mirándome de un modo que era -nueva apelación á mi confianza.</p> - -<p>—Diré á usted. Yo creo que esto es una remisión pasajera. El pobre -Pepe está muy malo: hace tiempo que lo vengo diciendo...</p> - -<p>—Yo también... Cuidado que pasarán ustedes malos ratos. Eloísa no -es para cuidar enfermos. Usted tampoco... Y la verdad, no hay cosa más -triste que estar viendo padecer á una persona de la familia sin poder -aliviarla. Vale más, mucho más, que acabe de una vez...</p> - -<p>—Sin duda alguna —le contesté, por contestar algo.</p> - -<p>—Dígame usted —añadió arrimándose más á mí y acentuando el tono de -confianza—, ¿Carrillo ha dejado intacta la fortuna que heredó de la -marquesa de Cícero?...</p> - -<p>—Señora, habla usted como si ya... —respondí espantado.</p> - -<p>—¡Qué tonta!... Quiero decir, <i>dejará</i>... Es verdad que todavía no -ha concluído... ¡pobrecillo!</p> - -<p>—Creo que sí —contesté mintiendo, porque decirle la verdad era como -mandar un comuni<span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>cado -á la prensa—. Sí: su capital permanece intacto.</p> - -<p>—¿Sí?... ¿de veras? —dijo sonriendo y dando al <i>de veras</i> ese dejo -de burla que es tan elocuente en el lenguaje popular—. O usted se ha -caído de un nido, ó piensa que me he caído yo. Voy á darle una taza de -té para que se le aclaren las ideas.</p> - -<p>—Gracias... Pues decía que el capital permanece intacto... Carrillo -es un hombre prudente.</p> - -<p>—Lo que es eso... Se pasa de prudente. Pero vamos al caso. Si lo -que usted me ha dicho es cierto, seguramente ha hecho usted muchos -números.</p> - -<p>—Algunos he hecho.</p> - -<p>—Con franqueza... Respóndame usted á lo que le pregunto. ¿Cuando -pase el luto, seguirán los grandes jueves?</p> - -<p>Esta pregunta me enfrió la sangre. Pero pronto supe amoldarme á la -situación y á las conveniencias, y contesté decidido, como la cosa más -natural del mundo:</p> - -<p>—¡Quiá!... ¿Por quién me toma usted, señora? Creo que el presente es -el último de los jueves habidos y por haber.</p> - -<p>—Así, así: energía... Me gustan á mí las personas de carácter... -Pero el hombre propone y... nosotras disponemos. A Eloísa le gusta -esto, y si pudiera, todos los días de la semana los volvería jueves... -¡Qué disparates digo... ahora que está la pobre tan afligida...! Me -cortaría esta pícara lengua. Usted tiene la culpa, usted...</p> - -<p>En aquel instante, el marqués de Fúcar, que no había venido á -comer, ocupó su puesto frente<span class="pagenum" id="Page_200">p. -200</span> á la marquesa. Seis personas más formaban la corte de -ésta. Los que entraban á saludarla oían de su boca frases apropiadas -al papel que hacía. Daba excusas por la ausencia de Eloísa, pintando -con melancólicos colores las circunstancias en que estaba la casa. Su -voz tomaba un tono patético, que habría hecho llorar á un cerrojo. Y -cada persona que llegaba decía la indispensable formulilla de lástima -y desconsuelo, echándola en el corrillo como se arroja la moneda de -compromiso en la bandeja de plata de un petitorio. Suspiraba Pilar y -daba las gracias en nombre de su amiga, añadiendo con religioso acento -y expresivo arquear de cejas un <i>Sea lo que Dios quiera</i>.</p> - -<p>Fuí hacia donde estaban los fumadores, y después á la sala de juego, -que parecía un verdadero casino. Algunos hablaban del suceso con entera -libertad, y otros jugaban ó reían sin acordarse para nada del pobre amo -de la casa. Severiano, que entró de los últimos, me dijo:</p> - -<p>—En el Casino corrió la voz de que Pepe había muerto de repente en -la mesa, cayendo sobre tí y derrumbándote un hombro.</p> - -<p>De pronto ví pasar á Eloísa, que venía de las habitaciones de -Pepe. Todos se abalanzaron á saludarla. Su cara revelaba contrariedad -y tristeza, y el traje de color rosa-té, de sencillez arcadiana, le -sentaba tan á maravilla, que parecía una elegante pastora del pequeño -Trianón, llorando ausencias de algún pastor de peluca. Dió afables -excusas por su ausencia... Gracias á Dios, el pobrecito Pepe estaba -mejor. Un coro de pésames por la enfermedad y de felicitacio<span -class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span>nes por la mejoría demostró -cuánto la querían sus amigos. Oía mi prima el coro con aturdimiento de -actriz que no está muy fuerte en su papel. La desconcertaba el temor -de parecer demasiado triste ó demasiado consolada. Aprovechando una -ocasión propicia, me dijo al oído:</p> - -<p>—Ve allá... Quiere verte... No hace más que preguntar por tí.</p> - -<p>Aunque tal visita me disgustaba, corrí al aposento de Carrillo, y -al alejarme del tumulto de los salones, sentí como un secreto miedo -supersticioso. Fuerte olor de láudano denunciaba la pasada batalla -entre la química y el dolor. Era el olor de la pólvora. Celedonio y el -médico, dos combatientes valerosos, estaban de pie junto al lecho. Ví -en éste el rostro amarillo de Pepe, que me recordaba el San Francisco -de Alonso Cano, macerado, febril y exangüe. Su nariz era como el filo -de un cuchillo. Sus ojos tenían un cerco morado, y las pupilas atónitas -un no sé qué de espiritual, de soñador, avidez de martirios y apetitos -de inmortalidad. Fija en las almohadas, aquella cabeza de santo no -tenía vida más que en los ojos y en las arqueadas cejas. La boca, -inmóvil y entreabierta, parecía endurecida por el pasado suplicio. -Su corta barba de un color sienoso, y el cabello negro, partido con -natural elegancia en gruesas guedejas, daban al total de la cabeza el -aspecto de antigua escultura en madera con la pátina del tiempo. En -mitad de la pieza, el baño despedía un vapor tibio que me sofocaba, -como si el dolor que se había disuelto en el agua se exhalara en ondas -y viniera á mugir en mis oídos y á acariciarme la piel. En un ángulo, -so<span class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span>bre el velador -decorado con la vista del Parlamento inglés, estaba la encendida -lámpara de bronce, en figura de candilón, despidiendo, al través de -la bomba esmerilada, claridad blanda y lechosa. El médico, con el -sombrero puesto ya, se estaba envolviendo el cuello en un tapabocas, -pronunciando las fórmulas de despedida.</p> - -<p>—Ya no hago falta por esta noche. Mañana veremos. No hay cuidado.</p> - -<p>Y llegándose á Pepe, le dirigió frases de cariño.</p> - -<p>—Mucha quietud, que eso no es nada. Dentro de unos días, volverá -usted á su vida habitual.</p> - -<p>Fuí con él hasta la habitación próxima, y al despedirle, me dió á -entender con un mohín de su expresiva cara que si por el momento no -había peligro, la enfermedad marchaba á pasos de gigante.</p> - - -<h3>VII</h3> - -<p>Fuíme entonces derecho á Pepe, que me recibió con sus ojos fijos -en la puerta por donde yo debía entrar. Como no se le veía más que la -cabeza, hízome ésta el efecto de la de San Juan Bautista, la cabeza -cortada que el arte religioso presenta siempre servida en bandeja -como un manjar. Luego que me miró bien, sacó de entre las sábanas su -mano, que era toda huesos, y en la cual la imaginación, á poco que lo -intentara, podía ver una de las llagas del Seráfico, y buscó la mía. -Cuando estrechó mi carne con aquel alicate de hueso, me corrió por el -cuerpo un hielo mortal.</p> - -<p>—¿Qué tal vamos? —le dije inclinándome para verle mejor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span></p> - -<p>—Caro te vendes, hijo. Se muere uno aquí sin que los amigos vengan á -echarle un vistazo.</p> - -<p>—No quería molestarte. Y ¿cómo estás ahora?</p> - -<p>—He pasado un rato muy malo —replicó sacando difícilmente las -palabras del pecho—. Pero después del baño me encuentro muy bien. -Eloísa se ha asustado mucho. Estos trances no son para ella... ¿Quién -ha venido?</p> - -<p>Dile cuenta de todas las personas que había en la casa.</p> - -<p>—Que no parezca que estoy enfermo —añadió con brío—; que se -diviertan como si no ocurriera nada de particular. Y verdaderamente -no estoy tan mal. Todo ha sido un cólico nefrítico, el paso de las -arenillas desde los riñones á la vejiga. Dolores espantosos; pero, en -fin, nada más... Todavía...</p> - -<p>Miróme con cierta intención compasiva, ¡extraña compasión! y -haciendo un gran esfuerzo por emitir con toda claridad la voz, dijo:</p> - -<p>—Todavía te has de morir tú primero que yo... Lo veo, lo conozco, no -sé por qué... Me dijo mi mujer que estabas muy malo, que habías tenido -vómitos de sangre.</p> - -<p>—¿Sí?... ¿te lo dijo?</p> - -<p>Creí prudente no negarlo. Eloísa tenía la costumbre, cuando le veía -muy malo, de contarle imaginarias enfermedades de otros. Le consolaba -como se consuela á los niños.</p> - -<p>—Y que todos los días tenías fiebre.</p> - -<p>—Es verdad —afirmé—. No estoy bueno, ni mucho menos.</p> - -<p>—Cuídate... cuídate. Sentiría mucho que en lo mejor de la -edad...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span></p> - -<p>—Sí, sí: estoy decidido á cuidarme.</p> - -<p>—Yo estaré en pie la semana que entra —añadió, galvanizándose con -su espiritual fuerza—, y volveré á mis quehaceres de siempre. Tengo un -gran proyecto. Pienso construir un edificio para albergue de huérfanos -pobres: gran pensamiento, magnífico plan. Habrá hospital, clínica, -consulta, talleres, escuelas, gimnasio. Se necesitan seis millones de -reales. Cuento con tu cooperación, si no te perdemos antes. Eloísa se -encargará de organizar con sus amigas funciones en los principales -teatros. Yo solicitaré el auxilio del Gobierno y de la Familia Real. Tú -harás lo que puedas entre tus amigos...</p> - -<p>No sé hasta dónde habría llegado este coloquio, si felizmente no -entrara mi prima.</p> - -<p>—¡Eh... basta de conversación! —dijo, poniendo su mano derecha en mi -hombro y la izquierda sobre la frente ardorosa de Carrillo—. Lo primero -que ha ordenado el médico es el reposo, y... punto en boca.</p> - -<p>—Sí, hija: ya me callo, ya no diré una palabra más. Estábamos -hablando de mi hospital de San Rafael. Llevará el nombre de mi hijo.</p> - -<p>—Más vale que te duermas ahora. No pienses, no te acalores. Ya -haremos un hospital, y dos si es necesario... José María y yo te -ayudaremos... ¿Verdad? Los tres vamos á ocuparnos mucho de eso desde -mañana. Vaya, basta de conversación. José María, aquí estás ya de -más.</p> - -<p>En la habitación que precedía á la alcoba, volví á ver á Eloísa, que -me habló así:</p> - -<p>—¡Qué malos augurios ha hecho el médico! ¡Pobre Pepe!... La -convalecencia de este ataque<span class="pagenum" id="Page_205">p. -205</span> será cruel. ¡Qué días me esperan! ¿Vendrás mañana á -acompañarme?</p> - -<p>—¡Qué pregunta!</p> - -<p>—¿Y no has visto al pequeño? Pasa —me dijo cariñosamente, -empujándome hacia una puerta—. El pobrecito se despertó con los gritos -de su padre; pero debe de haberse dormido otra vez... Pasa... Vengo al -instante. ¡Cuánto deseo que se marche esa gente!</p> - -<p>El pequeño dormía. Preguntóme el aya por el señor, y le dije lo que -me pareció. De buena gana me habría quedado allí un buen rato, sin -hacer otra cosa que contemplar el envidiable sueño de aquel ángel. Pero -Eloísa entró á ver á su hijo, y sacóme del éxtasis en que yo estaba, -dejando volar mi pensamiento á las alturas de contemplaciones muy -espirituales. La mano de mi prima se posó sobre mi hombro, y oí estas -blandas palabras:</p> - -<p>—Ve al salón. ¡Qué gente, qué pesadez! Extrañarán que no estés allí. -El pobre Pepe está aletargado. Creo que pasará bien el resto de la -noche.</p> - -<p>Salimos juntos, y en el pasillo nos separamos. Echóme una mirada de -tristeza, diciéndome con severidad dulce:</p> - -<p>—Ya sé que ha habido mucho secreteo con Pilar. No puedo descuidarme -un momento.</p> - -<p>—¿Pero eres tan tonta que...?</p> - -<p>Celos tan inoportunos me causaban hastío.</p> - -<p>—Ni afirmo ni niego nada. No hago más que hacer constar un hecho— -replicó, apretándome ligeramente el brazo con sus dedos.</p> - -<p>En la reunión tuve que sostener conversacio<span class="pagenum" -id="Page_206">p. 206</span>nes que me aburrían, contestar á preguntas -que me incomodaban y resistir una lluvia de frases de doble sentido. -Poco á poco se fueron aclarando los salones. La de San Salomó salió de -las últimas, llevándose, como de costumbre, al general, que vivía cerca -de su casa.</p> - -<p>—¿Usted se queda aquí? —me dijo—. Velará usted. Cada cual á su -puesto de honor.</p> - -<p>A última hora fuí á enterarme del estado del enfermo. Eloísa me -salió al encuentro en el pasillo. Se había quitado su vestido de -sociedad y puéstose la bata de raso blanco. Como se apareció con una -luz, creí ver á <i xml:lang="en" lang="en">lady</i> Macbeth cuando el paso -aquél de las manos manchadas. Llevándose el dedo á la boca, dióme á -entender que Carrillo dormía, y en palabras muy quedas me dijo:</p> - -<p>—Está tranquilo. Mas por lo que pueda suceder, me quedaré en el sofá -de su cuarto. Voy al despacho á buscar una novela, porque de fijo no -podré dormir.</p> - -<p>Contesté que yo velaría; pero se opuso tenazmente, alegando lo -quebrantado de mi salud, mis pocas fuerzas...</p> - -<p>—Necesitas descansar —me dijo con el mayor cariño—. Duerme -ocho horas si puedes... Aquí no haces falta. Celedonio y yo nos -entenderemos. Esta noche, caballero, se va usted á su casita.</p> - -<p>Empujóme suavemente hacia la antesala, después de susurrarme -esto:</p> - -<p>—¿Vendrás mañana? Mira, que no faltes. Ven á almorzar. ¿Te espero? -No me hagas rabiar. Si á las diez no estás aquí, te mando siete -recados. Esta soledad es horrible. Esta noche, si duermo, voy á soñar -veinte mil disparates.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span></p> - -<p>Ella misma me lió el pañuelo á la garganta y alzóme el cuello del -gabán:</p> - -<p>—Abrígate bien, por Dios... Haz el favor de no constiparte ahora. -¿Hay ruidito de oídos? Voy á soñar que es verdad lo que te dijo Pepe, -que arrojas sangre por la boca y tienes fiebre...</p> - -<p>Cariñosa y amante me despidió, y yo salí pensativo.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_12"> - <p><span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span></p> - <h2 class="nobreak">XII</h2> - <p class="subh2">Espasmos de aritmética que acaban con cuentas de - amor.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Carrillo mejoró en los días sucesivos. Aquella vida desplomada -se sostenía con un esfuerzo prestado por el espíritu para engañarse -á sí misma y á los demás. Salió de la terrible crisis por tregua de -la muerte, y desde que pudo sentarse puso atención ardiente en las -ocupaciones que tanto le entretenían. Admiraba yo aquel tesón, aquella -esclavitud del deber, que en el heroísmo rayaba, y la indiferencia -con que, pasada la fuerza del mal, miraba Carrillo sus insufribles -martirios. No tenía aprensión ni afán de medicinarse. Figurábaseme -ver en él, á veces, uno de esos hombres de temple superior y escogido -que se desligan de todo lo que pertenece á la carne y sus miserias, -para vivir sólo con interior vida, toda energía y llamas. A los -ocho días atendía á sus múltiples tareas benéficas, sin salir de su -alcoba, con la puntualidad de costumbre, y Eloísa estaba tranquila -en lo concerniente á la enfermedad de su marido, si bien por otros -motivos parecía haber perdido completamente todo sosiego. Una<span -class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span> mañana me la encontré en su -gabinete muy afanosa, con un lapicero en la mano, haciendo números y -fijando alternativamente los ojos en el papel y en el techo, que era un -cielo azul con sus indispensables ninfas en paños menores.</p> - -<p>—¿Estás contando las estrellas? —le pregunté, sospechando lo que en -realidad contaba.</p> - -<p>—No: es que estoy calculando... —replicó algo turbada—. Me vuelvo -loca, y esta pícara cuenta no sale. No te lo quería decir por no -disgustarte; pero me pasan cosas graves.</p> - -<p>Yo me senté, abrumado por el pensamiento de los desastres -aritméticos que Eloísa me iba á revelar. Ella se sentó tan cerca de mí, -que la mitad de su no muy ligera persona gravitaba sobre la otra mitad -de la mía.</p> - -<p>—¿A ver ese papel? —dije, tomándole la mano en que lo mostraba.</p> - -<p>Pero no entendí nada. Era un mosáico de sumas y restas, del cual no -se podía sacar nada en claro.</p> - -<p>—¿Y quién entiende este <i>maremagnum</i>? —indiqué con desabrimiento.</p> - -<p>El dulce peso, como suele decirse, cargó más sobre mí, y la preciosa -boca empezó á chorrear notas terroríficas, mejor diré, conceptos -erizados de cantidades. La oí asustado. Expresábase con timidez, -tendiendo á menguar las cifras, comiéndose algunos ceros, señalando -el remedio antes de mostrar la herida, y respondiendo de antemano á -las exclamaciones severas con que yo la interrumpía. La estimulé á -presentar el problema tal como era, en toda su desnudez abrumadora, -porque desfigurarlo era impedir su solución.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_211">p. 211</span></p> - -<p>—Claridad, completa claridad es lo que quiero —le dije—. Muéstrame -hasta el fondo del cántaro vacío.</p> - -<p>Animada con esto, fué más explícita, y desarrolló á mis ojos el -panorama completo de su situación económica, el cual era para poner -miedo en el ánimo más esforzado.</p> - -<p>Los gastos enormes de los jueves, los de su guardarropa, las -frecuentes compras de cuadros, porcelanas, tapices y baratijas de -arte, y, por otro lado, los dispendios inagotables de Carrillo en -sus obras humanitarias, llevaban la casa velozmente á una completa -ruina. El dinero que habían tomado sobre la hipoteca de la Encomienda -se les había ido en pago de varias facturas de Eguía, y en abonar -los brutales intereses de la cantidad que Eloísa había tomado antes -á un tal Torquemada, que prestaba á las señoras ricas. Después había -necesitado tomar más dinero, más, más. Las rentas, apenas cobradas, se -diluían en el mar inmenso de aquel presupuesto de príncipes... No me -lo quiso decir antes, porque la idea de serme gravosa la aterraba. No -me quería por mi riqueza: me quería por amor, y no le gustaba recibir -dinero de mis manos. Había pensado salir adelante, hacer economías, ir -trampeando; pero la situación se agravaba repentinamente. Tenía que -pagar algunas cuentas considerables... luego la enfermedad de Pepe... -Cerró la oración con oportunas lágrimas, y dejóse caer más sobre mí. Yo -estaba sofocadísimo.</p> - -<p>Poco después le manifesté mi opinión de un modo bastante enérgico. -A sus caricias, á sus ruegos de que no la abandonase en aquel trance, -contesté con retahila de números despiadados.<span class="pagenum" -id="Page_212">p. 212</span> Erame forzoso ser cruel para evitar mayores -males. Yo la sacaría del pantano; pero estableciendo un nuevo plan y -presupuesto rigurosísimo, de modo que no se repitiera el conflicto.</p> - -<p>Aún había tiempo de salvar parte del capital de la casa y de -asegurar el porvenir de Rafael. Lo más urgente era reducir los gastos. -A esto me contestó que por ella no habría inconveniente. Estaba -decidida á vestirse de hábito de la Soledad, como una cursi, si yo lo -creía necesario. ¿Pero cómo privar á Carrillo de lo único que alegraba -sus últimos días, de aquel inocente consuelo de su vida próxima á -concluir? ¿Cómo cercenarle los fondos para la <i>Sociedad de niños</i> -y otras empresas humanitarias, que eran, para la casa, verdaderas -calamidades?</p> - -<p>—No enredes las cosas —le dije—: tus gastos son los que te hunden, -no los de él. Yo haré un presupuesto en que pueda subsistir el -entretenimiento de tu marido... Después, oye bien, se venderán todos -los cuadros de buenas firmas, aunque sea por menos dinero del que han -costado. No será difícil encontrar compradores.</p> - -<p>Eloísa hizo signos afirmativos con la cabeza. Volviendo la vista, -ví sobre la chimenea un rollo de papeles. Eran los planos de la gran -reforma para convertir el patio en salón, con techo de cristales, -escocia de Mélida... Lo agarré con mano colérica y lo hice veinte mil -pedazos.</p> - -<p>—Mira qué pronto se ha hecho la obra —exclamé—: te he regalado cinco -mil duros.</p> - -<p>Ella se echó á reir, y no hablamos más del asunto, porque entró -Raimundo. Fuimos á almorzar, y en la mesa, Eloísa parecía más -tranquila. Raimundo,<span class="pagenum" id="Page_213">p. 213</span> -hablando del completo hundimiento de la casa de Tellería, hubo de -contar cosas muy chuscas, de las cuales se rió mucho su hermana, aunque -á mí me hacían poca gracia. Según dijo mi primo, en los últimos años la -familia se mantenía con lo que Gustavo sacaba de las queridas ricas: -¡abominación! Leopoldito, marqués de Casa-Bojío, estaba también en -las últimas, porque las fortunas cubanas habían bajado á cero. León -Roch había suspendido la pensión que pasaba á Milagros. Esta y el -pobre marqués vivían separados y en la mayor miseria; cada cual dando -sablazos y explotando al pobre que cogían debajo. Don Agustín de Sudre -había dado en la flor de ir á contarle al Rey mismo sus miserias, -logrando algunas veces pingües limosnas. Pero la regia munificencia -se había agotado ya, y... «la semana pasada —concluyó Raimundo— fué -el pobre señor á Palacio con el cuento de siempre. El Rey sacó cinco -duros, y poniéndoselos en la mano, le volvió la espalda. ¡Y luego se -espantan de que haya antidinásticos!»</p> - -<p>Todo aquel día tuve un humor de mil diablos. En el Teatro Real, -oyendo no recuerdo qué ópera, ni por un momento dejé de pensar en -las cuentas de Eloísa. Retiréme á casa antes de que terminara la -función, y me acosté buscando en el sueño lenitivo á la pesadumbre -que me abrumaba. Pero no podía dormir. Entróme fiebre, me zumbaban -horriblemente los oídos, y me tostaba en mi lecho como en una parrilla. -La apreciación de los números despertaba en mí con fiera energía, -proporcionada al largo tiempo de eclipse que había sufrido. En mí -renacía de sú<span class="pagenum" id="Page_214">p. 214</span>bito el -hijo de mi madre, el inglés, que llevaba en su cerebro, desde la cuna, -gérmenes de la cantidad, y los había cultivado más tarde en la práctica -del comercio. Mi padre huía de mí, como en el teatro echa á correr el -diablo cuando se presenta el ángel. Y las benditas cifras, ahogadas -temporalmente por la pasión, se sublevaban, vencían y se posesionaban -de mí con un bullicio, con un jaleo que me tenían como loco. Salté -de la cama á la madrugada, y vistiéndome á prisa, corrí hacia un -mueble <i>secreter</i> que en mi alcoba tengo, y en el cual suelo escribir -cartas. Cogí un papel, empecé á desgastar la fiebre que me devoraba, -sumando y dividiendo. Sí: Eloísa, con haber dicho tanto, no me había -dicho la verdad. Hice el cálculo aproximado de los gastos de la casa -en el invierno último: comidas, coches, criados, extraordinarios. No -resultaba que la casa hubiese consumido el tercio de su capital. Había -consumido más... ¡tal vez la mitad!... Y para apuntalar este edificio -que venía á tierra, ¿qué era preciso hacer?... ¡Ah! guarismos y más -guarismos. La mañana me sorprendió en aquel trabajo calenturiento, -semejante á la faena espantosa de las almas de los negociantes que -vienen á penar á sus desiertos escritorios, y se vuelven á sus tumbas -cuando suena el canto del gallo. Así me volví yo á mi cama.</p> - - -<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span>II</h3> - -<p>Continué por muchos días sintiendo en mí al inglés. Y no se -circunscribía esta fecunda energía materna á la esfera de la economía -doméstica, sino que penetraba impávida en el terreno moral, y allí -me rebullía y alborotaba ordenándome afrontar un cambio de vida, un -rompimiento que resolviera de una vez para siempre todos los problemas -del corazón y de la aritmética. Mas tan tímida era esta energía en lo -moral, que no pudo acallar el tumulto de mi sensual egoísmo. ¡Eloísa -perteneciente á otro! ¡otras manos amasando aquella pasta suave y -amorosa! ¡otro paladar gustándola, y otra boca comiéndosela...! No, -esto no sería, aunque lo pidiese y ordenara con su prosáica voz el -enflaquecido bolsillo. Y de apoyar esta negativa se encargaba mi -perturbada razón con sofismas tomados de aquel falso idealismo que -Raimundo ponía en ridículo con tanta saña. La caballería, ó si se -quiere, la caballerosidad, me vedaba aquel rompimiento. No era delicado -ni decente que yo abandonase, por una mísera cuestión de dinero, á -la que me había dado á mí su vida y su honor. El <i>todo por la dama</i> -se metía en mi alma por la puerta falsa de la sensualidad, y una vez -dentro, hacía un estrépito de mil demonios, echando unas retahilas -calderonianas y volviéndome más loco de lo que estaba. ¡Abandonarla, -cuando tal vez la causa de su ruina era agradarme; cuando su lujo -no era quizás otra cosa que<span class="pagenum" id="Page_216">p. -216</span> el afán de hacerme más envidiable á los demás, y de dorar -y engalanar el trono en que me había puesto! No, ¡<i>todo por la dama</i>! -Ante sus lágrimas, ante la ley que me tenía, superior y anterior á -todas las contingencias, ¿qué significaba un <i>puñado de monedas</i>?</p> - -<p>Verdad que el puñado, después de emborronar mucho papel, resultaba -ser una friolerita así como sesenta mil duros, más bien más que menos. -Era un trago demasiado fuerte para que pasase por el estrecho gaznate -de la caballería; pero al fin pasó. Hice que la traidora me llevase -á casa todos los datos del desastre, todos los papeles, apuntes y -cuentas, y al fin logré poner orden en aquel caos de empréstitos -para pagar intereses, de intereses acumulados al capital, de cuentas -pendientes y facturas no abonadas. Era absolutamente indispensable -quitar de en medio la voraz langosta de prestamistas, que en poco -tiempo habrían devorado todo. Con esto el puñado engrosaba más. ¡Dios -misericordioso! Me salían ochenta mil duros casi en cifra redonda. -¡Oh, con cuánto horror se me representaron entonces las superfluidades -que no podía menos de asociar á la leyenda aquélla de las cuentas de -vidrio! Con el poder de mi mente pulverizaba yo todo el personal de -los jueves famosos: los vestidos renovados tan á menudo; aquel M. -Petit, farsante, ladrón que se embolsaba cada semana tres ó cuatro mil -reales para gastos de comedor; aquel cocinero jefe, á quien se daban -veinte mil reales al mes para el gasto de la plaza; los tres pinches, -los cuatro lacayos... ¡ladrones, asesinos, secuestradores! ¿A qué -cuento venían el portero de es<span class="pagenum" id="Page_217">p. -217</span>trados, la doncella extranjera, la berlina de doble -suspensión y otros mil y mil despilfarros, ya del personal, ya del -material de la casa?... Tarde era ya; mas era tiempo. Degüello general -y adelante.</p> - -<p>Una vez decretado el degüello, quedéme más tranquilo. El pellizco -dado á mi fortuna era un pellizco de padre y muy señor mío; pero aún -me dejaba rico. Todo iría bien si Eloísa entraba con pie resuelto por -la senda de las economías. Eso sí, yo estaba decidido á hacerla entrar -de grado ó por fuerza. Para esto me sentía con ánimos. Por encima de -todo, del amor mismo y de la vanidad, había de estar en lo sucesivo el -arreglo.</p> - -<p>Perplejo estuve durante dos días sin saber qué vendería para salir -del paso. ¿Me desprendería del Amortizable, de las acciones del Banco -de España ó de las <i>Cubas</i>? Mi tío me decía que no me deshiciera del -Amortizable, cuya alza veía segura. Si continuaba en el Ministerio -nuestro amigo y paisano el señor Camacho, veríamos dicho papel á -65. Las acciones del Banco, después del aumento de capital, andaban -alrededor de 270. Mi padre las había comprado á 479. Aun contando -con el dicho aumento, la venta me traía pérdida. Por fin, después de -pensarlo mucho, resolví sacrificar las acciones y las <i>Cubas</i>. Este -papel, según mi tío, iba en camino de valer muy poco, y con el reciente -pánico de la Bolsa de Barcelona, se había iniciado en él un descenso -que sería mayor cada día. Vendí, pues, con pérdida, pues no podía ser -de otra manera. Por aquellos días se estrecharon mis relaciones con -Gonzalo Torres, amigo de mi tío y vecino de toda<span class="pagenum" -id="Page_218">p. 218</span> la familia. Vivía en el tercero de mi casa, -en el cuarto inmediato al de Camila. Era jugador afortunadísimo, y á -menudo me proponía que me asociara á sus operaciones. Hícelo algunas -veces, y siempre con tal éxito, que no me faltaban ganas de tomar más -á pechos aquel negocio, y lo habría hecho seguramente si el amor no -me tuviera preso y como secuestrado, incapaz para todo lo que fuese -extraño á sus ardientes goces.</p> - -<p>El agente de quien Torres y mi tío eran clientes, después que -realizó mi operación de venta de títulos, propúsome la compra de una -casa. Torres también me lo había indicado, pues las condiciones en que -se vendía la finca eran realmente buenas. Procedía de un embargo de -bienes y vendíase judicialmente, con tasación demasiado baja. Hice mis -cuentas y no me pareció mal negocio. Deseaba afincarme, colocando en -sólido una parte de mi capital. Dí órdenes de vender más Amortizable, -y el producto lo dividí en dos partes. Una, ¡ay dolor agudísimo, no -inferior á los del cólico nefrítico!, era el destinado á poner á flote -la concha de Venus, que estaba á punto de naufragar. Con la otra parte -compré la casa, que estaba en la calle de Zurbano y era nueva y bonita. -Me daría una renta de 4 por 100, menos que el papel seguramente; pero -si he de decir verdad, la renta del Estado empezaba á inquietarme -por la inseguridad de las cosas políticas, el malestar de Cuba y la -anunciada operación de crédito del Banco de España, el cual, habiendo -tomado sobre sus hombros la inmensa carga de la colocación de los -nuevos valores, comprometía quizás un poco su porvenir.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_219">p. 219</span></p> - -<p>El año 83 hallóme, pues, con una merma considerable en mi fortuna -y con cierta tendencia á trocar la condición de rentista por la de -propietario. Mi cuenta corriente no me recordaba, ni con mucho, -el apólogo de las vacas gordas, pues tanto la ordeñé, que hubo de -terminar el año en los puros huesos. No sólo contribuyeron á esto mis -frecuentes regalos á Eloísa, en cachivaches ó joyas, y la pasión que le -entró por coleccionar <i>ojos de gato</i> de todos los matices, sino otras -obligaciones enfadosas de que no pude librarme. Entre éstas, no fué -la menos cargante el padrinazgo del chiquillo de Camila. Habiéndome -brindado á ser su compadre, cuando lo del embarazo me parecía ridícula -farsa, la muy loca se dió prisa á cogerme por la palabra, y allá por -Octubre del 82, como he dicho, descolgóse con un ternero, á quien todos -celebraron por robusto y bonito, pero que á mí me pareció dechado -perfecto de la fealdad de los Miquis. Le tuve en la pila bautismal -mientras el cura le lavaba la mancha que traía por el pecado de -nuestros primeros padres, y después, como padrino generoso, tuve que -darme yo un lavatorio de bolsillo, cuyo postrer chorretazo vino á fin -de año con las cuentas de Capdeville. En verdad, no me pesaron estos -derrames, porque los señores de Miquis no nadaban en la abundancia, -y ganaban mis afectos por el recogimiento en que vivían. Al chico le -pusimos de nombre Alejandro, por un hermano de Constantino que había -muerto en Madrid algunos años antes.</p> - -<p>Sigamos. El día en que ultimé el arreglo de la deuda de mi prima, -ésta se presentó en mi casa<span class="pagenum" id="Page_220">p. -220</span> á las once de la mañana. Ya habían sido pagadas las cuentas; -habíanse recogido los pagarés que estaban en poder de Torquemada. -Sólo faltaban algunas menudencias para las cuales destiné cierta suma -que recogería la propia Eloísa. La cantidad aguardaba sobre la mesa -en un paquete de billetes pequeños, y junto á la misma mesa estaba -yo, algo fatigado de tanto sumar y restar, aunque sin otra molestia, -gracias á Dios. Aún tenía en la mano la pluma, plectro infeliz de aquel -poema de garabatos, cuando Eloísa llegó á mí pasito á pasito por la -espalda, echóme los brazos al cuello, cruzó sus manos sobre mi corbata, -oprimiéndome la garganta hasta cortarme la respiración, alborotándome -el pelo y echándome atrás la cabeza para lavarme la frente con -sus labios húmedos; á todas éstas riendo, diciendo mil tonterías, -llenándome de saliva los párpados y las mejillas, y vertiendo en mi -oído un filtro, un veneno de palabras cariñosas, que después, por -maldita ley física, se había de convertir en zumbidos insoportables.</p> - -<p>Dejé la pluma y me volví hacia ella. Nunca la ví vestida con más -sencillez y al mismo tiempo con más elegancia. Venía en traje matutino, -y traía en la mano el libro de misa. Era domingo, y antes de ir á -mi casa había entrado en las Calatravas. Sin duda prevalecían en su -espíritu las ideas religiosas, porque me dijo que yo era un ángel, y -diciéndolo, arrojó sobre mi mesa el libro con tapas de nácar.</p> - -<p>—¿Qué mujer no haría locuras por tí? —añadió luego—. Por tí, no digo -locuras, sino verdaderas diabluras haría yo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span></p> - -<p>Ya me disponía á hablarle del contrato bilateral que habíamos -celebrado, cuando ella, adelantándose á mi pensamiento con zalamera -iniciativa y flexibilidad, me dijo:</p> - -<p>—No, no tienes que predicarme. Ya lo sé, ya tengo la lección bien -aprendida. Seré arreglada, económica; cambiaré de costumbres; haré -desmoches espantosos, pero espantosos... En mí se ha verificado estos -días una mudanza tal, que no me conozco. Tendrás que reñirme por las -muchas vueltas que he de dar á un duro antes de cambiarlo. Te has de -enfadar conmigo por los excesos, por las barbaridades que he de hacer -en esto del gastar poco.</p> - -<p>—Por Dios —indiqué asustado—, nada de celo excesivo.</p> - -<p>—Déjame á mí. Tú me has abierto los ojos con tu talento de -comerciante, y luego me has salvado con tu generosidad. Sería indigna -de mirarte á la cara si no tuviera estos propósitos que tengo. ¡Si digo -que te has de asustar cuando me veas hecha una pobre cursi, defendiendo -el ochavo y apartada de todas esas farándulas que me han sido tan -agradables y que han estado á punto de perderme...!</p> - -<p>Tanto entusiasmo me alarmaba.</p> - -<p>—No creas —prosiguió—, también hay algo de sacrificio; pero estos -sacrificios y aun otros mayores, se hacen con gusto, cuando median... -lo mucho que te quiero y el porvenir de mi hijo... Verás, verás.</p> - -<p>Y contando por los dedos, hizo un bosquejo de las estupendas -economías que había de realizar.</p> - -<p>—Fuera los jueves. Que cada cual vaya á comer<span class="pagenum" -id="Page_222">p. 222</span> á su casa... Fuera M. Petit, fuera el jefe -de cocina, que son capaces de tragarse el presupuesto de una nación... -Fuera todos los criados, á quienes he estado dando doce duros y dos -trajes... Abajo el portero de estrados, que no sirve más que para -enamorar á las doncellas... Abajo la doncella-costurera... Las cocheras -y cuadras quedan en la cuarta parte... El ramo de vestidos y novedades -suprimido por ahora... Vendo todos los zafiros, todos... Vendo la -<i xml:lang="fr" lang="fr">rivière</i>, los cuadros de Sala y Domingo, -el de Nittis, el Morelli, los cuatro grandes tapices, etc., etc... -Liquidación de arte... Y para concluir, reduciré á su mínima expresión -las beneficencias de mi marido, y haré por que se suprima la <i>Sociedad -de niños</i>...</p> - -<p>—¡Alto allá! —dije yo, lastimado de ver cómo hería con su furibunda -hacha económica la rama más sagrada del árbol de sus gastos—. Eso me -parece una crueldad. Extremas mucho el programa. Al pobre Carrillo -le quedan pocos días de vida, y es una infamia que se los amarguemos -privándole de un entretenimiento que, por otra parte, es tan meritorio. -Le anticiparíamos la muerte, le asesinaríamos. Señora, yo defiendo -ese capítulo del antiguo presupuesto. Mis remordimientos votan porque -subsista, y aun me atrevo á suponer que los de usted harán lo mismo.</p> - -<p>Dije esto entre bromas y veras, y ella, comprendiendo mi delicadeza -y asimilándosela, alabó muchísimo lo que acababa de oir y contribuyó al -triunfo de mi enmienda, no tanto con el voto de sus remordimientos como -con el de sus caricias.</p> - - -<h3 title="III"><span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span>III</h3> - -<p>Empezó á dar vueltas por mi cuarto como si estuviera en su casa, -quitóse el manto y la cachemira y los tiró sobre el sofá. Luego, viendo -que allí no estaban bien, pasó á mi alcoba para ponerlos sobre la cama. -Se miró al espejo, y llevándose ambas manos á la cabeza, hizo un ligero -arreglo de su peinado. Después volvió hacia mí.</p> - -<p>—¿Y cómo está hoy Pepe? —le pregunté.</p> - -<p>—Está muy animadito —replicó—. Tiene compañía para todo el día. No -pienso volver hoy por allá. ¿Y tú?</p> - -<p>Díjele que no tenía ganas de salir.</p> - -<p>—Pues te acompañaré. Mando un recado á casa diciendo que almuerzo -con mamá. ¿Pero vas á tener visitas de amigos? Entonces, señor mío, que -usted se divierta... Lo mejor será que no recibas hoy á nadie.</p> - -<p>Anticipándose á mis deseos y á mi pereza, llamó á mi criado y le dió -órdenes. Yo no estaba en casa. El señorito no recibía á nadie... ni al -lucero del alba. Corriendo otra vez hacia mí, me dijo:</p> - -<p>—¡Oh, si esto fuera París, qué buen día de campo pasaríamos juntos, -solos, libres!... ¿Pero á dónde iríamos en Madrid? ¡Si aquí se pudiera -guardar el incógnito!... Créelo, tengo un capricho, un antojo de mujer -pobre y humilde. Me gustaría que tú y yo pudiéramos ir solitos, de -incógnito, de riguroso <i>inepto</i>, como dijo el del cuento, al Puente -de Vallecas, y ponernos á re<span class="pagenum" id="Page_224">p. -224</span>tozar allí con las criadas y los artilleros, almorzando en un -merendero y dando muchas vueltas en el Tío Vivo, muchas vueltas, muchas -vueltas...</p> - -<p>—No des tantas vueltas, que me mareo. Si quieres ir, por mí no hay -inconveniente. Mira, almorzaremos aquí. Da tus órdenes á Juliana... -Después, más tarde, á las cuatro ó cuatro y media, nos iremos en mi -coche á un teatro popular, á Madrid ó á Novedades: tomaremos un palco y -veremos representar un disparatón...</p> - -<p>—Sí, sí —gritó, dando palmadas con júbilo infantil—. ¡Y cómo me -gustan á mí los disparatones! Echarán <i>Candelas</i>, ó quizá <i>El Terremoto -de la Martinica</i>.</p> - -<p>—O <i>El Pastor de Florencia</i>, ó <i>Los Perros del Monte de San -Bernardo</i>.</p> - -<p>Echó á correr hacia lo interior de la casa para hablar con Juliana y -darle órdenes referentes á nuestro almuerzo. Después subió al principal -para dar un vistazo á su mamá y mandar desde allí el recado á su -marido. Al volver á mi lado, encontróme de un humor alegre, dispuesto -á saborear las delicias de un día de libertad. Repetí á mi criado las -órdenes. No estaba en casa absolutamente para nadie, ni para el <i -xml:lang="la" lang="la">Sursum corda</i>... Felizmente, mi tío y Raimundo, -con quien no rezaban nunca estas pragmáticas, estaban aquel día fuera -de Madrid en una partida de caza.</p> - -<p>Almorzamos. Híceme la ilusión de estar en París y en un hotel. -Nadie nos turbaba. De la puerta afuera estaba la sociedad ignorante -de nuestras fechorías. Nosotros, de puertas adentro, nos creíamos -seguros de su fiscalización, y<span class="pagenum" id="Page_225">p. -225</span> veíamos en la débil pared de la casa una muralla chinesca -que nos garantizaba la independencia. ¡Con qué desprecio oíamos, desde -mi gabinete, el rumor del tranvía, las voces de personas y el rodar -de coches! Y más tarde, cuando la turba dominguera se posesionó de la -acera de Recoletos, nos divertimos arrojando sobre aquella considerable -porción del mundo que nos parecía cursi, frases de burla y de desdén. -¡Valiente cuidado nos daba que toda aquella gente viniera á rondarnos! -Lo que hacía la sociedad con aquel ruido de pasos, voces y ruedas era -arrullarnos en nuestro nido.</p> - -<p>Y atisbando detrás de la persiana de madera, veíamos pasar á -muchos conocidos. Algunos iban por la acera de enfrente. Por la de -mi casa vimos grupos de amigos: el general Morla, el <i>Saca-mantecas</i> -y Jacinto Villalonga, que andaban á buen paso y no pararían hasta el -Hipódromo.</p> - -<p>—Mira <i>la ordinaria de Medina</i> —me dijo Eloísa, llamándome la -atención hacia su hermana, que pasó con su marido—. ¡Qué gorda se está -poniendo! Han dejado el carruaje en la casa de Murga, y no podrá ir más -allá de la Biblioteca.</p> - -<p>Vimos también á Pepito Trastamara en un cochecillo que parecía una -araña, y él era otra araña. Fuera de los caballos, que tenían aire de -nobleza, y del lacayo, que era un hombre, todo lo demás era risible, -grotesco. Chapa apareció en el coche de Casa-Bojío, y Severiano á -caballo. Poco antes había pasado su señora, que era legalmente señora -de otro. ¡Qué lejos estaban todos de sospechar que les mirábamos desde -aquella escondida atalaya, que nos reíamos<span class="pagenum" -id="Page_226">p. 226</span> de ellos y que les compadecíamos por no ser -libres y felices como lo éramos nosotros!</p> - -<p>La idea de ir al teatro perdió terreno. La pereza nos clavaba en -donde estábamos. Mejor estaríamos allí que viendo los disparatones de -los teatros populares. ¿Qué disparatón más grato y entretenido que el -nuestro? El tiempo y nuestra languidez nos mecían y nos engañaban, -dándonos nociones muy obscuras acerca de la duración de aquellos -diálogos vivos ó de los ratos de sopor que les seguían.</p> - -<p>En medio de tanta indolencia, una idea me inquietaba de vez en -cuando, haciendo correr por mi cuerpo vibraciones nerviosas. Era la -idea de que el buen rato que yo pasaba, lo pudiera pasar otra persona; -pues aquel ramillete de gracias que me deleitaba era más hermoso cada -año, y con su creciente lozanía indicábame que resistiría sin ajarse -las caricias de muchas manos. El mismo derecho que yo tuve teníanlo -otros. Todo estaba en que ella quisiese dejarse coger. Aunque ya -no me sentía tan entusiasmado como al principio, la idea de que no -fuese exclusiva para mí y sagrada para los demás, helábame la sangre. -Pero ya, ya lo sería, porque en un plazo que pudiera ser breve nos -casaríamos y... ¿Y si después, cuando estuviese bien pertrechado -de derechos, algún mortal, tan afortunado como yo lo era entonces, -me robaba lo que yo robaba?... ¡Ah, buen cuidado tendría yo!... -¿Para qué servían la energía y la autoridad?... Estos recelos no se -calmaban ni aun con el juramento, dado entre mil ternezas y tonterías, -de una lealtad á prueba del tiempo, de una<span class="pagenum" -id="Page_227">p. 227</span> fidelidad que rayaba en el romanticismo -pedantesco por su elevación sobre todas las cosas humanas. Nuestro -cuchicheo variaba de asunto y de tono. No tratábamos de cosas -exclusivamente ideales y voluptuosas. La viva imaginación de Eloísa -trajo al altar de Cupido expresiones que no encajaban bien entre las -medias palabras del amor, y prosaísmos que no se entreveraban bien con -las rosas; pero todo cuanto venía de ella, si bien no ahondaba ya tanto -en mi corazón, me entretenía, me seducía, me deleitaba.</p> - -<p>—Si tú quisieras —me dijo, después de un largo silencio—, lograrías -ser mucho más rico de lo que eres. Con el capital que tienes y tu -experiencia de los negocios, podrías, trabajando... Quiero decir, -que aquí el que no dobla el capital en pocos años, es porque no -quiere. Fúcar me lo ha dicho. ¿Te ríes? ¿Me preguntas el secreto? No -es secreto: demasiado lo sabes. El inconveniente que hay ahora es -que el Tesoro está desahogado y no hace ya empréstitos. Durante la -guerra, Fúcar y otros como él triplicaron su fortuna en un par de -años. No te rías, no abras esa bocaza. Yo siento en mí arrebatos de -genio financiero. Me parece que sería un Pereire, un Salamanca si -me dejaran... Vamos á ver, ¿por qué tú, que tienes dinero y sabes -manejarlo, no vas á la Bolsa á hacer <i>dobles</i>? ¿Por qué no te haces -amigo, muy amigo de los ministros, para ver si cae un empréstito de -Cuba, ya que en la Península no se hacen ahora? Conque el ministro de -Ultramar te encargara de hacer la suscripción, dándote el 1 por 100 de -comisión, ó siquiera el medio, ganarías una millonada. De este modo ha -ganado<span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span> Sánchez Botín -muchos cuartos... lo sé... me lo contó Fúcar. Dí que eres un perezoso, -que no quieres molestarte. Eres diputado y no sabes sacar partido de -tu posición. ¿Por qué no te quedas con una línea de ferrocarril, la -construyes y después la traspasas á algún primo que cargue con la -explotación? Te admiras de lo que sé. Qué quieres... me gustan estas -cosas. Fúcar me habla galanterías, y yo le digo que la mejor flor con -que me puede obsequiar es contarme cositas de éstas y decirme cómo -se hacen los negocios. Si tú tuvieras empeño en ello, Fúcar te daría -participación en sus contratas de tabaco. ¡Lástima que no hubiera -guerra civil!, pues si la hubiera, ó te hacías contratista de víveres ó -perdíamos las amistades.</p> - -<p>Cuando tan repentinamente saltó Eloísa con aquella perorata, -quedéme perplejo, absorto, dudando de lo que oía; pero pasada la -primera impresión, me eché á reir, sí: me reía con toda mi alma, no -comprendiendo aún la gravedad que entrañaba aquel insano entusiasmo por -cosas tan contrarias á la condición espiritual de la mujer. Mirábalo -yo como una gracia más, como un hechizo nuevo, hijo de la moda. Lejos -de asustarme, mi ceguera era tal, que me reía viendo los incipientes -resoplidos del volcán en cuyo cráter dormía yo tan descuidado.</p> - -<p>—¡Ah! esto de las contratas es mi fuerte —proseguía ella con -vehemencia humorística—. Fúcar me ha contado cosas que pasman. -Pregúntale á Cristóbal Medina lo que hacía su padre. Pues muy sencillo. -Como el Gobierno no tenía medios de transporte, el maragato se iba al -Ministerio<span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span> de la -Guerra y decía: «Yo pongo á disposición del Gobierno dos mil carros, en -tanto tiempo, á razón de tanto.» Luego no ponía más que mil quinientos, -y cuando se moría una mula vieja, ó veinte ó doscientas (y no valía -cada una diez duros), el veterinario certificaba... «mula de primera», -lo que quiere decir cuatro mil reales por cadáver de mula. Después la -Administración militar liquidaba, y allá te van millones... Si digo que -tú eres simple. Yo, á ser tú, me daría mis trazas para saber cuándo -iba á subir el Amortizable y... ¡á comprar se ha dicho! Si yo pudiera -seguir en mi tren de antes, invitaría al ministro de Hacienda, á todos -los ministros, y les embobaría con cuatro palabras amables, y me haría -dueña de todos los secretos de la alta banca... ¿Y quién te dice, bobo, -que no podrías tú correr con el pago del cupón en Londres, negociando -letras?... También se procuraría que el Gobierno comprara acorazados -para que tú, como quien hace un favor, te encargaras de hacer los -pagos... Porque sí, hay que fomentar nuestra marina de guerra. O si no, -búscate comisiones en Fomento. ¿Con qué crees que ha pagado Villalonga -sus trampas sino con lo que va sacando de las compras de máquinas en -Inglaterra? ¡Oh! yo sé mucho... Esa isla de Cuba es todavía, aun de -capa caída como está, una verdadera mina que no se explota bien. ¡Ah! -se me ocurre ahora que lo que debe hacer España es venderla. Y mira, -nadie mejor que tú se podría encargar de las negociaciones en los -Estados Unidos, en Alemania ó en el Infierno. Conque te dieran el medio -por ciento de corretaje...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_230">p. 230</span></p> - -<p>Estaba yo tan alucinado, que tomaba estas cosas por jovialidades sin -substancia... Con tales tonterías se pasaba el tiempo, y por fin la -adusta hora de la separación llegó. Hubo parodias grotescas de <i>Romeo y -Julieta</i>.</p> - -<p>—Esa claridad mortecina no es, como dices, la del gas, sino la del -crepúsculo. El cielo, teñido de rojo, celebra con siniestro esplendor -las exequias del día. Es la <i>pseudo aurora</i> que este año da tanto que -hablar á la gente supersticiosa...</p> - -<p>—No: es el gas, el gas. Ya el mensajero de la noche, corriendo de -farol en farol con un palo en la mano, va colgando luces en las ramas -de los árboles...</p> - -<p>—Te digo que es la tarde...</p> - -<p>—Te digo que es la noche...</p> - -<p>—Un rato más...</p> - -<p>—¡Horror de los horrores: las siete!</p> - -<p>La ví disponerse á prisa, arreglarse el cabello ante el espejo. Su -coche había venido á buscarla. Más tarde nos volveríamos á ver en su -casa. Aunque parezca extraño y en contraposición á todas las leyes del -sentimentalismo, yo deseaba ya que me dejase solo, pues me entraba -súbitamente un tedio, un cansancio contra los cuales nada podía lo poco -espiritual que en mí iba quedando.</p> - -<p>—Abur, abur: ¡qué tarde!...</p> - -<p>—¡Que se te olvida el libro de misa!</p> - -<p>—¡Qué cabeza! No faltes esta noche. Hablaremos de negocios... El -mejor negocio es ser pobre, no tener nada, no esperar nada. Déjame que -me mire otra vez. ¿Qué tal cara tengo?...</p> - -<p>—Así, así...</p> - -<p>—Abur, abur. ¡Ay! que se me traba la cachemira en la silla. Parece -que los muebles me retienen y no quieren dejarme salir. Pillo, no -faltes. Si no vas, te sacaré los ojos... Pues he de mirarme otra -vez. Se me figu<span class="pagenum" id="Page_231">p. 231</span>ra -que llevo escrito en mi cara... Jesús, ¡qué tarde es!... ¿Y el otro -guante?...</p> - -<p>—Aquí está, sobre la silla...</p> - -<p>—¡Ah! mira, me llevaba tu pañuelo... El cuerpo del delito. ¡Cómo nos -delatamos los grandes criminales! Merezco la horca. Bueno, me colgaré -de tu cuello, así... ¿A que no me levantas? No puedes, no tienes -fuerza. Abur, abur: tengo un hambre atroz. En cuanto llegue á casa, me -haré servir la comida... Caballero...</p> - -<p>—Señora...</p> - -<p>—Encantada de conocer á usted... Me parece usted algo tímido. No se -decide...</p> - -<p>—Señora, usted se me antoja una sílfide, un hada sin consistencia -corpórea, sin realidad física...</p> - -<p>—¡Burlón! otro abrazo. Tu amor ó la muerte... Que te espero...</p> - -<p>—¡Eh! sinvergüenza, no pellizques.</p> - -<p>—Te dejo ese cardenal para que te acuerdes de mí cuando mires á -otra. Al fin me voy. ¿Por qué no vienes conmigo?...</p> - -<p>—Tengo que vestirme...</p> - -<p>—Si parece que has salido de un hospital... ¿Qué tal? ¿Estás -malito?...</p> - -<p>—Abur, abur... Largo de aquí...</p> - -<p>—Feo, apunte, mamarracho, adiós.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_13"> - <p><span class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span></p> - <h2 class="nobreak">XIII</h2> - <p class="subh2">Ventajas de vivir en casa propia. — La noche - terrible.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Considerando que era una tontería vivir en casa alquilada teniéndola -propia, arreglé el principal de mi finca, y me mudé á él. No me -disgustaba alejarme del domicilio de mi señor tío, porque la familia -empezaba á serme gravosa en una ú otra forma. Aunque Raimundo volvió á -dormir en casa de sus padres, en realidad no me despedí de él, porque -por mañana y noche le tenía á mi lado. Era una adherencia sistemática, -lealtad canina que á veces me causaba molestias. Cuando la manía del -reblandecimiento no le permitía pronunciar la <i>tr</i>, se ponía el tal -primo fastidioso, y era más pegadizo que en tiempos normales. Si estaba -yo lavándome, él allí, describiendo con lúgubre tono los síntomas de su -mal. Si almorzaba, él enfrente, bien participando del almuerzo, bien -amenizándolo con un comentario de las palpitaciones cardiacas ó de las -sensaciones reflejas, todo ello en forma y estilo de <i xml:lang="la" -lang="la">Dies iræ</i> y con una cara patibularia que daba compasión. Si -estaba yo en mi gabinete escribiendo cartas, él<span class="pagenum" -id="Page_234">p. 234</span> allí, arrojado sobre el sofá, como un perro -vigilante y amigo, callado hasta que yo le decía algo. Si le encargaba -algún pequeño trabajo, como copiarme una minuta, sumarme varias -partidas, cortarme cupones y sacar nota de ellos, lo hacía venciendo -su indolencia, dando á entender que el gusto de complacerme podía más -que su enfermedad. Estas crisis de languidez solían parar en raptos -espasmódicos. No sólo pronunciaba entonces con facilidad y rapidez -el condenado ejercicio que le servía de gimnasia vocal, sino que su -lenguaje todo era febril y de carretilla, cortado de trecho en trecho -por pausas, en las cuales se quedaba el oyente más atento, esperando lo -que había de venir después. Tales son las pausas que hace el ruido del -viento en una mala noche. Durante ellas la expectación del ruido nos -molesta más que el ruido mismo.</p> - -<p>En semejante estado, la calenturienta habladuría de mi primo se -refería siempre á cuestiones de dinero. Sin duda, éste se había -condensado en el cerebro del pobre Raimundo, constituyendo su idea -fija, que al mismo tiempo le espoleaba y atormentaba. Sus temas eran -éstos: ¡si en Madrid se gasta más dinero del que existe; si la sociedad -matritense está en perpetuo déficit, en perpetua bancarrota; si no se -verifica una transacción grande ó pequeña, desde el gran negocio de -Bolsa á la insignificante compra en una tiendecilla, sin que en dicha -transacción haya alguien que sea chasqueado...! Le ocurrían cosas -bastante originales en la forma, otras muy extravagantes, pero que -escondían algo de verdad.</p> - -<p>—Sostengo —decía— que no existen, contantes y sonan<span -class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>tes, más que veinte mil -reales. Cuando uno los tiene, los demás están á cero. Pasan de mano -en mano haciendo felices sucesivamente á éste, al otro, al de más -allá. Lo que llaman <i>un buen año</i>, es aquél en que los tales mil duros -corren, corren, enriqueciendo momentáneamente á una larguísima serie -de personas. Cuando se habla de paralización, de crisis metálica; -cuando los tenderos se quejan y los industriales chillan y los -bolsistas murmuran y los banqueros trinan, es que los milagrosos -mil duros corren poco, estando mucho tiempo en una sola caja. La -sociedad entonces se pone de mal humor. Lo bonito es verles andar -de una parte á otra, despertando el contento general. Creeríase que -es el gracioso juego del <i>corre, corre, vivito te lo doy</i>. Viendo -pasar por sus dedos el talismán, se creen dichosos, y lo son por un -momento, el empleado, el tendero, el almacenista, el banquero, el -agente de Bolsa, el prestamista, el propietario, el contratista, el -habilitado, el casero. La piedra filosofal, por correrlo todo, hállase -también en las manos del jugador; pasa rozando por los dedos de la -entretenida; sube á las grandes casas de negocios; baja á las arcas -apolilladas del usurero; taladra las cajas del regimiento; se mete -en la Delegación de Contribuciones; sale bramando para ir al Tesoro; -la arrebata de cien manos una; va á ser el encanto de la noche de -festín; vuelve al comercio menudo, donde parece que se subdivide -para juntarse al momento; la agarra otra vez la usura; la coge el -propietario hipotecando una finca; vuelve á la Bolsa; la gana un -afortunado bajista; la pierde por la noche á la ruleta un sietemesino; -va á<span class="pagenum" id="Page_236">p. 236</span> parar luego á un -contratista; le echa el guante uno que suministra postes de telégrafos -ó cajas para tabacos; va de sopetón á servir de fianza en la Caja de -Depósitos; la envían rápidamente de aquí para allí como una pelota las -distintas oficinas del Estado; corre, gira, pasa, rueda, y en este -movimiento infinito va haciendo ricos á los que la poseen. ¡Venturosos -los que, siquiera por un momento, se jactan de echarle el guante!... -Ahora bien, queridísimo primo: pues los hechos han querido que en el -actual minuto histórico la consabida pelota esté en tus manos, haz el -favor de compartir conmigo tu felicidad prestándome dos mil reales.</p> - -<p>Así concluían siempre sus humoradas económicas. Mientras viví en -Recoletos, estos sablazos de familia se repetían mensualmente, y -la verdad, yo los llevaba con paciencia y sin contrariedad grave. -Mi buen primo no tenía más que su mezquino sueldo y alguna cosilla -que su padre le daba. Yo era rico, y poco perdía, relativamente á -mi fortuna, con los ataques de aquella divertida mendicidad. La -compasión, el parentesco, la admiración del ingenio de Raimundo, -obraban en mí para determinar mi liberalidad. Gozaba en su júbilo al -tomar el dinero, y me parecía que echaba combustible á su temperamento -para encenderlo y verle despedir las chispas de gracia con que me -divertía tanto. ¡Pobre Raimundo! si á él le denigraban sus sablazos, -en mí eran medio indirecto de gratificar al bufón de mi opulencia, de -pagarle la tertulia que me hacía y las adulaciones con que halagaba mi -vanidad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_237">p. 237</span></p> - -<p>Pero las cosas cambiaron. Cuando me fuí á vivir á mi casa de la -calle de Zurbano, llevé conmigo, por razones que se comprenderán -fácilmente, la idea de mirar mucho el dinero que salía de mi caja. Ya -los golpes duros de aquel compañero de mis horas tristes empezaban á -dolerme. Aquélla fué la primera vez que Raimundo, al pedirme limosna, -no vió la indulgencia y la generosidad pintadas en mi semblante.</p> - -<p>—Toma mil reales —le dije arrojándoselos desde lejos—; lárgate -á la calle con viento fresco, y tarda todo el tiempo que puedas en -gastarlos.</p> - -<p>Generalmente, la recepción de las sumas que me pedía obraba con -maravilloso poder terapéutico sobre la raquis de aquel hombre infeliz, -porque su languidez cesaba al instante, su palabra era más expedita -y clara, resplandecían sus ojos; en fin, era otro hombre. No tardaba -en tomar calle, y por lo común, al día del sablazo sucedían mañanas -y tardes en que no parecía por mi casa. Estos eclipses me gustaban, -aunque no eran baratos. Poco á poco se iba gastando la virtud -medicatriz de mi bálsamo, y el hombre volvía á desmayar y á decaer como -planta de tiesto á la que se le va secando la tierra; la lengua se le -entorpecía, el temblor nervioso le hacía parecer tocado de idiotismo, -hasta que su crisis tenía nuevamente alivio y término en otra sangría -de mi bolsillo. Contra lo que manda la ciencia, el enfermo era la -sanguijuela y el médico se la ponía.</p> - -<p>Francamente, en aquellos días empezaron mis hombros á sentirse -cansados bajo el peso de mi familia. Una mañana estaba yo -vistiéndome,<span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span> cuando -entró el portero muy afanado y me dijo que la señorita Camila se estaba -mudando al cuarto tercero de la derecha, el único que no se había -alquilado todavía. Ni mi prima me había dicho una palabra acerca de -tomar el cuarto, ni había cumplido ante el portero, que me representaba -para aquel caso, ninguna de las formalidades que la ley y la costumbre -establecen para ocupar una casa ajena.</p> - -<p>—No me he atrevido á decirle nada —manifestó el portero, -sofocadísimo—. Arriba está colocando los muebles con una bulla de cien -mil demonios, y en el portal han parado dos carros de mudanza. Yo -hice presente á la señorita que el señor no había dicho nada, ni se -ha hecho contrato, y me respondió que me fuera enhoramala, que ella -se entendería con el señor y... que yo no soy nadie. Conque vengo á -ver...</p> - -<p>No quise tomar una determinación ruidosa, y dejé que mi prima -ocupase el cuarto, resuelto á cantar muy claro al feo de Miquis las -obligaciones que contraía por el hecho de ocupar mi propiedad. Más -tarde se personó en mi presencia la propia Camila, y me dijo:</p> - -<p>—Perdona, primito, <i>comparito</i>, que hayamos tomado tu casa por -asalto. La ví ayer tarde, y me gustó tanto que no he querido que pasase -el día de hoy sin estar en ella. No creas, te pagaremos religiosamente, -te daremos dos meses en fianza. ¿No bajas nada de los siete mil? En -fin, por ser compadre, te daremos seis mil quinientos, y no resuelles, -porque será peor. Te pagaremos cuando tengamos dinero, que ojalá sea -pronto... Y calla, hombre, calla: ya sé lo que me vas á decir.<span -class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> Tienes razón, esto es un -abuso; pero por algo somos compadres. Nosotros los Buenos de Guzmán -tenemos así este genio pronto. Me voy, que tengo que dar una mamada -á mi cachorro. ¡Ah! nuestra casa está á tu disposición. Puedes subir -cuando quieras y nos acompañaremos mutuamente. Estás muy solito, y te -aburrirás en este caserón. Nosotros no salimos, no vamos á ninguna -parte. Estoy consagrada á darte un ahijado gordo y rollizo. Sube y lo -verás.</p> - -<p>Subí aquella tarde. Camila, sin reparo alguno, sacó el pecho en -mi presencia y se puso á dar de mamar al inocente. Mi ahijado no era -bonito, ni robusto, ni sano. Cuando no tenía el pezón en la boca, -estaba consagrado exclusivamente á la ejecución de un interminable -solo de clarinete que atronaba la casa. En ésta no se podía dar un -paso. Ningún mueble estaba aún en su sitio, y el gañán de Constantino -no hacía más que clavar clavos por todas partes, rasgándome el papel, -descascarándome el estuco, y dando tanto porrazo, que parecía haberse -propuesto destrozarme todos los tabiques.</p> - -<p>—La casa me gusta —díjome Camila obligándome á sentarme en una -silla á su lado, después que me acercó á los labios la carátula roja -de su feo muñeco para que la besase—, me gusta mucho; pero tiene -grandes defectos, sí; defectos que me harás el favor de corregir -inmediatamente.</p> - -<p>—Conque inmediatamente... ¡qué ejecutivo está el tiempo!</p> - -<p>—Chitito, callando, y obedecer. Mira que tengo malas pulgas... -Pues sí, es preciso que mandes acá tus albañiles mañana mismo. -Necesito<span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span> que me abras -una puerta de comunicación en este tabique que está á mi espalda. -No sé en qué estaba pensando el arquitecto cuando trazó la casa. No -se les ocurre á esos tipos que todas las habitaciones de una crujía -deben estar comunicadas. Necesito, además, que des luz al cuarto de la -muchacha, bien por el patio, bien por la cocina, poniendo una vidriera -alta, ¿entiendes? Fíjate bien; parece que no haces caso de lo que se te -dice... Otra cosa: es preciso que me pongas una cañería desde el grifo -de la cocina al cuarto del baño, para llenar cómodamente la tina. Y de -paso me abrirán otra puerta de comunicación entre dicho cuartito del -baño y el comedor. Harás que me pongan campanillas en todas las piezas, -pues sólo dos las tienen, y en la sala quiero chimenea. Voy á hacer de -la sala gabinete, y aunque yo no tengo frío, las visitas... ya ves. Voy -á dar <i>tés danzantes</i>.</p> - -<p>—Dí de una vez que mande construir de nuevo la finca —repuse tomando -á broma sus reformas.</p> - -<p>—No te hagas el tontito. ¡Ah! desde que eres casero te has vuelto -tacaño, antipático... Ya no eres el caballero de antes; ya no piensas -más que en sacarle el jugo al pobre... Pues mira, tú te lo pierdes. Si -no haces las obras que te he dicho, nos mudaremos y se te quedará el -cuarto vacío. Conque á ver qué te conviene más.</p> - -<p>Iba á contestarle que prefería el vacío á un inquilinato tan -exigente y que tenía todas las trazas de ser improductivo; pero -en aquel instante mi ahijado, dejando el pecho de su madre, me -miró ¡pobrecillo! con una singular expresión<span class="pagenum" -id="Page_241">p. 241</span> de súplica. Parecía que impetraba mi -indulgencia en pro de sus estrafalarios y míseros papás. Aquel infeliz -niño, tan gordinflón que parecía hinchado, me inspiraba mucha lástima. -Con su debilidad, con su inocencia y con aquel modo de mirar, atento -y pasmado, ganaba mi voluntad, reconciliándome con mis inquilinos. En -Camila me interesaba la solicitud con que se desvivía por el cuidado -y la crianza de su hijo, sin hacer caso de nada que no fuera este -fin alto y noble, alejada de la sociedad y de las diversiones. Por -esta exaltación del sentimiento materno, que en ella surgía con los -caracteres de una virtud sólida, le perdonaba yo sus desfachateces -y tonterías, la falta de recato y formalidad que siempre era lo más -distintivo y visible de su extraño carácter. Pero me quedaba la duda -de que el sentimiento materno fuera también caprichoso como todas las -vehemencias maniáticas que sucesivamente privaban en su espíritu. El -tiempo me diría si aquello, que parecía mérito muy grande, resultaría -después, como sus acciones todas, un entusiasmo efímero. Por fin, -después de reirme mucho, contesté con un «veremos» á las peticiones de -reforma en la casa.</p> - -<p>¡Cuál no sería mi sorpresa dos días después, cuando Constantino, -entrando inopinadamente en mi despacho, me puso en la mano el importe -de un mes adelantado y dos meses de fianza!</p> - -<p>—Dispense usted, señor casero —me dijo—, la demora. Esperaba yo que -mi mamá me mandase los cuartos. En la Mancha ha habido malas cosechas, -y por esta razón... De aquí en adelante cumpliremos mejor. Me dijo ayer -Camila que us<span class="pagenum" id="Page_242">p. 242</span>ted -creía que no le íbamos á pagar, y que nos habíamos metido en su casa -para habitarla de balde... ¿Apostamos á que se lo pensó así?</p> - -<p>—No, hombre; no creí tal. Ideas de esa loca. No hagas caso... Sois -las personas más formales que conozco. A entrambos os aprecio mucho. -Seré con vosotros un casero indulgente. Seréis para mí los inquilinos -más considerados y los vecinos más queridos. Y cuando me encuentre -aburrido en esta soledad, subiré á haceros compañía, á buscar un poco -de calor en el fuego de vuestra felicidad.</p> - -<p>Él me instó á que subiera todas las noches para darnos mutuamente -tertulia. Camila no iba á ninguna parte: la obligación de la teta -y el cuidado del <i>crío</i>, que no parecía estar bueno, la retenían -constantemente en casa. Él tampoco salía ya de noche, porque Camila, á -fuerza de predicarle y de reñirle, unas veces tratándole por buenas, -otras por malas, había conseguido quitarle la mala costumbre de ir al -café.</p> - -<p>—Como somos pobres —añadió—, tenemos pocas visitas. Mi hermano y su -mujer suelen ir algunas noches. Suba usted y jugaremos al tute, á la -brisca, al burro y á las <i>siete y media</i>, que son los únicos juegos que -Camila consiente. Ella, si usted sube, tocará el piano y cantará alguna -cosa bonita de las muchas que sabe.</p> - -<p>Dí las gracias á aquel honrado cafre, que me pareció haberse -domesticado algo desde el tiempo en que nos conocimos, é hice propósito -de no despreciar su invitación.</p> - - -<h3 title="II"><span class="pagenum" id="Page_243">p. 243</span>II</h3> - -<p>Porque en aquellos días tenía yo muy pocas ganas de andar por el -mundo; sentía no sé qué secreto, abrumador hastío, y un indefinible -anhelo de la vida de familia, de reposo moral y físico. No pudiendo -satisfacerlo cumplidamente, compartía mi tiempo entre la casa de Eloísa -y la de Camila, huyendo de círculos, teatros y reuniones mundanas ó -políticas que me aburrían soberanamente. En la primera de aquellas -casas alternaban para mí las horas tristes con las horas entretenidas, -pues si bien la fatiga y cierta tibieza del corazón hacíanme padecer, -pasaba ratos agradables charlando con Eloísa de aquellos proyectos de -pobreza, que tanta gracia tenían en su boca, ó poniendo en vigor con -rigurosa actividad el plan de economías que debía salvarla. Yo mandaba -allí como si fuera el amo, y disponía á mi antojo de todo. Hice un -desmoche horrible de criados, y tuve el gusto de plantar en la calle -al danzante de M. Petit y al jefe de cocina, con sus tres pinches. Una -mujer bastante hábil, asistida de una <i>pincha</i>, se encargó de hacer de -comer. Despedí también á la doncella-camarera, que me parecía mujer de -muchos enredos. Era italiana, de buen ver, llamábase <i>Quiquina</i> y había -venido á España al servicio de una célebre artista del Real. Supe que -había dado escándalos en la casa, dejándose requerir por los cocheros -y lacayos, y que Pepito Trastamara la perseguía por los pasillos. -Semejante trapisondista no debía seguir allí,<span class="pagenum" -id="Page_244">p. 244</span> y salió pitando, aunque Eloísa lo sintió -porque la servía muy bien. De los mozos que lucían frac ó librea en -los grandes jueves, no quedó más que Evaristo, criado mío muy leal, á -quien coloqué en la servidumbre de mi prima. Parecía estar en honestas -relaciones con Micaela, la doncella de Rafaelito. Eloísa me aseguró que -se casaban y que seguirían sirviéndola después de la boda. Agradábame -que Evaristo permaneciera, porque me constaba de un modo absoluto su -adhesión, y me convenía tener un perro de presa, un vigilante, un espía -dentro de aquellos muros.</p> - -<p>Entre tanto, las cuadras y cocheras se reducían á un tiro nada más. -Los lienzos gustaban al ministro de Holanda, que probablemente se -quedaría con ellos por una cantidad alzada. Eloísa daba á su prendera -los zafiros para que los <i>corriera</i>, y todo iba bien, perfectamente -bien. Para descansar de estas tareas de gobierno, solía pasar algunos -ratos con Rafaelito, el más mono y salado chiquitín que podría -imaginarse. Tenía ya dos años, y los disparates de su preciosa boca -me encantaban más que todas las cosas admirables que han dicho los -poetas desde que hay poesía. Sus agudezas, feliz ensayo de la malicia -humana, eran mi mayor diversión. Para gozar de aquel hermoso oriente -de una vida, provocaba yo y movía las manifestaciones rudas de su -naciente carácter; le hurgaba para que se me mostrara tal cual era, ya -riendo como un loco, ya colérico; le sacaba de un modo capcioso las -marrullerías, las astucias y los impulsos nobles del ánimo. Las horas -muertas me pasaba á su lado, á veces tan chiquillo como él, á veces -tan hombre él como<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> -yo. Componíale yo los juguetes, después que entre los dos los habíamos -roto.</p> - -<p>También empleaba algunos ratos en acompañar al pobre Carrillo, que -apenas salía de su cuarto. Figurándome que tenía con él una deuda -enorme, se la pagaba con buenas palabras y con atenciones cariñosas. -Nada agradecía él tanto como que se le diera cuerda en cualquier tema -de los suyos y en su fervoroso entusiasmo por la política inglesa. -Yo sabía herir siempre las fibras más sensibles de su amor propio de -propagandista y de anglómano. Con mi conversación se animaba, ponía en -olvido sus crueles dolores y lanzaba su fantasía al espacio inmenso de -los grandes proyectos. Mientras platicábamos, solía estar con nosotros -el pequeñuelo. Pero ocurría un caso muy particular, que á mí no me -causaba asombro por estar ya muy hecho á las cosas contrarias á la -Naturaleza y á la razón. El pequeño se divertía poco con su papá, y -esquivaba el estar en sus brazos. Pronto conocí que le tenía miedo, -y que el rostro demacrado de Carrillo, con su amarillez azafranosa, -producía en el pobre niño un terror que no sabía disimular. La verdad -era que hasta entonces el infeliz padre, harto ocupado con los hijos -ajenos, se había entretenido poco con el suyo. Rafael no hallaba calor -en los brazos de Pepe y venía á buscarlo en los míos. Ni dejaba perder -ocasión el muy inocente de preferirme al otro. Carrillo dijo un día -con amarguísima tristeza: «Te quiere más que á mí», frase que se clavó -en mi conciencia como un dardo. Hubiérame agradado que el pequeño -no me acibarase el espíritu con sus preferencias; trataba yo<span -class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> de volver por los fueros -de la Naturaleza ofendida; pero no lo podía conseguir. El chiquillo -me adoraba. Viéndole desasirse con gesto desabrido de los brazos de -su padre, sentía yo en mi alma un peso que me aplanaba. Le habría -dado azotes, si no temiera que este remedio trivial agravase el daño. -Y Carrillo me miraba como con envidia, y me hacía volver los ojos á -otra parte, sobrecogido de inexplicable turbación. La imagen de aquel -resto de hombre, fijo en su asiento, inmóvil de medio cuerpo abajo, -flaco y consumido, de un color de cera virgen, con las manos temblonas -y el aliento difícil, me perseguía en todas partes de noche y de día. -Imposible, imposible expresar el sentimiento que me inspiraba, mezcla -imponente de lástima y miedo, de desdén y respeto.</p> - -<p>En casa de Camila pasaba yo algunos ratos por las mañanas antes -de almorzar. Confieso que la loca de la familia me iba siendo menos -antipática, y que en su endiablado carácter empezaba yo á descubrir -cualidades no despreciables, que habrían lucido más entresacadas de -aquella broza que las envolvía. El cariño ardiente y sincero que -parecía tener al simplín de su marido, eran para mí una de las cosas -más dignas de admiración que había visto en mi vida. La sencillez de -sus costumbres y su alejamiento de las ostentaciones de la vanidad, -también me agradaban. Pero estas dotes recién descubiertas creía yo que -no debían estimarse como positivas hasta que las circunstancias no las -pusieran á prueba. Era cosa de verlo. Con quien yo no congeniaba era -con mi ahijado, el más ruidoso y malhumorado ca<span class="pagenum" -id="Page_247">p. 247</span>chorro que mamaba leche en el mundo. Muchas -veces tuve que huir de la casa porque su clarinete me volvía loco. -Era el tal de una robustez sospechosa, gordinflón, amoratado. No -había equilibrio en aquella naturaleza, y su sangre, quizás viciada, -se manifestaba en la epidermis con florescencias alarmantes. En vano -Camila tomaba grandes tragos de zarzaparrilla y otros depurativos. El -pequeñuelo mostraba rubicundeces y granulaciones que parecían retoños -vegetales. No debía de estar sano, porque su inquietud crecía con su -sospechosa robustez. Lo peor de todo era que Camila bajaba con él á mi -casa cuando menos falta tenía yo de música, y la una con sus cantos -y el otro con sus chillidos me daban unos conciertos matutinos y -nocturnos que me aburrían.</p> - -<p>Vuelvo á la otra casa, donde, inopinadamente, ocurrieron sucesos en -el breve espacio de una noche, que dejaron indeleble recuerdo en mí. -Si mil años vivo, no olvidaré aquellas horas terribles. Eloísa, que -por instigación mía había dejado de renovar su abono en los teatros, -fué invitada aquella noche por una de sus amigas á un estreno en la -Comedia. Dudó si iría; pero Carrillo se encontraba mejor que nunca: él -y yo la instamos á que fuera. No eran aún las nueve, cuando Pepe se nos -puso muy mal. Estábamos allí el ayuda de cámara, Villalonga y yo. Al -punto comprendimos que el enfermo sufría una crisis de las más graves. -Mandé inmediatamente por el médico, y también quise mandar á buscar -á Eloísa; pero Carrillo, en aquel paroxismo que parecía la agonía de -la muerte, tuvo una palabra<span class="pagenum" id="Page_248">p. -248</span> para oponerse á mi deseo, diciendo:</p> - -<p>—No, no: déjala que se divierta la pobre.</p> - -<p>En esta frase creí sorprender un desdén supremo; pero seguramente me -equivocaba, y lo que había era un espíritu de condescendencia llevado á -lo último.</p> - -<p>El infeliz sufría horribles dolores. El cólico nefrítico -se presentaba más espantoso que nunca, complicado con un gran -aplanamiento. El médico auguró mal, y se negó á administrar como -inútiles las inyecciones hipodérmicas. El marqués de Cícero, á -quien avisé, vino prontamente acompañado de su respetable y también -insignificante hermana, y después de echar un vistazo al enfermo, -salió de la alcoba, porque, según dijo, no tenía corazón para ver -padecer. Fuése á las habitaciones más distantes, donde estuvo largo -rato hablando con los criados, y después pasó al despacho. Le ví luego -vagar por la antesala, echando ojeadas de admiración á los espejos y -azotándose la pierna derecha con un bastoncillo. Cuando me tropezaba -con él, pedíame noticias de su sobrino. Después se pasaba la mano por -aquella frente hermosa digna de encerrar talento; se la frotaba como -quien acaricia una gran idea que le cosquillea debajo del cráneo, y -decía con el tono misterioso que se da á los descubrimientos:</p> - -<p>—¿Sabe usted, amigo, que ya van creciendo mucho los días? Hoy, á las -cinco, era completamente claro.</p> - -<p>Aquella noche, afortunadamente, no llevó ninguno de los perros que -solían acompañarle. A veces me llamaba con gran aparato de manotadas y -chicheos para decirme al oído:</p> - -<p>—La pobre Angelita no sospechaba que Pepe viviría menos que yo. -Estoy muy fuerte.<span class="pagenum" id="Page_249">p. 249</span> -Si Pepe hubiera seguido yendo al monte conmigo todos los sábados para -volver los lunes, no se vería como se ve.</p> - -<p>Me lastimaba mucho, no puedo ocultarlo, que el marqués y su hermana -advirtieran la ausencia de Eloísa en ocasión tan crítica. Ya me -disponía á mandarle un recado... cuando la ví entrar. Eran las diez -y media. ¿Cómo tan pronto si la función no podía haber concluído? No -se ocupó ella de darme explicaciones, porque en el portal los criados -la habían enterado de la gravedad del enfermo. Entró anhelante en la -alcoba de éste, y pasándole la mano por la frente, díjole algunas -palabras consoladoras y afectuosas. Después corrió á quitarse el -vestido de sociedad, que era un sarcasmo en tan lastimosa escena. Fuí -tras ella á su tocador, y mientras se mudaba de traje, contóme en -palabras breves el motivo de su temprana salida del teatro. La obra que -se estrenó era muy inmoral, y todas las personas decentes se habían -escandalizado; las señoras se salían, horrorizadas, de los palcos, y el -público de butacas protestaba con murmullos.</p> - -<p>—Figúrate que el autor ha sacado allí unas <i>tías</i> elegantes, -caracteres enteramente nuevos en nuestro teatro... Es un escándalo, una -desvergüenza; es cosa que da asco... Lo único bueno de la obra son los -trajes preciosísimos que han sacado las tales... ¡Qué lujo, qué novedad -de telas, y qué cortes tan admirables!</p> - -<p>La gravedad de lo que nos rodeaba no le permitió darme más -pormenores.</p> - -<p>—Pobre Pepe, ¡cuánto padece esta noche! —exclamó abrochándose la -bata y mirándose en mi tristeza como en un espejo—. ¡Si le pudiéramos -ali<span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span>viar! Maldita -medicina que para nada sirve. Esta noche no nos abandonarás. ¡Me -espanta la idea de quedarme aquí sola!... Siento que pases estos malos -ratos; pero no hay más remedio, hijito. Hazlo por mí, por él, por -todos. En estos casos se conocen los buenos amigos. Presumo que vamos á -tener una noche muy mala, muy mala.</p> - -<p>Volví antes que ella al lado de Carrillo. Encontrémele acometido -de espantosos dolores, doblándose por la cintura como si quisiera -partirse en dos, profiriendo ayes profundos, roncos y guturales, que -causaban horror. Parecía haber perdido el juicio. Sus gritos eran la -exclamación de la animalidad herida y en peligro, sin ideas, sin nada -de lo que distingue al hombre de la fiera. Eloísa se puso á su lado, -pero él no reparó en ella; en mí sí, pues habiéndole rodeado el cuello -con mi brazo para sostenerle en la postura que me parecía menos penosa, -se aferró con ambas manos á mi cuerpo y me tuvo sujeto largo rato. -Agarrábase á mí como si al asegurarse bien, clavándome las uñas, se -sintiese aliviado. Ultimamente reclinó la cabeza sobre mi pecho, dando -un suspiro muy hondo. Mi prima se aterró creyendo que se moría; pero -tranquilizónos el médico asegurando que la sedación comenzaba y que las -arenillas habían pasado ya. El tal doctor no era una notabilidad de -la ciencia, á mi modo de ver, aunque muy zalamero en su trato, razón -por la cual muchas familias de viso le preferían á otros. Si la misión -del facultativo es entretener á los enfermos y alegrar su espíritu -con ingeniosas palabras y aun con metáforas, Zayas no tie<span -class="pagenum" id="Page_251">p. 251</span>ne quien le eche el pie -adelante. Por lo demás, ni él curaba á nadie, ni Cristo que lo fundó. -Eloísa propuso aquella misma noche convocar junta de médicos para el -día siguiente, y el de cabecera citó tres ó cuatro nombres de los más -ilustres. Después de haber recetado un calmante, arrepintióse y recetó -otro, y por fin le vimos decidido á darle bromuro potásico.</p> - -<p>—Debe de haber en esto una complicación grave —le dije, razonando -con el sentido común—. ¿Habrá derrame cerebral?</p> - -<p>—Quizás —replicó lleno de dudas—. Lo indudable es la completa atonía -del aparato vesical y tal vez paralización de los centros nerviosos. -Me temo mucho que haya bolsas arteriales, cuya rotura sería el -desenlace funesto. Al principio se quejaba de frío en la espalda, y las -fricciones le pusieron peor. El pulso acusa una circulación sumamente -irregular.</p> - -<p>Nada concreto nos decía aquel sabio, que había estado tres años -estudiando al paciente y aún no le conocía. Entre Celedonio y yo, con -ayuda de Villalonga, acostamos á Pepe en su cama, vestido para no -molestarle. No parecía sufrir dolores agudos; pero su cerebro estaba -profundísimamente trastornado. Hablaba sin cesar con torpe lengua, -entrecortando las frases con risas que nos causaban espanto. Sentóse mi -prima por un lado del lecho, y yo por otro. Zayas le contemplaba desde -enfrente sin decir nada. Miraba Pepe á su mujer con estúpidos ojos: -no la reconocía; tomábala por una persona extraña; se volvía á mí, y -confundiéndome con Celedonio, decía:</p> - -<p>—Tú, Celedonio, y José María sois las únicas personas<span -class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> que me quieren y me cuidan -en esta casa.</p> - -<p>Eloísa y yo nos mirábamos con azarosa inquietud, sin pronunciar -palabra.</p> - -<p>—¿Se ha ido José María? —preguntaba después el infeliz.</p> - -<p>—Aquí estoy, ¿no me ves?...</p> - -<p>—¡Ah! sí: como estás vestido de sacerdote, no te había conocido... -¿De cuándo acá...?</p> - -<p>De este modo llegó media noche. El delirio disminuía. El marido de -mi prima parecía entrar lentamente en un período comático. Calló al -fin, y su respiración anunciaba sosiego, quizás un sueño reparador. -Por fin el médico, asegurando que no había peligro inmediato, se -despidió hasta la mañana siguiente. Villalonga se fué también. El -marqués de Cícero, que estaba en el despacho leyendo periódicos delante -del busto de Shakespeare, díjome que no tenía sueño; que se quedaría -hasta las tres ó las cuatro, si me quedaba yo, y poco después Eloísa -invitaba á él y á su señora hermana á tomar un emparedado, un poco de -Burdeos y una taza de té. En el comedor les ví á eso de la una cenando -silenciosos. Yo no tomé nada.</p> - - -<h3>III</h3> - -<p>A pesar de las seguridades que dió el bueno de Zayas, yo no las -tenía todas conmigo. Temía, más que la renovación del ataque de -nefritis, un brusco estallido de las complicaciones vasculares y -encefálicas. Aunque Eloísa me instó á que me acostase, no quise -hacerlo. Ella también estaba inquieta. Acordamos velar ambos, cargando -juntos aquella espantosa cruz, como nos lo<span class="pagenum" -id="Page_253">p. 253</span> ordenaba la fatalidad de los hechos. El -marqués y su hermana se fueron al despacho, donde se entretenían, ella -rezando el rosario y él leyendo. Sería la una y media cuando Eloísa y -yo volvimos á ponernos en triste centinela, cada cual á un lado del -lecho del enfermo. Así estuvimos largo rato oyendo sólo el rumorcillo -del reloj de la chimenea, que arrojaba los desmenuzados espacios de -tiempo como la clepsidra chorrea las arenas que caen para siempre. -Observábamos el cadencioso, reposado aliento de Pepe, y al menor sonido -que se pareciese á la emisión de una sílaba, nos entraba sobresalto -y azoramiento. Creíamos que nos iba á decir algo aterrador con la -solemnidad que es propia de labios moribundos. De improviso abrió el -infeliz los ojos; miró á su mujer, cual si no estuviera seguro de -quién era; volvióse después hacia mí, y en tono tranquilo que revelaba -completa posesión de sus facultades intelectuales, me dijo estas -palabras:</p> - -<p>—Haz el favor de mandar que venga un cura. Quiero confesarme.</p> - -<p>Dijímosle que su estado no era para tanto, y él insistió en que sí -lo era con tal energía, que no quisimos contrariarle.</p> - -<p>—Esta noche me moriré —exclamó con una serenidad que nos dejó -pasmados—. Esta noche se acabará esta vida que he deseado fuese útil, -sin poderlo conseguir. Y no creáis que estoy afligido. Me muero -resignado. ¿Qué soy yo en el mundo? Nada. Soy un cero que padece y nada -más. La mayor parte de los que vivimos, ceros somos, y mientras más -pronto se nos borre, mejor.</p> - -<p>Le respondimos á <i>duo</i> las primeras simplezas que se nos -ocurrieron.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span></p> - -<p>—¡Qué cosas tienes! No digas tonterías. Si estás bien...</p> - -<p>—Que se te quite eso de la cabeza.</p> - -<p>Y siempre más atento á mí que á los demás, ¡preferencia increíble!, -repitió su demanda:</p> - -<p>—José María, tú que eres tan amable, tan complaciente, tráeme un -cura. Mira que esto va de veras, y tengo en mi conciencia cosas que -quisiera dejar aquí. Si no me confieso, sobre tu conciencia va; y si me -condeno, carga con la responsabilidad... Soy cristiano, deseo cumplir. -José María, Eloísa, sed amables, traerme un confesor.</p> - -<p>Estas palabras tenían una solemnidad que en vano queríamos quitarle, -atribuyéndolas á delirio de enfermo. En las miradas de Eloísa conocí -que ésta las interpretaba como desvarío de un cerebro alterado. A -su vez, ella debió de conocer en las mías que yo entendía aquellos -conceptos de otro modo, y pronto cambió la expresión de su rostro. La -ví queriendo disimular alguna lágrima que se le saltaba de los ojos; y -el marido, notando esta emoción, le dijo:</p> - -<p>—Ni tú, pobrecita, ni Celedonio, servís para estos lances. Más vale -que os retiréis.</p> - -<p>Insistió luego en que le trajésemos al confesor; dijímosle que al -día siguiente, y él contestó con cierto énfasis:</p> - -<p>—No, no: ahora mismo. Mañana ya no habrá tiempo.</p> - -<p>Serían las dos cuando enviamos el recado á la parroquia de San -Lorenzo.</p> - -<p>El cura tardó una hora en venir, y en este tiempo Carrillo -siguió en el mismo estado, más bien con apariencias de mejoría. -Hablaba alternativamente con su mujer, con Celedonio y con<span -class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span>migo, mostrándonos á los -tres un cariño fraternal que, por la parte que me tocaba, no he podido -explicarme nunca. La confesión fué larga. Mientras se verificaba, -Eloísa y yo convinimos en que la ceremonia del Viático se celebraría al -día siguiente con gran pompa, con asistencia de toda la familia y de -los parientes y amigos de la casa. Acordamos en breve discusión algunos -detalles. Se haría un bonito altar y se traería la mayor cantidad -posible de hachas y plantas de salón. Tanto ella como yo queríamos que -este acto piadoso tuviera muchísimo lucimiento. Ocurriónos también -impetrar la bendición papal, y yo indiqué que por mediación de mi tío -y del general Chapa, que eran amigos del Nuncio, se podía conseguir, -costara lo que costase.</p> - -<p>Cuando salió el cura de la alcoba, le acompañé al comedor, donde -estaba dispuesto un chocolate, que no quiso aceptar. Tenía que decir -misa á las ocho. Fumamos un cigarrillo, y él, fijando en mí sus ojuelos -sagaces (era viejo y muy curtido en aquellos lances), pronunció estas -palabras que me parecieron impertinentes:</p> - -<p>—Ese buen señor es un mártir.</p> - -<p>—¡Un mártir, sí! —repetí yo como si dijera <i>amén</i>.</p> - -<p>Aún me parecía poco, y lo remaché:</p> - -<p>—¡Es un santo!</p> - -<p>Entonces el clérigo, echándome una rociada de humo, y mirándome como -si me atravesara de parte á parte con sus ojos, exclamó:</p> - -<p>—¡Dichosos los que no temen la muerte, porque están puros!</p> - -<p>Iba yo á soltar una sentencia análoga; pero<span class="pagenum" -id="Page_256">p. 256</span> creí más correcto no decir nada, y le -devolví su humo mezclado con el mío. Después de una pausa, los ojuelos -volvieron á flecharme. Creí sorprender no sé qué tremenda ironía en -aquel intruso forrado de negro, cuando me dijo:</p> - -<p>—¿Es usted hermano de la señora?</p> - -<p>De buena gana le habría respondido: «¿Y á tí que te importa, tontín, -que yo sea hermano de la señora, ó lo que se me antoje ser de la -señora?» Pero este terrible disparate no salió de mis labios.</p> - -<p>—No, señor —le respondí, tragándome el humo—. Soy... de la -familia.</p> - -<p>Pronunció luego el dichoso clérigo algunas palabras consoladoras, de -las de rúbrica, y se despidió. Le acompañé hasta la puerta. Ya tenía yo -muchas ganas de perderle de vista.</p> - -<p>Carrillo me mandó llamar. Estaba impaciente por tenerme á su lado, -y tal vez quería decirme algo importante. En el gabinete que precedía -á la alcoba ví á Eloísa sentada en una butaca, inclinada la cabeza y -el rostro entre las manos. Lloraba en silencio. Creí de pronto que -durante el tiempo que yo estuve con el cura, mi prima y su marido -habían cambiado algunas palabras; pero después supe por ella que no. -La solemnidad y gravedad de las circunstancias, la compasión, el temor -religioso, la importancia del acto que su marido acababa de realizar, -habíanla impresionado enormemente. No se atrevía á franquear la puerta -de la alcoba. Sentía pavor, respeto, vergüenza, no sabía qué.</p> - -<p>Entré, y acercándome al lecho, advertí que el enfermo estaba sereno; -sólo que tenía la voz<span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> -tomada, y alrededor de los ojos un cerco obscuro, muy obscuro.</p> - -<p>—Si vieras qué tranquilo estoy ahora —me dijo con cariño—. Tú no lo -creerás, porque eres irreligioso. Tampoco creerás que tal como estoy no -me cambiaría por tí.</p> - -<p>Le contesté, después de mucho vacilar y confundirme, que, en efecto, -la vida humana era una broma pesada, y que cuanto más pronto se libre -uno de ella, mejor. Él dijo que una hora de conciencia pura vale más -que mil años de salud y de ventura, con lo que me mostré conforme, -aunque sobre ello parecíame que había mucho que hablar. Le insté á que -descansara, dejando las reflexiones morales para el día siguiente; -pero él no quiso, y siguió hablándome del estado felicísimo en que se -encontraba.</p> - -<p>—Créeme, José María —me dijo dos ó tres veces—, te tengo lástima -como se la tengo á todos los que viven sin fe. Enmiéndate, corrígete. -No des importancia á lo que no la tiene.</p> - -<p>Y mirando al techo, exclamó después con expresión de indescriptible -júbilo:</p> - -<p>—¡Qué gusto poder decir ahora: <i>no he hecho mal á nadie</i>!</p> - -<p>No le respondí. Pero los pensamientos me congestionaban el cerebro. -Ocurriéronme tantas cosas, que habría necesitado una resma de papel si -intentara escribirlas. Si por instantes admiraba aquella conformidad -hermosa, á veces me ocurría que Carrillo faltaba á la verdad al -sostener que nunca hizo mal á nadie, pues se lo había causado á sí -mismo en grado máximo; jamás tuvo la estimación de su propio sér, -fundamento de la vida social; había sido un suicida civil, y no se -redimía, no, echándoselas de místico á última<span class="pagenum" -id="Page_258">p. 258</span> hora. Protestaba yo de aquel estado de -perfección en que se suponía, y me venían al pensamiento ideas crueles, -despiadadas, absurdas quizás, en las cuales algo había de envidia, algo -de venganza; pero que entonces me parecían fundadas en el criterio de -la eterna justicia. «No —decía yo para mí, inquieto y trastornado—, no -te hagas el santo. No lo eres, porque no has combatido, porque no es -virtud la falta absoluta de energía, tanto para el mal como para el -bien. No nos hables de gozar la bienaventuranza eterna. Sí: para tí -estaba el Cielo. Si quieres salvarte, dí que me has aborrecido y que -me perdonas... Matándome, nos habríamos condenado juntos. Pero no has -tenido ni siquiera la intención de ello, y me estrechas la mano y me -llamas amigo... ¡Ah! miserable cero: no me llevarás contigo al Limbo, -que va á ser tu morada... ¿Qué casta de hombre eres? ¿Son así los -ángeles? Pues reniego de ellos...»</p> - -<p>Estos y otros desatinos me bullían en la mente. Para acabar de -marearme, Carrillo me dijo:</p> - -<p>—Procura conducirte de modo que cuando te mueras, estés tranquilo -como yo ahora.</p> - -<p>No pude vencerme y se me escapó una sonrisa. Quise recogerla; pero -las sonrisas, como las palabras, no se pueden recoger. Él la tomó -por expresión de lástima, y afirmó que se sentía muy bien, mejor que -yo, y, sobre todo, mucho más tranquilo. No le respondí sino con el -pensamiento, diciéndole: «Esa tranquilidad desabrida para nada la -quiero. ¡Morirse sin haber querido ó sin haber odiado á alguien! ¡Morir -sin despedirse de una pasión, sin tener alguien á quien perdonar,<span -class="pagenum" id="Page_259">p. 259</span> algo de que arrepentirse! -¡Sosa, incolora y tristísima muerte!»</p> - -<p>Después pareció que escuchaba. Ponía su atención en los sollozos de -Eloísa.</p> - -<p>Esa pobre —murmuró con afabilidad que me causaba pena— está pasando -sin necesidad una mala noche. Dile que se acueste. Acompáñala, -consuélala; no la dejes que se entregue al dolor.</p> - -<p>Salí para cumplir este encargo. Pero ella no me hizo caso, y -continuaba en el mismo sitio. Al poco rato, Carrillo empezó á mostrar -gran inquietud. Me alarmé. Entre Celedonio y yo le incorporamos en el -lecho. Quiso hablar y no pudo; llevóse una mano á los ojos... Gemidos -roncos salían de su garganta. Acudió su mujer, afanada, secando sus -lágrimas. Entonces, de la boca del desdichado ví salir alguna sangre; -después más, más. Ni él hacía esfuerzos para lanzarla fuera, ni parecía -experimentar dolor. No la arrojaba él; ella se salía serenamente como -el agua que afluye hilo á hilo del manantial. ¡Momento de consternación -en las tres personas que presenciábamos aquel fin de una vida! Fué tan -rápida y tan grande la descomposición del rostro de Pepe, que Eloísa se -impresionó mucho. La ví aterrada, próxima á perder el conocimiento.</p> - -<p>—Vete —le dije—, vete de aquí.</p> - -<p>Pero su propio terror la clavaba en aquel triste lugar. Entró -Micaela y le ordené que se llevara á su señora. La doncella le rodeó -la cintura con su brazo, y la que muy pronto iba á ser viuda salió, -tapándose los ojos. El marqués de Cícero, que había entrado de -puntillas, huyó despavorido, con las manos en la cabeza.</p> - -<p>Cuando Celedonio y yo nos quedamos solos<span class="pagenum" -id="Page_260">p. 260</span> con el moribundo, éste me echó los brazos, -uno al cuello, otro por delante del pecho, y apretóme tan fuertemente -que me sentí mal. Me hacía daño. ¿Qué fuerza era aquélla que le entraba -en el instante último, al extinguirse la vida?... Pasó por mi mente una -idea, como pasan las estrellas volantes por el cielo. «¡Ah! —pensé—, -aquí está al fin ese odio que te rehabilita á mis ojos. La última -contracción del organismo que se desploma es para expresarme que eres, -que debes ser mi enemigo...» Luego oprimió su rostro contra mí, y de su -boca salió un bramido fuerte, profundo, que parecía tener filo como una -espada... Creí sentir un dardo que me atravesaba el pecho. Con aquel -gemido se acabó su desdichada vida... Le miré la cara, y en sus ojos -vidriosos ví cuajada y congelada la misma expresión de amistad leal -que me había mostrado siempre... No, ¡pobre cordero! no me odiaba... -Costóme trabajo desasirme del abrazo de aquel inocente que quería sin -duda llevarme consigo al Limbo.</p> - - -<h3>IV</h3> - -<p>¡Qué noche! Cuando todo concluyó, salí de la alcoba, deseando -quitarme pronto la ropa, que estaba manchada de sangre. En el pasillo -me ví á la claridad del día, que entraba ya por las ventanas del patio, -y sentí un horror de mí mismo que no puedo explicar ahora. Parecía un -asesino, un carnicero, qué sé yo... Salióme al encuentro Micaela, la -doncella de Rafael, que me tuvo miedo y echó á correr dando gritos. La -llamé; pre<span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span>guntéle por -su ama. Díjome que estaba en el cuarto del niño. En tanto Celedonio, -los ojos llenos de lágrimas, me hacía señas para que volviese al -gabinete, y me dijo entre sollozos que me sacaría ropa de su amo -para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba un -sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible -con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de -abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa, -mandé á Evaristo á casa para que me la trajera.</p> - -<p>Dejando á Celedonio con los restos aún no fríos de su amo, fuí -en busca de Eloísa, cuya situación de ánimo me alarmaba. No la -encontré en el cuarto del niño, que dormía profundamente, sino en el -suyo, acometida de un fuerte trastorno nervioso, manifestando, ya -sentimiento, ya terror. Al verme con el traje de su marido se puso tan -mal, que creí que se desvanecía. Fijábansele los síntomas espasmódicos -en la garganta, como de costumbre, y con sus manos hacía un dogal para -oprimírsela.</p> - -<p>—La pluma, la pluma —murmuraba con cierto desvarío—. ¡No la puedo -pasar!</p> - -<p>Le rogué que se acostara; pero negábase á ello. Micaela y yo -quisimos acostarla á la fuerza; pero nos hizo resistencia. Estaba -convulsa, fría y húmeda la piel; los ojos muy abiertos.</p> - -<p>—No vayas tú á ponerte mala también —dije con la mayor naturalidad -del mundo—. Recógete y descansa. No has de poder remediar nada dándote -malos ratos.</p> - -<p>Tuve que hacer uso de mi autoridad, de aquella autoridad efectiva -aunque usurpada; hube de ordenarle imperiosamente que se acosta<span -class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span>ra para que se decidiera -á hacerlo. Noté en su obediencia como un reconocimiento tácito de -la autoridad que yo ejercía. Micaela empezó á quitarle la ropa; la -ayudé, porque mi prima, después del traqueteo nervioso, hallábase como -exánime y sin movimiento. La metimos en la cama y la arropamos. ¡Ay! -sentíame tan fatigado, que caí en un sillón é incliné mi cabeza sobre -el lecho. Allí me hubiera quedado toda la mañana, si no tuviera deberes -que cumplir fuera de aquella habitación. En tal postura, y hallándome -postrado y como aturdido, sentí la voz de la viuda que me llamaba. Alcé -la cabeza. Sus palabras y sus miradas eran tan afectuosas como siempre. -Sin nombrar al muerto, suplicóme que atendiese á las obligaciones que -traía el suceso, pues ella no tenía fuerzas para nada. Díjele que no -se ocupara más que de su descanso, y le prometí que todo se haría de -un modo conveniente. Vivo agradecimiento se pintaba en su rostro, y -además la confianza absoluta que en mí tenía. Le arreglé la ropa de la -cama, le dí á beber agua de azahar, le entorné las maderas, corrí las -cortinas para atenuar la luz del día, y poniendo á Micaela de centinela -de vista para que me avisase si la señora se sentía muy molestada por -la pluma en la garganta, salí, no sin promesa de volver pronto, pues -ésta fué condición precisa para que Eloísa se tranquilizara...</p> - -<p>—Por Dios, no tardes: tengo miedo —díjome al despedirme, con ahogada -voz—, mucho miedo, y la pluma no pasa...</p> - -<p>Trajéronme mi ropa y me vestí con ella. ¡Ay! qué peso se me quitó -de encima cuando solté la de Carrillo, que además me venía algo -estrecha.<span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span> A eso -de las ocho llegaron mi tío, Medina, María Juana, y más tarde el -marqués de Cícero. Atento á todo, daba yo las disposiciones propias -del caso, y recibía á los parientes y amigos que se iban presentando. -En lo concerniente al servicio fúnebre, allá se entendían Celedonio y -los empleados de la Funeraria, pues yo me sentí como atemorizado de -intervenir en ello. Recogí las llaves de la mesa de despacho y del -mueble donde el pobre Pepe tenía sus papeles, y las guardé hasta que -pudiera entregarlas á Eloísa, que al fin parecía vencida del cansancio -y dormía con los dedos clavados en el cuello.</p> - -<p>Camila recaló por allí á eso de las diez, acompañada de Constantino; -mas como tenía que dar de mamar á su nene, lo llevó consigo, y el -lúgubre silencio de la casa se vió turbado por el clarinete de -Alejandrito. Almorzamos mi tío, Raimundo y yo de mala gana, y luego nos -encerramos los tres en el despacho para redactar la papeleta fúnebre y -poner los sobres. Sentado donde Pepe se sentaba, no sé qué sentía yo -al ver en torno mío aquellas prendas suyas, ¡amargas prendas! en las -cuales parecía que estaba adherido y como suspenso su espíritu. Allí ví -estados de recaudación de fondos filantrópicos, circulares solicitando -auxilios de corporaciones y particulares, cuentas de suministro de -víveres y otros documentos que acreditaban la caritativa actividad -de aquel desventurado. Cuidamos mucho de que en la redacción de la -papeleta no se nos olvidara ningún título, detalle ni fórmula de las -que la etiqueta mortuoria ha hecho indispensables. «El excelentísimo -señor don José Carri<span class="pagenum" id="Page_264">p. -264</span>llo de Albornoz y Caballero, Maestrante de Sevilla, Caballero -de la Orden de Montesa, etcétera, etc... Su desconsolada viuda, la -excelentísima... etc., etc.» No se nos quedó nada en el tintero; y en -las direcciones que pusimos á los sobres, ninguna de nuestras amistades -pudo escaparse.</p> - -<p>La señora, por razón de su estado, no podía dar órdenes, y los -criados se dirigían á cada instante á mí, como si yo fuera el amo, -como si lo hubiera sido siempre, y me consultaban sobre todas las -dudas que ocurrían. Y aquella autoridad mía era uno de esos absurdos -que, por haber venido lentamente en la serie de los sucesos, ya no lo -parecía. Ved, pues, cómo lo más contrario á la razón y al orden de la -sociedad, llega á ser natural y corriente cuando, de un hecho en otro, -la excepción va subiendo, subiendo, hasta usurpar el trono de la regla. -Y cosas que vistas de pronto nos sorprenden, cuando llegamos á ellas -por lenta gradación nos parecen naturales.</p> - -<p>Rogóme Eloísa que no saliese de la casa hasta que no se verificara -el entierro. Así tenía que ser, pues si yo no estaba en todo, las -cosas salían mal. El marqués de Cícero, que se ofrecía constantemente -á ayudarme, no servía más que de estorbo, y mi tío tenía ocupaciones -indispensables aquel día. Sólo Constantino y Raimundo prestaban algún -servicio, aunque sólo fuera el de hacerme compañía. La viuda no -recibía á nadie, ni á sus más íntimas amigas. Acompañábanla su madre y -hermanas, y sin llorar, consagraban alguna palabra tierna y compasiva -al pobre difunto.</p> - -<p>Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual -si me hubiera quitado de enci<span class="pagenum" id="Page_265">p. -265</span>ma del corazón un peso horrible. No quise ir al entierro, y -Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza esta resolución mía. Cuando -se extinguió en las piedras de la calle el ruido del último coche, mis -trastornados sentidos querían volver á la apreciación clara de las -cosas. Pero la imagen del infeliz hombre que había despedido su último -aliento sobre mi pecho, clavándomelo como un puñal, no se me apartaba -del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus sentimientos respecto á mí? ¿Qué -noción moral era la suya, cuál su idea del honor y del derecho? Ni -aun viendo en él lo que en lenguaje recto se llama <i>un santo</i>, podía -yo entenderle. ¡Misterio insondable del alma humana! Ante él no hay -que hacer otra cosa que cruzarse de brazos y contemplar la confusión -como se contempla el mar. Querer hallar el sentido de ciertas cosas -es como pretender que ese mismo mar, desmintiendo la ley de su eterna -inquietud, nos muestre una superficie enteramente plana.</p> - -<p>¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me -resistía á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí -que no me permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de -mi compasión, ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi -vida, ¡ay!, estará delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de -Carrillo, sin que me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio -infinito, que encerrada en una fórmula la debilidad humana.</p> - -<p>A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado -en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare. El -gran dramático me miraba con sus ojos de bron<span class="pagenum" -id="Page_266">p. 266</span>ce, y yo no podía apartar los míos de -aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja el molde de un -mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que piensa; de -aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas la emisión -de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos rezan -delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me -agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma.</p> - -<p>Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que -fueron á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban -su madre y hermanas. En los susurros de su conversación queda, me -pareció entender que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su -regazo, dormido, al niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más -tarde, cuando mi tío Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del -cementerio, ostentando este último una aflicción decorativa, que tenía -tanta propiedad como el león disecado con que se retrataba, me alejé -del gabinete para no oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí, -como los tiroteos alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera -la muerte del pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí -tras de mí unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me -llamaba por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de -mí. Le cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él -se puso al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al -cuello. Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en -la casa<span class="pagenum" id="Page_267">p. 267</span> reinaba, y -en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos negros advertí -una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero que anunciaba la -formación del hombre y los rudimentos de la reflexión humana. Después -de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle por lo muy -conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era de éstos que -quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y que se incomodan -cuando no se les presta una atención absoluta. Para satisfacer su -egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas de un caballo, -para que les pongáis la cara bien recta delante de la suya. Lo que me -tenía que comunicar era esto:</p> - -<p>—Dice <i>Quela</i> que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te -quedas aquí.</p> - -<p>Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su -tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara.</p> - -<p>—Dice <i>Quela</i> que tú... vas á ser mi <i>papa</i>...</p> - -<p>Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar -categóricamente á las cosas más graves que yo había oído en mi vida. -Porque sí: jamás de labios humanos brotaron, para venir sobre mí, -como espada cortante, palabras que entrañaran problemas como el que -formulaban aquellos labios de rosa.</p> - -<p>Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La -casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme -de nadie me marché á la mía.</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_14"> - <p><span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span></p> - <h2 class="nobreak">XIV</h2> - <p class="subh2">Hielo.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Sentía imperiosa necesidad de estar solo. La tristeza reclamaba -todo mi sér, y tenía que dárselo, aislándome. Conocí que venía sobre -mí un ataque de aquel mal de familia que de tiempo en tiempo reclamaba -su tributo en la forma de pasión de ánimo y de huraña soledad. Y lo -que había visto y sentido en tales días era más que suficiente motivo -para que el maldito achaque constitutivo se acordara de mí. En la -soledad de aquella noche y de todo el día siguiente tuve un compañero, -Carrillo, cuya imagen no me dejó dormir. El ruido de oídos, que me -martirizaba, era su voz, y mi sombra, al pasearme por la habitación, -su persona. Le sentía á mi lado y tras de mí, sin que me inspirara el -temor que llevan consigo los aparecidos. Es más: me hacía compañía, -y creo que sin tal obsesión habría estado más melancólico. Mi afán -mayor, mi idea fija era querer penetrar, ya que antes no pude hacerlo, -las propiedades íntimas de aquel carácter, y descifrar la increíble -amistad que me mostró siempre, mayormente en sus últimos ins<span -class="pagenum" id="Page_270">p. 270</span>tantes. ¡Era para volverme -estúpido! Cuando dicho afecto me parecía un sentimiento elevadísimo y -sublime, comprendido dentro de la santidad, mi juicio daba un vuelco y -venía á considerarlo como lo más deplorable de la miseria humana. Yo -me secaba los sesos pensando en esto, traspasado de lástima por él, á -veces sintiendo menosprecio, á ratos admiración.</p> - -<p>Los días se sucedían lentos y tristes, sin que yo quebrantara mi -clausura. No recibía á nadie, y si mis íntimos amigos ó mi tío ó -Raimundo iban á acompañarme, hacía lo posible por que me dejasen solo -lo más pronto posible. Pasados tres días, Carrillo se borraba, poco -á poco, de mi pensamiento; le veía bajo tierra confundiéndose con -ésta y disolviéndose en el reino de la materia, como su memoria en -el reino del olvido. Lo que en primer término ocupaba ya mi espíritu -era la casa de Eloísa, todo lo material de ella. Los muebles, las -paredes cargadas de objetos de lujo, el ambiente, el color, la luz que -entraba por las ventanas del patio, componían un conjunto que me era -horriblemente antipático y aborrecible. La idea de ser habitante de -tal casa y de mandar en ella, me producía el mismo terror angustioso -que en otros ataques la idea de sentir un tren viniendo sobre mí. No: -yo no quería ir allá; yo no iría allá por nada del mundo. El recuerdo -sólo de las afectadas pompas de aquellos jueves poníame en gran -turbación, acompañada de un trastorno físico que me aceleraba el pulso -y me revolvía el estómago... Pero lo que me confundía más y me llenaba -de estupor, era notar en mí una mudanza extraordinaria en los<span -class="pagenum" id="Page_271">p. 271</span> sentimientos que fueron la -base de mi vida toda en los últimos años. A veces creía que era ficción -de mi cerebro, y para cerciorarme de ello, ahondaba, ahondaba en mí. -Mientras más iba á lo profundo, mayor certidumbre adquiría de aquel -increíble cambio. Sí, sí: la muerte de Pepe había sido como uno de esos -giros de teatro que destruyen todo encanto y trastornan la magia de la -escena. Lo que en vida de él me enorgullecía, ahora me hastiaba; lo que -en vida de él era plenitud del amor propio, era ya recelos, suspicacia -con vagos asomos de vergüenza. Si robarle fué mi vanidad y mi placer, -heredarle era mi martirio. La idea de ser otro Carrillo me envenenaba -la sangre. La desilusión, agrandándose y abriéndose como una caverna, -hizo en mi alma un vacío espantoso. No era posible engañarme sobre -esto.</p> - -<p>Pero aún dudaba yo de la realidad del fenómeno, y decía: «Falta -comprobarlo. No me fiaré de los lúgubres espejismos de mi tristeza. -Vendrán días alegres, y la mujer que fué mi dicha, seguirá siéndolo -hasta el fin de mi vida.»</p> - -<p>Dos semanas estuve encerrado. Eloísa me mandaba recados todos los -días. Yo exageraba mi enfermedad, fundando en ella mil pretextos para -no salir de casa. Por fin, una mañana la viuda de Carrillo fué á verme. -Era la primera vez que salía después de la desgracia. Venía vestida -con todo el rigor del luto y de la moda, más hermosa que nunca. Al -verla, no sé lo que pasó en mí. Sentí un frío mortal, un miedo como -el que inspiran los animales dañinos. Sus afectuosas caricias me -dejaron yerto. Observé enton<span class="pagenum" id="Page_272">p. -272</span>ces la autenticidad del fenómeno de mi desilusión, pues mi -alma, ante ella, estaba llena de una indiferencia que la anonadaba. La -miré y la volví á mirar; hablamos, y me asombraba de que sus encantos -me hicieran menos efecto que otras veces, aunque no me parecieran -vulgares. Era un doble hastío, un empacho moral y físico lo que se -había metido en mí; arte del demonio sin duda, pues yo no lo podía -explicar. «Será la enfermedad —me decía para consolarme—. Esto pasará.» -Cierto que yo venía sintiendo cansancio; pero ella me interesaba al -corazón. ¿Cómo ya no me hiere adentro? ¿De qué modo la quería yo? ¿Qué -casta de locura era la mía?... Nada, nada: esto tiene que pasar.</p> - -<p>Seguimos hablando, ella muy cariñosa, yo muy frío. Nuestra -conversación, que al principio versó sobre temas de salud, recayó en -cuestiones de arreglo doméstico. Sin saber cómo, fué á parar al funeral -de su marido. Ella quería que fuese de lo más espléndido, con muchos -cantores, orquesta y un túmulo que llegase hasta el techo. Yo me opuse -resueltamente á esta dispendiosa estupidez. Sin saber cómo me irrité, -corrióme un calofrío por la espalda, subióme calor á la cabeza, y, -palabra tras palabra, me salió de la boca una sarta de recriminaciones -por su afán de gastar lo que no tenía.</p> - -<p>—Te has empeñado en arruinarte, y lo conseguirás. No cuentes -conmigo. Ahógate tú sola y déjame á mí. Si crees que voy á tolerarte y -á mimarte, te equivocas... No puedo más...</p> - -<p>Ella se quedó lívida oyéndome. Jamás la había tratado yo con -tanta dureza. En vez de con<span class="pagenum" id="Page_273">p. -273</span>testarme con otras palabras igualmente duras, pidióme perdón; -le faltó la voz; empezó á llorar. Sus lágrimas espontáneas hicieron -efecto en mí. Reconocí que había estado ridículamente brutal. Pero no -me excusé, pues en mi interior había una ira secreta que me aconsejaba -no ceder. Eloísa me miraba con sus ojos llenos de lágrimas, y en tono -de víctima me dijo:</p> - -<p>—¿Yo qué he hecho para que me trates así?</p> - -<p>Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo, -inexplicable anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo -que ella decía que era negro.</p> - -<p>—Es que estoy notando en tí una cosa rara —prosiguió—. ¿Tienes -alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré -apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba -encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un -ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que -he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por -tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me -habrá calumniado alguien...?</p> - -<p>Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó -ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo:</p> - -<p>—Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré -estado triste.</p> - -<p>Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice -esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que -no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de -familia. Insistí, no obstante,<span class="pagenum" id="Page_274">p. -274</span> en que el funeral fuera modesto, y ella convino -razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta que -no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente, para -arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos con -que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos de -amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo que -antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso -las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se -me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos, -pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo -por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se -debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la -naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que -le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios, -me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y -á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que -fueron, cuando se restableciese mi equilibrio.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente. -Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con -el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que -me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para -penetrar hasta don<span class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span>de -estaba lo importante, tuve que desmontar una capa enorme de apuntes -y notas sobre la <i>Sociedad de niños</i> y otros asuntos que no venían -al caso. Todo lo que había sobre la administración de la casa era -incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos de su -antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á poco -fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que era -ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme -Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de -la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como, -por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado -dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que -había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que -se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos -pertenecientes á la <i>Sociedad de niños</i>, y era forzoso restituirlos.</p> - -<p>Sin rodeos pinté á mi prima la situación.</p> - -<p>—Estás arruinada —dije—. Si no se acude pronto á salvar lo poco que -aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como -alguien no se la dé por caridad.</p> - -<p>Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda -propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho, -díjome entre suspiros:</p> - -<p>—Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón -tú lo que quieras.</p> - -<p>Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se -despedirían casi todos los<span class="pagenum" id="Page_276">p. -276</span> criados que quedaban; se procuraría alquilar la casa, lo -cual era difícil como no la tomase alguna Embajada. Se venderían los -cuadros de primera, los de segunda, y todas las porcelanas y objetos -de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque fuera por el tercio de -su valor, ó por lo que quisieran dar; y como fin de fiesta, la familia -se sometería á un presupuesto de sesenta ó setenta mil reales todo lo -más.</p> - -<p>—¡Almoneda total! —exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el -suelo.</p> - -<p>No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre -mí, pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en -un período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas. -Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica. -¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y -pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza -entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos -salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila -y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que -los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo -fuera su difunto amo.</p> - -<p>Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta -horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar -en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese -resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia -de un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en<span -class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span> nombre de Eloísa negándome -á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los Tribunales. Por fin, -después de pensarlo mucho y de consultar el caso con personas -prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho mil duros -y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para que -la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar -cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de -adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la -testamentaría.</p> - -<p>Y Eloísa me decía con efusión:</p> - -<p>—En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina.</p> - -<p>¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su -honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios -administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto -al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no -estuviese de por medio su madre.</p> - -<p>Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad -que verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones -y rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en -principio; pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces -ví más clara que nunca una de las notas fundamentales del carácter -de Eloísa, y era que cuando se le proponía algo, contestaba con -dulzura conformándose; pero después hacía lo que le daba la gana. -Sus palabras eran siempre dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer -nunca resistencia directa, ni dar la cara en su sistemática autonomía, -llevaba adelante el cumplimiento de su voluntad con acción<span -class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span> lenta, sorda, astuta, -resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías. -Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras -suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me -haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica, -todo esto era un mito, y las economías se quedaban en <i>veremos</i>... -Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la -casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á -la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se -vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría -perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella -me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se -quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré -obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no -lo creía.</p> - -<p>Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un -poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual -concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos -se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era -obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones -más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de -estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos -de aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué -á creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así. -La viudita me mostraba el cariño de siempre;<span class="pagenum" -id="Page_279">p. 279</span> hasta se me figuró advertir en aquel cariño -pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más ideal, por lo -mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto me daba pena. -Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro casamiento, -dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos concretos, -como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay de mí! -pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa aludía -al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra. Me -entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba nada; -quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis apetitos -y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo la -prohibición... ¡jamás!</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ChI_15"> - <p><span class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span></p> - <h2 class="nobreak">XV</h2> - <p class="subh2h">Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas - que pasaron después.</p> -</div> - - -<h3>I</h3> - -<p>Durante una semana estuve distraído por pesares que no vacilo en -llamar domésticos. El niño de Camila, mi vecina, se puso tan malito, -que daba dolor verle y oirle. Cubriósele el cuerpo de pústulas. Todo -él se hizo llaga lastimosa. Martirio tan grande habría abatido la -naturaleza de un hombre, cuanto más la de una tierna criatura que no -podía valerse. Admiré entonces la perseverancia del cariño materno -de Camila, y además una cualidad que yo no sospechaba existiese en -ella, el valor; esa energía inflexible en el cumplimiento de las -acciones pequeñas y obscuras, que sumadas dan una resultante de que -no sería capaz tal vez cualquiera de los héroes públicos que yacen -debajo de un epitafio. El mundo me había dado á mí muchas sorpresas; -pero ninguna como aquélla. Francamente, no creí que una mujer que me -pareció tan imperfecta y llena de feos resabios, desplegase tales -dotes. Siete noches seguidas pasó la infeliz sin acostarse, con -el<span class="pagenum" id="Page_282">p. 282</span> pequeñuelo sobre -su regazo, amamantándole, arrullándole, curándole las ulceraciones -de su epidermis con un esmero y una paciencia que sólo las madres -de buen temple saben tener. Constantino y yo veíamos con pena tanta -abnegación, temiendo que enfermara; pero su potente organismo triunfaba -de todo. Eloísa y su madre la instaban á que buscara un ama para que -el chico no la extenuase, pues en sus postrimerías Alejandrito era -voraz y no se hartaba nunca. Pero Camila esquivaba disputar sobre -este punto, y no quería que le hablaran de nodrizas. Estaba decidida -á salvarle ó á sucumbir con él. Ella era así: ó todo ó nada. Tenía -el capricho de ser heroína. Quería saltar de mujer sin seso á mujer -grande. «O sacarle adelante ó morirme con él», repetía; pero Dios no -quiso que ninguno de los términos de este dilema se cumpliese, y al -sexto día Alejandrito fué atacado de horribles convulsiones, que le -repitieron á menudo, hasta que el séptimo, una más fuerte que las -demás se lo llevó. Aquel día funesto, Camila me pareció más madre -que nunca. La flexibilidad pasmosa de su carácter y su desenvoltura -quedaban obscurecidas bajo aquel tesón grave. No creí, no, que entre -tal hojarasca existiese joya tan hermosa. A ratos se le conocía el -genio por la rapidez febril con que tomaba las resoluciones y por la -inconstancia de sus juicios. Sólo el sentimiento era en ella duradero y -profundo. Añadiré una circunstancia que me llegaba al alma, y era que -consultaba conmigo toda dificultad que ocurriese aun en cosas de que -yo no entendía una palabra. Por corresponder á esta noble confianza, -daba<span class="pagenum" id="Page_283">p. 283</span> yo mi parecer -al tirón, sin detenerme á considerar lo que saldría de juicios tan -atropellados. «José María, ¿te parece que haga calentar esta ropa antes -de ponérsela?... José María, ¿te parece que le dé dos cucharadas de -jarabe en vez de una?... José María, ¿me hará daño café puro para no -dormir? ¿me irritará?...» A todo contestaba yo lo primero que se me -ocurría, después de mirar á Constantino en una especie de deliberación -muda. Rara vez aventuraba Miquis opinión concreta, y cuando la emitía, -de seguro era un gran disparate. Yo era el oráculo de la casa en -todo.</p> - -<p>Por fin, el nene dejó de padecer. Bien hizo Dios en llevársele, -abreviando su martirio. Se fué de la vida, sin conocer de ella más que -el apetito y el dolor. Fué un glotón y un mártir. Se quedó yerto en el -regazo de su madre, y nos costó trabajo apartar de los brazos y de la -vista de ella aquel lastimoso cuerpecito, que parecía picoteado por -avecillas de rapiña. Con sus besos quería Camila infundirle vida nueva, -dándole la que á ella le sobraba. La separamos al fin, llevándola -á que descansara. La Camila normal reapareció al cabo; la muchacha -sin juicio que en otro tiempo había querido tomar fósforos porque la -privaban de su novio. Hubo convulsiones, llanto, risa nerviosa; habló -de matarse; deliró cantando; nos dijo que la habíamos robado á su -niño... Por último, se calmó: cesaron las extravagancias, y la loca, -que también había sabido cumplir sus deberes, se encastillaba al fin -en la conformidad cristiana; invocaba á Dios, y llorando hilo á hilo, -sin espasmos ni alboroto, te<span class="pagenum" id="Page_284">p. -284</span>nía el valor de la resignación, más meritorio que el del -combate.</p> - -<p>Mientras la mujer de Augusto Miquis y María Juana amortajaban al -niño, yo dije á Constantino:</p> - -<p>—Quiero hacerle un entierro de primera. Corre de mi cuenta, y no -tenéis que ocuparos de nada.</p> - -<p>En efecto: al día siguiente piafaban á la puerta de casa seis -caballos hermosos, con rojos caparazones recamados de plata, tirando -de la carroza fúnebre-carnavalesca más bonita que había en Madrid. -Llevamos el cuerpo al cementerio con la mayor pompa posible. Yo tenía -cierto orgullo en esto, y me complacía en asomarme por la portezuela de -mi coche y ver delante el movible catafalco, el meneo de los penachos -de los caballos, y el tricornio y peluca del cochero. Yo pensaba que si -los niños difuntos abrieran sus ojos y vieran aquello, les parecería -que les llevaban á la tienda de Scropp. Cuando regresamos, después de -cumplida la triste obligación, Camila estaba en su cuarto, acostada -en un sofá, envuelta en espeso mantón, los puños cerrados apretando -fuertemente un pañuelo contra los ojos. Su madre le había repetido -hasta la saciedad todas las variantes posibles del <i>angelitos al -cielo</i>. Acerquéme á ella para preguntarle cómo estaba, y me expresó su -gratitud con ardor y cordialidad grandes, entre lágrimas y suspiros, -estrechándome una y otra vez las manos. ¿Y por qué tantos extremos? Por -un entierrillo de primera. Verdaderamente no había motivo para tanto, y -así se lo dije; pero una secreta satisfacción llenaba mi alma.</p> - -<p>En los días sucesivos la calma se fué restableciendo poco á poco, -y el consuelo introducién<span class="pagenum" id="Page_285">p. -285</span>dose lentamente en el espíritu de todos. Camila era la más -rebelde, y defendió por algunos días su dolor. El vacío no se quería -llenar. La soledad misma en que había quedado érale más grata que la -compañía que le hacíamos los parientes, y huía de nuestro lado para -volver sobre su pena á solas. Por fin, los días hicieron su efecto. -La veíamos ocupada y distraída con los menesteres de la casa, y al -cabo atendiendo con cierto esmero á engalanar su persona. Este síntoma -anunciaba el restablecimiento. La ví con placer recobrar su gallardía, -su agilidad pasmosa, y el vivo tono moreno y sanguíneo de sus mejillas. -La salud vigorosa tornaba á ser uno de sus hechizos, volviendo -acompañada de aquel humor caprichoso y voluble, que era la parte más -característica de su persona. Resucitaba con sus defectos enormes; pero -se engalanaba á mis ojos con una diadema de altas cualidades que, á más -de hacerse amables por sí mismas, arrojaban no sé qué fulgor de gracia -sobre aquellos defectos.</p> - -<p>Tratábame con familiaridad jovial, exenta de toda malicia. La -afectación, esa naturaleza sobrepuesta que tan gran papel hace en la -comedia humana, no existía en ella. Todo lo que hacía y decía, bueno ó -malo, era inspiración directa de la naturaleza auténtica... Su trato -conmigo era de extremada confianza, y solía contarme cosas que ninguna -mujer cuenta, como no sea á su amante. Cualquiera que nos hubiese oído -hablar en ciertas ocasiones, habría adquirido el convencimiento de que -nos unía algo más que amistad y parentesco. Y, no obstante, no cabía -mayor pureza en nuestras relaciones.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_286">p. 286</span></p> - -<p>Mil veces, conociendo su penuria, hícele ofrecimientos pecuniarios; -pero ella nunca aceptaba.</p> - -<p>—No quiero abusar —decía—: bastante es que no te hayamos pagado -la casa este mes, y que probablemente no te la pagaremos tampoco el -próximo. Pero el trimestre caerá junto. Para entonces me sobrará -dinero. No te creas, me he vuelto económica. Tú mismo me has visto -haciendo números por las noches y estrujando cantidades para sacarme un -vestidillo.</p> - -<p>Y era verdad esto. Algunas noches me la había encontrado -garabateando en una hoja de la <i>Agenda de la cocinera</i>, destinada -á los cálculos. Por cierto que las apuntaciones de la tal hoja no -las entendía ni Cristo. Eran un caos de vacilantes trazos de lápiz. -Examinando aquellas cuentas, me reí más... Noté que los <i>treses</i> que -hacía parecían <i>nueves</i>, y los infelices <i>cuatros</i> no tenían figura -de números corrientes. Yo iba en su auxilio, porque comprendí, tras -brevísimo examen, que Camila no sabía sumar.</p> - -<p>—¿Pero qué educación te han dado, chiquilla?</p> - -<p>Y ella me contestaba candorosamente:</p> - -<p>—Ahora me la estoy dando yo misma. La necesidad obliga.</p> - -<p>A veces me llamaba, me hacía sentar junto á la mesa del comedor y -rogábame fuera apuntando las cantidades que ella me decía para sumarlas -después. Con cuánto gusto lo hacía yo, no hay para qué decirlo. Cuando -era ella quien trazaba los números, hacía muecas con los labios, como -los chiquillos cuando están aprendiendo palotes.</p> - -<p>—Ya, ya me voy <i>jaciendo</i> —decía con gracia.</p> - -<p>Por fin, salía del paso y hallaba la suma exacta. Los progresos, -bajo el espoleo de la necesidad,<span class="pagenum" id="Page_287">p. -287</span> eran rápidos y seguros. Eloísa también era poco fuerte -en cuentas gráficas, enfilaba mal las columnas, sacaba unas sumas -disparatadas; pero de memoria hacía prodigios. Más de una vez me quedé -absorto viéndola sumar cifras enormes sin equivocarse ni en una unidad. -Había adquirido el hábito de calcular de memoria. Camila, en cambio, no -daba pie con bola sin ayuda del lapicito, un sobado pedazo de madera -negra que apenas tenía punta.</p> - -<p>—Ya me podías regalar un lápiz —me dijo un día.</p> - -<p>Le llevé un lapicero de oro.</p> - -<p>Y volví á rogarle me confiara su situación económica, que, por -ciertos indicios, conceptuaba poco desahogada. Doña Piedad, su suegra, -se había reconciliado con Constantino; pero las remesas metálicas eran -escasas, y las en especie, como arrope, cecina, queso y azafrán, no -suplían ciertas necesidades. Camila mostrábase siempre muy reservada -conmigo en este capítulo de sus apuros. Un día, no obstante, debió de -causarle apreturas tan grandes la insuficiencia de su presupuesto, que -se resolvió á hacer uso de la generosidad que yo le ofrecía. Observéla -aquella tarde un poco seria, inquieta; pero no hice alto en ello. -Estaba yo leyendo el periódico militar de Constantino, cuando se acercó -á mí despacito por detrás de la butaca. Inclinóse y sentí en mi rostro -el calor del suyo. Híceme el distraído y oí como un susurro. Bien podía -creer que mi ruido de oídos me fingía esta frase:</p> - -<p>—José María, me vas á hacer el favor de prestarme dos mil -realitos.</p> - -<p>Pero no era el moscón de mi cerebro: era ella la que me hablaba. -Luego soltó una carcajada, re<span class="pagenum" id="Page_288">p. -288</span>pitiendo la petición en tono más adecuado á su temperamento -normal.</p> - -<p>—Nada, nada, que me los tienes que prestar. Si no, por la puerta se -va á la calle... No te creas, te los devolveré el mes que entra.</p> - -<p>Me supo tan bien el sablazo, que casi casi lo consideré como una -fineza, como una galantería. La verdad, si no hubiera andado por allí, -entrando y saliendo á cada rato, el gaznápiro de Miquis, le doy un -abrazo. Faltóme tiempo para complacerla. Si conforme me pidió cien -duros, me pide mil, se los entrego en el acto.</p> - - -<h3>II</h3> - -<p>Mi prima salía poco de su casa. Siempre que yo iba allí, la -encontraba ocupada en algo: bien subida en una escalera lavando -cristales, bien quitando el polvo á los muebles, á veces limpiando la -poca plata que tenía ó los objetos de metal blanco. Cuando yo le decía -algo que no le gustaba, solía responderme:</p> - -<p>—Cállate, ó te tiro esta palmatoria á la cabeza.</p> - -<p>Y lo peor era que lo hacía. Por poco un día me descalabra. Un mes -después de la muerte del chiquitín, aún su charla voluble y bromista -era interrumpida por suspiros y por algún recuerdo del pobre ángel -ausente.</p> - -<p>—¡Ay mi nene! —exclamaba, conteniendo el aliento y cerrando los -ojos.</p> - -<p>Después se ponía á trabajar con más fuerza, pues pensaba que así se -le iba pasando mejor la pena. Notaba que planchar era muy eficaz, y que -echarle un forro nuevo á la levita militar de Constantino le des<span -class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span>pejaba la cabeza. Otras -veces decía con íntima convicción:</p> - -<p>—Para mí no hay más consuelo que tener otro nene. Y lo tendré, -lo tendré. Anoche hemos andado á la greña Constantino y yo. ¿Sabes -por qué? Porque sostengo que le debemos poner también el nombre de -Alejandro en memoria del que se nos ha muerto. Pero él se empeña en que -se ha de seguir el orden alfabético; de modo que al primero que venga -le toca la B. A mi Alejandrín se le llamó así por el hermano mayor de -Constantino; pero da la casualidad de que Alejandro es nombre de un -gran capitán antiguo, y ahora quiere mi marido que todos los hijos que -tengamos lleven nombre de héroes. ¿Has visto qué simpleza?</p> - -<p>—No hagas caso de ese majadero —le respondí con toda mi alma—. ¿Pues -no sostenía ayer que habías de llegar á la Z?... ¡Veintiocho hijos, -según la Academia! ¡Qué asquerosidad! te pondrías bonita.</p> - -<p>—Llegaremos siquiera á la M —afirmó ella dándome á conocer en el -brillo de sus ojos un sentimiento extraño, una especie de entusiasmo al -que no puedo dar otro nombre que el de <i>fanatismo de la maternidad</i>—. -Sí: llegaremos á la M, quizás á la N... Y el de la N dice Constantino -que se ha de llamar Napoleón.</p> - -<p>—¡Qué estupidez! No pienses en tener más muchachos. Mejor estás así, -más guapa, más saludable, más libre de cuidados.</p> - -<p>—Pero mucho más triste... Anoche soñé que había tenido dos -gemelos.</p> - -<p>—¡Qué tonta eres! Siempre has de ser chiquilla —respondí—. Parece -que consideras á los hijos<span class="pagenum" id="Page_290">p. -290</span> como juguetes... Si tuvieras tantos como deseas, puede que -no fueras tan buena madre como lo has sido en este primer ensayo. -Porque á tí te pasan pronto esos entusiasmos. Lo que hoy te enloquece -de amor, mañana te hastía.</p> - -<p>—¿Te quieres callar? —gritó llegándose á mí y amenazando sacarme los -ojos con una aguja de media—. Tú no me conoces.</p> - -<p>—¡Oh! sí, demasiado te conozco. Eres una mala cabeza. Pero hay que -declarar que tienes algún mérito. Has domesticado á Constantino. Hay -casos de esto: dos fieras juntas se doman mutuamente. Y Constantino -parece otro hombre. Es más persona; sabe tratar con la gente; no tira -ya aquellas coces; no habla de pronunciarse como si hablara de fumarse -un pitillo; no juega, no bebe, no disputa...</p> - -<p>—Todo eso es obra mía, caballero —observó Camila con acento de -inmenso orgullo—. Es que esta tonta tiene mucho de aquí, mucho -talento.</p> - -<p>Volvió sus ojos hacia el retrato de Miquis, desnudo de medio cuerpo -arriba.</p> - -<p>«¿Pero no te da vergüenza —le dije— de que la gente entre aquí y -vea ese mamarracho? Mil veces te he dicho que lo eches al fuego, y tú -sin hacer caso. Tienes un gusto perverso. Es que da asco ver ahí ese -zángano de circo, enseñando sus bellas formas, con esos brazos de mozo -de cordel, y esa cabeza de bruto.</p> - -<p>—¿Te quieres ir á paseo? Vaya con el señorito éste... ¿Pues qué -tiene de feo ese retrato? Bien guapo que está. ¿Qué querías tú? ¿que mi -marido fuera como esos tísicos que se van cayendo por la calle, porque -no tienen fuerzas para andar?...<span class="pagenum" id="Page_291">p. -291</span> ¿como esos palillos de dientes en figura de personas? -Francamente, no me gustaría un marido á quien yo pudiera retorcer el -pescuezo, ó arrancarle un brazo de una mordida. Constantino es hombre -para cogerte como una pluma y tirarte al techo.</p> - -<p>—¡Angelito! Tirando de un carro quisiera verlo yo.</p> - -<p>—Pues no es tan bruto como crees —declaró enojándose—. Yo podría -probártelo... Pero no quiero probarte nada. Donde lo ves, es un ángel -de Dios, que me quiere más que á las niñas de sus ojos. Si le mando que -se eche por mí en una caldera hirviendo, créelo, lo hace.</p> - -<p>—Buen provecho á los dos... No te digo que no le quieras, Camila; -pero, mira, haz el favor de no tener más chiquillos: te vas á poner -fea; no te acuerdes más de las letras del alfabeto.</p> - -<p>—Pues sí que los tendré —dijo poniendo una cara monísima de niña mal -criada, y machacando con el puño de una mano en la palma de la otra—; -los tendré... ¡y rabia! Y llegaré á la N... ¡y rabia! ¡Y tendré á -Napoleón... y toma, toma, toma hijos!</p> - -<p>A la sazón entró el padre de aquella esperada generación de -gloriosos capitanes, y Camila le recibió, como suele decirse, con dos -piedras en la mano.</p> - -<p>—¿En dónde has estado, pillo? ¿Qué horas son éstas de venir á casa? -Como yo sepa que has ido al café, te voy á poner verde.</p> - -<p>Después se abrazaron y se besaron delante de mí.</p> - -<p>—Ea, señores, divertirse, —dije tomando mi sombrero.</p> - -<p>—Espera, tontín, y comerás con nosotros. No<span class="pagenum" -id="Page_292">p. 292</span> tenemos principio; pero en obsequio á tí, -abriremos una lata de langosta.</p> - -<p>Y los dos me instaron tanto, que me quedé y comí con ellos, -embelesado con su felicidad, que me parecía un fenómeno de inocencia -pastoril. De sobremesa, Camila volvió á hablar de lo que tanto la -preocupaba, y riñeron por aquello del alfabeto. Ella no quería nombres -de capitanes herejes, sino de santos cristianos.</p> - -<p>—Nada, nada —decía Miquis—: el primero que venga se ha de llamar -Belisario.</p> - -<p>Yo me reía; pero en mi interior me indignaba aquel inmoderado afán -de cargarse de familia, aquel apetito de hijos, y esperaba que la -Naturaleza no se mostrara condescendiente con mi prima, al menos tan -pronto como ella deseaba. Seré claro: la loca de la familia, la de más -dañado cerebro entre todos los Buenos de Guzmán, la extravagante, la -indomesticada Camila, se iba metiendo en mi corazón. Cuando lo noté, -ya una buena parte de ella estaba dentro. Una noche, hallándome en -casa, eché de ver que llevaba en mí el germen de una pasión nueva, la -cual se me presentaba con caracteres distintos de la que había muerto -en mí ó estaba á punto de morir. Las tonterías de Camila, que antes me -fueron antipáticas, encantábanme ya, y sus imperfecciones me parecían -lindezas. Tal es el movible curso de nuestra opinión en materias de -amor. Sus particularidades físicas se me transformaron del mismo modo, -y lo que principalmente me seducía en ella era su salud, la santa -salud, que viene á ser belleza en cierto modo. Aquella complexión -de hierro, aquel gallardo desprecio de la<span class="pagenum" -id="Page_293">p. 293</span> intemperie, aquella incansable actividad, -aquella resistencia al agua fría en todo tiempo, su coloración -sanguínea y caliente, su vida espléndida, su apetito mismo, emblema -de las asimilaciones de la Naturaleza y garantía de la fecundidad, me -enamoraban más que su talle esbelto, sus ojos de fuego y la gracia -picante de su rostro. Uno de sus principales encantos, la dentadura, -de piezas iguales, medidas, duras, limpias como el sol, blancas como -leche que se hubiera hecho hueso, me perseguía en sueños, mordiéndome -el corazón.</p> - -<p>La conquista me parecía fácil. ¿Cómo no, si la confianza me daba -terreno y armas? Consideraba á Constantino como un obstáculo harto -débil, y comparándome con él personal, moral é intelectualmente, las -notorias ventajas mías asegurábanme el triunfo. ¿Qué interés, fuera -del que le imponía el lazo religioso, podía inspirar á Camila aquel -hombre de conversación pedestre, de figura tosca, aunque atlética, y -que sólo se ocupaba en cultivar su fuerza muscular? ¡El lazo religioso! -¡Valiente caso hacía de él la descreída Camila, que rara vez iba á -la iglesia y se burlaba un tantico de los curas!... Nada, nada: cosa -hecha.</p> - -<p>Por aquellos días invitóme Constantino á ir con él á la sala de -armas. Mucho tiempo hacía que yo no tiraba, y diez años antes no -lo había hecho mal. Comprendí que me convenía el ejercicio para -contrarrestar los malos efectos de la vida sedentaria y regalona. Al -poco tiempo, el recobrado vigor muscular me ponía de buen temple y me -daba disposición para todo. ¡Ben<span class="pagenum" id="Page_294">p. -294</span>dita salud, que es la única felicidad positiva, ó el -fundamento de estados que llamamos dichosos por una elasticidad del -lenguaje! En los asaltos en que Constantino y yo nos entreteníamos por -las tardes, aquel pedazo de bárbaro llevaba la mejor parte. Tenía más -destreza que yo, muchísima más fuerza y un brazo de acero. Su agilidad -y fuerza me pasmaban. Arrimábame buenas palizas; pero yo, al darle la -mano quitándome la careta, le decía con el pensamiento: «Pega todo lo -que quieras, acebuche. Ya verás qué pronto y qué bien te la pego yo á -tí.»</p> - - -<p class="centra fs90 mt3">FIN DEL TOMO PRIMERO</p> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span></p> - <h2 class="nobreak"><small>ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO</small></h2> -</div> - -<table class="toc" summary="Tabla de contenidos"> - <tr> - <td colspan="3"> </td> - <td class="tdru">Páginas.</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">I.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_1">Refiero mi aparición en Madrid, - y hablo largamente de mi tío Rafael y de mis primas María Juana, - Eloísa y Camila</a>.</td> - <td class="tdrb">5</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">II.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_2">Indispensables noticias de mi - fortuna, con algunas particularidades acerca de la familia de mi - tío y de las cuatro paredes de Eloísa</a>.</td> - <td class="tdrb">35</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">III.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_3">Mi primo Raimundo, mi tío Serafín - y mis amigos</a>.</td> - <td class="tdrb">49</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">IV.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_4">Debilidad</a>.</td> - <td class="tdrb">63</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">V.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_5">Hablo de otra dolencia peor que - la pasada y de la pobre Kitty</a>.</td> - <td class="tdrb">85</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">VI.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_6">Las cuatro paredes de Eloísa</a>.</td> - <td class="tdrb">97</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">VII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_7">La comida en casa de Camila</a>.</td> - <td class="tdrb">111</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">VIII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_8">En que se aclaran cosas expuestas - en el anterior</a>.</td> - <td class="tdrb">123</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">IX.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_9">Mucho amor (¡oh, París, París!), - muchos números y la leyenda de las cuentas de vidrio</a>.</td> - <td class="tdrb">127</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">X.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_10">Carrillo valía más que yo</a>.</td> - <td class="tdrb">145</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XI.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_11">Los jueves de Eloísa</a>.</td> - <td class="tdrb">155</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_12">Espasmos de aritmética que - acaban con cuentas de amor</a>.</td> - <td class="tdrb">209</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XIII.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_13">Ventajas de vivir en casa - propia. — La noche terrible</a>.</td> - <td class="tdrb">233</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XIV.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_14">Hielo</a>.</td> - <td class="tdrb">269</td> - </tr> - <tr> - <td class="tdrt">XV.</td> - <td class="tdct">—</td> - <td class="tdlh"><a href="#ChI_15">Refiero cómo se me murió mi - ahijado y las cosas que pasaron después</a>.</td> - <td class="tdrb">281</td> - </tr> -</table> - -<hr class="chap0" /> - - -<div class="chapter pt3"> -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li> - - <li>Se ha respetado la ortografía del original impreso. No se han - puesto tildes a las mayúsculas, salvo para deshacer ambigüedades.</li> - - <li>Se convierten determinados entrecomillados en rayas de diálogo y se - espacian las restantes rayas según las convenciones tipográficas - más recientes.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>En el título del <a href="#ChI_3">capítulo III</a> y en el <a href="#ToC">Índice</a>, - «tío Raimundo» se cambia a «primo Raimundo», tal como hacen ediciones posteriores - para manterner la coherencia en el relato.</li> - - <li>Se añade, en el texto y en el <a href="#ToC">Índice</a>, un título - al <a href="#ChI_8">capítulo VIII</a>, que aparece sin él, tomado de - ediciones posteriores.</li> - </ul> -</div> -</div> - - -<hr class="full" /> - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's Lo prohibido (tomo 1 de 2), by Benito Pérez Galdós - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LO PROHIBIDO (TOMO 1 DE 2) *** - -***** This file should be named 63413-h.htm or 63413-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/4/1/63413/ - -Produced by Ramón Pajares Box, Josep Cols Canals, and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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